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"Educando a los maestros"

(2º en una serie sobre la educación en el ciberespacio)


23/09/99

No queremos saber lo que le enseñaron, sino lo que usted averiguó (El Roto)

Apenas ha empezado el curso escolar 99-00 y ya existe una sensación de que se llega tarde a algo.
Mientras en las aulas se reproduce el tradicional rito del maestro que enseña y desmenuza lecciones, las
cuales se hayan encerradas en libros, enciclopedias y otros formatos de papel, miles y miles de alumnos
pertenecen ya a una generación cuyo mundo no encuentra su representación genuina en la escuela: el
de los videojuegos, de los entornos multimedia, del ordenador casado con el CD-ROM, de la sociedad
interconectada y participativa. Estamos asistiendo, de manera inadvertida para padres y educadores, a
un rápido trastocamiento del universo educativo en el que los roles, los métodos y, casi seguramente, los
fines del proceso de aprendizaje están sometidos a una profunda revisión.

Quizá en pocas ocasiones se haya vivido un divorcio tan palmario entre lo que sucede en las aulas y el
entorno vital en que se desenvuelven los alumnos. Los puentes entre unos (el sistema educativo) y otros
(el proceso real de aprendizaje) no se salda tendiendo simplemente lianas tecnológicas: más informática
en las escuelas; una fórmula que por repetida --y no cumplida-- ya comienza a oler bastante mal.

La reivindicación de "ordenadores para todos en todas las aulas" (que, a la marcha que lleva, dentro de
poco alcanzará estatus de Derecho Fundamental del Hombre) no debe despistarnos sobre dónde se
halla el meollo del asunto: la formación de maestros y alumnos para desempeñarse en el entorno del
ciberespacio y, por consiguiente, la puesta en marcha de una metodología propia de la educación en red.
Ésta pone patas arriba lo que teníamos hasta ahora. Y nunca deberíamos perder de vista de que
estamos hablando de un sector estratégico. La locomotora de la revolución industrial estuvo alimentada
en todo momento por un sistema educativo diseñado por el poder con el fin de mantener preparada a
una fuerza laboral suficiente. El traslado de la industrialización a otros países --excepto en aquellos
adonde emigraron los propios protagonistas de dicha revolución-- siempre careció de la red de seguridad
de una educación adaptada a las nuevas circunstancias. Hasta el día de hoy, la mayor parte de países
de la comunidad internacional sufre las consecuencias esta inmensa laguna, hasta el punto que su
dependencia cognoscitiva respecto a los países industrializados le ha dado su particular textura a los
acontecimientos de este siglo. Ahora nos encontramos en un momento similar, con sus propias
peculiaridades, pero en el que vuelven a dirimirse cuestiones antiguas: dónde y cómo se desarrollará la
estructura educativa que nos preparará para la Sociedad de la Información. De este proceso depende en
gran medida el papel que cada cuál jugará en un futuro bastante cercano.

En nuestros países (España y América Latina, pero hasta cierto punto Europa también) se escucha con
mayor frecuencia una frase que cada vez gana más terreno, sobre todo a medida que la vida cotidiana
se ve sustancialmente alterada por la sociedad interconectada: los maestros no trabajan con los
ordenadores porque les tienen miedo y, también, porque los alumnos se manejan de manera natural con
las máquinas y pareciera que ellos son los profesores (este es un problema que también está presente
en EEUU, pero allí lo están abordando de otra manera, tema que trataremos otro día).

Con los matices de cada caso, la tecnofobia del maestro y la tecnofilia del alumno evidentemente forman
parte de este paisaje cambiante, pero no es un dato casual ni accidental, ni se trata de una repentina
epidemia que se cure a base de pastillazos digitales. Se trata precisamente del síntoma más claro de lo
que está sucediendo y de las nuevas necesidades que están emergiendo en el proceso de formación. La
educación en el ciberespacio borra la otrora nítida frontera entre el "enseñante" y el "enseñado" y coloca
esta relación en un entorno mucho más dinámico, flexible, participativo e interactivo de lo que hubiera
imaginado el sistema educativo más progresista. En otras palabras, la vieja cuestión del poder en las
aulas, que durante siglos ha permanecido incuestionado salvo algunas honrosas excepciones que han
hecho historia, se plantea ahora como el nudo gordiano que una parte de la ecuación --los alumnos--
comienza a resolver de manera natural mediante un espadazo tecnológico. Pero si nos quedamos ahí,
nos quedaremos en las apariencias. En este gesto subyace toda una forma nueva de plantearse la
cuestión de la enseñanza.

