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1.

Tomando conciencia
Dónde estamos y adónde nos
dirigimos
«Poco importa la velocidad si no vas en la dirección correcta».
—Mohandas K. Gandhi

S
i queremos que todo el mundo se mude a Villavegana, debemos
hacernos una idea de cuál es nuestra situación actual. ¿Cuánta
gente vive a los pies de la montaña? ¿En qué piensan y cómo se
sienten? ¿Es fácil emprender el camino? ¿En qué estado se encuentran
las carreteras? Traducido al movimiento vegano, todas estas preguntas
implican cuestiones como el respaldo público con el que cuenta nues-
tra causa, la opinión de la gente sobre los animales, la disponibilidad
de las alternativas, los obstáculos que comporta el hecho de hacerse
vegano y lo que motiva a los veganos. Sin embargo, antes de dar un
repaso a la situación vigente, analicemos brevemente qué consenso hay
respecto a nuestros objetivos fundamentales, puesto que no son tan
evidentes como puede parecer.

Los objetivos de este movimiento

En términos generales, la intención de los adeptos al veganismo es


ayudar a tantos animales como sea posible. ¿Qué significa «ayudar» en
este contexto? A continuación, se muestran tres formas de abordar
dicha cuestión. «Ayudar» puede implicar:

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1. Mitigar el sufrimiento animal siempre que sea posible.
2. Reducir la matanza de animales en la medida de lo posible.
3. Combatir la injusticia contra los animales tanto como podamos.

Supondré que la mayor parte de los lectores estarán de acuerdo


con el primer punto y con el segundo. Soy consciente de que mucha
gente cree que matar animales es aceptable si se lleva a cabo de mane-
ra indolora y si el animal ha llevado «una buena vida» (sea lo que sea
que signifique eso), pero el público potencial que tengo en mente para
este libro lo componen aquellas personas a quienes les parece inacep-
table sacrificar animales para comer, para vestirnos o, simplemente,
por placer y que quieren abolir dicha práctica.
El tercer punto de nuestra lista es más peliagudo. Se podrían tildar
de especistas1 algunas de nuestras acciones hacia los animales o las
relaciones que establecemos con ellos; incluso podría parecer que in-
fringen los derechos de los animales, cuando en realidad estas no tie-
nen por qué implicar un daño. Por ejemplo, se puede generar un de-
bate en torno a la equitación, las gallinas ponedoras o incluso los
animales de compañía, como los perros y los gatos. Por lo que a mí
respecta, estoy en contra de usar a los animales sea cual sea la finali-
dad, principalmente porque quiero evitar que sufran o sean sacrifica-
dos. Puede que los animales no sean libres del todo, pero eso no sig-
nifica que les estén haciendo daño (no todo uso constituye un abuso).
En cambio, los animales que viven en libertad en plena naturaleza
pueden verse sometidos a un sufrimiento extremo (véase el recuadro
de la página 34).
Enzarzarse en un interminable debate filosófico sobre los objetivos
fundamentales del movimiento animalista más allá de los tres propó-
sitos mencionados arriba excede el alcance de este libro. Doy por he-
cho que los veganos y los defensores de los animales están de acuerdo
en gran medida con dichos objetivos y apuestan por acercarnos a su
cumplimiento.
Así pues, un mundo vegano es aquel en que los animales no están
destinados a sufrir ni a morir cruelmente a manos de los humanos y en
el que se ha revocado el uso de animales de casi cualquier clase, aun-
que pueda permanecer algún tipo de relación entre humanos y anima-

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les basada en un beneficio mutuo. De acuerdo con esta definición, un
mundo vegano no constituye una meta en sí misma, al igual que el
veganismo no es un fin en sí mismo, sino un medio para acercarse a
ese enfoque.

Doble exigencia

Si dentro del movimiento vegano evaluamos lo que pedimos a los no


veganos, nos daremos cuenta de que perseguimos cosas distintas. En
primer lugar, queremos que los demás modifiquen su comportamien-
to, que dejen de consumir productos de origen animal. En segundo
lugar, también queremos transformar su actitud, que renuncien a estos
productos porque les importen los animales. Dicho de otro modo, no
solo queremos que la gente haga lo correcto; queremos que lo haga
por las razones adecuadas. Para que quede aún más claro: imagina un
mundo en el que nadie consumiese productos derivados de animales
porque se hubiesen convertido en «recursos innecesarios» y existieran
alternativas más saludables a un precio más asequible. Estoy bastante
seguro de que los activistas veganos más comprometidos con la causa,
entre los que yo mismo me incluyo, no nos sentiríamos cómodos del
todo en ese mundo «vegano por accidente». Preferiríamos que la mo-
tivación de la gente viniera de una inquietud moral, no solo porque
tales actitudes sienten la base de un cambio definitivo, sino también
porque ser moral ya es algo valioso de por sí. Queremos un mundo
«intencionadamente vegano», donde la gente se acoja a los principios
éticos y adecúe sus actitudes hacia los animales tratándolos como seres
vivos con derechos inherentes y no de carácter instrumental; que
abandonen de verdad los hábitos y las costumbres que parecen impul-
sar el consumo de carne y sean conscientes de la elección de los ali-
mentos.
El gráfico de la página 35 (fig. 2) representa lo que queremos la
mayoría de los veganos: que la gente se haga vegana porque le gustan
los animales. Todas las demás opciones —incluso ser vegano por otros
motivos— no nos parecen las más idóneas (de ahí las caritas tristes).

