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CULTURA EUROPEA (UNED)

LO MÁS PREGUNTADO CULTURA

, ALVARADO 13-14
LECCIÓN 33ª

LA MONARQUÍA UNIVERSAL ESPAÑOLA

B) LA INCORPORACIÓN DE LAS INDIAS

En 1492, Cristóbal Colón descubrió América, abriendo el camino a la incorporación de una vasta
extensión de territorios, donde el marino, a tenor de las Capitulaciones de Santa Fe firmadas en Abril
del mismo año, recibió los títulos de Almirante, virrey y gobernador, junto al diezmo de las riquezas
que se obtuviera

1. La concesión pontificia: bulas de Alejandro VI. Mayo/2009 + 1

A mediados del siglo XV Portugal es la gran potencia marítima del atlántico, compartiendo
hegemonía con el auge de las expediciones castellanas. En tales circunstancias, y debido al poder
temporal sobre los dominios de infieles que en la época se atribuye al Papa, los portugueses recabaron
de Roma una bula que les garantice la exclusividad de la navegación y el control de las costas de
África.

El régimen jurídico de la expansión atlántica, cuando Colón sale de Palos, tenía dos frentes: los
derechos de Portugal derivados de las concesiones pontificias, y los derechos y obligaciones de
Portugal y Castilla procedentes del tratado de Alcáçovas, con lo que la expedición descubridora debía
atenerse al tratado y no penetrar en la zona reservada a los portugueses.

Las bulas concedidas por Alejandro VI, repartieron el mundo. Fueron solicitadas y obtenidas por los
monarcas españoles en un período breve de tiempo.

El contenido de las bulas castellanas, es en otro ámbito geográfico, paralelo a la de las portuguesas.

LA JUSTIFICACIÓN DE LA CONQUISTA Y EL PROBLEMA DE LOS “JUSTOS


TÍTULOS”. Septiembre/2007

En los primeros años la polémica indiana es un litigio entre Castilla y Portugal sobre la pertenencia
de las tierras descubiertas, y sobre la titularidad de zonas de expansión en el Atlántico. Se trata por
consiguiente de un conflicto internacional, donde se discuten las cláusulas de convenios y bulas.

Antonio de Montesinos –fraile dominico-, dirige a sus fieles en 1511 un sermón relativo a la denuncia
de los abusos de la conquista.

Los ecos de dicha denuncia producen un doble efecto, por un lado la convocatoria en Burgos en
1512 una junta de teólogos y juristas para discutir el problema. De otro, la especial sensibilización de
determinadas personas, una de las cuales, Bartolomé de las Casas.

La Junta de Burgos de 1512 reconoce que los indios son hombres libres, pero también su
sometimiento a los reyes castellanos en virtud de las bulas.

Teólogos y juristas convienen asimismo en que deben ser instruidos en la fe, que tengan casas y
hacienda propia, y que trabajen a cambio de un salario.

El requerimiento, o declaración que debe leerse a los indios ilustrándoles de la existencia de Dios,
de cómo Cristo concedió el primado al papa, de cómo los papas hicieron donación de las tierras a los
reyes españoles, y en consecuencia estos son los dueños de las tierras. Por todo ello, los indios eran
conminados a aceptar a sus nuevos dueños.

1. La polémica Sepúlveda-Las Casas. Junio/2008


Cuando se celebró la Junta de Burgos y se redactó el requerimiento, el dominico Bartolomé de las
Casas, rondaba los 40, desde entonces, tanto en América como España, Las Casas fue beligerante en
la defensa de los indios y en la censura de los métodos colonizadores. B. De las Casas, cree sólo en
la evangelización pacífica. Tal planteamiento choca frontalmente con la tesis de Ginés de Sepúlveda,
defensor de los encomenderos de México. Para conciliar ambas posturas fue convocada en Valladolid
una junta de juristas y teólogos (1550-1551).

Domingo de Soto resumió las razones de los adversarios: la ilicitud de la violencia y la admisión
sólo de una “dulce y amorosa, evangélica predicación” por parte de las Casas; y la justificación de
la intervención española por la idolatría, antropofagia y pecados contra natura de aquellas gentes. La
Junta no llegó a pronunciarse, extremando Las Casas sus posiciones en los últimos años. Carlos V,
pensó en abandonar y devolver Perú a sus originales habitantes, pero fue convencido por Vitoria, de
que si abandonaban Perú, perderían la Fe Cristiana.

2. Los títulos legítimos según el Padre Vitoria.

Vitoria expuso el conjunto de sus tesis en una disertación universitaria, la Relectio de Indis,
pronunciada en Salamanca el 18 enero de 1539. La doctrina con respecto a la incorporación de los
territorios americanos había sido hasta entonces objeto de un doble juicio: se identifica el derecho
natural con la ley cristiana; o bien, como había sostenido Sto. Tomás, se trataba de dos realidades
distintas y complementarias. Partiendo de este segunda interpretación, que descarta la validez de la
donación pontificia por cuanto los infieles eran ya los legítimos propietarios. Vitoria desarrolla ocho
títulos que podría desarrollar la presencia española:

Los ocho títulos de Vitoria.

Primer título: se basa en el derecho al libre tránsito y circulación por el orbe, siendo inválida, por
contraria al derecho natural cualquier ley que impida el ejercicio de esa libertad.

Segundo título: la obligación impuesta a los cristianos de predicar el Evangelio. Si una vez
convertidos esos infieles, sus príncipes les fuerzan a volver a la idolatría, los españoles se encuentran
legitimados –tercer título- para hacer la guerra y deponer a los gobernantes indígenas.

Cuarto título: se faculta al papa en bien de la conservación de la religión a “darles un príncipe


cristiano y quitarles los otros señores infieles”.

Quinto título: legítima intervención de los españoles, al margen de la autoridad del pontífice, en el
caso de existir un gobierno tiránico entre los indígenas o en caso de antropofagia.

Sexto título: la elección voluntaria que los infieles pudieran hacer del Rey de España como rey propio.

Séptimo título: la posibilidad de que en las guerras justas que hubiera entre indios, una de las partes
llame en su ayuda a los españoles.

Octavo título: de forma hipotética, en la situación de que los indígenas no tuvieran de hecho
capacidad para gobernarse, siendo lícito en tal caso, en función de caridad y sólo en bien de ellos,
deponer a sus príncipes y que los españoles les gobiernen.

3. La solución final.

¿Qué solución adoptó la política oficial ante tan dispares interpretaciones?

Durante el reinado de Felipe II (1570) se dio la posibilidad de llegar a un acuerdo.


Partiendo del reconocimiento de la libertad de los indios, se distingue entre territorios ya ocupados y
aquellos no descubiertos. Los primeros, la legitimidad debe basarse en la sumisión voluntaria de los
indígenas al tiempo de las conquistas o posteriormente.

Sobre el segundo punto, se otorga el dominio de las tierras pero no de sus gentes, es decir, que los
indios son libres dentro de un territorio que es España.

III. LA UNIFICACIÓN JURÍDICA: DE LOS AUSTRIAS A LOS DECRETOS DE NUEVA


PLANTA. Mayo/2008

A) LA CASTELLANIZACIÓN DE ESPAÑA.

1. Situación bajo los Austrias. Características de una Monarquía pluralista.

La unión de las coronas de Castilla y Aragón, y la incorporación de Navarra, había dejado a salvo
la organización política y jurídica de los diversos territorios. En consonancia, los monarcas no se
titularán reyes de España, sino de los dominios que forman parte de ambas coronas, así como de las
que se incorporen posteriormente.

Se desvanece la entidad política de las Coronas y cobra relieve la de los reinos. El rey gobierna en
esos reinos, señoríos y demás territorios con distinto título jurídico (en unos es rey, en otros señor, en
otros conde o duque). El rey puede gobernar con más facilidad en la unitaria Castilla, que en Aragón,
donde existía una organización dispar.

Símbolo de las pretensiones unificadoras fue el Conde Duque de Olivares, que presenta al rey Felipe
IV en 1624 un memorial, donde le requiere para que se haga rey de España.

2. El uniformismo borbónico: los Decretos de Nueva Planta.

Lo que el Duque de Olivares no pudo realizar su plan político en el siglo XVII, se logró por la fuerza
en el siglo XVIII tras el enfrentamiento entre la corona de Aragón y Felipe V. Tras su victoria y
convertirse en rey por el derecho de conquista, suprimió su organización política y la reemplazó por la
castellana mediante una serie de disposiciones, los Decretos de Nueva Planta, llamados así por dotar
de organización o planta nueva a los organismos y tribunales de esa Corona.

Felipe V dicta un primer decreto (Aragón y Valencia) en 1707 (29-6-1707), en la cual se promulga
la abolición de los fueros de Aragón y Valencia y la introducción del derecho castellano.

Decreto de 3-4-1711 (Aragón), rehabilita en parte el ordenamiento jurídico suprimido, al disponer


que se siguiera aplicando el derecho civil aragonés, mientras se introduce la figura de un comandante
general y quedaba organizada la audiencia conforme al modelo castellano.

Decreto de 15-1-1716 (Cataluña), situó al capitán general como representante del rey y dio paso a
una Audiencia, cuya estructura había sido debatida en el Consejo de Castilla. Se respeta el derecho
privado catalán. El propio decreto establece que las causas ante la Audiencia se sustanciarán
exclusivamente en castellano, es decir, se intenta restringir el uso del catalán. Se advierte a los
corregidores que “procuraran introducir la lengua castellana, a cuyo fin darán las providencias más
templadas y simuladas para que se note el efecto sin que se note el cuidado”.

Con el mismo criterio de mantener el derecho privado propio y abolir la organización política,
administrativa y judicial: un decreto de 28-11-1715, introdujo una nueva planta en Mallorca, que
certificó la defunción de unos organismos que persistían desde hacía tiempo, carentes de eficacia.

A este elenco de disposiciones tradicionalmente conocidas, hay que añadir otro decreto de
24-11-1717 para Cerdeña, que reproduce el modelo catalán.
B) LA INQUISICIÓN ESPAÑOLA.

Con la desaparición de la antigua Inquisición medieval (31, I D, 3), los problemas creados por los
falsos conversos, llevaron a los RC a solicitar al papa el establecimiento de esta institución pero con
nuevas características.

El 1-11-1478 Sixto IV otorgó una bula a los RC a designar tres inquisidores, expertos en teología o
derecho canónico. Con ello nace la Inquisición española, cuya importancia y duración –abolida en
1834)- marcará la vida nacional.

Competencias:

La Inquisición (I) fue ante todo un tribunal (El Tribunal del Santo Oficio), o una serie de tribunales
dependientes de un organismo central, el Consejo de la Inquisición o Suprema, a los que competía
la vigilancia de la ortodoxia y persecución de la herejía. La Inquisición no se dirigía contra gente
de otras religiones (judíos o musulmanes) sino contra los cristianos deformadores del dogma. Tuvo
tres frentes principales: los falsos conversos procedentes del judaísmo, los cristianos sospechosos
del luteranismo, y los falsos conversos moriscos. Al estar facultados los monarcas para designar a
los inquisidores y depender toda la estructura de esa Suprema, que era al tiempo un órgano de la
Administración Central (38, II, A, 1), convirtiéndose también en un instrumento político. La I entró en
temas como la fornicación, bigamia, blasfemia... que aparentemente nada tenía que ver con el dogma.

Organización:

El Santo Oficio (SO) se instituyó en Castilla, y posteriormente fue introducido con dificultad en
Aragón, pasando a las Indias y a otros territorios.

En la cúspide se encontraba en Inquisidor General, presidente de la Suprema; y en la base los distintos


tribunales locales. En los primeros años los tribunales iniciaron su actuación mediante edictos de
gracia, que exhortaba a la autodenuncia de los herejes, que eran reconciliados sufriendo un castigo
benigno. Desde el XVI, el edicto de gracia desaparece para dar paso al edicto de fe, amenazaba con la
excomunión a quien no denunciara a cualquier hereje o herejía por él conocidos. Tal medida supuso
que cada persona se convirtiera en un agente potencial de la Inquisición.

Juicios y sentencias:

Con la denuncia tenía lugar el arresto del presunto hereje, a quien no se le comunicaba quien le
denunciaba, para evitar posibles venganzas, ni de qué era acusado. Tras el juicio el reo era absuelto,
cosa infrecuente, o condenado a penas diversas: destierro, confiscación de bienes, uso del sambenito,
cárcel, galeras o muerte en la hoguera. Esta última pena era ejecutada por autoridad secular, a quien la
Inquisición relajaba o entregaba la víctima.

TEMA 34ª

ESTRUCTURA ECONÓMICA DE ESPAÑA EN LA EDAD MODERNA

FUENTES DEL DERECHO MERCANTIL: LAS ORDENANZAS DE LOS CONSULADOS.


EXAMEN

Hasta finales del siglo XV los Consulados habían sido una institución característica de la Corona
de Aragón. A partir de ese momento, las corporaciones de comerciantes castellanos reciben esa
organización, y surgen los consulados de Burgos (1494), Bilbao (1511), Sevilla (1538) o Madrid
(1632), así como en Ultramar (México y Lima). Tras la declaración de la libertad de comercio con
Indias en 1778, se crean otros tales como los de La Coruña, Málaga y Santander, o los de Sanlúcar
de Barrameda, Granada y Vigo ya en el siglo XIX estos tres últimos. El despliegue comercial es
encauzado en lo jurídico por el desarrollo del derecho mercantil, cuya fuente principal son las
ordenanzas de esos Consulados.

Las ordenanzas del Consulado de Burgos, de cual la mitad de los capítulos, regulan el seguro
marítimo. Las Ordenanzas de Sevilla de 1556 constan de diversos textos sobre la organización
del Consulado y el comercio con América. El Consulado de Bilbao dispuso de varios cuerpos de
ordenanzas durante los siglos XVI y XVII. Fruto de esta tarea fueron las Ordenanzas de la Casa de
Contratación de la muy noble y leal villa de Bilbao 1737, aplicadas al comercio terrestre y marítimo,
que lograron notable difusión en la Península y América.

[#?]

Tema 35ª

ESTRUCTURA SOCIAL DE ESPAÑA EN LA EDAD MODERNA

LAS CLASES SOCIALES

La estructura social de la España Moderna mantuvo en muchos aspectos las mismas características
esenciales que presentaba en la Baja edad Media. Sin embargo su composición experimentó cambios
importantes. La sociedad siguió dividida bajo los Austrias y los Borbones en tres estamentos con la
única salvedad de que en cada orden o estamento se diferencian diversos grados internos (óptimos,
mediocres e ínfimos) y que las antiguas clases serviles o semiserviles habían ido integrando el grupo
de los plebeyos. Al mismo tiempo, la diversidad de elementos que componían la sociedad medieval
fue dando paso desde el siglo XV a una sociedad más homogénea y compacta. Generó una mentalidad
reforzada por las leyes cuyos principales signos externos definitorios fueron:

Un determinado sentido del honor, materializado externamente en la ostentación del lujo y en el


desprecio generalizado de los oficios mecánicos.

Un afán desmesurado de ennoblecimiento que aquejó a numerosos sectores de la sociedad. (Notoria


nobleza o nobleza ejecutoria)

Los estatutos de limpieza de sangre. (Grandes, caballeros de hábito, comendadores)

Las clases privilegiadas

Nobleza

La nobleza siguió constituyendo en la Edad Moderna un estamento cerrado y dotado de privilegios


especiales que le situaba en el primer lugar de la escala social (inmunidad tributaria, exención de
servicios y prestaciones personales, etc.).

La Nobleza se ordenó jerárquicamente en grados diferentes:

Los Grandes de España: 20 familias que reunían 25 títulos a las que Carlos V en 1520 reconoció
oficialmente la más alta primacía social, esos Grandes. Eran los nobles que llevaban los títulos de
marqués, conde, duque…, que aumentaron considerablemente a lo largo de la Edad Moderna en que
los reyes concedieron con frecuencia títulos nobiliarios como premio a servicios prestados, por lo que
su estatuto privilegiado no derivaba del linaje, sino del servicio.

La Nobleza de linaje que, en definitiva, eran nobles de segunda categoría. Llegados a ese rango
bien por notoria nobleza o bien por ejecutoria, carecían de recursos por no haber accedido a cargos
elevados y de relevancia social, y formaron en la Edad Moderna una clase numerosa, compuesta por:
Los Caballeros:

Fueron una especie de clase media nobiliaria. A diferencia de los grandes y títulos, integrantes
de la nobleza cortesana, dichos caballeros ejercieron un gran poder en el ámbito local y fueron a
menudo propietarios de propiedades urbanas y rústicas. Muchos de ellos se convirtieron en caballeros
de hábito, es decir, poseedores de un hábito de las viejas Órdenes Militares, disfrutando a veces
de señoríos territoriales llamados encomiendas, cuya jurisdicción y renta les pertenecía como
comendadores.

Los Hidalgos

En la época de los Austrias fueron nobles, que, por no ostentar cargos públicos y carecer de medios
económicos, ocuparon el estamento más bajo de las clases privilegiadas.

En el siglo XVIII la nobleza mantuvo sus privilegios. Las capas medias estuvieron en los puestos
directivos de la administración, la estructura eclesiástica y el ejército, mientras los estamentos más
altos desempeñaron cargos palatinos. Se abre paso cierta concepción de la “función social” de la
nobleza, como justificativa de los privilegios de una estructura estamental que en sí misma no se
discute y, en base a esos planteamientos, los títulos nobiliarios son concedidos por méritos o servicios

Los nobles en esta época, fuesen de la categoría que fuesen, mantuvieron su estatuto jurídico
privilegiado, y siguieron gozando de exención tributaria y de numerosos privilegios en el orden civil,
penal y procesal, como las exenciones del servicio militar obligatorio, o la exclusión de la prisión
por deudas, de tormento, o de penas infamantes, del embargo de bienes. Gozaron además de una
jurisdicción especial cuya competencia correspondía a las Chancillerías.

No faltaron los conflictos sociales entre nobles y plebeyos, de los que fueron una muestra las guerras
de las Comunidades en Castilla y de las Germanías de Valencia y Mallorca. La nobleza de estirpe
y, en particular los Grandes sufrieron una crisis con el cambio de dinastía a causa del desconcierto
general que provocó la guerra de Sucesión y la implantación de una política fuertemente centralista.
La nobleza perdió gran parte de sus privilegios aunque no todos pudiendo aún conservar su boato
externo. En cambio, la nobleza titulada experimentó cierto impulso al ser muy frecuentes las
concesiones de títulos nobiliarios de marqués, conde, vizconde, etc., por los reyes Borbones como
premio a determinados servicios. La condición nobiliaria se consideró incompatible con el ejercicio
de determinadas profesiones que se estimaban viles, hasta que Carlos III declaró la honestidad y
honorabilidad de todos los oficios.

En Castilla, a partir de la guerra de las Comunidades, la oligarquía desplazó de los cargos públicos a
la burguesía urbana, cuya ansías de estima social les empujaron a los plebeyos a querer convertirse en
hidalgos, es decir, a integrarse en escalón inferior de la nobleza. Los linajes fueran de notoria nobleza
o de nobleza de ejecutoria, obtenida tras una serie de litigios y pruebas que concluían con la sanción
oficial. Carlos V y Felipe II incorporaron a la alta nobleza (grandes) a tareas bélicas y diplomáticas,
pero manteniéndola apartada de los resortes de la administración. En el siglo XVII creció en número
y poder, adueñándose del Estado en el reinado de Carlos II, cuando la concesión de títulos por dinero
llegó a alcanzar caracteres alarmantes.

Clero

El celibato sacerdotal hizo que el clero fuera una clase abierta, sumándole su cierta ambigüedad como
estrato social diferenciado del mundo secular. El paso de seglar a eclesiástico era simple, y muchos
religiosos llevaban una vida corriente que en nada se diferenciaba de la gente de la calle.

El número de eclesiástico fue elevado en el siglo XVI (5%) y pese al declive demográfico creció en el
XVII hasta alcanzar el porcentaje del 10%. En el siglo XVIII remitió, contabilizándose un 1,5%.
La mayor parte de los arzobispos y obispos pertenecían al clero secular, mientras el resto surgió
del regular, y en especial de franciscanos y dominicos. Por lo general procedían de familias nobles.
Propuestos por el rey y nombrados por Roma, solían ocupar de entrada una diócesis pobre, para
ascender mediante frecuentes traslados a otras más ventajosas. Al alto clero, pertenecían también los
componentes de los cabildos catedralicios y colegiatas, quienes desempeñaban diversas dignidades
que habían sido cubiertas por oposición.

El bajo clero, daba cabida a curas párrocos, beneficiados y capellanes.

Junto a su consideración social, el clero disfrutó de exención fiscal y tuvo jurisdicción propia. Los
más importantes ingresos de la Iglesia procedían de las rentas de sus propiedades y del Diezmo.

Esquema:

[#?]A).- Clases Privilegiadas

[#?]Nobleza

[#?]Grandes de España

Nobleza de Linaje

[#?]Los Caballeros

Hidalgos

Clero

B).- Clases Medias

[#?]Burguesía

Labradores o campesinos propietarios

El Clero bajo, soldados y gente plebeya

C).- Clases Inferiores

[#?]Población urbana y rural en la Península.

Población rural en Indias (encomiendas)

D).- Grupos Marginados

[#?]Esclavos

Gitanos

Vagabundos, mundo del Hampa.

2. La población rural en Indias: el régimen de encomiendas. EXAMEN

Las necesidades de explotación económica, de ordenar el trabajo de los indios y asegurar su


instrucción, se llevaron en América el establecimiento de las encomiendas.
La encomienda consistió en la atribución al colono español (encomendero) de grupos de indios, con
la obligación de protegerles, educarles e instruirles en la religión cristiana, beneficiándose a cambio
de su trabajo o del tributo que esos indígenas habían de satisfacer dada su condición de vasallos del
rey.

Los primeros repartos de indios tuvieron lugar poco después del descubrimiento, debido a la escasa
mano de obra. Formando lotes de 50 ó 100, eran asignados a los españoles para que trabajaran en
el campo o en las minas de oro. Las tesis contrarias a la encomienda hacen mella en Carlos V, que
emprende desde 1516 una política prohibitiva que, debido a las protestas de los interesados, sufre no
pocos retrocesos.

