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Antología de cuento

Curso-Taller de Introducción a Géneros Narrativos, Actopan 2018

Compilador: Rafael Tiburcio García

Horacio Quiroga. El almohadón de plumas, 2


Jorge Luis Borges, Pierre Menard, autor del Quijote, 6
Julio Cortázar. Casa tomada, 14
Amparo Dávila. El huésped, 19
Juan Rulfo. No oyes ladras a los perros, 24
Juan José Arreola. El guardagujas, 28
Julio Cortázar. La noche boca arriba, 34
Augusto Monterroso. Míster Taylor, 41
Salvador Elizondo. Futuro imperfecto, 46
Alberto Chimal. El viajero del tiempo, 51
Alberto Chima. Álbum, 53
Kim Fupz Aakerson. El cuento, 54
F. M. Literatura, 57
Antón Chéjov. La tristeza, 59
Ambrose Bierce. Un habitante de Carcosa, 64
Jeff Noon. Esporas, 68
Kurt Vonnegut. Harrison Bergeron, 71
Italo Calvino. Todo en un punto, 77
Ryonosuke Akutagawa. Rashomon [En un bosque], 81
Shirley Jackson. La lotería, 89
Flannery O’Connor. Un hombre bueno es difícil de encontrar, 98
Elena Garro. La culpa es de los tlaxcaltecas, 112
Inés Arredondo. Mariana, 126
Amado Nervo. La última guerra, 134
J. D. Salinger. Un día perfecto para el pez banana, 142

Lauro Zavala. Síntesis, 153


Partes del cuento, 155

1
Horacio Quiroga
(1879—1937)
EL ALMOHADÓN DE PLUMAS
(Cuentos de amor, de locura y de muerte, (1917)

SU LUNA DE miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter


duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Lo quería mucho, sin
embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche
juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo
desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a
conocer.
Durante tres meses —se habían casado en abril— vivieron una dicha
especial. Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de
amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su
marido la contenía siempre.
La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura
del patio silencioso —frisos, columnas y estatuas de mármol— producía una
otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin
el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de
desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la
casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.
En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había
concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en
la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.
No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se
arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde
pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro
lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y
Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró
largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de
caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato
escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.
Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente
amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención,
ordenándole calma y descanso absolutos.

2
—No sé —le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja—
. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada. Si mañana
se despierta como hoy, llámeme enseguida.
Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de
marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos,
pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las
luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido.
Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida.
Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La
alfombra ahogaba sus pesos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su
mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba
en su dirección.
Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al
principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos
desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado
del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al
rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.
—¡Jordán! ¡Jordán! —clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la
alfombra.
Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de
horror.
—¡Soy yo, Alicia, soy yo!
Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después
de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las
suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.
Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la
alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.
Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida
que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente
cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban,
pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio
y siguieron al comedor.
—Pst... —se encogió de hombros desalentado su médico—. Es un caso
serio... poco hay que hacer...
—¡Sólo eso me faltaba! —resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente
sobre la mesa.

3
Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero
que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su
enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que
únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre
al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos
encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía
mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el
almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que
se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.
Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media
voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala.
En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que
salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.
Murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya,
miró un rato extrañada el almohadón.
—¡Señor! —llamó a Jordán en voz baja—. En el almohadón hay manchas
que parecen de sangre.
Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la
funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían
manchitas oscuras.
—Parecen picaduras —murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil
observación.
—Levántelo a la luz —le dijo Jordán.
La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a
aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se
le erizaban.
—¿Qué hay? —murmuró con la voz ronca.
—Pesa mucho —articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.
Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la
mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas
superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta,
llevándose las manos crispadas a los bandos: —sobre el fondo, entre las plumas,
moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola
viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.
Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado
sigilosamente su boca —su trompa, mejor dicho— a las sienes de aquélla,

4
chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria
del almohadón había impedido sin dada su desarrollo, pero desde que la joven
no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches,
había vaciado a Alicia.
Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a
adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece
serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de
pluma.

5
Jorge Luis Borges
(1899–1986)
Pierre Menard, autor del Quijote
(El jardín de senderos que se bifurcan (1941; Ficciones, 1944)

A Silvina Ocampo

La obra visible que ha dejado este novelista es de fácil y breve enumeración.


Son, por lo tanto, imperdonables las omisiones y adiciones perpetradas por
madame Henri Bachelier en un catálogo falaz que cierto diario cuya
tendencia protestante no es un secreto ha tenido la desconsideración de inferir
a sus deplorables lectores —si bien estos son pocos y calvinistas, cuando no
masones y circuncisos. Los amigos auténticos de Menard han visto con alarma
ese catálogo y aun con cierta tristeza. Diríase que ayer nos reunimos ante el
mármol final y entre los cipreses infaustos y ya el Error trata de empañar su
Memoria... Decididamente, una breve rectificación es inevitable.
Me consta que es muy fácil recusar mi pobre autoridad. Espero, sin
embargo, que no me prohibirán mencionar dos altos testimonios. La baronesa
de Bacourt (en cuyos vendredisinolvidables tuve el honor de conocer al llorado
poeta) ha tenido a bien aprobar las líneas que siguen. La condesa de Bagnoregio,
uno de los espíritus más finos del principado de Mónaco (y ahora de Pittsburgh,
Pennsylvania, después de su reciente boda con el filántropo internacional Simón
Kautzsch, tan calumniado, ¡ay!, por las víctimas de sus desinteresadas
maniobras) ha sacrificado “a la veracidad y a la muerte” (tales son sus palabras)
la señoril reserva que la distingue y en una carta abierta publicada en la
revista Luxe me concede asimismo su beneplácito. Esas ejecutorias, creo, no
son insuficientes.
He dicho que la obra visible de Menard es fácilmente enumerable.
Examinado con esmero su archivo particular, he verificado que consta de las
piezas que siguen:
a) Un soneto simbolista que apareció dos veces (con variaciones) en la
revista La Conque (números de marzo y octubre de 1899).
b) Una monografía sobre la posibilidad de construir un vocabulario
poético de conceptos que no fueran sinónimos o perífrasis de los que
informan el lenguaje común, “sino objetos ideales creados por una

6
convención y esencialmente destinados a las necesidades poéticas”
(Nîmes, 1901).
c) Una monografía sobre “ciertas conexiones o afinidades” del
pensamiento de Descartes, de Leibniz y de John Wilkins (Nîmes,
1903).
d) Una monografía sobre la Characteristica Universalis de Leibniz
(Nîmes, 1904).
e) Un artículo técnico sobre la posibilidad de enriquecer el ajedrez
eliminando uno de los peones de torre. Menard propone, recomienda,
discute y acaba por rechazar esa innovación.
f) Una monografía sobre el Ars Magna Generalis de Ramón Llull (Nîmes,
1906).
g) Una traducción con prólogo y notas del Libro de la invención liberal y
arte del juego del axedrez de Ruy López de Segura (París, 1907).
h) Los borradores de una monografía sobre la lógica simbólica de George
Boole.
i) Un examen de las leyes métricas esenciales de la prosa francesa,
ilustrado con ejemplos de SaintSimon (Revue des Langues Romanes,
Montpellier, octubre de 1909).
j) Una réplica a Luc Durtain (que había negado la existencia de tales
leyes) ilustrada con ejemplos de Luc Durtain (Revue des Langues
Romanes, Montpellier, diciembre de 1909).
k) Una traducción manuscrita de la Aguja de navegar cultos de Quevedo,
intitulada La Boussole des précieux.
l) Un prefacio al catálogo de la exposición de litografías de Carolus
Hourcade (Nîmes, 1914).
m) La obra Les Problèmes d'un problème (París, 1917) que discute en
orden cronológico las soluciones del ilustre problema de Aquiles y la
tortuga. Dos ediciones de este libro han aparecido hasta ahora; la
segunda trae como epígrafe el consejo de Leibniz Ne craignez point,
monsieur, la tortue, y renueva los capítulos dedicados a Russell y a
Descartes.
n) Un obstinado análisis de las “costumbres sintácticas” de Toulet
(N.R.F., marzo de 1921). Menard recuerdo declaraba que censurar y
alabar son operaciones sentimentales que nada tienen que ver con la
crítica.

7
o) Una transposición en alejandrinos del Cimetière marin, de Paul Valéry
(N.R.F., enero de 1928).
p) Una invectiva contra Paul Valéry, en las Hojas para la supresión de la
realidad de Jacques Reboul. (Esa invectiva, dicho sea entre paréntesis,
es el reverso exacto de su verdadera opinión sobre Valéry. Éste así lo
entendió y la amistad antigua de los dos no corrió peligro.)
q) Una “definición” de la condesa de Bagnoregio, en el “victorioso
volumen” la locución es de otro colaborador, Gabriele d'Annunzio que
anualmente publica esta dama para rectificar los inevitables falseos del
periodismo y presentar “al mundo y a Italia” una auténtica efigie de su
persona, tan expuesta (en razón misma de su belleza y de su actuación)
a interpretaciones erróneas o apresuradas.
r) Un ciclo de admirables sonetos para la baronesa de Bacourt (1934).
s) Una lista manuscrita de versos que deben su eficacia a la puntuación.[1]

Me consta que es muy fácil recusar mi pobre autoridad. Espero, sin


embargo, que no me prohibirán mencionar dos altos testimonios. La baronesa
de Bacourt (en cuyos vendredisinolvidables tuve el honor de conocer al llorado
poeta) ha tenido a bien aprobar las líneas que siguen. La condesa de Bagnoregio,
uno de los espíritus más finos del principado de Mónaco (y ahora de Pittsburgh,
Pennsylvania, después de su reciente boda con el filántropo internacional Simón
Kautzsch, tan calumniado, ¡ay!, por las víctimas de sus desinteresadas
maniobras) ha sacrificado “a la veracidad y a la muerte” (tales son sus palabras)
la señoril reserva que la distingue y en una carta abierta publicada en la
revista Luxe me concede asimismo su beneplácito. Esas ejecutorias, creo, no
son insuficientes.
Hasta aquí (sin otra omisión que unos vagos sonetos circunstanciales para
el hospitalario, o ávido, álbum de madame Henri Bachelier) la obra visible de
Menard, en su orden cronológico. Paso ahora a la otra: la subterránea, la
interminablemente heroica, la impar. También, ¡ay de las posibilidades del
hombre!, la inconclusa. Esa obra, tal vez la más significativa de nuestro tiempo,
consta de los capítulos noveno y trigésimo octavo de la primera parte del Don
Quijotey de un fragmento del capítulo veintidós. Yo sé que tal afirmación
parece un dislate; justificar ese “dislate” es el objeto primordial de esta nota.[2]
Dos textos de valor desigual inspiraron la empresa. Uno es aquel
fragmento filológico de Novalis —el que lleva el número 2005 en la edición de

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Dresden— que esboza el tema de la total identificación con un autor
determinado. Otro es uno de esos libros parasitarios que sitúan a Cristo en un
bulevar, a Hamlet en la Cannebiére o a don Quijote en Wall Street. Como todo
hombre de buen gusto, Menard abominaba de esos carnavales inútiles, sólo
aptos decía para ocasionar el plebeyo placer del anacronismo o (lo que es peor)
para embelesarnos con la idea primaria de que todas las épocas son iguales o de
que son distintas. Más interesante, aunque de ejecución contradictoria y
superficial, le parecía el famoso propósito de Daudet: conjugar en una figura,
que es Tartarín, al Ingenioso Hidalgo y a su escudero... Quienes han insinuado
que Menard dedicó su vida a escribir un Quijote contemporáneo, calumnian su
clara memoria.
No quería componer otro Quijote —lo cual es fácil— sino el Quijote. Inútil
agregar que no encaró nunca una transcripción mecánica del original; no se
proponía copiarlo. Su admirable ambición era producir unas páginas que
coincidieran palabra por palabra y línea por línea con las de Miguel de
Cervantes.
“Mi propósito es meramente asombroso”, me escribió el 30 de septiembre
de 1934 desde Bayonne. “El término final de una demostración teológica o
metafísica —el mundo externo, Dios, la causalidad, las formas universales—
no es menos anterior y común que mi divulgada novela. La sola diferencia es
que los filósofos publican en agradables volúmenes las etapas intermediarias de
su labor y que yo he resuelto perderlas.” En efecto, no queda un solo borrador
que atestigüe ese trabajo de años.
El método inicial que imaginó era relativamente sencillo. Conocer bien el
español, recuperar la fe católica, guerrear contra los moros o contra el turco,
olvidar la historia de Europa entre los años de 1602 y de 1918, ser Miguel de
Cervantes. Pierre Menard estudió ese procedimiento (sé que logró un manejo
bastante fiel del español del siglo diecisiete) pero lo descartó por fácil. ¡Más
bien por imposible! dirá el lector. De acuerdo, pero la empresa era de antemano
imposible y de todos los medios imposibles para llevarla a término, éste era el
menos interesante. Ser en el siglo veinte un novelista popular del siglo diecisiete
le pareció una disminución. Ser, de alguna manera, Cervantes y llegar al Quijote
le pareció menos arduo por —consiguiente, menos interesante— que seguir
siendo Pierre Menard y llegar al Quijote, a través de las experiencias de Pierre
Menard. (Esa convicción, dicho sea de paso, le hizo excluir el prólogo
autobiográfico de la segunda parte del Don Quijote. Incluir ese prólogo hubiera

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sido crear otro personaje —Cervantes— pero también hubiera significado
presentar el Quijote en función de ese personaje y no de Menard. Éste,
naturalmente, se negó a esa facilidad.) “Mi empresa no es difícil,
esencialmente” leo en otro lugar de la carta. “Me bastaría ser inmortal para
llevarla a cabo.” ¿Confesaré que suelo imaginar que la terminó y que leo el
Quijote —todo el Quijote— como si lo hubiera pensado Menard? Noches
pasadas, al hojear el capítulo xxvi —no ensayado nunca por él— reconocí el
estilo de nuestro amigo y como su voz en esta frase excepcional: las ninfas de
los ríos, la dolorosa y húmida Eco. Esa conjunción eficaz de un adjetivo moral
y otro físico me trajo a la memoria un verso de Shakespeare, que discutimos
una tarde:
Where a malignant and a turbaned Turk...
¿Por qué precisamente el Quijote? dirá nuestro lector. Esa preferencia, en
un español, no hubiera sido inexplicable; pero sin duda lo es en un simbolista
de Nîmes, devoto esencialmente de Poe, que engendró a Baudelaire, que
engendró a Mallarmé, que engendró a Valéry, que engendró a Edmond Teste.
La carta precitada ilumina el punto. “El Quijote”, aclara Menard, “me interesa
profundamente, pero no me parece ¿cómo lo diré? inevitable. No puedo
imaginar el universo sin la interjección de Edgar Allan Poe:
Ah, bear in mind this garden was enchanted!
o sin el Bateau ivre o el Ancient Mariner, pero me sé capaz de imaginarlo
sin el Quijote. (Hablo, naturalmente, de mi capacidad personal, no de la
resonancia histórica de las obras.) El Quijote es un libro contingente, el Quijote
es innecesario. Puedo premeditar su escritura, puedo escribirlo, sin incurrir en
una tautología. A los doce o trece años lo leí, tal vez íntegramente. Después, he
releído con atención algunos capítulos, aquellos que no intentaré por ahora. He
cursado asimismo los entremeses, las comedias, la Galatea, las Novelas
ejemplares, los trabajos sin duda laboriosos de Persiles y Segismunda y el Viaje
del Parnaso... Mi recuerdo general del Quijote, simplificado por el olvido y la
indiferencia, puede muy bien equivaler a la imprecisa imagen anterior de un
libro no escrito. Postulada esa imagen (que nadie en buena ley me puede negar)
es indiscutible que mi problema es harto más difícil que el de Cervantes. Mi
complaciente precursor no rehusó la colaboración del azar: iba componiendo la
obra inmortal un poco à la diable, llevado por inercias del lenguaje y de la
invención. Yo he contraído el misterioso deber de reconstruir literalmente su
obra espontánea. Mi solitario juego está gobernado por dos leyes polares. La

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primera me permite ensayar variantes de tipo formal o psicológico; la segunda
me obliga a sacrificarlas al texto ‘original’ y a razonar de un modo irrefutable
esa aniquilación... A esas trabas artificiales hay que sumar otra, congénita.
Componer el Quijote a principios del siglo diecisiete era una empresa razonable,
necesaria, acaso fatal; a principios del veinte, es casi imposible. No en vano han
transcurrido trescientos años, cargados de complejísimos hechos. Entre ellos,
para mencionar uno solo: el mismo Quijote.”
A pesar de esos tres obstáculos, el fragmentario Quijote de Menard es más
sutil que el de Cervantes. Éste, de un modo burdo, opone a las ficciones
caballerescas la pobre realidad provinciana de su país; Menard elige como
“realidad” la tierra de Carmen durante el siglo de Lepanto y de Lope. ¡Qué
españoladas no habría aconsejado esa elección a Maurice Barrès o al doctor
Rodríguez Larreta! Menard, con toda naturalidad, las elude. En su obra no hay
gitanerías ni conquistadores ni místicos ni Felipe II ni autos de fe. Desatiende o
proscribe el color local. Ese desdén indica un sentido nuevo de la novela
histórica. Ese desdén condena a Salammbô, inapelablemente.
No menos asombroso es considerar capítulos aislados. Por ejemplo,
examinemos el xxxviii de la primera parte, “que trata del curioso discurso que
hizo don Quixote de las armas y las letras”. Es sabido que don Quijote (como
Quevedo en el pasaje análogo, y posterior, de La hora de todos) falla el pleito
contra las letras y en favor de las armas. Cervantes era un viejo militar: su fallo
se explica. ¡Pero que el don Quijote de Pierre Menard —hombre contemporáneo
de La trahison des clercs y de Bertrand Russell— reincida en esas nebulosas
sofisterías! Madame Bachelier ha visto en ellas una admirable y típica
subordinación del autor a la psicología del héroe; otros (nada perspicazmente)
una transcripción del Quijote; la baronesa de Bacourt, la influencia de
Nietzsche. A esa tercera interpretación (que juzgo irrefutable) no sé si me
atreveré a añadir una cuarta, que condice muy bien con la casi divina modestia
de Pierre Menard: su hábito resignado o irónico de propagar ideas que eran el
estricto reverso de las preferidas por él. (Rememoremos otra vez su diatriba
contra Paul Valéry en la efímera hoja superrealista de Jacques Reboul.) El texto
de Cervantes y el de Menard son verbalmente idénticos, pero el segundo es casi
infinitamente más rico. (Más ambiguo, dirán sus detractores; pero la
ambigüedad es una riqueza.)
Es una revelación cotejar el Don Quijote de Menard con el de Cervantes.
Éste, por ejemplo, escribió (Don Quijote, primera parte, noveno capítulo):

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... la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las
acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo
por venir.

Redactada en el siglo diecisiete, redactada por el “ingenio lego” Cervantes,


esa enumeración es un mero elogio retórico de la historia. Menard, en cambio,
escribe:

... la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las
acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo
por venir.

La historia, madre de la verdad; la idea es asombrosa. Menard,


contemporáneo de William James, no define la historia como una indagación
de la realidad sino como su origen. La verdad histórica, para él, no es lo que
sucedió; es lo que juzgamos que sucedió. Las cláusulas finales —ejemplo y
aviso de lo presente, advertencia de lo por venir— son descaradamente
pragmáticas.
También es vívido el contraste de los estilos. El estilo arcaizante de
Menard —extranjero al fin— adolece de alguna afectación. No así el del
precursor, que maneja con desenfado el español corriente de su época.
No hay ejercicio intelectual que no sea finalmente inútil. Una doctrina es
al principio una descripción verosímil del universo; giran los años y es un mero
capítulo —cuando no un párrafo o un nombre— de la historia de la filosofía.
En la literatura, esa caducidad es aún más notoria. El Quijote —me dijo
Menard— fue ante todo un libro agradable; ahora es una ocasión de brindis
patriótico, de soberbia gramatical, de obscenas ediciones de lujo. La gloria es
una incomprensión y quizá la peor.
Nada tienen de nuevo esas comprobaciones nihilistas; lo singular es la
decisión que de ellas derivó Pierre Menard. Resolvió adelantarse a la vanidad
que aguarda todas las fatigas del hombre; acometió una empresa complejísima
y de antemano fútil. Dedicó sus escrúpulos y vigilias a repetir en un idioma
ajeno un libro preexistente. Multiplicó los borradores; corrigió tenazmente y
desgarró miles de páginas manuscritas.[3] No permitió que fueran examinadas
por nadie y cuidó que no le sobrevivieran. En vano he procurado reconstruirlas.

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He reflexionado que es lícito ver en el Quijote “final” una especie de
palimpsesto, en el que deben traslucirse los rastros —Tenues pero no
indescifrables— de la “previa” escritura de nuestro amigo. Desgraciadamente,
sólo un segundo Pierre Menard, invirtiendo el trabajo del anterior, podría
exhumar y resucitar esas Troyas...
“Pensar, analizar, inventar (me escribió también) no son actos anómalos,
son la normal respiración de la inteligencia. Glorificar el ocasional
cumplimiento de esa función, atesorar antiguos y ajenos pensamientos, recordar
con incrédulo estupor que el doctor universalis pensó, es confesar nuestra
languidez o nuestra barbarie. Todo hombre debe ser capaz de todas las ideas y
entiendo que en el porvenir lo será.”
Menard (acaso sin quererlo) ha enriquecido mediante una técnica nueva el
arte detenido y rudimentario de la lectura: la técnica del anacronismo deliberado
y de las atribuciones erróneas. Esa técnica de aplicación infinita nos insta a
recorrer la Odisea como si fuera posterior a la Eneida y el libro Le jardin du
Centaure de madame Henri Bachelier como si fuera de madame Henri
Bachelier. Esa técnica puebla de aventura los libros más calmosos. Atribuir a
Louis Ferdinand Céline o a James Joyce la Imitación de Cristo ¿no es una
suficiente renovación de esos tenues avisos espirituales?
Nîmes, 1939

[1] Madame Henri Bachelier enumera asimismo una versión literal de la


versión literal que hizo Quevedo de la Introduction à la vie dévotede san
Francisco de Sales. En la biblioteca de Pierre Menard no hay rastros de tal obra.
Debe tratarse de una broma de nuestro amigo, mal escuchada.

[2] Tuve también el propósito secundario de bosquejar la imagen de Pierre


Menard. Pero ¿cómo atreverme a competir con las páginas áureas que me dicen
prepara la baronesa de Bacourt o con el lápiz delicado y puntual de Carolus
Hourcade?

[3] Recuerdo sus cuadernos cuadriculados, sus negras tachaduras, sus


peculiares símbolos tipográficos y su letra de insecto. En los atardeceres le
gustaba salir a caminar por los arrabales de Nîmes; solía llevar consigo un
cuaderno y hacer una alegre fogata.

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Julio Cortázar
(1914—1984)
CASA TOMADA
(Bestiario, 1951)

NOS GUSTABA LA casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las
casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales)
guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros
padres y toda la infancia.
Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura
pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la
limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le
dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina.
Almorzábamos a mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer
fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa
profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces
llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos
pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que
llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la
inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de
hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros
bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos
primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el
terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente
antes de que fuese demasiado tarde.
Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad
matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por
qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor
el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre
necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para
ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo
no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada
resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro
a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y
nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una

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vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura
francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.
Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo
no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno
puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede
repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de
alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas
como en una mercería; no tuve valor de preguntarle a Irene qué pensaba hacer
con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba la plata
de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el
tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole
las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos
canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era
hermoso.

Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con


gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más
retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza
puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la
cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los
dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la
puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la
cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios,
y al frente el pasillo que conducía a la parte mas retirada; avanzando por el
pasillo se franqueaba la puerta de roble y más allá empezaba el otro lado de la
casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir
por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta
estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión
de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y
yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la
puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta
tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a
sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla
una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos
de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se

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suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles
y los pianos.
Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias
inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de
repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta
enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la
cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venia
impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado
susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después,
en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré
contra la puerta antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando
el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el
gran cerrojo para más seguridad.
Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja
del mate le dije a Irene:
—Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado la parte del fondo.
Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.
—¿Estás seguro?
Asentí.
—Entonces —dijo recogiendo las agujas— tendremos que vivir en este
lado.
Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su
labor. Me acuerdo que tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.

Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la
parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por
ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene extrañaba unas carpetas, un par
de pantuflas que tanto la abrigaban en invierno. Yo sentía mi pipa de enebro y
creo que Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con
frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún
cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.
—No está aquí.
Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.
Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun
levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y

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ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina
y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto:
mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de
noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar
los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa
en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.
Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba
un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse
a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el
tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos
en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:
—Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?
Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel
para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien,
y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.

(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude


habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no
de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que
a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por
medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos
respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los
mutuos y frecuentes insomnios.
Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores
domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas
del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la
cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar
en vos más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay
demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella.
Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los
dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta
pisábamos más despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de
noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)
Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y
antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de

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agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en
la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A
Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin
decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que
eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo
mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.
No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo
hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte
pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos
quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.
—Han tomado esta parte —dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y
las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos
habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.
—¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? —le pregunté inútilmente.
—No, nada.
Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario
de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.
Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé
con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así
a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré
la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar
y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.

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EL HUÉSPED
Amparo Dávila

Nunca olvidaré el día en que vino a vivir con nosotros. Mi marido lo trajo
al regreso de un viaje.
Llevábamos entonces cerca de tres años de matrimonio, teníamos dos
niños y yo no era feliz. Representaba para mi marido algo así como un mueble,
que se acostumbra uno a ver en determinado sitio, pero que no causa la menor
impresión. Vivíamos en un pueblo pequeño, incomunicado y distante de la
ciudad. Un pueblo casi muerto o a punto de desaparecer.
No pude reprimir un grito de horror, cuando lo vi por primera vez. Era
lúgubre, siniestro. Con grandes ojos amarillentos, casi redondos y sin parpadeo,
que parecían penetrar a través de las cosas y de las personas.
Mi vida desdichada se convirtió en un infierno. La misma noche de su
llegada supliqué a mi marido que no me condenara a la tortura de su compañía.
No podía resistirlo; me inspiraba desconfianza y horror. “Es completamente
inofensivo” —dijo mi marido mirándome con marcada indiferencia. “Te
acostumbrarás a su compañía y, si no lo consigues…“ No hubo manera de
convencerlo de que se lo llevara. Se quedó en nuestra casa.
No fui la única en sufrir con su presencia. Todos los de la casa —mis niños,
la mujer que me ayudaba en los quehaceres, su hijito— sentíamos pavor de él.
Sólo mi marido gozaba teniéndolo allí.
Desde el primer día mi marido le asignó el cuarto de la esquina. Era ésta
una pieza grande, pero húmeda y oscura. Por esos inconvenientes yo nunca la
ocupaba. Sin embargo él pareció sentirse contento con la habitación. Como era
bastante oscura, se acomodaba a sus necesidades. Dormía hasta el oscurecer y
nunca supe a qué hora se acostaba.
Perdí la poca paz de que gozaba en la casona. Durante el día, todo
marchaba con aparente normalidad. Yo me levantaba siempre muy temprano,
vestía a los niños que ya estaban despiertos, les daba el desayuno y los entretenía
mientras Guadalupe arreglaba la casa y salía a comprar el mandado.
La casa era muy grande, con un jardín en el centro y los cuartos
distribuidos a su alrededor. Entre las piezas y el jardín había corredores que
protegían las habitaciones del rigor de las lluvias y del viento que eran
frecuentes. Tener arreglada una casa tan grande y cuidado el jardín, mi diaria

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ocupación de la mañana, era tarea dura. Pero yo amaba mi jardín. Los corredores
estaban cubiertos por enredaderas que floreaban casi todo el año. Recuerdo
cuánto me gustaba, por las tardes, sentarme en uno de aquellos corredores a
coser la ropa de los niños, entre el perfume de las madreselvas y de las
bugambilias.
En el jardín cultivaba crisantemos, pensamientos, violetas de los Alpes,
begonias y heliotropos. Mientras yo regaba las plantas, los niños se entretenían
buscando gusanos entre las hojas. A veces pasaban horas, callados y muy
atentos, tratando de coger las gotas de agua que se escapaban de la vieja
manguera. Yo no podía dejar de mirar, de vez en cuando, hacia el cuarto de la
esquina. Aunque pasaba todo el día durmiendo no podía confiarme. Hubo
muchas veces que cuando estaba preparando la comida veía de pronto su
sombra proyectándose sobre la estufa de leña. Lo sentía detrás de mí… yo
arrojaba al suelo tenía en las manos y salía de la cocina corriendo y gritando
como una loca. Él volvía nuevamente a su cuarto, como si nada hubiera pasado.
Creo que ignoraba por completo a Guadalupe, nunca se acercaba a ella ni
la perseguía. No así a los niños y a mí. A ellos los odiaba y a mí me acechaba
siempre.
Cuando salía de su cuarto comenzaba la más terrible pesadilla que alguien
pueda vivir. Se situaba siempre en un pequeño cenador, enfrente de la puerta de
mi cuarto. Yo no salía más. Algunas veces, pensando que aún dormía, yo iba
hacia la cocina por la merienda de los niños, de pronto lo descubría en algún
oscuro rincón del corredor, bajo las enredaderas. “¡Allí está ya, Guadalupe!”;
gritaba desesperada.
Guadalupe y yo nunca lo nombrábamos, nos parecía que al hacerlo cobraba
realidad aquel ser tenebroso. Siempre decíamos: —Allí está, ya salió, está
durmiendo, él, él, él.
Solamente hacía dos comidas, una cuando se levantaba al anochecer y otra,
tal vez, en la madrugada antes de acostarse. Guadalupe era la encargada de
llevarle la bandeja, puedo asegurar que la arrojaba dentro del cuarto pues la
pobre mujer sufría el mismo terror que yo. Toda su alimentación se reducía a
carne, no probaba nada más.
Cuando los niños se dormían, Guadalupe me llevaba la cena al cuarto. Yo
no podía dejarlos solos, sabiendo que se había levantado o estaba por hacerlo.
Una vez terminadas sus tareas, Guadalupe se iba con su pequeño a dormir y yo
me quedaba sola, contemplando el sueño de mis hijos. Como la puerta de mi

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cuarto quedaba siempre abierta, no me atrevía a acostarme, temiendo que en
cualquier momento pudiera entrar y atacarnos. Y no era posible cerrarla; mi
marido llegaba siempre tarde y al no encontrarla abierta habría pensado… Y
llegaba bien tarde. Que tenía mucho trabajo, dijo alguna vez. Pienso que otras
cosas también lo entretenían…

Una noche estuve despierta hasta cerca de las dos de la mañana, oyéndolo
afuera… Cuando desperté, lo vi junto a mi cama, mirándome con su mirada fija,
penetrante… Salté dé la cama y le arrojé la lámpara de gasolina que dejaba
encendida toda la noche. No había luz eléctrica en aquel pueblo y no hubiera
soportado quedarme a oscuras, sabiendo que en cualquier momento… Él se
libró del golpe y salió de la pieza. La lámpara se estrelló en el piso de ladrillo y
la gasolina se inflamó rápidamente. De no haber sido por Guadalupe que acudió
a mis gritos, habría ardido toda la casa.
Mi marido no tenía tiempo para escucharme ni le importaba lo que
sucediera en la casa. Sólo hablábamos lo indispensable. Entre nosotros, desde
hacía tiempo el afecto y las palabras se habían agotado.

Vuelvo a sentirme enferma cuando recuerdo… Guadalupe había salido a la


compra y dejó al pequeño Martín dormido en un cajón donde lo acostaba
durante el día. Fui a verlo varias veces, dormía tranquilo. Era cerca del
mediodía. Estaba peinando a mis niños cuando oí el llanto del pequeño
mezclado con extraños gritos. Cuando llegué al cuarto lo encontré golpeando
cruelmente al niño. Aún no sabría explicar cómo le quité al pequeño y cómo me
lancé contra él con una tranca que encontré a la mano, y lo ataqué con toda la
furia contenida por tanto tiempo. No sé si llegué a causarle mucho daño, pues
caí sin sentido. Cuando Guadalupe volvió del mandado, me encontró
desmayada y a su pequeño lleno de golpes y de araños que sangraban. El dolor
y el coraje que sintió fueron terribles. Afortunadamente el niño no murió y se
recuperó pronto.
Temí que Guadalupe se fuera y me dejara sola. Si no lo hizo, fue porque
era una mujer noble y valiente que sentía gran afecto por los niños y por mí.
Pero ese día nació en ella un odio que clamaba venganza.

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Cuando conté lo que había pasado a mi marido, le exigí que se lo llevara,
alegando que podía matar a nuestros niños como trató de hacerlo con el pequeño
Martín. “Cada día estás más histérica, es realmente doloroso y deprimente
contemplarte así… te he explicado mil veces que es un ser inofensivo.”
Pensé entonces en huir de aquella casa, de mi marido, de él… Pero no tenía
dinero y los medios de comunicación eran difíciles. Sin amigos ni parientes a
quienes recurrir, me sentía tan sola como un huérfano.
Mis niños estaban atemorizados, ya no querían jugar en el jardín y no se
separaban de mi lado. Cuándo Guadalupe salía al mercado, me encerraba con
ellos en mi cuarto.
— Esta situación no puede continuar —le dije un día a Guadalupe.
— Tendremos que hacer algo y pronto – me contestó.
— ¿Pero qué podemos hacer las dos solas? —Solas, es verdad, pero con
un odio…
Sus ojos tenían un brillo extraño. Sentí miedo y alegría.

La oportunidad llegó cuando menos la esperábamos. Mi marido partió para la


ciudad a arreglar unos negocios. Tardaría en regresar, según me dijo, unos
veinte días.
No sé si él se enteró de que mi marido se había marchado, pero ese día
despertó antes de lo acostumbrado y se situó frente a mi cuarto. Guadalupe y su
niño durmieron en mi cuarto y por primera vez pude cerrar la puerta.
Guadalupe y yo pasamos casi toda la noche haciendo planes. Los niños
dormían tranquilamente. De cuando en cuando oíamos que llegaba hasta la
puerta del cuarto y la golpeaba con furia…
Al día siguiente dimos de desayunar a los tres niños y, para estar tranquilas
y que no nos estorbaran en nuestros planes, los encerramos en mi cuarto.
Guadalupe y yo teníamos muchas cosas por hacer y tanta prisa en realizarlas
que no podíamos perder tiempo ni en comer.
Guadalupe cortó varias tablas, grandes y resistentes, mientras yo buscaba
martillo y clavos. Cuando todo estuvo listo, llegamos sin hacer ruido hasta el
cuarto de la esquina. Las hojas de la puerta estaban entornadas. Conteniendo la
respiración, bajamos los pasadores, después cerramos la puerta con llave y
comenzamos a clavar las tablas hasta clausurarla totalmente. Mientras
trabajábamos, gruesas gotas de sudor nos corrían por la frente. No hizo entonces

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ruido, parecía que estaba durmiendo profundamente. Cuando todo estuvo
terminado, Guadalupe y yo nos abrazamos llorando.
Los días que siguieron fueron espantosos. Vivió muchos días sin aire, sin
luz, sin alimento… Al principio golpeaba la puerta, tirándose contra ella, gritaba
desesperado, arañaba… Ni Guadalupe ni yo podíamos comer ni dormir, ¡eran
terribles los gritos…! A veces pensábamos que mi marido regresaría antes de
que hubiera muerto. ¡Si lo encontrara así…! Su resistencia fue mucha, creo que
vivió cerca de dos semanas…
Un día ya no se oyó ningún ruido. Ni un lamento… Sin embargo,
esperamos dos días más, antes de abrir el cuarto.

Cuando mi marido regresó, lo recibimos con la noticia de su muerte repentina


y desconcertante.

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Juan Rulfo
(México, 1918—1986)
No oyes ladrar a los perros
(El Llano en llamas, 1953)

—TÚ QUE VAS allá arriba, Ignacio, dime si no oyes alguna señal de algo o si ves
alguna luz en alguna parte.
—No se ve nada.
—Ya debemos estar cerca.
—Sí, pero no se oye nada.
—Mira bien.
—No se ve nada.
—Pobre de ti, Ignacio.
La sombra larga y negra de los hombres siguió moviéndose de arriba abajo,
trepándose a las piedras, disminuyendo y creciendo según avanzaba por la orilla
del arroyo. Era una sola sombra, tambaleante.
La luna venía saliendo de la tierra, como una llamarada redonda.
—Ya debemos estar llegando a ese pueblo, Ignacio. Tú que llevas las
orejas de fuera, fíjate a ver si no oyes ladrar los perros. Acuérdate que nos
dijeron que Tonaya estaba detrasito del monte. Y desde qué horas que hemos
dejado el monte. Acuérdate, Ignacio.
—Sí, pero no veo rastro de nada.
—Me estoy cansando.
—Bájame.
El viejo se fue reculando hasta encontrarse con el paredón y se recargó allí,
sin soltar la carga de sus hombros. Aunque se le doblaban las piernas, no quería
sentarse, porque después no hubiera podido levantar el cuerpo de su hijo, al que
allá atrás, horas antes, le habían ayudado a echárselo a la espalda. Y así lo había
traído desde entonces.
—¿Cómo te sientes?
—Mal.
Hablaba poco. Cada vez menos. En ratos parecía dormir. En ratos parecía
tener frío. Temblaba. Sabía cuándo le agarraba a su hijo el temblor por las
sacudidas que le daba, y porque los pies se le encajaban en los ijares como
espuelas. Luego las manos del hijo, que traía trabadas en su pescuezo, le

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zarandeaban la cabeza como si fuera una sonaja. Él apretaba los dientes para no
morderse la lengua y cuando acababa aquello le preguntaba:
—¿Te duele mucho?
—Algo —contestaba él.
Primero le había dicho: "Apéame aquí... Déjame aquí... Vete tú solo. Yo
te alcanzaré mañana o en cuanto me reponga un poco." Se lo había dicho como
cincuenta veces. Ahora ni siquiera eso decía. Allí estaba la luna. Enfrente de
ellos. Una luna grande y colorada que les llenaba de luz los ojos y que estiraba
y oscurecía más su sombra sobre la tierra.
—No veo ya por dónde voy —decía él.
Pero nadie le contestaba.
El otro iba allá arriba, todo iluminado por la luna, con su cara descolorida,
sin sangre, reflejando una luz opaca. Y él acá abajo.
—¿Me oíste, Ignacio? Te digo que no veo bien.
Y el otro se quedaba callado.
Siguió caminando, a tropezones. Encogía el cuerpo y luego se enderezaba
para volver a tropezar de nuevo.
—Este no es ningún camino. Nos dijeron que detrás del cerro estaba
Tonaya. Ya hemos pasado el cerro. Y Tonaya no se ve, ni se oye ningún ruido
que nos diga que está cerca. ¿Por qué no quieres decirme qué ves, tú que vas
allá arriba, Ignacio?
—Bájame, padre.
—¿Te sientes mal?
—Sí.
—Te llevaré a Tonaya a como dé lugar. Allí encontraré quien te cuide.
Dicen que allí hay un doctor. Yo te llevaré con él. Te he traído cargando desde
hace horas y no te dejaré tirado aquí para que acaben contigo quienes sean.
Se tambaleó un poco. Dio dos o tres pasos de lado y volvió a enderezarse.
—Te llevaré a Tonaya.
—Bájame.
Su voz se hizo quedita, apenas murmurada:
—Quiero acostarme un rato.
—Duérmete allí arriba. Al cabo te llevo bien agarrado.
La luna iba subiendo, casi azul, sobre un cielo claro. La cara del viejo,
mojada en sudor, se llenó de luz. Escondió los ojos para no mirar de frente, ya
que no podía agachar la cabeza agarrotada entre las manos de su hijo.

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—Todo esto que hago, no lo hago por usted. Lo hago por su difunta madre.
Porque usted fue su hijo. Por eso lo hago. Ella me reconvendría si yo lo hubiera
dejado tirado allí, donde lo encontré, y no lo hubiera recogido para llevarlo a
que lo curen, como estoy haciéndolo. Es ella la que me da ánimos, no usted.
Comenzando porque a usted no le debo más que puras dificultades, puras
mortificaciones, puras vergüenzas.
Sudaba al hablar. Pero el viento de la noche le secaba el sudor. Y sobre el
sudor seco, volvía a sudar.
—Me derrengaré, pero llegaré con usted a Tonaya, para que le alivien esas
heridas que le han hecho. Y estoy seguro de que, en cuanto se sienta usted bien,
volverá a sus malos pasos. Eso ya no me importa. Con tal que se vaya lejos,
donde yo no vuelva a saber de usted. Con tal de eso... Porque para mí usted ya
no es mi hijo. He maldecido la sangre que usted tiene de mí. La parte que a mí
me tocaba la he maldecido. He dicho: “¡Que se le pudra en los riñones la sangre
que yo le di!” Lo dije desde que supe que usted andaba trajinando por los
caminos, viviendo del robo y matando gente... Y gente buena. Y si no, allí está
mi compadre Tranquilino. El que lo bautizó a usted. El que le dio su nombre. A
él también le tocó la mala suerte de encontrarse con usted. Desde entonces dije:
“Ese no puede ser mi hijo.”
—Mira a ver si ya ves algo. O si oyes algo. Tú que puedes hacerlo desde
allá arriba, porque yo me siento sordo.
—No veo nada.
—Peor para ti, Ignacio.
—Tengo sed.
—¡Aguántate! Ya debemos estar cerca. Lo que pasa es que ya es muy
noche y han de haber apagado la luz en el pueblo. Pero al menos debías de oír
si ladran los perros. Haz por oír.
—Dame agua.
—Aquí no hay agua. No hay más que piedras. Aguántate. Y aunque la
hubiera, no te bajaría a tomar agua. Nadie me ayudaría a subirte otra vez y yo
solo no puedo.
—Tengo mucha sed y mucho sueño.
—Me acuerdo cuando naciste. Así eras entonces. Despertabas con hambre
y comías para volver a dormirte. Y tu madre te daba agua, porque ya te habías
acabado la leche de ella. No tenías llenadero. Y eras muy rabioso. Nunca pensé
que con el tiempo se te fuera a subir aquella rabia a la cabeza... Pero así fue. Tu

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madre, que descanse en paz, quería que te criaras fuerte. Creía que cuando tú
crecieras irías a ser su sostén. No te tuvo más que a ti. El otro hijo que iba a
tener la mató. Y tú la hubieras matado otra vez si ella estuviera viva a estas
alturas.
Sintió que el hombre aquel que llevaba sobre sus hombros dejó de apretar
las rodillas y comenzó a soltar los pies, balanceándolo de un lado para otro. Y
le pareció que la cabeza; allá arriba, se sacudía como si sollozara.
Sobre su cabello sintió que caían gruesas gotas, como de lágrimas.
—¿Lloras, Ignacio? Lo hace llorar a usted el recuerdo de su madre,
¿verdad? Pero nunca hizo usted nada por ella. Nos pagó siempre mal. Parece
que en lugar de cariño, le hubiéramos retacado el cuerpo de maldad. ¿Y ya ve?
Ahora lo han herido. ¿Qué pasó con sus amigos? Los mataron a todos. Pero
ellos no tenían a nadie. Ellos bien hubieran podido decir: “No tenemos a quién
darle nuestra lástima”. ¿Pero usted, Ignacio?

Allí estaba ya el pueblo. Vio brillar los tejados bajo la luz de la luna. Tuvo la
impresión de que lo aplastaba el peso de su hijo al sentir que las corvas se le
doblaban en el último esfuerzo. Al llegar al primer tejaván, se recostó sobre el
pretil de la acera y soltó el cuerpo, flojo, como si lo hubieran descoyuntado.
Destrabó difícilmente los dedos con que su hijo había venido
sosteniéndose de su cuello y, al quedar libre, oyó cómo por todas partes ladraban
los perros.
—¿Y tú no los oías, Ignacio? —dijo—. No me ayudaste ni siquiera con
esta esperanza.

