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Dependencia y

MOVIMIENTO SOCIALISTA DE TRABAJADORES


Globalización Ruy Mauro Marini

Editorial Laura
Lecturas Proletarias
Editorial Laura
Lecturas Proletarias

Textos tomados de:


Ruy Mauro Marini, “El ciclo del capital en la economía dependiente”. Mercado y dependencia, Úrsula Oswald
(Coord.), Nueva Imagen, México, 1979, pp. 37-55. [http://www.marini-escritos.unam.mx/058_ciclo_capital_de-
pendiente.html].

_______________, “La acumulación capitalista dependiente y la superexplotación del trabajo”, Intervención en


el Encuentro de Economistas Latinoamericanos e Italianos, Roma, septiembre 1972. Publicado en 1973 por
el Centro de Estudios Socioeconómicos (CESO) de la Universidad de Chile. Reimpresión del Comité de Publi-
caciones de los Alumnos de la ENAH, México, 1974; cotejado con la versión publicada por el Centro de Estu-
dios Latinoamericanos (CELA) “Justo Arosemena”, Cuaderno Universitario n. 2, Panamá, septiembre de 1981.
[http://www.marini-escritos.unam.mx/043_acumulacion_superexplotacion.html].

_______________, “Irracionalidad de la dependencia”, Punto Final Internacional, Año IX, No. 197, México, sep-
tiembre-octubre de 1981. [http://www.marini-escritos.unam.mx/352_irracionalidad_dependencia.html].

_______________, “Proceso y tendencias de la globalización capitalista”, América Latina, dependencia y glo-


balización, Carlos Eduardo Martins (Comp.); Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales; Siglo del Hombre
Editores, Bogotá. 2008. Publicado originalmente en Ruy Mauro Marini y Márgara Millán (coords.), La teoría so-
cial latinoamericana, t. IV: Cuestiones contemporáneas, México, UNAM, FCPyS, CELA, 1996. [Tomado de: http://
www.marini-escritos.unam.mx/089_globalizacion_capitalista.html].

Créditos de la presente edición:


Preparación y adaptación por:
Raúl M. Báez Sánchez
Diseño:
Hugo J. Delgado-Martí

Editorial Laura/Lecturas Proletarias 2015.


Comisión de Educación Política
Movimiento Socialista de Trabajadores

Apartado 22699
Estación UPR
San Juan, PR 00931

www.bandera.org info@bandera.org Twitter:@mst_pr


Dialéctica de la Dependencia iii

Índice
Página

El pensamiento de Ruy Mauro Marini y su actualidad para las 1


ciencias sociales
El ciclo del capital en la economía dependiente 12

La acumulación capitalista dependiente y la superexplotación del 20


trabajo
Irracionalidad de la dependencia 28

Proceso y tendencias de la globalización capitalista 29


Ruy Mauro Marini (Brasil, 1932 - México,
1997) Autor principal de la Teoría de la
Dependencia. Participó de los procesos de
lucha revolucionaria latinoamericana de las
décadas del 60 y 70 en Chile, Cuba, México y
Brasil. Militó en el Movimiento de Izquierda
Revolucionaria de Chile durante el ascenso de
Pinochet, siendo uno de los principales teóricos
marxistas de la izquierda revolucionaria.

Se pueden acceder sus escritos en la


siguiente página:

http://www.marini-escritos.unam.mx
Dialéctica de la Dependencia 1

El pensamiento de Ruy Mauro Marini y su


actualidad para las ciencias sociales1
Por: Carlos Eduardo Martins

Introducción
La obra de Ruy Mauro Marini es una de las más importantes y originales del pensamiento social y del mar-
xismo en el siglo XX. Muy difundido en América Latina, paradójicamente el pensamiento de Marini aún es poco
conocido en Brasil. Diversas razones contribuyen para eso.

La primera razón se debe al golpe militar de 1964, que lo apartó del país antes de que el autor desarrollara
gran parte de su producción. Los ecos de la dictadura siguieron presentes tras la amnistía política de 1979, ya
que, en el caso de Marini, la amnistía se extendió al campo profesional solamente en 1987, cuando fue reinte-
grado a la Universidad de Brasilia (UNB), de la cual había sido expulsado por los militares. La segunda razón
tiene que ver con la derrota de los movimientos revolucionarios en América Latina en la década de 1970, lo que
ha permitido la rearticulación de la ofensiva conservadora, limitando así el aislamiento ideológico de las dicta-
duras. La tercera está relacionada al hecho de que la estrategia burguesa de redemocratización logró articular
un nuevo consenso ideológico, encontrando un campo de actuación específico en las ciencias sociales. Con
especial fuerza en Brasil, la Fundación Ford ha cumplido un papel muy importante, tratando de constituir una
comunidad académica emergente capaz de dirigir la base económica que se había generado en el contexto
democrático. Se sustituyó así el enfoque transdisciplinario –que había caracterizado el pensamiento latinoa-
mericano de las décadas de 1950, 1960 y 1970– por el enfoque analítico, que fragmentó las ciencias sociales
en disciplinas autónomas y desautorizó intervenciones globales en las sociedades, limitándose a gestionar y
acomodar dimensiones sistémicas específicas. Economía, política, historia, sociología, antropología y relacio-
nes internacionales se convirtieron en “propietarias” de determinadas dimensiones de la realidad, rechazando
la socialización de sus objetos de conocimiento.

Fernando Henrique Cardoso fue pionero en la articulación del papel que la Fundación Ford ha ejercido en
Brasil y América Latina. El resultado ha sido la formación de una comunidad académica liberal, comprometida
con la dominación burguesa y subordinada a la hegemonía estadounidense, pero que rechazaba la dictadura
y, en menor grado, el imperialismo como formas de ejercicio del poder. Esta comunidad ha consolidado posi-
ciones en la universidad brasileña y en los medios de comunicación de masa, oponiéndose a la reintegración
del enfoque latinoamericanista a la cultura política brasileña. La publicación por parte del Centro Brasileiro de
Análise e Planejamento (Cebrap) –institución financiada por la Fundación Ford– de una crítica de Fernando
Henrique Cardoso y José Serra a la obra de Marini –sin la respuesta del autor, durante la vigencia de la dicta-
dura, censurando el debate que sí ha ocurrido en México– ha contribuido para desvirtuar la obra de Marini en
Brasil. Por fin, el desmantelamiento de las universidades públicas por la ofensiva neoliberal dificultó la recons-
trucción de la ciencia social articulada al interés de las grandes mayorías. Pero son precisamente las crisis
económica, social, política e ideológica del neoliberalismo las que impulsan la relectura de la obra de Marini
para reflexionar acerca de los dilemas de la actualidad.

La obra de Marini desarrolla cuatro temas de gran relevancia. En primer lugar, la economía política de la de-
pendencia, que a partir de la década de 1990 se convierte en economía política de la globalización. El segundo
gran tema es el análisis del mo- delo político latinoamericano. El tercero es el socialismo como movimiento
político y experiencia estatal y civilizatoria, que tiene presencia destacada en su obra. El cuarto es el pensa-
miento latinoamericano, cuyas principales corrientes él sistematiza y analiza durante la década de 1990, con-
siderando la tarea de su revisión crítica para atender los desafíos del siglo XXI.

La economía política Mariniana


Se puede situar entre 1969 y 1979 la primera fase de la economía política formulada por Marini. Ésta se
desarrolla por un conjunto de textos del autor: Dialéctica de la dependencia (1973); “Las razones del neode-
sarrollismo: respuesta a F.H. Cardoso y J. Serra” (1978b); “Plusvalía extraordinaria y acumulación de capital”
2 Dialéctica de la Dependencia

(1979b) y “El ciclo del capital en la economía dependiente” (1979a). A estos textos es posible agregar el libro
Subdesarrollo y revolución, sobre todo el prefacio a la 5a. edición (1974). Dialéctica de la dependencia es el
texto más famoso, pero no el único, ni tampoco necesariamente el más importante; sienta la base de una eco-
nomía política de la dependencia que fue profundizada después y se volvió objeto de grandes polémicas, entre
las cuales se destacan las que sostuvieron Cardoso y Serra, de un lado, y Agustín Cueva, de otro. En la década
de 1990 el autor inicia una segunda fase de su economía política, centrada, en especial, en su texto “Procesos
y tendencias de la globalización capitalista” (1996).

¿Cuáles son las principales tesis de la economía política de la dependencia formulada por Marini?

El autor parte de la comprensión del capitalismo como un sistema mundial jerarquizado, monopólico y des-
igual, que produce y reproduce patrones nacionales/locales distintos de acumulación. Este sistema crea cen-
tros mundiales de acumulación de capital y regiones dependientes insertadas en un proceso global de trans-
ferencia de valor que tiende a retroalimentar esta polarización. Mientras en los centros la acumulación tiende
a gravitar hacia la plusvalía relativa a la medida en que el modo de producción capitalista y su base industrial
se desarrollan, en los países dependientes los patrones de acumulación están basados en la superexplotación
del trabajo.

La superexplotación se caracteriza por la reducción de los precios de la fuerza de trabajo por debajo de su
valor y se desarrolla mediante cuatro mecanismos: el aumento de la jornada o de la intensidad de trabajo sin
la remuneración equivalente al mayor desgaste del trabajador; la reducción salarial; o, finalmente, el aumento
de la cualificación del trabajador sin la remuneración equivalente al aumento del valor de la fuerza de trabajo.2
Estos mecanismos pueden desarrollarse aisladamente o de modo combinado, según la fase en curso de la
acumulación de capital, pero representan mayor desgaste del trabajador y, por consecuencia, el agotamiento
prematuro y la limitación de su fuerza de trabajo, en condiciones tecnológicas determinadas.

Y ¿por qué la superexplotación sería la característica específica de la acumulación de los países depen-
dientes? La respuesta de Marini lo lleva a la teoría general de la acumulación de capital para buscar en el ca-
pitalismo dependiente sus condiciones específicas de actuación, siguiendo estrictamente el método marxista
de moverse de lo abstracto a lo concreto. Para el autor, la innovación tecnológica y la plusvalía extraordinaria
están ligadas prioritariamente al segmento de bienes de consumo de lujo. Este tema es abordado con deta-
lle en “Plusvalía extraordinaria y acumulación de capital” (1979b), desarrollando una problemática abordada
inicialmente en Dialéctica de la dependencia (1973). En este artículo, el autor se preocupa por la plusvalía
extraordinaria, ultrapasando el plan de análisis del capitalista individual en el interior de su ramo para situarse
en el plan intersectorial, al preguntarse acerca de cuál sector sería capaz de sostener su establecimiento de
forma sistemática.

La plusvalía extraordinaria desvaloriza individualmente las mercancías, pero mantiene su valor social, una
vez que está fundada en el monopolio tecnológico, ampliando la masa física de mercancías. Su realización,
cuando se convierte en ganancia extraordinaria, exige una demanda ampliada. Esta demanda no puede ser
impulsada por bienes de consumo necesario, pues esto supondría la transferencia de plusvalía retirada de la
fuerza de trabajo, bajo la forma de aumento de los costos de trabajo y caída de los precios, destruyendo total o
parcialmente la ganancia extraordinaria. Ésta es proporcionada, preferencialmente, por los bienes de consumo
de lujo y sus insumos productivos: su base material es la economía relativa de trabajo establecida por la inno-
vación tecnológica que desplaza la demanda de los trabajadores hacia el capital.

La plusvalía extraordinaria, que promueve la innovación tecnológica, presenta una importante contradicción
con la plusvalía relativa. A diferencia de ésta, no amplía la producción de plusvalía. Representa solamente una
nueva repartición de la masa de plusvalía disponible, pues no desvaloriza socialmente la mercancía. Se con-
centra en el sector de bienes de consumo suntuarios, desvinculando el progreso técnico de la desvalorización
de la fuerza de trabajo y de los bienes de consumo necesarios que el trabajador utiliza para reproducirla.

Fue exactamente esa tendencia de desvincular el dinamismo del progreso técnico de los bienes de con-
sumo necesarios que ha llevado el capital a desarrollar el mercado mundial como importante fundamento de
su modo de producción y de la revolución industrial. Se ha concentrado en aproximadamente 20% a 25% de
la humanidad (Europa occidental, Estados Unidos, Canadá, Japón, Australia, Nueva Zelanda y las élites de la
periferia y semiperiferia), ampliando el tipo de demanda que le permite mantener el valor social de mercancía
independiente de la reducción de su valor individual. Esta configuración de la demanda mundial, impulsada
por la innovación tecnológica y por sus efectos distributivos, fue uno de los factores que estuvo en la base del
secular deterioro de los precios de los productos primarios y básicos vis-à-vis a los manufacturados y de lujo.
Dialéctica de la Dependencia 3
Frente a la apropiación de plusvalía fundada en el dinamismo tecnológico del segmento de bienes de con-
sumo suntuario, el segmento de bienes de consumo necesario intenta reaccionar. Hay dos formas de hacerlo:
la primera, propia de los países centrales, es neutralizar parcialmente el monopolio del sector de bienes de
consumo de lujo mediante la competencia tecnológica. Para esto, es necesario cierto grado de homogeneida-
des tecnológicas intersectorial y social. Este proceso permitirá inicialmente al empresario individual que actúa
en el segmento de bienes necesarios alcanzar la plusvalía extraordinaria en su interior. Sin embargo, en el mo-
mento en que la competencia tecnológica se generaliza en este segmento, los monopolios intrasectoriales se
reducen y las mercancías que componen el valor de fuerza de trabajo se desvalorizan socialmente, generando
plusvalía relativa. La otra forma es mediante la superexplotación del trabajo. Incapaz de neutralizar incluso
relativamente los efectos tóxicos del monopolio tecnológico sobre su tasa de ganancia, el sector de bienes de
consumo necesario recurre a la superexplotación del trabajo para restablecerla, aumentando la tasa de plus-
valía y la tasa media de ganancia, movimiento éste que no se puede hacer sin la destrucción y concentración
de capitales en el mismo ramo. Esta situación ocurre cuando la parte constituida por la masa de valor referente
a la producción de plusvalía del sector de bienes de consumo necesario llega a ser inferior a la representada
por la apropiación que sufre. Para que esto se establezca, son necesarias dos condiciones: la productividad
y/o el dinamismo en este segmento debe ser inferior a la mitad de aquella en el segmento de bienes de con-
sumo suntuario; y éste, a su vez, debe determinar las condiciones medias de producción en proporción por lo
menos equivalente al segmento de bienes necesarios.3

Esa segunda situación configura la condición típica de dependencia. En ésta, la tecnología extranjera ingre-
sa en intervalos, concentrándose en el segmento de bienes de consumo suntuarios, y limita drásticamente la
capacidad de respuesta local. Esto ocurre en función de la conjunción de dos factores: las asimetrías tecnoló-
gicas presentes en la economía mundial y el control del Estado en los países dependientes por segmentos de
los capitales locales que buscan la ganancia extraordinaria y utilizan, para esto, la tecnología extranjera, inter-
nalizando una especialización productiva complementaria a la establecida por el gran capital internacional en
sus Estados nacionales de origen. La tecnología extranjera se dirige, inicial y prioritariamente, a la producción
de bienes que pueden desvalorizar el capital constante, circulante y variable en los países centrales y, poste-
riormente –durante la industrialización de los países dependientes, sin eliminar esta primera orientación–,
preferencialmente al consumo suntuario interno. La superexplotación no alcanza, claro está, solamente el
segmento de bienes necesarios. Se generaliza en la formación social. Recompone la tasa de ganancia de las
empresas del sector de bienes de consumo suntuario que sufren asimetrías tecnológicas y las tasas de ga-
nancias de las filiales de las empresas extranjeras que transfieren excedentes para propietarios no residentes
y lideran el dinamismo tecnológico. Se cristaliza un segmento monopólico de la burguesía nacional, asociado
a la tecnología extranjera, que genera altas tasas de plusvalía y de ganancia, beneficiándose del mercado de
trabajo regido por la superexplotación para proyectarse nacional e internacionalmente.

El sector monopólico de la burguesía dependiente, representado por el gran capital internacional y nacional,
tiene como base de su plusvalía extraordinaria el monopolio sectorial que ejerce en la economía dependiente,
transfiriendo para los capitales de composición social mediana4 o inferior las pérdidas que sufre por su inser-
ción mundial dependiente. Éstas se manifiestan en el deterioro de los términos de intercambio, en las remesas
de ganancias y en los pagos de intereses/amortizaciones de deudas o de servicios tecnológicos, comerciales
y financieros internacionales.

Las inversiones del segmento de bienes de consumo necesarios pasan a estar vinculada:

1) A la expansión demográfica del número de trabajadores incorporados al proceso de trabajo y al asalaria-


miento, mantenido el nivel medio de los salarios.

2) Al aumento de la jornada de trabajo, de su intensidad o de la calificación de la fuerza de trabajo, y del


coeficiente representado por su múltiplo, aunque la superexplotación limite, en parte o en la totalidad, la expre-
sión de mayor desgaste o del aumento del valor de fuerza de trabajo en sus precios.

3) Al aumento del valor moral e histórico de la fuerza de trabajo, variable ésta limitada por la propia superex-
plotación, que le restringe las condiciones específicas de formación al poner fuertes restricciones al desarrollo
social y político de los procesos democráticos.

4) A la devaluación de los bienes de consumo suntuarios en función de la competencia permanente para


la fijación de la plusvalía extraordinaria.5 Esa devaluación puede incluir poco a poco parte de estos bienes de
consumo a la esfera de consumo popular –principalmente durante los ciclos largos de expansión del capita-
lismo, cuando las innovaciones tecnológicas se difunden–, desde que el valor de la fuerza de trabajo aumente,
4 Dialéctica de la Dependencia

aunque menos proporcionalmente, los salarios para incorporar mercancías más caras que las que por tradi-
ción pertenecen a la esfera de consumo popular. Tales bienes podrán, empero, ser nuevamente retirados de la
esfera de consumo popular, si los mecanismos de caída de los precios de la fuerza de trabajo por debajo de su
valor se acentúan. Se trata de un proceso diferente de la forma de ampliación del consumo típica de la plus-
valía relativa, en la cual la expansión del consumo de los trabajadores se da por la disminución del valor de los
bienes de consumo necesarios.

En la década de 1990, Marini (1992 y 1996) se vuelca hacia la globalización capitalista, buscando analizar
sus fundamentos.6 Él afirma que la superexplotación, entonces característica de la periferia, se generaliza en
dirección a los centros del sistema mundial. Para explicar este movimiento, el autor apunta hacia dos nuevas
formas de obtención de plusvalía extraordinaria en el capitalismo globalizado: el monopolio de la ciencia y
del trabajo intensivo en conocimiento y la descentralización de las tecnologías físicas, que pierden su lugar
estratégico en la división internacional del trabajo y son transferidas para la periferia y semiperiferia en la bús-
queda del trabajo superexplotado. Éste pasa a producir mercancías para el mercado mundial que compiten
parcialmente con la especialización productiva de los centros, utilizando tecnologías con alta productividad.
El resultado es la tendencia a nivelar la composición técnica del capital en el mundo, mediante la reorganiza-
ción de la división internacional del trabajo que crea un nuevo monopolio, de dimensiones globales, capaz de
imponer significativas asimetrías a la burguesía de base estrictamente nacional de los países centrales. Esta
burguesía, en consecuencia, recurre a la superexplotación frente a su incapacidad de restablecer sus tasas de
ganancia a partir del dinamismo de la corrida tecnológica.

El otro tema de importancia central en la economía política mariniana es el sub- imperialismo, que presenta
dos dimensiones: la económica y la política. En el nivel económico, se convierte en la alternativa más dinámica
para la realización de las mercancías, una vez que la composición orgánica del capital en los países depen-
dientes alcanza el nivel intermediario con la introducción de la industria de bienes de consumo durables en la
región. El aumento de las escalas productivas encuentra límites de realización en la formación social basada
en la superexplotación. Estos límites pueden ser sobrepasa- dos sólo parcialmente con la transferencia de
ingreso hacia los segmentos de consumo suntuario, pues la disponibilidad de ingreso para el consumo no es
garantía de que el consumo realmente ocurra, una vez que la mercancía debe representar determinado valor de
uso para quienes la compran. La demanda estatal, otra forma de realización de mercancías, encuentra límites
en la oposición de los monopolios privados a la construcción de un poderoso capitalismo de Estado, centrado
en las empresas estatales y buscando ampliar la autonomía tecnológica. El riesgo de esta alternativa, que ha
movilizado segmentos del sector militar y de la burocracia estatal, fue una de las razones para que el gran
capital desplazara su apoyo a las dictaduras para la transición hacia democracias controladas por las élites
burguesas.

El subimperialismo, teorizado por Marini en la década de 1970, se caracteriza, desde el punto de vista eco-
nómico, por el alto dinamismo de las exportaciones de mercancías –en particular, las manufacturas–, por la
exportación de capital y por el control regional de materias-primas y abastecimiento energético. El movimiento
de despliegue internacional se daría sobre todo en dirección a otros países dependientes, para los cuales los
países subimperialistas se presentarían como subcentros integradores. Para Marini (1977), en América Latina,
entre los tres países en condiciones de desarrollar una trayectoria subimperialista (Brasil, Argentina y México),
solamente Brasil tendría posibilidades de ejercer tal política.

La autonomía de los centros subimperialistas sería limitada por el imperialismo, del cual dependería tec-
nológica e ideológicamente. Sin embargo, este límite no impediría el establecimiento de importantes con-
tradicciones en el proceso de jerarquización entre países subimperialistas e imperialistas. La afirmación del
subimperialismo dependería de la política estatal que lograra utilizar las posibilidades internacionales del pa-
saje de la unipolaridad hacia la integración jerarquizada –cuando el gran capital internacional restablece su
autonomía relativa en relación con el Estado norteamericano y desarrolla la transición hacia la hegemonía
compartida– para impulsar un proyecto regional asimétrico.7 Su mayor expresión fue el aparato tecnomilitar
construido por las dictaduras latinoamericanas y su concepto de fronteras ideológicas. Sin embargo, varios
factores restringieron las posibilidades del subimperialismo, sin necesariamente eliminarlo: el apoyo del capi-
tal internacional a los procesos de redemocratización frente a las pretensiones de potencia de las dictaduras
militares; la centralización financiera mundial impulsada por Estados Unidos en la década de 1980, que ha co-
lapsado la base financiera de los proyectos de modernización latinoamericanos y su pretensión de internalizar
la industria pesada apoyada en el crédito internacional; y la internacionalización de procesos productivos y
mercados internos a partir del neoliberalismo (Marini, 1992 y 1996).
Dialéctica de la Dependencia 5

El modelo político latinoamericano y la cuestión del socialismo


Marini se dedica a la teorización del modelo político latinoamericano. Uno de sus principales aportes en este
campo es el concepto de Estado de contrainsurgencia, cuya emergencia, desarrollo y crisis Marini analiza en
diferentes textos (1978a, 1992 y 1995). Esta forma de Estado encuentra condiciones objetivas para su desa-
rrollo a partir de la integración de los sistemas productivos latinoamericanos mediante la inversión extranjera
directa (IED). Esta integración multiplica la monopolización del capital y la superexplotación del trabajo, ge-
nera dialécticamente un movimiento de masas que presiona los límites conservadores del pacto populista y
es enfrentado internamente por el conjunto de la burguesía y del sector militar, bajo el liderazgo y auxilio de la
estrategia estadounidense de contrainsurgencia. Estos segmentos aprovechan las debilidades del movimiento
popular, marcado por la influencia populista y reformista, para derrotarlo. Esta doctrina presenta identidades
y diferencias en relación con el fascismo, una vez que ambas son formas específicas de contrarrevolución; si,
por un lado, como el fascismo, se propone aniquilar al enemigo, impidiéndole seguir su oposición, por otro lado
sugiere restablecer la democracia burguesa, para superar así el periodo de crisis y excepción. La incapacidad
de formar una base de masas pequeño- burguesas, sea en función de la proletarización de estas camadas, sea
debido a la amplitud de la superexplotación o de la desnacionalización realizada por la economía política de la
contrainsurgencia, confiere privilegios a las fuerzas armadas como pilar del golpe de Estado y de la dictadura
a ser implantada, lo que acentúa las diferencias en relación con el fascismo.

