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Cómo ser útiles para el Señor

CONTENIDO

1. Cómo ser útiles para el Señor


2. Aprender a pagar el precio en nuestro vivir diario
3. Ser útiles para el Señor y el rebosamiento de la vida divina
4. Después de recibir la salvación, necesitamos crecer y madurar en la vida
divina
5. La economía de la gracia de Dios
6. Cómo ser útiles en las manos del Señor

PREFACIO

Este libro se compone de mensajes dados por el hermano Witness Lee en abril y
mayo de 1955, en Baguio, Filipinas. Consta de seis capítulos respecto a cómo un
cristiano puede llegar a ser útil en las manos del Señor, a fin de que cumpla la
comisión divina en la economía de la gracia de Dios.

CAPÍTULO UNO

CÓMO SER ÚTILES PARA EL SEÑOR

LA RELACIÓN QUE EXISTE ENTRE


EL PLAN DE DIOS Y EL HOMBRE

Dios tiene un plan. Toda la obra que Él realiza en el universo, desde los siglos
pasados hasta la eternidad futura, se lleva a cabo conforme a Su plan. Dicho
plan debe realizarse por medio del hombre y también en él; por consiguiente,
Dios desea ganar a todos los que Él creó y redimió a fin de llevar a cabo Su
propósito.

No piensen que somos útiles a Dios por casualidad. El hecho de que seamos
útiles a Dios se basa completamente en el plan que Él ya predeterminó. Toda
aquella persona que Dios utiliza se halla dentro de la esfera de Su plan. Ya que el
plan de Dios se efectúa solamente en el hombre, Él tiene que usar al hombre
extensamente. Con tal que una persona sea ciudadano de determinado país, se
halla en la esfera donde puede ser de utilidad para ese país. Asimismo, los que
pertenecemos al reino de Dios estamos en la esfera donde podemos ser de
utilidad para Dios.

ES NECESARIO QUE EXPERIMENTEMOS


EL LLAMAMIENTO DE DIOS

Todo aquel que ha sido salvo tiene la posición y el potencial para ser de utilidad
a Dios. Dios confirma la utilidad del hombre no sólo al crearlo y redimirlo, sino
también al llamarlo. Dios creó y redimió al hombre porque tenía la intención de
usarlo. Sin embargo, ya que el hombre no siente que la creación y la redención
son pruebas convincentes de tal intención, Dios también llama al hombre a fin
de confirmar que Él desea usarlo. En otras palabras, quizás pensemos que a
pesar de que Dios nos ha creado y redimido, Él no tiene la intención de usarnos.
Solamente cuando entendemos claramente el llamamiento de Dios, tenemos la
certeza en cuanto a Su intención divina. Por consiguiente, el que Dios nos llame
confirma que Él desea usarnos. Ahora, debemos plantearnos esta pregunta:
“¿Nos ha llamado Dios, y cómo sabemos que lo ha hecho?”.

DIOS NOS VISITA

Quizás pensamos que es difícil comprender el llamamiento de Dios. En realidad,


simplemente debemos preguntarnos si desde el momento en que fuimos salvos
hasta el presente hemos sentido alguna vez el deseo de ser útiles para el Señor, o
si dentro de nosotros alguna vez hemos oído una voz suave y tierna diciéndonos
que el Señor desea usarnos. Si hemos tenido tal sentir, esto indica que el Señor
nos ha llamado. El hecho de que tengamos un corazón dispuesto a servir al
Señor, es el resultado de la tremenda obra que el Señor ha realizado en
nosotros. Esta obra supera sobremanera el hecho de que hayamos sido creados
por Dios.

La obra que el Señor ha realizado al crearnos no es tan grande como la obra que
Él ha llevado a cabo al poner en nosotros un corazón que esté dispuesto a
servirle. Esta forma de operar en el hombre es la manera más grandiosa en que
Dios visita al hombre. En otras palabras, dicha obra consiste en que Dios viene
al hombre y lo visita. ¿Cómo obtuvimos un corazón que esté dispuesto a servir al
Señor? Antes ni siquiera pensábamos en Él, pero ahora, para nuestra sorpresa,
queremos servirle. Esto prueba que el Señor nos ha visitado y que Su gracia nos
ha alcanzado.

Por miles de años, Dios ha visitado al hombre incontables veces.


Lamentablemente, no existen muchos en la iglesia que se hayan percatado de tal
visitación. Dios visita al hombre constantemente, pero éste a menudo lo
rechaza. No debemos pensar que para ser llamados por Dios debemos oír una
voz como la de un trueno procedente del cielo o que veremos una gran luz como
la que le apareció a Pablo camino a Damasco (Hch. 9:3; 22:6). De hecho, en
principio, esa voz suave y tierna que escuchamos en nuestro interior no es
diferente del llamamiento que Pablo recibió camino a Damasco. Los rayos
solares son un buen ejemplo de este principio. Aunque hay una diferencia de
intensidad entre el calor producido por la luz tenue del amanecer y aquél
producido por la luz radiante del mediodía, el sol es el mismo. Asimismo,
aunque algunas veces Dios hace un llamado al hombre de forma extraordinaria,
la mayor parte del tiempo Él viene a éste de una manera común y ordinaria.
Dios, al visitar al hombre, confirma que Él desea usarlo y, de hecho, esa visita
marca el comienzo de dicho uso.

PAGAR EL PRECIO

El momento en que el Señor visita al hombre, marca el inicio a partir del cual Él
comienza a usarlo. Si el Señor no nos visitara, no habría manera en que
fuéramos llamados. Así que, la responsabilidad de visitarnos recae en el Señor.
Sin embargo, la Biblia nos muestra que, si bien el Señor tiene la responsabilidad
de visitarnos, nosotros también tenemos una responsabilidad, a saber, la
responsabilidad de pagar el precio (Mt. 8:19-22; 16:24-27; Lc. 9:59-62). El
Señor visitó a Moisés y a David en el Antiguo Testamento, y a Pablo y a Pedro en
el Nuevo Testamento, pero ellos también respondieron pagando un precio.
Cuando el Señor se apareció a Pablo camino a Damasco, Él no lo revistió
inmediatamente de poder, revelación ni dones; más bien, le mandó que entrara
en la ciudad y dispuso que un discípulo pequeño, llamado Ananías, le dijera a
Pablo lo que debía hacer (Hch. 9:5b-6, 10-17). Pablo fue usado grandemente por
el Señor debido a que él estuvo dispuesto a pagar el precio (Fil. 3:7-8). Por una
parte, el Señor siempre visita al hombre, pero por otra, el hombre debe pagar un
precio. Por tanto, nosotros empezamos a ser útiles para el Señor desde el
momento en que Él nos visita, pero nuestra utilidad también depende de que
estemos dispuestos a pagar el precio.

Después de responder al llamado del Señor, el precio que debemos pagar es


ilimitado. Nadie puede decir que ha pagado el precio completamente y que ya
no hay más que pagar; ni siquiera el apóstol Pablo pudo decir esto. Al contrario,
él olvidaba lo que quedaba atrás y se extendía a lo que estaba delante,
prosiguiendo a la meta, hasta que un día incluso entregó su propia vida (vs. 12-
14; 2 Ti. 4:6-8). Cuando Pablo escribió 2 Timoteo 4, ya había pagado casi todo lo
que podía haber pagado y, no obstante, todavía proseguía. El Señor nos ha
visitado a todos nosotros, y esa visita ha sido la misma para todos. Sin embargo,
debido a que cada uno de nosotros ha estado dispuesto a pagar un precio
distinto, nuestra utilidad en las manos del Señor también ha variado. Debido a
que Pablo pagó un precio más elevado que los demás, él fue más útil para el
Señor que otros.

Algunos dirán que el Señor tiene misericordia de quien quiere (Ro. 9:18). No
obstante, esta palabra fue hablada a los gentiles, tal como el faraón, a quien Dios
aún no había visitado (vs. 15-17). Los que hemos sido salvos por gracia, ya
fuimos visitados por el Señor (Ef. 2:4-5, 8). Así que, ahora el punto no es si el
Señor nos ha visitado, sino, más bien, si estamos dispuestos a pagar el precio.
Nuestra utilidad en las manos del Señor dependerá totalmente del precio que
paguemos. Si pagamos un precio elevado, seremos de más utilidad para Él; pero
si pagamos un precio pequeño, nuestra utilidad para el Señor será limitada.

El Señor nos ha visitado muchas veces a lo largo de los años, pero Él gime
constantemente porque el precio que hemos estado dispuestos a pagar es muy
pequeño. Esta es la razón por la cual la obra del Señor ha avanzado muy
lentamente y el Señor todavía no ha podido regresar. La Biblia muestra
claramente que el Señor está esperando que el hombre escuche el llamamiento y
pague el precio a fin de ser útil para Dios. En Isaías 6:8, el Señor dijo: “¿A quién
enviaré, y quién irá por Nosotros?”. Posiblemente no entendamos la
profundidad de esta palabra. Este pasaje implica que el Señor tiene un gran
deseo en Su corazón y que Él está esperando que el hombre responda a Su
llamado. Él ha deseado laborar en cada era, pero han faltado personas
dispuestas a pagar el precio y a responder a Su llamamiento. Cuando en la tierra
haya una persona que responda al llamamiento del Señor y esté dispuesta a
pagar el precio, ciertamente el Señor la usará. La medida en que respondamos al
llamamiento del Señor determinará cuán útiles seremos para el Señor.

EL SIGNIFICADO BÍBLICO RESPECTO DE


“SUBIR AL MONTE”
En la Biblia, la primera persona que “subió al monte” fue Noé. Él llegó a los
montes de Ararat en el arca después del diluvio (Gn. 8:1-5). El juicio llevado a
cabo mediante el diluvio no se centró en el pecado, sino en el mundo que ofende
a Dios. El hecho de que Noé subió al monte simboliza que fue librado del juicio y
que escapó de todo aquello que se rebela en contra de Dios. Ya para el tiempo
cuando él llegó al monte, todo lo que se rebelaba contra Dios había sido
aniquilado. Por consiguiente, en la Biblia vemos que subir al monte para estar
delante de Dios indica, primero, que uno ha sido librado de la rebelión. Todo el
mundo se rebeló contra Dios, pero aquellos que subieron al monte con Noé no
participaron en la rebelión. Segundo, “subir al monte” apunta a la ascensión a
los cielos mediante la muerte y la resurrección. Debido a que Noé fue librado de
la rebelión y pasó por el diluvio —un tipo de la experiencia de muerte y
resurrección—, él entró en una nueva era y representó la autoridad de Dios
sobre la tierra. El significado espiritual de que Noé subiera al monte se aplica a
todos aquellos que subirán al monte después de él. Cada vez que Dios guía a
alguien al monte, lo hace con la intención de que esa persona sea librada de la
rebelión y pase por la muerte y la resurrección a fin de que entre en una
situación en la cual represente la autoridad de Dios sobre la tierra. En resumen,
esto es lo que significa subir al monte.

En la Biblia vemos que hay otro aspecto en cuanto a lo que significa subir al
monte: uno sube al monte para recibir revelación. Desde la vez en que Abraham
subió al monte Moriah (Gn. 22:1-2) hasta cuando Juan estaba en la isla de
Patmos (Ap. 1:9; 21:10), todas estas experiencias en las Escrituras recalcan el
hecho de que recibamos revelación. Abraham subió al monte Moriah
originalmente para consagrarse, pero al final recibió revelación. Al subir al
monte, Abraham llegó a conocer a Dios como Jehová-jireh y conoció Su obra
sobre la tierra, porque la promesa que Dios hizo a Abraham tenía que ver con la
obra que Él llevaría a cabo en la tierra. Moisés y Elías, al igual que Abraham,
también recibieron revelación cuando subieron al monte (Éx. 19:20; 1 R. 18:42).
En el Nuevo Testamento, vemos que el Señor también llevó al monte a Sus
discípulos para que recibieran revelación (Mt. 5:1). Finalmente, Juan, cuando
estaba en la isla de Patmos, fue llevado al monte para recibir revelación. En la
experiencia de Juan podemos apreciar el significado completo de este asunto:
ser librados de la rebelión, pasar por la muerte y la resurrección, representar la
autoridad de Dios sobre la tierra y recibir una gran revelación misteriosa.

El hecho de que sea necesario subir al monte para recibir revelación indica que
se requiere pagar un precio a fin de recibir revelación. En otras palabras, subir
al monte significa pagar un precio. El Señor enseñó en el monte, como vemos en
Mateo 5—7, después de haber enseñado en las sinagogas (4:23). En la sinagoga,
la enseñanza del Señor fue común y general, y muchos le escucharon; sin
embargo, después de enseñar en las sinagogas, el Señor llevó a Sus discípulos al
monte. En el monte, Él enseñó acerca del reino de los cielos; dicha enseñanza
fue elevada y específica, y la oyeron sólo las pocas personas que siguieron al
Señor al monte. Subir al monte equivale a pagar un precio y acercarnos al Señor
al ser atraídos por Él. Por generaciones, son pocos los que han podido entender
las enseñanzas presentadas en Mateo 5—7, porque muy pocos han estado
dispuestos a pagar el precio.
Si queremos recibir revelación, debemos estar dispuestos a pagar un precio, y
también debemos acercarnos al Señor que mora en nosotros. Estos son los
requisitos básicos que debemos cumplir a fin de tener la experiencia de subir al
monte y obtener revelación. Abraham, Moisés y los discípulos del Señor
pudieron obtener revelación debido a que cumplieron tales requisitos, es decir,
pagaron un precio y se acercaron al Señor. Podemos ver esto especialmente en
el caso de Juan cuando estaba en la isla de Patmos: él recibió revelación
mientras pagaba el precio y se acercaba al Señor en el día del Señor (Ap. 1:10).
Es menester que todos aprendamos esta lección.

EL PRECIO PRESENTADO EN LOS EVANGELIOS:


DEJAR TODO PARA SEGUIR AL SEÑOR

Los Evangelios mencionan muchas veces que el Señor llamó a diversas


personas. En el sentido estricto de la palabra, el Señor no hace un llamado
principalmente para que las personas sean salvas, sino para que lo sigan. Por
ejemplo, hay versículos en la Biblia tales como: “Venid en pos de Mí” (Mt. 4:19),
“Sígueme” (9:9), “Vende lo que tienes ... y ven y sígueme” (19:21), “Sígueme, y
deja que los muertos entierren a sus muertos (8:22), y “Ninguno que poniendo
su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios” (Lc. 9:62).
Estos versículos nos muestran, una y otra vez, cuán grande es el precio que
deben pagar aquellos que desean seguir al Señor.

En los Evangelios leemos que el único requisito que el Señor pedía de aquellos
que Él había llamado, era que renunciaran a todas sus posesiones (14:33). Así
fueron llamados los primeros discípulos a seguir al Señor. Por ejemplo, Pedro
dijo: “Nosotros lo hemos dejado todo, y te hemos seguido” (Mt.
19:27). Todo significa “todas las cosas”. Si una persona tiene cinco mil dólares y
los da, y otra tiene cincuenta mil y también los da, entonces ambos dieron todo
lo que tenían. Ante el Señor, ambos han pagado el mismo precio. Un día, el
Señor alabó a una viuda porque echó dos leptos en el erario del templo, ya que
ella, de su escasez echó todo lo que tenía, todo su sustento (Mr. 12:42, 44). Por
tanto, pagar el precio no necesariamente significa que gastemos mucho, sino
que demos todo lo que tengamos. Aquel que echa todo lo que tiene, es uno que
paga el precio. El Señor nunca se fija en la cantidad que damos; más bien, Él
presta atención a si hemos dado todo lo que teníamos.

El “todo” requerido en los Evangelios se refiere a todo lo que tengamos, lo cual


incluye a nuestros padres, cónyuge, hijos, hermanos, hermanas, casas, negocios,
títulos académicos, posiciones, fama, preferencias, ambiciones y nuestra vida.
Todas estas cosas son el precio que requerimos pagar conforme a los Evangelios.
Sin embargo, muchos de nosotros todavía no hemos cortado totalmente la
relación que tenemos con nuestros familiares. Esto no significa que debemos
cortar literalmente toda relación con otros seres humanos; más bien, significa
que debemos cortar todas las ataduras emotivas con ellos. En pocas palabras, el
Señor desea que renunciemos a todo lo que tengamos. Este es el requisito más
severo que Él exige de nosotros.

Cada vez que tenemos contacto con el Señor, Él exige algo de nosotros; y esto
siempre será así. El Señor nunca está satisfecho con el precio que ya hemos
pagado. Cada vez que nos toca, Él pide algo de nosotros. De hecho, la presencia
del Señor se hace más evidente cuando Él exige algo de nosotros. Por nuestra
parte, la única vez que no sentimos que Él exige algo de nosotros es cuando
hemos perdido nuestra comunión con Él. Por parte del Señor, lo que Él exige de
nosotros cesará sólo cuando se establezcan el cielo nuevo y la tierra nueva.

Ahora estamos en el tiempo cuando el Señor puede ganar y usar al hombre a fin
de que éste haga Su obra. Por tanto, Él requiere continuamente algo de
nosotros, y dichos requisitos están llegando a ser cada vez mayores. Al principio,
lo que el Señor exige es poco, pero gradualmente Sus requisitos se vuelven
mayores, más profundos y más severos. Si suprimimos el sentir interior de que
Él desea algo de nosotros, sufriremos gran pérdida porque interrumpiremos
nuestra comunión con Él. Si transcurre un largo tiempo así, el Señor no podrá
abrirse paso en nosotros y, como consecuencia, se verá obligado a ir a alguien
más. No obstante, si accedemos a lo que Él exige, aprendemos a obedecer y
estamos dispuestos a pagar el precio, cada vez seremos más sensibles al sentir
interior, hasta el punto en que casi todo el día percibiremos que el Señor exige
algo de nosotros.

Si no cumplimos lo que Él exige de nosotros ni estamos dispuestos a pagar el


precio, se producirán dos resultados. Primero, por nuestra parte, seremos como
el joven que se fue entristecido (Mt. 19:22). Segundo, por parte del Señor, Él no
podrá poner de manifiesto nuestra utilidad. Por ello, es preferible equivocarnos
al tratar de obedecer, que desobedecer por completo; además, es preferible
obedecer en exceso, que no obedecer lo suficiente. Si cumplimos lo que el Señor
exige, entonces también se producirán dos resultados. Primero, nos llenaremos
de gozo, y segundo, el Señor podrá poner de manifiesto nuestra utilidad.

Debemos darnos cuenta de que el requisito básico para ser de utilidad al Señor,
es acceder a Sus exigencias. La persona que accede a lo que Él exige, será usada
por el Señor aunque no conozca muy bien la verdad. Dicha persona será usada
por Él aunque no ore con frecuencia. El poder que obtenemos al pagar el precio
cumpliendo lo que el Señor exige, con frecuencia es mayor que el poder que
recibimos mediante muchas oraciones. El poder que recibimos al pagar el precio
cumpliendo lo que el Señor exige, con frecuencia es mayor que el poder que
recibimos mediante el derramamiento del Espíritu Santo. La gente presta
mucha atención al derramamiento del Espíritu Santo, pero no ven que en el día
de Pentecostés, aquellos que recibieron el derramamiento del Espíritu Santo
habían pagado un precio muy alto. Ellos renunciaron a todo para estar en
Jerusalén en el aposento alto, donde perseveraron unánimes en oración (Hch.
1:13-14).

