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Características de los agresores en la violencia hacia la

pareja
Characteristics of the aggressors toward couple

Magaly Nóblega Mayorga

* Investigadora del Instituto de Investigación de Psicología de la Universidad de San


Martín de Porres, Perú.

RESUMEN

La violencia hacia las mujeres es un problema de salud pública que ha sido


ampliamente abordado por la literatura. Los estudios centrados en el agresor son más
escasos por las dificultades de acceder a la población. En este artículo se busca realizar
un acercamiento a las características demográficas, de consumo de alcohol y
psicológicas que particularizan a los agresores, para ello se triangulan los resultados de
dos investigaciones llevadas a cabo en un asentamiento del distrito de Villa el
Salvador. Los resultados muestran que ni las variables demográficas ni el consumo de
alcohol de los agresores están asociadas a la aparición de la violencia física y
emocional hacia las mujeres aunque el último factor puede ser considerado un
desencadenante de la agresión hacia la mujer; la presencia de celos e inestabilidad
afectiva percibidas por la mujer en su pareja son factores de riesgo para la violencia
emocional mientras que la asertividad percibida en su pareja es un factor protector de
la violencia emocional. En la discusión se aborda la insuficiencia de estas variables
para explicar las razones de la violencia hacia la mujer por lo que se tiene que recurrir
a elementos del contexto sociocultural para tener una mejor comprensión de la
agresión.

Palabras clave: Agresores, violencia hacia la mujer.

ABSTRACT

Violence against women is a public health problem that has been widely discussed in
the literature. The studies focusing on the aggressor are limited for the difficulties of
access to the population. This article seeks to make an approach to the demographic,
of alcohol consumption and psychological characteristics that distinguish to the
aggressors, so, we analyze the results of two research carried out in a settlement Villa
El Salvador. The results show that neither the demographic variables nor the
consumption of alcohol by the aggressors are associated with physical and emotional
violence against women although alcohol consumption may be considered a trigger for
aggression toward women; the jealousy and emotional instability perceived by women
in their couple are risk factors for emotional violence while assertiveness perceived by
couple is a protective factor of emotional violence. In the discussion covers the
insufficiency of these variables to explain the reasons for the violence against women,
therefore it is necessary to resort to elements of the sociocultural context to get a
better comprehension of the aggression of man against woman.

Key words: Aggressors, Violence Against Women.

La violencia hacia la mujer al interior de los hogares es un problema de salud pública


en el Perú tal como lo demuestran las estadísticas; de acuerdo a la Encuesta de Salud
Mental realizada en Lima en el 2002, el 47% de las mujeres han sido víctimas de algún
tipo de violencia en su vida (Instituto Nacional de Salud Mental Honorio Delgado -
Hideyo Noguchi [INSM HD - HN], 2002). El 90% de los maltratos denunciados ante la
Policía Nacional del Perú en el año 2010 se ejecutaron contra mujeres de 18 años o
más y el 82% de las denuncias tienen como agresor a la pareja o ex-pareja
(http://www.dirfapasec.gob.pe).

Además, tal como lo evidencian las noticias periodísticas, la violencia del hombre hacia
la mujer tiene como consecuencia en muchos casos la muerte de la víctima; a partir de
los datos recolectados entre el 2003 y el 2005, se llegó a la estimación de que cada
mes, en promedio, al menos ocho mujeres son asesinadas por su pareja o ex-pareja
en el Perú. De acuerdo a este estudio, las principales razones para cometer el crimen
que expresaron los homicidas en el año 2005 fueron celos e infidelidad (44 y 14%
respectivamente) y negación de la mujer a cumplir deseos de los homicidas (11%) en
especial negación de cumplimiento del deseo sexual de los varones (11%) (Flora
Tristán, 2005).

Dada esta problemática psicosocial, en el Instituto de Investigación de Psicología de la


Universidad de San Martín de Porres se han realizado diversas investigaciones e
intervenciones en el tema teniendo como escenario un asentamiento humano de la
zona de Villa el Salvador. Uno de estos estudios realizado entre los años 2008 y 2009,
tuvo como objetivo identificar factores de riesgo y factores protectores para la
violencia hacia la mujer, el segundo estudio fue una investigación cualitativa llevada a
cabo en el año 2009.

Uno de los resultados comunes a ambas investigaciones es que las características de


los agresores tienen mayor peso en la presencia de la violencia física y emocional que
reciben las mujeres al compararlas con las características de las víctimas. De esta
manera, los resultados nos permiten describir las características demográficas, de
consumo de alcohol y psicológicas de los varones que cometen actos de violencia física
y emocional hacia sus parejas.

En relación a las características demográficas, las últimas encuestas han mostrado que
en nuestro país, la mayoría de los agresores tienen un nivel primario de estudios y en
menor porcentaje estudios superiores (INEI, 2006). Esta encuesta muestra también
que un gran porcentaje de los agresores trabajan brindando servicios menores
(albañilería, gasfitería, etc.) así como también realizando labores manuales. Por otro
lado, si bien la edad no es una característica distintiva entre los esposos violentos y no
violentos de acuerdo al INEI, se encontró que la mayoría de los agresores se
encontraba en los rangos de edad más altos (de 45 a 49 y de 50 a más años), siendo
muy pocos los agresores jóvenes.

Dentro de los hábitos de consumo de los agresores, la literatura otorga una especial
atención al uso del alcohol como un factor de riesgo para la violencia hacia las mujeres
(Keiley, Keller & Jasinski, 2009; Stikley, Timofeeva & Sparén, 2008; Thompson,
Saltzman & Jonhson, 2003); en este sentido, el meta-análisis de Black (1999) describe
asociaciones significativas entre ,21 y ,57 entre el consumo de alcohol o ingesta
excesiva de bebidas alcohólicas por parte de la pareja y la agresividad hacia la mujer.
La anteriormente mencionada encuesta del INEI (2006) encontró que en el Perú cerca
del 50% de las mujeres maltratadas tienen parejas alcohólicas.

A pesar de estas asociaciones, el rol exacto que cumple el consumo de alcohol en la


violencia hacia la pareja se encuentra aún en debate, así algunos autores consideran
que el alcohol incrementa las probabilidades de que ocurran eventos agresivos en la
pareja al reducir las inhibiciones y deteriorar el juicio y adecuada interpretación de
señales o al dar lugar a discusiones. En tanto otros autores sostienen que esta
asociación solo se da en culturas en las cuales existe la expectativa social de que el
consumo de alcohol libera al varón de la responsabilidad de sus acciones (Organización
Mundial de la Salud [OMS], 2003). Finalmente se considera que el consumo de alcohol
es una fuente de discrepancias al interior de la dinámica de la pareja (Stickley et al.,
2009).