El Estado de contrainsurgencia no se restringe necesariamente a la forma dictatorial. Se habilita al construir


democracias tuteladas, configurando aparatos militares y económicos más allá del control del poder legisla-
tivo, que lo constituyen como Estado corporativo de la burguesía monopólica y de las fuerzas armadas. Esta
evolución se dio durante la transición democrática, lo que el autor llama de Estados de cuarto poder, cuando el
gran capital y el aparato represivo buscaron institucionalizar democracias vigiladas y bajo control. Dos facto-
res limitan la fórmula del Estado de cuarto poder: la recomposición de los movimientos sociales que opusieran
fuerte ofensiva por la ampliación de la democratización en la década de 1980, y las fracturas provocadas por
el neoliberalismo en el bloque burgués-militar que ha sostenido el Estado de contrainsurgencia. El neolibera-
lismo impulsó la reconversión del sector productivo latinoamericano, destruyendo parcialmente segmentos de
mayor valor agregado, imponiendo fuertes desnacionalizaciones productiva, comercial y financiera, y aumen-
tando el endeudamiento estatal. Este proceso ha confrontado las pretensiones de afirmación nacional de los
militares; de modo muy claro, la media y baja oficialidades, menos articuladas con el gran capital.

Para el autor, las democracias liberales en América Latina se asientan sobre la gran fragilidad institucional.
La superexplotación del trabajo implica altos niveles de desigualdad de ingreso y propiedad, además de una
significativa pobreza estructural, entrando en contradicción con la ideología liberal que promete progreso ma-
terial y libertad a los individuos. La superexplotación no puede ser combatida eficazmente mediante los meca-
nismos de la democracia representativa, que suponen la pasividad de las grandes mayorías de la población y
abren margen para importantes retrocesos en conquistas acumuladas en la economía política del trabajo. Un
proyecto político comprometido con cambios estructurales sustantivos, como la erradicación de la pobreza y
la reducción de las desigualdades, implica la organización de la clase trabajadora y de los movimientos so-
ciales como sujetos políticos. En sus formas más avanzadas y orgánicas, implica sobrepasar la democracia
parlamentaria en dirección a la democracia participativa, lo que incluye la socialización de la gestión de empre-
sas, del Estado y de la sociedad en general, configurando un amplio proceso de emergencia de la subjetividad
popular. Este tema ha sido tratado por Marini en El reformismo y la contrarrevolución: estudios sobre Chile
(1976), al abordar la cuestión de la dualidad de poderes, en que menciona el choque entre las dinámicas social
y política de la clase trabajadora y la institucionalidad burguesa-liberal, centrada en la representación política.
El gran capital y sus líderes recurren al Estado de contrainsurgencia para destruirlas, pero, para eso, necesi-
tan recuperar la iniciativa política, apoyándose en las debilidades organizativas de la clase trabajadora. La
introducción de reformas sociales de contenido popular coliciona con la resistencia del gran capital, apoyado
por parcelas significativas de los sectores medianos y de la pequeña burguesía, y tiende a desplegarse en ca-
pitalismo de Estado o en formas de transición al socialismo. Para el autor, las posibilidades de autonomía del
capitalismo de Estado son limitadas y lo más probable es su evolución al socialismo o su desmantelamiento
por la imposición del Estado de contrainsurgencia.

En su artículo “Dos notas sobre el socialismo” (1993), Marini señala el carácter histórico, provisorio y limitado
de las formas iniciales del Estado socialista. Tal como el capitalismo ha surgido en el siglo XVI, a partir del con-
trol del Estado por el capital comercial y bancario, sin tener sus fuerzas productivas plenamente desarrolladas,
el socialismo es una forma de transición para una sociedad superior, que surge en situación de escasez, en el
siglo XX, sin los elementos para establecer plenamente sus formas políticas, económicas, sociales y cultura-
6 Dialéctica de la Dependencia

les. El capitalismo ha tardado casi 300 años para transformar el control económico sobre el Estado absolutista
en las condiciones materiales para el desarrollo de sus fuerzas productivas o de su revolución política y cul-
tural, afirmando el Estado liberal y el primado del individuo sobre las corporaciones. Así, el control político de
los trabajadores sobre el Estado no implica simultáneamente el desarrollo de formas societarias vinculadas al
modo de producción comunista. Pero la aceleración tecnológica, provocada por el propio capitalismo, permite
reducir en mucho este periodo de transición. El desarrollo del socialismo implica el establecimiento de fuerzas
productivas centradas en el hombre. Éstas están basadas en el trabajo intelectual, en la mundialización de los
procesos productivos, en la nivelación tecnológica internacional y en la democracia radical, en que el gobierno
de la mayoría se desplaza de la coerción hacia la persuasión como principio central de ejercicio del poder.

Según el autor, el bajo nivel de desarrollo de las fuerzas productivas en que se establecieron las experiencias
socialistas del siglo XX generó un conjunto de importantes distorsiones concernientes a la potencialidad de
esta formación social. Los más importantes son la sustitución del proletariado y de segmentos populares por
el partido como sujeto histórico y el intento de suprimir el mercado en un momento en que los niveles de desa-
rrollo de las relaciones sociales no permitían hacerlo sin afectar sustanciosamente el dinamismo económico y
la eficiencia. Para Marini (1993), la revisión del socialismo, en el siglo XXI, debería implicar simultáneamente la
democratización y descentralización de la gestión a los trabajadores y el restablecimiento de los mecanismos
de mercado, que se revelasen necesarios a la eliminación de la escasez. Debería, además, multiplicar su in-
ternacionalización, saliendo del plano nacional de un solo país hacia el regional y mundial. En América Latina,
la dimensión regional del socialismo afirmaría las nacionalidades y correspondería al nivel más amplio de de-
sarrollo de las fuerzas productivas introducidas por la globalización, permitiendo la integración a la economía
mundial y la preservación de soberanías y principios internos de globalización.

Marini (1993) plantea que la relación entre democracia y socialismo es contradictoria. En su sentido pleno, el
socialismo significa la máxima realización de la democracia, entendida como el gobierno ejercido por las ma-
yorías, centrado en la persuasión. Sin embargo, esta alternativa depende del desarrollo de las bases materia-
les, sociales, políticas y morales del socialismo, como Estado y movimientos sociales. El fortalecimiento de la
alternativa socialista podría significar la aproximación del proceso revolucionario a la vía pacífica, implicando
política de alianzas en el seno de la clase trabajadora (diversos segmentos del proletariado y del campesina-
do) y de tolerancia a la burguesía, que resultaría en el pluralismo, bajo el liderazgo político e ideológico de los
trabajadores. En contraste, a la mayor debilidad del socialismo correspondería el fortalecimiento de la coerción
y del alejamiento de la alternativa democrática. En este contexto, la democracia podría representar su diso-
lución. Sin embargo, el desplazamiento excesivo a la coerción implicaría otra forma de amenaza al proyecto
socialista, con el riesgo de ruptura interna del partido en relación con la meta de transición al comunismo. El
restablecimiento de la burocracia, bajo la forma socialista, si combinado con la supresión del mercado, puede
conllevar problemas para el desarrollo económico. La capacidad del poder central de asignar recursos con efi-
ciencia, eficacia y efectividad encuentra restricciones en las limitaciones de los instrumentos de medición de
la utilidad social de productos y servicios. Para Marx, el mercado sólo es parcialmente superado por el desa-
rrollo de la burocracia como forma de asignación de recursos. En realidad, tiende a combinarse con ésta para
desarrollarse. Solamente la democratización y la socialización del poder tendrán la capacidad de articularse
con las instancias centrales de decisión y sustituir el mercado como instrumento de medición de la utilidad
social de productos y servicios.

En su análisis sobre el Estado, Marini (1978a, 1992 y 1995) distingue dos niveles de poder: el de las institu-
ciones sociales a partir de las cuales una clase construye sus relaciones de dominación, y el de su síntesis en
el aparato jurídico-político institucional, por medio del Estado, que ejerce su dictadura basada en la coerción,
representada en la ley. Para el autor, hay una relación dialéctica entre estas dos dimensiones. El aparato jurídi-
co- político estatal expresa y fundamenta relaciones de dominación entre las clases sociales que sólo pueden
ser transformadas de hecho a partir de cambios en la estructura de este aparato coercitivo. Estos cambios, a
su vez, no pueden ser impuestos unilateralmente, de arriba hacia abajo, y dependen de transformaciones que
se desarrollarán hasta cierto punto en el seno de la propia sociedad, que, al hacerlo, es capaz de sostenerlos y
desarrollarlos en el ámbito del aparato jurídico-político estatal.

La democracia parlamentaria se articula a la burocracia como modelo de gestión, al despotismo de la


subsunción formal y real del trabajo al capital y a la pasividad político-social de las masas, cuya actividad se
circunscribe al ejercicio periódico del voto, lo que no constituye, pues, una forma adecuada para la construc-
ción del socialismo. La transición democrática al socialismo requiere la construcción de una institucionalidad
que rompa con el despotismo del capital, transfiera a los trabajadores los mecanismos de dirección social y
política, y los represente públicamente en el aparato estatal. La forma pacífica de esta transición depende de
Dialéctica de la Dependencia 7
la penetración de la ideología socialista, democrática y popular en segmentos del aparato represivo del Esta-
do, capaces de neutralizar, en el propio Estado y el en conjunto de la sociedad, la rebelión burguesa frente al
desarrollo de los mecanismos de participación social. Sin embargo, el autor resalta que la violencia está pre-
sente incluso en la transición pacífica: se impone la socialización de los medios de producción y del excedente
económico, aunque este proceso pueda combinarse con la preservación de las burguesías pequeña y mediana
(Marini, 1976).

La contribución al pensamiento social y el debate en el interior de la Teoría de la


dependencia
En la década de 1990, Marini realiza un balance del pensamiento social latinoamericano y de su obra. Al
analizarla, la inscribe en el ámbito de la segunda floración marxista de la teoría de la dependencia, de las dé-
cadas de 1960 y 1970, que siguió la de 1920. En esta década, autores como José Carlos Mariátegui y Ramiro
Guerra habían señalado que la debilidad de las burguesías latinoamericanas y su incapacidad de enfrentar el
imperialismo las conducían a la subordinación y asociación con el imperialismo. No serían propulsoras de una
revolución democrático-burguesa, basada en la reforma agraria y la revolución industrial que pudiera integrar
la población latinoamericana en el consumo de masas y propiciar una soberanía científica o tecnológica. Los
países latinoamericanos se tornarían en Estados dirigidos por oligarquías primario- exportadoras, en asocia-
ción con los capitales comercial y bancario, fundamentalmente extranjeros, que controlarían el sector expor-
tador y de servicios. La industrialización se convierte en una tarea a ser cumplida por el socialismo, impulsado
por el proletariado urbano y apoyado por las masas rurales inscritas en distintas formas de relaciones de
trabajo y propiedad.

La teoría de la dependencia, que se desarrolla en la década de 1960, pone en cuestión muchos de los su-
puestos establecidos en la década de 1920. Si, por un lado, mantiene la tesis acerca de la burguesía latinoa-
mericana y de su asociación con el imperialismo, por otro plantea que esta asociación conduce al dinamismo
y al desarrollo de las fuerzas productivas y a la hegemonía de la fracción industrial del capital sobre la fracción
agraria en el conjunto de la región, sobre todo en los Estados con mayor mercado interno y base demográfi-
ca. A partir de esta convergencia básica, se crean profundas diferencias entre los teóricos de la dependencia
acerca de las tendencias que caracterizarían el capitalismo dependiente y de los modelos de desarrollo político
y económico que deberían buscarse. Las divergencias acerca de las tendencias del capitalismo dependiente
se refieren principalmente al papel ejercido por el capital extranjero, por el mercado interno y por las formas
políticas de su promoción.

Fernando Henrique Cardoso y Enzo Falleto construyen la versión weberiana de la dependencia. Para ellos,
la dependencia es el paradigma de desarrollo de los Estados periféricos. Por esto, hacen restricciones a los
modelos políticos que intentan condicionar las relaciones con el mercado mundial y sus principales actores
al ejercicio de la soberanía nacional, lo que exigiría la fuerte presencia reguladora del Estado. Nacionalismo,
populismo y socialismo son descartados como propiciadores de alternativas de desarrollo para los países
latinoamericanos, una vez que promoverían el autoritarismo, el corporativismo y las dificultades de diferencia-
ción del sistema productivo –esto es, la estancación–, combinación articulada por la presencia excesiva de
la burocracia estatal. El autoritarismo que se despliega en América Latina en las décadas de 1960 y 1970 es
entendido por Cardoso (1975, 1979 y 1995) como una fórmula política sostenida mucho más por una burocra-
cia corporativa civil-militar, afirmada en el Estado por medio de anillos burocráticos y a quienes el autor llama
de burguesía estatal, que por las burguesías empresariales extranjera y nacional enraizadas en las sociedades
civiles. Para los autores, el grado de autonomía de los Estados frente al gran capital internacional debe ser limi-
tado, garantizando así el dinamismo económico, la ampliación del mercado interno y una democracia estable.

Para Cardoso, el capital extranjero capitaliza la región aunque provoque salidas superiores a las entradas
mediante pagos de remesas de ganancias, intereses, regalías, etcétera. Esto se daría en función de la crisis de
realización de plusvalía que en retorno de la exportación de capitales provoca en los países centrales, solu-
cionada parcialmente mediante gastos militares y de bienestar social. El crédito extranjero y el endeudamien-
to externo promoverían la continuidad del desarrollo en la periferia y el control relativo de los desequilibrios
macroeconómicos. La penetración del capital extranjero en la promoción de la industrialización de los países
dependientes generalizaría la plusvalía relativa e impulsaría la reducción de los costos de la fuerza de trabajo
(Cardoso y Faletto, 1977 y 1984) (Cardoso, 1979 y 1995). Para el autor, la presencia de áreas de pobreza co-
rresponde más a la persistencia del capitalismo competitivo y del precapitalismo que a la presencia expansiva
del capitalismo monopólico.8
8 Dialéctica de la Dependencia

En el ensayo que escribe en homenaje a los 40 años de Dependencia y desarrollo en América Latina, Cardo-
so (2010) retoma estos temas, reforzando sus tesis centrales de las décadas de1970 y 1980. Él defiende para
América Latina una nueva socialdemocracia de mercado, que acepte las políticas promovidas por las poten-
cias occidentales, consideradas como referencia central de oportunidad para el desarrollo. Esta socialdemo-
cracia debe alejar el riesgo de lo que llama de populismo regresivo, manifiesto en Venezuela por el presidente
Hugo Chávez, en Ecuador por el presidente Rafael Correa, en Bolivia por el presidente Evo Morales, o en Argen-
tina del entonces presidente Néstor Kirchner y, posteriormente, de la actual presidenta Cristina Fernández de
Kirchner, y debe también sostenerse no sólo en sindicatos o liderazgos laboristas, pero sí en las clases medias
y en una opinión pública difusa –mediática y digital– que presione al gobierno a cumplir ciertos consensos
establecidos por la globalización: la adopción de la economía de mercado globalizada, con la supresión de lo
que denomina nacionalismo de medios –en referencia explícita al término creado por Helio Jaguaribe para
designar el uso del proteccionismo nacionalista como condicionante del desarrollo; el combate a la pobreza
por medio de políticas compensatorias y de mínimo ingreso, sin violar las reglas del mercado y los límites fis-
cales determinados por el sector financiero al Estado mediante la deuda pública; la institucionalización de la
democracia representativa; y el abandono de una política tercermundista de resultados en favor de un esfuerzo
activo en las iniciativas de las potencias tradicionales del siglo XX, como mejor forma de aumentar los márge-
nes de maniobra de América Latina.9

Marini (1992), a su vez, destaca su propia contribución para la construcción de una teoría marxista de la
dependencia en el grupo que originalmente ha reunido Theotonio dos Santos y Vania Bambirra, enfatizando
sus aportes al método a partir de la economía política de la dependencia, en la cual formula los conceptos de
superexplotación y subimperialismo. El capitalismo dependiente es fuertemente excluyente, superexplotador
y limitador de la potencialidad de los pueblos y países de la región. Estas limitaciones son más intolerables
cuanto más los países centrales transfieren nuevas olas tecnológicas a los países de la periferia, impulsando
sus fuerzas productivas y, por tanto, las condiciones objetivas para romper los vínculos internos y externos de
la dependencia. Estos autores proponen procesos de transición al socialismo para erradicar la superexplota-
ción, expandir el mercado interno y buscar propósitos regionales para impulsar el dinamismo económico. Tal
socialismo no tendría como objetivo apartarse de la economía mundial, sino integrarse a ésta con soberanía a
partir de la redefinición de las relaciones de poder internas para revertir su condición periférica.

Se ha visto que, para Marini, la superexplotación del trabajo está basada en las transferencias de valor y
plusvalía impulsadas por la competencia monopólica. Ésta se establece no sólo en el plano internacional,
sino también en el interior de los países dependientes mediante la configuración de la burguesía monopólica
y asociada, constituida por la búsqueda de plusvalía extraordinaria. Son estas dos dimensiones que articula-
damente producen la superexplotación. Como menciona Marini (1978b), “la superexplotación es acicateada
por el intercambio desigual, pero no deriva de él, sino de la fiebre de ganancia que crea el mercado mundial”.

Al analizar el tema del deterioro de los términos de intercambio, Marini menciona su articulación con la
plusvalía extraordinaria y las transferencias de valor. Ésta está basada en el monopolio tecnológico y esta-
blece precios por encima del valor, siempre que la competencia no le impida hacerlo, implicando intercambio
desigual de valores y transferencia de plusvalía generada en otros sectores, que se extrema en detrimento de
los segmentos de menor intensidad tecnológica relativa, lo que resulta en la superexplotación del trabajo para
el restablecimiento de sus tasas de plusvalía y de ganancia. El autor critica el pensamiento cepalino por la au-
sencia de una teoría del valor que le permita comprender la naturaleza global del fenómeno, inscrito en el plano
de la competencia y del mercado mundial, y le atribuye las causas a su expresión aparente y empírica, como el
bajo costo de la fuerza de trabajo y las limitaciones de la demanda internacional. Al basarse en la teoría de los
factores de producción, que asocia el precio del producto a la suma de costos de los factores de producción
(capital, trabajo y tierra), la teoría cepalina no es capaz de comprender cómo la innovación tecnológica intro-
ducida por la acumulación capitalista transfiere valores y demanda del trabajo al capital, contribuyendo para
formar un mercado mundial concentrado en las mercancías de bienes de consumo suntuarios. En esta crítica
Marini (1978b) extiende a Cardoso y Serra en la polémica que trabaron en la Revista Mexicana de Sociología:
la ausencia de la teoría valor-trabajo marxista y de la percepción de la unidad dialéctica entre valor y precio
hace que conciban el intercambio desigual sin transferencia de valores y de plusvalía. Para Cardoso y Serra,
la plusvalía extraordinaria, que reduce la cantidad de trabajo por unidad de producto o su valor individual sin
alterar el valor social o precio, no implicaría transferencias de valor mediante el intercambio por parte de la
nación desfavorecida, una vez que los valores individual/social y el precio de sus mercancías permanecerían
inalterados. Plantean que la nación desfavorecida empobrecería relativamente, pero no absolutamente. Sin
embargo, no consideran que:
Dialéctica de la Dependencia 9

1) La búsqueda por plusvalía extraordinaria por parte de la burguesía dependiente incide sobre el intercam-
bio desigual y aumenta la cantidad de trabajo transferida por la nación desfavorecida para obtener la misma
cuota de valor, una vez que, no obstante se mantienen los valores sociales, los valores individuales de las
mercancías de los países centrales bajaron.

2) El aumento de la plusvalía extraordinaria en los países dependientes redistribuye internamente las tasas
de plusvalía intersectorial e intrasectorialmente.

3) El sustento en el largo plazo de la plusvalía extraordinaria en la economía mundial –o sea, en situación


de equilibrio de oferta y demanda– exige la reducción de la tasa de plusvalía de los empresarios individuales
desfavorecidos por la plusvalía extraordinaria, así como la reducción del valor social de las mercancías de los
sectores de composición técnica inferior o media, sometidos a la situación de competencia monopólica.

Mientras Cardoso y Serra ubican en el monopolio tecnológico el progreso técnico y la plusvalía relativa, y
apoyan su expansión, atribuyendo al sector con mayor competencia –o sea, a las pequeñas y medianas em-
presas y a los sectores precapitalistas– los altos niveles de pobreza y la plusvalía absoluta, Marini percibe en
las relaciones de competencia en los mercados mundial e internos de los países dependientes transferencias
de plusvalía que crean un mercado de trabajo regulado por la superexplotación del trabajo, la cual incide prio-
ritariamente sobre los sectores de composición técnica inferior o media y de la cual se beneficiará el propio
sector monopólico de los países dependientes.

La superexplotación no impide necesariamente el crecimiento del mercado interno para los segmentos po-
pulares, pero establece fuertes restricciones a este crecimiento.10

Éste, como se ha visto, puede ser impulsado, independientemente de la expansión demográfica, cuando
haya un aumento del valor de la fuerza de trabajo que supere la caída de los precios de la fuerza de trabajo con
relación a su valor. Esto puede darse por la combinación del aumento de calificación de fuerza de trabajo y de
la intensidad del trabajo y, en los límites institucionales de la democracia burguesa, por el aumento del valor
moral de fuerza de trabajo mediante procesos políticos que impugnan parcialmente la economía política del
capital y distribuyan una fracción de la plusvalía concentrada en el segmento monopólico.

Para Marini, el capital extranjero, no obstante presente cíclicos de predominio de ingresos o de salidas,
tiende, en el conjunto, a descapitalizar los procesos de acumulación en América Latina, restringiéndoles el
mercado interno. Este capital es controlado por propietarios no residentes, a quien debe proporcionar una
tasa de ganancia positiva, y sólo el desplazamiento del dinamismo de la acumulación para nuevas regiones,
relacionadas a cambios que impliquen alteraciones sustantivas en el proceso global de acumulación, podría
hacerlos poner de lado las ventajas acumuladas en el ámbito de la división internacional del trabajo, así como
las obtenidas por la utilización del monopolio de la violencia en su espacio nacional de soberanía.

La burguesía dependiente y asociada presenta así fuerte tendencia antidemocrática. El desarrollo de los
procesos democráticos en movimientos sociales y políticos que cuestionan la superexplotación del trabajo
amenazan la institucionalidad política en la región, desestabilizándola. El descenso de la teoría marxista de
la dependencia estuvo asociado a la represión desplegada contra el nacionalismo popular que se gestó en la
década de 1960 y 1970 y, en particular, contra el gobierno de Salvador Allende en Chile, una represión que se
expresó principlmente a partir de la imposición de golpes militares en América Latina. Esta situación ha provo-
cado un importante retroceso teórico-metodológico en la región, que resultó en el establecimiento del endoge-
nismo y del neodesarrollismo. El endogenismo priorizó los factores internos en la explicación de los procesos
de acumulación de capital y subdesarrollo en América Latina, fijando la noción de articulación de modos de
producción para explicar, a partir de los vínculos entre segmentos modernos y atrasados en el ámbito de la
sociedad periférica, la especificidad del capitalismo latinoamericano. Marini (1992 y 1994b) señala que este
enfoque sobrevalora el concepto de modo de producción y los procesos de acumulación primitiva para su con-
figuración, descuidando la importancia de la circulación en los procesos de acumulación de capital. Al hacerlo,
el autor no restringe la especificidad del proceso de producción del capital, pero señala que tal proceso es pre-
cedido y sucedido por la circulación de capital. Esta última se desarrolla a partir de la economía mundial e im-
pulsa la división internacional del trabajo, que estructura los sistemas productivos en los espacios nacionales.
La realización del valor, a su vez, es regulada por la competencia originada, en última instancia, en el mercado
mundial. El restablecimiento de la totalidad de los procesos de acumulación de capital permite ubicar las de-
terminaciones históricas del proceso de producción de capital, recuperando los nexos entre las dimensiones
10 Dialéctica de la Dependencia

internas y externas. Se vuelve crucial para la comprensión del capitalismo latinoamericano ubicar su lugar en
la jerarquía espacial organizada por el capital en la economía mundial. Entre los endogenistas, Marini señala,
por ejemplo, a Agustín Cueva –el más internacionalista y quien, en la década de 1960, hará autocríticas, acer-
cándose a la teoría de la dependencia–, y otros como Enrique Semo, Roger Bartra y Ciro Flamarion Cardoso.

