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Celebrar los 150 años de la basílica de María Auxiliadora es celebrar los 150 años de la

historia de Don Bosco con la Virgen y ver cómo ella hizo obras grandes y maravillosas
en su vida y en la vida de nuestra Familia Salesiana. Don Bosco quiso que las salesianas
fueran un “Monumento de gratitud a la Auxiliadora”.

En este mes de mayo queremos compartir esta intervención de la Virgen en la cons-
trucción de la Basílica de María Auxiliadora, narrando algunos de los miles milagros
que la Virgen hizo por medio de Don Bosco.

En un sueño profético, la Virgen le pidió a Don Bosco que le edificara en Turín una Basílica con
el título de María Auxiliadora de los cristianos. Corría el año 1963 Cuando Don Bosco comuni-
có a sus salesianos y a sus amigos que la Virgen le había mandado construirle una Basílica;
todos consideraron aquello como una locura. Don Ángel Savio, el salesiano, que era administra-
dor en el Oratorio, se llevó las manos a la cabeza: “Don Bosco, no tenemos dinero para pagar al
panadero, ¿y quiere meterse a construir una basílica?”. Pero había problemas todavía más
graves.
En Italia, en ese momento, existía una crisis económica fuerte, la pobreza del pueblo era alar-
mante. Don Bosco no solo tenía en su casa 700 internos, sino que había acogido a seminaristas
y religiosos que habían sido expulsados de sus residencias por un gobierno anticlerical y des-
pótico. Peor todavía: en esa situación, Italia se metió en guerra contra Austria; eso provocó
gastos enormes. Los materiales de construcción para la basílica subieron escandalosamente de
precio. Y el colmo fue una mortal epidemia de peste que se extendió por Turín y sus alrededo-
res.
En ese conjunto de situaciones, realmente era una locura meterse a edificar una Basílica. Pero
Don Bosco se puso manos a la obra, como popularmente se dice, y tiró hacia adelante. Había
que cumplir lo que le había pedido la Virgen Auxi¬liadora.

Don Bosco cuenta a sus jóvenes que él va a construir el templo de María Auxiliadora, y les dice
“Como es la Virgen quien quiere la iglesia, ya pensará Ella en pagar"
.“Yo no tengo dinero, pero estoy seguro de que María Santísima me ayudará a levantarla”. Él la
había visto en sueños diecisiete años antes. Pero el campo de los sueños ya no era de su pro-
piedad desde hacía ocho años, así que Don Bosco tuvo que luchar mucho para conseguir aquel
terreno, porque los dueños no se lo querían vender,
Ante esta dificultad decía: “Nuestra casa siempre ha tenido que caminar a través de la contra-
dicción, y también en esta ocasión viene el demonio a enredar las cosas. Mas el Señor nos
ayudará".
Después de muchos esfuerzos se consiguió el terreno, en Valdocco,
y llegaron las dificultades con los planos de la iglesia, ya que no los
aceptaban, hasta que se encontró con un joven arquitecto Spezia,
quien sin convenir retribución alguna, preparó un hermoso proyec-
to de acuerdo al sueño de Don Bosco lo desarrolló con planta de cruz
latina sobre una superficie de mil doscientos metros cuadrados. Don
Bosco examinó el proyecto, y se alegró muchísimo

Nuevamente los salesianos le aconsejan a Don Bosco que no comien-
ce este proyecto tan grande sin dinero en casa; él contestó ensegui-
da:
“No, no hay que tener miedo; es necesario que nos adelantemos y,
luego, Dios nos ayudará; vendrá el dinero por sí mismo”. Don Bosco
presentó el proyecto al ayuntamiento y fue aceptado con la promesa
de que le ayudarían con 30.000 liras.
Siguió a la oficina técnica, allí tuvo muchos inconvenientes, ya que al
presentar el nombre de la iglesia: “Iglesia de María Santísima
Auxiliadora” no lo aceptaron por sentirse muy revolucionario,
unos días y presentó nuevamente el proyecto completando algunos detalles y les dijo que iba
sin nombre solo “Iglesia de Valdocco” y fue aceptado.

