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Stella Díaz Varín: ruido secreto

Por Francisca García1

Nos encontramos en un momento histórico de movimiento y renovación profunda acerca de los


roles sociales en nuestro contexto social y cultural. No solo pareciera que las culturas pierden sus
geografías fijas respecto de la fuerza de los movimientos migratorios actuales, que estremecen a
las identidades y las comunidades cambiándoles su forma. Me gusta pensar cómo estos
desplazamientos transfronterizos han desafiado a una reflexión de lo propio y lo ajeno, de la
pertenencia y el hogar, y con ello han desmontado las construcciones que creímos siempre tan
firmes, como la correspondencia entre lugar de nacimiento y nacionalidad. Las dificultades
comunicacionales y aperturas lingüísticas se negocian con igual intensidad en este escenario. Pero
no solo esta ya afamada palabra “migración” revuelve la composición de lo que sería nuestro
presente actual. Hay otros movimientos que sacuden a nuestra sociedad y cultura
contemporánea. De equivalente intensidad “sísmica” la reorganización social tributa también hoy
a la reconfiguración a los roles de género asociado a lo masculino y lo femenino. Hablar de estas
renovaciones a veces pareciera más bien redundar en certezas instaladas hace ya décadas en el
escenario global. Por mientras la literatura local nos interpela con su archivo y nos invita a
escarbar en sus rastros de memorias, cuerpos y palabras, en busca de pistas remotas que
arraiguen las transformaciones profundas que hoy se están instalando.

El primer volumen al que tuve acceso de la poeta chilena Stella Díaz Varín (1926-2006) fue
parte de un regalo espontáneo realizado por un amigo cercano cuando entraba a la universidad.
Se trataba de Tiempo, medida imaginaria, en su primera edición de 1959, bajo el sello Ediciones
del Grupo Fuego de Santiago. Este delicado ejemplar que aún conservo, fue el tercer poemario en
la trayectoria de la autora, antecedido por Razón de mi ser (1949) y Sinfonía del hombre fósil
(1953); y sucedido por La arenera (poema largo publicado en 1987) y Los dones previsibles
(publicado tardíamente en 1992). El regalo no solo llegó para mostrarme esta obra, también puso
en mi mapa literario el nombre de una escritora desconocida, lo que no fue poca cosa,
considerando que en ese momento aún eran escasos los nombres de mujeres chilenas que
poblaban el imaginario de mis letras: Gabriela Mistral, Violeta Parra, María Luisa Bombal, que sin
duda en mi conciencia eran más nombres que textos; de las mujeres más jóvenes, tal vez Isabel
Allende y probablemente Diamela Eltit. La ingenuidad del momento me permitía ligar fluidamente
estilos de escritura, éticas literarias y prácticas culturales.

Tiempo, medida imaginaria, es un libro de poesía enigmático que en sus características


generales pareciera adelantarnos sobre la poética de Díaz Varín. El ejemplar incluye un prólogo y
un epílogo firmados por la autora, que son en sí mismos ficciones fragmentarias y aparentemente
inconexas con el resto del libro. Es decir, ambos rompen las expectativas que tenemos como
lectores, en la medida que no abren ni cierra nada, como aniquilando cualquier idea de

1Francisca García (1980) investigadora y académica chilena. Actualmente directora de la Escuela de Literatura
Universidad Finis Terrae.

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“contenido”. “La luz es cosmopolita, dijo mi proveedor. Y vertió su vino sobre mi falda azul”
arranca el prólogo.

Una página antes de la cita anterior, el poemario fija un epígrafe desde el Así hablaba
Zaratustra de Frederick Nietzsche: “Sí; también a vosotros,/ amigos míos, os espantará/ mi salvaje
sabiduría y/ acaso os pongáis en fuga con/ mis enemigos”. La épica que caracteriza a esta
convivencia de registros empuja una comprensión de la poesía que podremos rastrear en el resto
de las páginas. ¿Qué es poesía? Esta pregunta tan retórica y tantas veces formuladas, encuentra
aquí, en este proyecto, nuevas y sugerentes posibilidades. La superación de la lírica tradicional, de
la métrica e incluso, del verso libre. Más bien, lo que pareciera estar alojado aquí es una
comprensión de la poesía como pura intensidad, es decir, una valoración de la fuerza con la que se
narra y no tanto del contenido o de lo que se dice. El sentido se construirá a través de estrategias
diversas: el desplazamiento textual, la acumulación, la repetición, las imágenes metafóricas, las
alegorías multiplicadoras de mundos, los desdoblamientos que engendran multitudes de voces
que se expresan simultáneamente. En el epígrafe aludido, Díaz Varín toma la voz Nietzsche pero
no para generar un diálogo, un encuentro generoso o un intercambio amoroso; de otra manera,
hay una intencionalidad distinta que tiene que ver con el deseo de desdoblarse en otros, de hablar
a través de Nietzsche, que podría ser una táctica para el camuflaje.

