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Ariel Prehistoria

Clive Gamble

ARQUEOLOGÍA BÁSICA

Ariel
Diseño de la cubierta: Joana Gironella

Título original:
Archaeology: the basics

Traducción de
JOSEP BALLART

l.ª edición: octubre 2002

© 2001: Clive Gamble

Authorised translation from English language edition published by Routledge,


a member of Taylor & Francis Group

Derechos exclusivos de edición en español


reservados para todo el mundo
y propiedad de la traducción:
© 2002: Editorial Ariel, S. A.
Diagonal, 662-664 - 08034 Barcelona

ISBN: 84-344-6679-1

Depósito legal: B. 37.920 - 2002

Impreso en España

2002 - A&M GRAFIC, S. L.


Polígono Industrial «La Florida»
08130 Santa Perpetua de Mogoda
(Barcelona)

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño


de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida
en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico,
químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia,
sin permiso previo del editor.
SUMARIO

Al lector
Agradecimientos
l. ¿Qué es la arqueología?
2. ¿Cuántas arqueologías existen?
3. Conceptos básicos
4. Las personas
5. Los objetos
6. Tiempo y espacio
7. Cambio y estabilidad
8. Identidad y poder
Referencias bibliográficas
Índice de recuadros
Índice analítico
Índice
AL LECTOR

El libro que tienes en las manos, lector, no es un manual al uso:


no pretende abarcar todos los contenidos de una materia y no contiene
ejercicios. Su propósito es incitar a que reflexiones sobre uno de los
temas más importantes y fascinantes que pueden presentarse a tu con-
sideración: la investigación del pasado de los seres humanos. Nuestro
pasado nos rodea, de ahí su importancia. En efecto, probablemente es
nuestro legado más preciado. Espero que este libro te persuada de todo
ello y te muestre que no hay nada más interesante, más estimulante y
más gratificante que el estudio de la arqueología.
He concebido el libro a modo de introducción a la materia. He es-
cogido ocho aspectos de la arqueología y he desarrollado uno en cada ca-
pítulo. Como que los arqueólogos a veces discrepan sobre distintos as-
pectos de la arqueología, he recogido algunos de los debates más actuales,
así como algunos de los más importantes retos que han de afrontar, sea
como investigadores, como especialistas, como conservadores de los mu-
seos, o como una combinación de estos tres aspectos de la profesión.
El perfil de lector que tengo en mente es alguien que no acaba
de decidirse sobre si vale la pena o no apostar por la arqueología. Por
lo tanto, que no está seguro si querrá profundizar en la materia, que
tiene sus dudas sobre tantas historias que se explican acerca de la ar-
queología. También he pensado en los que han dado algún paso más
hacia delante, en los que ya les ha entrado el gusanillo y desean es-
clarecer ciertos temas. Entre los lectores potenciales de este libro pienso
también en los que leen sobre arqueología por puro placer, en los que
estudian la materia en la universidad como asignatura optativa, o sim-
plemente en los que se han visto intrigados por la arqueología gracias
a una página Web, o por la visita a un museo o monumento.
Este libro no aborda las técnicas de trabajo de la arqueología.
Para ello ya hay en el mercado libros excelentes, entre los cuales re-
comendaría los de Philip Barker (1982) y Jane Mclntosh (1999). Lo
que espero de este libro es que ponga a punto la imaginación del lec-
tor, para que la experiencia de tocar y examinar objetos, de contem-
plar y prospectar paisajes y edificios, de preparar exposiciones y pre-
sentar el pasado a los demás, sea todavía más intensa y gratificante.
AGRADECIMIENTOS

Entre las muchas personas que en los últimos 30 años han esti-
mulado mi interés por la arqueología quisiera singularizar en este mo-
mento las siguientes por haber participado de alguna forma u otra en
este proyecto: Vicky Peters de Routledge por sugerirme la idea y Polly
Osbom y Julene Bames por seguir el proyecto hasta que se terminó;
Chris Gosden, Randy McGuire y Tim Darvill, por haber leído el ma-
nuscrito y por sus consejos; Penny Copeland que lo ilustró; mis estu-
diantes, que podrán decir que todo eso ya les suena de algo; y mis ami-
gos y colegas de la Universidad de Southampton, en particular Justin
Dix, Yvonne Marshall, David Peacock, Simon Keay, Thomas Dowson,
Martin Millett, David Hinton, John Robb, Dave Wheatley, Elaine Morris,
Stephanie Moser, Jon Adams, Tim Champion, John McNabb y James
Steele, así como los que se fueron con la música a otra parte, Colin
Renfrew, Arthur ApSimon, Brian Sparkes, Stephen Shennan, Peter
Ucko, J. D. Hill y Julian Thomas. También he de agradecer a la
Universidad de Southampton por su ayuda financiera y por conce-
derme un permiso para poder trabajar. Finalmente debo una disculpa
a Melissa Gamble y a Tom Gamble que finalizaron sus estudios de ar-
queología antes de que yo pudiese acabar este libro: el pasado siem-
pre está ahí a la espera.
CAPÍTULO 1
¿QUÉ ES LA ARQUEOLOGÍA?

La imaginación arqueológica

Arqueología rima con emoción, con curiosidad intelectual y


con la manera de transformar esta curiosidad en conocimiento. Es
un tipo de emoción que nos invade cuando usamos lo que Julian
Thomas (1996: 63) llama, en frase prestada, <<nuestra imaginación
arqueológica». Esta facultad nos permite llegar a un lugar al que
nunca viajaremos, el pasado, y pensar sobre el tiempo y los obje-
tos de forma muy diferente a como lo hacemos en nuestras vidas
corrientes.
La imaginación arqueológica ha de ser tan antigua como la es-
pecie humana. A un cierto nivel se trata de algo parecido a la ha-
bilidad que. damos por supuesta en el individuo, de poder recons-
truir lo que ha sucedido a partir del rastro dejado; huellas en el
suelo que apuntan a una visita, una habitación con restos de co-
mida, vasos y botellas que indica que allí se ha celebrado algo. A otro
nivel, esta imaginación se ha agudizado y refinado durante los úl-
timos 200 años hasta convertirse en una disciplina profesional. Éste
es el sentido que voy a dar a la frase a lo largo del libro. En nues-
tro tiempo se excavan, miden, catalogan, describen y analizan de
forma rutinaria los objetos y monumentos del pasado. Y más im-
portante aún, se ha desarrollado una forma de conocimiento, con
la ayuda de estos métodos, mediante la cual poder representarnos
un esquema de las cosas que han desaparecido. De eso trata preci-
samente la emoción que produce la arqueología. El descubrimiento
de tumbas no saqueadas es algo fantástico, pero la exploración de
nuestra capacidad de pensar más allá de la experiencia cotidiana y
de incorporar a nuestras vidas las actividades y los objetos de gente
que ya no existe, constituye sin duda también una forma de enri-
quecimiento.
14 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

Tres contextos políticos

La arqueología surgió de forma gradual a lo largo de los dos úl-


timos siglos como una forma de estudio sistemático del pasado. La di-
mensión tiempo es aquí fundamental. Es un indicador de las fuerzas
que crearon la disciplina y que siguen sosteniéndola como actividad.
Lo que más impulsó el desarrollo de la arqueología fue el nuevo
orden político, social y económico que emergió de la revolución in-
dustrial, primero en Europa y luego en América del Norte. Bruce Trigger
(1989) ha identificado tres contextos políticos (recuadro 1) relaciona-
dos con esta revolución que han afectado directamente a la imagina-
ción arqueológica.
Por medio de organizaciones como el World Archaeological
Congress y su prolífica producción literaria recogida por la colección
One World Archaeology, se ha generado una reacción a ciertos elementos
del tercer contexto. En estas «Naciones Unidas» de la arqueología se
estimulan en vez de excluirse los puntos de vista alternativos sobre la
disciplina. Es como un foro a disposición de distintas lecturas y usos,
a menudo contradictorios, del pasado. Sus participantes proceden de
los tres contextos políticos señalados por Trigger, de modo que con esta
dinámica se crea una nueva ortodoxia.

¿Cómo empezó todo?

El estudio de la historia de la arqueología es un ámbito de inves-


tigación que ha surgido no hace mucho tiempo de las crónicas de los
grandes hallazgos y de una galería de personajes excéntricos, y reper-
cute sobre los distintos movimientos que originaron y siguen nutriendo
la disciplina (Trigger, 1989). Volveré a hablar de estas fuerzas en los
próximos capítulos, especialmente en el capítulo 8 cuando discuta so-
bre nacionalismo y etnicidad.
Una buena forma de abordar la cuestión es ver cómo las cosas
del pasado, los monumentos y las ciudades antiguas, así como los ob-
jetos excavados para el comercio de antigüedades, se transformaron en
información sobre el pasado. Ello fue posible gracias a la aplicación
de métodos propiamente arqueológicos (para una descripción extensa
véase D. H. Thomas, 1998: 332). Hay dos métodos que destacan en este
sentido: el análisis del estilo (véase capítulos 3 y 5) y la seriación. Estos
métodos se basan en los principios de frecuencia de aparición y estrati-
grafía (capítulo 3) siendo parte esencial de los mismos. Estos métodos
y principios constituyeron los componentes básicos del aprendizaje de
la imaginación arqueológica (recuadro 2) durante su etapa infantil.
¿QUÉ ES LA ARQUEOLOGÍA? 15

Recuadro 1:
El contexto político de la arqueología

Nacionalista: Monumentos y objetos se usaron a menudo para forjar


la identidad de los nuevos estados-nación europeos. La arqueología nacio-
nalista apareció durante el proceso de industrialización (véase capítulo 8).
Para entender la historia de la arqueología y las aspiraciones de los ar-
queólogos hay que darse cuenta de la fuerza del nacionalismo (Díaz-Andreu
y Champion, 1996). Tal fuerza sigue en el presente. El estado de Israel, por
ejemplo, pone un gran énfasis en monumentos como la fortaleza de Massada
que fue saqueada por los romanos en el año 73 d.C. como símbolo de la
resistencia y el sacrificio necesarios para alcanzar la independencia. El sig-
nificado e interpretación de estos monumentos a menudo es contestado,
igual que determinadas fronteras o la misma existencia de muchos países
modernos.

Colonialista: Las potencias coloniales europeas, en particular la Gran


Bretaña, estudiaron la arqueología de sus territorios coloniales en África, el
subcontinente Indio y Australia. Las interpretaciones estuvieron en ocasio-
nes animadas por el punto de vista colonial que gustaba de ver cualquier
cambio o progreso como algo inducido desde fuera. Las explicaciones rela-
tivas a las ruinas de Gran Zimbabwe constituyen un ejemplo de ello. Hasta
hace poco se negaba sus orígenes africanos. La espectacular ciudad fue
atribuida a la influencia de mercaderes europeos o árabes sin existir prue-
bas de ello. Con la independencia ésta y otras arqueologías coloniales se
convirtieron en nacionalistas, y en el caso de Rhodesia, Zimbabwe se con-
virtió en el símbolo del país dando nombre al nuevo estado en 1980.

Imperialista: Los tres grandes imperios del mundo moderno, los de la


Gran Bretaña, los Estados Unidos y la anterior Unión Soviética desarrolla-
ron algún tipo de arqueología mundial. La arqueología mundial es una forma
universal de contemplar el pasado, generalmente desde un único punto de
vista. Los soviéticos seguían el pensamiento marxista en la construcción
de la historia. El modelo británico fue comparativo y pretendía establecer
un ranking de logros de las diferentes culturas por período, región y conti-
nente. De ahí que Grahame Clark describiera la tecnología de la Australia
prehistórica como ce muy tosca y sin gracia» (1968: 21 ). El modelo seguido
por los Estados Unidos ha sido el más seguido habida cuenta de su posi-
ción como superpotencia tras la Segunda Guerra Mundial. Para Trigger la
«nueva arqueología» de los años 1960 (véase capítulo 2) constituye un ejem-
plo de enfoque imperialista. Más conocida actualmente como arqueología
procesual, insiste en el punto de vista puramente científico tanto en rela-
ción al método como a la interpretación.
16 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

Recuadro 2:
Cuatro conceptos arqueol6glcos básicos

Estilo: El análisis estilístico trata de evaluar el grado de parecido visual


entre objetos, lo que permite hacer una clasificación de los objetos por ti-
pos que muestran una similitud estilística (véase capítulo 5).

Seriación: Técnica que permite ordenar unidades estilísticas (tipos) en


secuencias cronológicas relativas. Según David Hurst Thomas la seriación
se basa en la presunción de que los estilos culturales cambian y que la fre-
cuencia de aparición de un estilo particular o decoración puede ser asociada
a un determinado período de tiempo (Thomas, 1998: 246; véase capítulo 3).

Frecuencia de aparición: No hay nada más complicado que resumir


la frecuencia en que objetos y tipos se encuentran en unidades arqueológi-
cas como los conjuntos y las culturas. Con este concepto se presume que
con el paso del tiempo se producen cambios y que los arqueólogos los
pueden detectar ya que los estilos decaen y vuelven.

Estratigrafía: La ley de superposición dice que el documento que está


en el fondo del cajón fue colocado antes y que por lo tanto es anterior al que
se ha colocado encima. Los sedimentos generalmente obedecen a este prin-
cipio igual que los materiales arqueológicos que contienen. La estratigrafía
es una forma de interpretar las estructuras que, obedeciendo a esta simple
ley, aparecen durante una excavación arqueológica (véase capítulo 3).

DESCUBRIR TESOROS

El fundamento que sustenta históricamente la arqueología en


Gran Bretaña hay que situarlo en tiempos de los anticuarios Camden
y Aubrey, en los siglos xv1 y xvn. Luego, en el siglo XVIII hubo una cre-
ciente fascinación por los monumentos clásicos de Grecia e Italia que
dio pábulo al deporte de buscar tesoros en ciudades fantasma como
Pompeya y Herculano. La arquitectura clásica, los objetos y la lite-
ratura proporcionaron los medios de una antigua autoridad con los
que forjar un nuevo orden mundial. Pero el proceso siguió en otras
partes. La primera vez que se retiró arena de los monumentos de
Egipto fue en 1798 lo que permitió tomar datos de forma sistemá-
tica. A continuación, en 1810, hubo que afrontar la dureza de la
jungla para llegar hasta las ruinas de Borobudur en Java, y hacia 1840
se excavaba en las ruinas Maya de América Central. Por los mismos
¿QUÉ ES LA ARQUEOLOGíA? 17

años se empezó a trabajar en las ciudades mesopotámicas de Nínive


y Nimrud.
Hubo que descifrar las lenguas de estas antiguas civilizaciones,
lo que se consiguió en 1802 para la escritura egipcia y en 1857 para la
babilónica y asiria. Una vez descifradas las lenguas, las listas de reyes
y faraones proporcionaron la cronología de los tesoros que evidencia-
ban los logros cívicos y artísticos de estos pueblos.

CHRISTIAN THOMSEN Y EL SISTEMA DE LAS TRES EDADES

La mayor parte de los trabajos de investigación de esta época pio-


nera se basaba en los textos y no en los objetos. El interés se centró
en la historia, no en la prehistoria (véase Andrén, 1998). Pero en 1819
se produjo un hecho crucial: la clasificación por parte de C. J. Thomsen
de las colecciones del Museo Nacional de Antigüedades de Copenhague
según un modelo cronológico de tres edades. Puesto que Thomsen ma-
nejaba objetos de la prehistoria, su esquema trasladó la imaginación
arqueológica fuera de los textos. Thomsen, no podía obtener infor-
mación de calendarios o de listas de reyes para moverse por aquel
mundo, de modo que los aspectos cronológicos debían obtenerse de
otra forma. En primer lugar fue la tecnología lo que le proporcionó la
base para clasificar los materiales en edades sucesivas: Piedra, Bronce
y Hierro. Le siguió la seriación, aunque él no la llamó de este modo.
Tomó los descubrimientos depositados en el museo y se fijó en cómo
variaban las proporciones de cada elemento en las distintas coleccio-
nes. Ello le permitió establecer qué era lo que estaba asociado a qué,
así como darse cuenta de los cambios. Los elementos comunes a los
distintos tipos de objetos confirmaron la clasificación tecnológica bá-
sica. Es por esta razón y no por la suposición afortunada de que la pie-
dra viene antes que el bronce y el bronce antes que el hierro en la his-
toria de la tecnología, que el modelo de las tres edades ha soportado
la prueba del tiempo.
El modelo de Thomsen representa un magnífico ejemplo de in-
vestigación empírica e inductiva que conduce al desarrollo de una cla-
sificación a partir de la observación de los rasgos característicos pre-
sentes en los materiales. De su célebre guía de las colecciones del museo,
publicada en 1836, emerge la idea de que para idear su esquema,
Thomsen dio gran importancia a los contextos y a las asociaciones de
objetos. A este respecto, su interés por las monedas pudo darle la ins-
piración necesaria para observar el cambio estilístico en los objetos de
la prehistoria. Tal como puntualiza Trigger (1989: 84), Thomsen no
tomó prestado de la geología su método de datación, sino que desarrolló
18 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

una técnica nueva, la seriación de tipos, que resultó apropiada para el


estudio de los materiales de la prehistoria. Además, nunca dio la im-
presión de haber sido influenciado por Adam Smith o Thomas Malthus,
quienes conjeturaron entre 1763 y 1798 que la sociedad había progre-
sado por medio de etapas -la edad de los cazadores, luego la de los
pastores, luego la de los agricultores y finalmente la edad contempo-
ránea suya de los comerciantes-. Si así hubiese sido, debería decirse
que su esquema fue deductivo puesto que habría contrastado una hi-
pótesis -la naturaleza progresiva del cambio social- con observa-
ciones arqueológicas. Fue lo que hicieron otros como Sir John Lubbock
(1865), mientras que E. B. Tylor (1865) y Lewis Henry Morgan (1877)
crearon esquemas similares a base de ordenar las culturas contempo-
ráneas del mundo según una escala ascendente, infiriendo una orde-
nación de los ancestros.

¿De qué forma ha cambiado la arqueología?

Los principios de frecuencia de aparición y estratigrafía, los mé-


todos de seriación y el análisis estilístico de los tipos de objetos (véase
recuadro 2) fueron las principales líneas de progreso. Hoy día dispo-
nemos de técnicas científicas para conocer la edad de un edificio o de
un hueso (capítulo 3). Pero los métodos que utilizan el tiempo y el es-
pacio como marco para dividir la línea continua que es el pasado en
categorías, fueron descubiertos hace más de 150 años.
Mientras tanto los arqueólogos no sólo han mejorado las técni-
cas del análisis estilístico y registrado sus secciones estratigráficas con
más precisión. La disciplina también ha cambiado al calor del cam-
biante clima social, político y económico. Muchas de sus aspiracio-
nes actuales no las entenderían de ninguna forma los padres funda-
dores como Thomsen o Lubbock.

LA ARQUEOLOGÍA ANTROPOLÓGICA

El gran cambio ha venido de la mano de la arqueología antropo-


lógica, que se ha desarrollado durante los últimos 40 años. Se trata
de un paraguas amplio en el que caven la mayoría de los enfoques
que se examinan en el capítulo 2. Ciencia, teoría, relevancia, cuantifi-
cación, e interpretación son algunas de las palabras clave asociadas a
la arqueología antropológica. Antes de su aparición la práctica de la
arqueología estuvo dominada por la historia cultural. Colín Renfrew
(1982: 6) se ha referido con razón al período que va de 1880 a 1960,
¿QUÉ ES LA ARQUEOLOGÍA? 19

Recuadro 3:
Cuatro características de la arqueología actual
(Orser, 1999)

Se tiende a una visión de conjunto: Aunque se esté excavando en


un yacimiento particular en cada momento, el objetivo es situarlo en un marco
general de dimensiones globales. Hay que mirar más allá de los límites físi-
cos en que se enmarcan los datos obtenidos para comprender su significa-
ción (capítulo 6).

Busca la relación entre seres humanos: Orser explica que el conte-


nido básico de la vida humana en cualquier tiempo y lugar está hecho de re-
laciones, relaciones que son sociales. La mejor manera de concebir estas
relaciones es pensando en la noción de red (capítulo 6). Estas tramas o re-
des son de distinto tipo y se superponen y cambian. De ahí que estén mu-
tuamente interrelacionadas.

