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Niñas esposas, una realidad que oculta la pobreza

En el Día de la Mujer, Página Siete presenta un especial sobre niñas embarazadas y convertidas en concubinas con el
aval de los padres y la comunidad.

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ESPECIAL01

jueves, 08 de marzo de 2018 · 04:00

Página Siete La Paz

No hay cifras, pero a diario en Bolivia decenas de niñas y adolescentes son obligadas a convivir con hombres que les
doblan o triplican la edad. Son víctimas de matrimonios precoces o forzados, una de las cinco vulneraciones a niñas y
adolescentes que prevalece en el país.

La causa de los concubinatos de menores de edad con adultos son, en general, la pobreza y la violencia. Esta última se
expresa en violaciones sexuales que en muchos casos intentan encubrirse con conciliaciones entre familiares de la
víctima y su agresor. Se suma, la naturalización del delito: las niñas se convierten en esposas bajo consentimiento de
los padres y -a veces- de la comunidad.

El Estado Mundial de la Infancia 2015 de Unicef señala que en Bolivia, el 3% de las mujeres de 20 a 24 años de edad se
casaron o tuvieron algún tipo de vínculo antes de cumplir 15 años y el 22% antes de los 18. Este es el único dato oficial
de esta situación.
Con el apoyo del fondo Spotlight de Apoyo a la Investigación Periodística en los Medios de Comunicación, Página Siete
buscó durante cuatro meses las historias de “niñas esposas”. El resultado es una decena de casos recogidos en el norte
de La Paz, en el Beni, en el área rural de Potosí, de Tarija y Santa Cruz.

La investigación aborda también el problema desde la perspectiva jurídica y desde la óptica de especialistas y
autoridades regionales. Pero ante todo intenta darle voz a las niñas y adolescentes que han sobrevivido a una unión
forzosa.

En albergues, escuelas u hospitales de pueblos y ciudades las protagonistas relatan sus historias.

Algunas de las entrevistadas están consientes de que el problema es parte de un círculo de violencia que se repite de
generación en generación, otras ven la unión y la maternidad precoz como un destino que les toca como antes a sus
madres y abuelas; pero hay quienes se rebelan y buscan justicia.

Sus testimonios, con los nombres cambiados por su seguridad, se reúnen en este especial, cuyo objetivo es evidenciar
una situación anómala que atenta contra las leyes y los derechos de niñas y adolescentes bolivianas.

DEPARTAMENTO DE PANDO

Testimonios: “Todas se embarazaron tiernitas”

Un estudio de UNFPA en Pando estableció que en el 80,3% de embarazos adolescentes, los progenitores fueron adultos
de más de 30.
ESPECIAL01

jueves, 08 de marzo de 2018 · 03:00

Página Siete / La Paz

“A los 15 tuve mi primera hija. Tengo una tía y primas, ellas iban a la escuela conmigo pero tampoco terminaron la
escuela porque igual que yo, tuvieron marido a los 14 años. Todas se embarazaron tiernitas” (mujer indígena de Pando).

Este es el testimonio de una mujer indígena que fue recogido en el estudio de Maternidad temprana, pobreza y
violencia en Pando, elaborado por el Ministerio de Autonomías con la colaboración del Fondo de Población de las
Naciones Unidas UNFPA. Si bien el documento publicado en 2016 busca datos sobre el embarazo adolescente, las
entrevistas realizadas especialmente en comunidades indígenas sacan a flote la realidad de los
concubinatos precoces.

Muestran que las creencias, la pobreza y la violencia son factores que orillan a las niñas y adolescentes o a sus
progenitores a propiciar una relación marital. En estas situaciones la desinformación y la falta de educación juegan un
papel determinante.

“A mi hija mayor yo le decía que estudie como su papá, él sí estudió. Pero ella dejó la escuela a los 14 años, porque le
dio epilepsia, entonces mi abuelita me dijo ‘parece que ella quiere marido y por eso le da epilepsia, que tenga y deje sus
estudios’. Mi hija no tenía enamorado, y entonces mi abuelita le consiguió un esposo”, relata otra de las mujeres
campesinas que formaron parte del estudio.

Para conseguir los datos se aplicaron 320 encuestas en igual número de viviendas en los 15 municipios de Pando, En
257 se encontraron a 392 mujeres adolescentes, de las cuales 148 tenían hijos o estaban embarazadas .

