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Apunte de Cátedra Sociología (T.

Lüders)

El sujeto, su falta y su deseo


Estamos acostumbrados a contraponer al animal y al sujeto humano en términos de racionalidad e
irracionalidad. Sin negar esta contraposición, la diferencia entre los humanos y el resto de las especies
merece ser ampliada.

Además de la inteligencia superior del sujeto humano observemos otra diferencia evidente: la precariedad de
su cría humana frente a la del resto de los animales –piénsese el tiempo que tarda un infante en lograr dar
sus primeros pasos y lo poco que demora un ternero, por solo nombrar otra especie mamífera–.

Esta fragilidad, acompañada a su vez por el lento desarrollo de un sistema nervioso, que será sin embargo el
más poderoso de la naturaleza conocida, lleva al niño o niña a una dependencia absoluta respecto del otro
que lo cría. Nacemos tan “subdesarrollados” que ni siquiera tenemos instintos, que son los impulsos que
ofrecen con claridad al animal los objetos que necesita para satisfacerse. El sujeto humano tiene en lugar de
instintos lo que Sigmund Freud llamaba pulsiones. Las pulsiones nos impulsan, pero no tienen un objeto
definido genéticamente. La necesidad humana se encuentra con una incógnita allí donde la animal encuentra
una respuesta.

Las pulsiones pueden estar motorizadas por la libido, lo que es llamado pulsión de vida, pero también por la
pulsión de muerte, el tánatos, que se hace presente cuando el sujeto no encuentra su objeto: es lo que nos
lleva a las llamadas conductas autodestructivas (suicidio, adicciones, masoquismo, etc.). Hay que tener en
cuenta que ambas pulsiones conviven siempre en el sujeto, pero alguien que fue deseado y pudo identificar
sus objetos a partir de este deseo tiene más probabilidades de constituirse subjetivamente en el marco
de la libido antes que en las manos del tánatos.

Esta dependencia del sujeto respecto del otro para identificar sus necesidades vitales, incluyen la necesidad
de la propia auto-percepción: el infante, frágil, falto de mielina en sus nervios, es sin embargo un animalito
inteligente, percibe la fragmentación de su cuerpo, impuesta por la precariedad de su motricidad. Necesitará
de la mirada de ese otro para tener una percepción de sí mismo como un ser completo. La encontrará a
partir de lo que el psicoanalista Jacques Lacan (1901-1981) definió a fines de los años cincuenta como
“estadio del espejo”. Este estadio resulta fácil de observar cuando ponemos a un pequeño bebé
(aproximadamente partir de sus 6 meses) justamente frente a un espejo. Lo vemos reconocerse en un objeto
externo –el espejo y la mirada del otro – y sonríe. Ese goce se produce porque se percibe como el ser
completo que sin embargo no es, pues en sí mismo “está fragmentado”, dado que aún no coordina sus
movimientos. Sin esa imagen en principio extraña no podría percibirse así mismo como una sola entidad.
Ese placer que vemos en el bebé obedece entonces a que éste se ve querido en el espejo a través de la
mirada de su madre.

Tenemos entonces una primera entrada a la identidad subjetiva a partir de un acto alienante: el sujeto
depende de una imagen externa y del reconocimiento del otro, necesita de su mirada para percibirse como
“uno”. Esta alienación imaginaria es la base sobre la que se constituye el self o el yo del sujeto (en
francés, el moi). Es lo que llamamos narcisismo y autoerotismo. Pero esta elección de sí mismo como
objeto de amor, vimos, depende del afecto que se representa en la mirada de ese primer otro, comúnmente la
madre –escribimos a ese otro con minúscula pues se trata de otro que será objeto de amor del sujeto, y no
sujeto de Autoridad, para describir a éste último hablamos de Otro con mayúscula–1.

1
Tomamos el concepto de otro y Otro (autre y Autre) del psicoanalista francés Jacques Lacan. Debe tenerse en cuenta sin
embargo que no se trata de “personas” concretas sino de funciones. Si bien el rol de otro-objeto de amor suele caer sobre la
Este yo-narcisístico, esta imagen de sí mismo será la base de lo que suele llamarse del “amor propio”, desde
este amor a sí mismo el sujeto se “medirá” respecto de lo que luego será la moral y los ideales de los propios
padres en función del Otro (lo que Lacan llama la instancia simbólica que coincide con el súper-yo y el
ideal del yo de Sigmund Freud –ver nota 1–). El amor propio sin embargo no es solo el narcisismo, pues el
narcisismo otorga al sujeto una imagen idealizada de sí mismo, que nunca se alcanza por completo: este
“ego” herido es lo que se manifiesta cuando nos ofendemos o nos sentimos muy inseguros.

