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La verdad completa - Augusto Espíndola

Probablemente sea hoy un poco menos tonto que ayer. Esto es así
como resultado de la autoimposición que consiste en no persistir en el
error una vez que lo detecto, por más cómoda que me resulte esa
creencia equivocada, incluso, hasta cuando mucho sacrificio puede
haberme costado el alcanzarla. Y es que ser fiel a uno mismo es tal vez
uno de los trabajos más difíciles, porque cuando uno hace concesiones
consigo mismo, es cuando está verdaderamente perdido.

A veces tardamos mucho tiempo en integrarnos a un grupo de


personas en el cual nos sentimos realmente a gusto, con quién
compartimos no solamente intereses similares, sino hasta cierta
comunión espiritual. Lo más satisfactorio de pertenecer a esos grupos,
o mejor dicho, lo más desestresante de estar con ellos, es el no tener que
forzar constantemente la virtud de la prudencia hasta límites que
rondan la insania, como lo tenemos que hacer en los ámbitos no
elegidos pero inevitables como son los laborales u otros sociales, en los
cuales la inmensa falta de sentido común nos llevan a callarnos
frecuentemente para no tirar perlas a los cerdos como también para no
desbordarnos y cometer torpezas.

Pero resulta que incluso en esos ambientes en los que tan a gusto nos
sentimos, tenemos que ser intelectualmente honestos tanto para
reconocer la verdad aunque no nos guste y hasta de quien no nos guste,
así como para decirla aunque NO guste; ya que esa honestidad primero
se la debemos a Dios y por consiguiente a la caridad con el que yerra,
pero también nos la debemos cuando decimos que queremos ser fieles a
nosotros mismos.

Ahora, sucede que cuando encontramos ese grupo con esas


importantes afinidades, como nos pasa por ejemplo en lo referente a lo
religioso; o político (todavía más difícil); resulta que descubrimos
algunas cuestiones que nos obligan a replantearnos muchas de las
creencias en las que nos sentíamos seguros, siendo incluso ellas con las
cuales coincidíamos en el grupo. Esto lo digo no genéricamente, sino
como experiencia personal y sabiendo que también le pasa a muchas
personas. Por si hace falta aclarar, no me refiero a cuestiones
dogmáticas, o en lo que de inmutable pueda tener la doctrina religiosa
en ese sentido. Así pues, si estudiando la historia descubrimos que
nuestros referentes (y los del grupo) se equivocaron más de lo que
pensábamos, o tal vez, ni siquiera merecen que sean considerados
referentes; entonces, ¿cómo deberíamos encarar el tema para no
escandalizar a quienes apreciamos y con quién tan bien nos sentimos y
al mismo tiempo permanecer fieles a nuestra propia conciencia? Y es
que cuando empezamos a estudiar un poco más los temas que son
precisamente los que parecerían ser los que dan cohesión al grupo,
descubrimos que las situaciones no eran tan simples como pensábamos.
Resulta entonces que mientras afianzamos nuestros conocimientos, así
como nuestro discernimiento en cuestiones que resultan las que más
incomodidades generan, igualmente se nos presenta la disyuntiva entre
mantener la boca cerrada (en el ámbito en el que uno debería
precisamente sentirse confiado), o compartir la información y hasta
corregir a los amigos que están en el error en algún aspecto, sabiendo
de antemano que a veces hay verdades que son difíciles de digerir y
pueden resultar chocantes hasta el punto de generar grandes molestias
por sacudir las seguridades de algunos, como también nos pasó a
nosotros en algunas oportunidades. Y sabiendo que nuestra primera
reacción ante verdades incómodas fue el ponernos a la defensiva,
debemos entender cuando es esa la actitud que toman las personas a
quienes tratamos de hacer salir de su error. Cuando hablo de errores no
me refiero a posturas o conclusiones discutibles, sino a hechos
concretos y comprobables que necesariamente conducen a
determinadas y únicas conclusiones y no son simplemente motivo de
especulaciones. Con respecto a los demás, no queda más que tener
paciencia y asumir las consecuencias de decir, sostener y defender la
verdad. Si esa es realmente nuestra decisión, debemos saber que la
misma necesariamente conduce a la soledad, y aún más hoy cuando la
mentira es social e institucionalizada, así como científicamente
implantada en las mentes y corazones de las masas democráticas, a las
que en algún momento también pertenecimos y de la que seguramente
nos quedan resabios ya que de una manera u otra, todos somos hijos de
nuestro tiempo, que mucho tiene que ver con la revolución. Queda
claro entonces que no se busca el estar solo, o la discusión con ánimo
de hacer prevalecer una postura, sino que esto resulta como
consecuencia no querida pero inherente a la búsqueda y defensa de la
verdad. Si la democracia acabó con la vida de Sócrates, inmortalizó sin
embargo su lucha y fidelidad por la búsqueda de la verdad, y Cristo fue
condenado a igual pena, siendo Él la Verdad misma, veredicto también
sometido al capricho de la mayoría.