Los datos establecieron que cerca el 55% de las adolescentes entrevistadas se embarazaron antes de cumplir los 16
años; aunque hubo casos de gestantes aún más jóvenes; como el caso de una niña de 11 años.

“La adolescente actualmente tiene 16 años y dos hijas, una de cinco y otra de tres. El progenitor de las pequeñas es un
hombre de 39 años. La unión de la niña de 11 años y su pareja adulta fue aceptada; ahora conviven en medio de la
comunidad”, explica la representante de UNFPA para Bolivia, Ana Angarita.

En el 80,3% de los casos fueron hombres adultos los que embarazaron a las adolescentes y sólo en un 19,7% se trató de
hombres adolescentes. El padre más joven tenía 15 años mientras que el mayor 40.

“El 51% de los progenitores tomó la actitud de apoyo frente al embarazo, un 21,7% de rechazo, y un 27,3% decidió
abandonar a la adolescente embarazada”, señala el estudio.

El 89,6% de adolescentes con hijos o embarazadas mencionaron que el acto fue consentido, el 10,4% dijeron que fue
forzado. El 49,3% viven aún con sus padres, el 12,3% con otra persona.

“Un 38,4% vive con el padre de sus hijos”, es decir en un concubinato o matrimonio temprano recalca la investigación .

Según una de las adolescentes que fue parte del grupo focal, “en el campo” no se reconoce una edad temprana o
mediana para la maternidad y, por tanto, tampoco para que las mujeres mantengan una relación de pareja. “Para las
personas es mucho mejor que las chicas se embaracen antes porque en el campo no hay muchos recursos y
la pareja se la pueda llevar a otra parte”.

“Los testimonios, son realmente duros y las causas no son muy diferentes a las que vivieron abuelas, madres e hijas. Es
un ciclo que se repite y si en una de esas generaciones no se hacen las intervenciones para que la realidad cambie,
vamos a seguir escribiendo, libros y estudios contando estas mismas historias y datos”, manifestó.

RURRENABAQUE, LA PAZ

Abigail: Mis papás han conciliado con el hombre que me abusó

A los 14 años fue violada y embarazada. El agresor pretendió encubrir el delito de estupro con el pago de asistencia
familiar.
ESPECIAL01

jueves, 08 de marzo de 2018 · 01:00

Leny Chuquimia / Rurrenabaque

El 3 de enero de 2017, en una ambulancia que partió de Palos Blancos Abigail llegó al Hospital del Norte de El Alto. Su
embarazo era de alto riesgo, el parto presentó complicaciones, ella “quería morir”. Apenas tenía 14 años y ocho meses.
Antes había sido violada. Ese delito fue encubierto por el agresor con una asistencia familiar de 1.500 bolivianos.

Hasta ese instante, en la Defensoría de la Niñez de Rurrenabaque no había una denuncia formal de violación, sino un
documento de transacción en el que el agresor admitía su culpabilidad y prometía dinero a cambio de que la víctima
desista de la denuncia. El padre de Abigail firmaba en representación de la niña.
“Antes te forzaban y tus papás arreglaban que te cases, como una compensación”, comenta doña Rosa P. desde su
puesto en el mercado de Rurrenabaque. No había Defensorías ni Fiscal -dice- cualquier problema se arreglaba así”.

La conciliación entre víctimas menores de edad y violadores era práctica común. “No tengo pruebas, pero sabemos
que había libros de actas donde las violaciones eran transadas con indemnización por daños y perjuicios o convivencia
de la víctima con su agresor. Era como comprar la honra de las niñas”, dice Mariel Gonzales, responsable de la
Defensoría de la Niñez y la Adolescencia (DNA) de Rurrenabaque.

Ocupa el cargo desde el año pasado y en ese tiempo no ha recibido casos similares. “El único que tenemos ahora y en
el que estamos a la espera de un juicio oral es el de una transacción en la violación de una menor de edad”, dice
refiriéndose al caso de Abigail.

El 2017, la Defensoría interpuso ante la justicia cinco denuncias por estupro, cifra baja para la realidad de la región,
donde las adolescentes entre 14 y 16 años tienen esposos que les doblan en edad. Para las familias esto es normal y
por eso no denuncian, explica Gonzales.

