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ENDG

AME
(final d e p a r tid a )

El espectacular ascenso
= y descenso de

BOBBY FISCHER
del más brillante prodigio americano
_ al filo de la locura

Frank Brady
Primera publicación en inglés=por Broadway Paperbacks,
an imprint of the Crown Publishing Group,
- a division of Random House, Inc., New York

TítuloThis translation published by arrangement with Crown Publishers,


Original:
anENDGAME:
imprint ofBobby
the Crown Publishing
Fischer's Group, Rise
Remarkable a division of
and Fall-
Penguin Random House, LLC
from Am erica's Brightests Prodigy to de Edge of M adness
- by Frank Brady (the "Author")

EDITADO POR TEELL EDITORIAL, S.L.


Primera edición en español: Teell Editorial, S .L 2015
www.teelleditorial.com
- Traducción al español: Sara A rilla

©2011, 2012 by Frank Brady


All rights reserved
-ISBN: 9780307463913

_ _ _
Para Maxine,
#=
_ mi talismán siempre.
PR
ÓLO
GO
A la-edición
- española
- por

L eontxo García

Ídolo
- adorado,
- - geniomalogrado

ebo muchísimo a Bobby Fischer. Con toda probabilidad,

D mi vida sin él hubiera sido muy distinta, y peor, al menos


en lo profesional. Como millones de personas en todo
el mundo, quedé enganchado al ajedrez (antes sólo conocía las
reglas y lo practicaba de vez en cuando) en el verano de 1972,
cuando el duelo Fischer-Spassky captó la atención internacional
desde Reikiavik. Gracias al magnetismo de esas partidas empecé
a entrenarme en serio, y fui jugador semiprofesional durante un
decenio.
Además, Bobby me trató siempre bien y con gran respeto
—incluso cuando nuestras opiniones eran antitéticas— durante
nuestros encuentros secretos en 1991 y 1992. La primera vez que
nos vimos (tras mantener una relación de varios años a través de
nuestro común amigo, el venezolano Isidoro Chérem), en un hotel
cercano al aeropuerto de Francfort, me sometió a una prueba para
saber si yo le había mentido al decirle que antes de ser periodista
había sido jugador (él odiaba a los periodistas en general): me
mostró una posición en un tablero de bolsillo, y me preguntó
si la conocía. Fue uno de los momentos más afortunados de mi
vida, porque la identifiqué al instante: Pomar-Fischer, Olimpiada
de Ajedrez de La Habana, 1962. A partir de ese momento, su
simpatía conmigo fue total, y podría decir que me trató como a un
6 • ENDGAME
amigo, aunque las peculiaridades de su carácter y su estado mental
implican muchos matices.
En esos encuentros pude comprobar que su inteligencia
era descomunal (se dice que, de niño, le hicieron una prueba de
cociente intelectual cuyo resultado fue superior al de Einstein), y
no sólo cuando hablábamos de ajedrez. Pero también me recordaba
a veces a un niño muy grande, como cuando me contó —durante
un almuerzo a solas en Los Ángeles—su visita a la isla indonesia de
Komodo para visitar sus famosos dragones: yo tenía la sensación
de que me lo estaba relatando mi hijo, que entonces tenía cuatro
años.
Al término de esa comida—muy abundante—, me invitó a
un paseo muy largo, a ritmo vivo, en el que hablamos de muchas
cosas. Para entonces yo conocía ya todas sus fobias —contra los
negros, las mujeres, los comunistas y los judíos (a pesar de que
él también lo era, por parte de madre y padre)—, de modo que
intentaba llevar la conversación hacia asuntos que me permitieran
orillarlas lo más posible. Es de justicia recalcar que en ese m om en­
to de su vida Fischer había dejado de ser una persona a quien sólo
le interesaba el ajedrez. Por ejemplo, seguía muy de cerca la política
internacional, y sus análisis eran a veces brillantes... pero choca­
ban a menudo con las mencionadas fobias. Otro importante matiz
es que sus ideas estaban muy influidas por amistades neonazis que
había cultivado durante sus largas estancias en Alemania.
Tras dos horas de marcha surgió otro síntoma de su enferme­
dad mental, que en los años posteriores se agravó mucho. “El paseo
y la conversación han sido muy agradables, Leontxo. Ahora debo
pedirte un favor”, me dijo, y ante mi actitud receptiva, añadió: “¿Ves
aquella parada de autobús que hay a unos 200 metros? N o quie­
ro que sepas qué número de autobús es el que me lleva a casa. Te
agradeceré mucho que nos separemos aquí y vuelvas sólo al hotel”.
La aportación de Fischer al ajedrez es monumental. Si nos ceñi­
mos al juego en sí, inyectó ideas frescas a toneladas y e v o lu cio n ó
diversos conceptos. Gracias a él y a su obstinación en exigir pre­
mios justos, los honorarios de los jugadores profesionales —irriso­
rios hasta 1972— aumentaron mucho. Y lo más importante: logró
que el ajedrez estuviera en la primera página de los periódicos de
todo el mundo durante dos meses, lo que conllevó que se agotaran
los juegos, libros y relojes.
Frank Brady • 7

Es muy lógico, por tanto, que muchos aficionados no duden al


etiquetarlo como “el mejor de todos los tiempos”, aunque también
sea muy discutible, por dos razones: en ajedrez, más que en ningún
otro deporte, el campeón actual tiende a ser el mejor de la histo­
ria, en términos absolutos, porque ha estudiado minuciosamente a
todos los anteriores; y su desaparición de la vida pública durante
veinte años, que podrían haber sido muy prolíficos para el ajedrez,
cuenta en su contra. En todo caso, y sobre todo si sólo contamos
su trayectoria hasta 1972, es sin duda uno de los ajedrecistas más
importantes y carismáticos que han existido. Nunca olvidaré lo que
Magnus Carlsen me dijo sobre Fischer el día de su fallecimiento, 17
de enero de 2008, cuando Magnus sólo tenía 17 años: “Lo que más
me impresiona de Fischer es su capacidad para que nos parezca
fácil lo que en realidad es muy difícil. Yo intento imitarlo”. Creo que
es una brillante definición de la genialidad hecha por otro genio.
Frank Brady, el autor de este magnífico libro, pasa de puntillas
sobre todos los aspectos negativos que he reseñado en los párrafos
anteriores. Es comprensible, en el sentido de que cuando alguien se
sumerge de manera tan profunda en un personaje, a quien además
admira con fervor, resulta muy difícil ser objetivo y minucioso en
los aspectos críticos. Pero es un error, en lo que atañe a responsa­
bilidad moral, porque Fischer es también un ejemplo perfecto de
lo que no debe permitirse jamás a los niños y niñas superdotados
para cualquier arte, ciencia o deporte: que se obsesionen con su
pasión y no sean educados de manera equilibrada e integral como
seres humanos. Que nadie interprete estas líneas como una crítica
a Regina, la madre de Fischer, cuyas circunstancias personales son
muy peculiares, como el lector apreciará en cuanto se sumerja en
el libro. Pero es obvio que, por las razones que fueran, la educación
del genial Fischer fue un desastre, y es bien sabido que la fronte­
ra entre la genialidad y la locura es muy estrecha. Los psiquiatras
con quienes he hablado sobre ello coinciden en que una educación
equilibrada hubiera podido aminorar mucho —o incluso evitar­
los problemas mentales de Fischer.
Hay otro asunto no menos doloroso para quienes admiramos a
Fischer: su utilización despiadada por el Gobierno de EEUU, cuya
actitud en este asunto permite comprender mejor lo que ocurre
en ese país con la pena de muerte o la tenencia de armas de fuego.
Ensalzado hasta el límite por su gran victoria patriótica sobre el
demonio comunista, nadie, desde la administración, se ocupó de él
8 • ENDGAME
durante los 20 años posteriores, cuando necesitaba ayuda urgente.
Su detención y maltrato por la policía de Pasadena en 1981 son
muy significativos.
Y lo peor es lo que le hicieron a partir de 1992. Para empezar,
ya es muy discutible que se acuse a un ajedrecista —antes, gloria
nacional— de romper el embargo contra Yugoslavia por jugar un
duelo de revancha contra Spassky. Pero, aunque ello fuera admisi­
ble, no lo es que una orden de busca y captura por tal motivo siga
vigente doce años después, cuando lo arrestan en el aeropuerto de
Tokio. Y menos aún que el Gobierno de EEUU se empeñe en soli­
citar su extradición —hasta que, en una actitud ejemplar, el Parla­
mento de Islandia le otorga asilo político—, sin tener en cuenta los
antecedentes ni el ya evidente deterioro de su salud mental. Fischer
es también un ejemplo perfecto de cómo los gobiernos pueden uti­
lizar a los genios de manera infame.
Este libro es una obra excelente en todo lo demás, y su
traducción al español era imprescindible. Porque Fischer es un
personaje de película de Óscar, que además cambió la historia.
Aunque Kárpov, Korchnói y Kaspárov sean también héroes
excepcionales, novelescos, su fama hubiera sido muy inferior sin
Fischer. De hecho, creo que puedo ampliar lo afirmado sobre mí
en el primer párrafo: sin Fischer, el ajedrez sería hoy muy distinto,
probablemente mucho peor.
FIN
NO
TAD
ELA
UTO
R
C OMO PERSONA QUE conoció a Bobby Fischer desde que era
bastante joven, me han preguntado cientos de veces: “¿Cómo era
realmente Bobby Fischer?” Este libro es un intento de responder
a esa pregunta. Pero una advertencia a aquellos que pasen estas páginas:
abundan las contradicciones. Bobby era reservado, aunque sincero; ge­
neroso, aunque excesivamente frugal; ingenuo, aunque bien informado;
cruel, aunque amable; religioso, aunque herético. Sus partidas estaban re­
pletas de encanto, belleza y sentido. Sus extravagantes declaraciones esta­
ban llenas de crueldad, prejuicios y odio. Y aunque durante décadas puso
la mayoría de su energía y pasión en la búsqueda de la excelencia en el
ajedrez, no era el erudito idiota que normalmente representaba la prensa.
Como observó Virginia Woolf en su único intento de escribir una bio­
grafía, la del artista Roger Fry: “Una biografía se considera completa so­
lamente si representa seis o siete personalidades. En cambio, una persona
puede tener sin problemas hasta un millar”. Muchas vidas, y un segundo
y hasta tercer acto, componen el drama de Bobby Fischer, pero mi intento
es delinear sólo una de las personalidades caleidoscópicas de Fischer —la
de un genio, un guerrero torturado interiormente— y captar sus identi­
dades y papeles cambiantes en ese marco. Alfred Binet, célebre psicólogo,
señalaba que si pudiéramos observar el interior de la mente de un jugador
de ajedrez, veríamos “un mundo entero de sentimientos, imágenes, ideas,
emociones y pasiones”. Y así ocurría con Bobby: su cabeza no solamente
estaba llena de bytes de ajedrez, conexiones informáticas espectrales en
una cuadrícula de sesenta y cuatro escaques, sino también de poesía, can­
ciones y lirismo.
Pido disculpas por mis especulaciones recurrentes en este libro, pero
14 • ENDGAME
las motivaciones de Fischer imploran ser entendidas. Cuando utilizo con­
jeturas, informo debidamente al lector. Para vivificar la extraordinaria
vida de Bobby, a veces uso técnicas de novelista: elaboración del escena­
rio, magnificación de los detalles, fragmentos de diálogo y revelación de
estados internos. Pero mi utilización de estos recursos siempre se basa en
mi investigación, recuerdos y estudio del hombre. Quiero que los lectores
—jueguen o no al ajedrez— tengan la sensación de estar sentados al lado
de Bobby, en su parte del tablero, o en la intimidad de su hogar, sintiendo
la velocidad de sus triunfos, el dolor de sus derrotas y el veneno de su ira.
He seguido la biografía de Bobby Fischer desde que lo conocí —en un
torneo de ajedrez cuando él era un niño y yo, un adolescente— durante
todo el recorrido hasta su sepultura en el área campestre de Islandia, leja­
na y azotada por el viento. A lo largo de los años, jugamos cientos de parti­
das juntos, comimos en restaurantes de Greenwich Village, viajamos a tor­
neos, asistimos a cenas y caminamos por las calles de Manhattan durante
horas. Estaba a años luz de mí en habilidad ajedrecística, pero a pesar de la
amplia brecha que nos separaba, siempre encontrábamos el lazo. Conocí a
su familia y tuve muchas conversaciones sobre Bobby con su madre.
Aunque Bobby y yo éramos amigos, en una relación tempestuosa que
duró años y con el tiempo terminó, también fui testigo oficial privilegiado
de su grandeza. Como director de uno de sus primeros torneos importan­
tes que jugó de niño, noté su tenacidad. Como árbitro cuando consiguió
su histórico 11-0 ganando todas las partidas del campeonato de Estados
Unidos en 1963-64, estaba al lado de su tablero y presencié su orgullo por
el logro. Y como árbitro inicial para Bobby cuando le prohibieron viajar
a Cuba para el torneo internacional de La Habana y le obligaron a jugar
de manera remota, a través de un teletipo, pasé horas con él en una sala
cerrada del club de ajedrez Marshall y presencié cómo su concentración
profunda se veía comprometida por la fatiga.
Aunque Endgame incluye muchos incidentes de los que fui testigo pre­
sencial o en los que participé, el libro no son mis memorias, y he intentado
permanecer lo más invisible posible. A través de una investigación origi­
nal, el análisis de documentos y cartas hasta ahora sin utilizar, y cientos
de entrevistas con personas que le conocían o tenían una perspectiva di­
ferente sobre Bobby, he tratado de captar la historia de cómo no sólo se
transformó a sí mismo, sino también de cómo, a través de una alquimia
misteriosa, afectó a la imagen y el estatus del ajedrez en las mentes de m i­
llones de personas. Y también de cómo, de manera inesperada, vio su vida
entrecruzada con la Guerra Fría.
Frank Brady • J5

Principalmente como resultado de su carisma y sus disputas amplia­


mente difundidas, su victoria del campeonato mundial provocó más furor
y atención —y más consciencia del juego por el público general— que
cualquier otro acontecimiento ajedrecístico de la historia. Bobby tenía una
relación incómoda con su extraordinaria fama y con el tiempo aumentó
su desprecio. La mirada intrusiva del público fue lo que provocó que, en
los últimos años, llevara una vida decididamente solitaria, casi hermética.
Para este libro, he tenido acceso a parte de los archivos de la KGB y
el FBI sobre Bobby y su madre; los archivos me proporcionaron, además
de datos, información concreta que corrige las versiones publicadas con
anterioridad sobre su vida (incluyendo las mías).
Durante la investigación para Endgame, llegó a mis manos un ensayo
autobiográñco —que nunca había sido publicado— que Bobby escribió
cuando era adolescente, toscamente labrado pero introspectivo, que ofre­
cía de muchas maneras la “historia detrás de la historia” de su vida en
ese momento, especialmente cómo veía su ascenso y cómo era tratado
por varias organizaciones de ajedrez. La información que encontré en ese
ensayo me ayudó a rectificar ideas equivocadas que existían. Además, tuve
acceso a los archivos personales de su mentor ajedrecístico, Jack Collins,
y a los de la madre de Bobby, Regina Fischer. Esos tesoros inestimables de
cartas, fotos y recortes de periódicos han sido un recurso importante para
este libro. Leer una carta de Bobby a Jack Collins, escrita hace décadas, es
como revivir a Bobby.
Tanto si se admira o se desprecia a Bobby Fischer —y es bastante sen­
cillo hacer ambas simultáneamente, como van a mostrar estas páginas—,
espero que su historia demuestre que, aunque tenía un alma sumamente
atormentada, era un artista grande y serio, que tenía una pasión por co­
nocer.
No podemos —ni quizás deberíamos— perdonar los perversos ata­
ques políticos y antirreligiosos de Bobby Fischer, pero no debemos olvi­
dar su brillantez auténtica en el tablero de ajedrez. Después de leer esta
biografía, aconsejo que el lector vea y analice sus partidas —testimonio
verdadero de quién era y su legado final.
Había un muchacho; un jugador rt)
ep
ald
(fin
M
A
G
D
N
E
=# de ajedrez, que en una oca­
sión había revelado que parte de su habilidad consistía en una
visión interior de los movimientos posibles de las piezas, a las que
veía como objetos con estelas centelleantes y móviles de luz de
color. Apreciaba un diagrama animado de movimientos posibles y
elegía aquellos que reforzaban el diseño y aumentaban las tensio­
nes. Cometía errores cuando, en lugar de seleccionar las líneas de
-luz más resistentes, escogía las más bellas.

_Fragmento de La virgen en el jardín, A. S. Byatt


Delasoledad
1alapasión
NO PUEDO RESPIRAR! ¡No puedo respirar! Los gritos de Bobby
Fischer fueron silenciados por la capucha negra firmemente
amarrada a su cabeza. Sentía que se asfixiaba, al borde de la
muerte. Agitó su cabeza con furia para aflojar la capa.
Dos guardias de seguridad japoneses le retenían en el suelo de la celda
llena de luz; uno sentado sobre la espalda y fijándole los brazos a los lados,
el otro sujetándole las piernas —como liliputienses sobre un Gulliver de­
rrotado—. Los pulmones de Bobby estaban comprimidos y no podían re­
cibir suficiente aire. Sentía como si su brazo derecho estuviera roto debido
al altercado que acababa de ocurrir; sangraba por la boca.
Así es como voy a morir, pensó. ¿Llegará a saber alguien la verdad
sobre cómo fu i asesinado?
Reflexionó en la oscuridad, incrédulo porque un pasaporte supues­
tamente anulado le hubiera convertido en un recluso. El escenario ha­
bía evolucionado rápidamente. Era 13 de julio del 2004. Después de
pasar tres meses en Japón, iba a embarcar hacia Filipinas. Había llega­
do al aeropuerto de Narita, en Tokio, unas dos horas antes de su vue­
lo. En el mostrador, un funcionario de inmigración había comproba­
do su pasaporte de forma rutinaria, anotando el número: Z7792702.
Sonó un timbre discreto y una luz roja empezó a brillar lentamente.
—Siéntese por favor, Sr. Fischer, hasta que lo verifiquemos.
Bobby estaba preocupado, pero todavía no estaba asustado. Había
estado viajando durante doce años por Hungría, Checoslovaquia,
Alemania, Filipinas, Japón, Austria y otros países, sometiéndose a
22 • ENDGAME
los trámites aduaneros y cruzando las fronteras sin ningún incidente.
Tuvieron que añadir páginas adicionales a su pasaporte porque ya no
quedaba espacio para marcar las fechas de sus entradas y salidas, pero ese
cometido ya había sido llevado a cabo en la embajada americana de Berna,
Suiza, en noviembre de 2003.
Su preocupación se debía a que el gobierno estadounidense quizás le
hubiera pillado. Había infringido las sanciones económicas impuestas por
el Departamento de Estado a Yugoslavia por jugar un encuentro de ajedrez
de 5 millones de dólares contra Boris Spassky en Sveti Stefan, Montenegro,
en 1992, y en aquel momento se emitió una orden de detención. Si volvía
a Estados Unidos, tendría que ser procesado, y la pena, si se le condenaba,
oscilaría entre diez años de cárcel, 250.000 $ de multa, o ambas. Un amigo
suyo llamó al Departamento de Estado a finales de la década de 1990 y
preguntó si Bobby podría volver a casa.
—Por supuesto que puede —dijo el portavoz—. Pero en cuanto llegue
al aeropuerto, lo pillaremos.
Como un hombre sin patria, al final Bobby decidió instalarse en
Hungría y no volvió a saber nada más del gobierno americano. Después
de haber pasado doce años, se imaginaba que mientras estuviera lejos de
Estados Unidos, estaría a salvo.
Se sentó donde le habían dicho, pero el miedo empezó a aparecer.
Finalmente, un funcionario de inmigración pidió a Bobby que le
acompañara abajo. —Pero voy a perder mi vuelo. —Lo sabemos —fue la
autoritaria respuesta.
Escoltado por guardias de seguridad por un vestíbulo largo,
oscuro y estrecho, Bobby pidió saber qué estaba ocurriendo.
—Sólo queremos hablar con usted —dijo el funcionario. —¿Hablar
sobre qué? —preguntó Bobby. —Simplemente hablar —fue la respuesta.
Bobby se detuvo y se negó a moverse. Llamaron a un traductor para
garantizar que no hubiera confusiones. Bobby habló con él en inglés y en
español. Llegaron más guardias de seguridad, hasta casi quince hombres
rodeaban al antiguo campeón del ajedrez en un círculo desalentador y
silencioso.
Al final apareció otro funcionario y le enseñó a Bobby una or­
den de detención, que indicaba que viajaba con un pasaporte in­
válido y que estaba arrestado. Bobby insistió en que su pasaporte
era totalmente legal y no expiraba hasta dos años y medio después.
—Quizás puedas llamar a un representante de la embajada estadouniden­
se para que te ayude —le dijeron. Bobby movió la cabeza.
Frank Brady • 23

—La embajada estadounidense es el problema, no la solución —mur­


muró.
Su temor era que un representante del Departamento de Estado pudie­
ra venir al aeropuerto con una orden judicial e intentara extraditarle
a Estados Unidos para procesarle. Quiso llamar a uno de sus amigos del
ajedrez japoneses para pedir ayuda, pero Inmigración le denegó el acceso
a un teléfono.
Bobby se giró y empezó a marcharse. Un guardia le cerró el paso.
Otro le intentó esposar y él comenzó a retorcerse y girarse para impedir el
proceso. Varios de los guardias empezaron a golpearle con porras y puños.
Él contraatacó, golpeando y gritando, y llegó a morder a uno de los guardias
en el brazo. Finalmente, cedió. Media docena de guardias le levantaron
en el aire y le cogieron de manos y piernas. Bobby siguió retorciéndose
para soltarse mientras los guardias se esforzaban por llevarle a un destino
desconocido. Pataleaba tan frenéticamente que casi libera sus manos. Fue
en ese momento cuando le pusieron la capucha negra en la cabeza.
¿Qué había ocurrido desde que Bobby supo que su pasaporte era
válido? Sus comentarios sobre los judíos y los crímenes de Estados
Unidos lo habían provocado, pero como ciudadano americano ¿no estaba
protegido por la Primera Enmienda? De todos modos, ¿qué tenían que ver
sus opiniones con su pasaporte?
“Puede que fueran los impuestos”. Desde su demanda infructuosa de
1976 contra la revista Life y uno de sus periodistas por incumplimiento
de contrato, estaba tan indignado con el sistema de jurisprudencia que se
negó a pagar impuestos.
Respirando con dificultad, Bobby intentó alcanzar un estado Zen para
aclarar su mente. Dejó de resistirse y su cuerpo se relajó. Los guardias
notaron el cambio. Soltaron sus brazos y piernas, se levantaron, le quitaron
ceremoniosamente la capucha y salieron de la celda. Le habían quitado
los zapatos, el cinturón, la cartera y —para su mayor consternación— la
funda de cuero de búfalo para el pasaporte que había comprado en Viena
años atrás. Pero estaba vivo... al menos por ahora.
Cuando miró hacia arriba, vio a un hombre anodino con una cámara
de vídeo grabándole discretamente a través de los barrotes. Tras unos
minutos, el hombre desapareció. Bobby escupió un trozo de diente que le
habían roto con uno de los puñetazos o cuando le habían lanzado al suelo.
Puso el trozo en su bolsillo.
Tumbado en el frío suelo de cemento, sintió que su brazo vibraba de dolor.
¿Cuál sería el siguiente movimiento y quién lo haría? Se quedó dormido.
24 • ENDGAME

X
Cua*rentay*ochoa*ñosantes,agostode1956.
Visualizando su peón blanco dos escaques delante de su rey en un ta­
blero ajedrez imaginario, un Bobby Fischer de trece años anunciaba su
primer movimiento a su oponente, Jack Collins: “ Peón cuatro rey”. Bobby
usaba una forma de notación que describía el movimiento de las piezas
hacia varios escaques. Mientras hablaba, hizo un ligero movimiento in­
consciente con la cabeza, una inclinación casi imperceptible, com o si m o ­
viera el peón invisible hacia adelante.
Collins, un hombre de pequeñas dimensiones cuyas piernas, mal desa­
rrolladas, le impedían caminar, era llevado en silla de ruedas a lo largo de
las calles de la ciudad de Nueva York por un criado negro llamado Odell.
El hombre era tan fuerte que, antes de que existieran las rampas para dis­
capacitados, levantaba a Collins y la silla al mismo tiempo, hacia arriba y
abajo en las escaleras de casas o restaurantes. Odell nunca hablaba mucho,
pero era simpático y tremendamente leal a Collins, y cuando conoció a
Bobby sintió un afecto especial por el joven.
Caminando al lado de Collins estaba su hermana, un poco más joven
que él. Ethel era una enfermera diplomada, rolliza pero hermosa, que casi
siempre estaba a su lado. Adoraba a su hermano y renunció a todo —in ­
cluso al matrimonio— por cuidar de él. Aunque Jack y Ethel acababan
de conocer a Bobby aquel verano, rápidamente se convirtieron en padres
sustitutos para él.
El cuarteto, al estilo Fellini, hablaba en un lenguaje arcano y hacía re­
ferencia a personas con títulos feudales que vivieron siglos antes. Mientras
caminaban a lo largo de la manzana de Brooklyn desde Lenox Road y
Bedford Avenue hacia la clamorosa, en ocasiones, Flatbush Avenue, susci
taban la curiosidad de los viandantes. Pero ellos no se avergonzaban, enre­
dados en su propio mundo que abarcaba múltiples continentes y m iles de
años y estaba habitado por reyes y cortesanos, rajás y príncipes. El destino
del grupo era el restaurante chino Silver Moon.
—Peón cuatro alfil dama -respondió Collins en un basso profundo
que podía escucharse desde el otro lado de la calle.
De la misma forma que un músico experto es capaz de leer una partitu­
ra y escuchar la música en su cabeza, un maestro del ajedrez con una gran
memoria puede leer la anotación de una partida e imaginarla. El com po­
sitor Antonio Salieri lloraba de alegría leyendo partituras de Mozart antes
de que actuaran. Del mismo m odo, algunos jugadores de ajedrez pueden
Frank Brady • 25

emocionarse al volver a jugar mentalmente una partida brillante llevada a


cabo por algún gran maestro.
En este caso, Fischer no sólo estaba visualizando una partida sinlas
ventajas de un tablero, las piezas o la puntuación impresa; estaba creándolo,
componiéndolo en su mente como una película. Mientras Collins y él
paseaban por Flatbush Avenue, jugaban a lo que se llama “ajedrez a la ciega”,
una forma de juego practicada a lo largo de los siglos. Existen reportes que
se remontan al año 800 d. C. de los árabes nómadas que jugaban a un
tipo de ajedrez sin tablero y a ciegas mientras montaban en camello. Para
muchos jugadores de ajedrez —y especialmente para aquellas personas
que no conocen el juego— ver a dos jugadores compitiendo sin poner la
vista en un tablero puede causar gran sorpresa. Las asombrosas proezas de
memoria que se muestran pueden parecer casi místicas.
Collins estaba más que bien instruido en teoría de la estrategia. Era
coautor de la entonces última edición de la biblia moderna del ajedrez,
Aperturas modernas de ajedrez, que contenía miles de variantes, posicio­
nes, análisis y recomendaciones. Bobby, que se estaba convirtiendo en el
discípulo de Collins, había estado estudiando partidas pasadas y actuales
durante años y había empezado a hojear la biblioteca de Collins, en la que
había cientos de libros y publicaciones.
Estaba húmedo, amenazando con lloviznar. A principios de año, Fis­
cher se había convertido en campeón juvenil en un torneo en Filadelfia y
acababa de volver del Campeonato Abierto de Estados Unidos, en la ciu­
dad de Oklahoma. Era el jugador más joven, con trece años, que competía
en ese acto. Collins era un antiguo campeón del estado de Nueva York,
un jugador de torneos veterano, y un maestro célebre de este juego. Tenía
cuarenta y cuatro años.
La extraña pareja seguía jugando a su juego invisible. Bobby controla­
ba mentalmente las piezas blancas; Collins, las negras. Conforme la com­
petición oscilaba, cada jugador actuaba como depredador y presa.
Bobby siempre había sido bajito para su edad, y todavía medía unos
1,60 metros solamente, pero estaba empezando a salirse de su ropa y cre­
cía rápidamente. Cuando tenía dieciocho, alcanzó una altura de casi 1,90
metros. Sus ojos eran brillantes, color avellana, y tenía una sonrisa res­
plandeciente que dejaba al descubierto sus dientes y una pequeña sepa­
ración entre los dos frontales. Su sonrisa radiante era la de un niño feliz
que quería gustar o, al menos, ser interesante. Esa noche, vestía un polo,
pantalones marrones de pana —aunque era agosto— y unas zapatillas de
5 $ estropeadas, blancas y negras. Su voz era ligeramente nasal, quizás
26 • ENDGAME
porque tenían que extraerle las amígdalas y las vegetaciones. Su cabello
era castaño, copetudo y tenía un corte militar, como si su madre, Regina,
o su hermana, Joan, se lo hubieran cortado un día y desde entonces ya no
lo hubiera tocado peine ninguno. Bobby parecía más un muchacho de una
granja de Kansas que un chico de las calles de Brooklyn.
Normalmente iba unos pasos por delante de Collins y los demás,
queriendo ir más deprisa pero ralentizando a regañadientes para anunciar
sus movimientos o recibir una respuesta de su maestro. La respuesta de
Bobby al movimiento de Collins siempre era instantánea y emergía de
alguna parte en lo profundo de su inconsciente mientras visualizaba alfiles
corriendo a toda velocidad por las diagonales, caballos catapultando
piezas y peones, y torres tomando escaques decisivos. De vez en cuando
rompía su gimnasia mental, dejando su tablero imaginario, para mover
un bate de béisbol fantástico y golpear una bola invisible hacia las gradas
del campo izquierdo del Ebbets Field en su mente. Más que un campeón
de ajedrez, el joven Bobby Fischer quería ser Duke Snider, el legendario
jugador de béisbol de los Brooklyn Dodgers.
Era increíble que Fischer, con trece años, pudiera sobresalir en el aje­
drez a la ciega. Muchos jugadores experimentados no lograban dominar­
lo. No es que el chico prefiriera jugar sin ver el tablero; simplemente quería
estar implicado en el juego cada minuto de su tiempo y el paseo de veinte
minutos desde la casa de Collins hasta el Silver Moon era demasiado largo
para estar sin jugar. No parecía que le distrajera o molestara los bocinazos
del tráfico o la cacofonía de música y voces que se esparcían por la avenida.
Aun a esta temprana edad, Bobby ya había jugado miles de partidas;
muchas de ellas en una forma llamada ajedrez rápido o blitz. En lugar el
tiempo normal de una a dos horas, a menudo el ajedrez rápido sólo dura
diez minutos; cinco minutos o menos si los jugadores quieren retarse aún
más. A veces la regla es que cada movimiento debe completarse en u n
segundo o menos. En esos casos, no hay tiempo prácticamente para re­
flexionar, para dedicarse a ese diálogo interno íntimo: Si muevo mi alfil
aquí y él mueve su caballo allí, quizás debería mover mi dama allá. No,
¡eso no va a funcionar! Después capturaría mi peón. Así que mejor debería
mover en su lugar... Los años de Bobby jugando partidas rápidas intensas
le ayudaron en su habilidad para comprender de forma instantánea las
relaciones de las piezas en el tablero.
Caminando por aquella calle de Brooklyn, Fischer y Collins intercam­
biaban miradas cómplices mientras jugaban. Era como si estuvieran im­
plicados en un ritual secreto. Cuando se acercaban al restaurante, sentían
una presión tácita para terminar la competición, pero no había tiempo
Frank Brady • 2 7

suficiente. En cuanto se acercaban a la entrada principal, cuando habían


hecho unos veinticinco movimientos, Collins ofrecía tablas a Bobby. Su
intención era tener un gesto caballeroso, pero Bobby parecía dolido, casi
insultado. Para él, las tablas eran lo mismo que perder, y consideraba que
su posición era superior. Quería luchar. Sin embargo, en deferencia a su
mentor, las aceptaba a regañadientes. Casi voceaba su respuesta: “Está
bieeen” Después su mente cambiaba de forma inmediata a lo que estaba
esperando: su comida china favorita compuesta por sopa de huevo, chop
suey de pollo, helado de pistacho y un vaso grande de leche forzosamente.

***
Regina Wender Fischer, la madre de Bobby, nació en Suiza y se mudó
con su familia a Estados Unidos cuando sólo tenía dos años. Al final de
su juventud —ya graduada en la universidad— viajó a Alemania a visitar
a su hermano, quien estaba emplazado allí como marinero de la Arma­
da de los Estados Unidos. En Berlín, el genetista americano Hermann J.
Muller (quien después ganó un premio Nobel en fisiología) la contrató
como secretaria e institutriz de su hijo. Muller y Regina se habían conoci­
do cuando iba a clase en la Universidad de Berlín y se respetaban el uno
al otro: ella admiraba su brillantez y humanismo, y él la apreciaba porque
sabía alemán, escribir en taquigrafía y era una rápida mecanógrafa. Ade­
más, era lo suficientemente lista como para entender y mecanografiar con
exactitud sus complejas reflexiones químicas y genéticas. Muller la animó
a estudiar medicina e iba con él a Rusia cuando tenía alguna cita en Le-
ningrado o Moscú —con el tiempo, continuarían en contacto durante más
de cincuenta años. Estudió en el Primer Instituto Médico de Moscú entre
1933 y 1938.
Hubo otra persona, un socio de Muller, que también viajó a Rusia. Al
socio, un biofísico, se le conocía por aquel entonces como Hans Gerhardt
Fischer, pero había cambiado su nombre, Leibscher, para que sonara me­
nos judío cuando se arraigó el antisemitismo en Alemania. Fischer consi­
guió trabajo en el Instituto del Cerebro de Moscú, y en noviembre de 1933
Regina, que tenía 20 años entonces, y él se enamoraron y se casaron en
Moscú. Unos años después de la boda nació su hija Joan. Conforme el an­
tisemitismo empezaba a sustentarse en la URSS con Stalin, la joven pareja
se dio cuenta de que tanto ellos como su hija estaban en peligro. Aunque
Regina había pasado seis años estudiando para ser física, dejó su carrera
antes de terminarla, se llevó a su bebé a París y se instaló allí, mientras
trabajaba como maestra de inglés.
28 I ENDGAME
Hans Gerhardt y ella se habían' separado antes de que dejara Moscú,
aunque legalmente aún eran marido y mujer. Como era probable que Ale­
mania invadiera Francia dentro de poco, Regina, de nacionalidad esta­
dounidense, consiguió llevar a Joan a Estados Unidos, pero Hans Gerhardt,
quien se había mudado a París para estar cerca de su hija, era alemán, por
lo que no le permitían entrar en Estados Unidos. Haciendo frente a un
destino incierto, dejó Europa y finalmente se instaló en Chile. Regina se
divorció de él por impago de la pensión alimenticia en 1945, cuando vivía
en Moscú, Idaho. La coincidencia de que tanto la boda como el divorcio
después tuvieran lugar en ciudades llamadas Moscú fue lo suficientemente
irónica como para que apareciera en los titulares de los periódicos locales.
Regina Fischer no tenía una residencia fija a principios de la década de
1940. Llevaba a Joan de un lugar a otro mientras Estados Unidos luchaba
por acabar con la Gran Depresión y entraba en la Segunda Guerra Mun­
dial. Su hija y ella apenas superaban el umbral de pobreza. En junio de
1942, Regina se quedó embarazada de su segundo hijo, Bobby, y mandó a
Joan, de cinco años de edad, a San Luis con el padre de Regina, Jacob Wen
der, durante su embarazo. Cuando Bobby nació en el hospital Michael
Reese de Chicago, el 9 de marzo de 1943, Regina no tenía hogar. Llamó a
su recién nacido Robert James Fischer y registró a Hans Gerhardt Fischer
como padre en el certificado de nacimiento, a pesar de que él nunca había
entrado a Estados Unidos. Después de pasar una semana en el hospital,
Regina y su bebé se mudaron al Sarah Hackett Memorial House, un hos­
picio para madres solteras que no disponían de recursos para mantener
su bienestar o el de sus hijos. Una vez allí, Regina llamó a su padre y le
dijo que trajera a Joan a Chicago para estar con ellos, pero el hospicio se
negó a facilitarle alojamiento para su hija mayor. Cuando Regina se negó
a marcharse, fue arrestada por un agente del Departamento de Policía de
Chicago por alteración del orden público, por lo que Bobby, Joan y ella
se vieron obligados a mudarse. Renunció a un juicio mediante jurado, se
ordenó que le realizaran un examen psiquiátrico y un juez la declaró no
culpable. El extraño informe del psiquiatra manifestaba que Regina tenía
una “personalidad poco natural (paranoica), quejumbrosa, pero no psicó
tica”. Inmediatamente después, consiguió trabajo como mecanógrafa en la
empresa Montgomery Ward y se mudó a un apartamento económico de
una habitación en el sur de Chicago. La dirección de Bobby Fischer fue
South Lake Park Avenue, n.° 2840, durante sus primeras semanas de vida.
Mientras Regina luchaba por sacar adelante a sus hijos como madre
soltera, mendigaba dinero a los organismos de bienestar social judíos y
otras instituciones sociales, a su padre, Jacob Wender, y a cualquiera a
Frank Brady • 2 9

quien pensara que podía dirigirse. Tenía dinero disponible, pero nunca
era suficiente y llegaba demasiado despacio. Regina, quien siempre afron­
taba dificultades financieras y no tenía el apoyo de un marido, se dirigió a
cualquier lugar donde pudiera trabajar durante los años de la guerra. Uno
de los primeros recuerdos de Bobby, cuando aún era un niño, fue estar vi­
viendo en una caravana “del oeste”. “Del oeste” podía significar California,
Idaho, Oregon, Illinois o Arizona. La familia vivió en todos esos lugares
antes de mudarse a Nueva York. La flexibilidad y desesperación de Regina
la condujeron a una sorprendente gama de trabajos. Fue soldadora, maes­
tra, remachadora, granjera, ayudante de un toxicólogo y taquígrafa; todo
ello entre principios y mediados de la década de 1940.

*
Bobby, con seis años de edad, analizaba un laberinto. Su intento había

2
durado solamente unos segundos. Alzó su lápiz corto y grueso del número
y empezó a trazar la ruta hacia la doncella encarcelada en la celda de un
castillo que se encontraba en el centro del rompecabezas. Para rescatar­
la, el caballero, armado con una lanza, tenía que determinar el punto de
partida adecuado para llegar hasta la doncella y luego llevarla desde su
prisión hasta el lugar final sin cruzar ninguna línea. Al principio, Bobby
entró al laberinto por la esquina superior derecha. Labrando su camino
apresuradamente a través de callejones, círculos, glorietas y barreras, se
vio atrapado en un callejón sin salida, estancado y derrotado.
Rápidamente borró su trabajo, dejó su lápiz y analizó el problema
que se le presentaba, decidiendo que si empezaba el trayecto desde una
esquina diferente del rompecabezas, quizás pudiera acceder a la celda de
la doncella. Dejó que sus ojos examinaran el resto de los puntos de partida
posibles —superior izquierda, inferior izquierda e inferior derecha— y
a continuación, en forma de razonamiento regresivo, rastreó el camino
desde la princesa hasta el caballero. Después de varios minutos se dio
cuenta de había un camino, y sólo uno, que le dirigiera hacia la doncella:
empezando por la esquina inferior izquierda. Una vez que entendió el
algoritmo del laberinto, cogió de nuevo su lápiz, atacó el problema de raíz
y terminó la tarea.
Su siguiente tarea —conseguir el tesoro que había dejado un minero de
oro en un laberinto más difícil e intrincado— al principio le decepcionó
cuando intentó resolverla antes de tiempo, sin suficiente análisis. Tiró su
lápiz debido a la frustración y agarró otro lápiz de color marrón, pero esta
vez se detuvo. Pronto vio clara la respuesta y se sintió tonto por no haberla
30 • ENDGAME
visto de inmediato. “¡Mira, Joanie!”, dijo orgulloso a su hermana de once
años. Ella asintió dándole su aprobación.
Bobby se sintió interesado por el parcheesi durante un tiempo. Le gus­
taba mover sus fichas de tigres y elefantes entre los bloqueos de su adver­
sario, pero se ponía furioso si, debido a una tirada de dados, le capturaban
y le mandaban a la salida. Otros juegos de mesa, como Trouble y Sorry,
también le causaban problemas: si un golpe de mala suerte obstaculizaba
sus planes, se enfadaba y dejaba el juego. Al final descartó todos los juegos
de azar.
Para mantener ocupado al inquieto Bobby —en el lenguaje actual se
hubiera hecho referencia a él como hiperactivo—, Regina le compró libros
como 50 puzles de imágenes alegres para niñas y niños y Puzles para lápiz:
Afila tu lápiz, afila tu ingenio, que contenía laberintos, puzles de imáge­
nes y juegos de palabras. Bobby siempre iba primero a los laberintos. Más
tarde se enamoró de los rompecabezas japoneses y los puzles tridim en­
sionales de madera con forma de automóvil o animal. Desmontaba las
alrededor de quince piezas y extendía el tapete de forma aleatoria sobre
la mesa o el suelo para ver después lo rápido que podía montarlas. La ve­
locidad del logro era tan importante para él como resolver el misterio de
los rompecabezas.

*
Frank Brady • 31

guna vez un juego de ajedrez, pero siguieron las instrucciones impresas en


el interior de la parte superior de la caja, mientras Joan actuaba como pro­
fesora e iba averiguando las normas. Después de describir las piezas por
su nombre, las reglas continuaron con la explicación de las complejidades
sobre cómo mover cada una de ellas: “La dama se mueve en cualquier
dirección tantos escaques como sea posible; el caballo se mueve en forma
de L y puede saltar por encima de otras piezas y peones”, etc. Solamente
se ofrecían algunas pistas rudimentarias más, como que las blancas tenían
que moverse primero y que el objetivo del juego era hacer jaque mate, no
capturar, al rey.
“Ninguna de las personas que conocíamos había jugado alguna
vez al ajedrez y nunca vimos a nadie jugar”, escribiría Fischer más tar­
de. Es imposible saber con certeza si Bobby ganó la primera partida
que jugó, pero es probable que lo hiciera, dada su tendencia a resolver
rompecabezas rápidamente y el hecho de que su primera adversaria
fuera su hermana, quien no tenía una particular afición por el ajedrez.
“Al principio era sólo un juego más”, recordaba Bobby, “simplemente un
poco más complicado”.
Joan, ocupada con sus deberes —era una estudiante sobresaliente— se
desinteresó rápido por el ajedrez y no tenía tiempo para ello, así que Bobby
enseño los movimientos a su madre. Bobby dijo más adelante: “Estaba de­
masiado ocupada como para tomarse el juego en serio. Por ejemplo, trata­
ba de pelar patatas o coser rotos mientras jugaba, lo cual, por supuesto, me
molestaba muchísimo. Después de que vencerla, daba la vuelta al tablero y
seguía jugando con ella hasta que le ganaba por segunda vez. Ambos nos
cansamos de esto y yo buscaba a alguien con quien jugar al ajedrez todo el
tiempo”. El hecho de que Bobby, de seis años, ganara a Regina, de treinta y
seis, y Joan, de once, aun siendo ambas tan brillantes, es significativo para
comprender el rápido desarrollo de su dominio del ajedrez y de él mismo.
Esto le dio confianza al niño y desarrolló su autoestima. El problema era
que ni su madre ni su hermana querían jugar realmente. “Mi madre no
tiene aptitudes para el ajedrez”, contó Bobby una vez a un entrevistador,
“Es un desastre”.
Como Bobby no pudo encontrar un adversario digno, o adversario al­
guno, se convirtió en el principal rival de sí mismo. Colocaba las piezas en
su tablero diminuto y jugaba solo una partida tras otra; primero hacién­
dose cargo de las piezas blancas y luego girando el tablero, momento en el
que frecuentemente algunas piezas se caían al suelo. Se lanzaba a por ellas,
las volvía a colocar deprisa en sus escaques y después jugaba con las piezas
negras. Tratar de ser más listo que uno mismo requería una actitud mental
32 • ENDGAME
fuera de lo normal. Las negras, por ejemplo, sabían lo que iban a hacer las
blancas, y viceversa, porque Fischer movía tanto unas como otras. Por lo
que la única forma de que el juego tuviera sentido era que Bobby analizara
el tablero de nuevo después de cada uno de los movimientos, fingiendo
que estaba jugando contra un adversario real. Intentaba olvidar lo que
acababa de planear para cuando estuviera jugando en el otro lado. En su
lugar, intentaba descubrir cualquier trampa u obstáculo latente en la posi­
ción de su “rival” y respondía en consecuencia. Para algunos, dicha pautas
podrían parecer simplistas, exasperantes o incluso esquizofrénicas. Sin
embargo, le ofrecieron a Bobby la percepción del tablero, el movimiento
y la función de las piezas, y la coreografía de cómo podía desarrollarse
una partida de ajedrez. “Al final ganaba al otro chico”, reía entre dientes al
describir la experiencia años después.

***
En otoño de 1950, Regina trasladó a su familia fuera de Manhattan,
cruzando el puente de Brooklyn, donde alquiló un apartamento asequible
cerca de la intersección de las Union Street y Franklin Street. Era algo
temporal: estaba intentando acercarse a un barrio mejor. Privada de su
carrera médica en Rusia a causa de la guerra, en ese momento se había
decidido a conseguir un diploma de enfermería. En cuanto se inscribió en
la escuela de enfermería de Prospect Heights, la familia itinerante Fischer,
ciudadanos de ninguna parte, se mudó de nuevo —su décimo traslado en
seis años— a un apartamento de dos habitaciones por 52 $ mensuales en
Lincoln Place, n.° 560, en Brooklyn. Regina no sentía vergüenza por pedir
lo que ella o sus hijos necesitaran y buscaba vecinos que le ayudaran a
transportar, caja a caja, las escasas pertenencias de la familia unas cuantas
manzanas en Eastern Parkway hacia lo que esperaba que fuera un hogar
algo más duradero. Aunque el pequeño apartamento estaba en un edificio
de tres pisos sin ascensor, su cercanía a la escuela de enfermería permitía
que Regina cuidara de sus hijos al mismo tiempo que asistía a clase. Bobby
y Joan tenían una habitación para ellos solos y Regina dormía en un sofá
cama en la sala de estar. Además, este apartamento se encontraba en un
barrio mejor. Flatbush era un barrio judío de clase media, que empezaba a
estar habitado por otras minorías étnicas y desde el que se podía ir andan­
do hasta el exuberante parque Prospect y los jardines botánicos, además
de una de las mejores bibliotecas de la ciudad en Grand Army Plaza.
Bobby, que por aquel entonces tenía siete años, odiaba su nuevo entor­
no. Cuando el frío o la lluvia le obligaban a no salir, no era capaz de encon­
trar ningún lugar donde jugar en el edificio, e incluso en días mejores Re­
Frank Brady • 33

gina se mostraba reticente a dejar jugar su hijo en la calle sin supervisión.


En ocasiones, Bobby y otro niño que vivía en el edificio corrían arriba y
abajo por las escaleras y los descansillos, jugando a pillar, pero el casero les
reprendía tan a menudo que la administración del edificio impuso por es­
crito la prohibición de cualquier tipo de actividad física ruidosa. A Bobby
le encantaba trepar hasta su cama y luego saltar para ver lo lejos que podía
caer. Se elevaba cada vez más lejos, anotando su progreso. Los inquilinos
del piso inferior se quejaron de los ruidos de los golpes en el techo, y el sal­
to de la cama al suelo también se prohibió. Cuando Bobby creció y empezó
a hacer calistenia, la administración también se opuso. Años más tarde,
Bobby comentó: “Si alguien me preguntara a quién le debo mi (interés por
el) juego de ajedrez, podría decir que al casero”.
Bobby soportaba a regañadientes estar a la atención de Joan, cinco
años mayor, cuando su madre estaba en la escuela o en el trabajo. Regina
estaba ocupada constantemente, trabajando como taquígrafa los días que
no tenía clases de enfermería. Cuando no tenía trabajo, recogía un cheque
por desempleo de 22 $ semanales. También se implicaba intensamente
en actividades políticas, pero siempre se aseguraba de que cuando Bobby
era pequeño tuviera comida y de que alguien —Joan, un vecino o algún
amigo— cuidara de él.
Regina sabía que Bobby era superdotado intelectual, pero al principio
no le consideraba un prodigio. Sin duda alguna, él podía descifrar algunas
cosas más rápido que ella. Veía rápidamente patrones y analogías que le
ayudaban a sacar conclusiones congruentes, como al entender que si un
banco de cierta calle estaba cerrado un día festivo, probablemente uno de
otra calle también lo estaría.
El problema de Bobby era social: desde una edad muy temprana lleva­
ba su propio ritmo, que con frecuencia era opuesto al desarrollo de otros
niños. Su característica distintiva parecía ser una fuerte testarudez. Era ca­
paz de vociferar si no conseguía lo que quería —en cuanto a comidas que
le gustaban o no, cuando iba a dormir (le gustaba echarse tarde) o cuando
salía o se quedaba en casa. Al principio, Regina podía controlarlo, pero
cuando Bobby cumplió seis años, dictaba normas sobre sus propias pau­
tas. Bobby quería hacer lo que él quería —y elegir cuándo, dónde y cómo.
“Cuando tenía siete años”, dijo Joan en una entrevista, “Bobby era
capaz de debatir sobre conceptos como el infinito o hacer todo tipo de
problemas matemáticos, pero si le hubieras pedido que multiplicara dos
por dos, seguramente lo habría hecho mal”. Aunque puede que fuera una
exageración, está claro que Bobby odiaba memorizar cosas que no logra­
ran captar su interés, y las tablas de multiplicar estaban incluidas en esa
34 • ENDGAME
categoría. La historia de que fuera capaz de entender la teoría numérica y
la complejidad de los números primos y sus resultados infinitos, pero no
pudiera realizar multiplicaciones simples es análoga al mito de que Eins
tein no fuera capaz de hacer su propia declaración de la renta.
Regina visitó centros y organismos de orientación para niños superdo
tados, unas veces sola y otras, acompañada de Bobby, para determinar si
podían ofrecerle algún consejo para que su hijo terminara el colegio y es­
tableciera contacto con otros niños. La educación era de vital importancia
para ella. Sentía que Joan recibía estímulo intelectual en casa, pero que ese
fermento creativo que siempre intentaba fomentar estaba teniendo poco
efecto sobre Bobby. Él no tenía ningún interés por los montones de libros
que Regina, una ávida lectora, tenía siempre en casa. Ella era graduada
universitaria, casi médico aunque sin el título, una antigua maestra y una
continua estudiante, y su casa era el lugar de reunión de la intelectuali­
dad que conocía en la escuela o por medio de sus grupos políticos. Por
la noche y durante los fines de semana, frecuentemente tenían lugar ani­
mados debates alrededor de la mesa de su cocina, a veces con amigos —la
mayoría, intelectuales judíos. Los temas a menudo giraban en torno a la
política, las ideas y los problemas culturales. Los argumentos proseguían
con furia sobre Palestina e Israel y la posibilidad de que Eisenhower se
presentara a la presidencia. Cuando murieron, en menos de un mes, dos
grandes educadores, María Montessori y John Dewey, la charla trató sobre
las habilidades de escritura y lectura avanzada y si eran buenas para los
más jóvenes. Bobby y Joan estaban presentes, pero aunque Bobby podía
haberse empapado de algo de lo que se decía, él nunca participaba. Años
después, dejó escapar que odiaba todo ese tipo de charlas.

***
Desde que cumplió seis hasta los doce años, Bobby pasó casi todos los
veranos de campamento, en algún lugar del área triestatal que rodeaba a
la ciudad de Nueva York. El primer o segundo verano, en el campamento
de Patchogue, Long Island, encontró un libro de partidas de ajedrez co­
mentadas. Cuando le presionaron a que recordara el título del libro unos
quince años después, Bobby dijo que puede que fuera Las mejores parti­
das de ajedrez de Tarrasch. Después hizo referencia a Siegbert Tarrasch,
un jugador alemán, como "uno de los diez mejores maestros de todos los
tiempos”. Fuese cual fuese el libro, Bobby llegó a entender cómo seguir las
partidas, que se presentaban movimiento a movimiento utilizando nota­
ción descriptiva de ajedrez (p. ej., P-R4 para “peón a rey cuatro”).
Frank Brady • 35

El resto del campamento casi nunca era divertido. Chub, jugó con
un ternero blanco y negro, se mantuvo con alguna partida esporádica de
softball e hizo un barco en la clase de manualidades —pero aun así no fue
capaz de relacionarse con otros niños. Después de un mes entero fuera,
utilizando una de las postales con sello y dirección anotada previamente
que Regina le había dado, expidió un llamamiento quejumbroso en letras
mayúsculas: MAMÁ, QUIERO VOLVER A CASA.
Poco después, Bobby se olvidó del ajedrez durante un tiempo. Otros
juegos y rompecabezas llegaron a casa y el juego de ajedrez, al que le
faltaban algunos peones, quedó guardado en un armario. No obstante,
después de un año aproximadamente, el ajedrez volvió a su mente. En
invierno de 1950, cuando tenía siete años, le preguntó a Regina si le
compraría otro juego de ajedrez, más grande, en Navidades. Le compró
un juego, más bien pequeño, de madera de poco peso, el cual estaba
almacenado en una caja corredera de madera sin barnizar. Aunque Bobby
abrió su regalo de inmediato, no lo tocó en alrededor de un mes. No tenía
a nadie con quien jugar.
Frecuentemente estaba solo. Cuando llegaba a casa del colegio,
normalmente lo hacía a un apartamento vacío. Su madre trabaja durante
el día y a veces por las noches, y su hermana normalmente estaba ocupada
en el colegio hasta por la tarde. Aunque Regina estaba preocupada por
su hijo, la verdad es que Bobby era un niño acostumbrado a estar solo en
casa, que reclamaba atención pero no contaba con una presencia materna
que le ayudara a desarrollar un sentimiento de seguridad. Es más, las
circunstancias financieras de Regina habían provocado que la familia se
mudara con tanta frecuencia que Bobby nunca conoció la sensación de
“vecindario”. Y tampoco ayudaba que no tuviera padre.
Regina intentaba dar a su hijo la aprobación que todo niño necesita y
las alas para encontrarse a sí mismo, animándole a practicar deportes, for­
mar parte de las excursiones familiares y mejorar en el colegio. Pero con el
paso del tiempo, Bobby simplemente seguía viajando cada vez más hacia
su interior, leyendo libros de ajedrez una vez más y jugando a juegos anti­
guos. Las posibilidades del ajedrez hicieron de algún modo que su soledad
imperativa y su inseguridad fueran menos dolorosas.
Regina creía que era capaz de aprender y destacar en cualquier cosa,
excepto quizás en el ajedrez, y también que su hijo tenía la capacidad
de dominarlo todo. Los asistentes sociales en los que confiaba siempre
le aconsejaron que matriculara a Bobby en un colegio privado pequeño
donde le dedicaran más atención y pudiera desarrollarse a su propio
ritmo. Sin embargo, el dinero siempre era un problema para ella y no
36 • ENDGAME
podía permitirse inscribirle en un Colegio que requiriera el pago de una
matrícula. No recibía ninguna retribución o pensión alimenticia por parte
de Hans Gerhardt Fischer, aunque ocasionalmente sí que conseguía los
cheques de 20 $ —nada desdeñable en aquella época— que llegaban de
forma esporádica, a menudo semanalmente, enviados por Paul Nemenyi
—físico de profesión, al igual que Gerhardt Fischer. Nemenyi fue el primer
amigo que Regina conoció cuando era estudiante en la Universidad de
Colorado en Denver y con el que volvió a coincidir más tarde en Chicago.
Posiblemente fuera el padre biológico de Bobby. Nunca se demostró su
paternidad. Regina no sólo negaba que Nemenyi fuera el padre de Bobby,
sino que en una ocasión dejó constancia a un asistente social de que
había viajado a México en junio de 1942 para reunirse con su exmarido,
Hans Gerhardt, y que Bobby había sido concebido durante ese encuentro.
No obstante, un familiar lejano de Bobby insinuó que el motivo por el
que Regina registró a Hans Gerhardt como padre en el certificado de
nacimiento de Bobby era que no quería que se le reconociera como
bastardo. “Parece que Paul Nemenyi es su verdadero padre”, dijo el familiar.
También es posible que Regina no supiera quién era el padre de Bobby si
mantenía un affaire con Nemenyi en la época en la que tuvo lugar la cita
secreta con Gerhardt Fischer en México.

***
En un intento de encontrar otros niños que quisieran jugar con Bobby,
Regina escribió al redactor de ajedrez del Brooklyn Eagle para ver si co­
nocía a otros jugadores de siete años. Hizo referencia a su hijo como “mi
pequeño milagro del ajedrez”. El redactor, Hermann Helms, un antiguo
maestro del ajedrez, le contestó que debería llevar a Bobby a la biblioteca
de Grand Army Plaza una tarde concreta de jueves, en enero de 1951,
para que el niño jugara en una exhibición simultánea ofrecida por varios
maestros del ajedrez.
Generalmente las exhibiciones simultáneas son llevadas a cabo por
un único maestro que camina de tablero en tablero compitiendo contra
múltiples jugadores. Los tableros se colocan en forma de cuadrado o he­
rradura. Cuando el maestro llega a cada uno de los tableros, el jugador
realiza su movimiento y el maestro responde antes de pasar rápidamente
al siguiente tablero.
Bobby, acompañado por su madre, entró en la rotonda de techos eleva­
dos de la biblioteca de Grand Army Plaza y por un momento le sorprendió
lo que vio. Rodeando la sala había vitrinas cerradas que exhibían juegos de
Frank Brady • 3 7

ajedrez históricos o poco usuales prestados a la biblioteca por coleccionis­


tas privados para la ocasión. Además, las vitrinas contenían diversos libros
populares de ajedrez y algunos incunables impresos en Alemania. Había
un juego de piezas de ajedrez de cerámica inspirado en las ilustraciones de
Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas de Tenniel; dos juegos
procedentes de campamentos para refugiados, uno tallado a mano y otro
de paja trenzada, —hicieron falta más de quinientas horas de trabajo para
la fabricación de cada uno de ellos—; y un juego de Guatemala que recor­
daba a la arquitectura del Nuevo Mundo prehispánico. Todo era bastante
fascinante para el público en general, pero Bobby Fischer no se había acer­
cado a ver los juegos de ajedrez. “No me interesaban demasiado”, recorda­
ba. “Había venido a jugar”.
Esa tarde, los maestros jugaban por tumos: uno jugaba una hora y
otro le seguía después en su lugar. Cuando Bobby se sentó a jugar con su
juego nuevo de madera, el maestro que llegó a su tablero fue Max Pavey,
un radiólogo de treinta y dos años que había sido campeón de Escocia y
el estado de Nueva York y que se encontraba en plena forma. Pavey era el
primer maestro con el que Bobby jugaba. Es posible que también fuera
su primera partida seria de ajedrez contra un jugador con experiencia.
Lo que estaba ocurriendo en ese momento era similar a un niño de siete
años, que juega partidos de tenis con sus amigos, al que llevan después a
una pista con un John McEnroe en activo como rival.
Una multitud de espectadores se reunieron alrededor del tablero mien­
tras el diminuto Bobby se enfrentaba a Max Pavey, vestido con chaqueta
de tweed y totalmente seguro de sí mismo. El niño se tomaba tan en serio
lo que estaba haciendo que la partida atraía cada vez a más espectadores.
Estaba de rodillas en su silla para tener una vista más panorámica de las
piezas.
Bobby recordaba su experiencia resolviendo rompecabezas. No debía
mover demasiado deprisa; sabía que la solución estaba ahí esperando a ser
encontrada si tuviera tiempo, tiempo, más tiempo. Pavey, que destacaba
por jugar rápido —había conseguido recientemente el título de campeón
de ajedrez rápido de Estados Unidos—, parecía ampliar su vista alrededor
de la sala analizando el resto de tableros mientras realizaba sus movimien­
tos, y volvía a la partida con Bobby en tan poco tiempo que el niño no era
capaz de calcular tan profunda o detenidamente como quería. Aquella no­
che sólo había ocho jugadores, por lo que era más complicado para cada
uno de ellos competir con el maestro que si hubiera habido muchísimos
jugadores, ya que se habría ralentizado el progreso de Pavey.
El maestro era demasiado bueno. En unos quince minutos, mientras
38 • ENDGAME
fumaba en su pipa, Pavey capturó Ja dama de Bobby y terminó de esa
manera la partida. Tendió su mano al niño cortésmente y con una sonrisa
amable dijo: “Buena partida” Bobby se quedó mirando el tablero por un
instante. “Me ha aplastado”, dijo a nadie en concreto. Después rompió a
llorar.
Aunque tenía una memoria admirable, Bobby nunca fue capaz de
recordar los movimientos de esa partida con Pavey siendo ya un adulto.
Un amigo comentó de manera informal que Bobby quizás esperara
ganar su primera partida contra el maestro del ajedrez, lo cual suscitó
una estridente reprimenda: “¡Por supuesto que no!” También dijo que
posiblemente Pavey había sido paciente con él y le sorprendía que hubieran
durado un cuarto de hora jugando. Que le apasionara tanto como para
llorar demostraba su creciente vehemencia con respecto al juego. A los
siete años ya no se consideraba un aficionado. Tiempo después, admitió
que el juego afectaba mucho a su motivación.
Carmine Nigro era uno de los espectadores de la exhibición esa tarde.
Era un hombre pequeño, calvo, de algo más de cuarenta años, al que
Bobby describía como jovial.
Nigro analizó atentamente la partida Pavey-Fischer. Le gustaban los
movimientos que Bobby hacía. No eran brillantes, pero sí razonables,
especialmente para un principiante. Parecía que Bobby, con máxima
concentración, se aislaba de todo y de todos los que le rodeaban. Cuando
la partida terminó, Nigro se acercó a Regina y Bobby y se presentó como
el presidente recientemente elegido del club de ajedrez de Brooklyn. Invitó
a Bobby a ir al club algún martes o viernes por la noche. No, no habría
cuotas de afiliación para el niño, Nigro aseguró a Regina. Ella lo llevó al
club, que se encontraba en la antigua academia de música de Brooklyn, la
tarde siguiente.
2

2O
bsesióndeinfancia
L PEQUEÑO BOBBY DE SIETE AÑOS, acompañado por su

E madre, entró al club de ajedrez de Brooklyn por primera vez una


noche de viernes de enero de 1951. Era algo extraño. A decir
verdad, era el primer niño al que se le permitía entrar. Incluso la llegada
de Regina Fischer fue algo inusual. No había más mujeres presentes, y por
aquella época tampoco había mujeres que fueran miembros del club, al
igual que en muchos otros clubes de Estados Unidos.
Carmine Nigro, como nuevo presidente del club, anunció que Bobby era
su invitado y sería aceptado como miembro. Nadie se atrevió a discrepar.
La tradición en muchos clubes de ajedrez, no sólo en Estados Unidos
sino en todo el mundo, era que los niños no debían ser escuchados, ni
por supuesto vistos. Incluso a Emanuel Lasker, quien llegó a ser campeón
mundial de ajedrez, le negaron la afiliación a su club local de Alemania
cuando era un niño, a pesar de su evidente talento.
El club de ajedrez de Brooklyn, fundado justo después de la guerra
civil, era uno de los más prestigiosos del país. Se encontraba en la sorpren­
dente y majestuosa academia de música de Brooklyn, donde habían can­
tado Enrico Caruso y Geraldine Farrar. Era un club distinguido gracias a
las competiciones anuales en la liga de ajedrez metropolitana, en las que a
menudo derrotaba a decenas de clubes de toda el área de Nueva York. Sin
embargo, Bobby no parecía temer a los expertos que fumaban cigarrillos
encorvados sobre sus tableros.
La sala era silenciosa, excepto cuando sonaban golpes aislados de al­
guna pieza colocada sobre el tablero con furia. Al terminar la partida, un
40 • ENDGAME
jugador posiblemente preguntase: “Si hubiera movido la torre en lugar del
alfil, ¿qué hubieras hecho?”, o murmurase con indignación: “He pasado
por alto una red de mate”. El tono era siempre tranquilo, incluso cuando el
que hablaba estaba molesto. Bobby observaba con admiración, compren­
diendo parte de la jerga e intentando entender el resto.
El problema que le surgió a Bobby esa noche, casi de manera instantá­
nea, estaba sobre todo en las mentes de sus rivales potenciales. Ninguno
de los veteranos del club quería jugar con un niño, máxime cuando Bobby
aparentaba tener unos cinco años. Un coro de risas nerviosas e inquie­
tas atravesó la sala de techo devado cuando se sugirió que le dieran una
oportunidad a Bobby. La sensación predominante era: Perder contra una
coetáneo es bastante desagradable, pero ¿y si pierdo contra un niño de siete
años?¡Qué bochorno! ¡Una pérdida de reputación!
Después de que Nigro les convenciera, algunos de los jugadores más
mayores accedieron a jugar una o dos partidas con Bobby.
La mayoría eran competidores expertos en torneos, algunos incluso
cercanos a la fuerza de Max Pavey. Sin embargo, tal como se desarrolló, no
había nada que temer: Bobby perdió todas las partidas esa noche.
A pesar de sus derrotas, Bobby siguió volviendo a por más. Se convir­
tió en un miembro entregado, y era algo así como la novedad. La imagen
de un niño pequeño enfrentándose en un combate mental contra un juez,
doctor o profesor universitario, ocho o diez veces mayor, con frecuencia
era recibida con risas y asombro. “Al principio perdía siempre y me sentía
mal”, dijo Bobby más adelante. Los jugadores vencedores se burlaban de
él despiadadamente. “¡Pichón!”, se quejaban, utilizando el término burlón
de los jugadores de ajedrez para referirse a uno muy débil, cuando Bobby
metía la pata claramente.
El calificativo (en inglés, Fish) le dolía todavía más por la similitud con
su propio nombre Bobby odiaba ese término. Tiempo después, él se refe­
riría a un jugador mediocre como flojo —o, menos comúnmente, zoquete
o pardillo.
Nigro, un jugador experto con fuerza similar a la de, un maestro, se
dio cuenta del potencial de Bobby y, al enterarse de que no tenía padre,
adoptó la posición de su mentor. Se convirtió en el profesor del niño y
le invitaba los sábados a su casa, donde jugaba con su hijo Tommy, un
poco más joven que Bobby pero ligeramente mejor jugador. A Tommy no
le importaba jugar al ajedrez con Bobby, pero no quería que su padre le
diera clases. Durante esos días de enseñanza, Nigro aumentaba mucho la
paga de su hijo si se sentaba un tiempo suficiente como para aprender las
tácticas del ajedrez.
Frank Brady • 41

En cuanto Bobby empezó a entender las bases del ajedrez. Nigro pasó
a las formas concretas de gestionar la parte de la partida conocida como
apertura, cuyos primeros movimientos pueden decidir el resultado de la
competición o, al menos, influir en ella. Estos movimientos y trayectorias
iniciales siguen caminos bien definidos que se han registrado durante si­
glos; los jugadores que quieren mejorar su modo de juego intentan com­
prenderlos y memorizarlos. Para la mayoría de jugadores es complicado
asimilar incluso una pequeña parte, ya que existen infinidad de variantes.
Por ejemplo, después de que cada jugador realice un movimiento cada
uno existen 400 posiciones diferentes posibles, y después de dos movi­
mientos, 72.084 posiciones ~ n o todas buenas, hay que añadir. Pero Bo­
bby abordaba con dedicación la tarea abrumadora de aprender los funda­
mentales. En referencia a estas difíciles pautas, dijo más tarde: “Puede que
el señor Nigro no fuera el mejor jugador del mundo, pero era muy buen
profesor. El hecho de conocerle fue probablemente un factor decisivo para
que siguiera adelante con el ajedrez”.
Nigro no tenía ningún problema en enseñar a Bobby. El niño espe­
raba con gran interés su clase semanal y con el tiempo empezó a vencer
a Tommy. “Empecé a ir a la casa del señor Nigro los sábados, además de
vernos los viernes en el club”, escribió Bobby tiempo después. “Mi madre
normalmente estaba de guardia en su trabajo de enfermera los fines de
semana y estaba encantada de que fuera [a la casa del señor Nigro]”.
En 1952, cuando todavía no había cumplido nueve años, Bobby acce­
dió por primera vez al ajedrez de competición. Un grupo de pupilos de
Nigro ganó el primer encuentro 5-3; la puntuación del segundo se perdió
u olvidó.
Con buenos auspicios, Bobby ganó su primera partida y empató la
segunda contra Raymond Sussman, de diez años e hijo del dentista Harold
Sussman, un maestro de Brooklyn valorado a nivel nacional. El doctor
Sussman también era fotógrafo aficionado y realizó varios retratos de
Bobby que se emplearían en la obra completa de Fischer años más tarde.
Por supuesto, Sussman también se convirtió en el dentista de Bobby.
“Tenía muy buena dentadura”, recodaba Sussman.
Ese verano y otoño, Bobby pasó además algún tiempo jugando contra
el primo septuagenario de su abuelo, Jacob Schonberg, que también vivía
en Brooklyn. Regina llevaba al niño con ella cuando cuidaba de Schonberg,
y Bobby jugaba con el primo de su abuelo mientras el anciano permanecía
sentado en su cama. Años después, Bobby ya no recordaba si Schonberg
42 • ENDGAME
jugaba bien o cuántas partidas jugaron, pero cualquiera diría, por la
inflexión de su voz, que le influyó más por la experiencia, no tanto por
las partidas jugadas sino por encontrarse con un miembro de la familia,
aunque fuera lejano. Era una costumbre extremadamente rara para él.
Carmine Nigro era músico profesional y enseñaba varios estilos musi­
cales. Ya que Bobby era como una esponja absorbiendo las complejidades
del ajedrez, Nigro trató de fomentar su interés por la música. Como los
Fischer no tenían piano, Nigro empezó a enseñar a Bobby a tocar el acor­
deón y le prestó un instrumento de doce bajos, algo maltrecho, para que
pudiera practicar en casa. Al poco tiempo, Bobby ya tocaba Beer Barrel
Polka y otras canciones y se sentía lo suficientemente capacitado como
para actuar en más de una reunión escolar. Sin embargo, después de un
año, llegó a la conclusión de que la cantidad de tiempo que dedicaba a
practicar el acordeón afectaba a sus estudios de ajedrez. “Me fue bastante
bien durante un tiempo, pero el ajedrez me atraía más y dejé apartado el
acordeón”, dijo Bobby volviendo al pasado.
Hasta los diez años, el sistema de Bobby era casi rutinario: jugaba en
el club de ajedrez de Brooklyn todos los viernes por la noche, con Regina
sentada al lado mientras leía un libro o hacía sus deberes de enfermería.
Los sábados, a última hora de la mañana, Nigro le recogía con su coche,
y si Tommy Nigro no tenía ganas de jugar, lo cual ocurría con bastante
frecuencia, lo llevaba a Washington Square Park, en Greenwich Village,
para que compitiera en los tableros de ajedrez al aire libre. Además, Nigro
tenía otros planes: al principio Bobby era un jugador un poco lento, y los
jugadores de ajedrez del parque eran justo lo contrario. Nigro consideraba
que no podían permitir el ritmo lánguido que Bobby tenía a veces, así que
le obligó a acelerar su juego y, por tanto, su pensamiento.
Para estimular su competitividad, Bobby pasaba horas, después del co­
legio, en la biblioteca de Grand Army Plaza leyendo casi todos los libros de
ajedrez que había en las estanterías. Se convirtió en un habitual allí y mos­
traba tanta seriedad que una fotografía suya apareció en el boletín infor­
mativo de la biblioteca en 1952 con una leyenda donde ponía su nombre.
Fue la primera vez que aparecía una fotografía suya impresa. Unos meses
después, se dio cuenta de que podía seguir las partidas y los diagramas
de los libros si usar un tablero. Si las variantes eran demasiado complejas
o extensas, se llevaba el libro y repetía las jugadas de maestros anteriores
en casa, sentado frente a su juego de ajedrez, intentando comprender y
memorizar cómo habían ganado o perdido.
Bobby leía bibliografía ajedrecística mientras comía y cuando estaba
en la cama. Colocaba su tablero en una silla al lado de su cama y lo último
Frank Brady • 43

que hacía antes de irse a dormir, y lo primero al levantarse, era observar las
posiciones y aperturas. Bobby devoró tantos sándwiches de mantequilla
de cacahuete y mermelada, boles de cereales y platos de espaguetis mien­
tras repetía y analizaba partidas que las migajas y las sobras de su comida
empezaron a incrustarse en las almenas de sus torres, las cruces de sus
reyes, las coronas de sus damas y los pliegues de los ingletes de sus alfiles.
Y los residuos de la comida jamás se llegaron a limpiar. Años más tarde,
cuando un coleccionista se hizo con el juego lleno de restos y lo limpió,
la reacción de Bobby fue como de costumbre de indignación: “¡Lo has
echado a perder!”
Mantenía su implicación con el juego hasta cuando se bañaba. Los
Fischer no tenían ducha, solamente una bañera, y había que insistir para
que Bobby, como muchos niños, se bañara al menos una vez a la semana.
Regina estableció como rutina un baño los domingos por la noche, casi te­
niendo que arrastrarle a la bañera. Y cuando estaba en el agua, ella coloca­
ba una puerta procedente de los restos de un armario cruzando la bañera
como si fuera una bandeja y después llevaba el juego de ajedrez de Bobby,
un envase de leche y el libro que estuviera estudiando en ese momento, y le
ayudaba a situarlos en el tablero. Bobby pasaba horas en remojo mientras
se abstraía con las partidas de los grandes y sólo salía del agua, como una
pasa, cuando Regina insistía.
Parecía que las neuronas del cerebro de Bobby absorbían los límites y
posibilidades de todas las piezas en cualquier posición y las almacenaba
para consultarlas en el futuro. Se quedaban ahí, dentro de su memoria,
en lo profundo de una cueva de pensamientos abstractos: información e
ideas sobre peones y escaques a utilizar, descartar o ignorar —todo ello a
un perfecto ritmo y sincronicidad. Por medio del estudio de las partidas
de maestros antiguos y actuales, Bobby aprendía de muchos de ellos: la
capacidad de combinación intuitiva de Rudolf Spielmann, la acumulación
de pequeñas ventajas como había demostrado Wilhelm Steinitz, la técni­
ca casi mística de evitar complicaciones que tenía José Capablanca y la
tenebrosidad profunda pero bella de Alexander Alekhine. Como dijo un
maestro ajedrecista: “Bobby prácticamente aspiró la bibliografía ajedrecís­
tica. Lo recordaba todo, y llegó a formar parte de él”. El niño —y el hombre
después— tenía un objetivo cognitivo principal, aunque no lo manifestara
abiertamente: quería comprender.
Le gustaba jugar a los llamados juegos de miniaturas, encuentros bre­
ves de normalmente veinte movimientos o menos, como si fueran ejer­
cicios musicales u obras de arte, con una única idea dominante por lo
general.
44 • ENDGAME
Los libros de principiantes como Una invitación al ajedrez y otros
manuales básicos fueron descartados rápidamente a medida que Bobby se
iba concentrando en obras avanzadas como Aperturas prácticas del ajedrez
y Finales básicos del ajedrez, los dos volúmenes de Mis mejores partidas
de ajedrez de Alexander Alekhine, y el entonces recientemente publicado
Las 500 grandes partidas del ajedrez. Además, le interesaba especialmente
la colección titulada Las partidas de ajedrez de Morphy, que mostraba
la ingenuidad táctica del gran jugador y su fidelidad a tres principios
generales: los cambios rápidos de piezas, la importancia de ocupar o
capturar los escaques centrales del tablero y la movilidad —la necesidad
de mantener las lineas, columnas, filas y diagonales sin bloqueos. Bobby
absorbía esas lecciones y actuaría en consecuencia el resto de su vida. Una
vez le dijo al maestro Shelby Lyman que había leído miles de libros de
ajedrez y conservaba lo mejor de cada uno de ellos.
Debía de ser preocupante que esas obras no fueran fáciles de leer ni
para un jugador adulto experimentado: no eran comprensibles a menos
que la persona tuviera el deseo de destacar en la abstracción del ajedrez.
La capacidad de concentración que ese niño de ocho o nueve años tenía
para terminarlos era algo sumamente inusual. La capacidad de entender
y asimilar lo que leía de ese mismo niño tampoco era algo poco notable.
Más adelante, Bobby incrementaría el grado de dificultad leyendo libros
de ajedrez en varios idiomas.

*
Frank Brady • 45

Los intentos de Regina y Joan de que Bobby se pusiera a hacer los de­
beres de la escuela eran inútiles por lo general. Bobby podía concentrarse
en los rompecabezas o el ajedrez durante horas, pero no paraba de mover­
se y se comportaba de forma inquieta cuando se enfrentaba a la lectura, la
escritura y la aritmética. Su asistencia a los colegios públicos de Brooklyn
también era un problema. Era una persona solitaria y siempre se apartaba
de los demás niños, tal vez debido a una timidez muy desarrollada o temor
a la competencia. Cuando llegó al cuarto curso, había estado ya en seis
colegios —casi dos por año— de los que salía porque no le iban bien los
estudios o no soportaba a sus maestros, sus compañeros o incluso la lo­
calización. Llena de frustración, Regina inscribió a Bobby en una escuela
para niños superdotados. Duró un día, ya que se negó a volver.
Al final, encontró una escuela adecuada para su complicado hijo. En
otoño de 1952, cuando Bobby tenía nueve años, Regina consiguió una
beca para matricularse en Brooklyn Community Woodward, una escue­
la de educación progresista de unos 150 niños. Se localizaba en una im­
ponente casa de piedra rojiza que originariamente había sido una casa
privada, y era uno de los edificios escolares más bonitos de Brooklyn.
La filosofía educativa de la escuela se basaba en los principios de Johann
Heinrich Pestalozzi, un educador suizo del siglo XVIII que se oponía a
los ejercicios de memorización y la disciplina estricta y se enfocaba en el
desarrollo individual a través de una serie de técnicas experimentales. La
escuela promovía el concepto de Anschaung, un modo personal de ver
las cosas que era individual e inherente a cada niño. Las sillas y pupitres
no estaban colocados de forma fija en un lugar como en la mayoría de
colegios, y fomentaban que los niños olvidaran la distinción entre estudio
y juego. Para aprender la historia americana, por ejemplo, los alumnos se
disfrazaban con trajes de la época, y se les enseñaba cómo hilar lana, poner
anzuelos o escribir con pluma.
La orientación de Bobby era el ajedrez y lo que significaba para él.
Ya mostraba tener talento para el juego y fue aceptado en Community
Woodward con la idea de que enseñara a jugar a otros estudiantes y tam­
bién como resultado de su cociente intelectual, exageradamente elevado,
de 180.
Un detalle positivo en su desarrollo social y físico en Community
Woodward tuvo lugar cuando fue elegido para el equipo de béisbol y em­
pezó a salir de su caparazón. Se enamoró del deporte, podía oír el clamor
del público en el cercano Ebbets Field, hogar de los Brooklyn Dodgers,
cuando estaba en el colegio o en casa, y en los viajes escolares asistía a
partidos en el estadio. Tenía mucha habilidad para fildear y batear, pero
46 • ENDGAME
aunque era rápido, no era un corredor especialmente coordinado en las
bases. “Generó un gran interés por el ajedrez aquí”, dijo uno de sus maes­
tros más tarde. “Ganaba a todos con facilidad, incluidos los miembros del
profesorado que jugaban al ajedrez. Sin importar a qué jugara, ya fuera
béisbol en el patio o tenis, tenía que ganar a todo el mundo. Si hubiera na­
cido cerca de una piscina, habría sido campeón de natación. Simplemente
resultó ser el ajedrez”.

***
Un día, Bobby saltó los tres tramos de escaleras hasta su casa y la en­
contró vacía. Joan todavía estaba en la escuela, ya que se quedaba hasta
tarde en el club de biología; Regina estaba en una clase de enfermería, a
la que le seguía el trabajo en la biblioteca y después un turno de noche.
Encontró una nota, escrita en un pequeño bloc azul, encuadernado en
espiral, y apoyada en < una silla de la cocina:
cart>
=

Estar solo en el apartamento era la situación por defecto de Bobby


desde que Regina creyó que podía dejar a su hijo sin supervisión, y esta
soledad constante pudo haber sido la catálisis de su implicación profunda
en el ajedrez. Cuando se sentaba frente al tablero, a menudo en la mesa
de la cocina, con un libro de ajedrez abierto, las piezas se convertían en
su compañía y el libro, en su mentor. No obstante, ni la soledad ni el
aprendizaje eran fáciles para él. Le habría gustado tener un amigo, algún
otro niño que jugara y compartiera aventuras con él, pero como el ajedrez
ya ocupaba la mayor parte de su tiempo, intereses y pensamientos, ese
amigo potencial tendría que haber sabido cómo jugar al ajedrez y, además,
jugarlo lo suficientemente bien como para captar la atención y lealtad de
Bobby.
Una obsesión inevitable le obligaba a continuar buscando los secretos
del tablero de ajedrez, y esta preocupación ocupaba su atención durante
horas sin parar. EraBobby:
Querido feliz cuando el reflejo
Termínate de lay luz
la sopa invernal
el arroz. Haydejaba
leche de
traspasar
en la
la persiana rota de pasadas
nevera Llegaré la ventanalasde3 lapara
cocina;
dejarobstaculizaba
la compra ysus
- luego volveré a irme a estudiar.
Frank Brady • 4 7

pensamientos. Cuando su hermana Joanie o su madre Geenie —como


sus amigos las llamaban— llegaban a casa a primera o última hora de la
tarde, a veces encontraban a Bobby en la oscuridad del apartamento, sin
ser consciente o sin preocuparse de que las lámparas estuvieran apagadas,
mirando fijamente al tablero y absorto en tácticas y estrategias.
Aunque Regina pensaba que Bobby era bastante independiente, estaba
preocupada porque pasaba demasiado tiempo solo en casa y había estado
buscando a alguien que cuidara de él, que le hiciera compañía. El pro­
blema era el dinero: incluso un pago simbólico a una cuidadora era algo
difícil de conseguir. Así que puso el siguiente anuncio en el periódico del
campus de la universidad de< cart>Brooklyn, cerca de su casa:
=

Se busca niñera para colegial de 8 años y medio. Tardes


y algunos fines de semana, a cambio de habitación con dere­
_cho a cocina. Sterling 3-4110, de 18:00 a 21:00.

Respondió un joven estudiante de matemáticas —incluso sabía jugar


al ajedrez—, pero por razones desconocidas no aceptó el trabajo. Bobby
seguía solo.
Al contrario que Joan, Bobby sentía poco interés por la escuela, y
cuando Regina le ayudaba con sus deberes, normalmente mostraba indi­
ferencia y estaba impaciente por volver al ajedrez. Tenía grandes dificul­
tades para lidiar con su arrogancia: “¡Quiero jugar al ajedrez!”, pedía con
toda la pomposidad digna de un príncipe de la corona cuando le hablaba
a un sirviente. Y volvía a su tablero de ajedrez, sin el permiso de su madre,
y aplazaba su tarea.
Bobby no rechazaba la aplicación de su hermana y su madre. Más bien,
estaba empeñado en adquirir otra destreza: el ajedrez. La diferencia se
hallaba en que para él era más importante estudiar cómo ganar con una
torre y un peón que aprender los tres poderes del gobierno o dónde hay
que mover la coma decimal en una división larga. Los tres Fischer, pro­
totipos de estudiantes talmúdicos, siempre estaban estudiando: Joan, sus
libros de texto; Regina, sus volúmenes de medicina; y Bobby, la última
revista de ajedrez. Normalmente, el apartamento era tan silencioso como
una biblioteca.
Uno de los pocos intereses de Bobby fuera del mundo ajedrecístico
apareció inesperadamente cuando tenía ocho años, en verano de 1951,
48 • ENDGAME
debido a que Regina lo mandó a la guardería Venderveer, un campamento
de día de Brooklyn. A pesar de su nombre, la escuela aceptaba niños
mayores en su campamento de verano, y el programa facilitó una plaza
para que Bobby asistiera al terminar el curso escolar. Regina o Joan
lo llevarían por la mañana e irían a buscarle a última hora de la tarde.
Bobby estaba convencido de que odiaría el campamento —o al menos no
le gustaría—, pero descubrió que le gustaban muchas de las actividades
físicas que ofrecían. Lo más importante para él era la gran piscina al aire
libre de Venderveer, donde aprendió a nadar.
A partir de entonces, todos los veranos, cuando estaba en alguno de
los campamentos a los que asistía y no estaba estudiando ajedrez, Bobby
entrenaba para presentarse a los exámenes de la Cruz Roja, y se clasificó
con facilidad como nadador intermedio y luego, avanzado. Un verdadero
piscis; le encantaba el agua, especialmente si nadar significaba competir
con otros niños en las carreras. Era rápido, decidido y espabilado, y en
el instante en el que el entrenador tocaba el silbato, Bobby arrancaba y a
menudo se sumergía en el agua cuando el resto de nadadores aún estaban
en mitad de su zambullida. La natación le daba la oportunidad de moverse
y ejercitar su cuerpo, de relajarlo tras la inmovilidad rígida de estar
sentado con un tablero de ajedrez o un libro. Descubrió que le encartaba
moverse en el agua y la competición en sí misma, ya fuera nadando o
jugando al ajedrez. Parecía que prácticamente no había nada más que le
gustara hacer.
Regina empezó a preocuparse por cómo sería el futuro de Bobby si no
se tomaba sus deberes de la escuela en serio. Más aún, le angustiaba que
su interés por el ajedrez se estuviera convirtiendo en algo obsesivo. Creía
que estaba tan absorto en el juego que nunca se mantenía demasiado en
contacto con la realidad que le rodeaba. Era tan adicto al ajedrez que no
lo controlaba —no era capaz—, y con el tiempo, debido a su exclusión de
todo lo demás, quizás este interés imprevisto podía arruinar su vida.
Para Regina, discutir con Nigro el exceso de entrega al ajedrez de Bobby
era un esfuerzo inútil. Si algo hacía Nigro era animarle constantemente a
que jugara más, estudiara y participara en torneos. Bobby se convirtió en el
pupilo y compañero de ajedrez de Nigro. Un hombre afectuoso que siempre
estaba pendiente del débil estado financiero de Regina, por lo que nunca
le cobraba las clases que le daba a Bobby, ya fueran de ajedrez o musicales.
Nigro y Bobby empezaron a jugar partidas cronometradas juntos de dos
horas cada una —la velocidad oficial en los torneos de ajedrez— y tras cada
encuentro Bobby parecía ser más fuerte, lo que provocaba que estudiara
más aún, hasta que llegó a vencer a Nigro en la mayoría de partidas.
Frank Brady • 49

Para la consternación de Bobby, Regina insistió en hacerle un examen


psicológico para determinar si se podía o debía hacer algo con el fin de
atenuar su incesante obsesión por el juego. Cuando llevó al niño a que le
viera el doctor Harold Kline, en la unidad de Psiquiatría Infantil del hos­
pital judío de Brooklyn, Bobby no estuvo dispuesto a ayudar. Al notarlo,
el doctor Kline no le dio ninguna de las pruebas de intereses, inteligencia
o personalidad que normalmente utilizaba para evaluar a los niños. Sim­
plemente habló con el niño. “No sé”, dijo Bobby hoscamente cuando le
preguntó por qué pasaba tanto tiempo jugando al ajedrez y no haciendo
sus deberes. “Simplemente me decanto por eso”. Con la única recomenda­
ción de que no desatendiera sus deberes, le pidió al niño que saliera fuera.
El doctor Kline le dijo a Regina que no debía preocuparse por Bobby, que
muchas veces los niños se sentían intrigados, prácticamente obsesiona­
dos, con juegos, juguetes, deportes y otras cosas, y después de un tiempo
perdían el interés o se alejaban de esa gran implicación. No, no pensaba
que Bobby fuera neurótico ni le recomendó terapia. Neurótico era una
palabra que realmente no explicaba nada, añadió, y señaló que Bobby no
estaba dañándose ni a él ni a otras personas; el ajedrez posiblemente sa­
cara el máximo provecho de su mente, por lo que debería permitirle jugar
tantas veces como quisiera. La resistencia que su hijo oponía a hacer sus
deberes era un trastorno leve que muchos niños atraviesan, pero su estu­
dio del ajedrez, una actividad intelectual, lo reemplazaba. Quizás, añadió,
podía hacerle ver los deberes como un tipo de juego y tal vez eso desper­
taría su interés.
Como no se sentía plenamente reconfortada, Regina buscó una se­
gunda opinión. Se enteró de que había un psiquiatra que era maestro de
ajedrez, el doctor Ariel Mengarini, neuropsiquiatra no analítico que tra­
bajaba para el gobierno. Mengarini adoraba tanto el ajedrez que se sintió
identificado con la pasión de Bobby. Le confesó a Regina su propio fana­
tismo por el juego y algo más que ella no quería escuchar sobre Bobby: “Le
dije que se me ocurrían muchas cosas peores que el ajedrez a las que una
persona podría dedicarse y que debía dejarle encontrar su camino”.
Poco a poco, el rendimiento de Bobby en el club de ajedrez de Brooklyn
comenzó a mejorar. Tardó varios años complicados, y a veces desalenta­
dores, pero con el tiempo empezó a ganar la mayoría de las partidas. Por
su parte, sus rivales estaban impresionados por su tenacidad y sus indi­
cios claros de progreso. “Ya había repasado la mayoría de los libros de
la biblioteca pública cercana y empezaba a querer mis propios libros de
ajedrez”, dijo Bobby más adelante reflexionando sobre ese período. Nigro
50 • ENDGAME
le regalaba o prestaba libros, y Regina a veces le permitía comprar alguno
cuando tenía algo de dinero. La paga de Bobby, de 32 céntimos al día, no le
permitía comprar libros —y aunque se hizo mayor y aumentó a 40, y luego
a 60 céntimos, gastaba el dinero en batidos de chocolate para el almuerzo
y chocolatinas después de la escuela.
Cuando Nigro terminaba de leer sus ejemplares de Chess Review y
Chess Life, se los entregaba a Bobby, que se sentía fascinado por ambas pu­
blicaciones, no sólo por su multitud de partidas y descripciones interesan­
tes e instructivas, sino porque le ofrecían la oportunidad de leer sobre los
grandes campeones del ajedrez. El hecho de sentarse frente a esas revistas
era como si estudiara el equivalente ajedrecístico de las vidas de los gene­
rales romanos de Plutarco o las de los artistas de Vasari. Sencillamente, le
inspiraban.
Más tarde, en verano de 1954, Bobby tuvo la oportunidad de ver en
acción a algunos de los grandes sobre los que había leído. Resultó que el
equipo soviético jugaba por primera vez en tierra estadounidense.
En esa época de histeria anticomunista, en la que se creía que cual­
quier persona que leyera Das Kapital de Karl Marx o llevara una corbata
roja en Estados Unidos era comunista, el presidente de la Federación de
Ajedrez de Estados Unidos, Harold M. Phillips, abogado defensor de Mor
ton Sobell en el caso de espionaje de Rosenberg, comentó en confianza,
casi con deleite, que esperaba ser llamado a declarar frente a la audiencia
del Comité de Actividades Antiestadounidenses del senador McCarthy
acusado de ser comunista por el simple hecho de haber invitado a los ru­
sos a jugar al ajedrez. Nunca llegó a ocurrir.
Es importante marcar la diferencia entre los equipos de ajedrez sovié­
ticos y estadounidenses en aquella época. Los soviéticos no eran sólo juga­
dores profesionales sino grandes maestros, denominación que se le daba
a los maestros mejor valorados del ajedrez, que sobresalían en los torneos
internacionales. Nicolás II de Rusia otorgó el título inicialmente en 1914;
se seguía utilizando en 1954 y todavía hoy se concede este galardón.
Los jugadores soviéticos eran subvencionados por su gobierno y, en
muchos casos, recibían dachas como lugar de retiro en el que podían
estudiar y entrenar para los encuentros. En aquella época, estos grandes
maestros disfrutaban de tanto prestigio en la sociedad soviética como una
estrella de cine o un atleta olímpico en la actualidad en Estados Unidos.
Cuando Mikhail Botvinnik, que llegó a ser campeón mundial de ajedrez,
llegó al teatro Bolshói, el público se puso en pie para recibirle con una
ovación. A mediados de la década de los cincuenta, la Federación de
Frank Brady • 52

Ajedrez soviética tenía cuatro millones de miembros, y jugar al ajedrez


era obligatorio tanto en la escuela primaria como en las actividades
extraescolares. Los chicos con aptitudes recibían un entrenamiento
especial y a menudo trabajaban individualmente con grandes maestros
que preparaban » la siguiente generación de vencedores mundiales. Un
torneo soviético registraba más de setecientos mil jugadores. En la URSS,
jugar al ajedrez era considerado algo más que una norma nacional. Estaba
profundamente arraigado en la cultura, y daba la impresión de que
todo el mundo —hombres, mujeres y niños; granjeros, funcionarios o
doctores— jugaba al ajedrez. El enfrentamiento latente entre soviéticos y
estadounidenses, por consiguiente, tuvo consecuencias en la Guerra Fría.
Tres días antes del encuentro, un editorial del New York Times comen­
taba: “Resulta terriblemente obvio para sus rivales que los rusos llevan
al tablero de ajedrez tanto fervor, habilidades y devoción evidente por la
causa como su ministro de Asuntos Exteriores, Molotov, lo hace en las
conferencias diplomáticas. Salen a ganar por la gloria de la Unión Soviéti­
ca. Eso supone el aplauso popular en casa y victorias propagandísticas en
el extranjero.” El ajedrez no era simplemente un juego para los soviéticos;
era una guerra, aunque no tan fría como podría haber sido.
La Federación de Ajedrez de Estados Unidos sólo tenía tres mil miem­
bros en el programa nacional para fomentar el ajedrez o entrenar a los
niños, y solamente contaba con un gran maestro, Samuel Reshevsky. Su
estatus le reportaba un total de 200 $ netos mensuales, salario asignado
por varios mecenas admiradores. Además, producía unos 7.500 $ anuales
a través de exhibiciones y conferencias. Se rumoreaba, de forma equivoca­
da, que no poseía ni un juego de ajedrez.
En muchos aspectos, el encuentro inminente era similar a un equipo
de primeras figuras de la NBA que juega contra un equipo universitario.
Siempre existía la posibilidad de que los universitarios ganaran, pero esta­
dísticamente era mucho menor a uno entre mil.
El miércoles 16 de junio, Bobby, que vestía un polo de manga corta,
llegó al hotel Roosevelt acompañado de Nigro para ser testigo de la pri­
mera ronda del encuentro histórico. Era la primera vez que el niño estaba
en un hotel y miraba hacia arriba para ver el enorme reloj que encabeza­
ba la escalera. Luego, reconoció algunas caras conocidas que entraban al
gran salón. Identificó a varios miembros del club de ajedrez de Brooklyn
y también a algunos habituales de Washington Square Park.Se sentó dili­
gentemente en la sala como si estuviera en los premios de la academia del
ajedrez, analizando el escenario “con los ojos como platos del asombro”,
como señaló Nigro.
52 • ENDGAME
En el escenario, frente a una cortina de terciopelo, había dos bande­
ras: la de barras y estrellas y el inconfundible y portentoso estandarte car­
mesí soviético con su hoz y su martillo. Debajo, extendidos a lo ancho
del escenario, se encontraban ocho tableros de exhibición, en los que se
mostraban los movimientos de las partidas. Las ocho mesas, con juegos
y tableros de ajedrez, estaban listas para los jugadores. Había ciento once
espectadores, más que en cualquier otro acto ajedrecístico previo en la
historia de Estados Unidos.
Y luego estaban los jugadores, congregados sobre el escenario, que es­
peraban la señal del árbitro para ocupar sus sitios y comenzar las partidas.
El jugador soviético David Bronstein pidió un vaso de zumo de limón
—no, no quería limonada sino un zumo de limón natural, insistió— que
se bebió de un sólo trago. Alguien comentó que los estadounidenses pa­
recían nerviosos, y ciertamente debían estarlo: aparte de sus dos derrotas
anteriores, que les recordaban los pronósticos en contra de la victoria, es­
taba la reciente derrota del equipo argentino, en Buenos Aires, y el francés,
en París, por parte de los soviéticos. Donald Byrne, campeón del Abierto
de Estados Unidos, declaró que estaba tan nervioso que había pasado todo
el día anterior al encuentro intentando no pensar en el ajedrez y leyendo la
prosa romántica de Nathaniel Hawthorne.
Finalmente, después de los discursos sobre la contribución del ajedrez
a una posible tregua entre la Unión Soviética y Estados Unidos, se puso en
marcha el juego. Nigro notó con orgullo que su pupilo observaba deteni­
damente y asimilaba todo lo que podía.
¿Comprendió Bobby las implicaciones políticas del encuentro? ¿Sur­
gió el sentimiento de patriotismo en él y animó a que su país ganara?
¿Deseó —soñó— estar algún día en un escenario parecido jugando
contra los mejores jugadores del mundo? Nunca hizo declaraciones sobre
el encuentro, pero es posible que la respuesta, al menos a la última pre­
gunta, fuera un sí.
Aparte de las partidas, que siguió con tesón, Bobby se dio cuenta de
otras cosas: los jugadores de ajedrez se congregaban en los pasillos y es­
pacios públicos del hotel debatiendo y analizando las partidas, los libros y
juegos portátiles de ajedrez preparados, y mucha gente se iba de los pues­
tos de observación fugazmente para comprar sándwiches de atún y de ja­
món y queso en un pequeño quiosco situado en el vestíbulo.
Cuando Bobby divisó a Reuben Fine —tal vez el segundo mejor juga­
dor de Estados Unidos— entre el público, se sintió especialmente emo­
cionado, ya que los libros de Fine se habían convertido prácticamente en
biblias del ajedrez para él. El doctor Fine no estaba jugando con Estados
Unidos porque se había retirado en 1948. Sin embargo, el doctor Max Pa
vey estaba en el escenario —el hombre con el que Bobby había jugado en
una exhibición simultánea tres años antes— preparado para jugar por su
país.
Cuando Nigro presentó a Bobby al escritor Murray Shumach del New
York Times, el niño se sintió cohibido y lo único que hizo fue mirarse los
zapatos. Allen Kaufman, jugador maestro, también conoció a Bobby ese
día y más de medio siglo después recordaba: “Parecía un buen chico, algo
tímido, pero yo no tenía ni idea de que estuviera hablando con un futuro
campeón mundial”. Al día siguiente, Shumach escribió en tono de humor
sobre los espectadores reunidos en el encuentro: “Los espectadores del
ajedrez son como los fans de los Dodgers con laringitis —hombres con
emociones desenfrenadas, pero voces calladas—.”
No totalmente calladas, tal como se desarrolló. Cuando las partidas se
hacían más complicadas, los espectadores, muchos de los cuales seguían
cada una de ellas con sus juegos de bolsillo diminutos o sus carteras de
ajedrez de cuero, debatían los vaivenes de las posiciones en voz baja. El
efecto acumulado del sonido era el de un viento suave de invierno o el
balanceo del oleaje en verano. En ocasiones, cuando se jugaba una com­
binación dudosa o complicada o cuando el diminuto estadounidense Res
hevsky dedicaba una hora y diez minutos a un único movimiento, daba
la impresión de que doscientas veinte cejas se levantaban al unísono. Si
el ruido de la sala se hacía demasiado molesto, Hans Kmoch, árbitro muy
formal y ataviado con una pajarita, se quedaba mirando con rabia hacia
los espectadores que se encontraban fuera y emitía un serio “¡silencio, por
favor!” con acento holandés. Heridos por la reprimenda, los espectadores
parecían avergonzarse por un momento y se callaban unos minutos.
A Bobby le gustaba estar en la sala y tener una tarjeta de puntuación
como si estuviera en Ebbets Field. El niño de once años escribía a lápiz con
cuidado los resultados de cada partida: ceros para las derrotas, unos para
las victorias y medios para los empates. Asistió a las cuatro rondas, sin ser
consciente de que en sólo unos años se estaría enfrentado, en distintos
torneos y encuentros de diferentes continentes, a catorce de esos dieciséis
jugadores de Estados Unidos y la URSS, un conjunto de los mejores juga­
dores del mundo.
Además de seguir el acto en el gran salón, a Bobby le gustaba la sala de
análisis. Allí, apartados para que los participantes no los escucharan, los
mejores jugadores debatían y analizaban en profundidad todas las parti­
das, movimiento a movimiento, mientras se jugaban. Bobby no estaba lo
54 • ENDGAME
suficientemente seguro de sí mismo como para dar su opinión en cuanto
a qué movimiento debía hacer un jugador o no, pero le encantaba poder
predecir algunos de los movimientos antes de que fueran realizados y po­
día comprender el motivo por el que realizaban otros.
Tras cuatro horas de juego, el equipo de Estados Unidos recibió una
derrota humillante, en la que cayó frente a los soviéticos 20-12. En la ron­
da final, el aplauso del público estadounidense parecía sincero y respe­
tuoso, pero a puerta cerrada se escuchaba un clamor quejumbroso entre
los jugadores de ajedrez: “¿Qué le pasa al ajedrez en Estados Unidos?” Un
editorial de Chess Life lamentaba la derrota del equipo vencido e intentaba
explicarla: “Una vez más, en el encuentro entre los equipos de Estados
Unidos y la URSS, hemos contemplado las pruebas reiteradas de que los
aficionados con talento son rara vez, o nunca, equivalentes a los profesio­
nales. Sin importar lo talentosos que sean por su herencia natural, los afi­
cionados carecen de esa precisión, a veces brutal, que marca a los mejores
profesionales como maestros de su gremio, esa visión previa casi instintiva
que solamente proviene de la práctica constante de la destreza en todas las
condiciones y contra todos los tipos de rivales”. Con gran pesar, Nigro y
Bobby cogieron el metro de vuelta a Brooklyn. Si Bobby aprendió algo de
ese encuentro fue que los jugadores soviéticos eran los mejores del m un­
do. Ese entendimiento le hizo rabiar bastante con determinación.
Al año siguiente, en julio de 1955, el encuentro de vuelta en Moscú se
situó todavía más a favor de los soviéticos: los estadounidenses perdieron
de nuevo; esta vez 25-7. Los titulares de los periódicos de todo el mundo
anunciaron el encuentro a bombo y platillo, y la imagen de los jugadores
estadounidenses apareció tanto en la portada del New York Times como
en la de otros periódicos de todo el mundo. La cantidad de tinta fue atri
buible al hecho de que Nikita Khrushchev y Nikolai Bulganin aparecieron
por sorpresa en una fiesta al aire libre realizada en Moscú para el equipo
de ajedrez estadounidense. Allí Khrushchev hizo pública una declaración
política con el fin de que la Unión Soviética fuera más sólida que nunca;
él estaba dispuesto a luchar por la tregua entre ambos países siempre y
cuando Estados Unidos accediera a hablar de forma honesta.

