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Meditaciones Sobre el Maravilloso Don del Sufrimiento

Héctor Emilio Roldán Hoyos

Meditaciones Sobre el Maravilloso Don del Sufrimiento

Héctor Emilio Roldán Hoyos

Con Licencia Eclesiástica. Nihil obstat + Tulio Duque Gutiérrez, s.d.s. Obispo de Pereira

(Derechos de Autor Registrados)

2007

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN ........................................................ 9 LA FÁBULA DEL PEZ ................................................13 UNA BREVE HISTORIA DEL DOLOR....................21 CLASIFICANDO EL DOLOR ................................... 33 LAS OPCIONES DEL HOMBRE...............................41 PECADO Y SUFRIMIENTO ..................................... 49 DIOS DIRIGE SU MIRADA HACIA LA CREACIÓN ................................................................. 67 DOLOR, ESPERANZA Y AMOR .............................. 75 COLOFÓN .................................................................. 83

INTRODUCCIÓN

Hay que enfrentar una realidad: ¡mi madre tiene cáncer! Es la realidad de un dolor que embarga a nuestra familia. Dolor en toda su dimensión porque implica la sensación física que atormenta al cuerpo (el cuerpo frágil de mi madre ya doblegado por los años, nuestros cuerpos que se agitan buscando su bienestar), y dolor moral por cuanto trae la certeza de la muerte, la hace tangible, la pone entre nuestras manos. Hace unos pocos años acompañamos a mi padre en un trance igualmente doloroso: un cáncer de esófago le robó la posibilidad de alimentarse normalmente durante su último año de vida. Fue una dura prueba para él y para toda la familia. ¿Qué sentido tiene esto? ¿Tiene el dolor el poder de destruirnos? ¿Es, simplemente, un catalizador que permite nuestra percepción de la limitación de la existencia? O, misteriosamente, ¿es el abrazo de Dios que se manifiesta para atraer nuestra mirada hacia su realidad, para despertar nuestro sentido de trascendencia?

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MEDITACIÓN SOBRE EL MARAVILLOSO DON DEL SUFRIMIENTO

Este escrito es el producto de las meditaciones surgidas ante estas vivencias. Al tiempo que escribo estos renglones, puedo ver cómo el tratamiento de la quimioterapia cubre a mi madre de más molestias, cómo se mina su organismo, cómo sufre en silencio, aceptando la misteriosa voluntad de Dios, mientras en sus oraciones aplica estos padecimientos por la conversión de todos sus hijos. Porque en ella, igual que lo experimentamos en mi padre, hay un sentido diferente para todo esto, un sentido que nos ha transmitido durante toda su vida, mostrándonos que el mundo no se nos acaba por el dolor y que en la muerte hay una esperanza maravillosa. Al fin madre, como mi Iglesia, que siempre me ha querido conducir por los caminos menos tortuosos, que ha querido dirigir mis pasos para que el transcurso de mi vida tenga el sentido de aceptar la voluntad del Padre. Al fin madre, como María, virgen sola, frente a la cruz, iluminada por el amor de Cristo, torre traspasada por la lanza que atravesó a su hijo, sufriente y gloriosa como Él. “Si el grano de trigo no muere, la espiga no puede nacer”1. Mientras se consume, su dolor es signo de conversión para quienes estamos a su sombra. Con amor por mis padres, he querido seguir sus pasos meditando y dejándome impregnar de sus enseñanzas. Así, de la meditación en este suceso ha nacido este escrito que espero sea de provecho para muchos que comparten algún dolor, para quienes no encuentran una razón para el padecimiento, para los que ven cerradas todas las salidas. También para aquellos que han cifrado sus esperanzas en lo efímero, en lo que se corrompe y destruye. En fin, para

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Cf. Jn 12, 24

INTRODUCCIÓN

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aquel que tenga sed y requiera un poco del agua vivificante del Espíritu que nos regala la Iglesia.

LA FÁBULA DEL PEZ

Empezaré esta meditación con la fábula del pez en el estanque. Era un pez muy sagaz, atributo por el cual había logrado eludir la vara de los pescadores. Sabía detectar la voz humana y evitaba los anzuelos y las trampas. Desde su marjal podía contemplar la tierra que le rodeaba, veía la luz del sol en el día, y durante las noches disfrutaba de las estrellas y la luna. El verde de las plantas alegraba el hábitat que compartía con una gran variedad de seres, unos semejantes y otros bien diferentes. Un día escuchó a los pescadores que terminaban su jornada con poco éxito. Desde afuera, dos voces cansadas daban por finalizada su labor del día: - Ha sido un día terrible -decía uno de ellos- Estamos totalmente mojados, el agua nos ha arruinado completamente, y no hemos logrado nada -contestó el otro. Y entonces el pez de nuestro relato se sorprendió. La conversación de los dos hombres le había dejado dos cosas nuevas por investigar, dos cosas que no conocía, que no había experimentado hasta entonces. Esa noche no pudo dormir

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dándole vueltas en su cabeza a lo que para él fueron nuevas incógnitas, cosas que los hombres parecían conocer muy bien. Los días siguientes no fueron menos desesperados, ese acicate interno que le mortificaba le llevó a renunciar incluso a la comida por querer despejar esos interrogantes que para él eran novedosos y aparentemente indescifrables. Finalmente se ideó un plan que le ayudaría a despejar su curiosidad: "cuando lleguen de nuevo los pescadores, morderé el anzuelo", se dijo. Por supuesto, los pescadores llegaron y el pez murió ensartado como había ocurrido con tantos otros. ¿Por qué se arriesgó aquel pez hasta perder su vida? Pues bien, esa sagaz criatura no sabía qué era eso de "estar mojado", y no conocía el agua. Le intrigó saber que los pescadores se sentían mojados, él no podía comprender aquella experiencia, y nunca, además, había visto el agua. ¿Qué misteriosa sustancia sería aquella que podía mojar a los pescadores y que estaba fuera del alcance de su vista? Igual nos ocurre cuando buscamos el amor de Dios. Dios está por todas partes, y su amor nos tiene tan mojados que no nos damos cuenta. ¿Dónde estaba Dios cuando perdí mi empleo, o cuando se murió mi madre o mi hijo? ¿Dónde está Dios que no ha impedido esta enfermedad que no me deja mover, que me mantiene anclado a una cama y que me tortura con este dolor inaguantable? ¿Dónde está Dios que me deja en medio de mis deudas, lleno de recibos? ¡Dónde está, que ni me ayuda a ganar la lotería para quedar a paz y salvo con mis acreedores? ¿Dónde está el amor de Dios, si sufro tanto? En medio de la soberbia por nuestro conocimiento de las cosas, nos sentimos con el derecho de interrogar a nuestro Creador, pregonando lo que nuestra incapacidad de ver, que

LA FÁBULA DEL PEZ

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no es más que inadvertida ignorancia, quiere mostrarnos como verdad. Desde el fondo de nuestra estulticia gritamos como sabios, inculpamos del dolor a nuestro Creador y nos lavamos las manos. El gesto de Pilato es nuestro gesto de todos los días: matamos a nuestro Creador y nos sentimos justos jueces. Este escrito trata de investigar el sentido del dolor desde el punto de vista escatológico. Porque intuimos que éste no tiene ningún sentido si estamos destinados simplemente a desaparecer después de haberlo padecido. Desde el inconsciente colectivo aceptamos que el dolor nos puede procurar cosas mejores. Tenemos por seguro que la prosperidad y el éxito no se logran sin sacrificio y sin renuncia: los primeros pagan el dolor recibido por los segundos. Desde el punto de vista social, son muchas las culturas que plantean el esfuerzo y la renuncia como los ingredientes primordiales para alcanzar ventajas económicas, para triunfar en los deportes y competiciones, y, en general, para sobresalir y alcanzar el éxito. Quien no da lo mejor de sí en el trabajo, en el estudio o en cualquier ámbito, es catalogado como un mediocre. Si se cruza un pordiosero en nuestro camino, lo primero que pensamos es que es un perezoso, un holgazán o alguien que no quiere trabajar o que no quiso estudiar o prepararse, en suma, que no realizó el esfuerzo suficiente, sacrificando parte de lo suyo, para sobresalir. Con mucha facilidad achacamos el fracaso a la desidia, a la falta de esfuerzo, a la debilidad. ¿Por qué no aplicamos los mismos criterios cuando se trata de pensar en el objetivo global de nuestra vida? No sin un esfuerzo real y portentoso podremos alcanzar la felicidad definitiva; al menos eso es lo que nos demuestran los pequeños momentos de alegría que vivimos: no se alcanzan, ciertamente, sin algún

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grado de renuncia. ¿Qué sentido tiene esto? ¿Es una verdad o se trata simplemente de un paradigma más? Siempre que nos interrogamos por el sufrimiento dirigimos nuestra mirada hacia lo alto y pensamos en el propósito de Dios. ¿Qué sentido tiene el sufrimiento para el ateo? En el inmenso vacío de la existencia de un ser surgido sin un propósito inteligente que le sustentara su origen, el hombre se encuentra con el dolor, de frente, acompañándole en todos los momentos de su vida, desde el mismo nacimiento y hasta la muerte. ¿Por qué el dolor parece ser co-esencial con la existencia? El hombre ateo enfrenta su vida respondiendo con más interrogantes que afirmaciones, asiéndose a ideas mas que incomprensibles, insostenibles, afincándose en principios cada vez más etéreos, apropiándose de opiniones exógenas, con pie quizás en la modernidad y con el suave y embriagante aroma de la novedad, pero que dejan el enorme sinsabor del vacío, el inmenso temor de los laberintos profundos y oscuros, de la sin-salida de la razón, que no es suficiente para comprender el propósito de nuestra existencia. Muy triste es la existencia planteada desde esta perspectiva: el hombre ha tenido que recurrir a crear unas leyes que le permitan cierta tranquilidad en medio de la sucesión de catástrofes acrecentadas por su misma existencia. Porque los animales y las plantas, y el planeta en general, han tenido que soportar la existencia del hombre como generadora de mayores sufrimientos. Éste último, depredador por naturaleza, ha causado y sigue causando verdaderas tragedias en la existencia de aquellos. Para quien ha logrado con esfuerzo (o sin él), estabilidad económica o posición social, tienen mucho sentido las leyes

LA FÁBULA DEL PEZ

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que protegen la propiedad. ¿Pero, qué sentido tienen para el que ha nacido y se ha levantado sin oportunidades y sin riquezas? ¿Qué importancia tienen para el que no tiene nada? Si la existencia del hombre no tiene un propósito trazado por su creador, es obvio que no tienen ningún sentido. ¿Por qué un Estado que ha arruinado el medio ambiente con pruebas nucleares, con armas químicas, con el abuso de la energía, y que ha impuesto su fuerza por doquier, puede exigir a otros que no lo hagan para preservar el ambiente y la estabilidad del mundo? ¿Por qué puedo exigirle yo, que todo lo tengo, que no robe al que tiene hambre, al que no tiene nada para dar de comer a sus hijos? ¿Cuál es el derecho que me asiste? ¿El derecho instaurado por los hombres que han detentado el poder y que, en general, son los que más tienen? Sin un propósito del Creador para nuestra existencia, estos interrogantes tienen una sola respuesta: no hay nada que valide el estado de cosas establecido, diferente a la razón de la fuerza. El dolor del desposeído, visto de este modo, no tiene ningún valor, no hay razón para sufrir y, entonces, no hay nada que soporte, que amerite seguir sosteniendo el actual estado de cosas. Y si nada valida el sufrimiento, cualquier cosa que se haga para obviarlo es válida, y nadie tiene el derecho de impedirlo, más allá de pensar que va a sufrir dolor por el arrebato o el despojo. En otras palabras, sin Dios estamos abocados a la guerra hasta la autodestrucción. ¿Será por eso que el universo convulsiona, saltando de cataclismo en cataclismo, de catástrofe en catástrofe? O, por el contrario, ¿será que el sufrimiento sí responde a una lógica, a un propósito establecido a priori de nuestra existencia? Muy a pesar del ateismo rampante, ya muy escaso por estos días, y del agnosticismo facilista, en profusión espantosa, todo lo que sostiene el actual estado de cosas

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manifiesta, a voz en cuello, que el sufrimiento conduce a las mejores cosas de la vida: quien se esfuerza en el estudio, despreciando momentos de solaz y distracción, alcanza el éxito; quien trabaja denodadamente, desalojando de su vida la mediocridad, alcanza el éxito; quien pone todas las horas de su vida en una causa, alcanza el éxito, quien se empeña, dedicando sueños, recursos y todo su ser, alcanza el éxito. ¿Qué alcanza el que afronta la enfermedad con entereza?, ¿qué se juega el que acepta el desprecio y el dolor sin angustiarse?, ¿qué le espera al que renuncia al confort por asumir la responsabilidad social frente al pobre y al oprimido?2 El reconocimiento no es la respuesta suficiente, porque, entre otras cosas, quienes se dedican a la labor social con verdadera rectitud de corazón, lo que menos esperan es el reconocimiento, no les importa, no es ese su acicate. Normalmente estas preguntas llegan a nuestra vida cuando estamos en el lecho de la enfermedad, cuando la encrucijada de la vida no nos deja otra salida que enfrentar el fin al que estamos irremediablemente abocados. Lo normal es que estos cuestionamientos surjan cuando la pérdida de la libertad nos abraza, y, entre cuatro paredes o entre rejas, la visión solamente puede dirigirse a descubrir la razón de las limitaciones encontradas. Que bueno sería poder responder a estas inquietudes y seguir disfrutando de las posibilidades que Dios nos ha dado para dirigirnos a Él en absoluta libertad. Pero si estamos envueltos en una situación de dolor como las

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¿Qué le significó a la Madre Teresa su entrega a los pobres de la India y del mundo? ¿Qué le significó al Papa Juan Pablo II su entrega a la juventud para rescatarla de los engaños del mundo actual? ¿Podemos aceptar que con la pena de muerte el reo ya se libró de su culpa? Porque, un instante después de la muerte, si no hay sentido para el dolor, todos están en la misma condición, santos o profanos.

LA FÁBULA DEL PEZ

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descritas o como, quizás, una quiebra o ruina económica, o como la persecución en el trabajo, o como la falta de amor, o el rencor, o como el tener que enfrentar un desastre natural, o como tantas otras, también es válido volver los ojos para descubrir el verdadero valor y sentido de la vida. De eso tratará este corto escrito, en el que espero asentar las razones que nos ha enseñado la Iglesia como soportes de la dignidad del sufriente. Porque la Iglesia nos descubre una profunda intimidad entre el dolor, la esperanza y la caridad. Y nos enseña que la dignidad del sufriente se realiza en la donación de su ser, para hacerse uno con Cristo en el padecimiento, tomando sobre sí el padecimiento de las demás criaturas.

UNA BREVE HISTORIA DEL DOLOR

Nuestra experiencia del dolor nos muestra que este es el resultado de una especie de tensión que se desarrolla ante un estado de transición. Algo tiene que cambiar para causar el dolor, y una nueva condición debe emerger para crear la tensión que genera esta sensación. Haciendo un poco de abstracción, e identificando el dolor con este estado de cosas mas que con el sentimiento causado en el hombre, podríamos pensar en él, más allá del padecimiento humano, como el resultado de las tensiones que generan algún trauma. Y de ellas está llena la historia del tiempo. Las explicaciones científicas de la formación y evolución del universo se fundamentan en la sucesión catastrófica de acontecimientos, desde aquel lejano "Big-Bang", especie de explosión, en el que un punto de energía infinitamente condensado se proyecta en un sinnúmero de dimensiones que incluyen las conocidas por nosotros, el volumen y el tiempo, además de las que se enrollan y se nos hacen incomprensibles. Cataclismo tras cataclismo, colapso tras colapso, se ha

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modelado la existencia hasta llegar al punto en el cual estamos ahora. Vistas así las cosas, la génesis del universo se dio en un parto con dolor: en una gran explosión (o expansión), apareció toda la materia-energía, pasando a continuación, en un infinitesimal instante, por una serie de estados a través de los cuales ésta se vio despojada de sus condiciones iniciales, hasta quedar anclada de manera inexorable dentro de unas Leyes que le han definido "claramente" el devenir. Lo que estaba unificado bajo una particular singularidad quedó dominado por cuatro grandes fuerzas que luchan entre sí por la conformación en estructuras de mayor o menor complejidad: la fuerza de la gravedad que nos mantiene atados al piso de nuestro objeto dominante, la tierra, la fuerza electromagnética que conocemos muy bien por los efectos en el desarrollo (máquinas, comunicaciones, iluminación, medicina, etc.), y dos fuerzas menos evidentes, que actúan al interior del átomo y que son responsables de su estabilidad3. En las investigaciones recientes del espacio profundo se ha identificado una quinta fuerza (llamada por algunos quintaesencia, y equiparable en una de sus manifestaciones con la constante cosmológica predicha por Albert Einsten), equivalente a una misteriosa energía del vacío, que actúa a modo de succión sobre la materia, capaz de producir la repulsión antigravitatoria que explicaría la aceleración observada en los procesos de expansión del universo. La interacción de estas cinco fuerzas es suficiente para explicar todas las catástrofes del universo, a partir de su creación.

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¿Se ha preguntado alguna vez, quizás cuando veía las clases de química en su colegio, por qué los protones apelotonados en el núcleo del átomo no terminan repeliéndose siendo que tienen la misma carga eléctrica, o qué papel juegan los neutrones en la conformación del átomo?

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El desarrollo de la ciencia apoyado con las mediciones hechas a través de los modernos telescopios lanzados al espacio y con la observación del espacio profundo, permite creer a los científicos en un universo constituido por un 4% de materia-energía tal como la conocemos, un 23% de materia oscura (un tipo de materia no detectada físicamente hasta el momento), y un 73% de energía oscura, la referida quintaesencia, que no es oscura por que sea algún tipo de energía “mala”, sino porque no se ha podido detectar qué la produce. Adicionalmente, en toda esta sopa de materiaenergía-predicción parece haber un seguro por el cual se garantiza que dentro de un universo creado, el nuestro, por ejemplo, no se va a presentar un nuevo "Big-Bang". Pueden existir otros big-banges, pero fuera de los universos creados. Es decir, los colapsos son limitados en el universo ya creado. Y, algo más, se garantiza que no será posible crear un "BigBang" en laboratorio. Esto solamente puede obedecer a un Plan, no es una restricción "lógica" para un universo no creado, sino engendrado a sí mismo, como es la propuesta del ateismo. Por el contrario, permite compaginarse con la potencia de Dios para crear tantos universos como sea su Voluntad. ¿Cómo se dio este paso de una nada a la conformación de todo un universo? ¿Cómo quedó definida la cantidad de materia que lo constituye? La ciencia no ha podido responder estos dos interrogantes; ni siquiera ha logrado aproximarse a una explicación medianamente lógica. Es algo que parece estar vedado a la razón humana. No deja de ser sorprendente cómo, en medio de los hallazgos y mediciones, el científico moderno tiene que apelar a la “fe” para seguir construyendo la ciencia. Porque todos los conocimientos adquiridos continuamente rebaten y mueven desde los cimientos las

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teorías (creencias afincadas por la compatibilidad de sus cálculos con lo observado físicamente y aceptado como realidad4). Pues bien, curiosamente la teoría que mejor responde a todos los interrogantes, la que cuadra con todas las cuentas, es la que desecha el seudo-intelectualismo: Dios, creador y partícipe en el desarrollo del Universo. Puede uno imaginarse ese primer momento: una inmensa concentración de materia-energía proyectándose vertiginosamente hacia un vacío en su límite. Es una imagen que no parece muy clara, porque no se trata de llenar el vacío. Por eso los científicos no hablan de una explosión cuyas partículas se dirigen del centro en forma radial, sino de una expansión, al modo de una burbuja, sin importar el exterior, más bien aislada de él, con toda la materia-energía creada separándose mientras se estira la superficie, quedando también un vacío en su interior. En dicha explosión está concentrada toda la materia y toda la energía que el universo ya contiene, manifestándose como un plasma en medio de una profunda oscuridad, ya que la velocidad de expansión supera cualquier velocidad racional y la densa sopa de materia impide que los fotones viajen, de tal modo que en ese momento inicial ningún rayo de luz puede alcanzar otro punto. El máximo cambio que se detecta en el universo primigenio es la curvatura: de la curvatura cuasi-infinita de un punto, la expansión va moldeando curvaturas menores que

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Durante muchos años la constante cosmológica se consideró como el mayor error de Albert Einsten en sus predicciones del comportamiento del universo, hasta por él mismo. Ahora, cuando se ha hecho necesario “reconocerla” para ajustar la teoría a los descubrimientos, vuelve al campo de acción científico. ¿Y luego? La veremos aparecer y desaparecer varias veces, o transformarse según necesidades.

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permitirán progresivamente la manifestación de nuevas propiedades. Desde ese primer momento, se han sucedido una tras otra, infinidad de catástrofes que han modelado nuestro mundo. En un primer estadio, la materia-energía existente comenzó a enfriarse por la expansión: al aumentar el “volumen” del universo, la misma cantidad de calor se distribuye bajando la temperatura. Entonces las fuerzas modeladoras comienzan a trabajar con nuevos efectos, permitiendo a las partículas elementales agruparse de manera ordenada en átomos. A partir de los choques de partículas libres con los átomos generados, comenzaron a formarse nuevos átomos, más pesados, constituyendo nuevos elementos. Se conforman, así, grandes nubes que por la fuerza de la gravedad (y con menos influencia de la fuerza electromagnética), se condensan alcanzando límites claros y bien definidos. Estas nebulosas se agrupan sobre puntos específicos formándose astros de diversos tamaños. Sus grandes masas les hacen colapsar a sí mismos, encendiéndose la antorcha de las estrellas por la interacción de los átomos de hidrógeno que chocan a grandes energías y reaccionan bajo grandes presiones, para fundirse (fusionarse) en átomos más pesados (de helio). Colisiones y más colisiones, estrellas que chocan entre sí, se destruyen y comienzan un nuevo ciclo de formación; aparición de astros poco comunes, como quasares, "hoyos negros", planetas, asteroides, cometas, todo un cúmulo de viajeros en un universo en permanente expansión. Nuevos choques, nuevas destrucciones, reagrupamientos, atrapamientos, una gran

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cantidad de fenómenos5. En algún punto, de una inmensa nebulosa, comienza a formarse la Vía Láctea, nuestra galaxia. En su interior millones de millones de estrellas tienen su origen. Y en un extremo, casi al límite, protegida de la destrucción permanente del interior, aunque sometida a choques y modelación, nace un sistema particular, nuestro sistema solar, con una masa de gas que comienza a concentrarse para formar el sol. A su alrededor, tras millones de años, y con materia constituida por catástrofes del sol en sus colisiones con otros astros, o atrapada en su viaje por el borde de la galaxia, se condensan los planetas, los cuales se forman y se destruyen sucesivamente, hasta alcanzar la apariencia estable que permite en nuestra tierra, con condiciones especiales, con una masa importante de agua y bajo una atmósfera primigenia, el desarrollo de un nuevo principio, de algo que se puede reproducir, crecer y desarrollar para finalmente morir, no pudiendo escapar al ciclo de dolor y sufrimiento instaurado desde el comienzo. Luego aparecen muchas criaturas, y, finalmente, el hombre. No es mi interés tratar aquí si fue la evolución o no la que permitió la aparición del hombre. Simplemente estoy presentando un desarrollo histórico que, una vez más, está plagado de destrucción y formación, con choques de asteroides, explosiones volcánicas, acciones de gases letales, primacía de unas criaturas sobre otras, elevaciones del nivel de las aguas, choques de placas tectónicas que han producido y siguen produciendo terremotos y maremotos, la acción de los rayos por diferencias de carga eléctrica entre las nubes y entre nubes y tierra, la acción del sol y de las explosiones surgidas en su superficie, etc. Hasta el nacimiento de un hombre de hoy,

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No faltan referencias a nuevas manifestaciones, resultados matemáticos a partir de los cuales se buscan nuevos objetos como “hoyos blancos” y “gusanos huecos”.

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arrancado del vientre de su madre, no sin dolor, no sin que signifique perder la seguridad de un útero que le alimenta y le sostiene, para empezar a enfrentarse como criatura independiente, para dominar en un mundo que le plantea el dolor por todos lados6. ¿Qué sigue? Hay quienes piensan en un inmenso estado de frío absoluto, cuando todo movimiento haya cesado, para sumirse el universo en un infinito estado de reposo, bien sea que la expansión alcance límites de no retorno (expansión indefinida) o que la gravedad termine imponiendo su dominio sobre las demás fuerzas y el universo retorne a la singularidad de la cual brotó. En ambos casos, el tiempo no tendrá sentido. O quizás el final no sea más que la continuidad de una sucesión infinita de explosiones puntuales, aquí y allá, lejos de los mundos ya formados, dando origen a universos paralelos, en número infinito. También hay quienes piensan en una situación punzante entre infinitas expansiones y contracciones (universo oscilante). Todas estas concepciones o teorías conducen a la idea de infinito: infinita quietud, infinito número de posibilidades de mundos paralelos, infinito número de cuerdas, cantidades de energía finitas, empaquetadas en quantums, pero con una distribución infinita en las posibilidades de aparecer y desaparecer. En general, el infinito parece ser la respuesta. ¿Por qué, entonces, se hace tan difícil aceptar la idea del Infinito Creador, inteligente, con un propósito firme, con una razón determinada, con un Plan? ¿Es tan evidente pensar, entonces, que el dinero puede comprar la cura para el sufrimiento? ¿Se puede aislar el

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Son 15.000 millones de años de constantes catástrofes, hasta encontrarnos hoy preguntándonos por todas estas cosas.

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hombre del sufrimiento, con su poder, con su sabiduría, con sus recursos? El dolor es consustancial a la existencia. Poco o nada puede hacer el hombre, como no sea paliar los efectos, la mayoría de las veces con evasiones, para tener que enfrentar, tarde o temprano, la realidad, la certeza, la verdad palpable de que se muere y se sufre, el escenario irrefutable de que hay dolor en la existencia. Uno de los fenómenos que más nos impresiona es pensar en los hoyos negros. No ha sido fácil para los científicos anticipar su existencia, y aún más, entender su funcionamiento. Y, para ponerlo al nivel del lector alejado de los temas científicos pero con deseos de comprender, pensemos en nuestro sistema solar. Tenemos el sol, ocho planetas mayores, dos planetas menores, unos cuantos asteroides, unos cuantos cometas y algunas lunas alrededor de los planetas. No mucho más, el resto es vacío. Si pusiéramos toda esta materia junta, si la agregáramos al sol, su tamaño no aumentaría mucho, quedando todo concentrado en una estrella un poco más grande. Es decir, podríamos reducir el tamaño del sistema solar al tamaño de un astro apenas un poco más grande que el sol. Pues eso es lo que pasa con los hoyos negros: el átomo es un gran vacío con unos cuantos diminutos constitutivos, la mayoría de ellos haciendo parte de un núcleo, y los demás, unos cuantos electrones, orbitando a "grandes" distancias. Si todo se concentra en el centro, el tamaño de núcleo no aumenta mucho, pero el del átomo en general, disminuye significativamente. Pues bien, un hoyo negro es una estrella constituida por materia que está comprimida de esta forma. Así, una estrella más grande que el sol puede ocupar el volumen de una cancha de fútbol. No olvidemos: allí está comprimida una cantidad enorme de materia capaz de desarrollar una poderosa fuerza de gravedad

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que se "traga" todo lo que se le acerca: el único movimiento manifiesto en su interior es el de los objetos devorados, que se aplastan para conformarse a este nuevo estado de "prisión", de confinamiento, del cual no se puede escapar, a menos que se piense en ese estado que permite a la materia crearse y destruirse manteniendo la proporción total, pero no es el objeto de esta meditación adentrarnos en estos temas. A nivel físico, siempre es posible medir la energía, porque es una manifestación de la materia: la creación es una misma cosa que puede manifestarse bien como materia o bien como energía, según la conocida ecuación de Einsten. Aún los hoyos negros pueden ser medidos detectando la fuerza con que engullen a sus vecinos, es de esta forma como hoy se predice la existencia de la materia oscura y de la energía oscura. Por eso cuando nos quieren presentar a Dios como una energía más, hay que ponerlo en duda. Y aquellos que hablan de las energías que fluyen del cuerpo, y de las energías de los objetos, de las formas y de los colores, tendrían que haber presentado ya un catálogo de cuanta materia se utiliza en esa conversión, y hubieran podido medirla, y la tendríamos bien conocida. Pero todo eso obedece a embelecos y a la utilización de la ingenuidad, de la ignorancia y de la necesidad de entender nuestro entorno. ¿Cuántos electronvoltios, cuántos wattios o qué cantidad de newton o dinas (todas ellas unidades de fuerza, potencial o energía), mide la diferencia entre poner una ventana de una casa hacia el norte o en ponerla hacia el sur? ¿Cuánto mediría si la pusiéramos en el techo? Pues, mide lo mismo, porque el universo es uniforme hacia cualquier punto en que se le observe. Con este tipo de tonterías queremos eliminar el sufrimiento. Es muy importante tratar de comprender el universo que nos presentan los científicos para no dejarnos engañar por los

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inescrupulosos que están induciéndonos a que pongamos nuestra confianza en objetos y cosas sin sentido, mientras se llenan de plata a costillas de tantos y tantos incautos. ¿Qué científico ha hablado de energía positiva o negativa como entes distintos? ¡Ninguno!7 Cosas muy diferentes son la fuerza y el potencial. Estamos inundados de charlatanes que utilizan conceptos seudo científicos como eso de “energía positiva” y “sacar las energías negativas”. La energía es sólo una, no es ni positiva ni negativa, es la solución de la fórmula E = mc2, donde m es la masa, materia pura, y c representa el valor de la velocidad de la luz en el vacío, sin importar su dirección, es decir, sin definir ningún signo que nos permita dividir la energía en positiva o negativa. Y queremos reducir a Dios a una simple energía. Puesto que no lo comprendemos, asimilamos su imagen a lo que menos comprendemos. Este es el tipo de imagen de lo que hay en el Cielo que la Ley nos pide no hagamos8; este tipo de imagen es mucho mas nociva que la del cuadrito que colgamos en la pared de la sala de la casa, el cual tiene el muy noble objetivo de recordarnos a Dios, como una foto nos recuerda al ser querido, sin que por ello adoremos la foto. No podemos reducir a Dios a una simple energía. La energía no es otra cosa que materia. Así como puedes tener la leche en presentación líquida y en polvo, así la creación tiene dos presentaciones: energía y materia; y ¡Dios no es la creación!

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Cuando un científico utiliza el término “energía negativa” se refiere a una deuda de energía tras la aparición de alguna partícula (o antipartícula), así como hablamos de pesos negativos cuando tenemos una deuda: no significa esto último que existan unos billetes negativos, simplemente expresa que “se debe algo”. No te harás escultura ni imagen alguna ni de lo que hay arriba en los cielos, ni de lo que hay abajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra. (Ex 20,4)

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¿Tenemos la confianza puesta en el espejo que se quiebra, en la "energía" de la piedra ágata o del coral o de qué se yo? ¿Pueden estos seres inertes y fríos alterar el dolor propio de ser materia, siendo ellos mismos materia? Y, sin embargo, hemos sacado a Dios de nuestras vidas, preferimos alojar en nuestro corazón el amor por lo que el dinero compra que confiar en quien todo lo ha hecho y para quien todo fue hecho. En todo el desarrollo de este cúmulo de materia-energía, puede detectarse cómo el dolor hace parte del proceso creador. Todos estos cambios han estado acompañados por el dolor. Ya lo dijimos, el hombre llega a la vida mediante un proceso no exento de dolor. ¿Será este paso el que deja la huella en nuestro yo mas profundo de que el dolor da frutos positivos? ¿Será una especie de memoria cósmica en nuestro interior la que nos alimenta la idea de que tras el sufrimiento viene el premio? ¿Qué decir de la experiencia de la muerte?: Ante algo tan desconocido para nosotros, nos surge la idea de que detrás de ese dolor debe aparecer un paraíso, una nueva vida o una existencia celeste. Llegados a este punto es importante retomar los causes. Porque dijimos al comienzo de este capítulo que el dolor “es una especie de tensión que se desarrolla ante un estado de transición”. Y eso está bien. Lo que no dijimos es que el dolor no alcanza ningún significado si no hay alguien que lo padezca conscientemente. Ni siquiera basta con que exista el hombre sometido a actos que causen dolor; debe, además, ser consciente de este dolor. De forma gráfica, si se está anestesiado, por mucho que se golpee no se siente y, por tanto, no hay dolor. No bastan, pues, la tensión ni la transición.

CLASIFICANDO EL DOLOR

Curiosamente nada nos pone tan de frente a la existencia como el dolor. Casi que debemos agradecer al dolor nuestro temor por el conformismo, nuestros deseos de superación, y hasta el pensamiento en una vida después de la presente. Es obvio, sin el dolor, estaríamos estancados: la pobreza nos hace sufrir, entonces trabajamos como locos, hasta el cansancio y el agotamiento físico; pagamos con un dolor menos fuerte poder evadir otros dolores menos deseables. Nos duele una figura obesa, fofa, entonces estamos dispuestos a aceptar el dolor del cansancio por los ejercicios, o hasta la sensación incomoda de hambre, o ese fuerte sinsabor de privarnos de algún alimento que nos gusta (sufrimiento). Quizás siempre hemos temido una intervención quirúrgica, pero ante el sufrimiento que nos causa el envejecimiento, la fealdad o la muerte anunciada por la enfermedad, estamos dispuestos a afrontar ese dolor. Estamos dispuestos a pagar con dolor por evitar el dolor. No nos puede dejar de sorprender esta ambivalencia. Podría decirse que existe una escala del dolor, la cual utilizamos para valorar lo que queremos y lo que deseamos evitar. Es cuando se está frente al dolor de haber perdido a un ser querido, cuando comenzamos a entender a esta persona. Es cuando estamos ante el dolor de la tragedia cuando estamos

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dispuestos a renunciar a nuestros odios y egoísmos. Misteriosamente el hombre se trasciende cuando aparece el dolor: es allí cuando se entera de que existe el otro, es allí cuando mira hacia el Creador. Estamos llenos de ejemplos de hombres que detestaron y persiguieron a Dios, y que, en el último momento, cuando el dolor de la enfermedad les presentó la realidad de la muerte, proclamaron su creencia en el Creador. Voltaire, Borges, son solo algunos ejemplos. Cabe preguntarse, aunque parezca trivial, ¿es el dolor anterior al hombre? En un primer estadio podemos decir que, sea cual sea la causa, para que exista dolor tiene que existir un paciente. Sin alguien que experimente el dolor, no hay dolor. De otro lado, no hay cosas que posean el dolor como una característica intrínseca9, pero las cosas se hacen indeseables a causa del dolor que pueden producir. Podríamos pensar, además, en un cierto dolor animal, una cierta percepción de incomodidades sensoriales, pero que nunca va más allá de lo físico. Algunos hay que pretenden ver en los elefantes la posibilidad de realizar “duelo” ante la muerte, pero nada hay que haga pensar en algo diferente al sostenimiento de la imagen de los miembros muertos de su manada, ante la prodigiosa memoria que poseen. Se trata, pues, de un recuerdo, muy lejos de entender la dimensión de la muerte. El ser humano es el único capaz de cuestionarse acerca del dolor, es el único que trata de manipular esta realidad. Dentro de las curiosidades que introduce el dolor en el ser humano está una poco comprensible a primera vista: el dolor en sí no es objeto (y no sólo objeto en cuanto a "cosa" o "criatura", sino en cuanto a “objeto” del conocimiento).

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Excepto el pecado.

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Cuando un médico, por ejemplo, estudia el dolor, no busca su esencia, su interés único es curarlo (la mayoría de las veces, paliarlo). El dolor no es un ente, no hay una esencia del dolor, es una experiencia, es un efecto. Entonces, cuando decimos que evitamos el dolor, lo que realmente hacemos es evitar aquellas cosas (objetos) que producen el dolor, o a través de las cuales percibimos el dolor. Así, para no sentir un dolor agudo y recurrente en el vientre y en las extremidades inferiores, el especialista acudirá a un bloqueo lumbar, aún a costa de cierta movilidad: no se ha hecho desaparecer ningún dolor, las causas que lo hacían experimentar persisten, pero ya no habrá dolor. Una consecuencia de esto es que el dolor no puede ser pensado. Un ingeniero puede pensar en un circuito eléctrico o en un puente, un economista puede pensar en el mercado, el campesino puede imaginarse su cultivo o la disposición de la parcela, pero un neurólogo o un anestesiólogo no pueden pensar en el dolor, no lo pueden imaginar ni contemplar en su mente, solo pueden pensar en destruirlo. Esta carencia ontológica explica la posición generalizada del hombre frente al dolor. No existe quien cultive el dolor, todo esfuerzo está dirigido a erradicarlo, evadirlo, paliarlo o atenuarlo. Esta carencia ontológica del dolor produce un efecto que va más allá de toda percepción: el dolor niega el ser. Es casi como un corolario, si el dolor no es "objeto", entonces niega el "objeto". Y de hecho, así ocurre en nuestra cotidianidad; hasta tal punto se quiere evitar el dolor que no faltan quienes prefieren el suicidio al padecimiento del dolor. Este extremismo nos podría conducir al deseo de anular todos los traumas que posibilitaron nuestra existencia, es decir, a anular la acción creadora de Dios. Por eso el suicidio es una negación, es el rechazo a la voluntad de Dios infundido por nuestro temor al dolor.

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Aparece, entonces, el dolor como un problema moral. Por un lado, el dolor nos lleva a Dios porque nos pone en evidencia frente a la propia existencia; por otro lado, nos conduce a rechazar lo que suponemos es el origen del dolor, la acción creadora de Dios que posibilitó nuestra existencia. ¿Qué decir del que yace parapléjico en una cama, atendido por otros, sin esperanzas médicas de recuperación? Algunas legislaciones llamadas "progresistas" y aún "pro-derechos humanos", abogan por la libertad de elegir lo que pasan de llamar suicidio o asesinato a eutanasia. Y, entonces, aquel parapléjico mental, paralizado ante los problemas de la vida, incapaz de hallar dirección para moverse, incapaz de reaccionar espiritualmente, el suicida cualquiera, ¿acaso no puede invocar este "derecho"? ¿Qué hace la diferencia? ¿Hemos estado alguna vez en una situación tal, con seguridad peor que la del parapléjico fisiológico, porque aquel parapléjico mental se siente y está sólo, despreciado, abatido, derrotado? ¿Qué derecho nos asiste para invocar la diferencia? Y si puedo aceptar mi muerte ante el sufrimiento, aplicándome el suicidio, siendo yo el objeto mas preciado de la existencia para mi existencia, ¿no podré erradicar a quién me causa el sufrimiento? Porque si abro el paréntesis para aceptar un caso, tendré que contemplar todos los casos. Si unos padres irresponsables tienen el "derecho" de interrumpir la vida de un indefenso ser, para eludir algún tipo de sufrimiento (propio de los padres o juzgado a priori en la criatura), ¿no podría interrumpirse la vida de seres tan detestables? Nada de esto, por supuesto, tiene asidero. Pero no podemos dejar de aceptar que una puerta abierta deja el paso libre a todo el edificio. En este punto, puede resultarnos de utilidad tener algún tipo de clasificación del dolor que nos permita identificarlo

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más fácilmente, comprender su origen, reconocer sus consecuencias. Según su origen: el dolor puede tener causa externa al hombre, o provenir de la acción del hombre. El dolor puede ser causado por el desarrollo de las fuerzas de la naturaleza (terremotos, deslizamientos, inundaciones, incendios, etc.), ante las cuales el hombre poco o nada puede hacer, como no sea prevenir su padecimiento, bien evitando su ocurrencia, eludiendo padecer su ocurrencia o modificando la geografía, de tal modo que sus efectos sean mínimos. A éste lo llamaremos "dolor natural". También puede provenir del hombre mismo, como las guerras, las explosiones experimentales o intencionadas, la manipulación de químicos, el asesinato o la tortura, etc. A éste lo llamaremos "dolor infringido". Según el tipo de sufrimiento padecido: podemos experimentar dolor físico, como resultado de sensaciones recibidas mediante el cuerpo, dolor moral, que no responde a impulsos sensoriales directos, sino a respuestas de nuestro estado interior, más allá de lo meramente físico (por ejemplo, el dolor del enamorado no correspondido, el dolor por la muerte de alguien, etc.), y dolor cognitivo, que responde a la sensación de pesar por lo que sabemos hace sufrir, pero que no nos está haciendo sufrir directamente (por ejemplo, el recuerdo de un dolor, el dolor ajeno, etc.). Aún cabe expresar otro dolor, un dolor caritativo, que permite compartir el dolor padecido por otros, hasta el punto de asumirlo como propio, nacido indudablemente del amor, imagen de la expectación de Dios por el sufrimiento de sus criaturas. Estos dos últimos suelen enmarcarse dentro del mismo dolor moral, por hacer referencia todos tres a la espiritualidad del hombre, a

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diferencia del físico que puede ser compartido con los animales10. Una última categoría nos permite clasificar el dolor de acuerdo con nuestro nivel de aceptación. Tendríamos así, el dolor aceptado y el dolor rechazado. En principio, hemos dicho que el dolor es rechazado, pero la experiencia nos muestra un cierto tipo de personas que asumen el dolor con una especial valentía y, en términos generales, experimentando una menor intensidad al darle un cierto sentido de trascendencia. En todo caso, sabemos que quien rechaza el dolor inevitable se ve envuelto en un halo depresivo, de neurosis pavorosa que le incrementa el padecimiento, aún con el rechazo social. Por el contrario quien le acepta en estos casos, parece sufrirlo con menor intensidad, y alcanza cierto nivel de admiración en su entorno que, con seguridad, ayuda a sobrellevar la situación. Sin embargo, no podemos clasificar al dolor según su naturaleza. No hay una naturaleza propia del dolor, no podemos expresar características positivas del dolor. Esto, al menos en principio. (¿Qué frente a la expresión "el dolor santifica"?: el amor es un don tan grande que le da esencia al dolor). Desde el punto de vista médico existen otras clasificaciones del dolor, pero que se refieren fundamentalmente al dolor físico: por su origen este puede ser oncológico o no oncológico, por su evolución puede ser agudo o

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“Obviamente el dolor, sobre todo el físico, está ampliamente difundido en el mundo de los animales. Pero solamente el hombre, cuando sufre, sabe que sufre y se pregunta por qué; y sufre de manera humanamente aún más profunda, si no encuentra una respuesta satisfactoria” (Juan Pablo II, Salvici Dolores, Num 9).

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crónico, y por el mecanismo receptivo puede ser somático, neuropático o psicogénico. Desde el punto de vista meramente físico, la percepción del dolor tiene un sentido: procurar evadir situaciones que causen o propicien lesiones tisulares. En otras palabras, evitar el daño de los tejidos vivos. Aunque el ser humano está equipado con reflejos que permiten reaccionar ante la presencia de agentes nocivos, también se requiere, en cierto sentido, de una experiencia del dolor para posteriormente evitar su sufrimiento. Así, mediante un aprendizaje del dolor, cada vez nos equipamos para evitarlo, evadirlo o soportarlo. Esto mismo se puede decir del dolor moral: es posible aprender a manejarlo. Es por ello que están identificados como factores que modulan el dolor la personalidad, el nivel cognitivo, el nivel intelectual, cultural y de educación, los dolores previos y el aprendizaje de experiencias previas. Solo se detectan unos pocos elementos moduladores no relacionados con el aprendizaje: momento o situación de la vida en la que se produce el dolor, relación con otras personas, como familiares, amigos y compañeros de trabajo, y sexo y edad.

LAS OPCIONES DEL HOMBRE

La historia de las religiones está ligada con la necesidad del hombre de curar o paliar el dolor: ante la impotencia para reducirlo o reprimirlo, ha recurrido a la mitificación, transportándolo al ámbito de lo celeste. Es así como a nivel tribal es recurrente la idea del brujo que mediante danzas, invocaciones y pases mágicos sobre el doliente, atrae la acción de los espíritus para espantar o "exorcizar" el dolor. En los estadios iniciales de la civilización el dolor está asociado con el pecado: existe la información inconsciente de su causa. Pero, equivocadamente se piensa que aquel es un castigo, no un efecto de este pecado. En nuestros días, en medio de la negación de Dios o de su ocultamiento por no querer mirar hacia el futuro, y ante el miedo al sufrimiento, el hombre ha recurrido a esta forma arcaica de enfrentar sus temores, dando cabida a toda clase de supersticiones que quieren reemplazar el vacío interior, el no dejar espacio para Dios en nuestros corazones. Es por ello que advertimos la proliferación de pitonisas, astrólogos, mediums, comerciantes de energías misteriosas, interpretes de los colores, olores y sabores, todo tipo de agoreros y hasta de líderes religiosos que usufructúan el dolor ajeno. Para los antiguos griegos, el sufrimiento estaba determinado para cada ser: ese era el precio que se debía

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asumir por el bien de la vida. Esta concepción no responde (ni siquiera se pregunta) qué puede encontrar el hombre después del sufrimiento. Así como los dioses daban el sufrimiento, podían generar el bienestar, a su libre arbitrio; era algo que estaba fuera de las manos del hombre. Esta actitud determinista dejaba al hombre como un simple espectador, como un sujeto pasivo que llevaba sobre sus hombros la tragedia del dolor, conduciéndolo a actitudes estoicas o hedonistas: "si nada puedo hacer, sufro lo que debo sufrir, y gozo del placer que se cruza frente a mí". Para las religiones orientales (a cuya cabeza se encuentra el hinduismo), el dolor es una carga aplastante, resultado de la acumulación de faltas en la vida presente y en la larga cadena de supuestas vidas pasadas. Es una realidad que agobia y que inmoviliza, sobre todo porque la necesidad de equilibrio exige que se paguen una a una las culpas, que haya una compensación. De este modo, el dolor es solo una forma de resarcir, ineludible, como método de liberación de la naturaleza contaminada. Y la forma de liberarse es escapando de la realidad del dolor mediante una especie de gimnasia del espíritu que le prepara para aislarse, para evadir. La ley kármica presupone un principio falso: la falta cometida puede ser compensada. Este principio, en sí, desestima, anula la importancia de los actos. ¿Qué valor puede tener preservar la vida, si eliminándola podré después compensar el acto? Hacer el mal no trae ninguna consecuencia y hacer el bien puede ser algo siempre aplazable. El mismo suicidio no tiene ninguna consecuencia. Tanto el asesino como el suicida regresarán en una nueva vida, para vivir otras circunstancias que les permitirán equilibrar el karma. El budista ve en el dolor la consecuencia de todos los deseos y aspiraciones: todo es sufrimiento. El dolor sólo se

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puede evitar suprimiendo el apetito. Entonces, el hombre debe buscar la anulación de todo anhelo. No puede haber esperanza, porque ésta en sí es deseo. Como consecuencia, el hombre se anula en un sueño eterno, el Nirvana. Para el fiel musulmán, Dios es el responsable del mal y de la muerte, no acatar la palabra de Dios es la causa del dolor; éste último es un castigo. Es imposible que Dios participe de la corruptibilidad del hombre y de la creación. La pureza de Dios no se puede contaminar con la impureza de su creación. Entonces, el hombre queda solo frente al sufrimiento, ante un Dios Misericordioso en teoría, pero lejos del hombre, no partícipe de su realidad. El pueblo judío también le dio un sentido al dolor, viéndolo como el castigo por el pecado del hombre. Adán y Eva fueron expulsados del paraíso por haber desobedecido la orden de Dios. Desde entonces, el sufrimiento acompaña al hombre como parte del castigo. Para el judío, el dolor nace en la desobediencia. En el antiguo testamento se indica como mal todo aquello que implica sufrimiento, por no existir una palabra que lo definiera (Cf. Juan Pablo II, Carta Apostólica Salvifici Doloris, Num. 7, 1984). El libro de Job resume este pensamiento: Es conocida la historia de este hombre justo, que sin ninguna culpa propia es probado por innumerables sufrimientos. Pierde sus bienes, los hijos e hijas, y finalmente él mismo padece una grave enfermedad. En esta horrible situación se presentan en su casa tres viejos amigos, los cuales cada uno con palabras distintas- tratan de convencerlo de que, habiendo sido afectado por tantos y tan terribles sufrimientos, debe haber cometido alguna culpa grave. En efecto, el sufrimiento -dicen- se abate siempre sobre el hombre como pena

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por el reato; es mandado por Dios que es absolutamente justo y encuentra la propia motivación en la justicia. Se diría que los viejos amigos de Job quieren no sólo convencerlo de la justificación moral del mal, sino que, en cierto sentido, tratan de defender el sentido moral del sufrimiento ante sí mismos. El sufrimiento, para ellos, puede tener sentido exclusivamente como pena por el pecado y, por tanto, sólo en el campo de la justicia de Dios, que paga bien con bien y mal con mal. (Juan Pablo II, Carta Apostólica Salvifici Doloris, Num. 10, 1984). Echemos ahora una mirada al problema desde el punto de vista científico. En 1915, en su escrito De guerra y muerte, Freud decía: Hemos manifestado la inequívoca tendencia de hacer a un lado la muerte, a eliminarla de la vida. Hemos intentado matarla con el silencio... En el fondo nadie cree en su propia muerte, en el inconsciente cada uno de nosotros está convencido de su inmortalidad... Cuando muere alguien querido, próximo, sepultamos con él nuestras esperanzas, nuestras demandas, nuestros goces, no nos dejamos consolar y nos negamos a sustituir al que perdimos...la vida se empobrece, pierde interés, cuando la máxima apuesta en juego de la vida, que es la vida misma, no puede arriesgarse, se vuelve insípida, sin sentido (anestésica), melancólica. Freud refiriéndose a la muerte dice, “hemosintentado matarla con el silencio”. Pensar que este concepto viene de boca profana, no deja de ser curioso. Porque las Escrituras nos enseñan que fuimos creados por la Palabra. Y encontrar que se ha emparentado la muerte con el silencio tiene todo el sentido del mundo. En el artículo "El Dolor desde la Melancolía en Freud y Heidegger" (<http://www.herreros.com.ar/melanco/terren.htm>

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[febrero 6 de 2006]), la Lic. Karina Terren presenta la coincidencia de este último: "El dolor es la diferencia misma... La diferencia es lo que invoca...La invocación de la diferencia es el son del silencio." Y se plantea, a partir de esto, tres interrogantes: 1) ¿En tanto hay palabras hay dolor? 2) ¿Es la palabra, la que nos "rescata" del dolor? 3) ¿Es del dolor, del silencio, dónde surgen las palabras? Esta es la dialéctica que parte de la existencia para plantear el dolor. El razonamiento humano ha permitido descubrir, de forma un tanto lúdica, lo que estaba revelado desde antiguo: Por la Palabra fuimos creados, y el dolor tiene efecto en nosotros, en cuanto somos criaturas. Pero también, asombrosamente, la Palabra es quien nos rescata: la Palabra, el Verbo Encarnado, el Hijo de Dios, quien surgió del dolor para llegar al silencio de la muerte y resucitar glorioso venciendo la muerte, reinar incorruptible y traer la resurrección al mundo. De esta forma, Dios se ha hecho criatura en el Hijo, naciendo de mujer, permitiéndose la muerte el que es incorruptible, para enseñarnos que el amor vence el dolor. Por eso Cristo es el Camino, es la Verdad y es la Vida. Es el camino que nos muestra cómo el dolor santifica, cómo el amor le da sentido al dolor, cómo la caridad lo despoja de esa capacidad que tiene para robar la esencia a las cosas, para aniquilarlas, cómo la caridad le da esencia, le llena de sentido, como donación de sí, como paso al otro; el dolor se hace objeto, y objeto deseable para alcanzar la santidad. El Santo, nunca en sentido masoquista, ama el dolor y lo transforma, así como Cristo amo la cruz para mostrarnos que con el amor se aniquila el dolor y se engrandece la criatura ante Dios: porque

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Dios amó tanto al mundo que nos dio su Hijo, exento de sufrimiento, para que sufriera enseñando que el dolor es un camino. Cristo es la Verdad, porque despoja al dolor de su capacidad de anular y muestra la verdadera dimensión trascendente del hombre, oculta de otra forma; el dolor revela la coexistencia de lo creado, hace relativo al propio ser y le enseña a amarse a sí mismo, a amar la creación y a amar al Creador. El dolor permite degustar la Providencia del Padre, ante el despojo, ante el abandono en la propia incapacidad, develando su realidad. Cristo es la Vida, porque vence la muerte, última manifestación del dolor, y hace realidad la trascendencia de la creación hacia la existencia incorruptible: mediante su resurrección nos hacemos herederos de la Vida Eterna. Cristo, con su muerte, pagó el rescate que el dolor imponía en la Creación, no como un valor para compensar el daño de nuestros pecados, sino como el acto necesario, el movimiento de Dios imprescindible para bajar hasta el hombre, que permitiera el posterior ascenso de este. Porque siendo creados a imagen de Dios, fuimos materia corruptible de la imagen incorruptible, la cual Él nos quiso allegar para que adquiriéramos la incorruptibilidad, con tal que confesemos al Hijo, para hacernos un solo cuerpo con Él. El dolor, entonces, se hace objeto: es una vía de salvación (Cf. Is 35). El cristianismo proclama el esencial bien de la existencia y el bien de lo que existe, profesa la bondad del Creador y proclama el bien de las criaturas. El hombre sufre a causa del mal, que es una cierta falta, limitación o distorsión del bien. Se podría decir que el hombre sufre a causa de un bien del que él no participa, del cual es en cierto modo excluido o del que él mismo se ha privado. Sufre en particular cuando «debería» tener parte -en circunstancias normales- en este bien y no lo

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tiene. (Juan Pablo II, Carta Apostólica Salvifici Doloris, Num. 7, 1984). El dolor no es algo que hay que evadir, porque, ante todo, no es algo. Para el cristiano existe una esperanza que le llama a un bien deseado. El dolor es, simplemente, no disfrutar de ese bien. Lo deseable no es eliminar, evitar, reducir el dolor, sino buscar el bien objeto de la esperanza. Y ese objeto de la esperanza es Dios mismo. El dolor se ha convertido en el camino que conduce desde el descubrimiento de la carencia hasta el momento de lograr la posesión, será un compañero del doliente hasta ver resuelta su búsqueda. Si bien todas las religiones comparten unos elementos comunes, como un cierto temor reverencial (sentido numinoso), la conciencia de una Ley moral que es aceptada y desobedecida al mismo tiempo, y el descubrimiento del sentido numinoso como guardián de la moral, el cristianismo es la única religión que manifiesta mediante un hecho histórico concreto, la participación de Dios en el dolor de la creación, para mostrar al hombre su misericordia, su amor infinito (Cf. C.S. Lewis, “El Problema del Dolor”). Sólo el dolor puede poner en evidencia a Dios enamorado de su creación. Pensemos por un instante si en un universo sin dolor, el hombre, estaría en capacidad de desarrollar las virtudes, si podría presentar ante su Creador la cosecha de su esfuerzo. “El dolor nos enseña a conocernos más profundamente... La dicha y la desgracia son, en efecto, las grandes vías del autoconocimiento y, al final, convergen hacia la misma plenitud de la vida.”11. De este

11

PEÑA Y LILLO, Sergio. El Sentido Cristiano del Dolor. Revista Humanitas No. 3, Julio-Septiembre de 1996. Pontificia Universidad Católica de Chile. Disponible en: <http://www.humanitas.cl>

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modo, inmersos en un mundo de dolor, todas las virtudes, incluidas aquellas que surgen de los dones y gracias divinos, adquieren un gran sentido. Entonces, el dolor en sí tiene un gran sentido para el hombre, se hace prueba12 y motivo de purificación.

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Prueba del pecado, porque es efecto del pecado. Prueba de la fortaleza porque allí se acrisola la misma renuncia al pecado.

PECADO Y SUFRIMIENTO

Estamos equipados, ahora, para analizar desde otro punto de vista la pregunta que nos ha movido a esta meditación: ¿Por qué el sufrimiento? ¿Qué sentido tiene el sufrimiento? Conocedores ahora de que el sufrimiento tiene su raíz en el pecado, estos interrogantes pueden plantearse bajo esta nueva lente: ¿Por qué el pecado? ¿Qué sentido tiene el pecado? ¿Por qué Dios ha permitido el pecado? Me atrevo a avanzar un poco más de lo dicho hasta el momento en esta meditación. Porque es claro que Dios saca de un mal un bien13, y que Dios respeta totalmente la libertad del hombre. Hemos acudido al universo buscando el origen del sufrimiento. Ha llegado el momento de mirarme a mí mismo, de hurgar en mi interior, de confrontar mi experiencia personal para delatar las consecuencias del pecado, para ver si es cierto que el dolor y la angustia me vienen de esta condición de pecador.

13

Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, Num 312

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En esa búsqueda viene nuevamente la Iglesia en mi ayuda, ya que ella me ha desenmascarado los siete pecados capitales14 ¿Qué hago con ellos? ¿Cómo puedo utilizar este conocimiento para interiorizarlos e integrarlos como catalizadores que permitan decantar posteriormente las razones que busco? Bueno, demos una mirada a cada uno de ellos: La soberbia: Según Santo Tomás la soberbia es “un apetito desordenado de la propia excelencia”. Se ha tenido como “cabeza” de todos los restantes pecados, ya que por éste fue expulsado el hombre del paraíso, es decir, en la soberbia está la razón del estado actual de cosas, ella desencadena nuestro rechazo a Dios para hacernos nosotros nuestros propios dioses. Por tanto, es una ofensa directa contra Dios. De Este pecado derivan: la vanagloria, complacencia que el individuo siente de sí mismo a causa de las propias ventajas, por las cuales se ufana de poseerlas en grado superior a los demás. La jactancia, lucimiento de superioridad en obras o posesiones, por el cual el ser se alaba a sí mismo.

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14

“Los "Siete Pecados Capitales", también llamados pecados mortales, son una clasificación de los vicios mencionados en las primeras enseñanzas Cristianas católicas para educar e instruir a los seguidores sobre moralidad.” Tomado de: Axel Kerber. Pecados Capitales. Wikipedia [6 de febrero de 2007]. Disponible en Word Wide Web: <http://es.wikipedia.org/wiki/Pecados_capitales>.

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El fausto, exageración del lujo y de los bienes, pasando por sobre las posibilidades económicas, para elevarse sobre los demás. La altanería, modo imperioso de tratar al prójimo, haciendo uso del orgullo y el desprecio. La ambición, pretensión de fama y reconocimiento, persiguiendo honores, cargos o títulos para estos fines. La hipocresía, por la cual se encubren los vicios propios y se aparentan virtudes que no se poseen. La presunción, confianza desmedida en las propias fuerzas y habilidades. La desobediencia, desprecio al superior y desdeño de sus directrices. La pertinacia, persistencia en los propios juicios, aún conociendo que es posible estar en un error.

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¿Con qué frecuencia corremos tras todas esas cosas que nos conducen a negar al prójimo y a Dios mismo? Ciertamente, no estamos exentos de este pecado; es verdad, hemos rechazado a Dios, hemos acogido el suave susurro del demonio y nos hemos edificado en propios dioses. ¿Qué ha pretendido Dios al permitir que le ofendamos de este modo?

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Pues, en cada ocasión en que he hecho gala de mi soberbia, me he estrellado, mis proyectos se han visto truncados, he podido comprobar que nada soy capaz de hacer. Por eso mi presunción, mi ambición, mi jactancia, mi fausto, mi vanagloria, mi altanería, mi desobediencia, mi hipocresía y mi pertinacia me han golpeado, se han devuelto como bumerang que no perdona su golpe a quien lo lanza. Este sufrimiento me ha llevado a aceptar que sólo poniendo mi confianza en Dios puedo realizar mi libertad. Cuando acepto mis limitaciones, cuando me siento criatura amada por Dios, entonces ese sufrimiento se torna en bendición. Cuando acepto que sufro porque no soy capaz de ser dios de mi mismo, porque he fracasado en mi ambición de hacer las cosas por lo que soy, cuando me doy cuenta de que sin Dios nada soy y me abandono a sus brazos suplicando me conceda hacer su voluntad, es entonces, y sólo entonces, cuando me hago libre. Por la humildad, por la aceptación de la cruz gloriosa del Señor resucitado, me veo libre de mi pecado. La Lujuria: Es el apetito desordenado de los placeres eróticos. Es el rechazo al doble significado del acto matrimonial dado por Dios: unitivo y procreador15. Así, el hombre convierte el acto matrimonial en un simple acto sexual, despojando la unión entre el hombre y la mujer del carácter sacramental. La lujuria es contraria al amor y a Dios. El “caritas”, la capacidad de dar y de darse” es borrada por ese deseo de satisfacción, de hacer relativo al otro o a sí mismo como simple objeto de goce, llevando a no considerarle como “persona” válida y valiosa en sí misma.

15

Pablo VI. Humane Vite, Num 12.

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“La lujuria nadifica al hombre y lo aleja del Ser de Dios”16. De ella derivan la fornicación, el estupro (que incluye la pedofilia), el rapto, el incesto, el sacrilegio, el adulterio, y el pecado contra la naturaleza que incluye la masturbación, la sodomía (relaciones homosexuales), y la bestialidad (zoofilia). Así, pues, cuando dentro de la misma unión matrimonial se rechaza el carácter procreador del acto matrimonial, se cae en los terrenos de la lujuria. Es fácil ver que este pecado ha hecho parte de nuestro historial. Mis actos de lujuria han sido permitidos por Dios para que encuentre el sentido del otro en mi historia, para que me despoje de mi relativismo, del creerme dueño de mi propio disfrute, porque cada vez que lo he intentado he llegado al vacío, me he hecho conciente de la volatilidad de esta “felicidad”, de este placer que desemboca así en la nada. Por el contrario, cuando acepto la voluntad de Dios al contemplar el significado unitivo y procreador del acto matrimonial, me elevo a la condición de “co-creador”. Por la castidad Dios me regala el ser creador con Él. La avaricia: Es el apetito desordenado por las riquezas. Si bien, dice la teología cristiana, es lícito amar y desear las riquezas con fin honesto en el orden de la justicia y la caridad (socorrer al prójimo, cooperar más eficazmente con la Gloria de Dios), es el apego a ellas (“esa pasión ardiente de adquirir o

16

GONZÁLES U., Fdo. Mauricio. Los siete pecados capitales. Poiesis: revista de filosofía. [Febrero 06 de 2007]. Disponible en: <http://www.geocities.com/fdomauricio/pecadoscapitales.htm>

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conservar lo que se posee, que no se detiene anta los medios injustos; esa economía sórdida que se guarda los tesoros sin hacer uso de ellos aún para las causas mas legítimas; este afecto desordenado que se tiene a los bienes de la tierra, de donde resulta que todo se refiere a la plata, y no parece que se vive para otra cosa que para adquirirla”)17, el que se constituye en el crimen de la avaricia . Son hijos destacados de la avaricia el fraude, el dolo, el perjurio, el robo, el hurto, la tacañería, la usura, entre otros ¿Cuántas cosas tenemos que no necesitamos, que no usamos y que guardamos como tesoros sin pensar en el uso que otros, necesitados, podrían darle? Mi interior me exige seguridades, porque temo al sufrimiento, al fracaso, a la enfermedad, a la vejez, a la muerte, a no poder realizar mis proyectos. Por eso, en lugar de dirigir la mirada a Dios, he dado todo el crédito a mis fuerzas, atesorando para asegurarme la consecución de mi futuro. He despreciado la Providencia Divina, no he confiado en el Señor. ¿Y qué he obtenido? Más miedo, más inseguridad, más insatisfacción. He multiplicado el dolor al acrecentar mi angustia y al no permitir que mis bienes palien el dolor ajeno. He sido tacaño con los talentos que me han sido dados, multiplicando mi egoísmo, acumulando ascuas sobre mi cabeza18. He puesto mi corazón en los tesoros de este mundo mientras he despreciado el verdadero tesoro, la veta inagotable de la vida eterna. El Señor lo ha permitido para que desde mi angustia clame por su misericordia. Mi

17 18

Cf. Ibid. Cf. Rm 12, 20

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tesoro me ha llevado a la desesperación, a perder mi sueño y mi tranquilidad por cuidar los trebejos, a negar a los demás la participación en mi vida, me he aislado del rebaño, convirtiéndome en lobo al acecho. Porque estimo en poco lo que he conseguido, y necesito mucho más. Para cuidar lo que he acumulado debo redoblar mi esfuerzo. Y mi vida se dirige hacia el fin en solitario, ser egoísta, con Dios borrado de mi mente. Desde esta soledad, no me queda más recurso que clamar, que gritar a Dios pidiendo su auxilio. Porque desde esta soledad no tendré más que aflicción y llanto19. Entonces, desde esta desesperación Dios me concede descubrir que por la virtud de la generosidad se me entrega el tesoro más preciado: la vida eterna. Una noche cualquiera, pasando por el parque principal de mi ciudad, observé a un indigente que cuidaba unos pequeños rectángulos de cartón. Eran unos simples cartones, cortados a tirones. Los contaba y recontaba, los doblaba por la mitad, los volvía a extender, miraba a su alrededor con recelo, como quien cuida un tesoro. En ese momento una imagen se cruzó por mi mente: Dios me veía contando y recontando mis billetes, mis cartones, y pude aplicar lo que pensé de aquel hombre: “Tienes toda tu confianza puesta en esos cartones. ¡Qué triste vida la tuya! No sabes lo que te estás perdiendo por estar en esa irrealidad, por estar abrumado por ese deseo desordenado, mientras a tu alrededor están todas las riquezas de la creación.”

19

Cf. Lc 6, 25

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La pereza: Es una tristeza de ánimo que nos aparta de las obligaciones espirituales y divinas (acidia) a causa de los obstáculos y dificultades que en ellas se encuentran. En otras palabras es una falta de apetito por lo espiritual (hay que decir que una falta de apetito es también un apetito desordenado). Por la acidia se llega a rechazar el gozo que viene de Dios y a sentir horror por el bien divino. Por este pecado el hombre no encuentra placer en Dios, abriga en su corazón desgano, aversión y disgusto por la práctica de las virtudes cristianas, por la observación de los preceptos divinos, por la ejecución de los propios deberes. Así, pues, se opone a la caridad con nuestros hermanos y al amor que debemos a Dios20. Son efectos de la pereza: La repugnancia y la aversión al bien que hace que este se omita o se practique con notable defecto. La inconsistencia en el bien, la continua inquietud e irresolución del carácter que varía, a menudo, de deseos y propósitos, que tan pronto decide una cosa como desiste de ella, sin ejecutar nada. Una cierta pusilanimidad y cobardía por la cual el espíritu abatido no se atreve a poner manos a la obra y se abandona a la inacción.

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Cf. GONZÁLES U., Fdo. Mauricio. Los siete pecados capitales. Poiesis: revista de filosofía. [Febrero 06 de 2007]. Disponible en: <http://www.geocities.com/fdomauricio/pecadoscapitales.htm>, y FUENTES, Miguel Ángel (Pbr.). La pereza ¿pecado mortal o venial? [febrero 6 de 2006]. Disponible en :
<http://es.catholic.net/temacontrovertido/174/1598/articulo.php?id=3198>

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La desesperación de considerar que la salvación es imposible, de tal manera que lejos de pensar el hombre en los medios de conseguirla se entrega sin freno alguno a sus propias pasiones. La ociosidad, la fuga de todo trabajo, el amor a las comodidades y a los placeres. La curiosidad o desordenado prurito de saber, ver, oír, que constituye la actividad casi exclusiva del perezoso.

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¿Cuántas veces sentimos pereza de movernos hacia lo espiritual? Es muy conocida la frase “rezaré cuando me nazca”. No es más que una disculpa para justificar la desidia. ¡Cómo he descuidado mi espíritu! ¡Cuán desordenado está mi cuerpo, morada de Dios! ¡Cómo he dejado imperar los vicios y cuánto he desatendido las virtudes! He dejado que el aburrimiento inunde mi existencia, la angustia ha hecho presa de mí. No he asumido mi trascendencia, no quiero pensar en lo que mueve mi alma, no quiero dejar que Dios entre en mi vida, no quiero abrirle las puertas de mi corazón. Con ello desdeño a Dios, le ubico entre las cosas sin importancia. Además, me postro ante mi sinsentido, desestimo los talentos, los oculto y me sumo en mi incapacidad. Me hago sufriente por voluntad propia y me niego la posibilidad de ser rescatado. No quiero hacer el esfuerzo para tomar la mano de quien me ofrece su salvación. Me he adentrado en la muerte óntica, en el sin sentido metafísico de mi existencia por voluntad propia. ¿Qué me puede rescatar de allí? Es como un túnel en el cual la misma acidia impide mirar hacia otra

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dirección como no sea el oscuro fondo. ¿Qué rescate hay? ¿Qué me puede sacudir? Porque en los demás pecados puede haber ánimo para salir, puede quedar algún deseo para dar la vuelta, pero con la pereza, ¡no queda nada! Sólo el amor de los que aman y se han sentido amados me puede rescatar, sólo ellos me pueden mostrar que soy amado, que hay una razón para la existencia. Por eso Dios ha dispuesto sus profetas para mí, para sacudir mi acidia, para rescatarme de esta postración lastimera, de esta autocompasión paralizante. Y la ha permitido para que descubra que sin su amor, que bajo el engaño del demonio, no encuentro ninguna razón para vivir. La ha dejado cruzarse por mi camino para que entienda que estoy llamado a trabajar con diligencia por quienes están entristecidos por no sentirse amados, mostrando el inmenso amor de Dios, haciéndome testigo de su paso fuerte por mi vida. La gula: es el uso inmoderado de los alimentos necesarios para la vida, es decir, un apetito desordenado por las cosas que ingerimos. Dice la teología cristiana que la gula es la manifestación física de un apetito más profundo y significativo: es la somatización de quien quiere ingerir todo el universo, es la manifestación del deseo de reducir todo lo otro a sí mismo. Incluye el uso del alcohol, del tabaco y de sustancias alucinógenas. No solo implica el exceso en la comida y la bebida, sino el defecto por voluntad propia. Son ramificaciones de la gula: Proepopere: comer antes de tiempo o cuando se debe abstener.

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Laute: Comer manjares que superan las posibilidades económicas. Nimis: Ingerir alimentos o sustancia en perjuicio de la salud. Ardenter: Comer con extrema voracidad o avidez, a la manera de las bestias.

También hacen parte de este pecado: bulimia: comer en exceso para vomitar luego. La anorexia nerviosa: falta de apetito y el ayuno exagerado. Consumo de sustancias nocivas para la salud (drogas, tabaco, alcohol)

La gula se mimetiza estrechamente con la lujuria: se trata de ponerse por sobre todo, reducirlo, objetivarlo y hacerlo suyo, transformándose el glotón en el único centro de referencia, una manifestación del desordenado amor a sí mismo. ¿Cuántas veces hemos escuchado la voz del estómago que nos invita a comer y hemos rechazado por ello una meditación, una oración o una acción caritativa? ¿Hemos sido capaces de sacarnos de la boca el pan para darlo al mendigo que llega a pedir en ese preciso momento? ¿Ha reclamado nuestro vientre el derecho de desatender la necesidad del prójimo por no aplazar la nuestra?

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He sido tentado por esta injusticia, la he cometido despreocupándome del sufrimiento del otro. Le he tenido miedo a mi posible padecimiento, futuro incierto, rechazando tender la mano al que, acongojado, ha pasado por mi lado. No he sido un buen samaritano, todo lo contrario, he expresado que ese prójimo se merece su suerte y lo he tenido por inferior a mí. Me he llenado en exceso sin ni siquiera escuchar al que clama por una oportunidad para vivir. Mientras detesto mi vida, he negado el pan a quien agradece al Creador por su existencia, aún con hambre. No me han dolido los niños abandonados, no he compartido el padecimiento del desterrado y del perseguido, no he sentido congoja por los que han caído en vicios. A todos los he despreciado, sintiéndome mejor. Y mi voracidad me ha entregado nuevamente al hambre a las pocas horas, sin espacio para Dios en mi vida, sin tiempo para meditar. Me la he pasado ocupado en el comer y en el deleite. Y de nuevo el vacío, la ansiedad, la preocupación por conseguir. He despreciado el alimento que me han preparado con amor, y, queriendo sólo dar gusto a un paladar exagerado en la exquisitez, he desdeñado el manjar espiritual de la gratitud. He generado angustia con mis reclamos y he adorado al excitador del descontento, dando la espalda a la caridad con quien se ha esforzado por mi alimento. Quizás el Señor deba golpear mi ingratitud con la carencia para que añore la abundancia que me ha permitido. Tal vez, ante la precariedad, pueda levantar mi cabeza para pedir a Dios con humildad que se apiade, como yo no me he apiadado. Desde este pecado Dios permite mi infelicidad para que no me crea este egocéntrico placer, pasajero como la lujuria, como objetivo de mi vida, para que descubra el valor de la templanza y persiga esta virtud como fin deseable y verdadero mientras vivo con la carne.

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La ira: es el apetito desordenado de venganza. Es querer el castigo a quien no lo merece, es propiciar, incitar o desear el mal al prójimo, sin proponerse la conservación de la justicia o el respeto al orden legítimo; es complacerse en el sufrimiento ajeno. La ira vulnera la caridad y la justicia. Son hijos de la ira el maquiavelismo, el clamor, la indignación, la contumelia, la blasfemia, la riña, entre otros. Por la ira se hace uso de una fuerza aplicada verbal o directamente sobre otro, por lo que se constituye en la anulación del otro. La ira conduce directamente al asesinato (Cf. Mt 5, 22). Mediante el lenguaje se llega a la ofensa o el improperio con el claro deseo de eliminar al otro. ¿Cuántas veces hemos querido anular a nuestros interlocutores o detractores? ¿Cómo hemos querido responder a quien nos ha ofendido? He atacado al que me ha puesto en la verdad, al que me ha mostrado la clase de criatura que soy. A quién me ha mostrado mi soberbia le he odiado. He querido desaparecer al que me pone de manifiesto mi egoísmo: al pobre lo he desdeñado, al hambriento lo he rechazado; los he despachado con un improperio. He sido particularmente mordaz con quien ha sido injusto conmigo; con mi murmuración he destruido a quien ha errado. Y al final me he sentido sólo y abandonado, porque he sabido que quienes me han adulado y me han apoyado en mi injusticia están pegados de un deshecho y han estado tan equivocados como yo. Porque mis propios razonamientos para justificar mi ira me condenan mostrando lo desafortunado de mi proceder. Siempre, al final, me he sentido vacío. Siempre, después de desplegar mi

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desamor, me he sentido anonadado, despreciable y despreciado. La ira no ha hecho más que aumentar mi sufrimiento. Por la ira me autoexcluyo de la comunidad, me hago solitario y amargado. Y el Señor lo ha permitido para que sienta que, finalmente, no soy la medida de nada, para que descubra, si abro los ojos y miro el desastre causado, que por mi deseo he destruido la belleza de la creación, que bajo mi egoísmo me he convertido en un ser solitario y desterrado, que vivo el verdadero infierno. Y con todo ello, para que desee la virtud de la paciencia, con la cual pueda esperar el cumplimiento de la voluntad de Dios. La envidia: es el "amor por los propios bienes pervertido al deseo de privar a otros de los suyos". Por tanto, es también un apetito desordenado que inclina al ser a desear los bienes no poseídos o poseídos en grado menor con detrimento de aquellos que los poseen en mayor grado. La envidia conduce a estas faltas: el chismorreo, la mentira, la traición, la intriga, el oportunismo. Etimológicamente la palabra envidia tiene su raíz en el latín invidere, con una triple connotación: 1- Ver en el interior (explorar el bien ajeno, mirarlo con apasionamiento), 2- No ver (negar la existencia del otro para poseer el bien que le pertenece) y 3- Mirar mal o con mirada adversa (desear el mal del otro para adueñarse de su pertenencia). Vivimos en continua murmuración. Casi toda nuestra comunicación se basa en triángulos dialécticos en los cuales expresamos a un tercero el agrado-desagrado por las obras de algún prójimo. Y ¿qué son las obras del prójimo sino pertenencias suyas, frutos de su propiedad? Nos constituimos a nosotros mismos en jueces del bien ajeno, en dueños de sus razones.

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¿Cómo ha logrado la mentira anidar en mi corazón, presentando como justas las razones que me han animado a tomar lo que no es mío? ¿Cómo he querido hacer justicia por mi propia mano cuando me he cobrado por derecha lo que sin ser mío he tenido como ganado? ¿Cuántas veces he dejado en ridículo a mi prójimo para minimizar sus obras o sus ideas? ¿Cuántas veces he intrigado para obtener los beneficios que no me corresponden? ¿Cuántas veces he aprovechado la ocasión del fracaso ajeno para sobresalir a sus espaldas? Toda esta maldad ha anidado en mi corazón y, al final he comprobado que no ha valido la pena, que he sembrado sufrimiento y dolor, que yo mismo he tendido una alfombra que rechina cuando he querido deleitarme en lo conseguido de este modo, que no he disfrutado del bien apropiado, que ni aún aquello que he creído mío, como fruto de mi trabajo, me ha dado solaz y paz, porque hay otro que lo necesita y que se ha quedado sin él. Porque, en definitiva, todos los bienes no pertenecen sino a quien los creó, al Señor que ha querido que todos tengamos nuestra parte. Él ha permitido este sufrimiento en mi vida para que comprenda que nada es mío por mi esfuerzo, aunque todo me pertenece con la gratuidad del que todo lo creó, que todo me ha sido dado por Dios para que practique la caridad. LA EXPERIENCIA DEL PECADO Todo el pecado, por tanto, es un desorden del apetito. Y no es de extrañar la relación del pecado con el sufrimiento. Las filosofías orientales tienen al apetito, al deseo, como la causa del sufrimiento. Y aquí lo experimentamos claramente, pero puesto en su verdadera dimensión, ya que el mal no está en el deseo, sino en el deseo desordenado, es decir, en el

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pecado. Pero el pecado es inherente a nuestra naturaleza, nos es propio. Aunque podamos hacer unas cuantas cosas buenas por nuestra propia iniciativa, la verdad es que siempre tenderemos al mal21. Porque hay uno que no nos deja mirar en la dirección correcta, hay uno empeñado en que desviemos nuestra mirada y perdamos el rumbo en nuestra vida. Hay uno que envidia el amor que Dios nos tiene y, por tanto, quiere nuestra destrucción. Y no porque no haya sido amado, sino porque la soberbia lo cegó, al creerse él mismo dios. Éste tal nos induce a todos los desórdenes del apetito, ya que fuimos creados con un apetito inicial: el deseo de optar por Dios para su gloria y alabanza. Entonces, ha encontrado la forma para hacer relativo este deseo, desviándolo de su objetivo real, Dios, al falso objetivo de nosotros mismos, mi yo interior, mi nada presentada como absoluto. Allí hay un profundo engaño. El demonio se ha metido con el hombre para no quedarse solo en su error. Aunque no está solo, sino acompañado por legiones, se siente y vive sólo, porque es incapaz de amar. Quiere que el hombre, también, termine solo, en el infierno de existir sin una razón, en la más completa desesperanza, en el más absoluto egoísmo, soportando el sabor del fracaso en el proyecto individual. Por la práctica de las virtudes anulamos no el deseo sino el desorden en el deseo, el deseo desmedido, y, por tanto, aunque no se anula, se trasciende el dolor. Porque ya el dolor no es una barrera infranqueable: se le ha mirado a la cara y se enfrenta, se descubre un cierto agrado superior, como la

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Lo que la revelación divina nos enseña coincide con la misma experiencia. Pues el hombre, al examinar su corazón, se descubre también inclinado al mal e inmerso en muchos males que no pueden proceder de su Creador, que es bueno. (Catecismo de la Iglesia Católica, Num. 401)

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madre que se sacrifica por su hijo, como el mártir que camina con paso firme, abrazando su madero, justo hacia el lugar de su ejecución.

DIOS DIRIGE SU MIRADA HACIA LA CREACIÓN

Hemos llegado a este punto mediante el uso de la razón. Desde entender la necesidad del Principio Creador, mas allá del “Big-bang”, un único sublime cuya esencia está muy por encima de cualquier energía, cuya definición supera cualquier concepto nuestro de amor y misericordia, cuya iniciativa va mas allá del momento creador, para quien, desde el inicio del tiempo, todos los momentos son momentos de creación. Pasando por develar el misterio del dolor y su presencia permanente y necesaria en nuestra existencia, para permitir y motivar nuestra trascendencia y descubrirlo como deseable en la búsqueda escatológica de que nuestra esencia corruptible se haga conforme a la esencia creadora, para que en nosotros, criaturas a imagen de Dios, sea restablecida la condición de hijos de Dios. Hasta comprender que esta naturaleza nos es concedida como un don, fruto del inmenso amor de Dios. Esto es lo que la Iglesia ha transmitido desde su fundación por Jesucristo, haciendo uso de su Magisterio Salvífico. Esto es lo que ha sido revelado al hombre a través de Las Escrituras, puesto que la Palabra de Dios está realmente asentada en ellas.

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Las Escrituras nos muestran que al crear Dios, todo era bueno (Gn 1, 10.12.18.21.25). Y al terminar su creación, “Vió Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien” (Gn 1, 31). El relato de la creación nos presenta cómo Dios rodeó al hombre con toda cuanta riqueza podía darle. Es más, puso toda la creación a su disposición. El hombre no conocía lo que era carecer: pedía y era colmado. Como criatura libre, no estaba determinado a reconocer a su creador, sería su opción mirar de quién le venía todo cuanto tenía. Pero, a pesar de todo cuanto recibió, no pronunció ninguna palabra de agradecimiento o de admiración: le parecía a Adán que era natural recibirlo todo. Y no se trataba de que no supiera agradecer o no pudiera admirarse, porque cuando le fue entregada la mujer, representada en Eva, supo admirarse: «Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne.» (Gn 2, 23). Se admiró de ella porque era como él. Y aún así no tuvo un gesto de agradecimiento para su creador. Adán no reconocía a Dios. Le pasó lo que al pez del inicio de nuestra meditación: estaba tan mojado que no sabía que era estar mojado. Y, por supuesto, no reconocía el agua que le mojaba. Ese es nuestro Adán antes de la caída. Corría el peligro de seguir sin reconocer la bondad infinita de su creador, de quedarse ensimismado. Porque, como sabemos, había uno interesado en mantenerlo embelezado, de impedir que el hombre dirigiera su mirada al Creador. Por eso, en un acto de misericordia de Dios, le fue puesto un mandamiento: «De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio.»(Gn 2, 16s). Esto le haría carecer de algo, y así, quizás, reconocería e invocaría a su Creador. Dios conocía el riesgo de esta orden, porque si el hombre la desobedecía quedaba explicitada su vocación, su libre elección de separarse de Dios, firmando con su actitud el acta de independencia que le

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conduciría a la muerte. Esto lo sabía Dios, y, por tanto, poseedor de una misericordia infinita, había prediseñado un "plan B", un plan de redención para construir en el hombre la admiración y el agradecimiento con su Creador, y restituir ese lazo de comunicación roto; un plan que permitiría hacer puro lo que se habría de convertir en corruptible, un plan que permitiría al hombre recuperar el derecho a la Vida eterna. De este modo, Dios había preparado el camino de regreso antes de crear al hombre. De esto trata toda la Biblia: allí se nos muestra este Plan, la Historia de la Salvación, prueba del amor de Dios por los hombres y por su creación. A una criatura ensimismada, Dios destinó todo un programa de adaptación revelado y reconocido en las Sagradas Escrituras. Es por esto que el profeta puede anunciar: Os dará el Señor pan de asedio y aguas de opresión, y después no será ya ocultado el que te enseña; con tus ojos verás al que te enseña, y con tus oídos oirás detrás de ti estas palabras: «Ese es el camino, id por él», ya sea a la derecha, ya a la izquierda. (Is 30, 20s) "Pan de asedio y aguas de opresión", dolor y sufrimiento, son un don de Dios para enseñarnos a verle y escucharle, es el camino que necesitamos recorrer. El hombre no reconoció a su Creador, pecó con la desobediencia producto de la soberbia, de sentirse con derecho de ser como Dios: sólo miró a Dios para envidiarle. Es cierto que fue engañado por una criatura que ya había experimentado la soberbia y la envidia, que habiendo sido bendecida por Dios con belleza y dones sin iguales, optó por el amor propio, sin poder aceptar el amor a Dios, por un ser tan lleno de egoísmo que ansiaba no estar solo en esa eternidad de desconocimiento de Dios.

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Pero, ciertamente, el hombre pecó, decidió ignorar a su Creador y, entonces, se atrajo hacia sí la muerte. Dios necesitó, por decirlo de algún modo, del maravilloso "Plan B". Los Salmos cantan esta gracia: Cual la ternura de un padre para con sus hijos, así de tierno es Yahveh para quienes le temen; que Él sabe de qué estamos plasmados, se acuerda de que somos polvo (Sal 103, 13s). Dios libertador es nuestro Dios; del Señor nuestro Dios son las salidas de la muerte (Sal 68, 21). Aguarde Israel a Yahveh. Porque con Yahveh está el amor, junto a Él abundancia de rescate; Él rescatará a Israel de todas sus culpas (Sal 130, 7s). Ya el hombre puede reconocer que quien le rescata es un Dios de amor. Y, además, que este rescate es abundante, que Dios no se ahorra nada, que está en la condición de darlo todo para elevar al hombre de la muerte a la vida. Por eso Isaías lo afirma como un acto cumplido: He disipado como una nube tus rebeldías, como un nublado tus pecados. ¡Vuélvete a mí, pues te he rescatado!" (Is 44, 22). La promesa de que "verás al que te enseña" se ha cumplido en Cristo Jesús: -...Todos pecaron y están privados de la gloria de Dios- y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús (Rm 3, 23s).

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Podemos entender, ahora, cómo Dios puede sacar del mal un bien. Trascribo el numeral 312 del Catecismo de la Iglesia Católica: Así, con el tiempo, se puede descubrir que Dios, en su providencia todopoderosa, puede sacar un bien de las consecuencias de un mal, incluso moral, causado por sus criaturas: «No fuisteis vosotros, dice José a sus hermanos, los que me enviasteis acá, sino Dios... aunque vosotros pensasteis hacerme daño, Dios lo pensó para bien, para hacer sobrevivir... un pueblo numeroso» (Gn 45, 8;50, 20; cf Tb 2, 12-18 Vg.). Del mayor mal moral que ha sido cometido jamás, el rechazo y la muerte del Hijo de Dios, causado por los pecados de todos los hombres, Dios, por la superabundancia de su gracia (cf Rm 5, 20), sacó el mayor de los bienes: la glorificación de Cristo y nuestra Redención. Sin embargo, no por esto el mal se convierte en un bien. Es importante, entonces, no perder de vista esta última aseveración: si bien hemos sido justificados por Cristo, el mal en sí no ha quedado justificado. El mal sigue siendo mal, indeseable, causa de la separación del hombre de su Creador. Así lo afirmaba Traherne en “Centuria of Meditations”, II, 30: El amor puede tolerar y el amor puede perdonar... pero jamás puede conciliarse con un objeto no amable... Por lo tanto, Dios no puede conciliarse con tu pecado, porque el pecado en sí es incapaz de sufrir alteración; pero Él si puede conciliarse con tu persona, porque ésta puede ser sanada. Por eso Él inició la búsqueda del hombre. Las Sagradas Escrituras muestran el amor de Dios como el amor de un hombre por su amada, en un hermoso poema, el Cantar de los Cantares. Y allí expresa: “¿Quién es ésta que sube del desierto,

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apoyada en su amado? Debajo del manzano te desperté, allí donde te concibió tu madre, donde concibió la que te dio a luz.” (Cantar de los Cantares 8, 5). Es claro que fuimos concebidos debajo del manzano, donde Eva pecó. Allí nacimos del pecado. Y allí nos ha encontrado Dios, nuestro amado; allí nos ha despertado. Subimos del desierto, del sufrimiento, de la sequedad, apoyados en nuestro amado. ¡Qué hermosa descripción de nuestro rescate! La inigualable belleza de Dios nos regala con poesía su rescate, nos hace parte de un idilio, de la más impresionante historia de amor, en la cual el amado se hace sufriente por su amada, para rescatarla de los brazos del que divide, del que ha querido separarnos en el arrebato egoísta de su proceder. ¡Cómo no sentir gozo en el dolor y el sufrimiento, si ha sido a través de él como hemos podido conocer a nuestro amado! Podemos entender un poco cómo los santos han aceptado el martirio, doblegando el malestar propio del sufrimiento con la alegría del encuentro con el amado, con el bien más deseable de todos, con el único bien, con el que nos ha creado, con quien nos ofrece su rescate poderoso y un amor eterno. Dios ha querido que aprendamos de la experiencia del dolor para que suframos menos, una experiencia en la que Él, a través de su Hijo, toma nuestra cruz y hace ligera nuestra carga. No es rechazando la cruz como nos hacemos dignos del amado: “El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí” (Mt 10, 38). Es necesario que carguemos con la cruz, que no desechemos nuestros sufrimientos. Pero Él los toma sobre sí: “El tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades” (Mt. 8, 17).

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Una vez Adán y Eva pecaron, Dios quiso preservar el árbol de la vida, para que el hombre no fuera a comer de él. El hombre se hizo mortal y era indigno de la Vida Eterna. El Creador tuvo que ocultar el árbol de la vida; sólo mediante este árbol podría el hombre recuperar el goce de la eternidad. Pero debía ser digno de él. Por supuesto, con su vocación natural por el mal, no estaba en sus manos. De este modo, el hombre estaba condenado a la muerte. Es mediante Jesucristo que Dios nos ofrece el árbol de la vida: la cruz, imagen del dolor y el sufrimiento. Por eso, son estos el camino que nos acerca el árbol de la vida: una vez nos ha sido devuelta la dignidad, no por nuestros méritos, sino por los méritos de uno solo, Cristo (Cf. Rm 5, 17), quien en el árbol de la Vida, la Cruz, venció la muerte para todos, hemos de confesar que Jesús es el Hijo de Dios, y hemos de dejar que Él transforme nuestra vida, poniendo nuestros pecados, nuestro sufrimiento a sus pies.

DOLOR, ESPERANZA Y AMOR

Es, por tanto, en Cristo, el Hijo de Dios encarnado, la persona en que se cumple la promesa de la Salvación. Es en Cristo, despreciable y desecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias (Is 53, 3), en quien el dolor adquiere un sentido trascendente. Por Él, el Cristo, se nos ha dado la Vida Eterna. El profeta Isaías describe proféticamente el dolor cargado por Cristo: visualiza cómo Él asumiría la culpa no propia, cómo, en Él, el amor trasciende el dolor, es más grande que la propia seguridad y tranquilidad de Dios. Él, Dios, en la persona del Hijo, asume todas las consecuencias del pecado, se hace corruptible y muere para trascender la muerte, vencerla con la resurrección gloriosa y abrir el camino de resurrección para todos los que le han sido dados por el Padre: Despreciable y desecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien se oculta el rostro, despreciable, y no le tuvimos en cuenta. ¡Y con todo eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba! Nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado. El ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. El soportó el castigo que nos trae la paz,

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y con sus cardenales hemos sido curados. Todos nosotros como ovejas erramos, cada uno marchó por su camino, y Yahveh descargó sobre él la culpa de todos nosotros. Fue oprimido, y él se humilló y no abrió la boca. Como un cordero al degüello era llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan está muda, tampoco él abrió la boca. Tras arresto y juicio fue arrebatado, y de sus contemporáneos, ¿quién se preocupa? Fue arrancado de la tierra de los vivos; por las rebeldías de su pueblo ha sido herido; y se puso su sepultura entre los malvados y con los ricos su tumba, por más que no hizo atropello ni hubo engaño en su boca. Mas plugo a Yahveh quebrantarle con dolencias. Si se da a sí mismo en expiación, verá descendencia, alargará sus días, y lo que plazca a Yahveh se cumplirá por su mano. Por las fatigas de su alma, verá luz, se saciará. Por su conocimiento justificará mi Siervo a muchos y las culpas de ellos él soportará. (Is 53, 3-11). ¿Puede haber un dolor más grande? Es el dolor de un justo, del único justo entre los hombre, verdadero hombre, como verdadero Dios, "quien participó de la carne y de la sangre para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al Diablo" (Hb 2, 14). Sufrió realmente, verdaderamente sintió, como hombre, el peso del dolor. Lo vemos sudar sangre cuando presiente su padecimiento en el huerto de los Olivos (Cf. Lc 22, 44), mientras ora en vela, mientras lucha con la tentación de evadir su misión. Pero, decir que sufrió no quiere decir que flaqueó. Permaneció firme a pesar de que el cuerpo le llamaba a claudicar. ¿Firme en qué? Firme en la Voluntad del Padre (Cf. Lc 22, 42), para derrotar la voluntad de su naturaleza humana, la voluntad del hombre que se había hecho una con la voluntad del demonio. Por eso lo hace en oración, dirigiéndose al Padre en el huerto, «Padre mío, si esta copa no

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puede pasar sin que yo la beba, hágase tu voluntad.» (Mt 26, 42), alimentándose de la unión que se vería rota en la cruz, cuando lleno de los pecados del mundo exclama, «¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?». (Mt 27, 46), más como una oración final, un Salmo (Sal 22,2), que como un reclamo. Pero, solitario, vejado, abandonado, no se deja vencer: «Padre, en tus manos pongo mi espíritu» (Lc 23, 46), tras lo cual, expiró. Para resucitar glorioso al tercer día: la muerte no lo derrotó, por el contrario, podemos admirarnos con el apóstol: La muerte ha sido devorada en la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? El aguijón de la muerte es el pecado; y la fuerza del pecado, la Ley. Pero ¡gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo! (1 Cor 15, 54-57). Por tanto, nada diferencia al creyente del no creyente en el padecimiento del sufrimiento. Si Cristo lo padeció, si Jesús tuvo que soportar el dolor, viviéndolo con la intensidad propia, sin que fuera amortiguado por su dignidad, enfrentándolo con todas sus consecuencias, incluso hasta la muerte, si eso lo hizo Dios hecho hombre, nadie puede permanecer inamovible, nadie puede negar sus efectos, ninguno puede abstraerse del temor, de la angustia, y aún del desespero, efectos inherentes del dolor. Pero, sí hay una diferencia, no en el padecimiento, sino en el sentido del dolor: al discípulo de Cristo el dolor no lo aplasta, no lo subyuga, no lo deja inerme. El cristiano no se queda en el rechazo del dolor, sino que por el amor a Cristo ama al dolor, y aunque le punza y le tortura, se aferra a él como tabla de salvación. Sabe que con el sufrimiento completa en su "carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo que es la Iglesia" (Cf. Col 1, 24). Encuentra alegría en medio del sufrimiento, ve brotar la esperanza según lo enseña el Apóstol:

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Más aún; nos gloriamos hasta en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación engendra la paciencia; la paciencia, virtud probada; la virtud probada, esperanza, y la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado. (Rm 5, 3-5). Y espera la corona con que será acogido por Dios (Cf. 1 Cor 9, 25): "En efecto, la leve tribulación de un momento nos produce, sobre toda medida, un pesado caudal de gloria eterna" (2 Cor 4, 17). Así, pues, el cristiano sufriente convierte el dolor en una oración: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ¡Lejos de mi salvación la voz de mis rugidos! Dios mío, de día clamo, y no respondes, también de noche, no hay silencio para mí. ¡Mas tú eres el Santo, que moras en las laudes de Israel! En ti esperaron nuestros padres, esperaron y tú los liberaste; a ti clamaron, y salieron salvos, en ti esperaron, y nunca quedaron confundidos. (Sal 22, 2-6). Aunque puede no ver la salida para su sufrimiento, el cristiano espera confiado en la acción de Dios, sabe que no quedará confundido. Es tan reconfortante el efecto de esta esperanza que el dolor se minimiza en sí mismo, se hace deseable, en cuanto que atrae la Vida eterna y aleja la muerte. Guardar la vida presente es la muerte misma, y la muerte en el mundo es el nacimiento a la vida, Vida eterna: Por favor, hermanos, no me privéis de esta vida, no queráis que muera... Dejad que pueda contemplar la luz, entonces seré hombre en pleno sentido. Permitid que imite la pasión de mi Dios. (San Ignacio de Antioquía, frente a su martirio). El Papa Juan Pablo II nos invita a reflexionar al respecto:

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Si el martirio es el testimonio culminante de la verdad moral, al que relativamente pocos son llamados, existe no obstante un testimonio de coherencia que todos los cristianos deben estar dispuestos a dar cada día, incluso a costa de sufrimientos y de grandes sacrificios. En efecto, ante las múltiples dificultades, que incluso en las circunstancias más ordinarias puede exigir la fidelidad al orden moral, el cristiano, implorando con su oración la gracia de Dios, está llamado a una entrega a veces heroica. Le sostiene la virtud de la fortaleza, que —como enseña san Gregorio Magno— le capacita a «amar las dificultades de este mundo a la vista del premio eterno». (Juan Pablo II, Veritatis Splendor, Num. 93). El cristiano está llamado a completar en su carne lo que hizo falta a las tribulaciones de Cristo: el anuncio del Evangelio. La misión del cristiano, más que con el habla, se hace con la caridad, colocando el propio sufrimiento al servicio de los necesitados, de los que sufren sin esperanza, de los que permanecen sin mirar a Dios. El anuncio en la caridad, con la propia vida, en donación, tal como lo hizo Jesús en la Cruz, desde la cual es catequesis para el mundo, desde la cual llama a conversión a quien le mira, es lo que falta a las tribulaciones de Cristo. Con frecuencia, la raíz más profunda del sufrimiento es precisamente la ausencia de Dios. Quien ejerce la caridad en nombre de la Iglesia nunca tratará de imponer a los demás la fe de la Iglesia. Es consciente de que el amor, en su pureza y gratuidad, es el mejor testimonio del Dios en el que creemos y que nos impulsa a amar. El cristiano sabe cuando es tiempo de hablar de Dios y cuando es oportuno callar sobre Él, dejando que hable sólo el amor. Sabe que Dios es amor (1 Jn 4, 8) y que se hace presente justo en los momentos en que no se

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hace más que amar. Y, sabe... que el desprecio del amor es vilipendio de Dios y del hombre, es el intento de prescindir de Dios. En consecuencia, la mejor defensa de Dios y del hombre consiste precisamente en el amor. (Benedicto XVI, Deus Caritas Est, Num. 31c.) Pues, el amor de Jesús ha sido tan grande que ha trascendido la redención humana, para alcanzar a todas las criaturas: Porque estimo que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros. Pues la ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos de Dios. La creación, en efecto, fue sometida a la vanidad, no espontáneamente, sino por aquel que la sometió, en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo. (Rm 8, 18-23) El Apóstol Pablo asume que "la creación entera gime... y sufre dolores". Pero que, además, espera ansiosa la “revelación de los hijos de Dios” para ser liberada de aquel que la sometió a la corrupción. En este sentido, el universo entero sufre, padece dolores, desde el momento en que el hombre pecó, porque desde allí quedó sometida a corrupción. ¿En qué momento pecó el hombre? Es algo que no sabemos. Pero la aparición de la corruptibilidad nos puede marcar ese instante. Desde aquel Big-bang, origen de la creación corruptible, el dolor ha estado presente haciendo de las suyas. Así que el dolor no es exclusivo de los hombres, es algo a lo que también estaba

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sometida toda la creación por el yugo del demonio. Pero Cristo ha liberado y la creación espera ansiosa a que nosotros, los hombres, acojamos dicha liberación. De alguna misteriosa forma, ella espera participar de "la gloriosa libertad de los hijos de Dios". Ella, que no eligió apartarse de su creador, sino que fue arrastrada por la incapacidad del hombre para reconocer la grandeza de Dios, ansía, está expectante, cuenta los segundos para abandonar su naturaleza corruptible, para suspender su servicio a la concupiscencia y servir al Todo Poderoso en uso de la libertad con que fue creada. Ha habido una liberación, pero Dios no le ha arrebatado al hombre la libertad que tiene para acogerla. Inimaginable amor el de Dios22, que entrega a su Hijo amado, para salvación de unos que aún no aceptan esa salvación. Y, nuevamente, viene Dios en nuestra ayuda: fue su Voluntad que Cristo fundara una Iglesia, su Iglesia Santa, Una, Universal y Apostólica, formada por hombres corruptibles, pecadores ciertamente, pero Santa ella porque es depositaria del Espíritu Santo, el Paráclito dado por Cristo a los hombres para su conversión y

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“Para poder percibir la verdadera respuesta al «por qué» del sufrimiento, tenemos que volver nuestra mirada a la revelación del amor divino, fuente última del sentido de todo lo existente. El amor es también la fuente más rica sobre el sentido del sufrimiento, que es siempre un misterio; somos conscientes de la insuficiencia e inadecuación de nuestras explicaciones. Cristo nos hace entrar en el misterio y nos hace descubrir el «por qué» del sufrimiento, en cuanto somos capaces de comprender la sublimidad del amor divino. “Para hallar el sentido profundo del sufrimiento, siguiendo la Palabra revelada de Dios, hay que abrirse ampliamente al sujeto humano en sus múltiples potencialidades, sobre todo, hay que acoger la luz de la Revelación, no sólo en cuanto expresa el orden trascendente de la justicia, sino en cuanto ilumina este orden con el Amor como fuente definitiva de todo lo que existe. El Amor es también la fuente más plena de la respuesta a la pregunta sobre el sentido del sufrimiento. Esta pregunta ha sido dada por Dios al hombre en la cruz de Jesucristo. (Juan Pablo II, Carta Apostólica Salvific Doloris, Num 13).

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santificación. El dolor, instrumento de salvación no se ha quedado como único camino, no obstante ser camino eficaz. Al igual, las virtudes (1 Tm 6, 11; 2 Tm 4, 5; Tit 2, 2; 2 Cor 12, 12), los sacramentos y la Iglesia nos han sido dejados por Cristo para ayudarnos en la conversión, ejercicio permanente del cristiano. Sin embargo, es condición sine qua non que el hombre tome su cruz y siga el camino de Cristo, vía de aceptación de la Voluntad del Padre. El sufrimiento de Cristo es Revelación (Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, Nums. 516, 618, 1609). Unido a Él, el sufrimiento del hombre se hace Revelación: nos muestra el amor de Dios.

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Teniendo un sentido tan maravilloso, cabe preguntarse, entonces: ¿Qué tan deseable es el dolor? Por supuesto, yo no lo quiero. Habría mucho de masoquista en quien deseara una condición de dolor. No se trata, pues, de desear el dolor; no es un llamado al dolor lo que sigue el mártir. No hay nada de masoquista en la actitud de un santo. No lo hubo en la actitud de Cristo. El Señor, ante la perspectiva del dolor, sufrió hondamente, sudó gotas de sangre. No lo deseó, pero lo afrontó: ante lo inevitable, ante lo que no estaba en sus manos, se conformó con la voluntad del Padre. Y cabe explicar que "conformó" no tiene aquí el sentido de "puesto que no hubo nada mas que hacer...". No, no se trató de simple conformismo. Se trató de un vaciamiento de sí mismo, de un anularse ante lo que no deseaba, pero que entendía perfectamente como lo que el Padre quería para el bien de todo, incluso para su misma gloria; tiene la connotación de "hacerse forma con". Hacer la voluntad del Padre es para el hombre el modo de, el camino a seguir para, restablecer su condición de criatura a imagen y semejanza de Dios, desvirtuada por el pecado. En cuanto se hace uno con Dios en su voluntad, se hace forma con Él. Entonces, no se trata de hacer un llamado al sufrimiento, se trata de entender que "Dios, en su providencia todopoderosa, puede

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sacar un bien de las consecuencias de un mal" (Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, Num 312). Cabe recordar aquí el pasaje evangélico del ciego de nacimiento, en el Templo de Jerusalén: Vio, al pasar, a un hombre ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos: «Rabbí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?» Respondió Jesús: «Ni él pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios. (Jn 9, 1-3) Es cierto, a veces duele mucho, a veces el sufrimiento parece insoportable. Pero en todo ello está presente la condición de "permitido por Dios". No es Dios quien manda el dolor. Ya vimos cómo el sufrimiento es una condición inherente a nuestra naturaleza corruptible, la cual ha permitido Dios para un propósito superior: para hacer posible nuestra justificación por la fe. A través del dolor se hacen manifiestas en nosotros las obras de Dios. Este ciego de nacimiento, ¿no ha visto colmada su afección al ser sanado por Jesús? Pero esto no ha quedado aquí: ¿Cuántos se han convertido por la lectura de este pasaje de las Escrituras? ¿Con cuánta potencia se han manifestado en este ciego las obras de Dios? Por esta aceptación, silenciosa, quizás no entendida pero humilde, este hombre se ha hecho corredentor con Cristo, completando con su sufrimiento lo que ha faltado a la pasión de Cristo; con su ceguera, aceptando la unción del barro en sus ojos, se ha convertido en anunciador del Kerygma, ha permitido que a través de su afección se manifiesten las obras de Dios. Es difícil entender esto cuando estamos en medio del padecimiento, de la angustia, cuando no encontramos la salida para nuestra pobre condición de sufrientes. Pero es aquí

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cuando con mayor fuerza está dispuesto a actuar el Espíritu Santo, cuando debemos invocar el don de la fortaleza. No obstante, hay un velo que le impide al hombre ver las obras de Dios. Ya lo advertía el Eclesiastés: Fui viendo que el ser humano no puede descubrir todas las obras de Dios, las obras que se realizan bajo el sol. Por más que se afane el hombre en buscar, nada descubre, y el mismo sabio, aunque diga saberlo, no es capaz de descubrirlo. (Ecl 8, 17). Y también: "Mira la obra de Dios: ¿quién podrá enderezar lo que él torció?" (Ecl 7, 13). Ese velo sólo es levantado por la llegada del Mesías, cuando Él mismo lo anuncia: «La obra de Dios es que creáis en quien él ha enviado.» (Jn 6, 29). Todo cuanto Dios permite está orientado a nuestra conversión, a que creamos en Jesús, su Hijo, su enviado. Así lo determinó Dios desde antes de terminar la creación; de cierto modo, ese es el sentido de la creación: De hecho, hemos entrado en el descanso los que hemos creído, según está dicho: Por eso juré en mi cólera: ¡No entrarán en mi descanso! Y eso que las obras de Dios estaban terminadas desde la creación del mundo, pues en algún lugar dice acerca del día séptimo: Y descansó Dios el día séptimo de todas sus obras. (Hb 4, 3-4). Y lo determinó así para que, creyendo, entremos en su descanso. Ante la adversidad, ante la angustia, ante el dolor, estamos llamados a permitir que Dios realice su voluntad, con la esperanza puesta en la perfección de la obra de Dios,

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creyendo en el que Él ha enviado. Solo así entraremos en su descanso. ¿Qué decir, entonces, del que no sufre? En primer lugar, no puede haber cristiano si cruz. Es una condición indispensable. La cruz es el sufrimiento, por tanto, no puede entenderse un cristiano que no sufra. Las maravillas de Dios se manifiestan en aquellos que gozan de rebosante salud, de economía generosa, de un estilo de vida que aparenta solucionados todos los problemas del ser humano. Pero, ni aún así, todos ellos están verdaderamente resueltos: nos queda el sufrimiento del prójimo y la muerte. A estas dos condiciones ningún mortal puede escapar, porque no somos islas, y porque, tarde que temprano, la muerte será nuestro destino. Siempre, bajo cualquier condición, la conversión nos mueve a mirar al hermano sufriente, a ser solidario con el que carece, a disponernos un tesoro en los cielos (Cf. Mt 19, 21). Y, con seguridad, a quien vive con tanta amplitud no le faltará el temor por la muerte, un sufrimiento que le pondrá de frente con la realidad, ante el acontecimiento diario del envejecimiento, de la degeneración de las células, de la deformación del cuerpo, del detrimento de las capacidades físicas. Tres ángeles nos visitan para ayuda en nuestra conversión: la enfermedad, la vejez y la muerte. Al último es imposible escapar. No es deseable el dolor, pero viene en nuestra ayuda. Por eso podemos hablar de él como un maravilloso don, que nos permite penetrar en la intimidad del Padre mediante la aceptación de su voluntad; que viene con la promesa del descanso, para todo aquel que cree que Cristo Jesús es el Señor, el enviado de Dios, y que nos hace partícipes en la redención de la creación.

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La paz sea contigo.

Acerca del Autor:

Héctor Emilio Roldán Hoyos es un autor colombiano, nacido en la ciudad de Pereira (Colombia). Aunque su formación profesional estuvo orientada al campo técnico, ya que es Ingeniero Electricista, se ha desempeñado también como administrador en empresas de la región y como Profesor en importantes universidades de Colombia. En la actualidad ejerce como Gerente de Servicio Posventa de una reconocida empresa del Eje Cafetero. Además, ha dictado cursos de capacitación en temas de la calidad y la prestación del servicio, y ha dirigido proyectos de diseño gráfico. En lo que respecta a su actividad como escritor, ha producido algunas obras de carácter técnico como apoyo a su ejercicio docente, como también novelas, relatos cortos y poesía, que su autocrítica le ha impedido publicar. Al alcanzar la madurez necesaria, el conocimiento pertinente y la experiencia indispensable, además de un estilo propio, ha optado por abordar temas que aportan a la formación espiritual. Ahora, animado por la ayuda que estas obras han significado para su propio crecimiento y que, según palabras del Obispo de Pereira, Monseñor Tulio Duque Gutiérrez, “favorecen la vida espiritual del pueblo de Dios”, se ha decidido a publicarlas. El orden metodológico adquirido por su formación técnica y los recursos retóricos que maneja le permiten compaginar el conocimiento científico, las vivencias personales y la riqueza de las enseñanzas de la Iglesia Católica para presentar razones de fe que animan a todos los buscadores de lo espiritual a encontrarse con Jesucristo, mediante un lenguaje sencillo, claro, ameno y directo. Así, pues, sus libros están dirigidos a las personas inquietas por descubrir o alimentar el sentido profundo de la existencia.

¿Tiene algún sentido el dolor? Este es el gran interrogante que afronta el autor, partiendo de su experiencia personal. La existencia está llena de sufrimiento, tratamos de ocultarlo con las realizaciones diarias, pero siempre descubrimos que la felicidad es pasajera, y que, tarde que temprano, estamos abocados a vérnosla con la enfermedad, con la vejez o con la misma muerte. Es imposible para el hombre eludir el sufrimiento. ¿Por qué está presente? ¿Por qué no podemos aislarlo? Y, más importante aún, ¿qué sentido tiene? Después de hacer un recorrido por la “historia” del dolor, y tras echar un vistazo a las soluciones que ha planteado el hombre, el autor nos descubre que Cristo es la respuesta, que la aceptación de la cruz no sólo es el paliativo que permite soportar el sufrimiento, sino que es la razón por la cual el dolor se trasciende. Así, pues, encontramos una razón trascendente en el dolor.

Con licencia eclesiástica Nihil obstat. + Tulio Duque Gutiérrez, s.d.s. Obispo de Pereira