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Cretinismo económico I: contra la idea de que el intercambio de

mercancías es solamente un trueque generalizado.

Este y otros similares, van a ser posts muy simples. Solamente me voy a limitar a exponer una
idea de los economistas vulgares (ortodoxos, utilitaristas, o como quiera llamárselos), y a
continuación voy a exponer la refutación de Marx a esas ideas, muy brevemente. Lo curioso es
que lo que escribió Marx en “El Capital” (y en la “Contribución…” ) es anterior a la mayoría
de los autores austríacos y neoclásicos, lo que significa que estas ideas vulgares son algo que
Marx había refutado desde hacía bastante tiempo, por un lado, y por el otro, esto significa que
los autores burgueses no leyeron a Marx, o eligieron ignorarlo, ya que nunca han refutado las
críticas que veremos a continuación.

Para los austríacos (Menger, etc.) el valor de las mercancías está determinado por la utilidad
marginal que obtiene cada parte en la transacción de unos bienes cualesquiera. Sostienen esto
porque parten de la idea de que el intercambio se da como un trueque entre individuos platónicos
ajenos a cualquier organización social que pueda determinar la forma del intercambio. Esta miopía
se llama individualismo metodológico porque parte del átomo sin tener en cuenta el todo (su punto
de partida teórico es un Robinson Crusoe aislado de la sociedad).
Pues bien, en ese supuesto trueque se supone que los dos poseedores de mercancías le asignan un
valor de uso a su “bien”, como si fuera una cosa que les sobra y que aún podría serles útil de alguna
forma si no los intercambiaran… así, según estos supuestos, el presidente de la FIAT podría
encontrar alguna utilidad en no vender un millón de autos, ya que seguramente no los produjo para
venderlos, sino que le “sobraron”, y si no los vendiera podría utilizarlos de alguna manera
provechosa (¡!). Cada auto tendría para él un valor de uso basado en la concretitud y la utilidad de la
cosa, y entonces para vender esos autos tendría que privarse de esa supuesta utilidad concreta que
hace al valor de uso.

Bueno, en la realidad sabemos que tal empresario se fundiría si no vendiera sus autos, ¿porqué?
Pues porque el único valor de uso que tienen para él los autos, es su VALOR DE CAMBIO,
solamente los produce para venderlos, y los produce para realizar en dinero su valor de cambio, no
cualquier valor que se le ocurra relacionado con lo útiles que esos autos pudieran resultarle para
salir a pasear. Lo mismo ocurre por supuesto, con todos los demás productores de mercancías. Y
esto es así porque el capitalismo es una economía de productores de mercancias, no es una
economía de subsistencia en la que intercambiamos sólo lo que nos “sobra” y sólo si “nos
conviene” desprendernos de ese “excedente casual” por otro “excedente casual” (ver el siguiente
post en el que trato de explicar la peculiaridad de la división del trabajo específicamente capitalista,
y la consecuente necesidad de un equivalente universal como mediador del intercambio). El
capitalista sólo produce mercancías que son valores de uso para otros, no son valores de uso para
él mismo. Para él, la mercancía sólo tiene un valor de cambio, y ésa es toda su utilidad.
Como los economistas vulgares (por su individualismo metodológico) no parten de algo tan sencillo
como el hecho de la producción de mercancías, no pueden entender la verdadera naturaleza del
intercambio, y tampoco pueden comprender que el dinero es el equivalente universal con el que se
tienen que comparar todas las mercancías antes de hacer posible el intercambio entre ellas. En un
trueque aislado, individual, es comprensible que no se use dinero, pero en un intercambio entre
múltiples mercancías distintas, sin un equivalente universal, cada poseedor de mercancías tendría
que postular a la suya como equivalente universal, lo que se contradice con la natural pretensión
igual de cada uno de los otros poseedores de mercancías… por eso se necesita que una sola de estas
mercancías se intercambie por todas las demás. En este otro post trato de explicar mejor esta idea.
Bueno, la introducción se me hizo demasiado larga, pero ahora los dejo con Marx:

Extracto del Capítulo II de El Capital:

“Lo que distingue al poseedor de una mercancía de ésta es el hecho de que para ella toda otra
mercancía material no es más que la forma en que se manifiesta su propio valor. Igualitaria y cínica
por naturaleza, la mercancía está siempre dispuesta a cambiar, no ya el alma, sino también el cuerpo
por cualquier otra, aunque tenga tan pocos atractivos como Maritornes. Esta indiferencia de la
mercancía respecto a lo que hay de concreto en la materialidad corpórea de otra, la suple su
poseedor con sus cinco y más sentidos. Para él, su mercancía no tiene un valor de uso
inmediato. De otro modo, no acudiría con ella al mercado. Tiene únicamente un valor de uso
para otros. Para él, no tiene más valor directo de uso que el de ser encarnación de valor de
cambio, y por tanto medio de cambio.3 Por eso está dispuesto siempre a desprenderse de ella a
cambio de otras mercancías cuyo valor de uso le satisface. Todas las mercancías son para su
poseedor no–valores de uso y valores de uso para los no poseedores. He aquí por qué unos y
otros tienen que darse constantemente la mano. Este apretón de manos forma el cambio, el
cual versa sobre valores que se cruzan y se realizan como tales valores. Por tanto, las
mercancías tienen necesariamente que realizarse como valores antes de poder realizarse como
valores de uso.

Por otra parte, para poder realizarse como valores, no tienen más camino que acreditarse como
valores de uso. El trabajo humano invertido en las mercancías sólo cuenta en cuanto se invierte en
una forma útil para los demás. Hasta qué punto ocurre así, es decir, hasta qué punto esos productos
satisfacen necesidades ajenas, sólo el cambio mismo lo puede demostrar.

El poseedor de mercancías sólo se aviene a desprenderse de las suyas a cambio de otras cuyo valor
de uso satisfaga sus necesidades. En este sentido, el cambio no es, para él, más que un proceso
individual. Mas, por otra parte, aspira a realizar su mercancía como valor, es decir, en cualquier otra
mercancía de valor idéntico que apetezca, siéndole indiferente que la suya propia tenga o no un
valor de uso para el poseedor de ésta. En este aspecto, el cambio es, para él, un proceso social
general. Lo que no cabe es que el mismo proceso sea para todos los poseedores de mercancías un
proceso simplemente individual y a la par únicamente general,social.

Si contemplamos la cosa más de cerca, vemos que todo poseedor de mercancías considera las
mercancías de los demás como equivalentes especiales de la suya propia viendo, por tanto, en
ésta el equivalente general de todas las demás. Pero, como todos los poseedores de mercancías
hacen lo mismo, no hay ninguna que sea equivalente general, ni pueden, por tanto, las
mercancías poseer una forma relativa general de valor que las equipare como valores y
permita compararlas entre sí como magnitudes de valor. Las mercancías no se enfrentan, por
consiguiente, como tales mercancías, sino simplemente como productos o valores de uso.
En su perplejidad, nuestros poseedores de mercancías piensan, como Fausto: en principio, era el
hecho. Por eso se lanzan a obrar antes de que les dé tiempo siquiera a pensar. Las leyes de la
naturaleza propia de las mercancías se cumplen a través del instinto natural de sus poseedores.
Estos sólo pueden establecer una relación entre sus mercancías como valores, y por tanto
como mercancías, relacionándolas entre sí con referencia a otra mercancía cualquiera, que
desempeñe las funciones de equivalente general. Así lo ha demostrado el análisis de la
mercancía. Pero sólo el hecho social puede convertir en equivalente general a una mercancía
determinada. La acción social de todas las demás mercancías se encarga, por tanto, de
destacar a una mercancía determinada, en la que aquéllas acusan conjuntamente sus valores.
Con ello, la forma natural de esta mercancía se convierte en forma equivalencial vigente para
toda la sociedad. El proceso social se encarga de asignar a la mercancía destacada la función
social específica de equivalente general. Así es como ésta se convierte en dinero. “Estos tienen un
consejo, y darán su potencia y autoridad a la bestia. Y que ninguno pudiese comprar o vender, sino
el que tuviera la señal o el nombre de la bestia, o el número de su nombre.” (Apocalipsis.)