Los alumnos ya no aprenden hoy "formalmente" en la escuela. Las nuevas tecnologías, en particular las
redes y los formatos electrónicos diseñados para empaquetar conocimientos, proyectan el aprendizaje
mucho más allá de las cuatro paredes de un colegio. De hecho, estas caen y las aulas se acomodan a
las dimensiones de un mundo apenas cartografiado por las interconexiones en red. Supone, a la vez, el
salto sutil y fundamental de "enseñar" a "aprender". Mientras lo primero ocurre en el aula, lo segundo
ocurre en una especie de tienda abierta las 24 horas los siete días de la semana, cuyas estanterías
están repletas de conocimientos empaquetados en multitud de formas y en la que coinciden estudiantes
conectados de cualquier rincón del globo. La primera consecuencia es que el orden jerárquico tan propio
del sistema educativo queda en entredicho y se convierte en un terreno conflictivo. La verticalidad de la
"cadena de mando" chirría ante la horizontalidad del aprendizaje. Allí donde esto sucede (y de ello hay
múltiples ejemplos: basta echar un vistazo a la conferencia celebrada en Callús el pasado mes de julio),
la educación se convierte en un proceso cooperativo entre profesores y alumnos, donde ambos, en
particular estos últimos, asumen una mayor responsabilidad individual y colectiva. Al no estar los
conocimientos en un lugar determinado (desde luego, no en un libro del que se extraen los
conocimientos impartidos por quien lo conoce previamente), sino distribuidos fundamentalmente en
redes, todos deben aprender a buscarlos, apropiárselos, elaborarlos y aprovecharlos. En otras palabras,
la educación se convierte en un proyecto continuo diseñado para las particularidades de cada cual. Lo
cual, en principio, tiende una línea que enlaza la escuela, la formación superior y la requerida para
adecuarse a un mercado laboral cambiate.

Moverse en este entorno dinámico, sumamente flexible y con un elevado grado de eficacia, no resulta
fácil y, de hecho, cada vez supondrá un mayor esfuerzo para todos los implicados. La educación está
pidiendo a gritos, pues, un cambio metodológico de la adquisición de conocimientos, algo a lo que
todavía las autoridades públicas apenas hacen referencia. Supongo que el galimatías de las
infraestructuras les obnubila el campo de las decisiones, pero si alguna vez lo llegan a resolver a
satisfacción (cosa materialmente imposible), entonces se encontrarán con que tendrán que afrontar la
verdadera agenda, la que se refiere al propio contenido del proceso educativo, al que apenas están
prestando la debida atención. Mientras tanto, y quizá este es otro rasgo del cambio, las iniciativas de
ciertas escuelas y organismos no gubernamentales ya están marcando el paso en este terreno. Las
experiencias de estos colectivos comienzan a arrojar luz sobre el contenido de la reivindicación "hace
falta formar a los maestros", aspecto éste que será materia de los próximos editoriales.

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"El alumno que leía periódicos"