En los registros de la Policía local, desde el mes de septiembre solo hay dos casos de estupro y violación. Ambos fueron
reportados por la misma persona. “Vino una mamá e hizo la denuncia pero desistió. Luego volvió para hacer
otra acusación pero no dio el nombre de la nueva víctima”, explica un efectivo. No es una excepción: “Entre las
familias acuerdan la convivencia”.

Estas conciliaciones se esconden en la clandestinidad de las uniones libres. “Acá no se dan matrimonios, la
mayoría son concubinatos de hecho, por eso no hay registros”, asegura la jefa de la Defensoría.

Uno de los pocos datos que visibilizan las uniones tempranas son las solicitudes de asistencia familiar. La gestión
pasada se asesoraron 245 casos. Todas las demandantes eran mujeres que se habían separado tras 10 o 15 años de
convivencia. “Viendo sus historias, sabemos que el 50% se juntó antes de los 16. Ya no estudiaron y tuvieron muchos
hijos”.

Entre julio y diciembre de 2017, la unidad de psicología del SLIM de Rurrenabaque atendió 360 casos de mujeres
víctimas de violencia. “La mayoría de ellas comenzó a vivir a los 14 a 16 años con hombres mucho mayores porque se
embarazaron o porque sus padres, al saber que hubo relaciones sexuales, conciliaron para que el hombre no las deje”,
expone la responsable de la unidad edil de Género y psicóloga del SLIM, Carolina Soliz.

El estupro se evidencia años después con violencia económica, verbal, psicológica y física. Para identificar e intervenir
en estos casos la Defensoría ha instruido al hospital de Rurre que todo embarazo adolescente sea notificado.

Abigail, un caso sin justicia


Cuando Abigail llegó al Hospital del Norte, la unidad de Trabajo Social del nosocomio envío a Rurrenabaque una
solicitud de información. En el expediente, la actual responsable de DNA encontró el testimonio del abuso, un examen
médico que certificaba el embarazo y un acuerdo transaccional firmado entre el violador y el progenitor.

“Ella va y viene de Palos Blancos donde está su papá y Rurrenabaque, donde vive su mamá. En abril de 2016 el
mototaxista la abuso acá en Rurre. Cuando el papá se dio cuenta ya había un embarazo de más de cuatro meses. Hizo
la denuncia al anterior defensor, pero el proceso se detuvo”, relata.

En el documento transaccional el agresor reconoce haber “doblegado” a la adolescente dejándola en estado de


gravidez. A cambio de que desista de la demanda se compromete a pasar a una pensión de 1.500 bolivianos
mensuales y darle otros 4.000 por los daños causados, monto que fue entregado a la firma del documento ante un
notario.

Dejaba la custodia completa del bebé a Abigail y ponía una cláusula de “visitas a la menor”. En la audiencia cautelar no
se aceptó la solicitud de la Defensoría de la detención preventiva.

El agresor empezó una denuncia contra la familia de la víctima por chantaje y extorsión. Alega que Abigail lo provocó
y busca el sobreseimiento. “El agresor esta libre. Lo último que sabemos es que mediante su abogado ha pedido
una prueba de ADN que garantice su paternidad. No estamos disputando que se haga cargo de la bebé, sino que
pague el delito cometido contra la adolescente”, dice Gonzales, que ya formalizó la denuncia contra el agresor.

“No quería, él me amenazó y ellos, mis papás, han transado. Me da asco... yo no quería ser madre”, dice Abigail con un
dolor indescriptible. Su hija, que hace poco cumplió un año, está al cuidado de la abuela materna.

DEPARTAMENTO DE SANTA CRUZ

Ana: Si no me casaba con ese señor, me moría de hambre

Para salir de la pobreza, se pactan uniones ilegales de adultos con menores de edad. Hay varias denuncias y pocas
condenas.

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ESPECIAL01

jueves, 08 de marzo de 2018 · 01:00

Liliana Carrillo V. / Santa Cruz

“Si no me juntaba con ese señor me hubiera muerto de hambre; no teníamos qué comer ni yo ni mis hermanos”. Así, sin
rodeos, Ana L. explica por qué antes de cumplir 13 años tuvo que convivir con un hombre de 46, que podría ser su
abuelo.