***
Durante el mismo verano de la derrota estadounidense frente a los so­
viéticos, Bobby Fischer, de doce años por aquel entonces, se dedicaba a sus
propias batallas en el tablero mientras jugaba en un torneo en Greenwich
Village. La escena de los tableros de ajedrez al aire libre de Washington
Frank Brady • 55

Square Park era una mezcla de vitalidad urbana y color. A diferencia de


las parejas apagadas y casi meditativas del club de ajedrez de Brooklyn, las
partidas del parque eran llevadas a cabo por un grupo dispar de personas
charlatanas y dinámicas, bohemios de pueblo, y jugadores de torneos que
disfrutaban compitiendo al aire libre, a veces desde el amanecer hasta el
ocaso. Curiosamente, los tableros de ajedrez traspasaban las barreras de
las clases: se podía ver a banqueros de Wall Street jugando contra vaga­
bundos de Skid Row o a jugadores de la liga Ivy enfrentándose a alumnos
desertores de instituto. El parque era una versión estadounidense de un
bazar de Oriente Medio, con cantantes de folk, cuentacuentos, mendigos,
disidentes políticos, oradores callejeros e incluso algún encantador de ser­
pientes. Esta atmósfera del todo vale fomentaba la audacia y el ingenio.
A pesar de la no conformidad del parque, durante la década de 1950
organizó torneos, y se jugaban partidas casi todos los días, incluso en in­
vierno, con jugadores envueltos en bufandas y gorros, que movían las pie­
zas torpemente con sus guantes. “Al principio no podía jugar” dijo Bobby
al recordar sus días en el parque. “Los jugadores eran todos adultos —de
hecho, la mayoría eran ancianos—, y no les interesaba perder su tiempo
con un niño. El señor Nigro me presentó y, cuando mejoré, me resultó
más fácil jugar”. Los recuerdos de Bobby de un elenco homogéneo de an­
cianos posiblemente estaban sesgado por su perspectiva de niño en aquel
entonces. En realidad, las mesas estaban repletas de jugadores de todas las
edades; sólo que no había muchos niños tan jóvenes como él.
En aquellos momentos, en el parque no se utilizaban los relojes para
cronometrar las partidas a menudo, pero era bastante popular un tipo de
ajedrez rápido llamado blitz (en alemán, relámpago). En esta modalidad,
los jugadores tenían que mover inmediatamente en cuanto el rival realiza­
ra su movimiento. Si un jugador no respondía tras unos segundos, el rival
—o un cronometrador designado— gritaba “¡mueve!”, y si no se cumplía
la petición, el jugador perdía. Se escuchaban muchos gritos de “¡mueve!”
cualquier día en el parque. Bobby jugaba a este tipo de ajedrez, ante la
insistencia de Nigro, y no era especialmente bueno, pero aceleraba su va­
loración de la posición y le obligaba a confiar en su intuición.
En verano de 1955, la participación de Bobby comenzó a participar
en el torneo de Washington Square Park. Se sentaba en un banco de ma­
dera y empezaba a mover sus piezas en las mesas de piedra con escaques
suavemente coloreados en rojo y gris. Cuando la práctica en el tablero
empezaba a ponerse tensa o complicada, el niño se volvía más pensativo
y frecuentemente se arrodillaba en el banco para tener una perspectiva
mejor. En ocasiones caían encima del tablero pétalos rosas y blancos de los
56 • ENDGAME
cerezos que florecían tarde, y alguno iba a parar suavemente en su cabeza.
Las personas que sacaban a pasear a sus perros pasaban continuamente
por allí, mientras tiraban de las correas y gritaban órdenes para evitar que
sus animales corrieran bajo las mesas y olisquearan los tobillos y zapatos
de los jugadores. Los mirones, que siempre daban consejos no solicitados,
a menudo tenían que ser ahuyentados por el organizador del torneo, José
Calderón.
Durante las partidas, a modo de ritual, Nigro se dirigía durante unos
minutos a un restaurante cercano y volvía con una hamburguesa, pata­
tas fritas y un batido de chocolate para Bobby, que devoraba la comida
sin prestar atención; sus ojos estaban siempre pendientes del tablero. Los
testigos comentaban a Nigro en voz baja lo resuelto y serio que parecía
el niño. Una vez, treinta minutos después de su almuerzo, Bobby, sin ser
consciente de que ya se lo había comido, susurró: “Señor Nigro, ¿cuándo
llega la comida?”.
El torneo de Washington Square de 1955 incluyó sesenta y seis jugado­
res de diferentes puntos fuertes y aptitudes. Como la cuota de inscripción
era solamente 10 céntimos (los 6,60 $ recaudados se enviaron a la Cruz
Roja estadounidense como donativo), todo el mundo podía participar.
Por lo que había principiantes que casi no conocían los movimientos, ju ­
gadores veteranos del club que habían jugado al ajedrez toda su vida y
unos cuantos maestros. Bobby se involucraba tanto en sus partidas que
no se dio cuenta de que algunos de los mejores jugadores, que iban de
camino a Moscú para otro encuentro de vuelta entre Estados Unidos y la
URSS, se habían parado a observar e incluso algunos estuvieron siguiendo
sus partidas.
Bobby ganó varias partidas a los jugadores más débiles, pero a medida
que avanzaba el torneo se fue enfrentando a rivales más difíciles y empezó
a perder. Harry Fajans, un maestro alto, delgado como un lápiz y con mala
postura, que era miembro del club de ajedrez Marshall, una de las institu­
ciones ajedrecísticas más célebres del país, contó que cuando venció a Bo­
bby en el torneo de Washington Square, el niño se echó a llorar. Cuando le
preguntaron a Bobby por ese suceso años después, se indignó muchísimo
y lo negó con vehemencia.
Las rondas del torneo se alargaron hasta octubre y durante las últimas
semanas hacía frío y llovía con frecuencia. Bobby, vestido con una chaque­
ta ligera con cremallera que no abrigaba lo suficiente, continuaba a pesar
de la incomodidad, y sus piezas a veces resbalaban en las mesas de cemento
mojadas por la lluvia. “Nos alegramos cuando acabó”, recordaba Fischer.
Frank Brady • 5 7

Terminó en la posición número quince y fue premiado con un bolígra­


fo, tal vez porque era el jugador más joven. Más tarde narró: “Me sentí mal
cuando me dieron el bolígrafo, ya que parecía uno de esos que compraba
por un cuarto o medio dólar”.Algunas semanas después, no obstante, al
pasar por una tienda mientras caminaba con su madre, ésta señaló un
bolígrafo idéntico a la venta en el escaparate. Tenía una etiqueta de 10,00
$. “Me sentí mejor”, bromeó Bobby.
Como consecuencia a su participación en el torneo, Bobby vio su
nombre publicado en un periódico importante por primera vez, precur­
sor del enorme protagonismo que le darían durante el resto de su vida. El
New York Times publicó una pequeña noticia sobre los resultados hacina­
da en la parte trasera del periódico, en la página de necrología. El titular
proclamaba:
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s>
new
=

EASTMAN GANA EN WASHINGTON SQUARE.UN NIÑO


_ DE 12 AÑOS CERCA DE LAS PRIMERAS POSICIONES.
Delacabez3adeZeus
URANTE EL VERANO de 1955, Bobby se topó de forma fortuita

D con un punto de reunión para aficionados del ajedrez y, gracias


a esto, elevó su juego a un nivel completamente nuevo. Nigro le
llevaba con frecuencia a Central Park en Manhattan, donde alquilaban
un barco durante una o dos horas y remaban arriba, abajo y alrededor del
apacible lago, a través de hojas de nenúfares, como si fueran remeros de
fin de siècle en un cuadro impresionista. Bobby remaba la mayor parte del
tiempo, lo cual ensanchaba sus hombros.
Una tarde de sábado, mientras caminaban hacia la salida del parque
para ir a casa, Bobby vio una placa sujeta en la parte delantera de un
elegante edificio de piedra en Central Park South, una lujosa calle
colindante al parque. El grabado decía simplemente: CLUB DE AJEDREZ
DE MANHATTAN. El letrero sobresaltó al niño y, mientras se quedaba
mirándolo, le llamó la atención una ventana abierta en la planta baja.
Bobby se quedó allí parado un momento, boquiabierto: estaba a sólo unos
centímetros de dos jugadores sentados frente a una mesa en el interior,
que movían piezas atentamente por el tablero. Los hombres intentaban
respirar aire fresco en uno de los días de canícula del verano. El club
parecía acogedor. Bobby se giró tímidamente hacia Nigro. “¿Podemos
entrar?” Su profesor simplemente dijo: “Probemos”.
“Buscábamos (una manera de) escapar del calor”, recordó Bobby. “Quise
entrar en cuanto vi el cartel, y me gustó nada más entrar”. El club estaba
decorado con trofeos, pinturas al óleo de jugadores legendarios como
Lasker, Morphy y Capablanca, fotografías de maestros contemporáneos y
60 • ENDGAME
estanterías repletas de obras de estrategia ajedrecística. Se estaban jugando
unas doce partidas cuando entraron. Bobby no vio a ningún niño.
Walter Shipman, uno de los directores del club, se acercó a los recién
llegados que vacilaban en la entrada. Se trataba de un abogado novel de
veintiséis años que más tarde se convertiría en un maestro internacional.
Saludó a la pareja de Brooklyn e, inmediatamente después, emparejó a
Bobby con un jugador. Bobby derribó rápidamente a su rival, que llamó a
otro jugador para que probara suerte con el niño y también fue derrotado.
En poco tiempo, sin ser todavía conscientes de que estaban delante de
un prodigio pero sabiendo que Bobby era excepcional, los jugadores del
club empezaron a reunirse alrededor de su tablero y a realizarle pregun­
tas. “¿Dónde has aprendido a jugar al ajedrez?” “¿Cuántos años tienes?”
“¿Dónde vives?” “¿Dónde has aprendido esa apertura?”
Bobby estaba debutando en la élite de la hermandad ajedrecística de
Nueva York. Se dieron cuenta de que, a diferencia de la mayoría de juga­
dores principiantes (aunque él no era realmente principiante, ya que había
estado jugando cuatro años en el club de ajedrez de Brooklyn, desde que
tenía ocho), Bobby era capaz de observar el tablero en su totalidad. No es
que tomara las mejores decisiones en todos y cada uno de los movimien­
tos sino que casi nunca se veía obligado a jugar ni salía mal parado en
ninguna combinación poco sólida de uno o dos movimientos: un cheapo,
término utilizando para una jugada fácil.
Shipman, que había sido incluido entre los veinte mejores jugadores
de Estados Unidos, se dio cuenta del potencial del niño. Jugó entusias
madamente una serie de partidas blitz, de un movimiento por segundo,
con él y Bobby ganó un tercio de ellas. Shipman recordaba: “Estaba tan
impresionado por la forma de jugar del niño de doce años que le presenté
a Maurice Kasper, presidente del club y fabricante de indumentaria millo­
nario, que le ofreció una inscripción juvenil gratuita que fue aceptada de
inmediato por Bobby”. Bobby se convirtió en el miembro más joven en la
historia del club. Kasper le dijo que podía ir todos los días si quería. Bobby
sonrió satisfecho. Se sentía como un niño en una tienda de caramelos.
El club de ajedrez de Manhattan era el más sólido del país y el segundo
más antiguo. Se fundó en 1877, tres años después del club de ajedrez del
Instituto de Mecánica de San Francisco, y durante muchos años incluyó a
casi todos los grandes jugadores de Estados Unidos. Los amantes del aje­
drez de fuera de la ciudad, e incluso de otros países que oían hablar sobre
la historia casi legendaria del club, se mudaban a Nueva York solamente
para formar parte del club de Manhattan, para mejorar sus aptitudes y te­
ner la posibilidad de jugar contra los grandes. Su popularidad era similar a
Frank Brady • 61

la de París en la década de 1920, donde los artistas iban en tropel a perfec­


cionar sus destrezas bajo la tutela de los maestros de allí. El club había sido
el emplazamiento de dos encuentros con clubes locales del campeonato
mundial (Steinitz-Zukertort en 1886 y Steinitz-Gunsberg en 1890-91)
y había sido el organizador del campeonato anual de Estados Unidos
desde la década de 1930. La mayoría de miembros eran judíos, colectivo
que se había dedicado a este juego durante siglos y tenía un gran dominio
de él. Más de un millón de judíos, la mayoría inmigrantes, vivían en la ciu­
dad de Nueva York en esa época, y muchos de ellos habían traído con ellos
su pasión por el ajedrez. En 1974, Anthony Saidy escribió en The World of
Chess: “Tal vez la mitad de los mejores jugadores de los últimos cien años
han sido judíos”. Cuando le preguntaban a Bobby si era judío, él respondía:
“En parte. Mi madre es judía.”
En escasas ocasiones, cuando no había ningún rival digno en el club
de Manhattan durante el día, Bobby deambulaba por Central Park y ju­
gaba al aire libre en los tableros de piedra cercanos a la pista de patinaje
de Wollman. Durante un largo y desesperante final de juego, comenzó a
llover y ni él ni su adversario dejaron que la tormenta aplazara su obliga­
ción de terminar la partida. Bobby pensaba y jugaba, reflexionaba y mo­
vía, mientras se empapaba. Cuando llegó a casa, su ropa estaba calada, sus
zapatillas chirriaban y salpicaban agua, y su cabello daba la impresión de
que acabara de salir de la ducha; Regina estaba furiosa. Pero sus enfados
nunca duraban mucho.
El club de ajedrez de Manhattan estaba organizado en cuatro grupos,
según su fuerza de juego.El más fuerte era el grupo exclusivo A en el que
se encontraban maestros y expertos, después el A-Reserva formado por
jugadores potencialmente fuertes, les seguía el grupo B, y por último la
categoría C que incluía los jugadores peor valorados o más débiles, mu­
chos de los cuales esperaban aumentar de rango en esta clasificación. En
sus primeras semanas como miembro, Bobby se inscribió en un torneo
para jugadores C y lo ganó con facilidad. Avanzó al grupo B y jugó varios
torneos en esa sección hasta que finalmente ganó y fue ascendido a A-
Reserva. Por último, en menos de un año, terminó siendo el primero de
este grupo también.
En poco tiempo, ya iba al club todos los días y se quedaba allí desde
primera hora de la tarde hasta altas horas de la noche. Regina quería que
fuera al campamento de verano como en otras ocasiones, pero Bobby no
quería saber nada. El club de ajedrez de Manhattan era el nirvana para él y,
aunque no hubiera planificado aún dedicar su vida al ajedrez, le encantaba
la sensación de ganar y quería estar siempre cerca del juego. El club de
62 • ENDGAME
ajedrez de Brooklyn solamente le daba la oportunidad de jugar los viernes
por la noche y algún martes —las dos noches de la semana en las que se
reunían— unas cuatro horas en total cada vez. En cambio, en el club de
Manhattan podía jugar doce horas al día, siete días a la semana.
El juego ocupaba la mente de Bobby, además de mitigar su soledad, y
mientras jugaba se sentía más vivo. Como era verano y no había clases, se
levantaba tarde, después de que su madre y su hermana se hubieran ido
del apartamento, desayunaba solo en una cafetería y cogía el metro hacia
Manhattan para ir al club. Regina lo controlaba constantemente, le llevaba
sándwiches de leberwurst envueltos en papel de aluminio y un envase de
leche para cenar, por temor a que Bobby, absorto en sus partidas, se saltara
su comida de la noche. Todos los días en torno a la medianoche, aparecía
en el club y casi tenía que arrastrarle para regresar a Brooklyn; realizaban
juntos el trayecto de una hora para volver a casa.
A lo largo de ese verano y durante algunos años más, Bobby empezó
a hacer amigos en el club de ajedrez. Al principio, la mayoría de sus
amistades eran jugadores más mayores, pero quizás como consecuencia
de que Bobby fuera miembro del club o debido a un cambio en su política
que permitía la inscripción de jugadores prometedores de la edad de
Bobby o algo más mayores, por fin encontró niños con los que relacionarse.
Muchos de ellos continuarían siendo sus amigos o compañeros de fatigas
toda la vida. William Lombardy, que ganó el campeonato juvenil mundial
y entró en el firmamento de los grandes maestros, tenía seis años más
que Bobby y al principio le ganaba la mayoría de veces. Era un muchacho
apasionado y brillante que poseía un gran sentido de la posición. Bernard
Zuckerman, que era casi tan estudioso como Bobby del análisis de
partidas, especialmente la estrategia de los movimientos de apertura,
nació con unos días de diferencia respecto a Bobby y al final se convertiría
en maestro internacional. Asa Hoffmann
—nacido en 1943, como Bobby, e hijo de dos abogados de Park Ave
nue— se convirtió en maestro de ajedrez, además de ser experto en otros
juegos de mesa como el chaquete y Scrabble, y adquirió fama de “jugador
por dinero”; es decir, sus aptitudes aumentaban en proporción a la apuesta
o el premio. Jackie Beers, un muchacho bajito de sonrisa encantadora y
temperamento feroz, se ganó el respeto de Bobby porque a veces estaba
a su altura en las partidas rápidas; y James Gore, un chico alto y pelirrojo
que vestía de forma conservadora, incluso cuando era adolescente, y que
adoptaba una actitud condescendiente hacia todos aquellos a los que de­
rrotaba, influyó mucho en Bobby. Todos estos jugadores jóvenes serían su­
perados por Fischer con el tiempo, pero le ponían a prueba con variantes
alternativas arriesgadas, y su juego mejoraba como resultado.
Frank Brady • 63

Bobby podía llegar a jugar hasta cien partidas rápidas contra sus
oponentes amistosos en un día. Con el paso del tiempo, cuando los niños
alcanzaron la plenitud de su adolescencia y se convirtieron en hombres
jóvenes, Bobby emergió como una especie de líder: le daban todo lo que
quería y le seguían allá donde fuera. “Una más”, decía con avidez colocando
las piezas, y nadie se negaba. El doctor Stuart Margulies, maestro varios
años mayor que Bobby, decía retrospectivamente: “Me encantaba jugar
con Bobby. ¡Lo adoraba!” Jugar con Bobby era como leer la poesía de
Robert Frost o tomar un largo baño caliente. Salías sintiéndote mejor.
Tal vez hubieras aprendido algo o quizás la concentración necesaria te
tranquilizase, aunque perdieras la mayoría de partidas. Los jugadores a
menudo sonreían cuando abandonaban una partida con Bobby, lo que
manifestaba la admiración de su astucia.
Uno de los primeros grandes maestros que Bobby conoció en el club
fue Nicholas Rossolimo, campeón del Abierto de Estados Unidos y an­
tiguo campeón de Francia. El día que se conocieron, Rossolimo estaba
sentado en un sofá, comiéndose una rosca con salmón ahumado y queso
para untar, y se dirigió a Bobby con la boca llena. Por ese motivo —y por
el marcado acento de Rossolimo—, Bobby no fue capaz de entender nada.
Sin embargo, el niño quedó impresionado por estar en presencia de un
campeón y sorprendido de que Rossolimo se dignara a dirigirse a él, aun­
que hablara entre dientes.
Pocos meses después de unirse al club, Bobby, junto con Lombardy y
Gore, dominaban los torneos rápidos semanales, en los que los jugadores
estaban obligados a realizar un movimiento cada diez segundos. Harold M.
Phillips, de ochenta años, un maestro y miembro de la junta, comparaba
con melancolía el estilo de Bobby con el de Capablanca, al que recordaba
bien por haberse unido al club con diecisiete años en 1905.
Aunque la vida de Bobby se centraba en Manhattan en ese momento,
había otros peones que capturar. Nigro llevó a su estudiante al campeona­
to de aficionados de Estados Unidos en 1955, celebrado a finales de mayo,
durante el fin de semana del Día de los Caídos. Puesto que los jugadores
de nivel experto no cumplían los requisitos para inscribirse, el torneo fo­
mentaba la participación de los más débiles y menos experimentados. Era
un torneo del sistema suizo (en el que los jugadores con puntuaciones
similares continúan emparejados hasta que uno de los dos resulta vence­
dor tras jugar un número concreto de rondas) con seis partidas por par­
ticipante. El torneo se celebró en un centro turístico de Lake Mohegan, al
norte de la ciudad de Nueva York, en el condado de Westchester.
64 • ENDGAME
Mientras Nigro conducía fuera de la ciudad, mantuvo su conversación
habitual con Bobby, en la que el niño cuestionó teorías que había leído
y le preguntó sobre la fortaleza o debilidad de los movimientos que él o
un adversario había realizado durante las partidas en el club de ajedrez
de Manhattan. Después de un rato, Bobby pasó a las preguntas sobre el
torneo del fin de semana. ¿Quién creía Nigro que participaría? ¿Qué tal
serían los otros jugadores? ¿Cómo pensaba que lo haría Bobby?
Nigro, que tenía la sensación de que Bobby se sentía inseguro, intentó
tranquilizarle y explicarle lo importante que era para él ganar experiencia
competitiva. Bobby se quedó más tranquilo y acabó mordiéndose las uñas
y mirando fijamente el paisaje a través de la ventaba, mientras el coche
giraba desde la autovía hacia la carretera que atravesaba los terrenos junto
al lago en dirección al centro turístico.
Cuando llegaron al lugar del torneo, y Nigro estaba a punto de pagar
la cuota de 5 $ para inscribir a Bobby como miembro de la Federación
de Ajedrez de Estados Unidos —requisito para todos los participantes—,
Bobby perdió los nervios o su fuerza de voluntad y dijo que no quería
jugar. Dijo que había visto gente nadando en el lago y barcas de remos.
Prefería hacer eso. ¡También había una pista de tenis! Nigro trató de atraer
su atención de nuevo al motivo por el que estaban allí. Bobby sostuvo que,
ya que la habitación del hotel estaba pagada (solamente 3 $ la noche por
persona, una tarifa especial para los participantes del torneo) y se iban a
quedar todo el fin de semana de todos modos, quería aprovechar la oferta
de deportes.
Nigro se dio cuenta de que Bobby estaba intentando evitar lo que temía
que iba a ser una derrota inevitable. Convenció al niño de que cambiara
de opinión y le animó a ir al tablero. Bobby jugó pero, debido a su frágil
confianza o interés, sus intentos dieron lugar a una puntuación muy baja.
Años más tarde, Bobby recordaba que no se había sentido descontento
con el resultado y había tomado en serio el consejo de Nigro: “No puedes
ganar todas las partidas. Simplemente hazlo siempre lo mejor que puedas.”
Unos meses después, decidido a compensar su mala clasificación, en­
vió su inscripción para jugar en el campeonato juvenil de Estados Unidos
en Lincoln, Nebraska. Nigro no pudo sacar tiempo en su horario de do­
cente para acompañarle, Regina tampoco podía dejar su trabajo ni sus
estudios, máxime cuando había estado enferma en casa tres semanas por
un problema pulmonar crónico. Así que Bobby optó por ir solo.
Esperaba con impaciencia junto a la ventanilla de la estación de Pensil
vania, donde Regina estaba intentando comprarle un billete para Nebras-
Frank Brady • 65

ka pasando por Filadelfia. Había ahorrado dinero para que pudiera ir y


estaba decidida a conseguirlo. El plan era que Bobby cogiera el tren hasta
Filadelfi a y se reuniera con otro jugador, Charles Kalme, que también iba
a asistir al juvenil de Estados Unidos. Después, los dos viajarían juntos
casi 2.300 kilómetros. “¿Cuántos años tiene su hijo, señora?”, preguntó el
vendedor. Dijo que el niño tenía doce, y éste se negó a venderle el billete.
“Es demasiado joven para viajar esa distancia solo”. “Pero usted no lo en­
tiende”, esgrimió ella. “¡Debe ir! ¡Es por el ajedrez!” El vendedor levantó la
mirada por encima de sus gafas y miró a Bobby. “¿Por qué no me había di­
cho que el niño se trasladaba por motivos médicos?” Años después, Bobby
se reía recordando el episodio: “Y nos vendió el billete sin decir nada más.
¡Creyó que me pasaba algo en el pecho!” Con algo de inquietud, Regina
mandó de camino a su pequeñín del ajedrez, no sin antes colocarle en el
cuello una enorme placa identificativa del ejército de los Estados Unidos,
grabada con su nombre, dirección y número de teléfono. “Por si acaso...”,
dijo. “¡No te la quites!” Y no lo hizo.
Charles Kalme, de origen letón y dieciséis años, era un muchacho
educado y bien parecido, que había pasado varios años en un campo
de refugiados, y actual campeón juvenil de Estados Unidos. Bobby y él
jugaron miles de partidas rápidas durante el viaje de dos días y analizaron
posiciones de apertura y finales de juego. Kalme, considerablemente más
fuerte, respetaba la pasión de Bobby.
Desafortunadamente para los participantes del juvenil de Estados
Unidos, la ciudad de Lincoln se vio envuelta en una ola de calor de más de
treinta y cinco grados durante el torneo, y el Civic Hall, el gran salón donde
se celebraba, parecía tener muy poco aire acondicionado, si es que lo tenía.
Bobby, de doce años, era el más joven de los veinte jugadores en el torneo
de diez rondas. Un participante tenía trece y había varios veinteañeros;
todos ellos muy bien valorados. Ron Gross, un poco mayor y con más
experiencia que Bobby, reflexionó más tarde sobre la actuación de Bobby:
“Fischer era flaco e inquieto, pero agradable de manera despreocupada.
No era mal perdedor. Simplemente era muy callado; giraba un poco más
su placa identificativa e inmediatamente después colocaba las piezas para
jugar de nuevo”. Regina llamaba a Bobby todos los días a la hora acordada
para ver si todo iba bien y, a final de mes, recibió una factura telefónica de
50 $, más de lo que pagaba por el alquiler.
Bobby, con su placa identificativa enroscada, consiguió una puntua­
ción neutra, con dos victorias, dos derrotas y seis tablas, lo que provocó
que luego se preocupara porque “no lo he hecho demasiado bien”. Pero
recibió como premio un magnífico trofeo por conseguir la mejor puntua-
ción obtenida por un jugador menor de trece años. “¡Yo he sido el único
jugador menor de 13!”, puntualizó Bobby rápidamente. El trofeo era de­
masiado grande y pesado; aun así, insistió en llevarlo él a Brooklyn en
lugar de enviarlo. “Me emocionó mucho”, recordaba, a pesar de no haberlo
ganado por un juego excepcional. Su compañero de viaje, Charles Kalme,
repitió su victoria del año anterior y conquistó el título de campeón nue­
vamente. Él no volvió a la costa este justo después del torneo, por lo que
Bobby viajó solo, en autobús esta vez, mirando por la ventana en ocasio­
nes, pero sobre todo analizando partidas en su juego de bolsillo.

*
Como Bobby estaba cada vez más involucrado en el mundo del aje­
drez, llamó la atención de un hombre, acaudalado y poco corriente, lla­
mado E. Forry Laucks. Jugaba al ajedrez y le gustaba estar rodeado de
otros jugadores; muchos de ellos poco convencionales y con mucho ta­
lento. Siempre era generoso con Regina y ayudaba a Bobby con pequeñas
cantidades de dinero
—entre 25 y 100 $— para las cuotas de inscripción de los torneos y
otros gastos. En la primavera de 1956, Laucks reunió a un grupo de juga­
dores de ajedrez para realizar una excursión de unos 5.600 kilómetros por
el sur de Estados Unidos hasta Cuba, parando en varios pueblos y ciuda­
des para jugar una serie de encuentros con clubes locales.
Para que Bobby pudiera participar en la arrolladora excursión a Cuba,
Regina le permitió dejar el colegio temporalmente. Pensaba que el viaje
sería educativo y mostraría lugares nuevos y personas diferentes a su hijo.
No obstante, aceptaba la participación de Bobby solamente si ella podía
acompañarle.
Laucks no sabía o no le importaba que Regina, y por tanto Bobby, fuera
judía, ni tampoco ella parecía muy preocupada por la lealtad neonazi (al­
gunos le llamaban antiguo nazi) de Laucks. La idea de viajar, especialmen­
te al país políticamente explosivo de Cuba, fomentó el ansia de ver mundo
de Regina. Recibieron el permiso de la escuela Community Woodward
para la ausencia de tres semanas de Bobby; el niño estaba encantado con
la idea de viajar y jugar al ajedrez en lugar de asistir a clase.
Laucks generalmente llevaba una pequeña insignia negra esmaltada
con una esvástica nazi dorada. Sorprendentemente nunca llamaba mucho
la atención. No la llevaba siempre, pero lo bastante a menudo, y no parecía
cohibirle cuando iba a una charcutería judía a pedir su sándwich favorito
de pastrami en pan de centeno o al conversar con jugadores de ajedrez
Frank Brady • 67

judíos. Un jugador, William Schneider, dijo que le avergonzaba cuando


Laucks —con su esvástica— y él volvían de algún torneo y hacían una
parada en un restaurante judío. Nadie decía nada sobre la esvástica o ni
siquiera se daban cuenta. Además de la insignia, Laucks llevaba normal­
mente —si lo permitía el tiempo— un sombrero tirolés de ala estrecha
con una pluma en el cintillo, adornado con emblemas de los países a los
que había viajado. Siempre vestía sus lederhosen con ostentación e incluso
durante algunos años lució un bigote hitleriano. Cuando entraba en un
torneo, vestido con camiseta y pantalón caqui y corbata oscura y alardean­
do de su bigote, era como si se hubiera encarnado en un doppelgänger del
f ührer. En su casa, colgaba banderas nazis en lugares destacados y exhibía
modelos de aviones de Messerschmitts y Junkers, un cuadro al óleo de
Adolf Hitler y otros recuerdos de la Alemania nazi.
Laucks era una de las personas más excéntricas de la comunidad aje­
drecística de Nueva York indiscutiblemente, con valores contradictorios
y un comportamiento imprevisible. Sin embargo, a pesar de sus adornos
nazis, rara vez hablaba sobre sus creencias políticas. Siempre podía con­
tarse con su apoyo financiero para equipos y jugadores, y era patrocinador
de muchos, algunos muy importantes, actos ajedrecísticos. Además, había
formado un grupo de ajedrez plenamente operativo —el club de ajedrez
Log Cabin— que se encontraba en el sótano (decorado como si fuera una
cabaña de madera) de su espaciosa casa de West Orange, Nueva Jersey.
Varios jugadores, algunos marginados o cercanos a la indigencia pero con
aptitudes de expertos para el juego, vivían de forma continua con él en la
casa. Su mujer y sus dos hijos vivían en otra casa en Old Lyme, Connec-
ticut, y Laucks casi nunca les visitaba, ya que prefería quedarse en Nueva
Jersey con sus amigotes del ajedrez.
Además de su deseo interesado de viajar, Regina insistió en formar
parte del viaje porque no confiaba en uno de los participantes: Norman
T. Whitaker, un hombre de mirada furtiva. Era un abogado inhabilitado
que había cumplido condena durante años en Alcatraz y Leavenworth por
varios crímenes y estafas, que incluían la extorsión de más de 100.000 $
por asegurar (falsamente) que conocía el paradero del bebé perdido de
Lindbergh. Whitaker, conocido como “el zorro”, nombre con el que se ha­
cía referencia a él en el timo de Lindbergh, también había sido encarcelado
por el robo de un coche y la violación a una niña de doce años. Cuando
tenía sesenta y tantos años, le propuso matrimonio a una niña de catorce
años. Regina estaba preocupada de que sus tendencias pedófilas pudieran
aplicarse tanto a niños como a niñas y no quería que estuviera a solas con
Bobby en el viaje. El motivo por el que Whitaker fue aceptado como parte
68 • ENDGAME

del equipo Log Cabin o en la comunidad ajedrecística en general es una


cuestión difícil de responder, salvo por el hecho de que, en la época del
viaje de Laucks, Whitaker todavía era un jugador potente a sus sesenta y
seis años y en sus mejores tiempos había sido uno de los mejores jugado­
res del país. También tenía unas maneras cautivadoras, como la mayoría
de hombres con confianza en sí mismos. Quizás sus destrezas ajedrecísti­
cas y su labia impedían que algunas personas recordaran su pasado des­
preciable, lo cual demuestra la máxima de que a veces los jugadores de
ajedrez tienen compañeros de equipo extraños.
A diferencia de Whitaker, uno de los jugadores más encantadores de
esta caravana del ajedrez era Glenn T. Hartleb, experto de Florida. Era
un hombre alto y amable con gafas de montura de acero y una sonrisa
constante. Hartleb saludaba a todo aquel con el que se encontraba —
campeón o jugador malo, principiante o veterano, niño u octogenario—
haciendo una reverencia y diciendo con un respeto profundo: “¡Maestro!”
Cuando le preguntaban por qué usaba este saludo, decía: “En la vida,
todos somos maestros”, parafraseando la frase de un antiguo campeón:
“En la vida, todos somos zoquetes”.
El dispar equipo se montó en la furgoneta, poco fiable, 1950 Chrysler
de Laucks, la cual contenía el equipaje de todos ellos, juegos y tableros
de ajedrez, comida y sacos de dormir —algunos sujetos con correas de
manera precaria a la parte superior—, y como la familia Joad en Las uvas
de la ira, llenos hasta los topes y con los amortiguadores a sus límites, ya
estaban listos. “¡Vamos a darle velocidad!”, dijo el millonario Laucks ale­
gremente, utilizando su expresión favorita, y luego empezó a conducir a
más de cien kilómetros por hora por la autopista de peaje, dando lugar a
un viaje espeluznante (Laucks era un conductor peligrosamente despreo­
cupado). Bobby estaba sentado en la parte delantera, entre el fascista y el
estafador.
La tripulación del Log Cabin vagaba por el sur parando en los pueblos
para jugar encuentros previamente acordados u organizados de manera
apresurada, siempre con Whitaker como mejor jugador en el tablero uno
y Bobby, en el dos. Bobby, que se sentía como si estuviera haciendo no­
villos, se lo pasaba bien compitiendo en los encuentros, normalmente a
un tiempo límite relativamente pausado de sesenta movimientos en dos
horas. La mayoría de su competencia era dura, pero nada con lo que él
no pudiera. También jugaba cientos de partidas con sus compañeros del
equipo mientras iban en el coche y, a excepción de las partidas contra
Whitaker, normalmente ganaba.
“Quiero ver los cocodrilos”, soltó de sopetón mientras conducían por
Frank Brady • 69

Everglades. “Vamos a parar; quiero un refresco”, decía con frecuencia. Sus


quejas de niño pequeño, incluyendo el tradicional “¿Cuándo llegamos?”,
molestaban a algunos miembros del equipo, y empezaron a referirse a él a
sus espaldas como “el monstruo”.
El viaje no era totalmente gratuito para los Fischer. Aunque Laucks,
con su gran fortuna, podía haber cubierto los gastos de todos ellos, él elegía
dónde, cuándo y cómo quería gastar su dinero en pequeñas cantidades.
En ocasiones, el equipo paraba en un restaurante bastante caro, y él
anunciaba: “Pedid todo lo que queráis de la carta, excepto alcohol”. Otras
veces, Bobby y Regina tenían que pagar sus gastos.
En el sur, Bobby presenció por primera vez prejuicios raciales. Todavía
no estaba permitido que los negros se sentaran en la barra. Bobby pre­
guntó a su madre qué significaba el cartel de las fuentes que decía: “Sólo
personas de color”. Regina se ponía furiosa con los prejuicios que veía,
pero no parecía preocuparle a nadie más.
Uno de los hombres del viaje empezó a dar a entender al resto que es­
taba a punto de seducir a Regina y que creía que ella estaba dispuesta a ser
seducida. Se convirtió en el hazmerreír una noche cuando ella se opuso
firmemente a que entrara en su habitación.
Apiñados en el coche, a veces el grupo se cansaba del ajedrez y hablaba
y rememoraba otras aventuras, reales o imaginarias. Whitaker contaba al
menos un chiste al día, por lo general de mal gusto: “Conozco a una mujer
que pagaría mil dólares por verme desnudo. Es ciega”. A menudo Bobby
pedía que se los explicaran. “Ven luego y te lo cuento”, soltaba alguien.
Durante las seis horas de viaje en ferry desde el muelle de Duval
Street en Key West hasta La Habana, Bobby y un jugador más mayor, Ro
bert Houghton, jugaron al ajedrez a la ciega, en el que visualizaban el de­
sarrollo de la partida y decían sus movimientos imaginarios en voz alta,
pero cuando llegaban a nueve o diez movimientos y la partida se hacía
más complicada, las posiciones comenzaban a disolverse en la mente de
Houghton y no era capaz de continuar. Para Bobby, las posiciones eran
tan claras como si tuviera la partida en un tablero frente a él. Después
de unos cuantos intentos más sin tablero ni piezas, dejaron el encuentro
invisible y jugaron con el juego portátil. Bobby ganó decenas de partidas
rápidas en esa sesión, sin perder ninguna.
La Habana en 1956 era una ciudad animada y corrupta. Los agentes
turísticos la llamaban “la perla de las Antillas”, pero también se hacía
referencia a ella de manera más provocativa como “la ciudad más sexy
del mundo”. Repleta de casinos de juego, burdeles, prostitutas y botellas
70 • ENDGAME
de ron a sólo 1,20 $, la ciudad tenía fama de ser un lugar de depravación.
Más de 250 turistas estadounidenses fueron a La Habana ese año, la
mayoría para tener uno o dos fines de semana de excesos. Sin embargo,
la tripulación del Log Cabin había ido a La Habana a jugar al ajedrez y,
aunque es posible que algún hombre fuera por la noche al infame teatro
Shanghái u otros lugares oscuros, los miembros del equipo jugaron casi
todos los días.
El encuentro más importante del equipo contra el club de ajedrez de
Capablanca fue decepcionante para los estadounidenses: aunque Bobby
y Whitaker ganaron sus partidas, el resto perdió. Bobby realizó una ex­
hibición simultánea de doce tableros contra los miembros del club; ganó
diez e hizo dos tablas. “Solamente por diversión, no por dinero”, explicó
rápidamente. Tiempo después, resumía su experiencia: “Parecía que los
cubanos se tomaban el ajedrez más en serio. Lo sentían más como yo lo
hago. El ajedrez es como una batalla, y a mí me gusta ganar. Así que a ellos
también”.
El New York Times se hizo eco
s> del viaje con un titular:
new
<
=

_ EL EQUIPO DE AJEDREZ TERMINA SU VIAJE.


Frank Brady • 71

X
Jack Collins, uno de los grandes profesores de ajedrez, vivía con su
hermana Ethel en Brooklyn y era el anfitrión de un salón de ajedrez en
su apartam ento llamado club de ajedrez Hawthorne, donde se reunían
habitualmente. Estaba abierto y era gratis para casi todo el mundo que
quisiera jugar —o analizar— partidas con él, aunque sí que cobraba una
tarifa simbólica por algunas clases individuales. Era generoso, muy buen
autodidacta, y tenía un sentido del humor desternillante. Algunos de los
mejores jugadores de Estados Unidos eran alumnos de Collins, como los
hermanos Byrne y William Lombardy. El apartamento de Collins esta­
ba lleno de cientos de libros de ajedrez, cuadros y estatuas ajedrecísticas,
y muebles y tapicería decorada con piezas de ajedrez; era un verdadero
museo de ajedrez. Jack había intercambiado algunas palabras con Bobby
cuando se conocieron en Asbury Park, Nueva Jersey, en el campeonato de
aficionados de Estados Unidos el fin de semana del Día de los Caídos en
1956. En ese encuentro, Collins había invitado a Bobby a ir al apartamen­
to, y dos semanas después el niño se presentó allí. Collins escribió sobre la
primera visita de<cart>Bobby a su casa:
=
72 • ENDGAME

guir el ritmo de sus pensamientos. Encontró varias posibilidades


ocultas que yo no había visto. Estaba sumamente impresionado.
Por supuesto, había oído hablar de su extraordinario talento. Pero
era la primera vez que era consciente de que era un prodigio de
verdad y quizás llegase a ser uno de los jugadores más grandes de
_todos los tiempos.

Como Bobby había dado el salto al club de ajedrez de Manhattan el


verano anterior y había establecido su residencia allí, su presencia en el
salón de Collins enseguida se hizo habitual. La casa del profesor de ajedrez
estaba solamente a unas manzanas del instituto Erasmus, y Bobby salía
volando de allí durante la hora del almuerzo y otras horas libres, jugaba
unas cuantas partidas con Collins mientras se comía el sándwich que traía
de casa y después volvía corriendo al instituto. A las tres de la tarde, re­
gresaba, pasaba el resto del día frente al tablero y al final cenaba con Jack
y Ethel, generalmente mientras los dos amigos todavía seguían jugando
o analizando. Bobby continuaba frente al tablero durante la noche hasta
que Regina o Joan venían y le acompañaban a casa. Bobby y Jack jugaban
miles de partidas —la mayoría rápidas—, analizaban cientos de posiciones
y resolvían decenas de problemas ajedrecísticos juntos. Además, Bobby
se convirtió en usuario constante de la biblioteca de Collins. El hombre,
raquítico y bajito, confinado a una silla de ruedas y el niño en edad de
crecimiento iban al cine, cenaban en restaurantes, asistían a los aconte­
cimientos ajedrecísticos de los clubes, celebraban cumpleaños e iban de
vacaciones juntos. El apartamento de Collins se convirtió en el hogar de
Bobby en todos los sentidos, y el niño se consideraba parte de la familia.
¿Fue, de hecho, Jack Collins el profesor más importante de Bobby, res­
tando importancia a Carmine Nigro? La cuestión debería plantearse, ya
que Bobby más adelante dijo que no había aprendido nada de Collins.
Lo cierto es que el rápido rechazo a la aportación de Collins tal vez fuera
expresado desde el orgullo ingrato y la frialdad. Definitivamente, Collins
remplazó a Carmine Nigro como mentor de Bobby después de que Nigro
se mudara a Florida en 1956, el año en que Bobby y Collins se conocieron.
Bobby no volvería a ver más a Nigro.
Collins era uno de los mejores jugadores de Estados Unidos y, duran­
te varios años, fue clasificado entre los cincuenta mejores. Nigro nunca
consiguió ningún logro similar. Bobby decía que siempre sintió que Nigro
era más un amigo que un profesor, pero era muy buen maestro. Nigro era
maestro profesional y bastante formal en su técnica instructiva, mientras
que Collins, talentoso y cariñoso, empleaba un método socrático. Cuando
Frank Brady • 73

estaba con los alumnos, a menudo simplemente colocaba una posición y


decía: “Veamos esto”, como hizo el primer día con Bobby, y después le pe­
día al jugador que propusiera un plan o serie de alternativas, lo cual hacía
pensar al estudiante. Hizo esto con Bobby montones de veces. Nigro y Co
llins actuaban de manera paternal con el niño, pero la relación de Collins
duró más de quince años. La de Nigro, aunque hay que reconocer que tuvo
lugar en una etapa formativa de la vida de Bobby, duró solamente cinco.
Cuando Bobby volvía de un torneo, normalmente iba corriendo a ver
a Collins y a analizar sus partidas con él. Collins, un analista inteligente,
comentaba los movimientos que Bobby hacía y no jugaba. El aprendizaje
tenía lugar, pero no del modo tradicional. El enfoque de Collins no era:
"Debes recordar esta variante de la defensa india de rey, que es mucho más
fuerte que la que tú has jugado”, sino que confiaba en un tipo de ósmosis.
El maestro internacional James T. Sherwin, un neoyorquino que conocía
bien tanto a Fischer como a Collins, dijo lo siguiente cuando escuchó el re­
chazo posterior de Bobby a la influencia que ejerció Collins sobre él: “Bue­
no, yo creo que es un poco arrogante; lo debió de decir en un momento de
orgullo. Bobby tuvo que aprender de Collins. Por ejemplo, Jack siempre
jugaba la defensa siciliana, y después Bobby empezó a jugarla. Considero
que el comentario era la manera que tiene un muchacho de decir: ‘Soy el
mejor. Nadie me ha enseñado nada y he recibido ese don de Dios”. Creo
que Jack ayudó a Bobby psicológicamente, con sus enfrentamientos aje­
drecísticos, simplemente siendo duro y queriendo ganar siempre.”
Collins también se dio cuenta de lo que Nigro había observado un año
antes: la costumbre de Bobby de procrastinar en las partidas, al perder el
tiempo frente al tablero y dedicar demasiado tiempo a realizar un movi­
miento obvio. Para ayudar al niño a superar esas tendencias contraprodu­
centes, Collins pidió un reloj de Alemania con un cronómetro especial de
diez segundos e insistió en que Bobby jugara con él para practicar pensa­
mientos y movimientos más rápidos.
Collins, por su parte, dijo que nunca había enseñado a Bobby en el
sentido estricto de la palabra. Y puntualizó: “Los genios como Beethoven,
Leonardo da Vinci, Shakespeare y Fischer proceden de la cabeza de Zeus.
Por lo general, parecen estar programados; saben antes de ser enseñados”.
Básicamente, Collins estaba diciendo que el talento de Bobby Fischer era
un don divino, innato, y que todo lo que pudo hacer fue servirle como
guía o testigo, al fomentar y promover sus dones prodigiosos. También
era un amigo fiel.
74 • ENDGAME

Fischer, que mucho después adquiriría notoriedad por su retórica an­


tijudía, siempre decía que, aunque su madre era judía, él no había recibido
formación religiosa. Se desconoce si Bobby, en su décimo tercer cumplea­
ños, el 9 de marzo de 1956, o en días cercanos participó en la ceremonia
formal judía del Bar Mitzvah, leyendo el Torá en hebreo en una sinagoga.
Sin embargo, su amigo Karl Burger dijo que cuando jugaba con Bobby,
que por aquel entonces tenía doce años, en el parque de Rochester Avenue
en Brooklyn, el niño “estaba estudiando para su Bar Mitzvah”. El hecho
de que, muchos años después, le regalara un reloj antiguo y un juego de
ajedrez a su amigo húngaro Pal Benko, gran maestro, respalda también
la creencia de que Bobby había asistido a la ceremonia. Bobby los había
guardado entre sus pertenencias y le dijo a Benko que eran regalos que
había “recibido por su Bar Mitzvah”.
Es posible que simplemente se los regalaran en su décimo tercer cum ­
pleaños, aunque realmente no tuviera ninguna ceremonia de llegada a la
edad adulta o Bar Mitzvah. Las circunstancias difíciles de Regina quizás
también tuvieron algo que ver: normalmente hay que pagar una tarifa du­
rante un año por la instrucción que reciben los niños de doce años para
prepararles para la ceremonia.
Cuando Bobby cumplió trece años, sintió que era un adulto de verdad,
que tenía que encargarse de sí mismo y que su destino ya no era estar en
manos de nadie. Desde luego, sí que parecía que mostraba una madurez
recién descubierta y, en lo que se refiere al ajedrez, mejoró sus aptitudes
hasta tal punto que su juego se hizo más resuelto.
En 1956 tuvo lugar una mejora importante en su curva de aprendizaje,
cuando tenía trece años. El estudio intenso de las partidas y el juego
constante dieron un resultado notable. Ese mes de mayo, quedó en
vigésimo primer lugar en el torneo anual de aficionados del Día de los
Caídos. Solamente cinco semanas después, el fin de semana del 4 de julio,
ganaba el campeonato juvenil de Estados Unidos en el club de ajedrez
Franklin Mercantile de Filadelfia. Sólo habían pasado cuatro meses desde
su décimo tercer cumpleaños y Bobby se había convertido en el maestro
del ajedrez más joven de la historia y uno de los mejores jugadores jóvenes
del país.
Los factores que pudieron haber contribuido a su ascenso meteórico
en esa época fueron: conocer a Jack Collins y jugar innumerables partidas
con él y sus discípulos, casi todos maestros que iban a su salón durante el
verano; un año enfrentándose a la competencia en el club de ajedrez de
Frank Brady • 75

Manhattan; los conocimientos adquiridos por medio del estudio incesante


de libros y publicaciones de ajedrez durante cinco años; y una forma de
entender el juego que, a través de la combinación de estudio, experiencia
y dones intrínsecos, se había fusionado en su mente.
Pero también existían elementos personales. Las derrotas que había
experimentado en los torneos le crearon una determinación firme por ga­
nar. “Simplemente no puedo soportar pensar en la derrota”. Y en algún
momento se reconcilió con la necesidad de correr riesgos. Al fin y al cabo,
tal vez se había reducido a lo que el poeta Robert Frost dijo una vez sobre
una educación satisfactoria: “Simplemente tienes que esperar hasta que lo
entiendas”.

***
Sólo dos semanas después de aquel torneo del fin de semana del 4 de
julio, se iba a celebrar el campeonato Abierto de Estados Unidos en la ciu­
dad de Oklahoma. Habría muchos más participantes, incluyendo algunos
de los mejores jugadores de Estados Unidos y Canadá.
Aunque Bobby no tenía esperanzas de clasificarse entre los mejores
competidores, estaba ansioso por continuar su racha de victorias, cons­
ciente de que la posibilidad de competir contra jugadores más fuertes me­
joraría su juego. Regina se opuso. Estaba preocupada de que terminara
agotado al jugar un tercer torneo en menos de dos meses. Además, le re­
sultaba imposible acompañar a su hijo en el largo viaje hasta Oklahoma y
estaría intranquila si iba solo.
Bobby era persistente. “Si pude ir Nebraska solo, ¿por qué no a Okla­
homa?”, sostuvo. Regina aceptó a regañadientes, pero conseguir suficiente
dinero para sus gastos era un problema, como siempre. Convenció a Mau
rice Kasper del club de ajedrez de Manhattan para que le facilitara 125 $
para los gastos de Bobby (el viaje costaba 93,50 $) y se puso en contacto
con el comité organizador del torneo para que Bobby se quedara en casa
de alguien y ahorrara el coste de un hotel. La mujer de un jugador accedió
a estar pendiente del niño y darle de comer. Antes de partir, para ayudar a
conseguir dinero para su viaje, Bobby jugó una exhibición simultánea de
veintiuna partidas en el vestíbulo del YMCA de la ciudad de Jersey, en la
que ganó diecinueve partidas, hizo tablas una vez y perdió otra, con unos
cien espectadores. Todos los jugadores pagaron un dólar, con dos entradas
gratuitas permitidas. El beneficio de Bobby: 19 $. Regina, que tuvo que
apretarse el cinturón para cubrir el resto de gastos, lo mandó a Oklahoma.
Era, con creces, el mejor torneo en el que Bobby había jugado. El
76 • ENDGAME

Abierto de Estados Unidos se celebraba en el hotel Biltmore de Oklaho


ma, algo parecido a una residencia palaciega que parecía estar fuera de
contexto en una ciudad de Great Plains, aunque la decoración indígena
americana y los cuadros de búfalos recordaban a los participantes que es­
taban en un país de vaqueros.
Bobby, todavía pequeño para su edad (parecía tener sólo nueve o diez
años) se convirtió en la novedad en el Abierto. Fue entrevistado dos veces
para la televisión local, se publicaron reseñas sobre él en los periódicos y
la revista Oklahoman, y seguía atrayendo al público a su tablero. Siempre
había un flash de los fotógrafos a mano para sacarle una foto.
Ciento dos jugadores compitieron en el torneo de doce rondas, que se
alargó dos semanas. Los rivales de Bobby no fueron necesariamente los
mejores del torneo ni tampoco los peores. Hizo tablas con varios maes­
tros, ganó a algunos expertos (jugadores de un rango inferior al de los
maestros), mantuvo su determinación y no perdió ni una partida, lo cual
era un récord para un niño de trece años en un Abierto de Estados Uni­
dos. Cuando se recogieron las piezas, había empatado con otros cuatro
jugadores en la cuarta posición, a sólo un punto de diferencia del ganador,
Arthur Bisguier, un compañero del club de ajedrez de Manhattan. Su cla­
sificación oficial en la Federación de Ajedrez de Estados Unidos, calculada
después del acto, fue astronómicamente elevada (2375), lo que confirmaba
su estatus de maestro y le situaba en el número veinticinco del país. Nadie
*en Estados Unidos ni en el mundo había ascendido tan deprisa.

A finales de agosto de 1956, Bobby continuó su éxito de Oklahoma con


un viaje a Montreal. De nuevo, Regina le había buscado una casa donde
quedarse; en esta ocasión, con la familia de William Hornung, uno de los
seguidores del torneo. Los ochenta y ocho jugadores del primer Abierto de
Canadá posiblemente constituían una lista más fuerte que la del Abierto
de Estados Unidos unas semanas antes. Los mejores jugadores de Canadá
salieron en bloque.
Algunas de las estrellas más jóvenes, pero más fuertes, de Estados Uni­
dos se habían atrevido a jugar al norte de la frontera. Como era habitual,
Bobby era el más joven de los contingentes de la ciudad de Nueva York,
que incluían a Larry Evans, William Lombardy y James T. Sherwin. Éste
último jugó diez partidas rápidas seguidas con Bobby entre rondas y per­
dió todas: “En ese momento determiné que de verdad era demasiado bue­
no para mí”, recordaba Sherwin.
Frank Brady • 7 7

En la cuarta ronda, Bobby se vio envuelto en una ultramaratón ajedre­


cística, un gran espectáculo de 108 movimientos que duró más de siete
horas. Se enfrentaba a Hans Matthai, inmigrante alemán en Canadá. La
partida, que terminó siendo la más larga de la carrera de Bobby, acabó en
unas interesantes tablas.
Después de hacer tablas, se preguntó si habría algo que hubiera pasado
por alto. Había algo en la posición, el recuerdo de una idea lejana. ¿Podía
haber ganado justo en el punto anterior a las tablas?
Esa noche, mientras dormía profundamente pero sin llegar a descan­
sar bien, soñó con la posición una y otra vez —aparentemente cientos de
veces. Justo antes de despertarse, llegó la solución como si fuera una apari
ción. Era una victoria.
Bobby se despertó y fue corriendo a sentarse. “¡Lo tengo!”, dijo en voz
alta sin darse cuenta de que había alguien en la habitación. La señora Hor­
nung acababa de entrar de puntillas para despertar a Bobby y decirle que
el desayuno estaba listo. Fue testigo de su revelación. Todavía en pijama,
fue dando saltos, descalzo, hacia la sala de estar, donde sabía que había un
juego de ajedrez listo para la acción y empezó a trabajar en el final con el
que había tenido problemas el día anterior. “¡Sabía que tenía que haber
ganado!”, gritó.
Freud sostenía que el contenido de los sueños normalmente consta de
información obtenida de incidentes, pensamientos, imágenes y emocio­
nes experimentadas antes o durante el día del sueño. Algunos jugadores,
en el transcurso de un torneo, soñaban con sus partidas durante la noche,
y en esos ensueños nocturnos algunos resolvían celadas de apertura, as­
tucias del final del juego o algún otro aspecto que le hubiera dado proble­
mas y se despertaban con una idea nueva y factible. El antiguo campeón
mundial Boris Spassky dijo una vez que soñaba con el ajedrez, y David
Bronstein, participante del campeonato mundial, comentó haber jugado
partidas enteras en sueños que era capaz de reproducir a la mañana si­
guiente. Mikhail Botvinnik afirmó que durante su encuentro con Vasily
Smyslov en el campeonato mundial se despertó una noche, caminó des­
nudo hasta su tablero y jugó el movimiento con el que había soñado en su
partida aplazada.
Bobby no soñaba de manera frecuente con el ajedrez. Pero cuando lo
hacía, el resultado era siempre algo que podría utilizar en una futura par­
tida o la explicación de lo que podía haber hecho en una perdida o en
tablas. En una entrevista, dijo que soñaba más a menudo con historias
detectivescas, que podían ser las propias partidas complejas. Dado que el
78 • ENDGAME

ajedrez se había convertido en una fuerza tan motivadora en su vida, es


probable que fuera incapaz de soñar con ese o cualquier juego, excepto de
manera simbólica; es decir, su mente tomaba por defecto y de forma auto­
mática personajes en lugar de piezas, argumentos y conspiraciones en vez
de variantes en el tablero y asesinatos en lugar de jaque mates.
Bobby hizo tablas contra Frank Anderson, el campeón canadiense en
la última ronda, la cual fue como para morderse las uñas, literalmente.
Cuando no estaba mordisqueándose los dedos de la mano izquierda, em­
pezaba a morder su camisa e incluso daba mordiscos a las piezas y les
hacia agujeros.
Terminó con una puntuación 7-3, empatado en la segunda posición,
un punto por detrás del primer premio, y ganó 59 $, que se embolsó sin
revelar a su madre el inesperado beneficio.
Larry Evans ganó el premio como campeón del primer Abierto de Ca­
nadá. Bobby sabía que Evans tenía coche y que iba a conducir hasta Nueva
York, así que le pidió que le llevara. Evans tuvo la amabilidad de acep­
tar. Bobby no prestó ninguna atención a los sorprendentes paisajes ni a
la también sorprendente mujer de Evans, que estaba sentada en el asiento
trasero para dejar que el niño se sentara delante. En lugar de eso, durante
las ocho horas de viaje, Bobby bombardeó a preguntas al campeón: “¿Por
qué jugaste la Pire, y contra Anderson?” “¿Sherwin tenía posibilidades de
ganar o hacer tablas contra ti? ¿Cómo?” “¿No te venció Mednis? ¿Por qué
aceptó las tablas? Podía haber llegado al tiempo límite”. Evans contó: “No
tenía ni idea de que estaba hablando con un futuro campeón mundial;
simplemente era un maestro muy joven con una gran intensidad. Fue el
principio de una amistad larga y turbulenta en ocasiones”.
Una semana después de que volviera de Canadá en agosto, Bobby
compró una entrada para ir una noche a un partido de béisbol en Ebbets
Field para ver a sus queridos Brooklyn Dodgers jugando contra los Mi
lwaukee Braves. No le decepcionó: no sólo ganaron los Dodgers sino que
fue obsequiado con el espectáculo cortesía de Jackie Robinson. Robinson,
uno de los mejores jugadores en robo de bases, bailó alrededor de la se­
gunda base para molestar al pícher. Cuando éste intentó lanzar, la bola
cayó en la cabeza del segundo base, y Robinson corrió hacia el home para
anotar una carrera.
Bobby se sentía un adulto; sobre todo, como consecuencia de sus viajes
de verano a Nueva Jersey, Filadelfia, Oklahoma y Montreal, pero también
por los elogios que recibía y su estatus creciente en el mundo del ajedrez.
Tenía trece años. Si podía derrotar a los adultos en el ajedrez, ¿por qué no
Frank Brady • 79

debería ser tratado como un adulto? Le preguntó a su madre si dejaría de


ir al club de ajedrez para recogerle por la noche. Se sentía avergonzado.
“Vale”, dijo ella, “dejaré de ir, y podrás venir solo a casa, pero con dos con­
diciones: debes estar en casa antes de las diez los días de escuela y antes
de medianoche los fines de semana, y tienes que aprender jiu-jitsu para
saber defenderte. Regina no quería que Bobby fuera asaltado o herido en
una estación de metro medio abandonada mientras iba solo a medianoche
desde Manhattan hasta Brooklyn. Bobby aceptó las condiciones del trato
a regañadientes. Sin embargo, tal como se desarrollaron las cosas, nunca
recibió ninguna clase de jiu-jitsu. Regina descubrió que las clases costa­
ban un mínimo de 8 $ la hora, dinero que no tenía. No obstante, habían
llegado a un acuerdo, y desde entonces Bobby volvió a casa solo. El único
incidente desafortunado que tuvo fue que una persona le pisó sus zapatos
recién lustrados —a propósito, dijo.

“Me llamo Robert Fischer”, dijo en español.


Durante sus primeras semanas en el instituto, justo después de vol­
ver de Montreal, Bobby no había estudiado la presentación de su texto
80 • ENDGAME

El instituto Erasmus Hall de Brooklyn era uno de los más grandes de


Nueva York y uno de los más antiguos del país. Con más de cinco mil
alumnos, era una fábrica de aprendizaje.
A principios del otoño de 1956, Bobby ya se sentía cómodo allí, aun­
que mucho menos que en Community Woodward. Más tarde, declaró que
en Erasmus estaba cubierto con la capa del anonimato: “Como casi nadie
jugaba al ajedrez en el instituto, los demás alumnos no sabían que yo era
jugador, lo cual me venía bien, y me encargué de que nadie dijera nada so­
bre ello”. Al menos eso es lo que Bobby creía. El resto de alumnos sí sabían
quién era. De hecho, era complicado no darse cuenta: los periódicos de
Nueva York publicaban noticias y fotos del niño prodigio habitualmente;
Bobby ofrecía exhibiciones simultáneas que eran muy publicitadas; apa­
reció en la portada de Chess Review; e incluso participó en el programa
Home de NBC con Arlene Francis. En cuanto a sus compañeros de clase
y su falta de reconocimiento, Bobby dijo: “Yo no les molestaba a ellos, ni
ellos me molestaban a mí”. Parecía ignorar que su compañera Barbra Strei
sand, fritura cantante, estaba enamorada en secreto de él. Ella recordaba
que “Bobby siempre estaba solo y era muy peculiar. Pero a mí me parecía
muy sexy”. ¿Qué recuerdo tenía Bobby de Streisand? “Había una niñita
tímida...” Sus profesores, o al menos algunos de ellos, se sentían molestos
por su indiferencia y falta de interés por las lecciones que se trataban.

***
Octubrede1956
Mientras esparcía las hojas caídas al correr por la calle bordeada de
árboles, Bobby saltó de dos en dos los escalones, cubiertos por una alfom­
bra roja, del club de ajedrez Marshall y entró en el gran salón. No era su
primera visita. De hecho, ya había empezado a hacer visitas frecuentes al
Marshall, otro club importante de ajedrez de Nueva York, en el que disfru­
taba de una embriagadora sensación de sentir que ese era su sitio, de que
quizás estuviera escribiendo su propia página en la historia del ajedrez.
El club —ubicado en Tenth Street, entre Fifth Avenue y Sixth Avenue,
en uno de los barrios más atractivos de Manhattan— estaba alojado en
una casa venerable de piedra caliza rojiza (construida en 1832) desde 1931,
cuando un grupo de mecenas adinerados, que incluía a uno de los Roo
sevelt, compró el edificio para que su querido Frank J. Marshall, enton­
ces actual campeón de Estados Unidos, que mantendría el título durante
veinticinco años, tuviera un lugar donde vivir para siempre con su familia
y para jugar, enseñar y celebrar torneos. Mientras bajaba por la calle con
Frank Brady • 81

sus filas de casas majestuosas de piedra caliza adornadas con maceteros


de flores y un establo entablado privado en la misma manzana, sentía que
se transportaba a la época del siglo XIX de Gas Light o La bella de Moscú.
La mayoría de los maestros más célebres del mundo habían visitado el
club; estaba impregnado de los recuerdos de partidas legendarias, batallas
épicas, victorias muy reñidas y derrotas sentidas. El único otro club de aje­
drez de su nivel en Estados Unidos era el de Manhattan, cuarenta y nueve
manzanas al norte. En los encuentros de equipos, normalmente ganaba
Manhattan, pero no siempre.
Con una imagen similar a un club de oficiales británicos, el Marshall
estaba decorado con paneles de madera, cortinas lujosas de terciopelo de
color bermellón, varias chimeneas y mesas de madera de roble con lám­
paras de latón. En este club fue donde el brillante cubano José Raúl Capa-
blanca ofreció su última exhibición, donde el campeón mundial Alexander
Alekhine jugaba partidas rápidas, donde muchos de los grandes maestros
internacionales con más talento daban, y continuaban haciéndolo, confe­
rencias teóricas. El artista Marcel Duchamp vivía justo al otro lado de la
calle, era un miembro activo del club y se convirtió en un gran admirador
de Bobby. Sinclair Lewis, ganador de un premio Nobel, recibió clases allí.
Si el personal de búsqueda de localizaciones cinematográficas necesitara
un club de ajedrez ideal, su elección seguramente sería el Marshall.
Sin duda alguna, existía una sensación de decoro que estaba presente
por todo el club, incluso en lo referente a la vestimenta. La ropa habitual
de paisano de Bobby, que consistía en camiseta, pantalones arrugados y
deportivas, era un agravio para Caroline Marshall, viuda de Frank Mar­
shall y directora del club desde tiempos inmemoriales, y en muchas oca­
siones le informó de su indiscreción a la hora de vestir, incluso una vez le
amenazó con excluirle del club si no se vestía de manera más adecuada.
Bobby la ignoraba.
Se encontraba en el Marshall aquella noche de octubre para jugar la
séptima ronda de un torneo por invitación, el Rosenwald Memorial, con­
vocado por su patrocinador, Lessing J. Rosenwald, antiguo presidente de
Sears Roebuck, que era un importante coleccionista de arte y mecenas aje­
drecístico. La invitación llegó como consecuencia de que Bobby hubiera
ganado el campeonato juvenil de Estados Unidos tres meses antes, por lo
que el Rosenwald fue el primer torneo importante, por invitación y para
maestros adultos, de su vida. Los otros once jugadores eran algunos de los
mejores y más valorados de los Estados Unidos, así que los miembros del
club estaban emocionados por el acto. El rival de Bobby aquella noche era
el sofisticado profesor universitario Donald Byrne, maestro internacional,
82 • ENDGAME

antiguo campeón del Abierto de Estados Unidos y un jugador tremenda­


mente dinámico. Con cabello oscuro, elegante en la vestimenta y la forma
de hablar y veinticinco años, Byrne siempre sostenía un cigarrillo con dos
dedos, la mano hacia arriba en el aire, su codo en la mesa y una pose que
le daba una actitud aristocrática.
Regina acompañó a Bobby al club, pero en cuanto empezó a jugar se
fue a echar una ojeada a la librería Strand, cuyas estanterías contenían
millones de libros usados. Sabía que era posible que pasaran horas hasta
que la partida de Bobby terminara y tuviera que volver.
Hasta ese momento, Bobby no había ganado ninguna partida en el
torneo, pero había hecho tres tablas y parecía mejorar en cada ronda y
aprender de los maestros con los que jugaba. En los torneos de ajedrez, a
los participantes se les asignaban los rivales y un color para cada ronda:
blanco o negro. Cuando era posible, el director del torneo alternaba los
colores para que un jugador jugara una partida con las piezas blancas y la
siguiente, con las negras. Dado que las blancas siempre mueven primero,
el hecho de tener ese color puede ofrecer una clara ventaja a un jugador
que le haga progresar con una estrategia preferida. Por desgracia, contra
Byrne, a Bobby se le asignaron las piezas negras.
Como había analizado las partidas anteriores de Byrne en libros y pu­
blicaciones ajedrecísticas, sabía algo sobre el estilo y las estrategias que su
rival solía usar. Por lo que Bobby decidió utilizar un planteamiento atípico
—uno al que Byrne no solía enfrentarse y Bobby no solía intentar. Jugó lo
que se conoce como defensa Gruenfeld.
Bobby conocía las bases de la apertura, pero no dominaba todavía to­
dos sus entresijos. Se trataba de permitir que las blancas, su rival, ocu­
paran los escaques centrales, lo que provocaría que las piezas fueran un
objetivo claro y vulnerable al ataque de Bobby. No era un m odo clásico de
plantear la partida, ya que da lugar a una configuración muy diferente en
el progreso del juego, pero Bobby se arriesgó.
Bobby no había memorizado la secuencia de movimientos, así que te­
nía que pensar qué hacer en cada turno y pronto empezó a tener proble­
mas de tiempo. Cada vez estaba más nervioso, se mordía las uñas, daba
vueltas a su cabello, se sentaba con las piernas cruzadas y después de rodi­
llas en la silla, ponía su codo en la mesa, y apoyaba su barbilla primero en
una mano y luego en la otra. Byrne acababa de ganar a Samuel Reshevsky,
el gran maestro estadounidense más fuerte del torneo, y sus destrezas aje­
drecísticas no podían ser ridiculizadas. Bobby no tenía miedo, pero indu­
dablemente estaba intranquilo.
Frank Brady • S3

Los mirones empezaron a reunirse en torno a su tablero, y cada vez


que Bobby tenía que levantarse para ir al diminuto baño que había en la
parte trasera del club, casi tenía que abrirse paso entre la aglomeración de
gente. Interfería en su concentración; habitualmente una partida en curso
resonaba en su interior aunque dejara el tablero. “Los espectadores eran
invitados a sentarse justo a tu lado y si les pedías que se fueran o estu­
vieran callados, se sentían extremadamente insultados”, recordaba Bobby.
Además, señaló que la cálida temperatura del veranillo y el agolpamiento
del gran número de personas hacían que fuera agobiante. Los organizado­
res del club escucharon las quejas de Bobby, pero demasiado tarde como
para hacer algo aquella noche. El verano siguiente, los Marshall instalaron
su primer aire acondicionado.
A pesar de su incomodidad, Bobby se volcó en la partida. Sorprenden­
temente, después de sólo once movimientos, consiguió una ventaja en la
posición casi de forma mágica. Después, de repente, movió su caballo a un
escaque en el que podía ser capturado por su rival. “¿Qué está haciendo?”,
dijo alguien sin dirigirse a nadie en concreto. “¿Es un error grave o un
sacrificio?” Mientras los espectadores escudriñaban la posición, la estrata­
gema de Bobby se hizo obvia para todos: aunque no era grande, era astuta,
quizás ingeniosa e incluso brillante. Byrne no se atrevió a tomar el caballo;
aunque habría ganado una pieza importante, a la larga hubiera conducido
a la victoria de Bobby. El árbitro del torneo describió la electricidad que
la elección atrevida de Fischer creó: “Un murmullo atravesó la sala del
torneo tras su movimiento, y los mirones se apiñaron en torno al tablero
de Fischer como un pez en un agujero en el hielo”.
Era exactamente la multitud enloquecida que Bobby deseaba tener le­
jos. “Yo era consciente de la importancia de la partida”, recordaba Allen
Kaufman, maestro que estaba analizando la partida mientras Bobby juga­
ba. “Fue una partida sensacional y captó la atención de todo el mundo. Fue
extraordinaria; la partida y la juventud de Bobby eran una combinación
inmejorable”.
La partida fue avanzando, a Bobby sólo le quedaban veinte minutos
para hacer los cuarenta movimientos requeridos, y hasta ese momento
sólo había realizado dieciséis. Y después lo vio: utilizando una perspectiva
más profunda, se dio cuenta de que había una posibilidad extraordina­
ria que cambiaría la composición de la posición y le daría un significado
completamente nuevo a la partida. ¿Y si dejaba que Byrne capturara su
dama, la pieza más fuerte del tablero? Generalmente, jugar sin dama es
abrumador, casi equivalente a una derrota automática. Pero ¿qué pasaría
si Byrne, al capturar la dama de Bobby, acabara en una posición debilitada
84 • ENDGAME

y una capacidad menor para atacar al resto de las fuerzas de Bobby y para
protegerse a sí mismo?
La idea del movimiento surgió en Bobby de manera lenta, al principio
instintivamente sin ningún razonamiento consciente. Era como si hubiera
estado mirando con una visión estrecha y la apertura comenzara a
ampliarse hasta ocupar todo el panorama, algo así como una iluminación
floreciente. No estaba totalmente seguro de que pudiera saber todas las
consecuencias de permitir que Byrne tomara su dama, pero sin embargo
se armó de valor.
Si el sacrificio no era aceptado, Bobby conjeturó, Byrne perdería;
pero si lo hacía, perdería también. Hiciera lo que hiciera, Byrne estaba
teóricamente derrotado, aunque quedaba mucho para terminar la partida.
Podía escucharse el susurro de los espectadores: “¡Imposible! Byrne está
perdiendo contra un don nadie de 13 años”.
Byrne capturó la dama.
Bobby, tan concentrado que casi no oía el murmullo creciente del pú­
blico, realizó su siguiente movimiento percutiéndolo, lanzándolo como
un dardo envenenado y esperando las respuestas de Byrne. Su ingenuidad
ajedrecística se había esfumado; ahora podía ver la conclusión quizás unos
veinte movimientos después. Pero, aparte de la rapidez con la que respon­
día a los movimientos de Byrne, Bobby mostraba muy poca emoción. Sino
que estaba sentado inmóvil, tranquilo como un pequeño Buda, mientras
llevaba a cabo un movimiento deslumbrante tras otro.
En el movimiento número cuarenta y uno, después de cinco horas de
juego, con ligeras palpitaciones en el corazón, Bobby levantó su torre con
la mano derecha temblorosa, discretamente dejó la pieza en el tablero y
dijo: “¡Mate!” Su cordial adversario se levantó, y se dieron la mano. Ambas
sonreían. Byrne sabía que, aunque su resultado no había sido bueno, había
perdido una de las mejores partidas que se habían jugado nunca, y gracias
a ello formaría parte de la historia. Algunas personas aplaudieron, para
molestia de los jugadores cuyas partidas estaban aún en progreso y no
les importaba que acabaran de hacer historia a unos metros de distancia.
Tenían sus propias partidas en las que preocuparse. “¡Shh! ¡Silencio!” Era
medianoche.
Hans Kmoch, el árbitro, buen jugador y teórico internacionalmente
conocido, valoró después el significado
cart> y la importancia de la partida:
<
=
Frank Brady • 85

que corresponde a la más excelente registrada en la historia de los


prodigios del ajedrez (...). [La actuación de] Bobby Fischer refleja
_ una originalidad formidable.

Se ha hablado, analizado y adm irado “la partida del siglo” durante más
Así nació “la partida del siglo”, como fue llamada por Hans Kmoch.
de cincuenta años, y probablemente forme parte del canon del ajedrez
La partida
muchos de Bobby
años más. En todaapareció en del
la historia losjuego,
periódicos depunto
desde el todo deel vista
país
yde publicaciones ajedrecísticas de todo el m undo, y el gran
su absoluta brillantez, no sólo por un prodigio sino por cualquier otra maestro
internacional Yuri Averbach,
persona, únicamente entre otros,
es comparable tomó en
a la partida nota, al igual
Breslau que sus
en 1912, en
colegas
la que losde espectadores
la Unión Soviética:
colmaron “Después
el tablerode de
verlo,
oro me convencí
después de que
de que Frankel
niño era sumamente prodigioso”. La publicación británica
Marshall —también estadounidense— realizara un sacrificio brillante y Chess suavizó
su firm e fortaleza
venciera calificando
a Levitsky. el esfuerzo
Al reflexionar sobre sude partida
Bobby como una partida
poco después de
de que
“gran
tuvieraprofundidad
lugar, Bobbyyfuebrillantez”. Chess Life proclamó
sorprendentemente que lahice
modesto: “Sólo victoria
los mde o­
Bobby
vimientoshabía
quesido simpleque
pensaba y llanamente
eran mejores.“fantástica”.
Simplemente tuve suerte”.
David Lawson, estadounidense de setenta años cuyo acento delataba
su procedencia escocesa, fue uno de los espectadores esa noche. Anterior­
mente había invitado a Regina y Bobby a cenar cuando acabara la parti­
da, sin im portar cuándo term inara o quién ganara. Lawson, un hombre
pequeño, era coleccionista de recuerdos ajedrecísticos y tenía un interés
particular por el diminuto Paul Morphy, prim er campeón mundial (no
oficial) de Estados Unidos. Lawson veía una conexión entre Fischer y
Morphy por su ascenso precoz, aunque Bobby aún tenía que demostrar
que era digno del título de mejor jugador del m undo, por no hablar de
Estados Unidos. Lawson era un oportunista y, aunque tenía una voz suave
y poseía modales del Viejo Continente, su invitación no fue propuesta
totalmente desde la cortesía. Quería adquirir una de las hojas de resul­
tados de Bobby con la caligrafía del niño para añadirla a su colección, y
casualmente decidió asistir al encuentro entre Byrne y Fischer sin saber,
por supuesto, que la partida se convertiría en una de las más memorables
en los dos mil años de historia del ajedrez.
Lawson eligió cenar en Luchow’s, el restaurante alemán que había esta-
86 • ENDGAME

do fuera del alcance de la familia Fischer cuando vivían al otro lado de la


calle unos siete años antes. Pero como ya pasaba la medianoche, la cocina
estaba cerrada, así que, en su lugar, el trío se dirigió a un restaurante abier­
to toda la noche de Sixth Avenue, Waldorf Cafetería, un lugar de reunión
para artistas, escritores y jornaleros en Greenwich Village. Aquí es donde
la historia de la hoja de resultados se vuelve confusa. Normalmente, en los
torneos importantes, se hacía una copia de la hoja de resultados con papel
carbón; el original se lo quedaban los organizadores del acto o el árbitro
bajo su custodia por si hubiera alguna controversia posterior de cualquier
tipo. El jugador se quedaba con la copia. Aquella noche Bobby se quedó
con su copia —la de papel carbón—, de la que no se desprendería en m u­
chos años. De hecho, bajo solicitud, sacaba de su bolsillo la hoja doblada
y un poco desgastada y se la enseñaba a sus admiradores. Entonces, ¿qué
paso con la original?
Kmoch, el árbitro, con la sensación de que Bobby era un futuro cam­
peón, había comenzado ya a recolectar las hojas de anotación originales
del prodigio como si fueran antiguos bocetos de Rembrandt. Y de alguna
manera, muy posiblemente pagando por ella, Lawson consiguió por me­
dio de Kmoch la hoja original de anotación de la partida del siglo, que
conservaba la notación de Kmoch a lápiz 0-1 (que indicaba la derrota de
Byrne y la victoria de Fischer). Con el tiempo, después de la muerte de
Lawson, la hoja de anotación fue adquirida por un coleccionista que vol­
vió a venderla, y durante los últimos años se la quedó otro coleccionista.
En el mercado actual, el precio estimado de subasta de la hoja de anota­
ción original es 100.000 $.
¿Cuál fue la remuneración que recibió Bobby de la Fundación Aje­
drecística de Estados Unidos por su brillantez deslumbrante? Cincuenta
dólares.

***
Era su décimo cuarto cumpleaños, una tarde de marzo azotada por el
viento como de costumbre, seco y frío, y mientras Bobby se dirigía al club
de ajedrez de Manhattan por el sur de Central Park para jugar el encuentro
más importante de su carrera floreciente, temblaba por el viento, no por
el miedo. La entrada al cálido club le produjo una sensación agradable.
Su rival, el doctor holandés Max Euwe, estaba esperándole. Tenía cin­
cuenta y seis años, vestía de forma conservadora y medía más de un metro
ochenta; parecía un gigante al lado de Bobby. Aparte de las cuatro décadas
de edad que los separaban, eran polos opuestos. Euwe, doctor en filosofía
Frank Brady • 8 7

y profesor universitario de matemáticas en Ámsterdam Lyceum, fue an­


tiguo campeón mundial y ganó a su predecesor en 1935 con un enfoque
estudiado y lógico del juego. Era un gran maestro tranquilo, maduro, con
una voz suave, que representaba a la vieja guardia, y durante toda una
vida de contiendas en torneos había jugado con muchas de las figuras le­
gendarias del ajedrez. En el combate dejaba a un lado su comportamiento
discreto y se crecía, e increíblemente, dadas sus destrezas ajedrecísticas y
académicas, en el pasado había sido campeón de boxeo para aficionados,
en categoría de peso pesado, en Europa. Bobby, por el contrario, era ner­
vioso e inestable, el arribista ajedrecístico de Brooklyn, un jugador novato
y, tal y como empezaba a progresar, el líder de la generación venidera de
jugadores estadounidenses. Estaba encantado de haber ganado el campeo­
nato juvenil de Estados Unidos el verano anterior, pero sobre todo empe­
zaba a tener más confianza en sí mismo después de haber llevado a cabo la
partida del siglo. En sólo seis meses, aquella partida le había consolidado
como algo más que una curiosidad: ahora era una nueva estrella en la
galaxia del ajedrez internacional. Mientras que Bobby tenía muchas ganas
de jugar contra Euwe, el célebre doctor solamente estaba intrigado por la
posibilidad de jugar contra el prodigio.
Bobby saludó al doctor Euwe con un apretón de manos cortés y una
sonrisa discreta. Anunciada como una partida amistosa —no había títulos
en juego—, la exhibición de dos partidas estaba patrocinada por el club de
ajedrez de Manhattan para darle a Bobby la oportunidad de jugar contra
un maestro de primera clase. La inversión era pequeña lamentablemente:
100 $ en total, 65 $ para el ganador y 35 $ para el perdedor.
Al sentarse frente al tablero de ajedrez, el profesor universitario y el
adolescente dieron lugar a una imagen casi cómica. Las largas piernas de
Euwe casi no cabían debajo, así que se sentó oblicuamente, de manera un
tanto casual, como si no fuera realmente parte de la acción. Por otro lado,
Bobby —con toda seriedad— tuvo que sentarse muy erguido para poder
llegar a las piezas, mientras intentaba llegar con sus codos encima del ta­
blero. Un pequeño grupo de personas (no se le puede llamar público) se
reunió a su alrededor para seguir los movimientos.
Euwe, en la manera en que lo hacen los grandes maestros, vencía a
Bobby concienzudamente hasta que llegaron al vigésimo movimiento, en
el que Bobby, consciente de que estaba en una posición desesperada, volcó
su rey con resignación. Bobby se sentía humillado, salió del club en lágri­
mas y corrió hacia el metro. Por su parte, Euwe no mostró mucho orgullo
por su rápida victoria, ya que sentía que Bobby “era solamente un niño”
Después añadió rápidamente: “¡Pero uno muy prometedor!”
88 • ENDGAME

Al día siguiente, Bobby volvió sin demora a las 14:30 para la segunda
partida y final del encuentro. En esta ocasión, tenía la ligera ventaja de
jugar con las piezas blancas, lo que le permitía realizar su estrategia de
apertura favorita. Dado que había perdido el día anterior, estaba conven­
cido de que no volvería a hacerlo. Tras el intercambio de piezas, comenzó
con un peón en un final del juego que daba la impresión de que condu­
ciría a tablas. Cuando Bobby se ofreció a intercambiar las torres, Euwe
respondió ofreciéndole tablas en el movimiento cuadragésimo primero.
Bobby lo sopesó durante un rato y aceptó a regañadientes, ya que no tenía
posibilidades evidentes de ganar.
Lograr un empate con un antiguo campeón mundial no era moco de
pavo, pero Bobby no estaba contento porque había perdido el encuentro,
11/2-1/2. Curiosamente, en los más de cincuenta años que han pasado desde
entonces, aunque prácticamente todas sus partidas se han analizado y pu­
blicado —las buenas, las malas, las victorias, las tablas y las derrotas— la
puntuación completa de las tablas entre Euwe y Bobby nunca fue publica­
*da ni la partida fue reconocida por la prensa ajedrecística.

Lejos del retrato que realizaba la prensa popular de Regina Fischer


como la madre ausente que dejaba solo a Bobby en su educación, real­
mente era una madre cariñosa, que quería a su hijo y se preocupaba por
su bienestar. Al criar a dos hijos como madre soltera e intentar finalizar
sus propios estudios, no tenía mucho tiempo para dedicar a Bobby ni tam ­
Frank Brady • 89

ra. A medida que ascendía en el mundo del ajedrez, en algún momento


escribió: “Mucha gente se imagina que el club de ajedrez o alguna otra
organización se hace cargo de mis gastos de viajes, me compra bibliografía
ajedrecística o me financia de algún modo. Estaría bien, o habría estado
bien, pero no fue así”
Tan angustioso era el estado financiero de la familia para Regina como
su preocupación por la salud mental, la personalidad y el comportamien­
to de Bobby. Además de llevarle a un psicólogo y su conversación con el
doctor sobre qué podía hacer con su hijo, siempre intentaba que Bobby
ampliara sus horizontes asistiendo a actos culturales, practicando depor­
tes, conociendo a otros niños, leyendo y prestando atención a sus estudios.
Estaba contenta de que Bobby hubiera aumentado su autoestima gracias al
ajedrez. Lo que le preocupaba era que su vida no fuera equilibrada, que su
tenacidad con el ajedrez no fuera sana.

***
En 1956, el doctor estadounidense Reuben Fine, uno de los mejores
jugadores de ajedrez del mundo desde la década de 1930 hasta la de 1940,
escribió una monografía titulada Observación psicoanalítica del ajedrez y
sus maestros, que fue publicada en el volumen 3 de Psychoanalysis, una re­
vista de psicología psicoanalítica. Más tarde, estaría disponible como libro
independiente de setenta y cuatro páginas, con un tablero de ajedrez rojo
y blanco en la portada. Muchos jugadores de ajedrez que lo leyeron sintie­
ron cierto escepticismo e incluso resentimiento. Regina Fischer compró
un ejemplar y lo leyó detenidamente; el libro se encontraba en la biblioteca
de Fischer años después, pero se desconoce si lo leyó.
La postura de Fine, freudiano ferviente (continuaría escribiendo dos
estudios del tamaño de un libro sobre las teorías de Freud y la historia del
psicoanálisis), era que el ajedrez está relacionado de manera simbólica con
la libido y tiene un significado edípico: “El rey representa el pene del niño
en la fase fálica, la imagen de hombre de sí mismo, y el padre reducido al
tamaño del niño”.
También dedicaba un capítulo a la psicosis de cuatro maestros del aje­
drez seleccionados entre los millones de personas normales que han juga­
do de forma seria a lo largo de los años. Esta falta de equilibrio provocó
críticas debido al fomento de la creencia de que todos los jugadores de
ajedrez estaban seriamente aturdidos.
Sin embargo, a Regina le causó tan buena impresión el libro, también
gracias a los credenciales del doctor Fine (era gran maestro internacional
y había sido aspirante a campeón del mundo), como para pensar que él
podría ayudar a Bobby o al menos suavizar su devoción incondicional por
el juego. Quería que a su hijo le fuera bien en el instituto, entrara en una
universidad prestigiosa y tuviera un trabajo real.
Regina quedó con el doctor Fine en que llamaría a Bobby y le invitaría
una tarde a su casa para jugar al ajedrez. Bobby conocía muy bien la repu­
tación de Fine en el mundo del ajedrez, ya que había jugado sus partidas
y había leído varios de sus libros de ajedrez. Sin embargo, desconfiaba. No
quería una exploración psicológica. Fine le aseguró que solamente quería
jugar unas partidas con él.
Reuben Fine no era terapeuta en el sentido estricto de la palabra, pero
era un psicoanalista célebre. Su teoría era que los problemas de muchos
pacientes afligidos se basaban en traumas psíquicos olvidados y que,
por medio de la libre asociación e interpretación de los sueños, podía
descubrirse la clave de los problemas. El tratamiento solía ser largo —a
veces, duraba años—; empezaba por los primeros recuerdos de la infancia
e incluso, si era posible, aquellos creados en el útero.
La oficina de Fine estaba ubicada en un apartamento enorme en Upper
West Side, en Manhattan. Un ala era su casa, que compartía con su mujer
y tres hijos, y la otra parte consistía en una sala de análisis, con un diván
freudiano, y una sala de grupo al lado. Los pacientes se sometían a un
análisis de una hora semanal mínimo, a
55 $ la sesión, y algunos participaban en las reuniones grupales por las
tardes. Fine se sentaba una hora con el grupo, no decía nada y observaba
cómo interactuaban unos individuos con los otros. Después, abandonaba
la sala durante la última hora, y el grupo continuaba solo. Cuando cada
uno de los pacientes volvía para el psicoanálisis, Fine analizaba brevemen­
te aquella sesión. Con Bobby, quería ganarse primero su confianza y res­
peto jugando al ajedrez y luego realizar un análisis freudiano clásico junto
con el procedimiento grupal.
Para que Bobby no pensara que estaba siendo psicoanalizado, Fine no
llevó al niño a la sala de análisis al principio y, en su lugar, le invitó al
ala del apartamento donde se encontraba su hogar. Bobby conoció a la
esposa de Fine, Marcia, y sus hijos, y luego jugaron unas partidas rápidas
durante una o dos horas. El psicoanalista era, por aquel entonces, uno de
los jugadores más rápidos del país, quizás incluso mejor de lo que Bobby
esperaba. Más adelante, Fine escribiría que Bobby “todavía no era un rival
fuerte. Mi familia recuerda lo furioso que estaba después de cada encuen­
tro. Murmuraba entre dientes que yo había tenido suerte.
Frank Brady • 91

Después de la sexta sesión semanal de ajedrez, cuando Fine creyó que


Bobby había establecido lazos afectivos con él, comenzó una conversación
con aire despreocupado sobre lo que el niño hacía en el colegio. Bobby
se levantó en cuestión de segundos al darse cuenta de que le habían em­
baucado. “Me has engañado”, dejó escapar y salió airado del apartamento.
Nunca volvió. Fine comentó después que, cuando los dos volvían a verse
en algún club de ajedrez o torneo, Bobby le miraba enfurecido “como si
le hubiera hecho un daño inmensurable por intentar acercarme un poco
más a él”.
Aunque quizás haya fundamentos para que la conclusión de Fine fuera
que la causa de la hostilidad de Bobby tuviera que ver con el intento del
psicoanalista de acercarse a él, de descubrirle, la principal razón por la
que el niño nunca le volvió a hablar fue que se sentía decepcionado por
él y su utilización del ajedrez para ello. En una declaración presuntuosa,
Bobby escribió: “Es uno de los giros irónicos de la historia que de dos de
los maestros destacados del ajedrez en Estados Unidos, en el siglo XX, uno
casi se convierte en el psicoanalista del otro”. Casi.
Bobby, por su parte, no creía que le pasara nada. A sus trece años, su
comportamiento en los torneos y clubes de ajedrez era bastante favorable
pero, como muchos adolescentes, a veces hablaba demasiado alto, cami­
naba con poca delicadeza cuando pasaba junto a otras partidas que se
estaban llevando a cabo, descuidaba su aseo y era un eterno “balancín”
frente al tablero. No obstante, ninguno de sus actos —en aquella época—
indicaba que tuviera problemas graves o una neurosis avanzada.
La monografía de Fine posiblemente incentivó a la prensa; cuando es­
cribían noticias sobre ajedrez, los reporteros buscaban cierta aberración
en los jugadores. Por ese motivo, Bobby fue con frecuencia víctima de
una interpretación sesgada de su personalidad. Cuando un reportero le
entrevistaba, normalmente le realizaba preguntas condescendientes o in­
sultantes (¿por qué no tienes novia?, ¿estáis locos todos los jugadores de
ajedrez?...), así que tenía claro que iban a presentar el artículo con parcia­
lidad para que pareciera extraño. “Pregúntame algo normal”, le dijo en una
ocasión a un reportero, “en lugar de hacerme parecer raro”. A otro le dijo
sobre los periodistas en general: “Esos tipos siempre escriben mal sobre
mí. Dicen que soy estúpido y que no tengo talento para nada, excepto para
el ajedrez. No es verdad”.
Algunos artículos declaraban que Bobby era un erudito idiota y ha­
cían énfasis en la segunda palabra en vez de en la primera. Chess Life,
92 • ENDGAME

indignado por la falta de respeto que mostraban hacia Bobby, salió en su


defensa, calificó esos artículos como un acoso para Fischer e indicó que
eran sandeces.
Por supuesto, Bobby estaba obsesionado con el ajedrez y pasaba horas
jugándolo y estudiándolo, pero posiblemente no dedicara más tiempo que
el que cualquier prodigio de la música pasaba practicando su destreza. Y sí
que tenía otros intereses, como el deporte. Veía todos los partidos de hoc­
key que podía, era un jugador activo de tenis, esquiaba, nadaba y formaba
parte del club de pimpón de Manhattan. Le interesaban la mayoría de las
ciencias. En lo que no estaba interesado era en el hipnotismo y los ani­
males prehistóricos, como indicaban algunos artículos de la cultura pop.
La prensa a veces era lo suficientemente negativa como para provocar
que aquellos que rodeaban a Bobby cambiaran su opinión sobre él. Algu­
nos jugadores del club de ajedrez de Manhattan se sentían ofendidos por
el hecho de que fuera un meshuggener —un término en yidis que indicaba
menosprecio y sugería que estaba “un poco loco”. Sin embargo, otras per­
sonas, utilizando también el yidis, se referían a él como gaon (genio).
A pesar de todo el debate sobre Bobby, incluyendo los apodos y los
comentarios mezquinos vertidos sobre él, el niño continuaba jugando y
estudiando el juego que adoraba. Durante ese año, desde 1956 hasta 1957,
la clasificación oficial de Bobby subió como la espuma. Solamente tenía
catorce años y ya se había clasificado oficialmente como maestro del aje­
drez, la persona más joven en conseguirlo en Estados Unidos. Según las
reglas de la Federación de Ajedrez de Estados Unidos, ya no podía seguir
jugado en torneos de aficionados, y le pareció bien. Bobby siempre quería
jugar con los mejores jugadores posibles como forma de perfeccionar sus
capacidades. Y cada vez que derrotaba a un jugador con una clasificación
superior, la suya se incrementaba.
En julio, cuatro meses después del encuentro con Euwe, viajó a San
Francisco para jugar de nuevo en el campeonato juvenil de Estados Uni­
dos y ganó por segundo año consecutivo. Por cada campeonato juvenil que
ganaba le premiaban con una máquina de escribir, un trofeo y un certifi­
cado en pergamino con su nombre impreso. Como ya tenía dos máquinas
de escribir, empezó a estudiar mecanografía al tacto con un libro. Cubría
las letras con cinta adhesiva para memorizar sus posiciones, localizaba
la posición inicial y luego comprobaba si lo que había mecanografiado
tenía sentido. Era capaz de localizar rápidamente las teclas que quería —la
memoria nunca había sido un problema para él—, pero nunca aprendió a
desarrollar una velocidad efectiva sin echar un vistazo primero al teclado.
Frank Brady • 93

Además de los premios que ganó, derrotó al gran maestro Samuel Res
hevsky en una exhibición en el club de ajedrez de Manhattan, aunque Bo­
bby después no lo recordara como un gran logro: Reshevsky tenía los ojos
vendados (y Bobby, no) y jugaban a diez segundos por movimiento. Sin
embargo, fue su primera cabeza de un gran maestro.
Tras ganar el campeonato juvenil de Estados Unidos en San Francisco,
en lugar de volver a su casa en Brooklyn y luego emprender su viaje de
nuevo hacia Cleveland para jugar en el Abierto de Estados Unidos, Bobby
se quedó en la costa oeste. Esto le proporcionó tres semanas de relajación,
partidas de ajedrez y viajes por California. Varios niños del torneo via­
jaban con él. Visitó Los Ángeles y Long Beach, donde se quedó en casa
de la empresaria y jugadora de ajedrez Lina Grumette y pudo nadar en
su piscina. Grumette era una agente de relaciones públicas elegante, que
organizaba un salón de ajedrez habitualmente en su casa en el que los ju­
gadores pagaban por asistir. Durante la década de 1940, había sido una de
las mejores jugadoras de Estados Unidos. Cuando conoció a Bobby, tenía
un interés maternal por él y se convirtió en una de sus pocas amigas para
toda la vida, que con el tiempo tendría un rol importante en su carrera.
Tras su pausa de tres semanas, los jóvenes jugadores tomaron presta­
do un automóvil antiguo del editor de California Chess Reporter, Guthrie
McClain. G. Addison, de veinticuatro años, que también iba a jugar en
Cleveland, se puso al volante, y se dirigieron hacia el este para el torneo. El
coche no paraba de averiarse, y todos tenían que contribuir para repararlo
y poder continuar. El hecho de atravesar el desierto tórrido sin aire acon­
dicionado daba lugar a discusiones triviales; Bobby y Gilbert (que había
conseguido el segundo lugar en el juvenil de Estados Unidos) terminaron
peleándose a puñetazos. Bobby mordió a Ramírez en el brazo y le dejó ci­
catrices que permanecerían cincuenta años después. Ramírez las muestra
con orgullo, como diciendo: “Éste es el brazo que fue mordido por Bobby
Fischer”. Finalmente, el coche se averió completamente, así que tuvieron
que dejarlo. Los chicos llegaron a Cleveland en autobús la noche anterior
al Abierto de Estados Unidos.
Antes de jugar su primera partida, Bobby estaba clasificado con 2.298
puntos y situado entre los diez jugadores más activos del país. Había 176
jugadores en el torneo de doce rondas en dos semanas. En su primera ron­
da, Bobby jugaba con las piezas blancas y fue emparejado con un jugador
canadiense que se había inscrito con antelación y había pagado su cuota,
pero al que no se veía por ninguna parte. Cuando empezó el torneo, Bo­
bby hizo su primer movimiento y presionó su reloj, que comenzó a contar
hacia atrás para su rival invisible. Después de estar una hora esperando,
94 • ENDGAME

la partida fue dada por perdida, de modo que Bobby recibió un punto
gratis. Curiosamente, ese punto gratis casi le conduce a la perdición en el
torneo más tarde. En las cinco partidas siguientes, Bobby ganó tres e hizo
dos tablas; una de las tablas fue con Arthur Bisguier, de veintisiete años,
campeón vigente del Abierto de Estados Unidos y uno de los jugadores
más fuertes del país.
Durante la segunda mitad del torneo, Bobby ganó cinco partidas
seguidas, por lo que era inevitable que estuviera entre los premiados. Pero
¿pudo ganar el título? Varios jugadores del torneo se pusieron enfermos con
la gripe —incluyendo al profesor de Bobby, Jack Collins— y tuvieron que
suspender las partidas. Bobby trató de mantenerse en forma durmiendo
bastante, comiendo sano y quedándose en su habitación el mayor tiempo
posible, apartado de los demás jugadores. Tal como se desarrolló, las
suspensiones por gripe no afectaron ni a los emparejamientos ni a la
puntuación de Bobby.
En la ronda final, Bobby se tuvo que enfrentar a Walter Shipman, el
hombre que le recibió en el club de ajedrez de Manhattan la primera vez.
Shipman tenía reputación de ser un jugador imponente y tenaz. La partida
no evolucionó como a Bobby le hubiera gustado, así que le ofreció tablas
a Shipman el movimiento decimoctavo. Lo aceptó rápidamente. Bobby
obtuvo una puntuación de 10-2 y no perdió ninguna partida. Arthur Bis­
guier, el jugador mejor valorado del torneo, también finalizó con una pun­
tuación de 10-2. Entonces, ¿quién fue el campeón del Abierto de Estados
Unidos?
Bobby, Bisguier, unos veinte jugadores más y los espectadores se con­
gregaron alrededor de la mesa del director del torneo, mientras éste apli­
caba el sistema de desempate para determinar el ganador. La manera ideal
de desempatar es realizar un juego entre los dos jugadores. Sin embargo,
en los torneos estadounidenses, donde los grandes salones de los hoteles
se alquilan y contratan por un período concreto de tiempo y los jugadores
hacen sus planes para la noche, es necesario aplicar un sistema de des­
empate para determinar el ganador. Se utilizan muchos sistemas en los
torneos, y son tan complejos como los teoremas matemáticos abstractos.
Pocos se aplican sin controversia.
Mientras esperaban los resultados, Bisguier le preguntó a Bobby por
qué le había ofrecido tablas a Shipman si tenía una ligera ventaja y no era
seguro el resultado. Si Bobby hubiera ganado aquella partida, habría sido
el claro ganador del torneo; un punto por encima de Bisguier. Bobby con­
testó que iba a ganar más de lo que perdería por esa decisión. Había su­
puesto que Bisguier ganaría u obtendría tablas en su propia partida. Si eso
Frank Brady • 95

ocurriera, Bobby obtendría al menos un empate en la primera posición.