La cristalización del dinero es un producto necesario del proceso de cambio, en el que se equiparan
entre sí de un modo efectivo diversos productos del trabajo, convirtiéndose con ello, real y
verdaderamente, en mercancías. A medida que se desarrolla y ahonda históricamente, el cambio
acentúa la antítesis de valor de uso y valor latente en la naturaleza propia de la mercancía. La
necesidad de que esta antítesis tome cuerpo al exterior dentro del comercio, empuja al valor de las
mercancías a revestir una forma independiente y no ceja ni descansa hasta que, por último, lo
consigue mediante el desdoblamiento de la mercancía en mercancía y dinero. Por eso, a la par que
los productos del trabajo se convierten en mercancías, se opera la transformación de la mercancía
en dinero.4″

Extracto del Capítulo IV de El Capital:

“La circulación simple de mercancías –el proceso de vender para comprar– sirve de medio para la
consecución de un fin último situado fuera de la circulación: la asimilación de valores de uso, la
satisfacción de necesidades. En cambio, la circulación del dinero como capital lleva en sí mismo su
fin, pues la valorización del valor sólo se da dentro de este proceso constantemente renovado. El
movimiento del capital es por tanto, incesante.
Como agente consciente de este movimiento, el poseedor de dinero se convierte en capitalista. El
punto de partida y de retorno del dinero se halla en su persona, o por mejor decir en su bolsillo, El
contenido objetivo de este proceso de circulación –la valorización del valor– es su fin subjetivo, y
sólo actúa como capitalista, como capital personificado, dotado de conciencia y de voluntad, en la
medida en que sus operaciones no tienen más motivo propulsor que la apropiación progresiva de
riqueza abstracta. El valor de uso no puede, pues, considerarse jamás como fin directo del
capítalista. Tampoco la ganancia aislada, sino el apetito insaciable de ganar. Este afán absoluto de
enriquecimiento, esta carrera desenfrenada en pos del valor hermana al capitalista y al atesorador;
pero, mientras que éste no es más que el capitalista trastornado, el capitalista es el atesorador
racional. El incremento insaciable de valor que el atesorador persigue, pugnando por salvar a su
dinero de la circulación, lo consigue, con más inteligencia, el capitalista, lanzándolo una y otra vez,
incesantemente, al torrente circulatorio. ″

Cretinismo económico II: contra la idea de que la ganancia se produce en


el intercambio, en lugar de en la producción.

Como en el post anterior, voy a limitarme a exponer una idea de los economistas vulgares,
para brevemente agregar la refutación de Marx a esa idea. En este caso, la crítica se dirige al
error de considerar que el excedente de una economía (aquello que se produce por encima de
las necesidades mínimas de subsistencia -históricamente determinadas- de todos sus
miembros, y que por lo tanto puede apropiarse y acumularse) se produce en la circulación en
lugar de en la producción. Aunque en seguida suena absurdo, esta idea es una de las que
sostiene a todo el edificio de la economía liberal, desde los austríacos y neoclásicos, hasta los
reformistas como Proudhon, Keynes y Gesell.
Ya los fisiócratas, economistas franceses del siglo XVIII, habían rechazado la idea mercantilista de
que la riqueza se realizaba en el mundo de la circulación (el comercio), ya que, razonaban estos
fisiócratas, lo que gana uno en un intercambio aislado puede serle beneficioso en ese momento,
pero aunque le sume una ganancia, al mismo tiempo le resta un ingreso al otro participante. De esta
manera vemos que el juego de las ganancias y las pérdidas en el comercio, es un juego de suma
cero, en el que lo que unos ganan se anula con lo que otros pierden, y por lo tanto, no puede
explicarse el excedente de toda la economía como algo global (aquí vemos, como en el post
anterior, que el error se genera por partir del individualismo metodológico). En cambio resulta que
el excedente, concepto introducido por los fisiócratas a partir de la determinación de un valor fijo
para la fuerza de trabajo y de su sustracción de la producción total de riqueza, como parece lógico,
debe explicarse como surgido a partir de la producción, como un aumento de riqueza producida a
partir de insumos que dan un producto superior a los medios con que se produjo.Los fisiócratas
consideraban que el aumento era meramente físico, pero este error no es algo que nos interese en
este post, sólo diré que no son sólo los insumos los que hacen aumentar el producto, sino que es el
trabajo humano la condición principal y necesaria para que este producto aumente de valor, y que
por lo tanto, el aumento de riqueza-valor se debe medir en cantidad de trabajo acumulado (lo que
incluye al trabajo necesario para la producción de cada insumo).

Sin más, los dejo con las palabras de Marx, en el Capítulo IV de El Capital:

Dijo:

“Detrás de las tentativas de quienes se esfuerzan por presentar la circulación de mercancías como la
fuente de la plusvalía se esconde, pues, casi siempre, un quid pro quo, una confusión de valor de
uso y valor de cambio. Tal ocurre, por ejemplo, en Condillac: “No es exacto que el cambio de
mercancías verse sobre el intercambio de valores iguales. Es al revés. De los dos contratantes, uno
entrega siempre un valor inferior, para recibir a cambio otro más grande… En efecto, si se
cambiasen siempre valores iguales, ninguno de los contratantes podría obtener una ganancia, y sin
embargo, ambos ganan, o por lo menos ambos debieran ganar. ¿Por qué? El valor de los objetos
reside, pura y simplemente, en su relación con nuestras necesidades. Lo que para uno es más es para
el otro menos y, viceversa… No se puede partir del supuesto de que ofrezcamos en venta objetos
indispensables para las necesidades de nuestro consumo… Nos desprendemos de cosas que nos son
inútiles con objeto de obtener a cambio otras que necesitamos: damos menos por más…Cuando los
objetos cambiados sean iguales en valor a la misma cantidad de dinero, es natural pensar que el
cambio versa sobre valores iguales… Pero hay que tener en cuenta también otro factor, a saber: que
ambos cambiamos lo que nos sobra por lo que nos falta.”22 Como se ve, Condillac no sólo mezcla
y confunde el valor de uso y el valor de cambio, sino que, procediendo de un modo
verdaderamente pueril, atribuye a una sociedad basada en un régimen desarrollado de
producción de mercancías un estado de cosas en que el productor produce directamente sus
medios de subsistencia y sólo lanza a la circulación lo que le sobra después de cubrir sus
necesidades, el excedente.23 Y, sin embargo, el argumento de Condillac aparece empleado
frecuentemente por los economistas modernos, sobre todo cuando se trata de presentar como fuente
de plusvalía la forma desarrollada de circulación de mercancías, el comercio. “El comercio—dice,
por ejemplo un autor– añade valor a los productos, pues éstos, siendo los mismos, tienen más valor
en manos del consumidor que en manos del productor, razón por la cual el comercio debe ser
considerado estrictamente como acto de producción”.24 Pero lo cierto es que las mercancías no se
pagan dos veces, una por su valor de uso y otra por su valor. Y si para el comprador el valor de uso
de la mercancía es más útil que para el vendedor, a éste le interesa más que al comprador su forma
en dinero. De no ser así, no la vendería. De modo que lo mismo podríamos decir que el comprador
realiza estrictamente un “acto de Producción” al convertir en dinero, por ejemplo, las medias que le
vende el comerciante.
Si lo que se cambia son mercancías o mercancías y dinero con el mismo valor de cambio, es decir,
equivalentes, es innegable que nadie puede sacar de la circulación más valor del que metió en ella.
No es, pues, aquí donde se forma la plusvalía. En su forma pura, el proceso de circulación de
mercancías presupone el intercambio de equivalentes. Sin embargo, en la realidad las cosas no se
presentan en toda su pureza. Partamos, pues, del intercambio de no equivalentes.

Desde luego, en el mercado no hay más que poseedores de mercancías, y el poder que estas
personas pueden ejercer unas sobre otras es, pura y simplemente, el poder de sus respectivas
mercancías. La diversidad material de las mercancías es el motivo material a que responde el
cambio y hace que los poseedores de mercancías dependan los unos de los otros y viceversa, puesto
que ninguno de ellos tiene en sus manos el objeto que necesita, y en cambio todos poseen el que
necesitan los demás. Fuera de esta diversidad material, de sus valores de uso, entre las mercancías
no media más diferencia que la que existe entre su forma natural y su forma transfigurada, o sea
entre la mercancía y el dinero. He aquí por qué los poseedores de mercancías sólo se distinguen los
unos de los otros como vendedores o poseedores de mercancías y compradores o poseedores de
dinero.

Supongamos que, gracias a un misterioso privilegio, al vendedor le sea dado vender la mercancía
por encima de su valor, a 110 por ejemplo, a pesar de que sólo vale 100, es decir, con un recargo
nominal del 10 por ciento. El vendedor se embolsará, por tanto, una plusvalía de 10. Pero, después
de ser vendedor, se convierte en comprador. Ahora, se enfrenta con un tercer poseedor de
mercancías que hace funciones de vendedor y que goza, a su vez, del privilegio de vender su
mercancía un 10 por ciento más cara. Nuestro hombre habrá ganado 10 como vendedor, para volver
a perder 10 como comprador.25 Visto en su totalidad, el asunto se reduce, en efecto, a que todos los
poseedores de mercancías se las vendan unos a otros con un 10 por ciento de recargo sobre su
valor, que es exactamente lo mismo que si las vendiesen por lo que valen. Este recargo nominal de
precios impuesto a las mercancías con carácter general produce los mismos efectos que si, por
ejemplo, los valores de las mercancías se tasasen en plata en vez de tasarse en oro. Las expresiones
en dinero, es decir, los precios de las mercancías, crecerían, pero sus proporciones de valor
permanecerían invariables.

Supongamos, por el contrario. que es el comprador quien tiene el privilegio de comprar las
mercancías por debajo de su valor. No hace falta siquiera recordar que el comprador será, a su vez,
cuando le llegue el turno, vendedor. Mejor dicho. lo ha sido ya, antes de actuar como comprador.
Por tanto, antes de ganar, como comprador, el 10 por ciento, habrá perdido la misma suma como
vendedor.26 No habrá cambiado absolutamente nada.

