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ANÁLISIS SOBRE PROGRAMAS DE

PREVENCIÓN DE VIOLENCIA JUVENIL


(Marco teórico)

I. VIOLENCIA Y DELINCUENCIA JUVENIL. APROXIMACIÓN AL CONCEPTO


DE VIOLENCIA

1. Contexto de la violencia en Guatemala

Existe en la actualidad una preocupación profunda por los hechos de violencia. El


país se encuentra inmerso, ya sea en forma objetiva o subjetiva, en que la
violencia tiene una proximidad a lo cotidiano. Incluso, existe la sensación que la
violencia se ha incrementado en forma desmesurada: asaltos a la luz del día, uso
de armas, secuestros, asesinatos y violaciones, resuenan en forma constante en
los medios de comunicación y opinión pública. A pesar de la crisis económica,
pareciera que la violencia, y todo lo que atañe a su alrededor, como la reacción
para prevenirla y reprimirla, acapara la atención en forma prioritaria.

La discusión llega a tales extremos, que se pierde la perspectiva histórica de que


hace apenas unos años, el país se debatía en una profunda violencia provocada
por la intolerancia política, el abuso de poder y totalitarismo1. De tal suerte, se
genera una sensación de que los niveles de violencia que experimentamos, tienen
relación con varios hechos histórico-políticos relativos a la transición democrática2,
creyendo que la situación actual es inusual, y por lo tanto una de las causas de la
violencia se debe al abandono de formas autoritarias de poder, una especie de
nostalgia no expresada abiertamente por los gobiernos militares, quienes
mantuvieron el control social a través de una violencia institucionalizada
desbordada3.

Esta forma de reflexionar sobre la violencia, evidencia en primer lugar la existencia


de una fuerte demanda legítima para enfrentar este fenómeno, aunque no se
tenga tan claro los métodos y causas estructurales que la generan; en segundo

1
Durante 36 años, 1960-1996, Guatemala experimentó uno de los períodos más violentos de su historia
reciente. El conflicto armado interno, causado por la intolerancia hacia diversas formas de pensamiento
político, a las condiciones de discriminación y pobreza, provocaron la muerte de cerca de 200,000 personas,
el desplazamiento de cerca de un millón.
2
En 1986, se inició un período de transición democrática con la aprobación de una Constitución y el
desarrollo, por primera vez, luego de más de treinta años de golpes de Estado y fraudes electorales, la
elección transparente de gobiernos civiles. Este proceso se fortaleció en 1996 con la finalización de los
Acuerdos de Paz entre el Gobierno y la URNG, con lo cual finalizó el conflicto armado interno.
3
El Latinobarómetro del año 2013, advierte que Guatemala tiene un 34% de apoyo a la democracia.
lugar, pone de manifiesto la diferenciación que se hace entre los que generan la
violencia y las víctimas en base a una manifestación externa y predefinida
legalmente, es decir, se tiende a relacionar violencia únicamente con el fenómeno
delictivo, por lo tanto, se corre el riesgo de dejar de lado una serie de
manifestaciones violentas que no necesariamente se expresan en fenómenos
delictivos, o que al menos todavía no han sido definidos como tales; y en tercer
lugar, que deviene de lo anterior, es el hecho de que la diferencia entre victimarios
y víctimas presupone la existencia de dos mundos completamente distintos, como
si el mundo estuviera dividido entre buenos y malos, sin reflexionar, ni hacernos
responsables en forma colectiva del problema de la violencia.

Esta posición reduccionista del fenómeno, genera respuestas para enfrentar el


fenómeno de la violencia también reduccionistas, pues únicamente se concentran
sobre el fenómeno delictivo, que si bien es muy importante como veremos más
adelante, deja por un lado el análisis de una diversidad de respuestas ante un
problema tan complejo.

Esta perspectiva, que se concentra en fenómeno delictivo, tiene, además de la


desventaja reduccionista, dos posiciones claramente diferenciadas: los que
abogan por un endurecimiento de la respuesta del sistema de justicia penal al
fenómeno delictivo; y la posición minimalista, que aboga porque la respuesta al
fenómeno delictivo se realice dentro de los límites establecidos por la Constitución
y los derechos humanos.

Es importante advertir que la transición democrática, conllevó un programa de


transformación de la justicia penal, el cual tiene dentro de sus objetivos, responder
al fenómeno delictivo dentro del esquema del estado de derecho4. De esta forma,
se instaló una disputa política entre sectores sociales que propugnan por
endurecer y expandir el sistema penal, como una de las formas efectivas de
responder al fenómeno creciente de hechos delictivos; y los minimalistas, que
propugnan por una efectividad dentro del esquema del estado de derecho. Los
primeros, conformado por grupos sociales tradicionales y adeptos al autoritarismo,
encuentran eco en una ciudadanía desinformada, temerosa, con poca experiencia

4
Guatemala, al igual que en la mayoría de los países de América Latina, inició un proceso de reforma judicial,
cuya propuesta original incluyó un nuevo Código Procesal Penal, CPP, Código Penal y Ley Penitenciaria. De
estos cuerpos normativos únicamente cobró vigencia el CPP, el cual propone modificar sustancialmente la
forma y contenido de hacer justicia: juicios orales y públicos, división de funciones MP y jueces,
reestructuración de la defensa pública para asistir a personas de escasos recursos, mecanismos que
simplifican la solución del conflicto y mayor participación de la víctima en el proceso judicial. Ramírez Luis,
Reforma de La Justicia Penal en Guatemala, Criterios para su Evaluación, en Revista Justicia Penal y
Sociedad, separatas, 2007
en participación democrática, lo cual ayuda a conformar una opinión pública que
exacerbada y dispuesta a las respuestas de “mano dura”, fácil presa de
propuestas políticas autoritarias; en cuanto a los segundos, normalmente
defensores de derechos humanos, su visión es asimilada por la opinión pública en
complaciente, débil y por lo regular, se asume como olvido por los derechos de las
víctimas y resguardo únicamente por los derechos de los delincuentes.

De esta manera, en forma permanente se observa que, frente a fenómenos


delictivos y la frustración de un sistema de justicia que no logra ajustar su
respuesta en forma estratégica y eficaz, se conforman respuestas paralelas, como
los linchamientos, ejecuciones extrajudiciales y la consolidación de modificaciones
normativas tendientes a la expansión del poder punitivo institucionalizado.

Sin lugar a dudas, se pierde de vista que la respuesta punitiva del Estado es
violenta, y por lo tanto, se incrementa a la ya realizada por el delito, poniendo a la
vez en riesgo, sin percibirlo al inicio, la pérdida paulatina de libertades individuales
y, en forma paralela, la pérdida también paulatina de la fuerza de la ley para
resolver la problemática de la violencia y la conflictividad social. Ferrajoli advierte
al respecto que “la pena, cualquiera que sea la forma en que se la justifique y
circunscriba, es en efecto una segunda violencia que se añade al delito y que está
programada y puesta en acto por una colectividad organizada contra un
individuo”5.

Estamos pues, frente a una espiral de violencia, no solo generada dentro de las
distintas interacciones sociales, sino también aquella que potencial, y en forma
efectiva, genera el Estado a través de su institucionalidad del sistema de justicia:
policía, Ministerio Público, Judicatura y cárceles. La cual, sigue atrofiada, solitaria
y sin conexión con estrategias paralelas que apoyen a minimizar la sensación y
frecuencia de la violencia generada por el fenómeno delictivo.

Pero hasta aquí, a pesar de que hemos expuesto una parte del problema, no se
ha podido esclarecer una concepción de violencia que incluya además el
fenómeno delictivo, en el entendido de que el fenómeno es más amplio, y por lo
tanto, el delito, y las respuestas diseñadas, son una parte, en una relación de
género y especie. Si esto es así, la violencia es un concepto que ofrece
diversidad de significados, e implica, ante todo una forma de interacción social,
individual en principio, pero que también adquiere presencia entre grupos.