A muchas personas les gustaría recibir el poder que se obtiene mediante el


derramamiento del Espíritu; sin embargo, no están dispuestas a aprender la
lección de pagar el precio necesario. Por eso, aunque llevan a cabo muchas
obras, estas no perduran ni tienen un efecto duradero. Si un obrero desea que su
obra permanezca y que perdure, debe aprender la lección respecto a pagar el
precio. El que la obra permanezca dependerá de cuánto el obrero haya
aprendido esta lección. El poder que se requiere para realizar la obra del Señor
radica en que uno aprenda esta lección, y para aprender dicha lección, debemos
pagar el precio. La utilidad de una persona ante el Señor depende del precio que
ésta pague ante Él. Todos admiramos el que personas como Pablo y Pedro
fueran tan útiles para el Señor, pero olvidamos que ellos pagaron un precio muy
elevado ante Él. Si actualmente no somos útiles para el Señor, la razón radica en
que no hemos estado dispuestos a pagar el precio, no hemos estado dispuestos a
cumplir lo que Él exige ni hemos estado dispuestos a renunciar a nuestra
reputación, educación, posición, futuro y toda nuestra vida; por ello, no
percibimos la presencia del Señor, raramente tenemos contacto con Él en
comunión y, naturalmente, somos de poca utilidad para Él.

EL PRECIO PRESENTADO EN FILIPENSES:


PERDER TODAS LAS COSAS A FIN DE GANAR A CRISTO

El precio que se presenta en Filipenses 3 es diferente del precio descrito en los


Evangelios. El precio presentado en los Evangelios tiene que ver con todo lo que
poseemos, mientras que el precio descrito en Filipenses 3 se refiere
principalmente a todas las cosas que nos capacitan para servir al Señor. Por
ejemplo, la expresión todas las cosas, en Filipenses 3, denota nuestra habilidad
en el servicio (v. 8). Quizás seamos muy aptos para servir, predicar, testificar y
visitar a los santos; además, tal vez seamos elocuentes y tengamos mucha
experiencia en el servicio. Todas estas cosas están incluidas en el precio que se
requiere que paguemos según Filipenses 3. Lo que Filipenses 3 revela es que
debemos procurar experimentar a Cristo y el poder de Su resurrección (v. 10).
Por tanto, necesitamos pagar el precio renunciando a todo lo que tengamos —tal
como nuestra propia teología, elocuencia, doctrinas, conocimiento y
experiencias—, a fin de obtener a Cristo, experimentarlo y ganarlo. Pablo
renunció a todas las cosas a fin de ganar a Cristo (v. 8). En otras palabras, él
desechó todas las habilidades que poseía en su servicio a Dios, para ganar a
Cristo como su habilidad. Debemos desechar nuestra propia habilidad, nuestra
elocuencia, nuestras doctrinas y nuestros mensajes, a fin de permitir que Cristo
sea nuestra habilidad, nuestra elocuencia y nuestro mensaje. Sólo si pagamos
dicho precio podremos ganar a Cristo.

Usemos como ejemplo las visitas a los santos. Puesto que hemos ido con
frecuencia a visitar a los santos, gradualmente hemos llegado a aprender algo
sobre este servicio. Así que, quizás pensemos que somos muy experimentados
en este asunto. Sin embargo, si por amor de Cristo no renunciamos a las
experiencias que hemos adquirido al visitar a los santos, entonces no podremos
experimentar a Cristo cuando vayamos a visitar a otros. Debido a que queremos
retener nuestra propia habilidad, Cristo no tiene la oportunidad de participar en
las visitaciones. Pero, si al visitar a los santos renunciamos a nuestra propia
experiencia, esto indicaría que no dependemos de nuestra propia habilidad.
Nuestra habilidad en visitar a los santos, la cual era una ganancia para nosotros,
la hemos contado como pérdida por amor de Cristo. Aunque tengamos la
habilidad, renunciamos a ella y la estimamos como basura. A cambio de ello,
ganamos a Cristo y lo experimentamos.

El precio descrito en Filipenses 3 no es el precio que tendrá que pagar un


creyente en la etapa inicial de su vida cristiana. El precio que tiene que pagar el
creyente en su etapa inicial es el precio del que se habla en los Evangelios. El
precio descrito en Filipenses viene después del precio que se presenta en los
Evangelios. Aquel que no ha pagado el precio descrito en los Evangelios, no
podrá pagar el precio revelado en Filipenses 3. El precio presentado en los
Evangelios no exige que cumplamos ningún requisito, ya que es el precio inicial,
mientras que el precio descrito en Filipenses 3 exige que llenemos ciertos
requisitos. Una persona podrá servir según Hechos solamente cuando haya
pagado el precio descrito en los Evangelios, y sólo cuando esa persona haya
servido según Hechos, tendrá la experiencia y habrá cumplido los requisitos
para pagar el precio presentado en Filipenses 3. Después de pagar el precio
descrito en los Evangelios, una persona adquirirá innumerables experiencias en
su servicio a Dios. Sin embargo, si esa persona se detiene allí, y se afierra a esas
experiencias y no renuncia a ellas, con el tiempo no tendrá experiencias frescas
y no progresará respecto a experimentar más de Cristo. Por ello, Pablo dijo que
debemos olvidar lo que queda atrás, y extendernos a lo que está delante (Fil.
3:13). Sin importar cuán excelentes hayan sido nuestras experiencias pasadas,
son cosas que debemos dejar atrás y olvidar (cfr. vs. 5-6). Si una vez predicamos
el evangelio y se convirtieron tres mil personas, tenemos que olvidarnos de esa
experiencia y contarla como basura a fin de ganar hoy al Cristo vivo. A menos
que estemos dispuestos a renunciar a nuestras experiencias pasadas, no
podremos obtener experiencias nuevas de Cristo, y si no experimentamos a
Cristo en novedad, no habrá utilidad ni frescura en el servicio. Hay algunos cuya
utilidad para el Señor es vieja: no es fresca ni viva porque no están dispuestos a
pagar el precio presentado en Filipenses 3 y, por tanto, están escasos respecto a
experimentar a Cristo y el poder de Su resurrección.

El precio revelado en Filipenses 3 es parecido a cuando Abraham ofreció a Isaac


sobre el altar (Gn. 22:1-2). Abraham recibió a Isaac como una promesa
procedente de Dios y, sin embargo, él tuvo que devolver a Isaac nuevamente
como una ofrenda. De igual manera, debemos devolverle al Señor como una
ofrenda las lecciones que hemos aprendido ante Él en el pasado. Este es el
precio presentado en Filipenses 3, el cual es un precio más elevado. El precio
descrito en los Evangelios lo paga, en la etapa inicial de su experiencia, aquel
que sigue al Señor. El precio presentado en Filipenses lo paga aquel que ya tiene
tiempo sirviendo al Señor, de modo que ha acumulado un conocimiento
considerable acerca del Señor y ha obtenido una considerable medida de
espiritualidad, logros y experiencias. En ese momento, el precio revelado en
Filipenses 3 requerirá que él renuncie a todas estas cosas “considerables”, es
decir, que debe renunciar a todas las cosas. Aunque estas cosas son buenas y
son “Isaac”, todas ellas pertenecen al pasado. Por tanto, esta persona tiene que
olvidarlas y ofrendarlas —tal es el precio que debemos pagar—, a fin de obtener
nuevas experiencias. Solamente de esta manera podremos ser útiles en el
servicio de una manera fresca y viviente.

EL PRECIO PRESENTADO EN APOCALIPSIS:


COMPRAR TRES COSAS

Otro lugar en la Biblia que menciona claramente que debemos pagar un precio
es Apocalipsis 3:18. Allí se menciona que debemos comprar tres cosas: oro
refinado en fuego, vestiduras blancas y colirio. Todos estos aspectos están
relacionados con el precio que debemos pagar. Además, es el Señor mismo
quien nos pide que compremos.

El oro representa la naturaleza de Dios, el elemento de Dios. En la iglesia en


Laodicea había mucho barro pero poco oro. En otras palabras, en tal iglesia se
hallaban muchas cosas que estaban fuera de Dios, y muy poco contenía el
elemento de Dios. Por consiguiente, el Señor aconsejó a los creyentes que
compraran oro. En cuanto a las vestiduras blancas, el color blanco denota
pureza, o sea, la ausencia de contaminación, y las vestiduras se refieren a
nuestro andar y conducta. Por tanto, las vestiduras blancas representan el andar
y la conducta de un creyente que expresa la pureza de Dios. Tercero, el colirio
sirve para ungir los ojos. Cuando estamos enfermos de los ojos y no podemos
ver, es necesario comprar colirio para sanar los ojos a fin de que estos
resplandezcan de nuevo. En una situación normal, la naturaleza interna de un
creyente es pura, y su vivir externo es blanco y resplandeciente. Se requiere que
paguemos un precio para comprar estos tres artículos. Dios tiene la intención de
cumplir Su propósito eterno por medio del hombre. Así que, después de ser
llamados por el Señor, debemos pagar el precio necesario a fin de ser útiles para
Él.

CAPíTULO DOS

APRENDER A PAGAR EL PRECIO


EN NUESTRO VIVIR DIARIO

LA VERDADERA BÚSQUEDA SE LLEVA A CABO


EN NUESTRO VIVIR DIARIO

En algún momento determinado, todos nos hemos propuesto crecer


espiritualmente y ser útiles para el Señor. Sin embargo, tal búsqueda —si la
llevamos a cabo por nuestra propia cuenta— a menudo puede convertirse en
algo formal y, por ende, podrá llegar a ser algo inconsistente con la realidad. La
verdadera búsqueda debe realizarse en cada aspecto de nuestro diario vivir.
Podemos disfrutar de la vista panorámica que presentan las montañas y los ríos
cuando estamos de viaje y, a la vez, ir en pos del Señor. Podemos conversar con
amigos acerca de muchos temas y, a la vez, pagar el precio. Debemos pagar el
precio e ir en pos del Señor en cada aspecto de nuestro vivir diario.

En ninguna parte hallamos que el Señor presidió formalmente una reunión


cuando estuvo en la tierra, porque Él no estaba atado por las formalidades. Más
bien, Él guió a Sus discípulos a que lo siguieran en su vivir diario. Aun cuando
viajaban de un lugar a otro, ellos continuaban yendo en pos de Él (Mt. 5:1; 8:23;
9:10; 13:1-2, 10, 36; 16:13; 17:1-2; 24:1-3). En el Antiguo Testamento, leemos
que Gedeón y sus seguidores fueron probados en su vivir diario respecto a la
manera en que bebían agua (Jue. 7:4-8). Este debe ser el principio que gobierne
nuestra búsqueda espiritual. No debemos orar sólo cuando entremos en un
cuarto especial, ni predicar ni trabajar sólo cuando entremos en el salón de
reunión o cuando subamos a la plataforma. Si sólo oramos, predicamos y
trabajamos en tales ocasiones, eso indica que meramente estamos guardando
formalidades religiosas.

Podemos ir en pos del Señor en toda ocasión, ya sea que estemos en la montaña
o en la playa, en la carretera o en casa. Es en nuestro diario vivir donde la gente
puede detectar si en verdad seguimos al Señor y donde en verdad podemos ser
útiles para Él. Si en nuestro vivir diario no podemos laborar para el Señor,
tampoco lo podremos hacer en tiempos programados. El verdadero obrero es
aquel que ofrece ayuda y suministro espirituales a los demás con cada
movimiento y acción que tome durante el curso de su vida diaria normal.
Solamente esto es real. Nuestro vivir debe ser real, y no religioso. Todas las
personas con las que tengamos contacto y todas las cosas que nos sucedan cada
día, en todo tiempo y en todo lugar, son oportunidades que se nos presentan
para que paguemos el precio y procuremos ser útiles para el Señor.

UN PRECIO BÁSICO QUE DEBEMOS PAGAR

Un precio básico que necesitamos aprender a pagar en nuestra búsqueda diaria


del Señor consiste en que los jóvenes deben recibir ayuda de los mayores, y los
mayores deben hacer todo lo posible por ayudar a los jóvenes. A fin de
manifestarnos ante el Señor como aquellos que verdaderamente buscan
crecimiento espiritual, debemos prestar la debida atención a estos dos asuntos.
Por una parte, debemos hacer todo lo posible por recibir la ayuda de todo aquel
que sea capaz de ayudarnos y, por otra, debemos hacer todo lo posible por
ayudar a aquellos que necesiten de nuestra ayuda. Esta es la verdadera
búsqueda. Sin embargo, generalmente lo que sucede es que los jóvenes
procuran a los jóvenes, y los mayores procuran a los mayores. Esto no es ni una
búsqueda genuina ni tampoco pagar el precio; más bien, es lo que resulta
cuando somos guiados por nuestras propias preferencias. Buscar a aquellos que
son de nuestra edad a fin de hablar con ellos no es pagar el precio, sino vivir
conforme a nuestras propias preferencias. Debemos derribar el hábito de buscar
la compañía de aquellos cuyo gusto y temperamento son similares a los
nuestros. Tal hábito se debe a que los jóvenes no están dispuestos a pagar el
precio de acudir a los mayores. Esta situación ocurre principalmente por el
hecho de que estamos en la carne y que no estamos dispuestos a negarnos a
nuestro yo.

En el capítulo uno de Cantar de los Cantares vemos que la que iba en pos del
Señor, todavía tenía que apacentar las cabritas (v. 8). Si descuidamos a los
jóvenes, no somos de mucha utilidad para el Señor. Los mayores deben ayudar a
los jóvenes porque están conscientes de tal responsabilidad, y los jóvenes deben
acudir a los mayores porque perciben que necesitan tal ayuda. Esto es el servicio
apropiado.

No debemos esperar a que inicie la reunión para servir; más bien, debemos
servir mientras trabajemos en la oficina, mientras cumplamos nuestras
responsabilidades en el hogar, e incluso cuando estemos de viaje durante
nuestro tiempo libre. Esto es semejante al hecho de que una madre no puede
olvidar a sus hijos, ya sea que esté en casa o lejos de ésta, esté trabajando, esté
haciendo mandados o esté participando en alguna actividad recreativa. Las
verdaderas lecciones respecto a seguir al Señor se aprenden en el diario vivir, y
el verdadero tiempo para servir es durante las actividades cotidianas.

CONOCER NUESTRA POSICIÓN Y GUARDARLA

En la vida de iglesia no hay nadie que solamente sea joven o que solamente sea
mayor de edad; más bien, todos somos tanto jóvenes como mayores de edad. A
pesar de ello, todos debemos conocer nuestra posición y guardar nuestro lugar.
En el trabajo, en la iglesia, y aun cuando nos reunamos, los jóvenes deben
comportarse como jóvenes, y los mayores deben conducirse como mayores.
Cada uno de nosotros debe guardar firmemente la debida posición y debe pagar
el precio para aprender esto.

Todo en el universo contiene ciertos principios. Por ejemplo, ninguno que


pierde su debida posición puede ser bendecido. Todo aquel que abandona su
posición pierde la bendición que le pertenece legítimamente. En una familia,
cuanto más los hijos se conduzcan adecuadamente como hijos, más firmemente
permanecerán en su posición como tales; y cuanto más los padres se conduzcan
como padres de una manera adecuada, más firmemente permanecerán en su
posición como tales. Lo mismo sucede en la iglesia, es decir, cuanto más los
santos crezcan de una manera normal, más firmemente guardarán su posición.
La Biblia enseña que los jóvenes deben estar sujetos a los ancianos (1 P. 5:5), y
que los mayores deben cuidar de los jóvenes (cfr. vs. 1-3). Todos debemos saber
cuál es nuestra posición, sin esperar que otros nos den órdenes y sin depender
de que los demás se encarguen de hacer todos los preparativos. Siempre
debemos guardar nuestra posición, pagando el precio para aprender esta
lección.

Toda persona debe conocer su posición claramente. Por ejemplo, una persona
que verdaderamente ha aprendido esta lección y conoce su posición, no se
atrevería a decir nada acerca de la comida que le hayan servido, sin importar
cuán mala ésta sea. Aun si la comida tuviere veneno, lo único que haría es no
comerla. Tal persona no expresa lo que piensa porque no tiene la posición para
decir algo, ni tampoco es el tiempo adecuado para expresarlo. Una persona que
verdaderamente haya aprendido esta lección se esforzará por hablar cuando sea
el tiempo oportuno; no obstante, si el momento no es apropiado para hablar,
guardará silencio. Una persona que verdaderamente haya aprendido esta
lección, siempre guardará su posición. Cuando sea el tiempo adecuado para
exponer algo en una reunión, hablará; pero después de la reunión, una vez haya
cesado la discusión, se negará a hablar al respecto. Es necesario pagar el precio
para aprender la lección en cuanto a conocer nuestra posición y guardarla.

Siempre debemos aprender a pagar el precio, porque sólo entonces podremos


ser útiles en las manos del Señor. Cuando nos reunamos, la posición de los
jóvenes y la de los mayores debe manifestarse claramente. Cuanto más evidente
sea la situación, más bendición habrá. Cuanto más evidente sea el orden en la
iglesia, más fuerte será la iglesia. Los jóvenes no deben sentirse avergonzados, y
los mayores no deben sentirse orgullosos. No debemos pensar que los que nos
corrigen nos están maltratando. Debemos darnos cuenta de que es muy dulce y
glorioso cuando los jóvenes escuchan a los mayores. Nuestra posición es la de
obedecer a los hermanos y hermanas mayores, ya sea que tengan la razón o no.
No tenemos la posición para argumentar con ellos. Una vez digamos algo
sueltamente, perdemos la bendición.

Noé cometió un grave error cuando se embriagó y se desvistió; no obstante,


cuando Cam, el padre de Canaán, habló de ello, perdió la bendición (Gn. 9:20-
27). Cuando en la iglesia hablamos sueltamente, se pierde la bendición. No
piensen que hablar unas cuantas palabras sea insignificante; de hecho, una
pequeña chispa puede causar un gran incendio. En nuestra vida diaria, es
necesario que aprendamos la lección en cuanto a conocer nuestra posición. Esto
requiere que paguemos un precio muy alto.

LOS DOS ASPECTOS DEL PRECIO

El precio que debemos pagar tiene dos aspectos: uno se relaciona con nuestro
sentir interior, y el otro, con la luz de la verdad que nos ha dado el Señor. Por lo
general, nuestro sentir interior tiene que ver principalmente con asuntos
triviales; mientras que los asuntos importantes, profundos y valiosos están
relacionados principalmente con la verdad. Vemos este último aspecto
especialmente en el Evangelio de Mateo. Mateo es un libro que trata del reino.
Con relación a nosotros, el reino tiene un significado doble: por una parte, tiene
que ver con el gobierno de los cielos, y por otra, éste requiere que paguemos un
precio. Casi todo el libro de Mateo gira en torno a la exigencia de que debemos
pagar un precio. No obstante, los capítulos más importantes de Mateo son del
cinco al siete, el trece, el veinticuatro y el veinticinco.