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El sufrimiento de los animales salvajes

La fauna silvestre padece los efectos del hambre, la de-


predación, las enfermedades, los parásitos y las condi-
ciones climáticas adversas, independientemente de la
acción o inacción humana. Esta realidad ilustra de for-
ma constructiva las diferencias entre centrarse en el su-
frimiento (y la matanza) por un lado, y en la justicia, la
equidad, la autonomía y otros valores por el otro. Inclu-
so aunque nos centremos en abolir las injusticias, todas
esas circunstancias naturales seguirán existiendo.
La cruda realidad que a muchos de nosotros nos
cuesta digerir es que la causa del sufrimiento —sea o no
humana— sea irrelevante para aquellos que la sufren.
Para un conejo da lo mismo sufrir una enfermedad que
caer en la trampa de un humano. Puede que la enferme-
dad entrañe mayor sufrimiento, pero el cazador es el
único culpable de haber cometido una infracción moral
y no la naturaleza ni los depredadores. Lo importante
de esta historia es que la percepción del sufrimiento
como cuestión principal puede llevarnos a interferir en
la naturaleza. Los valores en los que nos centramos pue-
den marcar la diferencia en nuestras acciones y nuestra
defensa.

Tanto el comportamiento como las actitudes son importantes. No


obstante, como explico en los siguientes capítulos, no debemos exigir
ambas cosas al mismo tiempo y no necesitamos esta doble exigencia
en todos nuestros mensajes.
Ahora que ya tenemos una idea sobre dónde queremos ir, echemos
un vistazo a la situación actual.

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ANIMALES

MEDIOAMBIENTE

SALUD MOTIVACIÓN

VARIACIÓN

SIN RAZÓN

COMPORTAMIENTO
LUNES FLEXITARIANO VEGETARIANO CASI VEGANO VEGANO
SIN CARNE

Figura 2: Comportamiento y motivación

Demasiados «steakholders»

La ingente cantidad de productos de origen animal que se consume es


promovida y perpetuada por una industria gigante y económicamente
significativa. Para hacernos una idea del valor económico que generan
los animales únicamente en el ámbito de los productos de alimenta-
ción, debemos tener en cuenta la producción primaria (las personas
que se ganan la vida criando cerdos, vacas, pollos y otros animales);
los productores de pienso para el ganado; las empresas que fabrican
maquinaria agrícola; la industria farmacéutica, que vende antibióticos
y otros fármacos a los ganaderos; los veterinarios e inspectores de Sa-
nidad; los mataderos; los transportistas; los supermercados; los restau-
rantes y servicios de cáterin, entre otros.
Tras realizar algunos cálculos y combinar la cría, el proceso poste-
rior y las ventas al por menor, el difunto Norm Phelps desvela en su
libro Changing the game que, solamente en los Estados Unidos, se
generan unos ingresos anuales de 2,74 billones de dólares. Compáralo
con los «simples» 734 miles de millones que suponen los ingresos di-
rectos anuales de la industria del automóvil, que incluyen fabricación,

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ventas y servicios (pág. 45). A esta cifra podemos añadir todo lo rela-
cionado con los cocineros, los autores de libros de recetas, los concur-
sos de elaboraciones, las clases de cocina y muchos otros sectores y
subsectores que dependen de los productos de origen animal para
obtener, al menos, parte de su éxito o su volumen de ventas. Y aún no
hemos hablado de los animales en el ámbito de la ropa, el entreteni-
miento o la investigación.
Este esquema pone de manifiesto cuánto depende nuestra sociedad
del uso de los animales. Podría decirse que los animales constituyen la
fuerza que impulsa este planeta, o incluso la propia humanidad. Hasta
donde alcanzan mis conocimientos, todavía no se ha llevado a cabo
ningún estudio acerca del grado de dicha dependencia, pero parece
eclipsar la explotación de la mano de obra gratuita de los esclavos, de
las mujeres o de los niños. Esta dependencia es crucial y debemos abor-
darla, aun sabiendo que no es fácil cambiar algo de lo que eres (o crees
que eres) absolutamente dependiente. De hecho, no resulta descabella-
do decir que, a estas alturas, el (ab)uso animal se ha consolidado como
parte de nuestra cultura y de nuestra economía de tal forma que no
podría prescindirse de él, aunque el mundo entero estuviese de acuerdo
con nosotros en que las circunstancias actuales suponen un problema.
Es probable que esa realidad sistémica contribuya a la razón por la
que, para la mayoría de individuos, aceptar que es necesario un aleja-
miento de los animales y poner en práctica dicha reflexión constituyan
una labor de gran enjundia. La psicóloga Melanie Joy expone otros
motivos basados en su «three N’s of justification», la justificación de
las tres N (Joy, 2010; Piazza et al., 2015):

• Comer animales es normal. Los productos de origen animal


están presentes en casi todos los menús, en la totalidad de los
supermercados, en los programas de cocina de la televisión y en
muchos otros ámbitos de la vida cotidiana.
• Comer animales es natural. Llevamos decenas de miles de
años comiendo carne y consumiendo animales y, al igual que
muchos animales matan y se alimentan de otros animales, a las
personas les suele parecer natural que el Homo sapiens también
mate y se alimente de otras especies.

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• Comer animales es necesario. Mucha gente cree que es una
pena criar y sacrificar animales para alimentarnos, pero también
está convencida de que necesitamos comer carne, o al menos
algunos productos de origen animal, con el fin de poder desa-
rrollarnos. La preocupación por nuestra salud es uno de los
principales factores que impiden que la gente se haga vegetaria-
na o vegana o que siga siéndolo si ya lo es, mientras que, al
mismo tiempo, la salud es un gran aliciente para que muchas
personas disminuyan la ingesta de productos derivados de los
animales (Faunalytics, 2012; Cooney, 2014, pág. 81; Piazza et
al., 2015).

