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Lorenzo Meyer''

La guerra fría en el mundo periférico:


el caso del régimen autoritario mexicano.
La utilidad del anticomunismo discreto

Introducción
EN LA periferia, la guerra no fue tan fría. Apenas concluyó la Segunda
Guerra Mundial, se hizo evidente la existencia de una nueva gran pugna
mundial: la que se dio entre la Unión Soviética y Estados Unidos y sus
respectivos bloques. Tan temprano como el 5 de marzo de 1946, el
primer ministro británico, Winston Churchill, anunció el nuevo conflicto
al declarar: "Una cortina de hierro ha descendido a lo largo del conti­
nente [europeo], de Sttetin en el Báltico a Trieste, en el Adriático." Para
194 7 el fenómeno ya tenía nombre: la guerra fría. Se trató de un con­
flicto donde se mezclaron el tradicional choque entre intereses nacionales
de grandes potencias con otro de visiones del mundo antagónicas y exclu­
yentes ­diferentes concepciones sobre la naturaleza de la sociedad y del
hombre. En muy poco tiempo ningún país pudo sustraerse de la gran
pugna capitalismo­socialismo, desde luego no México.
Lo peculiar de ese choque de más de cuatro decenios, es que nunca
llegó a ser directo, pues de haber chocado de frente, ambas superpoten­
cias nucleares hubieran quedado destruidas por completo. Por el temor
a esa "guerra del fin del mundo", los contrincantes eligieron medir fuerzas
usando a terceros en el ancho mundo periférico. Fue ahí, en la periferia,
donde la guerra fría se volvió caliente y donde centenares de miles pe­
recieron, otros fueron a prisión y millones vieron sus vidas severamente
afectadas. Incluso en los países que no fueron escenario de esos conflictos
localizados y alentados por las superpotencias, sus procesos políticos inter­
nos ­la división entre izquierda y derecha­, reflejaron de alguna manera
la gran pugna entre este y oeste.

*Centro d~ Estudios Internacionales, El Colegio de México, México.


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La tesis
Las guerras calientes pero limitadas ­las guerras civiles, levantamientos
populares y las luchas contrainsurgentes­ resultado del antagonismo
comunismo­anticomunismo, se libraron prácticamente en su totalidad
todas en la periferia del sistema mundial ­una zona ya de por sí pobre
y maltrecha­, como fueron los casos de Grecia, Corea, Hungría, Vietnam,
Guatemala, Congo o Zaire, Cuba, Laos, Israel, Camboya, Líbano, Indo­
nesia, Angola, Granada, Etiopía, Chile, Yemen, Nicaragua, El Salvador
o Afganistán, por mencionar sólo los casos más conspicuos. México fue
uno de esos países no centrales que se salvaron de ser tocados directa y
violentamente por la guerra fría, pero eso no significó que su vida polí­
tica y cultural se hubiese podido sustraer a los efectos indirectos del
fenómeno.
Aunque con menos víctimas y menos profundidad que otros países
latinoamericanos, en México también hubo movilizaciones en nombre
de causas ligadas a la bipolaridad mundial y también se dieron movimien­
tos guerrilleros de izquierda con su consecuente "guerra sucia", que cobró
la vida de varios cientos de ciudadanos ­básicamente jóvenes­y cuyas con­
secuencias políticas y culturales aún están presentes en el debate político
mexicano.1 Sin embargo, este trabajo no se propone explorar todas las
áreas de la vida mexicana afectadas por la confrontación entre la URSS
y Estados Unidos. El objetivo es más limitado, pues sólo busca adentrar­
se en uno de los efectos indirectos, menos obvio que la mera lucha izquier­
da­derecha, pero muy importante: la manera en que un régimen ­un sis­
tema de reglas del juego político­ y su clase dirigente pudieron y supieron
aprovechar en su favor los vientos desatados por la tormenta internacio­
nal del choque comunismo­anticomunismo y salir bien librados a todo
lo largo de la segunda mitad del siglo xx.
La bipolaridad que caracterizó al sistema internacional tras la Segun­
da Guerra Mundial, fue muy bien empleada, y a un costo relativamente
bajo, por los líderes mexicanos para legitimar interna e internacional­
mente al régimen autoritario que surgió tras el triunfo de la Revolución
mexicana de 1910 y cuya etapa de madurez coincidió justamente con el
inicio de la guerra fría. Lo relevante del caso mexicano es que a pesar de
que su régimen no correspondía más que formalmente a los valores polí­
ISobre la naturaleza de los movimientos de izquierda de los años ele la guerra fría en México
y las acciones de los aparatos de seguridad en su contra, véase a Sergio Aguayo Quezada, La Charola.
U11a historio de los servicios de inteligencui en Méxu», México. Grijalbo, 200 l.
LA GUEHRA FHl.\ EN EL MUNDO PERIFÉRICO ,. 97

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,;tices democráticos de la potencia en cuyo campo se encontraba inscrito
}­el de Estados Unidos­, esa potencia encontró muy conveniente dar al
.:". 'sistema autoritario mexicano el certificado de democracia bona fide y, ade­
.. , más, para apuntalarlo internamente, tolerarle un grado de independen­
.; · cía mayor que al resto de los países latinoamericanos. 2 Por su parte, los
' líderes mexicanos supieron aprovechar muy bien esa relación con Esta­
dos Unidos, para legitimarse, afianzar su dominio interno, y darle a Was­
hington lo que más buscaba en México: estabilidad política. En suma, a
lo largo de la guerra fría ­aunque más a su inicio que a su final­, los
intereses norteamericanos que dieron forma a la política hacia México,
• deliberadamente encubrieron la naturaleza no democrática de su régimen
. a cambio de que éste mantuviera toda la larga frontera sur norteamericana
libre de inestabilidades y amenazas a su seguridad. Obviamente, en la me­
dida en que Estados Unidos aceptó este intercambio de apoyo y tolerancia
a cambio de estabilidad y seguridad, contribuyó a prolongar la vida de la
experiencia autoritaria mexicana.
Conviene subrayar aquí las peculiaridades de la convivencia entre
México y Estados Unidos. El contraste económico, político y cultural en
la larga frontera compartida por los dos países, no tuvo equivalente en nin­
guna otra en el mundo ­en ningún otro lugar desarrollo y subdesarrollo,
poder militar y ausencia del mismo se encuentran en contacto tan directo
y cotidiano. Y dada la porosidad de esa frontera, una ausencia de control
político y social en su lado sur ­poblado en 1950 por 25. 79 millones, pero
que en 1990 ya eran 81.24 millones­ hubiera podido transformar a la
zona en un problema sustantivo para unos Estados Unidos que necesi­
taban que ese enorme espacio no se convirtiera en otro de los frentes de
lucha indirecta con la Unión Soviética.

La política de independencia relativa


como fuente de legitimidad del régimen mexicano
Desde el inicio de la guerra fría y hasta su conclusión 43 años más tarde,
un hábil y cuidadoso manejo del discurso ideológico, de los equilibrios
externos y de los controles políticos internos, permitieron que la clase
dirigente mexicana apareciera menos anticomunista de lo que en realidad
2Un análisis sobre las razones norteamericanas para tolerarle a los dirigentes mexicanos un

grado de independencia mayor que al resto de América Latina, se encuentra en Peter Smith,
Talons of the Eag/c, Nueva York, Oxford University Press, 1996.
!JS • LORENZO ~IEYBR

