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Unidad 1: Las revoluciones burguesas

REVOLUCIÓN FRANCESA (1787-1799)

Algunas interpretaciones historiográficas

La historiografía en torno a este tema es muy abundante, desde los tiempos en


que se desarrollaron los hechos hasta nuestros días. En todo momento, se
planteó una compleja problemática sobre los múltiples aspectos de este
proceso revolucionario, elaborándose interpretaciones de muy diferente tipo.

Antoine Barnave, abogado francés, diputado coetáneo de los acontecimientos


que estudia, demuestra en su obra Una Introducción a la revolución francesa
que la revolución deriva de la evolución de la sociedad: desde la Edad Media la
propiedad esencialmente rural había llevado a la conformación de una sociedad
aristocrática, pero en los tiempos modernos, el desarrollo del comercio y de las
manufacturas trajo consigo una redistribución de la riqueza y ésta produjo una
nueva distribución del poder: revolución política, consecuencia de la ruptura
económico-social.

Jacques Godechot, historiador francés, plantea en un Congreso de Ciencias


Históricas realizado en Roma en 1955, que la Revolución Francesa no puede
considerarse un fenómeno particular, nacional y aislado sino que es el episodio
más importante de una gran revolución que agita a todo Occidente desde 1770
hasta 1850. Una revolución burguesa y liberal, variando sólo en función de las
condiciones particulares existentes en cada lugar. Por tanto la revolución no
sólo es francesa, sino atlántico-occidental.

Albert Soboul, uno de los destacados historiadores franceses de orientación


marxista, rebate esta posición y sostiene que las causas profundas de la

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Revolución Francesa deben buscarse en las contradicciones entre las
estructuras e instituciones del Antiguo Régimen, por una parte, y el movimiento
económico y social, por otro.

Michel Vovelle, otro historiador francés y que tomaremos como lectura


obligatoria, critica también el concepto de revolución atlántica. En su obra
Introducción a la historia de la Revolución Francesa afirma categóricamente que
el objetivo claro de la Revolución es la destrucción del feudalismo.

Las diversas interpretaciones en torno a esta revolución, en cuya matriz se forja


la política contemporánea, pueden clasificarse de la siguiente forma:

 Interpretaciones tradicionales y de matiz conservador: el origen


de la revolución está en un complot contra la monarquía, la
religión, el orden político y los fundamentos de la sociedad
tradicional, organizado por la masonería, la ideología del “siglo
de las luces” y el pensamiento de los filósofos. También ponen
el acento en la llamada “barbarie de la violencia popular”.
 Interpretaciones liberales que hacen foco en las causas
económicas: el insoportable grado de miseria llevó a los
sectores populares a la rebelión. La riqueza de la burguesía que
disfrutaba de una situación de prosperidad económica dentro
de una crisis general y la coyuntura demográfica, al producirse
el crecimiento poblacional en una fase de crisis económica,
llevan a la revolución.
 Interpretaciones liberales que hacen foco en cuestiones
sociales y estructurales: la revolución como lucha social contra
el feudalismo y el deseo de desmontar el complejo feudal-
señorial. El conflicto entre nobleza y tercer estado origina una

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auténtica lucha de clases, en parte provocada por la primera, a
la que la burguesía responde con el siguiente planteo: a una
nueva distribución de la riqueza debe corresponder una nueva
distribución del poder. Estas interpretaciones también
consideran las contradicciones del Tercer Estado.
 Interpretaciones que ponen el acento en los actores colectivos
o por el contrario en el rol de las personalidades o de los
“grandes hombres”. Así se destaca el papel jugado por las
asambleas parisinas, las masas populares, ya sean campesinas
(Gran Miedo) o urbanas (Sans culottes). O bien de
protagonistas como Marat, Danton o Robespierre.

Todas las interpretaciones coinciden en que la Revolución Francesa constituye


el triunfo económico, social y político de la burguesía y los autores han
polemizado sobre dos aspectos fundamentales: 1) causas y orígenes y 2)
caracteres y explicación.

Alfred Cobban, historiador británico que niega el carácter antifeudal de la


revolución clasifica a los historiadores dedicados a su análisis en dos categorías:

 Los que atribuyen la revolución a causas particulares y


personales. Son éstos los partidarios de la conspiración o del
complot, teoría que inicia en los mismos momentos
revolucionarios, Agustín Barruel quien en 1798 atribuye el
origen del movimiento revolucionario a la acción de los
masones. Esta tesis tiene escasa consistencia científica ya
que la masonería no tiene tanta fuerza ni desempeña un
papel directo y decisivo en la preparación de la revolución,
si bien las logias difunden las ideas y obras de los filósofos y

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contribuyen a generar una mentalidad pre-revolucionaria. La
tesis del complot masónico debe descartarse.
 Los que hacen derivar la revolución de la lógica de los
hechos históricos: paso de una estructura social agraria y
feudal a otra comercial y manufacturera; transformaciones
demográficas que recrudecen la disputa por la tierra y los
empleos. Malas cosechas, alzas de precios e insuficiencia de
alimentos. Situación general de escasez y miseria entre las
clases populares urbanas y rurales que no participan de la
situación de prosperidad económica, de cuyos beneficios
disfrutan la burguesía y la nobleza.