Una cuarta «N» que debería tenerse en cuenta es que mucha gente
piensa que comer productos de origen animal es agradable o incluso
delicioso. Junto con las cuestiones de salud, el sabor es otra de las ra-
zones primordiales por las que la gente no se hace vegetariana (Fau-
nalytics, 2012; Cooney, 2014, pág. 82; Mullee et al., 2017). No están
dispuestos a renunciar a la jugosidad de un buen churrasco y las alter-
nativas (si es que las llegan a probar) no les parecen satisfactorias. Si
los productos de origen animal son naturales, normales, necesarios y
buenos, alejarse de dichos productos —no hablemos ya de prescindir
de ellos por completo— se antoja antinatural, anómalo, innecesario y
nada atractivo.

Seres conformistas

En los años cincuenta, el psicólogo estadounidense Solomon E. Asch


seleccionó a unos cuantos colaboradores para llevar a cabo un experi-
mento en Swarthmore College, Pensilvania (Estados Unidos), bastan-
te popular en la actualidad (Asch, 1951, 1956). Asch informó a sus
sujetos de estudio que estaba investigando la percepción, cuando en
realidad se trataba de un estudio sobre el conformismo y la presión
social.

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A B C
DOCUMENTO 1 DOCUMENTO 2

Figura 3: Experimento de conformismo de Solomon Asch

Asch mostró a los colaboradores una serie de imágenes como la de


la fig. 3. A continuación, les preguntó cuál de las tres barras de la de-
recha tenía la misma longitud que la de la izquierda. (No se trata de
una ilusión óptica; la respuesta correcta es la A, obviamente). Los par-
ticipantes tuvieron que responder en voz alta delante de los demás,
uno por uno. Sin embargo, todos salvo uno eran cómplices de Asch,
que les había ordenado que diesen la misma respuesta incorrecta. El
único participante real, sin ser consciente de dicha situación, tuvo que
responder después de que lo hiciera el resto. Sorprendentemente,
Asch observó en este contexto que alrededor de un tercio (37 %) de
los entrevistados había dado una respecta incorrecta frente al 1 % del
grupo de control. Cuando se les pidió que explicasen el motivo, algu-
nos dijeron que pensaban que el grupo estaba en lo cierto. Otros en-
trevistados tenían miedo de destacar o simplemente querían quitarse
de problemas. Asch constató lo siguiente: «La tendencia al conformis-
mo en nuestra sociedad es tan fuerte que los jóvenes con un grado de
inteligencia razonable y con buenas intenciones están más que dis-
puestos a calificar de blanco lo que es negro» (Asch, 1955, pág. 5).
No resulta difícil extrapolar estos resultados a nuestro propio do-
minio. El análisis revela que al 63 % de los exvegetarianos y exveganos

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no les gustaba que su alimentación los diferenciase de los demás (As-
her et al., 2014). Incluso dejando a un lado la necesidad de confor-
marse, es evidente que, cuando una gran mayoría de personas tiene
unas ideas diferentes a las tuyas, a cualquiera le cuesta convencerse
plenamente de sus propias opiniones disidentes. Cuando la gente ve
constantemente que consumir carne se considera normal, le resulta
difícil reconocer la vaga incomodidad que puede estar experimentan-
do y se vuelve aún más complicado pensar que hay algo mal. Incluso
si eres vegetariano o vegano y ya tienes interiorizado que consumir
productos de origen animal supone un problema, puede que te asalten
momentos de duda y te preguntes si de verdad estás viendo las cosas
como son. El ilustre Premio Nobel J. M. Coetzee, nacido en Sudáfrica,
atribuye las siguientes palabras a su personaje vegetariano Elizabeth
Costello:

Es que ya no sé dónde estoy. Parece que puedo pasar desapercibida sin


problema entre la gente y que soy capaz de establecer relaciones con total
normalidad. Pero yo me pregunto: ¿es posible que el mundo sea cómplice
de un crimen de proporciones insólitas? ¿O me lo estoy imaginando
todo? ¡Debo de estar loca! Aun así, no dejo de descubrir indicios todos
los días. Las mismas personas de las que sospecho son las que dan lugar a
esos indicios, las que me los ofrecen. Cadáveres. Trozos de cadáveres que
han comprado por dinero… No es una pesadilla. Te miro a los ojos… y
solo veo bondad, bondad humana. Me digo a mí misma que debo tran-
quilizarme, que estoy haciendo una montaña de un grano de arena. Así es
la vida. Todo el mundo lo asume, ¿por qué tú no? ¿Por qué tú no? (Coet-
zee)

En parte porque solamente una exigua minoría de personas consi-


dera problemático el hecho de consumir carne o actúa de otro modo,
la mayoría no se detiene a propósito a pensar en el consumo de carne
como un dilema moral y mucho menos en adaptar su comportamiento
por ello. El psicólogo Steven Pinker cree que la siguiente afirmación
es una de las conclusiones fundamentales de la psicología social: «La
gente sigue el ejemplo de los demás a la hora de comportarse» (pág.
674). A la pregunta de por qué casi todo el mundo consume carne, la
respuesta que podríamos ofrecer sería:

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LA MAYORÍA DE LA GENTE COME CARNE
porque
LA MAYORÍA DE LA GENTE COME CARNE.

