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BIBLIOGRAFÍA 423

GONZÁLEZ PÉREZ, Jesús, El derecho a la tutela judicial efectiva, Editorial Civitas, ter-
cera edición, Madrid, 2001, 439 pp.

1. La tutela judicial efectiva constituye un derecho humano capital, en cuanto


garantiza la cabal defensa de los derechos e intereses legítimos de las personas. Su espe-
cial relevancia y cotidianiedad permitían especular que, una vez incorporado plenamen-
te a la legislación y asumida realmente la ingente doctrina constitucional sobre tal dere-
cho fundamental, las pretensiones en torno al mismo y en particular las pretensiones de
su amparo disminuyeran vertiginosamente, de suerte que la prolífica secuencia de sen-
tencias del Tribunal Constitucional dejara paso a un minoritario y residual número de
casos en los que todavía se suscitara alguna cuestión en torno a este derecho.
Pero basta acudir a la publicación de las sentencias y autos del supremo intér-
prete de la Constitución y último garante interno de los derechos fundamentales, para
comprobar que el derecho a la tutela judicial efectiva sigue sobresaliendo entre los
derechos que se aducen impetrando el amparo constitucional. Una desmesurada con-
flictividad a la que parecía iba a poner cota la sedimentación de la doctrina y su efecti-
va receptividad en la práctica procesal.
La enorme vitalidad y constante eclosión de este derecho justifica la publicación
de una tercera edición de la obra, que ha engordado notablemente respecto de las pre-
cedentes, incorporando la jurisprudencia constitucional de los últimos años, tanto el
año 2000, como principios del año 2001. No obstante, la obra sigue fiel al estilo de su
autor, profesor y abogado, que define y explica el significado, el contenido y la proyec-
ción de la tutela judicial efectiva de manera completa y sistemática, y también con una
vertiente práctica, del conocedor de la realidad. De esta suerte combina adecuadamente
la visión teórica con la dimensión práctica de este derecho.
2. Es indudable que el derecho a la tutela judicial efectiva es inherente a la dig-
nidad humana y, en cuanto derecho que los seres humanos tienen por el mero hecho de
ser hombres, se predica sin distinción ni restricción, incluyendo también a todos los
extranjeros (STC 99/1985, de 30 de septiembre; y 115/1987, de 7 de julio, FJ 4). Dere-
cho internacionalmente reconocido que se incluye también en la Carta de los derechos
fundamentales de la Unión Europea aprobada el 7 de diciembre de 2000.
El autor parte de que “el derecho que el artículo 24 de la Constitución reconoce
no es otro que el derecho de acceso al proceso sea a un proceso no desnaturalizado,
que pueda cumplir su misión de satisfacer las pretensiones que se formulen”. Analiza
su naturaleza, contenido y sujetos, destacando la diferenciación –nítida en la más
reciente doctrina constitucional- entre el derecho de acceso a la justicia y el acceso a
los recursos, con las consiguientes repercusiones en la aplicación del principio pro
actione; la titularidad del derecho se reconoce asimismo a las personas jurídicas (STC
273/2000, de 16 de octubre), estando el Estado obligado a garantizar el derecho.
3. Este derecho se proyecta en tres momentos distintos: el acceso a la justicia, el
proceso debido y la efectividad de las resoluciones judiciales.
El acceso a la jurisdicción –al que se dedica el Capítulo II- implica el recurso a
órganos propiamente judiciales, la no exclusión del conocimiento de las pretensiones
en razón de su fundamento y la no obstaculización del acceso. Respecto de los actos
administrativos, el Tribunal Constitucional ha considerado contraria al artículo 24.1 de
la Constitución la exclusión del control judicial, por cualquier vía (STC 31/2001, de 2
de febrero). La constitucionalidad de los requisitos procesales está, no obstante, subor-
dinada a este derecho, con las consecuencias siguientes: la proscripción de requisitos
procesales que constituyen formalismos enervantes o claramente desviados de su fina-
lidad legítima; el establecimiento del requisito por norma con rango de ley; o la impo-
sibilidad de declarar la inadmisión de una pretensión por defecto procesal subsanable,
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sin dar oportunidad para su subsanación. Sentados tales criterios, realiza un minucioso