Existieron varios tipos de encomiendas como las encomiendas de servicio personal o las encomiendas
de tributo siendo la diferencia entre unas y otras el carácter de la prestación que se exigía a los
indígenas. El régimen de encomiendas se prestó a todo tipo de deformaciones, abusos y desórdenes
practicados sobre la población indígena y ello dio pié a la denuncia del dominico P. Montesinos,
formulada ya en 1511 y proseguida por B. de Las Casas, criticando el modo de ocupación de las
Indias y el mal trato dado por algunos encomenderos a los indios.

Las Leyes Nuevas de 1542, prohíben nuevas encomiendas, declaran a extinguir las ya existentes y
obligan a quienes hubieran maltratado a los indios, los eclesiásticos y funcionarios reales, a devolver
las suyas. Tales disposiciones chocaron con la condición hereditaria de la encomienda para una
generación. Surgió una dura resistencia que paralizó dichas leyes, y posteriormente hizo posible el
definitivo restablecimiento de la encomienda, quedando consolidada.

En el siglo XVII fueron suprimidos los servicios forzosos de los indios, instaurándose a cambio un
régimen de servicios contratados. A finales del siglo XVII, diversas medidas restrictivas conducen
a la desaparición del sistema de encomiendas. En 1687 se exigió a los encomenderos se la entrega
de la mitad de la renta anual. En 1701 quedan incorporadas a la Corona las pertenecientes a los
encomenderos que viven en España, y en 1718 se decreta que las encomiendas vacantes por muerte
de su dueño sean administradas por el Estado. Tras una orden de extinción en 1721, las últimas
encomiendas fueron suprimidas en Chile por el general Higgins en 1789.

LECCIÓN 36ª

LAS FUENTES DEL DERECHO: LAS RECOPILACIONES

La dispersión del gran número de textos jurídicos en vigor complicaba el conocimiento de la


norma que era aplicable a cada supuesto. Por ello, la solución a este problema fue la realización de
recopilaciones de las disposiciones legales vigentes para facilitar su conocimiento y manejo.

Las recopilaciones (ordenación del derecho existente conforme a un plan) respondían a la necesidad
de contar con un conjunto normativo que reuniese en un sólo cuerpo y de forma sistematizada, las
numerosas leyes y pragmáticas (leyes dadas por el soberano sin la participación de las cortes) de una
misma procedencia.

Características generales de las recopilaciones:

Los materiales que contienen son fundamentalmente de carácter legislativo.

Su finalidad no es innovar, sino conservar el Derecho antiguo de cada reino.

El método utilizado no fue uniforme. En algunas se aplicó un criterio sistemático mientras que otras lo
fue cronológico.

En todas se trató de incluir todo el Derecho de forma unitaria.


Algunas gozaron de carácter oficial, pero otras son redacciones privadas.

El ordenamiento de Montalvo y el Libro de Bulas y Pragmáticas de Juan Ramírez. Mayo/2007

Los Reyes Católicos encargaron en 1480 al jurista Alonso Díaz de Montalvo la realización de una
recopilación del Derecho castellano que no recogiera aquellos preceptos que no fueran ya útiles por
haber quedado obsoletos, y también aquellos que fueran contradictorios.

Esta obra se imprimió en 1484 con el título de Libro de las Leyes y Ordenanzas Reales de Castilla
(conocida también como el ordenamiento de Montalvo). No obtuvo el reconocimiento oficial de los
Reyes Católicos, posiblemente, por los errores varios que presentaba y por estar incompleta ya que
no recogió la totalidad de las leyes vigentes sino que mutiló algunas de las incluidas e incurrió en
confusiones y contradicciones.

Su contenido está formado por Pragmáticas, Leyes de Cortes, Reales Cédulas de los reyes de Castilla
(disposición real dirigida a regular una situación nueva y a dar normas de funcionamiento a órganos
de la administración) posteriores al Ordenamiento de Alcalá de 1348 y alguna disposición del Fuero
real.

La obra, estructurada en ocho libros, presenta un variado contenido que contempla el Derecho
Público, privado, penal, los asuntos eclesiásticos, el régimen municipal, la Hacienda y el régimen
señorial.

Contemporáneo al Ordenamiento de Montalvo, fue el Libro de Bulas y Pragmáticas de Juan Ramírez,


editado en 1503, que incluye exclusivamente las disposiciones del reinado de los Reyes Católicos
procedentes de la jurisdicción real.

Aparte de las recopilaciones, aunque relacionadas, ha de hacerse referencia a las Leyes de Toro.
Se trata de un texto posterior al Ordenamiento de Montalvo pero anterior a la Nueva Recopilación,
surgido de la petición hecha en las Cortes de Toledo de 1502 de que se subsanasen algunas lagunas
legales importantes. Se promulgaron en Toro en 1505 y son un conjunto de 83 leyes dedicadas a
aclarar, corregir y suplir el derecho civil anterior, en las que, entre otras cuestiones se regula la
institución del Mayorazgo y se reproduce el orden de prelación de fuentes jurídicas fijado en el
Ordenamiento de Alcalá. Fueron posteriormente recogidas tanto en la Nueva Recopilación como en la
Novísima.

La Nueva Recopilación. Junio/2009 + 2

El ordenamiento de Montalvo no resolvió el problema de la dispersión del derecho castellano y


no alcanzó la sanción real, por ello en diversas cortes se reiteró la necesidad de hacer una nueva
recopilación que solucionase el problema.

La nueva recopilación fue promulgada por Felipe II en 1567, siendo sus autores Pedro López
de Alcocer y López de Arrieta, aunque Bartolomé de Atienza fue quien la finalizó. El Consejo de
Castilla examinó esta obra durante cinco años antes de que fuera promulgada.

Sus materiales proceden de las partidas, las Leyes de Toro, el Fuero Juzgo, el Fuero real, el
Ordenamiento de Alcalá etc. Se estructura en 9 libros con más de 4000 leyes y siguió el modelo del
Ordenamiento de Montalvo, incluido los mismos defectos.

Su contenido abarca desde los temas eclesiales, pasando por los de familia, sucesiones, Derecho
público, penal, procesal, régimen municipal, Hacienda etc.

De la nueva recopilación se hicieron varias ediciones añadiéndole en el siglo XVII, un volumen nuevo
que recogía los Autos acordados (decisiones provenientes del consejo Real de Castilla en virtud de
la autoridad que les concedía el rey). Posteriormente en el año 1786 el consejo de Castilla encargó
al penalista Lardizábal la redacción de otro suplemento que recogiese cédulas (disposiciones reales
de alcance general), decretos y autos acordados posteriores a 1745 aunque no fue aprobado por el
consejo y no se hizo la reforma necesaria.

Esta Recopilación adolece de los mismos defectos que la recopilación anterior.

La Novísima Recopilación. Septiembre/2008 + 4

La Novísima Recopilación de las Leyes de España, obra del jurista Juan de la Reguera Valdelomar,
fue aprobada por una Real Cédula de 1805, durante el reinado de Carlos IV, y es el fruto de las
demandas surgidas de hacer un texto que viniera a sustituir la insuficiente Nueva Recopilación.

El nuevo cuerpo legal, se compone de 12 libros, los cuales agrupan más de 4000 leyes, pragmáticas
y autos acordados que se ocupa de temas eclesiásticos, del derecho de corte, del consejo de Castilla,
derecho publico, del gobierno civil, del régimen municipal, de la Hacienda, del Derecho de Familia,
arrendamientos y contratos, de derecho penal y procesal, etc.

La Novísima recopilación no derogó la Nueva que conservaría carácter de derecho supletorio de


la Novísima manteniéndose para el resto de las disposiciones el orden de prelación de fuentes
establecido en el Ordenamiento de Alcalá y confirmado en las Leyes de Toro.

Pero en la novísima recopilación se repitieron los defectos de los anteriores tratándose de un nuevo
intento fracasado aunque de enorme vigencia España y América por servir de base a sus códigos.

LECCIÓN 37

LAS RECOPILACIONES EN INDIAS

DERECHO CASTELLANO, DERECHO INDIANO Y DERECHO INDÍGENA. EXAMEN

Los elementos integrantes del Derecho Indiano son: el Derecho Castellano, tanto el que se da para
las Indias desde España como el que dan las autoridades desde América, el derecho consuetudinario
indígena y el derecho Criollo.

La decisión de trasplantar el derecho castellano a Indias se adopta con anterioridad al propio


Descubrimiento, en las Capitulaciones de Santa Fe (Reyes Católicos, 1492), en las que se acuerda que
las tierras por descubrir recibirían la organización de Castilla. Las Indias se incorporaron a Castilla
como un territorio más y trasladaron sus instituciones (Adelantados, Audiencias, Corregidores, etc.)
Los españoles que allí llegan son castellanos y se rigen por su propio derecho, y una real cédula de
1501 califica a los indios de vasallos libres como los labradores de Castilla, considerándoles sujetos al
mismo ordenamiento jurídico.

La vigencia del derecho Castellano atraviesa dos etapas:

Primera: las disposiciones dictadas en Castilla tienen vigencia automática en todo el reino (incluido
Indias)

Segunda: comienzan a predominar las disposiciones castellanas dictadas expresamente para las Indias,
así desde 1624 las disposiciones Castellanas no tenían vigencia si no contaban con el pase del Consejo
de Indias o se remitían expresamente as las Leyes de Indias.

El proceso colonizador demuestra que ese derecho castellano resulta inadecuado para regular las
nuevas situaciones, con una población de cultura distinta y en unos territorios diferentes. Surge la
necesidad de producir un derecho propio para las Indias, es decir, un derecho indiano, con dos
fuentes de producción:
Mediante leyes de las Cortes de Castilla, a través de pragmáticas o leyes dadas directamente por
los monarcas, y sobre todo a través de mandamientos de gobernación como, provisiones, cédulas,
instrucciones y cartas reales. Aparece como un derecho “especial” o particular y casuístico,
resolviendo supuesto por supuesto. Tal fue el número de disposiciones que provocó la aparición del
principio de “obedézcase pero no se cumpla”, siendo regulado en 1528 estableciendo que sólo podría
aplicase si la aplicación de la disposición produjera escándalo o daño irreparable.

Autoridades españolas que gobernaban los territorios americanos: produjeron gran cantidad de normas
para la organización de los territorios, estas configuran junto con las disposiciones judiciales lo que
muchos autores denominan derecho Criollo. con el derecho consuetudinario que allí rige.

El Derecho Consuetudinario Indígena, que en un principio fue rechazado, convive con el anterior
y en 1555 se reconoce la vigencia de las costumbres indígenas siempre que no fueran en contra del
Derecho natural, leyes cristianas y Legislación Regia.

La profusión y despliegue de preceptos dictados por unas u otras instancias, debieron convertir en
problemática la tarea de aplicar derecho, agudizando en consecuencia la necesidad de coleccionar o
recopilar las leyes y normas restantes.

LOS PRIMEROS TRABAJOS RECOPILADORES.

A mediados del XVI, el fiscal del Consejo de Indias, Francisco Fernández De Liébana, (fiscal del
Consejo de Indias), presenta al Consejo y al monarca la conveniencia de juntar e imprimir las distintas
cédulas y provisiones.

La positiva resolución regia es recogida en Méjico por el virrey Velasco, encomendando el trabajo al
oidor de la Audiencia, Vasco de Puga.

El Cedulario de Puga es una colección que reproduce íntegros los textos por orden cronológico
referentes a Nueva España desde 1525 hasta 1563 (que aparece publicado).

El consejo de Indias encarga a Juan López de Velasco que forme un índice o sumario a base de los
registros debido a su necesidad. Dicho trabajo iniciado en 1561, no llegó a imprimirse. Fue una
colección de extractos de las disposiciones dictadas desde la fecha del Descubrimiento hasta la
conclusión de la obra.

JUAN DE OVANDO Y SU PROYECTO DE CÓDIGO. Septiembre/2006

Felipe II, por Real Cédula, expresa su propósito de recopilar las leyes de Indias encargándole la labor
al Consejo de Indias.

Juan de Ovando fue un intelectual cacereño familiarizado con los problemas indianos a mediados del
siglo XVI. Por su prestigio universitario y por su conocimiento de las cuestiones del nuevo mundo,
Ovando es designado hacia 1566 para que visite el Consejo de Indias, es decir, para que haga una
averiguación a fondo de la administración del mundo americano y del funcionamiento del propio
organismo, y proponga luego los remedios que estime oportunos. La tarea principal debía consistir
en ordenar el marasmo normativo, sentando las bases de un gobierno coherente y eficaz. La idea no
era hacer una “recopilación” sino un verdadero Código. Este asoció a sus indagaciones los trabajos de
López Velasco.

López de Velasco trabaja para ordenar por materias los extractos formados antes. Sin modificar su
redacción el oficial distribuye los sumarios en siete libros sobre gobernación espiritual, gobernación
temporal, justicia, república de los españoles, de los indios, hacienda y navegación y contratación.
La obra no se publicara hasta el siglo XX y es conocida como Copulata de leyes de Indias. La obra
es un índice sistemático de ellas, dividido en libros y títulos. Fue redactada en 1568, y su autoría es
confusa y según historiadores la atribuyen a Ovando o a López Velasco.
A partir de aquí empieza la etapa recopiladora. El Copulata entra en una fase constructiva y
depuradora. Ovando elabora un proyecto de código a base de lo contenido en la obra anterior y de la
experiencia de la visita, inspirándose en la estructura de Las Partidas.

El Código constará de siete libros, redactados con una ordenación diferente. El primero y el segundo
no obtuvieron sanción regia, lo que dio inviabilidad a la obra. Algunos títulos se promulgaron como
ordenanzas independientes.

En 1575 la muerte de Juan de Ovando supuso el fin del proyecto.

EL CEDULARIO DE ENCINAS.

Tras el fallecimiento de Ovando no desapareció la necesidad de seguir su obra, algunos intentaron


recopilar en América los textos por territorios, no obteniendo demasiado éxito. Alonso Zurita en 1574
redacto el Ordenamiento de Montalvo y nueva recopilación que no se promulgo al no ser del agrado
del Rey.

El plan de Ovando respondía a un plan general cuyo primer beneficiario es el propio Estado y
en concreto el Consejo de Indias. El Consejo comisiona en 1582 al oficial Diego de Encinas, sin
intervención regia.

Encinas trabajó durante más de doce años, y realizó una obra en cuatro volúmenes que vio la luz en
1596. Su Cedulario contiene en sus 2/3, reales cédulas y provisiones, copiadas íntegramente y por
orden cronológico las de la misma materia, recogiendo además una serie de textos heterogéneos.

Pese a no ser una compilación exhaustiva de la legislación del S. XVI resulta fundamental para el
conocimiento del derecho indiano de esa centuria al contener textos íntegros de muchas disposiciones
legales.

LECCIÓN 38ª

MONARQUÍA Y CORTES EN LA EDAD MODERNA

Naturaleza y fines del Estado. EXAMEN

El Estado moderno es la estructura moderna política que a partir del Renacimiento encarna la
organización del poder en los países occidentales europeos. A diferencia de la etapa medieval donde
no había existido una entidad “central” de la autoridad, dispersa en diferentes instancias, el Estado
del siglo XVI aparece como la institución que ostenta la exclusiva legitimidad del poder público. Este
Estado surge en la práctica cuando concurran varios factores.

Administración centralizada.

Sistema burocrático.

Proyección exterior mediante una diplomacia estable.

Ejército permanente.

En el plano teórico se reconoce la supremacía del monarca que recibe el poder directamente de Dios
–o indirectamente a través del pueblo- y rechaza cualquier superioridad ajena al encarnar él mismo la
plenitud de potestad.

El Estado es una creación del monarca. Los reyes son vicarios de Dios para ejercer en el mundo su
poder en la esfera temporal. No reconoce superior. Es el monarca quien está facultado para declarar
la guerra y quien puede impartir justicia entre los súbditos sometidos a su autoridad. En esto estriba
la soberanía, siendo soberano el príncipe “que después de Dios no reconoce a nadie superior a sí
mismo”.

El fin genérico del Estado es la consecución del bien común, lo que significa proteger la religión y la
fe, hacer cumplir el derecho y mantener la paz. La defensa de lo religioso no sólo viene dada por el
argumento doctrinal de que el poder y la misma existencia de la comunidad proceden de Dios, sino
además por la convicción pragmática de que el buen orden social depende de su adecuación a la ética
cristiana. En consecuencia, salvaguardar la ortodoxia cristiana constituye un objetivo primordial del
Estado, que asegura así su propia supervivencia.

Al Estado corresponde gobernar con justicia y que el derecho sea respetado, por lo que el mismo
monarca jura acatar las leyes y observar el ordenamiento jurídico de los reinos. El rey debe velar por
la paz de la comunidad, tanto en la defensa ante posibles ataques, como haciendo uso de sus derecho
a declarar la guerra, que es así guerra justa, para exigir la reparación de injurias o daños. A estos fines
en el S.XVIII se añadirá otro; la felicidad de los súbditos.

La sucesión a la Corona: la Ley Sálica y la Pragmática Sanción. EXAMEN

Hasta el siglo XVIII la sucesión a la Corona se rigió por las normas del derecho castellano fijadas en
las Partidas, y que en 1504 fueron reconocidas por Isabel la Católica en su testamento. Según ellas la
corona se transmite a los descendientes legítimos del monarca difunto, prefiriéndose los varones a las
hembras y los de mayor a menor edad. En defecto de descendientes, heredan los padres, y si éstos no
viven entran en juego por línea colateral los hermanos del rey que ha fallecido. Se admite el derecho
de representación, es decir, la transmisión a los descendientes del derecho al trono del heredero que
muere sin reinar, si bien no habrá lugar a que tal previsión se lleve a la práctica.

Ley Sálica: el 10-5-1713, las Cortes promulgan a instancias de Felipe V una ley, la llamada
Ley Sálica, que deroga el anterior régimen sucesorio. La disposición de las Cortes, que se llamó
posteriormente Auto acordado por haber sido publicado en un volumen que contenía este tipo de
disposiciones, otorgó preferencia absoluta a la rama masculina, estableciendo un minucioso sistema
sobre la base de los derechos de primogenitura y representación. Felipe V establece una serie de líneas
hereditarias, encabezadas por cada uno de sus hijos y constituidas por ellos y sus descendientes, los
cuales a su vez son punto de arranque de las ulteriores líneas o ramas.

La Pragmática Sanción: en 1789 las Cortes solicitaron la derogación del Auto acordado de 1713,
y el restablecimiento de la ley de Partidas, que se había observado desde tiempo inmemorial. Carlos
IV accedió, movido por el deseo de asegurarse el trono, ya que él había nacido y educado en Nápoles,
mientras la ley de Felipe V estatuía que los príncipes herederos debían nacer y educarse en España.
La Pragmática Sanción, derogadora de la Ley Sálica, no fue promulgada, y por orden de Carlos IV se
guardó sobre ella absoluto secreto.

Habría de transcurrir medio siglo hasta su publicación en 1830 y el ulterior alboroto de los sucesos de
la Granja (42, I, B, 3)-

EL PODER Y SU EJERCICIO.

LAS LIMITACIONES TEÓRICAS: TIRANÍA Y DERECHO DE RESISTENCIA. Junio/2007

Los excesos y abusos del poder por parte del rey pueden convertirlo en tirano, justificándose así
el derecho de resistencia a la opresión e incluso la posibilidad de dar muerte al déspota, lo que
constituye el tiranicidio.

Como sucedió en otros tiempos, tirano puede ser quien se hace con el poder sin justo título y
logra imponerse por la fuerza. En el Estado moderno, es tirano sobre todo quien ejerce el poder
abusivamente, y en consecuencia sojuzga a los súbditos. Los atropellos no consisten únicamente en
actos físicos inmoderados y vejatorios, sino primariamente en conculcar las leyes. El padre Mariana
en su De rege et regis instituione, obra considerada el catecismo español de la resistencia la poder.

Mariana distingue dos tipos de leyes: las que corresponde a la competencia del monarca, quien
puede alterarlas o revocarlas unilateralmente. Otras son fruto de la comunidad misma, no siendo así
posible su mudanza sin el consentimiento de los súbditos. Si el rey vulnera éstas últimas, las leyes
sancionadas por la república, queda convertido en tirano.

Ante la opresión regia sobre la religión o esos derechos fundamentales, se puede responder de tres
maneras:

1. Considera que el déspota representa el castigo divino a los pecados del pueblo, procediendo en
consecuencia a la resignación e implorar perdón a Dios.

2. Otros dicen incumplir sencillamente lo que por torpe no debe ser cumplido, y a ser posible apelar a
alguna instancia, como el papa, con autoridad moral para moderar al tirano.

3. En último lugar, si la opresión resulta irremediable, ciertos autores defienden la legitimidad de la


rebelión e, incluso, dar muerte al tirano. Ésta última es la tesis de Mariana.

La publicación de De regis no produjo especial conmoción en la España de 1599, recién llegado


al trono Felipe III. Tanto por coincidir con las conclusiones que se mantuvieron por cierto sector
doctrinal como porque debieron entenderse referidas principalmente a Francia donde Enrique III
había sido asesinado por un fraile. En el S. XVII fueron censurados sus escritos, mientras que en
algunos acontecimientos en Inglaterra y Francia se veía la sombra de esas tesis justificadotas.

PODER REAL Y EL PODER SEÑORIAL.

Cabría suponer que la consolidación del Estado absoluto llevó consigo el término y fin del poder
señorial que durante la Edad Media se había alzado frente al de los reyes. Tal interpretación peca de
elemental. La más compleja realidad muestra la supervivencia de los señoríos y plantea el problema
de las relaciones entre el poder real y el señorial, cuyo mantenimiento pudo llegar a cuestionar la
existencia misma de un Estado propiamente absoluto.

En los dos siglos de la monarquía de los Austrias, persistió por motivos fiscales al proceso
desintegrador del realengo. Las prácticas enajenatorias eran un alivio al agobio económico de los
reyes y las protestas de las Cortes eran contestadas alegando la necesidad del “sustentamiento del
Estado”. Además los monarcas obtuvieron permiso de los papas para vender pueblos pertenecientes a
las Órdenes Militares y a la Iglesia, a cambio de una indemnización mediante “juros”. Ello dio origen
a nuevos señoríos. Al iniciarse el siglo XVII, 2/3 de las villas castellanas eran de señorío eclesiástico
o secular. El poder de los señores fue especialmente fuerte en Aragón y Valencia.

En el siglo XVIII se produjo el ocaso del régimen señorial. Salvo contadas excepciones no se
crearon más señoríos, iniciándose la política de reducir los existentes a través de una Junta de
Incorporación (1707-1717), creada por Felipe V para rescatar las rentas y propiedades de la Corona.
Con Carlos III se planteó el problema de la reversión de los señoríos, y durante un lustro el Consejo
de Castilla instruyó el oportuno expediente. La única providencia tajante fue incorporar a la Corona
las jurisdicciones de las mitras y otras dignidades eclesiásticas.

Si el régimen señorial persistió bajo la monarquía del Antiguo Régimen, ¿cómo se concilió el
poder de los señores con el absolutismo del Estado Moderno?. Esta pregunta ha sido históricamente
contestada de tres formas distintas:

La pujanza del poder señorial imposibilitó la existencia del Estado propiamente dicho.
La consolidación de la monarquía absoluta no fue incompatible con el auge del poder nobiliario, sino
perfectamente congruente con él. Lo que hizo fue garantizar políticamente la hegemonía social y
económica de la nobleza. Persiste así en la Edad Moderna un régimen feudal y la monarquía se alió
con él, resultando en consecuencia una especie de feudalismo centralizado.

Existió un Estado absoluto, sin que la perduración de los señoríos desvirtuara su naturaleza. Maravall
valoró el absolutismo monárquico de los Austrias como una especie de absolutismo oligárquico, al
compartir la Iglesia y la aristocracia el poder político. Tomás y Valiente habla de un Estado señorial
que fue a la vez señorial y absolutista.

El Estado existe no tanto en razón de la menor o mayor fortaleza de otros poderes fácticos (señorial,
etc.), sino por ostentar un poder de naturaleza distinta y rango supremo, la soberanía, aunque su
ejercicio se vea mediatizado por la presión e intereses de aquellos.

LA DELEGACIÓN DEL PODER REGIO: PRIVADOS Y VALIDOS.

Septiembre/2009

Que el monarca conceda a determinadas personas cierta confianza y delegue en ellas parte del
poder, fue un fenómeno ya advertido en la Edad Media. En esos periodos aparece como realidad
esporádica y coyuntural y cobra en el siglo XVII perfiles institucionales. Felipe III, Felipe IV y Carlos
II gobiernan sucesivamente a través de un personaje o valido y más tarde como una especie de primer
ministro.

Para Tomás y Valiente, dos notas caracterizan y condicional la existencia del valido: su amistad
íntima con el monarca y la intervención directa en el gobierno de la monarquía.

Con Felipe III, los duques de Lerma y Uceda gozaron de la confianza regia y se aplicaron a los
asuntos de gobierno. A diferencia de Felipe II, receloso y que había repartido el poder entre muchos
a fin de que nadie lo asumiera en demasía, su hijo abandonó las riendas del Estado en el Duque de
Lerma, quien durante dos décadas gobernó en solitario. Lerma pierde el favor real en 1618, y pierde el
valimiento que pasa a su hijo el Duque de Uceda, que cae con la muerte de Felipe III.

Con Felipe IV, Baltasar de Zúñiga se hace cargo del Estado. La confianza no es total, por los
escrúpulos de Felipe IV de abandonarse enteramente al favorito, como por la interposición de
Olivares. Desde 1622 gobierna Olivares, coincidiendo con la persecución de los antiguos gobernantes.

Las dificultades de la política europea, la de la española, y la crítica interna, hicieron dimitir a


Olivares, convirtiéndose Luis de Haro en nuevo valido. Haro desempeño el valido hasta su muerte en
1661, a partir de entonces Felipe IV gobernó sólo.

Durante la minoría de edad de Carlos II, un jesuita extranjero, Nithard, obtiene el favor de la reina
madre y se convierte en valido. Éste perdió la privanza que pasará a Fernando de Valenzuela. La caída
de éste en 1677 extinguió la serie de los validos.

En opinión de la mayoría de los tratadistas el valido es una institución necesaria o tolerable. El


valimiento anticipa históricamente una realidad ulterior de las monarquías constitucionales. El
principio de que el rey reina pero no gobierna.

LAS CORTES EN EL SIGLO XVIII. Junio/2008 + 1

Al suprimir los Decretos de Nueva Planta la organización jurídico pública de la Corona de Aragón,
las Cortes de Cataluña, Aragón y Valencia quedaron extinguidas, y sus procuradores quedaron
incorporados a las de Castilla, permaneciendo al margen la de Navarra.
Las nuevas Cortes sólo se congregaron cinco veces en toda la centuria. Durante el reinado de Felipe
V tres veces, una con Carlos III y otra con Carlos IV teniendo todas lugar en Madrid. En la primera
–1709-, concurrieron los representantes castellanos, junto a los de Valencia y Aragón. En estas Cortes
quedó de manifiesto que no se trataba de unas Cortes mixtas ni de carácter integrador, sino de las
Cortes de Castilla con la incorporación de algunos procuradores de la periferia rebelde y vencida.

Las Cortes no plantean reparación de agravios y su competencia se limita a las cuestiones relativas
a la designación del monarca y a una concesión de servicios que también puede obtenerse al margen
de ellas. Se trata de concesiones de carácter meramente formal, pues la sumisión al poder es absoluta.
La Novísima Recopilación 1805 ni siquiera recoge preceptos sobre las Cortes contenidas en la Nueva
Recopilación de 1567.

LA DIPUTACIÓN DE CORTES: LAS NUEVAS DIPUTACIONES. EXAMEN

En las Cortes de la Corona de Aragón persistieron las Diputaciones sobre la base de la Baja Edad
Media. Nuevas fueron las Diputaciones de las Cortes de Castilla y Navarra aparecidas a principios del
S.XVI.

1. Castilla.

La Diputación de Castilla nace en 1525 y su historia atraviesa tres etapas:

1. Durante el siglo XVI, en que el organismo administra las rentas procedentes del encabezamiento de
tercias y alcabalas.

2. A lo largo del XVII, en que a esas funciones hay que sumar la gestión del servicios de millones.

3. Desde 1694, la Diputación queda absorbida por la entidad específica –Cámara de Millones-
encargadas de tales cuestiones en el Consejo de Hacienda.

Tomas y Valiente señala los siguientes rasgos de la institución:

No sólo se ciñó a temas fiscales, sino que sus componentes actuaron con codicia y en provecho
partidista de unos pocos.

Careció de libertad respecto a las Cortes, adoptando un aire rutinario y puramente ejecutor. Fue objeto
de control de del Consejo Real y por tanto de los monarcas.

No fue técnicamente eficiente por lo que perdió la oportunidad de consolidarse como institución
fiscal, naufragando ante otros más expertos organismos que dirigieron el rumbo de la hacienda
castellana.

2. Navarra.

La Diputación de Navarra surge en 1576 compuesta por cinco miembros que luego se convertirán en
siete. Con obligación de residencia en Pamplona, esos diputados eran elegidos por cado uno de los
tres brazos entre sus propios componentes. La presidencia no aparece vinculada a ninguna persona a
cargo en especial, sino recae en el diputado de mayor rango. Secretario de la Diputación es el mismo
que el de las Cortes.

Competencias de la Diputación de Navarra:

Defensa del derecho. La Diputación vela por la integridad del ordenamiento jurídico navarro y solicita
al monarca la reparación de los agravios, cuya formalización alcanza el rango de ley de Cortes. Las
Cortes de Sangüesa 1561 establecieron el “derecho de sobrecarta” que implicaba un obligado control
del Consejo Real, sin el cual ellas serían “obedecidas pero no cumplidas”. En el S.XVII surge el “pase
foral” o autorización previa por parte de la Diputación de las disposiciones reales antes de que el
Consejo las sobrecartee.

Cuestiones económicas. Actúa básicamente en la recaudación y reparto de impuesto y servicios, pero


interviene también en otras cuestiones económicas como el apeo, o exacción de tributos, régimen
aduanero, acuñación de moneda, etc.

Defensa militar, relaciones exteriores y educación. En los problemas relativos a la guerra y


reclutamiento del ejército. Adquiere protagonismo en las relaciones exteriores. Auspicia los centros
docentes del reino y defiende los derechos de los colegiales en las Universidades de Castilla.

LECCIÓN 39ª

LA ADMINISTRACIÓN CENTRAL DE LA MONARQUÍA HISPÁNICA

CARACTERES GENERALES: EL OFICIO PÚBLICO.

A) OFICIO PÚBLICO Y BUROCRACIA.

Durante la Edad Moderna asistimos a una consolidación de la figura del oficial que cada vez más va
perfilándose como un experto, formado específicamente para el desempeño de su labor y, a la vez, al
recrudecimiento de una práctica que ya se había iniciado en épocas anteriores: la venta de oficios. En
función de esta venta, Tomás y Valiente distingue 3 tipos de oficios:

Oficios de poder: Aunque no eran los mejor remunerados, eran los más apetecibles por el control
y poder que suponían (regidor, alguacil, alférez, etc.), y en los que se generalizó que los oficiales
renunciasen como forma de transmitir el oficio a otros. A finales del s. XVI era la propia Monarquía
la que vendía los oficios de regidor.

Oficios de pluma: desempeñados por secretarios y escribanos en los distintos órdenes.

Oficios de dinero, caracterizados por el manejo de cantidades del Estado o de los particulares
(contadores, depositarios, receptores, etc.), oficios en muchas ocasiones dependientes de la propia
Hacienda. Eran oficios apetecibles dado que conllevaban la recepción de tasas o porcentajes de rentas.

La venta de oficios es un fenómeno específico de la Edad Moderna, sobre todo en Castilla. El clero
y la nobleza iniciaron la práctica de acaparar los oficios públicos, procediendo con posterioridad a
venderlos. En el caso de oficios municipales, las ventas permitieron acceder a los mismos a la baja
nobleza y al patriciado urbano. También la Corona empezó a utilizar este sistema que convirtió
el oficio de una merced en una renta importante para la Hacienda real durante los siglos XVII y
XVIII, llegando a extenderlo a las Indias. Asistimos a la privatización de los oficios públicos, no
regulada en las leyes. Existieron oficios que, al implicar a la jurisdicción real, no se vendieron: los
jurisdiccionales (corregidor, oidor, consejeros), por implicar a la jurisdicción real, estos eran los
oficios más importantes.

A fines del siglo XVII la monarquía inició una política de recuperación de oficios, devolviendo al
último propietario de un oficio el precio inicial pagado a la Hacienda.

B) EL CONTROL DE LA GESTIÓN: PESQUISAS, VISITAS Y JUICIOS DE RESIDENCIA.

Dada la práctica de venta de oficios va a ser esencial el desarrollo de los mecanismos de control del
oficio público, que son:

Si se producen durante el desempeño del cargo.


Pesquisas: Un juez o una comisión investigan a oficiales sobre un asunto concreto relacionado con la
jurisdicción criminal. Estaba limitada a las denuncias de particulares.

Visitas: Es la forma de control más utilizada. Empleada para fiscalizar tanto oficiales como
organismos enteros. Servían para depurar responsabilidades civiles y administrativas. Se atribuían al
juez visitador plenos poderes. Hubo distintas clases:

Ordinarias o periódicas y

Extraordinarias o especiales, que se llevaban a cabo ante irregularidades o denuncias de abuso de


autoridad, malversaciones de caudales, abandono del oficio o desobediencia al rey.

La confirmación de los cargos tras la correspondiente sentencia, podía suponer el despido, el destierro
e incluso la muerte.

Si el control se produce una vez finalizado el desempeño del cargo

El juicio de residencia: Todos los mecanismos de control fueron trasladados a las Indias, dado
que en ellas la autoridad se veía disminuida por la lejanía. Para ello fue preciso activar los mismos
mecanismos que ya existían en la Península. Así, la pesquisa, se presenta sumamente eficaz en Indias,
donde un juez especial era nombrado por el virrey o gobernador. También hubo visitas como la girada
al Consejo de Indias por Juan de Ovando entre 1566 y 1571, encargada de averiguar las causas del
fracaso de la actuación del Consejo de Indias.

En este periodo lo más destacable es la extrapolación del juicio de residencia a las instituciones del
Derecho indiano que fue utilizada con asiduidad. Como peculiaridad, los jueces de residencia en
Indias eran nombrados por el Consejo de Indias, si bien cabía revisión de las sentencias pronunciadas
por aquéllos. Existieron además otros funcionarios importantes como fueron el escribano o el alguacil
de residencia

SIGLOS XVI Y XVII: EL RÉGIMEN DE CONSEJOS O POLISINODIAL

La Administración en la Edad Moderna se estructura en base al concepto de soberanía creado en


el Estado Moderno. La idea de que sólo el príncipe es soberano le permite transformar los órganos
administrativos a su voluntad. Los Consejos se configuran para posibilitar que el monarca pudiera
entender de todos los aspectos de la vida política y jurídica.

Partiendo de los Consejos Reales de Castilla, Aragón y Navarra, se irán desgajando de ellos otros
Consejos a medida que se va complicando la administración. En las Cortes de Toledo de 1480 fue
reorganizada la Administración que se dividió en:

Política exterior: sobre la que nacerá el Consejo de Estado.

La Justicia: que quedará vinculada al Consejo de Castilla.

Las materias aragonesas: específicas del Consejo de Aragón.

La Hacienda: de la que se ocupará el Consejo de Hacienda.

Los Consejos fueron órganos consultivos. Algunos asumen funciones judiciales, legislativas o
administrativas, variando su actuación según participase o no el rey en las deliberaciones. Se informa
al rey ausente de la deliberación a través de una consulta, sobre la que decidía el rey en el decreto
marginal. Este sistema también recibía el nombre de régimen polisinodial.
La organización de todos los Consejos era similar.

Su sede se encuentra en la Corte, aunque suelen tener poder sobre otros territorios o sobre la totalidad
de ellos.

Dependen directamente del rey.

Al frente del mismo había un gobernador o presidente, salvo en los Consejos de Estado y de Guerra,
en los que el presidente era el propio rey.

Los Consejos estaban integrados por consejeros togados (letrados) y “consejeros de capa y espada”
(nobles). Los togados fueron desplazando a los de capa y espada.

El número de consejeros era variable, formando parte del Consejo uno o varios fiscales que
informaban al Consejo de los asuntos de que debía ocuparse, así como una serie de oficiales inferiores
como escribanos, relatores, tesoreros, porteros, alguaciles, etc.

1.- Consejos con competencia sobre toda la Monarquía.

a) Consejo de Estado: Actuaba independientemente de los demás y por encima de todos los
Consejos, dado que su misión era asesorar al monarca en cuestiones de Estado o asuntos graves
tales como: entender de la paz y la guerra, las conquistas, los casamientos de reyes y príncipes,
la correspondencia con los embajadores y entender de todos los asuntos graves. Fue un órgano
meramente consultivo y sin competencias judiciales.

Los presidía el rey y estaba compuesto por un número indeterminado de consejeros. El sistema
normal de funcionamiento era mediante consultas solo conocidas por el Rey.

b) Consejo de Guerra: Deriva del Consejo de Estado, creándose en 1586, al introducirse la práctica
de que expertos militares formasen parte de las reuniones que afectaban a temas militares, de ahí
que también estuviera presidido por el rey. Su competencia se centra en el tratamiento de aspectos
materiales de la guerra y su ejecución tales como construcciones de galeras, las armas, las fronteras
etc. Tuvo facultades jurisdiccionales al ser competente para juzgar a todos los que se encontraban
bajo el fuero militar, entender del contrabando y de las presas marítimas en tiempos de guerra. Estuvo
formado por seis consejeros expertos en temas de defensa. Tenía dos secretarías: una dedicada a los
asuntos de la mar y otra a los de la tierra.

c) Consejo de la Inquisición: Actuaba como tribunal de última instancia de las sentencias de


los tribunales inquisitoriales, siendo la máxima autoridad en materias de fe. Estaba sometido a la
jurisdicción del Inquisidor general que lo presidía y era el encargado de proveer las plazas de los
tribunales provinciales mediante su presentación al rey para su nombramiento. Estaba formado,
además del inquisidor, por cinco consejeros con carácter preferentemente de juristas, un fiscal y dos
asesores.

2.- Consejos de Gobierno de los diversos territorios

Consejo Real de Castilla: Recibió una nueva planta con los Reyes Católicos en las Cortes de
Toledo de 1480 en las que se delimitaba su composición. Su Presidente era la primera figura de la
monarquía después del rey y presidía también los Consejos de Cámara y Órdenes, y las Cortes de
Castilla cuando eran convocadas. Sus consejeros formaron parte de otros consejos y gozaron de gran
importancia. Las competencias de este Consejo eran, consultivas, gubernativas, judiciales (era el
supremo órgano judicial), e incluso legislativas. Su competencia territorial se extendía al reino de
Castilla, trasmitiendo órdenes a las demás autoridades, a las que controlaba.
Estaba dividido en cuatro Salas: una de gobierno y tres de justicia. El Consejo también actuó en forma
plenaria en la llamada Consulta de los viernes, donde se trataban las cuestiones más importantes con
el rey, sobre todo los asuntos que precisaban de una ley o la derogación de una ley existente.

La llamada Sala Quinta del Consejo tenía competencia en la Corte y cinco leguas a la redonda. Tenía
un carácter especial al no estar formada por consejeros sino por seis u ocho alcaldes.

Consejo de Indias: Del Consejo de Castilla surgirá en 1523 el Consejo de Indias, cuando las materias
americanas alcancen tal volumen que sea imposible su tratamiento y precisen cierta especialización.
Hasta 1524 no se designa Presidente. Sus miembros, juristas mayoritariamente, procedían de otros
Consejos. Estaba compuesto de cuatro consejeros, dos secretarios, un promotor fiscal, un relator, un
oficial de cuentas y un portero. Fue objeto de una primera regulación que regularon el procedimiento
de actuación: horarios, reuniones, protocolo, etc. Estas Ordenanzas establecen que sus funciones son
el gobierno, la justicia, la hacienda real de las Colonias y la guerra.

El Consejo estaba dividido en tres salas; dos de gobierno y una de justicia, y sus competencias eran
las mismas que las del Consejo de Castilla pero para las Indias, regulando también el comercio, la
navegación y el tránsito hacia las Indias. A fines del s. XVI se creó en el Consejo, la Junta de Guerra
de Indias encargada de todos los asuntos de la defensa.

Consejo de Aragón: Se institucionalizó en el reinado de Fernando el Católico (1494), sobre la


tradición del Consejo Real aragonés. Fue el equivalente en Aragón al Consejo de Castilla, aunque
menos importante. Su competencia territorial y material se extendió a todos los asuntos de la Corona
de Aragón -gobierno, hacienda, oficios y gracia-, actuando también como tribunal supremo para
Valencia, Mallorca y Cerdeña. A través del Consejo, el rey transmitía las órdenes a la Corona de
Aragón y a sus oficiales. Su competencia territorial se amplió al incorporarse Nápoles, Milán y otros
territorios italianos hasta que se crea un consejo específico, excepto Cerdeña, que continuó en el
Consejo de Aragón. Estaba formado por un Presidente, el vicecanciller de la Corona de Aragón, y
cinco regentes de la Cancillería, además de dos miembros por cada uno de los territorios de la Corona
de Aragón (Aragón, Cataluña y Valencia), un tesorero general, el protonotario, un fiscal, un teniente
de protonotarios y cuatro secretarios.

Consejo de Italia: Se estableció en 1555, aunque no empezó a funcionar hasta 1559, cuando Felipe
II le dio una planta y organización idéntica a la del Consejo de Aragón. Su competencia se extendía a
todos los negocios de Sicilia, Nápoles y Milán (Cerdeña continuó siendo competencia del Consejo de
Aragón), excepto los de alta justicia (apelaciones o casos expresamente reservados). Sus miembros,
llamados también regentes, fueron seis y debían pertenecer dos a cada uno de los territorios (Sicilia,
Nápoles y Milán) y uno al Consejo de Aragón, siendo los otros dos también españoles. Lo presidía un
miembro de la alta nobleza o dignatario de la Iglesia.

Consejo de Flandes: Se creó en 1588 por Felipe II en Madrid para organizar y administrar los
asuntos de ese territorio. A su muerte se trasladó a Flandes tras la cesión de los territorios al
archiduque Alberto y a la Infanta Isabel Clara Eugenia, para su gobierno. Estaba formado por dos
consejeros –uno por los Países Bajos y otro por el Franco Condado.

Consejo de Portugal: Se creó en Cortes de Tomar de 1582. Formado por un Presidente, cuatro
consejeros y dos secretarios. Sus competencias eran distintas a las de otros Consejos, pues además de
entender de los aspectos políticos, administrativos y judiciales en el territorio, era competente en la
ejecución de los asuntos de guerra en coordinación con los Consejos de Estado y Guerra y no gozaba
de facultades judiciales.

LOS SECRETARIOS DEL REY.


1.- Los Secretarios de Estado:

Con la llegada de Carlos V a España en 1517, el proceso de especialización de los Secretarios,


iniciado en el reinado de los Reyes Católicos, se detiene al quedar la dirección de la Secretaría y
del resto de los secretarios en manos del gran canciller de los Países Bajos, Juan de Sauvage, que
extenderá su competencia a todos los dominios del rey. A su muerte, el cargo recaerá en Gatinara,
siendo quien más presionó para la creación del Consejo de Estado. En 1530 la Gran Cancillería se
suprime al morir Gatinara.

Cada Consejo tenía un secretario, pero destaca el Secretario del Consejo de Estado, dado que este
Consejo no tenía presidente al serlo el rey. Su papel comenzó a resaltar cuando Carlos V dejó de
asistir al Consejo de Estado. Entonces, el Secretario de Estado se convirtió en la figura puente entre
el rey y el Consejo. Era el que transmitía al Consejo los temas que el rey quería que se debatieran y
al final de las deliberaciones informaba al rey. El Secretario de Estado pasó así a ser la persona de la
máxima confianza del rey, estando al frente del Consejo de Estado. Su influencia fue muy importante.

La actividad del Secretario tenía tres facetas:

La consulta verbal, o despacho a boca con el rey.

El despacho verbal del Secretario con el rey, pero haciendo el acuerdo por escrito.

El despacho escrito, enviando el Secretario las consultas y recibiéndolas resueltas por el monarca.