era y también más independiente y nacionalista e incluso democrática


de lo que en realidad era. La situación mexicana tuvo un trasfondo muy
contrastante: el grueso de sus contrapartes en América Latina que, en
mayor o menor medida, siguieron un rumbo más abiertamente pronor­
teamericano y anticomunista. El resultado neto de la política de inde­
pendencia relativa y nacionalismo formal de los gobiernos mexicanos, les
redituó en legitimidad y estabilidad ­elementos que se reforzaron mu­
tuamente­, lo que, a su vez, les ayudó a sortear crisis y obstáculos que
gobiernos y regímenes de otros países encontraron insuperables y que de­
sembocaron en ingobernabilidad, dictaduras abiertas, represión en gran
escala y, finalmente, en fracasos. En contraste, el régimen autoritario que
se empezó a formar en México en 1916 tras una gran revolución social, se
mantuvo en el poder hasta el 2000, para luego, agotado, experimentar
un tránsito relativamente pacífico a la democracia política, y sin que se
extinguiera o incluso se llamara a cuentas al actor político que durante
todo ese tiempo monopolizó el poder con mecanismos autoritarios: al
Partido Revolucionario Institucional (PRI).3
A todo lo largo de la guerra fría (194 7­1990), los gobiernos del ré­
gimen mexicano centrado en el PRI, diseñaron y mantuvieron una hábil
política de equilibrios hacia dentro y hacia afuera, que les permitió man­
tener la aceptación y apoyo de las potencias internacionales tanto del bloque
capitalista como, en menor medida, del socialista, de un autoritarismo
con fachada democrática. En efecto, durante los más de cuatro decenios
que duró la pugna este­oeste, los gobernantes mexicanos, relativamente
moderados tanto en su autoritarismo ­bastante incluyente­ como en su
anticomunismo ­relativamente discreto­, pudieron contrastarse positi­
vamente con las dictaduras de derecha y autoritarismos burocráticos que
caracterizaron a una buena parte de América Latina y del mundo perifé­
rico. En efecto, frente a gobiernos como los encabezados por las familias
Somoza o Duvalier, por Trujillo, Pérez Jiménez, Rojas Finilla, Strossner,
Pinochet o las juntas militares de Argentina, Uruguay o Brasil, el PRI mexi­
cano aparecía como más moderno e incluso, desde la perspectiva nor­
teamericana, como un ejemplo a seguir en caso de una posible evolución
•1 La literatura en torno a la naturaleza autoritaria del sistema político mexicano en el siglo XX,
es numerosa. Entre las visiones generales destacan: José Luis Reyna y Richard S. Wcinerl (cds.),
A11tlioritaria11is111 i11 Mexico, Filadelfia, Instítute for the Study oí Human Issues, 1977; Roger D.
Hansen, La política del desarrollo 111exica110, México, Siglo XXI, 1971; Héctor Aguilar Camín y Lorenzo
Meyer, A la sombm de la Revol11ci611 mexica,1a, México, Cal y Arena, 1994; Cornelius Wayne, Mexican.
Politia in Transüion. The Breakdmonofa One-PanyDo111i11(111/ Regime, San Diego, University ofCali­
fornia, Center for Il.Si­Mexican Studies, 1996.
[,A GUERR ..\ FRÍA EN EL MUNDO PERIFÉRICO • 99

hacia una etapa de mayor apertura y pluralismo en la Europa del este. 4


Y esa aceptación e incluso respaldo externo al régimen de un solo partido
en México, se explica en buena medida porque el gobierno mexicano buscó
mantener, al menos en la forma, una cierta distancia frente a Estados
Unidos y una cierta cercanía, también más formal que real, con la URSS,
todo eso cobijado con el manto del nacionalismo revolucionario.

La relación con el otro polo


El apoyo norteamericano a la estabilidad política mexicana, una estabi­
lidad no igualada en ningún otro país de América Latina o, incluso, en
cualquier otra parte del ancho "Tercer Mundo", requirió, paradójicamente,
que el régimen mexicano, que para la segunda mitad del decenio de 1940
ya no tenía tendencias hacia la izquierda ni, tampoco, tenía ninguna
relación económica, cultural o política sustantiva con la Unión Soviética,
lograra que Moscú desarrollara también un cierto interés en ayudar a pre­
servar su estabilidad. La política mexicana se encaminó a crear una si­
tuación tal que, con el paso del tiempo, la URSS considerara inconveniente
apoyar o alentar en la izquierda mexicana a enfrentarse al suuu quo por
la vía violenta. De ahí que un México anticomunista, que siempre actuó
contra el Partido Comunista Mexicano (PCM), y la URSS, mantuvieron las
relaciones diplomáticas reanudadas a raíz de la Segunda Guerra Mundial
y sin que la potencia al norte de México lo objetara. Con el tiempo, México
fue extendiendo ese tipo de relación a varios países de la Europa del este.
En conjunto, las embajadas del bloque socialista en México fueron verda­
deros puestos de observación soviética en la frontera con Estados Unidos,
aunque la contrainteligencia norteamericana buscó y logró mantener bajo
control sus actividades y movimientos. 5 Finalmente, la política mexicana
ofreció una cierta neutralidad ante algunos de los conflictos de la bipo­
laridad en los foros multilaterales ­en la Ol\TlJ, donde México ha coincidido
muy poco con Estados Unidos, y particularmente en la OEA- y,6 sobre
• México fue presentado en 1970 en Estados Unidos como un modelo para la Europa del este en
su posible tránsito de un autoritarismo duro a uno blando, en Samuel P. Huntington y Clement H.
Moore, Authoritarian Poiitics i11 Modem Sacie/y. The Dynamics of Establisñed. Üne-Party Syssevu, Nueva
York, Basic Books, 1970; véase en particular el capítulo l S, de Melvin Croan, titulado "Is Mexico
the Future of East Europe: Institutional Adaptability and Political Chango in Comparative Perspec­
tive", pp.451­483.
5 Al respecto, véase la obra de Philip Agee, ex agente de la CIA que estuvo un tiempo estacionado
en México, J11Side the Co111pa11y: cu Diary, Harmondsworth, Inglaterra, Penguin Books, 197 S.
6Jorge I. Domínguez y Rafael Fernández de Castro, The United Status and Mexico. Benueen
Partuersliip m1d Conflict, Nueva York, Routledge, 2001, pp. 54­60.
JOO • LORENZO MEYER

todo, una defensa jurídica y política del derecho a la autodeterminación


y de la solución pacífica de las controversias en el contexto de un sistema
interamericano dominado por Washington y por el anticomunismo mili­
tante. Esa posición mexicana benefició de manera indirecta a Cuba, un
Estado cliente de los soviéticos siempre bajo la presión norteamericana
y más adelante a la Nicaragua sandinista, otro aliado de Cuba y la URSS.;
Los estudios soviéticos sobre México, que no fueron muchos, pero
los que se publicaron pueden ser vistos como un indicador de la actitud de
Moscú hacia el régimen mexicano. Esas visiones públicas sobre el México
del siglo xx, invariablemente resaltaron los elementos burgueses pero po­
sitivos y "progresistas" de la Revolución mexicana y del régimen que había
surgido de la misma, en particular la reforma agraria y el antiimperialismo.8
A ojos soviéticos, el sistema político mexicano contrastaba favorablemente
con el grueso de los latinoamericanos, donde, desde su perspectiva, domi­
naban aún elementos feudales y, sobre todo, el entreguismode las clases
gobernantes a los designios norteamericanos. Desde la Segunda Guerra
Mundial y hasta su desaparición, la URSS mantuvo relaciones y dio apoyo
al PCM, pero nunca se probó que Moscú le hubiera ordenado o alentado
a desestabilizar al régimen mexicano. En realidad, el PCM intentó pro­
longar la colaboración con el régimen que había tenido en la segunda
guerra, pero fue el gobierno de Miguel Alemán el que la rechazó y repri­
mió. El PCM, en realidad, participó poco en la organización de huelgas
y acciones del movimiento obrero que chocaron con el régimen, como el
movimiento ferrocarrilero de finales del decenio de 1950. Tampoco, pese
a las acusaciones, fue fundamental en el movimiento estudiantil de 1968
ni en la guerrilla que se formó después. Con la reforma política de 1977 el
PCM obtuvo su registro oficial como partido y en 1979 participó, por
primera vez desde 1946 en las elecciones federales y sus candidatos ocu­
paron 18 curules.9 En 1981 el PCM se disolvió en otra organización donde
se unió a otras organizaciones de izquierda para formar el Partido Socia­
lista Unificado de México y el comunismo mexicano se fue definitiva­
7No hay muchos estudios sistemáticos de la relación entre México y la URSS, pero al respecto