Los capítulos del cinco al siete de Mateo, los cuales constan de las enseñanzas
que el Señor dio en el monte, tienen que ver con la realidad del reino. El capítulo
trece, que consta de las parábolas que el Señor dio junto al mar, tiene que ver
con la apariencia del reino. Los capítulos veinticuatro y veinticinco, que constan
de las profecías que el Señor habló en el monte de los Olivos, tienen que ver con
la manifestación del reino. El Señor habló de la realidad y de la manifestación
del reino mientras estaba en el monte. Esto se debe a que solamente aquellos
que “suben al monte” pueden participar de la realidad del reino hoy y podrán
entrar en la manifestación del reino en el futuro. Si bien las multitudes seguían
al Señor, sólo unos pocos oyeron las palabras en cuanto a la realidad y
manifestación del reino. Los que oyeron fueron aquellos que siguieron al Señor
hasta la cima del monte y se acercaron a Él, o sea, aquellos que pagaron el
precio y tuvieron comunión con el Señor. La palabra acerca de la apariencia del
reino fue dada junto al mar, que representa el mundo, el cual Satanás ha
usurpado y corrompido. Aquellos que están en el mundo sólo pueden oír la
palabra acerca de la apariencia del reino. Ellos no pueden ver la realidad ni la
manifestación del reino porque no han pagado el precio, el cual consiste en
subir al monte y acercarse al Señor.

Aunque las enseñanzas abarcadas en estas tres secciones de Mateo difieren en


cuanto a contenido, tienen un punto en común: en cada sección se presenta el
requisito de que debemos pagar un precio. En Mateo 5—7, el precio requerido es
que debemos entregar todo nuestro ser y todo nuestro vivir humano
completamente al Señor, a fin de que obtengamos la justicia sobresaliente,
entremos por la puerta estrecha y andemos por el camino angosto. En Mateo 13,
el precio requerido es que seamos librados del gran árbol y de la levadura, y que
seamos el trigo y la semilla de mostaza. Esto exige que seamos molidos y
quebrantados para que podamos suministrar vida a los demás. En el capítulo
trece también se presenta el requisito de que seamos un tesoro (incluyendo las
piedras preciosas) y las perlas. Dicho de otra manera, el requisito revelado en
este capítulo es que debemos pasar por el fuego del Espíritu Santo y por la
presión de los sufrimientos a fin de que seamos valiosos ante el Señor. En los
capítulos veinticuatro y veinticinco, el precio que se nos exige pagar tiene dos
aspectos: el aspecto de la vida y el de la obra. El aspecto de la vida tiene que ver
con que compremos aceite, y el aspecto de la obra, con que seamos fieles.
Comprar aceite —el aspecto de la vida— equivale a desechar todo lo externo en
nuestra vida diaria y ocuparnos solamente del Espíritu que mora en nosotros.
Ser fieles —el aspecto de la obra— equivale a usar el don que hemos recibido, a
fin de abastecer a otros.

LA RELACIÓN QUE HAY ENTRE PAGAR UN PRECIO


Y RECIBIR LA SALVACIÓN

Todos sabemos que la salvación que Dios efectúa consta de dos partes. En la
primera parte, por la fe nuestros pecados son perdonados y recibimos la vida
eterna; y en la segunda, Dios se forja en nosotros y se mezcla con nosotros a fin
de que seamos uno con Él. El requisito esencial para que recibamos la primera
parte de la salvación que Dios efectúa, es la fe. Estrictamente hablando, el
requisito esencial para que recibamos la segunda parte de la salvación que Dios
efectúa, es pagar un precio. Debido a que la salvación que Dios efectúa consta de
estas dos partes, debemos cumplir dos requisitos. Para que nuestros pecados
sean perdonados y obtengamos vida eterna, sólo se requiere tener fe. Pero, si
queremos que Dios se forje en nosotros y se mezcle con nosotros, debemos
cumplir el segundo requisito, a saber, debemos pagar un precio.

LO QUE SIGNIFICA PAGAR UN PRECIO

Pagar un precio consiste en desechar todo lo que no es Dios, a fin de recibir la


segunda parte de la salvación que Él efectúa. Debemos renunciar a todo lo que
no sea Dios, incluyendo el yo, la carne, el ser natural, nuestra manera de ser, la
familia, la religión, las riquezas, la reputación, la posición y el futuro. La
totalidad de todas estas cosas a las que uno debe renunciar equivale a “todo lo
que posee” —tal como lo menciona el Señor en Lucas 14:33— y “todas las cosas”,
como el apóstol dice en Filipenses 3:8. El Señor dijo que debemos renunciar a
todas nuestras posesiones a fin de ir en pos de Él, y el apóstol dijo que debemos
estimar todas las cosas como pérdida a fin de ganar a Cristo. Debemos hacer
esto porque la intención de Dios en Cristo es forjarse en nosotros para que nos
unamos y nos mezclemos con Él. Debemos renunciar a todo lo que no sea Dios y
desecharlo, no importa si sea bueno o malo, en el pasado o en el futuro.

Así que, el precio que debemos pagar tiene muchos aspectos, tal como se
menciona en los capítulos del cinco al siete, trece, veinticuatro y veinticinco de
Mateo, Filipenses 3 y Apocalipsis 3:18. Además, también debemos tener en
cuenta el precio relacionado con la recompensa y el castigo (1 Co. 3:8, 14-15;
9:18, 24-25; He. 10:35). La totalidad de estos precios alude a un principio: el
precio que debemos pagar consiste en perder todo lo que no sea Dios. Debemos
hacer a un lado todo lo que no esté en concordancia con Dios, se oponga a Dios,
lo reemplace y lo sustituya. De lo contrario, no le daremos a Dios la oportunidad
y espacio suficientes para que se forje con libertad en nosotros y, como
consecuencia, no experimentaremos a Dios ricamente.

No piense que el Señor nos pide demasiado al exigirnos que renunciemos a


todo. Además, tampoco piense que abandonar todas las cosas, como dijo el
apóstol, es demasiado difícil. El Señor y el apóstol dijeron esto porque para
experimentar a Dios y obtenerlo, debemos renunciar a todo lo que no sea Dios,
es decir, debemos desechar todas las cosas. Esta no es simplemente una
condición, sino un requisito imprescindible. Si vivimos por nosotros mismos,
Dios no puede ser nuestra vida. Si dependemos de una variedad de personas,
cosas y asuntos y no nos entregamos completamente a Dios, Él no puede ser
todo para nosotros. Si nuestra familia, cónyuge e hijos son más dulces para
nosotros que Dios, Él no puede ser todo para nosotros. Si nuestra educación,
fama, posición y futuro son más queridos para nosotros que Dios, Él no puede
ser nuestro disfrute interno ni nuestro elemento constitutivo.

Supongamos que, si bien creemos en Dios, vivimos valiéndonos de cosas que


están fuera de Él, y que estas cosas son todo para nosotros. Si éste es el caso,
aunque no hay duda de que somos salvos por la eternidad, la intención de Dios
respecto a forjarse en nosotros —al grado de mezclarnos por completo con Él
como una sola entidad—, resultaría absolutamente imposible e inalcanzable.
Cuando vivimos de esta manera, no sólo no cumplimos lo que se requiere de
nosotros, sino que, además, Dios no puede llevar a cabo Su intención en
nosotros. No habremos pagado el precio, y pagar el precio es el requisito
imprescindible para que Dios se forje en nosotros y se mezcle con nosotros.

Algunas personas podrán pensar que si hablamos acerca de pagar un precio,


menospreciamos la eficacia de la salvación que Dios efectúa. Los que piensan de
esta manera no comprenden que tal concepto no se conforma con la verdad. La
parte de la salvación relacionada con el perdón de pecados y con recibir la vida
eterna, se obtiene únicamente por la fe. Pero, si queremos que Dios se mezcle
con nosotros, de manera que Él realice en nosotros así el querer como el hacer
(Fil. 2:13) y nos haga aptos para vivir a Cristo (1:21a) —a fin de que Cristo
siempre sea magnificado en nuestro cuerpo (v. 20b)—, entonces debemos pagar
un precio. No podemos llegar a esa condición únicamente por la fe. En toda la
Biblia, no hay un solo versículo que indique que esto se pueda obtener por la fe.
Pablo dijo explícitamente que puesto que Dios realiza en nosotros así el querer
como el hacer, debemos obedecer con temor y temblor (2:12). Él también dijo
que para vivir a Cristo, no nos debe preocupar si vivimos o morimos. Además, a
fin de ganar a Cristo, conocerle y experimentar el poder de Su resurrección,
debemos estimar todas las cosas como pérdida y tenerlas por basura (3:8-10).
¿No es esto pagar un precio? La segunda parte de la salvación que Dios efectúa
requiere que paguemos un precio. Esto es tanto un requisito como un hecho.

EL PROPÓSITO DE PAGAR EL PRECIO

El propósito de pagar el precio es darle a Dios la oportunidad de realizar en


nosotros lo que Él desea hacer. Pagar un precio significa que permitimos que
Dios ocupe el primer lugar en nuestro ser, de modo que Él sea nuestra vida e
incluso se mezcle totalmente con nosotros sin ningún estorbo, limitación ni
dificultad. Debemos renunciar a nuestro modo de vivir, preferencias,
inclinaciones, futuro e intereses personales, a fin de obtener a Cristo, pues Él
desea reemplazar todo lo que tengamos. Debemos entregarle todo lo que
tengamos. Cuanto más le entreguemos, más recibiremos. Cuanto menos le
entreguemos, menos recibiremos. Si no le entregamos nada, no recibiremos
nada; pero si le entregamos todo, lo recibiremos todo. Debemos pagar el precio
y negarnos a nosotros mismos, renunciando a nuestra familia, carrera y futuro y
desechando todo lo que reemplace a Dios. De esta manera, Dios vendrá a
nosotros para ser nuestra vida, poder, naturaleza y contenido.

Si alguien cree en el Señor, pero no está dispuesto a pagar el precio para ganar a
Cristo, entonces la salvación que experimentará sólo consistirá en que será
perdonado de sus pecados y recibirá la vida eterna. El aspecto de la salvación
que incluye el perdón de pecados y recibir la vida eterna, ya ha sido preparado
por Dios para ustedes, y lo único que tienen que hacer es recibirlo. Sin embargo,
a fin de que Dios se mezcle con ustedes, deben renunciar a todo lo que tienen.
Por ello, en Mateo dice que necesitamos comprar aceite (25:8-9), y Apocalipsis
dice explícitamente que necesitamos comprar oro, vestiduras blancas y colirio
(3:18). La palabra comprar, en estos dos pasajes, fue proferida por el Señor
mismo. Pablo no usó la palabra “comprar”; más bien, dijo: “Lo he perdido todo
... para ganar a Cristo...” (Fil. 3:8). En principio, tanto perder como comprar
tienen que ver con pagar un precio. La medida de nuestra pérdida determinará
el grado en que Cristo se forje en nosotros. Si nos aferramos a lo que tenemos,
no habrá manera de ganar a Cristo.

Los primeros cristianos vendieron todo lo que tenían por amor al Señor (Hch.
2:44-45; 4:32). Antes, ellos habían estado bajo la usurpación de todas esas
cosas, por lo cual no le daban a Dios la oportunidad, el terreno ni la manera de
forjarse en ellos. Pero, con el tiempo, se dieron cuenta de que no debían tener
como meta esas cosas, sino que su única meta debía ser Dios mismo. Por tanto,
aborrecieron todas estas cosas y sufrieron la pérdida de todas ellas. El joven rico
mencionado en los Evangelios amaba al Señor y deseaba seguirlo; no obstante,
se fue entristecido (Mt. 19:16-22). ¿Por qué se fue entristecido? Porque no
estaba dispuesto a vender sus posesiones. Debido a que lo usurpaban estas
cosas, Cristo no tenía cabida en él.

Siempre que alguien es usurpado por su reputación, futuro, posición, poder y


familiares, no hay manera de que Cristo ocupe el primer lugar en esa persona. El
Señor dijo que nadie puede servir a dos señores (6:24), lo cual significa que
nadie puede tener dos amores. Este asunto no se resuelve simplemente por la fe.
Por ello, al final del Evangelio de Juan, un libro que frecuentemente alude a la fe
(Jn. 1:12; 3:15-16, 18, 36; 6:40; 20:31), se menciona el asunto del amor. Muchos
lectores de la Biblia reconocen que Juan 21 fue añadido de último momento por
el autor. Obviamente, el Evangelio de Juan concluye en el capítulo veinte; no
obstante, el escritor agregó otro capítulo, el capítulo veintiuno, el cual es de otra
naturaleza. Los primeros veinte capítulos del Evangelio de Juan hablan acerca
de la fe, pero el último capítulo, el capítulo veintiuno, habla acerca del amor (vs.
15-17). Pedro y Juan no tenían dificultades en cuanto a la fe; sin embargo, a
menos que ellos dejaran los barcos de pesca y las redes, no podrían ganar a
Cristo. Hoy día, muchos creyentes se mantienen en lo que revela Juan 20, pero
¿cuántos creyentes experimentan lo dicho en el capítulo veintiuno? Frases tales
como “más que éstos” (v. 15) y “cuando ya seas viejo” (v. 18), indican que se
requiere que paguemos un precio a fin de que Cristo tenga la oportunidad de
llenarnos abundantemente consigo mismo.

Como vemos en Juan 20, Pedro ya era salvo; no obstante, interiormente él no le


había cedido mucho espacio a Cristo. Pedro había recibido la abundante vida
eterna, pero Cristo no lo había llenado suficientemente. Por eso, el Señor dijo:
“¿Me amas más que éstos?” (21:15). Para amar más al Señor, él tenía que pagar
un precio. Si sólo tenemos fe, no podemos decir que para nosotros el vivir es
Cristo, no podemos conocer el poder de la resurrección de Cristo ni tampoco
podemos decir que Dios es quien realiza en nosotros tanto el querer como el
hacer. El Señor dijo que si alguno no renunciaba a todo lo que tenía, no podía
ser Su discípulo (Lc. 14:26, 33). Si fuera suficiente sólo tener fe, no habría sido
necesario que Pablo corriera la carrera (1 Co. 9:24, 26; Gá. 2:2; 2 Ti. 4:7) ni
tampoco habría él proseguido a fin de recibir la recompensa en el futuro (Fil.
3:14).

EL RESULTADO DE PAGAR EL PRECIO

¿Cuál es el resultado de pagar el precio? El resultado es que, cuando usted se


entrega a sí mismo a Dios y le entrega a Él todo lo que posee, entonces Dios se
mezcla completamente con usted. El pago del precio no se efectúa meramente
para que usted reciba una recompensa y sea arrebatado en el futuro; más bien,
se efectúa para que usted renuncie a todo lo que es y tiene, a fin de que Dios y
todo lo que Él tiene se añada a usted y se mezcle con usted. Aquellos que serán
arrebatados primero son los que Dios ha llenado de Sí mismo; los que entrarán
en el reino y recibirán la recompensa son aquellos que Cristo ha llenado de Sí
mismo; los que participarán en la superresurrección son aquellos que hoy viven
en el poder de la resurrección de Cristo. Estrictamente hablando, los que
entrarán en el reino no son meramente aquellos que han pagado el precio; más
bien, son aquellos que han pagado el precio y, por ende, están llenos de Cristo.
No es el precio en sí lo que nos hace aptos para entrar en el reino, ni es el precio
en sí lo que nos hace aptos para ser reyes; más bien, es el Cristo con el que
hemos sido llenados lo que nos introduce en el reino y nos hace aptos para ser
reyes.

Si usted desea ser lleno de Cristo, necesita pagar un precio. El elemento de Dios
no podrá ser forjado en usted a menos que el elemento suyo desaparezca. Si
usted está escaso del elemento de Dios, no podrá madurar temprano. Si usted
está escaso del elemento de Cristo, no será apto para reinar. Por consiguiente, el
resultado de pagar el precio no consiste en que usted entrará en el reino para
recibir la recompensa, sino en que recibirá más de Dios y de Cristo. Sin
embargo, aquellos que están llenos de Dios y de Cristo madurarán temprano y
serán arrebatados primero, y solamente ellos entrarán en el reino y reinarán en
el trono.

Si los hijos únicamente piensan en recibir las posesiones de sus padres, pero no
aman a sus padres, son tan irrazonables como los ladrones. Si no pagamos el
precio, ni amamos a Dios ni vamos en pos del Señor, pero, a la vez, todo el día
únicamente pensamos en ser arrebatados y en recibir la recompensa, entonces
estamos soñando. Por el contrario, si los hijos no están interesados en las
posesiones de sus padres sino que, más bien, solamente se ocupan por amarlos y
complacerlos, con el tiempo todo lo que los padres poseen será de los hijos. No
debemos considerar que el premio, el arrebatamiento y el reino sean la meta de
nuestra búsqueda. Madame Guyón dijo que nos encontramos en una condición
caída si sólo buscamos la recompensa por sí misma. La meta a la cual
proseguimos debe ser Dios y Cristo, y hemos de pagar cualquier precio para
obtenerla. Si perseguimos esto con sencillez de corazón, ¿cómo no hemos de
madurar temprano? ¿Cómo no hemos de recibir la recompensa?

Al leer la biografía de Jorge Müller, vemos que en todo él buscaba la dirección


de Dios y, en comunión, buscaba percibir lo que Dios sentía. Él escribió un libro
titulado: Narrative of the Lord’s Dealings with George Müller [Narrativa de la
disciplina que Jorge Müller recibió del Señor], lo cual corresponde exactamente
con el contenido del libro. Toda su vida él buscó tener comunión con el Señor
respecto a todas las cosas, ya sea algo grande o algo insignificante. Algo muy
impresionante es que después de la muerte de Jorge Müller, las personas
trataron de hacer un inventario de sus posesiones, pero encontraron que él no
poseía nada, pues había entregado todo su ser al Señor y había renunciado a
todas sus posesiones por amor de Cristo. A los ojos de los hombres, en el
momento de su muerte él estaba en la miseria, a diferencia de muchas personas
que al morir dejan una gran herencia para que sus hijos se peleen por ella. No
obstante, a los ojos de Dios, Müller fue una persona cuyo corazón era conforme
a Dios y que complacía a Dios.

Hemos dicho una y otra vez que el propósito de pagar el precio es que
obtengamos a Dios a fin de que Él se añada y se mezcle con nosotros, de modo
que así reemplace todo lo que somos. Todos aquellos que tienen este deseo,
voluntariamente rechazan su propia vida natural y su propia forma de ser, y
toman la vida y naturaleza de Dios. Ellos viven y andan no por su propia
sabiduría, sino por la sabiduría de Dios, y renuncian a sus posesiones,
familiares, fama y posición; todo lo que desean es que Dios se forje en ellos para
ser su todo. A esto se refiere la Biblia cuando dice que debemos renunciar a todo
y seguir al Señor, y que debemos estimar como pérdida todas las cosas a fin de
ganar a Cristo. Esto es lo que significa pagar el precio, y éste es el resultado de
pagar el precio. Solamente las personas que pagan el precio experimentan que
Dios realiza en ellas así el querer como el hacer, magnifican a Cristo todo el
tiempo —ya sea por vida o por muerte—, y pueden decir que para ellas el vivir es
Cristo. Ellas están llenas de Cristo, llenas de Dios, y son de utilidad para Dios.