Trabaja a diferentes niveles: ¿Cómo cubrimos el abismo que separa


unos simples restos de cerámica de la civilización a la que pertenecieron
(capítulo 4)? ¿Cómo hacemos que concuerde la microescala de la actividad
cotidiana de alguien que fabrica un recipiente con la experiencia a largo plazo
y a otra escala, de la formación y el colapso del Imperio Maya (capítulo 7)?

Es reflexiva: Nos hemos dado cuenta de que los datos arqueológicos


no son simples curiosidades sino un poderoso instrumento del conocimiento
en manos de la gente de hoy. La reflexión sobre el trabajo que realizan per-
mite a los arqueólogos evaluar el sentido de sus proyectos de investigación
y el impacto que pueden ejercer sobre la gente. Destaca a este respecto el
eco alcanzado por el impacto que tiene la arqueología sobre los aboríge-
nes australianos, por ejemplo, pueblo que hasta el momento no había tenido
voz en la investigación e interpretación de su pasado. La exigencia de de-
volución de bienes culturales y las reivindicaciones sobre identidad étnica
de los vestigios arqueológicos son otros ejemplos al respecto (capítulo 8).

justo antes de la entronización de la arqueología antropológica, como


el período del «largo sueño de la teoría arqueológica». La historia cul-
tural empezó con Thomsen, progresó con el pensamiento evolucionista
del siglo XIX, y sigue en nuestro tiempo enfatizando los elementos re-
lativos al progreso, la descripción, la datación y la etnicidad.
Cuarenta años después Charles Orser ( 1999: 280-1) sintetiza los
cambios habidos en la arqueología a lo largo de los últimos tiempos
con una visión globalizadora (recuadro 3).
20 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

Hasta aquí ha llegado la imaginación arqueológica. Es lógico que


no todo el mundo esté de acuerdo con todo. Muchos arqueólogos pien-
san que una excesiva reflexión sobre sí mismos es signo de debilidad.
Otros creen que el «material» que fundamenta el poder hablar de re-
laciones sociales es demasiado vago; prefieren tratar con los hechos
«puros y duros». Pero resulta que al mismo tiempo han de ir como lo-
cos buscando hacer relaciones públicas para encontrar financiación
para sus proyectos, publicar su trabajo, convertirse en parte de la co-
munidad profesional y gozar algo de la vida al margen de la profesión.
Precisamente se ven condicionados e inmersos en todo lo que tiene
que ver con aquel «material» básico que acabamos de decir que es-
tructuró el pasado.

Dos conceptos básicos

La aceptación de los cambios que describe Orser conduce a sus-


cribir unas conclusiones que son importantes. La arqueología es lo que
somos capaces de construir, no lo que se hizo para que nosotros lo des-
cubriéramos. El pasado necesita de nuestros conceptos. Sin ellos no sig-
nifica nada. Con ellos adopta significados diferentes contribuyendo a
construir la vida moderna. De entrada esta idea puede resultar algo con-
fusa, ya que la mayoría de la gente diría seguramente que bucear en el
pasado tiene que ver con encontrar y describir objetos bellos. ¿Por qué,
pues, los arqueólogos discrepan tanto entre ellos?, ¿por qué hay tantas
teorías? (capítulo 2). En los próximos capítulos retomaremos estas cues-
tiones. En este momento, sin embargo, tengo la impresión de que de-
bemos ser muy claros con respecto a dos conceptos más, que son:

los hechos;
su esencia.

HECHOS E HISTORIAS

El reconocimiento de los hechos o mejor dicho la observación


de los datos, no es tarea fácil. Tampoco los hechos son neutrales. Los
hechos van acompañados de teoría. No pueden leerse de forma obje-
tiva sino que dependen de su interpretación, la cual obedece a facto-
res tales como la historia que los ampara o la manera como han sido
interpretados en los libros que utilizamos. El arqueólogo no les con-
fiere mucha vida cuando los representa en un cuadro (figura 3.5) o
cuando examina los huesos de cierto animal a modo de prueba sobre
¿QUÉ ES LA ARQUEOLOGÍA? 21

qué debió pensar un individuo de la prehistoria cuando despedazaba


un animal, sino que su interpretación está condicionada de antemano
por la teoría, aun cuando ello no se manifieste de forma implícita.
Los hechos adquieren significado cuando se enmarcan mediante
explicaciones. Hoy día a los arqueólogos ya no les vale servirse de una
sola explicación; la tendencia actual es aceptar la diversidad. De en-
trada puede parecer excesivo aceptar que hay muchos pasados. Es
hasta cierto punto lógico que se piense que lo que la imaginación ar-
queológica necesita es certidumbre y no una miríada de alternativas.
¿Verdad que sería todo más sencillo si sólo hubiese una versión del
Neolítico o del Imperio Romano?
Al filósofo Daniel Dennett ( 1991) que adoptaba un enfoque dar-
winiano para explicar la conciencia humana, se le ocurrió una metá-
fora basada en los ordenadores que puede aliviar a nuestra aturdida
imaginación arqueológica. La conciencia, sugirió, es como los sucesi-
vos borradores que se hacen con un procesador de textos para escribir
un libro como este. Cuando se trabaja se produce una revisión cons-
tante y una puesta al día casi automáticas, porque a nadie le sale bien
el trabajo a la primera. Las sucesivas versiones, sin embargo, se pare-
cen, por lo que se puede ir rastreando el cambio y la estabilidad. La
idea de Dennett es que los procesos que conducen a los cambios cons-
tituyen una forma de selección natural: sólo ciertas partes, frases o pa-
labras sobreviven a la siguiente generación de «borradores». A escala
mucho mayor, eso es lo que ocurre con todos los escritos, proyectos y
actividades relacionadas con el pasado. No se trata de ideas que aguan-
tan la prueba del paso del tiempo o que permanecen a la espera de la
llegada de datos nuevos para que se produzca un vuelco. Lo importante
es entender que los arqueólogos de nuestro tiempo están también aten-
tos al proceso mediante el cual se genera conocimiento sobre el pasado.

ESENCIA Y ESENCIALISMO

¿Cómo se puede detectar un hecho que está condicionado por la


teoría? Fácilmente. Sólo hay que preguntarse qué tipo de esencia o
propiedades piensa uno que tiene. Por ejemplo, un enterramiento ro-
mano en un cofre de plomo en vez de en un cofre de madera sugiere,
antes que lo abramos, que estamos ante alguien que murió rico, ante
alguien importante, por lo tanto con quien se tuvo un cuidado «espe-
cial» en su conservación. Alternativamente, consideremos el esencia-
lismo biológico que encontramos en tantas representaciones del pa-
sado en libros, museos o revistas, según el cual, el hombre cazaba y
fabricaba armas, mientras que la mujer recolectaba frutos y preparaba
22 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

las pieles que servían de vestido (Gifford-González, 1993; Moser, 1998).


Este esencialismo sirve a menudo para establecer clasificaciones, y es
particularmente fuerte en arqueología. Las cosas se explican en fun-
ción de las propiedades o esencias que se piensa que de entrada ponen
de manifiesto.
Fue la intuición de Charles Darwin la que desafió al esencialismo
inherente en biología. Su mecanismo de selección natural (capítulo 2)
dio un vuelco a la vieja idea del carácter permanente de las especies
porque estaban hechas de un conjunto de esencias. Por ejemplo, las
viejas ideas explicarían los rasgos esenciales de un ratón doméstico
como un conjunto de bigotes, cola larga y afición por el queso. Darwin
demostró que tales esencias que producen el tipo ideal de ratón do-
méstico no tienen un carácter permanente, sino que pueden cambiar
debido a procesos de selección. Un ejemplo de este tipo de procesos
que se han producido a lo largo de milenios, se ve en los granjeros que
han ido selectivamente criando vacas cada vez más grandes para hacer
más queso, y posiblemente gatos más listos, lo que a su vez modificó
las presiones selectivas sobre los ratones.
Los arqueólogos han basado también sus clasificaciones en el des-
cubrimiento de tipos ideales. En las próximas páginas veremos cómo
se llega a la idea de que en el Sutton Hoo una combinación de objetos
es capaz de exudar pura «esencia de realeza», como si fuera un espray
con perfume. En el capítulo 5 examinaré de qué manera nuestro con-
cepto clave de estilo se basa también en las esencias que esperamos que
contengan los objetos, en vez de pensar que aquel está en función de
que el objeto forme parte o no de una red de relaciones sociales.

Cambios en la forma de ver a los anglosajones:


un caso a estudiar

En los últimos 50 años el paso de una arqueología basada en la his-


toria cultural a una arqueología antropológica queda bien ilustrado por
las tres principales investigaciones dedicadas al yacimiento anglosajón
de Sutton Hoo, situado en Suffolk, al este de Inglaterra (Carver, 1998).

EL ESPÍRITU DEL LUGAR

Este cementerio anglosajón con sus montículos y sus restos de


asentamientos de época prehistórica, fue expoliado por ladrones de tum-
bas en el siglo xvn y por anticuarios del siglo x1x. Todo lo que sabemos
de entonces es que el yacimiento fue agujereado por los expoliadores.
¿QUÉ ES LA ARQUEOLOGÍA? 23

Nuestro conocimiento sobre lo que dejaron empieza cuando la se-


ñora Edith Pretty, conocida espiritualista, decide en 1938 hacerse con
los servicios de un arqueólogo aficionado llamado Basil Brown, para
que investigue qué hay debajo de los montículos que asoman en su
propiedad de Sutton Hoo. Brown abrió varias zanjas y en 1939 exhumó
los restos de un barco anglosajón que había sido varado en tierra seca
para servir hacia el año 1300 de ataúd de un personaje.
Bastantes años antes del invento de la CNN un hallazgo tan es-
pectacular sólo despertó el interés de un pequeño grupo de arqueólo-
gos. Pero a la vista de la importancia nacional del descubrimiento, las
autoridades representadas por el Museo Británico y el Ministerio de
Fomento sustituyeron al señor Brown por un experto nacional, el ar-
queólogo de Cambridge Charles Phillips, con el encargo de excavar la
cámara funeraria situada en el interior del barco. Éste convocó a sus
colaboradores Stuart Piggot y W. F. Grimes, que más tarde serían
profesores respectivamente de las universidades de Edimburgo y
Londres.
El ajuar formado por 263 objetos entre los que se incluían fuen-
tes de plata de Constantinopla, collares de oro exquisitamente traba-
jados, insignias reales, una lira y el casco y la espada del difunto, se
recuperó en sólo 17 días de trabajo durante el verano en que Inglaterra
declaró la guerra a Alemania. Como explica Carver:
Fue una de estas excavaciones mágicas que sólo a unos pocos pri-
vilegiados les toca en suerte de poder disfrutar: en que cada día trae un
nuevo descubrimiento y cada hallazgo hace alborear al siguiente. Son
momentos de disciplinada tensión que hacen que uno apriete los labios,
al tiempo que se dibuja y se fotografía, a lo que siguen unos gritos so-
focados fruto de la excitación y unas cortas frases de júbilo, mientras se
intenta refrenar la imaginación por lo que pudiera pasar en el instante
anterior al momento comprometido de levantar el objeto del suelo (Carver.
1998: 16).

Luego, en lo que todavía sigue siendo el mayor acto individual de


generosidad relacionado con la excavación de un tesoro arqueoló-
gico, la señora Pretty donó la colección completa a la nación sin pe-
dir nada a cambio.

CIENCIA y ERUDICIÓN ALREDEDOR DE SUTTON Hoo

La segunda campaña fue más lenta. Dirigida por el Dr. Rupert


Bruce-Mitford del Museo Británico, fue llevada a cabo de forma me-
ticulosa, científica y resultó ejemplar. Si la consigna en 1939 había sido
24 ARQUEOLOGfA BÁSICA

recuperación y toma apresurada de datos, en la investigación de Bruce-


Mitford de 1965 y 1971 la consigna fue autenticidad y esmero. No se
trató de un enfoque antropológico, sin embargo. El barco fue excavado
de nuevo y los objetos que se hallaron fueron estudiados otra vez y re-
construidos. Los vertidos de tierra de Brown fueron examinados para
asegurarse de que nada quedara al aire. Se hicieron copias de los ob-
jetos y todo quedó registrado en tres gruesos volúmenes completados
en 1983.
En esta ocasión la arqueología científica jugó su papel e hizo po-
sible que se alcanzaran los objetivos de corrección y autenticidad.
Por ejemplo, entre los objetos recuperados había un pequeño ciervo
de bronce que inicialmente se había pensado que remataba el casco.
Pero cuando se analizó la composición de la aleación de la figurilla,
la del propio casco y la del metal que sujetaba una piedra de afilar, se
comprobó que la figurilla debía asociarse con este último objeto. Y es
así como se puede ver actualmente en el Museo Británico, donde se
conoce como el «cetro» del Rey.

SUTTON Hoo EN LA ERA DE LA GESTIÓN

¿Qué quedó por descubrir? La tercera y última campaña de in-


vestigación empleó métodos científicos avanzados de prospección y se
valió de nuevas técnicas de excavación. Y, lo que es más importante,
los arqueólogos se plantearon nuevas preguntas. El paisaje de Sutton
Hoo con sus evidencias de ocupaciones sucesivas fue el foco de aten-
ción y no los montículos.
Las campañas desarrolladas entre 1983 y 1992 fueron dirigidas
por Martin Carver. Su propuesta de investigación fue seleccionada me-
diante una convocatoria abierta lanzada por el comité nacional de ges-
tión responsable del yacimiento. Fue el primer proyecto arqueológico
británico que tuvo un diseño de proyecto que fue presentado pública-
mente y que fue sometido a escrutinio público. Las preguntas que plan-
teaba requerían obtener una información a lo largo de unas fases de
«evaluación» y «estrategia» que se tenían que llevar a cabo necesa-
riamente antes de empezar a excavar (Carver, 1998: 176). Las diferen-
cias con lo sucedido en 1938 son evidentes, cuando había sido la cu-
riosidad y quizás un cierto espiritualismo lo que motivó la investigación,
e incluso con relación a 1965, cuando los planes de investigación sólo
eran conocidos por los llamados a desarrollarlos. El proyecto de Carver,
en cambio, se enmarcaba en los cambios que la arqueología británica
había asumido si quería tener un futuro. La consigna en esta tercera
fase fue gestión y rendición de cuentas.
¿QUÉ ES LA ARQUEOLOGÍA? 25

El proyecto esta vez situó Sutton Hoo en su contexto arqueoló-


gico. La investigación de Carver abordó la cuestión empleando una
gran diversidad de escalas analíticas, siempre bien armado de instru-
mentos técnicos. Se prospectó el yacimiento mediante el uso de mé-
todos no destructivos como el radar y otros instrumentos de prospec-
ción geofísica. Se obtuvo una mayor amplitud cronológica mediante
la obtención de muestras del asentamiento prehistórico. Se amplió el
área de excavación del cementerio para poder juzgar con más garan-
tías en el contexto de la sociedad del momento, el estatus y posición
de los hallazgos arqueológicos originales. Para poder excavar bien tum-
bas mucho más sencillas se tardó meses. Se estudió de forma siste-
mática el territorio situado alrededor del yacimiento. Fueron recons-
truidos los patrones de asentamiento y de uso de la tierra para poder
responder a la pregunta de por qué se pudo encontrar tal tesoro en lo
que hoy día se contempla como un remanso rural. Y con el fin de res-
ponder al criterio referido a la rendición de cuentas o difusión de in-
terpretaciones, Carver difundió una determinada interpretación del ya-
cimiento y procuró interesar al público en su trabajo. Después de todo
el público se había beneficiado de la generosidad de la señora Pretty
y fue en su nombre que el yacimiento se pudo clasificar como yaci-
miento protegido de acuerdo con la legislación sobre monumentos. La
televisión, que no existía en 1939, hizo que 13 millones de teleespec-
tadores pudieran contemplar la evolución de las excavaciones durante
los años 1980, cifra que contrasta con los escasos centenares de per-
sonas que visitaron la primera excavación.

SUTTON Hoo COMO PATRIMONIO ARQUEOLÓGICO

La última campaña de excavaciones en Sutton Hoo fue en parte


urgida por la seria amenaza que representaban los expoliadores ar-
mados con detectores de metales. Resulta irónico que la ciencia pro-
vea de los mismos medios tanto a los destructores de yacimientos como
a los conservadores del patrimonio. También es una ironía que el des-
prendimiento de la señora Pretty tuviera como correspondencia la am-
bición de los buscadores de tesoros. Este tipo de venalidad se ha ex-
tendido por todas partes. Al cerrarse el proyecto, la Nación, por medio
del correspondiente organismo gubernativo, fue llamada a comprar
el yacimiento, pero sólo lo valoró en 3.000 libras esterlinas. La consi-
guiente búsqueda de patrocinadores no dio resultados, y al final la
organización National Trust ofreció comprar el yacimiento por 3,6 mi-
llones de libras esterlinas obtenidas del Fondo de Loterías para el
Patrimonio.
26 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

No debería sorprendernos un caso como éste. Por aquel entonces


los arqueólogos habían descubierto en Londres los restos del teatro Rose
donde se habían estrenado todas las obras de Christopher Marlowe y donde
se estrenó también en 1592 el Titus Andronicus de Shakespeare. Un mo-
numento de importancia nacional tan grande como éste permanece en
la actualidad a la espera de un futuro, protegido con plásticos y cubierto
de arena, en los sótanos de un edificio de oficinas de la ciudad (Wainwright,
1989). Se conserva evidentemente para la posteridad, pero resulta inac-
cesible en el presente. El Estado dice estimar el patrimonio pero es in-
capaz de pagar la compensación económica que le correspondería para
poder parar la construcción de un edificio de oficinas.
Sutton Hoo nos ofrece un caso ejemplar de evolución de una
disciplina que transita del amateurismo a la profesionalización. Es
una evolución que va en paralelo al paso de un marco conceptual
centrado exclusivamente en la historia cultural, a una concepción
que reclama considerar el conjunto de problemas que se plantean bajo
el paraguas de la antropología antropológica (capítulo 2). Este proceso
se ha repetido en todos los países en los últimos 60 años. Este cambio
implica también un progresivo empleo del método científico para va-
lidar las presunciones de la arqueología y una sensibilización hacia los
problemas contemporáneos. Todos los arqueólogos se ven obligados
a responder hoy día a la pregunta de ¿a quién pertenece el pasado?
Casos como el del teatro Rose son ejemplos extremos que polarizan
los variados puntos de vista que emergen en nuestro tiempo, al tiempo
que plantean cuestiones clave en relación a la ética profesional. El ar-
queólogo se ve obligado a posicionarse. ¿Apoya a la facción partida-
ria del patrimonio y al grupo de actores que reclama que el Rose ha
de conservarse y mostrarse al público, o apoya al constructor que de
acuerdo con la legislación vigente encontró la solución, conjuntamente
con las autoridades, de preservar el yacimiento in situ envuelto en plás-
tico? ¿Debe el pasado detener al progreso en un caso como éste en que
se trata meramente de construir otro nuevo edificio de oficinas? ¿Habría
que considerar otros argumentos si en este mismo lugar se hubiera
previsto construir un hospital?
En el caso del Sutton Hoo el traspaso de una propiedad privada
a manos de una organización nacional del patrimonio como el National
Trust para su protección, no estuvo libre de controversia. Algunos ar-
queólogos cuestionaron la forma de llevar a cabo las excavaciones en
los años 1980. Actualmente siguen divididos sobre la forma de llevar
a cabo la gestión del yacimiento como centro turístico y educativo que
es lo que propone el National Trust, ya que según The Guardian ( 11
de octubre de 1999) «convertirlo en centro turístico significaría des-
truir el yacimiento de época Sajona».
¿QUÉ ES LA ARQUEOLOGÍA? 27

La lección que llevamos a casa de todo ello es que los arqueólo-


gos ya no excavan simplemente. Nuestras campañas crean símbolos
que la gente utiliza para hacer frente a los problemas que inquietan a
nuestra época (capítulo 8).

La cafetería arqueológica: ¿se trata realmente de arqueología?

