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Plan de estudios para Jóvenes

Año 2018

Compilación: Dpto de Jóvenes Unión Peruana


AMINIASDIMOR

Se terminó de imprimir en Febrero del 2018 en los


Talleres gráficos de PUBLICACIONES ASDIMOR S.A.C.
Av. Chillón N° 236 Zona G Lote 17 Chacracerro - Comas
HISTORIA DEL
CRISTIANISMO

Por medio de este manual deseamos ampliar el


conocimiento sobre la historia de nuestra iglesia
después de la ascensión de Cristo hasta el surgimiento
de la reforma protestante del siglo XVI. Por razones que
conocemos, se está tratando de borrar la verdadera
historia del cristianismo y se trata de enseñar una
historia completamente diferente.
Cumplimos la voluntad de Dios al enseñar la verdadera
historia, para no repetir los errores del pasado, la
historia afecta nuestra vida, su aplicación en nuestra
vida personal, nos ayuda a ser mejores cristianos.
Esta obra es una compilación basada mayormente en
el libro titulado “El Cristianismo en Marcha” de Juan
Varetto (Edición 1,938). El autor, sin compartir nuestras
creencias, escribió casi la misma línea histórica que
podemos hallar en el libro “El Conflicto de los Siglos”.
Esperamos que su lectura sea de bendición para toda la
juventud Cristiana.
Contenido
Capítulo 1 LA IGLESIA PRIMITIVA......................................................................... 6
Capítulo 2 EXPANSIÓN DEL CRISTIANISMO............................................... 10
Capítulo 3 LAS PERSECUCIONES ..................................................................... 19
Capítulo 4 DÉCIMA PERSECUCIÓN: DIOCLESIANO .............................. 34
Capítulo 5 LAS CATACUMBAS ............................................................................ 40
Capítulo 6 CONSTANTINO EL GRANDE ........................................................ 46
Capítulo 7 DE LAS CATACUMBAS AL TRONO ........................................... 53
Capítulo 8 LA ORGANIZACIÓN DE LA IGLESIA PRIMITIVA................ 58
Capítulo 9 LA OSCURA EDAD MEDIA ............................................................ 67
Capítulo 10 EL CISMA DEL ORIENTE Y OCCIDENTE ............................. 71
Capítulo 11 LOS VALDENSES: LA IGLESIA DEL DESIERTO ............... 75
Capítulo 12 PRECURSORES DE LA REFORMA ......................................... 85
Capítulo 13 LA REFORMA PROTESTANTE .................................................. 96
Capítulo 14 MARTÍN LUTERO............................................................................. 101
Capítulo 15 LA CONTRARREFORMA ............................................................ 132

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CAPÍTULO 1

LA IGLESIA PRIMITIVA
Pasado el asombro que la resurrección de Cristo había producido
en el ánimo de los primeros discípulos, éstos se pusieron de nuevo a
pensar en la marcha que seguiría el reino de Dios en el mundo. Siempre
abrigando la idea de que Cristo iba a librar a Israel del poder de sus
dominadores, le dirigieron esta pregunta: “Señor, ¿restaurarás el reino a
Israel en este tiempo?” Pregunta que, como alguien ha dicho, revela más
bien el patriotismo y particularismo judaico de los discípulos, que un
conocimiento de la universalidad y espiritualidad de la obra del evangelio.
El señor les respondió: “No os toca a vosotros saber los tiempos o las
sazones, que el Padre puso en su sola potestad; pero recibiréis, poder,
cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos
en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría, y hasta lo último de la tierra”.
Hechos 1; 6, 7.

6
San Lucas, que relata este diálogo, dice que Jesús, habiendo dicho
estas cosas, fue alzado, y una nube le recibió y le quitó de los ojos de los
discípulos.
La misión de los cristianos no sería la de especular sobre acontecimientos;
no les tocaba enredarse en cuestiones de fechas, de años, meses y días.
La misión que se les encomendaba era la de ser testigos. Tenían que ser
testigos de lo que Cristo había sido en el mundo; testigos de su vida santa
y de su pureza perfecta; testigos de las señales, prodigios y maravillas que
había obrado; y sobre todo testigos de su gloriosa resurrección de entre
los muertos.
Este testimonio lo darían no sólo en el suelo natal. Franqueando los
límites de Judea y de Samaría, tenían que ir a todos los pueblos del mundo,
y hasta lo último de la tierra, para predicar el evangelio a toda tribu y en
toda lengua.

El Mundo donde se desarrolló


el cristianismo
EL JUDAÍSMO
En materia religiosa, los judíos eran los más adelantados del mundo.
Poseían los divinos oráculos del Antiguo Testamento. El culto mosaico era
la expresión religiosa más perfecta a que habían llegado los hombres. Los
profetas habían anunciado el advenimiento de un Mesías, y la esperanza
de Israel estuvo durante largos siglos fija en el cumplimiento de esta
promesa.
El judaísmo se hallaba dividido en tres ramas:

Los fariseos
Los fariseos eran los ortodoxos de la nación. Para ellos la religión
consistía en el cumplimiento estricto y legal de ritos y ceremonias.
Sumamente orgullosos de la posición que asumían, se ligaban a

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prácticas externas, murmuraban sus oraciones, multiplicaban sus
ayunos, ensanchaban las filacterias, es decir, las cintas con textos
bíblicos escritos que se ceñían en la frente, y hacían gran alarde de una
piedad que estaban muy lejos de poseer interiormente. Tenían mayoría
en el Sanedrín, el congreso de los judíos, y ejercían más influencia
sobre el pueblo que otros partidos.

Los saduceos
Los saduceos, o discípulos de Sadoc, formaban la minoría de oposición.
Rechazaban las tradiciones que imponían los fariseos, así como
los libros de los profetas, admitiendo sólo los cinco libros de la Ley.
Negaban la vida futura, la inmortalidad del alma, y la existencia de
ángeles y espíritus. Eran poco numerosos y de poca influencia.

Los esenios
Los esenios eran una especie de monjes que, unos dos siglos antes de
Cristo, buscaron en las soledades del Mar Muerto un refugio donde
estar al abrigo de la corrupción reinante. De ahí se extendieron
también a otros de Palestina. Vivían en el celibato, sumidos en un
profundo misticismo, llevando una vida contemplativa y en completo
antagonismo con la sociedad. Sin suprimir en absoluto la propiedad
individual, vivían en comunidad. Eran industriosos, caritativos y
hospitalarios.

EL PAGANISMO
Por otra parte estaba el mundo pagano. Grecia y Roma aun en los
mejores días de su gloria no pudieron librarse del culto grosero que se
denomina paganismo. Este culto variaba mucho según las épocas y los
países que lo profesaban, de modo que se requerirían muchos volúmenes
para describirlo. En los días de los apóstoles y en los países donde
ellos iban a actuar, consistía en la adoración de dioses imaginarios que

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representaban por medios de estatuas a las que el vulgo y los sacerdotes
atribuían poderes sobrenaturales.
En Grecia la divinidad principal era Zeus a quien llamaban padre de los
dioses, y fecundador de la tierra. Residía en las nubes y en el Olimpo junto
con una multitud de semidioses y héroes.
En Roma era Júpiter el que ocupaba el primer lugar. Lo miraban como
al dios del cielo y de la tierra y creían que de su voluntad dependían todas
las cosas.
La idea de la moral no estaba para nada en el culto pagano. Los dioses
eran solamente hombres y mujeres de gran tamaño y dotados de mucha
fuerza. Eran grandes en poder y también grandes en crímenes y pasiones.
Júpiter era adúltero e incestuoso. Venus era la personificación de la
voluptuosidad y de la belleza carnal. Baco representaba las ideas del placer,
de la alegría, de las aventuras, y de los triunfos ganados con facilidad.
Tertuliano, escribiendo a los paganos, les dice que el infierno está poblado
de parricidas, ladrones, adúlteros, y seres hechos a semejanza de sus
dioses.
Cada nación y cada provincia tenían sus dioses favoritos. Había dioses
de las montañas y de los llanos; dioses de los mares y la tierra; dioses de
los bosques y de las fuentes; dioses celestiales, terrenales e infernales.
En Roma se adoraban las imágenes de los emperadores. Se levantaban
templos y altares para conmemorar sus grandezas. Calígula, el infame, se
proclamó a sí mismo un dios, y Roma lo adoraba como tal. Finalmente Roma
se adoraba a sí misma, y se hacía adorar por los pueblos que subyugaba.
Era a la vez idólatra e idolatrada.

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CAPÍTULO 2

EXPANSIÓN DEL
CRISTIANISMO
Predicando en Judea
Era menester empezar a dar testimonio en la ciudad que, enfurecida,
había pedido la muerte del Hijo de Dios. “Los enemigos —ha dicho Adolfo
Monod— se jactaban de haber desterrado a Cristo para siempre jamás;
pero he aquí que reaparece en la escena, se pasea por las calles, visita el
templo, cura los enfermos y perdona los pecados.” Era en las personas de
los suyos que el Señor se manifestaba de nuevo en la ciudad donde había
sido desechado.
Cristo ascendió a los cielos desde Betania, la aldea de Lázaro, de Marta
y de María, y de ahí sus discípulos se fueron a Jerusalén para esperar “la
promesa del Padre”, es decir, la venida del Espíritu Santo.
Diez días permanecieron juntos, hombres y mujeres, orando y velando.
El día de Pentecostés, cincuenta días después de la muerte del Señor, vino

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un estruendo del cielo y la casa donde estaban reunidos se llenó como de
un viento recio que corría, y se les aparecieron lenguas como de fuego que
se asentaron sobre la cabeza de cada uno de ellos. Era la manifestación del
Espíritu Santo asumiendo la forma de los elementos más poderosos de la
naturaleza: el viento y el fuego.
El estruendo producido por el ímpetu del viento, atrajo una multitud al
sitio donde estaban congregados. Como eran los días de una de las grandes
fiestas judías, se hallaban reunidos en Jerusalén judíos venidos de todos los
países. Los discípulos habían recibido el don de lenguas, y la multitud esta-
ba perpleja oyéndolos hablar idiomas desconocidos en Galilea y en Judea.
Los más serios se detenían a pensar sobre lo que podía significar ese hecho
tan raro, pero los frívolos se contentaban con decir que estaban llenos de
mosto.
Pedro tomó la palabra, y este mismo hombre que tan pusilánime se ha-
bía mostrado cuando negó a Cristo, lleno de poder y de vida, expuso a la
multitud lo que aquel hecho significaba, recordándoles que el Cristo, al cual
habían entregado y crucificado, había sido levantado por Dios, conforme a
lo que los profetas habían hablado.
La multitud, compungida de corazón al oír sus palabras clamó diciendo:
“Varones hermanos, ¿qué haremos?” Pedro entonces les señala el camino
del arrepentimiento, y tres mil almas en aquel día aceptan y confiesan a
Cristo.
La vida de esta iglesia la tenemos narrada por San Lucas en estas pala-
bras: “Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos
con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones.
“Y sobrevino temor a toda persona; y muchas maravillas y señales eran
hechas por los apóstoles. Todos los que habían creído estaban juntos, y te-
nían en común todas las cosas; y vendían sus propiedades y sus bienes y lo
repartían a todos según la necesidad de cada uno.
“Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en
las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios,

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y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia
los que habían de ser salvos” (Hechos 2:42, 47).
La primera iglesia cristiana era, como vemos, una iglesia que aprendía
la doctrina escuchando la enseñanza de los apóstoles; una iglesia que vivía
en comunión, celebrando sus cultos en los que eran la parte principal el
compartir el pan y las oraciones; una iglesia que practicaba la fraternidad
haciendo que los más pobres participasen de los bienes de los más afor-
tunados. En la actividad exterior esta iglesia no cesaba de dar testimonio
a los inconversos, y el poder de Dios se manifestaba obrando diariamente
conversiones que venían a aumentar el número de los que componían la
hermandad. En esta iglesia se ve en forma admirable: la vida religiosa, en
su trato con Dios; la vida fraternal, en su trato con los hermanos, y la vida
misionera, en su trato con el mundo.
Las pruebas destinadas a intensificar el fervor de los nuevos convertidos
no se dejarían esperar mucho tiempo. A raíz de la curación de un cojo de
nacimiento a las puertas del templo, y de la predicación que siguió a este
milagro, Pedro y Juan son encarcelados, y al día siguiente tienen que com-
parecer ante el Sanedrín. Este era un tribunal judío que funcionaba en Je-
rusalén y el cual los romanos habían respetado. Lo componían setenta y un
miembros, de entre los ancianos, escribas y sacerdotes, bajo la presidencia
del sumo sacerdote. Era el mismo tribunal ante el cual había comparecido
el Señor. Pedro, lleno de Espíritu Santo, habló a este cuerpo, y allí levantó al
Cristo, anunciando que “en ningún otro hay salvación; porque no hay otro
nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”.
El Sanedrín les intimó que guardasen silencio, prohibiéndoles hablar en
el nombre de Jesús, a lo que ellos contestaron que no era justo obedecer a
los hombres antes que a Dios, y que no podían dejar de hablar de aquellas
cosas que habían visto y oído.
Poco tiempo después es Esteban quien comparece ante el Sanedrín.
Su testimonio fue noble, juicioso y brillante, pero la furia de los judíos se
desencadenó sobre él. Arrastrado fuera de la ciudad fue apedreado por la

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turba inconsciente. Después de haber invocado a Jesús e implorado que
no les fuese imputado ese crimen a sus verdugos, “durmió”.
El nombre Esteban significa “corona”. Hay una perfecta analogía entre
el nombre que llevó en la tierra y la corona de la vida prometida por el
Señor a los que son fieles hasta la muerte. Esteban fue el primer mártir
del cristianismo; primicias de aquella multitud que en todos los siglos y en
todos los países iban a morir por el testimonio de Jesucristo.

Predicando a los gentiles


La Muerte de Esteban
El martirio de Esteban fue la primera señal de una violenta persecución
que desoló a la iglesia de Jerusalén. Sus miembros, salvo los apóstoles,
fueron esparcidos por las tierras de Judea y de Samaría.
Saulo de Tarso asolaba a la iglesia, entrando por las casas de los creyen-
tes y encarcelando a hombres y mujeres.
Jacobo, hermano de Juan, murió mártir, cayendo bajo el cuchillo de He-
rodes.
Pero a pesar de todo, Lucas pudo escribir estas líneas alentadoras:
“Pero la palabra del Señor crecía y se multiplicaba”. Hechos 12:24.

La conversión de Saulo
Nada de exageración hay en las palabras del historiador Schaff cuando
dice que San Pablo fue “el hombre que ha ejercido mayor influencia sobre
la historia del mundo”.
Este apóstol nació en la ciudad de Tarso de Cilicia. Sus padres eran
judíos y se ignora desde qué época se hallaban habitando la culta ciudad
helénica.
Si cuando Saulo se convirtió tenía, como es probable, unos treinta años,
y si este hecho ocurrió alrededor de los años 36 ó 37 de la era cristiana,
podemos fijar la fecha de su nacimiento, más o menos por el año 7, cuando

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Jesús contaba unos 10 u 11 años de edad, y vivía en Nazaret con sus padres.
El nombre Saulo significa “deseado”, de lo que algunos han inferido que
su nacimiento fue objeto de anhelos que tardaban en realizarse. El nom-
bre Pablo era probablemente el nombre latino con que era conocido entre
los paganos de la ciudad.
La familia de Saulo militaba en las filas del fariseísmo, y el niño fue des-
tinado a seguir la carrera de rabino. Con este fin se confió su preparación
intelectual y religiosa al judío más ilustre de su tiempo, el célebre Gama-
liel, a quien sus compatriotas llamaban “el esplendor de la ley”.
Tenía en Jerusalén una escuela que contaba con 1.000 discípulos; 500
que estudiaban la ley del Antiguo Testamento, y 500 literatura y filosofía.
El consejo prudente que dio al Sanedrín, cuando comparecieron los após-
toles (Hechos 5:34-40), es un rasgo de la sabiduría que le caracterizaba.
Pablo nos da cuenta de su educación a los pies del gran maestro, para
quien siempre conservó la mayor veneración y estima. (Hechos 22:3.)
Además de sus estudios teológicos, Saulo tuvo que aprender un oficio
manual. El mismo Gamaliel decía que el estudio de la ley, cuando no iba
acompañado del trabajo, conducía al pecado. Los rabinos tenían que ha-
llarse en condición de enseñar gratuitamente cuando fuese necesario, y
por eso siempre adquirían un oficio con el cual poder ganar la vida. Saulo
aprendió a coser tiendas, y sabemos cuan útil le fue este conocimiento
cuando se vio privado de las riquezas terrenales que abandonó por amor
a Cristo.
Varias expresiones de sus epístolas (por ejemplo, Tito 1:12), y su discurso en
el Areópago de Atenas, demuestran que estaba familiarizado con la literatura
griega que se leía y comentaba en sus días.
Su origen judaico, el ambiente helénico que le circundó en su infancia, y la
ciudadanía romana que poseía por nacimiento (Hechos 22:25), le abrían todas
las puertas y podía dirigirse a los sabios del más alto tribunal de Atenas, a los
venerables ancianos del Sanedrín de Jerusalén, y a los soberbios romanos que
componían el gran tribunal de Nerón, sin ser para ellos extranjeros.

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Cuando Saulo estaba en todo el esplendor de su ardiente fariseísmo,
la iglesia de Jerusalén llenaba la ciudad de la doctrina del Salvador. Saulo,
furioso como un león rugiente, se constituyó en instrumento de la perse-
cución. Lucas en los Hechos, y Pablo mismo en sus Epístolas, nos dan un
cuadro vivo de la actividad inquisitorial del joven fariseo.
Cuando Esteban era apedreado, Saulo estaba presente. Lucas dice que
Saulo “asolaba la iglesia, y entrando casa por casa, arrastraba hombres y
mujeres, y los entregaba en la cárcel”. (Hechos 8:3.) Recordando su triste
pasado, dice Pablo a los judíos: “Yo ciertamente había creído mi deber ha-
cer muchas cosas contra el nombre de Jesús de Nazaret: lo cual también
hice en Jerusalén; y yo encerré en cárceles a muchos de los santos, recibi-
da potestad de los príncipes de los sacerdotes; y cuando eran matados yo
di mi voto”. (Hechos 26:9, 10.) De la frase “yo di mi voto” muchos intérpre-
tes han deducido que Saulo era miembro del Sanedrín. Otros creen que
es lenguaje figurado y que sólo alcanza a significar que aprobaba lo que se
hacía. Estos actos fueron repetidos con frecuencia, pues él mismo dice: “Y
muchas veces castigándolos por todas las sinagogas”. El odio al Salvador y
el carácter violento de sus persecuciones se ve en estas palabras: “Los for-
cé a blasfemar; y enfurecido sobremanera contra ellos, los perseguí hasta
en las ciudades extrañas”. Su fama de perseguidor era notoria aun fuera
de Jerusalén. Ananías en Damasco pudo decir: “Señor, he oído de muchos
acerca de este hombre, cuántos males ha hecho a tus santos en Jerusalén;
y aun aquí tiene autoridad de los principales sacerdotes para prender a
todos los que invocan tu nombre.” (Hechos 9:13-14.) En la Epístola a los Ga-
latas dice: “que perseguía sobremanera a la iglesia de Dios, y la destruía”.
(Gal. 1:13.) En Filipenses 3:6, se llama a sí mismo “perseguidor de la iglesia”.
Se dice que Saulo “persiguió con maldad, pero no por maldad. Le ani-
maba la mejor intención del mundo, y creía estar sirviendo a Dios cuando
defendía la teocracia, la ley y el templo.
Yendo Saulo ocupado en su tarea de perseguidor de los santos, Jesús le
salió al encuentro en el camino de Jerusalén a Damasco, y le dijo: “Saulo,

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Saulo; ¿por qué me persigues?” Una luz superior a la del sol lo envolvió y
él cayó herido de ceguera a causa del gran resplandor que había visto. Al
caer Saulo, cayó juntamente todo el edificio de su fariseísmo, y la cegue-
dad que le hirió, “fue necesaria para que pudiese alumbrar al mundo”.
La conversión repentina de Saulo es una de las grandes pruebas del
cristianismo. La crítica racionalista ha ensayado todas las explicaciones
imaginables, pero tanto el genio y sutileza de Renán, como el de todos los
que han pensado como él, han tropezado con dificultades nunca sospe-
chadas, y se han visto vencidos por la realidad incontestable de un milagro
evidente, hasta tener que llegar a la conclusión del alemán Baur quien dijo:
“No se llega por ningún análisis psicológico ni dialéctico a sondear el mis-
terio del acto por el cual Dios reveló su Hijo a Pablo”.
El tímido redil del Señor no podía creer que el león se había converti-
do en cordero, pero la oportuna intervención de Bernabé hizo que Saulo
fuese recibido por los apóstoles y reconocido como uno de los que habían
pasado de muerte a vida.
Saulo estuvo algunos días con los discípulos en Damasco, luego pasó
un período de tres años en Arabia, volvió a Damasco, visitó a Jerusalén y a
Tarso, y después le hallamos en Antioquia, de donde irradiaría la luz suave
y bienhechora del evangelio a todas partes del imperio romano.
San Lucas nos da cuenta de sus viajes atrevidos, largos, y frecuentes. En
completa sumisión al Señor, iba Pablo, de ciudad en ciudad, predicando a
Cristo crucificado. A veces su permanencia en un lugar era cosa de días,
a veces de años enteros. Bernabé, Silas, Marcos, Timoteo, Lucas y otros le
acompañaban en estas expediciones misioneras. Lo hallamos en Tesaló-
nica, en Corinto, en Atenas, en Efeso, en Jerusalén, y finalmente en Roma.
Las sinagogas de sus compatriotas, ya en aquel tiempo numerosas en to-
dos los grandes centros de población, le presentaban la oportunidad de
anunciar, “al judío primeramente”, que no habiéndoles sido posible ser jus-
tificados por las obras de la ley, podían ahora creer en el Mesías que había
sido crucificado, el justo por los injustos, y ser justificados por la fe. Pero

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como apóstol de los gentiles, de la sinagoga pasaba a las calles, a las ca-
sas, a los mercados, a las escuelas, y anunciaba aquella perfecta salvación
que predicaba por mandato divino. Los azotes, las cárceles, los tumultos,
las turbas enfurecidas, no le hacían desmayar, y como desafiando a todos
estos obstáculos, seguía fielmente en su misión, sabiendo que era Dios
quien le había encargado esa tarea, lo que le hacía exclamar: “¡Ay de mí si
no anunciare el evangelio!” El poder de Dios acompañaba su predicación, y
las almas se agrupaban en torno suyo para oír la verdad que defendía con
tanta vehemencia. Muchos judíos se convertían, rompiendo con el yugo
de la ley, y muchos gentiles arrojaban a los topos y a los murciélagos sus
ídolos de plata y de oro para convertirse y servir al Dios vivo y verdadero
y esperar a su Hijo de los cielos. Por todas partes se organizaban iglesias,
a las cuales Pablo cuidaba desde lejos por medio de sus oraciones y de
la enseñanza que les comunicaba en las epístolas que enviaba por mano
de sus fieles colaboradores. Jamás hombre alguno supo estas en tantos
lugares al mismo tiempo y extender su influencia a regiones tan dilatadas.
Los Hechos terminan con la llegada de Pablo a la ciudad de los Césares,
donde, a pesar de estar preso, supo llenarlo todo del evangelio de Cristo,
consolar a los que venían a verle, y proseguir su actividad literaria, produ-
ciendo las páginas más sublimes que hayan sido escritas por la mano del
hombre.

Predicando en Roma
La Epístola de San Pablo a los Romanos es una prueba de que Pedro no fue
el fundador de la iglesia en esa ciudad y de que no residía en Roma cuando la
Epístola fue dirigida. San Pablo, que tenía por norma no edificar sobre fun-
damento ajeno, no hubiera escrito esa Epístola de carácter doctrinal a una
iglesia que fuera el fruto de los trabajos de su colega, y mucho menos hubiera
dejado de mencionarlo en las salutaciones que figuran en el último capítulo.
Sin la intervención de Pedro, ni de Pablo, ni de ninguno de los após-
toles; sin clero, sin jerarquías, sin autoridades eclesiásticas, la iglesia en

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Roma florecía y daba un testimonio poderoso de la fe que profesaba. Por
todas partes se extendía su fama, y una propaganda activa se llevaba a
cabo en aquel foco de idolatría y corrupción.
La llegada de Pablo, aunque prisionero, contribuyó a que muchos fue-
sen ganados al Señor, lo que le permitió que desde el pretorio pudiese
escribir estas palabras a los cristianos de Filipos: “Las cosas que me han
sucedido, han redundado más bien para el progreso del evangelio.” Renán
describe así los adelantos del cristianismo en Roma: “Los progresos eran
extraordinarios; hubiérase dicho que una inundación, largo tiempo dete-
nida, hacía al fin su irrupción. La iglesia de Roma era ya todo un pueblo. La
corte y la ciudad empezaban ya seriamente a hablar de ella; sus progresos
fueron algún tiempo la conversación del día”.
“En cuanto al populacho —agrega el mismo autor— soñaba con hazañas
imposibles para ser atribuidas a los cristianos. Se les hacía responsable
de todas las calamidades públicas. Se les acusaba de predicar la rebelión
contra el Emperador y de tratar de amotinar a los esclavos. El cristianis-
mo llegaba a ser en la opinión lo que fuera el judío en la Edad Media: el
emisario de todas las calamidades, el hombre que no piensa más que en
el mal, el envenenador de fuentes, el comedor de niños, el incendiario. En
cuanto se cometía un crimen, el más leve indicio bastaba para detener a
un cristiano y someterlo a la tortura. En repetidas ocasiones, el nombre
de cristiano bastaba por sí solo para el arresto. Cuando se les veía alejarse
de los sacrificios paganos, se les insultaba. En realidad la era de las perse-
cuciones estaba ya abierta.”
Los romanos hasta entonces no se habían levantado contra los cristianos.
Para ellos el cristianismo era una secta judía, y como el judaísmo era lícito, no
hallaban motivos para molestar al nuevo partido. Pero bien pronto las cosas
cambiarían de tono. Vemos los acontecimientos que precedieron y prepara-
ron la violenta tempestad que iba a desencadenarse sobre la iglesia de Roma.

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CAPÍTULO 3

LAS PERSECUCIONES
“Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen
y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros,
mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón
es grande en los cielos; porque así persiguieron a los
profetas que fueron antes de vosotros.” San Mateo 5.11-12

¿Qué motivos tuvo el Imperio Romano pues, para levantarse contra


los cristianos? Recordemos que las ideas de libertad religiosa eran
completamente limitadas, y que las leyes sólo permitían aquellas religiones
que oficial o tradicionalmente tenían la aprobación de un Estado. En Roma
se practicaban todas las formas de culto imaginables. Los judíos eran
tolerados, igualmente que los otros pueblos de la tierra, en la práctica de
su culto. Pero se trataba de religiones nacionales que se confinaban a un
determinado pueblo. Los romanos mismos estaban obligados a practicar

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el culto nacional, y los casos cuando se apartaban de esta regla eran tan
excepcionales que pasaban inadvertidos a los funcionarios públicos. Se
dice que en Roma para el pueblo todas las religiones eran igualmente
buenas; para los filósofos, todas igualmente falsas; y para el estado, todas
igualmente útiles.
Toda religión que no afectase a la idea romana del Estado podía vivir
dentro de los límites del imperio; pero la libertad religiosa, en el sentido
moderno de la palabra, no era compatible con las instituciones reinantes.
El choque era inevitable, y las persecuciones estallaron.

Causas de las persecuciones


Los cristianos predicaron que “no hay otro nombre bajo el cielo, dado a
los hombres, en que podamos ser salvos”, sino el nombre de Jesús. Todas
las demás religiones eran así declaradas sin valor. La predicación de la
religión cristiana era, de hecho, un ataque a la religión del Estado, y a
todas las demás. Roma podía tolerar la multitud de dioses, porque creían
que de su protección dependía la grandeza nacional, pero no podía tolerar
a un pueblo que se declaraba enemigo de todos los cultos y que decía
que los dioses eran falsos e imaginarios. La verdad no es perseguidora ni
inquisitorial pero es exclusivista. La verdad no puede pactar con el error;
así el cristianismo no podía ponerse de acuerdo con el paganismo y sentía
que debía atacarlo, y sin tregua luchar en su contra. Bastaba anunciar
las doctrinas de Cristo para que esto fuese un ataque al paganismo, y la
sola presencia de los cristianos era una elocuente condenación de aquel
sistema.
La santidad de los cristianos fue una de las causas que también
contribuyó a despertar el odio de los enemigos de la verdad. Así como
muchos se sentían atraídos por la vida pura que llevaban los discípulos de
Cristo, otros sentían que aquella conducta ejemplar era un ataque violento
a la relajación de las costumbres e inmoralidades manifiestas del mundo.

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Jesús había dicho a sus discípulos: “Si fuerais del mundo, el mundo amaría
lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por
eso el mundo os aborrece”. San Pablo dijo: “La mente carnal es enemistad
contra Dios”, y, “todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús
padecerán persecución”.
Roma veía que los cristianos se retiraban del circo y de los demás
espectáculos. Los centros de diversiones no tenían para ellos ningún
atractivo, y aquellas cosas que los del mundo amaban tanto, eran
menospreciadas por la palabra y el ejemplo de los cristianos.
El cristianismo era de carácter agresivo, y esto también contribuyó a
que fuese objeto de odio. El mundo puede tolerar a los cristianos apagados
e inactivos, pero muestra su aspereza para con los que están animados
del espíritu de proselitismo. Julio Paulo, un jurisconsulto romano, dice:
“Todos los que introducen nuevas religiones de tendencias y carácter
desconocidos, por las que se conmueva el ánimo de los hombres, si
pertenecen a la clase elevada, tienen que ser desterrados, y si a las clases
bajas, condenados a muerte”. Los cristianos, para quienes su misión era la
de ser testigos ante el mundo, no cesaban de hacer una activa propaganda,
y todo lo llenaban del evangelio de Cristo, y de ahí que Roma se levantase
furiosa en su contra.
Los cristianos eran también aborrecidos a causa de que se aislaban,
apartándose del resto de los hombres. La vida limpia a la que se sentían
llamados era imposible viviendo mezclados con una sociedad corrompida.
No por misantropía, como se lo figuraba Tácito, sino por limpieza de
costumbres, tenían que formar una sociedad separada. En ninguna
clase de hombres el espíritu social es tan pronunciado como entre los
verdaderos cristianos; pero esta sociabilidad tiene que ser santa, y por eso
no la pueden practicar con los que aman las cosas sucias, tan comunes en
esta vida, y tan amadas por los hijos del siglo. Esto hacía que los cristianos
fuesen mal entendidos, y se les mirase como a enemigos de la sociedad y
del estado.

