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El modo de socialización telemático y el futuro de la educación.

Pablo Navarro Universidad de Oviedo


— Area de Sociología Avda. del Cristo s/n 33071 Oviedo Tel. +34 (9)8 510 50 45 Fax +34 (9)8 523 07
89 RESUMEN.

La Sociología de la Educación ha sido y es, ante todo, una sociología de la institución escolar. Mas los
sistemas educativos están a punto de sufrir profundas transformaciones como consecuencia del
desarrollo de un nuevo modo hegemónico de socialización: el modo de socialización telemático. Este
modo de socialización se dispone a arrebatar la hegemonía que a lo largo de la primera modernidad ha
ostentado el modo de socialización escolar, de manera análoga a como éste último acabó con el anterior
predominio del modo de socialización familiar-comunitario –propio de las sociedades tradicionales. De
ahí que la Sociología de la Educación, tal y como la hemos conocido hasta la fecha, corra el riesgo de
quedarse literalmente sin objeto –o, al menos, de tener que hacer frente a un objeto tan radicalmente
modificado que le resulte conceptualmente inmanejable. Frente a este peligro, lo que se propone es un
replanteamiento radical de la disciplina, que pase por la recuperación de su carácter de sociología de la
educación en el sentido más amplio del concepto –y no de mera sociología de la escuela. Y ello con el
propósito de repensar a fondo las condiciones del proceso educativo –y, más en general, del proceso
socializador— en el entorno propio de esta Segunda Modernidad que ahora se inicia.
. Los modos de socialización de la modernidad. Los procesos de socialización, a través de los cuales los
individuos de las nuevas generaciones aprenden a comportarse como adultos socialmente competentes,
capaces de desenvolverse eficazmente en algún nicho del medio social en el que han crecido, resultan
esenciales para la pervivencia de cualquier sociedad. A lo largo de la historia, esos procesos de
socialización han adoptado formas muy diversas. Sin embargo, cabe distinguir unos pocos esquemas
básicos de articulación de los mismos, a los que denominaremos modos de socialización. El concepto de
‘modo de socialización’ resultaría análogo al que tiene el de ‘modo de producción’ en la perspectiva
marxista. En general, cada dimensión de la vida social se articula a través de modos de socialidad
específicos, que surgen y se difunden en determinadas circunstancias históricas. Desde este punto de
vista, no sólo cabe hablar de ‘modos de producción’ y de ‘modos de socialidad’, sino también de ‘modos
de economía’, ‘modos de consumo’, ‘modos de conocimiento’, ‘modos de comunicación’, e incluso
‘modos de identidad personal’. Esos ‘modos de socialidad’ coexisten los unos con los otros, pero
transformándose mutuamente como resultado de esa coexistencia. Dentro de cada dimensión de la vida
social, a su vez, suelen coexistir distintos modos de socialidad, que también se modifican profundamente
los unos a los otros como resultado de su aparición sucesiva. Así, la familia, que instrumenta el modo de
socialización originario de nuestra especie, ha resultado profundamente transformada por la difusión, a
lo largo de los últimos siglos, de un nuevo modo de socialización protagonizado por la escuela. En las
páginas que siguen distinguiremos tres grandes modos de socialización: el familiar- comunitario, el
escolar, y el telemático. El modo de socialización más tradicional –aquél que existe desde la aparición
misma de nuestra especie– es el que se denominará “modo de socialización familiar-comunitario” o,
para abreviar, “modo de socialización familiar”. En contraste con éste, el modo de socialización típico
de la primera modernidad gira en torno a un sistema de educación formal progresivamente extendido al
conjunto de la población. De ahí que pueda recibir el nombre de “modo de socialización escolar”.
