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Haroldo de Campos como crítico:

el límite es el mundo.
Laura Cabezas | 24 ago 2011 | Novos e críticos
El crítico ocupa un intersticio
de ficción y teoría
Raúl Antelo. Crítica Acéfala
En una entrevista, Néstor Perlongher, al ser consultado acerca de su opinión sobre la
crítica literaria, recupera la idea barthesiana por la cual las escrituras intelectuales podrían
pensarse como “paraliteratura”, estableciendo así una distinción entre lo que sería un
aparato crítico clasificador y codificador y una creación crítica capaz de montar
genealogías novedosas y marcar rumbos de sentido que alcen el pensamiento. La
producción teórica de Haroldo de Campos podría inscribirse en esta línea crítico-creativa
que traza Perlongher, en tanto sus operaciones de lectura están guiadas por un hacer:
reflexionar sobre la literatura, el arte, la música o la filosofía es para él (re)preguntarse por
el presente y, por tanto, ir construyendo en la escritura una visión de mundo, atravesada
siempre por la experiencia en el lenguaje.
Como technítes, Haroldo se pasea libremente por el centro y los márgenes de la cultura
mundial (no hay fronteras que lo detengan) buscando desestabilizar lo instituido y
reactivar lo desechado por la tradición, confiando en la potencia del lenguaje, en la
originalidad del transcrear y en las posibilidades que brinda la imaginación. De ahí
también la importancia que cobra el estilo en los textos haroldianos, las frases ágiles, los
párrafos extensos, llenos de ideas y asociaciones inesperadas, los neologismos, los
continuos paréntesis, no son meros juegos retóricos que se imprimen sobre la hoja, sino
que, por el contrario, informan sobre un modo de pensar y vivir que nunca abdicó de la
impronta vanguardista.
Los contactos con Argentina fueron, a lo largo de la vida de Haroldo de Campos,
permanentes; podemos nombrar su participación en los años sesenta en el Di Tella con el
grupo Noigandres, su amistad con Julio Cortázar y Néstor Perlongher, o su curiosidad
constante acerca de la producción literaria argentina. En los últimos años, el concretista ha
llamado la atención del mercado editorial nacional: como poeta ha sido incluido en
algunas antologías y dossiers, entre ellas se destaca la preparada por Gonzalo Aguilar para
la editorial Eloísa Cartonera (O anjo esquerdo da poesía/El ángel izquierdo de la poesía)
que reúne un conjunto de poemas vinculados con la política desde la década de 1960
hasta los noventa. Por su parte, como crítico cuenta con dos libros de ensayos, Brasil
transamericano y Del arco iris blanco, que permiten al lector acercarse a algunas de sus
“obsesiones” teóricas: la ruptura y transformación de la tradición, el rescate de autores del
pasado, su interés por el trabajo formal con el lenguaje, el desarme de las identidades, la
posibilidad de crear a partir de la traducción.

La construcción de una constelación literaria


En el 2004 la editorial El Cuenco de Plata no sólo sale a la calle sino que también publica,
dentro de la serie Latinoamericana, un conjunto de ensayos de Haroldo de Campos sobre
literatura brasileña donde, como señala Amalia Sato, pueden leerse “los rastros de la
polémica y la reconsideración de opiniones, que él quiso dejar por fidelidad a la historia”
(de Campos: 2006, 5).
Ya desde el título, Brasil transamericano, es posible apreciar la voluntad haroldiana de no
respetar los límites impuestos por la nación y privilegiar la mezcla disruptiva. Si la
estrategia del movimiento de poesía concreta en relación con la historia de la literatura
fue “rescatar a las vanguardias de los años veinte y, complementariamente, discutir las
versiones canónicas de la historia literaria brasileña” (Aguilar: 2003, 384), en su actividad
crítica, Haroldo de Campos nunca dejará de combatir la normatividad del cánon,
recuperando incesantemente aquellas experiencias literarias que enriquezcan el presente
por su radicalidad y negatividad -entre el elenco de escritores que componen el libro
podemos mencionar a Oswald de Andrade, Machado de Assís, José de Alencar, João Cabral
de Melo Neto, João Guimarães Rosa, Carlos Drummond de Andrade, Clarice Lispector,
Paulo Leminski; todos ellos se atreven a experimentar libremente y a traspasar toda clase
de fronteras -nacionales, lingüísticas, genéricas, etc- en sus textos.