En resumen, el primer requisito para que seamos de utilidad a Dios consiste en


que Él nos visite, lo cual no proviene de nosotros sino de Dios. El que Dios nos
visite equivale a que Él venga a nosotros para estar con nosotros. Este es el
comienzo a partir del cual llegamos a ser de utilidad para Dios. Siempre que
sintamos el deseo de servir a Dios, sabremos con certeza que Dios nos ha
alcanzado y visitado. Con todo, el simple hecho de que Dios haya puesto en
nosotros tal deseo no nos capacita para ser de utilidad a Dios, porque —de
nuestra parte— todavía tenemos que pagar un precio.

Un día Dios visitó a Isaías y, como resultado, Isaías se propuso ir y trabajar para
Dios (Is. 6:1-8). Pero, en aquel tiempo Dios no pudo usar a Isaías porque Isaías
todavía no había pagado el precio. El resultado de pagar el precio consiste en
que renunciamos a todo lo que poseemos y recibimos todo lo que Dios tiene.
Sólo personas como éstas son de utilidad para Dios. Por tanto, pagar el precio es
el requisito esencial que nos permite ser útiles para Dios.

CAPÍTULO TRES
SER ÚTILES PARA EL SEÑOR
Y EL REBOSAMIENTO DE LA VIDA DIVINA

LABORAR PARA DIOS MEDIANTE


EL REBOSAMIENTO DE LA VIDA DIVINA

Muchos hijos de Dios piensan que laborar para el Señor equivale a ser usados
por Él. Es cierto que el Señor nos usa cuando laboramos para Él, pero ¿qué
significa laborar para Él? Hoy, por la misericordia del Señor, hemos visto
claramente que laborar para el Señor no tiene que ver con cuantas cosas
hagamos para Él, sino con la medida en que la vida divina rebose de nosotros y
se infunda en los demás. El hermano Watchman Nee decía con frecuencia: “La
verdadera obra consiste en el rebosamiento de la vida divina”. Indudablemente,
parte de nuestro trabajo consiste en llevar a cabo ciertas tareas; no obstante,
nuestra labor no tiene como meta realizar dichas tareas. Más bien, nuestra labor
consiste en que rebose de nosotros la vida del Señor a fin de que infundamos y
ministremos dicha vida a otros, es decir, que impartamos al Señor en otros.

Tomemos como ejemplo la predicación del evangelio. Cuando laboramos para el


Señor predicando el evangelio, por una parte conducimos a las personas a la
salvación y, por otra, impartimos a los pecadores la vida del Señor. En cuanto a
la edificación de los creyentes, por una parte debemos alimentarlos y, por otra,
nuestro verdadero propósito es impartirles la vida del Señor cada vez más y
más. Al tener comunión con los hermanos y hermanas o al visitar a los santos,
aparentemente les estamos ayudando y los estamos cimentando en el Señor;
pero en realidad, si nuestras visitas y comunión se conforman a la norma, la
vida del Señor rebosará de nosotros, y Su vida será impartida a los hermanos y
hermanas. Aun si sólo proferimos unas breves palabras de consolación y ánimo,
debe rebosar de nosotros la vida del Señor, de modo que dicha vida sea
infundida en los hermanos y hermanas. Juan 7:38 indica que el propósito de
Dios consiste en que del interior de todo aquel que tiene la vida del Señor fluyan
ríos de agua viva, el agua de vida, para que ésta sea impartida en otros y
ministre a sus necesidades.

La razón por la que la Iglesia Católica y las iglesias protestantes se han


convertido en árboles frondosos (Mt. 13:32) se debe a que emprenden y llevan a
cabo muchas tareas y actividades, pero carecen interiormente de la vida divina.
La Iglesia Católica emprende muchas obras y actividades, pero difícilmente se
encuentra en ellas el elemento de la vida divina; lo mismo sucede en muchas
denominaciones protestantes. Tienen empresas tales como misiones
evangélicas, escuelas y hospitales; sin embargo, en tales obras de gran escala, la
gente difícilmente recibe el elemento de la vida divina. Muchas veces ocurre lo
mismo aun entre nosotros. A menudo nuestras actividades, servicios y obras
contienen poco elemento de vida.

EL REBOSAMIENTO DE LA VIDA DIVINA


NO DEPENDE DE LA ELOCUENCIA NI DE LOS DONES

Podemos dar un mensaje que sea persuasivo e inspirador, pero aun así quizás
no impartamos la vida de Cristo a los oyentes. Es posible que una exposición de
las Escrituras sea interesante y agradable al oyente, pero no por eso le impartirá
necesariamente la vida de Cristo. En cambio, es posible que cierto hermano se
ponga de pie en la reunión y dé un pequeño testimonio; y aunque no sea
elocuente ni hable con facilidad ni sea capaz de tocar los sentimientos de las
personas, aun así, después de que este hermano habla, los oyentes perciben que
algo inexplicable, algo espiritual, ha sido depositado en ellos. Es como si el
Señor hubiera venido a tocar las partes más profundas de estas personas, y ellas
no hubieran estado conscientes de ello. Este es el rebosamiento de la vida divina
que se imparte en otros.

Algunas veces, cuando cierto hermano se pone de pie en las reuniones para
hablar, su voz es fuerte y clara y sus palabras fluyen fácilmente. Él mantiene la
atención de la audiencia y logra que ellos meneen sus cabezas en señal de
apreciación. Con todo, después de que él termina su discurso, no queda nada.
Esta clase de mensaje es similar a la música que no nos inspira en absoluto.
Simplemente es como bronce que resuena o címbalo que retiñe (1 Co. 13:1).
Después que la resonancia y el reteñir se desvanecen, no queda nada, y los que
oyeron no recibieron la vida divina. Supongamos que usted visita a alguien.
Aunque esa persona no diga nada, usted percibe que en esa visita algo ha
entrado en usted y ha tocado los sentimientos suyos. Si usted es alguien que vive
por la carne, percibirá que ese sentir lo toca y condena su carne. Si usted ama
los pecados y el mundo, percibirá que ese sentir toca cierto pecado o un aspecto
particular del mundo y lo condena. Por el contrario, quizás se encuentre con una
persona que hable mucho y, sin embargo, tales palabras no penetran en usted ni
tocan sus sentimientos. Pareciera como si todo lo que él dijera es vano y sin
sentido. La primera persona no lo exhortó con mucha palabrería y, sin embargo,
en ese pequeño contacto, ella tocó el problema de usted; y aunque la segunda
persona habló mucho e incluso citó varios versículos, no produjo ningún efecto
en usted. La diferencia entre los dos radica en el hecho de que uno imparte vida
a los demás, aunque no hable con soltura, mientras que del otro no rebosa la
vida divina, a pesar de que habla mucho. Por consiguiente, es menester ver que
la verdadera obra consiste en el rebosamiento de la vida divina y su impartición
en los demás.

Usualmente somos más miserables si estamos hambrientos en el espíritu que si


estamos hambrientos en la carne. En algunas iglesias locales, las personas
perciben la presencia del Espíritu cuando asisten a las reuniones, mientras que
en otras no sucede lo mismo. La diferencia radica en si está presente o no el
rebosamiento de la vida divina. Es inútil tratar de convencer a las personas
simplemente con doctrinas. La gente sólo puede comprender las cosas
espirituales cuando toca la vida divina. Por tanto, al tratar asuntos espirituales,
la pregunta que debemos hacernos es: “¿Estamos tocando la doctrina o la vida
divina?”. En una ocasión, alguien le preguntó a un hermano: “¿Es posible que
una persona salva esté en tinieblas?”. El hermano le respondió: “¿Está usted en
la luz hoy?”. Cuando esa persona hizo tal pregunta, lo hizo razonando en la
mente; sin embargo, el hermano respondió en vida para tocar el sentir interior
del que preguntaba. Por tanto, aun cuando conversemos con otros, existe una
diferencia entre estar en la doctrina o estar en la vida divina.

PAGAR EL PRECIO QUE LE PERMITA A DIOS


FORJARSE EN NOSOTROS
Una vez alguien me dijo: “No es correcto decir que las cinco vírgenes
mencionadas en Mateo 25 son salvas”. Entonces le pregunté: “¿Son todos los
salvos prudentes? ¿Es usted prudente?” (cfr. vs. 1-13). Debemos ver que es vano
debatir constantemente sobre doctrinas. La única manera de resolver los
problemas de las personas es tocar su ser mediante la vida divina. Solamente
mediante el rebosamiento de la vida divina podemos tocar el ser interior de las
personas, y una vez las tocamos de esta manera, impartimos en ellas algo
espiritual. Por consiguiente, ser usados por Dios equivale a laborar para Él, y
laborar para Él consiste en que la vida divina rebose de nuestro interior, de
modo que impartamos dicha vida —Dios mismo— en los demás. Con todo, antes
de que podamos impartir a Dios en otros, nosotros mismos primero debemos
tener contacto con Dios y tener vida abundantemente.

No es posible que rebose de nosotros lo que no tenemos, lo que no hemos


experimentado o lo que no hemos recibido. Únicamente podrá rebosar de
nosotros lo que primero hemos recibido en nuestro interior. Por consiguiente,
una persona que tiene la intención de laborar para Dios, debe permitir primero
que Dios se forje en ella. Sólo aquel que permite que Dios opere en él, será capaz
de laborar para Dios. Esto se debe a que una persona podrá experimentar a Dios
solamente cuando permita que Él opere en ella. Cuando esto suceda, la vida de
Dios entrará en ella mediante varias experiencias, de modo que después, dicha
vida podrá fluir y ser impartida en otros. Por esta razón, debemos pagar el
precio necesario. Permitir que Dios se forje en nosotros equivale a pagar un
precio. El que no esté dispuesto a pagar el precio solamente podrá predicar
doctrinas, pero no podrá impartir la vida divina en los demás.

CAPÍTULO CUATRO

DESPUÉS DE RECIBIR LA SALVACIÓN,


NECESITAMOS CRECER
Y MADURAR EN LA VIDA DIVINA

EL CONCEPTO TRADICIONAL
RESPECTO A LA SALVACIÓN QUE DIOS EFECTÚA

En el cristianismo actual, lo cual incluye tanto el catolicismo como el


protestantismo, la mayoría de las personas no tienen el concepto correcto acerca
de la salvación que Dios efectúa, ni tampoco tienen un conocimiento claro
acerca de la economía y administración de Dios en cuanto a Su salvación.
Actualmente, en el cristianismo existe un concepto ampliamente aceptado que
aparentemente está basado en la Biblia, pero que se deriva principalmente de la
especulación humana. Este concepto no existía al comienzo de la iglesia; más
bien, fue algo que tomó forma más tarde mediante la conjetura humana, hasta
que se convirtió en una doctrina. Ahora, ha sido desarrollado y ha llegado a ser
un concepto tradicional muy prevaleciente en el cristianismo.

¿Qué es este concepto? Los que tienen este concepto creen que todos somos
pecadores, pero debido a que Dios tuvo misericordia de nosotros, Él envió a Su
Hijo unigénito para que fuese nuestro Salvador. Su Hijo murió por nosotros en
la cruz, llevó sobre sí nuestros pecados, resucitó y ascendió a los cielos, y ahora
constantemente intercede por nosotros ante Dios como nuestro gran Sumo
Sacerdote. Según este concepto, si una persona —que sienta que es pecadora y
que merece la perdición— se arrepiente y cree en el Señor Jesús, de modo que lo
recibe como su Salvador e invoca Su nombre, entonces sus pecados serán
perdonados, se reconciliará con Dios, y Dios será benevolente para con ella y le
otorgará bendiciones. Como resultado, esta persona llega a ser salva. Puesto que
Dios ha sido bondadoso para con ella, de ese momento en adelante ella debe
mostrar su gratitud hacia Dios portándose de una manera que glorifique el
nombre de Dios. Después que esta persona muera, su alma irá al cielo para
disfrutar de una bendición eterna. Esta es la así llamada creencia ortodoxa en el
cristianismo actual.

UNA COMPARACIÓN ENTRE


EL CONCEPTO TRADICIONAL Y LA BIBLIA

¿Es este concepto correcto? Comparemos esto cuidadosamente con la verdad


hallada en las Escrituras. Cuando Martín Lutero hizo una comparación entre la
doctrina católica respecto al sacramento de la penitencia y la verdad bíblica
concerniente a la justificación por la fe (Ro. 1:17), él descubrió que la enseñanza
acerca de hacer penitencia era una tradición basada en las opiniones humanas y
era totalmente errónea. Hoy en día, nosotros también debemos discernir la
autenticidad de las así llamadas creencias ortodoxas que enseña el cristianismo,
comparándolas con la verdad revelada en la Biblia.

Si renunciamos a nuestra opinión humana y conceptos tradicionales y no nos


aferramos a nuestras ideas y puntos de vista, sino que venimos simplemente a la
Palabra de Dios, encontraremos que el concepto que prevalece en el
cristianismo acerca de la salvación es inexacto y tiene deficiencias. Ser inexacto
equivale a ser incorrecto y no estar en concordancia con la verdad revelada en
las Escrituras, mientras que tener deficiencias significa no estar a la altura de la
verdad bíblica en cuanto a sus riquezas y trascendencia.

EL ÉNFASIS DADO EN LOS EVANGELIOS


DE LUCAS Y JUAN:
LA SALVACIÓN POR LA FE

Los Evangelios no constan de un solo libro sino de cuatro, y el énfasis dado en


cada uno de ellos es diferente. Por ejemplo, desde el principio hasta el fin, el
Evangelio de Lucas presenta la verdad en cuanto al perdón de pecados, esto es,
el evangelio acerca del perdón (24:47). Este Evangelio nos muestra que a los
ojos de Dios éramos hijos pródigos, quienes estábamos lejos de Dios el Padre, y
que también éramos ovejas y pecadores perdidos (15:1, 6-7, 11-32). Por tanto,
Dios envió a Su Hijo como nuestro Salvador para que nos buscara y nos llevara
de regreso a Él. Dios nos aceptó a nosotros, los hijos pródigos, cuando nos
arrepentimos y regresamos a Él. Aun cuando éramos como la mujer de mala
fama mencionada en el capítulo siete, que tenía muchos pecados (vs. 36-50),
como el corrupto recaudador de impuestos que se menciona en el capítulo
diecinueve (vs. 1-10) o como el ladrón en la cruz mencionado en el capítulo
veintitrés (v. 32, 40-43), al arrepentirnos y creer en el Señor, lo recibimos como
nuestro Salvador y nuestros pecados fueron perdonados. Esta es la verdad en
cuanto al perdón de pecados que se presenta en el Evangelio de Lucas. Debido a
que el Señor Jesucristo efectuó la redención en la cruz, todo aquel que cree en Él
recibe gratuitamente el perdón de pecados, sin que pague precio alguno. Este es
el énfasis dado en el Evangelio de Lucas.

Juan predicó el evangelio en cuanto a la vida divina. Al inicio, el Evangelio de


Juan nos muestra que el Señor era Dios, que en Él estaba la vida, y que Él se
hizo carne (1:1, 4, 14). Él vino de los cielos a la tierra con la intención de impartir
vida al mundo (10:10b). Él dijo que era un grano de trigo, y como tal, no podía
liberar la vida que estaba dentro de Él e impartirla en los hombres a menos que
cayera en la tierra, muriera y resucitara. Por tanto, un día fue a la cruz y murió,
y al tercer día resucitó. Ahora, a cualquier hora y en cualquier lugar, si alguien
cree en Su nombre y lo recibe como el Salvador, Él entrará como el Espíritu en
esa persona para que ella reciba la vida de Dios. De esta manera, una persona
puede ser regenerada y tener la vida de Dios (3:3, 5, 15-16; 20:31). Esta es la
gracia de la vida. Recibimos esta gracia de la vida plenamente por la fe, sin que
tengamos que pagar precio alguno. Esto se ve claramente en el Evangelio de
Juan. Por consiguiente, Lucas y Juan nos muestran que podemos recibir el
evangelio, ya sea el evangelio respecto al perdón de pecados o el evangelio en
cuanto a la vida divina, y lo podemos recibir simplemente por la fe. No
necesitamos pagar precio alguno ni cumplir ningún requisito.

EL ÉNFASIS DADO EN LOS EVANGELIOS


DE MATEO Y MARCOS:
EL PRECIO QUE DEBEMOS PAGAR

Sin embargo, los Evangelios no constan sólo de Lucas y Juan, sino también de
Mateo y Marcos. Al leer los Evangelios de Mateo y Marcos, descubriremos que
no es fácil encontrar en ellos pasajes acerca de la salvación por la fe. Estos dos
Evangelios nos dicen que renunciemos a todo lo que tengamos, que nos
neguemos a nosotros mismos (Mt. 16:24; Mr. 8:34-35), que entremos por la
puerta estrecha y andemos por el camino angosto (Mt. 7:13-14) y que paguemos
un precio considerable a fin de seguir al Señor Jesús. Aunque en algunas
ocasiones estos dos Evangelios también se refieren a la fe, la fe que mencionan
no es la que se requiere para recibir la salvación, sino la que se necesita para
andar en el camino del Señor. Esta no es la fe requerida para recibir la vida
divina, sino la que necesitamos para nuestro diario vivir. La fe que requerimos
para ser salvos es la fe mediante la cual recibimos tanto el perdón de los pecados
como la vida de Dios. Esta es la fe revelada en Lucas y Juan. Sin embargo,
después que somos salvos y hemos recibido la vida de Dios, todavía necesitamos
andar en el camino del Señor y llevar una vida celestial. Para andar por dicho
camino y llevar tal vida, necesitamos la clase de fe mencionada en Mateo y
Marcos.

Aparte de pasajes respecto a esta clase de fe, es difícil encontrar pasajes en


Mateo y Marcos que nos digan que requerimos de fe para ser salvos y recibir la
vida de Dios. En lugar de ello, en el Evangelio de Mateo y Marcos solemnemente
se nos dice incontables veces que debemos renunciar a todo, negarnos a
nosotros mismos y tomar la cruz a fin de seguir al Señor. Esto nos muestra lo
que es la palabra de Dios en su integridad y en todo su significado.

DESPUÉS DE CREER,
ES NECESARIO PAGAR UN PRECIO
La fe por si sola no es suficiente para que disfrutemos plenamente de la
salvación que Dios efectúa, con todas sus riquezas y toda su plenitud. Así que,
después de creer, todavía necesitamos pagar un precio a fin de seguir al Señor y
disfrutar de esta rica salvación. Creemos en el Señor Jesús a fin de recibirlo,
mientras que lo seguimos con miras a disfrutarlo. Al creer, recibimos tanto el
perdón de pecados como la vida de Dios, y el Señor entra en nosotros como el
Espíritu; al seguir al Señor —después que hemos sido salvos— lo disfrutamos,
tenemos Su presencia y permitimos que Él sea nuestro todo, incluyendo nuestra
vida y nuestro poder todos los días.

Permítanme usar un ejemplo. Si un amigo le da un regalo bonito, lo único que


usted necesita hacer es recibirlo y, de esta manera, lo obtendrá. Desde el día en
que usted recibe el regalo, es suyo; pero, si después de recibirlo usted lo guarda
y no dedica tiempo para deleitarse en él, aunque recibió el regalo y ahora es
suyo, no lo ha disfrutado en absoluto. Asimismo, recibimos y poseemos la
salvación simplemente al creer. Una vez que creemos, nuestros pecados son
perdonados y recibimos la vida de Dios. En cuanto creemos en el Señor, Él entra
en nosotros; además, Dios y todo lo que Él tiene llega a ser nuestro. Con todo,
después de creer, todavía es necesario que paguemos un precio. Debemos
esforzarnos cada día por disfrutar lo que hemos recibido y tomar al Señor en
nuestro espíritu, comiéndolo y bebiéndolo día tras día. De esta manera, Él en
realidad puede llegar a ser nuestro elemento interior. Si no pagamos tal precio
ni hacemos ningún esfuerzo, no podremos disfrutar plenamente de la salvación
que hemos recibido.

