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Vuelta de Obligado: reivindicación de una epopeya nacional olvidada

En 1845, Argentina enfrentó a las dos potencias de la época, Francia e Inglaterra. Y las obligó a
capitular.

El combate de la “Vuelta de Obligado” es, junto al Cruce de los Andes, una de las dos
mayores epopeyas de nuestra Patria. Una gesta victoriosa en defensa de nuestra soberanía que puso
a prueba exitosamente el coraje y el patriotismo de argentinas y argentinos, lamentablemente
silenciada por la historiografía liberal escrita por la oligarquía porteñista, antipopular y europeizante,
vencedora de nuestras guerras civiles del siglo XIX.

Corría 1845. Las dos más grandes potencias económicas, políticas y bélicas de la época,
Gran Bretaña y Francia, se unieron para atacar a la Argentina, entonces bajo el mando del
gobernador de Buenos Aires, don Juan Manuel de Rosas. El pretexto fue una causa “humanitaria”:
terminar con el gobierno supuestamente tiránico de Rosas, que los desafiaba poniendo trabas al libre
comercio con medidas aduaneras que protegían a los productos nacionales, y fundando un Banco
Nacional que escapaba al dominio de los capitales extranjeros.

Los reales motivos de la “intervención en el Río de la Plata”, como la llamaron los europeos,
fueron de índole económica. Deseaban expandir sus mercados a favor del invento de los barcos de
guerra a vapor que les permitían internarse en los ríos interiores sin depender de los vientos y así
alcanzar nuestras provincias litorales, el Paraguay y el sur del Brasil. Dichas intenciones eran
denunciadas por los casi cien barcos mercantes que seguían a las naves de guerra.
Otro objetivo de la gigantesca armada era desnivelar el conflicto armado entre la Argentina y la
Banda Oriental (hoy República del Uruguay) a favor de ésta, que los franceses consideraban
entonces protectorado propio. También independizar Corrientes, Entre Ríos y lo que es hoy Misiones
formando un nuevo país, la “República de la Mesopotamia”, que empequeñecería y debilitaría a la
Argentina y haría del Paraná un río internacional de navegación libre.

Los invasores contaron con el antipatriótico apoyo de argentinos enemigos de la


Confederación rosista, que se identificaban como “unitarios”, muchos de ellos emigrados en
Montevideo. Fueron ellos los que, vencedores del federalismo popular, escribieron nuestra historia
oficial, lo que explica que la epopeya de Obligado haya sido ominosamente ignorada hasta nuestros
días.

Ingleses y franceses creyeron que la sola exhibición de sus imponentes naves, sus
entrenados marineros y soldados y su modernísimo armamento bastarían para doblegar a nuestros
antepasados como acababa de suceder con China.

Táctica y estrategia

Pero no fue así: Rosas, que gobernaba con el apoyo de la mayoría de la población, sobre todo de los
sectores populares, decidió hacerles frente. Encargó al general Lucio N. Mansilla conducir la defensa.
Su estrategia fue la siguiente:

1) Era imposible vencer militarmente a los invasores por la diferencia de poderío y experiencia lo que
hacía inevitable que tuvieran éxito en su propósito de remontar el río Paraná.
2) Pero dado que se traba de una operación comercial encubierta, el objetivo era provocarles daños
económicos suficientes como para hacerlos desistir de la empresa y, lograr así una victoria
estratégica que vigorosas negociaciones diplomáticas harían luego contundente.

3) Era necesario buscar un lugar del Paraná donde fuera posible alcanzar a los barcos enemigos con
los escasos, anticuados y poco potentes cañones que se tenían.

Mansilla emplazó cuatro baterías en el lugar conocido como “Vuelta de Obligado”, donde el río se
angosta y describe una curva que dificultaba la navegación. Allí nuestros heroicos antepasados
tendieron tres gruesas cadenas sostenidas sobre barcazas y de esa manera lograron que durante el
tiempo que tardaron en cortarlas, los enemigos sufrieran numerosas bajas en soldados y marineros y
devastadores daños en sus barcos de guerra y en los mercantes. El calvario de las armadas
europeas y los convoyes mercantes que las seguían continuó durante el viaje de ida y de regreso,
siendo ferozmente atacadas desde las baterías de “Quebracho”, del “Tonelero”, de “San Lorenzo” y,
otra vez, desde “Obligado”.

Lucio N. Mansilla se puso valientemente al frente de sus tropas para rechazar el desembarco de los
enemigos y resultó gravemente herido.