Finalmente, el modo de socialización que parece abrirse paso en la fase más reciente de la modernidad,
es el que se denominará “modo de socialización telemático”. Este modo de socialización se
fundamentaría en el uso masivo de los recursos comunicativos e informacionales puestos en pie por las
nuevas tecnologías de la información. El modo de socialización familiar –o “familiar-comunitario”, para
denominarlo de forma más completa–, es el originario y natural de nuestra especie, y adopta muy
diversas formas concretas, en distintas culturas y épocas de la historia. En este modo de socialización, el
niño absorbe su cultura, y desarrolla su competencia social, participando, simplemente, en los distintos
aspectos de la vida de su comunidad. Los mentores naturales del niño en este proceso son sus padres y
parientes más cercanos. 2. La crisis del modo de socialización familiar en las primeras etapas de la
modernidad. Con el comienzo de la modernidad, el entorno de socialización familiar sufre una crisis
profunda. Varias son las causas de la misma. En primer lugar, las transformaciones demográficas que se
producen durante los siglos XVIII y XIX en los países avanzados de Europa y América. Un
impresionante crecimiento de la población –consecuencia de la llamada “transición demográfica”--
acompaña a –al tiempo que es una clara concausa de— todo el proceso de revolución industrial y
política que agita la sociedad europea occidental en esas fechas. Podría hablarse, a este respecto, de una
“acumulación demográfica”, que habría estado en la raíz de la “acumulación originaria de capital” de la
que habló Marx1 . 1 La descripción por Marx de esa “acumulación originaria de capital” subestima
clamorosamente el peso y la autonomía del factor demográfico. En realidad, Marx concibe el hecho de la
“sobrepoblación” casi exclusivamente como un efecto de los mecanismos económicos del sistema
capitalista –y no, asimismo, como una concausa esencial en el proceso de implantación de ese modo de
producción: “Cuanto mayores sean la riqueza social, el capital en funciones, el volumen y vigor de su
crecimiento y por tanto, también, la magnitud absoluta de la población obrera y la fuerza productiva de
su trabajo, tanto mayor será la pluspoblación relativa o ejército industrial de reserva. La fuerza de trabajo
disponible se desarrolla por las mismas causas que la fuerza expansiva del capital” (Marx, K. 1975,
p.803, subrayados originales). Al adoptar este punto de
La explosión demográfica que se produce en el inicio del proceso de modernización, a medida que éste
va afectando a distintas zonas geográficas, es consecuencia de la rápida disminución de la mortalidad –
sobre todo la infantil–, por una parte y, por otra, del mantenimiento de pautas culturales –y en concreto
sexuales y reproductivas– adecuadas a la necesidad de mantener la capacidad de sustitución de la
población en la situación anterior de alta mortalidad. La inercia de estas pautas culturales –que se
concretan como una amplia y profunda red de expectativas sociales–, su resistencia al cambio en la
dirección de asumir ese incremento de la esperanza de vida, sólo llegará a quebrarse cuando el conjunto
de esas expectativas y pautas culturales resulte transformado por la progresiva integración de la
población en los hábitos cognitivos, laborales y de consumo propios de la modernidad avanzada. La
explosión demográfica con que se inicia la modernidad es también un factor de primer orden en la crisis
de la familia como entorno de socialización. Pues ese brusco crecimiento de la descendencia de las
familias significó que las capacidades de procreación de éstas llegaron a exceder con mucho sus
capacidades de integración –sobre todo, de integración económica. Así, el entorno familiar, que
encarnaba una forma de socialización tradicional, interna, envolvente, multifuncional e integradora, pasa
a convertirse en un medio socializador sin referentes culturales claros y, en buena medida, desarticulado
--piénsese en el fenómeno de la emigración, omnipresente en esa época. La modernidad desarticula la
familia tradicional por motivos demográficos, económicos y, en última instancia, culturales. Si las
transformaciones demográficas rompen los equilibrios vista –que convierte a los capitalistas en únicos
responsables del asunto–, Marx desatiende la base propiamente demográfica de ese fenómeno de
“sobrepoblación”, así como su condición relativamente autónoma, al ser consecuencia de un cambio
drástico en las pautas de natalidad y mortalidad. (Hoy en día esa condición autónoma se evidencia
dramáticamente en los países más pobres del llamado Tercer Mundo, en los que la explosión
demográfica no parece guardar relación alguna con las necesidades de un mercado de trabajo capitalista
muy limitado). Es esta perspectiva la que hace que, curiosamente, Marx explique el proceso de
acumulación originaria en términos predominantemente “superestructurales”, más que “estructurales” –
para emplear la terminología del propio Marx. En efecto, nuestro autor concibe ese proceso, ante todo,
como resultado de la actividad expropiadora del estado protocapitalista (véase el capítulo XXIV de la
citada obra), y desatiende claramente el papel que juegan mecanismos propiamente “estructurales”,
como el ya apuntado de las transformaciones en los patrones demográficos.