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El guardagujas
[Cuento — Texto completo.]
Juan José Arreola

El forastero llegó sin aliento a la estación desierta. Su gran valija, que nadie
quiso cargar, le había fatigado en extremo. Se enjugó el rostro con un pañuelo,
y con la mano en visera miró los rieles que se perdían en el horizonte.
Desalentado y pensativo consultó su reloj: la hora justa en que el tren debía
partir.
Alguien, salido de quién sabe dónde, le dio una palmada muy suave. Al
volverse el forastero se halló ante un viejecillo de vago aspecto ferrocarrilero.
Llevaba en la mano una linterna roja, pero tan pequeña, que parecía de juguete.
Miró sonriendo al viajero, que le preguntó con ansiedad:
—Usted perdone, ¿ha salido ya el tren?
—¿Lleva usted poco tiempo en este país?
—Necesito salir inmediatamente. Debo hallarme en T. mañana mismo.
—Se ve que usted ignora las cosas por completo. Lo que debe hacer ahora
mismo es buscar alojamiento en la fonda para viajeros —y señaló un extraño
edificio ceniciento que más bien parecía un presidio.
—Pero yo no quiero alojarme, sino salir en el tren.
—Alquile usted un cuarto inmediatamente, si es que lo hay. En caso de
que pueda conseguirlo, contrátelo por mes, le resultará más barato y recibirá
mejor atención.
—¿Está usted loco? Yo debo llegar a T. mañana mismo.
—Francamente, debería abandonarlo a su suerte. Sin embargo, le daré
unos informes.
—Por favor…
—Este país es famoso por sus ferrocarriles, como usted sabe. Hasta ahora
no ha sido posible organizarlos debidamente, pero se han hecho grandes cosas
en lo que se refiere a la publicación de itinerarios y a la expedición de boletos.
Las guías ferroviarias abarcan y enlazan todas las poblaciones de la nación; se
expenden boletos hasta para las aldeas más pequeñas y remotas. Falta solamente
que los convoyes cumplan las indicaciones contenidas en las guías y que pasen
efectivamente por las estaciones. Los habitantes del país así lo esperan; mientras
tanto, aceptan las irregularidades del servicio y su patriotismo les impide
cualquier manifestación de desagrado.
—Pero, ¿hay un tren que pasa por esta ciudad?

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—Afirmarlo equivaldría a cometer una inexactitud. Como usted puede
darse cuenta, los rieles existen, aunque un tanto averiados. En algunas
poblaciones están sencillamente indicados en el suelo mediante dos rayas.
Dadas las condiciones actuales, ningún tren tiene la obligación de pasar por
aquí, pero nada impide que eso pueda suceder. Yo he visto pasar muchos trenes
en mi vida y conocí algunos viajeros que pudieron abordarlos. Si usted espera
convenientemente, tal vez yo mismo tenga el honor de ayudarle a subir a un
hermoso y confortable vagón.
—¿Me llevará ese tren a T.?
—¿Y por qué se empeña usted en que ha de ser precisamente a T.? Debería
darse por satisfecho si pudiera abordarlo. Una vez en el tren, su vida tomará
efectivamente un rumbo. ¿Qué importa si ese rumbo no es el de T.?
—Es que yo tengo un boleto en regla para ir a T. Lógicamente, debo ser
conducido a ese lugar, ¿no es así?
—Cualquiera diría que usted tiene razón. En la fonda para viajeros podrá
usted hablar con personas que han tomado sus precauciones, adquiriendo
grandes cantidades de boletos. Por regla general, las gentes previsoras compran
pasajes para todos los puntos del país. Hay quien ha gastado en boletos una
verdadera fortuna…
—Yo creí que para ir a T. me bastaba un boleto. Mírelo usted…
—El próximo tramo de los ferrocarriles nacionales va a ser construido con
el dinero de una sola persona que acaba de gastar su inmenso capital en pasajes
de ida y vuelta para un trayecto ferroviario, cuyos planos, que incluyen extensos
túneles y puentes, ni siquiera han sido aprobados por los ingenieros de la
empresa.
—Pero el tren que pasa por T., ¿ya se encuentra en servicio?
—Y no sólo ése. En realidad, hay muchísimos trenes en la nación, y los
viajeros pueden utilizarlos con relativa frecuencia, pero tomando en cuenta que
no se trata de un servicio formal y definitivo. En otras palabras, al subir a un
tren, nadie espera ser conducido al sitio que desea.
—¿Cómo es eso?
—En su afán de servir a los ciudadanos, la empresa debe recurrir a ciertas
medidas desesperadas. Hace circular trenes por lugares intransitables. Esos
convoyes expedicionarios emplean a veces varios años en su trayecto, y la vida
de los viajeros sufre algunas transformaciones importantes. Los fallecimientos
no son raros en tales casos, pero la empresa, que todo lo ha previsto, añade a
esos trenes un vagón capilla ardiente y un vagón cementerio. Es motivo de
orgullo para los conductores depositar el cadáver de un viajero lujosamente
embalsamado en los andenes de la estación que prescribe su boleto. En
ocasiones, estos trenes forzados recorren trayectos en que falta uno de los rieles.

29
Todo un lado de los vagones se estremece lamentablemente con los golpes que
dan las ruedas sobre los durmientes. Los viajeros de primera —es otra de las
previsiones de la empresa— se colocan del lado en que hay riel. Los de segunda
padecen los golpes con resignación. Pero hay otros tramos en que faltan ambos
rieles, allí los viajeros sufren por igual, hasta que el tren queda totalmente
destruido.
—¡Santo Dios!
—Mire usted: la aldea de F. surgió a causa de uno de esos accidentes. El
tren fue a dar en un terreno impracticable. Lijadas por la arena, las ruedas se
gastaron hasta los ejes. Los viajeros pasaron tanto tiempo, que de las obligadas
conversaciones triviales surgieron amistades estrechas. Algunas de esas
amistades se transformaron pronto en idilios, y el resultado ha sido F., una aldea
progresista llena de niños traviesos que juegan con los vestigios enmohecidos
del tren.
—¡Dios mío, yo no estoy hecho para tales aventuras!
—Necesita usted ir templando su ánimo; tal vez llegue usted a convertirse
en héroe. No crea que faltan ocasiones para que los viajeros demuestren su valor
y sus capacidades de sacrificio. Recientemente, doscientos pasajeros anónimos
escribieron una de las páginas más gloriosas en nuestros anales ferroviarios.
Sucede que en un viaje de prueba, el maquinista advirtió a tiempo una grave
omisión de los constructores de la línea. En la ruta faltaba el puente que debía
salvar un abismo. Pues bien, el maquinista, en vez de poner marcha atrás, arengó
a los pasajeros y obtuvo de ellos el esfuerzo necesario para seguir adelante. Bajo
su enérgica dirección, el tren fue desarmado pieza por pieza y conducido en
hombros al otro lado del abismo, que todavía reservaba la sorpresa de contener
en su fondo un río caudaloso. El resultado de la hazaña fue tan satisfactorio que
la empresa renunció definitivamente a la construcción del puente,
conformándose con hacer un atractivo descuento en las tarifas de los pasajeros
que se atreven a afrontar esa molestia suplementaria.
—¡Pero yo debo llegar a T. mañana mismo!
—¡Muy bien! Me gusta que no abandone usted su proyecto. Se ve que es
usted un hombre de convicciones. Alójese por lo pronto en la fonda y tome el
primer tren que pase. Trate de hacerlo cuando menos; mil personas estarán para
impedírselo. Al llegar un convoy, los viajeros, irritados por una espera
demasiado larga, salen de la fonda en tumulto para invadir ruidosamente la
estación. Muchas veces provocan accidentes con su increíble falta de cortesía y
de prudencia. En vez de subir ordenadamente se dedican a aplastarse unos a
otros; por lo menos, se impiden para siempre el abordaje, y el tren se va
dejándolos amotinados en los andenes de la estación. Los viajeros, agotados y

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furiosos, maldicen su falta de educación, y pasan mucho tiempo insultándose y
dándose de golpes.
—¿Y la policía no interviene?
—Se ha intentado organizar un cuerpo de policía en cada estación, pero la
imprevisible llegada de los trenes hacía tal servicio inútil y sumamente costoso.
Además, los miembros de ese cuerpo demostraron muy pronto su venalidad,
dedicándose a proteger la salida exclusiva de pasajeros adinerados que les daban
a cambio de esa ayuda todo lo que llevaban encima. Se resolvió entonces el
establecimiento de un tipo especial de escuelas, donde los futuros viajeros
reciben lecciones de urbanidad y un entrenamiento adecuado. Allí se les enseña
la manera correcta de abordar un convoy, aunque esté en movimiento y a gran
velocidad. También se les proporciona una especie de armadura para evitar que
los demás pasajeros les rompan las costillas.
—Pero una vez en el tren, ¡está uno a cubierto de nuevas contingencias?
—Relativamente. Sólo le recomiendo que se fije muy bien en las
estaciones. Podría darse el caso de que creyera haber llegado a T., y sólo fuese
una ilusión. Para regular la vida a bordo de los vagones demasiado repletos, la
empresa se ve obligada a echar mano de ciertos expedientes. Hay estaciones
que son pura apariencia: han sido construidas en plena selva y llevan el nombre
de alguna ciudad importante. Pero basta poner un poco de atención para
descubrir el engaño. Son como las decoraciones del teatro, y las personas que
figuran en ellas están llenas de aserrín. Esos muñecos revelan fácilmente los
estragos de la intemperie, pero son a veces una perfecta imagen de la realidad:
llevan en el rostro las señales de un cansancio infinito.
—Por fortuna, T. no se halla muy lejos de aquí.
—Pero carecemos por el momento de trenes directos. Sin embargo, no
debe excluirse la posibilidad de que usted llegue mañana mismo, tal como
desea. La organización de los ferrocarriles, aunque deficiente, no excluye la
posibilidad de un viaje sin escalas. Vea usted, hay personas que ni siquiera se
han dado cuenta de lo que pasa. Compran un boleto para ir a T. Viene un tren,
suben, y al día siguiente oyen que el conductor anuncia: “Hemos llegado a T.”.
Sin tomar precaución alguna, los viajeros descienden y se hallan efectivamente
en T.
—¿Podría yo hacer alguna cosa para facilitar ese resultado?
—Claro que puede usted. Lo que no se sabe es si le servirá de algo.
Inténtelo de todas maneras. Suba usted al tren con la idea fija de que va a llegar
a T. No trate a ninguno de los pasajeros. Podrán desilusionarlo con sus historias
de viaje, y hasta denunciarlo a las autoridades.
—¿Qué está usted diciendo?

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En virtud del estado actual de las cosas los trenes viajan llenos de espías.
Estos espías, voluntarios en su mayor parte, dedican su vida a fomentar el
espíritu constructivo de la empresa. A veces uno no sabe lo que dice y habla
sólo por hablar. Pero ellos se dan cuenta en seguida de todos los sentidos que
puede tener una frase, por sencilla que sea. Del comentario más inocente saben
sacar una opinión culpable. Si usted llegara a cometer la menor imprudencia,
sería aprehendido sin más, pasaría el resto de su vida en un vagón cárcel o le
obligarían a descender en una falsa estación perdida en la selva. Viaje usted
lleno de fe, consuma la menor cantidad posible de alimentos y no ponga los pies
en el andén antes de que vea en T. alguna cara conocida.
—Pero yo no conozco en T. a ninguna persona.
—En ese caso redoble usted sus precauciones. Tendrá, se lo aseguro,
muchas tentaciones en el camino. Si mira usted por las ventanillas, está
expuesto a caer en la trampa de un espejismo. Las ventanillas están provistas de
ingeniosos dispositivos que crean toda clase de ilusiones en el ánimo de los
pasajeros. No hace falta ser débil para caer en ellas. Ciertos aparatos, operados
desde la locomotora, hacen creer, por el ruido y los movimientos, que el tren
está en marcha. Sin embargo, el tren permanece detenido semanas enteras,
mientras los viajeros ven pasar cautivadores paisajes a través de los cristales.
—¿Y eso qué objeto tiene?
—Todo esto lo hace la empresa con el sano propósito de disminuir la
ansiedad de los viajeros y de anular en todo lo posible las sensaciones de
traslado. Se aspira a que un día se entreguen plenamente al azar, en manos de
una empresa omnipotente, y que ya no les importe saber adónde van ni de dónde
vienen.
—Y usted, ¿ha viajado mucho en los trenes?
—Yo, señor, solo soy guardagujas1. A decir verdad, soy un guardagujas
jubilado, y sólo aparezco aquí de vez en cuando para recordar los buenos
tiempos. No he viajado nunca, ni tengo ganas de hacerlo. Pero los viajeros me
cuentan historias. Sé que los trenes han creado muchas poblaciones además de
la aldea de F., cuyo origen le he referido. Ocurre a veces que los tripulantes de
un tren reciben órdenes misteriosas. Invitan a los pasajeros a que desciendan de
los vagones, generalmente con el pretexto de que admiren las bellezas de un
determinado lugar. Se les habla de grutas, de cataratas o de ruinas célebres:
“Quince minutos para que admiren ustedes la gruta tal o cual”, dice
amablemente el conductor. Una vez que los viajeros se hallan a cierta distancia,
el tren escapa a todo vapor.
—¿Y los viajeros?
Vagan desconcertados de un sitio a otro durante algún tiempo, pero acaban
por congregarse y se establecen en colonia. Estas paradas intempestivas se

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hacen en lugares adecuados, muy lejos de toda civilización y con riquezas
naturales suficientes. Allí se abandonan lores selectos, de gente joven, y sobre
todo con mujeres abundantes. ¿No le gustaría a usted pasar sus últimos días en
un pintoresco lugar desconocido, en compañía de una muchachita?
El viejecillo sonriente hizo un guiño y se quedó mirando al viajero, lleno
de bondad y de picardía. En ese momento se oyó un silbido lejano. El
guardagujas dio un brinco, y se puso a hacer señales ridículas y desordenadas
con su linterna.
—¿Es el tren? —preguntó el forastero.
El anciano echó a correr por la vía, desaforadamente. Cuando estuvo a
cierta distancia, se volvió para gritar:
—¡Tiene usted suerte! Mañana llegará a su famosa estación. ¿Cómo dice
que se llama?
—¡X! —contestó el viajero.
En ese momento el viejecillo se disolvió en la clara mañana. Pero el punto
rojo de la linterna siguió corriendo y saltando entre los rieles, imprudente, al
encuentro del tren.
Al fondo del paisaje, la locomotora se acercaba como un ruidoso
advenimiento.

33
Julio Cortázar
(1914—1984)
LA NOCHE BOCA ARRIBA
(Final del juego, 1956)

A MITAD DEL largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde, y se apuró a salir
a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía
guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría
con tiempo sobrado adonde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del
centro, y él —porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre— montó
en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un
viento fresco le chicoteaba los pantalones.
Dejó pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con
brillantes vitrinas de la calle Central. Ahora entraba en la parte más agradable
del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de árboles, con poco
tráfico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas
demarcadas por setos bajos. Quizá algo distraído, pero corriendo por la derecha
como correspondía, se dejó llevar por la tersura, por la leve crispación de ese
día apenas empezado. Tal vez su involuntario relajamiento le impidió prevenir
el accidente. Cuando vio que la mujer parada en la esquina se lanzaba a la
calzada a pesar de las luces verdes, ya era tarde para las soluciones fáciles. Frenó
con el pié y con la mano, desviándose a la izquierda; oyó el grito de la mujer, y
junto con el choque perdió la visión. Fue como dormirse de golpe.
Volvió bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres jóvenes lo
estaban sacando de debajo de la moto. Sentía gusto a sal y sangre, le dolía una
rodilla, y cuando lo alzaron gritó, porque no podía soportar la presión en el
brazo derecho. Voces que no parecían pertenecer a las caras suspendidas sobre
él, lo alentaban con bromas y seguridades. Su único alivio fue oír la
confirmación de que había estado en su derecho al cruzar la esquina. Preguntó
por la mujer, tratando de dominar la náusea que le ganaba la garganta. Mientras
lo llevaban boca arriba hasta una farmacia próxima, supo que la causante del
accidente no tenía más que rasguños en la piernas. «Usté la agarró apenas, pero
el golpe le hizo saltar la máquina de costado...» Opiniones, recuerdos, despacio,

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éntrenlo de espaldas, así va bien, y alguien con guardapolvo dándole de beber
un trago que lo alivió en la penumbra de una pequeña farmacia de barrio.
La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una
camilla blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo
que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus señas al policía que lo
acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una cortadura en la ceja goteaba
sangre por toda la cara. Una o dos veces se lamió los labios para beberla. Se
sentía bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada más. El
vigilante le dijo que la motocicleta no parecía muy estropeada. «Natural», dijo
él. «Como que me la ligué encima...» Los dos rieron, y el vigilante le dio la
mano al llegar al hospital y le deseó buena suerte. Ya la náusea volvía poco a
poco; mientras lo llevaban en una camilla de ruedas hasta un pabellón del fondo,
pasando bajo árboles llenos de pájaros, cerró los ojos y deseó estar dormido o
cloroformado. Pero lo tuvieron largo rato en una pieza con olor a hospital,
llenando una ficha, quitándole la ropa y vistiéndolo con una camisa grisácea y
dura. Le movían cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las enfermeras
bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del
estómago se habría sentido muy bien, casi contento.
Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa
todavía húmeda puesta sobre el pecho como una lápida negra, pasó a la sala de
operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado, se le acercó y se puso a mirar
la radiografía. Manos de mujer le acomodaron la cabeza, sintió que lo pasaban
de una camilla a otra. El hombre de blanco se le acercó otra vez, sonriendo, con
algo que le brillaba en la mano derecha. Le palmeó la mejilla e hizo una seña a
alguien parado atrás.
Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba
olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban
las marismas, los tembladerales de donde no volvía nadie. Pero el olor cesó, y
en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en que se
movía huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, tenía que huir de los
aztecas que andaban a caza de hombre, y su única probabilidad era la de
esconderse en lo más denso de la selva, cuidando de no apartarse de la estrecha
calzada que sólo ellos, los motecas, conocían.
Lo que más lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta aceptación
del sueño algo se revelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no
había participado del juego. «Huele a guerra», pensó, tocando instintivamente

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el puñal de piedra atravesado en su ceñidor de lana tejida. Un sonido inesperado
lo hizo agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era extraño, en
sus sueños abundaba el miedo. Esperó, tapado por las ramas de un arbusto y la
noche sin estrellas. Muy lejos, probablemente del otro lado del gran lago, debían
estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor rojizo teñía esa parte del cielo. El
sonido no se repitió. Había sido como una rama quebrada. Tal vez un animal
que escapaba como él del olor de la guerra. Se enderezó despacio, venteando.
No se oía nada, pero el miedo seguía allí como el olor, ese incienso dulzón de
la guerra florida. Había que seguir, llegar al corazón de la selva evitando las
ciénagas. A tientas, agachándose a cada instante para tocar el suelo más duro de
la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero los
tembladerales palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, buscó el rumbo.
Entonces sintió una bocanada horrible del olor que más temía, y saltó
desesperado hacia adelante.
—Se va a caer de la cama —dijo el enfermo de al lado—. No brinque tanto,
amigazo.
Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la
larga sala. Mientras trataba de sonreír a su vecino, se despegó casi físicamente
de la última visión de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato
con pesas y poleas. Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros,
pero no querían darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y hacer un
buche. La fiebre lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez,
pero saboreaba el placer de quedarse despierto, entornados los ojos, escuchando
el diálogo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando a alguna
pregunta. Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una
enfermera rubia le frotó con alcohol la cara anterior del muslo y le clavó una
gruesa aguja conectada con un tubo que subía hasta un frasco lleno de líquido
opalino. Un médico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajustó al
brazo sano para verificar alguna cosa. Caía la noche, y la fiebre lo iba
arrastrando blandamente a un estado donde las cosas tenían un relieve como de
gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes; como
estar viendo una película aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor;
y quedarse.
Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a
perejil. Un trocito de pan, más precioso que todo un banquete, se fue
desmigajando poco a poco. El brazo no le dolía nada y solamente en la ceja,

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donde lo habían suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y rápida.
Cuando los ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pensó
que no le iba a ser difícil dormirse. Un poco incómodo, de espaldas, pero al
pasarse la lengua por los labios resecos y calientes sintió el sabor del caldo, y
suspiró de felicidad, abandonándose.
Primero fue una confusión, un atraer hacia sí todas las sensaciones por un
instante embotadas o confundidas. Comprendía que estaba corriendo en plena
oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de copas de árboles era menos negro
que el resto. «La calzada», pensó. «Me salí de la calzada.» Sus pies se hundían
en un colchón de hojas y barro, y ya no podía dar un paso sin que las ramas de
los arbustos le azotaran el torso y las piernas. Jadeante, sabiéndose acorralado
a pesar de la oscuridad y el silencio, se agachó para escuchar. Tal vez la calzada
estaba cerca, con la primera luz del día iba a verla otra vez. Nada podía ayudarlo
ahora a encontrarla. La mano que sin saberlo él aferraba el mango del puñal,
subió como el escorpión de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba el
amuleto protector. Moviendo apenas los labios musitó la plegaria del maíz que
trae las lunas felices, y la súplica a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes
motecas. Pero sentía al mismo tiempo que los tobillos se le estaban hundiendo
despacio en el barro, y a la espera en la oscuridad del chaparral desconocido se
le hacía insoportable. La guerra florida había empezado con la luna y llevaba
ya tres días y tres noches. Si conseguía refugiarse en lo profundo de la selva,
abandonando la calzada más allá de la región de las ciénagas, quizá los
guerreros no le siguieran el rastro. Pensó en los muchos prisioneros que ya
habrían hecho. Pero la cantidad no contaba, sino el tiempo sagrado. La caza
continuaría hasta que los sacerdotes dieran la señal del regreso. Todo tenía su
número y su fin, y él estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los
cazadores.
Oyó los gritos y se enderezó de un salto, puñal en mano. Como si el cielo
se incendiara en el horizonte, vio antorchas moviéndose entre las ramas, muy
cerca. El olor a guerra era insoportable, y cuando el primer enemigo le saltó al
cuello casi sintió placer en hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo
rodeaban las luces, los gritos alegres. Alcanzó a cortar el aire una o dos veces,
y entonces una soga lo atrapó desde atrás.
—Es la fiebre —dijo el de la cama de al lado—. A mí me pasaba igual
cuando me operé del duodeno. Tome agua y va a ver que duerme bien.

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Al lado de la noche de donde volvía, la penumbra tibia de la sala le pareció
deliciosa. Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un
ojo protector. Se oía toser, respirar fuerte, a veces un diálogo en voz baja. Todo
era grato y seguro, sin ese acoso, sin... Pero no quería seguir pensando en la
pesadilla. Había tantas cosas en qué entretenerse. Se puso a mirar el yeso del
brazo, las poleas que tan cómodamente se lo sostenían en el aire. Le habían
puesto una botella de agua mineral en la mesa de noche. Bebió del gollete,
golosamente. Distinguía ahora las formas de la sala, las treinta camas, los
armarios con vitrinas. Ya no debía tener tanta fiebre, sentía fresca la cara. La
ceja le dolía apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del hotel,
sacando la moto. ¿Quién hubiera pensado que la cosa iba a acabar así? Trataba
de fijar el momento del accidente, y le dio rabia advertir que había ahí como un
hueco, un vacío que no alcanzaba a rellenar. Entre el choque y el momento en
que lo habían levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver
nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de que ese hueco, esa nada, había
durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo, más bien como si en ese hueco él
hubiera pasado a través de algo o recorrido distancias inmensas. El choque, el
golpe brutal contra el pavimento. De todas maneras al salir del pozo negro había
sentido casi un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor
del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la contusión en la rodilla; con todo
eso, un alivio al volver al día y sentirse sostenido y auxiliado. Y era raro. Le
preguntaría alguna vez al médico de la oficina. Ahora volvía a ganarlo el sueño,
a tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta
afiebrada la frescura del agua mineral. Quizá pudiera descansar de veras, sin las
malditas pesadillas. La luz violeta de la lámpara en lo alto se iba apagando poco
a poco.
Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a
reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de
filtraciones, le cerró la garganta y lo obligó a comprender. Inútil abrir los ojos
y mirar en todas direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta. Quiso
enderezarse y sintió las sogas en las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado
en el suelo, en un piso de lajas helado y húmedo. El frío le ganaba la espalda
desnuda, las piernas. Con el mentón buscó torpemente el contacto con su
amuleto, y supo que se lo habían arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna
plegaria podía salvarlo del final. Lejanamente, como filtrándose entre las

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piedras del calabozo, oyó los atabales de la fiesta. Lo habían traído al teocalli,
estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno.
Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito,
acabando en un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba
vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir, del final
inevitable. Pensó en sus compañeros que llenarían otras mazmorras, y en los
que ascendían ya los peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente,
casi no podía abrir la boca, tenía las mandíbulas agarrotadas y a la vez como si
fueran de goma y se abrieran lentamente, con un esfuerzo interminable. El
chirriar de los cerrojos lo sacudió como un látigo. Convulso, retorciéndose,
luchó por zafarse de las cuerdas que se le hundían en la carne. Su brazo derecho,
el más fuerte, tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable y tuvo que ceder. Vio
abrirse la doble puerta, y el olor de las antorchas le llegó antes que la luz. Apenas
ceñidos con el taparrabos de la ceremonia, los acólitos de los sacerdotes se le
acercaron mirándolo con desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos
sudados, en el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas, y en su lugar lo
aferraron manos calientes, duras como bronce; se sintió alzado, siempre boca
arriba tironeado por los cuatro acólitos que lo llevaban por el pasadizo. Los
portadores de antorchas iban adelante, alumbrando vagamente el corredor de
paredes mojadas y techo tan bajo que los acólitos debían agachar la cabeza.
Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo de
roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha. Cuando
en vez del techo nacieran las estrellas y se alzara frente él la escalinata
incendiada de gritos y danzas, sería el fin. El pasadizo no acababa nunca, pero
ya iba a acabar, de repente olería el aire libre lleno de estrellas, pero todavía no,
andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja, tironeándolo brutalmente, y él
no quería, pero cómo impedirlo si le habían arrancado el amuleto que era su
verdadero corazón, el centro de la vida.
Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la
sombra blanda que lo rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos
dormían callados. En la mesa de noche, la botella de agua tenía algo de burbuja,
de imagen traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales. Jadeó
buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían
pegadas a sus párpados. Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse
instantáneamente, y se enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que
ahora estaba despierto, que la vigilia lo protegía, que pronto iba a amanecer, con

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el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada... Le
costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era más fuerte que él. Hizo un
último esfuerzo, con la mano sana esbozó un gesto hacia la botella de agua; no
llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, y el pasadizo
seguía interminable, roca tras roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca
arriba gimió apagadamente porque el techo iba a acabarse, subía, abriéndose
como una boca de sombra, y los acólitos se enderezaban y de la altura una luna
menguante le cayó en la cara donde los ojos no querían verla, desesperadamente
se cerraban y abrían buscando pasar al otro lado, descubrir de nuevo el cielo
raso protector de la sala. Y cada vez que se abrían era la noche y la luna mientras
lo subían por la escalinata, ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo
alto estaban las hogueras, las rojas columnas de humo perfumado, y de golpe
vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaivén de los pies del
sacrificado que arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte.
Con una última esperanza apretó los párpados, gimiendo por despertar. Durante
un segundo creyó que lo lograría, porque otra vez estaba inmóvil en la cama, a
salvo del balanceo cabeza abajo. Pero olía la muerte, y cuando abrió los ojos
vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia él con el cuchillo
de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía
que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había
sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado
por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que
ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo
sus piernas. En la mentira infinita de ese sueño también lo habían alzado del
suelo, también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él
tendido boca arriba, a él boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.

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Míster Taylor
[Cuento — Texto completo.]
Augusto Monterroso

—Menos rara, aunque sin duda más ejemplar —dijo entonces el otro—, es la
historia de Mr. Percy Taylor, cazador de cabezas en la selva amazónica.
Se sabe que en 1937 salió de Boston, Massachusetts, en donde había pulido
su espíritu hasta el extremo de no tener un centavo. En 1944 aparece por primera
vez en América del Sur, en la región del Amazonas, conviviendo con los
indígenas de una tribu cuyo nombre no hace falta recordar.
Por sus ojeras y su aspecto famélico pronto llegó a ser conocido allí como
“el gringo pobre”, y los niños de la escuela hasta lo señalaban con el dedo y le
tiraban piedras cuando pasaba con su barba brillante bajo el dorado sol tropical.
Pero esto no afligía la humilde condición de Mr. Taylor porque había leído en
el primer tomo de las Obras Completas de William G. Knight que si no se siente
envidia de los ricos la pobreza no deshonra.
En pocas semanas los naturales se acostumbraron a él y a su ropa
extravagante. Además, como tenía los ojos azules y un vago acento extranjero,
el Presidente y el Ministro de Relaciones Exteriores lo trataban con singular
respeto, temerosos de provocar incidentes internacionales.
Tan pobre y mísero estaba, que cierto día se internó en la selva en busca
de hierbas para alimentarse. Había caminado cosa de varios metros sin atreverse
a volver el rostro, cuando por pura casualidad vio a través de la maleza dos ojos
indígenas que lo observaban decididamente. Un largo estremecimiento recorrió
la sensitiva espalda de Mr. Taylor. Pero Mr. Taylor, intrépido, arrostró el peligro
y siguió su camino silbando como si nada hubiera pasado.
De un salto (que no hay para qué llamar felino) el nativo se le puso enfrente
y exclamó:
–Buy head? Money, money.
A pesar de que el inglés no podía ser peor, Mr. Taylor, algo indispuesto,
sacó en claro que el indígena le ofrecía en venta una cabeza de hombre,
curiosamente reducida, que traía en la mano.
Es innecesario decir que Mr. Taylor no estaba en capacidad de comprarla;
pero como aparentó no comprender, el indio se sintió terriblemente disminuido
por no hablar bien el inglés, y se la regaló pidiéndole disculpas.
Grande fue el regocijo con que Mr. Taylor regresó a su choza. Esa noche,
acostado boca arriba sobre la precaria estera de palma que le servía de lecho,
interrumpido tan solo por el zumbar de las moscas acaloradas que revoloteaban

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en torno haciéndose obscenamente el amor, Mr. Taylor contempló con deleite
durante un buen rato su curiosa adquisición. El mayor goce estético lo extraía
de contar, uno por uno, los pelos de la barba y el bigote, y de ver de frente el
par de ojillos entre irónicos que parecían sonreírle agradecidos por aquella
deferencia.
Hombre de vasta cultura, Mr. Taylor solía entregarse a la contemplación;
pero esta vez en seguida se aburrió de sus reflexiones filosóficas y dispuso
obsequiar la cabeza a un tío suyo, Mr. Rolston, residente en Nueva York, quien
desde la más tierna infancia había revelado una fuerte inclinación por las
manifestaciones culturales de los pueblos hispanoamericanos.
Pocos días después el tío de Mr. Taylor le pidió —previa indagación sobre
el estado de su importante salud— que por favor lo complaciera con cinco más.
Mr. Taylor accedió gustoso al capricho de Mr. Rolston y —no se sabe de qué
modo— a vuelta de correo “tenía mucho agrado en satisfacer sus deseos”. Muy
reconocido, Mr. Rolston le solicitó otras diez. Mr. Taylor se sintió
“halagadísimo de poder servirlo”. Pero cuando pasado un mes aquél le rogó el
envío de veinte, Mr. Taylor, hombre rudo y barbado pero de refinada
sensibilidad artística, tuvo el presentimiento de que el hermano de su madre
estaba haciendo negocio con ellas.
Bueno, si lo quieren saber, así era. Con toda franqueza, Mr. Rolston se lo
dio a entender en una inspirada carta cuyos términos resueltamente comerciales
hicieron vibrar como nunca las cuerdas del sensible espíritu de Mr. Taylor.
De inmediato concertaron una sociedad en la que Mr. Taylor se
comprometía a obtener y remitir cabezas humanas reducidas en escala
industrial, en tanto que Mr. Rolston las vendería lo mejor que pudiera en su país.
Los primeros días hubo algunas molestas dificultades con ciertos tipos del
lugar. Pero Mr. Taylor, que en Boston había logrado las mejores notas con un
ensayo sobre Joseph Henry Silliman, se reveló como político y obtuvo de las
autoridades no sólo el permiso necesario para exportar, sino, además, una
concesión exclusiva por noventa y nueve años. Escaso trabajo le costó
convencer al guerrero Ejecutivo y a los brujos Legislativos de que aquel paso
patriótico enriquecería en corto tiempo a la comunidad, y de que luego luego
estarían todos los sedientos aborígenes en posibilidad de beber (cada vez que
hicieran una pausa en la recolección de cabezas) de beber un refresco bien frío,
cuya fórmula mágica él mismo proporcionaría.
Cuando los miembros de la Cámara, después de un breve pero luminoso
esfuerzo intelectual, se dieron cuenta de tales ventajas, sintieron hervir su amor
a la patria y en tres días promulgaron un decreto exigiendo al pueblo que
acelerara la producción de cabezas reducidas.

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Contados meses más tarde, en el país de Mr. Taylor las cabezas alcanzaron
aquella popularidad que todos recordamos. Al principio eran privilegio de las
familias más pudientes; pero la democracia es la democracia y, nadie lo va a
negar, en cuestión de semanas pudieron adquirirlas hasta los mismos maestros
de escuela.
Un hogar sin su correspondiente cabeza teníase por un hogar fracasado.
Pronto vinieron los coleccionistas y, con ellos, las contradicciones: poseer
diecisiete cabezas llegó a ser considerado de mal gusto; pero era distinguido
tener once. Se vulgarizaron tanto que los verdaderos elegantes fueron perdiendo
interés y ya sólo por excepción adquirían alguna, si presentaba cualquier
particularidad que la salvara de lo vulgar. Una, muy rara, con bigotes prusianos,
que perteneciera en vida a un general bastante condecorado, fue obsequiada al
Instituto Danfeller, el que a su vez donó, como de rayo, tres y medio millones
de dólares para impulsar el desenvolvimiento de aquella manifestación cultural,
tan excitante, de los pueblos hispanoamericanos.
Mientras tanto, la tribu había progresado en tal forma que ya contaba con
una veredita alrededor del Palacio Legislativo. Por esa alegre veredita paseaban
los domingos y el Día de la Independencia los miembros del Congreso,
carraspeando, luciendo sus plumas, muy serios, riéndose, en las bicicletas que
les había obsequiado la Compañía.
Pero, ¿qué quieren? No todos los tiempos son buenos. Cuando menos lo
esperaban se presentó la primera escasez de cabezas.
Entonces comenzó lo más alegre de la fiesta.
Las meras defunciones resultaron ya insuficientes. El Ministro de Salud
Pública se sintió sincero, y una noche caliginosa, con la luz apagada, después
de acariciarle un ratito el pecho como por no dejar, le confesó a su mujer que se
consideraba incapaz de elevar la mortalidad a un nivel grato a los intereses de
la Compañía, a lo que ella le contestó que no se preocupara, que ya vería cómo
todo iba a salir bien, y que mejor se durmieran.
Para compensar esa deficiencia administrativa fue indispensable tomar
medidas heroicas y se estableció la pena de muerte en forma rigurosa.
Los juristas se consultaron unos a otros y elevaron a la categoría de delito,
penado con la horca o el fusilamiento, según su gravedad, hasta la falta más
nimia.
Incluso las simples equivocaciones pasaron a ser hechos delictuosos.
Ejemplo: si en una conversación banal, alguien, por puro descuido, decía “Hace
mucho calor”, y posteriormente podía comprobársele, termómetro en mano, que
en realidad el calor no era para tanto, se le cobraba un pequeño impuesto y era
pasado ahí mismo por las armas, correspondiendo la cabeza a la Compañía y,
justo es decirlo, el tronco y las extremidades a los dolientes.

43
La legislación sobre las enfermedades ganó inmediata resonancia y fue
muy comentada por el Cuerpo Diplomático y por las Cancillerías de potencias
amigas.
De acuerdo con esa memorable legislación, a los enfermos graves se les
concedían veinticuatro horas para poner en orden sus papeles y morirse; pero si
en este tiempo tenían suerte y lograban contagiar a la familia, obtenían tantos
plazos de un mes como parientes fueran contaminados. Las víctimas de
enfermedades leves y los simplemente indispuestos merecían el desprecio de la
patria y, en la calle, cualquiera podía escupirle el rostro. Por primera vez en la
historia fue reconocida la importancia de los médicos (hubo varios candidatos
al premio Nóbel) que no curaban a nadie. Fallecer se convirtió en ejemplo del
más exaltado patriotismo, no sólo en el orden nacional, sino en el más glorioso,
en el continental.
Con el empuje que alcanzaron otras industrias subsidiarias (la de ataúdes,
en primer término, que floreció con la asistencia técnica de la Compañía) el país
entró, como se dice, en un periodo de gran auge económico. Este impulso fue
particularmente comprobable en una nueva veredita florida, por la que
paseaban, envueltas en la melancolía de las doradas tardes de otoño, las señoras
de los diputados, cuyas lindas cabecitas decían que sí, que sí, que todo estaba
bien, cuando algún periodista solícito, desde el otro lado, las saludaba sonriente
sacándose el sombrero.
Al margen recordaré que uno de estos periodistas, quien en cierta ocasión
emitió un lluvioso estornudo que no pudo justificar, fue acusado de extremista
y llevado al paredón de fusilamiento. Sólo después de su abnegado fin los
académicos de la lengua reconocieron que ese periodista era una de las más
grandes cabezas del país; pero una vez reducida quedó tan bien que ni siquiera
se notaba la diferencia.
¿Y Mr. Taylor? Para ese tiempo ya había sido designado consejero
particular del Presidente Constitucional. Ahora, y como ejemplo de lo que
puede el esfuerzo individual, contaba los miles por miles; mas esto no le quitaba
el sueño porque había leído en el último tomo de las Obras completas de
William G. Knight que ser millonario no deshonra si no se desprecia a los
pobres.
Creo que con ésta será la segunda vez que diga que no todos los tiempos
son buenos. Dada la prosperidad del negocio llegó un momento en que del
vecindario sólo iban quedando ya las autoridades y sus señoras y los periodistas
y sus señoras. Sin mucho esfuerzo, el cerebro de Mr. Taylor discurrió que el
único remedio posible era fomentar la guerra con las tribus vecinas. ¿Por qué
no? El progreso.

44
Con la ayuda de unos cañoncitos, la primera tribu fue limpiamente
descabezada en escasos tres meses. Mr. Taylor saboreó la gloria de extender sus
dominios. Luego vino la segunda; después la tercera y la cuarta y la quinta. El
progreso se extendió con tanta rapidez que llegó la hora en que, por más
esfuerzos que realizaron los técnicos, no fue posible encontrar tribus vecinas a
quienes hacer la guerra.
Fue el principio del fin.
Las vereditas empezaron a languidecer. Sólo de vez en cuando se veía
transitar por ellas a alguna señora, a algún poeta laureado con su libro bajo el
brazo. La maleza, de nuevo, se apoderó de las dos, haciendo difícil y espinoso
el delicado paso de las damas. Con las cabezas, escasearon las bicicletas y casi
desaparecieron del todo los alegres saludos optimistas.
El fabricante de ataúdes estaba más triste y fúnebre que nunca. Y todos
sentían como si acabaran de recordar de un grato sueño, de ese sueño formidable
en que tú te encuentras una bolsa repleta de monedas de oro y la pones debajo
de la almohada y sigues durmiendo y al día siguiente muy temprano, al
despertar, la buscas y te hallas con el vacío.
Sin embargo, penosamente, el negocio seguía sosteniéndose. Pero ya se
dormía con dificultad, por el temor a amanecer exportado.
En la patria de Mr. Taylor, por supuesto, la demanda era cada vez mayor.
Diariamente aparecían nuevos inventos, pero en el fondo nadie creía en ellos y
todos exigían las cabecitas hispanoamericanas.

Fue para la última crisis. Mr. Rolston, desesperado, pedía y pedía más
cabezas. A pesar de que las acciones de la Compañía sufrieron un brusco
descenso, Mr. Rolston estaba convencido de que su sobrino haría algo que lo
sacara de aquella situación.
Los embarques, antes diarios, disminuyeron a uno por mes, ya con
cualquier cosa, con cabezas de niño, de señoras, de diputados.
De repente cesaron del todo.
Un viernes áspero y gris, de vuelta de la Bolsa, aturdido aún por la gritería
y por el lamentable espectáculo de pánico que daban sus amigos, Mr. Rolston
se decidió a saltar por la ventana (en vez de usar el revólver, cuyo ruido lo
hubiera llenado de terror) cuando al abrir un paquete del correo se encontró con
la cabecita de Mr. Taylor, que le sonreía desde lejos, desde el fiero Amazonas,
con una sonrisa falsa de niño que parecía decir: “Perdón, perdón, no lo vuelvo
a hacer.”

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FUTURO IMPERFECTO*
Salvador Elizondo

a María del Carmen Millán

La naturaleza retrocesiva y preteritante que la mera noción “el futuro” proyecta


sobre lo a priori, como si la naturaleza del curso del mundo marchara en el
sentido inverso al que siguen las manecillas del reloj, bastaría para concebir o
formular las bases de una literatura que tiene el mismo carácter y alienta con el
mismo principio que “la máquina del tiempo”. Basta correr la palanquita situada
frente al asiento de bicicleta, hasta que el indicador quede colocado en P si se
quiere visitar el pasado o en F si se quiere visitar cualquiera de las
consecuencias de nuestra estupidez presente en el porvenir. Con sólo hacer girar
la perilla reguladora hasta que la aguja señale la fecha de nuestro destino para
que zarpemos y el viaje se inicie. El gobernador automático de la máquina se
encarga del resto. Para volver al presente sólo se requiere volver la palanca a A.
El mecanismo que regula la operación de regreso al ahora adolece todavía de
algunas fallas y es difícil colocarla en la posición requerida si no se tiene
experiencia en su manejo. La fotografía y todos los procedimientos de re—
presentación fenomenológica se ponen al servicio del perfeccionamiento de este
mecanismo que rige la vuelta al ahora. Cuando falla, unos golpecitos del puño
en el tablero son suficientes, casi siempre, para que la nave vire.
Con relación al futuro todo es a priori o pasado. Cuando aparezca el
asterisco:… (*) hará exactamente 3 semanas 4 días 17 horas 15 minutos 21
segundos desde que Ramón Xirau me pidió estas notas sobre el futuro para el
número 36 de su revista que estaría dedicado a este asunto apasionante. No fue
la menor de las sorpresas que el encargo de la redacción de estas notas me
produjo, la de percatarme en ese momento de que ya en el pasado me había
ocupado del futuro forzando las conjeturas, a veces, hasta los extremos y
permaneciendo siempre, como en esta ocasión, en el centro absoluto del
presente de indicativo que el escritor ocupa entre el pretérito remoto de los
orígenes, por el encargo del editor, de la escritura que el lector tiene
en estos (¿estos?) momentos ante los ojos, y el futuro conjetural dentro del que
el escritor, en estos (¿éstos?) momentos, ahora que esto escribe, concibe al
lector que ahora (¿entonces!) está (o estará) leyendo estas líneas.
Esta imbricada relación, que sólo tiene una expresión sintáctica o retórica,
es la única que permite delimitar claramente ese campo temporal en el que la
misteriosa relación entre la escritura y la lectura se dirime y que, también, es la
única que permite definir a la escritura como el pasado de la lectura y a ésta

46
como el futuro de aquélla. El lector habita en el futuro; es el futuro de un libro
y también el instrumento mediante el cual el libro se traslada al pasado y se
convierte en una experiencia.
No dejo naturalmente de preguntarme qué orden de claridad podría
obtenerse mediante las diferentes series que con los tres términos que forman la
relación entre la escritura y la lectura podrían formarse. Esta escritura, por
ejemplo, representa la realización presente del futuro planteado en su origen del
día del encuentro con Ramón Xirau, pero es también la consumación pretérita
de la presente lectura que un lector futuro está realizando de una escritura
pasada en el presente: ahora.
Nada ilustra más paradójicamente la naturaleza de otro modo unívoca del
tiempo histórico que la relación que existe entre nosotros tres: entre usted, lector
de estas líneas, Ramón Xirau que me las encargó entonces para que usted las
leyera algún día en el futuro, y yo que ahora las estoy escribiendo en un pasado
que para usted, lector en este momento que las está leyendo, es el presente.