Hubo valientes mujeres de San Pedro y de San Nicolás que lucharon a la par de los hombres y que
también cumplieron importantes servicios en el cuidado de los heridos. Entre ellas se destacaron,
entre otras, Josefa Ruiz Moreno, Rudecinda Porcel, María Ruiz Moreno, Carolina Suárez, Francisca
Nabarro y Faustina Pereira, encabezadas por Petrona Simonino.

La estrategia fijada por Rosas y Mansilla tuvo éxito y las grandes potencias de la época finalmente se
vieron obligadas a capitular aceptando las condiciones impuestas por la Argentina y cumpliendo con
la cláusula que imponía a ambas armadas, al abandonar el río de la Plata, disparar veintiún
cañonazos de homenaje y desagravio al pabellón nacional.

Las provincias litorales continuaron siendo parte de nuestro territorio y el Paraná es hasta hoy un río
interior argentino.

Desde su destierro en Francia, don José de San Martín, henchido de orgulloso patriotismo, escribió a
su amigo Tomás Guido el 10 de mayo de 1846: “Los interventores habrán visto por este échantillon
que los argentinos no son empanadas que se comen sin mas trabajo que abrir la boca” y mas
adelante felicitaría al Restaurador: “La batalla de Obligado es una segunda guerra de la
Independencia”. Y al morir le legó su sable libertador.

Por ley 20.770 se conmemora la epopeya del combate de la “Vuelta de Obligado” como Día de la
Soberanía Nacional.

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Una batalla que no fue nacional


La historia del combate de la Vuelta de Obligado del 20 de noviembre de 1845, y su
celebración épica, merece desmitificaciones que aquí realiza Chiaramonte. (Publicado
en Clarin el 3/12/12)
El aniversario del combate de la Vuelta de Obligado en noviembre de 2011 dio lugar a juicios
históricos que no reflejan la realidad de lo ocurrido. El enfoque del momentáneo enfrentamiento de
dos socios comerciales como el Estado de Buenos Aires e Inglaterra –que reanudarían prontamente
su lucrativa relación– ha sido mal interpretado por efecto del viejo peligro que acecha a los
historiadores: el del anacronismo. Se ha vaciado anacrónicamente ese enfrentamiento de la primera
mitad del siglo XIX en el molde del antiimperialismo del siglo XX. A continuación, me limitaré a
recordar quiénes y qué eran los protagonistas rioplatenses de ese episodio y a explicar el sentido,
distinto al del actual, que tenían en la época algunos términos fundamentales como nación y
federalismo, porque de su errada interpretación proviene buena parte del equívoco sobre el conflicto.

Antes, es importante advertir que el análisis de cuestiones como ésta ha sido entorpecido por
una especie de autocensura que, pese a la loable intención que la motiva, entorpece el conocimiento
de lo ocurrido. Me refiero a la voluntad de no revivir rencores suscitados por los enfrentamientos de
provincianos y porteños, que dejaron huella luctuosa en el pasado. Sin embargo, la adecuada
comprensión de este conflicto no puede lograrse sin atender a que un factor fundamental fue la
conocida contradicción entre los intereses económicos y políticos de Buenos Aires y los del resto del
Río de la Plata.

1. Lo primero que hay que tener en cuenta es que quien había provocado la reacción, primero
francesa, en 1838, y luego franco británica, en 1845, no era el estado argentino, que no existía aún,
sino el estado independiente y soberano de Buenos Aires, que estaba entonces asociado al resto de
los estados rioplatenses en una débil confederación, esa Confederación Argentina que subsistió
hasta la caída de Rosas. Por lo común, se entiende que una confederación no es un estado sino una
asociación de estados independientes y soberanos, condición ésta que poseían las aún llamadas
“provincias”, como lo puntualizara Alberdi en 1853 al escribir que, imitando a Buenos Aires, las demás
provincias rioplatenses se habían organizado como naciones. De manera que cuando se decía
entonces “federalismo”, la mayoría de las veces se aludía a una unión de tipo confederal en la que
cada provincia retenía su condición de soberanía independiente.

2. Como es sabido, esas provincias que se asumían como estados soberanos, al unirse en
confederación se habían despojado transitoriamente de una de las instancias de esa soberanía, la
representación exterior, que depositaban anualmente en el gobierno de Buenos Aires confiriéndole la
calidad de encargado de las relaciones exteriores. Pero los intereses de Buenos Aires como estado
soberano conspiraban contra su calidad de encargada del manejo de las relaciones exteriores de la
Confederación Argentina, porque condicionaba ese manejo a la satisfacción de sus intereses
particulares, lo que perjudicaba a gran parte de las demás provincias, sobre todo a las del Litoral
fluvial.