En este momento estarás probablemente pensando, estimado lec-


tor, que la respuesta a la pregunta ¿qué es la arqueología?, es más com-
plicada de lo que parecía. ¿Qué fue lo que disparó tu imaginación ar-
queológica para que pudieras descubrir que lo que late en la arqueología
que está más allá de lo corriente, del sentido común y de lo familiar?
¿Se trata de Lara Croft o de Gladiador? ¿De un atardecer en el Valle
de los Reyes o de un amanecer en Petra, junto al Jordán? ¿De un bip
bip de tu detector de metales? ¿Se trata de las piedras de Stonehenge,
los montículos de Moundville o las Termas Romanas de Bath?
Deja que intente dar una primera definición y luego un menú que
te preparará para abordar convenientemente equipado la arqueología.
- La arqueología tiene que ver básicamente con tres cosas: ob-
jetos, paisajes y lo que hacemos con todo ello. Es tan sencillo
como decir que se trata de estudiar el pasado mediante los res-
tos materiales que se conservan.
En lo que queda de libro voy a ampliar esta definición a base de
examinar los aspectos más importantes que emergen de la misma: los
objetos (que van de una punta de flecha a una ciudad entera), el tiempo
y el espacio, la gente, el cambio y la estabilidad, y la identidad.
Lo que en la realidad hacen los arqueólogos es ya otra cuestión y
muy variada. Definir un arqueólogo como alguien que estudia el pa-
sado es simplificar demasiado las cosas. La profesión, aunque humilde
en número de practicantes, tiene sus asociaciones profesionales y su
gama de intereses y preocupaciones. El pasado no es algo remoto sino
que forma parte de nuestras vidas. Las cuestiones que plantean los
arqueólogos sobre métodos de investigación, identidad y pertenencia,
dan pie a menudo a ser contestadas de forma contundente; que es lo
que acostumbran a hacer los propios colegas a través de asociaciones
y tribunas diversas, sea de forma hostil o de forma amigable.
¿Pero qué puedo hacer para proporcionaros una cata a modo de
aperitivo de los tipos y variedades de arqueología que se ofrecen en el
menú? Internet sería una buena forma de empezar. Teclead arqueolo-
gía en un buscador cualquiera y esperad a ver lo que sale. En el mes
de diciembre de 1999 con Yahoo encontré casi mil sitios y más de cien
28 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

Recuadro 4:
Lista de materias relacionadas con la
arqueología que aparecen en la oferta de estudios
de las universidades del Reino Unido (1999)

Teoría y técnicas

Teoría arqueológica
• Historia del pensamiento arqueológico
• Arqueología social
• Arqueología antropológica
• Identidad (incluye género, etnicidad y nacionalismo)
• Filosofía de la arqueología (incluye arqueología interpretativa, posproce-
sualismo y teoría social)
• Arte y representación
• Cultura material

Arqueología de campo
• Arqueología de los edificios
• Excavación
• Arqueología del paisaje
• Arqueología submarina

Arqueología ambiental
• Fauna
• Botánica
• Paisaje, suelos y geomorfología

Tecnología y ciencia de los materiales


• Lítica
• Cerámica y vidrio
• Metalurgia

Datación científica

Antropología biológica
• Osteología y paleopatología
• Arqueología de la medicina legal

Informática y estadística arqueológica

Prospección arqueológica
¿QUÉ ES LA ARQUEOLOGÍA? 29

Recuadro 4 (continuación)

Conservación arqueológica

Interpretación y gestión del patrimonio

Períodos y ámbitos territoriales

Orígenes humanos

Arqueología de las Islas Británicas


• Paleolítico y Neolítico
• Edades del Bronce y del Hierro
• Época romana
• Medieval
• Posmedieval e Industrial

Arqueología mediterránea y europea


• Paleolítico y Neolítico
• Edades del Bronce y del Hierro
• Época grecorromana
• Medieval
• Posmedieval e Industrial

Arqueología e historia de las civilizaciones antiguas


• Anatolia
• Oriente Medio
• Egipto
• Nuevo Mundo
• Sur de Asia e India

Prehistoria del mundo y arqueología precolonial


• África
• Continente americano
• Este y sudeste de Asia
• Sur de Asia e India
• Pacífico y Australasia

Arqueología histórica y etnohistórica


• África
• Continente americano
• Este y sudeste de Asia
• Sur de Asia e India
• Pacífico y Australasia
30 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

categorías. A continuación teclead otras palabras clave como patri-


monio, prehistoria, naufragio, orígenes humanos, evolución, excava-
ción, museo, megalito, etc., y un caudal enorme de pasado inundará
vuestra pantalla.
Alternativamente, visitad una biblioteca importante y buscad en
el catálogo. Vuestro librero también os podrá ayudar a descubrir tex-
tos eruditos sobre clasificación de los útiles de piedra, textos que qui-
zás encontréis junto a otros libros que os hablarán de la solución al
«misterio» de la Atlántida.
Otra parte del menú tiene que ver con lo que se enseña sobre ar-
queología. En los institutos de enseñanza media europeos y america-
nos no acostumbra a ser una materia fácil de encontrar, pero sí que
se ofrece, combinada con otras materias, en todas las universidades.
En casi todas partes la arqueología que se ofrece a los estudiantes pre-
senta una gama parecida de temas, siendo el énfasis lo que acostum-
bra a variar de un sitio a otro. Las diferencias más importantes se en-
cuentran en los períodos cubiertos por la disciplina, lo que a menudo
refleja la peculiaridad arqueológica de cada país. En el recuadro 4 se
expone la lista de temas que se tuvieron recientemente en considera-
ción en la Gran Bretaña para enmarcar la enseñanza de la arqueolo-
gía. No es una lista exhaustiva pero es un ejemplo de un menú a la
carta estructurado procedente de un país concreto que sirve para dar
una idea de las opciones que existen.
La lista establece categorías separadas bajo los epígrafes de teo-
ría, técnicas y práctica profesional, y períodos y regiones del mundo.
Dentro de cada categoría se plantean temas muy distintos, por ejem-
plo, los orígenes de la agricultura o la romanización de Gran Bretaña.
Las categorías y los grandes temas se cruzan transversalmente con
otros temas como comercio, religión, subsistencia y arqueología de la
muerte. Como hay tantas posibilidades no es posible enumerarlas todas.
Poco importa cómo participa cada uno de la arqueología. Lo
que se descubre siempre sea leyendo, excavando o indagando de otra
forma en el tema, es que existen grandes diferencias de enfoque. Por
ejemplo, no es lo mismo estudiar períodos y regiones dentro de una
cronología histórica, es decir, con presencia de textos históricos, que
formando parte estrictamente de la prehistoria. La rica tradición his-
tórica ha sido estudiada con detalle por Anders Andrén (1998). Su es-
tudio muestra de qué manera pueden ser integrados textos y cultura
material, por más que tradicionalmente se haya concedido más im-
portancia a los textos. Este ejemplo no refleja más que una instancia
de las muchas posibles sobre la diversidad de enfoques y opiniones que
cualquier neófito va a encontrar al empezar a dar rienda suelta a su
imaginación arqueológica.
¿QUÉ ES LA ARQUEOLOGÍA? 31

Afortunadamente existen muchos textos excelentes que pueden


servir de guía, entre los cuales cabe destacar los siguientes: Matthew
Johnson (1999a) 1 y Cris Gosden (1999) sobre teoría arqueológica y an-
tropológica; Robert Wenke (1990), David Hurst Thomas (1998) y Kevin
Greene ( 1995) sobre objetivos, métodos, teorías y técnicas; Colin Renfrew
y P. Bahn ( 1991 )2 sobre todo ello conjuntamente. Ya es hora de que de-
jemos de lado la pregunta que nos perseguía hasta este momento y
abordemos otra: ¿cuántas arqueologías existen?

1. Existe traducción en castellano publicada por Editorial Ariel, en el año 2000. (N. del t.)
2. Existe traducción en castellano publicada por Akal, en el año 1993. (N. del t.)
CAPÍTULO 2
¿CUÁNTAS ARQUEOLOGÍAS EXISTEN?

Si todos estuviéramos de acuerdo, el pasado no tendría gracia.


Y la arqueología no duraría mucho si pensáramos que está a nuestro
alcance encontrar una respuesta final y decisiva a cuestiones como la
humanización. Por ello no conozco a ningún arqueólogo que piense
que hay un pasado que es la verdad. La posibilidad de hacer nuevos
descubrimientos hace que incluso el arqueólogo más antiteorético
muestre discreción ante esta cuestión. En vez de esto, lo normal es ver
cómo arqueólogos que mantienen posiciones distintas, siguen exca-
vando de acuerdo con sus convicciones con respecto al marco con-
ceptual que hay que emplear.
Hay muchas arqueologías distintas, pero tal como mencioné en
el capítulo 1, pienso que hay que reducirlas a dos grandes sistemas: la
historia cultural y la arqueología antropológica, que representan pa-
radigmas alternativos. Un paradigma es un conjunto de creencias y
presunciones sobre cómo funciona el mundo, en este caso, sobre cómo
ha de producirse la investigación arqueológica. Existen desacuerdos,
algunos muy serios, dentro de cada campo que también pueden con-
templarse como paradigmáticos (Johnson, 1999a). Los elementos en
disputa, igual como sucede con los divorcios enredados, tienen que ver
con la custodia del producto resultante de la actividad de uno. En
este caso el desentierro del hacha de la guerra tiene que ver con el fu-
turo de nuestra imaginación arqueológica.

Historia cultural

La historia cultural representa una especie de posicionamiento por


defecto de gran parte de la investigación arqueológica. Ha recibido du-
ras reprimendas en los últimos 30 años, pero a pesar de ello Thomas
(1995) estima que en la Gran Bretaña más de la mitad de los arqueólo-
gos universitarios podrían ser clasificados bajo este epígrafe, aunque un
34 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

número importante seguramente no estaría completamente de acuerdo


con ello. A escala mundial la historia cultural sigue siendo la orienta-
ción mayoritaria. Por ejemplo, Paddayya (1995: 138) concluye al referirse
a la arqueología hindú, que la mayoría de sus practicantes muestran des-
interés por la teoría y contemplan la disciplina básicamente como una
actividad fundamentada en la recogida de datos. El arqueólogo francés
Paul Courbin es un vehemente antiteorético que afirma que el único ob-
jetivo de la arqueología es el establecimiento de hechos (1988: 112).
Este tipo de planteamientos no implican que la historia cultural
esté del todo desprovista de conceptos o teorías (véase Taylor, 1948),
sino que sus practicantes enfatizan la primacía de los datos, de los he-
chos y de su clasificación. De hecho ellos son los verdaderos vástagos
de Thomsen. Aliada con esta concentración en los hechos emerge la no-
ción de que la investigación arqueológica exige un enfoque inductivo.
El objetivo primordial del historiador de la cultura es poner las cosas
en orden, cronológica y geográficamente. De ahí que una síntesis como
El Origen de la Civilización Europea de G. Childe haya pasado por seis
ediciones entre 1925 y 1957, lo que refleja claramente el punto de vista
de la historia cultural, para el que el aspecto más importante para el
desarrollo de la disciplina, son los datos nuevos que van apareciendo y
no los nuevos marcos. El marco facilita que los datos «hablen por sí
mismos», y lo que dicen al arqueólogo «atento» es en qué momento
tuvo lugar el cambio y desde dónde vino. Muy a menudo cualquier otra
interpretación se mira como una mera especulación y si tal interpre-
tación existe tan sólo se puede encontrar escondida entre las conclu-
siones y no en el cuerpo de la memoria de investigación.

HISTORIA CULTURAL: PUNTOS A FAVOR Y EN CONTRA

La historia cultural atesora muchos éxitos. Mediante los métodos


de análisis estilístico (capítulo 5) y seriación, y gracias al principio de
la estratigrafía (capítulo 3) ha podido construir secuencias arqueoló-
gicas regionales en todo el mundo. Estas secuencias han ido refinán-
dose gracias a la aparición de técnicas de datación absoluta como por
ejemplo, la datación por radiocarbono (capítulo 3), de manera que fa-
ses, horizontes, períodos y culturas han adquirido en el presente una
dimensión temporal aparte de geográfica. Por ejemplo, empleando la
técnica de la «estratigrafía de la cerámica» Alfred Kidder ( 1924) pudo
producir una síntesis de la prehistoria del sudoeste de los Estados
Unidos un año antes de que G. Childe publicara su fundamental estu-
dio sobre la prehistoria europea. La explicación del cambio tenía que
ver o con un desarrollo cultural producido in si tu, caso que se pudie-
¿CUÁNTAS ARQUEOLOGÍAS EXISTEN? 35

sen rastrear elementos de continuidad entre los restos de cerámica, o


con la difusión de grupos humanos procedentes de fuera, caso de no
presentar antecedentes en la zona las nuevas tipologías cerámicas.
Siempre que fuera factible la historia cultural unía la prehistoria
con los períodos clásicos e históricos datados mediante las monedas
o los textos. Conceptualmente la mayoría de los arqueólogos especia-
listas en cada uno de estos tres períodos siempre han mostrado acuerdo
con respecto a los problemas y planteamientos metodológicos y de
interpretación.
La historia cultural ha puesto de manifiesto la existencia de pa-
trones de carácter general que han soportado bien la prueba del paso
del tiempo. Todavía utilizamos términos como «neolítico» y «cestería»
como forma de denominar períodos y fases el contenido de las cuales
no suscita desacuerdos importantes. Resulta asimismo un enfoque
adaptable que en muchas áreas sigue desarrollándose. La prehistoria
económica de Grahame Clark (1952) se fundamentó en los trabajos
anteriores de Worsaae y Kidder y propuso nuevos campos de investi-
gación y nuevos marcos de referencia. Aparecieron a continuación
grandes contribuciones como la de Henry de Lumley (1976) relativa a
Francia, la de Stuart Piggott (1965) referida a Europa, la de Gordon
Willey ( 1966) para América del Norte y Centroamérica, la de Peter
Bellwood (197 8) para el Pacífico y la de Sigfried de Laet (1994) para
todo el planeta. Finalmente la serie Ancient Peoples and Places, for-
mada por más de cien libros, ejemplifica los logros a nivel de síntesis
de la historia cultural a escala global.
Pero como señalan Lyman, O'Brien y Dunnell (1997), lo que la
historia cultural nunca ha hecho es desarrollar una teoría convincente
sobre el cambio y la estabilidad. Parece como si el cambio fuera una
propiedad inherente, una esencia, del sistema en estudio. Esta pun-
tualización diríamos que es cosa del sentido común, si la expresamos
con un lenguaje corriente. El cambio se atribuye a la migración, a la
difusión, o a la innovación, puesto que de esta forma es como las so-
ciedades modernas aparentemente definen lo que son y explican cómo
llegaron a ser lo que son. Es una especie de transferencia de su expe-
riencia colonial a las sociedades del pasado (capítulo 1). La estabili-
dad, por su parte, respondería a algo parecido a aquel dicho domés-
tico de «SÍ no está roto no lo toques».

Arqueología antropológica

Se necesitó que apareciera una nueva arqueología para dar la


vuelta al estereotipo del arqueólogo como coleccionista de estampas
36 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

FIG. 2.1. El paraguas de la teoría arqueológica que se abre. Cuando está completa-
mente abierto aparecen muchos enfoques teoréticos que se encuentran bajo el amparo de
la arqueología antropológica, de los cuales sólo unos cuantos se muestran aquí. Sin em-
bargo, la conocida historia cultural sigue sujetando la empuñadura del paraguas.

del pasado. Llegó puntualmente en los años 1960, pero la novedad de


esta auténtica primera arqueología antropológica ha de situarse debi-
damente en su contexto (figura 2.1).
En el siglo xx hubo por lo menos tres <<nuevas» arqueologías (re-
cuadro 5), todas ellas norteamericanas y todas reconocidas como
tales en su momento (Wylie, 1993: 20). La razón por la cual el sub-
continente norteamericano estuvo durante décadas en constante es-
tado de revolución arqueológica, probablemente estribe en el cua-
tripartito punto de vista sobre la antropología que sostuvo el etnógrafo
Franz Boas y que fijó a principios del siglo xx. Los cuatro campos,
que aún se reflejan en los departamentos de muchas universidades
de los Estados Unidos son: antropología lingüística, antropología fí-
sica, antropología social y antropología arqueológica. Los dimes y di-
retes que se han tenido estos departamentos entre ellos siempre tu-
vieron sus repercusiones. Sin embargo, Europa quedó al margen de
esta controversia intelectual. Aquí la arqueología tendió siempre a
ser enseñada como materia independiente o como una parte de la
historia con el énfasis puesto en las fuentes escritas (véase el capí-
tulo 4, analogía).
¿CUÁNTAS ARQUEOLOGÍAS EXISTEN? 37

Recuadro 5:
Las tres ccnuevas arqueologíasn norteamericanas
del siglo xx

Años 191 O: Revolución estratigráfica inspirada en el trabajo realizado


en los pueblos del sudoeste de los Estados Unidos.

Años 1940: Una ecología cultural dirige la atención hacia la variedad de


la cultura humana y su adaptación al medio. Jugó un papel clave aquí la et-
nografía de los pueblos nativos de América del Norte.

Años 1960: Una arqueología procesual propone una metodología cien-


tífica que incluye la contrastación de hipótesis y una reivindicación de la ar-
queología como antropología.

ARQUEOLOGÍA PROCESUAL 1962-1969

La tercera nueva arqueología (recuadro 5) es la que tuvo más


repercusión. El trabajo que certificó su nacimiento tenía por título
Archaeology as anthropology ( 1962) y su autor era Lewis Binford.
Este artículo hablaba de procesos y de cómo se relacionaban y fun-
cionaban conjuntamente los diversos sistemas culturales que cons-
tituyen la sociedad. Abordaba los problemas de adaptación y cam-
bio en tales sistemas a base de identificar tres ámbitos de
comportamiento -ambiental, social e ideológico- los cuales po-
dían inferirse de los objetos y de los contextos en los cuales se ha-
llaban dichos objetos. Insistía también en la importancia de la cuan-
tificación y la predicción para poder calificar a la arqueología de
verdadera ciencia. Y más importante todavía, sacaba explicaciones
de fuera de su escondite habitual que era el sentido común y la tra-
dición. La idea clave era encontrar explicaciones a base de avanzar
hipótesis y contrastarlas a continuación. Diez años más tarde, en un
programa de radio, Binford, sintetizaba sus planteamientos de esta
forma:
La Nueva Arqueología reconoce explícitamente las relaciones exis-
tentes entre el procedimiento o método y el tipo de cuestiones que plan-
teamos para obtener respuestas. También proclama que si nuestra pre-
tensión es hacer afirmaciones correctas sobre el pasado debemos dar
prioridad a la comprobación de las proposiciones generales (Binford,
1972b: 175).
38 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

De vuelta a 1962, Binford apoyó su programa revolucionario con


un ejemplo regional. En su desarrollo intentó con ahínco contrastar
las típicas y a menudo borrosas explicaciones del cambio que aplica-
ban los historiadores de la cultura, como por ejemplo, «influencia»,
«estímulo» o «migración de una cultura».