Entre la vanguardia y el barroco, la máquina de lectura haroldiana prioriza una “actitud
crítica” creadora que devore selectivamente el legado cultural heredado imponiendo las
confluencias en detrimento de las influencias:
Se trata, sobre todo, de una actitud crítica del creador responsable ante el devenir de su arte, de tomar referencias y
munirse incesantemente de adquisiciones frente a nuevas circunstancias que permiten engendrar en el pasado un
presente y desgarrar de éste un futuro, actitud objetiva e impersonal que, por eso mismo, admitirá no influencias sino
confluencias y puntos de encuentro, sin perjuicio de la autonomía de las opciones individuales (de Campos: 2004, 11)
Frente a la continuidad y a la homogeneidad –elementos fundantes de una historia literaria
sin fisuras, que tendrían a Silvio Romero y Antonio Cándido como representantes-, Haroldo
de Campos privilegia las rupturas –lógica vanguardista- y construye analogías basadas en
lo discontinuo –lógica barroca. De este modo, se hace posible trazar evoluciones que no se
guíen por el parámetro cronológico sino por el de singularidad. En uno de los ensayos
–“Machado de Assis, Oswald de Andrade, Graciliano Ramos. Arte pobre, tiempo de
pobreza, poesía menos” (1981)- leemos:
La “metáfora lancinante”, la metáfora de choque, con un efecto colorinche en el telegráfico estilo miramarino, puede
hacer olvidar, por el contragolpe sinetésico de la visualidad imprevista, que la estructura de base de esta prosa pasa
por el “procedimiento menos” del “arte pobre”, por la escasez voluntariamente “descolorida” del linaje machadiano.
Cuando en Graciliano Ramos, más de una década después, en Vidas Secas, el tartamudeo machadiano, traducido en
taquigrafía de combate por Oswald, retome literalmente su degradación fisiológica de afasia, de afonía, en la mudez
deslenguada de Fabiano y su familia de retirantes, pocos se darán cuenta de que la oposición
modernismo/paulista–“cosmopolita” versus regionalismo de los “búfalos del nordeste” recubre una solidaridad
escritural más profunda (de Campos: 2004, 117)
Una concepción “pobre” de la escritura (un “lenguaje reducido”) es la línea de contacto
que Haroldo traza para enlazar a estos autores –de Machado de Assís a Graciliano Ramos,
pasando por Oswald de Andrade. Luego propondrá otra línea, de la “poesía pau brasil”
oswaldiana a la de Drummnod de Andrade y Augusto de Campos. Como se ve, el criterio
aglutinador no es cronológico-historicista sino estético-político, y no los precede sino que
se redefine constantemente: todos están aunados bajo la denominación “arte pobre”, no
obstante, esta expresión sólo podrá tomar significado en el juego de las semejanzas entre
ellos. El “estilo telegráfico” oswaldiano, por ejemplo, se vuelve inteligible y toma
intensidad cuando se pone al lado del “tartamudeo estilístico” machadiano.
Es que Haroldo de Campos construye a partir del paradigma. Y esta “forma de
conocimiento” le permite salir de la linealidad y crear una “constelación ejemplar”
(Agamben: 2009, 38) que no vaya de lo general a lo particular (o viceversa) sino de lo
singular a lo singular. Así, esta comunidad estética, guiada por una “solidaridad escritural”,
es implantada en el plano de lo particular: cada caso (el “tartamudeo estilístico” de
Machado, la “escritura telegráfica” de Oswald o el “estilo pobre” de Graciliano) es
ejemplar de una regla ejemplar (“el arte pobre”) que está imposibilitada de formularse a
priori.