3. Buenos Aires había sufrido ya las reclamaciones de Francia, celosa de no lograr una relación
comercial análoga a la mantenida por Rosas con Inglaterra y, asimismo, por la negativa a conferir a
los franceses que habitaban en Buenos Aires los mismos privilegios que otorgaba a los súbditos
británicos, como el de eximirlos de prestar servicio en las milicias. Todo esto desembocó en el
agresivo bloqueo francés del puerto de Buenos Aires. Pero las provincias afectadas en su economía
por ese bloqueo, sobre todo las del Litoral fluvial, consideraban que se trataba de un conflicto que
podría haberse evitado de no mediar las consecuencias de la postura pro británica del gobierno de
Buenos Aires derivada de los beneficios que obtenía de la relación comercial con Inglaterra.

4. Esos beneficios se asentaban en el tratado de amistad, [libre] comercio y navegación, suscripto en


1825 durante el gobierno de Las Heras y mantenido celosamente por Rosas. Este tratado contenía
disposiciones que lesionaban a las economías de las demás provincias, las que en virtud de lo
acordado en el Pacto Federal de 1831 presionaban a Buenos Aires para que actuase en función de
los intereses del conjunto y no sólo de los suyos. Porque el producto de las rentas de su aduana –
cuyos ingresos eran también parcialmente fruto del consumo en el resto de las provincias–, el
librecambio que estipulaba el tratado con Gran Bretaña, y el control de la navegación de los ríos de la
cuenca del Plata, factores fundamentales de la riqueza de Buenos Aires, eran considerados por ésta
un privilegio de usufructo particular, sin atender a los reclamos de las provincias afectadas.

5. En 1845 Gran Bretaña se unió a Francia en acciones navales contra Buenos Aires por razones
vinculadas a su pretensión de acabar con el control de Buenos Aires sobre la navegación de los
afluentes del Plata, de manera de satisfacer su aspiración de alcanzar libremente el acceso naval al
Paraguay. En la necesidad de reunir fuerzas para enfrentar la agresión de británicos y franceses, el
gobierno de Buenos Aires buscó presentar su postura como expresión de un interés nacional, un
interés que en realidad no asumía cuando se trataba de preservar aquellos privilegios. Así, el
enfrentamiento de Buenos Aires con dos potencias europeas fue presentado como una causa
“americana” y “nacional”, logrando concitar apoyos de quienes veían sólo un aspecto del conflicto,
mientras en cambio, suscitaba el resentimiento y hostilidad de las provincias afectadas.

El bloqueo anglo-francés fue infructuoso y, como se reconoció posteriormente en la misma Inglaterra,


atentatorio del derecho de gentes. Gran Bretaña debió desistir del bloqueo y firmar un tratado con la
Confederación Argentina admitiendo su derecho exclusivo al control de la navegación de esos ríos
(Tratado Southern-Arana de 1849), lo que preservó el control de Buenos Aires sobre esa navegación.
De manera que finalmente, dos años después, en 1851, los estados rioplatenses más afectados
decidieron acabar con tales privilegios. Entre Ríos y Corrientes, alegando su condición de estados
independientes y soberanos, sujetos de derecho internacional, condición similar a la de Buenos Aires,
se unieron al Imperio de Brasil y a la República Oriental del Uruguay, para derribar a Rosas.

6. La conversión del combate de la Vuelta de Obligado en una gesta nacional no se sostiene en los
datos que provee la historia del período. En su enfrentamiento con las fuerzas anglofrancesas, Rosas
utilizó el sentimiento antieuropeo remanente de las luchas por la independencia para concitar apoyo
local e incluso del exterior, pero sofocando las reivindicaciones de las otras provincias cuyo comercio
era ahogado por su política. Y una vez superado el conflicto, reanudó sus lucrativas relaciones con
Gran Bretaña, las que, como consta en las actas del Parlamento británico, le fueron agradecidas en
1852 cuando se lo recibió con honores a su arribo a Inglaterra. Ese homenaje de las autoridades de
Plymouth, según expresiones del secretario de Relaciones Exteriores en la Cámara de los Lores, se
debía a que Rosas había mostrado gran distinción y generosidad con los comerciantes británicos que
comerciaban con su país y que había mantenido por lo general una buena relación con la Corona, lo
que había permitido sostener excelentes relaciones comerciales entre los dos países.