Proceso cultural

Las nociones de proceso y sistema tenían una crucial importan-


cia. La arqueología procesual, que es la denominación que adquirió
la nueva arqueología, explicaba la variación en el sentido de partici-
pación diferencial en una cultura, en contraste con el modo de verlo
de los historiadores de la cultura que explicaban las diferencias y las
similitudes como una forma de compartir determinadas normas cul-
turales. La cultura resultaba ser nuestra principal forma de adapta-
ción. Además, variaba en función de la situación. Los sistemas cultu-
rales no eran aplicados, pues, por la sociedad en todas partes y épocas
como si se tratara de una solución rutinaria en pro de la superviven-
cia y la existencia. La cultura se presentaba como un sistema organi-
zativamente flexible. Todos los aspectos de una cultura, desde el di-
seño de la cerámica a la previsión de riesgos ambientales, estaban
sometidos a selección.
La arqueología procesual investigó en las razones de los proce-
sos adaptativos diferenciales. Los nuevos arqueólogos como Binford
y Flannery dieron mucho trabajo a los filósofos del método cientí-
fico, y rivalizaron a la hora de establecer hipótesis y contrastarlas.
Y obtuvieron explicaciones que no dependían de la invocación al con-
cepto de cultura para explicar una cultura, con lo que ofrecieron una
alternativa a una forma de proceder de la historia cultural que es-
taba siendo objeto de abundantes críticas. Los nuevos arqueólogos
buscaban las causas, o como dijo Flannery (1967), investigaban el
sistema de organización que hay detrás del indígena que está detrás
del objeto.
La preocupación por las causas les llevó a considerar también por
qué los sistemas no cambiaban. La estabilidad se analizó desde la pers-
pectiva del análisis de ecosistemas, con sus inputs, outputs y meca-
nismos autorreguladores que equilibraban el sistema entero en lo que
se conoce como homeostasis. Con propósito analítico el sistema se po-
día contemplar en sus partes componentes o subsistemas, por ejem-
plo, la producción artesana, la población, la subsistencia, el comercio
o los rituales (figura 2.2). De esta manera se podían estudiar las in-
tPrrPl::irinnpc;; c;;11hc;;ic;;tPrn~c;; nhc;;Prv~r be;; rpc;;n11pc;;t~c;; rlP lnc;; rlk-
]ne;; -------------,
---- ---------- PntrP
----- - --- ----- --- --- - --.e------- -- --- ---
tintos elementos, y predecir los resultados.
¿CUÁNTAS ARQUEOLOGÍAS EXISTEN? 39

Tiempo

FIG. 2.2. Análisis de una cultura arqueológica como un conjunto de subsistemas in-
terrelacionados (a partir de Clarke, 1968: figura 17). Los cinco componentes del sistema
interno objeto de estudio interactúan uno con otro y con los cuatro componentes del en-
torno externo: fauna, clima, geología y flora. El último incluye otro sistema social, el que
se define por la sigla Sn.

El libro New Perspectives in Archaeology (Binford y Binford, 1968)


sintetiza las esperanzas y los logros de la arqueología procesual en su
etapa inicial. Las ventajas de un enfoque teorético se resumían del
modo siguiente:
Las limitaciones prácticas de nuestro conocimiento sobre el pasado
no son inherentes a la naturaleza del registro arqueológico; las limitacio-
nes estriban en nuestra ingenuidad metodológica, en la insuficiencia de
desarrollo tanto de los principios que determinan la relevancia de los res-
tos araueoló2'icos. como de las nronosiciones referidas a nrocesos v acon-
tecimi~ntos del p~sado (Binford y-Binford, 1968, en Binford, 197la: 96).
40 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

Esta conclusión condujo al nuevo arqueólogo británico David Clarke


a definir con arrojo la arqueología como «en esencia ... la disciplina dotada
de teoría y de práctica destinada a la recuperación de los patrones de
comportamiento de los seres humanos, patrones que son inobservables
en las trazas indirectas de nuestras malas muestras» ([1973], 1979: 100).

Arqueología procesual: puntos a favor

Trigger (1989: 2) hizo la importante observación de que el liderazgo


de Binford sugería la posibilidad de disponer de un enfoque más lucra-
tivo para los arqueólogos que la historia cultural, ya que identificaba dos
diálogos: un diálogo interno que era el que los arqueólogos tenían entre
ellos con el fin de desarrollar métodos para inferir el comportamiento hu-
mano en el pasado a partir de los restos arqueológicos, y un diálogo ex-
terno derivado de plantear cuestiones de interés general relativas al cam-
bio y la evolución del comportamiento humano. Sin la arqueología
procesual no existiría este doble diálogo y no se hubiera producido la apa-
rición de una conciencia crítica sobre lo que es la propia arqueología.
Para que los dos diálogos no se interrumpieran y avanzaran en
común se tuvo que renunciar en algunos casos al lenguaje llano y a
una adecuada comprensión de las cosas al tener que buscar una forma
diferente de expresarlas. Pienso que fueron sacrificios menores obli-
gados si de lo que se trataba era conseguir que la imaginación ar-
queológica siguiera hacia delante y encontrara nuevos caminos. Pero
las quejas acerca de la nueva jerga sonaban igual que las quejas que
levanta el arte contemporáneo. Ello confirma la opinión de David Clarke
de que «cada arqueología es fruto de su tiempo pero puesto que mu-
chos deploran el tiempo en que viven, seguramente deberán estar muy
poco satisfechos con su arqueología» (1979: 85).

Arqueología procesual: puntos en contra

El principal problema que presenta la arqueología procesual es-


triba en su identificación con el método científico, lo que hace que se
la ponga al nivel de un experimento que se puede repetir tantas veces
como se quiera. En sus inicios se empeñó en el descubrimiento de le-
yes sobre el comportamiento humano.
Pronto se dio cuenta, sin embargo, de que las leyes que aparecían
eran, en frase de Flannery, «leyes de Mickey Mouse» (1973: 51), es decir,
que manejaban pequeños segmentos del comportamiento de manera bas-
tante obvia; por ejemplo, «al incrementarse la población de un lugar tam-
bién lo hace el número de pozos para almacenamiento». Así, las leyes ge-
nerales que tenían que ver con el cambio seguían igual de vagas.
¿CUÁNTAS ARQUEOLOGÍAS EXISTEN? 41

Recuadro&:
Teoría de alcance medio: argumentos para superar
el abismo que separa el presente del pasado

La teoría de alcance medio es más un conjunto de métodos que una teo-


ría. Tiene un alcance medio ya que los problemas que aborda no se refieren
a grandes cuestiones teoréticas necesarias para explicar por qué cambian
las culturas o cómo evolucionaron los humanos. Su pretensión es recordar-
nos que todavía sabemos demasiado poco sobre el registro arqueológico.
Necesitamos saber cómo se formó, qué sobrevive y por qué, y cómo pode-
mos ir de estas observaciones inertes en el momento actual a la investiga-
ción de una acción que tuvo lugar en algún momento en el pasado y que dejó
un registro (véase capítulo 3). Sólo después de haber aumentado nuestro
conocimiento sobre el registro arqueológico, y avanzado en la forma de re-
animarlo, podremos volver a tomar en consideración las grandes cuestiones
con mayores posibilidades de obtener una respuesta aceptable.

La reacción, que empezó en los años 1970, fue en la dirección de in-


vestigar teorías de alcance medio, no teorías generales (recuadro 6). Como
veremos en el capítulo 3 las teorías de alcance medio pretenden puen-
tear el abismo interpretativo que existe entre lo que es estático, los hechos
que excavamos, y lo que no podemos ver pero que en el pasado fue com-
portamiento dinámico, que es lo que creó patrones en los datos que es-
tudiamos. Al concentramos en la teoría de alcance medio como alterna-
tiva metodológica hemos aprendido mucho sobre la manera de despedazar
animales, hacer recipientes y tallar piedra. Y ello se ha producido gracias
a los estudios de arqueología experimental y de etnoarqueología. Sabemos
ahora más de lo que nunca pudimos imaginar sobre lo que las hienas pue-
den hacer con un hueso (Brain, 1981 ). Lo que no queda claro es cómo
estas observaciones que no se sabe bien en qué decisiones se fundamen-
tan y que dan lugar a rastros discontinuos en el registro arqueológico, pue-
den ser luego integradas en un esquema interpretativo más general. Algunos
se quedan en el nivel del análisis de materiales (Skibo, Walker y Nielsen,
1995), mientras que otros como Binford hacen incursiones por cuestio-
nes de más enjundia como el comportamiento neandertal y la transición
hacia la agricultura. Pero el cuadro general se parece más a un conjunto
de piezas diversas mal ensambladas que a una estructura bien trabada.
Un critico duro <liria «me habíais explicado que la gente comía y hacía
objetos de barro en el pasado. Ahora decidme algo que no sepa ya».
Los procesualistas contraatacarían diciendo que hay que conocer
la gama de procesos causales potencialmente relevantes, ya que de lo
42 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

contrario no podríamos decir nada sobre variabilidad. Éstos contem-


plarían el método científico como garantía contra la creación de un
falso pasado en la imagen del presente -la fe en un grado de objeti-
vidad y confianza que sólo la ciencia confiere pero que, de hecho, ahora
vemos que es bastante problemático-.

ARQUEOLOGÍA FEMINISTA

El desarrollo de una arqueología feminista proporciona un buen


ejemplo de las limitaciones del método científico. Contrariamente a
muchas otras disciplinas en que el punto de vista feminista se desarrolló
rápidamente, en arqueología tuvo unos inicios lentos (Nelson, 1997).
Lo que empezó como una crítica pendiente sobre las nociones y ses-
gos androcéntricos en la interpretación de los datos arqueológicos
(Conkey y Spector, 1984), se fue transformando en una investigación
sobre el género. Sin embargo, como ha señalado Gilchrist (1993: 3-4),
la crítica de los procesualistas de que este tipo de estudios exige una
metodología con el fin de identificar el género a partir de los datos,
está fuera de lugar. Esta autora pregunta qué sentido tiene descubrir
a la mujer entre los datos arqueológicos cuando parece que no hay ne-
cesidad de ellas, ya que, dadas las hipótesis con las que se trabaja, tam-
poco es necesario hallar hombres.
La tardía llegada a la arqueología de la crítica feminista en gene-
ral y de los estudios sobre género en particular, suena a extraña a mu-
chos especialistas, puesto que el género tiene que ver con las catego-
rías masculina y femenina, categorías socialmente construidas y no
biológicamente dadas. La arqueología, dado que trabaja con una am-
plia cronología y con muestras comparativas, parecería que tiene alguna
cosa que ofrecer sobre este problema. Pero como ha señalado Alison
Wylie (1991), la larga gestación de este debate no puede ser explicada
por el viejo cuento metodológico de que el género no se conserva en el
registro arqueológico. Para entender la cuestión bien hay que contem-
plarla como un conflicto de ideas entre tendencias de la arqueología. El
enfoque procesualista, con sus sistemas, categorías y valores universa-
les fundamentado sobre la autoridad del método científico, no puede li-
teralmente ver una arqueología de género. La visión no pudo ser res-
taurada hasta que la crítica feminista no verificó presunciones tales
como que «todos los hombres cazaban, todas las mujeres recolectaban»,
o que estando todo equilibrado (lo que no sucede nunca) la mujer ha-
cía cacharros y el hombre arados. Éstas son el tipo de presunciones
obvias de carácter esencialista relativas a las relaciones entre sexo bio-
lógico y estatus-actividad. Nos dicen realmente muy poco sobre la cons-
¿CUÁNTAS ARQUEOLOGÍAS EXISTEN? 43

trucción social de las categorías de género. En cambio nos dicen mu-


cho sobre ideas con predicamento en el seno de la universidad, como
por ejemplo, las que sostiene la arqueología procesual. Puesto que este
tipo de pensamiento arqueológico no se preocupaba de cómo se cons-
truían las categorías de género, pudo proclamar con gran rigor meto-
dológico de que no existía información. Es el típico caso de que si no
crees en algo no lo vas a encontrar. De este modo la arqueología norte-
americana en particular se sumó con mucho retraso al debate feminista.
En otras partes del mundo, el advenimiento de la arqueología de
género contó con la ayuda de la crítica a los argumentos de autoridad
organizada por los arqueólogos interpretativos (véase más abajo) en es-
pecial en Europa, Australia y África del Sur. Una vez combinados estos
influjos los avances fueron considerables (Gero y Conkey, 1991; Wadley,
1997). A base de cuestionar el método científico y al mismo tiempo cri-
ticar la interpretación procesual del pasado, la arqueología se ha vuelto
una disciplina menos segura de sí misma en términos de comprensión
de sí misma y de protección de sus intereses. Pero también se ha vuelto
más interesante intelectualmente. La mayor ganancia ha sido el retorno
al estudio de la gente en vez de centrarse exclusivamente en los siste-
mas. Además, se indaga sobre un tipo de gente distinta a aquella cuyas
voces escuchábamos en los libros de antes. Esta ganancia queda muy
bien ejemplificada en la persona de Janet Spector (1993) que entreteje
su experiencia como arqueóloga con la propia voz de los indígenas nor-
teamericanos y pone en primer plano la experiencia de las mujeres en
el pasado. Su estudio parte de los objetos excavados. Sus escritos emer-
gen de una lectura sensible a las relaciones y experiencias de las perso-
nas y no de la dureza fría de los datos de la ciencia y los sistemas.
El valor de los estudios de género se apreciará mejor en los últi-
mos capítulos temáticos (especialmente los capítulos 4, 5 y 8). Su ha-
bilidad para recorrer transversalmente perspectivas metodológicas dis-
tintas es una de sus virtudes más considerables al tiempo que una
fuente de inspiración para la imaginación arqueológica.

ENFOQUES MARXISTAS

La historiografía relativa a la arqueología procesual a menudo da


la impresión de que fue ésta la que inventó la teoría arqueológica
abriendo por sí sola el paraguas de la arqueología antropológica. No
es así. Una conocida figura, el australiano Gordon Childe (1893-1957),
que fue profesor de arqueología en las universidades de Edimburgo y
Londres, destaca como un innovador pensador marxista que trabaja
dentro de la tradición de la historia cultural.
44 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

Childe escribió muchos libros sobre la evolución de las socieda-


des prehistóricas y las sociedades estatales en el Próximo Oriente y
en Europa. Adoptó un punto de vista marxista para estudiar el cam-
bio y enfatizó las relaciones de producción. No sorprende que dada
su enorme producción científica y larga carrera, sus puntos de vista
cambiasen (McNairn, 1980; Trigger, 1989; McGuire, 1992). Su propia
evolución intelectual es un buen ejemplo de cómo el marxismo ofrece
una interpretación de un mundo cambiante.
Childe sigue siendo el arqueólogo más ampliamente citado fuera
de la disciplina ya que abordó las grandes cuestiones del cambio eco-
nómico y social. Es el exponente clásico de la gran narrativa que la ar-
queología puede dar. En Man Makes Himself(1936) empezó por rede-
finir el modelo de las tres edades en base a dos revoluciones
socioeconómicas que tuvieron lugar en la prehistoria pero que son el
origen del mundo moderno. Se trata de la revolución del Neolítico, con
la aparición de la agricultura y los asentamientos estables, y la revolu-
ción urbana que condujo a las primeras civilizaciones con escritura,
edificios monumentales, burocracia, ciudades, comercio y superávit
agrícola que era distribuido de forma desigual y que fue la causa de la
formación de una clase dirigente. Estas cuestiones fueron exploradas,
revisadas y readaptadas en sus diversos libros, entre los cuales desta-
can What Happened in History (1942) y Social Evolution (1951 ). También
defendió unas mayores aspiraciones intelectuales para la arqueología
enArchaeology as a Social Science (1947) y Society and Knowledge (1956).
Childe murió en 1957 a la edad de 65 años. Gracias a la amplitud
de miras y a la escala de sus escritos logró que la disciplina superara el
puro evolucionismo progresivo de Lubbock y las tipologías sin vida de
Thomsen y Montelius, y proporcionó un buen antídoto a la agenda ra-
cista del arqueólogo alemán Kossina. Casi todo su trabajo fue escrito
antes del advenimiento de la datación por radiocarbono que ofreció el
primer instrumento de comprobación verdaderamente independiente del
esquema de Montelius. Con tal sistema absoluto de datación, el modelo
difusionista que Childe consagró para explicar los cambios acaecidos en
la prehistoria europea fue periclitando, aunque también permitió que se
pudiera avanzar por el sendero abierto por los contenidos de carácter so-
cioeconómico de los textos del arqueólogo australiano (Renfrew, 1973a).
El marxismo no es, hablando en sentido estricto, una teoría so-
bre el pasado. Sin embargo, en tanto que proporciona un poderoso ins-
trumento de análisis de la sociedad, ha resultado ser un sistema teó-
rico muy influyente para el estudio de uno de los problemas centrales
de la arqueología: el cambio (recuadro 7).
El profundo impacto que ha ejercido sobre la arqueología el punto
de vista marxista puede comprobarse en diversos estudios (por ejemplo,
¿CUÁNTAS ARQUEOLOGÍAS EXISTEN? 45

Recuadro 7: Plan de siete puntos para un enfoque


marxista anglo-americano de la arqueologia
(adaptado de McGulre en Thomas, 1998: 388-389)

• Los escritos de Marx son un punto de partida no de llegada.


• Las relaciones sociales son el meollo de la investigación para cualquier
arqueología marxista.
• La sociedad ha de verse en su conjunto no por partes.
• La contradicción y el conflicto son elementos cruciales en las sociedades
humanas que actúan como motores del cambio. Este énfasis en la dia-
léctica refuta la idea de que la sociedad sea un mero conjunto de adap-
taciones funcionales a factores externos.
• La acción humana, la praxis, tiene un papel muy significativo en el proceso
de la historia. En consecuencia hay que rechazar las ideas de determi-
nismo ambiental, material o tecnológico.
• Como que son las personas las que producen el conocimiento, el conoci-
miento sobre el pasado depende siempre del contexto político y social de
cada momento histórico.
• Hay que cuestionar las relaciones de poder del mundo capitalista moderno
y proponer alternativas.

Sprigss, 1984; Champion, 1989; Miller, Rowlands y Ttlley, 1989) que cubren
todos los períodos, así como en estudios regionales que siguen explo-
rando muchos de los temas que interesaron a Childe, como los sistemas
de producción (por ejemplo, Kristiansen, 1998). McGuire ( 1992) nos pro-
porciona una reciente y amplia panorámica sobre la arqueología marxista.

ARQUEOLOGÍA INTERPRETATIVA

Los tipos de arqueología que he tratado hasta aquí -historia cul-


tural, arqueología procesual, arqueología feminista y arqueología mar-
xista- tienen todos notables seguidores en ambos lados del Atlántico y
en todo el mundo. Los dos tipos restantes que voy a tratar, que quedan
bajo el paraguas de la arqueología antropológica -arqueología inter-
pretativa y arqueología neodarwinista- no tienen un apoyo tan exten-
dido. Más bien reflejan intereses diferenciados entre la arqueología que
se practica en América del Norte y la que se practica en Europa. La ar-
queología interpretativa, a menudo conocida como posprocesualista,
se considera casi irrelevante en América del Norte, mientras que la neodar-
winista significa cosas muy diferentes en ambos lados del Atlántico.
46 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

Bajo el título de arqueología interpretativa encontramos una gran


variedad de posiciones teoréticas y una intención explícita de no fijar
un objetivo reconocido para la disciplina. Robert Preucell y Ian Hodder
( 1996: 7) presentan la variedad como el principal logro de la tendencia
que dio comienzo con la arqueología procesual. Esta diversidad inter-
pretativa empezó a aparecer en los años 1980 y no muestra signos de
abatimiento. Sin embargo, ello no impresiona a los que luchan por la
unificación de criterios y por el establecimiento de una agenda cientí-
fica que fije como objetivo que la arqueología debe aspirar a conver-
tirse en una ciencia con mayúsculas (Flannery, 1973: 53). Para ellos
los enfoques interpretativos no son más que algo así como el «todo vale».
Para mí todo ello significa que la rueda ha dado una vuelta com-
pleta y que autoridad y estatus son dos principios bajo sospecha. Algo pa-
recido ocurrió ya antes, cuando se produjo a finales de los años 1960 la
reacción de los historiadores culturales frente a los nuevos arqueólogos.
Entonces, en 1973, Flannery, un procesualista conocido, bromeó con el
ladrón transformado en policía en que se convirtieron los nuevos ar-
queólogos amantes de la «ley y el orden» con su creencia en los sistemas
autorregulados. Los arqueólogos procesuales, como todos los buenos cien-
tíficos, se interesan básicamente por el control, el orden y el respeto.
En esta riña de familia, la tensión principal enfrenta a la gran ma-
yoría de los arqueólogos norteamericanos, ahora parapetados en un
ortodoxo procesualismo o en una historia cultural modificada, con una
pequeña banda de arqueólogos mayormente europeos.
La arqueología interpretativa está particularmente sensibilizada
con dos de los componentes de la arqueología contemporánea que se-
ñala Orser (recuadro 3): el carácter interdependiente o de reciproci-
dad de la vida social (interactividad en las relaciones) y la actitud re-
flexiva de los arqueólogos hacia los datos que manejan y hacia su
profesión (recuadro 8).