Eso significaba un día de paga de 750 $ para cada jugador, una mina de
oro real para Fischer. Sabiendo que Bobby tenía una mayor necesidad de
conseguir dinero que un título, aunque fuera prestigioso, Bisguier señaló:
“Evidentemente, su opinión madura no se limita solamente al tablero de
ajedrez”.
El director del torneo siguió haciendo cálculos, al final levantó la vista
y anunció que Bisguier había ganado. Bobby, alicaído, recordaba: “Fui a
la cabina telefónica y llamé a mi madre para contarle las malas noticias.
En la cabina de al lado estaba Bisguier contando sus buenas noticias a su
familia”. Tras ello, ambos jugadores volvieron a la sala del torneo para ver
él final de las otras partidas.
Después de dos horas en las que la gente felicitaba a Bisguier por ser el
campeón, el director del torneo anunció que había cometido un error en
los cálculos. Según el sistema mediano de desempate, que debía emplearse
en todos los torneos llevados a cabo por la Federación de Ajedrez de Es­
tados Unidos, se suma el total de las puntuaciones de todos los rivales de
los jugadores empatados, los dos con las puntuaciones superior e inferior
se eliminan y quien haya jugado contra los rivales mejor valorados (y, por
tanto, los más difíciles) serán los ganadores. De acuerdo con este sistema,
Fischer tenía medio punto más que Bisguier. “Pero espere un momento”,
esgrimió Bisguier, “la primera partida de Fischer ha sido dada por perdi­
da; su rival no ha aparecido, ¡así que ni siquiera ha jugado! Si no se contara
esa partida, él sería el ganador”, aseguró. El argumento en contra era que
el jugador suspendido en la primera ronda tenía una puntuación tan baja
que habría sido casi imposible estadísticamente que Bobby hubiera per­
dido, y el resultado no se habría contado de todos modos. Volvieron a las
cabinas telefónicas.
En esta ocasión, Bobby le contó a Regina las buenas noticias y admitió
que, aunque iba a repartir el dinero del premio con Bisguier, “lo que ver­
daderamente importa es el título”. Podemos preguntarnos entonces ¿por
qué no luchó por la victoria contra Shipman para ganar el título de ma­
nera rotunda?
Ninguna persona de la edad de Bobby había ganado el Abierto de Es­
tados Unidos, ni tampoco nadie había conseguido los títulos del juvenil y
el Abierto simultáneamente.
Cuando Bobby volvió a Nueva York, los clubes de ajedrez de Marshall
y Manhattan organizaron sendas celebraciones de la victoria, y el niño fue
elogiado como el nuevo héroe ajedrecístico de Estados Unidos. Incluso
96 • ENDGAME

Bisguier, sin ningún resentimiento, declaró que Bobby Fischer era el me­
jor jugador de ajedrez de catorce años de todos los tiempos.

***
Después de un verano de ajedrez, Regina insistió en que Bobby le pres­
tara más atención a sus intereses deportivos. Así que iba a nadar al YMCA
y empezó a recibir clases de tenis, además de jugar en las pistas gratuitas
de la ciudad. No le gustaba ir a las pistas gratuitas, ya que tenía que coger
dos autobuses para llegar a la más cercana y a veces tenía que esperar más
de una hora para conseguir jugar. No obstante, continuó jugando hasta fi­
nales de otoño, cuando el tiempo ya era demasiado frío y húmedo. Madre
e hijo estudiaron la posibilidad de inscribirle en un club de tenis en pista
cubierta durante los meses de invierno, pero cuando descubrieron que ha­
bía una tarifa de matriculación y un pago de 10 $ por hora, “por supuesto,
era absurdo que nos lo planteáramos” lamentó Bobby.
Una tarde, después de volver del colegio en septiembre, Bobby revi­
só su correo. Había empezado a recibir cartas de seguidores y peticiones
de fotos, autógrafos, incluso algunas puntuaciones exclusivas de partidas
para que las firmara y dedicara, no sólo desde Estados Unidos sino de
todos distintos rincones del mundo. Las cartas no llegaban al nivel de las
estrellas de Hollywood, pero casi no pasaba ni un día en el que no re­
cibiera correo en el n.° 560 de Lincoln Place. Asimismo, habitualmente
recibía consejos no solicitados de jugadores de ajedrez, además de ofertas
de empresas que querían que patrocinara algunos productos. De manera
esporádica, Bobby seleccionaba una carta al azar y respondía con una nota
personal. Para acelerar el proceso de las relaciones con sus seguidores,
Regina colocó el autógrafo de Bobby en una tarjeta económica en la que
estaba impresa su firma y la envió a varios solicitantes. También respondió
a las ofertas comerciales pero, por razones que sólo él sabe, Bobby casi no
manifestó ningún interés, sin importar el precio que ofrecieran.
Hubo una carta que casi pasa por alto, que llegó en un sobre con el
logotipo del club de ajedrez de Manhattan impreso. Cuando la abrió, todo
lo que pudo hacer fue sonreír:
Frank Brady • 9 7

Sr. Robert <


=J. Fischer
>
s
w
e
n
560 Lincoln Place
-Brooklyn, 38, Nueva York

- Nueva York, 24 de septiembre de 1956

- Estimado señor Fischer:

M. J. Kasper, presidente
Walter J. Fried
I.A.Horowitz
William J. Lombardy
Edgar. T. McCormick
_ Walter J. Shipman
98 • ENDGAME

Como reciente campeón actual del Abierto de Estados Unidos y


participante del torneo Rosenwald el año anterior, Bobby ya esperaba
recibir la invitación para el torneo de 1957. Sin embargo, lo que le llamaba
la atención sobre todo era que este torneo sería la eliminatoria para el
Interzonal, que era el principio del camino hacia el campeonato mundial.
Los torneos Interzonales sólo se celebraban cada cuatro años, y dio la
casualidad de que el año siguiente era el año. Debería haberse emocionado
con la invitación, pero se enfrentaba a un conflicto y se vio obligado a
resolverlo.
El problema era que el Rosenwald coincidía con el gran congreso
de Navidad de Hastings en Inglaterra, el torneo internacional anual que
durante años había visto a algunas de las mayores leyendas del ajedrez
conquistar el primer premio. Bobby había sido invitado al torneo y quería
entrar en el círculo exclusivo de los ganadores. Sería su primer viaje al
extranjero y su primer acto internacional con algunos de los mejores
jugadores mundiales.
No sabía qué hacer.
Después de hablar de la situación con su madre y sus amigos del club,
Analmente tomó una decisión. La juventud cree que no existen los límites
y muestra muy poca paciencia. Al final, Bobby no pudo tolerar un rechazo
a su destino. Informó al comité del Rosenwald que aceptaría su invitación
para competir en el campeonato de Estados Unidos —el preludio, espera­
ba, para conseguir Analmente el campeonato mundial también—.
En diciembre, justo antes de empezar a jugar en el campeonato
de Estados Unidos, Bisguier predijo que “Bobby Fischer terminaría
ligeramente por encima de la posición central en este torneo. Es bastante
posible que sea el jugador con más talento del torneo, pero no tiene
experiencia en torneos de tal fuerza consistentemente uniforme”. La
bola de cristal de Bisguier parecía lógica, pero por supuesto Bobby tenía
la experiencia del Rosenwald del año anterior. Y aunque muchos otros
torneos en los que había jugado puede que no incluyeran a los mejores
jugadores del país, había bastantes que estaban en la cima. Durante 1956
(cuando Bobby viajó más de catorce mil kilómetros para competir en
torneos) y 1957, nunca dejó de jugar, estudiar y analizar.
Parecía que su fuerza crecía no sólo de torneo en torneo y de encuentro
en encuentro, sino día a día. Cada partida que jugaba o analizaba, ya
fuera suya o de otros jugadores, constituía un cortejo de la perspicacia.
Siempre estaba trabajando en el juego, su juego, mejorándolo, buscando
respuestas, haciendo preguntas, sacando su juego de bolsillo raído cuando
Frank Brady • 99

iba en el metro, caminando por la calle, viendo la televisión o comiendo


*en un restaurante; sus dedos se movían como si tuvieran vida propia.

El viento del invierno en Nueva York empezaba a hacer volar copos de


nieve por los arboles de Central Park mientras Bobby entraba al club de
ajedrez de Manhattan para la primera ronda del campeonato de Estados
Unidos. De inmediato, un murmullo de asombro recorrió el público;
algunos de ellos gritaban —como si Jack Dempsey hubiera subido al
ring— “ahí está Fischer”.
Tal vez Bisguier tuviera razón. Los contrincantes sí que parecían
más fuertes que el año anterior. Los jugadores que habían rechazado la
invitación en 1956 aceptaron de buena gana en 1957, al igual que Bobby,
por la importancia del torneo. Prácticamente los catorce participantes
buscaban una posibilidad para ir al Interzonal, y se rumoreaba que
algunos se habían inscrito para poner a prueba a Bobby Fischer. Era la
oportunidad de jugar contra una leyenda creciente.
Bobby se dirigió a su tablero y, en silencio, miró con desagrado al
cronómetro. Parecían dos despertadores, uno al lado del otro, y tenían
un pistón en su lateral para cada jugador. A Bobby no le gustaba el
cronómetro porque ocupaba demasiado espacio en la mesa —además,
tenías que presionar el pistón para parar tu reloj y poner en marcha el de
tu rival. Requería demasiado tiempo, especialmente cuando un jugador se
enfrenta a la presión y todos los segundos cuentan. A diferencia de éstos,
los nuevos relojes BHB de Alemania presentaban botones en la parte
superior, lo que hacía que fueran mucho más rápidos de usar: mientras
una mano dejaba la pieza, con un rápido movimiento se podía presionar
el botón con la otra; de esa manera se ahorraban uno o dos segundos. Se
podía establecer un ritmo con los relojes de botones en la parte superior,
y Fischer era ya un experto en ese tipo. Sin embargo, en el campeonato de
1957 aguantó los cacharros viejos de pistones.
Bobby comenzó con una victoria contra Arthur Feuerstein, en la que
ganó a la joven promesa por primera vez. Después, hizo tablas con Samuel
Reshevsky, el actual campeón, en una partida extremadamente intensa,
tras la cual el niño de catorce años estuvo increíble y acumuló cinco vic­
torias seguidas.
Su rival en la última ronda fue el corpulento Abe Turner, eterno
estudiante de interpretación cuya fama de actor se le había atribuido por
haber sido concursante del programa de televisión de Groucho Marx, You
100 • ENDGAME

betyour life. Turner, que actuaba en una ópera bufa pero era un jugador
fulminante y peligroso, había derrotado a Bobby en el Rosenwald del año
anterior. Por lo que éste era especialmente cuidadoso al jugar con él. Sin
embargo, tras unos minutos, Turner, con su voz chillona, ofreció tablas
a Bobby en el movimiento décimo octavo. Bobby aceptó y se fue a dar
una vuelta por el club con aire despreocupado mientras aún se disputaban
el resto de partidas. Había acumulado 10 1/2 puntos y, al igual que en el
Abierto de Estados Unidos, no había perdido ninguna partida. Lombardy,
de cara color melocotón, que no estaba allí por el título, jugaba contra el
venerado Reshevsky, y el “viejo zorro” había conseguido 9 1/2 puntos. Si
Reshevsky ganaba a Lombardy, igualaría la puntuación de Bobby, y ambos
se proclamarían campeones. En este campeonato no había sistemas de
desempate ni se podía seguir jugando. Para pasar el rato, y quizás fingir
indiferencia mientras terminaba la partida decisoria, Bobby se puso a
jugar unas partidas rápidas con algunos de sus amigos. De vez en cuando,
deambulaba alrededor de la partida entre Lombardy y Reshevsky y echaba
un vistazo durante unos segundos. Al final, después de uno de esos
paseos, dijo con total naturalidad, sin dejar lugar al debate: “Reshevsky
está atrapado”. Lombardy estaba jugando la partida de su vida y arrasando
con la posición de Reshevsky. Cuando ya no hubo ninguna esperanza,
Reshevsky quitó su cigarrillo encendido de su boquilla, frunció los labios
y se rindió. Bobby se acercó al tablero y le dijo a su amigo: “Has jugado
tremendamente bien”. Lombardy, de veinte años, sonrió y dijo: “Bueno,
¿qué otra cosa podía hacer? ¡Tú me has obligado a vencer a Sammy!” Con
la derrota de Reshevsky, Bobby Fischer, de catorce años, fue proclamado
campeón de ajedrez de Estados Unidos.
4E
lniñoprodigiodeEstadosUnidos
L A ODISEA SE CONVIRTIÓ en algo más que una rutina o costumbre.
Era un ritual, la búsqueda de la sabiduría ajedrecística. Durante el
c urso, después de clase, los sábados y todo el verano, excepto cuando
estaba jugando en torneos y los días que iba a la casa de los Collins, Bobby
se dirigía a la estación de Flatbush Avenue, cogía el metro de East River
que pasa por Manhattan y bajaba en Union Square. Caminaba con grandes
pasos hacia el sur, desde Broadway hasta Greenwich Village, y llegaba a la
librería Four Continents, unos almacenes de libros, grabaciones musicales
y publicaciones en ruso, además de regalos hechos a mano, como las
matrioskas. Por medio de la Ley por la Libertad de la Información se ha
confirmado que el FBI llevó a cabo una investigación y vigilancia de Four
Continents entre las décadas de 1920 y 1970, en los que había acumulado
quince mil informes, fotografías y documentos sobre quién entraba, salía
y compraba en la tienda para encontrar posibles simpatizantes comunistas
o agentes soviéticos. En la década de 1950, cuando Bobby frecuentaba
el establecimiento, el departamento estaba especialmente activo con
la esperanza de proporcionar información al Comité de Actividades
Antiestadounidenses.
El Four Continents almacenaba una pequeña, pero poderosa, colec­
ción de libros de ajedrez, así como los últimos ejemplares de Shakhmatny
Bulletin, una publicación rusa lanzada recientemente. Esta revista con­
tenía artículos teóricos e informes sobre las últimas partidas jugadas en
todo el mundo; la mayoría, de jugadores de la Unión Soviética. Fischer se
había enterado de cuándo llegaban los ejemplares nuevos cada mes y, uno
102 • ENDGAME

o dos días después, iba a Four Continents para adquirir la última edición.
Reveló a algunos que Shakhmatny Bulletin era “la mejor publicación de
ajedrez del mundo”
Repetía las partidas mencionadas en la revista diligentemente y seguía
las hazañas de Boris Spassky, de dieciocho años, el cometa del ajedrez que
había ganado el campeonato juvenil mundial en 1955. También estudiaba
las partidas de Mark Taimanov, campeón de la Unión Soviética en 1956
—y concertista de piano—, que introducía novedades en las aperturas que
Bobby consideraba muy instructivas. Mientras ojeaba los ejemplares de
cada edición, tomaba nota mentalmente de las aperturas que se habían
jugado en el mundo y habían dado lugar a un mayor número de victorias
que otras y las que parecían menos convencionales. También anotaba las
partidas que despertaban su interés para analizarlas más profundamente.
Las partidas de los maestros que descubría en Shakhmatny se convirtieron
en sus modelos; después esos maestros serían sus contrincantes.
Compró un ejemplar en ruso de Soviet School of Chess, de tapa dura, en
el Four Continents por 2 $. Un clásico de la bibliografía ajedrecística con­
temporánea, que se había publicado como tratado propagandístico para
destacar el “ascenso de la escuela soviética hacia la cumbre del ajedrez
mundial como resultado lógico del desarrollo cultural socialista”. Incluso
cuando era adolescente, es probable que Bobby fuera capaz de separar el
intento soviético de adoctrinamiento, no demasiado sutil, de la brillantez
absoluta de las partidas y lo que aprendía de ellas. Estaba asombrado por
la agudeza y la comprensión rápida e intuitiva de los jugadores soviéti­
cos, indiscutiblemente los mejores del mundo en aquella época. Cuando
Bobby tenía catorce años, ofreció una entrevista a un periodista ruso de
Shakhmatny v SSSR (Ajedrez en la Unión Soviética) en la que dijo que
quería jugar con los mejores maestros rusos y explicó: “Sigo lo que hacen
vuestros grandes maestros. Conozco sus partidas. Son ingeniosos, atacan­
tes y están llenos de espíritu de lucha”.
Bobby curioseó y compró en Four Continents durante años, y nada le
atraía más que un libro del que había oído hablar casi en susurros reve­
renciales: Cuestiones sobre teoría moderna en ajedrez de Isaac Lipnitsky. El
libro se convirtió en un clásico para los jugadores de ajedrez en cuanto se
publicó en 1956, y los ejemplares eran escasos. Un amigo y jugador de aje­
drez, Karl Burger, diez años mayor, futuro doctor y maestro internacional,
le habló a Bobby sobre el libro por primea vez, lo cual estimuló su imagi­
nación sobre la sabiduría que contenía. Tenía ganas de leerlo, pero había
tenido que realizar un pedido especial por medio de Four Continents. No
llegó hasta meses más tarde; mal impreso, en papel corriente y lleno de
errores tipográficos.
Frank Brady • 103

Aunque a Bobby no le importó la apariencia física del libro. Leyó aten­


tamente las páginas, como si fuera un estudiante de filosofía que intentaba
entender la Crítica de la razón pura de Immanuel Kant. Forcejeaba con
el ruso y continuamente le pedía a su madre que le tradujera algunos de
los fragmentos en prosa que acompañaban a las anotaciones de los mo­
vimientos. A ella no le importaba en absoluto y, a decir verdad, estaba
encantada de que aprendiera algo de ruso. Por su parte, Bobby estaba es­
tupefacto por la cantidad de información que adquiría del libro.
Lipnitsky enfatizaba la conexión entre dominar los escaques centrales
del tablero y tomar la iniciativa por medio de la movilización de las piezas.
Es una idea simple, casi rudimentaria, pero lograrlo en una partida real
puede ser bastante complicado. Lipnitsky no sólo arrojaba conceptos al
lector, sino que daba ejemplos claros y lógicos de cómo hacer lo que reco­
mendaba. Bobby empezó a utilizar algunas de las sugerencias de Lipnitsky
en sus propias partidas y seguía una estrategia llamada “ataque de Lipnits­
ky” cuando jugaba contra la defensa siciliana. Años más tarde, citaba los
preceptos de Lipnitsky en sus propios escritos.
Después de pasar posiblemente una hora en el Four Continents en
busca de lo mejor de la bibliografía ajedrecística del momento, cruzaba la
calle hacia la tienda dickensiana del flemático doctor Albrecht Buschke,
en la que buscaba una entrada al pasado. La tienda estaba situada en las
entrañas más profundas de un edificio de oficinas antiguo que cien años
antes había albergado al hotel St. Denis, el lugar en el que Paul Morphy,
campeón mundial no oficial de Estados Unidos, se hospedó cuando jugó
en el primer congreso ajedrecístico del país. El edificio era un destino to
témico para Bobby, ya que también acogía las oficinas de la Federación de
Ajedrez de Estados Unidos, las cuales estaban albergadas en lo que había
sido la suite nupcial.
La guarida de Buschke no era más que una pequeña habitación. Olía
a moho, con una fragancia a papeles y encuadernaciones antiguas que se
impregnaba de una nube gris continua procedente del cigarro de Buschke.
Había libros usados por todas partes, ocultos en todas las hendiduras ima­
ginables; muchos de ellos apilados desde el suelo hasta el techo, encima
de las sillas o cargados y torcidos sobre las estanterías. Algunos estaban
esparcidos de forma descuidada por el suelo; ninguno parecía seguir una
ordenación temática. Si un cliente daba a entender al propietario que el
precio de un libro era demasiado elevado, tenía la costumbre retorcida
de decir: “¡Oh! Lo siento”, borraba el precio que tenía escrito a lápiz y, de
manera autocrática, ¡añadía otro nuevo que era mayor!
104 • ENDGAME
Bobby leía atentamente los ejemplares de Buschke durante horas; bus­
caba aquel libro, esa otra revista o aquella partida brillante que le pudiera
conducir a la iluminación. Y compraba libros de hace muchas décadas,
como el Manual de ajedrez de Rudolf von Bilguer e Instructor de ajedrez
moderno de Wilhelm Steinitz. La casualidad de encontrar un libro que no
conociera ya era deliciosa, como el placer de encontrar lo esperado —un
libro que sabía que quería sólo si era capaz de encontrarlo en el laberinto
de Buschke.
Los recursos de Bobby eran escasos, pero el buen doctor le hacía
descuentos a menudo, algo que no compartía con absolutamente nadie.
Cuando ganó el campeonato de Estados Unidos, Buschke le obsequió con
un cheque regalo por valor de 100 $; tardó meses en seleccionar los libros
que quería como regalo y sólo eligió los mejores.
Desde la tienda de Buschke, Bobby se dirigía rápidamente a la librería
de University Place, que se encontraba a la vuelta de la esquina, a un “tiro
de peón". La tienda tenía una colección de ajedrez —a precios inferiores
que los de la de Buschke— junto con libros especializados en literatura
caribeña y radical. Bobby conoció en esa tienda a un hombre pequeño
llamado Archie Waters, que no sólo era jugador de ajedrez sino también
campeón mundial de una variante del juego de las damas, las damas es­
pañolas, a la que se jugaba por dinero en Harlem y otros barrios urba­
nos. Waters, periodista de profesión, había escrito dos libros sobre esta
variante, los cuales regaló a Bobby —con el tiempo, enseñaría al niño los
entresijos del juego y se convertirían en amigos para toda la vida. Bobby
estudió atentamente los libros de Waters y algunos otros sobre el juego de
las damas, pero nunca participó en ningún torneo. Le gustaban las damas,
pero no le parecían tan desafiantes como el ajedrez. Lo único que tenían
en común ambos juegos, dijo, era el tablero de escaques claros y oscuros.

***
En el m undo del ajedrez, a sus catorce años, Bobby era casi una
celebridad, y los medios de comunicación también consideraban que
su anómala formación era noticia de interés para sus publicaciones: un
niño pobre de Brooklyn que sólo estaba interesado en el ajedrez, que
vestía descuidadamente —o de manera informal, ciertamente—, que
hablaba con monosílabos y que vencía a los expertos más célebres. Cada
noticia generaba más publicidad, y Regina, mientras discrepaba con las
perspectivas de su hijo, intentaba ayudarle a sacar provecho de su interés.
Había dejado escapar sin pensarlo bien, al intentar evitar los reproches
Frank Brady • 105

que recibía por no dejarle ampliar sus horizontes, una declaración,


frecuentemente citada, en la que decía que habría hecho cualquier cosa
por disuadir a su hijo de jugar al ajedrez “pero era inútil” Lo cierto es que
ella sabía que Bobby había decidido por sí solo que su razón de ser era
convertirse en el mejor jugador de ajedrez del mundo, y como cualquier
madre que quiere que sus hijos cumplan sus sueños, le apoyaba, en última
instancia como agente de presa, abogada y mánager de manera gratuita.
A partir de ese momento, no había ni un torneo en el que jugara o ex­
hibición que realizara que no fuera anunciada a bombo y plantillo previa­
m ente por m edio de los comunicados de prensa que Regina enviaba a los
medios de comunicación. También recopilaba las direcciones y números
de teléfono de las principales cadenas de televisión y radio, periódicos y
revistas de Nueva York, y si su comunicado de prensa no generaba sufi­
ciente cobertura, llamaba, escribía cartas personales o —como una verda­
dera madre de artista— visitaba las salas de redacción para promocionar a
su hijo. I. A. Horowitz, editor de Chess Review, afirmó que era un incordio,
ya que siempre le pedia más publicidad para Bobby. Incluso intentó entrar
en varios concursos de radio y televisión con la esperanza de llevar algo de
dinero a casa po r ser una concursante de éxito. Le realizaron entrevistas
previas para concursos de televisión como Top Bollar y Lucky Partners
pero, a pesar de su inteligencia elevada y sus conocimientos superiores,
nunca fue elegida.
El hecho de que Regina fuera capaz de anteponer los intereses de
Bobby a los suyos propios por am or a su hijo, adscrita al sueño del dominio
del ajedrez de éste, se da a entender en una carta que escribió cuando su
hijo dudaba entre asistir al torneo de Navidad de Hastings y jugar en el
cam peonato de Estados Unidos. Según Maurice Kasper, presidente de la
Fundación de Ajedrez de Estados Unidos, ella escribió: “Espero que Bobby
llegue a ser un g ran cam peón del ajedrez algún día porque el ajedrez es lo
que m ás am a en el m undo”.
D urante los torneos, ya fueran en Estados Unidos o en el extranjero,
a m en u d o enviaba cartas, cablegramas y telegramas de ánimo y asesora
m iento com o: “Veo que tienes 11/2 hasta ahora después de dos rondas, lo
cual es fantástico. Sigue así, pero no te fatigues. Nada y duerme.”
Finalm ente, gracias a la persistencia de Regina, Bobby recibió una in ­
vitación p ara ser un posible concursante del program a más famoso de la
televisión, La pregunta de 64.000 $. La idea era que respondiera preguntas
sobre ajedrez. Tam bién invitaron a la prueba a otros jugadores, que ex­
p o n d ría n preguntas enfocadas en la historia y el saber popular del jue-
106 • ENDGAME

go. Bobby, de catorce años, se acercó al estudio de televisión 52 de CBS,


ataviado con sus pantalones de pana característicos y camiseta de franela
con botones en el cuello, y con una actitud de seguridad y escepticismo a
partes iguales.
El funcionamiento del programa consistía en que los concursantes
elegían una categoría, como cine, ópera, béisbol, etc., y respondían cues­
tiones cada vez más complicadas y, en definitiva, más valiosas. La primera
respuesta correcta valía 2 $, luego 4 $, después 8 $, y se doblaba semana
tras semana hasta que la suma ascendía a 64.000 $, si es que esto llegaba a
ocurrir. Si un concursante alcanzaba 8.000 $ y fallaba la pregunta, le rega­
laban un Cadillac nuevo como premio de consolación, valorado en unos
5.000 $ en aquella época.
La pregunta de 64.000 $ era tan popular que incluso el presidente
Eisenhower lo veía todas las semanas y les decía a sus empleados que no
le molestaran durante ese intervalo de tiempo. Las noches de los martes,
cuando emitían el programa, caían los índices de crímenes y la asistencia
a cines y restaurantes. Daba la impresión de que todo Estados Unidos
veía el programa, y los concursantes más afortunados se convertían en
personas famosas. Si se elegía el ajedrez como categoría para el programa,
el resultado podía promocionar enormemente el juego entre el público.
El círculo ajedrecístico, al menos en Nueva York, estaba temblando por la
posibilidad.
Regina Fischer también estaba emocionada de manera atípica en re­
lación con las perspectivas de Bobby, y éste, por su parte, estaba entusias­
mado por el hecho de emplear sus conocimientos inmensos del juego y la
oportunidad de llegar hasta el final y conseguir los 64.000 $ (el equivalente
a medio millón de dólares aproximadamente hoy en día); de este modo
resolvería los problemas financieros de la familia.
En la prueba, todo fue bien al principio. Bobby respondió correcta­
mente pregunta tras pregunta hasta que le preguntaron en qué torneos
venció Yates a Alekhine. Pensó durante un buen rato y después le dijo a
su interrogador que era una pregunta trampa porque Yates nunca había
ganado a Alekhine.
Sorprendido porque las respuestas de Bobby habían sido correctas de
modo infalible hasta ese momento, el representante del concurso le dijo
que Yates había derrotado a Alekhine en dos torneos: Hastings en 1922 y
Carlsbad el año siguiente. Bobby se puso furioso, poco dispuesto a admitir
que estaba equivocado.
Yates sí que había ganado a Alekhine en aquellos torneos. No obstante,
Frank Brady • 1 0 7

los productores decidieron no realizar la categoría de devotos del ajedrez,


independientemente del mal humor o el olvido de Bobby. La idea desapa­
reció debido a la naturaleza arcana del juego. Finalmente, los productores
concluyeron que simplemente no había suficiente gente interesada en el
ajedrez como para mantener una gran audiencia.
Bobby se hizo responsable de ello en parte. Sus sueños de riqueza se es­
fumaron rápidamente, y escribió modestamente: “Supongo que ninguno
de nosotros fuimos lo bastante listos como para pasar la prueba. De todos
modos, fue un diálogo interesante mientras duró”.

***
Una tarde, cuando Regina volvía a casa después de su turno en el hos­
pital, se le acercaron dos hombres, con gafas de sol y vestidos de manera
conservadora, enfrente de su apartamento de Lincoln Place, n.° 560.
¿Señora Fischer? ¿Regina Fischer?
¿Sí? —dijo ella.
Los hombres enseñaron rápidamente sus credenciales: eran agentes
del FBI.
¿De que trata esto?
¿Podemos entrar? No nos gusta hablar en la calle.
Antes de hacer nada —dijo Regina—, díganme qué quieren.
Sólo queremos hacerle algunas preguntas.
Regina objetó: — No quiero responder nada si mi abogado no está
presente.
¿A qué tiene miedo? ¿Tiene algo que ocultar?
No tengo miedo a nada —respondió Regina—, y no tengo nada que
esconder. Simplemente no quiero hablar con ustedes si mi abogado no
está conmigo.
Dicho esto, se dio la vuelta con arrogancia, entró al vestíbulo del
edificio y subió las escaleras. Estaba temblando, no porque ocultara algo
sino por la situación que acababa de ocurrir: dos agentes de orden público,
hombres que hacían insignificante su cuerpo relativamente minúsculo de
un metro sesenta, se habían acercado a ella de manera controvertida en
la calle.
La actividad política de Regina —cualquiera o toda la que pudiera ser
considerada subversiva, teniendo en cuenta el clima anticomunista casi
histérico del momento— era carne de cañón para el FBI: sus seis años
108 • ENDGAME

en Moscú, su exmarido volátil en Chile, su trabajo en plantas de defensa,


su asociación con agitadores, su afiliación a organizaciones políticas de
izquierdas y su participación activa en protestas —como una vigilia a la
que se unió la noche de la ejecución de los espías condenados Ethel y
Julius Rosenberg. ¿Alguno de sus amigos era espía? Se hacía preguntas a
sí misma y luego llamó a un abogado, antes de contarles a Joanie y Bobby
lo que había ocurrido.
Para su tranquilidad, no hubo más visitas públicas del FBI. Lo que
Regina no sabía, sin embargo, era que desde 1942 el departamento de
Justicia sospechaba que era una agente del espionaje soviético. Como
consecuencia, realizó una investigación de gran envergadura a sus
actividades, pasadas y presentes, encabezada por el director del FBI J.
Edgar Hoover.
El informe confidencial del FBI sobre Regina señalaba radicalmente el
nivel de la paranoia inspirada en McCarthy que se apoderaba de Estados
Unidos en aquella
cart>
< época:
=

SECRETO
Cabe destacar que la sujeto es una mujer inteligente, bien edu­
cada, que ha viajado mucho y que durante años ha estado asocia­
da con los comunistas y personas con tendencias procomunistas.
Da la impresión de ser una persona que estaría motivada ideoló­
gicamente para servir de ayuda a los rusos. En vista de lo anterior
y teniendo en cuenta su contacto reciente con un funcionario de
la embajada soviética, sería deseable reabrir este caso y que se
inicie la investigación en un esfuerzo por determinar si la sujeto ha
Frank Brady • 1 0 9

a la segunda mujer de Jacob Wender, abuelo de Bobby. La investigación


continuaría durante casi medio siglo y daría lugar a unas 750 páginas de
informes que costaron a los contribuyentes estadounidenses cientos de
miles —si no millones— de dólares, y terminaría de una forma discreta,
ya que no se encontró nada definitivo sobre la actividad de espionaje de
Regina. “Mi madre”, dijo Joan Fischer, “es una manifestante profesional”.
Aparte de eso, al final el FBI consideró que Regina Fischer era inofensiva
para la seguridad de Estados Unidos.
Se produjo un giro irónico en esta epopeya de caza de comunistas en
el momento en el que el FBI se enteró, por medio de un delator, de que
Regina había sido expulsada del Partido Comunista —si es que alguna
vez había llegado a ser miembro—; el delator afirmó que había llevado a
cabo su actividad entre 1949 y 1951. Supuestamente, había sido expulsada
por no ser una miembro leal al partido. Si éste fue el caso en realidad, el
departamento razonó que Regina probablemente tendría ganas de tomar
represalias contra los comunistas y “cooperar y suministrar información
relativa a las personas activas del partido y otra información actual que
pudiera poseer”. Si el departamento hubiera actuado de este modo, quizás
Regina Fischer se habría convertido en una espía del gobierno estadouni­
dense. Habría sido una carrera adecuada para ella, teniendo en cuenta
su afición por la intriga, la política y los viajes. Sin embargo, nunca se lo
plantearon.
Bobby seguía diciéndole a su madre que quería ir a Rusia a probar
suerte contra los mejores jugadores del mundo. Aparte de su viaje a Cuba
y su participación en un torneo en Canadá cuando tenía doce años, nunca
había salido de su país, y Regina, viajera itinerante y casi obsesiva, estaba
ansiosa porque su hijo fuera al extranjero. Pero ¿de dónde iba a sacar el
dinero?
Envió una carta al primer ministro Nikita Khrushchev, en la que le
pedía que invitara a Bobby al festival juvenil mundial. Mientras esperaban
una respuesta, Bobby pidió su pasaporte y presentó una solicitud para
obtener un visado para Rusia. Un año más tarde, le concedieron el visado,
así que todo lo que necesitaba era el dinero para el transporte aéreo y los
gastos. La idea era que Bobby pasara el verano, o parte de él, en Rusia con
el fin de prepararse antes de jugar en la Interzonal, que tendría lugar en
Yugoslavia.
Los agentes y delatores continuaban espiando a los Fischer, y la idea
de que el Gran Hermano pudiera estar siempre vigilando obsesionaba a
Regina. Sus continuas sospechas —las cuales tenían una base legítim a-
influyeron mucho en sus hijos.
l i o • ENDGAME

Le preocupaba que el FBI volviera, quizás cuando ella no estuviera en


casa, e interrogara a Bobby. Si querían hacerle una inspección, toda la in­
formación que Bobby les facilitara posiblemente podría ser usada en su
contra. Empezó a preparar con él lo que diría si los investigadores apare­
cían: “Bobby, si vienen y te hacen preguntas —aunque sólo sea tu edad o a
qué colegio vas— solamente di: ‘No tengo nada que decirles’. No cambies
las palabras; ¿me entiendes? ‘No tengo nada que decirles’”.
Le hacía repetir la frase una y otra vez hasta que estaba segura de que
se había quedado con ella. En retrospectiva, Bobby decía que era probable
que ella hubiera aprendido la frase gracias a otras personas que habían
sido investigadas por el FBI como táctica más eficaz. “Creo que habría sido
terrible que hubieran interrogado a un niño pequeño: yo solamente tenía
diez o doce años en ese momento”. Bobby nunca fue interrogado, pero le
habían inculcado el miedo.
Para una mayor protección, Regina le compró cubiertas de cuero bas­
tante caras para sus libros rusos de ajedrez, para que los agentes o posibles
delatores no pudieran leer los títulos y causarle problemas mientras los
estudiaba en sus viajes en metro desde y hacia Brooklyn.
Una mañana, cuando estaba en clase de geometría, apareció un alumno
que venía de la oficina del director con una nota para el profesor de Bobby.
Bobby había sido invitado a participar en el programa de televisión I've
got a secret a las 16:30 aquella tarde. Era la semana posterior a su décimo
quinto cumpleaños. El programa era un juego de adivinanzas para
descubrir el secreto de un participante. En este caso, no era que Bobby
o su madre fueran comunistas, sino que él era el campeón de ajedrez de
Estados Unidos. Durante la emisión, parecía tímido y temeroso; sostenía
un periódico falso, impreso expresamente para el programa, con un titular
que decía: “LA ESTRATEGIA DEL ADOLESCENTE VENCE A TODOS
LOS CONTENDIENTES”. Cuando el maestro de ceremonias mencionó
que su joven invitado, presentado como señor X, era de Brooklyn, alguien
exclamó: “¡Hurra!”, y Bobby sonrió. Un miembro del jurado le preguntó si
lo que hacía, su secreto, hacía feliz a la gente, y él bromeó: “Me hace feliz a
mí”, lo que incitó las carcajadas del público, que conocía el secreto. Bobby
dejó perplejo al jurado.
Regina, decidida a llevar a Bobby a Moscú, había pedido ayuda a los
productores para que le ayudaran a conseguir un billete para su hijo y
su hermana como acompañante. El FBI se enteró de su viaje a Moscú,
posiblemente porque había intervenido su teléfono. Envió a un agente
secreto con aspecto joven, que se hacía pasar por periodista para un
periódico universitario, a “entrevistar” a los representantes de relaciones
Frank Brady • 1 J J

públicas de Goodson-Todman Productions, productores de I've got a


secret. El agente se quedó allí durante toda la emisión, pero no reveló su
verdadera identidad.
Dado que la compañía aérea Sabena era una de las patrocinadoras del
programa, se acordó que Bobby recibiría dos billetes de ida y vuelta como
regalo promocional. Sin saber esto, y para su alegría, al final de la emisión
le regalaron los billetes a Rusia, con escala en Bélgica, país de origen de
Sabena. Estaba tan entusiasmado de poder ir al país de sus sueños que
tropezó, con la torpeza de un niño, con el cable del micrófono cuando
salía del escenario, pero consiguió mantener el equilibrio. Al finalizar el
programa, el FBI llamó inmediatamente a su contacto en Moscú para
asegurarse de que las actividades de Bobby estuvieran controladas cuando
estuviera tras la Cortina de Hierro.
Alguien del club de ajedrez de Manhattan le preguntó a Bobby que
haría si le invitaban a una cena oficial en Moscú, donde tendría que llevar
corbata; nunca habían visto a Bobby con una. “Si tengo que ponérmela, no
iré”, respondió con sinceridad.
Era la primera vez que iba en avión. Bobby y Joan hicieron una escala
de tres días en Bruselas y visitaron la Expo 58, una de las mayores ferias
internacionales de todos los tiempos (“la octava maravilla del mundo”,
escribió Bobby a Jack Collins para describir el monumento Atomium, de
102 metros, cuyas nueve esferas de acero tenían la forma de una celda
de un cristal de hierro). Mientras los belgas probaban por primera vez la
Coca-Cola, Bobby, evitando la mirada atenta de Joan, bebió demasiadas
cervezas belgas y, al día siguiente, sufrió su primera resaca. No obstante,
jugó varias partidas de siete minutos —las cuales ganó— contra el conde
Alberic O’Kelly de Galway, un gran maestro internacional alto y elegante.
Además, Bobby comió todo la crema de helado —en la feria por primera
vez— que pudo. Tras unos días de diversión y formación en Bruselas,
los Fischer estaban listos para partir, pero antes tuvo lugar una pequeña
gresca. Cuando estaban registrándose en el hotel, Bobby expresó su
oposición bruscamente al personal del hotel sobre la habitación que iban a
tener (no quería compartirla con su hermana), por lo que fue criticado de
manera seria por la dirección, que les había ofrecido la habitación como
gesto de cortesía y tenían poco espacio a causa de a la feria. El chico de
quince años, seguro de sí mismo, hizo caso omiso a su descontento y, con
descortesía, salió de allí hecho una furia.
Antes de embarcar en el avión hacia Rusia, Bobby se puso tapones en
los oídos para reducir la presión (que ya le había molestado en el viaje de
Nueva York a Bruselas) y aislarse del sonido de los motores para poder
112 • ENDGAME

ejercitar tranquilamente las variantes en su juego de ajedrez de bolsillo.


Bobby y Joan se encontraron en el aeropuerto de Moscú con Lev
Abramov, director de la sección de ajedrez de la URSS, y con un guía de
Intourist, los cuales les acompañaron al hotel más sofisticado de Moscú, el
Nacional. Fue una elección acertada, ya que uno de los líderes bolcheviques
que trabajó allí tras la Revolución de 1917 fue Vladimir Lenin, jugador
activo de ajedrez que fomentó el interés continuado por el juego entre los
rusos.
Los Fischer disfrutaron de las comodidades de una suite relativamente
opulenta, con dos habitaciones y vistas despejadas —hacia la calle
Mokhovaya— del Kremlin, la Plaza Roja y el esplendor de las torres de la
catedral de San Basilio. Como parte de este trato de celebridad, también
ofrecieron un coche, conductor y una intérprete a Bobby. Tres meses antes,
los rusos habían agasajado a otro joven estadounidense: Van Cliburn,
de veintitrés años, que había ganado la competición internacional de
piano Tchaikovsky de la Unión Soviética y, gracias a ello, ayudó a calmar
momentáneamente la rivalidad de los dos países por la Guerra Fría.
Bobby no espera ser alabado de la misma manera, ni creía que pudiera
derretir el hielo diplomático. Sin embargo, Regina pensaba que debían
proporcionarle el mismo respeto y atención. Aunque muchos jugadores
de ajedrez consideraban que Bobby podía ser la respuesta estadounidense
al Sputnik, Regina pensaba en términos más prácticos: había leído que
Van Cliburn había llamado a su madre en Texas todas las noches cuando
estaba en Moscú, y no le cobraron por la llamada telefónica internacional
como gratificación. “Llámame”, le escribió a Bobby. “Invita la casa”. No lo
hizo.
Su respeto por los jugadores soviéticos, de los que había aprendido sus
partidas, era inmenso, y al principio el hecho de estar en Rusia era como
estar en el paraíso del ajedrez. Quería ver cómo jugaban y enseñaban el
juego en los Palacios de los Pioneros estatales. Quería leer y adquirir bi­
bliografía ajedrecística rusa y visitar los clubes y parques donde jugaban
al ajedrez. Pero, sobre todo, quería enfrentarse a los mejores del mundo.
Su objetivo era jugar con el mayor número de maestros posible y emular
el sistema de entrenamiento de los soviéticos para el torneo yugoslavo. Sin
embargo, el destino tenía otros planes.
Era imposible que el sistema ajedrecístico soviético permitiera que un
estadounidense viera sus métodos de entrenamiento o compartiera sus
secretos del ajedrez —especialmente cuando los mismos jugadores con los
que Fischer esperaba practicar competirían contra él en unas semanas—.
La institución del ajedrez soviético creía que Bobby era un novinka —la
Frank Brady • 2 J3

novedad—, pero también alguien a quien temer con el tiempo. Definiti­


vamente, no iban a ayudar en su intento de vencerles en su propio pasa­
tiempo nacional.
Se estableció un itinerario y un programa para los Fischer, que incluía
un recorrido por la ciudad y visitas turísticas a los edificios y las galerías
del Kremlin, al ballet del Bolshói, al Circo de Moscú y varios museos. Para
Bobby, era una oportunidad de atiborrarse de historia y cultura rusa. Sin
embargo, tenía poco interés en personajes como Iván el Terrible, Pedro el
Grande, Iósif Stalin, León Tolstói o Aleksandr Pushkin. Había venido a
Moscú a jugar al ajedrez, a cruzar peones con un jugador ruso de torneos
de verdad. Y cada minuto libre que pasaba allí quería dedicarlo al ajedrez
y, con un poco de suerte, a jugar con los maestros mejor valorados del
país. Moscú fue la ciudad en la que tuvo lugar el gran torneo de 1925; en
la que Alekhine se había convertido en gran maestro; en la que jugaron,
aprendieron y vivieron los mejores maestros del mundo; en la que se había
celebrado el campeonato mundial sólo unos meses antes. Para Bobby,
Moscú era el Elíseo del ajedrez, y su cabeza daba vueltas a las posibilidades.
Rechazó la oferta de Abramov de enseñarle la ciudad y pidió que le lle­
varan inmediatamente al Tsentralny Shakhmatny Klub, el club de ajedrez
central de Moscú, considerado uno de los mejores del mundo. Práctica­
mente todos los jugadores más fuertes de Moscú pertenecían al club, que
había sido abierto en 1956 y presumía de tener una librería que constaba
de diez mil libros de ajedrez y más de cien mil fichas de variaciones de
aperturas. Bobby no podía esperar a verlo todo.
Nada más llegar a la sede del club en Gogolsky Boulevard, le presenta­
ron a dos jóvenes maestros soviéticos, ambos de poco más de veinte años:
Evgeni Vasukov y Alexander Nikitin. Empezó a jugar al ajedrez rápido con
ambos por tum os, en un vestíbulo de la primera planta del club, y ganó
las dos partidas. Lev Khariton, maestro soviético, adolescente por aquel
entonces, recuerda que un grupo de personas se reunió allí. Todos querían
ver al niño prodigio estadounidense. “Se apreciaba soledad en él cuando
se encorvaba sobre el tablero”, dijo Khariton.
—¿Cuándo puedo jugar con Botvinnik [el campeón del mundo]?
—preguntó Bobby con tono casi de exigencia.
¿Y Smyslov [el rival más reciente de Botvinnik]?
Le dijeron que, como era verano, ambos estaban en sus dachas, a bas­
tante distancia de Moscú, y no estaban disponibles. Quizás era verdad.
—¿Qué tal Keres?
— Keres no está en el país.
114 • ENDGAME

Abramov declaró más tarde que se había puesto en contacto con varios
grandes maestros, pero no había conseguido encontrar ningún rival del
calibre que Fischer exigía. Fuera verdad o no, Abramov se sentía cada
vez más molesto por su impetuosidad y destemplanza frecuente. Bobby
conoció a regañadientes a los levantadores de pesas y atletas olímpicos
que le presentaban, pero daba la impresión de que le aburrían. Los rusos
empezaron a llamarle Malchick o niño pequeño. Aunque era un término
cariñoso, para un adolescente podía ser considerado un insulto. A Bobby
no le gustaba la insinuación.
Al final, Tigran Petrosian fue citado en el club de manera semioficial.
Era un gran maestro internacional, conocido por ser un jugador soso pero
científicamente casi preciso, y uno de los mejores competidores defensivos
de todos los tiempos. También era un jugador de una velocidad extraor­
dinariamente intensa. Bobby le conocía, por supuesto; había jugado sus
partidas del torneo de Ámsterdam en 1956 y le había visto de lejos en el
encuentro entre Estados Unidos y la URSS en Nueva York cuatro años
antes. Antes de que llegara, Fischer quiso saber cuánto dinero recibiría por
jugar con Petrosian. “Nada. Eres nuestro invitado”, contestó Abramov con
frialdad, “y no pagamos a los invitados”.
Las partidas se jugaron en una pequeña sala de altos techos al final
del vestíbulo, probablemente con el máximo número de espectadores,
que había incrementado a varias docenas mientras Bobby jugaba con los
jóvenes. El encuentro con el gran maestro ruso no fue formal, sino que
consistió en varias partidas rápidas, y Petrosian ganó la mayoría. Muchos
años después, Bobby señalaba que durante aquellas partidas rápidas se
había muerto de aburrimiento con el estilo de Petrosian y por eso había
acabado perdiendo más partidas de las ganadas.
Cuando la Unión Soviética aceptó invitar a Bobby a Moscú y pagar
generosamente todos los gastos de él y su hermana, se le concedió un visa­
do que solamente era válido para veinte días. Sin embargo, Regina quería
que se quedara en Europa hasta que comenzara el Interzonal en Portorož
y, debido a la escasez de fondos, estaba intentando conseguir su visado y
la ampliación de su situación de invitado. Quería que viviera una aventu­
ra europea y mejorara su uso de las lenguas extranjeras; siempre insistía
en que era de vital importancia para su formación. Además, sabía que él
quería jugar al ajedrez con los mejores jugadores soviéticos como entrena­
miento previo a la Interzonal. Aunque eso no ocurriría.
Cuando Bobby se enteró de que no iba a jugar ninguna partida formal,
sino unas simples partidas rápidas, se puso furioso. Sentía que le estaban
faltando al respeto. ¿No era él el actual campeón de Estados Unidos? ¿No
Frank Brady • 115

había jugado la partida del siglo, uno de los encuentros ajedrecísticos más
brillantes? ¿No había jugado con un campeón del mundo, el doctor Max
Euwe, un año antes? ¿No era el prodigio que auguraban que sería el nuevo
campeón en dos años?
Cierta actitud monárquica se apoderó de él: ¿Cómo podían rechazarle
a él, el príncipe del ajedrez? No era un contratiempo sin importancia, ni
un simple desaire; era el mayor insulto que Bobby podía imaginar. Reac­
cionó a ese insulto proporcionadamente desde su punto de vista. Le pare­
cía obvio que la razón por la que los mejores jugadores no se iban a reunir
con él era porque, en cierto modo, le tenían miedo. Se equiparaba a su
héroe, Paul Morphy, al que por la misma razón, en su primer viaje a Euro­
pa en 1858, exactamente cien años antes, le denegaron un encuentro con
el inglés Howard Staunton, considerado el mejor jugador del mundo por
aquel entonces. Los historiadores y críticos del ajedrez consideraban que
Morphy, de veintiún años, habría ganado fácilmente a Staunton. Y Fischer,
de quince años, creía firmemente que si le hubieran dado la oportunidad
de conocer a Mikhail Botvinnik, campeón mundial, el jugador soviético
habría perdido.
La realidad era que Bobby no conocería pronto —al menos, en los
siguientes días— ni derrotaría a los gigantes rusos del ajedrez, y que mien­
tras permaneciera en la Unión Soviética no iba a recibir ninguna retri­
bución financiera por jugar. Los soviéticos dejaron de ser sus héroes y se
convirtieron en sus traidores, nunca lo perdonaría. Hizo un comentario
en inglés, sin darse cuenta de que la intérprete podía escucharlo y enten­
derlo —algo que manifestaba que estaba harto de “esos cerdos rusos”—;
Ella informó de ese hecho, aunque años después Abramov dijo que la in­
térprete se había confundido y que Bobby se refería a la carne de cerdo que
había comido en el restaurante.
Tampoco ayudó la postal que le envió a Collins: “No me gusta ni la
hospitalidad rusa ni la gente. Parece que yo a ellos tampoco.” Antes de que
la postal fuera enviada a Nueva York, los censores rusos la leyeron, y la
respuesta desmedida de Bobby se abrió camino entre la prensa soviética.
La solicitud de la extensión de su visado fue denegada, y su guerra no tan
privada con la Unión Soviética comenzó y duraría toda su vida.
Aparte de la situación de Bobby, para cualquier ciudadano de Estados
Unidos era complicado quedarse en Moscú en aquella época. A media­
dos de julio, cien mil ciudadanos soviéticos indignados, anónimos para la
prensa controlada por el gobierno, asediaron la embajada estadounidense
en la calle Tchaikovsky y pidieron que Estados Unidos retirara sus tropas
del Líbano. Rompieron las ventanas y, en el exterior del edificio, quemaron
una efigie del presidente Eisenhower.
116 • ENDGAME

La situación era lo suficientemente grave como para que Gerhardt Fis­


cher, padre de Bobby según el registro, temiera que Joan y él estuvieran
en peligro. Utilizando su nombre sudamericano, Gerardo Fischer, escri­
bió a Regina en alemán desde Chile para expresarle su inquietud. Estaba
preocupado de que los niños hubieran podido ser raptados porque nadie
sabía nada de ellos. Le preguntaba a Regina qué iba a hacer para que Joan y
Bobby salieran del país. Afirmaba que si no recibía noticias pronto, inten­
taría hacer lo que pudiera, pero también añadía —algo misteriosamente—
que no quería meterse en problemas.
Cuando Regina estaba empezando a entrar en pánico, recibió un ca­
blegrama de los representantes del ajedrez yugoslavos que decía que aco­
gerían a Bobby y Joan como primeros invitados antes de la Interzonal y
que además pondrían en marcha encuentros de entrenamiento para Bo­
bby con los mejores jugadores. Por su parte, Joan Fischer, que había tenido
varias discusiones con su hermano por su comportamiento cuando esta­
ban en Moscú, le acompañó a Belgrado, pero dos días después se marchó
a Inglaterra para pasar el resto del verano con sus amigos. De este modo,
Bobby tenía que arreglárselas por sí mismo —aunque no por mucho tiem­
po—. Estaba rodeado de representantes, jugadores, periodistas y simples
curiosos del ajedrez, y unas horas después de aterrizar en Yugoslavia ya
estaba jugando, analizando y hablando sobre ajedrez.
El rival de Bobby en su primer encuentro formal de entrenamiento en
tierra europea fue Milan Matulovic, maestro de veintitrés años con mala
fama en el mundo del ajedrez porque a veces tocaba una pieza, la movía,
y después —cuando se daba cuenta de que había metido la pata o era un
movimiento débil— volvía a dejarla en su escaque inicial, mientras decía:
J’adoube o I’adjust, y la movía a otro escaque o movía otra pieza. La ex­
presión j’adoube es la forma habitual de anunciar que un jugador quiere
centrar o ajustar una de sus piezas o de las de su rival pero, según las
normas del ajedrez, debe hacerse antes de tocarla o el jugador se arries­
ga a ser sancionado. Los jugadores franceses normalmente dicen: Pièce
touchée, pièce jouée (si tocas una pieza, la tienes que mover). Matulovic
decía j ’adoube tantas veces que años más tarde le apodaron “J’adoubovic”.
Por otro lado, Bobby cumplía la norma rigurosamente y siempre decía
j ’adoube antes cuando tocaba una pieza para modificarla. Alguna vez in­
cluso le escuchaban decirlo con una sonrisa, cuando de manera ocasional
“atropellaba” a alguien en un torneo.
En su primer encuentro con Matulovic, Bobby hizo caso omiso a
su desconsideración picara de las reglas y perdió la partida. Cuando le
Frank Brady • 117

quedaban tres partida más, le dijo a Matulovic que ya no aceptaba más


fadoubes falsos. Bobby ganó la segunda partida, hizo tablas en la tercera
y ganó la cuarta. Por tanto, venció 2 1/2-1 1/2. Ambas victorias fueron muy
reñidas, y llegaron a los cincuenta movimientos antes de que su rival se
rindiera. Matulovic quizás fuera un embaucador, pero también era uno de
los mejores jugadores de su país; no era sencillo derrotarle. Bobby sintió
que esa victoria era lo suficientemente importante como para escribir a
Collins.
Después, jugó con uno de los maestros yugoslavos más pintorescos,
Dragoljub Janosevic, bebedor empedernido, mujeriego y jugador de pó­
quer, que parecía más un personaje de Damon Runyon que un jugador tí­
pico de ajedrez. Era un rival de ataque, contundente, pero en el encuentro
de dos rondas Bobby se defendió y consiguió tablas en ambos.
Abrió su maleta, sobrecargada con unos veintitrés kilos de libros y re­
vistas de ajedrez, y se preparó para el torneo revisando líneas y variantes y
analizando las tácticas de los rivales a los que iba a enfrentarse. Solamente
competiría contra tres de los veinte jugadores que iba a conocer: Benko,
Sherwin y Petrosian. Pero los otros diecisiete no le eran desconocidos. Ha­
bía estado estudiando los matices de sus partidas durante años: sus estilos,
preferencias de apertura y puntos fuertes y débiles. Por ejemplo, sabía que
Friðrik Olafsson casi siempre tenía problemas de tiempo, así que era po­
sible que no jugara el final de manera tan precisa; que Bent Larsen podía
echar mano de una apertura olvidada hace mucho tiempo como sorpresa.
Era difícil prepararse para esos sustos inesperados de Larsen, pero gracias
al análisis continuo de los maestros antiguos ya estaba relativamente pre­
venido. No existía ningún jugador en el inminente Interzonal que para el
que Bobby no estuviera preparado de algún modo.
Como referencia, tenía a su jugador talismán, Lipnitsky, en el que con­
fiar, y la última edición de Aperturas modernas de ajedrez con miles de
partidas y variantes. Se enfrentaba al tablero por las noches, después de
cenar, con su radio transistor en la que sintonizaba cualquier tipo de mú­
sica que pudiera encontrar, y normalmente continuaba su estudio hasta el
amanecer, momento en el que se quedaba dormido mientras se hacía de
día. Rara vez se despertaba antes de primera hora de la tarde. Las únicas
veces que salió del hotel fueron para jugar dos encuentros. Uno de ellos,
con un buen amigo, Edmar Mednis (jugador joven estadounidense que
iba de camino a otro torneo y solamente se quedó un día en la ciudad),
que le visitó y convenció para dar un paseo por varios de los parques de
Belgrado.
El desplazamiento desde la ciudad histórica, y algo sombría, de Bel-
118 • ENDGAME

grado hasta la ciudad turística yugoslava de Portorož, en la costa del mar


Adriático, para jugar en el Interzonal no pareció impresionar demasiado
a Bobby. Daba la impresión de que no le interesaba la playa, que estaba a
sólo unos pasos de su hotel, ni las cafeterías al aire libre enfrente del golfo
de Trieste, que acogían tanto a los vecinos como a los turistas, que se reu­
nían por las noches para cenar al fresco y ver el impresionante anochecer.
Durante el mes que jugó en el torneo, Bobby prácticamente no se dejó ver
fuera del hotel: pasaba la mayor parte del tiempo refugiado en su habita­
ción sopesando estrategias y tácticas.
Se habían clasificado veintiún jugadores de una docena de países para
jugar en este encuentro con la posibilidad de obtener una plaza para el
siguiente nivel. Los seis jugadores con las puntuaciones más elevadas se
unirían a los dos mejores jugadores que se habían clasificado para el en­
cuentro final: el torneo de Candidatos. Después, el ganador jugaría un
encuentro contra el campeón mundial actual, Mikhail Botvinnik, en bus­
ca del título. Aunque la Interzonal era el primer torneo internacional de
Bobby, no era el único en esa situación. Mikhail Tal of Riga, de veintidós
años, que había ganado dos veces el campeonato de la URSS, también ju­
gaba su primer internacional. Algunos críticos, no sólo de la Unión Sovié­
tica, predecían que Tal sería el vencedor. Los mejores jugadores de Estados
Unidos pronosticaban que Bobby no se clasificaría en el Candidatos esta
vez. Era demasiado joven para conquistar el torneo de los veteranos; todos
con años de experiencia en la competición internacional.
Folke Rogard, presidente suizo de la Federación Mundial de Ajedrez,
dio la bienvenida a los jugadores, sus ayudantes y sus entrenadores en la
ceremonia formal de inauguración diciendo: “Es tan evidente la populari­
dad extendida del juego del ajedrez en las últimas décadas, y la manera en
que ha crecido la fuerza de juego al mismo ritmo, que el torneo Interzonal
de Portorož se podría equiparar a muchos de los grandes torneos que re­
cordamos de épocas anteriores”.
Sin embargo, parecía que Bobby tenía la sensación de que despacharía
pronto a sus contrincantes. Su predicción era que acabaría como uno de
los Candidatos y que su método de clasificación sería,derrotar a todos
los jugadores malos o de poca monta y luego empatar con los mejores. El
fallo de su plan era que realmente no había jugadores débiles en el torneo;
todos eran, si no los mejores del mundo, al menos célebres nacional o
internacionalmente.
El asistente o ayudante, como se solía llamar, de Bobby en el torneo
era su buen amigo y alumno de Jack Collins, William Lombardy, semina-
F ra n k B rady • 119

rista corpulento de veinte años que estaba estudiando para ser sacerdote
católico. Lombardy se había hecho con el campeonato juvenil mundial
ganando todas las partidas y era un jugador fantástico. Sus destrezas eran
tan sólidas, y se sentía tan seguro de sí mismo frente al tablero que Fischer
alguna vez describió su forma de jugar “como una casa”. En aquella época
en Estados Unidos, Lombardy estaba sólo ligeramente detrás de Fischer
en cuanto a destrezas.
En el ajedrez, el trabajo de un ayudante es ser el acompañante, asesor,
defensor y mayordomo del jugador. Muchos ayudantes prestan especial
atención a las aperturas del resto de jugadores e intentan reconocer debili­
dades. Después, informan ronda tras ronda. Quizás la función más impor­
tante de un ayudante es analizar las posiciones de las partidas aplazadas de
forma conjunta con el jugador. Esto a veces significa sesiones durante toda
la noche para que el jugador disponga de diversas tácticas para cuando se
reanude la partida al día siguiente. Los jugadores soviéticos tradicional­
mente recibían los servicios de un equipo de ayudantes, en el que cada uno
desempeñaba una tarea asignada. Por ejemplo, podía haber un especialis­
ta en finales del juego, un teórico de las aperturas, un entrenador físico, un
animador y a veces un psicólogo.
Lombardy actuaba como una persona más mayor, y lo parecía, era
muy inteligente y trataba a Bobby de manera paternal. Escribió a Regina
desde Portorož en relación a su cargo: “Bobby se lava los dientes todos los
días, pero tiene más problemas para bañarse”. También le transmitió sus
impresiones iniciales
cart> de Portorož:
<
=
120 • ENDGAME

escribió. Pero no había ninguna prueba de que Lombardy» conocido por


su lengua belicosa, fuera hostil con Bobby. Por el contrario, el jugador
mayor siempre mostraba afecto y respeto por el joven y frecuentemente
le enviaba pequeñas notas y comentarios amistosos. Los dos jóvenes
compartían casi todas las vacaciones juntos, en casa de los Collins
normalmente. James T. Sherwin, el otro estadounidense de la Interzonal,
recordaba que se suponía que Lombardy era su ayudante también. “Bobby
no necesitaba a Lombardy en realidad, ya que sus estilos eran muy
diferentes. Lombardy tenía muchísimo talento; era un jugador posicional
intuitivo, pero no estaba tan bien preparado como Bobby. La fuerza de
Bobby era la inexorabilidad de sus tácticas”.
Surgieron dificultades cuando Lombardy tuvo que dejar el torneo du­
rante unos días para asistir al encuentro anual de la Federación Mundial
de Ajedrez como representante de Estados Unidos, y Bobby se quedó sin
ayudante. Tuvo dos aplazamientos que jugar y analizar solo. Perdió con
Olafsson e hizo tablas con Tal.
En una conversación previa al torneo con Bent Larsen, de Dinamarca,
y Friðrik Olafsson, de Islandia, Lombardy hizo los siguientes comentarios
=sobre su amigo Bobby:

Larsen: Fischer es un bebé al que voy a dar un azote.

Olafsson: No estés tan seguro. ¡Ten cuidado!


FrankBrady • 121

en su primer torneo europeo “había dado un giro notable a la historia del


ajedrez”.
El juego de Bobby fue irregular en las primeras partidas del torneo,
mientras intentaba asentar su estrategia ajedrecística. Después de la par­
tida contra Neikirch, ganó una, perdió otra e hizo tablas en otra. “Fischer
fuera de forma en su debut en el extranjero”, decía un titular del New York
Times. En la sexta ronda, momento en el que Bobby apenas había reunido
un único punto, le puso a prueba uno de los verdaderamente grandes del
juego, David Bronstein, de la Unión Soviética.
La imagen de Bronstein era la típica que cualquiera imaginaría de un
jugador de ajedrez. Era calvo en la coronilla, llevaba gafas de montura de
carey y frecuentemente vestía un traje negro y camisa blanca. Era el proto­
tipo del personaje de gran maestro de Kronsteen, en la película Desde Ru­
sia con amor de James Bond (salvo que Kronsteen tenía pelo), y la partida
jugada en pantalla en dicha película se basaba en una que Bronstein había
jugado contra Spassky. Pero a pesar de su apariencia de seriedad e inacce­
sibilidad, Bronstein era amigable, animado y querido por prácticamente
todos los jugadores debido a su cordialidad, conocimientos inmensos del
juego y cierta excentricidad intelectual. Era un jugador de ataque feroz,
pero en el tablero normalmente parecía estar en trance. En una partida
se quedó mirando fijamente la posición durante cincuenta minutos antes
de mover. Sobre el papel y por su reputación, Bronstein y Smyslov, que
habían jugado contra Botvinnik en el campeonato mundial, eran conside­
rados los favoritos en Portorož (aunque algunos sostenían que Tal debía
ser favorito también). Bronstein había hecho tablas con Botvinnik en su
encuentro por el campeonato mundial de 1951, pero éste último mantuvo
el título de campeón. Las normas de la Federación Mundial de Ajedrez
requerían que el contrincante ganara el encuentro, no sólo fuera tablas,
para obtener el título.
Debido a la ausencia de aire acondicionado en la sala, tanto Fischer
como Bronstein llegaron con camisas de manga corta: Bronstein, en blan­
co, y Fischer, en beis. Fischer había anunciado públicamente antes del
torneo que solamente un jugador podría vencerle: Bronstein. De hecho,
Bobby se había preparado diligentemente para los ataques de su rival.
Los sitios de Fischer y Bronstein frente al tablero estaban señalados
con una pequeña bandera estadounidense en el lado de Bobby y una
soviética en el lado contrario. Fischer se sumergió en la partida con la
apertura en la que confiaba y había analizado concienzudamente, la Ruy
López, con la que tomó la iniciativa al instante y generó presión en los
escaques centrales.
122 • ENDGAME

No obstante, la partida fue una pelea, y tuvo problemas de tiempo. Lo


que le hizo consumir tiempo no fueron las posibilidades tácticas, sino la
interminable posición del final de juego llena de complicaciones. Quería
ganar a Bronstein desesperadamente por muchos motivos: para demos­
trarse a sí mismo que podía hacerlo; para demostrar a los demás, en es­
pecial a los que estaban en el torneo, que era capaz; y para demostrar al
mundo que era tan buen jugador de ajedrez como cualquier otro. Pero el
reloj, ¡el reloj! El tiempo se reducía.
Para limitar el tiempo que puede durar una partida de ajedrez —y
establecer igualdad entre los jugadores para que, por ejemplo, a uno no
le cueste horas realizar un movimiento y al otro, solamente unos m inu­
tos— en los torneos se utiliza un reloj especial. Realmente se utilizan dos:
uno para cada jugador. De ese modo, los jugadores pueden emplear su
tiempo como quieran. Por ejemplo, pueden dedicar unos segundos a un
movimiento y quizás treinta y cinco a otro - siempre y cuando los movi­
mientos se realicen dentro del período establecido por los organizadores
del torneo—. En esta Interzonal, el tiempo límite era cuarenta movimien­
tos en dos horas y media, y dieciséis movimientos por hora a partir de
ahí. Cuando un jugador movía, pulsaba un botón que se encontraba en la
parte superior de su reloj y que paraba su aparato e iniciaba el de su rival.
Ambos jugadores debían registrar sus movimientos para demostrar, si era
necesario, que habían cumplido el tiempo límite.
Cuando solamente le quedaban unos segundos, Bobby realizó su m o­
vimiento cuadragésimo contra Bronstein antes de que cayera su bande­
ra; de lo contrario habría sido sancionado. Jugó un movimiento más, y
la partida fue aplazada hasta el día siguiente. Esa noche, Lombardy y él
repasaron la posición del final del juego, en la cual ambos tenían una torre,
un alfil y el mismo número de peones. Aunque esta posición daría como
resultado tablas en la mayoría de los casos, los dos jóvenes estadouniden­
ses buscaron durante horas cualquier posibilidad de que Bobby pudiera
conseguir una victoria cuando se reanudara el juego.
Al día siguiente, cuando Fischer y Bronstein continuaron con el juego,
ambos se defendieron durante veinte movimientos más. Bronstein perdió
un peón y empezó a controlar el rey de Fischer una y otra vez. Fischer
no podía hacer ningún progreso. La partida fue declarada en tablas por
medio de la norma especial de repetición —es decir, cuando se repite una
posición tres veces, no necesariamente seguidas, la partida es tablas de
forma automática—.
Un cínico dijo una vez que la parte más difícil del éxito es encontrar
a alguien que se alegre por ti. No fue el caso de las tablas de Bobby
Frank Brady • 123

contra Bronstein. En el club de ajedrez Marshall, donde los jugadores


analizaban las partidas del Interzonal mientras eran cablegrafiadas desde
Portorož, casi llegan al delirio cuando recibieron las noticias de las tablas.
“¡¿Bronstein?!”, decía la gente incrédulamente, casi gritando de alegría,
como si el jugador soviético fuera Goliat, y Bobby se defendiera de él como
David, pieza a pieza, peón a peón. “¡¿Bronstein?! ¡ El genio del ajedrez
m oderno!” Un niño de quince años había conseguido tablas contra quizás
el segundo o tercer jugador más fuerte del mundo. Tan grande fue el
impacto de esa partida que los miembros del club comenzaron a planear
una fiesta para cuando el héroe volviera, aunque no se hubiera clasificado
como Candidato aún. En sus mentes, ya estaban ensayando los brindis
con champán. Y comenzó el proceso formal de creación de un mito. Se
contaban historias sobre cómo cierto miembro del club había jugado una
vez con Bobby cuando era niño, o había sido testigo del m omento en que
jugó la partida del siglo, o había comido con él un perrito caliente y una
naranjada en el puesto de Nedick en Herald Square.
Las expectativas cambiaron en ese m omento, no solamente para el fu­
turo de Bobby, sino para el propio ajedrez estadounidense. ¿Sería capaz
el niño precoz de Brooklyn de convertirse en Candidato y posiblemente
ganar el torneo? ¿El ajedrez estadounidense remontaría el vuelo sobre las
alas de la fama de Bobby? “¡Bronstein!”
Aunque sólo era la sexta ronda de veintidós, todo lo que tuvo lugar
después de Bronstein fue un anticlimax emocional. Intentó mantener su
concentración, pero le resultó complicado. Durante sus días en Portorož,
le pedían autógrafos y fotos continuamente en las escasas ocasiones que
se dejó ver en público. Al principio le gustaban las atenciones, pero le
molestaba que fueran constantes y empezó a odiarlas. Al menos en dos
ocasiones, fue envuelto por completo por una m ultitud de seguidores, y
en ambos casos se puso casi histérico al intentar liberarse. Se impuso una
norma: firmaría autógrafos solamente después de las partidas (siempre
y cuando no perdiera o estuviera disgustado por cómo había jugado) y
durante un período de unos cinco minutos para los jugadores de ajedrez
reunidos allí. En ocasiones, se sentaba en las butacas del teatro después de
una partida y cientos de personas literalmente le pasaban sus programas
para que garabateara su firma a regañadientes.
Con el paso del tiempo, empezó a pedir a los organizadores de los tor­
neos que acordonaran su zona de juego porque la muchedumbre se reunía
para mirar, a menudo durante horas enteras, cuando jugaba. Se quejaba
de que no se podía concentrar. Cuando iba por la calle, preguntaba a las
personas que le pedían autógrafos si jugaban al ajedrez; si no lo hacían, se
124 • ENDGAME

negaba a firmar y se marchaba con desdén. Era asediado continuamente


por reporteros, fotógrafos y cazadores de autógrafos, así que quiso ponerle
fin: en el transcurso del torneo, no posaría para ninguna foto, ni firmaría
autógrafos, ni respondería a preguntas.
Aparte de su acción heroica contra Bronstein, el torneo no estaba yen­
do cómo Bobby había planeado. Había perdido o hecho tablas contra ju­
gadores de poca monta, incluyendo varios jugadores de Argentina, Hun­
gría y Checoslovaquia. Sin embargo, sus tablas contra la superestrella, Tal;
su antiguo rival del club de ajedrez de Moscú, Tigran Petrosian; y Svetozar
Gligoric de Yugoslavia eran grandes logros, del mismo modo que su victo­
ria contra Larsen de Dinamarca. Años después, Fischer consideraría que
la partida con Larsen era una de las mejores que había jugado. “Fischer
ganó con una facilidad impresionante”, afirmaba Chess Review.
A Bobby le fue peor contra Olafsson. No intentó razonar esa pérdida
(aunque sí que pensaba que podía haber ganado la partida). Escribió a
Collins y le explicó: “No debía haber perdido (...). He jugado la parte de
las negras de Lipnitsky [y le decía los movimientos]. De todos modos, he
hecho una buena apertura. Él ha sacrificado el intercambio por un peón
pero, después de ganarlo, yo he cometido un grave error, y la partida esta­
ba casi igualada. Pero (de nuevo) he tenido problemas de tiempo y he ju­
gado varios movimientos débiles seguidos, y por aplazamiento ha tenido
dos peones pasados ligados que no podían ser detenidos”.
La última partida de Bobby en el torneo fue contra Gligoric, uno de
los jugadores más fuertes fuera de la Unión Soviética. Si perdía, y los que
estaban a sólo medio punto detrás de él en la lista cruzada (una tabla con
el cómputo de resultados y quién jugaba contra quién) ganaban, no sería
invitado al torneo de Candidatos. Gligoric, gracias a su puntuación eleva­
da, ya había asegurado su puesto en el Candidatos, así que podía ofrecer
fácilmente a Fischer unas “tablas de gran maestro” y llegar sin esfuerzo a
un desenlace exitoso. En lugar de ello, jugó para obtener la victoria, sacri­
ficó un caballo, pero al final ganó tres peones a cambio. Bobby aguantó un
ataque hostigador sin descanso, pero fue capaz de encontrar la manera de
defenderse. En el movimiento trigésimo segundo de Gligoric, el yugosla­
vo levantó la vista del tablero y dijo: “¿Remis?” Fischer conocía la palabra
francesa para decir tablas y accedió de inmediato. “Nadie sacrifica una
pieza contra Fischer”, declaró presuntuosamente y sonriendo abiertamen­
te mientras lo decía.
Bobby hizo tablas en su última partida y quedó en sexto lugar, lo que le
convirtió en el jugador de ajedrez más joven en clasificarse para el torneo
Frank Brady • 125

de Candidatos y el gran maestro internacional más joven de la historia del


juego. Algunas personas le llamaban incluso el Mozart del ajedrez. El New
York Times, que normalmente limitaba bastante las noticias ajedrecísticas,
aclamó de manera eufóricacart> a Bobby en su editorial:
<
=

- UNAPLAUSOPARABOBBYFISCHER
Los seguidores del ajedrez de Estados Unidos están brindando
por Bobby Fischer, y nosotros nos sentimos felices de poder unir­
nos a la aclamación. A sus 15 años, este joven de Brooklyn se ha
convertido en el gran maestro internacional más joven del mundo
del ajedrez y se ha clasificado para el torneo del año que viene, en
el que se decidiría quién se enfrentará a Mikhail Botvinnik en el
campeonato mundial de ajedrez. Aquellos que hayan seguido los
emocionantes encuentros de Bobby en el campeonato que aca­
ba de terminar en Yugoslavia sabrán que ha ofrecido una exhibi­
ción de destrezas, valentía y determinación que haría honor a un
_maestro que le doblara la edad. Estamos muy orgullosos de él.

Aunque solamente había estado fuera de Estados Unidos dos meses,


Bobby había conseguido algo más que el simple derecho a vanagloriarse
gracias a sus experiencias competitivas. Su nueva madurez era evidente.
Cuando un reportero le preguntó en Portorož si tenía ganas de jugar el
campeonato mundial, dijo: “Por supuesto. Me gustaría jugar contra Bot­
vinnik. Pero es demasiado pronto para hablar de eso. Recuerde que el año
que viene tendré que asistir al torneo de Candidatos antes de que pueda
empezar a pensar en encontrarme con Botvinnik”. Reflexionó un momen­
to y añadió: “Lo que sí es verdad es que no voy a ser jugador profesional
de ajedrez”.
Bobby había sentido un trato negativo tanto en Moscú como en
Portorož, y el hecho de sólo haber recibido 400 $ por seis semanas de es­
fuerzo en el Interzonal le desanimaba. “Todas las partidas de ajedrez son
como presentarse a un examen final de cinco horas”, dijo. Ya era un gran
maestro internacional y cumplía los requisitos para competir en el cam­
peonato mundial, lo cual le hacía sentirse realizado, pero se preguntaba
cómo iba a poder vivir de jugar al ajedrez. Fuera de la Unión Soviética,
donde el estado apoya holgadamente a los maestros del ajedrez, ningún
jugador podía sobrevivir de las ganancias de los torneos. Existían algu­
nos profesionales estadounidenses del ajedrez, pero ninguno de ellos vivía
126 • ENDGAME

únicamente de dichas ganancias. En vez de eso, conseguían comer gracias


a las clases, exhibiciones, dirección de salas, venta de juegos y escritura
de libros y artículos de revistas de ajedrez, por los que recibían pequeños
anticipos.
Era una vida insegura.
Bobby se reunió en Idlewild (más tarde cambiarían su nombre por el
de aeropuerto internacional John F. Kennedy) con su madre, su hermana
Joan y Norman Monath, editor de Simon & Schuster, que estaba dando los
toques finales al primer libro de partidas comentadas de Bobby, llamado
Partidas de ajedrez de Bobby Fischer. “Está tan delgado como un riel", dijo
Regina al observar a su hijo famoso y casi rompe a llorar. Los cuatro subie­
ron en una limusina y,de camino a Brooklyn, Monath le habló a Bobby del
libro para pedirle opinión sobre si la fecha de publicación debía retrasarse
un poco hasta que se pudieran incluir sus veinte partidas del Interzonal.
La idea inicial del libro solamente contenía treinta partidas, y el título
provisional era Treinta partidas. El plan era enfocarlo en sus resultados
del campeonato de Estados Unidos de 1957 con los comentarios de cada
partida del adolescente. Después se añadió la partida del siglo de 1956. Si
incluían las partidas de la Interzonal, el libro adquiriría un peso mayor y
probablemente sería más valioso. Incluso incluyendo dichas partidas, el
libro completo sólo tenía noventa y seis páginas. Si Treinta partidas sola­
mente hubiera constado de treinta partidas, habría parecido poco más que
una monografía.
Al llegar a Lincoln Place, Bobby subió los tres tramos de escaleras,
deshizo su mochila, le dio a su madre un pañuelo que le había comprado
en Bruselas (“Pareces continental”, dijo él de manera elegante cuando ella
se lo probó) y en menos de veinte minutos estaba fuera de casa. Monath le
llevó a la casa de Collins, y en cuestión de segundos Bobby y Jack estaban
analizando sus partidas del torneo. Bobby se quedó allí durante horas, y
algunos invitados de los Collins empezaron a llegar para felicitarle, comer
algo y analizar sus derrotas contra Benko y Olafsson. La noche terminó
con Bobby jugando decenas de partidas de cinco minutos con casi todas
las personas allí reunidas, una a una.
Bobby comenzó su penúltimo curso en Erasmus unos días tarde y,
como sus cinco materias eran especialmente exigentes puesto que tenía
que estudiar para un examen Regent asociado con cada una de ellas, pron­
to se quedó atrás. Sin embargo, los representantes del colegio eran con­
descendientes y, en lugar de castigarle por sus trabajos de baja calidad, le
premiaron con una medalla de oro por convertirse en el gran maestro más
joven de la historia.
Frank Brady • 1 2 7

Además, hicieron una reseña sobre él en el periódico del colegio, el


Dutchman, que realzaba su estatus de estudiante y celebridad.
Seis días después de que volviera a Estados Unidos, el club de ajedrez
Marshall cumplió sus intenciones y celebró una recepción para él con la
asistencia de más de cien miembros. El presidente del club, el doctor Ed
ward Lasker, dio la bienvenida a todos, les agradeció que hubieran asistido
y comenzó a relatar todos los logros de Bobby. En cambio, él casi no estaba
prestando atención. Estaba jugando partidas rápidas en una mesa auxiliar
con varios maestros jóvenes que se habían congregado a su alrededor.
Verle jugar al ajedrez rápido era todo un entretenimiento, aparte de
su intensidad de juego. Para él, las partidas rápidas eran como jugar al
baloncesto en el patio o al stickball en la calle: decir tonterías estaba to­
talmente permitido. Frente al tablero, cuando jugaba una partida rápida,
Bobby estaba en su salsa, como Michael Jordán elevándose hacia el aro.
Por lo general, crujía sus nudillos y llevaba a cabo una estrategia cómica
de intimidación:
¡¿Contra mí?! ¡¿Juegas eso contra mí?!
¡Crunch!
¡Zas!
Con eso voy a machacarte. ¡A machacarte!
[Con un acento ruso fingido] —Eres una cucaracha. Yo soy un elefan­
te. El elefante pisotea a la cucaracha.
Cogía una pieza y prácticamente la lanzaba a un escaque, casi como
si estuviera lanzando un dardo a una diana; siempre caía en el centro del
escaque. Sus dedos eran largos y ágiles y, cuando movía, su mano dejaba
la pieza con una fioritura; parecía un pianista clásico tocando un concerto.
Cuando hacía un movimiento débil, lo cual no ocurría casi nunca, se
incorporaba de golpe, inspiraba y emitía un sonido similar al de una
serpiente. En las pocas ocasiones en las que perdía una partida rápida,
empujaba las piezas hacia el centro del tablero indignado, y sus orificios
nasales se ensanchaban como si oliera mal. Mantenía que era capaz de
decir la fuerza de un jugador por la forma en que cogía las piezas. Los
jugadores débiles eran torpes e inseguros; los fuertes, seguros y elegantes.
A veces, en alguna partida de cinco minutos, Bobby se levantaba, mientras
su reloj seguía en funcionamiento, iba a la máquina de refrescos, compraba
una bebida y regresaba a la mesa, para lo que "desaprovechaba” dos o tres
minutos. Aun así, ganaba.
Una semana después, Bobby volvió al Marshall para jugar en el torneo
128 • ENDGAME

rápido semanal —bautizado con el nombre de “tránsito rápido del martes


por la noche” en homenaje al sistema de metro de tránsito rápido de la
ciudad de Nueva York—. Bobby empató en la primera posición con Edmar
Mednis; ambos obtuvieron un resultado de 13-2. No tan paradójicamente
como se podría imaginar, la única partida que perdió fue contra su mentor,
Jack Collins.
Su relación con éste era compleja. Para Collins, Bobby representaba
una segunda existencia —la carrera del niño era una entrada indirecta a
un nivel de maestría del ajedrez que él nunca conseguiría—. Pero Collins
también manifestaba un amor paternal por Bobby y se sentía orgulloso de
sus logros. Afirmó que veía a Bobby como un hijo.
El niño veía su relación de forma diferente. No contemplaba que
Collins fuera un padre sustituto sino un amigo, a pesar de sus treinta años
de diferencia. Consideraba que la hermana de Jack Collins, Ethel, era una
amiga también, aunque podía ser incluso más cariñoso con ella a veces.
Bobby siempre se sentía cómodo con ambos y, en un momento dado,
cuando Regina estaba a punto de embarcarse en uno de sus continuos
viajes de larga duración, ella propuso que se quedara con los Collins. Pero
su apartamento era pequeño para los estándares estadounidenses, incluso
para sólo dos personas. Añadir una tercera habría sido imposible, por lo
que la idea de Regina no salió adelante.
Lo que Collins no sabía era que Bobby de vez en cuando le criticaba
a sus espaldas. Las críticas estaban relacionadas estrictamente con el
ajedrez. A pesar del hecho de que Collins fuera capaz de vencer de vez en
cuando a Bobby en las partidas rápidas e incluso en las de entrenamiento
cronometradas (nunca se encontraron frente al tablero en un torneo
formal), la opinión de Bobby sobre las habilidades de su mentor —como
de hecho ocurrió con él y otros jugadores— estaba vinculada de manera
inexorable a la que era su clasificación oficial.
“¿Cuál es tu clasificación?”, es una de las primeras cosas que los
jugadores se preguntan entre ellos cuando se conocen, y el que tiene una
clasificación inferior posiblemente reciba una reacción pretenciosa del
otro como respuesta e incluso le evite, como si perteneciera a otra casta. La
clasificación de Fischer alcanzó una media de 2.780. La de Collins nunca
superó los 2.400, a años luz en previsibilidad de victoria. Si la brecha en
los puntos de la clasificación hubiera sido mínima, la opinión de Bobby
sobre Collins quizás no habría sido tan negativa. Raymond Weinstein,
maestro internacional fuerte y alumno de Collins, escribió que se sentía
impresionado por su profesor hasta que escuchó los comentarios poco
amables de Fischer sobre él.
Frank Brady • 129

Además de la disparidad en la clasificación entre mentor y alumno, a


Bobby no le gustaba que dieran publicidad a Collins por ser su profesor y
que otros jugadores jóvenes fueran en tropel a recibir sus clases, ansiosos
por convertirse en el siguiente Bobby Fischer. Bobby odiaba la idea de
que la gente hiciera dinero a su costa, tal vez por la pobreza que vivió
en su infancia. Asa Honmann, maestro de Nueva York, dijo una vez: “Si
alguien estaba dispuesto a pagar 50 $ por un autógrafo de Bobby Fischer,
y tú podías conseguir 5 $ por presentarle a Bobby, Fischer querría esos 5 $
también o estaría dispuesto a perder los 50 $”
Elgladiadorde5laG
uerraFría
La MIRADA FIJA DE M IKHAIL TAL era infame y, para algunos,
ominosa. Con sus ojos marrones oscuros, casi negros, miraba
con tanta furia a sus rivales que algunos decían que intentaba
hipnotizarles para hacer un movimiento insulso. Benko se puso gafas de
sol en una ocasión para jugar contra Tal, simplemente con el fin de evitar
su mirada penetrante.
Tal no necesitaba ventajas. El letón de veintitrés años era un jugador
brillante. Dos veces campeón de la URSS, había ganado el Interzonal de
Portorož en 1958, convirtiéndose en favorito para jugar contra el poseedor
del título, Mikhail Botvinnik, en el campeonato mundial de 1960. El es­
tilo de Tal estaba repleto de combinaciones feroces excelentes, sacrificios
intuitivos y pirotecnia. Atractivo, erudito y lleno de energía, el letón gus­
taba a las multitudes y era el preferido en el mundo del ajedrez. Su mano
derecha estaba deformada, pero eso no parecía disminuir su seguridad en
sí mismo.
Fischer cada vez se sentía más seguro de sí mismo, pero su estilo era
totalmente diferente: lúcido, claro como el cristal, económico, concreto
y racional. J. H. Donner, el enorme gran maestro holandés, señalaba el
contraste: “Fischer es pragmático y técnico. Casi no comete errores. Su
criterio posicional es imparcial, casi pesimista. Tal es más imaginativo.
Para él, el exceso de confianza es un riesgo por el que debe estar en guardia
constantemente”.
Al público europeo que vio comenzar los preparativos para el torneo
de Candidatos también le gustaba Bobby, pero por motivos distintos: se
132 • ENDGAME

suponía que los estadounidenses no jugaban tan bien como él. ¡Y con
dieciséis años! Era un fenómeno en Yugoslavia, un país obsesionado
con el ajedrez, y le molestaban continuamente para pedirle autógrafos y
entrevistas. Lanky caminaba a grandes zancadas, vestía el tipo de ropa que
algunos europeos consideraban típica del oeste o tejana, y le describían
como una persona tan “lacónica como el héroe de una película antigua
de vaqueros”.
Bobby había aguantado la mirada fija de Tal cuando se vieron por
primera vez frente al tablero en Portorož. La partida había terminado en
tablas. Más recientemente, en Zúrich, tres meses antes del enfrentamiento
en el Candidatos, habían vuelto a hacer tablas; Bobby había quedado
en tercera posición, un punto por detrás de Tal, que se situó en primer
lugar. Pero ahora las apuestas eran mucho más altas —los resultados del
Candidatos determinarían quién jugaría en el campeonato mundial— y
Fischer no iba a dejar que un repulsivo mal de ojo le apartara de su destino.
El torneo de Candidatos, distribuido en tres ciudades yugoslavas —
gracias al acto caritativo del dictador Marshal Josip Tito, ávido jugador
de ajedrez aficionado—, consistía en cuatro rondas en cadena entre los
mejores ocho jugadores del mundo, lo cual significaba que cada uno
tenía que jugar cuatro partidas con el resto, alternando las piezas blancas
y las negras. Era un programa agotador, y duraría más de seis semanas.
Cuatro de los jugadores — Mikhail Tal, Paul Keres, Tigran Petrosian y
Vasily Smyslov— era de la Unión Soviética. Los tres restantes —Gligoric,
Olafsson y Benko— se encontraban entre los mejores del mundo
indiscutiblemente. Fischer era el único estadounidense y, para muchas
personas, el caballero oscuro del torneo. No obstante, en un momento de
bravuconería propia de la juventud, declaró en una entrevista que contaba
con ganar. Leonard Barden, periodista ajedrecístico británico, afirmó que
a Fischer le preguntaban tantas veces cuál sería su resultado que ya había
aprendido la palabra serbocroata para decir primero: prvi.
Durante la competición, Fischer normalmente vestía un jersey de
invierno y pantalones sin planchar y dejaba su cabello enmarañado como
si no lo lavara, mientras que los demás jugadores llevaban trajes, camisas y
corbatas y eran muy escrupulosos en cuanto a su acicalamiento. Mientras
miles de espectadores apreciaban el estilo en la vestimenta —además del
estratégico— de cada jugador, el encuentro se trasladaba desde Bled a
Zagreb para terminar en Belgrado.
El ayudante de Bobby, el gran jugador danés Bent Larsen, estaba allí
para ayudarle como entrenador y mentor, pero en lugar de eso le atacaba;
tal vez afectado por la derrota que había sufrido en sus manos in Portorož.
Frank Brady • 133

Larsen, que no era una persona que ocultaba lo que pensaba, le dijo a Bo
bby: “La mayoría de personas piensan que es desagradable jugar contra ti”.
Luego añadió: “Caminas de manera cómica”, quizás en referencia al con­
toneo atlético de Fischer debido a sus años de tenis, natación y baloncesto.
Sin dejar ni un agravio sin expresar, concluyó: “Y eres feo”. Bobby insistía
en que Larsen no bromeaba y que sus insultos le dolían. Parecían haber
hecho mella en su autoestima y seguridad.
Pero eso no le hacía menos combativo.
Todavía enfurecido por la manera irrespetuosa en que le habían trata­
do durante su visita a Moscú el año anterior, Bobby adquirió el papel de un
gladiador de la Guerra Fría. En un momento dado, declaró que casi todos
los jugadores soviéticos del torneo eran sus enemigos (hizo una excep­
ción con el pelirrojo Smyslov, que había mostrado ternura con él). Años
más tarde, los registros publicados por la KGB, agencia de inteligencia
soviética, indicaron que tenía razón. Un maestro ruso, Igor Bondarevsky,
escribió que “todos los rivales soviéticos [de Fischer] habían hecho cuanto
estuvo en su mano para dañar al arribista”. Tal y Petrosian, buenos amigos,
empataron rápidamente todas sus partidas y, de esa manera, conservaron
su energía. Aunque no era ilegal, el hecho de consentir las supuestas tablas
entre grandes maestros —en las que ninguno de los jugadores consigue
ganar, pero reparten el punto tras unos cuantos movimientos sin trascen­
dencia— bordeaba los límites de un comportamiento sin escrúpulos.
Bobby, por su parte, se sentía furioso por tal confabulación aparente:
“Les daré una lección a esos rusos sucios que no olvidarán en mucho
tiempo”, escribió desde el hotel Toplice.
Ese propósito se convertiría en una cruzada durante toda su vida.
En su primera partida contra Tal, en Bled, Bobby ya estaba frente
al tablero cuando Misha, de veintitrés años, llegó justo a tiempo para
comenzar a jugar. Bobby estaba de pie y Tal le saludó con la mano derecha.
La mano de Tal estaba gravemente deformada, solamente tenía tres dedos
largos y, como su muñeca era tan estrecha, la malformación parecía un
garfio. En su favor, a Bobby no parecía importarle. Le devolvió el gesto con
un apretón de manos de dos tiempos, y empezaron a jugar.
Sin embargo, en unos cuantos movimientos el humor de Bobby se
agrió. Se molestó por el comportamiento de Tal, dentro y fuera del tablero.
En esa ocasión, la mirada fija comenzó a irritarle. Tal, en un intento de
aumentar la irritación de Bobby, sonreía levemente con incredulidad
después de cada movimiento del estadounidense, como si estuviera
134 • ENDGAME

diciendo: “Niño tonto, sé lo que estás pensando. ¡Qué divertido es creer


que puedes engañarme!”
Fischer, decidido a usar la táctica de Tal contra él, intentó llevar a cabo
su propia mirada fija e incluso le mostró una sonrisa de desprecio. Pero
tras unos segundos, dejó el contacto visual y se concentró en cosas más
importantes: la acción en el tablero, la secuencia de movimientos que pla­
neaba seguir o las formas de hacer frente a la combinación que parecía que
Tal iba a desarrollar.
Era una enciclopedia de movimientos cinéticos. En cuestión de segun­
dos, movía una pieza, registraba la acción en su hoja de anotación, colo­
caba su cabeza a unos centímetros del reloj para comprobar el tiempo, ha­
cía una mueca, sonreía, levantaba las cejas y ponía “caras extrañas”, como
Bobby lo calificaba. Después, se levantaba y caminaba por el escenario
mientras Bobby pensaba. El entrenador de Tal, Igor Bondarevsky,hacía
referencia a sus movimientos como “hacer círculos alrededor de la mesa
como un buitre” —presumiblemente, un buitre preparado para atacar—.
Tal fumaba un pitillo tras otro y podía consumir un paquete de cigarri­
llos en el transcurso de una partida. También tenía la costumbre de posar
la barbilla en el filo de la mesa, mientras miraba las piezas y echaba un
vistazo a su rival, en lugar de sentarse erguido para tener una vista aérea
y mirar hacia abajo, lo cual que habría proporcionado una perspectiva
mejor de los entresijos del juego. Como el lenguaje corporal de Tal era tan
extraño, Fischer lo interpretó como un intento de molestarle.
Los gestos y miradas de Tal enfurecieron a Fischer. Se quejó al árbitro,
pero no se hizo gran cosa. Cuando Tal se levantaba del tablero, en medio
de la partida, mientras Fischer estaba planeando su siguiente movimiento,
empezaba a hablar con otros jugadores soviéticos, y disfrutaban cuchi­
cheando sobre sus posiciones o las de los demás. Aunque Bobby sabía
algo de ruso, tenía dificultades con las declinaciones y los usos. Había es­
cuchado las palabras ferz (dama) y lady'a (torre), por ejemplo, por lo que
no podía saber si Tel estaba hablando de su posición en concreto. Todo
lo que sabía era que era exasperante. Bobby no comprendía por qué el
árbitro principal no evitaba los cuchicheos, ya que estaba prohibido según
las normas, y le dijo a los organizadores que Tal debía ser expulsado del
torneo. Que los jugadores soviéticos hubieran hablado entre ellos en las
partidas durante décadas sin ninguna queja no ayudaba a los argumentos
de Bobby.
A Fischer también le molestaba que, cuando terminaba una partida,
muchos jugadores se reunían con sus rivales de inmediato para analizar
sus partidas finalizadas, en el mismo escenario, a sólo unos metros de
Frank Brady • J3 5

donde jugaban, en lugar de en la sala de análisis a posteriori. El murmullo


le distraía. Escribió una queja sobre el parloteo y se la entregó al árbitro
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<
principal:
=

Cuando termina una partida, el análisis de los rivales debe pro­


hibirse para evitar que moleste a los demás jugadores. Al finalizar
la partida, el árbitro debe quitar las piezas del tablero inmediata­
mente para evitar su análisis. Recomendamos que la organización
prepare una sala especial para el análisis a posteriori. Debe estar
lo suficientemente apartada como para que los participantes no
-escuchen.