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Roma se sintió amenazada por el movimiento cristiano. Sus grandiosos
templos quedarían vacíos si las iglesias se multiplicaban. Allí donde Estado
y religión eran dos palabras pero una sola cosa, el avance del cristianismo
significaba, junto con la decadencia del paganismo, la de las instituciones
romanas. Entonces aquel imperio, que todo lo subyugaba, pensó que le
sería fácil detener la marcha del cristianismo por medio de la espada.
Roma, a la que el profeta Daniel en visión contempló bajo la imagen de una
bestia espantosa que todo lo devora y desmenuza, se levanta entonces
para hacer guerra a los santos.

Las 10 persecuciones

Primera persecución: Nerón


La primera persecución de la Iglesia tuvo lugar en el año 67, bajo
Nerón, el sexto emperador de Roma. Este monarca reinó por el espacio
de cinco años de una manera tolerable, pero luego dio rienda suelta al
mayor desenfreno y a las más atroces barbaridades. Entre otros caprichos
diabólicos, ordenó que la ciudad de Roma fuera incendiada, orden que fue
cumplida por sus oficiales, guardas y siervos. Mientras la ciudad imperial
estaba en llamas, subió a la torre de Mecenas, tocando la lira y cantando
el cántico del incendio de Troya, declarando abiertamente que “deseaba la
ruina de todas las cosas antes de su muerte”. Además del gran edificio del
Circo, muchos otros palacios y casas quedaron destruidos; varios miles de
personas perecieron en las llamas, o se ahogaron en el humo, o quedaron
sepultados bajo las ruinas.
Este terrible incendio duró nueve días. Cuando Nerón descubrió que,
su conducta era intensamente censurada, y que era objeto de un profundo
odio, decidió inculpar a los cristianos, a la vez para excusarse para
aprovechar la oportunidad para llenar su mirada con nuevas crueldades.
Esta fue la causa de la primera persecución; y las brutalidades cometidas
contra los cristianos fueron tales que incluso movieron a los mismos

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romanos a compasión. Nerón incluso refinó sus crueldades e inventó todo
tipo de castigos contra los cristianos que pudiera inventar la más infernal
imaginación. En particular, hizo que algunos fueran cosidos en pieles de
animales silvestres, antojándolos a los perros hasta que expiraran; a otros
los vistió de camisas atiesadas con cera, atándolos a postes, y los encendió
en sus jardines, para iluminarlos. Esta persecución fue general por todo
el Imperio Romano; pero más bien aumentó que disminuyó el espíritu del
cristianismo. Fue durante esta persecución que fueron martirizados San
Pablo y San Pedro.

Segunda persecución: Domiciano (81d. C.)


El emperador Domiciano, de natural inclinado a la crueldad, dio muerte
primero a su hermano, y luego suscitó la segunda persecución contra los
cristianos. En su furor dio muerte a algunos senadores romanos, a algunos
por malicia, y a otros para confiscar sus fincas. Luego mandó que todos los
pertenecientes al linaje de David fueran ejecutados.
Entre los numerosos mártires que sufrieron durante esta persecución
estaban Simeón, obispo de Jerusalén, que fue crucificado, y San Juan,
que fue hervido en aceite, y luego desterrado a Patmos. Flavia, hija de
un senador romano, fue asimismo desterrada al Ponto; y se dictó una ley
diciendo:  “Que ningún cristiano, una vez traído ante un tribunal, quede
exento de castigo sin que renuncie a su religión”.
Durante este reinado se redactaron varias historias inventadas, con el
fin de dañar a los cristianos. Tal era el apasionamiento de los paganos
que si cualquier hambre, epidemia o terremotos asolaban cualquiera de
las provincias romanas, se achacaba a los cristianos. Estas persecuciones
contra los cristianos aumentaron el número de informadores, y muchos,
movidos por la codicia, testificaron en falso contra las vidas de los
inocentes.
Otra dificultad fue que cuando cualquier cristiano era llevado ante los
tribunales, se les sometía a un juramento de prueba, y si rehusaban tomarlo,

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se les sentenciaba a muerte, mientras que si se confesaban cristianos, la
sentencia era la misma.
Timoteo, el célebre discípulo de San Pablo, fue obispo de Éfeso, donde
gobernó celosamente la Iglesia hasta el 97 d. C. En este tiempo, cuando los
paganos estaban para celebrar una fiesta llamada Catagogión, Timoteo,
enfrentándose a la procesión, los reprendió severamente por su ridícula
idolatría, lo que exasperó de tal manera al pueblo que cayeron sobre el con
palos, y lo apalizaron de manera tan terrible que expiró dos días después
por efecto de los golpes.

Tercera persecución : Trajano (108 d. C.)


En la tercera persecución, Plinio el Joven, hombre erudito y famoso,
viendo la lamentable matanza de cristianos, y movido por ella a compasión,
escribió a Trajano, comunicándole que había muchos miles de ellos que
eran muertos a diario, que no habían hecho nada contrario a las leyes de
Roma, por lo que no merecían persecución. “Todo lo que ellos contaban
acerca de su crimen o error (como se tenga que llamar) sólo consistía
en esto: que solían reunirse en determinado día antes del amanecer, y
repetir juntos una oración compuesta en honor de Cristo como Dios,
y a comprometerse por obligación no ciertamente a cometer maldad
alguna, sino al contrario, a nunca cometer hurtos, robos o adulterio, a
nunca falsear su palabra, a nunca defraudar a nadie; después de lo cual
era costumbre separarse, y volverse a reunir después para participar en
común de una comida inocente.”
Adriano, el sucesor de Trajano, prosiguió esta tercera persecución
con tanta severidad como su sucesor. Alrededor de este tiempo fueron
martirizados Alejandro, obispo de Roma, y sus dos diáconos; también
Quirino y Hermes, con sus familias; Zeno, un noble romano, y alrededor
de diez mil otros cristianos.
Muchos fueron crucificados en el Monte Ararat, coronados de espinas,
siendo traspasados con lanzas, en imitación de la pasión de Cristo.

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Eustaquio, un valiente comandante romano, con muchos éxitos militares,
recibió la orden de parte del emperador de unirse a un sacrificio idolátrico
para celebrar algunas de sus propias victorias. Pero su fe (pues era
cristiano de corazón) era tanto más grande que su vanidad, que rehusó
noblemente. Enfurecido por esta negativa, el desagradecido emperador
olvidó los servicios de este diestro comandante, y ordenó su martirio y el
de toda su familia.

Cuarta persecución: Marco Aurelio (162. d. C.)


Marco Aurelio sucedió en el trono en el año 161 d. C., era un hombre
de naturaleza más rígida y severa, y aunque elogiable en el estudio de
la filosofía y en su actividad de gobierno, fue duro y fiero contra los
cristianos, y desencadenó la cuarta persecución.
Las crueldades ejecutadas en esta persecución fueron de tal
calibre que muchos de los espectadores se estremecían de horror al
verlas, y quedaban atónitos ante el valor de los sufrientes. Algunos
de los mártires eran obligados a pasar, con sus pies ya heridos, sobre
espinas, clavos, aguzadas conchas, etc., puestos de punta; otros
eran azotados hasta que quedaban a la vista sus tendones y venas,
y, después de haber sufrido los más atroces tormentos que pudieran
inventarse, eran destruidos por las muertes más temibles.
Germánico, un hombre joven, pero verdadero cristiano, siendo
entregado a las fieras a causa de su fe, se condujo con un valor
tan asombroso que varios paganos se convirtieron a aquella fe que
inspiraba tal arrojo.
Policarpo, el venerable obispo de Esmirna, se ocultó al oír que le
estaban buscando, pero fue descubierto por un niño. Tras dar una
comida a los guardas que le habían prendido, les pidió una hora de
oración, lo que le permitieron, y oró con tal fervor que los guardas que
le habían arrestado sintieron haberlo hecho. Sin embargo, lo llevaron
ante el procónsul, y fue condenado y quemado en la plaza del mercado.

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El procónsul le apremió, diciendo: “Jura, y te daré la libertad: Blasfema contra
Cristo.”
Policarpo le respondió: “Durante ochenta y seis años le he servido, y
nunca me ha hecho mal alguno: ¿Cómo voy yo a blasfemar contra mi Rey,
que me ha salvado?” En la estaca fue sólo atado, y no clavado como era
costumbre, porque les aseguró que se iba a quedar inmóvil; al encenderse
la hoguera, las llamas rodearon su cuerpo, como un arco, sin tocarlo;
entonces dieron orden al verdugo que lo traspasara con una espada, con
lo que manó tal cantidad de sangre que apagó el fuego. Sin embargo se
dio orden, por instigación de los enemigos del Evangelio, especialmente
judíos, de que su cuerpo fuera consumido en la hoguera, y la petición
de sus amigos, que querían darle cristiana sepultura, fue rechazada. Sin
embargo, recogieron sus huesos y tanto de sus miembros como pudieron,
y los hicieron enterrar decentemente.

Quinta persecución: Severo (192 d. C.)


Severo, recuperado de una grave enfermedad por los cuidados de un
cristiano, llegó a ser un gran favorecedor de los cristianos en general; pero
al prevalecer los prejuicios y la furia de la multitud ignorante, se pusieron
en acción unas leyes obsoletas contra los cristianos. El avance del
cristianismo alarmaba a los paganos, y reavivaron la enmohecida calumnia
de achacar a los cristianos les desgracias accidentales que sobrevenían.
Esta persecución se desencadenó en el 192 d. C.
Pero aunque rugía la malicia persecutoria, sin embargo el Evangelio
resplandecía fulgurosamente; y firme como inexpugnable roca resistía
con éxito a los ataques de sus enemigos. Tertuliano, que vivió en esta
época, nos informa de que si los cristianos se hubieran ido en masa de
los territorios romanos, el imperio habría quedado despoblado en gran
manera.

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Sexta persecución : Maximino (235 d. C.)
El 235 d. C. comenzó, bajo Maximino, una nueva persecución. El
gobernador de Capadocia, Seremiano, hizo todo lo posible para exterminar
a los cristianos de aquella provincia.
Las personas principales que murieron bajo este reinado fueron
Pontiano, obispo de Roma; Anteros, un griego, su sucesor, que ofendió
al gobierno al recogerlas actas de los mártires. Pamaquio y Quirito,
senadores romanos, junto con sus familias enteras, y muchos otros
cristianos; Simplicio, también senador, Calepodio, un ministro cristiano,
que fue echado al Tiber, Martina, una noble y hermosa doncella; e Hipólito,
un prelado cristiano, que fue atado a un caballo indómito, y arrastrado
hasta morir.
Durante esta persecución, suscitada por Maximino, muchísimos
cristianos fueron ejecutados sin juicio, y enterrados indiscriminadamente
a montones, a veces cincuenta o sesenta echados juntos en una fosa
común, sin la más mínima decencia.
Al morir el tirano Maximino en el 238 d. C., le sucedió Gordiano, y
durante su reinado, así como el de su sucesor, Felipe, la Iglesia estuvo libre
de persecuciones durante más de diez años; pero en el 249 d. C. se desató
una violenta persecución en Alejandría, por instigación de un sacerdote
pagano, sin conocimiento del emperador.

Séptima persecución: Decio (249 d. C.)


Ésta estuvo ocasionada en parte por el aborrecimiento que tenía contra
su predecesor Felipe, que era considerado cristiano, y tuvo lugar en parte
por sus celos ante el asombroso avance del cristianismo; porque los
templos paganos comenzaban a ser abandonados, y las iglesias cristianas
estaban llenas.
Estas razones estimularon a Decio a intentar la extirpación del nombre
mismo de cristiano; y fue cosa desafortunada para el Evangelio que
varios errores se habían deslizado para este tiempo dentro de la Iglesia;

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los cristianos estaban divididos entre sí; los intereses propios dividían
a aquellos a los que el amor social debía haber mantenido unidos; y la
virulencia del orgullo dio lugar a una variedad de facciones.
Los paganos, en general, tenían la ambición de poner en acción los
decretos imperiales en esta ocasión, y consideraban el asesinato de los
cristianos como un mérito para sí mismos.
Fabiano, obispo de Roma, fue la primera persona en posición eminente
que sintió la severidad de esta persecución. El difunto emperador había
puesto su tesoro al cuidado de este buen hombre, debido a su integridad.
Pero Decio, al no hallar tanto como su avaricia le había hecho esperar,
decidió vengarse del buen prelado. Fue entonces arrestado, y decapitado
el 20 de enero del 250 d. C.
Pedro, un joven muy atractivo tanto de físico como por sus cualidades
intelectuales, fue decapitado por rehusar sacrificar a Venus. En el juicio
declaró: “Estoy atónito de que sacrifiquéis a una mujer tan infame, cuyas
abominaciones son registradas por vuestros mismos historiadores, y cuya
vida consistió de unas acciones que vuestras mismas leyes castigarían.
No, al verdadero Dios ofreceré yo el sacrificio aceptable de alabanzas y
oraciones.” Al oír esto Optimo, procónsul de Asia, ordenó al preso que
fuera estirado en la rueda de tormento, rompiéndole todos los huesos, y
luego fue enviado a ser decapitado.
Denisa, una joven de sólo dieciséis años, que contempló este terrible
juicio, exclamó de repente: “Oh infeliz, ¡para qué comprar un momento de
alivio a costa de una eternidad de miseria!”  Optimo, al oír esto, la llamó, y
al reconocerse Denisa como cristiana, fue poco después decapitada, por
orden suya.
En el año 251 d. C., el emperador Decio, después de haber erigido un
templo pagano en Éfeso, ordenó que todos los habitantes de la ciudad
sacrificaran a los ídolos. Esta orden fue noblemente rechazada por siete
de sus propios soldados, esto es, Maximiano, Marciano, Joanes, Malco,
Dionisio, Seraión y Constantino. El emperador, queriendo ganar a estos

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soldados a que renunciaran a su fe mediante sus exhortaciones y lenidad,
les dio un tiempo considerable de respiro hasta volver de una expedición.
Durante la ausencia del emperador, estos huyeron y se ocultaron en una
cueva; al saber esto el emperador a su vuelta, la boca de la cueva fue
cegada, y todos murieron de hambre.
Orígenes, el célebre presbítero y catequista de Alejandría, fue arrestado
cuando tenía sesenta y cuatro años, y fue arrojado en una inmunda
mazmorra, cargado de cadenas, con los pies en el cepo, y sus piernas
extendidas al máximo durante varios días seguidos. Fue amenazado con
fuego, y torturado con todos los medios prolijos que pudieran inventar las
mentes más infernales. Durante este cruel y prolongado tormento murió
el emperador Decio, y Gallo, que le sucedió, se enzarzó en una guerra
contra los godos, con lo que los cristianos tuvieron un respiro. Durante
este intervalo, Orígenes obtuvo la libertad, y, retirándose a Tiro, se quedó
allá hasta su muerte, que le sobrevino a los sesenta y nueve años de edad.

Octava persecución: Valeriano (257 d. C.)


Ésta comenzó bajo Valeriano, en el mes de abril del 257 d. C., y continuó
durante tres años y seis meses. Los mártires que cayeron en esta perse-
cución fueron innumerables, y sus torturas y muertes igual de variadas
y penosas. Los más eminentes entre los mártires fueron los siguientes,
aunque no se respetaron ni rango, ni sexo ni edad.
Esteban, obispo de Roma, fue decapitado aquel mismo año, y por aquel
tiempo Saturnino, el piadoso obispo ortodoxo de Toulouse, que rehusó
sacrificar a los ídolos, fue tratado con todas las más bárbaras indignidades
imaginables, y atado por los pies a la cola de un toro. Al darse una señal,
el enfurecido animal fue conducido escaleras abajo por las escalinatas
del templo, con lo que el fue destrozado el cráneo del digno mártir hasta
salírsele los sesos.
Sixto sucedió a Esteban como obispo de Roma. Se supone que era
griego de nacimiento u origen, y había servido durante un tiempo como

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diácono bajo Esteban. Su gran fidelidad, singular sabiduría y valor no
común lo distinguieron en muchas ocasiones; y la feliz conclusión de una
controversia con algunos herejes es generalmente adscrita a su piedad y
prudencia. En el año 258, Marciano, que dirigía los asuntos del gobierno
en Roma, consiguió una orden del emperador Valeriano para dar muerte
a todo el clero cristiano de Roma, y por ello el obispo, con seis de sus
diáconos, sufrió el martirio en el 258.
En África, la persecución rugió con una violencia peculiar; muchos miles
recibieron la corona del martirio, entre los cuales se pueden mencionar
las personalidades más distinguidas:
Cipriano, obispo de Cartago, un eminente prelado y adorno de la Iglesia.
El resplandor de su genio iba templado por la solidez de su juicio; y con
todas las virtudes del caballero combinaba las virtudes de un cristiano.
Sus doctrinas eran ortodoxas y puras; su lenguaje, fácil y elegante; y sus
maneras gentiles y atrayentes; en resumen, era a la vez un predicador
piadoso y cortés. En su juventud había sido educado en los principios de
los gentiles, y poseyendo una fortuna considerable, había vivido en toda la
extravagancia del esplendor y en toda la dignidad del boato.
Alrededor del año 246, Cecilio, ministro cristiano de Cartago, devino
el feliz instrumento de su conversión, por lo cual, y por el gran afecto
que siempre sintió para con el autor de su conversión, fue llamado Cecilio
Cipriano. Antes de su bautismo estudió cuidadosamente las Escrituras,
e impactado por las bellezas de las verdades que contenían, decidió
practicar las virtudes que en ellas se recomendaban. Después de su
bautismo, vendió sus posesiones, distribuyó su dinero entre los pobres,
se vistió -de manera llana, y comenzó una vida de austeridad. Pronto fue
nombrado presbítero, y, sumamente admirado por sus virtudes y obras,
fue, a la muerte de Donato en el 248 d. C., elegido casi unánimemente
obispo de Cartago.
Los cuidados de Cipriano no se extendían sólo a Cartago, sino a Numidia
y Mauritanía. En todas sus transacciones tuvo siempre gran atención a

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pedir el consejo de su clero, sabiendo que sólo la unanimidad podría ser
de servicio a la iglesia, siendo ésta su máxima:”Que el obispo estaba en la
iglesia, y la iglesia en el obispo, de manera que la unidad sólo puede ser
preservada mediante un estrecho vínculo entre el pastor y su grey.”
En el 250 d. C. Cipriano fue públicamente proscrito por el emperador
Decio, bajo el nombre de Cecilio Cipriano, obispo de los cristianos; y el
clamor universal de los paganos fue: “Cipriano a los leones; Cipriano a
las fieras.” Sin embargo, el obispo se apartó del furor del populacho, y sus
posesiones fueron de inmediato confiscadas. Durante su retiro, escribió
treinta piadosas y elegantes epístolas a su grey; pero varios cismas que
tuvieron entonces lugar en la Iglesia le provocaron gran ansiedad. Al
disminuir el rigor de la persecución, volvió a Cartago, e hizo todo lo que
estaba en su mano para deshacer las opiniones erróneas. Al desatarse
sobre Cartago una terrible peste, fue, como era costumbre, achacada a
los cristianos; y los magistrados comenzaron entonces una persecución,
lo que ocasionó una epístola de ellos a Cipriano, en respuesta a la cual
él vindicó la causa del cristianismo. En el 257 d. C. Cipriano fue hecho
comparecer ante el procónsul Aspasio Patumo, que lo desterró a una
pequeña ciudad en el mar de Libia. Al morir este procónsul, volvió a
Cartago, pero fue pronto arrestado, y llevado ante el nuevo gobernador,
que lo condenó a ser decapitado; esta sentencia fue ejecutada el catorce
de septiembre del 258 d. C.
Es aquí oportuno observar la singular pero mísera suerte del emperador
Valeriano, que durante tanto tiempo y tan duramente persiguió a los
cristianos. Este tirano fue hecho prisionero, mediante una estratagema,
por Sapor, emperador de Persia, que lo llevó a su propio país, tratándolo
allí con la más inusitada indignidad, haciéndole arrodillarse como el más
humilde esclavo, y poniendo sobre él los pies a modo de banqueta cuando
montaba en su caballo. Después de haberlo tenido durante siete años en
este abyecto estado de esclavitud, hizo que le sacaran los ojos, aunque
tenía entonces ochenta y tres años. No saciando con ello sus deseos de

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venganza, pronto ordenó que lo despellejaran vivo y que le frotaran sal
en la carne viva, muriendo bajo tales torturas. Así cayó uno de los más
tiránicos emperadores de Roma, y uno de los más grandes perseguidores
de los cristianos.
En el 260 d. C. sucedió Gallieno, hijo de Valeriano, y durante su reinado
(aparte de unos pocos mártires) la Iglesia gozó de paz durante algunos
años.

Novena persecución: Aureliano (274 d. C.)


Los principales que padecieron en esta fueron: Félix, obispo de Roma.
Este prelado accedió a la sede de Roma en el 274. Fue el primer mártir de
la petulancia de Aureliano, siendo decapitado en el veintidós de diciembre
aquel mismo año.
Agapito, un joven caballero, que había vendido sus posesiones y dado
el dinero a los pobres, fue arrestado como cristiano, torturado, y luego
decapitado en Praeneste, una ciudad a un día de viaje de Roma.
Estos son los únicos mártires que fueron registrados durante este
reinado, que pronto vio su fin, al ser el emperador asesinado en Bizancio
por sus propios criados.
Aureliano fue sucedido por Tácito, que fue seguido por Probo, y éste
por Caro; al ser muerto este emperador por un rayo, sus hijos Camio
y Numeriano le sucedieron, y durante todos estos reinados la iglesia
tuvo paz.
Diocleciano accedió al trono imperial en el 284 d. C. Al principio mostró
gran favor a los cristianos. En el año 286 asoció consigo en el imperio
a Maximiano. Algunos cristianos fueron muertos antes que se desatara
ninguna persecución general. Entre estos se encontraban Feliciano y
Primo, que eran hermanos.
Zoe, la mujer del carcelero, que había tenido el cuidado de los mártires
acabados de mencionar, fue también convertida por ellos, y fue colgada de
un árbol, con un fuego de paja encendido debajo de ella. Cuando su cuerpo

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fue bajado, fue echado a un río, con una gran piedra atada al mismo, a fin
de que se hundiera.
En el año 286 de Cristo tuvo lugar un hecho de lo más notable. Una
legión de soldados, que consistía de seis mil seiscientos sesenta y seis
hombres, estaba totalmente constituida por cristianos. Esta legión era
llamada la Legión Tebana, porque los hombres habían sido reclutados
en Tebas; estuvieron acuartelados en oriente hasta que el emperador
Maximiano ordenó que se dirigieran a las Galias, para que le ayudaran
contra los rebeldes de Borgofia. Pasaron los Alpes, entrando en las Galias,
a las órdenes de Mauricio, Cándido y Exupernio, sus dignos comandantes,
y al final se reunieron con el emperador. Maximiano, para este tiempo,
ordenó un sacrificio general, al que debía asistir todo el ejército; también
ordenó que se debiera tomar juramento de lealtad y al mismo tiempo
que se debía jurar ayudar a la extirpación del cristianismo en las Galias.
Alarmados ante estas órdenes, cada uno de los componentes de la Legión
Tebana rehusó de manera absoluta sacrificar o tomar los juramentos
prescritos. Esto enfureció de tal manera a Maximiano que ordenó que
toda la legión fuera diezmada, esto es, que se seleccionara a uno * de
cada diez hombres, y matarlo a espada. Habiéndose ejecutado esta
sanguinaria orden, el resto permanecieron inflexible, teniendo lugar una
segunda decimación, y uno de cada diez hombres de los que quedaban
vivos fue muerto a espada. Este segundo castigo no tuvo más efectos
que el primero; los soldados se mantuvieron firmes en su decisión y en
sus principios, pero por consejo de sus oficiales hicieron una protesta
de fidelidad a su emperador. Se podría pensar que esto iba a ablandar al
emperador, pero tuvo el efecto contrario, porque, encolerizado ante la
perseverancia y unanimidad que demostraban, ordenó que toda la legión
fuera muerta, lo que fue efectivamente ejecutado por las otras tropas, que
los despedazaron con sus espadas, el 22 de septiembre del 286.

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CAPÍTULO 4

DÉCIMA PERSECUCIÓN,
DIOCLESIANO
Bajo los emperadores romanos, y comúnmente llamada la Era de
los Mártires, fue ocasionada en parte por el número en aumento de los
cristianos y por sus crecientes riquezas, y por el odio de Galerio, el hijo
adoptivo de Diocleciano, que, estimulado por su madre, una fanática
pagana, nunca dejó de empujar al emperador para que iniciara esta
persecución hasta que logró su propósito.
El día fatal fijado para el comenzamiento de la sangrienta obra era el
veintitrés de febrero del 303 d. C., el día en que se celebraba la Terminalia,
y en el que, como se jactaban los crueles paganos, esperaban terminar con
el cristianismo. En el día señalado comenzó la persecución en Nicomedia,
en la mañana del cual el prefecto de la ciudad acudió, con un gran número
de oficiales y alguaciles, a la iglesia de los cristianos, donde, forzando las
puertas, tomaron todos los libros sagrados y los lanzaron a las llamas.

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Toda esta acción tuvo lugar en presencia de Diocleciano y Galerio, los
cuales, no satisfechos con quemar los libros, hicieron derruir la iglesia
sin dejar ni rastro. Esto fue seguido por un severo edicto, ordenando
la destrucción de todas las otras iglesias y libros de los cristianos;
pronto siguió una orden, para proscribir a los cristianos de todas las
denominaciones.
La publicación de este edicto ocasionó un martirio inmediato, porque
un atrevido cristiano no sólo lo arrancó del lugar en el que estaba
puesto, sino que execró el nombre del emperador por esta injusticia. Una
provocación así fue suficiente para atraer sobre sí la venganza pagana; fue
entonces arrestado, severamente torturado, y finalmente quemado vivo.
Todos los cristianos fueron prendidos y encarcelados; Galerio ordenó
en privado que el palacio imperial fuera incendiado, para que los cristianos
fueran acusados de incendiarios, dándose una plausible razón para llevar
a cabo la persecución con la mayor de las severidades. Comenzó un
sacrificio general, lo que ocasionó varios martirios. No se hacía distinción
de edad ni de sexo; el nombre de cristiano era tan odioso para los paganos
que todos inmediatamente cayeron víctimas de sus opiniones. Muchas
casas fueron incendiadas, y familias cristianas enteras perecieron en
las llamas; a otros les ataron piedras en el cuello, y atados juntos fueron
llevados al mar. La persecución se hizo general en todas las provincias
romanas, pero principalmente en el este. Por cuanto duró diez años,
es imposible determinar el número de mártires, ni enumerar las varias
formas de martirio.
Potros, azotes, espadas, dagas, cruces, veneno y hambre se emplearon
en los diversos lugares para dar muerte a los cristianos; y se agotó la
imaginación en el esfuerzo de inventar torturas contra gentes que no
habían cometido crimen alguno, sino que pensaban de manera distinta de
los seguidores de la superstición.
Una ciudad de Frigia, totalmente poblada por cristianos, fue quemada,
y todos los moradores perecieron en las llamas.

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Cansados de la degollina, finalmente, varios gobernadores de provincias
presentaron ante la corte imperial lo inapropiado de tal conducta. Por ello
a muchos se les eximió de ser ejecutados, pero, aunque no eran muertos,
se hacía todo por hacerles la vida miserable; a muchos se les cortaban
las orejas, las narices, se les sacaba el ojo derecho, se inutilizaban sus
miembros mediante terribles dislocaciones, y se les quemaba la carne en
lugares visibles con hierros candentes.
Es necesario ahora señalar de manera particular a las personas más
destacadas que dieron su vida en martirio en esta sangrienta persecución.
Para este tiempo, los cristianos, después de una seria consideración,
pensaron que era ilegítimo portar armas a las órdenes de un emperador
pagano. Maximiliano, el hijo de Fabio Víctor, fue el primer decapitado bajo
esta norma.
Víctor era un cristiano de buena familia en Marsella, en Francia;
pasaba gran parte de la noche visitando a los afligidos y confirmando a
los débiles; esta piadosa obra no la podía llevar a cabo durante el día de
manera consonante con su propia seguridad; gastó su fortuna en aliviar
las angustias de los cristianos pobres. Finalmente, empero, fue arrestado
por edicto del emperador Maximiano, que le ordenó ser atado y arrastrado
por las calles. Durante el cumplimiento de esta orden fue tratado con todo
tipo de crueldades e indignidades por el enfurecido populacho. Siguiendo
inflexible, su valor fue considerado como obstinación. Se ordenó que fuera
puesto al potro, y él volvió sus ojos al cielo, orando a Dios que le diera
paciencia, tras lo cual sufrió las torturas con la más admirable entereza.
Cansados los verdugos de atormentarle, fue llevado a una mazmorra. En
este encierro convirtió a sus carceleros, llamados Alejandro, Feliciano y
Longino. Enterándose el emperador de esto, ordenó que fueran ejecutados
de inmediato, y los carceleros fueron por ello decapitados. Víctor fue de
nuevo puesto al potro, golpeado con varas sin misericordia, y de nuevo
echado en la cárcel. Al ser interrogado por tercera vez acerca de su
religión, perseveró en sus principios; trajeron entonces un pequeño altar,

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y le ordenaron que de inmediato ofreciera incienso sobre él. Enardecido de
indignación ante tal petición, se adelantó valientemente, y con una patada
derribó el altar y el ídolo. Esto enfureció de tal manera a Maximiano, que
estaba presente, que ordenó que el pie que había golpeado el altar fuera de
inmediato amputado; luego Víctor fue echado a un molino, y destrozado
por las muelas, en el 303 d. C.
Estando en Tarso Máximo, gobernador de Cilicia, hicieron comparecer
ante él a tres cristianos; sus nombres eran Taraco, un anciano, Probo y
Andrónico. Después de repetidas torturas y exhortaciones para que se
retractaran, fueron finalmente llevados a su ejecución.
Llevados al anfiteatro, les soltaron varias fieras; pero ninguno de los
animales, aunque hambriento, los queda tocar. Entonces el guardador
sacó un gran oso, que aquel mismo día había destruido a tres hombres;
pero tanto este voraz animal como una feroz leona rehusaron tocar a los
presos. Al ver imposible su designio de destruirlos por medio de las fieras,
Máximo ordenó su muerte por la espada, el 11 de octubre del 303 d. C.
Romano, natural de Palestina, era diácono de la iglesia de Cesarea en la
época del comienzo de la persecución de Diocleciano. Condenado por su
fe en Antioquía, fue flagelado, puesto en el potro, su cuerpo fue desgarrado
con garfios, su carne cortada con cuchillos, su rostro marcado, le hicieron
saltar los dientes a golpes, y le arrancaron el cabello desde las raíces. Poco
después ordenaron que fuera estrangulado. Era el 17 de noviembre del
303 d. C.
Susana, sobrina de Cayo, obispo de Roma, fue apremiada por el
emperador Diocleciano para que se casara con un noble pagano, que
era un pariente próximo del emperador. Rehusando el honor que se le
proponía, fue decapitada por orden del emperador.
Doroteo, el gran chambelán de la casa de Diocleciano, era cristiano,
y se esforzó mucho en ganar convertidos. En sus labores religiosas fue
ayudado por Gorgonio, otro cristiano, que pertenecía al palacio. Fueron
primero torturados y luego estrangulados.