LA CONDICIÓN ACTUAL DE LOS HIJOS DE DIOS

Actualmente, muchos hijos de Dios —aunque verdaderamente son salvos y


poseen la vida del Señor, y el Espíritu Santo mora en ellos— no han disfrutado
del Señor ni de la salvación que Dios efectúa. Aunque asisten a las reuniones,
escuchan mensajes y ocasionalmente oran y leen la Palabra, en su vivir y andar
no son uno con el Señor, es decir, ellos son ellos y el Señor es el Señor. Ellos y el
Señor no se han mezclado hasta llegar a ser uno solo. Ellos no han permitido
que el Señor se introduzca de forma práctica en su diario vivir. Hacen todo lo
que les place y dicen todo lo que les place. Ellos sencillamente no toman en
consideración al Señor, sino que lo han puesto a un lado.

Aunque tienen al Señor, no lo disfrutan. Son como los avaros, que tienen mucho
dinero pero no lo usan. Estas personas salvas poseen la vida del Señor y Su
presencia, pero no lo disfrutan a Él. Más bien, viven por sí mismos según la
concupiscencia de la carne y siguen la corriente de este mundo. Ellos viven tal
como los incrédulos, pues se conducen en el mundo de una manera común. La
única diferencia radica en que ellos confiesan que hay un Dios, cosa que el
inconverso no hace; ellos han creído en el Señor y han recibido la vida eterna,
pero el incrédulo no. Además, cuando de vez en cuando la gracia de Dios toca
sus corazones, ellos se llenan de gratitud hacia Dios, mientras que los que no
son salvos no experimentan esto. Esta clase de cristianos es diferente de los
incrédulos en cuanto a sus creencias, pero en su diario andar son iguales que los
incrédulos. Tales cristianos aman el mundo, viven en función del mundo y
luchan por obtener fama y fortuna, al igual que los incrédulos; y así como los
incrédulos, viven por sí mismos en la carne y en el ser natural, y no están
sometidos bajo el gobierno de Dios ni bajo la autoridad del reino. Tales
cristianos poseen la vida de Dios, pero no viven por dicha vida. Para ellos, Dios
no es más que un objeto en el cual han creído. Actualmente, esta es la condición
anormal de muchos hijos de Dios.

EL ÉNFASIS DADO EN LAS EPÍSTOLAS DE PABLO

Sin embargo, los cuatro Evangelios revelan que la salvación que Dios efectúa no
es así. Lucas y Juan nos muestran, por una parte, que al creer en el Señor
nuestros pecados son perdonados y recibimos la vida de Dios; Mateo y Marcos
nos muestran, por otra parte, que desde el día en que recibimos la salvación,
nosotros —que recibimos tanto el perdón de nuestros pecados como la vida de
Dios— debemos seguir al Señor y tomarlo como nuestra vida y nuestro vivir.
Debemos vivir por la vida del Señor. Por esta razón, debemos pagar un precio,
renunciar a todo lo que tengamos, negarnos a nosotros mismos, tomar la cruz y
seguir al Señor. Esta es la salvación que Dios efectúa, la cual se presenta en los
cuatro Evangelios.

En las Epístolas vemos que, indudablemente, los gálatas creían en el Señor, sus
pecados habían sido perdonados y poseían la vida de Dios; sin embargo, vivían
por sí mismos, dependiendo más de sí mismos que de la vida de Cristo. El
apóstol Pablo les dijo: “Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de
parto...” (Gá. 4:19). ¿Por qué volvía a sufrir dolores de parto por ellos? ¿Para que
ellos fueran salvos de nuevo? No. ¿Para que sus pecados fueran perdonados?
No. ¿Para que recibieran la vida de Dios otra vez? ¡No! Entonces, ¿para qué?
Para que Cristo fuera formado en ellos. Ser salvos es una cosa, pero que Cristo
sea formado en nosotros es otra.

EL PROPÓSITO POR EL CUAL DIOS NOS SALVA


NO ES QUE VAYAMOS AL CIELO

La salvación que Dios efectúa tiene como único propósito que Dios entre en
nosotros y se mezcle con nosotros. Dios quiere entrar en nosotros para ser
nuestra vida (Col. 3:4a) y crecer en nosotros (2:19b). Aunque la meta de nuestra
salvación incluye la bendición de entrar en el reino, no se limita meramente a
dicha bendición; más bien, la meta final de nuestra salvación consiste en que
nosotros, los salvos, nos mezclemos con Dios para que Cristo —nuestra vida—
haga Su hogar en nuestros corazones por medio de la fe (Ef. 3:17) y podamos
crecer hasta alcanzar la plena madurez (4:13).

Lamentablemente, debido a enseñanzas erróneas, en el cristianismo tradicional


existe el concepto errado de que una persona salva, o sea, una persona que ha
creído en el Señor y cuyos pecados le han sido perdonados, irá al cielo cuando
muera. Según este concepto, si un creyente teme al Señor y diariamente lee la
Biblia, ora, asiste a las reuniones, ayuda a los demás y agrada al Señor, entonces
el Señor derramará muchas bendiciones sobre él. Como resultado, él podrá
glorificar al Señor y tendrá paz en su corazón. Según el concepto de la
cristiandad, este es el mayor honor en cuanto a ser un cristiano. Este es el
concepto tradicional religioso, pero tal concepto no refleja la meta de la
salvación que Dios efectúa. La meta de la salvación consiste en que los creyentes
gradualmente crezcan y maduren en la vida divina, hasta que finalmente sean
exactamente iguales a Cristo.

¿Cómo cumple Dios esta salvación? Primero, Él envió a Su Hijo unigénito para
que muriera en la cruz por nuestros pecados. Luego, en Cristo y como el Espíritu
(1 Co. 15:45b), Él entró en nuestro ser para vivir en nosotros como nuestra vida.
Cristo no sólo vive en nosotros (Gá. 2:20), sino que también crece en nosotros.
Él desea crecer, ser formado y alcanzar la plena madurez en nosotros (Ef. 4:13).
Esta es la manera en que Dios nos salva. ¿Qué significa crecer hasta alcanzar la
madurez? Crecer hasta alcanzar la madurez equivale a que Cristo viva en
nosotros como nuestra vida y crezca continuamente en nosotros al grado de que
sea formado en nosotros. Cuando Cristo se forme plenamente en nosotros,
habremos alcanzado la madurez en Su vida.

Al leer toda la Biblia, no hallamos nada que indique que los que creen en Jesús
irán al cielo cuando mueran. Dicho concepto no existía en los dos primeros
siglos, sino que lo introdujo el catolicismo degradado. Por el contrario, la Biblia
afirma que cuando una persona cree en el Señor, Él entra en esta persona para
ser su vida y para crecer, ser formado y, finalmente, alcanzar la madurez en ella.
Esta es la salvación que Dios efectúa, según se revela en las Escrituras. Esto es
muy diferente del errado concepto tradicional de que uno va al cielo.

LA PARÁBOLA DE LA COSECHA

La Biblia también afirma que después de que una persona ha sido salva y recibe
la vida del Señor, ella llega a ser parte de la mies en el campo del Señor (Ap.
14:15-16). ¿Segará el amo la cosecha y la pondrá en el granero antes de que
madure? Por supuesto que no. Apocalipsis 14 dice que entre los cristianos, un
grupo pequeño de vencedores serán arrebatados a los cielos antes de la siega.
Estos son las primicias, el fruto que alcanzó la madurez primero.

En el norte de China, durante el mes de abril, el trigo del campo crece muy alto y
despliega un color dorado, lo cual indica que el trigo está totalmente maduro. El
dueño del campo primero siega las primicias y las lleva a casa. Luego, en el
Festival Quinto Doble, la familia come las primicias y las disfruta de manera
especial. Después de dos semanas, el resto de la cosecha madura, y el
propietario siega la cosecha y la pone en el granero. Mateo 13 dice claramente
que el campo representa el mundo y que el granero representa el reino del Padre
(vs. 24, 30, 38, 43). Hoy nosotros somos la cosecha de Dios que crece en el
campo, o sea, en el mundo, hasta que maduremos totalmente. Entonces Dios
vendrá a segarnos y llevarnos al granero eterno.

Si la cosecha no ha madurado, sino que todavía está verde y tierna, el dueño del
campo no la segará ni la llevará al granero. Asimismo, no cabe duda de que los
salvos entrarán en el reino; sin embargo, existe una condición para que entren:
ellos necesitan madurar. La tierra es el campo, y los cielos son el granero. ¿Cuál
es el requisito para que nosotros, la cosecha, seamos recogidos del campo en la
tierra y seamos llevados al granero en los cielos? El requisito es que maduremos.
Sólo los que han madurado serán llevados al granero. Los que todavía no hayan
madurado serán dejados en el campo para que sigan madurando. A medida que
el trigo crece, disfruta de los elementos que el suelo tiene, del suministro de
agua y de la provisión de los fertilizantes. Si el trigo pudiera hablar, diría: “¡Esto
es muy dulce! ¡Estoy muy gozoso!”. Pero, cuando llega el tiempo de la siega, el
trigo pasa por muchos sufrimientos. No sólo carece de fertilizantes y de agua,
sino que es expuesto al intenso calor del sol, lo cual hace que su color cambie de
verde a dorado. Asimismo, cuando una persona que pertenece al Señor recién
ha sido salva, ella disfruta de un tiempo muy dulce; sin embargo, a menos que
pague un precio, sea disciplinada y sea expuesta al sol, no crecerá ni alcanzará la
madurez.

LOS QUE NO HAN MADURADO


NO PUEDEN ENTRAR EN EL REINO

Las únicas personas que pueden entrar en el reino son aquellas que han
alcanzado la madurez. Si leemos cuidadosamente el libro de Apocalipsis,
veremos que los cristianos que estarán en el reino serán los que hayan
madurado; aquellos que no hayan madurado, no podrán entrar en el reino. Esto
es similar al hecho de que todo el fruto que está en el granero, ya ha madurado.
El producto que no ha madurado debe permanecer en el campo hasta que
madure, ya sea mediante el calor del sol o el soplo del viento. El fruto debe
madurar antes que sea cosechado. De igual manera, aunque todos los cristianos
han sido salvos, no podrán entrar en el reino sin que hayan alcanzado la
madurez. Por tanto, la creencia de que el alma del cristiano irá al cielo después
de que éste muera, es un concepto superficial e infantil. Esta no es la verdad
revelada en la Biblia, sino la tradición del catolicismo romano. En la Biblia no
figura el concepto de que iremos al cielo.

LA EXPRESIÓN “MANSIÓN CELESTIAL”


ES UN TÉRMINO RELIGIOSO

La expresión “mansión celestial” no se encuentra en la Biblia; más bien, es una


frase que se usa en la religión. En la Biblia sólo se mencionan las
palabras cielo y cielos. En la traducción china de la Biblia, los traductores
tomaron prestada la expresión “mansión celestial” y la usaron porque en aquel
entonces había sido ampliamente adoptada por la religión. En la Versión Unión
China, la expresión “mansión celestial” se encuentra en dos versículos, a saber,
en 1 Pedro 3:22 y en Hebreos 9:24; no obstante, en el texto original se usa la
palabra “cielo” en ambos lugares. El Señor Jesús, después de Su muerte y
resurrección, ascendió al cielo (Mr. 16:19; Lc. 24:51; Hch. 1:11). En la Biblia no
se encuentra el concepto de “ir a la mansión celestial”, ni tampoco encontramos
algún versículo que diga que las almas de los cristianos, después que estos
mueran, irán a las mansiones celestiales. Cuando el creyente muere, su espíritu
y alma no van al cielo, sino al Paraíso que está en el Hades (Lc. 23:43).

Es correcto decir que los cristianos un día entrarán en el reino, pero antes de
que esto suceda, primero deberán alcanzar la madurez. Quizás alguien se
pregunte: “Muchos de los hermanos y hermanas han recibido tanto el perdón de
pecados como la vida del Señor; sin embargo, desde que fueron salvos, no han
pagado un precio, ni han llevado una vida que vence ni han seguido fielmente al
Señor. Obviamente, ellos no han madurado en la vida divina. Entonces, ¿cuál
será su futuro?”. En cierta ocasión, se dio el caso de un hermano que
verdaderamente era salvo; no obstante, a pesar de que era salvo, todavía amaba
el mundo, vivía en la carne, amaba el dinero y no amaba a Dios. Un día, después
de haber dado rienda suelta a su ira, murió de un paro cardíaco. Más tarde, los
hermanos y las hermanas se reunieron para cantar himnos y expresar algunas
palabras de condolencia, diciendo: “Damos gracias al Señor y lo alabamos
porque nuestro hermano se ha ido al cielo, al hogar celestial. ¡Qué bendito es
él!”. ¿En qué parte de las santas Escrituras encuentra usted tal enseñanza? La
Biblia dice que la cosecha será segada y llevada al granero eterno sólo después
de que ésta ha madurado. Según las Escrituras, el destino de los creyentes
depende de su madurez. Los que maduren pronto serán llevados al granero
temprano, mientras que los que maduren tarde serán llevados al granero
después. La Biblia revela esto claramente.

Entonces, si ese hermano no va al cielo después de morir, ¿adónde irá? Esto no


es difícil de entender. ¿Recuerdan al ladrón que se arrepintió en la cruz? Él le
dijo al Señor: “Jesús, acuérdate de mí cuando entres en Tu reino”. El Señor
inmediatamente le respondió: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc. 23:42-
43). Además, Mateo 12 y Hechos 2 afirman que después de Su muerte, el Señor
estuvo en el Hades tres días y tres noches (Mt. 12:40; Hch. 2:24-27). Al estudiar
estos versículos cuidadosamente, entendemos sin problema alguno que el
Paraíso está en el Hades. También en Lucas 16 se hace referencia a esto. El seno
de Abraham —el lugar donde estaba Lázaro, al otro lado de donde estaba el
hombre rico— es el Paraíso, que está en el Hades (vs. 23-24).

EL PARAÍSO NO HA SIDO TRASLADADO


DEL HADES AL CIELO

Muchos teólogos en el cristianismo también reconocen este hecho; no obstante,


algunos creen que antes de la resurrección del Señor Jesús, este Paraíso estaba
en el Hades, y que después de la resurrección, el Señor trasladó el Paraíso del
Hades al cielo. Ellos afirman esto basándose en Efesios 4:8, que dice: “Subiendo
a lo alto, llevó cautivos a los que estaban bajo cautiverio”. Ellos citan este
versículo como base para aseverar que el Paraíso fue trasladado. Sin embargo, la
expresión “llevó cautivos a los que estaban bajo cautiverio”, significa que antes
de la resurrección del Señor, los hombres que morían eran llevados cautivos al
Hades por el poder de la muerte, es decir, por el poder de Satanás. Luego,
cuando el Señor Jesús resucitó, Él venció al diablo —quien tenía el poder de la
muerte— y conquistó al Hades, de modo que así Él llevó cautivos a los que
estaban bajo cautiverio. Por tanto, este versículo no significa que el Paraíso haya
sido trasladado al cielo.

Después que los creyentes mueren, sus espíritus van al Hades, mientras que sus
cuerpos quedan enterrados en los sepulcros. Por ejemplo, después que Pedro y
Pablo murieron, sus cuerpos fueron enterrados en la tierra, pero sus espíritus
quedaron sin cuerpo. Un espíritu sin cuerpo es anormal, porque todavía lleva la
señal de la muerte. Aunque Pedro y Pablo son salvos, la señal de la muerte
todavía no ha sido quitada de ellos. Cuando el Señor regrese, los espíritus de
ellos saldrán del Hades y sus cuerpos llegarán a ser cuerpos gloriosos; en ese
momento, se unirá el cuerpo y el espíritu. Cuando el espíritu sea revestido con el
cuerpo otra vez, podrá entrar a la presencia de Dios. Según la Biblia, los
espíritus sin cuerpos son espíritus desnudos que todavía llevan la señal de la
muerte y que, por tanto, no pueden entrar a la presencia de Dios. No es sino
hasta el arrebatamiento que los espíritus de los salvos saldrán del Hades y serán
revestidos con sus cuerpos transfigurados, de modo que estarán vestidos total y
apropiadamente, al grado que podrán ir a Dios.

LOS INMADUROS TENDRÁN QUE MADURAR


DESPUÉS DE HABER RESUCITADO

Los creyentes que hayan muerto sin haber alcanzado la madurez en la vida
divina no podrán ir a la presencia de Dios, incluso después de que hayan sido
vestidos en la resurrección. En Mateo veinticinco dice que, en la resurrección,
los santos que estén listos y hayan madurado asistirán a las bodas del Señor,
mientras que los que no hayan madurado todavía tendrán que pagar un precio a
fin de alcanzar la madurez. En otras palabras, si un cristiano muere sin haber
alcanzado la madurez, tendrá que completar el proceso de madurez después que
resucite. No esperemos asistir a las bodas del Señor sin que hayamos
completado el proceso de madurez.

Así que, todo aquel que desee asistir a las bodas del Señor, debe alcanzar la
madurez. En los cielos sólo hay una clase de cristianos: los que han alcanzado la
madurez. Si en el transcurso de su vida usted ha madurado en la vida divina,
entonces está listo y debe alabar al Señor por ello. Así como las cinco vírgenes
prudentes, cuando el Señor regrese, usted podrá entrar en la fiesta de bodas del
Señor. Pero, si no se ha preparado y no ha madurado en la vida divina, entonces,
al morir, en la resurrección usted todavía tendrá que alcanzar la madurez.
Después que haya resucitado, al igual que las cinco vírgenes insensatas, tendrá
que pagar el precio para comprar el aceite.

Por tanto, los cristianos debemos alcanzar la madurez en la vida divina. Esta es
la meta que debemos alcanzar. El Señor logrará Su intención de que alcancemos
la madurez en la vida divina; esto es algo que no podemos eludir. Si hoy no
andamos en este camino y no logramos esta meta, no esperemos participar en la
fiesta de bodas del Señor. Si hoy no pagamos el precio para alcanzar la madurez,
pero aun así esperamos entrar en el reino, un día veremos que esa esperanza fue
vana.

Llegamos a ser cristianos cuando creímos en el Señor, pero ¿ha crecido Cristo
plenamente en nosotros? Somos salvos y tenemos la vida de Cristo en nosotros,
pero ¿ha madurado esta vida en nosotros? Debemos recordar que la vida divina
tiene que alcanzar la madurez en nosotros, ya sea ahora o en el futuro. Si
prestamos atención al tema de la madurez hoy, mientras estemos vivos, seremos
vírgenes prudentes. Si no hemos alcanzado la madurez, cuando llegue el tiempo
de la resurrección todavía tendremos que resolver este asunto, porque la Biblia
dice que después de ser salvos, necesitamos crecer hasta alcanzar la madurez en
la vida divina. Esta es la salvación que Dios efectúa.