El endogenismo presentó el imperialismo como última variable de interpretación de los procesos de acumu-
lación de capital en América Latina y abrió espacio para la afirmación del neodesarrollismo. De acuerdo con
Marini, esta corriente expresó el periodo de afirmación de la burguesía industrial latinoamericana; especial-
mente, en Brasil, México y Argentina, en la década de 1970, cuando se inició en los países centrales la crisis
de largo plazo que se extendió hasta 1994. Esto ha permitido a la burguesía industrial latinoamericana apro-
vecharse de las rivalidades interimperialistas para promover el crecimiento acelerado de la industrialización
hasta el inicio de la década de 1980, cuando la elevación de las tasas de interés en Estados Unidos puso en
entredicho las bases financieras de esta expansión apoyada en la deuda externa. Este enfoque es diferente del
nacional-desarrollismo en función de:

1) Aceptar ampliamente la presencia del capital extranjero como actor central, y no sólo residual y comple-
mentar, de la industrialización de la región, articulado a los otros dos pilares: el Estado y el capital nacional.

2) Poner énfasis en los procesos distribución de ingreso y en la democracia para el establecimiento de estilo
de desarrollo que incorpore las grandes masas, alejándose de los textos cepalinos de la década de 1950, que
entendían automáticamente el papel progresista de la industrialización y veían el Estado como neutro.

3) Afirmar el protagonismo del ciclo endógeno de la acumulación de capital sobre los condicionantes de la
economía mundial, en función del dinamismo del mercado interno, asociado al desarrollo de los sectores de
bienes de capital y de bienes de consumo. Para el neodesarrollismo, la presencia destacada de la propiedad
extranjera era de menor importancia, pues la industrialización había internalizado los centros de decisión,
de modo que la democracia garantizaría la distribución del ingreso y los estilos de desarrollo volcados para
el segmento de bienes de consumo de masa. Entre los principales autores que defendieron este enfoque se
encuentran Maria da Conceição Tavares, Ado Ferrer, Francisco de Oliveira, João Manuel Cardoso de Mello,
además de dependentistas como Fernando Henrique Cardoso o cepalinos como Raúl Prebisch y Celso Furtado,
estos últimos más cuidadosos en relación con la internacionalización de los centros de decisión.

En este contexto, se desarrollaron los estudios neogramscianos en América Latina, que, motivados por la
perspectiva de redemocratización, son influenciados por la lectura particular que el Partido Comunista Italiano
realizó de la obra de Gramsci. Así, el neogramscianismo ha enfatizado la autonomía de la sociedad civil frente
al Estado, minimizando su conquista, para insertar las luchas populares en el ámbito de la legalidad democrá-
tico-burguesa realizada principalmente en los aparatos privados de hegemonía, de los cuales el Estado será
cada vez más una expresión. América Latina, especialmente sus países más industrializados, tendría cruzada
la frontera del Oriente para el Occidente, modernizando sus clases dominantes, que aceptarían el predominio
de la hegemonía/consentimiento sobre la dominación/despotismo. El neogramscianismo no pone atención al
hecho de que, para Gramsci, hegemonía significa el equilibrio entre coerción y consentimiento, olvidando así
la dialéctica entre guerras de posición y movimiento, entre insurrección y procesos institucionales, entre poder
estatal y hegemonía en la sociedad civil presente en la obra del autor. Entre los neogramscianos, Marini (1992)
señala a José Aricó, José Carlos Portantiero, Carlos Pereira y Carlos Nelson Coutinho.

El protagonismo del neoliberalismo a partir de la década de 1980 ha puesto en crisis estos enfoques: la rup-
tura de los procesos de crecimiento económico a partir de la crisis de deuda externa, la desindustrialización y
su control del Estado redefinieron las relaciones de poder internas e internacionales de América Latina. Para
enfrentar esta realidad, Marini (1991 y 1992) propuso retomar de forma creativa el hilo de la teoría de la depen-
dencia. Esta recuperación no debe ser una vuelta al pasado, sino el punto de partida de una revisión radical,
que la libere de los vínculos con el desarrollismo hacia la teorización de una realidad más compleja establecida
por los procesos de globalización, orientada a la creación de un socialismo original, democrático y libertario.

Notas
[1] Nota de los editores: El siguiente ensayo se publica a modo de introducción a los textos de Ruy Mauro Marini. Sirva de
un breve acercamiento historiográfico a la obra del autor. El ensayo fue tomado del dossier “Ruy Mauro Marini: 40 anos de
Dialéctica de la Dependencia” de la revista Argumento de la UAM-Xochimilco.; Carlos Eduardo Martins, “El pensamiento
de Ruy Mauro Marini y su actualidad para las ciencias sociales”, Argumentos año 26, núm. 72 (mayo-agosto) [Xochimilco,
México: 2013], p. 31-54.
[2] Este último mecanismo no es citado explícitamente por Marini (1973) cuando especifica las variables que constituyen
Dialéctica de la Dependencia 11
la superexplotación, pero está claramente presente en sus escritos, como lo confirma este pasaje de “Las razones del
neodesarrollismo”:[...] las necesidades sociales son tan fundamentales como las estrictamente físicas para la reprodu-
ción de la fuerza de trabajo, acorde a las exigencias que plantea el mercado de trabajo y el mismo desarrollo de las fuer-
zas productivas. El obrero debe presentar, por ejemplo, el nivel mínimo de calificación (o educación) exi- gido, para poder
vender su fuerza de trabajo, del mismo modo como no puede prescindir del radio, e incluso de la televisión, cuando estos
medios de comunicación se generalizan so pena de convertirse en un bruto, por debajo de nivel cultural de la sociedad en
que debe vivir y producir. Resumiendo: es posible afirmar que, pese al deterioro del salario real, el obrero ha visto aumentar
el valor de su fuerza de trabajo, haciendo aún más dramática la brecha creciente entre dicho valor y el ingreso real que
percibe. (Marini, 1978b).
[3] En Superexploração do trabalho e economia política da dependência (Martins, 2009), presentamos un modelo matemá-
tico que ubica en la teoría marxista del valor las condiciones en que la superexplotación actúa tanto intrasectorialmente,
en el sector de bienes de consumo suntuario, o intersectorialmente, sobre el segmento de bienes de consumo necesario.
Hemos visto que la situación de total neutralización de la apropiación de plusvalía es aquella en que la tendencia mo-
nopólica es anulada y el dinamismo tecnológico del segmento de bienes de consumo necesario corresponde al total del
sector de bienes de consumo suntuario. De modo contrario, la situación de mayor apropiación de plusvalía se da cuando
el segmento de bienes de consumo necesario no presenta dinamismo tecnológico, sujetándose a la apropiación de plus-
valía oriunda de la expansión del sector de bienes de consumo de lujo. Finalmente, la situación de equilibrio es aquella en
que la productividad y/o dinamismo del sector de bienes de consumo popular equivale a la mitad de aquellos del sector de
bienes de consumo suntuario. La superexplotación actuaría cuando el dinamismo/productividad del sector de bienes de
consumo necesario se extiende hasta la mitad del sector dinamismo/productividad de los bienes de consumo suntuario,
cuando este determinar es proporcional o por lo menos equivalente a aquél, entonces se dan las condiciones medianas
de producción, en función de los efectos de esta proporcionalidad sobre la apropiación de la masa de plusvalía. Se están
des- preciando aquí los efectos de la elevación de la composición orgánica del capital que tienden a ampliar este límite.
[4] En una economía con presencia monopólica estructurante, los capitales de composición me- diana se nivelan por de-
bajo de las condiciones sociales medianas de producción.
[5] El tema de la devaluación de los bienes de consumo suntuarios en función de la competencia por la plusvalía extraor-
dinaria aparece claramente en Plusvalía extraordinaria y acumulación de capital (1979b) y en El ciclo del capital en la
economía dependiente (1979a): “En consecuencia, la posibilidad de que la plusvalía extraordinaria de IIb se traduzca en
ganancia extraordinaria no se ve limitada en principio por el mercado, sino tan sólo por la competencia entre los capitales
y su emigración de rama a rama” (Marini, 1979b:29). “Con esto –en caso de que (supongamos que por un descenso del
precio internacional del equipo que A utiliza) B iguale su nivel tecnológico– la superioridad en términos de magnitud del
capital que detenta le da condiciones para responder de inmediato introduciendo otro adelanto tecnológico que bajando
nuevamente su costo de producción, restablezca su ganancia extraordinaria” (Marini, 1979a). El mismo tema todavía no
está presente en Dialéctica de la dependencia (1973), trabajo brillante y seminal que lanza muchos de los supuestos del
pensamiento de Marini, lo que hizo envejecer parcialmente ciertos pasajes: “Para ello concurrió decisivamente la vin-
culación de las nuevas técnicas de producción a ramas industriales orientadas hacia tipos de consumo que, si tienden
a convertirse en consumo popular en los países avanzados, no pueden hacerlo bajo ningún supuesto en las sociedades
dependientes. El abismo existente allí entre el nivel de vida de los trabajadores y el de los sectores que alimentan la es-
fera alta de la circulación hace inevitable que productos como automóviles, aparatos electrodomésticos, etc., se destinen
necesariamente a esta última” (Marini, 1973:72).
[6] Para Marini (1992), la globalización capitalista significa un movimiento en dirección a la mundialización de la ley del
valor y a la nivelación de las tasas de ganancia que es impulsado por la apropiación de la revolución científico-técnica
por el capital.
[7] Véase Marini (1977). La literatura acerca de la transición de la hegemonía unipolar para la hegemonía compartida
como parte de la crisis de hegemonía más amplia es muy abundante actual- mente. Se inicia en la década 1970, en re-
lación con el fin del patrón oro-dólar, ganando proyección en la teoría de la dependencia, con las obras de Theotonio dos
Santos y Ruy Mauro Marini, y en la teoría del sistema mundial, con las obras de Giovanni Arrighi, Immanuel Wallerstein,
Andre Gunder Frank y Beverly Silver. Abordamos esta temática en nuestro libro Globalização, dependência e neoliberalis-
mo na América Latina (2011) y en diversas obras colectivas.
[8] “No quiero negar la existencia de bolsones de miseria (a veces, en algunos países, la verdad es al revés: islas de pros-
peridad en mares de miseria), ni la existencia de “poblaciones marginales”. Pero éstas se explican antes por la formación
histórica del capitalismo en América Latina, en la cual se superpusieron diferentes modos de producción (subordinados,
por cierto, al capitalista) –tal como lo ha descrito Aníbal Quijano– que por cualquier ley del capitalismo periférico o de-
pendiente” (Cardoso, 1995:114).
[9] “Para asegurar el ‘nacionalismo de fines’ y, por ende, el interés nacional, caben variaciones instrumentales. Por ejem-
plo, ¿es mejor hacer una política al estilo ‘tercer-mundismo de resultados’ y jugar todas las fichas en los países sub-
desarrollados para obtener un puesto en el Consejo de Seguridad, o creer que todavía no ha llegado el momento de una
reforma de la ONU y, por eso serviríamos mejor al propósito nacional si lucháramos por una ampliación del G-7, mientras
nos llega el momento de dar un paso más grande? (Cardoso, 2010:86).
[10] En este sentido, Marini (1978b) deja claro: “al hablar de estancamiento y regresión, no tengo en mente el monto ab-
soluto de la producción, sino tasas de crecimiento (cf. DD, pp. 73-74) no descarto, pues –lo que sería ridículo–, que las
ramas que producen para el consumo popular sigan creciendo [...]”.
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Dialéctica de la Dependencia 13

El ciclo del capital en la economía dependiente


Por: Ruy Mauro Marini
 

Ciclo de capital y sus formas


Antes de entrar a analizar el ciclo del capital de la economía dependiente, conviene dejar sentados algunos
elementos. Inicialmente debo precisar que, al referirme a la economía dependiente, tengo en vista la forma
actual que ésta ha asumido, después que en su seno se conformó un sector de producción para el mercado in-
terno que asumió progresivamente el rol hegemónico en la dinámica de esa economía. Situación a todas luces
diferente de la que privaba todavía a principios de este siglo, cuando, bajo la forma de economía exportadora,
la economía dependiente latinoamericana representaba un sistema de producción complementario al sistema
de las economías centrales, teniendo su ciclo determinado por éste.

Por otra parte, nos interesa analizar aquí las tres fases del ciclo: circulación, producción y circulación, para lo
que nos conviene echar mano de la fórmula D — M . . . P . . . M’ — D’. Esta describe el movimiento por el cual el
dinero asume la forma de mercancías (medios de producción y fuerza de trabajo), en lo que es la primera fase
de circulación, para dar curso a un proceso de producción, de lo cual resultan mercancías que deben transitar
por la segunda fase de circulación, para que el capital recupere nuevamente la forma dinero.

La fase de producción tiene la característica de ser un proceso de valorización, es decir, de creación de valor
nuevo. La fuerza de trabajo, actuando sobre los medios de producción, no sólo transfiere a las mercancías que
elabora el valor contenido en éstos, en el capital constante, sino que crea un valor nuevo que, por un lado repo-
ne el valor equivalente que se le ha pagado bajo la forma de capital variable, y por otro arroja un valor exceden-
te, un remanente sobre el capital inicial, que corresponde a la plusvalía. Estos distintos valores se encuentran
englobados en el valor total de las mercancías que, terminado el proceso de producción entran a la segunda
fase de circulación para, mediante su venta, realizarse en dinero.

Respecto a esto, creo necesario subrayar algunos aspectos que deben retenerse. El primero de ellos es la
importancia del dinero en el proceso de valorización, ya que es bajo esa forma como el capital aparece para
iniciarlo y es ésa la forma que recupera el capital, o que debe recuperar, para que pueda tener lugar otro ciclo.
En segundo lugar, no hay que perder de vista la importancia de la fase de producción donde tiene efectiva-
mente lugar la valorización del capital mediante la producción de plusvalía; todas las formas de remuneración
del capital: ganancia industrial, ganancia comercial, interés y renta de la tierra tienen su fuente en la plusvalía
resultante de la valorización, y nacen pues de la acción del capital productivo o, en su sentido amplio, capital
industrial.

La ilusión que crean esas formas de remuneración del capital, en cuanto a que pudieran darse procesos de
valorización que no pasaran por la producción, se esfuma tan pronto consideremos un caso concreto cual-
quiera. Tomemos uno que nos es conocido, el de una casa editorial. Esta establece, sobre la base de la expe-
riencia y el cálculo de los costos vigentes, el precio final (expresión transfigurada del valor que va a tener el
producto: el libro). Distingue allí lo que corresponde a la reposición del capital invertido en la producción del
libro (capital constante y variable más lo que se paga al autor); le suma lo que quedará en manos del vendedor,
del comerciante, que representa un porcentaje próximo al 40% del valor total y acrecienta el porcentaje co-
rrespondiente a los intereses y amortizaciones de deudas (partida que va incluida en el costo de producción),
quedando un remanente que es la ganancia propiamente dicha de la editorial. En consecuencia, el valor de la
mercancía libro debe ser capaz de reponer el capital constante (materias primas y depreciación del capital fijo)
y variable, remunerar al capital industrial responsable de su producción, al capital comercial y al financiero, que
hayan intervenido de algún modo en la circulación. El elemento renta de la tierra, en el estado financiero de la
empresa, aparece incluido en los costos de producción.

El proceso de producción, en la medida en que nos permite entender el de creación de plusvalía, da cuenta
del proceso de explotación del trabajo por el capital. Lo que es valorización para el capitalista es explotación
para el trabajador.

Finalmente, nos interesa considerar que tendremos tres partes a analizar en el ciclo de capital o, para ser
más precisos, en el ciclo de reproducción y circulación del capital. La primera corresponde a la fase de cir-
14 Dialéctica de la Dependencia

culación, que podemos llamar C1, en la que se estudia el capital que, bajo forma dinero, comparece en la cir-
culación para adquirir, en el acto de compra, medios de producción y contratar fuerza de trabajo. La segunda
corresponde a la de acumulación y producción, mediante la cual el capital reviste la forma material de medios
de producción y fuerza de trabajo para, mediante un proceso de explotación, promover su propia valorización,
es decir, la creación de plusvalía. La tercera es la segunda fase de circulación, C2, en la que el capital, bajo la
forma de mercancías que contienen el valor inicial más la plusvalía generada, entra al mercado para buscar su
transformación en dinero a través del intercambio, de la venta; el dinero resultante, si el ciclo se realiza normal-
mente, debe representar una magnitud superior respecto al capital dinero que se acumuló.

Primera fase de circulación


Consideremos ahora la manera cómo se presenta el ciclo del capital en la economía dependiente latinoa-
mericana. Lo primero que nos debe preocupar es determinar el origen del capital dinero que comparece para
iniciar el ciclo. Podemos distinguir, básicamente, tres fuentes.

En primer lugar, el capital privado interno o la inversión privada interna, es decir, la parte de la plusvalía gene-
rada al interior de la economía que (deducidos los gastos improductivos del capital) se presenta para acumu-
larse bajo la forma de medios de producción y fuerza de trabajo. El hecho de que ese capital sea jurídicamente
propiedad de nacionales y extranjeros no afecta en absoluto la situación, puesto que estamos considerando
sólo la parte de la plusvalía que se acumula; ello quiere decir que se ha hecho ya deducción de la parte de la
plusvalía que sale de la esfera de la economía nacional bajo formas diversas: remesa de utilidades, pagos por
concepto de intereses, amortizaciones, regalías, etcétera. La plusvalía generada en la economía nacional e
invertida en ella es inversión nacional, independientemente de la nacionalidad de los que detentan títulos de
propiedad sobre ella; es obvio que esto no se presenta así desde el punto de vista de las cuentas nacionales,
donde la parte de la plusvalía que se encuentra en manos de extranjeros es, una vez invertida, contabilizada
como capital extranjero (reinversión); pero es obvio también que, desde el punto de vista del análisis del fun-
cionamiento de la economía, es el juicio que adoptamos el que debe primar.

En segundo lugar, podemos distinguir la inversión pública, que tiene origen en el estado. Allí, las fuentes de
la inversión son diversas. Por un lado, ella corresponde simplemente a una parte de la plusvalía generada, me-
diante su transferencia al estado a través de los impuestos directos al capital y a los sueldos, así como la parte
de los impuestos indirectos que recaen sobre tipos de ingresos (ganancias, sueldos, etcétera) que correspon-
den a la distribución de la plusvalía; junto a esa parte de la plusvalía en manos del estado, encontramos que
parte del capital variable también puede aparecer allí mediante los impuestos al trabajo o los impuestos indi-
rectos pagados por los trabajadores. Una segunda fuente de la inversión pública es la que resulta del proceso
directo de explotación que el estado, en tanto que capitalista, lleva a cabo; las empresas estatales funcionan
en un sistema capitalista como capitales privados, y dan origen directamente a la producción de plusvalía que,
por su mediación, es apropiada por el estado.

Hay que tener presente, desde luego, que no todo el gasto estatal es productivo, es decir, no todo ese gasto
lleva a la acumulación de capital. Esto depende de la proporción, dentro del gasto público, de las partidas que
se destinan propiamente al capital: sea la que corresponde a las inversiones estatales, o a las transferencias
de plusvalía al capital privado para alimentar la inversión privada; en este último caso, están aquellos gastos
que el estado realiza para hacer más rentable la inversión privada (infraestructura, etcétera), las subvenciones
directas o indirectas al capital privado. Las subvenciones indirectas pueden tomar varias formas, como, por
ejemplo, las exenciones de impuestos o la manipulación de precios. Así, si el estado produce petróleo, materia
prima fundamental en la industria, y vende a los capitalistas privados ese petróleo a precios bajos, de hecho
está transfiriendo a éstos parte de la plusvalía que aquí se contenía. En síntesis, la inversión pública depende
de la proporción, en el gasto público, de las partidas destinadas a la inversión productiva y de las que se des-
tinan a inversiones llamadas improductivas. Hay que tener presente que las últimas pueden ocultar transfe-
rencias con objetivo productivo (el ejemplo del petróleo lo ilustra, siempre que ese petróleo sea utilizado como
insumo industrial) o gastos que se llaman improductivos, y que lo son desde el punto de vista estricto de la
valorización de capital, pero que en rigor corresponde a gastos productivos; allí se incluyen los gastos sociales,
tales como los de educación y salud, que contribuyen a la reproducción y calificación de la fuerza de trabajo,
imprescindibles para la valorización. Los gastos realmente improductivos (aunque cumplan una función im-
portante en la mantención del sistema en que se opera la valorización) son aquellos que el estado realiza con
su propia burocracia, tanto civil, como policial y militar.

Como se puede ver, la importancia del papel del estado en el ciclo del capital propiamente dicho (y no en
Dialéctica de la Dependencia 15
términos más generales en la creación de condiciones para la valorización, donde ese papel es aún más am-
plio) es considerable, dada la capacidad que tiene de transferir hacia sí parte de la plusvalía generada por el
capital privado, la de producir él mismo plusvalía y, finalmente, la de captar parte del capital variable de los
salarios pagados a la fuerza de trabajo. Esto explica, en cierto modo, el peso que tiene la inversión pública en
la economía dependiente. En el caso de Brasil, por ejemplo, el estado participa en la formación de capital fijo,
es decir instalaciones y maquinarias, con un 60% del total anual, quedando sólo un 40% para el capital privado.

El tercer aspecto a considerar, cuando analizamos el origen del capital dinero que desencadena el ciclo del
capital en un país dependiente, es el capital extranjero. Este puede presentarse básicamente bajo dos formas.
Como inversión directa cuando de manera exclusiva o compartida, es decir asociada, el capitalista extranjero
invierte directamente en la economía dependiente, detentando la propiedad total o parcial del capital producti-
vo a que la inversión dio lugar y apropiándose directamente de la plusvalía total o parcial allí generada. Se pre-
senta como inversión indirecta cuando el capital extranjero se pone a disposición de los capitalistas internos
(nacionales y extranjeros), bajo la forma de préstamos o financiamientos, contratados directamente con los
capitalistas receptores o con el estado, que los redistribuye a éstos o los integra a su propia inversión.

En América Latina, durante el largo período de la postguerra, hasta la década de 1960, la forma predominante
de la inversión extranjera fue la inversión directa. Sin embargo, desde fines de esa década y en el curso de la
presente, aunque la inversión directa haya seguido creciendo, su proporción en la inversión extranjera total ha
tendido a disminuir (en términos relativos). Actualmente, en particular en los países de mayor desarrollo rela-
tivo como México o Brasil, la forma predominante del capital financiero tiende a ser la de la inversión indirecta.
El tipo de remuneración que obtiene cambia en este caso: a diferencia de la ganancia o beneficio industrial, el
capital extranjero, además de las cuotas de amortización, cobra tasas de interés que se deducen de la plusvalía
generada por la inversión productiva que él contribuyó a generar, sin haber asumido, sin embargo, los riesgos
de la producción y realización de esa plusvalía.

Tal como planteamos el problema, es evidente que consideramos al capital extranjero como un elemento
más que interviene en la formación de la masa de capital dinero que da lugar al proceso de acumulación. Esto
puede llevar a la conclusión equivocada de que es cierta la tesis que sostiene que el capital extranjero juega un
papel complementario a la inversión interna y contribuye, por tanto, al desarrollo de la economía dependiente.
Siendo evidente que el capital extranjero se integra y determina el ciclo de capital de la economía dependiente,
y por ende su proceso de desarrollo capitalista, no hay que perder de vista que él representa una mera res-
titución de capital, en relación al que ha drenado desde la economía dependiente; restitución que es, por lo
demás, parcial. Así, se puede observar que en el período de 1960-1967, la mayor parte de la inversión directa
norteamericana no se dirigió a los países dependientes, sino que, en un 70%, se destinó a los países desarrolla-
dos, particularmente los de Europa occidental y Canadá. Sin embargo, en ese periodo en el que sólo recibieron
el 30% de la inversión directa norteamericana, los países dependientes aportaron a Estados Unidos el 60% del
total de ingresos que éstos recibieron del exterior por concepto dc ganancias, intereses y regalías.

