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CODIGO DE VESTIMENTA

En esta ponencia indagaremos acerca del acto de vestirse como manifestación de nuestra
naturaleza más intima, al mismo tiempo que declaración de comunión con otros,
estudiaremos la ropa como agente que conforma y define nuestras identidades, revelando
aspectos de nuestra historia personal y herencia cultural, mediada por una serie de
imaginarios colectivos, la mayoría de ellos de orden mediático.

El acto de vestir en la sociedad


Cuando indagamos sobre la aparición del acto de vestir en la historia de la humanidad nos
resulta común imaginar a los antepasados primitivos domando a las fieras, comiendo su
carne y usando su piel para protegerse de un clima extremo y entorno adverso. Sin
embargo, esta es tan solo una más de las variadas teorías sugeridas acerca de los
orígenes del vestir, siendo incluso rebatida con la puesta en evidencia de comunidades
humanas que habitan regiones con condiciones climáticas extremas y no hacen uso de
prendas de vestir como protección o dicho de otra manera, la función de la ostentación, la
distinción de clase, el oficio, la pertenencia y la exclusión entre otras, constituyen las
múltiples razones de ser del vestido y en términos semióticos lo sitúan como signo, cuyo
significante está ligado a infinitos significados determinados por el contexto y la cultura
donde aparecen en escena.

Al vestirnos, preparamos nuestro cuerpo para el mundo social; por medio de la ropa que
elegimos y su combinación creamos discursos sobre el cuerpo: aceptable, respetable,
deseable, violento o abyecto. Nuestro modo de vestir denota indefectiblemente una toma
de posición, tanto en un sentido de inclusión (a un grupo, una identificación con un género
musical), de exclusión o diferenciación frente a un referente establecido (familia,
compañeros de estudio, otros jóvenes del barrio). De esta manera, como artefactos
culturales, el vestuario y los diferentes elementos de decorado corporal se convierten en
vehículos de expresión, símbolos de identidad y declaraciones de una preferencia estética,
nuestros cuerpos vestidos hablan y revelan una cantidad de información sin mediación de
las palabras.

La imagen y la identidad
Caminar por la calle, recorrer lugares ajenos a la intimidad de la casa, trasladarse de un
espacio a otro nos coloca frente a un devenir de incontables imágenes del mundo y de los
otros. A diferencia de los entornos rurales o las localidades de poblaciones pequeñas, la
ciudad es el escenario por dónde desfilan infinidad de rostros, de individuos extraños,
itinerantes, pasajeros; no sabemos sus nombres ni su historia personal, ni su proveniencia
y mucho menos sus intensiones, sin embargo pueden encantar, intimidar o hacernos
cambiar de acera; muchos de ellos nos darán una historia para contar, historias de
maravilla o de terror, sus cuerpos han hablado por ellos sin que les hayamos si quiera
conocido su voz.

Si la vestimenta o el estilo corporal definen en realidad quien somos no es algo en lo que


podamos apostar, los rasgos de la personalidad inscritos en nuestras decisiones
vestimentarias se presentan como certezas para nosotros y ambigüedades para los otros,
lo contradictorio de esta disparidad de teorías es que en general la mayoría piensa que la
apariencia es una construcción y que por tanto no podemos fiarnos de ella, pero aun así
continuamos leyendo a los demás por su aspecto exterior y con ello por su manera de
vestir. Si intentáramos hacer un rastreo de esta situación encontraríamos que no siempre
fue así y que la forma en que creemos hallar la verdad íntima del otro a través de la
interpretación de sus maneras más externas, es una condición heredada de un tiempo
precedente como muchos de los valores que rigen la actualidad de cualquier sociedad.
Como consecuencia del crecimiento de la urbe y el abandono de las maneras rurales que
ponían al hombre cara a cara con un número ilimitado de personas, los individuos de la
metrópoli deben convivir diariamente con el desconocido, con hordas de extraños que se
cruzan en su camino y con los cuales debe relacionarse por segundos o minutos; la única
certeza de sus intensiones es aquella que ofrece su quinesis y su vestir. Una serie de
códigos culturalmente establecidos unidos a un imaginario social, serán los encargados de
brindar esa conciencia anticipadora que nos permite enfrentar el presente.

Sin embargo estos códigos vestimentarios pueden también leerse como coercitivos en la
medida que reglamentan las conductas sociales, ya que determinan el cuándo y el cómo
en el uso de las prendas y dispositivos de transformación corporal en un contexto
determinado. Los cuerpos que no se conforman, los que saltan las convenciones de su
cultura y no llevan las prendas “apropiadas” serán considerados subversivos al interior de
su espacio social, su decisión de no seguir las normas puede ser interpretada como
rebelión y corren el riesgo de res excluidos, amonestados o ridiculizados como ha sido el
caso, por ejemplo, de las manifestaciones estético vestimentarias de las contraculturas
juveniles.