Recuadro 8:
Cinco claves para una arqueología interpretativa

Simbolismo: El trabajo clave es Symbols in Action de lan Hodder (1982)


donde el autor presenta un estudio etnoarqueológico de la cultura material del
África Oriental. Hodder examina distintos problemas como el de la etnicidad
(en tanto que mezclado con el concepto de cultura [véase capítulo 3]), el
problema de las fronteras culturales y el relativo a la capacidad de actuación
de los individuos). En su libro algunos de los elementos más estimados por
la agenda procesualista, como la dieta o la subsistencia, apenas se abordan.
¿CUÁNTAS ARQUEOLOGÍAS EXISTEN? 47

Recuadro 8 (continuación)

Cultura material: Contempla los objetos no sólo como aquello que somos
capaces de crear ---extensiones de nosotros mismos- sino como componen-
tes integrales de nuestra personalidad, inextricablemente ligados a nuestra vida
en sociedad. La cultura material constituye una parte activa en los procesos de
construcción de las relaciones sociales, siendo por lo tanto algo más que un
espejo que refleja la posición de cada uno dentro de la sociedad. Cuencos, bron-
ces, etc., incluso algo tan complicado como una ciudad con sus estructuras y
sus monumentos, tiene su propia biografía. Sus múltiples ccvidas» son interde-
pendientes de nuestras propias vidas, de nuestras actividades. Por lo tanto, los
objetos no son meros instrumentos nacidos para ser usados sino que son
parte de este entorno que nos rodea del cual todos formamos parte (capítulo 4).
Hermenéutica: Literalmente se trata del estudio de la interpretación y
significado de los textos. Shanks y Tilley (1987) aplican el concepto a la cul-
tura material. Este enfoque cuestiona toda interpretación unidireccional muy
característica de la ciencia, contrastándola con la doble hermenéutica -ejer-
cicio de traslación del «nosotros» al «ellos», del sujeto al objeto-. Pasamos
de nuestro marco de conocimiento que puede ser el científico al marco pro-
pio de la gente que estudiamos. En vez de imponer nuestro punto de vista
sobre cómo funciona su mundo, apostamos por el diálogo desde la diferen-
cia. El problema es que no podemos conocer con exactitud el marco de re-
ferencia de un individuo de la Edad del Bronce (véase Gosden, 1994).
Narrativa: Nos comunicamos a base de explicar cosas e historias. Los
hechos sólo adquieren significado cuando se enmarcan en esas historias.
El programa hipotético-deductivo de los procesualistas es una más de las
estructuras narrativas que se pueden utilizar; las explicaciones étnicas de
los historiadores culturales, otra (Alexandri, 1995). Cualquier narrativa se es-
tructura con relación al tiempo, simplificando e imponiendo su propio orden
a la realidad (Gosden, 1994: 54). El estudio de lo que se ha escrito sobre el
pasado sirve para examinar las fuentes de autoridad que son utilizadas para
argumentar sobre el cambio y los patrones culturales.
Teoría social: La arqueología no está sola proponiendo una nueva con-
ciencia crítica. Desde 1945 muchas disciplinas académicas han pasado ya por
una parecida pérdida de la inocencia. Ha habido cuatro filósofos sociales que
han ejercido una gran influencia en nuestra forma de debatir el carácter inter-
dependiente de la vida social y la necesidad de reflexión. Son Martin Heidegger,
Michel Foucault, Pierre Bourdieu y Anthony Giddens (véase Gosden, 1994;
Thomas, 1996; Jones, 1997; Dietler y Herbich, 1998; Meskell, 1999; Dobres,
2000; Dobres y Robb, 2000). Un rasgo común a todos ellos es sustentar la no-
ción de que gran parte de las acciones habituales de los individuos tienen un
carácter práctico que no requiere reflexión. Se trata de una forma de conciencia
práctica que se opone a la conciencia discursiva que reclama, por ejemplo, la
resolución de un problema. El arqueólogo francés Leroi-Gourhan anticipó es-
tos conceptos en 1964 en su libro El gesto y la palabra.
48 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

Posprocesualismo

Ilustraré los puntos de vista interpretativos examinando a una


de sus tendencias, la que se autoproclama cajón de sastre. Debe acla-
rarse de entrada que el posprocesualismo no tiene la consistencia de
un credo estricto ni posee un mesías intelectual, que sí en cambio te-
nía el procesualismo con su trinidad formada por las leyes, la ciencia
y la explicación, y su personalidad descollante en la figura de Lewis
Binford. Pero sí tiene cuatro apóstoles británicos: Ian Hodder,
Christopher Tilley, Michael Shanks y Julian Thomas.
El posprocesualismo empezó como una espina clavada en el flanco
de la arqueología procesual. Proporcionó un análisis crítico sobre lo
que hacía la arqueología y sobre el porqué de lo que se hacía. Intentó
mediante los libros de Shanks y Tilley (1987a, 1987b) y mediante el
movimiento conocido como World Archaeology Congress, contextua-
lizar el conocimiento sobre el pasado. Por un lado ello implicaba pre-
guntarse sobre el propósito de la producción de conocimiento ar-
queológico. Por otro, abría el campo para posibles puntos de vista
alternativos sobre el pasado, basados en las opiniones de los indígenas
en cuyas tierras los arqueólogos excavaban tan a menudo. La autori-
dad de los arqueólogos como los únicos conocedores de las claves del
pasado se ponía en entredicho.
Pero este intento no acabó funcionando muy bien. Se interpretó
como un abrir de par en par las puertas al subjetivismo acerca del
pasado. ¿Cómo se verificaría el conocimiento? ¿Cómo se podrían en-
tonces refutar las interpretaciones faltadas de solidez o incluso las
puramente lunáticas como las que acuden a la intervención extrate-
rrestre para explicarse Stonehenge o las líneas de Nazca? También
se abrió la veda para discutir sin cortapisas sobre la titularidad del
pasado. ¿A quién pertenece el pasado? Pronto los arqueólogos se die-
ron cuenta de que los gobiernos eran influidos sobre todo por las mi-
norías políticas a la hora de decidir acerca de quién ha de tener ac-
ceso a los yacimientos, paisajes y objetos y sobre quién ha de
controlarlos. La noble reivindicación de los arqueólogos de que in-
vestigaban un segmento del patrimonio cultural de la humanidad no
siempre era reconocida por las urna& o aceptada en los pasillos del
poder.
Cuando la tormenta amainó un poco Hodder ( 1991: 1) identificó
tres resultados fruto del trabajo de los posprocesualistas, que pueden
tomarse como la plataforma de este grupo para los años 1980:

- la cultura material tiene un significado propio, es decir, tiene


un papel activo que representar en la manera cómo nos relacionamos
¿CUÁNTAS ARQUEOLOGÍAS EXISTEN? 49

socialmente. No es, pues, sólo un reflejo de la forma de organización


de una sociedad;
- lo individual ha de constituir una parte de las teorías sobre
cultura material y cambio social;
- la arqueología mantiene con la historia unos lazos interpre-
tativos muy estrechos.

A partir de estos fundamentos la arqueología interpretativa ha


continuando trabajando hasta hoy.

Arqueología interpretativa: puntos a favor y en contra

¿Se transformará la arqueología interpretativa en el lugar por de-


fecto donde situar lo que hacen los arqueólogos? Posiblemente sí, aun-
que la mayoría no se den cuenta de ello, porque posiblemente su tra-
bajo tenga poco que ver con su pretendida ubicación teorética. A los
cuatro apóstoles les queda aún mucho por hacer. Cuando la arqueo-
logía interpretativa era una crítica a los demás enfoques, provocaba
fuertes pasiones a favor y en contra. Actualmente gran parte de lo
que defendía ha calado en la práctica arqueológica, particularmente
los elementos que movían a la reflexión. Una vez que la imaginación
arqueológica se libró de la etiqueta «ciencia» se convirtió en algo dis-
tinto. La diversidad de intereses teoréticos combinado con un diálogo
a varias bandas es, guste o no, el nuevo canon (Preucel y Hodder,
1996: 15).
Desde la aparición del punto de vista interpretativo la arqueolo-
gía se ha politizado abiertamente. El World Archaeology Congress es
el ejemplo más evidente. Pero no sólo los arqueólogos han adquirido
un interés social por el pasado. Cuestiones como el retorno de deter-
minadas colecciones de museo a sus poseedores originales se plantean
en distintas partes del mundo. Los arqueólogos han adquirido res-
ponsabilidades que ya no se limitan a asegurarse que una vez desapa-
recidos no queden sin publicar sus trabajos.
Con respecto a los aspectos menos positivos hay que pregun-
tarse si la arqueología interpretativa ha conseguido algo más que in-
suflar espíritu crítico. La arqueología feminista ha ido más lejos por
la simple razón de que sus objetivos son más claros. El marxismo goza
de una gran madurez y tiene mucho que decir acerca del cambio. Los
métodos de excavación y la forma de estudiar sus resultados se acer-
can mucho a lo que pide la arqueología procesual, particularmente con
respecto al muestreo, la cuantificación y la justificación de los pro-
yectos de investigación (capítulo 3), que son las aportaciones de ma-
yor proyección de la arqueología procesual. Como me dijo una vez Tim
50 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

Recuadro 9:
Conceptos clave de la evolución darwinista

Selección natural: Es la contribución diferencial de la descendencia a


la próxima generación de individuos de distintos tipos genéticos, aunque per-
tenecientes a la misma población (Wilson, 1975: 589).
Presión selectiva: Es cualquier elemento del entorno físico y social pro-
ducto de la selección natural (por ejemplo, falta de alimentos, actividad de
depredadores) capaz de provocar que individuos de distintos tipos genéti-
cos sobrevivan a edades medias diferentes o se reproduzcan a ritmos dife-
rentes, o ambas cosas (Wilson, 1975: 594).

Darvill, la arqueología interpretativa sigue sustentándose en unos


métodos de trabajo pensados para conseguir hacer una historia cul-
tural de calidad. Una respuesta a la pregunta la ha dado Ian Hodder
(1999) con su experimento novedoso de excavación e interpretación
de ~atal Hüyük, la ciudad prehistórica situada en Turquía, en el que
todos los que participan en el proyecto tienen la posibilidad de hablar
libremente y debatir sobre todo lo que sucede a través de vídeo y de
Internet (http://catal.arch.cam.ac.uk/catal/catal.html). Tanta subjetivi-
dad preocupa a muchos arqueólogos, en parte porque representa un
desafío a la autoridad, pero en parte también porque el pasado, por
medio de los objetos conservados, existe realmente para los arqueólo-
gos, por lo que su trabajo consiste en algo más que un mero ejercicio
de artificio que adopta la forma literaria. ¿Dónde hay que situar los
límites de la imaginación arqueológica que compartimos entre todos?

LA ARQUEOLOGÍA NEODARWINISTA

Fiel hasta en la etiqueta, la última alternativa en discusión den-


tro del marco de la arqueología antropológica está en evolución. Debe
mucho, igual que el marxismo y la arqueología interpretativa, al de-
bate intelectual en general, pero en esta ocasión al que tiene lugar en
el campo de la biología y no en el campo de las ciencias sociales.
En el ancho mundo científico los neodarwinistas adquieren su carác-
ter de «novedosos» debido a los avances de la genética que Darwin no
pudo conocer. Como parte de este movimiento científico los arqueó-
logos aspiran a aplicar los principios de la evolución neodarwinista al
pasado. Y no sólo a la evolución física del ser humano, sino también
a su evolución cultural.
¿CUÁNTAS ARQUEOLOGÍAS EXISTEN? 51

Recuadro 1 O:
A qué llamamos teoría del conjunto

Básicamente cualquier aspecto de una cultura que es imitado aparece


más o menos asiduamente en el conjunto de las representaciones cultura-
les. El resultado del proceso de imitación conlleva una disminución o un in-
cremento de la variación entre los distintos grupos en función de la frecuencia
del objeto que es imitado. Por supuesto, la imitación fiel de estos objetos con-
duce a la estabilidad en las representaciones culturales. Ello no implica que
la selección natural no actúe, sino que las presiones selectivas permane-
cen constantes (recuadro 9).

Transmisión biológica y cultural

En 1859 Charles Darwin dio al mundo un poderoso mecanismo


para explicar el cambio. La selección natural funciona porque los in-
dividuos de una determinada población son distintos. Sin esta varia-
ción no habría evolución ya que no habría expresión por medio de la
selección natural, tanto de la diferente supervivencia de la descendencia
en la generación siguiente, como de su evolución por medio de la mu-
tación (recuadro 9). Ocurre que la información biológica, en forma
de genes, se transmite de una generación a otra, pero la cuestión
clave de este proceso de transmisión es que no es directo. Los darwi-
nistas sociales del siglo XIX ignoraban esta cuestión clave por lo que
tendían a ver la historia humana como una lista de progresos y una
celebración de los logros de la civilización occidental (Lubbock, 1865;
Spencer, 1876-1896). Por ello dieron un mal nombre a la evolución so-
cial y cultural, tanto en arqueología como en antropología.
Los arqueólogos conocen este error histórico. Si lo saben evitar
la poderosísima teoría de Darwin puede ser domeñada para explicar
el cambio cultural. Por ejemplo, la transmisión cultural es compa-
rada por Stephen Shennan a un sistema de herencia (1989b, 1993).
La información contenida y transmitida mediante la imitación y el
aprendizaje con la ayuda de los distintos medios de transmisión cul-
tural (lenguaje, representación, gesticulación, ritualización, uso de ma-
teriales), afecta la imagen de un individuo y lo que hace. Es, si se quiere,
otra parte de nuestro fenotipo individual -lo que vemos, por ejemplo
el color de la piel o la estatura, como la expresión del genotipo invi-
sible-.
La intervención de los neodarwinistas adquiere su importancia al
considerar la cantidad de ideas o representaciones que pueden trans-
52 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

mitirse (Sperber, 1996). Estas ideas son las que hacen que exista esta
posibilidad tan importante de diferenciación como para que pueda ha-
blarse de selección natural. Y ello nos implica en la teoría del con-
junto (recuadro 10).
La aplicación de estos principios sirve para explicar la manera
cómo se distribuyen las ideas y las representaciones entre los con-
juntos de objetos que estudiamos; es decir, lo que los arqueólogos
llamaríamos normalmente estilos y tipos. ¿Qué frecuencia presen-
tan? ¿Por qué la selección natural favorece la supervivencia de al-
gunos objetos y no de otros? El enfoque que adopta Shennan le lleva
a investigar las condiciones bajo las que se espera que se produzca
transmisión y las direcciones que adoptará, y cómo cambiará o «mu-
tará».

Arqueología neodarwinista: punto a favor y en contra

El punto de vista neodarwinista con respecto a la evolución cul-


tural atesora un gran potencial para la arqueología. Pero no es una ten-
dencia unificada (O'Brien, 1996: 4). Hay poco acuerdo sobre la unidad
de medida a considerar para evaluar los efectos de la selección, si el
individuo o el conjunto de una población humana. Alisan Wylie
(1995: 208) ha puesto en duda las esperanzas de algunos de los parti-
darios de la arqueología neodarwinista que están prendidos del poder
de que gozan las explicaciones de base biológica. Pero, ¿harán ellas
necesariamente más correctas las inferencias basadas en los datos ar-
queológicos, con todos los problemas que generalmente acarrean?
Además, algunos neodarwinistas (Dunnell, 1978; O'Brien, 1996)
están tan satisfechos con sus planteamientos que tiran fácilmente por
la borda los conceptos que consideran no científicos, como por ejem-
plo, el concepto de intención referido al proceso explicativo, de forma
que me da la impresión de que están produciendo un cuadro de la so-
ciabilidad humana que parece de autómatas, y que está próximo al
pensamiento sociobiologista para el que la vida social es gobernada
por la selección natural en función de los genes de cada uno. Pero como
ha dicho Shennan:

Detrás de cualquier intento de comprender el cambio socio-eco-


nómico en el pasado o incluso la evolución social, hay de hecho deter-
minadas presunciones sobre los individuos. Los ingredientes básicos
que se requieren son los actores sociales con sus propósitos, que pueden
o no representar a alguien más que a sí mismos; las condiciones de la
acción, reconocidas o no; y las consecuencias producidas sean inten-
cionales o no (Shennan, 1993: 56; el énfasis es mío).
¿CUÁNTAS ARQUEOLOGÍAS EXISTEN? 53

Esta idea sobre los seres humanos se refiere a que cada uno de
nosotros interviene para negociar el destino de la estructura social. No
es algo específico de nuestra especie ni lo ha sido nunca. Por lo tanto
el concepto de intención, aunque difícil de medir, es parte de la expli-
cación.
El neodarwinismo interpretado sin estrecheces permite que to-
dos los procesos que integran la microescala y la macroescala de la ac-
tividad humana, como el individuo y la sociedad, la aldea y la civili-
zación, el año y el milenio, puedan ser estudiados. Se trata de una
forma de explicarse el mundo muy potente que ha de tener un gran
impacto si, como propone Shennan, se utiliza a modo de metáfora bio-
lógica de la estabilidad y el cambio social (capítulo 7). El caso es que
los procesos coevolutivos que llevaron al lenguaje (Deacon, 1997) y a
la domesticación (Rindas, 1985) han resultado de una enorme impor-
tancia para la evolución humana (véase capítulo 7). Es un buen ejem-
plo de ajuste entre pregunta y teoría.

Resumen

Al final del artículo que Binford publicó en 1962 se advertía


a los arqueólogos sobre el valor de la teoría con estas palabras:
«no podemos permitirnos el lujo de enterrar nuestras mentes
teóricas bajo la tierra» ([ 1962] 1972: 31-32). Parte del proceso de
sacar la cabeza de la tierra ha tenido que ver con el reconoci-
miento de la diversidad de puntos de vista, objetivos y ambicio-
nes planteados con respecto al estudio de la arqueología. La si-
tuación que tenemos 40 años más tarde evidencia que no hay
consenso sobre las perspectivas teoréticas, lo que no deja de ser
un signo de vitalidad para la imaginación arqueológica.
En este capítulo he hecho referencia a la diversidad existente
de arqueologías en la actualidad pero también he insistido en que
básicamente se sintetizan en dos. Hay la arqueología de las cro-
nologías y los hechos, la historia cultural, que sigue entre nos-
otros desde la época de Thomsen, en el siglo XIX. Luego hay la ar-
queología de las ideas y la imaginación que adopta muchas formas,
por más que sólo haya cumplido unos escasos 40 años, una vez
se difundieron los principios de la arqueología antropológica.
Ambos enfoques precisan de datos. Ambos precisan también
de ideas y de teoría. Por más que uno se esfuerce en el intento,
es muy difícil romper con las tradiciones de la arqueología por la
simple razón de que es necesario siempre incorporar los hechos
a nuestras síntesis. Por el hecho de que posiblemente no nos gus-
54 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

ten las teorías y las técnicas de excavación de los arqueólogos de


hace cien años, no por ello hemos de ignorar sus datos. Los ar-
queólogos no empiezan casi nada de cero; al contrario, añaden
nuevos conocimientos a lo que ya se sabe. Estos hechos, estos ob-
jetos, llevan encima la pátina de la teoría que les confiere signi-
ficado. Igual que hay que identificar el hecho arqueológico hay
que saber rascar en su pátina.
La importancia de la arqueología antropológica ha consis-
tido en que ha animado a los arqueólogos a tener en cuenta la
teoría. De ahí que el marxismo, que tiene una historia detrás mu-
cho más larga que la metodología científica de la arqueología pro-
cesual, haya ampliado su alcance hasta tomar en consideración
los problemas de carácter global que afectaron al mundo antiguo
(capítulo 6). Los puntos de vista feministas han desafiado con
éxito formas de pensar anquilosadas y al abordar la cuestión del
género han podido hacer progresar nuestros conocimientos so-
bre el papel activo de la cultura material en la generación de re-
laciones de poder (capítulo 8). Los enfoques interpretativos tie-
nen más partidarios en Europa que en cualquier otra parte. Sin
embargo, la teoría social de la que parten tiene una amplia sig-
nificación y ofrece a los arqueólogos un acceso fácil a debates dis-
tintos de los planteados por la ciencia. Finalmente los neodarwi-
nistas, que constituyen un ramillete muy variado que va del más
duro de los científicos partidarios de la ciencia pura y dura a los
que se envuelven con un fino recubrimiento de metáfora bioló-
gica, nos recuerdan que hay que desarrollar una teoría y unos mé-
todos propios y no estar siempre a merced de lo que otros cien-
tíficos nos prestan.
De este modo la imaginación arqueológica se desarrolla en
varios frentes, lo que se puede comprobar a través de los dife-
rentes enfoques que definen la naturaleza de nuestro objeto de
estudio (Patrik, 1985), el registro arqueológico (capítulo 3). A
pesar de ello, al bosquejar las líneas que separan los distintos
enfoques he tenido muy en cuenta que las posiciones se solapan
muy a menudo. Aunque sea con la desaprobación de algunos
(Johnson, 1999a: 118) lo que para mí emerge es una forma ecléc-
tica y no evangélica de utilizar la teoría. Por ejemplo, estudios pu-
blicados recientemente sobre la prehistoria de Tilley (1996), Whittle
( 1996) y Bradley ( 1997) combinan la síntesis de datos tal como
preconiza la historia cultural, con muchas de las técnicas que exi-
gen los procesualistas, lo que da lugar a trabajos de gran enjun-
dia interpretativa. En mi propio trabajo sobre el Paleolítico en
Europa he ido por el mismo camino. Lo que empezó siendo una
¿CUÁNTAS ARQUEOLOGÍAS EXISTEN? 55

descripción de factura procesual llena de soluciones adaptativas


y funcionales a los caprichos de unas condiciones climáticas cí-
clicas (Gamble, 1986), una especie de juego si se quiere, en el que
participaban grupos de humanos que se enfrentaban al medio
ambiente, se ha transformado en la historia de unos individuos
que crearon unas redes sociales en unos paisajes de la costum-
bre que conocían perfectamente (Gamble, 1999). 3 En este segundo
estudio hay mucho del primero. Pero la inclusión de ideas obte-
nidas gracias a la aparición de nuevas perspectivas teoréticas, me
ha permitido expandir la gama de datos que normalmente usa-
mos y sugerir formas nuevas de contemplar los datos antiguos,
así como razones para buscar datos inéditos.
Dentro de la arqueología muchos de los conceptos, métodos
y principios básicos, siguen siendo tan conocidos como siempre,
como veremos en el próximo capítulo. Lo que cambia es la ima-
ginación arqueológica que se vale de las mismas herramientas
para alcanzar otros propósitos distintos que los que ya han sido
considerados en otro momento y puestos a prueba.

