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Soberanas del reino de Dios


Mujeres, feminidad y maternidad en la institucionalidad del
Imperio Bizantino

Javier Godoy González


Mucho se habla en torno al hombre medieval. Inclusive se nos plante la idea de la
inexistencia de dicho personaje en sí (Le Goff 11), puesto que si una categoría justa
debiéramos de dar a la humanidad en dicha época es la diversidad.

Junto con la caída del gran imperio de la antigüedad, se derrumban las barreras de la
libertad individual y la multiplicidad se manifiesta desde las variadas aristas de la
existencia. Los seres humanos se disgregan e interpretan con una gran autonomía de
pensamiento el entorno que les rodea, algo pocas veces visto antes en la historia occidental.
Son los siglos donde gobierna la herejía y la heterodoxia (Fossier 12).

Frente a un escenario así cabe preguntarnos, ¿Solo el hombre fue participe de esta libertad?
¿Acaso la mujer no pudo verse liberada también del yugo de los prejuicios que la
antigüedad le hacía participe? (Pomeroy 10) ¿Pudo acaso la mujer, acceder y posicionarse
legítimamente, en un espacio históricamente vetados a su sexo, como lo fue la política?
Teniendo como presupuesto la diversidad del hombre medieval, y que de allí se desprenda
también la variedad de sus organizaciones, dicho esfuerzo investigativo resultaría
inabarcable por ahora en este formato.

A pesar de eso, existe un escenario particularmente atractivo para dirigir esta investigación.
Si bien el mundo medieval posee una multiplicidad de aristas y ello también se aplica a la
organización política, muchas de las organizaciones anteriores perduraron en forma más o
menos sólida. Una de ellas, fue sin lugar a dudas la Romania oriental. El imperio Bizantino
(Bréhier 2).

Resulta particularmente interesante realizar dicho análisis en torno a la institucionalidad


Bizantina, tratándose esta de la heredera directa de la institucionalidad romana (Bréhier 1).
Que a la larga sería la vara de medida, de la gran mayoría de los imperios y estados
medievales. Además, de posicionarse en la mentalidad medieval como la organización
imperial con legitimidad por excelencia (Brehier 8).

Aun así, no estamos ante un punto de vista político solamente, sino también religioso y
social. ¿Cómo podría conciliarse en un imperio de una profunda herencia política romana,
bastión del cristianismo más antiguo (Bréhier 3) y de raigambre cultural helénica (Herrin
53), una imagen de lo femenino, que permitiera que desde el 769 al 856 tres mujeres
estuvieran a la cabeza directamente de uno de los imperios más transcendentales de la
humanidad? (Herrin 19)

Este ensayo busca dar un acercamiento a la posición de la mujer en la institucionalidad


Bizantina, particularmente a su legitimidad en el ejercicio directo del poder. Desde dicho
presupuesto podemos sugerir la existencia de toda una tradición cultural (Religiosa
principalmente, pero que terminaría por permear en todo el régimen Bizantino dadas las
características particularmente de unión entre estado e iglesia) que se construyó en torno a
la figura divina de María madre de Dios o Theotokos. Dichas concepciones podrían
terminar por legitimar y valorar lo tradicionalmente entendido como femenino en la época.
Que desembocarían finalmente en una aceptación de las mujeres, como individuas
totalmente legales y activas en el ejercicio del poder.

Para ello llevaremos a cabo un análisis basándonos en El Pastor de Hermas debido a su


gran influencia como texto canónico de la primera cristiandad que fue la que finalmente
prevaleció en el Imperio (Crouzet 43), una selección de la época de textos marianos de
Guillermo Pons e iconografía religiosa del Ekdotike Athenon.

Claramente dicha hipótesis debemos relegarla a las mujeres de la nobleza Bizantina en su


más alto grado, es decir, como esposa, regente o madre del emperador (Cavallo 181). Aun
así, dicha posición de poder resulta muy relevante.