véase a Humbert.o Garza, "Las relaciones entre Mé:óco­URSS", Foro Intemacioual, vol. 28, núm. 112,
abril­junio, 1988, pp, 760­769.
8 Un buen ejemplo de la visión oficial soviética del régimen mexicano se tiene en: Boris T. Rudcn­

ko et al., La Re-cJOl11ció11 mexicana. Cuatro estudios soviaico«, México, Fondo de Cultura Popular,
1960; Moisei S. Alperovich y Boris T. Rudenko, La Re11olllci611 mexica'lla de 1910-1917 y la
política de los Estados Unidos, México, Fondo de Cultura Popular, 1969. Véase también, Gregory
Oswald, "La Revolución mexicana en la historiografía soviética". Historia Mexiama, núm. 3, 1963,
pp. 340­357.
9Véase al respecto a Barry Carr, La izquierda 1111!.tiama a través del siglo XX, México, Era, t 996.
LA GUERRA FRÍA EN EL MUNDO PERIFÉlllCO O 101

mente por la vía electoral que dio forma en 1987 al Partido Socialista
Mexicano y más tarde, en 1989, al actual partido de las izquierdas mexi­
canas y que ya nada tiene que ver con la URS S o con la búsqueda de
la dictadura del proletariado y sí con la democracia política y el plura­
lismo: el Partido de la Revolución Democrática (PRD).

El Tercer Mundo
Los esfuerzos iniciales por construir interna y externamente la imagen
de un México que buscaba y se mantenía en un cierto equilibrio en la bi­
polaridad del sistema mundial, se llevaron a cabo en el marco de una polí­
tica externa de bajo perfil, donde los momentos de activismo fueron una
excepción. Ese rechazo al activismo en el exterior, tuvo como razón de ser
el disminuir al máximo la posibilidad de que México tuviera que involu­
crarse en los temas definidos como sustantivos por los norteamericanos
y, así, evitar chocar de frente con los intereses de la potencia hegemónica,
pues en ese caso la independencia relativa de la que surgía la legitimidad,
no sólo encontraría su límite, sino que se haría evidente su fragilidad.'?
Un buen ejemplo de los límites y evolución de la política mexicana
en la guerra fría, se tiene al examinar su relación con el llamado "Tercer
Mundo" en general y con su principal actor tras su ruptura con la URSS:
China. Fue el presidente Adolfo López Mateas (1958­1964) quien, de
manera muy cauta inició contactos con un grupo de países que de tiempo
atrás habían iniciado el desarrollo de una política que les permitiera usar
en su favor algunos de los elementos creados por la bipolaridad. Se trató
del grupo inicial de 29 países que en 1955, en la Conferencia afroasiá­
tica de Bandung, se proclamaron neutrales en la lucha global entre comu­
nismo y capitalismo y reivindicaron su derecho a desarrollarse siguiendo
una tercera vía tanto política como económica. Para 1961 el grupo de los
no alineados tuvo su primera conferencia en Belgrado, y a partir de enton­
ces el movimiento, pese a sus tensiones y contradicciones, buscó aumentar
su espacio de maniobra. México se acercó entonces, aunque sin compro­
'ºMario Ojeda definió y resumió muy bien en 1976 la esencia de la política mexicana frente
a Estados Unidos durante la guerra fría: "los Estados Unidos reconocen y aceptan la necesidad de
México de disentir de la política norteamericana en todo aquello que le resulte fundamental a México,
aunque para los Estados Unidos sea importante, más no fundamental. A cambio de ello México
brindará su cooperación en todo aquello que siendo fundamental o aún importante para los Estados
Unidos, no lo es para el país", Alca11ces y timites de la política exterior de México, segunda edición,
México, El Colegio de México, 1984, p. 120.
102 ° LORENZO llEYEll

meterse a fondo, a países líderes del movimiento, como Yugoslavia, India,


Indonesia o Egipto. Sería en el gobierno de Luis Echeverría ( 1970­197 6),
y aprovechando la relativa distensión en la bipolaridad, cuando se asumió
de manera más abierta la política de acercamiento a un movimiento en el
mundo periférico que, con el paso del tiempo llegaría a contar con el apoyo
de alrededor de un centenar de países, básicamente de África, y Asia, pero
muy pocos de América Latina.
El motivo que impulsó a Echeverría a abandonar el bajo perfil tradi­
cional de la política exterior mexicana y acercarse al bloque de neutrales
que era visto con sospecha por Washington y con simpatía por la URSS
y China, fue básicamente interno: la necesidad de buscar en un supuesto
liderazgo del Tercer Mundo la legitimidad que el régimen había perdido a
raíz de la represión que había desatado a partir de 1968 contra las de­
mandas de la oposición de izquierda. 11
El caso más ilustrativo del nuevo juego del gobierno mexicano de acer­
camiento con la no alineación afroasiática fue su relación con China, que
tras su ruptura con la URSS, también buscó un espacio en el movimiento
de los no alineados y tercermundistas. Cuando en 1949 el Partido Comu­
nista Chino triunfó sobre sus adversarios del Kuomintang y estableció
la República Popular China, México respondió manteniendo sus relacio­
nes diplomáticas con el viejo régimen que se había refugiado en la isla de
Taiwán (la antigua Formosa) bajo la protección de Estados Unidos. Cuan­
do estalló, poco después, la guerra en la península de Corea, México no
tuvo más remedio que apoyar a Estados Unidos en la ONU y a su "Reso­
lución Pro Paz", el instrumento que legitimó la intervención militar nor­
teamericana en esa península en apoyo del régimen establecido en el sur
y en contra de aquel que se encontraba en el norte y apoyado por la China
Popular y los soviéticos. Cuando esa guerra concluyó en la división de
Corea en dos países y sistemas antagónicos, empezaron a manifestarse
diferencias graves entre los comunismos de China y la URSS, que se ahon­
daron hasta desembocar, en el siguiente decenio, en una ruptura total.
Esta división del bloque socialista, más la visita del secretario de Estado
norteamericano a Pekín en julio de 1970, fueron señales que México y
otros países interpretaron como propicias a un replanteamiento de sus
propias relaciones con la China Popular. En 1972, México fue, descon­
tando a Cuba, el tercer país latinoamericano ­después de Chile y Perú­
Mario Ojcda, México: el surgimiento de 1mu política exterior activa, México, SEP·Foro 2000,
11

1986, pp. 47·53.


LA GUEKRA FRÍA EN EL )!UNUO PERIFÉRICO O 103

en cortar sus ligas con Taiwán y reconocer al gobierno de Pekín. El pre­


sidente Echeverría hizo el movimiento anterior en una coyuntura en que
en sí mismo, ese movimiento no le acarreaba ningún conflicto con Vfas­
hington y sí, en cambio, le sirvió para subrayar internamente su política
de independencia relativa y para ganar una mejor posición entre los líde­
res del tercermundismo y la no alineación;'!

