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APLICACIÓN DE LA LEY PROCESAL PENAL

Bajo este rubro se estudia, los conflictos que pueden surgir, al momento de realizar la actividad procesal y, por
tanto, de aplicar la ley, entre dos o mas leyes que reclaman vigencia para regir ese acto o determinar sus
consecuencias. Ese conflicto, temporalmente, puede ser simultaneo, si dos o mas leyes o reglas están vigentes en
un mismo tiempo, en cuyo caso se acostumbra a decir que estamos frente a un problema de orden territorial, o,
de otra manera, puede ser sucesivo, si dos o mas leyes o reglas, que reconocen distinta vigencia temporal,
pretenden regir el acto, en cuyo caso los autores señalan el carácter absolutamente temporal del conflicto.
Los autores acostumbran a separar estos problemas; los rotulan bajo el titulo que hacen referencia al ámbito
territorial o espacial, temporal y personal de vigencia de la ley, respectivamente, y desarrollan reglas (principios y
excepciones) que permiten la solución de los conflictos posibles.
CONFLICTO ENTRE LEYES DE VIGENCIA SIMULTANEA
La ley penal, en general, es de aplicación territorial: esto significa que, salvo excepciones, tiene valor solo en los
limites del territorio del Estado soberano que la sanciona, principio que domina la aplicación de la ley penal en el
espacio, de manera que el lugar de comisión del hecho, sin perjuicio de las ambigüedades a que conduce la
expresión, determina, de ordinario, la ley penal aplicable y soluciona los conflictos de leyes que pudieran existir,
por via de principio.
El principio se ha extendido, erróneamente, a la ley procesal penal. Para que el sea verdad, en ese ámbito, el lugar
de realización del acto procesal debería determinar la ley procesal aplicable, y no es asi; por ej., un juez argentino,
a quien se le permite tomar un testimonio en el extranjero, aplica, ordinariamente, la ley procesal penal argentina
y no la ley extranjera; entre nosotros, el juez federal con asiento en una provincia aplica la ley procesal federal y
no la de la provincia en la cual lleva a cabo los actos procesales que componen los procesos de su competencia. Si
en la mayoría de los casos el resultado de la aplicación del principio territorial no difiere de la regla realmente
aplicada, ello proviene de la conjunción de esa regla con aquella que, en nuestro país, constituye también el
principio que rige la competencia penal, el lugar del hecho, y de la circunstancia de que los actos que integran el
procedimiento se llevan a cabo, casi siempre, en la sede del tribunal competente.
El verdadero principio que rige la aplicación de la ley, para el caso de decidir la aplicación de una de varias leyes de
vigencia simultanea, es el que se denomina con el brocárdico lex fori. El expresa que el tribunal competente para
instruir el procedimiento aplica la ley procesal sancionada por el poder soberano que creo el tribunal, que lo
invistió con el poder jurisdiccional que ejerce. Un juez aplica, ordinariamente, la ley correspondiente al poder
soberano que lo invistió, cualquiera que sea el territorio donde cumple el acto, salvo la existencia de una
excepción, especialmente reglada. Ese principio soluciona tanto los conflictos eventuales que motiva la pretensión
de aplicar una ley extranjera, como los factibles dentro de nuestro país por la existencia de varias leyes procesales
y de organizaciones judiciales diversas, según la estructura federal de nuestro sistema judicial.
CONFLICTO ENTRE LEYES DE VIGENCIA SUCESIVA
La base de solución de este conflicto sigue la pauta que desarrolla la teoría general en materia de vigencia
temporal de la ley. Las leyes siempre rigen para el futuro y con razón, pues esa es la única manera de concebir la
ley como regla de calculo del comportamiento humano y como forma general de equiparar el trato que la
autoridad brinda a los seres humanos. En efecto, las reglas no pueden cumplir su función de calculo sobre
comportamientos ya sucedidos, si no estaban vigentes a la época del suceso, pues el autor no ha podido
determinar su conducta por ellas; de allí que las normas, aplicadas a comportamientos pasados, tampoco puedan
cumplir la función política que determina su existencia: influir en las personas para que realicen ciertos
comportamientos y omitan otros; y, también, para que puedan relacionarse entre si con algún sentido racional. Es
evidente, además, que, aunque se pueda valorar un comportamiento pretérito por una regla sancionada con
posterioridad a el, tal juicio solo significa la aplicación de un puro poder reglado, pues no es posible atribuir a la
decisión del autor de ese comportamiento, tratado en la forma que determina una regla posterior, conformidad o
disconformidad con la regla, eventualmente, voluntad de lograr su efecto, al momento de decidir el acto. Es por
ello que las normas calificadas como de aplicación retroactiva, solo representan mandatos para el ejecutor
(autoritario) de la ley.