Iba por la Gran Explanada hacia la Facultad de Filosofía pensando en el encargo


que Xirau me había hecho, pero no sólo pensaba en ese futuro que con tan
inconcebible naturaleza proponen los pensadores, sino en ese futuro más
concreto de los que se hacen llamar soñadores: trataba de imaginar no solamente
el tono de esa meditación, sino también la forma exacta que esa escritura todavía
irrealizada tendría, tanto como su extensión y hasta la ordenación tipográfica y
el color de los forros de ese número futuro de Diálogos que el lector tiene ahora
en sus manos; llegué, incluso, a imaginar al lector leyendo esta línea del texto.
Fui más lejos todavía: elevé este orden de ensoñación a una potencia más alta,
un nivel en que la imaginación se convertía en memoria y el futuro en pasado:
cuando imaginé el destino cumplido de estas letras, su lectura consumada por
ese lector futuro que después de haberlas leído las olvidaría. Era yo capaz de
imaginar algo, la escritura, que todavía no era, como algo que ya había sido.
Repasaba también mis encuentros literarios en busca de una premisa o una
ficción que me sirviera para desarrollar o para ilustrar esas divagaciones.
Buscaba yo al demonio connatural de eso que se llama “el futuro”, cómo hacerlo
presente retrotrayéndolo de ese instante que nunca habrá llegado todavía jamás
en el que medra eternamente y fuera del cual no puede existir…
—Excelente razonamiento.. —me interrumpió una pronunciación
anglosajona desde la fronda que los eucaliptos y los troenos derraman sobre el
montículo de la Isla. “Un estudiante de Cursos Temporales”, pensé.
—Se equivoca usted radicalmente —dijo la voz gutural seguida de su
manifestación corpórea—: ¡no soy un estudiante de Cursos Temporales!...

47
Era un hombrecillo pequeño, de facciones pajarescas, vestido de un negro
nostálgico y raído… “Un hippie…” pensé.
—¡No, señor! Yo no soy un hippie de ninguna manera. Y me extraña que
piense usted eso.
Se acercó y me miró fijamente.
—¿Acaso no me reconoce? —me dijo sin quitarme los ojos de encima.
Me sentía avergonzado. Se había suscitado, nuevamente esa situación
terrible en la que la memoria trata denodadamente de hacer coincidir un nombre
con un nombrado, una palabra con una cosa. Decidí hacer coincidir esa
apariencia con una localidad geográfica y con una fecha.
—Sí, desde luego... naturalmente... usted es... de Nueva York... fue mi
alumno en el 68, cuando... lo recuerdo muy bien...
—¡No, no, no!... —dijo mitad irritado y mitad descorazonado—. Yo no
soy nada de eso que usted piensa. Si usted gusta caminaremos juntos hasta la
Facultad y hablamos un poco.
Nos pusimos en marcha.
—Verá usted —me dijo—, mi actividad práctica puede calificarse como
de tipo editorial; revistas literarias sobre todo; pero la pasión de mi vida fue la
bibliografía y la investigación literaria...
—¿Fue...? —lo interrumpí—, ¿cómo puede una pasión dejar de ser?
—Se lo explicaré a su debido tiempo. Por lo pronto debo suplicarle que no
vaya usted a pensar que yo soy algo así como un adivino de feria o algo por el
estilo. El hecho —siguió diciendo, ahora más pausadamente— es que hace
apenas unos minutos venía usted pensando en un artículo acerca del futuro que
le acaba de ser encargado por el editor de una revista y no acertaba usted a
encontrar una personificación, una forma para ese demonio de lo futuro que en
vano invocaba.
—Así es, ciertamente; pero ¿cómo lo sabe usted?
—A eso voy; no olvide usted que la paciencia es el mejor instrumento de
quienes desean sondear el futuro de la misma manera que la impaciencia es el
de los que investigan el pasado. La paciencia es como el Carbón 14 del por
venir. Materiales en extremo costosos y fuera del alcance de investigadores
modestos, como usted.
—Seguramente usted conocerá algún método más económico.
—Conozco muchos; las gitanas, la bola de cristal, los naipes, el I Ching,
análisis de orina, cálculo de probabilidades, astrología, editoriales periodísticos,
utopías “científicas”, etcétera, pero en realidad ninguno sirve para los fines que
usted podría perseguir y que yo perseguí y alcancé...
—¿Pero de qué fines me está hablando usted?

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—Un solo fin —exclamó enérgicamente—; un solo fin que usted debiera
saber que es el fin que persigue todo verdadero investigador literario...
—¿Y cuál sería ese fin?
—Ese fin sería conocer los ficheros bibliográficos y los catálogos de las
bibliotecas del futuro...
—Me temo —le dije— que mis aspiraciones son más inmediatas.
—¡Bah! —expiró despectivamente y luego prosiguió oblicuamente
adoptando el consabido tono diabólico de The Devil and Daniel Webster—. Y
qué me diría usted si yo le dijera que...
Antes de que tuviera tiempo de terminar la frase lo había reconocido.
—¡Aja! —exclamé—. Ya sé quién es usted.
—¿Qué me diría usted —volvió a repetir con mayor énfasis sin hacer caso
de mis exclamaciones— si yo le dijera que ya vi el número 36 de Diálogos en
el que aparece un artículo suyo sobre el futuro en el que me llama, entre otras
cosas “hombrecillo de facciones pajarescas” y en el que emplea usted términos
tan inusitados como “retrocesivo” y “preteritante”?
—¡Usted es... —exclamé sin terminar de decirlo.
—Mi apellido es Soames —dijo escuetamente en tono militar.
—¡Claro! —dije lleno de asombro—. ¡Usted es Enoch Soames!, ¡el más
grande investigador literario que jamás ha existido!
Contra la luz del atardecer que se vertía en ese espacio prodigioso, mar de
luz meticulosa todavía con litorales de montañas, la silueta del autor
de Fungoides se erguía corvina, tal vez lamentable, contra el añil de después del
aguacero, como la leyenda irónica y horrible que Max Beerbohm había dibujado
de él contra el fondo neblinoso de Londres en la época de Jack the Ripper.
A pesar de la corta estatura y del traje ridículo y anticuado, la figura de
Soames convocaba, al fin de cuentas, todo mi respeto. Hubiera deseado
presentarlo a los profesores y a los alumnos de Letras y en el Centro de
Investigaciones Bibliográficas para redimir a este protagonista de una gesta
sublime. Enoch Soames, poeta maldito, había perdido su alma inmortal en las
garras del Diablo a cambio de poder visitar, durante un rato del año 1893, el
salón de lectura del Museo Británico de 1997, con el fin de consultar en el
catálogo la ficha dedicada a su persona.
Habíamos llegado a las puertas de la Facultad.
—Bueno —dijo Soames deteniéndose en el umbral—, yo llego nada más
hasta aquí.
Hubiera querido seguir hablando con él, pero ya no tenía tiempo.
—Lo primero que le dije cuando nos encontramos fue que su razonamiento
acerca de la imposibilidad de mi existencia fuera del ámbito aislado del futuro

49
puro me parecía excelente, pero no quiero despedirme de usted sin hacerle una
demostración de mi buena fe.
Me tendió un ejemplar de la revista Diálogos. Después de que lo había
tomado en mi mano le dije:
—¿Qué pasaría ahora, después de este momento en que he entrado en
posesión del número de Diálogos que saldrá dentro de dos meses con un
artículo mío dedicado al futuro, si ahora, en este momento, me niego a
escribirlo...?
—El consejo que quiero darle antes de marcharme coincide y en cierta
manera contesta la pregunta que no sin ironía me hace usted, pero no debe
olvidar que a estas alturas, el acto mismo de desistir de escribir ese artículo
sobre el futuro que ya aparece en el cuerpo de una revista que todavía no ha sido
impresa sólo es posible dentro del cuerpo de esa escritura (como la llama usted
en su artículo de la revista Diálogos de la que ya ineluctablemente formamos
parte). A estas alturas ¿cómo podría usted desistir de esa empresa que
siempre ya está realizada?
No sabía bien a bien qué responderle.
—Intente desistir sin consignarlo —agregó—: a ver si puede. Lo juzgo en
extremo difícil. Precisaría que el curso del tiempo fluyera al revés para que todo
lo que en estas líneas está escrito se desescribiera —dijo finalmente.
Hice un gesto de premura y de despedida. Di un paso pero me detuve.
—Gracias por la revista. Será una gran ayuda para escribir ese artículo que
me pidió Xirau sobre el futuro. Celebro haberlo conocido.
—No olvide que si estoy aquí es porque yo también gozo todavía con la
vida que me dio Max Beerbohm. Una forma de vida un tanto ridícula, pero
perdurable. Espero con ansia la llegada del año 1997 para verme entrar temeroso
en el venerable Reading room y pasar febrilmente las tarjetas de los ficheros en
busca de mi nombre.
—Pensé que tendría usted un domicilio permanente en...
Así es; pero entraré al Museo elevado a una potencia desconocida de mi
condición en el tiempo.
Pensé que, en realidad, la tragedia de Soames era una tragedia sin sentido.
Hasta altas horas de aquella noche estuve pasando a máquina mi artículo
aparecido en el ejemplar de Diálogos que Soames me había obsequiado.
Cuando terminé, arrojé la revista al fuego. Se consumió alegremente en
pocos segundos.
En la transcripción he guardado absoluta fidelidad al “original”.

*Este texto se publicó por primera vez en la revista Diálogos, núm. 36,
noviembre—diciembre, 1970.

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El viajero del tiempo
Alberto Chimal

Este libro es la segunda colección de minificciones de Alberto Chimal


escritas inicialmente en la red social Twitter. Tras el experimento de 83
novelas, sin embargo, estos textos son más ambiciosos al jugar con un
personaje clásico de la ciencia ficción: el protagonista de la novela La máquina
del tiempo de H. G. Wells. El personaje, desaparecido al final del libro de
Wells, regresa en pequeñísimas aventuras y estampas que lo llevan por todo el
tiempo y el espacio.

El Viajero del Tiempo extiende la mano y atrapa la primera gota de la


lluvia. Todas las demás impiden que el mundo se entere de la hazaña.
***
El Viajero del Tiempo soñaba un “flashforward”: en él se despertaba,
viajaba hacia atrás en el tiempo, se dormía y soñaba un “flashforward”.
***
Un pasaporte del Viajero del Tiempo lo acredita como oriundo de un país
que todavía no existe y nadie, nadie recordará cuando desaparezca.
***
El Viajero del Tiempo usa una máquina propulsada por horas perdidas,
ignoradas, malgastadas. Se alegra: tendrá energía para siempre.
***
El Viajero del Tiempo te saluda, se va 10 años, decide verte otra vez,
regresa segundos antes de la primera. Déjà vu, pensarás. O piensas.
***
El Viajero del Tiempo, quien puede pasarse un año entero en un solo
segundo, tiene el secreto para no envejecer.
No, no lo dice.
Ni lo vende.
***
El Viajero del Tiempo fue a 1888 y vio la cara de Jack el Destripador.
Gritó: era la de todos a la vez, como dicen que era el rostro de Adán.
***
El Viajero del Tiempo ha visto varias películas (de eras diversas) que tratan
de tu vida. Y ahora ansía conocerte para saber toda la verdad.
***
Fastidiado luego de seis horas de ruido en el cuarto contiguo, el Viajero
del Tiempo retrocedió seis horas, pasó al otro cuarto, lo halló vacío y entendió.

51
***
—¿Cuál es el sentido si no se matan? —dijo el gladiador al Viajero del
Tiempo mientras veían el partido de futbol.
***
El Viajero del Tiempo manda decir que sí, recuerda el futuro, pero no es
psíquico: no sabe a quién estás por conocer ni cómo te hará feliz.
***
El Viajero del Tiempo se queda muy callado en la esquina más oscura del
comedor de los Bioy. ¿Sacará su cámara? Hoy come en casa Borges.
***
El Viajero del Tiempo escribe este texto para que lo lean en el siglo
490156673/498+, en el que cada una de sus palabras significa otra cosa.
***
(a)
El Viajero del Tiempo me lleva con un amigo que murió en 2003. Éste, al
verme, se preocupa: —Parece que hubieras envejecido de golpe —dice.
(b)
El Viajero del Tiempo viene con un amigo al que vi ayer y ahora parece
10 años mayor. Entiendo de inmediato. —¿Por qué vienes hoy? —pregunto, de
todos modos.
***
El Viajero del Tiempo retrocede despacio, muy despacio, para ver a
Michael Jackson caminar hacia adelante.
***
El Viajero del Tiempo detuvo su máquina. Por un largo instante que nadie
más percibió no hubo una sola muerte en toda la Tierra.
***
El Viajero del Tiempo sirve el café, retrocede a toda velocidad y pone la
taza a tiempo para recibir el líquido.
—¡Ocioso! —lo regaña su mamá.
copyright © Alberto Chimal, México, 2011

52
Álbum
Alberto Chimal
Un cuento tomado del libro Éstos son los días (2004).

La cara de su madre. La muñeca que arrojó por la ventana. El libro que quemó.
La pecera que vació en la sala. La muñeca a la que arrancó las piernas. Su primer
psiquiatra. El tazón con el que golpeó a su madre. Su niñera poco antes de
marcharse. Su abuela materna poco antes de marcharse. Su padre poco antes de
marcharse. La cara de su madre. El gato al que metió en el horno. Su segundo
psiquiatra. Su primer kinder. El niño al que pateó. Su tercer psiquiatra. La trenza
cortada de su compañera. El rincón en el que estuvo castigada. La cara cortada
de su compañera. Su cuarto psiquiatra. Su segundo kinder. El perro al que
destripó. La silla a la que fue atada. El brazo en cabestrillo de su madre. El brazo
en cabestrillo de su maestra. El brazo en cabestrillo de su quinto psiquiatra. Su
tercer kinder. El niño que la golpeó. Un trozo de la oreja del niño que la golpeó.
Su cuarto kinder. La denuncia en su contra. El bolso de su madre. El director de
la primaria que no quiso admitirla. La cara de su madre. El director de la
segunda primaria que no quiso admitirla. La tarjeta de débito de su madre. El
director de la primaria que aceptó admitirla. La niña a la que trató de ahogar en
un excusado. La niña a la que empujó por las escaleras. La carta en su contra de
los padres de sus compañeros. La cara de su madre. Un hombro desnudo de su
madre. El director de la segunda primaria que aceptó admitirla. El suéter de su
compañero desaparecido. El cuerpo de su compañero desaparecido. La cara de
su madre. La patrulla que fue a buscarla. La cara de su madre. El autobús que
abordó con su madre. El primer motel donde durmió con su madre. El incendio
del primer motel donde durmió con su madre. El boletín con la foto de su madre.
La cara de su madre. El segundo motel donde durmió con su madre. El bebé
que resistió tres días en el cuarto donde durmió con su madre. La cara de su
madre. El tercer motel donde durmió. El teléfono que su madre trató de usar. La
cara de su madre. Un ojo de su madre. La lengua de su madre. El otro ojo de su
madre. El coche del hombre que la recogió en la carretera. La primera
comentarista que habló de ella en la televisión. El coche del segundo hombre
que la recogió en la carretera.

53
EL CUENTO
Kim Fupz Aakeson

Este es un Papá que está en la habitación de su hijo. Es de noche y le va a contar


un cuento antes de que se duerma. Viven en un fraccionamiento en Copenhague.
—Había dos elefantes, justo donde empieza la jungla, en un lugar de
África. En el Congo. Están a la sombra, viendo cómo pasa el tiempo.
—¿Y luego qué pasó? —pregunta el niño. Le gusta la palabra Congo, le
suena a marrón y a calor.
—Uno de los elefantes se llama Conrado, y el otro Pequeño N. Conrado le
está contando a Pequeño N una historia de mentiras, de esas que tanto gustan a
los elefantes.
A Papá le parece oír un ruido en la sala y de pronto se para. Pero no ha de
ser nada…
—Cuéntame más, dice el niño, impaciente.
—Vamos, sigue contando —dice Pequeño N, dándole un empujoncito a
Conrado—. No pares.
—Deja que me invente lo que sigue —contesta Conrado, que cree ver
cómo algo se mueve en la espesura.
Pero no ha de ser nada…
—¿Por dónde iba?
—Por ningún sitio —contesta Pequeño N—, acabas de empezar. Era sobre
un padre y un niño, y el padre le iba a contar un cuento al niño antes de que se
durmiera.
—Es verdad —Conrado se rasca con la trompa y continúa: —El niño
preguntó: “¿Y luego qué pasó?”
—Copenhague… —Pequeño N saborea la palabra.
Y Papá, que ya no piensa en el ruido de la sala, cuenta que, mientras los
elefantes están en lo del cuento, un famoso cazador se acerca sigilosamente con
un fusil.
—Ay, no, ¿es un cuento de esos que te dan miedo? —quiere saber Pequeño
N, y siente un escalofrío por lo del ruido en la sala.
—Que no, que no, simplemente es sobre un padre y su hijo —contesta
Conrado— y sobre el cuento que el padre le cuenta a su hijo antes de que se
duerma.
—Pero ¿qué pasa con el cazador? —pregunta el niño a su padre— Da un
poco de miedo lo del cazador y su fusil.

54
—Eso, el cazador —dice Papá—. Se va acercando cada vez más. Está
buscando balas para el fusil, y los elefantes no hacen más que hablar y no se
dan cuenta.
—No me gustan los cuentos de cazadores —dice Pequeño N a Conrado.
—Tranquilo —Conrado mueve sus grandes orejas para calmarlo—. En mi
cuento no hay cazadores, pero un poco de miedo sí da, porque el niño y su padre
están tan distraídos por lo del cuento que ninguno de los dos se da cuenta de
que un ladrón se ha metido en la casa.
—Ay, parece que es de miedo —dice Pequeño N y se arrima más a
Conrado.
El niño no dice nada pero le coge la mano a su padre.
—Tiene que asustar un poco —insiste Papá. Y no oye al ladrón que ahora
está vaciando el cajón de los cubiertos de plata en la sala.
Despacito, una tras otra, va metiendo las cucharas en el saco que lleva.
—¡Qué miedo! —dice el niño.
Conrado dice:
—Pero de repente el ladrón oye un poco de lo que se está contando en el
cuarto, eso de que el cazador va introduciendo las balas, despacito, una tras otra,
en el fusil.
Cuenta Papá:
—Pero de repente el cazador oye un poco del cuento que se está contando,
eso de que el ladrón se queda escuchando en lugar de salir corriendo con los
cubiertos.
Y mientras Conrado sigue contando lo del ladrón, el cazador no dispara
porque quiere saber cómo termina la historia.
Y mientras Papá sigue contado lo de los elefantes, el ladrón no sale
corriendo porque quiere saber si el cazador mata a los elefantes.
Y el cazador quiere saber si el ladrón se entera de que mata a los elefantes.
Y el ladrón quiere saber si el cazador se entera de que se escapa con los
cubiertos de plata.
De repente, la historia le hace al ladrón pensar en su padre, que fue cazador
y nunca estaba en casa cuando el ladrón era pequeño. Piensa en lo mucho que
echa de menos a su padre.
De repente, el cazador piensa en su hijo. Nunca tuvo tiempo para estar con
él y parece ser que terminó siendo bastante malo, uno de los que se introducen
en las casas de los demás y les roban los cubiertos de plata. Y eso que de
pequeño era muy bueno…
—¿Entonces qué hizo? —pregunta Pequeño N, refiriéndose al ladrón.
—¿Entonces qué hizo? —pregunta el niño, refiriéndose al cazador.
Continúa Conrado:

55
—Al final, el ladrón dejó caer el saco con todos los cubiertos de plata, se
deslizó hasta la ventana por la que había entrado y se perdió en la oscuridad de
la noche.
Papá continúa:
—Finalmente, el cazador se puso tan triste que dejó caer el fusil en la
maleza y se apartó de los dos elefantes, metiéndose en la jungla.
En el suelo se ha quedado el saco con los cubiertos de plata. En la maleza
hay un fusil cargado. En Copenhague. En el Congo.
—¿Qué pasó después?
—A lo mejor ahora se están buscando, quizás un ladrón esté buscando a
un cazador y un cazador a un ladrón y, si seguimos contando, es posible que se
encuentren.
—¿Tú crees? —pregunta el niño.
—¿Tú crees? —pregunta Pequeño N.
—En un cuento puede pasar de todo.
Ninguno de los dos se da cuenta de quién contesta, Papá o Conrado.

56
Literatura
F.M.

Debajo de la ciudad existe un tiempo que no es el tiempo, sino la espuma de la


baba del tiempo; el sucedáneo oscuro del tiempo que rezuma por las
alcantarillas de los túneles negros.
La mujer que acaba de leer el párrafo anterior viaja en un vagón de metro.
Sólo cuando el ruido de los raíles resuena en una bóveda más amplia, levanta la
cabeza, repara en el nombre de la estación, y vuelve al libro. En uno de esos
intervalos advierte que un hombre con gafas se ha sentado en el asiento de
enfrente. Continúa leyendo.
Unas líneas después la mujer alza la mirada. En este caso el vagón está en
un tramo intermedio, y ella no intenta descifrar por las ventanillas el nombre de
ninguna estación, sino que mira fijamente al hombre con gafas. Vuelve su
cabeza a la página. Sus pupilas se dilatan. De línea en línea levanta la cabeza
para escudriñar al hombre con gafas. Al final del párrafo tiene que decirlo.
-Oiga, usted está en este libro.
El hombre la observa como si no la entendiera.
-Mire, léalo usted. Aquí -la mujer tiende el libro mientras señala con el
dedo un lugar intermedio de la página-. Ve, la misma camisa, el mismo pelo,
las mismas gafas, están todos los detalles. Estoy segura. Usted es la persona que
está descrita en esta página.
-Bueno -contesta por fin el hombre-. ¿Qué quiere que haga? Si lo que desea
es verme sin gafas...
Con aire cansado se quita las gafas y se frota las sienes. La mujer parece
tranquilizarse. Retoma la lectura.
-No puede ser, no puede ser -dice un párrafo más tarde.
El hombre sonríe, educado.
-¿Qué ocurre ahora?
-Que se ha quitado las gafas, por Dios, lea, se ha quitado las gafas, y ha
hecho el mismo gesto que usted.
La gente que rodea al hombre y a la mujer se muestran interesados en el
diálogo. Uno de ellos dobla sobre las rodillas el periódico e interviene.
-Pues léanos, léanos. Veamos qué es lo que va a pasar a continuación.
La mujer sigue leyendo. Pero en seguida levanta la cabeza.
-Esa frase está aquí -contesta al hombre del periódico, señalando una línea
con el dedo-. Aquí lo pone.

57
El hombre del periódico coge el libro de manos de la mujer y lee. El resto
de pasajeros del vagón se acerca hasta formar un corro alrededor de los asientos.
-No puede ser, nos está tomando el pelo -dice una señora con sombrero
violeta que viaja junto al hombre del periódico.
-Mire, señora -replica el del periódico esquivando el sombrero-. No sólo
está mi frase, sino la suya también, incluso el color del sombrero, aquí, violeta.
-Venga ya, déjeme ver.
Incapaces de contener la expectación, otros viajeros se vuelcan sobre el
libro. La dueña trata de recuperarlo. Es inútil. Uno de ellos se lo quita a la señora
del sombrero.
-Eh, eh, aquí salgo yo.
-Déjenme ver, déjenme buscarme -reclama otro.
Ya todos están de pie, y varias manos tiran del libro que se desencuaderna
y vuela hecho pedazos. Los viajeros se señalan los unos a los otros.
-Este es usted, fíjese, no hay duda.
-A ver, a ver.
-Eso que ha dicho lo pone aquí, justo aquí, es increíble.
El único que no se mueve de su asiento es el hombre de las gafas.
Tranquilo, se levanta con parsimonia cuando el metro se detiene. La dueña del
libro advierte que el único que se baja es él, y que en el andén no hay ningún
letrero con el nombre de la estación.
-Oiga, oiga -dice la mujer al cerrarse las puertas.
El hombre la observa sonriente. No contesta. La mujer se vuelve hacia el
resto de los viajeros.
-Él es el que lo ha escrito, estoy segura, el de las gafas, el que se marcha.
Los demás corren hacia las ventanillas. Súbitamente, comprenden:
-Sáquenos de aquí, sáquenos de aquí.
-Hágame amar a otro, se lo ruego, hágame amar a otro.

[Pequeñas resistencias. Antología del nuevo cuento español, editado por


Andrés Neuman (Páginas de Espuma, Madrid, 2002, pp. 275-277)]

58
Antón Chéjov
(Ucrania, 1860 - Alemania, 1904)
La tristeza (1886)
(“Тоска”) [También: “Tristeza”]
Originalmente publicado en la Gaceta de San Petersburgo, 26 (27 de enero
de 1886), con la firma “A. Chejonté”. Relatos abigarrados (1886). Obras
completas (1899, vol. III)

La capital está envuelta en las penumbras vespertinas. La nieve cae lentamente


en gruesos copos, gira alrededor de los faroles encendidos, se extiende, en fina,
blanda capa, sobre los tejados, sobre los lomos de los caballos, sobre los
hombros humanos, sobre los sombreros.
El cochero Yona está todo blanco, como un aparecido. Sentado en el
pescante de su trineo, encorvado el cuerpo cuanto puede estarlo un cuerpo
humano, permanece inmóvil. Diríase que ni un alud de nieve que le cayese
encima le sacaría de su quietud.
Su caballo está también blanco e inmóvil. Por su inmovilidad, por las
líneas rígidas de su cuerpo, por la tiesura de palos de sus patas, parece, aun
mirado de cerca, un caballo de dulce de los que se les compran a los chiquillos
por un copec. Hállase sumido en sus reflexiones: un hombre o un caballo,
arrancados del trabajo campestre y lanzados al infierno de una gran ciudad,
como Yona y su caballo, están siempre entregados a tristes pensamientos. Es
demasiado grande la diferencia entre la apacible vida rústica y la vida agitada,
toda ruido y angustia, de las ciudades relumbrantes de luces.
Hace mucho tiempo que Yona y su caballo permanecen inmóviles. Han
salido a la calle antes de almorzar; pero Yona no ha ganado nada.
Las sombras se van adensando. La luz de los faroles se va haciendo más
intensa, más brillante. El ruido aumenta.
—¡Cochero! —oye de pronto Yona—. ¡Llévame a Viborgskaya!
Yona se estremece. Al través de las pestañas cubiertas de nieve ve a un
militar con impermeable.
—¿Oyes? ¡A Viborgskaya! ¿Estás dormido?
Yona le da un latigazo al caballo, que se sacude la nieve del lomo. El
militar toma asiento en el trineo. El cochero arrea al caballo, estira el cuello
como un cisne y agita el látigo. El caballo también estira el cuello, levanta las
patas, y, sin apresurarse, se pone en marcha.
—¡Ten cuidado! —grita otro cochero invisible, con cólera—. ¡Nos vas a
atropellar, imbécil! ¡A la derecha!

59
—¡Vaya un cochero! —dice el militar—. ¡A la derecha!
Siguen oyéndose los juramenitos del cochero invisible. Un transeunte que
tropieza con el caballo de Yona gruñe amenazador. Yona, confuso,
avergonzado, descarga algunos latigazos sobre el lomo del caballo. Parece
aturdido, atontado, y mira alrededor como si acabase de despertarse de un sueño
profundo.
—¡Se diría que todo el mundo ha organizado una conspiración contra ti!
—dice con tono irónico el militar—. Todos procuran fastidiarte, meterse entre
las patas de tu caballo. ¡Una verdadera conspiración!
Yona vuelve la cabeza y abre la boca. Se ve que quiere decir algo; pero sus
labios están como paralizados, y no puede pronunciar una palabra.
El cliente advierte sus esfuerzos y pregunta:
—¿Qué hay?
Yona hace un nuevo esfuerzo y contesta con voz ahogada:
—Ya ve usted, señor... He perdido a mi hijo... Murió la semana pasada...
—¿De veras?... ¿Y de qué murió?
Yona, alentado por esta pregunta, se vuelve aún más hacia el cliente y dice:
—No lo sé... De una de tantas enfermedades... Ha estado tres meses en el
hospital y a la postre... Dios que lo ha querido.
—¡A la derecha! —óyese de nuevo gritar furiosamente—. ¡Parece que
estás ciego, imbécil!
—¡A ver! —dice el militar—. Ve un poco más aprisa. A este paso no
llegaremos nunca. ¡Dale algún latigazo al caballo!
Yona estira de nuevo el cuello como un cisne, se levanta un poco, y de un
modo torpe, pesado, agita el látigo.
Se vuelve repetidas veces hacia su cliente, deseoso de seguir la
conversación; pero el otro ha cerrado los ojos y no parece dispuesto a escuchale.
Por fin, llegan a Viborgskaya. El cochero se detiene ante la casa indicada;
el cliente se apea. Yona vuelve a quedarse solo con su caballo. Se estaciona ante
una taberna y espera, sentado en el pescante, encorvado, inmóvil. De nuevo la
nieve cubre su cuerpo y envuelve en un blanco cendal caballo y trineo.
Una hora, dos... ¡Nadie! ¡Ni un cliente!
Mas he aquí que Yona torna a estremecerse: ve detenerse ante él a tres
jóvenes. Dos son altos, delgados; el tercero, bajo y chepudo.
—¡Cochero, llévanos al puesto de policía! ¡Veinte copecs por los tres!
Yona coge las riendas, se endereza. Veinte copecs es demasiado poco;
pero, no obstante, acepta; lo que a él le importa es tener clientes.
Los tres jóvenes, tropezando y jurando, se acercan al trineo. Como sólo
hay dos asientos, discuten largamente cuál de los tres ha de ir de pie. Por fin se
decide que vaya de pie el jorobado.

60
—¡Bueno; en marcha! —le grita el jorobado a Yona, colocándose a su
espalda—. ¡Qué gorro llevas, muchacho! Me apuesto cualquier cosa a que en
toda la capital no se puede encontrar un gorro más feo...
—¡El señor está de buen humor! —dice Yona con risa forzada—. Mi
gorro...
—¡Bueno, bueno! Arrea un poco a tu caballo. A este paso no llegaremos
nunca. Si no andas más aprisa te administraré unos cuantos sopapos.
—Me duele la cabeza —dice uno de los jóvenes—.
Ayer, yo y Vaska nos bebimos en casa de Dukmasov cuatro botellas de
caña.
—¡Eso no es verdad! —responde el otro— Eres un embustero, amigo, y
sabes que nadie te cree.
—¡Palabra de honor!
—¡Oh, tu honor! No daría yo por él ni un céntimo.
Yona, deseoso de entablar conversación, vuelve la cabeza, y, enseñando
los dientes, ríe atipladamente.
—¡Ji, ji, ji!... ¡Qué buen humor!
—¡Vamos, vejestorio! —grita enojado el chepudo—. ¿Quieres ir más
aprisa o no? Dale de firme al gandul de tu caballo. ¡Qué diablo!
Yona agita su látigo, agita las manos, agita todo el cuerpo. A pesar de todo,
está contento; no está solo. Le riñen, le insultan; pero, al menos, oye voces
humanas. Los jóvenes gritan, juran, hablan de mujeres. En un momento que se
le antoja oportuno, Yona se vuelve de nuevo hacia los clientes y dice:
—Y yo, señores, acabo de perder a mi hijo. Murió la semana pasada...
—¡Todos nos hemos de morir!—contesta el chepudo—. ¿Pero quieres ir
más aprisa? ¡Esto es insoportable! Prefiero ir a pie.
—Si quieres que vaya más aprisa dale un sopapo —le aconseja uno de sus
camaradas.
—¿Oyes, viejo estafermo?—grita el chepudo—. Te la vas a ganar si esto
continúa.
Y, hablando así, le da un puñetazo en la espalda.
—¡Ji, ji, ji! —ríe, sin ganas, Yona—. ¡Dios les conserve el buen humor,
señores!
—Cochero, ¿eres casado? —pregunta uno de los clientes.
—¿Yo? !Ji, ji, ji! ¡Qué señores más alegres! No, no tengo a nadie... Sólo
me espera la sepultura... Mi hijo ha muerto; pero a mí la muerte no me quiere.
Se ha equivocado, y en lugar de cargar conmigo ha cargado con mi hijo.
Y vuelve de nuevo la cabeza para contar cómo ha muerto su hijo; pero en
este momento el chepudo, lanzando un suspiro de satisfacción, exclama:
—¡Por fin, hemos llegado!

61
Yona recibe los veinte copecs convenidos y los clientes se apean. Les sigue
con los ojos hasta que desaparecen en un portal.
Torna a quedarse solo con su caballo. La tristeza invade de nuevo, más
dura, más cruel, su fatigado corazón. Observa a la multitud que pasa por la calle,
como buscando entre los miles de transeúntes alguien que quiera escucharle.
Pero la gente parece tener prisa y pasa sin fijarse en él.
Su tristeza a cada momento es más intensa. Enorme, infinita, si pudiera
salir de su pecho inundaría el mundo entero.
Yona ve a un portero que se asoma a la puerta con un paquete y trata de
entablar con él conversación.
—¿Qué hora es? —le pregunta, melifluo.
—Van a dar las diez —contesta el otro—. Aléjese un poco: no debe usted
permanecer delante de la puerta.
Yona avanza un poco, se encorva de nuevo y se sume en sus tristes
pensamientos. Se ha convencido de que es inútil dirigirse a la gente.
Pasa otra hora. Se siente muy mal y decide retirarse. Se yergue, agita el
látigo.
—No puedo más —murmura—. Hay que irse a acostar.
El caballo, como si hubiera entendido las palabras de su viejo amo,
emprende un presuroso trote.
Una hora después Yona está en su casa, es decir, en una vasta y sucia
habitación, donde, acostados en el suelo o en bancos, duermen docenas de
cocheros. La atmósfera es pesada, irrespirable. Suenan ronquidos.
Yona se arrepiente de haber vuelto, tan pronto. Además, no ha ganado casi
nada. Quizá por eso —piensa— se siente tan desgraciado.
En un rincón, un joven cochero se incorpora. Se rasca el seno y la cabeza
y busca algo con la mirada.
—¿Quieres beber? —le pregunta Yona.
—Sí.
—Aquí tienes agua... He perdido a mi hijo... ¿Lo sabías?... La semana
pasada, en el hospital... ¡Qué desgracia!
Pero sus palabras no han producido efecto alguno. El cochero no le ha
hecho, caso, se ha vuelto a acostar, se ha tapado la cabeza con la colcha y
momentos después se le oye roncar.
Yona exhala un suspiro. Experimenta una necesidad imperiosa,
irresistible, de hablar de su desgracia. Casi ha transcurrido una semana desde la
muerte de su hijo; pero no ha tenido aún ocasión de hablar de ella con una
persona de corazón. Quisiera hablar de ella largamente, contarla con todos sus
detalles. Necesita referir cómo enfermó su hijo, lo que ha sufrido, las palabras
que ha pronunciado al morir. Quisiera también referir cómo ha sido el entierro...

62
Su difunto hijo ha dejado en la aldea una niña de la que también quisiera hablar.
¡Tiene tantas cosas que contar! ¡Qué no daría él por encontrar alguien que se
prestase a escucharle, sacudiendo compasivamente la cabeza, suspirando,
compadeciéndole! Lo mejor sería contárselo todo a cualquier mujer de su aldea;
a las mujeres, aunque sean tontas, les gusta eso, y basta decirles dos palabras
para que viertan torrentes de lágrimas.
Yona decide ir a ver a su caballo.
Se viste y sale a la cuadra.
El caballo, inmóvil, come heno.
—¿Comes? —le dice Yona, dándole palmaditas en el lomo—. ¿Qué se le
va a hacer, muchacho? Como no hemos ganado para comprar avena hay que
contentarse con heno... Soy ya demasiado viejo para ganar mucho... A decir
verdad, yo no debía ya trabajar; mi hijo me hubiera reemplazado. Era un
verdadero, un soberbio cochero; conocía su oficio como pocos.
Desgraciadamente, ha muerto...
Tras una corta pausa, Yona continúa:
—Sí, amigo..., ha muerto... ¿Comprendes? Es como si tú tuvieras un
hijo y se muriera... Naturalmente, sufrirías, ¿verdad?...
El caballo sigue comiendo heno, escucha a su viejo amo y exhala un aliento
húmedo y cálido.
Yona, escuchado al cabo por un ser viviente, desahoga su corazón
contándoselo todo.

63
UN HABITANTE DE CARCOSA
Ambrose Bierce

“Existen diversas clases de muerte. En algunas, el cuerpo perdura, en


otras se desvanece por completo con el espíritu. Esto solamente sucede, por lo
general, en la soledad (tal es la voluntad de Dios), y, no habiendo visto nadie
ese final, decimos que el hombre se ha perdido para siempre o que ha partido
para un largo viaje, lo que es de hecho verdad. Pero, a veces, este hecho se
produce en presencia de muchos, cuyo testimonio es la prueba. En una clase de
muerte el espíritu muere también, y se ha comprobado que puede suceder que
el cuerpo continúe vigoroso durante muchos años. Y a veces, como se ha
testificado deforma irrefutable, el espíritu muere al mismo tiempo que el
cuerpo, pero, según algunos, resucita en el mismo lugar en que el cuerpo se
corrompió.”

Meditando estas palabras de Hali (Dios le conceda la paz eterna), y


preguntándome cuál sería su sentido pleno, como aquel que posee ciertos
indicios, pero duda si no habrá algo más detrás de lo que él ha discernido, no
presté atención al lugar donde me había extraviado, hasta que sentí en la cara
un viento helado que revivió en mí la conciencia del paraje en que me hallaba.
Observé con asombro que todo me resultaba ajeno. A mi alrededor se extendía
una desolada y yerma llanura, cubierta de yerbas altas y marchitas que se
agitaban y silbaban bajo la brisa del otoño, portadora de Dios sabe qué misterios
e inquietudes. A largos intervalos, se erigían unas rocas de formas extrañas y
sombríos colores que parecían tener un mutuo entendimiento e intercambiar
miradas significativas, como si hubieran asomado la cabeza para observar la
realización de un acontecimiento previsto. Aquí y allá, algunos árboles secos
parecían ser los jefes de esta malévola conspiración de silenciosa expectativa.
A pesar de la ausencia del sol, me pareció que el día debía estar muy
avanzado, y aunque me di cuenta de que el aire era frío y húmedo, mi conciencia
del hecho era más mental que física; no experimentaba ninguna sensación de
molestia. Por encima del lúgubre paisaje se cernía una bóveda de nubes bajas y
plomizas, suspendidas como una maldición visible. En todo había una amenaza
y un presagio, un destello de maldad, un indicio de fatalidad. No había ni un
pájaro, ni un animal, ni un insecto. El viento suspiraba en las ramas desnudas
de los árboles muertos, y la yerba gris se curvaba para susurrar a la tierra
secretos espantosos. Pero ningún otro ruido, ningún otro movimiento rompía la
calma terrible de aquel funesto lugar.

64
Observé en la hierba cierto número de piedras gastadas por la intemperie
y evidentemente trabajadas con herramientas. Estaban rotas, cubiertas de
musgo, y medio hundidas en la tierra. Algunas estaban derribadas, otras se
inclinaban en ángulos diversos, pero ninguna estaba vertical. Sin duda alguna
eran lápidas funerarias, aunque las tumbas propiamente dichas no existían ya
en forma de túmulos ni depresiones en el suelo. Los años lo habían nivelado
todo. Diseminados aquí y allá, los bloques más grandes marcaban el sitio donde
algún sepulcro pomposo o soberbio había lanzado su frágil desafío al olvido.
Estas reliquias, estos vestigios de la vanidad humana, estos monumentos de
piedad y afecto me parecían tan antiguos, tan deteriorados, tan gastados, tan
manchados, y el lugar tan descuidado y abandonado, que no pude más que
creerme el descubridor del cementerio de una raza prehistórica de hombres cuyo
nombre se había extinguido hacía muchísimos siglos.
Sumido en estas reflexiones, permanecí un tiempo sin prestar atención al
encadenamiento de mis propias experiencias, pero después de poco pensé:
“¿Cómo llegué aquí?”. Un momento de reflexión pareció proporcionarme la
respuesta y explicarme, aunque de forma inquietante, el extraordinario carácter
con que mi imaginación había revertido todo cuanto veía y oía. Estaba enfermo.
Recordaba ahora que un ataque de fiebre repentina me había postrado en cama,
que mi familia me había contado cómo, en mis crisis de delirio, había pedido
aire y libertad, y cómo me habían mantenido a la fuerza en la cama para impedir
que huyese. Eludí vigilancia de mis cuidadores, y vagué hasta aquí para ir…
¿adónde? No tenía idea. Sin duda me encontraba a una distancia considerable
de la ciudad donde vivía, la antigua y célebre ciudad de Carcosa.
En ninguna parte se oía ni se veía signo alguno de vida humana. No se veía
ascender ninguna columna de humo, ni se escuchaba el ladrido de ningún perro
guardián, ni el mugido de ningún ganado, ni gritos de niños jugando; nada más
que ese cementerio lúgubre, con su atmósfera de misterio y de terror debida a
mi cerebro trastornado. ¿No estaría acaso delirando nuevamente, aquí, lejos de
todo auxilio humano? ¿No sería todo eso una ilusión engendrada por mi locura?
Llamé a mis mujeres y a mis hijos, tendí mis manos en busca de las suyas,
incluso caminé entre las piedras ruinosas y la yerba marchita.
Un ruido detrás de mí me hizo volver la cabeza. Un animal salvaje —un
lince— se acercaba. Me vino un pensamiento: “Si caigo aquí, en el desierto, si
vuelve la fiebre y desfallezco, esta bestia me destrozará la garganta.” Salté hacia
él, gritando. Pasó a un palmo de mí, trotando tranquilamente, y desapareció tras
una roca.
Un instante después, la cabeza de un hombre pareció brotar de la tierra un
poco más lejos. Ascendía por la pendiente más lejana de una colina baja, cuya
cresta apenas se distinguía de la llanura. Pronto vi toda su silueta recortada sobre

65
el fondo de nubes grises. Estaba medio desnudo, medio vestido con pieles de
animales; tenía los cabellos en desorden y una larga y andrajosa barba. En una
mano llevaba un arco y flechas; en la otra, una antorcha llameante con un largo
rastro de humo. Caminaba lentamente y con precaución, como si temiera caer
en un sepulcro abierto, oculto por la alta yerba.
Esta extraña aparición me sorprendió, pero no me causó alarma. Me dirigí
hacia él para interceptarlo hasta que lo tuve de frente; lo abordé con el familiar
saludo:
—¡Que Dios te guarde!
No me prestó la menor atención, ni disminuyó su ritmo.
—Buen extranjero —proseguí—, estoy enfermo y perdido. Te ruego me
indiques el camino a Carcosa.
El hombre entonó un bárbaro canto en una lengua desconocida, siguió
caminando y desapareció.
Sobre la rama de un árbol seco un búho lanzó un siniestro aullido y otro le
contestó a lo lejos. Al levantar los ojos vi a través de una brusca fisura en las
nubes a Aldebarán y las Híadas. Todo sugería la noche: el lince, el hombre
portando la antorcha, el búho. Y, sin embargo, yo veía… veía incluso las
estrellas en ausencia de la oscuridad. Veía, pero evidentemente no podía ser
visto ni escuchado. ¿Qué espantoso sortilegio dominaba mi existencia?
Me senté al pie de un gran árbol para reflexionar seriamente sobre lo que
más convendría hacer. Ya no tuve dudas de mi locura, pero aún guardaba cierto
resquemor acerca de esta convicción. No tenía ya rastro alguno de fiebre. Más
aún, experimentaba una sensación de alegría y de fuerza que me eran totalmente
desconocidas, una especie de exaltación física y mental. Todos mis sentidos
estaban alerta: el aire me parecía una sustancia pesada, y podía oír el silencio.
La gruesa raíz del árbol gigante (contra el cual yo me apoyaba) abrazaba y
oprimía una losa de piedra que emergía parcialmente por el hueco que dejaba
otra raíz. Así, la piedra se encontraba al abrigo de las inclemencias del tiempo,
aunque estaba muy deteriorada. Sus aristas estaban desgastadas; sus ángulos,
roídos; su superficie, completamente desconchada. En la tierra brillaban
partículas de mica, vestigios de su desintegración. Indudablemente, esta piedra
señalaba una sepultura de la cual el árbol había brotado varios siglos antes. Las
raíces hambrientas habían saqueado la tumba y aprisionado su lápida.
Un brusco soplo de viento barrió las hojas secas y las ramas acumuladas
sobre la lápida. Distinguí entonces las letras del bajorrelieve de su inscripción,
y me incliné a leerlas. ¡Dios del cielo! ¡Mi propio nombre…! ¡La fecha de mi
nacimiento…! ¡y la fecha de mi muerte!
Un rayo de sol iluminó completamente el costado del árbol, mientras me
ponía en pie de un salto, lleno de terror. El sol nacía en el rosado oriente. Yo

66
estaba en pie, entre su enorme disco rojo y el árbol, pero ¡no proyectaba sombra
alguna sobre el tronco!
Un coro de lobos aulladores saludó al alba. Los vi sentados sobre sus
cuartos traseros, solos y en grupos, en la cima de los montículos y de los túmulos
irregulares que llenaban a medias el desierto panorama que se prolongaba hasta
el horizonte. Entonces me di cuenta de que eran las ruinas de la antigua y célebre
ciudad de Carcosa.
***
Tales son los hechos que comunicó el espíritu de Hoseib Alar Robardin al
médium Bayrolles.