Hay que considerar además, como ya señalamos, que el capital extranjero no sólo se mueve en un sentido,
el de ingreso a la economía dependiente, sino también en el sentido inverso, de salida de aquélla. Desde el
momento en que, cumplido el ciclo de producción, el capital extranjero contribuyó a la producción de plusvalía
él tiene derecho a una parte de ella bajo la forma de ganancia o de interés, según se trate de inversión directa
o indirecta. Ello da lugar a transferencias de plusvalía al exterior. Aún más, en los casos en que esa transfe-
rencia no opera y en que la plusvalía o parte de ella se reinvierte en el propio país donde se generó, el capital
productivo de allí resultante es contabilizado como capital extranjero, aunque haya sido generado a partir de la
plusvalía creada en el propio país. Es por esto que, en el Brasil de Goulart, la discusión sobre las nacionaliza-
ciones trajeron al primer plano el problema de qué debería considerarse como capital extranjero: si solamente
la inversión inicial, procedente del exterior, o si también las reinversiones a que ella dio lugar. Es obvio que, en
rigor, sólo la primera se justifica y, siendo el capital adicional generado por la inversión inicial, de por sí capital
nacional, no puede dar lugar a ningún tipo de indemnización.

En conclusión, respecto al análisis de la formación del capital dinero y su incidencia en la fase de circula-
ción C1 del ciclo del capital en la economía dependiente, lo que cabe señalar es la importancia que tienen allí
el estado y el capital extranjero. En consecuencia, ya desde ahora, e independientemente de los problemas de
realización que consideraremos después, podemos afirmar que el ciclo económico de la economía dependien-
te, las distintas fases de expansión y recesión por las que ésta atraviesa, se encuentra directamente articulado
con el exterior, y es susceptible en una amplia medida de ser influido por el estado. Insistimos: en esta primera
aproximación de lo que es la economía dependiente, desde el punto del ciclo del capital, observamos que en
16 Dialéctica de la Dependencia

su primera fase de circulación —de la que depende el proceso de acumulación— actúa un factor externo a la
economía dependiente, un factor que se encuentra totalmente fuera de su control: el capital extranjero, y que
sin embargo, el hecho de que se incorpore a esa fase de circulación, lo internaliza, por así decirlo, lo constituye
en factor directo del ciclo de capital de esa economía.

Prosigamos con nuestro análisis de la fase de circulación C1, considerando ahora lo que pasa con el acto
de compra, mediante el cual se pasa al proceso de acumulación. Habíamos visto que el capital dinero asume,
mediante el intercambio, la forma de medios de producción y fuerza de trabajo, para dar lugar al proceso de
producción. Respecto a la fuerza de trabajo, de manera general y haciendo a un lado los casos específicos de
mano de obra altamente calificada, sabemos que está constituida por los trabajadores nacionales, por la clase
obrera nacional. No pasa lo mismo con los medios de producción que incluyen materias primas, equipo y ma-
quinaria, además de instalaciones y la tierra. Parte de esos medios de producción tienen un origen interno: la
tierra, los materiales de construcción, la mayor parte de las materias primas, parte de los equipos. La otra parte
viene del exterior.

Detengámonos un momento en un aspecto del problema: una magnitud dada de capital extranjero entra
al proceso de circulación de la economía dependiente, para promover un proceso de producción. Para ello,
contrata fuerza de trabajo y compra maquinaria, terreno, materias primas. Sin embargo, parte de ese capital
que entró para invertirse, sale inmediatamente al intercambiarse por medios de producción adquiridos en el
exterior, particularmente equipo y maquinaria; esto puede incluso dar lugar a que la operación de ingreso y
salida se obvie y que —lo que sucedió particularmente en la década de 1950, pero sigue teniendo vigencia— se
considere inversión extranjera a los equipos y maquinarias puestos en el país dependiente directamente, sin la
intermediación de la fase que corresponde a la circulación de capital dinero.

La adquisición de medios de producción en el mercado mundial no es, de por sí, una característica de la eco-
nomía dependiente. Ningún país capitalista, ninguna economía en general vive hoy aislada. Lo que caracteriza
a la economía dependiente es la forma aguda que adquiere esa característica y el hecho de que ella responde
a la estructura misma de su proceso histórico de acumulación de capital. En efecto, en los países capitalistas
avanzados, la tendencia general del proceso de industrialización fue la de producir primero bienes de consumo
para desarrollar después la producción de bienes de capital. En Inglaterra, donde esto es particularmente no-
torio, no son los bienes de capital sino los bienes de consumo —como los productos textiles— los que impul-
san el desarrollo de su industria. Sin embargo, la expansión de la industria productora de bienes de consumo
obliga a desarrollar la producción de bienes de capital para esa industria, dando lugar a una industrialización
que podemos llamar orgánica.

La situación en los países dependientes es distinta. Tratándose de una industrialización tardía, que se rea-
liza ya en este siglo sobre la base de un amplio desarrollo de la industria en los países centrales o avanzados,
los países dependientes van a prolongar la fase que corresponde a la producción de bienes de consumo más
allá de lo que fue normal en la industrialización orgánica de los países centrales. Lo han podido hacer por el
hecho de contar con una oferta externa de medios de producción, en particular equipo y maquinaria, que les
permite no sólo avanzar sin base propia en la producción de bienes de consumo habitual, ordinario, sino des-
doblarla en producción de bienes de consumo suntuario (donde los productos tienen muchas veces el carácter
de bienes mixtos, como los de la industria automotriz), sin contar con un sector dinámico de bienes de capital.
Más bien la industria manufacturera de los países dependientes se apoya en buena parte en el sector de bienes
de capital de los países capitalistas avanzados, vía mercado mundial. En consecuencia, esa industria manu-
facturera es dependiente, no sólo materialmente, en lo que se refiere a los equipos y máquinas en tanto que
medios materiales de producción, sino que tecnológicamente, es decir, en tanto que debe importar también el
conocimiento para operar esos medios de producción y, eventualmente, fabricarlos. Esto incide, a su vez, en la
relación financiera con el exterior, dando lugar a los pagos por concepto de regalías o asistencia técnica, que
constituyen otros tantos factores de transferencia de plusvalía, de descapitalización.

Desde el punto de vista que nos interesa, o sea de la determinación de aspectos característicos del ciclo del
capital en la economía dependiente, lo que importa destacar es que, así como dicho ciclo depende del flujo cir-
culatorio externo de capital dinero, depende también, para completar la primera fase de circulación, de medios
de producción proporcionados por el exterior. En la fase de circulación C1, por tanto, el ciclo de capital de esa
economía se encuentra doblemente articulado y es doblemente dependiente respecto al exterior. Esa circula-
ción se encuentra parcialmente centrada en el exterior, tanto en lo que se refiere al capital dinero, como en lo
que respecta al capital mercancía.
Dialéctica de la Dependencia 17

Fase de acumulación y producción


Pasemos ahora a la segunda fase del ciclo, la de producción. Aquí se borra el origen del capital; ya no im-
porta quiénes son sus propietarios, de dónde vino el dinero o los medios de producción. Nos encontramos
simplemente con elementos materiales, constituidos por las materias primas, los equipos y maquinarias, las
instalaciones, sobre las cuales ejerce su capacidad de creación de nuevos valores de uso y de nuevos valores
la fuerza de trabajo. Estamos, pues, ante un proceso de valorización que debe arrojar una plusvalía.

Sin embargo, la fase de producción no es independiente respecto a la primera fase de circulación; la manera
como ésta se realizó condiciona el proceso de producción imprimiéndole características propias. Observe-
mos que, dado el desnivel tecnológico existente entre los países avanzados y los dependientes, los medios
de producción que provienen de aquellos implican la utilización de una tecnología más sofisticada que la que
existe en el país dependiente o, incluso, una tecnología que no existe en éste. Por su conexión con el exterior,
o mediante la vinculación más estrecha que se da en la fase de circulación entre el capital extranjero bajo la
forma dinero y bajo la forma mercancías, la tendencia es que sean las empresas extranjeras que operan en la
economía dependiente, o las que corresponden a asociaciones de capital interno y extranjero, las que tengan
acceso más directo a la tecnología implícita en esos medios de producción.

Analicemos el efecto de la introducción de tecnología nueva en el país dependiente, considerando dos ca-
pitales individuales: A, correspondiente a un capitalista extranjero que opera, supongamos, en la rama de pro-
ducción de zapatos y B, representativo de un capital interno que actúa en esa misma rama. A puede traer
equipos y métodos de producción más sofisticados que le permitan bajar su costo de producción respecto a
B, quien produce en condiciones tecnológicas medias. Sin embargo, pese a producir con costos menores, A
venderá su mercancía por el precio establecido al nivel de producción del capitalista B, es decir, del que opera
en condiciones normales de producción. En consecuencia, aunque venda al mismo precio de mercado, la ga-
nancia de A será mayor que la de B debido a la diferencia del costo de producción.

Ahora bien, vista en su conjunto, la masa de ganancias producidas en una economía corresponde al conjun-
to de los capitalistas que allí operan, y es apropiada por éstos de acuerdo a la magnitud del capital invertido
por cada uno, la composición orgánica de su capital y el número de rotaciones del mismo en un período dado
a través del mecanismo de la competencia. La mayor ganancia de A es, en consecuencia, un fenómeno normal,
correspondiente a la transferencia del valor al interior de la rama de zapatos. El problema no reside allí, sino
en que la ganancia diferencial o extraordinaria de A difícilmente puede ser anulada por un esfuerzo de B para,
elevando su composición orgánica, su nivel tecnológico y la productividad del trabajo que emplea, igualar el
costo de producción que tiene A. Esto porque la diferencia de los costos de producción no procede de un desa-
rrollo técnico interno sino que resulta de la introducción desde el exterior de una nueva tecnología con lo que
A detenta respecto a B la posición de un monopolio tecnológico. Si éste no se anula de inmediato tendremos
que al cabo de dos, tres o más períodos de producción, A pudo beneficiarse sistemáticamente de una plusva-
lía extraordinaria, que concentró en sus manos una parte creciente de la plusvalía producida en la rama. Con
esto —en caso de que (supongamos que por un descenso del precio internacional del equipo que A utiliza) B
iguale su nivel tecnológico— la superioridad en términos de magnitud del capital que detenta le da condiciones
para responder de inmediato introduciendo otro adelanto tecnológico que bajando nuevamente su costo de
producción, restablezca su ganancia extraordinaria.

Esto significa que a partir de las condiciones generadas en la primera fase de circulación se acentúa, por cir-
cunstancias propias a la esfera misma de producción, la concentración del capital. Las empresas que operan
en condiciones privilegiadas, y obtienen sistemáticamente una plusvalía extraordinaria, concentran tajadas
cada vez mayores de la plusvalía producida y, por ende, del capital que se invierte en la economía dependiente,
por lo que adquieren una posición de dominancia indiscutible. La situación sólo se agravaría si ellas operaran
de manera diversa: es decir si, en lugar de establecer precios de mercado de acuerdo al nivel medio de los cos-
tos de producción, trataran de fijarlo de acuerdo al nivel de su propio costo de producción, que es menor. En
este caso las empresas que operan con nivel medio pasarían a sufrir pérdidas, pudiendo llegar a la situación de
tener que vender a precios inferiores a sus costos. El resultado inevitable sería la quiebra de esas empresas y,
a diferencia de la concentración de capitales que opera mediante el mecanismo de la ganancia extraordinaria,
lo que tendríamos sería una centralización brutal del capital mediante la absorción de los capitales menores
por los mayores, debido a la incapacidad de los primeros para hacer frente a la competencia. En cualquier caso,
lo que tenemos son procesos que conducen a la monopolización precoz que se observa en las economías
dependientes.
18 Dialéctica de la Dependencia

Dijimos ya, y la evidencia empírica lo comprueba, que en situación normal prevalece la primera relación,
mediante la cual el capital se concentra a través del mecanismo de la ganancia extraordinaria. Avancemos un
paso más en el análisis, preguntándonos cómo reaccionan las empresas medias y pequeñas que operan en
condiciones medias de producción, o por debajo de ellas, y deben por esto transferir parte de su plusvalía a las
empresas monopólicas. Esa reacción consiste en que, ante la sangría creciente de su plusvalía, y dada la impo-
sibilidad de detenerla mediante el aumento de la productividad del trabajo, esas empresas medias y pequeñas
tratarán de recomponer su cuota de ganancia a través de la elevación de la cuota de plusvalía, obtenida a costa
de —sin variación significativa en la productividad— extraer más trabajo no remunerado de sus obreros. Esto
sólo es posible si (descartada siempre la elevación de la productividad) se aumenta la intensidad del trabajo,
se prolonga la jornada laboral y/o simplemente se rebaja forzosamente el salario del trabajador, sin que esa
reducción salarial esté correspondiendo a un abaratamiento real de la fuerza de trabajo. En todos esos casos,
la fuerza de trabajo se está remunerando por debajo de su valor, y por consiguiente se está dando una supe-
rexplotación de los trabajadores.

Siendo un resorte que accionan los capitales con menor poder de competencia, la superexplotación acaba,
a la larga, favoreciendo a los capitales monopólicos, puesto que allí también se emplea fuerza de trabajo cuyo
nivel de remuneración obedece, en líneas generales, al nivel medio fijado en las empresas que trabajan en
condiciones medias. Por tanto se reduce también, en términos relativos, la masa de salarios pagados por las
empresas monopólicas, abatiéndose su costo de producción. Es más, como la superexplotación implica que se
reduzcan los costos de producción, todas las materias primas y demás insumos industriales ven deprimidos
sus precios de mercado, lo que beneficia también a las grandes empresas. Se establece así un círculo vicioso
en el cual la estructura de precios tiende siempre a deprimirse, por el hecho de que se deprime artificialmente el
precio del trabajo, el salario. Esto tendrá consecuencias, como veremos, para las condiciones en que se realiza
la segunda fase de circulación.

A estos dos elementos extremos que encontramos al analizar el proceso de producción, ganancias extraor-
dinarias y salarios inferiores al valor de la fuerza de trabajo, podemos añadir dos características más que hacen
a la fase de producción en el ciclo del capital de la economía dependiente. La primera se refiere directamente a
la superexplotación: en efecto, para que ésta pueda operar es indispensable que la clase obrera se encuentre en
condiciones difíciles para reivindicar remuneraciones que compensen el desgaste de su fuerza de trabajo. Esas
condiciones difíciles pueden resultar, y resultan frecuentemente, de factores extraeconómicos, derivados de la
acción estatal, que no trataremos aquí (conviene señalar que aun la acción de esos factores extraeconómicos
sólo puede darse si existen condiciones económicas que la propicien). Nos preocuparemos tan sólo del me-
canismo fundamental mediante el cual el capital debilita la capacidad de los obreros para llevar adelante sus
reivindicaciones: la creación de un ejército industrial de reserva, esa masa de obreros sobrantes no incorpora-
dos a la producción (de manera permanente o temporaria), que presionan constantemente sobre el mercado
de trabajo y amenazan la situación del sector empleado de la clase obrera.

En la economía dependiente, ese ejército industrial de reserva tiende a crecer desde el momento en que se
introducen (principalmente a través del capital extranjero, como ya vimos) nuevas técnicas de producción, di-
señadas para economías donde la mano de obra es relativamente escasa y que obedecen, por lo demás, a la
búsqueda natural de una mayor productividad y, por ende, de más producción por hombre-hora. Vimos también
que a esa introducción de tecnología corresponde la agilización de formas de superexplotación que implican
también arrancar más producción a los obreros ya en funciones. Se reduce en consecuencia la capacidad del
capital para emplear más mano de obra, haciendo que el ejército obrero activo crezca a un ritmo lento, lo que
resulta como contrapartida en expansión rápida del ejército de reserva. Este puede existir bajo forma abierta
de desempleo, o disfrazada de subempleo; pero, en cualquier caso, es un ejército de reserva que merma la ca-
pacidad reivindicativa de la clase obrera y propicia la superexplotación de los trabajadores.

La última característica que queremos señalar respecto a la fase de producción en la economía dependiente,
se refiere al hecho de que su supeditación al exterior, que observábamos al analizar la circulación en su prime-
ra fase, lleva a que los sectores productivos y las técnicas que emplean son impuestos muchas veces desde
afuera, aunque en función de su dinámica interna. Tomemos un ejemplo: si en determinado país las barreras
aduanales al ingreso de automóviles son muy altas, esto encarece el precio de los mismos e impide que se
expanda su consumo. El capital extranjero sortea ese obstáculo pasando a producir en el interior de la eco-
nomía en cuestión y beneficiándose, incluso, de las tantas proteccionistas impuestas a los coches, realizando
un sobreprecio y un beneficio extraordinario. Con ello desarrolla un nuevo sector productivo en la economía
dependiente introduciendo simultáneamente la tecnología que le corresponde: ambas innovaciones no surgie-
ron orgánicamente del desdoblamiento del aparato productivo existente, sino que se impusieron de golpe a la
Dialéctica de la Dependencia 19
economía dependiente; es cierto que esto supone que ésta ofrezca condiciones para la producción y realiza-
ción de esos productos, pero no es menos cierto que nos encontramos ante una decisión de inversión que le
es totalmente ajena, si consideramos la lógica de su desarrollo interno.

El hecho de que tomemos la industria automotriz como ejemplo no es accidental. Por el hecho mismo de que
el nivel de desarrollo capitalista es mucho más elevado en los países centrales, éstos exportarán a la economía
dependiente la producción de artículos que son corrientes en ellas pero que, en ésta, son suntuarios; es decir,
no responden a las necesidades de las masas consumidoras y menos aún de las trabajadoras. En consecuen-
cia, la estructura de producción se separa progresivamente de la capacidad real de las necesidades reales de
consumo de las masas trabajadoras. Ya tendremos ocasión de ver cómo esto repercute en la segunda fase de
circulación.

Segunda fase de circulación (realización)


Al considerar esa fase, C2, debemos partir también de la constatación de que, al igual que en el proceso de
producción, en ella se borra el origen de las mercancías que fluyen al mercado, en busca de su cambio por di-
nero, de su realización. Esas mercancías han sido producidas en el seno de la economía dependiente; indepen-
dientemente de que las haya fabricado un capital interno o extranjero todas llevarán la marca made in o hecho
en. El origen del capital sólo reaparecerá al terminar esa fase cuando, reconvertido en dinero, sea apropiado
por la empresa A o la empresa B.

Mientras circula bajo la forma de mercancías, el capital presenta tres categorías fundamentales. La primera
está constituida por los bienes de consumo necesario, que podemos llamar también bienes salario, aunque los
consuman obreros y burgueses; existe internamente una diferencia entre lo que consumen las distintas clases
sociales, pero ello no modifica su definición conceptual. Son bienes de consumo necesario aquellos que entran
en la composición del consumo de los trabajadores y determinan, por lo tanto, el valor de su fuerza de trabajo.
No importa que sean realmente necesarios, basta que sean consumidos ordinariamente por los trabajadores
para que se definan como tal. Desde ese punto de vista, no hay diferencia entre los frijoles, los zapatos y las
radios a transistores siempre y cuando los trabajadores consuman frijoles, zapatos y radios a transistores.
En segundo lugar, están los bienes de consumo suntuario. Estos pueden ser, en realidad, bienes de consumo
necesario (por ejemplo, zapatos hechos a mano, en condiciones en que, por su menor precio, la masa obrera
consume zapatos fabricados mecánicamente), pero no llegan a constituir un ítem significativo desde el pun-
to de vista del análisis. Pueden ser claramente bienes suntuarios, en el sentido de que no se incluyen en el
consumo ordinario de los trabajadores, por ejemplo los automóviles. La tercera categoría de mercancías está
constituida por los bienes de capital, es decir, las materias primas, los bienes intermedios y las máquinas que
sirven para la producción tanto de bienes de consumo como de bienes de capital. Estos se intercambian en-
tre los capitalistas sin pasar por el mercado de bienes finales para el consumo individual. En última instancia
toda la producción industrial está referida a éste, puesto que representa la destinación última de la producción,
aunque buena parte de ella, e incluso una parte mayoritaria, se consuma en el curso del proceso mismo de
producción y no comparezca nunca en el mercado de bienes de consumo. Ese carácter relativizado de la pro-
ducción de bienes de capital —independientemente de que represente la mayor parte de la producción y sea
la base para la producción de bienes de consumo— se acentúa en la economía dependiente, por lo que seña-
lamos ya anteriormente: el hecho de que ésta prolonga su producción de bienes de consumo en función de la
oferta externa de bienes de capital a la que puede recurrir. Por ello, la importancia de los bienes de consumo
en la segunda etapa de la circulación es mayor en una economía dependiente que en una economía central,
avanzada. Se trata de una tendencia contradictoria ya que, como vimos, al nivel de la producción la tendencia
es inversa por la separación de la estructura productiva respecto a las necesidades de consumo. Aquí, como en
todos los demás aspectos, la economía dependiente revela una vez más su esencia interna que corresponde a
la agudización hasta el límite de las contradicciones inherentes al modo de producción capitalista.

Ahora bien, esa relación más estrecha que encontramos entre las mercancías producidas, que circulan en
la fase C2, y el consumo individual se encuentra con obstáculos que le vienen de las fases anteriores, y que ya
indicamos al analizar el proceso de producción. Así, la superexplotación del trabajo que implica, como vimos,
que no se remunere a su valor la fuerza de trabajo, acarrea la reducción de la capacidad de consumo de los
trabajadores y restringe la posibilidad de realización de esos bienes. La superexplotación se refleja en una es-
cala salarial cuyo nivel medio se encuentra por debajo del valor de la fuerza de trabajo, lo que implica que aún
aquellas capas de obreros que logran su remuneración por encima del valor medio de la fuerza de trabajo (los
obreros calificados, los técnicos, etcétera) ven su salario constantemente presionado en sentido descendente,
arrastrado hacia abajo, por el papel regulador que cumple el salario medio respecto a la escala de salarios en
20 Dialéctica de la Dependencia

su conjunto.

Veamos lo que pasa en el otro polo relativo a las ganancias. Sabemos ya que parte de ellas ni se acumula ni
se gasta como ingreso en la economía dependiente una vez que fluyen hacia el exterior a través de los distin-
tos mecanismos de transferencia de plusvalía que indicamos. Esa parte no cuenta, en consecuencia, para la
realización de las mercancías y restringe el ámbito en que opera la segunda fase de la circulación, reduciendo
el mercado interno. La plusvalía que queda en el país se divide en dos partes: la que, tras pasar por la metamor-
fosis en ganancia, interés, etcétera, se orienta hacia la acumulación y la que, a través también de esas formas
más los sueldos (que, como vimos, se derivan de la plusvalía y no del capital variable), aparece como ingresos
que dan lugar a gastos improductivos, es decir, a la adquisición de bienes para el consumo individual de los
capitalistas y las clases o sectores de clases (entre las que se incluyen las llamadas clases medias) a ellos
vinculados, en lo que se refiere a su ingreso.

En consecuencia, la estructura del consumo individual responde a la de la distribución del ingreso que com-
prende la plusvalía no acumulada y el capital variable. Vimos ya cómo la superexplotación del trabajo corres-
ponde a la elevación de la cuota de plusvalía; es normal, por tanto, que la parte relativa a la plusvalía no acu-
mulada aumente en detrimento de la que se refiere al capital variable. En esto reside la razón de la estructura
de distribución del ingreso altamente concentrada que encontramos en la economía dependiente, en la que, en
el mejor de lo casos, sólo un 20% de la población tiene niveles de consumo aceptables o más que aceptables,
mientras que el 80% vive en condiciones de bajo consumo.

Esto, que resulta de la producción, revierte sobre ella influyendo en su desarrollo. Si el sector dinámico del
mercado está constituido por los ingresos que responden a la plusvalía no acumulada, ganancias y sueldos, la
estructura de producción tiende a orientarse hacia ese sector haciendo cada vez más a un lado la gran masa de
consumidores que debe comparecer en el mercado apoyada sobre la base de salarios bajos. La segunda fase
de la circulación contribuye a orientar la producción en el sentido de que se separe aún más de las necesidades
de consumo de las masas. Es por esta razón que la mayor parte de las ramas que producen para el consumo
popular, llamadas en lenguaje desarrollista tradicionales, tengan poco dinamismo en contraposición a las in-
dustrias denominadas “dinámicas”, que crecen rápidamente, y que producen bienes de consumo suntuario o
bienes de capital para la producción de éstos.

Esta limitación del mercado, además de influir sobre el aparato productivo, tiende también a desplazar parte
de la circulación de mercancías hacia el mercado mundial a través de la exportación. Para ello concurre de
modo determinante el hecho de que la masa de plusvalía generada no se queda íntegra en el país sino que
parte se transfiere al exterior, lo que reduce el mercado.

