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Jill Levine (“Short Stories by Jesus”)

Una vez se dijo que "la religión está diseñada para consolar a los afligidos y
afligir a los cómodos". Las parábolas de Jesús también fueron diseñadas para afligir,
para atraernos pero dejarnos algo incómodos. Estas enseñanzas se pueden leer como
relatos sobre el amor divino y la salvación, pero, quienes los escucharon primero –judíos
del primer siglo en Galilea y Judea– captaron mensajes mucho más desafiantes.
Veamos algunos ejemplos:

La parábola del Hijo Pródigo: por lo general se entiende como una historia que
demuestra que el Padre celestial nos ama sin importarle lo terrible de nuestras acciones.
Sin embargo, no es lo que escucharon los judíos del siglo I. Ellos ya sabían que Dios era
amoroso, misericordioso y compasivo. Es Lucas, que escribe a los griegos, quien envía
un mensaje de arrepentimiento y perdón. Lucas hace un prefacio de la parábola
incluyendo otras dos historias: la parábola de la “Oveja perdida” y de la “Moneda perdida”.
Y concluye diceindo: "Habrá más dicha en el cielo sobre un pecador que se arrepiente
que sobre 99 justos que no necesitan arrepentirse". Sin embargo, el mensaje de Jesús
para los judíos fue diferente. Jesús no habla del pecado de las ovejas ni de la codicia del
dinero; las ovejas no se sienten culpables y las monedas no se arrepienten. Además, el
hombre pierde las ovejas y la mujer pierde su moneda, pero Dios no nos "pierde". Las
dos primeras parábolas introductorias no tratan de arrepentimiento y perdón. Se trata
de saber contar: el pastor notó una oveja que falta de las 100, y la mujer notó una
moneda desaparecida entre otras 10. Y buscaron, encontraron, se regocijaron y
celebraron. Al hacer esto, establecieron la tercera parábola. La historia del Hijo pródigo
que comienza así: "Había un hombre que tenía dos hijos ...".

Si nos centramos en el hijo pródigo, escuchamos mal la introducción. Todo judío bíblico
sabrá que si hay dos hijos, hay que prestar atención a los más jóvenes: Abel sobre Caín,
Isaac sobre Ismael, Jacob sobre Esaú, Efraín sobre Manasés. Luego, nos sorprendemos
al ver que el padre da la bienvenida a casa al hijo menor. Pero este no es el objetivo de la
parábola. Papá simplemente está encantado de que su hijito más chico haya regresado:
se regocija y organiza una fiesta. Si nos detenemos aquí, no entendimos el final de la
pleicula. Entonces el hermano mayor –¿lo recuerdas?– escucha la música y el baile. Papá
tuvo tiempo suficiente para contratar a la banda y preparar la comida, pero nunca buscó a
su hijo mayor. Tenía dos hijos, y no contó que le faltaba uno. Por lo tanto, esta
parábola nos invita sobre todo a contar, porque todas las personas cuentan –valen la
pena-. La pregunta es: ¿A quién hemos perdido? Si no contamos, puede ser demasiado
tarde.

La parábola del buen samaritano: Nuestra intuición habitual se desvía de varias maneras.
Primero, los lectores suponen que un sacerdote y un levita evitan al herido porque tratan
de evitar ser "impuros". No es así. Esta interpretación hace que la ley judía se vea mal.
El sacerdote no sube a Jerusalén donde la pureza sería una preocupación; él está
"bajando" a Jericó. Ninguna ley impide que los levitas toquen cadáveres, y hay muchas
otras razones por las cuales la pureza ritual no es relevante aquí. Jesús menciona aun
sacerdote y a un levita porque ellos establecieron una tercera categoría: la “israelí”.
Mencionar los dos primeros es invocar al tercero. Si digo "Moe, Larry...” (Los Tres
Chiflados), es probable que digas "Curly". Sin embargo, ir de sacerdote a levita a
“samaritano” es como ir de Larry a Moe a Osama bin Laden.

Esta analogía nos lleva a la segunda lectura errónea. La parábola se ve a menudo como
una historia de cómo la minoría oprimida –los inmigrantes, los gays, las personas en
libertad condicional– son "agradables" y por lo tanto debemos revisar nuestros prejuicios.
Los samaritanos, en ese entonces, no eran la minoría oprimida: eran el enemigo. San
Lucas lo refiere un capítulo antes de esta parábola: Jesús busca alojamiento en un pueblo
samaritano, pero se lo niegan. Además, Samaria tenía otro nombre: Siquem. En Siquem,
la hija de Jacob, Dinah, es violada o seducida por el príncipe local. En Siquem vive el juez
asesino Abimelech. Si somos la persona que pasa, y vemos al samaritano, lo que primero
vamos a pensar es: "Me va a violar o me va a matar". Entonces nos damos cuenta:
nuestro enemigo puede ser la misma persona que nos puede salvar. De hecho, si
simplemente preguntamos "¿dónde está Samaria hoy?" Podemos ver la importancia de
esta parábola para la crisis israelí-palestina, entre otras.

La parábola de los trabajadores del viñedo: Esta parábola cuenta la historia de una
serie de trabajadores que vienen en diferentes horas del día, pero el dueño les paga la
misma cantidad. La parábola a veces se lee con un “lente antijudío”, de modo que los
primeros contratados son los "judíos" que critican y rechazan a los gentiles o a los
pecadores que entran en la viña de Dios. Sin embargo, los primeros oyentes de Jesús no
escucharon una parábola sobre la salvación en el más allá sino sobre la economía en el
presente. Escucharon una lección sobre cómo las personas con recursos tienen que
asistir a aquellos que no tienen trabajo, y asegurarse de que todos tengan lo que
necesitan. Jesús no inventa esta idea de proteger a los desempleados y compartir
recursos. Las mismas preocupaciones ocurren en la tradición judía desde el rey David
hacia adelante.

La parábola de la perla de mucho valor: Esta parábola describe a un hombre que


vende todo para obtener su preciada perla. Por lo general, se entiende como una alegoría
para hablarnos acerca de la centralidad de la fe, de la Iglesia, de Jesús, o el Reino de los
Cielos. Pero los comentaristas no se ponen de acuerdo sobre lo que significa la perla. Tal
vez están buscando en el lugar equivocado. No ponemos atención al protagonista de esta
parábola: el comerciante, un mayorista que nos vende lo que no necesitamos a un precio
que no podemos pagar, y que vende todo lo que tiene por una perla. No puede comerla,
no se puede cubrir con ella, pero piensa que tenerla lo hará sentir satisfecho y feliz. ¿Y si
la parábola nos desafía a determinar nuestra propia perla de gran precio? Si conocemos
nuestra máxima preocupación, nos preocuparemos menos por los objetos. No vamos a
preocuparnos por las cosas pequeñas. Es más, seremos más capaces de amar a
nuestros vecinos, porque sabremos lo que es más importante para ellos.