Comúnmente conocida como “la colorina”, dicen quienes la conocieron que Díaz Varín
encendía con su presencia rojiza los lugares en los que entraba: su estilo profundo y filosófico sin
precedentes, así como su personalidad polémica que despertaba el deseo de hombres y mujeres
que la encontraban. Algunos aluden a la fuerza de su cuerpo, otros a la intensidad de su voz, o
también, el existencialismo de sus textos. “Su voz llena de fuerza, de energía y de pasión. Ella
levanta la voz”, recuerda Armando Uribe; “Tenía ese pelo rojo aleonado… no pasaba inadvertida
en ninguna parte” dice Delia Domínguez, ambos poetas entrevistados en el rodaje de la película La
colorina (2008). Su performance podríamos decir entonces parecía demostrar que la utopía de ser
humano estaba siempre vigente. Su vida se articuló entonces como un gran poema, propio de la
alquimia moderna, aquella búsqueda o ideal vanguardista de unidad entre arte y vida, alimentado
de la anarquía romántica que perseguía la autonomía y la generación permanente de mundos
paralelos para poder residir. “La Stella es quizás la chilena más decidida que tuvo el siglo XX”,
advierte el escritor Diego Ramírez.

La poética de la colorina sintoniza perfectamente con un momento poético nacional de


transición entre las primeras y segundas vanguardias. “En los años cuarenta, y a comienzos de los
cincuenta, en Chile se vivía poéticamente como en ningún otro sitio del mundo. La poesía lo
impregnaba todo: la enseñanza, la vida cultural y la amorosa. […] En esos años en que la
humanidad padecía la segunda guerra mundial, en el lejano Chile, separado del resto del planeta
por el océano Pacífico y la cordillera de los Andes, el encuentro entre los nazis y los aliados era
vivido como un partido de fútbol […] Mientras en Europa imperaba la muerte, en Chile reinaba la
poesía”. Así describe el artista franco-chileno Alejandro Jodorowsky en su autobiografía La danza
de la realidad, el mundo chileno que marca no solo su propia formación artística antes de su

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partida definitiva al extranjero, sino también la atmósfera cautivadora que le permitió la amistad y
el afecto con Stella Díaz.

La poeta realizó en los años cincuenta estudios en medicina pues quería seguir la
especialidad de psiquiatría. Aunque ese proceso no se finaliza, su residencia en la Alameda
esquina Cumming, justo al lado del pedagógico, es la que le permite tomar contacto con el grupo
de escritores que se formaba bajo ese alero: Enrique Lihn, Enrique Lafourcade, Alejandro
Jodorowsky, “todos muy existencialistas, y todos siguiendo la vida bohemia”, explica actualmente
la poeta Soledad Fariña. Estos escritores configurarán lo que hoy se conoce como la generación
del 50 en la literatura chilena, generación preferentemente masculina, que también reunió a José
Donoso, Nicanor Parra, Teófilo Cid o el grupo surrealista de La Mandrágora. Más alejados de la
academia, los escritores de entonces sobre todo estaban asociados a los ejercicios profesionales
en la prensa y las organizaciones gremiales, en este caso sobre todo, la Sociedad de Escritores de
Chile, la SECH. Fueron esas instancias las que articularon un campo literario local, es decir, la
posibilidad de vivir profesionalmente de la escritura más allá del mecenazgo. La figura de Díaz
Varín en este contexto y esta generación, dibujará un tipo de elemento impropio o extraño, que
interrumpe el transcurrir fluido de la bohemia e incomoda como una espina invisible. Como co-
relato pueden comprenderse los comentarios del poeta José Miguel Varas respecto de Stella,
quien destaca la desconfianza política que ella despertaba, debido a que era inclasificable en los
términos de oposiciones que caracterizan la política partidista (más vigente que nunca en esos
años): “Ella fue militante, pero un tiempo no muy largo.. Algunos comunistas la acusaron de espía,
de que ella era amiga de González Videla; la sometieron a proceso stalinista; a pesar de que
Neruda la apoyó”.