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Pedro, un eunuco que pertenecía al emperador, era un cristiano de una
singular modestia y humildad. Fue puesto sobre una parrilla y asado a fuego
lento hasta que expiró.
Cipriano, conocido como el mago, para distinguirlo de Cipriano obispo de
Cartago, era natural de Antioquia- Recibió una educación académica en su
juventud, y se aplicó de manera particular a la astrología; después de ello,
viajó para ampliar conocimientos, yendo por Grecia, Egipto, la India, etc.
Con el paso del tiempo conoció a Justina, una joven dama de Antioquia, cuyo
nacimiento, belleza y cualidades suscitaban la admiración de todos los que la
conocían. Un caballero pagano pidió a Cipriano que le ayudara a conseguir el
amor de la bella Justina; emprendiendo él esta tarea, pronto fue sin embargo
convertido, quemó sus libros de astrología y magia, recibió el bautismo, y
se sintió animado por el poderoso espíritu de gracia. La conversión de
Cipriano ejerció un gran efecto sobre el caballero pagano que le pagaba sus
gestiones con Justina, y pronto él mismo abrazó el cristianismo. Durante las
persecuciones de Diocleciano, Cipriano y Justina fueron apresados como
cristianos; el primero fue desgarrado con tenazas, y la segunda azotada;
después de sufrir otros tormentos, fueron ambos decapitados.
La persecución de Diocleciano comenzó a endurecerse de manera
particular en el 304 d. C., cuando muchos cristianos fueron torturados de
manera cruel y muertos con las muertes más penosas e ignominiosas. De
ellos enumeraremos a los más eminentes y destacados.
Cansado de la farsa del estado y de los negocios públicos, el emperador
Diocleciano abdicó la diadema imperial, y fue sucedido por Constancio y
Galerio; el primero era un príncipe de una disposición sumamente gentil y
humana, y el segundo igualmente destacable por su crueldad y tiranía. Estos
se dividieron el imperio en dos gobiernos iguales, minando Galerio en oliente
y Constancio en occidente; y los pueblos bajo ambos gobiernos sintieron los
efectos de las disposiciones de los dos emperadores, porque los de occidente
eran gobernados de la manera más gentil, mientras que los que residían en
oriente sentían todas las miserias de la opresión y de torturas dilatadas.

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Entre los muchos martirizados por orden de Galerio, enumeraremos
los más eminentes.
Quirinio, obispo de Siscia, llevado ante el gobernador Matenio,
recibió la orden de sacrificar a las deidades paganas, en conformidad
a las órdenes de varios emperadores romanos. El gobernador, al ver su
decisión contraria, lo envió a la cárcel, cargado de cadenas, diciéndose
que las durezas de una mazmorra, algunos tormentos ocasionales y el
peso de las cadenas podrían quebrantar su resolución. Pero decidido en
sus principios, fue enviado a Amancio, el principal gobernador de Panonia,
hoy día Hungría, que lo cargó de cadenas, y lo arrastró por las principales
ciudades del Danubio, exponiéndolo a la mofa popular doquiera que iba.
Llegando finalmente a Sabaria, y viendo que Quirino no iba a renunciar a
su fe, ordenó arrojarlo al río, con una piedra atada al cuello. Al ejecutarse
esta sentencia, Quirino flotó durante cierto tiempo, exhortando al pueblo
en los términos más piadosos, y concluyendo sus amonestaciones con
esta oración: “No es nada nuevo para ti, oh todopoderoso Jesús, detener
los cursos de los ríos, ni hacer que alguien camine sobre el agua, como
hiciste con tu siervo Pedro; el pueblo ya ha visto la prueba de tu poder
en mí, concédeme ahora que dé mi vida por tu causa, oh mi Dios”. Al
pronunciar estas últimas palabras se hundió de inmediato, y murió, el 4
de junio del 308 d. C. Su cuerpo fue después rescatado y sepultado por
algunos piadosos cristianos.
Marcelo, obispo de Roma, al ser desterrado por su fe, cayó mártir de las
desgracias que sufrió en el exilio, el 16 de enero del 310 d. C.
Pedro, el decimosexto obispo de Alejandría, fue martirizado el 25 de
noviembre del 311 d. C. por orden de Máximo César, que minaba en el este.
Inés, una doncella de sólo trece años, fue decapitada por ser cristiana;
también lo fue Serena, la esposa emperatriz de Diocleciano. Valentín,
su sacerdote, sufrió la misma suerte en Roma; y Erasmo, obispo, fue
martirizado en Campania.

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CAPÍTULO 5

LAS CATACUMBAS
No vamos a ocupamos del origen de las catacumbas, ni de los múltiples
problemas arqueológicos, religiosos e históricos, que surgen ante este
grandioso monumento de la antigüedad cristiana. Damos por admitido, lo
que ya no se pone en duda, que las catacumbas son esencialmente cemen-
terios cristianos, especialmente del tiempo de las grandes persecuciones,
desde Nerón a Diocleciano, o sea en los tres primeros siglos de nuestra
era.
Las catacumbas son una inmensa red de cavidades subterráneas, que
en Roma comprende leguas de extensión. Hay catacumbas en Nápoles, en
París y en muchas otras ciudades; pero las que más llaman la atención son
las de Roma, donde las constantes excavaciones, demuestran que tienen
una extensión tal, que las personas allí sepultadas pueden ascender a mi-
llones.

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El cardenal Wiseman las describe así: “Una catacumba puede ser di-
vidida en tres partes: sus pasadizos o calles, sus habitaciones o plazas, y
sus iglesias. Los pasadizos son galerías largas y angostas, cortadas con tal
regularidad, que el pavimento y el techo forman ángulos rectos con los
lados, siendo por algunos sitios tan estrechos que con dificultad pueden
marchar dos personas de frente. Algunas veces se prolongan hasta una
gran distancia, aunque se hallan cruzadas por otras, y éstas por otras, en
términos de formar un laberinto completo y una verdadera red de pasadi-
zos subterráneos. El perderse en ellos es tan fatal como fácil.
“Pero estos pasadizos no están construidos como el nombre para indi-
carlo, para conducir a alguna otra parte. Son el cementerio, la catacumba
misma. Sus paredes, así como las de los lados de la escalera, están cubier-
tas de sepulturas, esto es, de líneas de excavaciones grandes y pequeñas,
de longitud suficiente para contener el cuerpo humano, desde el niño
hasta el adulto, tendido a lo largo de la galería. A veces se encuentran una
sobre otras hasta catorce líneas de sepulcros, a veces sólo tres o cuatro.
Encuéntranse estas excavaciones tan amoldadas a la medida del cuerpo
que encierran dentro de sí, que es casi seguro yaciera éste al lado mien-
tras la abrían.
“Depositado el cadáver en los nichos envuelto en género de lino y subs-
tancias balsámicas, se cerraba el frente herméticamente, ya con una pie-
dra de mármol, ya con tejas puestas de canto, embutidas en aberturas
hechas en la roca y cubiertas de ‘cementum’, lo que era más frecuente.”
Muchas veces hay varios de estos caminos subterráneos, unos sobre
otros, y unidos por escaleras. De trecho en trecho hay una abertura que
llega hasta el suelo para dejar entrar un poco de aire y luz.
En algunas partes los corredores se hacen anchos y dan capacidad para
muchas personas. Eran sitios arreglados para celebrar los cultos en tiem-
po de persecución.
“Yo recorría a menudo —dice Jerónimo— esas criptas excavadas en las
profundidades de la tierra, cuyas paredes de ambos lados contienen ca-

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dáveres sepultados, y donde reina una oscuridad tal que uno está tentado
a decir, aplicándose las palabras del profeta: ‘He descendido al infierno’.
Rara vez un poco de claridad viene a iluminar el horror de estas tinieblas,
penetrando por aberturas a las que apenas se les puede dar el nombre de
ventanas.”
“No hay nada— dice Pressensé— que pueda dar la impresión que uno
siente al recorrer esos largos y obscuros corredores cuyas paredes en-
cierran tantos despojos sagrados y están cubiertas de innumerables ins-
cripciones y de frescos simbólicos. Parece que todo ese polvo se anima,
que la llama inmortal que lo penetró brilla en todo su puro esplendor, que
la visión del profeta de Israel se renueva, que los huesos se mueven, y
que la iglesia heroica de los primeros siglos reaparece bajo nuestros ojos,
triunfando de sus pretendidos triunfadores, de los cuales ella supo prever
la derrota en sus símbolos expresivos. El que ha vivido familiarizado con
este gran pasado, lo ve resucitar verdaderamente para él, bajo esas bóve-
das obscuras; recibe una intuición rápida, que no olvida jamás, y que deja
al pensamiento franquear los siglos, y le permite vivir un instante en una
época lejana.”
Aunque todos los que están sepultados en las catacumbas hayan
pertenecido a la masa de los cristianos, no hay que formarse la idea
peregrina de que todos fueron mártires o santos esclarecidos. La simonía
ha hecho de este sitio sagrado un deposito de supersticiones e idolatría.
Los que trafican con las almas de los hombres, envían a todo el mundo
huesos de este inagotable depósito, que despachan como perteneciendo
a tal o cual santo o santa.
Es necesario revestirse de un fuerte espíritu de discernimiento para
saber qué cosas en las catacumbas realmente arrojan luz sobre la fe, la
práctica y la vida de los primitivos cristianos.
Ahora examinaremos algunos de los epitafios y símbolos que son de
más valor.
La inscripción en la mayoría de las lápidas es corta y simple; el nombre del

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que yace y algunas palabras de consuelo, in pace, es la frase constantemente
repetida, in deo vivís, lo que demuestra cuál era la confianza que animaba
a los santos cuando colocaban en la tumba a los que habían dormido en el
Señor. Otros epitafios son más largos, especialmente cuando el que está
sepultado es un mártir, y se leen entonces dedicatorias como ésta:

PRIMITIVS, EN PAZ; MÁRTIR VALEROSO DESPUÉS DE


MVCHOS TORMENTOS. VIVIÓ CERCA DE TREINTA Y OCHO
AÑOS. SV ESPOSA LEVANTA ESTO A SV AMADO ESPOSO

Simple monumento destinado no sólo a perpetuar el heroísmo de la fe,


sino el dulce carácter de la familia cristiana, y el amor santificado de los
que se unían en matrimonio.
Otros epitafios dicen así:

CLEMENCIA, TORTVRADA, MVERTA, DVERME. RESVCITARA


LANNVS, MARTIR DE CRISTO, DESCANSA AQVI. SUFRIO BAJO
DIOCLECIANO

Un padre expresa su confianza, escribiendo estas palabras en la tumba de


su hijo que ha partido de este mundo:

LORENZO, A SV DULCÍSIMO HIJO SEVERO, LLEVADO POE


LOS ANGELES EL DÍA SIETE DE ENERO

Otro epitafio instructivo y que es la prueba de que el celibato no existía


entre los que se dedicaban al ministerio cristiano es el que dice así:

AQVI YACE SVSANA, HIJA FELIZ DEL PRESBITEEO GABINO,


VNIDA A SV PADRE EN PAZ

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El pensamiento religioso de los cristianos de aquellos tiempos está bien
expresado en los epitafios y símbolos de las catacumbas. Imitando a un
autor, podemos decir que la iglesia aparece allí como Raquel que llora sus
hijos y no quiso ser consolada. En lugar de la voz de un eclesiástico que
habla ex cátedra, podemos oír la de los fieles haciendo resonar los himnos
de triunfo en medio de las amarguras de la persecución.
El arte de las catacumbas es sencillo pero altamente significativo. Se
ven esculpidas muchas figuras sobre las lápidas, en las cuales sería ab-
surdo buscar el culto de las imágenes, desconocido a los cristianos de
entonces. El arca de Noé, flotando sobre las aguas agitadas del Diluvio,
representa a la iglesia, segura pero expuesta a los continuos vendavales
de la persecución. La paloma, trayendo la rama de oliva, era el símbolo de
la paz.
El ancla les hablaba de la seguridad que tienen los que están en Cristo.
Adán y Eva, comiendo del fruto prohibido, les recordaba la caída. Moisés
hiriendo la roca de la que fluyeron aguas, representaba a Cristo, la gran
roca de la eternidad. Los magos, siguiendo la estrella, la samaritana junto
al pozo de Jacob, la resurrección de Lázaro, y una infinidad de símbolos
más, expresaban la fe y la esperanza de aquellos cristianos. El buen pastor,
llevando sobre sus hombros la oveja que se había perdido, en un grabado
favorito.
El pez es también un emblema que aparece con mucha frecuencia.
¿Qué representaba? ¿Qué querían decir los cristianos al esculpir un pez
en las lápidas de sus queridos? Era un acróstico que significaba: Jesús,
Cristo, Hijo de Dios, Salvador. Veamos por qué: la palabra pez se es-
cribe en griego con las siguientes letras: ixtvs. Con la primera de estas
letras, en ese idioma, se escribe la palabra Jesús; con la segunda, Cris-
to; con la tercera, Dios; con la cuarta, Hijo; con la quinta, Salvador.

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El acróstico se formaba así:

IESUS: Jesús
XRISTOS: Cristo
TEOU: de Dios
UIOS: Hijo
SOTER: Salvador

Los símbolos y epitafios de las catacumbas demuestran cuál era la fe


que profesaban las iglesias los primeros siglos, y también demuestra en
qué época empezaron las primeras desviaciones. Las lápidas más antiguas
expresan una fe pura, tal cual como se halla en el Nuevo Testamento. Aun-
que nos hallamos en un cementerio no hay indicios de purgatorio, ni ora-
ciones por los difuntos en las lápidas que pertenecen al primer período,
sino una completa certidumbre en la obra consumada por Cristo, y en el
descanso de los bienaventurados. Pero al llegar al tiempo de la unión con
el estado, aparecen los primeros indicios de las prácticas generalizadas
por el romanismo.
Terminemos estas líneas con el siguiente párrafo de Pressensé:
“Respecto a la doctrina cristiana propiamente dicha, las catacumbas la
presentan en toda su extensión; nos llevan a ese Credo llamado apostó-
lico, que no era otra cosa sino el desarrollo de la confesión pedida a todo
catecúmeno el día de su bautismo. Nos hallamos todavía en el período de
libertad que precede a los grandes concilios y a sus decretos teológicos.
La fe que revive en las pinturas de las catacumbas sobrepasa a la teología
propiamente dicha, con sus distinciones sutiles y espíritu sistemático.”

45
CAPÍTULO 6

CONSTANTINO EL
GRANDE
Nada más difícil que ser justo con este personaje. Sus actos no permiten
colocarlo entre el número de los verdaderos discípulos de Cristo, y al mis-
mo tiempo es imposible desconocer su sinceridad y profundas simpatías
al cristianismo. Su actuación en relación con los cristianos fue, sin duda,
equivocada, pero él no fue el único culpable de sus errores. Los mismos
obispos que le rodeaban deben cargar con mucha de la responsabilidad.
Acerca de su primera educación religiosa no se poseen datos suficien-
tes. Su padre demostró alguna inclinación al cristianismo. Su madre Ele-
na, si no cristiana declarada, era también adicta al credo de los que tanto
sufrían por su fe. Como los cristianos eran numerosos, no es extraño que
Constantino haya tenido trato con algunos de ellos en su juventud, y que
esto lo haya predispuesto en su favor. Fue testigo de la persecución bajo

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Diocleciano. Se encontraba en Nicomedia cuando ésta principió, y las es-
cenas de fanatismo y barbarie que presenció, formaban un notable con-
traste con las ideas de tolerancia que profesaba su padre. Pudo ver que en
el cristianismo había algo que no podía ser destruido ni con fuego ni con
la espada más aguda.
Cuando fue proclamado Augusto por las legiones que su padre había
conducido a Britania, es decir el año 306, se mostró aún ligado al paganis-
mo y en el año 308 ofreció sacrificios en el templo de Apolo por la bue-
na marcha de su reinado. Creía que era deudor a los dioses por la buena
suerte de su carrera. Sólo después de sus victorias contra Magencio es
que hace sus primeras declaraciones públicas en favor del cristianismo,
esto es, en el año 312, cuando llegó a ser único emperador de Occidente.
Las circunstancias que produjeron este cambio en la conducta de
Constantino tienen como única explicación lo que se llama la historia de
la visión de la cruz. Daremos el relato como ha sido transmitido a la pos-
teridad por Eusebio, quien dice que se lo relató al mismo Constantino,
asegurándole con juramento que todo lo que le decía era la pura verdad.
He aquí el relato. Cuando Magencio estaba haciendo sus preparativos para
entrar en campaña y se encomendaba a los dioses de su predilección, ob-
servando escrupulosamente las ceremonias paganas, Constantino se puso
a pensar en la necesidad que tenía de no confiar únicamente en la fuerza
de sus armas y valor de sus soldados, Los fracasos de los últimos empe-
radores disminuían su confianza en el poder protector de los dioses, y
vacilaba acerca de la actitud que debía asumir. El ejemplo de su padre,
quien creía en un solo Dios omnipotente, le recordó que no debía confiar
en ningún otro. Se dirigió por lo tanto a este Dios, pidiéndole que se le re-
velase y que le diese la victoria en la próxima batalla que estaba por librar.
Mientras estaba orando vio, suspendida en los cielos, una cruz refulgente
y debajo de ella esta inscripción: Tonto Nika. Se dice que la visión fue vista
por todo el ejército que se dirigía a Italia, y que todos se llenaron de asom-
bro. Probablemente la inscripción fue vista en el idioma del emperador,

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el latín: In Hoc Signo Vinces lo que significa: Con este signo vencerás.
Mientras Constantino estaba pensando en la visión, Cristo le apareció en
sueños con el mismo símbolo que había visto en el cielo, y le dijo que for-
mase una bandera según ese modelo para usarla como protección contra
los enemigos.
Esto dio origen al lábaro, estandarte que está suspendido en una cruz y
que lleva la X como monograma de Cristo. Después de esta visión, Cons-
tantino hizo llamar a varios maestros cristianos, a quienes preguntó acerca
de sus creencias y de la significación del símbolo que le había aparecido,
La visión puede ser muy bien el fruto de la mente exaltada de Constan-
tino y la exageración que siempre sigue a los hechos de esta naturaleza,
pudo añadir que todo el ejército la vio. El sueño en el cual él vio a Cristo,
también pudo haber sido cierto, pero no hay que deducir que se trate de
una aparición real de Jesucristo. El príncipe de la paz diseñando un estan-
darte de guerra, es una idea que pudo tener Constantino u otro militar en-
tusiasta, pero que no está de acuerdo con las ideas enseñadas por Cristo.
Rafael pudo imaginar a los ángeles volando por encima de los cadáveres
de los soldados del ejército vencido, pero no es por esto dado admitir
que el cielo se complazca en acciones de guerra. Estas ideas caben en las
doctrinas del Antiguo Testamento, pero no son admisibles en el Nuevo.
Desde entonces la cruz empezó a ser un amuleto, tanto para los militares
como para los civiles. La confianza en el Cristo vivo fue sustituida por la
confianza en la cruz material. Esto llegó a ser una verdadera superstición
que repugna a la espiritualidad de las ideas cristianas. En el foro fue levan-
tada la estatua del emperador sosteniendo una cruz con esta inscripción:
“Por medio de esta señal saludable, el verdadero símbolo del valor, liberté
a vuestra ciudad del yugo del tirano”.
En el año 313 se promulgó en Milán el edicto por medio del cual se con-
cedía la libertad de profesar el cristianismo. Al mismo tiempo se concedía
este derecho a todas las religiones. Desde este edicto data lo que se llama
la paz de la iglesia.

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También se ordenaba que las propiedades de los cristianos que habían
sido confiscadas durante la última persecución, fueran devueltas a sus
primitivos dueños, indemnizando los perjuicios que sufriesen los que ha-
bían adquirido esas propiedades.
Desde que Constantino tomó esta actitud con los cristianos, aumentó
considerablemente el número de los que abandonaban el paganismo. Las
iglesias se hicieron cada vez más multitudinistas. No se exigía para in-
gresar a ellas pruebas de una genuina conversión y todo se reducía a una
mera profesión exterior. Las costumbres simples que habían caracteriza-
do a los cristianos, empezaron a desaparecer. El lujo y la pompa entró en
las iglesias, y el espíritu ceremonial se manifestó cada vez más profundo.
Constantino se rodeó de consejeros que profesaban el cristianismo,
pero que habían perdido, o nunca conocido, la piedad real. Otros que en
días de pruebas se habían mantenido cerca del Señor, al verse favore-
cidos por el monarca, se hicieron mundanos, perdiendo toda influencia
espiritual. Los altos cargos en el palacio imperial fueron confiados a cris-
tianos nominales y estos favores contribuían a que las iglesias se llenasen
de hipócritas que veían en la profesión del cristianismo un medio fácil de
alcanzar distinciones oficiales. Los obispos y demás dirigentes del cristia-
nismo, lejos de impedir estas manifestaciones de hipocresía, parece que
se hallaban muy satisfechos del nuevo rumbo que tomaban las cosas.
No obstante, Constantino no había renunciado al paganismo, en cuyos
actos participaba por varios años más, después del edicto de Milán. Nunca
abandonó el título de Pontifex Maximus del paganismo y en muchos de
sus actos demuestra inclinación a la superstición que por otra parte se
esforzaba en destruir.
En varios casos aparece como queriendo emplear la fuerza para hacer
desaparecer las viejas y caducas formas del culto, pero sus ataques al pa-
ganismo siempre tuvieron algún justificativo delante de la opinión pública,
porque iban dirigidos contra los actos en que se manifestaba el espíritu
bajo e inmoral de aquel culto. Hizo demoler el templo y bosque sagrado

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de Venus en Apaca, de Fenicia, porque era notorio que aquel centro de
pretendida devoción era un verdadero lupanar y foco de la más grosera
inmoralidad. Por la misma razón hizo suprimir los ritos abominables que
tenían lugar en Heliópolis de Fenicia. También suprimió un célebre tem-
plo de Escolapio en Sicilia, frecuentado por muchos peregrinos que acu-
dían llevados por la fama de los sacerdotes que pretendían tener poderes
sobrenaturales para curar toda clase de enfermedades. El templo estaba
lleno de ofrendas donadas por las personas que se creían deudoras al san-
tuario. Para poner fin a tanto engaño Constantino ordenó que el templo
fuese demolido. Muchos de los objetos de arte que habían adornado éste
y otros templos fueron llevados para adornar el palacio imperial.
La destrucción de templos paganos y los favores manifiestos acorda-
dos a los cristianos, en nada contribuían en favor del verdadero carácter
religioso del pueblo. Los que eran paganos de convicción seguían siéndolo
con más fervor, otros caían en un completo escepticismo y los que venían
a aumentar las filas de los cristianos, no traían la base de la regeneración
que sólo puede hacer eficaz la profesión de un credo que pide a sus adep-
tos una vida santa y ejemplar.
Una medida que tuvo grandes consecuencias en la futura historia del
cristianismo fue la fundación de la ciudad de Constantinopla. El empera-
dor parece no hallarse a gusto en una ciudad cuyo carácter pagano no era
fácil hacer desaparecer. No hay dudas de que causas políticas también in-
fluyeron sobre el ánimo de Constantino cuando resolvió mudar la capital a
la nueva ciudad que levantaba dándole su nombre. Roma era el centro del
paganismo y al iniciar una nueva orientación en los destinos de la nación,
también quería tener una nueva capital donde el arte cristiano substitu-
yese el arte de la gentilidad y donde las nuevas instituciones pudiesen
florecer sin obstáculo.
Sobre la vieja ciudad de Bizancio, situada en uno de los puntos más
estratégicos del universo, se levantaría la nueva capital, la nueva Roma,
llamada a ser el centro de la mitad del Imperio durante largos siglos. Den-

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tro de sus nuevos y fuertísimos muros no habría templos paganos que
hiciesen recordar al pasado en decadencia. Por todas partes se levanta-
rían iglesias cristianas decoradas con un arte nuevo y despojado de todo
recuerdo del viejo sistema. Los mejores obreros de todo el Imperio fueron
enviados a trabajar en los magníficos palacios que ostentaría ese nuevo
centro de cultura. Todos contribuían entusiastas a la realización del sueño
dorado de Constantino. Las ciudades de Grecia eran despojadas de sus
mejores obras de arte, que eran llevadas para contribuir al embellecimien-
to de Constantinopla.
Constantino, sin llegar tan lejos como a hacer del cristianismo la reli-
gión oficial del Estado, dispuso de los fondos públicos para favorecer al
clero, sentando así la base de lo que llegó a ser la unión de la iglesia con el
estado. Error funesto, que causó grandes e incalculables perjuicios tanto,
a la religión como al poder civil. Las iglesias dejan entonces de depender
de la protección de su Señor celestial para depender de la protección de
los gobiernos. Su fuerza, ya no está más en el testimonio de sus mártires
muriendo heroicamente en la arena del anfiteatro. Su gloria ya no sería la
cruz ignominiosa de la cual pendió el Salvador. El falso brillo del mundano
oropel iba muy pronto a cegarla. Los cristianos creían que había llegado el
día de su humillación y derrota, cubiertas de la apariencia engañosa de las
cosas perecederas de este siglo que se deshace.
Parecerá extraño que el emperador, que participaba en todos los actos
de la actividad eclesiástica, que trataba con los obispos, que convocaba
concilios, y que prácticamente había tomado la dirección de la iglesia, aún
no había sido bautizado, y no lo fue hasta los últimos días de su vida. Ya
tenía sesenta y cuatro años de edad y hasta entonces había gozado de muy
buena salud física. Ahora empieza a sentir que sus fuerzas flaquean. Dejó
entonces a Constantinopla y se retiró a la ciudad de Helenopolis, recien-
temente fundada por su madre, para disfrutar allí de la suave temperatura
de la primavera, tan deliciosa bajo ese hermoso cielo límpido. Cuando se
sintió mal acudió a la iglesia del lugar e hizo la confesión de fe necesaria

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para entrar a ser considerado catecúmeno. De ahí pasó a residir a un cas-
tillo cerca de Nicomedia, a donde llamó a un grupo de obispos y rodeado
de ellos, fue bautizado por Eusebio, obispo de Nicomedia. Esto tuvo lugar
poco antes de su muerte, ocurrida en el año 337.
¿Por qué dejó Constantino el bautismo para los últimos días de su vida?
Algunos creen que teniendo la idea popular de que ese rito limpia del pe-
cado quería esperar al fin de su vida para tener menos pecados cuando la
muerte viniese a llamarlo. Otros aseguran que por mucho tiempo había
abrigado el pensamiento de efectuar un viaje a Palestina y ser bautizado
en el Jordán y que por esto había demorado tanto la cuestión de su formal
incorporación al cristianismo.

52
CAPÍTULO 7

DE LAS CATACUMBAS
AL TRONO

A fines del siglo IV podemos contemplar a una iglesia distinta al siglo


anterior; no está escondida en las catacumbas, no es más perseguida; aho-
ra es tolerada, aceptada y al final es impuesta a todo ciudadano romano.
Repasemos los tres edictos más importantes que contribuyeron a este no-
table cambio.