Apenas obtenido el permiso municipal, Don Bosco confió a Carlos Buzzetti el proyecto de dar
inicio en la construcción del templo y enseguida se comenzaron los trabajos de preparación.

El terreno donde había de levantarse debía estar vallado por tres lados y abierto sólo por el
que da a la calle de la Jardinera para el tránsito de los carros. En el mes de mayo, entre la
compra del terreno y la provisión de tablas para la valla, ya se habían gastado cuatro mil liras.
Don Bosco llamó al administrador, Don Ángel Savio, que ya había examinado el grandioso
proyecto, y le dijo que hiciese empezar las obras.
¿Pero cómo haré, don Bosco? le respondió. No se trata de levantar una capilla, sino una igle-
sia grandísima y muy costosa. Esta mañana no teníamos en casa ni para pagar los sellos del
correo.
Y Don Bosco replicó:
-Comienza a abrir los cimientos: ¿cuándo hemos empezado una obra contando primeramente
con el dinero? Hay que dejar hacer algo a la Divina Providencia.
Don Ángel Savio ejecutó las órdenes. Pero, como había que dejar bajo el pavimento de la igle-
sia un subterráneo, resultaba que además de las excavaciones para los cimientos, se debía
excavar enteramente, con dos metros y medio de profundidad, una superficie de casi mil
doscientos metros cuadrados. Dado el enorme transporte de tierras, por medio de carros, al
lugar fijado por el Ayuntamiento, resultó que aquel año sólo se pudo realizar una parte del
trabajo.
Mientras tanto, la Providencia hacía algo. Al principio hubo varios acomodados ciudadanos
que prometieron notables donativos, pero algunos cambiaron de parecer y dedicaron a otra
cosa su beneficencia. Otros querían hacer sus ofrendas, pero una vez avanzados los trabajos.
D. Bosco pasaba sus apuros. Habían empezado las excavaciones y se echaba encima el pago
de la primera quincena.
Necesitaba mil liras. De pronto, con motivo del sagrado ministerio, Don Bosco fue llamado al
lecho de una persona gravemente enferma.
Estaba en cama imposibilitada desde hacía tres meses, aquejada de tos y de fiebre, con grave
debilidad de estómago.
-Si yo pudiese, comenzó a decir, recuperarme un poco, estaría dispuesta a cualquier rezo, o
cualquier sacrificio; sería para mí una señalada gracia si tan sólo pudiese levantarme de la
cama.
-¿Qué debo hacer?, preguntó Don Bosco.
-Lo que me diga.
-Haga una novena a María Auxiliadora.
-¿Qué debo rezar?
-Durante nueve días rece tres padrenuestros, avemarías y
glorias al Santísimo Sacramento con tres salves a la bienaven-
turada Virgen María.
-Lo haré y qué obra de caridad me recomienda?
-Si le parece bien y si consigue una verdadera mejoría, haga
una ofrenda para la iglesia de María Auxiliadora que se está
edificando en Valdocco.
-Sí, sí, con mucho gusto. Si durante esta novena consigo
solamente poderme levantarme de la cama y dar unos pasos
por esta habitación,
Haré un donativo para la iglesia de que me habla.
Empezó la novena y estábamos ya en el último día. Don Bosco debía entregar aquella tarde
no menos de mil liras a los obreros. Fue a visitar a la enferma. Abrió la criada y con gran
gozo le anunció que su señora se encontraba perfectamente curada; había dado ya dos
paseos y había ido a la iglesia para dar gracias al Señor.
Mientras Don Ángel Sabio da le contaba rápidamente todo aquello, salió jubilosa la misma
señora, exclamando:
-Estoy curada, ya he ido a dar gracias a la Virgen Santísima;
Tenga el paquete que le he preparado. Esta es la primera limosna, pero ciertamente no será
la última. Don Bosco tomó el paquete, volvió a casa, lo desenvolvió y halló cincuenta napo-
leones de oro, que eran precisamente las mil liras que necesitaba.

