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Después de la tesis general (5,13a), ve cómo el amor nos lleva a un

cierto cumplimiento de la Ley (w. 13b-15) y cómo el Espíritu nos libera


de ella, pero sólo de un cierto modo (w. 16-26). A continuación entra
en una serie de exhortaciones concretas (6,1-10), que podr ían figurar
en cualquier carta, con una simple particularidad: son cualificadas
como «ley de Cristo» (v. 2) 48.
a) Primer argumento general: amor y libertad (5,13-15)
La Ley no entiende de fe (3,12) ni de promesas (v. 18), pero
tampoco va contra ellas (v. 21): de algún modo conduce a ellas (w.
23-25) y actúa en nombre del Padre, teniendo a raya al hijo inmaduro (4,1-3).
Ese hijo, cuando sea mayor, actuará libremente, pero
como hijo; es decir, de acuerdo con la idea que el Padre tenía al dar
la Ley.
b) Por eso el apóstol, que tanto ha subrayado las incapacidades de la
Ley (2,16.21; 3,2.5.11.17.21), se complace en darnos una fórmula, procedente
de la fe (5,6), a través de la cual se cumple toda la Ley. La libertad no es
dar«rienda suelta» a las pasiones (v. 13b) 49, sino esclavitud
por amor (v. 13c) so. Porque, cumpliendo el precepto del amor, se cumple toda
la Ley (v. 14) S1.
c) Segundo argumento general: Espíritu y libertad (5,16-26 )
La incapacidad que la Ley tiene de dar vida (3,21) se pone en evidencia ante
una auténtica fuerza, capaz de llevarnos donde no queremos (v. 17d). Esta
fuerza recibe, en traducción literal, el nombre de «carne» (w. 16s; cf. v. 13b):
incluye por igual toda la gama de los apasionamientos humanos (w. 19-21).
d) La única fuerza que puede hacerle frente es el Espíritu, repetidamente
mencionado en la carta (3,2s.5.14; 4,6.29; 5,5). A diferencia de la
e) Ley, está «en nuestros corazones» (v. 6) y no nos impone «obras» (v. 19)
f) sino que da «fruto» (v. 22) S3: algo que sale de dentro. La Ley no
tiene nada contra esos frutos (v. 23b),
g) pero, quien los tiene, ya no la necesita (v. 18b).
La clave para entender las dos frases anteriores es que las quince obras de la
carne (w. 19-2la) están todas afectadas por algún mandamiento del Decálogo.
En cambio, el fruto (en singular, porque nace como un árbol entero) del
Espíritu, expresado en forma de doce actitudes, entre las que se incluye el amor
y la fe, supone una superación por exceso de los mandamientos del Decálogo
(w. 22-23a).
h) Como cuando Cristo los comentaba (Mt 5,21-48).
b ) Primer argumento: La bendición de Abrahán (3,7-14 )
El primer argumento tiene una estructura interna suficientemente
clara: Abrahán trae bendición (w. 7-9); la Ley trae maldición (w. 10-12);
Cristo nos quita la maldición y nos devuelve la bendición (w. 13s).
Respecto de Abrahán: si la fe (según v. 6) trae justificación y, según
la Escritura, en él serán bendecidas todas las naciones (v. 8), se deduce
que por la fe serán bendecidas (es decir, justificadas) todas las naciones
(v. 9) y podrán llamarse hijos de Abrahán (v. 7).
Respecto de la Ley se dice que trae maldición, porque hay que
cumplirla toda (v. 10; cf. 5,3; 6,13) y para ello no nos ofrece el camino
de la fe, también propuesto por la Escritura (w. 11-12a) 32, sino el de las
obras, que nos deja con nuestras solas fuerzas (v. 12b) 33.
De esa maldición nos redimió Cristo, tomando sobre sí una de las
que la Ley pronuncia (v. 13). La fe nos unirá a Cristo y así recibiremos
el Espíritu que Dios prometió a Abrahán (v. 14).
«no
c ) Segundo argumento: El papel de la Ley (3,15-29)
La línea general del fragmento es la comparación entre la promesa hecha a Abrahán y
la Ley dada por Moisés. Esa línea se interrumpe en v. 16 para decir que la promesa
viene a través de Cristo, que
es la única «descendencia » válida de Abrahán. Antes y después (w.
15.17s), se argumenta que lo que vale es la promesa: la Ley, que llegó
430 años más tarde, no puede interferir en su validez. Las dos objeciones (w. 19a.21a)
vienen a ser la misma: entonces, ¿para qué se dio la
Ley, para estorbar? La respuesta, dada tres veces (w. 19b.22.23-25),
también viene a ser la misma: a) para darnos una conciencia de pecado
que nos conduzca a la fe en Cristo (v. 19b) 34; b) para encerrarnos en la cárcel del
pecado, suspirando por la fe de Cristo (w. 22a.23a) 3S; c) para
ser como el esclavo ignorante que conduce los niños a la escuela, que
es Cristo (w. 24a.25b; cf. 4,1-5).
Entre la primera y la segunda respuesta rebaja el peso de la Ley,
que fue dada por medio de los ángeles y de un mediador entre ellos y el
pueblo (w. 19c.20); entre la segunda y la tercera respuesta afirma que
es incapaz de dar vida y, por tanto, no puede ser origen de la justificación (v. 21b) 36.
Finalmente, los w. 26-29 nos hacen ver hasta qué punto nuestra
incorporación a Cristo por el bautismo nos hace ser una sola persona
(eis, en masculino) con él, que es la descendencia de Abrahán y, al
mismo tiempo, hijos de Dios. Hasta tal punto que ya no hay judío ni
griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer.