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Orestes Cansanello (1998) ECONOMÍA Y SOCIEDAD: BUENOS AIRES DE CEPEDA A CASEROS

La caída del Directorio significó el derrumbe del precario edificio estatal en el que se sostenían los gobiernos de las Provincias Unidas. Desde entonces en cada una de ellas hubo que: definir el territorio, establecer el orden jurídico e imponer autoridades legítimas. A tales efectos debieron contar con sus propias burocracias administrativas, un esfuerzo demasiado grande para provincias que mantenían arcaicas rutinas de recaudación fiscal. En consecuencia, la modalidad adoptada para el financiamiento giró en torno a los aranceles a las importaciones y a las mercaderías en tránsito, al tiempo que se mantuvieron los derechos sobre las exportaciones. La escasez de recursos fiscales en metálico fue el núcleo de la debilidad estructural manifestada por las provincias, a excepción de Córdoba y Corrientes. No fue éste el caso de Buenos Aires, que inició con el comienzo de la década un crecimiento hasta entonces desconocido. El estado de Buenos Aires se hizo entonces cargo de la deuda nacional, pero al mismo tiempo negó toda participación al resto de las provincias sobre los ingresos que obtenía de la Aduana. La economía de Buenos Aires sostuvo el rápido crecimiento de su comercio con el empuje de sus fronteras sobre el territorio indígena; buena parte de ese crecimiento se debió también a la agricultura. Empero, la producción destacada fue la del ganado vacuno, cuya carne se consumía en los mercados urbanos y sus cueros constituyeron la principal mercancía de exportación, mientras que la industria más importante fue la saladeril. COMERCIO Y PRODUCCIÓN La ciudad crecía debido al empuje de la actividad mercantil, de importación y de introducción de mercaderías hacia el interior, capacidad siempre sujeta al crecimiento de las exportaciones. De Gran Bretaña llegaban periódicamente embarcaciones alistadas en Liverpool o en Londres. Bajo los pabellones de Estados Unidos, Francia, Suecia, Dinamarca, Holanda, Arribó por esos años otra importante cantidad de embarcaciones. Las mercaderías arribadas a puerto eran reembarcadas hacia Entre Ríos, Santa Fe y Corrientes, o bien partían en carretas hacia el interior. Desde el sur, a su vez, llegaban el ganado y los cueros para el consumo porteño y para la exportación, así como plumeros, pieles, botas y tejidos desde los toldos. Muchos extranjeros se dedicaban a las actividades mercantiles. Los criollos también se lanzaron con éxito al gran comercio de ultramar y al de los ríos interiores, integrando sociedades con los extranjeros o poniendo tiendas y pulperías por su cuenta. Los emprendimientos industriales no fueron muchos ni variados durante la primera parte del siglo XIX. Los avances tecnológicos más importantes estuvieron ligados al uso de máquinas a vapor introducidas durante 1840. Los avances técnicos en el agro fueron muy pocos: los arados eran primitivos. Alrededor de 1825 fue incorporado en los pozos el uso del balde volcador. Mejor suerte tuvieron los acopiadores de cueros con la introducción de la prensa mecánica. Esta innovación les permitió aumentar la cantidad de unidades por envío. LA TIERRA Y EL TRABAJO RURAL Casi todos los alimentos provenían de la campaña aunque también se importaba harina, azúcar, yerba, vinos, canela, pimienta y diversas bebidas alcohólicas. En las tierras inmediatas a la ciudad se ubicaban las huertas o quintas; más alejadas, las chacras cerealeras. Junto a las grandes estancias, se mantuvo una extendida y tradicional modalidad de explotaciones domésticas en las que se empeñaba la mayor parte de la población rural establecida. Los labradores eran, sin embargo, muy pobres. Por esa razón, la producción era financiada por los llamados capitalistas, como pulperos y tenderos que, a la vez, solían ser también chacareros, ganaderos o transportistas. La fuerza de trabajo rural se desenvolvió sobre la base de una combinación de producciones domésticas para el mercado y de empleos temporales