Pero analicemos antes qué sucede con el bebé frente a sus necesidades vitales: necesita demandarlas2.
Depende de la teta materna para alimentarse, y debe reclamarla. Primero llorará de manera espontánea, pero
pronto ese llanto se transformará en mensaje frente a la ausencia de ella. Un mensaje que también depende
de que este otro lo sancione y reconozca, y por eso es capaz de retornar. Otra alienación se va produciendo
entonces, la que genera la dependencia de la palabra. El infante tiene que transformar su necesidad
(biológica) en demanda simbólica. En el camino algo se ganará y algo se perderá si es que no estaba ya
perdido: la palabra reconecta al sujeto con la madre, pero lo hace a su vez entrar en su ley simbólica, el otro
se va transformando no solo en objeto de deseo al “al servicio de su majestad el niño” sino también en la
autoridad que la puede quitar: el otro-objeto se transforma en el Otro de la ley. Si nos permiten el juego
de palabras: el niño quiere conectar con ese otro y para hacerlo debe pasar por la ley del Otro.

¿Qué se gana en este circuito intersubjetivo? Deseo, pues el niño recibe junto a la leche de la teta el deseo de
algo más, que es gozar del cuerpo de su madre. Por eso, los bebés insisten en succionar el pecho aún después
de que ya no necesitan la leche materna para alimentarse. Y a la inversa, la madre desea al niño (por eso
Lacan define al deseo como el deseo del otro), entonces el niño recibe ese deseo. ¿Qué se pierde? En
realidad nada, pero sí se le vuelve evidente lo que ya estaba míticamente perdido: la unidad, la
completud de ser uno con la madre (el retorno al útero, a la pacífica inmovilidad). El sujeto entra al mundo
separándose de aquello a lo que quiere volver. Por eso dice Lacan que el sujeto es el sujeto de la falta. No
se es sujeto sin falta. Nota: este aprendizaje de separarse de la Madre se observa en los niños cuando los
observamos tirar o arrojar cosas para luego ser recuperadas (Freud lo llamaba Fort-Da).

Pensemos en la alimentación. No es pura necesidad, aunque haya partido desde allí. El alimento también
está atravesado por la demanda libidinal y luego el deseo del otro (demanda al otro y demanda del otro,
deseo al otro y se deseado por el otro). El alimento se constituye así en un símbolo de amor, en lo que los
antropólogos llaman un “don” (algo que se dona por amor). Cuando el otro-Otro intenta reducir el
alimento a mera respuesta para una necesidad fisiológica, surge lo que Lacan llamaba la “papilla asfixiante
del otro”, el alimento “asfixiante” es rechazado, porque el sujeto reclama que haya una respuesta de amor y
deseo, reclama amor en el alimento. Y puede incluso arriesgar la vida en eso: por ejemplo, la anorexia o
bulimia. No hay en cambio animales anoréxicos y bulímicos.

El deseo es entonces lo que evidencia que algo nos falta y a la vez lo que nos mantiene en movimiento,
impulsados a buscar nuevos objetos, a encontrarnos con ellos para recuperar la unidad perdida. El
problema del deseo es que nunca encuentra su respuesta, pues, como ya vimos, el “objeto” es ese retorno esa

madre y el del Otro-autoridad suele caer sobre el padre (Otro simbólico) lo cierto es que la madre también puede actuar como
Otro y a la inversa.
2
Freud explica que la pulsión tiene una fuente (biológico-sexual) y una meta (la descarga de la tensión) pero no tiene un objeto
pre-establecido, “natural”. Esto lo vemos en la sexualidad, pues la pulsión puede “fijarse” en objetos muy variables, pensemos
en el fetichismo, en donde la satisfacción sexual se alcanza a través de un objeto, pero también en el ejemplo de la
homosexualidad. Freud rebatía así la afirmación muy establecida en la época por la religión, pero también la ciencia médica, que
hablaba de la sexualidad como naturalmente orientada a la reproducción. Para Freud en principio la sexualidad tiene que ver
con la búsqueda de placer (que a menudo se mezcla con la pulsión de muerte –ejemplo, el sadomasoquismo), siendo la
“normalidad heterosexual” una construcción del ambiente, pero de ninguna manera una determinación de la naturaleza
humana.
fusión que nos anularía como sujetos: solo somos sujetos separados de lo que más deseamos. Por eso desear
es placentero e implacentero a la vez: es lo que nos hace ser y padecer.

Lacan habla de búsqueda del goce como lo que está detrás del deseo. Este goce nunca puede satisfacerse
pues implica la completud imposible: retornar a la madre, al útero. Por eso buscamos incesantemente
nuevos objetos parciales que respondan a nuestro deseo. Y la mayoría de las veces lo peor que puede
sucedernos es encontrarlos… porque “nunca son eso”3. Pensemos en lo que le sucede al niño (pero en esta
sociedad de mercado, también a los adultos) cuando desea con mucha intensidad un producto, se encapricha
con algo y una vez que lo tiene ya quiere otra cosa. Al “consumidor” le sucede lo mismo. Nosotros adultos
compramos “algo”, lo usamos un poco y enseguida nos aburrimos –a no engañarnos, es lo que sucede
también cuando confundimos enamoramiento con amor: nos sentimos cautivados por alguien, queremos
estar todo el tiempo con él o ella, y poco después de haberlo conseguido ya estamos mirando para otro lado–
. El objeto (que puede ser una persona) pierde su brillo ideal ni bien es conquistado. No obstante, lo peor
que puede pasarnos es perder esa ilusión. Algo que sin embargo suele suceder con cada vez mayor
frecuencia en las sociedades de mercado, pues se nos ofrece todo el tiempo “lo último” como la mejor y más
necesaria opción solo para decírsenos en seguida que eso que conseguimos ya está viejo y que lo mejor está
por llegar. Se nos impide además relajarnos y aceptar la separación del objeto: estamos siempre sometidos a
nuevas tentaciones. La efectividad del mecanismo publicitario está en justamente en enfocarse y estimular
de manera permanente el circuito del deseo.

