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INSTITUTO SUPERIOR BIBLICO

LARRY CEDERBLOM

ASAMBLEAS DE DIOS DE PANAMÁ

JUAN PABLO VERGARA

8-776-158

TAREA 1
QUIÉN ES EL ESPIRITU SANTO

MATERIA
PNEUMATOLOGÍA

PROFESOR:
PATRICIO EDGEHILL

MIERCOLES 24 DE ENERO DE 2018.


QUIEN ES EL ESPÍRITU SANTO.
La tercera persona de la Trinidad.

1. Nombres
Principalmente se le llama el Espíritu de Jehová, el Espíritu del Señor, el Espíritu del Padre,
el Espíritu de Jesús. Es el Espíritu de verdad, de vida, de fe, de amor, de poder, de sabiduría,
de gracia, de gloria.

2. Personalidad
El Espíritu no es un mero poder ni una expresión figurada de la energía divina, como lo
pretenden, por ejemplo, los antitrinitarios. La Escritura le atribuye una personalidad
distintiva, como también sucede con el Padre y con el Hijo (Mt. 3:16–17). Siempre se emplea
en relación con Él el pronombre personal masculino, a pesar de que en griego el término
Espíritu sea neutro. El Espíritu piensa, conoce el lenguaje, tiene voluntad. Se le puede tratar
como una persona: se le puede mentir, se le puede probar, se le puede resistir, se le puede
contristar, se le puede afrentar. Por otra parte, también enseña, testifica, convence,
conduce, entiende, habla, anuncia.

3. Divinidad
Los textos que hablan de la personalidad del Espíritu afirman también generalmente su
divinidad. Posee los atributos divinos: omnisciencia, omnipresencia, omnipotencia,
eternidad. Es identificado con Dios, con el Señor. Es la blasfemia contra el Espíritu Santo la
que no tiene perdón.

4. El Espíritu Santo en el Antiguo Testamento


Obra en la creación. Es Él quien da aliento al hombre y a los animales. Está en medio del
pueblo de Dios. Capacita a ciertos hombres de cara a una tarea especial. Pero no es dado a
todos, y puede ser retirado. Así se explica la oración de David: «No quites de mí tu santo
Espíritu». Los profetas anuncian claramente cuál va a ser su obra en el Nuevo Pacto: será
derramado sobre todo Israel, y sobre toda carne, será dado para siempre, morará en el
corazón del hombre, que regenerará y santificará.

5. La obra del Espíritu Santo en Jesucristo.


El Señor fue asistido por el Espíritu a lo largo de toda su vida aquí en la tierra. Por el Espíritu,
fue concebido, ungido, sellado, llenado, revestido de poder, conducido, ofrecido en
sacrificio, resucitado. Si el Hijo del Dios viviente no pudo pasar ni un solo día sin la asistencia
del Espíritu, ¡cuánto más no lo necesitaremos nosotros!

6. Convicción de pecado.
Según el Señor Jesús, la primera obra del Espíritu en el hombre es la de convencerle de
pecado. Sin esta convicción, nadie puede sentir la necesidad de un Salvador; y el pecado
que el Espíritu destaca es precisamente el de no haber creído todavía en Cristo. En efecto,
los hombres están perdidos no por ser pecadores, sino porque siendo pecadores no reciben
al Salvador.
La blasfemia contra el Espíritu Santo es la atribución de las obras y testimonio del Espíritu
Santo a Satanás con contumacia, cuando es innegable y totalmente evidente que la obra de
testimonio es de Dios. Es este estado en el que el hombre se cierra ante toda la luz posible,
ante la misma manifestación plena del poder de Dios en gracia, la Palabra se manifiesta de
un modo inexorable. Este pecado involucra un corazón lleno de odio hacia la verdad y hacia
la luz de Dios, y lleva a la perdición, por cuanto encierra al hombre en una actitud
totalmente aberrante en contra de Dios y de su testimonio. Se hace así absolutamente
incapaz e indispuesto a creer. Entonces se hace imposible el arrepentimiento y el perdón.
Es un estado irreversible, en el que se da un endurecimiento judicial. Por otra parte, el caso
de la persona que anhele ir a Jesús, pero que esté atormentada por la idea de que ha
cometido el pecado imperdonable, es totalmente distinto. Su angustia y deseo de ir a Jesús
para recibir su perdón constituyen evidencia clara de que no lo han cometido. Las personas
encerradas en el castillo de la angustia tienen a su disposición la llave de la promesa en Juan
6:37.