Desde este momento, como veremos, fueron tales y tantas las gracias de la Virgen, para
quienes cooperaban a la construcción de su Iglesia en Valdocco, que bien puede asegurarse
que Ella misma la edificó.
El 27 de Abril de 1865 se inaugura la primera piedra de esta gran construcción, para ello don
Bosco invita a grandes personalidades de la casa de Saboya, príncipes, doctores, marqueses, a
todos les enviaba la invitación para participar en la ceremonia e invitarlos a echar la primera
paletada de tierra en la obra.
Con ellos formó una comisión de apoyo, para las obras. Después de la fiesta religiosa, se hacía
toda una fiesta de teatro que disfrutaban pequeños y grandes.
Esta misma noche el Príncipe Augusto invitaba a cenar a algunos personajes, les dijo: ”es algo
maravilloso lo que hace ese pobre sacerdote, ojalá hicieran otros tantos, ¡si fueran capaces
algunos que se glorían de tantas obras ¡ y conmovido por la recepción de los jóvenes les regaló
una generosa cantidad de dinero, para apoyar la construcción de la Iglesia de
María Auxiliadora.
Mientras tanto, Don Bosco, inmediatamente después de la fiesta descrita, como recuerdo del
acontecimiento y para mover la caridad pública, hizo imprimir y divulgar el diálogo recitado
en presencia del Príncipe. Lo tituló Recuerdos y añadió un poco de historia de la iglesia que se
edificaba y una breve noticia sobre la colocación de la piedra angular. Publicò un librito titula-
do: Devoción a María Auxiliadora en Turín. Es un compendio histórico de dos siglos, que
termina con unos datos sobre la nueva iglesia de Valdocco.
Los trabajos del nuevo edificio proseguían con la mayor rapidez; orga-
nizó rifas pero la tómbola no podía cubrir todos los gastos y Don Bosco
daba pruebas luminosas de su gran fe y su devoción a la Santísima
Virgen. La empresa debía costarle indecibles cuidados y fatigas para
encontrar los medios necesarios, y él se sometía a ellas a diario con
gran ánimo. Como muchas veces le faltaba dinero para pagar a los obre-
ros o para proveer materiales iba personalmente o escribía a personas
que estaban enfermas o que pasaban graves angustias, exhortándoles a
recurrir con confianza a la Santísima Virgen prometiendo entregar
alguna ofrenda para la construcción de su iglesia. Así les mostraba el
modo de obtener la gracia, proveía a su obra de los recursos necesarios
y aumentaba, al mismo tiempo, en los fieles la gratitud y la devoción a
su celeste bienhechora.
De este modo durante el año 1865 llegaron las obras de la iglesia hasta
cubrir el techo y se terminó también la bóveda, a excepción del espacio
que debía ocupar la circunferencia de la cúpula. Comenzó a hacer
viajes solicitando dinero para la basílica. Además, organizó una rifa en
toda Italia con más de dos mil regalos, entregados por personas genero-
sas, hasta por el mismo Papa Pío IX.
Don Bosco compuso una Novena a María Auxiliadora y, por medio de ella, la Virgen hizo mila-
gros. La gente agradecida enviaba dinero para la basílica, tuvo la constancia de ir anotando las
entradas y salidas del dinero. Un tercio de las entradas correspondió a donantes generosos
que aportaron cantidades importantes. Además de la rifa organizada en toda Italia.
Las dos terceras partes llegaron de pequeñas aportaciones de personas que querían agradecer
alguna gracia a María Auxiliadora. Por eso, Don Bosco pudo afirmar con toda razón: “Cada
ladrillo de este templo representa una gracia concedida por María Auxiliadora”. La locura de
Don Bosco por edificar la basílica de María Auxiliadora tuvo un final feliz: la basílica se edificó
en tres breves años. Fue la admiración de toda la ciudad de Turín, que entonces era solo una
pequeña capital con 170.000 habitantes.
Pero lo fundamental de esa basílica y de todas las basílicas de la Virgen, es la Eucaristía, la
presencia de Jesús, el Hijo de Dios, hecho Hermano nuestro.