5
Ferrajoli Luigi, Derecho y Razón, Editorial Trota, España, 1989, pag. 21
2. Concepto de Violencia

En principio, podemos definir la violencia como una agresión que implica relación
de poder, entre alguien que la ejerce y otro que la sufre: “Uso intencional de la
fuerza o el poder físico, de hecho o como amenaza, contra uno mismo, otra
persona o un grupo o comunidad, que cause o tenga muchas probabilidades de
causar lesiones, muerte, daños psicológicos, trastornos del desarrollo o
privaciones”. Lo cual incluye, en forma adicional, tres clases generales de
violencia: autoinfligida, interpersonal y colectiva6.

A pesar de que hemos logrado una diferenciación entre violencia de agresión y


delictual, en relación de género y especie, atomiza el concepto a la necesidad de
manifestación externa, y no permite visualizar otras formas de relación de poder,
que no tienen una manifestación externa tan visible, así el caso de la violencia
simbólica, la cual se ejerce a través de la imposición de significados dados por
válidos e inmutables, expresados a través de las relaciones culturales, de género,
estéticos, estilos de vida y religiosos, lo cual implica que puede existir violencia sin
agresión externa.

Esto enriquece la discusión y nos obliga a la búsqueda de un significado integral,


esto es, que abarque los distintos significados de violencia en donde incluya las
distintas agresiones y otras formas de relación de poder, incluidas aquellas que se
refieren también a estructuras sociales, que ya de por sí generan violencia. Para el
efecto se propone que la violencia comprende “una multiplicidad de procesos
estructurales que afectan negativamente a colectividades concretas, e
interacciones en que intervienen finalidades conflictivas, hostiles o destructivas, y
que se integran en diversas clases de vínculos.

La materialización de estos procesos e interacciones, estrechamente


relacionados, afecta nocivamente tres dimensiones de la existencia individual o
colectiva: la salud, los derechos humanos y el ambiente. Los protagonistas de los
procesos mencionados son, en última instancia, individuos concretos, pero esta no
es una razón para seguir separando u oponiendo lo social a lo individual, o vice
versa, en los abordajes teóricos sobre la violencia, por cuanto los individuos no

6
Organización Panamericana de la Salud (2003). Informe mundial sobre la violencia y la salud.
Washington, D.C., OPS, Oficina Regional para las Américas de la Organización Mundial de la Salud.
solamente son actores sociales: sintetizan lo social en su personalidad, de un
modo único”7.

Un marco de referencia de esta magnitud, tiene como objetivo desarrollar una


definición de violencia integral, que permita incluir no solo las agresiones, que son
más visibles, sino también todas aquellas manifestaciones de exclusión y
relaciones de poder en una estructura social, que tienen el denominador común de
afectar individuos y grupos sociales, tanto en su salud, en sus derechos y medio
ambiente, entendido éste último no solo las condiciones naturales, sino todos
aquellos elementos materiales que favorecen el desarrollo de la persona.

De esta manera, es posible definir diversos tipos de violencia distintas a las de


agresión, entre las que se encuentra la violencia estructural, entendida como: “los
modos en que determinadas “estructuras sociales” afectan negativamente la
existencia de individuos y colectividades que forman parte de ellas, imponiéndoles,
de diversas maneras y grados, barreras o mutilaciones en su desarrollo humano y
en sus oportunidades para vivir con salud y dignidad. Su prototipo es la miseria”8.

Es posible, también dentro del mismo criterio, incluir una violencia cultural que
comprende “un tejido de pautas y códigos sociales que sustentan prácticas
inferiorizantes o discriminatorias, que muchas veces afectan de un modo
permanente a ciertas colectividades humanas”9.

De esta manera, tendremos la posibilidad de analizar aquella violencia simbólica


que tiene relación con pautas de comportamiento colectivo e individual,
normalmente aprendidas en procesos también estructurales como la educación,
interacción de los medios de comunicación, visiones etnocentristas,
comportamientos de género y visiones de adultos, orientadas con relación de
poder hacia indígenas, jóvenes organizados por distinta naturaleza, diversidad
sexual y hacia las mujeres, entre otras minorías políticas.

7
Campos Santelices Armando, Propuesta para la Investigación sobre Violencia Social en una Sociedad
Concreta, ILANUD, documento de trabajo, pág. 12
8
Ibíd., pág. 22
9
ibíd.
II. LA PREVENCIÓN DEL DELITO

Tradicionalmente se le ha atribuido al sistema de justicia penal la prevención de


los delitos, ya sea mediante la amenaza de una sanción que intimida e inhibe el
comportamiento delincuencial de los miembros de la sociedad (prevención
general negativa); a través de la afirmación simbólica de las normas en la
conciencia colectiva (prevención general positiva); neutralizando las acciones
delincuenciales futuras del criminal a través de la sanción (prevención especial
negativa) o afirmando las normas por medio de la resocialización del delincuente (
prevención especial positiva)

Es por ello que durante muchísimos años el sistema de justicia penal fuera el
instrumento más utilizado por los Estados para enfrentar la criminalidad, sin
embargo, la criminología critica ha demostrado que el papel del derecho penal
como forma de prevenir los delitos está en crisis.

“Los resultados que ha llegado a obtener, desde hace ya tiempo, el análisis


histórico y social de la justicia criminal, se pueden sintetizar en la afirmación de
que el sistema de justicia criminal se manifiesta incapaz de resolver lo
concerniente a sus funciones declaradas, esto significa que la pena, como
instrumento principal de este sistema, falla en lo respecta a la función de
prevención de la criminalidadG el análisis hecho en los últimos veinte años por
parte de la criminología critica ha descrito los términos de este fracaso recogiendo
los aspectos de funcionalidad de la justicia penal; desde la fragmentariedad en la
defensa de los intereses individuales y generales, hasta la selectividad en la
represión, se ha demostrado que los programas de acción del sistema de justicia
criminal cumplen sus objetivos en un porcentaje que para ser generosos, no
supera el 5%”.10

Otro de los principales problemas que enfrenta el sistema de justicia penal es su


pérdida de legitimidad social como sistema de resolución de conflictos, en efecto,
diversos estudios afirman que la población no cree en el sistema de justicia, en el

10
Baratta, Alessandro; política criminal; entre la política de seguridad y la política social; pág. 86
caso de Guatemala, casi un 50% de la población no denuncia los delitos, porque
no creen que la justicia vaya a resolver el problema, y para un 74% de quienes
hicieron la denuncia, el sistema de justicia no hiso nada para resolver su caso.11

“La justicia hoy aparece desprovista de legitimidad social en la mayor parte de la


región y en el imaginario ciudadano se ha instalado la sensación que ella no es
igual para todos y que los delincuentes no son castigados”12.Dentro los defectos
que señalan al sistema penal y que explican el caso en función preventiva se
encuentran el que solo actué sobre los efectos de la delincuencia y nos sobre las
cusas; que actúa sobre las personas y no sobre las situaciones; que interviene
cuando las consecuencias de un delito ya se han producido y no antes con el fin
de evitarlo13.

Este fracaso del sistema penal como forma de prevenir los conflictos ha generado
el auge de respuestas no penales para enfrentar la criminalidad, provenientes
principalmente del movimiento de la nueva criminología. Estas respuestas se
enfocan más en las causas circunstancias y elementos que provocan la comisión
del delito y no sobre sus efectos, en este paradigma se incluyen una variada gama
de acciones que van desde las estrategias policiales hasta el diseño urbanístico, y
se les ha denominado bajo el nombre genérico de prevención del delito.

