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Gadamer 1900 – 2002

Gadamer hizo caso omiso a sus recomendaciones que le incitaban a estudiar ciencias
naturales y optó por las humanidades. Así que realizó estudios en Marburgo para estudiar con
los filósofos neokantianos Paul Natorpy Nicolai Hartmann, bajo cuya dirección se doctoró en el
año 1922 con un trabajo sobre Platón: La esencia del placer en los diálogos platónicos.
Poco después Gadamer visitó Friburgo, donde comenzó a asistir a las clases de Heidegger. La
amistad entre Gadamer y Heidegger se hizo tan estrecha que cuando Heidegger recibió una
plaza en Marburgo, Gadamer optó por seguirle hasta allí. Es posiblemente la fuerte influencia
de Heidegger lo que ha hecho del pensamiento de Gadamer algo particularmente característico
y lo que, en gran medida, ha moldeado su pensar, además, la influencia de Heidegger fue la
que separó a Gadamer de las corrientes neokantianas en las que, tiempo atrás, se había
formado. Gadamer hizo su habilitación académica en el año 1929, y comenzó a enseñar en
Marburgo durante los primeros años de la década de los 30. Jamás recibió un puesto
remunerado durante los años de gobierno nazi y jamás entró a formar parte del partido; tan
solo hacia el final de la guerra recibió un puesto en Leipzig. En 1946, tras la guerra, fue
considerado «no corrompido» por el régimen nazi y pudo ocupar su puesto de rector de la
Universidad de Leipzig. Gadamer no sólo mostró oposición al nazismo sino que, con el
nacimiento de la República Democrática Alemana, también mostró su férrea oposición al
comunismo. Esto le hizo trasladarse hacia la República Federal Alemana, aceptando primero
una posición en Fráncfort, y después el puesto en sustitución de Karl
Jaspers en Heidelberg en 1949. Ésta sería la posición que ocuparía el resto de su vida, hasta
su muerte en el año 2002.
La gran obra de Gadamer es Verdad y Método de 1960, donde consigue consagrarse en el
ámbito de la hermenéutica. Tomará como punto de partida la “descripción” que Heidegger
realiza en Ser y Tiempo con respecto al denominado Círculo hermenéutico: “el círculo no debe
de ser degradado a círculo vicioso (…) Se esconde en él la posibilidad positiva del conocer
más originario que sólo se comprende (…) cuando la interpretación ha comprendido que su
tarea primera, permanente y última consiste en no dejarse imponer nunca pre-disposiciones
(…) pre-conocimientos propias de la ocasión o de opiniones comunes, sino de hacerlas
emerger de las cosas mismas, garantizando así el carácter científico del tema en cuestión”.

Gadamer entiende por Círculo hermenéutico lo que es la “pre-comprensión”: un tejido de ideas,


presupuestos, teorías, mitos, es decir, un tejido compuesto por pre-juicios; además, éste
concepto ha de entenderse sin la connotación despectiva que insistieron los ilustrados.
Entonces, el intérprete se pone delante del texto desde su pre-comprensión, y “a partir del
más inmediato sentido que le exhibe, esboza preliminarmente un significado del todo”, esto es,
esboza su primera interpretación. Este proyecto inicial, seguro que ha de tener que revisarse
en el caso que no encuentre confirmación en el texto y en el contexto; es decir, si se produce
un choque con algún elemento del texto o del contexto. “El que intenta comprender está
expuesto a los errores derivados de las pre-suposiciones que no encuentran confirmación en el
objeto”. Entonces, es cuando se hace necesario proponer otro proyecto de sentido, que de
nuevo se confrontará al texto y al contexto. Así indefinidamente: la tarea hermenéutica es una
tarea posible e infinita. Hay una tarea permanente de la comprensión. El procedimiento, por
tanto, del Círculo hermenéutico es el siguiente: la comprensión de un texto se lleva a cabo
proponiendo hipótesis acerca de lo que el texto dice, sobre su significado o sobre su mensaje.
Esas hipótesis hemos de contrastarlas con el texto y con su contexto; de esta forma, si nuestra
interpretación choca con el texto o con el contexto, si llega a contradecir algún elemento del
texto o del contexto, debemos de proponer otra nueva hipótesis acerca del texto. Y así, en
teoría, hasta el infinito, aunque en la práctica nos detenemos en la interpretación que parece
adecuada, de acuerdo con los hechos conocidos.