7. Regeneración y bautismo del Espíritu Santo.


La regeneración o nuevo nacimiento es la resurrección espiritual que opera el Espíritu en el
corazón del pecador en el momento de la conversión. Es el Espíritu el que vivifica y que nos
trae a una nueva vida. El bautismo del Espíritu, prometido por Juan el Bautista y Jesús, es el
acto por el que Dios nos hace a partir de entonces miembros del cuerpo de Cristo. El Espíritu
toma al pecador arrepentido, y lo inmerge en Cristo; une a partir de entonces la cabeza con
los otros miembros del cuerpo. Este bautismo lo reciben todos los creyentes; Pablo afirma
que es ya un hecho cumplido para el creyente («por un Espíritu fuimos todos bautizados en
un cuerpo»). Esto es cierto incluso de aquellos en Corinto que eran aún carnales. En Hechos,
la expresión «bautizar con el Espíritu Santo» aparece solamente dos veces: con ocasión de
Pentecostés, cuando los 120 discípulos fueron hechos miembros del cuerpo de Cristo, que
el Espíritu formó a partir de aquel momento, y con respecto a la experiencia de los gentiles
en casa de Cornelio, que fueron también unidos al cuerpo de Cristo en el momento de su
conversión. Otros pasajes presentan el bautismo como siendo la operación por la cual Dios
nos inmerge en la muerte de Cristo para resucitarnos con Él, quedando «revestidos de
Cristo». El bautismo en cuestión es evidentemente el bautismo del Espíritu Santo, del que
el bautismo de agua es el símbolo y testimonio.

8. Don y recepción del Espíritu.


El Espíritu Santo es prometido a todos los creyentes, a los que lo pidan, y que obedezcan a
Dios. Es un «don», que se recibe por la fe. Antes de Pentecostés, los discípulos tuvieron que
esperar el descenso del Espíritu, lo que ahora ya no es necesario. Los samaritanos, que eran
medio paganos, tuvieron necesidad de la intervención especial de los apóstoles para recibir
el Espíritu; sin embargo, Cornelio y sus amigos (que estaban en nuestra misma situación
como procedentes de la gentilidad) recibieron el Espíritu Santo por la sola fe, al oír lo que
Pedro decía, sin la previa imposición de manos ni un anterior bautismo con agua. Los doce
discípulos de Éfeso eran solamente discípulos de Juan, no de Jesús; una vez aceptaron al
Salvador, recibieron el Espíritu. «Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él». Todo
el que tenga en claro este punto de capital importancia no carecerá del testimonio interior
del Espíritu.