El propio Felipe II regulará y ordenará el cargo en 1567 iniciando una separación de competencias
al dividir la Secretaría de Estado en dos: 1) la Secretaría de Estado para los asuntos del Norte y 2) la
Secretaría de Estado para los asuntos de Italia.

El Secretario de Estado despachaba con el monarca y también estaba al frente de la dirección del
Consejo de Estado. Al llegar al reinado de Felipe III, el despacho directo con el rey quedará reservado
al valido, que será en ocasiones la única persona que puede acceder al monarca.

2.- Los Secretarios privados y el Secretario del Despacho Universal: Junio/2006

Secretarios privados: Junto a las Secretarías de Estado se encontraban las Secretarías privadas,
configuradas como secretarías personales del rey y como tales encargadas de la correspondencia
del monarca, aunque llegaran a reunir otras competencias importantes. Su influencia y ámbito de
actuación dependieron de la preponderancia del Secretario de Estado, pues en los momentos en los
que esta figura retrocede, veremos resurgir un secretario privado que consolida su actuación cerca del
rey. En el reinado de Felipe II estos secretarios tienen jurisdicción universal, mandando a los demás
secretarios, pero no puede establecerse entre ellos una relación de jerarquía.

Se encontraban al servicio directo del monarca, existiendo también secretarios inferiores y


honoríficos. Su número aumentó debido a la complejidad del aparato administrativo. Otra
peculiaridad del oficio en esta etapa es que se transmite dentro de la misma familia, existiendo linajes
de Secretarios.

Los secretarios privados eran entidades interpuestas entre el rey y los Consejos, actuando ante los
mismos como su portavoz. Por ello podían emitir órdenes a los Secretarios de los Consejos e incluso
llegaron a asistir a las sesiones de algunos de ellos.

Al llegar al s. XVII, el despacho directo con el rey quedaría reservado a los validos. De ahí que el
Secretario de Estado viera reducida su labor a la de ser secretario del Consejo de Estado, ya que al
gozar los validos de la especial confianza real, serán éstos los que realmente controlen y dirijan al
Consejo de Estado, desapareciendo también de la escena el secretario privado.
b) Secretario del Despacho Universal: Al pertenecer el valido al estamento nobiliario, el despacho
de los papeles se dejó a una tercera persona, el Secretario de Despacho Universal, un tipo de
secretario privado que se encargaba de que el valido no tuviera que ocuparse de la tarea de redactar
los documentos, pero que no poseía el carácter de confianza real que disfrutaron aquéllos. El puesto
fue creado por Felipe IV cuando intentó gobernar solo y precisó de alguien que le llevara los papeles.
Con el calificativo de “universal” se hace referencia a la capacidad para despachar todo tipo de
cuestiones. Con frecuencia, los titulares de la Secretaría del Despacho Universal ocuparon una de las
Secretarías de Estado, fundamentalmente la de Italia. Poco a poco, la figura tenderá a consolidarse.

Se encargaron de centralizar toda la documentación procedente de los Consejos. Gracias a su eficaz


labor en el control de todos los papeles, se pudo evitar el desmembramiento de la Administración
Central. Pasaron desapercibidos políticamente, pero cargaron con todo el peso de la Administración.

EL RÉGIMEN MINISTERIAL BORBÓNICO

1. Las Secretarías de Estado y del Despacho

Los secretarios del Despacho Universal verán su puesto revalorizado por el cambio de dinastía,
pasando a llamarse Secretarios de Estado y del Despacho. Al caer el sistema de validos, y dado que
Felipe V pretende dotar de una nueva planta a la administración, estos personajes se configuran como
los que mejor saben cual es el funcionamiento de la misma. La revalorización de sus funciones se
inició en 1705 cuando Felipe V estructuró la Secretaría del Despacho en dos departamentos: 1) Guerra
y Hacienda y 2) “los demás asuntos”. Estos secretarios pasaron a tratar directamente de los asuntos
con el rey ante el debilitamiento del Consejo de Estado. Es decisivo el Decreto de 2 de octubre de
1706 por el que los dos negociados en que se dividía la Secretaría de Estado –Norte e Italia- se unen
quedando bajo la titularidad de la Secretaría del Despacho.

Las reformas sucesivas consistirán en una progresiva división por materias a medida que van
recayendo sobre ellos las atribuciones de los Consejos. Con estas reformas, los Consejos quedaban
bajo la autoridad de los secretarios. Después, las Secretarías del Despacho tomaron el nombre de
Secretarías de Estado y del Despacho. Estos Secretarios fueron hombres muy preparados que fueron
absorbiendo las funciones de los Consejos hasta convertirse en personajes tan importantes que el
nombre de ministros (que se aplicaba a cualquiera que perteneciese a un Consejo) quedaría reservado
para ellos. Un ministro podía ocupar varias Secretarías, y cada vez con más frecuencia, se fueron
incorporando contenidos políticos al puesto.

Los Secretarios de Estado y de Despacho pudieron garantizar con éxito su actuación sin que los
Consejos fueran suprimidos gracias a la “vía reservada”, que suponía la existencia de ciertos asuntos
de los que sólo podía entender el monarca; en la práctica significaba que esos asuntos eran reservados
para los Secretarios.

2.- Los orígenes del Consejo de Ministros: La Junta Suprema de Estado. Junio/2009

En 1714 se señalaba la posibilidad de que los secretarios del Despacho participaran en un Consejo
de Gabinete, aunque el Consejo de Estado creado por Felipe V no puede considerarse un verdadero
Consejo de ministros. Lo que se deduce de la medida es la necesidad de coordinar el despacho de los
distintos secretarios. En el reinado de Carlos III, son frecuentes las Juntas de los Secretarios de Estado
y del Despacho que culminaron el 8 de julio de 1787 con la creación de la Junta Suprema de Estado,
obra de Floridablanca, que reunía a los Secretarios de Despacho, y que era presidida por el primer
Secretario de Estado. Este órgano es el precedente del Consejo de Ministros de la etapa constitucional,
y supuso la suspensión de toda actividad del Consejo de Estado.
La Junta Suprema de Estado se reunía una vez por semana para que los Secretarios pudieran
deliberar y tomar decisiones. Fue un importante centro donde se resolvían las posibles cuestiones de
competencias surgidas entre los distintos órganos de la monarquía. Su actuación estuvo dominada por
una Instrucción que, a modo de programa político, escribió Floridablanca.

La caída de Floridablanca en 1792 supondrá la supresión de la Junta Suprema de Estado y el


restablecimiento del Consejo de Estado.

3.- Persistencia y ocaso del régimen de Consejos. Mayo/2007

En el s. XVIII se producen una serie de acontecimientos que es preciso tener en cuenta:

En primer lugar, se pierden territorios italianos y flamencos, lo que repercute en un aumento


del control del monarca en los restantes territorios. La Administración se vertebra en torno a las
Secretarías de Estado y del Despacho –origen de los Ministerios-, por lo que nos vamos a encontrar
con la coexistencia de Secretarías y Consejos del mismo ramo, lo que repercutirá en el nivel de
operatividad de los mismos.

Felipe V prescinde del Consejo De Estado que sustituye por un Consejo de Despacho o de Gabinete
en el que se reúnen personas de confianza del rey, convocadas informalmente para ayudarle en el
gobierno. Aunque el Consejo de Estado continúa existiendo, ni se reunía, ni otorgaba títulos de
consejeros, convirtiéndose el cargo en un puesto honorífico.

El Consejo de Gabinete será relegado por las Secretarías de Estado y del Despacho. Tras la caída
de Floridablanca y supresión de la Junta Suprema de Estado, Carlos IV revalorizará el Consejo de
Estado, que vuelve a convertirse en el órgano más importante de la monarquía desde 1792 hasta 1834,
fecha en que muere Fernando VII y desaparece el Consejo de Estado.

Algunos de los demás Consejos se suprimirán al pasar sus materias a las Secretarías de Despacho y
otros al perderse los territorios y en función del establecimiento de los Decretos de Nueva Planta. En
1706 se suprime el de Flandes.

El Consejo de Italia, ya reducido con la pérdida de Milán y Nápoles, subsistirá hasta la pérdida de
Sicilia. En 1707 desapareció el Consejo de Aragón al haberse opuesto a la abolición de los Fueros de
la Corona.

El Consejo de la Inquisición es el que más actuación va a revestir, pues al ser un órgano político, se
convierte en un motor eficaz en la lucha contra las ideas reaccionarias y logra conservar su posición
de fuerza. Fue suprimido en las Cortes de Cádiz de 1812.

Los Consejos de Castilla, Hacienda e Indias, fueron reformados por un decreto de 1713, a instancias
de Macanaz, al igual que ocurrió con el de Guerra. Pero a la caída del ministro en 1715, los Consejos
vuelven a su planta anterior.

El Consejo de Castilla conserva su importancia, subsistiendo hasta el final del Antiguo Régimen, pues
es suprimido con la Constitución de 1812. No obstante, será restaurado en los períodos absolutistas
hasta que en 1832, el Ministerio de Fomento, creado por Fernando VII, asuma sus competencias. Fue
suprimido, al igual que el resto de Consejos, en 1834.

El Consejo de Indias sí se verá afectado por las Secretarías del Despacho, de forma que irá perdiendo
poderes a lo largo del s. XVIII. Tras la rebelión de los territorios americanos en 1810 pierde su razón
de ser, pero la administración absolutista de Fernando VII lo mantendrá como forma de no reconocer
la emancipación.

También se vio afectado el Consejo de Hacienda, que va a sufrir muchas modificaciones, aunque
subsistirá hasta 1834.
El Consejo de Cruzada se suprime en 1750 al ser sustituido en sus funciones por un Comisario
General.

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LECCIÓN 40ª

LA ADMINISTRACIÓN TERRITORIAL Y LOCAL EN LA ESPAÑA MODERNA

LA ADMINISTRACION TERRITORIAL. EXAMEN

A) EL SISTEMA BAJO LOS AUSTRIAS: VIRREINATOS Y PROVINCIAS

En Castilla apenas existió un régimen de administración territorial propiamente dicho, que en cambio
tuvo apreciable entidad en los territorios de la Corona de Aragón y Navarra, gobernados por virreyes.
Entre el poder central y el local, o en los señoríos en su caso, se da en Castilla un vacío casi absoluto,
solo atenuado por la existencia de ciertas demarcaciones o provincias, de naturaleza financiera, así
como, la consolidación de los corregimientos municipales (de mayor entidad que lo estrictamente
local y de menor que la provincial).

Aragón, Cataluña, Valencia, Mallorca, Navarra y Galicia, en la Península, y Nápoles y Sicilia fuera de
ella, forman otros tantos virreinatos, regidos por personajes que representan al monarca. El oficio de
virrey, de carácter temporal, comporta funciones de gobierno y una suprema fiscalización de cuanto
sucede en sus territorios, pero en principio no se traduce en atribuciones específicas y determinadas.
Las legislativas y de gobernación las asume cuando es nombrado gobernador; las judiciales, como
presidente de la Audiencia, y las militares cuando el cargo de virrey se agrega al de capitán general.

En la Corona de Aragón el afianzamiento del régimen virreinal tiene lugar como consecuencia del
fracaso del antiguo sistema de “gobernación general (27,IV,B) a finales del S. XV.

En Castilla desaparecen en el siglo XVI las demarcaciones administrativas características de la etapa


anterior y surge una nueva división, de carácter fiscal, que según el censo de 1591 comprendía un
total de 40 circunscripciones. Los cuarenta distritos fueron agrupados en torno a las 18 ciudades con
votos en Cortes.

En el País Vasco: el gobierno de Álava y Guipúzcoa corrió a cargo de Juntas y Diputaciones. Las
Juntas fueron generales o particulares. Juntas y Diputaciones disfrutaron de múltiples competencias,
entre ellas, de la concesión del pase foral. En el Señorío de Vizcaya la organización de la tierra llana
se articula en merindades y anteiglesias, mientras la Encartación y el Duranguesado se constituyen a
modo de bloques periféricos.

LA ADMINISTRACIÓN TERRITORIAL DE INDIAS. EXAMEN

Según las capitulaciones de Santa Fe, todo lo descubierto en la expedición quedaría bajo la autoridad
de Colón, como almirante en la mar y como virrey y gobernador en las islas y tierra firme. Equivalía a
constituir una circunscripción peculiar afecta a su persona.

Desde el descubrimiento hasta mediados del SXVI hubo muchos problemas para la Administración
de los territorios , debido a ello Se intentó establecer un nuevo sistema que, a tenor de cuanto hoy
día sabemos, atravesó cuatro etapas: la primera década del XVI, en la que queda suspendida la
autoridad del virrey y se trata de establecer cierto sistema plural de provincias y gobernadores;
una segunda (1511-1523) que supone el retorno al sistema virreinal; una tercera (1524-1535) con
la rehabilitación de las gobernaciones, y una cuarta (1535-1560), en la que aparecen virreinatos y
Audiencias gobernadoras, a modo de grandes distritos, y distintas provincias dentro de ellos.
En la década de 1565-1575, se intenta diferenciar la actividad administrativa de las cuestiones de
justicia, guerra o hacienda. Se fijan así los cinco distritos de gobierno superior, y que corresponde a
Nueva España, Perú, Santo Domingo, Guatemala y Nueva Granada. Dos de ellos (Nueva España y
Perú), son regidos por un virrey, mientras el resto corresponde a una presidente de la Audiencia con
título de gobernador. Tanto uno como otros actúan en nombre del rey.

Dependientes de los virreyes y gobernadores, existen distritos menores, que son las provincias o
gobernaciones. En las provincias cuya sede coincide con la del distrito superior, su gobernador es el
mismo virrey o presidente. El resto dispone de gobernadores propios.

Dicho sistema perdura hasta que, a mediados del XVIII, repercute en América las reformas efectuadas
en la administración territorial de la metrópoli. Aparece un nuevo virreinato (Nueva Granada),
los virreyes y presidentes son capitanes generales, título que por su carácter superior desplaza al
de presidente, con lo que las presidencias aparecen ahora como capitanías generales, mientras los
gobernadores de las provincias dependientes de ellas figuran como el de comandantes generales. Las
circunscripciones menores o provincias son asimismo objeto de reforma, aplicándoseles el régimen
de intendencias. Tal reforma alcanza a unas provincias y a otras no. Los que mantienen el sistema
antiguo reciben la denominación de gobiernos políticos y militares, calificándose de intendencias a las
provincias reformadas. De todo ello deriva una doble organización territorial: Provincias regidas por
un gobernador que es comandante general y aquellas a cuyo frente estaba un intendente que centraliza
las funciones de gobierno, justicia, hacienda y guerra.

LA ADMINISTRACIÓN LOCAL.

EL MUNICIPIO EN LOS SIGLOS XVI Y XVII: REGIMIENTOS, JURADOS Y


CORREGIDORES.

Por debajo del poderoso pero lejano poder central, y dada la inconsistencia de las estructuras
intermedias de Gobierno, la vida política cotidiana se desarrolla en la España de los Austrias en el
marco de las ciudades y las villas que han impuesto su autoridad a las aldeas y territorio circundante.
Se genera un poder ciudadano controlado por las oligarquías nobiliarias, que se disputan de manera
especial las ciudades con votos en cortes. La monarquía no permanece impasible ante ello y trata de
controlar dicho poder de diversas maneras: Concesión de oficios a personas adeptas; Concesión a
minorías nobiliarias; Por medio de un centralismo con los corregidores como figuras principales y
otras medidas de carácter unificador.

Las Ordenanzas (reguladoras del concejo y de la vida ciudadana en general), el fuero del pueblo
y los privilegios regios formaron la base de la estructura jurídica de los municipios. Cuestión
importantísima fue la financiación de la localidad.

1. Regimientos y Jurados.

El cabildo o ayuntamiento está compuesto de un número variable de regidores, elegidos o designados


mediante sorteo, aunque de ordinario fueran nombrados por el rey con carácter vitalicio entre
miembros de la nobleza ciudadana. En el siglo XVI la práctica totalidad de los municipios
importantes estaban dominados por los oligarcas locales.

Contrapeso de la asamblea nobiliaria pudo haber sido otra paralela, la de los jurados, elegidos por el
pueblo para defender sus intereses y controlar la actuación de los regidores. Los jurados se convierten
en Castilla en oficios vitalicios y hereditarios. El consejo municipal es presidido por el corregidor.

La venta de los oficios de regidores contribuyó en Castilla a que quedaran en manos de los poderosos,
si bien su logro por dinero escapará al control nobiliario en la medida que los burgueses pudieran
permitirse la operación. Cabe preguntarse si ello supuso un desplazamiento de la nobleza por la
burguesía, pero no fue así, ya que estos burgueses solo intentaban conseguir un título nobiliario.
En cuanto al acceso a los oficios de las capas sociales podemos decir que hubo una relación inversa
entre la representatividad de la asamblea y la demografía del lugar, es decir, a ciudad mas grande,
menos representatividad y a ciudad mas pequeña, mayor representatividad.

La aristocratización municipal fue un fenómeno principalmente castellano, que sólo se dio en La


Corona de Aragón en escala muy limitada. Aquí existieron exclusivamente jurados, y no regidores, y
los cargos concejiles no fueron objeto de venta ni se convirtieron en vitalicios.

Oficios municipales fueron: alcalde, alférez mayor (porta el pendón de la ciudad), procurador
general o síndico (función de velar por los intereses de la ciudad), alguacil mayor, fieles ejecutores,
contadores, mayordomos, escribanos, pregonero, porteros, etc. Estos oficios fueron elegidos por los
regidores y jurados.

En cuanto a las reuniones del regimiento municipal, fueron de 3 tipos: Concejo abierto (al público en
general); Regimiento ordinario (determinadas automáticamente sin necesidad de convocatoria previa)
y el extraordinario (objeto de convocatoria expresa).

2. Corregidores.

El control regio de la vida municipal tuvo como pieza clave a los corregidores, heredados de la etapa
bajomedieval (30 .II, B, 1), que sirven en Castilla a una política de corte unificador y diferenciada
de la que podían practicar los monarcas en La Corona de Aragón, donde disponen de menos poder y
donde los bayles y vegueres se encuentran con concejos más vigorosos e insumisos.

El corregidor lo es casi todo o todo. Es representante y delegado político del monarca, nombrado
por cierto tiempo, que preside el ayuntamiento, actúa con poderes gubernativos como una especie
de gobernador civil en el distrito de la ciudad y disfruta de atribuciones judiciales y también a veces
militares. Se hace presente en cuestiones fiscales a la hora de recaudar las rentas regias. Es autoridad
judicial en lo civil y lo penal. Convoca y dirige las reuniones del cabildo, y ejecuta luego los acuerdos
adoptados.

Tales competencias son ejercidas en el corregimiento o demarcación geográfica que, con el municipio
como centro, cae bajo su jurisdicción. En cuanto a su intervencionismo en las decisiones del cabildo,
podemos decir que éste disponía de voto de calidad para deshacer igualdades; que su opinión revestía
gran importancia en la modificación de las ordenanzas; y sobre todo que podían confrontarse a los
regidores en los llamados “negocios graves” (tan genérico era su concepto que podía permitirse
cualquier intervencionismo).

Los corregidores eran letrados o militares. Estos últimos, los de capa y espada, contaron con la
asistencia de los alcaldes mayores, uno de los cuales le ayudaba en los juicios civiles y otro en los
penales. El cargo fue retribuido, a costa de la hacienda municipal.

EL MUNICIPIO BORBÓNICO: GENERALIZACIÓN DEL MUNICIPIO CASTELLANO


(CORREGIDORES E INTENDENTES) Y REFORMAS DE CARLOS III.

1. Generalización del municipio castellano: corregidores e intendentes

Los decretos de Nueva Planta llevan consigo la extensión a la Corona de Aragón del régimen
municipal castellano. Los corregidores aparecen así en 1711 en Aragón y Valencia, y en 1716 en
Cataluña, donde cada corregimiento suele abarcar una o dos de las antiguas veguerías.

La aplicación del sistema Castellano aristocratizó a la estructura municipal Catalana. En las


localidades importantes los regidores fueron nombrados por el rey entre gentes de alta alcurnia, con lo
que desapareció el antiguo sistema y se instauró uno autoritario y elitista.
El corregidor borbónico tanto en Castilla como en Aragón fue arrasado por la figura del intendente,
que ocupó sus funciones y dio lugar a la sincrética figura del “intendente-corregidor”, con desmedidas
competencias, todo ello hasta las reformas de Carlos III.

2. Las reformas de Carlos III.

La simbiosis intendente-corregidor se extingue en 1766, cuando Carlos III separa ambos cargos,
confiando a los corregidores los asuntos de justicia y policía, y a los intendentes los de hacienda y
guerra.

En 1783, tiene lugar una profunda reforma de los corregimientos y de sus titulares. Aquellos son
ordenados en tres clases (entrada, ascenso y término) y los antiguos corregidores políticos aparecen
ahora a modo de funcionarios acomodados a ese escalafón.

Un segundo aspecto de la reforma afecta al regimiento, acaparado hasta entonces por grandes señores.
Tras los motines de 1766, un decreto de cinco de mayo de ese año proyecta sobre los concejos
una bocanada de aire democrático y renovador. Se establece así que “todo el pueblo”, dividido en
parroquias o en barrios, elija a unos diputados del común y aun síndico personero. La competencia
de los primeros, limitada en principio a cuestiones de abastos, se extendió luego a otras materias. El
síndico personero sustituye a un antiguo oficial, el procurador general. Función del síndico personero
fue pedir y proponer lo conveniente al público en general, pero careció de voto en el ayuntamiento y
de cualquier tipo de facultades resolutivas.

Esas reformas tuvieron escasos resultados ya que los representantes del pueblo en vez de combatir a
los regidores perpetuos, se convirtieron en ellos.

EL MUNICIPIO INDIANO. EXAMEN

En América existieron pueblos o ciudades españolas y pueblos de indios. Los pueblos indianos
estuvieron bajo la dirección de los caciques, que contó con una buena aceptación por el mundo
americano, existiendo alcaldes y regidores aborígenes, junto a una serie de oficiales semejantes a los
de los pueblos españoles.

En las ciudades españolas fue implantado el régimen municipal castellano. El poder central recayó
en el corregidor y alcalde mayor, figura que confluye en un solo cargo. El gobierno de la ciudad
corresponde a los alcaldes ordinarios, uno en las pequeñas localidades y dos en las mayores. Oficios
municipales también fueron alférez real, alguacil mayor, depositario general, el fiel ejecutor y el
receptor de penas.