Podemos así concluir que, así como la circulación en su primera fase influye sobre la producción, también
en su segunda fase revierte sobre ésta, al mismo tiempo que las dos fases de circulación dependen de la forma
en que se desarrolla el aparato de producción. Es decir que el capital extranjero no puede inducir la producción
de automóviles en una economía que no ha desarrollado determinada infraestructura e industria básica como
para sostenerla, pero, si estas condiciones existen, el hecho puede darse ya que, una vez iniciada la producción
de automóviles, ello no sólo modifica el contenido de la segunda fase de circulación, sino que, al crear allí un
mercado que era entonces inexistente, estimula el desarrollo de la producción automotriz y acentúa la tenden-
cia de los capitales que entran en la primera fase de circulación a invertir en esa rama. Es, pues, el conjunto de
las fases consideradas lo que nos permite entender el ciclo del capital con las características particulares que
asume en la economía dependiente.

Resumiendo, podríamos decir que el ciclo del capital en la economía dependiente se caracteriza por un con-
junto de particularidades. Entre ellas el papel que juega el capital extranjero en la primera fase de circulación,
tanto bajo la forma dinero como la de mercancía, así como el hecho de que la producción determina transfe-
rencias de plusvalía (que se harán visibles en la segunda fase de circulación); fija la plusvalía extraordinaria
y se desarrolla sobre la base de la superexplotación del trabajo; ambos hechos llevan a la concentración del
capital y a la monopolización precoz, al tiempo que divorcian la estructura de producción de las necesidades
de consumo de las masas. La distorsión en la distribución del ingreso que de allí se origina dinamiza, en la
segunda fase de circulación, el sector del mercado capaz de sostener el desarrollo de las ramas de producción
suntuaria, forzando a agravar esa distorsión en la medida en que dichas ramas aumentan su producción y de-
mandan más mercado. Los límites con que choca esa segunda fase de circulación, tanto por la transferencia
de plusvalía al exterior como por la deformación de la estructura de ingreso interna, la empujan hacia el exterior
llevándola a buscar la realización de parte de las mercancías en el mercado mundial, con lo que se cierra el
círculo de la dependencia del ciclo del capital respecto al exterior.
Dialéctica de la Dependencia 21

La acumulación capitalista dependiente y la


superexplotación del trabajo
Por: Ruy Mauro Marini
Pretendo tan sólo señalar aquí algunas ideas, algunas líneas de reflexión sobre la cuestión de la dependen-
cia y dejar sentados los elementos que nos permitirán discutir, en seguida, sus implicaciones sociológicas y
políticas.

La primera de ellas se refiere a la orientación metodológica fundamental, que en mi entender, deben seguir
los estudios de la dependencia. En tanto que intelectuales marxistas, tenemos la tendencia a ir a aquello que
es lo esencial en una estructura económica, es decir, la estructura de producción. Sin embargo, cuando se trata
de una formación dependiente, yo pienso que sería necesario invertir esa orientación.

Habría que partir, inicialmente, de la circulación del capital tal como ella se hace en el conjunto del sistema
capitalista; en un segundo momento, plantearse el problema de cómo ella determina las condiciones en que
se desarrolla la estructura productiva dependiente; en fin, replantearse el problema de cómo esa estructura
dependiente crea su propia fase de circulación.

Voy a tratar de explicar por qué abogo por esta línea de investigación.

Cuando digo que es necesario partir de la circulación del capital en escala mundial, estoy pensando que
lo que crea y determina las condiciones de evolución de la estructura dependiente es fundamentalmente el
mercado internacional. En consecuencia, sólo podemos entender la formación y la evolución de un país de-
pendiente cuando captamos su articulación con el mercado mundial. De lo contrario, no podemos entender
de qué manera se genera en una determinada zona del sistema capitalista, en un centro de circulación que se
convierte él mismo en un centro de producción de capital. Yo diría que está allí lo esencial de la formación de
una estructura dependiente.

Al plantear la cosa en estos términos, a lo que estamos apuntando es, desde luego, al problema de la división
internacional del trabajo, puesto que la formación del mercado mundial sólo se da efectivamente sobre la base
de ésta, a partir del momento en que la gran industria se desarrolla en los países centrales. Es el surgimiento de
la gran industria, es la posibilidad de especializar ciertas zonas al interior del sistema capitalista en la produc-
ción de bienes manufacturados, lo que hace posible y necesario el intercambio permanente con otras zonas en
materias de alimentos y materias primas.

Sólo en la medida en que existe un centro manufacturero, un centro fabril como Inglaterra en el siglo pasa-
do, sólo en esa medida se dan las condiciones para el desarrollo de estructuras productivas, exportadoras de
alimentos y materias primas. Es por tanto la circulación, que se engendra a partir de ese centro manufacturero
europeo (Inglaterra), lo que da bases sólidas para la división internacional del trabajo, y por ende, para el mer-
cado mundial. La dependencia se refiere entonces, a esta altura del razonamiento, a estructuras de producción
surgidas en función de la circulación internacional del capital y estrechamente condicionadas por ella. Para
América Latina eso correspondió, en el siglo pasado, a lo que nosotros llamamos la etapa de la economía pri-
maria exportadora, que exportaba alimentos y materias primas a los países industriales.

El razonamiento no es válido tan sólo para la economía agraria dependiente, sino para la industrialización
que allí tendrá lugar ulteriormente. Ésta aparece, en los países dependientes, como una actividad destinada
a sustituir importaciones y en consecuencia, no sólo referida a la manera cómo se inserta la economía en la
circulación internacional, sino que principalmente determinada por una demanda interna preexistente, la cual
se originó de la importación de bienes manufacturados, o sea, de la circulación internacional. La posibilidad
de seguir con la industrialización estará posteriormente vinculada al mercado mundial en un doble sentido: en
virtud de su dependencia ante la oferta de bienes de capital que allí se verifica y como veremos más adelante,
en función de la capacidad de la economía dependiente de redefinir su posición en el mercado mundial, convir-
tiéndose ella misma en exportadora de bienes manufacturados.

Su relación con la circulación internacional crea, en los países dependientes, un ciclo de capital con carac-
terísticas propias en relación al que se da en los países industriales. Si observamos el proceso mediante el
cual se verifica el ciclo de capital —y esto es muy claro en la economía primaria exportadora— o sea la fase de
22 Dialéctica de la Dependencia

producción y la fase de circulación en la economía dependiente, veremos que no corresponde al que se realiza
en los países centrales. En la economía dependiente, la producción, desde el momento en que pasa a la fase de
circulación, se desplaza totalmente hacia el mercado mundial. Es una producción que no depende por tanto,
del mercado interno.

A diferencia de lo que pasa en los países industriales, donde una parte importante —en el caso norteame-
ricano la casi totalidad— de la producción se realiza en el mercado interior, en un país dependiente la parte
principal de lo que se produce para el mercado se desplaza hacia la esfera del mercado mundial. Esto tiene
una consecuencia decisiva para la situación del productor, del obrero; la de que, en un país dependiente, el tra-
bajador cuenta solamente en tanto que productor, en tanto que creador de bienes de consumo, pero no cuenta
jamás como consumidor, una vez que la producción no se destina a su consumo, sino al de los trabajadores y
capas que viven de la plusvalía en los países centrales.

Ese divorcio entre el productor y el consumidor crea las condiciones para que, en una economía de esa natu-
raleza, el trabajador pueda ser explotado prácticamente hasta el límite. ¿Por qué razón? En un país capitalista
clásico, la fase de producción da origen a una oposición entre el obrero y el capitalista, un vez que en esa etapa
interesa al capitalista reducir al máximo el salario del obrero. Sin embargo, en la fase siguiente del ciclo del
capital, cuando se pasa a la circulación y realización del producto, aquello que aparecía el capitalista como
una pérdida de dinero, o sea el pago de salario, es indispensable para que la producción se realice y, por tanto,
para que el capital pueda reasumir su forma de dinero, que le permite encarar de nuevo la fase de producción.
El consumo del trabajador, en la segunda fase lleva a que se supere en términos relativos (una vez que la lucha
de clases opera también a nivel de consumo) la oposición inicial que se daba en la fase de la producción entre
el capitalista y el obrero.

En la economía dependiente, las cosas se dan de otra manera, llevando a que la oposición entre el capitalista
y el obrero no sea paliada en la segunda fase del ciclo del capital. La posibilidad de rebajar el salario del obrero
no encuentra limitación en la necesidad de realizar el producto, una vez que éste se destina al exterior; el con-
sumo del obrero es irrelevante para la realización del producto. En consecuencia, el carácter que asume el ciclo
del capital en una economía de este tipo no pone ninguna traba a la explotación del trabajador y, al contrario,
la lleva a configurarse como una superexplotación.

Precisamos el concepto de superexplotación del trabajo, me parece que, aquí también, si queremos ser
buenos marxistas, debemos tomar ciertas libertades con la teoría. En efecto, si insistimos en aplicar a una
economía dependiente, de una manera excesivamente rígida, las categorías diseñadas por Marx, nos encon-
tramos con grandes dificultades para entender la naturaleza de esa economía. Pienso sobre todo en aquellas
categorías fundamentales en el análisis marxista: la categoría de plusvalía relativa y de plusvalía absoluta. Si
tenemos solamente su aspecto formal y no vamos a la esencia de lo que ellas señalan, no podremos entender
el proceso de explotación y, por ende, de acumulación en una economía dependiente.

Al estudiar las formas de explotación del trabajo, Marx define la plusvalía relativa como aquélla que nace de
la reducción del tiempo de trabajo necesario al obrero para la reproducción de su fuerza de trabajo, o sea, del
abaratamiento real de la fuerza de trabajo, lo que se da fundamentalmente aunque no esencialmente, a través
del aumento de la productividad; en cuanto a la plusvalía absoluta, se deriva de la prolongación del tiempo de
trabajo excedente, independientemente de que se mantenga igual al tiempo de trabajo necesario dentro de la
jornada total de trabajo. Marx tiene su motivo para conceptualizar de esta manera, a la explotación del trabajo
en una economía capitalista, ya que parte del supuesto teórico de que la fuerza de trabajo se remunera siempre
a su justo valor, no para cada individuo pero sí como una tendencia para la clase. Ahora bien, ella no representa
tan sólo una premisa teórica, sino que tiene también una validez histórica. Si consideramos la evolución de los
salarios en los países industriales, constatamos que se observa allí una tendencia permanente de los salarios
a mantenerse cercanos al valor real de la fuerza de trabajo. Pero cuando desplazamos nuestro enfoque hacia
las economías dependientes vemos que eso no es así; no podemos partir en absoluto, en el análisis de una
economía dependiente, afirmando que allí la fuerza de trabajo se remunera a su justo valor. Eso no es cierto;
por lo contrario, lo característico en una economía dependiente es precisamente que la fuerza de trabajo se
remunera siempre debajo de su valor.

¿Qué podemos entonces proponer como categorías de análisis de la explotación del trabajo en economías
dependientes? Yo diría que, para ello es necesario hacer una nueva lectura de Marx y reencontrar allí lo esencial
en su análisis de la explotación del trabajo. Lo que importa es la manera por la cual el trabajador es explotado
y, por tanto, la manera por la cual se da el proceso de acumulación del capital.
Dialéctica de la Dependencia 23
Es necesario abandonar el análisis formal de la cuestión de fondo, la especificidad del proceso de acumu-
lación de capital en las economías dominantes y en las dependientes. Es posible afirmar, en este sentido, que,
en las primeras, la acumulación se ha basado sobre todo en el aumento de la capacidad productiva del trabajo,
es decir, siempre en el aumento de la productividad del trabajo, mientras que, en los países dependientes, los
principales resortes de la acumulación no están vinculadas directamente a la productividad del trabajo, sino
más bien a la mayor explotación de la fuerza de trabajo en sí misma.

Ello permite identificar, en la acumulación dependiente, tres formas o modalidades principales de explota-
ción del trabajo, La primera de ellas es el aumento de la intensidad del trabajo sin que se modifique el nivel
tecnológico existente. Tenemos ahí una forma particular de producción de plusvalía relativa, ya que se incre-
menta el valor creado por el obrero, sin alterar la jornada de trabajo, aunque cambiando la relación entre los dos
tiempos de trabajo que existen en el interior de la jornada laboral: el tiempo de trabajo excedente y el tiempo
de trabajo necesario. En esos tiempos el obrero produce más, porque se le exige más en materia de intensidad.

Una segunda modalidad se deriva del mecanismo clásico de producción de plusvalía absoluta, es decir, la
prolongación de la jornada de trabajo, lo que altera la relación entre el tiempo de trabajo necesario y el tiempo
de trabajo excedente.

Se trata de una forma de explotación empleada de manera abusiva en los países latinoamericanos, sobre
todo en el campo, en la agricultura, donde la masa trabajadora llega a proporcionar jornadas de trabajo de ca-
torce, dieciséis e incluso más horas. Pero ese mecanismo juega también en la industria, sobre todo en aquellos
sectores menos protegidos y en la fuerza sindical más débil —la pequeña y mediana industria— aunque apa-
rezca igualmente en la gran industria, a través de las horas de trabajo extraordinarias.

La tercera forma, la menos ortodoxa, pero seguramente la más importante en un país dependiente, consiste
simplemente en dar al obrero una remuneración inferior al valor real de su fuerza de trabajo. En otros términos,
ello significa no respetar las condiciones técnicas y el costo de los medios de subsistencia para fijar la relación
entre el tiempo de trabajo necesario y el tiempo de trabajo excedente, sino tan sólo rebajar la paga del obrero
más allá de lo que permitiría su tiempo de trabajo necesario, y convertir el fondo de consumo del obrero en una
parte del fondo de la acumulación del capital.

Ahora bien, todos estos mecanismos nos están llevando a un tipo de producción que, sea en la economía
exportadora, sea en la economía industrial que surge después, hace que la capacidad de demanda de los tra-
bajadores sea siempre muy inferior a la que establece la capacidad real de producción. Se pude producir mu-
cho más que aquéllo que los trabajadores pueden absorber, razón por la cual la economía no puede desarrollar
la producción interna más allá de un cierto límite sin enfrentarse a problemas de realización. Por otro lado,
encontramos allí una razón fundamental para que en esas economías se observe una fuerte concentración de
capital. La misma superexplotación tiende a crear necesariamente mecanismos de concentración y ésta es la
base del desarrollo de la economía monopólica en estos países.

Ante esa oposición creciente entre producción y circulación, producción y realización, producción y con-
sumo que caracteriza la economía capitalista dependiente, la respuesta del capital, de la burguesía, ha ido
configurando un nuevo modelo de organización económica, social y política. En su forma más avanzada, ese
modelo encuentra una mejor expresión en el subimperialismo brasileño, pero las tendencias allí cristalizadas
se observan también en los demás países latinoamericanos, particularmente en aquéllos que cuentan ya con
un cierto grado de desarrollo industrial.

La primera tendencia consiste en readecuar la estructura de la circulación en el sentido de crear un mercado


interior dinámico para la producción industrial. A través de medidas que inciden en la política salarial y de cré-
dito, y utilizando el resorte de la inflación, se transfieren entonces recursos desde los estratos bajos (o sea, la
inmensa mayoría de la masa trabajadora) a las capas medias y altas, que están en condiciones de sustentar el
mercado. En otras palabras, se acentúa la redistribución regresiva del ingreso. Esto equivale objetivamente a
reconocer que los trabajadores de los países dependientes nada tienen que hacer en tanto que consumidores,
y tienen que entenderse solamente como productores, como fuerza de trabajo a explotarse. El caso brasileño
es típico en ese sentido. El régimen militar brasileño, que representa de hecho la dictadura del gran capital en
Brasil, ha reducido en los últimos años los salarios reales de la clase trabajadora cerca de la mitad. Simultá-
neamente, los sectores capitalistas y los sectores altos de la clase media han podido incrementar su consumo
suntuario, su consumo de lujo, constituyéndose en una esfera interna de circulación relativamente dinámica
para la producción industrial.
24 Dialéctica de la Dependencia
Una segunda tendencia, un segundo tipo de mecanismo que emplea el capital es la intervención estatal.
Se trata allí de hacer jugar al Estado ya no sólo desde el punto de vista de promotor de ciertas inversiones de
infraestructura, sino como creador de un mercado estatal, un mercado público.

Ésta se da mediante el aumento de la intervención estatal en obras de infraestructura (hidroeléctricas, ca-


rreteras, obras públicas en general) lo que crea evidentemente toda una demanda estatal para la industria más
sofisticada, sobre todo la industria pesada, sea mediante la orientación del gasto estatal hacia el desarrollo de
una industria que no tiene relación con el consumo popular, al impulsarse la creación de una industria bélica.
Por ejemplo, a partir de 1965 y en un principio para superar la crisis económica entonces existente en el marco
dela cual la industria automotriz no encontraba mercado para su producción, el Estado entró a hacer enco-
miendas crecientes a esa industria. Pero, al comprar su producción, no podía comprar coches de paseo, el ele-
mento fundamental en la producción automotriz. Sus encomiendas implicaron, entonces, exigir a la industria
automotriz la producción de jeep, de tanques, de carros blindados para las Fuerzas Armadas. Esto explica en
parte el aumento de los gastos militares que, implican en 1970 alrededor de mil millones de dólares, aproxima-
damente una tercera parte del monto total de las exportaciones.

La tercera tendencia la dejo para el final, aunque tal vez debería ponerla en primer lugar, ya que es la más
importante. Cosiste en el esfuerzo por reemplazar la circulación desde el mercado interno hacia el mercado
externo. Es decir, ya no es exportar simplemente materia prima y alimentos, sino manufacturas, la producción
industrial que no puede ser realizada totalmente en el mercado interno y que necesita crecer constantemente
como consecuencia de la misma acumulación de capital.

Esa producción busca el mercado externo, trata de desplazar su órbita hacia el mercado mundial. Sin em-
bargo, para un país como Brasil, la expansión comercial hacia el exterior de productos industriales no es fácil.
No es fácil en la medida en que encuentra un mercado mundial ya dominado por los grandes países capita-
listas. El Brasil va, entonces, a ofrecer a esos países capitalistas la posibilidad de obtener altas ganancias ex-
plotando una mano de obra barata —y esa razón sirve para agudizar aún más el régimen de superexplotación
del trabajo— para obtener allí ganancias más altas que las que obtendrían en otra parte con el mismo tipo de
equipamiento, a cambio de una participación, una cuota en el mercado mundial.

En este sentido, se puede tomar como ejemplo el caso de Volkswagen. La filial más importante de Volk-
swagen alemana es la que opera en Sao Paulo; a principios del año pasado (1971), hubo un acuerdo entre
la filial brasileña de la Volkswagen y la Volkswagen alemana, en el sentido de que la primera se quede con el
mercado latinoamericano. Ya anteriormente, para hacer frente a los problemas de realización de la Volkswagen
brasileña, se le había entregado una cuota en el mercado norteamericano. En suma, se busca la expansión
comercial hacia el mercado mundial, pero se hace esto en base al capital extranjero, entregándole una parte
significativa de las ganancias.

Dejé esa cuestión para el final porque, si analizamos las tres tendencias, los tres mecanismos, veremos que
el primero, o sea la redistribución regresiva del ingreso, es necesariamente un mecanismo limitado. ¿Por qué?
Porque no se puede hacer crecer indefinidamente esta capa privilegiada de consumo, esta “sociedad de con-
sumo” que existe al interior de la sociedad brasileña, puesto que esa capa presupone una mano de obra fuerte-
mente explotada y desposeída. No se puede permitir a sectores de esa mano de obra participar en la “sociedad
de consumo”, sin desatar un proceso reivindicativo en el conjunto de la masa trabajadora, el cual pondría en
jaque la acumulación basada en la superexplotación del trabajo.

El segundo mecanismo, es decir, la creación de mercado a través de la intervención estatal, ofrece mucho
más posibilidades a corto plazo, lo que no es viable, en la medida en que nadie puede suponer el desarrollo del
capitalismo sobre la base exclusiva de la demanda estatal. Es necesario que exista un campo de acumulación
de capital real y un campo real de circulación de mercancías. El único mecanismo, entonces, que a largo plazo
podría ofrecer la posibilidad de mantener la tasa de desarrollo, la tasa de acumulación de capital, sería precisa-
mente la expansión comercial al exterior. Es decir, la única salida del capitalismo dependiente brasileño —que
por esto se caracteriza como un subimperialismo— es tratar de repetir la hazaña de las potencias imperialistas,
pero intentarlo bajo el control, bajo el dominio de esas potencias imperialistas ya desarrolladas.

Yo lo planteo así, y no insisto más en el tema, en la medida en que ello nos obligaría a hacer un análisis de-
tallado de lo que ha sido la política expansionista brasileña en los últimos ocho años. O bien, entrar a ver de
manera mucho más detallada las posibilidades y las brechas que puede ofrecer hoy día el mercado mundial
para el surgimiento de un nuevo centro exportador de manufacturas. Simplemente señalo que, si estudiamos
Dialéctica de la Dependencia 25
las características que ha asumido recientemente la división internacional del trabajo, podemos admitir que
existe una cierta posibilidad. Es fácil constatar que en 1970 ya no tenemos la división internacional del trabajo
que regía en 1870, cuando había, de un lado centros industriales, centros manufactureros y de otro lado, países
agrarios o países mineros, productores de alimentos y materias primas. Vemos una gama mucho más com-
pleja, con países que tienen economías industriales a diferentes escalas, a diferentes etapas. Y vemos que la
producción industrial en los países centrales pasa a requerir la existencia de centros industriales en otros paí-
ses menos desarrollados. Por ejemplo el acero, hace 30 años atrás, era un privilegio de los países dominantes,
de los países centrales. El Brasil es hoy día un país exportador de acero. No solamente pudo desarrollar una
industria interna de acero, sino también exportarlo, aunque en pequeña cantidad.

¿Qué pasa a ser más importante para los países desarrollados? El control de ciertas etapas del proceso pro-
ductivo, donde sí mantienen el monopolio; lo que es la electrónica pesada, por ejemplo, o la industria química.
Pero, etapas menos sofisticadas de la producción industrial pueden ser transferidas a otros países y estos
países deben participar de esas etapas de producción, plantearse necesariamente el problema de la escala del
mercado. Una verdadera industria siderúrgica impone y exige un mercado bastante amplio.

Creo que es mejor interrumpir aquí la exposición y no entrar a analizar sus implicaciones de orden socioló-
gico y político. Eso tal vez lo pueda hacer, contestando algunas de las preguntas que ustedes quieran formular.
Preferiría darles la ocasión de hablar un poco para romper la monotonía.

Respuestas a preguntas del público


1. El problema de la llamada “población marginal”.

El problema del tiempo de trabajo, de los tiempos de trabajo al interior de la jornada de trabajo, no puede
tomarse exclusivamente —y Marx jamás ha planteado eso— desde un punto de vista individual; o sea del tra-
bajador individual. Hay que tener presente que, cuando Marx habla de que el obrero tiene un tiempo de trabajo
necesario y un tiempo de trabajo excedente, etc., se refiere siempre a la población trabajadora, que al fin y al
cabo nosotros vamos a tener que jugar con términos medios, esto es, un promedio. Me parece, que plantear
una diferencia de fondo entre lo que podría llamarse un sector marginal y un sector integrado, una clase fabril
integrada a la producción, nos dificulta la visión real del problema. Debemos tomar al conjunto de la población
trabajadora que esté en ese momento trabajando o desempleada; esto es lo correcto, y analizar entonces la
manera por la cual la reducción real del tiempo de trabajo necesario repercute finalmente en el empleo. Así es
como nosotros podemos entender el papel que está jugando esta población desempleada o marginada. Para
poner un ejemplo: es costumbre hablar entre los economistas de una tecnología “labor saving” (ahorradora
de mano de obra), como si existiera otro tipo de tecnología. Como si el progreso técnico no fuera siempre, en
cualquier circunstancia, menos esfuerzo físico, menos tiempo para producir la misma cantidad de bienes.
Ahora bien, ¿por qué esto aparece como “labor saving”? porque ese progreso técnico va a ser tomado por el
capitalista para reducir el número de trabajadores (en términos relativos), y para reducir la jornada de trabajo.
Si hubiera reducción de la jornada de trabajo, y si se mantuviera la tasa de acumulación, el aumento de pro-
ductividad implicaría siempre aumento de empleo y mejores condiciones de trabajo para la mano de obra em-
pleada. En la medida en que eso no es así, y sobre todo en una economía con altas tasas de trabajo excedente,
con altas tasas de explotación, como es el caso de los países dependientes, el resultado del progreso técnico
es hacer que aumente constantemente la población desempleada. Pero tenemos que contar con esta pobla-
ción desempleada para determinar las condiciones generales de trabajo en la economía y entender, además
que la existencia de esta población desempleada es justamente lo que permite que la mano de obra empleada,
la clase obrera existente, sea remunerada por debajo de su valor; ello se debe a la presión que esa mano de
obra desocupada ejerce sobre el mercado de trabajo y a la producción de subsistencia que esa mano de obra
engendra, con lo que lleva a abaratar realmente la fuerza de trabajo. Hay que ver el proceso en su conjunto,
porque si lo tomamos en términos individuales, llegaremos a escindir la población trabajadora en la clase
obrera y en la población marginal, y eso no sólo es una deformación del análisis económico, sino que lleva a
implicaciones políticas extremadamente graves.