Dentro de los aspectos psicológicos que caracterizan a los agresores, la revisión


bibliográfica reporta que estos muestran escasa tolerancia a la frustración así como
dificultades para resolver problemas y comunicarse adecuadamente. Otras
características reportadas por la bibliografía hacen referencia a los celos, irritabilidad,
impulsividad (Kaufman & Jasinski, 1998) e inestabilidad afectiva (cambios repentinos
en el estado de ánimo) como características psicológicas de los agresores. Fernández –
Montalvo y Echeburúa consideran que estas características crean en el hogar un
ambiente propicio para que se desencadenen diversas escenas de violencia (citados en
Echeburúa & De Corral, 1998).

Estas características psicológicas o de personalidad de los agresores están influidas por


las características de la familia de origen, así se ha encontrado que la ruptura familiar
durante la niñez (Soria & Rodríguez, 2003) y la propia experiencia de maltrato físico
durante la infancia (Echeburúa, 2003) son factores determinantes para que un hombre
ejerza maltrato hacia su pareja.

Otro elemento asociado en este sentido, es el estilo de crianza recibido por el agresor;
algunos autores sostienen que este puede haber sido autoritario (Owen & Straus, 1975
citados por Soria & Rodríguez, 2003) mientras que otros mencionan que muchos de los
maltratadores fueron criados de manera sobreprotectora o permisiva, en donde la
madre mantenía un comportamiento sumiso frente al esposo y a los propios hijos
(Echeburúa, 2003).

Dutton (2000), considera que la temprana combinación de haber sido testigo o haber
experimentado directamente la violencia y/o vergüenza y un apego de tipo inseguro
contribuye a la formación de una personalidad de tipo abusiva en los varones.
En este sentido, la conducta posterior del varón trataría de reproducir el autoritarismo
del padre y el rol de la mujer en el hogar, repitiendo así el patrón de interacción de los
padres violentos como una forma de identificarse con él y de controlar la cercanía y
distancia en las relaciones interpersonales.

A partir de estas consideraciones, analizamos las características demográficas, de


consumo de alcohol y psicológicas de los agresores a partir de la triangulación de los
resultados de dos estudios -uno cuantitativo y otro cualitativo- realizados en un
asentamiento humano de la zona de Villa el Salvador.

Método

Estudio 1

Este estudio de corte cuantitativo fue llevado a cabo para identificar factores
protectores y de riesgo para la violencia hacia la mujer.

Participantes

Las participantes fueron 192 mujeres cuyo rango de edad va desde 25 hasta 59 años
(M=34,09 y DE=6,5). Casi todas las participantes tenían estudios primarios (42%) o
secundarios (44%). En su mayoría vive con su pareja (96%) y no tienen trabajo
remunerado fuera del hogar (76%).

Respecto a las parejas, el 56% tiene educación secundaria y el 32% primaria, casi la
totalidad de los mismos trabajan fuera del hogar en ocupaciones manuales o técnicas.

La totalidad de las casas de la comunidad donde se realizó el estudio (n=606) fueron


visitadas, pero solo se entrevistó a 192 mujeres -una de cada hogar-, en el resto de
las casas no fue posible hacer la entrevista debido a que (a) las casas se encontraban
deshabitadas, (b) la madre de familia no estaba presente o (c) la madre no cumplía
con los criterios de inclusión (ser mayor de 18 años, haber estado casada, estar casada
o vivir con su pareja de manera estable y tener por lo menos un hijo o hija de 5 años
de edad). Solo el 5% (n=9) de las mujeres que fueron encontradas en su hogar,
cumplían los criterios y rechazaron participar en el estudio.

En primer lugar, los líderes de la comunidad dieron su autorización para realizar el


estudio, luego las mujeres fueron visitadas en sus casas, las entrevistas fueron
realizadas en la puerta de sus hogares o en un lugar que permitía mantener la
privacidad de las mismas. Antes de ser entrevistadas, las participantes firmaron el
consentimiento informado y se conservó el anonimato de las entrevistadas a lo largo
de todo el proceso.

Medición

Se utilizó una encuesta especialmente construida para esta investigación. Dado que el
estudio consideraba otros elementos además de los reportados en este artículo, la
encuesta completa exploró dos temas: (a) ocurrencia de la violencia física y emocional
recibida por las mujeres y ejercidas por sus parejas actuales o ex parejas y (b)
presencia de potenciales factores asociados agrupados de acuerdo al Modelo Ecológico
de Brofenbrenner (1979) en factores individuales -reporte de las participantes sobre
características de personalidad y estilo de comunicación tanto de sí mismas como de
sus parejas, consumo de alcohol de la pareja, características de la familia de origen de
la entrevistada y sus creencias acerca de la violencia hacia las mujeres- y relacionales
-reporte de la entrevistada acerca de las conductas de la pareja hacia los miembros de
la familia y conflictos al interior de la familia-.

La encuesta fue construida tomando como base el Modelo Ecológico y encuestas


usadas anteriormente para explorar violencia hacia las mujeres en nuestro medio
(Guezmes, Palomino & Ramos, 2002; INEI, USAID, Fondo Internacional de las
Naciones Unidas para Emergencias de la Infancia [UNICEF] & Measure/DHS+, Macro
International, 2001 & INSM HD-HN, 2002). El instrumento fue discutido por cinco
investigadores con la finalidad de evaluar su contenido, luego se realizaron dos
estudios piloto para adecuar la verbalización de las preguntas a las características de la
población estudiada.

Las encuestas fueron aplicadas por alumnos de los últimos ciclos de la carrera de
Psicología, ellos recibieron un entrenamiento tanto en el manejo de la entrevista como
en aspectos éticos del trabajo con víctimas de violencia de acuerdo a las
recomendaciones realizadas por la Organización Mundial de la Salud (1999).

La consistencia de las respuestas fue evaluada mediante las respuestas brindadas por
las participantes a pares de preguntas que evaluaban el mismo contenido de diversas
maneras. Las correlaciones obtenidas a partir de este procedimiento se encontraron
entre ,240 y ,377 (M=,307, DE=,05).

Procedimiento

Los datos fueron procesados en base a correlaciones de Mc Nemar en el caso de las


variables categóricas. Luego se seleccionaron las asociaciones con una alta
significación estadística definida como un p< ,001; se utilizó este punto de corte de
acuerdo al ajuste de Bonferroni considerando el número de correlaciones calculadas.
Las variables con este nivel de significación fueron procesadas mediante el análisis de
regresión logística para obtener posibles factores protectores y de riesgo.

Estudio 2

En esta investigación cualitativa se exploró la percepción social de la violencia


intrafamiliar por parte de un grupo de mujeres de la zona.

Participantes

Las participantes fueron 33 mujeres cuyas edades se encontraban entre 18 y 53 años


de edad (M=33,3 y DE=7,7), la mayoría de ellas tenían estudios secundarios (91%) y
se dedicaban a las labores del hogar (76%). Eran casadas o convivientes 88%,
mientras que el resto eran solteras o separadas; respecto al número de hijos, el 21%
tenía un solo hijo, 64% de dos a tres hijos y solo el 15% más de tres hijos.