Excepcionalmente, para la discusión de graves asuntos, los ciudadanos notables, civiles y


eclesiásticos, se reunían con el ayuntamiento en una especie de cabildo abierto. Estas asambleas
tuvieron carácter deliberativo y sus resoluciones no vincularon al cabildo normal.

LECCIÓN 41ª

ADMINISTRACIÓN DE JUSTICIA Y RELACIONES CON LA IGLESIA

Las Audiencia borbónicas. Septiembre/2008

En el XVIII se fundan en Castilla nuevas Audiencias. Durante el reinado de Felipe V, la sala de


alcaldes de casa y corte pasa a ser Audiencia de Madrid. Una real cédula de 1717 establece la
Audiencia de Asturias, en razón de la dificultad de acudir a la Chancillería de Valladolid, compuesta
por un regente, por cuatro alcaldes mayores y un fiscal. Al final del siglo en 1790 aparece la
Audiencia de Extremadura.
La reorganización más importante afectó sin embargo a los tribunales de la Corona de Aragón,
que debieron acomodarse al régimen castellano. El proceso se inicia con la transformación de las
Audiencias de Aragón y Valencia en Chancillerías, según el modelo de las de Valladolid y Granada.
En Valencia, tras cierta pugna, la Chancillería fue reducida a la categoría de Audiencia, tal como
había sucedido a Aragón, quedando completamente subordinada a la autoridad del capitán general,
y con sede en su propio palacio. Este modelo Aragonés influyó en Cataluña y en 1716 nace una
Audiencia presidida por un Capitán General y también Mallorca con un Sala de cinco Ministros.

Las Audiencias de la Corona de Aragón, cuyos rasgos principales fueron la presidencia del capitán
general, el segundo lugar asignado al regente como cabeza propiamente judicial del organismo, la
presidencia de oidores y alcaldes del crimen para lo civil y lo penal, y la figura del fiscal, uno en las
Audiencias más simples y dos, para lo civil y criminal, en las más desarrolladas.

La Audiencia en Indias. Junio/2007

En Indias el tribunal aparece con el mismo título de Audiencias y Chancillería Real, lo que no implica
una absoluta identidad con el modelo peninsular. La Audiencia indiana fue ante todo un tribunal
de justicia, con competencias en lo judicial superiores a las de la metrópoli, y con una organización
distinta a las de ella.

Así como las Audiencias españolas son órganos simultáneos y equilibrados de justicia y gobierno, las
indianas tienen más atribuciones judiciales y menos gubernativas. La Audiencia no sólo falla pleitos,
sino que además ejerce una actitud preventiva tutelando el cumplimiento de las leyes. Lo gubernativo,
es subsidiario.

En cuanto a la organización indiana no hay magistrados diferenciados para lo civil y penal, sino que
los mismos oidores asumen la doble jurisdicción. El cargo de presidente quedó configurado a imagen
del castellano. Con la creación del oficio de regente en 1776, a semejanza del que existía en los
tribunales de España, quedando subordinada al presidente, pasó a ser la principal en la administración
de justicia de la mayor parte de las Audiencias de Indias.

Clases de Audiencias: virreinales, donde el virrey preside y gobierna, pretoriales, con un presidente de
“capa y espada” con mando militar y facultades de gobierno y subordinadas o dependientes de otras.

LAS JURISDICCIONES ESPECIALES: JURISDICCIÓN PALATINA, ECLESIÁSTICA,


INQUISITORIAL Y MERCANTIL. Junio/2007

1. JURISDICCIONES PALATINA, ECLESIÁSTICA E INQUISITORIAL.

Desde el reinado de Carlos V, existe en la Corte la Real Junta del bureo, erigida por el monarca al
introducir el orden de la casa de Borgoña. Junto a funciones de gobierno y administración, esta Junta
se constituye como tribunal de justicia para conocer los pleitos entre los criados de su majestad,
soldados palatinos y proveedores de la Casa Real, entendiendo también los delitos cometidos en
palacio, cualquiera que fuese su autor.

En la Edad Moderna fueron frecuentes los conflictos entre la jurisdicción ordinaria o real, la
eclesiástica (la que depende de los obispos), y la del Santo Oficio, aunque de eclesiástico de fachada
tenía más bien un carácter mixto.

El uso y abuso de la jurisdicción eclesiástica, sobre todo en las Indias, fue recortado mediante el
procedimiento de los recursos de fuerza. Consistían éstos en el derecho reconocido a los eclesiásticos
de poder recurrir las sentencias dictadas por sus tribunales ante los del Estado (Audiencias, Consejos
de Cámara o de Castilla). Con ellos se aseguraba la supremacía de la jurisdicción secular.

Por encima de la jurisdicción episcopal, y a fin de entender de las apelaciones dirigidas a Roma,
se constituye en 1537 un tribunal de la Nunciatura, dependientes del nuncio y compuesto por un
auditor y seis protonotarios. En 1771 se transforma dicho tribunal de la Nunciatura en el tribunal
de la Rota, presidido por el Nuncio y compuesto por seis jueces españoles nombrados por el papa.
Dicho tribunal, que queda bajo el control del rey, disfrutó de amplias atribuciones en lo civil y de lo
criminal, entendiendo de las apelaciones de metropolitanos y sufragáneos.

La jurisdicción inquisitorial entro en conflicto con los tribunales ordinarios seculares y eclesiásticos,
incluso con los del ejército y Ordenes Militares. Las fricciones con los tribunales y organismos de los
diversos reinos, se resolvieron mediante las llamadas concordias o acuerdos que limitaban las esferas
de jurisdicción, la más importante de ellas fue la Concordia de 1553 Castilla.

2. LA JURISDICCIÓN MERCANTIL.

Los diversos Consulados que en España y América agrupan a las corporaciones de comerciantes,
disfrutan de una jurisdicción propia en base a sus ordenanzas respectivas. En las Ordenanzas
burgalesas de 1538, aparecen el esquema jurisdiccional perfilado, completándose con las que el
mismo organismo recibe en 1572, así como la de los restantes consulados establecidos en la ultramar
y metrópoli entre los siglos XVI y XVIII.

La administración de justicia corresponde al prior y dos o tres cónsules, que juzgan en primera
instancia los conflictos mercantiles. De sus sentencias cabe apelar al corregidor, quien resuelve el
caso auxiliado por dos colegas mercaderes, elegidos por él, existiendo en ciertos Consulados como el
de Burgos la posibilidad de una tercera instancia. Dichos tribunales, por el carácter temporal de los
cónsules, no dan lugar a una judicatura profesional y estable.

En el XVIII debieron ampliarse competencias en razón de las personas, al admitir la jurisdicción


consular no sólo a los mercaderes, sino también a los dueños de fábricas y a los hacendados dedicados
a actividades agropecuarias. Tales parámetros, elásticos e imprecisos planteaban múltiples conflictos
en lo material y personal. Las fricciones surgieron, desde la consolidación de los Consulados
castellanos en el s. XVI, los de Burgos y Bilbao, tenían con la Chancillería de Valladolid problemas
de competencia.

En Cataluña, por Real Cédula de 16-III-1578 se dio nueva organización al Consulado del Comercio
de Barcelona, y otra de 24-II-1763 estableció las Ordenanzas de los tres Cuerpos de Comercio
(Herederos del Consulado del Mar), los conflictos fueron juzgados en 1ª Instancia por los Cónsules,
y en 2ª por el Juez de Apelaciones. En el tribunal de Alzadas figuran unos Adjuntos, cuyo sistema de
nombramiento y funciones fue modificado en 1797.

LECCIÓN 43ª

LA ESPAÑA DEL SIGLO XIX

EL DERRUMBAMIENTO DEL ANTIGUO RÉGIMEN (1808-1814). Mayo/2008

La represión del Dos de Mayo dio lugar a un levantamiento general del país. En junio Napoleón había
transferido la corona a su hermano José, convertido así en rey de España. El alcalde del pequeño
pueblo de Móstoles reivindica revolucionariamente el poder, sublevándose en pocas semanas Asturias
y las restantes regiones peninsulares. Al levantamiento, donde se depone o da muerte a las autoridades
anteriores, sigue la constitución de unas Juntas supremas provinciales, las cuales, recuperan o
reasumen la soberanía considerada vacante. Esas juntas establecen en Aranjuez en septiembre del
mismo año 1808 una Junta central suprema y gubernativa de España e Indias, trasladada luego a
Sevilla y finalmente a la isla de León (San Fernando). La Junta Central compuesta por treinta y cinco
miembros y presidida por el Conde de Floridablanca.
Su disolución en 1810 y el nacimiento entonces de un Consejo de Regencia presidido por el obispo de
Orense. A instancias sucesivas de uno y otro organismo, se reúnen las Cortes de Cádiz que en 1812
promulgan la primera Constitución nacional.

La pugna bélica enfrentó a un ejercito francés, superior en número y mejor organizado, con los cien
mil hombres del ejército español, pero también y sobre todo con la obstinada resistencia del pueblo
mismo en ciudades y pueblos. La confrontación en campo abierto registró el hito importante de
Bailén (julio de 1808), cuyo éxito habría de galvanizar la conciencia nacional. Mientras la exaltación
patriótica daba lugar a la insólita reacción de Zaragoza y Gerona.

LAS CONVULSIONES LIBERALES Y ABSOLUTISTAS (1814-1833)

La restauración absolutista (1814-1820)

Expulsado el rey José y suscrito el tratado de Valencia (1813), Fernando VII vuelve a España, lo que
lleva consigo que las juntas provinciales y el mismo Consejo de Regencia carezcan de sentido. Las
Cortes surgidas de Cádiz no representan al monarca, sino al pueblo considerado como soberano, y de
ahí que dichas Cortes se atribuyan la soberanía nacional y dirijan una proclama al país, donde entre
otras cosas vinculan el reconocimiento del rey a que éste acate y jure la Constitución.

En 1814, con el regreso de Fernando VII, un grupo de diputados le hacen llegar un documento, el
Manifiesto de los Persas, donde impugnan la representatividad de la Cortes existentes, sugieren
formar otra y piden, la derogación de la Constitución. Los escasos escrúpulos del rey concluyen con
el golpe de Estado del general Eguía, y un decreto de 4 de mayo sanciona la nueva situación, dejando
sin efecto la Constitución y las Cortes. Muchos liberales fueron arrestados y otros huyeron como
primeros exiliados políticos de la España contemporánea.

El Trienio liberal (1820-1823)

La imposibilidad de recuperar la vía constitucional desde dentro del propio sistema, lleva a los
liberales a reclamar el apoyo del ejército que actúa mediante pronunciamientos. El 1 de enero de
1820 el teniente coronel Rafael de Riego se subleva en Cabezas de San Juan (Sevilla), proclama
la Constitución de Cádiz y restablece las autoridades constitucionales de la localidad. El éxito del
pronunciamiento obliga a Fernando VII a firmar un decreto, donde manifiesta que en razón de “la
voluntad general del pueblo, me he decidido a jurar la Constitución por las Cortes Generales y
extraordinarias en el 1812”. Ahora los perseguidos son los persas mientras los afrancesados vuelven
del exilio y dirigen la restauración constitucional.

Los emperadores de Rusia y Austria, junto a los reyes de Prusia y Francia y el propio Fernando VII,
forman una Santa Alianza que deciden la intervención militar para liberar a las monarquías del acoso
revolucionario. El ejército de los Cien mil hijos de San Luis, penetra en la Península, pone sitio a
Cádiz y hace capitular al gobierno constitucional. Fernando VII declara nulos los actos llevados a
cabo por ese gobierno y promete al tiempo una amnistía general que quedará incumplida. Riego es
ahorcado y muchos liberales vuelven al exilio.

La “Década Ominosa” (1823-1833)

El decreto de 1 de octubre de 1823 liquida la etapa anterior y abre una década de despotismo
absolutista. En ella no faltan conspiraciones y golpes de signo liberal -como le de Torrijos, fusilado en
Málaga.

En 1830, ante el embarazo de la cuarta esposa del rey, María Cristina de Borbón, y la eventualidad de
una descendencia femenina, cierta disposición de 23 de marzo hace pública la Pragmática sanción de
1789, derogatoria de la ley sálica, con las consiguientes posibilidad de que en defecto de hijos varones
reinaran las hembras, quedaban anuladas las expectativas del infante Carlos, hermano del rey.
En el verano de 1832, ante la amenaza de guerra civil, tienen lugar unos controvertidos
acontecimientos, los sucesos de la Granja, que dan lugar a un decreto derogador de la Pragmática
Sanción, el cual en consecuencia restablecía la ley sálica. Restablecido Fernando VII, el último
día de ese agitado año el rey hace pública en el mismo lugar una declaración anulatoria del decreto
anterior, arguyendo haber sido objeto de engaño, con lo que queda revalidada la Pragmática sanción
y por los mismos el derecho de Isabel a heredar el trono. Convertida en reina al año siguiente tras
el fallecimiento de su padre, la regencia de María Cristina se inicia con un ahonda escisión entre
los partidarios de Isabel (isabelinos) y los de don Carlos (carlistas), cuanto a un presunto derecho
adquirido a reinar en defecto de hijos varones del monarca, al haber nacido cuando inequívocamente
regía la ley Sálica.

En América culmina en esta etapa el proceso emancipador iniciado años atrás. Al coincidir el
conflicto en esos primeros años con la Guerra de la Independencia, las autoridades españolas de
ultramar hubieron de hacer frente a los insurrectos sin ayuda de la metrópoli. Aquella confrontación
inicial fue una especie de guerra civil entre americanos.

España sólo poseía en América la zona insular del Caribe, con Cuba y Puerto Rico. El gigantesco
descalabro se había saldado entre la incompetencia de los políticos, la inhabilidad de los militares, las
interferencias de unos y otros, y la inconsciencia de todos. Sólo la pérdida de los restos del Imperio, al
término del siglo, servirá como amargo revulsivo de la conciencia española.

La guerra carlista y el problema sucesorio (1822-1840)

Fernando VII muere el 29 de septiembre de 1833. El 1 de octubre, don Carlos María Isidro publica
el Manifiesto de Abrantes en defensa de sus derechos. Al asumir María Cristina las funciones de
regente surgen los primeros levantamientos de voluntarios realistas, cuya alianza con los defensores
del absolutismo tradicional tuvo como contrapartida la coalición de María Cristina con los liberales.

La guerra, desarrollada en los dos frentes principales del país vasconavarro y del Maestrazgo,
concluye con el Convenio de Vergara (1839) que significa el triunfo del liberalismo sobre el
Antiguo Régimen. Su secuela jurídica fue un decreto que abolió el régimen foral vasco, aunque
provisionalmente fuera restablecido tres años después; y sobre todo la importante ley paccionada de
16 de agosto de 1841 a través del pacto que le dio nombre, extendió a Navarra la organización política
y judicial vigente en el resto de España, dejando sólo a salvo un residuo de autonomía administrativa
y financiera.

El triunfo del liberalismo radical, para el que ya no sirve el modelo gaditano, tendrá su arquetipo
en la Constitución de 1837. En el campo del reformismo económico-social y de las relaciones con
la Iglesia, la acción de los progresistas se manifiesta a través de la campaña desamortizadora de
Mendizábal.

DE LA CONSOLIDACIÓN LIBERAL A LA REVOLUCIÓN.

Regencia de Espartero (1841-1843)

Concluida la guerra carlista y asentado el régimen liberal se produce entonces una aproximación de
los políticos dirigentes a los militares de prestigio. En esas circunstancias, un general de humilde
cuna, Baldomero Espartero, y el 10 de mayo de 1841 se hace él mismo con la regencia que acumula a
la presidencia del gabinete.

Espartero intentó conducir el país apoyándose en los progresistas, Tuvo así enfrente a un sector del
ejército. Cuando el general perdió el respaldo de su propio partido, la conjunción de todos le hizo
caer. Tras unas sublevaciones en Andalucía y Cataluña, Narváez entra victorioso en Madrid, y liquida
el llamado cesarismo liberal de Espartero el mismo año 1843 en que Isabel II, entonces mayor de
edad, inicia efectivamente su reinado.

La década moderada (1844-1854) y el primer centrismo político

En 1844 Narváez disuelve las Cortes y convoca elecciones, su triunfo fue rotundo.

La síntesis moderada tuvo tres claves principales. La primera fue el propio ordenamiento
constitucional, la segunda, relativa a las problemáticas relaciones con Roma, se resolvió en el
Concordato de 1851, la tercera fue la posibilidad, frustrada, de cerrar el pleito dinástico mediante el
matrimonio de la reina con el conde de Montemolín, primogénito del pretendiente Don Carlos.

El régimen de Narváez, basado constitucionalmente en la coexistencia de los dos grandes partidos,


moderado y progresista. El centrismo moderado se disolvió desde dentro por las desavenencias de los
pequeños grupúsculos de puritanos, polacos, reaccionarios y neocatólicos.

La revolución y el bienio progresista, 1854-1856

La Revolución de 1854 se inicia con un pronunciamiento de militares conservadores en Vicálvaro


(28 de junio) para derivar luego a la alianza con las fuerzas progresistas. La coalición concurrió a las
elecciones constituyentes bajo el lema de Unión Liberal.

El bienio postrevolucionario contó en su haber con algunas significadas reformas. Cabe destacar la ley
de desamortización general de Madoz y la de ferrocarriles. En julio de 1855 tuvo lugar en Barcelona
una huelga general de alarmantes proporciones. Tras la caída de Espartero se adoptaron numerosas
medidas contra el revolucionarismo obrero, que culminarán luego en la prohibición general de todo
tipo de asociaciones.

La Unión Liberal, 1856-1863

En 1856 O’Donnell asume el restablecimiento del régimen moderado que él mismo había contribuido
a derrocar con su participación en la vicalvarada. La Unión Liberal representó una positiva aportación
a la estabilidad política.

Bajo ésta coalición electoral, tuvo lugar entre 1858 y 1863 el gobierno largo de O’Donell, que fue
el de mayor duración de todos los que existieron en el reinado de Isabel II. Hay que destacar la
recuperación de la imagen internacional de un país hasta entonces enclaustrado. Fue espectacular
el progreso económico: mejoras agrícolas, despegue industrial, construcción de la red ferroviaria,
potenciación del comercio, etc.

Esta segunda experiencia centrista sucumbió por males muy semejantes a los que destruyeron la
primera. La reina se negó a disolver las Cortes y O’Donnell hubo de dimitir el 27 de febrero de 1863.

El preludio de la revolución, 1863-1868

En los cinco años y medio que transcurren desde la caída de O’Donnell hasta que Isabel II pierde el
trono, se suceden siete gobiernos. La desaparición de O’Donnell y Narváez, generales que habían
presidido algunos de esos gobiernos, deja desguarnecido el trono.

El partido demócrata se orientó al republicanismo, mientras los progresistas eran ya decididamente


antidinásticos. Para los demócratas sólo era posible alcanzar el poder por medio de la revolución,
mientras los progresistas concluyeron por desengañarse sobre la posibilidad de que la reina les
llamara al poder.

A un clima político depresivo, se sumó la crisis económica. Prim fue el líder de la conspiración y en
septiembre de 1868 la conspiración triunfa e Isabel II se refugia en Francia.
El sexenio revolucionario, 1868-1874

Al gobierno provisional, presidido primero por Serrano y luego por Prim, correspondió organizar el
Estado salido de la Revolución.

Unionistas y progresistas constituían formalmente el bloque monárquico, mientras que en el partido


demócrata existía un sector, los cimbrios, partidario también del trono, y otro de espíritu federalista
que llegará a cuajar en el primer partido republicano de España.

Debía haber monarquía, pero descartada Isabel II, el duque de Aosta acepto el trono.

Amadeo de Saboya vino a reinar a España en 1870. Su candidatura había sido aprobada por las Cortes
con casi un tercio de los votos en contra y bastantes abstenciones: y al desembarcar en Cartagena
recibió la noticia del asesinato de Prim. Durante los dos años de su reinado se sucedieron tres
elecciones generales y seis gabinetes. Aquello era difícil que lo gobernara cualquiera y mucho más
difícil que lo gobernara un rey. Amadeo hubo de abdicar.

El mismo día 11 de febrero de 1873 se produjo la proclamación pacífica de la primera República. Fue
presidida por cuatro personalidades: Figueras, Pi y Margall, Salmerón y Castelar.

La República que carecía de arraigo careció también de apoyos. En el exterior fue vista con recelo,
siendo sólo reconocida por Estados Unidos y Suiza. Dentro del país sus únicos soportes fueron
el sector político de la burguesía de izquierdas, algunos elementos obreros, y un núcleo muy
heterogéneo de intelectuales.

La nueva guerra carlista aprovechó el desconcierto existente y añadió otras dificultades. Entretenido
el ejército en ellas, surgieron las revueltas cantonales de Andalucía y Levante. Ante la derrota
parlamentaria de Castelar en la madrugada del 3 de enero de 1874, y la consiguiente amenaza
federalista, el general Pavía envió sus tropas al Congreso y el 29 de diciembre Martínez Campos dio
en Sagunto el grito de ¡Viva Alfonso XII!

LA RESTAURACIÓN Y LA CONVIVENCIA CANOVISTA.

La empresa restauradora contará ahora con el apoyo financiero de la alta burguesía. Se necesitará
además y sobre todo un artífice que deseche las formulas agotadas de convivencia política, y pergeñe
otras nuevas de cara al futuro. Esa persona, el malagueño Canovas del Castillo, es consciente de tres
cosas fundamentales: la Restauración no es posible en la personalidad amortizada de Isabel II y hay
que buscarla en su hijo Alfonso; el mosaico político debe ser reducido a un bipartidismo estable; el
poder civil debe primar y hay que apartar el ejército de los pronunciamientos hacía los que antes fue
empujado por unos y otros.

La monarquía de Sagunto tuvo propiamente dos etapas. Una primera hasta 1898, en la que se inscribe
el reinado de Alfonso XII, muerto en 1885, que es el gran período de la Restauración; y otra segunda,
ya en el siglo XX, de signo revisionista y paulatina debilidad. Canovas consigue nada más y nada
menos que la neutralidad del Estado. El, al frente de la derecha moderada, y el riojano Sagasta, al
frente de la izquierda liberal, se alzan como las grandes figuras garantes al tiempo del pluralismo y la
estabilidad. Mérito de Canovas fue idear el sistema. Mérito de Sagasta, no menor, fue incorporar a la
izquierda y rescatarla de los excesos revolucionarios.