67
ESPORAS
Jeff Noon

Cualquier parecido con personas vivas, muertas, hechas a máquina,


amplificadas, moldeadas en vapor o distribuidas en mente comunal es pura
coincidencia.
***
Tom despertó inquieto. Su dormitorio se veía como siempre. Entonces
notó que cada cosa se había movido 5 cm a la izquierda.
***
Estaba atrapado en la caja de música, forzado a bailar con la bailarina
siempre que se abría la tapa y los niños gigantes reían con deleite.
***
.odamot rebah óibed euq avitanretla ase rallahodnarepse, opmeit le ne
edecorter arohA .adiv us arap ASREVER ed nótob nu órpmoc ylliB
***
El Museo del Rojo y Brillante Botón de Emergencia cerró tan sólo un día
después de inaugurado. Los visitantes no dejaban de tocar las piezas.
***
La imagen de la estrella pop se lanzó como solista y dejó atrás al cuerpo.
Se mencionaron diferencias musicales pero los rumores hablan de repugnancia
mutua y extrema.
***
La sustancia ilegal 21279 ha escapado de un laboratorio de alta seguridad.
No se le debe tocar, ingerir, interpelar o besar.
***
Sus recuerdos fueron extraídos, desarmados, partidos en tiras, cortados con
imágenes más baratas, pulverizados y vendidos en las calles a 15 dólares la
dosis.
***
Nuevas estaciones del Viacrucis: programa de talentos, producto, éxito,
ventas declinantes, retorno en reality show, video sexual, “mi infierno con las
drogas”, tour de la nostalgia.
***
Los parecientes son replicantes baratos, a medio terminar, que sólo se
parecen un poco a la gente real. A los blade runners les pagan la mitad por
matarlos.
***

68
Glenda vendió su sombra a una empresa de mercadotecnia. Le
imprimieron anuncios. Ahora gana dinero de mañana y de tarde pero no al
mediodía.
***
Los científicos descubrieron que las lágrimas no tienen que ver con la
tristeza. Son cápsulas líquidas de escape, que permiten a las imágenes dolorosas
dejar los ojos.
***
Usted entrará por los orificios de la carne de Lady Diana y viajará por el
tiempo para salir por la cabeza de JFK. ¡Boletos a la venta!
***
Finalmente se acuerdan las fronteras del nuevo país. Existirán dentro del
cuerpo de la primera ministra, Emma Novak…
…La exprimera ministra Emma Novak ha sido arrestada por contrabando
de drogas a través de sus fronteras internas.
***
La luna pasó tan cerca de la Tierra que su gravedad fue tan fuerte como
para acariciar teclas de piano. La luna tocó a Chopin. Luego a Lady Gaga.
***
La policía no pudo encontrar una sola persona que hubiera conocido al
actor en la vida real. Ni uno, nunca: sólo existía en TV, sólo en la pantalla.
***
El gusano inspirador trabajó toda la noche, arrastrándose por la piel del
escritor dormido, secretando letras, palabras y frases por la glándula de su cola.
***
La compañía entregó cinco latas de realidad en la casa de la señora Green.
Al parecer no fue suficiente: ella sigue con los bordes difuminados.
***
Graham hizo 12 copias de ayer en la mañana con la máquina Chronox de
la oficina. Ahora el viernes es jueves y el plazo todavía no se cumple.
***
Contenido de un metro cúbico de aire: N, O, Ar, CO2, Ne, He, otros gases,
polvo, fragmentos de hojas, un frente ondas sonoras, una bala en vuelo.
***
A lo largo de 12 años, cada parte del cuerpo de Maddie fue reemplazada
por un equivalente artificial. Los jueces deciden hoy si es humana o producto.
***
Vendo un par de alas de pluma y cuero, apropiadas para humano adulto.
Sólo un vuelo. Ligeramente dañadas por el sol.
***

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Síndrome de Pixelación Imaginada: creer que tu cara se parte en pequeños
cuadrados y la gente ya no te reconoce.
***
¿Ha sido lesionado en un accidente temporal? ¿Le falta un brazo porque
alguien pisó una mosca en un viaje al pasado? ¡Llame ahora!
***
Villagoma: casas y negocios vacíos, libros en blanco, espejos y carteles en
blanco, ropas sin cuerpos caminando por Calle Nula con pasos silenciosos.
***
A Escher se le ocurrió un cuento que empezaba “A Escher se le ocurrió un
cuento que empezaba “A Escher se le ocurrió un cuento que empezaba “A
Escher…”””
© Jeff Noon

70
HARRISON BERGERON
Kurt Vonnegut

Era el año 2081, y todos eran al fin iguales. No sólo iguales ante Dios y ante la
ley. Iguales en todos los sentidos. Nadie era más listo que ningún otro. Nadie
era más hermoso que ningún otro. Nadie era más fuerte o más rápido que ningún
otro. Toda esta igualdad era debida a las enmiendas 211, 212 y 213 de la
Constitución, y a la incesante vigilancia de los agentes de la Dirección General
de Discapacitación de los Estados Unidos.
Algunas cosas en la vida aún no estaban del todo bien, sin embargo. Abril,
por ejemplo, ya no era el mes de la primavera, y esto volvía loca a la gente. Y
en este mes, húmedo y frío, los de la DGD se llevaron a Harrison Bergeron, de
catorce años, hijo de George y Hazel Bergeron.
Fue una tragedia, realmente, pero George y Hazel no podían pensar mucho
en eso. Hazel tenía una inteligencia totalmente promedio, lo que significa que
no era capaz de pensar en nada salvo por breves periodos. Y George, aunque
tenía una inteligencia por encima de lo normal, llevaba en la oreja una pequeña
radio discapacitadora. La ley lo obligaba a llevarla a todas horas. Estaba
sintonizada a un transmisor del gobierno que cada veinte segundos,
aproximadamente, enviaba un ruido agudo para evitar que las personas como
George se aprovecharan injustamente de sus cerebros.
George y Hazel miraban la televisión. Había lágrimas en las mejillas de
Hazel, pero de momento ella no recordaba por qué.
En la pantalla había unas bailarinas.
Una chicharra sonó en la cabeza de George. Sus pensamientos huyeron
aterrados, como ladrones que oyen una campana de alarma.
–Era bonita esa danza, la que acaba de terminar —dijo Hazel.
–¿Eh? –dijo George.
–Esa danza, era bonita –dijo Hazel.
–Ajá —dijo George. Trató de pensar un poco en las bailarinas. No eran
realmente muy buenas: cualquiera hubiese podido hacerlo igual de bien. Todas
estaban cargadas con contrapesos y sacos de perdigones, y llevaban máscaras,
para que nadie se sintiese deprimido por ver un gesto libre o grácil o una cara
bonita. George empezaba a formar la idea vaga de que quizá las bailarinas no
debieran tener ninguna discapacidad. Pero no llegó muy lejos antes de otro ruido
en la radio de su oreja dispersara sus pensamientos.
George torció la cara. También lo hicieron dos de las ocho bailarinas.

71
Hazel vio la mueca de George. Como ella no tenía discapacitador mental,
tuvo que preguntar cuál ruido había sido aquél.
—Sonó como si golpearan una botella de leche con un martillo de metal
—dijo George.
—Creo que sería interesante oír todos esos ruidos —dijo Hazel, con un
poco de envidia–. La de cosas que inventan.
—Um —dijo George.
—Pero si yo fuera Directora General de Discapacitación, ¿sabes qué haría?
—dijo Hazel. Hazel, de hecho, tenía un gran parecido con la Directora de
Discapacitación, una mujer llamada Diana Moon Glampers—. Si yo fuese
Diana Moon Glampers —dijo Hazel— pondría campanas los domingos. Sólo
campanas. Como en honor de la religión.
—Yo podría pensar si fuesen sólo campanas —dijo George.
—Bueno, podrían sonar bien fuerte —dijo Hazel— . Creo que yo sería
buena Directora de Discapacitación.
—Tan buena como cualquiera —dijo George.
—¿Quién mejor que yo sabe lo que es normal? —dijo Hazel.
—Sí —dijo George. Empezó a pensar oscuramente en su hijo anormal que
ahora estaba en la cárcel, en Harrison, pero una salva de veintiún cañonazos en
su cabeza lo detuvo.
—¡Uy! —dijo Hazel— . Ese sí estuvo duro, ¿no?
Había estado tan duro que George se había puesto blanco, y temblaba, y le
asomaban lágrimas en los ojos enrojecidos. Dos de las ocho bailarinas habían
caído al piso del estudio y se apretaban las sienes.
—De pronto te ves muy cansado —dijo Hazel—. ¿Por qué no te acuestas
en el sofá y apoyas tu discapacitador de plomo en los cojines, mi cielo? —Hazel
se refería a los veinte kilos de perdigones en un saco de tela que George llevaba
colgados del cuello, fijos con candado—. Apoya el peso un ratito —dijo—. No
me importa que no seas igual a mí durante un rato.
George sopesó el saco con las manos.
—No me molesta —dijo—. Ya no lo noto. Es una parte de mí.
—Has estado muy cansado últimamente, como agotado —dijo Hazel—.
Si hubiese modo podríamos hacer un hoyito en el fondo del saco, y sacar
algunas bolas de plomo… Sólo unas pocas.
—Dos años de prisión y una multa de dos mil dólares por cada perdigón
que sacara —dijo George—. No es lo que se dice un buen negocio.
—Si pudieras sacar unos pocos cuando llegas del trabajo —dijo Hazel—.
O sea, aquí no compites con nadie. Nada más estás sentado.

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—Si tratara de hacerlo —dijo George— otra gente lo haría también, y muy
pronto estaríamos de nuevo en las edades oscuras, cuando todos competían
contra todos. No te gustaría, ¿o sí?
—Lo odiaría —dijo Hazel.
—Ahí está —dijo George—. En el momento en que la gente hace trampa
con las leyes, ¿qué crees que le pasa a la sociedad?
Si Hazel no hubiera podido responder a esta pregunta, George no hubiera
podido dar una. Una sirena aullaba en su cabeza.
—Se haría pedazos, supongo.
—¿Qué cosa? —dijo George desconcertado.
—La sociedad —dijo Hazel, insegura—. ¿No fue eso lo que dijiste?
—Quién sabe —dijo George.
Un boletín de noticias interrumpió de pronto el programa de televisión. En
un principio no estuvo claro sobre qué noticia era el boletín, pues el anunciador,
como todos los anunciadores, tenía una seria discapacidad en el habla. Durante
medio minuto, y muy excitado, el hombre trató de decir:
—Damas y caballeros…
Al fin se dio por vencido y le pasó el boletín a una bailarina.
—Está bien —dijo Hazel del anunciador—. Lo intentó. Esa es la cosa.
Hizo lo mejor que pudo con lo que Dios le dio. Deberían darle un buen aumento
por tanto esfuerzo.
—Damas y caballeros —dijo la bailarina leyendo el boletín. Debía ser
extraordinariamente hermosa, pues la máscara que llevaba era horrible. Y era
fácil ver también que era la más fuerte y más grácil de todas las bailarinas,
porque sus sacos de discapacitación eran tan grandes como los de un hombre de
cien kilos.
Y tuvo que pedir perdón de inmediato por su voz, que era una voz
verdaderamente injusta para una mujer. Era una melodía cálida luminosa,
atemporal.
—Discúlpenme —dijo la muchacha y empezó a hablar otra vez, haciendo
una voz absolutamente no competitiva—. Harrison Bergeron, de catorce años
—dijo con un graznido—, acaba de escapar de la cárcel, donde se le retenía
acusado de conspirar para derrocar al gobierno. Es un genio y un atleta, no tiene
suficiente discapacitación, y se le debe considerar extremadamente peligroso.
Una foto policial de Harrison Bergeron tomada apareció en la pantalla
cabeza abajo, de costado, cabeza abajo otra vez, y finalmente al derecho. La
fotografía mostraba a Harrison de pie ante un fondo calibrado en metros y
centímetros. Medía exactamente dos metros diez.
Por lo demás, Harrison parecía un fantasma o una ferretería. Nadie había
llevado nunca discapacitadores más pesados. Había superado cada

73
impedimento más rápido de lo que los hombres de la DGD podían imaginar uno
nuevo. En vez de una pequeña radio en la oreja como discapacitador mental,
llevaba un par tremendo de audífonos, y además anteojos de vidrios gruesos y
ondulados. Los anteojos tenían el fin no sólo de dejarlo medio ciego, sino
también de provocarle horribles dolores de cabeza.
Trozos de metal le colgaban de todo el cuerpo. Habitualmente había cierta
simetría, una eficiencia militar en los discapacitadores suministrados a las
personas fuertes, pero Harrison parecía un deshuesadero ambulante. En la
carrera de la vida, Harrison arrastraba más de ciento cincuenta kilos.
Y para afearlo, los hombres de la DGD lo obligaban a usar todo el tiempo
nariz roja de payaso, a rasurarse las cejas y a cubrirse los dientes blancos y
regulares con falsos huecos y caries colocados al azar.
—Si ven a este muchacho —dijo la bailarina— no intenten, repito, no
intenten discutir con él.
Se oyó el estruendo de una puerta arrancada de sus goznes.
Del estudio de televisión llegaron gritos y aullidos de consternación. La
foto de Harrison Bergeron saltó una y otra vez en la pantalla, como bilando al
son de un terremoto.
George Bergeron identificó en seguida el origen del sismo. No le costó,
pues muchas veces su propia casa había danzado del mismo modo.
—¡Dios mío! —dijo George— ¡Ese debe ser Harrison!
El ruido de un choque de automóviles le barrió esa comprensión de la
cabeza.
Cuando George pudo abrir los ojos otra vez, la fotografía de Harrison había
desaparecido. Harrison mismo llenaba ahora la pantalla.
Harrison: un payaso enorme, repicante, estaba de pie en el centro del
estudio. Tenía aún en la mano el pestillo de la puerta que acababa de arrancar.
Bailarinas, técnicos, músicos y anunciadores estaban de rodillas ante él,
esperando morir.
—¡Soy el emperador! —gritó Harrison— ¿Me oyen? ¡Soy el emperador!
¡Todos deben hace lo que yo diga inmediatamente!
Golpeó el piso con el pie y el estudio tembló.
—Aun tullido, encorvado, impedido como ustedes me ven aquí —rugió—
, ¡soy más grande gobernante que cualquier otro que haya vivido! ¡Y ahora
miren cómo me convierto en lo que puedo convertirme!
Harrison se arrancó las correas que sostenían su discapacitador como si
fueran de papel higiénico: correas garantizadas para sostener dos mil quinientos
kilos.
Los pedazos de chatarra retumbaron al dar contra el suelo.

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Harrison pasó los pulgares bajo la barra que aseguraba su arnés para la
cabeza. La barra se rompió como un tallo de apio. Harrison aplastó los lentes y
los audífonos contra la pared.
También se arrancó la nariz de goma descubriendo a un hombre que
hubiera estremecido a Thor, el dios de trueno.
—¡Ahora elegiré a mi emperatriz! —dijo, mirando al grupo arrodillado a
sus pies—. Que la primera mujer que se atreva a levantarse reclame a su esposo
y su trono.
Pasó un momento y al fin una bailarina se puso de pie, balanceándose
como un sauce.
Harrison sacó el discapacitador mental de la oreja de la bailarina y luego
los discapacitadores físicos con asombrosa delicadeza. Finalmente le quitó la
máscara.
La bailarina era de una belleza cegadora.
—Ahora —dijo Harrison tomándole la mano—, ¿le mostramos a la gente
lo que significa la palabra “danza”? ¡Música! —ordenó.
Los músicos treparon de vuelta a sus sillas, y Harrison les quitó también
sus discapacitadores.
—Toquen tan bien como puedan —les dijo— y les haré barones y duques
y condes.
La música comenzó. Era normal al principio: barata, tonta, falsa. Pero
Harrison alzó a dos músicos de sus sillas y los movió en el aire como batutas,
mientras cantaba la música como deseaba que la tocaran. Luego los dejó caer
otra vez en los asientos.
La música comenzó de nuevo y estuvo mucho mejor.
Harrison y su emperatriz se quedaron un rato escuchando, gravemente,
como esperando a que los latidos de sus corazones concordaran con la música.
Luego se alzaron en puntas de pie. Harrison tomó entre sus manazas el
talle delgado de la bailarina, haciéndole sentir la ingravidez que pronto sería
suya.
Y entonces, en una explosión de gracia y alegría, saltaron al aire.
No sólo abandonaron las leyes de la Tierra sino también las leyes de la
gravedad y las del movimiento.
Giraron, remolinearon, brincaron, cabriolaron, caracolearon y
revolotearon.
Saltaron como ciervos en la Luna.
El cielorraso estaba a diez metros de altura, pero con cada salto los
bailarines se acercaban más a él.
Pronto fue evidente que intentaban tocarlo.
Lo tocaron.

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Y luego, neutralizando la gravedad con puro amor y voluntad, se quedaron
suspendidos en el aire a unos pocos centímetros bajo el cielorraso, y allí se
besaron durante largo tiempo.
Fue entonces que Diana Moon Glampers, la Directora General de
Discapacitación, entró en el estudio con una escopeta de doble cañón. Disparó
dos veces y el emperador y la emperatriz murieron antes de llegar al suelo.
Diana Moon Glampers cargó otra vez la escopeta. Apuntó a los músicos y
les dijo que tenían diez segundos para ponerse otra vez los discapacitadores.
En ese momento el tubo de la televisión de los Bergeron se quemó.
Hazel se volvió hacia George para comentarle el desperfecto. Pero George
había ido a la cocina por una lata de cerveza.
George regresó con la cerveza y se detuvo mientras una señal
discapacitadora lo sacudía de pies a cabeza. Luego se sentó otra vez.
—Has estado llorando —le dijo a Hazel.
—Sí —dijo ella.
—¿Por qué? —dijo él.
—No me acuerdo. Algo bien triste en la televisión.
—¿Qué era? —dijo él.
—Lo tengo confundido en la cabeza —dijo Hazel.
—Olvida las cosas tristes —dijo George.
—Eso hago siempre —dijo Hazel.
—Esa es mi chica —dijo George. Torció la cara. Había el ruido de una
remachadora en su cabeza.
—Uy. Ese sí estuvo duro, ¿no? —dijo Hazel.
—Y que lo digas.
—Uy —dijo Hazel—. Ese sí estuvo duro.

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TODO EN UN PUNTO
Italo Calvino

A través de los cálculos iniciados por Edwin P. Hubble sobre la velocidad del
alejamiento de las galaxias, se puede determinar el momento en que toda la
materia del universo se hallaba concentrada en un solo punto, antes de empezar
a expandirse en el espacio. La “gran explosión” (Big Bang) en la que tuvo
origen el universo debió de ocurrir aproximadamente hace quince o veinte mil
millones de años.
Por supuesto que todo estaba allí —dijo el viejo Qfwfq—, ¿y dónde si no?
Todavía nadie sabía que existía el espacio. Y el tiempo, ídem: ¿qué quieren que
hiciéramos con el tiempo estando allí apretados como sardinas en lata?
He dicho “apretados como sardinas en lata” sólo por emplear una imagen
literaria: en realidad ni siquiera había espacio para apretarnos. Cada punto de
cada uno de nosotros coincidía con cada punto de cada uno de los demás en un
único punto que era aquel en el que estábamos todos. En suma, ni siquiera nos
molestábamos, a no ser por la cuestión del carácter, porque cuando no hay
espacio, tener siempre por el medio a un antipático como el señor Pber1 Pberd
es de lo más molesto.
¿Cuántos éramos? Bueno, nunca pude darme cuenta ni siquiera
aproximadamente. Para contarnos, debíamos separarnos al menos un poquito
uno de otro, pero todos ocupábamos ese mismo punto. Al contrario de lo que
pudiera parecer, no era una situación que favoreciera la sociabilidad; sé que, por
ejemplo, en otras épocas los vecinos se visitaban; en cambio allí, debido al
hecho de que todos éramos vecinos, ni siquiera nos decíamos buenos días o
buenas noches.
Cada cual acababa por relacionarse sólo con un reducido número de
conocidos. Los que yo recuerdo sobre todo son la señora Ph(i)Nk0, su amigo
De XuaeauX, una familia de inmigrantes, unos tales Z’zu, y el señor Pber1
Pberd, al que ya he citado. También había una señora de la limpieza –”empleada
del mantenimiento”, así se la llamaba–, una sola para todo el universo, dado el
ambiente tan pequeño. A decir verdad no tenía nada que hacer en todo el día,
siquiera quitar el polvo –dentro de un punto no cabe siquiera un granito de
polvo–, y se desahogaba en continuos chismorreos y quejas.
A éstos –que ya he dicho que eran numerosísimos– hay que agregar las
cosas que debíamos tener allí amontonadas: todo el material que luego habría
servido para formar el universo, desmontado y concentrado de modo que no
eras capaz de distinguir lo que más tarde iría a formar parte de la astronomía

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(como la nebulosa de Andrómeda) de lo que estaba destinado a la geografía (por
ejemplo, los Vosgos) o la química (como algunos isótopos de berilio). Además,
siempre chocábamos con los utensilios de la familia Z’zu, con la excusa de que
eran una familia numerosa, se comportaban como si en el mundo sólo estuvieran
ellos: incluso pretendían colgar cuerdas a través del punto para tender la ropa.
Sin embargo, los demás también se equivocaban con los Z’zus, empezando
por esa definición de “inmigrantes”, basada en la pretensión de que, mientras
los demás estaban allí antes, ellos habían llegado después. Que eso fuera un
prejuicio sin fundamento me parece claro, dado que no existía ni un antes ni un
después ni otro lugar del que emigrar, pero había quien sostenía que el concepto
de “inmigrante” se podía entender en estado puro, es decir, independientemente
del espacio y del tiempo.
Era una mentalidad, digamos estrecha la que teníamos entonces, mezquina.
Culpa del ambiente en que nos habíamos formado. Una mentalidad que se ha
mantenido en el fondo de todos nosotros, fíjense: sigue asomando todavía hoy,
cuando por casualidad dos de nosotros se encuentran –en la parada del autobús,
en un cine, en un congreso internacional de dentistas– y se ponen a recordar
aquellos tiempos. Nos saludamos –a veces es alguien que me reconoce, a veces
yo reconozco a alguien– y de pronto empezamos a preguntar por éste y por
aquél (aunque cada uno recuerde sólo a algunos de los que recuerda el otro) y
así se reanudan las disputas de una época, las maldades, las difamaciones. Hasta
que se nombra a la señora Ph(i)Nko –todas las conversaciones van a parar
siempre allí– y entonces de golpe se dejan de lado las mezquindades y uno se
siente como elevado por un entemecimiento beatífico y generoso. La señora
Ph(i)Nko, la única que ninguno de nosotros ha olvidado y que todos añoramos.
¿Dónde ha ido a parar? Hace tiempo que he dejado de buscarla: la señora
Ph(i)Nko; su peho, sus caderas, su batón anaranjado, no la encontraremos más,
ni en este sistema de galaxia ni en otro.
Que quede bien claro: a mí la teoría de que el universo, después de haber
alcanzado un punto extremo de rarefacción, volverá a condensarse y que, por lo
tanto, tendremos que volvernos a encontrar en ese punto para volver a comenzar
a continuación, nunca me convenció. Y, sin embargo, muchos de nosotros no
cuentan más que con eso, siguen haciendo proyectos para cuando todos
volvamos a estar allí. El mes pasado entro en el café de la esquina y ¿a quién
veo? Al señor Pber1 Pberd.
—¿Qué hay de bueno? ¿Cómo usted por aquí? — me entero de que tiene
una representación de materiales plásticos en Pavía. Sigue tal cual, con su diente
de plata y sus tirantes floreados—. Cuando volvamos allí —me dice en voz
baja—, en lo que hay que tener más cuidado es en que esta vez alguna gente se
quede fuera… ¿Me ha entendido? Esos Z’zu…

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Hubiera querido responderle que esto ya se lo había oído a más de uno de
nosotros, que añadía: “¿Me ha entendido…?
Para no seguirle la corriente me apresuré a decir:
—¿Cree que volveremos a encontrar a la señora Ph(i)Nko?
—Ah, sí… A ella sí… —dijo él, poniéndose colorado como un tomate.
Para todos nosotros la esperanza de regresar al punto es, sobretodo, la de
volver a encontrarnos juntos con la señora Ph(i)Nko. (Y lo mismo me pasa a mí
aunque no lo crea.) Y como ocurre siempre, nos pusimos a acordarnos de ella
conmovidos, y hasta la antipatía del señor Pber1 Pberd se difuminaba ante aquel
recuerdo.
El gran secreto de la señora Ph(i)Nko era que nunca había provocado celos
entre nosotros, ni siquiera chismorreos. Que se iba a la cama con su amigo el
señor De XuaeauX era algo sabido. Pero si en un punto hay una cama, ocupa
todo el punto, y, por tanto, no se trata de irse a la cama sino de estar, porque
cualquiera está en el punto y también en la cama. En consecuencia, era
inevitable que ella se fuera a la cama también con cada uno de nosotros. Su
hubiera sido otra persona, a saber cuántas cosas se habrían murmurado a sus
espaldas. La señora de la limpieza era siempre la que le quitaba el tapón a las
maledicencias, y los demás no se hacían mucho de rogar para imitarla. De los
Z’zun, aunque fuera para cambiar de asunto, cuántas cosas horribles teníamos
que oír: padre hijas hermanos hermanas madres tías, nadie se detenía ante
ninguna sucia insinuación. En cambio, con ella era distinto: la felicidad que me
venía de ella era al mismo tiempo la de ocultarme yo puntiforme en ella, y la de
protegerla a ella puntiforme en mí, era contemplación viciosa (dada la
promiscuidad de la convergencia puntiforme de todos en ella) y al mismo
tiempo casta (dada la impenetrabilidad puntiforme de ella). En suma, ¿qué más
podía desear?
Y todo esto, así como era verdad para mí, también valía para cada uno de
los demás. Y para ella: contenía y era contenida con igual júbilo y nos acogía y
amaba y habitaba a todos por igual.
Estábamos tan bien todos juntos que algo extraordinario tenía que suceder.
Bastó con que en un determinado momento ella dijera:
—Chicos, si tuviera un poco de sitio, ¡cómo me gustaría haceros unos
tallarines! —y en ese momento pensamos en el espacio que habrían ocupado
los redondos brazos de ella moviéndose delante y atrás con el rodillo sobre la
masa de pasta, su pecho dejándose caer en el gran montón de harina y huevos
que llenaba la larga mesa mientras sus brazos amasaban, amasaban, blancos y
untados de aceite hasta más arriba del codo; pensamos en el espacio que habría
ocupado la harina, y el trigo para hacer la harina, y los campos para cultivar el
trigo, y las montañas de las que corría el agua para regar los campos, y los pastos

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para los rebaños de terneros que habrían dado su carne para la salsa; en el
espacio que habría sido necesario para que el Sol llegase con sus rayos para
madurar el trigo; en el espacio para que de las nubes de gas estelares el Sol se
condensase y ardiera; en las cantidades de estrellas y galaxias y en las
acumulaciones galácticas en fuga por el espacio que habrían sido necesarias
para sostener cada galaxia cada nebulosa cada sol cada planeta, y al mismo
tiempo que pensábamos ese espacio, imparablemente se formaba, al mismo
tiempo que la señora Ph(i)Nko pronunciaba esas palabras: “¡…Tallarines, eh,
chicos!”, el punto que la contenía a ella y a todos nosotros se expandía en un
nimbo radiado de distancias de años luz y siglos luz y miles de millones de
milenios luz, y todos nosotros lanzados a los cuatro rincones del universo (el
señor Pber1Pberd hasta Pavía), y ella disuelta en no sé qué especie de energía
luz calor; la señora Ph(i)Nko, la que en medio de nuestro mundo cerrado y
mezquino había sido capaz de un impulso generoso, el primero, “¡Chicos, qué
tallarines os voy a preparar!”, un auténtico impulso de amor general, dando
comienzo en el mismo momento al concepto de espacio, y al espacio
propiamente dicho, y al tiempo, y a la gravitación universal, y al universo que
gravitaba, haciendo posibles miles de millones de miles de millones de soles, y
de planetas, y de campos de trigo, y de señoras Ph(i)Nko, distribuidas por los
continentes de los planetas amasando con sus brazos enharinados y generosos,
y ella, desde ese momento, perdida, y nosotros echándola de menos.

80
EN EL BOSQUE [Rashomon]
Ryunosuke Akutagawa

DECLARACIÓN DE UN LEÑADOR INTERROGADO POR EL OFICIAL


DEL KEBIISHI

—Sí, señor, es verdad; fui yo quien encontró el cadáver. Esta mañana, como de
costumbre, salí a cortar leña y encontré al muerto en el bosque que está detrás
de la montaña. ¿El lugar exacto, dice usted? Pues, a unos ciento cincuenta
metros de la carretera a Yamashina. Es un lugar solitario, poblado de bambúes,
con algunos cedros entre ellos.
»El cuerpo estaba tendido de cara al cielo: vestía un kimono de seda
violáceo y llevaba gorro de estilo Kyoto. Una herida de katana le atravesaba el
corazón, y las hojas de bambú que le rodeaban estaban teñidas de rojo. No, no
perdía más sangre en ese momento. Creo que la herida estaba seca; un tábano,
de tan pegado a ella, ni siquiera notó mi pasos.
»¿Que si vi una katana o algo parecido? No, no vi nada de eso, señor. Sólo
encontré una cuerda junto al tronco de un cedro que había cerca del cadáver.
Y…, ah, sí; también junto a la cuerda había un peine. Eso fue todo lo que vi. Al
parecer el hombre luchó antes de ser asesinado, porque las hierbas y las hojas
que había alrededor estaban bastante pisoteadas.
—¿Había algún caballo cerca del lugar?
—No, señor. Es una lugar inaccesible para esos animales; está separado de
la carretera por un bosque de bambúes.

DECLARACION DE UN SACERDOTE BUDISTA INTERROGADO POR


EL OFICIAL DEL KEBIISHI

—Es cierto. Ayer me encontré con el desdichado hombre. Ayer…, habrá sido
cerca del mediodía. El lugar es la carretera que conduce de Sekiyama a
Yamashina.
»El hombre caminaba hacia Sekiyama acompañado por una dama que iba
a caballo. No alcancé a ver el rostro de esta dama, pues lo tenía cubierto con un
velo. Unicamente pude ver el color de su kimono, que era lila claro. El caballo
era un alazán de finas crines, ¿La estatura de la dama? Pues… algo así como un
metro y cuarenta centímetros. Como sacerdote, no acostumbro fijarme en esos

81
detalles. El hombre iba armado de katana, arco y flechas. Particularmente
recuerdo la aljaba negra donde llevaba unas veinte flechas.
»No podía imaginar que a ese hombre le aguardara semejante destino.
Verdaderamente, nuestra vida es comparable al rocío del alba o a un destello
fugaz. ¡Lamento tanto la suerte de ese hombre que no encuentro palabras para
expresar mi sentimiento!

DECLARACION DEL POLICIA INTERROGADO POR EL OFICIAL DEL


KEBIISHI

—¿Quién el hombre que arresté? Es el famoso bandolero Tajomaru. Cuando


procedí, él había caído del caballo, y gemía echado sobre el puente de
Awtaguchi. ¿Cuándo? Fue en las primeras horas de anoche. Recuerdo que en
cierta oportunidad en que fracasé al intentar arrestarlo, también llevaba ese
kimono y esa larga katana. Esta vez, como ustedes ven, lleva además arco y las
flechas. ¡Ahí!.. ¿De modo que el arco y las flechas son iguales a las del muerto?
Entonces es seguro que fue éste Tajomaru el asesino. El arco enfundado en
cuero, la aljaba negra y las diecisiete flechas de pluma de halcón, seguramente
eran del samurai. Sí; el caballo era, como usted dice, un alazán de finas crines.
Pastaba cerca del puente con las riendas sueltas. Debe ser alguna ironía del
destino el que Tajomaru fuera arrojado por el mismo caballo que robó.
»Este Tajomaru es el mujeriego más famoso entre los bandidos que
merodean por la capital. El año pasado una creyente y su criada fueron
asesinadas en un monte, detrás del Pindola del Templo Toribe; y se rumoreaba
que había sido obra de este bandido. Siendo Tajomaru el asesino del samurai,
vaya uno a saber qué ha sido de la dueña del alazán.
»Si se me permite una palabra, sugiero la conveniencia de averiguar el
destino de la dama.

DECLARACIÓN DE UNA ANCIANA INTERROGADA POR EL OFICIAL


DEL KEBIISHI

—Sí, señor; el cadáver es el del hombre que se casó con mi hija, El no era de la
capital; fue samurai en la ciudad de Kolufu, en la provincia de Wasaka. Su
nombre es Takejiro Kanazawa y tenía veintiséis años. No, señor, él era una
buena persona, y no creo que haya sido víctima de alguna venganza.

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»¿Mi hija? Su nombre es Masago y tiene diecinueve años. Es impulsiva,
pero dudo que haya conocido otro hombre aparte de Takejiro. Es de cutis
moreno y su cara pequeña, ovalada, y tiene un lunar cerca del ojo izquierdo.
»Ayer, Takejiro y mi hija salieron para Wakasa. ¡Quién podía imaginar
esta tragedia!
»¿Qué será de ella? Aunque estoy resignada por la suerte de mi yerno,
quisiera saber lo ocurrido a mi pobre hija.
»Por los cielos, señores, no dejéis piedra sin remover hasta encontrarla.
»A quien odio es a ese asesino, Tajomaru, o como se llame. A él, que no
sólo a mi yerno, sino también a mi hija… —(llora y no se entienden sus
palabras.)

CONFESIÓN DE TAJOMARU

—Sí, señor comisario; yo maté a ese hombre, pero no a la mujer.


»¿Qué adónde fue? No sé nada. ¡Eh! Déjenme en paz; no me torturen, porque
no podrán obligarme a decir lo que no sé. Además no tengo esperanzas de
salvarme, así que no veo por qué he de ocultar detalles.
»Bueno, fue así:
»Ayer, poco después de mediodía, me encontré con esa pareja. Justamente
una leva brisa levantó el velo de seda que cubría el rostro de la mujer, y lo ví
apenas. Digo apenas, porque inmediantamente volvió a ocultarlo. Quizá por eso
me pareció tan hermosa como el sagrado Bodhisattva. Desde ese instante decidí
conquistarla, aunque tuviera que matar al hombre que la acompañaba.
»¿Qué dice? Vea: para mí matar a un hombre no significa gran cosa, como
usted piensa.
»De todos modos, para poseer a la mujer había que eliminar al hombre.
Pero le aclaro, señor, que yo mato con katana y no como ustedes, que matan
con el poder, con el dinero, hasta con el pretexto de hacer un favor. Es cierto
que no derraman sangre y sus víctimas siguen viviendo; pero así y todo son
muertos, sombras de vivos. Si medimos los alcances del delito, es muy difícil
fijar quien es más criminal; yo o ustedes. —(sonríe con ironía)
»Sin embargo, era mejor proceder evitando la muerte del hombre. Y opté
por ello. Pero era imposible ejecutar mi propósito en la carretera que conduce a
Yamashina. Entonces inventé una historia para internar a la pareja en la
montaña.
»Resultó fácil. Empecé a caminar con ellos y les conté que había
descubierto una vieja tumba en la montaña, en la que hallé una considerable
cantidad de sables y espejos antiguos, que luego había trasladado

83
clandestinamente al bosque de bambúes; y que de encontrar a algún interesado
se los vendería a bajo precio. Al oír esto, el hombre empezó a interesarse, y…
»¿No creen que es terrible la codicia que llega a sentir el hombre? En
menos de media hora, los tres íbamos camino de la montaña.
»Al llegar al bosque de bambúes me detuve, les dije que más adentro
estaba oculto el tesoro y les presgunté si querían verlo. El hombre, por codicia,
no puso objeción; pero la mujer que ni siquiera se molestó en desmontar, dijo
que esperaría allí. Era comprensible su deseo, ante la vista de un bosque tan
espeso. Y eso era justamente lo que yo quería. Me apresuré a conducir al
hombre, sin insistir en que ella nos acompañara.
»A la entrada del bosque hay bambúes solamente, pero a cierta distancia,
existe un lugar más despejado con algunos cedros. No podía haber sitio más
apropiado para el logro de mi propósito. Abriéndome camino a través de los
bambúes, engañé al hombre diciéndole que las piezas estaban ocultas al pie de
un cedro. El apresuró los pasos hacia unos cedros que se divisaban por entre los
bambúes. Caminando aún algo más, y llegamos al lugar señalado.
»En un segundo, lo ataqué y lo derribé. Aunque el hombre llevaba katana
y era bastante vigoroso, al ser tomado por sorpresa y atacado por la espalda nada
pudo hacer para evitarlo. Lo até sin demora al tronco de un cedro. ¿Dónde
conseguí las cuerdas? Gracias a que soy ladrón siempre las llevo, por si me veo
obligado a escalar algún muro. Naturalmente; es fácil impedir que el otro grite
si se le llena la boca con hojas de bambú.
»Terminada mi tarea con el hombre, volví en busca de la mujer y le dije
que fuera a reunirse con su marido, que se había indispuesto repentínamente.
Demás está decir que el plan tuvo éxito. La mujer, que se había quitado el
ichimegasa, de dejó conducir hasta el lugar; pero al llegar, en cuanto advirtió la
situación del hombre, sacó un puñal –no sé cuando—, y me desafió. Nunca
conocí una mujera tan impetuosa. De no ponerme en guardia, nada me hubiera
extrañado que cuando arremetió contra mí terminara atravesándome el vientre,
peor aún, matándome. Pero como sabrá, yo soy Tajomaru. Pude arrebatarle el
arma sin hacer uso de la mía; y aunque valiente, una vez desarmada, nada pudo
hacer. Así, por fin, pude satisfacer mis deseos de poseerla.
»Como le dije, no había matado al hombre: era innecesario después de
haber conseguido a la mujer. Me disponía a huir cuando sucedió lo inesperado.
Ella se aferró a mis brazos con desesperación, y patéticamente, con palabras
entrecortadas, me gritó que uno de nosotros, su marido o yo, tenía que morir; si
no ella misma moriría antes de soportar el dolor y la vergüenza de saber vivos
a los dos hombres que la habían poseído. Dijo más: que sería de aquél que
sobreviviera. Al oir estas palabras, el deseo de matar al hombre me ofuscó. —
(Sombría excitación.)

84
»Contándolo de esta manera pareceré muy cruel. Pero no; usted no vió la
cara de la mujer en ese momento, ni soportó su mirada ardiente, como yo. Al
mirar esos ojos juré casarme con ella, sí, hacerla mi mujer a riesgo de todo; ese
era el único pensamiento que me absorbía.
»Tal pensamiento no se debía al sólo deseo carnal, como usted puede
suponer. Al contrario; si en ese momento sólo hubiese sentido sensualidad,
habría escapado, sin importarme golpear a la mujer. Y de ser así, no habría
tenido ninguna necesidad de manchar mi katana con la sangre de ese hombre.
»Pero viendo el rostro de aquella mujer bella en la penumbra del bosque,
juré no abandonar el lugar sin haberlo ultimado.
»Sin embargo, no tenía intención de matarlo en forma cobarde; solté sus
ligaduras y lo desafié (La cuerda que se encontró junto al tronco fue la que yo
utilicé y luego dejé olvidada). Encolerizado el hombre desenvainó su katana.
Inmediatamente me atacó, iracundo, sin pronunciar palabra. De más está
explicar lo que pasó después. Mi katana atravesó su pecho a los veintitrés
asaltos. No acabo de salir de mi asombro. Nadie hasta entonces se había
resistido más de veinte.” —(Sonríe jovialmente.)
»Muerto el hombre, con la katana aún mojada en su sangre, me volví hacia
donde había quedado la mujer.
»Pero ante mi asombro, había desaparecido. En vano registré el bosque
tratando de encontrarla; ni el menor rastro. Escuché con atención; se oía el
estertor del hombre; nada más.
»Pensé que al empezar el duelo ella habría salido en busca de ayuda. Y
puesto que era cuestión de vida o muerte, me apoderé de la espada del hombre,
junto con el arco y las flechas, y huí hacia la carretera. Una vez allí, encontré
pastando el caballo de la mujer. De lo que siguió después, le dire únicamente
que antes de entrar en la capital me deshice de la katana robada.
»Esta es toda mi confesión. Siempre tuve la convicción de que mi cabeza
colgaría algún día de un árbol; senténcienme a la pena capital. —(Actitud
desafiante.)

CONFESION DE LA MUJER QUE LLEGO AL TEMPLO SHIMIZU

—El hombre, que vestía el kimono de seda azul, después de ultrajarme lanzó
una mirada sarcástica a mi esposo, que estaba atado en el tronco de un cedro.
¡Qué humillación habrá sentido mi marido! Cuanto más se empeñaba en
liberarse, más se hundía la soga en su cuerpo. Desesperada, corrí hacia él. No,
mejor dicho, quise correr. Pero al intentarlo, el bandido me derribó.