Los autores de derecho procesal acostumbran a tratar el tópico pensando en la sanción de una nueva ley procesal
y su aplicación a los procesos pasados, pendientes y futuros. Dicen, desde este punto de vista, que los procesos
pasados, ya terminados, no se rigen por la nueva ley y que los futuros se rigen por ella, obviamente, y discriminan,
siguiendo la ley positiva, diversas situaciones (estado del tramite), según las cuales un proceso pendiente se rige
por la antigua ley –derogada para los procedimientos posteriores a su sanción- o por la nueva ley sancionada. El

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punto de vista, sin embargo, no es correcto teóricamente. Un proceso es una secuencia de actos singulares,
determinados por la ley. Es perfectamente posible que la ley nueva rija los actos que, en el procedimiento, sean
llevados a cabo con posterioridad a su vigencia y que la ley antigua continue rigiendo los actos realizados según
ella, con anterioridad a su derogación, y que, consecuentemente, cada uno de esos actos sea valorado conforme a
la ley vigente a la época de su realización, incluso esta seria la situación ideal.
Los autores, generalmente, tienen en mira solucionar situaciones en las cuales el cambio de la ley procesal tiene
gran trascendencia; o bien se trata de una ley procesal que renueva totalmente el procedimiento judicial a seguir,
o bien la variación en el procedimiento es de cierta importancia. En esos casos sucede normalmente que los
procesos pendientes, que alcanzaron cierto grado (cierto recorrido en su tramite), continúen rigiéndose hasta el
final por la ley vigente cuando fueron iniciados (aplicación ultraactiva de la ley derogada) y que los que no
alcanzaron ese estado rijan sus actos, en mas o en menos, por la nueva ley (posible aplicación retroactiva de la ley
vigente), todo según disposiciones legales expresas de la nueva ley.
De lo explicado se deduce que, en materia procesal penal, no esta prohibido (es admisible) que la ley se aplique
retroactivamente, según ella misma lo puede establecer, aunque esa forma de aplicación no pueda pretender
cumplir una de las principales funciones políticas de la ley en relacion con los hechos ya sucedidos: servir de
modelo de comportamiento a las conductas humanas, dirigir el comportamiento humano; sin embargo, esa forma
de aplicación pretende servir de modelo para valorar esos comportamientos y, con ello, dirigir la manera de
comportarse de quienes deben valorar esas conductas. No obstante lo dicho, existe un tópico, contenido en el
derecho procesal penal, en el cual no esta admitida (esta prohibida) la aplicación retroactiva de la ley: se trata de
las reglas que regulan la competencia penal, pues “nadie puede ser sacado de los jueces designados por la ley
antes del hecho de la causa” (art. 18 CN), regla que solo reconoce escasas excepciones.
Se discute acerca de la admisibilidad de la aplicación retroactiva de las reglas procesales penales que disciplinan
las medidas de coerción, en especial las privativas de la libertad, cuando esa aplicación no favorece al imputado.
Pero, cuando en ese contexto se habla de ley posterior, la referencia temporal no es el acto procesal a realizar,
sino el momento de comisión del hecho atribuido, a similitud de la regla de principio para establecer la vigencia
temporal de la ley penal (art. 18 CN; art. 2 CP).