El Edicto de Milán
El edicto de Milán o Edictum Mediolanesse, promulgado en el año 313,
es una carta epistolar, de naturaleza jurídica, estructurada en tres par-
tes, por el cual se establece la libertad de religión en el Imperio Romano,

53
dando fin a las persecuciones, dirigidas a ciertos grupos religiosos, sobre
todo contra los cristianos. Este Edicto es firmado por los Emperadores
Constantino I y Licinio, dirigentes el Imperio romano del Norte y del Sur.
“Yo, Constantino Augusto, y yo también, Licinio Augusto, reunidos fe-
lizmente en Milán para tratar de todos los problemas que afectan a la se-
guridad y al bienestar público, hemos creído nuestro deber tratar junto
con los restantes asuntos que veíamos merecían nuestra primera atención
el respeto a la divinidad, a fin de conceder tanto a los cristianos como a
todos los demás, facultad de seguir libremente la religión que cada cual
quiera, de tal modo que toda clase de divinidad que habite la morada
celeste nos sea propicia a nosotros y a todos los que están bajo nuestra
autoridad. Así pues, hemos tomado esta saludable y rectísima determi-
nación de que a nadie se le sea negada la facultad de seguir libremente
la religión que ha escogido para su espíritu, sea la cristiana o cualquiera
otra que crea más conveniente, a fin de que la suprema divinidad,, a cuya
religión rendimos este libre homenaje nos preste su acostumbrado favor
y benevolencia. Para lo cual es conveniente que tu excelencia sepa que
hemos decidido anular completamente las disposiciones que te han sido
enviadas anteriormente respecto al nombre de los cristianos, ya que nos
parecían hostiles y poco propicias de nuestra clemencia, y permitir de
ahora en adelante a todos los que quieran observar la religión cristiana,
hacerlo libremente sin que esto les suponga ninguna clase de inquietud ni
molestia. Así pues, hemos creído nuestro deber das a conocer claramente
estas decisiones a tu solicitud para que sepas que hemos otorgado a los
cristianos plena y libre facultad de practicar su religión. Y al mismo tiem-
po que les hemos concedido esto, tu excelencia entenderá que también a
los otros ciudadanos les ha sido concedida la facultad de observar libre y
abiertamente la religión que hayan escogido como es propio de la paz de
de nuestra época. Nos ha impulsado de obrar así el deseo de no aparecer
como responsables de mermar en nada ninguna clase de culto ni de reli-
gión. Y además, por lo que se refiere a los cristianos, hemos decidido que

54
les sean devueltos los locales donde antes solían reunirse y acerca de lo
cual te fueron anteriormente enviadas instrucciones concretas, ya sean
propiedad de nuestro fisco o hayan sido compradas por particulares, y
que los cristianos no tengan que pagar por ello ningún dinero de ninguna
clase de indemnización. Los que hayan recibido estos locales como do-
nación deben devolverlos también inmediatamente a los cristianos, y si
los que los han comprado a los recibieron como donación reclaman algu-
na indemnización de nuestra benevolencia, que se dirijan al vicario para
que en nombre de nuestra clemencia decida acerca de ello. Todos estos
locales deben ser entregados por intermedio tuyo e inmediatamente sin
ninguna clase de demora a la comunidad cristiana. Y como consta que los
cristianos poseían no solamente locales donde se reunían habitualmente,
sino también otros pertenecientes a su comunidad, y no posesión de sim-
ples particulares, ordenamos que como queda dicho arriba, sin ninguna
clase de equivoco ni de oposición, les sean devueltos a su comunidad y a
sus iglesias, manteniéndose vigente también para estos casos lo expuesto
más arriba (…). De este modo, como ya hemos dicho antes, el favor divino
que en tantas e importantes ocasiones nos ha estado presente, continuará
a nuestro lado constantemente, para éxito de nuestras empresas y para
prosperidad del bien público. Y para que el contenido de nuestra generosa
ley pueda llagar a conocimiento de todos, convendrá que tú la promulgues
y la expongas por todas partes para que la conozcan y nadie pueda ignorar
las decisiones de nuestra benevolencia”.

El Edicto de Constantino
La ley dictada por Constantino el 7 de marzo del año 321 d. C., relativa
al cambio del día de descanso, era como sigue:
“Que todos los jueces, y todos los habitantes de la ciudad, y todos los
mercaderes y artesanos descansen el venerable día del sol. Empero que
los labradores atiendan con plena libertad al cultivo de los campos; ya que
acontece a menudo que ningún otro día es tan adecuado para la siembra

55
del grano o para plantar la viña; de aquí que no se deba dejar pasar el
tiempo favorable concedido por el cielo. Codex Justinianus, lib. 3, tít. 12,
párr. 2 (3).

El Edicto de Tesalónica
Si en Constantino vemos un personaje contradictorio, en el que priman
los intereses políticos y económicos, o quizás su fetichismo religioso, Teo-
dosio, por el contrario, intentará acabar con todo vestigio de paganismo
dentro del territorio imperial. Sobre su persona se han construido varias
teorías, como que era un creyente convencido, o que veía el cristianismo
como una religión de gran importancia e implantación en el futuro, o la
visión de panteísmo del mundo romano como algo caduco y trasnochado,
por lo que la introducción de un nuevo Dios y que estaba muy de moda
entre la población, sería visto con agrado. Sea como fuere, se pueden for-
mular tantas teorías sobre él, como autores e historiadores, estudiosos
de este periodo. Será Teodosio, en el Edicto de Tesalónica (380), quien
implante, de una forma definitiva, el cristianismo como la religión oficial
del estado. Además su figura se verá salvaguardada por su poder y la erra-
dicación de todo lo anterior a él, ya que desde la muerte de Constantino
hasta la promulgación de este edicto, se produce una gran reacción del
paganismo, que contó con el apoyo de varios emperadores, como Juliano,
que quería instaurar una iglesia pagana donde él fuera la autoridad máxi-
ma. A partir de Teodosio no hubo emperadores paganos, aunque esto no
significa que a nivel popular se lograra erradicar el paganismo por com-
pleto. Teodosio hizo una condena total del paganismo y esto se aplicará a
todo el Imperio y a todos sus habitantes, sin importar el lugar donde estos
habiten. Así mismo, todos los actos paganos deberán ser denunciados y
castigados, llegando al extremo de que quienes ejecuten actos de paga-
nismo, cometen un sacrilegio, y por lo tanto un crimen de lesa majestad.
“Todos nuestros pueblos (…) deben adherirse a la fe transmitida a los
romanos por el apóstol Pedro, la que profesan el Pontífice Dámaso y el

56
obispo Pedro de Alejandría (…), o sea, reconocer, de acuerdo con la ense-
ñanza apostólica y la doctrina evangélica, la Divinidad una y la Santa Tri-
nidad del Padre , el Hijo y el Espíritu Santo. Únicamente los que observan
esta ley tienen derecho al título de cristianos católicos. En cuanto a los
otros, estos insensatos extravagantes, son heréticos y fulminados por la
infamia, sus lugares de reunión no tienen el derecho a llevar el nombre de
iglesias, serán sometidos a la venganza de Dios y después a la nuestra (…)”.

57
CAPÍTULO 8

LA ORGANIZACIÓN DE LA
IGLESIA PRIMITIVA
La sencilla organización de las iglesias
El cristianismo entra ya en el tercer siglo de su existencia. En los dos
siglos anteriores ha podido demostrar que el evangelio es el poder de Dios
para dar salvación a todo aquel que cree. El heroísmo de sus mártires;
el fervor común a todos sus adeptos; los argumentos irrefutables de sus
apologistas; y sobre todo, la vida santa de los cristianos, han producido en
el mundo una impresión que todos los siglos y todas las persecuciones no
podrán borrar. El paganismo se siente amenazado, y su flaqueza se hace
cada vez más manifiesta ante el empuje triunfal del evangelio. La lucha
durará siglos, sin embargo, y los discípulos del crucificado continuarán

58
dando testimonio de su fe y declarando al mundo “que Dios manda a todos
los hombres en todo lugar, que se arrepientan”.
En el primer siglo, y también en el segundo, las iglesias eran pequeñas
repúblicas. No existía en ellas un sacerdocio como en el templo, sino una
verdadera democracia semejante a la que regía las sinagogas. Los obispos
y diáconos eran elegidos por el voto de los que componían las iglesias.
Para reemplazar a Judas, se convocó a todos los hermanos, y se pidió el
consentimiento general. Cuando se eligieron los siete diáconos en Jerusa-
lén, toda la asamblea tomó parte en ese acto. Para designar los ancianos
se acudía al voto de los hermanos, y no hallamos ningún asunto que sea
resuelto por autoridad de arriba, sino mediante la participación de los di-
rectamente interesados. Los cargos de pastor y diácono no revestían nin-
gún carácter clerical. “Nacidos de las necesidades, a medida que éstas se
manifiestan —dice Pressensé— estos cargos tienen un carácter represen-
tativo, son ministerios para servir y no un sacerdocio para dominar”. En
las iglesias había profetas que predicaban y doctores que enseñaban, pero
todos los miembros tenían libertad de hacer uso de la palabra cuando se
sentían impulsados a dar algún mensaje espiritual.
La igualdad de pastores era absoluta. Los términos del obispo y presbí-
tero o anciano se daban a la misma persona y designaban el mismo cargo.
(Hechos 20: 17 y 28). Había varios obispos en una sola iglesia o congrega-
ción (Fil. 1: 1) y no un obispo para vigilar muchas iglesias. La idea de obis-
pos con jurisdicción en una provincia o país les era del todo desconocida.
Pero ya en el segundo siglo hallamos los gérmenes del episcopado, que
aparece como cosa casi general en el tercero. Al lado del episcopado ve-
mos crecer las ideas sacerdotales que producirían una lamentable dege-
neración del cristianismo. La doctrina de la justificación por la fe, “madre
de todas las libertades y fundamento de la igualdad religiosa”, empezó a
ser descuidada. El legalismo avanza y ya se nota en los escritores del se-
gundo siglo que no entendían tan radicalmente como Pablo, la diferencia
entre el viejo y el nuevo pacto. La confusión de la ley y la gracia no podía

59
menos que ser funesta en sus últimos resultados. La religión del Anti-
guo Testamento es ceremonial, y si entraba a formar parte del sistema
cristiano quedaba abierta la puerta del ceremonialismo; es una religión
de familia, por lo tanto su confusión con el Nuevo Testamento ayudaba
al pseudo bautismo, que abría las puertas de las iglesias a las multitudes
inconversas; es sacerdotal, de modo que los que la miraban como abo-
lida solamente en parte, no podían sentirse sino predispuestos a dar al
cristianismo el mismo carácter, matando así paulatinamente la doctrina
evangélica del sacerdocio universal de los creyentes. Oigamos de nuevo a
Pressensé: “El sacerdocio universal no se mantiene en toda su amplitud,
en práctica como en teoría, sino cuando el sacrificio redentor de Cristo es
aceptado sin reservas como el principio de la salvación universal. Él no es
el único sacerdote de la iglesia si realmente no ha cumplido todo sobre la
cruz, no dejando a sus discípulos sino el deber de asimilarse su sacrificio
por la fe, para ser hechos sacerdotes y reyes en el y por él. Si todo no fue
consumado en el Calvario; si la salvación del hombre no está cumplida,
estamos nuevamente separados de Dios; no tenemos ya más libre acceso a
su santuario y buscamos mediadores y sacerdotes que presenten la ofren-
da en nuestro lugar. Cuando el cristianismo es mirado más bien como una
nueva ley que como una soberana manifestación de la gracia divina, nos
deja librados a nuestra impotencia, a nuestra indignidad, a nuestros inter-
minables esfuerzos, a la necesidad de expiaciones parciales. No somos ya
más reyes y sacerdotes, volvemos a caer bajo el yugo del temor servil. La
jerarquía se aprovecha de todo lo que pierde la confianza filial en la infini-
ta misericordia que hace inútiles todos los intermediarios de oficio entre
el penitente y Dios”.
Si los cristianos hubieran permanecido siempre con la mirada total-
mente fija en la cruz del Calvario, reconociendo que fue completa y per-
fecta la obra que en ella consumó el Cristo, no tendríamos que lamentar
los males incalculables producidos por el sacerdotalismo y por las jerar-
quías eclesiásticas.

60
A principios del siglo tercero las iglesias ya habían abandonado, en par-
te, su forma primitiva de organización. Sin embargo seguían siendo ellas
las que elegían a sus ancianos, aunque a uno de éstos le daban el título de
obispo y le consideraban director de los demás ancianos. Pero toda iglesia
pequeña o grande tenía aún su obispo, y éste era elegido no por elementos
extraños a la congregación, sino por la congregación misma. La Constitu-
ción de las iglesias coptas dice: “Que el obispo sea nombrado después de
haber sido elegido por todo el pueblo y hallado irreprochable”.
La distinción entre los pastores y los miembros empezó a ser más pro-
nunciada. A los primeros se les llamó clérigos y a los segundos legos.
Esta distinción no existía al principio. Es extraño que Tertuliano, el gran
campeón de las reivindicaciones del pueblo cristiano, y fogoso opositor
del clericalismo, haya sido el primer escritor que usó la palabra clero para
designar a los que tenían cargos especiales en las iglesias, aunque no la
usó con todo el sentido que tiene en estos tiempos.
Después del obispo y los ancianos, los diáconos ocupan el tercer lugar
entre los siervos de las congregaciones. El oficio de diácono varió muy
poco de lo que fue en las iglesias que figuran en el Nuevo Testamento. Su
misión principal consistía en velar por las necesidades materiales de la
iglesia, no sólo en los gastos que ocasionaban sus instituciones y obreros
sino también en atender a las necesidades temporales de los miembros.
Los ancianos, las viudas, los enfermos, y todos los hermanos imposibili-
tados para el trabajo eran atendidos por la iglesia. Sin renunciar a la pro-
piedad privada, cada cristiano vivía no para sí, sino para todos. Pertenecía
a los diáconos el velar sobre estos asuntos, a fin de que los ancianos pu-
diesen dedicarse completamente a la oración y a la palabra. Los diáconos
visitaban a los enfermos y administraban los asuntos temporales. Eran
hombres caracterizados por su piedad y aptitudes para este oficio.
En los cultos eran los que pasaban de mano en mano el pan y el vino de
la comunión, y asistían a los hombres en el acto del bautismo. Ayudaban
en la obra espiritual con sus consejos y amonestaciones. Se les tenía en

61
gran estima. Cuando eran consagrados a este oficio, la iglesia oraba para
que el espíritu de Esteban cayese sobre ellos, como el manto de Elias so-
bre Eliseo.
Otro cargo que llegó a ser de mucha importancia fue el de los anagnos-
tai, o lectores, quienes estaban encargados de leer las Sagradas Escrituras
al pueblo cristiano. Debemos recordar que los libros eran muy escasos y
que muy pocos sabían leer, en comparación con los tiempos modernos. La
existencia de este oficio demuestra que la lectura de la Biblia ocupaba un
lugar prominente en el culto cristiano y enseñanza de los miembros de las
iglesias. Se exigía para ocupar este puesto una conducta ejemplar y digna
de la misión que iban a desempeñar.
Las diaconisas ya mencionadas en el Nuevo Testamento (Rom. 16:1)
eran numerosas en los siglos segundo y tercero. Su misión era para con
las personas de su sexo la misma que la de los diáconos: visitar las enfer-
mas, enseñar a las recién convertidas y velar sobre su conducta. Es así
como el cristianismo elevó a la mujer dándole una misión importante que
cumplir en la vida. Se requería para ser diaconisa tener sabiduría y buena
reputación entre los de afuera.
Al lado de las diaconisas estaban las ancianas, que en muy poco di-
ferían, salvo en que la misión de estas últimas era más bien de carácter
espiritual, mientras que la de las primeras era sobre cosas temporales es-
pecialmente.
En la mesa de la comunión los fieles depositaban sus donativos según
el Señor los había prosperado. Estos fondos los administraba la iglesia por
medio de sus diáconos. Tertuliano decía: “Cada uno como puede. Estas
ofrendas libres de la piedad no se gastan en festines, sino que se consa-
gran para alimentar a los pobres, los huérfanos, los esclavos viejos; para
socorrer a los náufragos, a los desterrados en las minas y en las islas le-
janas”. Indudablemente que muchos de los pastores eran sostenidos por
las contribuciones de los miembros, pero no era costumbre fija ni gene-
ral. La mayor parte de ellos seguían ocupándose en sus oficios y ganando

62
así el sustento para sí y sus familias a la vez que servían gratuitamente a
las iglesias. La idea de que el ministerio cristiano es incompatible con el
desempeño de un oficio secular no existía entonces. Los que dejaban su
trabajo y aceptaban ser sostenidos totalmente o en parte por las iglesias,
lo hacían con el único fin de estar más libres para ocuparse en la obra para
la cual eran llamados.
En el Nuevo Testamento no hallamos ningún sistema artificiosamen-
te elaborado de gobierno eclesiástico. Cuando los discípulos disputaron
acerca de cuál de ellos sería el mayor, el Maestro les dijo: “Los reyes de
las naciones se enseñorean de ellas, y los que sobre ellas tienen autoridad,
son llamados bienhechores; mas no así entre vosotros.” Lucas 22:25, 26.
Las iglesias no reconocían otro Maestro y Señor fuera de Jesucristo. Todos
los miembros eran iguales y ejercían libremente los dones que manifesta-
sen. Los pastores u obispos elegidos por ellos mismos, sin la intervención
de ningún poder extraño, eran hermanos a quienes el Espíritu Santo elegía
primero, manifestándose esta elección por las obras que obraba el mismo
Espíritu. Pero a medida que se fue perdiendo el primitivo concepto de
organización simple y natural de la iglesia local, empezó a ganar terreno
el espíritu clerical, y los obispos de las grandes ciudades se enseñorearon
de las iglesias más pequeñas, matando poco a poco en ellas la costumbre
vigorizadora de manejar sus asuntos locales por medio del voto de to-
dos los miembros. El obispo empieza a ocupar un lugar demasiado pro-
minente, y el gobierno de las congregaciones queda por completo en sus
manos. El obispo dejó de ser lo que había sido en los tiempos apostólicos
y siglos inmediatos. Oigamos lo que dice al respecto el distinguido histo-
riador Mosheim: “Nadie confunda los obispos de la primitiva edad de oro
de la iglesia, con aquellos de quienes leemos más tarde. Porque aunque
ambos eran designados con el mismo nombre, diferían grandemente, en
muchos sentidos. Un obispo en el primero y segundo siglo, era un hombre
que tenía a su cuidado una asamblea cristiana, que en aquel tiempo, por
lo general, era tan pequeña que podía reunirse en una casa particular. En

63
esta asamblea, él actuaba no con la autoridad de un señor, sino con el celo
y diligencia de un siervo. Las iglesias, también en aquellos tiempos, eran
completamente independientes; y ninguna estaba sujeta a jurisdicción
exterior, pero cada una se gobernaba por sus propios oficiales y por sus
propios reglamentos. Nada es más evidente que la perfecta igualdad que
reinaba en las iglesias primitivas.”
Referimos aquí lo que fue la organización de las iglesias apostólicas
para que resalte el contraste que ofrecen con la organización al fin de este
período, cuando los grandes patriarcas han tomado la dirección del reba-
ño. Los patriarcas de Constantinopla, de Alejandría y de Antioquia gobier-
nan en Oriente. El patriarca de Roma, en Occidente, aunque su autoridad
no era generalmente reconocida en España ni en la Galia.
Durante el reinado de Constantino, la correcta idea neotestamentaria
de la iglesia empieza a desaparecer. Ya no se habla, sino en muy raros
casos, de las iglesias, refiriéndose a las congregaciones locales que man-
tenían el culto cristiano. Se habla en cambio de “la iglesia” incluyendo en
estar frase a la gran masa de los que se denominaban cristianos. El doctor
W. J. Me Glothlin, profesor de historia eclesiástica dice: “La independencia
y significación de la iglesia local sucumbe y se pierde en el predominio y
poder de las iglesias de las grandes ciudades, y éstas a su vez se confun-
den en el concepto de una iglesia universal (católica) que contiene a todos
los cristianos y a muchas personas indignas. Se la considera como a una
entidad en sí misma, independiente de sus miembros, santa, indivisible e
inviolable, no más como a una comunidad de salvados, sino como a una
institución que salva, fuera de la cual no hay salvación”.
El espíritu clerical, que desde hacía tiempo había empezado a ganar
terreno en las iglesias, matando la gran verdad bíblica del sacerdocio uni-
versal y espiritual de los creyentes, pudo sentarse en su poco envidiable
trono cuando Constantino empezó a conceder privilegios a los obispos y
demás personas que ocupaban puestos en relación con la obra cristiana.
Al pasar de las catacumbas al trono, dejaron sepultados en el olvido, la fe,

64
el amor y todas las virtudes que forman el carácter del cristiano.
Con la protección del estado, como dijo Alejandro Vinet, la religión dejo
de ser una cuestión del cielo y se hizo una cuestión del suelo.

El Papado
El nombre de sede apostólica fue dado a las iglesias que habían sido
fundadas por los apóstoles o sus colaboradores. Este calificativo que hoy
se usa sólo en singular se usaba en plural, y era aplicado tanto a Roma
como a Alejandría, a Jerusalén, a Antioquia, etcétera.
No se reconocía a la Iglesia de Roma ningún primado ni superioridad.
Pero siendo Roma la gran capital del mundo, los obispos de esa ciudad
empezaron a creerse superiores a los demás y procuraron centralizar en
ellos la autoridad suprema del gobierno eclesiástico. Ya en el año 190 ma-
nifestó esa ambición el obispo que figura con el nombre de papa Victorio
I, quien quiso hacer valer su autoridad fallando sobre una cuestión que se
había levantado sobre la fecha en que debía celebrarse la Pascua. Pero sus
colegas de Oriente no quisieron tenerlo en cuenta.
A principios del siglo tercero, Serafín hizo tentativas para implantar el
primado, pero tuvo que chocar con la voluntad férrea de Tertuliano, quien
en tono de burla lo llama Pontifex Maximus, y obispo de obispos. Muchas
veces los defensores del papado citan estas palabras de Tertuliano igno-
rando, o queriendo ignorar, que fueron dichas para mostrar el carácter
pagano de las pretensiones del obispo de Roma.
A mediados del mismo siglo, al suscitarse la cuestión de la validez del
bautismo administrado por los herejes, el obispo de Roma quiso imponer
una norma de conducta: pero los obispos de Asia y de África, mayormente
Cipriano, le desconocieron el derecho de intervenir en asuntos que no
afectaban a su jurisdicción.
La sede de Roma, no obstante, iba ganando terreno día a día. Rodeada
de toda pompa y magnificencia exterior, atraía las miradas del mundo. Su
situación política y geográfica, lo mismo que su brillo, contribuían a darle

65
un primado moral, que se lo reconocían aún los que no aceptaban sus
pretensiones. Las deliberaciones del Concilio de Nicea demuestran que el
obispo de Roma era todavía en aquel tiempo un metropolitano como el de
Alejandría o Antioquia.
El concilio de Calcedonia, reunido el año 451, tampoco reconoce prima-
do a Roma; y claramente establece que Constantinopla tiene igual autori-
dad por ser la ciudad del emperador. Esta declaración del concilio colocó
en estado de decadencia a los otros patriarcas y abrió la contienda entre
Roma y Constantinopla que duraría largos siglos.
La rivalidad entre los obispos de las dos ciudades nombradas, llegó a su
punto culminante cuando Gregorio I, obispo de Roma, protestó contra el
título de obispo universal que usaba el de Constantinopla. Al atacar a su
antagonista hace un terrible proceso del papado. Considera el título de
obispo universal un nombre vanidoso, suntuoso y redundante; una pa-
labra perversa, un título envenenado, que hace morir a los miembros de
Cristo; un ensalzamiento perjudicial a las almas; una usurpación diabólica,
y nombre inventado por el primer apóstata: el diablo. Quien se atreviese
a usarlo sería el precursor del Anticristo, y más soberbio que Satanás. No
olvidemos que fue Gregorio I, papa, quien dijo estas cosas. “Las citas de
San Gregorio —dice muy bien el autor italiano Luigi Desanctis— sobre esta
controversia, son un documento perentorio para demostrar que el prima-
do del papa era en el siglo sexto, mirado como una iniquidad, y un grandí-
simo pecado: y esto por uno que fue papa, que se llamó Gregorio el Gran-
de, y a quien lo representan con el emblema del Espíritu Santo dictándole
al oído lo que debe escribir, que es santo y doctor de la iglesia romana.”
En el año 604 murió Gregorio I, y en el año 606 fue elegido papa Boni-
facio III, quien por medio de bajas e indignas adulaciones al tirano Poca,
consiguió se le diese el título de obispo universal, título que desde enton-
ces han usado los que ascienden al papado.

66
CAPÍTULO 9

LA OSCURA
EDAD MEDIA
En esta época el papado llegó a su más alto grado de corrupción. La
elección de un papa era siempre ocasión de grandes escándalos y has-
ta de derramamiento de sangre. Muchas veces, no pudiendo ponerse de
acuerdo los electores, se elegían dos, tres y hasta mayor número de papas.
Las orgías del pontificado superaban en mucho a las más abominables de
las cortes paganas. Los papas eran depuestos para hacer sentar en sus si-
llas a los favoritos de las cortesanas. Para describir el estado corrupto del
papado, fue necesario crear una palabra: pornocracia, que significa go-
bierno de rameras, pues en realidad eran las queridas de los papas las que
manejaban todos los asuntos eclesiásticos. Entre estas mujeres figuraban
como las de mayor influencia, una tal Marozia, concubina del papa Sergio,
y Teodora, concubina del papa Juan X.

67
Refiramos ahora algunos casos concretos, confirmados por los mismos
historiadores romanistas.
Formoso, obispo de Porto, fue el que encabezó la famosa conspiración
de Gregorio el Nomenclátor, que tenía por objeto entregar la ciudad de
Roma a los sarracenos. Cuando la conspiración fue descubierta, Juan VIII
excomulgó y depuso a Formoso. El sucesor de Juan VIII restituyó a For-
moso el episcopado. En el año 891, Formoso fue elegido papa al mismo
tiempo que otra parte del clero y del pueblo elegía a Sergio para el mismo
puesto. Los dos pretendientes se presentaron en la iglesia, y ambos exi-
gían ser consagrados. Ahí se inició una batalla cruel. El partido de Sergio
fue vencido, y Formoso pasando por encima de los cadáveres, subió todo
ensangrentado al altar, y fue consagrado papa.
Después de la muerte de Formoso, Sergio fue de nuevo candidato,
pero su partido fue vencido, siendo elegido Bonifacio VI, quien sólo
vivió algunos meses. En la nueva elección triunfó el partido de Sergio,
pero no lo eligieron a él sino a Esteban VI, un subordinado de Sergio,
quien se inició deshaciendo todo lo que había hecho Formoso. Después,
para hacerse infamemente inmortal, ejecutó un acto que no conoce
otro igual en la historia de las venganzas. Hizo desenterrar el cadáver
de Formoso, lo hizo vestir con las ropas pontificales, y después ordenó
que lo llevasen ante un concilio que había reunido expresamente. Para
unir la burla a la ferocidad, mandó que fuese juzgado como si se tratase
de un vivo. El mismo papa que presidía el concilio, llamó por nombre al
difunto Formoso, e hizo contra él toda suerte de acusaciones ordenando
al cadáver que contestase a sus preguntas, y como el cadáver no
respondiese, lo declaró convicto y pronunció contra él la condenación
sacro aprobante concilio, por la cual el cadáver de Formoso fue
depuesto del papado, excomulgado, despojado de las insignias papales y
en la misma iglesia le cortaron los tres dedos de la mano derecha, con los
que bendecía y luego desnudo y mutilado, fue arrastrado por las calles
de Roma, y finalmente arrojado al Tíber.

68
La corrupción que empezó con los primeros legados de Constantino, se
hace peor bajo el dominio de los reyes bárbaros, y llega a su último estado
de descomposición con los favores que Pepino y Carlomagno conceden a
los papas de Roma. La ignorancia del clero y del pueblo aumenta año tras
año; se abandona el estudio de la Biblia y de toda materia sana, y en su
lugar aparecen ridiculas leyendas de santos y de almas que vienen del pur-
gatorio pidiendo el auxilio de los fieles. La libertad cristiana sucumbe bajo
el peso de la tiranía y del absolutismo papal. La superstición reemplaza a
la fe, y la más grosera idolatría, al culto en espíritu y en verdad.
Los historiadores han escrito páginas melancólicas mostrando el esta-
do de general importancia que prevalecía en los siglos séptimo y octavo, a
tal punto que se hallaban altos funcionarios públicos, y obispos de impor-
tantes diócesis, que no sabían leer ni escribir. Las actas de los concilios de
Efeso y Calcedonia tuvieron que ser firmadas a ruego de tal o cual obispo,
que no sabía firmar.
La teología había descendido al último grado de pobreza. Nadie habla-
ba más de aquellas gloriosas verdades que habían sido la fuerza vital de
las iglesias primitivas. La escasa predicación de aquella época ofrece un
cuadro tristísimo en los anales de la homilética. Un ejemplo lo tenemos en
las siguientes palabras del tan célebre San Eloy, obispo de Noyon, Francia.
Definiendo lo que es un buen cristiano, dice: “Es un buen cristiano el que
viene con frecuencia a la iglesia, y trae sus oblaciones para ser presen-
tadas ante el altar de Dios; el que no presume gustar de los frutos que
junta antes de haber hecho su ofrenda de ellos a Dios; quien al volver de
las sagradas solemnidades, y durante varios días antes, observa la sagrada
continencia, para poder acercarse al altar de Dios con tranquila concien-
cia; y quien sabe de memoria el Credo y el Padrenuestro.”
Oigamos otro párrafo del mismo predicador al enseñar cómo se puede
conseguir la salvación: “Redimid vuestras almas del castigo que vuestros
pecados merecen, mientras tenéis remedio y poder. Ofreced vuestros
diezmos y obligaciones a las iglesias, encended velas en los lugares con-

69
sagrados, venid con frecuencia a la iglesia, y con toda humildad orad a los
santos para que os protejan; y si hacéis estas cosas, cuando el último día
estéis ante el tremendo tribunal del eterno juez, podréis con confianza
decir: Dadme, Señor, porque yo di.
Durante este período se llevaron a cabo muchas empresas destinadas,
no ya a convertir a los paganos a Cristo, sino a imponerles una nueva for-
ma de idolatría y hacerles súbditos religiosos del poder pontificio que se
levantaba en Roma. Y también, so pretexto de unificación, salían de Roma
emisarios adonde había cristianos independientes, con el fin de persua-
dirlos a reconocer al papa y someterse a su autoridad. La poca vida in-
telectual y espiritual, favorecía grandemente estos planes, y el favor que
los príncipes dispensaban al papado, lo hacía atrayente a los que se dejan
impresionar por el brillo de las exterioridades, y así la sede episcopal de
Roma fue afianzándose, y por medio de intrigas se convirtió en centro de
autoridad, y en un poder cuya alianza buscaban los mandones de las co-
rruptas monarquías.
Sólo entre algunos pequeños grupos de cristianos llamados herejes, ar-
día todavía la antorcha de la verdad cristiana, y se dejaba sentir una viva
protesta contra los abusos, innovaciones y corrupción general.