en estancias y chacras. Esta situación condicionó severamente la oferta de mano de obra que, por otra parte, no se podía estabilizar por el carácter estacional de las producciones ganaderas y agrarias. Las condiciones económicas en que se desenvolvió la producción pecuaria pusieron rápidamente al descubierto las posibilidades que brindaba el uso extensivo de la tierra con mínima inversión de capital a la vez que un uso poco intensivo del trabajo. Este proceso fue impulsado por el coste de los factores: la tierra era abundante y de bajo precio relativo, mientras el capital y el trabajo eran escasos y por ello caros. La abundancia de tierras, al sur del Salado, fue un incentivo para que numerosos individuos se lanzasen a ocuparlas. La anexión de nuevos territorios se realizó al amparo de leyes y costumbres coloniales. Las tierras se integraban al patrimonio del Estado de Buenos Aires, el que luego permitía o impedía la posesión a los particulares. El Estado concedió tierras en enfiteusis desde 1822 hasta 1840. Después de la Campaña del Desierto, realizada por Rosas entre 1833 y 1839, el territorio provincial se extendió a 6755 leguas cuadradas. En esa extensa área se efectuaron los mayores traspasos de tierras a particulares que cesaron hacia 1840. Como las parcelas no podían ser vendidas por el Estado y tampoco por los particulares no se conformó un mercado de tierras, aunque se compraban y vendían las tenencias. De este proceso salieron favorecidos poderosos comerciantes ganaderos que hicieron importante acumulación de tenencias. EL CRECIMIENTO DE LA SOCIEDAD Y LA EXPANSIÓN ESTATAL Hacia finales de 1820 Buenos Aires se encontraba desligada de hecho del conjunto de las Provincias Unidas. Nada la comprometía a sostener los ejércitos libertadores en territorio americano, tampoco otras fuerzas en operaciones más allá de su

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propio territorio. Se impuso así una adecuación institucional y la reducción drástica de la burocracia heredada. Suprimidos los Cabildos de Buenos Aires y Luján, se reforzó la figura del gobernador y se creó un organismo representativo, denominado Honorable Junta de Representantes. La Reforma militar dejó fuera de las listas a oficiales y cuadros que no se consideraron necesarios. A los oficiales y clases que permanecieron en actividad se les llamó “reformados” yen 1822 se dictó una ley que completó las medidas y creó normas precisas para el servicio militar de todos los habitantes masculinos que registraban domicilio en el territorio provincial. Vinculada con esto, debe interpretarse la ley electoral del año 1821: ambos eventos apuntaban a definir derechos y obligaciones de todos los individuos incluidos en la sociedad que se estaba formando. Con la decisión de extender la justicia a todo el territorio, se reemplazaron -en 1822- los antiguos alcaldes y los comandantes de fronteras por jueces civiles, llamados de paz, en la Capital y también en la campaña. El modelo organizacional fue configurado a partir de las Reformas de 1821y, con éxitos y fracasos, quedó sellado durante el primero de los gobiernos de Rosas. La dinámica con que se dio el movimiento de las fronteras exigió un esquema de adecuación estatal permanente y una constante práctica de legitimación de las autoridades. LOS INGRESOS PÚBLICOS PROVINCIALES DESDE 1821 Dentro del conjunto de reformas elaboradas durante la “Feliz Experiencia” se encuentran las que estuvieron dirigidas a sanear las finanzas estatales. A tal fin se realizaron cambios en el sistema tributario. Se suprimieron impuestos directos heredados de la Colonia, como el diezmo, y se estableció en su reemplazo la Contribución Directa. Se trató de manejar la deuda y luego, de independizar la recaudación de las rentas aduaneras. Pero para ello fue necesario sanear la plaza de medios monetarios no deseados. Habían desaparecido de la circulación las monedas metálicas, reemplazadas desde 1813 por títulos de deuda, con los que sus tenedores podían pagar derechos de aduana. Corrían también letras