Entendiendo al mundo Bizantino como el depositario de la tradición misógina del mundo


helénico, de la cual nunca se desprenderá (Cavallo 156). Como por otro lado, de una
institucionalidad política basada en los fundamentos de la guerra y expansión como lo fue
la Romana (Brehier 12), lugar donde ciertamente la mujer no jugó un papel para nada
importante. Resulta increíblemente interesante analizar las posibles bases teológicas y
culturales que hicieran posible que, en marco tan estrecho, se pudieran dar tres emperatrices
casi seguidas, regentes, legisladoras e inclusive intelectuales, historiadoras y músicas
valoradas culturalmente (Cavallo 175).
 Legitimidad y poder en la Romania

El imperio bizantino poseía en su institucionalidad misma un concepto base para


comprender su funcionamiento, en cuanto a la legitimidad y la transmisión del poder. Dada
la estrecha relación entre el estado y la iglesia, heredada de la tradición Romana occidental,
se terminaría por concebir al imperio mismo como una herramienta de la providencia
divina. Destinada a subordinar a todos los pueblos a su autoridad, puesto que su
sometimiento suponía el triunfo del cristianismo (Bréhier 3).

Desde allí que se comprenda la institucionalidad Bizantina desde la premisa “De la misma
manera que en el cielo todos los ángeles están sometidos a la divina voluntad, mientras los
demonios son indóciles, como los barbaros, así también en la tierra, aunque hay muchas
naciones sometidas, una sola, la de los romanos, está destinada a dominar” (Bréhier 4)

Ahora bien, su calidad providencial influye directamente en dos aspectos fundamentales de


la política Bizantina: La caracterización del gobernante y su acceso al poder.

Si bien, el emperador ya no era considerado divino en sí mismo, este se identificaba


plenamente con su dios en cuanto a ser su representante más directo en la tierra. Envestido
de autoridad y deberes, pero desde una perspectiva material en función del ejemplo divino
(Bréhier 5). De allí que se asuma que al igual que dios en los cielos, en la tierra “El
emperador, su proyección humana, debe ser el regulador del orden social, el centro
inmutable alrededor del cual giran todos los asuntos humanos” (Sherrard 77). Por lo tanto,
más allá de la existencia de toda una maquinaria estatal, social o militar, el poder se
centralizaba absolutamente en la figura imperial (Cavallo 300).

En cuanto su sucesión, debemos recordar que el Imperio Bizantino no fue una teocracia,
sino una entidad humana tutelada por la Providencia (Bréhier 5), por lo tanto, la
designación del emperador quedaba sujeta a la elección por la gracia divina (Bréhier 14)
debido a ello “la única manera cierta de conocer la voluntad divina, era de ver quién era el
que efectivamente ocupaba el trono. En otras palabras, todas las maneras de llegar a
emperador eran legítimas, siempre que tuviesen éxito” (Sherrard 77).
En Fin, las puertas del Palacio imperial, el Bucoleón o Blanquernas se encontraban abiertas
de par en par, para quien se atreviera a cruzarlas, siempre que tuviera los medios suficientes
para poder hacerlo y no morir en el intento. De allí que del total de 88 emperadores
bizantinos: 13 tuvieron que refugiarse en monasterios transitoriamente o hasta el final de
sus días y 29 se vieron depuestos por violencia (Sherrard 77).

Frente a este escenario, donde la capacidad de tener aliados en el interior de palacio era
fundamental, la figura de las mujeres a la hora de legitimar el poder era de una importancia
primordial.

El papel de las augoústai, si bien depende plenamente del poder del emperador (Vasilev
296), esto no impidió que muchas de ellas pudieran ostentar una autoridad y poder nada
desdeñables (Cavallo 306). La libertad que gozaban las mujeres más próximas a la dinastía
era sorprendente. Tales como las princesas Comnenos, quienes podían discutir y platicar
desenvueltamente con sabios, poetas y médicos de la época (Bréhier 7).