85
»En ese preciso instante advertí un brillo extraño en los ojos de mi marido;
tenía una expresión indescriptible… Lo recuerdo y todavía me hace estremecer.
El, al no poder hablar, procuraba expresarse de ese modo. Sus ojos no denotaban
ni furor ni angustia… despedía un brillo frío, que reflejaba su desprecio hacia
mí. Más herida por esos ojos que por el golpe del ladrón, dejé escapar un gemido
y me desvanecí.
»Después de largo rato (creo), recobré el conocimiento, y advertí que el
hombre del kimono azul había desaparecido. Estaba solamente mi marido, atado
todavía al árbol. Me incorporé sobre las hojas de bambú y dirigí hacia él mis
ojos. Pero el brillo de los suyos no había cambiado; me observaba con la misma
frialdad, reafirmando, su desprecio, y en lo más profundo, también su odio.
Vergüenza, rabia, angustia… ; no sé bien lo que sentí entonces, me levanté,
vacilante, y me acerqué a él:
»—Takejiro —le dije—, después de lo sucedido, no podría seguir viviendo
contigo. He decidido matarme, pero… tú también debes morir. Viste lo que me
ha hecho: no puedo dejarte vivir.
»Hice un gran esfuerzo para decirlo. Pero él seguía mirándome sin
inmutarse. Sentí que mi corazón latía con violencia. Busqué afanosamente la
espada de mi marido. En vano; por lo visto, el bandido había robado sus armas.
Fue una suerte que allí cerca encontrara mi puñal. Sosteniendo el arma en alto,
volví a decirle:
»—Ahora, dame tu vida. Yo os seguiré inmediatamente.
»Al escucharme, movió apenas los labios. Con la boca llena de hojas, no
podía articular palabras. Sin embargo, con sólo mirarle adiviné su intención.
Con profundo desprecio me decía: “Mátame”. Sin poderme dominar,
enloquecida, clavé la daga en su pecho, a través del kimono color lila. Luego
volví a desvanecerme. Cuando tiempo después me recobré, mi marido había
muerto. Un rayo del sol poniente, filtrado a través del follaje, iluminaba su
rostro sin color. Llorando, quité la ataduras de aquel cuerpo. Después… No
tengo fuerzas para hablar de lo que me ocurrió después. Hice todo lo posible
para darme muerte; clavé el puñal en mi garganta, me arrojé al lago, cerca de la
montaña; péro todo en vano. Aquí estoy, frustrados mis intentos, con el peso
agobiante de mi deshonra a cuestas —(Sonríe tristemente.)
»Es de creer que a una mala mujer como yo, hasta el mismo Bodhisattva
niegue su piedad.
»En fin yo, que maté a mi esposo, que fui violada por un bandido, ¿qué
debo hacer? ¿Qué es lo que yo… yo…? —(Estalla de pronto en violentos
sollozos.)

86
VERSION DEL MUERTO NARRADA POR LA VIDENTE

—Después de violar a mi mujer, el bandido se sentó junto a ella y le habló,


tratando de consolarla. Naturalmente, yo no podía hablar; estaba atado al tronco
del cedro, amordazado. Sin embargo, intentaba decirle con los ojos una y otra
vez: “No creáis en ese canalla, es mentira todo lo que dice”. Pero ella, sentada
sobre las hojas de bambú con las piernas encogidas, se miraba las rodillas con
obstinación. Esa actitud me hizo suponer que estaría escuchando las palabras
del hombre. Los celos me torturaban.
»El bandido, hábil en la conversación, le hablaba de una y otra cosa, hasta
que llegó a proponerle con el mayor descaro:
»—Ya que habéis sido injuriada en vuestro honor, no podréis seguir junto
a vuestro esposo. A cambio de eso, y puesto que no seríais felices, ¿no
preferirías ser mi mujer? Fue el amor que me inspirastéis lo que me llevó a
cometer tal violencia contra vos.
»Mi mujer le escuchó fascinada y alzó la cabeza. Nunca la vi tan hermosa
como en ese momento. Pero, ¿qué respondió ante su mismo esposo, víctima
como ella de ese malhechor? Ahora vago perdido en el espacio, pero no podré
evitar la rabia y los celos mientras recuerde sus palabras:
»—Bien, llévadme adonde queráis. —(Largo silencio.)
»Y no fue este el único delito de mi mujer. Si hubiera sido tan sólo esto no
sufriría tanto en esta oscura eternidad. Cuando, como en sueños, se disponía a
partir del brazo de aquel hombre, palideció repentinamente y señalándome,
exclamó:
»—Matadle. No puedo unirme a vos mientras él esté con vida —y repitió
varias veces, enloquecida: —Matadle —aún ahora sus palabras quieren
arrastarme en torbellino al negro abismo.
»¿Habrían salido alguna vez palabras tan atroces de labios de un ser
humano? ¿Habrían entrado tan odiosas frases en oídos de algún mortal? Alguna
vez, semejante… —(Súbitamente, ríe con desprecio).
»El mismo bandido se quedó perplejo de oírlas: “¡Matadle!” Ella
continuaba gritando y se aferraba al brazo del delincuente. El la miró fijamente
y no contestó.
»Antes de pensar en la respuesta, la arrojó al suelo de un puntapié. —
(Nuevamente una carcajada desdeñosa).
»Luego se cruzó de brazos tranquilamente y mirándome, dijo:
»—¿Qué piensas hacer con esta mujer? ¿La matas o la perdonas?
Contéstame con la cabeza. ¿La matas? —por sólo estas palabras perdonaría la
acción del individuo.
(De nuevo largo silencio.)

87
»Mientras yo vacilaba en contestar, mi mujer dió un grito y echó a correr
bosque adentro. El bandido se abalanzó tras ella, pero no logró alcanzar ni la
manga de su kimono.
»Fugada mi mujer, el hombre tomó mi katana, mi arco y mis flechas.
Luego cortó en un solo sitio la soga con que me había atado. Recuerdo que al
salir del bosque murmuró:
»—Ahora se juega mi suerte.
»Siguió un profundo silencio. No, oí que alguien sollozaba. Mientras me
quitaba las sogas escuché con atención, y note que era mi propio sollozo —
(Largo silencio.)
»A duras penas separé del árbol mi cuerpo entumecido. Delante de mi
brillaba la pequeña daga que había dejado mi mujer. La tomé y la hundí en mi
pecho. Un coágulo de sangre subió a mi garganta, pero no sentí ningún dolor.
A medida que mi cuerpo se enfriaba, a mi alrededor todo se volvía más
silencioso y solemne. Ni siquiera el canto de un pájaro se oía en el aire de aquel
lugar mortal en la cañada de la montaña. Sólo una débil claridad caía sobre las
hojas, pero también, fue desapareciendo, hasta que los cedros y los bambués se
borraron de mi vista. Tendido en el suelo, un hondo silencio me envolvía.
»En ese momento alguien se acercó a mí con pasos cautelosos. Traté de
ver quien era; pero la oscuridad me lo impidió. Alguien, alguien que no pude
ver, una mano invisible, quitó suavemente el arma hundida en mi pecho, al
tiempo que otro coágulo me volvía a llenar la boca. Y de nuevo me hundí en el
oscuro espacio; por última vez, para siempre.

88
LA LOTERÍA
Shirley Jackson

La mañana del 27 de junio amaneció clara y soleada con el calor lozano de un


día de pleno estío; las plantas mostraban profusión de flores y la hierba tenía un
verdor intenso. La gente del pueblo empezó a congregarse en la plaza, entre la
oficina de correos y el banco, alrededor de las diez; en algunos pueblos había
tanta gente que la lotería duraba dos días y tenía que iniciarse el día 26, pero en
aquel pueblecito, donde apenas había trescientas personas, todo el asunto
ocupaba apenas un par de horas, de modo que podía iniciarse a las diez de la
mañana y dar tiempo todavía a que los vecinos volvieran a sus casas a comer.
Los niños fueron los primeros en acercarse, por supuesto. La escuela
acababa de cerrar para las vacaciones de verano y la sensación de libertad
producía inquietud en la mayoría de los pequeños; tendían a formar grupos
pacíficos durante un rato antes de romper a jugar con su habitual bullicio, y sus
conversaciones seguían girando en torno a la clase y los profesores, los libros y
las reprimendas. Bobby Martin ya se había llenado los bolsillos de piedras y los
demás chicos no tardaron en seguir su ejemplo, seleccionando las piedras más
lisas y redondeadas; Bobby, Harry Jones y Dickie Delacroix acumularon
finalmente un gran montón de piedras en un rincón de la plaza y lo protegieron
de las incursiones de los otros chicos. Las niñas se quedaron aparte, charlando
entre ellas y volviendo la cabeza hacia los chicos, mientras los niños más
pequeños jugaban con la tierra o se agarraban de la mano de sus hermanos o
hermanas mayores.
Pronto empezaron a reunirse los hombres, que se dedicaron a hablar de
sembrados y lluvias, de tractores e impuestos, mientras vigilaban a sus hijos.
Formaron un grupo, lejos del montón de piedras de la esquina, y se contaron
chistes sin alzar la voz, provocando sonrisas más que carcajadas. Las mujeres,
con descoloridos vestidos de andar por casa y suéteres finos, llegaron poco
después de sus hombres. Se saludaron entre ellas e intercambiaron apresurados
chismes mientras acudían a reunirse con sus maridos. Pronto, las mujeres, ya al
lado de sus maridos, empezaron a llamar a sus hijos y los pequeños acudieron a
regañadientes, después de la cuarta o la quinta llamada. Bobby Martin esquivó,
agachándose, la mano de su madre cuando pretendía agarrarlo y volvió
corriendo, entre risas, hasta el montón de piedras. Su padre lo llamó entonces
con voz severa y Bobby regresó enseguida, ocupando su lugar entre su padre y
su hermano mayor. La lotería —igual que los bailes en la plaza, el club juvenil

89
y el programa de la fiesta de Halloween— era dirigida por el señor Summers,
que tenía tiempo y energía para dedicarse a las actividades cívicas.
El señor Summers era un hombre jovial, de cara redonda, que llevaba el
negocio del carbón, y la gente se compadecía de él porque no había tenido hijos
y su mujer era una gruñona. Cuando llegó a la plaza portando la caja negra de
madera, se levantó un murmullo entre los vecinos y el señor Summers dijo:
«Hoy llego un poco tarde, amigos». El administrador de correos, el señor
Graves, venía tras él cargando con un taburete de tres patas, que colocó en el
centro de la plaza y sobre el cual instaló la caja negra el señor Summers. Los
vecinos se mantuvieron a distancia, dejando un espacio entre ellos y el taburete,
y cuando el señor Summers preguntó: «¿Alguno de ustedes quiere echarme una
mano?», se produjo un instante de vacilación hasta que dos de los hombres, el
señor Martin y su hijo mayor, Baxter, se acercaron para sostener la caja sobre
el taburete mientras él revolvía los papeles del interior.
Los objetos originales para el juego de la lotería se habían perdido hacía
mucho tiempo y la caja negra que descansaba ahora sobre el taburete llevaba
utilizándose desde antes incluso de que naciera el viejo Warner, el hombre de
más edad del pueblo. El señor Summers hablaba con frecuencia a sus vecinos
de hacer una caja nueva, pero a nadie le gustaba modificar la tradición que
representaba aquella caja negra. Corría la historia de que la caja actual se había
realizado con algunas piezas de la caja que la había precedido, la que habían
construido las primeras familias cuando se instalaron allí y fundaron el pueblo.
Cada año, después de la lotería, el señor Summers empezaba a hablar otra vez
de hacer una caja nueva, pero cada año el asunto acababa difuminándose sin
que se hiciera nada al respecto. La caja negra estaba cada vez más gastada y ya
ni siquiera era completamente negra, sino que le había saltado una gran astilla
en uno de los lados, dejando a la vista el color original de la madera, y en
algunas partes estaba descolorida o manchada. El señor Martin y su hijo mayor,
Baxter, sujetaron con fuerza la caja sobre el taburete hasta que el señor Summers
hubo revuelto a conciencia los papeles con sus manos. Dado que la mayor parte
del ritual se había eliminado u olvidado, el señor Summers había conseguido
que se sustituyeran por hojas de papel las fichas de madera que se habían
utilizado durante generaciones.
Según había argumentado el señor Summers, las fichas de madera fueron
muy útiles cuando el pueblo era pequeño, pero ahora que la población había
superado los tres centenares de vecinos y parecía en trance de seguir creciendo,
era necesario utilizar algo que cupiera mejor en la caja negra. La noche antes de
la lotería, el señor Summers y el señor Graves preparaban las hojas de papel y
las introducían en la caja, que trasladaban entonces a la caja fuerte de la
compañía de carbones del señor Summers para guardarla hasta el momento de

90
llevarla a la plaza, la mañana siguiente. El resto del año, la caja se guardaba a
veces en un sitio, a veces en otro; un año había permanecido en el granero del
señor Graves y otro año había estado en un rincón de la oficina de correos y, a
veces, se guardaba en un estante de la tienda de los Martin y se dejaba allí el
resto del año.
Había que atender muchos detalles antes de que el señor Summers
declarara abierta la lotería. Por ejemplo, había que confeccionar las listas de
cabezas de familia, de cabezas de las casas que constituían cada familia, y de
los miembros de cada casa. También debía tomarse el oportuno juramento al
señor Summers como encargado de dirigir el sorteo, por parte del administrador
de correos. Algunos vecinos recordaban que, en otro tiempo, el director del
sorteo hacía una especie de exposición, una salmodia rutinaria y discordante
que se venía recitando año tras año, como mandaban los cánones. Había quien
creía que el director del sorteo debía limitarse a permanecer en el estrado
mientras la recitaba o cantaba, mientras otros opinaban que tenía que mezclarse
entre la gente, pero hacía muchos años que esa parte de la ceremonia se había
eliminado. También se decía que había existido una salutación ritual que el
director del sorteo debía utilizar para dirigirse a cada una de las personas que se
acercaban para extraer la papeleta de la caja, pero también esto se había
modificado con el tiempo y ahora solo se consideraba necesario que el director
dirigiera algunas palabras a cada participante cuando acudía a probar su suerte.
El señor Summers tenía mucho talento para todo ello; luciendo su camisa blanca
impoluta y sus pantalones tejanos, con una mano apoyada tranquilamente sobre
la caja negra, tenía un aire de gran dignidad e importancia mientras conversaba
interminablemente con el señor Graves y los Martin.
En el preciso instante en que el señor Summers terminaba de hablar y se
volvía hacia los vecinos congregados, la señora Hutchinson apareció a toda
prisa por el camino que conducía a la plaza, con un suéter sobre los hombros, y
se añadió al grupo que ocupaba las últimas filas de asistentes.
—Me había olvidado por completo de qué día era —le comentó a la señora
Delacroix cuando llegó a su lado, y las dos mujeres se echaron a reír por lo
bajo—. Pensaba que mi marido estaba en la parte de atrás de la casa, apilando
leña —prosiguió la señora Hutchinson—, y entonces miré por la ventana y vi
que los niños habían desaparecido de la vista; entonces recordé que estábamos
a veintisiete y vine corriendo.
Se secó las manos en el delantal y la señora Delacroix respondió:
—De todos modos, has llegado a tiempo. Todavía están con los
preparativos.
La señora Hutchinson estiró el cuello para observar a la multitud y localizó
a su marido y a sus hijos casi en las primeras filas. Se despidió de la señora

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Delacroix con unas palmaditas en el brazo y empezó a abrirse paso entre la
multitud. La gente se apartó con aire festivo para dejarla avanzar; dos o tres de
los presentes murmuraron, en voz lo bastante alta como para que les oyera todo
el mundo: «Ahí viene tu mujer, Hutchinson», y, «Finalmente se ha presentado,
Bill». La señora Hutchinson llegó hasta su marido y el señor Summers, que
había estado esperando a que lo hiciera, comentó en tono jovial:
—Pensaba que íbamos a tener que empezar sin ti, Tessie.
—No querrías que dejara los platos sin lavar en el fregadero, ¿verdad, Joe?
—respondió la señora Hutchinson con una sonrisa, provocando una ligera
carcajada entre los presentes, que volvieron a ocupar sus anteriores posiciones
tras la llegada de la mujer.
—Muy bien —anunció sobriamente el señor Summers—, supongo que
será mejor empezar de una vez para acabar lo antes posible y volver pronto al
trabajo. ¿Falta alguien?
—Dunbar —dijeron varias voces—. Dunbar, Dunbar.
El señor Summers consultó la lista.
—Clyde Dunbar —comentó—. Es cierto. Tiene una pierna rota, ¿no es
eso? ¿Quién sacará la papeleta por él?
—Yo, supongo —respondió una mujer, y el señor Summers se volvió
hacia ella.
—La esposa saca la papeleta por el marido —anunció el señor Summers,
y añadió—: ¿No tienes ningún hijo mayor que lo haga por ti, Janey?
Aunque el señor Summers y todo el resto del pueblo conocían
perfectamente la respuesta, era obligación del director del sorteo formular tales
preguntas oficialmente. El señor Summers aguardó con expresión atenta la
contestación de la señora Dunbar.
—Horace no ha cumplido aún los dieciséis —explicó la mujer con
tristeza—. Me parece que este año tendré que participar yo por mi esposo.
—De acuerdo —asintió el señor Summers. Efectuó una anotación en la
lista que sostenía en las manos y luego preguntó—: ¿El chico de los Watson
sacará papeleta este año?
Un muchacho de elevada estatura alzó la mano entre la multitud.
—Aquí estoy —dijo—. Voy a jugar por mi madre y por mí.
El chico parpadeó, nervioso, y escondió la cara mientras varias voces de la
muchedumbre comentaban en voz alta: «Buen chico, Jack», y, «Me alegro de
ver que tu madre ya tiene un hombre que se ocupe de hacerlo».
—Bien —dijo el señor Summers—, creo que ya estamos todos. ¿Ha venido
el viejo Warner?
—Aquí estoy —dijo una voz, y el señor Summers asintió.

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Un súbito silencio cayó sobre los reunidos mientras el señor Summers
carraspeaba y contemplaba la lista.
—¿Todos preparados? —preguntó—. Bien, voy a leer los nombres (los
cabezas de familia, primero) y los hombres se adelantarán para sacar una
papeleta de la caja. Guarden la papeleta cerrada en la mano, sin mirarla, hasta
que todo el mundo tenga la suya. ¿Está claro?
Los presentes habían asistido tantas veces al sorteo que apenas prestaron
atención a las instrucciones; la mayoría de ellos permaneció tranquila y en
silencio, humedeciéndose los labios y sin desviar la mirada del señor Summers.
Por fin, este alzó una mano y dijo, «Adams». Un hombre se adelantó a la
multitud. «Hola, Steve», le saludó el señor Summers. «Hola, Joe», le respondió
el señor Adams. Los dos hombres intercambiaron una sonrisa nerviosa y seca;
a continuación, el señor Adams introdujo la mano en la caja negra y sacó un
papel doblado. Lo sostuvo con firmeza por una esquina, dio media vuelta y
volvió a ocupar rápidamente su lugar entre la multitud, donde permaneció
ligeramente apartado de su familia, sin bajar la vista a la mano donde tenía la
papeleta.
—Allen —llamó el señor Summers—. Anderson… Bentham.
—Ya parece que no pasa el tiempo entre una lotería y la siguiente —
comentó la señora Delacroix a la señora Graves en las filas traseras—. Me da la
impresión de que la última fue apenas la semana pasada.
—Desde luego, el tiempo pasa volando —asintió la señora Graves.
—Clark… Delacroix…
—Allá va mi marido —comentó la señora Delacroix, conteniendo la
respiración mientras su esposo avanzaba hacia la caja.
—Dunbar —llamó el señor Summers, y la señora Dunbar se acercó con
paso firme mientras una de las mujeres exclamaba: «Animo, Janey», y otra
decía: «Allá va».
—Ahora nos toca a nosotros —anunció la señora Graves y observó a su
marido cuando este rodeó la caja negra, saludó al señor Summers con aire grave
y escogió una papeleta de la caja. A aquellas alturas, entre los reunidos había
numerosos hombres que sostenían entre sus manazas pequeñas hojas de papel,
haciéndolas girar una y otra vez con gesto nervioso. La señora Dunbar y sus dos
hijos estaban muy juntos; la mujer sostenía la papeleta.
—Harburt… Hutchinson…
—Vamos allá, Bill —dijo la señora Hutchinson, y los presentes cercanos
a ella soltaron una carcajada.
—Jones…
—Dicen que en el pueblo de arriba están hablando de suprimir la lotería
—comentó el señor Adams al viejo Warner. Este soltó un bufido y replicó:

93
—Hatajo de estúpidos. Si escuchas a los jóvenes, nada les parece
suficiente. A este paso, dentro de poco querrán que volvamos a vivir en
cavernas, que nadie trabaje más y que vivamos de ese modo. Antes teníamos un
refrán que decía: «La lotería en verano, antes de recoger el grano». A este paso,
pronto tendremos que alimentarnos de bellotas y frutos del bosque. La lotería
ha existido siempre —añadió, irritado—. Ya es suficientemente terrible tener
que ver al joven Joe Summers ahí arriba, bromeando con todo el mundo.
—En algunos lugares ha dejado de celebrarse la lotería —apuntó la señora
Adams.
—Eso no traerá más que problemas —insistió el viejo Warner, testarudo—
. Hatajo de jóvenes estúpidos.
—Martin… —Bobby Martin vio avanzar a su padre.— Overdyke…
Percy…
—Ojalá se den prisa —murmuró la señora Dunbar a su hijo mayor—.
Ojalá acaben pronto.
—Ya casi han terminado —dijo el muchacho.
—Prepárate para ir corriendo a informar a tu padre —le indicó su madre.
El señor Summers pronunció su propio apellido, dio un paso medido hacia
adelante y escogió una papeleta de la caja. Luego, llamó a Warner.
—Llevo sesenta y siete años asistiendo a la lotería —proclamó el señor
Warner mientras se abría paso entre la multitud—. Setenta y siete loterías.
—Watson… —el muchacho alto se adelantó con andares desgarbados.
Una voz exhortó: «No te pongas nervioso, muchacho», y el señor Summers
añadió: «Tómate el tiempo necesario, hijo». Después, cantó el último nombre.
—Zanini…
Tras esto se produjo una larga pausa, una espera cargada de nerviosismo
hasta que el señor Summers, sosteniendo en alto su papeleta, murmuró:
—Muy bien, amigos.
Durante unos instantes, nadie se movió; a continuación, todos los cabezas
de familia abrieron a la vez la papeleta. De pronto, todas las mujeres se pusieron
a hablar a la vez:
—Quién es? ¿A quién le ha tocado? ¿A los Dunbar? ¿A los Watson?
Al cabo de unos momentos, las voces empezaron a decir:
—Es Hutchinson. Le ha tocado a Bill Hutchinson.
—Ve a decírselo a tu padre —ordenó la señora Dunbar a su hijo mayor.
Los presentes empezaron a buscar a Hutchinson con la mirada. Bill
Hutchinson estaba inmóvil y callado, contemplando el papel que tenía en la
mano. De pronto, Tessie Hutchinson le gritó al señor Summers:
—¡No le has dado tiempo a escoger qué papeleta quería! Te he visto, Joe
Summers. ¡No es justo!

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—Tienes que aceptar la suerte, Tessie —le replicó la señora Delacroix, y
la señora Graves añadió:
—Todos hemos tenido las mismas oportunidades.
—Vamos, Tessie, cierra el pico! —intervino Bill Hutchinson.
—Bueno —anunció, acto seguido, el señor Summers—. Hasta aquí hemos
ido bastante deprisa y ahora deberemos apresurarnos un poco más para terminar
a tiempo.
Consultó su siguiente lista y añadió:
—Bill, tú has sacado la papeleta por la familia Hutchinson. ¿Tienes alguna
casa más que pertenezca a ella?
—Están Don y Eva —exclamó la señora Hutchinson con un chillido—.
¡Ellos también deberían participar!
—Las hijas casadas entran en el sorteo con las familias de sus maridos,
Tessie —replicó el señor Summers con suavidad—. Lo sabes perfectamente,
como todos los demás.
—No ha sido justo —insistió Tessie.
—Me temo que no —respondió con voz abatida Bill Hutchinson a la
anterior pregunta del director del sorteo—. Mi hija juega con la familia de su
esposo, como está establecido. Y no tengo más familia que mis hijos pequeños.
—Entonces, por lo que respecta a la elección de la familia, ha
correspondido a la tuya —declaró el señor Summers a modo de explicación—.
Y, por lo que respecta a la casa, también corresponde a la tuya, ¿no es eso?
—Sí —respondió Bill Hutchinson.
—Cuántos chicos tienes, Bill? —preguntó oficialmente el señor Summers.
—Tres —declaró Bill Hutchinson—. Está mi hijo, Bill, y Nancy y el
pequeño Dave. Además de Tessie y de mí, claro.
—Muy bien, pues —asintió el señor Summers—. ¿Has recogido sus
papeletas, Harry?
El señor Graves asintió y mostró en alto las hojas de papel.
—Entonces, ponlas en la caja —le indicó el señor Summers—. Coge la de
Bill y colócala dentro.
—Creo que deberíamos empezar otra vez —comentó la señora Hutchinson
con toda la calma posible—. Les digo que no es justo. Bill no ha tenido tiempo
para escoger qué papeleta quería. Todos lo han visto.
El señor Graves había seleccionado cinco papeletas y las había puesto en
la caja. Salvo estas, dejó caer todas las demás al suelo, donde la brisa las
impulsó, esparciéndolas por la plaza.
—Escúchenme todos! —seguía diciendo la señora Hutchinson a los
vecinos que la rodeaban.

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—¿Preparado, Bill? —inquirió el señor Summers, y Bill Hutchinson
asintió, después de dirigir una breve mirada a su esposa e hijos.
—Recuerden —continuó el director del sorteo—: Saquen una papeleta y
guárdenla sin abrir hasta que todos tengan la suya. Harry, tú ayudarás al
pequeño Dave.
El señor Graves tomó de la manita al niño, que se acercó a la caja con él
sin ofrecer resistencia.
—Saca un papel de la caja, Davy —le dijo el señor Summers. Davy
introdujo la mano donde le decían y soltó una risita—. Saca solo un papel —
insistió el señor Summers—. Harry, ocúpate tú de guardarlo.
El señor Graves tomó la mano del niño y le quitó el papel de su puño
cerrado; después lo sostuvo en alto mientras el pequeño Dave se quedaba a su
lado, mirándolo con aire de desconcierto.
—Ahora, Nancy —anunció el señor Summers. Nancy tenía doce años y a
sus compañeros de la escuela se les aceleró la respiración mientras se
adelantaba, agarrándose la falda, y extraía una papeleta con gesto delicado—.
Bill, hijo —dijo el señor Summers, y Billy, con su rostro sonrojado y sus pies
enormes, estuvo a punto de volcar la caja cuando sacó su papeleta—. Tessie…
La señora Hutchinson titubeó durante unos segundos, mirando a su
alrededor con aire desafiante y luego apretó los labios y avanzó hasta la caja.
Extrajo una papeleta y la sostuvo a su espalda.
—Bill… —dijo por último el señor Summers, y Bill Hutchinson metió la
mano en la caja y tanteó el fondo antes de sacarla con el último de los papeles.
Los espectadores habían quedado en silencio.
—Espero que no sea Nancy —cuchicheó una chica, y el sonido del susurro
llegó hasta el más alejado de los reunidos.
—Antes, las cosas no eran así —comentó abiertamente el viejo Warner—
. Y la gente tampoco es como en otros tiempos.
—Muy bien —dijo el señor Summers—. Abran las papeletas. Tú, Harry,
abre la del pequeño Dave.
El señor Graves desdobló el papel y se escuchó un suspiro general cuando
lo mostró en alto y todos comprobaron que estaba en blanco. Nancy y Bill, hijo,
abrieron los suyos al mismo tiempo y los dos se volvieron hacia la multitud con
expresión radiante, agitando sus papeletas por encima de la cabeza.
—Tessie… —indicó el señor Summers. Se produjo una breve pausa y, a
continuación, el director del sorteo miró a Bill Hutchinson. El hombre desdobló
su papeleta y la enseñó. También estaba en blanco.
—Es Tessie —anunció el señor Summers en un susurro—. Muéstranos su
papel, Bill.

96
Bill Hutchinson se acercó a su mujer y le quitó la papeleta por la fuerza.
En el centro de la hoja había un punto negro, la marca que había puesto el señor
Summers con el lápiz la noche anterior, en la oficina de la compañía de
carbones. Bill Hutchinson mostró en alto la papeleta y se produjo una reacción
agitada entre los congregados.
—Bien, amigos —proclamó el señor Summers—, démonos prisa en
terminar.
Aunque los vecinos habían olvidado el ritual y habían perdido la caja negra
original, aún mantenían la tradición de utilizar piedras. El montón de piedras
que los chicos habían reunido antes estaba preparado y en el suelo; entre las
hojas de papel que habían extraído de la caja, había más piedras. La señora
Delacroix escogió una piedra tan grande que tuvo que levantarla con ambas
manos y se volvió hacia la señora Dunbar.
—Vamos —le dijo—. Date prisa.
La señora Dunbar sostenía una piedra de menor tamaño en cada mano y
murmuró, entre jadeos:
—No puedo apresurarme más. Tendrás que adelantarte. Ya te alcanzaré.
Los niños ya tenían su provisión de piedras y alguien le puso en la mano
varias piedrecitas al pequeño Davy Hutchinson. Tessie Hutchinson había
quedado en el centro de una zona despejada y extendió las manos con gesto
desesperado mientras los vecinos avanzaban hacia ella.
—¡No es justo! —exclamó.
Una piedra la golpeó en la sien.
—¡Vamos, vamos, todo el mundo! —gritó el viejo Warner. Steve Adams
estaba al frente de la multitud de vecinos, con la señora Graves a su lado.
—¡No es justo! ¡No hay derecho! —siguió exclamando la señora
Hutchinson. Instantes después todo el pueblo cayó sobre ella.

97
UN HOMBRE BUENO ES DIFÍCIL DE ENCONTRAR
Flannery O’Connor

La abuela no quería ir a Florida. Quería visitar a algunos de sus conocidos en el


este de Tennessee y no perdía oportunidad para intentar que Bailey cambiase
de opinión. Bailey era el hijo con quien vivía, el único varón que tuvo. Estaba
sentado en el borde de la silla, a la mesa, reclinado sobre la sección deportiva
del Journal.
—Mira esto, Bailey —dijo ella—, mira esto, léelo.
Y se puso en pie, con una mano en la delgada cadera mientras con la otra
golpeaba la cabeza calva de su hijo con el periódico.
—Aquí, ese tipo que s’hace llamar el Desequilibrado s’ha escapao de la
Penitenciaría Federal y se encamina a Florida, lee aquí lo que hizo a esa gente.
Léelo. Yo no llevaría a mis hijos a ninguna parte con un criminal d’esa calaña
suelto por ahí. No podría acallar mi conciencia si lo hiciera.
Bailey no levantó la cabeza, así que la abuela dio media vuelta y se dirigió
a la madre de los niños, una mujer joven en pantalones, cuya cara era tan ancha
e inocente como un repollo, con un pañuelo verde atado con dos puntas en lo
alto de la cabeza, como orejas de conejo. Estaba sentada en el sofá, alimentando
al bebé con albaricoques que sacaba de un tarro.
—Los niños y’han estao en Florida —dijo la anciana señora—. Deberías
llevarlos a otro sitio pa variar, así verían otras partes del mundo y aprenderían
otras cosas. Nunca han ido al este de Tennessee.
La madre de los niños no pareció oírla, pero el de ocho años, John Wesley,
un niño robusto con anteojos, dijo:
—Si no quieres ir a Florida, ¿por qué no te quedas en casa? Él y su
hermanita, June Star, estaban leyendo las páginas de entretenimiento en el
suelo.
—No se quedaría en casa aunque la nombraran reina por un día —dijo
June Star sin levantar su cabeza amarilla.
—¿Y qué harían si este hombre, el Desequilibrado, los agarrara? —
preguntó la abuela.
—Le daría un puñetazo en la cara —respondió John Wesley. —No se
quedaría en casa ni por un millón de dólares —afirmó June Star—. Teme
perderse algo. Tiene que ir a donde vayamos.
—Muy bien, señorita —dijo la abuela—. Acuérdate d’eso la próxima vez
que me pidas que te ondule el pelo.
June Star dijo que sus rizos eran naturales.

98
A la mañana siguiente la abuela fue la primera en subir al coche, lista para
partir. A un costado dispuso su gran bolsa de viaje negra que parecía la cabeza
de un hipopótamo y debajo de ella escondía una cesta con Pitty Sing, el gato,
en el interior. No tenía la menor intención de dejar solo al gato durante tres días,
porque este la echaría mucho de menos y ella temía que se frotara con la llave
del gas y se asfixiara por accidente. A su hijo, Bailey, no le gustaba llevar un
gato a un motel.
Se sentó en el centro del asiento trasero, con John Wesley y June Star a
cada lado. Bailey, la madre de los niños, y el bebé se sentaron adelante. Y así
salieron de Atlanta, a las ocho y cuarenta y cinco, con el cuentakilómetros del
coche en 89.927. La abuela lo anotó, porque pensó que sería interesante decir
cuántos kilómetros habían hecho cuando regresaran. Tardaron veinte minutos
en llegar a las afueras de la ciudad.
La anciana se sentó cómodamente, se quitó los guantes de algodón y los
dejó con su bolso en la repisa de la ventanilla de atrás. La madre de los niños
aún llevaba los pantalones y la cabeza atada con el pañuelo verde; la abuela, en
cambio, llevaba un sombrero de paja azul marino con un ramillete de violetas
blancas en el ala y un vestido azul marino con pequeños lunares blancos. El
cuello y los puños eran de organdí blanco adornado con encaje, y en el cuello
se había prendido un ramillete de violetas de tela de color púrpura perfumado.
En caso de accidente, cualquiera que la viera muerta en la carretera sabría al
instante que era una dama.
Dijo que pensaba que sería un buen día para conducir, pues no hacía
demasiado calor ni demasiado frío, y advirtió a Bailey que el límite de velocidad
era de ochenta kilómetros por hora, que los coches patrulla se escondían detrás
de carteles publicitarios y de pequeños grupos de árboles y que podían salir
disparados en su persecución sin darle tiempo a aminorar la marcha. Señaló los
detalles interesantes del paisaje: la montaña Stone, el granito azul que en
algunos lugares asomaba a ambos lados de la carretera, las lomas de brillante
arcilla roja ligeramente rayadas de púrpura, y las mieses que trazaban líneas de
encaje verde sobre el terreno. Los árboles estaban llenos de la luz blanca y
plateada del sol y hasta los más míseros destellaban. Los chicos leían tebeos y
su madre se había dormido.
—Pasemos Georgia a toda velocidad, así no tendremos que verla mucho
—dijo John Wesley.
—Si yo fuera un niño —dijo la abuela—, no hablaría d’esa manera de mi
estado natal. Tennessee tiene montañas y Georgia, colinas.
—Tennessee n’es más que un muladar lleno de pueblerinos y Georgia es
también un estado asqueroso.
—Tú l’has dicho —dijo June Star.

99
—En mis tiempos —dijo la abuela entrecruzando los dedos, delgados y
venosos—, los niños tenían más respeto por su estado natal y por sus padres y
por to lo demás. La gente era buena entonces. ¡Oh, mirar qué negrito más mono!
—Y señaló a un niño negro plantado ante la puerta de una choza—. Qué
estampa más bonita, ¿verdá?
Todos se volvieron para mirar al negrito por la luneta trasera. Él saludó
con la mano.
—Ese chico no llevaba pantalones —observó June Star.
—Probablemente no tiene —explicó la abuela—. Los negritos del campo
no tienen las cosas que nosotros tenemos. Si supiera pintar, pintaría ese cuadro.
Los niños intercambiaron sus historietas.
La abuela se ofreció a tomar al bebé y la madre de los chicos se lo pasó
por encima del asiento delantero. La abuela lo sentó sobre sus rodillas y le hizo
el caballito y le explicó lo que se veía por la ventanilla. Puso los ojos en blanco,
frunció los labios y apretó su cara delgada y curtida contra la piel blanda y
suave. De vez en cuando, el bebé le dedicaba una sonrisa distraída. Pasaron
junto a un vasto campo de algodón con cinco o seis tumbas en medio, rodeadas
de un cerco, como una isla pequeñita.
—¡Mirar el camposanto! —dijo la abuela señalándolo—. Era el antiguo
camposanto de la familia. Pertenecía a la plantación.
—¿Dónde está la plantación? —preguntó John Wesley.
—El viento se la llevó —dijo la abuela—. Ja, ja.
Cuando los chicos terminaron de leer todos las historietas que habían
llevado, abrieron la caja del almuerzo y se lo comieron. La abuela comió un
bocadillo de mantequilla de cacahuete y una aceituna, y no permitió que los
chicos arrojasen la caja y las servilletas de papel por la ventanilla. Cuando no
tuvieron otra cosa que hacer, se pusieron a jugar; elegían una nube y los otros
tenían que adivinar qué forma sugería. John Wesley eligió una con forma de
vaca y June Star adivinó la vaca y John Wesley dijo: «No, un coche», y June
Star dijo que hacía trampas y comenzaron a pegarse por encima de la abuela.
La abuela dijo que les contaría un cuento si se quedaban calladitos. Cuando
contaba un cuento, ponía los ojos en blanco, movía la cabeza y era muy
histriónica. Contó que una vez, cuando era jovencita, la había cortejado un tal
señor Edgar Atkins Teagarden, de Jasper, Georgia. Dijo que era un hombre muy
apuesto y un caballero, y que todos los sábados por la tarde le llevaba una sandía
con sus iniciales grabadas, E. A. T. Pues bien, un sábado por la tarde, el señor
Teagarden llevó la sandía y no había nadie en la casa; la dejó en el porche de
entrada y volvió a Jasper en su calesa, pero ella nunca vio la sandía, explicó,
porque un chico negro se la comió cuando vio las iniciales, E. A. T.: come. A
John Wesley le hizo mucha gracia la historia y reía y reía, pero June Star opinó

100
que no tenía nada de gracioso. Dijo que nunca se casaría con un hombre que
sólo le trajera una sandía los sábados. La abuela dijo que habría hecho muy bien
en casarse con el señor Teagarden, porque era un caballero y había comprado
acciones de Coca—Cola cuando salieron al mercado y había muerto, hacía unos
pocos años, muy rico.
Se detuvieron en The Tower para tomar unos bocadillos calientes. The
Tower era una gasolinera y sala de baile, en parte de estuco y en parte de
madera, en un claro en las afueras de Timothy. Lo regentaba un hombre gordo
llamado Red Sammy Butts, y había letreros aquí y allá sobre el edificio y a lo
largo de varios kilómetros de la carretera que rezaban:
PRUEBA LA FAMOSA BARBACOA DE RED SAMMY. ¡NADA
IGUALA AL FAMOSO RED SAMMY! EL GORDO DE LA SONRISA
FELIZ. ¡UN VETERANO! ¡RED SAMMY ES EL HOMBRE QUE
NECESITAS!
Red Sammy estaba tendido en el suelo fuera de The Tower con la cabeza
bajo una camioneta, mientras un mono gris de unos treinta centímetros de altura,
encadenado a un árbol del paraíso pequeño, chillaba cerca. El mono saltó hacia
el arbolito y se encaramó a la rama más alta apenas vio a los chicos apearse del
coche y correr hacia él.
El interior de The Tower era una larga habitación oscura con una barra en
un extremo y mesas en el otro y una pista de baile en medio. Todos se sentaron
a una mesa cerca de la máquina de discos y la esposa de Red Sam, una mujer
alta y bronceada con ojos y cabellos más claros que la piel, llegó y tomó nota
de lo que querían. La madre de los chicos insertó una moneda en la máquina y
se pudo escuchar el «Vals de Tennessee», y la abuela dijo que esa melodía
siempre le daba ganas de bailar. Preguntó a Bailey si quería bailar, pero él tan
sólo la miró. No era de natural alegre como ella y los viajes lo ponían nervioso.
Los ojos marrones de la abuela resplandecían. Movió la cabeza de un lado a
otro e hizo como si bailara en la silla. June Star dijo que pusieran algo para que
ella pudiera bailar claqué. Entonces la madre de los niños metió otra moneda y
eligió una pieza más movida; June Star saltó a la pista de baile y bailó el claqué
de costumbre.
—¡Qué graciosa! —exclamó la mujer de Red Sam, inclinada sobre la
barra—. ¿Te gustaría quedarte aquí y ser mi pequeñita?
—Claro que no —contestó June Star—. No viviría en un lugar medio en
ruinas como este ni por un millón de dólares. Y salió corriendo hacia la mesa.
—¡Qué graciosa! —repitió la mujer, estirando la boca con amabilidad.
—¿No te da vergüenza? —susurró la abuela.
Red Sam entró y le dijo a su mujer que dejara de holgazanear en la barra y
que se apresurara a servir a esa gente. Los pantalones caquis le llegaban hasta

101
las caderas y la barriga le caía sobre ellos como un saco de comida bamboleante
bajo la camisa. Se acercó y se sentó a una mesa cercana; emitió una mezcla de
suspiro y gritito en falsete.
—No hay manera. No hay manera —dijo, y se secó la cara sudorosa y roja
con un pañuelo gris—. En estos tiempos que corren, no se sabe en quién confiar.
¿No es verdá?
—Desde luego, la gente ya no es como antes —sentenció la abuela.
—La semana pasada vinieron aquí dos tipos —explicó Red Sammy— que
conducían un Chrysler. Un coche muy baqueteado pero bueno, y los muchachos
me parecieron decentes. Dijeron que trabajaban en el molino y ¿saben que les
permití poner en la cuenta la gasolina que compraron? ¿Por qué hice yo
semejante cosa?
—¡Porque usté es un hombre bueno! —contestó de inmediato la abuela.
—Bueno, supongo que es así —dijo Red Sammy como si su respuesta lo
hubiera dejado atónito.
La mujer sirvió lo que habían pedido. Llevaba los cinco platos al mismo
tiempo sin usar bandeja, dos en cada mano y uno en equilibrio sobre el brazo.
—No hay una sola alma en este mundo de Dios en la que se pueda confiar
—dijo—. Y yo no excluyo a nadie de la lista, a nadie —afirmó mirando a Red
Sammy.
—¿Han leído algo sobre ese criminal, el Desequilibrado, que se escapó?
—preguntó la abuela.
—No me sorprendería na que llegase a atacar este lugar —dijo la mujer—
. Si oye lo qu’hay aquí, no me sorprendería verlo. Si se entera de que hay dos
centavos en la caja, no me sorprendería que…
—Basta —dijo Red Sam—. Trae las Coca—Colas a esta gente. Y la mujer
se retiró a buscar el resto del pedido.
—Un hombre bueno es difícil d’encontrar —dijo Red Sammy—. Las cosas
s’están poniendo cada vez más feas. Yo m’acuerdo de qu’antes podías salir sin
echar el cerrojo a la puerta. Eso s’acabó.
Él y la abuela hablaron de tiempos mejores. La anciana dijo que en su
opinión Europa tenía la culpa de la situación actual. Dijo que por la manera en
que actuaba Europa se podía llegar a pensar que estábamos hechos de dinero, y
Red Sammy dijo que no valía la pena hablar de eso y que tenía toda la razón.
Los chicos salieron corriendo a la luz blanca del sol y observaron al mono
encadenado al árbol. Estaba entretenido quitándose pulgas y las mordía una a
una como si se tratase de un bocado exquisito.
De nuevo partieron en la tarde calurosa. La abuela dormitaba y se
despertaba a cada rato con sus propios ronquidos. En las afueras de Toombsboro
se despertó y se acordó de una vieja plantación que había visitado en los