3. Ambos libros de Clive Gamble están traducidos al castellano. El primero fue pu-
blicado por Editorial Crítica en 1990 y el segundo por Editorial Ariel en 2001. (N. del t.)
CAPÍTULO 3
CONCEPTOS BÁSICOS

Ya es hora de que abordemos los conceptos básicos de la ar-


queología de campo. Lo más importante, como veremos, será el pro-
ceso de obtención de datos. Sin embargo evité expresamente empezar
el libro con una explicación sobre qué hacemos los arqueólogos para
encontrar la información que nos interesa, y una vez obtenida, cómo
la organizamos para sacar algo en claro de la misma. Hasta que no
hube ofrecido como aperitivo las variedades de la arqueología, que
incluye temas (recuadro 4) y teorías (figura 2.1), pienso que no tenía
sentido discutir sobre cómo manejar los datos. No hay cosa más muda
que un vestigio arqueológico; vasos, piedras, bronces y huesos podéis
estar seguros que no hablan por sí mismos. Por ellos mismos no sig-
nifican nada; sólo adquieren alguna significación al ser interpreta-
dos. Para poder interpretarlos, para llegar a una respuesta que tenga
algo de sentido, nos hacen falta los temas y las teorías, las preguntas
y los problemas.
Ahora ya disponemos de un mínimo armazón básico. He hablado
ya sobre la riqueza de ideas que se manejan con respecto al pasado,
lo que quiere decir que con los mismos datos hay espacio para fun-
damentar distintas interpretaciones (véanse si no los puntos de vista
que se suceden con respecto a Sutton Hoo, en el capítulo 1), y que es
posible dar más de una respuesta a la misma pregunta. Todo ello nos
indica que los arqueólogos pueden discrepar ya que han desarrollado
formas distintas de reunir y organizar los datos de que se valen, de ma-
nera que es lógico que difieran en muchas ocasiones. El trabajo de
campo y la investigación subsiguiente están sometidos a una serie
de convenciones. Participar del interés de la arqueología demanda un
conocimiento sobre los conceptos que sustentan tales convenciones.
En este capítulo examinaré las que tienen que ver con la recogida de
datos y su análisis. Se trata en definitiva de entender el marco en el
que se inserta el trabajo arqueológico lo que nos obliga a considerar
la naturaleza del registro arqueológico.
58 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

Empezamos con un proyecto de investigación

El trabajo en arqueología propiamente dicho empieza una vez se


ha planteado uno unas determinadas preguntas. Como vimos en el ca-
pítulo 1, con relación a la última campaña en Sutton Hoo, tales pre-
guntas se formalizan actualmente en un proyecto de investigación que
establece lo que queremos conocer, los métodos que vamos a utilizar
y la contribución que esperamos que signifique la respuesta a nuestras
preguntas. Como se puede ver, se trata de ser muy claros con respecto
al objetivo perseguido, lo que no deja de estropear el misterio que a
menudo rodea al proceso, y que tantas veces impresiona al visitante
de una excavación que suele preguntar, ¿cómo habéis sabido que te-
níais que excavar precisamente aquí?
El meollo de un proyecto de excavación es explicarse bien:
qué se planea hacer, por qué, cómo se va a hacer y qué se espera
obtener. Puesto así parecerá que muchos proyectos sean casi una
obviedad. Demasiado obvios para muchos arqueólogos efectivamente,
a la vista de que antes de los años 1970, antes de la aparición de la
arqueología procesual, muy pocos proyectos llegaron a redactarse
como sería exigible hoy día. Sin duda, antes de esta época, el enfo-
que histórico cultural también demandaba la elaboración de pro-
yectos, pero muy a menudo se desarrollaban de forma insuficiente.
Generalmente el trabajo del arqueólogo implicaba seleccionar la
zona y lugar de prospección y excavación, y explicar en qué consisti-
ría la toma de datos. La toma de datos consistía y sigue consistiendo
en muchos casos en aclarar las cuestiones relativas a cronología,
secuenciación y fijación de relaciones entre las distintas culturas
arqueológicas.
Por ejemplo, a escala regional se podían plantear preguntas so-
bre los resultados de la influencia mutua entre las distintas culturas
contemporáneas Hohokam del sudoeste de los Estados Unidos (las
culturas Patayan, Anasazi y Mogollón) a lo largo de 9.000 años de
historia (Willey, 1966: figuras 4.1 y 4.6). Para obtener la respuesta
se haría una prospección a nivel regional y se excavaría. A escala de
yacimiento la pregunta podría versar sobre las etapas de construc-
ción de una catedral; pongamos por caso, de la catedral de York en
Inglaterra. ¿Concuerda la planta de la catedral con el antiguo plano
de la ciudad tal como lo establecieron los romanos y más tarde los
vikingos? La respuesta a estas preguntas que se pueden formular a
distintas escalas es útil sin ningún género de dudas para incremen-
tar nuestros conocimientos. Muchas buenas síntesis arqueológicas
han salido de preguntas así que tienen que ver con la historia cultu-
ral local o regional.
CONCEPTOS BÁSICOS 59

Sin embargo, las críticas levantadas por la arqueología proce-


sual insistían en el hecho de que en muchos casos este tipo de estu-
dios eran poco sistemáticos. Ante la excavación la pregunta era ha-
bitualmente ¿hasta qué punto los datos obtenidos son representativos
de lo que aquí pasaba? A esto se referían los nuevos arqueólogos
cuando en los años 1960 pedían explicaciones. Los proyectos de in-
vestigación decían, han de ser claros, los objetivos estar fijados, los
procedimientos y los métodos han de quedar bien detallados y una
vez hecho todo esto, entonces es cuando hay que empezar a recoger
las muestras.
Cuando esta estrategia fue propuesta por primera vez por Binford
(1964), se produjo mucha confusión. Comentarios del tipo «no sabe-
mos lo que vamos a encontrar hasta que cavemos», se correspondían
con una escasa predisposición a poner por escrito todas estos proce-
dimientos internos que venían a ser como la experiencia y el savoir
faire propios del arqueólogo. Algunas de las cosas que se reclamaban
parecían incluso demasiado obvias como para tener que trasladarlas
al papel. Otras, representaban algo así como hacer revelación de se-
cretos de profesión. Cierto que el hecho de poner por escrito un pro-
yecto de investigación arqueológica no lo hace necesariamente mejor.
Pero los proyectos realizados tal como pedían los nuevos arqueólogos
permitían que se descubriese fácilmente si había puntos débiles en los
proyectos, fuera a nivel del tipo de preguntas planteadas, como de
los métodos poco fiables que se describían.
Actualmente son algo perfectamente estandarizado. Sin ellos no
hay financiación. El modelo científico que Binford y otros perseguían,
domina actualmente el panorama de la arqueología hasta el punto
de que es un elemento distintivo de la profesión. Gracias a ello ahora
tenemos una idea mucho mejor sobre lo que se hace y por qué se hace.
La aparición de una arqueología hecha por profesionales autónomos
que trabajan por contrato, ha contribuido de forma particular a ha-
cer obligatorio el proyecto. Las empresas y las administraciones exi-
gen conocer de antemano qué se va a hacer y por qué. La demanda
de explicaciones por parte de unos y de otros ha provocado la apari-
ción de una gestión formalizada de proyectos arqueológicos (Andrews
y Thomas, 1995; Cooper et al., 1995) cuyo alcance fue apenas intuido
hace unas décadas (Wheeler, 19 54). En ton ces la arqueología era el
exótico quehacer de unos pocos y hoy es una profesión de carácter in-
ternacional. Hace cincuenta años era inconcebible que para llevar a
cabo un trabajo de investigación arqueológica y obtener el dinero
necesario, se tuviera que dominar una jerga que incluye diversos ín-
dices e indicadores de desarrollo y conceptos como eficiencia o eva-
luación.
60 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

La muestra representativa

El cambio tipificado por los proyectos de investigación se resume


diciendo que se excava para responder a una serie de preguntas, no
para hacer determinados hallazgos. El objetivo es recuperar una mues-
tra representativa de material con el fin de hallar una respuesta razo-
nable a una serie de preguntas sobre la función y organización del ya-
cimiento y sobre los cambios acaecidos. Para ello hacía falta disponer
de una teoría sobre muestreo. Y no sólo porque los arqueólogos care-
cían del tiempo y del dinero para excavar y analizar cada yacimiento,
o prospectar y registrar cada valle. Se necesitaba simplemente para po-
der responder al criterio de representatividad de las muestras.
La queja de los historiadores culturales sobre la obligación de
tener que redactar sus proyectos, incluía un punto interesante. No sa-
bemos qué vamos a encontrar exactamente, decían. Se trata, en efecto,
de un problema de muestreo sistemático en que una muestra repre-
sentativa depende generalmente del conocimiento de la población so-
metida a muestreo. El grado de certeza de las encuestas y de los estu-
dios de mercado depende de ello, por ejemplo. El número de votantes
es conocido en este caso. Además, cuanto más grande es la población
y mayor es el conocimiento de su tamaño y estructura, menores pue-
den ser las muestras con las que obtener unos resultados representa-
tivos. Los encuestadores no han de preguntar a cada votante sobre sus
intenciones de voto; simplemente han de obtener una muestra.
Los arqueólogos no saben de entrada cuántos yacimientos en-
contrarán con una prospección de un territorio. Tampoco conocen
cuántos trozos de cerámica hallarán ni qué frecuencia de tipos apare-
cerán en una excavación. Si no se pueden especificar de antemano
nuestras poblaciones, ¿cómo podremos esperar obtener otra cosa que
no sea un muestra puramente arbitraria?
La respuesta está en el espacio. Binford (1964) encontró la sa-
lida al problema categorizando cuatro tipos de población que reque-
rían de muestra:

- los elementos culturales muebles (objetos);


- los elementos culturales inmuebles (edificaciones, pozos, tem-
plos, etc ... );
- los ecofactos (en su terminología, los datos culturalmente
importantes correspondientes a elementos que no han sido produci-
dos como tales expresamente, por ejemplo, huesos de animales, sedi-
mentos, semillas carbonizadas, etc ... );
- los yacimientos (como foco de actividad que contiene las tres
poblaciones anteriores).
CONCEPTOS BÁSICOS 61

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F1G . 3.1. Estrategia para la obtención de muestras. La isla cicládica de Melas fue pros-
pectada sistemáticamente utilizando el método de las bandas de cuadrículas. Se cubrió
un 20 por ciento de su supe1ficie (inferior) . Al escoger este método de muestreo se tuvo
en cuenta la topografía y la vegetación. Los nuevos yacimientos descubiertos se especifi-
can. A efectos comparativos, se muestra una estrategia alternativa que se basa en tomar
muestras de unas cuadrículas seleccionadas al azar (superior). En ambos casos la estra-
tegia de muestreo puede extrapolarse a áreas no prospectadas (a partir de Cherry en Renfrew
y Wagstaff, 1982).
62 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

En otra escala queda la región, que contiene a su vez poblaciones


de yacimientos. La región, como se verá en el capítulo 6, también ha de
ampliarse si se quiere obtener una muestra representativa de las acti-
vidades que en ella se realizan. El espacio es la solución para saber de
dónde hay que obtener muestras. Antes de pisar la primera cuadrícula
de terreno y de levantar el primer cuadrado de tierra, hay que fijar unas
unidades espaciales y obtener muestras de las mismas como si ya su-
piéramos lo que hay en ellas (figura 3.1 ). Lo mismo se aplica a la ma-
yoría de materiales arqueológicos y paisajes.
Las unidades pueden ser arbitrarias: un cuadrado de 50 m, o
una cuadrícula de terreno de 20 km subdividida en cuadros de tanto
por tanto. También se puede obtener una muestra estratificada para
tener en cuenta mapas de suelo y la geología de la zona, o disponer
de un conocimiento previo del yacimiento a partir de una prospección
geofísica o de fotografías aéreas. Pero lo importante es que la cuadrí-
cula espacial venga determinada siempre por el tipo de preguntas que
se plantean. Dentro de la cuadrícula se obtienen muestras del mate-
rial, las cuatro poblaciones enumeradas más arriba, de una misma
tacada. Por lo tanto, se obtienen muestras del espacio, no de los obje-
tos que contiene. Con esta base se obtienen sistemáticamente mues-
tras representativas que pueden luego ser cuantificadas.

La prospección y la excavación

Los últimos 30 años han sido testigos de cómo los arqueólogos


abandonaban la excavación como principal método para investigar el
pasado. La prospección no destructiva, principalmente la fotografía
aérea, ha resultado ser un instrumento poderoso, y sus resultados
hoy día se complementan con los datos aportados por los sensores re-
motos por satélite. En efecto, debido al ritmo de crecimiento de las
ciudades y a la desecación de marismas y, especialmente, a los cam-
bios experimentados por las actividades agrícolas y forestales, el re-
gistro aéreo se ha convertido en un archivo inmenso de lo que se ha
perdido en la segunda mitad del siglo xx. Paisajes históricos de todos
los períodos, con sus asentamientos, zonas de labranza y cementerios,
han sido destruidos o están amenazados de destrucción. Las técnicas
no destructivas, particularmente la prospección geofísica juntamente
con otros métodos como el radar y los detectores de metales, permi-
ten actualmente el rápido registro de los elementos enterrados. La in-
formática permite producir planos muy exactos de ciudades y de pai-
sajes enterrados, planos que sirven no sólo para conjeturar qué puede
dar de sí lo que se conserva debajo y analizarlo, sino también tomar
CONCEPTOS BÁSICOS 63

decisiones sobre una estrategia de excavación que busca responder a


preguntas sobre cronología, relaciones y secuencias. La prospección
sistemática in situ cuando se seleccionan cuadrículas de terreno de
acuerdo con un diseño de muestreo y luego se inspecciona el terreno
para recuperar los objetos que aparecen en el suelo de labranza, ha
servido también para mejorar la obtención de un cuadro general de
los asentamientos y de los cambios experimentados con el tiempo.
En muchos casos, el material recuperado mediante este tipo de pros-
pecciones no pasa al laboratorio, sino que se registra sobre el mismo
terreno con la ayuda de un ordenador y se abandona en el mismo si-
tio donde se ha encontrado. La revolución de los sistemas de infor-
mación geográfica ofrece al arqueólogo un marco adecuado para in-
tegrar tanto los datos obtenidos sobre el terreno como fuera del mismo.
Estos sistemas facilitan un rápido acceso a datos informatizados y per-
miten a los arqueólogos variar sus estrategias de campo y excavación,
idealmente cada día.
Toda excavación resulta cara, de modo que cada vez más se con-
templa como el último recurso, particularmente cuando se trata de ac-
tividades arqueológicas que dependen de un contrato y de una finan-
ciación de carácter privado. En ocasiones hay un cambio de situación
y es posible preservar un yacimiento in situ que parecía que estaba
condenado a desaparecer bajo una carretera o un edificio, caso del
teatro Rose que vimos en el capítulo 1. La preservación mediante el
registro, que en resumidas cuentas es lo que es una excavación, en cual-
quier caso ha de justificarse adecuadamente.

La recuperación

La excavación total es actualmente muy pocas veces la opción fi-


nal o la opción deseada, por una razón: el registro arqueológico es al-
tamente repetitivo. Hay mucha redundancia en relación a determina-
dos aspectos como el tipo de materiales, el uso del paisaje o a las formas
de enterramiento. Esta repetición hace que pueda haber un muestreo de
lo representativo.
El muestreo no garantiza la recuperación de lo raro o lo único.
Puede que exista escondido en un pozo un hallazgo fenomenal que
no se ha excavado porque el pozo se dejó de lado al aplicar un esquema
de muestreo del 1O por ciento del yacimiento. Ello refleja el interés de
la arqueología contemporánea por lo común y no por lo único. Seguro
que a todos nos gustaría descubrir un torques de oro. Antiguamente
lo que sufría las consecuencias de una determinada orientación de la
arqueología eran los objetos ordinarios como los vasos, los huesos y
64 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

las piedras, que simplemente eran abandonados. Los hallazgos ex-


traordinarios llenan los titulares y no hacen daño. Pero a los arqueó-
logos de nuestro tiempo les toca concentrar sus esfuerzos en generar
interés por aquella pequeña villa romana, granja medieval o cantera
prehistórica que no merecerá los titulares de ningún periódico.
La recuperación es un tipo de actividad que sí podemos contro-
lar (figura 3.2) o, por lo menos, que podemos realizar de forma siste-
mática. Con la idea de obtener una muestra representativa se ha im-
puesto el uso de tamices y la idea de preservar lo que es razonable ha
recibido gran atención. La recuperación de pequeños elementos como
los huesos de las patas de las ovejas o restos de pescado, es algo que
hay que plantearse concienzudamente ya que su ausencia puede atri-
buirse tanto a los procedimientos de excavación, o a unas condicio-
nes adversas de los suelos, como a la actividad humana.