Luego de solicitar la autorización de los líderes de la comunidad, se convocó a las


mujeres a través de una líder informal de la zona, las participantes debían vivir en la
zona por lo menos cinco años. Una vez reunidas se les explicó la naturaleza del estudio
solicitándoles su consentimiento informado.
En total se conformaron seis grupos con un promedio de cinco mujeres por grupo,
cada sesión duró entre 60 y 90 minutos las cuales fueron grabadas íntegramente
previa autorización de las participantes.

Técnicas de recolección de información

Se utilizaron los grupos focales como técnica para recolectar la información; en este
sentido, el grupo se constituyó como un espacio de discusión de las ideas y
argumentos dados por las propias madres y fue utilizado para reproducir el discurso
social en torno a la violencia hacia las mujeres.

De la misma manera que con el estudio anterior, los datos aquí presentados
corresponden a un estudio más amplio (Nóblega & Muñoz, 2009) e incluyó la
exploración de diversos temas, por lo que la guía del grupo focal exploró aspectos
como:

 Características de la relación e interacción entre los miembros de la familia.


 Características de la violencia en la zona: forma, intensidad, principales
agresores y agredidos.
 Desencadenantes y factores que impiden la aparición de la violencia: fuentes de
conflicto, características personales y estilos de comunicación de la mujer y del
agresor.
 Conocimientos y creencias en torno a la violencia intrafamiliar: tipos de
violencia, derechos de las mujeres y lugares de apoyo.

Esta guía fue construida en base a la revisión bibliográfica, los resultados de la


investigación precedente (estudio 1) y la experiencia de las autoras en el tema de
violencia y en investigación cualitativa. Su naturaleza flexible permitió que ésta se
convierta en un «disparador de información» (Gonzales Rey, 1999) que permitía iniciar
la conversación respecto a los temas planteados.

Procedimiento

El material trascrito fue revisado para establecer las categorías de información


emergentes para cada uno de los temas explorados. Todos los grupos focales fueron
codificados utilizando el programa Atlas Ti y fueron luego interpretados en un
constante proceso dialéctico.

Resultados

Características demográficas de los agresores

Las principales variables demográficas reportadas como relevantes por la revisión


bibliográfica -edad, nivel de instrucción y ocupación de las parejas- fueron exploradas
en el estudio 1; los resultados muestran que no hay asociación estadística significativa
entre la violencia física y emocional que recibe la mujer y la edad (r=0,098 y r=0,021
respectivamente para cada tipo de violencia), nivel de instrucción (X2=2,824 p=,420 y
X2=0,432 p=0,934 para la violencia física y emocional respectivamente) u ocupación
de la pareja (X2=0,133 p=,716 y X2=0,573 p=0,449 para ambos tipos de violencia).
Estos resultados no nos permiten afirmar que las características demográficas de los
agresores sea un elemento que permita discriminar entre las mujeres que reciben
violencia física o emocional y quienes no la reciben en la muestra estudiada.

Dado que ninguna variable demográfica obtuvo una alta significación, estas no fueron
procesadas mediante el análisis de regresión logística para identificar factores de
riesgo para la violencia hacia las mujeres. De igual manera, por la naturaleza de las
variables no se tienen resultados en el estudio cualitativo llevado a cabo.

Consumo de alcohol por parte del agresor

El consumo de alcohol por parte de las parejas y su relación con la violencia física o
emocional fue explorado tanto en el estudio 1 como en el estudio 2. En este último
(Nóblega & Muñoz, 2009), se encontró que cuando el hombre se encuentra bajo los
efectos del alcohol se torna agresivo:

«Sí, él es bien agresivo cuando está mareado, pero cuando está sano
no.… cuando está sano, está callado pero mareado hace un montón de
problemas» (mujer del distrito de Villa el Salvador).

«Cuando el hombre toma, maltrata a la esposa y si los hijos se meten,


también le cae a los hijos, eso hay» (mujer del distrito de Villa el
Salvador).

«Como dice la vecina, en [mi] caso ... por ejemplo, que yo me vaya con
mi esposo a tomar, así a una reunión, olvídese ... seguro ahí va a haber
bronca, nos vamos a matar» (mujer del distrito de Villa el Salvador).

Si bien estos testimonios revelan la importancia del consumo del alcohol como
desencadenante de la violencia en la familia, en el estudio 1 no se encontró asociación
estadísticamente significativa entre el consumo de alcohol por parte del abusador y la
violencia física (r=0,038) ni la violencia emocional (r=0,041) ejercida contra la mujer.

Estos resultados nos permiten concluir que para esta muestra, no se le puede atribuir
un rol determinante al consumo de alcohol sobre la violencia hacia la mujer aunque es
posible que actúe como un desencadenante en casos en los cuales existen otros
factores adicionales.

Características psicológicas de los agresores

La presencia de las características psicológicas reportadas por la literatura como


asociadas a la violencia física y emocional hacia las mujeres, fue explorada por el
estudio 1. Tal como lo muestra la tabla 1, los resultados evidenciaron que tanto la
inestabilidad afectiva como los celos atribuidos por la mujer a la pareja, están
asociados a la violencia física y emocional hacia las mujeres mientras que la
impulsividad e irritabilidad se asociaron significativamente sólo a la violencia
emocional.
Asimismo, en este estudio se encontró una asociación inversa estadísticamente
significativa entre la atribución del estilo de comunicación asertivo del agresor y ambos
tipos de violencia hacia la mujer, es decir cuando la pareja es percibida por la mujer
como asertiva, es menos probable que vaya a ejercer violencia física o emocional hacia
ella.

Otro resultado muestra que el estilo pasivo-agresivo de la pareja percibida por la


mujer tiene una asociación baja con la violencia emocional hacia la misma; esto
significa que en algunos casos, la violencia emocional está acompañada de una
comunicación pasivo-agresiva por parte de la pareja.

Posteriormente, para determinar factores de riesgo y protectores y la magnitud de


estos, se realizó un análisis de regresión logística con las variables que alcanzaron un
alto nivel de significación (p<,001). Los resultados evidenciaron que los celos y la
inestabilidad que la mujer percibe en su pareja son factores de riesgo para que esta
sea víctima de violencia emocional mientras que la asertividad de la pareja es un factor
protector.

En relación a los celos se determinó que si la mujer tiene una pareja celosa, tiene 3,4
veces mayor probabilidad de ser emocionalmente violentada (tabla 2). En este mismo
sentido, en el estudio cualitativo, las participantes reportaron que los celos es uno de
los factores desencadenantes de violencia al interior de la pareja.

«¿Que por qué te arreglas, por qué sales, a dónde vas, qué estás
haciendo, por qué llegas tarde?. O sea, no es mi caso, pero sí he visto
[que a la mujer] le pegan, le encierran» (mujer del distrito de Villa el
Salvador).
Respecto a la inestabilidad emocional que las mujeres reportan como característica de
los varones, se determinó que cuando la mujer percibe en su pareja esta
característica, se encuentra en 4,8 veces más riesgo de ser emocionalmente
maltratada (tabla 2). La importancia dada a la inestabilidad afectiva se corroboró en el
estudio cualitativo en el que fue referida como una característica atribuida a los
hombres violentos (Nóblega & Muñoz, 2009):

«El hombre para renegar tiene que cambiar de carácter. El hombre es


tranquilo, de un momento a otro... el niño o tu esposo ya te reclamó
algo, al hombre no le gustó y ya se molestó ya, ya empezó de repente
… rápido es de largar la mano y no le gusta que le digan nada, un
hombre duro» (mujer del distrito de Villa el Salvador).