reproductivos de la familia tradicional, al arrojar a gran parte de sus nuevas generaciones fuera de su
ámbito productivo --el taller artesanal, o la pequeña explotación agraria--, ese ámbito, además, debe
hacer frente a la competencia de la una economía capitalista en expansión. En esta situación, las
generaciones jóvenes se verán obligadas a ponerse al servicio de esa nueva economía, abandonando
muchas veces el entorno cálido, pero agobiante, y el horizonte conocido, pero cerrado, del medio
familiar. El modo de socialización escolar surge como consecuencia de una doble causa: por una parte, a
nivel micro, la familia se demuestra progresivamente incapaz de transmitir a las nuevas generaciones las
habilidades sociales –cada vez más elaboradas– requeridas por el nuevo entorno macro. Por otra parte, y
desde el punto de vista de este nivel macro, el estado moderno necesita convertir a esas nuevas y
numerosas cohortes de la población en ciudadanos integrados en la compleja red de expectativas y
hábitos de conducta que sostiene la estructura de poder del estado-nación. Naturalmente, y de modo
análogo a lo que suele ocurrir con las demás dimensiones de la vida social, la implantación del modo de
socialización escolar como forma dominante de transmisión cultural en las sociedades modernas, no
significa que el ámbito de socialización familiar deje de cumplir un papel fundamental. La familia sigue
siendo la institución socializadora básica, pues continúa asumiendo una tarea para la que resulta
difícilmente sustituible: la tarea de proveer al niño –y, después, al adulto– con el marco de relaciones
afectivas profundas y estables que constituye el entorno más propicio para el desarrollo de la
personalidad del individuo. Sin embargo, el modo de socialización escolar ha transformado
profundamente el papel socializador del entorno familiar. Y esa transformación se ha hecho más honda a
medida que el proceso de escolarización se desarrollaba, integrando a sectores sociales más amplios, y
durante periodos de tiempo más largos. Veamos cuál ha sido ese proceso de desarrollo de la institución
escolar, y cómo ha afectado tanto a la forma de socialización propia de la modernidad, como a la vida
familiar.
El desarrollo del modo de socialización escolar. La sociedad moderna ha sufrido un proceso de
escolarización progresiva tanto en un sentido extensivo como intensivo. Desde un punto de vista
extensivo, la difusión de la educación formal entre capas cada vez más numerosas de la población se vio
favorecida por la aceptación del principio de la escolarización obligatoria. Mas la escuela no sólo ha
integrado, a lo largo de los últimos siglos, a sectores siempre más amplios de la población. También ha
actuado sobre ellos durante periodos de tiempo cada vez mayores, y de manera más intensa. En esto,
como en otras muchas cosas, lo que ha sido primero una tendencia –un nuevo estilo de vida– propio de
las capas sociales privilegiadas, se ha convertido, con mayor o menor rapidez, en pauta de conducta de la
inmensa mayoría de la sociedad. Las clases pudientes fueron incrementando, al menos desde la Baja
Edad Media, su tiempo de formación escolar, y para servir a esta demanda social surgió una estructura
educativa puesta abrumadoramente en manos de la Iglesia. Ya a finales del siglo XVII, y a lo largo del
XVIII, surgen movimientos pedagógicos que señalan la necesidad de ofrecer al conjunto de las clases
populares una educación formal básica. En esta fase, la función del aparato escolar está fuertemente
polarizada: mientras que la gran masa de las clases populares deben ante todo aprender a integrarse en la
lógica -- normativa y, en general, ideológica– de la economía y el estado modernos, trascendiendo el
particularismo de la vida local, las clases privilegiadas han de formarse en las técnicas directivas de esos
sistemas sociales de nuevo tipo que conforman los estados-nación. De ahí la distancia insalvable que en
esa época existe entre la universidad burguesa y una enseñanza primaria en proceso de universalización,