Aun así, no hicieron nada. Ningún otro jugador se unió a la protesta


porque la mayoría eran culpables de realizar todo a lo que Fischer se
oponía.
Bobby se estaba ganando deprisa la reputación de quejica constante,
el estadounidense irritable, un papel que a la mayoría de jugadores les
parecía desagradable. Creían que siempre echaba la culpa de sus derrotas
a las condiciones del torneo o al comportamiento de los demás jugadores.
Fuera o no hipersensible, Bobby padecía hiperacusia —una
sensibilidad profunda al ruido, incluso a los lejanos—, y estaba claro que
Tal, en particular, sabía cómo ponerle nervioso. El ruso miraba a Bobby,
desde cerca o lejos, y se reía. En una ocasión, en el comedor común, señaló
a Bobby y gritó: “Fischer, ¡cuco!” Bobby casi rompe a llorar. “¿Por qué
me ha llamado cuco?”, preguntó y por primera, y quizás última, vez en el
torneo Larsen trató de consolarle: “No le hagas caso”. Le dijo que tendría
_ RobertJ.de
la oportunidad Fischer, granenmaestro
vengarse International
el tablero. Después de eso, un periódico
local de Bled publicó una serie de caricaturas de los ocho jugadores e hizo
una postal de recuerdo con cada uno de los dibujos. El retrato de Bobby
era especialmente duro, con las orejas separadas y la boca abierta parecía
como si fuera... Sí, un cuco.
Efectivamente, en el dibujo, al lado del retrato de Bobby, había un pa­
jarito posado en su tablero. Era un cuco.
Los espectadores, jugadores y periodistas comenzaron a preguntarle
cómo asumiría el hecho de jugar en un torneo durante el curso escolar en
los meses de septiembre y octubre. Finalmente fue revelado: abandonó el
136 • ENDGAME

Erasmus Hall. A Regina le resultó abrumador el hecho de tener que firmar


la autorización para dejar salir al chico de dieciséis años de la escuela.
Esperaba poder conseguir que volviera a las clases en algún lugar, algún
día, después de que terminara de jugar en el torneo de Candidatos. Como
aliciente para que cambiara de opinión, el vicedirector del Erasmus, Grace
Corey, escribió a Bobby a Yugoslavia y le dijo lo bien que le había ido en
los exámenes Regents del estado de Nueva York. Había obtenido una cali­
ficación del 90% en español y 97% en geometría, lo cual evidenciaba que
había sido un “curso realmente bueno”.
Fueran buenas notas o no, a Bobby se le empezó a atribuir una imagen.
Como consecuencia de la publicidad sobre su educación, o carencia de
ésta, los rusos empezaron a considerar a Fischer un nyeculturni, sin
educación ni cultura, y se burlaban de él. “¿Qué piensas de Dostoyevsky,
Bobby?” le preguntaba alguien. “¿Eres benthamita?”, preguntaba otro. “¿Te
gustaría conocer a Goethe?” Ignoraban que Bobby había leído literatura
en el instituto y también para su propio disfrute. Le gustaba la obra de
George Orwell y esperó durante años sus ejemplares de Rebelión en la
granja y 1984; también leía y admiraba El retrato de Dorian Gray de Oscar
Wilde. Cándido de Voltaire era su favorito y a menudo comentaba las
partes cómicas. Tal le preguntó si había ido alguna vez a la ópera, y cuando
Bobby se puso a cantar el estribillo de La marcha de los contrabandistas,
de Carmen de Bizet, acalló temporalmente al ruso. Había asistido a una
representación de la ópera francesa con su madre y su hermana en la Ópera
Metropolitana de Nueva York, poco antes de viajar a Europa. También
tenía un libro que contaba las historias de todas las grandes óperas, que
ojeaba de vez en cuando.
Desafortunadamente, cultivado o no, Bobby jugó mal en el torneo al
principio. Estaba frustrado por haber perdido dos partidas contra Tal, que
nunca desperdiciaba la oportunidad de incordiar a su joven rival. Justo
antes de que Bobby y Tal jugaran por tercera vez, el primero se acercó a
Alexander Koblentz, uno de los entrenadores de Tal, y le dijo en voz baja
con un tono lo más amenazador que pudo: “Si Tal no se comporta, le rom­
peré los dientes frontales”. Sin embargo, Tal continuó con su provocación,
y Fischer perdió también su tercera partida.
Era una situación en la que un jugador joven como Bobby podía caer
en una espiral, totalmente perdido, y precipitarse al abismo. Pero se hizo
cargo momentáneamente de su mente, a pesar de sus derrotas, y empezó
a sentirse optimista. Después de vencer un resfríado, se situó en el mundo
abstracto de Lewis Carroll y el mundo al revés y escribió: “Estoy de bastan­
te buen humor y como bien. [Como] en Alicia en el país de las maravillas.
Frank Brady • 137

¿Recuerdas? La Reina Roja gritaba porque se le había metido algo en el


ojo. Estoy de buen humor porque gano todas mis partidas”.
“Vayamos al cine”, dijo Dimitrije Bjelica a Bobby la noche anterior a
que jugara contra Vasily Smyslov. Bjelica era un periodista ajedrecístico
yugoslavo; también era conocido como comentador televisivo de fútbol.
Había entablado amistad con Bobby en Portorož, era comprensivo con
sus quejas y pensaba que una película quizás sacara los problemas de su
mente. Pero quiso la suerte que la única película en inglés que hubiera en
Belgrado fuera Lust for Ufe, la exuberante biografía cinematográfica del
pintor loco holandés del siglo XIX, Vincent Van Gogh.
Bobby aceptó la salida y, justo después de la escena en la que Van Gogh
se corta la oreja desesperado mientras tiene una discusión estúpida con
Paul Gauguin, se giró hacia su compañero y susurró: “Si no gano contra
Smyslov mañana, me cortaré la oreja” Fischer, que jugó brillantemente
con las piezas negras al día siguiente, ganó su primera partida contra el
ruso, antiguo campeón mundial. Los paralelismos de la vida de Bobby con
la de Van Gogh no fueron más allá. La oreja de Bobby permaneció intacta.
Después de eso, surgió un patrón desafortunado para él. Si conseguía
ganar una partida contra un rival, normalmente al día siguiente perdía
contra otro. Ganó a Benko y perdió contra Gligoric. Después de la victoria
contra Friðrik Olafsson, perdió de nuevo contra Tal. Bobby veía como sus
posibilidades de obtener un título se desvanecían y no quería terminar
como Terry Malloy —el personaje interpretado por Marlon Brando en
una de sus películas favoritas, La ley del silencio— con “un billete sólo de
idea a Palookaville”.
Bobby perdió las partidas que deberían haber sido tablas e hizo tablas
en las que debería haber ganado. Perdió cuatro kilos y medio, y no fue
porque no comiera. El doctor del hotel le prescribió un tónico que no
consiguió mejorar su estado. Su dinero para gastos se estaba agotando tras
perder siete cheques de viajero, y tenía problemas para que su madre le
proporcionara más. En un momento dado, la llamó sinvergüenza porque
no iba a compensar su déficit: “Sabes que administro bien el dinero”,
se quejó. Larsen, al que Bobby describía como malhumorado y poco
útil, seguía desanimándole y diciéndole que solamente podía esperar
posicionarse en la parte inferior de la clasificación de dicha competición.
Cuando le repitió esta frase públicamente, y el periódico Borba de
Belgrado la publicó, Bobby se enfureció y se sintió humillado. Larsen era
su ayudante; le pagaban 700 $ —el equivalente a unos 5.000 $ hoy en día—,
y Bobby esperaba que fuera alguien alentador en su equipo o, al menos,
que no fuera una Casandra pública.
138 • ENDGAME

Perdía contra Tal, pero algunas de sus otras partidas recibieron muchos
elogios. Harry Golombek, árbitro principal, dijo que Fischer mejoraba a
medida que avanzaba el acontecimiento y supuso que “si el torneo tuviera
56 rondas en lugar de ‘solamente’ 28”, los mejores días de Bobby estarían
por llegar. “Él no es rival para Tal, pero sus dos victorias contra Keres
y sus tablas contra Smyslov son suficientes para demostrar su verdadera
categoría de gran maestro”.
El campeón mundial Mikhail Botvinnik diagnosticó erróneamente los
conflictos del joven estadounidense cuando escribió: “Los puntos fuertes
y débiles de Fischer radican en que es siempre fiel a sí mismo y juega de la
misma manera, independientemente de sus rivales o factores externos”. Es
verdad que Bobby casi nunca cambiaba su estilo, lo que ofrecía una ventaja
a sus rivales porque sabían con antelación qué tipo de aperturas jugaría,
pero Botvinnik no sabía la rabia que Bobby estaba experimentando debido
a la atmósfera perturbadora creada por Tal.
Bobby comenzó a maquinar. Tal debía parar; si no lo hacía en el table­
ro, lo haría de otro modo. Dijo que Tal le había hecho perder tres partidas
seguidas a propósito mediante el empleo de tácticas desleales que le ha­
bían quitado el primer puesto: “Me engañó de verdad en un encuentro con
Botvinnik”, escribió en una carta a su madre.
Nadie sabe si fue una reflexión clínicamente paranoica, con
premeditación, o simplemente una fantasía de la niñez, pero Bobby
empezó a pensar, tramar y escribir su plan de represalia contra Tal:
“¿Debería clavarle mi bolígrafo en el ojo —o quizás en sus dos ojos de
escarabajo—? Tal vez debería envenenarle; podría entrar a su habitación
del hotel Esplanade y echarle veneno en su vaso”. A pesar de sus deseos
de venganza, los cuales nunca llevo a cabo, jugó con valentía la cuarta
partida, que había prometido a la prensa que ganaría, sin importarle qué
habilidades ajedrecísticas desarrollara Tal dentro y fuera del tablero.
Bobby intentó una táctica psicológica en esa partida, a pesar de su tan
citada objeción: “Yo no creo en la psicología; creo en los movimientos
buenos”. Normalmente, realizaba su movimiento en el tablero, presionaba
su reloj y registraba el movimiento en la hoja de anotación. Sin embargo,
en el movimiento vigésimo segundo de esta partida, de repente modificó
su secuencia: en lugar de mover primero una pieza, cogió la hoja de ano­
tación y, al registrar el movimiento que estaba contemplando, cambió a
un sistema ruso de notación. Después, colocó displicentemente su hoja de
anotación en la mesa para que Tal pudiera verla y, mientras el reloj seguía
en marcha, le miró para ver su reacción.
Frank Brady • 139

Tal, con una cara impasible atípica, reconoció que pensaba que era
un movimiento ganador para Fischer y más tarde escribió: “Me hubiera
gustado mucho cambiar su decisión. Así que dejé mi silla tranquilamente
y empecé a dar un paseo por el escenario. Bromeé con alguien [Petrosian],
eché un vistazo al tablero de la exhibición y volví a mi asiento con una apa­
riencia complaciente”. Como Tal parecía estar cómodo con el movimiento
inminente, Fischer pensó por un momento que quizás había metido la
pata. Tachó su movimiento en la hoja de anotación, realizó otro e hizo
jaque al rey de Tal en su lugar. Fue un error.
Bobby cerró los ojos para hacer frente a cualquier otro chanchullo de
Tal —no tenía que ver su posición, ya que estaba grabada en su mente—
e intentó aislarse de cualquier distracción. Concentró sus energías en
encontrar un único movimiento, o una variante, una táctica finta que le
ayudara a emerger de las aguas oscuras de su posición; todo ello mientras
intentaba evitar la tentación de mover una pieza o peón a un escaque fatal.
Por desgracia, no funcionó. Estaba perdido. Trágicamente,
emocionalmente, existencialmente, era la muerte ajedrecística. Se echó
a llorar y no intentó ocultar sus lágrimas. Tal ganó el cuarto y último
encuentro y, con ello, el torneo. Esto le conducía al campeonato mundial.

***
“Me encanta la oscuridad de la noche. Me ayuda a concentrarme”,
comentó Bobby una vez. Su hermana se había casado y su madre
estaba en una marcha por la paz de San Francisco a Moscú, así que el
apartamento de Brooklyn era todo suyo; se sentía deliciosamente bien.
Solamente tenía a su perro, Hoppy, un chucho tranquilo que cojeaba, para
hacerle compañía. Al estar solo, el adolescente podía pensar y hacer lo que
quisiera sin restricciones familiares o sociales. Para no tener que cambiar
las sábanas de las camas del apartamento tan a menudo y obtener una
perspectiva diferente, iba alternando el lugar en el que dormía. Al lado
de cada cama había un juego de ajedrez apoyado en una silla. Se tiraba en
la cama seleccionada esa noche, echaba un vistazo al tablero y meditaba:
¿Debería estudiar el ataque de los cuatro peones contra la india de rey, que
le presentaba dificultades en las partidas rápidas? ¿Debería estudiar los
finales, especialmente las configuraciones torre-peón engañosas? Tal vez
simplemente debería analizar alguna de las ciento treinta partidas de alto
nivel jugadas en la Olimpiada de Múnich de 1958.
Le surgían preguntas como éstas todas las noches antes de quedarse
dormido, y únicamente eran interrumpidas durante cuarenta y cinco
minutos cuando emitían su programa de radio favorito. La polka Bahn
Frei de Eduard Strauss —con el trompetazo de salida de los hipódromos
que resonaba como preámbulo— le despertaba sobresaltado si se quedaba
dormido. El tema musical del programa de Jean Shepherd había sido
grabado por Arthur Fiedler y la orquesta de Boston Pops, y la sensación
ecuestre de la pieza le hacía sentir bien a Bobby desde el momento en que la
oía. “Suena como la música del circo” dijo una vez alegremente, y era uno
de los bailes más animados que había compuesto el hijo de Johann. Pero
no era la música lo que era tan importante para Bobby. Era el humorista
gruñón y cascarrabias del programa de entrevistas, Jean Shepherd, el que
le encantaba.
Más que un seguidor fiel del programa, era un fanático. Cuando la
emisión —descrita, en parte, como kabuki y, en parte, como comedia del
arte— comenzó en 1956 en WOR Radio, Bobby escuchaba prácticamente
todos los programas mientras permanecía en Nueva York. Shepherd tenía
un gusto particular: contaba cuentos de forma novelística sobre su infancia
en el medioeste, su vida en el ejército y sus desventuras como adulto en
la ciudad de Nueva York. Contaba chistes, intentaba cantar canciones
antiguas de taberna (tenía una voz terrible) y tocaba un mirlitón de juguete,
el instrumento musical más humilde. La mayoría de sus programas eran
divertidísimos, otros tan oscuros que sonaban maníacos; y tenía una risa
estudiada, no precisamente una risotada —más bien una risa fingida entre
dientes— que le hacía parecer desquiciado. Aun así, surgió como un Mark
Twain o J. D. Salinger contemporáneo. Sus historias tenían mordacidad y
un mensaje que podía transmitir una y otra vez.
Bobby enviaba notas a Shepherd, asistía a las sesiones en directo que la
radio ofrecía en una cafetería de Greenwich Village, llamada Limelight, y
le visitaba en su estudio de Broadway, 1440. Después del programa, ambos
tenían una costumbre en la ciudad de Nueva York. Caminaban dos m an­
zanas hacia el norte y comían perritos calientes en Grants, en la esquina
de Broadway con Forty-second Street, que bordeaba el cruce de calles más
famoso del mundo, Times Square. En una ocasión, Bobby habló sobre un
jugador al que se iba a enfrentar en un torneo y decía una y otra vez: “Es
estúpido”, sin desvelar quién era o por qué se sentía así.
De manera esporádica, Shepherd nombraba a Bobby en el aire. Aun­
que no jugaba al ajedrez, admiraba la intención de Bobby Fischer y lo que
estaba consiguiendo. “Bobby Fischer”, susurraba con complicidad como si
únicamente le hablara a una persona, no a decenas de miles. “Imagina. Ese
niño tan bueno, ese gran jugador de ajedrez, quizás el mejor jugador de
Frank Brady • J 41

ajedrez de todos los tiempos. Cuando juega al ajedrez, es... ¡malo! Quiero
decir, ¡malo de verdad!” En algunas ocasiones, Shepherd ayudó a recaudar
fondos para la Federación de Ajedrez de Estados Unidos, organización sin
ánimo de lucro. Lo hizo por Bobby.
Bobby prefería escuchar la radio que ver la televisión. Una ventaja de la
primera era que, mientras la escuchaba, también podía estar observando
el tablero. Además, había oído que la televisión emitía rayos electróni­
cos perjudiciales y le ponía nervioso el hecho de pasar demasiado mucho
tiempo frente a la omnipresente tele. Le gustaba la intimidad de la radio.
Cuando Shepherd estaba en el aire, Bobby dejaba a oscuras su habitación y
tenía una conversación unidireccional que aliviaba su soledad. Allí, junto
a la luz nocturna, amarilla brillante, del dial de su radio, con el tablero de
ajedrez al lado y los libros y revistas esparcidos por la habitación, dejaba
sus pensamientos a la deriva.
Cuando Shepherd estaba fuera de antena, Bobby giraba el dial para
buscar otras emisiones y programas. A veces, dejaba música pop, que le
permitía concentrarse en el análisis de su tablero si bajaba el volumen. En
otras ocasiones, escuchaba a predicadores nocturnos, a menudo con incli­
naciones fundamentalistas, que daban sermones y charlas, normalmente
sobre el significado e interpretación de la Biblia.
Bobby, intrigado, comenzó a escuchar cada vez más programas de ra­
dio religiosos, como La hora de la decisión del evangelista Billy Graham,
que ofrecía sermones en los que pedía a los oyentes que abandonaran sus
vidas y fueran salvados por Jesucristo. Fischer también seguía La hora lu­
terana y Música y la palabra hablada, con la interpretación del Coro del
Tabernáculo Mormón, que contenía mensajes inspiradores. Los domingos
tenía la costumbre de escuchar la radio todo el día y giraba el dial a un
lado y a otro. En una de esas deambulaciones electrónicas encontró lo que
estaba buscando: una emisión del carismático Herbert W. Armstrong, en
la llamada Radio Iglesia de Dios. Era un servicio religioso condensado
que incluía canciones e himnos, además del sermón de Armstrong, con
frecuencia sobre la naturalidad y utilidad de las escrituras. “Parece muy
sincero”, recordó que había pensado. “Posee todos los principios correctos:
dedicación, trabajo duro, perseverancia y no abandonar nunca. Es tenaz;
es persistente”. Eran las mismas cualidades que Bobby llevaba al juego del
ajedrez. Quería saber más.
Uno de los principios del credo de Armstrong era que no se puede
confiar en la función que han asumido los doctores. En uno de los sermo­
nes en los que Bobby quedó absorto, Armstrong predicó:
Tomamos el pan partido indignamente
=<ca
rt> cuando lo tomamos en
la comunión y después confiamos en los doctores y la medicina, en
lugar de en Cristo; ¡de este modo anteponemos a otro dios antes
que él! Muchas personas están enfermas. ¡Muchas fallecen!

Si Dios es el sanador —el único sanador verdadero—, y la me­


dicina proviene de la práctica pagana antigua de los hechiceros
que se suponía que tenían la gracia de dioses imaginarios, enton­
ces ¿no necesitamos doctores?

Sí, estoy bastante seguro de que sí. Pero si todas las personas
entendieran y practicaran la verdad de Dios, la función del doctor
sería muy diferente a la que es en la actualidad. Realmente, ¡no
hay cura en un cargamento —o incluso una cantidad mayor— de
medicina! La mayor parte de enfermedades y dolencias hoy en día
son consecuencia de una dieta defectuosa y alimentación erró­
nea. La verdadera función del doctor no debería ser usurpar la
prerrogativa de Dios como sanador, sino ayudarles a respetar las
leyes de la naturaleza por medio de la prescripción de una dieta
correcta y la enseñanza de cómo vivir mejor según las leyes de la
_ naturaleza.

Conquistado por el argumento de Armstrong, Bobby envió y distribu­


Frank Brady •1 4 3

m enudo estaba vinculado a acontecim ientos mundiales como Armstrong


los interpretaba. Había una prueba que él mismo tenía que realizarse al
final de cada lección semanal.
> c Una pregunta típica era:
atr<
=

¿ Cuál es la causa básica de la guerra y el sufrimiento humano?


A. Las ansias desmedidas de los hombres camales. B. Las ideolo­
gías políticas falsas como el comunismo y elfascismo. C. La pobre­
za. D. La falta de posibilidades educativas y económicas.

_ La respuesta correcta: A; la respuesta de Bobby también.

Con el tiem po, Bobby enviaría el 10 por ciento de sus escasas ganan­
cias del ajedrez a la Iglesia. Se negaba a participar en torneos cuyos orga­
nizadores insistían en que jugara la noche del viernes, comenzó una vida
de devoción a los principios de la Iglesia y explicaba: “La Santa Biblia es el
libro más racional y con mayor sentido común que se ha escrito en la faz
de la Tierra”.
Empezó a llevar una caja de cartón azul allá donde fuera. Cuando
le preguntaban qué había dentro, echaba una mirada sin responder que
decía básicamente: “¿Cómo puedes hacerme esa pregunta? Me siento
profundam ente herido e insultado”. Semana tras semana, fuera donde
fuera —al club de ajedrez, restaurantes, cafeterías o salas de billar—,
allí estaba la caja azul. Al final, a mediados de la década de 1960, en un
restaurante de U nion Square, Bobby fue al servicio y dejó la caja en la
mesa. Su acompañante en la cena no pudo resistirse. A pesar de sentirse
culpable por invadir la privacidad de Bobby, deslizó la parte superior de la
caja. Dentro había un libro con un título en relieve de color dorado: Santa
Biblia.
Durante este tiem po, debido a su reciente devoción, no usaba palabras
obscenas. Una noche, cuando estaba tomando un refresco mezclado con
helado con un amigo, en el restaurante de Howard Johnson en Sixth Ave
nue y Greenwich, una mujer en los últim os años de su adolescencia no
paraba de entrar y salir del restaurante. Ya fuera porque estaba borracha
o drogada, tenía un constante balbuceo de palabras de cuatro letras. Bo­
bby se ofendió mucho. “¿Has escuchado eso?”, preguntó. “Es terrible”. No
podía soportar escucharla ni un minuto más. “Vámonos”, dijo. Y los dos
am igos se marcharon sin terminar sus refrescos.
Elnuevo6Fischer
RA EMBARAZOSO presenciar sus súplicas. “Venga, Bobby.

E Déjame ir a buscarte. Vamos”. Silencio al otro lado del teléfono.


“Podemos pasar el rato juntos”. Interrupción de la comunicación.
“Podemos jugar alguna partida de cinco minutos o ir al cine”. Un maestro
joven del ajedrez, unos años más mayor que Bobby, le había llamado
desde el teléfono de la oficina del club de ajedrez Marshall, ya que quería
intentar hablar con Fischer para que se reunieran. “O coge un taxi. Yo te
lo pago”. Eran las dos de la tarde, y Bobby acababa de levantarse. Su voz,
cuando al final respondió, sonó metálica y lenta; hablaba alargando tanto
las palabras que cada sílaba se extendía en dos. No obstante, su volumen
era alto —lo suficiente como para que todos los que estaban en la oficina
lo oyeran—. “No sé. No. Bueno, ¿a qué hora? Tengo que comer”. Al que
llamaba le invadió el optimismo. “Podemos comer en el bar Oyster. A ti te
gusta. Vamos”. Éxito. Una hora y media después, Bobby tomaba su primera
comida del día: filete de lenguado y un vaso grande de zumo de naranja.
Mientras caminaba por la terminal Grand Central hacia el restaurante,
la gente que pasaba no reconocía a Bobby, pero para su anfitrión —y
para casi todos los demás jugadores de ajedrez— comer con Fischer era
como hacerlo con una estrella de cine. Se estaba convirtiendo en una
celebridad en el mundo del ajedrez, pero cuanta más fama conseguía,
más desagradable era su comportamiento. Inherente a sus éxitos frente al
tablero, su ego había empezado a excluir a algunas personas. El encantador
Bobby de sonrisa luminosa se había esfumado. Había dado lugar al
Bobby problemático con actitud de desdén y frecuentemente con el ceño
146 • ENDGAME

fruncido. Consideraba cada vez más que ser visto con él era un favor.
Y no importaba si rechazaba o ignoraba a una persona porque habría
otra que le llamaría con otra propuesta para jugar al ajedrez, ver una pe­
lícula o ir a cenar. Todo el mundo quería hacerle compañía, formar parte
del espectáculo de Bobby Fischer, y él lo sabía. Un error, un desacuerdo o
una cita a destiempo por parte de un amigo eran razones suficientes para
que rompiera una relación. Y el destierro de su reino duraba eternamente;
siempre había otras personas dispuestas a ocupar el lugar del ofensor.
Si no jugaba al ajedrez, era prácticamente imposible que entrara en
el mundo de Bobby, y todavía dirigía más sus faltas de respeto a los ju ­
gadores débiles que aquellos que no sabían jugar. A los últimos les podía
perdonar su ignorancia, pero a un jugador débil —que, por definición,
incluía a casi todas las personas a las que era capaz de vencer— no tenía
excusas. “Todos deberían ser capaces de convertirse en maestros”, dijo con
seguridad.
Irónicamente, dada su actitud regia, nada parecía irle bien en el otoño
de 1959. Había estado en casa durante casi un mes desde el torneo de
Candidatos en Yugoslavia y estaba cansado —nunca realmente agotado
del propio juego, pero fatigado por su intento vergonzoso de convertirse
en el contrincante de Botvinnik—. Estaba herido psicológicamente por
no haber ganado el torneo y no era capaz de acabar con el escozor de sus
cuatro derrotas amargas —robos, como él las llamaba— contra Tal.
Además, como siempre, estaba el problema de dinero. Las personas
cercanas a Bobby hacían la pregunta obvia: “Si es uno de los mejores juga­
dores del mundo, o de los Estados Unidos con toda certeza, ¿por qué no
puede vivir de su profesión?” Mientras el sueldo medio estadounidense en
aquella época era de 5.500 $ anuales, Bobby, que no se consideraba en la
media con seguridad, había conseguido unos 1.000 $ en un año de trabajo.
Su premio por jugar el torneo de Candidatos fue de solamente 200 $. Si
no había una cantidad sustancial de dinero en los torneos, ¿por qué no
podía patrocinarle la Fundación de Ajedrez de Estados Unidos? Apoya­
ron a Reshevsky e incluso lo mandaron a la universidad. ¿Era porque Bo­
bby no era judío fervientemente, mientras que Reshevsky era ortodoxo?
Prácticamente todos los directores de la fundación eran judíos. ¿Estaban
ejerciendo presión sutilmente sobre él para que se adaptara? ¿Volver a la
escuela? ¿No le respetaban porque era “solamente un niño”? ¿Era por su
forma de vestir?
Siguieron llegándole telegramas y llamadas telefónicas hasta finales de
noviembre y las primeras semanas de diciembre. Algunas de las personas
que le escribían le preguntaban si iba a revalidar su título del campeonato
de Estados Unidos en el torneo de Rosenwald. Realmente no lo sabía. Por
fin, a principios de diciembre, le llegó una carta en la que le comunicaban
los emparejamientos. Enumeraba las doce parejas que habían sido invita­
das —Bobby incluido— y detallaba quién jugaría con quién, las fechas y
qué color tendría cada jugador en cada ronda. Bobby se fue llenando de
ira lentamente. Señaló en voz alta que la costumbre era realizar ceremo­
nias de emparejamiento públicamente, tanto en Europa como en la mayo­
ría de torneos internacionales.
Los organizadores de Rosenwald entendieron su insinuación de que
habían confabulado para hacer los emparejamientos más favorables para
algunos y expresaron su indignación acerca de la protesta. “Es sencillo”,
dijo Bobby como respuesta. “Realicen el emparejamiento de nuevo,
pero esta vez públicamente”. Se negaron, y Bobby les amenazó con una
demanda judicial. El New York Times se enteró de la disputa y publicó
una noticia titulada: EL GRUPO DEL AJEDREZ SE PLANTA ANTE
LA DEMANDA DE FISCHER. La gresca se intensificó, y le dijeron que
un jugador sustituto ocuparía su lugar si se negaba a jugar. Al final, la
competencia de voluntades terminó después de que los representantes
acordaran que, si Bobby jugaba esta vez, realizarían los emparejamientos
en público el próximo año. Fue una concesión suficiente para Bobby, así
que aceptó jugar. En el fondo, había ganado la batalla.
Tiempo atrás, Bobby se había sentido preocupado por las constantes
críticas recibidas acerca de su modo de vestir. Por ejemplo, un artículo en
el suplemento del periódico de los domingos, Parade, leído por millones
de personas, publicó una fotografía suya realizando una exhibición simul­
tánea con la leyenda: “A pesar de su ascenso a la fama, Bobby todavía se
viste de forma casual. Fíjense en sus pantalones de peto y su camisa [a
cuadros] en contraposición a los trajes de oficina y corbatas de sus rivales”.
Sentía que esas críticas fáciles le subestimaban, independientemente de lo
sutiles que fueran. Quitaban mérito no sólo a quién era incuestionable­
mente —un gran maestro y campeón de Estados Unidos—, sino a quién
creía que era —el jugador más fuerte del mundo—.
Más tarde, Pal Benko, contra quien había jugado en el torneo de
Candidatos, declaró que él había sido quien le dijo a Bobby que cambiara
el tipo de ropa que vestía. Le presentó a su sastre en la zona Little Hungary
de Manhattan, para que le pudiera confeccionar algunos trajes a medida al
adolescente. Es un misterio cómo pudo permitirse la ropa hecha a medida.
Posiblemente, el dinero procedió de un anticipo recibido por su libro Las
148 • ENDGAME

partidas de ajedrez de Bobby Fischer, publicado en 1959.


Cuando Bobby llegó al hotel Empire en diciembre de 1959 para la
primera ronda del campeonato de Estados Unidos, vestía un traje y una
camisa hechos a medida, una corbata Sulka blanca y zapatos italianos.
Además, llevaba el cabello peinado cuidadosamente, lo cual completaba un
cambio de imagen tan rotundo que casi era irreconocible. Las deportivas;
los jerséis de invierno, el cabello despeinado, la camisa vaquera a cuadros
y los pantalones de pana un poco manchados se habían esfumado. Como
era de esperar, la prensa empezó a hablar sobre “el nuevo Fischer” e
interpretaban la mejora en la vestimenta de Bobby como una señal de que
estaba comenzando su madurez.
Sus contrincantes intentaban ocultar su asombro al ver la
transformación en la apariencia del adolescente. Aunque en el transcurso
de las partidas, se quedaron estupefactos en otro sentido. Al final del
torneo, el hábilmente engalanado Bobby había jugado las once partidas ¡
sin una sola derrota. Fischer no solamente había revalidado su título
como campeón de Estados Unidos, también había conseguido algo sin
precedentes: por tercer año consecutivo había obtenido el título sin ser
vencido por ninguno de sus rivales.
También consiguió beneficios económicos. Recibió 1.000 $ por su vic­
toria en el torneo, y la cartera de la familia Fischer se llenó todavía más
cuando el abuelo materno de Bobby, Jacob Wender, falleció y dejó 14.000
$ a Regina como herencia. Era suficiente —si se invertía con prudencia—
para que los frugales Fischer subsistieran durante varios años.
Ciertamente, Regina fue prudente en sus planes con el dinero. Joan
ya se había casado con un hombre acaudalado y estaba comenzando su
carrera de enfermería, así que Regina quería estar segura de que cualquier
beneficio que generara la herencia serviría para Bobby y para ella. Creó
un fondo fiduciario con Ivan Woolworth, un abogado que trabajaba para
los Fischer de manera gratuita. Fue nombrado administrador único,
encargado de invertir el dinero de la manera mejor y más rentable que
pudiera encontrar. Conforme al plan, Regina recibía 160 $ al mes para
ayudar a cubrir necesidades personales. Como estaba planeando mudarse
del apartamento para ir a la facultad de medicina, quizás en México o el
este de Alemania, quería que el alquiler fuera pagado para Bobby mientras
permaneciera en Lincoln Place, 560. Así que él recibía 175 $ al mes —
suficiente dinero para cubrir los gastos de alquiler, gas y electricidad—
más un pequeño extra.
Regina y Bobby añadían dinero adicional al fondo conforme avanzaba

i
Frank Brady • 1 4 9

el tiempo, y los intereses del dinero invertido permitieron a Bobby vivir


sin pagar alquiler durante años y obtener una pequeña paga.
A pesar de la humilde renta vitalicia, Bobby cenaba casi todas las no­
ches en casa de los Collins y aprovechaba las invitaciones para comer o ce­
nar de sus seguidores y admiradores para arreglárselas. Hasta que se hizo
mucho más mayor, nunca recogió un cheque restaurante y, según decía un
amigo suyo, sufría el “síndrome de la muñeca floja”.

***
En marzo de 1960, a los diecisiete años de edad, viajó en avión a Mar
del Plata, el lugar de veraneo de la costa atlántica de Argentina, al sur de
Buenos Aires. Conocida por su arquitectura art deco y su extenso paseo
marítimo, la ciudad tenía la tradición enorgullecedora de celebrar torneos
internacionales. Los jugadores argentinos eran tan entusiastas del juego
como los rusos y los yugoslavos y trataban a Bobby con respeto allá donde
fuera. La única desventaja de estar en Mar del Plata era la lluvia incesante
y el viento frío procedente del mar. Regina, siempre incontenible y cons­
ciente de algún modo de las condiciones meteorológicas adversas, envió
un par de botas de agua a su hijo y se reprendió a sí mismo por no haberle
insistido en que se llevara su chaqueta de cuero cuando salió del país.
Bobby pensaba que el torneo de Mar del Plata le resultaría fácil hasta
que se enteró de que David Bronstein y Friðrik Olafsson también iban a
jugar, además del gran maestro de Leningrado, de veintitrés años, Boris
Spassky. Pero realmente no eran Spassky u Olafsson los que inquietaban a
Fischer. Era Bronstein.
Una semana antes de que partiera hacia Argentina, Bobby y el autor
de este libro cenamos en Cedar Tavern en Greenwich Village, lugar de
reunión de artistas vanguardistas y expresionistas abstractos y uno de
los lugares favoritos para comer de Bobby. La noche que estuvimos allí,
Jackson Pollock y Franz Kline estaban conversando en el bar, y Andy
Warhol y John Cage cenaban en una mesa cercana —aunque Bobby no
se diera cuenta—. A él simplemente le gustaban la comida de bar que
servía el restaurante —era el tipo de lugar donde servían pastel de carne
y patatas— y el anonimato que le ofrecía el permanecer sentado entre
personas que preferían mirar boquiabiertos a las celebridades del arte que
prestar atención a los prodigios del ajedrez.
Entramos en el tercer reservado a través del bar y pedimos botellas
de cerveza. La camarera no preguntó la edad de Bobby, a pesar de que
acababa de cumplir diecisiete años y no tenía aún la edad legal (por aquel
150 • ENDGAME

entonces, dieciocho años) para beber en el estado de Nueva York. Bobby


supo su elección sin mirar el menú. Abordó una tajada de costillas asadas
de primera calidad, que consumió en escasos minutos. Era como un
boxeador pesado disfrutando de su última comida antes del gran combate.
Acababa de recibir por correo la tabla de emparejamientos y la
distribución de colores desde Mar del Plata. Malas noticias: iba a tener las
negras contra Bronstein y Spassky.
En una pausa de la conversación —las pausas eran típicas al pasar,
tiempo con Bobby, ya que no hablaba mucho y se sentía incómodo con
los silencios largos—, pregunté: “Bobby, ¿cómo te vas a preparar para este
torneo? Siempre he querido saber cómo lo hacías”. Parecía más alegre que
de costumbre y sintió interés por mi interés. “Te lo voy a enseñar”, dijo
mientras sonreía. Se levantó de su parte del reservado y se sentó a mi lado,
desplazándome hasta la esquina. A continuación, rescató de su abrigo su
juego de ajedrez de bolsillo estropeado —todas las pequeñas piezas es­
taban alineadas en sus ranuras correspondientes, preparadas para ir a la
guerra—.
Mientras hablaba, me miraba a mí y luego al juego de bolsillo, de un
lado a otro —al menos, al principio— y escupía un tratado académico
sobre su método de preparación. “En primer lugar, observaré las partidas
de todos los participantes con los que me puedo encontrar, pero solamente
me voy a preparar de verdad para Bronstein. No me preocupan Spassky y
Olafsson”. Después, me mostró la progresión de su primera y única partida
contra Bronstein —tablas en Portorož dos años antes—. Me enseñó todos
los movimientos que ambos habían hecho, mientras menospreciaba una
elección de Bronstein y elogiaba otra después. Las diversas elecciones que
Bobby llevó a cabo fueron deslumbrantes y apabullantes. En el transcurso
de su análisis rápido, habló de las ramificaciones de ciertas variantes o
tácticas y por qué serían aconsejables o no. Era como ver una película
con una narración de voz superpuesta, pero con una gran diferencia:
manipulaba las piezas y hablaba tan deprisa que era complicado asociar
los movimientos con sus comentarios. No podía seguir la cascada de
ideas que había detrás de los ataques reales e imaginarios, los asaltos en la
sombra: “No podía jugar ahí, ya que habría debilitado sus escaques negros
(...)”. “No pensé en eso (...)”. “No, ¿estaba bromeando?”
Las ranuras de su juego de bolsillo se habían ampliado tanto por las
miles de horas de análisis que parecía que las piezas de plástico, de poco
más de un centímetro, se colocaban en su lugar de un salto kinestésico,
a su antojo. La mayor parte de la impresión dorada que señalaba si una
pieza era un alfil, un rey, una dama, etc. se había desgastado por los años
FrankBrady • 151

de uso. Pero, por supuesto, Bobby sabía lo que representaba cada pieza
sin mirar —solamente tocando—. Las estatuillas diminutas eran como sus
mascotas amistosas.
“El problema con Bronstein”, continuó, “es que es casi imposible
ganarle si juega para conseguir tablas. ¡En Zúrich, obtuvo veinte tablas de
veintiocho partidas! ¿Has leído su libro?” Me hizo regresar a la realidad
de tener que conversar. “No. ¿Está escrito en ruso?” Parecía molesto y
sorprendido de que no supiera el idioma: “Bueno, ¡apréndelo! Es un libro
fantástico. Va a buscar la victoria contra mi, estoy seguro, y yo no voy a
buscar tablas”.
Volviendo a encajar las piezas en segundos, de nuevo casi sin mirarlas,
dijo: “Es difícil prepararse porque puede jugar cualquier tipo de partida,
posicional o táctica, y cualquier tipo de apertura”. Después, comenzó a
enseñarme de memoria partida tras partida —parecían docenas— y se
enfocó en las aperturas que Bronstein había jugado contra las variantes
favoritas de Bobby. Saltaban múltiples resultados de su mente. Pero no se
limitaba solamente a los intentos de Bronstein.
También me hizo un recorrido por las partidas que Louis Paulsen
había jugado en la década de 1800 y que Aaron Nimzowitsch había expe­
rimentado en la de 1920, además de otras que se habían jugado solamente
unas semanas antes —partidas recogidas en un periódico ruso—.
Bobby valoraba posibilidades, sugería alternativas, seleccionaba las
mejores líneas, discriminaba y decidía continuamente. Fue una lección
de historia y una clase de ajedrez, pero principalmente fue una hazaña
increíble de memoria. Sus ojos, un poco vidriosos, estaban fijos ahora
en el juego de bolsillo, que mantenía abierto con delicadeza en la mano
izquierda, mientras se hablaba a sí mismo, sin importarle nada mi
presencia o que estuviera en un restaurante. Su intensidad parecía incluso
mayor que cuando competía en un torneo o jugaba en un encuentro. Sus
dedos se movían rápidamente y su cara mostraba una ligera sonrisa, como
si estuviera ensimismado. Susurraba, pero apenas se escuchaba: “Bueno,
si él juega esto... puedo bloquear su alfil”. Y luego, elevó tanto la voz que
algunos de los clientes le miraron: “No jugará eso”.
Empecé a llorar silenciosamente, consciente de que en ese momento,
*parado en el tiempo, estaba en presencia de un genio.

La predicción de Bobby en el Cedar Tavern se llevó a cabo en Mar del


Plata. Cuando Bronstein y Bobby se encontraron en el duodécima ronda,
152 • ENDGAME

el ruso sí que jugó por la victoria, pero cuando la partida se acercaba al


final, había igual número de piezas y peones en cada lado, y las tablas fue­
ron inevitables. Al finalizar el torneo, Fischer y Spassky empataron en la
primera posición. Era su mayor triunfo en un torneo internacional hasta
la fecha.
Dos meses después, tuvo lugar el desastre argentino. De todas las
ciudades en las que Bobby había estado, Buenos Aires era su favorita: le
gustaba la comida, el entusiasmo de la gente por el ajedrez y los amplios
bulevares. Aun así, algo salió atípicamente mal en su juego durante su
estancia allí, y el rumor que circulaba, tanto en ese momento como años
después, era que se había quedado despierto hasta el amanecer —en al
menos una ocasión con una bella argentina—, lo que permitió su desgaste
físico, en lugar de prepararse para el rival del día siguiente. El sofisticado
gran maestro argentino Miguel Najdorf, que no competía en el torneo,
le introdujo en la vida nocturna de la ciudad, sin preocuparse por estar
minando la posibilidad de que el joven ganara el primer puesto en la
competición. Y con la bravuconería de un chico de diecisiete años, Bobby
supuso que tendría energía y concentración suficientes para jugar bien,
incluso después de dormir poco noche tras noche. Desafortunadamente,
cuando se dio cuenta de que estaba agonizando frente al tablero y pidió
ayuda a su musa del ajedrez para que le salvara, no hubo respuesta alguna.
Sea cual fuere el motivo de su mal juego (cuando se vio presionado,
dijo que la iluminación era espantosa), Bobby, como el brillante Dr. Jekyil,
se transformó en un debilitado Mr. Hyde, el caparazón de un jugador. En
el torneo de veintiún jugadores, ganó solamente tres partidas, hizo once
tablas y perdió el resto. Desconcertante. Cualquier persona puede tener
un mal torneo, pero tanto los registros previos de Bobby, que habían ido
en ascenso, como su resultado 13 1/2-11/2 en Mar del Plata poco tiempo
antes habían provocado que la predicción de sus seguidores fuera que
conseguiría el primer lugar en Buenos Aires.
Para Bobby, la derrota fue demoledora. Fracasar es bastante malo, pero
mucho peor es ver a otra persona conseguir el éxito por el logro que tú
esperabas alcanzar. Samuel Reshevsky, su eterno rival estadounidense,
había empatado en el primer puesto con Viktor Korchnoi. Una fotografía
de grupo de los jugadores tomada al final del torneo muestra a Bobby con
los ojos desenfocados, sin prestar ninguna atención aparente al fotógrafo
ni al resto de jugadores. ¿Estaba pensando en sus malos resultados? ¿O
quizás estaba sopesando que, sólo esta vez, su determinación por ganar no
había sido lo suficientemente fuerte?
Había aceptado jugar como titular de Estados Unidos ese año en las
Olimpiadas Mundiales de Ajedrez, que se celebraban en Leipzig, al este
de Alemania, en octubre de 1960, pero los representantes estadouniden­
ses se quejaron de que no tenían suficiente dinero para pagar el viaje del
equipo y otros gastos. Un grupo a nivel nacional, llamado Comité People-
to-People, estaba intentando recaudar fondos para el equipo, y el director
ejecutivo le preguntó si daría una exhibición simultánea para publicitar la
situación grave del equipo. El acto tuvo lugar en el complejo carcelario de
Rikers Island, que se encontraba en un terreno de 167 hectáreas en mitad
de East River, en Nueva York. Por aquel entonces, la instalación alberga­
ba unos catorce mil reclusos, veinte de los cuales jugaron contra Bobby.
Como era de esperar, ganó todas las partidas.
Desafortunadamente, aunque la exhibición sí que consiguió la
cobertura de los periódicos locales, ninguno de ellos mencionó la
razón del acto: llamar la atención respeto al apuro económico del
equipo estadounidense. Pero, como el Departamento de Estado y las
organizaciones ajedrecísticas de Estados Unidos no ayudaban, Regina
Fischer pensó que ella podría. Mediante la investigación de las actividades
de la Fundación de Ajedrez de Estados Unidos, demostró que algunos
jugadores (como Reshevsky) recibían apoyo mientras que otros no (como
Bobby). Era como una máquina publicitaria dirigida por una mujer: envió
comunicados de prensa de indignación y cartas al gobierno en las que
pedía una contabilidad pública.
Aunque Bobby quería ir a Leipzig desesperadamente para jugar sus pri
meras Olimpiadas,empezóa ponersefuriosopor laintromisióndesumadrey,
en al menos una ocasión, le llamó la atención públicamente cuando apa­
recía en algún acontecimiento ajedrecístico. Ella creía que ayudaba a su
hijo; él, que simplemente se comportaba como una madre de artista ava­
salladora.

Mientras estaba formando piquetes en las oficinas de la Fundación,


Regina atrajo la atención de Ammon Hennacy, anarquista pacifista, ac­
tivista social y editor asociado del periódico libertario Catholic Worker.
Sugirió a Regina que emprendiera una huelga de hambre por el ajedrez. Lo
hizo durante seis días y consiguió aún más publicidad. Además, Hennacy
le dijo que se uniera a la marcha pacifista más larga de la historia, desde
San Francisco a Moscú, y ella aceptó. Mientras iba en la marcha, conoció a
Cyril Pustan, maestro inglés de instituto y oficial de fontanería. Entre otras
áreas de interés, sus creencias políticas y religión —ambos eran judíos—
engranaban perfectamente y, con el tiempo, se casaron y se instalaron en
Inglaterra.
154 • ENDGAME

Cuando Bobby finalmente entró en el vestíbulo del hotel Astoria de


Leipzig, un hombre que parecía un Groucho Marx, más joven y atractivo,
le saludó: Isaac Kashdan, capitán del equipo de Estados Unidos. Kashdan
y Bobby no se conocían, pero el primero era una leyenda en el mundo
del ajedrez. Era un gran maestro internacional; uno de los jugadores más
fuertes de Estados Unidos en la década de 1920 y 1930, en las que jugó en
cinco Olimpiadas y ganó varias medallas. A Kashdan le habían advertido
que Bobby era “difícil de manejar” y estaba preocupado de que el joven no
fuera un miembro obediente en el equipo.
Puede que Bobby sintiera la desconfianza del capitán porque dirigió la ’
conversación a la carrera ajedrecística de Kashdan; el adolescente no sólo
conocía la reputación del hombre, sino que también sabía muchas de sus
antiguas partidas. Kashdan respondió a su propuesta y después comentó:
“No he tenido ningún problema con él. Todo lo que quiere hacer es jugar
al ajedrez. Es un jugador extraordinario”. Aunque su diferencia de edad
era de casi cuatro décadas, los dos jugadores se hicieron buenos amigos, y
lo fueron durante años.
Uno de los puntos culminantes de las Olimpiadas tuvo lugar cuando
Estados Unidos se enfrentó a la URSS, y anunciaron que Bobby iba a
jugar contra Mikhail Tal, entonces campeón mundial. Fischer y Tal se
encontraron en la ronda quinta. Antes de realizar su primer movimiento,
Tal miró fijamente al tablero, y miró, y miró. Bobby se preguntó, en ese
preciso momento, si Tal estaba tramando alguna de sus antiguas trampas.
Al final, después de diez largos minutos, Tal movió. Esperaba hacer sentir
a Fischer totalmente incómodo. Pero sus esfuerzos de desconcertar al
estadounidense fracasaron. En lugar de eso, Bobby lanzó una serie agresiva
de movimientos y llevó a cabo una batalla en el tablero que después
describirían como “contienda” y “ataque y contraataque brillantes”. La
refriega intelectual terminó en tablas, y más adelante ambos jugadores
incluirían la partida en sus respectivos libros y la citarían como una de las
más importantes de sus carreras.
No pasó desapercibido que el chico de diecisiete años se había sabido
defender del actual campeón mundial, y los jugadores comenzaron a pre­
decir que en poco tiempo estaría jugando por el título.
Al finalizar las Olimpiadas, la Unión Soviética, que tenía como ali­
neación uno de los equipos más fuertes de todos los tiempos, quedó en
primer lugar y Estados Unidos se coló en el segundo. La puntuación de
Bobby fue diez victorias, dos derrotas y seis tablas, y se llevó a casa la
medalla de plata.
Frank Brady • 155

En el banquete de clausura, alguien le dijo a Mikhail Tal que Bobby,


que había estado estudiando quiromancia, estaba leyendo las palmas de
los otros jugadores, casi com o un juego de salón. “Deja que lea la mía”,
dijo Tal escépticam ente. Se acercó a la mesa de Bobby, alargó su mano
izquierda y dijo: “Léela”. Mientras Bobby miraba fijamente la palma de Tal
y reflexionaba sobres los m isterios de sus líneas y hendeduras, un grupo
de personas se reunió a su alrededor y otros cientos observaban desde sus
m esas.
Con la sensación de una obra dramática, Bobby se tomó su tiempo, y
daba la im presión de que miraba todavía más a fondo la mano. Después,
con una expresión en la cara que prometía que iba a revelar el significado
de la vida, dijo con tono estentóreo: “Puedo ver en su palma, señor Tal,
que el próxim o campeón del mundo será...”
En ese m om ento, Bobby y Tal hablaron a la vez. Fischer dijo: “¡Bobby
Fischer!” Y tal, que nunca perdía la oportunidad de bromear, dijo:
“¡W illiam Lombardy!” (que estaba justo a su izquierda). Hubo carcajadas
sonoras al unísono.
Poco tiem po después, Chess Life, para describir el suceso, decidió
encontrar en él un augurio de lo venidero. La revista decía: “Por su
apariencia de confianza y seguridad, nos preguntamos si efectivamente él
sí que se ve com o el siguiente campeón mundial”.
Lateoríad7eEinstein
B
OBBY SALIÓ DEL GRAN SALÓN del hotel Empire, a sólo unos
pasos de la obra del complejo cultural de artes escénicas de Lincoln
Center. Acababa de afianzar el campeonato de Estados Unidos 1960-
61 y caminaba con paso enérgico por las calles, cubiertas de nieve, con su
madre y Jack y Ethel Collins. A Jack le resultaba complicado avanzar con
su silla de ruedas, así que su hermana y él cogieron un taxi para asistir a la
cena de celebración del triunfo de Bobby en Vorst's, un restaurante alemán
a unas manzanas del lugar del torneo. Por si había alguna duda sobre su
=logro, Chess Life dejó las cosas claras:
158 • ENDGAME

marle mejor jugador estadounidense con diecisiete años y, de esa manera,


subestimar la reputación de Reshevsky a sus cincuenta años. Tampoco
ayudó la publicación de un estudio, El factor de la edad en el ajedrez de
los maestros, ese año en la revista American Statistician, en el que el autor
postulaba que los maestros del ajedrez caían en declive después de una
edad, “quizás a los cuarenta”. Reshevsky quería demostrar que el estudio
era incorrecto.
Durante muchos años, había disfrutado del dominio de mejor jugador
de Estados Unidos y ahora todos los elogios y ornamentos se dirigían
a Bobby, del que muchos pensaban que simplemente era un arribista
joven e irreverente de Brooklyn. Ahora bien, al menos el mismo número
de observadores no se cansaba del “arribista”. Creían que señalaba la
posibilidad de un boom del ajedrez en Estados Unidos.
Los representantes de la Fundación de Ajedrez de Estados Unidos
sostenían que Reshevsky era el mejor jugador y se pusieron de acuerdo
para demostrarlo. En el verano de 1961 se negoció un encuentro de
dieciséis rondas entre los dos jugadores, con la promesa de un premio de
8.000 $ y 1.000 $ de adelanto para cada jugador. De la cantidad final, el 65
por ciento iría destinado al ganador y el 35, al perdedor. Dicho encuentro
evocó el drama de algunas de las grandes rivalidades de la historia:
enfrentamientos como Mozart vs. Salieri, Napoleón vs. Wellington y
Dempsey vs. Tunney. Cuando les pidieron opinión a cuatro jugadores de
ajedrez de primera clase —Svetozar Gligoric, Bent Larsen, Paul Keres y
Tigran Petrosian— sobre quién de los dos triunfaría, todos predijeron que
Reshevsky sería el ganador, y por un margen considerable.
Reshevsky, un hombre pequeño y calvo que vestía con ropa
conservadora, tenía una personalidad seria y firme. Era el rey del hielo,
cortés pero cortante. Bobby no podía ser más distinto. Era alto, desgarbado,
intenso, un adolescente pendenciero, un príncipe quijotesco del ajedrez,
que a veces emitía destellos de encanto y elegancia. Y sus estilos frente al
tablero eran igual de divergentes. Las partidas de Reshevsky casi nunca
eran poéticas —no mostraba pasión alguna—. El duradero campeón a
menudo tenía problemas de tiempo, sin poder mantener apenas el control.
En cambio, las partidas de Fischer eran cristalinas —transparentes, pero
ingeniosas—. Bobby había aprendido, después de años de práctica, a
repartir su tiempo y casi nunca tenían dificultades por ese motivo (había
demostrado que el sistema que Jack Collins le había impuesto cuando le
compró un reloj alemán de importación mereció la pena).
¿El resto de diferencias? Fischer se preparaba concienzudamente —
Frank Brady • 159

booked up lo llamaban en inglés— con innovaciones para la apertura. Por


otro lado, Reshevsky tendía a estar poco preparado y frecuentemente tenía
que determinar los movimientos más eficaces durante la partida, por lo
que perdía un tiempo valioso. Fischer era un jugador más táctico, con una
tremenda brillantez, mientras que Reshevsky era un jugador posicional.
Maniobraba para conseguir pequeñas ventajas y mostraba una paciencia
inflexible. De manera metódica, era capaz de alcanzar una victoria par­
tiendo de una posición aparentemente desesperada.
Sin embargo, el encuentro no iba a ser la representación de un juicio
para ver cuál era el mejor estilo de los dos. Su motivación era más elemen­
tal: determinar quién era el mejor jugador estadounidense de todos los
tiempos.
No fue un pas de deux, sino un vaivén de resultados: victorias para
Bobby, tablas y victorias para Reshevsky. Un día Bobby era King Kong; al
siguiente, Fay Wray. En la ronda undécima, que se jugó en Los Ángeles, el
resultado estaba empatado 5 1/2-5 1/2. Encontraron dificultades para progra­
mar la ronda duodécima, que caía en sábado. Reshevsky, judio ortodoxo,
no podía jugar un sábado antes del anochecer (anteriormente en su carre­
ra sí que había jugado antes del anochecer, pero llegó a la conclusión de
que era un pecado que había provocado la muerte de su padre y, a partir
de entonces, dejó de competir en el sabbat). La hora de comienzo, por
lo tanto, cambió a las 20:30. Cuando alguien señaló que la partida podía
alargarse fácilmente hasta las dos de la mañana fue programada de nuevo
para que empezara a las 13:30 del día siguiente, el domingo por la tarde.
Continuaban las complicaciones. Jacqueline Piatigorsky (de soltera
Rothchild, miembro de una de las familias más ricas de Europa) era una
de las patrocinadoras del encuentro y pagaba todos los gastos de los juga­
dores. Estaba casada con el violonchelista Gregor Piatigorsky, que casual­
mente ofrecía un concierto en Los Ángeles esa tarde de domingo. Para que
pudiera asistir al concierto de su marido, Jacqueline pidió que la partida
empezara a las 11:00. Cuando Bobby, al que le gustaba dormir hasta tarde,
se enteró de este otro cambio, se quejó de inmediato.
Simplemente no podía jugar a esa hora, dijo. “Es ridículo”. Tampoco
entendía por qué tenía que atender las necesidades de la señora Piatigorsky.
Siempre podía ir a la partida después del concierto, argumentó. Es muy
probable que siguieran jugando aún.
En el lugar del torneo —el hotel Beverly Hilton—, el reloj de Bobby
se puso en marcha puntualmente a las 11:00, Reshevsky iba de acá para
allá, varios espectadores esperaban pacientemente, y cuando la pequeña
160 • ENDGAME

bandera roja cayó de manera precisa a las 12:00, el director del torneo dio
la partida por perdida. La ronda décimo tercera se había programado para
ser jugada de nuevo en Nueva York, en el hotel Empire.
Bobby dijo que estaba dispuesto a continuar, pero la siguiente ronda
tenía que ser la repetición de la duodécima. No quería jugar con la carga
de una desventaja tan grande; era posible que la ronda dada por perdida
decidiera el resultado del encuentro.
Reshevsky andaba de un lado para otro del escenario de forma nerviosa,
mientras esperaba de nuevo que el ausente Bobby llegara, en esta ocasión
para jugar la discutida ronda décimo tercera. Unos veinte espectadores e
igual número de periodistas y fotógrafos también aguardaban y miraban
el tablero vacío y solitario y a Reshevsky, que no dejaba de caminar.
Cuando transcurrió una hora, I. A. Horowitz, el árbitro, dio la partida
por perdida. Después, Walter Fried, presidente de la Fundación de Ajedrez
de Estados Unidos, que acababa de irrumpir en la sala, se dio cuenta de
que Fischer no estaba presente y anunció que Reshevsky era el ganador.
“Fischer nos puso una pistola en la cabeza”, dijo más tarde al explicar la
conclusión repentina de uno de los encuentros de ajedrez más importante
de Estados Unidos.
Con el tiempo, Bobby demandó a Reshevsky y a la Fundación de
Ajedrez de Estados Unidos, con la intención de que una orden judicial
reanudara el encuentro y prohibiera a Reshevsky jugar en torneos hasta
que el asunto se resolviera. El caso se prolongó durante mucho tiempo
en los tribunales y al final se desestimó. Aunque ambos se encontrarían
posteriormente frente al tablero en otros torneos, el encuentro del siglo,
como se denominó, fue víctima desafortunada de los hábitos arraigados
*de sueño de Bobby y la oscura sombra del mecenazgo en el ajedrez.

Bobby subió en el ascensor al piso décimo tercero del rascacielos de


West Fortieth Street, 110, a las afueras de Garment District. Cuando paró,
el ascensorista le señaló una puerta. “Hacia arriba, por las escaleras de
metal”. Bobby subió la escalera en espiral, cada vez más arriba hasta llegar
a cuatro pisos. “¿Eres tú, Bobby?”, dijo una voz incorpórea desde arriba.
Era Ralph Ginzburg, el periodista que había concertado una entrevista
con él para la revista Harper’s.
Le guió hasta una extraña oficina circular, del tamaño de una sala de
estar pequeña y situada en la torre del edificio, con ventanas por todas
partes. Todo era de color gris acorazado: suelo, paredes, archivadores,
Frank Brady • 161

escritorio y dos sillas. La sala de la torre se balanceaba muy ligeramente


mientras soplaba el viento a través de los chapiteles en el exterior.
Ginzburg, de treinta y dos años, llevaba unas gafas de montura de
carey y se estaba quedando calvo de manera prematura. Era un periodista
que asumía riesgos. Anteriormente había trabajado para la revista Look y
Esquire y era autor de dos libros, incluyendo una historia del linchamiento
en Estados Unidos. Era inteligente y muy trabajador, hablaba alto y
rápido con acento del Bronx, y estaba orgulloso de su facilidad para
el sensacionalismo. Más adelante, estuvo en la cárcel condenado por
obscenidad por la publicación de una revista llamada Eros.
Es importante conocer estos antecedentes, no sólo porque su artículo
sobre Bobby ha sido utilizado durante más de cuarenta años como recurso
para otros escritores y biógrafos, sino por el impacto negativo que tuvo en
la vida de Bobby y el papel consiguiente en que siempre desconfiara de los
periodistas.
Ginzburg había leído la obra clásica Auto-da-Fé de Elias Canetti,
escrito ocho años antes de que Bobby naciera, para preparar la entrevista.
La historia, que ayudó a Canetti a conseguir el premio Nobel de literatura,
incluye un personaje llamado Fischerele, quien aspira a convertirse en
campeón mundial del ajedrez. Cuando gana el título, piensa en cambiar
su nombre a Fischer, y después de hacerse rico y famoso, tendrá “trajes
nuevos hechos por el mejor sastre” y vivirá en un “palacio gigante con
castillos, torres y peones de verdad”.
Ginzburg citaba a Fischer diciendo que compraba sus trajes, camisas
y zapatos a los mejores sastres de todo el mundo y que “iba a contratar al
mejor arquitecto para que la construya [mi casa] en forma de torre, con
escaleras en espiral, parapetos y de todo. Quiero vivir el resto de mi vida
en una casa que sea construida exactamente igual que una torre”.
El artículo, que también incluía material provocador, causó sensación
e influyó en las preguntas que realizarán en las entrevistas a Bobby duran­
te años después. Cuando, inmediatamente después de Harper’s, la revista
británica Chess, que contaba con un gran número de lectores, publicó el
artículo completo, Bobby se puso furioso y gritó: “¡Desgraciados!”
Insistía en que en la mayor parte del artículo se había tergiversado lo
que había dicho y que sus citas estaban fuera de contexto. Por ejemplo,
nunca le dijo a Ginzburg que quisiera “deshacerse de su madre”. Es cierto
que Regina Fischer se marchó del apartamento para ir a una marcha paci­
fista, conoció a un hombre, se casó y se mudó a Inglaterra. Ella había di­
cho que Bobby, un adolescente sumamente independiente, posiblemente
estaría mejor sin que ella viviera con él. Como muchas madres, le adoraba
e intentaba ayudarle continuamente, a veces hasta el punto de sacarle de
quicio. Ambos se dieron cuenta de que si Bobby vivía solo, tenía más tiem­
po para estudiar a su tiempo y ritmo, pero la interpretación negativa de la
relación que había hecho Ginzburg era totalmente incorrecta. Bobby y su
madre se querían mucho.
La escucha de las cintas o la lectura de las transcripciones de la entre­
vista habría demostrado qué dijo el adolescente, pero Ginzburg afirmó
que había destruido todos los materiales de la investigación que respal­
daban el artículo. Si fue así, era algo poco usual: la mayoría de periodistas
profesionales guardan las transcripciones de sus entrevistas para que lo
que hayan escrito no pueda dar lugar a una demanda por difamación o
invasión de la privacidad. Naturalmente no se puede saber la verdad, pero
aunque Ginzburg presentado palabra por palabra lo que Bobby dijo, era
un periodismo cruel, un atraco escrito, que provocó que un adolescente
vulnerable pareciera un ignorante, homófobo y misógino, lo cual no era
su retrato real.
Anteriormente, Bobby ya había sentido recelo de los periodistas. Sin
embargo, el artículo de Ginzburg le hizo mantener una rabia constante y le
creó una desconfianza de los reporteros que duraría toda su vida. Cuando
alguien le preguntaba por el artículo, gritaba: “¡No quiero hablar sobre
*eso! ¡Ni siquiera me menciones el nombre de Ginzburg!”

Para liberarse de la sensación de insatisfacción que aún tenía por


su affaire con Reshevsky y quitarse de encima la ofensa del artículo de
Harper's, Bobby quiso apartarse de Nueva York y volver a hacer lo que le
hacía feliz: quería jugar al ajedrez —sin abogados, ni publicidad, ni ame­
nazas o amenazas en contra. Aceptó una invitación para jugar en Yugo­
slavia durante un mes, en un acontecimiento de veinte jugadores, en Bled,
que auguraba ser uno de los torneos internacionales más fuertes realiza­
dos en años. Pero primero tenía que prepararse, y solamente tenía tres
semanas para hacerlo.
Normalmente, su horario consistía en cinco horas de estudio al día:
partidas, aperturas, variantes y finales. Y después, por supuesto, jugaba
partidas rápidas unas cinco horas o más con el grupo de Collins o en
alguno de los clubes. Le encantaba jugar al ajedrez rápido, ya que le ofrecía
la posibilidad de probar líneas dudosas o experimentales a través de una
mirada instantánea del tablero. Perfeccionaba su intuición y le obligaba a
confiar en sí mismo.
Frank Brady *263

Pero para jugar en un torneo internacional del calibre anunciado, tenía


que pasar mucho más tiempo de estudio meticuloso, análisis y memori­
zación. Dejó de contestar al teléfono porque no quería ser interrumpido
o tentado a socializar —ni siquiera para una fiesta del ajedrez— y, en un
momento dado, para estar solo con el tablero, metió algo de ropa en una
maleta, no le dijo a nadie dónde iba y se registró en el YMCA de Brooklyn.
Durante su estancia allí, a veces estudiaba más de dieciséis horas diarias.
Malcolm Gladwell, en su libro Outliers, describe cómo alcanzan el
éxito personas de todos los ámbitos. Cita al neurólogo Daniel Levitin: “Un
estudio tras otro, de compositores, jugadores de baloncesto, escritores
de ficción, patinadores sobre hielo, concertistas de piano, jugadores de
ajedrez, criminales y todo lo que se pueda imaginar, el número aparece
una y otra vez [el número mágico para la verdadera pericia: diez mil
horas de práctica]”. Después, Gladwell hace referencia a Bobby: “Parece
que para convertirse en un gran maestro del ajedrez también hacen falta
unos diez años (solamente el legendario Bobby Fischer llegó a ese nivel
de élite en menos de ese tiempo: nueve años). No es la práctica lo que te
hace bueno. Sino lo que haces”. Una estimación razonable es que Bobby
jugó mil partidas al año entre los nueve y los once años, y doce mil al
año entre los once y los trece; la mayoría, partidas rápidas. Aunque todas
esas partidas podrían considerarse “práctica”, no todas eran especialmente
instructivas. No obstante, los movimientos o posiciones concretas podían
ser muy aleccionadoras e incluso permanecer en su inconsciente —del
mismo modo, por ejemplo, que el recuerdo de un acorde o una nota puede
ser valioso para un músico. Su estudio de los matices de las partidas de
los demás tenía el mismo efecto: prestaba mucha atención al cúmulo de
detalles sutiles.
A Bobby le encantaba Yugoslavia debido al estatus de superestrella que
le concedieron sus seguidores, y un precioso día otoñal entró al vestíbulo
del torneo en Lake Bled preparado para jugar. Tenía dieciocho años y lle­
vaba un traje impecable hecho a mano con un pañuelo blanco situado há­
bilmente en el bolsillo de su pecho. Parecía algo mayor y se movía con un
contoneo atlético. Se asemejaba un poco a una estrella de cine en ciernes.
Muchos de los yugoslavos no le reconocieron al principio.
Era asediado por los cazadores de autógrafos mientra caminaba por la
calle. Gracias a su experiencia en el Interzonal y el torneo de Candidatos
en 1958-59, ambos celebrados en Yugoslavia, había apréndido lo suficien­
te del idioma para al menos autografiar su nombre en serbocroata. Los
seguidores se volvían locos cuando les escribía en sus tarjetas de puntua-
ción en su propio idioma. Cuando un espectador de Moscú le pedía un
autógrafo, Bobby lo firmaba utilizando los caracteres cirílicos del alfabeto
ruso, sin que hiciera falta modificar más que un par de letras.
Para él, el punto culminante del torneo era su partida contra Tal en
la segunda ronda. Tal, quien se comportaba mucho mejor que la última
vez que jugó contra Bobby —con menos miradas fijas y risitas—, pareció
sufrir un lapsus de lógica ajedrecística en el movimiento sexto y cometió
un error grave de nuevo en el noveno, mientras se enredaba en la apertura
que Bobby había preparado contra él. Se echó la culpa del juego irregular
de Tal al hecho de que no se encontraba bien. El juego de Bobby tampoco
fue el más ingenioso, pero aprovechó los movimientos débiles de su rival
y sacó el máximo partido de la ventaja hasta que Tal acabó en un final de
juego perdido y se rindió. El aplauso fue tumultuoso. “Un encantador”,
dijo Chess Review. Bobby estaba lleno de regocijo por haber registrado su
primera victoria contra uno de los mejores jugadores del mundo, antiguo
campeón mundial, el hombre al que había fantaseado asesinar durante el
torneo de Candidatos 1959.
Cuando Tal y Fischer salieron del escenario, los periodistas corrieron
hacia ellos y suplicaron un comentario.
Los dos combatientes, ambos un poco bromistas, actuaron para la
-muchedumbre:
Frank Brady • 165

respondió el doctor rotundamente. Aceptó a regañadientes, y le llevaron


en coche desde Bled, en Eslovenia, hasta Bania Luka, en Bosnia, para que
le trataran en un gran hospital universitario. Suplicó a los doctores que
no le operaran, aunque le habían dicho que era un procedimiento rela­
tivamente simple y le avisaron del riesgo que implicaba no operarle. Le
aseguraron que podría levantarse y caminar en unos días, pero aun así
se mostraba reluctante. Además de oponerse a la cirugía desde el punto
de vista filosófico, le daba miedo la anestesia. Ni siquiera quería tomar
medicinas para detener el dolor. Los médicos le convencieron y también
insistieron en que tomara antibióticos. Finalmente, el dolor disminuyó,
y en dos o tres días se encontró bien de nuevo. Se sentía efusivamente
agradecido a los doctores por no haberle insistido en someterse al bisturí.
- Después del susto de la apendicitis, la British Broadcasting Corporation
(BBC) le invitó a Londres para aparecer en un programa llamado
Chess Treasury of the Air, y pasó unos diez días en Inglaterra. Pasar las
Navidades en Londres fue una experiencia fascinante para Bobby. Era
como imaginaba que habría sido la ciudad de Nueva York alrededor de
1890 o 1900. Admiraba la elegancia de sus ciudadanos y la limpieza de
sus calles. Pal Benko estuvo allí unos días con él, y se dio cuenta de que
aunque tenía un marcado acento húngaro, los londinenses le entendían
mejor que a su dialecto de Brooklyn. Pasó unas Navidades británicas con
su madre y su nuevo marido, Cyril Pustan, quien le había escuchado en el
programa de BBC.

*
166 • ENDGAME

revista estaban escritos de forma sencilla y parecían tanto políticos com o


religiosos. Bobby leía todos los ejemplares de principio a fin, y le parecía
que mucho de lo que devoraba era coherente. Cuarenta años después,
todavía seguía vinculado a las ideas planteadas por Armstrong y La pura
verdad.
Un ejemplar resumía las profecías espeluznantes, ilustradas gráfica­
mente, de lo que Armstrong predijo que sería la Tercera Guerra M undial,
en la que los Estados Unidos y Gran Bretaña serían destruidas por los
estados unidos de Europa. Armstrong dijo que antes de que la guerra die­
ra comienzo, conduciría a los miembros de su Iglesia a Jordania, donde
serían salvados por ser los “hijos de Dios”. Bobby, también.
Escribió una carta sermoneadora a su madre, en la que le hablaba con
entusiasmo sobre las enseñanzas de Armstrong y sus estudios intensos
de la Biblia, los cuales habían “cambiado m i perspectiva de la vida por
completo”. Estaba convencido de que solamente si seguía la interpretación
bíblica de Armstrong, podría encontrar la felicidad y la salud, tener éxito y
alcanzar la vida eterna, así que la animaba a que leyera la Biblia y las escri­
turas de Armstrong. Regina no creyó su charla promocional y le escribió
diciéndole que Armstrong y su Iglesia le estaban contando una historieta
de palabrería para captarle a través del alarmismo. Una vida positiva y
tolerante era la mejor, dijo; llámalo religión si quieres. Después de eso,
acordaron no discutir sobre sus puntos de vista religiosos. N i la madre ni
el hijo estaban dispuestos a intentar convertir al otro.
Bobby intentaba vivir y practicar sus creencias; de verdad sentía que
había vuelto a nacer, y aplicaba la misma disciplina y respeto por la Biblia
que la que había tenido por el ajedrez toda su vida. Empezó a hacer do­
naciones a buenas causas; no tenía relaciones sexuales porque no estaba
casado; despreciaba la blasfemia y la pornografía; e intentaba seguir los
Diez Mandamientos en cada detalle. “Si alguien trataba de guiarse por
la ley escrita, ése era yo”, dijo más tarde en una entrevista publicada por
Ambassador Report.
Pero con el tiempo sus compromisos religiosos empezaron a hacerle
polvo. No podía pasar diez o doce horas diarias estudiando ajedrez y entre
seis y ocho haciendo lo propio con la Biblia; y el constante afloramien­
to de pensamientos impuros y otros pecados menores le atormentaban.
“Cuanto más lo intentaba [ser obediente], más loco me volvía”, señaló.
“Casi se me va la cabeza —como si estuviera colocado—”. Sin renunciar a
Armstrong, se dio cuenta de que Caissa (diosa del ajedrez) tenía más sig­
nificado para él que la Iglesia Universal de Dios. ¡Concentración, concen-
Frank Brady * 2 6 7

tración, concentración! El ajedrez tenía que volver a ser lo primordial de


nuevo; tenía que ser su prioridad o si no, su sueño de ganar el campeonato
*mundial sería solamente eso: un sueño.

Enerode1962
Bobby estaba pasando dos meses de invierno en Suecia, y había descu­
bierto que el tiempo era menos frío de lo que pensaba. Las temperaturas
se situaban en torno a los diez grados Celsius. Sin embargo, no estaba en
Estocolmo para caminar por las calles empedradas del casco antiguo o a
través de los túneles subterráneos, o para embarcarse en un crucero por
el mar Báltico. Estaba allí, una vez más, para intentar convertirse en el
jugador al que el todo el mundo del ajedrez tendría que rendir homenaje.
Aparte de los elogios que recibiría el ganador del torneo de Estocolmo, el
verdadero premio para Bobby era calificarse para el torneo de Candida­
tos que, a su vez, le ofrecería una posibilidad de jugar en el campeonato
mundial.
Chess Life, en su portada, concluía los resultados de Estocolmo de la
siguiente<
cart>manera:
=

Lo que Bobby consiguió al no ser vencido ni en Bled ni en Estocolmo


fue el equivalente ajedrecístico a no anotar ningún hit en dos ocasiones
seguidas en la Serie Mundial de béisbol. La mayoría pensarían que es una
proeza imposible, Falta menos de una semana para su decimonoveno
cumpleaños, y Bobby Fischer acaba de demostrar que es uno de los juga­
dores de ajedrez más extraordinarios del mundo. Pero no era el momento
de regocijarse o jactarse, ni siquiera de relajarse. El objetivo de Bobby era
el campeonato mundial, y la siguiente parada hacia él estaba cerca.
168 • ENDGAME

Los aspectos económicos del ajedrez le obligaban a tener cierta


humildad de todos modos. Antes de que Bobby saliera de Suecia, recibió
un pequeño sobre blanco que contenía sus ganancias por el gran logro que
acababa de conseguir. El sobre contenía el equivalente monetario a 750 $
en coronas suecas. Bobby solamente pudo agitar su cabeza con tristeza.
Apenas tenía seis semanas por delante para prepararse para el torneo
de Candidatos, que se iba a celebrar en la isla de Curazao, a unos sesenta
kilómetros de la costa de Venezuela. El ganador del torneo de Curazao
ganaría el derecho a jugar contra el campeón mundial actual, Mikhail
Botvinnik, en el siguiente encuentro por el título mundial.
Cuando volvió a su apartamento en Brooklyn, Bobby continuó con
la que se había convertido en su rutina: eliminación de los compromisos
sociales, largos períodos de estudio en solitario, análisis de partidas y
búsqueda de innovaciones para sus aperturas. Clasificaba las líneas que
estudiaba por importancia, y siempre eliminaba las continuaciones que
no eran tan perfectas y buscaba lo que él llamaba “movimiento verdadero”,
que no podía ser refutado. Un diálogo socrático que bramaba en su
interior: “¿Cómo de poco frecuente era la posición resultante si seguía esa
línea en particular? ¿Se sentiría perdido su rival? ¿Se sentiría él (Bobby)
cómodo jugándola? ¿Cómo le castigaría si tenía que continuar jugando la
variante hasta el final del juego?”

*
Frank Brady • 169

— ¡Para!
— ¡Para!
Mientras tanto, Bisguier seguía de pie, y con su lenguaje corporal y
algunas palabras de intento de conciliación, trató de calmar las cosas.
— ¡Sal de mi habitación! —ordenó Bobby.
—No, ¡vete tú! —respondió Benko de manera poco lógica.
No está claro quién golpeó primero, pero como Bobby estaba sentado,
tenía desventaja. Ambos grandes maestros intercambiaron golpes y
bofetadas. Bisguier intervino y los separó. Benko se llevó la “mejor”
parte, y años después confesaría: “Siento haber golpeado a Bobby. Estaba
enfermo ya entonces”. En toda la historia del ajedrez, era la primera pelea
a golpes de la que hay constancia entre dos grandes maestros, ambos
posibles campeones del mundo.
El día posterior a la pelea, Bobby escribió una carta al comité del
torneo en la que pedía que expulsaran a Benko. El comité decidió no hacer
nada al respecto.
Previamente a mayo y junio de 1962 parecía que Bobby ganaba fuerza
en cada campeonato. “Fischer crece de un torneo a otro”, había dicho
Mikhail Tal. Había superado su gran logro de Bled en 1961 con un triunfo
aún más deslumbrante en Estocolmo. Había vencido al menos una vez
a los cinco grandes maestros soviéticos con los que iba a encontrarse en
Curazao, y estaba llegando a la cima de sus facultades mucho antes de lo
que cualquiera (excepto él) hubiera imaginado.
Se demostró que las predicciones de los expertos habían sido total­
mente equivocadas cuando llegaron las primeras noticias desde Curazao
ese mayo. Fischer y Tal habían perdido en la primera y la segunda ronda,
y en seguida Bobby se quedó rezagado en la cuarta posición. Después de
todo, comentó Eliot Hearst en Chess Life, el torneo de Candidatos había
proporcionado “una serie de sorpresas desde las primeras rondas proba­
blemente únicas en la historia del ajedrez”.
Algunos especularon que Bobby había pasado demasiado tiempo libre
en salas de juego, pero Bisguier dijo que todo lo que Bobby había hecho
era dar una vuelta de vez en cuando por el casino por las noches y jugar
a las máquinas tragamonedas —las llamadas tragaperras— hasta que se
aburría. No veía la televisión ni iba al cine porque decía que esas activi­
dades eran dañinas para sus ojos y no quería que perjudicara a su juego.
Asistió a un partido de boxeo una noche y fue a un club nocturno local
varias veces, pero no le interesaban.
170 • ENDGAME

Henry Stockhold, jugador de ajedrez que cubría el encuentro para


Associated Press, le llevó a un burdel una noche y se quedó esperándole.
Cuando salió una hora más tarde, Stockhold le preguntó si se lo había
pasado bien, y el comentario de Bobby, que repitió en otras ocasiones, ha
sido citado frecuentemente: “El ajedrez es mejor”.
Tigran Petrosian ganó el torneo de Candidatos de 1962 con 17 1/2pun­
tos conseguidos en ocho victorias, diecinueve empates y ninguna derrota.
Los soviéticos Efim Geller y Paul Keres empataron en segunda posición,
medio punto por debajo, y el cuarto lugar de Bobby estaba a tres puntos de
los tres líderes y medio punto por delate de Korchnoi.
Bobby quería que el mundo supiera lo que pasó en realidad en Curazao.
Escribió: “Hubo una confabulación declarada entre los jugadores rusos
[soviéticos]. Acordaron previamente empatar las partidas que jugaran
entre ellos... Se consultaban durante las partidas. Si yo jugaba contra
un rival ruso [soviético], los demás rusos observaban mis partidas y
comentaban mis movimientos en mi presencia”.
Korchnoi, en su autobiografía El ajedrez es mi vida, respaldó las acusa­
ciones de Bobby: “Petrosian lo organizó todo. Acordó con su amigo Geller
empatar todas sus partidas juntos. También convencieron a Keres para
que se uniera a su alianza. Esto les proporcionó una gran ventaja respecto
a los demás participantes”.
Cuando le preguntaron por qué Fischer no había ganado, Pal Benjo,
todavía dolido por su pelea con él, respondió: “Simplemente no era el m e­
jor jugador”.
La imagen que Bobby tenía de sí mismo se hizo añicos como resultado
de la competición en Curazao. Su sueño —su obsesión— de convertirse
en el campeón mundial más joven de la historia se le escapaba. Le parecía
inevitable que ganara el título, pero eso no era suficiente. Su ascendencia
en el protagonismo internacional del ajedrez a una edad tan joven había
provocado que estuviera seguro de que se convertiría en campeón, pero
los rusos —a través de lo que él consideraba que eran artimañas— habían
demostrado que podían frenarle, y eso tanto le encolerizaba como le
entristecía.
En ese momento se dio cuenta de que no había nada en su destino que
fuera inevitable, y aun así no se iría discretamente a la parte olvidada del
ajedrez. Despreciaba a los soviéticos por lo que le habían hecho. Estaba
convencido de que le habían robado el campeonato, e insistía en que el
mundo se enteraría.
***
Sports Illustrated publicó en su ejemplar del 20 de agosto de 1962 el
j 'accuse de Bobby: “Los rusos han amañado el ajedrez mundial”. El artículo
se reeditó en alemán, holandés, español, sueco, islandés, e incluso los
periodistas ajedrecísticos rusos lo mencionaron. Bobby anunció que
no participaría más en el torneo de Candidatos porque el sistema FIDE
impedía que cualquier jugador que no fuera soviético ganara. Escribió: “El
sistema establecido por la Fédération Internationale des Échecs garantiza
que el campeón mundial siempre sea ruso. Los rusos lo han organizado
así”. En Portorož, había confirmado que había ganado fuerza suficiente
para vencer a todos los grandes maestros soviéticos que compitieron
contra él por el titulo. Consideraba que la manipulación rusa de los
torneos se había convertido en algo muchísimo más abierto o aparente,
presumiblemente en respuesta a su amenaza de dominio.
Los espectadores del ajedrez estaban de acuerdo en que era posible
que los soviéticos hubieran confabulado de alguna manera en Curazao.
Y aun con todo, Bobby no había mencionado que ni él ni ninguna otra
persona había probado alguna amenaza a los tres líderes rusos durante
este torneo, así que la pregunta sobre el motivo por el que los rusos
habrían confabulado tan flagrantemente como Bobby sostenía seguía
sin respuesta. Los profesores de economía C. Moul y John V. C. Nye
escribieron un análisis académico, ¿Por qué confabulan los soviéticos?
Análisis estadístico del ajedrez en campeonatos, 1940-64, que estudiaba
cientos de resultados de torneos de jugadores soviéticos y no soviéticos,
y concluía que había un 75 por ciento de probabilidad, en general, de que
los soviéticos sí que confabularan. Sin embargo, los autores señalaban que
“Fischer no era un favorito lo suficientemente fuerte para ser perjudicado
gravemente por la confabulación de los empates en el sonado torneo de
Candidatos de 1962 en Curazao.
Aparte de Curazao, el verdadero motivo por el que los soviéticos siem­
pre estaban entre los finalistas de los torneos era, desde luego, que estaban
sobrerrepresentados en el ámbito de los jugadores, debido a la popularidad
del juego en su país de origen y el nivel de apoyo gubernamental. La Unión
Soviética tenía más jugadores de primer nivel que cualesquiera otros tres
países juntos. Siempre que existiera ese equilibrio —y con la magnífica
cantera soviética continuó reforzándose—, dos o tres rusos siempre supe­
rarían el Interzonal para entrar en el torneo de Candidatos, con uno o dos
más clasificados como cabezas de serie. Esto daba lugar a la posibilidad de
que los rusos formaran un equipo si así lo decidían, y generaba acusacio­
nes como la de Bobby de que ningún occidental podía tener esperanzas de
ganar el título mundial de acuerdo con el sistema FIDE existente.
172 • ENDGAME

Quizás debido al artículo intransigente de Fischer en Sports Illustrated,


a los soviéticos y el resto del mundo del ajedrez les sorprendió la acepta­
ción de un nuevo dictamen de la FIDE: se instauraba una reforma radical
del torneo de Candidatos. A partir de ese momento, el sistema antiguo
se remplazaría por una serie de encuentros individuales, de diez a doce
rondas cada uno, entre ocho participantes, en los que se iría eliminando al
perdedor de cada uno de ellos.
La pregunta de si Bobby Fischer abandonaría de verdad el ciclo del
campeonato mundial y nunca cumpliría su sueño seguía sin respuesta.
Algunos se preguntaban: ¿Abandonará también el ajedrez por completo?
La respuesta llegó en seguida.
Elenfrentam
ient8odelasleyendas
BORDO
A DEL transatlántico New Amsterdam, Bobby Fischer, de
diecinueve años, no llevaba esmoquin para cenar en el salón de
primera clase, pero se había vestido de la forma más conserva­
dora que había podido, con un traje azul de sarga, una camisa blanca y
corbata oscura. Sin tener en cuenta que él nunca había seguido las ten­
dencias de moda, se quedó paralizado, como si fuera de algún modo un
nuevo rico mojigato, al ver aparecer en el comedor a algunos pasajeros con
pantalones y deportivas.
Durante el viaje de nueve días desde Nueva York a Róterdam, en sep­
tiembre de 1962, dormía todo lo que pudo, jugaba algunas partidas y se
sentaba en la cubierta de paseo para tomar el aire fresco del mar. El viaje
había sido pagado con la remuneración por participar de 5.000 $ que iba a
recibir por competir por Estados Unidos en la Olimpiada de Varna, Bulga­
ria. Tenía tres motivos para ir en barco, en lugar de en avión, por el Atlán­
tico: quería ver y experimentar cómo viajaban los aristócratas, necesitaba
descansar y estar solo, y además estaba empezando a temer —de una for­
ma que muchos considerarían paranoica— que los soviéticos sabotearan
el avión en el que él viajara para proteger su honor ajedrecístico nacional y
deshacerse de él porque representaba una amenaza a su hegemonía.
La diatriba de Bobby sobre el engaño de los soviéticos fue discutida en
todo el mundo, y la jerarquía del ajedrez en Rusia estaba indignada. Como
consecuencia, consideraba que los soviéticos estarían lo suficientemente
furiosos, como él dijo, como para asesinarle “toqueteando el motor de un
avión”.
174 • ENDGAME

Sin embargo, la expectativa de jugar contra el campeón mundial,


Mikhail Botvinnik, por primera vez era excitante y la merecía la pena la
molestia de participar en lo que se rumoreaba que era un lugar de tor
neo poco ejemplar —un lugar turístico en el mar Negro llamado Golden
Sands.
Mikhail Moisevich Botvinnik de Leningradotenía cincuenta y un años,
y se podría mantener que era uno de los mejores jugadores de todos los
tiempos. Había ganado tres veces el campeonato mundial, había vencido
a Alexander Alekhine, José Capablanca, Max Euwe y Emanuel Lasker,
entre otros jugadores célebres, y era una leyenda viva. De manera irónica,
a pesar de su merecida reputación, se sentía inquieto por jugar contra
Bobby Fischer por primera vez. Naturalmente, el ruso había oído hablar
sobre la partida del siglo de Bobby, su actuación casi perfecta en Bled y
su asombrosa actuación en Estocolmo. Pero existía otro factor que tenía
a Botvinnik con el alma en vilo: consideraba que Bobby era enemigo del
estado soviético debido a las acusaciones que había vertido después de
Curazao.
Lo que surgió fue una Guerra Fría reducida, que se jugaba en sesenta
y cuatro escaques.
Fischer y Botvinnik habían coincidido en una ocasión —pero no para
jugar— en la Olimpiada de Leipzig en 1960 y, cuando les presentaron,
Bobby le dio su mano y dijo de manera sucinta: “Fischer”. No hubo más
palabras de saludo entre ellos. Aunque hablaba un inglés aceptable,
Botvinnik no era conocido por su cordialidad.
Botvinnik suponía que algún día Bobby sería su contrincante, o el de
otra persona, en el campeonato mundial —y quizás incluso obtuviera d
título—, pero aunque eso no ocurriera, el mundo entero estudiaría y ana­
lizaría su partida contra Fischer en esta Olimpiada tal vez durante cientos
de años. Teniendo en cuenta el bochorno que pasaría si perdía, Botvinnik
sugirió a los organizadores que la partida se jugara en una sala privada:
así al menos no tendría que estar frente a los espectadores y el resto de
jugadores en el momento de su posible derrota. Pero no había ninguna
sala disponible, y de todos modos los organizadores querían que la partida
fuera pública por la publicidad que generaría. De las miles de partidas que
se jugaban en esta Olimpiada, la de Fischer y Botvinnik prometía ser el
acto central del torneo, y los organizadores no querían quitar la emoción
a los seguidores del ajedrez. Botvinnik, que llevaba gafas de montura de
acero y un traje gris, mostraba un comportamiento serio y formal. Tenía
cerrada tanto su camisa abotonada como su boca, y proyectaba la imagen
de un científico —que, además de ser un gran maestro, era exactamente
Frank Brady • J7 5

lo que él era. Sabía que era un representante clave de la Unión Soviética, y


elegía sus palabras como si cada una de sus conversaciones fuera a termi­
nar siendo parte de una transcripción judicial en algún lugar. Su discípulo,
Anatoly Karpov, dijo de él que tenía una “inaccesibilidad olímpica”.
Bobby ya había jugado quince partidas durante cuatro semanas en la
Olimpiada cuándo se sentó a jugar contra Botvinnik, así que mucho antes
de su encuentro ya se había quitado el óxido de encima. Cuando se encon­
traron frente al tablero, se dieron la mano, y luego se golpearon ligeramen­
te la cabeza cuando se iban a sentar. “Lo siento”, dijo Bobby, pronunciando
así la segunda palabra que dirigía a Botvinnik, de nuevo sin respuesta.
Cuando la partida quedó aplazada, parecía que la posición de Fischer
era claramente superior.
Fischer cenó solo esa noche, echó un vistazo breve a la partida,
estaba seguro de que la ganaría, y se fue a dormir pronto. Al contrario
que los soviéticos. Mikhail Tal, Boris Spassky, Paul Keres, Efim Geller, el
entrenador del equipo Semyon Furman y Botvinnik estuvieron trabajando
en la posición hasta las cinco y media de la siguiente mañana. También
llamaron a Moscú y hablaron con Yuri Averbach
—una autoridad en los finales de juego— y le pidieron opinión. Geller
sugirió que, aunque Fischer iba sustancialmente por delante, existía una
forma ingeniosa de que la partida quedara en tablas.
La siguiente mañana en el desayuno, alguien se aceró a Botvinnik y le
preguntó que pensaba sobre la posición. Respondió una sola palabra en
ruso: Nichia. Tablas.
Cuando continuó la partida, Botvinnik estaba en mangas de camisa,
una imagen tan poco usual para él que el resto de jugadores se dieron
cuenta de que estaba preocupado y preparado para un trabajo crítico.
Mientras tanto, Bobby no era consciente de que iba a jugar contra el
análisis de al menos siete grandes maestros soviéticos, no sólo contra el
ingenio de su rival. Lentamente, vio cómo Botvinnik se levantaba, y su
cara empalideció. Botvinnik, quien rara vez se levantaba del tablero hasta
que la partida terminaba, estaba tan eufórico por haber cambiado el curso
de la partida que no podía continuar sentado. Se puso de pie, caminó hasta
donde se encontraba el capitán del equipo soviético, Lev Abramov, y de
nuevo susurró: Nichia. Bobby, que todavía recordaba la discusión que
había tenido con Abramov en Moscú en 1958 —no habían hablado desde
entonces— se quejó de inmediato al árbitro. “Mira”, dijo. “¡Botvinnik está
recibiendo ayuda!”.
Aunque Abramov tenía mucho menos talento que Botvinnik, era un
176 • ENDGAME

maestro internacional y puede que, en ese momento, estuviera transmi­


tiendo información a Botvinnik del resto de grandes maestros soviéticos.
Al menos eso es lo que Bobby creía. Sin embargo, no se realizó ninguna
protesta oficial ante el comité del torneo porque los propios compañeros
de equipo de Bobby creían que estaba siendo extremado y obcecado.
Al final, Bobby no pudo dar un portazo en esta partida que debería
haber ganado. Levantó la vista hacia Botvinnik y dijo la tercera palabra
que le dirigía: Tablas. Botvinnik simplemente le ofreció la mano. Tiempo
después, recordaba que Bobby, con su cara pálida, le dio la mano y salió
de la sala del torneo llorando. El equipo de Estados Unidos acabó con un
decepcionante cuarto lugar, en su mayor parte a causa de los resultados
decepcionantes de Bobby. Enigmáticamente, el chico de diecinueve años
escribió una carta de disculpa al Dr. Eliot Hearst, capitán del equipo de
Estados Unidos, en la que decía que había estado muy estresado por
motivos que no estaban relacionados con la Olimpiada ni el ajedrez.
Abordo del New Amsterdam de nuevo, de vuelta a Nueva York, Bobby
escribió una nota a su amigo Bernard Zuckerman en la que le explicaba
cómo se sentía por su empate con Botvinnik. El mensaje fue cablegrafiado
a Brooklyn. Bobby sentía que había incurrido en un cheapo —que había
sido engañado por una de las estratagemas de sus rivales y había realizado
un mal movimiento— y que antes de que cometiera este error, Botvinnik,
debido a la posición superior de Bobby, estaba tan alterado que parecía
que iba a sufrir un colapso.
En una estimación llena de frustración, Bobby escribió también que
Botvinnik, el respetado y antiguo campeón mundial, nunca había sido
un buen jugador; nunca había sido el “primero entre sus iguales”, como
Botvinnik se había descrito a sí mismo en una ocasión. En lugar de eso,
Bobby afirmaba que la superioridad de Botvinnik se atribuía al ámbito de
la política. Sugería que Botvinnik debería haber sido capaz de convertirse
en primer ministro de la Unión Soviética por su habilidad [política] fuera
del tablero de ajedrez.
Curazao fue un punto de inflexión para Bobby en su promesa de no
volver a jugar en el ciclo del campeonato mundial. El encuentro de Varna,
con la ayuda de los compañeros de equipo de Botvinnik hacer que alcan­
zara el empate, también fue un momento decisivo. Dos años antes, Bobby
había aceptado una invitación para jugar en otro torneo internacional. Los
rusos afirmaban que su rechazo a la escena mundial era debido a su miedo
patológico a la “mano de Moscú”. Pero cuando volvió a Brooklyn, Bobby
dijo que no quería mezclarse más con esos “rojos tramposos”, como les
llamaba.
Más adelante —poco más de un año * después, en diciembre de 1963—,
llegó el campeonato de Estados Unidos 1963-64, celebrado en el modesto
hotel Henry Hudson en Nueva York. Los adversarios de Bobby se sentían
como si ellos fueran bolos y él hiciera un pleno —fueron derribados
partida tras partida— sin rastro de empates. El público tenía la sensación
de que iba a ocurrir algo poco habitual. Y así fue.
Bobby venció al campeón poderoso Arthur Bisguier y al envejecido
Samuel Reshevsky, y comenzó la especulación por el gran salón del
hotel: ¿Era posible que Bobby pudiera arrasar y consiguiera una victoria
contra todos sus oponentes sin ningún empate? El público aumentaba
en cada ronda conforme la noticia de la actuación increíble de Fischer se
propagaba por la comunidad ajedrecística.
La tensión, siempre elevada en un torneo importante, crecía vertigino­
samente. El ritmo impecable y el juego aparentemente infalible de Bobby
estaban creando una desventaja psicológica en los jugadores a los que ya
se había enfrentado. Derrotó a todos los jugadores. Era 30 de diciembre de
1963, y Bobby había jugado todas las partidas del campeonato menos una,
sin perder ni empatar ninguna de ellas. Sólo le quedaba una.
Los combatientes descansaron el día de Año Nuevo y volvieron al
torneo el 2 de enero. La puntuación de Bobby ya le hacía vencedor, pero
no se sabía necesariamente cómo terminaría el torneo. Su partida final era
contra Anthony Saidy, un amigo. Saidy tenía unos veinticinco años, seis
años mayor que Fischer, era doctor en Cuerpo de Paz, y le habían dado
permiso para jugar en el campeonato. Había jugado muy bien, y esta ronda
le daba la oportunidad de conseguir el segundo lugar. Además, podía ser
el “expoliador”: la persona que echaría por tierra la posibilidad de que
Fischer consiguiera una puntuación perfecta en el campeonato. Si eso
ocurría, aparecería en los libros de la historia del ajedrez. Y es posible que
Saidy “triunfara”, sobre todo porque tenía la ventaja de las piezas blancas.
En ese momento había cientos de espectadores en el hotel que obser­
vaban tensamente el tablero de la gran exhibición. La mayoría de ellos
apoyaban claramente, pero de forma muy discreta, a Bobby en parte por­
que su victoria ese día provocaría que arrasara ganando todas las partidas.
Pero a medida que avanzó el juego, la victoria parecía poco probable. La
posición de Saidy era fuerte, y la de Bobby, precaria. El límite de tiempo
de dos horas y media concluyó, y todavía no había ganador. Era el turno
de Saidy. El joven doctor reflexionó durante unos cuarenta minutos, anotó
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el movimiento que tenía intención de hacer en su hoja de anotación, la


178 • ENDGAME

metió en un sobre como indican las normas, y se la entregó al director del


torneo. La partida se aplazó hasta el día siguiente. Todos salieron del gran
salón del hotel con la suposición de que cuando la partida continuara sería
tablas, en el mejor de los casos. No fue así. Saidy tardó unos treinta minu­
tos en darse cuenta de que había introducido en el sobre un grave error. Al
día siguiente, cuando el director abrió el sobre y se realizó el movimiento
en el tablero, Bobby se dio cuenta inmediatamente de que Saidy no había
hecho una elección inteligente. Levantó la mirada hacia Saidy, y una ligera
sonrisa apareció en su cara. El error de Saidy le daba a Fischer la posibi­
lidad de llevar a cabo un final de juego ganador, y media hora después de
continuar la partida aplazada, Saidy se vio obligado a abandonar.
La increíble puntuación final fue recogida por los servicios cablegra­
if c os y enviada a radios, periódicos y televisiones de todo el mundo: once
partidas en el campeonato, once victorias. A este nivel de competición, es
poco probable que una racha así, independientemente de lo experto que
sea el jugador en cuestión. El primer premio de Fischer por sus dos sema­
nas de agudeza y brillantez fueron solamente 2.000 $.
Los medios de comunicación no relacionados con el ajedrez prestaron
más atención al torneo que de costumbre, aunque nunca estaba seguros
de si era un deporte o un arte. Life y Saturday EveningPost entrevistaron a
Bobby. Sports Illustrated titulaba su noticia: LA INCREÍBLE RACHA DE
VICTORIAS DE BOBBY FISCHER. Las publicaciones ajedrecísticas de
todo el mundo escribieron sobre el logro sin precedentes. Solamente Bent
Larsen, que siempre había sido detractor de Fischer, estaba poco impre­
sionado: “Fischer jugó contra niños”, dijo.
¿Reshevsky era un niño? ¿Robert Byrne? ¿Larry Evans? ¿Pal Benko?

***
El 9 de marzo de 1964, Bobby Fischer cumplió veintiuno. Su
cumpleaños le regaló algo común para muchos jóvenes estadounidenses
en aquella época de escalada militar: la participación en el servicio militar.
El presidente John F. Kennedy había sido asesinado el noviembre anterior,
y su sucesor, Lyndon Baines Johnson, había intensificado la guerra en
Vietnam. Realizar el servicio militar por aquel entonces significaba que
había muchas posibilidades de servir en el sudeste asiático.
Como candidato “1-A”, se había programado que le realizaran
el reconocimiento físico en la oficina de reclutamiento del ejército
estadounidense de Whitehall Street en la ciudad de Nueva York. Si le
seleccionaban, pasaría los siguientes dos años en el ejército. Fischer era
Frank Brady • J 79

patriota en aquella época, pero su centro de atención era el ajedrez, y la


comunidad ajedrecística contaba con él para que jugara en el Interzonal
de Ámsterdam. La verdad es que había dicho que nunca más jugaría en
el ciclo FIDE porque estaba posicionado a favor de los soviéticos. ¿Pero
volvería de algún modo a la senda del campeonato? El mundo lo quería,
y en el fondo Bobby también, pero había dicho que no cambiaría de
opinión. Sin embargo, varias personas empezaron a investigar si habría
algún modo de conseguirle una prórroga hasta después del Interzonal...
por si acaso jugaba.
En nombre de Bobby, un representante de la Federación de Ajedrez
de Estados Unidos se puso en contacto con el general George B. Hershey,
director del departamento de Servicio Selectivo. Hershey explicó que “una
prórroga temporal, en casi todas las áreas, normalmente es un asunto
sencillo de rechazar por una junta de reclutamiento, pero al final es posible
que Fischer la consiguiera”.
Había disponible una prórroga un poco más larga y totalmente legal
para los estudiantes universitarios. Bobby había dejado el instituto, pero la
Nueva Escuela de Investigación Social, universidad progresista de Nueva
York, estaba dispuesta a aceptar sus extraordinarios logros ajedrecísticos
en lugar de los trabajos de clase tradicionales. Alfred Landa, entonces
ayudante del presidente, dijo que no solamente habrían permitido
matricularse a Fischer en la universidad, sino que le hubieran otorgado
una beca completa. Bobby pensó largo y tendido sobre la oferta. Una tarde
se puso en camino hacia la Nueva Escuela para entregar su solicitud, pero
se detuvo. Su experiencia con las escuelas había sido desagradable, y tal
vez le hizo tener un presentimiento. Sin dar ninguna explicación, se negó
a entrar al edificio de la escuela, y rechazó la solicitud de una prórroga
como estudiante.
Volvieron a programar su reconocimiento físico, así que se dirigió a
la oficina de reclutamiento solo. Después, se anunció que Bobby había
sido rechazado por razones que nunca se hicieron públicas. Bobby Fischer
fue clasificado como 4F —clasificación militar que indica que tenía una o
más condiciones médicas que le inhabilitaban totalmente para servir en el
ejército. Parecía estar bien físicamente.
Sea cual fuere el motivo, Bobby Fischer nunca realizó el servicio
militar.
***
Se sentó confinado en una pequeña sala decorada con paneles de
madera del club de ajedrez Marshall, solamente con un tablero de ajedrez

■I
180 • ENDGAME

y un árbitro. No había ningún jugador frente a él. Después de decidir su


movimiento, lo anotó en su hoja de anotación, que fue entregada por el
árbitro a un “mensajero”, quien la llevó rápidamente a una sala cercana en
la que se había instalado un teletipo. Bobby esperó, todavía solo, mientras
el movimiento era transmitido a La Habana, Cuba, donde su rival estaba
sentado frente a su propio tablero. Cuando el adversario realizó su
movimiento de respuesta se transmitió por cable desde La Habana hasta el
Marshall, el operario del teletipo lo entregó al mensajero, y el movimiento
se llevó hasta la sala silenciosa donde Bobby esperaba tensamente.
Era 1965, y Bobby había aceptado una invitación para jugar en el torneo
de homenaje a Capablanca en La Habana. Era justo el tipo de torneo que
estaba buscando para su regreso a la competición internacional. Habría
treinta grandes maestros y ocho maestros internacionales; no era un
terreno tan fuerte como el último torneo internacional de Bobby, pero
era increíblemente potente. La remuneración por participar de 3.000 $
determinó su decisión. Bobby volvía.
Pero no del todo bien. Las relaciones diplomáticas entre Estados
Unidos y Cuba todavía eran muy tirantes. El Departamento de Estado
había empezado a permitir que los periodistas accedieran a Cuba, aunque
denegaban la entrada a los ciudadanos normales. Fischer solicitó un visado,
ya que era colaborador habitual del Chess Life y había acordado realizar un
artículo sobre el torneo para el Saturday Review, el cual enviaría una carta
al Departamento de Estado de Estados Unidos —al igual que lo hizo la
Federación de Ajedrez de Estados Unidos— para confirmar la legitimidad
de su viaje y solicitar el permiso para que fuera a Cuba. No había ninguna
duda de que su motivación principal para viajar era jugar en el torneo,
pero también tenía la intención de escribir sobre ello. Sin embargo, el
Departamento de Estado rechazó rotundamente su reconocimiento como
columnista legítimo, y por tanto le denegó la posibilidad de viajar a La
Habana.
Lo que nadie sabía era que el FBI estaba investigando a Bobby, y así
había sido durante años. Es posible que su interés por él fuera provocado
por la creencia de que su madre era comunista, debido en parte a que
había pasado seis años en Moscú mientras asistía a la escuela de medicina.
Habían estado investigando a Regina desde que Bobby era un niño.
Cuando Bobby fue a Moscú en 1958, cuando tenía quince años, el FBI
supuso que Regina lo había enviado para que le adoctrinaran.
Obviamente, al departamento le resultaba complicado creer que
alguien viajara tanto simplemente con la finalidad de jugar al ajedrez,
especialmente a países cuya entrada estaba limitada por motivos políticos.
Frank Brady •1 8 1

Una nota en el expediente del FBI de Bobby declara que su pasaporte no


era “válido para viajar a Albania, Cuba y aquellas partes de China, Corea
y Vietnam que se encontraban bajo control comunista”, y contiene un
mem orándum de 1965 de la oficina del coordinador de asuntos cubanos
que advierte que “los criterios para viajar a Cuba no prevén su validación
con la finalidad de participar en competiciones de ajedrez”.
Fuera objetivo del FBI o no, Bobby estaba preparado para jugar en el
torneo, y no podían rechazarle. Los representantes de la Federación de
Ajedrez de Estados Unidos le quisieron ayudar, y se les ocurrió una idea
muy poco convencional: Bobby se quedaría en Nueva York y jugaría en el
torneo desde una sala del club de ajedrez Marshall. En 1965, no existían
Los teléfonos móviles ni, por supuesto, Internet. Pero Fischer podría jugar
en el torneo a través de un teletipo. Los representantes ajedrecísticos cu­
banos estaban encantados, y se ofrecieron a pagar unos 10.000 $ por los
gastos requeridos para la línea telefónica abierta y el teletipo. En cuanto al
resto de participantes del torneo, todos aceptaron, algunos a regañadien­
tes, el novedoso acuerdo. Che Guevara, buen jugador de ajedrez, era la
fuerza principal tras la organización del torneo.
Fidel Castro intervino y dijo que la situación era una “gran propaganda
de victoria para Cuba”. Apareció en los titulares. Bobby, furioso, cable­
grafió a Castro y le amenazó con retirarse del torneo si no prometía que
dejaría de utilizarle como estratagema
s>
new
< política. Bobby continuó:
=
SÓLO FORMARÉ PARTE DEL TORNEO EN CASO DE
QUE ME ENVÍE DE INMEDIATO UN TELEGRAMA EN
EL QUE DECLARE QUE NI USTED NI SU GOBIERNO
INTENTARÁN SACAR PROVECHO POLÍTICO DE MI
PARTICIPACIÓN EN EL TORNEO, Y QUE NO REALI­
ZARÁN COMENTARIOS POLÍTICOS EN ESE SENTIDO
EN EL FUTURO.
_ BOBBY FISCHER

_FIDEL CASTRO
182 • ENDGAME

Tras recibir las noticias de Castro, Bobby confirmó su participación en


el torneo sin más discusión. Quería jugar al ajedrez, no ser cómplice del
sensacionalismo.
Sin embargo, el acuerdo fue extraño para Bobby sin duda alguna. Para
evitar cualquier mínima trampa, tenía que estar aislado de todos, excepto
del árbitro. Era una experiencia estéril y desprovista de retroalimentación,
sin oportunidad ninguna de leer el lenguaje corporal de su rival. Cuando
Bobby se sentó con el árbitro, no dijeron una sola palabra. Las tardes se
acercaban lentamente hacia el anochecer de verano. De vez en cuando,
mientras esperaba a que llegara el movimiento de su rival desde La Habana,
Bobby echaba un vistazo al jardín del club. Había un busto de Philidor,
jugador de ajedrez y compositor francés del siglo XVIII considerado
mejor jugador de su época, encima de una estantería de juegos de ajedrez,
casi como si él estuviera en la partida. Solamente se escuchaba el tictac del
reloj de ajedrez.
Una partida de cuatro horas normalmente se había transformado en
un asunto de ocho o nueve horas debido al teletipo. Algunas partidas se
alargaron doce horas. El torneo se convirtió en una prueba de resistencia.
Bobby estaba agotado. Sus rivales tenían el mismo problema, pero ellos
solamente tenía que someterse al proceso una vez: cuando jugaban con­
tra Fischer. Bobby tenía que jugar esta extraña y aislada forma de ajedrez
en todas y cada una de las partidas. En la mitad del torneo, alguien le
preguntó cómo le iba a ir, y él contestó: “Es cuestión de cuándo me voy a
desmoronar”.
Bobby ganó sus dos primeras partidas, pero a medida que el torneo
avanzaba perdió contra algunos jugadores y empató contra otros, muy por
debajo de su calibre. Aunque exhibía destellos de su brillantez, no era el
mismo Bobby Fischer que había arrasado en el campeonato de Estados
Unidos dieciocho meses antes. Aun así, empató en la segunda posición,
medio punto por debajo del ruso Vasily Smyslov, antiguo campeón del
mundo.
Si Fischer no lo hubiera hecho tan bien como lo hizo, su historia ha­
bría terminado justo ahí, de manera surrealista, en la sala silenciosa de un
club de ajedrez. La Habana fue su regreso a la luz pública, y una actuación
mediocre solamente habría aumentado la desilusión de Bobby consigo
mismo, posiblemente de forma permanente. Dos reveses en torneos inter­
nacionales habrían sido intolerables para él. Lo cierto es que para Bobby
solamente había una posición en los torneos, y era la primera. Pero tras el
período largo de inactividad internacional, y el hecho de jugar todas las
partidas en condiciones penosas, es posible que considerara que su segun­
do puesto era aceptable en cierto modo.
Bobby menospreció públicamente cómo había actuado, pero la
institución ajedrecística soviética quedó deslumbrada por cómo había
sido capaz de conseguir una posición tan alta en unas condiciones tan
arduas. Estaban convencidos de que continuaba creciendo como jugador
y que, a menos que hieran algo rápidamente, haría pedazos la hegemonía
de los soviéticos.
Preocupados por Fischer, se dirigieron al centro All-Union Scientific
Research Institute of Sports, que estudiaba la psicología de los deportes,
para acreditar al gran maestro y teórico soviético, Vladimir Alatortsev,
para que creara un laboratorio secreto (situado cerca del club de ajedrez
central de Moscú). Su misión era analizar las partidas de Fischer.
Alatortsev y un pequeño grupo formado por otros maestros y psicólogos
trabajaron sin descanso durante diez años en un intento de resolver el
misterio de la destreza de Fischer, además de analizar su personalidad y
comportamiento. Estudiaron minuciosamente sus aperturas, medio juegos
y finales, y filtraron los anáfisis confidenciales de sus descubrimientos a los
mejores jugadores soviéticos.

*
Aunque él no se diera cuenta, si Fischer hubiera aceptado la invitación
a la copa de ajedrez Piatigorsky de 1966 en Santa Mónica, California,no
habría sido en absoluto un torneo. “Debemos ir a por Bobby Fischer”, dijo
Gregor Piatigorsky a su mujer. Unos años antes, la señora Piatigorsky ha­
bía sido criticada en algunos círculos por no acceder a las peticiones de
Fischer para el torneo de 1963, lo que había provocado que no jugara. Su
solución esta vez era pagar a todos la misma cantidad (2.000 $) y, por tan­
to, salvar su prestigio y conseguir al mejor jugador estadounidense.
La historia de cómo Fischer se desvaneció en la primera mitad del
torneo, empatando en la última posición, pero terminó empatando en el
primer lugar en la penúltima ronda se ha contado en numerosas ocasiones.
Al principio de la competición, Fischer parecía Abraham Lincoln: sus
mejillas estaba hundidas y tenía unas ojeras profundas y oscuras que
indicaban que posiblemente estuviera enfermo.
A medida que las derrotas y empates de Fischer aumentaron, quedó
claro que estaba teniendo el torneo más desastroso de su carrera como
adulto, quizás incluso peor que su fiasco de Buenos Aires. Bobby estaba en
184 • ENDGAME

un precipicio existencial. Tenía que buscar de alguna manera un método


de juego mejor, comprender mejor lo que estaba haciendo mal, encontrar
las lecciones en sus fallos, o su carrera ajedrecística quedaría manchada, si
no acabada, para siempre. El hecho de tocar u ocupar brevemente la parte
inferior de la lista de resultados no da lugar al fracaso, pero quedarse ahí
sin luchar, sí.
Afortunadamente, tiró de sus reservas internas y sí que ascendió. Su
destreza y su carácter le permitieron emerger desde lo más profundo.
Volvió en la segunda mitad del torneo y terminó solamente medio
punto por debajo de Spassky. Su reacción fue un caso de estudio de
ambivalencia. Estaba contentísimo por haberse sacado del abismo en el
que estaba durante la primera mitad del torneo, pero desolado por no
haber ganado el primer premio. En la ceremonia de clausura, el señor y
la señora Piatigorsky posaron para hacerse una fotografía con Spassky a
un lado y Fischer al otro. Fischer, con una sonrisa débil, parecía un poco
avergonzado, como si dijera: “Realmente debería haber ganado este torneo
y esta vez no puedo culpar a los rusos. He sido yo solo”.
Mientras los jugadores dejaban el hotel Miramar para irse a sus respec­
tivos países o estados, Bobby se negó a marcharse. Era por todos conocido
que otros jugadores hacían lo mismo. Es como cuando un actor continúa
con su personaje y se niega a salir del camerino, o un escritor que se niega
a dejar su desván tras terminar un libro. El desafío es salir disparado de un
lugar que ha sido un hogar creativo durante muchas horas, días, semanas
o meses.
Tres semanas después de que todos se hubieran ido, Bobby estaba
aún en el Miramar, a sólo unos pasos del océano, rodeado por jardines
y palmeras, y respirando el fuerte olor del eucalipto. Nadaba, paseaba, y
después a menudo pasaba el resto del día —y buena parte de la noche—
jugando todas las partidas del torneo y torturándose por los errores que
había cometido. Al final, alguien le comentó que los Piatigorskys ya no
iban a continuar haciéndose cargo de los costes de su hotel, así que cogió
un avión de vuelta a Brooklyn a regañadientes.
Elcand
9idato
DRANTE LA DÉCADA DE 1960, Bobby Fischer continuó con
U
su carrera, a menudo brillante y a veces autosaboteadora: ganó el
internacional de Montecarlo y, con poca cortesía, se negó a posar
en una fotografía con Su Alteza Real el príncipe Rainiero, patrocinador del
torneo, y en una ceremonia pública cuando la princesa Grace le entregó su
premio monetario, él rompió bruscamente el sobre y contó el dinero antes
de darle las gracias; encabezó al equipo estadounidense en las Olimpiadas
de Cuba, donde ganó la medalla de plata por su actuación frente al tablero,
y fue más cordial con Fidel Castro, al que le regaló un ejemplar autogra
fiado de su libro Bobby Fischer Teaches Chess; y sumariamente abandonó
el Interzonal de 1967 en Túnez —aunque iba en cabeza y tenía casi ase­
gurada la primera posición— debido al rechazo de los organizadores de
aceptar sus demandas de programación. Cuando un periodista le localizó
en su hotel de Túnez, no le abrió la puerta: “¡Déjeme en paz!”, gritó, “no
tengo nada que decir”. Se dio cuenta de que, al no participar en el torneo,
estaba permitiendo de nuevo que el campeonato mundial se le escapara
de las manos, pero estaba decidido sin importarle las consecuencias: él, no
los organizadores, decidiría cuándo jugaría y cuándo no.
El logro más importante de Fischer en 1969 estuvo relacionado con
sus publicaciones. Su prometida colección de partidas, Mis 60 partidas
memorables, fue publicado por Simon & Schuster, y causó una impresión
inmediata e imborrable en el público del ajedrez. Diez años antes, el escueto
volumen Las partidas de ajedrez de Bobby Fischer fue considerado como
un destello revelador de la mente de un adolescente, pero fue criticado
por sus escasas anotaciones. En este nuevo libro, su primer —y, al final,
186 • ENDGAME

el único— trabajo serio como adulto, Fischer era cualquier cosa menos
escaso. De hecho, dio lugar a uno de los libros de ajedrez más deliciosos y
meticulosamente precisos que se habían escrito, el cual competía con los
trabajos de Tarrasch, Alekhine y Reti. Fischer, al igual que su predecesor
Morphy, el prodigio estadounidense del siglo XIX, no era especialmente
prolífico cuando se trataba de escribir sobre el ajedrez, por lo que el
público esperaba ansiosamente cada una de las palabras que publicaba.
En el libro de 1969, omitió su partida del siglo de 1956 con Donald Byrne,
y en su lugar incluyó nueve de sus empates y tres de sus derrotas —un
gesto de humildad inaudito en la historia delas bibliografías de grandes
maestros. Fischer dedicaba catorce páginas a un análisis exhaustivo de su
empate contra Botvinnik en Varna.
Al principio, Bobby iba a titular su libro Mi vida en el ajedrez, pero
cambió de opinión, posiblemente al decidir reservarlo para su autobio
grafía futura. Su plan original para el volumen era incluir solamente cin
cuenta y dos partidas, pero como seguía haciendo correcciones y también
jugando en más actos, al final añadió ocho partidas más. Le costó term i­
narlo más de tres años.
Simon & Schuster estaba en un estado de ansiedad constante por el libro,
ya que las modificaciones durante esos años parecían casi interminables,
y en un momento dado Fischer eliminó todas las anotaciones, devolvió
el libro a la editorial y solicitó la rescisión del contrato. Quizás no quería
revelar todas sus ideas a sus rivales. La compañía llegó a un acuerdo
financiero con él, y abandonaron los planes de publicación. Sin embargo,
dos años después cambió de opinión. Larry Evans, quien escribió las
introducciones a las partidas, sugirió que la decisión de Bobby de seguir
adelante fue pragmática: “Se sentía deprimido por el mundo y pensaba que
existían grandes posibilidades de que ocurriera un holocausto nuclear en
breve. Sentía que debía disfrutar de todo el dinero que pudiera conseguir
antes de que fuera demasiado tarde”.
Mis 60 partidas memorables fue un éxito de inmediato. Si Fischer no
hubiera jugado ninguna otra partida de ajedrez, su reputación, sobre todo
como analista, se habría mantenido gracias a su publicación.

*
Se retiró del ajedrez de competición a finales de 1968 y, a excepción de
una partida muy elogiada que jugó como parte de la liga metropolitana
de Nueva York en 1969, se tomó un descanso de dieciocho meses, para
consternación y curiosidad del mundo ajedrecístico. No explicó sus
Frank Brady • 187

motivos, y después le contó a un entrevistador que se había negado a jugar


debido a unos “impedimentos” indefinidos. Para otros, era citado diciendo
que había evitado la competición “para urdir mi venganza. Quería volver
y poner a todas esas personas en su lugar”, pero el lugar, el premio y la
lista de rivales tenían que ser los convenientes. Y así rechazaba oferta tras
oferta y oportunidad tras oportunidad.
De manera imprevisible, hizo una excepción: jugaría en el encuentro
“URSS vs. el resto del mundo”. El 26 de marzo de 1970, Bobby voló hasta
Belgrado y comió en el hotel Metropol con el columnista de ajedrez George
Koltanowski y Larry Evans, que estaba allí en calidad de reportero, en
lugar de jugador, y actuaría como ayudante de Fischer. Bobby, optimista
y con una amabilidad inusitada, firmó autógrafos para la mayoría de los
camareros del hotel. Una columnista de ajedrez le pidió una entrevista
después de la comida y él aceptó; ella gritó de alegría, abrazó a Bobby y le
besó en la mejilla. La aceptó con bastante calma, pero Evans comentó: “No
es sorprendente, pero si vieran a Bobby besando a la chica, ¡ahí tendrían
el reportaje!” Hasta Bobby se río. Más tarde, Bobby fue a revistar las
luces y las condiciones de juego en el interior del teatro Dom Sindikata,
en la plaza Marx-Engels. El teatro, con una enorme bóveda, era utilizado
frecuentemente para las reuniones de sindicados y había sido modificado
para el encuentro. Recibió la aprobación de Bobby.
Caminó hacia el enorme teatro, preparado para jugar su primera par­
tida, y levantó la vista. Había una fotografía suya, de tres pisos de altura,
colgada en la fachada. Miró alrededor y vio imágenes inmensas igual­
mente de los veinte grandes maestros que competirían. Estaba el siniestro
Mikhail Tal, con la mirada desconcertante; Bent Larsen, con su cabello
rubio peinado hacia atrás; Mikhail Botvinnik, quien parecía un hombre
de negocios conservador; el checoslovaco Vlastimil Hort, solamente unos
meses más joven que Fischer; el amigo de Bobby Svetozar Gligoric, el ser­
bio atractivo de bigote cuya personalidad le hacía ser uno de los jugadores
más populares; y el moreno Tigran Petrosian, con quien Bobby estaba a
punto de jugar.
Empezó con una variante inesperada en respuesta a la apertura de
Petrosian. Más tarde, reveló que había manipulado al ruso con una variante
que Fischer había estudiado años antes y con la cual había generado una
respuesta favorable. Ambos se batieron en duelo durante la primera mitad
de la partida, pero Bobby consiguió una clara ventaja después y ganó en el
movimiento trigésimo noveno. Tras terminar la primera ronda de partidas,
un jurado eligió a Bobby para recibir el premio a la mejor partida. El
público aplaudió durante tres minutos, a pesar de que los acomodadores
188 • ENDGAME

intentaban que guardaran silencio. Bobby había provocado reacciones


similares en otros torneos y encuentros; con frecuencia sus seguidores
le escribían cartas de admiración. Incluso recibió algunas propuestas de
matrimonio. Después, Bobby comentó su victoria diciendo: “Podía haber
jugado mejor”.
En la tercera ronda, la emoción en Belgrado era tan grande que los
seguidores que llenaron la capacidad de la amplia sala en menos de media
hora. Los vendedores del mercado negro dejaron sus puestos normales
enfrente de los teatros y cines, y se situaron enfrente del Dom Sindikata
para revender entradas para el encuentro, las cuales tenían una gran de­
manda. El presidente Ribicic de Yugoslavia, quien asistió a las dos prime­
ras rondas, volvió para ver la tercera.
Fischer empató la partida, después se relajó y estuvo viendo el resto. La
partida de Samuel Reshevsky contra Vasily Smyslov había sido aplazada.
Volvió al hotel Metropol, se sentó con Reshevsky para analizar la posición
y pensar estrategias posibles que podía jugar el gran maestro veterano
cuando la partida continuara. Después de diez años de rencor y compe­
tencia, ésta era la primera vez que Fischer tenía un intercambio amistoso
con su rival estadounidense (al día siguiente, Reshevsky ganó su partida).
En la cuarta y última partida de Bobby, consiguió tablas.
La Unión Soviética ganó un punto por encima del equipo del resto
del mundo: 20 1/2-19 1/2, e hicieron temblar a los rusos por su cercanía a
la derrota. “Es una catástrofe”, dijo un miembro del equipo. “En nuestro
país no lo entienden. Creen que significa que a nuestra cultura le ocurre
algo”. En los cuatro tableros principales, los soviéticos consiguieron vencer
solamente una partida de las dieciséis posibles. Bobby Fischer recibió la
mayor puntuación de su equipo, con un 3-1 contra Petrosian (dos victo­
rias y dos empates). Como ganador del segundo tablero, también ganó un
coche ruso, el Moskvich.
Quería ganar el coche, pero no quedárselo. En cuanto lo tuvo, lo ven­
dió de inmediato. Dijo: “El año pasado se produjeron 56.000 fallecimien­
tos en Estados Unidos como resultado de accidentes de coche, así que de­
cidí que mejor utilizaría el autobús”.
Todos los jugadores se reunieron tras el encuentro para posar en
las fotografías oficiales. Como de costumbre, Bobby no estaba allí. El
argentino Miguel Najdorf, quien le conocía bastante bien, dijo: “Prefiere
entrar en la historia del ajedrez solo”.

*
Frank Brady • 189

Si Bobby Fischer se convertía alguna vez en campeón del ajedrez


mundial, primero tenía que terminar entre los mejores del Interzonal, y
le resultó bastante fácil en Palma de Mallorca en 1970. Tras once rondas,
cuando se acercaba la mitad del torneo, Fischer iba en segunda posición,
un punto y medio por debajo del primero, Efim Geller de la URSS. Fischer
y Geller se iban a enfrentar en la ronda duodécima en un emparejamiento
crucial.
Geller no había perdido todavía ninguna partida del torneo. Quizás más
importante es que había vencido a Fischer en sus tres últimos encuentros
y tenía más victorias contra él que cualquier otro jugador. Claramente, era
un reto para Bobby, e intentó mantenerse centrado y seguro por medio
del estudio minucioso de las otras partidas de Geller en el torneo. Geller,
quien hablaba como un marinero y tenía el aspecto y la complexión de un
luchador, llegó con su corbata aflojada y la ropa arrugada.
Durante los primeros minutos de la partida, ofendió a Bobby al
ofrecerle tablas tras su séptimo movimiento. Fischer se recostó y al
principio se rió, y Geller metió baza. Entonces, Bobby le respondió con
una frase que nadie, excepto Geller, escuchó de forma clara. Un testigo
informó que Fischer había dicho: “Demasiado pronto”, pero Geller se
puso rojo, lo que sugiere que su respuesta fue más mordaz. Se especuló
que la respuesta de Fischer había sido algo parecido a que los empates
prematuros solamente eran un fenómeno del estado soviético. Cuando se
publicó el libro oficial del torneo, los editores escribieron sobre la ofensa
del séptimo movimiento de Geller: “Pero ¿por qué esperaría Geller que
Fischer aceptara un empate tan rápido? El historial completo de Fischer
como jugador demuestra su aborrecimiento de los empates rápidos y su
deseo de jugar en cada ocasión razonable (e irrazonable a veces) hasta que
no hubiera absolutamente ninguna posibilidad de ganar. Ningún empate
en menos de 40 movimientos es una parte fundamental de su filosofía”.
En los movimientos siguientes, Geller cometió errores muy grandes, y
Fischer ganó la partida y venció al hombre que se había convertido en su
enemigo acérrimo personal.
Parecía que Bobby había alcanzado la mayoría de edad en Palma. Sin
embargo, a pesar de haber vencido a veintitrés de los jugadores de ajedrez
más extraordinarios del mundo, él continuaba relativamente poco sor­
prendido con su actuación: “Estoy satisfecho con el resultado, pero no con
mi modo de juego”. Cuando le recordaron su actuación desastrosa en el
Candidatos de 1962, dijo: “Quizás fue bueno. Entonces no tenía madurez
para afrontarlo”. Sin duda alguna, en Palma la tenía.
190 • ENDGAME

X
Su éxito en Palma lo condujo al siguiente nivel en su búsqueda del
título mundial. Después de no haber ganado los torneos de Candidatos
en Yugoslavia en 1959 y Curazao en 1962, se había quejado de la violación
colectiva de los soviéticos quienes, con sus empates breves premeditados,
le habían robado el campeonato. Ahora FIDE finalmente había accedido
a los llamamientos reiterados de Fischer y había cambiado su sistema de
elección de rivales para competir en el campeonato mundial. La fede­
ración eliminó el torneo de Candidatos, un acontecimiento en el que va­
rios jugadores competían unos contra otros, que Fischer argumentó que
inducía la posibilidad de confabulación por parte de los soviéticos. En
su lugar, la FIDE instauró los encuentros de Candidatos. Fischer ahora
jugaría partidas contra cada uno de los tres competidores: dos soviéticos
—Mark Taimanov y Tigran Petrosian- y el danés Bent Larsen.
Tanto los analistas como los jugadores predijeron que Fischer ganaría
el Candidatos, pero no sin pelear. Hasta los soviéticos estaban preocupa­
dos. Tal predijo que Fischer ganaría 5 1/2- 4 1/2contra Taimanov. De manera
inusual, él tenía dudas sobre sí mismo. Aunque había jugado setenta y
cuatro partidas de torneos en los nueve meses anteriores, con victorias
claras en sus últimas siete partidas en Palma, sentía que no se encontraba
en su mejor forma, y necesitaba jugar en más torneos. Los encuentros de
Candidatos requerían una preparación a fondo. No dar nada por sentado
era una de las claves del éxito de Fischer. Como de costumbre, se preparó
arduamente para su encontró con cada rival de la serie de encuentros,
llenos de tensión, que se alargarían más de seis largos meses.
Mark Taimanov fue su primer adversario, un rival potente quien, a
sus cuarenta y cinco años, estaba jugando algunas de las mejores partidas
de su vida y había jugado extremadamente bien en Palma. Fischer tenía
veintiocho años y tenía una forma física excelente. Su encuentro iba a em ­
pezar en mayo de 1971 en Vancouver, Canadá, en el precioso campus de la
universidad de British Columbia.
Taimanov llegó con un séquito completo de rusos: un ayudante, un
asistente y un jefe de delegación. No obstante, incluso con toda la ayuda,
estaba indefenso. Bobby le venció en seis partidas seguidas, la primera
victoria aplastante de un gran maestro en la historia del ajedrez.
La derrota abrumadora prácticamente acabó con la carrera ajedrecís­
tica de Taimanov. El gobierno soviético lo consideró una vergüenza na­
cional y le castigó por no haber empatado en al menos una partida. Los
Frank Brady • J 9 I

representantes cancelaron su salario y le prohibieron viajar al extranjero.


Al finalizar el encuentro, Taimanov le dijo con tristeza a Bobby: “Bueno,
todavía me queda mi música”
El encuentro de Bobby contra Bent Larsen empezó en Denver el 6 de
julio a las 16:00, en mitad de una molesta ola de calor de unos treinta y
ocho grados. Fischer fue tan dominante contra Larsen como lo había sido
contra Taimanov: aniquiló al danés, bloqueándole y ganando cada una de
las partidas.
Eran las 21:00 del 20 de jubo de 1971, y Bobby Fischer había
conseguido lo que nadie antes en el ajedrez: ganar dos encuentros contra
grandes maestros sin empatar ni perder ni una sola partida. Había ganado
diecinueve partidas seguidas sin precedentes contra los jugadores más
fuertes del mundo.
Los escépticos sobre Fischer, especialmente los soviéticos, habían
insinuado que su destrucción total de Taimanov era una aberración.
Igualmente, su derrota absoluta al más joven pero muy respetado Larsen
demostró que Fischer era único en su especie. Robert Byrne, que vio el
encuentro atónito, dijo que no era capaz de explicar cómo Bobby, cómo
cualquier persona, podía ganar seis partidas seguidas contra un genio del
juego como Bent Larsen.
Los soviéticos se sintieron aliviados al principio porque la derrota de
Larsen redujo el estigma de Taimanov. Las cadenas de televisión y radio de
la Unión Soviética interrumpieron sus emisiones habituales para anunciar
el resultado. Millones de soviéticos seguían con avidez el progreso del
encuentro, fascinados por el dominio de Fischer. Sovietsky Sport declaró:
“Ha ocurrido un milagro”.
Fischer llegó a Buenos Aires unos días antes del comienzo de la prime­
ra ronda contra Petrosian. Esta vez, no estaba solo. Larry Evans le acom­
pañaba como su ayudante, y el omnipresente Edmund B. Edmondson de
la Federación de Ajedrez de Estados Unidos estaba allí como mánager y
representante de Bobby. Petrosian también tenía un séquito: su mánager,
dos ayudantes, su mujer Rona y dos guardaespaldas.
Argentina trató el encuentro como si fuera un acontecimiento de
importancia mundial. El presidente, el teniente general Alejandro Lanusse,
recibió a los dos jugadores, se realizaron las fotografías oficiales, y Lanusse
les regaló un tablero precioso de mármol y un juego de piezas de ajedrez
de ónice. En el centro del extenso escenario del teatro General San Martín
había colocado un único tablero. Detrás de él, colgaba un círculo azul y
dorado, de unos cuatro metros y medio de diámetro, con el emblema de
192 • ENDGAME

FIDE, su lema Gens Una Sumus (Somos una familia), y el hombre de la


federación argentina de ajedrez. Un poco alejado del centro, había situado
un tablero de exhibición, de metro y medio por metro y medio, en el que
un hombre repetía todos los movimientos, mientras los participantes
maniobraban sus piezas en el tablero central, para que el público —ciento
veinte personas atentas— pudieran seguir la partida. Si hacían ruido, unos
rótulos rojos mostraban la palabra SILENCIO.
Los reporteros preguntaron a Petrosian si el encuentro duraría doce
partidas completas, el máximo requerido si todas fueran empatadas, sin
victorias ni derrotas. “Es posible que gane antes”, respondió Petrosian, y
continuó explicando lleno de confianza que Fischer no le impresionaba.
La predicción de Bobby fue tranquila y directa, y revela su confianza
en sí mismo y sus destrezas. “Soy el mejor jugador del mundo, y estoy aquí
para demostrarlo. He esperado este momento diez años, pero las manio­
bras de los rusos me lo habían impedido. Me marcharé de Buenos Aires
antes de que programen la partida duodécima”.
Ambos jugadores sorprendieron a todo el mundo, y probablemente el
uno al otro, porque prácticamente invirtieron su forma de juego habitual
durante la primera partida. El estilo de Petrosian era cerrado y defensivo,
como una serpiente inmóvil pero atenta, preparada para atacar cuando su
rival cometiera el mínimo error. El estilo de Bobby era de una agresividad
incesante, por lo general. Los expertos esperaban que Petrosian siguiera
su estilo cauteloso e intentara conseguir tablas, para romper la racha de
victorias de Fischer. En lugar de eso, fue sorprendentemente agresivo, lo
que obligó a Bobby a tomar la posición defensiva que odiaba. Petrosian
introdujo un movimiento innovador que no se usaba de forma habitual,
posiblemente facilitado por los teóricos soviéticos que trabajaban tras
bambalinas. Estaba forzando la situación para conseguir un empate cuando
las luces se apagaran. Literalmente. El teatro se llenó de oscuridad. Fischer
preguntó alarmado: “¿Qué ha pasado? ¿Qué ha pasado?” Comunicaron a
los jugadores que un fusible se había fundido, y les llevaría unos minutos
sustituirlo. Petrosian abandonó el tablero; Fischer y el público de ciento
veinte personas siguieron sentados en el silencio a oscuras. Al final,
Petrosian se quejó de que Fischer estaba estudiando el tablero todavía —en
total oscuridad—, por lo que su reloj debería ponerse en marcha. Fischer
aceptó, y Lothar Schmid, el árbitro alemán que también era gran maestro,
lo puso en marcha. Durante once minutos, Fischer continuó visualizando
la posición en su cabeza y evaluándola sin verla. Entonces, volvió la luz.
Parecía que la interrupción había reducido la concentración de
Petrosian porque cometió varios errores y abandonó en el movimiento
Frank Brady • 193

decimocuarto. Era la vigésima victoria seguida de Bobby Fischer. La


multitud de reporteros y fotógrafos reunidos se apiñaron en tomo a los
jugadores cuando abandonaban el escenario, pero ambos se apresuraron a
salir del teatro y se negaron a hacer declaraciones.
Era evidente que Bobby estaba enfermo en la segunda ronda; tenía un
fuerte resfriado. De nuevo, dio la impresión de que los jugadores habían
cambiado sus personalidades mientras jugaban, con Petrosian como
atacante. Sin ser capaz de concentrarse con claridad en la partida, Bobby
se dio cuenta de que no iba a poder jugar lo suficientemente bien: le dio
un apretón de manos y abandonó. Los espectadores se volvieron locos. La
mujer de Petrosian corrió hacia su marido para abrazarle. Algunas personas
del público empezaron a corear: “¡Tigran, un tigre! ¡Tigran, un tigre!”, y las
ovaciones de la victoria se extendieron hasta el vestíbulo exterior y la calle.
Algunos jugadores corrieron hacia el escenario e intentaron levantar al
radiante Petrosian en sus hombros, pero los representantes los detuvieron.
A él no le importaba. Acababa de conseguir lo que los mejores jugadores
del mundo no habían sido capaces de hacer en veinte ocasiones durante los
nueve meses anteriores. Había ganado una partida contra Bobby Fischer.
Fischer le gritó a Edmundson que había estado viendo a demasiada
gente y que en los próximos diez días, mientras se enfrentaba a Petrosian,
solamente aceptaría ver al joven jugador argentino Miguel Quinteros.
Sumamente seguro de sus posibilidades de ganar las partidas octava
y novena, con las que conseguiría la victoria, Bobby declaró formalmente
que iba a destronar a Spassky. Cuando por fin empezó la octava ronda,
las luces se apagaron de nuevo, pero en esta ocasión sólo durante
ocho minutos. No afectó a los resultados. Ambos jugadores utilizaron
movimientos de ataque, pero Petrosian abandonó y le otorgó a Fischer la
cuarta victoria del encuentro. Las especulaciones de que Bobby Fischer
había jugado de la mejor forma posible se esfumaron muy pronto. Más
bien, parecía evidente que nadie podía detenerle.
Al comienzo de la novena ronda, más de diez mil seguidores llenaban
a rebosar la sala de juego, el vestíbulo y las calles circundantes. Incluso
en Rusia, nunca se habían visto multitudes de esta magnitud. Petrosian
abandonó en el movimiento cuarenta y seis, y Bobby Fischer se convirtió
en el nuevo contrincante del campeonato mundial. Bobby había ganado
cinco partidas, empatado tres y perdido una, con un resultado total de
6 1/2- 2 1/2, contra un antiguo campeón mundial conocido por ser uno de los
más difíciles de vencer.
Fischer era la primera persona que sin ser soviética ni rusa jugaba
194 • ENDGAME

por el título contra el entonces actual campeón mundial en más de tres


décadas. Durante años, los grandes maestros soviéticos sólo habían
competido los unos contra los otros, con lo que garantizaban que el
campeonato continuará a manos de la Unión Soviética. Bobby recibió por
su esfuerzo un premio de 7.500 $ más unos honorarios de 3.000 $ de la
Federación de Ajedrez de Estados Unidos. Aún más significativo, desató
un fenómeno que no se había visto nunca antes en Estados Unidos: casi
de un día para otro, surgió un boom del ajedrez. Las ventas de juegos
de ajedrez se incrementaron en más de un 20 por ciento. Prácticamente
todas las revistas y periódicos importantes del país publicaron una noticia
sobre Fischer, con imágenes de él y un diagrama de su posición final
contra Petrosian. El New York Daily News reeditó la anotación de todas
las partidas, y el New York Times escribió un artículo en la portada de su
publicación de los domingos, y también una noticia en su primera plana
al día siguiente. La última vez que el ajedrez había aparecido en la portada
del Times fue en 1954, cuando el equipo soviético visitó Estados Unidos
y Carmine Nigro había llevado a Bobby, de once años por aquel entonces,
para que fuera testigo de ese encuentro internacional.
Bobby Fischer se había convertido en un héroe nacional. Después de
volver a casa, aparecía en la televisión constantemente, y su cara empezó
a ser tan conocida que la gente le pedía autógrafos por las calles de Nueva
York. Pero se convirtió en más que una persona conocidísima, más que
el equivalente a una estrella del pop. Era el estadounidense que tenía la
posibilidad de vencer a un campeón soviético. Iba a resolverse la Guerra
Fría —o al menos una versión de ésta—, pero no en un campo de batalla
ni en una reunión diplomática, sino en un torneo de inteligencia y fuerza
de voluntad con treinta y dos piezas enigmáticas implicadas.
1 0

El10
cam
peón
ARA QUE BOBBY FISCHER ESTUVIERA contento, la Fundación

P de Ajedrez de Estados Unidos le facilitó una habitación en el hotel


Henry Hudson a principios de 1972. “Mientras Bobby resista, la
familia ajedrecística resistirá”, pensaron los organizadores. Además, como
se estaba preparando para jugar contra Boris Spassky en el campeonato
mundial, sus abogados y los representantes de la Federación de Ajedrez de
Estados Unidos tenían que saber dónde se encontraba en todo momento.
Surgían dudas casi a diario sobre detalles como el dinero del premio, el
horario y el lugar. Tenían que tomar decisiones.
Hasta entonces, buena parte de la vida de Bobby había sido nómada
porque pasaba mucho tiempo viajando de una competición a otra. Cuando
volvía a Brooklyn a prepararse para el siguiente torneo o encuentro, solía
aislarse en su apartamento. Con frecuencia, desconectaba el teléfono y se
quedaba incomunicado, a veces durante semanas. Este modus operandi no
habría sido factible, ya que los representantes se apresuraban por organizar
un sinfín de detalles para el encuentro del campeonato mundial. Por lo
que la idea del hotel Henry Hudson parecía lógica, y tenía una atmósfera
adecuada. Era allí donde Bobby había ganado varios campeonatos de
Estados Unidos, y si quería estar solo en su habitación o quería jugar o
hablar sobre ajedrez, todo lo que tenía que hacer era entrar al ascensor
y bajar unos cuantos pisos hasta el club de ajedrez de Manhattan. Como
miembro más ilustre, siempre le daban un trato de alfombra roja al entrar.
Así que una noche, poco después de instalarse en el hotel, Bobby se
encontraba tumbado en su cama, con los talones entrelazados en el borde,
y hablando de manera desenfadada con dos de sus mejores amigos. La
década de 1970 fue la etapa de la visita de Nixon a China, la aparición de
196 • ENDGAME

la meditación trascendental, la prohibición de la publicidad de cigarrillos


en los medios de comunicación y la propagación de las cadenas de comida
rápida. Pero ninguno de esos temas interesaba a los tres hombres que
había en la habitación aquella noche. Estaban allí para hablar de ajedrez y
de la ansiedad que Bobby sentía.
Sam Sloan era un corredor de bolsa, delgado como un junco, con
un leve acento virginiano. Un año más joven que Bobby, su logro más
destacado no había sido en el ajedrez —era jugador de torneos, pero
no de categoría de campeonatos— sino en derecho. Ayudado por una
memoria eidética, había sido la última persona que sin ser abogado había
presentado un pleito ante la Corte Suprema de Estados Unidos, y lo había
ganado. Bobby confiaba en él.
El otro hombre que estaba en la habitación esa noche era Bernard
Zuckerman, sólo veintidós días más joven que Bobby, un amigo de
Brooklyn y maestro internacional. Le llamaban “Zuck the Book” (Zuck, el
libro) porque muchos —incluido Fischer— pensaban que había estudiado
la bibliografía ajedrecística tan concienzudamente (en los círculos del
ajedrez, a esto se le llamaba “booked up” en inglés) que era el teórico de
aperturas más actualizado del país. Sin embargo, él afirmaba que Fischer
sabía más. Zuckerman tenía unos ojos enternecedores, unas pestañas
inmensamente largas y el cabello hasta la altura de los hombros, residuo
de la década de 1960. En los torneos, a menudo llegaba media hora tarde
a las partidas, jugaba deprisa, y normalmente ofrecía tablas, que siempre
eran aceptadas. Bobby le respetaba. Tanto Sloan como Zuckerman estaban
muy interesados en el ajedrez, Bobby y las mujeres —intereses que
Bobby compartía con rotundidad en los dos primeros casos y de manera
secundaria en el tercero.
Aquella noche, los dos hombres estaban comportándose como amigos
de verdad, e intentaban tranquilizar a Bobby con respecto a su encuentro
inminente. Aunque acababa de lograr uno de las proezas más grandes de
la historia del ajedrez al vencer a Taimanov, Larsen y Petrosian con una
puntuación conjunta de 18 1/2-2 1/2, Fischer estaba preocupado por la fuerza
de Spassky quien, según él, tenía un "estilo dinámico y personal”. Bobby
nunca le había ganado, y confesó a sus amigos que creía que seguramente
tendría dificultades.
—¿Por qué no piensas que le puedes ganar fácilmente? —preguntó
Zuckerman con delicadeza, al mismo tiempo que señalaba que Spassky
no era mejor que Petrosian, por ejemplo.
Frank Brady *197

—Spassky es mejor —dijo Bobby un poco triste—. No mucho mejor,


pero es mejor.
Poco podía imaginar que Spassky, comparando su propia actuación
con la de Bobby en 1971, le consideraba el jugador más fuerte.
Tanto había en juego en el próximo encuentro que el conflicto era
prácticamente cosa del destino. Finalmente, estalló la guerra interna
entre las federaciones de Estados Unidos y la Unión Soviética y FIDE. Los
soviéticos no escatimaron energías en maniobrar para conseguir todas las
ventajas que podían. Habían ostentado el título del campeonato mundial
durante treinta y cuatro años y no tenían intención de entregárselo a un
estadounidense, especialmente a un estadounidense “ignorante”. También
había aspectos financieros. El premio en metálico de seis cifras que se
estaba discutiendo sería el más elevado para un enfrentamiento individual
de cualquier deporte, a excepción del boxeo.
Cuando Islandia presentó su oferta para organizar el encuentro,
Bobby viajó en avión hasta su capital, Reikiavik, para examinar el lugar.
Freysteinn Thorbergsson, jugador islandés de cuarenta y pocos años de
edad que había empatado con Bobby en un torneo en Reikiavik en 1960, le
había animado a jugar allí. Pero el presidente de Federación de Ajedrez de
Islandia, Gudmundur Thorarinsson, ingeniero y experto shakesperiano
de voz suave y treinta y dos años, no se fiaba de Bobby. Thorarinsson,
un hombre que portaba un gran bastón y tenía ambiciones políticas
(con el tiempo se convertiría en miembro del parlamento), quería que el
encuentro se realizara en su país, pero tenía un nivel de tolerancia bajo a
los chanchullos de Fischer.
A medida que continuaban las negociaciones sobre el lugar y el
premio, ambos jugadores partieron a la montaña para entrenar. Spassky
se instaló cómodamente en el Cáucaso, mientras que Fischer se estableció
en las montañas de Catskill, a más de once mil kilómetros de distancia.
Grossinger’s, un complejo hotelero enorme en Ferndale, Nueva York,
en el corazón del Borscht Belt donde gran parte de la población judía
de la ciudad de Nueva York veraneaba desdé hace más de medio siglo,
sirvió como lugar de concentración para Fischer durante los cuatro
meses previos al encuentro. Como la religión de la Iglesia Universal de
Dios de Fischer seguía las mismas normas alimenticias y del sabbat que
la tradición judaica, Grossinger’s era una elección acertada. No se servía
cerdo en el comedor y, desde el ocaso del viernes hasta el del sábado, los
devotos cumplían con el decoro sabático.
Grossinger’s apartó a Bobby de la presión de la ciudad de Nueva York,
198 • ENDGAME

donde se encontraba a sólo una llamada telefónica de diez céntimos de


cualquier persona que quisiera ponerse en contacto con él, y evitaba que
la gente pasara a visitarle e interrumpiera su concentración y estudio. El
hotel era conocido también por alojar a huéspedes famosos. A Bobby le
encantaba estar allí, y estaba continuamente de buen humor, con pensa­
mientos de hacerse rico gracias al encuentro inminente, Estaba ahorrando
dinero de los derechos de autor de su libro, las ganancias de los torneos
y exhibiciones, y puso a su madre al corriente de que le iba “muy bien
financieramente”.
En ese momento se creía que el premio total del encuentro con Spassky
sería de 138.000 $, la cantidad más elevada de todos los tiempos en un
encuentro de ajedrez. Bobby intentaba no emocionarse demasiado por el
dinero que recibiría. A pesar de todo el dinero y las alabanzas, escribió con
cierta humildad que iba a hacer todo lo posible por “no olvidar quién era
realmente y recordar los valores eternos”.
También estaba feliz porque se había enterado de que Regina había
aprobado el examen que le permitiría ejercer la medicina en Estados Uni­
dos, y esperaba que considerara volver a mudarse allí desde Europa.
Para prepararse para el agotamiento del campeonato mundial, Fischer
entrenaba cuerpo y mente, con sesiones de ejercicios en el gimnasio del
hotel, vueltas rápidas en la piscina y unos cuantos juegos de tenis al día.
Daba la impresión de que dominaba la cancha de tenis mientras estaba
en Grossinger’s y, excepto los partidos con los huéspedes profesionales,
Fischer normalmente los ganaba todos. Su saque era lanzados de manera
elegante y contundente, al igual que sus voleas. Mientras esperaba que su
adversario sacara, giraba rápidamente la raqueta, saltaba de un pie a otro
y balanceaba su cuerpo, siempre preparado para moverse hacia cualquier
lado de la pista. Cuando regresaba caminando hacia su cabaña o salía de
la piscina, frecuentemente golpeaba una pelota de tenis invisible con la
raqueta, como lo hacía de niño cuando movía un bate de béisbol imagi­
nario mientras brincaba por Flatbush Avenue. Toda esta actividad física
le mantenía en buena forma. Escribió a su madre diciéndole que se sentía
“realmente bien” y que todo el mundo le decía que tenía buen aspecto
debido a su entrenamiento diario.
Solamente después de unas horas de ejercicio se sentaba frente a
su tablero de ajedrez. Por las tardes, en un estado de contemplación
silenciosa, comenzaba su revisión exhaustiva de las partidas de Spassky.
Este detallado análisis a menudo se extendía hasta primeras horas de la
mañana. El texto de referencia que consultaba con más frecuencia era
lo que los periodistas describían como “el gran libro rojo” —el número
Frank Brady • 199

27 de una serie excelente, Weltgeschichte des Schachs—, las partidas


de los campeones, que contenía 355 partidas de Spassky tipografiadas
convenientemente con un diagrama cada cinco movimientos. Bobby
nunca perdía el libro de vista, y lo llevaba a todas partes. Contenía sus
propias anotaciones sobre las partidas de Spassky, apuntadas a lápiz, con
comentarios, signos de interrogación que señalaban movimientos malos,
y signos de exclamación para señalar los buenos. Casi como un truco de
magia, frecuentemente le pedía a alguien que eligiera una partida del libro
al azar, le dijera quién la había jugado contra Spassky y dónde había tenido
lugar, y luego él la recitaba movimiento a movimiento. ¡Había memorizado
más de 14.000 movimientos!
Aunque Bobby le decía a su madre en su carta que estaba “estudiando
un poco” para el encuentro, en realidad pasaba doce horas diarias, siete
días a la semana, repasando cuestiones como qué aperturas jugaría o
no contra Spassky y con qué tipo de partidas creía que Spassky se sentía
más incómodo al jugar. Se animó cuando jugó la partida de Spassky en el
recientemente finalizado torneo de homenaje a Alekhine en Moscú. Bobby
le dijo a un entrevistador: “Hubo partidas pésimas. Estaba verdaderamente
perdido en la mitad de las partidas de ese torneo; partidas muy malas por
su parte”.
Mientras que Spassky contaba con el apoyo de una pequeña tropa de
ayudantes, Fischer básicamente trabajaba solo. Robert Wade, jugador bri­
tánico, facilitaba a Bobby análisis detallados de las aperturas de Spassky en
dos libros de hojas sueltas, uno señalado como “Spassky: blancas” y el otro,
“Spassky: negras”. Aparte de eso, Bobby dependía de su propio esfuerzo.
Sin embargo, a la prensa, solamente le mostraba su seguridad. “No estoy
preocupado”, decía. Y en una cita del estilo de Muhammad Ali, destinada a
ser elegida por la prensa, añadía: “Lo raro sería [que ganara] veinte a uno”.
Durante los meses que Fischer pasó entrenando en Grossinger’s, fue
visitado por varios jugadores, pero aunque el ajedrez era el tema en boga,
ninguno de ellos colaboró de verdad en los trabajos preparatorios de
Fischer. Larry Evans y Bernard Zuckerman le visitaron y ayudaron de todas
las maneras que podían, pero aunque él les tenía respeto, a veces les pedía
que se sentaran lejos del tablero para que pudiera pensar detenidamente.
Después, Lombardy discutió la idea de que Fischer como jugador
fuera totalmente autosuficiente, como una isla. “Es cierto que trabaja solo,
pero siempre aprende a través de las partidas de otros jugadores”, dijo.
“Decir que Bobby Fischer ha desarrollado su talento solo es como decir
que Beethoven o Mozart desarrollaron el suyo sin ayuda de la música...
que existía antes que ellos. Si nunca hubieran existido otros jugadores
200 • ENDGAME

de los que Bobby Fischer pudiera aprender, entonces Bobby Fischer no


habría existido”.
Como la suite de Bobby tenía dos dormitorios, le gustaba tener invita­
dos de vez en cuando. Jackie Beers fue su visitante más frecuente. Bobby
conocía a Jackie desde que eran niños, y formaban una pareja extraña.
Jackie era un experto valorado, un jugador excelente de partidas rápidas,
pero siempre estaba metido en problemas en los clubes de ajedrez, nor­
malmente debido a su temperamento violento. En una ocasión, le deman­
daron por una pelea que tuvo lugar en el club de ajedrez de Manhattan,
pero al final se resolvió fuera de los tribunales, y se oían historias que
decían que perseguía a gente en la calle o que había gente que le perseguía
a él por sus altercados. Con Bobby, Jackie actuaba de manera dócil y res­
petuosa. Se quedaba a dormir en el apartamento de Fischer en Brooklyn a
menudo y después fue su huésped cuando Bobby vivía en California. Jac­
kie no era un chico adulador ni un cabeza de turco, como lo han descrito
otros autores. Reconocía que Bobby era el “jefe” en su amistad, pero no
tenía miedo de dar su opinión y no estar de acuerdo. Como Bobby conocía
la reputación agresiva de Jackie y aun así lo soportaba, tenía cuidado de no
incluirle en todas las áreas de su vida, ya que instintivamente sabía cuándo
Beers no iba a ser bien recibido por los demás.
A principios de mayo, el conocido islandés de Bobby, Freysteinn
Thorbergsson, viajó desde Islandia hasta Estados Unidos y se instaló
en Grossinger’s. Al principio, Bobby era un poco reservado con él, pero
mientras hablaban —durante unas siete horas— se animó. Aunque Bobby
había presionado para que Belgrado fuera el lugar del campeonato, se
llegó a un entendimiento provisional para dividir el encuentro entre
Belgrado y Reikiavik. Thorbergsson estaba claramente a favor de qué
todas las partidas se llevaran a cabo en Islandia. Volviendo al chalé de
Bobby, los dos analizaron algunas partidas, y Thorbergsson continuó con
la descarga de argumentos ingeniosos por los que Bobby debería jugar
exclusivamente en Islandia.
Thorbergsson, un hombre discreto, había vivido en Rusia y era antico­
munista a ultranza. Consideraba que el juego de Bobby en el campeonato
mundial era un acto tanto político como cultural, y usaba esa línea argu
mental con Bobby, en la que mantenía que sería incorrecto moralmente
permitir que el campeonato se jugara bajo la influencia del ámbito sovié­
tico. Más tarde, escribía en un ensayo: “Los rusos han esclavizado durante
décadas a otras naciones y a sus propios ciudadanos. Usan sus victorias en
varios deportes, ajedrez y otros campos para engañar a la gente y hacerles
creer que su sistema es el mejor”. Añadía que una victoria de Fischer “ata­
caría a los puños en alto de la propaganda comunista”.
Frank Brady • 201

Cuando el islandés salió de Grossinger’s la mañana siguiente, creía que


*Bobby estaba a punto de aceptar jugar en Reikiavik exclusivamente.

A medida que se acercaba la fecha del campeonato, Bobby dejó


Grossinger’s y, con la ayuda de uno de sus abogados, Andrew Davis, gra­
duado en la universidad Yale, se instaló en el club Yale, en el centro de
Manhattan, donde se quedó varías semanas.
Al acercarse el verano, la realidad del encuentro provocó tal
incremento de la curiosidad que parecía como si se dejara constancia
de cada comentario y cada acto de Fischer. Incluso en Grossinger’s, lejos
He la ocupación de Manhattan, recibía de manera incesante llamadas,
cablegramas y visitas que le proponían proyectos para hacerle rico —a él y
a sus creadores. Le propusieron hacer un “juego de ajedrez Bobby Fischer”.
Solicitaban aprobación. Un corredor de bolsa de Wall Street intentó
convencer a Bobby para que fundara una sociedad, como los Beatles, para
que las acciones de Bobby Fischer pudieran cotizar en la bolsa de Nueva
York. Fischer siguió su camino; aceptaba poco y no firmaba nada.
Los jugadores de ajedrez empezaban a considerar el duelo venidero
entre Fischer y Spassky como el encuentro individual más importante
jugado por un estadounidense de todos los tiempos. La revista Time era
solamente uno de los muchos medios de comunicación que vendía la idea
geopolítica. Apodó la partida como “el oso ruso vs. el lobo de Brooklyn”.
La defensa de Spassky de su título se convirtió, simbólicamente, en la
defensa de la Unión Soviética, y el peso de los rusos era una carga enorme
que soportar. Fischer, totalmente consciente de las implicaciones políticas
y culturales del encuentro, aceptó el nivel adicional de importancia
como responsabilidad propia. “Ahora siento que ganar el campeonato
es una misión”, declaró. Cuando le preguntaron si el encuentro sería un
enfrentamiento entre rivales inconciliables, contestó: “En cierto modo.
Pero no de forma personal entre Spassky y yo... Es contra los rusos”.
El aspirante de cualquier torneo a menudo tiene una ventaja especial, ya
202 • ENDGAME

disfrutaba Spassky era que le valían las tablas. Si era capaz de obtenerlas en
todas las partidas, con lo que conseguiría 12 puntos, Spassky mantendría
su título sin ganar ni una de ellas. Fischer necesitaba 12 1/2puntos para
*destronar a Spassky.

Islandia, el país más occidental y uno de los más pequeños de Europa,


situada en el Atlántico Norte —justo debajo del Círculo Ártico—, quizás
parecía un lugar curioso para un campeonato mundial de ajedrez. La isla
es una contradicción material, deshabitada en gran medida, excepto alre­
dedor de la costa, y cubierta en parte por campos extensos de hielo donde
se encuentran algunos volcanes activos de los que surgen las llamas tanto
desde la tierra como desde el mar a su alrededor. Prácticamente no tiene
árboles, y se caracteriza por las montañas cubiertas de hielo de imagen de
libro, las cuales se intercalan con los terrenos escarpados y regados por la
lava, que proporcionan una apariencia poco natural y casi lunar al paisa­
je: los astronautas estadounidenses entrenaron allí antes de sus viajes a la
luna. En 1972, los ingresos medios de un islandés eran unos 2.000 $ al año.
Pero es un país lleno de vida, sin contaminación; no hay barrios margina­
les en las zonas urbanas ni prácticamente delincuencia.
Entonces, ¿qué hacía que Islandia fuese el país ideal para organizar
el encuentro entre Fischer y Spassky? Sin duda, era la determinación, el
orgullo y el entusiasmo de su gente, y su pasión por el juego como interés
intelectual y cultural. Los islandeses se encuentran entre los más cultos del
mundo; y las sagas islandesas, entre las más importantes de la literatura.
Los islandeses leen más libros por persona que cualesquiera otras perso­
nas del mundo, y —como los rusos— casi todos juegan al ajedrez. Durante
lo meses de invierno, cuando hay casi veinticuatro horas de oscuridad,
qué mejor manera de pasar la tarde o el fin de semana que quedarse en
casa o visitar un club cómodo climatizado, jugar al ajedrez unas horas, y
evitar el frío del invierno atlántico con sus vendavales, tormentas y fuertes
lluvias.
A lo largo de los años, los islandeses habían patrocinado muchos tor­
neos y encuentros internacionales,y la posibilidad de celebrar el que se
había denominado “encuentro del siglo” era más que estimulante para los
jugadores de ajedrez de todo el país. El encuentro Fischer-Spassky de 1972
fue uno de los campeonatos mundiales organizados de manera más com­
petente; fue embriagador tanto para los islandeses como para los turistas y
miembros de la prensa internacional que llegaban a la capital, la ciudad de
Frank Brady • 203

Reikiavik. Los escaparates de casi todas las tiendas estaban adornados con
ampliaciones de las fotografías de Fischer y Spassky, y expositores a cua­
dros blancos y negros que servían como fondo para unas piezas enormes
de ajedrez hechas de cartón piedra.
La mayoría de los habitantes empezaban a desear la victoria de Fischer,
pero después de varios falsos arranques, amenazas y dificultades generales
provocadas por Bobby, la simpatía comenzó a oscilar hacia el caballeroso
Spassky. Fischer no estaba satisfecho con las condiciones financieras. El
ganador iba a recibir 78.125 $, y el perdedor, 46.875 $. Además de eso,
a cada uno se le entregaría el 30 por ciento de los derechos televisivos
y cinematográficos. Sin embargo, Fischer además pedía el 30 por ciento
de los ingresos en taquilla, y alegaba que las entradas podrían recaudar
250.000 $ y que tanto Spassky como él debían recibir una parte.
Los representantes del ajedrez en Islandia —quienes no estaban del
todo seguros de cómo iban a llenar los tres mil asientos del Laugardalshöll,
el lugar del encuentro, partida tras partida durante veinticuatro sesiones,
sin contar los aplazamientos— sostenían que los ingresos en taquilla
debían estar destinados a ellos en su totalidad para cubrir sus gastos de
inversión y preparación.
Fischer canceló su vuelo a Islandia en el último minuto, la tarde del 25
de junio. La compañía aérea había reservado una fila entera de asientos
sólo para él y había abastecido el frigorífico con naranjas para que pudiera
tomar zumo natural “exprimido delante de él”, como él pedía, durante el
viaje de cuatro horas por el Atlántico. Mientras tanto, las conversaciones
sobre el asunto de los ingresos en taquilla continuaron entre los abogados
de Bobby, Paul Marshall y Andrew Davis, y la Federación de Ajedrez de
Islandia. Ambas partes se mantenían firmes. La semana siguiente, le re­
servaron nuevos vuelos, que Fischer canceló, mientras los titulares empe­
zaban a cuestionar si aparecería. Los periódicos islandeses preguntaban:
HVENAER KEMUR HINN DULARFULLI FISCHER? (¿CUÁNDO VIE­
NE EL MISTERIOSO FISCHER?). Pocos días después de que el primer
vuelo de Fischer fuera modificado, Bobby y D avis se dirigiendo al aero­
puerto internacional John F. Kennedy, aparentemente para subir a bordo
de un vuelo panamericano. Sin embargo, de una forma extraña, Fischer
paró un momento para comprarse un despertador, y los reporteros y fo­
tógrafos le vieron (había más de cien miembros de la prensa esperando
para entrevistarle y fotografiarle). Huyó de la terminal y perdió el vuelo.
Después, le vieron en un restaurante cercano, Howard Johnson s, cenando.
¿Cuándo iría de verdad a Islandia?
Aunque el dinero era el punto focal de la controversia, no se trataba

I
204 • ENDGAME

sólo de dólares (o coronas); más bien, era que Bobby tenía que salirse con
la suya. En este caso, estaba bastante seguro de que podía recibir lo que pe­
día. Como sugirió un editorial del New York Times: “Si juega en Reikiavik
y gana —y tiene grandes posibilidades de hacerlo—, sus ingresos previstos
harían que la cantidad por la que discute ahora pareciera infinitesimal”.
Fischer lo sabía. También sabía que el mundo clamaba a gritos el encuen­
tro y que si lo alargaba un poco más, habría más dinero disponible.
A la prensa mundial, para no decir más, no le hacía gracia. Los
periódicos extranjeros reflejaban la indignación de sus lectores. LOS
RUSOS DESPRECIAN A FISCHER POR SU INTERÉS ECONÓMICO,
decía un titular del New York Times, y Tass, agencia de prensa soviética,
editorializó: “Cuando el asunto trata de Fischer, el dinero va por delante
y los objetivos deportivos quedan relegados a un segundo plano. De
forma característica, sus confidentes no son jugadores de ajedrez, sino
abogados a los que confía todos sus asuntos ajedrecísticos”. El periódico
de los domingos más destacado de Alemania Bild am Sonntag, informaba:
“Fischer ha degradado el ajedrez al nivel de un combate de lucha libre.
Nunca habíamos visto tanta arrogancia y esnobismo”. El Daily Mail
londinense señalaba: “Bobby Fischer es con bastante seguridad el mocoso
más mal educado, caprichoso y neurótico que se ha criado en Brooklyn. En
lo que respecta a la batalla del prestigio internacional, la Unión Soviética
ha ganado la primera vuelta 10 a 0”. Lo que la prensa —ni ninguna otra
persona, según parece— no llegaba a entender era que lo que le hacía
vacilar a Bobby era su sagacidad por proteger sus intereses financieros,
más que una rabieta o neurosis. Sabía de manera instintiva que cuanto
más esperara, más crecería el premio.
Bobby pensaba que a los periodistas no les interesaba de verdad cómo
o por qué movía las piezas de ajedrez, sino el escándalo, la tragedia y la co­
media de su vida. Para él, la prensa era un puzle que nunca podría resolver
completamente. Creía que no podía mentir si le hacían una pregunta di­
recta y, aun así, si simplemente se negaba a responder, asumían que estaba
ocultando algo importante.
Corría el rumor ya en 1958, cuando jugó en Portorož, de que era an­
tisemita, pero en privado lo negó rotundamente cuando jugó en Netanya,
Israel, en 1968. Uno de los mejores amigos de Bobby, Anthony Saidy, dijo
que él nunca le había escuchado hacer comentarios antisemitas hasta al­
gún momento después del campeonato de 1972.
Durante el encuentro, Bobby no hizo declaraciones que fueran
antisemitas o antiamericanas —al contrario, parecía sumamente patriótico,
y entre sus amigos, abogados y compañeros se incluían muchos judíos.
Frank Brady • 205

Pero Wilfrid Sheed, un novelista y ensayista estadounidense, escribió


un comentario, justo antes de que el encuentro terminara, que muchos
considerarían clarividente más adelante. En su reseña de un libro de Ezra
Pound en el New York Times, Sheed vinculó a Bobby con Pound, infame
antisemita y antiamericano quien fue acusado de traición por Estados
Unidos debido a sus emisiones fascistas. Sheed escribió: “¡Oh! Ezra Pound,
al igual que Bobby Fischer, todo lo que puede decirse de manera decorosa
es que sus amigos los admiran. No existe ningún motivo para que nadie
más lo haga”.
Para cuando se celebró la ceremonia de inauguración en el teatro
nacional de Islandia la tarde del sábado 1 de julio, a menos de veinticuatro
horas del comienzo de la primera partida programada, los reporteros
y espectadores estaban haciendo reservas para su vuelta a casa, en
la convicción de que Fischer no aparecería. Bobby se mudó del club
Yale a la casa de Anthony Saidy, que vivía con sus padres en una casa
enorme de estilo Tudor en Douglaston, Queens. Como comentó Saidy
después, la casa estaba sometida a un aluvión interminable de medios
de comunicación. Fischer recibía llamadas y cablegramas de manera
incesante, y los fotógrafos y periodistas vigilaban el área con la esperanza
de vislumbrarle simplemente. Predominaban los titulares sobre él en las
portadas de los periódicos de todo el mundo, los cuales desplazaban a
noticias “secundarias” como las candidaturas de 1972 a la presidencia de
Estados Unidos.
Saidy insinuó que existía un complot real para evitar que Fischer se
convirtiera en campeón mundial, y esto implicó que intervinieran el telé­
fono de sus padres. “Un día, mientras Bobby estaba hablando con David,
que estaba en Islandia, llamó estúpido a uno de los representantes de la
Federación deAjedrez de Islandia”, dijo Saidy. “De repente, escuchó la voz
de una mujer al otro lado de la línea que decía: ‘Ha dicho: Es estúpido’.
Obviamente, la línea estaba intervenida”. Saidy añadió que Fischer tam­
bién lo pensaba.
Todo es posible, por supuesto. Había una teoría extendida entre varios
estadounidenses, como Fred Cramer, que estaba en el equipo de Bobby,
de que los islandeses estaban trabajando solapadamente con los rusos
para repeler el ataque de Fischer a la hegemonía soviética. Sin embargo, al
margen de la aversión personal que sentían varios representantes del aje­
drez en Islandia, como Thorarinsson, no salió a la luz ningún ejemplo que
hiciera pensar que hubieran hecho algo para impedir su intento de con­
seguir el campeonato mundial. De hecho, algunos representantes islande­
ses estaban convencidos de que Spassky era el mejor jugador y que iba a
2 0 6 • ENDGAME

vencer fácilmente a Fischer de todos modos. Al principio del encuentro,


esperaban ver a Fischer humillado frente al tablero.
El sorteo de colores para la primera partida no tuvo lugar durante las
ceremonias de inauguración, por lo que no se desarrolló estrictamente de
acuerdo con el programa. Spassky estaba sentado en primera fila, ataviado
de manera elegante con un traje gris a cuadros. Entretanto, un asiento
libre, también en primera fila, que debía haber sido ocupado por Fischer,
continuaba disponible de manera llamativa. Mientras se pronunciaban
los discursos en inglés, ruso e islandés, el público no paraba de moverse
y estirar el cuello hacia la entrada lateral, con la esperanza de que en
cualquier momento Fischer hiciera su entrada triunfal. No ocurrió.
El Dr. Max Euwe, que representaba a la FIDE, permitió a Fischer un
aplazamiento de dos días. “Pero si no se presenta el martes a las doce de
la mañana, para el sorteo de las piezas, perderá todos sus derechos como
aspirante”, dijo Euwe.
Fischer permaneció impasible aparentemente: quería el 30 por ciento
de los ingresos en taquilla y no iba a viajar a Islandia si no se satisfacía su
solicitud. La Federación de Ajedrez de Islandia recibió cientos de cancela­
ciones de entradas y reservas. Las personas que había viajado desde todos
los puntos de Islandia para ver la primera partida, y que no se habían ente­
rado de que había sido cancelada, abandonaron la sala con tristeza. Luego
se extendió el rum or entre la prensa (había unos doscientos reporteros
y fotógrafos acreditados) de que Fischer ya estaba en la isla, que había
llegado en un submarino de la marina para evitar a la prensa y estaba es­
condido en algún lugar del país. Aunque era un rumor, varios periódicos
y agencias —incluyendo el ilustre Gray Lady, es decir, el New York Times—
lo publicó como si al menos hubiera una posibilidad.
La Federación de Ajedrez de la Unión Soviética presentó una queja
incisiva con la FIDE contra el aplazamiento de cuarenta y ocho horas, en
la que decía que lo que Fischer realmente merecía era una descalificación
absoluta. Acusaban al Dr. Euwe como responsable y le advirtieron de que
considerarían que había arruinado el encuentro si Fischer no aparecía en
Reikiavik el 4 de julio a mediodía, fecha límite de Euwe. Al final, tuvieron
lugar dos llamadas de teléfono inesperadas: una desde Inglaterra y la otra,
desde Washington D. C. Las llamadas salvaron el encuentro.
El periodista Leonard Barden llamó a los organizadores islandeses
para decirles que el financiero británico lames Derrick Slater, aficionado
del ajedrez y banquero especialista en inversiones, estaba dispuesto a
donar 125.000 $ para doblar el premio actual, si Fischer aceptaba jugar.
El millonario Slater declaró: “El dinero es mío. Me gusta el ajedrez, y
he jugado durante años. Muchas personas quieren ver este encuentro, y
todo está preparado. Si Fischer no va a Islandia, va a haber mucha gente
decepcionada. Quiero resolver el problema económico de Fischer y ver si
tiene algún otro”.
La primera reacción de Fischer fue muy positiva. “Es estupendo”,
dijo. “Tengo que aceptarlo”. Después, le dijo a un periodista que aunque
no había analizado la oferta detalladamente, había decidido jugar en el
encuentro porque “hay mucho del prestigio del país en juego”. Aun así,
todavía necesitaba un empujón más para acercarse al tablero.
La segunda llamada demostró ser el empujón necesario. Saidy
contestó al teléfono —parecía ser la vigésima vez que lo hacía ese día—
creyendo que era otra petición más de Bobby para hacer una declaración
o conceder una entrevista. En lugar de él, era la secretaria personal de
Henry Kissinger, consejero de seguridad nacional del presidente Nixon (y
más tarde, secretario de estado) que quería concertarle una conversación
telefónica con Bobby. Bobby se dirigió lentamente hasta el teléfono, y
Kissinger comenzó a decir con su voz profunda y su acento alemán: “El
peor jugador de ajedrez del mundo llamando al mejor jugador del mundo”.
Kissinger le dijo a Bobby que debía ir a Islandia y vencer a los rusos en
su propio juego. “El gobierno de Estados Unidos le desea lo mejor, y yo
también”.
Después de la conversación de diez minutos, Bobby dijo que jugaría
“sin importar lo que sucediera”, y que los intereses de Estados Unidos eran
más importantes que los suyos personales. En ese punto Bobby se vio no
solamente como jugador de ajedrez, sino como guerrero de la Guerra Fría
en defensa de su país.
Tras meses de negociaciones decepcionantes, el millonario Slater, res­
paldado por el diplomático Kissinger, habían logrado lo imposible. ¿Qué
hizo que Bobby compitiera, en este caso, en Islandia? Por lo visto, tres
elementos: el orgullo, el dinero y el patriotismo.
Para evitar ser reconocido por los reporteros y el público, Fischer fue
trasladado en un vuelo de Loftleidir (compañía aérea islandesa). Realizó
el viaje durante la noche con William Lombardy, a quien había anunciado
como ayudante oficial ese mismo día. Lombardy, sacerdote católico pro­
fundo, pálido y corpulento, quizás fuera el actor secundario principal en el
drama de Reikiavik. Tenía treinta y cinco años, seis más que Fischer, y era
el primer maestro de importancia internacional vinculado con la Iglesia
Católica desde Ruy López (siglo XVI) y Domenico Ponziani (siglo XVIII)
que dejaba su propia huella en el juego.
El sorteo de las piezas para determinar quién jugaría qué color, pro­
gramado para las doce del mediodía en el hotel Esja, atrajo a centenares
de periodistas, representantes de la Federación de Ajedrez de Islandia y
miembros tanto por parte de Rusia como de Estados Unidos. Cuando lle­
gó Spassky, le dijeron que Fischer todavía estaba durmiendo y que había
enviado a Lombardy al sorteo por él. Spassky, desconcertado, se negó a
realizar el sorteo y salió del hotel ofendido. Durante la comida, poco des­
pués, le dijo a un periodista que no iba a “abandonar el encuentro”, pero
que Fischer no había actuado adecuadamente. “Todavía quiero jugar, pero
yo decidiré cuándo”, dijo. Después, emitió la siguiente declaración, posi­
blemente escrita para
s>n él en Moscú:
ew
<
=

La opinión pública soviética y yo perso­


nalmente estamos llenos de indignación por
el comportamiento de Fischer. De acuerdo con
los conceptos comunes a todas las personas,
se ha descalificado totalmente.
Por lo tanto, en mi opinión, ha dejado
en duda sus derechos morales a jugar en el
encuentro.
Si existe alguna esperanza de llevar a
cabo el encuentro, Fischer debe ser sometido
a un castigo justo. Solamente después, podré
volver a la cuestión de si es posible llevar
Frank Brady • 209

3. El presidente de la FIDE tiene que admitir que este aplazamien­


_ to de dos días incumple las normas de la FIDE.

Euwe, cumpliendo de nuevo con las expectativas, dijo en una conmo­


vedora muestra de humildad que, ya que dos de las condiciones le afec­
taban a él, estar í a dispuesto a redactar una declaración allí mismo, en la
que admitiría que había incumplido las normas y condenaría la actitud
de Fischer “no solamente en los dos últimos días, sino durante todas las
negociaciones”. Después de trabajar en su declaración unos diez minutos,
mientras el público —en una simpatía incómoda— se sentaba a esperar,
Euwe leyó su confesión en voz alta, la firmó y se la entregó a Efim Geller, el
ayudante de Spassky. Declaraba: “1. La FIDE condena el comportamiento
del aspirante por no llegar a tiempo y, por tanto, dejar a toda la delegación
y el resto de personas sin saber si el encuentro se llevaría a cabo, dando
lugar a numerosos conflictos. 2. El presidente de la FIDE admite que, al
aplazar el encuentro dos días, incumplimos las normas de la FIDE. Con­
sidero que se debe a motivos especiales, y en base a algunas suposiciones
que posteriormente resultaron ser incorrectas. Declaro que las normas de
la FIDE y los acuerdos del encuentro aprobados por la FIDE se cumplirán
de manera estricta en el futuro”. Euwe se puso colorado por el castigo y
estaba al borde de las lágrimas. Los soviéticos dijeron que, según las nor­
mas, Fischer debería haber perdido el encuentro al no aparecer el primer
día y que el campeonato iba a continuar gracias a su benevolencia. Ahora
dependía de Fischer la realización del siguiente movimiento.
Esa noche, Fischer redactó una disculpa elegante a Spassky. Un pe­
riodista, Brad Darrach del Life, afirmó que en el primer borrador de la
carta, Fischer había renunciado a su parte económica del premio y de­
cía que estaba dispuesto a jugar por nada que no fuera su pasión por el
ajedrez. Aunque podemos imaginar a Bobby pregonando de improviso:
“¡Demostraré al mundo que adoro el ajedrez más que los rusos!”, es fácil
de entender que sus raíces humildes de Brooklyn al final le hablaran de
la necesidad de pragmatismo. Seguía queriendo un salario, pero el deseo
de ponerse a prueba frente al tablero era su motivación más fuerte para
intentar salvar el distanciamiento.
Al final, redactó una segunda carta, y fue ésta la versión que presentó
<carta> ===

- Estimado Boris:

Le ruego que acepte mis más sinceras disculpas por mi


comportamiento irrespetuoso al no asistir a la ceremonia de
inauguración. Simplemente, me dejé llevar por mí controversia
trivial sobre el dinero con los organizadores islandeses. Le he
ofendido a usted y a su país, la Unión Soviética, donde el
ajedrez tiene una posición de prestigio. Además, me gustaría
pedir disculpas al Dr. Max Euwe, presidente de la FIDE, a
los organizadores del encuentro en Islandia, a los miles de
seguidores del ajedrez de todo el mundo y especialmente a
los millones de admiradores y amigos que tengo en Estados
Unidos.

Después de que no apareciera en la primera partida, e l Dr.


Euwe anunció que se aplazaría sin perjuicio para mí. E n ese
momento, usted no puso reparos.

Ahora se me ha informado de que la Federación de A je


drez de Rusia solicita que la primera partida me sea dada por
perdida a su favor. E l momento de su petición parece poner
en duda los motivos por los que su federación no insistió al
principio en dar por perdida la primera partida.

Si dicha solicitud de suspensión se lleva a cabo, conllevaría


una desventaja enorme para mí. Incluso sin dicha desventaja,
usted tendrá la ventaj a de comenzar sin la necesidad de obtener
doce puntos de veinticuatro para mantener su título, mientras
que yo necesitaré doce y medio para ganarlo. S i se concede
dicha petición, usted solamente necesitaría once puntos de
veintitrés, pero yo seguiría necesitando doce y medio de mis
veintitrés. E n otras palabras, yo debo ganar tres partidas sin
perder ninguna para alcanzar la posición que usted tendría al
iniciar el encuentro, y no creo que el campeón del mundo desee
Frank Brady •211

S é que usted es un hombre deportista y caballeroso, por


lo que espero con impaciencia jugar unas partidas de ajedrez
-apasionantes con usted.

Todavía quedaba un obstáculo y era la Unión Soviética en sí misma.


Un ministro ruso, Sergei Pavlov, director del comité estatal para el depor­
te, envió un cablegrama a Spassky en el que insistía frenéticamente en que
volviera a Moscú. Pavlov decía que las rabietas de Fischer eran un insulto
al campeón mundial, que tenía todos los derechos legales y morales para
rechazar el encuentro con él. Normalmente, una recomendación
Atentamente,como
ésta tenía la fuerza de ley, pero Spassky se negó de la manera
Bobby más educa­
Fischer
da y_diplomática posible. Respondió aReikiavik,
Pavlov que6 no podíade
de julio degradar
1972 sus
propios valores de espíritu deportivo y llevaría a cabo el encuentro pese a
la conducta intolerante de Fischer. Fue un acto de valentía, que requería
mucha delicadeza y fuerza de voluntad por parte de Spassky.
Fischer llegó veinte minutos tarde al sorteo de colores y se encontró
con Spassky entre bastidores. Después de darse la mano, Spassky exami­
nó con gracia los bíceps de Fischer, como si fueran dos boxeadores que
se pesan. Luego, se aislaron unos minutos para hablar sobre el horario.
Spassky quería un breve aplazamiento antes de empezar el encuentro. Fis­
cher aceptaba si Spassky retiraba su solicitud de dar por perdida la pri­
mera partida. Llegaron a un acuerdo y, un momento después, salieron al
escenario, aplaudidos por los periodistas y admiradores que habían estado
esperando pacientemente. Fischer, al divisar el tablero de ajedrez, corrió
con torpeza hacia el centro del escenario y levantó de inmediato la dama
blanca para evaluar su peso. Después, con una mano en el bolsillo, exa­
minó el resto de piezas blancas y se sentó, mientras estiraba las piernas
debajo de la mesa de caoba con un diseño escandinavo. Spassky también
se sentó.
Tras presentar tanto al aspirante como al campeón, y a sus respecti­
vos ayudantes y asistentes, el representante de la FIDE, Harry Golombek,
maestro internacional de Reino Unido, anunció que Geller quería hacer
unas declaraciones antes de que se realizara el sorteo de las piezas. Geller
dijo en ruso:
212 • ENDGAME

El aspirante se disculpó por escrito


=<ca
rt> ; y el presidente de la FIDE
ha declarado que las normas de los encuentros de la FIDE se cum­
plirán de manera estricta en el futuro. Teniendo en cuenta los es­
fuerzos realizados por los organizadores islandeses, y el deseo de
ver el encuentro de millones de admiradores del ajedrez de todo
el mundo, el campeón mundial ha decidido jugar contra Robert
_Fischer.

Aunque la declaración era bastante suave, la irritación de Fischer


aumentaba mientras escuchaba la traducción, y cuando terminó estaba
pálido de la indignación por la frase: “El campeón mundial ha decidido
jugar contra Robert Fischer”, como si Spassky le estuviera haciendo un
favor. Bobby estaba avergonzado. Durante una fracción de segundo,
pensó en abandonar el escenario y el encuentro para siempre. Sentía que
había cumplido el deseo de los soviéticos a través de la disculpa que había
escrito a mano y entregado personalmente a Spassky, y acababa de aceptar
su aplazamiento. Para Bobby, la declaración de Geller había ensuciado
la primera ceremonia oficial del encuentro. Los rusos censuraban su
comportamiento delante de sus amigos y la prensa mundial. De algún
modo, Bobby mantenía la compostura. Afortunadamente, el sorteo de los
colores le siguió a continuación, y no hubo oportunidad de pensar más en
el incidente.
Lothar Schmid, árbitro elegante alemán, entró un sobre en blanco a
cada uno, y Spassky escogió el que indicaba que él sujetaría las piezas.
Spassky escondió un peón blanco y otro negro en su espalda como marca
la tradición y después llevó las manos cerradas hacia delante por encima
del tablero. Fischer, sin vacilar, golpeó suavemente la mano derecha de
Spassky, y éste la abrió dejando al descubierto el peón negro. Fischer no
cambió su expresión.
Varias horas después, cuando volvía de la bolera a primera hora de la
mañana, antes de llegar al hotel, Bobby se coló en la sala del encuentro
para comprobar las condiciones. Después de ochenta minutos de inspec­
ción, tenía varias quejas: creía que la luz debía ser más fuerte; las piezas
eran demasiado pequeñas para los escaques del tablero hecho a medida;
el propio tablero no era totalmente adecuado —estaba hecho de piedra,
y pensaba que sería mejor que fuera de madera. Por último, pensó que
quizás las dos cámaras ocultas en unas torres cubiertas con arpillera le dis­
trajeran cuando empezara a jugar, y las propias torres, que cernían sobre el
escenario como arietes medievales, eran desconcertantes.
Frank Brady • 213

Los organizadores empezaron a trabajar para resolver los problemas


inmediatamente. Querían que todo estuviera perfecto antes de que se
moviera el primer peón el día inicial.
Cuando por fin Fischer se despertó la tarde del 11 de julio de 1972 y
lentamente empezó a ser consciente de que de verdad estaba en Islandia
a punto de jugar su primera partida del campeonato del mundo, sintió
miedo. Después de muchos años de tribulación y controversia, y del
revuelo por el encuentro, Fischer estaba a las puertas de la meta de toda su
vida. Laugardalshöll iba a ser su universo durante los dos próximos meses.
Se habían comprobado, y vuelto a comprobar, todos los detalles de la
sala del encuentro para garantizar la máxima comodidad de los jugadores.
Laugardalshöll era un estadio cavernoso, en forma de cúpula (alguien lo
describió como una seta islandesa enorme), con bafles de sonido cubiertos
de blanco en el techo que parecían murciélagos albinos gigantes. El primer
piso completo estaba cubierto con alfombras para amortiguar el sonido de
los espectadores, y los asientos plegables habían sido sustituidos por sillas
tapizadas y, por tanto, “silenciosas”. A petición de Fischer, habían echado
hacia atrás las dos torres de grabación e incrementado la intensidad de la
luz en el escenario. Habían traído desde Estados Unidos una silla giratoria
espléndida, diseñada por Eames, réplica exacta de en la que Fischer se
había sentado cuando jugó contra Petrosian en Buenos Aires.
Fischer corrió por el pasillo entre bastidores hasta llegar al escenario,
engalanado sutilmente de flores, donde fue recibido por el aplauso cortés
de un público formado por doscientas treinta personas. Spassky había
hecho su primer movimiento justo a las cinco, y Schmid había puesto
en marcha el reloj de Fischer. Fischer, vestido con una camisa blanca y
un traje de oficina azul, corrió hacia el tablero; los dos rivales se dieron
la mano mientras Fischer fijaba su vista en el tablero. Después, se sentó
en la silla de cuero negro, pensó su movimiento durante noventa y cinco
segundos, y movió su caballo a la tercera casilla del alfil rey.
Era un momento único en la vida de un prodigio carismático en el que,
para llegar donde estaba, de alguna manera había superado sus objeciones
a cómo había sido tratado por los soviéticos a lo largo de los años. To­
dos lo sabían, no sólo en Laugardalshöll sino en el mundo entero. Como
gran maestro, Isaac Kashdan dijo: “Era el acontecimiento ajedrecístico
más importante [de todos los tiempos]”. Un estadounidense solitario de
Brooklyn, solamente equipado con una piedra —su brillantez— que iba a
arrojar contra la hegemonía de la Unión Soviética.
214 • ENDGAME

Fischer salió dos veces del escenario durante la partida (previamente


al aplazamiento); una de ellas quejándose de que el zumo de naranja que
habían dejado en su camerino no estaba bastante frío. Le facilitaron cubi­
tos de hielo. También pidió una botella de agua fría y un plato de skyr, un
postre islandés a base de yogur. Esta última petición causó confusión en la
cafetería del estadio, ya que no podían proporcionarle el skyr. Afortunada­
mente, un restaurante local sí podía, y lo hizo.
A medida que se realizaban los movimientos en el tablero,
simultáneamente se iban mostrando en cuarenta monitores de televisión
de circuito cerrado, en todos los puntos del estadio. En la cafetería, en la
que los espectadores devoraban la variedad local de perritos calientes de
cordero y absorbían botellas de cerveza islandesa de 2 por ciento, discutían
ruidosamente lo que ocurría en el escenario. En el sótano, los maestros
islandeses explicaban y analizaban más tranquilamente los movimientos
en un tablero de exhibición, mientras que en las salas de prensa los grandes
maestros distinguidos observaban las pantallas de televisión y analizaban
en sus mentes, para la confusión y asombro de la mayoría de periodistas.
En la sala del encuentro, reinaba el decoro y el silencio. Y cuando no lo
hacía, Lothar Schmid activaba un rótulo eléctrico blanco que ordenaba en
=inglés e islandés:
Frank Brady • 215

En su movimiento cuadragésimo primero, Spassky decidió aplazar


la partida: esto le permitiría sacar provecho del análisis nocturno. Como
todavía no habían pasado cinco horas —el tiempo de aplazamiento
oficial—, dejó pasar treinta y cinco minutos en su reloj. Spassky tenía
un alfil y tres peones contra los cinco peones de Fischer. Introdujo su
movimiento en el sobre grande marrón, lo cerró y se lo entregó a Schmid.
Fischer analizó la posición durante la noche y apareció en la sala con
aspecto cansado y preocupado, justo dos minutos antes de que Schmid
abriera el sobre cerrado con el movimiento. Siguiendo la tradición de la
FIDE, Schmid realizó el movimiento aplazado de Spassky en el tablero, le
enseñó a Fischer la hoja de anotación para que pudiera comprobar que se
trataba del movimiento correcto, y activó el reloj de Fischer. Fischer res­
pondió en unos segundos, preparado gracias a su larga noche de estudio
de la partida, e intercambiaron unos cuantos movimientos.
Después, señaló la abertura de la cámara de la que se había quejado el
día anterior y abandonó deprisa el escenario mientras su reloj seguía en
marcha. Entre bastidores, se quejó con vehemencia de la cámara y dijo
que quería que la desmontaran antes de continuar. Los representantes de
la Federación de Ajedrez de Islandia deliberaron rápidamente con Chester
Fox, propietario de los derechos televisivos y cinematográficos, que estuvo
de acuerdo en quitar la cámara. Todo esto tardó un tiempo, y el reloj de
Fischer continuaba en marcha mientras se llevaba a cabo el desmontaje.
Cuando Fischer volvió al escenario, habían transcurrido treinta y cinco
minutos en su reloj.
Fischer empezó a pelear por conseguir tablas, pero los movimientos
de Spassky eran un estudio de precisión, y su posición se hizo más fuerte.
Finalmente, quedó claro que Spassky podía llegar a un final de dama
contra peón. En lugar de realizar su movimiento quincuagésimo sexto,
Fischer detuvo el reloj y ofreció su mano con resignación. No sonreía.
Spassky no le miró a los ojos mientras se daban la mano, sino que
continuó estudiando la posición. Fischer firmó su hoja de anotación, hizo
un gesto de impotencia como diciendo: “¿Qué se supone que tengo que
hacer ahora?”, y salió del escenario. No era complicado imaginar su estado
emocional.
Aunque ha habido varios campeonatos del mundo en los que el per­
dedor de la primera partida consiguió ganar, no hay duda de que Fischer
creía que la derrota de la primera partida casi era equivalente a perder el
encuentro al completo. No solamente había perdido, sino que tampoco
era capaz de demostrar —ni a él ni al público— que podía ganarle una
partida a Spassky. Las anotaciones de todas las partidas que habían jugado
216 • ENDGAME

el uno contra el otro sumaban un total de cuatro victorias para Spassky,


dos tablas, y ninguna victoria para Fischer. Durante las siguientes horas,
Bobby se sumió en la desconfianza de sí mismo y la incertidumbre, pero
finalmente su mente cambió y empezó a racionalizar: no podía haber nin­
gún defecto en sus cálculos ni ninguna posibilidad de que él fuera el ju­
gador inferior, así que la cámara que le distraía debía tener la culpa de la
derrota.
La mañana siguiente, jueves 13 de julio, la delegación estadounidense
anunció que Fischer no jugaría la siguiente partida si no se retiraban todas
las cámaras de la sala. Fischer insistió —y con razón— en que sólo él podía
decir lo que le molestaba. Pero se negó a ir a la sala a examinar las nuevas
condiciones y decidir si habían mejorado lo suficiente.
Schmid declaró que la segunda partida empezaría a las 17:00, y si
Fischer no aparecía antes de que hubiera transcurrido una hora de juego
oficialmente, sería suspendido. Para complicar más las cosas, uno de los
soviéticos filtró a la prensa que si Fischer no iba a la segunda partida,
Spassky posiblemente volvería a Moscú.
Spassky apareció en el escenario a las cinco menos dos minutos y
recibió un aplauso. A las cinco en punto, Schmid activó el reloj de Fischer,
ya que Bobby tenía que jugar con las piezas blancas. En el hotel Loftleidir,
Lombardy y los representantes de la Federación de Ajedrez de Estados
Unidos suplicaban a Fischer que fuera a la sala. Un coche de policía, con
el motor en funcionamiento, estaba estacionado en el exterior del hotel
para llevarle rápidamente desde Suderlansbraut Boulevard a la sala,
si cambiaba de opinión. A las 17:30, con el reloj de Fischer todavía en
marcha, el abogado de Chester Fox en Reikiavik aceptó la sugerencia de
que las cámaras fueran retiradas solamente durante una partida, hasta
que se llevaran a cabo nuevas conversaciones. Cuando se transmitió esta
solución a Fischer, pidió que volvieran a poner su reloj en la hora inicial.
Schmid no aceptó y afirmó que tenía que haber algún límite. Fischer, en
ropa interior, estaba sentado en la habitación de su hotel, con la puerta
cerrada con cerrojo y el teléfono desconectado; una imagen de resistencia
insensible. Su mente había tomado una decisión: “Si pido una cosa y no
me la dan, no juego”.
Los espectadores seguía mirando de forma hipnotizadora las dos sillas
vacías (Spassky se había retirado a su camerino) y un tablero de treinta y
dos piezas, ninguna de las cuales había sido movida. El único movimiento
era el del minutero y el agitado indicador del tiempo, de color rojo y forma
de estrella, del reloj de Fischer. Era una imagen solitaria.
Frank Brady • 217

A las seis en punto, Schmid paró el reloj, caminó hacia la parte delan­
tera del escenario, y anunció la primera incomparecencia de una partida
en la historia del campeonato mundial. "Damas y caballeros, de acuerdo
con la regla 5 de la normativa, Robert Fischer ha perdido la partida. No ha
llegado en el tiempo estipulado”.
Spassky recibió una fuerte ovación. Le dijo a Schmid: “Es una pena”,
mientras alguien del público, enfadado con Fischer, gritó: “¡Mandadle de
vuelta a Estados Unidos!”
Fischer presentó una queja formal en las seis horas siguientes a darle
por perdida la partida. Fue denegada por el comité del encuentro alegando
que no se había presentado en la partida. El comité confirmó la decisión,
pero no sin temor y examinándolo antes a conciencia. Todo el mundo sabía
que Fischer no aceptaría a la ligera. Y no lo hizo. Su reacción inmediata
fue reserva un vuelo de vuelta a casa. Fue disuadido por Lombardy, pero
parecía probable que se negara a continuar la competición a no ser que
anularan la decisión. Schmid expresó de forma sincera su preocupación
en relación con el peligro que supondría para la carrera de Fischer si
abandonaba el campeonato: “¿Qué le ocurrirá a Bobby? ¿Qué ciudad le
organizará algún encuentro?”
No obstante, Bobby tenía sus seguidores. Svetozar Gligoric, gran
maestro, sugirió que las cámaras, que le observaban constantemente, qui­
zás representaban a unos ojos humanos que miraban fijamente a Bobby y
distraían su atención. Vladimir Nabokov, novelista ruso que escribió La
defensa (sobre un genio que vivía sólo para el ajedrez), también dio su opi­
nión sobre Bobby y dijo que tenía “bastante razón” al oponerse al uso de
las cámaras en el encuentro: “No puede estar sometido a los clics y flashes
de esas máquinas [situadas en trípodes elevados] sobre él.”
El Dr. Euwe que volvía de los Países Bajos, fue notificado de la decisión
y, sabiendo lo que implicaba, cablegrafió su propia decisión a Schmid por
si Fischer se negaba a aparecer
new en la siguiente partida:
s> <
=

SI FISCHER NO APARECE EN LA TERCERA PAR­


TIDA, EL PRESIDENTE DE LA FIDE DECLARA QUE
SI FISCHER NO ESTÁ EN LA CUARTA PARTIDA, EL
CAMPEONATO FINALIZARÁ Y SPASSKY SERÁ PRO­
_CLAMADO CAMPEÓN DEL MUNDO.

Fischer empezó a recibir miles de cartas y cablegramas que le anima­


ban a continuar en el campeonato, y Henry Kissinger volvió a llamar, esta
vez desde California, para apelar a su patriotismo. El New York Times in-
218 • ENDGAME

cluso publicó un llamamiento abierto a Fischer instándole a que conti­


nuara con el reto. En un editorial titulado La tragedia de Bobby Fischer, el
periódico<
cart>escribió:
=

Parece muy posible que sus rabietas conviertan el campeonato


mundial actual en un fiasco; en el que Spassky conservará su coro­
na debido a la negativa a jugar de Fischer.

La tragedia es especialmente grande porque; durante casi una


década, han existido motivos de peso para suponer que Fischer
podía demostrar su superioridad de manera convincente si le da­
ban la oportunidad.

¿Es mucho esperar que, incluso en este avanzado momento,


recupere el equilibrio y cumpla con su obligación con el mundo
del ajedrez e intente jugar contra Spassky sin histrionismo? Como
consecuencia, el campeón soviético ahora disfruta de dos parti­
das de ventaja, y el tablero todavía está colocado para el duelo
que podría situarse entre los más brillantes en los anales de este
_antiguo juego.