Incluso aunque alguien llegara a la conclusión de que consumir


carne animal no está bien, ponerlo en práctica no es fácil. A la gente le
da miedo llamar demasiado la atención, verse incomodada, padecer
problemas de salud o quedarse sin comidas sabrosas, por nombrar
algunos temores y preocupaciones. En conjunto, parece que la gran
mayoría de la población no tiene intención alguna de eliminar la carne
de sus dietas y mucho menos otros productos de origen animal (Fau-
nalytics, 2007, Ivox) e incluso aunque se lo planteen, muchos creen
que es algo difícil de conseguir. En palabras de Matt Ball: «Nadie se
sienta y se pone a pensar: “¡Vaya! ¡No quiero volver a probar mi co-
mida favorita! ¡Quiero ser diferente de mis amigos y de mi familia!”»
(2014, pág. 112). Hacerse vegano se concibe todavía como una lucha
cuesta arriba, por eso en nuestra metáfora hemos situado Villavegana
en la cima de una montaña.
Los veganos que discrepan y afirman que renunciar a los productos
de origen animal es fácil probablemente estén valorando el asunto
únicamente desde su perspectiva. Hablaremos más adelante de poner-
se en la piel de los demás. Por el momento, si no crees que hacerse
vegano presenta dificultades para mucha gente, piensa que, según los
estudios de Faunalytics, incluso el hecho de seguir siendo vegano una
vez te has definido como tal ya es duro: el 84 % de los vegetarianos o
veganos abandonan sus hábitos alimentarios en algún momento (As-
her et al., 2014). En el capítulo 6 retomaré este tema.

Nuestra causa es distinta

Los activistas estratégicos «son conscientes de y sensibles a la singula-


ridad del movimiento», escribe Melanie Joy en Strategic Action for
Animals. Es fundamental que los que abogan por el veganismo re-

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cuerden que en nuestra lucha se aprecian notables diferencias respec-
to a cualquier otra iniciativa previa. A los veganos les gusta comparar
la nuestra con causas relacionadas con los derechos humanos del pa-
sado y del presente, tales como la abolición de la esclavitud, la libera-
ción de la mujer, la lucha contra el racismo y el reconocimiento de los
derechos de los homosexuales. Es verdad que existen similitudes y
que la liberación animal podría concebirse como un movimiento de
justicia social al igual que todos los anteriores, en los que se intenta
elevar el estatus de los oprimidos, de forma que tengan la posibilidad
de que sus intereses sean considerados de la misma forma en virtud de
lo estipulado por la ley (Nibert).
Asimismo, se puede trazar un paralelismo entre la justificación de
los prejuicios dirigidos contra los grupos externos por parte de siste-
mas basados en ciertas creencias e ideologías, como el racismo y el
sexismo, y la manera en que tratamos y percibimos a los animales
(Regan y Singer, 1995, Spiegel; Joy, 2010). La gente que presupone
grandes diferencias entre humanos y animales (Costello y Hodson,
2010, 2014) o que respalda opiniones más especistas (Dhont et al.)
muestra al mismo tiempo más prejuicios hacia los inmigrantes o hacia
determinados subgrupos étnicos. La comprensión de las relaciones
interpersonales puede ayudarnos a entender a su vez las relaciones
entre humanos y animales (Dhont y Hodson, 2015).
Pero, aunque establecer comparaciones con otras corrientes nos
ofrezca medios útiles gracias a los que las personas puedan llegar a
tener una visión o una concepción distinta de los animales, no debe-
ríamos perder de vista las divergencias ni asumir de manera automáti-
ca que siempre es posible extrapolar las enseñanzas procedentes de
otros movimientos al nuestro. A continuación, doy un rápido repaso a
algunos de los desafíos exclusivos en el ámbito de la defensa de los
animales.

Los animales no son personas

Poco importa si apreciamos o no diferencias relevantes entre los anima-


les de raza humana y no humana, pues la mayoría de nuestros semejan-

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tes sí lo hacen. Los argumentos en contra del especismo suelen ser so-
fisticados, convincentes y razonables, pero, de momento, la mayoría de
la gente no los comparte. El resto de movimientos se basa en las per-
sonas, salvo en algunos aspectos sacados del ecologismo que, en cual-
quier caso, no dejan de ser de carácter antropocéntrico. Es cierto que
las mujeres, las personas negras y los que no son heterosexuales se han
considerado (o a veces se siguen considerando) grupos externos y que
a los miembros de algunos de estos grupos ni siquiera se los considera-
ba humanos en ciertos lugares durante determinados períodos históri-
cos. Aun así, es más fácil apreciar similitudes entre diferentes tipos de
personas que entre humanos y animales. Los animales quizá sean el
grupo externo por antonomasia, la definición perfecta de «los otros».
A pesar de las similitudes entre las dinámicas de poder de los gru-
pos humanos y las que rigen las relaciones entre humanos y animales,
la mayor parte de la población no cree que dicha conexión sea rele-
vante (Costello y Hodson, 2014). Existen estudios que demuestran
que comparar humanos y animales puede resultar poco eficaz en lo
que se refiere a mejorar el comportamiento de la gente hacia los ani-
males (Costello y Hodson, 2010). Puede que las personas con unos
valores culturales tradicionales en particular lleguen a interpretar el
veganismo como una amenaza para su condición social y para las nor-
mas de la cultura establecida. Cabe la posibilidad de que la protección
de los derechos de los animales pudiera fomentar en realidad más es-
pecismo y un mayor consumo de carne a modo de «rechazo activo»
contra el auge del veganismo (Dhont y Hodson, 2014).