pero dedicada a proporcionar un tipo de formación muy diferente. Una formación prácticamente
restringida, por una parte, a la recepción pasiva de una moralidad superficial, basada casi siempre en
supuestos religiosos, y de una versión “nacional” de la propia identidad. Y, por otra, a adquirir un
dominio elemental de las técnicas básicas de la interacción por escrito: “leer, escribir, y aprender las
cuatro reglas”, según rezaba la fórmula de la época. Mientras que el dominio de la elaborada técnica de
la escritura se reserva a las clases dirigentes, para la mayoría de la población lo importante es que sepan
leer, integrándose así en el horizonte de interacciones macro que son típicas de la sociedad moderna –
unas interacciones que se realizan, principalmente, por escrito. Mas el propio desarrollo del mundo
moderno, sobre todo en su vertiente productiva, crea una situación nueva, que induce cambios
fundamentales en ese modo de socialización escolar. Para decirlo en los términos de Marx, la evolución
del modo de producción capitalista hace que el trabajador pase, de una fase de subsunción formal, a una
etapa de subsunción real en ese modo de producción. Es decir, el sistema industrial del capitalismo
maduro ya no se limita a utilizar la capacidad de trabajo natural de los trabajadores, o las habilidades
adquiridas por éstos en su medio originario de socialización. Ese sistema tiene que adecuar esas
capacidades laborales a sus necesidades, que son cada vez más elaboradas y exigentes. Además, la
capacitación estrictamente productiva, profesional, de los asalariados, está crecientemente imbricada con
otros aspectos de su vida social –por ejemplo, con su integración en la cultura y los hábitos de vida
típicos de la modernidad avanzada. Miradas las cosas con la suficiente perspectiva, el modo de
socialización escolar se nos muestra como una gigantesca y sistemática apertura del medio familiar al
nuevo mundo de interacciones sociales más amplias que estaba edificando la sociedad moderna. Sin
embargo, durante mucho tiempo esa apertura seguirá siendo, en buena medida, externa: la simbiosis
entre medio escolar y medio familiar reflejar el carácter todavía separado de esos dos ámbitos, el micro
de la familia, y el macro que la escuela representa. En la modernidad avanzada, por el contrario, los dos
ámbitos señalados, en lugar de mantenerse separados, se mezclan. Pues el medio familiar ha
interiorizado, en buena medida, todo lo que la escuela representa: ese mundo externo, guiado por la
eficacia y el logro, abierto a la complejidad de pensamientos y actitudes, predispuesto a la innovación
cognitiva permanente, y en el que la tradición ha dejado de ser un valor respetable. Obsérvese que no es
la escuela la que, como institución, representa esos valores. La institución escolar tiende a ser, en sí
misma, un entorno marcadamente conservador y cerrado. Mas la escuela, como la propia familia, no es
tampoco un medio inmune a las influencias del entorno social más amplio en el que se halla enclavada.
De ahí que los cambios experimentados por ese entorno se hayan traducido, a la larga, en
transformaciones del propio medio escolar: de una escuela firmemente autoritaria y rígidamente
indoctrinadora, se ha pasado a una escuela más participativa, abierta a la diversidad y fomentadora del
espíritu crítico. Ello es sin duda un reflejo de los cambios que ha experimentado la cultura de la
modernidad tardía. Una cultura que no sólo tolera, sino que se nutre del pluralismo y el conflicto
reglado. Se trata, por otra parte, de unos cambios que no sólo han afectado a la escuela, sino también a
las propias familias. De manera que la coevolución reciente de estas dos instituciones –la escolar y la
familiar—está favoreciendo la implantación de un modelo de socialización mucho más flexible y hábil
en el manejo de la innovación que el escolar tradicional. Pero ha sido la invención y difusión de medios
de comunicación social mucho más potentes que los propios de la primera modernidad el factor que ha
trastrocado profundamente el conjunto de dispositivos socializadores propios de nuestras sociedades.