Lo cierto es que héroes y santos casi siempre terminaron solos y


pobres cuando no martirizados. Mucho hay que desconfiar de
supuestos héroes o santos que fueron populares y exitosos según
estándares mundanos, así como los que terminaron su vida como
prolíferos empresarios o que buscaban honores para sí incluso hasta
comprando títulos nobiliarios. Y si trágico fue el destino terreno del
santo y del héroe al que admiramos, hipócritas seríamos al resaltar su
figura pero no tratáramos de imitarlos. Por eso la verdad primero nos
compele a nosotros mismos, nos obliga a rectificar el camino una vez
descubierto el correcto, igualmente a retractarnos de nuestros errores y
hasta a pedir disculpas si fuera necesario, y, entendiendo que no
estamos exentos de volver a caer en ellos, comprender a los que mal
conocen sin culpa de su parte. No me refiero entonces al que consciente
el error una vez reconocido, o planteada la duda, sigue defendiendo
una postura de la cual no tiene ninguna certeza de su veracidad. Aquí
ya estaríamos hablando del pecado de la mentira o de la duda
consentida.

Por si vale la aclaración, al referirnos a lo verdadero hablamos de lo


que se adecúa con la realidad. No hablamos entonces como hoy se
hace, de una “verdad” pragmática, que sería tal, solo en cuanto tenga
algo de útil, o de una “verdad” consensual que es la que se decidiría por
acuerdo de partes como sucede en la diosa democracia, que es una
diosa caprichosa “creadora” no sólo de verdades circunstanciales sino
hasta de realidades mutables ambas de acuerdo a la conveniencia de sus
plutocrátas beneficiarios.

Establecido entonces que la verdad COMPLETA como me decía un


estimado amigo, es muy difícil así como la verdad en soledad; al no
traicionar nuestra propia conciencia, más allá de la recompensa eterna
que Dios nos puede otorgar en la hora de nuestra muerte, también hay
una terrena que es la que nos exime de silbar bajito para no molestar,
práctica de las más traumáticas e incómodas que existen.

El desafío una vez alcanzada una determinada verdad, es actuar con


humildad respecto de los que no la tienen, y no caer en la estupidez de
muchos “sinceros” que sólo demuestran su egolatría creyéndose
mejores, y en su actitud altanera no hacen más que llamar la atención
con una conducta aparentemente paradójica en la que pretenden ser
completamente autosuficientes mientras se esfuerzan por demostrarlo y
ser reconocidos en ese aspecto.
El amigo que antes mencionaba repite frecuentemente la frase de
Santa Teresa: “Prefiero la verdad en soledad que la mentira en compañía”, y
defiende esa opción a pesar de mencionar lo difícil de tal empresa.

En la búsqueda advertimos que son muchas las circunstancias que


creíamos verdaderas y sin embargo no lo eran, como seguramente
muchas más las que iremos descubriendo de seguir investigando, y
muchísimas más las que nos quedarán vedadas dada la finitud de
nuestra existencia. Y así Sócrates reconocía esta limitación al decir “sólo
sé que nada sé”; por lo que, como corolario podríamos decir que salvo lo
proveniente de Dios, es preferible dudar de nuestras certezas cuando no
se apoyan en hechos comprobables e indiscutibles. Podemos opinar y
aceptar opiniones siempre y cuando estas se apoyen en hechos, los que
necesariamente deben ser respetados.