El análisis de regresión logística antes mencionado permitió además mostrar que la


asertividad de la pareja es un factor protector de la violencia emocional hacia la mujer,
es decir cuando la pareja es percibida como una persona que utiliza una comunicación
de tipo asertiva, es menos probable que vaya a tener actos de violencia emocional
contra la mujer (tabla 2).

Discusión

Este artículo tuvo como objetivo central discutir las características demográficas, de
consumo de alcohol y psicológicas de los agresores en la violencia hacia las mujeres a
partir de la integración de los resultados de dos investigaciones llevadas a cabo en un
asentamiento humano del distrito de Villa el Salvador.

Las características de los agresores fueron divididas en demográficas, consumo de


alcohol y psicológicas. A partir de los resultados, podemos afirmar que la edad, el nivel
de instrucción, la ocupación y el consumo de alcohol de los potenciales agresores no se
encuentran asociados a la violencia ejercida hacia las mujeres en sus manifestaciones
físicas o emocionales en esta muestra en particular. Si bien estos resultados pueden
deberse a las limitaciones del tamaño y representatividad de la muestra, podemos
considerar que los bajos índices de estos tipos de violencia en la muestra evaluada
(Nóblega & Muñoz, 2009) pueden ser una de las razones por la que los resultados aquí
planteados no reproducen los hallazgos de estudios nacionales. En este sentido, hacen
falta más investigaciones cuyo diseño permita la generalización de los resultados en
este campo.

En relación a la ausencia de asociación entre consumo de alcohol y violencia, estos


resultados serían una nueva evidencia para los postulados de Klevens (2007) quien
considera que el alcohol tiene escaso poder explicativo sobre la violencia en
comunidades latinas debido a otros factores culturales que intervienen. Sin embargo,
consideramos que se necesita seguir profundizando en este tema para esclarecer el
verdadero rol que cumple el alcohol en la violencia ejercida hacia las mujeres en una
cultura como la estudiada.

En cambio, podemos plantear que las características psicológicas del abusador tal
como son percibidas por la mujer, sí se encontraron asociadas a la presencia de
violencia física o emocional hacia ellas. Comparando ambos tipos de violencia, se
encontró que la presencia de violencia emocional se encuentra relacionada a más
características del agresor que la violencia física, por lo tanto, consideramos que este
tema debería ser profundizado en posteriores investigaciones dada la ausencia de
estudios que incluyan las particularidades de la dinámica de cada uno de los tipos de
violencia: física, emocional e incluso la sexual que no ha sido incluida en este estudio.

Las asociaciones halladas entre la violencia hacia las mujeres con los celos,
irritabilidad, impulsividad e inestabilidad afectiva del agresor tal como son percibidas
por las mujeres así como los relatos de estas en torno a las características de los
hombres agresores, corroboran los resultados de estudios previos (Kaufman & Jasinski,
1998; Keiley, et. al, 2009; Stikley, et al., 2008; Thompson, et al., 2003).

A pesar de que la violencia física está asociada a la inestabilidad, responsabilidad y


estilo asertivo que las mujeres le atribuyen a sus parejas, la baja magnitud de estas
asociaciones no nos permite establecer factores de riesgo o protectores para este tipo
de violencia. Así, es importante continuar con esta línea de investigación para
determinar si estos resultados se siguen corroborando y al mismo tiempo identificar
otros factores que cumplan este rol para el caso de la violencia física.

Una posible línea de estudio al respecto es la influencia del entorno sociocultural, en


este sentido Lawson (2001) sostiene que las características individuales sólo llegan a
explicar el 10 ó 25% de los casos de violencia. En el Perú, la violencia ha estado
presente a lo largo de la historia del país no sólo en el ámbito familiar sino también
social y político del tal manera que se puede considerar que la violencia está
naturalizada como una forma de interacción en nuestro medio (Flake, 2005; Flake &
Forste, 2006). Este legado histórico se expresa a través de normas culturales que
sustentan el funcionamiento de la mayoría de las familias: machismo, marianismo y
familialismo. Por lo tanto el estudio de los factores de riesgo o protectores también
estaría enfocado en el análisis de estas variables.

En cambio, para la violencia emocional, los factores de riesgo detectados son la


inestabilidad afectiva y los celos atribuidos a las parejas violentas. Al respecto
consideramos que tanto las oscilaciones entre los estados de ánimo como la actitud
celosa de la pareja contribuyen a establecer el ciclo de la violencia caracterizado por la
alternancia de episodios de tensión, explosión o agresión y reconciliación descritos por
Walker (1989) y mantienen a las mujeres en las relaciones agresivas. Asimismo, los
resultados muestran que la adecuada resolución de conflictos mediante estrategias
asertivas de comunicación evita que las dificultades propias de la relación sean
solucionadas a través de la violencia.

A pesar de que ambos estudios tienen como limitación que las características han sido
evaluadas a través de escasos indicadores y del reporte de las mujeres, muestran
resultados que orientan la intervención a realizar en la violencia emocional, en primer
lugar revelan la importancia de intervenir con los agresores dotándoles de estrategias
de comunicación más eficaces y/o brindándoles atención psicológica pertinente que los
ayude a regular mejor sus impulsos y sus propios estados afectivos. Asimismo, se
vislumbra la necesidad de una vez investigados, se intervenga sobre aspectos
socioculturales que justifican y por ello mantienen la violencia hacia las mujeres.
http://www.scielo.org.pe/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1729-
48272012000100008