Desde el punto de vista político, el matrimonio constituía una forma de consolidación del
poder. Las mujeres poseían la capacidad de transmisión del poder a un nuevo esposo tras
las segundas nupcias, dicho privilegio al parecer no fue nunca negado (Bréhier 25), tal es el
caso de Marciano, quien en el 450 se casa con Pulqueria y Nicéforo III Botaniates con la
emperatriz María en el 1078 (Cavallo 306). Incluso se postula que los concursos de belleza
mencionados por las fuentes bizantinas entre el 788 al 881 para la elección de la emperatriz,
fueron una herramienta para descongestionar de las enormes presiones de la nobleza
bizantina sobre el emperador al momento de la elección de su futura esposa (Cavallo 306).

La mujer bizantina no sólo ejerció como una herramienta de legitimidad, sino que influyó
directamente sobre políticas y el quehacer imperial, se sabe que recibían a senadores y
embajadores, además de sostener relaciones con príncipes extranjeros (Bréhier 24), Su
participación como regentes nos permite precisar que “Desde el siglo VII al XIV hubo siete
emperatrices que gobernaron el Imperio en nombre de sus hijos menores”(Bréhier 25) lo
cual las llevó, incluso en periodos de ausencia por campaña de sus hijos o esposos, a llevar
con autoridad absoluta las riendas del imperio en cuanto a la justicia, administración,
hacienda e incluso nombramiento de autoridades, tal es el caso de Ana Dalassena en el
1081 (Bréhier 25). Nos encontramos que, si bien no ejercen un poder directo sobre el
imperio, las emperatrices poseían una gran relevancia a nivel político dentro de la corte.

No nos extrañe entonces que el Imperio, con ese nivel de libertad culturalmente aceptado
para la mujer aristócrata, estuviese precedido tres veces por una de ellas sin la necesidad de
un príncipe consorte: Hablamos de Irene del 797 al 802: Teodora y Zoe, en un primer
momento simultáneamente del 21 de abril al 12 de junio del 1042; y finalmente Teodora,
individualmente del 1055 al 1058 (Bréhier 26).

Si bien, en el mundo bizantino se mantenían las estructuras de separación sexual, similares


a la de la antigua Grecia, tal es el caso de la permanencia del gineceo (Bréhier 25) estas no
necesariamente representaban una segregación social de las mujeres aristócratas, antes bien
“Las emperatrices presidían su propia esfera ceremonial y social autónoma, formada por las
esposas de los miembros más relevantes de la jerarquía estatal de dignidades, quienes
ostentaban un rango equivalente al de sus maridos” (Cavallo 308).

Se trata al parecer de una concepción del poder dual en todo el sentido de la palabra, por un
lado, existía un emperador que demostraba su poder ostentosamente y a todas luces, por
otro, entre bastidores de palacio, las emperatrices de posicionaron como una fuerte figura
política, con la capacidad de ascender a individuos a la categoría imperial y participar de
los manejos del gobierno (Herrin 309 y ss.). A veces desde la libertad absoluta de gobierno,
otras, desde el manejo de influencias internas.

Ahora cabe preguntarnos, ¿Qué aspecto cultural, permitió darles tal nivel de autonomía y
poder, en una sociedad que a todas luces poseía una enorme raigambre histórica de
misoginia (Cavallo 156)?

En relación a esto, me gustaría plantear una relectura a la relación tesis antítesis de las
figuras de Eva y María, desde la perspectiva de la religiosidad cristiana oriental de la época.
 María Theotokos

Existe un concepto en la religiosidad oriental que nos permite entender gran parte de su
configuración y conflictos. Se trata de la piedra angular del credo ortodoxo, alrededor de lo
que gira la comprensión de la vida cristiano oriental: la salvación.