La devoción de Don Bosco hacia la Virgen era de 18 quilates, pero se fue purificando en el
crisol y, al final, alcanzó los 24 quilates. En otras palabras. Él tenía desde niño una profunda
devoción a la Virgen, pero hubo en su vida un hecho que aumentó esa devoción de modo
extraordinario.
Si la Virgen quería edificar una basílica al título de María Auxiliadora de los cristianos, aquello
tenía que llevarse a cabo por encima de todos los que aseguraban que era imposible.
Un día recibió una carta que contenía una factura
de 30.000 liras, una cantidad muy grande entonces.
Siguió abriendo el correo y, en otro sobre, encontró
un cheque por valor de 30.000 liras. No pudo menos
de sonreír y de mirar un cuadro de la Virgen para
darle gracias.
La aventura de Don Bosco, construyendo la basílica de María Auxiliadora, era la comidilla de
Turín. Primero, aquello se consideró una locura sin pies ni cabeza; pero, cuando la
construcción comenzó a levantarse y cuando se terminó en tres años, la locura se cambió en
admiración hacia aquel Don Bosco, un cura pobre entre los pobres. Aquello era milagroso.
Tan maravilloso que la Virgen obró por medio de Don Bosco auténticos milagros. Un ejemplo.
Un banquero llevaba bastante tiempo en cama imposibilitado. Don Bosco le visitó para pedirle
dinero para la basílica. El banquero le dijo que, si podía levantarse, iría al banco para darle una
buena limosna. Don Bosco le dio la Bendición en nombre de la Virgen, el banquero se levantó
de su cama curado, fue al banco y le dio a Don Bosco una generosa limosna que sirvió para
pagar las deudas de la basílica.
Una gran preocupación de D. Bosco era el cuadro que iba a ir en la iglesia, eligió a Tomás
Lorenzone, un pintor italiano reconocido,
En la primera reunión que Don Bosco tuvo con Tomás Andrés Lorenzone (1824-1902), el
pintor italiano que había elegido para pintar el cuadro para la nueva Iglesia de María Auxilia-
dora, dejó maravillados a todos los presentes con la grandiosidad de sus ideas.

Expresó así su pensamiento: “En lo alto, María Santísima entre los coros angélicos; en torno a
Ella y más cerca los apóstoles, después los mártires, los profetas, las vírgenes y los confesores.
En tierra, los emblemas de las grandes victorias de María y los pueblos de las distintas partes
del mundo con las manos levantadas pidiendo auxilio”. Hablaba como de algo ya visto por él y
precisaba todos los detalles. Lorenzone lo escuchaba sin perder sílaba. Cuando D. Bosco ter-
minó, le preguntó: -“¿Y dónde pondrá ese cuadro?”

-“¡En la nueva iglesia!” -“¿Cree Ud. que cabrá en ella?”
-“¿Por qué no?” -“¿Y dónde encontrará la sala para
pintarlo?”- Eso va por cuenta del pintor” -“¿Dónde
quiere que halle un espacio capaz para este cuadro?
Haría falta toda la plaza Castillo. Salvo que pretenda
una miniatura para el microscopio” Todos rieron. El
pintor demostró su punto de vista, teniendo en
cuenta las medidas y reglas de la proporción.

Don Bosco quedó un poco contrariado, pero no tuvo
más remedio que reconocer que el pintor tenía
razón. Se decidió que el cuadro llevara solamente la
Virgen, los apóstoles, los evangelistas y algunos
ángeles en la parte superior. Al pie del mismo, bajo la
gloria de la Virgen, iría el Oratorio. Se alquiló un amplísimo salón del palacio Madama y el
pintor empezó inmediatamente su trabajo; este le ocuparía casi tres años.