Pero el razonamiento analógico y la organización constelar conforman un ejercicio de
lectura que Haroldo practica en todo Brasil transamericano. Imaginar una historia literaria
brasileña requiere tanto revisar la tradición en búsqueda de aquellos nombres olvidados,
que fueron innovadores y al mismo tiempo incomprendidos en su época, para extraer de
ellos su actualidad; como construir una tradición nueva que tenga como movimiento
privilegiado el de la comparación, que permite escapar del historicismo al habilitar el cruce
entre la diacronía y la sincronía.
En el universo camposiano, entonces, los escritores y las textualidades se convierten en
suertes de estrellas que el crítico asocia y semeja mediante líneas imaginarias que
posibilitan conformar constelaciones literarias; no importa cuantos años luz los separen,
siempre se puede construir nuevos conjuntos que alberguen relaciones entre
singularidades, desterrando de este modo el esencialismo, el poderío cronológico y la
organicidad.

La crítica como creación


Mientras que Brasil transamericano permite, a los lectores argentinos e hispanohablantes,
un acercamiento constelar a la literatura brasileña, Del arco iris blanco se abre hacia lo
universal dejándonos disfrutar de un Haroldo de Campos que, en su rechazo por asociar
lectura con pasividad, lanza todo su potencial creador en los ejercicios críticos que
componen el volumen y también en las traducciones/transcreaciones que los acompañan.
Publicado en el 2006 por Adriana Hidalgo Editora, este libro reúne una serie de ensayos
que se dividen entre aquellos que integraron originalmente la primera edición brasileña
(1997) y los que se eligieron especialmente para la edición argentina (escritos en su
totalidad en los años noventa). El corpus está compuesto entonces de textos que Haroldo
escribió en su vejez y, precisamente, por ello, una “vitalidad desesperada” (Barthes: 2006,
p.208) se transmite en sus hojas. Al igual que el viejo Goethe que, al entrever un arco iris
blanco, rejuvenece y desarrolla una “gloriosa actividad” poética – “la invención de la
poesía persa para la lengua alemana” (de Campos: 2006, 12)- Haroldo de Campos también
apuesta por la renovación y se concentra en pensar los límites entre poesía y
pensamiento. Así, en sus lecturas críticas pero también en sus producciones poéticas
tardías, innovadoramente, “la función poética (entendida como la “concretud” de la
poesía) se potencia con la función cognoscitiva” (Aguilar: 2003, 366).
En este sentido, si Brasil transamericano nos invitaba a viajar por la cultura brasileña
guiados por una transgresora máquina de lectura, Del arco iris blanco se detendrá en
explorar las posibilidades de la escritura trascendiendo las limitaciones de los géneros o
las disciplinas. En un gesto típicamente derrideano, Haroldo de Campos se deshace de la
fijeza de las identidades y reúne en un mismo paradigma a Goethe, Hegel, Kafka, Wang
Wei, Mallarmé, Ponge, Sarduy, Juan L. Ortiz, Oiticica, Lacan, entre otros, para indagar en la
fuerza revulsiva de lo poético. Es que, justamente, en los juegos de lenguaje y en el
trabajo con el significante –o, en la escritura como experimentación- es hacia donde guiará
su mirada con el objeto de exaltar la radicalidad y el cuestionamiento que estos textos
hacen a lo estatuido por la cultura humanista occidental.