Quizás como resultado del interés de Kissinger por el campeonato y


sus dos conversaciones con Bobby, el presidente Nixon también le trans­
mitió una invitación a Fischer a través del fotógrafo de Life, Harry Benson,
para visitar la Casa Blanca cuando finalizara el encuentro» ganara o per­
diera. Nixon dijo que le gustaba Bobby “porque era un luchador”.
En un esfuerzo por suavizar la situación y animar a que continuara
en el campeonato, Schmid anunció que de acuerdo con las normas, tenía
derecho a desplazar el encuentro del escenario a una sala entre bastidores.
Schmid habló con Spassky en privado y le pidió “como deportista” que
aceptara este nuevo intento de permitir que el encuentro continuara.
Spassky, siempre caballeroso, estaba dispuesto. Cuando notificaron a
Fischer el nuevo acuerdo, ya había hecho reservas en los tres vuelos
que iban a Nueva York el día de la tercera partida. Le costó unas horas
considerar la oferta, y noventa minutos antes del comienzo de la partida
dijo que estaría dispuesto a intentarlo si le aseguraban que habría total
privacidad y ninguna cámara.
¿Por qué Fischer siguió jugando? Posiblemente por una combinación
Frank Brady •2 1 9

de nacionalismo auténtico, la confianza en su habilidad para superar la


desventaja de dos puntos, el deseo de cobrar (aunque perdiera el campeo­
nato, recibiría 91.875 $ de premio, además de unos 30.000 $ por derechos
televisivos y cinematográficos), y una necesidad imperiosa de lo que siem­
pre había querido hacer, casi desde su primer encuentro oficial: demostrar
que era el jugador de ajedrez con más talento de la tierra.
Spassky llegó a tiempo a la zona detrás del escenario. Al principio, se
sentó en la silla de Fischer y, quizás sin ser consciente de que le estaban
grabando, sonrió y giró varias veces como lo haría un niño. Después,
se fue a su silla y esperó. Fischer llegó ocho minutos tarde, con aspecto
pálido, y los dos hombres se dieron la mano. Spassky, que jugaba con las
blancas, hizo su primer movimiento y Fischer respondió. De repente,
Fischer señaló una cámara y empezó a gritar.
Spassky estaba de pie. “¡Me voy!”, anunció bruscamente, con los
modales de un conde ruso, e informó a Fischer y Schmid de que él iba a
jugar la partida en el escenario.
Schmid recordaba después que “por un momento, no supe qué hacer.
Luego paré el reloj de Spassky, incumpliendo las normas. Pero tenía que
controlar esa situación increíble de algún modo”.
Los hombres continuaron hablando, pero sus voces se apagaron.
Schmid puso sus brazos en los hombros de Spassky y le dijo: “Boris, me
has prometido que jugarías aquí la partida. ¿Vas a romper esa promesa?”
Después, se giró hacia Bobby y dijo: “Bobby, por favor sé amable”.
Spassky se quedó boquiabierto diez minutos, mientras pensaba qué
hacer, y al final se sentó. A Fischer le dijeron que sólo era una cámara
silenciosa de circuito cerrado que estaba proyectando el juego en una pan­
talla gigante en el escenario. No se guardaría ninguna copia. De algún
modo, lo aceptó.
Fischer pidió disculpas por sus palabras precipitadas, y finalmente am­
bos se pusieron manos a la obra. Jugaron una de las mejores partidas del
encuentro. Después del séptimo movimiento de Fischer (habían transcu­
rrido quince minutos en su reloj, tras los cinco de Spassky), salió de la sala
un momento. Al pasar al lado de Schmid, el árbitro notó que parecía estar
muy grave. “Tiene un aspecto horrible”, dijo después. Sí, y también parecía
furioso, indignado, y totalmente terco, casi de forma maniática.
Cuando la partida se aplazó en el movimiento cuadragésimo primero,
la posición poderosa de Fischer era irresistible. La partida continuó al día
siguiente, y Bobby, que se sentía pletórico porque estaba en una posición
220 • ENDGAME

ganadora, aceptó jugar en el escenario principal. Al com ienzo de la partida,


Spassky echó un vistazo breve al movimiento precintado de Fischer, que
ganaba a la fuerza, lo cual significaba que no existía ambigüedad en la
posición: Bobby tenía asegurada una victoria demostrable y firme. Spassky
detuvo su reloj, indicando así su abandono.
Con retraso como de costumbre, Fischer llegó corriendo al escenario
quince minutos tarde y sin aliento. Spassky ya iba de camino a su hotel.
“¿Qué ha pasado?”, preguntó, y Schmid le dijo: “El Sr. Spassky ha abando­
nado”. Fischer firmó su hoja de anotación y salió del escenario sin decir
nada más. Cuando llegó a la salida, no pudo resistir sonreír a los admira­
dores que esperaban allí.
Aunque parecía ridículo insinuar que el resultado del encuentro entre
Fischer y Spassky era previsible tras sólo dos partidas, un punto para cada
uno, había razones para ello. El hecho es que la primera victoria de Fischer
contra Spassky era algo más que una reducción de la brecha. Era la crea­
ción de la gestalt lo que Bobby necesitaba para demostrarse a sí m ism o que
era capaz de tener la posición dominante. Una partida en tablas no tendría
importancia. Había demostrado tiempo atrás que podía hacer tablas con
Spassky, aunque cierto es que de forma poco frecuente. Si ganaba, Bobby
no sólo obtendría la primera gota de sangre de su rival, sino que también
se aseguraría de que la herida no se cicatrizara pronto.
Aunque Bobby estaba llevando a cabo una batalla secundaria contra las
cámaras de Reikiavik, las de Nueva York estaban televisando su forcejeo
épico frente al tablero. Shelby Lyman, profesor universitario de sociología
de treinta y cinco años, era un maestro que había ocupado un lugar
elevado en la clasificación de los jugadores en Estados Unidos. Presentaba
un programa de cinco horas, casi a diario, en la televisión pública, en el que
debatía las partidas, movimiento a movimiento, a medida que el reportero
de PBS en Islandia le contaba la información y los com entarios de los
colores por teléfono. Mostraba cada m ovim iento nuevo en un tablero
de exhibición e intentaba predecir cuál sería el próximo m ovim iento de
Fischer o Spassky. En una forma primitiva de programación interactiva,
los espectadores llamaban al estudio para ofrecer sus propuestas para el
movimiento siguiente. A menudo tenía grandes maestros com o invitados
en el programa, que evaluaban las propuestas de la audiencia y debatían
las posibilidades de victoria o derrota de los participantes.
Lyman era elocuente de una manera llana y, además de sus análisis del
encuentro, añadía explicaciones para que fueran comprensibles para los
principiantes del ajedrez. Por ejemplo, en una ocasión dijo: “N o es sufi­
ciente con tener respeto a los afiles de una forma abstracta; ¡debes tener
Frank Brady • 221

cuidado con ellos!” Después de las primeras emisiones, ya había más de


un millón de televidentes siguiendo las partidas y, después de dos meses,
Lyman se convirtió en una estrella. La gente le paraba por la calle y le
pedía autógrafos. El programa era tan famoso que redujo la cobertura del
béisbol y el tenis, los cuales normalmente se veían en los bares deportivos
de Nueva York, y cuando el canal cubrió la Convención Nacional Demó­
crata en Washington, el canal se desbordó por las miles de llamadas que
pedían que volvieran a emitir el encuentro de ajedrez. Los representantes
del canal cedieron a las peticiones de los televidentes, dejaron la conven­
ción y volvieron a emitir el encuentro.
La misión y el carisma Fischer transformaron la imagen y el estatus
del ajedrez en Estados Unidos y también en otros países. En Nueva York,
la gran demanda provocó que se agotaran las existencias de juegos de
ajedrez en grandes almacenes como Bloomingdale’s y Macy’s. Tampoco
fue sencillo para las editoriales de los dos libros de Bobby, Mis 60 partidas
memorables y Bobby Fischer enseña ajedrez, responder a la demanda por
la perspectiva de la estrella del ajedrez. Los clubes de ajedrez de todos los
lugares veían como aumentaban sus miembros: durante el encuentro, el
club de ajedrez Marshall dobló sus miembros a 600 y la Federación de
Ajedrez de Estados Unidos, decenas de miles. Por primera vez en sus vidas,
los maestros del ajedrez podían vivir decentemente impartiendo clases
porque tenían muchos alumnos nuevos. La gente jugaba al ajedrez en el
trabajo, en la hora del almuerzo, en los restaurantes, en las entradas de
sus casas y en sus patios traseros. No existe ninguna estadística fiable que
documente cuántas personas se aficionaron al juego como consecuencia
de la publicidad relacionada con el encuentro entre Fischer y Spassky,
pero algunos estiman que fueron millones.
Las presiones fuera del tablero provocaban sin duda un gran estrés a
Spassky, que estaba menos acostumbrado que Bobby a estar en el ojo del
huracán. Y eso posiblemente afectaba a la agudeza de su rapidez de pensa­
miento porque en la quinta partida abandonó, después de cometer quizás
el error más grave de su carrera en el movimiento vigésimo séptimo, ter­
minando así uno de los encuentros decisivos más breves en la historia del
campeonato mundial.
El gran maestro Miguel Najdorf, que estaba sentado en un lateral,
comparó la partida siguiente, la sexta, con una sinfonía de Mozart. Fischer
realizó un ataque fulminante y rodeó a Spassky en una red de mate que le
obligó a rendirse. Más tarde, Fischer insinuó que esta partida había sido
su favorita del encuentro, y muchos grandes maestros, como Larry Evans,
222 • ENDGAME
señalaron que la jugada había sido ejecutada de manera tan perfecta que
se había convertido en el momento decisivo del campeonato.
Fischer empezó a decir a sus amigos que pensaba que el encuentro
acabaría a su favor en dos semanas. Se estaba convirtiendo en una persona
sociable e incluso hacía intentos de humor británico. A principios de
agosto, mientras contemplaba por la ventana de su habitación del hotel el
vacío septentrional en un día gris, bromeó: “Islandia es un lugar bonito.
Tengo que volver en verano”.
Aunque nunca antes se había revelado, Regina Fischer, disfrazada con
una peluca rubia y ropa elegante, viajó en avión desde Inglaterra y visitó
a Bobby en el Loftleidir para darle ánimos y felicitarle por lo que parecía
que sería a ciencia cierta su victoria en el campeonato. No quería que la
reconocieran. Creía que la curiosidad de los periodistas restaría valor
al momento estelar de su hijo. Durmió en la suite de Bobby una noche,
pero no fue al Laugardalshöll a verle jugar. En lugar de eso, volvió a Reino
Unido al día siguiente.
En muchos sentidos, el “trece de la mala suerte” fue la partida
fundamental del campeonato entre Fischer y Spassky. Fue una maratón
de nueve horas y media en la que Fischer, aunque poseía un peón más
adelantado, tenía una posición complicada que iba directa al aplazamiento.
No pudo encontrar ninguna mejora durante el análisis por la noche y,
cuando continuaron, se vio obligado a seguir buscando tablas. En el
movimiento sexagésimo noveno, lógicamente agotado, Spassky cometió
un error grave. Cuando se dio cuenta de su error, prácticamente no podía
ni mirar al tablero y apartó la cabeza varias veces por la humillación y
frustración que sentía. Fischer, después de mover para recoger el regaló
de Spassky, se recostó en su silla y miró al ruso con determinación al ruso
—analizándole—. Durante un largo rato, no quitó sus ojos de Spassky.
Solamente había un poco de compasión en los ojos de Fischer, que
convirtió el episodio en una verdadera tragedia aristotélica: el terror de
Spassky mezclado con la lástima de Fischer. Finalmente, Spassky movió,
pero abandonó en el movimiento septuagésima cuarto.
En ese momento del encuentro, Fischer dejó de correr los riesgos que
a menudo son necesarios para ganar una partida. Debido a su cautela
inusual, las siguientes siete partidas, entre la catorce y la veinte, fueron
todas tablas. Después del encuentro, Fischer explicó que no había jugado
buscando tablas, sino que se dio cuenta de que sus tres puntos por encima
eran suficientes para ganar el título, siempre y cuando pudiera evitar que
Spassky ganara alguna partida.
Frank Brady • 223

Después de veinte partidas, los resultados eran 11 1/2-8 1/2 a favor de


Fischer. Solamente necesitaba dos tablas o una victoria en las cuatro
partidas restantes para arrebatarle el título al ruso y a Rusia. El futuro de
Fischer empezaba a hacerse patente.
Poco antes de la última semana del encuentro, la delegación soviética,
por medio de una declaración larga y absurda, acusaba a Fischer de poder
estar influyendo en el comportamiento del campeón mundial por medio
de "sustancias químicas o medios electrónicos”. Sorprendentemente, el
departamento de policía de Reikiavik y los científicos islandeses iniciaron
una investigación. La silla de Spassky fue desmontada y radiografiada, se
tomaron raspaduras en los alrededores, e incluso analizaron el aire del
escenario. La imagen de un policía fornido recorriendo el escenario con
úna bolsa de plástico vacía, intentando “capturar” el aire, era como sacada
de una comedia de Chaplin. ¡Se encontró un objeto en la silla de Spassky
que no estaba en la silla idéntica de Fischer! Pero el arma secreta resultó
ser un grumo del sellador que el fabricante había dejado. Fischer se rió
a carcajadas cuando se enteró y dijo que esperaba una estrategia más
complicada por parte de los rusos.
Donald Schultz, que formaba parte del equipo de Fischer, estaba pre­
sente cuando la madera de la silla fue radiografiaba y vio la propia radio­
grafía. También vio una segunda y se dio cuenta de que el grumo ya no
estaba ahí. No pudo evitar preguntarse si alguno de los rusos habría infil­
trado algo en la silla para poner en un aprieto a Bobby pero, pensándolo
bien, de algún modo se había eliminado para que los propios soviéticos no
estuvieran en una situación comprometida si se podía demostrar que ellos
lo habían puesto allí.
Los rusos insistían en que se retirara la iluminación del escenario
para ver si había algún dispositivo electrónico escondido que pudiera
estar influyendo en el juego de Spassky. Un policía empezó a desenroscar
la esfera y gritó desde la escalera que allí había algo. Los rusos y los
estadounidenses fueron corriendo hasta la base de la escalera mientras el
policía bajaba con su descubrimiento: “¡Dos moscas muertas!”
El caso fue cerrado de manera vergonzosa, quedando claro que los
soviéticos, estupefactos por la posible pérdida de “su” título, buscaban
una coartada que ensuciara el logro de Bobby. El London Times resumió
el circo del ajedrez en forma humorística y mordaz: “Empezó como
una farsa de Beckett —Esperando a Godot. Después se convirtió en una
tragedia de Kafka. Ahora va más allá de Kafka. Quizás Strindberg podría
hacerle justicia”.
224 • ENDGAME
La partida vigésimo primera empezó el 31 de agosto, y Fischer, que
jugaba con las piezas negras, manejó el final del juego de manera estelar;
un aplazamiento en el que daba la impresión de que podría ganar. Si eso
llegaba a ocurrir, la partida vigésimo primera sería la última de Bobby.
Para vencer a Spassky y convertirse en campeón del mundo, necesitaba
reunir 12 1/2 puntos, y una victoria le haría llegar a ese número mágico.
Al día siguiente, Harry Benson, un escocés que era fotógrafo clave del
Time Life, se encontró con Spassky en el hotel Saga. “Hay un nuevo cam­
peón”, le dijo Spassky. “No estoy triste. Es un acontecimiento deportivo, y
he perdido. Bobby es el nuevo campeón. Ahora tengo que dar un paseo y
tomar un poco de aire fresco”.
Benson se dirigió en coche al hotel Loftleidir de inmediato y llamó a
Bobby por teléfono. “¿Estás seguro de que es oficial?”, preguntó Fischer. Le
dijo que sí, y respondió: “Bueno, gracias”.
A las 14:47, Fischer apareció en el escenario del Laugardalshöll para
firmar su hoja de anotación.Schmid hizo el anuncio oficial: “Damas y
caballeros, el Sr. Spassky ha abandonado por teléfono a las 12:50. Es una
forma típica y legal de abandono. El Sr. Fischer ha ganado esta partida, la
número veintiuno, y es el vencedor del campeonato”.
Los espectadores se volvieron locos. Fischer sonrió cuando Schmid le
dio la mano, después hizo de manera torpe una señal con la cabeza al pú­
blico —parecía incómodo—, y empezó a irse. Antes de salir, hizo una pau­
sa breve y miró a la multitud, como si fuera a decir algo o a saludar quizás.
Después, desapareció rápidamente entre bastidores y salió del edificio. La
muchedumbre se arremolinó alrededor de su coche, conducido por Sae
mi Palsson, su guardaespaldas. Los reporteros de televisión y radio daban
golpes con sus micrófonos y cámaras en las ventanas cerradas. Lombardy
estaba sentado en el asiento trasero, y los tres se alejaron en el coche. Sola­
mente después de que se pusieran en camino, Fischer se permitió esbozar
una gran sonrisa de niño. Era el campeón mundial de ajedrez.

***
Dos días después de que Fischer ganara el campeonato, se celebró un
banquete lleno de lujos en su honor en el Laugardalshöll. Boris Spassky
asistió, al igual que el árbitro Lothar Schmid, y el presidente de la FIDE,
el Dr. Max Euwe, que ofició el acto. El acontecimiento se había planeado
durante semanas y estaba vendido por completo mucho antes de que el
encuentro terminara. Asistieron más de mil personas (los revendedores
consiguieron entre 75 $ y 100 $ por una entrada de 22 $), y todos se dieron
Frank Brady • 225

un banquete de cordero y cochinillo a la parrilla, servido por camareros


con cascos vikingos. Los “vikingos” llevaban copas con algo llamado
sangre de vikingo, un brebaje potente de vino tinto y coñac. En el mismo
escenario donde Fischer y Spassky habían combatido durante dos meses,
ahora tocaba una orquesta, y la música era un popurrí agradable de Los
cuentos de Hoffmann y La Traviata. La noche irradiaba una atmósfera del
Viejo Continente, como si el acto estuviera desarrollándose en 1872, en
una terraza de verano europea enorme, en lugar de en 1972, en un estadio
cubierto de Islandia.
Pero ¿dónde estaba Bobby Fischer? Los rumores se extendían por toda
la sala: “¡No va a venir!” “Tiene que venir... ¡hasta su hermana está aquí!”
“¡No le haría esto a Spassky!” “¡Todavía tiene que recoger su cheque!” “¡Ya
ha vuelto a Brooklyn!” “¡No vendrá!”
Cuando había transcurrido una hora si noticias del campeón y con
los convidados ya en lo más profundo de sus copas de sangre de vikingo,
el Dr. Euwe se desplazó atropelladamente hasta el escenario, mientras
la orquesta tocaba el himno de la FIDE: Gens Una Sumus. De repente,
vestido con un traje de pana granate que le habían hecho a medida en
Reikiavik, apareció Bobby. Sin esperar a que la música parase, caminó
hasta la mesa principal y se sentó. Spassky estaba sentado a dos asientos
de distancia, y Bobby estiró su mano para dársela. Euwe llamó a Fischer
al escenario, le colocó una gran corona de laurel sobre los hombros, y le
proclamó campeón del mundo. Después, le entregó una medalla de oro y
un certificado. La coronación terminó en un abrir y cerrar de ojos.
Al examinar la medalla, Bobby le susurró a Euwe: “Pero no pone mi
nombre”. Euwe sonrió y contestó: “¡No sabíamos si ibas a ser el ganador!”
Sin decir nada más, Bobby volvió a su mesa. Euwe siguió hablando y
mencionó que las normas tendrían que cambiarse para campeonatos
mundiales futuros, en gran parte debido a Bobby Fischer, que había
atraído tanta atención al juego.
Mientras Euwe continuaba con sus comentarios, Bobby parecía
aburrido y solitario, quizás porque más de mil personas alzaban la vista
con frecuencia para mirarle fijamente. Pero incluso aquellos que le
conocían bien parecían tener miedo de acercarse. Dos islandeses fornidos,
del tamaño de los frigoríficos del restaurante —ambos eran jugadores de
ajedrez—, estaban sentados cerca de su mesa vigilando, y cuando alguien
se acercaba a Bobby para pedirle un autógrafo o un beso, o simplemente
para felicitarle, les apartaban con poca delicadeza.
Desde su asiento, Bobby analizaba el escenario desde la perspectiva del
226 • ENDGAME

público y lo veía como ellos lo debían haber visto desde hace dos meses,
cuando observaban a los combatientes de perfil. Estaba ensimismado,
y solamente podemos hacer conjeturas de lo que pensaba. ¿Estaba
repitiendo mentalmente alguna de sus partidas contra Spassky? ¿Estaba
pensando en las líneas que debía haber adoptado —considerando si las
tenía que haber desarrollado mejor? ¿Se estaba reprendiendo por todas las
preocupaciones que había causado —todas las disputas por el dinero, las
cámaras y la iluminación?
Algún anhelo del confort de los antiguos hábitos debió embargarle
porque, al final, sacó su juego de ajedrez de bolsillo, hecho de cuero, y
empezó a repasar la última partida del encuentro. Spassky se había
cambiado al asiento de su lado y escuchaba su anáfisis. El diálogo parecía
natural, casi como si estuvieran jugando todavía. “Debería haber hecho
esto como jugada secreta”, dijo Spassky, mientras movía una pequeña
pieza de plástico e intentaba demostrar cómo tenía que haber continuado
el juego. “No hubiera supuesto ninguna diferencia”, respondió Bobby.
Luego, le mostró al ruso todas las variantes en las que había trabajado
durante el aplazamiento. Poco después, los grandes maestros Efim Geller
y Robert Byrn saltaron a la palestra. Había un borrón de manos de los
cuatro hombres realizando movimientos en un juego de ajedrez poco más
grande que una ficha. En ese momento, Les oiseaux dans la charmille de
Offenbach se filtró desde el escenario. Pero los jugadores de ajedrez no
parecieron darse cuenta.
Finalmente, hicieron entrega de los dos cheques del premio a Fischer,
uno por parte de la Federación de Ajedrez de Islandia y el otro, de James
Slater, el millonario cuya oferta económica había salvado el encuentro. Las
ganancias de Bobby ascendieron a 153.240 $. También le entregaron una
pieza de coleccionista: un libro enorme, contenido en un estuche y encua­
dernado en cuero, de la historia de Islandia. Guthmundur Thorarinsson se
quejó en privado —pero no a Bobby— de que la Federación de Ajedrez de
Islandia había perdido 50.000 $ en el encuentro porque no había obtenido
dinero por derechos televisivos o cinematográficos.
Cuando Bobby ya había tenido suficiente fiesta, se escabulló por la
puerta trasera con su amigo, el jugador argentino Miguel Quinteros, y sa­
lieron a pasárselo bien con las chicas islandeses que esperaban encontrar.
Tantas ganas tenía por salir de la fiesta que se le olvidó llevarse su libro
islandés conmemorativo, y nunca lo encontraron.
Justo antes de que Spassky se fuera de Reikiavik, Bobby envió al ruso
a su hotel una carta amable y una cámara envuelta de regalo como prueba
de amistad. Daba la impresión de que Spassky no guardaba rencor por el
Frank Brady • 2 2 7

hombre que le había vencido, aunque sabía que iba a tener que hacer fren­
te a momentos difíciles cuando volviera a Moscú. Su último comentario
sobre Bobby fue: “Fischer es un hombre del mundo del arte, pero es un ser
humano poco común en la vida diaria de este siglo. Me agrada Fischer, y
creo que lo entiendo”.
***
La limusina del alcalde Lindsay estaba esperando a Bobby cuando
llegó a Nueva York. El séquito de Bobby incluía a su guardaespaldas
Saemi Palsson y su mujer, y a Quinteros. “Es estupendo estar de nuevo en
Estados Unidos”, fue el único comentario de Fischer a los reporteros que
le esperaban. El alcalde había ofrecido a Bobby un desfile en homenaje
por el Cañón de los Héroes en Broadway, en el bajo Manhattan, un
honor singular que se otorgaba en el pasado a celebridades como Charles
Lindbergh, Franklin D. Roosevelt y los astronautas del Apolo, pero a
Bobby no le entusiasmaba demasiado la idea. Sus amigos y consejeros le
recordaron que si aceptaba, sería el único jugar de ajedrez en tener un
desfile en homenaje, y posiblemente nunca habría otro jugador de ajedrez
que recibiera tal distinción. Permaneció impasible: “No, no quiero”,
decidió. Sin embargo, aceptó una “pequeña” ceremonia en las escaleras
del ayuntamiento.
Recibió centenares de cartas y telegramas de felicitación, pero una de
las que se sintió más orgulloso
s>
new
< fue la siguiente:
=

- Estimado Bobby:

La “pequeña” ceremonia se convirtió en el día de Bobby Fischer en


la ciudad de Nueva York. Más de mil admiradores se reunieron en las
escaleras del ayuntamiento cuando el alcalde Lindsay premió a Bobby con
una medalla de oro (y no la llave de la ciudad como se publicó de manera
incorrecta) y le proclamó “el maestro más grande de todos”. Muchos de los
2 28 • ENDGAME

amigos de Bobby estaban allí, como Jack y Ethel Collins, Edmar Mednis,
Paul Marshal (abogado de Bobby) y su mujer Betty, y Sam Sloan. En esta
ocasión, Bobby dio un discurso: “Quiero desmentir un rum or malicioso
que ha estado circulando por ahí. Creo que empezó en Moscú. No es
cierto que Henry Kissinger me llamara por la noche para decirme los
movimientos”. El público se rió. “Nunca pensé que vería el día en el que el
ajedrez estuviera en todas las portadas de aquí, pero reducido a solamente
un párrafo en Pravda”. Aquel día, Bobby no era el antiguo Bobby arisco:
era gentil, divertido, y estaba dispuesto a firmar infinidad de autógrafos. El
New York Times en un editorial muy grande resumió lo que había logrado
=alcanzar:
cart>
<

Fischer, sin embargo, ha hecho algo más que simplemente


ganar el título mundial que durante tanto tiempo ha pensado
que era su derecho, incluso de forma obsesiva. Ha transformado
la imagen y el estatus del ajedrez en la mente de millones de
personas, lo cual ha multiplicado de repente el público del ajedrez
como deporte y el número de personas que lo juegan. Desde una
perspectiva más amplia, el encuentro entre Fischer y Spassky tiene
una importancia política sin igual. El resultado fue una atmósfera
que, por toda su tensión, contribuyó a mejorar el ambiente general
_de las relaciones entre soviéticos y estadounidenses.

Fischer, el héroe de la Guerra Fría, viajó a Nueva Jersey y se convirtió


en invitado temporal de su abogado, Paul Marshall. Bobby se sentía
tan asediado por los medios de comunicación que durante un tiempo
Marshall tuvo que tener un guardaespaldas enfrente de su casa palaciega
para mantener a la multitud de periodistas a raya.
11

Losañose1nlajungla
L A LARGA PERSECUCIÓN, casi monástica, del campeonato
mundial de Bobby Fischer, aunque no era totalmente casto, le
dejó poco tiempo para relacionarse con mujeres. “Quiero conocer
a chicas”, dijo Bobby cuando se mudó a Los Ángeles en 1973. “Chicas
animadas con pechos grandes”. Tenía veintinueve años, y aunque había
tenido algunas relaciones breves, nunca había vivido una relación
sentimental que mereciera la pena. En ese momento, con sus ganancias
de Reikiavik y un nuevo lugar en el que vivir —un apartamento que la
Iglesia Universal de Dios le había proporcionado a una renta moderada
de 200 $ mensuales—, pensaba que podía iniciar una nueva vida. Quería
leer más —no solamente publicaciones de ajedrez—, ganar más dinero,
continuar sus estudios religiosos, y quizás conocer a alguien de quien
pudiera enamorarse. Era lógico que tuviera una necesidad profunda de
retomar su vida afectiva y espiritual.
Sin embargo, no todo era altruismo y entusiasmo; parte de la realidad
todavía estaba empañada. Su alejamiento de la prensa provocó problemas
permanentes. Había sufrido una serie de rupturas en sus relaciones
con los organizadores de actos ajedrecísticos en Estados Unidos (ya no
hablaba con Edmondson, director ejecutivo de la Federación de Ajedrez
de Estados Unidos) y con los soviéticos en un futuro cercano, en lo que
preveía que sería la reanudación de sus formas turbias de competir.
Después del período de inactividad posterior a Reikiavik, que se alargó
casi un año, decidió que su prioridad sería conseguir más dinero, siempre
bajo sus condiciones. Así que, mientras trabajaba con Stanley Rader,
230 • ENDGAME

consejero principal de la Iglesia Universal, dio una rueda de prensa en


agosto de 1973 para publicitar sus planes.
Rader era abogado y el consejero más cercano a Armstrong. Como
consejero principal, se estaba haciendo rico gracias a su trabajo con la
Iglesia, y Bobby estaba impresionado con los signos de riqueza de Rader:
su Ferrari, su limusina con conductor, su mansión palaciega en Beverly
Hills y su uso de un jet privado. Rader se encargaba de los beneficios de
70 millones de dólares anuales que la Iglesia producía, en su mayoría por
medio de los diezmos de sus miembros. Bobby había dado a la Iglesia más
de 60.000 $ de sus ganancias en Islandia, y a la larga su diezmo ascendería
a casi 100.000 $.
En la rueda de prensa, decenas de periodistas y fotógrafos fueron
convocados en la sala de estar inmensa de Rader. Aparte de dos apariciones
televisivas justo después de Reikiavik, había transcurrido casi doce
meses desde que Bobby había hecho sus últimas declaraciones o, es más,
había sido visto en público. Las palabras “retirado” y “solitario” habían
empezado a dejarse escapar sobre él en las noticias de los periódicos.
Pocos días después de su victoria en Islandia, un artículo del New York
Times, titulado EL NUEVO CAMPEÓN TODAVÍA ES UN HOMBRE
MISTERIOSO, especulaba sobre si volvería a jugar de nuevo. Associated
Press abordó la misma dirección y publicó una noticia titulada BOBBY
FISCHER RECHAZA LA FAMA Y LA FORTUNA: SE HA RECLUIDO.
Era un punto de vista extraño, ya que en ese momento Bobby no tenía
intención de aislarse o rechazar el dinero; solamente estaba ocupándose
de asuntos personales que había descuidado durante años. Además, hasta
entonces los campeones de ajedrez tradicionalmente sólo defendían su
título cada tres años. Aunque el público quería que Bobby volviera al
tablero, su ausencia en el ajedrez durante menos de un año no era una
aberración.
Rader habló la mayor parte del tiempo en la rueda de presa, y se le
daba bien, ya que había sido el primero de su graduación en la facultad de
derecho de la universidad de California. Bobby, vestido de manera con­
servadora, estaba de pie a su lado algo nervioso. A lo largo del acto, los
fotógrafos hacían fotos, y Bobby parecía molesto cada vez que veía los
flashes. Rader dijo, con una voz sonora y enfática, que a Fischer le gus­
taría anunciar que pronto iba a volver a los 64 escaques y las 32 piezas...
muy pronto. “Estamos preparando una serie de exhibiciones simultáneas
y encuentros individuales para comienzos del año próximo. También esta­
mos pensando en un encuentro de exhibición en el que Bobby jugaría con
el equipo holandés al completo de forma simultánea. Un reportero lanzó
Frank Brady • 231

una pregunta: “¿Qué le parece una revancha para el campeonato?” Rader


y Bobby intercambiaron miradas, y el abogado respondió: “Es una posibi­
lidad”. El reportero volvió con una continuación inmediata: “¿Dependería
ese encuentro de la Federación de Ajedrez mundial?” Rader no dudó: “No
es algo probable, pero lo estamos debatiendo” Rader mencionó también
que estaban hablando sobre realizar un recorrido por Rusia y Sudamérica.
Los reporteros querían probar con Fischer: “¿Qué ha estado haciendo
el último año?”, fue una de las primeras preguntas. Bobby respondió
alargando sus palabras: “Bueno, eh, he estado leyendo, haciendo ejercicio,
jugando algunas partidas; ese tipo de cosas”. Le realizaron unas cuantas
preguntas generales más, y Bobby las contestó concisamente y con aplomo,
hasta que alguien le preguntó si estaba viviendo en un apartamento
subvencionado por la Iglesia. “Es un tema personal”, dijo. “No quiero
responder a más preguntas personales”. Un reportero le preguntó sobre
una supuesta oferta de 1 millón de dólares por un encuentro individual
contra Spassky en Las Vegas. Rader intervino con la respuesta: “Para
empezar, la oferta de Las Vegas no era una oferta de 1 millón de dólares
en firme. Dijeron que la oferta era de 1 millón de dólares, pero resultó ser
menos, y Bobby no quiso aceptar una cantidad inferior”.
Rader señaló que aparte de los encuentros no oficiales, el campeonato
mundial se llevaría a cabo en 1975, y consistiría en un encuentro entre
Bobby y la persona clasificada a través del sistema de Candidatos. “Cuando
defienda su título en 1975, será mucho más capaz de aprovecharlo
económicamente”, añadió Rader.
Y la rueda de prensa terminó. “Eso es todo, caballeros. Gracias”, dijo
Rader, y ambos se escabulleron. Los reporteros se miraron entre ellos,
incrédulos por la finalización repentina. Como consecuencia del acto
intrascendente, la cobertura resultante en la prensa fue prácticamente
nula.
Rader tenía motivos para serle útil a Bobby. Si lograba hacer millones y
continuaba dando grandes diezmos a la Iglesia, podría convertirse en uno
de sus benefactores principales. Además, cuanta más publicidad recibía
Bobby, más recibía la Iglesia. Antes de cerrar cualquier cosa, surgieron las
complicaciones.
A Bobby seguían llegándole ofertas económicas atractivas —casi fluían
-a raudales—, pero ninguna le satisfacía:
232 • ENDGAME

quiso realizar él las locuciones. Los guiones, escritos por Larry


Evans, fueron traducidos en varios idiomas y representados
fonéticamente para que a Bobby le resultara más sencillo leerlos.
Desafortunadamente, al realizar la locución para una grabación
piloto, no le gustó el sonido de su propia voz, y no aceptó que
un locutor profesional le remplazara. Al final, rechazó el proyecto
completo.
• Un empresario, al escuchar la oferta de un millón de dólares reali­
zada por Hilton Corporation en Las Vegas por un encuentro entre
Fischer y Spassky, se ofreció a incrementar la cantidad del premio
hasta
• 1,5 millones de dólares si jugaban en Texas, su estado de origen.
No llegó a buen puerto.
• Una empresa de publicidad ofreció a Bobby una “pequeña fortu
na”, según los comunicados de prensa, por escribir un libro sobre
su encuentro por el título. Se negó.
• Un productor de televisión quería que hiciera una serie de largo-
metrajes que podrían ser comercializados en todo el mundo. No
llegaron a un acuerdo.
• Le ofrecieron 75.000 $ más derechos residuales de autor y un co­
che nuevo simplemente por decir en un anuncio que él sólo con­
ducía ese coche, lo cual sería verdad ya que no tenía ningún otro.
Lo rechazó.
• La oferta más fabulosa le llegó en 1974, justo después del enfrenta­
miento entre Muhammad Ali y George Foreman (conocido como
El rugido de la selva) en Zaire. El gobierno de Zaire le ofreció 5
millones de dólares por jugar contra Anatoly Karpov en su país,
en lo que iba a ser un campeonato de ajedrez de un mes de dura­
ción. “Demasiado poco”, dijo Bobby. “¿Cómo se atreven a ofrecer­
me cinco millones de dólares por un encuentro de un mes? ¡Ali
recibió el doble por sólo una noche!” (en realidad, no lo hizo).
Tras ese encuentro, Ali empezó a llamarse a sí mismo “el mejor”,
y Bobby también discrepaba con eso. “Ali me lo ha robado”, dijo
Bobby. “Yo usaba ‘el mejor’ en referencia a mí en la televisión antes
- que él”.
Frank Brady • 233

complejo turístico Tropical Palace a las afueras de Manila. En el torneo,


realizó el primer movimiento ceremonial y jugó una partida simulada
contra el presidente Marcos, la cual terminó en tablas simuladas tras ocho
movimientos.
Los periodistas preguntaron a Fischer por qué había aceptado la oferta
de ir a Filipinas en su primera visita “oficial” si había rechazado ofertas
similares de otros países. “Estuve allí en 1967”, dijo. “Todavía no era
campeón del mundo, pero me trataron así”. Según Casto Abundo, jugador
de ajedrez que se definía como “joven sirviente fiel” de Bobby durante su
estancia en 1973, Bobby estudiaba ajedrez todas las noches y se preparaba
ya para enfrentarse a quien resultara ganador del encuentro de Candidatos.
Después de terminar su estudio, frecuentemente daba largos paseos a las
tres de la mañana y no se dormía hasta las cuatro. Las secuencias filmadas
en la visita muestran a Bobby en la cúspide de su vida. Vestía la camisa
tradicional barong blanca y a menudo lucía una guirnalda de flores, tenía
un aspecto atractivo y de estar en forma, y siempre sonreía. A los filipinos
les encantaba; Marcos le entretenía en el palacio y en su yate; la mujer
de Marcos, Imelda, comía con él; y las jovencitas se arremolinaban en
torno a él constantemente, como si fuera una estrella del cine. En una
escala en Bangkok de camino a Manila, había comprado varios casetes
de música tailandesa, que ponía una y otra vez por la noche mientras
revisaba partidas. Cuando zarpó de vuelta a Estados Unidos, su cariño
por los filipinos se había incrementado,
Paul Marshall, abogado de Bobby durante las negociaciones del
encuentro entre Fischer y Spassky, dijo que cuando volvió de Islandia
recibió ofertas que podían haber sumado en total 10 millones de dólares
—pero las rechazó todas. El interés de Bobby por hacer dinero era
indudable, por lo que abundaban las teorías de los motivos por los que
obraba de forma contraria a sus intereses económicos. Un amigo apuntó
a su mentalidad de que el ganador se lo lleva todo, diciendo: “Si alguien
le ofrece un millón de dólares, él piensa que hay más disponible, y lo
quiere todo”. El gran maestro Larry Evans prefería una explicación más
neutral: “Creo que piensa que prestar su nombre a algo está por debajo
de su dignidad”. El maestro internacional George Koltanowski intuía
que Bobby simplemente no confiaba en las personas y no quería que le
engañaran: “Hay una palabra para eso en alemán: Verfolgungswahnsinn”
dijo. “Significa manía persecutoria”. Pero quizás la mejor explicación del
motivo por el que Bobby descartó todas las ofertas económicas la dio el
propio Bobby: “La gente trata de explotarme. ¡Nadie va a ganar un centavo
de mí!” Ni diez centavos tampoco —a corto plazo, al menos.
234 • ENDGAME

Mientras se desarrollaban todas estas correrías financieras —ofertas,


discusiones, negociaciones, aceptaciones, y luego rechazos—, Bobby
llevaba su propio camino, pero influenciado y guiado por la Iglesia. Los
representantes eclesiásticos pusieron a su alcance a mujeres jóvenes y
ampliamente dotadas —todas miembros de la Iglesia—, pero como la
intimidad física no estaba permitida, Bobby tardó poco en desilusionarse.
Después de tener citas con ocho “candidatas” distintas, las cuales
adoptaban todas el mismo guión alejado del sexo, abandonó sus relaciones
eclesiásticas como vía para encontrar una vida amorosa.
Su conexión con la Iglesia siempre fue un poco ambigua. No estaba
inscrito como miembro, ya que no estaba de acuerdo en ser bautizado por
medio de la inmersión total en agua, a manos de Armstrong o alguno de
sus pastores. Y puesto que no era considerado un converso reconocido
debidamente, a veces se referían a él como compañero o, de manera
menos educada, “bordeador” —persona que está en el borde o a la vera la
Iglesia, pero no está totalmente comprometido con su misión—. La Iglesia
imponía una serie de normas que Bobby pensaba que eran ridiculas y se
negaba a cumplirlas, como la prohibición de escuchar música hard rock o
soul (aunque él prefería el rhythm and blues), ver películas no aptas para
todos los públicos o para menores de 10 años, salir o confraternizar con
personas que no eran miembros de la Iglesia, y tener relaciones sexuales
prematrimoniales.
Irónicamente, a pesar de lo poco dispuesto que estaba Bobby por
cumplir los principios de la Iglesia, su vida todavía giraba en torno a ella.
Asistía a un curso muy difícil sobre la Biblia, aunque solamente estaba dis­
ponible para los miembros (la Iglesia hizo una excepción con él); hablaba
sobre asuntos personales y financieros con Rader y Armstrong; y rezaba
al menos una hora diaria, además de dedicarle tiempo al estudio minu­
cioso de las enseñanzas de la Iglesia. En una visita a Nueva York, mientras
conducía por Manhattan con su amigo Bernard Zuckerman, Bobby hizo
una referencia a Satanás. Zuckerman, siempre sarcástico, dijo: “¿Satanás?
¿Por qué no me lo presentas?” Bobby se horrorizó. “¿Qué? ¿No crees en
Satanás?”
Como seguía pagando más y más diezmos a la Iglesia, disfrutaba de
ventajas aptas únicamente para los miembros más de mayor categoría,
como el uso ocasional de un jet privado y una limusina con conductor;
invitaciones a áctos exclusivos, como fiestas, conciertos y cenas; y un
desfile continuo de mujeres bonitas e inteligentes que no podía tocar.
También tenía acceso al entrenador personal de la Iglesia, Harry Sneider,
un antiguo campeón de halterofilia que mostraba un interés especial por
Frank Brady • 235

Bobby. Sneider entrenaba a Bobby en natación, halterofilia, tenis y fútbol,


y se hicieron amigos.

Con la misma diligencia con la que absorbía los conocimientos de


ajedrez, Bobby empezó a hacer una búsqueda incesante de cultura general
en esa época. La biblioteca de la universidad Ambassador de la Iglesia
Universal, a la que él podía acceder, era bastante limitada. Tenía libros
de religión y teología, pero él quería otros puntos de vista e investigar
otros temas, y nunca volvió a poner un pie allí tras escuchar que la habían
rociado con insecticida para las termitas.
Botvinnik quizás tenía razón cuando insinuó que Bobby tenía una
carencia de cultura y una educación escasa. Pero estaba decidido a ponerse
al día. Empezó a ir a las librerías de Pasadena, y cuando terminaba todas
sus estanterías, cogía el autobús hacia el centro de Los Ángeles y rastreaba
las estanterías de todas las librerías que encontraba. Se convirtió en un
lector voraz.
Han existido muchas teorías a lo largo de los años sobre el motivo por
el que Fischer con el tiempo se puso en contra de los judíos, que inclu­
yen la especulación de que la retórica de Bobby fuera provocada por la
aversión que sentía hacia los amigos judíos de su madre cuando era un
niño; que era hostil con los representantes de la Fundación de Ajedrez
de Estados Unidos, los cuales eran judíos en su mayoría; que al final se
desilusionó con Stanley Rader, que era judío pero se había convertido a la
Iglesia Universal de Dios; que estaba influenciado de algún modo por las
ideas nazis de Forry Laucks; y que le impulsaban las ideas que había leído
en la bibliografía que cayó en sus manos durante el tiempo que vivió en
California. Tal vez contribuyeron todos esos factores.
David Mamet, escritor que ganó el premio Pulitzer, describía el típico
judío que se odia a sí mismo en su libro, El hijo malvado, y su descrip­
ción, aunque era discutible, posiblemente podía aplicarse a Bobby: “La
persona que odia a los judíos empieza con una proposición que le honra
y le conforta, que consiste en que existe una fuerza diabólica, para darle
crédito, que él ha descubierto y demostrado con valor. Al oponerse a ella,
236 • ENDGAME

atractivos para el renegado simplemente porque son desconocidos”


En al menos una ocasión significativa, Bobby se dio cuenta de que las
otras eran menos atractivas de lo que pensaba al principio. Cada vez se
alejaba más de la Iglesia Universal de Dios. Herbert W. Armstrong había
hecho profecías que aseguraban que ocurriría una catástrofe mundial y
el Mesías volvería en 1972. 1973 estaba terminando, por lo que Bobby no
necesitó demasiada persuasión para tener una epifanía sobre los males de
la Iglesia. En una entrevista que ofreció a Ambassador Report (publicación
irreverente y controvertida que criticaba a la Iglesia) dijo: “La prueba
real para mí fueron esas profecías [falsas]... que me demostraron que
[Armstrong] es un completo charlatán. Yo pensaba: ‘Esto no me parece
apropiado. Les he dado todo mi dinero. Todo el mundo me ha estado
diciendo esto [que 1972 sería la fecha en la que la Iglesia Universal de
Dios huiría a un lugar seguro] durante años. Y ahora más o menos niega
haberlo dicho, cuando yo le recuerdo diciéndolo centenares de veces'. Si
usted habla de la realización de la profecía, [Armstrong] es la realización
de El fuego y la palabra. Si Elmer Gantry fuera Elias, Armstrong sería el
Cristo de los charlatanes religiosos. Es imposible que pueda ser realmente
el profeta de Dios. O Dios es masoquista y le gusta que le pongan en
ridículo o Herbert Armstrong es un falso profeta".
Antes de saberlo, sus ganancias de Reikiavik estaban empezando
a disminuir, y sin embargo veía cómo Rader y Armstrong viajaban por
todo el mundo, se divertían profusamente, y ofrecían regalos a los líderes
mundiales. “Todo esto es nauseabundo", dijo Bobby. Mientras deambulaba
por una librería de segunda mano en el centro de Los Ángeles, encontró
un libro antiguo polvoriento llamado Los protocolos de los sabios de Sion.
Aunque conoció el libro por casualidad, estaba preparado para ello. Era
una obra de ficción y pretendía ser el plan maestro actual de los líderes
judíos para tomar el poder en el mundo. El libro, publicado por primera
vez en 1905, todavía era considerado una obra de no ficción por algunas
personas en la época en la que Bobby lo encontró. Incluso hoy en día,
aquellas personas con predisposición a creerlo tienen plena confianza en
su precisión, y a lo largo de los años su publicación ha puesto de su parte
para avivar el antisemitismo mundial. Para enardecer el odio a los judíos,
el libro utiliza la psicología inversa y presenta un caso irrefutable contra los
no judíos: “La picardía sin fin de las personas goyim, que se arrastran por
imponer, pero son crueles frente a la debilidad, despiadados con la culpa
e indulgentes con los delitos, reticentes a soportar las contradicciones de
un sistema social libre, pero pacientes frente a los martirios de la violencia
de un osado despotismo". Mientras Bobby leía Los protocolos, pensaba que
Frank Brady * 2 3 7

había sinceridad en las páginas del libro, y su mensaje implícito resonaba


en su interior. Poco después, empezó a enviar ejemplares del libro a sus
amigos. A uno le escribió: “He estudiado Los protocolos detenidamente.
Considero que cualquiera que lo rechace sin darle importancia por su
falsedad, farsa, etc. está engañándose a sí mismo, los desconoce ¡o es
un hipócrita!” En aquella época, uno de los antisemitas, y en contra de
los negros, más combativo de Estados Unidos, Ben Klassen, acababa
de escribir su primer libro, La religión eterna de la naturaleza, y Bobby,
que no tenía una animadversión especial por los negros, se unió a las
teorías de Klassen sobre los judíos. “El libro demuestra que el propio
cristianismo es simplemente un engaño judío y otra de sus herramientas
para conquistar el mundo”, escribió Bobby. Al igual que Regina había
hecho proselitismo toda su vida por diversas causas —siempre liberales y
humanísticas—, Bobby también se convirtió en un proselitista. El peón no
se alejó demasiado de la dama.
En algún momento, Bobby envió por correo Los protocolos y La religión
eterna de la naturaleza a Jack y Ethel Collins, sin preguntarles si querían
leerlos. Le dio su dirección al librero directamente y luego les escribió una
carta de disculpas por haberla divulgado.
El credo en evolución de Bobby no era solamente antisemita. A
medida que se apartaba de la Iglesia Universal de Dios, también era
totalmente anticristiano. Desacreditaba tanto el Antiguo como el Nuevo
Testamento de la Biblia, el mismo libro que había formado una gran parte
de su sistema de fe. La idea de Dios en forma de un hombre que apareció
en la Tierra y luego había hecho un “acto de desaparición”, como Bobby
señalaba, durante dos mil años era increíble e ilógico.
A pesar de tener lo que se había convertido en un punto de vista
considerablemente antirreligioso, a Bobby le gustaba citar una canción
escrita por Les Crane, presentador de un programa de entrevistas de radio
y televisión. Basada en el poema Desiderata, la letra expresaba que todas
las personas del universo tienen derecho a estar aquí. Por lo visto, Bobby
no encontraba ninguna discrepancia entre la aceptación amable de la
canción y el poema y su filosofía de exclusividad en fase de desarrollo, que
rechazaba a todas las personas que no creían lo mismo que él.
Los Collins no supieron qué decirle a Bobby sobre sus nuevas con­
vicciones, las cuales parecían contradictorias: si todos tienen derecho a
estar aquí, ¿por qué Bobby lanza invectivas contra los judíos? Después del
regalo del libro, Fischer envió a los Collins otro texto largo y lleno de odio,
Gobierno mundial secreto, del conde y mayor general Cherep-Spiridovich.
El conde comienza su libro diciendo que los judíos son satanistas y ofrece
I

la teoría de que hay una conspiración judía para apoderarse del mundo.
Bobby continuó con otra carta: “¿Os gustaron los libros que os envié?” Jack
Collins no le respondió y, de hecho, es posible que ni él ni Ethel llegaran
a leerlos.
Pero Bobby era muy complicado. Aunque gran parte de su lectura
se limitaba a la bibliografía que incitaba al odio, también abarcaba otras
obras como el libro de aforismos y poesía de Dag Hammarskjöld, Marcas
en el camino, y el de Eric Hoffer, El verdadero creyente, que repudiaba de
muchas maneras el Armstrongismo y sobre el que Bobby dijo: “El mayor
peligro de una organización autoritaria como la Iglesia Universal de Dios
es cuando la autoridad se relaja un poco —tratan un poco mejor a la gente.
Entonces, los verdaderos creyentes empiezan a perder su miedo. La ma­
yoría de las personas son como las ovejas y necesitan el apoyo del resto”.
Sin embargo, a pesar de aceptar la validez de algunas ideas libera­
les, Bobby parecía estar endureciéndose frente al mundo y perdiendo la
sensibilización antes las personas necesitadas. También leía a Friedrich
Nietzsche en esa época y le influían libros como El anticristo y Así habló
Zaratustra. Aunque el filósofo alemán poseía una gran antipatía por el
cristianismo (se refería a él como idiota), no era antisemita en absoluto, lo
que posiblemente suponía un conflicto en las creencias de Bobby.
A través de conversaciones telefónicas y correspondencia, Regina
empezó a sentir el cambio de Bobby respecto a los prejuicios raciales y
religiosos, y se vio obligada a escribirle cuando se negó a ofrecer ayuda
económica a su padre titular, Gerhardt Fischer, y a sus hijos y esposa, que
habían sido encarcelados un tiempo en Sudamérica por sus protestas po­
líticas y acababan de salir. Viajaron a Francia en avión. Las palabras de
Regina fueron un intento no demasiado
cart>
< sutil de instruir a su hijo:
=
de personas que te ven como un genio y un ejemplo a seguir.
E star en tu posición es algo serio.

P ero aunque fueras desconocido, ser una persona decente


es una responsabilidad, hoy en día.

E s más fácil cerrar los ojos. Pero eso es lo que la gente


ha cía en la Alemania nazi mientras otras personas eran tor­
turadas y asesinadas y los niños rociados con gas hasta la
muerte como si fueran una plaga. E ra más cómodo no querer
oír o hablar sobre ello porque entonces sus conciencias les
habrían obligado a hacer algo.

S i te vas a enfadar conmigo, no lo hagas. R ecuerda:


hagas lo que hagas o pase lo que pase, soy tu madre, y nunca
te negaría nada que quisieras o necesitases, y nada cambiará
- eso.

_ Con cariño, T u madre


240 • ENDGAME

Bobby Fischer en el campeonato mundial de ajedrez de 1972, que ofrecía las


partidas con anotaciones escritas por Gligoric. También proporcionaba
una crónica del encuentro —antes, durante y después— y no era
precisamente halagador con Bobby. Tanto Rader como Marshall pensaron
en entablar una demanda, puesto que Bobby no había dado su permiso
para la publicación del folleto y su nombre aparecía en la portada dando
a entender de manera falsa que había contribuido en su creación, y ya que
ni él ni Spassky iban a recibir remuneración alguna por su publicación.
Marshall escribió una carta de cese y desistimiento al primer ministro de
Islandia y al presidente de la Federación de Ajedrez de Islandia, pero se
desconocía el número de ejemplares de los folletos que se habían vendido
en las librerías de Estados Unidos antes de que se retiraran del mercado.
Después, se anunció que se publicaría un libro titulado Bobby Fischer
vs. el resto del mundo en 1974, escrito por Brad Darrach, escritor de la
revista Life que había cubierto el encuentro y tenía acceso exclusivo a
Bobby. Marshall estudió la posibilidad de un mandato judicial para detener
la publicación de la obra, ya que, según Bobby, Darrach presuntamente
había incumplido su contrato: supuestamente, había acordado escribir
sólo artículos sobre Bobby, no un libro. Sin embargo, la obtención de
dicho mandato por medio de lo que se denomina “censura previa” era
casi imposible en los tribunales y Marshall aconsejó a Bobby que esperara
hasta que el libro fuera publicado. Entonces, si Darrach hubiera cometido
alguna otra violación, como calumnias o invasión de la privacidad, podría
entablar una demanda con mayor peso. Marshall, después de todo, era muy
consciente de la fama que tenía Darrach de revelar información íntima de
las vidas de sus sujetos. Al final, Bobby fue a los tribunales pero perdió, ya
que el juez desestimó el caso porque no se presentó correctamente ni con
pruebas suficientes.
El tercer problema legal fue la demanda que Chester Fox interpuso
contra Bobby porque había interferido en la grabación del encuentro
islandés. Aunque Bobby recibió numerosas solicitudes para que declarara,
éste se negaba, así que el caso se hizo interminable.
Mientras esperaba a ver cómo se resolvían estos líos, Bobby empezó
a prepararse para defender el campeonato mundial, casi con un año de
*antelación.

Parecía inverosímil que Anatoly Karpov, un estudiante de Economía


de la universidad de Leningrado de veintitrés años de edad, —pálido,
bajito y flaco— , que siempre tenía aspecto de necesitar un corte de pelo,
fuera aspirante al título contra Bobby Fischer, el lumbrera de treinta y dos
años de Brooklyn, campeón mundial con físico de atleta y la seguridad
de un rey. Pero Karpov se había clasificado para jugar contra Bobby ya
que había ganado los tres encuentros de Candidatos, durante los cuales
había jugado cuarenta y seis partidas extenuantes y solamente perdió tres.
En contraste con Bobby a la misma edad, estaba varios años por delante
en cuanto a su habilidad ajedrecística, y muchos jugadores de ajedrez —
no sólo los soviéticos— decían que podía ser incluso mejor que Bobby
cuando se desarrollara. Botvinnik, el antiguo archienemigo de Bobby, se
había convertido en el profesor de Karpov.
Con la esperanza de que el encuentro fuera como el de Reikiavik —
respecto a la atención mediática candente o, al menos, a los ingresos eco­
nómicos—, las ciudades de todo el mundo presentaron sus propuestas
para organizar el campeonato. A la cabeza de todas ellas estaba Manila,
que apareció con una oferta asombrosa de 5 millones de dólares —una
cantidad que, en caso de que el encuentro tuviera lugar allí, lo convertiría
en uno de los acontecimientos deportivos (si, en efecto, consideramos el
ajedrez un deporte) más lucrativos de la historia. Solamente había un pro­
blema: Bobby Fischer.
Solicitó a la FIDE un cambio de reglas que abandonara el método
antiguo de Reikiavik, en el que se determinaba el ganador por medio de
un encuentro de veinticuatro partidas. El método antiguo imponía que
todas las partidas fueran jugadas, y en caso de tablas, el campeón actual
mantenía el título. Bobby propuso un nuevo enfoque por medio del cual
el encuentro consistía en un número ilimitado de partidas, y el primer
jugador que consiguiera diez victorias sería el ganador. Las tablas no
contarían, y en caso de un resultado 9-9, el campeón actual mantendría
su título.
La FIDE aceptó la idea de las diez victorias, pero votó en contra de la
regla de 9-9. Además, en lugar de aceptar la idea de un número ilimitado
de partidas, lo redujeron a treinta y seis —que para Bobby era un número
terriblemente pequeño si las tablas no contaban. Apenas era una solución
intermedia. Bobby aseguró que su sistema disminuiría de verdad el núme­
ro de tablas, que daría lugar a partidas en las que los jugadores tendrían
más oportunidades, ya que intentarían lograr victorias en lugar de medios
puntos.
Fischer envió un cablegrama al consejo extraordinario de la FIDE en
los Países Bajos en el que decía que sus propuestas para las condiciones
del encuentro no eran negociables. También señaló en Chess Life &
Review que sus peticiones tenían precedentes y que se había utilizado en
muchos campeonatos importantes: “Steinitz, Tchigorin, Lasker (también),
Gunsberg, Zukertort... Todos ellos jugaron con un sistema de diez
victorias (y algunos encuentros con la condición 9-9). La idea al completo
es sacarles la sangre a los jugadores y ofrecer al público el valor de su
dinero”.
El coronel Edmund B. Edmondson, director ejecutivo de la Federación
de Ajedrez de Estados Unidos, intentó en vano que la FIDE modificara su
voto o que Bobby cambiara de opinión. La historia de las manipulaciones
empleadas para perm itir que el encuentro del campeonato mundial entre
Fischer y Karpov se llevara a cabo es suficiente como para completar un
libro aparte, pero los detalles no son impresionantes echando la vista atrás.
Fischer continuó con su intransigencia: la FIDE tenía que cambiar
las normas para cumplir sus peticiones o no jugaría. Empezó a realizar
declaraciones como si fuera un dios sobre el encuentro a sus amigos: “Les
castigaré y no jugaré”, como si tuviera el derecho soberano del castigo
divino. La fecha límite para seguir adelante o abandonar el encuentro se
acercaba, y luego llegó... y pasó sin más noticias del campeón. La FIDE le
dio un día más para que cambiara de opinión. Al final, Euwe le envió un
cablegrama:
s>
new
<
=
El eco de su resolución se escuchó por todo el mundo.
El New York Times publicó una noticia redactada por el gran maestro
internacional Robert Byrne, El miedo alfracaso de Bobby Fischer, en la que
opinaba que los miedos de Bobby siempre le habían mantenido al margen
de algunos torneos porque creía que si perdía una partida o dos al princi­
pio de un acontecimiento, prácticamente sería eliminado como vencedor.
El principal miedo de todos los jugadores de ajedrez de primer nivel, decía
la noticia, “es el error inexplicable al que nadie es inmune”, un error gra­
ve fortuito. Hasta Paul Marshall, abogado de Bobby, abordó su “temor”:
“Bobby tiene miedo a lo desconocido, aquello que no está bajo su control.
Intenta eliminar cualquier elemento de azar de su vida y de su ajedrez”. Lo
que parecía que todos pasaban por alto era que frente al tablero no tenía
miedo a nadie. Sí que mostraba nerviosismo antes de una partida, como
algunos grandes actores sienten miedo escénico antes de actuar, pero este
estado de ansiedad no debía confundirse con el miedo. Dicha ansiedad era
la madre de los presagios de Bobby; le mantenía en tensión y le proporcio­
naba una ventaja. Al final, su altísima seguridad en sí mismo fue lo que le
hizo ser un gran jugador.
M. Barrie Richmond, psicoanalista y doctor en medicina, escribió una
disertación titulada El significado de la decisión de Bobby Fischer que dis­
crepaba con Robert Byrne y sostenía que Fischer debería verse como un
artista profundo, un fenómeno del orden de Picasso. Richmond mantenía
que el hecho de que Bobby no revalidara su título indicaba la responsa­
bilidad que sentía consigo mismo como campeón mundial: su intento de
dar forma, crear y alterar su propio universo de reglas estaba dirigido a esa
responsabilidad y no tenía nada que ver con el miedo.
Sin mover ni un peón, el 3 de abril de 1975, Anatoly Karpov fue
declarado duodécimo campeón mundial por el Dr. Max Euwe, presidente
de la FIDE. Y aquel día, Bobby Fischer se convirtió en el primer campeón
que renunciaba voluntariamente al título y, con ello, a la posibilidad de
competir por las ganancias del vencedor de 5 $ millones... ¡5 millones de
dólares! Fue el rechazo a un premio más grande de la historia del deporte.
El ganador habría recibido 3,5 millones de dólares, y el perdedor, tenía
asegurados 1,5 millones. Todo fue rechazado, y por el simple hecho de una
disputa por las reglas.
“No tengo ni idea de por qué Fischer se negó a revalidar su título”,
dijo Karpov más adelante con algo de frialdad. Aunque era el campeón,
no tenía una experiencia convincente, su derecho a llevar la corona había
quedado en duda por la sombra de Bobby. También le despojaron de los
millones de dólares que podía haber recibido si los dos hombres hubieran
244 • ENDGAME

jugado. Dijo ofendido: “Es un caso sin precedentes en la historia del


ajedrez”.
Para escapar de todo —el embrollo del campeonato mundial y el acoso
constante de los reporteros y fotógrafos—, Bobby se fue solo de crucero
por el mundo durante dos meses. Sus viajes en barco pasados —hacia y
desde Europa, y desde Filipinas a Estados Unidos vía Hong Kong— había
sido completamente relajantes: sin contacto telefónico, sin correo, sin
nadie que le molestara y con comida magnífica servida durante todo el
día. Era el paraíso. Ahora le había crecido la barba y la mayoría de la gente
no le reconocía, así que había recobrado la paz y el anonimato de sus viajes
anteriores. Le facilitó un ambiente placido, al menos durante la duración
del viaje. No obstante, todavía era muy dado a meditar sobre la raza o
la religión y, en un momento dado, escribió a Ethel Collins diciéndole
que le gustaba Indonesia, donde se había quedado en una granja unos
días cuando el barco atracó en Bali. Al darse cuenta de que la mayoría
eran musulmanes, Bobby parecía contento de que hubieran conservado
su “pureza cultural”. En Nueva Delhi, compró un juego de ajedrez de viaje
con clavijas para fijar las piezas por 15 $ y un diseño con gran detalle
que había sido fabricado en sándalo oloroso, pero tuvo remordimientos
por haber pagado tan poco por él. Se dio cuenta de que el artesano que
lo había esculpido posiblemente recibiera sólo una fracción del precio de
venta por su trabajo.

*
Frank Brady • 245

En una ocasión, dijo que lo único a lo que temía era a los periodistas, y
entrar y salir de la casa pasando desapercibido y sin enfrentarse con la
prensa requería el ingenio de Houdini y la destreza de un gimnasta. A
veces, tenía pánico.
Si un amigo quería ponerse en contacto con él, tenía que llamar a
Claudia primero, ella bajaba las escaleras y le daba el mensaje a Bobby o
se lo dejaba allí, y luego Bobby le llamaba si así lo decidía. Nunca aceptaba
llamadas directamente a no ser que él las iniciara. Claudia también le
llevaba en coche a algunos lugares más apartados de Los Ángeles; en
otras circunstancias era bastante hábil para desplazarse en autobús a
donde quisiera ir. Se convirtió en un hombre rutinario: se levantaba a
las 16:00 y se dirigía a Los Ángeles o al centro de Pasadena para tomar
su primera comida del día, después iba en busca de librerías, y buscaba,
buscaba, buscaba... Le encantaba la comida india y la china y devoraba
algo parecido a toneles de ensalada siempre que era posible.
Cuando terminaba la búsqueda de libros de ese día, volvía al sur de
Pasadena a primera hora de la tarde para hacer ejercicio en el gimnasio,
cuarenta y cinco minutos de natación y, luego, sauna. Al anochecer, volvía
a Mockingbird Lane y se acomodaba en su mundo de lectura y estudio del
ajedrez: paz. Si no le visitaba algún amigo, casi nunca salía por la noche
sino que disfrutaba de la comodidad y seguridad de su hogar.
El apartamento estaba cubierto de libros, revistas y montones de ropa,
y olía a naranjas frescas: Bobby compraba estas y otras frutas y verduras en
bolsas llenas. Todos los días, bebía uno o dos vasos de medio litro de zumo
de zanahoria, uno detrás del otro. Había decenas de botellas de píldoras
vitamínicas, medicinas herbarias indias, pastillas de serpiente de cascabel
mexicanas, lociones y tés exóticos amontonados en las mesas y las repisas,
por todas partes, para ayudarle a mantener lo que él creía que era una
dieta estricta y saludable —y para tratar algunas enfermedades que tenía
de vez en cuando. Frecuentemente, llevaba su exprimidor de zumo a los
restaurantes, pedía el desayuno y un vaso vacío, pelaba media docena de
naranjas, las partía por la mitad y las exprimía en su mesa mientras los
clientes y camareros le observaban entre perplejidad y diversión. Empezó
a hacerse más corpulento y a tener más músculo, y parecía que estaba en
perfecta forma física.
Acumulaba cientos de revistas de ajedrez en cinco o seis idiomas y todo
tipo de libros de ajedrez, enviados por su madre en su mayoría. Regina,
que vivía en Jena, al este de Alemania, detrás del telón de acero, y estaba
terminando su carrera de medicina, podía adquirir la última bibliografía
ajedrecística de los soviéticos por un precio bastante razonable y
2 4 6 • ENDGAME

regularmente realizaba envíos a su hijo, de manera caprichosa o a petición


de él. Llegó un momento en el que Bobby tuvo que decirle que dejara de
enviarle libros porque se estaba quedando sin espacio en la habitación.
Repetía solo las últimas partidas —de torneos en lugares que iban des­
de Inglaterra a Letonia, Yugoslavia o Bulgaria— hasta las altas horas de la
noche y silbaba y gritaba m ientras seguían los movimientos. Exclamaba
“¡Sí!”, “¡Ridículo!”, “¡Es el caballo!” o “¡Siempre la torre en esa columna!”
tan alto que sus dictámenes podían escucharse desde la calle silenciosa en
la que vivía. Los arranques de Bobby sobresaltaban a los viandantes, poco
frecuentes, y a veces daban lugar a las quejas de los vecinos.
A finales de la década de 1970, Fischer no había jugado ni una sola
partida en público desde el campeonato en Islandia. Continuaba estu­
diando el juego, pero pasaba más tiempo investigando sus teorías sobre
la religión. En algún momento, le reconocieron en un aparcamiento con
un montón de folletos antisemitas que promulgaban la superioridad de la
raza aria. Además de entregarlos a las personas que pasaban, los colocaba
en los parabrisas. Poco a poco, sus ahorros se evaporaban y, aparte de sus
cheques semestrales por los derechos de autor de sus libros, Bobby Fischer
enseña ajedrez y Mis 60 partidas memorables —que le reportaban unos
6.000 $ anuales en total—, no tenía ninguna otra fuente de ingresos.
Ya fuera por elección o por necesidad, Bobby se mudó de la casa de
los Mokarow y se instaló en Los Ángeles, en una habitación amueblada,
pequeña, sórdida, oscura y barata, en Orange Avenue, a una manzana
de Wilshire Boulevard. Aunque, en poco tiempo, el alquiler se convirtió
en mucho más que una carga que soportar. Por ese motivo, escribió a su
madre, que estaba viviendo en Nicaragua donde era doctora voluntaria de
los más necesitados, para ver si ella podía ayudarle. Ella inmediatamente
le indicó a su hermana, Joan, que le enviara la cantidad total de su cheque
mensual de la Seguridad Social para ayudarle con el alquiler. Joan había
estado recogiendo los cheques de Regina, e ingresándolos en el banco,
para que tuviera un pequeño colchón cuando volviera a Estados Unidos.
Bobby siguió recibiendo los ingresos de los cheques de la Seguridad Social
de su madre durante años.
Sin embargo, su establecimiento en Orange Avenue no era permanente
y, al final, empezó a alquilar habitaciones en pensiones de mala muerte de
los barrios bajos de Los Ángeles, cerca de MacArthur Park, a veces sólo
para pasar una noche o una semana.
Con el tiempo, a juzgar por su apariencia física desaliñada, era com­
plicado diferenciar a Bobby de los indigentes de la zona. Sus diez trajes
de 400 $ estaban almacenados en alguna parte, pero parecía que ya no le
importaba vestir bien. Dejó de hacer ejercicio de forma regular, empezó a
tener barriga y a vestirse con lo primero que tenía a mano, casi nunca iba
a cortarse el pelo ni la barba, e incluso fue a que le retiraran los empastes
de los dientes.
Esta última noticia de sus problemas físicos ha sido tan tergiversada
por la prensa a l o largo de los años que se ha introducido en el libro La
leyenda urbana de Bobby Fischer como prueba de su “demencia”. En al­
guna parte, le citaron diciendo que se había quitado los empastes porque
tenía miedo de que los soviéticos pudieran influir en su mente enviándole
señales de radio perjudiciales por medio del metal de los dientes —y prác­
ticamente todas las reseñas y libros escritos sobre Bobby desde entonces
lo han mencionado. La cita era falsa o recordada de manera incorrecta, o
bien Bobby le estaba tomando el pelo al reportero que la grabó, porque
lo cierto es que le retiraron los empastes, según él, por motivos de salud
justificados. Fue muy atento con Ethel Collins por este motivo, ya que ella
había sufrido un problema crónico en las encías durante años.
Bobby pensaba que las dentaduras postizas y los empastes de metal
(sobre todo, los de plata) eran perjudiciales para la salud periodontal por­
que irritaban las encías. También estaba convencido de que el mercurio de
la mayoría de los empastes tenía efectos tóxicos en el cuerpo.
Como consecuencia, Bobby fue al dentista para que le eliminara todos
sus empastes por medio de un procedimiento rápido (solamente tardó
unos minutos) y le recomendó a Ethel que también lo hiciera. Admitió
que comer sin empastes era incómodo, pero era mejor que la alternativa
de perder todos sus dientes, que era lo que preveía que iba a ocurrir si
continuaba con los empastes.
Años más tarde en Islandia, le dijo a su buen amigo Gardar Sverrisson
que la historia de las señales de radio por los empastes era falsa: el motivo
por el que los había eliminado era porque creía que le provocaban más
problemas que los que curaban.
El problema para Bobby fue que, al no tener empastes en los dientes,
ya no tenía soporte y se hicieron más frágiles. También empezaron a de­
teriorarse y, por tanto, a desprenderse. El resultado: a lo largo del tiempo,
perdió varios dientes. Como ya no creía que fuera buena idea ir al dentista
(tampoco se lo podía permitir) para que le realizaran coronas, implantes
o reemplazos, los dientes que se le rompían o le faltaban contribuían a su
apariencia de vagabundo.
A pesar de sus diálogos cordiales con los Collins y su intento de con-
248 • ENDGAME

vertirles y que aceptaran sus teorías conspirativas, había ofendido pro­


fundamente a Jack Collins cuando se negó a escribir la introducción de
su libro, Mis siete prodigios del ajedrez (1974). Jack le había dicho que si
escribía una introducción breve simplemente, iba a suponer un avance
considerable con respecto a la editorial. Collins necesitaba dinero extra;
aunque no era indigente, nunca tenía ingresos suficientes puesto que vivía
del salario de Ethel como enfermera a tiempo parcial. Expresó su peti­
ción en términos cordiales, no mediante la súplica, pero Bobby de manera
cruel nunca le respondió, y Lombardy hizo el trabajo.
Cuando se quedaba insoportablemente solo, ponía rumbo al norte,
a Palo Alto, y se quedaba con su hermana y su marido, Russell Targ,
científico de la universidad de Standford que era una autoridad de la
percepción extrasensorial. Joan, Russell y sus tres hijos eran judíos, y tras
escuchar los desvarios de Bobby contra los judíos una y otra vez, la familia
le pidió que se marchara.
No demasiado lejos de su hermana vivía el amigo de Bobby, el gran
maestro Peter Biyiasas, y su mujer Ruth, así que se quedó allí semanas
enteras. Durante cuatro meses, Fischer y Biyiasas jugaron diecisiete
partidas de cinco minutos, que Bobby ganó, y Biyiasas una vez afirmó
que nunca había conseguido llegar a un final del juego: Bobby siempre lo
barría del tablero en poco tiempo.
En tres ocasiones, Bobby fue a Berkeley, en el área de la bahía de San
Francisco, para visitar a Walter Browne, gran maestro australiano-esta­
dounidense. Analizaron algunas de las partidas de los torneos recientes de
Browne, aunque no jugaron al ajedrez, y en una ocasión dieron un paseo
largo al atardecer para disfrutar de las espectaculares vistas de la ciudad
a lo largo de la bahía. En el paseo, Bobby mantuvo un discurso continuo
sobre la conspiración mundial de los judíos e hizo varios comentarios
antisemitas, pero cuando volvieron a casa y se sentaron a cenar con la
familia de Browne, dejo de hacer sus comentarios extravagantes. En su
tercera visita a Browne, Bobby se iba a quedar una noche. Después de ce­
nar, preguntó si podía usar el teléfono y estuvo hablando durante el resto
de la tarde —’quizás cuatro horas”, recordaba Browne más tarde. Al final,
Browne le dijo: “Sabes, Bobby. Vas a tener que colgar el teléfono. No puedo
permitir esto”. Bobby colgó e, inmediatamente después, dijo que tenía que
irse y no pasó la noche con los Browne. Nunca volvieron a hablar.
Al volver a Los Ángeles, Bobby escribió a su madre para preguntarle si
podía ir a visitarle, con la esperanza de que fuera pronto, y le aconsejó que
viajara en barco desde Inglaterra en lugar de en avión, ya que sus pasados
viajes en barco había sido una “verdadera experiencia”. Al final de la carta,
Frank Brady • 249

incluía unas instrucciones: “Escríbeme al apartado de correos y no pongas


mi nombre en la dirección. No es necesario”.
No quería que nadie que conocía se pusiera en contacto con él, y le
dejó bastante claro, en tono imperioso, a Jack Collins que no debía remi­
tirle correo —ni siquiera mensajes importantes, halagadores o personales.
Probablemente, estaba preocupado de que alguna carta incluyera veneno
o algún paquete contuviera explosivos.
Los compañeros de ajedrez de Bobby —incluyendo al gran maestro
Robert Byrne- han dicho que el motivo real por el que era tan reservado, y
no quería que nadie supiera dónde estaba en cada momento, era que temía
un complot de asesinato por parte de la KGB. Decían que Bobby creía que
los soviéticos estaban tan encolerizados por su victoria a Spassky y, como
consecuencia, por la subestimación de su mayor logro cultural que que­
rían asesinarle. Naturalmente, algunos pensaban que los miedos de Bobby
tenían que ver con una paranoia incipiente y, aunque era bastante impro­
bable que la KGB estuviera fraguando un complot contra él, los paranoi­
cos también pueden tener enemigos reales. Bobby siempre llevaba casi
una farmacia de remedios y pociones a los restaurantes para contrarrestar
cualquier veneno que los soviéticos pudieran haber metido en su comida
o bebida. Hans Ree, gran maestro holandés y periodista experto, lo resu­
mió así: “Es innegable que Bobby tenía enemigos reales y que éstos eran
extremadamente poderosos”. Después, continuaba señalando que Mikhail
Suslov, uno de los líderes soviéticos más influyentes, estaba involucrado en
la facilitación de instrucciones sobre cómo subvertir (no asesinar) a Bobby
por medio de la creación de una situación “desfavorable para R. Fischer”.
Ree concluye: “No hay constancia en los documentos [de la KGB] de que
alguna vez tuvieran planes de matarle. Pero eso no significa que no los
hubiera”. Lo importante es que Bobby estaba convencido de ello y actuaba
en consecuencia.
Tal vez parte de su deseo de privacidad se podía atribuir a sus lecturas.
Nietzsche decía que la soledad nos hace más fuertes hacia nosotros mis­
mos y más frágiles hacia los demás. Sostenía que en ambos sentidos me­
jora nuestro carácter. Es posible que como Bobby estaba influenciado por
Nietzsche de alguna manera, estuviera siguiendo dicho rumbo hasta el
extremo. Al negarse a leer las cartas que quizás eran laudatorias o halaga­
doras, o aquellas para su propio bien, como una carta de un antiguo amigo
o una invitación para ser invitado de honor en West Point, continuaba su
aislamiento a propósito.
No obstante, quedaba claro que Bobby tenía muchas dificultades para
pensar en cualquier cosa que no estuviera en su propia agenda. Estaba tan
250 • ENDGAME

concentrado en su senda de justificaciones y en dar rienda suelta a sus


distintas susceptibilidades que se negaba a ser distraído por trivialidades
—como él las consideraba— que llegaran a su buzón con procedencia po­
siblemente desconocida o poco grata.
Debido a que Jack Collins era conocido como el profesor de Bobby,
y era fácil ponerse en contacto con él —su número de teléfono aparecía
en el directorio telefónico de Manhattan—, recibía llamadas y mensajes
diariamente de personas que por diversos motivos querían llegar hasta
Bobby. Desafortunadamente para ellos, e incluso más triste para Bobby,
después de que Collins recibiera la carta advirtiéndole que no le mandara
nada, ese conducto se cortó, y las peticiones de contacto se dejaron ir a los
confines del olvido.
Por lo general, Bobby estaba deprimido, pero aun así conseguía
levantarse y salir todos los días. Prestaba atención a su alrededor y no se
ponía límites en su actividad física. Pero mirando atrás, estaba disgustado
por haber dejado pasar la posibilidad de adquirir una parte de ese premio
de 5 millones de dólares en 1975. Quién sabe, después de todo, cuándo
se presentaría una nueva oportunidad de ganar tanto dinero. Lo cierto
era que le exasperaba tener que llegar a fin de mes. También le asediaba
su fracaso para encontrar el amor y sus dudas religiosas constantes. Esta
tristeza acumulada contribuía a que no quisiera estar con otras personas,
a no ser que se sintiera muy seguro y cómodo con ellas. Así que caminaba
kilómetros y kilómetros todos los días, absorto en sus sueños o en un
estado de meditación.

***
Un periodista deportivo escribió una vez que Fischer era el marchador
más rápido que había visto fuera de unas Olimpiadas. Daba grandes
zancadas y creaba un viento leve a su paso, su brazo izquierdo se
balanceaba hacia arriba a la vez que movía la pierna izquierda y su brazo
derecho, con la pierna derecha, a un ritmo poco usual. Otro periodista,
Brad Darrach —al que Fischer demandó—, dijo que cuando caminaba
con él, sentía como si fuera Mudito, uno de los siete enanitos, intentando
seguir el ritmo de los mayores. Walter Browne, antiguo amigo de Fischer,
decía que andaba con Bobby —muy deprisa— desde el club de ajedrez
de Manhattan camino abajo hasta Greenwich Village o la parte oeste
de Manhattan —casi cinco kilómetros—, cenaban en un restaurante
mediterráneo, y después caminaban de vuelta hacia la parte este otros
cinco kilómetros. Las caminatas le daban tiempo para pensar —o
para perderse— y le mantenían en forma. Las incluía en la lista de sus
pasatiempos favoritos, junto con los deportes y la lectura.
Tras visitar a Harry Sneider un día en el gimnasio —había continuado
su amistad con el entrenador incluso después de haber roto su relación
con la Iglesia Universal de Dios—, Bobby decidió realizar una de sus
excursiones descomunales por la ciudad de Pasadena. Caminó junto a
Foothill Freeway, después volvió y giró por Lake Avenue, pasando por
el centro médico Kaiser Permanente. Un coche patrulla le detuvo. Al
parecer, había tenido lugar un atraco en un banco de la zona, y Bobby se
ajustaba a la descripción del ladrón. Le preguntaron su nombre, dirección,
edad, trabajo, etc., y aunque Bobby les aseguró que había contestado
debidamente, había algo sospechoso en él según el interrogador de la
policía. Su apariencia no ayudaba: iba desaliñado y llevaba una bolsa
de la compra manchada que contenía un exprimidor y varios libros que
incitaban al odio. Cuantas más preguntas le hacían, Bobby se volvía más
agresivo. Quizás porque estaba nervioso, o porque se mudaba de una
pensión a otra sin parar, no fue capaz de recordar su dirección. Al final,
le llevaron a comisaria y le acusaron de vagabundeo (ya habían cogido
al ladrón del banco), aunque siempre llevaba 9 $ y algo de cambio. Le
quitaron la ropa, lo metieron en una celda y no le dejaron llamar por
teléfono para conseguir ayuda. Es más, después afirmó que los guardias le
habían tratado con crueldad y no le habían dado de comer.
Para que el mundo supiera por lo que había pasado esos dos días,
cuando Bobby fue puesto en libertad, escribió una descripción golpe a
golpe de su terrible experiencia en un ensayo de ochocientas cincuenta
palabras titulado ¡Fui torturado en la cárcel de Pasadena! Aunque no al­
canzó la talla literaria virtuosa de los ensayos de encarcelación escritos
por Thoreau o Martin Luther King Jr, el documento era un testimonio
peculiarmente convincente de los detalles abominables de su experiencia.
Descrito por algunos como despotrique incoherente o demasiado melo­
dramático, la historia de Bobby, si confiamos en que su base era cierta, era
verdaderamente espeluznante. Aseguraba que era inocente y, aun así, le
hicieron desfilar desnudo por los pasillos y le amenazaron con ingresarle
en un psiquiátrico.
Bobby autopublicó el ensayo en un cuadernillo de catorce páginas, con
rayas rojas y blancas en la portada que parecían los barrotes de una cel­
da y firmado como “Robert D. James (conocido profesionalmente como
Robert J. Fischer o Bobby Fischer, campeón mundial de ajedrez)". Hizo
una tirada de diez mil ejemplares, que le costaron 3.257 $. Se desconoce
cómo consiguió el dinero necesario en su situación próxima a la indigen-
cia. Vendía su ensayo por 1 $ cada ejemplar, y Claudia Mokarow se en­
cargaba de la distribución y las ventas. Aunque quebrantaba sus propias
normas de privacidad, incluso incluyó un número de apartado de correos
al que podían escribirle si el lector quería pedir ejemplares adicionales. Pa­
radójicamente, terminó obteniendo beneficios económicos del proyecto,
después de restar los costes de impresión, envío y publicidad. Veinticinco
años después, se vendía un ejemplar original como objeto de coleccionista
por más de 500 $. Un coleccionista le preguntó a Pal Benko si Bobby po­
dría autografiar un ejemplar de su j 'accuse. Benko se lo pidió, y Bobby se
negó: “Sí, yo lo escribí, pero lo pasé terriblemente mal en la cárcel. Quiero
olvidarlo. No, no quiero firmarlo”
El panfleto es importante, ya que vislumbra el estado mental de Bobby
en aquella época (mayo de 1981): muestra su indignación profunda por
haber sido maltratado y acusado falsamente; su rechazo a doblegarse ante
la autoridad; su uso de un seudónimo (hasta Regina empezó a enviarle
cartas dirigidas a Robert D. James, donde la D significa Dallas) como au
toprotección; y su propia denominación como campeón mundial de aje­
drez. En cuanto a su autodescripción, explicó a un amigo que nunca fue
derrotado. Abandonó el campeonato mundial de la FIDE, pero pensaba
que el título real de campeón del mundo todavía era suyo legítimamente.
Además, aseguraba que no había ganado el campeonato mundial en 1972
en Islandia, sino que ya era el campeón del mundo: decía que los rusos le
habían robado su título.

***
La prensa se ha referido a la vida de Bobby después de Reikiavik como
sus “años en la jungla”, como de verdad lo fueron: vivía en la parte sórdida
de Los Angeles la mayor parte del tiempo, pasó veinte años oculto, recha­
zaba ofertas económicas, estaba al borde del vagabundeo e intentaba des­
vanecerse en el anonimato para estar a salvo de las amenazas que percibía.
Sin embargo, el dinero seguía disponible si decidía aprovecharlo. Pero
las complicaciones para que lo recibiera, o para que lo aceptara, eran
enormes. En primer lugar, aquellos que tenían ofertas debían encontrarle, y
no era una tarea fácil porque cambiaba su dirección constantemente, no le
daba su teléfono prácticamente a nadie y no tenía contestador automático.
Su utilización de un seudónimo también incrementó la dificultad para
seguirle la pista. El buzón de uno de sus apartamentos decía: R. D. James.
En segundo lugar, si lograban ponerse en contacto, él nunca aceptaba una
primera oferta, y normalmente nombraba una cantidad que era el doble o
Frank Brady • 253

triple —o más—, por lo que se expulsaba a sí mismo del mercado por su


precio elevado. Tercero, se negaba a firmar contratos, lo cual provocaba
que fuera imposible para la mayoría de empresas o individuos continuar
con cualquier tipo de acuerdo vinculante legalmente. Existen rumores,
que este autor no ha confirmado, de que cuando estaba arruinado,
aceptaba llamadas telefónicas breves de jugadores de ajedrez a un precio
de 2.500 $ cada una y daba clases por teléfono por 10.000 $. Si fue cierto,
se desconoce cómo se organizaban las llamadas, cuánto duraban y quién
las hacía.
Lo que sí se sabe es que la Corporación Canadiense de Radiodifusión
quiso entrevistarle para un documental: pidió 5.000 $ sólo por hablar
por teléfono, sin prometer nada más. La cadena se negó. Un reportero
de Newsday, que tenía una de las tiradas más grandes de los tabloides
diarios en Estados Unidos, solicitó una entrevista con Bobby, y Claudia
Mokarow le dijo: “Vuelva a su editorial, pídale un millón de dólares, y
luego hablaremos sobre si Bobby le concede una entrevista”. Carol J.
Williams, reportero de Los Angeles Times, se dirigió a Bobby para pedirle
una entrevista, y éste le dijo que su tarifa establecida era de 200.000 $. Su
petición fue rechazada “por una cuestión de principios”. Los fotógrafos
independientes estaban dispuestos a pagar 5.000 $ a cualquier persona
que pudiera organizado para localizar a Bobby y que pudieran tomar una
única fotografía, y quizás pagar 10.000 $ a Bobby si dejaba que le echaran
la foto. Nunca llegó a ocurrir. Edward Fox, periodista independiente del
periódico británico Independent, escribió sobre Bobby: “Pasaron los años,
y las últimas fotografías existentes cada vez se quedaron más anticuadas.
Ya nadie sabía cómo era Bobby Fischer. En el vacío de su ausencia se
precipitaba un torrente de rumores e información incompleta. Existía
como un remolino de hechos reciclados y citas de segunda mano. De vez
en cuando, había un avistamiento de una figura barbuda y melancólica”.
Un programa de televisión sensacionalista, Now It Can Be Told, pasó
semanas a principios de la década de 1990 intentando captar a Bobby
para su emisión y consiguió grabarle unos segundos en un aparcamiento,
mientras salía de un automóvil, de camino a un restaurante con Claudia
Mokarow y su marido.
¡Bobby Fischer! Era la primera vez que el público le veía en casi dos
décadas. Sus pantalones y su chaqueta estaban arrugados, pero no parecía
tan abandonado como algunos informes de prensa habían señalado.
Aparte del hecho de que su cabello escaseaba, había ganado peso y le
había crecido la barba, era el inconfundible, ancho de espaldas y fanfarrón
Bobby Fischer.
12

Fischervs.Spa12sskydenuevo
L DRAGÓN DEL AJEDREZ DE BOBBY no sólo se estaba

E despertando en la cueva, sino que azotaba con su cola. Tal vez porque
ya no podía soportar su vida oprimida —vivía de los cheques de su
madre y, a veces, recibía un poco de dinero de aquí y de allá—, quería volver
a jugar... desesperadamente. Pero su ansia por reincorporarse a la lucha no
se debía totalmente a la remuneración. Lo que echaba de menos era el
llamamiento a la batalla, el juego en sí mismo: el prestigio, el silencio (con
suerte) de la sala del torneo, el alboroto sibilante de los mirones (malditos
sean), la vida del ajedrez. Jonathan Swift definía la güera como “ese juego
loco al que al mundo le encanta jugar”. Fischer sentía exactamente lo
mismo por el ajedrez. Pero ¿podía encontrar, existencialmente, su camino
de vuelta al tablero? Hermann Hesse, en su novela maestra Magister Ludi
(El juego de los abalorios), decía de alguien cuyos conocimientos del juego
eran como los de Fischer: “Una persona que ha sentido el significado total
del juego ya no será un jugador, ya no vivirá en el mundo de la multitud
y ya no disfrutara con la invención, construcción y combinación, porque
conocerá placeres diferentes”. La diferencia es que los placeres externos al
juego no existían para Bobby.
Spassky le facilitó la vuelta al tablero. Se puso en contacto con Bobby
en 1990 y le informó de que Bessel Kok, el hombre que era candidato a la
presidencia de la FIDE ese año (1990), estaba interesado en organizar una
revancha entre Fischer y Spassky, y el premio podían ser millones —aun­
que no los 5 millones de dólares que había dejado pasar en 1975 por el
encuentro con Karpov.
256 • ENDGAME

Kok, hombre de negocios holandés de extrema riqueza, era presidente


de una sociedad bancada de Bélgica, SWIFT, y el responsable de organizar
varios torneos internacionales. Kok tenía unas nobles intenciones ocultas:
quería que Bobby continuara su carrera y que él fuera testigo privilegiado
de sus partidas, al igual que muchos jugadores de ajedrez.
Se planeó una reunión para hablar sobre el encuentro, en la que Kok
aceptó pagar todos los gastos para que Bobby volara en primera clase a
Bélgica y se alojara en el hotel de cinco estrellas Sheraton Brussels. Para
evitar a los periodistas, Bobby se registró con el nombre de Brown. Le
comentó a Kok que necesitaría algo de dinero en efectivo para gastos
personales cuando llegara. Le esperaban doscientos cincuenta dólares en
efectivo en el hotel.
Además de Bobby, Kok invitó también a Spassky y su mujer, Marina,
a Bruselas. Durante cuatro días, el trío pasó la mayor parte de su tiempo
en la mansión que Kok tenía a las afueras, pero no fue todo debate sobre
el posible encuentro. En algún momento, Fischer y Kok se unieron a los
Spassky en una partida de tenis doble, tuvieron cenas elegantes a la luz
de las velas con conversaciones de sobremesa, y salieron de paseo por
Bruselas. La mujer de Kok, Pierette Broodhaers, abogada, dijo que ella
había tenido una conversación "normal y amistosa” con Bobby, no toda
sobre ajedrez. Según ella, no mostró ningún indicio de las extravagancias
a las que la prensa hacía referencia, a excepción de que hablaba demasiado
alto. "Quizás está acostumbrado a vivir solo, por lo que nadie le escucha”,
dijo al percibir su soledad. Él le prohibió que le hiciera una fotografía.
Una noche, los hombres, a los que se les unió Jan Timman de Holanda,
jugador de ajedrez clasificado como número tres del mundo, fueron a lo
que Broodhaers describió como un club "obsceno” del centro de Bruselas.
Timman recordaba cuando conoció a Fischer: "Lo más interesante es que
yo había soñado una vez que conocía a Fischer en un club nocturno. Lo
gracioso es que nunca había tenido esperanzas de conocerle [de verdad].
Cuando me abrí camino internacionalmente, él acababa de abandonar [el
juego]”. Sobre quien podía ser considerado el mejor jugador de todos los
tiempos, dijo: “Según mi opinión, Fischer es el mejor”.
La cantidad que se mencionó como premio por el encuentro fue
2.500.000 $. Aunque Bobby necesitaba dinero, dicho premio no era acep­
table para él. Spassky quería seguir adelante con ello, pero no se pudo llega
a un trato. Lo que ambos no imaginaban es que Kok ya había decidido
no continuar con el posible encuentro. Pensaba que los comentarios neo-
nazis sobre los judíos de Fischer eran "más que detestables” y concluyó
Frank Brady • 257

que cualquier encuentro a gran escala que le implicara traería problemas.


Spassky volvió a París en avión, y Bobby cogió un tren hacia Alemania.
Como estaba en Europa —su primera vez allí en casi veinte años—,
Bobby pensó que debía quedarse un tiempo. Gerhardt Fischer, el hombre
que figuraba como padre de Bobby en su partida de nacimiento, vivía en
Berlín y, a sus ochenta y dos años, no gozaba de buena salud. La prensa se
había enterado de que Gerhardt estaba en algún lugar de Alemania —y de
que Bobby estaba en el país— e intentó localizar al padre para poder en­
trevistar a su hijo famoso. Los reporteros creían que era posible que Bobby
le visitara, pero no hay evidencias de que lo hiciera.

***
A finales de la década de 1980, durante la competición Bundesliga de
ajedrez en Alemania, Bori s Spassky había conocido a una joven llamada
Petra Stadler. Sentía afecto paterno por ella, y pensó que Bobby podía
estar interesado en conocerla, así que le dio su dirección de Los Ángeles y
le sugirió que le escribiera y le enviara una fotografía suya. Lo hizo en 1988
y, para su sorpresa, Fischer la llamó desde California. Casi al principio de
su conversación, él le preguntó si era aria. Años después, recordando el
episodio, aseguraba que respondió: “Eso creo”.
Fischer la invitó a visitarle en Los Ángeles, donde se hospedó en un
hotel, y pasaron las siguientes semanas conociéndose. Después, Petra
volvió a casa en Seeheim, Alemania. En aquella época, Fischer vivía en
la pobreza, por lo que le resultó imposible viajar a Alemania con ella.
Aprovechando que estaba en Europa en 1990, cortesía de Bessel Kok,
Bobby visitó a Petra, y con el “dinero para gastos” que Kok le había dado, los
ingresos de la Seguridad Social de su madre y algunos pequeños cheques
de los derechos de autor de sus libros, vivió casi un año en Seeheim y
ciudades cercanas, mientras se mudaba de hotel a hotel para evitar a los
reporteros y pasaba tiempo con Petra hasta que su relación terminó.
Petra se casó con el gran maestro ruso Rustem Dautov en 1992, y en
1995 escribió un libro titulado Bobby Fischer - Wie er wirklich ist - Ein
Jahr mit dem Schachgeni (Fischer - Cómo es realmente - Un año con un
genio del ajedrez). Boris Spassky se sintió culpable y escribió una carta de
disculpa a Bobby por haberle presentado a Petra. Estaba fechada el 23 de
marzo de 1995.
Le decía a Bobby que cuando le presentó a Petra, tenía buena intención,
pero poco después de que se conocieran, “ella empezó a hablar demasiado
sobre ti a otras personas”. Al tener la sensación de que Petra revelaría
secretos de Bobby, Spassky le advirtió que “tuviera cuidado”.
258 • ENDGAME

Tras la publicación del libro revelador de Petra, Spassky se enfadó mu­


cho, principalmente porque no quería que la mujer o su libro se interpu­
sieran entre él y Bobby y estropearan su buena relación. Como consecuen­
cia de la carta de Spassky, Bobby no volvió a hablar a Petra, pero aceptó las
disculpas de su amigo y siguió manteniendo una relación cordial con él.
Mientras estaba en Alemania, Bobby fue a Bamberg a visitar a Lothar
Schmid, que hizo las veces de árbitro en el encuentro contra Spassky en
1972. El castillo de Schmid albergaba la biblioteca ajedrecística privada
más grande del mundo que se conociera. Bobby quería escudriñar la
biblioteca y ver las obras maestras del arte del ajedrez de Schmid. Mientras
estaba allí, también analizaron varias partidas juntos, un experiencia que le
indicó a Schmid que el dominio del juego de Bobby no se había debilitado
en sus años apartado de la competición pública; Schmid aseguró que el
análisis de Bobby era todavía increíblemente brillante.
Después de ser el invitado en la casa de Schmid, Bobby se trasladó
a una pensión de Pulvermühle, cerca de Bamberg, situada en un valle
entre Nuremberg y Bayreuth. La pensión era conocida por su ambiente de
confianza para aquellos que jugaban al ajedrez y era un negocio familiar
de Kaspar Bezold, jugador de ajedrez aficionado. Petrosian se alojó allí
cuando jugó en el torneo internacional en Bamberg en 1968, y jugadores
de toda Europa se quedaban allí a menudo durante sus vacaciones.
Schmid hizo las gestiones para que Bobby se quedara en Pulvermühle
y, para mantener a los periodistas a raya, le registró con un nombre falso.
Quedarse en una agradable pensión bávara en el campo es normalmente
algo grato y puede ser una oportunidad para renovarse, ya que facilita
los largos paseos por el campos pastorales, las suculenta cocina alemana,
los postres exquisitos y los tanques de Rauchbier, y la malta y los lúpulos
ahumados de Bamberg por todo el Estado Libre de Baviera. Pero lo que
más le gustaba a Bobby era que ninguna persona de la pensión, excepto
Bezold y su hijo Michael, jugador de ajedrez prometedor, sabían quién era.
Bobby le daba clases a Michael, y el joven se convirtió en gran maestro
internacional ocho años más tarde, quizás inspirado por su encuentro con
el mejor jugador del mundo
Bobby estudiaba y practicaba su alemán y lo hablaba casi con fluidez
después de tres meses. Se podría haber quedado mucho más tiempo en
Pulvermühle, o al menos hasta que le durara el dinero, pero fue localizado
por un periodista de la revista alemana Stern. Bobby dejó la habitación
inmediatamente, y nunca más le vieron por Pulvermühle.
Cuando volvió de Europa y Claudia* Mokarow le entregó su correo,
acum ulado durante m eses, había una carta extraña esperándole. Cambia­
=ría suse>
<vida.
n
w

¡ME GUSTARÍA VENDERLE


_ LA MEJOR ASPIRADORA DEL MUNDO!

A sí empezaba la carta. Debajo de ese título había un dibujo hecho a


m ano de una aspiradora y pintada a color. ¿Por qué le habían enviado eso
a Fischer, y cóm o había encontrado su dirección el remitente? El extraño
=docum ento ens<continuaba:
w
>
soviéticos ni en los rusos” afirmó. Cuando ella se opuso a su despotrique,
él cortó la conversación y no la volvió a llamar durante meses. Sin embar­
go, al final más llamadas, normalmente en mitad de la noche, y también
empezaron a ser amigos por correspondencia.
Finalmente, le preguntó a Zita si le gustaría ir a visitarle. Le dijo que
le enviaría el billete de avión y que se podía quedar con un amigo suyo,
ya que su habitación era demasiado pequeña y no sería oportuno que se
quedara con él en cualquier caso. Tenia razón: después de que Regina le
visitara en una ocasión, le escribió sobre su incómodo alojamiento: "Casi
no puedes darte la vuelta”.
Zita solicitó el visado inmediatamente, en verano de 1992, y tras
muchas semanas de procedimientos burocráticos, llegó a Los Ángeles.
Bobby se encontró con ella en el aeropuerto. Ella no le reconocía por
su barba. Aunque le había pagado el billete de ida y vuelta, cuando Zita
lo conoció se dio cuenta de que era prácticamente indigente. Le prestó
algunos cientos de dólares, casi todos su dinero para gastos. Parte de
ello se lo devolvió de inmediato porque aceptó ser entrevistado por un
periodista extranjero por
300 $. Que Bobby consintiera ser entrevistado por una cantidad
de dinero tan pequeña relativamente demostraba su desesperación
económica. Se desconoce dónde apareció el artículo previsto, si es que lo
hizo.
Zita se quedó en Los Ángeles seis semanas en casa de Rober Ellsworth,
abogado que ayudaba a Bobby con diversos asuntos legales. Estaba con
Bobby todos los días. Disfrutaban con su compañía mutua y, a pesar de la
diferencia de edad (ella tenía 17 y él, 47), tenían puntos en común en su
pasado. Ambos habían empezado a jugar al ajedrez seriamente a los ocho
años y habían dejado el instituto para poder jugar a tiempo completo.
A los dos les encantaba el juego y eran muy inteligentes y amigos de las
discusiones por naturaleza. A Bobby le encantaban los idiomas y, además
de hablar español con fluidez, se estaba haciendo experto en ruso y
alemán. Zita hablaba alemán e inglés sin que se le notara ni un ápice de
su acento. Bobby era campeón mundial —o eso aseguraba él todavía—, y
ella aspiraba a serlo. En una entrevista más adelante, Zita afirmaba que el
verdadero motivo por el que Bobby estaba interesado en ella era “porque
yo no quería nada de él”
Cuando Bobby le enseñó su habitación con vergüenza, no podía creer
la forma en que vivía. En apenas once metros cuadrados, el cuarto in­
cluía un baño pequeño y una cama individual. “Se sentía avergonzado de
Frank Brady • 261

su pobreza”, recordaba ella después. Libros, cajas y cintas se apilaban en


montones muy altos. ¿El contenido de las cintas? Según Zita, contenían las
teorías conspirativas de Bobby. Le dijo que estaba planeando escribir un
libro que demostrara cómo hacían trampas los jugadores soviéticos en el
ajedrez, y las cintas contenían sus pensamientos sobre el asunto.
Bobby y Zita jugaron una partida de ajedrez: su nueva variante,
llamada Fischer Random. Asegura que ganó ella y luego tuvo miedo. Quizás
se pondría violento con ella, pensó, porque era una mujer y, además, ni
siquiera era una maestra. No volvieron a jugar más, pero sí que analizaban
juntos.
Una noche, cuando él la recogió para salir a cenar, vio a unos técnicos
en el tejado de un edificio bajo al otro lado de la calle. Posiblemente eran
Mossad (agentes de inteligencia israelíes) que le espiaban, dijo, parte de su
letanía continua de obsesiones constantes, como Zita observó.
Bobby explicaba que la razón por la que no había competido en casi
veinte años era que todavía esperaba la oferta adecuada, aunque no
definía que significaba "adecuada”. ¿El premio adecuado? ¿El lugar? ¿El
rival? ¿El número de partidas? Tal vez era todo ello y mucho más. También
estaba enfadado de que, aunque el presidente Nixon había dicho que le
invitaría a la Casa Blanca en 1972, la invitación nunca llegó; Bobby había
estado furioso por ello dos décadas. En la entrevista que Zita dio más
tarde a Tivadar Farkasházy, aseguraba que Bobby todavía esperaba que
el gobierno estadounidense se disculpara por el desaire de la Casa Blanca.
Zita no podía entender quién pagaba su alquiler, aunque fuera mí­
nimo. De algún modo, sabía que no era Claudia Mokarow. Zita pensaba
que tal vez fuera Bessel Kok; no era consciente de que Kok ya no tenía
interés en ayudar a Fischer en nada. De hecho, el alquiler de Bobby y otras
necesidades básicas eran pagados con los cheques de la Seguridad Social
de su madre.
Regina había vuelto a California desde Nicaragua, tras sufrir ataques
de vértigo como consecuencia de unos problemas cardíacos. Tenía setenta
y siete años, y como pensaba que la tendrían que operar, quería que ocu­
rriera en Estados Unidos. Cuando Bobby se enteró de la cirugía inminente
de su madre, Zita y él, ambos sin dinero, utilizaron el transporte más ba­
rato que encontraron —un autobús Greyhound nada confortable— para
viajar al norte casi quinientos kilómetros, por la costa del Pacífico, hasta
Palo Alto. Además de ofrecerle su ayuda a Regina, Bobby quería presen­
tarle a Zita.
Le iban a implantar un marcapasos. Bobby, que desconfiaba de los
262 • ENDGAME

doctores, intentó desaconsejarle el procedimiento, y discutieron durante


horas. Como doctora, Regina sabía más sobre los riesgos que nadie, pero
Bobby tenía miedo de que implantaran un objeto extraño en el cuerpo de
su madre y lo que le provocaría. Regina se mantuvo firme, y la operaron
de todos modos. Vivió hasta los ochenta y cuatro años.
Al viajar a Estados Unidos y conocer a Bobby, Zita había conseguido al
menos lo que tenía la intención de hacer. Había averiguado por qué Bobby
Fischer no jugaba: tenía que llegar la oferta adecuada, y tenía que ser de 5
millones de dólares (ecos del encuentro de Filipinas y de Karpov).
Aunque Zita negaba que hubiera mantenido relaciones sexuales con
Bobby en las seis semanas que se quedó en Los Ángeles —”Yo no pensaba
en eso”, dijo—, él se enamoró. Hacía referencia a Zita como su novia y,
en algún momento, la llamó prometida. Sabía que para ir más allá —por
ejemplo, para casarse cuando ya no fuera menor de edad—, tendría que
ahorrar dinero, lo cual le estimulaba más para buscar un encuentro de
ajedrez que le proporcionara seguridad económica.
El padre de Zita era diplomático y representante de la FIDE, y Zita
tenía otros contactos en el mundo del ajedrez que le pudieran ayudar a
encontrar un patrocinador para la revancha entre Fischer y Spassky. Ella le
dijo que si le daba una carta diciendo que estaba interesado en jugar dicho
encuentro, vería qué podía conseguir. Bobby escribió una carta a mano.
De manera extraordinaria, el hombre que casi nunca firmaba una carta
de importancia económica le daba el derecho, en este caso, de hablar por
él a esa chica de diecisiete años. A mediados de mayo, Zita volvió a casa.
Le costó casi un año, pero finalmente localizó a alguien - Janos Kubat,
organizador de actos ajedrecísticos famoso internacionalmente— que
conocía a personas que podían conseguir el dinero para un encuentro
de 5 millones de dólares. Cuando fue a visitar a Zubat a su oficina, no
pudo pasar más allá de su secretaria. Después, en un aeropuerto, escuchó
que anunciaban su nombre por los altavoces y lo localizó. Al principio
se mostró escéptico acerca de las afirmaciones de la adolescente, pero
cuando le enseñó la carta de Bobby y le entregó su número de teléfono
ultrasecreto, Kubat reconoció la autenticidad de su representante. Aceptó
ayudarle.
Más o menos un mes después, en julio de 1992, Kubat, Zita y dos
representantes del banco Jugoskandic fueron a Los Ángeles para hablar
con Bobby sobre una posible partida de “revancha” entre Spassky y él.
El presidente del banco, Jezdimir Vasiljevic, había dado autoridad a
sus ejecutivos para ofrecer un premio de 5 millones de dólares con u na
Frank Brady • 263

condición: el encuentro debía comenzar en tres semanas en Yugoslavia.