Dicho concepto, según el credo bizantino, reside en la exacta comprensión del orden divino
(Crouzet 46), ello en parte permite entender la obsesión por mantener un orden social
similar al de los cielos y las constantes disputas por definir bien el dogma. El hecho de
creer en una interpretación errada del mensaje divino podía ser un obstáculo insuperable
para acceder a la vida eterna.

Ya hemos visto cómo el estado bizantino busca a todas luces generar este orden en sus
instituciones y funcionarios, cabe preguntarnos entonces ¿Cuál es el papel de la mujer en el
reino de los cielos y por analogía en la tierra?

No es necesario hacer una revisión exhaustiva de documentación para saber qué lejos la
figura más fuerte es la de María, quien en el mundo bizantino poseía una gran relevancia, al
ser ella la patrona y defensora de Constantinopla (Herrin 44). En la religiosidad oriental
María tomo el título de Madre de Dios o Theotokos gracias a la resolución del concilio de
Éfeso de 431 (Herrin 44), aunque mucho antes San Ignacio de Antioquía escribía a los
Efesios en el año 70 asegurando que “Jesús nuestro Dios, el Ungido, fue llevado por María
en su seno” (Pons 20).

Contrario a las doctrinas separatistas que planteaban como una ilusión el engendramiento
de Jesús en el vientre de María (Pons 20), Eusebio de Cesárea también reconoce su
relación maternal con la virgen en su Comentario sobre los Salmos (109,4: PG 23,1341),
pero más interesante aún es como la relación materna de María con su hijo es utilizada
como metáfora para explicar una antigua profecía de Isaías (IS 53, 2), escribe Eusebio “El
retoño que se nutre de la leche materna significa con claridad el nacimiento de cristo”.

Me parece interesante destacar el uso de uno de los intelectuales más directos e influyentes
de Constantino de metáforas en relación a actos tan propiamente femeninos como el
amamantamiento.
Desde esta perspectiva me atrevo a proponer que la imagen mariana, desde su perspectiva
de madre y todo lo que conlleva; su relación afectiva con los hijos, la maternidad, lactancia,
parto, etc. Lograron insertar en sociedad de la época la idea de lo femenino con una
valoración diferente, mucho más positiva, teniendo en consideración que, desde las
capacidades de gestación y maternidad naturales a todos los seres humanos, se dio el
nacimiento del salvador.

Prueba de ello resulte el escrito de Afraates, quien en sus demostraciones expone el


paralelismo entre Eva y María “Hermanos, sabemos y nos damos cuenta de que al
principio, por causa de la mujer, se abrió el camino para que el enemigo llegara hasta los
hombres (...) La mujer es en efecto el dardo de satanás (...) a causa de ella ha penetrado la
maldición de la ley y ha venido la promesa de la muerte (...) Pero ahora gracias a la venida
del Hijo de la bienaventurada María, las espinas han sido arrancadas de raíz, el sudor ha
sido secado, la higuera ha sido maldecida” (Demostraciones, 4, 6: PS 1, 265). Si bien el
autor hace referencia a la importancia de la castidad en la salvación, vuelve a argumentar
que “María no hubiera podido hallar gracia delante de Dios, a no ser mediante su ayuno y
su plegaria” (Ibíd. 3, 14: PS 1, 129). Pareciera que, a pesar de darle importancia, la castidad
no correspondía a una de las virtudes principales de María, como sí lo eran su devoción.

Por otro lado la denominación del “Hijo de la bienaventurada María” nos habla de la figura
de la maternidad vista con buenos ojos. Recordemos por ejemplo la tragedia de Eurípides
“Ion” donde el personaje sabiendo que su madre es Creusa, exclama igualmente su
desafiliación con el mundo, como si solo la figura paterna contará. Otro ejemplo es el uso
de la fórmula de presentación “Euforión hijo de Alcibíades”, la mujer en el mundo clásico
se encontraba muchas veces invisibilidad de lo público.