De este modo, mientras que la escritura hegeliana –en “Hegel poeta”- es postulada como
“icónico-diagramática” con una “cualidad musical” y una insistencia por la ambigüedad y
las palabras-oxímoron que socavan la dureza de la razón dialéctica postulada por el
filósofo, la escritura poética constelar de Stéphane Mallarmé no sólo revoluciona en el
plano estético (Un Coup de Dés lanza las bases de la “escritura icónica” y rompe la
clausura fija y estrófica del poema), sino que también postula una reflexión filosófica al
tiempo que anticipa ciertos desarrollos científicos innovadores en el campo de la física y
química. La “constelación”, al igual que el estilo hegeliano (y el de todos los escritores que
componen el libro), permite la ruptura con la “clausura metafísica” occidental (Derrida:
2005, 131), es decir, con la lógica épico-aristotélica y la linealidad histórica, abriéndose a
lo múltiple, a lo transtemporal y a la combinación de la imaginación con lo intelectual. En
el poema de Mallarmé, sorpresivamente, es el Azar el que permite la conexión con la
ciencia: tanto el poeta como el físico Maxwell y el químico Prigoyin, e incluso el semiólogo
Pierce, rechazan el determinismo y el racionalismo dogmático para abrirse hacia lo
probable y lo aleatorio, experimentando la incertidumbre y lo imprevisible. Para Haroldo de
Campos, entonces,
azar y orden, libertad y ley, sensibilidad y razón se dialectizan en la circunstancia concreta de la obra de arte, verbal o
no verbal, como conjugados por un intellecto d’amore (Dante), una sensibilidad pensante (Fernando Pessoa) (de
Campos, 2006:126)
Contra las certezas, las síntesis pacíficas, los deseos de neutralidad y la confianza en la
pureza de la lengua, en Del arco iris blanco se valorizan aquellas experiencias
que, barroquizantemente, violentan al signo en su materialidad, profanan lo aurático,
desafían las clasificaciones y explotan las potencialidades de lo paradójico.
Pero estas búsquedas también cobran protagonismo en las traducciones creativas que
acompañan los ensayos. Entendiendo a la operación traductora como una “transcreación”,
Haroldo se aboca a la tarea de “reimaginar” en portugués poemas de Goethe, Brecht,
Wang Wei, Ponge o Juan L. Ortiz y también de realizar “recortes poemáticos” de textos
filosóficos como la Fenomenología del espíritu de Hegel o narrativos como “La tribulación
del padre de familia” de Kafka. Quizás sea en “Tres versiones de lo imposible: Wang Wei”
donde mejor se exprese la concepción haroldiana sobre el traducir. Es que antes de llegar
a los “transpoemas” logrados, Haroldo de Campos describe meticulosamente las
diferentes decisiones que debe tomar –en relación con lo visual, lo gramatical, lo fónico,
etc.- haciendo, de esta manera, visible la cuota creativa y personal que el traductor
deposita en esta tarea. Bajo la estela benjaminiana, la traducción como “transcreación”
reniega de la idea de copia y semejanza con el original en pos de la tensión entre fidelidad
y libertad: obligado a hacer cosas imposibles, el traductor debe dejarse sacudir con
violencia por la lengua extranjera y reconstruir, a través del trabajo con la sintaxis, el
pensamiento del texto “superviviente”.
Por una utopía sin fronteras
La traducción y publicación en Argentina de textos literarios brasileños se ha convertido en
un fenómeno que crece año tras año. Los dos libros de Haroldo de Campos, que
analizamos brevemente en estas páginas, propios del campo de la crítica y la teoría
literaria se inscriben en esta apuesta del mercado editorial por acercarnos escritores que,
relevantes en la cultura brasileña, son desconocidos o inaccesibles para quienes no leen
en idioma portugués.
No obstante, sería injusto subsumir tanto a Brasil transamericano como a Del arco iris
blanco dentro de una identidad determinada, en este caso nacional, cuando en estos libros
Haroldo de Campos justamente busca desarmar y trascender la fijeza de cualquier tipo de
clasificación. Como vimos, sus operaciones de lectura y escritura crítico-creativas
proponen un nuevo modo de pensar, anti-humanista, el acervo cultural mundial,
enfatizando las experiencias radicales, trazando novedosos recorridos y priorizando la
libertad del crear.
***
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ZAPATA, Miguel Ángel. “Néstor Perlongher: la parodia diluyente”. Entrevista. En www.plaza
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