(3º en una serie sobre la educación en el ciberespacio)
14/10/99

Se aprende haciendo

La semana pasada se produjo una de las --todavía-- escasas apariciones de Internet en la portada de los
diarios (algunos) y telediarios (menos) sin estar asociada a un crimen de sangre, a una estafa
transfronteriza cometida por algunas de las jóvenes y pujantes mafias, o al último congreso de pedófilos
digitales. La noticia era que el Gobierno de Tony Blair había decidido invertir este año 25.000 millones de
pesetas para dotar de ordenadores a 32.000 colegios de Gran Bretaña. El objetivo de este primer
desembolso es pavimentar el camino para que en el 2002 todos los escolares de la isla estén
conectados a Internet. No sé si para los medios la repercusión de la noticia estaba en el monto de la
inversión, en el hecho de que ésta fuera para red-educación (algo no muy usual en Europa) o en que
diera la casualidad de aquel de gafas sentado al lado del Primer Ministro británico en el momento del
anuncio era el señorito Gates. De todas maneras, estamos ante el primer y más importante paso desde
instancias oficiales europeas para colocar a la educación en el ciberespacio (siempre que la promesa
finalmente no se quede tan sólo en un precioso afiche, algo sobre lo que nosotros sabemos mucho). La
medida sigue la estela de políticas parecidas al otro lado del Atlántico y coloca a ambas naciones como
cabeza de playa (¡vaya, otra vez el inglés!) en este sector crucial. Tanto, que el mismo día del anuncio
británico, se produjo una pequeña escaramuza que, en un par de frases, encierra algunas de las claves
de la educación en el ciberespacio. La princesa británica Ana, que a la sazón inauguraba un congreso de
escuelas privadas, criticó a quienes piensan que "los niños puedan quedar libres para aprender por sí
mismos todo lo que necesitan gracias a los ordenadores". Gates, atento siempre al principio de
autoridad, se apresuró a responder: "La tecnología no será el sustituto del profesor, sino una herramienta
en sus manos. Internet es neutra, es un medio para conectar a la gente y no presupone un programa
determinado. Ahí está su belleza". Pues no, señor Gates, ahí no es precisamente donde reside su
belleza. Su belleza radica exactamente en lo contrario, como usted sabe perfectamente: en que Internet
no es neutra, sino interactiva, por lo que la herramienta no estará sólo en manos del profesor, sino de los
alumnos también. Y, por supuesto, querida prima Ana (ahora todos somos familia, ¿no?, para algo
hemos contribuido a resucitar al equipo de muermos del Palacio de Buckingham vía el exceso de
velocidad en París), efectivamente los niños van a quedar libres para aprender todo lo que necesiten
gracias a los ordenadores. Qué entendemos por "libres" y por "todo" en el contexto de la sociedad de
redes y qué consecuencias se deducen de ello, es harina de otro costal. Ahí estoy seguro que
mantenemos alguna discrepancia, pero no creo que, por ahora, ésta ponga en peligro a su señora reina,
a su hermano y, sobre todo, al revolucionario de su sobrino, quién a lo mejor nos sorprende a todos y da
rienda suelta al espíritu subversivo que le inculcó su madre para encarnar a la primera monarquía digital
de la Baja Edad Media Infolítica.

Las máquinas, desde luego, no obrarán el milagro de insuflar libertad en el proceso educativo, pero la
interconexión y la interactividad, sí. En qué proporción, además, esta interactividad transportará el peso
de dicho proceso es una cuestión abierta, pero ella no se dilucidará mediante decisiones administrativas,
sino a través de una relación dinámica entre maestros y alumnos a través del intercambio global de
conocimientos. Libres y encadenados serán, posiblemente, los términos antónimos que definirán los
rasgos de la educación en red, un proceso de formación que abarcará desde la más temprana edad
hasta mucho más allá de la jubilación, pasando por la educación superior y la del reciclaje personal y
laboral constante. En esta educación continua, a la que tendrá que volver una y otra vez, el "estudiante"
no dispondrá siempre de una tutoría directa. Frecuentemente tendrá que coger el timón en sus propias
manos y asumir la responsabilidad de encontrar su ruta por los nuevos océanos del conocimiento en el
ciberespacio.

Pero, en todo caso, de la mano del maestro, de sus propios compañeros o por sí mismo, ejercerá un
inusitado grado de libertad al poder acceder a vastas bases documentales para consultar, acopiar datos,
información, conocimientos, experiencias, y procesarlos. En esta labor, el territorio del saber estará muy
poblado: maestros y alumnos lo compartirán en un proceso no secuencial determinado por la
horizontalidad de las relaciones entre ellos. Parafraseando a la princesa Ana, podríamos criticar a
quienes crean que los maestros quedarán libres para aprender por sí mismos todo lo que necesitan
gracias a las máquinas. Sin la colaboración activa de los estudiantes, que se producirá de todas
maneras, no serán nada. Y esto, como vemos, no tienen mucho que ver con el supuesto carácter neutro
de Internet y sí con el tipo de sociedad de la información que están fraguando las redes.