Por tanto, el intérprete no se acerca a los textos con una actitud mental semejante a una
“tabula rasa”, sino más bien al contrario: siempre el intérprete parte desde su pre-comprensión,
desde sus pre-juicios, sus pre-suposiciones, además de sus expectativas. Dado el texto, y
dada la pre-comprensión del intérprete, éste esboza un significado de dicho texto. De esa
hipótesis que surja al leer el texto por el intérprete, lo hará desde unas expectativas
determinadas derivadas de su pre-comprensión. Después, el sucesivo trabajo hermenéutico
consiste ya en la elaboración del proyecto inicial, pero que ha de ser revisado constantemente
sobre la base de lo que vaya resultando de una posterior inmersión en el texto.
El intérprete se acerca al texto desde su pre-comprensión: con sus pre-juicios. Sobre la
base de su memoria cultural (como el lenguaje, teorías mitos, etc), el intérprete esboza una
primera interpretación del texto (o también puede ser un discurso); éste primer bosquejo de
interpretación puede ser, adecuado, correcto o equivocado. ¿Cómo podremos comprobarlo?
Pues responde que mediante el sucesivo análisis del texto + contexto: será el que nos diga si
éste bosquejo interpretativo es o no es adecuado respecto del texto. Si esta primera
interpretación se muestra en discrepancia con el texto, es decir, que choca con él, entonces
habremos de abordarlo mediante un segundo proyecto de sentido, que será una nueva
interpretación que más tarde confrontará con el texto + contexto. Es un proceso que se reitera
hasta el infinito, ya que la tarea del hermeneuta consiste en una labor infinita y posible.
Cada interpretación se lleva a cabo bajo la luz de lo que se sabe, y esto va cambiando: en
el transcurso de la historia humana, cambian las perspectivas / pre-juicios desde las que se
contempla un texto; se incrementa en saber acerca del contexto, o aumenta el conocimiento
del ser humano, de la naturaleza o del lenguaje. Por eso, los cambios que ocurren en nuestra
pre-comprensión, pueden constituir otras tantas ocasiones de nuevas interpretaciones del
texto, nuevas luces arrojadas sobre él: nuevas hipótesis interpretativas que hay que someter a
comprobación; de ahí que la interpretación sea tarea infinita.
 INFINITA: porque una interpretación que parecía adecuada puede ser después
incorrecta, ya que siempre es posible hallar nuevas interpretaciones y mejores.
 POSIBLE: según la época histórica en que vive el intérprete y a partir de lo que
éste sabe, no se excluye la aparición de interpretaciones mejores o más
adecuadas que las demás, en relación con aquella época y con lo que en ella se
sabe.

Insistimos, por tanto, en que el intérprete no se enfrenta al texto como una tabula rasa, sino
que la mente del intérprete es una tabula plena, llena de pre-juicios, expectativas y de ideas. El
intérprete se acerca al texto desde su pre-comprensión. Es en ese momento cuando existe un
choque entre los elementos de la pre-comprensión del intérprete en el texto.
Estos choques, obligan al hermeneuta a caer en la cuenta de sus propios pre-juicios y a
poner en movimiento la propia cadena de interpretaciones cada vez más adecuadas. Por
consiguiente, la comprensión de aquello que se ofrece a ser comprendido consiste por entero
en la elaboración de este proyecto preliminar, que evidentemente ha de ser revisado
constantemente sobre la base de lo que vaya resultando de una posterior inmersión en el texto.