102
alrededores una vez, cuando era joven. Dijo que la mansión tenía seis columnas
blancas en el frente y que había una avenida de robles que conducía hasta la
casa y dos pequeñas glorietas con enrejado de madera donde te sentabas con tu
pretendiente después de pasear por el jardín. Recordaba con exactitud por qué
carretera había que doblar para llegar allí. Sabía que Bailey no estaría dispuesto
a perder el tiempo viendo una casa vieja, pero cuanto más hablaba de ella más
ganas tenía de volver a verla y comprobar si las dos pequeñas glorietas seguían
en pie.
—Había un panel secreto en la casa —afirmó astutamente, sin decir la
verdad pero deseando que lo fuera—, y se contaba que toda la plata de la familia
estaba escondida allí cuando llegó Sherman, pero nunca la encontraron…
—¡Eeeh! —dijo John Wesley—. ¡Vamos a verlo! ¡L’encontraremos
nosotros! ¡Lo registraremos to y l’encontraremos! ¿Quién vive allí? ¿Dónde hay
que girar? Eh, papá, ¿no podemos girar allí?
—¡Nunca hemos visto una casa con un panel secreto! —chilló June Star—
. ¡Vayamos a la casa con el panel secreto! Eh, papá, ¿no podemos ir a ver la
casa con el panel secreto?
—No está lejos d’aquí, lo sé —aseguró la abuela—. No tardaríamos más
de veinte minutos.
Bailey miraba al frente. Tenía la mandíbula tan rígida como la herradura
de un caballo.
—No —dijo.
Los chicos comenzaron a alborotar y a gritar que querían ver la casa con
el panel secreto. John Wesley la emprendió a patadas contra el respaldo del
asiento delantero, y June Star se colgó del hombro de su madre y le gimoteó
desesperada al oído que nunca se divertían, ni siquiera en vacaciones, que nunca
les dejaban hacer lo que querían. El bebé empezó a llorar y John Wesley pateó
el respaldo del asiento con tal fuerza que su padre notó los golpes en los riñones.
—¡Muy bien! —gritó, y aminoró la marcha hasta parar a un costado de la
carretera—. ¿Quieren cerrar la boca? ¿Quieren cerrar la boca un minuto? Si no
se callan, no iremos a ningún lado.
—Sería muy educativo pa ellos —murmuró la abuela.
—Muy bien —dijo Bailey—, pero métanse esto en la cabeza: es la única
vez que vamos a parar por algo así. La primera y la última.
—El camino de tierra donde debes doblar queda dos kilómetros atrás —
observó la abuela—. Lo vi cuando lo pasamos.
—Un camino de tierra —gruñó Bailey.
Después de dar la vuelta en dirección al camino de tierra, la abuela recordó
otros detalles de la casa, el hermoso vidrio sobre la puerta de entrada y la

103
lámpara de velas en el recibidor. John Wesley dijo que el panel secreto
probablemente estaría en la chimenea.
—No se puede entrar en esa casa —dijo Bailey—. No sabemos quién vive
allí.
—Mientras ustedes hablan con la gente delante de la casa, yo correré hacia
la parte d’atrás y entraré por una ventana —propuso John Wesley.
—Nos quedaremos todos en el coche —dijo la madre.
Doblaron por el camino de tierra y el coche avanzó a tropezones en un
remolino de polvo colorado. La abuela recordó los tiempos en que no había
carreteras pavimentadas y hacer cincuenta kilómetros representaba un día de
viaje. El camino de tierra era abrupto y súbitamente se encontraban con charcos
y curvas cerradas en terraplenes peligrosos. Tan pronto se hallaban en lo alto de
una colina, desde donde se dominaban las copas azules de los árboles que se
extendían a lo largo de kilómetros, como en una depresión rojiza dominada por
los árboles cubiertos de una capa de polvillo.
—Mejor será que aparezca ese lugar antes de un minuto —dijo Bailey—,
o daré la vuelta.
Daba la impresión de que nadie había pasado por aquel camino desde hacía
meses.
—No falta mucho —comentó la abuela, y apenas lo hubo dicho cuando
tuvo un pensamiento horrible. Le produjo tal vergüenza que la cara se le puso
colorada y se le dilataron las pupilas y sus pies dieron un salto, de modo que
movieron la bolsa de viaje en el rincón. En el momento en que se movió la
bolsa, el periódico que había colocado sobre la cesta se levantó con un maullido
y Pitty Sing, el gato, saltó sobre el hombro de Bailey.
Los chicos cayeron al suelo y su madre, con el bebé en brazos, salió
disparada por la portezuela y se desplomó en la tierra; la vieja dama se vio
arrojada hacia el asiento delantero. El automóvil dio una vuelta y aterrizó sobre
el costado derecho, en una zanja al lado del camino. Bailey se quedó en el
asiento del conductor con el gato —de rayas grises, cara blanca y hocico
naranja— todavía agarrado al cuello como una oruga.
Tan pronto como los chicos se dieron cuenta de que podían mover los
brazos y las piernas, salieron arrastrándose del coche y gritaron: «¡Hemos tenío
un accidente!». La abuela estaba hecha un ovillo bajo el salpicadero y esperaba
estar tan malherida que la furia de Bailey no cayera sobre ella. El pensamiento
terrible que había tenido antes del accidente era que la casa que recordaba tan
vívidamente, no estaba en Georgia, sino en Tennessee.
Bailey se quitó el gato del cuello con las manos y lo arrojó por la ventanilla
contra el tronco de un pino. Luego salió del coche y empezó a buscar a la madre
de los chicos. Estaba sentada en la cuneta, con el chico, que no paraba de llorar,

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en brazos, pero sçolo había sufrido un corte en la cara y tenía un hombro roto.
«¡Hemos tenío un accidente!», gritaban los chicos en un delirio de felicidad.
—Pero nadie se ha muerto —señaló june Star con cierta desilusión,
mientras la abuela salía rengueando del coche, con el sombrero todavía
prendido a la cabeza pero el encaje delantero roto y levantado en un airoso
ángulo y el ramito de violetas caído a un costado.
Se sentaron todos en la cuneta, excepto los chicos, para recobrarse de la
conmoción. Estaban todos temblando.
—Tal vez pase algún coche —dijo la madre de los niños con voz ronca.
—Creo que m’hecho daño en algún órgano —comentó la abuela
apretándose el costado, pero nadie le prestó atención.
A Bailey le castañeteaban los dientes. Llevaba una camisa amarilla de
sport, con un estampado de loros en un azul vivo y tenía la cara tan amarilla
como la camisa. La abuela decidió no comentar que la casa en cuestión estaba
en Tennessee.
La carretera quedaba unos tres metros más arriba y sólo podían ver las
copas de los árboles al otro lado. Detrás de la cuneta donde estaban sentados
había más árboles, altos, oscuros y graves. A los pocos minutos divisaron un
coche a cierta distancia, en lo alto de una colina; avanzaba lentamente como si
sus ocupantes los estuvieran observando. La abuela se puso en pie y agitó los
brazos dramáticamente para atraer su atención. El automóvil continuó
avanzando con lentitud, desapareció en un recodo y volvió a aparecer, rodando
aún más despacio, sobre la colina por la que ellos habían pasado. Era un
vehículo grande y baqueteado, parecido a un coche fúnebre. Había tres hombres
dentro.
Se detuvo justo a su lado y durante unos minutos el conductor miró fija e
inexpresivamente hacía donde estaban sentados, sin decir palabra. Luego volvió
la cabeza, susurró algo a los otros dos y se apearon. Uno era un muchacho gordo
con pantalones negros y una sudadera roja con un semental plateado estampado
delante. Caminó, se colocó a la derecha del grupo y se quedó mirándolos con la
boca entreabierta en una floja sonrisa burlona. El otro llevaba pantalones color
caqui, una chaqueta de rayas azules y un sombrero gris echado hacia delante
que le tapaba casi toda la cara. Se acercó despacio por la izquierda. Ninguno de
los dos habló.
El conductor salió del coche y se quedó junto a él mirándolos. Era mayor
que los otros. Su pelo empezaba a encanecer y llevaba unas gafas con montura
plateada que le daban aspecto académico. Tenía el rostro largo y arrugado, y no
llevaba camisa ni camiseta. Vestía unos tejanos que le quedaban demasiado
ajustados y llevaba en la mano un sombrero y una pistola. Los dos muchachos
llevaban pistolas.

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—¡Hemos tenío un accidente! —gritaron los niños.
La abuela tuvo la extraña sensación de que conocía al hombre de las gafas.
Le sonaba tanto su cara que era como si le hubiera conocido de toda la vida,
pero no lograba recordar quién era. Él se alejó del coche y empezó a bajar por
el terraplén dando los pasos con sumo cuidado para no resbalar. Calzaba zapatos
blancos y marrones y no llevaba calcetines; sus tobillos eran flacos y rojos.
—Buenas tardes —dijo—. Veo que han tenío un accidente de na.
—¡Hemos dao dos vueltas de campana! —dijo la abuela.
—Una —corrigió él—. Lo hemos visto. Hiram, prueba el coche a ver si
funciona —indicó en voz baja al muchacho del sombrero gris.
—¿Pa qué lleva esa pistola? —preguntó John Wesley—. ¿Qué va hacer
con ella?
—Señora —dijo el hombre a la madre de los chicos—, ¿le importaría
decirles a esos chicos que se sienten a su lao? Los niños me ponen nervioso.
Quiero que se queden sentados juntos.
—¿Quién es usté pa decirnos lo que debemos hacer? —preguntó June Star.
Detrás de ellos, la línea de los árboles se abrió como una oscura boca.
—Vengan aquí —dijo la madre.
—Verá usted —dijo Bailey de pronto—, estamos en un apuro. Estamos
en…
La abuela soltó un chillido. Se levantó trabajosamente y lo miró de hito en
hito.
¡Usté es el Desequilibrado! ¡Lo he reconocío na más verlo!
—Sí, señora —dijo el hombre, que sonrió levemente como si estuviera
satisfecho a pesar de que lo hubieran reconocido—, pero habría sido mejor pa
todos ustedes, señora, que no me hubiese reconocío.
Bailey volvió la cabeza bruscamente y dijo a su madre algo que dejó
atónitos hasta a los niños. La anciana se echó a llorar y el Desequilibrado se
ruborizó.
—Señora —dijo—, no se disguste. A veces un hombre dice cosas que no
piensa. No creo qu’haya querido hablarle d’esa manera.
—Tú no dispararías a una dama, ¿verdá? —dijo la abuela, que se sacó un
pañuelo limpio del puño y empezó a secarse los ojos.
El Desequilibrado clavó la punta del zapato en el suelo, hizo un pequeño
hoyo y luego lo tapó de nuevo.
—No me gustaría na tener qu’hacerlo.
—Escucha —dijo la abuela casi a gritos—, sé qu’eres un buen hombre. No
pareces tener la misma sangre que los demás. ¡Sé que debes de venir d’una
buena familia!
—Sí, señora —afirmó él—, la mejor del mundo. —Cuando sonreía mostraba

106
una hilera de fuertes dientes blancos—. Dios nunca creó a una mujer mejor que
mi madre, y papá tenía un corazón d’oro puro.
El muchacho de la sudadera roja se había colocado detrás de ellos con la
pistola en la cadera. El Desequilibrado se acuclilló.
—Vigila a los niños, Bobby Lee —dijo—. Sabes que me ponen nervioso.
Miró a los seis apiñados ante él y dio la impresión de estar incómodo, como
si no se le ocurriera qué decir.
—No hay ni una nube en el cielo —comentó alzando la vista—. No se ve
el sol, pero tampoco hay nubes.
—Sí, es un día hermoso —dijo la abuela—. Escucha, no te tendrías que
apodar el Desequilibrado, porque yo sé que en el fondo eres un hombre bueno.
Con solo mirarte ya me doy cuenta.
—¡Calla! —gritó Bailey—. ¡Calla! ¡Cállense todos y déjenme a mí
arreglar esto! —Estaba en cuclillas como un atleta a punto de iniciar la carrera,
pero no se movió.
—Muchas gracias, señora —dijo el Desequilibrado, y dibujó un circulito
con la culata de la pistola.
—Tardaremos una media hora en arreglar el coche —avisó Hiram mirando
por encima del capó abierto.
—Bueno, primero tú y Bobby Lee lleven a él y al niño allá —dijo el
Desequilibrado señalando a Bailey y a John Wesley—. Los muchachos quieren
preguntarle algo —explicó a Bailey—. ¿Le importaría acompañarlos hasta el
bosque?
—Escuche —comenzó Bailey—, ¡estamos en un gran aprieto! Nadie se da
cuenta de lo qu’es esto. —Y se le quebró la voz. Tenía los ojos tan azules y
brillantes como los loros de su camisa, y se quedó absolutamente inmóvil.
La abuela levantó la mano para ponerse bien el ala del sombrero como si
fuera al bosque con él, pero se le desprendió entre los dedos. Se quedó
mirándola y después de un segundo la dejó caer al suelo. Hiram levantó a Bailey
tomándolo del brazo como si estuviera ayudando a un anciano. John Wesley
agarró la mano de su padre y Bobby Lee se colocó detrás de ellos. Se
encaminaron hacia el bosque y, cuando llegaron al borde oscuro, Bailey se dio
la vuelta y, apoyándose contra el tronco gris y pelado de un pino, gritó:
—¡Estaré de vuelta en un minuto, espérame, mamá!
—¡Vuelve ahora mismo! —exclamó la abuela, pero todos desaparecieron
en el bosque—. ¡Bailey, hijo! —gritó con voz trágica, pero se encontró con que
estaba mirando al Desequilibrado, que estaba acuclillado delante de ella—. Sé
muy bien qu’eres un hombre bueno —le dijo con desesperación—. ¡No eres una
persona corriente!

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—No, no soy un hombre bueno —repuso el Desequilibrado un instante
después, como si hubiera considerado su afirmación con sumo cuidado—, pero
tampoco soy lo peor del mundo. Mi viejo decía que yo era un perro de raza
diferente de la de mis hermanos y hermanas. «Mira —decía mi viejo—, hay
algunos que pueden vivir toa su vida sin preguntarse por qué y otros que tienen
que saber el porqué, y este muchacho es d’estos últimos. ¡Va estar en to!»
Se puso el sombrero y súbitamente alzó la mirada y la dirigió hacia el
bosque como si de nuevo se sintiera incómodo.
—Perdonen qu’esté sin camisa delante de ustedes, señoras —añadió
encorvando un poco los hombros—. Enterramos la ropa que teníamos cuando
escapamos y nos apañamos con lo que tenemos hasta que consigamos algo
mejor. Esta ropa nos la prestaron unos tipos que encontramos.
—No pasa na —observó la abuela—. Tal vez Bailey tenga otra camisa en
su maleta.
—Luego la buscaré —dijo el Desequilibrado.
—¿Adónde se lo están llevando? —gritó la madre de los niños.
—Papá era un gran tipo —dijo el Desequilibrado—. No había quien
l’engañara. Pero nunca tuvo problemas con las autoridades. Tenía l’habilidá de
saber tratarlos.
—Tú podrías ser honrado si te lo propusieras —afirmó la abuela—. Piensa
en lo bonito que sería establecerse en algún sitio y vivir cómodamente sin que
nadie t’estuviera persiguiendo to el tiempo.
El Desequilibrado escarbaba en el suelo con la culata de la pistola como si
estuviera reflexionando sobre estas palabras.
—Sí, siempre hay alguien persiguiéndote —murmuró.
La abuela reparó en cuán delgados eran sus omóplatos detrás del sombrero,
porque estaba de pie y lo miraba desde arriba.
—¿Rezas alguna vez? —preguntó.
Él negó con la cabeza. Ella sólo vio cómo el sombrero negro se movía
entre sus omóplatos.
—No.
Sonó un disparo de pistola en el bosque, seguido de inmediato por otro.
Luego, silencio. La cabeza de la anciana dio una sacudida. Oyó cómo el viento
se movía entre las copas de los árboles como una larga inspiración satisfecha.
—¡Bailey, hijo! —gritó.
—Durante un tiempo fui cantante de gospel —explicó el Desequilibrado—
. He sido casi to. Serví en el Ejército de Tierra y en la Marina, aquí y en el
extranjero. Me casé dos veces, trabajé de sepulturero, trabajé en los
ferrocarriles, aré la madre tierra, presencié un tornado, una vez vi quemar vivo
un hombre. —Y miró a la madre de los chicos y a la niña, que estaban sentadas

108
muy juntas, con la cara blanca y los ojos vidriosos—. Hasta he visto azotar a
una mujer.
—Reza, reza —empezó a repetir la abuela—, reza, reza…
—No era un chico malo por lo que recuerdo —prosiguió el Desequilibrado
con voz casi soñadora—, pero en algún momento hice algo malo y m’enviaron
a la penitenciaría. M’enterraron vivo.
Miró hacia arriba y mantuvo la atención de la abuela con una mirada fija.
—Fue entonces cuando deberías haber comenzado a rezar —dijo ella—.
¿Qu’hiciste pa que te enviaran a la penitenciaría la primera vez?
—Doblabas a la derecha y había una pared —explicó el Desequilibrado
con la mirada alzada hacia el cielo sin nubes—. Doblabas a la izquierda y había
una pared. Mirabas arriba y estaba el techo, mirabas abajo y estaba el suelo.
Olvidé lo qu’había hecho, señora. Me quedaba sentado allí tratando de recordar
lo qu’había hecho y, hasta el día de hoy, no lo recuerdo. De vez en cuando
pensaba que lo recordaría, pero no fue así.
—Tal vez t’encerraron por error —apuntó la anciana. —No —dijo él—.
No hubo error. Había pruebas contra mí. —Tal vez robaste algo.
El Desequilibrado soltó una risita burlona.
—Nadie tenía na que yo quisiese. Un jefe de médicos de la penitenciaría
dijo que lo que yo había hecho fue matar a mi padre, pero sé que es mentira. Mi
viejo murió en mil novecientos diecinueve de la epidemia de gripe y yo nunca
tuve na que ver con eso. L’enterraron en el cementerio de la iglesia baptista de
Mount Hopewell y usté puede ir y verlo por sí misma.
—Si rezaras —dijo la anciana—, Cristo te ayudaría.
—Así es.
—Entonces, ¿por qué no rezas? —preguntó ella, temblando de súbita
alegría.
—No quiero ninguna ayuda. Solo, las cosas me van bien.
Bobby Lee y Hiram regresaron del bosque con paso lento. Bobby Lee
arrastraba una camisa amarilla con loros azules estampados.
—Tírame esa camisa, Bobby Lee —dijo el Desequilibrado.
La camisa llegó volando, aterrizó en su hombro y se la puso. La abuela no
podía pensar en lo que le hacía recordar esa camisa.
—No, señora —prosiguió el Desequilibrado mientras se abrochaba los
botones—, comprendí que el delito da igual. Puedes hacer una cosa o hacer otra,
matar a un hombre o quitarle una rueda del coche, porque tarde o temprano
t’olvidas de lo qu’has hecho y simplemente te castigan por ello.
La madre de los chicos comenzó a emitir sonidos entrecortados, como si
no pudiese respirar.

109
—Señora —dijo él—, ¿podrían usted y la pequeña acompañar a Hiram y
a Bobby Lee hasta donde está su esposo?
—Sí, gracias —dijo la madre débilmente. Su brazo izquierdo colgaba
inútil, y llevaba al bebé, que se había quedado dormido, en el otro.
—Ayuda a la señora, Hiram —dijo el Desequilibrado, cuando ella trataba
penosamente de subir por la zanja—. Y tú, Bobby Lee, toma a la pequeña de la
mano.
—No quiero que me dé la mano —replicó June Star—. Parece un cerdo.
El muchacho gordo se ruborizó y se rió, la tomó de la mano y tiró de ella
hacia el bosque detrás de Hiram y la madre.
Sola con el Desequilibrado, la abuela se dio cuenta de que había perdido
la voz. No había una sola nube en el cielo, y tampoco sol. No había nada a su
alrededor excepto el bosque. Quiso decirle que debía orar. Abrió y cerró la boca
varias veces antes de que saliera algo. Finalmente se encontró a sí misma
diciendo: «Jesús, Jesús». Quería decir «Jesús t’ayudará», pero de la manera en
que lo decía era como si estuviera maldiciendo.
—Sí, señora —dijo el Desequilibrado como si le estuviera dando la razón.
Jesús rompió el equilibrio de todo. Le ocurrió lo mismo que mí, salvo que Él no
había cometido ningún crimen y en mi caso pudieron probar que yo había
cometido uno porque tenían los documentos contra mí. Por supuesto, nunca me
mostraron los papeles. Por eso ahora pongo la firma. Dije hace mucho tiempo:
te consigues una firma y firmas to lo qu’haces y te quedas con una copia.
Entonces sabrás lo qu’has hecho y podrás contraponer el delito con el castigo y
ver si se corresponden y al final tendrás algo pa probar que no t’han tratao como
debían. Me hago llamar el Desequilibrado porque no puedo hacer que las cosas
malas que he hecho se correspondan con lo que he soportao durante`l castigo.
Se oyó un grito desgarrador en el bosque, seguido de inmediato por un
disparo.
—¿Le parece bien a usté, señora, que a uno le castiguen mucho y a otro no
le castiguen na?
—¡Jesús! —gritó la anciana—. ¡Tienes buena sangre! ¡Yo sé que no
dispararías a una dama! ¡Sé que vienes d’una familia buena! ¡Reza! Por Dios,
no deberías disparar a una dama. ¡Te daré to el dinero que tengo!
—Señora —repuso el Desequilibrado mirando hacia el bosque—, nunca
ha habido un cadáver que diera una propina al sepulturero.
Se oyeron otros dos disparos y la abuela levantó la cabeza como un viejo
pavo sediento pidiendo agua y gritó: «¡Bailey, hijo, Bailey, hijo!», como si fuera
a partírsele el corazón.
—Jesús es el único qu’ha resucitao a los muertos —continuó el
Desequilibrado—, y no tendría qu’haberlo hecho. Rompió el equilibrio de to.

110
Si Él hacía lo que decía, entonces sólo te queda dejarlo to y seguirlo, y si no lo
hacía, entonces sólo te queda disfrutar de los pocos minutos que tienes de la
mejor manera posible, matando a alguien o quemándole la casa o haciéndole
alguna otra maldad. No hay placer, sino maldad —dijo, y su voz casi se había
transformado en un gruñido.
—Tal vez no resucitó a los muertos —murmuró la anciana, sin saber lo
que estaba diciendo y sintiéndose tan mareada que se dejó caer en la zanja sobre
las piernas cruzadas.
—Yo no estaba allí, así que no puedo decir que no lo hizo —repuso el
Desequilibrado—. Ojalá hubiera estado allí —añadió golpeando el suelo con el
puño—. No está bien que no estuviera allí, porque d’haber estao allí yo sabría.
Escuche, señora —añadió alzando la voz—, d’haber estao allí, yo sabría y no
sería como soy ahora.
Su voz parecía a punto de quebrarse y la cabeza de la abuela se aclaró por
un instante. Vio la cara del hombre contraída cerca de la suya como si estuviera
a punto de llorar, y entonces murmuró:
—¡Si eres uno de mis niños! ¡Eres uno de mis hijos!
Tendió la mano y lo tocó en el hombro. El Desequilibrado saltó hacia atrás
como si le hubiera mordido una serpiente y le disparó tres veces en el pecho.
Luego dejó la pistola en el suelo, se quitó las gafas y se puso a limpiarlas.
Hiram y Bobby Lee regresaron del bosque y se detuvieron junto a la cuneta
para observar a la abuela, que estaba medio sentada, y medio tendida en un
charco de sangre, con las piernas cruzadas como las de un niño, y su rostro
sonreía al cielo sin nubes.
Sin las gafas, los ojos del Desequilibrado estaban bordeados de rojo y
tenían una mirada pálida e indefensa.
—Llévensela y déjenla donde dejaron a los otros —dijo, y tomó al gato,
que se estaba refregando contra su pierna.
—Era una charlatana —dijo Bobby Lee, y bajó a la zanja cantando.
—Habría sido una buena mujer —dijo el Desequilibrado— si hubiera tenío
a alguien cerca que le disparara cada minuto de su vida.
—¡Pequeña diversión! —dijo Bobby Lee.
—Cállate, Bobby Lee —dijo el Desequilibrado—. No hay verdadero
placer.

111
LA CULPA ES DE LOS TLAXCALTECAS
Elena Garro

Nacha oyó que llamaban en la puerta a la puerta de la cocina y se quedó quieta.


Cuando volvieron a insistir abrió con sigilo y miró la noche. La señora Laura
apareció con un dedo en los labios en señal de silencio. Todavía llevaba el traje
blanco quemado y sucio de tierra y sangre.
—¡Señora!… —suspiró Nacha.
La señora Laura entró de puntillas y miró con ojos interrogantes a la
cocinera. Luego, confiada, se sentó junto a la estufa y miró su cocina como si
no la hubiera visto nunca.
—Nachita, dame un cafecito… Tengo frío.
—Señora, el señor… el señor la va a matar. Nosotros ya la dábamos por
muerta.
—¿Por muerta?
Laura miró con asombro los mosaicos blancos de la cocina, subió las
piernas sobre la silla, se abrazó las rodillas y se quedó pensativa. Nacha puso a
hervir el agua para hacer el café y miró de reojo a su patrona; no se le ocurrió
ni una palabra más. La señora recargó la cabeza sobre las rodillas, parecía muy
triste.
—¿Sabes, Nacha? La culpa es de los tlaxcaltecas.
Nacha no contestó, prefirió mirar el agua que no hervía.
Afuera la noche desdibujaba a las rosas del jardín y ensombrecía a las
higueras. Muy atrás de las ramas brillaban las ventanas iluminadas de las casas
vecinas. La cocina estaba separada del mundo por un muro invisible de tristeza,
por un compás de espera.
—¿No estás de acuerdo, Nacha?
—Sí, señora…
—Yo soy como ellos: traidora… —dijo Laura con melancolía.
La cocinera se cruzó de brazos en espera de que el agua soltara los
hervores.
—¿Y tú, Nachita, eres traidora?
La miró con esperanzas. Si Nacha compartía su calidad traidora, la
entendería, y Laura necesitaba que alguien la entendiera esa noche.
Nacha reflexionó unos instantes, se volvió a mirar el agua que empezaba
a hervir con estrépito, la sirvió sobre el café y el aroma caliente la hizo sentirse
a gusto cerca de su patrona.
—Sí, yo también soy traicionera, señora Laurita.

112
Contenta, sirvió el café en una tacita blanca, le puso dos cuadritos de
azúcar y lo colocó en la mesa, frente a la señora. Ésta, ensimismada, dio unos
sorbitos.
—¿Sabes, Nachita? Ahora sé por qué tuvimos tantos accidentes en el
famoso viaje a Guanajuato. En Mil Cumbres se nos acabó la gasolina. Margarita
se asustó porque ya estaba anocheciendo. Un camionero nos regaló una poquita
para llegar a Morelia. En Cuitzeo, al cruzar el puente blanco, el coche se paró
de repente. Margarita se disgustó conmigo, ya sabes que le dan miedo los
caminos vacíos y los ojos de los indios. Cuando pasó un coche lleno de turistas,
ella se fue al pueblo a buscar un mecánico y yo me quedé en la mitad del puente
blanco, que atraviesa el lago seco con fondo de lajas blancas. La luz era muy
blanca y el puente, las lajas y el automóvil empezaron a flotar en ella. Luego la
luz se partió en varios pedazos hasta convertirse en miles de puntitos y empezó
a girar hasta que se quedó fija como un retrato. El tiempo había dado la vuelta
completa, como cuando ves una tarjeta postal y luego la vuelves para ver lo que
hay escrito atrás. Así llegué en el lago de Cuitzeo, hasta la otra niña que fui. La
luz produce esas catástrofes, cuando el sol se vuelve blanco y uno está en el
mismo centro de sus rayos. Los pensamientos también se vuelven mil puntitos,
y uno sufre vértigo. Yo, en ese momento, miré el tejido de mi vestido blanco y
en ese instante oí sus pasos. No me asombré. Levanté los ojos y lo vi venir. En
ese instante, también recordé la magnitud de mi traición, tuve miedo y quise
huir. Pero el tiempo se cerró alrededor de mí, se volvió único y perecedero y no
pude moverme del asiento del automóvil. “Alguna vez te encontrarás frente a
tus acciones convertidas en piedras irrevocables como ésa”, me dijeron de niña
al enseñarme la imagen de un dios, que ahora no recuerdo cuál era. Todo se
olvida, ¿verdad Nachita?, pero se olvida sólo por un tiempo, En aquel entonces
también las palabras me parecieron de piedra, sólo que de una piedra fluida y
cristalina. La piedra se solidificaba al terminar cada palabra, para quedar escrita
para siempre en el tiempo. ¿No eran así las palabras de tus mayores?
Nacha reflexionó unos instantes, luego asintió convencida.
—Así eran, señora Laurita.
—Lo terrible es, lo descubrí en ese instante, que todo lo increíble es
verdadero. Allí venía él, avanzando por la orilla del puente, con la piel ardida
por el sol y el peso de la derrota sobre los hombros desnudos. Sus pasos sonaban
como hojas secas. Traía los ojos brillantes. Desde lejos me llegaron sus chispas
negras y vi ondear sus cabellos negros en medio de la luz blanquísima del
encuentro. Antes de que pudiera evitarlo lo tuve frente a mis ojos. Se detuvo, se
cogió de la portezuela del coche y me miró. Tenía una cortada en la mano
izquierda, los cabellos llenos de polvo, y por la herida del hombro le escurría
una sangre tan roja, que parecía negra. No me dijo nada. Pero yo supe que iba

113
huyendo, vencido. Quiso decirme que yo merecía la muerte, y al mismo tiempo
me dijo que mi muerte ocasionaría la suya. Andaba malherido, en busca mía.
“—La culpa es de los tlaxcaltecas— le dije.
“Él se volvió a mirar al cielo. Después recogió otra vez sus ojos sobre los
míos.
“—¿Qué te haces? —me preguntó con su voz profunda. No pude decirle
que me había casado, porque estoy casada con él. Hay cosas que no se pueden
decir, tú lo sabes, Nachita.
“—¿Y los otros? —le pregunté.
“—Los que salieron vivos andan en las mismas trazas que yo—. Vi que
cada palabra le lastimaba la lengua y me callé, pensando en la vergüenza de mi
traición.
“—Ya sabes que tengo miedo y que por eso traiciono…
“—Ya lo sé —me contestó y agachó la cabeza. Me conoce desde chica,
Nacha. Su padre y el mío eran hermanos y nosotros primos. Siempre me quiso,
al menos eso dijo y así lo creímos todos. En el puente yo tenía vergüenza. La
sangre le seguía corriendo por el pecho. Saqué un pañuelito de mi bolso y sin
una palabra, empecé a limpiársela. También yo siempre lo quise, Nachita,
porque él es lo contrario de mí: no tiene miedo y no es traidor. Me cogió la
mano y me la miró.
“—Está muy desteñida, parece una mano de ellos —me dijo.
“—Hace ya tiempo que no me pega el sol—. Bajó los ojos y me dejó caer
la mano: Estuvimos así, en silencio, oyendo correr la sangre sobre su pecho. No
me reprochaba nada, bien sabe de lo que soy capaz. Pero los hilitos de su sangre
escribían sobre su pecho que su corazón seguía guardando mis palabras y mi
cuerpo. Allí supe, Na¬chita, que el tiempo y el amor son uno solo.
“—¿Y mi casa? —le pregunté.
“—Vamos a verla—. Me agarró con su mano caliente, como agarraba a su
escudo y me di cuenta de que no lo llevaba. “Lo perdió en la huida”, me dije, y
me dejé llevar. Sus pasos sonaron en la luz de Cuitzeo iguales que en la otra
luz: sordos y apacibles. Caminamos por la ciudad que ardía en las orillas del
agua. Cerré los ojos. Ya te dije, Nacha, que soy cobarde. O tal vez el humo y el
polvo me sacaron lágrimas. Me senté en una piedra y me tapé la cara con las
manos.
“—Ya no camino… —le dije.
“—Ya llegamos —me contestó. Se puso en cuclillas junto a mí y con la
punta de los dedos acarició mi vestido blanco.
“—Si no quieres ver cómo quedó, no lo veas —me dijo quedito.

114
Su pelo negro me hacía sombra. No estaba enojado, nada más estaba triste.
Antes nunca me hubiera atrevido a besarlo, pero ahora he aprendido a no tenerle
respeto al hombre, y me abracé a su cuello y lo besé en la boca.
“—Siempre has estado en la alcoba más preciosa de mi pecho —me dijo.
Agachó la cabeza y miró la tierra llena de piedras secas. Con una de ellas dibujó
dos rayitas paralelas, que prolongó hasta que se juntaron y se hicieron una sola.
“—Somos tú y yo —me dijo sin levantar la vista. Yo, Nachita, me quedé
sin palabras.
“—Ya falta poco para que se acabe el tiempo y seamos uno solo… por eso
te andaba buscando—. Se me había olvidado, Nacha, que cuando se gaste el
tiempo, los dos hemos de quedarnos el uno en el otro, para entrar en el tiempo
verdadero convertidos en uno solo. Cuando me dijo eso lo miré a los ojos. Antes
sólo me atrevía a mirárselos cuando me tomaba, pero ahora, como ya te dije, he
aprendido a no respetar los ojos del hombre. También es cierto que no quería
ver lo que sucedía a mi alrededor… soy muy cobarde. Recordé los alaridos y
volví a oírlos: estridentes, llameantes en mitad de la mañana. También oí los
golpes de las piedras y las vi pasar zumbando sobre mi cabeza. Él se puso de
rodillas frente a mí y cruzó los brazos sobre mi cabeza para hacerme un tejadito.
“—Éste es el final del hombre —dije.
“—Así es —contestó con su voz encima de la mía. Y me vi en sus ojos y
en su cuerpo. ¿Sería un venado el que me llevaba hasta su ladera? ¿O una
estrella que me lanzaba a escribir señales en el cielo? Su voz escribió signos de
sangre en mi pecho y mi vestido blanco quedó rayado como un tigre rojo y
blanco.
“—A la noche vuelvo, espérame… —suspiró. Agarró su escudo y me miró
desde muy arriba.
“—Nos falta poco para ser uno —agregó con su misma cortesía.
Cuando se fue, volví a oír los gritos del combate y salí corriendo en medio
de la lluvia de piedras y me perdí hasta el coche parado en el puente del Lago
de Cuitzeo.
“—¿Qué pasa? ¿Estás herida? —me gritó Margarita cuando llegó.
Asustada, tocaba la sangre de mi vestido blanco y señalaba la sangre que tenía
en los labios y la tierra que se había metido en mis cabellos. Desde otro coche,
el mecánico de Cuitzeo me miraba con sus ojos muertos.
“—¡Estos indios salvajes!… ¡No se puede dejar sola a una señora! —dijo
al saltar de su automóvil, dizque para venir a auxiliarme. Al anochecer llegamos
a la ciudad de México. ¡Cómo había cambiado, Nachita, casi no puede creerlo!
A las doce del día todavía estaban los guerreros y ahora ya ni huella de su paso.
Tampoco quedaban escombros. Pasamos por el Zócalo silencioso y triste; de la

115
otra plaza, no quedaba ¡nada! Margarita me miraba de reojo. Al llegar a la casa
nos abriste tú. ¿Te acuerdas?
Nacha asintió con la cabeza. Era muy cierto que hacía apenas dos meses
escasos que la señora Laurita y su suegra habían ido a pasear a Guanajuato. La
noche en que volvieron, Josefina la recamarera y ella, Nacha, notaron la sangre
en el vestido y los ojos ausentes de la señora, pero Margarita, la señora grande,
les hizo señas de que se callaran. Parecía muy preocupada. Más tarde Josefina
le contó que en la mesa el señor se le quedó mirando malhumorado a su mujer
y le dijo:
—¿Por qué no te cambiaste? ¿Te gusta recordar lo malo?
La señora Margarita, su mamá, ya le había contado lo sucedido y le hizo
una seña como diciéndole: “¡Cállate, tenle lástima!”. La señora Laurita no
contestó; se acarició los labios y sonrió ladina. Entonces el señor, volvió a
hablar del presidente López Mateos.
“—Ya sabes que ese nombre no se le cae de la boca —había comentado
Josefina, desdeñosamente.
En sus adentros ellas pensaban que la señora Laurita se aburría oyendo
hablar siempre del señor presidente y de las visitas oficiales.
—¡Lo que son las cosas, Nachita, yo nunca había notado lo que me aburría
con Pablo hasta esa noche! —comentó la señora abrazándose con Pablo hasta
esa noche dándoles súbitamente la razón a Josefina y Nachita.
La cocinera se cruzó de brazos y asintió con la cabeza.
—Desde que entré a la casa, los muebles, los jarrones y los espejos se me
vinieron encima y me dejaron más triste de lo que venía. ¿Cuántos días, cuántos
años tendré que esperar todavía para que mi primo venga a buscarme? Así me
dije y me arrepentí de mi traición. Cuando estábamos cenando me fijé en que
Pablo no hablaba con palabras sino con letras. Y me puse a contarlas mientras
le miraba la boca gruesa y el ojo muerto. De pronto se calló. Ya sabes que se le
olvida todo. Se quedó con los brazos caídos. “Este marido nuevo, no tiene
memoria y no sabe más que las cosas de cada día.”
“—Tienes un marido turbio y confuso —me dijo él volviendo a mirar las
manchas de mi vestido. La pobre de mi suegra se turbó y como estábamos
tomando el café se levantó a poner un twist.
“—Para que se animen —nos dijo, dizque sonriendo, porque veía venir el
pleito.
“Nosotros nos quedamos callados. La casa se llenó de ruidos. Yo miré a
Pablo. “Se parece a…” y no me atreví a decir su nombre, por miedo a que me
leyeran el pensamiento. Es verdad que se le parece, Nacha. A los dos les gusta
el agua y las casas frescas. Los dos miran al cielo por las tardes y tienen el pelo
negro y los dientes blancos. Pero Pablo habla a saltitos, se enfurece por nada y

116
pregunta a cada instante: “¿En qué piensas?” Mi primo marido no hace ni dice
nada de eso.
—¡Muy cierto! ¡Muy cierto que el señor es fregón! —dijo Nacha con
disgusto.
Laura suspiró y miró a su cocinera con alivio. Menos mal que la tenía de
confidente.
—Por la noche, mientras Pablo me besaba, yo me repetía: “¿A qué horas
vendrá a buscarme?”. Y casi lloraba al recordar la sangre de la herida que tenía
en el hombro. Tampoco podía olvidar sus brazos cruzados sobre mi cabeza para
hacerme un tejadito. Al mismo tiempo tenía miedo de que Pablo notara que mi
primo me había besado en la mañana. Pero no notó nada y si no hubiera sido
por Josefina que me asustó en la mañana, Pablo nunca lo hubiera sabido.
Nachita estuvo de acuerdo. Esa Josefina con su gusto por el escándalo tenía
la culpa de todo. Ella, Nacha, bien se lo dijo: “¡Cállate! ¡Cállate por el amor de
Dios, si no oyeron nuestros gritos por algo sería!”. Pero, qué esperanzas,
Josefina apenas entró a la pieza de los patrones con la bandeja del desayuno,
soltó lo que debería haber callado.
“—¡Señora, anoche un hombre estuvo espiando por la ventana de su
cuarto! ¡Nacha y yo gritamos y gritamos!
“—No oímos nada… —dijo el señor asombrado.
“—¡Es él…! —gritó la tonta de la señora.
“—¿Quién es él? —preguntó el señor mirando a la señora como si la fuera
a matar. Al menos eso dijo Josefina después.
La señora asustadísima se tapó la boca con la mano y cuando el señor le
volvió a hacer la misma pregunta, cada vez con más enojo, ella contestó:
“—El indio… el indio que me siguió desde Cuitzeo hasta la ciudad de
México…
Así supo Josefina lo del indio y así se lo contó a Nachita.
“— ¡Hay que avisarle inmediatamente a la policía! —gritó el señor.
Josefina le enseñó la ventana por la que el desconocido había estado
fisgando y Pablo la examinó con atención: en el alféizar había huellas de sangre
casi frescas.
“—Está herido… —dijo el señor Pablo preocupado.
Dio unos pasos por la recámara y se detuvo frente a su mujer.
“—Era un indio, señor —dijo Josefina corroborando las palabras de Laura.
Pablo vio el traje blanco tirado sobre una silla y lo cogió con violencia.
“—¿Puedes explicarme el origen de estas manchas?
La señora se quedó sin habla, mirando las manchas de sangre sobre el
pecho de su traje y el señor golpeó la cómoda con el puño cerrado. Luego se
acercó a la señora y le dio una santa bofetada. Eso lo vio y lo oyó Josefina.

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—Sus gestos son feroces y su conducta es tan incoherente como sus
palabras. Yo no tengo la culpa de que aceptara la derrota —dijo Laura con
desdén.
—Muy cierto —afirmó Nachita.
Se produjo un largo silencio en la cocina. Laura metió la punta del dedo
hasta el fondo de la taza, para sacar el pozo negro del café que se había quedado
asentado, y Nacha al ver esto volvió a servirle un café calientito.
—Bébase su café, señora —dijo compadecida de la tristeza de su patrona.
¿Después de todo de qué se quejaba el señor? A leguas se veía que la señora
Laurita no era para él.
—Yo me enamoré de Pablo en una carretera, durante un minuto en el cual
me recordó a alguien conocido, a quien y o no recordaba. Después, a veces,
recuperaba aquel instante en el que parecía que iba a convertirse en ese otro al
cual se parecía. Pero no era verdad. Inmediatamente volvía a ser absurdo, sin
memoria, y sólo repetía los gestos de todos los hombres de la ciudad de México.
¿Cómo querías que no me diera cuenta del engaño? Cuando se enoja me prohíbe
salir. ¡A ti te consta! ¿Cuántas veces arma pleitos en los cines y en los
restaurantes? Tú lo sabes, Nachita. En cambio mi primo marido, nunca, pero
nunca, se enoja con la mujer.
Nacha sabía que era cierto lo que ahora le decía la señora, por eso aquella
mañana en que Josefina entró a la cocina espantada y gritando: “¡Despierta a la
señora Margarita, que el señor está golpeando a la señora!”, ella, Nacha, corrió
al cuarto de la señora grande.
La presencia de su madre calmó al señor Pablo. Margarita se quedó muy
asombrada al oír lo del indio, porque ella no lo había visto en el Lago de
Cuitzeo, sólo había visto la sangre como la que podíamos ver todos.
“—Tal vez en el Lago tuviste una insolación, Laura, y te salió sangre por
las narices. Fíjate, hijo, que llevábamos el coche descubierto. Dijo casi sin saber
qué decir.
La señora Laura se tendió boca abajo en la cama y se encerró en sus
pensamientos, mientras su marido y su suegra discutían.
—¿Sabes, Nachita, lo que yo estaba pensando esa mañana? ¿Y si me vio
anoche cuando Pablo me besaba? Y tenía ganas de llorar. En ese momento me
acordé de que cuando un hombre y una mujer se aman y no tienen hijos están
condenados a convertirse en uno solo. Así me lo decía mi otro padre, cuando yo
le llevaba el agua y él miraba la puerta detrás de la que dormíamos mi primo
marido y yo. Todo lo que mi otro padre me había dicho ahora se estaba haciendo
verdad. Desde la almohada oí las palabras de Pablo y de Margarita y no eran
sino tonterías. “Lo voy a ir a buscar”, me dije. “Pero ¿adónde?”. Más tarde
cuando tú volviste a mi cuarto a preguntarme qué hacíamos de comida, me vino

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un pensamiento a la cabeza: “¡Al Café de Tacuba!”. Y ni siquiera conocía ese
café, Nachita, sólo lo había oído mentar.
Nacha recordó a la señora como si la viera ahora, poniéndose su vestido
blanco manchado de sangre, el mismo que traía en este momento en la cocina.
—¡Por Dios, Laura, no te pongas ese vestido! —le dijo su suegra. Pero ella
no hizo caso. Para esconder las manchas, se puso un sweater blanco encima, se
lo abotonó hasta el cuello y se fue a la calle sin decir adiós. Después vino lo
peor. No, lo peor no. Lo peor iba a venir ahora en la cocina, si la señora
Margarita se llegaba a despertar.
—En el Café de Tacuba no había nadie. Es muy triste ese lugar, Nachita.
Se me acercó un camarero, “¿Qué le sirvo?”. Yo no quería nada, pero tuve que
pedir algo. “Una cocada”. Mi primo y yo comíamos cocos .de chiquitos… En
el café un reloj marcaba el tiempo. “En todas las ciudades hay relojes que
marcan el tiempo, se debe estar gastando a pasitos. Cuando ya no quede sino
una capa transparente, llegará él y las dos rayas dibujadas se volverán una sola
y yo habitaré la alcoba más preciosa de su pecho”. Así me decía mientras comía
la cocada.
“—¿Qué horas son? —le pregunté al camarero.
“—Las doce, señorita.
“A la una llega Pablo”, me dije, “si le digo a un taxi que me lleve por el
Periférico, puedo esperar todavía un rato”. Pero no esperé y me salí a la calle.
El sol estaba plateado, el pensamiento se me hizo un polvo brillante y no hubo
presente, pasado ni futuro. En la acera estaba mi primo, se me puso delante,
tenía los ojos tristes, me miró largo rato.
“—¿Qué haces? —me preguntó con su voz profunda.
“—Te estaba esperando.
Se quedó quieto como las panteras. Le vi el pelo negro y la herida roja en
el hombro.
“—¿No tenías miedo de estar aquí sólita?
“Las piedras y los gritos volvieron a zumbar alrededor nuestro y yo sentí
que algo ardía a mis espaldas.
“—No mires —me dijo.
“Puso una rodilla en tierra y con los dedos apagó mi vestido que empezaba
a arder. Le vi los ojos muy afligidos.
“—¡Sácame de aquí! —le grité con todas mis fuerzas, porque me acordé
de que estaba frente a la casa de mi papá, que la casa estaba ardiendo y que atrás
de mí estaban mis padres y mis hermanitos muertos. Todo lo veía retratado en
sus ojos, mientras él estaba con la rodilla hincada en tierra apagando mi vestido.
Me dejé caer sobre él, que me recibió en sus brazos. Con su mano caliente me
tapó los ojos.