La creación de la plusvalía y, por tanto, la transformación del dinero en capital, no puede, como se
ve,
tener su explicación en el hecho de que el vendedor venda las mercancías por más de lo que valen o
el comprador las adquiera por menos de su valor.27″

Salteo una parte del capítulo que, sin embargo, recomiendo leer:
http://www.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/capital1/4.htm y termino con el final del inciso segundo
de este capítulo:

“Hemos visto que la plusvalía no puede brotar de la circulación, que, por tanto, al crearse, tiene
necesariamente que operar a sus espaldas como algo invisible en sí misma.37 Pero ¿es que la
plusvalía puede brotar de otra fuente que no sea la circulación? La circulación es la suma de todas
las relaciones de cambio que se establecen entre los poseedores de mercancías. Fuera de la
circulación, el poseedor de mercancías no se relaciona más que con las mercancías de su propiedad.
Por lo que se refiere a su valor, el problema se reduce a que las mercancías encierran una cantidad
de trabajo propio, medida con arreglo a determinadas reglas sociales. Esta cantidad de trabajo se
expresa en la magnitud de valor de la mercancía y, como la magnitud de valor se representa por el
dinero aritmético, no se traduce en un precio, v. gr. de 10 libras esterlinas. Pero su trabajo no se
traduce en el valor de la mercancía, ni en un superávit de su propio valor, v. gr. en un precio de 10
que representa, al mismo tiempo, un precio de 11, en un valor superior a sí mismo. El poseedor de
mercancías puede, con su trabajo, crear valores, pero no valores que engendren nuevo valor. Puede
aumentar el valor de una mercancía, añadiendo al valor existente nuevo valor mediante un nuevo
trabajo, v. gr. convirtiendo el cuero en botas. La misma materia, el cuero, encerrará ahora más
valor, puesto que contiene una cantidad mayor de trabajo. Las botas valen más que el cuero,
indudablemente, pero el valor del cuero sigue siendo el que era. No ha engendrado un nuevo valor,
ni ha arrojado plusvalía durante la fabricación de las botas. Es imposible, por tanto, que el productor
de mercancías, fuera de la órbita de la circulación, sin entrar en contacto con otros poseedores de
mercancías, valorice su valor, transformando, por tanto, en capital, el dinero o la mercancía.
Como se ve, el capital no puede brotar de la circulación, ni puede brotar tampoco fuera de la
circulación. Tiene necesariamente que brotar en ella y fuera de ella, al mismo tiempo.
Llegamos, pues, a un doble resultado.
La transformación del dinero en capital ha de investigarse a base de las leyes inmanentes al cambio
de
mercancías, tomando, por tanto, como punto de partida el cambio de equivalentes.38 Nuestro
poseedor de dinero, que, por el momento, no es más que una larva de capitalista, tiene
necesariamente que comprar las mercancías por lo que valen y que venderlas por su valor, y sin
embargo, sacar al final de este proceso más valor del que invirtió. Su metamorfosis en mariposa
tiene que operarse en la órbita de la circulación y fuera de ella a un tiempo mismo. Tales son las
condiciones del problema. Hic Rhodus, hic salta! (35)”

Por último dejo una de las notas:

23 “Por eso Le Trosne contesta muy certeramente a su amigo Condillac: “En una sociedad
desarrollada, no hay nada superfluo.” Y. al mismo tiempo, le dedica esta pulla: “Si las dos partes
que intervienen en el cambio obtienen la misma cantidad de más por la misma cantidad de menos,
obtendrán las dos lo mismo”. Un hombre como Condillac, que no tiene ni la menor idea de lo que
es el valor de cambio, es el fiador más adecuado que podía encontrar el señor profesor Wilhelm
Roscher para apoyar en él sus conceptos infantiles. Véase su obra Die Grundtagen der
Nationalokonomie, 3° ed., 1858″

Cretinismo económico III: contra la acusación infundada de que Marx


sostenía que los salarios estaban condenados a permanecer en un nivel de
subsistencia mínimo.

Veamos una frase del Manifiesto Comunista: “Por eso, los gastos que supone un obrero se
reducen, sobre poco más o menos, al mínimo de lo que necesita para vivir y para perpetuar su
raza.” ¿Qué significa esta frase? ¿Es que hay un techo inamovible de los salarios, que consiste
en la mera adquisición de los medios de subsistencia indispensables para no morir y para
reproducirse biológicamnete? ¿Es esto lo que pensaba Marx?

Eso es precisamente lo que afirma la “ley de bronce” (o de hierro, según cada autor) de los
salarios, que era sostenida por varios pensadores del siglo XIX, entre ellos Ricardo. Marx, a
través de sus estudios de economía, se hizo eco de esta idea y la reprodujo en su Manifiesto
Comunista, de 1848.

Sin embargo, su pensamiento se modificó rápidamente a este respecto, cuando fue expulsado
tras las revoluciones de ese año, y se exilió en Inglaterra. Allí pudo consultar una amplia
bibliografía en la biblioteca del Museo Británico, y sus conocimientos de economía avanzaron
hasta el grado de madurez que encontramos en El Capital. En esta obra su noción del salario
es mucho más compleja, como se verá en la primera cita de este artículo.

En breves palabras, el salario depende no sólo de los insumos básicos para la supervivencia
biológica, sino también de las condiciones tecnológicas y culturales en que esté la producción
social, y asimismo varía entre los trabajos más complejos y los más simples. Además, si la
riqueza social está en aumento, el salario también puede aumentar en términos absolutos,
separándose del piso de la supervivencia biológica, y sin embargo al mismo tiempo puede
seguir representando un porcentaje igual o menor de la distribución global del ingreso. Así
vemos que la pobreza absoluta puede disminuir, mientras que la pobreza relativa
(desigualdad) se mantiene o se agrava. Dejo un fragmento del capítulo IV de El Capital, que lo
explica con mucha claridad:

“Hemos de analizar ahora con mas detenimiento esa mercancía peculiar, la fuerza de trabajo. Al
igual que todas las demás mercancías, posee un valor [51]. ¿Cómo se determina?

El valor de la fuerza de trabajo, al igual que el de toda otra mercancía, se determina por el
tiempo de trabajo necesario para la producción, y por tanto también para la reproducción, de
ese artículo específico. En la medida en que es valor, la fuerza de trabajo misma representa
únicamente una cantidad determinada de trabajo medio social objetivada en ella. La fuerza de
trabajo sólo existe como facultad del individuo vivo. Su producción, pues, presupone la existencia
de éste. Una vez dada dicha existencia, la producción de la fuerza de trabajo consiste en su propia
reproducción o conservación. Para su conservación el individuo vivo requiere cierta cantidad de
medios de subsistencia. Por tanto, el tiempo de trabajo necesario para la producción de la
fuerza de trabajo se resuelve en el tiempo de trabajo necesario para la producción de dichos
medios de subsistencia, o, dicho de otra manera, el valor de la fuerza de trabajo es el valor de
los medios de subsistencia necesarios para la conservación del poseedor de aquélla. [208] La
fuerza de trabajo, sin embargo, sólo se efectiviza por medio de su exteriorización: se manifiesta tan
sólo en el trabajo. Pero en virtud de su puesta en actividad, que es el trabajo, se gasta una cantidad
determinada de músculo, nervio, cerebro, etc., humanos, que es necesario reponer. Este gasto
acrecentado trae consigo un ingreso también acrecentado [52]. Si el propietario de la fuerza de
trabajo ha trabajado en el día de hoy, es necesario que mañana pueda repetir el mismo proceso bajo
condiciones iguales de vigor y salud. La suma de los medios de subsistencia, pues, tiene que
alcanzar para mantener al individuo laborioso en cuanto tal, en su condición normal de vida. Las
necesidades naturales mismas –como alimentación, vestido, calefacción, vivienda, etc.–
difieren según las peculiaridades climáticas y las demás condiciones naturales de un país. Por
lo demás, hasta el volumen de las llamadas necesidades imprescindibles, así como la índole de
su satisfacción, es un producto histórico y depende por tanto en gran parte del nivel cultural
de un país, y esencialmente, entre otras cosas, también de las condiciones bajo las cuales se ha
formado la clase de los trabajadores libres, y por tanto de sus hábitos y aspiraciones vitales
[53] j. Por oposición a las demás mercancías, pues, la determinación del valor de la fuerza
laboral encierra un elemento histórico y moral. Aun así, en un país determinado y en un
período determinado, está dado el monto medio de los medios de subsistencia necesarios.

El propietario de la fuerza de trabajo es mortal. Por tanto, debiendo ser continua su presencia en el
mercado –tal como lo presupone la continua transformación de dinero en capital–, el vendedor de la
fuerza de trabajo habrá de perpetuarse, “del modo en que se perpetúa todo individuo vivo, por
medio de la procreación” [54]. Será necesario [209] reponer constantemente con un número por lo
menos igual de nuevas fuerzas de trabajo, las que se retiran del mercado por desgaste y muerte. La
suma de los medios de subsistencia necesarios para la producción de la fuerza de trabajo, pues,
incluye los medios de subsistencia de los sustitutos, esto es, de los hijos de los obreros, de tal modo
que pueda perpetuarse en el mercado esa raza de peculiares poseedores de mercancías [55].