70
CAPÍTULO 10

EL CISMA DE ORIENTE
Y OCCIDENTE
El gran cisma que dio origen a lo que hoy se llama Iglesia Ortodoxa, fue
el resultado de la creciente rivalidad entre los papas de Roma y los pa-
triarcas de Constantinopla, quienes se disputaban el derecho de gobernar
ciertos distritos.
En el estudio de la organización de la iglesia durante los primeros si-
glos, notamos el surgimiento de cinco patriarcados: Roma, Antioquía, Ale-
jandría, Jerusalén y Constantinopla. No existía supremacía de un patriar-
cado sobre otro, los patriarcas eran considerados “iguales” entre ellos; esa
igualdad lo podemos notar cuando la iglesia realizaba sus concilios para
tomar acuerdos, las decisiones no la tomaba solo el obispo de Roma como

71
algunos creen hasta la fecha, se convocaba a los representantes de todos
los patriarcados, quienes enviaban sus respectivos representantes y los
acuerdos tomados en los concilios tenían validez en toda la cristiandad
porque tenía la representatividad de toda la iglesia universal
Siempre existió el intento de supremacía de parte del obispo de Roma
sobre las demás patriarcados. Roma reclamaba ese derecho por ser la ca-
pital del imperio romano. Sin embargo en el año 330 d. C. la capital del
imperio romano, fue trasladado a Constantinopla por el emperador Cons-
tantino.
Entonces se inició la disputa por la supremacía entre los patriarcas
de Roma y Constantinopla. Los demás patriarcados al estar ubicados en
oriente perdieron notoriedad e importancia, porque empezó la disputa
por la supremacía entre los patriarcados de Roma y Constantinopla, una
lucha de oriente y occidente. Cabe recordar que cuando se usa el término
católico durante esos siglos se hace referencia a la iglesia universal com-
puesta por los 5 patriarcados.
La unidad de la iglesia se mantuvo hasta el siglo XI, aunque siempre
existieron fricciones y acusaciones de ambos lados, los patriarcas de
Roma y Constantinopla se reconocían entre ellos como parte de la iglesia
de Cristo.

¿Cómo ocurre la separación de Roma y


Constantinopla?
A mediados del siglo IX, un tal Ignacio, era patriarca de Constantinopla,
el cual atrajo sobre sí el odio de la casa imperial por haber excomulgado a
Bardas, hermano de la emperatriz Teodora, el cual habiendo abandonado
a su esposa vivía en adulterio con la viuda de un hijo suyo. Ignacio fue
destituido y desterrado y un laico influyente llamado Focio, fue elevado al
patriarcado, pasando por toda la escala jerárquica de la iglesia en una sola
semana. Como la sede de Roma se negó a Focio, hubo una violenta corres-
pondencia entre el emperador y el papa. El patriarca logró entonces reu-

72
nir un concilio en Constantinopla en el año 867, el cual excomulgó al papa,
acusando a la Iglesia Romana de haberse apartado de la fe y costumbre
recibidas, formulando cargos sobre asuntos de poquísima importancia, en
comparación con los grandes delitos de Roma, de los cuales Constanti-
nopla no era tampoco inocente. Una de las acusaciones consistía en que
Roma permitía comer queso y tomar leche durante la cuaresma; otra se
relacionaba ron la orden de que los clérigos se afeitasen. No había entre
las dos sedes una grave cuestión doctrinal, sino una mera cuestión de pa-
labras e intereses materiales. Los decretos del concilio fueron firmados
por el emperador, por los patriarcas de Antioquia, Alejandría y Constanti-
nopla, y por unos mil obispos y abates.
El documento condenatorio fue enviado a Roma pero antes que los
portadores del mismo llegasen, estalló en Constantinopla una revolución
que cambió por completo el giro de los asuntos. El nuevo emperador se
inició destituyendo a Focio y un nuevo concilio se reunió en Constantino-
pla del cual fueron excluidos los partidarios de Focio. Ignacio fue traído
en triunfo de su destierro y colocado de nuevo en la silla patriarcal, la que
ocupó durante diez años.
Surgieron entonces nuevas dificultades y Focio, aprovechando la opor-
tunidad, consiguió ser elevado de nuevo a su antigua posición, pero al
morir el emperador, tuvo que retirarse y terminó sus días encerrado en
un claustro en el año 891.
Después de estos acontecimientos se suspendieron un poco las hosti-
lidades. Los papas de Roma, tan ocupados en sus orgías, no tenían tiempo
de pensar en la contienda con los patriarcas. Un autor ha dicho que eran
tan densas las tinieblas que circundaban a Roma y a Constantinopla, que
no podían verse una a la otra, lo que les obligó a suspender las discusiones.
Al subir al patriarcado Miguel Cerulario en el año 1043, se inició de nue-
vo la lucha, principalmente acerca de Bulgaria, pues ambos obispos pre-
tendían que este país estaba incluido en su jurisdicción. Después de largas
discusiones, Constantinopla resolvió no someterse a las pretensiones de

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los delegados papales. Roma excomulgó al patriarca de Constantinopla
y a todos los que censuraban la fe de la Iglesia de Roma y el modo como
ésta ofrecía “el santo sacrificio”. Los legados de Roma colocaron la exco-
munión sobre el altar mayor de la iglesia de Santa Sofía el 16 de julio de
1054. Constantinopla respondió con una contra excomunión produciendo
muchos cargos contra la Iglesia Romana. El cisma quedó así establecido y
fue completo. Alejandría, Antioquia, Jerusalén y todo el Oriente quedaron
con Constantinopla. El Occidente quedó con Roma.

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CAPÍTULO 11

LOS VALDENSES,
LA IGLESIA DEL DESIERTO

Los Valdenses lo componían numerosas comunidades de cristianos


que, separándose de la iglesia papal, se esforzaban por restaurar el cris-
tianismo puramente evangélico, y luchaban heroicamente por la fe que
fue dada una vez a los santos. Eran generalmente conocidos bajo la de-
nominación de valdenses y albigenses, y a éstos hay que saber distinguir
de las sectas que profesaban las doctrinas de los maniqueos, y que por lo
tanto no pueden ser clasificadas entre los elementos que representaban el
simple y primitivo cristianismo.

75
El origen de este movimiento está bastante envuelto en el misterio que
rodea a todos los problemas históricos de aquella época. Los estudios se-
rios que han ocupado la actividad indagadora de buenos escritores llevan
a la conclusión de que el movimiento no tuvo origen en un solo país ni es
fruto de los trabajos de un solo hombre. Así como la Reforma, en el siglo
xvi, se levantó simultáneamente en Francia, Alemania, Suiza, etc.; y tuvo
por instrumentos a Farel, Lutero, Zwinglio, etc., obrando independien-
temente unos de otros, bajo el impulso del mismo deseo de Reforma, así
también el movimiento valdense nació simultáneamente en varios países,
bajo la acción de diferentes hombres. Entre éstos figuran principalmente
Pedro de Bruys, en Tolosa, en el año 1109; Enrique de Quny, en Mans, en
el año 1116; Arnoldo de Brescia, en Italia, en el año 1135; y Pedro Valdo, en
Lyón, en el año 1173.

Pedro Valdo
Un joven negociante llamado Pedro, nativo de una localidad llamada
Valde, se estableció en Lyón, Francia, por el año 1152. Entregado por com-
pleto a las especulaciones comerciales, vio prosperar sus negocios, a tal
punto que al cabo de los años era uno de los grandes ricachos de la co-
mercial ciudad. Era casado, tenía dos hijas, y las atenciones domésticas y
comerciales ocupaban todo su tiempo. En el año 1160, un amigo íntimo,
con quien estaba conversando, cayó muerto repentinamente, y este inci-
dente produjo en él una impresión tal, que desde aquel momento, dejando
a un lado sus febriles ocupaciones comerciales, se puso a pensar seria-
mente en su salvación. El conocimiento limitado que tenía de las cosas
religiosas no lograba darle aquella paz y seguridad que satisfacen el alma
ansiosa. Sus anhelos se hacían cada vez más intensos, y en busca de luz
fue a uno de los sacerdotes de la ciudad, preguntándole cuál era el camino
seguro para llegar al cielo. El sacerdote le respondió que había muchos
caminos, pero que el más seguro era el de poner en práctica las palabras
del Señor al joven rico cuando le dijo: “Si quieres ser perfecto, anda, vende

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lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo”. Se cree que
el cura le contestó así con algo de ironía, sabiendo que Valdo era hombre
de gran fortuna, pero seguramente no esperaba que esas palabras iban a
encontrar tanto eco en el corazón del rico negociante. Valdo creyó oír un
mandamiento de Dios dirigido a él personalmente, y resolvió deshacerse
de sus bienes terrenales empleándolos para aliviar las necesidades de los
pobres. Hizo esto no bajo el impulso de un falso entusiasmo, sino delibe-
radamente, con calma y con buen acierto, para que el sacrificio que se im-
ponía fuese realmente útil a sus semejantes. Dio a su esposa e hijas lo que
necesitaban, y el resto, parte fue distribuyendo entre los más necesitados
de la ciudad, y parte destinaba a emplear personas que hiciesen traduc-
ciones y copias de las Sagradas Escrituras. Encargó a dos eclesiásticos que
vertiesen el Nuevo Testamento del latín a la lengua vulgar. Uno de ellos
fue Esteban de Ansa, hombre muy versado en las cuestiones filológicas,
y otro Bernardo Ydros, hábil escribiente que trasladaba al pergamino lo
que su compañero le dictaba. Valdo se puso a leer con gran interés es-
tos maravillosos escritos que eran agua viva para su alma sedienta, y pan
para su corazón hambriento. Esta lectura le confirmaba más y más en la
noble resolución que había tomado. Quería imitar a los apóstoles, y vivir
no más consagrado a los negocios de esta vida pasajera, sino para ser rico
en aquellas riquezas que no se corrompen y que los ladrones no hurtan.
No quiso tampoco poner la luz debajo del almud, sino que mandó hacer
muchas copias del evangelio para que su lectura fuese causa de bendicio-
nes a otros. El número de personas que tomaban interés en esta lectura
era cada vez mayor, y sin pensar en separarse de la Iglesia de Roma, se
reunían para leer juntos y celebrar cultos espirituales. Se apoderó de ellos
un fuerte espíritu de propaganda y toda la ciudad y sus alrededores se
llenaron del conocimiento del evangelio. Sin buscarlo, vino inevitable el
choque con la iglesia papal, dentro de cuyo seno aun permanecían Valdo
y sus adeptos. El contraste entre el cristianismo del Nuevo Testamento y
el de la iglesia papal, era demasiado pronunciado para que fuera posible

77
un acuerdo. El clero empezó a mirar con recelo a estos hombres humildes
que de dos en dos, descalzos y pobremente vestidos iban por todas par-
tes predicando la palabra. El arzobispo Guichard concluyó por citarlos, y
creyendo que de un solo golpe podía sofocar el movimiento, les prohibió
predicar. Valdo entonces apeló al papa, esperando, como más tarde Lu-
tero, que la justicia de su causa sería reconocida. En Roma compareció
junto con uno de sus colaboradores ante el concilio de Letrán, en marzo
de 1179. El papa Alejandro III los trató amablemente y se interesó en la obra
que hacían, tal vez abrigando el pensamiento de que los pobres de Lyón,
como los llamaban, podrían permanecer dentro del seno de la Iglesia y
quedar convertidos en algo parecido a una orden monástica. Pero los pa-
dres que componían el concilio les fueron hostiles y rehusaron acordarles
la autorización de predicar. Gualterio Mapes, un fraile franciscano inglés,
que se hallaba presente, escribió un relato acerca de la petición de estos
valdenses: “No tienen —dice— residencia fija. Andan por todas partes des-
calzos, de dos en dos, vestidos con ropa de lana, no poseen bienes; pero
como los apóstoles, tienen todas las cosas en común; siguiendo a aquel
que no tuvo dónde reclinar la cabeza”. El concilio nombró una comisión
para que examinase el caso. El franciscano mencionado era miembro de
esta comisión. Dice que procuró saber cuáles eran sus conocimientos y su
ortodoxia, y los halló sumamente ignorantes, y halló extraño que el conci-
lio les prestase atención. Pero el hecho es que en lugar de examinar a los
valdenses sobre la Palabra de Dios y las doctrinas vitales del cristianismo,
los examinadores les hicieron una serie de preguntas escolásticas sobre el
uso de ciertos términos y frases del lenguaje eclesiástico, conduciéndolos
por las sendas intrincadas de las especulaciones trinitarias. Los valdenses,
felizmente, nunca habían aprendido estas cosas inútiles, y de ahí la comi-
sión resolvió expedirse aconsejando que se les prohibiese predicar.
Vueltos a Lyón, los hermanos tuvieron que resolver qué actitud asumi-
rían, y hallando que es menester obedecer antes a Dios que a los hombres,
resolvieron seguir predicando aún a despecho de las prohibiciones del ar-

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zobispo y del papa. Convencidos de que nada podían esperar de este mun-
do, resolvieron romper definitivamente los vínculos que aun los ligaban al
romanismo, y empezaron aún bajo la persecución, a sentir los beneficios
de la libertad cristiana.
En el año 1181 fue lanzada contra ellos la definitiva excomunión papal,
pero durante algunos años pudieron eludir sus consecuencias, gracias a
las poderosas amistades que tenían en la ciudad, donde Valdo era general-
mente estimado. Pero después de la promulgación del Canon del Concilio
de Verona, en el año 1184, que condenaba a los pobres de Lyón, se vieron
en la necesidad de salir de la ciudad y esparcirse por toda Europa, lo que
hacían sembrando la simiente santa del evangelio por todas partes, como
en siglos anteriores lo había hecho la Iglesia de Jerusalén al ser perseguida
por Heredes.
Pedro Valdo, huyendo de la intolerancia y del despotismo clerical llegó
hasta Bohemia, donde terminó sus días en el año 1217, después de cin-
cuenta y siete años de servicios al Señor.

La cruzada contra los albigenses


Los albigenses eran la rama del gran movimiento valdense que se desarro-
lló en el sur de Francia, y este nombre les fue dado por ser numerosos en
la ciudad de Albi. Cuando los papas lanzaban sus bulas fulminantes contra
ellos, los llamaban indistintamente albigenses y valdenses, y la misma cosa
hacían los inquisidores.
Eran tan numerosos que la ciudad de Tolosa, y unas diez y ocho ciudades
del Languedoc, de Provenza, y del Delfinado estaban tan llenas de ellos que
se alarmó la corte pontificia, y el papa Inocencio III resolvió exterminarlos.
Este papa, que es reconocido como una de las glorias del catolicismo, era
un hombre ambicioso y despótico. Pretendía tener dominio absoluto sobre
todos los monarcas de la tierra, y se sentía molesto al ver el progreso de lo
que el llamaba herejía, en países que su ambición colocaba bajo su control.
En 1198 envió al sur de Francia a dos frailes cistercienses, Rainer y Gui-

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do, bien recomendados a los obispos de aquellos parajes, para que les
prestasen toda clase de ayuda en el desempeño de su cometido. Estos
frailes a quienes el papa había conferido poderes ilimitados, tenían que
procurar convencer a los albigenses, y si no tenían éxito, pronunciarían
contra ellos la excomunión. Los nobles y las autoridades quedarían obliga-
dos a expulsarlos del país después de confiscarles todos sus bienes; y si se
atrevían a regresar, tenían que ser castigados más severamente. Aquellos
que recibiesen a los herejes o les diesen cualquier clase de protección,
sufrirían el mismo castigo que ellos. En caso necesario tenían que apelar
a la espada, y el papa ofrecía a todos los que ayudasen a los legados en
esta forma, las mismas indulgencias que se concedían a los peregrinos
que visitaban la supuesta tumba de Santiago de Compostela. Es curioso
observar los argumentos que empleaba el papa para justificar estas crue-
les medidas. Decía que los albigenses tenían que ser tratados como ladro-
nes, porque aunque no tocaban los bienes materiales de otros, al procurar
apartarles de la Iglesia de Roma, les robaban sus bienes espirituales; el
que quita al hombre su fe le roba su vida, porque el hombre vive por su fe.
¡Mucho se interesaba Inocencio III en la fe y la vida espiritual del pueblo!
Los enviados del papa tuvieron varias conferencias con los pastores albigen-
ses y discutieron juntos los puntos doctrinales en que estaban en desacuerdo,
pero como los albigenses no reconocían otra autoridad que la voluntad del Se-
ñor revelada en las Escrituras, y los legados apelaban a la autoridad del papa y
de los concilios, toda reconciliación resultaba imposible. En una de estas con-
ferencias que tuvo lugar en 1207, en Monteal, cerca de Carcassone, Diego de
Osma, obispo español y el famoso “santo” Domingo, discutieron con un pastor
llamado Amoldo Hot, quien sostuvo las siguientes tesis: la Iglesia de Roma no
es la esposa de Cristo, ni la iglesia santa, sino la Babilonia Apocalíptica, em-
briagada con la sangre de los santos y mártires; que su doctrina es doctrina de
Satanás, su constitución no es santa, ni fundada por Cristo; la misa, en la forma
como es celebrada, no tuvo su origen en Cristo ni en los apóstoles.
Nada podían lograr los representantes del papa por estas conferencias,

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que sólo lograban confirmar más a los albigenses en su fe. Entonces qui-
sieron inducir a Raimundo, conde de Tolosa, a emplear medidas violentas,
pero este conde ya porque simpatizase con las doctrinas valdenses, ya
porque fuese hombre tolerante, no quería poner su espada al servicio de
los emisarios de Roma. Fue entonces excomulgado y toda la actividad cle-
rical se concentró contra él. Ocurrió en este tiempo que uno de los lega-
dos del papa, Pedro de Castelnau, fue asesinado, y se acusaba al conde de
Tolosa de haber sido el promotor de este hecho. Basados en este pretexto,
empezaron a predicar la cruzada, apelando contra los pacíficos albigenses
a los mismos medios que habían empleado contra los sarracenos. El 28 de
mayo de 1209 el papa Inocencio III firmó la bula instituyendo la cruzada y
ofreciendo privilegios e indulgencias a todos los que tomasen las armas en
esta guerra de exterminio. ¡Vociferaban porque un fraile había sido muer-
to, y no vacilaban en sancionar el asesinato de miles de inocentes!
Poco tiempo después Amoldo de Citeaux pasaba revista en Lyón, a un
ejército de 300.000 cruzados que dieron principio a esa guerra de pillaje,
de fanatismo y crueldad, que el muy católico Chateaubriand tuvo el valor
de declarar que fue “uno de los episodios más abominables de la historia”,
y que se prolongó veinte años, desolando aquella floreciente región de
Francia.
La resistencia del conde de Tolosa duró poco tiempo, pero la prosiguió
su sobrino Rogelio, hasta que cayó en poder de los cruzados. No podemos
entrar aquí en todos los detalles de esta larga guerra, pero vamos a referir
los hechos principales.
Cuando el inmenso alud de cruzados avanzaba sobre Beziers, com-
prendiendo Rogelio que toda resistencia era inútil y que la ciudad y sus
habitantes serían destruidos, salió de la ciudad y se arrojó a los pies del
legado, pidiéndole que no hiciese perecer a sus súbditos, de los cuales la
mayor parte no eran albigenses. El obispo católico de la ciudad hizo otro
tanto e intercedió por su pueblo, pero todo fue inútil ante la sed de san-
gre y ambición de pillaje. El ataque se llevó a cabo matando a hombres,

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mujeres y niños. Cesarius cuenta que cuando estaban por entrar en la
ciudad, Amoldo, sabiendo que había muchos católicos que podían perecer,
preguntó al legado papal qué debía de hacer, y éste le contestó: “Matad a
todos. Dios reconocerá a los suyos”.
Rogelio consiguió escaparse y llegar a la vecina ciudad de Carcasson-
ne, la cual también pronto fue sitiada. Esta ciudad estaba fortificada y no
podía ser tomada sino después de un sitio prolongado. Los habitantes al-
bigenses y católicos, sabiendo que la consigna era matar a todos, para que
no quedase ningún hereje confundido entre otros, se dispusieron para la
defensa. Morir por morir, preferían morir combatiendo por sus derechos
a entregarse sin resistencia. Mientras tanto, las huestes de los cruzados
aumentaban en número y no menos de 300.000 se dispusieron a llevar
el ataque a la ciudad. La lucha fue reñida, y los defensores de la ciudad
mostraron gran valentía, pero la superioridad numérica de los cruzados
era tal que concluyeron por tomar la plaza y matar a todos los que no lo-
graron huir, por un camino subterráneo que conducía a las afueras. “Era
un espectáculo sombrío y triste —dice un escritor— ver la mudanza y par-
tida, acompañada de suspiros, lágrimas y lamentaciones, al pensamiento
de que tenían que abandonar sus habitaciones y sus bienes terrenales, y
salir en busca de un escape incierto; los padres conduciendo a sus hijos, y
los más robustos cargando con los más débiles; y sobre todo oír las lamen-
taciones tristísimas de las mujeres”.
Después de este acontecimiento, el marqués de Monferrato, quien había
actuado en las cruzadas contra los musulmanes, fue nombrado jefe de las
fuerzas, para dar al movimiento un carácter más militar y hacer posible
la conquista sin tan enormes pérdidas de gente. Cubierto con la máscara
de la religión que ocultaba su corazón sanguinario y sus bajos apetitos,
el nuevo jefe fue tan cruel y despiadado que el mismo papa desaprobó su
conducta. Atacó el castillo de Minerva, una fortificación natural cerca de
Narbona, diciendo que era un lugar abominable porque en él no se había
cantado una misa desde hacía treinta años. Por falta de agua tuvo que

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rendirse el marqués de Termes. Le exigían que abjurase de su fe y entrase
en el seno de la Iglesia Romana, y como él rehusase, lo encerraron en
una prisión donde murió poco tiempo después a consecuencias del mal
trato que le daban. Su esposa, su hermana y una hija joven se mantuvieron
firmes en la fe y sucumbieron quemadas vivas en la hoguera después de
ser cruelmente atormentadas. Un día el duque mandó que ciento ochenta
personas fuesen arrojadas a las llamas.
En el año 1211 fue tomada la ciudad de Albi. El 3 de mayo de 1212, Lavaur,
la gran fortaleza albigense, cayó en poder de los cruzados, y sus habitantes
tuvieron el mismo fin que los de las otras ciudades que habían sido
tomadas. Aimeric y su hermana Geralda, señores de Lavaur, sucumbieron
luchando por el pueblo. Él fue ahorcado ignominiosamente y ella arrojada
a una fosa donde la apedrearon hasta morir.
El rey de Francia Luís VIII se unió con sus fuerzas a los cruzados y se
apoderó de Aviñón. Los atacantes se dirigieron luego a Tolosa, donde
sucumbió Monfort. La ciudad fue tomada en el año 1221.
La guerra continuó durante varios años más, hasta que se firmó el
tratado de París, en 1229, pero la inquisición instituida por “santo” Domingo
continuó la obra de persecución. Los albigenses que no sucumbieron
en las hogueras o por la espada se diseminaron por muchas partes de
Europa donde continuaron su obra, siendo conocidos bajo el nombre de
valdenses.
Sirvan estos hechos para demostrar el carácter perseguidor e
intolerante del romanismo, y para hacemos ver que son fieles las palabras
en las cuales Dios promete alentar a sus siervos en medio de las apreturas
de este mundo.
“La Palabra del Señor permanece para siempre”. Nada pudieron hacer
300 años de persecución bajo Roma pagana, y nada pudo Roma papal
embriagándose con la sangre de los santos y mártires del Señor Jesús.
Y hasta que el Señor venga, haciendo frente a todos los embates de la
persecución, de la incredulidad, de la burla, del fanatismo y del error, los

83
cristianos continuarán siendo testigos del poder del evangelio, alentados
por aquel que dijo: “He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el
fin del mundo”

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CAPÍTULO 12

PRECURSORES
DE LA REFORMA
Se conoce como precursores de la reforma a los mártires que antece-
dieron a las prominentes figuras de la reforma protestante del Siglo XVI,
aunque su voz y sus obras fueron acalladas por Roma, levantaron su voz
de protesta y murieron deseando ver una iglesia en la pureza de la iglesia
primitiva. Los precursores principales son:

Juan Wiclef
Juan Huss y
Jerónimo de Praga

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Juan Wiclef
Nació en Inglaterra el año 1324. Estudió con mucho éxito filosofía y
teología en la Universidad de Oxford. Se distinguió pronto tanto por sus
dotes intelectuales como por la independencia de su pensamiento. Gran-
de era su celo por el estudio, por la prosperidad de la iglesia y por todo lo
que pudiese contribuir al bien de su pueblo.
En 1372 se graduó en el doctorado de teología y fue entonces que em-
pezó a ganar popularidad tanto por sus discursos como por sus escritos.
Cada día se hacía más fuerte en su actitud contra la corrupción de la igle-
sia. Sus polémicas eran principalmente con los frailes mendicantes que
tanto por su número como por su carácter se habían convertido en una
plaga social. Andaban continuamente recorriendo las calles con una bolsa
al hombro pidiendo en las casas toda clase de artículos para llenar las bo-
degas y despensas de los monasterios.
Su ardiente patriotismo fue uno de los factores más poderosos para
convertirlo en reformador. Como ciudadano inglés se sintió ofendido en
su dignidad nacional ante las pretensiones de la curia romana y por la ex-
plotación descarada de que era objeto su pueblo. “El papa y sus colectores
— escribía — sacan de nuestro país lo que se necesita para sostener a los
pobres y miles de libras del tesoro real en cambio de sacramentos y pre-
tendidas bendiciones. Ciertamente nuestro reino tiene una gran montaña
de oro y nadie saca de ella sino este soberbio colector eclesiástico, y al
cabo de un tiempo todo habrá desaparecido; porque siempre está sacando
dinero de nuestra tierra y lo único que nos devuelve son maldiciones de
Dios a causa de su simonía”.
La costumbre de emplear predicadores itinerantes nació con él y para
justificarla apeló al ejemplo dado por el Señor y decía: “Los Evangelios
nos refieren cómo Jesús iba por todas partes del país, a pueblos y ciuda-
des, y esto para enseñarnos a buscar el bien de todos”. Logró conseguir
la colaboración de muchos que estaban animados del mismo espíritu y
fundó con ellos una sociedad de predicadores itinerantes a los cuales daba

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instrucción, y quienes descalzos y vestidos rústicamente recorrían el rei-
no predicando el Evangelio y denunciando los errores del papismo. Estos
predicadores fueron llamados lollardos, palabra que significa vagabundo o
mendigo, porque estos hombres no tenían, generalmente, residencia fija,
ni parroquias que produjesen rentas, y vivían de las ofrendas de las almas
piadosas, sin descender al terreno de los frailes mendicantes que eran por
ellos combatidos.
Como el movimiento iba tomando incremento el papa Gregorio XI se
alarmó y lanzó tres bulas contra el reformador, el año 1377, que fueron en-
viadas por mano de un nuncio. Una de éstas iba dirigida a la Universidad
de Oxford, la otra a los obispos de Canterbury y Londres, y la tercera al
monarca. Pronunciaba en ella sentencia de condenación contra diecinueve
proposiciones de Wiclef. Llamaba la atención al hecho de que las herejías
condenadas eran contra la fe católica y tendían a la subversión del orden
social. Ordenaba que Wiclef fuese encadenado y encerrado en una prisión;
que se le formase juicio para oír de él si sostenía esas doctrinas y en qué
sentido, y de que sus respuestas fuesen enviadas a Roma. Estas bulas no
encontraron buena acogida en Inglaterra salvo de parte del alto clero. Ni
la Universidad ni el rey les dieron importancia. Los obispos, sí, y reunieron
un Sínodo y ordenaron a Wiclef que compareciese, pero como éste contaba
con el apoyo del duque de Lancaster, tuvieron que moderarse y el juicio
terminó sin mayores consecuencias.
En 1382 Wiclef fue expulsado de la Universidad y se retiró a la parroquia de
Lutterworth donde, a pesar de encontrarse con muy mala salud, continuaba
atacando vigorosamente al papado que en aquel entonces lo ocupaban dos
prelados simultáneamente y se lanzaban uno al otro excomuniones y maldi-
ciones de grueso calibre.
Wiclef falleció el 31 de diciembre de 1384. La iglesia de Roma que no pudo
ejecutarlo durante su vida, siguió odiándolo hasta después de la muerte, y
en 1415, condenadas sus doctrinas por el concilio de Constanza, sus restos
fueron sacados de la sepultura y arrojados al río que pasa por Lutterworth.