Es muy probable que el establecimiento de María desde esta posición, permitiera la


revalorización de la feminidad en la cultura de la época. Recordemos la respuesta de
poetisa Casia al emperador Teófilo cuando este afirmaba “Una mujer fue la fuente de todas
las tribulaciones humanas” a lo que la afamada compositora replicó “Y de una mujer surgió
el curso de la regeneración humana” (Cavallo 156).
De allí también se explique la existencia de descripciones de las madres bizantinas donde
junto con elogiarlas se les califica de “educadoras tiernas y afectuosas, responsables no solo
del bienestar físico de su prole sino también de su formación espiritual” (Cavallo 156).

El reconocimiento de la relación maternal de María con Jesús no solo implica una


revaloración de los femenino, sino un posicionamiento de gran relevancia de este personaje
en la jerarquía religiosa. Al ser María la madre de Dios, es ella a la vez la más directa
intermediaria entre el mundo de los hombres y la divinidad al menos en una primera
instancia.

Dicha posición no pasó desapercibida para la religiosidad bizantina, prueba de ello son los
múltiples mosaicos donde se representa a María entronizada y con zapatos púrpuras, el
mismo signo máximo de la realeza bizantina.

Dichas representaciones pueden observarse en “La virgen, ángeles y apóstoles” de 1169 en


la basílica de la natividad en Bethlehem (Athenon 167) en esta representación se observa la
figura de maría por sobre todo el resto de los personajes al igual que en la representación de
Cyprus Lagocidera en Panagia Parakou y la virgen Arakiotisa, en el mismo monasterio.

En “Cristo entronizado con San Juan el Bautista en suplicación” de 1310 en la iglesia de


Pammakaristos de Constantinopla (Athenon 179) puede observarse como solo María posee
los zapatos rojos.

En el “Ayia Maria” de la iglesia del Nacimiento de Cristo del siglo VII en Naxos, (Athenon
36-37) se puede ver a la virgen enjoyada y coronada. Además de la representación de la
muerte de María en la cual los profetas lloran con gran pena su fallecimiento en Cyprus y
Kastoria del 1105 aprox. (Athenon 57).

Una mención especial es necesaria a la hora de situar la figura principal de María en las
iglesias bizantinas, al estar sobre el altar principal en una posición a todas luces de gran
relevancia.
 Conclusiones

Muy probablemente dado el relevante papel María como principal intermediara con Dios a
través del nacimiento de su hijo Jesús, la cultura y religiosidad Bizantina cambio su modo
de ver a la feminidad y a las mujeres, al menos en la jerarquía divina y política, como seres
exentos de capacidades o simplemente malignos.

Sumada a eso la profunda tradición divina en torno a la mujer (Herrin 313), impulsadas por
esta nueva forma de entender la maternidad y lo propiamente femenino, se dio un gran
respaldo legitimador del poder y papel que pudiese ejercer una mujer en el desarrollo del
gobierno Bizantino, al fin y al cabo, fue una mujer quien trajo la salvación y redención a la
humanidad, Dios la eligió a ella y a través de ella se manifestó más directamente su gracia.

Esta revaloración de lo femenino podría haber abierto las puertas no solo del poder, sino
también de la cultura, las ciencias y la historia a la producción a la mujer aristocrática
Bizantina, transformándola en un sujeto de derecho y valoración desde sus características
particulares.

Habremos de seguir investigando y profundizando en la historia de este imperio que a todas


luces deja de ser “la forma cultural más baja y abyecta que haya asumido la civilización
hasta ahora (…) Una relación monótona de intrigas de sacerdotes, eunucos y mujeres, de
envenenamientos, conspiraciones, ingratitudes y fratricidios continuos” (Hartpole Lecky)
que planteaba la historiografía tradicional, y nos entrega formas de realización y
participación de lo político de las cuales como sociedad e investigadores tenemos mucho
que aprender.
Bibliografía
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Sherrard, Philip. Bizancio . Barcelona: Folio, 1995. Libro.