Ahora está en un hogar en la ciudad de Santa Cruz. Ha dejado la casucha en la que vivía “aunque más paraba en la calle”.
Ahora no ve a su madre intoxicada de alcohol, ya no la espera durante horas al lado de la puerta, hasta que, a fuerza del
dolor de panza, tenga que salir a buscar algo que puedan comer sus hermanos, de seis y ocho años.
Cuando iba a pedir ayuda a sus vecinos, conoció a aquel hombre mayor. Vivía cerca a su casa y le regalaba comida. Poco
después, la niña fue a vivir con él con la anuencia de su madre. Alguien presentó la denuncia ante la Policía. Ana fue
remitida a la Defensoría y después al albergue.

Ana nunca sospechó que aquel señor que le regalaba comida cometía los delitos de estupro y violación y que ella era la
víctima. “No es malo”, dice.

Hogar para sanar

Al albergue Nazaria Ignacia, a cargo de la congregación religiosa del mismo nombre, llegan niñas víctimas de abuso
sexual, físico y psicológico. Son remitidas por la Defensoría de la Gobernación o por los Servicios Legales Integrales
Municipales. “Vienen de familias disfuncionales, algunas han sido rescatadas de las calles. Están lastimadas”, comenta la
hermana Isabel, miembro de la congregación.

La vieja casona del casco viejo donde durante décadas funcionó el hospicio se cae a pedazos a causa de una mala
construcción vecina y sus muchos años. Un pasillo oscuro; al fondo, una puerta pesada; a la izquierda, un escaparate
similar al de las boutiques donde en lugar de maniquíes está una estatua de Cristo cargando la cruz, con flores de
plástico raídas a sus pies.

La casa está casi deshabitada por riesgo de desplome. “Las niñas internas han sido trasladadas a otra propiedad, más
lejos”, comenta la hermana Isabel. No lleva ni hábito ni tocado y, potosina como es, sufre por las altas temperaturas
cruceñas. Un jardín claro, con árboles coposos y un mural con la imagen de la beata Nazaria contrastan con la entrada
pero no disimulan los alambres de púas sobre los muros.

“La mayoría de las pequeñas han sido víctimas de abuso sexual por parte de alguno de sus familiares.

Son niñitas de hasta 13 años pero algunas han tenido que convivir con hombres como sus parejas.

Aquí las cuidamos, tienen ayuda psicológica, aprenden oficios; no les falta un plato de comida y atención”, cuenta
la responsable del hogar.
La Casa de la Mujer

En la Defensoría de la Niñez no hay cifras de cuántas uniones de hecho de menores de edad con adultos se registran en
el departamento de Santa Cruz. Lo cierto es que hay más casos en las comunidades del área rural.

“No se puede estigmatizar pero a medida que te alejas de la ciudad hay menos información, más miedo y más pobreza.
La niña necesita vínculos que le permitan crear vínculos seguridad y esta necesidad es aprovechada por los hombres.
Ellas nunca pueden ser responsabilizadas; son víctimas, analiza Miriam Suárez, directora de la Casa de la Mujer de Santa
Cruz.

Se define como una asociación sin fines de lucro y funciona desde hace 28 años en un chalet de dos plantas, con árboles
frutales en los jardines. A la Casa de la Mujer de Santa Cruz llegan diariamente decenas de personas en busca de
asesoramiento y ayuda psicológica y jurídica en casos de violencia.

“Me estoy separando de mi marido; mucho me pega. Ya no puedo más”, comenta Luisa mientras espera su turno en la
consulta jurídica. Tiene 18 años y dos hijos, de uno y tres años.

“Me embaracé a los 15, mi pareja tiene mi misma edad. Estábamos en el mismo curso. Nos hicieron casar y yo ya no he
estudiado nada. Ahora ya no puedo aguantar tanto abuso; quiero que pase pensión a sus hijos”, añade.

Según datos del Instituto Nacional de Estadísticas (INE), Santa Cruz Ocupa el tercer lugar nacional en número de
embarazos adolescentes. El 40% del total de gestantes en ese departamento son adolescentes.

“La mayor cantidad de embarazos de menores están en las áreas con menores recursos de donde las niñas huyen para
escapar de la pobreza y la violencia. Pero también en los colegios privados con familias estables”, comenta Suárez.

En caso de estupro o violación a menores, el aborto es impune, según establece la sentencia constitucional 206/2014,
aprobada en febrero de 2014 por el Tribunal Constitucional Plurinacional.