TIPOS DE MALOS TRATOS EN LA VIOLENCIA DE GÉNERO Un acto de maltrato tiene siempre como
consecuencia secuelas físicas y psicológicas. Sin embargo, dependiendo de la naturaleza del
maltrato, las consecuencias psicológicas pueden ser distintas. Las diferentes formas de malos
tratos, dependen tanto de la actuación del agresor como de las consecuencias para la víctima: -
Psíquicos. Actos o conductas que producen desvalorización o sufrimiento en las mujeres:
amenazas, humillaciones, exigencia de obediencia, convencimiento de culpabilidad ante cualquier
problema, insultos, aislamiento, descalificación o ridiculización de sus opiniones, humillación en
público, ... - Físicos. Actos no accidentales que provoquen o puedan producir daño físico o
enfermedad en la mujer: golpes, heridas, fracturas, quemaduras, ... Pueden aparecer bien de
forma cotidiana o cíclica. - Sexuales. Imposición a la mujer de una relación sexual en contra de su
voluntad y donde se utiliza la fuerza o la intimidación. Cuando se produce penetración forzada, es
considerado violación. EL AGRESOR: CARACTERÍSTICAS PERSONALES La agresividad ha sido muchas
veces plasmada en sujetos con características más bien deformes, desagradables o anormales,
como si con esto asintiesen la fantasía generalizada de que los violentos, los hombres dañinos o
peligrosos, son personas mentalmente desequilibradas y físicamente reconocibles por sus
siniestras facciones (Pastor, 1994a). Por supuesto que la correlación entre aspecto físico y
temperamento hoy ya no es un tema creíble como lo fue en las épocas en que estuvieron de moda
las tipologías. Sin embargo, no hay que olvidar que todo observador tiende, según la teoría
perceptiva de atribución, a figurarse o formarse una idea del temperamento y personalidad de los
demás basándose en su aspecto físico, de modo que una persona que no resulte “ agradable a la
vista” tiene más probabilidad de que le acusen de un crimen violento, que otra con facciones
normales o agradables ( Dion, K. K., 1972). Más creíble es, aunque tampoco demostrada del todo,
la creencia de atribuir agresividad extrema a desequilibrados psíquicos, a enfermos mentales o
con desajustes emotivos. Cierto es que la agitación y la psicomotricidad exaltada que manifiesta
un enfermo dominado por tensiones afectivas, impulsan muchas veces a cometer actos violentos
de agresión. Más en concreto, las personalidades psicopáticas se caracterizan por una enorme
desproporción entre sus reacciones agresivas y los estímulos que las provocan; ya que estas son
inadaptadas y de conducta antisocial ( Pastor, 1994b). No obstante, aunque entre los hombres
violentos se encuentre un porcentaje más elevado de psicópatas y neuróticos que entre la
población normal ( Conger y Miller, 1966), la agresividad no es causa solo de este perfil de
personas. Esto, se demuestra cuando el hombre “ normal” que arremete sabe que hace un daño a
su víctima y por esto, trata de disculparse mediante el remordimiento o la autocrítica. De echo, la
estrategia del arrepentimiento, la utilizan para captarse de benevolencia ante el juicio social que
esto conlleva y así reducir los posibles riesgos de ser castigado. Otras veces, emplean la
autojustificación a través de la racionalización, criticando así la “ maldad” de su víctima haciendo
de esta manera comprensible su actitud agresiva contra ella. El hombre violento no es exclusivo de
una determinada clase social, puede existir en cualquier ciudad y lugar. Aunque no es posible
generalizar sobre las características personales de aquellos que provocan este tipo de actuaciones,
distintos estudios sobre los agresores en la violencia de género demuestran que existen ciertas
peculiaridades, vivencias y situaciones específicas comunes a la mayoría de ellos. Un gran
porcentaje de maltratadores han sido víctimas o testigos de malos tratos, adoptando este
comportamiento como una forma normal de

relacionarse. Lo han experimentado como sistema de poder, aprendiendo que ejerciéndolo en el


hogar, obtienen la máxima autoridad y consiguen lo que quieren. El hombre violento es el
resultado de un sistema social que ofrece los ingredientes para alimentar esta forma de actuar.
Aspira a ejercer un poder y control absolutos sobre su pareja en lo que hace y en sus
pensamientos y sentimientos más íntimos. Consideran a su pareja como una posesión que tienen
derecho a controlar en todos los aspectos de su vida ( Espada y Torres, 1996c). Los hombres
maltratadores suelen tener una imagen muy negativa de sí mismos, provocando esto una baja
autoestima, sintiéndose por esto fracasados como persona, y consecuentemente actuando de
forma amenazante y omnipotente y reforzándose así con cada acto de violencia. Suelen ser
patológicamente celosos, queriendo ser los primeros y últimos, y por tanto los únicos, en la
atención de su mujer. Así, una parte muy importante en la iniciación de los actos de violencia suele
ser la percepción errónea que tienen de que su pareja les puede abandonar, sin tener en cuenta la
posibilidad de que ellas puedan tener distintos tipos de relaciones con otras personas ( de
amistad, de familia, ...). Desconfía así de todo lo que hace, sintiendo celos de cualquiera que le
hace sentir que le quita el afecto de su esposa y él lo quiere todo de ella, deseando tenerla en casa
siempre. También en sus espacios de desarrollo personal y social, los hombres presentan una serie
de características: En el espacio intelectual ( que media entre el físico y el cultural); se les enseña a
no poner atención a sus procesos emocionales debido a que se cree que estos obstaculizan su
forma de pensar. Es el espacio más importante para la masculinidad del hombre violento, tiene la
percepción distorsionada de que su pensamiento nunca es erróneo, y así aparece la violencia
emocional con otras personas y consigo mismo. En su espacio físico se prueba a sí mismo que es
superior a través de la fuerza física, de su forma de caminar, en la práctica de determinados
deportes, ... En cuanto al espacio emocional, la forma que tiene de procesar internamente su
relación con el mundo externo e interno, está menos desarrollado porque mantiene la creencia de
que las emociones le hacen sentirse más vulnerable de cara a los demás, y por ello, reprime este
espacio. Espacio social es el que permite desarrollar los contactos, interacciones e intercambios
con el resto de las personas que nos rodean. El hombre violento, crea relaciones de competencia,
controlando los intercambios sociales de su pareja. La forma de procesar la información mediante
el aprendizaje que recibimos del grupo social más inmediato, es la que conforma el espacio
cultural; todas las creencias que definen y refuerzan la supuesta superioridad de los hombres
sobre las mujeres – ya sean mitos o tradiciones – son las que apoya el hombre violento, ya que de
esta forma es como obtiene beneficios. ¿ POR QUÉ AGREDEN? No existe causa única que
provoque los malos tratos, aunque por lo general sí hay una serie de factores de riesgo que
pueden hacer surgir la aparición y posterior mantenimiento de la violencia de género. Aunque
existen otras variables que se analizan posteriormente, una de las causas principales es la
situación de desigualdad real en la que puede encontrarse la mujer ( menor fuerza física,
dependencia económica, menos relaciones sociales debido al aislamiento por estar en casa, ...). La
mujer que depende económicamente de su pareja, tiene más probabilidades de mantener la
relación violenta a lo largo del tiempo. Así mismo, en las situaciones en las que la mujer tiene un
rol de subordinada dentro de la familia, hará que se mantengan a largo plazo los malos tratos; Son
aquellos casos en los que es una mujer desvalorizada y no apoyada socialmente – adoptando
papeles de tolerancia, subordinación, sentimientos de sacrificio, no reconocimiento de derechos
humanos básicos, ... – todo esto hará acrecentar sus necesidades y dependencia hacia el hombre
que esté con ella reforzando esto su necesidad de adaptación hacia el maltrato. Factores socio -
culturales Existen estadísticas criminológicas con porcentajes favorables para la opinión de que los
miembros de las clases más ínfimas de la sociedad sean más violentos que los de las clases medias
y altas ( Wolfgang y Ferracuti, 1967). Estos estudios han descubierto que el medio sociocultural en
el que viven las clases más bajas fomentan actitudes y valores favorables a la fortaleza corporal, a
la tenacidad y a la resistencia física, lo que conlleva a agredir a su pareja, reforzando de esta forma
su concepto de masculinidad ( Miller, Geertz y Cutter, 1961). Sin embargo, hay que mostrar
cautela a la hora de atri