2. La clase obrera, dada la existencia de una población que vive en condiciones infrahumanas ¿puede con-
siderarse como una clase privilegiada y solidaria con el sistema?

Para contestar de manera bastante breve diré lo siguiente: el planteamiento de la forma de explotación y de
la tasa general de explotación desde el punto de vista del conjunto de la masa trabajadora, nos lleva necesa-
riamente a afirmar que la clase obrera no es una clase privilegiada, sino que, todo lo contrario, esa clase obrera
es una clase superexplotada precisamente por la existencia de sectores miserables y más postergados al in-
26 Dialéctica de la Dependencia
terior de la sociedad. Yo diría que, en relación a la clase obrera brasileña, ella será siempre superexplotada, en
la medida en que existan esos amplios sectores desempleados, y que existan sectores de subsistencia. Como
sostenía hace rato, eso es precisamente lo que crea las condiciones sobre las cuales puede operar el capital
e imponer a la clase trabajadora un régimen de explotación mucho más violento. Es por tanto la clase obrera
—la que cuenta con mejores condiciones políticas, económicas, sociales, para encabezar y dirigir un proceso
revolucionario que derroque al régimen capitalista— la clase que tiene todo el interés en hacerlo.

3. ¿Qué representa el subimperialismo brasileño, con sus altas tasas de desarrollo económico y su régimen
político represivo para el desarrollo del movimiento revolucionario?

Trataré de contestar por lo menos aquellos puntos que me parecen más sustantivos, sin entrar a discutir si
la concepción marxista sobre la tecnología es válida o no; esto sería tema de otra discusión.

Pero yendo a los puntos sustantivos de lo que pude comprender de las preguntas, yo diría que —repitiendo
un poco lo que se dijo hoy en la mañana— la culpa de los problemas no hay que buscarla en el análisis sino en
la realidad, y la experiencia reciente del Brasil ha mostrado que el capitalismo dependiente puede encontrar en
él mismo condiciones que le permitan hacer frente a las contradicciones que su desarrollo plantea. Desde lue-
go la manera como se resuelven esas contradicciones, las agudiza, y eso es lo que nos importa, cuando ana-
lizamos el desarrollo de un proceso capitalista. Es cierto que, a principios de la década de los 60, se hablaba
de la imposibilidad de un desarrollo capitalista autónomo, nacional. ¿Qué quería decir esto? ¿a qué iba referida
la discusión? Era una manera de hacer frente a las expectativas reformistas de desarrollar, con base en una
supuesta burguesía nacional independiente y contraria al imperialismo, un capitalismo nacional, autónomo,
por tanto plantear como estrategia revolucionaria el frente único de clases, la colaboración de clases entre la
burguesía y el proletariado. Allí está el centro de la cuestión. Sí algunos, reaccionando contra esto, dijeron que
no existía la burguesía, era su manera de enfrentar el problema. Yo no me hago cargo de ese tipo de enfoque,
puesto que jamás lo sostuve. Más bien lo que se ha dicho —es lo que en el fondo plantearon Gunder Frank y
otros— es que esa burguesía argentina, no tenían la mayor capacidad de promover el desarrollo capitalista
autónomo en los países dependientes al estilo del capitalismo clásico. Ahora bien, el análisis o las líneas de
análisis que yo he tratado aquí de presentar, nos indican que esa afirmación era rigurosamente correcta. Es
correcta en el sentido de que, cuando esta burguesía intenta superar las limitaciones con las cuales choca el
desarrollo capitalista, tiene que someterse aún más al capitalismo internacional, tiene que abrir realmente el
país a la inversión extranjera, tiene que promover la integración del sistema productiva nacional con el sistema
productivo de los países capitalistas centrales. Y solamente a partir de allí le es posible pensar en mantener su
proceso de acumulación de capital. En otras palabras, la acumulación de capital en los países dependientes
conlleva necesariamente la desnacionalización del país dependiente, conlleva necesariamente la imposibili-
dad de un desarrollo capitalista autónomo. Ese es el punto de vista a retener.

Ahora bien, ¿significa abrir la economía nacional al capital extranjero? ¿qué significa hacer de la economía
nacional una base de operación para los grandes consorcios financieros internacionales? Eso significa antes
que nada, aumentar la tasa de explotación en el interior de la economía. Esa tasa de explotación no alcanza
solamente a la clase obrera, sino que va en aumento para aquellos sectores que normalmente son más explo-
tados al interior de esa economía: sobre todo los sectores campesinos. Cuando analizamos la transformación
que sufre actualmente la estructura agraria brasileña vemos que lo que caracteriza esa transformación no
es ya, como en el pasado, la expropiación o la toma de parte del producto de una mano de obra campesina,
pero que seguía siendo campesina y que tenía la posibilidad de crear ciertos medios de subsistencia para su
propio consumo, sino que lo que se da ahora es un proceso masivo de expropiación de la tierra, que expulsa a
la masa campesina de las tierras que trabajaba anteriormente, pero que no eran de su propiedad, y la obliga a
agruparse en torno a centros urbanos del interior, donde ella pasa a vivir en función de la posibilidad de trabajo
temporal, ocasiona, en el campo. Siguen siendo trabajadores del campo pero totalmente proletarizados y en
condiciones de explotación mucho más violentas, una vez que ya no disponen siquiera de la válvula de escape
que les permitía su economía de subsistencia.

Si tomamos esas cosas en consideración, la conclusión a que llegamos desde el punto de vista de las con-
tradicciones entre el capital y el trabajo, entre las clases dominantes y las clases trabajadoras de la ciudad y el
campo no hacen sino agudizarse, y se agudizan de manera extremadamente violenta. De donde se puede ver
la necesidad para la clase dominante de contar con el reforzamiento del aparato represivo del estado, y recurrir
incluso a formas de fascistización, a formas de opresión fascistas. Eso nos está mostrando que el desarrollo
capitalista, que puede tener lugar en esas economías, es un desarrollo que agrava a un ritmo acelerado las
contradicciones de clase y las lleva a aquel punto en que efectivamente no tienen ninguna posibilidad de con-
ciliación. En consecuencia, la imposibilidad del reformismo es más evidente que nunca, y quienquiera que sea
reformista hoy día en América Latina, materialmente no entiende cuál es el proceso de acumulación de capital
que se da en esos países.

Pero hay más: no podemos limitar el análisis puramente nacional, tendremos que ver esa agudización de
contradicciones que no se va a dar solamente en la economía nacional brasileña, sino que va a ser necesa-
riamente exportada a los otros países sobre los cuales el subimperialismo brasileño logra algún medio de
presión, de dominación. Ejemplo típico es el caso de Bolivia, donde de hecho quien se jugó hasta las últimas
consecuencias para el golpe militar fueron los militares brasileños, más que Estados Unidos. ¿Qué ha resul-
tado del golpe militar boliviano? Una mayor represión de las masas bolivianas, una mayor opresión del capital
sobre el trabajo. No nos quedemos sólo en América Latina. La necesidad de expansión comercial que experi-
menta hoy día Brasil, lo hace volverse también hacia África. Pero ¿A quién va a buscar a África? ¿Cuáles son
sus puntos de apoyo para lograr una expansión en el mercado africano? África del Sur y Portugal. Es decir, el
estado represivo brasileño va a buscar aquellos regímenes más represivos, más brutales que se (   ) en África
y va a aliarse con ellos.

El resultado del capitalismo dependiente es una agudización acelerada de las contradicciones de clase.
¿Eso nos plantea problemas? Claro que nos plantea problemas, de la misma manera como el desarrollo del
fascismo en Europa planteó problemas al movimiento revolucionario. No obstante, la solución a que nosotros
podemos llegar no vendrá si cerramos los ojos a esa realidad, sino si reconocemos que esa realidad existe y
que hay que destruirla. Sólo a partir de allí podemos plantearnos una estrategia revolucionaria que esté real-
mente articulada con el desarrollo de las contradicciones del capitalismo dependiente.

Esa estrategia revolucionaria va a encontrar enormes dificultades para desarrollarse, puesto que se enfren-
ta a un Estado más estructurado, a un Estado más represivo, a una clase dominante más unificada en torno
de su Estado. Pero por otra parte, esa estrategia revolucionaria tiene la posibilidad de jugar, de utilizar con-
tradicciones de clase que van en constante agravamiento, que se agudizan constantemente, y es un desafío
entonces para los (*) revolucionarios saber enfrentar esa realidad, saber hacer frente a la agudización de esas
contradicciones para, en función de ellas, plantearse el derrocamiento de ese sistema. Ya no hay que plantear
su reforma, hay que plantear su destrucción.

Si consideramos la situación de los países que, en otras circunstancias, guardando todas las diferencias,
han podido hacer su revolución, vamos a ver que es precisamente cuando las contradicciones de clase son
más agudas que esa revolución es más posible. Tenemos el caso de la Unión Soviética, tomemos el caso de
Cuba. No eran absolutamente democracias parlamentarias, regímenes reformistas en los que el proletariado
andaba de la mano de la burguesía. Eran regímenes extremadamente represivos, en la que la acumulación de
capital se hacía siempre a costa de una mayor explotación de la fuerza de trabajo, y peor que eso los revolucio-
narios encontraban el terreno propicio para desarrollar su acción revolucionaria. Pienso que eso es válido hoy
para el Brasil, pienso que es válido para América Latina y para todos los países dependientes.

4. Cuál es la importancia del análisis teórico para la formulación de la estrategia revolucionaria?

Hay un aspecto de la intervención del compañero Salvati que merece reparos. Según entendí, al compañero
Salvati no le parece bien que se haga la división entre las dos etapas del ciclo de capital, y es rigurosamente lo
que hace Marx al analizar el ciclo del capital, cuando distingue claramente la fase de la circulación de la fase de
la producción. Es justamente a partir de esa distinción que Marx establece en El Capital, y aún más ampliamen-
te en los Grundrisse, algunos elementos de su teoría del subconsumo, que no llegó jamás a desarrollar total-
mente. Pero la base para hacerlo está allí, en esa distinción entre el productor y el consumidor en el marco del
ciclo del capital. Me parece, sin embargo, que no es ahora la ocasión de profundizar en la discusión del tema.

La cuestión de fondo de la intervención de Salvati es la de que no cabría, a partir del análisis de esa natura-
leza, llegar a afirmar la no validez de la alternativa reformista o alternativa revolucionaria, y eso es lo que debe-
ría definirse exclusivamente en el plano político. Yo no estoy de acuerdo; si para algo sirve el análisis es para
orientar la opción política, la opción revolucionaria. Si nosotros tuviéramos en América Latina la posibilidad de
un desarrollo capitalista autónomo, es evidente que las opciones reformistas seguirían siendo políticamente
válidas, y no podríamos descartar la posibilidad de avanzar en el desarrollo de la sociedad durante cierto pe-
riodo, echando mano de métodos reformistas. Ahora bien, si analizamos el problema tal como yo traté de plan-
tearlo aquí, eso nos llevaría a la conclusión opuesta: la de que la solución reformista no tiene la menor posibi-
lidad de abrir nuevas vías de desarrollo a la sociedad latinoamericana tal como existe hoy, sino más bien lleva
inmediatamente a esa sociedad a una crisis estructural y coyuntural, crisis que pone inmediatamente como
opción, no la reforma y la revolución, sino la revolución y la contrarrevolución. El ejemplo claro de esto es Brasil,
28 Dialéctica de la Dependencia

donde a principios de la década de los años sesenta se intentó plantear un camino de desarrollo autónomo a
través de ciertas reformas —reforma agraria, distribución del ingreso, nacionalización de un sector público más
importante, límites a la inversión extranjera, apertura de relaciones comerciales y diplomáticas con los países
socialistas— pero lo que se logró realmente fue acelerar el proceso de crisis en la economía brasileña. O sea, la
estructura fue puesta en jaque en su funcionamiento y entró a estallar, por así decirlo. En ese momento, la op-
ción que nosotros enfrentamos en Brasil no era ya la posibilidad de tomar un camino reformista, sino avanzar
hacia un camino realmente revolucionario, que entrara a cambiar radicalmente esa estructura económica. La
otra opción que fue la que realmente se impuso, era permitir al gran capital nacional e internacional resolver el
problema a su favor, reestructurar esa economía en función de sus intereses, imponiendo una superexplota-
ción mucho más violenta, desnacionalizando la economía, abriendo campo libre a la acumulación de capital y
centrando el país de manera mucho más firme en el área de influencia imperialista.
Dialéctica de la Dependencia 29

Irracionalidad de la dependencia
Por: Ruy Mauro Marini
El rasgo característico de la economía dependiente es su tendencia a divorciar la producción de las necesi-
dades de consumo de las amplias masas. En el patrón de desarrollo que se impuso en América Latina a partir
de 1950, ello se tradujo en una industrialización que privilegió la fabricación de bienes de lujo. En una región
plagada de miseria, donde los trabajadores no tienen lo suficiente para el alimento, la ropa y la vivienda, hemos
visto surgir maravillas de la mecánica y la electrónica, reservadas al disfrute de unos cuantos.

La expansión de la producción suntuaria se ha realizado a costa de un fuerte desequilibrio sectorial. En la


industria, entre 1950 y 1975, los bienes de consumo necesario vieron bajar su participación en la producción
global de un 66 a un 40 por ciento; mientras los bienes de consumo durable y de capital doblaban la suya del
11 al 26 por ciento, y los bienes intermedios, que sirven para la producción de unos y otros, aumentaban de
manera más discreta del 23 al 34 por ciento. En el sector agropecuario, se asistió a la caída de la tasa anual de
crecimiento de un 3.7 a un 2.4 por ciento, con lo que ésta quedó por debajo del crecimiento demográfico (2.8
anual, entre 1950-1975).

Esta situación repercutió en las relaciones con el exterior, generando crecientes presiones para aumentar las
importaciones de bienes intermedios y de capital, así como de las materias primas y alimentos que esa estruc-
tura desequilibrada no producía en cantidades adecuadas. Vinieron luego los déficits de la balanza comercial y
los préstamos para cubrirlos, comprometiendo los magros recursos obtenidos por las exportaciones. Y no fue
todo: al interior de las sociedades latinoamericanas se fueron creando masas cada vez más numerosas que se
encuentran excluídas del goce de los frutos de ese tipo de desarrollo.

Las estimativas de las Naciones Unidas nos dan una idea de ello. En 1972, el 43 por ciento de la población
latinoamericana, equivalente a 118 millones de personas, se encontraba en situación de “pobreza”; es decir,
tenía ingresos inferiores a 180 dólares anuales. Un escalón más abajo, 73 millones de personas, que represen-
taban un 27 por ciento de la población total percibía ingresos inferiores a 90 dólares al año y vivía en situación
de “indigencia”. En otras palabras, sólo un 30 por ciento de los latinoamericanos participa de alguna manera y
en algún grado de los frutos del patrón de desarrollo capitalista que se nos ha impuesto.

No debe causar sorpresa que, después de lanzarse a la fabricación de sofisticados autos de paseo, televisio-
nes a todo color, alucinantes aparatos de sonido, ese patrón de desarrollo empiece ahora a enseñar literalmen-
te los dientes, al convertir la base de esa producción en infraestructura para la industria de material bélico. Allí
donde esto ha tenido mayor avance, el Brasil de los militares, hay más de 100 mil obreros y técnicos empleados
en cerca de 100 empresas que constituyen ese sector. Sus productos han saltado al primer lugar en las expor-
taciones manufactureras y se estima que alcanzarán este año la cifra de 2 mil millones de dólares, doblando el
valor de las exportaciones del año pasado. Con ello, Brasil se ubica en el quinto lugar mundial entre los países
proveedores de medios de destrucción.

No se trata de un caso aislado. En Argentina, Chile, Perú y otros países, la crisis que, desde mediados de la
década pasada, afecta a nuestras economías, asigna puestos de relieve a la producción bélica, divorciando aún
más el aparato productivo de las necesidades de las masas. Y esto será así, hasta que esos 200 millones de
“pobres” e “indigentes”, vale decir la casi totalidad de las masas latinoamericanas, hagan valer sus intereses.
Ello implicará el arrasamiento de la economía irracional que nos han impuesto las burguesías criollas y el im-
perialismo y el proceso de construcción de una sociedad realmente al servicio del pueblo trabajador.
30 Dialéctica de la Dependencia

Proceso y tendencias de la globalización


capitalista
Por: Ruy Mauro Marini

La mercancía en sí y para sí está por sobre cualquier barrera religiosa, política, nacional y lingüística. Su idio-
ma universal es el precio, y su comunidad el dinero. Pero, en la medida en que se desarrolla la moneda universal
en oposición a la moneda nacional, el cosmopolitismo del poseedor de mercancías se convierte en creencia, en
la razón práctica contrapuesta a los prejuicios tradicionales de la religión, de la nación, etc., que obstaculizan
el intercambio material entre los hombres. Marx, El Capital, I. [1]

El proceso mundial a que ingresamos a partir de la década de los ochenta, y que se ha dado en llamar de
globalización, se caracteriza por la superación progresiva de las fronteras nacionales en el marco del merca-
do mundial, en lo que se refiere a las estructuras de producción, circulación y consumo de bienes y servicios,
así como por alterar la geografía política y las relaciones internacionales, la organización social, las escalas
de valores y las configuraciones ideológicas propias de cada país. La globalización se trata, sin duda, de la
transición a una nueva etapa histórica, cuyos resultados apenas empiezan a ser vislumbrados, y de modo
ciertamente insuficiente, dado que apenas comienza, dejando todavía fuera de su alcance a la mayoría de la
población de África, porciones considerables de Asia e incluso parte de nuestra América Latina. Pero, en su
movimiento envolvente, ha establecido ya avanzadas en todo el planeta.

Un primer aspecto que conviene destacar en dicho proceso es la magnitud de la población involucrada en
su desarrollo. En los grandes momentos que la precedieron —la formación de los grandes imperios basados
en el modo de producción asiático y la era romana; la polarización ideológica y, en algunos casos, política, del
mundo cristiano en torno a unos pocos centros, en la Edad Media; a partir del siglo XVI, la expansión comercial
y luego productiva y financiera del capitalismo, a la cual correspondió la formación de los Estados modernos;
la creación del campo socialista— no se llegó, en ningún caso, a superar los mil millones de personas, y fre-
cuentemente el número siempre estuvo muy por debajo de éste. Hoy son casi 6.000 millones de personas que
comienzan a ver alteradas en cierto sentido sus condiciones materiales, sociales y espirituales de vida, lo que
constituye un fenómeno sin precedentes.

Un segundo aspecto que debemos considerar es la aceleración del tiempo histórico. Hagamos a un lado el
ejemplo fácil, por conocido, del relativo inmovilismo de las sociedades antiguas, determinadas esencialmente
por su carácter agrario y una división elemental del trabajo [2], y aun el ya más rápido desarrollo de las socie-
dades burguesas, cuyo prototipo, Inglaterra, necesitó más de un siglo para traducir en el plano político lo que el
capital había comenzado a construir en el siglo XVI, y cerca de tres siglos más para dejar de ser una economía
agraria [3]. Mencionemos tan sólo la difusión en gran escala de la industria manufacturera más allá de los
grandes centros capitalistas existentes a principios de este siglo y la generalización del proceso de urbaniza-
ción, que comenzó en la década de 1920, teniendo a la ex Unión Soviética y a los países de América Latina a la
vanguardia para llegar, en poco más de medio siglo, a convertir a la primera en una superpotencia y a ubicar a
los países latinoamericanos de mayor desarrollo relativo en los primeros escalones de las economías indus-
trializadas y urbanas del mundo.

Un tercer aspecto reside en la enorme capacidad de producción que está en juego. En efecto, la producción
global de bienes y servicios, que en 1980 era de 15,5 billones de dólares (en dólares de 1990), alcanzó 20
billones en 1990 (más de dos tercios concentrados en los siete países más industrializados). Esto significó
un incremento de 4,5 billones de dólares en los años ochenta, suma superior al valor total de la producción
mundial de 1950. En otras palabras, el crecimiento de la producción en una sola década superó todo el que se
había verificado hasta la mitad del siglo XX [4]. Señalemos que entre los 100 principales productores, 47 eran
corporaciones transnacionales.[5]

Finalmente, un cuarto aspecto digno de mención consiste en la profundidad y rapidez que comienzan a
presentar esas transformaciones. Ello se debe, en una amplia medida, al grado creciente de urbanización que
caracteriza a las sociedades contemporáneas: la concentración demográfica acelera la transmisión de cono-
cimientos, uniformiza comportamientos, homogeneiza formas de pensar. Pero, sobre todo, es resultado de la
revolución que se está operando en materia de comunicación, la cual aumenta la velocidad de circulación de
Dialéctica de la Dependencia 31
mercancías, servicios, ideas y, primus inter pares, de dinero, con lo que se compra casi todo eso. El mercado
financiero único que está en vías de constitución y que funciona prácticamente sin interrupción, movilizando
—sólo en la categoría del llamado “capital errante” o, más precisamente, especulativo— 13 billones de dólares
[6], es un buen ejemplo del alto grado de internacionalización del capitalismo contemporáneo.

De la difusión de la industria a la globalización


Captar la especificidad de la globalización exige conocer las características de las condiciones que la han
preparado. A partir de los años cincuenta, el parque industrial en regiones como América Latina fue ampliado
y desdoblado en nuevas ramas productivas (la automotriz, por ejemplo) gracias a la importación de equipos,
cuyo ingreso se contabilizaba en términos monetarios, lo que permitía flexibilizar los rígidos límites existentes
en la balanza de cuenta corriente respecto a la disponibilidad de divisas.

El fenómeno obedecía a una doble determinación: por un lado, la velocidad de la innovación tecnológica en
los centros volvía rápidamente obsoletos equipos que no se encontraban todavía amortizados, lo que hacía
atractiva su transferencia a los países más atrasados, donde podían seguir siendo utilizados; por otro, la pro-
tección tarifaria o la imposición de cuotas de importación en estos últimos (aunada a las facilidades creadas
por el Estado con el fin de atraer al capital extranjero —construcción de infraestructura, cesión de terrenos,
exenciones de impuestos, etc.) proporcionaba a las empresas extranjeras mercados cautivos.

Sin embargo, esto acabó por crear nuevos problemas. Primero, la brusca introducción de innovaciones en
parques industriales caracterizados por un parco desarrollo técnico condujo a una gran heterogeneidad tec-
nológica, particularmente en los sectores a que se dirigió la inversión extranjera: el de bienes de consumo
suntuario y el de bienes de capital, lo cual agudizó las transferencias internas de plusvalía a través de los pre-
cios de producción y aceleró el grado de concentración de la economía [7]. Segundo, porque, pasado el plazo
de maduración de las inversiones, éstas encontraban dificultades para reinvertir sus ganancias en el mercado
nacional, por la saturación relativa del mismo, y se planteaba entonces exportarlas a las matrices; surgieron
así nuevas presiones sobre las divisas disponibles, lo que condujo a la caída de las tasas de crecimiento en la
región y puso en el orden del día la consigna de la restricción a la repatriación de beneficios y, luego, la de la
exportación de manufacturas. Fue en ese contexto que surgieron los organismos de integración regional, como
la ALALC, el Pacto Andino y el Mercado Común Centroamericano.