87
Juan Huss
Los escritos de Wiclef habían alcanzado mucha circulación en otros
países, pero fue principalmente en Bohemia donde tuvieron singular aco-
gida, no sólo de parte de algunas personas intelectuales y estudiosas sino
también de parte del pueblo, de la gente campesina que se hallaba en
franco antagonismo con la aristocracia poseedora de la tierra que otros
cultivaban.
Las aspiraciones de este pueblo cansado de sufrir injusticias y sediento
de libertad se personificaron en Juan Huss.
Nació el 6 de julio de 1373 en una aldea de Bohemia llamada llussinetz,
de la que le viene el apellido con que es conocido. Su padre era un campe-
sino sin recursos que murió joven dejando a su esposa e hijo en la mayor
miseria. Pero la solicitud y sacrificio de esta viuda bastaron para sobrepo-
nerse a las grandes dificultades que encontró, logrando dar buena educa-
ción a su hijo hasta verle ingresar en la Universidad de Praga, pasando de
la categoría de alumno a la de profesor cuando tenía veinticinco años de
edad. Debió mucho de su popularidad no sólo a su talento sino a su pro-
fundo espíritu nacionalista, llegando a ser considerado como el verdadero
jefe del pueblo checo. En 1401 fue decirlo deán y dos años más tarde rector
de la Universidad, por los votos del profesorado y del auditorio como era
costumbre. Fue también nombrado predicador de la capilla de Bethelem,
la cual había sido edificada y dotada por dos laicos, uno miembro de la
corte y otro comerciante, para que en ella se predicase la Palabra de Dios
en lengua vulgar para instrucción del pueblo; en vista de que los templos
de Praga estaban casi exclusivamente consagrados a ritos y ceremonias
que no servían para alimentar espiritualmente a los que tenían hambre y
sed de las enseñanzas divinas. Por eso le fue dado el nombre de Bethelem,
que significa “casa del pan”.
Tanto la predicación como los escritos de Juan Hus despertaron la opo-
sición del clero al cual atacaba sin miramientos debido a la vida licenciosa
de sus componentes. El arzobispo se puso al frente de la oposición y lo

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acusó ante el papa de ser propagador de las doctrinas de Wiclef . El papa
encargó al arzobispo que hiciese una prolija investigación requisando to-
dos los escritos heréticos que pudiese encontrar, y éste, haciendo uso de
un celo verdaderamente inquisitorial, consiguió no menos de doscientos
volúmenes que con gran pompa hizo quemar frente a su palacio. Se prohi-
bió a Hus la predicación, pero éste consiguió mantenerse en la capilla de
Bethelem que era propiedad privada y ahí continuar enseñando al pueblo.
Dadas las modestas dimensiones de esta capilla, se vio obligado a salir al
aire libre y llegó a predicar a diez mil personas. Sus partidarios le imitaban
en su actividad y recorrían los pueblos y aldeas predicando al aire libre.
El rey Wenceslao se puso a favor del movimiento y se dirigió al papa que-
jándose de la quema de los libros y de los obstáculos que se oponían a la
predicación.
Fue citado a comparecer a Roma, pero Huss no se presentó sabiendo
que en la corte papal no encontraría ni justicia ni seguridad. Fue entonces
excomulgado, y como la ciudad se adhería cada vez más a sus doctrinas,
fue puesta en entredicho, es decir privada del ejercicio del culto y de los
sacramentos. Esta medida solía tener mucho efecto en aquellos tiempos y
provocar levantamientos populares de graves consecuencias. El rey Wen-
ceslao, que había favorecido a Huss, se atemorizó y le retiró su protección,
y muchos de sus adeptos volvieron atrás cuando vieron el giro que iban
tomando las cosas. En este tiempo Huss se vio obligado a salir de la capi-
tal pero continuó predicando en su retiro a la gente que de todas partes
acudía para escucharle. Aprovechó estos días de relativa calma para es-
cribir su obra sobre La Iglesia, en la cual sigue casi literalmente a Wiclef y
declara que Cristo es su único Jefe y que la componen aquellos que tienen
fe y vida espiritual.
Por medio de sus; cartas llenas de ternura y de un alto sabor espiri-
tual, continuaba alimentando y fortificando a la comunidad de Bethe-lem.
Como san Pablo al escribir a los Filipenses, revela estar del todo conforme
con lo que Dios disponga respecto a su futuro, ya sea la vida para con-

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tinuar sirviendo, ya sea la muerte, para ¡entrar al descanso de su Señor.
“¿Por qué tener temor a la muerte — escribe — si hemos de encontrar en
Cristo la vida verdadera?”.
En Otoño de 1414 se reunió el concilio de Constanza convocado para
poner fin a un grave cisma en la iglesia católica originado por tres papas
que funcionaban al mismo tiempo y se lanzaban recíprocamente exco-
muniones y maldiciones. Se buscaba también poner un dique a la ola de
corrupción que invadía a todo el sistema eclesiástico.
El emperador Segismundo le había dado un salvoconducto y una escol-
ta para que pudiese ir y regresar en completa seguridad. El 11 de octubre
de 1414 partió de Praga acompañado de su fiel discípulo Juan de Chlum.
Los que le despidieron lloraban al verle partir porque tenían el doloroso
presentimiento de que no volverían a verlo.
El 3 de noviembre entró en Constanza, recibido por una multitud de
admiradores y curiosos que se disputaban el sitio más prominente para
ver pasar al gran heresiarca que conmovía a la cristiandad. Fue alojado
en una casa particular donde lo dejaron tranquilo durante las primeras
cuatro semanas.
Sus enemigos sostenían que un hereje no era digno de la considera-
ción que se le tenía al permitírsele tener una casa por cárcel. Debía ser
encerrado donde se encierra a los peores malhechores, para que vaya al
juicio no desde una casa sino desde una prisión. Consiguieron con estos
argumentos que el 28 de noviembre fuese sacado de su alojamiento y en-
cerrado en una cárcel inmunda, por donde pasaba una cloaca pestilencial
que hacía de la vida un tormento.
Él creía que al parecer ante el concilio era para discutir y demostrar que
sus creencias eran sanas; en cambio lo trataban como a un reo de graves
delitos que estaba ahí para responder a acusaciones.
Sus sufrimientos físicos y morales eran atroces. Él había soñado con
hacer resplandecer la luz de la verdad en aquella magna asamblea, pero
ahora ya estaba convencido de que le esperaba la muerte.

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En la prisión fue interrogado varias veces por la comisión papal, la que
hipócritamente buscaba que ya estuviese condenado cuando compare-
ciese ante el concilio y así impedir que hiciese uso de la palabra. El 5 de
junio fue llevado ante el concilio, reunido en minoría, pero los presentes
eran numerosos. Leída la acusación, Huss pidió la palabra para dar sus
explicaciones, pero no se la concedieron. La burla ya estaba consumada.
Se le exigía que respondiese con un sí o un no, sin intentar siquiera defen-
derse. Él protestó enérgicamente y la sesión terminó tumultuosamente. El
día 7 hubo otra audiencia y esta vez el concilio tuvo que conformarse con
dar la palabra al acusado. Huss habló con claridad y unción impresionan-
do vivamente en su favor a muchos de los oyentes, debido a la precisión,
acierto, agudeza y sentido práctico con que habló. Pero el concilio siem-
pre colocado en el terreno de la arrogancia y despotismo declaró que lo
que quería era una retractación lisa y llana. En otra audiencia inmediata
quedó demostrado que Huss permanecería firme como una roca aun fren-
te a la muerte; y que pondría en práctica la sentencia de Salomón en los
Proverbios: “Compra la verdad y no la vendas.” Cuando salió, presintiendo
todos los concurrentes el desenlace trágico de aquel proceso, el caballero
de Chlum consiguió darle un apretón de mano. “Qué gozo — escribía Huss
desde su prisión — me proporcionó la mano del noble Juan de Chlum al
estrechar la mía. No se avergonzó de mí, el miserable, el desechado, el
hereje excomulgado, cargado de cadenas.”
El fin de Juan Huss ya estaba resuelto. El mismo emperador pedía su
condenación diciendo: “Es el mayor hereje que he conocido; si no abjura
merece ser quemado.” Su palabra y su firma garantizándole la vida las echa-
ba al olvido. Era lo que los prelados querían y ya lo habían conseguido. Pero
pasaron aun cuatro semanas en llenar todas las formalidades necesarias
para que el crimen se consumase con apariencias de justicia. Varios car-
denales lo visitaron en su celda para arrancarle una retractación, pero todo
fue inútil. Cuando le asaltaba algún temor en vista del suplicio que le estaba
esperando, tomaba la Biblia y hallaba consuelo en las promesas de Dios.

91
El día fijado para la ejecución de Huss fue el de su cumpleaños; 6 de
julio de 1415. El concilio se había reunido solemnemente en la catedral con
la presencia del emperador Segismundo. La sesión empezó con una misa
y sermón. Durante este tiempo Huss tuvo que permanecer en el atrio en
calidad de hereje. El lugar “sagrado” estaba reservado sólo para los culpa-
bles del crimen que pronto iba a ser consumado. El predicador tomó por
texto estas palabras de Romanos 6:6: “Para que el cuerpo del pecado sea
deshecho, a fin de que no sirvamos más al pecado.” El orador hizo una ab-
surda e impía interpretación de este pasaje bíblico para sostener que los
herejes debían ser destruidos por fuego.
Se dio lectura a treinta proposiciones de Huss que según los jueces del
concilio contenían graves errores. Aunque al acusado se le había dicho
que debía guardar silencio pudo decir algunas palabras. Recordó que ha-
bía recibido un salvoconducto firmado por el emperador presente, garan-
tizándole el libre regreso a su país, y al decir estas palabras fijó su mirada
en el soberano quien dio vuelta su rostro sonrojado de vergüenza.
La sentencia fue pronunciada. Huss fue condenado a ser despojado de
su carácter sacerdotal y a ser entregada al brazo seglar para que cum-
pliese con la sentencia. La hoguera ya estaba preparada y los ejecutores
estaban esperando al reo, pero el clero, como en todos estos casos, unió
el sarcasmo a la crueldad, declarando que como la iglesia tiene horror a la
sangre encomendaba al hereje a la clemencia del estado.
Siguió la degradación. Primeramente lo vistieron con los hábitos sacer-
dotales y como él declarase que no estaba dispuesto a retractarse de sus
creencias, lo despojaron de ellos al compás de terribles maldiciones ecle-
siásticas que pronunciaban cada vez que le quitaban una pieza. Al sacarle
de la mano el cáliz, dijeron: “Te quitamos, Judas maldito, la copa de salva-
ción.” Pero él les respondió: “Confío en Dios y en mi Salvador Jesucristo,
que El no me ha quitado la copa de salvación y que hoy mismo la beberé
en su reino.” En seguida le colocaron una gorra de papel en la que habían
pintado demonios y escrito una leyenda que decía: “Este es el heresiarca.”

92
Cuando al fin lo sacaron de la iglesia y los obispos dijeron: “Entregamos
tu alma al diablo”, él contestó: “En tus manos, Señor Jesús, encomiendo
mi alma.”
Una escolta lo condujo al sitio de la ejecución. Allí volvió a declarar que
toda su vida había trabajado para encaminar a los hombres por el camino
del bien y que quería confirmar con su muerte la verdad del Evangelio; que
todo lo que había predicado estaba de acuerdo con las Sagradas Escritu-
ras. Se le oyó decir: “Señor Jesús, quédate cerca de mí, socórreme para
que pueda sufrir con firmeza, por tu gracia y tu ayuda, esta muerte cruel
y dolorosa que debo afrontar por amor a tu Palabra.”
El conde palatino que presidía la ejecución le preguntó por última vez
si quería retractarse, y ante su nueva y firme negativa mandó encender la
hoguera. Cuando las llamas le rodearon se le oyó cantar y decir: “Jesús,
Hijo del Dios viviente, ten misericordia de mí.”
Recogidas las cenizas fueron arrojadas al Rhin.

Jerónimo de Praga
El martirio de Juan Huss fue seguido por el de su compañero Jerónimo
de Praga, quemado vivo el 30 de mayo de 1416.
Jerónimo era un hombre enérgico e impetuoso, pasando a menudo los
límites de la prudencia. Era un poco más joven que Huss, pero era más
rico en experiencias porque había viajado mucho en diferentes países de
Europa. Era un verdadero príncipe de la palabra y este don le abría las
puertas de todos los centros intelectuales que visitaba. Las Universidades
de Praga, París, Colonia y Heidelburgo le habían conferido títulos bien
merecidos, razón por la cual en Bohemia era altamente apreciado.
Viajando por Inglaterra llegó a conocer los escritos de Wiclef, los que
copió e introdujo en su país, contribuyendo de este modo a la propagación
del evangelio.
En abril de 1415 fue citado a comparecer ante el concilio de Constanza
para responder a cargos idénticos a los que se habían hecho a Juan Huss.

93
Se presentó y con valentía protestó contra la prisión de su amigo, pero
viendo el peligro que corría huyó de la ciudad con la esperanza de poner-
se fuera del alcance de sus perseguidores. Tuvo en esto muy mala suerte,
pues fue prendido antes de llegar a su destino y encerrado en un calabozo.
Después de un año de sufrimientos terminó por declararse vencido, re-
tractándose de lo que había enseñado. Pero este triunfo de los secuaces
de Roma fue de muy corta duración, porque avergonzado de su debilidad,
y profundamente arrepentido, pidió ser oído de nuevo, y con gran sorpre-
sa del concilio hizo un elocuente elogio de Juan Huss y censuró duramen-
te a sus verdugos.
Cuando Jerónimo, después de algunas dificultades, consiguió ser escu-
chado, empezó su discurso con una oración a Dios, cuya asistencia patéti-
camente imploró. Entonces recordó que muchos hombres excelentes, en
los anales de la Historia, fueron oprimidos debido a falsos testimonios y
condenados por juicios injustos.
“Diferentes opiniones en materia de fe — dijo — siempre se han levantado
entre los intelectuales, y siempre se creyó que esto era beneficioso a la ver-
dad más bien que al error, cuando se lograba poner de lado al fanatismo. Tales
fueron, dijo, las diferencias entre Agustín y Jerónimo: y aunque sus opiniones
eran no sólo diferentes sino contrarias, nunca se les tachó de herejía.”
Todos esperaban que él se retractase de sus errores o por lo menos se
disculpase; pero no se le oyó nada parecido. Declaró francamente que no
tenía nada de que retractarse. Hizo un gran elogio de Huss, llamándolo un
varón santo y lamentó su cruel e injusta muerte. Estaba dispuesto, dijo, a
seguir los pasos de aquel bendito mártir y a sufrir con constancia cual-
quier cosa que sus enemigos le hicieron.
Firme e intrépido estuvo delante del concilio, concentrando toda su
personalidad; y en lugar de temer a la muerte, parecía que la deseaba. Los
hombres más notables de los tiempos pasados probablemente no fueron
superiores a él. Si la historia es justa este hombre será admirado por toda
la posteridad.

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“Con rostro radiante y con firmeza más que estoica, afrontó la desgra-
cia, no temiendo ni a la muerte ni a la forma horrible en que se le presen-
taba. Cuando llegó al sitio de la ejecución se quitó la capa, hizo una corta
oración frente al poste en que fue atado con cuerdas húmedas y una cade-
na de hierro, y fue envuelto en leña hasta la altura del pecho.”
Viendo que el ejecutor estaba por encender la pira a sus espaldas le
gritó: “Trae la antorcha de este lado. Cumple tu misión delante de mi faz.
Si hubiera temido a la muerte la hubiera evitado.
Cuando la leña empezó a arder, cantó un himno, que la violencia de la
llama apenas pudo interrumpir.

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CAPÍTULO 13

LA REFORMA
PROTESTANTE
Se conoce como reforma protestante al movimiento religioso que sur-
gió dentro del sacro imperio romano durante el siglo XVI; aunque la figura
más resaltante fue Martín Lutero, esta reforma protestante se suscitó casi
en simultaneo en diferentes lugares y tuvo destacados representantes.

Causas que motivaron la protesta


Entramos al siglo XV. La apostasía prevalece en todo el campo nominal-
mente cristiano. El clericalismo deja sentir su planta férrea sobre la cerviz
de los pueblos. Ahogados en ríos de sangre y consumidos por el fuego de
mil hogueras, los valdenses y albigenses están casi totalmente extermi-
nados. Sólo aquí y allí se levanta de vez en cuando alguna voz heroica que

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pronto tiene que guardar silencio en las mazmorras inquisitoriales.
El papado triunfa en toda la línea. Reyes, príncipes y vasallos se some-
ten incondicionalmente a su despótica autoridad, y éste no cesa de prego-
nar sus arrogantes y blasfemas pretensiones. Los papas logran ejercer una
autoridad mundana nunca alcanzada por los más afortunados emperado-
res y el colegio de cardenales que le rodea desempeña las funciones del
viejo senado romano. El paganismo ha resurgido escondiéndose bajo el
nombre de cristiano. Todo conato de resistencia y aun la crítica más leve
tiene que ser expiada con la sangre del culpable, e Inocencio III declara,
sin que nadie proteste, que el Señor le ha confiado no sólo el gobierno de
la iglesia sino el de todo el mundo. No menos arrogante se muestra el papa
Bonifacio VIII cuando ofrece, como si fuesen suyas, las coronas reales de
Roma y Constantinopla a un príncipe francés; declara feudos papales a
Hungría, a Polonia, Escocia, y publica la bula Unam Sanctam en la que
decía: “Declaramos que por la necesidad de la salvación toda criatura hu-
mana está sujeta al papa de Roma”.
El papado no mostraba otra preocupación que la de sostenerse en el
poder temporal y aumentar la extensión territorial de su reino. Aprove-
chando su ascendiente sobre monarcas que veían en el papa a un verda-
dero representante de Cristo, se servía de la excomunión y del entredi-
cho para la realización de sus fines políticos. Su historia se convierte en
una larga e interminable serie de arreglos políticos, intrigas diplomáticas,
empresas militares, al frente de las cuales se colocan a veces los mismos
pontífices, y de pactos que se quebrantan cuando dejan de llenar el fin que
el papa tuvo al hacerlos firmar.
Oigamos lo que respecto a la simonía papal dice el historiador Dr. F.
de Bezold en el tomo 21 de la Historia editada por Oncken: “Con mucho
acierto se ha calificado que la curia romana de máquina gigantesca de
hacer dinero; y la frase de que en Roma todo se adquiría con dinero no
era ninguna exageración, porque entonces todo se compraba, desde la
prebenda más pequeña hasta el capelo cardenalicio; desde el permiso

97
de comer manteca de vaca en los días de ayuno hasta la absolución de
asesinatos e incestos. La curia esquilmaba a los obispos a fuerza de con-
tribuciones onerosísimas, y, al propio tiempo, desorganizaba e imposi-
bilitaba la cura de almas en las diócesis, ya vendiendo sin escrúpulos
los cargos eclesiásticos, ya por medio de los frailes mendicantes, que
provistos de privilegios papeles suplantaban a su placer al clero parro-
quial en los pulpitos y confesonarios. Era un gobierno centralizador cuya
mano se sentía en todas partes, que no guardaba consideración a nada
ni a nadie, que no tenía más norma y objeto que su propio interés y que
costaba carísimo a los pueblos”.
La corrupción en las esferas eclesiásticas era espantosa. En la silla papal
se sentaban monstruos como Alejandro VI, padre de la famosa cortesana
Lucrecia Borgia. El día que fue coronado nombró a su hijo César, un joven
de costumbres feroces y disolutas, arzobispo de Valencia y a la vez obispo
de Pamplona. Las orgías que tenían lugar en el Vaticano igualaban a las
de Calígula y los crímenes que se cometían rivalizaban con los de Nerón.
Los conventos de la capital eran verdaderos focos de corrupción. Sobre
la vida de los clérigos dice el historiador arriba citado: “La introducción
forzosa del celibato eclesiástico tuvo la consecuencia que era de temer-
se, el amancebamiento del clero. Los sacerdotes, que públicamente vivían
con mancebas, pasaban también las noches jugando a los dados, bebiendo
copiosamente y coronando todos estos excesos brutales con riñas de las
cuales resultaban con frecuencia muertos y heridos”.
Las Sagradas Escrituras que habían sido leídas y comentadas en todas
las iglesias primitivas para instrucción de los fieles, habían caído casi por
completo en desuso. Tomás Linacer que era un eclesiástico erudito nunca
había visto un ejemplar del Nuevo Testamento. Cuando al fin de sus días
se puso a leerlo quedó tan sorprendido de su contenido que dijo: “O bien
esto no es el Evangelio o nosotros no somos cristianos”.
Los eclesiásticos más instruidos leían la Vulgata, es decir la versión lati-
na de la Biblia, pero los de inferior categoría no leían nada. Tocante al pue-

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blo, ni se pensaba en cosa tal como su lectura. Las versiones que algunos
eruditos hicieron a las lenguas corrientes no llegaron jamás a manos del
pueblo, al que se le mantenía en la más completa ignorancia no sólo de esa
materia sino de todas las otras. Privado así del pan de la vida se alimentaba
de ritos muertos, ridículas leyendas de santos, apariciones de vírgenes, y
mil otras supersticiones.
Pero no eran solamente abusos eclesiásticos los que había que corre-
gir en el romanismo. La misma doctrina cristiana había sido pervertida
y mistificada. Se habían respetado creencias fundamentales, como la di-
vinidad de Cristo y la inspiración de las Escrituras, pero al lado de ellas
florecían otras que lograban desvirtuarlas. Una multitud de mediadores
viene a ocupar el lugar del único mediador entre Dios y los hombres, y la
confianza en el fuego del purgatorio reemplaza a la expiación obrada por
Cristo en la cruz. El culto en espíritu y cu verdad proclamado por el divino
Maestro junto al histórico pozo di; Jacob, fue sustituido por el grosero cul-
to de las imágenes. El sacerdocio universal de los creyentes desapareció
ante el avance atrevido de un sacerdotalismo contrario al espíritu y a la
letra del Nuevo Testamento.
La gente piadosa que aun quedaba empezó a preguntarse si esta ins-
titución tan mundana, podía ser la verdadera iglesia fundada por Cristo.
“¡Quién me diera, quién me diera — había escrito el abate de Clairvaux —
ver antes de morir, la iglesia tal como fue en sus primeros días!”
Y este suspiro de aquel alma angustiada era el que lanzaban muchos
hombres de sentimientos cristianos, verdaderos precursores de la Refor-
ma que estallaría en los albores del siglo XVI. Vamos a ocuparnos de al-
gunos de ellos.

Principales figuras de la reforma protestante


Entre las principales figuras de la reforma protestante tenemos:
Alemania: Martín Lutero ; Suiza: Ulrico Zuinglio; Francia: Santiago Le-
fevre, Juan Calvino, Luis Berquín, Guillermo Farel; Inglaterra: Guillermo

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Tyndale; Escocia: Juan Knox, Patricio Hamilton; Dinamarca: Taussen; Pai-
ses Bajos: Simon Mennos.
Fue el apóstol Pablo quien hizo temblar a la Roma Pagana; y fue Martín
Lutero, el hombre usado por Dios para hacer temblar a la roma papal.

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CAPÍTULO 14

MARTÍN LUTERO
Sus primeros años
Martín Lutero nació en una aldea de Alemania llamada Eisleben, el 10
de noviembre de 1483. Su padre Juan Lutero y su madre Margarita Siegler
eran pobres y modestos trabajadores, pero personas que por su laborio-
sidad y honradez gozaban de buena reputación entre sus vecinos. Su cé-
lebre hijo nunca se avergonzó de su origen humilde y refiriéndose a su
infancia decía: “Soy hijo de un aldeano; mi padre, mi madre y mis abuelos
eran verdaderos aldeanos”.
A la edad de 14 años fue enviado a la escuela de Magdeburgo, y poco
tiempo después a la de Eisenach, donde vivían algunos parientes de su
madre. Como su padre volvió a verse en dificultades pecuniarias hubo
momentos en que se creyó que sería imposible continuar costeándole los
estudios. Siguiendo una vieja costumbre nacional, el joven salía con otros

101
compañeros de escuela a cantar por las calles y recogían las ofrendas, ya
en alimentos, ya en dinero, que les daban los vecinos. La melodiosa voz
del joven cantor impresionó a una dama llamada Ursula Cotta, esposa de
un ciudadano adinerado, y ésta conociendo la situación afligente del es-
tudiante se constituyó en su protectora, recibiéndolo en su propia casa y
haciéndolo participar de su mesa. Fue en esto hogar donde se dulcificó un
tanto su espíritu y donde aprendió a ser franco y jovial.
Su padre había resuelto que estudiase leyes y a la edad de dieciocho
años pudo hacerlo ingresando a la Universidad de Erfurt, donde se entre-
gó al estudio con gran entusiasmo, pasando el tiempo ya en las aulas ya en
la Biblioteca. Al cabo de dos años recibió el grado de bachiller.
Examinando un día los libros de la Biblioteca dio con un volumen ol-
vidado que le llamó mucho la atención. Era una Biblia en latín. Lleno de
emoción se puso a recorrer sus misteriosas páginas y su corazón latía
al encontrarse por primera vez con un tomo que contenía los escritos
inspirados divinamente. Sus ojos se detuvieron para leer la bella historia
de Ana y el niño Samuel. Poco sospechaba entonces que él llegaría a ser
para su pueblo lo que este niño fue para Israel; un fiel profeta de Jehová.
Leyó largamente y no tardó en volver para leer y releer esas páginas que
le llenaban de satisfacción y derramaban en su alma inmensos torrentes
de luz. “¡Oh si Dios me diese un día — decía — la dicha de ser poseedor de
un libro tal!”. Fue así como Dios lo puso en contacto con su Palabra. ¡Había
descubierto el libro del cual más tarde daría a su pueblo esa traducción
admirable que Alemania lee desde hace cuatro siglos, y que ha sido fuente
de tan abundantes y ricas bendiciones!
El sentimiento religioso, hasta ahora un tanto dormido, se había des-
pertado vivamente en Lutero. Sus oraciones empezaron a ser frecuentes y
fervorosas. La lectura de la Biblia intensificaba este fervor y hacía que fue-
se consciente y estuviese fundado en la verdad. Pero un incidente inespe-
rado vino a ser la causa de que se pusiese a pensar en las cosas espirituales
con mayor solemnidad. Había ido a visitar a sus padres y cuando estaba de

102
regreso a Erfurt le sorprendió en el cantillo una fuerte tempestad. Un rayo
cayó a sus pies y aterrorizado se puso de rodillas invocando a Santa Ana.
Vio la muerte de cerca y en su desesperación prometió a Dios abandonar
el mundo y servirlo si lo libraba de aquella hora tan terrible. Al levantarse
del suelo y renacer la calina, se preguntó lo que debía hacer para cumplir
la promesa que había hecho. El único camino que conocía era el de la vida
monástica y creía que para ser santo y hallar la paz debía abrazarla. ¡Dios
estaba preparando al futuro apóstol para la gran obra que debía realizar
en el mundo!
La muerte prematura de un amigo, que algunos autores la hacen coin-
cidir con la caída del rayo en el camino de Erfurt, le habló de la eternidad
con muda pero impresionante elocuencia, y desde aquel momento la sal-
vación de su alma fue su más seria preocupación.
Cuando llegó a Erfurt su resolución ya estaba tomada en forma inque-
brantable, pero no sería sin pena que daría el adiós a sus amigos y a sus
estudios. Una noche invitó a sus amigos para una tertulia y después de
pasar algunas horas de entretenimiento cantando al son del laúd, con gran
sorpresa para todos, les manifestó el propósito de hacerse monje. Antes
de aclarar salió de su casa y fue a golpear las puertas del convento de
agustinos. Tenía entonces cerca de veintidós años de edad. Los agustinos
recibieron al joven universitario con los brazos abiertos. Sus amigos que
en la noche de la despedida habían hecho todo lo posible para que no lle-
vase a cabo su propósito, continuaban creyendo que su resolución había
sido un error. ¿Un joven de tanta promesa ha de sepultarse en un claustro
para llevar una vida ociosa como los demás frailes? Se dirigieron en cor-
poración al convento para hacerlo salir, pero las puertas permanecieron
cerradas. Pasó más de un mes antes que uno de ellos consiguiera verlo.
Su padre cuando supo la noticia quedó consternado y le escribió una car-
ta foribunda. Juan Lutero que era ahora un vecino de alguna influencia,
consejero municipal, había formado planes muy diferentes para su hijo.
Quería verlo abogado y casado con la hija de algún ciudadano de Mansfeld.

103
Las ilusiones de su vida se desvanecieron en una noche. El golpe era duro
pero no tenía más remedio que soportarlo.
Durante el noviciado Lutero tuvo que hacer los trabajos más humildes
del convento; barrer las celdas, cuidar el jardín, dar cuerda al reloj, actuar
de portero, etc. Terminadas estas tareas venía lo más duro: “Cum saco per
civitatem” con la bolsa por la ciudad. Tenía que recorrer las calles men-
digando de puerta en puerta hasta llenar la bolsa que llevaba al convento
con todas las provisiones conseguidas de los devotos.
Lutero buscaba cultivar sus facultades intelectuales dedicando algún
tiempo al estudio, pero sus superiores y sus compañeros de más edad
queriendo humillarlo hasta el extremo, cuando veían que estaba tomando
gusto a alguna lectura le hacían esta reprimenda: “Vamos, vamos, no es
estudiando sino mendigando pan, trigo, huevos, pescado, carne y plata
como se ayuda al convento”. Tenía entonces que dejar los libros y salir de
nuevo con la bolsa.
Felizmente algunos de sus amigos de la Universidad influyeron ante
el prior y pudo dedicarse más al estudio. Se puso a leer las obras de San
Agustín, gustando sobremanera su exposición de los Salmos. Leyó tam-
bién con provecho los comentarios bíblicos de Nicolás de Lyra, muerto
en 1340, y ejercieron en él tan saludable influencia que se llegó a decir: “Si
Lyra no hubiera tocado la lira, Lutero no hubiera saltado”. Pero sobre todo
leía la palabra de Dios en el ejemplar de la Biblia que halló encadenado en
el convento. Aprendía de memoria trozos enteros y pasaba a veces todo
un día meditando en un versículo. En este tiempo se dedicó al estudio del
griego y hebreo para poder leer las Escrituras en sus lenguas originales.
Lutero buscaba en vano la paz del alma por medio del cumplimiento de
los deberes religiosos que su orden le imponía. Los prolongados ayunos y
las repetidas penitencias no llegaban a tranquilizarle. Encerrado en su cel-
da como un prisionero luchaba contra los apetitos carnales pero no con-
seguía la victoria. Así aprendió que la salvación no se consigue por medio
de las obras y pudo más tarde decir: “Si un fraile hubiera podido entrar al

104
cielo por su frailería, yo hubiera entrado. De esto pueden testificar todos
los frailes que me han conocido. Si ese estado se hubiese prolongado yo
me hubiera martirizado hasta morir, a fuerza de vigilias, rezos, lecturas y
otras obras. Yo acudía a mil medios para tranquilizar la voz de mi concien-
cia. Me confesaba todos los días, pero eso de nada me valía. Me preparaba
con mucha devoción para la misa y la oración, pero llegaba al altar lleno
de dudas, y lleno de dudas me retiraba. Yo ayunaba, velaba, maltrataba el
cuerpo; nada conseguía”.
Una vez se encerró en su celda y como pasaran varios días sin que la
puerta se abriera, uno de sus amigos, Lucas Edemberger, deseando saber
la causa la abrió y lo halló desmayado en el suelo. No pudiendo, por dife-
rentes medios, hacer que volviese en sí, tomó un grupo de chicos acos-
tumbrados a cantar en el coro y les hizo entonar una canción suave que
obró con poder mágico sobre los sentidos de Lulero devolviéndole el co-
nocimiento. “Pero — dice D’Aubigne, si la música podía por algunos instan-
tes traerle un poco de serenidad, necesitaba otro remedio más poderoso
para curarlo realmente, necesitaba ese don dulce y sutil del Evangelio, que
es la voz de Dios mismo”.
Lutero desde niño había mostrado gran pasión por la música y el canto,
logrando tocar admirablemente el laúd y otros instrumentos. Años más
tarde fue compositor de bien inspirados himnos y de trozos musicales
clasificados entre los clásicos, como el famoso “Castillo fuerte es nuestro
Dios”.
En aquellos tiempos la luz de la verdad había penetrado en algunas per-
sonas que seguían la vida monacal, quienes a pesar de hallarse dentro del
romanismo vivían por encima de su enseñanza y espíritu. Uno de estos
era Juan Staupitz, vicario general de la orden. En una de sus visitas al con-
vento de Erfurt conoció a Lutero y simpatizó mucho con él porque lo veía
preocupado con problemas espirituales que habían sido también los su-
yos. Le aconsejó a dejar de depender de sus obras y a confiar enteramente
en la obra del Redentor. “Contempla las llagas de Cristo, le dijo, y verás