buir, según el esquema de causalidad, la pertenencia a clases bajas, medias o altas la agresividad
de las personas, ya que las estadísticas no muestran que la causa del hombre violento sea el
pertenecer a una clase social, y es muy probable que se deba además a otras variables más
específicas ( Pastor, 1994c). Las ciencias que analizan lo social, recalcan con sus estudios que la
conducta agresiva es el resultado de experiencias tempranas o de aprendizaje social, debido a
motivaciones externas como la frustración, la aversión o la amenaza de un peligro bien físico o
psicológico, defendiendo exclusivamente la influencia de factores sociales como causa. Sin
embargo, desde una perspectiva más realista y científica, se concluye que las reacciones del
hombre violento se deben a una mosaico de distintas variables. Según el modelo de Berkowitz,
existe una interacción dinámica entre la biología ( que puede afectar a la conducta) y las
condiciones ambientales ( que favorecen o inhiben la expresión de dichas tendencias), pudiendo
influirse ambas variables mutuamente ( Martín Ramírez, 2000a). Factores biológicos Los enfoques
biológicos tienden a explicar la agresión como algo inherente a nuestra naturaleza, en vez de
adquirido a través de las experiencias vividas y el aprendizaje. Así, Desmond Morris ( 1969)
describe nuestras ciudades como jaulas donde prevalece la violencia anó- nima, o Alexandre
Mitscherlich ( 1969), que considera al hombre como una marioneta que debe someterse a todos
sus instintos inconscientes. No obstante, la mayoría de los autores que apoyan la predominancia
biológica de la agresión, suelen defender la plasticidad de los instintos, exponiendo que solo
algunas personas se muestran como pautas de acción fija, explicando de esta forma por qué en
determinadas situaciones algunos hombres, y no todos, actúan de forma violenta. Según parece,
las hormonas sexuales tienen un efecto directo sobre comportamientos específicos de cada sexo (
Martín Ramírez, 2000b): los andrógenos producen un aumento en el enfado y en la tendencia
hacia la agresividad. Por el contrario, la administración de estrógenos tiene efectos opuestos ( Van
Goozen, Cohen – Kettenis, Gooren, Frijda y Van de Poll, 1995). No obstante, no existen datos
evidentes, sino sólo meras concurrencias correlacionales sobre el eventual efecto causal de la
testosterona en muchas de las diferencias observadas del comportamiento violento de algunos
hombres. La testosterona fomentaría la agresividad a través de distintos mecanismos diferentes:
a) una vía sensitiva a los andró- genos, b) una vía sensitiva a los estrógenos y c) una combinación
de ambas, donde la vía funcional estará determinada por el genotipo ( Sussman, Worrak,
Murowchick, Frobose y Schwab, 1996). Por último, añadir que la experiencia social también influye
en el nivel hormonal, por ejemplo, el estrés puede disminuir en nivel de andrógenos en los
hombres, mientras que un estado de ánimo positivo y el éxito pueden aumentarlo. Dicho todo
esto, desde la perspectiva biológica se concluye que, aunque tras la existencia de datos
experimentales disponibles que convencen sobre las relaciones funcionales entre bioquímica y
conducta, todavía hoy resulta difícil separar causas y efectos: aún quedan importantes lagunas
sobre cómo se modularían bilateralmente hormonas y agresión en el hombre violento ( Martín
Ramírez, 2000c). Factores psicosociales Teniendo en cuenta las explicaciones dadas hasta ahora
sobre el comportamiento agresivo de los hombres en la violencia de género, está claro que no son
defendibles las posturas extremas que hablan de este comportamiento perturbado como
determinado exclusivamente por mecanismos genéticos o ambientales. Se considera necesario
reflexionar de manera personal acerca de las creencias y principios que existen y mantienen la
clase de relación en la que se sustenta la pareja. Solo así, se puede llegar a comprender las ideas
erróneas que los agresores tienen al basarse exclusivamente en el principio de desigualdad que se
les ha sido transmitido a través de la cultura, de que el hombre es quien manda y el que decide
usando la violencia física, psicológica y/o sexual para reforzarse en este tipo de creencias; siendo
así hombres tradicionalistas y que creen en roles sexuales estereotipados. De esta forma,
mantienen una actitud totalmente negativa y discriminatoria que se basa en su creencia de
desigualdad de las mujeres, que para Glick y Fiske ( 1996) gira en torno a: a) Paternalismo
dominador, suponiendo que la mujer es inferior y más débil que el hombre y por tanto realza la
figura dominante masculina; b) Competitividad en la diferenciación de género, considerando que
las mujeres no tienen las característi

cas ni habilidades imprescindibles como para desenvolverse en el medio público; y c) Hostilidad