Cierto día –Don Bosco – entró en el estudio del pintor para ver el cuadro. Era la primera vez
que yo me tropezaba con Lorenzone. Estaba él sobre una escalerilla dando los últimos toques
al rostro de la imagen de la Virgen. No se volvió al ruido de mi entrada, continuó su trabajo.
Después de un rato descendió y se puso a contemplar el efecto que daban los últimos reto-
ques. De pronto se percató de mi presencia: me agarró de un brazo y me llevó a un punto
desde donde pudiera apreciar mejor el cuadro y, una vez allí, me dijo: -¡Mire qué hermosa es!
No es obra mía; no soy yo quien pinta, hay otra mano que guía la mía. Y esta, a mi parecer,
pertenece al Oratorio. Diga, pues, a Don Bosco que el cuadro saldrá como él lo quiere. Estaba
locamente entusiasmado. Después se puso nuevamente a su trabajo”. Cuando se llevó el
Cuadro a la iglesia y se colocó en su lugar, Lorenzone cayó de rodillas derramando abundan-
tes lágrimas.
Una viuda de Chieri, Josefa Vitrotti, hacía varios meses que tenía
una especie de tumor. Muchos médicos, después de haber probado
todos los medios que conocían, declararon que el mal era incurable.
Su sobrina, Josefa Gastaldi, sufría también varios
males en su cuerpo, sin que nada le valieran los descubrimientos de
la ciencia; hasta cuando permanecía inmóvil en la cama, la violencia
del mal encogía y retorcía su cuerpo. Así las cosas, como una y otra
perdían toda esperanza de curación, se les propuso hacer una
novena a la Virgen venerada con el título de María Auxiliadora. De
buena gana aceptaron el consejo y empezaron con gran fe la
novena recitando las oraciones que les indicaron. Aún no habían
terminado la novena y la viuda se encontraba curada de su tumor.
Del mismo modo, la sobrina pudo también levantarse de la cama al
mismo tiempo, andar y quedar libre de sus males.
"Una señora se encontraba hacía casi cuatro años con una mano enferma por una tenaz y
descuidada inflamación, que le incapacitaba hasta para comer con ayuda de sus manos. Su
madre había puesto en juego todos los remedios de la ciencia para curarla, pero en vano. Un
día vino a mí y me contó el doloroso estado de su hijita. Yo pensé invitarla a ir hasta Turín y
dirigirse a la iglesia de María Auxiliadora.

Obedeció la piadosa mujer, y en pocos días se cumplieron en ella los prodigios de la fe puesta
en María. Yo mismo vi a la joven que, loca de alegría, me tendió su mano ya curada y, al
mismo tiempo, juntamente con sus padres, bendecía de corazón a la Santísima Virgen y
recordaba agradecida el nombre de María Auxiliadora, a quien atribuía el señalado favor”.

Al mediodía ocurrió un hecho digno de contarse. Llegó en una carroza un hombre de aspecto
señorial que pidió confesarse; después, muy conmovido y con recogimiento ejemplar, se
acercó a la sagrada comunión. Terminada la oportuna acción de gracias, fue a la sacristía y
entregó una limosna diciendo:

-Rogad por mí y pregonad por todo el mundo las maravillas del Señor por la intercesión de la
Santísima Virgen.

-"Puede saberse quién es usted y por qué ha venido hasta aquí?
Dijo don Bosco, que le escuchaba.
-Yo, respondió, vengo de Faenza; tenía un hijo único,
objeto de mis ilusiones. Cayó enfermo a los cuatro
años de edad, no había ninguna esperanza de curación
y lloraba por él sin consuelo, como si estuviera muerto.
Un amigo, para consolarme, me sugirió que hiciera una
novena a María Auxiliadora de los Cristianos, con la
promesa de entregar un donativo para esta iglesia. Lo
prometí y añadí que vendría personalmente a cumplir
mi promesa y recibir aquí los santos sacramentos, si
conseguía la gracia. Dios me escuchó. A mitad de la
novena mi hijo estaba fuera de peligro y ahora goza de
óptima salud. El no será ya mío, sino que siempre le
llamaré hijo de María. He viajado dos días: ahora que ya
he cumplido mi obligación, me vuelvo satisfecho y
siempre bendeciré a la madre misericordiosa María
Auxiliadora.

Vengo de Bra para dar gracias a la Virgen Auxiliadora. Mi hijo casi había perdido la vista. Los
más famosos médicos no sabían qué sugerirme; he hecho la novena con promesa de venir a
cumplir mis devociones en esta iglesia y aquí estoy para ello, puesto que mi hijo se curó del
todo, ¡Mírelo, qué bien está y qué limpios tiene los ojos!