La configuración desequilibrada de las economías latinoamericanas, con marcada preponderancia de la in-


dustria de bienes suntuarios, y la restricción de sus mercados, determinada primariamente por la superexplo-
tación del trabajo y expresada en una concentración creciente del ingreso, empujaron a dichas economías a la
crisis [8], y no les dejaron otra alternativa que —paralelamente al intento de abrir nuevos campos a la inversión
extranjera, lo que reproducía de manera ampliada la contradicción inicial— el esfuerzo para lograr mercados
externos preferenciales, sin perjuicio de que se acusase la tendencia al proteccionismo comercial. Éste, por lo
demás, no era privativo de América Latina. La intensificación de la competencia internacional, en la segunda
mitad de los años sesenta, acentuó el proteccionismo en Estados Unidos y Europa, especialmente en función
del fantasma japonés. En el mundo socialista, la filosofía económica dominante llevaba a soluciones del mis-
mo tipo.

La circulación internacional de mercancías y capitales se veía así bloqueada, operando sobre la base de un
mercado mundial fragmentado. La contradicción era grande, dada la presión por la ampliación de los campos
de inversión, resultante del aumento de la cantidad de la masa dineraria en manos de los inversionistas, y la
tendencia a la expansión de los mercados, en virtud del alza de los salarios (pese al elevado grado de explo-
tación del trabajo), aumento inducido por el desarrollo mismo de las fuerzas productivas [9] y el consecuente
crecimiento de la demanda.

En economía, los grandes cambios son fruto de calamidades naturales o sociales. La guerra, desde luego,
y las plagas también [10]. El capitalismo añadió una que le es peculiar: las crisis periódicas. En cualquiera de
sus formas, esas catástrofes provocan la centralización de los medios de trabajo, eliminan de paso los menos
eficientes y reducen la fuerza de trabajo mediante la destrucción o expulsión de las actividades productivas,
al tiempo que promueven el empleo más intensivo y/o extensivo de la fracción trabajadora que permanece
en actividad. Tiende a aumentar, en consecuencia, la parte del ingreso que corresponde a los propietarios de
medios de producción, lo que en principio favorece la elevación de la tasa de inversión (aunque también el
consumo suntuario y la especulación) y concentra la producción en grandes unidades económicas; esto a su
vez agudiza la competencia e incentiva la introducción de innovaciones técnicas.
32 Dialéctica de la Dependencia

La crisis capitalista que, como resultado de la caída de las tasas de ganancia que se empieza a verificar a
mediados de los sesenta, estalló con violencia tras la primera alza de los precios del petróleo y fue responsa-
ble, en los países industrializados, de tres recesiones (1974-1975, 1980-1982 y 1990-1994), no constituye una
excepción. El problema sólo pudo ser resuelto en la crisis capitalista de los setenta, en cuyo marco se verificó
una ola de compras y fusiones de activos [11], así como de acuerdos tecnológicos [12], a los que estamos
asistiendo todavía y que se completan con el surgimiento de un nuevo mecanismo: la tercerización [13]. En
otros términos, como es la norma en situaciones de esa naturaleza, la crisis ha dado lugar a una centralización
salvaje, con la que se están formando las masas de recursos requeridas para promover el desarrollo de las
nuevas tecnologías y mejorar así las condiciones de competitividad.

Ello explica por qué, pese a su curva irregular, el retorno de las inversiones productivas en esos países, en el
último tercio de los setenta [14], desató una formidable revolución tecnológica, particularmente en las ramas
de la microelectrónica e informática, telecomunicaciones, biotecnología y nuevos materiales, así como en la
producción de energía y la industria aeroespacial. Esto implicó cambios sustanciales en los niveles de empleo
y remuneración, así como en los modos de organización y gestión del capital y de la fuerza de trabajo.

Hacia una nueva división del trabajo


Es particularmente notable el hecho de que, en las nuevas condiciones, el crecimiento económico ha dejado
de corresponder a la ampliación del empleo. Es así como, tras ostentar de modo estable tasas de desempleo
equivalentes a 4% de la fuerza de trabajo hasta 1973, éstas se han elevado rápidamente en los 24 países más
industrializados y, según la OCDE, alcanzan su punto máximo en 1983 (8%), afectando a 31 millones de perso-
nas, pese a que se había superado ya la recesión de principios de esa década; declinan gradualmente en los
años siguientes, pero el desempleo era todavía de cerca de 6% en 1990, para retomar luego su línea ascenden-
te.[15]

Para imponer ese patrón de desarrollo económico que combina crecimiento y desempleo fue necesario
quebrar la tesis de la resistencia del movimiento obrero, lo que dio lugar a las batallas memorables que se
libraron a fines de los años setenta y principios de los ochenta, la más dura de las cuales fue la que enfrentó a
Margaret Thatcher con los mineros ingleses, al inicio de su gobierno. Los enfrentamientos se repitieron en Es-
tados Unidos, Alemania, Francia e Italia, principalmente, y provocaron, junto con el aumento del desempleo, el
debilitamiento de los sindicatos. Es así como entre 1970 y 1990 el índice de sindicalización de la masa laboral
se redujo de 23% a 17% en Estados Unidos, de 42% a 40% en Gran Bretaña, de 22% a 10% en Francia y de 37%
a 28% en Japón.[16]

En estas circunstancias, los trabajadores no han podido resistir las presiones patronales y han debido hacer
concesión tras concesión [17]. Las empresas recurrieron en gran escala a la tercerización de su personal, que
implica el despido de trabajadores y su posterior recontratación a través de pequeñas empresas prestadoras
de servicios, lo que las exime de gastos por concepto de prestaciones sociales [18]. Paralelamente adoptaron
medidas enmarcadas en la llamada flexibilización, procedimiento que obliga al obrero, a cambio de la estabili-
dad en el empleo, a aceptar modificaciones que afectan desde el puesto de trabajo y el salario hasta la jornada
laboral, en su duración e intensidad [19]. Finalmente, acentuaron la diferenciación existente en los mercados
de mano de obra, interponiendo una distancia creciente entre el trabajador y el proceso material de producción,
lo que ha contribuido a aumentar la jerarquización existente entre ellos según el grado de su calificación, tanto
desde el punto de vista del empleo como de la remuneración.[20]

Estos hechos, en una primera instancia son atribuibles en buena medida al cambio tecnológico mismo, que
hace cada vez más fuerte la incidencia del conocimiento en el proceso de producción. Como señala Reich, en
1984 el 80% del costo de una computadora correspondía a su hardware, vale decir, a la máquina misma, y el
20% al software, el sistema operacional y las aplicaciones que en ella se utilizan; en 1990 esa proporción se
había invertido. Es lo que hace que sólo el 10% del precio de costo de la IBM esté referido al proceso físico de
producción del equipo [21]. Esta constatación lleva a ese autor a dos conclusiones relevantes.

La primera es que el proceso de difusión mundial de la industria manufacturera es incontenible e irreversi-


ble, y, con vistas a obtener mayores ganancias, abre amplio campo para el desplazamiento de la producción
manufacturera a los países que presentan tasas salariales inferiores, lo que representaría una de las causas
determinantes de la reducción de la oferta de trabajo en Estados Unidos:[22]

Las fábricas modernas y el “estado de arte” de la maquinaria pueden ser instaladas casi en todas partes del
mundo. Los productores rutinarios [directamente ligados a la producción] de Estados Unidos están, pues, en
Dialéctica de la Dependencia 33
competencia directa con millones de productores rutinarios de otras naciones.[23]

Esto interesa no sólo a los obreros sino a los técnicos de nivel medio y alto.

La segunda conclusión consiste en la necesidad que hoy tendría Estados Unidos de dedicar lo mejor de su
esfuerzo a la educación, desde el nivel preescolar hasta el superior, a fin de compensar esa reducción de la
oferta interna de empleo mediante la transformación a gran escala del personal existente en cuadros altamen-
te calificados, que el autor llama “analistas simbólicos” (symbolic analysts). “En principio”, afirma, “todos los
obreros que son productores rutinarios pueden volverse analistas simbólicos y dejar que sus viejos empleos
se transfieran hacia las naciones en desarrollo”.[24]

Esto nos pone frente al proyecto de una nueva división internacional del trabajo, que operaría en el plano
de la misma fuerza de trabajo y no, como antes, a través de la posición ocupada en el mercado mundial por la
economía nacional en donde el trabajador se desempeña. De lo que se trata, ahora, es de la participación del
trabajador en un verdadero ejército industrial globalizado en proceso de constitución, en función del grado de
educación, cultura y calificación productiva de cada uno.

Un análisis más detallado nos muestra, empero, que los países desarrollados conservan dos triunfos en la
mano. El primero es su inmensa superioridad en materia de investigación y desarrollo, que es lo que hace posi-
ble la innovación técnica; existe allí un verdadero monopolio tecnológico que agrava la condición dependiente
de los demás países. El segundo es el control que ejercen en la transferencia de actividades industriales a los
países más atrasados, tanto por su capacidad tecnológica como de inversión, control que actúa de dos ma-
neras: una, transfiriendo prioritariamente a los países más atrasados industrias menos intensivas en conoci-
miento; dos, dispersando entre diferentes naciones las etapas de la producción de mercancías; de esa manera
impiden el surgimiento de economías nacionalmente integradas.

Estas dos facultades, que son privilegio de los centros desarrollados, inciden, como siempre lo han hecho,
en la división internacional del trabajo en el plano de la producción. Es por estos medios que se cubren las
necesidades que, en lo que respecta a los insumos, se hacen crecientes en los países centrales, a medida que
aumenta la productividad del trabajo. Uno de sus resultados visibles es el regreso de países (desde luego con
métodos de gestión plenamente capitalistas, a diferencia de lo que sucedía antes) a la forma simple de divi-
sión internacional del trabajo que primaba en el siglo XIX y que involucraba el trueque de bienes primarios por
bienes manufacturados. En América Latina el caso más evidente es el de Chile, cuyas exportaciones consisten
básicamente en cobre y otros minerales, frutos del mar, harina de pescado, madera y celulosa, mientras las
importaciones satisfacen buena parte de las necesidades del país en lo que respecta a bienes de capital y de
consumo, en particular de artículos suntuarios [25]. Pero está lejos de ser el único ejemplo. El mismo Brasil, el
país de mayor desarrollo industrial de la región, comienza a presentar tendencias que constituyen motivo de
preocupación entre empresarios y economistas.[26]

De esta manera la economía globalizada, que estamos viendo emerger en este fin de siglo y que correspon-
de a una nueva fase del desarrollo del capitalismo mundial, pone sobre la mesa el tema de una nueva división
internacional del trabajo que, mutatis mutandis, tiende a reestablecer, en un plano superior, formas de depen-
dencia que creíamos desaparecidas con el siglo XIX. Todavía más, ella impacta, como vimos, a la misma fuerza
de trabajo, al acarrear desniveles crecientes en materia de saber y capacitación técnica.

Los países dependientes ya no tienen acceso a conocimientos tecnológicos concebidos sobre una base
relativamente estable, como la de fines de la Segunda Guerra Mundial, sino que deben hacer frente al acele-
rado desarrollo de tecnologías de punta que demandan masas considerables de conocimiento y de inversión,
para que se pueda acortar la distancia que las separa de los centros avanzados. A ello se suma el gasto que
requiere la educación, materia en la cual nuestro atraso se vuelve mayúsculo. Todo ello agrava las relaciones
de dependencia y amenaza con reproducir en escala planetaria la división del trabajo que creó, en el pasado, la
gran industria, aunque ahora se exija de los nuevos peones u obreros rutinarios grados de calificación muy su-
periores a los vigentes en el siglo XIX. Es inevitable, así, que —como es la norma en economías dependientes—
los cambios por los que pasa el capitalismo engendren entre nosotros contradicciones mucho más agudas.

En consecuencia, las políticas públicas referidas a estas cuestiones terminan por asumir carácter prioritario,
tanto en el ámbito nacional como en el marco de las instancias supranacionales en formación, al tiempo que
plantean la exigencia de políticas económicas capaces de asegurar la creación y/o el desarrollo de actividades
que impliquen cada vez más la aplicación del saber a la producción de bienes y servicios. En otras palabras,
la economía se convierte en un problema que debe ser resuelto eminentemente en el plano de la política. Vol-
34 Dialéctica de la Dependencia

veremos más adelante a esta cuestión. Por ahora nos interesa entender mejor esta fase de globalización de la
economía capitalista y explicar cómo operan en ella los factores que determinan la lógica del sistema.

La ley del valor de una economía globalizada


La revolución tecnológica ocurrida en los centros, los cambios allí verificados en la estructura productiva
y social, y el nuevo impulso que ha ganado la difusión mundial de la industria apuntan hacia una reestructu-
ración radical de las relaciones económicas internacionales. En el curso de los años ochenta se asistió a un
conjunto de modificaciones en el comercio mundial, empezando por su expansión, la cual, según la Academia
Nacional de Ciencias de Estados Unidos, presentó tasas anuales de crecimiento del orden del 4%, lo que arrojó
en la década un aumento global de 50%. Tras una leve declinación al inicio de los noventa, el proceso ha man-
tenido su tendencia ascendente: en 1994 el crecimiento fue de 9% (más de dos veces el registrado en 1993, de
4%, y el mayor índice registrado desde 1976) y el valor de las exportaciones mundiales rebasó por primera vez
los 4 billones de dólares.

Una parte cada vez más significativa de esa expansión se debe al comercio intrafirmas. Esto permitió que
empresas como la Compaq Computers de Houston, que comenzó a operar en 1983, alcanzasen en 1990 ingre-
sos por 3.000 millones de dólares, para lo cual han comprado por fuera la mayor parte de sus componentes:
microprocesadores a Intel, sistemas operacionales a empresas como Microsoft, pantallas de cristal líquido a
Citizen; y a Apple II le ha permitido producir computadoras por un costo de 500 dólares, de los cuales 350 co-
rresponden a compras externas. El fenómeno se vuelve aún más importante si se incluyen las transacciones
con empresas tercerizadas: en 1990 la Chrysler Corporation produjo directamente sólo el 30% del valor de sus
vehículos, la Ford cerca del 50% y la General Motors adquirió la mitad de sus servicios de diseño e ingeniería
de 800 compañías diferentes.[27]

Ello sólo es posible en la medida en que la moderna tecnología imprime un alto grado de estandarización
a la producción de partes y componentes, lo que supone la difusión en gran escala de equipos y métodos de
producción, así como el uso de insumos de calidad comparable. En otros términos, la producción mundial se
caracteriza hoy por una creciente homogeneización en materia de capital constante fijo y circulante. Ésta es
su marca distintiva en relación con el proceso de internacionalización del capital industrial que se verificó des-
pués de la posguerra y se extendió hasta la década de 1970.

Una vez puesto en marcha ese proceso de supresión de las barreras que fragmentaban el mercado mundial
y ponían obstáculos al flujo de la reproducción de capital, se abrió una nueva fase en la producción-circulación
de mercancías, caracterizada por la tendencia al pleno restablecimiento de la ley del valor. En efecto, un mer-
cado mundial rígidamente compartimentado en mercados nacionales, sujetos en mayor o menor grado a la
voluntad de cada Estado, afectaba considerablemente el funcionamiento de ésta. Autores como los cepalinos,
cuando se percataron de que en el ámbito internacional se presentaban peculiaridades que propiciaban formas
de intercambio —que después se llamó desigual—, tomaron a la nube por Juno y las atribuyeron a la relativa
inmovilidad de la fuerza de trabajo [28]. El desarrollo económico en la posguerra, que aceleró notablemente
la circulación internacional de la mano de obra [29], al tiempo que agravaba las distorsiones de precios en el
plano mundial, era suficiente para descartar esa ilusión.

En realidad, la razón para que ello sea así es otra. En el plano del capital social (en un país o en un sector de
producción internacionalizada), al grado de productividad del trabajo le corresponde una intensidad media (el
ritmo de trabajo que alcanza a tener el promedio de los obreros, en función de aquel grado de productividad).
Como, en lo que respecta a la mercancía, lo que ésta puede indicar es tan sólo el tiempo medio que requiere su
producción, es a partir de ese tiempo medio como será fijado su precio relativo. Ahora bien, cuando se compa-
ran mercancías para fijar su precio relativo, de hecho se están comparando objetos que demandan diferentes
tiempos de trabajo para ser producidos, independientemente de que esa comparación se ejerza en el ámbito
nacional o mundial. El valor establecido y, en principio, el precio en que se expresa, corresponden al tiempo de
trabajo socialmente necesario para producir las mercancías, el cual resulta de la productividad media y la in-
tensidad media del trabajo. Pese a que se trata de procedimientos intrínsecamente diferentes, ambos permiten
producir en un mismo tiempo una masa mayor de valores de uso, que el capitalista se encargará de convertir
en mercancías. Veamos en qué consiste esa diferencia.

El trabajo más productivo es aquél que, sobre una base técnica superior, permite al obrero, sin mayor es-
fuerzo, producir más mercancías en el mismo período de tiempo, lo que implica en principio una reducción del
valor de las mismas [30]; sin embargo, mientras esa superioridad técnica no se generalice, su valor individual
seguirá siendo fijado por su valor social (en función de las condiciones medias de producción de la rama), y
Dialéctica de la Dependencia 35
por lo tanto estará por encima de su valor real. El trabajo más intensivo, en cambio, aunque lleve también al
obrero a producir en el mismo tiempo una cantidad mayor de mercancías, no resulta de un adelanto técnico
sino de más esfuerzo, lo que provoca un desgaste superior de la fuerza de trabajo; su efecto es, pues, similar al
del aumento de la jornada de trabajo y, como ésta, implica la producción de una masa mayor de valor; sólo si el
nuevo grado de intensidad se generaliza a la rama, el valor de las mercancías así producidas se convertirá en
valor social, es decir, se determinará en función de la nueva intensidad media de dicha rama. En ambos casos,
pues, el capitalista individual que eleve unilateralmente su base técnica y/o la intensidad del trabajo de sus
obreros se hará acreedor a una plusvalía y una ganancia extraordinarias.[31]

En una economía nacional la competencia actúa por lo general (dado el grado medio de calificación del
obrero y el acceso más fácil de los capitalistas a la nueva tecnología o al aumento de la intensidad) nivelando
el tiempo medio de producción y fijando el precio relativo de la mercancía a partir de él, con lo que la ganancia
extraordinaria tiende a ser un fenómeno transitorio. Pero no sucede lo mismo en el mercado mundial, o se
da de modo mucho más diferido, en virtud de las dificultades de información existentes relacionadas con los
procesos productivos y de transferencia de tecnologías, además de la diversidad que presenta el grado de ca-
lificación del obrero. Y esto es lo que permite al país que cuenta con mayor capacidad productiva hacer pasar
como idéntico el valor de los bienes que produce.[32]

Ahora bien, la nueva fase en que ha ingresado el mercado mundial, con la disolución progresiva de las fron-
teras nacionales y el incremento de la producción, fase orientada a cubrir mercados cada vez más amplios,
implica la intensificación de la competencia entre las grandes empresas y su esfuerzo permanente por lograr
ganancias extraordinarias respecto a sus competidores. Se acentúa, pues, la utilización de los procedimientos
que permiten obtener dichas ganancias. Pero al mismo tiempo, surgen nuevos obstáculos.

En efecto, a las grandes empresas se les hace cada vez más difícil establecer monopolios tecnológicos
por períodos largos, dadas las características que viene asumiendo la gestión del capital en el curso de su
reproducción. La misma necesidad impuesta por la competencia de recurrir a nuevas formas de reducción
de gastos de circulación (como el sistema just-in-time, que quiere evitar la formación de existencias) y de
descentralización productiva (como la tercerización), no implica sólo grados superiores de centralización del
capital, sino que obliga a la difusión de la tecnología, particularmente en lo relativo a los métodos directos de
producción (aunque no, evidentemente, en lo relacionado con su concepción). La difusión tecnológica es indis-
pensable para la estandarización de las mercancías y, pues, para su intercambiabilidad, con lo que se tiende, a
la larga, a homogeneizar los procesos productivos y a igualar la productividad del trabajo y, por consiguiente,
su intensidad. Paralelamente, el notable avance logrado en materia de información y comunicaciones propor-
ciona una base mucho más firme que antes para conocer las condiciones de producción y, en consecuencia,
para establecer los precios relativos. El mercado mundial, por lo menos en sus sectores productivos más inte-
grados, camina así en el sentido de nivelar de manera cada vez más efectiva los valores y, según la tendencia,
a suprimir las diferencias nacionales que afectan la vigencia de la ley del valor.[33]

La contrapartida de esta situación es que aumenta la importancia del trabajador en tanto que cuente con ga-
nancias extraordinarias. Aunque, naturalmente, su calificación y destreza varían de nación a nación, su inten-
sidad media se eleva a medida que se vale de tecnología superior, sin que necesariamente esto se traduzca en
reducción significativa de las diferencias salariales nacionales [34]. Se entiende, así, que se venga acentuando
la internacionalización de los procesos productivos y la difusión constante de la industria hacia otras naciones,
no ya simplemente para explotar ventajas creadas por el proteccionismo comercial, como en el pasado, sino
sobre todo para hacer frente a la agudización de la competencia a nivel mundial. En ese movimiento desempe-
ña papel destacado, aunque no exclusivo, la superexplotación del trabajo.

Esto es así porque —un ejemplo es lo que pasó en Europa a fines del siglo XVIII y principios del XIX— la in-
troducción de nuevas tecnologías está implicando la extensión del desempleo, de manera abierta o disfrazada,
mientras se estruja la fuerza de trabajo que permanece en actividad. En efecto, es propio del capitalismo pri-
vilegiar la masa de trabajo impago, independientemente de sus portadores reales, es decir, de los trabajadores
que la proporcionan; su tendencia natural, pues, es la de buscar la maximización de dicha masa al menor costo
que pueda representar. Para ello se vale tanto del aumento de la jornada laboral y de la intensificación del tra-
bajo como, de manera más burda, de la rebaja de salarios, sin respetar el valor real de la fuerza de trabajo. De
este modo se generaliza a todo el sistema, incluso los centros avanzados, lo que era un rasgo distintivo —aun-
que no privativo— de la economía dependiente: la superexplotación generalizada del trabajo. Su consecuencia
—que era su causa— es la de hacer crecer la masa de trabajadores excedentes y agudizar su pauperización, en
el momento mismo en que el desarrollo de las fuerzas productivas abre perspectivas ilimitadas de bienestar
36 Dialéctica de la Dependencia

material y espiritual a los pueblos.

Estamos, pues, llegando a un punto en que, del mismo modo que pasó en el siglo XIX, la cuestión central
pasa a ser la lucha de los trabajadores para poner límites a la orgía a la que se entrega el capital (para emplear
una expresión de Marx) y poner bajo su control las nuevas condiciones sociales y técnicas en que pueden
desplegar su actividad de producción. No se trata, naturalmente, de detener el aumento de la productividad
del trabajo, y ni siquiera de su corolario natural, el aumento de intensidad, sino de distribuir de manera más
equitativa el esfuerzo de producción, lo que implica reducir la jornada de trabajo en una proporción compatible
con el avance de la capacidad productiva en general. Pero, aunque sea así de sencillo, ello implica poner sobre
bases radicalmente distintas el contenido y las formas del desarrollo económico mundial.

Ésta es la razón principal para que la solución a los problemas que enfrentan actualmente los pueblos de
todo el mundo pase necesariamente por la lucha de clases y, en particular, por la disposición que tengan para
tomar en sus manos las riendas de la política económica, lo que quiere decir asumir la dirección del Estado.
La única respuesta comporta hoy en día la problemática de la globalización, y es la puesta en marcha de una
revolución democrática radical.

Consideraciones finales
La globalización corresponde a una nueva fase del capitalismo, en la cual, por el desarrollo redoblado de las
fuerzas productivas y su difusión gradual en escala planetaria, el mercado mundial llega a su madurez, expre-
sada en la vigencia cada vez más acentuada de la ley del valor. En este contexto el ascenso del neoliberalismo
no es un accidente, sino la palanca por excelencia de que se valen los grandes centros capitalistas para so-
cavar a las fronteras nacionales a fin de despejar el camino para la circulación de sus mercancías y capitales.
La experiencia está mostrando, sin embargo que sus políticas, aunque deriven de una base ideológica común,
engendran resultados distintos en diferentes regiones del planeta. Para darse cuenta de ello basta comparar
el modelo adoptado por los países latinoamericanos para asegurar su inserción en la economía globalizada —
que imita al de la dictadura pinochetista de los años setenta, ya entonces bautizado, sabrá Dios por qué, como
“economía social de mercado”— con el que vienen adoptando los países asiáticos.