Luchando sin las víctimas

En palabras de Norm Phelps (pág. 25): «Queremos que este sea el


primer movimiento de justicia social en toda la historia de la humani-
dad que alcance el éxito sin la participación organizada y deliberada
de las víctimas». El número de humanos que luchan a favor de los
animales sigue siendo poco significativo: más del 95 % de la población
aún no se ha subido al carro de la percepción teórica de la minoría,
mucho menos al de la práctica. Se necesitará un apoyo mayor para

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cambiar el sistema y los animales no nos lo van a proporcionar; ellos
nunca se rebelarán como en la obra de George Orwell, Rebelión en la
granja, o como en la película de animación Chicken Run.
Siendo francos, en todos los movimientos sociales los privilegiados
han luchado a favor de, o codo con codo con, los oprimidos, a veces
desempeñando el papel de líderes y a veces como aliados, pero por lo
menos una buena parte de los oprimidos se implicaba en la lucha.
Para colmo de males, el hecho de que hablemos en nombre de otros
ya supone un desafío en sí mismo. En palabras de Melanie Joy: «Las
víctimas directas tienen un grado mucho mayor de autoridad moral
para denunciar su propio sufrimiento; se permite (y hasta se espera de
ellas) que estén enfadadas y no tengan pelos en la lengua. Por otra
parte, los defensores de las víctimas se muestran moralistas cuando
hablan en representación de las mismas» (2008, pág. 45).

Cambiando lo ancestral

Nuestra postura frente a la comida es algo notablemente difícil de


cambiar. La mayoría de los lectores sabrá lo duro que es renunciar a
ciertos alimentos que sabemos que no son buenos para nosotros, o
evitar tomarlos en grandes cantidades. (¡Ese tercer o cuarto donut
vegano sigue pareciendo apetecible!). Reducir el consumo de carne
puede llegar a ser aún más complicado. En su libro Meathooked, la
periodista Marta Zaraska intenta buscar el modo de explicar por qué
tantos de nosotros somos adictos a la carne. Escribe sobre su función
en nuestra evolución y sobre cómo el hecho de compartirla ayudó a
forjar comunidades. Nos guste o no, la carne ha sido especial para la
humanidad durante milenios; además, ha sido una buena forma de
aportarnos proteínas valiosas. Zaraska también busca los componen-
tes que la convierten en un alimento tan atractivo e incluso adictivo.
(Alerta de spoiler: es la grasa, el aroma y el sabor umami). Explica
cómo los orígenes de nuestros gustos alimenticios se remontan al pe-
ríodo que pasamos en el útero de nuestra madre, momento en que los
desarrollamos a partir de la alimentación de nuestra progenitora y,
después, a través de la leche materna.

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La mayoría de las personas es consciente de que su dieta afecta a su
propia salud, a otras personas, a los animales y a nuestro planeta. Pero
al crecer cada día consumiendo productos de origen animal y apre-
ciando su sabor y sus beneficios, estos individuos raras veces se detie-
nen a analizar las consecuencias o a considerar como alternativa aque-
llos alimentos que no provengan de los animales. Muchas personas
creen que a los alimentos de origen vegetal les falta gusto, variedad y
disponibilidad. La organización provegana Proveg International, de la
que soy cofundador (véase el recuadro «Influir a los influencers» de la
página 134), califica este fenómeno como «prejuicio vegano». Es
la causa por la que mucha gente no pasa a la acción pese a estar bien
informada.
La carne también tiene valor simbólico. En el libro Some We
Love, Some We Hate, Some We Eat (Los amamos, los odiamos y los
comemos), el profesor de psicología y antrozoología Hal Herzog cita
las palabras del dueño de un asador: «Se nos ha inculcado que sentar-
se a disfrutar de un buen trozo de carne es un símbolo del éxito. Hace
que te sientas bien a nivel mental» (pág. 180). Dejando a un lado si lo
que dice tiene base científica o no, seguramente su opinión se parece
a lo que siente mucha gente cuando come carne, de un modo u otro.
Sobre todo, los hombres. Como muchos autores han demostrado, la
carne representa la virilidad, por lo que dejar de consumirla no se
considera varonil (véase Zaraska, Fiddes y Adams). Luego está la fun-
ción que desempeña la carne en nuestra cultura y el lugar que ocupa
en nuestros encuentros sociales. Hasta cierto punto, la labor de la
industria de los productos de origen animal es muy sencilla. Nos dice,
nos ofrece, nos tienta con lo que queremos escuchar: que los alimen-
tos procedentes de los animales son apetecibles, normales, sanos y
sabrosos.

La hora del pragmatismo

«El pragmatismo plantea su cuestión habitual. “Si una idea o una creencia
se reconoce como cierta”, dice, “¿qué diferencia en concreto supondrá el
hecho de que sea verdad para la vida de cualquier persona? ¿Cómo se

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sabrá esa verdad? ¿Qué experiencias serían distintas de las que obtendría-
mos si la creencia fuese errónea? En resumidas cuentas, ¿cuál es el valor
en dinero en efectivo de la verdad?”». —William James

Ya debería haber quedado claro que desenganchar a la población de


la carne por ahora es una labor descomunal. Como individuos y como
sociedad, hemos hecho inversiones increíbles en la explotación de los
animales y nos hemos vuelto increíblemente dependientes de ellos.
Esta realidad, junto con los desafíos propios que conlleva la defensa
de los derechos de animales, hace que el cambio sea lento y costoso.
Aunque progresemos y profesionalicemos nuestras organizaciones,
solo un dos por ciento de la población adulta se declara vegetariana o
vegana, incluso en los países más «avanzados» a este respecto. Aunque
nuestra experiencia pueda verse de forma distinta, el número de vega-
nos no ha experimentado un crecimiento espectacular en las últimas
décadas (VRG).