heterosexual, atribuyendo a las mujeres un poder sexual que les hace manipuladoras para con los
hombres. Desde este enfoque psicosocial, existen distintos estudios ( Coleman, 1980; Fernández –
Montalvo y Echeburúa, 1997; Defensor del Pueblo, 1998) que sugieren que las actitudes y
creencias misóginas podrían ser un elemento común y diferenciador de los maltratadores ( Ferrer
y Bosch, 2000). Según Eriksson ( 1997) la violencia doméstica refleja las desigualdades relacionales
de poder entre los distintos sexos; la mujer es víctima de la violencia debido a su sexo, y el hombre
la utiliza para ejercer su poder. Factores psicopatológicos Existen otros factores que también
pueden, y de hecho la realidad así nos lo demuestra, desencadenar los comportamientos
violentos, como el alcoholismo, los graves problemas económicos, el desempleo prolongado, la
drogadicción, antecedentes de rechazos afectivos o trastornos psicopatológicos. Todos estos
actúan como generadores de estrés, que si no se aprende a afrontar de una forma positiva y sana,
pueden tener esta fatal consecuencia, aunque ninguno pueda tomarse como causa que por sí
misma lo explique. Es importante señalar ( Espada y Torres, 1996d) que algunos estudios, tanto de
la Comunidad Europea como de Estados Unidos, indican que una de las causas más importantes
de los malos tratos en el hogar está en la personalidad del maltratador. Corroboran que,
frecuentemente, los hombres violentos que maltratan a sus mujeres muestran ciertos rasgos
patológicos como pueden ser impulsividad, paranoia ( delirios celotípicos), inseguridad,
personalidad depresiva, así como tendencia a culpar a los demás de sus fallos como intento de
reforzar su baja autoestima. Desde esta perspectiva se considera que el hombre actúa de esta
manera desadaptada, por tener un problema psicológico o psiquiátrico, y al sufrir una disfunción
se sienten vulnerables e inseguros, por lo que tienden a sobrecompensar su autoestima a través
de la violencia. Bajo este enfoque psicopatológico, el hombre maltratador podría tener rasgos con
los que encajaría en el tipo de “ personalidad sádica” ( Lelord y André, 1998). Este trastorno de
personalidad se caracteriza por un conjunto de comportamientos cuyo fin es hacer sufrir o “
simplemente” dominar a la otra persona. Buscan el sufrimiento y sumisión del otro
exclusivamente por placer personal, y no como medio para alcanzar cualquier otra meta. Son
capaces de llegar a arreglárselas para no infringir la ley, y no obstante seguir haciendo sufrir a la
otra persona por un medio jurídicamente legal – humillar a alguien en público, aterrorizar a través
de amenazas, regodearse con el sufrimiento del otro, forzar a la otra persona a que realice actos
humillantes o degradantes, ... -. Este trastorno de personalidad se suele asociar, aproximadamente
una de cada dos ocasiones, a otro trastorno de personalidad, siendo los más frecuentes el
paranoide, narcisista y antisocial. INTERVENCIÓN PSICOLÓGICA CON EL AGRESOR La rehabilitación
del agresor no sólo es posible en muchos casos, sino necesaria para poder romper el ciclo de la
violencia -ya sea física o psicológica- y evitar su reincidencia. Enrique Echeburúa, catedrático de
Psicología Clínica de la Universidad del País Vasco, asegura que el éxito de la rehabilitación se basa
en dos puntos: que el maltratador tenga conciencia de serlo y que tenga una motivación para
cambiar. En España, las primeras terapias de rehabilitación de maltratadores se pusieron en
marcha en 1995, bajo la coordinación de Echeburúa, con el apoyo del Instituto Vasco de la Mujer y
el gobierno local. El programa, según explica el propio catedrático, nació tras varios años de
prestar asistencia a mujeres maltratadas y comprobar que muchas de ellas seguían conviviendo
con su agresor y que además no tenían ninguna intención de abandonarle. Tratar a los agresores e
intentar que abandonaran sus conductas violentas era una manera más de ayudar a las mujeres
que sufrían malos tratos. Pero las terapias resultan igualmente necesarias cuando la víctima se
separa y se aleja de su agresor, e incluso cuando éste cumple condena en la cárcel. Los expertos
tienen claro que cuando una persona ya ha establecido relaciones violentas con una pareja vuelve
a repetirlas con otra, ya que lo repite porque obtiene un claro beneficio: la sumisión de la mujer.
Estos programas se topan, sin embargo, con el rechazo de sectores que defienden la necesidad de
que los escasos medios públicos que existen para combatir la violencia doméstica se inviertan en
asistir a las víctimas. Pero hay algo en lo que sí coinciden tanto los partidarios como los
detractores de los tratamientos de rehabilitación: que las terapias no deben sustituir a las penas
de cárcel.