Ha de emerger la “alteridad del texto”: descubrimos lo que dice el texto. Descubrimos la


diferencia que manifiesta con respecto a nuestra mentalidad o quizá la lejanía respecto de
nuestra cultura, partiendo de las “donaciones de sentido” que construimos gracias a nuestra
pre-comprensión y que vamos rectificando y descartando bajo la presión del texto. “El que
quiera comprender un texto debe estar dispuesto a dejarse decir algo por el texto. Una
conciencia hermenéuticamente adecuada debe ser sensible desde el principio a la alteridad del
texto. Tal sensibilidad (…) implica una precisa toma de conciencia de las propias pre-
suposiciones y de los propios pre-juicios.”
Las presuposiciones y los prejuicios del intérprete no deben de amordazar / cosificar el
texto. El intérprete ha de ser sensible a la alteridad del texto: no ha de hablar únicamente el
intérprete. Más bien, el intérprete debe de hablar pero para escuchar al texto: debe proponer
un sentido mejor y más adecuado que el otro, para que el texto aparezca cada vez más en su
alteridad, en definitiva, en lo que es.
Ante determinadas interpretaciones de un texto, podemos llegar a decir incluso que, ni el
propio autor jamás habría soñado con decir lo que tales interpretaciones ven en el texto.
Gadamer señala con claridad que el autor del texto es meramente un “elemento ocasional”: el
texto posee una vida autónoma, por ejemplo, teniendo consecuencias sobre la historia
posterior que el autor no podía prever o imaginar. Estas consecuencias del texto entrarán en
fusión / simbiosis con otros productos culturales. En definitiva, “la historia de los efectos” de un
texto determina su sentido cada vez con mayor plenitud: el intérprete reinterpreta el texto a la
luz de la historia de los efectos. Para ejemplificarlo mejor: un historiador de la ciencia ha de
situarse en una relativa distancia temporal del descubrimiento de la teoría. Ve cosas que éste
ni siquiera soñaba haber puesto en ella. Sin embargo, el historiador de la ciencia ve mejor la
teoría, asimismo, porque la puede ver a la luz de los efectos de la teoría misma. Por
consiguiente, la distancia temporal que separa al intérprete de la obra o del hecho histórico que
hay que interpretar no es en modo alguno un impedimento para la comprensión de la obra o del
hecho histórico. Más bien, puede ofrecernos medios para una mejor interpretación.
Esto se puede extrapolar a cualquier obra humana.

En toda comprensión está presente (lo sepamos o no), la “historia de los efectos”. Una obra
genera efectos, tiene consecuencias que el autor no ve y no puede ver, pero que determina
aquella situación hermenéutica en cuyo interior el intérprete interpreta la obra. De este modo,
lo difícil es interpretar obras contemporáneas / movimientos artísticos; y es que, todavía no han
tenido historia , y no conocemos sus consecuencias y su interacción más o menos fecundas
con otros acontecimientos de la cultura.
La interpretación de una obra se vuelve más complicada cuando no conocemos la “historia
de los efectos”.