La guerra fría muy de cerca: Cuba y Centroamérica


Es necesario dejar asentado que si bien, en lo sustantivo, México ni pudo
ni quiso apartarse de Estados Unidos en la evolución de su confrontación
con el bloque soviético, también es verdad que entre México y Estados
Unidos hubo diferencias en temas derivados de la guerra fría que no
pueden calificarse de enteramente secundarias pues dieron origen a ten­
siones reales, como fue en algunos momentos el caso de la relación con
Cuba en los años sesenta pero, sobre todo, con Centroamérica en los años
ochenta.13 En cualquier caso, y como lo mostró la posición del gobierno
de López Mateos durante la crisis desatada por Ja presencia de misiles
soviéticos en Cuba en 1962, México finalmente nunca llevó su distancia
con Washington al punto de asumir posiciones efectivamente antagónicas
a los intereses norteamericanos en situaciones críticas.14 En la práctica
y ante la posibilidad o peligros de que efectivamente estallara la "guerra
del fin del mundo", el régimen mexicano se mantuvo siempre bajo la pro­
tección del paraguas nuclear norteamericano, aunque nunca aceptó ese
hecho de manera explícita, ni lo incorporó claramente en su discurso en
torno a su seguridad. Por otro lado, el uso ocasional de una retórica de
izquierda ­por ejemplo, cuando López Mateos definiendo su gobierno
como de "izquierda dentro de la Constitución" o Echeverría condenando
al imperialismo­ llegó a exasperar a la derecha más cerrada y torpe, tanto
llVéase a Mariscla Connelly y Romer Cornejo, Cnina-Amétia: Latina. Gé111!1is y desarrollo de sus
relacio11es, México, El Colegio de México, 1992, pp. 85­112; Humberto Garza, "México y la Repú­
blica Popular China", en "Documentos y comentarios en lomo al viaje del presidente Echevcrría",
Foro Internacional, vol. 14, núm. 53, julio­septiembre. 197 3. pp. 40­4 7.
13La irritación con México por las diferencias en Centroamérica en los años ochenta del siglo
pasado, ha quedado bien capturada en la obra de alguien que trabajó en temas de seguridad na­
cional y Latinoamérica en la Casa Blanca en los años de Ronald Rengan: Constnntine C. Menges,
Inside tire National Sec11rity Co1111cil: the True Sto,y of Making a11d Unmakiug of Reagan's Foreign
Polic», Nueva York, Simon and Schuster, 1988.
•• Véase al respecto a Oiga Pellicer, México y la Revolución a1ba11a, México, El Colegio de México,
1972; Edmundo Hernández Vela Salgado, "Las relaciones entre Cuba y México a partir de 1959",
Ciencia Política., núm. 66, 1971, pp. 85­94.
104 ~ LORENZO MEYBR

de México como de Estados Unidos, que no quiso o no pudo entender


la utilidad de una retórica que, en la práctica, casi carecía de contenido,
y estaba destinada a legitimar a un régimen y a unos intereses que eran
muy funcionales a las derechas internas y externas. En efecto, gracias a
ese recurso de tarde en tarde del discurso antiimperialista y progresista,
la izquierda no radical y nacionalista ­el ejemplo más claro de esta corrien­
te fue el Partido Popular encabezado por Vicente Lombardo Toledano­,
nunca se vio obligada a desligarse del sistema y sí aceptó la dureza conque
los aparatos de seguridad del Estado trataron a la izquierda radical y
revolucionaria.

Un anticomunismo de baja intensidad pero efectivo


Desde 1917 y hasta la derrota del PRI en el 2000, ningún gobierno mexi­
cano se abstuvo de proclamarse heredero de la Revolución mexicana, de
una revolución social que mientras tuvo vitalidad, se definió por contraste
con los proyectos de "la derecha" y "la reacción". Fue por ello que el dis­
curso oficial mexicano no podía ser igual al del anticomunismo duro que
caracterizó al grueso de los gobiernos latinoamericanos de la época. El
régimen mexicano, de manera inteligente, optó más por cooptar que
por reprimir, por una retórica "progresista" y un anticomunismo dis­
creto a cambio de una política efectiva de derecha aunque amainada por
políticas sociales en sectores populares estratégicos. Todo lo anterior, re­
sultó ser la combinación adecuada para que los "gobiernos de la Revo­
lución mexicana" mantuvieran la credibilidad de su discurso nacionalista,
los equilibrios políticos internos necesarios para mantener una notable
estabilidad y no despertar la ira de Washington sino su apoyo.
Estados Unidos y los gobiernos de las otras potencias del mundo occi­
dental, aceptaron, por comprender que así convenía a la estabilidad del
país, la retórica nacionalista mexicana que tanto les había molestado en
el pasado. En efecto, el nacionalismo que acompañó a la Revolución mexi­
cana tuvo un contenido anti imperialista que en la primera mitad del
siglo x:x afectó los intereses económicos y políticos de Estados Unidos
y algunos países de la Europa occidental.15 Sin embargo, para el mo­
mento en que la segunda posguerra mundial se transformó en el conflicto
15 Como ejemplos de esa etapa efectivamente nacionalista y antiimperialista de la Revolución

mexicana en los primeros decenios del siglo xx, puede verse a Lorenzo Meyer, México y los Estados
Unidos en el conftiao petrolero, 1917-1942, segunda edición, México, El Colegio de México, 1972;

ii
LA GUERRA FRÍ,\ EN EL MUNDO PERIFÉRIOO " 105

este­oeste, las diferencias entre México y las potencias capitalistas ya


habían sido superadas y sustituidas por la cooperación. Fue por eso que
Estados Unidos y sus aliados no tuvieron ningún reparo en calificar al
eficiente sistema político mexicano como democrático o, cuando más, en
vías de la democratización.
Indicadores muy significativos de la visión positiva de México que
dominaba en los círculos norteamericanos donde se elaboraban las polí­
ticas hacia el país vecino del sur, son las varias obras que sobre el sistema
político mexicano se publicaron entonces en Estados Unidos. En esas vi­
siones generales del desarrollo mexicano, definieron a México del PRI como
una democracia, imperfecta es verdad, pero democracia al fin, que iba
evolucionando en la dirección apropiada y que, en lo fundamental, en­
cajaba ya con los valores democráticos de Occidente. Los ejemplos de esta
visión positiva elaborada en la academia norteamericana son numerosos,
algunos de los más representativos y que vieron la luz entre los años de
los decenios de 1950 a 1970, se encuentran las obras de Robert Scott,
Frank Brandenburg o Howard F Cline, por sólo mencionar algunas de
las más influyentes de la época.16 Pero al mismo tiempo, acompañando
ese análisis positivo del desarrollo político mexicano, hubo otro tipo de
trabajos que señalaron la eficiencia del régimen para mantener bajo control
a la izquierda. La efectividad del anticomunismo mexicano fue subrayada
por Karl M. Schmitt, que en su libro de 1965, mostró los logros del go­
bierno mexicano para neutralizar al Partido Comunista Mexicano (PCM),
organización que fue puesta por el autor como un ejemplo de frustración
política sistemática.17
El arte de seguir con el pastel después de haberlo comido en la
mesa internacional ­acomodarse a las necesidades de Estados Unidos,
pero sin abandonar el discurso nacionalista y de independencia frente
a Washington y arraigar un régimen autoritario haciéndolo pasar por
una democracia imperfecta­ fue quizá uno de los mayores logros de la
política priísta de la segunda mitad del siglo XX.

Su. Majestad británica contra la Revoluci-011 mexicana. El fin de 1111 imperio úifonnal, México, El Colegio
de México, 1991 o El caaus y el olivo. Las relaciones de México y Es.pa,,a e11 el siglo xx, México, Océano,
2001.
"' Robert Scott, ;'\lfexica11 Govemment in Trcnsition, Urbana, The University of Illinois Press,
1959; Frank Brandenburg, The Making of Modern México, Englewood Cliffs, Prentice­Hall, 1972;
Howard F Cline, Ttie United Sta/es and México, Nueva York, Atheneum, 1976.
17 Karl M. Schmitt, Co1111111111ism in México a study in political.fnistraLion, Austin, The University

of Texas Press, 1965.