Entrar en los textos poéticos de Stella Díaz Varín resulta una travesía plagada de
obstáculos y vaivenes por un lenguaje cargado de excesos y figuraciones. De ningún modo se
podría decir que existe una puerta de entrada y otra de salida en la experiencia de la lectura. Es
más, su poesía plantea la posibilidad de accesos múltiples que fuerzan al lector a un
comportamiento más bien detectivesco, en la medida que la búsqueda cautelosa de pistas para
construir el sentido, que nunca está dispuesto a priori sino que está siempre por amarrarse. En
Tiempo, medida imaginaria el poema es una sola superficie densa de complejidades, memorias y
relatos. Por ejemplo, el poema titulado “La casa”, proyecta la fuerza y la materialidad del cabello
rojizo de la autora en la materialidad de la casa, que es el leitmotiv del poema. “Dejaban mi
cabellera colgando desde el tronco de la puerta como trofeo/Sin precedente en la historia de los
indios manantiales, y una cuenca abierta,/ para la mirada de los ojos indiscretos/ colocada a la
acera del abismo… Y esta era mi morada”. Los poemas de Stella son en cierto sentido
autobiográficos, en la medida que van siempre tejiendo el sentido, por medio de la interpelación
metafórica y metonímica al cuerpo vivo de la autora. Así como la realidad afecta el cuerpo, es el
cuerpo con todo su contingente de memoria y experiencia el que se va constituyendo a través de
los textos en un movimiento que devuelve el cuerpo al mundo para afectarlo inversamente.

En el caso de este poema, la casa de Stella Díaz se constituye como un refugio, que
protege a sus moradores de un devenir cotidiano amenazante. “Era un ser demasiado delicado

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que solo podía reaccionar con brutalidad frente a la brutalidad de la realidad”, señala la periodista
Claudia Donoso En la película La colorina. Las palabras de Donoso son interesantes porque
contrastan con la acostumbrada percepción de Díaz Varín siempre como un cuerpo imponente,
fuerte, casi avasallador. Pero lo que realza al final el rescate de este sentido de amenaza que
representa el exterior, es una reflexión sobre las formas de vivir, de vivir-juntos, y con ello, los
modos que tenemos o producimos de habitar los espacios, individual y colectivamente, es decir, la
habitabilidad, el modo de cómo nos separamos de todo lo exterior, que es siempre abierto e
ilimitado. “Una víbora, encerrada en su jaula,/ destinada a cualquier pájaro,/ y una piedra caída
temporalmente desde la cima, una piedra nómade en busca de aventuras/ servía de puerta, de
mesa de comedor… Qué queréis que se haga con estos materiales”.

Antes inadvertido, hoy me interesa reparar en ese título, Tiempo, medida imaginaria, que
podría incitarnos a reflexionar sobre la arbitrariedad del tiempo histórico. Este título instala una
suerte de escepticismo respecto de las cronologías o los periodos organizados para entender la
historia nacional y también universal, y en ese sentido pareciera realzar la idea del tiempo
subjetivo, del tiempo difuso de las personas, el tiempo deforme de la memoria. El mismo poema
“La casa”, cierra con los siguientes versos: “Entonces escribiré mi biografía/ al uso de los poetas
indecisos./ Miraré a través de una llama de cobalto / Y distinguiré objetos olvidados”. En el
ejercicio de la escritura de la biografía, es siempre el recuerdo el que se asoma inesperadamente,
como quien tira de una hebra, abriendo y trayendo a otro momento una serie de vivencias,
objetos y voces que se incrustan quebrando la linealidad lógica. Articuladora de su propia
temporalidad deforme, Stella Díaz se liberó de la métrica y la moral hererdada, impulsando una
radicalidad femenina y litertaria conmovedora. Cuando el tiempo abandona la linealidad cabe
entonces preguntarse, ¿qué sucede cuando estudiamos hoy el legado de Stella Díaz Varín en ese
marco a la luz de los movimientos contemporáneos? ¿Qué decirnos y enseñarnos ella a propósito
de nuestro presente actual y digital, con todo el reordenamiento que arrastra en términos sociales
y culturales?

Recuadro 1:

Panel Stella Díaz Varín. Festival Internacional de Poesía

Conversatorio + Lectura poética en Universidad Finis Terrae.

Organizan: Macarena Urzúa y Francisca García, académicas UFT

Miércoles 2 de mayo 2018, sala C301, Edificio Pocuro, 16:00-17:30 horas

Recuadro 2:

Documental La colorina /Chile, 2008

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Directores Werner Giesen y Fernando Guzzoni

Imágenes que acompañan el texto (derechos por gestionar):

*Portada libro Tiempo, medida imaginaria. Santiago de Chile: Ediciones del Grupo Fuego, 1959.
Disponible en http://www.memoriachilena.cl/602/w3-article-8854.html

*Stella Díaz Varín y el perro Pantera. 3 Fotos fijas de video, documental La colorina (2008),
minutos 45 y 46. Gentileza de Werner Giesen y Fernando Guzzoni. (adjuntas)