Era adicto a la carne

Recuerdo que, a los ocho o diez años, pensé que debería de-
jar de comer carne porque me encantaban los animales. Veía
a mi perro tumbado cómodamente delante de la chimenea
mientras fuera pastaba una vaca, bajo la lluvia, destinada a
acabar en el matadero. Me preguntaba por qué acariciaba a
uno y me comía al otro. No era capaz de encontrar un factor
moralmente relevante que explicara el trato diferente a estas
dos especies y llegué a la conclusión de que dejar de comer
animales sería lo más lógico. Sin embargo, no logré cambiar,
porque me encantaba el sabor de la carne y renunciar a ella
no era fácil. Opuse una gran resistencia a los intentos de mi
madre, defensora de los hábitos saludables, de llevarme a res-
taurantes vegetarianos y de preparar platos vegetarianos de
vez en cuando. Siempre me pedía solomillo a la pimienta
cuando comía fuera de casa.

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Cuando se cruzaba en mi camino algún vegetariano (no
conocía a ningún vegano por aquel entonces), todos mis me-
canismos de defensa entraban en acción. No quería saber
nada. No quería cambiar. Aun así, no podía negar que lo que
hacía no era lo que yo quería para los animales. Durante los
años de universidad, leí la obra Liberación animal, de Peter
Singer, y aún tuve más conflictos internos. Un amigo mío no
vegetariano que conocía mis inquietudes respecto al consumo
de carne me planteó una apuesta: si pasaba un mes sin probar
la carne ni el pescado, me daría veinticinco dólares; si no, yo
se los tendría que pagar a él. No me costó mucho ganar la
apuesta. Después de eso, todavía seguí sin ser vegetariano del
todo: tomé la decisión de no comer carne, salvo en la pasta,
por aquello de que es un plato de primera necesidad para un
estudiante. También seguí comiendo pescado. Después empe-
cé a comer pasta sin carne y más tarde prescindí igualmente
del pescado. Dos años después (hace ahora casi dos décadas),
me hice vegano.
Así que sé qué se siente. Aunque estés más que dispuesto
a modificar tu dieta, cuando te sientas y te ponen delante la
carta de un restaurante es fácil decir: «Esta vez no. Esta vez
pediré lo que sé que me gustará. Ya cambiaré mañana».

El diagnóstico de Hal Herzog no es nada alentador: «A pesar de lo


que a veces se oye por ahí, en los últimos treinta años el movimiento a
favor de los derechos de los animales no ha hecho mella en nuestras
ganas de comernos a otras especies» (pág. 176). Villavegana parece
inalcanzable para la mayoría de la gente, parece una montaña dema-
siado alta para escalarla. Mientras tanto, los detractores tratan de im-
pedir que el número de personas empiece a subir siquiera e invierten
literalmente miles de millones de dólares en publicidad para mante-
nerlos enganchados a la carne.2
Por consiguiente, tal y como está el panorama actual, no bastará
únicamente con centrarse en intentar que la gente se haga vegana por

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los animales o decirles que no sean especistas. Norm Phelps en 2014
afirma lo siguiente:
No estamos en el mejor momento para alcanzar el éxito a base de estrate-
gias directas. Es el momento de apostar por estrategias indirectas para
plantar semillas que den fruto en el futuro… Son tiempos de hacer acopio
de todas nuestras fuerzas y sentar las bases para el éxito que está por ve-
nir. (Pág. 64)

En resumidas cuentas, es hora de ser profundamente pragmáticos.


El pragmatismo, según el Cambridge Essential English Dictionary,
es la cualidad de lidiar con un problema de tal forma que se ajuste a
las condiciones existentes en lugar de seguir las teorías, conceptos o
normas fijas. De este modo, ser pragmático es más una cuestión de
afrontar la realidad que de seguir unas reglas. Encontrar una buena
palabra para designar lo contrario de «pragmatismo» es complicado.
«Dogmatismo» tiene connotaciones demasiado negativas, mientras
que la otra candidata, «idealismo», da la sensación de resultar excesi-
vamente positiva. Mi sugerencia es que tomemos en consideración un
espectro como el que se muestra a continuación (fig. 4):

DESPIADADAMENTE
DOGMÁTICO IDEALISTA PRAGMÁTICO
PRAGMÁTICO

Figura 4: El espectro desde el idealismo hacia el pragmatismo

Aproximarse demasiado a los extremos del espectro en cualquiera de


las direcciones puede resultar problemático. El dogma es arriesgado e
improductivo, pero si te alejas demasiado hacia el extremo opuesto, te
expones a transigir demasiado o a no ser ético a la hora de lograr tus
objetivos. Usaré la palabra «idealista» como lo opuesto de «pragmáti-
co», teniendo presente que el dogmatismo podría estar siempre a la
vuelta de la esquina.
Permíteme ilustrar la diferencia entre el pragmatismo y el idealis-
mo con el ejemplo de la campaña Meatless (o Meatfree) Monday,
conocida en español como «lunes sin carne». Más adelante, me ex-
tenderé más sobre este asunto, pero por ahora supongamos que

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existen buenas razones para pensar que estaremos un paso más cer-
ca de nuestra meta gracias a esta campaña. Los que tengan una acti-
tud pragmática estarán a favor, puesto que les preocupa la pregunta:
«¿funciona?». Sin embargo, a los situados al otro lado del espectro
les puede costar el hecho de pedir a la gente que no consuma carne
un día a la semana. Si creemos que matar animales es moralmente
incorrecto, aplicando este razonamiento, no podemos justificarlo
insinuando que está bien comer animales los otros seis días de la
semana. (El mismo argumento podría plantearse en cuanto a vega-
nos contra vegetarianos. Prescindir de la carne no es lo mismo que
ser vegano.) Esto no se ajusta a la postura de los idealistas. Dirán
que no está bien pedir los «lunes sin carne» y, en consecuencia, que
no es algo que deba propugnarse.
Ahora bien, aunque esta divergencia de posiciones pueda llevar a
dos desenlaces distintos, ya sea apoyar la campaña del «lunes sin car-
ne» o no hacerlo, es importante señalar que los idealistas —que se
centran en «lo correcto»— no necesariamente pasan por alto la efica-
cia. De hecho, quizás piensen que la campaña no funciona. Es más, los
idealistas suelen creer que hacer lo moralmente correcto dará el mejor
resultado, o a la inversa, que algo que no es correcto a su modo de ver
no podrá funcionar. Pero es una ilusión más que una realidad. De la
misma forma, los pragmáticos —que persiguen «lo eficaz»— están de
acuerdo con el principio de renunciar al uso de animales y no se olvi-
dan de «lo correcto». Así, podemos comprobar que pragmáticos e
idealistas consideran valioso tanto «lo correcto» como «lo eficaz» (los
principios y los resultados). Lo único que cambia es su enfoque. Nin-
guno se centra exclusivamente en los resultados, ni tampoco en las
reglas ni en los principios. Todos salvo el pragmático más extremista
se rigen por unos principios inquebrantables para ellos. Todos salvo
los idealistas más dogmáticos aceptarán que en situaciones puntuales
tengamos que priorizar el impacto y suspender temporalmente un
principio (véase la pág. 67 para un análisis más detallado sobre la cam-
paña Meatless Mondays).
La siguiente tabla ofrece una posible descripción de los enfoques
idealista y pragmático en el movimiento vegano. Ten en cuenta que
nos estamos refiriendo a un espectro y no a una dicotomía estricta.

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IDEALISTA PRAGMÁTICO
Objetivo
Acabar con el sufrimiento, el sacrificio y la injusticia animal
principal
Objetivo
Más veganos Reducción del consumo
estratégico
Una propuesta de actuación
que contribuya a alcanzar el
Una propuesta de actuación objetivo: «reducir», «consumir
Propuesta de
que confirme el objetivo final: más productos de origen
actuación
«hacerse vegano» vegetal», «apoyar la campaña
Meatless Monday», «hacerse
vegetariano»
Por cualquier razón: animales,
Justificación Por los animales
salud, sabor, sostenibilidad
Enfoque orientado a los
Enfoque orientado a las
Enfoque valores personales, los
alternativas/entorno
deberes, las costumbres
Inclusivos: colaboración con
Exclusivos: colaboración con
Aliados cualquiera que pueda
personas de ideas afines
contribuir con la causa
(La mayoría) son bienvenidas
Reformas No son partidarios de
o, al menos, no se oponen a
sociales promoverlas ni respaldarlas
ellas

Por desgracia, es bastante típico que se polaricen los distintos


intereses de los movimientos sociales. El bando más idealista toma
posición contra el más pragmático y viceversa. Los idealistas pueden
acusar a los pragmáticos de ser unos traidores, de estar recurriendo
a una serie de medios que los fines no justifican o de estar desviándo-
se cada vez más del objetivo. Erik Marcus escribe en su sitio web
Vegan.com que «el precio que has de pagar por ser pragmático es
que los demás siempre estén poniendo en duda tu integridad y tu
motivación».

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Experimentos de reflexión: ¿idealista o
pragmático?

Puedes comprobar hasta qué punto adoptas un enfoque más


idealista o más pragmático preguntándote qué harías en las
situaciones descritas a continuación.
Comer en restaurantes no veganos. Desde una perspec-
tiva idealista, puede que no quieras gastar dinero en negocios
que no sean veganos (si cuentas con esa opción). Puede que
estas empresas lo inviertan en más productos cuya fabrica-
ción entrañe sufrimiento animal. Desde un punto de vista
pragmático, podrías pensar que, si los dueños del negocio
advierten que existe una demanda de productos o platos ve-
ganos, puede que aumenten su variedad y su cantidad, de
forma que muchos otros consumidores tendrían la oportuni-
dad de probar los productos veganos y no los derivados de
animales. Esta cuestión también puede aplicarse a decisiones
económicas de mayor envergadura. Imagina que una cadena
de restaurantes de comida rápida principalmente dirigida a
personas omnívoras prueba una nueva hamburguesa vegana.
Como activista perteneciente a una organización vegana y
sabiendo que tu grupo tiene la posibilidad de marcar la dife-
rencia, ¿sugieres al resto de miembros y a tus seguidores que
se compren la hamburguesa para disparar las ventas y que se
extienda a nivel nacional, facilitando de este modo que mu-
chos consumidores de carne la pidan en lugar de su hambur-
guesa habitual?
Una magnífica hamburguesa vegetariana frente a una
pésima hamburguesa vegana. Imagínate que tienes que
comprarle el almuerzo a un amigo no vegano, al que llamare-
mos Bill y que tiene mucha hambre. El restaurante ofrece
dos hamburguesas sin carne: una vegetariana deliciosa (lleva
huevo para hacerla más compacta) y otra vegana con un sa-
bor asqueroso. ¿Cuál escogerías? Desde un punto de vista

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idealista, pensarás que no puedes permitirte comprar o ni si-
quiera recomendar algo que no sea vegano. Pragmáticamente,
supondrás que si Bill come la hamburguesa vegana mala, ten-
drá una experiencia que le dejará un mal sabor de boca literal
y metafórico. Eso disminuirá su predisposición a probar otros
productos veganos y a deshacerse del «prejuicio vegano» en el
futuro. Por otro lado, comerse una hamburguesa vegetariana
que sepa bien implicaría ser cómplice en cierto modo del su-
frimiento animal, pero el efecto psicológico de alguien que
piense «¿Esto no lleva carne? ¡Qué bueno está!» será proba-
blemente mucho más catalítico y fructífero a largo plazo.