Pues mientras que en los estadios anteriores de la modernidad el mundo relativamente cerrado de la
familia se abría al conjunto social por medio de instituciones intermedias como la escuela –o la Iglesia, o
el partido político–, en la modernidad avanzada esa conexión entre el entorno micro más influyente y
estable –la familia– y el medio social en general, se realiza directamente a través de los medios de
comunicación de masas. Esos medios no sólo saltan por encima de las indicadas instituciones
intermedias, sino que desarticulan, en cierto modo, a la misma familia como estructura informacional y
cognitiva relativamente autónoma, favoreciendo una radical individualización de la relación que
mantienen sus miembros con el entorno social.
Obsérvese que, al mismo tiempo, y en paralelo con esa pérdida de autonomía de la familia, los medios
de comunicación de masas inducen una desvalorización masiva de la institución escolar. Pues ahora ya
no es ésta la que tiene el monopolio de los saberes oficialmente sancionados –que generalmente se
legitimaban gracias al marchamo de la ciencia– ni de las actitudes socialmente aceptables –casi siempre
legitimadas por la Iglesia. Saberes y actitudes se legitiman ahora desde los medios, por su mera
presencia en los mismos --y sin necesidad de pagar peaje alguno a la institución escolar. De ahí que en
un entorno social dominado por medios de comunicación de masas cada vez más poderosos, la escuela
esté perdiendo tanta autoridad como la familia. Sería, empero, un error ver en la hegemonía cada vez
mayor de los medios de comunicación de masas en el proceso de socialización un fenómeno meramente
negativo – aunque ésta sea la impresión predominante entre buena parte de los representantes de la
“cultura escolar”, típica de fases anteriores de la modernidad. Pues todo parece indicar que son esos
medios –y no la institución escolar—los que están provistos de la sensibilidad y agilidad suficientes para
encauzar y difundir el caudal de innovaciones que amenaza con anegar a las sociedades actuales. De
manera que si la misma escuela puede metabolizar hasta cierto punto el cambio social, es gracias a la
tarea de difusión del mismo que esos medios realizan. 4. La aparición del modo de socialización
telemático. La influencia creciente de los llamados medios de comunicación de masas a lo largo de este
siglo, si bien ha influenciado poderosamente tanto la institución familiar como la escolar, no ha llegado a
romper la hegemonía del “modo de socialización escolar”. En realidad, miradas las cosas más de cerca,
esos medios de comunicación de masas que ya podemos llamar clásicos –la prensa de gran tirada, la
radio, la televisión-- están siendo gravemente amenazados por una revolución que puede transformarlos
hasta el punto de hacerlos irreconocibles. Esa revolución es la que están posibilitando las nuevas
tecnologías de la información, articuladas en ese entero universo comunicacional emergente que es la
telemática --y que se concreta en el fenómeno Internet. El resultado de esa revolución va a suponer no
sólo una auténtica transmutación de los medios de comunicación de masas clásicos, sino la aparición de
espacios y formatos comunicacionales radicalmente nuevos. Todavía no somos conscientes de las
potencialidades de esos espacios y formatos comunicacionales que la telemática posibilita. Y estamos
todavía menos preparados para calibrar en su justa medida las virtualidades de tales espacios y formatos
como medios de socialización –y, por ende, como terrenos de juego del proceso educativo. Tratemos de
imaginar algunas de esas potencialidades. A diferencia de los que ocurre con los medios de
comunicación clásicos, Internet es un medio intrínsecamente interactivo. La eficacia socializadora –y,
sobre todo, educativa en sentido estricto– de instrumentos como la televisión clásica sufría una fuerte
limitación como consecuencia del carácter unidireccional que tiene la comunicación a través de este
medio. El desarrollo de Internet, significa una transformación substancial de la pantalla como
instrumento comunicativo. Basta haber observado el entusiasmo con que los niños se entregan al manejo
de algunos CD-ROM de calidad –y la combinación inconsútil de entretenimiento y capacidades
didácticas que es típica de este medio—para empezar a imaginar lo que una Internet de amplio ancho de
banda puede ofrecer a las nuevas generaciones. Al lado de la pantalla multimedia interactiva que la
telemática está poniendo a nuestra disposición, el atractivo de la televisión clásica palidece hasta casi
desaparecer2 . Pero la telemática ofrece algo más que esa interactividad. Suministra asimismo un
espacio enorme –el conjunto de la Red—en el que esa interactividad puede ejercerse. Y proporciona
también los dispositivos que permiten guiar al usuario, de acuerdo con sus intereses, en sus recorridos de
ese espacio gigantesco. De manera que la Red está en condiciones de combinar la universalidad con la
selectividad en el manejo de la información. 2 La pantalla interactiva propia de la telemática puede
ofrecer todo lo que proporciona la televisión clásica (por ejemplo, películas de aventuras) y muchas
cosas más (digamos, participación del espectador en el desarrollo de la trama de la película en cuestión).