119
“—Éste es el final del hombre —le dije con los ojos bajo su mano.
“— ¡No lo veas!
“Me guardó contra su corazón. Yo lo oí sonar como rueda el trueno sobre
las montañas. ¿Cuánto faltaría para que el tiempo se acabara y yo pudiera oírlo
siempre? Mis lágrimas refrescaron su mano que ardía en el incendio de la
ciudad. Los alaridos y las piedras nos cercaban, pero yo estaba a salvo bajo su
pecho.
“—Duerme conmigo… —me dijo en voz muy baja.
“—¿Me viste anoche? —le pregunté.
“—Te vi…
“Nos dormimos en la luz de la mañana, en el calor del incendio. Cuando
recordamos, se levantó y agarró su escudo.
“—Escóndete hasta el amanecer. Yo vendré por ti.
“Se fue corriendo ligero sobre sus piernas desnudas… Y yo me escapé otra
vez, Nachita, porque sola tuve miedo.
“—Señorita, ¿se siente mal?
Una voz igual a la de Pablo se me acercó a media calle.
“—¡Insolente! ¡Déjeme tranquila!
“Tomé un taxi que me trajo a la casa por el Periférico y llegué…
Nacha recordó su llegada: ella misma le había abierto la puerta. Y ella fue
la que le dio la noticia. Josefina bajó después, desbarrancándose por las
escaleras.
“—¡Señora, el señor y la señora Margarita están en la policía!
Laura se le quedó mirando asombrada, muda.
“— ¿Dónde anduvo, señora?
“—Fui al Café de Tacuba.
“—Pero eso fue hace dos días.
Josefina traía el Últimas Noticias. Leyó en voz alta: “La señora Aldama
continúa desaparecida. Se cree que el siniestro individuo de aspecto indígena
que la siguió desde Cuitzeo, sea un sádico. La policía investiga en los estados
de Michoacán y Guanajuato”.
La señora Laurita arrebató el periódico de las manos de Josefina y lo
desgarró con ira. Luego se fue a su cuarto. Nacha y Josefina la siguieron, era
mejor no dejarla sola. La vieron echarse en su cama y soñar con los ojos muy
abiertos. Las dos tuvieron el mismo pensamiento y así se lo dijeron después en
la cocina: “Para mí, la señora Laurita anda enamorada”. Cuando el señor llegó
ellas estaban todavía en el cuarto de su patrona.
—¡Laura! —gritó. Se precipitó a la cama y tomó a su mujer en su brazos.
—¡Alma de mi alma! —sollozó el señor.
La señora Laurita pareció enternecida unos segundos.

120
—¡Señor! —gritó Josefina—. El vestido de la señora está bien
chamuscado.
Nacha la miró desaprobándola. El señor revisó el vestido y las piernas de
la señora.
—Es verdad… también las suelas de sus zapatos están ardidas… Mi amor,
¿qué pasó?, ¿dónde estuviste?
—En el Café de Tacuba —contestó la señora muy tranquila.
La señora Margarita se torció las manos y se acercó a su nuera.
—Ya sabemos que anteayer estuviste allí y comiste una cocada. ¿Y luego?
—Luego tomé un taxi y me vine acá por el Periférico.
Nacha bajó los ojos, Josefina abrió la boca como para decir algo y la señora
Margarita se mordió los labios. Pablo, en cambio, agarró a su mujer por los
hombros y la sacudió con fuerza.
—¡Déjate de hacer la idiota! ¿En dónde estuviste dos días?… ¿Por qué
traes el vestido quemado?
—¿Quemado? Si él lo apagó… —dejó escapar la señora Laura.
—¿Él?… ¿el indio asqueroso? —Pablo la volvió a zarandear con ira.
—Me lo encontré a la salida del Café de Tacuba… —sollozó la señora
muerta de miedo.
—¡Nunca pensé que fueras tan baja! —dijo el señor y la aventó sobre la
cama.
—Dinos quién es —preguntó la suegra suavizando la voz.
—¿Verdad Nachita, que no podía decirles que era mi marido? —preguntó
Laura pidiendo la aprobación de la cocinera.
Nacha aplaudió la discreción de su patrona y recordó que aquel mediodía,
ella, apenada por la situación de su ama, había opinado:
—Tal vez el indio de Cuitzeo es un brujo.
Pero la señora Margarita se había vuelto a ella con ojos fulgurantes para
contestarle casi a gritos:
—¿Un brujo? ¡Dirás un asesino!
Después, en muchos días no dejaron salir a la señora Laurita. El señor
ordenó que se vigilaran las puertas y ventanas de la casa. Ellas, las sirvientas,
entraban continuamente al cuarto de la señora para echarle un vistazo. Nacha se
negó siempre a exteriorizar su opinión sobre el caso o a decir las anomalías que
sorprendía. Pero, ¿quién podía callar a Josefina?
—Señor, al amanecer, el indio estaba otra vez junto a la ventana —anunció
al llevar la bandeja con el desayuno.
El señor se precipitó a la ventana y encontró otra vez la huella de sangre
fresca. La señora se puso a llorar.
—¡Pobrecito!… ¡pobrecito!… —dijo entre sollozos.

121
Fue esa tarde cuando el señor llegó con un médico. Después el doctor
volvió todos los atardeceres.
—Me preguntaba por mi infancia, por mi padre y por mi madre. Pero, yo,
Nachita, no sabía de cuál infancia, ni de cuál padre, ni de cuál madre quería
saber. Por eso le platicaba de la Conquista de México. ¿Tú me entiendes,
verdad? —preguntó Laura con los ojos puestos sobre las cacerolas amarillas.
—Sí, señora… —Y Nachita, nerviosa, escrutó el jardín a través de los
vidrios de la ventana. La noche apenas si dejaba ver entre sus sombras. Recordó
la cara desganada del señor frente a su cena y la mirada acongojada de su madre.
—Mamá, Laura le pidió al doctor la Historia de Bernal Díaz del Castillo.
Dice que eso es lo único que le interesa.
La señora Margarita había dejado caer el tenedor.
—¡Pobre hijo mío, tu mujer está loca!
—No habla sino de la caída de la Gran Tenochtitlán —agregó el señor
Pablo con aire sombrío.
Dos días después, el médico, la señora Margarita y el señor Pablo
decidieron que la depresión de Laura aumentaba con el encierro. Debía tomar
contacto con el mundo y enfrentarse con sus responsabilidades. Desde ese día,
el señor mandaba el automóvil para que su mujer saliera a dar paseítos por el
Bosque de Chapultepec. La señora salía acompañada de su suegra y el chofer
tenía órdenes de vigilarlas estrechamente. Sólo que el aire de los eucaliptos no
la mejoraba, pues apenas volvía a su casa, la señora Laurita se encerraba en su
cuarto para leer la Conquista de México de Bernal Díaz.
Una mañana la señora Margarita regresó del Bosque de Chapultepec sola
y desamparada.
—¡Se escapó la loca! —gritó con voz estentórea al entrar a la casa.
—Fíjate, Nacha, me senté en la misma banquita de siempre y me dije: “No
me lo perdona. Un hombre puede perdonar una, dos, tres, cuatro traiciones, pero
la traición permanente, no.” Este pensamiento me dejó muy triste. Hacía calor
y Margarita se compró un helado de vainilla; yo no quise, entonces ella se metió
al automóvil a comerlo. Me fijé que estaba tan aburrida de mí, como yo de ella.
A mí no me gusta que me vigilen y traté de ver otras cosas para no verla
comiendo su barquillo y mirándome. Vi el heno gris que colgaba de los
ahuehuetes y no sé por qué, la mañana se volvió tan triste como esos árboles.
“Ellos y yo hemos visto las mismas catástrofes”, me dije. Por la calzada vacía,
se paseaban las horas solas. Como las horas estaba yo: sola en una calzada vacía.
Mi marido había contemplado por la ventana mi traición permanente y me había
abandonado en esa calzada hecha de cosas que no existían. Recordé el olor de
las hojas de maíz y el rumor sosegado de sus pasos. “Así caminaba, con el ritmo
de las hojas secas cuando el viento de febrero las lleva sobre las piedras. Antes

122
no necesitaba volver la cabeza para saber que él estaba ahí mirándome las
espaldas”… Andaba en esos tristes pensamientos, cuando oí correr al sol y las
hojas secas empezaron a cambiar de sitio. Su respiración se acercó a mis
espaldas, luego se puso frente a mí, vi sus pies desnudos delante de los míos.
Tenía un arañazo en la rodilla. Levanté los ojos y me hallé bajo los suyos. Nos
quedamos mucho rato sin hablar. Por respeto yo esperaba sus palabras.
“—¿Qué te haces? —me dijo.
“Vi que no se movía y que parecía más triste que antes.
“—Te estaba esperando —contesté.
“—Ya va a llegar el último día…
Me pareció que su voz salía del fondo de los tiempos. Del hombro le seguía
brotando sangre. Me llené de vergüenza, bajé los ojos, abrí mi bolso y saqué un
pañuelito para limpiarle el pecho. Luego lo volví a guardar. El siguió quieto,
observándome.
“—Vamos a la salida de Tacuba… Hay muchas traiciones…
“Me agarró de la mano y nos fuimos caminando entre la gente, que gritaba
y se quejaba. Había muchos muertos que flotaban en el agua de los canales.
Había mujeres sentadas en la hierba mirándolos flotar. De todas partes surgía la
pestilencia y los niños lloraban corriendo de un lado para otro, perdidos de sus
padres. Yo miraba todo sin querer verlo. Las canoas despedazadas no llevaban
a nadie, sólo daban tristeza. El marido me sentó debajo de un árbol roto. Puso
una rodilla en tierra y miró alerta lo que sucedía a nuestro alrededor. El no tenía
miedo. Después me miró a mí.
“—Ya sé que eres traidora y que me tienes buena voluntad. Lo bueno crece
junto con lo malo.
“Los gritos de los niños apenas me dejaban oírlo. Venían de lejos, pero
eran tan fuertes que rompían la luz del día. Parecía que era la última vez que
iban a llorar.
“—Son las criaturas… —Me dijo.
“—Éste es el final del hombre —repetí, porque no se me ocurría otro
pensamiento.
“Él me puso las manos sobre los oídos y luego me guardó contra su pecho.
“—Traidora te conocía y así te quise.
“—Naciste sin suerte —le dije. Me abracé a él. Mi primo marido cerró los
ojos para no dejar correr las lágrimas. Nos acostamos sobre las ramas rotas del
pirú. Hasta allí nos llegaron los gritos de los guerreros, las piedras y los llantos
de los niños.
“—El tiempo se está acabando… —suspiró mi marido.
“Por una grieta se escapaban las mujeres que no querían morir junto con
la fecha. Las filas de hombres caían una después de la otra, en cadena como si

123
estuvieran cogidos de la mano y el mismo golpe los derribara a todos. Algunos
daban un alarido tan fuerte, que quedaba resonando mucho rato después de su
muerte.
“Falta poco para que nos fuéramos para siempre en uno solo cuando mi
primo se levantó, me juntó ramas y me hizo una cuevita.
“—Aquí me esperas.
“Me miró y se fue a combatir con la esperanza de evitar la derrota. Yo me
quedé acurrucada. No quise ver a las gentes que huían, para no tener la
tentación, ni tampoco quise ver a los muertos que flotaban en el agua para no
llorar. Me puse a contar los frutitos que colgaban de las ramas cortadas: estaban
secos y cuando los tocaba con los dedos, la cáscara roja se les caía. No sé por
qué me parecieron de mal agüero y preferí mirar el cielo, que empezó a
oscurecerse. Primero se puso pardo, luego empezó a coger el color de los
ahogados de los canales. Me quedé recordando los colores de otras tardes. Pero
la tarde siguió amoratándose, hinchándose, como si de pronto fuera a reventar
y supe que se había acabado el tiempo. Si mi primo no volvía, ¿qué sería de mí?
Tal vez ya estaba muerto en el combate. No me importó su suerte y me salí de
allí a toda carrera perseguida por el miedo. “Cuando llegue y me busque…” No
tuve tiempo de acabar mi pensamiento porque me hallé en el anochecer de la
ciudad de México. “Margarita ya se debe haber acabado su helado de vainilla y
Pablo debe de estar muy enojado”… Un taxi me trajo por el Periférico. ¿Y
sabes, Nachita?, los Periféricos eran los canales infestados de cadáveres… por
eso llegué tan triste… Ahora, Nachita, no le cuentes al señor que me pasé la
tarde con mi marido”.
Nachita se acomodó los brazos sobre la falda lila.
—El señor Pablo hace ya diez días que se fue a Acapulco. Se quedó muy
flaco con las semanas que duró la investigación —explicó Nachita satisfecha.
Laura la miró sin sorpresa y suspiró con alivio.
—La que está arriba es la señora Margarita —agregó Nacha volviendo los
ojos hacia el techo de la cocina.
Laura se abrazó las rodillas y miró por los cristales de la ventana a las rosas
borradas por las sombras nocturnas y a las ventanas vecinas que empezaban a
apagarse.
Nachita se sirvió sal sobre el dorso de la mano y la comió golosa.
—¡Cuánto coyote! ¡Anda muy alborotada la coyotada! —dijo con la voz
llena de sal.
Laura se quedó escuchando unos instantes.
—Malditos animales, los hubieras visto hoy en la tarde —dijo.
—Con tal de que no estorben el paso del señor, o que le equivoquen el
camino —comentó Nacha con miedo.

124
—Si nunca los temió ¿por qué había de temerlos esta noche? —preguntó
Laura molesta.
Nacha se aproximó a su patrona para estrechar la intimidad súbita que se
había establecido entre ellas.
—Son más canijos que los tlaxcaltecas —le dijo en voz muy baja.
Las dos mujeres se quedaron quietas. Nacha devorando poco a poco otro
puñito de sal. Laura escuchando preocupada los aullidos de los coyotes que
llenaban la noche. Fue Nacha la que lo vio llegar y le abrió la ventana.
—¡Señora!… Ya llegó por usted… —le susurró en una voz tan baja que
sólo Laura pudo oírla.
Después, cuando ya Laura se había ido para siempre con él, Nachita limpió
la sangre de la ventana y espantó a los coyotes, que entraron en su siglo que
acababa de gastarse en ese instante. Nacha miró con sus ojos viejísimos, para
ver si todo estaba en orden: lavó la taza de café, tiró al bote de la basura las
colillas manchadas de rojo de labios, guardó la cafetera en la alacena y apagó la
luz.
—Yo digo que la señora Laurita, no era de este tiempo, ni era para el señor
—dijo en la mañana cuando le llevó el desayuno a la señora Margarita.
—Ya no me hallo en casa de los Aldama. Voy a buscarme otro destino, le
confió a Josefina—. Y en un descuido de la recamarera, Nacha se fue hasta sin
cobrar su sueldo.

125
MARIANA
Inés Arredondo

Mariana vestía el uniforme azul marino y se sentaba en el pupitre al lado del


mío. En la fila de adelante estaba Concha Zazueta. Mariana no atendía a la clase,
entretenida en dibujar casitas con techos de dos aguas y árboles con figuras de
nubes, y un camino que llevaba a la casa, y patos y pollos, todo igual a lo que
hacen los niños de primer año. Estábamos en sexto. Hace calor, el sol de la tarde
entra por las ventanas; la madre Paz, delante del pizarrón, se retarda explicando
la guerra del Peloponeso. Nos habla del odio de todas las aristocracias griegas
hacia la imponente democracia ateniense. Extraño. Justamente la única
aristocracia verdadera, para mí, era la ateniense, y Pericles la imagen en el poder
de esa aristocracia; incluso la peste sobre Atenas, que mata sin equivocarse a
“la parte más escogida de la población” me parecía que subrayaba esa realidad.
Todo esto era más una sensación que un pensamiento. La madre Paz, aunque
no lo dice, está también del lado de los atenienses. Es hermoso verla explicar
—reconstruyendo en el aire con sus manos finas los edificios que nunca ha
visto— el esplendor de la ciudad condenada. Hay una necesidad amorosa de
salvar a Atenas, pero la madre Paz siente también el extraño goce de saber que
la ciudad perfecta perecerá, al parecer sin grandeza, tristemente; al parecer, en
la historia, pero no en verdad. Mariana me dio un codazo: “¿Ves? Por este
caminito va Fernando y yo ya estoy parada en la puerta, esperándolo”, y me
señalaba muy ufana dos muñequitos, uno con sombrero y otro con cabellera
igual a las nubes y a los árboles, tiesos y sin gracia en mitad del dibujo estúpido.
“Están muy feos”, le dije para que me dejara tranquila, y ella contestó: “Los voy
a hacer otra, vez”. Dio vuelta a la hoja de su cuaderno y se puso a dibujar con
mucho cuidado un paisaje idéntico al anterior. Pericles ya había muerto, para
estoy segura de que Mariana jamás oyó hablar de él.
Yo nunca la acompañé; era Concha Zazueta quien me lo contaba todo.
A la salida de la escuela, sentadas debajo de la palmera, nos dedicábamos
a comer los dátiles agarrosos caídos sobre el pasto, mientras Concha me dejaba
saber, poco a poco, a dónde habían ido en el coche que Fernando le robaba a su
padre mientras éste lo tenía estacionado frente al Banco. En los algodonales,
por las huertas, al lado del Puente Negro, por todas partes parecían brotar
lugares maravillosos para correr en pareja, besarse y rodar abrazados sofocados
de risa. Ni Concha ni yo habíamos sospechado nunca que a nuestro alrededor
creciera algo muy parecido al paraíso terrenal. Concha decía “…y se le quedó
mirando, mirando, derecho a los ojos, muy serio, como si estuviera enojado o

126
muy triste y ella se reía sin ruido y echaba la cabeza para atrás y él se iba
acercando, acercando, y la miraba. Él parecía como desesperado, pero de
repente cerró los ojos y la besó; yo creí que no la iba a soltar nunca. Cuando los
abrió, la luz del sol lo lastimó. Entonces le acarició una mano, como si estuviera
avergonzado… Todo lo vi muy bien porque yo estaba en el asiento de atrás y
ellos ni cuenta se daban”.
¡Oh, Dios mío! Lo importante que se sentía Concha con esas historias; y
se hacía rogar un poco para contarlas aunque le encantara hacerlo y sofocarse y
mirar cómo las otras nos sofocábamos.
—¿Por qué se reía Mariana si Fernando estaba tan serio?
—Quién sabe. ¿A ti te han besado alguna vez?
—No.
—A mí tampoco.
Así que no podíamos entender aquellos cambios ni su significado.
Más y más episodios, detalles, muchos detalles, se fueron acumulando en
nosotras a través de Concha Zazueta: Fernando tiraba poco a poco, por una
puntita, del moño rojo del uniforme de Mariana mientras le contaba algo que
había pasado en un mitin de la Federación Universitaria; tiraba poquito a
poquito, sin querer, para cuando de pronto se desbarataba el lazo y el listón caía
desmadejado por el pecho de Mariana, los dos se echaban a reír, y abrazados,
entre carcajadas, se olvidaban por completo de la Federación. También hubo
pleitos por cosas inexplicables, por palabras sin sentido, por nada, pero sobre
todo se besaban y él la llamaba “linda”. Yo nunca se lo oí decir, pero aún ahora
siento como un golpe en el estómago cuando recuerdo la manera ahogada con
que se lo decía, apretándola contra sí, mientras Concha Zazueta contenía el
aliento arrinconada en la parte de atrás del automóvil.
Fue el año siguiente, cuando ya estábamos en primero de Comercio, que
Mariana llegó un día al Colegio con los labios rojo bermellón. Amoratada se
puso la madre Julia cuando la vio.
—Al baño inmediatamente a quitarte esa inmundicia de la cara. Después
vas a ir al despacho de la Madre Priora.
Paso a paso se dirigió Mariana a los baños. Regresó con los labios sin grasa
y de un rojo bastante discreto.
—¿No te dije que te quitaras toda esa horrible pintura?
—Sí, madre, pero como es muy buena, de la que se pone mi mamá, no se
quita.
Lo dijo con su voz lenta, afectada, como si estuviera enseñando una lección
a un párvulo. La madre Julia palideció de ira.
—No tendrás derecho a ningún premio este año. ¿Me oyes?
—Sí, madre.

127
—Vas a ir al despacho de la Madre Priora… Voy a llamar a tus padres…
Y vas a escribir mil veces: Debo ser comedida con mis superiores, y… y…
¿entendiste?
—Sí, madre.
Todavía la madre Julia inventó algunos castigos más, que no preocuparon
en lo mínimo a Mariana.
—¿Por qué viniste pintada?
—Era peor que vieran esto. Fíjense.
Y metió el labio inferior entre los dientes para que pudiéramos ver el borde
de abajo: estaba partido en pequeñísimas estrías y la piel completamente
escoriada, aunque cubierta de pintura.
—¿Qué te pasó?
—Fernando.
—¿Qué te hizo Fernando?
Ella sonrió y se encogió de hombros, mirándonos con lástima.
Una mañana, antes de que sonara la campana de entrada a clases, Concha
se me acercó muy agitada para decirme:
—Anoche le pegó su papá. Yo estaba allí porque me invitaron a merendar.
El papá gritó y Mariana dijo que por nada del mundo dejaría a Fernando.
Entonces don Manuel le pegó. Le pegó en la cara como tres veces. Estaba
tan furioso que todos sentimos miedo, pero Mariana no. Se quedó quieta,
mirándolo. Le escurría sangre de la boca, pero no lloraba ni decía nada. Don
Manuel la sacudió por los hombros, pero ella seguía igual, mirándolo. Entonces
la soltó y se fue. Mariana se limpió la sangre y se vio la mano manchada. Su
mamá estaba llorando. “Me voy a acostar”, me dijo Mariana con toda calma, y
se metió a su cuarto. Yo estaba temblando. Me salí sin dar siquiera las buenas
noches; me fui a mi casa y casi no pude dormir. Ya no la voy a acompañar: me
da miedo que su papá se ponga así. Con seguridad que no va a venir.
Pero cuando sonó la campana, Mariana entró con su paso lento y la cabeza
levantada, como todas las mañanas. Traía el labio de abajo hinchado y con una
herida del lado izquierdo, cerca de la comisura, pero venía perfectamente
peinada y serena.
—¿Qué te pasó? —le preguntó Lilia Chávez.
—Me caí —contestó, mientras miraba, sonriendo con sorna, a Concha—.
Hormiga —le murmuró al oído, al pasar junto a ella para ir a tomar su lugar
entre las mayores.
Hormiga se llamó durante muchos años a la Hormiga Zazueta.
Golpes, internados, castigos, viajes, todo se hizo para que Mariana dejara
a Fernando, y ella aceptó el dolor de los golpes y el placer de viajar, sin
comprometerse. Nosotras sabíamos que había un tiempo vacío que los padres

128
podrían llenar como quisieran, pero que después vendría el tiempo de Fernando.
Y así fue. Cuando Mariana regresó del internado, se fugaron, luego volvieron,
pidieron perdón y los padres los casaron. Fue una boda rumbosa y nosotras
asistimos. Nunca vi dos seres tan hermosos: radiantes, libres al fin.
Por supuesto que el vestido blanco y los azahares causaron escándalo, se
hablaba mucho de la fuga, pero todo era en el fondo tan normal que pensé en lo
absurdo que resultaba ahora Don Manuel por no haber permitido el noviazgo
desde el principio. Aunque ella hubiera tenido entonces apenas trece o catorce
años, si él no se hubiera opuesto con esa inexplicable fiereza… Pero no, encima
de la mesa estaban una mano de Fernando y una mano de Mariana, los dedos
de él sobre el dorso de la de ella, sin caricias, olvidadas; no era necesaria más
que una atención pequeña para ver la presencia que tenía ese contacto en reposo,
hasta ser casi un brillo o un peso, algo diferente a dos manos que se tocan. No
había padre, ni razón capaces de abolir la leve realidad inexplicable y segura de
aquellas dos manos diferentes y juntas.
Oscuro está en la boda de su hija, que se casa con un buen muchacho, hijo
de familia amiga —y recibe con una sonrisa los buenos augurios— pero tiene
en el fondo de los ojos un vacío amargo. No es cólera ni despecho, es un vacío.
Mariana pasa frente a él bailando con Fernando. Mariana. Sobre su cara
luminosa veo de pronto el labio roto, la piel pálida, y me doy cuenta de que
aquel día, a la entrada de clases, su rostro estaba cerrado. Serena y segura,
caminando sin titubeos, desafiante, sostiene la herida, la palidez, el silencio; se
cierra y continúa andando, sin permitirse dudar, ni confiar en nadie, ni llorar.
La boca se hincha cada vez más y en sus ojos está el dolor amordazado, el que
no vi entonces ni nunca, el dolor que sé cómo es pero que jamás conocí: un
lento fluir oscuro y silencioso que va llenando, inundando los ojos hasta que
estallan en el deslumbramiento último del espanto. Pero no hay espanto, no hay
grito, está el vacío necesario para que el dolor comience a llenarlo. Parpadeo y
me doy cuenta de que Mariana no está ahí, pasó ya, y el labio herido, el rostro
cada vez más pálido y los ojos, sobre todo los ojos, son los de su padre.
No quise ver a Mariana muerta, pero mientras la velábamos vi a Don
Manuel y miré en sus facciones desordenadas la descomposición de las de
Mariana: otra vez esa mezcla terrible de futuro y pasado, de sufrimiento puro,
impersonal, encarnado sin embargo en una persona, en dos, una viva y otra
muerta, ciegas ahora ambas y anegadas por la corriente oscura a la que se
abandonaron por ellos y por otros más, muchos más, o por alguno.
Mariana estaba aquí, sobre ese diván forrado de terciopelo color oro,
sentada sobre las piernas, agazapada, y con una copa en la mano. Alrededor de
ella el terciopelo se arruga en ondas. Recuerdo sus ojos amarillos, mansos y en
espera. “La víctima contaba con 34 años. “No pensaba uno nunca en la edad

129
mirando a Mariana. Vine aquí por evocarla, en tu casa y contigo. Espera:
hablaba arrastrando sílabas y palabras durante minutos completos, palabras
tontas, que dejaba salir despacio, arqueando la boca, palabras que no le
importaban y que iba soltando, saboreando, sirviéndose de ellas para gozar los
tonos de su voz. Una voz falsa, ya lo sé, pero buscada, encontrada, la única
verdaderamente suya. Creaba un gesto, medio gesto, en ella, en ti, en mí, en el
gesto mismo, pero había algo más… ¿Te acuerdas? Adoraba decir barbaridades
con su voz ronca para luego volver la cabeza, aparentando fastidio,
acariciándose el cuello con una mano, mientras los demás nos moríamos de risa.
Las perlas, aquel largo collar de perlas tras el que se ocultaba sonriente,
mordisqueándolo, mostrándose. Los gestos, los movimientos. Jugar a la
vampiresa, o jugar a la alegre, a la bailadora, a la sensual. Decir así quién era,
mientras cantaba, bebía, bailaba. Pero no lo decía todo… ¿Te das cuenta de que
nunca la vimos besar a Fernando? Y los hemos visto a los otros, hasta a los
adúlteros, alguna vez, en la madrugada, pero a ellos no; lo que hacían era irse
para acariciarse en secreto. En secreto murió aunque el escándalo se haya
extendido como una mancha, aunque mostraran su desnudez, su intimidad, lo
que ellos creen que es su intimidad. El tiempo lento y frenético de Mariana era
hacia adentro, en profundidad, no transcurría. Un tanteo a ciegas, en el que no
tenía nada que hacer la inteligencia. Sé que te parece que hago mal, que es
antinatural este encarnizamiento impúdico con una historia ajena. Pero no es
ajena. También ha sucedido por ti y por mí… La locura y el crimen… ¿Pensaste
alguna vez en que las historias que terminan como debe de ser quedan aparte,
existan de un modo absoluto? En un tiempo que no transcurre.
Husmeando, llegué a la cárcel. Fui a ver al asesino.
Ése es inocente. No; quiero decir, es culpable, ha asesinado. Pero no sabe.
Cuando entré me miró de un modo que me hizo ser consciente de mi
aspecto, de mis maneras: elegante. Cualquier cosa se me hubiera ocurrido
menos que me iba a sentir elegante en una celda, ante un asesino.
Sí, él la mató, con esas manos que muestra aterrado, escandalizado de ellas.
No sabe por qué, no sabe por qué, y se echa a llorar. Él no la conocía; un
amigo, viajero también, le habló de ella. Todo fue exactamente como le dijo su
amigo, menos al final, cuando el placer se prolongó mucho, muchísimo, y él se
dio cuenta de que el placer estaba en ahogarla. ¿Por qué ella no se defendió? Si
hubiera gritado, o lo hubiera arañado, eso no habría sucedido, pero ella no
parecía sufrir. Lo peor era que lo estaba mirando. Pero él no se dio cuenta de
que la mataba. Él no quería, no tenía por qué matarla. Él sabe que la mató, pero
no lo cree. No puede creerlo. Y los sollozos lo ahogan. Me pide perdón, se
arrodilla, me habla de sus padres, allá en Sayula. Él ha sido bueno siempre,
puedo preguntárselo a cualquiera en su pueblo. Le contesto que lo sé, porque

130
los premios a la inocencia son con frecuencia así. Para él son extrañas mis
palabras, y sigue llorando. Me da pena. Cuando salgo de la celda, está tirado en
el suelo, boca abajo, llorando. Es una víctima.
Me fui a México a ver a Fernando. No le extrañó que hiciera un viaje tan
largo pero hablar con él. Encontró naturales mis explicaciones. Si hubiera sido
un poco menos verdadero lo que me contó hasta hubiera podido estar
agradecido de mi testimonio. Pero él y Mariana no necesitan testigos: lo son
uno del otro. Fernando no regatea la entrega. Triunfa en él el tiempo sin fondo
de Mariana, ¿o fue él quien se lo dio? De cualquier manera, el relato de
Fernando le da un sentido a los datos inconexos y desquiciados que suponemos
constituyen la verdad de una historia. En su confesión encontré lo que he venido
rastreando: el secreto que hace absoluta la historia de Mariana.
“El día del casamiento ella estaba bellísima. Sus ojos tenían una pureza
animal, anterior a todo pecado. En el momento en que recibió la bendición yo
adiviné su cuerpo recorrido por un escalofrío de gozo. El contacto con ‘algo’
más allá de los sentidos la estremeció agudamente, no en los nervios
importantes, sino en los nerviecillos menores que rematan su recorrido en la
piel. Le pasé una mano por la espalda, suavemente, y sentí cómo volvían a
vibrar; casi me pareció ver la espalda desnuda a sacudirse por zonas, por
manchas, con un movimiento leonado. Ahora las cosas iban mejor: Mariana
estaba consagrada… para mí. Pero me engañé: sus ojos seguían abiertos
mirando el altar. Solamente yo vi esa mirada fija absorber un misterio que nadie
podría poner en palabras. Todavía cuando se volvió hacia mí los tenía llenos de
vacío.
“Miedo o respeto debía sentir, pero no, un extraño furor, una necesidad
inacabable de posesión me enceguecieron, y ahí comenzó lo que ellos llaman
mi locura.
“Podría decirse que de esa locura nacieron los cuatro hijos que tuvimos;
no es así, el amor, la carne, existieron también, y durante años fueron suficientes
para apaciguar la pasión espiritual que brilló por primera vez aquel día. Nos
fueron concedidos muchos años de felicidad ardiente y honorable. Por eso creo,
ahora mismo, que estamos dentro de una gran ola de misericordia.
“Fue otro momento de gran belleza el que nos marcó definitivamente.
“El sol no tenía peso; un viento frío y constante recorría las marismas
desiertas; detrás de los médanos sonaba el mar; no había más que mangles
chaparros y arena salitrosa, caminos tersos y duros, inviolables, extrañamente
iguales al cielo pálido e inmóvil. Los pasos no dejan huella en las marismas,
todos los senderos son iguales, y sin embargo uno no se cansa, los recorre
siempre sorprendido de su belleza desnuda e inhóspita. Tomados de la mano
llegamos al borde del estero de Dautillos.

131
“Fue ella la que me mostró sus ojos en un acto inocente, impúdico. Otra
vez sin mirada, sin fondo, incapaces de ser espejos, totalmente vacíos de mí.
Luego los volvió hacia los médanos y se quedó inmóvil.
“El furor que sentí el día de la boda, los celos terribles de que algo, alguien,
pudiera hacer surgir aquella mirada helada en los ojos de Mariana, mi Mariana
carnal, tonta; celos de un alma que existía, natural y que no era para mi; celos
de aquel absorber lento en el altar, en la belleza, el alimento de algo que le era
necesario y que debía tener exigencias, agazapado siempre dentro de ella, y que
no quería tener nada conmigo. Furor y celos inmensos que me hicieron
golpearla, meterla al agua, estrangularla, ahogarla, buscando siempre para mí la
mirada que no era mía. Pero los ojos de Mariana, abiertos, siempre abiertos,
sólo me reflejaban: con sorpresa, con miedo, con amor, con piedad. Recuerdo
eso sobre todo, sus ojos bajo el agua, desorbitados, mirándome con una piedad
inmensa. Después he recordado el pelo mojado, pegado al cuello, que parecía
en aquel momento infantil; la sangre corriendo de la boca, de la oreja; el grito
ronco de su agonía y mi amor de hombre gritando junto a su voz el dolor
espantoso de verla herida, sufriente, medio muerta, mientras mi alma seguía
asesinándola para llegar a producir su mirada insondable, para tocarla en el
último momento, cuando ella no pudiera ya más mirarme a mí y no tuviera otro
remedio que mirarme como a su muerte. Quería ser su muerte.
“Y sí, hubo un instante en que sus ojos vacíos, fijos en los míos, me
llenaron de aquello desconocido, más allá de ella y de mí, un abismo en el que
yo no sabía mirar, en el que me perdí como en una noche terrible. La solté,
arrastré su cuerpo hasta la orilla y grité, grite echado sobre su vientre, mientras
miraba los agujeros innumerables, las burbujas, los movimientos ciegos, el
horror pululante, calmo y sin piedad de los habitantes de la orilla del estero;
ínfimas manifestaciones de vida, ni gusanos ni batracios, asquerosos informes,
torpes, pequeñísimos, vivos, seres callados que me hicieron llorar por mi
enorme pecado, y entenderlo, y amarlo.
“Desde entonces estoy aquí. Tomo las pastillas y finjo que he olvidado.
Me porto bien, soy amable, asiento a todas las buenas razones que me da el
médico y admito de buen grado que estoy loco. Pero ellos no saben el mal que
me hacen. Lo primero que recuerdo después de aquello es que alguien me dijo
que Mariana estaba viva; entonces quise ir a ella, pedirle perdón, lloré de dolor
y arrepentimiento, le escribí, pero no nos dejaron acercar. Sé que vino, que
suplicó, pero ellos velaron también por su bien y no la dejaron entrar. Decían
que la nuestra era una pasión destructiva, sin comprender que lo único que podía
salvarnos era el deseo, el amor, la carne que nos daba el descanso y la ternura.

132
“A mí, a fuerza de tratamiento, terminaron por quitarme todo lo que me
hacía bien: sexo, fuerza, la alegría del animal sano, y me dejaron a solas con lo
que pienso y nunca les diré.
“A ella la abandonaron a su pasión sin respuesta. Luego les extraño que
comenzara a irse a los hoteles, sin el menor recato, con el primer tipo que se le
ponía enfrente. Cuando una vez dije que era por fidelidad a nosotros que hacía
eso, que no le habían dejado otra manera de buscarme, se alarmaron tanto que
quisieron hacerme inmediatamente la operación. Por mi bien y salud me
castrarán de todas las maneras posibles, hasta no dejar más que la inocente y
envidiable vida primitiva, verdadera: la de los seres que pueblan las orillas de
los esteros.
“Me alegra poder decir lo que tengo que decir, antes de que me hagan
olvidarlo o no entenderlo: yo maté a Mariana. Fui yo, con las manos de ese
infeliz Anselmo Pineda, viajante de comercio; era yo ese al que Mariana
buscaba en el cuerpo de otros hombres: jamás nadie la tocó más que yo; fui yo
su muerte, me miró a los ojos y por eso ahora siento desprecio por lo que van a
hacerme, pero no me da miedo, porque mucho más terrible que la idiotez que
me espera es esa última mirada de Mariana en el hotel, mientras la estrangulaba,
esa mirada que es todo el silencio, la imposibilidad, la eternidad, donde ya no
somos, donde jamás volveré a encontrarla.”

133
LA ÚLTIMA GUERRA
Amado Nervo

Tres habían sido las grandes revoluciones de que se tenía noticia: la que
pudiéramos llamar Revolución cristiana, que en modo tal modificó la sociedad
y la vida en todo el haz del planeta; la Revolución francesa, que, eminentemente
justiciera, vino, a cercén de guillotina, a igualar derechos y cabezas, y la
Revolución socialista, la más reciente de todas, aunque remontaba al año dos
mil treinta de la Era cristiana. Inútil sería insistir sobre el horror y la unanimidad
de esta última revolución, que conmovió la tierra hasta en sus cimientos y que
de una manera tan radical reformó ideas, condiciones, costumbres, partiendo en
dos el tiempo, de suerte que en adelante ya no pudo decirse sino: Antes de la
Revolución social; Después de la Revolución social. Sólo haremos notar que
hasta la propia fisonomía de la especie, merced a esta gran conmoción, se
modificó en cierto modo. Cuéntase, en efecto, que antes de la Revolución había,
sobre todo en los últimos años que la precedieron, ciertos signos muy visibles
que distinguían físicamente a las clases llamadas entonces privilegiadas, de los
proletarios, a saber: las manos de los individuos de las primeras, sobre todo de
las mujeres, tenían dedos afilados, largos, de una delicadeza superior al pétalo
de un jazmín, en tanto que las manos de los proletarios, fuera de su notable
aspereza o del espesor exagerado de sus dedos, solían tener seis de estos en la
diestra, encontrándose el sexto (un poco rudimentario, a decir verdad, y más
bien formado por una callosidad semiarticulada) entre el pulgar y el índice,
generalmente. Otras muchas marcas delataban, a lo que se cuenta, la diferencia
de las clases, y mucho temeríamos fatigar la paciencia del oyente
enumerándolas. Solo diremos que los gremios de conductores de vehículos y
locomóviles de cualquier género, tales como aeroplanos, aeronaves, aerociclos,
automóviles, expresos magnéticos, directísimos transetéreolunares, etc., cuya
característica en el trabajo era la perpetua inmovilidad de piernas, habían
llegado a la atrofia absoluta de estas, al grado de que, terminadas sus tareas, se
dirigían a sus domicilios en pequeños carros eléctricos especiales, usando de
ellos para cualquier traslación personal. La Revolución social vino, empero, a
cambiar de tal suerte la condición humana, que todas estas características fueron
desapareciendo en el transcurso de los siglos, y en el año tres mil quinientos dos
de la Nueva Era (o sea cinco mil quinientos treinta y dos de la Era Cristiana) no

134
quedaba ni un vestigio de tal desigualdad dolorosa entre los miembros de la
humanidad.
La Revolución social se maduró, no hay niño de escuela que no lo sepa,
con la anticipación de muchos siglos. En realidad, la Revolución francesa la
preparó, fue el segundo eslabón de la cadena de progresos y de libertades que
empezó con la Revolución cristiana; pero hasta el siglo XIX de la vieja Era no
empezó a definirse el movimiento unánime de los hombres hacia la igualdad.
El año de la Era cristiana 1950 murió el último rey, un rey del Extremo Oriente,
visto como una positiva curiosidad por las gentes de aquel tiempo. Europa, que,
según la predicción de un gran capitán (a decir verdad, considerado hoy por
muchos historiadores como un personaje mítico), en los comienzos del siglo
XX (post J.C.) tendría que ser republicana o cosaca se convirtió, en efecto, en
el año de 1916, en los Estados Unidos de Europa, federación creada a imagen y
semejanza de los Estados Unidos de América (cuyo recuerdo en los anales de
la humanidad ha sido tan brillante, y que en aquel entonces ejercían en los
destinos del viejo Continente una influencia omnímoda).

II

Pero no divaguemos: ya hemos usado más de tres cilindros de


fonotelerradiógrafo en pensar estas reminiscencias, y no llegamos aún al punto
capital de nuestra narración.
Como decíamos al principio, tres habían sido las grandes revoluciones de
que se tenía noticia; pero después de ellas, la humanidad, acostumbrada a una
paz y a una estabilidad inconmovibles, así en el terreno científico, merced a lo
definitivo de los principios conquistados, como en el terreno social, gracias a la
maravillosa sabiduría de las leyes y a la alta moralidad de las costumbres, había
perdido hasta la noción de lo que era la vigilancia y cautela, y a pesar de su
aprendizaje de sangre, tan largo, no sospechaba los terribles acontecimientos
que estaban a punto de producirse.
La ignorancia del inmenso complot que se fraguaba en todas partes se
explica, por lo demás, perfectamente, por varias razones: en primer lugar, el
lenguaje hablado por los animales, lenguaje primitivo, pero pintoresco y bello,
era conocido de muy pocos hombres, y esto se comprende; los seres vivientes
estaban divididos entonces en dos únicas porciones: los hombres, la clase
superior, la élite, como si dijéramos del planeta, iguales todos en derechos y
casi, casi en intelectualidad, y los animales, humanidad inferior que iba
progresando muy lentamente a través de los milenarios, pero que se encontraba
en aquel entonces, por lo que ve a los mamíferos, sobre todo, en ciertas

135
condiciones de perfectibilidad relativa muy apreciables. Ahora bien: la élite, el
hombre, hubiera juzgado indecoroso para su dignidad aprender cualquiera de
los dialectos animales llamados inferiores.
En segundo lugar, la separación entre ambas porciones de la humanidad
era completa, pues aun cuando cada familia de hombres alojaba en su habitación
propia a dos o tres animales que ejecutaban todos los servicios, hasta los más
pesados, como los de la cocina (preparación química de pastillas y de jugos para
inyecciones), el aseo de la casa, el cultivo de la tierra, etc., no era común tratar
con ellos, sino para darles órdenes en el idioma patricio, o sea el del hombre,
que todos ellos aprendían.
En tercer lugar, la dulzura del yugo a que se les tenía sujetos, la holgura
relativa de sus recreos, les daba tiempo de conspirar tranquilamente, sobre todo
en sus centros de reunión, los días de descanso, centros a los que era raro que
concurriese hombre alguno.