No cabe duda que también debe tenerse en cuenta el movimiento de ideas que
circulan por aquel entonces entre los intelectuales franceses: la influencia del
racionalismo y del iluminismo, cuyos exponentes hacen crítica de las
autoridades y de los juicios consagrados, que hacen perder el prestigio de
instituciones como la monarquía absoluta y la iglesia. El iluminismo le aporta a
la revolución una filosofía política, una propaganda literaria y una doctrina
constitucional. La monarquía absoluta, de derecho divino se muestra incapaz de
asimilar y adaptarse a las nuevas realidades y se llega entonces a una crisis
institucional que intenta superar con reformas insuficientes que desencadenan
la crisis final del Estado. El malestar comienza en una aristocracia desfasada
que lleva a la burguesía a hacer la revolución que le dará el poder.

La historiografía de la Revolución Francesa atraviesa por tres fases:

Narrativa, con historiadores liberales y románticos de la primera mitad


del siglo XIX: Antoine Barnave, Adolphe Thiers, Jules Michelet, Alphonse
de Lamartine.

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Explicativa, con historiadores que en la segunda mitad del “largo” siglo
XIX, ponen el foco en los aspectos económicos, como Alexis de
Tocqueville, Karl Marx e Hipólito Taine quien plantea la miseria en
general del pueblo francés y en particular del campesinado que
representa el 80% de la población francesa en vísperas de la revolución.
Científica, con el aporte de historiadores socialistas, como Jean Jaures,
quien plantea el fortalecimiento del poder del tercer estado; Albert
Mathiez que resalta la expansión económica de la burguesía y las crisis
coyunturales; y Georges Lefebvre quien sigue tomándose como modelo
de explicación marxista ortodoxa de las causas de la Revolución.

Los historiadores sociales, bajo la influencia del marxismo como metodología o


como doctrina, dan prioridad al estudio de la dinámica social, a las
infraestructuras materiales que juegan un papel fundamental y que deben
considerarse en primer lugar, para pasar luego a las superestructuras políticas e
ideológicas en un proceso de adecuada y científica comprensión del proceso
histórico en su totalidad.

Situación de Francia en vísperas de la revolución

La Revolución Francesa viene a poner fin al llamado Antiguo Régimen,


sustentado en tres pilares: el absolutismo monárquico, el feudalismo y una
sociedad estamental o de órdenes.

En 1788 hay en París 80.000 desocupados. El precio del pan, ante el fracaso de
la cosecha de trigo se había duplicado e implicaba el 50% de las entradas de la
gente pobre. El gobierno está en bancarrota y en esta crisis financiera influyó
su decisión de apoyar económicamente a las colonias norteamericanas en su
guerra de independencia del Reino Unido. Esta guerra generó una deuda en el
erario francés que terminó rompiendo el espinazo de la monarquía.

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Ante esta situación se instituyen nuevos impuestos, uno de sellos y otro directo
a la producción anual de la tierra. Por otra parte, se mantiene el cobro de la
talla (impuesto sobre la propiedad real y personal) y la gabela (impuesto a la
sal)1, además del inequitativo complejo feudal, que implica un conjunto de
gravámenes, entre ordinarios y extraordinarios, en moneda, como en especie.
La estructura administrativa y fiscal es anticuada y confusa.

En 1787 el rey Luis XVI de la dinastía de los Borbones convoca una Asamblea
de Notables con la esperanza de que los magnates del reino aceptaran una
carga mayor del déficit fiscal. El alto clero y los nobles de espada (los dos
sectores más favorecidos de la sociedad de órdenes francesa) apoyan
reticentemente al monarca, a cambio de retener sus privilegios. En cambio la
oligarquía judicial, inspirada en la filosofía iluminista y la revolución
norteamericana proponen una revisión fiscal y una reforma gubernamental.

La Revolución Francesa comienza como un intento aristocrático de recuperar las


riendas del Estado. Una reacción de la aristocracia que culmina en 1787/88 con
la fronda nobiliaria, mecha que inflamaría el barril de pólvora en que se había
convertido el reino de Francia. Esta revuelta fracasa por: 1) subestimar las
intenciones independientes del tercer estado y 2) desconocer la profunda crisis
económica y social que estimulaba sus pretensiones políticas.

El consenso de ideas de un grupo coherente y con conciencia de clase, como la


burguesía, le otorga unidad efectiva a la revolución.

Las ideas liberales formuladas por filósofos y economistas son propagadas por
la francmasonería. Los filósofos son responsables de la revolución, que sin
embargo podría haber estallado sin ellos. Pero fueron ellos los que le otorgan la
1
La producción de sal constituía un monopolio oficial. Cada habitante debía comprar anualmente por lo
menos 7 libras de sal. El costo de producción sumado a la pesada carga impositiva implicaba que el
precio de la sal para el consumidor fuera 50 ó 60 veces mayor que el verdadero valor de la sal.

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diferencia entre una simple quiebra del Antiguo Régimen y la rápida y efectiva
sustitución por otro nuevo.

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