Esa norma establece como causales legales para interrumpir un embarazo: si es producto de violación, incesto o
estupro o si pone en riesgo la vida de la madre.
María, “esposa” del Capitán

Cuando María, de 13 años, llegó desde su comunidad al hospital público cruceño por complicación en su parto, los
médicos presentaron denuncia ante la Defensoría. Hechas las averiguaciones, se estableció que el padre del bebé era el
capitán grande, máxima autoridad del pueblo. Pasaba de los 50 años y convivía con la pequeña de 13 desde hacia varios
meses.

La familia de la menor sabía de esta situación. La conocía también toda la población pero se veía como algo normal,
porque él mantenía a la pequeña que se encargaba de las tareas domésticas.

“La niña lloraba y pedía que no lo lleven a la cárcel porque él era su marido. Ella vivía un supuesto enamoramiento, a
raíz de una dependencia económica y emocional que crea el adulto respecto al infante”, explica la abogada de la Casa de
la Mujer, Paola García Villagómez.

Cuando ya se iba a detener al hombre por cargos de estupro y violación, los miembros de la comunidad –incluidos los
padres de la niña– avalaron la unión del Capitán con la menor y anunciaron protestas. De la noche a la mañana, María y
su hijo recién nacido desaparecieron del hospital.

“En delitos sexuales no se aplica la justicia por usos y costumbres. No obstante hay otros factores en juego, como la
pobreza de la familia de la víctima o la distancia que separa a las comunidades de los juzgados. Por esos en muchos
casos los padres de las niñas vejadas prefieren arreglar y transar con los violadores. Así se normaliza el delito de estupro
con concubinatos de adultos con infantes que van en contra de los derechos de las menores”, recalca la abogada.

Regalos para Vania

Al argumento de “usos y costumbres” recurrió Elías V. para obtener su libertad en 2016 después de haber sido detenido
acusado de “violación agravada a infante”. El hombre, de 32 años, convivía con una niña de 13.

A esa edad, Vania dio a luz en el hospital público cruceño. Personal del nosocomio presentó denuncia del caso y se inició
la investigación. Según el reporte policial publicado, la niña estaba convencida de que se había casado y que “así eran
todos los matrimonios”.

Durante la investigación, la víctima declaró que Elías le daba regalos y ayudaba económicamente a su familia. Así la fue
conquistando. La embarazó contra su voluntad y se la llevó a vivir consigo. Los padres de Vania lo aceptaron como
yerno.

La familia, migrante de una comunidad lejana, vivía en condiciones precarias y agradecía los regalos del hombre que se
llevó a su niña.
“Las chicas están muy expuestas y no sólo por las condiciones económicas, sino por la violencia en los hogares y la
descomposición en las familias. Por eso huyen y es cuando creen que encuentran a un ‘salvador’”, señala Suárez.

Recalca que en esa situación la niña es siempre la víctima que debe ser protegida: “La niña siente que ese adulto le está
resolviendo problemas que tiene que ver con el hambre , nada funciona si no está bien el estómago. Son menores que
deben ser protegidas en todas las circunstancias”.

Más casos

De acuerdo con los registros de la Casa de la Mujer, hay muchos más casos de convivencia forzada de niñas con
personas adultas que no salen a luz. “Lamentablemente están normalizados y nadie los denuncia”, dice García.

Recientemente, se atendió del caso de una menor de 14 años que convivía con un hombre de 40, que había sido pareja
de su madre. “Botaron a la mamá de la casa. La niña quería tomar su lugar y casi sentía que estaba jugando a la casita,
cuando en realidad era víctima de abuso”, relata la abogada.

“Las niñitas necesitan amor y también necesitan atender sus necesidades básica de subsistencia: comida, techo. Si no
tienen a nadie y encuentran un hombre que les ofrece ayuda, ellas se aferran a él. Y es que son apenas unas niñas, que
deben ser protegidas”, comenta la hermana Isabel del hogar Nazaria Ignacia.