Las terapias -para empezar, 15 o 20 sesiones a lo largo de 4 meses, con una periodicidad semanal-
abordan los estereotipos de la superioridad masculina, roles sexuales, control de los impulsos, los
celos… Se persigue que el agresor tome conciencia que cuando degrada a su pareja se degrada a él
mismo, y de que abandonar las conductas violentas es beneficioso para los dos. El objetivo del
tratamiento ( Boletín Criminológico, 1999), debe orientarse al control de la violencia, al margen de
la posible reconciliación conyugal, y no puede limitarse a la detención de la agresión física con
alguna técnica de control de la ira. Lo que es más difícil de controlar es el maltrato psicológico, que
puede continuar aun después de haber cesado la violencia física. Las perspectivas actuales se
centran en la aplicación de un tratamiento individual cognitivo-conductual, ajustado a las
necesidades específicas de cada persona, intercalado con sesiones grupales de hombres violentos,
en el marco global de un programa de violencia familiar y con un tratamiento psicofarmacológico
de control de la conducta violenta, a modo de apoyo complementario, en algunos casos de sujetos
especialmente impulsivos o con trastornos del estado de ánimo. El programa terapéutico debe ser
prolongado (al menos, de 4 meses) y con unos controles de seguimiento regulares y próximos que
cubran un período de 1 o 2 años. Las sesiones grupales, que pueden estar dirigidas por terapeutas
junto con algún ex-maltratador que actúe como modelo, tienen como objetivo neutralizar los
mecanismos habituales de negación, minimización y atribución causal externa de las conductas
violentas. Se trata asimismo de generar conciencia del problema y de ayudar a asumir la
responsabilidad del mismo, así como de hacer ver que el cambio es posible y de desarrollar
estrategias de afrontamiento efectivas para abordar las dificultades cotidianas. De este modo,
expresar la necesidad del cambio - asumida como decisión propia y no como resultado de las
presiones externas - e interrumpir la cadena de la violencia son los objetivos fundamentales de
estos grupos terapéuticos y el requisito imprescindible para abordar otras metas de mayor
alcance. Por este motivo, un tratamiento integral del maltrato doméstico debe incluir la atención
psicológica del agresor. El enfoque judicial del maltratador suele ser insuficiente porque se castiga
como delito o falta en el nuevo Código Penal y suele ser penado con multas, arresto de fin de
semana o, menos frecuentemente, con prisión. Estas medidas penales no han mostrado ser lo
suficientemente disuasorias -y en algunos casos han resultado ser contraproducentes- para
detener el maltrato (Echeburúa y Fernández-Montalvo, 1997). En cambio, el tratamiento
psicológico del maltratador, siempre que sea asumido voluntariamente, parece ser la intervención
más adecuada en la actualidad. De hecho, ha resultado ser un instrumento útil en aquellos casos
en los que el agresor es consciente de su problema y se muestra motivado para modificar su
comportamiento agresivo. Por el contrario, las tasas de éxito en pacientes derivados del juzgado y
sometidos obligatoriamente a tratamiento son muy bajas ya que en estos casos el agresor no tiene
una motivación genuina para que se produzca un cambio sustancial en su comportamiento. La
negación -total o parcial- del problema dificulta la búsqueda de ayuda terapéutica. No es, por ello,
infrecuente que no se acuda a la consulta o se haga en condiciones de presión (amenazas de
divorcio por parte de la pareja, denuncias, etc.), con el autoengaño de que “ esta situación de
violencia nunca más se va a volver a repetir”, siendo esta actitud el reflejo de la resistencia al
cambio. A causa de lo dicho, resulta prioritario evaluar en estas primeras fases del tratamiento el
grado de peligrosidad actual del paciente y el nivel de motivación para el cambio. Reconocer la
existencia del problema es el paso previo para la terapia, y sólo desde esta perspectiva se puede
iniciar un programa para el cambio. Las intervenciones terapéuticas con maltratadores han tenido
como objetivo enseñar técnicas de suspensión temporal, abordar el problema de los celos,
controlar los hábitos de bebida, reevaluar los sesgos cognitivos, diseñar estrategias de solución de
problemas, entrenar en relajación y habilidades de comunicación y enseñar técnicas de
afrontamiento de la ira y de control de los impulsos. Con estas terapias utilizadas para un estudio,
se ha obtenido al terminar el tratamiento, una tasa de éxitos del 81% de los casos tratados, que se
ha reducido al 69% en el seguimiento de los 3 meses. No deja de ser significativo que la tasa de
rechazos y de abandonos prematuros de la terapia afecte a casi el 50% de los sujetos (Echeburúa y
Fernández-Montalvo, 1997). La heterogeneidad de los programas y la variedad de las técnicas
utilizadas hasta la fecha impiden obtener conclusiones definitivas. Quizá convenga en un futuro
depurar los protocolos de tratamiento en función de las
diversas variables implicadas (modalidades terapéuticas, número de sesiones, formato individual o
grupal, etc.) y de los distintos tipos de maltratadores. No obstante, lo que si queda claramente
demostrado es que el mero hecho de recibir un tratamiento reduce considerablemente la tasa de
reincidencia. Desde una perspectiva predictiva, los factores asociados al éxito terapéutico son los
siguientes: la edad del maltratador, una situación económica desahogada, el comienzo tardío de la
violencia y la realización de un mayor número de sesiones de pareja. Desde un punto de vista
general, habría que optar por la reeducación y la resocialización en función de esa falta de
habilidades o habilidades no adaptativas, así como una reestructuración de las distorsiones
cognitivas que tienen respecto a la mujer; considerando las que siguen como variables alteradas (
Gómez, 1999): - Deficientes habilidades en la relación con otras personas; tanto en las habilidades
de comunicación como a la hora de mantener relaciones sanas con los demás. La intervención en
la modificación de estas conductas, se basaría en un entrenamiento exhaustivo y prolongado en el
tiempo de habilidades sociales, haciendo hincapié en la necesidad de mantener una comunicación
eficaz con otras personas, así como adquirir la capacidad de expresarse de forma asertiva,
evitando de este modo, futuros conflictos y malos entendidos expresando en todo momento sus
opiniones, sentimientos y emociones sin vulnerar los derechos humanos básicos de los demás y
sintiéndose así capaces hasta cierto punto de controlar sus impulsos agresivos. - No asumen las
responsabilidad de sus actos ( no identificando las situaciones peligrosas, no asumen el impacto
recibido por parte de sus víctimas, no desarrollan estrategias para la prevención de reincidencia).
Para paliar esto, se deben llevar a cabo campañas de información sobre los impactos psicológicos
recibidos por las víctimas y de sensibilización hacia estas mujeres, mostrando casos reales y las
consecuencias fatales producidas por estos. - Pobre control emocional, lo que conlleva a una
incapacidad para controlar sus impulsos violentos. Se trataría de eliminar la ejecución de la
conducta impulsiva de agredir, y una posible técnica, junto con las intervenciones antes expuestas,
sería la prevención de la respuesta ( del acto violento), con el fin de que el malestar y la ansiedad
producidos por su ira y sus distorsiones cognitivas fueran disminuyendo de forma progresiva hasta
su desaparición. La prevención de respuesta se llevaría a cabo mediante la ejecución de respuestas
incompatibles con la agresión. Esta técnica se utilizaría combinada con las técnicas del control de
activación ( Labrador, Cruzado y Muñoz, 1997): la relajación y la respiración. - Bajo nivel de
autoestima. Reestructuración cognitiva de sus distorsiones a cerca de las capacidades, derechos
básicos y valores que tiene tanto la mujer como el resto de las personas; causas de las ideas
irracionales, parada de pensamiento ( ayudada con las técnicas del control de activación antes
mencionadas); y autorregistros donde anotan sentimientos, conductas y consecuencias de las
mismas, analizándolo todo en las sesiones, conjuntamente con el terapeuta. Además de todo esto,
hay que tener en cuenta que como las conductas habituales de maltrato se desarrollan y
mantienen por razones muy variadas, las técnicas concretas de tratamiento propuestas en este
programa de intervención no pueden ser homogéneas. Quiere decirse que en determinados
pacientes es necesario resaltar, por ejemplo, como objetivo terapéutico la eliminación de los
estereotipos machistas o el control de la conducta de celos y pueden pasarse por alto las técnicas
encaminadas al abuso del alcohol, que pueden no resultar necesarias. En otros casos, sin embargo,
resulta imprescindible establecer un programa adecuado de bebida controlada –o derivar al
paciente a un centro específico de tratamiento del alcoholismo- y no es preciso atender a otros
aspectos, como la educación para la sexualidad dentro de la pareja o la mejora de la autoestima.
CONCLUSIONES Después de vistas las distintas perspectivas y diferentes enfoques que intentan
averiguar las causas más probables o al menos más comunes de la violencia de genero, si algo nos
queda claro es que no existe una sola causa que determine la violencia del hombre contra la
mujer, sino que lo más probable es que se trate de un conjunto de factores que se interrelacionan
en cada individuo de una manera diferente, generando así distintas conductas de maltrato.
Además, al no ser causa única ninguna de las vistas, influye también en la intervención terapéutica
para con el agresor, pudiendo llevarse a cabo diferentes técnicas psicológicas para la prevención
de este “ mal” en un futuro, y posible rehabilitación y evitación de recaídas siempre pensando en
las víctimas, que al fin y al cabo son quienes sufren los efectos directos por parte de estos casos de
violencia, que en nuestros días por desgracia, se están convirtiendo en algo casi cotidiano; y por lo
tanto cada vez es mayor la urgencia de solucionar este problema abordándolo desde todos los
campos posibles, siendo siempre insuficientes todas las estrategias que se están llevando a cabo,
tanto en la atención a las víctimas, la rehabilitación y prevención de recaídas del maltratador,
como en una falta de control, por parte de la sociedad, de estas situaciones.

Perfil del Agresor (victimario) y el agredido (víctima)

En los perfiles de estos dos actores, se encuentran las siguientes características:

Agresor:
•Observación y haber sido parte en su niñez de algún tipo de agresión

•Alto nivel de estrés, más alto igual a más agresión

•Abuso de sustancias, alcohol

•Actitud y pensamiento positivo sobre el maltrato físico y psicológico, conceptos poco asertivos

•Aislamiento social significativo

•Cree que es un derecho, un deber el maltratar

•Tiene la concepción de que si se es provocado es normal reaccionar así

•Siendo agresiv@ será escuchad@, ya no l@ molestarán

•Justifica siempre su comportamiento

Agredid@:

•Observación y haber sido parte en su niñez de algún tipo de agresión

•Estrés, temor ante cualquier reacción de la pareja

•Aislamiento social

•Sumisión ante las necesidades y deseos de la pareja

•Baja autoestima, autovaloración

•Creer que se merece y es obligación ser maltratad@

•Temer y dudar de todo lo que opine y haga por tener ligado su pensamiento a lo que pueda decir
la pareja

•Presentar agresiones físicas y considerar como algo sin importancia……


http://psicologavillacres.blogspot.pe/2010/12/perfil-del-agresor-victimario-y-el.html