Para modificar la naturaleza humana general de manera que adquiera habilidad y destreza
en un ramo laboral determinado, que se convierta en una fuerza de trabajo desarrollada y
específica, se requiere determinada formación o educación, la que a su vez insume una suma
mayor o menor de equivalentes de mercancías. Según que el carácter de la fuerza de trabajo
sea más o menos mediato, serán mayores o menores los costos de su formación. Esos costos de
aprendizaje, extremadamente bajos en el caso de la fuerza de trabajo corriente, entran pues
en el monto de los valores gastados para la producción de ésta.

El valor de la fuerza de trabajo se resuelve en el valor de determinada suma de medios de


subsistencia. También varía, por consiguiente, con el valor de los medios de subsistencia, esto es,
con la magnitud del tiempo de trabajo requerido para su producción.

Diariamente se consume una parte de los medios de subsistencia –por ejemplo alimentos,
combustibles, etc.–, y es necesario renovarlos diariamente. Otros medios de subsistencia, como la
vestimenta, el mobiliario, etc., se consumen en lapsos más prolongados, por lo cual hay que
reponerlos en espacios de tiempo mas largos. Las mercancías de un tipo deben comprarse o pagarse
diariamente, otras semanalmente, o cada trimestre, etc. Pero sea cual fuere el modo en que la suma
de estos gastos se distribuya, por ejemplo, a lo largo de un año, es necesario cubrirla día a día con el
ingreso medio. Si la masa de las mercancías necesarias diariamente para la producción de la fuerza
de trabajo fuera = A, la requerida semanalmente = B, la [210] precisada trimestralmente = C, etc.,
tendríamos que la media diaria de esas mercancías sería igual a

65 A + 52 B + 4 C + etc.

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365

Si suponemos que en esta masa de mercancías necesaria para un día medio se encierran 6 horas de
trabajo social, tendremos que en la fuerza de trabajo se objetiva diariamente medio día de trabajo
medio social, o que se requiere media jornada laboral para la producción diaria de la fuerza de
trabajo. Esta cantidad de trabajo requerida para su producción cotidiana constituye el valor diario de
la fuerza de trabajo o el valor de la fuerza de trabajo reproducida diariamente. Si medio día de
trabajo medio social se presenta en una masa de oro de 3 chelines o de 1 tálero, tendremos que 1
tálero será el precio correspondiente al valor diario de la fuerza de trabajo. Si el poseedor de la
fuerza de trabajo la pone en venta diariamente por un tálero, su precio de venta es igual a su valor y,
según nuestro supuesto, el poseedor de dinero, codicioso de convertir su tálero en capital, paga ese
valor.

El límite último o límite mínimo del valor de la fuerza laboral lo constituye el valor de la masa de
mercancías sin cuyo aprovisionamiento diario el portador de la fuerza de trabajo, el hombre, no
puede renovar su proceso vital; esto es, el valor de los medios de subsistencia físicamente
indispensables. Si el precio de la fuerza de trabajo cae con respecto a ese mínimo, cae por debajo de
su valor, pues en tal caso sólo puede mantenerse y desarrollarse bajo una forma atrofiada. Pero el
valor de toda mercancía está determinado por el tiempo de trabajo necesario para suministrarla en
su estado normal de calidad.“

http://www.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/capital1/4.htm

En la Crítica al Programa de Gotha, Marx critica explícitamente la “ley de bronce” del


salario lassalleana:

“Así, pues, de aquí en adelante, el Partido Obrero Aleman ¡tendra que creer en la “ley de bronce del
salario”[6] lassa lleana! Y para que esta “ley” no vaya a perderse, se comete el absurdo de hablar de
“abolición del sistema del salario” (debería decirse: sistema del trabajo asalariado), con “su ley de
bronce”. Si suprimo el trabajo asalariado, suprimo también, evidentemente, sus leyes, sean de
“bronce” o de corcho. Pero la lucha de Lassalle contra el trabajo asalariado, gira casi
exclusivamente en torno a esa llamada ley. Por tanto, para demostrar que la secta de Lassalle ha
triunfado, hay que abolir “el sistema del salario, con su ley de bronce”, y no sin ella.

De la “ley de bronce del salario” no pertenece a Lassalle, como es sabido, más que la expresión “de
bronce”, copiada de las “ewigen, ehernen grossen Gesetzen” (“las leyes eternas, las grandes leyes
de bronce”[7]), de Goethe. La expresión “de bronce” es la contraseña por la que los creyentes
ortodoxos se reconocen. Y si admito la ley con el cuño de Lassalle, y por tanto en el sentido
lassalleano, tengo que admitirla también con su fundamentación. ¿Y cuál es ésta? Es, como ya
señaló Lange poco después de la muerte de Lassalle, la teoría malthusiana de la población
(predicada por el propio Lange)[8]. Pero, si esta teoría es exacta, la mentada ley no la podré abolir
tampoco, aunque suprima yo cien veces el trabajo asalariado, porque esta ley no regirá solamente
para el sistema del salario, sino para todo sistema social. ¡Apoyándose precisamente en esto, los
economistas han venido demostrando, desde hace cincuenta años y aún más, que el socialismo no
puede acabar con la miseria, determinada por la misma naturaleza, sino sólo generalizarla,
repartirla por igual sobre toda la superficie de la sociedad!“

http://www.marxists.org/espanol/m-e/1870s/gotha/gotha.htm#i

Los críticos de Marx invariablemente citan el fragmento del Manifiesto Comunista, y


esconden los escritos posteriores. Así es menos complicado el criar camadas de intelectuales
que pueden decirse a sí mismos que “Marx ya está refutado”, y que pueden dormir mucho
más tranquilos.

Recomiendo este trabajo sobre el tema:


http://www.correntroig.org/IMG/pdf/LA_CONCEPCION_MARXISTA_DE_CLASE_OBRERA.p
df
Cretinismo económico IV: contra la extraña idea de que el capitalista le
paga por adelantado al trabajador, con lo que le estaría dando una
especie de crédito que justifica su ganancia…

Bueno, en realidad no hay nada que decir como introducción, ya que cualquiera que haya
estado en una relación laboral sabe que el salario no se paga el primer día, sino el último de
cada mes, o de cada semana, después de haber aportado su trabajo. Vemos entonces que es en
realidad el trabajador el que entrega una especie de crédito al capitalista, como si la
extracción de trabajo impago no fuera suficiente. Quien niegue este hecho tan visible sólo
puede ser un deshonesto mentiroso (suelen serlo los economistas austríacos que dicen esto,
créase o no), ya que no se puede concebir que lo digan por ignorancia. Igual dejo un pasaje de
El Capital que viene al caso, del Capítulo IV:

“La naturaleza peculiar de esta mercancía específica, de la fuerza de trabajo, trae aparejado el que al
cerrarse el contrato entre el comprador y el vendedor su valor de uso todavía no pase efectivamente
a manos del adquirente. Su valor, al igual que el de cualquier otra mercancía, estaba determinado
antes que entrara en la circulación, puesto que para la producción de la fuerza de trabajo se había
gastado determinada cantidad de trabajo social, pero su valor de uso reside en la exteriorización
posterior de esa fuerza. La enajenación de la fuerza y su efectiva exteriorización, es decir, su
existencia en cuanto valor de uso, no coinciden en el tiempo. En el caso de las mercancías [58] en
que la enajenación formal del valor de uso por la venta y su entrega efectiva al comprador divergen
temporalmente, el dinero del comprador desempeña por lo general la función de medio de
pago. En todos los países de modo de producción capitalista la fuerza de trabajo sólo se paga
después que ha funcionado durante el plazo establecido en el contrato de compra, por ejemplo
al término de cada [212] semana. En todas partes, pues, el obrero adelanta al capitalista el
valor de uso de la fuerza de trabajo; aquél le permite al comprador que la consuma antes de
haber recibido el pago del precio correspondiente. En todas partes es el obrero el que abre
crédito al capitalista. Que este crédito no es imaginario lo revela no sólo la pérdida ocasional
del salario acreditado cuando el capitalista se declara en quiebra [59], sino también una serie
de efectos de carácter más duradero [60k]. Con todo, que el dinero funcione como medio de
compra o como medio de pago es una circunstancia que en nada afecta la naturaleza del intercambio
[213] mercantil. El precio de la fuerza de trabajo se halla estipulado contractualmente, por más que,
al igual que el alquiler de una casa, se lo realice con posterioridad. La fuerza de trabajo está vendida
aunque sólo más tarde se pague por ella. Para concebir la relación en su pureza, sin embargo, es útil
suponer por el momento que el poseedor de la fuerza de trabajo percibe de inmediato cada vez, al
venderla, el precio estipulado contractualmente.