106 • LORENZO MEYER

Algunas consideraciones contrafactuales


El triunfo y consolidación de la Revolución mexicana a pesar de su ge­
nuino antiimperialisrno original, fue un proceso lleno de dificultades y
peligros. Sin embargo, es posible suponer que el mundo externo hubiera
podido ser mucho más hostil al cambio mexicano si Francisco l. Madero
no se hubiera lanzado a la lucha contra la dictadura de Porfirio Díaz en
191 O escudado con la bandera de la democracia política. En cualquier
caso, el carácter democrático y liberal del maderismo no evitó que el go-
bierno norteamericano de Williarn Taft diera su apoyo al golpe militar con­
trarrevolucionario de febrero de 1913 .18 Sin embargo, la bandera inicial,
la democrática, permitió que el presidente v\foodrow Wilson revirtiera la
situación y tomara acciones en contra de los militares golpistas y desoyera
la presión de los países europeos a favor de fortalecer a los contrarrevolu­
cionarios. \Vashington se negó a venderle armas a Huerta y en 1914 ocupó
el principal puerto mexicano ­Veracruz­, lo que determinó o al menos
facilitó el triunfo de los revolucionarios encabezados por Venustiano
Carranza.'? Una situación como esa ­la aceptación de una revolución
por Estados Unidos en su zona de influencia­ sería ya imposible unos
años después, cuando en Estados Unidos volvieron a dominar los repu­
blicanos conservadores y el anticomunismo se había convertido en una
política de todas las grandes potencias capitalistas.
A pesar de proponer la reforma agraria y la nacionalización del pe­
tróleo, entre otras cosas, la Constitución que los revolucionarios carran­
cistas elaboraron en 1916 y promulgaron a inicios del año siguiente, no
fue efectivamente combatida por las grandes potencias en el momento
mismo de nacer porque todas estaban muy ocupadas en la Primera Guerra
Mundial, y también porque los bolcheviques aún no tomaban el palacio
de invierno en San Petersburgo, y el miedo al comunismo y a sus efectos
sobre el sistema capitalista internacional todavía no era el centro de la
política mundial. Unos años más tarde, cuando la lucha contra el "bol­
chevismo" se había convertido ya en parte integral de la política exterior
de Estados Unidos, el Departamento de Estado abiertamente acusó al
joven régimen mexicano de ser un instrumento del "bolchevismo inter­
nacional". En efecto, en enero de 1927, y como parte del conflicto de las

18 Sobre el particular, consúltese a Berta Ulloa, La revolitci611i11len:e11ida: relaciones diplomáti·

ces entre México y Estados Unidos, 1910-1914, México, El Colegio de México, 1971, pp. 26­55.
19 Meyer, Sir Majestad britá'llica, pp. 12 8­168.
LA úUERRA FRÍA EN EL MUNDO PEHIFÉRICO " !Oi

empresas extranjeras con el gobierno de Plutarco Elías Calles por el control


del petróleo, y también como resultado de las diferencias entre México y
Washington en torno al conflicto que se desarrollaba entre liberales y con­
servadores en Nicaragua, las autoridades norteamericanas hicieron pú­
blico un "libro blanco" acusando al gobierno de Calles por su liga con la
Unión Soviética.P Se preparaba así el terreno ideológico para justificar
una acción armada en el país vecino del sur. El Presidente mexicano,
consciente del peligro, ofreció llevar las diferencias al arbitraje de un ter­
cero y el Congreso norteamericano ya no se mostró muy convencido del
argumento del Departamento de Estado en el sentido de que México
estuviera actuando como parte de un gran proyecto soviético, como sos­
tenían los petroleros y el embajador James Sheffield; finalmente, el presi­
dente Calvin Coolidge optó por abandonar la confrontación y seguir el
camino recién abierto de la negociación; y para ello envió a un nuevo
embajador a México, al banquero Dwight Morrow, con el encargo de man­
tener el espectro de la guerra fuera de la relación México­Estados Unidos.
Morrow tuvo éxito en cooptar a la Revolución mexicana, que finalmente
condujo, entre otras cosas, a ensalzar en público la política educativa
mexicana y, en privado, conseguir que México reformase la ley petrolera
en el sentido propuesto por el embajador, y que incluía el reconfirmar
los derechos adquiridos por las empresas petroleras sobre los depósitos
en el subsuelo antes de que entrara en vigor la Constitución de 191 7;
esos derechos comprendían al grueso de los campos petroleros hasta en­
tonces explotados. Sin embargo, el meollo del acuerdo tuvo que ver con la
relación futura entre Estados Unidos y el régimen de la Revolución
mexicana.21

Calles, Morrow y el acuerdo fundamental


La esencia del acuerdo no escrito, pero muy real entre el presidente Calles
y el embajador norteamericano en 192 7 y 192 8, fue una adecuación muy
pragmática de sus respectivos proyectos nacionales. Esto hizo posible
que Washington decidiera aceptar como legítimo y permanente el resul­
tado político de la Revolución mexicana, es decir, al nuevo régimen, pero
2ºInforme presentado al Congreso norteamericano por el secretario de Estado, "Bolshevik
Aims and Policies in Mexico and Latin América", enero de 1927.
21 Para un examen detallado del choque entre México y Estados Unidos durante el gobierno

de Calles, véase a Meyer, México y Estados Unidos en el confliao petrolero, pp. 219­281.
108 o LORENZO MEYER

a cambio ese nuevo régimen debería asegurar tres cosas: a) el respeto a


los derechos de propiedad adquiridos por las empresas norteamericanas
en México, en particular en el caso del petróleo, y b) garantizar la gober­
nabilidad de un México que era propenso al caos; y e) una actitud res­
ponsable en el ámbito internacional, es decir, no volver a interferir con
los intereses norteamericanos en el exterior, como había siclo el caso del
coqueteo de México con Alemania durante la Primera Guerra Mundial
o el apoyo a los liberales en Nicaragua en la década de 1920.22
Tras el asesinato en 1928 del presidente electo mexicano, Álvaro Obre­
gón, Calles rechazó la reelección ­idea apoyada por el embajador Morrow,
entre otros­ a cambio de dar vida a un partido de Estado que, con el correr
del tiempo, se convertiría en el PRI. Para Estados Unidos, ese nuevo par­
tido, creado no para competir democráticamente en las urnas, sino para
controlar a la clase política posrevolucionaria, resultó completamente
aceptable. De Washington no saldría ya ningún reproche a la naturaleza
de un régimen sostenido por un partido de Estado y que condujo eleccio­
nes donde sistemáticamente la oposición real ­desde la encabezada por
José Vasconcelos en 1930 hasta la de Cuauhtémoc Cárdenas en 1988­
fue derrotada de manera inaceptable en una democracia auténtica. 23 Las
múltiples acusaciones ­y pruebas­ de fraude que hasta antes del año
2000 le lanzaron sus opositores al régimen mexicano, no modificaron en
nada la decisión de Washington de apoyar a quien le garantizara la esta­
bilidad en un país vecino con un gran potencial para la inestabilidad.

Los momentos de prueba


La prueba de fuego del acuerdo Calles­Morrow se inició ocho años más
tarde, en 1935, cuando Calles fue removido de su posición comofactotum
de la política mexicana y poco después expulsado a Estados Unidos por el
joven presidente Lázaro Cárdenas. Libre de la tutela de Calles, Cárdenas
se lanzó entonces a crear la base social masiva del nuevo régimen me­
diante la organización de los obreros y los campesinos y el apoyo a las
22un análisis de la gestación y de In esencia del acuerdo Callcs­Morrow se encuentra en: Loren­
zo Meyer, "The Mexícan Revolution and the Anglo­American Powers: The End of Confrontation and
the Beginning of Negotiation", Research Report Series, 34, San Diego, University of California,
Center for U.S.­Mexican Studies, 1985.
23 La naturaleza de las elecciones en coyunturas de competencia efectiva y de los medios emplea­
dos para sacar adelante la victoria del PRI, se puede encontrar en el trabajo de Elisa Servín sobre
la campaña presidencial y las elecciones de 1952, Ruptura y oposicién. El 111ir11i:111ümto henriquista,
1945-1954. México, Cal y Arena, 200 l.