Esto significa que la Red es un instrumento ideal para hacer realidad algunos de los ideales pedagógicos
que, tal vez con más empeño que resultados tangibles, han guiado la enseñanza moderna. Ideales como
el de la educación personalizada; como el del aprendizaje continuo, definido de acuerdo con los ritmos
de aprendizaje de cada individuo, y según sus requerimientos pragmáticos. Un aprendizaje en el que se
respeten los estilos cognitivos de cada sujeto, su más irrestricta libertad de horarios y procesos e
evaluación y autoevaluación... Mas, dirá el lector escéptico, ¿cómo puede Internet, al fin y al cabo sólo
un medio de comunicación, obrar tales maravillas? En este punto, el escepticismo del lector es
razonable, pero probablemente se asiente en una percepción limitada de lo que la Red representa. Pues
Internet no es simplemente un medio de comunicación. Es un auténtico agente comunicacional –o, mejor
dicho, todo un complejo sistema de agentes comunicacionales. Uno de los aspectos de la revolución
telemática que apenas ha sido visualizado todavía por la opinión pública es el hecho de que internet es
un auténtico sistema de Inteligencia Artificial. Para decirlo de forma un tanto más dramática, la Red es el
medio en el que se está constituyendo una verdadera Sociedad de Agentes Artificiales capaces de
interactuar entre sí y con los usuarios humanos, produciendo, transmitiendo, recombinando, y
distribuyendo información con una flexibilidad y selectividad cada vez más eficaces. Imaginemos lo que
esto representa en el contexto de uso de la Red por parte de las nuevas generaciones. Internet va a
convertirse en una agencia socializadora de primer orden, en el sentido fuerte de la palabra agencia. En
concreto, y en el plano directamente educativo, Internet está destinada a ser, con toda probabilidad, el
medio más adecuado para el desarrollo de procesos de enseñanza guiados por tutores artificiales. Estos
tutores informáticos, personalizados para cada usuario, serán capaces de seguir el rastro de éste a lo
largo de sus actividades de aprendizaje, de tomar nota de sus avances, errores y dificultades. Sobre la
base de esa información exhaustiva, esos tutores serían capaces de proponer, en diálogo con sus pupilos,
opciones y metas educativas adecuadas a las capacidades, intereses, estilos cognitivos y circunstancias
de cada uno de ellos. Parece probable que el proceso de telematización de la educación se inicie y cobre
un especial vigor en los niveles superiores de la enseñanza. Hace ya algún tiempo Peter Drucker declaró
que, “en treinta años todas las universidades de América serán eriales improductivos”. No hace falta
asumir una predicción tan extrema para darse cuenta de que la educación superior va a tener que
transformarse radicalmente como consecuencia del desarrollo de la Red. Las repercusiones de ese
desarrollo en los niveles inferiores de la educación tal vez no sean tan profundas, y tarden más en
madurar. Pero serán sin duda significativas. Si el teletrabajo puede entrañar una revolución para el
conjunto de la actividad laboral, ¿por qué no podría la tele-educación transformar radicalmente el
sistema escolar que ha hegemonizado la actividad educativa y socializadora a lo largo de los últimos
siglos? Con toda probabilidad, pues, los nuevos medios de comunicación telemática van a asumir
funciones socializadoras parangonables con las que tradicionalmente ha hecho suyas la familia y, más
recientemente, la escuela. Hasta el punto de que no parece descabellado hablar de la progresiva
implantación de un nuevo modo de socialización correspondiente a la nueva etapa de la modernidad en
la que nos estamos adentrando: el modo de socialización telemático.