En efecto, y aun haciendo a un lado a China —que no ha soltado su base económica socialista, cuenta con
grandes ventajas en términos de mercados, población y recursos naturales, y conserva bajo la dirección del
Estado su proceso de inserción en la economía globalizada—, los países capitalistas de Asia se diferencian de
los nuestros en el papel que allí desempeña el Estado, la manera como subordinan su apertura al exterior a la
protección de su economía y su capacidad para formular políticas industriales de largo plazo que los habilitan
para ocupar de manera ordenada nuevos espacios en el mercado mundial. Éste es, particularmente, el caso de
Corea del Sur, donde el Estado controla el sistema financiero, interviene en actividades productivas directas,
promueve de manera racional la apertura externa, fija metas para ramas y sectores económicos, crea incenti-
vos para el desarrollo y asegura la elevación de los salarios reales.

La incompetencia que están demostrando las clases dominantes latinoamericanas y sus Estados para pro-
mover la defensa de nuestras economías transfiere hacia los trabajadores la exigencia de tomar la iniciativa.
La amenaza de desindustrialización que se cierne sobre la región, los rezagos que presenta el sistema educa-
cional, y la insuficiencia de las políticas, científicas y tecnológicas, aunados a la falta de políticas centradas en
el desarrollo económico, ponen a América Latina en la antesala de una situación caracterizada por la exclusión
de amplios contingentes poblacionales respecto a las actividades productivas, por la degradación del trabajo
y el deterioro de los patrones salariales y de consumo.

Los trabajadores no podrán revertir esa situación, tras asegurar su unidad de clase, si no se plantan firme-
mente en el terreno de la lucha por la democratización del Estado, a fin de quitarles a las clases dominantes el
control de la economía y, sobre la base de una movilización lúcida y perseverante, establecer un proyecto de
desarrollo económico compatible con la nueva configuración del mercado mundial. Sólo su intervención activa
en la formulación e implementación de las políticas públicas y la amplia utilización de los instrumentos de la
democracia directa, de la participación popular y la vigilancia ciudadana pueden proporcionar a los pueblos
latinoamericanos condiciones adecuadas para ganarse un lugar al sol en el mundo del siglo XXI. Es en este
sentido que la cuestión económica se ha vuelto hoy, más que nunca, un asunto político o, lo que es lo mismo,
que la lucha contra la dependencia no puede divorciarse de la lucha por la democracia.

Cabe destacar, además, que la globalización es algo todavía en marcha. En su fase actual ella combina ras-
gos inherentes a la internacionalización del capital con procesos de regionalización, en cuyo marco se puede
Dialéctica de la Dependencia 37
avanzar hacia la especialización productiva de cada país de manera consensual. Se perfila así la formación de
grandes unidades económicas, mejor equipadas para hacer frente a la globalización, además de que presentan
la ventaja de —precisamente por apuntar hacia la superación del viejo Estado nacional— facilitar el rescate de
las especificidades étnicas y culturales, así como de las autonomías locales. Y es en este ámbito que se puede
hacer más fluido y eficaz el ejercicio de la democracia.

Ésta es la opción que tendrá que adoptar hoy América Latina si quiere impedir que la globalización se con-
vierta para ella en un simple regreso a la situación en la que se encontraba en siglo XIX, que fue responsable de
sus formaciones estatales excluyentes y de los lazos de dependencia que éstas establecieron con los grandes
centros. La construcción de una América Latina solidaria, fundamentada sobre la base del respeto a los intere-
ses de las masas trabajadoras de la región y de la plena expresión de su voluntad en el plano político, es decir,
sobre la base de una fórmula que combine democracia e integración, se nos plantea como el gran reto que nos
depara este fin de siglo.

A medida que avance el proceso de globalización, es inevitable que se irán precisando con más nitidez los
objetivos de los trabajadores y se crearán mecanismos que les permitirán actuar de manera ordenada en el
escenario que el mismo capital está diseñando, el del mercado mundial plenamente constituido. Aún en la fase
precedente, correspondiente a la internacionalización en gran escala, que preparó las condiciones para lo que
está ahora en curso, se registraron ya movimientos de solidaridad que, más allá de cualquier ideología, refle-
jaban intereses comunes entre los trabajadores del centro y los del mundo dependiente [35]. La conformación
progresiva de un verdadero proletariado internacional, que es la contrapartida necesaria de la globalización
capitalista, permitirá establecer sobre nuevas bases la lucha de los pueblos por formas de organización social
superiores.

Notas
[1] Traducción libre del texto correspondiente al ítem II, letra c, del capítulo 1 del libro I de Karl Marx, Le capital. Oeuvres,
París, nrf, t. I, p. 413, editado por Maximilien Rubel. Este pasaje no figura en las ediciones del Fondo de Cultura Econó-
mica y Siglo XXI.
[2] “Aquellas antiguas y pequeñas comunidades indias, que en parte todavía subsisten, se basaban en la posesión colec-
tiva del suelo, en una combinación directa de agricultura y trabajo manual y en una división fija del trabajo que, al crear
nuevas comunidades, servía de plano y de plan […] La sencillez del organismo de producción de estas comunidades
que, bastándose a sí mismas, se reproducen constantemente en la misma forma y que al desaparecer fortuitamen-
te vuelven a restaurarse en el mismo sitio y con el mismo nombre, nos da la clave para explicarnos el misterio de la
inmutabilidad de las sociedades asiáticas, que contrasta de un modo tan sorprendente con la constante disolución y
transformación de los Estados de Asia y con su incesante cambio de dinastías. A la estructura de los elementos eco-
nómicos básicos de la sociedad no llegan las tormentas amasadas en la región de las nubes políticas”. Karl Marx, El
capital, México, Fondo de Cultura Económica, 1946-1947, t. I, pp. 290-292.
[3] La revolución de 1640 da la señal de partida para la adecuación de la superestructura jurídico-política a la base so-
cioeconómica que se venía gestando, y conduce al compromiso de 1688-1689, cuando queda definitivamente esta-
blecida la monarquía constitucional de corte burgués. La población urbana sólo supera a la población rural en 1851,
en Inglaterra; cfr. E. J. Hobsbawn, A era das revoluções, 1789-1848, Río de Janeiro, Paz e Terra, 1982, 4ª edición, p. 27.
[4] L. R. Brown, presidente del Worldwatch Institute, “A nova ordem mundial”, en Boletim de Cojuntura Internacional, Bra-
silia, Ministerio de Economía, Hacienda y Planeación, 1992, pp. 42-43.
[5] Según la última relación decenal de The Conference Board, conocido centro empresarial norteamericano de investiga-
ción. Cfr. Comércio Exterior, Río de Janeiro, enero de 1992.
[6] Según cálculo hecho en 1994 por el bis. Cfr. Exame, Río de Janeiro, 29 de marzo de 1995.
[7] La heterogeneidad tecnológica ha sido ampliamente estudiada en América Latina por varios autores. Yo mismo traté
su impacto en la acumulación del capital en por lo menos cuatro ocasiones: “El desarrollo industrial dependiente y la
crisis del sistema de dominación”, en Marxismo y revolución, Santiago de Chile, No. 1, julio-septiembre de 1973, incor-
porado a mi libro El reformismo y la contrarrevolución. Estudios sobre Chile, México, Ediciones Era, 1976; Dialéctica de
la dependencia, México, Ediciones Era, 1973; “El ciclo del capital en la economía dependiente”, en U. Oswald (coord.),
Mercado y dependencia, México, Nueva Imagen, 1979 y “Plusvalía extraordinaria y acumulación de capital”, en Cuader-
nos Políticos, México, No. 20, abril- junio de 1979.
[8] “La razón última de toda verdadera crisis es siempre la pobreza y la capacidad restringida de consumo de las masas,
con las que contrasta la tendencia de la producción capitalista a desarrollar las fuerzas productivas como si no tuvie-
sen más límite que la capacidad absoluta de consumo de la sociedad”. Karl Marx, El capital, t. II, p. 454.
[9] “El crecimiento de la fuerza productiva del trabajo, debido a la creciente intensidad, aun cuando aumenten los salarios,
no impide […] que los ingresos [de los capitalistas] aumenten constantemente, en cuanto a valor y en cuanto a cantidad
[…]. Las clases y subclases que no viven directamente del trabajo se multiplican, viven mejor que antes, y asimismo
se multiplica el número de obreros improductivos”. H. Grossmann, “Ensayos sobre la teoría de las crisis: dialéctica y
metodología en El capital”, en Cuadernos de Pasado y Presente, México, No. 79,1979, p. 179, citando la Historia critica
de las teorías de la plusvalía, de Marx. Cabe indicar aquí que en este caso no procede distinguir el aumento de la plus-
valía y el de la intensidad del trabajo, dado que, si el segundo depende hasta cierto punto del primero, el aumento de
la productividad implica siempre el aumento de la intensidad. La economía burguesa, al correlacionar productividad y
producción, haciendo sus cálculos en términos de producto/horas trabajadas, en lugar de tomar en consideración la
38 Dialéctica de la Dependencia

fuerza de trabajo, es incapaz de distinguir entre las dos formas que determinan la capacidad productiva del trabajador.
[10] La peste negra que irrumpe en Europa a mediados del siglo XIV y diezma probablemente una tercera parte de la po-
blación, favoreció el desarrollo agrícola, debilitó las estructuras feudales, hizo más prestigiosas a las ciudades, reforzó
el Estado, contribuyó al ascenso de una clase media burguesa y promovió el crecimiento de las artes, preparando el
Renacimiento. Sobre este último punto, cfr. las lúcidas consideraciones de G. Duby, en A Europa na Idade Média, São
Paulo, Martins Fontes, 1988, pp. 112 y ss.
[11] Los valores correspondientes a fusiones y adquisiciones de empresas, en Estados Unidos, fueron de 14.000 millones
de dólares en 1974, 45.000 millones en 1980, 175.000 millones en 1985, 249.000 millones en 1989 y, de enero a agosto
de 1995, 256.000 millones de dólares. Véase Jornal do Brasil, Río de Janeiro, 3 de septiembre de 1995. Sobre el tema,
cfr. R. Ornelas, “Las empresas transnacionales como agentes de la dominación capitalista”, en A. E. Ceceña y Andrés
Barreda Marín (coord.), Producción estratégica y hegemonía mundial, México, Siglo XXI, 1995, en particular el cuadro
15.
[12] Sobre los acuerdos tecnológicos en la industria de computadoras, cfr. A. E. Ceceña, Leticia Palma y Edgar Amador, “La
electroinformática: núcleo y vanguardia del desarrollo de las fuerzas productivas”, especialmente la tabla 5 del anexo,
en A. E. Ceceña y Andrés Barreda Marín (coord.), Producción estratégica y hegemonía mundial, op. cit. Observemos que
ese procedimiento fue ampliamente utilizado en la industria automotriz desde fines de la década de los setenta.
[13] La tercerización de actividades productivas o de servicios por parte de grandes empresas establece, como contra-
partida, una férrea disciplina en materia de control de la producción y de la tecnología, y en general de todo el flujo
reproductivo en las unidades tercerizadas, que corresponde a la centralización del mando en manos de esas empresas,
aunque no necesariamente de la propiedad. Sin embargo, esta última también puede darse mediante participación ac-
cionaria, principalmente cuando la empresa tercerizada resulta de un desprendimiento de la empresa principal.
[14] Durante el período 1970-1990, en las fases de recesión y recuperación, la formación bruta de capital fijo presentó la
siguiente evolución en los siete países más industrializados (crecimiento promedio anual, en porcentaje, según datos
de la OCDE, compilados por el Departamento de Estadísticas y Asuntos Internacionales de la Secretaría Nacional de
Planeación de Brasil, actual Secretaría de Planeación y Presupuesto): 1970-1973: 6,4; 1974-1975: -6,0; 1976-1979: 6,0;
1980-1983: -2,5; 1983-1990: 5,1. Más allá de la información cuantitativa, vale la pena resaltar que la inversión fija en
esos países privilegió el ítem de maquinaria y equipo y, en este renglón, en una proporción de 3/4, los bienes de alta
tecnología. Cfr. mi libro América Latina: democracia e integración, Caracas, Nueva Sociedad, 1993, pp. 34-35.
[15] Según el informe anual elaborado por el Comisionado para Asuntos Sociales de la Unión Europea, Padraig Lynn, el
crecimiento económico que comienza a verificarse después de la recesión de los primeros cuatro años de la década
de 1990 no ha sido suficiente para reducir la tasa de desempleo. Ésta golpea actualmente a 18 millones de personas
en la Unión Europea, equivalente al 11% de la población activa. Peor aún: pese a la recuperación registrada en el primer
semestre de 1995, el mercado de trabajo se ha mantenido estable, no habiendo sido siquiera capaz de recrear los 6
millones de puestos perdidos entre 1991 y 1994, y menos aún de absorber parte importante de la mano de obra que
ingresó a ese mercado; en consecuencia, la tasa es más elevada, por sobre el 15%, entre la población menor de 25 años.
En Estados Unidos la tasa de desempleo actual es del 6,6%, y en Japón, donde las relaciones laborales son peculiares,
del 3%.
[16] Datos del Departamento Intersindical de Estadísticas y Estudios Socioeconómicos (DIEISE) de São Paulo. Respecto a
Estados Unidos, la información oficial de 1989 indica que ese 17% se reduciría a 13,4% si se excluyeran los empleados
gubernamentales. Cfr. R. B. Reich, The Work of Nations, Nueva York, Vintage Books, 1992, p. 212.
[17] En el II Simposio sobre el Futuro del Sindicalismo, realizado en São Paulo en agosto de 1992 y promovido por la Fun-
dación Instituto de Desarrollo Empresarial y Social (FIDES), el jefe del Departamento Internacional del TUC Británico,
que cuenta con 7,7 millones de miembros, admitió que esa organización había perdido fuerza tras el ascenso de Mrs.
Thatcher al gobierno, y declaró: “Hemos pasado de la lucha de clases a la aparcería en el trabajo”. A su vez, Robbie
Gilbert, director de la Confederation of British in Industry, la organización patronal inglesa, precisó que, frente al prome-
dio de 3.000 conflictos laborales registrados en los años setenta, se habían presentado 500 en 1991. Y Bruno Rossi,
del Departamento Internacional de la CGIL, la mayor y más importante de las tres centrales sindicales italianas, con 5
millones de afiliados, confirmó: “La aparcería no sólo es posible, sino que es necesaria para ambas partes”. Cfr. Jornal
do Brasil, Río de Janeiro, 16 de agosto de 1992.
[18] Se trata de un procedimiento tan viejo como el capital. Así, al estudiar el salario a destajo, Marx observa: “[…] este ré-
gimen de salarios constituye la base […] de todo un sistema jerárquicamente graduado de explotación y opresión. […] el
destajo facilita la intervención de parásitos entre el capitalista y el obrero, con el régimen de subarrendamiento del tra-
bajo (subletting of labour). La ganancia de los intermediarios se nutre exclusivamente de la diferencia entre el precio del
trabajo abonado por el capitalista y la parte que va a parar a manos del obrero”. Karl Marx, El capital, op. cit., t. I, p. 464.
[19] Un buen ejemplo en este sentido lo dio en 1992 la empresa automotriz británica Rover, al establecer un acuerdo con
su sindicato. Por el mismo, los trabajadores se volvieron estables, pero, en caso de supresión de cargos por razones
técnicas, los afectados pasan por un período de entrenamiento y son desplazados a otra función o, si así lo prefieren, se
jubilan. En contrapartida, y mediante previa discusión, los obreros se comprometen a elevar la productividad, gracias a
medidas apoyadas en la gran movilidad y flexibilidad de las funciones en la línea de producción, y a participar en equi-
pos en todos los niveles destinados a establecer mecanismos tendientes a ese fin. Cfr. Jornal do Brasil, Río de Janeiro,
5 de mayo de 1992. Para ampliar el análisis de las cuestiones relativas a la flexibilización del trabajo, véase A. Sotelo
Valencia, México: dependencia y modernización, México, El Caballito, 1993.
[20] En Estados Unidos cerca del 80% de los nuevos empleos creados en la década de 1980 correspondía a la categoría de
servicios. Cfr. R. B. Reich, The Work of Nations, op. cit., p. 86. Pero la diferenciación no opera sólo separando obreros y
personal de mayor calificación, sino que lo hace también dentro de este grupo: según el Instituto de Política Económi-
ca de Estados Unidos, entre 1979 y 1989 los trabajadores norteamericanos de servicios experimentaron una pérdida
salarial de 3,1%, que llegó a ser de 26,5% para los recién graduados; en contrapartida, la remuneración de los altos
ejecutivos de las grandes empresas aumentó 19%. Cfr. Jornal do Brasil, Río de Janeiro, 8 y 19 de septiembre de 1992.
[21] R. B. Reich, The Work of Nations, op. cit., pp. 83 y ss.
[22] Esta tesis se constituyó en el argumento central de los sectores económicos y políticos que se opusieron a la inclu-
sión de México en el TLC. Cfr. R. Perol y Pat Choate, Save Our Job, Save Our Country, New York, Hyperion, 1993.
[23] R. B. Reich, The Work of Nations, op. cit., p. 209.
[24] Ibid., p. 247.
[25] Sobre los cambios en Chile después de 1975, véase P. L. Olave Castillo, El proyecto neoliberal: el caso de Chile, México,
UNAM-FCPyS, 1995, tesis de maestría, mimeo.
[26] Las exportaciones realizadas por Brasil entre enero y julio de 1995, comparadas con las que tuvieron lugar en el mis-
mo período del año anterior, arrojan un crecimiento de 6,8%. El renglón relativo a bienes primarios aumentó en 5,7% y
sigue correspondiendo a cerca de un cuarto del total. Respecto a los productos industrializados, que han registrado
6,2% de crecimiento, manteniendo su proporción de tres cuartas partes del total, se observa una evolución diferenciada:
mientras los semimanufacturados (aluminio en bruto, semimanufacturas de hierro y acero, celulosa, etc., aumentan en
30%, pasando de 15,2% a 18,4% del total, los manufacturados se muestran estancados, con lo que su participación en la
pauta baja es de 58,5% a 54,7%). Cfr. CEPAL, Panorama económico de América Latina, 1995, Santiago de Chile, Naciones
Unidas, 1995, cuadro 8, p. 32.
[27] R. B. Reich, The Work of Nations, op. cit., pp. 85-86.
[28] En particular, Prebisch. El argumento fue retomado por José Serra y Fernando Henrique Cardoso, “Las desventuras
de la dialéctica de la dependencia”, en Revista Mexicana de Sociología, número extraordinario, México, 1978, y criticado
por mí en “Las razones del neodesarrollismo”, publicado en el mismo número de esa revista. En realidad, en este plano
del razonamiento, la cuestión principal no se refiere tanto a la ley del valor como a la formación de los precios de pro-
ducción.
[29] Véase sobre el tema, de A. E. Ceceña y Ana Alicia Peña, “En torno al estatuto de la fuerza de trabajo en la reproducción
hegemónica del capital’, en A. E. Ceceña y Andrés Barreda Marín (coord.), Producción estratégica y hegemonía mundial,
op. cit.
[30] Son muchos los autores a quienes ese aumento de la masa de mercancías con la reducción concomitante de su valor
individual causa problemas de comprensión. Véase, por ejemplo, el artículo de José Serra y Fernando Henrique Cardoso
“Las desventuras de la dialéctica de la dependencia”, op. cit., y la crítica que le hice en “Las razones del neodesarro-
llismo”, op. cit., así como mi discusión con María da Conceição Tavares en “Plusvalía extraordinaria y acumulación de
capital”, op. cit. Toda la cuestión reside en entender que el valor de las mercancías se determina por la cantidad de ellas
que se produce en una jornada de trabajo, sobre la base del tiempo de trabajo socialmente necesario para su produc-
ción. En consecuencia, si la jornada permanece igual y se reduce ese tiempo de trabajo, incrementándose, en conse-
cuencia, la masa de mercancías producidas, esa masa representará más valores de uso, pero una cantidad idéntica de
valor. Desde luego, esto vale para una rama, no para el capitalista individual, dado que partimos del tiempo de trabajo
socialmente necesario.
[31] No hay que perder de vista que los modos de producción de plusvalía sólo afectan la cuota general de plusvalía si
inciden en bienes que determinan el valor de la fuerza de trabajo. Cfr. Karl Marx, El capital, t. I, p. 439. Las implicaciones
de este hecho en la tendencia a la fijación de la ganancia extraordinaria y en el sobredimensionamiento del sector de
producción de bienes suntuarios de las economías dependientes fueron analizadas por mí en “Plusvalía extraordinaria
y acumulación de capital”, op. cit.
[32] Como en distintos países rigen diferentes grados medios de intensidad del trabajo, esto afecta la aplicación de la ley
del valor a las jornadas nacionales de trabajo. “La jornada más intensiva de una nación se traduce en una expresión
monetaria más alta que la jornada menos intensiva de otro país” (Karl Marx, El capital, t. I, p. 439). “Expresión monetaria
más alta equivale aquí a un producto mayor de valor, dado que, como señalé antes, Marx está suponiendo que el valor
del mercado no se ha alterado”. Véase también ibid, p. 469: “La intensidad media del trabajo cambia de un país a otro;
en unos es más pequeña, en otros mayor. Estas medias nacionales forman, pues, una escala, cuya unidad de medida es
la unidad media del trabajo universal. Por tanto, comparado con otro menos intensivo, el trabajo nacional más intensivo
produce durante el mismo tiempo más valor, el cual se expresa en más dinero”. Como vimos antes, la mayor intensidad
del trabajo supone normalmente una mayor productividad; aunque esta afirmación pudiera matizarse en función de los
distintos grados de calificación de trabajo existente en el ámbito internacional, tendremos luego ocasión de ver que ese
matiz debe ser muy relativizado.
[33] “En un estudio del Congreso de EE.UU. realizado en junio de 1993, un experto en automóviles, Harley Shaiken, com-
paró la productividad y calidad del trabajo en las plantas mexicanas con las de Estados Unidos y del resto del mundo.
Encontró que los trabajadores de una planta de motores de México alcanzaban el 85% de la productividad de los de
EE.UU. en el término de dos años, el 89% en ocho años y el 97% en nueve años. […] Aún más impresionante es que la
calidad del producto sobrepasa a la de EE.UU. en cuatro de los seis años de los que se tienen datos. En 1991 la calidad
en la planta mexicana excedía a la de las instalaciones de EE. UU. en un 32%. Lo asombroso es que las plantas de am-
bos países cuentan con equipamiento similar, pero la tecnología desarrollada en las instalaciones mexicanas es más
avanzada”. R. Perol y Pat Choate, Save Our Job, Save Our Country, op. cit., p. 54.
[34] Al comparar la compensación horaria a los trabajadores norteamericanos y mexicanos, con base en datos del De-
partamento del Trabajo de Estados Unidos, Perol y Choate constatan que en 1980 ésta era de 9,87 dólares para los pri-
meros y de 2,18 dólares para los segundos; de 14,1 y 1,64 dólares en 1990; y de 16,17 y 2,35 dólares, respectivamente,
en 1992. Cfr. tabla en ibid., p. 55.
[35] Desde los años setenta se registran en América Latina movimientos de cooperación sindical en el marco de empre-
sas transnacionales, particularmente entre la matriz alemana Volkswagen y su filial brasileña. A principios de los años
ochenta, sindicatos mexicanos y norteamericanos de la industria automotriz participaron en reuniones destinadas
a establecer objetivos y estrategias comunes, lo que se volvió a plantear por centrales sindicales de ambos países,
así como de Canadá, después de creado el Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Tras la firma del acuerdo
de integración entre Argentina y Brasil, en 1988, que condujo a la formación del Mercado Común de América del Sur
(Mercosur), comenzaron las reuniones anuales de centrales obreras de los dos países, a las que se agregaron las de
Uruguay y Paraguay, así como de Chile, con el fin de acompañar las medidas adoptadas. Sin embargo, todavía no se
ha llegado a incluir representantes sindicales en las delegaciones encargadas de concretar acuerdos específicos en el
ámbito de los procesos de integración: en ellas tan sólo han participado funcionarios gubernamentales, empresarios y,
a lo sumo, parlamentarios.
SOCIALISMO ÚNICO CAMINO

Comisión de Educación Política


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Editorial Laura
Lecturas Proletarias