- ·- ­­­­­­­­­­­­­­
LA CUERIU FRÍA EN EL MUNDO PERIFÉRICO o 109

huelgas y a la reforma agraria. Cárdenas también consolidó el naciona­


lismo como base del régimen mediante la nacionalización de la industria
petrolera en 1938. La prioridad de Washington por la estabilidad mexi­
cana junto con el compromiso cardenista de una política antifascista que
cuadraba perfectamente con la agenda internacional norteamericana, per­
mitió que la tensión generada entre Washington y la ciudad de México
por las expropiaciones agraria y petrolera, no llegara al punto de animar
al gobierno norteamericano a apoyar la rebelión del general Saturnino
Cedillo en 1938 ni la pretensión del general Juan Andrew Almazán de
echar del poder al partido oficial por la vía de los votos o de las balas en
1940.24

La alianza de México con Estados Unidos


durante la Segunda Guerra Mundial
Una alianza que, al menos inicialmente, no fue apoyada por la opinión
pública mexicana­, y el retorno de las políticas de derecha con la presi­
dencia de Manuel Ávila Camacho bajo el lema de la "unidad nacional",
volvieron las aguas políticas al cauce previsto por Morrow. Al nacer las
Naciones Unidas en octubre de 1945, México fue uno de sus miembros
fundadores y aceptado, en principio, como una democracia bona [uie. 25
De esta manera, la democratización de la sociedad mexicana se planteó
entonces como algo que ya había ocurrido, y que sólo necesitaba pulirse,
perfeccionarse, arraigar.
El gobierno de Miguel Alemán (1946­1952) coincidió con el inicio de
la guerra fría. Alemán fue el primer Presidente civil de la posrevolución
mexicana, y fue calurosamente recibido en la Casa Blanca por el presi­
dente Harry Truman, y presentado al inundo como un auténtico demócra­
ta y buen amigo de Estados U nidos. La dureza contra el PC:rvI y la purga
que entonces tuvo lugar entre lo que quedaba de la izquierda en la CTM
­el lombardismo­ y en otras áreas del gobierno mexicano, fue alentada
y bien recibida por Estados Unidos. Desde el inicio, a México no se le
t­:
~· .
exigió un tratado militar con Washington ni pregonar su anticomunismo
i. La lógica de la tolerancia e incluso el apoyo del gobierno de Franklin D. Roosevelt a Cárdenas,
la explica quien fuera el embajador norteamericano en México en esos años, Josephus Daniels en
Shirl-Sle1:ve Diptomat, Chapel Hill, Úniversity of North Carolina Press, 1947.
25 El análisis de la alianza mexicano­americana durante la Segunda Guerra Mundial y sus impli­

caciones externas e internas, se puede encontrar en: Blanca Torres, México y el mundo. Histeria de
sus relaciones exteriores, segunda edición, vol. 7, México, Senado de la República, 2000.
\;
l.....
1 \O o LORENZO MEYER

como prueba de lealtad al bloque occidental. A su vez, esa buena acogida


del alemanismo en Estados Unidos a pesar de su insistencia en un es­
tilo de política exterior basado en el nacionalismo y la independencia ­la
insistencia en una industrialización protegida por barreras arancelarias
y áreas exclusivas para la inversión nacional­, reforzó la legi ti mi dad inter­
na y la derechización del régimen mexicano. 26
A los sucesores de Miguel Alemán, Estados Unidos les refrendó su
tolerancia de un discurso que mantuvo el énfasis en el "legado revolucio­
nario", de una política de nacionalismo económico, de un sector estatal
importante en áreas que en Estados Unidos estaban en manos de la empre­
. sa privada ­como el petróleo, la electricidad o los ferrocarriles­, y de
una política exterior de independencia relativa en asuntos que no resul­
taran vitales para la definición del interés nacional de Washington.
En los primeros años, la pugna soviético­americana fue algo muy dis­
tante para México: la guerra de Corea o el Muro de Berlín. Sin embargo,
sorpresivamente el gran conflicto global se acercó a México. En efecto, en
1954, cuando ya cumplía un decenio el intento reformista de los coroneles
guatemaltecosJuanJosé Arévalo y Jacobo Arbenz, Estados Unidos deci­
dió calificarlo de comunista y activamente alentó a la oposición de derecha
para que violentamente lo echara abajo con la complicidad del ejército. 27
La crisis guatemalteca pareció resolverse rápida y rotundamente a favor
del anticomunismo, pero en realidad fue el inicio de una larga y cruenta
guerra civil. El problema volvió a presentarse y de manera más aguda en
1961 por la vía de la Cuba revolucionaria, sin embargo, esa vez la solu­
ción fue muy distinta. En efecto, la CIA falló entonces en su intento de
acabar con la Revolución cubana mediante el mismo expediente usado
en Guatemala. Como respuesta, el gobierno cubano buscó y obtuvo el apoyo
abierto de los soviéticos.
Con la Cuba socialista, la guerra fría se estacionó en el Caribe, a
tiro de piedra de Yucatán. México tuvo entonces que hilar muy fino para
no renegar de los principios fundamentales de su doctrina internacional
­el principio de no intervención y el de autodeterminación­ sin chocar de
frente con Washington. Sin embargo, no tuvo más remedio que apoyar
a la Casa Blanca durante la muy peligrosa ''crisis de los misiles" de 1962.
El análisis del alemanismo y su política exterior se puede encontrar en Blanca Torres, His-
2'•

torio. de la Revoluci611 mexicana, 1940·1952. Hacia la 11topfa indusiriol, México, El Colegio de México, ¡
1984.
27
Nick Cullather, Secret Ifistory: the cis's Classified .Accow1I of its Openuious i11 G11ale111a/a,
J 952-1954, Stanford, Stanforcl University Press, 1999.
LA GUERfü\ FRÍA EN EL MUNDO PEIUFÉRICO O 1 Il

En contraste, Washington no se opuso abiertamente a la buena relación


del gobierno de Luis Echeverría con el del socialista chileno Salvador
Allende, al que finalmente se derrocó en 1973 mediante un golpe mili­
tar apoyado por Estados Unidos.28 Al final de ese decenio, el uso de un
recurso estratégico, el petróleo, le permitió por un momento al gobierno
de José López Portillo intentar una política propia e independiente frente
a la Revolución nicaragüense y las guerras civiles en Centroamérica. Sin
embargo, la gran crisis económica mexicana de 1982 y la dureza del anti­
comunismo del presidente norteamericano Ronald Reagan, forzaron al
gobierno de l\tliguel de la Madrid a una retirada de Centroamérica, lo más
discreta y negociada que se pudo.29 Para los "halcones" del reaganismo,
no era la defensa del principio de la no intervención lo que había llevado
a los gobiernos de José López Portillo y Miguel de la Madrid a contra­
riar la política anticomunista de Washington en Centroamérica, sino que
ambos jugaban a defender al sandinismo, a Cuba y a la guerrilla centroa­
mericana, para enmascarar su verdadero rostro: un sistema de derecha,
antidemocrático y absolutamente corrupto que deseaba congraciarse con
la izquierda internacional para que no le estallara en casa un movimiento
revolucionario, pues las condiciones para ello estaban dadas.:" Pese al
cúmulo de tensiones entre México y Washington, el espíritu del viejo acuer­
do Calles­Morrow se mantuvo y al ocurrir la crisis económica de 1982
y sus consecuencias a lo largo del gobierno de Miguel de la Madrid, el
gobierno de Washington prestó ayuda al mexicano para evitar que decla­
rara una moratoria sobre su enorme deuda externa ­la segunda más
importante después de la brasileña­, su quiebra y posible destrucción."
Y aunque puso duras condiciones económicas por la vía del Fondo Mo­
netario Internacional, no obligó a México a dar una marcha atrás evi­
dente y humillante en Centroamérica. Por otro lado, cuando ocurrieron
graves violaciones de los derechos humanos como fueron las matanzas
de Tlatelolco en octubre de 1968 y la del "Jueves de Corpus" en 1971 o
is Un estudio sobre la crisis en las relaciones mexicano­chilenas a raíz del golpe militar en Chile
en contra del gobierno de la Unidad Popular, se encuentra en Ximena Ortúzar, Méxicoy Piuoduu: la
r11pt1tra, México, Nueva Imagen, 1986, pp. 205­288.
29Véase a Carlos Rico, México y el 11mndo. Historia de sus relaciones exteriores, tomo vur, México,
Senado de la República, 1991, pp. 92­101 y 124­162.
·1º Menges, lnside tlte Natio11al Security .
.u Jaime Ros, "Mexico from the Oil Boom to the Debt Crisis: An Análisis of Policy Responses
to Externa) Shocks, 197 8­1985", en Rosemary Thorp y Lawrence Whitehead (eds.), Latin American
Debt a11d the Adj11st111e11t Crisis, Londres, Macmillan Press, 198 7, pp, 68­116; Nora Lustig, México:
hacia la reconstrucción de 1111a economía, México, Fondo de Cultura Económica, 1994, pp. 43­86.
112 e LORENZO MEYER

la guerra sucia que les siguió, no hubo ningún reclamo por parte de
Washington; el anticomunismo y la defensa de la estabilidad, justifica­
ron en el caso de México, como en el de muchos otros países, las bruta­
lidades del autoritarismo. El fraude electoral que se llevó a cabo en 1988
­vísperas del fin de la guerra fría- no fue considerado como tal por el
gobierno de Estados Unidos a pesar de haber sido ampliamente reportado
por su propia prensa. 32 Después de todo, ese fraude se consumó en contra
de un candidato de izquierda y por lo mismo era enteramente compatible
con el interés norteamericano.