Como ejemplo puntual de estas lecturas deterministas está el trabajo que se realizó por
varios años por el Future Concept Lab y en particular el realizado por Inexmoda Instituto
para Exportación y la Moda en la ciudad de Medellín. Una sección del proyecto
llamada Signals Activity, consistía en un monitoreo fotográfico continuo en cuarenta
capitales de consumo con el fin de revisar los patrones de consumo, estilos vestimentarios
y preferencias de grupos específicos de la población. Este monitoreo fotográfico por
algunas ciudades de Colombia fue realizado bajo el reconocido término street vision, y
consistía en hacer una búsqueda de personas que encajaran en unas caracterizaciones
preestablecidas, tomarles una fotografía y devolver esta información a Europa para ser
procesada y publicada bajo la forma de un informe de tendencias. Lo particular de este
registro, eran precisamente aquellas caracterizaciones importadas, en donde cualquier
manifestación propia del lugar que no se relacionara con ellas quedaba excluida.
Denominaciones como Zapping “oscilación” urbana, de mente consiente, macho flexible,
correspondían según la “investigación” a los estilos de vida y actitudes mentales de los
personajes seleccionados para representar la categoría; cualquier de nosotros podría
aparecer entonces tras haber sido fotografiado de manera casual en la calle, reseñado con
una serie de características referentes al gusto musical, lugares predilectos para
relacionarse y todo una actitud ante la vida leída solo a través de nuestra vestimenta un
día cualquiera en un lugar cualquiera.

Identidades expandidas e indeterminadas


En contraposición a este síntoma de clasificación, estereotipo y definición de límites
radicales, encontramos el concepto de supermercado del estilo promovido por Ted
Polhemus, antropólogo, investigador y asesor, experto en culturas emergentes, para él, el
momento contemporáneo, caracterizado por la confusión, la diversidad y el eclecticismo
promueve la posibilidad de surfear entre la geografía y la historia para hallar nuevas
realidades en la mezcla de ambas, mestizaje y reciclaje abren un abanico de posibilidades
difíciles de acotar en categorías. En el supermercado del estilo, afirma Polhemus, toda la
historia de los estilos callejeros, desde los zooties a los Beatniks, de los Hippies a los
Punks, están alineados en multiplicidad de opciones como si fueran latas de sopa en los
estantes de un supermercado. En este punto, lo ideológico queda relegado a un segundo
plano frente a la oferta estética, facilitando así la elección y recombinación, una
promiscuidad estilística sin profundos cuestionamientos.
Las identidades grupales ampliamente difundidas en la segunda mitad del siglo XX y
comúnmente asociadas a géneros musicales, fanatismos literarios o cinematográficos,
prácticas sexuales, nostalgias del pasado y fantasías del futuro, posturas reflexivas,
inconformistas o satíricas frente al presente casi siempre de carácter marginal, frente a la
cultura dominante, se conjugan hoy en día en un nuevo lenguaje. Los escurridizos
términos que les define como contracultura, subcultura o tribu urbana (para no adherirnos
con ningún término, ya que todos tienen sus validaciones y sus imprecisiones) se reducen
a simples adjetivos, donde el cabello, las prendas, los accesorios y el maquillaje pueden
aludir a identidades tan disímiles como el punk, el hipismo y el pop más comercial dentro la
gramática vestimentaria de un solo individuo, mezclados y sampleados para generar otras
melodías y por supuesto otros significados. En el que podríamos llamar el proyecto del
cuerpo de los siglos XX y XXI, donde éste es tomado como materia de transformación por
otras vías muy diferentes a las establecidas en el pasado, nuestra forma de vestir se
convierte en pieza clave de dicha transformación.

Yendo un paso más allá en la idea de vestido como envoltura social del cuerpo, el cuerpo
actual y en especial el cuerpo joven atraviesa una situación histórica particular y, aunque
en años anteriores la cultura juvenil elaborara un constante remapeo de las posibilidades
expresivas del cuerpo, de los años veinte hasta cada manifestación subcultural
engendrada en las calles desde los años cincuenta, el momento corporal actual se
caracteriza precisamente por no tener espacio para su corporeidad condenado a
expandirse solo dentro de los límites de su propia carne.