análisis de los requisitos procesales -subjetivos (órgano judicial y partes), objetivos y
de la actividad- que pueden resultar contrarios al artículo 24 de la Constitución, entre
las que puede destacarse la exigencia de un requisito derogado (certificación de un
acto presunto) examinada por la STC 3/2001, de 15 de enero.
El proceso debido –sobre el que versa el Capítulo III- es aquel proceso que reúne
las garantías ineludibles para que la tutela judicial sea efectiva, empezando por la garantía
del Juez natural. Una de las cuestiones clave es la necesaria caracterización del órgano
judicial adornada por las notas de independencia, imparcialidad y plena jurisdicción, sobre
la que se recoge la jurisprudencia constitucional y a la que ha de prestarse especial aten-
ción a la luz de la cada vez más nutrida e insistente jurisprudencia del Tribunal Europeo
de Derechos Humanos (Sentencias Procola v. Luxemburgo de 28 de septiembre de 1995;
Sander v. Reino Unido de 9 de mayo de 2000; Daktaras v. Lituania de 10 de octubre de
2000, Kingsley v. Reino Unido de 7 de noviembre de 2000 y Wettstein v. Suiza de 21 de
diciembre de 2000). Tras examinar el derecho a la asistencia de Letrado (artículo 24.2 de
la Constitución), aborda el derecho a la defensa, donde analiza su proyección en las distin-
tas fases del proceso, destacando la prueba y la terminación del proceso, con el principio
de invariabilidad de las sentencias y la aclaración y rectificación de errores. Un punto rele-
vante es el proceso sin dilaciones indebidas, que –señala el autor- no trata de garantizar
una justicia rápida, sino que se haga en el tiempo necesario que cumpla las demás exigen-
cias del proceso debido. Ahora bien, este concepto indeterminado, que aparece también en
el Convenio Europeo de Derechos Humanos, aunque ha de ser concretado atendiendo a
las circunstancias de cada caso, ha adquirido una especial importancia en la actualidad,
como lo atestigua el ingente número de sentencias del Tribunal Europeo de Derechos
Humanos declarando el incumplimiento por los Estados de dicho derecho (por todas, sen-
tencias Visintin de 1 de marzo de 2001 y Minnema de 8 de marzo de 2001), cuyos criterios
–como indica el autor- son tenidos en cuenta por el Tribunal Constitucional.
La efectividad de las sentencias –título del Capítulo IV- aborda un aspecto capital
del derecho a la tutela judicial efectiva: no basta con obtener una resolución judicial
motivada en un plazo razonable, sino que es preciso que ésta se cumpla. Por ello, la
obra examina detenidamente, a la luz de la jurisprudencia, cuyas citas se intercalan de
forma certera, este derecho a la ejecución de las sentencias considerando los requisitos
procesales, el procedimiento y las medidas cautelares para garantizar dicha efectividad.
4. El último Capítulo se dedica a la protección jurisdiccional. Se trata de anali-
zar los remedios contra las violaciones del derecho a la tutela judicial efectiva que pue-
den venir de varios frentes, tanto pueden derivarse de las leyes como ser imputables a
los propios órganos judiciales llamados a materializar dicho derecho. Finalmente, no
podía faltar, como se ha adelantado, una consideración específica de la protección
jurisdiccional ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, de la que, sin descartar
su importancia, se muestran las deficiencias de la tutela del Tribunal.
6. La conclusión esencial del trabajo es directa y sencilla: la clave está en que el
Estado cuente con buenos Jueces: independientes, imparciales y preparados.
Este colofón pone de relieve el profundo interés de la obra. Un exhaustivo análi-
sis del derecho a la tutela judicial efectiva en sus distintas proyecciones y aplicaciones,
de acuerdo con la jurisprudencia, constantemente presente a lo largo de todo el libro.
Un examen profundo del derecho, que combina rigor técnico y practicidad, realizado
desde una apreciable sensibilidad por la correcta impartición de la justicia. Es, a la
postre, aconsejable la sosegada lectura de este espléndido libro sobre tal derecho fun-
damental, que no ha de quedar en las alturas, sino bajar a la práctica judicial cotidiana.
En fin, más que propiciar la protección de la tutela judicial, lo que realmente interesa
es su efectividad ordinaria a lo largo de todo proceso, de suerte que se alcance su nor-
malización o aplicación plena por buenos Jueces.
ILDEFONSO SEBASTIÁN LABAYEN