Unidades arqueológicas

Lo que descubrimos y recogemos en nuestra cuadrícula espacial


ha de ser organizado. Este trabajo ocupará gran parte de nuestro tiempo
que se repartirá entre análisis, exámenes y desplazamientos hacia el
museo, el taller y el laboratorio. Existen tres unidades básicas que
nos permiten investigar en torno a una cuestión arqueológica clave:
el porqué de la variación en el tiempo y el espacio que observamos en
las culturas. En orden ascendente estas unidades son: atributo, objeto
y conjunto.
Los tipos de objetos se clasifican de acuerdo con los atributos que
poseen: forma, color, material, decoración, etc ... Los conjuntos se de-
finen por la frecuencia en que aparecen los distintos tipos de objetos,
y en sí misma constituye un atributo de esta entidad verificado por me-
dio del contexto estratigráfico y la cronología. A un nivel de clasifica-
ción superior encontramos las culturas arqueológicas, los grupos cul-
turales y los tecnocomplejos (véase capítulo 6).
Atributo, objeto y conjunto son conceptos que han estado vigen-
tes en esta disciplina desde sus inicios en tiempos de Thomsen y
Montelius (capítulo 1). Fueron los componentes con los que se cons-
truyeron las cronologías relativas y que consagraron a la historia cul-
tural. Desde entonces no han parado de ser reestructurados.
Fueron definidos a fondo para la arqueología antropológica por
David Clarke (1968: 37) quien además formalizó una observación
fundamental para la clasificación de los materiales arqueológicos (fi-
gura 3.3). Cuando estas unidades se emplean en arqueología es raro
encontrar que sean monotéticas, que es cuando todos los atributos y
CONCEPTOS BÁSICOS 65

Fases cronológicas

-+ ------...Z....------,
Muerte
de los animales
Estructura de la mortalidad

Redistribución
gestión,
<---='-~
, Contexto
sintético
descuartizamiento
y abandono Elementos depositados

Desgaste (perros, ~
etc.), degradación
y alteración

Excavación
Elementos excavados

Contexto
Pérdidas arqueológico
al tamizar Elementos que resta
tras la excavación

Error analítico,
clasificación

Estimación de
cramtlll
números mínimos, etc.
Totales
ajustados en
la curva de
Proceso de mortalidad
formación
Contexto
Reducción de los analítico
elementos de fauna

F1G. 3.2. Recuperación de muestras. Este diagrama enseña lo que les ocurre a los huesos de
los animales en cada fase del proceso arqueológico. Se han elaborado diagramas parecidos
para otros materiales. Lo importante de este esquema es recordarnos que lo que hacemos, igual
que lo que sucede en el suelo, afecta al grado de representatividad de las muestras.

objetos que esperamos encontrar realmente aparecen, como los estu-


diantes en la clase de las nueve. En cambio, tal como revela la lista de
asistencia a clase, resulta que en realidad su presencia varía, que es lo
que sucede con el grupo politético. Esto es importante ya que cabe es-
perar que en nuestras clasificaciones haya que establecer divisiones
que no son perfectamente diáfanas. Los arqueólogos invierten mucho
66 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

Grupo monotético Grupo politético

Objetos

A
o t1
.,/ .,/
V.,/
o.,/
.,/
~

.,/
.,/
Artefactos

A
B
o
.,/
~ VQ.,/
~

.,/
.,/
B .,/ .,/ .,/ .,/ .,/

e .,/ .,/ .,/ .,/ .,/ e .,/ .,/ .,/

o .,/ .,/ .,/ .,/ .,/ D .,/ .,/

E .,/ .,/ .,/ .,/ .,/ E .,/ .,/ .,/

Atributos Atributos

FIG. 3.3. Sistemas politéticos y nwnotéticos de clasificación. La fila superior de objetos


de cerámica presenta siempre o presenta parcialmente los atributos de la cultura o con-
junto A-E (a partir de Clarke, 1968: figura 3).

tiempo decidiendo cuántos aspectos determinan la pertenencia a un


grupo, y con qué frecuencia, como si esto fuera el problema más im-
portante que ha de ocuparles como arqueólogos. Se trata de un aspecto
relacionado con el principio de frecuencia de aparición (véase recua-
dro 2 y más abajo). Normalmente la forma cómo se han preservado
los materiales y su recuperación por azar resultan ser los principales
factores que inciden en todo ello. Pero los datos son los datos, y, como
los niños, no han de ser culpados por comportarse de este modo.
Tampoco hace falta ser tan escrupulosos como para pretender encon-
trar taxonomías definitivas, tal como pide el enfoque monotético. Las
clasificaciones siempre resultarán escurridizas. Las clasificaciones sir-
ven para ayudarnos a responder a preguntas, y no son en sí mismas
un fin, aunque si uno lee mucho sobre arqueología puede que acabe
pensando justamente lo contrario.

ATRIBUTOS

Los objetos se analizan en relación a los atributos que presen-


tan. Se trata de observar su composición, materia prima, forma y de-
coración, así como las técnicas de manufactura y los contextos en
que se han hallado -un pozo, una casa, un enterramiento, por ejem-
plo--. También importa con qué otras cosas se han hallado -restos
CONCEPTOS BÁSICOS 67

humanos, restos de animales, otros objetos similares u otros objetos


distintos-. La cantidad es también un atributo importante, así como
los elementos que permitan establecer una cronología independiente.
El análisis de los atributos se aplica también a clasificaciones de
orden superior como por ejemplo la revolución urbana de Childe o
las etapas neoevolucionistas de jefaturas y estado (capítulo 7) pro-
puestas por Ellman Service ( 1962). En estas páginas se ofrece una lista
de atributos que se contrastan con los atributos de la arqueología de
la Creta Minoica y de Mississippi Moundville (recuadro 18). El pro-
pósito de investigar estas relaciones arqueológicas es puramente des-
criptivo y con la sola intención clasificatoria.

OBJETOS

El tamaño de los objetos que vamos a recuperar es enormemente


variable. Igualmente pasa con su número, ya que puede variar desde
un conjunto aislado de restos de cerámica al contenido entero de la
ciudad de Teotihuacán. El término objeto abarca una gama enorme de
vestigios. Figuran entre los más comunes, objetos cotidianos de fácil
manejo como un cuchillo o una cuenta de collar, o construcciones a
escala humana como una casa. La ampliación de este mundo cotidiano
nos conduce al entorno modificado por la acción humana en el que
destacan aldeas y ciudades con su arquitectura monumental, sus es-
culturas, sus puentes y sus factorías. Entre los objetos menos habi-
tuales podríamos citar a paisajes enteros utilizados o transitados por
gentes diversas. Muchas áreas aparentemente vírgenes que apreciamos
por su belleza natural son de hecho creaciones humanas, es decir, ob-
jetos. El Parque Nacional de Dartmoor situado en el sudoeste de
Inglaterra, es visto por mucha gente como un lugar salvaje que con-
trasta con los campos sembrados que lo rodean. Sin embargo, el
Dartmoor que visitamos hoy fue creado en la Edad del Bronce, cuando
se parceló el bosque y se fue aclarando gradualmente. Más tarde sir-
vió de zona de pasto para ovejas y partes del mismo fueron explota-
das como cantera de granito. Luego fue explotado turísticamente y aún
por un tiempo fue campo de entrenamiento del ejército. De alguna
forma el área pudo preservarse hasta hoy como objeto de origen pre-
histórico.
Dartmoor es por lo tanto un elemento más de la cultura material
de un territorio. Pero la escala de los objetos a considerar puede ser
aún mayor. Por ejemplo, Australia, el continente de los cazadores-re-
colectores. De forma errónea se piensa que este estilo de vida es allí
fruto de la naturaleza, en vez de verse como el origen de los cambios
68 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

que la han condicionado (capítulo 8). Este punto de vista procede del
evolucionismo de los siglos xvm y XIX, que dictaminó que los aboríge-
nes del continente no habían llegado a crear una civilización en el sen-
tido etimológico del término.
Cincuenta años de investigaciones arqueológicas han dado total-
mente la vuelta a este cliché. Mucho antes de que el Capitán Cook pi-
sara la zona, el continente ya era un paisaje cultural. Se encuentran
objetos de piedra por todas partes, incluso en el sudoeste de Tasmania
en zonas actualmente deshabitas hoy, y los objetos más antiguos al-
canzan unos 60.000 años de antigüedad. La práctica de la quema del
monte, arqueológicamente verificada gracias a los depósitos de car-
bón, transformó la cubierta vegetal en beneficio de los eucaliptus que
son resistentes al fuego. Muchos animales, especialmente la megafauna
de marsupiales, se extinguieron debido a cambios en el hábitat o a la
actividad predadora humana. Australia es también un soporte gi-
gante de manifestaciones de arte donde las rocas han sido pintadas,
gravadas y labradas con signos y representaciones de animales y de
humanos; es decir, objetos que representan objetos que contienen
objetos.

CONJUNTOS

El tercer nivel de la clasificación básica de las unidades arqueo-


lógicas es el conjunto. El conjunto fue definido por David Clarke como
una colección de tipos de objetos coetáneos asociados (1968: 188).
A partir del conjunto sólo resta un peldaño más para obtener las di-
versas tipologías que identifican a un conjunto de un nivel estratigrá-
fico o unidad cronológica.
El debate más importante que ha habido nunca en relación a la
interpretación de conjuntos arqueológicos se basó en datos del
Paleolítico. Implicó entre otros a Bordes y a Binford, y tuvo como ob-
jeto la interpretación de los conjuntos de útiles de piedra hallados en
distintos niveles estratigráficos de diversas cuevas y abrigos situados
en el sudoeste de Francia utilizados por los Neandertales hace entre
100.000 y 40.000 años. Unos de los abrigos más famosos es Le Moustier,
del cual tomó el nombre la cultura Musteriense. Estos conjuntos fue-
ron estudiados por Fran9ois Bordes, quien estableció una lista de ti-
pos que contenía 63 elementos entre los que se podían reconocer ras-
padores, puntas y buriles. También creó una serie de índices técnicos
que servían para describir el método por el cual se habían tallado las
piedras (Bordes, 1972). Cada conjunto contenía una proporción dife-
rente de tipos y una aplicación variable de las distintas técnicas de
CONCEPTOS BÁSICOS 69

talla. Lo que había descubierto le sorprendió mucho. Bordes escribió


más tarde que esperaba encontrar un espectro notable de variación.
En cambio descubrió que sólo podía reconocer cinco conjuntos o va-
riantes del Musteriense.
El debate sobre el Musteriense se centró en la explicación de es-
tas variantes. ¿Se trataba de marcadores étnicos de cinco tribus dife-
rentes de Neandertales como pensaba Bordes, o se trataba de conjun-
tos distintos de útiles (kits de herramientas) que correspondían a
necesidades funcionales distintas como propuso Binford (Binford y
Binford, 1969)? ¿O se trataba, como propusieron otros (Mellars, 1970),
de etapas diferenciadas de un mismo desarrollo? Este tipo de estu-
dios de conjuntos centrados en las tipologías y en la frecuencia de apa-
rición de los distintos tipos, abundan también en arqueología referi-
dos a otros vestigios como la cerámica o los objetos de metal.

CULTURAS ARQUEOLÓGICAS

Las culturas, como la Musteriense, constituyen la siguiente hilada


de la pared de las unidades arqueológicas. Han sido tradicionalmente
y parece que seguirán siendo en el futuro los componentes básicos que
permiten seguir al arqueólogo construyendo su discurso. Las culturas
constituyen tanto el elemento a clasificar como el elemento a inter-
pretar. Hay dos definiciones clásicas de cultura que proceden de plan-
teamientos filosóficos y políticos distintos: la propuesta por el ar-
queólogo alemán ultranacionalista y racista Gustav Kossina, y la que
dio a conocer el arqueólogo australiano Gordon Childe. La primera
fue aplaudida tras la muerte del arqueólogo en 1931, por los partida-
rios del 111 Reich. Kossina sostenía que había:

Unas provincias arqueológicas claramente definidas y delimitadas,


y perfectamente caracterizadas, que se corresponden sin lugar a dudas
con los territorios detentados por determinados pueblos y tribus (Kossina,
1926, en Veit, 1989: 39).

Childe, por su parte, habló del pasado desde una perspectiva mar-
xista. Definió cultura arqueológica de la forma siguiente:

Encontramos ciertos tipos de vestigios -cerámica, útiles, orna-


mentos, ritos de enterramiento y formas de casas- que constantemente
se repiten conjuntamente. Podríamos llamar a este complejo de rasgos
asociados «grupo cultural» o simplemente «cultura». Aceptamos que tal
complejo es la expresión material de lo que hoy llamaríamos un «pue-
blo» (Childe, 1929: v-vi).
70 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

La innovación de Childe consistió en abrir paso a una explica-


ción social del pasado. Su hipótesis de que «cultura» equivalía a
«pueblo» tomó en consideración el carácter de mosaico que tenía
la arqueología en Europa. Estuvo en desacuerdo con Kossina para
quien todo lo que era bueno e innovador caracterizaba a sus ances-
tros, los arios del norte; en cambio coincidió con el tipólogo sueco
Osear Montelius en su aceptación de la idea de difusión procedente
del Próximo Oriente. Una ex oriente lux dio también a Childe a par-
tir de sus primeros trabajos, la explicación del origen del cambio
en Europa.

CULTURA ANTROPOLÓGICA

La definición que nos propone Childe describe la realidad ar-


queológica de la cerámica, las piedras y los tipos de casas. Pero el con-
cepto de cultura tiene un alcance mucho mayor que esto, visto desde
la antropología. E. B. Tylor delimitó su ámbito de estudio en el siglo XIX
de esta forma:

Cultura o civilización ... es esta totalidad compleja que incluye co-


nocimiento, creencias, arte, ley, preceptos morales, costumbres y cual-
quier otra capacidad y hábito adquiridos por el ser humano como miem-
bro de una sociedad (Tylor, 1871: 1).

Se trata de algo adquirido y transmitido:

La cultura ... se refiere ... a experiencia aprendida y acumulada.


Una cultura ... tiene que ver con las pautas socialmente transmitidas a
través del comportamiento caracteristico de un determinado grupo so-
cial (Kessing, 1981: 68).

Se puede contemplar en términos adaptativos y funcionales:

Entendemos por cultura un contínuum temporal extrasomático de


elementos y acontecimientos dependientes de la simbolización ... Un me-
canismo al servicio de los grupos e individuos de la especie humana cuya
función es hacer más segura la vida contribuyendo a su continuidad
(White, 1959: 3, 78).

Para Leslie White cultura es nuestra forma extrasomática de adap-


tación. Aunque hace referencia a los símbolos, White no quiso decir,
como más tarde Clifford Geertz propuso, que cultura fuera una trama
de significados para interpretar el mundo:
CONCEPTOS BÁSICOS 71

El hecho de creer que el ser humano sea un animal suspendido


en tramas de significación que él mismo ha tejido, me hace tomar por
cultura justamente este conjunto de redes, por lo que su análisis no puede
pretender ser una ciencia experimental que persiga descubrir unas le-
yes científicas, sino una ciencia interpretativa que persiga descubrir sig-
nificados (Geertz, 1975: 5).

Estas posiciones distanciadas constituyen una de las razones


por las que el concepto de cultura se contemple como algo muy pro-
blemático por parte de muchos antropólogos, por más que sea histó-
ricamente la idea central que manejan. Retoman el tema en los últi-
mos tiempos M. Carrithers (1990), Tim lngold (1994), C. Brumann
(1999) y Adam Kuper (1999).

Dos principios

Las unidades atributo, objeto, conjunto y cultura constituyen los


materiales básicos con los que construir el edificio de la arqueología.
Sirven para establecer clasificaciones y para presentar interpretacio-
nes. Como vimos con relación al debate sobre el Musteriense, las in-
terpretaciones que proponen los arqueólogos pueden diferir. Pero in-
cluso en este caso, los principales protagonistas del debate coincidían
en que aparecían unos conjuntos perfectamente identificables. En lo
que diferían era en su significación. Hay dos principios que nos ayu-
dan a comprender por qué arqueólogos con criterios diferentes con-
cuerdan en relación a estos materiales constructivos básicos de la dis-
ciplina. Estos principios son:

frecuencia de aparición y
estratigrafía.

EL PRINCIPIO DE FRECUENCIA DE APARICIÓN

Gran parte de lo que he dicho en este capítulo hasta el momento,


depende del principio de frecuencia de aparición. Este principio se
aplica a los objetos, a las tipologías y a los estilos o rasgos específicos
de manufactura, decoración y uso. Cuando la frecuencia de aparición
fluctúa significa que se ha producido un cambio en el registro ar-
queológico que generalmente se explica invocando a la difusión de pue-
blos o a la diseminación de ideas. La frecuencia de aparición cambia
con el tiempo y a través del espacio. Este principio supone también
72 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

que las cosas son parecidas porque la gente comparte las mismas ideas
y las mismas premisas culturales. Este rasgo de los humanos se pre-
senta como un aspecto básico de la especie. Empezó en el Paleolítico
y continúa hasta hoy. Para los historiadores culturales como Bordes,
cualquier tipo de útil de piedra es comprensible en la misma medida
en que lo es una gorra francesa o un sombrero de hongo inglés. Todos
expresan el mismo imperativo cultural, por el que el hecho de com-
partir normas de comportamiento sirve para fijar las identidades de
grupo. Pero este imperativo no se analiza nunca, sino que se asume
como el fundamento que sirve para comprender el origen de la varia-
ción de las unidades arqueológicas. Esta falta de claridad condujo a
gente como Binford a repensar seriamente qué era lo que medía real-
mente el principio de frecuencia de aparición.

EL PRINCIPIO DE ESTRATIGRAFÍA

Frecuencia de aparición y estratigrafía son dos principios que van


de la mano. La estratigrafía transforma un «muro de tierra» en un re-
gistro del tiempo y de la actividad humana habida. Y, más importante
aún, el hecho de tener la estratigrafía en la mente le hace a uno con-
templar el paso del tiempo sobre la vertical, es decir, observar cómo
el paso de un tiempo amontona capas de sedimentos una tras otra.
Uno necesita añadir esta dimensión vertical a la experiencia coti-
diana del tiempo que es normalmente linear -los minutos se vuelven
horas y las horas días-, o cíclica, cuando se espera el cumpleaños que
sucede una vez al año (capítulo 6).
La esencia del análisis estratigráfico es la determinación de las
capas separadas que se disponen unas sobre otras y el examen de su
contenido. Edward Harris (1989) propuso un método de análisis sis-
temático muy interesante. Su matriz de análisis (figura 3.4) se ha
convertido en una convención de uso generalizado. Es un buen ejem-
plo de jerga visual.
Las diferencias estratigráficas pueden deberse a la geología
-variación en suelos y sedimentos que se identifican por los cambios
de color o de textura-, o por el rastro dejado por la actividad humana
-construcción de muros, acumulación de desechos-. La excavación
estratigráfica empezó a mitad del siglo XIX, siendo algunos de sus prin-
cipales exponentes, J. J. A. Worsaae, que excavó yacimientos prehis-
tóricos en Dinamarca, y Giuseppe Fiorelli, que aplicó los principios de
la estratigrafía a la excavación de las ruinas de Pompeya en 1860. No
todos los arqueólogos siguieron por el mismo camino, ni todas las ex-
cavaciones de la época se registraron correctamente. Además, la am-
CONCEPTOS BÁSICOS 73

Superficie

FIG. 3.4. Matriz Harris para una sección de una excavación. Esta matriz se combina-
rla con las demás correspondientes a las otras secciones y con los planos.

plitud de intereses que perseguía Worsaae, que incluía la recuperación


y el análisis de restos orgánicos con el fin de reconstruir el ambiente
que condicionaba la subsistencia de los seres humanos, muy a menudo
no se producía. La mayor parte de las excavaciones sólo pretendían la
recuperación de materiales. Las excepciones destacan con luz propia,
como la protagonizada por Ferdinand Keller que realizó en 1854 un
trabajo pionero en unas bien preservadas aldeas lacustres suizas del
Neolítico. En Inglaterra, la formación militar del general Pitt-Rivers y
su ferviente creencia en el evolucionismo le llevó a realizar un trabajo
que fue modélico (Bowden, 1991 ). Excavó yacimientos situados en sus
propiedades de Dorset y publicó los resultados obtenidos (1887). En
1882 el general se había convertido en el primer Inspector de
Monumentos Antiguos del país, tras haber aprobado el Parlamento
unas primeras leyes protectoras que afectaban a los principales yaci-
mientos del país.
La atención a la estratigrafía de los yacimientos procuró a los
arqueólogos un medio adecuado de comparación de resultados que
servía para construir una cronología relativa. En cada parte del mundo
la revolución estratigráfica siguió su propia evolución. En América del
Norte se tardó más que en Europa en llevarla a cabo, y se centró en-
tre 1915 y 1927 en el estudio de los indios Pueblo del sudoeste de los
Estados Unidos.
74 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

DATACIÓN POR SERIACIÓN

Combinando frecuencia de aparición y estratigrafía se obtiene


una seriación (capítulo 1), que es un procedimiento arqueológico es-
tándar que sirve para clasificar series de atributos y objetos, y poder-
los interpretar. Uno de los mejores ejemplos de seriación procede del
sudoeste de los Estados Unidos, como vamos a ver.
La cuestión principal que se presentó a los investigadores de la
prehistoria de esta región, con sus monumentos como Pueblo Bonito
en el Cañón del Chaco, Nuevo México, tenía que ver con la datación
relativa. La respuesta desarrollada por el antropólogo A. R. Kroeber,
en un artículo pionero publicado en 1916, proporcionó a la arqueolo-
gía una cronología que salía de la frecuencia de las seriaciones de la
cerámica. En este trabajo este investigador señaló que la variación en
la proporción de las tipologías podía deberse tanto al tiempo como a la
geografía. Recordemos que se trataba de una secuencia no de una es-
cala y que ninguna seriación puede indicar la duración de una fase. La
duración de una determinada fase se pudo conocer en los Estados
Unidos por primera vez gracias a la dendrocronología, y a partir de
1945 de forma universal mediante la datación por radiocarbono (véa-
se más abajo). El principio que subyace al concepto de seriación es
que el cambio es analíticamente visible por medio de la variación ob-
servada en la frecuencia de aparición de los distintos tipos de objetos,
generalmente cerámica (figura 3.5).
Kroeber no estaba sólo en el desarrollo de estas técnicas aunque
parece que fue él quien dio el paso decisivo de forma independiente
(Lyman, O'Brien y Dunnell, 1997: 55). Neis Nelson, Clark Wissler y
Leslie Spier también produjeron cronologías por seriación para la ar-
queología del sudoeste de los Estados Unidos. Las excavaciones en el
pueblo de Pecos dirigidas por Alfred Kidder durante los años 1920, que
emplearon unidades estratigráficas naturales en vez de artificiales, con-
firmaron que los cambios en la frecuencia de los tipos de cerámica
tenían carácter cronológico. El gráfico destinado a presentar las se-
riaciones es otro ejemplo de jerga arqueológica visual.