En este punto es importante aclarar que algunos autores aun definen al sistema
penal como un sistema de prevención de los delitos; “el concepto de prevención
significa la evitación de futuros resultados indeseables. En el caso de la
prevención del delito, dicho concepto incluye la legislación, la intervención policial,
la instauración y la administración de presiones y cárceles y una gama de
actividades dirigidas a la evitación de delitos futuros. “14

En este mismo sentido , la Organización de las Naciones Unidas (ONU), no realiza


una separación estricta en relación a las políticas preventivas y la política criminal:
“se entiende por prevención toda acción orientada a evitar que el delito ocurra,
promoviendo y fortaleciendo la seguridad no solo a través del sistema formal de
justicia criminal, sino que también a través de la promoción e implementación de
estrategias que involucra a los diferentes sistemas informales de prevención,
como los colegios, instituciones religiosas y la ciudadanía en general.15

11
Rico, José María; la prevención del delito en Guatemala; pag.15.
12
Dammert, Lucia; asociación Gobierno local-comunidad en la prevención del delito; pág. 53.
13
Baratta, Alessandro; ob. Cit; Pág. 86.
14
Rottman, Edgardo; Ob. Cit; Pág. 71.
15
Organización de las Naciones Unidas (ONU)
No obstante la mayoría de los actuales estudios sobre prevención del delito no
incluyen al sistema penal como parte de las políticas de prevención; bajo esta
perspectiva se define la prevención del delito como: “una forma de intervención
consistente en la adopción de medidas para impedir la delincuencia o disminuir el
riesgo de perpetración de delitos”.16

“En el campo dela criminología, prevención del delito significa reducir las
posibilidades para que ocurran actos delictivos”.17En el caso de la prevención de la
violencia a la criminalidad se hace hincapié en aquellas acciones que incluyen uso
de violencia o de violación de las leyes. En ese sentido, se hace referencia a
medidas pre activas que buscan disminuir la probabilidad de ocurrencia de las
mismas.18

La actitud asumida frente al fenómeno de la violencia, entendida en sus distintas


manifestaciones, implica en primer lugar reconocer el riesgo de su probable
ocurrencia. Esto es la necesidad de tener un conocimiento previo que nos permita
asumir una actitud activa frente a las posibilidades de que la violencia se
manifieste, o bien provoque sus consecuencias negativas sobre las personas.

La prevención será entonces la intencionalidad, expresada en un conjunto de


acciones, que asumimos frente al riesgo de que se manifieste la violencia. De esta
forma, riesgo y prevención son dos elementos indisolubles, lo cual implica que las
acciones de prevención reducen el riesgo. Esto es, a mayor conocimiento del
riesgo, mayores posibilidades de encontrar respuestas para la prevención de la
violencia.

La prevención de la violencia tendrá que visualizarse también dentro de una


perspectiva integral, el cual intenta el desarrollo de contenidos mínimos de
referencia para la prevención de la delincuencia juvenil, sin embargo es importante
visualizar que cualquier intento de prevención de la violencia delincuencial, tendrá
que tomar en cuenta que el fenómeno de la violencia es más complejo y que su
posición será siempre limitada sino se inserta dentro de un esquema amplio de
prevención de la violencia.

Esta posición resulta especialmente compleja para la prevención de la


delincuencia juvenil, en el sentido que se inserta dentro del esquema de la

16
De La Colina, Daniel; la prevención del delito y la policía comunitaria; pag. 67
17
Alianza para la prevención del delito-APREDE-,.prevengamos el delito en la comunidad, módulos para
consejos locales de prevención; pág. 35
18
Dammert, Lucia; ob. Cit.; pág. 54.
prevención de la violencia juvenil, esto es, tanto la que generan los jóvenes como
aquella que se genera en su contra, por el solo hecho de ser jóvenes. Pensemos
por ejemplo en la violencia estructural y simbólica: muchos jóvenes, o sectores
determinados de jóvenes, son víctimas de la violencia estructural que generan las
condiciones económicas y sociales dentro de las cuales se realiza su proceso de
socialización, el cual constituye un marco de referencia, que podría influir, en un
nivel de riesgo, para que este joven asuma actitudes, y en algunos casos, asuma
posiciones de agresión como respuesta frente a la marginación y exclusión que la
estructura social provee al joven.

Por esta razón, la prevención de la violencia juvenil asume como criterios de


valoración, la estratificación que permite visualizar el fenómeno en relación a
riesgos que operan con antelación para evitar la realización del delito, y aquellas
acciones que se realizan cuando el fenómeno delictivo ya ha causado sus efectos
para disminuir los riesgos de que, el joven concreto, vuelva a la comisión de
hechos delictivos graves. De esta forma, se han construido políticas de
prevención primera, secundaria y terciaria. Las dos primeras son políticas
propiamente preventivas, en el sentido de que se presentan cuando el delito
todavía no se ha cometido.

Para el caso del presente estudio, tanto la política criminal de la cual el sistema
penal forma parte, como la prevención del delito, que forma parte de las políticas
de seguridad, constituyen formas de gestionar la conflictividad social, sin embargo,
existen diferencias importantes entre ambas en relación a los alcances, métodos,
formas de intervención, y agencias que intervienen.

No obstante, la mayoría de los actuales estudios sobre prevención del delito no


incluyen al sistema penal como parte de las políticas de prevención; bajo esta
perspectiva se define el enfoque más utilizado actualmente en los modelos de
prevención es el modelo epidemiológico, el cual toma como referencia los modelos
para prevenir enfermedades en el área de salud pública, bajo este modelo las
estrategias de prevención se clasifican en primarias, secundarias y terciarias”.19

19
En el mismo sentido Dammert, ob. Cit. Pag. 55 y Rottman, ob. Cit. Pag. 74.
1. Prevención Primaria

La prevención primaria involucra estrategias dirigidas a la población en general,


que actúan sobre contextos sociales y situacionales para evitar que ellos
favorezcan a la delincuencia, y crea condiciones propicias para comportamientos
legales y pacíficos; en el mismo sentido: “en el nivel primario se actúa sobre
contextos sociales y situacionales para evitar que ellos favorezcan a la
delincuencia, y para procurar condiciones favorables a comportamientos legales”.
20

De tal manera que la prevención primaria se define como al conjunto de :


“estrategias dirigidas a la población en general, que actúan sobre contextos
sociales y situacionales para evitar que ellos favorezcan a la delincuencia, y crea
condiciones propicias para comportamientos legales y pacíficos21”; Baratta se
inclina también en el mismo sentido: “en el nivel primario se actúa sobre los
contextos sociales y situacionales para evitar que se favorezca la delincuencia y
para procurar condiciones favorables a comportamientos legales22”

“Los programas de prevención primaria se orientan a las causas de la


delincuencia. Se trata de neutralizar las posibilidades de que ocurran actos

20
Dammert; Ob. Cit; pag.56
21
Dammert, Lucía; Asociación gobierno local-comunidad en la prevención del delito; Pág. 56.
22
Baratta; Ob Cit. Pág. 88.
criminales antes de que se manifiesten. Tratan de resolver situaciones que pueden
conducir a una persona acometer delitos, como educación, trabajo, vivienda,
bienestar y calidad de vida”23.

Es en realidad, atacar condiciones de vulnerabilidad de la población meta, en este


caso jóvenes en circunstancias especialmente difíciles, que podrían, en un nivel
de riesgo, entendido en términos de probabilidad, involucrarse en actividades
delictivas. Se trata entonces de identificar perfiles de jóvenes, focalizados en
regiones determinadas, para impulsar políticas públicas de bienestar para un perfil
de jóvenes en forma específica. Los actores claves en este tipo de políticas se
refieren más a aquellos responsables de los derechos económicos y sociales,
familiares, centros locales de atención y los propios jóvenes.

Los programas de prevención primaria se orientan a las causas de la delincuencia.


Se trata de neutralizar las posibilidades de que ocurran actos criminales antes de
que ocurran actos criminales antes de que se manifiesten. Tratan de resolver
situaciones que pueden conducir a una persona a cometer delitos, como
educación, trabajo, vivienda, bienestar y calidad de vida.24

A su vez, cada nivel de prevención puede a su vez subdividirse, para algunos


autores en materia de prevención primaria existen dos modelos fundamentales, el
modelo situacional y el modelo social; Otros agregan la prevención comunitaria
(Dammert); mientras que otros plantean una clasificación basada en vectores de
protección, en ese sentido para la prevención primaria existiría un vector víctima,
vector situación, vector factores microsociales, vector factor macrosociales y
vector reacción social al delito.25

En relación a las acciones desarrolladas en el marco de la prevención primaria, los


autores plantean una serie de planes y programas de educación, sensibilización y
socialización, policías comunitarias, diseño medioambiental, organización
comunitaria, etc. La idea en este tipo de políticas es fortalecer los mecanismos de
control social informal (escuelas, iglesias, asociaciones de vecinos, etc.) y
estimular en la población los valores de solidaridad, participación y control:“se
parte de la premisa que todos los ciudadanos pueden, en cierto momento ser
víctimas o victimarios.