III

¿Cuáles fueron las causas determinantes de esta cuarta revolución, la última (así
lo espero) de las que han esangrentado el planeta? En tesis general, las mismas
que ocasionaron la Revolución social, las mismas que han ocasionado, puede
decirse, todas las revoluciones: viejas hambres, viejos odios hereditarios,la
tendencia a igualdad de prerrogativas y de derechos y la aspiración a lo mejor,
latente en el alma de todos los seres…
Los animales no podían quejarse, por cierto: el hombre era para ellos
paternal, muy más paternal de lo que lo fueron para el proletario los grandes
señores después de la Revolución francesa. Obligábalos a desempeñar tareas
relativamente rudas, es cierto; porque él, por lo excelente de su naturaleza, se
dedicaba de preferencia a la contemplación; mas un intercambio noble, y aun
magnánimo, recompensaba estos trabajos con relativas comodidades y placeres.
Empero, por una parte el odio atávico de que hablamos, acumulado en tantos
siglos de malos tratamientos, y por otra el anhelo, quizá justo ya, de reposo y
de mando, determinaban aquella lucha que iba a hacer época en los anales del
mundo.
Para que los que oyen esta historia puedan darse una cuenta más exacta y
más gráfica, si vale la palabra, de los hechos que precedieron a la revolución, a
la rebelión debiéramos decir, de los animales contra el hombre, vamos a
hacerles asistir a una de tantas asambleas secretas que se convocaban para
definir el programa de la tremenda pugna, asamblea efectuada en México, uno
de los grandes focos directores, y que, cumpliendo la profecía de un viejo sabio

136
del siglo XIX, llamado Eliseo Reclus, se había convertido, por su posición
geográfica en la medianía de América y entre los dos grandes océanos, en el
centro del mundo.
Había en la falda del Ajusco, adonde llegaban los últimos barrios de la
ciudad, un gimnasio para mamíferos, en el que estos se reunían los días de fiesta
y casi pegado al gimnasio un gran salón de conciertos, muy frecuentado por los
mismos. En este salón, de condiciones acústicas perfectas y de amplitud
considerable, se efectuó el domingo 3 de agosto de 5532 (de la Nueva Era) la
asamblea en cuestión.
Presidía Equs Robertis, un caballo muy hermoso, por cierto; y el primer
orador designado era un propagandista célebre en aquel entonces, Can Canis,
perro de una inteligencia notable, aunque muy exaltado. Debo advertir que en
todas partes del mundo repercutiría, como si dijéramos, el discurso en cuestión,
merced a emisores especiales que registraban toda vibración y la transmitían
solo a aquellos que tenían los receptores correspondientes, utilizando ciertas
corrientes magnéticas; aparatos estos ya hoy en desuso por poco prácticos.
Cuando Can Canis se puso en pie para dirigir la palabra al auditorio,
oyéronse por todas partes rumores de aprobación.

IV

Mis queridos hermanos —empezó Can Canis—:


La hora de nuestra definitiva liberación está próxima. A un signo nuestro,
centenares de millares de hermanos se levantarán como una sola masa y caerán
sobre los hombres, sobre los tiranos, con la rapidez de una centella. El hombre
desaparecerá del haz del planeta y hasta su huella se desvanecerá con él.
Entonces seremos nosotros dueños de la tierra, volveremos a serlo, mejor dicho,
pues que primero que nadie lo fuimos, en el albor de los milenarios, antes de
que el antropoide apareciese en las florestas vírgenes y de que su aullido de
terror repercutiese en las cavernas ancestrales. ¡Ah!, todos llevamos en los
glóbulos de nuestra sangre el recuerdo orgánico, si la frase se me permite, de
aquellos tiempos benditos en que fuimos los reyes del mundo. Entonces, el sol
enmarañado aún de llamas a la simple vista, enorme y tórrido, calentaba la tierra
con amor en toda su superficie, y de los bosques, de los mares, de los barrancos,
de los collados, se exhalaba un vaho espeso y tibio que convidaba a la pereza y
a la beatitud. El Mar divino fraguaba y desbarataba aún sus archipiélagos
inconsistentes, tejidos de algas y de madréporas; la cordillera lejana humeaba
por las mil bocas de sus volcanes, y en las noches una zona ardiente, de un rojo
vivo, le prestaba una gloria extraña y temerosa. La luna, todavía joven y lozana,

137
estremecida por el continuo bombardeo de sus cráteres, aparecía enorme y roja
en el espacio, y a su luz misteriosa surgía formidable de su caverna el león
saepelius; el uro erguía su testa poderosa entre las breñas, y el mastodonte
contemplaba el perfil de las montañas, que, según la expresión de un poeta
árabe, le fingían la silueta de un abuelo gigantesco. Los saurios volantes de las
primeras épocas, los iguanodontes de breves cabezas y cuerpos colosales, los
megateriums torpes y lentos, no sentían turbado su reposo más que por el rumor
sonoro del mar genésico, que fraguaba en sus entrañas el porvenir del mundo.
¡Cuán felices fueron nuestros padres en el nido caliente y piadoso de la
tierra de entonces, envuelta en la suave cabellera de esmeralda de sus
vegetaciones inmensas, como una virgen que sale del baño…! ¡Cuán felices…!
A sus rugidos, a sus gritos inarticulados, respondían solo los ecos de las
montañas… Pero un día vieron aparecer con curiosidad, entre las mil variedades
de cuadrúmanos que poblaban los bosques y los llenaban con sus chillidos
desapacibles, una especie de monos rubios que, más frecuentemente que los
otros, se enderezaban y mantenían en posición vertical, cuyo vello era menos
áspero, cuyas mandíbulas eran menos toscas, cuyos movimientos eran más
suaves, más cadenciosos, más ondulantes, y en cuyos ojos grandes y rizados
ardía una chispa extraña y enigmática que nuestros padres no habían visto en
otros ojos en la tierra. Aquellos monos eran débiles y miserables… ¡Cuán fácil
hubiera sido para nuestros abuelos gigantescos exterminarlos para siempre…!
Y de hecho, ¡cuántas veces cuando la horda dormía en medio de la noche,
protegida por el claror parpadeante de sus hogueras, una manada de
mastodontes, espantada por algún cataclismo, rompía la débil valla de lumbre y
pasaba de largo triturando huesos y aplastando vidas; o bien una turba de felinos
que acechaba la extinción de las hogueras, una vez que su fuego custodio
desaparecía, entraba al campamento y se ofrecía un festín de suculencia
memorable…! A pesar de tales catástrofes, aquellos cuadrúmanos, aquellas
bestezuelas frágiles, de ojos misteriosos, que sabían encender el fuego, se
multiplicaban; y un día, día nefasto para nosotros, a un macho de la horda se le
ocurrió, para defenderse, echar mano de una rama de árbol, como hacían los
gorilas, y aguzarla con una piedra, como los gorilas nunca soñaron hacerlo.
Desde aquel día nuestro destino quedó fijado en la existencia: el hombre había
inventado la máquina, y aquella estaca puntiaguda fue su cetro, el cetro de rey
que le daba la naturaleza… ¿A qué recordar nuestros largos milenarios de
esclavitud, de dolor y de muerte…? El hombre, no contento con destinarnos a
las más rudas faenas, recompensadas con malos tratamientos, hacía de muchos
de nosotros su manjar habitual, nos condenaba a la vivisección y a martirios
análogos, y las hecatombes seguían a las hecatombes sin una protesta, sin un
movimiento de piedad… La Naturaleza, empero, nos reservaba para más altos

138
destinos que el de ser comidos a perpetuidad por nuestros tiranos. El progreso,
que es la condición de todo lo que alienta, no nos exceptuaba de su ley; y a
través de los siglos, algo divino que había en nuestros espíritus rudimentarios,
un germen luminoso de intelectualidad, de humanidad futura, que a veces
fulguraba dulcemente en los ojos de mi abuelo el perro, a quien un sabio llamaba
en el siglo XVIII (post J.C.) un candidato a la humanidad; en las pupilas del
caballo, del elefante o del mono, se iba desarrollando en los senos más íntimos
de nuestro ser, hasta que, pasados siglos y siglos floreció en indecibles
manifestaciones de vida cerebral… El idioma surgió monosilábico, rudo,
tímido, imperfecto, de nuestros labios; el pensamiento se abrió como una celeste
flor en nuestras cabezas, y un día pudo decirse que había ya nuevos dioses sobre
la tierra; por segunda vez en el curso de los tiempos el Creador pronunció un
fiat, et homo factus fuit.
No vieron Ellos con buenos ojos este paulatino surgimiento de humanidad;
mas hubieron de aceptar los hechos consumados, y no pudiendo extinguirla,
optaron por utilizarla… Nuestra esclavitud continuó, pues, y ha continuado bajo
otra forma: ya no se nos come, se nos trata con aparente dulzura y consideración,
se nos abriga, se nos aloja, se nos llama a participar, en una palabra, de todas
las ventajas de la vida social; pero el hombre continúa siendo nuestro tutor, nos
mide escrupulosamente nuestros derechos… y deja para nosotros la parte más
ruda y penosa de todas las labores de la vida. No somos libres, no somos amos,
y queremos ser amos y libres… Por eso nos reunimos aquí hace mucho tiempo,
por eso pensamos y maquinamos hace muchos siglos nuestra emancipación, y
por eso muy pronto la última revolución del planeta, el grito de rebelión de los
animales contra el hombre, estallará, llenando de pavor el universo y definiendo
la igualdad de todos los mamíferos que pueblan la tierra…
Así habló Can Canis, y este fue, según todas las probabilidades, el último
discurso pronunciado antes de la espantosa conflagración que relatamos.

El mundo, he dicho, había olvidado ya su historia de dolor y de muerte; sus


armamentos se orinecían en los museos, se encontraba en la época luminosa de
la serenidad y de la paz; pero aquella guerra que duró diez años, como el sitio
de Troya, aquella guerra que no había tenido ni semejante ni paralelo por lo
espantosa, aquella guerra en la que se emplearon máquinas terribles,
comparadas con las cuales los proyectiles eléctricos, las granadas henchidas de
gases, los espantosos efectos del radium utilizado de mil maneras para dar
muerte, las corrientes formidables de aire, los dardos inyectores de microbios,

139
los choques telepáticos…, todos los factores de combate, en fin, de que la
humanidad se servía en los antiguos tiempos, eran risibles juegos de niños;
aquella guerra, decimos, constituyó un inopinado, nuevo, inenarrable
aprendizaje de sangre…
Los hombres, a pesar de su astucia, fuimos sorprendidos en todos los
ámbitos del orbe, y el movimiento de los agresores tuvo un carácter tan
unánime, tan certero, tan hábil, tan formidable, que no hubo en ningún espíritu
siquiera la posibilidad de prevenirlo…
Los animales manejaban las máquinas de todos géneros que proveían a las
necesidades de los elegidos; la química era para ellos eminentemente familiar,
pues que a diario utilizaban sus secretos: ellos poseían además y vigilaban todos
los almacenes de provisiones, ellos dirigían y utilizaban todos los vehículos…
Imagínese, por tanto, lo que debió ser aquella pugna, que se libró en la tierra,
en el mar y en el aire… La humanidad estuvo a punto de perecer por completo;
su fin absoluto llegó a creerse seguro (seguro lo creemos aún)… y a la hora en
que yo, uno de los pocos hombres que quedan en el mundo, pienso ante el
fonotelerradiógrafo estas líneas, que no sé si concluiré, este relato incoherente
que quizá mañana constituirá un utilísimo pedazo de historia… para los
humanizados del porvenir, apenas si moramos sobre el haz del planeta unos
centenares de sobrevivientes, esclavos de nuestro destino, desposeídos ya de
todo lo que fue nuestro prestigio, nuestra fuerza y nuestra gloria, incapaces por
nuestro escaso número y a pesar del incalculable poder de nuestro espíritu, de
reconquistar el cetro perdido, y llenos del secreto instinto que confirma asaz la
conducta cautelosa y enigmática de nuestros vencedores, de que estamos
llamados a morir todos, hasta el último, de un modo misterioso, pues que ellos
temen que un arbitrio propio de nuestros soberanos recursos mentales nos lleve
otra vez, a pesar de nuestro escaso número, al trono de donde hemos sido
despeñados… Estaba escrito así… Los autóctonos de Europa desaparecieron
ante el vigor latino; desapareció el vigor latino ante el vigor sajón, que se
enseñoreó del mundo… y el vigor sajón desapareció ante la invasión eslava;
esta, ante la invasión amarilla, que a su vez fue arrollada por la invasión negra,
y así, de raza en raza, de hegemonía en hegemonía, de preeminencia en
preeminencia, de dominación en dominación, el hombre llegó perfecto y
augusto a los límites de la historia… Su misión se cifraba en desaparecer, puesto
que ya no era susceptible, por lo absoluto de su perfección, de perfeccionarse
más… ¿Quién podía sustituirlos en el imperio del mundo? ¿Qué raza nueva y
vigorosa podía reemplazarle en él? Los primeros animales humanizados, a los
cuales tocaba su turno en el escenario de los tiempos… Vengan, pues,
enhorabuena; a nosotros, llegados a la divina serenidad de los espíritus
completos y definitivos, no nos queda más que morir dulcemente. Humanos son

140
ellos y piadosos serán para matarnos. Después, a su vez, perfeccionados y
serenos, morirán para dejar su puesto a nuevas razas que hoy fermentan en el
seno oscuro aún de la animalidad inferior, en el misterio de un génesis activo e
impenetrable… ¡Todo ello hasta que la vieja llama del sol se extinga
suavemente, hasta que su enorme globo, ya oscuro, girando alrededor de una
estrella de la constelación de Hércules, sea fecundado por vez primera en el
espacio, y de su seno inmenso surjan nuevas humanidades… para que todo
recomience!

141
UN DÍA PERFECTO PARA EL PEZ BANANA
J. D. Salinger

En el hotel había noventa y siete agentes de publicidad neoyorquinos. Como


monopolizaban las líneas telefónicas de larga distancia, la chica del 507 tuvo
que esperar su llamada desde el mediodía hasta las dos y media de la tarde. Pero
no perdió el tiempo. En una revista femenina leyó un artículo titulado «El sexo
es divertido o infernal». Lavó su peine y su cepillo. Quitó una mancha de la
falda de su traje beige. Corrió un poco el botón de la blusa de Saks. Se arrancó
los dos pelos que acababan de salirle en el lunar. Cuando, por fin, la operadora
la llamó, estaba sentada en el alféizar de la ventana y casi había terminado de
pintarse las uñas de la mano izquierda.
No era una chica a la que una llamada telefónica le produjera gran efecto.
Se comportaba como si el teléfono hubiera estado sonando constantemente
desde que alcanzó la pubertad.
Mientras sonaba el teléfono, con el pincelito del esmalte se repasó una uña
del dedo meñique, acentuando el borde de la lúnula. Tapó el frasco y,
poniéndose de pie, abanicó en el aire su mano pintada, la izquierda. Con la mano
seca, tomó del alféizar un cenicero repleto y lo llevó hasta la mesita de noche,
donde estaba el teléfono. Se sentó en una de las dos camas gemelas ya hecha
y—ya era la cuarta o quinta llamada—levantó el auricular del teléfono.
—Diga—dijo, manteniendo extendidos los dedos de la mano izquierda
lejos de la bata de seda blanca, que era lo único que llevaba puesto, junto con
las chinelas: los anillos estaban en el cuarto de baño.
—Su llamada a Nueva York, señora Glass—dijo la operadora.
—Gracias—contestó la chica, e hizo sitio en la mesita de noche para el
cenicero.
A través del auricular llegó una voz de mujer:
—¿Muriel? ¿Eres tú?
La chica alejó un poco el auricular del oído.
—Sí, mamá. ¿Cómo estás?—dijo.
—He estado preocupadísima por ti. ¿Por qué no has llamado? ¿Estás bien?
—Traté de telefonear anoche y antenoche. Los teléfonos aquí han…
—¿Estás bien, Muriel?
La chica separó un poco más el auricular de su oreja.
—Estoy perfectamente. Hace mucho calor. Este es el día más caluroso que
ha habido en Florida desde…
—¿Por qué no has llamado antes? He estado tan preocupada…

142
—Mamá, querida, no me grites. Te oigo perfectamente —dijo la chica—.
Anoche te llamé dos veces. Una vez justo después…
—Le dije a tu padre que seguramente llamarías anoche. Pero no, él tenía
que… ¿estás bien, Muriel? Dime la verdad.
—Estoy perfectamente. Por favor, no me preguntes siempre lo mismo.
—¿Cuándo llegasteis?
—No sé… el miércoles, de madrugada.
—¿Quién condujo?
—Él—dijo la chica—. Y no te asustes. Condujo bien. Yo misma estaba
asombrada.
—¿Condujo él? Muriel, me diste tu palabra de que…
—Mamá—interrumpió la chica—, acabo de decírtelo. Condujo
perfectamente. No pasamos de ochenta en todo el trayecto, ésa es la verdad.
—¿No trató de hacer el tonto otra vez con los árboles?
—Vuelvo a repetirte que condujo muy bien, mamá. Vamos, por favor. Le
pedí que se mantuviera cerca de la línea blanca del centro, y todo lo demás, y
entendió perfectamente, y lo hizo. Hasta se esforzaba por no mirar los árboles…
se notaba. Por cierto, ¿papá ha hecho arreglar el coche?
—Todavía no. Es que piden cuatrocientos dólares, sólo para…
—Mamá, Seymour le dijo a papá que pagaría él. Así que no hay motivo
para…
—Bueno, ya veremos. ¿Cómo se portó? Digo, en el coche y demás…
—Muy bien—dijo la chica.
—¿Sigue llamándote con ese horroroso…?
—No. Ahora tiene uno nuevo
—¿Cuál?
—Mamá… ¿qué importancia tiene?
—Muriel, insisto en saberlo. Tu padre…
—Está bien, está bien. Me llama Miss Buscona Espiritual 1948—dijo la
chica, con una risita.

—No tiene nada de gracioso, Muriel. Nada de gracioso. Es horrible. Realmente,


es triste. Cuando pienso cómo…
—Mamá—interrumpió la chica—, escúchame. ¿Te acuerdas de aquel libro
que me mandó de Alemania? Unos poemas en alemán. ¿Qué hice con él? Me
he estado rompiendo la cabeza…
—Lo tienes tú.
—¿Estás segura?—dijo la chica.
—Por supuesto. Es decir, lo tengo yo. Está en el cuarto de Freddy. Lo
dejaste aquí y no había sitio en la… ¿Por qué? ¿Te lo ha pedido él?

143
—No. Simplemente me preguntó por él, cuando veníamos en el coche. Me
preguntó si lo había leído.
—¡Pero está en alemán!
—Sí, mamita. Ese detalle no tiene importancia—dijo la chica, cruzando
las piernas—. Dijo que casualmente los poemas habían sido escritos por el único
gran poeta de este siglo. Me dijo que debería haber comprado una traducción o
algo así. O aprendido el idioma… nada menos.. .
—Espantoso. Espantoso. Es realmente triste… Ya decía tu padre anoche…
—Un segundo, mamá—dijo la chica. Se acercó hasta el alféizar en busca
de cigarrillos, encendió uno y volvió a sentarse en la cama—. ¿Mamá?—dijo,
echando una bocanada de humo.
—Muriel, mira, escúchame.
—Te estoy escuchando.
—Tu padre habló con el doctor Sivetski.
—¿Sí?—dijo la chica.
—Le contó todo. Por lo menos, eso me dijo, ya sabes cómo es tu padre.
Los árboles. Ese asunto de la ventana. Las cosas horribles que le dijo a la abuela
acerca de sus proyectos sobre la muerte. Lo que hizo con esas fotos tan bonitas
de las Bermudas… ¡Todo!
—¿Y…?—dijo la chica.
—En primer lugar, dijo que era un verdadero crimen que el ejército lo
hubiera dado de alta del hospital. Palabra. En definitiva, dijo a tu padre que hay
una posibilidad, una posibilidad muy grande, dijo, de que Seymour pierda por
completo la razón. Te lo juro.
—Aquí, en el hotel, hay un psiquiatra —dijo la chica.
—¿Quién? ¿Cómo se llama?
—No sé. Rieser o algo así. Dicen que es un psiquiatra muy bueno.
—Nunca lo he oído nombrar.
—De todos modos, dicen que es muy bueno.
—Muriel, por favor, no seas inconsciente. Estamos muy preocupados por
ti. Lo cierto es que… anoche tu padre estuvo a punto de enviarte un telegrama
para que volvieras inmediatamente a casa…
—Por ahora no pienso volver, mamá. Así que tómalo con calma
—Muriel, te doy mi palabra. El doctor Sivetski ha dicho que Seymour
podía perder por completo la…
—Mamá, acabo de llegar. Hace años que no me tomo vacaciones, y no
pienso meter todo en la maleta y volver a casa porque sí—dijo la chica—. Por
otra parte, ahora no podría viajar. Estoy tan quemada por el sol que ni me puedo
mover.

144
—¿Te has quemado mucho? ¿No has usado ese bronceador que te puse en
la maleta? Está…
—Lo usé. Pero me quemé lo mismo.
—¡Qué horror! ¿Dónde te has quemado?
—Me he quemado toda, mamá, toda.
—¡Qué horror!
—No me voy a morir.
—Dime, ¿has hablado con ese psiquiatra?
—Bueno… sí… más o menos…—dijo la chica.
—¿Qué dijo? ¿Dónde estaba Seymour cuando le hablaste?
—En la Sala Océano, tocando el piano. Ha tocado el piano las dos noches
que hemos pasado aquí.
—Bueno, ¿qué dijo?
—¡Oh, no mucho! ¡Él fue el primero en hablar. Yo estaba sentada anoche
a su lado, jugando al bingo, y me preguntó si el que tocaba el piano en la otra
sala era mi marido. Le dije que sí, y me preguntó si Seymour había estado
enfermo o algo por el estilo. Entonces yo le dije…
—¿Por que te hizo esa pregunta?
—No sé, mamá. Tal vez porque lo vio tan pálido, y yo qué sé—dijo la
chica—. La cuestión es que, después de jugar al bingo, él y su mujer me
invitaron a tomar una copa. Y yo acepté. La mujer es espantosa. ¿Te acuerdas
de aquel vestido de noche tan horrible que vimos en el escaparate de Bonwit?
Aquel vestido que tú dijiste que para llevarlo había que tener un pequeño,
pequeñísimo…
—¿El verde?
—Lo llevaba puesto. ¡Con unas cadenas…! Se pasó el rato preguntándome
si Seymour era pariente de esa Suzanne Glass que tiene una tienda en la avenida
Madison… la mercería…
—Pero ¿qué dijo él? El médico.
—Ah, sí… Bueno… en realidad, no dijo mucho. Sabes, estábamos en el
bar. Había mucho barullo.
—Sí, pero… ¿le… le dijiste lo que trató de hacer con el sillón de la abuela?
—No, mamá. No entré en detalles—dijo la chica—. Seguramente podré
hablar con él de nuevo. Se pasa todo el día en el bar.
—¿No dijo si había alguna posibilidad de que pudiera ponerse… ya sabes,
raro, o algo así…? ¿De que pudiera hacerte algo…?
—En realidad, no—dijo la chica—. Necesita conocer más detalles, mamá.
Tienen que saber todo sobre la infancia de uno… todas esas cosas. Ya te digo,
había tanto ruido que apenas podíamos hablar.
—En fin. ¿Y tu abrigo azul?

145
—Bien. Le subí un poco las hombreras.
—¿Cómo es la ropa este año?
—Terrible. Pero preciosa. Con lentejuelas por todos lados.
—¿Y tu habitación?
—Está bien. Pero nada más que eso. No pudimos conseguir la habitación
que nos daban antes de la guerra—dijo la chica—. Este año la gente es
espantosa. Tendrías que ver a los que se sientan al lado nuestro en el comedor.
Parece que hubieran venido en un camión.
—Bueno, en todas partes es igual. ¿Y tu vestido de baile?
—Demasiado largo. Te dije que era demasiado largo.
—Muriel, te lo voy a preguntar una vez más… ¿En serio, va todo bien?
—Sí, mamá—dijo la chica—. Por enésima vez.
—¿Y no quieres volver a casa?
—No, mamá.
—Tu padre dijo anoche que estaría encantado de pagarte el viaje si
quisieras irte sola a algún lado y pensarlo bien. Podrías hacer un hermoso
crucero. Los dos pensamos…
—No, gracias—dijo la chica, y descruzó las piernas—. Mamá, esta
llamada va a costar una for…
—Cuando pienso cómo estuviste esperando a ese muchacho durante toda
la guerra… quiero decir, cuando una piensa en esas esposas alocadas que…
—Mamá—dijo la chica—. Colguemos. Seymour puede llegar en cualquier
momento.
—¿Dónde está?

—En la playa.
—¿En la playa? ¿Solo? ¿Se porta bien en la playa?
—Mamá—dijo la chica—. Hablas de él como si fuera un loco furioso.
—No he dicho nada de eso, Muriel.
—Bueno, ésa es la impresión que das. Mira, todo lo que hace es estar
tendido en la arena. Ni siquiera se quita el albornoz.
—¿Que no se quita el albornoz? ¿Por qué no?
—No lo sé. Tal vez porque tiene la piel tan blanca.
—Dios mío, necesita tomar sol. ¿Por qué no lo obligas?
—Lo conoces muy bien—dijo la chica, y volvió a cruzar las piernas—.
Dice que no quiere tener un montón de imbéciles alrededor mirándole el tatuaje.
—¡Si no tiene ningún tatuaje! ¿O acaso se hizo tatuar cuando estaba en la
guerra?
—No, mamá. No, querida—dijo la chica, y se puso de pie—. Escúchame,
a lo mejor te llamo otra vez mañana.

146
—Muriel, hazme caso.
—Sí, mamá—dijo la chica, cargando su peso sobre la pierna derecha.
—Llámame en cuanto haga, o diga, algo raro…, ya me entiendes. ¿Me
oyes?
—Mamá, no le tengo miedo a Seymour.
—Muriel, quiero que me lo prometas.
—Bueno, te lo prometo. Adiós, mamá—dijo la chica—. Besos a papá—y
colgó.
***
—Ver más vidrio —dijo Sybil Carpenter, que estaba alojada en el hotel
con su madre—. ¿Has visto más vidrio?
—Cariño, por favor, no sigas repitiendo eso. Vas a volver loca a mamaíta.
Estáte quieta, por favor.
La señora Carpenter untaba la espalda de Sybil con bronceador,
repartiéndolo sobre sus omóplatos, delicados como alas. Sybil estaba
precariamente sentada sobre una enorme y tensa pelota de playa, mirando el
océano. Llevaba un traje de baño de color amarillo canario, de dos piezas, una
de las cuales en realidad no necesitaría hasta dentro de nueve o diez años.
—No era más que un simple pañuelo de seda… una podía darse cuenta
cuando se acercaba a mirarlo—dijo la mujer sentada en la hamaca contigua a la
de la señora Carpenter—. Ojalá supiera cómo lo anudó. Era una preciosidad.
—Por lo que dice, debía de ser precioso—asintió la señora Carpenter.
—Estáte quieta, Sybil, cariño…
—¿Viste más vidrio?—dijo Sybil.
La señora Carpenter suspiró.
—Muy bien—dijo. Tapó el frasco de bronceador—. Ahora vete a jugar,
cariño. Mamaíta va a ir al hotel a tomar un martini con la señora Hubbel. Te
traeré la aceituna.
Cuando estuvo libre, Sybil echó a correr inmediatamente por el borde
firme de la playa hacia el Pabellón de los Pescadores. Se detuvo únicamente
para hundir un pie en un castillo de arena inundado y derruido, y en seguida
dejó atrás la zona reservada a los clientes del hotel.
Caminó cerca de medio kilómetro y de pronto echó a correr oblicuamente,
alejándose del agua hacia la arena blanda. Se detuvo al llegar junto a un hombre
joven que estaba echado de espaldas.
—¿Vas a ir al agua, ver más vidrio?—dijo.
El joven se sobresaltó, llevándose instintivamente la mano derecha a las
solapas del albornoz. Se volvió boca abajo, dejando caer una toalla enrollada
como una salchicha que tenía sobre los ojos, y miró de reojo a Sybil.
—¡Ah!, hola, Sybil.

147
—¿Vas a ir al agua?
—Te esperaba—dijo el joven—. ¿Qué hay de nuevo?
—¿Qué?—dijo Sybil.
—¿Qué hay de nuevo? ¿Qué programa tenemos?
—Mi papá llega mañana en un avión—dijo Sybil, tirándole arena con el
pie.
—No me tires arena a la cara, niña—dijo el joven, cogiendo con una mano
el tobillo de Sybil—. Bueno, ya era hora de que tu papi llegara. Lo he estado
esperando horas. Horas.
—¿Dónde está la señora?—dijo Sybil.
—¿La señora?—el joven hizo un movimiento, sacudiéndose la arena del
pelo ralo—. Es difícil saberlo, Sybil. Puede estar en miles de lugares. En la
peluquería. Tiñiéndose el pelo de color visón. O en su habitación, haciendo
muñecos para los niños pobres.
Se puso boca abajo, cerró los dos puños, apoyó uno encima del otro y
acomodó el mentón sobre el de arriba.
—Pregúntame algo más, Sybil—dijo—. Llevas un bañador muy bonito. Si
hay algo que me gusta, es un bañador azul.
Sybil lo miró asombrada y después contempló su prominente barriga.
—Es amarillo—dijo—. Es amarillo.
—¿En serio? Acércate un poco más.
Sybil dio un paso adelante.
—Tienes toda la razón del mundo. Qué tonto soy.
—¿Vas a ir al agua?—dijo Sybil.
—Lo estoy considerando seriamente, Sybil. Lo estoy pensando muy en
serio.
Sybil hundió los dedos en el flotador de goma que el joven usaba a veces
como almohadón.
—Necesita aire—dijo.
—Es verdad. Necesita más aire del que estoy dispuesto a admitir—retiró
los puños y dejó que el mentón descansara en la arena—. Sybil—dijo—, estás
muy guapa. Da gusto verte. Cuéntame algo de ti—estiró los brazos hacia delante
y tomó en sus manos los dos tobillos de Sybil—. Yo soy capricornio. ¿Cuál es
tu signo?
—Sharon Lipschutz dijo que la dejaste sentarse a tu lado en el taburete del
piano—dijo Sybil.
—¿Sharon Lipschutz dijo eso?
Sybil asintió enérgicamente. Le soltó los tobillos, encogió los brazos y
apoyó la mejilla en el antebrazo derecho.

148
—Bueno —dijo—. Tú sabes cómo son estas cosas, Sybil. Yo estaba
sentado ahí, tocando. Y tú te habías perdido de vista totalmente y vino Sharon
Lipschutz y se sentó a mi lado. No podía echarla de un empujón, ¿no es cierto?
—Sí que podías.
—Ah, no. No era posible. Pero ¿sabes lo que hice?
—¿Qué?
—Me imaginé que eras tú.
Sybil se agachó y empezó a cavar en la arena.
—Vayamos al agua—dijo.
—Bueno—replicó el joven—. Creo que puedo hacerlo.
—La próxima vez, échala de un empujón —dijo Sybil.
—¿Que eche a quién?
—A Sharon Lipschutz.
—Ah, Sharon Lipschutz —dijo él—. ¡Siempre ese nombre! Mezcla de
recuerdos y deseos.—De repente se puso de pie y miró el mar—. Sybil—dijo—
, ya sé lo que podemos hacer. Intentaremos pescar un pez banana.
—¿Un qué?
—Un pez banana—dijo, y desanudó el cinturón de su albornoz.
Se lo quitó. Tenía los hombros blancos y estrechos. El traje de baño era
azul eléctrico. Plegó el albornoz, primero a lo largo y después en tres dobleces.
Desenrolló la toalla que se había puesto sobre los ojos, la tendió sobre la arena
y puso encima el albornoz plegado. Se agachó, recogió el flotador y se lo puso
bajo el brazo derecho. Luego, con la mano izquierda, tomó la de Sybil.
Los dos echaron a andar hacia el mar.
—Me imagino que ya habrás visto unos cuantos peces banana—dijo el
joven.
Sybil negó con la cabeza.
—¿En serio que no? Pero, ¿dónde vives, entonces?
—No sé—dijo Sybil.
—Claro que lo sabes. Tienes que saberlo. Sharon Lipschutz sabe dónde
vive, y sólo tiene tres años y medio.
Sybil se detuvo y de un tirón soltó su mano de la de él. Recogió una concha
y la observó con estudiado interés. Luego la tiró.
—Whirly Wood, Connecticut—dijo, y echó nuevamente a andar, sacando
la barriga.
—Whirly Wood, Connecticut—dijo el joven—. ¿Eso, por casualidad, no
está cerca de Whirly Wood, Connecticut?
Sybil lo miró:
—Ahí es donde vivo—dijo con impaciencia—. Vivo en Whirly Wood,
Connecticut.

149
Se adelantó unos pasos, se cogió el pie izquierdo con la mano izquierda y
dio dos o tres saltos.
—No puedes imaginarte cómo lo aclara todo eso —dijo él.
Sybil soltó el pie:
—¿Has leído El negrito Sambo?—dijo.
—Es gracioso que me preguntes eso—dijo él—. Da la casualidad que
acabé de leerlo anoche.—Se inclinó y volvió a tomar la mano de Sybil—. ¿Qué
te pareció?
—¿Te acuerdas de los tigres que corrían todos alrededor de ese árbol?
—Creí que nunca iban a parar. Jamás vi tantos tigres.
—No eran más que seis—dijo Sybil.
—¡Nada más que seis! —dijo el joven—. ¿Y dices «nada más»?
—¿Te gusta la cera?—preguntó Sybil.
—¿Si me gusta qué?
—La cera.—Mucho. ¿A ti no?
Sybil asintió con la cabeza:
—¿Te gustan las aceitunas?—preguntó.
—¿Las aceitunas?… Sí. Las aceitunas y la cera. Nunca voy a ningún lado
sin ellas.
—¿Te gusta Sharon Lipschutz?—preguntó Sybil.
—Sí. Sí me gusta. Lo que más me gusta de ella es que nunca hace cosas
feas a los perritos en la sala del hotel. Por ejemplo, a ese bulldog enano de la
señora canadiense. Te resultará difícil creerlo, pero hay algunas niñas que se
divierten mucho pinchándolo con los palitos de los globos. Pero Sharon, jamás.
Nunca es mala ni grosera. Por eso la quiero tanto.
Sybil no dijo nada.
—Me gusta masticar velas—dijo ella por último.
—Ah, ¿y a quién no?—dijo el joven mojándose los pies—. ¡Diablos, qué
fría está!—Dejó caer el flotador en el agua—. No, espera un segundo, Sybil.
Espera a que estemos un poquito más adentro.
Avanzaron hasta que el agua llegó a la cintura de Sybil. Entonces el joven
la levantó y la puso boca abajo en el flotador.
—¿Nunca usas gorro de baño ni nada de eso?—preguntó él.
—No me sueltes—dijo Sybil—. Sujétame, ¿quieres?
—Señorita Carpenter, por favor. Yo sé lo que estoy haciendo—dijo el
joven—. Ocúpate sólo de ver si aparece un pez banana. Hoy es un día perfecto
para los peces banana.
—No veo ninguno—dijo Sybil.
—Es muy posible. Sus costumbres son muy curiosas. Muy curiosas.

150
Siguió empuiando el flotador. El agua le llegaba al pecho.—Llevan una
vida triste—dijo—. ¿Sabes lo que hacen, Sybil?Ella negó con la cabeza.
—Bueno, te lo explicaré. Entran en un pozo que está lleno de bananas.
Cuando entran, parecen peces como todos los demás. Pero, una vez dentro, se
portan como cerdos, ¿sabes? He oído hablar de peces banana que han entrado
nadando en pozos de bananas y llegaron a comer setenta y ocho bananas—
empujó al flotador y a su pasajera treinta centímetros más hacia el horizonte—
. Claro, después de eso engordan tanto que ya no pueden salir. No pasan por la
puerta.
—No vayamos tan lejos—dijo Sybil—. ¿Y qué pasa despues con ellos?—
¿Qué pasa con quiénes?
—Con los peces banana.
—Bueno, ¿te refieres a después de comer tantas bananas que no pueden
salir del pozo?
—Sí—dijo Sybil.
—Mira, lamento decírtelo, Sybil. Se mueren.
—¿Por qué?—preguntó Sybil.
—Contraen fiebre platanífera. Una enfermedad terrible.
—Ahí viene una ola—dijo Sybil nerviosa.
—No le haremos caso. La mataremos con la indiferencia—dijo el joven—
, como dos engreídos.
Tomó los tobillos de Sybil con ambas manos y empujó hacia delante. El
flotador levantó la proa por encima de la ola. El agua empapó los cabellos rubios
de Sybil, pero sus gritos eran de puro placer.
Cuando el flotador estuvo nuevamente inmóvil, se apartó de los ojos un
mechón de pelo pegado, húmedo, y comentó:
—Acabo de ver uno.
—¿Un qué, amor mío?
—Un pez banana.
—¡No, por Dios!—dijo el joven—. ¿Tenía alguna banana en la boca?
—Sí—dijo Sybil—. Seis.
De pronto, el joven tomó uno de los mojados pies de Sybil que colgaban
por el borde del flotador y le besó la planta.
—¡Eh!—dijo la propietaria del pie, volviéndose.
—¿Cómo, eh? Ahora volvamos. ¿Ya te has divertido bastante?
—¡No!
—Lo siento—dijo, y empujó el flotador hacia la playa hasta que Sybil
descendió. El resto del carnino lo llevó bajo el brazo.
—Adiós —dijo Sybil, y salió corriendo hacia el hotel.

151
El joven se puso el albornoz, cruzó bien las solapas y metió la toalla en el
bolsillo. Recogió el flotador mojado y resbaladizo y se lo acomodó bajo el
brazo. Caminó solo, trabajosamente, por la arena caliente, blanda, hasta el hotel.
En el primer nivel de la planta baja del hotel—que los bañistas debían usar
según instrucciones de la gerencia— entró con él en el ascensor una mujer con
la nariz cubierta de pomada.
—Veo que me está mirando los pies—dijo él, cuando el ascensor se puso
en marcha.
—¿Cómo dice?—dijo la mujer.
—Dije que veo que me está mirando los pies.
—Perdone, pero casualmente estaba mirando el suelo —dijo la muier, y se
volvió hacia las puertas del ascensor.
—Si quiere mirarme los pies, dígalo—dijo el joven—. Pero, maldita sea,
no trate de hacerlo con tanto disimulo.
—Déjeme salir, por favor—dijo rápidamente la mujer a la ascensorista.
Cuando se abrieron las puertas, la mujer salió sin mirar hacia atrás.
—Tengo los pies completamente normales y no veo por qué demonios
tienen que mirármelos—dijo el joven—. Quinto piso, por favor.
Sacó la llave de la habitación del bolsillo de su albornoz.
Bajó en el quinto piso, caminó por el pasillo y abrió la puerta del 507. La
habitación olía a maletas nuevas de piel de ternera y a quitaesmalte de uñas.
Echó una ojeada a la chica que dormía en una de las camas gemelas.
Después fue hasta una de las maletas, la abrió y extrajo una automática de
debajo de un montón de calzoncillos y camisetas, una Ortgies calibre 7,65. Sacó
el cargador, lo examinó y volvió a colocarlo. Quitó el seguro. Después se sentó
en la cama desocupada, miró a la chica, apuntó con la pistola y se disparó un
tiro en la sien derecha.
***

152
Síntesis Lauro Zavala

Existen algunas Estrategias de lectura Y escritura para definir a un texto


como cuento:

Normativa: deductivo, un cuento es lo que dictan las definiciones. Regla.

Casuística: inductivo, un cuento es lo que los lectores interpretan como tal.


Caso.

Conjetural: abductivo, un cuento es aquello que llamamos cuento.


Resultado.

Cuento clásico (ejemplar o mítico): representación convencional de la


realidad, dos historias: superficial y secreta, tensión mantiene el suspenso.
Tiempo es secuencial. Espacio verosímil, realista, genérico. Personajes
convencionales y arquetipos. Narrador confiable y omnisciente representa la
realidad. Final, revelación explícita, epifánico. Circular. Representación de una
realidad narrativa.

Cuento moderno (Relato: narrativa breve que escapa a los cánones del
cuento clásico): antirrealista. Dos historias: una convencional y una alegórica o
puede no ser narrativa o no emerge a la superficie en el final. Tiempo subjetivo.
Espacio distorsionado por el narrador, dirigido a elementos específicos.
Personajes poco convencionales, psicológicos, situaciones son metafóricas
como alegorías de su visión del mundo. Narrador con distintos niveles
narrativos y contradictorios, poco confiable o irónico. Relato es resultado de
dudas acerca de mirar las cosas de maneras únicas. Final abierto, sin epifanías
o epifanías sucesivas que obligan a leer irónicamente. Cuestionamiento de las
formas de representación de la realidad. Espacialización y simultaneidad
temporal. Estructura arbórea. Antirrealista que adopta una distancia crítica ante
convenciones genéricas.

Cuento posmoderno (más bien lectura posmoderna) presentación de


realidad textual: yuxtaposición, errática, intertextual, simulacro. Hibridación
genérica. Tiempo respeta cronología pero juega con el simulacro de contar una
historia sin un original al cual imitar, avanza a una conclusión inexistente.

153
Espacio muestra realidades virtuales, solo existe en la página a través de la
invocación, realidad construida a través del proceso de lectura,
intercontextulidad articulada imaginariamente. Personajes aparentemente
convencionales con perfil paródico, metaficcional e intertextual. Narrador
evidente y autoirónico, o desaparecido, cuya intención es irrelevante pues la
interpretación corresponde al lector. Final epifánico es irónico e intertextual.
Idea general de obra en construcción para diversificar interpretaciones.
Rizomático, intertextual, itinerante, antirrepresentacional que presupone que
todo texto es una realidad autónoma. Realidad textual.

Hipertextualidad: tiene que ver con la actualidad.

Momentos de evolución del cuento:


Poe: unidad de impresión y final sorpresivo.
Chéjov: compasión y final abierto.
Borges: rasgos estructurales clásicos y elementos narrativos modernos.
Paradoja. Posmodernos.
Posibilidad de reescritura de la tradición, relectura irónica, colectiva,
anónima, con fragmentos de convenciones.

Estrategias de análisis del cuento:

Recreación textual: para taller literario.


Análisis comparativo
Confrontación genérica: compara con una película obra, guión etc.
Establecer similitudes y diferencias y elaborar reconstrucción narrativa de la
experiencia estética.
Lectura comparativa: aplicación de dos métodos de análisis. O
comparación de dos textos.
Lectura simultánea: lectura intertextual siguiendo el orden del cuento,
determinando referencias. Puede partir de una teoría específica. O del estudio
de otros textos del mismo autor. Es un comentario analítico y didáctico.
Lectura dirigida: lectura de pasajes específicos para explicitar sentidos no
evidentes.

154
Historia: ¿Qué ocurre?
Los hechos que conforman la diégesis.

Trama: ¿Cómo ocurre?


Planteamiento, nudo y desenlace.
La lógica de los posibles narrativos.
Conflicto: ¿Qué quiere el personaje y qué le impide alcanzarlo?
Final abierto
¿Es necesaria una subtrama?

Narrador: ¿Quién cuenta la historia?


Extradiegético omnisciente
Extradiegético focalizador
Intradiegético protagonista
Intradiegético testigo
Demiurgo
Polifonía de voces
Técnica Roshomon

Narración: ¿Cómo cuenta la historia?


Lineal
Fragmentaria
Recursos de la narración fragmentaria: analepsis, prolepsis y elipsis
Otros recursos: in media res, inversión, contrapunto, mise en abyme, relato especular,
ruptura de la ficción narrativa, metanarración, paralelismo.

Cronotopo
Tiempo y lugar en que transcurre cada una de las secuencias narrativas

Personajes
Clasificación tradicional (actancial): protagonista, antagonista, ayudante, informante.
Clasificación de Joseph Campbell: héroe, heraldo, mentor, guardianes de los umbrales,
camaleón (inconstante, traidor), bufón y sombra.
Casos especiales: el antihéroe y el personaje fantasma
Motivo u objetivo del protagonista o héroe

Tema
Pasión, valor o principio en torno al cual giran la historia y las acciones de los
personajes principales.

Verosimilitud
El universo narrativo y sus leyes.

155