Conocemos ahora el modo en que se determina el valor que el poseedor de dinero le paga a quien
posee esa mercancía peculiar, la fuerza de trabajo. El valor de uso que, por su parte, obtiene el
primero en el intercambio, no se revelará sino en el consumo efectivo, en el proceso de consumo de
la fuerza de trabajo. El poseedor de dinero compra en el mercado todas las cosas necesarias para ese
proceso, como materia prima, etc., y las paga a su precio cabal. El proceso de consumo de la fuerza
de trabajo es al mismo tiempo el proceso de producción de la mercancía y del plusvalor. El
consumo de la fuerza de trabajo, al igual que el de cualquier otra mercancía, se efectúa fuera del
mercado o de la esfera de la circulación. Abandonamos, por tanto, esa ruidosa esfera instalada en la
superficie y accesible a todos los ojos, para dirigirnos, junto al poseedor [214] de dinero y al
poseedor de fuerza de trabajo, siguiéndoles los pasos, hacia la oculta sede de la producción, en cuyo
dintel se lee: No admittance except on business [Prohibida la entrada salvo por negocios]. Veremos
aquí no sólo cómo el capital produce, sino también cómo se produce el capital. Se hará luz,
finalmente, sobre el misterio que envuelve la producción del plusvalor. “

Las notas correspondientes al extracto:

[58] 49 “El trabajo siempre se paga una vez terminado.” (“An Inquiry into Those Principles…”, p.
104.) “El crédito comercial hubo de comenzar en el momento en que el obrero, el primer artesano
de la producción, pudo mediante sus economías esperar el salario de su trabajo hasta el término de
la semana, de la quincena, del mes, del trimestre, etc.” (Ch. Ganilh, “Des systèmes…”, t. II, página
150.)

[59] 50 “El obrero presta su industriosidad”, pero, añade astutamente Storch, “no corre riesgo
alguno”, salvo el “de perder su salario… El obrero no transmite nada material” (Storch, “Cours
d’economie politique”, Petersburgo, 1815, t. II, pp. 36 y 37).

[60] 51 Un ejemplo. En Londres existen dos clases de panaderos, los “full priced”, que venden el
pan a su valor completo, y los “undersellers”, que lo venden por debajo de su valor. Esta última
clase constituye más de los 3/4 del total de los panaderos (p. XXXII en el “Report” del comisionado
gubernamental Hugh Seymour Tremenheere sobre las “Grievances Complained of by the
Journeymen Bakers…”, Londres, 1862). Esos undersellers, casi sin excepción, venden pan
adulterado por la mezcla de alumbre, jabón, potasa purificada, cal, piedra molida de Derbyshire y
demás agradables, nutritivos y saludables ingredientes. (Ver el libro azul citado más arriba, así
como el informe de la “Committee of 1855 on the Adulteration of Bread” y Dr. Hassall,
“Adulterations Detected”, 2ª ed., Londres, 1861. Sir John Gordon explicó ante la comisión de 1855
que “a consecuencia de estas falsificaciones, el pobre que vive de dos libras diarias de pan, ahora no
obtiene realmente ni la cuarta parte de las sustancias nutritivas, para no hablar de los efectos
deletéreos sobre su salud”. Tremenheere consigna (op. cit., página XLVIII), como la razón de que
“una parte muy grande de la clase trabajadora”, aunque esté perfectamente al tanto de las
adulteraciones, siga comprando alumbre, piedra en polvo, etc., que para esa gente es
“absolutamente inevitable aceptar del panadero o en el almacén (chandler’s shop) cualquier tipo de
pan que se le ofrezca”. Como no cobran hasta finalizada su semana de trabajo, tampoco pueden
“pagar antes del fin de semana el pan consumido por su familia durante la semana”, y, añade
Tremenheere fundándose en las declaraciones testimoniales, “es notorio que el pan elaborado con
esas mezclas se prepara expresamente para ese tipo de clientes” (“it is notorius that bread composed
of those mixtures, is made expressly for sale in this manner” ). “En muchos distritos agrícolas
ingleses” (pero todavía más en Escocia) “el salario se paga quincenal y aun mensualmente. Estos
largos plazos de pago obligan al trabajador agríola a comprar sus mercancías a crédito… Se ve
obligado a pagar precios más elevados y queda, de hecho, ligado al almacenero que le fía. Así, por
ejemplo en Horningsham in Wilts, donde el pago es mensual, le cuesta 2 chelines 4 peniques por
stone (k) la misma harina que en cualquier otro lado compraría a 1 chelín 10 peniques.” (“Sixth
Report” sobre “Public Health by The Medical Officer of the Privy Council…”, 1864, p. 264.) “Los
estampadores manuales de tela, en Paisley y Kilmarnock” (Escocia occidental) “impusieron,
mediante una strike [huelga], que el pago de salarios fuera quincenal en vez de mensual.” (“Reports
of the Inspectors of Factories for 3lst Oct. 1853″, p. 34.) Una gentil ampliación adicional del crédito
que el obrero concede al capitalista la vemos en el método de muchos propietarios ingleses de
minas, según el cual al obrero sólo se le paga a fin de mes, y en el ínterin recibe adelantos del
capitalista a menudo en mercancías que se ve obligado a pagar por encima del precio de mercado
(truck-system). “Es una práctica común entre los patrones de las minas de carbón pagar una vez por
mes y conceder a sus obreros, al término de cada semana, un adelanto. Este adelanto se les da en la
tienda” (esto es, el tommy-shop 0 cantina perteneciente al patrón mismo). “Los mineros sacan por
un lado y lo vuelven a poner por el otro.” (“Children’s Employment Commission, III Report”,
Londres, 1864, p. 38, n. 192).

http://www.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/capital1/4.htm

Si a pesar de esto, me dicen que en un ciclo completo de retorno del capital, el capitalista es el
que aporta el capital, tanto en la forma de máquinas-herramientas como en la de salarios,
habrá que preguntarles de dónde surgió esta acumulación de capital en las manos de unos
pocos burgueses. Los economistas burgueses responderán que el ahorro (la abstención de
consumir) les permitió acumular, mientras que la historia, más certera, nos muestra que la
acumulación originaria fue un proceso de expropiación violenta que permitió dejar a las
masas sin propiedad alguna y sin posibilidad alguna de producir por su cuenta, y acumuló
todos los medios de producción en las manos de unos pocos capitalistas, que pudieron así
ejercer una coerción económica sobre los trabajadores “libres”, y pudieron imponerles un
salario inferior al valor del trabajo que realizan, con lo que obtienen de ahí su ganancia. Ver
el capítulo XXIV de El Capital.

Para repasar el concepto de fuerza de trabajo y de valor de la fuerza de trabajo, recomiendo


leer el capítulo entero, o pasar por el post que precede a éste:
http://divulgacionmarxista.wordpress.com/2011/09/08/cretinismo-economico-iii/

Para ampliar, me permito plagiarme a mí mismo una parte del primer post de este blog:

¿Porqué puede afirmar Marx que existe una apropiación de sobretrabajo? La explicación que
pueden leer en el capítulo V y el XVII sobre el salario, nos muestra que lo que se paga no es “el
trabajo” sino meramente el valor de la “fuerza de trabajo”, que es inferior al valor de lo que
producen los obreros con su trabajo. De esta manera una parte del tiempo de trabajo no se
remunera, y de este sobretrabajo sale la ganancia del empresario (2). Y de aquí el antagonismo
permanente entre el capital y el trabajo.
¿Porqué es esto posible? Por el hecho, evidente para cualquiera, de que los capitalistas tienen el
monopolio de los medios de producción (las herramientas y máquinas en general), con lo que el
resto de la humanidad no tiene con qué producir sus medios de subsistencia. En estas condiciones
no hay más que un posible desarrollo de la situación, una sola forma de que se establezcan las
relaciones de producción: los capitalistas van a emplear a los proletarios desposeídos, con lo que
estos podrán sobrevivir, a cambio, claro está, de que trabajen más del tiempo necesario para
reproducirse a sí mismos, pues en estas condiciones tendrán que trabajar además un período extra,
cada día, para reproducir la vida del empresario y para generarle una ganancia. A partir de un punto
de partida inequitativo, se genera una forma social inequitativa, un modo de producción con
extracción del excedente en favor de una clase, una economía basada en la explotación. Los
economistas burgueses, en cambio, pretenden afirmar que a partir de este punto de partida
inequitativo, se ha generado un sistema equitativo, se permiten suponer que los capitalistas han
elegido no sacar provecho de su monopolio de los medios de producción.
Pero aquí no vamos a intentar un resumen de la teoría de Marx, cosa que sí se puede encontrar en
otros posts, sino que preferimos limitarnos a “demoler” las críticas del presente video.
Y la desestimación de la “crítica” al punto que nos ocupa (ver arriba) es realmente muy simple:
sencillamente el trabajador no es libre de esperar a que termine el proceso productivo para cobrar,
y no es “porque quiere” ni porque “elige” hacerlo así, ni que “decide” cobrar su salario antes de que
pase un año. En este punto sabrá juzagar el lector con qué clase de primates estamos lidiando, que
hay que aclarar que si el trabajador no cobra cada una semana o cada un mes, SE MUERE.
He ahí la libertad de que nos hablan: el trabajador es libre de optar por aceptar un trabajo en el que
le paguen un salario con el que sobrevivir, o no aceptarlo, y morir. ¡Es perfectamente libre! A eso le
llaman pensar los señores economistas. Pero no nos confundamos: esperar hasta que termine el
ciclo productivo no es nunca una opción, mientras no nos imaginemos a obreros que vivan del aire,
o que tengan millones de dólares acumulados en algún rincón de sus casas en los barrios obreros,
casas que, ya que estamos, podemos imaginarnos como mansiones.

Cretinismo económico V: contra la Ley de Say, especialmente contra la


idea de que las crisis de sobreproducción generalizada son imposibles.