EXCLUSION PERSONAL DE LA APLICACIÓN DE LA LEY PROCESAL PENAL
Aunque ordinariamente se rotula este problema por referencia al ámbito de vigencia personal de la ley o a su
eficacia en relacion a las personas, la cuestión no consiste en determinar aquellas personas para las cuales la ley
rige o es eficaz, pues, por regla teorica, y también de base en un Estado de Derecho, la ley tiene por destinatarios
a todas las personas que comprende su ámbito de aplicación espacial y temporal; por el contrario, el problema
consiste en advertir cuales personas, por excepción y en razón de la función política que cumplen, según el cargo
estatal que ostenta, están excluidas temporalmente, mientras mantengan su cargo, de la persecución penal. La
cuestión es, además, un problema procesal penal solo por repercusión de una regla material, pues tampoco
consiste en un privilegio procesal, sino, antes bien, en un privilegio material, cual es, precisamente, el excluir a una
persona de la persecución penal –esto es, de la posible aplicación de la ley penal-, por la función que ejerce, a
pesar de que se le atribuya un delito. Entonces, como consecuencia de la inaplicabilidad transitoria de la ley penal,
resulta inaplicable la ley procesal penal. Es evidente, también, que este es un problema absolutamente distinto de
aquellos que tratamos antes, pues no consiste en un posible conflicto de aplicación entre varias leyes que,
eventualmente, pueden ser aplicables en una situacion determinada, sino, tan solo, en establecer las excepciones
a la aplicación de la ley vigente, que no compite con alguna otra.
Según quedo dicho, el privilegio tampoco es personal, en el sentido de que obedezca a la posición social de una
persona individual, a su nombre o al titulo que ostenta, ni dura de por vida, sino que, por el contrario, abarca el
cargo político, con independencia de la persona individual que transitoriamente lo ejerce, a fin de proteger,
precisamente, el ejercicio de esa función de interrupciones que la tornen ineficiente, o por el reconocimiento de
extraterritorialidad a los representantes de estados extranjeros; y es, además, eminentemente temporal, en el
sentido de que cubre a la persona individual que ejerce la función mientras ocupe el cargo respectivo o mientras
el Estado extranjero, en cuya consideración se otorga el privilegio, no permita la aplicación de la ley nacional a su
representante. Se dice por ello, en ese sentido, que el privilegio es real o funcional.
Dos son las razones políticas que avalan el privilegio, de las cuales derivan las dos situaciones básicas que generan
la imposibilidad transitoria de perseguir penalmente a una persona. La primera situacion abarca a los
representantes de estados extranjeros, agentes diplomáticos y personas que componen la legación. Se desprende
de una relacion regida por el derecho internacional publico, cual es la relacion entre estados soberanos: se trata

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de una derivación del privilegio de extraterritorialidad del goza el país extranjero cuando obra como tal, esto es,
como persona de derecho publico. El privilegio consiste, como se sabe, en que esos representantes no pueden, en
principio, ser perseguidos penalmente en la Republica Argentina y según su ley. El privilegio cesa si el Estado
extranjero representado permite la persecución de su representante, si este cesa en su cargo o representación por
cualquier causa, o si desaparece la personería internacional del Estado extranjero como tal.
La segunda situacion abarca a todos los cargos públicos establecidos por la propia CN, para cumplir funciones
directamente constitucionales. Asi, el presidente de la Nacion, sus ministros, el vicepresidente, los diputados y
senadores, y los jueces gozan de este privilegio. El privilegio se funda en la necesidad de que esas funciones sean
ejercidas eficientemente, contra lo cual conspira la posibilidad de someter continuamente a esos funcionarios a un
procedimiento de persecución penal y a la autoridad judicial. Pero el privilegio no continua si se pierde el cargo
por cualquier razón, incluso por pedido expreso, en razón del delito atribuido, ante la autoridad competente para
actuar el procedimiento constitucional de destitución o desafuero del funcionario.
No pertenece a esta área de problemas de inmunidad parlamentaria prevista en la CN, art. 68. Cualquiera que sea
el encasillamiento penal de esta causa de exclusión del efecto del comportamiento de un legislador, en si
antijurídico y culpable (para la mayoría: excusa absolutoria), ella no se traduce en inaplicabilidad de la ley procesal
por un obstáculo temporario para la persecución penal. La repercusión procesal del problema debe ser tratada
regularmente, conforme a la naturaleza penal que se le acuerde en los niveles de análisis de la teoría del delito.