Para explorar esta idea de expansión recurramos a Julián González y su texto el cuerpo
joven no flota hace surfing. En él, González nos conduce a pensar en cómo la guerra, las
crisis económicas o la violencia urbana, los accidentes de tránsito o la amenaza del SIDA,
nos devuelven al cuerpo, nos recuerdan la vulnerabilidad del cuerpo, (González, año
desconocido: 32), y como empujados por la conciencia cotidiana de dicha vulnerabilidad
que liga con la posibilidad objetiva de la muerte violenta (por enfermedad o guerra),
algunos jóvenes urbanos invaden los nichos que en la ciudad les permiten construir un
repertorio amplio de experiencias de comunicación corporal (González: 32). su reflexión
apunta a como en el espacio actual, espacio disuelto por la velocidad del desplazamiento,
el cuerpo ha cesado de expresarse a través del esfuerzo físico sobre el espacio, este
cuerpo vital no trabaja más el espacio sino que lo elude utilizando la máquina. “Ante la
desaparición del cuerpo esforzado que experimentaba el mundo con su trabajo físico no
queda otra alternativa que simular la experiencia de in-corporarase” para él el sentido por
el cual logramos dicha incorporación es el tacto; la piel recrea la ilusión del espacio vivido
por medio de todo tipo de intervenciones y sensaciones a las cuales la sometemos a
diario, la piel recrea el esfuerzo, el dolor y la velocidad que perdimos tras la urbanización
de nuestro espacio animal, la ropa, las telas, el viento que rodea al cuerpo, el sudor en el
gimnasio, el sol del bronceado, el tatuaje permiten vivir la ilusión del cuerpo integrando el
espacio.
Al igual que en el surfing, los cuerpos de estos jóvenes urbanos recrean una experiencia
de vértigo, riesgo de muerte, exhibición personal y juego en que se resiste, se aprovecha y
se vence las olas del fluir urbano.

En la contemporaneidad, los cuerpos urbanos, en especial los jóvenes son cuerpos


hipersensibilizados que reflejan lo sobreexitación actual a la que son abatidos los sentidos.
En distintos momentos, en diferentes ciudades, manifestaciones juveniles extraordinarias
se han tomado las calles. Como ejemplo singular de estos cuerpos desbordados, los
jóvenes japoneses de la calle Harajuku en Tokio roban las miradas estupefactas del
mundo en lo que pareciera ser un teatrino de las incontables posibilidades estilísticas que
unos cuerpos con las mismas características fenotípicas pueden llegar a desplegar. En
ellos la idea de surfear por la geografía y la historia de la que habla Polhemus se hace
evidente además de la imposibilidad de precisar un concepto claro de identidad, ya no
vista más como esencia sino como experiencia: ¿identidad cultural, identidad étnica,
identidad local, identidad de género? Y más aún ¿qué será entonces lo otro, lo diferente, lo
extraño? En su artículo Contra identidad, Jorge Melo explica como el proceso de vínculo
con el mundo externo no es nuevo, lo local está hecho de elementos universales y es allí
donde las ideas de lo supuestamente autóctono se desdibujan.
Pero no solo los cuerpos jóvenes experimentan la indeterminación identitaria, en ellos el
simple hecho de merodear por varias identidades se hace más evidente al existir una
permisividad selectiva de la sociedad para que este merodear se lleve a cabo sin la
desaprobación moral. En países como el nuestro marcados por siglos de migración y
mestizaje hablar de identidad nacional en las prendas que usamos, apela más al hecho de
en las sociedades modernas el turismo encuentra atractivo lo diferente, lo otro, lo exótico,
lo extraño, lo típico, lo mágico, reduciendo lo que consideramos rasgos puramente
nacionales a lo indígena y artesanal, a los mitos del folclore regional y en nuestro caso
particular, el dudoso imaginario de la raza antioqueña. Es evidente que nadie se viste con
el traje típico de nuestra región y en realidad nunca se ha hecho, por tanto, como afirma
Melo, existe una incapacidad para definir identidades que no sean basadas en las
diferencia.

En conclusión, si el objeto vestimentario en si espacial naturaleza íntima, tiene la


capacidad de definirnos frente a lo colectivo, de reinterpretarnos frente a la mirada del otro,
una comprensión sabia de sus incontables formas expresivas nos puede direccionar hacia
esa mejor sociedad a la que apunta nuestra disciplina. Por lo menos desde la academia,
una formación en la diferencia podría ser un aspecto clave para superar el prejuicio y la
distancia que tantas veces nos impide aproximarnos a esa sociedad heterogenea para la
cual trabajamos.

Baudrillard, Jean (1980). El intercambio simbólico y la muerte. Caracas: Monte Ávila editores.
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