105
brillar el consejo de Dios a los hombres. No se puede comprender a Dios
fuera de Jesucristo. En Cristo, dice Dios, encontrarás lo que yo soy y lo que
pido. No lo encontrarás en ninguna otra parte, ni en la tierra ni en el cielo”.
Hablando como verdadero profeta Staupitz le dijo cierto día: “No es en
vano que Dios te está probando por medio de estas luchas: tú lo verás, él
te utilizará para realizar grandes cosas”.
El mejor consejo que le dio fue éste: “Que el estudio de las Escrituras
sea tu ocupación favorita”. Y este consejo fue acompañado con el regalo
de una. Biblia que sirvió a Lutero para poder estudiarla en su celda, sin
depender de la que estaba encadenada en el convento.
Staupitz no acompañó a su discípulo en la obra de la Reforma y cuando
Lutero rompió definitivamente con el papado se retiró a un convento de
Salzburgo. Era un hombre pacífico que no se sentía capaz de tomar parte
en una batalla tan formidable como la que se estaba librando, y aunque
interrumpió su correspondencia con el reformador, en el fondo espiritual
ambos seguían líneas paralelas.
El 2 de mayo Lutero fue ordenado sacerdote. Su padre que hasta en-
tonces se había mantenido distanciado asistió al acto y le regaló veinte
florines. Ofició el obispo de Brandeburgo y al conferirle el poder de cele-
brar la misa le puso el cáliz entre las manos diciendo: “Accipe potestatcm
saxrificandi pro vivís et mortis”. (Recibe el poder de sacrificar por los vives
y los muertos). Años después dijo Lutero: “Si la tierra no nos tragó a ambos
fue por la gran paciencia y longanimidad del Señor”

Lutero en Wittenberg
El elector Federico de Sajonia había fundado la Universidad de Witten-
berg, nombrando a Staupitz decano de la Facultad de Teología que fun-
cionaba en la misma. Este comprendió que había llegado el momento de
proporcionar a Lulero la oportunidad de utilizar sus aptitudes en un esce-
nario más amplio que el del Erfurt y lo trajo a Wittenberg para enseñar en
el nuevo y floreciente centro de estudios. El joven fraile llegó en 1508 y se

106
instaló en el convento de agustinos porque su nuevo cargo no le desligaba
de las relaciones que mantenía con la orden. Su primera tarea fue la de
dictar clases de filosofía; pero como su alma suspiraba por cosas menos
áridas, se esforzó para alcanzar el grado de bachiller en teología lo que le
habilitaba para dictar cursos de materias religiosas. Desde entonces todos
los días tenía que hablar sobre la Biblia, y esa hora de estudios llegó a ser la
más apreciada por los estudiantes y profesores, porque Lutero en lugar de
seguir la rutina que consistía en definir sentencias obscuras de los autores
religiosos y teólogos medioevales, exponía la Biblia usando una exégesis
racional y con todo el fervor que caracteriza a las personas que han pasa-
do por las experiencias espirituales de que la Biblia trata. Estas lecciones
empezaron a ser el objeto de los más vivos y variados comentarios y el
sabio Mellerstadt dijo al respecto: “Este fraile desalojará a todos los docto-
res; introducirá una nueva doctrina y reformará toda la iglesia; porque se
funda en la Palabra de Cristo y nadie en el mundo puede vencer y trastor-
nar esta Palabra, aunque fuese atacada con todas las armas de la filosofía,
de los sofistas, scotistas, albertistas, tomistas y con todo el Tártaro”.
Staupitz llevó a Lutero a predicar en la iglesia de los agustinos y la gente
acudía en tropel a escucharle. El recinto resultaba pequeño, de modo que
el consejo municipal lo llamó a predicar en la iglesia parroquial. La fama
del nuevo predicador se extendió por todas parles, y el mismo Federico el
sabio vino una vez hasta Wittenberg para escucharlo.
En 1510 tuvo que interrumpir su brillante obra de profesor y predicador
para cumplir con una delicada misión que su orden le confiaba ante el
sumo pontífice. Se dirigió a Roma lleno de emoción, y a medida que avan-
zaba en su peregrinación se agolpaban en su mente los recuerdos histó-
ricos relacionados con la ciudad eterna. ¡Pronto vería el coliseo y otros
lugares inmortalizados por el martirologio cristiano! Cuando contempló
la ciudad cayó de rodillas y exclamó: “¡Te saludo, oh Roma santa!” Pero
una gran desilusión le esperaba. Encontró que los frailes llevaban una vida
desordenada y viciosa. La frivolidad con que trataban las cosas sagradas le

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escandalizó en extremo. Oyó cómo los frailes se burlaban de la misa que
celebraban. Halló casos en que los curas se jactaban de pronunciar las
palabras de la consagración de esta manera: “Pañis es, et panes manebis;
vinum es, et vinus manebis”. (Pan eres y pan quedarás: vino eres y vino
quedarás). Se le partía el corazón cuando veía que los curas decían la misa
a toda carrera, y que cuando él la decía llenando escrupulosamente todos
los requisitos, alguno se le acercaba para decirle que terminase pronto.
Visitó muy devotamente los monumentos y sitios consagrados por la
tradición. Fue a ver la llamada escalera de Pílalo, o escalera santa que la
leyenda dice fue transportada de Jerusalén a Roma, y que fue por ella que
Jesús subió al Pretorio. Cuando la estaba subiendo de rodillas recordó sú-
bitamente las palabras de Habacuc citadas por San Pablo en las Epístolas
a Romanos y Calatas: “El justo vivirá por la fe”. Esas palabras le revelaron
que Dios no se complace con las obras llamadas meritorias con que los
hombres quieren ganar el cielo. Avergonzado por haberse dejado arrastrar
por esa superstición y mentira de la escalera, se levantó resueltamente y
se retiró de aquel sitio.
Su viaje a Roma lo preparó para romper sin escrúpulos con el papado,
al cual hasta entonces había creído de origen divino. Pudo escribir: “En
Roma se cometen crímenes increíbles. Es necesario haberlo visto para
creerlo. Hay un proverbio que dice: Si existe un infierno debe encontrarse
debajo de Roma. Ahí prosperan todos los vicios. Los que queréis vivir en
santidad salid de Roma”.
Pero todavía se hacía ilusiones sobre el papa y lo creía un cordero en
medio de lobos.
De regreso a Wittenberg la doctrina bíblica de la justificación por la fe,
que ninguno llegara a encarnar como él, fue haciéndosele cada día más
preciosa. Las conversaciones con el piadoso Staupitz, el estudio de las
Epístolas de San Pablo, el recuerdo de su experiencia en la escalera de
Pilatos y otros factores contribuyeron a hacerle comprender que del co-
nocimiento de esta verdad depende todo el sistema cristiano. Oigámosle

108
hablar a este respecto: “Cuando por el Espíritu de Dios comprendí estas
palabras, cuando comprendí cómo la justificación del pecador proviene
de la pura misericordia del Señor por medio de la fe... entonces me sentí
renacer como un nuevo hombre y entré a puertas abiertas en el paraíso
de Dios. Desde entonces vi la querida y santa Escritura con ojos comple-
tamente nuevos. Recorrí toda la Biblia, reuní un gran número de pasajes
que me enseñaron lo que era la obra de Dios. Y como antes había odia-
do fuertemente la frase “justicia de Dios” empecé entonces a estimarla y
amarla como la frase más dulce y consoladora. Esta verdad fue para mí la
verdadera puerta del paraíso.
“Yo veo — añade — que el diablo ataca sin cesar este artículo funda-
mental por medio de sus doctores, y que no puede darse reposo. Pues
bien, yo el doctor Martín Lutero, indigno evangelista de nuestro Señor
Jesucristo confieso este artículo, que la fe sola justifica delante de Dios
sin las obras, declaro que el emperador de los romanos, el de los turcos, el
de los tártaros, el de los persas, el papa, todos los cardenales, los obispos,
los sacerdotes, los frailes, las monjas, los reyes, los príncipes, los señores,
todo el mundo y todos los diablos, deben dejarlo en pie y que permanezca
para siempre. Si quieren combatir esta verdad traerán sobre sus cabezas
el fuego del infierno. Ese es el santo y verdadero evangelio. No hay sino
Jesucristo el Hijo de Dios que haya muerto por nuestros pecados. Lo re-
pito, y aunque el diablo y todo el mundo se despedazasen en su furor,
no sería esto menos verdadero. Y si es El sólo quien quita el pecado, no
podemos ser nosotros con nuestras obras. Pero las buenas obras siguen a
la redención como el fruto sigue a la planta. Esa es nuestra doctrina, es la
que el Espíritu Santo enseña a toda la cristiandad. En el nombre de Dios la
sostendremos. Amén”.

La venta de las indulgencias


Los teólogos escolásticos de la Edad Media sentaron la falsa doctrina
de las indulgencias, enseñando que la iglesia posee un tesoro inagotable

109
de obras de supererogación, es decir, obras que los santos hicieron ade-
más de las necesarias para salvarse. Este tesoro dispone también de los
méritos de Cristo y de la virgen, y el papa puede disponer de él libremen-
te acordando indulgencias a quienes pagan en metálico o cumplen con
tales o cuales deberes y preceptos que la iglesia impone. — El papa León
X, hombre muy dado a las artes y a la mundanalidad, gastador de sumas
fabulosas, necesitaba dinero, mucho dinero, pura terminar la basílica de
San Pedro y conceder una dote cuantiosa a su hermana Margarita. Mandó
entonces efectuar una venta de indulgencias en gran escala y confió el ne-
gocio en lo referente a Alemania al arzobispo de Mandeburgo, quien a su
vez empleó a un dominicano llamado Tetzel para efectuar la venta al me-
nudeo. Este fraile era un gran descarado, y sin el menor escrúpulo de con-
ciencia abusaba de la ignorancia y buena fe de la gente sencilla y crédula.
Recorría pueblos y ciudades levantando en las plazas una cruz colorada de
enormes dimensiones y pregonaba la resolución papal, prometiendo a los
compradores de indulgencias completa remisión de pecados. “Para sacar
un alma del purgatorio — clamaba — basta medio escudo. No bien el dinero
suena en mi caja, el alma libertada vuela al cielo. El papa tiene más poder
que los ángeles, los apóstoles y los santos; éstos son inferiores a Jesucris-
to, mientras que el papa es su igual”.
Tetzel decía que él por medio de la venta de las indulgencias había sal-
vado más almas que San Pedro por medio de sus sermones.
Cuando Tetzel llegó a Wittenberg dijo Lutero: “Voy a hacer un agujero
en ese tambor”. Subió al pulpito y resueltamente se puso a predicar contra
el inicuo tráfico que efectuaba el dominicano, anunciando que la salvación
es gratuita para quien se arrepiente y confía en Jesucristo y que quien no
llena estos requisitos no la puede conseguir ni con dinero ni buenas obras
Tetzel se irrita y predica furiosamente contra Lutero. Para impresionar
mejor a su auditorio enciende aparatosamente una hoguera en medio de
la plaza y declara que los que se oponen a los decretos del papa son here-
jes y deben morir consumidos por el fuego.

110
La víspera de todos los santos la ciudad estaba llena de forasteros que ve-
nían para participar de los actos religiosos que se celebran en dicha ocasión.
Lutero predicó sobre la conversión de Zaqueo, y al terminar su sermón clavó
en las puertas de la iglesia las famosas noventa y cinco tesis, llamadas a pro-
ducir tan inmensa sensación en el mundo. Era el 31 de octubre de 1517. Lutero
no desconoce todavía la autoridad del papa ni sueña en romper con la iglesia
romana, pero las tesis están saturadas de doctrina eminentemente evangé-
lica, haciendo depender la salvación únicamente de los méritos de Cristo.
Por eso no tardarían en hacerle descubrir que la iglesia romana es apóstata y
contraria a los fundamentos de la fe cristiana. He aquí algunas de esas tesis:

1. “Cuando nuestro Maestro y Señor Jesucristo dice: “Arrepentíos”


quiere que la vida entera de sus fieles sea un arrepentimiento constante
y continuo”.
2. “Esta palabra no puede referirse al sacramento de la penitencia
como es administrada por el sacerdote”.
21. “Los vendedores de indulgencia se engañan cuando dicen que por
las indulgencias papales el hombre queda libre de todo castigo y se salva”.
27. “Predican locuras humanas los que pretenden que en el momento
cuando el dinero cae en el cofre el alma sale del purgatorio”.
32. “Los que se imaginan estar seguros de su salvación por las indul-
gencias, irán con el diablo junto con aquellos que así lo enseñan”.
36. “Todo cristiano que tiene un verdadero arrepentimiento de sus pe-
cados, tiene una completa remisión de la pena y de la falta, sin necesidad
de indulgencia”.
37. “Todo buen cristiano, muerto o vivo, participa de los bienes de Cris-
to o de la Iglesia, por el don de Dios, y sin carta de indulgencia”.
62. “El verdadero y precioso tesoro de la Iglesia es el santo evangelio de
la gloria y gracia de Dios”.
92. “Quiera Dios que seamos librados de todos los predicadores que
dicen a la Iglesia de Cristo “paz, paz” cuando no hay paz”.

111
94. “Hay que exhortar a los cristianos a seguir a Cristo a través de la
cruz, la muerte y el infierno”.
95. “Porque es mejor entrar en el reino de cielos por muchas tribula-
ciones que tener una seguridad carnal por el consuelo de una paz falsa”.

Las tesis fueron escritas en latín, pero toda Alemania las leyó en su
propia lengua al cabo de dos semanas, y la cristiandad entera al cabo de
un mes. Miles de almas saltaron de gozo porque Dios había levantado un
profeta varonil que denunciaba los abusos del clero romano y proclamaba
la verdad de Cristo. Otros, en cambio, estaban furiosos y clamaban contra
Lutero. Él mismo estaba sorprendido de la gran resonancia que había te-
nido su protesta, pero quedó convencido de que había llegado la hora de
levantar la voz y afirmar el rostro, y seguir adelante en una lucha fuerte
contra el pecado y el error.
Las crónicas de la época refieren que el elector de Sajonia, Federico
el sabio, que se encontraba en Schweinitz, a seis leguas de Wittenberg,
cuando Lutero clavó sus tesis en la puerta de la iglesia tuvo un sueño que
refirió así:
“Soñé que el Dios Todopoderoso me enviaba un fraile que era hijo ver-
dadero del apóstol San Pablo. Por orden de Dios le acompañaban todos los
santos para atestiguar ante mí y declarar que no venía a maquinar ningún
fraude, sino que todo lo que hacía era según la voluntad de Dios. Me pidie-
ron que le permitiese escribir algo en la puerta del castillo de Wittenberg,
lo que permití por medio del canciller. El fraile entonces se dirigió a la
puerta y se puso a escribir. Lo hizo con letras tan grandes que yo podía
leerlas desde Schweinitz. La pluma que usaba tenía tales dimensiones que
la extremidad llegaba a Roma; ella pinchaba las orejas de un león que esta-
ba acostado y hacía tambalear la triple corona que estaba sobre la cabeza
del papa. Los cardenales y príncipes corrieron y se esforzaban por soste-
nerla. . . El león todavía molestado por la pluma se puso a rugir con todas
sus fuerzas a tal punto que toda la ciudad de Roma y todos los Estados del

112
Santo Imperio corrieron a ver lo que pasaba. El papa pidió que se opusie-
sen a ese fraile y se dirigió sobre todo a mí porque se hallaba en mi país”.
“Soñé que todos los príncipes del Imperio, y nosotros con ellos, corrie-
ron a Roma y todos juntos procuraban romper la pluma; pero cuanto más
se esforzaban más se enderezaba; crujía como si hubiera sido de hierro:
nos cansamos al fin. Fui entonces a preguntar al fraile (porque tan pronto
yo estaba en Roma como en Wittenberg) de dónde había sacado esa pluma
y por qué era tan fuerte. “La pluma — respondió — perteneció a un viejo
ganso de Bohemia, de cien años de edad. La recibí de uno de mis antiguos
maestros de escuela. Su fuerza estriba en que no le pueden sacar el alma
o la médula y yo mismo estoy sorprendido”. De repente oí un fuerte ruido:
de la larga pluma del fraile habían salido muchas otras plumas”.
Las tesis despertaron a los secuaces de Roma y Lutero tuvo que
contestar á muchos adversarios, después de lo cual dirigió una carta
respetuosa al papa en la que las sometía a su consideración. León
X que con su acostumbrada frivolidad se había limitado a decir que
lo que estaba ocurriendo en Alemania eran simples querellas de
frailes, se dio cuenta de que el asunto tenía que ser encarado con
más seriedad y terminó por citar a Lutero a comparecer en Roma
antes de sesenta días. Pero por influencia del elector, de su amigo
Spalatino que vivía en la corte, y de los profesores de la Universidad,
pudo arreglarse que en lugar de ir a Roma. Lutero compareciese ante
el legado papal, cardenal Cayetano, que se encontraba en Ausburgo.
Así se le libró de una muerte segura, pues otra no hubiera sido su
suerte si caía en manos del papa.
El legado recibió instrucciones para conseguir de Lutero una
completa retractación de sus afirmaciones o de lo contrario prenderlo
y excomulgar a todos los príncipes e instituciones que saliesen en su
defensa.
Aunque enfermo, Lutero hizo el viaje a pie, mundo de un salvoconducto
del emperador y tuvo su primer encuentro con el papado, representado

113
por ese cardenal, de quien dijo el reformador que sabía tanto de las
Escrituras como un asno de tocar el arpa. Por su parte el cardenal
describió a Lutero como una bestia alemana con ojos profundos y una
cabeza llena de sorprendentes especulaciones.
En la primera entrevista el cardenal expuso a Lutero que debía retrac-
tarse de sus afirmaciones, prometer no volver a enseñar las mismas co-
sas., ser moderado y no causar trastornos a la iglesia. En fin, le exigía lo
que siempre exige Roma, una sumisión completa e incondicional.
Lutero pidió que se le dijese en qué había errado, declarando que es-
taba pronto para corregirse si en algo se había apartado de la verdadera
fe. Aunque de mala gana el legado le indicó dos cosas que consideraba
peligrosas y éstas eran el haber dicho que los méritos de Cristo no cons-
tituían un tesoro de indulgencias puesto a disposición del papa y que el
sacramento no es válido si el que lo recibe no tiene fe.
Estas dos proposiciones daban un golpe mortal al tráfico de las indul-
gencias y al sistema sacramental del papismo y de ahí procedía el terrible
encono de Roma.
“En cuanto a las indulgencias, si me muestran que estoy equivocado —
contestó Lutero — estoy listo para recibir instrucción. Pero tocante al articulo
de la fe, si en algo cediese, sería lo mismo que renegar a Jesucristo. No puedo
ni quiero ceder en este punto, y por la gracia de Dios, no cederé jamás”.
“Quieras o no quieras — contestó el cardenal — es necesario que hoy
mismo retractes este artículo, o bien por ese solo artículo voy a rechazar
y condenar toda tu doctrina.
Lutero quiso exponer sus razones, pero el legado encolerizado respon-
dió: “Yo no he venido aquí para discutir contigo. Retráctate o prepárate a
sufrir las penas merecidas”.
Lutero comprendió que por ese camino no se llegaría a ningún resulta-
do. No era el hombre dispuesto a claudicar de su conciencia sometiéndose
al dogma de la autoridad. No creía en la infalibilidad de los hombres ni de
las instituciones y quería razones y no imposiciones. Determinó retirarse,

114
y entonces el legado le tendió una red pero no cayó en ella: “¿Quieres — le
dijo — que te dé un salvo conducto para ir a Roma?”
No obstante, al día siguiente tuvo lugar una segunda audiencia. Experi-
mento inútil porque el libre examen y la autoridad infalible nunca podrán
ponerse de acuerdo. El legado quiso impresionar dando a esa audiencia
mucha solemnidad, pero Lutero ya estaba por encima de esas vanidades,
y en nada fue conmovido de su resolución de ser fiel a lo que creía ser la
verdad de Dios. Nuevamente se le pidió una retractación. Staupitz que
acompañaba a Lutero consiguió que se le permitiese contestar por escrito
al día siguiente.
El escrito que presentó Lutero en esta tercera audiencia era una nue-
va reafirmación de que la salvación es por la fe en Cristo. Aun los santos
se salvaron en virtud de la misericordia divina y no por obras. Cuando el
cardenal Cayetano vio que se hallaban siempre en el mismo punto y que
no había esperanza de ver al fraile de rodillas delante de su presencia im-
plorando la bondad del papa, se puso furioso y dijo a Lutero: “Retráctate o
sal de mi presencia”. Lutero lo saludó y se retiró.
Comprendiendo que corría serio peligro, se ausentó pronto de Ausbur-
go volviendo a Wittenberg para continuar la batalla que había empezado
en el nombre de Dios.
El elector de Sajonia recibió una orden de expulsar al hereje de sus
dominios, pero lejos de tomarla en cuenta se dispuso a proteger a Lutero
más de lo que hasta entonces lo había hecho, porque el personalmente
había llegado a la convicción de que su causa era justa y en defensa del
Evangelio al cual profesáis amor verdadero.

Sus primeros escritos


Después de la discusión con el doctor Eck, escribió Lutero en 1520
varios de los libros y tratados que sirvieron para exponer los princi-
pios de la Reforma y demostrar que eran los del Evangelio y no una
innovación o nueva doctrina. Uno de estos libros se tituló Llama-

115
miento a la nobleza cristiana de la nación alemana. En pocas sema-
nas se vendieron cuatro mil ejemplares y los impresores no podían
satisfacer los numerosos pedidos que recibían no sólo del país sino
también del extranjero. Lutero hace ver los obstáculos que ponía
Roma a la obra de reforma de la cual tanto hablaban sus teólogos
desde siglos atrás. Si los príncipes manifestaban que era necesario
introducir mejoras que librasen a la iglesia de la miserable condi-
ción en que se hallaba, Roma contestaba que esa tarea correspondía
al poder espiritual y no al secular. Si con las Escrituras en la mano
se ponían de manifiesto los errores y prácticas anticristianas que
prevalecían, contestaba que sólo la iglesia tiene el derecho de inter-
pretarlas. Si se apelaba a un concilio respondían que correspondía
al papa convocarlo.
En este libro sentó Lutero el gran principio protestante del libre exa-
men, sosteniendo que todo creyente debe escudriñar por sí mismo las
Sagradas Escrituras, y que no hay ninguna autoridad que pueda imponer
normas de interpretación. Estas Escrituras son claras y comprensibles a
todos los que viven en Cristo, que tienen la conciencia iluminada por el
Espíritu Santo y que se acercan a ella con humildad. No se trata, como
algunos enemigos de la Reforma dicen, de interpretar conforme al an-
tojo y capricho de cada uno, sino de hacer un uso legítimo de los dones
y facultades con que el Creador ha dotado a sus criaturas. Por lo demás;
¿cómo podía leerse sin hacer uso del criterio privado?
Denuncia sin miramientos al papado. En Roma, dice, hay un hombre que
se titula vicario de Cristo, cuyas costumbres no tienen el más insignificante
parecido con la vida de nuestro Señor o la de San Pedro. Se ciñe de una
triple corona y se rodea de tanta pompa que necesita mayor renta que un
emperador. Le circundan varios hombres que se llaman cardenales quienes
se apoderan de las rentas y beneficios de los conventos, y por medio de
otros acaparadores Roma arrebataba a Alemania 300.000 florines anuales.
Aboga por la abolición completa de la supremacía papal sobre el Estado.

116
Otro de sus libros de ese año fue La Cautividad Babilónica de la Iglesia
en el que empieza declarando que antes había negado el derecho divino
del papado, admitiéndolo como de derecho humano, pero que las discu-
siones con sus adversarios le obligaron a estudiar mejor el asunto con el
resultado de que le negaba ahora todo derecho y sostenía que el papado
no es otra cosa sino la Babilonia apocalíptica, donde están cautivos mu-
chos de los hijos de Dios, a quienes ahora quiere libertar por la restaura-
ción del Evangelio. En este libro, que también alcanzó gran circulación y
produjo mucha conmoción en las almas dormidas, hace un examen del
sistema sacramental del romanismo, se opone a la transubstanciación, sin
negar la presencia real en los elementos de la cena y aboga por la comu-
nión bajo dos especies, diciendo que negar el símbolo de la sangre a los
laicos es impío y tiránico, y que ni los ángeles del cielo, y mucho menos los
papas, tienen derecho de quitar lo que Cristo estableció.
Un escrito que también fue muy leído es el que trata de la libertad cris-
tiana en el cual sienta la doctrina del sacerdocio universal de los creyen-
tes, consecuencia lógica de la justificación por la fe. Todo lo que tiene el
cristiano está en relación con su fe; si tiene fe lo tiene todo; si carece de fe
no tiene nada. Afirma que todos los actos del cristiano deben proceder de
su fe, de modo que cuando se carece de ella pierden todo valor los sacra-
mentos y los demás actos y prácticas del culto.
Los escritos de Lutero pronto lograron circulación universal porque
en toda Europa abundaban las almas a las cuales Dios estaba despertando
para entrar en el gran movimiento religioso que se extendía por todas
partes. Desde Francia, Suiza, Países Bajos, Inglaterra y hasta de Italia y Es-
paña le llegaban voces de aliento. Desde París, Lefevre d’Etaples, le envió
felicitaciones muy ardientes, y el cardenal Schinner de Sitien, suizo, se
atrevió a decir, con sorpresa de muchos, que cuanto Lutero escribía era la
pura verdad, contra la cual nada valía la habilidad retórica y la dialéctica
astuta del doctor Eck, que continuaba encabezando el movimiento de re-
sistencia a la Reforma.

117
La bula de León X
Ahora ya era tarea muy fácil para el doctor Eck conseguir la condenación
de su adversario, de modo que se fue a Roma y no tardó en regresar
trayendo consigo la bula papal con la que esperaba dar un golpe mortal al
movimiento. Es la bula conocida con el nombre de Exsurge Domine, en la
que se condenaban cuarenta y una proposiciones extraídas de las obras del
reformador y se ordenaba que sus libros fuesen quemados públicamente.
Lutero y todos los que le prestaban apoyo debían ser excomulgados si
no se arrepentían, y todos los cristianos quedaban bajo la obligación
de perseguirlo y entregarlo a las autoridades para que fuese castigado.
Pero la bula no tuvo el efecto que los papistas esperaban. Es verdad que
hubo lugares donde fueron quemados los libros de Lutero, como ser
en Maguncia, Colonia y Lovaina, pero no obedeció la Universidad de
Wittenberg ni el elector de Sajonia. Lutero se sentía ahora más satisfecho
que nunca porque la guerra con Roma quedaba declarada, y no tenía para
con ella ninguna obligación. Entre las proposiciones que el papa condenó
se hallaban éstas: “Una vida nueva es la mejor y más sublime penitencia.”
“Quemar a los herejes es contra la voluntad del Espíritu Santo.”
El 3 de octubre de 1520 tuvo conocimiento de la bula, y al enterarse de
sus términos escribió la respuesta: “Por fin, decía, llegó la bula romana.
La desprecio y la ataco como impía, embustera y en todo sentido digna
de Eck. En ella se condena a Cristo mismo. No se da ninguna razón y se
me cita no para oírme sino para que cante la palinodia. Siento ahora más
libertad en mi corazón; porque al fin he llegado a saber que el papa es el
Anticristo y que su sede es la de Satán.”
El 10 de diciembre apareció un anuncio fijado en las paredes de la
Universidad, invitando a profesores y alumnos a un encuentro a las
nueve de la mañana en la puerta oriental, cerca de un paraje denominado
la santa cruz. Acudió a la cita un gran número de los invitados, y Lutero,
poniéndose a la cabeza de todos, condujo el cortejo al sitio señalado. Ahí
estaba preparada una pequeña hoguera que fue encendida por uno de

118
los maestros más antiguos. Lutero se acercó a ella teniendo en su mano
un volumen de derecho canónigo, las Decretales, varios escritos más y la
bula del papa, y arrojó todos esos papeles al fuego. Era un acto simbólico
que demostraba que los amigos de la Reforma, y con especialidad Lutero,
rompían definitivamente todo vínculo con el papado cuya pretendida
autoridad ya no reconocerían más. Una vez quemada la bula regresaron
todos a la Universidad y Lutero reanudó sus meditaciones y comentarios
sobra los Salmos. Al final de su exposición se refirió a la bula papal
llamando la atención a la guerra que empezaba para todos los que querían
ser fieles a la verdad. “Los que la rechacen, dijo, deben esperar toda
clase de peligro y aun perder la vida. Pero es mejor exponerse a todos
los peligros del mundo antes que callar. Mientras yo viva denunciaré a
mis hermanos la plaga y peste de Babilonia, por temor de que algunos
que están con nosotros no vuelvan a caer con los otros en el abismo del
infierno.”
Había llegado la hora crítica, porque los príncipes tenían que entregar
a Lutero o romper con el papa, lo que significaba también romper con el
emperador. Federico el sabio quiso conocer la opinión de Erasmo y lo invi-
tó a su palacio. El eminente holandés que pusilánime había querido man-
tenerse neutral, se halló en un gran compromiso y quiso salir del apuro
con una de sus oportunas ocurrencias. A las preguntas de Federico con-
testó: “Lutero ha cometido dos faltas graves, porque ha atacado la corona
del papa y el vientre de los frailes.” El príncipe sonrió, pero le dio a enten-
der que deseaba conocer su opinión seriamente. Habló de nuevo Erasmo
y dijo: “El origen de toda esta disputa es el odio que los frailes tienen a las
letras y el temor de que termine su tiranía... Cuanto más virtuoso es un
hombre y más adicto al Evangelio menos se opone a la doctrina de Lutero.
El mundo tiene sed de la verdad evangélica. Guardémonos de oponerle
una resistencia culpable.”