El régimen de convivencia canovista se plasmó en la Constitución de 1876. Vencidos los carlistas en


una última guerra, la ley de 21 de julio de 1876 extinguió definitivamente los fueros vascongados,
logrando la unificación general del derecho público en España. Los antiguos organismos forales
fueron sustituidos por diputaciones provinciales. Canovas da un decisivo paso adelante imponiendo en
la ley la obligación del servicio militar y la del pago de impuestos.
La ingente labor política de la Restauración tuvo sin duda algunas sombras, y seguramente entre ellas
la desatención regional, el descuido de los problemas sociales y la escasa solicitud por el quehacer
intelectual, reivindicado entonces por la Institución Libre de Enseñanza.

Su gran contrapartida fue en todo caso el desastre colonial. Tras la guerra hispano-norteamericana, si
cabe llamar así al despropósito del desigual enfrentamiento de ambas escuadras en el Pacífico y en
el Caribe, España perdió lo que quedaba del Imperio: Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Fue aquello un
desastre económico, pero fue sobre todo un profundo desastre moral.

José Luis Comellas valora como “el sistema político más completo, homogéneo y fecundo que ha
edificado el liberalismo español”.

[#?]

LECCIÓN 44ª

ESTRUCTURA ECONÓMICA Y SOCIAL DE LA ESPAÑA LIBERAL

La propiedad agraria y sus reformas: EXAMEN (23-05-05)

La propiedad agraria es característica del Estado Liberal y descansa sobre tres grandes reformas, que
servirán para destruir las bases de la sociedad estamental.

Disolución del régimen señorial

Los legisladores de Cádiz rehabilitaron la distinción entre los señoríos jurisdiccionales y aquellos
otros con una simple base territorial o solariega, lo que permitió que mediante decreto en 1811 los
primeros se incorporaran a la nación, y que los segundos quedaran incluidos en la clase de los demás
derechos de propiedad particular. Esta decisión fue revisada en los siguientes años, terminando el
proceso con la ley de26 de agosto de 1837.

Respecto a los títulos se arbitró eximir a los dueños de los señoríos solariegos de la obligación
de presentarlos y exigir a cambio el título de los señoríos jurisdiccionales. En definitiva, las leyes
abolicionistas cumplieron el triple objetivo de: suprimir lo jurisdiccional, recortar lo tributario y
respetar lo territorial.

Desvinculación de mayorazgos

El mayorazgo es una forma de propiedad de la nobleza señorial que impide la enajenación de los
bienes preferentemente inmuebles, constitutivos de patrimonio o que su titular incorpora a él. Los
bienes de esta suerte quedan vinculados y por tanto sustraídos al libre comercio, pasando en bloque al
heredero preferente. El titular podía disponer de las rentas, aunque no de los bienes mismos, pero por
otro lado sí que podía aumentar el patrimonio con nuevas adquisiciones

La vigencia del mayorazgo condujo al aumento de las propiedades nobiliarias, sobre todo de la
propiedad rústica, lo que llevó a que estas se acumularan en manos de un grupo reducido de personas

Este fenómeno, por supuesto, producía malas consecuencias económicas que ya apreciaron los
reformistas del siglo XVIII, pero para ellos seguía prevaleciendo el derecho a la propiedad privada.

Es al final del siglo XVIII y a principios del siguiente cuando se empiezan a introducir medidas
de carácter corrector, con el objeto de hacer repercutir en la hacienda pública, el beneficio de
enajenaciones. Desde entonces el reformismo se dedica a la abolición de mayorazgos, haciéndolo de
manera definitiva al instaurarse el trienio liberal, con una Ley que se presentó ante las Cortes como
“protectora de la libre circulación de la riqueza nacional”
Esta desvinculación del mayorazgo, lo que viene a significar es que el propietario podía disponer de
sus bienes, nada que ver con la expropiación. El dueño de fincas vinculadas puede venderlas si quiere.
Viene a ser una transición histórica entre la nobleza, propietaria de tierras y la burguesía que hasta
ese momento de la desvinculación no podía comprarlas.

Esta ley (1820) fue abolida y restablecida nuevamente. Finalmente, la desvinculación decretada
en 1841, con la ley sobre vinculaciones y mayorazgos, fue irreversible, quedando definitivamente
consagrada en el Código Civil (arts. 348 y 785).

La Desamortización

La desamortización fue un fenómeno jurídico, político y económico que consistía en sustraer la


propiedad acumulada en manos muertas (personas jurídicas como la Iglesia o municipios, titulares
de tierras inalienables), restituyéndolas al tráfico jurídico normal. La desamortización fue llevada
a cabo por el Estado incautándose de bienes privados y luego vendiéndolos en subasta pública. A
diferencia con la desvinculación, que libera bienes de los propietarios la desamortización se los
arrebata mediante una compensación y los nacionaliza, para reprivatizarlos. Lo que respondía,
evidentemente, tanto a la preocupación por reordenar estos territorios y al afán de conseguir nuevos
ingresos para el Estado.

Además, en lo que se refiere a la desamortización eclesiástica, se debió en mucho al signo


manifiestamente anticlerical.

La desamortización se llevó a cabo en varias etapas empezando en el siglo XVIII y terminando en el


siglo XIX.

1.- Primera etapa Siglo XVIII, preparatoria, realizada entre los dos siglos. A los ilustrados les
preocupaba de diferente manera la acumulación de bienes según se tratara de tierras de los municipios
o de la Iglesia. Cuando se trataba de tierras de los municipios, el objetivo era hacerlas accesibles a los
campesinos, y si se trataba de la Iglesia, el objetivo era evitar su aumento. Esta desamortización de
bienes de la iglesia y municipal supondrá la transformación de la España del Antiguo Régimen a su
estado contemporáneo.

2.- Segunda etapa. Consta de dos fases complementarias.

I.- DESAMORTIZACIÓN DE MENDIZABAL. Desamortización básicamente eclesiástica,


financiando la guerra contra los carlistas con los beneficios.

II.- LA VENTA DE ESPARTERO. Hizo lo mismo que Mendizábal con los bienes pertenecientes al
clero secular. La venta de unos y otros bienes representó las tres quintas partes de los bienes totales de
la Iglesia española.

3.- Tercera etapa decretada el 1 de Mayo de 1855 por la ley Madoz. Fue la más importante de
todas, superando el volumen de sus ventas a lo desamortizado en anteriores ocasiones. Además de la
desamortización eclesiástica esta nueva ley inicia un proceso de desamortización general de todas las
propiedades y bienes amortizados.

Esta nueva ley estuvo vigente durante toda la segunda mitad del siglo XIX siendo su alcance
territorial variable según provincias, pero en todo caso enorme.

Cuando nos preguntamos por el significado real de la desamortización podemos observar claramente
dos cosas:

Para adquirir los bienes en las subastas públicas se exigía de los postores que tuvieran una
determinada situación económica, no podían ser campesinos cultivadores de tierras ajenas, con lo que
los latifundios cambiaron de manos, de las muertas a las más vivas, pero siguieron existiendo.
La situación de los campesinos empeoró, ya que pasan de ser cultivadores de la propiedad eclesiástica
con márgenes de tolerancia y descontrol en los arrendamientos a depender de señores latifundistas que
sólo querían un máximo aprovechamiento de sus tierras.

La contrapartida positiva fue la mejora del rendimiento de las tierras, ya que se explotaron tierras que
hasta entonces permanecían abandonadas.

El saldo negativo fue la pérdida mediante la dispersión del tesoro artístico custodiado hasta entonces
por la Iglesia.

LECCIÓN 45ª

EL ESTADO CONSTITUCIONAL

LA CONSTITUCIÓN DE CÁDIZ. Septiembre/2007

Proceso constituyente y valoración del texto.

Cortes de Cádiz (104 miembros), elaboran en 1.810 la futura gran Constitución de Hispanoamérica
del S.XIX. La Regencia del Reino (Fernando VII ausente y cautivo), publica el 19 de Marzo de 1.812
la “Constitución política de la Monarquía española”, firmada por 184 diputados.

La gran novedad es la declaración de que la soberanía reside esencialmente en la nación, a la que


corresponde dictar leyes. Se promulga en nombre de la Santísima Trinidad y de un Dios reconocido
como autor y supremo legislador de la sociedad.

Esta Constitución de 1.812 rompe con el Antiguo Régimen. En cuanto a la soberanía nacional, la
Constitución de Cádiz representa el triunfo del liberalismo.

2. Principios y reformas. Proyección de la constitución

La Constitución atribuye:

Cortes + Rey: poder legislativo

Monarca: poder ejecutivo

Tribunales: poder judicial

Quedan reconocidos los derechos individuales de los súbditos (igualdad jurídica, libertad de imprenta,
sufragio, garantías penales, etc.).

Son 384 artículos bien organizados con la pretensión de organizar el poder, texto programático del
liberalismo occidental. Se tradujo a varias lenguas. Comparable a la Constitución Norteamericana de
1.787 y a la francesa de 1.791, inspiró las de Portugal, Italia y Perú, siendo estímulo de la ideología
independentista.

LA CONSTITUCIÓN DE 1869. Mayo/2006

De 1.854 a 1.856, bienio progresista, unas Cortes Constituyentes aprobaron la Constitución de 1.856.
Ese año O’Donnell restableció la de 1.845 vigente hasta la Revolución de 1.868.

Nueva normativa para las elecciones a Cortes Constituyentes. Derechos individuales como derecho de
reunión y asociación, libertad de trabajo para los extranjeros por primera vez, libertad de pensamiento
y de cultos. El Rey es un verdadero monarca constitucional, que actúa a través de ministros.
Primera Constitución democrática de nuestra historia.

La Constitución de 1.869 fue suspendida y violada igual o más que las anteriores.

LA CONSTITUCIÓN DE 1876. Mayo/2008

Impulsadas por Cánovas, 39 personas formulan las bases de la “legalidad común”, intermedio entre
las Constituciones de 1.845 y 1.869. Nueva Constitución aprobada por las Cámaras el 2 de Julio de
1.876, hasta su supresión por Primo de Rivera en 1.923.

La justificación del texto se basa en la existencia de una legitimidad suprema, que según Cánovas
recaía en la institución de la monarquía y en la representación del pueblo en Cortes. En la
Constitución podría desarrollarse cualquier clase política y entrar en juego los diversos partidos.

Sufragio universal, derechos individuales, Estado confesional con respeto a cualquier culto, aunque
sólo se permiten ceremonias católicas. Se asegura el predominio del monarca que nombraba al
Gobierno y podía disolver las Cortes. Leyes como la de imprenta, reunión o asociación, tardan tiempo
en llevarse a cabo desde su reconocimiento teórico.

LECCIÓN 46ª

MONARQUÍA, CORTES Y PARTIDOS POLÍTICOS EN LA ESPAÑA LIBERAL

LA APARICIÓN DE LOS PARTIDOS POLÍTICOS OBREROS: EL PSOE.

Septiembre/2008

El primer partido específicamente clasista de nuestra historia es el PSOE, fundado en Madrid el 2 de


Mayo de 1879 por 25 personas, la gran mayoría eran obreros y, aparecen dirigidos por Pablo Iglesias
siendo hasta su muerte (1925) líder y presidente del partido, jefe de la UGT y director del periódico
“El Socialista” que nació en 1886.

Junto a diversas reivindicaciones laborales el programa, aprobado el 20 de junio, de inspiración


marxista, daba cabida a tres pretensiones fundamentales:

la abolición de clases o emancipación de los trabajadores

transformación de la propiedad individual en propiedad social o de la sociedad entera

posesión del poder político por la clase trabajadora

Su primer congreso se celebró en Barcelona en 1888 donde se ratificó y amplió la clave ideológica y
se plantean problemas entre le sector catalán y el madrileño.

Por encima de esa base organizativa de las agrupaciones locales se constituyó un Comité Nacional
elegido por los afiliados de la ciudad de Madrid, donde radicaba su sede.

Apareció por primera vez en una elecciones en el año 1891 con 24 candidaturas, sin embargo en
todo lo que quedaba de siglo no consiguió ni un solo escaño, eso sí, llevó a cabo una tenaz labor de
implantación y propaganda y obtuvo puestos en los ayuntamientos, colocando los cimientos de futuro
que le llevarán a nuestro siglo

LECCIÓN 47ª
LA CODIFICACIÓN (I)

“CÓDIGO” Y “CODIFICACIÓN”. Junio/2009 + 1

Código.- Desde una perspectiva externa código es cualquier tipo de manuscrito en forma de libro,
con hojas cosidas en bloque compacto, que reemplazó ventajosamente a rollos, papiros y pergaminos.
Pero desde el punto de vista jurídico y en razón del contenido, Código es un libro de leyes.

Aceptaciones de la palabra Código:

Da cabida a cualquier tipo de texto, como de los religiosos (La Biblia).

Se refiere al concepto de Código como cuerpo legal. Cabe calificar de código a cualquier compilación
de leyes procedentes de épocas distintas o, en sentido más restringido, circunscribir tal término al
cuerpo legal extenso que se elabora de una vez mediante la redacción ex novo del derecho, y que
resulta ordenado conforme a determinados criterios (los Fueros de Aragón o Código de las Siete
Partidas).

Referente a todo lo anterior el código recoge el derecho antiguo, pero en el siglo XVIII, quiebra
esta concepción por influjo del racionalismo jurídico, abriéndose paso otra más estricta y
técnica, que llega a nuestros días.

En la actualidad código es la regulación sistemática de una determinada rama del derecho, de acuerdo
con los principios que sus redactores estiman oportunos, en un libro ordenado en capítulos y artículos,
relacionados e interdependientes.

Codificación.- Es la tarea de realizar cualquier tipo de código. Esta tarea se acometió en el siglo XIX,
a gran escala y de forma más específica y científica en Europa.

LA MOTIVACIÓN IDEOLÓGICA. Mayo/2009 + 1

Fuerza motriz de la codificación fue el racionalismo jurídico y un espíritu ordenador de la sociedad,


con raíces en la Ilustración Reformista, para aplicar la vertebración del mundo jurídico del nuevo
Estado tras la caída del Antiguo Régimen. La diferencia en la codificación radica en el interés de los
antiguos códigos en recopilar o reformar el derecho, mientras que los que ahora se redactan responden
a una cuidada planificación y tratan de construir un orden nuevo y justo, igual para todos y de alto
rigor técnico.

El racionalismo jurídico tiene como punto de partida el optimismo de los avances logrados en
las ciencias físico-naturales, basado en la creencia de un Derecho natural objetivo e inmutable,
utilizando como médula la razón. Bastará aplicar la razón para deducir un sistema de leyes positivas
que resulten tan seguras como las ciencias físicas..., desligándose de las ataduras (cuerpos legales
anteriores) y organizar la vida jurídica utilizando la ley como instrumento. Ello conduce a la estrategia
racionalista de ordenar el Derecho como un sistema completo y cerrado, de perfiles geométricos y
presunta validez intemporal. El gran precursor de este método es Leibnitz, quien lo divulga y lo hace
explícito en un discípulo suyo, Christian Wolf. Este personaje está influenciado por dos corrientes: del
Derecho natural de Grocio y del racionalismo matemático de Descartes. Él se convierte en el mentor
de la jurisprudencia de conceptos, mediante el encadenamiento lógico de una serie de preceptos
cada vez más y más concretos. Este sistema dominará luego la ciencia pandectística del siglo XIX.

La codificación es la ciencia jurídica que trata de enlazar con el gran dogma de los derechos del
hombre y de la igualdad cívica. De tal modo que, los códigos iusnaturalistas aparecidos en Francia y
los estados Germánicos aparecen como obra de gentes con formación filosófica, política y jurídica;
pero al mismo tiempo, contaban con la exhortación de los poderes públicos al pueblo a que colaboren
mediante informes y sugerencias. De esta suerte el código resulta ser “un patrimonio político común
de los ciudadanos”.
El modelo uniforme de texto codificado entra en colisión con el derecho consuetudinario, además de
eliminar particularismos. De otro lado, lo que la codificación origina es un texto homogéneo abstracto
y unitario, y cabe preguntarse si es preferible a otras vías quizás menos elaboradas, pero sin duda más
elásticas, espontáneas y conformes con el distinto espíritu de los pueblos. Cuestión que da lugar a una
controversia ente Savigny y Thibaut:

Thibaut.- Propugna un Código para toda Alemania.

Savigny.- Niega a su época y a su país “vocación” para la codificación, afirmando que constituye
un obstáculo para el desarrollo orgánico del derecho, defendiendo que el futuro del mundo jurídico
depende más del genuino espíritu popular, del derecho consuetudinario, de la jurisprudencia y de la
ciencia.

DERECHO PENAL.

INTRODUCCIÓN. EXAMEN 2 veces

Las grandes líneas orientadoras de la codificación penal proceden de la renovación provocada por
la Ilustración europea. A los principios que informaron el derecho penal del Antiguo Régimen, las
mentes de vanguardia opusieron otros arraigados en:

El Utilitarismo.- La acción punitiva debe de corresponderse con la utilidad social.

El Humanitarismo.- Propugna la corrección de excesos de cualquier tipo, como la tortura o la penosa


situación de establecimientos penitenciarios.

La Teoría de la proporcionalidad. Toda pena debe ser proporcional a la culpa.

La conclusión de lo anterior es que al derecho penal le afecta él mismo, al proceso y al régimen


carcelario. El anticipo reformista fue mérito de Montesquieu, quien reflexionó sobre las normas
ordenadoras de la sociedad política. Aunque la más temprana sistematización de principios del futuro
derecho penal corresponde al milanés Beccaria, figura de la que depende todo el movimiento ulterior
en Europa en el s. XIX en pro de la reforma de la legislación y de la humanización de la justicia.

Las primeras consideraciones penales de Montesquieu, se encuentran en las “Cartas Persas”, pero su
desarrollo tuvo lugar en “El Espíritu de las Leyes”. La aportación principal de Montesquieu consiste
en:

Reclamar unas leyes penales que garanticen la seguridad.

Unos tribunales independientes que, en conformidad con su clásica tesis de división de poderes,
aseguren la libertad del ciudadano.

Un sistema de proporcionalidad de penas para llevar a la práctica la equidad y la justicia.

El segundo personaje Beccaria, confesará “haberse convertido a la filosofía al leer las Cartas Persas”.
Por entonces emprende Beccaria la redacción de una pequeña obra, “De los delitos y de las penas”,
que tuvo un éxito inmediato, siendo traducida a todas las lenguas de Occidente. Su obra se basaba en:

Las leyes deben fijar las penas y éstas no pueden quedar al arbitrio y voluntad del juez. La autoridad
reside únicamente en el legislador.

Debe de haber proporción entre delitos y penas.

Las penas deben ser las mismas para todos los ciudadanos.
El fin de las penas no es atormentar, sino impedir al reo causar nuevos daños y retraer a los demás de
realizar actos iguales.

Un hombre no es un reo antes de la sentencia de un juez.

La pena de muerte no es un derecho de la sociedad. Además no es útil ni necesaria.

En 1774, fue traducida al castellano, suscitando el fervor de algunos como Acevedo, abogado del
Consejo de Castilla y académico; y el rechazo de otros, como el canónigo de Sevilla, autor de la
Defensa de la tortura y leyes patrias, que consiguieron que fuera prohibida por la Inquisición. Un
sector intermedio lo presentaba Manuel Lardizábal, quien publicó en 1782 un importante “Discurso
sobre las penas, contrahido a las leyes criminales de España para facilitar su reforma”, que pese a
defender la pena de muerte, constituía una especie de exordio doctrinal a las reformas realizadas luego
para la codificación.

LOS CÓDIGOS Penales de 1822, 1848 y 1870. EXAMEN

I.- El Código Penal de 1822:

Las Cortes del Trienio Liberal fueron más fecundas que las de 1812, debido fundamentalmente a:

En 1822 se encuentran la Constitución redactada, redacción que tuvieron que hacer en 1812.

1822, por razón de la feliz organización en comisiones, que trabajaron con rigor y celeridad. Esta
eficacia fue especialmente significativa en el campo Penal, haciendo posible la realización del
primero de los Códigos españoles; el Código Penal de 1822.

En 1820 se constituye la Comisión que recaba informes de las universidades, tribunales, colegios de
abogados, logrando presentar un proyecto en las Cortes en menos de 1 año.

El Código consta de un Título preliminar sobre cuestiones generales y otro bloque dividido en dos
partes sobre delitos contra la sociedad y delitos contra los particulares. Las fuentes inspiradoras fueron
textos nacionales y, especialmente, los tratadistas y códigos extranjeros.

Recibió severas críticas (Bentham) y estimaciones ponderadas de Pacheco “...es un código


científico...mejoraba inmensamente la situación penal de la nación...difuso, y sacrifica la claridad...a
pretensiones artísticas y a un vanidoso aparato literario...”

Vigencia: para algunos no llegó a entrar en vigor; para otros, tuvo una vida efímera y se aplicó de
forma breve, imperfecta y desigual (Antón Oneca). El texto fue criticado por su falta de sistemática,
farragosa redacción y la excesiva dureza de sus penas.

II.- El Código Penal de 1848:

Desde la derogación de 1823 del Código del Trienio Liberal, se intentó salir en los años siguientes
con diversos proyectos, ninguno de los cuales llegó a ser aprobado.

Derribado Espartero, el gobierno moderado progresista de Joaquín María López, estableció en 1843
una Comisión de Codificación de los textos relativos a derecho penal, civil y de enjuiciamiento, la
redacción de los proyectos de códigos fue realizada por primera vez por técnicos del derecho y no
como hasta ese momento por políticos o diputados.

La codificación Penal quedó fundamentalmente en manos de un abogado Manuel Seijas Lozano. Tras
debate en el Congreso y Senado, el texto fue aprobado en 1848, entrando en vigor al año siguiente,
apareciendo dividido en tres libros: disposiciones generales, delitos y faltas.
El Código de 1848, está inspirado principalmente en el brasileño de 1830 y en el Código Francés de
1810, mereciendo de los expertos juicios decididamente favorables.

A consecuencia de las crisis revolucionarias de 1848, el gobierno de Narváez refundió y adicionó


diversos artículos al Código Penal, la nueva edición de 1850 aumentó la pena en numerosos tipos
penales sobre todo en delitos políticos.

