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El 23 de marzo de 1925 Álvaro Yáñez Bianchi, Juan

Emar, publica en el periódico La Nación “Arte sudamericano”,


reflexión con ecos vanguardistas que tensiona el panorama
cultural chileno teñido de un contumaz criollismo.
En 1992, a cargo de Patricio Lizama y bajo el alero de la
Dibam, se edita Juan Emar. Escritos de arte (1923-1925),
recopilación de distintos artículos, críticas y notas del autor de
Diez (1937).
A continuación, se reproduce su artículo publicado en La
Nación.

Arte sudamericano

Por lo que he leído en algunos diarios y revistas, por lo que


he escuchado en algunas conversaciones, me ha parecido que la
cuestión de un Arte Sudamericano y de un arte chileno se habla
“tímidamente” en tabla.
Pareciéndome de bastante interés esta cuestión, he
tratado de sondear, de averiguar lo que sobre ella opinan los
herméticos artistas que he podido encontrar a mi paso y el
resumen de mis averiguaciones es que las opiniones están
divididas en dos campos; 1, los que quieren nacionalizar; 2, los
que piensan que el arte no puede tener nación.
Creo que hay un error de principio, de punto de partida,
en cada una de estas dos opiniones extremas y contradictorias,
creo que ellas no obedecen al problema mismo. Nacionalizar,
por ejemplo, ¿qué quiere decir? ¿Tener un arte propio, que no
se asemeja con ningún otro o que por lo menos, tenga rasgos
tan marcados que se le distinga al primer contacto? Si es esto
—único sentido que logro encontrar— no se me podrá negar
que, en último examen, todas esas prédicas proarte nacional,
deben resumirse, en lo siguiente: “es necesario tener talento”…
y no hay más; al menos si lo hay, no lo veo. Los que evitan esta
solución al problema caen fatalmente en el lenguaje majadero
e ingenuo de redención que recuerda a todos los medios
iluminados del Universo, desde el místico a domicilio, hasta el
Ejército de Salvación. Y, por lo menos en literatura, si se ve por
un lado el Evangelio predicado y por otra ser puesta en
práctica, puédese hacer un nuevo resumen al servicio de los
escritores que comienzan: “Trátase de escribir: donde diga
Volga, Bío-Bío, donde diga Boulevard Saint Germain, calle
Compañía; donde diga Dorian Gray, Pedro Pérez”.
Es muy comprensible que el instinto de propiedad, de
posesión —innato en el hombre, hoy que es difícil satisfacerlo
en bienes raíces u otros bienes debido a la carestía de la vida y
al cambio bajo —tiende a satisfacerse, en muchos artistas, en una
“chilenización” del arte que pueda— gracias a un ingenioso
cambio de palabras y a algunas gotas de “olor” nacional, —
darles la ilusión de poseer, a lo menos su arte. Pero es aún más
comprensible que el mayor resultado de los pronacionalización,
sea el de producir una reacción franca en casi todos los que se
impongan de sus ideas e ideales. Pues, por muchos
argumentos saludables y convincentes que se nos hagan sobre
la necesidad imprescindible de cantar la magnífica cordillera
que nos dio por baluarte el Señor, de cantar nuestro pueblo y
las espuelas, siempre nacerá en la mayoría de los artistas una
pequeña duda sobre la bondad de esta receta y siempre —
involuntariamente no dude—vendrá a sus labios la palabra:
“patillas”.
De aquí, se cae fácilmente al extremo opuesto. El arte
no tiene patria, es uno, universal, etc. No me encuentro con la
capacidad para resolver este punto que me parece subir hasta
las regiones de la filosofía del arte. Por el momento, me
contentaría con pedirles, a los que así piensan, que me indiquen
una sola obra de arte de valor que no se ubique en una sola
época, una sola tierra, un solo pueblo y pueda, por lo tanto,
acomodarse al universo entero. Creo que se hallarían en duros
aprietos para hallar esa obra standard adaptable a todos los
enchufes como las ampolletas Osram.
En resumen: el problema me parece así mal planteado y
bastante inútil. La única pregunta que puede formularse es si