La forma como esta relación tomará cuerpo (algo que ya podemos apreciar en múltiples experiencias de
educación ciberespacial) será a través de publicaciones electrónicas, es decir, de sistemas de
comunicación que transferirán desde datos básicos e informaciones hasta una forma de concebir el
mundo, de proyectarlo. Las publicaciones electrónicas vehicularán proyectos, informaciones,
aportaciones, una "rutina" sobre el aprender y elaborar conocimientos, en suma, una perspectiva cultural.
A través de estos medios, se producirá la densificación de información y conocimientos --con sus
correspondientes sistemas de clasificación, búsqueda y distribución-- que, al parecer, muchos tanto
temen. Pero estas publicaciones constituirán el basamento del edificio de los contenidos educativos en el
mundo digital. En otras palabras, estamos en las puertas de un acontecimiento inédito (exagero un
poco): las aulas se llenarán de alumnos que leerán periódicos. No sólo esto: los confeccionarán. No me
refiero a El Periódico, El País o Le Monde (aunque puede que se hagan cargo de algunas de sus
secciones). No. Me refiero a sus propios periódicos online, sus propias publicaciones electrónicas. Las
crearán, las distribuirán y mantendrán a través de ellas el entramado constante de la educación. Serán
periodistas de nuevo cuño, de la misma manera que serán lectores también de nuevo cuño. Los libros de
texto, incluso los digitales, posiblemente serán subsidiarios a estas publicaciones electrónicas que
prestarán el armazón a proyectos del conocimiento muldisciplinares, multirraciales, multiculturales, todo
ello en el marco global de las comunicaciones interactivas. Proyectos de "despliegue rápido", dinámicos
como un periódico diario, pero, al mismo tiempo, perdurables, renovables e "inmortales" en la base
documental de las redes. La educación construirá de esta manera su propio archivo, o su sección
correspondiente en el gran archivo digital.

Para explotar toda la potencialidad de este cambio, maestros y alumnos tendrán que aprender las artes
básicas de la comunicación adaptadas a las nuevas circunstancias. Para publicar, hay que convertir los
datos en información y a ésta en conocimientos. Este proceso exigirá una formación específica para
consultar (seleccionar fuentes de información y conocimiento), discriminar (acopiar la información
relevante) y retroalimentar este mismo proceso (publicar). Maestros y alumnos serán al mismo tiempo
fuente de información y usuarios de ésta en un paisaje donde el único dato cierto será la densidad
creciente de los flujos de comunicación. Participar en ellos y dinamizarlos es un arte que tendrá que
elevarse a la categoría de disciplina. Aprender en el ciberespacio consistirá, entre otras cosas, aprender
a tratar la información con las herramientas propias de un oficial del conocimiento, una de las nuevas
profesiones alumbrada por la la sociedad de las redes.

En muchos aspectos, los puntos de referencia no están tan alejados del trabajo propio del periodista,
aunque en el contexto de las redes el oficial del conocimiento es una persona preparada para detectar
fuentes fiables de información, gestionar ésta, discriminar los conocimientos pertinentes al proceso
cognoscitivo en cuestión, cartografiar el territorio difuso del conocimientos en la geografía de la red y
elaborar productos nuevos a partir de ellos. Alumnos y maestros tendrán que aprender a leer periódicos,
pero también y sobre todo a elaborarlos. Esta actividad formará una parte sustancial del contenido de la
educación, al que las autoridades, tan ocupadas en proteger los metros de cable de sus operadoras
telefónicas y las ventas de máquinas de las grandes corporaciones, todavía no han prestado la suficiente
atención. No es extraño, entonces, que se discuta más de cacharros que de qué se va a hacer con ellos
una vez que estén conectados entre sí.

Necesitamos investigar los rasgos propios del trabajador del conocimiento en la educación y qué perfiles
adoptará en el caso de maestros y alumnos. Esto tiene unas repercusiones evidentes desde el punto de
vista del papel que previsiblemente cada uno jugará en el nuevo modelo de la educación digital y del tipo
de contenidos que esta necesitará desarrollar en una sociedad multicultural transparente. Sobre todo,
porque nos estamos moviendo a gran velocidad de la fase de los vasos comunicantes que trasvasan
entre ellos un volumen dado de conocimientos, hacia la de los vasos comunicadores, en el que cada
recipiente es capaz de generar su propio contenido y vertirlo en otros vasos para producir una sustancia
nueva y diferente.

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"Las aulas de la Aldea Global no están en el campo"