Entonces al realizar consideraciones respecto de ciertos militares,


gobernantes y demás políticos, incluso Pontífices como inmaculados o
perversos, sin escuchar más que opiniones; o lo que es peor,
concentrarnos en sus virtudes omitiendo sus vicios o a la inversa, de
acuerdo a la postura y al grupo que nos interese defender; podemos
pecar gravemente por soberbia, pero lo más grave, dejándonos conducir
por nuestro ego eventualmente podemos hacer caer en el error a
muchos, con lo que se multiplicaría nuestra responsabilidad. Y lo digo
diciéndomelo primero a mí mismo. Resulta entonces por ejemplo, que
Papas a los que considerábamos intachables y exentos de los errores
del Concilio Vaticano II, fueron precisamente los propiciadores y
precursores del mismo; y a políticos y militares a los que hoy se
demoniza y hasta sirven de referencia para hablar de actos perversos y
absolutistas; resultaron ser en la práctica los sostenedores de la
Doctrina Social de la Iglesia. Todo esto acusándoselos incluso de falsos
y hasta imposibles crímenes, para proponer como mejor alternativa, la
democracia liberal, masónica y judaica a la que ellos combatieron, que
es la causa del desorden que hoy parece humanamente irreversible en el
mundo entero. Teniendo además en cuenta, que dicha democracia, fue
la opción preferida por esos Papas, causando a los cristianos en el
mundo millones de muertos por la opresión comunista, así como la
propagación del veneno del liberalismo que hoy corroe nuestras
sociedades y hasta destruye la misma Iglesia. Y esto lo refiero sin hacer
juicios definitivos respecto a las personas mencionadas. Todo esto
puede comprobarse y detallarse abundantemente.

Hay que tener en cuenta que si bien la búsqueda de la verdad


completa puede producir rechazo, soledad, pobreza y hasta el martirio;
ya que mencionamos a Sócrates, podemos aprender de su ejemplo de
bien morir en ese sentido, al hacerlo mientras predicaba sobre la
inmortalidad del alma la cual creía conseguir con el constante
autoexamen para el perfeccionamiento de la misma, mientras bebía con
suma tranquilidad el veneno que pondría fin a su vida.

Resulta indudable que el conocimiento de los hechos considerados


en su totalidad, pueden ayudarnos a una correcta concatenación de
razonamientos para conocer donde estamos parados y cómo llegamos
hasta la situación en la que estamos, así como saber mejor quienes son
nuestros amigos y nuestros enemigos, y de igual manera reconocer
quienes fueron realmente referentes dignos de imitar a pesar de sus
flaquezas o quienes no lo fueron a pesar de sus aciertos. Todo esto sin
olvidar que esas verdades, muy importantes sin lugar a dudas, son solo
destellos de la Verdad con mayúscula, Verdad que es al mismo tiempo
Camino y Vida, y es la que proviene de Dios y de hecho es Dios mismo
en la persona de Cristo. Entonces lejos de justificar nuestras torpezas
recurriendo al “yo soy yo y mis circunstancias”, sostenemos con el filósofo
español José Corts Grau la primacía de lo sobrenatural refutando esa
frase de Ortega y Gasset, afirmando que “Yo soy yo y mi raíz y mi
destino”, es decir, “Dios y yo”…, agregando luego que “Dios no es para el
hombre una limitación negativa, un suspicaz y mezquino vigilante, sino un
amoroso esclarecedor, el secreto y la meta de una perfección sin límites”:
Buscamos en definitiva, alcanzar ese objetivo.
Concluimos entonces que la búsqueda sincera, rigurosa y hasta
esforzada del esclarecimiento de los acontecimientos de la Historia que
determinaron y condujeron a nuestra realidad actual (oscura y
esjatológica), no sólo es importante, sino que hasta sirve para
templarnos y prepararnos para el verdadero desafío consistente en la
fidelidad y defensa de esa Verdad Superior, de esa Verdad Encarnada y
hoy olvidada y hasta escarnecida, pero que es la única que le da sentido
a nuestra existencia, Verdad salvífica e infinita. Y si somos capaces de
ser fieles en esa búsqueda primera a la que podríamos considerar “en lo
poco” sin restarle importancia, seguramente seremos capaces de ser
“fieles en lo mucho”.

Augusto

Nacionalismo Católico San Juan Bautista