CAPÍTULO CINCO

LA ECONOMÍA DE LA GRACIA DE DIOS

Muchos cristianos no tienen un conocimiento claro y exacto de la verdad en


cuanto al plan de la salvación que Dios efectúa ni respecto a la economía de la
gracia de Dios. Pablo usó las palabras economía o plan y mayordomía en
Efesios 1:10 y 3:2, 9. Lamentablemente, estos términos no han sido traducidos
apropiadamente en la Versión Unión China.

DIOS TIENE UN PLAN Y UNA ECONOMÍA

Efesios 1:10 dice: “Para la economía de la plenitud de los tiempos”. La palabra


griega traducida economía también significa “dispensación”, “plan” o
“administración”. Así como un hombre de negocios sabe cómo administrar sus
riquezas, también Dios tiene una administración o economía en el universo. No
obstante, lo que Dios administra en Su economía es Su gracia.

Ya hemos visto que Dios tiene un plan para salvarnos y una economía para
impartir Su gracia en nosotros. Así como un hombre de negocios tiene un plan
para administrar sus negocios, Dios tiene un plan para distribuir Su gracia entre
el linaje humano. Los capítulos uno y tres de Efesios hablan del plan, o
economía, del misterio de Dios. Si leemos el libro de Efesios detalladamente,
nos daremos cuenta de que esto es bastante complicado; no es tan simple como
podríamos pensar.

Muchas personas tienen el concepto de que la salvación consiste simplemente


en que Dios nos amó y envió a Su Hijo para efectuar la redención por nuestros
pecados, de modo que si creemos en Él, nuestros pecados serán perdonados e
iremos al cielo para disfrutar de bendiciones eternas. Si ésta fuera la salvación
que efectúa el Dios a quien servimos, ciertamente parecería muy simple. Pero, si
estudiamos toda la Biblia minuciosamente, veremos que la salvación no es tan
simple. Por ello, debemos meditar en la Palabra de Dios cuidadosamente a fin
de profundizar en el pensamiento de las Escrituras.

Al leer la Palabra, no debemos tomar ningún capítulo ni ningún versículo fuera


de contexto. No podemos asirnos de una o dos frases en la Biblia y, luego,
aseverar que la salvación es esto o aquello. Hacer esto sería muy peligroso. Si
reflexionamos sobre el Nuevo Testamento en su totalidad, nos daremos cuenta
de que el concepto común que existe en el cristianismo es muy diferente de lo
que Dios revela en las santas Escrituras. Hoy, el Señor ha revelado abiertamente
las verdades a las iglesias en Su recobro, así que no debemos esconderlas. No
obstante, no queremos que estas verdades se conviertan en tema de discusión.
Si esto sucediera, no solamente serán privadas las personas del suministro de
vida, sino que tal situación también será un estorbo. Debemos hacer todo lo
posible por ayudar a las personas y establecerlas en la verdad.

EL ERROR DEL CATOLICISMO

Para corregir los conceptos equivocados del pasado, debemos primero indicar
en qué consisten los mismos. El catolicismo y el protestantismo han causado
mucho daño a la vida espiritual de las personas, a la obra del Señor y a la
economía de Dios. La razón por la que muchos han sido dañados por el
catolicismo y el protestantismo, se debe a que las personas no tienen un
conocimiento exacto y completo de la verdad. Un ejemplo de ello es el tema del
purgatorio. El catolicismo enseña que después de que una persona muere, tiene
que ser disciplinada en el purgatorio por los pecados que cometió en el pasado.
Por consiguiente, antes de morir debe hacer penitencia, y aun después de que
muera, sus familiares deben hacer penitencia por el muerto para que éste sea
sacado del purgatorio. Esta doctrina, que causa tanto daño, es enseñada en el
catolicismo.

En el catolicismo, muchos creen que no es necesario aplicar la eficacia de la


preciosa sangre del Señor, pues si uno peca, simplemente debe confesar su
pecado al sacerdote católico para que sea perdonado. Además, muchos creen
que no es necesario temer a Dios ni llevar una vida santa a fin de complacer a
Dios, pues antes de morir, simplemente pueden ofrendar dinero y hacer buenas
obras a fin de expiar sus pecados. Aun si tal persona no pudo hacer eso antes de
morir, los miembros de su familia pueden oficiar una misa en nombre de ella
para sacar su alma de los sufrimientos del purgatorio. Es sorprendente que tal
concepto exista en el catolicismo, y que la mayoría de los católicos crean esto y
lo acepten. Si usted les dice que tal creencia es una herejía, le responderán que
el Papa lo ordenó; y si les dice que tal creencia no es bíblica, le responderán que
es un decreto del Papa. A los ojos de muchos católicos, sólo el Papa importa.

EL ERROR DEL PROTESTANTISMO

Apocalipsis 12 habla acerca del hijo varón quien, debido a que venció, fue
arrebatado a Dios y a Su trono antes de la gran tribulación, la cual dura tres
años y medio (v. 5). Luego, en el capítulo catorce vemos que los ciento cuarenta
y cuatro mil, debido a que siguieron al Cordero, fueron arrebatados al monte de
Sion en los cielos, mientras el anticristo actuaba inicuamente en la tierra (vs. 1-
5). Las palabras escritas en las santas Escrituras son tan claras que no admiten
ninguna duda. Además, en 1 Tesalonicenses 4 leemos que cuando el Señor
descienda de los cielos, los creyentes resucitados de entre los muertos y los
creyentes vivos serán transfigurados y serán juntamente arrebatados al
encuentro del Señor en el aire (vs. 15-17).

Cuando el Señor Jesús estaba en la cruz, el ladrón que se arrepintió le pidió un


favor, diciendo: “Jesús, acuérdate de mí cuando entres en Tu reino” (Lc. 23:42).
Si el Señor hubiera concedido al ladrón lo que pedía, hubiera tenido que esperar
por un largo, largo tiempo —el tiempo transcurrido hasta que Él viniera en Su
reino— antes de que pudiera acordarse del ladrón. Pero Él contestó: “Hoy
estarás conmigo en el Paraíso” (v. 43). ¿Dónde está el Paraíso que el Señor
menciona? ¿En el cielo? No, pues sabemos que el Señor fue al Hades tan pronto
como expiró. Esto fue el cumplimiento de lo que se dijo concerniente al Hijo del
Hombre, quien estuvo en el corazón de la tierra tres días y tres noches (Mt.
12:40). Aquí podemos ver que el Paraíso que el Señor le mencionó al ladrón,
está en el Hades. Lo que el Señor dijo está claro y correcto, y no deja espacio
para dudas ni conjeturas. Por tanto, debemos examinar este asunto según lo que
la Biblia revela, y no seguir el concepto errado respecto a “ir al cielo”
generalmente aceptado en el protestantismo.

LO QUE LAS SANTAS ESCRITURAS REVELAN

La Biblia no dice que el alma de un creyente que ha creído en el Señor Jesús y ha


sido salvo, irá a una mansión celestial cuando éste muera. Si bien es cierto que
en la Versión Unión China se halla la expresión “mansión celestial”, eso se debe
a la manera en que esta palabra fue traducida. La debida traducción de la
palabra griega es cielos. Esta palabra es la misma que se traduce cielos en la
frase el reino de los cielos se ha acercado (Mt. 3:2; 4:17; 10:7). Según el relato
bíblico, la expresión los cielos se refiere al tercer cielo, a la habitación de Dios.
En la Versión Unión China, esta palabra fue traducida como mansión
celestial solamente en dos pasajes del Nuevo Testamento: en Hebreos 9:24 y en
1 Pedro 3:22. Mansión celestial es una expresión que se usa en el budismo chino
para hacer referencia al nirvana, un lugar de perfecta felicidad. Pero, los
cielos mencionados en estos dos pasajes de la Palabra se refieren al tercer cielo,
donde Dios mora.

La Biblia dice que en la era final, cuando vengan los cielos nuevos y la tierra
nueva, la Nueva Jerusalén —la morada de Dios— descenderá del cielo, de Dios
(Ap. 21:2, 10). En ese momento, sin duda alguna todos los salvos estarán allí con
Dios disfrutando de la bendición eterna. Allí no sólo estará el alma de ellos, sino
que también todo su ser —espíritu, alma y cuerpo— habrá sido lleno del
elemento divino, y ellos estarán en la morada del Dios de gloria, mezclados con
Él y viviendo con Él eternamente.

Espero que todos podamos ver que la salvación que Dios efectúa proviene de Su
plan, y que la gracia que Él nos suministra proviene de Su economía. Algunas
versiones de la Biblia en el idioma inglés usan la
palabra economía o dispensación, lo cual significa “administración” o
“distribución”. Estas expresiones muestran que la gracia que Dios suministra
tiene que ver con Su economía, administración e impartición. La Biblia dice que
el Dios que realiza todas las cosas nos imparte gracia según el propósito eterno
que Él hizo en Cristo (Ef. 1:11; 3:8-11). Este Dios, que tiene una expectativa, un
propósito, un plan y una economía, no nos da gracia según Su capricho; por el
contrario, el suministro de la gracia de Dios equivale a la distribución de dicha
gracia conforme a Su economía.

EL PENSAMIENTO DE DIOS
EN CUANTO A LA SALVACIÓN:
QUE SEAMOS CONFORMADOS
A LA IMAGEN DE SU HIJO

Si leemos detalladamente toda la Biblia, veremos el pensamiento de Dios en


cuanto a la salvación. Toda persona que maneja un negocio tiene una idea en
cuanto a cómo debe administrarlo, y la administración del mismo se basa en
dicho pensamiento. Asimismo, Dios también tiene una idea en cuanto a cómo
llevar a cabo Su economía e impartición de gracia en nosotros. Actualmente, en
el cristianismo prevalece el concepto según el cual antes éramos pecadores, pero
que después de creer en el Señor y recibir el perdón de Dios, fuimos salvos y,
por ello, después que muramos nuestras almas irán al cielo para disfrutar de
una bendición eterna. Sin embargo, recuerden que éste es el concepto del
hombre, pero no el concepto de Dios.

Romanos 8:29 dice que: “Porque a los que antes conoció [Dios], también los
predestinó”. ¿Para qué los predestinó Dios? ¿Para ir al cielo? No. El versículo 30
continúa: “Y a los que predestinó, a éstos también llamó”. ¿Los llamó para que
vayan al cielo? No, Él no los llamó para eso. El versículo continúa: “Y a los que
llamó, a éstos también justificó”. ¿Los justificó para que ellos pudieran ir al
cielo? No, Él no los justificó para eso. La Palabra dice que a éstos, Él “predestinó
para que fuesen hechos conformes a la imagen de Su Hijo”. Dios nos salva, no
para que vayamos al cielo, sino para que seamos conformados a la imagen de Su
Hijo.

Efesios 1 dice que Dios “nos escogió en El [Cristo] antes de la fundación del
mundo ... para filiación por medio de Jesucristo” (vs. 4-5). La intención de Dios
es que lleguemos a ser hijos de Dios. Luego, en el capítulo cuatro dice que Él
desea que nosotros, los salvos, lleguemos a ser un hombre de plena madurez,
que lleguemos a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo (v. 13). En 1
Juan 3 dice que indudablemente “ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha
manifestado lo que hemos de ser”. Juan también dice que cuando el Señor se
manifieste, “seremos semejantes a El”. Además, dice: “Y todo aquel que tiene
esta esperanza en El, se purifica a sí mismo, así como El es puro” (vs. 2-3).

Según esta perspectiva, ¿cuál es el pensamiento de Dios? Los pensamientos de


Dios no son tan simples como los nuestros. La Biblia nos dice que Dios tiene un
beneplácito en Su corazón, y según este beneplácito, Él desea obtener un grupo
de personas que sean los recipientes de Su gloria en el futuro. Dios, el alfarero,
nos hizo de barro. Si bien somos arcilla, Dios nos creó para que fuéramos
recipientes, vasos, que Él preparó de antemano para gloria. Dios desea
depositarse a Sí mismo como gloria en nosotros con el fin de que lleguemos a
ser vasos de gloria (Ro. 9:20-24). ¡Cuánta gracia! Así como un vaso contiene
jugo de uva, nosotros también podemos contener a Dios. Sin embargo, debido a
que el vaso es un contenedor inerte, el jugo de uva no puede cambiar el vaso ni
mezclarse con éste. Pero nosotros, como vasos vivientes de Dios, contenemos al
Dios viviente juntamente con el Espíritu viviente y la vida divina. Por tanto,
nosotros sí podemos mezclarnos con Dios.

Agradecemos a Dios que el día en que fuimos salvos, Dios entró en nosotros, y
que tan pronto entró en nosotros, se estableció una comunión entre Él y
nosotros, y entre nosotros y Él (1 Jn. 1:3). Una vez que se establece la comunión,
comienza la transformación (2 Co. 3:18). Pienso que todos hemos
experimentado esto. El día en que fuimos salvos, Dios entró en nosotros, y de
allí en adelante, Él ha estado interfiriendo en todo aspecto de nuestra vida
diaria, es decir, en nuestro hablar, nuestras acciones, nuestras intenciones,
nuestros pensamientos y nuestros motivos. El que vive en nosotros es una
Persona viviente. A medida que vive en nosotros, Él nos incomoda y tiene
comunión con nosotros todo el tiempo, lo cual produce un efecto interiormente.
Cuanto más intenso sea dicho efecto, más seremos transformados
internamente.

Esta transformación toma lugar primero en nuestro espíritu, y gradualmente


alcanza nuestra mente (Ro. 12:2; Ef. 4:23). Cuando esto sucede, nuestra mente
llega a obtener el elemento de Dios. Esta transformación gradualmente llega a
nuestra parte emotiva y, como resultado, ya no tenemos tanta libertad como
antes de expresar nuestro gozo, enojo, tristeza y deleite. Ya no somos libres para
amar lo que deseemos amar. Cuando queremos amar a alguien o algo con
nuestro propio amor, Aquel que está en nosotros nos detiene y no nos lo
permite. Antes amábamos y nos enojábamos cuando queríamos, pero ahora ya
no podemos conducirnos así. Cuando estamos a punto de amar a alguien o de
enojarnos, Aquel que está en nosotros nos detiene y nos incomoda, al punto que
perdemos la paz. Anteriormente nuestras ideas, decisiones, opciones y
preferencias provenían de nosotros mismos. Pero, desde que Dios se mezcló con
nosotros, todo es diferente y ya no tenemos la misma libertad. Esto se debe a
que el elemento de Dios se ha agregado en nuestro ser.

En el pasado, una vez que teníamos una idea u opinión, nadie podía hacernos
cambiar de parecer. Ahora es diferente. Si estamos a punto de expresar nuestra
propia idea, Él nos llama la atención interiormente. Si ya hemos formado una
opinión firme, Él busca mezclarse con nosotros. A medida que oramos, nos
preguntamos conforme al sentir interno: “¿Quiere Dios que haga esto? ¿Se
complace Él en que yo haga esto?”. De esta manera, obtenemos el elemento y el
sabor de Dios en nuestras ideas, ya que Él se mezcla con nosotros. Esta mezcla
es la conformación. Cuanto más nos mezclemos con Dios, más tendremos la
imagen del Hijo de Dios. Muchos hermanos y hermanas entre nosotros tienen
cierta cantidad del sabor del Hijo de Dios en sus experiencias. Esto se debe a
que Dios está mezclándose continuamente con ellos para conformarlos a la
imagen de Su Hijo.

Cuanto más se mezcla Dios con nosotros, más obtenemos Su elemento. Cuanto
más se mezcla Dios con nosotros, más se expande Cristo en nosotros. Por tanto,
Cristo crecerá gradualmente en nosotros hasta que sea formado y madure en
nosotros. Cuando Cristo sea formado y madure en nosotros, llegaremos a la
plena madurez (Ef. 4:13). Cuando corporativamente lleguemos a la condición de
ser un hombre de plena madurez, Cristo se expresará plenamente en nosotros.
Cristo se extenderá desde nuestro espíritu a nuestra alma hasta ocuparla
plenamente; luego, Él saturará nuestro cuerpo, y la gloria será expresada. En ese
momento, habremos madurado y estaremos listos para ser arrebatados, ya que
Cristo habrá alcanzado la plena madurez en nosotros y estará plenamente
formado en nosotros.

En 1 Juan 3:2 dice: “Cuando El se manifieste, seremos semejantes a El”. ¿Somos


ahora semejantes a Él? ¿Cuánto se expresa Cristo por medio de nosotros? Desde
el día en que fuimos salvos, ¿se ha mezclado Dios más con nosotros? Cuando
Dios se mueve en nosotros, aunque seamos tocados, ¿permanecemos inmóviles?
¿Permitimos que Él prevalezca en nosotros? ¿Está el elemento de Dios en
nuestras opiniones y predilecciones? Quizás hasta el día de hoy algunos de
nosotros todavía pensemos que es suficiente ser salvos e “ir al cielo”, y que no es
necesario preocuparnos por vencer. Incluso algunos han dicho: “No tenemos la
expectativa de recibir una recompensa. Estaremos satisfechos sirviendo como
guardias frente a las puertas de las mansiones celestiales”. Además, tales
creyentes dicen: “Todos los mensajes acerca de la verdad son muy buenos, pero
no podemos alcanzar dicha norma. Son mensajes muy difíciles, así que es mejor
olvidarnos de ellos. Nuestro Dios es un Dios compasivo. Él nos predestinó, no
para juzgarnos sino para salvarnos. Así que, es suficiente únicamente con que
seamos salvos. Debemos tratar de no cometer pecados grandes, pero, si de vez
en cuando cometemos pecados pequeños, no debemos preocuparnos mucho por
ello. Nosotros los creyentes no debemos ser tan fervientes. ¿Por qué tenemos
que ir a las reuniones y orar todos los días? Con ser salvos es suficiente”. Sin
embargo, si algún día uno de dichos creyentes se enfermara gravemente y
estuviera a punto de morir, entonces cambiaría de parecer. Se arrepentiría de la
actitud que tuvo acerca de la gracia y diría al Señor: “Señor, Tú me salvaste, y sé
que verdaderamente has perdonado mis pecados y me has dado vida eterna, así
que no me preocupa si me llevas contigo hoy. Sin embargo, cuando pienso en
que toda mi vida anduve según la carne y sólo me preocupé de mí mismo,
cuando pienso en que nunca me ocupé de Tus intereses ni viví siquiera un solo
día para el evangelio, ¿cómo puedo ir a Ti en paz? ¡Oh, Señor, ten misericordia
de mí! Si me concedes unos años más de vida, los dedicaré totalmente para Ti”.
Si dicho creyente fallece antes de concluir estas palabras, ¿irá entonces a la
“mansión celestial”? En tal caso, ¿no quedará avergonzado al ver al Señor en la
“mansión celestial”? Una persona no puede ir vestida informalmente a ver al
presidente de una nación, así que tampoco podemos encontrarnos con el Señor
de tal manera. Por lo menos, uno se peina el cabello, se lava la cara y se cambia
de ropa. Muchas personas han sido salvas, pero todavía viven por su carne y su
vida natural, aman el mundo, se entregan a sus concupiscencias, son
estafadores y hacen cosas malignas; sin embargo, todavía creen que al morir,
sus almas inmediatamente irán a la mansión celestial. Si este fuera el caso, ¿qué
clase de lugar sería esa mansión celestial? ¿No sería una guarida de ladrones?