Allá por los siglos XVIII y XIX muchos economistas trataban de entender la novedad de la
economía capitalista, y muchos de ellos lograban aportar algo (o al menos entender algo) pero
al mismo tiempo fallaban en su esfuerzo de comprender el todo. Uno de ellos fue el señor Say,
cuyo error fue en este caso, como veremos, el concebir al intercambio comercial de una
economía capitalista, como si fuera un mero trueque. Entonces puede decir que toda compra
de un objeto útil implica su venta por la contraparte, y que toda venta de un objeto útil
implica su compra por la contraparte. Toda compra pasada ha implicado una venta, y
viceversa… Esto no parece raro, y de hecho no lo es, sino que es tan obvio que no nos enseña
nada nuevo.
¿Entonces en dónde está el problema? El problema surge cuando se quiere ir más allá de la
anterior tautología, y se afirma que toda venta se hace para realizar, con el dinero adquirido,
una compra de un objeto útil, con lo que en última instancia el ciclo comercial consistiría en un
sujeto que vende su mercancía A sólo para adquirir una mercancía B en una compra
posterior. O de forma más completa: un sujeto que vende su mercancía A sólo para adquirir
el dinero con el que podrá comprar su deseada mercancía B. En este esquema vemos que el
dinero es sólo un intermediario entre compras y ventas, un mero “medio de circulación“, y que
a nadie se le podría ocurrir, por ejemplo, acumular dinero…
Con lo anterior creo que se va haciendo bastante evidente la debilidad de esta forma de
pensar, pero para llegar al fondo del asunto, hay que responder a la pregunta de qué es
realmente el dinero. Aunque no voy a entrar en todas las funciones que cumple, y que se
pueden estudiar en los primeros capítulos de “El Capital”, creo que es necesario que explique,
en cambio, qué lugar ocupa el dinero en la economía, para lo cual hay que definir primero las
características particulares de esa economía, en este caso, la peculiar economía capitalista.
Por suerte, ya me tomé ese trabajo en otro post, que mal o bien, aborda el tema, por eso me
permito resumir acá solamente lo esencial:

La división social del trabajo alcanza su máximo desarrollo con la economía capitalista. Esto
significa que cada productor de mercancías se encuentra aislado de los demás, y separado de los
consumidores. Lo que a su vez significa que los productos, las mercancías, están separadas de sus
potenciales consumidores. Existe un vacío, un abismo, entre los objetos útiles que la sociedad
produce, y el consumo de estos objetos útiles por esa misma sociedad. Esto es una novedad
histórica.
Entonces para que la economía funcione, debe haber algo que llene ese vacío, algo que conecte a las
mercancías entre sí, que las haga enfrentarse como cosas que se puedan intercambiar. Ese algo es el
mercado, y mediante la forma de mercancías que toman los objetos, es posible que se produzca ese
intercambio según los valores de cada mercancía, es decir que el intercambio se realiza en
diferentes proporciones, según el valor de una mercancía sea mayor o menor. Ahora bien, si todas
estas mercancías se enfrentaran unas con otras, sin intermediación alguna, nos encontraríamos con
que cada poseedor de una mercancía tendría la necesidad y la pretensión de hacer pasar a su
mercancía como a EL equivalente de todas las demás, para que así pudiera intercambiar esa
mercancía que no le sirve, por todas las otras que sí le sirvan. Es fácil deducir que los poseedores de
las demás mercancías tendrán la misma pretensión, con lo que el intercambio se hace imposible.
Es aquí que entra la necesidad del dinero como equivalente universal. Para resolver las trabas
anteriores, el sistema necesita encontrar una intermediación, y esa intermediación debe ser algo que
al mismo tiempo tenga valor, para poder compararse cuantitativamente (proporcionalmente) con
todas las mercancías, y que también tenga un valor de uso (una utilidad concreta) tal, que todos
estén dispuestos a aceptar a ese intermediario. ¿Qué puede ser, entonces, ese intermediario?
Puede y debe ser una mercancía, para que tenga valor, y debe tener algunas características tales que
la hagan especial para funcionar como dinero, por ejemplo debe contener mucho valor en porciones
pequeñas de su composición material, para ser manejable, debe ser divisible fácilmente, maleable,
etc. Tal mercancía es el oro, o la plata en algún caso, incluso metales menos valiosos han cumplido
funciones como dinero-mercancía, claro que como dinero menos valioso, mero cambio.
Esta necesidad insoslayable de la existencia del dinero-mercancía como equivalente universal refuta
la idea vulgar de que el intercambio es un mero trueque (ya lo vimos en este post) y tiene
consecuencias devastadoras para todo el edificio de la economía burguesa, y especialmente para la
Ley de Say, ya que se hace evidente que el dinero que uno obtiene en una venta no tiene porqué
dirigirse inmediatamente a la compra de otro objeto útil, ya que como valor puede inmovilizarse
indefinidamente sin que pierda ese valor, puede reservarse para su uso en las circunstancias en que
su possedor lo crea conveniente. Y esto hace que sea posible que no todos los productos encuentren
un comprador, con lo que es posible, entonces, una crisis de sobreproducción generalizada de
mercancías, que es lo que niegan Say y los economistas vulgares en general.

Espero haber sido claro, sino, me gustaría que me ayuden a mejorar el texto con cualquier crítica o
recomendación. De todos modos, les dejo un texto bastante transparente, que explica este tema de
una forma más directa: http://seminaritaifa.org/descarregues/Corrents_tradicionals/Sardoni.pdf
Sin más, los dejo con un breve extracto del Capítulo III de El Capital, que trata el tema.

“Nada puede ser más desatinado que el dogma según el cual la circulación de mercancías implica
un equilibrio necesario entre las compras y las ventas, puesto que toda venta es una compra, y
viceversa. Si con esto se quiere decir que el número de las ventas efectivamente llevadas a término
es igual al de las compras, estamos ante una trivial [138] tautología. Pero lo que se pretende
demostrar es que el vendedor lleva al mercado a su propio comprador. La venta y la compra son un
acto idéntico en cuanto relación recíproca entre dos personas polarmente contrapuestas: el poseedor
de mercancías y el de dinero. Configuran dos actos contrapuestos de manera polar, en cuanto
acciones de la misma persona. La identidad de venta y compra lleva implícito, por consiguiente, que
la mercancía devenga inservible cuando, arrojada en la retorta alquímica de la circulación, no surge
de la misma convertida en dinero, no la vende el poseedor de mercancías, y por ende no la compra
el poseedor de dinero. Esa identidad implica, por lo demás, que si el proceso culmina debidamente,
constituya un punto de reposo, un período en la vida de la mercancía, período que puede
prolongarse más tiempo o menos. Como la primera metamorfosis de la mercancía es a la vez venta
y compra, este proceso parcial es al mismo tiempo un proceso autónomo. El comprador tiene la
mercancía, el vendedor el dinero, esto es, una mercancía que conserva una forma adecuada para la
circulación, ya se presente temprano o tarde en el mercado. Nadie puede vender sin que otro
compre. Pero nadie necesita comprar inmediatamente por el solo hecho de haber vendido. La
circulación derriba las barreras temporales, locales e individuales opuestas al intercambio de
productos, y lo hace precisamente porque escinde, en la antítesis de venta y compra, la identidad
directa existente aquí entre enajenar el producto del trabajo propio y adquirir el producto del
trabajo ajeno. El hecho de que los procesos que se contraponen autónomamente configuren una
unidad interna, significa asimismo que su unidad interna se mueve en medio de antítesis externas.
Si la autonomización externa de aspectos que en lo interno no son autónomos, y no lo son porque se
complementan uno a otro, se prolonga hasta cierto punto, la unidad interna se abre paso
violentamente, se impone por medio de una crisis. La antítesis inmanente a la mercancía –valor de
uso y valor, trabajo privado que a la vez tiene que presentarse como trabajo directamente social,
trabajo específico y concreto que al mismo tiempo cuenta únicamente como general y abstracto,
personificación de la cosa y cosificación de las personas–, esa contradicción inmanente, adopta sus
formas más evolucionadas de movimiento en las antítesis de la metamorfosis [139] mercantil. Estas
formas entrañan la posibilidad, pero únicamente la posibilidad, de las crisis. Para que dicha
posibilidad se desarrolle, convirtiéndose en realidad, se requiere todo un conjunto de condiciones
que aún no existen, en modo alguno, en el plano de la circulación simple de mercancías [42]Say,
por ejemplo, fundándose en que sabe que la mercancía es producto, se arroga el derecho de
dictaminar sobre las crisis.”

Nota correspondiente:

[42] “Cfr. mis observaciones en torno a James Mill, en “Zur Kritik…, pp. 74-76. Dos puntos
caracterizan, en este aspecto, el método de la apologética económica. En primer término,
identificar la circulación de mercancías con el intercambio directo de productos, mediante el
simple recurso de hacer abstracción de sus diferencias. En segundo lugar, el intento de negar, de
desechar las contradicciones del proceso capitalista de producción, para lo cual las relaciones que
median entre sus agentes de producción son reducidas a los simples vínculos que surgen de la
circulación de mercancías. Pero la producción de mercancías y la circulación de las mismas son
fenómenos inherentes a los modos de producción más diversos, aunque en diferente volumen y con
desigual alcance. Nada sabemos, pues, acerca de la differentia specifica entre esos modos de
producción, ni podemos por consiguiente enjuiciarlos, si nuestro conocimiento se reduce a las
categorías abstractas, comunes a todos ellos, de la circulación de mercancías. En ninguna ciencia,
fuera de la economía política, prevalece tan desorbitada petulancia en el manejo de los lugares
comunes más elementales.”

http://www.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/capital1/3.htm#fn34

También cito una parte del Capítulo segundo. EL DINERO O LA CIRCULACIÓN SIMPLE,
inciso
2. MEDIO DE CIRCULACIÓN, punto a) Metamorfosis de las mercancías, de la Contribución a
la crítica de la economía política, de Marx. Por razones de brevedad no copio varios párrafos
anteriores, pero recomiendo leerlos para seguir la explicación de la circulación de mercancías.