Los pragmáticos, por su parte, pueden recriminar a los idealistas que


están inmersos en su propio conjunto de normas y han perdido de
vista el mundo real, lo que los convierte en ineficaces. En el peor de
los casos, las personas situadas en extremos diferentes del espectro se
acabarán enfrentando enérgicamente los unos a los otros.
Cuando sostengo que es la ocasión perfecta para un pragmatismo
profundo, lo que quiero decir es que ya llegará el momento apropiado
para un enfoque más idealista. Cuán pragmático o idealista puede o
debería ser un movimiento depende en gran medida de la fase en que
se encuentre. Con el paso del tiempo, a medida que crezca el respaldo
popular hacia nuestra causa y disminuya la dependencia de los anima-
les, la importancia del pragmatismo menguará y los mensajes idealistas
se convertirán en algo más necesario y constructivo. Esto se puede
ilustrar de la siguiente manera (fig. 5):

PRAGMÁTICO IDEALISTA

TIEM PO
Figura 5: Pragmatismo e idealismo con el paso del tiempo

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La trayectoria de un activista vegano

En el transcurso de tu vida como activista, puede que cam-


bies tu enfoque y tus opiniones sobre lo que es apropiado o
eficaz. Permíteme describirte las fases por las que yo mismo
he pasado a lo largo de casi veinte años de activismo.

1. Interés y conversión

Tras un largo período rondando en mi cabeza, finalmente sa-


lió a la superficie la idea de «hacerme vegano». Mi razón
principal fue la crueldad con la que se trata a los animales.
(Puede que a otros les preocupe su salud, los efectos de la cría
de animales en el medioambiente o incluso puede que su pa-
reja sea vegana.) Empecé a eliminar de mi dieta todos los pro-
ductos de origen animal. Cuando pasaron dos años, de 1998
en adelante, empecé a definirme como vegano.

2. Puesta en marcha

Continué informándome acerca de los horrores del abuso


animal y decidí que necesitaba hacer algo más. Me convertí
en un apasionado por la causa y quise ayudar a que el mundo
se volviese vegano. Entonces ya creía por completo en la li-
beración animal. Escribí mi tesis sobre este tema y realicé
prácticas en cuatro organizaciones distintas relacionadas con
los derechos de los animales en los Estados Unidos inmedia-
tamente después de graduarme.

3. Radicalización

Al cabo de un tiempo, mi frustración creció e incluso me


enfadaba a veces ante la indiferencia de la gente respecto a
tales niveles de injusticia y sufrimiento. Conocí a muchas

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personas en el movimiento vegano y leí libros y artículos que
lo presentaban como si todo en la causa fuese blanco o negro.
Decidí que no había justificación alguna para el abuso animal
y que la gente debería hacerse vegana en cuanto fuese cons-
ciente de los hechos. Critiqué a algunas organizaciones ani-
malistas que adoptaban posturas pragmáticas; las consideraba
traidoras, «bienestaristas»3 y demasiado blandas. Cuestionaba
sus motivos.

4. Reconocimiento

Después de seguir leyendo, reflexionando y conociendo a


gente, me di cuenta de que mi postura no era la más eficaz y
me volví mucho más realista y pragmático, sin por ello trai-
cionar ninguno de mis principios. Llegué a la conclusión de
que las personas necesitan algo que vaya más allá de la simple
persuasión moral y que alentarlas funciona mejor que hacerlas
sentir culpables. Fui consciente, y lo sigo siendo, de cuánta
gente a mi alrededor fue modificando sus hábitos alimentarios
sin que yo les soltara un sermón. También me percaté de que
la mayor parte de las personas que trabajan para las organiza-
ciones en defensa de los derechos de los animales tienen las
mejores intenciones y realizan una labor de suma importancia.

Conclusión

La pregunta sobre lo que sirve (y lo que no) siempre se debe respon-


der a la luz de las circunstancias: ¿qué está ocurriendo en el lugar y en
el momento en el que te encuentras? Cualquiera de las estrategias que
funcionan bien hoy en día puede no hacerlo dentro de diez años. O,
al contrario, algunas estrategias o campañas no son las más idóneas en
la actualidad, pero podrían ser de gran utilidad en el futuro, cuando
haya (siendo optimistas) más respaldo popular para emprender accio-
nes más radicales.

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A causa de la extrema dependencia de los humanos del uso de
animales, de la singularidad del reto de los defensores de los animales,
que no seamos numerosos y debido a la gran oposición a la que se
enfrenta nuestra causa, los veganos necesitan una gran dosis de prag-
matismo. Dentro de ese contexto, en los capítulos sugiero que:

• Seamos pragmáticos con lo que le pedimos a la gente.


• Seamos pragmáticos en cuanto a las razones que damos a la
gente para cambiar.
• Creemos un clima que facilite el cambio.
• Implementemos un concepto de veganismo menos estricto.

Es fácil filosofar y decir verdades sobre los derechos de los animales,


pero ensuciarte las manos y hacer lo correcto en el momento oportuno
para que la situación cambie de verdad es mucho más complicado.
Ese es el arte del activismo de gran repercusión.

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