Este no es el pensamiento de Dios en cuanto a la salvación. La intención de Dios


es que todas las personas salvas sean conformadas a la imagen de Su Hijo.
Reflexione acerca de su propia situación. ¿Son sus pensamientos sucios? ¿Han
sido purificados por el Espíritu Santo? ¿Tiene usted un ser natural fuerte? ¿Lo
ha quebrantado el Espíritu Santo? Es cierto que el Señor lo compró a usted y lo
redimió con Su sangre preciosa. No obstante, Dios le preguntará hasta qué
medida ha sido usted transformado en la vida divina. ¿Ha sido usted
conformado a la imagen de Su Hijo? ¿Se parece usted a Él? La salvación que
Dios efectúa no se lleva a cabo conforme a la doctrina que enseña el cristianismo
degradado, sino conforme al propósito de Dios por la gracia. No le estoy
preguntando si usted ha sido salvo; sé que usted ya ha sido lavado por la sangre
preciosa y que también recibió la vida de Dios, pero ¿vive usted en Él? ¿Se
somete usted bajo el gobierno del Espíritu? ¿Está usted sujeto a la autoridad
celestial? ¿Ha sido usted quebrantado por los cielos?

LO QUE ES IMPOSIBLE PARA LOS HOMBRES,


ES POSIBLE PARA DIOS

Sé que algunos dirán: “Yo no puedo lograrlo”. Pero les digo, si tienen un corazón
dispuesto, Dios los fortalecerá: “Para los hombres es imposible, mas para Dios,
no; porque todas las cosas son posibles para Dios” (Mr. 10:27). Dios es nuestra
fortaleza. No debemos preguntar si somos capaces, sino, más bien, si estamos
dispuestos. ¿Estamos dispuestos a aborrecer el mundo? ¿Estamos dispuestos a
aborrecer la carne? ¿Estamos dispuestos a aborrecer nuestro hombre natural?
Es lamentable que muchos creyentes sencillamente no estén dispuestos. Ellos
todavía andan según la carne y se entregan a sus concupiscencias. Espero que
todos reflexionemos conforme a nuestra conciencia y nuestro sentir interior:
“Puesto que andamos según la carne, nos hemos entregado a nuestras
concupiscencias y nos ocupamos sólo de nosotros mismos, si muriéramos hoy,
¿irá nuestra alma inmediatamente a la ‘mansión celestial’?”. Tal lógica no existe
en la tierra, ni mucho menos en los cielos. ¿Cómo puede la cosecha ser llevada al
granero antes de que madure? La cosecha debe madurar. Los salvos deben
crecer hasta alcanzar la madurez a fin de que sean arrebatados y llevados a Dios.

Dios está llevando a cabo Su economía, Su administración y Su impartición. La


salvación que Dios efectúa no es lo que mucha gente se imagina, o sea, no tiene
que ver con que el hombre vaya al cielo o al infierno. Dios tiene Su plan, Su
administración, y en Su gracia, Él lleva a cabo Su economía.

Que el Señor tenga misericordia de nosotros para que no seamos reprobados (2


Co. 13:6). Todos debemos orar por la iglesia y orar para que el Señor le conceda
gracia a fin de que ella pueda seguir adelante en Su recobro. Han transcurrido
más de cuatrocientos años desde la Reforma, la cual ocurrió durante el tiempo
de Martín Lutero, y Dios todavía está en proceso de recobrar Sus verdades. Que
nosotros, los que vivimos en estos últimos días, no permitamos que los errores
provenientes de las tradiciones estorben el camino del recobro del Señor. Todos
tenemos la responsabilidad de llevar a cabo esta comisión.

CAPÍTULO SEIS

CÓMO SER ÚTILES EN LAS MANOS DEL SEÑOR

LA VIDA QUE ESTÁ EN LOS CRISTIANOS


ES UNA VIDA DE SERVICIO

Aquel que sirve a Dios se pregunta con frecuencia: “¿Cómo puedo ser una
persona útil para el Señor? ¿Cómo puedo ser útil en las manos del Señor, uno
que verdaderamente sirve al Señor?”. Primero, necesitamos ver que la vida del
Señor que está en nosotros, es una vida que sirve. Se requiere de revelación para
que podamos ver esta característica. Muchos cristianos posiblemente sepan que
la vida del Señor es santa, bondadosa, humilde, resplandeciente, etc., pero no
saben que la vida del Señor que está en ellos es una vida de servicio. ¿Por qué no
saben eso? Debido a que su conocimiento espiritual a menudo está limitado por
los conceptos naturales que tienen. En nuestro concepto natural, quizás
pensemos acerca de la santidad, la bondad y la humildad, pero pocas veces
pensamos respecto a cómo servir a Dios. De hecho, la vida de Dios ha entrado
en nosotros a fin de que sirvamos a Dios.

TODAS LAS CARACTERÍSTICAS INHERENTES


A LA VIDA DEL SEÑOR
TIENEN COMO META EL SERVICIO

Apocalipsis 21 y 22 nos muestran que, por una parte, en la Nueva Jerusalén


todo es santo y resplandeciente (21:11, 18, 21, 23-25), y que, por otra, en la
Nueva Jerusalén —nuestro destino final— le rendiremos un servicio eterno a
Dios (22:3-5). Esto indica claramente que los que están en la Nueva Jerusalén
son santos a fin de que puedan servir a Dios. Ellos están llenos de luz, con el fin
de que sirvan a Dios; asimismo, son bondadosos con el objetivo de que sirvan a
Dios. La vida de la nueva creación, la cual ellos poseen, tiene como meta que
ellos sirvan a Dios. Todas las características inherentes a la vida del Señor, la
cual está en nosotros, tienen como meta el servicio. El amor tiene como meta el
servicio, la luz tiene como meta el servicio, al igual que la santidad, la justicia, la
bondad y la espiritualidad. Todas las cualidades especiales inherentes a la vida
del Señor, tienen como meta el servicio.

Podríamos decir que el servicio es la meta, mientras que las cualidades


especiales inherentes a la vida del Señor son las habilidades y los requisitos
necesarios para que lleguemos a la meta. Una vida que no es santa no puede
servir a Dios; una vida que no es resplandeciente no puede servir a Dios; una
vida que no es justa no puede servir a Dios; una vida que no es espiritual no
puede servir a Dios. Las características de la vida divina no son la meta; más
bien, dichas características son provechosas para que alcancemos la meta única:
servir a Dios.

LA VIDA PRESENTADA EN LOS EVANGELIOS

Muchos cristianos anhelan ser santos, espirituales y victoriosos. Sin embargo,


debemos preguntarnos por qué anhelamos estas cosas. ¿Por qué aspiramos a ser
santos? ¿Por qué aspiramos a ser espirituales? ¿Por qué aspiramos a vencer?
Nosotros debemos aspirar a estas cosas con un solo propósito: servir a Dios. La
vida presentada en los Evangelios es una vida santa, resplandeciente,
bondadosa, espiritual, celestial, fuerte y victoriosa. Sin embargo, debemos
recordar que el propósito de dicha vida es el servicio. El Señor Jesús fue santo
con el fin de servir; Él fue justo a fin de servir; y fue fuerte y venció también con
el fin de servir. Los Evangelios nos muestran que la vida de Jesús de Nazaret fue
una vida dedicada al servicio.

LA VIDA DESCRITA EN LAS EPÍSTOLAS

Romanos es un libro que presenta un bosquejo de la salvación que Dios efectúa,


un bosquejo de las experiencias espirituales del cristiano y un bosquejo de la
vida espiritual del cristiano. En su inicio, Romanos nos muestra cómo somos
salvos y cómo obtenemos la vida del Señor. Luego, nos muestra cómo debemos
ir en pos de la santidad y la victoria. Después de que hayamos experimentado la
santificación y la victoria proseguimos al capítulo doce, el cual afirma que
debemos ofrecer nuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, y
que esta clase de servicio es racional (v. 1). Esto significa que al consagrarnos
deberíamos experimentar una crisis, lo cual redundará en que abandonemos la
esfera donde no servimos a Dios y entremos en una esfera donde sí servimos a
Dios. No obstante, muchas personas no ven este asunto. Ellas no se dan cuenta
de que la vida divina que está en nosotros tiene como meta el servicio, que
somos salvos para servir, que somos santificados para servir, y que vencer tiene
como meta el servicio. Todas nuestras virtudes espirituales tienen como objetivo
el servicio.

Además, el servicio no es meramente un comportamiento externo; más bien, el


servicio proviene del crecimiento de la vida divina en nosotros. Al comienzo del
capítulo doce de Romanos, Pablo nos exhorta a pasar por la crisis de la
consagración, a fin de que salgamos de la esfera donde no servimos a Dios y
entremos a la esfera donde sí le servimos. Aparentemente, según el versículo 1,
el servicio consta de acciones externas, pero en realidad, el servicio surge de la
vida divina que está en nosotros. Pienso que todos hemos experimentado esto.
Cuando nos arrodillamos para orar y nos consagramos al Señor para amarlo un
poco más, para acercarnos a Él un poco más y para permitirle que Su vida gane
más terreno en nosotros, inmediatamente sentimos el deseo de servir a Dios. En
nosotros hay algo inexplicable que nos compele a servir a Dios, a predicar el
evangelio, a ayudar a los hermanos y hermanas, y a servir en la iglesia. Si no
servimos, nos sentimos incómodos e inquietos, como si algo nos faltara. Pero
cuando servimos, nos sentimos tranquilos, sosegados, cómodos y gozosos. ¿Qué
significa esto? Significa que la vida divina que está en nosotros, es una vida de
servicio.

Muchas veces oímos que las personas alaban de la siguiente manera: “Oh Señor,
te alabamos porque Tu vida es santa, poderosa, resplandeciente y espiritual”.
Sin embargo, pocas veces escuchamos que las personas digan: “Oh Señor, te
alabamos porque Tu vida es una vida de servicio”. Muy pocos de nosotros
hemos visto que la vida cristiana es una vida que ministra, una vida que sirve a
Dios. Debemos orar pidiendo que el Señor nos dé esta luz y esta revelación, ya
que dicha revelación neotestamentaria es muy importante. La vida presentada
en los Evangelios tiene como meta el servicio; al igual que la vida descrita en
Romanos, Corintios y Efesios. En el capítulo cuatro de Efesios, Pablo dice que a
medida que esta vida va creciendo hasta alcanzar la madurez, “todo el Cuerpo,
bien unido y entrelazado por todas las coyunturas del rico suministro y por la
función de cada miembro en su medida, causa el crecimiento del Cuerpo para la
edificación de sí mismo en amor” (v. 16). ¿Qué es esto? Esto es el ministerio y el
servicio.

LA VIDA PRESENTADA EN APOCALIPSIS

Al final del Nuevo Testamento, cuando la vida divina ya ha alcanzado el pleno


crecimiento y la madurez, vemos la Nueva Jerusalén. ¿Cuál es el resultado final
de la Nueva Jerusalén? Apocalipsis 22:3-5 dice que los que están en la Nueva
Jerusalén servirán a Dios por los siglos de los siglos. En los capítulos veintiuno y
veintidós vemos la manifestación de la Nueva Jerusalén en los cielos nuevos y la
tierra nueva por la eternidad futura. La Nueva Jerusalén es el producto final de
la obra de Dios a lo largo de los siglos, tanto en la antigua creación como en la
nueva creación, es decir, tanto en la obra creadora como en la obra redentora.
Desde el comienzo del capítulo veintiuno hasta el versículo dos del capítulo
veintidós, vemos la naturaleza intrínseca de la Nueva Jerusalén. Luego siguen
tres versículos cortos, los versículos del tres al cinco, que nos muestran lo que
hará el pueblo en la Nueva Jerusalén, esto es, servirá a Dios eternamente.

LAS FUNCIONES QUE DESEMPEÑAMOS


EN EL SERVICIO SURGEN DEL CRECIMIENTO
DE LA VIDA DIVINA EN NOSOTROS

El día en que fuimos salvos entró en nosotros la vida de Cristo. Si amáramos


más al Señor, nos consagráramos a Él, renunciáramos a nuestro futuro,
permitiéramos que nuestra vida natural y nuestra manera de ser fueran
quebrantadas, obedeciéramos la luz espiritual y viviéramos en Cristo, entonces
la vida divina tendría la oportunidad de crecer en nosotros. Dicho crecimiento
en vida equivale a nuestra función, o sea, nuestro servicio. Con el tiempo, la
función de profeta surge en un santo, mientras que la función de maestro surge
en otro. En un tercer santo surge la función de anciano, mientras que la función
de diácono se manifiesta en otro, e incluso en otro surge la función de mostrar
misericordia. Todo tipo de funciones surgen de la vida interior del creyente.

Las funciones que ejercemos sirviendo al Señor no se enseñan en los


seminarios; más bien, surgen como resultado del crecimiento de la vida divina
en nosotros. No es necesario que una persona tenga un título universitario para
que sirva al Señor. Sin embargo, el que sirve al Señor ciertamente es un
miembro del Cuerpo. La función que realiza cualquier miembro depende del
crecimiento y del vigor de la vida que está en ese miembro. ¿Cómo llega un niño
a ser adulto? Para crecer, el niño no requiere de enseñanzas. Lo que él necesita
es que le proveamos varios tipos de alimentos a fin de que coma
apropiadamente y se cumplan así los requisitos necesarios en cuanto al
crecimiento. De esta manera, el niño crecerá hasta llegar a ser un adulto.

Muchas personas piensan que el Señor sólo usa a los que son sabios, y como
ellas no lo son, consideran que nunca podrán ser de utilidad al Señor. Esto no es
cierto. No diga: “No soy elocuente, no sé cómo hablar ni sé predicar la palabra;
por tanto, ¿en qué soy útil? Sólo los que son elocuentes, los que hablan con
fluidez e interminablemente, pueden ser útiles para el Señor. Sólo ellos son de
utilidad para el Señor”. Esto no es verdad. El que seamos útiles o no para el
Señor depende de que le hayamos dado a Su vida la oportunidad de crecer en
nosotros. Debemos preguntarnos: “¿Amo al Señor? ¿Me he consagrado a Él?
¿Le he dado a la vida del Señor la oportunidad de crecer en mí? ¿Le doy cabida a
la vida del Señor en mí? ¿He puesto a un lado mi futuro? ¿Estoy dispuesto a
permitir que mi vida natural y mi carne sean aniquiladas y que mi yo sea
quebrantado?”. Nuestra utilidad en las manos del Señor no depende de nuestra
habilidad o capacidad, sino, más bien, de que la vida divina haya crecido en
nosotros.

SERVIR AL SEÑOR CONFIANDO EN LA VIDA ETERNA,


LA FUENTE QUE ESTÁ EN NUESTRO INTERIOR

Esto es cierto: la medida en que una persona ceda y le dé cabida a la vida del
Señor, es el grado en que ella puede ser útil en Sus manos. Permítanme
compartirles un testimonio. Hoy yo soy muy diferente de cuando era niño. En
mi niñez, era tímido y me aislaba de las personas. Rehuía la compañía de los
demás y me gustaba sentarme solo. En la escuela, hablaba muy poco con los
otros estudiantes; no me gustaba participar en actividades y casi no me
relacionaba con las personas. En casa, cuando había visitas, aprovechaba
cualquier oportunidad para retirarme, porque cada vez que veía a la gente me
ruborizaba y los labios me temblaban al hablar. Ese era mi yo natural. Pero un
día, el Señor me llamó para que me pusiera de pie y hablara por Él, y desde
aquel día me consagré diariamente, fui quebrantado diariamente y aprendí a
vivir en el Señor diariamente. En 1947, mientras estaba en Shangai, conocí a un
hermano que me dijo: “Hermano Lee, usted debe haber sido un estudiante muy
popular y un hábil orador cuando era joven”. A lo que le contesté: “Hermano,
usted se equivoca. Si le pregunta a mis compañeros de escuela, ellos le dirán que
soy completamente diferente de cuando era joven. Es como si ahora fuese otra
persona completamente distinta”.
Sin importar cómo sea usted en su hombre natural, si está dispuesto a ceder y
darle cabida a la vida de Cristo, Él se expresará en su vida. Él cambiará el ser de
usted y lo hará diferente, totalmente diferente de lo que era antes. Antes, quizás
a usted no le gustaban las actividades, pero ahora Él quiere que usted participe
en ellas. Quizás antes a usted no le gustaba la quietud, pero ahora Él quiere que
usted esté quieto; quizás no le gustaba hablar, pero ahora Él quiere que usted
hable; no le gustaba relacionarse con las personas, pero ahora Él quiere que
usted se relacione con ellas. Él lo cambiará a usted por completo.

Al principio, cada vez que me ponía de pie para hablar por el Señor, tenía
problemas estomacales y sufría un dolor indescriptible. Lo único que podía
hacer era orar y consagrarme; así que, siempre que hablaba por el Señor, tenía
que orar y consagrarme nuevamente. Fue debido a mi urgente desesperación
que, en las manos del Señor, pude abrirme paso y salir adelante. Allí es donde
reside nuestra utilidad. Ser útiles para el Señor no es algo que poseemos de
forma natural ni es algo que recibimos por nacimiento. Más bien, seremos útiles
sólo cuando Cristo encuentre el camino, la oportunidad y la apertura para fluir a
través de nosotros.

Una hermana ya anciana siempre me dice: “Hermano Lee, parece que usted
nunca termina de hablar. Después que habla, todavía tiene algo más que decir”.
La verdad es que estoy aquí por la misericordia y la gracia del Señor. Tengo
mucho que decirles porque dentro de mí hay una fuente, a saber, la vida eterna,
la cual es una fuente ilimitada. Lo único que debemos preguntarnos es:
¿estamos limitando al Señor? Si lo limitamos, no tendremos manera de seguir
adelante y estaremos vacíos. Lo que nuestra mente ha aprendido es muy
limitado, pero la vida eterna que está en nosotros es una fuente ilimitada.

Puedo testificar que muchas veces lo que hablé desde la plataforma fue algo que
no había considerado ni siquiera media hora antes de la reunión. He hallado un
secreto para hablar. El secreto radica en que cada vez que me preparo para dar
un mensaje, me consagro firmemente y oro: “Oh Señor, aquí tienes a una
persona que antes había sido un poco suelta en su hablar, pero que en este
momento desea ponerse totalmente en Tus manos, se niega a sí mismo por
completo y se olvida totalmente de sí mismo. Señor, exprésate. Sé Tú el que
opere y fluya a través de mí”. Algunas veces he hecho esto media hora antes de
la reunión; pero en otras, no sucedió hasta cuando terminamos de cantar el
primer himno y alguien me dijo: “Hermano Lee, por favor hable”. En este caso,
¿qué podía decir? Tuve que ceñirme inmediatamente, no de forma externa sino
interiormente, y decirle al Señor: “Señor, estoy en Tus manos. Por favor, sé Tú el
que hable”. De esta manera, las palabras empezaron a fluir y di el mensaje.