Cuba o la persistencia de
la guerra fría en la isla de enfrente
En términos generales, la guerra fría concluyó con la caída del Muro
de Berlín, la independencia de la Europa del este y la desaparición de
la Unión Soviética. Sin embargo, en América Latina, Estados Unidos, en
buena medida como consecuencia de la presión del poderoso lobby anti­
comunista y anticastrista cubano de Miami, decidió prolongar la confron­
tación capitalismo vs. socialismo o, desde otra perspectiva, "mundo libre"
o democracia vs. totalitarismo, en el caso de Cuba. Ahí la guerra fría se
prolongaría hasta el final del siglo xx y continuaría al inicio del XXI. Y
esa prolongación ha tenido y sigue teniendo efectos en México.
Como ya quedó asentado, la relación de México con la Cuba socialista,
basada en la.defensa del principio de no intervención, sirvió al régimen
mexicano en al menos dos sentidos; primero, para renovar su carácter
"revolucionario", para reafirmar su "independencia" y el principio de
no intervención frente a Estados Unidos y, segundo, para comprometer
al régimen cubano a no dar apoyo a la izquierda mexicana y desalentar
a todo proyecto de destruir al régimen priísta por la vía de la fuerza.33 Sin
embargo, cuando el gobierno mexicano, a raíz de la crisis terminal de su
modelo de desarrollo ­aquel basado en la sustitución de importaciones­
decidió sumarse sin reservas al proceso de apertura y globalización del
comercio y las finanzas de la mano de un tratado de libre comercio con
Estados Unidos (TLCAN), encontró que la comunidad anticastrista de Miami
32Un buen estudio sobre el particular, se encuentra en Jacqueline Mazza, Don't Distw» tne

Neighbor: Tlie_U.S. a11d Democrocy in Mexico, Londres, Routledge, 2000 .


.u Ana Covarrubias, "Cuba and México: A Case for Mutual Non intervention", Cuba11 Studies,
núm. 26, 1996, pp. 121­141.
LA GUERfü\ FRÍA EN EL MUNDO PERIFÉRICO " 113

v-. podía ser un gran obstáculo o una ayuda para el proyecto de integración
con Estados Unidos. Entonces el gobierno mexicano empezó a revisar y
· a modificar parcialmente su posición en el viejo triángulo Cuba­Estados
Unidos­México.
La crisis política desatada por la falta de credibilidad del triunfo del
candidato presidencial en 1988, obligó a Carlos Salinas a buscar todos
los apoyos posibles dentro y fuera de México para afianzar su supuesto
triunfo, de ahí que a la toma de posesión se invitaría a todo el espectro
político en el sistema internacional, tanto al este como al oeste y a todos
los que se encontraban en el medio. Entre los líderes de lo que quedaba
del mundo comunista, el gobierno mexicano invitó a Fidel Castro, cuya
presencia en la ciudad de México constituyó un espaldarazo a Salinas y
en contra de la izquierda mexicana, encabezada por Cuauhtémoc Cárde­
nas, que reclamaba para sí el triunfo en las urnas. En compensación,
México en nombre de la soberanía y la no intervención, se opuso a la
llamada "Ley Torricelli" de 1992 en virtud de la cual Estados Unidos
reforzaba su bloqueo económico a la isla. Los dos autoritarismos, el mexi­
cano y el cubano continuaban su mutua defensa.34 Sin embargo, sería el
propio Salinas quien, en defensa de su proyecto de integración económica
con Estados Unidos mediante un tratado de libre comercio, quien rom­
pería con una parte de la tradición en la relación con Cuba, al entrome­
f• terse indirectamente en los asuntos internos de la isla al hacer públicas sus
, entrevistas con dos de los más connotados líderes anticastristas: Jorge
Mas Canosa, de la Fundación Nacional Cubano Americana con sede en
Miami, y con Carlos Alberto lVIontaner. De todas formas, en la Cumbre
Iberoamericana celebrada en Guadalajara, México, en 1991 y en las que
siguieron, los jefes de Estado de Cuba y México parecieron volver al ca­
mino tradicional y México se abstuvo de sumarse a los cuestionamientos
que se hicieron en esos foros sobre la falta de democracia y de respeto a
los derechos humanos en Cuba. El gobierno cubano, por su parte, se abstu­
vo de tomar partido por los insurgentes cuando estalló la rebelión indígena
en Chiapas en 1994, con lo que, implícitamente, volvió a refrendar desde
la izquierda su respaldo al gobierno de Salinas y a su régimen.
Poco después de que entrara en funciones el siguiente gobierno mexi­
cano, el encabezado por Ernesto Zedillo (1994­2000), el Congreso nor­
34Jorge Chabat y Luz María Villasana, "La política mexicana hacia Cuba durante el sexenio de

Salinas de Gortari: más allá de la ideología", Foro Internacional, vol. 34, núm. 138, octubre­di­
ciembre de 1994, pp. 683­699.
114 o LORENZO MEYER

teamericano pasó la llamada Ley Helms­Burton en 1996 con relación


a Cuba, y que castigaba a las empresas extranjeras que invirtieran en la
isla, y algunas de las cuales eran mexicanas, como Cemex y Domos. El
gobierno de Zedillo descalificó la medida por sus elementos de extraterri­
tonalidad." De todas formas, y a pesar de la protesta formal de la can­
cillería mexicana, el capital mexicano tuvo que desistir del grueso de sus
proyectos en la isla. Sin embargo, volviendo sobre el precedente estable­
cido por Salinas, el presidente Zedillo decidió volver a celebrar reuniones
con líderes cubanos de la oposición, y esta vez lo hizo dentro de Cuba,
durante una visita a la isla. La intervención oficial mexicana, indirecta
pero importante por su simbolismo, en los asuntos internos de Cuba no
impidió que el gobierno mexicano, una y otra vez, se mostrara contrariado
por la presencia de observadores externos en Chiapas. El gobierno mexi­
cano continuaba sosteniendo la cada vez menos aceptada idea de que la
vigilancia de los derechos humanos por agentes externos, era una viola­
ción de la soberanía, argumento, por cierto, similar al que esgrimía Cuba
frente a la petición de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU
para que se aceptara a un relator sobre el mismo tema en la isla.