DEPARTAMENTO DE TARIJA

Jackeline llevó a la cárcel al “marido” de quien escapó

Cuando tenía 12 años, fue violada, embarazada y obligada a convivir con su agresor de 38 años.
ESPECIAL01

jueves, 08 de marzo de 2018 · 01:00

Liliana Carrillo V. / Tarija

Cuando tenía 12 años, Jackeline fue violada, embarazada y obligada a convivir con su agresor de 38 años. En cuanto
pudo huyó con su bebé de su casa en Bermejo y halló refugio en un albergue de Tarija. Estudió y esperó pacientemente
para, al cabo de años, iniciar una demanda contra el hombre que “hizo de su infancia una pesadilla”.

Su padre tenía una discapacidad física que lo hacía especial, como especial era la mujer con la que se casó. Jackeline
perdió a su progenitor cuando tenía 9 años y a los 11 ya tenía padrastro. Era un hombre más joven que su madre y que,
se rumoreaba en el pueblo, vivía a costa de ella. Trabajo no se le conocía.
A los 12 años Jackeline fue violada por su padrastro. Su madre, que sabía del abuso constante, no hizo nada por
detenerlo. “No quería que él se vaya e intentó retenerlo incluso a costa de su hija”, cuenta Karina Flores, responsable del
Servicio Legal Integral Municipal (SLIM) dependiente de la Secretaría de la Mujer y la Familia de Tarija.

Jackeline resultó embarazada a los 13 años y huyó de su Bermejo natal. En la ciudad de Tarija encontró cobijo en el
albergue Vida Digna que atiende a niñas y adolescentes víctimas de violencia.

Allí conoció Karina a Jackeline. “Se esforzó mucho, por ella y su bebé. Logró estudiar enfermería y mantenerse con
mucho esfuerzo”, relata. Después de años, la joven inició el proceso contra el hombre que la violó cuando era una niña.
Hubo un juicio y una sentencia: 20 años de cárcel para el agresor.

“Es un caso entre pocos en los que hubo respuesta de la justicia”, comenta la responsable del SLIM de Tarija. En su
experiencia, hay uniones de menores con sus agresores que nunca se denuncian y hasta se aceptan socialmente.

“Por razones culturales, en muchas comunidades, los padres de familia no entienden que cuando un hombre mayor
embaraza a una menor de edad hay un delito; que es el estupro. Hace falta aún orientación”, sostiene la abogada.

En la gestión 2017, la Defensoría de la Niñez de Tarija atendió 203 causas de delitos sobre la libertad sexual de menores:
violaciones, estupros o corrupción de niños niñas y adolescentes.

“Al menos una decena fueron de menores embarazadas por adolescentes o por adultos, lo que se constituye en delito
de estupro”, explica el responsable de la Defensoría, Ramiro Pérez. No hay datos sobre los casos concluidos.

En San Lorenzo, el año pasado una mujer denunció que su exmarido había “secuestrado” a su sobrina con intenciones
de vivir con ella. La niña, de 13 años, había logrado escapar del agresor. El caso aún está en investigación. “Pero es un
avance que se haya presentado una denuncia”, asegura Pérez.

Hace tres años, la Defensoría del Pueblo de Tarija denunció públicamente el caso de un supuesto matrimonio forzado
entre una menor, víctima de violación, con su agresor. El enlace ilegal permitió al imputado salir del penal Morros
Blancos donde estaba detenido.

“Lamentablemente se traban los procesos en los juzgados. En Tarija hay una sola juez de familia y ello deriva en
retardación”, asegura Patricia Paputsakis, secretaria de la unidad de la Mujer y la Familia del gobierno municipal de
Tarija.

Asegura que desde su despacho se llevan adelante una serie de acciones en miras al empoderamiento de las mujeres y
de los niños, niñas y adolescentes. “Para que estén consientes de sus derechos y los hagan respetar”.
“Creemos que una de las claves es la prevención y la educación. Por eso para evitar los matrimonios precoces,
trabajamos en la prevención de los embarazos en adolescentes”, explica Paputsakis.

Brigadas integrales orientan y atienden a los alumnos y alumnas de las 76 unidades educativas del municipio, dice.

Para la directora del SLIM, la clave está en la educación. “Que los padres sepan que las niñas son un tesoro, que tienen
derecho a vivir su niñez. Esa es responsabilidad compartida”. Y cierra la historia: Jackeline tiene un segundo hijito, está
casada, tiene trabajo...es feliz.