Es importante destacar el papel de los prejuicios en Gadamer: de las ideas que configuran una
tradición o cultura. Pues para él, el prejuicio no posee un significado despectivo, más bien,
equivale a idea o conjetura. Lo que hoy calificamos como juicios, mañana serán prejuicios, y
los pre-juicios de ayer o de hoy podrán ser los juicios de mañana. “Los prejuicios del individuo
son algo constitutivo de su realidad histórica, en mayor medida que sus juicios”. En esta
concepción, está influido por F. Bacon, desde su teoría de los prejuicios / idola, que aprisionan
nuestra mente. Dice Gadamer que Bacon ha llevado a cabo una autopurificación de la mente,
representando más bien una disciplina que una metodología. Gadamer considera válida la
teoría de Bacon, sin embargo, es válida por los motivos contrarios a los que proponía Bacon
acerca de los idola. Esto es: Bacon defendía una purgación de los idola; Gadamer, defiende
que, una vez tomada conciencia de nuestros idola, debemos de someterlos a prueba de
manera incesante, corregirlos y eventualmente eliminarlos, pero con la finalidad de
reemplazarlos por otros mejores.
Gadamer muestra que solamente en el período Ilustrado, el concepto de prejuicio adquiere
una connotación negativa. Los ilustrados distinguieron entre:
- Prejuicios debidos hacia la consideración de la autoridad
- Prejuicios debidos a la tradición.
Que la autoridad sea fuente de prejuicios, constituye una idea conforme al conocido principio
de la Ilustración: “piensa por ti mismo”. Pero, aun así, recuerda Gadamer que la superación de
todos los prejuicios, que es una especie de precepto general en la Ilustración, también será
considerado como un prejuicio de cuya revisión depende la posibilidad de un adecuado
conocimiento de la finitud: esto constituye la esencia de los seres humanos, además de la
conciencia histórica.
La Ilustración contrapone Fe (en la autoridad) y Razón (uso de la propia); sin duda, añade
Gadamer que, “en la medida que el valor de la autoridad ocupa el sitio que le corresponde a
nuestro juicio, la autoridad se convierte, de hecho, en una fuente de prejuicios.” Sin embargo, la
autoridad también puede ser fuente de verdad, y esto fue ignorado por la Ilustración, desde su
indiscriminada difamación de la autoridad.

Los Románticos defienden, respecto de la tradición, una postura contraria a los Ilustrados: “hay
una forma de autoridad que ha sido particularmente defendida por el Romanticismo, que es la
tradición. Lo que ha sido consagrado por la historia y la costumbre goza de una autoridad que
ya se ha hecho universal, y nuestra finitud histórica queda perfectamente definida por el hecho
de que también la autoridad de lo que nos ha sido transmitido (…) ejerce siempre un influjo
sobre nuestras acciones y comportamientos. (…) el romanticismo piensa la tradición como
opuesta a la libertad racional, y ve en ella algo concretamente dado en el mismo sentido que
pueda serlo la naturaleza (…) la tradición es (…) lo abstracto, opuesto a la libre
autodeterminación, porque su validez no necesita ninguna motivación racional, pero nos
determina de un modo masivo y nada problemático.
En resumen, la postura romántica de la tradición es una crítica en contra de la Ilustración, y
que no puede valer como ejemplo del hecho de que la tradición se impone de una manera
indiscutida y obvia. En todo caso, es más bien una autorreflexión crítica que, en este caso, por
vez primera vuelve a la verdad de la tradición e intenta renovarla .

En contra de los Ilustrados, Gadamer pone de relieve los eventuales derechos de la tradición; y
en contra de los románticos, defiende la fuerza de la tradición racional. Gadamer no cree que
entre tradición y razón se de en absoluto u conflicto total. En realidad, la tradición es siempre
un momento de la libertad y de la historia misma. Ninguna tradición se desarrolla naturalmente
en virtud de la fuerza de persistencia de aquello que una vez se verificó, sino que necesita ser
aceptada, adoptada y cultivada. La tradición es conservar; actúa junto a y dentro de todo
cambio histórico.
Pero, la conservación es un acto de razón, caracterizado por el hecho de no ser llamativo.
Por ello la renovación, el proyecto de lo nuevo, parece ser el único modelo de actuar propio de
la razón. Pero es solo una apariencia. Incluso en las épocas revolucionarias, en el pretendido
cambio de todas las cosas que se conservan del pasado mucho más de lo que uno se imagina
y se integra a lo nuevo adquiriendo una validez renovadora. La conservación es un acto de
libertad no menos de lo que puedan serlo la subversión y la renovación. Por eso, ni la crítica
ilustrada a la tradición ni su rehabilitación romántica captan la verdad de su esencia histórica.