y hasta vales para el comercio al menudeo. La reorganización del Crédito Público representaba el dilema central para los administradores que habían heredado deudas de las Provincias Unidas, a pagar con fondos provinciales. . Se descubrió la posibilidad que brindaban las tierras en el sur y la tremenda potencialidad del sector externo. El Estado consolidó entonces la Deuda, esto es, reconoció y unificó una parte importante de ella para refinanciarla con bonos emitidos a ese fin. En adelante la garantía de las emisiones estaría dada por el Estado de Buenos Aires, que desalentó la circulación de los bonos al prohibirla posibilidad de que fueran utilizados en el descuento de derechos aduaneros. Al mismo tiempo, buscó reemplazar la falta de metálico con billetes y monedas de cobre. Para tal fin se colocó un empréstito en Londres, tramitado por la compañía Bahring Brothers, para dotar de fondos al Banco de Buenos Aires creado en 1822. Las reformas alentaron un pronunciado crecimiento de la economía que sólo se detuvo a causa de la Guerra con el Brasil. Con el impulso de la expansión monetaria aumentaban las importaciones desequilibrando notoriamente la balanza comercial EL BANCO NACIONAL Y EL ESTADO PORTEÑO En 1826 fue liquidado el quebrado Banco de la Provincia y se creó en su reemplazo el Banco Nacional. La República fundada por el Congreso Constituyente no superó la crisis provocada por la Guerra con Brasil, la Constitución unitaria y el proyecto de federalización de Buenos Aires. Se derrumbó en 1827 para dejar paso a un nuevo período de autonomías provinciales. De todos modos, el Banco se mantuvo en actividades hasta 1836. Desde su fundación, el banco emitió billetes y admitió letras presentadas por comerciantes para su descuento. Su principal deudor fue el gobierno bonaerense que presionó para poder financiar sus gastos con emisión. El recurso no podía sino desatar inflación, la que, alimentada por la inestabilidad política, fue una característica que acompañó por varios años la gestión de gobierno. LA LEY DE ADUANA Y EL COMERCIO CON LAS PROVINCIAS El vínculo confederativo se estableció el 4 de enero de 1831, con la firma del Pacto Federa. Durante las sesiones que se realizaron para concretar dicho Pacto, los diputados de los cuatro estados litorales se enfrascaron en una fuerte discusión sobre el librecambio. Los encuentros y desencuentros giraban en torno a las rentas de la Aduana porteña. Otro eje de la disputa fue la exigencia originada en las provincias del Litoral para que se abrieran los ríos a la navegación extranjera, a fin de acceder libremente al comercio de ultramar, y en su defecto, se reclamaba que fueran elevados los aranceles a la importación y se distribuyeran los ingresos entre las provincias. En 1835, Rosas promulgó la Ley de Aduana. Establecía ésta que todos los efectos de ultramar pagarían un arancel del 25% que aumentaba al 30% para los caldos y aceites, y al 40% para ropas y calzados. En el capítulo 2º de la Ley se estableció la prohibición de importar productos que la Confederación estaba en condiciones de proveer: cuero, madera, latón, hierro, estaño, cobre, etc. El proyecto del rusismo apuntó a lograr cierto equilibrio en las balanzas de pago de las provincias, dado que la proporción de las entradas en cada una de ellas era superior a las salidas. La Ley de Aduana fue considerada por actores y estudiosos, como el instrumento necesario para alcanzar un acuerdo duradero con los estados provinciales. Parte de la historiografía recalcó siempre que el libre comercio ejercido desde el puerto había logrado destruir las industrias artesanales, pero no reflexionó lo suficiente sobre el carácter de la articulación mercantil, que le impedía a las provincias prescindir del comercio con Buenos Aires. Por ello es que éstas exigían establecer escalas arancelarias y elevar los gravámenes, para poder repartir el producto entre todas. La implementación de la Ley no fue del todo feliz, debido a que tuvo que ser corregida varias veces, en parte por la presión de los bloqueos.