(1º en una serie sobre la educación en el ciberespacio)
16/09/99

Acometa quien quiera, el fuerte espera

Más de siete millones de alumnos y 480.000 profesores vuelven estos días a las aulas en España. Por
ellas corren aires de cambio, pero estas ventoleras todavía no son digitales, a pesar del cúmulo de
promesas que se vierten tanto desde el gobierno central como desde los gobiernos autonómicos.
Promesas a veces tan vagas y estupendas que no queda muy claro de qué se está hablando. Lo primero
que salta a la vista es que los administradores suelen poner una cara muy satisfecha cuando ofrecen
"escuelas interconectadas a Internet" sin aclarar mayormente quiénes estarán conectados en concreto
dentro de cada escuela y con qué equipamiento. De todas maneras, la oferta de conexión
frecuentemente parece colmar las más altas aspiraciones oficiales del viraje hacia la educación digital. A
veces, esta medida se la adorna con un lenguaje "digitalmente correcto". El Ministerio de Educación, por
ejemplo, quiere poner en marcha un proyecto experimental denominado, cómo no, Aldea Global, que
hace plena justicia a sus objetivos: conectar las escuelas rurales, o sea las aldeas. Para las zonas más
ilustradas y acomodadas del país, el proyecto cambia el nombre por el más civilizado de Atenea y cuenta
con la inestimable colaboración de Telefónica. Es decir, los centros escolares se conectarán a través de
Infovía o no se conectarán. Si la historia reciente nos sirve de algo, pareciera que estamos otra vez en la
era en que pavimentamos carreteras, pero no nos dedicamos a fabricar coches, cochecitos, cochazos,
autobuses y autobusazos. Por tanto, tampoco enseñamos a la gente a conducir (para qué). Todo lo cual,
traducido al lenguaje del ciberespacio, quiere decir que en este sector tan fundamental, estratégico,
como es el de la educación, todavía no escuchamos de labios de nuestros administradores indicaciones
claras que se refieran a los contenidos de la educación digital, a la preparación de alumnos y profesores
para este proceso que lleva todas las trazas de convertirse en el eje vertebrador de la sociedad de la
información y, por tanto, no estamos en el proceso de creación de la cultura digital propia de este ámbito.
Es una forma diferente de propalar a los cuatro vientos la funeraria sentencia "¡Qué innoven ellos!". Ellos
son los que traerán los coches, los conducirán por nuestras carreteras y nos dirán adónde tenemos que
ir, porqué y cómo debemos comportarnos. Ellos son, desde luego, los de siempre: la industria de la
información que lleva tiempo trabajando en el complejo mundo de la educación digital en EEUU y que
está acopiando una experiencia valiosísima, como podremos apreciar dentro de poco a menos que las
cosas cambien mucho.

No hace falta ser un lince para evaluar que a educación será uno de los grandes campos de batalla, si
no el más grande, dónde se dirimirá la supremacía por los contenidos en las redes digitales. Estos
contenidos están destinados a conformar una poderosa visión del mundo entre quienes, a los pocos
años, saldrán de las aulas para medirse con realidades presenciales y virtuales asumidas por el sistema
educativo con una inmediatez y velocidad como jamás antes pudo producirlas.

Mientras es comprensible la preocupación por procurar un entorno escolar interconectado por parte de
las autoridades, lo es menos su escasa participación activa en desarrollar una industria educativa en
nuestra propia lengua. El desafío reside en potenciar este enclave y no en la fascinación por la
tecnología que, por lo general, es el mensaje interesado de las operadoras telefónicas, más preocupadas
por extender infraestructuras propias que en lo que viaja por ellas.

El desafío de los contenidos no es "sine die". Estamos viendo cómo en apenas dos años, miles de
escuelas, sobre todo en EEUU (pero también unas cuantas aquí), se han apoderado de un vasto rincón
del ciberespacio y allí ensayan la que, sin duda, será la educación de pasado mañana. Este movimiento
goza del empujón decidido de una industria que ha probado sus armas en el campo del ocio y el
entretenimiento y que ahora se dispone a ingresar en las aulas desde las primeras edades de la
escolaridad. Por eso, la visión largo placista de algunas administraciones (en España, todas) sobre el
ritmo de introducción de la educación en red tiene tonos suicidas: contra más se tarde en poner en pie
los mimbres de este edificio, más rápidamente seremos colonizados por contenidos educativos
desarrollados al amparo de otras concepciones del mundo, de otras culturas, cuyas características
conocemos de sobra a través de otros medios.

La masa crítica necesaria para ganarse un hueco en este mercado existe, pero con tal grado de
dispersión y con un déficit de recursos y apoyos tan clamoroso que le resulta imposible actuar como
masa y por eso atraviesa una situación crítica. Si en los próximos dos años este escenario no ha
cambiado radicalmente, esos "tradicionales" defensores de nuestra cultura ante la invasión del
colonizador, que tanto pecho suelen sacar en los foros europeos, tendrán trabajo de sobra: sus propios
hijos les enseñarán en casa dónde cometieron el grave error hoy.

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Autor: Luis A. Fernández Hermana