MINAS DE POTOSÍ

Daniela: Mi papá me pega, no sé si para librarme me debo casar

El machismo origina círculos de violencia familiar. Para escapar muchas niñas, erradamente, se unen en concubinatos.

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ESPECIAL01

jueves, 08 de marzo de 2018 · 00:56

Leny Chuquimia / Porco

“Mi papá me pega mucho, me insulta todo el tiempo, me grita . Mi chico no es así, quisiera juntarme con él, estaría
mejor”, dice Daniela en un aula del colegio de Porco. Tiene 15 años y un embarazo de tres meses.

Hasta hace algún tiempo, le gustaba arreglarse y tomarse fotos para subirlas al Facebook, pero hace varios meses
que no lo hace. Sus manos están llenas de cicatrices, hay moretones en su rostro y viste muchas capas de ropa
para esconder su vientre que empieza a crecer.
El padre de su bebé tiene nueve años más que Daniela y trabaja en la mina. “En la Defensoría nos han prohibido
vernos, pero no importa; él dice que me va a esperar”, afirma la joven. Ve en él, su primer amor, un escape al miedo y
a la violencia de su casa.

Daniela y su pareja viven en Porco, uno de los municipios mineros de Potosí, donde los hombres entran a los
socavones desde los 12 años. A los 20 años, la mayoría de los jóvenes ya tienen por lo menos dos hijos.

A ese pueblo acunado por montañas teñidas de colores por el mineral, a diario llegan desde otras
comunidades hombres jóvenes “para probar la suerte del Tío de la mina”. Llevan consigo a sus esposas, muchachas
que pocas veces pasan de los 16 años. Muchas de ellas también huyeron del maltrato que sufrían en sus hogares.
Aceptaron concubinatos como salvavidas momentáneos que, a la larga, perpetúan la violencia.

“Mi papá mucho nos pegaba a mi mamá y a mí. Cuando he conocido a mi esposo, bonito hablaba: el hombre no debe
pegar a la mujer, me decía y que nos escapemos a la mina porque se gana bien.

Como yo ya había conocido hombre me han votado de mi casa y me he juntado con él. Me arrepiento porque
ahora cuando está borracho me pega”, cuenta Flora en el centro de salud de Porco.

Tiene 16 años y un bebé de tres semanas. Flora llegó a Porco con esposo de 31 años desde “más allá de Macha”.

El 2017 el hospital del centro minero reportó 47 embarazos en adolescentes. De ellos menos de cinco correspondían a
muchachas del municipio. “Son casos de parejas que llegan de otros lugares, son migrantes. Por eso no podemos
identificar ni a los progenitores de la menor gestante ni aplicar campañas de prevención. Pero cuando vienen ya
implementamos la planificación familiar”, señala el encargado de obstetricia.

Daniela conoció a su pareja hace dos años; cuando ella tenía 13 y él 21 años. Le dio un celular y otros regalos; de a poco
se convirtió en su confidente. El año pasado después de una fiesta se la llevó con él; el “robo” es una práctica común en
la región para empezar el concubinato.

“Me quedé con él dos días. Al tercero me dijo que quería hablar con mi padre. Fuimos pero mi papá no quiso recibirle
ni escucharle. A mí me encerró en la casa y me dio una paliza”, relata.

Daniela recuerda ese episodio como un sueño borroso. No veía nada de tantos golpes y sentía como por nariz y boca le
escurrían hilos de sangre. Su padre también le fracturó un brazo.

Su madre corrió a buscar ayuda a la Defensoría pero ésta estaba cerrada. “De ahí fuimos a la Policía, pero ellos me
pusieron en una esquina mirando a la pared y no me dejaron hablar. Le dijeron a mi mamá que no se meta, que mi papá
era hombre y sabía lo que hacía, que podía matarme porque tenía derecho”.
La entonces trabajadora social del SILM Marcela Quispe se enteró del caso días después. “La Policía no hizo ningún
registro pero la abuela pidió que le ayudemos a que se reconozca al bebé”.

Aunque no hizo nada por proteger a Daniela de la violencia paterna, la Defensoría advirtió un caso de estupro: “Dicen
que si me voy con mi chico es un delito porque es mayor. Yo no sabía eso, él me quiere”, dice la quinceañera. La
familia del varón pide a la pareja que “se junte de una vez”. Pero Daniela duda. Ella quiere estudiar y tener una
carrera.