Sudamérica ha aportado o no algo nuevo al arte total, si con el
aporte de los sudamericanos se ha enriquecido el arte y, por lo
tanto, el alma humana, con una adquisición más, con un aspecto
más.
Mi creencia es sencillamente negativa.
Hace algún tiempo, dije tal cosa a un escritor español,
quien me aseguró que me hallaba yo en un error. Encontraba él
en las letras sudamericanas una característica, un sello propio que
las diferenciaba, y me agregó que al leer ciertas obras podía
asegurarme, desde la primera página, que aquello no había sido
escrito por un español ni un francés ni ningún otro. Lo creo, pero
esta manera de aquilatar la personalidad me aparece deficiente y
algo semejante a los métodos deductivos propios de Sherlock
Holmes: si esto no proviene de España ni de Francia ni Inglaterra
ni de ningún punto, excepto Sudamérica, tiene que ser una obra
sudamericana. Además, el no afiliar no indica obligadamente
bondad del producto.
Al hojear libros o revistas, he oído decir a muchas personas
—como me he dicho yo también— frases más o menos así: “¡qué
sudamericano es esto! Esto no ha podido ser escrito más que por
un sudamericano, etc.”. Hay por cierto, algo característico que evita
confusiones. Pero quisiera saber en qué justamente consiste ese
algo y si no es acaso el encontrar siempre una paternidad europea,
paternidad directa, me atrevería a decir, una sin lo esencial de luz
europea. Sería entonces una característica por ausencias, por
defectos, sería por un permanente a peu prés, por algo que hace
pensar: “esto no es español, no es francés, porque… un español
o un francés lo habrían hecho mejor”. Hay la intención y la
manera de ellos, mas sin lo que a ellos les es esencialmente
propio, sencillamente porque no es propio a nosotros. Y esa cosa
propia no se revela, no se atreve a salir, porque se trabaja sobre
moldes de maestros muy lejanos.
Las manifestaciones sudamericanas de arte que aparecen
hasta hoy como la obra de alumnos aventajadísimos del arte
universal que saben sólo avenírselas para hacer un libro, un
cuadro, una estatua, pero que aún en la escuela, no saben ver la
vida y no se atreven a vivir.
Las composiciones y memorias de todos los alumnos,
tienen algo de común y característico, pero que se debe, no a
una intensidad de personalidad, sino a una ausencia de
personalidad.
Temo que algo así pase con el arte sudamericano en
relación al arte de otros pueblos. Veo cierta timidez, cierto temor
a ser, cierta preferencia a imitar las apariencias y maneras de las
grandes obras universales, en vez de tratar de imitar, por analogías,
lo que cada gran obra significa como sinceridad, como conformidad
de la vida con el arte, como libertad, como valor para buscar,
ensayar y sacar a la luz hasta el último pliegue del ser, en vez de
entretenerse con sus superficies.
Alguien me dijo que en Sudamérica no había aún una
vida bastante potente y definida como para crear un arte
correspondiente. Puede ser. Por lo demás, no hablo aquí de un
arte colosal. En todo caso, Sudamérica existe. Que los que han
viajado recuerden la sensación al tocar —de regreso de Europa—
el primer puerto brasileño. Es otro mundo. Allí se siente como un
abismo que se abre de pronto. Cambian los valores. Lo que allá
considerábase esencial, pasa aquí a ser secundario; lo que allá era
secundario se hace esencial. Es una especie de terremoto, una
pérdida del equilibrio que a veces tarda mucho en volverse a
encontrar. Se siente otra raza, otro ideal y sobre todo otro
destino. Sin embargo, en las expresiones de arte se siente
como la vergüenza del continente, vergüenza o ignorancia, y
cada artista parece mostrar su obra con un picaresco orgullo,
como diciendo: “Vea Ud., cómo nosotros sabemos hacer tan
bien como ellos…”.
Démelo por aceptado: saben hacer tan bien como…
Desgraciadamente en arte no se trata de hacer “como”,
sino de hacer, simplemente.