“Si examinamos ahora el resultado de M-D-M, veremos que se reduce al intercambio de sustancia
M-M. La mercancía ha sido cambiada por la mercancía, el valor de uso por el valor de uso, y la
transformación de la mercancía en dinero, o bien la mercancía en forma de dinero, sólo sirve de
intermediario a dicho intercambio. El dinero aparece así como un simple medio de intercambio de
las mercancías, pero no como medio de inter- cambio general: aparece como medio de intercambio
caracterizado por el proceso de circulación, es decir, como medio de circulación1.

Es un hecho que el proceso de circulación de las mercancías se reduce a M-M y por esto sólo parece
ser un trueque efectuado por intermedio del dinero, o, en general, M-D-M se desdobla formando
dos procesos aislados y, al mismo tiempo, representa su unidad dinámica; pero sacar de ello la
conclusión de que entre la compra y la venta sólo existe la unidad y no la separación significaría
manifestar un razonamiento cuya crítica pertenece a la esfera de la lógica y no de la Economía
política. La separación de la compra y la venta en el proceso de intercambio no sólo destruye las
barreras locales primitivas, tradicionalmente pías, ingenuas y absurdas para el metabolismo social,
sino que también representa la forma general en la que los factores asociados del mismo se dislocan
y se oponen los unos a los otros; en pocas palabras, significa la posibilidad general de crisis
comerciales, pero únicamente porque el contraste entre la mercancía y el dinero es la forma
abstracta y general de todos los contrastes que implica el trabajo burgués. La circulación monetaria
puede por tanto tener lugar sin crisis, pero las crisis no pueden tener lugar sin circulación monetaria.
Ahora bien, esto quiere decir únicamente que donde el trabajo fundado en el cambio privado no ha
alcanzado todavía, en su desarrollo, la fase de la creación del dinero, le es naturalmente menos
posible aún originar fenómenos que presuponen el desarrollo pleno del proceso de producción
burgués.

Se puede, pues, apreciar la profundidad de una crítica que pretende, por la abolición de los
“privilegios” de los metales preciosos y por medio de un llamado “sistema mone- tario racional”,
suprimir las “anomalías” de la producción burguesa. Para dar, por otra parte, un ejemplo de
apología económica, basta con citar una teoría, cuya perspicacia extraordinaria hizo mucho ruido.
James Mill, padre del conocido economista inglés John Stuart Mill, dice:

“No puede haber nunca escasez de compradores para todas las mercancías. Quien pone en venta
una mercancía quiere recibir a cambio otra mercancía y en virtud de ello es comprador por el
mero hecho de ser vendedor. Los compradores y vendedores de todas las mercancías tomados en su
conjunto deben, pues, por una necesidad metafísica, equilibrarse. De modo que si hay más
vendedores que compradores para una mercancía, debe necesariamente haber más compradores
que vendedores para otra mercancía“1.

Mill establece el equilibrio transformando el proceso de circulación en trueque directo, y


luego introduce de nuevo por contrabando en éste las figuras del comprador y del vendedor tomadas
del proceso de circulación. Empleando el lenguaje confuso de Mill, cabe decir que en los momentos
en que todas las mercancías son invendibles — como sucedió, por ejemplo, en Londres y en
Hamburgo en ciertos momentos de la crisis comercial de 1857-1858—, hay efectivamente más
compradores que vendedores para una sola mercancía, el dinero, y más vendedores que
compradores para todas las demás formas de dinero, las mercancías. El equilibrio metafísico de las
compras y las ventas se reduce al hecho de que cada compra es una venta y cada venta una compra,
lo que por lo demás no tiene nada de particularmente consolador para los poseedores de mercancías
que no logran vender ni, por consiguiente, comprar2.

La separación de la venta y la compra hace posible, al lado del comercio propiamente dicho, una
multitud de transacciones ficticias anteriores al cambio definitivo entre los productores y los
consumidores de mercancías. Ella permite a muchísimos parásitos introducirse en el proceso de
producción y sacar ventajas de dicha separación. Pero esto sólo quiere decir una vez más que con el
dinero como forma universal del trabajo burgués se da la posibilidad de desarrollo de las
contradicciones contenidas en el mismo trabajo.”
Cretinismo económico VI: contra la idea de que el valor de las mercancías
puede estar determinado por sustancias distintas a la cantidad de trabajo
socialmente necesario para producirlas.

Marx demuestra lógicamente que el valor de cambio de las mercancías está determinado por
un valor subyacente, es decir que hay una proporción dada a la que cada mercancía se
intercambia con las demás, y que esta proporción está determinada por los valores
cuantitativos de todas las mercancías, comparados entre sí. Enseguida nos dice que sólo el
trabajo humano abstracto puede ser el factor común que hace comparables a todas las
mercancías, haciendo así posible el intercambio entre equivalentes (equivalentes cuantitativos,
abstrayendo las características particulares). No voy a tratar de resumir su argumento que
está suficientemente desarrollado en el Capítulo I y está al alcance de cualquiera. En cambio
voy a poner énfasis en una característica necesaria de este valor: tiene que ser cuantificable.

Esto es lo que no comprendieron (o se hicieron los otarios) los críticos de Marx que trataron de
rechazar la teoría objetiva del valor-trabajo, para fundar en su reemplazo una teoría subjetiva del
valor, que se apoyaba en la utilidad (y luego en la utilidad marginal) como pretendido fundamento
del valor. El problema de esto es que la utilidad que uno reciba de la adquisición de un bien o
servicio es subjetiva, no cuantificable, y por lo tanto no puede ayudarnos en lo más mínimo a
establecer cuál es la proporción a la que se intercambian las mercancías. Adicionalmente, una
“teoría” como esta, no puede contrastarse con la realidad, con lo que resulta ser pura metafísica.

Así es que Bohm-Bawerk, un economista austríaco, rechazó al trabajo humano como determinante
del valor, con el argumento de que había otros posibles denominadores comunes de las mercancías,
que las hicieran intercambiables. Pues bien, esos otros denominadores comunes hipotéticos
necesitan tener tres condiciones: aplicarse a todas las mercancías, justificarse desde una visión
histórico-social de conjunto, y ser cuantificables.
Aquí nos remitimos sólo al último punto en relación a la pretensión de postular a la utilidad como
fundamento del valor, y repetimos: la utilidad no es cuantificable.
Si uno no tiene muchas ganas de gastar saliva en una discusión circular con un austríaco o un
neoclásico, puede simplemente remitirse a esta falencia fundamental, y dejar de perder el tiempo
con estos sofistas de poca monta.

Los dejo con la clarísima explicación de Marx en el capítulo I de El Capital:

(…)
Una mercancía individual, por ejemplo un quarter de trigo, se intercambia por otros artículos en las
proporciones más diversas. No obstante su valor de cambio se mantiene inalterado, ya sea que se
exprese en x betún, y seda, z oro, etc. Debe, por tanto, poseer un contenido diferenciable de estos
diversos modos de expresión.
Tomemos otras dos mercancías, por ejemplo el trigo y el hierro. Sea cual fuere su relación de
cambio, ésta se podrá representar siempre por una ecuación en la que determinada cantidad de trigo
se equipara a una cantidad cualquiera de hierro, por ejemplo: 1 quarter de trigo = a quintales de
hierro. ¿Qué denota esta ecuación? Que existe algo común, de la misma magnitud, en dos cosas
distintas, tanto en 1 quarter de trigo como en a quintales de hierro. Ambas, por consiguiente, son
iguales a una tercera, que en sí y para sí no es ni la una ni la otra. Cada una de ellas, pues, en tanto
es valor de cambio, tiene que ser reducible a esa tercera.
Un sencillo ejemplo geométrico nos ilustrará el punto. Para determinar y comparar la superficie
de todos los polígonos se los descompone en triángulos. Se reduce el triángulo, a su vez, a una
expresión totalmente distinta de su figura visible: el semiproducto de la base por la altura. De igual
suerte, es preciso reducir los valores de cambio de las mercancías a algo que les sea común, con
respecto a lo cual representen un más o un menos.
Ese algo común no puede ser una propiedad natural –geométrica, física, química o de otra índole–
de las mercancías. Sus propiedades corpóreas entran en consideración, única y exclusivamente, en
la medida en que ellas hacen útiles a las mercancías, en que las hacen ser, pues, valores de uso.
Pero, por otra parte, salta a la vista que es precisamente la abstracción de sus valores de uso lo que
caracteriza la relación de intercambio entre las mercancías. Dentro de tal relación, un valor de uso
vale exactamente lo mismo que cualquier otro, siempre que esté presente en la proporción que
corresponda. O, como dice el viejo Barbon: “Una clase de mercancías es tan buena como otra, si su
valor de cambio es igual. No existe diferencia o distinción entre cosas de igual valor de cambio”
[9]. En cuanto valores de uso, las mercancías son, ante todo, diferentes en cuanto a la cualidad;
como valores de cambio sólo pueden diferir por su cantidad, y no contienen, por consiguiente, ni un
solo átomo de valor de uso.
Ahora bien, si ponemos a un lado el valor de uso del cuerpo de las mercancías, únicamente les
restará una propiedad: la de ser productos del trabajo. No obstante, también el producto del
trabajo se nos ha transformado entre las manos. Si hacemos abstracción de su valor de uso,
abstraemos también los componentes y formas corpóreas que hacen de él un valor de uso. Ese
producto ya no es una mesa o casa o hilo o cualquier otra cosa útil. Todas sus propiedades sensibles
se han esfumado. Ya tampoco es producto del trabajo del ebanista o del albañil o del hilandero o de
cualquier otro trabajo productivo determinado. Con el carácter útil de los productos del trabajo se
desvanece el carácter útil de los trabajos representados en ellos y, por ende, se desvanecen también
las diversas formas concretas de esos trabajos; éstos dejan de distinguirse, reduciéndose en su
totalidad a trabajo humano indiferenciado, a trabajo abstractamente humano.
Examinemos ahora el residuo de los productos del trabajo. Nada ha quedado de ellos salvo una
misma objetividad espectral, una mera gelatina de trabajo humano indiferenciado, esto es, de gasto
de fuerza de trabajo humana sin consideración a la forma en que se gastó la misma. Esas cosas tan
sólo nos hacen presente que en su producción se empleó fuerza humana de trabajo, se acumuló
trabajo humano. En cuanto cristalizaciones de esa sustancia social común a ellas, son valores.
En la relación misma de intercambio entre las mercancías, su valor de cambio se nos puso de
manifiesto como algo por entero independiente de sus valores de uso. Si luego se hace
efectivamente abstracción del valor de uso que tienen los productos del trabajo, se obtiene su valor,
tal como acaba de determinarse. Ese algo común que se manifiesta en la relación de intercambio o
en el valor de cambio de las mercancías es, pues, su valor. El desenvolvimiento de la investigación
volverá a conducirnos al valor de cambio como modo de expresión o forma de manifestación
necesaria del valor, al que por de pronto, sin embargo, se ha de considerar independientemente de
esa forma.
Un valor de uso o un bien, por ende, sólo tiene valor porque en él está objetivado o materializado
trabajo abstractamente humano. ¿Cómo medir, entonces, la magnitud de su valor? Por la
cantidad de “sustancia generadora de valor” –por la cantidad de trabajo– contenida en ese valor de
uso. La cantidad de trabajo misma se mide por su duración, y el tiempo de trabajo, a su vez,
reconoce su patrón de medida en determinadas fracciones temporales, tales como hora, día, etcétera.
(…)

http://www.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/capital1/1.htm

Para ampliar el tema, veamos lo que dicen algunos ortodoxos. Simplemente expresan que “no
entienden” porqué la sustancia común que determina el valor tiene que ser por fuerza cuantificable.
Estos son los austríacos. Sus parientes neoclásicos pueden admitir que es necesario medir y
cuantificar la utilidad, aunque no saben cómo podría hacerse eso (v.g. el manual de Samuelson).

Pues bien, expliquemos que los ortodoxos afirman que las preferencias subjetivas se pueden ordenar
aunque no se puedan cuantificar… esto se puede ver claramente en un ejemplo que compare a solo
dos mercancías, caso en el que el sujeto prefiere a una mercancía respecto a otra. Pero no sabemos
cuánto la prefiere respecto a la otra, del mismo modo que no podemos medir cuánto más queremos
a una persona respecto a otra…

Entonces cuando salimos del simplista ejemplo de solo dos mercancías (falacia de composición)
para comparar en cambio a miles de mercancías, y se nos exige que tengamos una preferencia
precisa por algunas combinaciones de mercancías respecto a otras… resulta que es imposible
hacer la comparación a menos que cada mercancía tenga asignado un número específico que se
pueda sumar a los de las otras mercancías de un grupo para compararlas con el otro grupo.

Como vemos, cada mercancía debería tener asignada una magnitud para que la teoría utilitarista
fuese válida. Pero tal cosa es imposible. Es imposible no solamente porque no se puede medir de
ninguna manera… sino porque eso no sucede en la mente humana respecto a valoraciones
subjetivas. Esto queda claro con el ejemplo de a quién uno aprecia más, o cualquier caso por el
estilo.

Por lo tanto, el ordenamiento de la utilidad no es posible, luego la utilidad no puede


determinar el valor.

Los ortodoxos que admiten que no pueden medir el ordenamiento de las preferencias, sin embargo
olvidan que tal ordenamiento, además de inmedible, es teóricamente imposible… y por lo tanto
caen en la posición de simplemente afirmar (enfatizo: afirmar, sin sustento racional, opinar) que la
utilidad marginal existe en algún lugar de la mente (hasta apelan a un subconsciente que hace
cuentas) y que las preferencias se expresan en las elecciones fácticas que hacen los agentes al
decidir comprar algunas cosas y no otras… como se ve, aquí no hay una relación de determinación,
y se renuncia a toda causalidad y a toda explicación científica. La utilidad marginal se convierte en
una cuestión de fe, y hay que aceptar sin demostración de por medio, que es la utilidad marginal la
que determina las elecciones.

La utilidad marginal que pretendía explicar los precios termina siendo “explicada”… por los
precios (ver el manual de Samuelson, que resume este problema en una pequeña nota al pie, para
que los alumnos no le presten mucha atención).

En este tema sigo a Astarita en “Valor…”, Cap. 1.

Cretinismo económico VII: Contra la opinión de que el valor de las


mercancías está determinado por “muchos factores”.

A partir de la difusión de los postulados neoclásicos no sólo en la academia, sino en el sentido


común, resulta muy frecuente el encontrarse con una desconfianza puntual respecto al hecho de que
el valor esté determinado por una sustancia única. Veamos una dramatización:
“¡¿Sólo por el trabajo abstracto?! ¡Qué simpleza! No sabes nada de economía, ¿acaso nunca has
visto el inventario contable de una empresa, en el que se enumeran los distintos costos de múltiples
factores? ¡Es obvio que los costos que determinan el precio final son más de uno!”

So burro…

Esto revela una incomprensión fundamental de lo que debe ser una teoría del valor, en tanto
explicación y no mera descripción o enumeración contable, y asimismo nos sirve de aviso: no
estamos tratando con alguien acostumbrado a pensar los problemas, sino a imitar con mayor o
menor destreza, a los manuales de moda. Es que veamos, ¿no aparece como objeción inmediata a la
respuesta “de manual”, que si los costos fuesen “múltiples” y distintos entre sí y no reducibles a una
sustancia en común… que entonces no habría un común denominador que permitiera sumar todos
estos “costos” para formar así el precio final?

¡Un común denominador, qué idea tan extraña! Curiosamente estas personas suelen estar muy
entrenadas en matemáticas, al punto que llegan a confundir ciencia con formulación matemática
(ver), y sin embargo son incapaces de darse cuenta de algo tan elemental como que están
defendiendo la suma de peras con manzanas cual si fuera algo de lo más natural.

Pues bien, si se llegan a encontrar con tal descubrimiento y con la necesidad de responder cuál es el
común denominador que determina el valor, tiemblan los economistas ante tal pregunta, pues tienen
que optar entre el silencio y el ridículo.

Si eligen el segundo camino, tendrán que recurrir al manual que tengan más a mano, donde se les
dice que hay unos “factores” (capital+trabajo+ptf) que se suman. Por supuesto, nunca se les dice
que en realidad estos factores, como el factor capital, no pueden sumarse porque involucran objetos
heterogéneos, y que por esto se recurre a sumarlos por sus precios, con lo que se completa la
circularidad de hacer de los precios depender de otros precios, abandonando toda pretensión de
explicación científica (ver).

En suma, la cuestión del valor exige una respuesta con determinadas condiciones. Una de ellas es
que el determinante del valor debe ser una sustancia única, para que sirva de común denominador y
permita así la comparación numérica. Olvidar esto equivale a eludir el problema.

Este descubrimiento le permitió a David Ricardo superar la concepción fisiocrática de excedente y


valor físico, que no permitía un común denominador, y pasar a una concepción no física del valor, a
partir de la cual podría formular una teoría del valor que fuese válida para determinar el valor de
cambio de todas las mercancías reproducibles.

Recomendado:

http://rolandoastarita.wordpress.com/2013/08/19/dobb-y-su-critica-de-la-teoria-subjetiva/

http://rolandoastarita.wordpress.com/2012/12/13/competencia-y-teorias-subjetiva-y-objetiva-del-
valor-1/

http://rolandoastarita.wordpress.com/2013/01/10/competencia-y-teorias-subjetiva-y-objetiva-del-
valor-2/
http://rolandoastarita.wordpress.com/2013/01/24/competencia-y-teorias-subjetiva-y-objetiva-del-
valor-3/

Compilación de notas publicadas en divulgacionmarxista.wordpress.com

07 de Abril del 2018