En Porco, ni autoridades de la Policía ni de la Defensoría quisieron hablar del caso de Daniela.

PENAL MORROS BLANCOS

Defensoría: Forzaron a una niña a casarse para liberar a su violador

El caso fue denunciado en la ciudad de Tarija. Tres años después no hay resultados de la investigación.
ESPECIAL01

jueves, 08 de marzo de 2018 · 00:52

Página Siete / Tarija

En 2015, la representación del Defensor del Pueblo en Tarija denunció un matrimonio forzado de una menor de 13 años
con su violador. El enlace ilegal había permitido al imputado salir de la cárcel. Han pasado tres años y no hay resultados
en el caso.

“Seguimos a la espera de alguna determinación de la justicia sobre aquel caso viciado de ilegalidad”, explicó la actual
representante del Defensor del Pueblo en Tarija, Carola Romero. La denuncia fue presentada por la anterior gestión,
encabezada por Gladys Sandoval Salgado.
De acuerdo a la investigación policial, en agosto de 2015 se realizó en el penal de Morros Blancos el matrimonio entre
el acusado de violación y la muchacha menor de edad, su supuesta víctima.

“Han hecho aparecer un certificado de matrimonio de un oficial de Registro Civil. Hicieron el documento a raíz de la
investigación. Dijeron que el matrimonio fue efectuado dentro del penal, pero resulta que según los cuadernos de
ingreso en las fechas en las que se legaliza la unión ni el oficial de Registro Civil ni la menor entraron al penal a realizar
el matrimonio”, aseguró la entonces representante de la Defensoría.

El abogado defensor del acusado sostuvo que el enlace había sido por consentimiento de la madre de la niña.

La ley establece que de manera excepcional se podrá constituir matrimonio o unión libre de adolescentes de no menos
de 16 años siempre que haya autorización de los tutores. No obstante, las uniones de infantes con adultos son
consideradas delitos de estupro o violación.

“La figura que se ha presentado es violación y así está la imputación formal en contra de la persona de 28 años que ha
tenido relaciones sexuales con una niña, incluso antes de cumplir los 13 años, ella tenía 12 años en ese momento”, era el
argumento de la Defensoría

La madre de la víctima se sumó a la denuncia. “Se trata de un matrimonio ilegal, obligado, armado, que solo tuvo el
objetivo de dar libertad al agresor de mi hija”, declaró entonces ante la prensa.

Han pasado tres años de aquellos hechos y ha cambiado la delegada del Defensor del Pueblo. Hoy, Carola Romero
lamenta que no haya avances en ese caso.

“Cuando el acusado ha admitido que la menor lo estaría frecuentado en el penal Morros Blancos, se estaría
continuando con la victimización de la menor de edad. No se presentaron los resultados de la investigación”, asegura.

En los dos años de su gestión como representante del Defensor del Pueblo, Romero ha atendido denuncias
relacionadas a retardación de justicia en casos de estupro o violaciones de menores, procedentes mayormente de las
áreas rurales de Tarija.

“Estos enlaces de infantes con adultos, donde en toda circunstancia el consentimiento está viciado, se registran más en
las comunidades de los valles y del Chaco”, dice la abogada.

La consecuencia de los matrimonios forzados son los embarazos precoces, las situaciones de dependencia emocional y la
frustración del futuro de las niñas -reitera Romero-. Normalmente hay violaciones y abusos a las niñas , casos en los que
se debe aplicar la Ley 348.

“Se precisa el trabajo de varias instancias para que se logre conscientizar a la población de que no es normal que una
menor de edad tenga una relación de concubinato con un adulto, ni que haya esposas niñas. Como Defensoría del
Pueblo cuando conocemos un hecho de esa naturaleza, hacemos el seguimiento para evitar la retardación de justicia”,
explica la delegada.

Recuerda un caso, en Villamontes, en el que una quinceañera vivía con un hombre de más de 50 años, que además
estaba casado. La joven estaba obligada además a realizar trabajos domésticos y sufría constantes castigos y agresiones.

“La ley es clara en estos casos: la menor de edad es siempre la víctima y el responsable es el adulto.

No se puede acusar a una niña y menos aún revictimizarlas. Estas situaciones evidentemente están relacionadas con la
idiosincrasia. Hay que empoderar a las mujeres y a los mismos varones”, aconseja.