Una señora de Milán le interrumpió diciendo:
-¡Alabado sea Dios y bendita la Santísima Virgen! Mi hijo sufría, hace años, una gangrena atroz
en una mano y se ha curado. Los médicos tenían pocas esperanzas de curación, ni con la ampu-
tación del brazo. Usted le bendijo, hicimos la novena a María Auxiliadora y mírelo ahora. Aún se
ven las profundas cicatrices que certifican la gravedad del caso, pero está perfectamente
curado. Conmigo han venido otras personas para manifestar nuestro agradecimiento a la bien-
aventurada Virgen María.

Ocurrió un hecho que interrumpió toda conversación. Una desdichada joven, de unos veinte
años, había sido conducida hasta allí con la esperanza de que curara de una parálisis, por la que
tenía como muerto un brazo y la mitad del cuerpo. Entre un hermano y su madre la llevaron a
una habitación cercana, donde, como pudo, se arrodilló invocando entre lágrimas la ayuda de la
Virgen que la Iglesia proclama Auxilio de los Cristianos. Rezaron unas oraciones, don Bosco la
bendijo y se renovaron las plegarias. Mientras todos, llenos de fe, pedían gracia y misericordia,
la paralítica empezó a mover la mano y después el brazo. Se conmovió de tal forma que gritaba:
¡estoy curada! se desmayó. La madre y el hermano la sostuvieron, la animaron y le ofrecieron
una bebida. La joven recobró el uso de los sentidos y quedó perfectamente curada del mal que
desde hacía cuatro años la tenía inmóvil. Resulta fácil imaginar las voces de admiración y agra-
decimiento que se elevaban por todas partes.
Durante el mes de mayo, y especialmente en la novena y fiesta de María Auxiliadora, el Orato-
rio empezó a ser testigo de semejantes maravillas. He aquí algunas de 1869.

Cuenta el padre Francisco Dalmazzo:

Era la víspera de la fiesta de Pentecostés. Por la tarde, hacia las cinco, fueron algunos mucha-
chos a la sacristía de la iglesia de María Auxiliadora para confesarse y estaban esperando a que
don Bosco bajase de su habitación. Mientras yo atravesaba la sacristía para ir a la iglesia, vi
entrar a una mujer de edad avanzada, que llevaba de la mano a una niña de diez o doce años,
con los ojos vendados y totalmente ciega. Era ésta de Vinovo y se llamaba María Stardero; la
acompañaba para que la bendijera don Bosco. Me detuve, dije unas palabras a la anciana, la
cual me enseñó los ojos de la pobre enferma. Vi y observé, con mucha pena, que les faltaba la
córnea de la pupila y que estaban blancos del todo.

De haberme quedado allí, hubiera podido contemplar el hecho prodigioso que aconteció con
todas sus circunstancias; pero me lo contaron todo unos instantes después los muchachos que
estuvieron presentes.

Bajó don Bosco a la sacristía, y aquella anciana, que era tía de la niña, le presentó a la pobre
ciega para que la bendijera.