119
La dieta de Worms
La bula papal no había dado el resultado apetecido, de modo que ha-
bía que buscar otros medios para someter o quemar al atrevido fraile. El
emperador Carlos V hubiera querido poner fin a la contienda mandándolo
ejecutar sin ningún miramiento, ya que las órdenes del papa estaban da-
das, pero no quería disgustar a Federico el sabio a quien le debía la corona.
La dieta imperial estaba reunida en la ciudad de Worms y el legado pa-
pal buscaba que el emperador se pronunciase de una vez contra Lutero, y
fue con gran disgusto que supo que había tomado la resolución de hacerlo
comparecer ante la dieta. Se trataba de un fraile contra quien ya se había
pronunciado el papa, de modo que no veía por qué los príncipes laicos
tenían que examinar una causa ya fallada por la primera autoridad de la
iglesia. Mayor fue el disgusto del legado cuando supo que en la citación
dirigida a Lutero se le llamaba honorable, querido y piadoso y que se le
remitía un salvo conducto para que pudiera dirigirse a Worms y regresar
a Wittenberg con toda seguridad.
Cuando llegó a Lutero la citación, todos sus amigos quedaron conster-
nados, porque fuera de los dominios de los príncipes amigos nada bueno
podía esperarse. Lutero no dejaba de darse cuenta de la gravedad de la
situación y decía: “Dos papistas no buscan mi ida a Worms sino mi conde-
nación y muerte.”
Lutero resolvió comparecer costase lo que costase. Al llegar el día de la
partida se despidió de los amigos que le rodeaban, y a su amigo Melanthon
que estaba presente le dirigió estas palabras que revelan la intensidad del
amor que le profesaba y de la confianza que le tenía: “Si no vuelvo y mis
enemigos consiguen mi muerte, oh hermano, no ceses de enseñar, y per-
manece fiel a la verdad. Trabaja en mi lugar ya que yo no podré hacerlo.
Si tú vives, poco importa que yo perezca.” El municipio le había propor-
cionado un coche con capota para hacer el viaje junto con algunos amigos
que le acompañarían a su destino. Un oficial seguido de su asistente iba
delante revestido de los ornamentos de su rango y ostentando el águila

120
imperial. Los amigos del Evangelio al verle partir lloraban y dirigían a Dios
sus oraciones. La creencia de muchos era que no volverían a verlo, porque
Roma no dejaría escapar la presa.
En el trayecto las poblaciones enteras salían a su encuentro, y él notaba
que los presentimientos de la gente eran siniestros. En Nuremberg el
cura salió a recibirlo, mostrándole un retrato de Savonarola y le dijo:
“Permanece firme en la verdad que has conocido y tu Dios estará a tu
lado.”
En Erfurt las calles que había recorrido mendigando para el convento,
estaban llenas de personas que deseaban verle. A pesar de la excomunión
que pesaba sobre él, consiguió predicar en la iglesia de los agustinos,
y olvidándose de sí mismo nada halló sobre su caso sino que ocupó la
atención del auditorio sobre la verdad favorita de su corazón; la salvación
por gracia. “Cristo venció la muerte — dijo — y he aquí la gran noticia; somos
salvos por su obra y no por las nuestras. Creamos al Evangelio, creamos a
San Pablo y no a las cartas y decretales de los papas.” Terminó hablando
de las buenas obras como resultado de la fe, frutos de la conversión y
no medio de ganar el cielo. Partió de Erfurt y al llegar a Gotha lo rodeó
un gran gentío. Algunos le dijeron: “Hay muchos cardenales y obispos
en Worms. Te Quemarán y te reducirán a cenizas como hicieron con
Juan Huss. Pero el valiente hombre de Dios en lugar de atemorizarse les
respondió: “Aunque encendieseis una fogata desde Worms a Wittenberg,
que se levantase hasta el cielo, la atravesaría en el nombre del Señor”.
En Francfort una anciana piadosa fue a verlo y le dijo: “Mi padre y mi
madre me anunciaron que Dios levantaría un hombre que se opondría a
las vanidades papales y salvaría la Palabra de Dios. Espero que tú seas ese
hombre y deseo que en tu obra tengas la gracia y el Espíritu de Dios.”
Su amigo Spalatino, que se encontraba en Worms, al ver la actitud
insolente de los enemigos de la Reforma, que con el mayor descaro
decían que el salvo conducto no sería respetado, envió un mensajero
a su encuentro aconsejándole que no entrase en Worms. Pero Lutero

121
resueltamente contestó: “Ve y di a quien te envió, que aunque hubiese en
Worms tantos diablos como tejas en los techos, yo iría.”
El 16 de abril Lutero vio los muros de la vieja ciudad. Como un centenar
de personas salieron a su encuentro, montadas a caballo y lo escoltaron a
su entrada. Era medio día, pero toda la gente se levantó de la mesa cuando
se supo que había llegado, porque querían verle. La entrada del empera-
dor no había despertado tanta curiosidad.
“Lutero ha llegado, dijo Carlos V. ¿Qué tenemos que hacer ahora?”
Monseñor Modo le respondió: “Que su majestad se deshaga pronto de
este hombre. ¿Segismundo no hizo quemar a Juan Huss? No hay por qué
dar ni por qué respetar el salvo-conducto a un hereje.” “No, contestó Car-
los, lo que uno promete debe cumplirlo.”
Lutero fue citado a comparecer ante la dieta al día siguiente, 17 de abril,
a las cuatro de la tarde.
Ulric de Hutten no podía entrar en Worms porque el papa había pe-
dido al emperador que lo remitiese a Roma atado de pies y manos, pero
desde su castillo quiso alentar a su amigo y le escribió estas líneas: “¡Ói-
gate Jehová en el día de la angustia! ¡Que el nombre del Dios de Jacob te
ampare! ¡Envíete ayuda desde su santuario y desde Sión te sustente! ¡Déte
conforme a tu corazón y cumpla todo tu consejo! (Salmo 20). ¡Oh amado
Lutero, respetable padre... No temas y sé fuerte! El consejo de los impíos
te ha rodeado, y contra ti han abierto la boca como leones rugientes. Pero
el Señor se levantará contra los impíos y los dispersará. Combate valiente-
mente por Cristo. Por mi parte yo también combatiré con coraje. ¡Cuánto
quisiera ver cómo fruncen el ceño! Pero el Señor limpiará su viña que los
jabalíes del bosque destruyen. ¡Cristo te Salve!”.
A la hora señalada, Lutero, abriéndose paso entre la multitud, consiguió
llegar al palacio donde la augusta asamblea estaba reunida. En la puerta
estaba el viejo general Jorge de Freundsberg, quien palmeando a Lutero
en el hombro le dijo: “Frailecito, frailecito, tienes una lucha por delante,
que ni yo ni muchos capitanes hemos visto jamás en los más sangrientos

122
combates. Pero si es tan cierto de que tu causa es justa, avanza en el nom-
bre de Dios, y no tengas temor. Dios no le abandonará.”
La dieta era imponente. Estaban presentes, además del emperador,
su hermano el archiduque Fernando, seis electores del Imperio,
veinticuatro duques, y entre ellos el más tarde feroz de Alba, y sus dos
hijos; ocho margraves, treinta arzobispos y obispos, siete embajadores,
entre los que sobresalían los de Francia e Inglaterra; los diputados de
diez ciudades libres, un considerable número de príncipes, condes,
barones, y los nuncios papales. Entre todos doscientos cuatro miembros.
Oigamos al historiador Merle D’Aubigné: “Esta comparición era en sí
una brillante victoria contra el papado. El papa había condenado a este
hombre y este hombre se hallaba delante de un Tribunal que se ponía
por encima del papa. El papa lo había puesto en entredicho, separado de
toda sociedad humana, y era citado en términos honorables y recibido
ante la más augusta asamblea del universo. El papa había ordenado que
su boca fuese cerrada e iba a abrirla delante de miles de oyentes venidos
de las regiones más remotas de la cristiandad. Una gran revolución se
había cumplido por medio de Lutero. Roma bajaba de su trono y era la
palabra de un fraile que la hacía bajar.”
Lutero tomó su sitio frente al trono, y el canciller del arzobispo de
Treves se levantó y hablando primeramente en latín y después en alemán
dijo: “¡Martín Lutero! Su santa e invencible Majestad Imperial te ha
citado ante su trono, de acuerdo con el consejo de los Estados del santo
Imperio Romano para que respondas a estas dos preguntas: Primero:
¿Reconoces que estos libros han sido compuestos por ti? Segundo:
¿Quieres retractarle de su contenido o persistes en las cosas que en ellos
has dicho?”.
Lutero estaba a punto de contestar, cuando se oyó una voz que pedía
que se leyesen los títulos. Eran como veinte entre libros y folletos, entre
los que había algunos de pura devoción que nada tenían que ver con la
controversia.

123
Lutero contestó reconociéndose autor de los libros, y respecto a la
segunda pregunta pidió que, en vista de la gravedad del asunto, se le
diese tiempo para reflexionar.
Como Lutero había hablado en tono respetuoso y con voz un tanto
apagada, muchos creyeron que estaba atemorizado y a punto de
claudicar.
El emperador se retiró con sus consejeros a deliberar, y al regresar a
la dieta se notificó a Lutero que se le daba un plazo de veinticuatro horas.
Carlos V se formó una idea tan pobre de Lutero que dijo: “Ciertamente
que este hombre no me convertirá en hereje.”
Lutero pasó esa noche en angustia, clamando a Dios, luchando en
oración como Jacob cuando iba al encuentro de Esaú. Fue su Getsemaní.
Los amigos que se alojaron en las habitaciones inmediatas a la suya le
oían orar con frases entrecortadas, pidiendo el socorro del Altísimo. Su
oración fue escuchada en los cielos y todos los temores que le habían
sobresaltado dieron lugar a una dulce calma y plena confianza.
A las cuatro de la tarde del 18 de abril de 1521 fue de nuevo conducido
ante la dieta y cuando le preguntaron si quería retractarse, sin violencia,
pero con firmeza cristiana, contestó: “Se me preguntó ayer dos cosas
de parte de su Majestad Imperial: la primera, si yo era el autor de los
libros cuyos títulos fueron leídos; la segunda, si yo quería revocar o
defender la doctrina que en ellos enseñaba. Contesté al primer artículo
y persevero en esta respuesta. Tocante al segundo, yo he compuesto
libros sobre diferentes materias. Hay algunos en los que traté de la fe y
las buenas obras de una manera tan pura, tan simple y cristiana, que mis
propios adversarios en lugar de encontrar en ellos cosas condenables,
reconocen que esos escritos son útiles y dignos de ser leídos por las
almas piadosas. La bula del papa, a pesar de su violencia, así lo reconoce.
¿Cómo podría yo revocarlos? ¡Desdichado de mí si abandonase verdades
que mis amigos y enemigos unánimemente aprueban y me opusiese a lo
que el mundo entero se gloría en confesar!”

124
“He compuesto, en segundo lugar, libros contra el papismo, en los que
he atacado a los que por su falsa doctrina, su mala vida y ejemplos escan-
dalosos, desuelan al mundo cristiano, y pierden los cuerpos y las almas.
¿Las quejas de todos los que temen a Dios no lo demuestran? ¿No es evi-
dente que las leyes y doctrinas humanas de los pupas, atan, martirizan y
atormentan las conciencias de los fieles a la vez que las extorsiones dolo-
rosas y perpetuas de Roma tragan los bienes y riquezas de la cristiandad,
y particularmente de esta nación ilustre?...
“Si yo revocase lo que he escrito sobre eso; ¿qué haría yo sino fortifi-
car esa tiranía y abrir a tantas y tan grandes impiedades una puerta más
ancha todavía? Desbordando entonces con más ímpetu que nunca, se ve-
ría a esos hombres orgullosos, engrandecerse, sobrepasarse y trastornar
siempre más. Y no solamente el yugo que pesa sobre el pueblo cristiano se
haría más pesado con una retractación, sino que vendría a ser, por así de-
cirlo, más legítimo, porque recibiría por esta retractación la confirmación
de Vuestra Serenísima Majestad y de todos los Estados del santo Imperio.
¡Oh Dios mío! Yo vendría a convertirme en un manto infame, destinado a
cubrir toda suerte de malicias y tiranías!...
“En tercer lugar, yo he escrito libros contra personas que defendían la
tiranía romana y destruían la fe. Confieso con franqueza que las he ata-
cado con más violencia que la que cuadraba a mi profesión eclesiástica.
No me creo un santo, pero tampoco puedo retractarme de esos libros,
porque, al hacerlo, autorizaría las impiedades de mis adversarios y ellos
tomarían ocasión para aplastar aún con más crueldad al pueblo de Dios.”
“Sin embargo yo soy un simple hombre y no Dios; yo me defenderé,
pues, como lo hizo Jesucristo. Si he hablado mal, hacedme conocer lo que
he dicho de mal (San Juan 18:23), dijo él. Cuanto más yo que no soy sino
polvo y ceniza, y que puedo fácilmente errar, debo desear que cada uno
exponga lo que puede contra mi doctrina.”
“Por esto os conjuro, por la misericordia de Dios, Serenísimo Empera-
dor, y a vosotros muy ilustres príncipes, y todos los demás, de alto o bajo

125
rango, a que me probéis por los escritos de los profetas y los apóstoles que
yo me he equivocado. Una vez que yo haya sido convencido, retractaré
todos mis errores y seré el primero en tomar mis escritos y arrojarlos a
las llamas”.
“Lo que acabo de decir muestra claramente, pienso, que he considera-
do bien los peligros a los que me expongo; pero lejos de estar amedrenta-
do, es para mí motivo de gran gozo ver que el Evangelio es hoy como antes
causa de conmoción y discordia. Ese es el carácter y destino de la Palabra
de Dios. Dijo Jesucristo: “No he venido a traer paz en la tierra sino espada.”
Mat. 10:34. Dios es admirable y terrible en sus consejos; temamos que al
pretender evitar las discordias no estemos persiguiendo la santa Palabra
de Dios y no hagamos descender sobre nosotros un espantoso diluvio de
males irreparables, desastres presentes y desolaciones eternas... Tema-
mos que el reino de este noble y joven príncipe, el emperador Carlos, en
quien después de Dios fundamos tan altas esperanzas, no sólo empiece
sino que continúe y termine bajo los más funestos auspicios. Podría pre-
sentar ejemplos sacados de los oráculos de Dios, podría hablaros de los
Faraones, de los reyes de Babilonia, de los de Israel, quienes nunca traba-
jaron mejor para su propia ruina, que cuando por consejos aparentemente
muy sabios pensaban afirmar su poder. Dios arranca los montes con su
furor y no conocen quién los trastornó. (Job. 9:5).
“Si digo esto no es porque piense que tan grandes príncipes tengan ne-
cesidad de mis pobres consejos, sino que yo quiero dar a Alemania lo que
ella tiene derecho a esperar de pus hijos. Así, recomendándome a Vuestra
Augusta Majestad y a Vuestras Altezas Serenísimas, suplico con humildad
que no permitan que la ira de mis enemigos haga caer sobre mí una indig-
nación que yo no he merecido.”
Lutero había pronunciado su discurso en alemán, y al terminar le or-
denaron que lo repitiese en latín en beneficio de los que no lo habían en-
tendido. Así lo hizo y cuando terminó, el orador de la dieta le dijo con
indignación:

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“Usted no ha contestado a la pregunta que le ha sido hecha. Usted no
está aquí para poner en duda lo que ha sido resuelto por los concilios. Se
le pide una respuesta clara y precisa. ¿Quiere o no quiere retractarse?”
Lutero contestó entonces resueltamente:
... “Puesto que exigen de mí una respuesta clara y precisa, la daré,
y es ésta: No puedo someter mi fe ni al papa ni a los concilios, porque
es claro, como la luz del día, que a menudo han caído en el error, y en
grandes contradicciones con ellos mismos. Si no se me convence por
el testimonio de las Escrituras, o por razones evidentes, si no se me
persuade por los mismos pasajes que he citado, y si no cautivan mi
conciencia con la Palabra de Dios, no puedo ni quiero retractarme de
nada porque el cristiano no debe hablar contra su conciencia.” Luego
dirigiendo una fuerte mirada a la asamblea añadió estas impresionantes
palabras: “Aquí estoy. No puedo obrar de otro modo. ¡Que Dios me asista!
¡Amén!”.
El auditorio quedó estupefacto. Nadie ponía en duda la sinceridad
y grandeza de esta alma. Todos comprendieron que la hora era grave.
El elector Federico estaba orgulloso de haber sido el protector de un
hombre tal y se dispuso a no abandonarlo aunque le costase el poder y
la vida.
El dogma católico de la autoridad absoluta y el principio protestante
del libre examen habían librado un formidable combate. El primero
estaba representado por el orador de la dieta que pedía sumisión
y retractación, sin dar razones. El segundo, por el fraile rebelde, que
había roto las cadenas de la esclavitud espiritual y que no reconocía más
autoridad religiosa que la de Dios y pedía ser convencido antes de verse
obligado a creer.
Al día siguiente el emperador hizo leer el mensaje en que pronunciaba
la sentencia contra Lutero. Respetando el salvo-conducto se le permitía
regresar a Wittemberg, pero después se procedería contra él y contra
todos sus adherentes como contra los herejes manifiestos, quienes

127
serían castigados con la excomunión, el entredicho y todos los medios
posibles para destruirlos.
El 26 por la mañana, bendiciendo a todos los amigos que le rodeaban,
Lutero emprendió el regreso sobre el coche que le había traído, rodeado
de veinte hombres a caballo encargados de protegerlo.

Wartburg
Cuando Lutero se alejaba de Worms fue arrestado por dos caballeros
enmascarados que lo condujeron al castillo de Wartburg, cerca de Eise-
nach. Era su protector Federico que así había arreglado para; que tuviese
un asilo seguro en esos días de tanto peligro, y hasta que se viese qué
rumbo tomarían los acontecimientos. Durante este cautiverio, que fue
para él lo que el destierro de Patmos para el último apóstol, vivió alejado
del bullicio pero no en la ociosidad, pues aunque estaba ajeno a todo lo
que pasaba en el mundo, empleaba el tiempo en preparar las armas con
las que continuaría peleando la buena pelea de la fe. Vestido de caballero y
con la barba larga era el personaje misterioso de aquel castillo.
Su desaparición produjo consternación, pues corrió el rumor de que
había sido asesinado en el camino. Esta creencia llegó a ser aún la de mu-
chos de sus amigos íntimos que no lograban saber nada de su paradero.
El célebre pintor Alberto Durero que habia abrazado el Evangelio escribió
en su diario estas palabras: “¡Oh Dios!, si Lutero ha muerto, ¿quién nos
explicará con tanta claridad el santo Evangelio?
Si hubiera vivido diez o veinte años más ¡cuántos libros hubiera escrito!
Cristianos, ayudadme a llorar como conviene a este hombre divino, y a
pedir a Dios que le dé un sucesor alumbrado de lo alto como él era.”
Melanthon, que estaba alarmado sobre la suerte que podía haber tenido
su amigo íntimo, saltó de alegría cuando recibió una carta escrita con su
propia mano.
Pero Alemania no tardó en saber que vivía, porque desde su ignorado reti-
ro hizo publicar nuevos escritos contra el papismo y sus erróneas doctrinas.

128
Fue entonces cuando se puso a trabajar con desvelo en la traducción de
la Biblia, terminando el Nuevo Testamento antes de salir del castillo. Las
versiones que hasta entonces poseía Alemania, como las de otras naciones
de Europa, eran obscuras y defectuosas y del todo fuera del alcance del
pueblo por su alto precio. Lutero dio a su nación una versión admirable-
mente fiel y en tan buen alemán que no parecía proceder de otras lenguas.
Al verla publicada veía realizado uno de los grandes sueños de su vida y
lleno de entusiasmo escribía: “¡Que este libro esté en todas las lenguas,
en todas las manos, bajo todos los ojos, en todos los oídos y en todos los
corazones.” “La Escritura sin ningún comentario es el sol del cual todos
los sabios reciben la luz”. Cuando en 1534 terminó la traducción de toda la
Biblia, las otras porciones ya publicadas habían tenido tan buena acogida
que se contaban más de ciento cincuenta ediciones.
La soledad en la cual vivía, los trabajos y fatigas de los últimos años, los
peligros a que se había expuesto, y las tareas que se imponía en su des-
tierro llegaron a debilitar su salud. En medio de estas preocupaciones se
sentía muchas veces atacado por el diablo; y actualmente el guardián del
castillo muestra a los viajeros una mancha de tinta en la pared, que se hizo
cuando Lutero arrojó el tintero sobre la cabeza de Satanás que apareció
en la sala y se reía sardónicamente de la traducción de la Biblia que estaba
efectuando.
Durante su ausencia la Reforma seguía progresando. En Wittenberg se
oyó la voz del fraile bohemio Gabriel Zwilling que protestaba contra la
adoración de la hostia, calificando este acto de idolatría. En el convento
las discusiones eran cada vez más acaloradas y frecuentes y muchos de
los frailes que se habían entregado a escudriñar las Escrituras, querían
suprimir de la iglesia las prácticas que no tenían apoyo bíblico. Trece
de ellos rompieron los votos monásticos y salieron del convento. En
la Universidad los doctores se mostraban más-resueltos que antes
a prestar su apoyo a la obra de la reforma, pues les resultaba evidente
que el romanismo había apostatado de la fe primitiva. Este progreso

129
demostraba que la obra no era de Lutero sino de Dios, y que ni papas ni
emperadores podían detenerla en su marcha gloriosa. Un archidiácono
llamado Carlstadt, a quien Lutero había iniciado en el estudio de la Biblia,
se mostraba impaciente y quería que se procediese con más rapidez. Era
un hombre inquieto y turbulento que no conocía lo que era la prudencia
humana y quería ver las cosas llevadas a su término. “Todo lo que los papas
han instituido — decía — es impío. No nos hagamos cómplices dejándolo
subsistir. Lo que está condenado en la Palabra de Dios debe ser abolido
de la cristiandad. Si los Jefes del Estado y de la Iglesia no quieren cumplir
con su deber, no dejemos de hacer el nuestro. Basta de negociaciones, de
conferencias, de tesis, de debates, y apliquemos el verdadero remedio a
los males. Se necesita un segundo Elías para destruir los altares de Baal”,
Y como este Elías no aparecía se aventuró a serlo él mismo. “Se arrodillan
delante de estas ídolos — clamó — les encienden velas, les presentan
ofrendas. Levantémonos y arranquémoslos de sus altares”. Estas palabras
encontraron eco en el pueblo, y entrando en las iglesias, sacaron fuera las
imágenes y les dieron fuego. Algunos se alarmaron de tanta osadía, pero
otros aprobaban la acción persuadidos de que había llegado la hora de
resoluciones enérgicas.
El movimiento anabaptista con su gran caudal de méritos y defectos se
extendía por todas partes donde la Reforma se iniciaba. Quería la aboli-
ción del multitudinismo para dar lugar a iglesias compuestas de personas
regeneradas y bautizadas en profesión de fe. Pero entre estos anabaptis-
tas había muchos exaltados, visionarios, iluminados, que creaban muchas
dificultades a los reformadores. Hicieron su aparición en Wittenberg, es-
timulando las medidas radicales de Carlstadt, y aumentó la efervescen-
cia a tal punto que todos pedían que se tomasen medidas para aclarar la
situación. Los papistas estaban contentos al ver a la Reforma sufriendo
las consecuencias deletéreas de su sistema de libertad. Todos reclamaban
la presencia de Lutero porque querían conocer su parecer, y tenían es-
peranza de que su autoridad moral bastaría para normalizar la situación.

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Cuando Lutero supo lo que estaba pasando en Wittenberg, escribió al
elector que se ponía bajo la protección de Dios y no de la suya, y secre-
tamente abandonó el castillo y se dirigió a su convento. Todo el mundo
quería verlo. Durante ocho días predicó a grandes auditorios y consiguió
calmar los ánimos e imprimir a la Reforma su marcha normal.

131
CAPÍTULO 15

LA CONTRARREFORMA
La contrarreforma es la reacción de la iglesia católica al avance del pro-
testantismo en el siglo XVI, y busca dos razones principales:
1. Corregir las fallas que la Iglesia Católica adolecía y que habían sido
causa principal de la Reforma.
2. Hacer frente a esta para detenerla en su avance o recuperar países
conquistados por ella.

Se manifiesta básicamente en tres aspectos:

* La reimplantación de los tribunales de la inquisición.


* La creación de la Compañía de Jesús como orden religiosa modelo.
* La reunión del Concilio de Trento.

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La Inquisición
La Inquisición o Santo Oficio fue una institución creada por el Papa
Gregorio IX en el siglo XIII para investigar y juzgar a los acusados de here-
jía y brujería. Su acción decayó a fines de la Edad Media como institución
dependiente de Roma. Los Reyes Católicos la implantaron en España en
los últimos años del siglo XV y le dieron el doble carácter de tribunal esta-
tal y eclesiástico. Con ello buscaron detener la propagación del judaísmo y
el islamismo en la Península. El Papa Paulo IV la restableció para el mundo
católico en el siglo XVI con el fin específico de detener el avance del mo-
vimiento reformista.
El nombre de Inquisición se refiere a su carácter de tribunal que inves-
tiga, que inquiere, antes de juzgar y sentenciar. Estaba formado por clé-
rigos. El proceso se iniciaba con la recepción de acusaciones, seguía una
investigación sobre la validez de las mismas, se buscaba luego la confesión
del reo para lo cual era válido emplear el tormento. La sentencia podía ser
el perdón -si el reo abjuraba- o la muerte en la hoguera, que ejecutaban
los representantes del Estado, no de la Iglesia.

La compañía de Jesús
La compañía de Jesús, congregación de los jesuitas, fue fundada por
San Ignacio de Loyola, soldado, peregrino, estudiante y finalmente sacer-
dote, nacido en Guipúzcoa, España, quien vivió entre 1509 y 1556.
La primera etapa en la vida de San Ignacio fue la de un corriente ca-
ballero de la época, luchó en las guerras franco-españolas, en Pamplona.
Herido, se dedicó a leer el libro “Flor de los Santos” y se apasionó por la
vida de Santo Domingo y San Francisco de Asís. Se decidió a imitarlos
cambiando su vida de soldado por la de militar de Cristo. Antes se retiró a
meditar (en Manresa y luego en Montserrat). Se vistió de peregrino, visitó
Tierra Santa y tomó el propósito de estudiar antes de hacer los grandes
cambios que deseaba para su vida y para el catolicismo. Estudió teología
en Alcalá de Henares y Salamanca y luego en París. El 15 de agosto de 1534

133
fundó la Compañía de Jesús con un grupo de condiscípulos de la universi-
dad. Dos años más tarde fue reconocida oficialmente como orden religio-
sa por el Papa Paulo III.
Sus normas disciplinarias se encuentran en las Constituciones prepa-
radas por el fundador. El nombre de Compañía de Jesús alude al carácter
de sus miembros: son soldados de Cristo. Como todo cuerpo militar, tiene
un lema: “A Mayor Gloria de Dios”, conocido comúnmente con las siglas
A.M.D.G. Tiene un uniforme: el simple hábito negro. Y una norma neta-
mente militarista: la obediencia sin discusión al superior. Como el cuerpo
del ejercito, esta escalonada en sus autoridades: la comanda el general de
la orden, elegido de por vida por una asamblea. Se divide en provincias en
el mundo, pues tiene carácter internacional.
A los votos de las demás ordenes monásticas: pobreza, castidad y obe-
diencia, los jesuitas agregan el de obediencia al Papa. Con ello buscaron
desligarse del nacionalismo en que era factible que cayera toda orden y
siguiera más al jefe del país que al papado.
Como toda institución de disciplina militarista, la Compañía de Jesús
sigue ejercicio; estos son los celebres ejercicios espirituales, escritos por
San Ignacio para ser hechos en un lapso máximo de cuatro semanas y
hoy adaptados a períodos mas cortos y seguidos no sólo por los jesuitas
sino por otras congregaciones religiosas y por fieles en general. Cuenta
en ellos el ambiente, que debe ser de silencio y recogimiento, ajeno a todo
problema de carácter mundano; el predicador que expone los temas que
se deben meditar; y finalmente el ejercitante que medita sobre diversos
puntos (el infierno, la pasión de Cristo, etc) de forma tal que no se tenga
nada que ver con lo que lo rodea. Allí mismo hace un examen de su vida
espiritual, pone en claro, siempre para si mismo, sus fallas y las causas de
las mismas y hace propósitos de corregirse.

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El Concilio de Trento (1545-1563)
Gracias a la decisión de los papas Paulo III y Paulo IV, a la insistencia
del clero y fieles y a la colaboración de los monarcas Carlos V, emperador
de Alemania y rey de España, y Felipe II de España, se reunió un Concilio
Ecuménico en la ciudad italiana de Trento (recuérdese que en la edad me-
dia se aspiraba a la reunión de un concilio verdaderamente universal). El
concilio se reunió, con prolongados intervalos, durante 18 años debido a
los problemas políticos y guerras que tuvieron como marco a Europa por
aquel período.
La meta principal que se persiguió fue corregir todos aquellos errores y
tergiversaciones disciplinarias que habían dado causa a los reformadores
para que se levantaran contra la iglesia. Las decisiones principales fueron
las siguientes:
1.- La doctrina de la salvación: esta se logra por la fe, por las buenas
obras (limosnas, mortificaciones, confesión, comunión) y la oración. Con
ellas se obtiene la gracia divina.
2.- Las fuentes de fe: son la Biblia y la revelación. La Biblia puede ser
leída pero no interpretada libremente sino según los dictados de los doc-
tores de la Iglesia (teólogos). Fue establecida como Biblia auténtica la tra-
ducción hecha por San Jerónimo en el siglo V conocida con el nombre de
“Vulgata”.
3.- Sacramentos: son medios de santificación. Se establecieron siete:
bautismo, confirmación, penitencia, comunión, matrimonio, orden sacer-
dotal y extremaunción.
4.- En la comunión se estableció como punto de fe la creencia en la
transubstanciación del cuerpo y sangre de Cristo. El sacramento lo hacen
bajo dos especies (pan y vino) los sacerdotes que celebran la misa y bajo
sólo una (pan) los fieles.
5.- El matrimonio se estableció como sacramento indisoluble. Solo la
muerte puede separar a los esposos. Por ser sacramento es una vía de
santificación, simbolización de la unión de Cristo con la Iglesia.

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6.- Orden sacerdotal: debía cumplirse previo estudio en seminarios.
El celibato se hizo voto para los sacerdotes. Se estableció la jurisdicción
obligatoria en los funcionarios: el párroco debía residir en su parroquia, el
obispo en su diócesis, etc.
7.- Idioma de la iglesia: obligatoriamente fue el Latín, usado en los ofi-
cios religiosos.
8.- Control de lectura de los fieles: se creó la Institución del Índice para
señalar los libros prohibidos por ser perniciosos para los católicos y la
iglesia en si.

Consecuencias de la Contrarreforma
Europa se dividió en dos grandes sectores de fe cristiana: los católicos
y los protestantes o reformistas; estos en diversas sectas, entre las cuales
las principales fueron el luteranismo, el calvinismo y el anglicanismo.
La iglesia católica, por su parte, pese a que perdió parte del campo
controlado en Europa, se reorganizó en su disciplina con el movimiento
contrarreformista evitando catástrofes posteriores.

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