El código penal comprende 494 artículos divididos en tres libros: LIBRO I: Parte General, LIBRO II:
Delitos y Penas, LIBRO III: Faltas. Técnicamente fue superior al Código Penal de 1822, sin embargo
el texto resultó ser muy riguroso en el castigo de delitos religiosos y en general excesivamente severo
en sus penas y en la consideración delictiva del ejercicio de algunos derechos (prohibía la libertad de
imprenta, reunión, etc.). Tuvo el mérito de acabar con el arbitrio judicial al fijar previamente a cada
tipo penal una pena dividida en grados. Tuvo algunas deficiencias técnicas, como castigar cómplices
como a los autores, etc.

El texto resultó ser muy riguroso en el castigo de delitos religiosos y en algunas otras cuestiones,
resultando acentuado por varios decretos dictados, que entre otras cosas agravó las penas de los
delitos políticos. Armonizó los principios de retribución e intimidación y estableció un riguroso
sistema de garantías penales.

III.- El Código Penal de 1870:

El Código de 1870 es en realidad una profunda reforma de 1848 cuyas líneas fundamentales llegan
hasta nuestros días, motivada por los insatisfactorios resultados de la corrección de 1950 y por la
necesidad de adecuar el texto a los nuevos principios de la Constitución de 1869, especialmente los
principios políticos y en materia de derechos y libertades políticas.

En 1870, el Ministro de Gracia y Justicia, Montero Ríos, presentó un proyecto a las Cortes, proyecto
que fue aprobado de manera provisional, para con posterioridad ser publicado y corregido mediante
decretos, para mantenerlo en vigencia que salvo paréntesis duró hasta la reforma penal de noviembre
de 1932.

Con el Código de 1870 se propuso fundamentalmente tres cosas:

Llevar a cabo una reforma consecuente con los principios políticos de la Constitución.

Mitigar el rigor del texto anterior.

Corregir los defectos técnicos del texto anterior.

Destaca de entre las más importantes modificaciones:

Desaparición del título “Delitos contra la religión”, en consonancia con la recién instaurada libertad
de cultos.

El establecimiento de nuevas figuras penales para prevenir atentados contra las Cortes y el Consejo de
Ministros.

La tutela por primera vez de los derechos individuales reconocidos en la Constitución del 69.

Inclusión de los delitos de imprenta, que antes eran regulados por leyes especiales.

Atenuación de las penas.

El Código fue testigo de elogios y críticas. La mayor de las críticas fue la del catedrático Luis Silvela,
que lo calificó de incongruencias prácticas y escaso “sentido común”. Aunque los autores parecen
estar de acuerdo en que supuso un considerable avance en política penal y calidad técnica, son
unánimes en la valoración de la precisión de su lenguaje jurídico.

LECCIÓN 48ª

LA CODIFICACIÓN (II)

LA CODIFICACIÓN DEL DERECHO MERCANTIL

A) INTRODUCCION. Mayo/2007

El Código civil francés de 1804 no había procedido a la unificación de la legislación civil y mercantil.
Por razones de fondo –su singular naturaleza- y quizás también coyunturales, el ordenamiento
mercantil quedó al margen; dando lugar en aquel país al Código de Comercio de 1807. Con ello
quedó abierta en Europa la codificación separada del Derecho mercantil. En España el Código de
Comercio (1829 y 1885) apareció ante incluso que el propio Código Civil (1889)

El Derecho mercantil había sido en sus orígenes el derecho especial de los mercaderes (ius
mercatorum), es decir, un derecho gremial o de clase. Con el tiempo se extendió ese ordenamiento
a los actos de comercio cualesquiera que fueran los intervinientes. La filosofía jurídico-política
derivada de la Revolución francesa, de temple esencialmente igualitario, no podía acoger un derecho
privilegiado o clasista, y en consecuencia se adhirió a esa segunda interpretación del llamado acto
objetivo de comercio, desligando al derecho mercantil del ejercicio profesional de las actividades
comerciales. Ello dio lugar a un confuso fenómeno “volatilización de la esencia del Derecho
Mercantil” (Garrigues).

Un mercantilista alemán, Heck, señaló en 1902 que el objeto del Derecho mercantil consistía en los
actos jurídicos realizados “en masa” y con espíritu profesional de ganancia duradera. Ahora bien, al
realizarse de ordinario tales actos dentro de un marco organizativo, dentro de una empresa, el derecho
mercantil resulta ser el derecho de la empresa y de su tráfico, o más extensamente, como dicen los
ingleses, el “derecho de los negocios” (business law).

Los Códigos de comercio fueron hechos cuando históricamente no se había efectuado el desarrollo de
la moderna empresa, empujada en fechas tardías por los aires del capitalismo industrial y financiero.
Aconteció en consecuencia que si los Códigos del Comercio fueron necesarios en Europa porque el
Código Civil francés se había centrado en el concepto de “propiedad”, desatendiendo el de “empresa”,
cuando en España se promulga el Código de 1885 –y con mayor razón cuando surge el primero, de
1829-, sus redactores no alcanzan a sistematizar el derecho mercantil de la gran empresa industrial.
De ahí que, como ha señalado Menéndez, tenga que abrirse camino al margen de esos textos un
derecho mercantil descodificado: “...Derecho Mercantil descodificado... se ha ido recogiendo en una
legislación que acusa ciertas incoherencias e insuficientes técnicas...” (Código Comercio y reforma de
la Legislación Mercantil).

EL CODIGO DE COMERCIO DE 1829 Y DE 1885. Septiembre/2009

1. EL CODIGO DE COMERCIO DE 1829

La realización de un único Código de comercio para “España e Indias” había sido ya ordenada por el
Estatuto de Bayona (art. 113) y lo fue luego, por la Constitución de Cádiz. Pedro Sainz de Andino,
se ofrece a Fernando VII en 1827 para realizar esa tarea. Aceptada la propuesta, fue constituida
una comisión, con él como secretario. Concluido su trabajo, la comisión remite al monarca el texto
resultante (del que Sainz de Andino era autor en la parte que le había correspondido), pero el jurista
andaluz envía al tiempo otro anteproyecto redactado por él solo. Entre ambos, Fernando VII elige este
último y promulgó el 30 de mayo de 1829 el primer Código de Comercio. Constaba de cinco libros
sobre cuestiones generales, contratos, comercio marítimo, quiebras y administración de justicia.
Heredero ideológico de su homónimo francés y de la doctrina nacional, el Código de 1829,
técnicamente laudable, arrinconó definitivamente la concepción del derecho mercantil como sistema
propio de un sector profesional comerciante, para plasmar ese nuevo ordenamiento jurídico de los
actos de comercio. En la jurisdicción mantuvo el régimen de consulados como tribunales en primera
instancia, clasificándolos en dos clases según el volumen económico de sus operaciones, y atribuyó la
segunda y tercera instancia a los tribunales ordinarios. El 24 de julio de 1830 fue publicada la “Ley de
Enjuiciamiento sobre los negocios y causas del Comercio”, reguladora del juicio mercantil ordinario
y de los especiales, cuya principal preocupación fue aligerar el embrollo y pesadez de pruebas y
trámites. El conjunto de la jurisdicción especial mercantil desapareció con el Decreto de unificación
de fueros, de 6 de diciembre de 1868, siendo desde entonces sustituida por la jurisdicción ordinaria.

2. EL CODIGO DE COMERCIO DE 1885

El ritmo de vida mercantil, el cambio político consiguiente y la advertencia de algunos defectos


explican que, a los cinco años de ser promulgado ese primer Código, en junio de 1834, nos
encontremos con la existencia de una comisión para redactar otro nuevo. Se abre así una etapa
revisionista, con otros proyectos, que va a durar medio siglo. Al tiempo se promulgaron leyes
especiales sobre importantes materias (bolsa, ley de sociedades anónimas...), que marginaron la obra
de Sainz de Andino.

La Revolución de 1868 fue el preámbulo político al Código de 1885. La filosofía jurídica de la


Gloriosa quedó plasmada en un decreto de 20 de noviembre de 1869 donde, tras apelar, entre
otras cosas, a los principios del liberalismo económico, se anunciaba un nuevo Código a fin de
“interpretar fielmente los nuevos usos y las nuevas costumbres del comercio”, acomodándolos “a la
vida moderna y magnífico espíritu industrial y de asociación”. Fue nombrada una comisión, cuya
tarea habría de consistir en elaborar un texto informado por los principios de libertad de comercio
y carencia de requisitos especiales para ejercerlo, mínimas exigencias en cuanto a formalidades de
contratación o métodos de trabajo mercantil, apartamiento de monopolios y privilegios, y rechazo
a colegios o agremiaciones forzosas. A ello se añadían diversas recomendaciones técnicas sobre
tipos de sociedades, seguros y quiebras. Sobre tales pautas se presentó un anteproyecto en 1875. El
anteproyecto se publicó cinco años después y fue revisado por otra comisión. Se entregó a las Cortes,
promulgándose el Código en agosto de 1885 y entró en vigor en enero del año siguiente.

El Código de 1885 repite la estructura y líneas fundamentales del de 1829. La única gran diferencia
formal es la desaparición del libro V, referente a la jurisdicción mercantil que ya había sido
suprimida, por lo que el nuevo código consta sólo de cuatro libros. Pretende dotar de autonomía
al derecho mercantil como derecho especial de obligaciones frente al derecho civil. Al no tratar de
constituir un sector jurídico independiente, sino de afirmar la peculiaridad sosteniendo su proyección
general sobre el acto de comercio, da pie a la comercialización del derecho civil.

El Código de 1885 no ha suscitado grandes entusiasmos, quizás porque su espíritu conservador le


impidió apuntarse el éxito de cualquier audaz reforma, debiendo cargar en cambio con el lastre de las
inevitables insuficiencias técnicas. Los mercantilistas y Gacto han señalado defectos de sistemática y
contenidos. Su pecado de fondo fue el anacronismo: repetir más o menos a tres lustros del siglo XX,
lo que había hecho Sainz de Andino en los ya lejanos y desfasados tiempos de Fernando VII.

LA CODIFICACION PROCESAL CIVIL

1. LA LEY DE ENJUICIAMIENTO CIVIL DE 1855

Hasta mediados de siglo, todo cuanto se había hecho en la codificación procesal civil, se reducía a la
Ley de Enjuiciamiento del Comercio de 1830, a un Reglamento para la Administración de Justicia
de 1835, y a una Ley de 10 de enero de 1838 que pretendió remediar las lagunas del Reglamento
desarrollando las normas correspondientes al juicio de menor cuantía. En 1853 fue nombrado ministro
de Gracia y Justicia, José de Castro y Orozco, marqués de Gerona, que publicó una Instrucción del
procedimiento civil con respecto a la real jurisdicción ordinaria, mediante la cual pretendía reformar
la práctica procesal. La oposición de los políticos y la crítica anclada en lo tradicional de algunas
corporaciones (sobre todo del Colegio de Abogados de Madrid) frustraron el éxito de la Instrucción,
que hubo de ser derogada en mayo del año siguiente.

Por entonces se constituye una comisión para que acometa la elaboración de una ley única de
Enjuiciamiento civil. Tras pocos meses concluye su trabajo, aprobándose como Ley de Bases en mayo
de 1855. Fruto de su revisión por una nueva junta, fue la Ley de Enjuiciamiento Civil, promulgada
el 5 de octubre del mismo año, con casi millar y medio de artículos distribuidos en una primera
parte, muy extensa, relativa a la jurisdicción contenciosa, y otra segunda, mucho más breve, de la
jurisdicción voluntaria.

2. LA LEY DE ENJUICIAMIENTO CIVIL DE 1881

Con algunos ligeros retoques, la ley de 1855 estuvo vigente un cuarto de siglo. En 1877 se intenta
proceder a su reforma creando una comisión al efecto. Frustrado ese intento, al año siguiente el
ministro de Gracia y Justicia encarga a la sección primera de la Comisión de Codificación, las
modificaciones a introducir en el texto antiguo. Se redacta así una Ley de Bases cuyo objeto es
respetar la estructura general de la ley de 1855, introduciendo en ella las disposiciones dictadas
ulteriormente y un procedimiento más abreviado y simple. Sobre tales presupuestos aparece la Ley de
Enjuiciamiento Civil de 1881, aprobada por real decreto de 3 de febrero.

La Ley de 1881, con sus 2.181 artículos repartidos en tres libros (el segundo y el tercero destinados a
la jurisdicción contenciosa y a la voluntaria, y el primero a disposiciones comunes a ambas), fue no
sólo el más extenso de los cuerpos legales de España, sino incluso la más amplia ley de procedimiento
civil de Europa. Esto último se explica por incluir esa jurisdicción voluntaria que no figuraba en la de
otros países.

LA CODIFICACION PROCESAL PENAL. EXAMEN

1. LA LEY DE ENJUICIAMIENTO CRIMINAL DE 1872

La LOPJ de 1870 dispuso “reformar los procedimientos criminales” dictando al efecto una serie de
reglas. Consecuencia de ello fue la Ley de Enjuiciamiento Criminal de 22 de diciembre de 1872,
que entró en vigor al año siguiente, consta de un título preliminar sobre disposiciones generales, tres
relativos al sumario, juicio oral y procedimiento sobre faltas, y un título final sobre el procedimiento
de extradición.

La Ley de 1872 introdujo el juicio oral y dio entrada a la institución del jurado. Su aplicación resultó
difícil, tanto por esas novedades como sobre todo por la inadecuada estructura judicial entonces
existente. En 1879 se trató de remediar el desajuste encargando a la Comisión de Codificación que
llevara a cabo una Compilación General del procedimiento criminal, obra promulgada ese mismo año
y que por su insatisfactorio resultado provocará la redacción del siguiente código procesal.

2. LA LEY DE ENJUICIAMIENTO CRIMINAL DE 1882

El 22 de junio de 1882 fue promulgada una Ley de Bases para reformar el procedimiento criminal
con arreglo a los principios de brevedad, publicidad, prisión reservada a los delitos graves, instancia
única, creación de procesos especiales y aquellas otras modificaciones aconsejadas por “la ciencia y la
experiencia”. Los redactores llevaron a cabo su tarea y el 14 de septiembre del mismo año se publicó
la nueva Ley de Enjuiciamiento Criminal, con casi un millar de artículos repartidos en siete libros.
La Ley de 1882, como asegura su exposición de motivos, fue en realidad un código procesal nuevo,
de espíritu progresista y buena factura técnica. Entre sus logros, el aseguramiento del juicio oral,
procesos especiales y sumarios para delitos “in fraganti”, injuria, calumnia y delitos de imprenta.
Merece reconocimiento su sistema de garantías, especialmente en algunos temas como la regulación
de fianzas. Los procesalistas han visto sombras como la separación de tribunales y jueces, fue
insatisfactoriamente resuelta, o la propia de jueces de instrucción y jueces civiles, que la ley no
desarrolla.

LA CODIFICACIÓN DEL DERECHO CIVIL.

LAS LEYES CIVILES ESPECIALES. EXAMEN

Medida la década de los cincuenta, y a tenor de lo sucedido, parecían bastante claras dos cosas. La
primera, que no era nada fácil instaurar un Código Civil de vigencia general. La segunda, que era
necesario regular de modo uniforme ciertas materias y que ello era además posible si se evitaba
colisionar con los mismos obstáculos que hasta entonces habían hecho inviable el Código. Se
procedió en consecuencia a elaborar una serie de leyes, especiales en cuanto a la materia, pero de
aplicación general en todo el país.

Ley Hipotecaria. La Comisión General de Codificación redactó un Proyecto de Ley de Bases que,
presentado por vez primera en 1857, sufrió diversas alternativas y quedó finalmente en desamparo.
En el bienio 1860-1861 las Cortes discutieron un nuevo texto que Isabel II sancionó y fue publicado
el 8 de febrero de ese último año. La Ley Hipotecaria de 1861 se completó a los cinco meses con un
prolijo reglamento y fue reformada en 1869.

De ordinario se ha admitido que el régimen hipotecario que arranca de esa ley fue construido sobre los
dos grandes principios de publicidad y especialidad, característicos del sistema germánico.

Ley de Notariado. En febrero de 1859 el ministro Fernández Negrete presentó un proyecto de ley
“reformando las disposiciones sobre el notariado”. Una comisión mixta procedió a la redacción
definitiva del texto, publicado el 28 de mayo de 1862.

La Ley de 1862, definidora del notario como “funcionario público autorizado para dar fe, conforme
a las leyes, de los contratos y demás actos extrajudiciales”. Señaló la separación de la fe pública
judicial y extrajudicial, estableció la unidad notarial, desapareciendo las diversas clases de escribanos
y notarios. Se fija el acceso mediante oposición ante las Audiencias, siendo la gran novedad de la ley
y su artículo correspondiente, juzgado como el “más trascendental” de todos.

-Leyes de Aguas. En abril de 1859 fue creada una comisión ministerial para redactar el proyecto de
Ley de Aguas y lograr así la unificación del caótico panorama entonces existente:

Fue designado como ponente Rodríguez de Cepeda y el proyecto que redactó se convirtió en la
primera Ley de Aguas, de 3 de agosto de 1866, intentando regular toda la materia. Junto a numerosos
aciertos técnicos, rigor de estructura y adopción de criterios progresistas, la ley integró la experiencia
del pasado. La ley intentó regular toda materia, incluso la de aguas marítimas, aunque quedaban
fuera de su consideración el régimen de puertos. La revolución de 1868 trajo nuevas disposiciones
sobre aguas, discrepantes a veces con la normativa anterior. Para normalizar la situación, se redacto
un nuevo texto, la ley de Aguas de 1879, que ha estado vigente hasta 1985. La ley de 1879 es
básicamente la de 1866, excepto en la supresión del título relativo al uso de las aguas del mar y de las
payas.

Ley de Matrimonio Civil. A fines de 1869 fue presentado en las Cortes un proyecto de ley de
matrimonio civil.
El 18 de junio de 1870 fue publicada la ley, que, tras una curiosa proclamación de la indisolubilidad
del matrimonio (art.1), establecía la obligatoriedad del matrimonio civil, al negar a cualquier otro esos
efectos civiles y someter a la jurisdicción ordinaria el conocimiento de los conflictos.

Rechazados sus principios por la jerarquía eclesiástica cuando todavía estaba en fase de elaboración,
la Ley de 1870 atravesó múltiples dificultades en el lustro escaso en que estuvo vigente. Fue
derogada, en la época de Cánovas, por decreto de 9 de febrero de 1875. Fue el primer intento de
establecer en España el matrimonio civil obligatorio.

Ley de Registro Civil. El 17 de junio de 1870 fue promulgada la ley instauradora de un registro
donde se hicieran constar los actos concernientes al estado civil de las personas. A la ley siguió en
diciembre un reglamento, común a ella y a la Ley de Matrimonio Civil. Mediante esta normativa,
los nacimientos, matrimonios y defunciones, antes inscritos en los registros parroquiales, pasaron a
ser objeto de la verificación y control del Estado. Se encomendó ese registro civil a los juzgados por
la desconfianza hacia la Administración Local. Presentó excesiva rigidez al exigirse ante cualquier
modificación la ejecutoria del tribunal competente. Estuvo en vigor hasta 1959, fecha en que empezó
a regir la ley de Registro Civil de 8 de junio de 1957.

EL CODIGO CIVIL DE 1889. EXAMEN 2 veces

1. EL FIN DEL LARGO PROCESO

La etapa final de la codificación civil arranca de la nueva constitución de la Comisión General de


Codificación, a raíz del decreto de 10 de mayo de 1875. La empresa codificadora adopta aires más
realistas de un texto radical y excluyente, parece buscar la solución armónica y flexible que respete
el peculiarismo foral, quedando abierta por la C.1869 y luego por la C.1876. Por Decreto de 2 de
febrero de 1880 se integraba en la Comisión de Codificación a importantes juristas de Cataluña,
Aragón, Baleares, Navarra, Galicia y Vascongadas, que debían redactar una memoria sobre aquellas
instituciones civiles de sus regiones que conviniera conservar.

En octubre de 1881, Alonso Martínez, presentó a las Cortes un proyecto de Ley de Bases del Código
Civil, en el se autorizaba al Gobierno para publicar el Proyecto de 1851 con las variaciones oportunas,
disponiéndose que una ley especial mantuviera las instituciones sobre propiedad y familia de singular
arraigo en los territorios forales. No se llegó a concluir.

Posteriormente, se volvió sobre el mismo procedimiento a un segundo proyecto de talante más


concesivo, aprobándose por las Cortes la Ley de Bases de 11 de mayo de 1888, cuyos preceptos
atendían tanto a la forma de realización del Código como a resolver el problema complementario de
la heterogeneidad foral. En lo 1º dispuso que la redacción tuviera como fundamento el proyecto de
1851(“en cuanto se halla contenido en éste sentido y capital pensamiento de las instituciones civiles
del Derecho histórico patrio”); en lo 2º, que el código fuera completado con Apéndices que recogieran
“las instituciones forales que conviene conservar”, respecto a las cuales, en su respectivo ámbito
de vigencia, el propio código, sería derecho supletorio. El único Apéndice que se materializó fue el
Aragonés de 1925.

El Código se publicó de forma paulatinamente la Gaceta de Madrid entre octubre y diciembre


de 1888. Por Real Decreto de 24 de julio de 1889, se promulgó una segunda edición, corregida y
completada, que constituye el texto definitivo.

2. CONTENIDO Y VALORACIÓN

El Código Civil consta de un título preliminar y cuatro libros (por haber desdoblado en dos el
tercero del Proyecto de 1851), con un total de 1.976 artículos (el último de los cuales contiene la
cláusula general derogatoria), seguidos de una serie de disposiciones transitorias y otras adicionales,
destinadas éstas a arbitrar el procedimiento de revisión del cuerpo legal. Dos terceras partes del
articulado proceden directamente del Proyecto de 1851, y en ellas y en el resto la base fundamental
de inspiración es el Código francés, bien a través de su manejo directo o por la utilización de otros
códigos europeos influidos por él.

El Código Civil de 1889 fue acogido con frialdad y desencanto, cuando no con hostilidad manifiesta y
más que severos juicios, incluida la propia valoración negativa de la comisión del senado “...el Código
Civil no coincide verdaderamente...con los progresos del tiempo...”.