-¿Cuánto tiempo hace que tienes malos los ojos?, preguntó a la niña.
-Hace mucho que sufro, pero que no veo hará unos dos años.
-¿Habéis consultado a los médicos? ¿Qué dicen? ¿Has usado los remedios que te han manda-
do?
-¿Remedios? Imagínese, respondió la tía, si habremos empleado remedios. Pero ninguno ha
sido eficaz. Dicen los médicos que los ojos están destrozados y no dan ninguna esperanza.
-La pobrecita niña lloraba y don Bosco le dijo:
-¿Distingues los objetos grandes de los pequeños?
-No distingo nada, absolutamente nada, contestó María.
-Quitadle esa venda, dijo el Siervo de Dios.
-Hizo que llevaran a la niña junto a una ventana muy iluminada y le preguntó:
-¿Ves la luz de esa ventana?
-¡Pobre de mí! ¡No veo nada!
-¿Quieres ver?
-¿Ver? Lo deseo más que nada en este mundo... ¡Qué triste es mi suerte!
Y sollozaba.
-¿Te servirás de los ojos para bien del alma y no para ofender a Dios?
-Se lo prometo con todo mi corazón.
-Tú volverás a ver.
Preguntó entonces Don Bosco a la tía y a la sobrina, si tenían devoción y confianza en
María Santísima y, a su respuesta afirmativa, acompañó a las dos hasta un reclinatorio e
hizo que se arrodillasen.
Preguntó a la niña si sabía rezar bien el Avemaría, y al oír que sí, mandó que la recitara:
él y la buena anciana se asociaron a la plegaria.
Como oyera después que también sabía la Salve, se la hizo recitar. Luego don Bosco,
animando a las dos a poner confianza grande y absoluta en la Virgen, dio a la niña su
bendición y, sacando del bolsillo una medalla de María Auxiliadora, se la presentó
diciendo:
-¿Qué tengo en la mano?
-La tía se levantó enseguida y dijo a Don Bosco:
-Es ciega, ¿sabe? ¡No ve nada!
Don Bosco, sin hacerle caso, repitió a la niña:
-Mira bien; ¿qué tengo en la mano?
Hizo la niña un esfuerzo y, de repente,
abriendo de par en par los ojos, se fijó e
n aquel objeto, alzó las manos y gritó:
-¡Ya veo!
-¿Qué ves?
-¡Una medalla, la medalla de la Virgen!
-¿Y qué hay del otro lado?
-San José con una vara florida en la mano.
-¡Virgen Santísima!, exclamó la tía; sí que ve.
-Sí que veo. La Santísima Virgen me ha hecho la gracia.
Y así diciendo, tendió la mano para coger la medalla que don Bosco le alargaba, pero se
le cayó en un rincón oscuro de la sacristía. La tía se inclinó para recogerla, mas Don
Bosco se opuso diciéndole:
-Deje que lo haga ella; veremos si la Santísima Virgen le ha concedido perfectamente la
vista.
Y la jovencita encontró enseguida la medalla. La tía conmovida se echó a llorar. Dio las
gracias a Don Bosco y a la Virgen y, siempre llorando, se marchó. La jovencita, fuera de
sí, gritaba de alegría, había salido antes que ella y, sin decir una palabra a nadie, se iba a
toda prisa hacia Vinovo, dejando muy atrás a la tía y a otra señora que les había acompa-
ñado.
Hubo muchos alumnos que presenciaron el milagro y con ellos el sacerdote Alfonso
Scaravelli, Francisco Genta, de Chieri, y María Artero, maestra de escuela".
La niña curada, volvió poco después al Oratorio para dar gracias a la Santísima Virgen
por la recuperación de la vista y regalar a su Iglesia la mejor ofrenda que los medios
familiares le permitían. Desde entonces no experimentó la menor molestia en los ojos.
La Basílica de María Auxiliadora se encuentra en el barrio de Valdocco de la ciudad de Turín
(Italia).
Es conocida como la Iglesia Madre de la congregación salesiana y de la que parten cada año
los misioneros para todo el mundo.
Se construyó con grandes problemas económicos entre 1864 y 1868.
Pero Don Bosco con ayuda de sus
muchachos del Oratorio Salesiano se
preocuparon de suscitar la caridad de
la población al máximo.
Don Bosco aseguró que el dinero
conseguido para la construcción del
santuario venía de la Providencia.
El 9 de junio de 1868 se consagraba el
santuario de María Auxiliadora.
A las 10:30 horas, subió al altar mayor,
para celebrar la primera misa el arzo-
bispo de Turín monseñor Riccardi.

A continuación celebró misa Don Bosco. En la iglesia había 1.200 jóvenes.
En ella se encuentran los cuerpos de San Juan Bosco, Santo Domingo Savio y Santa María
Mazarello.
En 1938 se terminó la ampliación que consta del presbiterio con la segunda cúpula, de las dos
grandes capillas laterales y del nuevo altar de San Juan Bosco con la urna que contiene su
cuerpo
Junto a la capilla de Santa María Mazzarello hay una escalera que lleva a la cripta o capilla de
las reliquias donde se pueden encontrar una gran colección de reliquias.
Destaca un trozo del madero de la santa cruz que se conserva en un relicario de alabastro.
También destaca un pañuelo manchado de sangre y otros objetos de los mártires salesianos:
San Luis Versiglia y San Calixto Caravario.
Se encuentran también en dos altares laterales, los restos de los beatos Miguel Rúa y Felipe
Rinaldi, primer y tercer sucesor de Don Bosco respectivamente.