23
APREDE; Ob. Cit; Pág. 35
24
APREDE; Ob. Cit; pág. 35.
25
De la Colina, ob. Cit; pag. 68 ss.
“En este dique se van generando las situaciones que dan lugar a que un número
de ciudadanos se convierta en un sector vulnerable o en riesgo, tanto de ser
víctima como delincuenteGpor lo tanto este nivel de intervención es también
llamado prevención primaria, debido a que las acciones, tanto de prevención
social como prevención situacional, están dirigidas a toda la población en general,
teniendo como finalidad ir cerrando el diámetro del dique mediante la reducción de
las condiciones que propician que un buen número de personas sean vulnerables
a ser víctimas o delincuentes”.26

2. Prevención Secundaria

La prevención secundaria constituye un conjunto de acciones dirigidas


específicamente a evitar que se cometan delitos o violencia, se diferencia de la
prevención primaria principalmente porque no ataca a las causas profundas de la
violencia y el delito, sino solamente la disminución de los factores de riesgo que
potencian la comisión de los delitos o de sus manifestaciones violentas.

La prevención secundaria se focaliza en la identificación de posibles


victimizadores, buscando intervenir en ellos para evitar la comisión de delitos, lo
cual implica la presencia de mecanismos que permitan corregir o rectificar
personas y/o situaciones problemáticas.27”. “ está constituido por los diversos
sectores que ya son vulnerables o se encuentran en riesgo de ser víctimas o
delincuentes; también representa a comunidades donde hay un alto índice de
violencia y por consiguiente, donde es necesario ayudar a la comunidad a prevenir
violencia, mediante programas sociales, humanos y económicas.28

La prevención secundaria, el componente está más dirigido a situaciones,


espacios y grupos de víctimas y victimarios. Por ser más situacional, requiere, en
algunas circunstancias, la presencia policial, en especial aquella de naturaleza
comunitaria.

De esta manera, las actividades más comunes son las encuestas de victimización,
la definición de lugares para alumbrado eléctrico, participación comunitaria,
identificación de víctimas vulnerables, lugares más comunes y horarios de
comisión del delito, definición de rondas policiales, información sobre participación

26
Ministerio de Gobernación de Guatemala; Modelos de abordaje para la prevención; pág. 8
27
Dammmert; Ob. Cit; Pág. 56.
28
Ministerio de Gobernación de Guatemala; Ob. Cit; Pág. 8.
de la víctima, etc. La característica fundamental es que en esta prevención no
existe coacción directa sobre las personas, sino situacional para disminuir los
riesgos de comisión del delito.

Dentro de las políticas de prevención secundarias se encuentra el trabajo con


grupos en riesgo de delinquir o de ser víctimas, la regeneración y consolidación de
lazos comunitarios, la policía comunitaria, la organización de vecinos, la disuasión
situacional por medio del patrullaje focalizado, prevención del consumo de drogas
y alcohol, grupos de ayuda, iluminación de calles, sistemas de alarma, cercos, etc.

3. Prevención Terciaria

La prevención terciaria se relaciona más con las consecuencias jurídicas de la


comisión del delito, esto es, con la reacción, investigación, sanción penal y su
ejecución. Existen dos razones por las cuales se asume que el proceso judicial y
la ejecución de la sanción cumple una función preventiva, la primera se relaciona a
que por medio de una sanción, se envía un mensaje al conglomerado social de
que cuando se comente un hecho de naturaleza delictiva, y este es sancionado,
las personas inhiben su comportamiento relativo a la comisión delictiva.

En el mismo sentido, pero orientado a la persona en concreto, se espera que la


sanción cumpla en ella la inhibición de futuros comportamientos delictivos, ya sea
por el temor que le cause la posibilidad de que le impongan una nueva sanción
(prevención especial negativa); o bien porque a través de la ejecución de la
sanción, en el que se espera un “tratamiento” a través de programas carcelarios,
se logre una transformación hacia actitudes de respeto al cumplimiento de la ley.

Sin lugar a dudas en ámbito de la prevención terciaria donde se expresa una


relación directa con el sistema de justicia penal, e incluso, un cruce de las
agendas de justicia y prevención: “La prevención terciaria se relaciona con
victimarios y, por ende depende del accionar del sistema de justicia criminal para
limitar que estas personas reiteren su conducta, por medio de medidas de
disuasión (vigilancia policial), represión (encarcelamiento o rehabilitación)”.29

4. Ventajas y limitaciones de la prevención del delito

29
Dammert; ob. Cit. pag. 56.
La utilización de la prevención del delito como mecanismo para enfrentar la
criminalidad presenta importantes ventajas por sobre la utilización de modelos
únicamente basados en la política criminal, pero también se han encontrado
limitaciones o riesgos sobre su manejo:

VENTAJAS LIMITACIONES

La prevención del delito interviene sobre Las analogías del delito con la
las causas de la criminalidad, enfermedad y de la prevención del
principalmente en el caso de la delito con la salud pública asocian la
prevención primaria, mientras que el idea de delincuencia con “peste” y
sistema penal actúa por lo general pueden socavar los derechos del
solamente sobre los efectos, en ese individuo tal como sucedió con el
sentido, la prevención permite lograr, al paradigma de la criminología
menos en teoría, una disminución de los positiva.
hechos violentos dentro de la sociedad.

La prevención actúa sobre las La prevención tiene la tendencia a


situaciones que provocan violencia, convertirse en una extensión del
disminuyendo así los riesgos de control estatal en lugar de ser una
victimización, por lo que conlleva sustitución parcial del sistema
beneficios sobre toda la sociedad represivo de la justicia penal.
mientras que el sistema penal funciona
sobre personas y casos concretos

La prevención actúa antes de que se Por lo general, los programas de


produzca la delincuencia, por lo que prevención se limitan a un número
permite evitar algunos hechos violentos reducido de conflictos menores
en la sociedad, el sistema penal actúa (hurto, robos, agresiones físicas,
siempre en forma reactiva, es decir ya narcomenudeo consumo de drogas),
cuando se produjo la violencia. propio de delincuentes pobres o
delincuentes juveniles, y no atiende
los delitos más complejos propios de
la criminalidad organizada o la
criminalidad de “cuello blanco”. Se
tiende con esto también a reproducir
la selectividad del sistema penal,
defendiendo más a los ricos y
controlando más a los pobres

invertir en prevención primaria implica un La prevención comunitaria tiene una


fuerte gasto en el corto plazo, a largo tendencia a la exclusión de aquellos
plazo resulta menos oneroso invertir en que no son miembros de la
prevención primaria y secundaria que en comunidad e incluso con los
funcionamiento del sistema penal de miembros de la misma que han
justicia cometido delitos, creando así la
figura de un “otro” amenazante y
estigmatizando como “peligroso”.

Las estrategias prevención favorecen la


participación de la comunidad en la
resolución de los problemas de violencia
y delincuencia.

La prevención resulta siempre menos


violenta para los ciudadanos que la
aplicación de la justicia criminal, en
efecto los impactos para el individuo y
para la sociedad de una condena de
prisión, aun en las penas cortas, implica
un ejercicio de violencia estatal, así como
costos familiares y sociales más graves
que os causados por la prevención.