5. Repercusiones de la emergencia del ‘modo de socialización telemático’ para la institución escolar. La
posibilidad de utilizar las potencialidades interactivas y de aprendizaje creativo de la moderna telemática
supone un reto decisivo para la institución educativa: o bien ésta se adapta al nuevo entorno tecnológico
que va a convertirse, quiérase o no, en el medio dominante de transmisión de conocimiento –de forma
similar a como supo adaptarse e incluso sacar provecho de la disponibilidad general de textos escritos
que trajo la invención de la imprenta–, o entrará en una profunda crisis. En todo caso, todo parece
indicar que la implantación del “modo de socialización telemático” no entrañará, probablemente, el fin
de la institución escolar, pero sí una profunda transformación de la misma. Como ya se ha apuntado, el
modo telemático de socialización permitirá, por ejemplo, dar una nuevo sentido a las nociones de
“educación personalizada” y de “educación permanente”, reduciendo drásticamente los costes de este
tipo de formación –de la que, tradicionalmente, sólo ha podido disfrutar una exigua minoría de la
sociedad–, y haciéndola realmente extensiva al conjunto de la población. La telematización de la
educación va a entrañar un incremento rapidísimo de la productividad de la tarea educativa –una de las
pocas ramas de actividad en las que los métodos de trabajo siguen siendo básicamente de tipo artesanal–,
equiparable al impresionante salto en la productividad del trabajo que originó la revolución industrial.
Hay razones para pensar que un sistema educativo como el actual, que en términos productivos apenas
ha llegado al nivel de la manufactura, no va a poder competir económicamente con las nuevas formas
telemáticas de educación. Pero, lo que es más grave, tampoco está claro que pueda competir en la
calidad del producto que ofrece. Imaginemos, como hacen algunos autores3 , una Licenciatura en
Informática ofertada, a escala planetaria, por un consorcio formado por IBM, Microsoft, y el MIT.
Naturalmente, cabe suponer que los materiales didácticos interactivos y multimedia elaborados por 3
Twigg, C., y Miloff, M., 1998. patrocinadores tan poderosos serían de primera calidad, y resultado de la
inversión de millones de dólares. ¿Es una exageración suponer que ese material didáctico, y esa
titulación, atraerían a cientos de miles, tal vez a millones de estudiantes en todo el mundo? ¿Y que
muchos de ellos votarían con los pies, abandonando las formas usuales de enseñanza en centros
universitarios tradicionales, y adoptando este nuevo medio de aprendizaje? Pero también en niveles
inferiores de la actividad educativa se van a dejar sentir las consecuencias del potencial de la Red como
medio de aprendizaje. Probablemente, los centros educativos van a ser cada vez menos necesarios como
entornos de transmisión de conocimientos y habilidades. Por ello, es posible que progresivamente se
conviertan en lugares de socialización primaria más que en centros transmisores de saber. Este hecho,
desde luego, afectará profundamente tanto a su estructura como a su funcionamiento. La escuela
tradicional tiene una estructura mecanicista, que guarda considerables similitudes con la de otras
instituciones de la primera modernidad, como el ejército o la empresa industrial. Y del mismo modo que
la empresa industrial clásica está dando lugar a una empresa muy diferente, distribuida y animada por la
Red, el centro educativo clásico podría verse sustituido por el entero ecosistema educacional de la Red.