LECCIÓN 49ª

LA ADMINISTRACIÓN CENTRAL DEL ESTADO LIBERAL

2. El régimen ministerial de la Constitución de Cádiz. Septiembre/2009

Manteniendo la denominación tradicional de Secretarios del Despacho, la Constitución de 1812 fijó


un sistema de siete departamentos en el que, junto a los cinco conocidos, surgen como nuevos los de
Gobernación para la Península e islas adyacentes y Gobernación para Ultramar. Las Cortes fueron
autorizadas a variar este esquema si las circunstancias lo aconsejaban, y se dispuso que un reglamento
posterior determinase los negocios propios de cada ministerio. Todos los Secretarios del Despacho
deberían firmar las órdenes regias correspondientes a su ramo y formar el oportuno presupuesto.

La aparición de los dos nuevos departamentos trataba en realidad de resolver con una fórmula inédita
el viejo problema, tan discutido a fines del XVIII, de la autonomía de los asuntos de Indias, pero
al quedar sin efecto la constitución de Cádiz en mayo de 1814, desaparecieron ambos ministerios.
Las materias del de Gobernación para la Península fueron redistribuidas con facilidad entre los
departamentos restantes, Menos fácil resultó disponer qué se hacía con lo de Ultramar. Y lo que se
hizo fue crear en junio de ese año un Ministerio Universal de Indias, y suprimirlo en septiembre del
siguiente para repartir la gestión americana entre los cinco departamentos españoles. Subsistieron en
consecuencia desde entonces los de Estado, Guerra, Justicia, Marina y Hacienda.

El retorno del régimen liberal en 1820 trajo consigo la reposición de la estructura gaditana, pero la
vuelta de los absolutistas en 1823 volvió a anularla y el sistema de los cinco ministerios rigió durante
la década siguiente. Antes de que concluyera, se produjo sin embargo la novedad importante de la
creación del Ministerio de Fomento.

EL CONSEJO DE MINISTROS. EXAMEN

A) Creación y antecedentes.

El Consejo de Ministros aparece en España por un decreto de 19 de noviembre de 1823, dirigido


al titular del departamento de Estado. En él, Fernando VII, tras señalar que las providencias de los
ministros “serán más conformes al bien de mi servicio y al interés de mis pueblos, siendo dictadas
de común acuerdo”, ordena al destinatario “que vos, con los demás mis Secretarios de Estado y del
Despacho, forméis un Consejo que se denominará Consejo de Ministros “. Este texto es la partida
de nacimiento del Consejo de Ministros tal como el organismo es conocido hoy, y contiene, tres
prescripciones. La primera, que los ministros despachen juntos los asuntos de utilidad general. La
segunda, sobreentendida la presidencia del rey, que en su ausencia presida el ministro de Estado. La
tercera, que el ministro de Justicia haga funciones de secretario y lleve el libro de acuerdos.

Esta no es una institución nueva y el propio decreto reconoció con modestia que lo que se pretendía
hacer era lo que había hecho Felipe V en 1714, con un llamado Consejo de Despacho, y lo que
posteriormente hizo Carlos II al establecer la Junta Suprema de Estado.

Ahora bien, el Consejo de Despacho fue una reunión de ministros y no ministros, y la Junta
Suprema de Estado, en cambio, una rigurosa asamblea ministerial, esta última podemos considerarla
antecedente del Consejo de Ministros. Desde su fundación el Consejo debió reunirse con asiduidad.
La primera de las actas hoy conocidas de este supremo organismo corresponde a una sesión de 3 de
enero de 1824, y ha sido hallada y publicada por el profesor Femando de Arvizu.

B) La Presidencia del Consejo

En una primera etapa no existe presidencia del Consejo formalmente instituida. Al no concurrir el rey,
hace cabeza y dirige las sesiones el ministro de mayor rango. Ese ministro había sido y seguía siendo
el de Estado, que desde 1824 queda autorizado a hacer uso del título de Presidente del Consejo de
Ministros. En la segunda etapa, 1834-1873, la presidencia del Consejo se configura como un cargo
independiente. El proceso arranca del Estatuto Real, texto donde el presidente aparece ya, de una
parte, diferenciado del rey, y de otra, con determinadas facultades especiales que directamente le son
atribuidas (refrendar los decretos relativos a la apertura, cierre, suspensión y disolución de las Cortes).
Se dibuja así con timidez el perfil autónomo peculiar del presidente, si bien tal cargo suele seguir
adscrito al Secretario del Despacho de Estado.

Ya en la etapa anterior, no obstante, la presidencia había sido esporádicamente desempeñada por


algún ministro de otro ramo, en 1827 figuró un ministro que no era de Estado —el de Marina— como
presidente del Consejo de Ministros. En 1840 accede al cargo un personaje, el general Espartero, que
ni si quiera es ministro.

Desde entonces el Presidente del Consejo es una figura orgánica distinta, representativa del partido
político que ha alcanzado el poder, y a quien corresponde, tras ser nombrado por el monarca,
la propuesta de designación del gabinete. En este proceso institucional concurre además otra
circunstancia digna de ser tenida en cuenta: la atribución a la Presidencia del Gobierno de un capítulo
presupuestario independiente.

En una tercera etapa, desde 1873, la Presidencia es ya el órgano rector de la acción administrativa.
Tras unos confusos meses en que, con ocasión de la primera República, se yuxtaponen los cargos
de Jefe del Estado y Presidente del Consejo, restablecida la dualidad, este último asume la iniciativa
política, es centro de decisión, árbitro y última instancia de los conflictos entre ministros y
coordinador general de la actividad de gobierno y administración.

EL DERRUMBE DEFINITIVO DE LOS VIEJOS CONSEJOS. Mayo/2009 +

1. La reforma de 1834: supresión de Consejos y creación del Consejo Real de España e Indias.

La marginación política de los Consejos, ostensible en el siglo anterior, se hace ahora definitiva, y
ya la Junta Central decreta el 25 de junio de 1809 la constitución de un único Consejo de España
e Indias, compuesto por miembros procedentes de los tradicionales Consejos de Castilla, Indias,
Ordenes y Hacienda, con tres salas destinadas a justicia, gobernación de la Península y de Indias. Ese
organismo, fue efímero y desapareció por un decreto de 16 de septiembre de 1810, que restableció
aquellos Consejos.

Cuando la constitución de Cádiz no rigió y los viejos consejos resucitaron, el problema fue el
mantenimiento en ellos de una confusa amalgama de atribuciones judiciales y administrativas.

Poco después de desaparecer Fernando VII, Martínez de la Rosa, remite a la reina gobernadora en
febrero de 1834 una memoria acompañada de seis importantes decretos.

Se trata por tanto de remediar el desorden. Pero como además aquel conjunto de corporaciones era
visto como una incómoda herencia del Antiguo Régimen, esos decretos —fechados todos el 24 de
marzo— llevan a cabo una reforma en profundidad. Extinguen así los Consejos de Castilla e Indias,
con sus Cámaras respectivas, y crean el Tribunal Supremo de España e Indias.

Suprimen asimismo los Consejos de Guerra y Hacienda, y establecen de un lado el Tribunal Supremo
de Guerra y Mar, y de otro el Tribunal Supremo de Hacienda. Reforman además el Consejo de
Ordenes, y proceden, en fin, a fundar un organismo nuevo, el Consejo Real de España e indias,
diferente del de parecido nombre mencionado antes.

El Consejo Real de España e indias fue un supremo órgano consultivo, sin atribuciones ejecutivas
ni judiciales, con una estructura compuesta por la presidencia, secretaría general y siete secciones
(Estado, Gracia y Justicia, Guerra, Marina, Hacienda, Fomento e Indias) correspondientes a los
respectivos ministerios, excepto la de Indias cuyo departamento entonces no existía.

Cada uno de los ministros debía consultar con la respectiva sección aquellos negocios graves e
importantes de su ramo, pudiendo dirigirse todos a la Indias para recibir asesoramiento en los asuntos
relativos a ultramar.

Orgánicamente el Consejo Real dependió del presidente del Consejo de Ministros, a quien
correspondía la propuesta de las personas destinadas a ocupar la presidencia y secretaría general del
organismo.

El Consejo Real de España e indias, en juicio de Fernando de Arvizu, funcionó con regularidad
y eficacia, pudiendo ser valorada su labor de positiva. Fue suprimido por un decreto de 28 de
septiembre de 1836, como consecuencia de que con el restablecimiento de la Constitución de Cádiz,
ésta reconocía la exclusiva del alto quehacer asesor al Consejo de Estado.

2. La transformación del Consejo de Estado

La Constitución de Bayona había previsto un Consejo de estilo francés, colaborador en la tarea


legislativa y árbitro en determinadas competencias de jurisdicción. Réplica a esa figura fue el Consejo
de Estado creado por las Cortes de Cádiz el 21 de enero de 1812, y reformado luego por la propia
Constitución que ordenó un organismo de cuarenta individuos, nombrados por el rey a propuesta de
las Cortes.

El 8 de junio de 1813 fue aprobado su reglamento, que en una serie de normas (atribución de la
presidencia al rey, sede en palacio, etc.), parecía querer entroncar con lo que había sido la célebre
corporación en el Antiguo Régimen.

El consejo vivió durante el Trienio Constitucional la época de máximo esplendor. Al iniciarse la


década absolutista, el Consejo de Estado padeció cierto oscurecimiento. Más tarde, estando bajo el
control del partido apostólico, se vio enfrentado por el propio monarca a un Consejo de Ministros
con mayoría reformista. Finalmente fue dejado en suspenso, y de hecho suprimido, por el primero de
aquellos seis decretos de 1834.

En el bienio siguiente el Consejo Real de España e Indias fue, según sabemos, el supremo cuerpo
consultivo. Pero al desaparecer en 1836 se produjo una década de vacío, hasta que en 1845, la ley de
6 de julio erige un nuevo Consejo Real que por decreto de 14 de julio de 1858 pasa a denominarse
Consejo de Estado.

El reglamento mantuvo la estructura con la que el “Consejo Real” se había organizado, en secciones
acomodadas a los ministerios (más otra contenciosa), y encomendó al gobierno la presentación a las
Cortes de un proyecto reorganizador del Consejo. Ese proyecto va a convertirse en la ley de 17 de
agosto de 1860, hito decisorio en la historia del Consejo de Estado constitucional.

A tenor de la ley de 1860, el Consejo de Estado es el “cuerpo consultivo supremo del gobierno en
los asuntos de gobernación y administración, y en lo contencioso administrativo de la Península y
Ultramar” (art. 1). Se ordena así un organismo tanto consultivo, en lo político y administrativo, como
jurisdiccional en lo contencioso. Con rango jerárquico máximo, tras el Consejo de Ministros, queda
compuesto por un presidente y treinta y dos consejeros, que actúan en plenario o por secciones.
Debido a la especial envergadura de los problemas que abordó durante el decenio 1858-1868, esa
época ha sido calificada por Cordero Torres como la edad de oro del renovado Consejo de Estado.

Una la ley de 13 de septiembre de 1888, que redujo al Consejo a lo meramente consultivo atribuyendo
lo contenciosos a un tribunal independiente. Tal disposición, y otras varias menos destacables pero
siempre de signo restrictivo convirtieron en dramática su subsistencia, hasta que, entrado el siglo XX,
tenga lugar la profunda reorganización de Silvela y Maura en 1904.

LECCIÓN 50ª

LA ADMINISTRACIÓN TERRITORIAL Y LOCAL

EL SISTEMA MUNICIPAL DE CÁDIZ. EXAMEN

Precedentes: la reforma de José I

En el bienio 1809-1810 José I crea una municipalidad en Madrid, establece la composición del
ayuntamiento y la separación de las tareas municipales y judiciales del corregidor, y supedita
la administración local al poder del intendente de la provincia. En el conjunto de cargos del
ayuntamiento, los regidores son elegidos por cargo censitario mientras a su vez el corregidor
representa el control del poder real y centralista. Esta reforma anticipa las claves de la concepción
municipal del rey francés.

Tras esto, se estableció la normativa general a través de dos decretos de 4 de septiembre de 1809 y
17 de abril de 1810. El primero prescribió que las nuevas municipalidades o ayuntamientos fueran
constituidas por un número de propietarios proporcionado a la población, elegidos entre los que
acreditasen mayor adhesión a la Constitución de Bayona. Este decretó se completó con el de 1810,
que organizó el régimen de municipalidades como una pieza del sistema administrativo general
situando a los ayuntamientos bajo la dependencia de los prefectos provinciales.

Base de la normativa de 1810 fue la junta municipal, nombrada en concejo abierto por los vecinos
contribuyentes. En los pueblos más pequeños, la junta podía designar al corregidor y a los regidores,
mientras que en los de tamaño intermedio (2000-5000 hab.) se limitaba a presentar los nombres
al prefecto, quien realizaba el nombramiento. En las poblaciones de más de 5000 habitantes
correspondía al rey, a propuesta del prefecto.

No es de creer que esta reforma lograse una implantación efectiva y real en las circunstancias tan
conflictivas de España.

La Constitución de 1812 y el uniformismo municipal.

Ante la disyuntiva de configurar un municipio autónomo o un ente mediatizado y controlado por el


poder central, el texto constitucional configuró un tipo de ayuntamiento uniforme y políticamente
mediatizado, compuesto por alcalde o alcaldes, regidores y procurador síndico, bajo la presidencia del
jefe político, siendo una corporación cuyos miembros conviene que sean elegidos por los vecinos en
razón de la eficacia, pero donde es oportuno ese control de una autoridad política legitimada por la
voluntad nacional.

El régimen municipal de la Constitución de 1812 construye un municipio sometido al poder ejecutivo.


El sistema es deudor tanto de la normativa tradicional castellana como del influjo francés. En opinión
de los expertos es una especie de municipio sincrético, heredero de lo nacional en algunos aspectos
(como la regulación de las competencias municipales o la figura del alcalde), e imitador de Francia en
otros como la tan discutida innovación del jefe político.

La consolidación del municipio constitucional.


La Instrucción para el gobierno de las provincias de 1823 consolida aspectos del régimen municipal
previstos antes, reforma otros, y sienta, en fin, las bases de la estructura que ha de perdurar. Se
precisan allí las competencias del ayuntamiento (sanidad, vías públicas, montes comunales, etc.) y su
dependencia respecto a la Diputación, así como las propias atribuciones de un alcalde subordinado al
jefe político. La Instrucción reafirma la línea centralista que se ve asegurada con un decreto de 23 de
julio de 1835 donde mantiene la supresión de los oficios perpetuos e introduce la novedad del sufragio
censitario y acentuando la intervención del poder central, dejando al alcalde sujeto al gobernador
civil.

La dialéctica centralización-descentralización, autoritarismo-autonomía, había sido y seguirá siendo


el eje de las alternativas programáticas al régimen local. En el período 1836-1843, restablecido el
sistema gaditano, los municipios logran recuperar una cierta libertad y el centralismo resulta menos
acusado. De esta etapa cabe destacar la Ley de Ayuntamientos de 1840, promulgada y suspendida
el mismo año. En 1843 se vuelve a rehabilitar por decreto, con lo que tiene lugar un nuevo giro
conservador que reduce las atribuciones de la corporación municipal, a la que se prohíbe intervenir
en “negocios políticos”, e institucionaliza un alcalde a quien corresponde la formación del censo
electoral y que puede ser suspendido, como el ayuntamiento en su conjunto, por el jefe político. La
restauración centralista se hace más ostensible con la nueva Ley de Ayuntamientos de 1845, que deja
a los municipios en manos del poder central y de las minorías oligárquicas locales.

La preocupación autonomista rebrota en la legislación de la etapa abierta con la Revolución de 1868,


que dio cabida al esquema más sistemático y definido del régimen local en el período constitucional
de nuestra historia, en concreto en la ley municipal de 20 de agosto de 1870 donde se pretende
aumentar da presencia popular, extender el derecho de sufragio y hacer intervenir a los electores en el
estudio de los presupuestos. Finalmente, con la Restauración se impone un nuevo modelo que en lo
fundamental se mantendría hasta fin de siglo. Sus rasgos son los siguientes:

La restricción del sufragio (sólo electores, cabezas de familia con dos años de residencia y sólida
posición económica, empleo civil o capacidad profesional y académica. Elegibles solo los que
dispongan de determinada riqueza).

El alcalde como delegado del Gobierno, presidente del ayuntamiento y jefe de la administración
municipal.

La atribución a los ayuntamientos del gobierno y la dirección de los intereses de los pueblos en lo
relativo al fomento, beneficencia, administración de bienes, policía, etc.

En la cuestión de la autonomía municipal la ley siguió siendo sumamente restrictiva.

La Ley de 1877, se proyectó sobre una vida local dominada por el caciquismo. De modo que hubo
que sumar a la excesiva intromisión del poder central, la imposición de esos caciques, que no sólo
condicionaron la actividad de alcaldes y ayuntamientos, sino que rindieron además la voluntad de los
gobernadores de turno. La politización electoralista junto con esos intereses caciquiles convirtieron
con frecuencia a los ayuntamientos en meros instrumentos de acción de los partidos. En las ocasiones
precisas el gobernador dictaba instrucciones a los alcaldes, que, de no ser seguidas, podían acarrear la
suspensión de la asamblea municipal.

Se sucedieron múltiples proyectos de reforma que, sin resultado positivo, intentaron llevar a la
práctica nuevas fórmulas descentralizadoras como los de Sánchez Toca y, sobre todo, el de 1899 de
Silvela.

Como balance del municipio constitucional hay que terminar diciendo que el cambio es un mito,
porque en la vida municipal no ha cambiado nada.
LECCIÓN 51ª

LA ADMINISTRACIÓN DE JUSTICIA Y RELACIONES CON LA IGLESIA

LA LEY ORGANICA DEL PODER JUDICIAL DE 1870. Septiembre/2006

En 1868, el gaditano Joaquín de Roncali ocupa la cartera de Gracia y Justicia. Se trataba de un jurista
llamado por Narváez que había sido Regente de la Audiencia de Granada y Ministro en el Tribunal de
Guerra y Marina. A él se encargó un proyecto de Ley Orgánica de Tribunales que presentó después al
Senado. El proyecto fue sancionado como Ley el 11 de abril de 1868 y comisionaba al Gobierno para
formar una Ley completa y definitiva de la organización judicial y las competencias de los tribunales
del fuero común de acuerdo a las Bases contenidas en la propia Ley.

Se encargó a la Comisión de Codificación la elaboración del proyecto, pero sufrió diversos retrasos
por la revolución de septiembre de 1868 que llevó a Eugenio Montero Ríos a ser diputado y fue
llamado por Prim en 1870 para ocupar el Ministerio de Gracia y Justicia y que presentó un proyecto
a la Cámara que es aprobado como Ley Orgánica del Poder Judicial y promulgado con carácter
provisional el 15 de septiembre de 1870.

La LOPJ de 1870 contaba con un título preliminar, 23 títulos y 932 artículos y 18 disposiciones
transitorias. En ella el territorio nacional es dividido en distritos y éstos en partidos judiciales
que, a su vez se subdividen en circunscripciones fraccionadas en términos municipales. En cada
término municipal debe haber uno o varios jueces municipales y en cada circunscripción un juez de
instrucción. En cada partido, al menos un Tribunal de partido; en cada distrito una Audiencia y en la
capital de la nación el Tribunal Supremo como cúspide de esta Organización Judicial.

Los Tribunales de Partido constan de 3 jueces, uno de los cuales es el presidente

Las Audiencias: Son 15: Albacete, Barcelona, Burgos, Cáceres, La Coruña, Granada, Madrid, Las
Palmas, Oviedo, La Palma, Pamplona, Sevilla, Valencia, Valladolid y Zaragoza. Se componen de
Salas de lo Civil o de lo Penal.

El Tribunal Supremo: que desde esta Ley se denomina así, se compone de 1 Presidente, 4 presidentes
de sala, 28 magistrados y fiscales y personal subalterno se componía de 4 Salas de Justicia para temas
de lo Civil y lo Penal y una Sala de Gobierno que debía velar por la recta administración de justicia en
todo el territorio, proponer al gobierno las reformas relativas a la Justicia que estime convenientes y
resolver los conflictos o disidencias que puedan surgir en las Salas del Tribunal.

LA LEY DEL JURADO. Mayo/2006

El primer antecedente de la Institución del Jurado en la legislación del XIX en España se encuentra en
el art. 106 de la Constitución de Bayona de 1808 en que se disponía que el procedimiento penal seria
público y que en las primeras Cortes que se reunieran se debatiría si se establecía o no, el juicio por
jurados.

La Constitución de Cádiz no hace referencia, pero deja la posibilidad del juicio por jurado y es
en el Trienio Liberal cuando se establece por primera vez el Jurado pero limitados a los delitos
contemplados en la Ley de Imprenta.

Fue la Constitución liberal de 1869 la que recoge de nuevo el juicio por Jurado para los delitos
políticos y comunes que determinará la Ley, igual que hizo la Ley Orgánica del Poder Judicial de
1870 y la Ley de Enjuiciamiento Criminal en 1872. Se estableció que el Jurado comenzara a funcionar
desde enero de 1873.

Se aprobó restablecer el jurado como un tribunal de 12 miembros y tres magistrados, y sólo


determinarían la inocencia, culpabilidad o no culpabilidad del acusado. Eran los jueces los encargados
de dictar la sentencia e imponer la pena, apreciando las agravantes o atenuantes, así como los distintos
grados de delito. El formar parte del Jurado era obligatorio y gratuito, pero la institución era cara,
difícil de mantener, para cuyo impulso faltó la voluntad política. El ciudadano medio no debió sentir
especial entusiasmo por formar parte de una asamblea gratuita que le ocasionaba más trastornos que
beneficios. El nivel cultural de los jurados no fue aceptable. Sólo se exigía para ser Jurado saber
deletrear la letra impresa, pero a la mayoría de la población era analfabeta y le daba miedo el tema
judicial.

Pero el moderantismo y conservadurismo de la Restauración suprimió por Decreto el 3 de enero de


1875 el juicio con participación de jurados.

La Ley de Enjuiciamiento Criminal de septiembre de 1882, junto con una modificación en la Ley
Orgánica del Poder Judicial, propició la introducción de nuevo del Jurado, en la Ley de 20 de abril
de 1888, pero fue suspendida su vigencia en 1907 y 1920 para ser suprimida la institución en plena
Dictadura de Primo de Rivera en 1923, no siendo recuperada hasta la Constitución de 1978.