No obstante, las limitaciones anteriores, en el caso de la violencia y delincuencia


juvenil, la prevención del delito más que una opción de policías públicas es un
compromiso y mandato asumido por los Estados, esto debido a que en el caso de
niños y jóvenes la utilización de estrategias de prevención del delito debe
priorizarse siempre por sobre la utilización del derecho penal, tal como lo disponen
las directrices de las naciones unidas para la Prevención de la Delincuencia
Juvenil (Directrices de RIAD):“la prevención de la delincuencia juvenil es parte
esencial de la prevención del delito en la sociedad. Si los jóvenes se dedican a
actividades licitas y solamente útiles, se orientan hacia la sociedad y enfocan la
vida con criterio humanista, pueden adquirir actitudes no criminógenasGdeberá
reconocer la necesidad y la importancia de aplicar una política progresista de
prevención de la delincuencia, así como de estudiar sistemáticamente y elaborar
medidas pertinentes que eviten criminalizar y penalizar al niño y al adolecente por
una conducta que no causa graves perjuicios a su desarrollo ni perjudica a los
demás”.

III. DELINCUENCIA JUVENIL

La búsqueda de soluciones al fenómeno del delito, llevó a científicos de distintas


ramas del saber a coincidir sobre la necesidad de identificar las causas que
motivan en el ser humano la comisión de hechos de naturaleza delictiva. Aunque
existan serias dudas sobre si es o no una ciencia, se atribuye a la criminología la
tarea de producir el conocimiento sobre las causas que motivan el comportamiento
delictivo. Su nacimiento, al menos oficialmente, se considera en la segunda mitad
del Siglo XIX, como producto de adjudicar, o más bien ajustar, las categorías de
las ciencias naturales a la construcción de una ciencia que ha pasado por
remodelarse al ritmo del pensamiento filosófico, psicológico, sociológico y político.
En este apartado presentaremos los aportes que el cúmulo de conocimientos
criminológicos aporta para la concepción de la delincuencia juvenil.

Previo a dicho aporte, es necesario identificar al sujeto social al cual nos


referimos, joven, dentro de una concepción puramente utilitaria. En este aspecto
es necesario recordar que las etapas asignadas a una persona durante su vida
(infante, niño, adolescentes, jóvenes adultos, adulto y anciano), son producto del
desarrollo histórico de la sociedad, incluso en algunas sociedades, en especial las
tradicionales, no existen muchas diferencias de fragmentación. Las ciencias
naturales nos pueden aportar el aparecimiento en el individuo de ciertas
características físicas; como los vellos en el pubis, los bigotes y el cambio de voz
en los hombres y los senos en las mujeres, sin embargo, a estas características,
cuando existen, se agregan un conjunto de ritos y roles sociales que les asignan
dentro de la interacción social. El complemento de estas características, y el rol
que le hemos asignado, conforman la designación de joven o adolescente. Esto
indica entonces que depende la sociedad a la cual nos refiramos, así será
entonces la existencia o bien los roles sociales que le asignemos al adolescente.

Guiddens nos ofrece lo siguiente: “El concepto de "adolescente" es relativamente


reciente. Los cambios biológicos que supone la pubertad (el momento en el que
una persona es capaz de tener una actividad sexual adulta y de reproducirse) son
universales. Sin embargo, en muchas culturas esto no produce el mismo grado de
confusión e incertidumbre tan habitual entre los jóvenes occidentales de hoy.
Cuando existe un sistema de grados de edad, por ejemplo, junto a una serie de
ritos particulares que señalan la transición de una persona a la madurez, el
proceso de desarrollo psicosexual resulta por lo general más sencillo. Los
adolescentes de las sociedades tradicionales tienen menos que "desaprender"
que los de las sociedades modernas, ya que el ritmo de cambio es más lento.
Llega un momento en el que nuestros hijos tienen que dejar de ser niños: tienen
que abandonar sus juguetes y romper con sus objetivos infantiles. En las culturas
tradicionales, donde los niños trabajan junto a los mayores, este proceso de
"desaprendizaje" es normalmente mucho menos estrictoG.. Los adolescentes
están "a medio camino" entre la infancia y la madurez, y crecen en una sociedad
sujeta a continuos cambios”30.

El desarrollo teórico que ha presentado la criminología en relación a la


delincuencia juvenil, se inscribe más sobre el adolescente en las sociedades
occidentales, y a partir de una época determinada, desde el inicio del desarrollo
industrial hasta nuestros días, de tal manera que estamos frente a procesos de
teorización que acompañan el desarrollo del capitalismo en sociedades
industriales. Esta limitante es importante considerarla, pues el análisis parte de
relaciones sociales que tienen como base la construcción y desarrollo de una
determinada estructura social, en donde el joven irrumpe en procesos de
socialización predefinidos, que lo hacen completamente diferente a muchos
jóvenes de organizaciones campesinas y pertenecientes a los barrios marginales

30
Antonio Guiddens, Manual de Sociología, pag. 31
de las ciudades de países como el nuestro. Esto no escatima que las reflexiones
no se ajusten a nuestra realidad en absoluto, pues es de reconocer que la
tendencia del desarrollo económico y social tiende a asumir una composición
económica y social capitalista.

El inicio de la criminología parte de que el fenómeno criminal ya no constituye un


hecho exclusivo del mundo jurídico, como lo era durante la escuela clásica, serán
las ciencias exactas y sociales quienes en adelante, a través de la criminología, se
hará cargo de buscar en la realidad natural y social las causas del delito. "En su
origen, pues, la criminología tiene como función específica, cognoscitiva y
práctica, individualizar las causas de esta diversidad, los factores que determinan
el comportamiento criminal, para combatirlos con una serie de medidas que
tienden, sobre todo, a modificar al delincuente. La concepción positivista de la
ciencia como estudio de causas ha apadrinado a la criminología".31

Este desplazamiento del análisis del fenómeno criminal tuvo su primera


manifestación en la propuesta de la Escuela Positiva Italiana de Lombroso,
Garófalo y Ferri. El primero, en su obra El Hombre Delincuente (1876), para quien
el delito es un fenómeno natural, necesario como el nacimiento, la muerte, la
concepción, determinado por causas biológicas de naturaleza sobre todo
hereditaria, donde sobresale la visión antropológica sobre los factores psicológicos
y sociales; esta visión se amplió con la propuesta de Garófalo, quien introdujo el
nombre de criminología en su libro que lleva este nombre (1905), introduciendo los
factores psicológicos; y por último Ferri, en su libro Sociología Criminal (1900)
introduce los factores sociológicos. Para Ferri, los factores que determinan al
delito están los factores antropológicos, físicos y sociales.

El delito fue reconducido por la escuela positiva a una concepción determinista de


la realidad en la que el hombre resulta inserto y de la cual, en fin de cuentas, es
expresión de su comportamiento. El sistema penal se sustenta no tanto sobre el
delito y sobre la clasificación de las acciones delictuosas, consideradas
abstractamente, sino sobre el autor del delito, y sobre la clasificación tipológica de
los autores.32

La herencia del positivismo criminológico para la concepción social de la


delincuencia juvenil son determinantes en la definición de la política criminal. Esto
debido a que la búsqueda de la causa del delito estaba en el propio joven, esto es
en su conformación biológica, psíquica y en su personalidad. El joven delincuente

31
BarattaAlessandro, Ob. Cit. Pág. 22
32
Ibíd., pág. 32
es considerado un peligroso social, el síntoma de esta peligrosidad son las
acciones delictivas. De ahí entonces que los centros de privación de libertad se
convertirán en laboratorios de estudio para determinar los perfiles que caracterizan
esta peligrosidad.

La irrupción de la sociología a finales del Siglo XIX con Durkheim, provocó una
influencia importante en la concepción del crimen como hecho social. Este autor,
rompió con la tradición de reconocer en el crimen un síntoma de una patología
personal y por lo tanto, un fenómeno normal, incluso positivo para el desarrollo
social, sin embargo, la criminalidad se convierte en un problema grave, cuando
llega a niveles de anomia, es decir, ningún sistema jurídico es capaz de contener
la violencia social. De esta concepción se derivan aquellas que asumen el
fenómeno del crimen a partir de la estructura social, tales como Merton. Este autor
considera al fenómeno criminal como una contradicción entre estructura social y
cultura. Se afirma, como supuesto dentro de este esquema explicativo, que la
cultura (considerada en un momento histórico determinado), propone
determinados valores socialmente aceptados y jerarquizados, que constituyen las
metas sociales generalmente aceptadas. Por ejemplo, el éxito económico y el
bienestar social, constituyen metas que propone el modelo occidental de sociedad,
a los cuales, se supone, todos los individuos aspiran.

De la misma manera la estructura social propone las metas y valores sociales, la


cultura propone los mecanismos legítimos para alcanzar estos valores y metas.
Por ejemplo: el trabajo y el estudio constituyen los mecanismos socialmente
aceptados legalmente para llegar a las metas propuestas. De esta manera, la
conducta desviada constituye el llegar a las metas propuestas sin asumir el
camino trazado por las normas sociales impuestas, en otras palabras, si quieres
enriquecerte, ser aceptado por la sociedad y valorado tu éxito económico se
deberá de hacer por los mecanismos legítimamente propuestos, el delito,
constituye el atajo para alcanzar dichas metas.

La disfunción social se produce cuando algunos individuos están estructuralmente


excluidos para alcanzar las metas propuestas por la cultura, por lo que se
encuentran determinados para delinquir, pues la presión social para alcanzar las
metas es de tal magnitud, que los induce al delito. "La estructura social y
económica de cada sociedad determinada no ofrece a todos, en igual grado, las
mismas posibilidades de acceder a las modalidades y a los medios legítimos para
alcanzar las metas últimas".33

33
Ibíd., pág. 109
Por ejemplo, un joven de área marginal, analfabeto o instrucción limitada, cuyos
padres inmigraron del interior de la República de origen indígena y rural, está
objetivamente marginado para alcanzar las metas socialmente aceptadas por los
caminos legítimos. Para él, el condicionamiento para alcanzar el éxito económico y
aceptación social será más fácil por el camino delictivo. De esta manera, la
desproporción entre fines culturales y medios para alcanzarlos en determinados
individuos, constituye el origen y la causa del comportamiento desviado. La
contradicción, entonces, entre fines y medios constituye el origen del delito.

La explicación más cercana de la delincuencia juvenil relativa a las pandillas


juveniles, se encuentra en la propuesta de las subculturas de Albert Cohen. Este
autor considera que las pandillas juveniles se estructuran a partir de la
marginación de grupos sociales estructuralmente desplazados, conformada por
individuos que los une su propia marginación, y a partir de la cual construyen sus
propias metas y medios que dentro de ellos son socialmente aceptados. El
delinquir constituye actos aceptados e incluso necesarios tanto para alcanzar las
metas propuestas por la cultura dominante como para ser aceptados dentro del
esquema subcultural. Son subculturas, pues la fuerza de sus valores no alcanza la
fuerza política para constituirse en contraculturas, como el significado étnico en
nuestro medio.

Las pandillas juveniles surgen a partir de la violencia estructural que se ejerce


sobre determinado grupo de jóvenes. El sistema educativo, carente de recursos
para realizar actividades de apoyo extraescolar, fortalece la relación entre jóvenes
con iguales condiciones de exclusión económica y social que provoca elementos
para fortalecer sus relaciones, a tal grado de conformar sus propios valores y
medios distintos, y a veces confrontados, a los grupos más homogéneos que
propugna el modelo oficial. El comportamiento delictivo es incorporado y
aprendido a través de la interacción permanente entre el grupo.

En las décadas del sesenta y setenta del Siglo XX, se construyen otras propuestas
teóricas sobre la delincuencia, inscritas dentro de la reacción social, se incluyen la
teoría del etiquetamiento y la criminología crítica. La primera considera que el
fenómeno delictivo surge a partir de que determinadas personas tienen el poder
para designar qué es delito y qué no es delito, así como también quien tiene el
poder para designar quien es delincuente y quien no lo es. Existe entonces el
reconocimiento de que la sociedad se desarrolla dentro de un esquema “normal”
de conflictividad y violencia social, sin embargo, las agencias políticas y las
agencias de justicia, tienen el poder para designar el fenómeno delictivo dentro de
todo este conglomerado social. Para estas teorías, la criminalidad es producto de
los procesos de criminalización primaria y secundaria, es decir, a través de asignar
qué es delito y quien es el delincuente.

Estas funciones de poder, generan en los individuos seleccionados, proceso de


criminalización secundaria, la introyección de pautas de comportamiento delictivo.
La criminología crítica incorporó en sus inicios el análisis de la teoría del
etiquetamiento, solo que a través de la teoría marxista, en donde lo importante de
determinar es que en los procesos de criminalización primaria y secundaria, se
expresan las desigualdades económicas y políticas de una sociedad. De esta
manera, según la criminología crítica, el poder penal se distribuye en forma
inversamente proporcional a como en una sociedad excluyente, se distribuye la
riqueza, en otras palabras, el poder punitivo es uno de los tantos aspectos en que
se expresa la desigualdad social.

Las corrientes criminológicas proveen elementos ideológicos importantes para la


construcción de políticas públicas en materia de prevención de la delincuencia
juvenil en sus tres aspectos, primaria, secundaria y terciaria. No podemos afirmar
en forma categórica que cada teoría haya existido para una época determinada,
esto es cierto en parte, pero en realidad, todas se encuentran activas como
elementos ideológicos y fuentes para el diseño de las políticas públicas, y
constituyen el sustrato del control social, entendido éste como la orientación del
comportamiento humano. De esta forma, no encontramos en las normas y en las
políticas públicas en general, situaciones neutras, siempre expresan, de una u otra
manera, alguna corriente criminológica, no en forma pura, sino que muchas veces
combinaciones de categorías comunes.

IV. POLITICAS PÚBLICAS PARA LA PREVENCIÓN DE LA VIOLENCIA


JUVENIL

Para los efectos de la presente investigación, es importante en primer lugar


focalizar al sujeto social en forma específica, como lo son las maras y pandillas,
caracterizadas por su estilo de vida, el cual comprende: las opiniones, creencias,
concepciones filosóficas, convicciones morales, preferencias estéticas, prácticas
sexuales, alimentarias, vestimenta, culturales, etc., que lo caracterizan como
grupo social diferenciado. A las pandillas juveniles se les atribuye, aunque falte por
demostrar el grado de intensidad, dentro de su estilo de vida, prácticas violentas
de naturaleza delictiva con distintas finalidades: como estrategia de sobrevivencia,
pertenencia y status interno entre otros. El estilo de vida de pandillas es
diferenciado dentro de la clase social a la cual pertenecen, obrera, del menor nivel
de vida, entendido éste como la cantidad de bienes y servicios de los cuales
dispone un individuo o grupo social. De esta forma, las pandillas juveniles, como
grupo diferenciado, conviven con sectores de la misma clase social, con niveles de
vida similares, pero estilos de vida ligeramente distintos.

Previo al análisis de la conjugación de las distintas políticas públicas, es necesario


también asentar que la ausencia de estas políticas ha contribuido a la gestación y
crecimiento de las maras y pandillas. Sin asumir por el momento que las mismas
se organizan específicamente para delinquir, las corrientes criminológicas que
tratan de explicar las causas de la violencia juvenil, en especial aquellas que
asumen un estilo de vida específico en donde se incluye la acción delictiva, como
la propuesta por Merton y Albert Cohen (ver supra), son resultado de la
marginación social. Esto es, producto de la violencia estructural de marginación,
en especial de políticas públicas en áreas urbanas con carencias extremas, en
donde se generan condiciones propicias para que los procesos de socialización
institucionalizados para la niñez y juventud (escuela, familia, recreación,
preparación para el trabajo), carece de mecanismos específicos para incluir a
niños y jóvenes en condiciones especialmente difíciles.

Lo que complica aún más el análisis, es la necesidad de comprobar que la


ausencia de políticas públicas en áreas marginales no han sido la única causa de
la consolidación del estilo de vida de las maras y pandillas, también lo han sido los
procesos de estigmatización social provocados por los procesos de criminalización
primaria y secundaria, esto es, que además de la negación a los derechos
económicos y sociales, se han institucionalizado políticas de seguridad y
persecución delictiva que tienen como base estereotipos que coinciden con el
perfil de jóvenes pertenecientes a estos grupos vulnerables. De esta manera, se
instalan en forma paralela, políticas públicas hacia organizaciones de jóvenes
denominadas en maras y pandillas, que tienen como base la violencia en sus
diferentes acepciones descritas anteriormente: una violencia estructural y
simbólica, que genera las condiciones propicias para que determinados jóvenes
asuman un estilo de vida auto referente, con sus propios valores y medios de
aceptación; y una violencia de agresión física y psicológica, expresada en las
políticas de seguridad pública y reacción punitiva, que tiene como fundamento el
estereotipo. Ambas políticas, pero en especial esta última, fortalece no solo los
mecanismos de filiación de los jóvenes pertenecientes a maras y pandillas, sino
que además, constituyen incentivos para consolidar o acrecentar la violencia como
estilo de vida de jóvenes pertenecientes a maras y pandillas.

Es importante aclarar que las políticas públicas de reacción y sanción del delito
son por naturaleza violentas. Esto es, para nadie escapa el valorar en términos
materiales, que la detención de personas, el sometimiento forzoso a un proceso
judicial y la privación de libertad en centros específicos para menores de edad,
son actos violentos institucionalizados. En términos más concretos, que frente a la
violencia que genera la acción delictiva, existe una violencia institucionalizada a
través de la justicia penal. Esta última violencia será legítima en la medida en que
cumpla determinadas condiciones, esto es las garantías previstas en la
Constitución y los tratados en materia de derechos humano. En lo que se refiere al
tema de la delincuencia juvenil, además de cumplir con los límites generales, se
agregan aquellos especiales por el hecho de ser joven menor de edad.

La justificación por la cual existe un modelo de justicia diferenciado para un menor


de edad, no tiene una relación absoluta con la propuesta normativa de que los
menores de edad son inimputables, propuesta hecha a partir del positivismo
criminológico etiológico (ver supra), considerando dicha situación como suficiente
para afirmar que los jóvenes no conocen ni comprenden que una determinada
conducta es contraria a la ley penal, y por lo tanto debe equipararse a los
enfermos mentales. Esta visión fue determinante para la construcción de una
justicia juvenil conocida como situación irregular, que tenía como objetivo excluir al
joven del derecho penal, pues su situación de inimputable, en el sentido que
introdujo el positivismo criminológico, convertía la aplicación de una pena en
innecesaria por no cumplir ninguna función resocializadora para alguien que no
conoce ni comprende las conductas ilícitas.

Dentro de esta perspectiva, los menores transgresores de la ley penal, eran


sometidos a medidas de protección en centros especializados durante un tiempo
indeterminado hasta que superaran su condición de “irregular”. Aunque parezca
positivo a primera vista, esta política produjo consecuencias nefastas para los
menores encarcelados, aunque en principio se lograra una separación entre
adultos y jóvenes, lo cual fue beneficioso para estos últimos, los resultados en
términos generales fue la construcción de un modelo de justicia arbitrario por la
falta de seguridad jurídica y porque en realidad, se produjo un proceso de
criminalización de la pobreza y reafirmó la condición de excluido. En otras
palabras, la política de justicia de menores, estaba estructuralmente definida para
criminalizar a menores de edad en condiciones especialmente difíciles, es decir,
por sus características personales y no por la gravedad de sus hechos.

Esta situación inició un cambio profundo con la Convención de Naciones Unidas


sobre Derechos del Niño, la cual incluyó un conjunto de paradigmas que
propiciaron una mejor comprensión sobre las razones políticas, sociales, históricas
y jurídicas por las cuales los menores de edad no deberían ser juzgados como los
adultos. En principio, la inimputabilidad de los menores de edad, dentro de esta
doctrina conocida como protección integral, ya no concibe al menor de edad como
un incapaz para conocer y comprender el carácter ilícito de las leyes penales, sino
como una etapa especial del desarrollo humano, en la cual no se han removido
aquellos obstáculos que le impiden una participación plena en la vida social. Por
ejemplo, no se ha completado un proceso educativo que le permita incorporarse al
trabajo en forma plena y con la capacitación necesaria; existen prohibiciones
legales para su participación como ciudadano para elegir y ser electo, disponer de
sus bienes con plena libertad, contraer matrimonio, trabajar sin autorización de sus
padres, etc. Una decisión de imponer una pena a personas que tienen una
limitación estructural de participación en la vida social, como lo es aplicar una
pena a menores de edad igual que a los adultos, sería ilegítima y por lo tanto
políticamente incorrecta dentro de un esquema democrático y respetuoso del
estado de derecho.

De la misma manera, existe una edad mínima, estimada en 13 años, que impide,
en iguales circunstancias, imponer cualquier medida coactiva, en este caso para la
niñez, pues para esta colectividad ni siquiera se ha cumplido lo mínimo del
proceso de socialización, en nuestro caso educación primaria, para que puedan
participar con conocimiento de causas en la valoración de sus actos contrarios a la
ley penal.

Por estas razones, es importante plantear un programa político criminal que


permita desarrollar estrategias efectivas para responder en forma coactiva, es
decir con violencia, hacia las acciones contrarias a la ley penal que realicen los
adolescentes, siempre y cuando, signifiquen recuperar el sentido de
responsabilidad de sus actos acordes a su proceso social de desarrollo,
proporcionales al daño causado y que sean acompañadas de un conjunto de
políticas públicas tendientes al cumplimiento de sus derechos económicos y
sociales, propios de la adolescencia en condiciones de vulnerabilidad social. Una
política criminal de esta naturaleza, debe partir de los siguientes principios:

• Al menor de edad sólo se aplicará una medida de corrección cuando se


compruebe dentro de un debido proceso que su conducta es contraria al
ordenamiento penal.
• Toda garantía prevista para los adultos en la Constitución y tratados
internacionales se aplicará con mayor razón a los menores de edad.

• Se deben ampliar las garantías respecto a la niñez, en especial las relativas


a la defensa, inmediación, culpabilidad, legalidad e inocencia. Toda medida
de corrección debe estar legalmente determinada y ninguna puede tener
una duración indefinida. Tampoco puede sobrepasar ni tener la misma
intensidad de las sanciones penales previstas en la legislación penal para
ese mismo hecho.

• El cumplimiento de las medidas debe estar sometido a constante control


jurisdiccional y prever mecanismos que permitan la suspensión de tal
medida por otra menos gravosa en cualquier momento. Se deben
incorporar mecanismos de conciliación y mediación para determinados
conflictos, de tal manera de permitir mayor participación de la víctima en el
proceso.

• Establecer un catálogo amplio de medidas que faciliten la utilización del


internamiento como último recurso.Tomando en cuenta la diversidad
pluricultural de la sociedad, se deben reconocer el sistema jurídico de las
culturas indígenas para la resolución de este tipo de conflictos, dentro de
los límites establecidos en el Convenio 169 de la OIT.

Una política criminal de esta naturaleza, está condenada, en el mejor de los casos,
a una parálisis en su efectividad por muchos motivos, ya sea por falta de recursos
humanos capacitados, presupuestos limitados o bien por la carencia de un
respaldo político y social, que concibe la conducta delictual de la juventud, el
síntoma fundamental para construir estereotipos de criminalización por estilo de
vida, en otras palabras, que la intervención tenga como fundamento las
características personales del joven y no la gravedad de los delitos cometidos. A
pesar de estas circunstancias, y aun contando con recursos humanos y materiales
suficientes, estará también en crisis, cuando el Estado, y la sociedad en sus
diversas manifestaciones, apuesta con exclusividad por la política criminal para
responder al fenómeno de la delincuencia juvenil, en especial de grupos, como las
maras y las pandillas, cuya organización parte de la exclusión social. Por esta
razón, es inevitable, que una política criminal con estas características no adquiera
su carácter subsidiario, es decir, se convierta en la única política pública, o la
principal, para responder a la conflictividad y violencia provocada por los jóvenes
que comenten delitos y se encuentren en condiciones especialmente difíciles.

Su fracaso no se debe a sus principios, sino a la falta de acompañamiento de


políticas de prevención primaria que identifiquen a jóvenes en condiciones de
vulnerabilidad; así como también a políticas de prevención secundaria, que
intentan anticipar la reacción coactiva frente al crimen. Todas las políticas deben
estar coordinadas, pero al mismo tiempo diferenciadas en cuanto a sus objetivos y
modalidades de intervención. Esto es, en las políticas de prevención primaria, se
debe intentar, por distintos medios y en forma intensa, incluir a los jóvenes en
condiciones de vulnerabilidad que pertenezcan, o pudieran llegar a pertenecer a
las maras y pandillas, a programas educativos, de salud, recreación y aprendizaje
para el trabajo, no únicamente por el riesgo que significa que estas carencias
constituyan motivos para iniciar una carrera de acciones violentas y delictivas, que
ya de por sí es una buena razón, sino que también son sus derechos, en el
sentido de que el cumplimiento de los mismos significa, según nuestro marco
conceptual, el abandono de una violencia estructural generada contra ellos, por el
hecho de pertenencia a comunidades marginadas del desarrollo.

En el mismo sentido, una política de prevención secundaria, en el sentido más


amplio de seguridad pública, debe tener sus propias categorías y objetivos fijados
según las coyunturas y situación delictual existente. Esto es, no debe partir de
prejuicios por estilos de vida, sino efectiva en cuanto que parte de estudios y
análisis de violencia situacional y grupal, la cual permita intervenir en forma
anticipada a que el hecho delictivo se haga presente, de ahí la naturaleza de
conocer, en el sentido científico el riesgo de ocurrencia. Para el efecto, también se
aplican los principios descritos anteriormente, en el sentido de que las políticas de
prevención secundaria son subsidiarias de las políticas de prevención primaria.
Esto es, no es posible enfrentar la delincuencia juvenil únicamente con presencia
policial y organización comunitaria para evitar la comisión de delitos en forma
situacional, esto porque en primer lugar a largo plazo se convierte en un alto
costo, sino que también no es posible generar condiciones sociales en las
comunidades de permanente vigilancia, pues esto generaría un estado policial.

La subsidiaridad de las políticas de prevención, están entonces en escala una


respecto a las otras, la política de prevención terciaria, o política criminal, es la
última ratio en todo el entorno de las políticas de prevención para la conflictividad
violenta; luego la política de prevención secundaria será subsidiaria, en sentido
estricto, de la política de prevención primaria. Cada una de estas tiene sus
categorías, acciones y objetivos de intervención distintas, aunque apunten a
prevenir en su conjunto la violencia social. Tomando en cuenta estas
características, es posible encontrar todavía una política de cumplimiento de los
derechos humanos antes de la política de prevención primaria, pues esta solo
responde a grupos de mayor vulnerabilidad social, y es la prevención que se logra
con la construcción de una estructura social que tiene como finalidad el
cumplimiento efectivo de los derechos económicos, sociales y culturales, en otras
palabras, un estado de bienestar para TODOS los niños y jóvenes. Una situación
de estas características parece utópico plantearlo en las condiciones actuales en
que nos encontramos, pero, es importante fijar metas muy a largo plazo, el cual,
sin lugar a dudas, inicia a partir de construir políticas de prevención primaria,
secundaria y terciaria integrales. Es probable que nunca erradiquemos por
completo la desigualdad y la violencia social, pero es válido reducir su presencia,
avanzando paso a paso, intentando no retroceder, con el estímulo de que
encontramos buenas prácticas junto a dificultades.

El impacto de las políticas y planes de prevención

En relación al éxito de las políticas y planes de prevención para resolver la


problemática de la violencia y la delincuencia, las opiniones son variadas, algunos
criminólogos son bastante escépticos en cuanto a los resultados de los programas
de prevención para la reducción de la violencia criminal.“No parece claro, en todo
caso, su probada efectividad. Aunque ideológicamente muchos autores han
apostado por estos mecanismos de prevención antes que por el sistema penal,
por considerarlos más humanos, más benignos o cercanos a la comunidad, la
realidad es que muchas veces se han vuelto instrumentos sutiles o difusos, con
pocas posibilidades de racionalizarlo, con una indudable falta de garantías para
quienes los padecen.”34

“La efectividad de los programas centrados en la comunidad es discutible. Las


evaluaciones acerca de prevención comunitaria del delito han arrojado resultados
mixtosGlos programas de evaluación de la prevención situacional han arrojado
resultados contradictorios.”35

Sin embargo existe una serie de programas implementados en distintas regiones


que han demostrado un nivel importante de éxito en la disminución de la
criminalidad, tales como la experiencia de los contratos de seguridad, en Bélgica y
Francia durante los años noventa, las experiencias en las ciudades de Montreal y
Toronto en Canadá; la importante disminución de la criminalidad en las ciudades
de Bogotá y Medellín en Colombia entre 1993 y el 2004; los programas de
prevención de violencia en las ciudades de Bellavista, Perú; Santa Tecla, El
Salvador; y San Joaquín, Chile; por mencionar solamente algunos casos.36

Estas diferencias en la apreciación de los logros de las políticas de prevención,


radica en parte a que la medición de la efectividad de los planes y políticas de
prevención representa serias dificultades metodológicas: por una parte se deben
considerar los factores externos a la criminalidad que afectan en forma directa las

34
Zúñiga, Laura; política Criminal; pag. 211.
35
Rottman, ob. Cit; pag. 132.
36
Para un análisis sobre estas experiencias ver Zúñiga, Liza; la Participación comunitaria en prevención del
delito: experiencias de Marica Latina y Europa.
acciones preventivas llevadas a cabo por las autoridades, y por lo tanto los
resultados de los planes y programas de prevención, principalmente en una
sociedad del consumo, donde la mayoría de los delitos cometidos responden a
lógicas de mercados ilegales.

Por otro lado, el factor humano involucrado en los planes parece tener una
importancia fundamental para el logro de los objetivos planteados. Una última
dificultad estriba en que la mayoría de los casos no se elabora una línea basal
previa a la intervención que identifique la situación de la violencia y delincuencia
antes de la implementación del plan de prevención, por lo que los resultados
obtenidos carecen muchas veces de parámetros de medición de impacto.

En todo caso, parece haber una serie de factores que tienen incidencia directa en
el éxito o fracaso de un plan de prevención, entre estos se encuentran:

• La definición clara metodológica objetivos y metas, que incluye la extensión


territorial del programa, los delitos a intervenir, los beneficiarios y las
estrategias de abordaje.

• La sostenibilidad política del proyecto, este elemento es fundamental


incluso en los planes comunitarios o municipales, en todo caso siempre es
importante el apoyo político de las autoridades centrales, debido a que una
buena cantidad de los programas requiere del apoyo de policías y otras
dependencias del ejecutivo; por otra parte debido a que los planes y
programas tienen sus principales impactos en el largo plazo, se requiere
que las autoridades locales que asumen tras los cambios de gobierno
continúen los esfuerzos de sus predecesores.

• El apoyo presupuestario, aunque son menos onerosas que las estrategias


reactivas las políticas de prevención requieren de importantes esfuerzos
presupuestarios, que muchas veces dependen de ministerios o parlamentos
ajenos a la problemática y al plan implementado en la localidad.

• Coordinación interinstitucional, la mayoría de los planes y programas


exitosos de prevención es el resultado tanto de la coordinación
interinstitucional como de la combinación de estrategias preventivas y
reactivas, es decir, si en la comunidad las agencias del sistema de justicia
penal no funcional, los planes preventivos no podrán abordar en forma
adecuada la problemática, de la misma forma, sin planes preventivos la
política criminal se encuentra saturada y es incapaz de darle respuesta al
elevado número de casos que se le presentan.

• La participación comunitaria bajo reglas claras, sin lugar a dudas, sin la


participación de la población los planes y los programas de prevención
están condenados al fracaso, en ese sentido, debe tomarse encuentra que
uno de los principales riesgos de las personas que participan en forma
voluntaria debido a la dificultad de alcanzar las expectativas generadas.
Otro factor importante lo constituye plantear los límites de la participación
comunitaria, esto implica que en ningún caso los vecinos deben asumir
funciones propias de las agencias estatales de seguridad y justicia.