Un ecosistema sin centro y sin límites claros –o con unos límites definidos por la propia acción de los
usuarios. 6. Repercusiones de la emergencia del ‘modo de socialización telemático’ para la Sociología
de la Educación. La Sociología de la Educación, surgió en paralelo con la implantación del sistema
escolar moderno, como un intento de discutir los objetivos sociales de ese sistema, sus virtualidades en
relación con el resto de la vida social, su papel integrador, su capacidad como instrumento de superación
de las desigualdades sociales, etc. De ahí que, desde el punto de vista de la Sociología de la Educación,
el fenómeno de la educación se conciba, casi por definición, como una realidad materializada en la
institución escolar. Para esta
perspectiva, por educación se entiende educación formal administrada por los distintos niveles del
sistema escolar. Mas el modo de socialización telemático encarna la posibilidad de una actividad
educativa formal y, sin embargo, de tipo no escolar. Conviene subrayar este hecho: la educación
telemática va a ser, al menos en gran parte, una educación formal, dotada incluso con una grado de
formalización muy superior al de la educación escolar. Va a ser una educación con validez oficial, y
efectos análogos a los de la enseñanza escolar. Pero esa educación tendrá un formato muy distinto del
escolar y, probablemente, se desarrollará más bien al margen de la institución escolar, generando su
propio marco institucional, caracterizado una lógica propia. Del mismo modo que la lógica institucional
del cuerpo de notarios no tiene prácticamente nada que ver con los supuestos y marcos institucionales de
los dispositivos y organismos de acreditación que están implantándose en Internet –con los futuros
“notarios electrónicos”--, la educación formal telemática impondrá una estructura y un modo de
funcionamiento propios, a la que, en todo caso, deberá adaptarse el viejo sistema escolar. Por eso, la
Sociología de la Educación se enfrenta a un peligro mortal: el de quedarse -- como consecuencia de la
desarticulación del modo de socialización escolar por el modo de socialización telemático-- simplemente
sin objeto –o, al menos, el de encontrarse con un objeto tan radicalmente desfigurado que le resulte
irreconocible e inmanejable con sus viejas herramientas conceptuales. ¿Cómo abordar, por ejemplo,
fenómenos como el del llamado “currículum oculto” en un entorno educacional de tipo telemático? Es
probable que los sociólogos de la educación tengamos que volver a la escuela –mejor dicho, tengamos
que reciclarnos en ese nuevo medio de educación formal no escolar que va a ser, de manera creciente,
Internet. Frente al peligro que supone para la sociología de la educación la emergencia de un nuevo
modo de socialización dominante, el telemático, urge un replanteamiento radical de los supuestos de
nuestra disciplina. Ese replanteamiento pasa, ante todo, por desatar la tradicional vinculación conceptual
entre educación y escuela –o, en general, entre educación y sistema escolar de enseñanza. Es preciso que
los sociólogos de la educación se habitúen a pensar este fenómeno, la educación, en términos no
escolares, del mismo modo que los administradores de empresas tienen que acostumbrarse a concebir
éstas en términos muy distintos de los que caracterizaban la vieja empresa industrial. La Sociología de la
Educación debe conquistar su condición de sociología de la educación en el sentido más amplio del
concepto –abandonando su condición de mera sociología de la escuela. Mas para realizar ese
replanteamiento que aquí se propone, la noción misma de educación debe someterse a un riguroso
proceso de reinterpretación y actualización teórica. ¿Qué significa educar en una sociedad abocada a un
rápido proceso de globalización, en las peculiares condiciones sociotécnicas, socioeconómicas y
socioculturales que caracterizan a esta Segunda Modernidad que ahora se inicia? Planteada la pregunta
en términos aún más generales, ¿cuáles son las formas de socialización adecuadas en este contexto de
complejidad creciente y cambio acelerado? ¿Cómo puede a un tiempo reproducirse –de manera
ampliada—e integrarse una diversidad cultural y cognitiva tan grande como la que presupone la futura
Sociedad Global? ¿Cuáles pueden ser los intrumentos sociotécnicos de esta reproducción integradora de
la diversidad? Estas preguntas, y otras de similar calado, muestran cómo, forzada a buscar sus puntos de
referencia más allá del ecosistema relativamente cerrado de la institución escolar, la Sociología de la
Educación tendrá que reanimar sus fundamentos teóricos más profundos, retomando el diálogo con el
tronco central del pensamiento sociológico. Referencias Twigg, C., y Miloff, M., “The Global Learning
Infrastructure: The Future of Higher Education”, en Tapscott, D., Lowy, A., y Ticoll, D., 1998. Tapscott,
D., Lowy, A., y Ticoll, D., Blueprint to The Digital Economy, Nueva York,