En realidad, Bobby no tenía ni idea de quién era Vasiljevic. Más tarde,
se enteró de que el banquero era uno de los hombres más poderosos
de Serbia, que estaba implicado en especulación monetaria, que era
sospechoso de tráfico ilegal de armas y que, además, supuestamente
promovía un esquema Ponzi. Era seis años más joven que Bobby, pero
actuaba de manera paternal con él.
Las negociaciones fueron de un lado para otro, pero las peticiones de
Fischer en ese momento eran mínimas comparadas con las 132 condicio­
nes qué estipuló en 1975 para jugar contra Karpov. En este encuentro Fis
cher-Spassky propuesto, pidió que el ganador recibiera 3,35 millones de
dólares y el perdedor, 1,65 millones. Dicho encuentro continuaría, de ma­
nera indefinida, hasta que algún jugador lograra diez victorias; las tablas
no contaban. Si ambos jugadores conseguían nueve victorias, el encuentro
se consideraría tablas, y el dinero del premio se repartiría equitativamen­
te, pero Fischer mantendría su título como campeón mundial de ajedrez
indiscutible. Insistió en que, en toda la publicidad, el encuentro fuera lla­
mado campeonato mundial de ajedrez. Y, por último, quería que se usara
en las partidas el nuevo reloj que él había inventado.
Además, Bobby quería 500.000 $ por adelantado, antes de viajar de
California a Yugoslavia. Fue un momento delicado. Kubat tenía miedo
de que Vasiljevic no facilitara el anticipo si Bobby no firmaba primero
el contrato, que había sido traducido al inglés por Zita. En otras épocas,
con frecuencia se arrepentía de proyectos antes de comenzar. Para que el
encuentro se hiciera realidad, tenía que dominar los impulsos de su carác­
ter. Justo antes de que Kubat saliera hacia Belgrado para intentar cobrar
el pago, Bobby sorprendió a todos: firmó el contrato sin queja alguna. En
cuestión de días, Kubat volvió a California con el dinero, y Bobby hizo
algunas gestiones para abandonar su habitación diminuta. Como iba a en­
trar en una zona controvertida de guerra, existía la posibilidad de que no
volviera pronto a California.
La mayor parte de sus pertenencias —unas cincuenta y dos cajas lle­
nas que había recogido en varios lugares— fueron almacenadas, y Fischer
viajó en avión hasta Belgrado y, después, a Montenegro para poder inspec­
cionar el lugar del encuentro y ponerse en forma antes de que empezara.
Spassky aceptó el contrato al completo y dijo desde su casa a las afueras de
*París: “Fischer me saca del olvido. Es un milagro, así que estoy agradecido”.

I
264 • ENDGAME

SvetiStefan,Yugoslavia,septiembrede1992
Dependiendo del viento, en ocasiones podía oírse un leve eco de la
artillería masiva a través de las montañas cercanas a Sarajevo, a unos
ciento diez kilómetros al norte. La guerra de los Balcanes estaba entonces
en su punto máximo, durante la que fue llamada era de desintegración
yugoslava. Habían muerto ocho mil personas en solamente dos semanas
en agosto en Bosnia y Herzegovina, donde se estaban produciendo los
enfrentamientos, y millones habían huido de sus casas en los meses ante­
riores. Los combates intensos entre las fuerzas leales al gobierno bosnio y
los irregulares serbios tenían lugar al este de Herzegovina, a unos ochenta
kilómetros del lugar del encuentro.
No obstante, en Montenegro, en el Adriático, una de las localizaciones
más hermosas de Europa, todo fue paz, alegría y entretenimiento la noche
del 1 de septiembre. Los portadores de las antorchas, vestidos con el
traje tradicional montenegrino —pantalones blancos holgados y chaleco
vistoso verde—, bordeaban el istmo que conducía al exterior de un hotel
muy bien equipado, llamado Maestral, que había sido un fuerte medieval
en el siglo XIII. En el pasado, había sido uno de los lugares de retiro del
mariscal Tito.
Bobby Fischer, de cuarenta y nueve años, fue descrito por un reportero
que cubría el encuentro para el New York Times como “una figura con
sobrepeso, parcialmente calvo, barbudo, de mediana edad sin lugar a
dudas, cuya expresión a veces parece sorprendentemente vacía”. Pero el
aspecto abandonado de Bobby no parecía ser debido a la insipidez sino a
cierta ausencia de interés en el mundo que le rodeaba. Existían pocas cosas
que encendieran su pasión: sus teorías políticas y religiosas, su búsqueda
atenta de conspiraciones oscuras, su disfrute de los idiomas, su cariño por
Zita y, por supuesto, su compromiso permanente con el ajedrez.
Le acababan de cortar el pelo y recortar la barba, y vestía con esmero
un traje marrón que le habían hecho a mano en Belgrado. Rodeado por
cuatro guardaespaldas con gafas de sol
—dos delante y dos detrás—, desfiló lentamente por la senda rocosa
con Zita, como si fuera César entrando en Roma con Cleopatra, mientras
sonreía y saludaba con la cabeza benévolamente a sus súbditos. Iban de
camino a la ceremonia de apertura de la revancha, y además era el décimo
noveno cumpleaños de Zita. Como estaban en un entorno medieval, el
espectáculo estaba ambientado en el siglo XIV, con músicos, bailarines de
danzas folclóricas, acróbatas, y fuegos artificiales lanzados desde un barco
lejos de la costa.
Frank Brady • 265

Zita lució todo el tiempo una sonrisa en la cara, la cual estaba enmar­
cada por su cabello liso castaño claro y en la que sobresalían sus gafas ñnas
de montura rosa. Era bajita y parecía una niña al lado de Bobby, que medía
casi 1,90 metros, 30 centímetros más que ella.
Durante las celebraciones, Bobby se sentaba en un trono real, al lado
del patrocinador del encuentro, el oscuro Jezdimir Vasiljevic, que estaba
sentado en un trono igual; eran dos reyes, uno del ajedrez y el otro, de las
finanzas. Vasiljevic había comprado el hotel por
500 millones de dólares, por lo que los 5 millones que ofrecía por el
premio no era una carga especialmente para él. Después de que Bobby
firmara el contrato para jugar, y fuera devuelto a Vasiljevic, el serbio excla­
mó: “¡Acabo de ganar 5 millones!”, ya que estaba dispuesto a negociar con
Fischer e incrementar el premio hasta 10 millones si era necesario. Pero
tuvo cuidado de asegurarse de que Bobby nunca se enterara cuánto más
hubiera podido ganar.
Antes de que comenzara el juego, había sentimientos encontrados,
especulaciones conflictivas y reacciones variadas en el mundo del ajedrez
respecto al encuentro. En un editorial del New York Times, el gran maestro
Robert Byrne resumía las teorías y conjeturas: “Por una parte, hay euforia
por la vuelta del señor Fischer después de dos décadas de oscuridad.
Después de todo, él es el gigante del ajedrez estadounidense, y pocos
grandes maestros pueden decir que no han estado influenciados por sus
ideas o sorprendidos por la brillantez de sus partidas. Si todavía es capaz
de jugar en plena forma, si continua jugando más encuentros, si intenta
hacerse con el campeonato
—si, si, si—, algunos de ellos [el público del ajedrez] esperan una nue­
va tendencia en el ajedrez que arrase en el país, quizás en el mundo, como
ocurrió cuando el Sr. Fischer venció al Sr. Spassky en el campeonato hace
dos décadas”. Pero más importante que la pregunta de si Bobby inspiraría
otro “boom Fischer” era la de si su talento inmerso e innato podría ser
liberado en el tablero. Nadie contaba sobre sería su fuerza tras una inte­
rrupción tan larga; incluso Bobby no estaba seguro de seguir manteniendo
su antigua perspicacia y brillantez. Jugar —y ganar— una revancha con­
tra Spassky demostraría de alguna manera que las habilidades de Bobby
se mantenían intactas. Sin embargo, Spassky, de cincuenta y cinco años,
había descendido hasta las centenas en la lista de clasificación de la FIDE,
por lo que muchos jugadores de ajedrez dudaban de que el encuentro fue­
ra un indicador verdadero de si Bobby todavía merecía ser llamado el ju­
gador más fuerte del mundo. Bobby le había pedido a Gligoric (“Gliga”)
que jugaran un encuentro de entrenamiento de diez partidas en secreto
para ponerse en forma. Bobby ganó el encuentro, pero solamente se hicie­
ron públicas tres partidas: Bobby ganó una, y hubo dos tablas.
Garry Kasparov, entonces campeón, fue uno de los que subestimó la
importancia del encuentro. Cuando le preguntaron en aquel momento si
le gustaría jugar contra Fischer en el campeonato oficial, Kasparov espetó:
“De ninguna manera. No creo que Fischer sea ya lo suficientemente
fuerte. Boris y Bobby están retirados; no son una amenaza para mí". El
Daily Telegraph de Londres ofrecía una reacción atípica sobre el inminente
encuentro: “Imagine que puede escuchar el final de Sinfonía inacabada
de Schubert, la Sinfonía n.° 10 de Beethoven o ver el brazo que le falta a
la Venus de Michelangelo. Son las sensaciones que transmite la vuelta de
Fischer a los jugadores de ajedrez del mundo”.
Antes de que se pusiera en marcha el reloj para la primera partida,
Bobby recibió críticas hasta por pensar en jugar en un país asolado por
la guerra. Estados Unidos y otros países, además de las Naciones Uni­
das, estaban intentando aislar a Serbia debido a su respaldo de la violencia
contra los musulmanes y otros grupos minoritarios. El 7 de agosto, Kubat
ofreció una entrevista al Deutsche-Presse Agentur en la que afirmaba que
el gobierno estadounidense había dado permiso a Fischer para que jugara
en Serbia. O bien Kubat se estaba haciendo ilusiones, o bien la declaración
era simplemente una cortina de humo para la opinión pública con el fin de
dar más credibilidad al encuentro.
Diez días antes de que empezara, Bobby recibió la siguiente carta del
Departamento new del Tesoro:
s> <
=
Frank Brady • 267

septiembre de 1992 o alrededor de esa fecha.


Como ciudadano estadounidense, está sujeto
a las prohibiciones estipuladas en el Decre­
to 12810 del 5 de junio de 1992, que impone
sanciones contra Serbia y Montenegro. La Ofi­
cina de Control de Activos Extranjeros del
Departamento del Tesoro de Estados Unidos se
encarga de la aplicación del Decreto.
El Decreto prohíbe que los estadouniden­
ses ejecuten contratos que apoyen un proyec­
to comercial en Yugoslavia o exporten servi­
cios a dicho país. La finalidad de esta carta
es informarle de que el cumplimiento de su
acuerdo con un patrocinador corporativo en
Yugoslavia para jugar al ajedrez se consi­
derará que apoya la actividad comercial de
dicho patrocinador. Todas las operaciones
realizadas con esta finalidad están fuera del
ámbito de aplicación de la Licencia General
n.° 6 que solamente autoriza las operaciones
para viajar con fines distintos a actividades
empresariales o comerciales. Además, consi­
deramos que su presencia en Yugoslavia tiene
una finalidad de exportación de servicios a
dicho país en el sentido de que el patroci­
nador yugoslavo se beneficia del uso de su
nombre y su reputación.
El incumplimiento del Decreto puede cas­
tigarse con sanciones administrativas de
hasta 10.000 $ cada una y sanciones penales
de hasta 250.000 $ cada una, 10 años de pri­
sión, o ambas. Se ordena por la presente que
se abstenga de participar en cualquiera de
las actividades mencionadas anteriormente.
Se le solicita también que presente un in­
forme en esta oficina en los 10 días poste­
riores a su recepción de esta carta, en el
que resuma los hechos y circunstancias que
envuelvan las operaciones relacionadas con
su encuentro de ajedrez programado en Yugo­
slavia contra Boris Spassky. El informe debe
dirigirse a:
Oficina de Control de Activos Extranje­
ros del Departamento del Tesoro de Estados
Unidos. Pennsylvania Avenue, N.W., Anexo,
n.° 1500 - 2 o piso. 20220 Washington D.C. Si
tiene preguntas en relación con este asunto,
por favor póngase en contacto con Merete M.
- Evans en el (202) 622-2430.

Atentamente,
(firma)
R. Richard Newcomb
Director de la Oficina de Control
- de Activos -Extranjeros

Sr. Bobby Fischer


a/c Hotel Stefi Stefan (habitación n.° 118)
- 85 315 Stefi Stefan Montenegro, Yugoslavia
Frank Brady • 269

al público, el sentim iento entre la mayoría de la gente era: “¿Qué van a


hacer? ¿Lo meterán en la cárcel diez años por mover piezas de madera
en un tablero de ajedrez?” De acuerdo con Charles “Chip” Pashayan,
abogado gratuito de Bobby, el Departamento del Tesoro podría y debería
multarle y encarcelarle. Le envió una carta el 28 de agosto de 1992 en
la que prácticamente le suplicaba que aplazara el encuentro y señalaba
que Vasiljevic, para mostrar sus buenas intenciones al mundo, había
prom etido donar 500.000 $ a la Cruz Roja Internacional para aquellos que
estaban sufriendo en los Balcanes. Pashayan creía que el Departamento
del Tesoro agradecería el gesto humanitario y finalmente permitiría que
el encuentro saliera adelante proporcionándole un permiso especial para
jugar. Si Bobby volvía a casa de inmediato, el encuentro podría llevarse a
cabo en una fecha posterior cuando las sanciones fueran levantadas. “Es
completamente imprescindible que cumplas la orden adjunta”, advertía.
Bobby era extremadamente obstinado y, aunque no podía justificar
realmente su decisión de jugar, bajo las circunstancias su tenacidad,
corazón y billetera prevalecían. Su respuesta fue matar al mensajero: al
final despidió a Pashayan.
El primer ministro yugoslavo, Milan Panic, cuyos motivos para querer
que levantaran el embargo iban más allá del ajedrez, respaldó a Bobby y
dijo sobre el encuentro inminente: “Solamente piensa qué ocurriría si las
sanciones prohibieran a un Mozart potencial escribir música. ¿Y si esas
partidas fueran las mejores del ajedrez?” Cuando se modificó el lugar del
encuentro a Belgrado, Slobodan M ilosevic, presidente deSerbia, conoció
a Bobby y Spassky y pidió que le fotografiaran con los dos. Aprovechó
la ocasión para pregonar su propaganda a la prensa internacional: “El
encuentro es importante porque se juega mientras Yugoslavia se encuentra
asediada injustificadamente. Esto demuestra de la mejor manera que el
ajedrez y los deportes no pueden estar limitados por la política”. Más tarde,
M ilosevic fue acusado de crímenes contra la humanidad por la Corte
Penal Internacional de La Haya y murió en prisión.
A pesar de los años que había estado desaparecido, Bobby volvía a ser
Bobby. Su lista de peticiones seguía aumentando. La estrategia de apaci­
guamiento de Vasiljevic era darle todo lo que quería, aunque el punto no
estuviera m encionado en el contrato. Bobby descartó seis mesas por ser
inadecuadas, antes de pedir una de las Olimpiadas de Ajedrez en Dubro
vnik de 1950. Una incluso tuvo que ser modificada ligeramente por un
carpintero para satisfacer su solicitud. Las piezas debían tener el peso y
color apropiado, y eligió el mismo juego que se había usado en las Olim­
piadas de Dubrovnik; le gustaba especialmente la pequeña parte above-
270 • ENDGAME

dada con contraste de color de las cabezas de los alfiles, que evitaba que
fueran confundidos con los peones. Es difícil de creer, pero Bobby rechazó
un juego porque la longitud del hocico del caballo era demasiado larga; el
simbolismo antisemita no pasó desapercibido para los que escucharon la
queja. Para probar el tamaño de las piezas y peones en relación con el área
de los escaques, colocó cuatro peones en un escaque para ver si coincidían
con el borde del escaque. No lo hicieron, así que aceptó el tamaño de las
piezas también. Pidió que ajustaran la iluminación para que no proyectara
ninguna sombra en el tablero. Y, por supuesto, los espectadores tenían que
situarse a más de veinte metros de escenario.
Su invento de un nuevo reloj de ajedrez que funcionaba de manera
distinta a aquellos que se utilizaban de forma tradicional en los torneos
tenía que ser fabricado especialmente para el torneo, y Vasiljevic lo m an­
dó hacer. Bobby insistió en que fuera usado en el encuentro. La partida
empezaría con noventa minutos para cada jugador y, tras realizar un m o­
vimiento, se añadirían dos minutos al tiempo de cada jugador. La teoría
de Bobby era que, en este nuevo sistema, los jugadores nunca se verían en K
una lucha por hacer sus movimientos al final del tiempo estipulado con
sólo unos segundos de sobra; de esta manera se reduciría el número de
errores graves debido a la presión del tiempo. El orgullo del juego era el
fondo de sus ideas, afirmaba Fischer, no el triunfo por medios mecánicos.
No todas las peticiones de Fischer estaban relacionadas con las condi­
ciones del juego. También quiso que subieran dos centímetros y medio el
asiento del inodoro de su chalé.

***
Según lo que contó Washington Irving, cuando Rip Van Winkle se
despertó y volvió a su pueblo, habían pasado veinte años, y muchas cosas
habían cambiado. Cuando Bobby Fischer, versión ajedrecística de Van
Winkle, apareció después de veinte años, lo que más había cambiado era
él. El atractivo y sonriente Bobby Fischer, que inmediatamente después del
campeonato de 1972 cautivó a la audiencia de los programas de televisión
y la multitud congregada en las escaleras del ayuntamiento de Nueva York,
había sido sustituido con un Bobby Fischer fanfarrón y lleno de ansiedad,
irritación y rencor.
La propia idea de que Bobby Fischer quisiera hablar con la prensa era
asombrosa, pero este nuevo Fischer convocó una rueda de prensa la noche
anterior al comienzo del encuentro. Había sido entrevistado durante toda
su carrera ajedrecística, a veces por grupos de periodistas reunidos, pero
Frank Brady • 271

ésta era su primera conferencia de prensa formal en más de veinte años,


y estaba preparado para enfrentarse a cualquier pregunta. La mayoría de
los miembros de la prensa estaban listos para ver aparecer a un Bobby Fis­
cher fantasmagórico, alguien totalmente alejado del héroe de Reikiavik;
muchos de los periodistas que estaban congregados nunca le habían visto
en persona —tampoco el público había podido tener una visión fugaz de
él en las dos décadas de sus años en la jungla. Bobby entró dando pasos
largos, parecía más alto y más sano de lo que imaginaban, y rápidamente
se sentó en el estrado. No parecía tan sorprendente físicamente como un
defensa de fútbol, pero definitivamente parecía un atleta ancho de espal­
das, quizás un nadador olímpico retirado.
Había insistido en que le entregaran todas las preguntas por adelantado
y filtraba las tarjetas en busca de las que había elegido contestar. Spassky
parecía incómodo y estaba sentado a la derecha de Bobby, y Vasiljevic
estaba fumando en una pipa de espuma de mar, parecía relajado y estaba
a su izquierda. Después de unos minutos de suspense extraño, Bobby
levantó la vista y leyó en voz alta el nombre del reportero, su afiliación y
la primera pregunta. “Empecemos con unas preguntas insolentes del New
=York Times”, dijo Bobby insolentemente:
272 • ENDGAME
simplemente la cobertura de la información que se ofrece. Aunque un
gran número de reporteros estaba interesados en asistir a la controvertida
rueda de prensa de Bobby Fischer, los periodistas se vieron obligados a
pagar 1.000 $ por la acreditación en Sveti Stefan. Como resultado, muchos
decidieron no cubrir el encuentro —al menos, no desde dentro. Solamente
había unos treinta periodistas presentes en la sala aquel día, aunque iban a
asistir más de cien personas. Muy posiblemente el aplauso procedió de las
personas del público que no eran periodistas sino claques cuidadosamen­
te seleccionados por sus inclinaciones antiamericanas y en pro de Bobby.
Bobby continuó leyendo las siguientes preguntas de Cohen sin res­
ponderlas directamente; solamente hacía comentarios como “ya veremos"
o “paso", hasta que leyó la última: “¿Está preocupado por las amenazas del
=gobierno estadounidense por desafiar las sanciones?"

Bobby Fischer; Un segundo. [Entonces sacó una carta de su male­


tín y la levantó]. Ésta es la orden de proporcionar información de
actividades ilegales del Departamento del Tesoro en Washington,
DC, 21 de agosto de 1992. Así que ésta es mi respuesta a su orden
de no defender aquí mi título. [Entonces escupió en la carta, y es­
_ tallaron los aplausos]. Ésta es mi respuesta.
Frank Brady • 273

Y después, haciendo alusión a la adulación que Bobby estaba recibiendo


en Yugoslavia, añadió: “Hacen tanto el bobo como él”. Sin embargo, otro
buen amigo, William Lombardy, discrepó: “Sí, Fischer traicionó al ajedrez
y a todo el mundo. Pero todavía es mágico y puede hacer mucho por el
juego. Bobby y Boris están sacándole partido finalmente. No les envidio
por ello”.
Bobby siguió haciendo declaraciones escandalosas —o controvertidas,
al menos— mientras respondía más preguntas de los reporteros. Cuando
le preguntaron sobre su opinión del comunismo, dijo: “El comunismo
soviético es básicamente una máscara del bolchevismo, que es una máscara
del judaismo”. Al negar que era antisemita, Fischer señaló con una sonrisa
de satisfacción que los árabes eran semitas también: “E indudablemente
no estoy en contra de los árabes, ¿de acuerdo?” Llamando estafadores a
Kasparov y Karpov por lo que él consideraba una colaboración poco ética,
también incluía en su lista de odio a Korchnoi: “Han destruido el ajedrez
completamente con sus partidas inmorales convenidas previamente. Esos
tipos son los peores canallas”.
Aunque se sentó entre el público en la rueda de prensa, Zita no
respondió a ninguna pregunta, al menos de forma pública. Después, en
una entrevista medio extraoficial que ofreció a un periodista yugoslavo,
afirmaba que no tenía planes de boda con Bobby, pero le atraía su
honestidad. Añadía: “Me gustan los genios y los locos”, sin decir en qué
categoría encajaba Bobby, si lo hacia en alguna.

***
Bobby caminó deprisa hacia el tablero, se sentó en su silla exactamente
a las 15:30 el 2 de septiembre de 1992, alargó su brazo derecho y le dio la
mano a Spassky. Vestía un traje azul y una corbata roja y blanca, que le
daba cierta apariencia patriótica. Y por si quedaba alguna duda sobre su
nacionalidad, podía verse una pequeña bandera estadounidense en su lado
de la mesa, frente al público; Spassky, que había obtenido la nacionalidad
francesa, tenía la bandera tricolor de Francia a su lado. Lothar Schmid,
árbitro que había dirigido el encuentro de 1972 entre los dos grandes
maestros, estaba presente de nuevo y activó el reloj. Y cuando Schmid dejó
de pulsar el botón, una ola de nostalgia pasó por todos los que estaban
viéndolo. Habían pasado veinte años desde el último enfrentamiento entre
Fischer y Spassky, pero los tres actores principales parecían más o menos
iguales —salvo algunas canas, arrugas de más y el contorno extra alrededor
de la cintura. Laugardalshöll se había transformado en el hotel Maestral.
274 • ENDGAME
Islandia se había convertido en Yugoslavia. Bobby aún era Fischer. Boris
todavía era Spassky. El juego todavía era el ajedrez.
Después de unos minutos, Bobby se puso una visera de cuero marrón
y ala ancha para que su rival no pudiera ver lo que observaba. Cuando era
su tumo, bajaba la visera y frecuentemente apoyaba la barbilla en el pecho,
casi como si fuera un jugador de póquer que quiere mantener en secreto
sus cartas.
Dejando veinte años de deterioro a un lado, Bobby jugó tan magistral­
mente como en 1972: agresivo, incesante, brillante; atacaba en un lado del
tablero y luego, en el otro. Tuvieron lugar sacrificios de piezas por parte de
ambos jugadores.
Jugadores de ajedrez de todo el mundo estaban siguiendo la partida
por medio de faxes y contacto telefónico, y su pregunta conjunta fue
respondida en el movimiento quincuagésimo de Fischer. Spassky
abandonó. El gran maestro Yasser Seirawan escribió: “Sí, ¡definitivamente
Bobby ha vuelto! Una partida controlada a la perfección. Precisa hasta el
último momento”. Los distribuidores de noticias que, sólo un día antes,
habían criticado a Fischer por su incorrección política, ahora tenían
que admitir que había sido más que correcto en el tablero: “El genio
estadounidense del ajedrez, que ha jugado enérgicamente, parece estar en
plena forma”. Pero, parafraseando a Aristóteles, una partida de ajedrez no
hace a un campeón.
En la segunda partida, Bobby parecía como si estuviera sintiendo
su fuerza... hasta que llegó de nuevo a su movimiento quincuagésimo y
cometió un error atroz que convirtió la partida, la cual podía haber ganado,
en tablas. En ciertos aspectos, repitió su propio error en la tercera partida,
dejando así que se le escapara de las manos una victoria potencial —o
posible, al menos— y derivara en tablas. El comentario de Bobby al final
de la partida revelaba su honestidad. “Quizás ha sido un día malo para mí.
Espero que haya sido un día malo para mí. He estado en apuros”. Había
empezado a insinuar un ápice de duda. Si se demostraba que la tercera
partida no había sido sólo un día malo para él, posiblemente indicaría
que su tiempo alejado del tablero le estaba castigando y obstaculizando
su habilidad para presentarse como el antiguo Bobby Fischer. Las partidas
cuarta y quinta prácticamente demostraron que estaba experimentando
un declive o un cúmulo de deterioro: perdió ambas.
Uno de los espectadores del encuentro era el venerable Andrei
Lilienthal, gran maestro ruso de ochenta y un años que había vivido la
mayor parte de su vida en Hungría. Había venido en coche desde Budapest
hasta Sveti Stefan con su esposa para seguir las partidas. Lilienthal no
Frank Brady • 275

conocía a Fischer, y al finalizar la cuarta partida les presentaron en el


restaurante del hotel. “Gran maestro Lilienthal, éste es Bobby Fischer”,
dijo la persona que realizó la presentación. Los dos gigantes del ajedrez
se dieron la mano, y Bobby bramó: “Hastings 1934/35: el sacrificio de la
dama contra Capablanca. ¡Brillante!”.
El comentario se debía a que Bobby solía recordar y categorizar a las
personas por sus partidas de ajedrez, no por ninguna otra cosa necesaria­
mente. Años más tarde, Lilienthal todavía le daba vueltas al hecho de que
Bobby recordara su famosa victoria contra Capablanca medio siglo antes.
Después del encuentro, Spassky escribió:
= = =
Mi planteamiento general era no pensar en el resultado del
encuentro sino en cómo ayudar a que Bobby recuperara su mejor
forma. La sexta partida fue crucial. Yo buscaba tablas con las blan­
cas, pero Bobby jugó tan mal que conseguí ganar. Naturalmente,
esto me ofreció la posibilidad real de conseguir ¡tres victorias y
dos tablas!

¿Bobby sería capaz de resistir tal situación? No lo sabía, y esto


me provocó una situación psicológica complicada. Quería ganar el
encuentro, pero tenía miedo: Bobby era marcharse el encuentro y
abandonar el ajedrez para siempre. Esta incertidumbre me impi­
dió ganar [la sexta partida]. Bobby salvó la partida con su espíritu
de lucha, y recuperó su capacidad creativa. Volvió su seguridad
_ en s í mismo, y [de ahí en adelante] empezó a jugar mucho mejor.
276 ENDGAME

• “No, no me arrepiento de haber escupido en aquella carta".


• “Ese nombre [Kasparov] es un mentiroso patológico, así que
nunca prestaré mucha atención a lo que diga".
• “Demandé a una empresa llamada Time Incorporated. [...] Puse
una demanda por muchas decenas de millones de dólares, o quizás
cientos de millones por diferentes acciones causales: difamación,
incumplimiento de contrato, etc. Pasé dos años en los tribunales y
gasté mucho dinero y mucho tiempo. Esto ocurrió en el tribunal
federal, por cierto. Entonces, el juez dijo: ‘No tiene argumentos.
Voy a desestimarlo sin ir a juicio’. [El caso no era solamente con­
tra Time, Inc., sino también contra Brad Darrach, autor de Bobby
Fischer vs. el resto del mundo; el contrato que Bobby había firmado
con Darrach le daba permiso para escribir artículos, no un libro.
La Federación de Ajedrez de Estados Unidos también fue deman­
dada porque publicitó el libro.]
• Por lo que considero que el gobierno de Estados Unidos y Time
Incorporated participaron en una conspiración criminal para es­
tafarme centenares de millones de dólares, motivo por el que no
he presentado ni pagado mi declaración de la renta federal y del
- estado de California desde 1976..., o 1977 más bien".
Frank Brady • 277

de esperar? Aun así, ganó de forma convincente. Un encuentro entre él y


el campeón mundial actual [Kasparov] atraería a más público que nada de
lo que se haya visto y crearía una explosión de publicidad para el mundo
ajedrecístico”.
Bobby reveló que estaría dispuesto a jugar un encuentro para el cam­
peonato contra Kasparov, pero que le gustaría jugar varios encuentros de
entrenamiento con jugadores más jóvenes como calentamiento y después
enfrentarse a Kasparov en 1994. Pero antes de que Bobby pensara en su
siguiente rival ajedrecístico, primero tenía que enfrentarse a un temible
rival no ajedrecístico: el gobierno de Estados Unidos. Estaban en cues­
tión su incumplimiento de las sanciones, los quinces años de impuestos
que debía, y los impuestos que debía potencialmente por los millones que
acababa de ganar.
En el banquete de clausura, convencieron a Bobby para que saliera a
la pista de baile con alguna joven serbia, y después dijo algunas palabras
amables de agradecimiento en serbocroata a su anfitrión y a la gente de
Yugoslavia.
Después de recibir el pago completo (cuarenta y ocho horas después
de la finalización del encuentro, lo cual desmentía los rumores de que
Vasiljevic no cumpliría con la cantidad), Bobby había quedado en reunirse
con su hermana, Joan, en el hotel Intercontinental de Belgrado. Todavía
tenía una cuestión pendiente relativa al dinero que la empresa que había
adquirido los derechos televisivos del encuentro debía a Bobby —más o
menos un millón de dólares (al final, no recibió nada). No obstante, Joan
se llevó la mayor parte del dinero del encuentro y viajó hasta Zúrich en
tren, donde abrió una cuenta a nombre de Bobby en el Union Bank de
Suiza. Hicieron esto porque no estaba claro si Bobby sería detenido en
la frontera yugoslava debido a su incumplimiento de las sanciones y,en
caso de que ocurriera, si los funcionarios del gobierno de Estados Unidos
intentarían confiscar parte o todo el dinero.
En ese momento, Vasiljevic estaba organizando otro encuentro para
Bobby, que jugaría en Belgrado y España contra Ljubomir Ljubojevic, el
jugador líder yugoslavo y uno de los mejores tácticos del mundo. Bobby
conocía a Ljubojevic. Se llevaban bien y ambos tenían ganas de jugar.
Los planes de Vasiljevic con respecto a Bobby siempre tenían segundas
intenciones. Sin duda alguna, no tuvo apenas ganancias por el encuen­
tro entre Fischer y Spassky, a pesar de los ingresos del precio de entrada,
la venta de recuerdos, pósters, derechos televisivos, etc. Promocionó el
encuentro para atraer publicidad global al bloqueo yugoslavo y que pa-
278 • ENDGAME

redera que Estados Unidos y otros países estaban intentando reprimir


una importante iniciativa artística. Unos meses después de que el partido
terminara, el castillo de naipes financiero de Vasiljevic comenzó a des­
plomarse. Quinientos depositantes habían desviado dos mil millones de
dólares a dieciséis bancos, y se les había prometido un 15 por ciento de
interés por su dinero. Con el tiempo, se dio cuenta de que no era capaz de
cumplir con el pago de los intereses. Viajó en avión a Hungría y después
a Israel, supuestamente con bolsas de dinero para evitar la prosecución y
con la esperanza de establecer un gobierno en el exilio. Años más tarde,
fue extraditado a Serbia y encarcelado en la prisión central de Belgrado
para enfrentarse a los cargos de desfalco. Bobby empezó a sentir odio por
Vasiljevic y aseguraba que era un agente sionista. Además, pensaba que los
3,5 millones de dólares que había ganado en su encuentro contra Spassky
era dinero obtenido de manera ilegal por Vasiljevic. Sin embargo, no hizo
nada por devolverlo.
Había noticias de prensa que decían que posiblemente Bobby sería
imputado y extraditado a Estados Unidos. Aunque quería volver a Cali­
fornia, no quería correr el riesgo de entrar a Estados Unidos justo ahora.
A mediados de diciembre, recibió una llamada telefónica de su abogado
que le decía que un gran jurado federal iba a reunirse y considerar su caso,
y había alguna posibilidad de que votaran los cargos. El incidente del es­
cupitajo, simbólicamente equivalente a quemar la bandera estadouniden­
se, al parecer había provocado la ira del gobierno. Bobby se marchó de
Belgrado inmediatamente —se llevó con él a su ayudante, Eugene Torre,
y dos guardaespaldas proporcionados por Vasiljevic— y viajó en secreto
a la pequeña ciudad de Magyarkanizsa, en la parte más septentrional de
Serbia, al lado de la frontera con Hungría. Vasiljevic había elegido este
lugar para Bobby por diversos motivos: su población consistía en aproxi­
madamente un 90 por ciento de ciudadanos húngaros, así que la gente de
Budapest y alrededores podía cruzar la frontera impunemente, lo cual sig­
nificaba que Zita podía visitarle sin dificultades. Además, si Bobby tenía
que cruzar deprisa de Serbia a Hungría, era probable que pudiera hacerlo
sin ser detenido, ya que el control fronterizo no tenía suficiente personal
y los guardias posiblemente no estarían pendientes de él. El hecho de que
Magyarkanizsa fuera conocido como la ciudad del silencio también era un
atractivo para Bobby... al menos, al principio.
El 15 de diciembre de 1992, un gran jurado presentó la acusación por
un único delito en el tribunal federal de Washington, DC, contra Bobby
Fischer por incumplir las sanciones económicas, a través de un decreto
emitido por el presidente George Bush. Le enviaron una carta a Bobby a
Frank Brady » 2 7 9

tal respecto, y después del anuncio de los cargos, los funcionarios federales
emitieron una orden judicial de arresto. No quedaba claro lo rápido —o
agresivamente— que el gobierno le perseguiría.
En mitad del invierno, había poco que hacer en Magyarkanizsa.
Bobby no quería escribir cartas ni recibirlas por miedo a que el gobierno
de Estados Unidos le localizara e intentara arrestarle. Cuando quería
comunicarse con alguien por teléfono, uno de sus guardaespaldas llamaba
a la persona en cuestión y le entregaba el teléfono. Nunca daba un número
para recibir llamadas. Para tratar de ser más listo que cualquier perseguidor
del gobierno, al principio se quedó en un pequeño hotel y luego en una
pensión a las afueras de la ciudad. Cuando el tiempo se hizo más cálido, se
mudó a un centro de salud y rehabilitación, no porque estuviera enfermo
sino porque el edificio tenía piscina y gimnasio donde podía entrenar.
Después de un tiempo, se mudó a otro hotel. En alguna ocasión, Svetozar
Gligoric, su antiguo amigo, le visitaba y se quedaba durante una semana
más o menos.
A finales de mayo de 1993, los Polgar, la familia real del ajedrez de
Hungría, visitaron a Bobby —Laszlo, el padre, y sus dos preciosas hijas,
Judit, de dieciséis años, y Sofia, de diecinueve—. Ambas eran prodigios del
ajedrez (la hija mayor, Zsuzsa, de veintitrés años —gran maestra— estaba
en un torneo en Perú). Bobby acogió con beneplácito su llegada puesto
que estaba necesitado de compañía.
Poco después de que se fueran, comenzó a sentirse muy limitado por
las circunstancias. Sus fondos empezaban ser un problema, ya que tenía
miedo de viajar a Suiza para sacar dinero de su cuenta, y si intentaba que
el banco suizo le enviara un giro a un banco de Magyarkanizsa, estaría
incumpliendo de nuevo las sanciones. El hecho de no tener a muchas
personas con las que relacionarse o mucho que hacer provocaba que se
sintiera solo y aburrido ("Aquí no tengo amigos, solamente Gliga y los
guardaespaldas”, escribió a Zita). De algún modo, tenía que lograr salir de
Yugoslavia.
Sin nombrar la ciudad a la que quería dirigirse, pidió ayuda legal a un
abogado de Los Ángeles y, sin mencionar nombras por si los teléfonos
estaban intervenidos, tenía a un abogado en Magyarkanizsa, que habla­
ba inglés, para tomar nota de la información. El país que Bobby tenía en
mente era Filipinas, aunque solamente le contó a Torre su destino previsto.
Llegar hasta allí sería complicado.
Si Bobby lograba llegar a Hungría sin ser arrestado, podría volar
directamente a Filipinas. Si volar allí de manera directa parecía demasiado
280 • ENDGAME

arriesgado, podía alquilar un pequeño avión privado en algún lugar de


Hungría, o incluso en Yugoslavia, y volar a Grecia o Egipto y después a
Manila. Otra posibilidad era ir en barco o buque de vapor, pero tal vez
se alargaba demasiado. A Bobby le preocupaba que sus fondos del Union
Bank de Suiza pudieran ser confiscados, por lo que quería sacar el dinero
lo antes posible.
Al final, Bobby pensó que viajar a Filipinas —por más que quisiera—
era un riesgo para el que no estaba preparado en ese momento en concreto
y, sea como sea, se enteró de que sus fondos del UBS no podían ser
confiscados. Mientras aún estaba reflexionando qué hacer, recibió una
noticia impactante.
Zita había cogido el autobús en Budapest para visitarle y tenía algo
que anunciarle: estaba embarazada, y él no era el padre. Cabe imaginar
la conmoción, ira y tristeza que sintió Bobby al escuchar esto. No podía
entender o aceptar que la pasión que sentía por Zita no fuera recíproca.
Su propuesta de matrimonio fue rechazada rotundamente. Una discusión
encolerizada prosiguió durante la noche. “Fue duro”, dijo Zita. “Su com­
portamiento fue muy, muy malo. Hirió a las personas que yo quería”. Fi­
nalmente, cuando se acercaba el amanecer, Bobby se fue a dormir y Zita se
despertó unas horas después. Dejó una nota de despedida en que señalaba
que su affaire no tenía nada que ver con el motivo por el que no quería
casarse con él. Lo cierto es que no le amaba.
Cuando Bobby se despertó, le escribió una carta de disculpa, pero ella
no respondió.
Cuando Zsuzsa Polgar volvió a Budapest, su familia hizo una segunda
visita a Magyarkanizsa expresamente para que pudiera conocer a Bobby.
Janos Kubat acompañó a la familia en el VW Passat de Zsuzsa. Zsuzsa
describió sus primeras impresiones de Bobby Fischer y recordaba: “Me
sorprendió ver lo alto y grande que era. Tenía un poco de sobrepeso, aun­
que no diría que estuviera gordo, y tenía unas manos y pies enormes. Fue
muy amable y franco conmigo desde un principio y tenía un montón de
preguntas, incluso sobre mi viaje reciente a Perú”.
Zsuzsa le preguntó a Bobby por qué se quedaba en Magyarkanizsa
—una ciudad antigua, pequeña y sin color— si podía estar viviendo en
Budapest, el París de la Europa del este, una ciudad con muchos restau­
rantes (incluyendo los que ofrecían su cocina japonesa favorita), cines,
librerías, baños termales, conciertos y bibliotecas. Agregó que allí podía
socializar con algunos de los grandes jugadores húngaros que conocía —
hombres como Benko, Lilienthal, Portisch y Szabo—.
Frank Brady • 281

Bobby escuchaba atentamente lo que Zsuzsa decía. Se dio cuenta de


que si estuviera en Budapest podría continuar buscando a Zita mucho más
fácilmente. Pensaba en su búsqueda en términos ajedrecísticos: “He esta­
do en posiciones perdidas con anterioridad... peores que ésta, ¡y gané!”
Laszlo Polgar invitó a Bobby a quedarse con su familia cuando quisiera en
su casa de campo. Solamente quedaba una pregunta sobre la que reflexio­
nar: ¿le detendrían al cruzar a Hungría y le entregarían a las autoridades
de Estados Unidos?
Los Polgar, que pensaron en todo, habían asumido el riesgo de su paso
a través de la frontera y les habían preguntado a los guardias esa cues­
tión. Les aseguraron que Bobby no tendría ningún problema para entrar
en Hungría. No obstante, él era algo escéptico y escribió con temor a su
amigo Miyoko Watai a Japón: “Creo que es posible que los húngaros me
arresten en cuanto cruce la frontera”.
Al darse cuenta de que su siguiente movimiento podría arruinar su
vida, Bobby, cuya vida en el tablero de ajedrez había estado siempre basa­
da en la preparación y el cálculo, decidió que las personas en posiciones
desesperadas debían correr riesgos desesperados. Dos semanas más tarde,
Bobby, Eugene Torre y los dos guardaespaldas se dirigieron en un coche
a lquilado a la frontera de Hungría; les pidieron sus pasaportes y sin dila­
ción les permitieron pasar. Si los guardias reconocieron a Bobby y sabían
que era un fugitivo buscado, no lo manifestaron.
Al entrar en la destelleante ciudad de Budapest, Fischer se registró en
un de los hoteles más románticos y elegantes, el Gellért, al lado del Danu­
bio, y comió en la terraza. Bobby no podía esperar a meterse en los baños
termales del Gellért; sentía que estaba en el paraíso. Incluso el botones jefe
le hizo sentir en casa. Cuando llevaba el equipaje de Bobby a su habitación,
de repente reconoció al campeón solitario y le retó a jugar una partida.
C
ruzandola13sfronteras
" N o NECESITAS guardaespaldas en Budapest”, le dijo Benko a
Bobby. “Solamente la mafia rusa tiene guardaespaldas aquí”.
Benko estaba preocupado de que los dos guardaespaldas
serbios, de pecho fuerte y grueso, de Bobby, ambos con cuellos de
luchadores y con pistolas automáticas, atrajeran más la atención hacia él
que si fuera solo por la calle. Sin embargo, Bobby no estaba preparado
para prescindir de ellos. No sólo le protegían sino que también hacían
sus recados, le servían de chóferes, ocasionalmente le acompañaban
a cenar y estaban disponibles para hacer lo que él quisiera a cualquier
hora. Principalmente, desde luego, su trabajo era protegerle. Pensaba que
necesitaba protección frente al gobierno de Estados Unidos, que podría
asesinarle en lugar de extraditarlo y llevarlo a casa para un juicio costo
e impopular. También estaba preocupado por Israel. Creía que tanto
el Mossad como algún patriota proisraelí exacerbado podían intentar
matarle debido a sus declaraciones en las que criticaba a los judíos. Y
siempre había pensado que los soviéticos le querían ver muerto, a causa
del bochorno internacional por el encuentro de 1972, y sus acusaciones
de que los rusos hacían trampas. Para protegerse, se compró un abrigo
enorme de piel de caballo que pesaba más de trece kilogramos; esperaba
que fuera lo suficientemente grueso como para evitar el ataque de un
cuchillo. También era posible que llevara un chaleco antibalas.
Le parecía que todos esos miedos, no exentos de paranoia, justifica­
ban la preocupación constante por su vida. Aunque algunos de ellos eran
imaginarios, respondía a las amenazas físicas como lo hacía con las del
284 • ENDGAME

tablero. Quería estar preparado para cualquier eventualidad —un ataque


proveniente de cualquier dirección— para poder impedirlo. Su miedo
constante a ser arrestado, asesinado, abordado o insultado le cansaba, y
quizás era uno de los motivos por los que dormía diez o doce horas todas
las noches. Siempre tenía miedo de lo que se escondía tras las sombras, y
ese terror siempre presente, junto con su lucha constante contra los moli­
nos de viento, le agotaba.
En cuanto se instaló en el hotel Gellért, Bobby fue invitado a pasar
parte del verano con los Polgar en su complejo campestre de Nagymaros,
a unos cincuenta y seis kilómetros al norte de Budapest, en el tramo de
Hungría o de las montañas eslavas de la verde curva del Danubio. Mientras
sus dos guardaespaldas y él conducían por la orilla del Danubio, Bobby
se dio cuenta de que el río no era del color que él pensaba que sería. A
diferencia de El Danubio azul del vals de Strauss, estas aguas profundas
eran del color del barro.
Ofrecieron a Bobby y sus guardas una cabaña en Nagymaros, pero
comían y pasaban la mayor parte del tiempo en la casa grande de la
familia. Todas las hermanas jugaban al ajedrez con él, pero accedían a sus
preferencias: jugaban a Fischer Random. Era una variante del juego normal
inventada por Bobby. Los peones se colocan en sus posiciones habituales
al principio de la partida. Las piezas que quedan en la última fila se
colocan al azar en escaques diferentes a donde normalmente se sitúan. De
este modo, los jugadores que han pasado años estudiando las aperturas de
ajedrez no tienen ventajas: la memoria y el aprendizaje a través de los libros
(excepto lo relativo a los finales) no son tan importantes. La imaginación y
la ingenuidad son fundamentales. Sofia, de dieciocho años e hija mediana
de los Polgar, venció a Bobby tres veces seguidas. Zsuzsa jugó con él
innumerables partidas y lo único que reveló fue que lo hizo “muy bien”
Notó que la habilidad de Bobby como analista era impresionante.
Laszlo Polgar era un hombre sin pelos en la lengua. Cuando Bobby
desmintió la existencia de Auschwitz y se negó a reconocer que más de
un millón de personas habían sido asesinadas allí, Laszlo le habló sobre
sus familiares que habían sido exterminados en campos de concentración.
“Bobby”, dijo amenazador, “¿de verdad piensas que mi familia desapareció
por arte de magia?”. Bobby no tenía forma alguna de respaldar su afirma­
ción y sólo pudo hacer referencia a varios libros de negación del Holo­
causto.
De acuerdo con las creencias y la personalidad de Bobby, aunque era el
invitado, tenía la osadía de expresar sus opiniones antisemitas en el hogar
judío de los Polgar. Zsuzsa recordaba: “Al principio, intenté convencerle
de la realidad, le contaba hechos, pero me di cuenta enseguida de que era
imposible e intentaba cambiar de tema” Judit era más sincera: “Era un ju­
gador extremadamente bueno, pero loco: un psicópata”. Y su padre estaba
de acuerdo: “Era esquizofrénico”
A pesar de la falta de sensibilidad y terquedad de Bobby, los Polgar fue­
ron anfitriones gentiles y siguieron entreteniéndole y cuidando de él. Al
final, Bobby cambió sus monólogos de odio a los judíos por el ajedrez. Sin
embargo, se enfadó mucho cuando Laszlo le enseñó un libro publicado en
1910 por el escritor croata Izidor Gross. El libro describía una variante de
ajedrez que parecía ser precursora de Fischer Random y tenía exactamente
las mismas normas. Murmuró algo sobre que Gross era judio y cambió las
normas de su variante para hacerla diferente a la suya.
Un día de ese verano, la familia salió de excursión al parque acuático
de Visegrád. Invitaron a Bobby y sus guardaespaldas a ir con ellos.
Después de coger el ferry que iba por el río hasta el parque, Bobby pronto
se encontró en su salsa: natación y descanso en los jacuzzis. Incluso se tiró
por el tobogán gigante de agua y terminó repitiendo una y otra vez. “Era
como un niño grande”, recordaba Zsuzsa con cariño.
Laszlo vigilaba de cerca el comportamiento de Bobby con las tres her­
manas. Su preferida era Zsuzsa, pero ella declaró después que no era cons­
ciente de su creciente afecto. Laszlo si lo era, y no le gustaba.
Después de tres semanas y media, Magyar Televisión se enteró de
alguna manera de que Bobby estaba en Nagymaros y envió a un equipo
de cámara a que le grabaran. Los miembros del equipo se escondieron
en el bosque a unos cuarenta y cinco metros y le grabaron utilizando
teleobjetivos. Cuando se dieron cuenta de su presencia, cundió el pánico.
Bobby era un fugitivo y obviamente no quería que el mundo supiera que
estaba escondido. Mandó a sus guardaespaldas a por las cámaras, y ellos
sacaron violentamente las cintas de las cámaras: nadie iba a discutir con
los matones. Después, Bobby le pidió un martillo a Polgar, se sentó en el
suelo de piedra de la sala de estar y, ceremoniosamente y con su ira cada
vez mayor, destrozó las cintas.
Los Polgar le habían ofrecido su amistad y descanso, pero ahora estaba
claro que la prensa sabía su paradero concreto. Se marchó de Nagymaros
inmediatamente, volvió a Budapest, hizo las maletas y salió del Gellért
rápidamente. Acompañado de sus guardaespaldas, que ahora hacían las
veces de porteros, se registró en el hotel Refe, a los pies de las colinas de
Buda, al otro lado de la calle del apartamento de Benko y a unos quince
minutos en autobús del centro. Más tarde, haciendo caso al consejo de su
286 • ENDGAME

amigo, despidió definitivamente a sus guardaespaldas ya que era demasia­


do obvio y, por tanto, potencialmente peligro.

***
El Budapest por el que Bobby deambulaba en 1993 era una ciudad que
cambiaba rápido. La ciudad ya no estaba dominada por los soviéticos, se
había librado —al igual que toda Hungría— del telón de acero en 1989
y había abierto su frontera con Austria. Se habían privatizado muchas
empresas, y solamente un porcentaje pequeño estaba todavía conectado
a Rusia. Entre la gente había una sensación de vitalidad y libertad. Podía
sentirse con sólo caminar por Váci Utca, la calle comercial principal de la
ciudad, con tiendas que vendían productos de todo tipo. La gente sonreía
y salía hasta tarde para pasárselo bien.
Cuando Bobby determinó, o al menos creyó, que ya no le seguían,
empezó a recorrer la ciudad con libertad y tomaba tranvías y autobuses
hacia varios destinos. Aunque indudablemente muchas personas le
reconocían, casi nunca se le acercaban. De hecho, siempre se sintió un
extranjero y no un verdadero residente de Budapest. Incluso después de
haber vivido años allí, hacía referencia a sí mismo como turista.
Siguió visitando a los Polgar en Budapest y, cuando no jugaba al
ajedrez o al pimpón con ellos, iba a casa de Andrei Lilienthal, de ochenta
y dos años, y su mujer, Olga, treinta años menor. Los Lilienthal eran
anfitriones agradables y adoraban a Bobby. Él respetaba enormemente
a Lilienthal, que una vez había derrotado al antiguo campeón mundial
Mikhail Botvinnik. El antiguo gran maestro tenía muchas historias que
contar, y escucharle era como leer un libro de historia del ajedrez.
Aunque Olga tenía casi la misma edad que Bobby, le trataba de manera
maternal; por ejemplo, le preparaba las comidas que ella sabía que eran sus
favoritas. Hablaba con Olga en ruso, y ella contó más tarde que su domi­
nio del idioma era "bastante bueno”. Durante todos los años que vivió en
Budapest, estudiaba ruso casi diariamente, y Olga corregía su gramática
y pronunciación. En su biblioteca, tenía varios diccionarios ruso-inglés y
libros de gramática y conversación en ruso. Lilienthal y Bobby hablaban
en alemán.
Cuando Bobby dio a conocer su opinión sobre ios judíos, Lilienthal le
detuvo: “Bobby”, dijo, “¿sabías que yo soy judío?”. Bobby sonrió y respon­
dió: “Eres un hombre bueno, una buena persona, así que no eres judío”.
Era cada vez más evidente que, aunque su retórica era claramente anti­
semita, solía usar la palabra judío como peyorativo en general. Cualquier
Frank Brady • 287

persona —fuera judia o no— que fuera mala, según la opinión de Bobby
era judía. Cualquier persona que fuera buena —como Lilienthal—, fuera
judía o no, no era judía. “Me reservo el derecho a generalizar”, escribió
sobre su predilección por estereotipar.
Casi todas las noches después de la cena, cuando estaba en casa de
los Lilienthal, veía una amplia gama de emisiones de la televisión rusa —
conciertos, noticias, películas— que prefería a la programación húngara
y estadounidense disponible. Esto también ayudó al aumento de su com­
prensión del idioma. Y luego Bobby y Lilienthal se retiraban a estudiar y
analizar partidas hasta las altas horas de la noche. Nunca jugaban.
Como los Lilienthals apoyaban a Bobby, él les correspondía con rega­
los: una antena parabólica de televisión, una aspiradora, artículos de cuero
comprados en sus viajes a Viena y regalos especiales por sus cumpleaños y
otros festivos. Su relación con los Lilienthals no era distinta a la que tenía
con Jack y Ethel Collins: los tres juntos creaban una atmósfera familiar que
ofrecía apoyo constante, implicaba al ajedrez, y con suerte duraría años.
Sin embargo, después de cuatro años de relación afectuosa con los Li­
lienthals, dos incidentes rompieron el vínculo. Andrei hizo una fotografía
de Bobby a escondidas en la cena de nochevieja y la envió a Shakhmatny
Bulletin, revista de ajedrez rusa. Publicaron la foto y enviaron unos hono­
rarios de 200 $ a Lilienthal. Bobby se puso furioso cuando vio el ejemplar
y todavía se indignó más cuando se enteró de que Lilienthal había recibido
dinero por la foto.
Bobby hablaba continuamente de los derechos de autor que poseía
por la edición en ruso de Mis 60 partidas memorables, y Lilienthal mandó
una carta a Kirsan Ilyumzhinov, presidente de la FIDE en aquel momento,
puso el nombre de Bobby en ella (sin que éste lo supiera) y le pidió que
se reunieran. En una de sus ruedas de prensa en Yugoslavia, Bobby había
dicho, simplemente para abrir el debate sobre cuánto le debían, que las
editoriales rusas tendría que pagarle 100.000 $, pero que era posible que le
debieran millones realmente. Ilyumzhinov también era el presidente de la
república rusa de Kalmukia, en la costa noroeste del mar Caspio. Era un
hombre extraordinariamente rico con pasión por el ajedrez y quería pagar
a Bobby algunos de los derechos de autor que se le debían. Le transmitió
un mensaje a Lilienthal que decía que entregaría 100.000 $, en dólares
estadounidenses en efectivo, a Bobby personalmente.
Se organizó una reunión: una cena en casa de los Lilienthals. Habían
pasado dieciocho años desde que Bobby había roto su relación con la
FIDE, cuando suspendió su encuentro con Karpov, por lo que no era
288 • ENDGAME

propenso a ser agradable, aunque Ilyumzhinov no tuviera nada que ver


con la organización en el momento del debacle de Karpov. Ilyumzhinov,
que hablaba un inglés excelente, saludó a Bobby y le entregó una maleta
de dinero. Bobby se sentó y contó resueltamente todos lo dólares. La
cena posterior fue animada y cordial: Bobby enseñó a Ilyumzhinov
cómo se jugaba Fischer Random y bombardeó a preguntas al presidente
sobre política rusa. Ilyumzhinov recordaba: “Me sorprendió que Fischer
estuviera al tanto de todo lo que ocurría en nuestro país. Nombró a
nuestros políticos y miembros del gobierno y me preguntó quién creía yo
que ganaría las elecciones”.
Hubo ofertas para una posible reconciliación entre Bobby y la FIDE
esa noche, e Ilyumzhinov sugirió a Bobby que se mudara a Kalmykia,
donde le darían ti erras gratis y podrían construir una casa nueva según
sus especificaciones. El presidente de la federación le entregó una escritura
de un terreno de más de cuatro mil metros cuadrados en Elista, su capital.
Bobby le dio las gracias al presidente y le preguntó por el programa de
atención médica de Kalmykia, pero no aceptó su oferta de vivir en Elista.
Además, Ilyumzhinov le ofreció aportar unos millones para otro encuentro
entre Fischer y Spassky, pero todo lo que Bobby dijo fue: “Solamente
estoy interesado en Fischer Random”. De algún modo, en el transcurso
de la conversación, Bobby se dio cuenta de que la carta que Ilyumzhinov
había recibido llevaba su nombre falsificado. Se estaba haciendo tarde, y
Ilyumzhinov empezó a hacer ademán de irse, pero antes de hacerlo, le
pidió a Bobby que posara con él para hacer una fotografía. “No”, dijo
Bobby descortésmente, mientras echaba humo en silencio por las que
consideraba dos traiciones de Lilienthal (la foto y la falsificación). “Los1
100.000 $ que me has entregado no incluyen una fotografía”. Ilyumzhinov,
el pretendiente rechazado, se marchó indignado, y Bobby, el amigo
resentido, salió después de él con el dinero. Bobby siempre decía que era
más fácil perdonar a un enemigo que a un amigo. Nunca más volvió a ver
a los Lilienthals.
Cuando finalmente empezó a escribir un libro sobre cómo le habían
engañado varias editoriales, se lo dedicó a: “El viejo sinvergüenza judío
Andrei Lilienthal, cuya falsificación de mi nombre en su carta a la FIDE
fue la gota que colmó el vaso [para escribir un panfleto antisemita]”.
Con el tiempo, no solamente perdió la amista de los Lilienthal sino
también la de los Polgar. Sofia Polgar fue invitada a dar una exhibición si­
multánea en la embajada estadounidense de Budapest, y Bobby se enfadó
porque ni siquiera se lo había pensado y aseguraba que sus enemigo —es
decir, el gobierno de Estados Unidos y, por tanto, la embajada estadouni-
Frank Brady • 289

dense— debían ser considerados enemigos de los Polgar también. Bobby


discutió con Sofía y con toda la familia Polgar por la exhibición. Incrédulo,
le preguntó a Sofía: “¿Cómo puedes hablar con esa gente?” Ella siguió ade­
lante de todos modos y lo hizo bien. Los Polgar dejaron de tener contacto
con Bobby después de eso, y él con ellos.
Mientras tanto, estaba intentado iniciar una vida en Budapest, y ade­
más de enemistarse con todos los que le rodeaban, también intentaba ga­
narse a Zita. Era una campaña predestinada a terminar mal. En los casi
ocho años que vivió en Hungría, solamente consiguió convencerla para
verla unas cuantas veces —una de ellas, cuando asistió a la fiesta por su
quincuagésimo cumpleaños en Bulgaria. En aquella ocasión, volvió a pe­
dirle matrimonio, aunque estaba felizmente instalada con su novio y tenía
un hijo. “Es imposible”, le contestó ella. “¿Y tu hermana Lilla?”, preguntó él.
Cuando Zita le contó a su madre lo que había dicho, que Bobby buscaba
una criadora, la señora Rajcsanyi se horrorizó.
La teoría de Zita sobre Bobby era que estaba dominado por una idée
fixe de reproducirse, como Enrique VIII lo hizo en busca de un hijo. Pen­
saba que la obsesión de Bobby era: “Debo casarme y tener un hijo; no
puedo morir sin prole o mi genialidad se esfumará para siempre”, Fischer
empezó a reunir fotos de otras chicas húngaras a las que le gustaría cono­
cer, y reclutó a su nuevo amigo y asistente Janos Rigo —maestro interna­
cional y organizador de actos ajedrecísticos— para hacer de casamentero.
Las chicas tenían que tener ciertas características o no querría ni siquiera
conocerlas. Debían ser: (1) rubias y con ojos azules, (2) jóvenes, (3) her­
mosas, y (4) jugadoras importantes de ajedrez. Cuando Rigo le llevó fotos,
Bobby rechazó casi todas las mujeres porque no tenían todas esas cua­
lidades (o suficientes). Finalmente, Bobby puso el siguiente anuncio en
varios periódicos húngaros (su descripción de sí mismo es reveladora, al
igual que el hecho de que no se arriesgara a reducir el grupo de candidatas
=ciñéndose a sus cuatro requisitos):
290 • ENDGAME

Bobby continuaba leyendo bibliografía antisemita y panfletos neona


zis y tenia discusiones intensas sobre la maldad de los judíos con prácti­
camente todas las personas que conocía. En una ocasión, cuando llegaba
tarde a casa una noche tras un acto, con Ringo como conductor, se negó
a permitir que un jugador de ajedrez judío entrara en el coche hasta que
proclamara que el Holocausto no ocurrió.
Algunos de los muchos libros de odio que Bobby leyó mientras estuvo
en Budapest fueron: El mito de los seis millones de David Hoggan; Sobre los
judíos y sus mentiras de Martín Lutero, escrito en 1543; y Asesinato ritual
judío de Arnold S. Leese. También leyó un relato del general nazi Ern st
Kaltenbrunner, líder de las SS, al que declararon culpable en los juicios
de Nüremberg y fue ejecutado. Mientras estaba en la cárcel a la espera del
juicio, Kaltenbrunner escribió una carta a su familia, y Bobby se sintió
conmovido por ella. Éstos son algunos fragmentos de lo que Kaltenbrun­
=ner escribió:

Mipropio destino descansa en manos de Dios. Estoy fe liz de no


haberme apartado nunca de él. No me puedo creer que me hayan
declarado responsable de los errores de nuestros líderes, durante
el breve lapso de tiempo de mi actividad me he esforzado mucho
poner una actitud razonable, tanto interna como externa [...].
Tenían que haber prestado más atención a mis palabras [...]. No
tenemos bienes que merezca la pena mencionar. Quizás la única
Frank Brady • 291

país. Cuando Bobby se marchó, Kaltenbrunner colocó una placa grabada


en la silla en la que se había sentado:
EN ESTA SILLA SE SENTÓ EL CAMPEÓN MUNDIAL DE AJEDREZ,
ROBERT J. FISCHER.
Durante el verano de 1993, se estrenó un largometraje estadounidense
llamado En busca de Bobby Fischer con críticas excelentes. Inicialmente
titulada Jaque a la inocencia, antes del estreno cambiaron el título, ya que
los productores decidieron utilizar el nombre del libro en el que estaba
basada. Pensaron que usando el nombre de Bobby tendría una mayor
atracción promocional. En busca de Bobby Fischer era la historia real de
un niño, Josh Waitzkin, que mostraba un talento increíble en el juego, y
cómo logró el éxito en el tablero, al principio a pesar de las dudas de sus
padres y luego con su apoyo y el de su extraordinario profesor de ajedrez,
Bruce Pandolfini, papel interpretado por Ben Kingsley en la película. Se
convirtió en una de las películas más respetuosas y sensibles que se habían
realizado sobre el ajedrez. El personaje de Bobby no aparece en la película,
pero sí en las escenas del documental. Lo que consiguió en Islandia ins­
piró la película, que habla sobre el llamado boom Fischer gracias al cual
la actividad ajedrecística aumentó a partir de 1972. Recaudó más de 7 mi­
llones de dólares y fue nominada a los premios Óscar. Bobby se indignó, y
luego se puso furioso, cuando se enteró de ello y pregonaba que se habían
apropiado indebidamente de su nombre y, por tanto, era una invasión de
su privacidad. Cuando se hizo el recuento de los ingresos en taquilla, los
productores se sintieron frustrados y culparon al título ambiguo de la pe­
lícula por la relativamente baja concurrencia; en retrospectiva, desearon
no haber utilizado el nombre de Bobby.
Los productores nunca le preguntaron si daría su aprobación al
proyecto, ni recibió ninguna compensación. Bobby aseguraba que la
película había conseguido más de cien millones de dólares, lo cual era
bastante exagerado. “Es una estafa monumental”, escribió. Después de
verificarlo con su abogado, descubrió que al ser una figura pública, los
productores —Paramount Pictures— tenían derecho a usar su nombre.
Aunque creía que el comportamiento de Paramount era poco ético e
injusto, no llevo a cabo acciones legales. Aun así, después de eso siguió
quejándose y escribiendo de manera negativa sobre la película, aunque
no la hubiera visto y le hubieran contado que era una representación
excelente de cómo un niño entra en el mundo del ajedrez.
Bobby se sentía seguro para viajar y visitaba muchos países:
frecuentemente iba a Alemania a acompañar a Benko, que jugaba al
ajedrez en un equipo de allí; a Austria de compras con Rigo; a Suiza para
292 • ENDGAME

reunirse con sus banqueros; a Argentina para promocionar su variante


Fischer Random; y a Filipinas, China y Japón por motivos sociales y
empresariales. Misteriosamente, también viajó a Italia para reunirse con
un miembro de la mafia; quería conocer a un mafioso porque admiraba la
estructura familiar y el código de conducta de la mafia y quería saber más
sobre ello. Se desconoce si ésta fue la razón verdadera de su viaje a Italia.
A principios de 1997, el pasaporte de Fischer estaba a punto de caducar.
Aunque podía renovarlo en la embajada de Estados Unidos en Budapest,
estaba preocupado: ¿y si le confiscaban su pasaporte y se quedaba atrapado
en Hungría sin poder viajar a ninguna parte y sin posibilidad de acceder
a su cuenta bancaria? O, aún peor, ¿y si le arrestaban? Consideró todas
las posibilidades como si estuviera analizando un problema de ajedrez y
decidió que no quería permanecer confinado en Hungría. Bobby le pidió
a Rigo que le llevara en coche a Berna, Suiza. Cuando llegaron, entró en la
embajada de Estados Unidos e intentó parecer tranquilo aunque tenía una
sensación de temor intensa. Su razón para intentar renovar el pasaporte
en Suiza, en lugar de en Hungría, era que si quedaba obstaculizado y no
podía moverse de allí, al menos podría acceder a su dinero depositado
en el Union Bank de Suiza. Rigo le esperaba en el coche a la salida de la
embajada, provisto con una lista de números de teléfono de emergencia
por si detenían o arrestaban a Bobby; también tenía un juego de llaves de
sus cajas de seguridad y de otras cajas que cerraba con llave. Tras cuarenta
minutos, salió del edificio con una enorme sonrisa en la cara: tenía un
nuevo pasaporte de Estados Unidos, válido hasta 2007. Ya le resultaba
seguro volver a Budapest.
Naturalmente, existía un país al que no podía viajar todavía ya que, si
lo hacía, era prácticamente seguro que le arrestarían: Estados Unidos. Esto
le provocó un dilema emocional en julio de 1997. Regina había fallecido y
Bobby quería asistir a su funeral. Algunos jugadores de ajedrez del estado
de Washington conjeturaron que había entrado a Estados Unidos disfra­
zado; primero en un vuelo hasta Vancouver, Canadá; y luego, a través de
la frontera con Seattle, en coche hacia el sur hasta California, donde había
asistido al oficio de incógnito. Según esa historia, no habló con su herma­
na, sobrinos ni ninguna otra persona. Simplemente se mantuvo a un lado,
sin ser reconocido.
Cuando no había transcurrido ni un año, su hermana, Joan, de sesenta
años, falleció repentinamente por un derrame cerebral, y Bobby de nuevo
sintió remordimientos por no poder presentar sus respetos al pie de la
sepultura de un miembro de la familia. Esta separación forzosa de su
familia agravó el odio que sentía por Estados Unidos desde 1976, cuando
Frank Brady • 293

perdió el juicio ante el tribunal federal y, a partir de entonces, se negó a


pagar impuestos. No está claro por qué, durante los años en los que Bobby
estuvo esquivando a las autoridades estadounidenses, su hermana y su
familia no le visitaron en Europa; no obstante, su madre le había visitado
en una ocasión en Budapest.

Después del cisma con los Polgar y los Lilienthal, su vida en


Budapest era menos social, pero como había vivido aislado tanto tiempo,
aparentemente no estaba demasiado afectado por la falta de cordialidad de
las dos familias. Aun así, la ausencia de relaciones de apoyo debía dolerle,
a pesar de su papel en la ruptura.
Su rutina diaria consistía en levantarse por la tarde y desayunar en
su hotel —normalmente en su habitación, aunque en alguna ocasión lo
hacía en el comedor—, nadar en la piscina cubierta o ir a alguno de los
baños termales de la ciudad, y después visitar una biblioteca o librería. A
veces, modificaba su rutina y daba largos paseos deambulando con sus
recuerdos, cerca de las cuevas de las colinas de Buda, o tomaba un expreso
en la terraza del Hilton en las colinas del castillo. Habitualmente, Rigo le
recogía en su hotel sobre las 19:00 para ir a cenar. Bobby variaba a pro­
pósito los tipos de comida que ingería: japonesa, china, india, húngara,
incluso kósher, y alternaba restaurantes cada noche. De manera ocasio­
nal, se unían Pal Benko, Lajos Portisch, Peter Leko —joven gran maestro
húngaro— o una o dos otras personas. Bobby solamente se sentaba con
su espalda hacia la pared, preferiblemente en una esquina y lejos de las
ventanas —todas eran tácticas para pasar inadvertido por los demás co­
mensales o viandantes. Siempre pagaba la cuenta de todos los de la mesa.
Llevaba su propia botella de agua y solamente en alguna ocasión
tomaba alcohol. Una vez, bebió demasiado pálinka, un licor de ciruela
hecho en Hungría y Transilvania que se supone que ayuda a hacer la
digestión después de comer, y se emborrachó. Estaba tan poco habituado
294 • ENDGAME

dominaban el alemán, mientras que la mayor parte de la generación más


joven sabía hablar inglés, le ayudaba a comunicarse.
Una o dos veces a la semana, a última hora de la tarde, Bobby iba al
cine y generalmente veía películas estadounidenses. Dijo que se había
sentido identificado con el personaje que interpretaba Jim Carrey en El
show de Truman, que a veces sentía como si viviera en un mundo kafkiano
en el que él (Bobby), al igual que Truman, era la única persona honesta del
mundo y todos los demás eran actores.
Volvía al hotel sobre las 23:00 y leía y escuchaba música y las noticias
de la radio BBC. Había decidido escribir un libro en contra de Estados
Unidos, en el que presentaría sus argumentos contra el país, vinculándolo
de algún modo con su desconfianza y hostilidad hacia los judíos (y sus
enemigos personales, a los que llamaba judíos independientemente de su
religión). Unía todo esto con la rabia que aún sentía por la pérdida de sus
pertenencias que había guardado durante años en un almacén de Cali­
fornia, el cual se había subastado al no pagar el alquiler. Como forma de
preparación para el libro, Bobby pasaba parte de sus noches grabando en
cintas de casete sus diatribas antisemitas y antiamericanas.
Cuando se acercaba el amanecer, jugaba las partidas de los últimos
torneos, analizando minuciosa e impecablemente cada movimiento
con su microscopio mental, buscando errores, malas interpretaciones y
conclusiones equivocadas; especialmente aquellas que podían demostrar
que existían conspiraciones entre los que él consideraba los ladrones y
malversadores del ajedrez mundial. Cada partida se convertía en una
novela de misterio. El objetivo no era encontrar un asesino, sino descubrir
cómo había ocurrido el engaño.
Empezó a cojear de forma notable, y varios de sus amigos le
recomendaron que fuera al médico, una experiencia espantosa que
solamente aceptaría si tuviera un dolor enorme. Al final, después de que
el sufrimiento se hiciera intolerable, transigió y fue examinado; le dijeron
que padecía orquitis, la inflamación del testículo. Mientras caminaba,
estaba protegiendo la glándula y, por tanto, cojeaba. Normalmente, un
tratamiento antibiótico de diez días alivia los síntomas o un procedimiento
médico rápido en la consulta puede liberar la presión. Bobby no aprovechó
ninguna de las opciones. En lugar de eso, le dijo a todo el mundo que
su cojera se debía a una antigua lesión en la pierna (se la había roto
muchos años antes) y continuó sufriendo el dolor de la orquitis hasta que
la inflamación disminuyó sola. Siguió caminando con una cojera leve
durante el resto de su vida.
Frank Brady • 295

X
*
“Como A dolf
* Hitler escribió
* en Mein Kampf, los judíos no son
las victim as, ¡ son los verdugos!”, vociferó Bobby Fischer durante una
em isión en directo en la radio Calypso de Budapest el 13 de enero de
1999. Se desconoce cuántas personas, del m illón y medio de ciudadanos
de Budapest o los diez m illones que viven en toda Hungría, estaban
escuchando a Bobby cuando realizó su comentario lleno de odio, pero el
entrevistador, Thomas Monath, se quedó perplejo y no supo qué hacer.
¿Silenciar su micrófono? ¿Hacerle callar? La diatriba de Bobby se pudo
escuchar durante años en todo el mundo porque el programa se emitió
en linea.
Fue Bobby, a través de Pal Benko, el que se acercó a la emisora a decir
que quería ofrecer una entrevista, la primera desde que ganara el encuentro
contra Spassky en 1992. Al principio, la entrevista era bastante benévola
y las preguntas tales com o por qué Bobby prefería vivir en Budapest eran
respondidas educadamente (“Me gustan los baños en aguas minerales, la
gente; tenéis una ciudad fabulosa”), pero enseguida se impacientó y dijo
que quería hablar sobre cosas más sustanciales. Si el mundo, al menos los
húngaros, se habían perdido sus comentarios antisemitas en sus ruedas de
prensa en 1992, sin duda no se pudieron perder su postura casi histérica
en la radio Calypso siete años después.
El razonamiento que Bobby ofreció por sus disparates era que todas
sus pertenencias y recuerdos —verdaderamente valiosos para él, y objetos
de interés para los coleccionistas— que había depositado en el almacén
Bekins en Pasadena, California, habían sido subastados debido a que su
agente, Robert Ellsworth, no había pagado la factura de 480 $. “Su valor
era de decenas de m illones, o incluso cientos de millones de dólares, ¡y me
lo han robado!”, se quejaba Bobby. Luego, en un salto increíble e ilógico,
equiparaba la pérdida de su propiedad a una conspiración tramada por
los judíos, y transmitía su argumento con tanta malicia y vulgaridad que
la emisora decidió concluir su intervención en el programa. Monath le
imploró: “¿Me dejaría hacerle unas preguntas cordiales sobre ajedrez,
por favor?” Levantando la voz e intimidando con su manera de proceder,
Bobby contestó: “No, ¡no te voy a dejar!” Continuó con su diatriba sobre
cóm o estaba siendo “perseguido por los judíos”, afirmó que “el Holocausto
nunca había ocurrido” y utilizó una palabra malsonante para describir al
“judío Ellsworth”. Era casi como si sintiera que su oportunidad de estar
en el aire en directo fuera su única ocasión de aclararlo de manera directa
—de informar tanto a los oyentes de la emisora como al mundo de las
296 • ENDGAME

injusticias que le habían hecho. Siguió vertiendo odio a través del éter de
la radiodifusión hasta que Monath no pudo aguantar más: "Señor Fischer,
su mente está acabada” dijo, y el micrófono de Fischer fue silenciado.
La información sobre la pérdida de sus pertenencias eran bastante
sinceras: había estado pagando los costes del almacén unos diez años, y
su contenedor incluía una gran caja fuerte con cosas como su carta del
presidente Nixon felicitándole por su victoria en Islandia, su medalla del
campeonato mundial entregada por la FIDE, cartas, hojas de resultados,
cuadros, trofeos, estatuas, álbumes de recortes, fotos, libros y cientos de
objetos más. Una gran pérdida para el ajedrez mundial fue la de las ano­
taciones originales de las partidas que Bobby jugó en una serie de exhi­
biciones simultáneas por Sudamérica y sobre las que pretendía escribir
un libro, ya que había jugado varias partidas interesantes en ese tiempo.
Tanto si las vendieron individualmente —hubo miles de partidas, según
Bobby— como en una gran caja fuerte a un único coleccionista, solamente
el valor de esas hojas de anotación sería alrededor de 100.000 $.
Bobby le había estado entregando a Ellsworth, su agente, unos 5.000 $
anuales para que pagara el almacén y varios impuestos mínimos sobre la
propiedad —cinco terrenos— que poseía en Clearwater y Tarpon Springs,
Florida, que en un principio habían pertenecido a su abuelo (Bobby se las
compró a su madre en 1992). Esos gastos suponían unos 4.000 $ anuales;
los 1.000 $ restantes eran para Ellsworth por su gestión. El almacén estaba
registrado a nombre de Claudia Mokarow y Robert D. James, y puesto
que Ellsworth pagaba los costes año tras año, es posible que la empresa de
almacenaje no tuviera ni idea de que el material del contenedor pertenecía
a Bobby Fischer. De cualquier manera, Ellsworth cometió un grave error
—ya fuera por un descuido o por un error administrativo— y no pagó
los 480 $ que se debían. Por lo tanto, tal como se había acordado en el
contrato, la empresa tenía el derecho a enajenar el contenido del almacén.
Ellsworth se sintió culpable en cuanto se dio cuenta del error, y nadie
puede entender lo doloroso que fue para Bobby: “¡Mi vida entera!”, decía
disgustado.
En realidad, Ellsworth se dio cuenta a tiempo para asistir a la subasta y
volver a comprar 8.000 $ en material, sin pujar por libros de cómics y otros
recuerdos que él creía —equivocadamente, como luego se comprobó—
que ya no serían de interés para Fischer. Harry Sneider, antiguo entrena­
dor físico de Fischer, acompañó a Ellsworth a la subasta, y posteriormente
el hijo de Sneider viajó a Budapest con doce cajas de material. Cuando
se las entregó, Bobby dijo: “¿Dónde está el resto?” Aseguraba que tenía al
menos cien cajas en su almacén y lo que le había traído era solamente un
Frank Brady • 297

uno por ciento de sus pertenencias.


No dejaría que terminara ahí. Antes de eso, ofreció treinta y cinco en­
trevistas en emisiones de radio —todas se pudieron encontrar en línea—,
la mayoría de ellas por medio de una emisora pública pequeña de Filipinas
y algunas duraron hasta casi dos horas, en las que explicaba su teoría de
que era víctima de una conspiración en la que estaban involucrados una
camarilla judía, el gobierno estadounidense, los rusos, Robert Ellsworth y
la empresa de almacenaje Bekins.
Bobby había ido en declive con el paso de los años hasta llegar
a un estado de paranoia cada vez más frecuente, en el que pensaba
que las personas y las organizaciones, unidos en una conspiración, le
perseguían. Era como si tuviera un tipo de síndrome de Tourette en el
que, atormentado por una tempestad temporal en la mente, no podía
parar de denigrar a los judíos en los peores términos: vomitaba su retórica
del odio y no podía —o no quería— controlarlo. No deliraba ni tenía
alucinaciones —que fueran conocidas—, así que no se le puede poner la
etiqueta de psicótico (el Dr. Magnus Skulasson, psiquiatra, que conoció
bien a Bobby en la última época de su vida, insistía en que el término
psicótico no se le podía aplicar en absoluto). De hecho, cuando no se
encontraba en situaciones estresantes (como la pérdida de sus posesiones
de Bekins), estaba totalmente en contacto con la realidad y podía ser
encantador, simpático e incluso sensato (si se limitaba a ciertos temas)
en ocasiones. El Dr. Anthony Saidy, uno de sus amigos más antiguos y
cercanos, escribió una carta a Chess Life sobre las emisiones de Bobby en
la que decía: “Su paranoia ha empeorado con el paso del tiempo y está más
aislado que nunca en una cultura extranjera”. Saidy añadía que los medios
de comunicación le explotaban con la publicación de sus declaraciones
más espantosas y que la prensa debería dejarle en paz.
Cuando Bobby leyó los comentarios de Saidy, se puso furioso.
Arremetió contra él por vivir en Estados Unidos, una cultura extranjera
*de verdad por definición, y le llamó judío (no lo es).

El olor de los alcanforeros de Kamata, un área suburbana de Tokio,


intrigaba a Bobby. Muchos de los japoneses recogían o arrancaban las
hojas aromáticas, las hervían e inhalaban el vapor, ya que aseguraban que
era bueno para los resfriados; otros pensaban que el vapor del alcanfor
podía ser perjudicial. Independientemente de quién tuviera razón, los
árboles llaman la atención de la gente, incluido Bobby. Si simplemente
298 • ENDGAME

recogía unas cuantas hojas caídas y las frotaba con las manos, podía oler su
fuerte aroma. Bobby cada vez confiaba más en los rem edios hom eopáticos
como alternativa a los medicamentos que le recetaban para sus dolores y
siempre buscaba curas naturales; esta búsqueda de hierbas m edicinales le
pudo haber causado problemas.
Llegó a Tokio el 28 de enero de 2000, después de anunciar a sus am igos
que se iba de Budapest “por unos m eses” y guardar todo en el apartamento
de Benko. Nunca volvió. En Japón, tenía una invitación pendiente para
quedarse con Miyoko Watai, presidenta de la A sociación de Ajedrez de
Japón, a la que conocía desde 1973, cuando vistió el país por primera vez
en busca de un lugar para el encuentro que nunca llegó a jugar contra
Karpov. A lo largo de los años, mantuvieron correspondencia, y ella le
había visitado tanto en Los Ángeles com o en Budapest. M iyoko, una de
las jugadoras más fuertes de Japón, adm itió que Bobby era su ídolo com o
jugador de ajedrez y que, antes de conocerle, había leído todo lo que pudo
encontrar sobre él y había jugado todas sus partidas. Estaba enamorada
de él.
Aunque Bobby negaba a sus amigos que tuviera una relación
sentimental con Miyoko, dos años más joven que él.
Bobby todavía buscaba una mujer que le pudiera dar un hijo y
esperaba conocer varias jóvenes filipinas entre las que poder encontrar
una candidata. Así que Bobby empezó una rutina de viajes en avión de acá
para allá entre Tokio y Filipinas. Se quedaba en Japón hasta que se iban a
cumplir tres mese de su llegada (por m otivos de inm igración), luego hacía
lo mismo en Filipinas, y vivía —en cierta medida— una vida sim ilar a la
de la película El paraíso del capitán, en la que el protagonista tenía dos
mujeres, cada una en un puerto distinto, e iba rotando sus visitas. En el
caso de Bobby, no estaba casado, pero tenia relaciones con M iyoko en
Tokio y con otra mujer en Filipinas, y su flirteo de un lado para otro duró
varios años.
Bobby y Miyoko, ambos cerca de los sesenta años, vivían una vida
tranquila en una zona residencial de Tokio llamada Ikegami, viajaban a
distintos ornen —fuentes termales—, iban al cine, daban largos paseos,
se sentaban en el parque donde nadie parecía reconocer a Bobby, y vivían
lo que podría llamarse una vida de clase m edia, corriente pero román­
tica. Bobby tuvo una salida de tono extraña cuando fue a ver la película
estadounidense Pearl Harbor con Miyoko. Cuando los Zeros japoneses
comenzaron a bombardear los barcos en Battleship Row y destrozaron el
USS Arizona, Bobby empezó a aplaudir muy fuerte. Fue el único del cine
Frank Brady • 2 99

que lo hizo —para vergüenza de los japoneses. Dijo que le sorprendía que
nadie se uniera a él.
Después, los tres meses se terminaron y justo antes de que bajara la
bandera en el reloj de inmigración, Bobby corrió rápidamente a Filipinas.
La vida en la ciudad de Baguio, a unos doscientos kilómetros de Manila,
era algo más exótica que en Tokio. La mitad de los habitantes de la ciudad
eran estudiantes universitarios (unos 150.000), así que la oportunidad
de conocer al tipo de chicas que él prefería (jóvenes y hermosas) eran
mayores que en Japón. Aunque, curiosamente, durante los períodos en los
que Bobby estaba en Japón no se separaba de Miyoko.
En Filipinas, Fischer fue alojado por un admirador en el club de campo
Baguio sus primeros tres meses, jugaba al tenis todos los días, y se reunía
y cenaba con Torre y a veces con Florencio Campomanes, de aspecto
solemne, antiguo presidente de la Federación Internacional de Ajedrez
(FIDE). Al final, Bobby alquiló una casa en el mismo conjunto residencial
en el que vivía Torre y, como continuo invitado a cenar, frecuentemente
disfrutaba de la cocina de la esposa de Torre.
En una fiesta organizada por Torre en el club de campo a principios
de 2000, Bobby conoció a una joven atractiva llamada Justine Ong, que
cambió su nombre a Marilyn Young, filipina de extracción china, y empe­
zaron a salir. Varios meses después, le comunicó que estaba embarazada.
La idea del aborto era detestable para Bobby, y se negaba incluso a hablar
sobre ello. Cuando nació la niña, llamado Jinky, Marilyn registró el nom­
bre de Bobby como padre en la partida de nacimiento. Él prometió apoyar
a madre e hija y así lo hizo: les compró una casa en Filipinas, enviaba
regalos a la niña de vez en cuando y dinero a Marilyn. Sus amigos dicen
que no estaba seguro de que fuera suya, pero al igual que él había recibido
el apoyo de Paul Nemenyi sin saber si era su padre, quiso hacer lo mismo
por Jinky e incluso hacer las veces de padre titular. Este acuerdo continuó
durante siete años, en los que Bobby enviaba tarjetas de felicitación a la
niña firmadas por “papá” y recibía las visitas de madre e hija. Uno de sus
amigos que los vio juntos dijo que Bobby trataba a la pequeña Jinky con
cariño, pero que no parecía tan cercano a ella como se esperaría si pensara
que era su hija de verdad.

***
En uno de los programas de Bobby (9 de agosto de 2000) desde Tokio
para radio Baguio, mencionó que había sido arrestado en Japón en esa
época acusado falsamente de posesión de drogas, pero dio muy poca
300 • ENDGAME

información al respecto, salvo que estuvo en la cárcel dieciocho días


antes de que le pusieran en libertad y lo absurdo que fue porque él no
toma drogas, ni siquiera aspirinas. El arresto tuvo lugar en la primavera
o verano de 2000 y no recibió ninguna publicidad que este autor haya
podido encontrar; es posible que las autoridades japonesas, al no saber
quién era Fischer, simplemente vieran a un extranjero que entraba y salía
con frecuencia del país con una mochila llena de hierbas —el perfil de un
traficante de drogas— y le interrogaron. Conociendo que su predilección
era la de no cooperar con las autoridades, posiblemente le encarcelaran
más por su actitud que por algún otro motivo.
Quizás el programa más horrible tuvo lugar el 11 de septiembre de
2001. Le llamaron de radio Baguio de Filipinas (en ese momento, vivía en
Tokio) para comentar los ataques ocurridos en el World Trade Center y
el Pentágono en Estados Unidos. Fue su entrevista más corta, solamente
doce minutos, pero provocó la furia internacional, ya que se recogió en
línea en su totalidad. La polémica de Bobby fue un ataque directo a una
nación que estaba sufriendo.
Al decir lo que pensaba, Bobby no tenía ni idea —o si la tenía, quizás
no le importaba— de que estaba sellando su destino con el gobierno de
Estados Unidos, los judíos de todo el mundo y la gran mayoría de es­
tadounidenses que se sintieron heridos y escandalizados por la matanza
provocada por los ataques del 11-S y su blasfemia al respecto. No sería una
exageración decir que el programa de Bobby fue uno de los más detesta­
bles realizados por un estadounidense de la historia de la radio. A conti­
=nuación está la versión transcrita de algunos de sus comentarios:
Frank Brady • 301

Estados Unidos tenían la imagen de ser un país de fú tb o l,de


b é isb o l,pero nadie pensaba en él como un país intelectual. Yo
cambié todo esto sin ayuda, ¿verdad?

Fisch er: Pero espero que se dé el escenario de Siete días de


mayo, en el que personas sensatas se hacen cargo de Estados Uni­
dos

Entrevistador: ¿Personas sensatas? Fischer: Personas sensa­


tas, militares. Sí. Encarcelarán a los judíos; ejecutarán a varios
cientos de miles al menos [...].

Fisch er: ¡Muerte al presidente Bush! ¡Muerte a Estados Unidos!


¡A la mierda Estados Unidos! ¡A la mierda los judíos! Los judíos
son criminales. Mutilan [circuncidan] a sus hijos. Son asesinos;
criminales, ladrones, bastardos mentirosos. Se inventaron el
Holocausto. No hay nada de verdad en ello
[...]. Hoy es un día maravilloso. Que le jodan a Estados Unidos.
¡Llorad, llorad, nenas! ¡Lloriquead, cabrones! Ahora llega vuestra
_hora.
14

A
r1restoy4rescate
OBBY FISCHER ERA un delincuente prófugo no condenado con

B una sentencia de diez años de prisión a las espaldas. Después de


nueve años sin que el gobierno tuviera interés en perseguirle, no
se sentía como un fugitivo de verdad. Viajaba a casi todas partes y hacía
prácticamente todo lo que quería, era multimillonario, tenía una mujer
que le amaba, y aunque era un hombre sin patria, un holandés errante mo­
derno que vagaba por los mares como un fantasma, se sentía relativamen­
te seguro. Luego, todo fue a peor cuando se enteró de que sus recuerdos
había sido subastados; fue como si no solamente hubiera perdido cartas
viejas y hojas de anotación sino una parte de su fuero interno.
En realidad, se había perdido a sí mismo —se le estaba yendo de las
manos.
Era una conspiración, conjeturaba, y el gobierno de Estados Unidos y
los judíos eran los responsables. Quería que el mundo conociera su devas­
tadora pérdida. Así fue cuando empezaron los programas. La mayoría se
transmitían en una emisora pequeña de la ciudad de Baguio y, si se hubie­
ran emitido allí diez años antes, posiblemente podría haber continuado
viviendo como lo hacía desde 1992, ya que la sintonizaban pocos oyentes
de manera habitual. Sin embargo, en 2001, con la rápida expansión de
Internet, sus desvarios fueron escuchados en todo el mundo y lo que dijo
provocó que volviera a estar bajo la mirada del gobierno de Estados Uni­
dos.
Posteriormente a los comentarios de Bobby sobre el 11- S, se escribieron
editoriales denunciándolo, la Federación de Ajedrez de Estados Unidos
304 • ENDGAME

propuso una moción para expulsarle de su organización, y los jugadores


—incluso algunos de sus mejores amigos—, que habían perdonado su
difusión de odio en Yugoslavia en 1992, estaban totalmente enfurecidos.
La Casa Blanca y el departamento de Justicia recibió montones de cartas
que solicitaban su arresto; muchas de ellas decían que tenía que haberse
hecho hace tiempo. Sin embargo, el motor de la burocracia del gobierno
aceleraba muy despacio y, aunque el departamento de Justicia decidió
intervenir, necesitó mucho tiempo y aprobaciones para decidir cuándo y
dónde podría realizarse el arresto.
Bobby era lo suficientemente sagaz como para saber que haciendo
cada vez más programas en los que llamaba "país de criminales de mierda”
a Estados Unidos, pedía un nuevo Holocausto para los judíos y coreaba
"muerte al presidente”, estaba incrementando sus posibilidades de un
arresto futuro. Pero como no ocurrió nada, se sintió invulnerable y siguió
viajando sin esconderse. Puesto que nunca se le interrogó ni detuvo en
ningún aeropuerto o punto aduanero de entrada de ningún país, se sentía
libre para continuar con las emisiones de sus fuertes críticas.
No obstante, si que mostraba cierta cautela al tratar con el gobierno de
Estados Unidos. A su pasaporte (el cual había renovado por diez años en
1997) se le estaba terminando el espacio en las páginas donde se colocan
los sellos cuando una persona entra o sale de un país. Entre 1997 y 2000,
mientras vivía en Hungría, había viajado a muchos países europeos, y entre
2000 y 2003, había hecho quince viajes desde Tokio a Manila y viceversa.
Al final, los agentes de aduanas le dijeron que necesitaba que añadieran
más páginas a su pasaporte. Habría sido más cómodo ir a la embajada
estadounidense de Tokio o Manila, pero decidió hacerlo en Suiza, por la
misma razón que eligió ese país cuando renovaron su pasaporte en 1997:
si se lo confiscaban, podría quedarse en Suiza, donde su dinero estaba a
salvo y podía acceder a él (a no ser que fuera arrestado). También valoraba
la posibilidad de instalarse en Suiza de manera permanente, así que
buscaba cualquier excusa para visitar ese hermoso país.
Bobby llegó a Berna a finales de octubre de 2003, se registró en un hotel
económico y la tarde siguiente se dirigió a la embajada estadounidense en
Sulgeneckstrasse. Aunque no conocía el dialecto bernés, hablaba alemán
con la suficiente fluidez como para ser entendido fácilmente, y como
estaba en la embajada estadounidense, todas las personas hablaban en
inglés de todos modos. Le dijeron que desmontarían su pasaporte y le
insertarían páginas nuevas. El proceso tardaría unos diez días. Bobby dio
la dirección de su hotel y su número de teléfono móvil a las autoridades y
les preguntó si podrían llamarle cuando la reconstrucción de su pasaporte
estuviera lista.
Frank Brady • 305

Cuando volvió al hotel, dejó la habitación de inmediato. Poco tiempo


después, cogió el tren a Zurich, a una hora, y se registró en un hotel lujoso
de allí con un nombre falso. Todo este movimiento de intriga y misterio
era una forma de ocultar su paradero por si la embajada de Berna recibía
información de Washington de que se había emitido una orden judicial
de arresto y debían confiscar su pasaporte. Es cierto que la embajada tenía
su número de teléfono móvil, pero no había dejado ninguna dirección de
destino en el hotel de Berna. Si las autoridades le seguían hasta Zúrich, es
posible que pudiera escapar antes de que llegaran. Después de una sema­
na más o menos, llamó a la embajada y se enteró de que todo iba bien: su
pasaporte le estaba esperando.
Al volver a Berna, se preguntó si sería una trampa, si sería arrestado en
cuanto entrara a la embajada. Asumió el riesgo y entró en el edificio con
toda la indiferencia que pudo. ¡Voilà! El funcionario de documentación
le entregó su pasaporte y comentó lo bonito que había quedado con las
veinticuatro páginas nuevas perfectamente cosidas. A sabiendas de que su
pasaporte antiguo era válido hasta 2007, volvió en avión a Tokio, a “casa”.
Apenas habían pasado seis semanas cuando el departamento de
Justicia le envió una carta en la que anulaba su pasaporte. Decía que
la anulación se debía a que era “sujeto de una orden federal de arresto
pendiente por un delito grave” y no hacía referencia literal al encuentro
entre Fischer y Spassky en 1992, pero sí a la normativa estadounidense
conforme a la que se le acusaba: ley de poderes económicos en caso de
emergencia internacional, título 50, secciones 1701, 1702 y 1705, firmada
por el presidente George H. W. Bush.
Sin embargo, hubo problemas con la anulación del pasaporte. Fischer
nunca recibió la notificación y, por tanto, no pudo recurriría, aunque
tenía derecho a hacerlo conforme a la ley. El departamento de Justicia
afirmó que la carta había sido enviada al hotel de Berna (la localización
que Bobby había dado a la embajada) y fue devuelta sin adjuntar
dirección de destino. Estaba fechada el 11 de diciembre de 2003, y cuando
finalmente examinaron la copia de la carta enviada por fax, no tenía la
dirección de Fischer, lo cual implica que la embajada nunca le envió la
carta a Berna. Según la ley, Bobby habría tenido sesenta días para una
vista y quizás otros sesenta para hacer frente al recurso si no salía como
él quería. Dicha vista solamente determinaría si era sujeto de la orden de
arresto y si los procedimientos debidos para su aplicación tenían vigencia
cuando solicitó la renovación del pasaporte en 1997. La ley exponía que
un pasaporte “no debe ser emitido a un solicitante sujeto a una orden de
arresto federal o citación por cualquier asunto relacionado con un delito
grave”. Una de estas dos cosas debió ser la clave en Berna en 1997: o bien
el Departamento de Estado cometió un error grave al emitir su pasaporte
renovado en aquella ocasión, o bien Fischer no indicó en su solicitud
que era un delincuente buscado. Si hubiera mentido por omisión, habría
sido culpable de fraude, un cargo que se podía haber añadido a los de
incumplimiento de sanciones y evasión de sus impuestos sobre la renta.
Si hubiera recibido la notificación, su recurso —si lo hubiera intentado
llevar a cabo— posiblemente habría sido rechazado, pero tal vez le habría
dado algo de tiempo para viajar a otro país o para esconderse —quizás en
algún lugar de Suiza, como los Alpes— para evitar el arresto.
Sin saber que su arresto era inminente y con la creencia de que su pasa­
porte era legal, el 13 de julio de 2004 se dirigió al aeropuerto de Narita de
Tokio para embarcar en un avión hacia Manila. Fue arrestado y engrille­
tado.

***
Una de las primeras cosas que Fischer intentó hacer mientras estaba
tras los barrotes fue pedir permiso para llamar a alguien —tal vez a un
abogado que le ayudara a fijar una fianza. Sin embargo, las autoridades
no le permitieron acceder a un teléfono. Las personas que violaban las
leyes japonesas, aun sin ser conscientes de ello, podían ser arrestadas,
encarceladas y deportadas. Además, podían quedar detenidas por un
delito menor, sin fianza, durante meses o más tiempo mientras se llevara a
cabo la investigación y los trámites legales. Su reclamación de que era un
ciudadano estadounidense y tenía derecho a hacer una llamada telefónica
fue ignorada.
Veinticuatro horas después, un funcionario de inmigración del
aeropuerto llamó a Miyoko para contarle lo que había ocurrido, y ella se
puso en contacto con un abogado de inmediato y se dirigió al centro de
detención del aeropuerto para ver a Bobby —pero cuando llegó, las horas
de visita habían finalizado. Lo pudo ver al día siguiente durante treinta
minutos. "Estaba muy enfadado, y yo no sabía qué decir para consolarle”,
le contó a un periodista.
Fischer se quedó en el centro de detención para inmigrantes ilegales
del aeropuerto de Narita durante casi un mes por el cargo inicial del
intento de viajar con un pasaporte inválido, pero el cargo más grave
resonaba desde 1992 por desafiar el bloqueo comercial de Estados Unidos
y participar en el encuentro con Spassky en la antigua Yugoslavia. Es
posible que los programas de Fischer fueran la gota que colmó el vaso
Frank Brady • 307

para que el gobierno de Estados Unidos activara el cargo de hace una


década contra él. Definitivamente, el departamento de Justicia quería
deportarle a Estados Unidos para procesarle por sus incumplimientos,
posiblemente de común acuerdo con el departamento del Tesoro por la
evasión de los impuestos sobre la renta. Miyoko, por su parte, pensaba que
las autoridades estadounidenses podían haberle arrestado en cualquier
momento posterior a 1992, pero no lo hicieron, y fueron tras él cuando
“de repente comenzó a atacar a Estados Unidos e hizo que el gobierno se
enfureciera”.
Bobby era como una pantera encerrada: paseaba de un lado para otro;
se quejaba continuamente de todo, desde la comida hasta la temperatura,
pasando por la falta de respeto de sus captores; y gritaba a los guardias. No
era el prisionero ideal; era el tipo de persona que no podía ser encarcelada
de manera indefinida sin herirse a sí mismo o a los demás. Provocaba
peleas con los guardias, por lo que al final le trasladaron al centro de
detención de inmigrantes del este de Japón, en Ushiku, a unos sesenta
kilómetros al noreste de Tokio. El centro tenía todas las características
de una cárcel de alta seguridad, y sus reclusos eran encarcelados durante
períodos relativamente largos. Fischer afirmó que, a sus sesenta y un años,
era el prisionero más mayor del centro y, por tanto, merecía una deferencia
mayor. Pero su antigüedad y sus credenciales ajedrecísticas tenían poca
importancia para los guardias. En una ocasión, al decirle al guardia que le
trajo su desayuno que sus huevos pasados por agua realmente eran huevos
duros y que quería un huevo más, tuvo un altercado con él. Terminó en
régimen de aislamiento varios días y no podía recibir visitas ni salir de su
celda. En otra ocasión, pisó a propósito las gafas de un guardia que no le
caía bien y le impusieron el régimen de aislamiento de nuevo.
Miyoko le visitaba varias veces a la semana —después de un viaje
de dos horas de camino desde Tokio— y le llevaba periódicos y algo de
dinero para que pudiera comprar más comida (normalmente natío, que
era soja fermentada) a los guardias. Varias personas intentaron ayudar
a Bobby a conseguir su liberación de inmediato, sobre todo Masako
Suzuki, joven abogado brillante que se había convertido en su consejero
principal y defensor más acérrimo, y John Bosnitch, periodista canadiense
de cuarenta y tres años y origen bosnio que estaba en Tokio. Formaron
un comité llamado “Bobby Fischer libre” y trabajaban junto con otras
personas para intentar sacar a Fischer de su celda. Suzuki inició un
procedimiento para abordar lo que aseguraba que era un arresto ilegal.
Fischer lo llamaba secuestro.
Se desconoce cuánto pago Fischer por su defensa legal, pero
308 • ENDGAME

posiblemente no fuera mucho, ya que Suzuki recibía asesoram iento


y ayuda gratuita por parte de aquellos que pensaban que Bobby estaba
siendo acosado. Su situación se había convertido en una causa. Y aunque
Bosnitch no era abogado, conocía los entresijos del sistem a jurídico
japonés y era cordialmente agresivo y cortés, lo cual impresionaba a los
legisladores y funcionarios con los que tenía que tratar. Posteriorm ente,
fue nombrado amicus curiae en el caso de Fischer y participó en todos
los trámites legales. Uno de los primeros asuntos a tratar era el de evitar
la deportación de Fischer a Estados Unidos. Bobby creía que si le llevaban
de vuelta y le obligaban a ser procesado, sería condenado. Pero eso era lo
de menos. Estaba convencido de que era tan odiado por el gobierno que
sería asesinado mientras cumpliera su condena. Una de las maneras que
pensó para evitar la deportación, o al m enos retrasarla, fue pasar a ser
apátrida por medio de la renuncia legal a su nacionalidad. D e ese m odo,
Estados Unidos tendría una jurisdicción m enos sobre él. Quería quedarse
en Japón.
La renuncia a la nacionalidad estadounidense tiene tres requisitos:
(1) una comparecencia ante un funcionario consultar o diplom ático de
Estados Unidos, (2) la renuncia debe realizarse en un país extranjero
(normalmente, en la embajada o consulado de Estados U nidos), y (3) debe
firmarse un juramento de renuncia en persona ante un funcionario de
Estados Unidos.
Bobby escribió a la embajada estadounidense de Tokio solicitándoles
que enviaran a un miembro del equipo diplom ático al centro de detención
para que un funcionario aceptara la renuncia a su nacionalidad. N o
fu e nadie. También escribió al secretario de Estado, C olin Powell, para
conseguir su ayuda para que le permitiera renunciar a su nacionalidad.
No hubo respuesta. Finalmente, Bobby escribió otra carta a la embajada
estadounidense de Tokio insistiendo en que enviaran a alguien y diciendo
que, en caso de que no lo hicieran, adjuntaría su renuncia. Si Bobby tenía
cualquier temor sobre su ruptura de forma permanente con Estados
Unidos, no daba muestras de ello en la renuncia que escribió. Tenía que
salir de su encarcelamiento, e intentó extirparse quirúrgicamente —de
manera rápida y precisa, cortando con su patria, consciente de que sería
una despedida permanente y que nunca se podría deshacer—. El texto
=decía:

Soy Robert James Fischer. Soy ciudadano de Estados Unidos.