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EL CRÉDITO PÚBLICO Y LA ADUANA En lo que hace a la financiación estatal, la continuidad del proyecto pergeñado por la administración liberal durante la primera década de autonomía no fue alterada durante los gobiernos federales. El gasto público fue cubierto de diferentes maneras, en parte por la recaudación de las rentas de aduana, por bonos –títulos y letras- de la deuda pública y por emisión de papel moneda. Sin embargo, la provincia tuvo que desarrollar los instrumentos que le permitieran desarrollar políticas monetarias y de crédito de acuerdo con su calidad soberana. Cerró entonces el Banco Nacional en 1836 y lo reemplazó con la Casa de la Moneda, a la que le fueron asignadas funciones de emisión, cancelación y retiro de billetes y de monedas metálicas. En cuanto a la Aduana, el cobro de derechos fue el principal sostén del erario. Cuanto más crecía el consumo de bienes importados, mayores eran los recursos captados por el Estado. Sin embargo, este mecanismo no resolvía por si solo el problema del financiamiento porque hubo una recurrente necesidad de medios de pago internacionales para las obligaciones tomadas con el empréstito: mantener fuerzas militares en el exterior y adquirir armamentos e importaciones para infraestructura. Por consiguiente, el Estado, obligado a obtener metálico, en oportunidades prohibió la salida de oro, algunos años gravado con 1% y otros con el 4%. Cuando se encontró muy urgido recurrió a compras en la plaza, pero satisfizo de modo regular parte de sus necesidades de metálico con los derechos cobrados sobre las exportaciones. La demanda de metálico por parte del Estado sólo podía ser satisfecha con los aranceles de exportación y como la economía en su conjunto se mantenía sujeta al incremento de las exportaciones ganaderas, sin las cuales era imposible importar, también el financiamiento público dependió de ella. De manera que el Estado no podía sino impulsar la importación arancelada como exigía la recaudación, y la escasamente gravada exportación pecuaria. Con dos consecuencias ineludibles: por un lado, las importaciones ejercían presión sobre los mercados del interior, y por otro, el incremento de exportaciones requería la expansión de las fronteras ganaderas. En lo que hace al gravamen, recaía sobre los capitales, con más peso en el comercio que en la ganadería. Cuando la recaudación era insuficiente, como lo fue durante los bloqueos, se recurrió a las emisiones. Un efecto conocido de la disminución del valor monetario del billete por emisión fue la inflación que actuó como un impuesto indirecto. Por lo tanto, el peso mayor de las cargas recayó en el consumo masivo. Beneficiarios directos fueron los terratenientes, aunque también lo fueron todos los que de una u otra manera se mantuvieron ligados al comercio de cueros: capitalistas, ganaderos sin tierras, abastecedores, pulperos, transportistas, administradores de estancias, acopiadores y principalmente, el propio Estado, que contaba además con importantes estancias. La política financiera de Rosas mantuvo claros objetivos: otorgar respaldo al papel moneda legal y obtener metálico o moneda extranjera para remesar al exterior. Pero estas operaciones, dirigidas a fortalecer el crédito estatal, dieron siempre como resultado la valorización del crédito privado. Tanto los intereses de los particulares, como los del Crédito Público, dependían de la Aduana. Unos y otros, aunque disputaran sobre la porción que recibiría el Estado, no parecen haberse enfrentado decididamente. [Orestes Cansanello, “Economía y sociedad: Buenos Aires de Cepeda a Caseros” en Goldman Noemí (Dir.); Revolución, republica y confederación (1806-1852); Sudamericana; Buenos Aires; 1998; pp. 255-282.]

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