El anticomunismo deja de ser discreto


Con el cambio de régimen en México en el año 2000 que puso fin almo­
nopolio que durante 71 años ininterrumpidos había tenido un partido
de Estado ­el PRI- sobre la vida política del país, se hizo inevitable una
revisión a fondo de la relación con la Cuba de Fidel Castro. El primer go­
bierno del nuevo régimen democrático mexicano, el presidido por Vicente
Fox ­un gobierno de centro­derecha­ fue el primero en apoyar ya su
legitimidad en las urnas y no en la Revolución mexicana de 1 91 O.
Como parte de la nueva legitimidad de un nuevo régimen, el gobier­
no mexicano ya no definió su soberanía en los términos antiguos, es decir,
aquellos que sostenían que el principio de la no intervención impedía que
actores externos observaran y juzgaran los procesos políticos, legales y
administrativos de México. En consecuencia, la cancillería y la Secretaría
de Gobernación de México admitieron como legítima la presencia de obser­
vadores extranjeros que desearan atestiguar el estado que guardaban los
as Ricardo Macouzet y Luis González Villanueva, "La política y el comercio de México hacia
América Latina: 1994­2000", Foro Intemacional, vol. XLI, núm. 166, octubre­diciembre de 2001,
pp. 790­ 798.
LA GUERRA FRli\ EN EL MUNDO PERIFÉRICO o 115

derechos humanos en el país. Con esa base, el gobierno mexicano demandó


que Cuba hiciera lo mismo: que se abriera al escrutinio externo. Y como
el nuevo gobierno tampoco consideró necesario recurrir a la influencia
de Cuba sobre la izquierda mexicana para evitar que ésta se decidiera a
ir por la vía armada. En realidad, para el inicio del siglo XXI, sólo unos
grupos muy pequeños y marginales seguían insistiendo en la. lucha
armada como el camino para promover el cambio. En esas condiciones,
la ruptura de la línea que los gobiernos del PRl habían mantenido frente
al régimen encabezado por Fidel Castro en Cuba, se hizo inevitable.
Ya sin la URSS como contrapeso a Estados Unidos, con un sistema
nuevo, democrático, encabezado por un gobierno de derecha que ya no
tenía que pretender ser heredero de la Revolución mexicana y de su
nacionalismo, y que buscaba anclar su nueva democracia en la relación
con el exterior ­básicamente con Estados Unidos­, el nuevo régimen mexi­
cano ya no encontró ninguna utilidad en mantener el acuerdo implícito
de apoyo mutuo con Cuba, y sí consideró útil sumarse a quienes critica­
ban y condenaban la política de dureza del régimen de La Habana frente
a los disidentes que demandaban una apertura democrática. 36 México
se distanció entonces del régimen cubano y de toda su problemática. Para
2002 quedó en evidencia que para México ya no era útil una buena rela­
ción formal con el último bastión de la guerra fría en el hemisferio. La
independencia relativa frente a Estados Unidos debía de buscarse en otros
foros donde la ganancia de legitimidad fuera mayor, como, por ejemplo,
en el Consejo de Seguridad de la ONU en el 2002 al momento de discu­
tirse la invasión de Iraq por parte de Estados Unidos y Gran Bretaña
bajo el dudoso argumento de que Bagdad tenía armas prohibidas de des­
trucción masiva. Las relaciones diplomáticas entre México y La Habana
no se rompieron como consecuencia del cambio de régimen en México, pero
se enfriaron notablemente, especialmente cuando Fidel Castro decidió
hacer pública la presión que había ejercido sobre él el presidente Fox,
para que su visita a Monterrey como parte de un encuentro de la Con­
ferencia para la Financiación y el Desarrollo, patrocinado por Naciones
Unidas, fuera lo más corta posible, de apenas unas pocas horas, para
evitarle al Presidente norteamericano la posibilidad de compartir espa­
cios con el viejo líder cubano. Poco después, un grupo de legisladores
mexicanos de oposición se dio cita en La Habana para mostrar su <lesa­
.1<, Federico Salas, "Democracia y derechos humanos como política exterior", en Rafael Fernández
de Castro (ed.), Cambio y co11ti1111idad en la ,polftica exterior de México,México, Ariel, 2002, p. 168.
t tG e LORENZO MJ,;YER

cuerdo con la nueva política de su gobierno, pero el distanciamiento ofi­


cial entre México y Cuba era ya un hecho irreversible.
La modificación en la naturaleza de la relación entre los gobiernos de
México y Cuba al inicio del siglo XXI, selló el momento en que los últimos
remanentes de la guerra fría dejaron de ser útiles al gobierno mexicano
para propósitos de política interna y externa. Entonces y sólo entonces,
y no de la mejor manera, que se cerró ese capítulo de la manipulación de
la tensión entre este y oeste, en aras de los intereses del régimen mexicano.

Conclusión
La política anticomunista de Estados Unidos ­y de lo que sería el "bloque
occidental" años después­ empezó a tomar forma a raíz del triunfo de los
bolcheviques rusos en 1 91 7 y de la invasión en 1 918 por parte de japone­
ses, británicos, franceses, italianos y norteamericanos, de Murmansk,
Arcángel y Vladivostok, en un intento por auxiliar a los "rusos blancos"
en su lucha antibolchevique. La Revolución mexicana, por haberse ini­
ciado en 191 O y llegado a su conclusión formal justo al inicio de 1917
­cuando entró en vigor la constitución del nuevo régimen­, pero antes del
triunfo de los comunistas en Rusia, pudo desarrollarse en un ambiente
internacional muy difícil­México también sufrió intervenciones nortea­
mericanas en el curso de su revolución­, pero no absolutamente hostil al
cambio político y social por la vía armada.
Aunque acusados varias veces de bolcheviques o comunistas, algunos
de los gobiernos mexicanos del nuevo régimen ­en particular los de Plu­
tarco Elías Calles (1924­1928) y el de Lázaro Cárdenas (1934­1940}­,
Estados Unidos finalmente no usó en su contra todos los recursos de que
disponía. Los gobiernos revolucionarios mexicanos, a cambio de sus polí­
ticas de corte nacionalista en torno a la inversión externa, ofrecieron a
partir del decenio de 1920 una estabilidad interna que resultó muy po­
sitiva para el interés norteamericano al sur del Río Bravo.
El arreglo Calles­Morrow de 1927 fue un momento decisivo en la rela­
ción México­Estados Unidos. Significó mucho más que la mera solución
al problema del desacuerdo en torno a la política petrolera nacionalista
mexicana del momento, fue un arreglo de fondo entre el autoritarismo
que estaba consolidándose en México y el gobierno de Washington: el pri­
mero garantizaba la estabilidad mexicana y asumía la responsabilidad
por el proceso de construcción de un régimen fuerte y el segundo aceptaba
LA GUERRA FUÍA EN EL MUNDO PERIFÉRICO " 117

una independencia relativa de la política mexicana para darle legitimi­


dad y sustento a ese régimen. Ese acuerdo tácito duró el resto del siglo
y resistió pruebas tan difíciles como la expropiación de la industria pe­
trolera de 1938 o la Segunda Guerra Mundial.
La guerra fría no modificó el acuerdo Calles­Morrow, sino que lo hizo
más sólido aún. El gobierno de Washington no sólo aceptó la persisten­
cia de un discurso nacionalista e insistente en el valor de la autodetermi­
nación del régimen mexicano, sino que además le otorgó a éste la calidad
de democracia, lo que, en la práctica, no fue otra cosa que el espaldarazo
abierto y definitivo de Washington al autoritarismo mexicano. El resultado
fue el régimen más estable de América Latina a todo lo largo de la guerra
fría.
Por las razones anteriores, resulta que para lograr el tránsito de México
del autoritarismo a la democracia política al inicio del siglo XXI, se re­
quirió, entre otras cosas, de algo tan dramático y contundente como el
final de la "Guerra Fría". Con el final del conflicto este­oeste, aunado
al creciente déficit de legitimidad del régimen mexicano basado en un
partido de Estado ­el PRI­, unos Estados Unidos que ya habían triunfado
sobre los soviéticos sin necesidad de un choque directo, encontraron
que ya no era indispensable seguir pretendiendo que el sistema político
mexicano era democrático y que no había mucho peligro en aceptar el
riesgo de una transformación de régimen y, en cambio, sí había riesgo de
ingobernabilidad si se le seguía retrasando. Fue en esas circunstancias
que Washington no objetó que el PRI fuera reemplazado en la presidencia
mexicana y por la vía del voto, por una derecha democrática ­la del PAN- y
por una clase política nueva pero, a la vez, enteramente dispuesta a seguir
adelante con la asociación de México a Estados Unidos, reforzada desde
1994 a raíz de la entrada en vigor de un Tratado de Libre Comercio con
América del Norte.
Finalmente, sin el anticomunismo como centro de encuentro y cohe­
sión entre Estados Unidos y América Latina, el manejo cuidadoso de un
anticomunismo discreto por parte del gobierno mexicano, dejó de ser
una carta de negociación con el gobierno de Washington. Entonces se hizo
evidente la necesidad de una redefinición de la política mexicana hacia
Estados Unidos ­la única superpotencia­, proceso complejo que aún
está en marcha.