Nací el 9 de marzo de 1943, en Chicago, III. (Estados Unidos). Mi
número de pasaporte estadounidense es o era Z7792702. Fue
Frank Brady • 309

emitido en la embajada de Estados Unidos en Berna, Suiza. La


fecha de emisión es el 24 de enero de 1997y la fecha de caducidad,
el 23 de enero de 2007. Yo, Robert James Fischer, por la presente
renuncio irrevocable y permanentemente a mi nacionalidad
estadounidense y todos los derechos y privilegios supuestos de
_ dicha nacionalidad.

La renuncia de Bobby Fischer a su nacionalidad nunca fue aceptada


por Estados Unidos. Sigo siendo ciudadano estadounidense. Mientras
tanto, Suzuki y Bosnitch recurrieron en los tribunales en nombre de
Bobby para que se convirtiera en refugiado político de Estados Unidos
y le permitieran vivir en Japón. Su argumento era que, cuando compitió
en Yugoslavia, incumplió las sanciones comerciales simplemente como
un acto político contra Estados Unidos, y ahora estaba siendo castigado
por ello. Esta petición fue rechazada. Además, el equipo de Bobby solicitó
al tribunal que revocara la orden de deportación solicitada por Estados
Unidos y gestionada por la Oficina de Inmigración de Japón. Esa solicitud
también se denegó. Bobby había estado encerrado más de un mes en ese
momento y se estaba empezando a desesperar. Al final, le permitieron
hacer llamadas y comenzó a ponerse en contacto, junto con su equipo,
= con varios países para determinar si le ofrecerían asilo:
310 • ENDGAME

Irán: según la forma de pensar de los iraníes, Bobby era judío,


así que no les interesaba.

Venezuela: no expusieron sus motivos de rechazo.

Suiza: aunque el país era políticamente neutral, las opiniones


antisemitas de Bobby no eran aceptables allí.

M ontenegro: la vinculación de Fischer con Vasiljevic, que


había estafado tanto dinero a los ciudadanos, no les entusiasmaba
demasiado.

Filipinas: aunque era adorado por la comunidad ajedrecística


de Filipinas y había establecido lazos allí, no estaba contento
con la destitución del presidente Joseph Estrada, puesto que cría
que lo habían "echado ilegalmente". También pensaba que los
crímenes y la corrupción estaban aumentando en Manila e incluso
en Baguio, y aunque le gustaba vivir allí, no estaba seguro de que
fuera a obtener, ni de que quisiera, el asilo.

Islandia: Sí, ¡ Islandia! Como consecuencia de su encuentro


en 1972, Fischer tuvo más que ver con la promoción de Islandia
que cualquier otra persona en la época moderna. A todos los
efectos, como un héroe que había llegado a la isla y había llevado
a cabo grandes hazañas, se había convertido en parte de las sagas
islandesas. Los islandeses también eran conocidos por su fuerza,
imparcialidad y testarudez. Tuvieron la capacidad de ofrecerle
_asilo, además de protegerle y sacarle de la cárcel.

*
Frank Brady »311

en treinta y dos años, Saemi llamó por teléfono a algunos líderes políticos
y empresariales y varias personas de la comunidad ajedrecística que pensó
que podían ayudar a Bobby. Enseguida se dirigió en avión hacia el este.
Mientras Palsson iba de camino a Japón, un grupo de partidarios
islandeses se reunieron en Reikiavik para hablar de si existía alguna
manera de que se le pudiera ofrecer asilo a Fischer. Se formó un comité
utilizando sus iniciales: RJF. Quizás fue una simple ocurrencia, pero
alguien pensó otro significado para el acrónimo: rights, justice, freedom
(derechos, justicia y libertad).
Aunque el resto del mundo, su propio país incluido, vilipendiaba a
Bobby por sus opiniones y declaraciones escandalosas, los islandeses
sentían lástima por él. Desaprobaban lo que había dicho, pero pensaban
que tenía derecho a expresarse. Además, sentían que tenían la obligación.
Fischer, efectivamente, había honrado al país de Islandia por jugar allí
en 1972 y ahora tenía problemas. Creían que, si no le ayudaban, sería
una ofensa moral y un acto de ingratitud mayor incluso que sus ataques
verbales de hostilidad y odio.
Todos los miembros del comité eran islandeses ilustres y entusiastas
fervientes del ajedrez: Gudmundur Thorarinsson, antiguo miembro del
parlamento y principal organizador del encuentro entre Fischer y Spassky
en 1972; Magnus Skulasson, psiquiatra; Garda Sverrisson, politólogo;
Helgi Ólafsson, gran maestro; y Einar Einarsson, directivo de un banco. El
grupo estuvo celebrando reuniones formales durante más de cinco meses,
e intercambiaban mucha correspondencia y llamadas telefónicas mientras
empezaban a presionar al gobierno islandés para que considerara el caso
de Fischer. Mientras ocurría todo esto, se pusieron en contacto con las
embajadas de Estados Unidos y Japón en Reikiavik para protestar por
su encarcelación. En una carta a Fumiko Saiga, embajador japonés en
=Islandia, el comité RJF declaró:
312 • ENDGAME

un representante de Islandia allí, aunque Saem i no era funcionario, ayu­


daba a Bobby de algún m odo a argumentar de manera m ás creíble que el
país estaba considerando el asilo. El problem a era que él no ayudaba en su
propio proceso.
Seguía haciendo programas desde el teléfono público del centro de
detención, y éstos aparecían inm ediatam ente en Internet La m ayoría de
sus críticas fuertes iban dirigidas a los judíos ("com pletos cerdos”), con
un leve ablandam iento de su diatriba contra Estados U nidos. Aunque
seguía siendo desagradable ("el país en su totalidad no tiene ni cultura
ni gusto; está lleno de contam inación”), sus com entarios antiam ericanos
se habían m oderado en cierto m odo, aunque no lo suficiente com o para
ganar puntos con el D epartam ento de Justicia de Estados U nidos.
Fischer anunció que iba a casarse con M iyoko Watai, su pareja desde
hace m uchos años. "Podría ser el peón sacrificado”, dijo ella a la prensa.
"Pero en el ajedrez existe la prom oción del peón, donde éste puede
convertirse en una dama. Bobby es m i rey, y yo m e convertiré en su dama”.
Poco después, la pareja se casó en una cerem onia privada en la cárcel.
John Bosnitch fue testigo. ¿Pero era legal el m atrim onio? Más de un año
después, cuando un reportero le preguntó si se había llegado a casar con
Fischer, M iyoko respondió: "Prefiero no hablar sobre ello”, y añadió:
"Prefiero no hablar sobre tem as privados”. Los m edios de com unicación
enseguida em pezaron a insinuar que el supuesto m atrim onio era solam ente
una estratagem a para ayudar a Fischer a obtener su puesta en libertad
y vivir en Japón, pero Suzuki discrepó: “Fue un m atrim onio de hecho”,
dijo. "Ahora es un m atrim onio legal. N unca he visto uno en el que haya
tanta pasión y devoción”. M iyoko fue más sincera al declarar: "Estábamos
contentos con nuestra vida antes de que le detuvieran. Casarme con él
legalm ente podía ser útil para evitar la posible deportación y perm itirle
obtener un visado perm anente en Japón”.
Fischer, aconsejado por el com ité RJF, escribió al m inistro de A suntos
Exteriores de Islandia, D avid O ddsson, y le solicitó un perm iso de resi­
dencia, que le enviaron de inm ediato. N o obstante, el tribunal japonés no
lo aceptó. Si un país ofrecía su nacionalidad a Fischer, precisaron, con si­
derarían deportarle allí. M ientras tanto, el tribunal de distrito de Tokio
em itió un requerim iento para suspender la orden de deportación bajo
el argum ento de que una infracción relacionada con el pasaporte no era
un delito sujeto a extradición. El litigio final contra la deportación podía
durar un año. D espués de haber pasado m eses tras los barrotes, daba la
im presión de que Bobby no podía aguantar m ucho m ás em ocionalm ente.
Casi todos los días, el equipo de Fischer intentaba una estrategia nueva.
Frank Brady • 313

Le animaron a escribir una carta al Althingi, el parlamento islandés,


y redactó una petición de quinientas palabras, a la que pertenecen los
siguientes fragmentos:
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<
=

- Uskiku, Japón 19 de enero de 2005

Yo, el abajofirmante, Robert James Fischer, agradezco


sinceramente a la nación islandesa por la amistad que me ha
brindado desde que llegué a su país hace muchos años y quecom­
petí por el título de campeón mundial de ajedrez —e incluso
antes de eso [...].

Durante los seis últimos meses, he permanecida encar­


Althingi,
celada, parlamento
forzada islandés
e ilegalmente, en Japón con (a justificación
150 Reikiavik
completamente falsa y absurda de que entré en el país el 15
-Islandia
de abril de 2004 y “salí" o intenté salir, el 13 de julio de
2004 con un pasaporte inválida. En este período, mi salud
se ha deteriorado cada vez más; lleva sufriendo mareos desde
hace dos meses [...].

Cuando las autoridades de seguridad en materia de in­


migración del aeropuerto de Narita me arrestaron de manera
brutal y violenta [...], me hirieron gravemente y estuve a punta
de morir. Es más, ciertamente tampoco es beneficioso para
mi salud física o mental que me hayan arrastrado a Ushiku,
a sólo 66 kilómetros aproximadamente de los escapes de la
central nuclear de Tobaimura (¡el Chernóbil de Japón!) en la
ciudad de Tobai. ¡El 14 de octubre de 2004 ocurrió otro
accidente! ...

Ni las autoridades japonesas ni las estadounidenses se

-Señores diputados de Althingi:


314 • ENDGAME

ha n molestado en ofrecerme ninguna explicación en absoluto


por este terrible acto criminal [su arresto]. A l parecer, siguen
estrictamente el consejo de D israeli : “¡Nunca pidas perdón,
nunca te justifiques!”

Debido a toda lo anterior, me gustaría, por ta n to, solici­


ta r formalmente que Althingi me concediera la nacionalidad
islandesa para poder beneficiarme de la oferta de
residencia en Islandia que su ministro de Asuntos Exteriores,
.el Sr. David Oddsson, gentilmente me ha ofrecido.

Atentamente les saluda,


_B O B B Y F IS C HE R

Durante su encarcelación en Japón, los únicos descansos que tuvo del


aburrimiento y trastorno emocional fueron las visitas de sus abogados y
Miyoko, y el uso del teléfono. Le permitían salir de su celda para hacer
llamadas a cobro revertido, y los guardias no establecían un límite de
tiempo para éstas. Hablaba con Palsson, y después tenía conversaciones
largas y muy diversas con Gardar Sverrisson, politólogo islandés del
comité RJF. Esas llamadas a Gardar eran importantes para Bobby porque
iban más allá de los aspectos complicados de su reclusión y tocaban otros
asuntos, como la política, la religión y la filosofía. Bobby le preguntó a
Gardar en qué religión había sido criado, si lo había sido en alguna, y
cuando le contestó que en el catolicismo, insistió en que le diera más
información y quiso conocer los detalles de esa teología. Ambos
crearon una relación telefónica, que dio lugar a un vínculo que duraría
años.
Bobby también hablaba sobre el catolicismo con otra persona en este
tiempo. Richard Vattuone de San Diego, California, era otro abogado que
le estaba ayudando con el caso. Le visitó en la cárcel y le llevó un ejemplar
de El apóstol del sentido común, un libro sobre el escritor G. K. Chesterton,
que abarcaba diversos asuntos sobre religión y cultura. Bobby leyó parte
del libro y tenía conversaciones con Vattuone sobre religión. Chesterton se
había convertido al catolicismo.
Cuando Miyoko iba a visitarle, a menudo tenía que esperar para ver a
Bobby si tenía otro visitante —como Suzuki o Bosnitch—, ya que el centro
Frank Brady • 3 1 5

de detención solamente permitía visitantes de uno en uno y las horas de


visita eran limitadas. Fischer tenía que atravesar dieciséis puertas cerradas
antes de llegar a la sala de visitas y únicamente podía hablar a través de
una pared de placa de vidrio, como si no sólo estuviera en un centro de
inmigración sino en una prisión de máxima seguridad.
Tres miembros del comité RJF —Einarsson, Thorarinsson y
Sverrisson— viajaron a Japón por cuenta propia para ver si eran capaces
de encontrar una manera de acelerar la puesta en libertad de Fischer.
Sin importar los razonamientos que ofrecieran a las autoridades, como
el hecho de que el ministro de Asuntos Exteriores de Islandia, David
Oddsson, había emitido un pasaporte de extranjeros para Bobby —
similar a un permiso de residencia de Estados Unidos— los japoneses
burocráticos y conscientes de las normas no dieron el brazo a torcer.
Continuaban manteniendo que Bobby sería deportado a Estados Unidos
cuando los procedimientos legales concluyeran.
Los miembros del RJF estaban a punto de marcharse de Japón, desani­
mados por haber progresado tan poco, cuando recibieron una llamada de
Suzuki con noticias potencialmente buenas. Un miembro del parlamento
japonés estaba dispuesto a reunirse con el comité para ver si podía ayudar
de algún modo. Había estudiado el asunto y estaba de parte de Bobby.
La reunión se celebró en secreto, y el parlamentario, que hablaba un
inglés perfecto puesto que había sido formado en Oxford, pidió mantenerse
en el anonimato, ya que creía que podría trabajar mejor bajo cuerda. Tras
escuchar todos los argumentos por los cuales Bobby debía ser liberado,
y haber comprobado que los miembros del RJF estaban comprometidos
con su causa, se puso en marcha. De alguna manera, despertó el interés
de Miszuko Fukushima, presidente del partido socialdemócrata japonés.
El objetivo era conseguir que Fukushima reclamara el derecho de Bobby
a ser deportado y aceptado por Islandia. Fukushima criticó a Chieko
Nohno, ministro japonés de Justicia, por el arresto y detención y le pidió
que volviera a considerar el caso. Aunque no era un momento decisivo,
la tendencia estaba empezando a cambiar, y al ver el cúmulo de pequeñas
ventajas —un concepto ajedrecístico definido por Wilhelm Steinitz—,
Bobby se volvió más optimista, aunque no se entusiasmó demasiado.
Cuando los miembros del comité RJF volvieron a Islandia, se pusieron
a trabajar a tiempo completo en suscitar el interés de su parlamento en
el caso, advirtiéndoles que si no actuaban rápidamente, sería demasiado
tarde para que se hiciera justicia con Fischer. Sería extraditado a Estados
Unidos y posiblemente encarcelado durante diez años. Muchos de ellos
creían, al igual que Fischer, que podía ser asesinado mientras estuviera en
la cárcel.
La Federación de Ajedrez de Islandia corrió un riesgo calculado al
intentar aportar peso al argumento de la liberación de Bobby. Publica­
ron una fuerte crítica en la que condenaban las declaraciones de Bobby,
mientras esperaban que el llamamiento al sentido humanitario de Estados
Unidos pudiera aliviar la tensión en Japón:
=

Evidentemente, la Federación de Ajedrez de Islandia


es consciente de los comentarios ofensivos, antisemitas y
antiamericanos, que Bobby Fischer ha realizado durante el último
año en diferentes ocasiones. La Federación está consternada
por esos comentarios, como cualquier ser civilizado lo estaría, y
considera que son síntomas de una mente perturbada y desolada.
Sin embargo, en 1992, en Yugoslavia el único crimen de Bobby
Fischer es volver a jugar al ajedrez tras años de aislamiento. La
Federación de Ajedrez de Islandia insta al presidente de Estados
_ Unidos a indultar a Bobby Fischer y dejarle en libertad.
Frank Brady •3 1 7

para acusar a Bobby de blanqueo tras su encuentro con Spassky en 1992.


Como no existían pruebas de dicho blanqueo, los abogados de Fischer
creyeron que el gobierno estaba intentando hacer propaganda del caso de
las sanciones de Fischer para empañar más su imagen pública. La inves­
tigación no dio resultados, y no formularon ningún otro cargo contra él
En ese momento, James Gadsen, embajador de Estados Unidos en
Islandia, se implicó y sugirió que Islandia retirara la oferta de refugio a
Bobby Fischer. David Oddsson, como ministro de Asuntos Exteriores,
invitó a Gadsen a su oficina y se negó rotundamente a dar marcha atrás.
Además, añadió que el supuesto delito de incumplimiento de las sanciones
comerciales de Fischer en Yugoslavia había prescrito según la disposición
legislativa en materia de plazos de Islandia.
Chieko Nohno, ministro de Justicia de Japón, tal vez debido a la
presión política ejercida sobre él, les dijo a los reporteros después de una
reunión del gabinete: "Si él [Fischer] tiene la nacionalidad islandesa, sería
posible legalmente deportarle a ese país. La Oficina de Inmigración debe
pensar en el lugar más adecuado para deportarle”.
Sin embargo, la situación seguía sin resolverse, y Bobby cumplió
sesenta y dos años malhumorado en su celda. Había cumplido nueve
meses en la cárcel, y las pocas personas que le visitaban decían que tenía
una apariencia lamentable. Thorarinsson decía que Fischer, cerrado
tras los barrotes, le recordaba a Hamlet, y citaba un verso de la obra de
=Shakespeare:
318 • ENDGAME

ajedrez; había sido amigo de Islandia, tenia una vinculación histórica con
el país y ahora necesitaba su ayuda.
Cuando se hubieron tratado los temas, todos los miembros del Althingi
votaron si se concedía la nacionalidad permanente a Fischer. “Já", dijeron
cuarenta miembros, uno a uno. “Forôast”, dijeron dos miembros que se
abstuvieron. Nadie votó “Nei”.
Bobby sonrió por primera vez en meses cuando se enteró de que el
proyecto de ley islandés había sido aprobado y el 23 de marzo de 2005
salió de su celda. Le recogieron en una limusina facilitada por la embajada
islandesa, le entregaron su nuevo pasaporte islandés, y Miyoko y él, aga­
rrados de la mano, salieron corriendo hacia el aeropuerto de Narita.
Cuando Bobby salió de la limusina en Narita, la escena le recordó a
aquel momento de Historia de dos ciudades en el que el doctor Manette
sale de la Bastilla y "recobra la vida”: canoso, maltrecho, con una barba
gris y ropa vieja. La diferencia entre Bobby y el buen doctor de Dickens era
la voz: la de Manette era débil, “desagradable y lastimera”, y la de Bobby,
estridente, feroz y vengativa. “¡Ha sido un secuestro, lisa y llanamente!”,
dijo a las decenas de reporteros y fotógrafos que le seguían por la terminal.
“Bush y Koizumi [los presidentes estadounidense y japonés] son crimina­
les. ¡Merecen ser ahorcados!”, dijo el antiguo Bobby malo demostrando
que la cárcel no había conseguido apisonar su vehemencia denunciatoria.
Pero algo en él había cambiado. Cuando Zita, que tenía treinta años en ese
momento, vio las imágenes en la televisión, dijo: “No es la barba. Hay algo
preocupante en sus ojos. Es un hombre destrozado, sin esperanza”.
Cuando el avión de Bobby llegó al aeropuerto de Keflavik y piso la
pista, no se arrodilló ni besó el suelo —al menos, no literalmente. Sin
embargo, de manera metafórica, hizo una genuflexión en la tierra de los
vikingos. Ahora estaba en un país que le quería de verdad y, por primera
vez en treinta años, se sentía realmente a salvo. Una de las primeras cosas
que hizo fue instalarse en la suite presidencial del hotel Loftleidi y pedir
uno de sus platos rabelasiano, con cuencos y cuencos de skyr.
V
idaym
uert15eenIslandia
RIMERO ESTABAN sus ojos comunes color avellana. Miraban

P todo fijamente, de manera furtiva y sentenciosa, sin querer ni


permitir el contacto visual con los demás. La mirada de Bobby
Fischer rebotaba desde la calle adoquinada parcialmente de Klappirstigur
Street, en la que vivía, hasta la subida ligera a la concurrida ruta de
Laugavegur, con sus tiendas pequeñas, y luego volvía hasta los BMWs
y Volvos estacionados junto a los parquímetros y los islandeses de ojos
azules y mejillas de color cereza que volvían al trabajo después de comer.
Los viandantes reconocían a Bobby: se había convertido en el hombre más
famoso de Islandia y era recordado no por el veneno lanzado públicamente
hacia Estados Unidos sino por poner a Islandia en el mapa en 1972. Sin
embargo, su mirada helada les negaba el acceso, y ellos caminaban con la
cabeza baja e intentaban menguar el desprecio de su indiferencia mientras
se curvaban frente al viento extremadamente frío que azotaba desde el
monte Esja hacia la bahía. Un crujido de nieve se filtraba por los laterales
de los zuecos Birkenstock negros de Bobby.
Llevaba un disfraz distintivo e ineficaz: camiseta y pantalones de
trabajo vaqueros azules, una cazadora de cuero negra con una gorra
de béisbol de cuero a juego y el jersey de lana azul obligatorio, todo
seleccionado minuciosamente para que parecer integrado, para que le
vieran simplemente como un nórdico que era su nuevo compatriota.
Los trajes elegantes hechos a medida y las corbatas anudadas cuida­
dosamente se habían esfumado. El hombre que poseía orgullosamente
dieciocho trajes siendo un adolescente y que aspiraba a tener cien más,
se vestía ahora de la misma manera todos los días. La gente, incluso sus
amigos, pensaba que Bobby sólo tenía un atuendo porque su apariencia
no variaba, pero tenía varios vaqueros y camisetas iguales y él mismo las
lavaba y planchaba, normalmente todos los días por la noche; cantaba y
planchaba arrugas al mismo tiempo. En cuanto a lo que las personas pen­
saran sobre su vestimenta, era cínico y lacónico: “Ése es su problema”.
El centro de Reikiavik, una ciudad encantadores de casi 120.000 de
habitantes, tenía el ambiente de una ciudad escandinava típica, aunque
un poco más grande. El visitante se encuentra con calles zigzagueantes,
casas de madera ordenadas con tejados de colores, tiendas para turistas y
locales, y personas vestidas con botas, parkas, bufandas y gorros de lana
tapando hasta sus orejas. No es como Gstaad o Aspen, pero la temperatura
es lo suficientemente fría para esquiar en las montañas cubiertas de nieve
que se vislumbran en el norte.
A menudo, Bobby caminaba casi dos manzanas desde su apartamento
hasta uno de sus restaurantes favoritos, Anestu Grösum —El prim er
vegetariano—, y subía las escaleras hasta el comedor, pintado del color
calabaza, de la segunda planta. La comida estaba expuesta en la barra, al
estilo de una cafetería, y simplemente señalaba lo que quería. El camarero
tras la barra, que se parecía un poco a la actriz Shelley Duvall, sonreía y
le entregaba una bandeja con la comida que había elegido. Las porciones
eran enormes.
Cuando Bobby, como siempre, llegaba a las dos en punto, había
poca gente en el restaurante: quizás un hippie danés, dos turistas
estadounidenses y tres chicas jóvenes locales de la ciudad preocupadas por
lo que creían que era un cotilleo importante. Bobby, siempre una criatura
de hábitos, se colocaba en su mesa favorita: una bajo la ventaba que daba
a una calle lateral con unos cuantos abedules y enebros sin florecer. Antes
de sentarse, iba al frigorífico y se servía una botella de cerveza orgánica,
Oxford Gold, y una vez frente a su comida, abría su última lectura. Le
gustaba especialmente un libro titulado El m ito del progreso de Georg
Henrik von Wright, filósofo finés y sucesor de Ludwig Wittgenstein en la
universidad de Cambridge. Von Wright era un pesimista que cuestionaba
si los avances materiales y tecnológicos de la sociedad m oderna podían
ser considerados realmente progreso. Bobby había encontrado un
ejemplar del libro en inglés en la librería local, Bókin (libro), y parecía que
encajaba con su propia filosofía. Le gustaban tanto las ideas de von Wright
que descubrió una edición islandesa del libro en Bókin y se la regaló a su
nuevo amigo Gardar Sverrisson.
¿Era el mismo Bobby Fischer que supuestamente sólo sabía de
Frank Brady • 321

ajedrez, el huraño alumno desertor de Brooklyn? Parecía de algún modo


el Bobby Fischer de décadas pasadas, los ojos inteligentes, las pequeñas
imperfecciones desiguales en la parte derecha de la nariz, los hombros
anchos, la forma de andar a grandes pasos, pero Bobby Fischer era más
fuerte, un hombre parcialmente calvo con algo de barriga, un hombre en
la fase final de la madurez que parecía haber conocido la tragedia o, al
menos, los reveses más grandes. Había algo en su aura que recordaba a una
persona que observa a un perro maltratado que acaba de escapar de sus
captores. Tenía un bulto del tamaño de una yema del dedo grande encima
de su ceja derecha. Casi nunca sonreía, tal vez debido a la vergüenza
porque le faltaban dientes y otros los tenía rotos; nunca se miraba en el
espejo porque veía con malos ojos en lo que se había convertido su aspecto
físico. Sin embargo, la verdadera incoherencia era que este Bobby Fischer
—el gran jugador de ajedrez del que algunos pensaban que era un inculto,
un hombre que supuestamente ignoraba todo de la vida excepto un juego
(“Fischer estuvo cerca de ser un tarado”, opinaba seriamente Martin
Gardner, escritor de Scientific American)— estaba leyendo un tratado
filosófico.
Muchas personas, que no han sido educadas formalmente, en el futuro
despiertan un deseo de progresar y profundizar en su visión del mundo,
de volver al colegio o aprender de manera autodidacta. Bobby se unió a
las filas del conocimiento fundamental de sí mismo. “Larry Evans dijo una
vez”, comentó Bobby, “que yo no sabía nada sobre la vida; sólo sabía sobre
ajedrez, ¡y tenía razón!” De un modo diferente, Bobby también dijo en una
ocasión que de vez en cuando pensaba en dejar el ajedrez, “¿pero qué otra
cosa podría hacer?”
Su carencia de una educación institucional tradicional era conocida
y continuamente publicada en la prensa, pero lo que no se sabía era que
después de que ganara el campeonato mundial, con veintinueve años,
había empezado un plan sistematizado de estudio aparte del ajedrez. La
historia, el gobierno, la religión, la política y los acontecimientos actuales
se convirtieron en sus mayores intereses, y durante el intervalo de treinta
y tres años desde su primera estancia en Reikiavik hasta la segunda, había
pasado la mayoría de su tiempo libre leyendo y reuniendo conocimientos.
Varios islandeses señalaban que no había nada de lo que no pudiera
debatir en profundidad. Podía hablar sobre temas como la Revolución
Francesa y los gulags siberianos, la filosofía de Nietzsche y los discursos
de Disraeli.
Después de pasar casi dos horas comiendo y leyendo en Anestu
Grösum, y terminar dos raciones de skyr con nata montada, Bobby
322 • ENDGAME

siempre se dirigía a Bókin. Era el sueño de cualquier am ante de los libros


y maravillosamente extravagante: un m ono de peluche con gafas estaba
sentado en el exterior de la tienda con un libro en su regazo, m ayorm ente
en islandés pero con una gran parte en inglés, alemán y danés, algunos
temas tan arcanos que solamente unos pocos podían entenderlos o
apreciarlos, como los hábitos de apaream iento del frailecillo —ave del
país— o un análisis de las inscripciones de las iglesias de Heidelberg. Los
pasillos de estanterías serpenteaban po r toda la tienda, y en el centro de la
sala había un montículo enorm e, de más de un m etro y medio de altura,
de libros lanzados de cualquier m odo que caían en cascada al suelo porque
no había suficiente espacio para ponerlos en otro sitio. Había m enos de
una docena de libros de ajedrez a la venta.
Todos los días, Bobby recogía su correo en la tienda, el cual guardaban
para él tras el mostrador. Hablaba un poco con el propietario de la librería,
Bragi Kristjonsson, y se dirigía a su sitio en el tram o más alejado de la
tienda, al final de uno de los pasillos de casi un metro de ancho, con
estantes bajos de libros y ejemplares antiguos de National Geographic que
cubrían los bordes del pasillo. Posiblemente como muestra de respeto a
su cliente famoso, Bragi colocaba una silla estropeada al final del pasillo,
y Bobby se sentaba allí, al lado de una ventana pequeña que daba a una
tienda de tatuajes (que no veía con buenos ojos) al otro lado de la calle,
y leía y soñaba —incluso a veces se quedaba dormido— frecuentemente
hasta la hora de cierre. Era su hogar. “Da gusto ser libre”, escribió a un
amigo.
Bobby dedicaba la mayor parte del tiempo de lectura a la historia,
desde Historia de la decadencia y calda del Imperio romano hasta Auge y
calda del Tercer Reich; leía atentamente libros de batallas desde la Antigua
Grecia hasta la Segunda Guerra Mundial y teorías de conspiración como
Los banqueros secretos de Hitler: Cómo Suiza se aprovechó del genocidio
nazi o panfletos antisemitas como Asesinato ritual judío. Es posible que
intentara encontrar su propio lugar en la historia a través de su lectura
voraz, pero era más probable una búsqueda de entendimiento, un intento
de comprender su complicada gestalt —”la catástrofe total”, como el
ficticio Zorba, el griego, se describía a sí mismo con perspicacia.
Al mismo tiempo que Fischer se estaba instalando en Islandia, poco
antes de que tuviera la oportunidad de deshacer sus maletas (que conte­
nían pocas pertenencias: solamente la ropa y los libros que tenía en Japón),
Janos Kubat, que ayudó a organizar el encuentro entre Fischer y Spassky
en 1992, anunció de repente un encuentro inminente con su amigo Pal
Benko. Kubat publicó el anuncio en RIA, la agencia de noticias rusa, y dijo
Frank Brady • 323

que el encuentro tendría lugar en la ciudad de Magyarkanizsa, en la fron­


tera entre Hungría y Serbia, donde Bobby había vivido varios meses en
1992. Kubat aseguraba que había encontrado un patrocinador financiero
y que ya se había elegido el emplazamiento. Solamente había un problema:
Bobby no sabía nada del encuentro. Había tenido una discusión con Kubat
en agosto de 1993, sobre algún tema moral, según Bobby, y no se dirigían
la palabra. Y lo más importante: no tenía intención de salir de Islandia
debido a la amenaza de extradición de Estados Unidos.
Dos semanas después de haber sido recibido como un héroe en
Islandia y después de declarar que solamente quería vivir en paz, Bobby
descubrió que sus problemas no habían terminado. Recibió una carta,
fechada el 7 de abril de 2005, del Union Bank de Suiza en la que le decían
que la institución iba a liquidar su cuenta. UBS poseía unos tres millones
de dólares de su activo, depositados en 1992, y quería saber a qué banco
islandés deseaba que se transfiriera su inversión.
Bobby no tenía intención de llevar su dinero a ningún banco islandés
(a pesar de poder recibir un tipo de interés potencialmente mayor) y pidió
saber qué estaba ocurriendo. Mientras intercambiaba cartas intransigen­
tes con el banco, ofreció una entrevista a Morgunbladid en la que dijo: “Es
posible que un tercero tenga algo que ver en esto como parte de otros ata­
ques contra mí. De hecho, no sé qué piensan los directores de UBS, pero
parece bastante claro que el banco teme que continúe siendo su cliente.
Es totalmente mezquino, ilegal e injusto”. Amenazó con demandarles. El
tercero que suponía responsable era el gobierno de Estados Unidos.
Bobby le pidió consejo a Einar Einarsson. Einarsson, además de
miembro del comité islandés que había ayudado a conseguir su puesta en
libertad, era uno de los principales banqueros antes de la introducción de
la tarjeta de crédito Visa en Islandia. Einarsson, cuidadoso y metódico,
empezó a orientar a Bobby a través de un intercambio de correos
electrónicos largos y técnicos con UBS. Bobby estaba impaciente. No tenía
ningún torneo de ajedrez en el que descargar su energía competitiva, así
que soltaba su ira con el banco suizo, sobre el que insistía en decir que
estaba dirigido por judíos. Sin embargo, era un tipo de rival distinto, y
Bobby no dominaba las técnicas del duelo con instituciones financieras
internacionales. Así que perdió. Finalmente, UBS liquidó todo su activo
y lo transfirió al Landsbanki de Reikiavik. Bobby afirmaba que había
perdido una cantidad considerable en la transacción.
En retrospectiva, queda claro lo que UBS estaba haciendo. Muchas
de sus cincuenta y dos mil cuentas eran fondos de paraísos fiscales,
depositadas en secreto —muchas sin nombres, sólo con números— como
324 • ENDGAME

paraíso fiscal para ciudadanos estadounidenses. En el caso de Bobby, i


había afirmado sin tapujos en entrevistas —algunos decían que se jactaba
de ello— que tenía tres millones de dólares en UBS (es posible que incluso
dijera el número de su cuenta en el aire) y, como no pagaba impuestos
sobre la renta ni por ello ni por ninguno de sus ingresos desde 1977, la
hacienda estadounidense había hecho saber su desagrado a UBS.
Después de algunos años de la disputa de Bobby con el UBS, miles
de evasores de impuestos estadounidenses, la mayoría millonarios como
Bobby, lo dejaron para evitar el procesamiento y otros, que siguieron ocul­
tando su dinero en UBS, fueron perseguidos y arrestados por evasión de
impuestos. UBS no estaba conspirando contra Bobby; solamente querían
deshacerse de un de sus clientes más públicos e insensatos.
Ya que el tipo de interés de Islandia en ese momento era mayor que el
de Suiza, es curioso que Bobby no quisiera hacer la transferencia. Algunas
personas han especulado que era un poco clarividente o tenía informa­
ción privilegiada o especial de que los bancos islandeses iban a caer (como
ocurrió en 2008 durante el colapso económico del país). Una explicación
más probable es que no se viera realmente quedándose en Islandia para
siempre. Quizás esperaba obtener la nacionalidad de otro país cuando lle
*gara el momento adecuado.

La batalla con el banco fue un interludio desagradable, pero no inte­


rrumpió lo que se había convertido en la parte clave de la mayoría de los
días de Bobby: la lectura. Al igual que su estudio del ajedrez había sido
compulsivo cuando era niño, ahora su mente estaba cautivada por el estu­
dio formal en profundidad de la historia, la filosofía y otros temas. Mien­
tras merodeaba por los pasillos de Bókin, a veces se paraba en seco por la
ausencia de un libro que quería; en ese caso, pedia que se lo encargasen.
Compraba libros continuamente, con frecuencia dos o tres diarios, de los
que guardaba la mayoría, desechaba alguno y regalaba otros a sus amigos.
En el ambiente, aunque no en el contenido, Bókin le recordaban a la
librería de ajedrez del doctor Albrecht Buschke en Greenwich Village, la
única que visitaba cuando era niño y adolescente. Los libros de Buschke
estaban dispersos de manera descuidada, pero el desorden no era nada
comparado con la confusión de Bókin. Bobby le pidió formalmente a Bragi
que le contratara para enfrentarse y organizar "la pila”, porque creía que
tenía que haber libros ahí, escondidos en lo más profundo, que pudieran
interesarle y también porque no soportaba el desorden. Al final, le dijo
Frank Brady • 325

que trabajaría gratis. "¿Pero dónde los ponemos?”, fue la negativa de Bragi.
El pasillo de Bobby era un lugar totalmente seguro. Con la espalda
hacia la pared, al estilo de los gánsters, podía ver a todas las personas que
se acercaban por el pasillo, largo y estrecho, y si tenía la sensación de que
la persona iba en busca de un autógrafo —o, aún peor, era un reportero—,
fruncía el ceño o fingía una concentración absoluta en lo que estaba leyen­
do y no respondía si le hablaban. Esas estratagemas eran tan eficaces como
colgarse un cartel de “No molesten” en el cuello.
Con frecuencia, si eran cerca de las seis, salía apresuradamente hacia
Yggdrasil, una tienda de comida saludable —el nombre hace referencia al
árbol de la vida mitológico—, y llegaba a propósito un minuto antes de
que cerraran. Entonces compraba con toda tranquilidad, para el descon­
tento de los trabajadores que querían terminar su jornada. Al llegar tan
tarde, evitaba las miradas de los otros compradores.
Un día, al mirar al mostrador, vio una marca de chocolatinas llamada
Rapunzel; haba de dos tipos: halvah cubierta de chocolate y coco. “¿Son de
Israel?”, preguntó con desconfianza. Cuando le dijeron que procedían de
Alemania —”Ya sabe, el cuento de hadas y los hermanos Grimm”, dijo el
vendedor—, Bobby se apaciguó y compró unas cuantas; sus sentimientos
antisemitas se tranquilizaron.
Aunque a menudo le reconocían en la calle, pocos islandeses se
entrometían en su privacidad. No obstante, los extranjeros no solían
ser tan considerados, y por lo general atacaba verbalmente a cualquier
persona lo suficientemente atrevida como para dirigirse a él. Había una
excepción, digna de atención porque era muy anómalo en él. Un turista
estadounidense —jugador de ajedrez— se acercó a Bobby un día y le
invitó a cenar. Después de verificar su pasaporte para asegurarse de que
era quien decía e interrogarle informalmente para confirmar que no era un
reportero, accedió a cenar con el desconocido de manera atípica. Fueron a
uno de los restaurantes más caros y elegantes de Reikiavik, y se comentaba
que habían tenido una larga conversación, principalmente sobre política.
Los meses pasaron apaciblemente hasta que Bobby llevaba viviendo
más o menos un año en Islandia. Helgi Ólafsson, gran maestro, le preguntó
qué le parecía vivir en el país, Bobby respondió al estilo típico de Calvin
Coolidge: “Bien”. Pero su santuario en Bókin empezó a hacerse conocido
y aparecieron artículos en la prensa, junto con entrevistas al propietario,
Bragi. Un equipo de la televisión rusa se personó allí para intentar
entrevistar a Fischer, y el huyó. Con el tiempo, se cansó de los reporteros
que esperaban para tenderle una emboscada en el exterior de la librería,
326 • ENDGAME

así que modificó su rutina. Comenzó a frecuentar la biblioteca pública de


Reikiavik, a sólo unas manzanas del lugar donde vivía. Se convirtió en el
foco de atención de su vida.
En el quinto piso del edificio, a unos metros de las cajas grandes de
libros de historia y política, se escondía durante horas en una mesa junto a
la ventana. A diferencia de la calle lateral nada atractiva que se veía desde
la ventana de Bókin, ésta proporcionaba una panorámica de los barcos
pesqueros atracados en el muelle y las montañas justo detrás del agua.
Durante los días y meses que Bobby fue a la biblioteca, su nueva rutina no
se filtró a la prensa. Todos los bibliotecarios sabían quién era, pero nunca
revelaron su presencia.
A sólo una manzana de la biblioteca había un restaurante tailandés
asequible, Krua Thai, en el que Bobby cenaba al menos dos o tres veces
a la semana. No se encontraba en la ruta turística habitual y era limpio
y acogedor, con las paredes oscuras, un elefante gigante con lentejuelas
plateadas y otros adornos tailandeses, y una luz tenue, la preferida por
sus ojos. A Bobby le gustaban los platos de pescado con verduras y arroz.
Además, se llevaba bien con la dueña, una mujer llamada Sonja, inteli­
gente y vivaz, e insistía en que solamente le atendiera ella. "¿Dónde está
la señora?”, preguntaba nada más entrar, a sabiendas de que ella le traería
su comida y bebida favorita sin necesidad de pedirlo. Solamente había un
producto que se negaba totalmente a beber: el agua islandesa embotellada.
Decía que le producía ganas de vomitar. Únicamente bebía cerveza o té.
Después de haber estado yendo a Krua Thai un año aproximadamente,
Sonja le preguntó dulcemente si posaría en una foto con ella. Se negó.
Bobby no le habló a nadie, ni siquiera a sus mejores amigos, sobre Krua
Thai, ya que, aunque era solitario, normalmente prefería comer solo; como
Thomas Jefferson en la Casa Blanca, disfrutaba de su propia compañía,
la posibilidad de leer o reflexionar sobre libros, ideas y recuerdos. De
manera paradójica, cuando estaba con otras personas era cuando sentía
una soledad incómoda.
Bobby estaba en conflicto con su deseo intenso de privacidad y
su necesidad —desde el comienzo de su niñez— de atención. Exigía
confirmaciones constantes de devoción o, al menos, de atención. Un día
en el centro de Reikiavik, unos turistas estadounidenses le preguntaron
una dirección. "Por Dios, no sabían quién era yo”, dijo decepcionado a
Einarsson. " ¡Y eran estadounidenses!” En otra ocasión, simplemente por
dar un cambio, cogió un autobús solo hacia un pueblo pesquero pequeño
llamado Grindav’k, cerca de la famosa Laguna Azul, un balneario termal al
aire libre en el que le gustaba bañarse. Se quedó varios días en un hotel. La
Frank Brady • 327

camarera del restaurante era simpática, sobre todo porque era uno de los
pocos clientes que había. “¿Es famoso?”, preguntó, posiblemente al percibir
la fama de Bobby o quizás porque había visto su foto en Morgunbladid o
algún otro periódico. “Quizás”, respondió Bobby con evasivas. “¿Por qué es
famoso?”, preguntó ella. Más evasivas: “Un juego de mesa”. La chica pensó
un instante y luego se le ocurrió: “¡Usted es el señor Bingo!” A Bobby le
mortificó que no fuera capaz de identificarle.
Aún comía en Anestu Grösum, pero se había establecido un nuevo
sistema de dar largos pasos por la ciudad de Pond, viendo cómo los niños
daban de comer a los patos, gansos y las preciosas ocas que graznaban y
entrelazaban sus cuellos, y finalmente se dirigía a la biblioteca. Normal­
mente, sus paseos no tenían un destino fijo; para él eran similares a la
meditación —una oportunidad de pensar sin estar pensando—, y deam­
bulaba incluso durante los inviernos extremadamente fríos. La mayoría
de los parques tenían bancos, y si el tiempo era bueno, se sentaba, leía,
pensaba y simplemente vivía, una actividad típica de muchos hombres de
edad avanzada.
Algunos islandeses decían que habían visto a Bobby, ya entrada la
noche, caminando como un fantasma por las calles desiertas y azotadas
por el viento cerca del antiguo puerto —como Charles Dickens merodeaba
por los muelles de Londres—, perdido en sus pensamientos, cojeando un
poco pero andando deprisa, tan solo como si estuviera deambulando por
los terrenos desolados y esparcidos de lava del interior de Islandia. Las
caminatas nocturnas de Bobby eran un eco de los paseos de madrugada que
solía dar cuando vivía en Nueva York o en Pasadena, y una continuación
del modelo que había empezado en su niñez, ya que se quedaba despierto
hasta primera hora de la mañana estudiando ajedrez y luego dormía hasta
mediodía o más tarde.
Es posible que, en ese punto de su vida, un año y medio después de
aterrizar en Keflavik como hombre liberado, Bobby empezara a sentir que
Islandia era su isla del Diablo personal: una vez allí, nunca saldría. David
Oddsson creía que Fischer se sentía atrapado en Islandia en general, y
Reikiavik en particular. “Soy una persona de ciudad”, decía Oddsson sobre
sí mismo. “Paso la mayor parte de mi tiempo en Reikiavik. Pero si nunca
pudiera salir del país, sería exactamente lo que querría hacer. Me sentiría
atrapado en Reikiavik, como probablemente se sienta Fischer en Islandia”.
Gardar Sverrisson decía que, para Bobby, Islandia era una cárcel.
Cuando estaba terminando su segundo año como ciudadano islan­
dés, empezó a quejarse del país y su gente. Echaba de menos Europa y
sus amigos de allí, pero no se atrevía a salir de su refugio limitado por el
328 • ENDGAME

océano por m iedo a ser capturado y extraditado. La Interpol, organización


internacional de policía, lo había señalado para que fuera arrestado en
cualquiera de los 368 aeropuertos del mundo.

***
Le resultó difícil encontrar un lugar perm anente donde vivir en
Reikiavik. Su prim er apartamento, amueblado y subarrendado durante
seis m eses, fue ideal: estaba en el centro, tenía vistas y una terraza, y podía
llegar rápidamente a tiendas y restaurantes. Puesto que Bobby com ía
siempre fuera —nunca cocinaba—, era im portante que viviera a unos
m inutos de diversos restaurantes. “Comer era m uy im portante para él”,
dijo Zsuzsa Polgar al describir su vida en Hungría. Siempre lo fue, sin
importar donde viviera, y las com idas tranquilas con alim entos que le
gustaban eran incluso más im portantes en Islandia.
Cuando la propietaria de su apartamento volvió de su trabajo en
el extranjero, com o estaba planeado, notificó a Bobby que tenía que
dejarlo libre. Aunque sabía que tenía que mudarse, no quería irse de su
acogedora residencia. Einarsson consiguió convencer a la propietaria de
que le perm itiera quedarse seis m eses más, pero era obvio que tendría
que buscar un hogar perm anente tras ese tiem po. Einarsson y Sverrisson
acompañaron a Bobby a varios bloques de apartam entos para buscar un
espacio para adquirir. Com o era habitual en él, abordó la compra de su
prim er apartamento com o si fuera una partida de ajedrez: antes de realizar
algún m ovim iento, todo tenía que ser perfecto. N o fue ninguna sorpresa
que inicialm ente hubiera algo que no le gustara en cada lugar que veía: un
apartamento estaba dem asiado cerca de la iglesia y le preocupaba que las
campanas le despertaran; otro tenía dem asiadas ventanas hacia la calle y
tem ía por su intim idad; una tercera estaba dem asiado elevada —era un
noveno piso— y no quería depender del ascensor. El cuarto apartamento
al principio parecía ideal, pero Bobby notó algo en el aire. Aseguró que
le dolían los pulm ones al respirar allí. M ientras visitaban un quinto
apartamento, pasó un avión por encim a, por lo que inm ediatam ente
lo vetó por ser dem asiado ruidoso. Al final, creyó que un apartamento
tenía posibilidades, pero sus dos am igos rápidamente intentaron que no
lo comprara porque estaba justo debajo de una tienda del sexo sórdida.
Eso no parecía m olestar a Bobby, ya que la tienda abría a últim a hora
de la tarde, y por tanto habría silencio por las mañanas. Sin embargo,
Einarsson y Sverrisson señalaron que el apartam ento estaba en m uy malas
condiciones y necesitaría reparaciones que ascenderían a cientos de m iles
de dólares. Bobby hizo una m ueca y aceptó no comprarlo.
Frank Brady • 329

Finalmente, se instaló en un apartamento del edificio de Gardar


Sverrisson en Espergerdi Street, un barrio residencial del este de
Reikiavik, demasiado lejos para caminar hasta el centro, pero se podía
acceder cogiendo dos autobuses. El apartamento tenía dos desventajas:
que estaba en el noveno piso (que Bobby había dicho previamente que
era demasiado elevado) y que ya lo había rechazado por sus “malos aires”.
¡Voilà! Mágicamente, las alturas y la calidad del aire de repente dejaron de
molestarle por alguna razón inexplicable. Simplemente cambió de idea.
Aunque estaba apartado varios continentes de su mujer, Bobby
y Miyoko estaban en contacto constantemente a través de correo
electrónico y teléfono. Ella iba a Reikiavik tantas veces como su trabajo
en una empresa farmacéutica —y la dirección de una revista de ajedrez
en Tokio— le permitía. La mayoría de sus visitas duraban dos semanas y,
según Gardar, eran idílicas tanto para Bobby como para ella. Los Sverisson
y los Fischer salían a pasar el fin de semana a zonas rurales, se quedaban
en hoteles agradables y disfrutaban del esplendoroso campo islandés, de
aspecto similar al paisaje lunar. Las cenas familiares eran momentos de
alegría. “Eran una pareja cariñosa y actuaban como lo harían cualquier
marido y mujer: estaban enamorados y lo demostraban con muchos
pequeños detalles”, decía Gardar. Aunque se desconoce qué pensaba
Bobby exactamente sobre su matrimonio, es totalmente posible que
esperara marcharse de Islandia algún día y convencer a Miyoko de que
viviera con él de manera permanente en otro país.
Su apartamento elegido, sin duda, no era lujoso. Bobby podía haberse
permitido uno mucho más grande, pero éste era suficiente para sus nece­
sidades. Tenía una habitación pequeña, una sala de estar de un tamaño
adecuado con cocina americana y un falso balcón enfrente del mar. Lo
amuebló de manera cómoda, pero simple. Las paredes estaban adornadas
con cuadros de Matisse.
Su compra del apartamento por un precio de 14 millones de coronas
(unos 200.000 $ en aquella época) quizás estuvo motivada inconsciente­
mente por el deseo de estar cerca de un amigo. Según Einarsson, Bobby
había empezado a sentirse enfermo, aunque lo negaba tanto a los demás
como a sí mismo. El hecho de tener amigos cerca sería beneficioso, espe­
cialmente porque la mujer de Gardar era enfermera.
Cuando se mudó a su nuevo apartamento, cambió su rutina diaria.
Seguía levantándose entre mediodía y las 14:00, bebía su zumo de
zanahoria y salía a por su primera comida del día. Mientras estaba bien,
normalmente daba largos paseos hasta Anestu Grösum, el restaurante
vegetariano. Bobby no conducía, y si tenía la necesidad de ir a algún sitio
3 3 0 • ENDGAME

al que no podía llegar andando, cogía el autobús. Un am igo observó: "A


pesar de que era m illonario, pensaba que era una idiotez pagar por un
taxi. N o tenía ningún problem a en esperar de pie al autobús, sin im portar
el tiem po que hiciera. La m ayor parte de los islandeses no lo harían. Pero,
además, a él le gustaba analizar a las personas m ientras hacía el recorrido”.
Le ponía nervioso que le llevaran en coche, ya fuera en taxi —cuando se
veía obligado a usar uno— o con un am igo, e insistía en que el conductor
llevara siem pre las dos m anos en el volante, nunca condujera dem asiado
deprisa y obedeciera todas las señales y norm as de tráfico. Siem pre se
sentaba en la parte central del autobús, ya que creía que era m ucho m ás
segura que la delantera o trasera.

*
Bobby no podía escapar del ajedrez, aunque quisiera hacerlo de form a
desesperada. "Odio el ajedrez antiguo y su escenario”, escribió a un am igo
haciendo referencia a su invento del Fischer Random. Sin em bargo, había
em presarios que viajaban a Islandia o se ponían en contacto con él desde
Rusia, Francia, Estados U nidos y m uchos lugares m ás, que intentaban
persuadirle para que jugara —aceptaban cualquier tipo de ajedrez,
sim plem ente le anim aban y facilitaban su regreso al juego. Habían pasado
más de trece años desde el segundo encuentro entre Fischer y Spassky,
y la gente decía —tem ía— que no volviera a jugar m ás. N o querían otra
desaparición de veinte años.
Se habló de otro encuentro contra Spassky (y él aceptaba jugar Fischer
Random ), pero esas conversaciones term inaron en cuestión de días. El
organizador potencial del encuentro, el doctor A lex Titom irov, científico
ruso experto en tecnología de transferencia del A D N y director ejecu tiva
de una empresa llam ada ATEO H oldings Ltd, invitó a Spassky a reunirse
con él en Reikiavik para ayudarle en sus negociaciones con Bobby. Joel
Lautier, nacido en Canadá y el m ejor jugador de Francia, tam bién form ó
parte del grupo que se reunió con Bobby. N o obstante, quedó claro que
Titom irov no estaba interesado en otro torneo entre Fischer y Spassky
sino en un encuentro entre Fischer y Kramnik. Spassky solam ente estaba
siendo utilizado para convencer a Fischer de que volviera al ajedrez. Él
estaba dispuesto a iniciar un diálogo, pero no se firm ó n i acordó nada.
Spassky se sin tió indignado cuando se enteró de que no pensaban en él
para el encuentro con Fischer y se refirió a T itom irov de manera peyo­
rativa. Bobby se m etió en la conversación con un m urm ullo igualm ente
m alicioso, utilizando de nuevo lo que había pasado com o algo típico de
las m anipulaciones rusas.
Frank Brady • 331

Otras ofertas fueron demasiado pequeñas o, en algún caso, incluso fal­


sas. Algunos de sus amigos islandeses pensaban que ciertos organizadores
de encuentros no estaban negociando de manera sería, sino que simple­
mente querían conocer al misterioso Fischer, una situación similar a co­
nocer a J. D. Salinger o Greta Garbo —algo sobre lo que presumir el resto
de sus vidas.
Una oferta para jugar en un encuentro de doce partidas contra Karpov
con una variante llamada ajedrez gótico (con un tablero ampliado de
ochenta escaques, tres peones adicionales y dos piezas nuevas —una que
combinaría los movimientos de la torre y el caballo, y otra, los del alfil y
el caballo) tenía posibilidades de dar lugar a un encuentro de importancia
histórica, sobre todo porque el precio anunciado era de catorce millones de
dólares: diez millones para el ganador, y cuatro para el perdedor. Karpov
firmó el contrato, pero cuando los promotores llegaron a Reikiavik, Bobby
quería que le pagaran en tres plazos, uno por encuentro —en cantidades
de 10.000 $, 50.000 $ y 100.000 $, respectivamente—, simplemente por
discutir al respecto. Además, quería pruebas de que el premio estaba en
un banco de verdad, pero como esa información o prueba de liquidez no
estaba disponible, el negocio completo se vino abajo.
La siguiente propuesta fue el museo Bobby Fischer por dos millo­
nes de dólares, que estaría ubicado en Islandia —o quizás debería ser en
Brooklyn, reflexionaron los promotores. Apareció y se esfumó como un
sueño antes de que alguien tuviera la oportunidad de despertar.

***
Bobby levantó la mirada del tablero de ajedrez para escudriñar y
evaluar —en un intento de no sólo insinuar una conspiración rusa, sino
de demostrarla sin ninguna duda. A pesar de su promoción del Fischer
Random y su rechazo y desprecio al “ajedrez antiguo”, seguía analizando
partidas que le seducían de los torneos y encuentros contemporáneos.
Había un tablero y un juego con piezas en sus posiciones tradicionales
encima de la mesa del café de su apartamento que siempre estaban
preparados para una sesión de análisis. Ese día en concreto, Bobby
estaba jugando de nuevo, quizás la centésima vez, la cuarta partida del
campeonato mundial de 1985 entre los dos grandes maestros rusos Garry
Kasparov y Anatoly Karpov. Su convicción de que existía una camarilla
rusa que involucraba a ambos se había convertido en su cruzada y había
estado haciendo pública su opinión por todo el mundo durante varios
años. Nunca titubeaba al afirmar que todas las partidas del encuentro
de 1985 habían sido amañadas y acordadas previamente, movimiento a
movimiento. “Incluso Polgar y Spassky, ambos campeones mundiales,
saben de lo que hablo”, dijo a nadie en concreto, y se hacía más estridente a
medida que continuaba. “¡Esas partidas son una farsa! ¡K asparov debería
responder a mis acusaciones! Debe someterse a un detector de mentiras;
¡el m undo entero verá lo mentiroso que es!”
El engaño en el encuentro de 1985 era obvio, insistía. En la cuarta
partida, Karpov movió su caballo en el movimiento vigésimo primero, lo
cual, según Bobby, era la prueba del principio de la secuencia manipulada.
Señalaba a todos los que le escuchaban que Karpov “no realiza menos de
dieciocho movimientos consecutivos en escaques claros. ¡Increíble!” Era
poco habitual estadísticamente, pero no completamente improbable, y sin
duda alguna no era una prueba indiscutible de complot.
A pesar de ello, nadie podía quitarle la creencia de que Kasparov y
Karpov eran unos estafadores. Bobby se mantenía fírme en su opinión,
aunque casi todos los grandes maestros y muchos otros miembros de
la herm andad ajedrecística insistían en que sus acusaciones no tenían
unas bases creíbles. Un científico del Centro de Bioinformática y
Bioestadística Molecular de la Universidad de California, Mark Segal,
demostró matemáticamente que dicha acusación era engañosa y que era
más posible estadísticamente que los movimientos del torneo de 1985
hubieran ocurrido que las propias victorias de Fischer frente a Taimanov
y Larsen y su derrota casi total a Petrosian. Segal concluía su artículo
científico cavilando de manera jocosa: “Quizás el ascenso de Fischer hasta
el campeonato mundial formó parte de alguna conspiración”.
Algunas personas creían que Bobby todavía le daba vueltas al hecho
de que se había negado a jugar contra Karpov en 1975 y, por tanto, estaba
intentando subestimar el encuentro resultante de Karpov con Kasparov.
Otras sostenían que sus acusaciones eran una estratagema para prom o
cionar su nuevo ajedrez Fischer Random. Y había otras que apuntaban a
una simple paranoia. Por su parte, Bobby nunca explicó lo que Karpov o
Kasparov ganaban por los resultados acordados previamente del encuen­
tro, aparte de mantener el título entre la familia rusa. Pero como ambos
eran rusos no tenía sentido

***
Si la gratitud es la memoria del corazón, el recuerdo de Bobby era débil
o inexistente en ocasiones. Los islandeses valientes del comité RJF, además
de conseguir librarle de una cárcel japonesa y una pena de diez años de
Frank Brady • 333

prisión inminente, hicieron todo lo posible por él cuando llegó a su país:


buscarle un lugar donde vivir, protegerle de los periodistas explotadores
y entrometidos, aconsejarle en sus asuntos financieros, llevarle en coche a
los baños termales, invitarle a cenas y celebraciones de días festivos, llevar­
le de pesca y de excursión por todo el país e intentar hacerle sentir en casa.
De hecho, crearon casi una corte que seguía a Bobby y le trataba
prácticamente como a la realeza del siglo XVII. Cada funcionario tenía su
propia función para conceder al rey todos sus deseos. Lo que no esperaban
era que el rey respondiera al mínimo fallo con una actitud "¡Que le corten
la cabeza!”. Bobby se había comportado así en su adolescencia, cuando
mostraba una impaciencia implacable hacia todos sus seguidores jóvenes
que se arriesgaban, sin darse cuenta, a contrariarle. En Reikiavik, a pesar
de ser el receptor de numerosos actos de generosidad, empezó a encontrar
fallos, generalizando de manera negativa en exceso, y a tratar bruscamente
a aquellos que le mostraban su mayor lealtad.
Su primera ruptura fue con su guardaespaldas servil, Saemi Palsson.
Nunca había pagado a Plasson (“ni un céntimo”, se quejaba, aunque existía
el rumor de que Bobby le había dado un cheque de 300 $ antes de volver
a Islandia) por los meses que había trabajado como guardaespaldas para
él en Reikiavik en 1972 y en Estados Unidos tras el encuentro. Y Plasson
había sido el primer islandés en aunar fuerzas con Bobby en su intento
de salir de la cárcel. Había viajado hasta Japón por sus propios medios
y siguió ayudándole cuando consiguió la nacionalidad islandesa. Palsson
tenía muchas razones para esperar muestras de buena voluntad de Bobby.
Sin embargo, se habían sembrado las semillas de su ruptura final en el mo­
mento en el que, incluso antes de la salida de Bobby de Japón, un director
de cine islandés, Friðrik Gudmundsson, se acercó a Palsson para hacer un
documental para la televisión islandesa sobre la encarcelación de Bobby, la
lucha por su liberación y su puesta en libertad. Se insinuó que era posible
que Palsson y Bobby recibieran algo de dinero, si la película obtenía bene­
ficios, aunque era bastante poco probable que un documental consiguiera
grandes ganancias.
Al principio, Bobby aceptó colaborar, pero con la clara advertencia de
que la película tenía que ser una disertación sobre los males de Estados
Unidos, y no sobre su vida personal o sobre ajedrez. Según la concebía
Bobby, trataría principalmente sobre su “secuestro” (como él se refería a
su arresto y detención) y puesta en libertad.
La grabación empezó cuando Bobby llegó a Copenhague, con una
cámara en el vehículo deportivo que le llevaba, junto a Miyoko y Saemi,
de camino a Islandia. Fue rodada usando varias técnicas cinéma-vérité,
334 • ENDGAME

con valores bajos de producción, editada de manera pésima y con una


temática dispersa. Se produjo por 30 millones de coronas (unos 500.000
dólares). No obstante, las imágenes iniciales eran fascinantes, ya que
proporcionaban una primera visión real de Bobby desde su encuentro con
Spassky en 1992. Bobby tenía una mirada limpia y estaba concentrado
mientras hablaba sin parar y de forma convincente: “Odio a Estados
Unidos: es un estado ilegítimo. Fue robado a los americanos nativos
y construido por esclavos africanos negros. No tiene derecho a existir”.
Mientras repartía su veneno entre los judíos, el gobierno japonés y Estados
Unidos, se comportaba de una manera extrañamente vivaracha, como si
se acabara de dar cuenta de que era libre. Saemi y él empezaron a cantar
That’s amore y otras canciones antiguas conocidas, como si fueran amigos
perdidos hace mucho tiempo —como lo eran en ese momento— que se
paseaban por el país y cantaban para pasar el rato. Incluso había carcajadas
en alguna ocasión. Miyoko estaba sentada tranquilamente, con su sonrisa
de Mona Lisa, mientras miraba con veneración a Bobby.
Continuaron grabando la película en Reikiavik los meses siguientes, y
Gudmundsson seguía intentando acorralar a Bobby para que concediera
más entrevistas y aumentara su implicación en el proyecto. “¿Cuál va a
ser el título de la película?”, preguntó Bobby. Cuando le dijeron que sería
Mi amigo Bobby (al final lo cambiaron por Bobby Fischer y yo), empezó a
cuestionar de inmediato todo el trabajo. “Se supone que es una película
sobre mi secuestro, no sobre Saemi”, se quejó. Después, el dinero se con­
virtió en un obstáculo. Bobby se enfadó porque no iba a recibir dinero por
adelantado. Gudmundsson le ofreció el 15 por ciento de los beneficios, y
Saemi, el productor Steinthor Birgisson y Gudmundsson obtendrían un
15 por ciento cada uno también. El 40 por ciento restante serviría para
pagar a los coproductores. Fischer estaba furioso. ¿Por qué iban a pagar
a Saemi? Y si la película trataba sobre Bobby, ¿por qué no debía recibir él
más dinero que los demás? “Yo debería recibir un 30 por ciento por lo m e­
nos”, argumentó con vehemencia, “más que el resto porque yo soy Bobby
Fischer”. Repitió la misma canción una y otra vez: “¡Yo soy Bobby Fischer!
¡Yo soy Bobby Fischer! ¡Yo soy Bobby Fischer!”
Gudmundsson intentó explicarle lo que estaba hacienda Le dijo que la
película tenía posibilidades de convertirse en una obra maestra: “Será un
documental posmodernista con elementos distintivos”.
“Eso no me importa”, gritó Bobby. “Dime sobre qué va a tratar la pelí­
cula”. Gudmundsson elaboró un escrito con una propuesta de relaciones
públicas con todo incluido:
Frank Brady • 335

Esta película trata sobre


= la bomba atómica.
Esta película trata sobre un policía jubilado.
Esta película trata sobre el amor incondicional.
Esta película trata sobre un campeón mundial de ajedrez.
Esta película trata sobre el odio incondicional.
Esta película trata sobre un icono.
Esta película trata sobre la victoria.
Esta película trata sobre la guerra contra el terrorismo.
Esta película trata sobre un fugitivo internacional.
Esta película trata sobre la locura.
_Esta película trata sobre bailar rock.

Cuanto más leía Bobby de la descripción, más indignado estaba con la


película, con Gudmundsson y con Saemi. Bobby recurrió a los miembros
del comité RJF para ver si podían ayudarle a detener la película o conseguir
que se emitirá una orden restrictiva antes de que la finalizaran. El comité,
empático con el aprieto en el que se encontraba, distribuyó entre sus
miembros una carta de protesta que se envió a la televisión islandesa, otros
medios de comunicación, patrocinadores financieros y distribuidores de
la película. Bobby cambió parte de la redacción de la protesta antes de que
=se enviara para hacerla más firme y menos diplomática. Decía, en parte:

El Sr. Fischer desea hacer notar al grupo el hecho de que el


original y la estructura del documental mencionado anteriormen­
te, del cual es sujeto principal,son sumamente incongruentes con
discusiones posteriores y que el material ha sido obtenido me­
diante fraude.

Ahora el tema principal de la película; cuyo título provisional


es Mi amigo Bobby en su opinión es opuesto a las ideas propues­
tas en 2005 relativas a un posible programa de noticias para la
televisión islandesa sobre el secuestro y encarcelamiento ordena­
do por Estados Unidos del Sr. Fischer en Japón, su concesión de la
nacionalidad islandesa y su puesta en libertad.
336 • ENDGAME

Por este motivo, está totalmente en contra de su voluntad que


las partes, en Islandia u otro lugar, faciliten cualquier subsidio fi­
nanciero para la producción de esta película o la muestren una
_vez finalizada.

Bobby ya había dejado de hablar con Saemi y de responder a las llama


das de Gudmimdsson, y empezó a referirse a su antiguo guardaespaldas
como Judas por intentar hacer una película que trataba más sobre Saemi
que sobre el trabajo duro de Bobby. Quería que la película fuera polémica,
no biográfica, y con toda certeza no quería que tratara sobre su guardaes­
paldas. Casi sin excepción, los miembros del comité RJF pusieron fin a
cualquier tipo de contacto con Saemi Palsson. La película resultó ser un
fracaso en taquilla; sólo consiguió 40.000 $, aunque sí obtuvo ingresos
adicionales por las ventas de DVD y licencias televisivas.
Más tarde, su desaprobación, digna de la realeza, fue dirigida a otro
islandés, Gudmundur Thorarinsson. “Nunca recibí la cantidad total de
los ingresos en taquilla de 1972”, acusó de repente a Thorarinsson en una
fiesta en su casa. “Quiero ver los libros. ¿Dónde están?”, preguntó Bobby.
Thorarinsson suspiró discretamente y explicó que Bobby había recibido
su parte completa de los ingresos en taquilla en 1972, que no tenía los
libros de cuentas en casa, pero que los buscaría en las oficinas de la Fede­
ración de Ajedrez de Islandia, de la cual había sido presidente en 1972 y
había contribuido decisivamente a la puesta en marcha del campeonato
mundial. Después de más de treinta años, había pocas posibilidades de
que todavía existieran los registros. Bobby no se quedó satisfecho con la
respuesta. Los libros no fueron encontrados, y Bobby no volvió a hablar
con Thorarinsson.
Había estado utilizando diferentes formas de lógica errónea para acu­
sar y atacar a clases enteras de personas, como los judíos. Ahora usaba
su lógica espuria contra los benevolentes islandeses. Su silogismo ilógico
=funcionaba de una forma parecida a lo siguiente:

Saemi me ha estafado y traicionado.


Saemi es islandés.
_ Por tanto, todos los islandeses son estafadores y traidores.
unos cuantos del grupo escaparon de su ira. Hasta sus incondicionales
principales sintieron su aguijón: Helgi Ólafsson por no tolerar su odio
antisemitay por hacer demasiadas preguntas sobre el ajedrez antiguo (“Debe
estar escribiendo un libro”); David Oddsson por razones desconocidas,
que ni siquiera el propio Oddsson sabía; y sorprendentemente su mejor
amigo, Gardar Sverrisson, portavoz y vecino, porque no le informó de
que una fotografía absurda e inofensiva de sus zapatos había aparecido
en Morgunbladid. Gardar pudo salir ileso relativamente; su mal humor
solamente duró veinticuatro horas. El resto del grupo se convirtió en
persona non grata.
En el otoño de 2007, su desencanto con Islandia era inamovible. Lo
llamaba “país dejado de la mano de Dios” y se refería a los islandeses
como “especiales, pero en el mal sentido de la palabra”. Si sus benefactores
islandeses conocían sus expresiones de ingratitud (“¡No debo nada a
esa gente!”, proclamaba con malicia), no lo discutían públicamente, una
característica de muchos escandinavos. Los que experimentaban de forma
directa su ingratitud estaban tristes, pero estoicos. “Bueno, es Bobby”,
observaba un islandés. “Tenemos que aceptarle como es”. Era como un
niño con problemas cambiado en la cuna, adoptado sin esconderse por los
islandeses, pero con cariño y sin aprensión.

***
“Eres verdad. Eres amor. Eres felicidad. Eres libertad”.
Bobby estaba leyendo la Biblia rajnishe, una obra del gurú carismático
y controvertido Bhagwan Shree Rajneesh. Al igual que Bobby, Bhagwan
también había tenido problemas con el departamento de Inmigración de
Estados Unidos, había sido arrestado y expulsado del país. Bobby se sentía
identificado con él en ese aspecto y especialmente apreciado en una de sus
máximas: “Nunca obedezca órdenes, a no ser que procedan de su interior”.
La filosofía de Bhagwan le atrajo desde que empezó a estudiarla
durante sus ocho años en Hungría. Aunque no practicaba la meditación,
una parte fundamental del sistema de fe de Bhagwan, se sintió sumamente
interesado por las cualidades del ser humano ideal —o “realizado”—
que Bhagwan describía. Bobby no parecía tener en cuenta el respaldo
de Bhagwan a cualidades como el amor, la celebración y el humor. En
su lugar, le atraía la idea de la elevación individual a un nivel superior.
Fischer se veía a sí mismo como un guerrero en todos los ámbitos, no
solamente en ajedrez, y vivir en Islandia, liberado de su encarcelamiento,
no era una excepción. “Siempre estoy al ataque”, revelaba orgullosamente
3 38 • ENDGAME

mientras se encontraba allí —y no estaba hablando sobre el juego de mesa.


Había poco tiempo para el humor y la celebración en tiempos de guerra.
Estaba listo para la batalla contra el negocio del ajedrez, el Union Bank
de Suiza, los judíos, Estados Unidos, Japón, los islandeses en general, los
medios de comunicación, la comida procesada, Coca-Cola, el ruido, la
contaminación, la energía nuclear y la circuncisión.
Bobby pensaba de sí mismo que se podía identificar totalmente con el
concepto de Bhagwan del superhombre de Nietzsche, que sobrepasaba los
límites de la sociedad. “Soy un genio”, dijo poco después de llegar a Islan
dia, no de manera dogmática, pero sinceramente. “No soy sólo un genio
del ajedrez, sino también en otras cosas”.

***
Su intento de encontrar un significado más profundo, tal vez
religioso, a su vida tomó un sendero amplio y retorcido. Al principio,
en su niñez, estuvo el judaismo, del que nunca sintió que formaba parte;
luego el fundamentalismo, hasta que se decepcionó con los líderes de la
Iglesia Universal de Dios. El antisemitismo casi se convirtió también en
una religión —o definitivamente en una creencia profunda— para él,
y realmente nunca la abandonó. En un punto de su vida, se adhirió al
ateísmo, aunque no demasiado tiempo. Estaba intrigado por el propio
culto rajnishe, más que por las prácticas del gurú. Finalmente, casi al final
de su vida, empezó a analizar el catolicismo.
¿Una contracción, un contrasentido? ¿Bobby Fischer católico?
Faltaba algo en la vida de Bobby Fischer, una brecha que necesitaba
completarse. Al profundizar a través de los libros, descubrió las escritu­
ras de los teólogos católicos y se sintió intrigado por la religión. Gardar
Sverrisson, su mejor amigo de Reikiavik, era católico (uno de los pocos: el
95 por ciento de los islandeses son luteranos), y Bobby empezó a hacerle
preguntas sobre la liturgia, la adoración de los santos, los misterios teoló­
gicos y otros aspectos de la religión. Gardar respondía lo que podía, pero
no era teólogo. Con el tiempo, Bobby le compró un ejemplar de Catecismo
básico: credo, sacramentos, moral, oración, para que Gardar estuviera más
informado cuando debatieran.
No se tiene la certeza de si Bobby fue bautizado en la religión católica
de manera tradicional, lo que implica verter el agua —o sumergirse en
ella—, ungir con crisma sagrado (aceite especial) y una bendición solem­
ne llevada a cabo por un sacerdote que cumple con el sacramento, pero
es poco probable. Einarsson y Skulasson concluyeron que Bobby, a pesar
Frank Brady • 339

de sus reflexiones sobre el tema a una edad avanzada, no era un creyente


firme de la Iglesia católica y que no se había convertido. Pero existen tres
formas de bautismo: por agua (la forma habitual), por fuego (como sacri­
ficio) y por espíritu (aquella en la que el destinatario desea ser bautizado).
Si Bobby hubiera deseado ser católico, es posible que la aspiración fuera
suficiente para ser aceptado en la Iglesia, al menor por el clérigo menos
conservador. Según Gardar Sverrisson, Bobby habló con él sobre la trans­
formación de la sociedad por medio de la creación de armonías los unos
con los otros y luego declaró que pensaba que “la única esperanza para el
mundo es a través del catolicismo”.
Su atracción por el catolicismo, una religión definida por el énfasis en
la caridad, la humildad y el arrepentimiento por los pecados, era difícil de
conciliar con escritos suyos como: “Desafortunadamente, carecemos de
fuerza suficiente para aniquilar a todos los judíos en este momento. Así
que lo que creo que deberíamos hacer es dedicarnos a asesinar judíos de
manera aleatoria y justiciera. ¡Lo que quiero hacer es levantar a la gente
contra los judíos hasta el punto de la violencia! Porque los judíos son cri­
minales. Merecen que les partamos la cabeza”.
“Ya no soy lo que fui”, escribió Byron en Las peregrinaciones de Childe
Harold. Esa podía haber sido la respuesta de Bobby a su cambio espiritual
al final de su vida. O, aunque suene cínico, su posible aceptación del
catolicismo pudo haber sido simplemente un juego de ajedrez teológico,
una táctica y una estrategia a largo plazo que había calculado para que
le condujera a la salvación eterna. Los hombres creen con frecuencia
que se han transformado en cuanto deciden hacerlo, aunque no hayan
conseguido —y a menudo ni siquiera sean conscientes de que deban
hacerlo—, un estado de veneración interna. Solamente Bobby Fischer
sabía lo que había en su corazón.

*
340 • ENDGAME
observó: "La expresividad de los ojos, ¡madre mía!, casi puedes sentir su
tristeza y puede que también una sensación de arrepentimiento. Tal vez
arrepentimiento de lo que podía haber sido o de lo que perdió en la última
mitad de su vida”.
Bobby empezó a tener problemas urinarios, pensaba que estaban
provocados simplemente por una glándula prostática hipertrofiada y
al principio negaba que le pasara algo serio. También le molestaban
los pulmones, y tenía dificultad para respirar. Como siempre había
desconfiado de los doctores, toleró el malestar hasta octubre de 2007,
cuando su dolor e incapacidad para orinar se hicieron insoportables.
Fue al médico y solicitó una exploración rápida y no invasiva, pero le
explicaron que el doctor no podría evaluar su función renal a través de
un análisis de sangre únicamente. Accedió a regañadientes. El anáfisis
manifestó que tenía niveles elevados de creatinina en suero, con un valor
muy por encima de 1,4, parámetro superior del rango normal. El resultado
indicó que tenía una vía urinaria bloqueada. Esta anomalía podía
corregirse, aunque quizás no se curara, gracias a algunos medicamentos.
Pero también tenía problemas con los riñones, que no funcionaban de
manera adecuada. Por una cuestión de principios, que se remontaba a
su adoctrinamiento en la Iglesia Universal de Dios, Bobby se negaba a
tomar medicinas, y la idea de estar conectado a una máquina de diálisis
para limpiar su sangre cada cierto tiempo durante el resto de su vida era
imposible. Cuando le propusieron el tratamiento de diálisis, dijo que era
absurdo. Le advirtieron de que, si no recibía el tratamiento, podía sufrir
insuficiencia renal, convulsiones e incluso demencia. Cuando solicitó más
información sobre su diagnóstico, el doctor le dijo que, si no empezaba el
tratamiento de inmediato, era posible que no viviera más de tres meses.
A pesar de estas advertencias extremas, siguió negándose a ser tratado e
incluso rechazó la medicina para calmar su dolor. Es posible que Bobby
simplemente estuviera rindiéndose, dejándose ir de la vida o comenzando
una forma lenta de suicidio. Su amigo Pal Benko lo creyó así.
Bobby permitió ser chequeado en el el hospital Landspitali por el doc­
tor Eriku Jónsson, que supervisaba la cantidad límite de tratamiento y cui­
dados que su paciente permitía, durante siete semanas. Fue un momento
complicado tanto para Bobby como para el personal de enfermería. No
permitía tener un catéter fijo e insistía en que le ayudaran a orinar todas y
cada una de las veces que lo necesitaba. Impuso restricciones sobre lo que
comería, elaboró una lista de posibles visitantes a los que permitía que le
vieran y otra lista de aquellos que tenían terminantemente prohibida la
entrada a su habitación.
Frank Brady • 341

El gran maestro Friðrik Ólafsson le visitaba una vez a la semana.


Bobby le pedía que le llevara botellas de zumo de zanahoria recién
exprimido de Yggdrasil; si la tienda de comida saludable no disponía de
ellos, Ólafsson tenía que comprar zumo importado de Alemania. Ólafsson
no debía comprar nada de Israel bajo ningún concepto, Bobby informó
con seriedad. No sorprende que, durante algunas de las visitas, los dos
grandes maestros hablaran sobre ajedrez. Bobby quería que Friðrik le
llevara un ejemplar de la partida entre Kasparov y Karpov, sobre la cual
había asegurado durante años que había sido acordada previamente, para
que pudieran debatir sobre ella y jugarla en el juego de bolsillo de Bobby.
Pero, en lugar de llevar el libro completo en el que se publicó la partida,
Friðrik simplemente llevó una copia de las páginas relevantes para ir más
ligero. Bobby se sintió muy decepcionado. “¿Por qué no has traído el libro
entero?”
Preguntó si le podían enviar una fotografía de su madre, y su cuñado,
Russell Targ, accedió. Bobby la miraba de vez en cuando y, al contrario
de los artículos que decían que la tenía colocada en su mesilla de noche,
la guardaba en un cajón, sabía que estaba ahí y le protegía de manera
simbólica.
De todas las personas que le visitaron en el hospital, en muchos senti­
dos el que más le confortó fue el doctor Magnus Skulasson, miembro del
comité RJF que había pasado bastante desapercibido en el grupo y prácti­
camente no había estado en presencia de Bobby durante los tres años que
había vivido en Islandia. Skulasson era psiquiatra y médico jefe del psi­
quiátrico Sogn para criminales dementes. También era jugador de ajedrez
y sentía una gran veneración por los logros de Bobby Fischer y cariño por
él como persona.
Cabe destacar que Skulasson no era el psiquiatra de Bobby, como se
dio a entender en la prensa, ni le ofreció ningún análisis ni psicoterapia.
Estaba a su lado como amigo, para intentar hacer todo lo que pudiera por
él. Sin embargo, debido a su formación, no podía dejar de prestar atención
a la condición mental de Bobby. “Definitivamente, no era esquizofrénico”,
dijo Skulasson. “Tenía problemas, posiblemente traumas de su niñez que
le habían afectado. Era un incomprendido. En el fondo, creo que era una
persona cariñosa y sensible.”
Skulasson es un hombre amable y vehemente con una seriedad que
atrae. En sus conversaciones, parecer ser más un filósofo que alguien
con conocimientos médicos y psicológicos, y citaba tanto a Hegel como
a Freud, Platón o Jung. Bobby le pidió que le llevara comida y zumos al
hospital, y lo hizo, y a menudo simplemente se sentaba en la cabecera sin
342 • ENDGAME

que ninguno de los dos hablara. Cuando Bobby padecía dolores intensos
en las piernas, Skulasson las masajeaba con el dorso de la mano. Bobby le
miraba y decía: “Nada alivia más que el contacto humano”. Una vez, Bobby
se despertó y dijo: “¿Por qué eres tan atento conmigo?” Por supuesto,
Skulasson no tenía respuesta.
El doctor Jónsson empezó a ser presionado por el hospital para
que diera el alta a Bobby debido a su rechazo a recibir un tratamiento
adecuado. Jónsson sabía que darle el alta sería una sentencia de muerte,
por lo que ponía excusas para que Bobby siguiera en el hospital e
intentaba que estuviera todo lo cómodo posible. Sin que Bobby lo supiera,
las enfermeras le aplicaban parches de morfina en el cuerpo para calmar
su dolor. Finalmente, enfermo terminal, todavía obstinado en rechazar
el tratamiento adecuado, fue dado de alta y llevado a su apartamento en
Espergerdi en diciembre de 2007, donde Sverrisson, su mujer, Kristin, y
sus dos hijos, que vivían dos pisos debajo, hicieron las veces de auxiliares
y protectores. En concreto, Kristin utilizaba sus conocimientos de
enfermería para ayudar en sus cuidados.
El hecho de salir del hospital reavivó los ánimos de Bobby un tiempo,
empezó a sentirse mejor e incluso fue al cine con el hijo de veintiún años
de Sverrisson, jugador profesional de fútbol. En Navidades, cuando todo
Reikiavik está adornado con luces, adopta el ambiente de un cuadro de
Currier and Ives y hay muchos días de celebración, Miyoko llegó y se
quedó con Bobby en el apartamento dos semanas. El 10 de enero de 2008
regresó en avión a Tokio, perdiendo un día por la diferencia horaria. En
poco tiempo, recibió una llamada de Sverrisson diciéndole que Bobby
había empeorado considerablemente. Mientras realizaba otra reserva para
volver a Islandia, Bobby era llevado al hospital en coche por Sverrisson:
Falleció allí, sin sufrimiento, el 17 de enero. Al igual que el número
de escaques de un tablero —una ironía que, no obstante, no puede ir
demasiado lejos—, tenía sesenta y cuatro.
Epílogo
ORIS SPASSKY ESTABA aturdido. Preocupado por la enfermedad

B de Bobby desde hacía tiempo, había mantenido estrecho contacto


con él. Después, de manera espantosa, se había enterado de que
había fallecido. Por un momento no fue capaz de expresar su sentimiento
de pérdida, así que envió un correo electrónico a Einarsson: “Mi hermano
ha muerto”.
En esas cuatro palabras mostraba cómo se sentía por Bobby, aunque
el mundo ya lo sabía. Había dicho que amaba a Bobby Fischer... como a
un hermano. En el encuentro de 1992, declaró públicamente que estaba
preparado para pelear “y quiero hacerlo pero, por otro lado, me gustaría
que Bobby ganara porque creo que debe volver al ajedrez”. Cuando
Bobby fue encarcelado en Japón, Spassky anunció seriamente que estaba
dispuesto a ser encarcelado con él (y un tablero de ajedrez). El respeto de
Spassky por su archienemigo bordeaba la adulación e incluso el miedo
quizás. En una ocasión dijo: “No se trata de ganar o perder contra Bobby
Fischer; se trata de sobrevivir”. Pero existía un compañerismo verdadero
entre ellos que iba más allá del ajedrez y que Spassky expresaba siempre.
Sentía que ambos percibían la soledad del otro como antiguos campeones,
una nostalgia que pocos podían entender.
Solamente tres semanas antes del fallecimiento de Bobby, Spassky
había enviado a su viejo amigo un mensaje desenfadado, en el que le decía
que obedeciera a los doctores y que se pondría en contacto con él cuando
se “escapara” del hospital.
Habían informado a Spassky de que su estado era grave, pero no era
consciente de que fuera peligroso. La tradición islandesa se opone a que
se hable de la enfermedad de una persona fuera del ámbito familiar o los
amigos íntimo pero, debido a los comentarios solícitos de Spassky sobre
su antiguo rival, Einarsson lo consideró parte de la "familia” y le contó que
el estado de su amigo estaba empeorando. Spassky escribió: "Considero a
Bobby como si fuera mi hermano. Es un buen amigo”.

***
Durante sus últimos días de vida, estaba cada vez más débil, casi no
podía hablar y vomitaba todo lo que comía. Tenía los labios siempre
secos. Gardar Sverrisson —que tampoco se encontraba bien-, de
cuarenta y ocho años, y su mujer, Kristin, se quedaban con Bobby en su
apartamento por la noche; se mantenían alerta cuando dormía y atendían
sus necesidades cuando despertaba.
Bobby le había dicho a Sverrisson que le gustaría ser enterrado en
el pequeño cementerio del campo, cerca de la ciudad de Selfoss, a una
hora en coche de Reikiavik, en una comunidad rural de tierras de cultivo
llamada Laugardaelir. Se decía que el cementerio tenía al menos mil años y
se había construido en la época en la que Erik el Rojo se fue a Groenlandia
y se formó el Althingi —parlamento islandés (el primero de Europa);
irónicamente el mismo órgano gubernamental que le había otorgado la
nacionalidad en 2005.
El lugar del cementerio está custodiado por una iglesia luterana
modesta —una capilla, realmente— que parece el plató de un drama
de Ingmar Bergman y solamente tiene cabida para cincuenta feligreses.
Bobby había sentido la atmósfera de paz de los alrededores cuando visitó
a los padres de la esposa de Sverrisson, que vivían en Selfoss, y daba
largos paseos con Gardar entre las rocas y senderos antiguos de la zona.
La escritora Sara Blask resumió los sentimientos de Bobby sobre lo que
quería tras su fallecimiento en un artículo conmemorativo en Iceland
Review: “Fischer sólo quería ser enterrado como un ser humano normal
—no como un jugador de ajedrez, simplemente una persona”.
A Bobby le costó mucho tiempo admitir que estaba muriendo, pero
cuando lo aceptó, le dejó claro a Sverrisson que no quería fanfarrias, ni
circos mediáticos, ni un funeral suntuoso; quería que fuera privado. Con
el deseo de control hasta el final, era especialmente enfático en el hecho
de que ninguno de sus enemigos asistieran a su funeral: aquellos por los
que se había sentido explotado o con los que había tenido disputas. Sobre
todo, remarcó que no hubiera reporteros, ni cámaras de televisión, ni
turistas embobados.
Sverrisson organizó el funeral y lo llevó a cabo teniendo muy en cuenta
las últimas directrices de Bobby. Sabía que el resto de miembros del comité
RJF, que había trabajado incansablemente por Bobby, se sentirían muy
dolidos si no podían presentar sus condolencias asistiendo al funeral, pero
ante todo era un amigo leal a Bobby y había pasado años protegiéndole
y satisfaciendo sus deseos. Esta última labor realizada para su amigo le
provocaría años de enemistad con algunos miembros del comité RJF y
otras personas cercanas a Bobby durante sus años en Islandia. Russell Targ,
cuñado de Bobby, se enfadó especialmente porque había viajado en avión
desde California para asistir al funeral y descubrió que no había llegado
a tiempo por unas horas. La Federación de Ajedrez de Estados Unidos
envió un comunicado a la Federación de Ajedrez de Islandia en el que
preguntaba por la disposición del cuerpo de Bobby —presumiblemente,
querrían que regresara a Estados Unidos, movimiento que Bobby habría
detestado. Especialmente cuando murió, Sverrisson pensaba que era su
deber cumplir plenamente con las peticiones de Bobby. Su amigo sería
enterrado dónde, cuándo y cómo él quería.
Le costó varios días organizar los detalles: tenían que cavar su tumba
—una tarea nada fácil en la tierra volcánica helada del invierno islandés—,
había que conseguir un sacerdote, los documentos tenían que ser aprobados
antes de que el cuerpo saliera de la morgue, y además había que esperar
a que Miyoko llegara de Japón. Cuatro días después de su muerte, a las
20:00, un coche fúnebre trasladó el cuerpo de Bobby en el trayecto de una
hora hasta Selfoss y al cementerio después. El cortejo fúnebre transcurrió
sin ostentación, exactamente como Bobby deseaba, y mientras el coche
fúnebre se dirigía hacia Laugardaelir, el viento prolongado y polar del
invierno esperaba a los restantes mejores jugadores de ajedrez del mundo.
Había nevado toda la mañana, y en ese momento estaba oscuro y llovía.
Sverrisson, su mujer, sus dos hijos y Miyoko habían viajado a Selfoss la
noche anterior para asegurarse de que todo estaba en orden.
El padre Jacob Rolland, sacerdote católico diminuto, originario de
Francia, al que le había correspondido el honor de supervisar el entierro
de Haldor Laxness (el único ganador del premio Nobel —de literatura—
de Islandia y católico converso), dijo unas palabras de bendición, supues­
tamente vinculando el entierro de Bobby con el de Mozart, antes de que
descendieran el féretro a la sepultura. “Al igual que él, fue enterrado con
pocos presentes y tenía una inteligencia como la suya; podía ver lo que
los demás no podían ni empezar a entender”. No hubo música fúnebre, ni
incienso, ni réquiem. Incluso la amplia extensión de estrellas visible nor­
malmente en el cielo libre de contaminación estaba oculta tras las nubes
de lluvia de aquella noche triste. La ceremonia solamente duró doce mi­
nutos, y después los dolientes congelados se marcharon. Una cruz blanca
de madera se erigió de manera apresurada en el m ontículo de la sepultura
= con una placa en la que se leía:

Robert James Fischer


F. 9 mars 1943
D. 17 januar 2008
Hvil i friði
_ "Descanse en paz"

decía en islandés nórdico antiguo.


En pocas semanas, empezaron a llegar autobuses a diario desde
Reikiavik —a veces, dos o tres al día— llenos de turistas embobados, a los
que Bobby había querido evitar a toda costa. La sepultura, que contaba ya
con una lápida de mármol lisa de unos sesenta centímetros de altura, se
había convertido en una de las atracciones turísticas de Islandia.

***
Cuando falleció, el patrimonio de Bobby Fischer estaba valorado en
más de 2 millones de dólares, que era principalmente el sobrante del premio
económico de 3,5 millones que había ganado en su encuentro de 1992 con
Spassky. Aun así, Fischer, el hombre que intentaba tener todo bajo control
dentro y fuera del tablero de ajedrez, nunca redactó un testamento. Quizás
pensaba que podría controlar su enfermedad y no creyera que iba a morir
hasta que estaba demasiado enfermo como para pensar en docum entos
legales. O tal vez, de alguna forma extraña, le divertía darse cuenta de que
su dinero se convertiría en una causa importante de disputa, que iniciaría
Frank Brady • 347

hijo o más. Sin embargo, el tribunal islandés puso en duda el certificado de


matrimonio japonés que Miyoko presentó porque sólo era una fotocopia,
y tuvo dificultades para demostrar que era la esposa legítima de Bobby.
La reclamación de los hermanos Targ era clara: eran sus sobrinos. En
ese momento, los dos eran hombres adultos —uno era doctor y el otro,
abogado— y vivían en California. Eran plenamente conscientes de que
únicamente podrían heredar la fortuna de su tío si se demostraba que los
familiares próximos —como su mujer o su hija— eran herederos legíti­
mos. Por tanto, les incumbía a ellos determinar la legitimidad del resto de
reclamaciones.
Por último, estaba Jinky. La niña, que tenía ocho años cuando falleció
Bobby, recibió su apoyo financiero durante toda su vida. Los amigos islan­
deses de Fischer decían que era atento con la pequeña, jugaba con ella y
le compraba regalos mientras estaba en Islandia. No obstante, de manera
sorprendente, durante los tres años que Bobby vivió en Islandia, Jinky y
Marilyn solamente le visitaron una vez en Reikiavik, donde se quedaron
un mes aproximadamente en un apartamento.
Un año y medio después del fallecimiento de Bobby, Marilyn y Jinky
viajaron de nuevo a Islandia, en esta ocasión para presentar la reclamación
de su herencia. Con la ayuda de Eugene Torre, contrataron a un abogado
islandés —Thordur Bogason— para representar a la niña, y poco después
éste solicitó al tribunal una prueba de ADN con la intención de demostrar
la paternidad de Bobby. La obtención de una muestra del ADN de Jinky
era simple: los doctores solamente necesitaban extraer un pequeño
vial de sangre. Sin embargo, recuperar una muestra de Bobby era más
complicado indudablemente. El hospital nacional de Islandia, donde
Bobby falleció por insuficiencia renal, no había conservado su sangre. Sus
pertenencias estaban en su apartamento de Reikiavik todavía, pero ¿quién
podía demostrar si un cabello tomado de un cepillo provenía de verdad de
Bobby? La única prueba infalible de obtener el ADN de Bobby era tomar
una muestra de su cuerpo. Todos creían que eso zanjaría el asunto. En
Estados Unidos, el FBI, que a menudo tiene que extraer ADN en causas
penales, considera que la prueba de ADN, cuando se realiza con la última
tecnología, es infalible.
La exhumación del cadáver de Bobby fue poco factible durante muchos
meses: su sepultura estaba cubierta de nieve y era complicado excavar en la
tierra helada de Islandia hasta el final de la primavera. Hasta ese momento,
los argumentos a favor y en contra de la exhumación fueron debatidos en
los tribunales de primera instancia, y finalmente resueltos por el fallo del
348 • ENDGAME

tribunal supremo islandés: dictaminó que Jinky tenía derecho a conocer si


Bobby era su padre o no.
Sobre las 3:00 del 5 de julio de 2010, la sepultura de Bobby Fischer fue
abierta por un equipo de expertos del departamento oficial de Cemen­
terios de Reikiavik. La hora poco habitual de la madrugada para llevar
a cabo la exhumación fue elegida para impedir que posibles periodistas
y curiosos vieran el cadáver e hicieran fotos. Después de retirar la tierra
hasta el nivel de la tapa del féretro, excavaron una sección alrededor de
su base para que varias personas pudieran colocarse al lado. Un grupo
solemne de personas, que parecían dolientes, miraba hacia el féretro o al
espacio excavado a su alrededor: el reverendo Kristin A. Fridfinnsson,
pastor de la iglesia; algunos presbíteros; expertos forenses; funcionarios
del gobierno; abogados de todos los reclamantes de la herencia; el doctor
Oskar Reykdalsson, que oficiaba; y Ólafur Kjartansson, alguacil de Selfoss
—la ciudad próxima al cementerio. Todos estaban allí para garantizar que
el proceso se realizaba de manera respetuosa y profesional y que no se
pondría en peligro la exhumación.
A las 4:00, justo antes de que se recogieran las muestras de ADN, se
levantó una tienda grande y blanca alrededor de la tumba para asegurar
una privacidad aún mayor. Era una mañana de verano preciosa y apacible
con un viento tranquilo.
El féretro no se movió ni levantó, pero se abrió la tapa. Algunos
periódicos del mundo publicaron que el cuerpo no había sido desenterrado,
sino que se había insertado una perforadora a través de la tierra, del féretro
y del cuerpo de Bobby. Sheriff Kjartansson corrigió a la publicación al día
siguiente. No se insertó ninguna perforadora, dijo, y las muestras fueron
tomadas directamente del cuerpo de Bobby.
Normalmente, una exhumación de ADN consiste en la recogida de
varias muestras en caso de que alguna no sea apta. Los científicos forenses
recomiendan la muestra de una uña, un diente, un tejido y un pedazo
del fémur. En la exhumación de Bobby, se extrajo un fragmento de hueso
de su dedo meñique izquierdo, además de siete muestras de tejidos —
suficiente para una prueba vinculante. En cuanto terminaron el proceso,
se cubrió el féretro con la tierra impregnada de lava y polvo de ceniza
residual que se había dejado llevar hasta Selfoss desde un volcán reciente­
mente en erupción. La hierba artificial que se había quitado al comenzar
la excavación fue colocada de nuevo en la parte superior de la sepultura.
Las muestras se empaquetaron y enviaron a un laboratorio forense de Ale­
mania para su análisis; el laboratorio de ADN islandés fue descartado para
evitar cualquier posibilidad de compromiso o conflicto.
Frank Brady • 349

La idea de perturbar un cadáver era horrible para todos —algunas re­


ligiones como el judaismo y el islam lo prohíben excepto por circunstan­
cias muy excepcionales— pero Bobby, antes de su muerte uno de los seres
humanos más privados del mundo, no habría dudado en considerar esta
invasión final de su intimidad como la falta de respeto definitiva. Incluso
después de fallecer, no le permitían descansar en paz.
Sin embargo, de cualquier manera, él era el árbitro final. Según el artí­
culo 17, ley 76/2003 del parlamento islandés, “un hombre deberá conside­
rarse el padre de un hijo si el resultado de la investigación del ADN apunta
contundentemente [al hecho de que sea el padre]. De lo contrario, no es el
padre”. Seis semanas después de la exhumación, el tribunal de distrito de
Reikiavik facilitó los resultados de la prueba de ADN: éste no coincidía.
Bobby Fischer no era el padre de Jinky.
Como Jinky ya no era heredera putativa, el resto de contendientes por
la herencia eran Miyoko Watai, los sobrinos Targ y la hacienda estadouni­
dense.
Sin embargo, como si fuera una partida de ajedrez entre rivales de la
misma magnitud, la batalla continuó. Samuel Estimo, maestro de ajedrez
y abogado de Jinky en Filipinas, escribió a Bogason, su homólogo islandés,
y se quejó de que la reclamación de Jinky había sido rechazada demasiado
pronto. Estimo escribió una carta al New York Times y la envió a otros
medios de comunicación también, en la que daba a entender que se había
=estado tramando alguna artimaña.
350 • ENDGAME

Jinky, estaba cerrado, Estimo no se resignó. Solicitó muestras de ADN a


los sobrinos de Bobby para determinar, a través de la herencia familiar, si
las muestras tomadas en la tumba coincidían realmente con el ADN de
Bobby. La conclusión de Estimo —la posibilidad de que otro cuerpo pu­
diera haber sido sustituido por el de Bobby y colocado de algún modo en
la sepultura— puso a prueba la credulidad de muchas personas. Y la idea
de un engaño a través de la exhumación parecía aún más inverosímil. Con
todos los funcionarios del gobierno, doctores, científicos y personas de la
Iglesia presentes —todos ellos buscando la verdad sobre si Bobby era el
padre de Jinky—, parecía imposible que la exhumación se hubiera llevado
a cabo de manera inadecuada. Sin embargo, el tribunal islandés reabrió el
caso para permitir que el abogado de Jinky presentara más pruebas que
respaldaran su reclamación. Bogason, en desacuerdo con Estimo, se retiró
del caso. Estimo reanudó su solicitud de que los hermanos Targ facilitaran
su ADN para compararlo con las muestras tomadas del cuerpo del féretro.
Si no coinciden, Estimo podrá plantear su reclamación porque las mues­
tras tomadas supuestamente del cuerpo de Fischer son fraudulentas.
Aunque la coincidencia sea positiva, Estimo afirma que Jinky Young
sigue teniendo derecho a ser heredera puesto que Bobby la trataba como a
una hija. Uno se pregunta si el enfrentamiento sobre quién es el heredero
verdadero se habría producido si la herencia hubiera sido insignificante.
Pero no es sólo una cuestión económica: la legitimidad de la paternidad
de la niña —biológica o titular— está en juego, y a Filipinas sin duda le
gustaría saber si una de sus ciudadanas, Jinky Young, es la hija de uno de
los mejores jugadores de ajedrez de la historia.
Mientras tanto, ahora solamente se interpone Miyoko entre los dos
hermanos Targ y su reclamación de los millones de su tío. O, al menos,
Miyoko sería el único impedimento si no fuera por el gobierno estadouni­
dense, que irónicamente es posible que salga de este encuentro de ajedrez
con la mejor puntuación. Si la hacie