7. Poco se ha reflexionado sobre el sorprendente cambio de política de Buenos Aires luego del
fracaso constituyente de 1826, cuando de haber sido el bastión de la política unitaria se convirtió en
campeona del mal llamado “federalismo”, que era en realidad una postura confederal. Sucede que
sólo una relación confederal con el resto de las provincias rioplatenses le permitía impedir que éstas
anulasen los privilegios que disfrutaba. Como lo explicaba uno de los voceros de Rosas en un
periódico de 1832, “…la soberanía de las provincias es absoluta, y no tiene más límites que los que
quieren prescribirle sus mismos habitantes. Ahora bien, es un principio proclamado desde el 25 de
mayo de 1810, por todos los habitantes de la República, que cada una de las provincias que la
componen es libre, soberana e independiente de las demás: luego la de Buenos Aires puede usar
sola de su territorio, costas de mar, puertos, ensenadas, radas y bahías, según lo estime conveniente
para sus necesidades; puede sacar de ellas toda la utilidad de que sean capaces […] Luego ella es
exclusivamente la verdadera dueña de todos los lucros que reporte tanto de sus costas y puertos,
como del comercio que haga con otros estados. Luego, siendo los derechos de su aduana lucros de
ese comercio de importación y exportación con las naciones extranjeras, a ella sola le pertenecen
exclusivamente.” (Artículo en “El Porteño”, 1832) 8. Es útil recordar que las ex colonias inglesas
manejaron sus conflictos uniéndose primero en una confederación y, pocos años después, dada la
inoperancia de una unión confederal para afrontar el logro de sus objetivos nacionales, adoptaron una
nueva y exitosa forma de unión, el estado federal –Filadelfia, 1787–, que les confirió la fuerza para
afrontar los desafíos de su nueva inserción en el escenario internacional.

En el Río de la Plata, en cambio, el rechazo a ultranza de la solución confederal propuesta por Artigas
y otros pueblos rioplatenses, provocó una indefinida postergación de la creación constitucional de un
estado nacional. Y la unión confederal adoptada a partir de 1831, no sirvió de tránsito a ese posible
estado nacional por la férrea oposición de Buenos Aires a las iniciativas de organización
constitucional. Su refugio en la calidad de estado soberano fue incluso prolongado por Buenos Aires
luego de la caída de Rosas negándose a ratificar el Acuerdo de San Nicolás, hasta que en 1860,
como resultado de acciones bélicas, se vio obligada a ingresar al estado nacional argentino surgido
en 1853.

9. La postura confederal, férreamente mantenida por los gobiernos de Buenos Aires como
salvaguardia de sus intereses ante las demandas de las demás provincias, fue rápida aunque
transitoriamente atenuada por Rosas cuando el enfrentamiento con las fuerzas británicas y francesas
lo impulsó al uso de un vocabulario nacional como medio de obtener adhesiones. Durante el siglo
XVIII y las primeras décadas del XIX el término nación era sinónimo del de estado y carecía del
sentido de unidad étnica o cultural expresado por otro término a él asociado, el de nacionalidad –un
concepto que en su sentido actual recién comenzó a existir con la difusión del Romanticismo. En el
Río de la Plata esta forma de entender el concepto de nación ingresó recién con la generación del 37
y se convirtió en una parte del arsenal conceptual empleado contra Rosas, así como fue también un
arma en manos de éste cuando debió reclamar adhesión a su postura ante la agresión franco-
británica. Como tantas veces volverá a ocurrir, la fraseología nacional fue utilizada con éxito en
defensa de intereses particulares, en este caso los de un estado de la Confederación.

10. Lo más importante de estas erróneas interpretaciones es olvidar que fue la política de Buenos
Aires la que, en 1831, bloqueando una cláusula fundamental del Pacto Federal, vetó toda iniciativa de
reunir un congreso constituyente para organizar un nuevo estado nacional. En esa coyuntura, la
política de Rosas no fue una política de unidad nacional. Por el contrario, fue el principal obstáculo a
esa unidad, la que comenzó a lograrse tardíamente a partir de 1851 con la rebelión de las provincias
del Litoral. Tan tardía, que dejó un país débilmente organizado como para enfrentar los nuevos
desafíos de la gran expansión capitalista de la segunda mitad del siglo XIX.

*Director del Instituto de Historia Argentina y Americana Emilio Ravignani (UBA).