¿Hay una salida? No completa, pero aunque ahora estén en crisis supo haber objetos superiores a los
inmediatamente deseados: los Ideales. El Ideal siempre es inalcanzable (se opone a “lo real”) y viene de lo
simbólico, de la Ley del Otro: evidencia siempre la distancia entre el yo-narcisístico-imaginario y lo que
debe-ser-imaginario (y a su vez está motorizado por el narcisismo, por eso es tan frustrante no alcanzarlo).

El Ideal es aquello que nos saca del consumo inmediato y nos impulsa a esforzarnos por algo más –es por
ejemplo lo que nos hace empeñarnos en estudiar: aunque sea arduo, si lo deseamos, lo hacemos–. En este
sentido, la falta a su vez es lo que nos mantiene siempre en la búsqueda de nuevas metas.

3
Es lo que le hace a Lacan también apropiarse de la diferencia que Karl Marx (1818-1883) estableció entre el valor de uso de
una mercancía y su valor de cambio. Para Marx el primero responde a la “necesidad”, a la pregunta ¿para qué uso algo?. El
segundo responde a aquello que vale en el mercado, independientemente de uso (lo que comúnmente llamamos su precio).
Para Marx, el valor de cambio hace a todas las mercancías proporcional y cuantitativamente equivalentes: un auto puede
cambiarse por el valor equivalente a 15 mil kilos de pan y a la inversa.
Según Lacan (1901-1980) el valor de uso responde a la necesidad, que ya vimos es solo la primera respuesta a la pulsión (es la
teta como alimento). Detrás de ella siempre hay algo más (la teta como objeto de deseo). Ya vimos que ese algo más está
perdido, pues es una completud imposible. Sin embargo entre el uso (que siempre es algo limitado) y esa imposibilidad aparece
siempre el otro y el Otro. El otro que además de responder a nuestra necesidad nos “da” su deseo cuando responde a nuestra
demanda.
Retornando al punto anterior, en la dialéctica del deseo por el otro entra pronto en juego otro con el que se rivaliza por este
deseo (un padre o/y un hermano con el que inconscientemente se “compite” por el amor-deseo de la madre por ejemplo). En el
primer caso, ante esta falta de un objeto para nuestra pulsión-necesidad, el deseo encuentra una respuesta en el deseo del otro
(ser deseado por el otro, “otro” que tiene a la madre como arquetipo).
En el segundo caso también se encuentra una respuesta en el deseo del otro-Otro: se trata de querer lo que el otro quiere. En
primer lugar porque vemos que la madre quiere al hermano, entonces queremos ese amor para nosotros. Aquí estamos en el
terreno imaginario, pues se rivaliza con un par, no con quien esgrime la Ley. En este caso la frase el deseo es el deseo del otro
adquiere un segundo sentido: quiero algo porque lo quiere el otro. Esta es la base de la rivalidad entre hermanos, por ejemplo.
La dialéctica se vuelve más difícil para el sujeto cuando debe rivalizar con el Otro (a menudo el Padre o quien lo encarne,
recordemos que cuando hablamos de las otredades siempre hablamos de roles y funciones encarnados por personas –cfr. nota
1–). Allí la rivalidad termina siendo con quien encarna el objeto de amor sexual de la madre (quien se “acuesta” con ella), y por
ende la victoria es imposible. Amado por la madre y poderoso (no es retado como puede ser retado un hermano, sino quien reta
y castiga) el sujeto no tendría otra posibilidad más que someterse a Él y aceptar su ley (le teme, esto es lo que llamamos súper-
yo). Debe resignar su objeto (la madre) y buscar otros. Para alcanzar ese otro objeto debe además seguir su Ley (esto es lo que
llamamos el Ideal del yo). En este marco la frase el deseo es el deseo del Otro adquiere un tercer sentido.
El Ideal es no obstante también problemático cuando se aleja del deseo, pues se vuelve una pura carga
mortífera que o nos lleva a desistir o nos lleva hacia el masoquismo –en el mecanismo masoquista el goce se
aleja más que nunca del deseo y se transfiere plenamente al sufrir, por eso se habla masoquismo cuando se
goza con el sufrimiento–. Por eso el idealista extremo suele idealizar el “martirio” y el sufrimiento, y suele
caer a veces en la idealización de la pulsión de muerte.