9. Plenitud del Espíritu.


El Espíritu mora en el corazón del creyente. Su deseo es el comunicarnos la vida y el poder
del Señor. Podemos contristar al Espíritu Santo al resistirle, al entregarnos al pecado. El
Espíritu, que mora en nosotros eternamente, no nos abandona; pero deja de manifestar su
poder, y nos comunica su tristeza y nos convence de pecado. ¿Qué se ha de hacer en tal
situación? (a) Confesar nuestro pecado, creyendo que la sangre de Cristo nos limpia. (b)
Volver a buscar la plenitud del Espíritu. Esta debería ser la experiencia normal de todos los
creyentes, como lo fue en los primeros cristianos: puntales de la iglesia, diáconos, recién
convertidos. Esta plenitud se obtiene mediante la fe, al «beber» el agua viva del Espíritu.
No es ésta la experiencia de un instante, sino que tiene que ser renovada cada día, ante
cada necesidad, hasta que llegue el momento de nuestra transformación completa a
imagen de Dios en su presencia. Muchos creyentes, al abandonar su primer amor, han
perdido precisamente esta plenitud que hacía rebosar su corazón en el momento de su
conversión. Para volver a hallarla, debe arrepentirse de su desvío, recibiendo el perdón que
Dios ofrece y volver a beber de la fuente inagotable de la gracia. Al andar no según la carne
sino según el Espíritu para la gloria de Dios.

10. Unción y dones del Espíritu.


Habiendo venido a ser reyes y sacerdotes con Cristo, los creyentes han recibido, todos ellos,
la unción del Espíritu. Un don del Espíritu (o don espiritual) es la calificación sobrenatural
acordada a cada creyente, con vistas al servicio que cada uno tiene que llevar a cabo en el
seno del cuerpo de Cristo. Pablo enumera una cantidad de estos dones: sabiduría,
conocimiento, fe, sanidad, milagros, profecía, discernimiento de los espíritus, lenguas,
interpretación, don de ser apóstol, de enseñar, de ayudas, de gobiernos; de evangelista, de
pastor; de ejercer liberalidad. No se dice que esta enumeración sea exhaustiva. Sea cual sea
la tarea, Dios dará la capacidad necesaria. ¿Quién escoge el don que nosotros debemos
recibir? Dios mismo, como Él quieren. Él da a cada uno un don diferente. Así, es un error
decir que todos deberían hablar en lenguas como señal de su bautismo del Espíritu. Se debe
señalar que cada uno de los dones enumerados es sobrenatural, y no únicamente los tres
dones de milagros, sanidades y lenguas. Dios es también soberano en cuanto a la época en
la que otorga ciertos dones. Los otorgó en profusión en la época en que se tenía que
acreditar el Evangelio y el Nuevo Pacto, con señales externas jamás renovadas.
Naturalmente, en la actualidad Dios puede manifestar su poder según su voluntad; de
hecho, la mayor parte de los dones (sabiduría, conocimiento, fe, evangelistas, pastores,
doctores, gobiernos, ayudas, liberalidad) no han dejado nunca de ser dados. En cambio, si
bien Dios sana en la actualidad a ciertos enfermos mediante sus siervos, o de manera
directa, no da a nadie que se conozca el poder de sanar a todos, lo cual era la característica
del don de Cristo y de sus apóstoles.
La iglesia en Corinto había recibido todos los dones, y 1 Co. es la única epístola en la
que se mencionan estos carismas; todo ello no impidió que los corintios fueran carnales y
que tendieran a las contiendas y la división. Así, lo esencial es estar totalmente sometido al
Señor y a la totalidad de su Palabra, discernir el don otorgado a cada uno, y dejarse utilizar
para el bien de toda la iglesia.

11. Otros ministerios del Espíritu.


Se evocan diversas actividades del Espíritu mediante los símbolos que le representan: el
soplo, o viento (Espíritu significa «viento»), la paloma, el aceite, el fuego, el agua viva, el
sello, la prenda y las arras. El Espíritu recibe el nombre de Consolador, enseña y conduce en
la verdad al creyente y a la iglesia, da testimonio a Jesucristo. Inspiró a los autores sagrados;
da origen a la oración eficaz, y la adoración que agrada a Dios. Será en los últimos tiempos
derramado de una manera particular sobre Israel. Es por Él que nuestros cuerpos mortales
serán resucitados. Habiendo recibido aquí en la tierra las arras del Espíritu, en el cielo los
creyentes serán llenados por Él de toda la plenitud de Dios. Así Dios será verdaderamente
todo en todos.