Por consiguiente, servimos al Señor, no al confiar en nosotros mismos sino al


depender de Aquel que vive en nosotros. Nuestro capital y nuestros recursos no
son las habilidades naturales que poseemos; más bien, nuestro capital y
nuestros recursos son la vida divina que está en nosotros, o sea, el Cristo
viviente, el Cristo ilimitado. El problema radica en que, aunque tengamos a tal
Cristo, no le cedemos terreno alguno. Tenemos tal vida, pero no le damos la
oportunidad de crecer en nosotros. No nos consagramos totalmente al Señor, y
no hemos sido plenamente quebrantados ni disciplinados. Como no le damos a
Él el terreno ni la oportunidad de crecer en nosotros, Él no puede brotar de
nosotros; por tanto, no podemos ministrarle Cristo a las personas. Todos los
aspectos de nuestro servicio emanan de Su vida. Lo que ministramos es Su vida,
y la fortaleza para ministrar también es Su vida. Una vez que Él tenga cabida en
nosotros, seremos útiles y podremos ministrar y servir. ¡Esto es algo
maravilloso!

LA VIDA MANIFIESTA FUNCIONES DIFERENTES


EN LOS DIVERSOS SERVICIOS

La vida y las células sanguíneas que fluyen a los oídos y nos capacitan para que
oigamos, también fluyen a los ojos para que veamos, y fluyen a la boca para que
hablemos y a las piernas para que andemos. La vida es la misma, y las células
sanguíneas son las mismas, pero manifiestan diferentes funciones en los
diversos miembros. Todos nosotros tenemos exactamente la misma vida en
nosotros: la vida de Cristo. Cuando esta vida tenga cabida en usted, quizás se
manifieste la función de maestro; cuando tenga cabida en otra persona, quizás
se manifieste la función de anciano; cuando tenga cabida en mí, quizás se
manifieste la función de diácono. Aunque las funciones manifestadas son
diferentes, la vida es la misma, y Cristo es uno solo.

La diferencia no radica en la naturaleza de la vida divina, sino en su función; y


las diferentes funciones se manifiestan en los diversos servicios. El servicio
surge como resultado de esto y se basa en esto. Cuando la vida de Cristo tiene
cabida en nosotros, se manifiesta determinada función. En esto consisten el
ministerio y el servicio.

CINCO ASUNTOS
EN LOS CUALES DEBEMOS EJERCITARNOS

Pregunta: ¿Cuál es la razón por la que, con muchos cristianos, su función


delante del Señor no se manifiesta?

Respuesta: Analicemos cuál es nuestra utilidad delante del Señor. Es posible


que seamos muy fervientes, que estemos dispuestos a ir en pos del Señor y que
asistamos regularmente a las reuniones, pero ¿cuál es nuestra utilidad en las
manos del Señor? Pienso que probablemente todos dirán que no saben. En
todas las iglesias locales vemos muchos hermanos y hermanas que son muy
fervientes en el Señor, que aman al Señor, que lo buscan de corazón y que
asisten a todas las reuniones; sin embargo, no saben cuál es su utilidad en las
manos del Señor. No sólo no saben cuál es dicha utilidad, sino que, de hecho, la
utilidad de ellos no ha sido manifestada. ¿A qué se debe esto?

El problema radica en que no hemos amado al Señor de manera absoluta, no


nos hemos consagrado incondicionalmente a Él, no hemos renunciado a nuestro
futuro, no hemos permitido que nuestro yo sea quebrantado ni hemos
experimentado el aniquilamiento de nuestra carne. Si alguien verdaderamente
ama al Señor, se consagra completamente a Él, renuncia a su futuro y
experimenta el quebrantamiento y el aniquilamiento, entonces Cristo tendrá
cabida en él y logrará obtener la apertura para ser expresado. Entonces, ya sea
que él se percate de ello o no, será manifestada la función que él ejerce.
Discúlpenme por decir que en la iglesia hoy muy pocos han sido llamados, muy
pocos son útiles, muy pocos son los que hacen una diferencia, muy pocos
pueden servir y muy pocos son útiles para el Señor. La razón principal, la única
razón, se debe a que no amamos incondicionalmente al Señor y no nos hemos
entregado completamente en Sus manos, no nos hemos consagrado a Él, ni
hemos renunciado a nuestro futuro, ni hemos experimentado el verdadero
quebrantamiento y aniquilamiento.

Si todos nos ejercitáramos diligentemente en estos cinco asuntos —amar al


Señor incondicionalmente, consagrarnos completamente a Él, renunciar a
nuestro futuro, permitir que nuestro hombre natural sea quebrantado y dejar
que nuestra carne sea aniquilada— poco a poco Cristo tendrá la posibilidad de
expresar Su vida por medio de nosotros. De esta manera, tendremos la certeza
de que un día seremos útiles en las manos del Señor. Actualmente, la razón por
la que no sabemos si somos útiles o no en las manos del Señor, se debe a que no
ponemos en práctica estos cinco asuntos; es decir, no ponemos en práctica amar
al Señor de manera incondicional, consagrarnos, renunciar a nuestro futuro, ser
disciplinados y ser quebrantados. Nuestro yo todavía permanece y ha sido
preservado. Así que, somos fervientes, pero no servimos; asistimos a las
reuniones, pero no somos útiles; y nos congregamos a menudo, pero nuestra
función no ha sido claramente manifestada. En muchos casos, no se ha
manifestado con claridad entre nosotros quienes son ancianos, quienes son
diáconos o quienes son maestros.

Muchas veces cuando nosotros, los obreros, hemos ido a las iglesias para
ayudarlas en la designación de ancianos, después de examinar todos los
nombres de los hermanos —después de considerarlos y orar por ellos—, no
hemos podido hallar uno que pudiera ser anciano. Es como si todos fueran
iguales: el hermano A es igual que el hermano B, y el hermano B es igual que el
hermano C, y el hermano C es igual que el hermano D. No existe gran diferencia
entre ellos. Difícilmente hemos podido encontrar uno que tuviera la capacidad
de ser anciano, o que desempeñe la función de diácono. Todos ellos amaban al
Señor, todos eran fervientes y buscaban más del Señor, y todos asistían
regularmente a las reuniones; sin embargo, no podían ser ancianos ni diáconos
porque la vida divina en ellos no manifestaba claramente una función
particular.

Debemos entender que toda persona salva es alguien útil para el Señor. La vida
del Señor es una vida de servicio, y dicha vida entra en nosotros para que
podamos servir. No obstante, a menudo nuestra capacidad para servir no se ha
manifestado. ¿A qué se debe esto? La razón radica en que la capacidad para el
servicio, la cual es inherente a la vida que está en nosotros, no ha sido
desarrollada. Si por amor al Señor todos nosotros una vez más nos sometemos a
Él, nos consagramos a Él, renunciamos a nuestro futuro y somos quebrantados
y disciplinados, en menos de un año muchos hermanos y hermanas serán
manifestados como aquellos que han sido llamados, como obreros, como
ancianos, como diáconos, y como aquellos que tienen negocios y ganan dinero
exclusivamente para el Señor. Todos los problemas radican en el hecho de que
la vida de servicio que está en nosotros no tiene cabida en nuestro ser ni ha
podido crecer. En tal situación, de nada sirve animar, enseñar o exhortar; más
bien, lo que necesitamos es permitir que la vida divina en nosotros sea liberada.
Un hermano que pertenecía a una familia muy rica había seguido al Señor por
largo tiempo y también se había consagrado a Él, pero la función en vida, o sea,
la vida de servicio, aún no se había manifestado en él. En la primavera de 1948,
cerca del Año Nuevo Chino, llegué a una ciudad llamada Ku-lang-yu, y los
hermanos dispusieron que me hospedara en la casa de este hermano. Él tenía
una enorme y magnífica casa de estilo occidental, y me brindó una excelente
hospitalidad. Sin embargo, la cosa más dolorosa para mí fue que no hubo una
persona con quien tener comunión mientras estuve allí. Si no hubiera sido por
el hecho de que la gracia del Señor se había constituido en mí a lo largo de los
años, posiblemente me habría secado.

En cada célula de este hermano figuraba el dinero, y esto era lo único en que él
pensaba. Algunas veces me llevaba a la montaña a pasear, y en el camino me
hacía muchas preguntas que posiblemente él sabía que yo no podía contestar.
¿Cómo puede uno hablar con una persona que sólo vive en función del dinero?
Con todo, puesto que él era el anfitrión y yo era el huésped, hubiera sido
descortés no responder a sus preguntas, así que le contestaba algo, aunque sabía
que mi respuesta no servía de nada. El punto crucial de esta historia es que
desde aquel momento, en mis oraciones le pedía al Señor que se recordara de
este hermano. Yo decía: “Señor, este hermano ha recibido a Tus siervos y a Tus
siervas. Me hospedó a mí, y también a algunas hermanas que Te sirven. Señor,
Tú tienes que visitarlo. Tú tienes que forjar Tu gracia en él”. Claro, sin necesidad
de ser exhortado, cualquier obrero hubiera orado así. Ese hermano era salvo, iba
en pos del Señor, estaba interesado en cosas espirituales y no tenía ningún
problema en la vida de iglesia; pero el gran problema era que estaba ocupado
con el dinero, y el dinero lo consumía. Por tanto, la vida de Cristo estaba
restringida en él. Así que, aunque era salvo y estaba interesado en cosas
espirituales, la vida de servicio no podía ser liberada en él.

Cuando se presentaba un sacrificio a Dios, primero debía ser llevado al altar,


luego lo mataban, era destazado, era desollado, era preparado de varias
maneras y, finalmente, era quemado en el fuego y ofrecido a Dios. Así que, todo
el proceso por el que pasaba el sacrificio ocurría después de que éste era
presentado y consagrado. En otras palabras, podemos considerar que nuestra
consagración es la base sobre la cual el Señor nos quebranta. ¿A qué se debe
esto? Si vemos esto con simple lógica, el Señor pudo haber empezado a
quebrantarnos tan pronto como fuimos salvos, a fin de que Él pudiera
expresarse más y más en nosotros; pero muchos de nosotros no consentimos ni
estuvimos de acuerdo con esto. Puesto que el Señor nunca nos obliga a hacer
algo que no queremos, Él nos atrae y nos motiva a que nos consagremos y
digamos: “Oh Señor, acepto la disciplina y el quebrantamiento”. Responder de
esta manera equivale a consagrarnos; nuestra consagración es nuestra respuesta
afirmativa.

La verdadera consagración equivale a permitir que Dios opere en nosotros. No


se trata de que nosotros laboremos para Dios, como muchas personas piensan.
La consagración genuina consiste en permitir que Dios trabaje en nosotros, y no
en que nosotros trabajemos para Él. Muchas personas piensan que después de
que se han consagrado, tienen que laborar para el Señor. No saben que la
consagración equivale a permitir que Dios opere en ellos, es decir, dar el
consentimiento de que el Señor lleve a cabo la labor de quebrantarlos. Mediante
nuestra consagración, el Señor obtiene el derecho y recibe la respuesta que le
permiten empezar a operar en nosotros. Por tanto, primero nos consagramos, y
luego, somos disciplinados por el Señor. Indudablemente, hay excepciones.
Algunas veces el Señor desea ganar a alguien para Sí mismo, pero éste no quiere
consagrarse. El Señor desea ganarlo para Sí, pero la persona se niega a dar su
consentimiento. El Señor desea operar en ella, pero ella no accede ni le da
permiso. Entonces, ¿qué debe hacer el Señor? El Señor se ve forzado a propiciar
un entorno que le aseste un golpe a tal persona, a su negocio y a su salud. Esto
aún no es el quebrantamiento, sino sólo un golpe que obliga a esa persona a no
tener más alternativa que consagrarse, a estar de acuerdo con el Señor y a darle
su consentimiento. La disciplina y el quebrantamiento genuinos provenientes
del Señor ocurren después de nuestra consagración. Sólo hasta después que nos
consagremos podremos ser quebrantados por el Señor.

Los golpes que mencioné anteriormente son externos. Aun la enfermedad


ocurre en la esfera física. Estos son los golpes que recibimos mediante el
entorno, y no el quebrantamiento de nuestro yo interiormente. Desde el
momento en que nos consagramos, el Señor empieza a lidiar severamente con
nuestro yo para quebrantarlo. Todos sabemos que Pablo no fue quebrantado de
una vez por todas, sino que estuvo bajo disciplina durante mucho tiempo. Pablo
dijo que le fue dado un aguijón en su carne, por lo cual tres veces había rogado
al Señor que se lo quitara (2 Co. 12:7-9). El Señor permitió que el aguijón
permaneciera, así que ese sufrimiento nunca se apartó de él. ¿Cuál es la razón
de ello? La razón es que Pablo todavía estaba en la carne. Siempre debemos
recordar que antes de que seamos transfigurados y arrebatados, sin importar
cuánto hayamos sido quebrantados por el Señor, nuestra carne jamás cambiará.
Así que, necesitamos vivir bajo la disciplina del Señor diariamente.

Es paradójico, pero una persona que no ha sido quebrantada no se percata de


que es carnal. Todos los días, la carne de tal persona está muy activa y, sin
embargo, ella no lo percibe. Por el contrario, una persona que está siendo
quebrantada diariamente se percata con claridad de que es carnal y que su carne
está presente. Tal parece que si habla, es carnal, y si no habla, también es carnal.
No importa lo que haga, se percata de que es carnal. Esta experiencia es normal.
Cuanto más somos quebrantados, más nos percatamos de nuestra carne. Así
que, nos sometemos al Señor y le decimos: “Señor, te necesito urgentemente”.
Esta es una buena situación, o sea, una situación dulce. Si usted piensa que
después de que haya sido quebrantado una sola vez, ya todo fue un éxito —que
su carne fue quebrantada completamente y que usted ya no es una persona
natural—, se engaña a sí mismo. El hecho es que usted todavía no ha sido
quebrantado.

Aun cuando Pablo escribió el libro de Filipenses, él dijo que todavía no lo había
alcanzado, que todavía no había sido perfeccionado y que todavía no lo había
obtenido; él aún proseguía y estaba siendo quebrantado por el Señor (Fil. 3:12-
14). Es cierto que algunas personas, incluso cuando han envejecido, todavía no
son útiles en las manos del Señor. ¿A qué se debe esto? Se debe a que, si bien
están más avanzados de edad, todavía no permiten que el Señor los quebrante.
Nunca podemos graduarnos y dejar de estar bajo la disciplina del Señor.

CÓMO SER QUEBRANTADOS


Respecto al quebrantamiento, hay tres puntos o etapas en cuanto a nuestra
experiencia. Primero, que el Señor nos ilumine; segundo, por parte nuestra, el
que pongamos en ejecución lo recibido; y tercero, todas las circunstancias a
nuestro alrededor. ¿Qué significa ser quebrantados? Esto es similar a que un
vaso se caiga y se rompa en pedazos; esto es lo que significa ser quebrantados.
Todos debemos entender esto claramente. Considere su propia situación: su
vida natural, su temperamento, su manera de ser y su carne, todo está entero y
completo. Sin embargo, ahora que usted ha sido salvo, la vida de Cristo ha
entrado en usted. Esa vida debe ser liberada y fluir de su espíritu, pero no puede
porque está rodeada y cercada. ¿Qué la rodea? La rodea la vida natural de usted,
su carne, su temperamento y su manera de ser. Lo que usted es rodea la vida de
Cristo, impidiéndole que ésta sea liberada. Por tanto, todo lo que se halla en
usted, lo cual está entero y completo, necesita ser quebrantado. Solamente
cuando estas cosas sean quebrantadas, será liberada en nosotros la vida de
Cristo.

Primero, Dios nos ilumina con Su luz para mostrarnos que todo lo que tenemos
—incluyendo nuestra vida natural, nuestra carne, nuestro temperamento y
nuestra manera de ser— son enemigos de la vida de Cristo, y son estorbos y
obstáculos para dicha vida. Dios también nos mostrará que todas estas cosas ya
fueron crucificadas porque Dios las ha rechazado y, además, que son enemigas
de Dios y que obstaculizan la vida de Cristo en nosotros. Después que veamos
tal luz, inmediatamente el Espíritu Santo en nosotros vendrá y aplicará dicha luz
a los asuntos grandes y pequeños de nuestra vida diaria. Antes de que viéramos
esta luz, no nos sentíamos incómodos ni percibíamos condenación alguna
cuando nos enojábamos y nos comportábamos de manera carnal; pero ahora,
después de ver la luz, el Espíritu Santo aplica dicha luz a nuestra vida. Cuando
nos conducimos según nuestra vida natural y nos enojamos, el Espíritu Santo
nos hace percibir que esto es nuestra carne, nuestra vida natural, nuestro yo y
nuestro temperamento, todo lo cual debemos condenar y rechazar porque ya se
le dio fin en la cruz. Entonces, por el poder del Espíritu Santo, no aprobamos
estas cosas y aplicamos la crucifixión sobre ellas. En ese momento, la crucifixión
deja de ser simplemente una verdad objetiva, y se convierte en una experiencia
subjetiva para nosotros. Esto es lo que se menciona en Romanos 8:13, a saber,
hacer morir por el Espíritu los hábitos del cuerpo. Esto también equivale a que
seamos entregados a muerte por causa de Jesús, como se menciona en 2
Corintios 4:11-12.

Sabemos que la vida de Cristo contiene el elemento de la muerte, y cuando


dicho elemento pasa por nosotros, la muerte opera en nosotros. Esto es similar a
las células sanguíneas, las cuales tienen por lo menos dos funciones. La primera
función consiste en matar a los enemigos del cuerpo, es decir, a los microbios; y
la segunda función consiste en suministrar simultáneamente a nuestro cuerpo
los nutrientes que éste necesita. Vimos esta luz hace algunos años, pero no
hablamos de ello porque no tuvimos suficiente valor para decir que la vida de
Cristo contiene la eficacia de Su muerte. No obstante, en nuestra experiencia
hemos entendido esto con más claridad. Recientemente vimos que el hermano
Andrés Murray también dijo lo mismo; él dijo que en la vida de Cristo está el
poder aniquilador, el elemento de muerte, o sea, la eficacia de la muerte de
Cristo.
Una vez que el Espíritu Santo tenga cabida en nosotros, nos guiará diariamente
a dar muerte a nuestra vida natural y a nuestra carne. Este aniquilamiento, esta
muerte, es el quebrantamiento. Además, a fin de ayudarnos, Dios también nos
proporciona la disciplina del Espíritu Santo externamente al disponer nuestras
circunstancias, de modo que Él pueda trabajar en nosotros de forma coordinada
tanto por dentro como por fuera. La vida de Cristo opera desde adentro,
mientras que las circunstancias trabajan desde afuera. Cuando deseamos ser
quebrantados, inmediatamente se produce la coordinación de las cosas internas
y externas, y el Espíritu Santo comienza a producir en nosotros el
quebrantamiento. Con todo, si el deseo de nuestro corazón y nuestro espíritu no
cooperan con el aniquilamiento que el Espíritu Santo realiza, entonces todas las
circunstancias —por muchas que sean— no sirven para nada. Las circunstancias
externas trabajan en coordinación con el Espíritu Santo que mora en nosotros, y
entre estos dos factores se halla un tercer factor necesario: nuestra cooperación.

El Espíritu está por dentro, las circunstancias están por fuera, y entre estos dos
nosotros tenemos que cooperar y poner en ejecución. De esta manera, día tras
día y momento a momento, serán quebrantados nuestra vida natural, nuestra
carne y nuestro yo. Entonces, cuando estemos a punto de enojarnos, ya no
podremos dar rienda suelta a la ira, porque habremos sido quebrantados, lo cual
lo evidencian las muchas heridas que nos marcan.