DATACIÓN ABSOLUTA

La estratigrafía proporciona una secuencia; B viene después de


A, pero antes que C. La frecuencia de aparición cuando se usa en
una seriación sirve para estudiar el proceso de cambio cultural. Se
podría preguntar, «¿quiénes son los que vinieron de qué lugar?», ba-
sándonos en la frecuencia de aparición de las tipologías. Sin embargo,
CONCEPTOS BÁSICOS 75

B
e
.EQl
·u
$?. % . % % % % % % %
A 4.1 6.4 4.1

B 3.8 5.7 ' 3.8

e 4.1 6.2 4.3

D 6 .4 4.0
E 7.7 2.6

F 18.4 3.8

G 2.9
H 14.3

OA 17.8
J 0.2
K o.o 18.2

L 0.2 9.2

M o.o 9.7

FIG. 3.5. Gráfico para seriaciones. Esta seriación refleja los cambios en la frecuencia de
aparición de cuatro recipientes de cerámica. Los porcentajes de cada fila suman el 100
por cien.

lo que los arqueólogos, y especialmente los arqueólogos de la prehis-


toria querían, era un método para medir el tiempo en términos de
años absolutos y no por medio de los cambios en la frecuencia rela-
tiva. Es decir, ¿hasta cuándo duraron aquellas curvas del gráfico de
la seriación?
La medida absoluta del tiempo, independientemente de los do-
cumentos escritos o las listas de reyes, se logró por primera vez con-
tando las varves anuales en medio lacustre y los anillos de los árboles.
Ambos procedimientos proporcionan dataciones muy precisas, pero
dependientes obviamente de la conservación del material soporte, la
madera o los depósitos acumulados en los fangos del fondo de los la-
gos. Sin embargo, la solución a muchos problemas de datación sólo se
lograría con una técnica que sirviera para datar elementos encontra-
dos en la mayoría de los yacimientos --carbón, huesos y conchas de
moluscos-.
76 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

01 10 100 1000
Edad en miles de años

FIG. 3.6. Años que abarcan las técnicas de datación (a partir de Aitken, 1990: figura 1.1).

El gran paso se dio después de 1945 con el desarrollo de los mé-


todos de desintegración de isótopos. En primer lugar se desarrolló el
método del radiocarbono, y a continuación llegaron una serie de téc-
nicas afines que empleaban diversos isótopos asociados con el ura-
nio, el potasio, el argón y el torio. Actualmente existen métodos de
datación que se valen del geomagnetismo, de la termoluminiscencia,
del espín de resonancia electrónica y de la racemización de los ami-
noácidos. Cada técnica cubre un lapso de tiempo distinto y aplica so-
bre una gama distinta de materiales (figura 3.6). El recuadro 11 indica
los materiales sobre los que se basa cada técnica. Para saber más so-
bre esta especialidad de la arqueología tan técnica véase Aitken ( 1990).
La medición absoluta del tiempo mediante métodos científicos es
sin duda uno de los grandes logros de la investigación interdisciplinar.
Fundamentalmente se trataba de combinar la física y la química con
la arqueología. Willard Libby fue el primero que desarrolló con éxito la
técnica del radiocarbono justo al finalizar la guerra. Su trabajo fue
recompensado con un Premio Nobel en 1960. Las viejas técnicas de
CONCEPTOS BÁSICOS 77

Recuadro 11: Principales técnicas de dataci6n


científica, materiales y edades que abarcan

Técnica Materiales Límite superior Límite Inferior


de datación (en años) (en años)

Potasio/argón (K/Ar) Rocas volcánicas 30.000 Toda. la evolución


humana
Termoluminiscencia (TL) Sílex carbonizado Presente 100.000-500.000
cerámica, 5.000-10.000 50.000
sedimentos
Espín electrónico Esmalte dental Presente >1 millón
de resonancia
Series del uranio Estalagmitas/ 5.000 350.000
estalagtitas
Radiocarbono (C14) Huesos/carbón Presente 50.000
con espectometría conchas, fibras en el futuro
del acelerador de 70.000
masas (AMS)
Radiocarbono (C14) Huesos/carbón Presente 40.000
método convencional conchas, fibras

la dendrocronología y el análisis de varves no fueron abandonadas, al


contrario, sirvieron para refinar y calibrar los resultados que se obte-
nían con las nuevas técnicas puesto que pronto se vio que algunas de
las suposiciones de Libby sobre la estabilidad del carbón en la atmós-
fera no permitían que con el paso del tiempo se produjeran los cam-
bios esperados. Para estudiar la importancia de la dendrocronología
para calibrar las dataciones obtenidas con el método del radiocarbono,
véase M. Baillie (1995).
La datación por radiocarbono (C14) es muy útil a los arqueólo-
gos ya que este elemento está presente en casi todas partes.
Generalmente pueden datarse por medio de esta técnica materiales
como el carbón, la madera, los huesos, las fibras, las conchas y las se-
millas, aunque el pretratamiento químico de las muestras varíe y los
laboratorios tengan sus preferencias particulares en relación a los ma-
teriales. La aplicabilidad de esta técnica en todo el mundo permitió a
los arqueólogos comparar culturas y procesos a nivel planetario. Los
hallazgos arqueológicos locales pudieron de esta forma ser incorpo-
78 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

rados a la historia del mundo, de modo que se pudieron poner las ba-
ses para el desarrollo de un enfoque comparativo lo suficientemente
globalizador. Los métodos de datación científicos son parte de la re-
volución cuantitativa que la arqueología llevó a cabo en los años 1950
y 1960. Es posible que sin esta revolución la arqueología antropoló-
gica no hubiese llegado a desarrollarse tal como lo ha hecho (capí-
tulo 2). Pienso que algo nuevo hubiera ocurrido en cualquier caso, pero
que probablemente la arqueología no habría adoptado su caracterís-
tica inclinación científica y procesual en la investigación del pasado.

El registro arqueológico

Hasta aquí he hablado de algunos de los elementos básicos del


trabajo del arqueólogo. También he mostrado cómo los arqueólogos
acostumbraban a emplear los principios de frecuencia de aparición y
estratigrafía para ordenar sus materiales en secuencias, antes del des-
cubrimiento de los métodos de datación absoluta.
Sin embargo, la medición absoluta del tiempo no hizo más fácil
el trabajo de interpretación del arqueólogo. Al contrario, contribuyó
a abrir un debate fundamental que empezó hace unos treinta años y
que tiene que ver con la naturaleza y composición del registro ar-
queológico. Las preguntas abiertas son las siguientes: ¿qué es exacta-
mente el registro arqueológico?; ¿cómo se formó?; ¿cómo ha de in-
vestigarse?
Después de 1969, Binford experimentó una cierta desilusión con
su nueva arqueología, como él mismo recordó más tarde (1983). Fue
el resultado de darse cuenta de que todo lo que había sucedido fue que
la arqueología se había vuelto más estadística y que la historia cultu-
ral se valía ahora del ordenador para ser escrita. Cierto que se había
refundado como una forma de investigación en el pasado en clave an-
tropológica, con una preocupación clara por los procesos reales de la
vida; pero estos progresos no eran suficientes para poder puentear con
éxito el abismo que seguía abierto entre datos y realidad. ¿Cómo pa-
sar de los hechos estáticos que podían obtenerse de la excavación al
comportamiento dinámico aunque invisible que los produjo? La nueva
arqueología por más que insistiese en la necesidad de contrastar hi-
pótesis, el método deductivo, y en la necesidad de obtener las mues-
tras utilizando los procedimientos más rigurosos, seguía teniendo di-
ficultades metodológicas en este asunto crucial que tenía que ver con
la interpretación. No había otra salida que afrontar el problema puesto
que estaba en peligro la propia consideración de la disciplina como
ciencia. Pero ¿cómo?
CONCEPTOS BÁSICOS 79

Recuadro 12:
¿Qué es la tafonomía?

La tafonomía está estrechamente relacionada con la teoría de alcance


medio y con los procesos de formación de los yacimientos. Literalmente del
griego, tafonomía significa «norma que rige los enterramientos», siendo el
estudio de la parte del registro arqueológico que tiene que ver con los res-
tos orgánicos (Lyman, 1994: 1). La tafonomía es básica en la investigación
de los conjuntos de huesos de animales, de residuos de cosechas y de otros
vestigios ambientales como la geoarqueología, para poder desentrañar los
diversos agentes y procesos naturales y culturales que han contribuido a la
formación de las muestras arqueológicas.

LA TEORÍA DE ALCANCE MEDIO

La respuesta de Binford fue establecer unos principios que


sirvieran de puente entre lo estático del registro arqueológico (los
huesos y los fragmentos de cerámica) y las dinámicas del compor-
tamiento humano en el pasado (las acciones ahora invisibles que
originaron el comportamiento humano y lo organizaron en patro-
nes espaciales y temporales). Llamó teoría de alcance medio a este
conjunto de principios (recuadro 6). En la práctica se basó en la
experimentación y en la observación del comportamiento corriente
de personas y animales en el mundo actual, todo lo cual debía ser-
vir para entender de qué forma se crean en el mundo real aquellos
patrones.
Binford llevó a cabo su propia investigación de los cazadores
Nunamiut de Alaska y del pueblo Alyawara de Australia central (Binford,
1983). También estudió en África y América del Norte la forma de criar
y de alimentarse de los carnívoros, con el fin de averiguar qué hacen
con los huesos y que tipo de marcas dejan en ellos (véase recuadro 12).
Este tipo de estudios tafonómicos se popularizaron mucho entre los
arqueólogos.
Binford pretendía con todo ello determinar la gama de procesos
causales potencialmente importantes para el desarrollo de su tema
principal de estudio: los cazadores-recolectores de la prehistoria. Su
estrategia tenía tres partes diferenciadas, como puede verse en el re-
cuadro 13.
No todo el mundo siguió la estrategia trazada por Binford por-
que no todo el mundo tenía los mismos intereses investigadores. ¿Qué
pintaban las hienas en la investigación de las sociedades agrícolas se-
80 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

Recuadro 13:
La teorra de alcance medio en la praictlca

• Trata de las dinámicas del comportamiento por medio del estudio etnoar-
queológico de las sociedades de cazadores modernos. Su objeto es co-
nocer los procesos de toma de decisiones y cómo la arqueología que ge-
neran se organiza en el tiempo y el espacio (Binford, 1978a, b, 1980).
• Afina nuestra capacidad para reconocer patrones significativos en los da-
tos. La teoría de alcance medio forma un puente entre los datos que en-
contramos y el comportamiento que en el presente no se puede contem-
plar pero que dio origen a tales datos (Binford, 1983).
• Compara a los seres humanos que cazaban con los carnívoros. Examina
como los carníwros se alimentan de cadáveres y trasladan parte de la
carne a sus guaridas. Puesto que el comportamiento de lobos y hienas no
ha variado, mientras que el de los seres humanos experimentaba adap-
taciones diversas durante el Paleolítico, estos estudios proporcionan una
vara de medir tales cambios (Binford, 1981 a).

dentarias? Pero también se han llevado a cabo estudios de etnoar-


queología referidos a sociedades agrícolas y comunidades urbanas,
aunque han partido de premisas muy diferentes. Algunos estudios so-
bre cultura material moderna como el proyecto de Tucson (Skibo,
Walker y Nielsen, 1995) de investigación de los basureros o el trabajo
de Hodder sobre los Baringo del África Oriental (Hodder, 1982) cons-
tituyen casos especialmente conocidos caracterizados por presentar
alternativas sobre la forma de entender cómo una cultura modifica el
espacio y el tiempo y cómo los patrones que aparecen ponen de ma-
nifiesto la manera como la gente consume e interactúa haciendo uso
de su cultura material.

LA FORMACIÓN DE LOS YACIMIENTOS

Michael Schiffer, antiguo alumno de Binford, desarrolló un mé-


todo que privilegiaba el estudio del comportamiento humano, espe-
cialmente en relación a la producción, uso y desecho de objetos. Schiffer
( 197 6) quería poner de manifiesto la importancia que tenían las leyes
sobre el comportamiento humano en la investigación arqueológica.
Para este investigador el estudio de la formación del registro arqueo-
lógico era más importante que la teoría de alcance medio. Los proce-
CONCEPTOS BÁSICOS 81

Clave • Posibilidad de
almacenamiento
y/o transporte Extensión

·~~!,~ Reciclaje

f~rrido lateral
Consumo

Desecho

Contexto sistémico
T
•··•·•········•·····••······•·••·••••·········•··••••·•••·············•····················································
Contexto arqueológico Basura

FIG. 3.7. La práctica de la arqueología. La formación del registro arqueológico con el


paso de los materiales de un contexto sistémico a un contexto arqueológico (a partir de
Schiffer, 1976).

sos de formación de los yacimientos podían ser de dos tipos: natura-


les y culturales. Ambos tipos afectaban a los objetos y a las asociacio-
nes de objetos de una forma que.podía predecirse. Así, los objetos tran-
sitaban de un contexto sistémico en el pasado al actual contexto
arqueológico en que se habían convertido en desecho (figura 3.7).
Si existe una diferencia entre la teoría de alcance medio de Binford
y los procesos de formación de Schiffer, ésta estriba en los objetivos
perseguidos. Para Schiffer y sus colegas «el meollo de la arqueología,
en cualquier momento y lugar, son las relaciones entre comporta-
miento humano y cultura material» (Schiffer, 1976: 4). El recuadro 14
nos explica cuatro estrategias que ilustran sus expectativas de inves-
tigación.
El propósito de la arqueología según Binford (1983) es, en cam-
bio, alcanzar un entendimiento suficiente de las transformaciones evo-
lutivas tales como el paso de la depredación a la agricultura, o la sus-
titución de los Neandertales por los humanos modernos. En el próximo
capítulo examinaremos otras diferencias en sus respectivas concep-
ciones.
82 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

Recuadro 14:
Las cuatro estrategias de la arqueología
del comportamiento (Schiffer, 1976)

Comportamiento Cultura material


humano
Pasado Presente
Pasado Arqueología y estudio de Estudios etnoarqueológicos
determinados sistemas para informar interpretaciones
culturales del pasado, por arqueológicas generales, por
ejemplo, el advenimiento de ejemplo, patrones de
sociedades palaciegas en la asentamiento de los
Edad del Bronce en el Egeo. cazadores-recolectores.

Presente Contribución de la Estudio de algunas


arqueología a la comprensión sociedades industriales,
de aspectos generales del por ejemplo, el proyecto de
mundo contemporáneo, así Tucson como investigación
como de comportamientos en de las pautas de consumo.
el pasado, por ejemplo,
presiones demográficas
como causa del cambio
cultural.

Resumen

En este capítulo he recorrido el trecho que separa el diseño


del proyecto de investigación, del registro arqueológico. Ambos
conceptos simbolizan el gran cambio habido en la forma de con-
cebir y practicar la arqueología. Tiempo atrás el registro arqueo-
lógico no se veía como un problema. En efecto, todavía actual-
mente se dice que el trabajo del arqueólogo consiste en extraer
los datos que ofrece una estratigrafía (Harris, 1989: xiii). Pero,
como acabamos de ver, el registro arqueológico es algo más que
un producto de la geología con sus leyes de superposición. El re-
gistro nos crea problemas interpretativos que en expresión grá-
fica de Hodder, empiezan en «la punta del mismo pico». De modo
parecido, ser claros sobre lo que vamos a hacer cuando redacta-
mos un proyecto de investigación es una forma de plantear bien
ya de salida el método de obtención de muestras. La obtención
de muestras representativas no tiene nada que ver con los prin-
CONCEPTOS BÁSICOS 83

cipios de la estratigrafía. Está relacionado, en cambio, con nues-


tras presunciones sobre la investigación del comportamiento hu-
mano por medio de los restos materiales y de su distribución en
el tiempo y el espacio, y con los enfoques que adoptamos.
En consecuencia he introducido algunas de las unidades que
los arqueólogos manejan, como la de atributo, y algunos de los
principios que tienen en cuenta, como el de frecuencia de apari-
ción. He definido también, entre otros, los conceptos de cultura
y tafonomía. He pretendido familiarizar al lector con algunas de
estas convenciones, ya que estructuran la práctica de la arqueo-
logía y la hacen inteligible a los iniciados. Tales convenciones apa-
recen continuamente a manera de jerga especializada en memo-
rias de excavación, artículos especializados y manuales. Armados
convenientemente ya es hora de que pasemos a ver qué pode-
mos hacer con ellas.
CAPÍTULO 4
LAS PERSONAS

Lo más importante en arqueología no son los objetos sino las


personas. Da la impresión muchas veces, sin embargo, de que el tra-
bajo de los arqueólogos se pueda resumir de esta manera: descubrir
objetos, analizarlos e interpretarlos. En el mundillo de la arqueolo-
gía es fácil encontrar al mismo tiempo arqueólogos totalmente de-
cepcionados con su trabajo y arqueólogos perfectamente satisfechos
con su trabajo, y tanto unos como otros, igual que los caballeros del
rey Arturo en busca del Santo Grial, habiendo renunciado u olvi-
dado el propósito de su empeño. La verdad es que las personas, tanto
individual como colectivamente, pueden perderse muy fácilmente en
el detalle del día a día del trabajo del arqueólogo: redacción de una me-
moria, catalogación de monedas, realización de una síntesis de una
región o período, preparación de un manual sobre determinada te-
mática ...
En el capítulo anterior he analizado las unidades que utiliza en
su trabajo el arqueólogo, así como el concepto de registro arqueoló-
gico. En este capítulo nos centraremos en la gente que habitó el pa-
sado. Este cambio de rumbo tan espectacular exige que respondamos
a tres preguntas básicas:

¿A quién buscamos?
¿Qué podemos llegar a saber?
¿Cómo lo vamos a conocer?

Para responder a estas tres preguntas deberemos examinar cómo


se emplea la analogía en arqueología y cómo se pueden hacer infe-
rencias sobre los pobladores del pasado. Para ello contaremos con la
ayuda del método <;:ientífico y también de un ejercicio que llamaremos
fabricar un cable.
86 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

¿A quién buscamos?

A lo largo de la historia de la arqueología la valoración de la im-


portancia relativa del individuo y el grupo para la comprensión del pa-
sado, ha sufrido altibajos importantes. Este hecho refleja que el debate
sobre la responsabilidad individual, el poder y la libertad, así como el
papel ejercido por la sociedad y el estado en todo ello, ha sido domi-
nado alternativamente por corrientes de pensamiento poderosas. El
estudio del pasado es una manera de proseguir con este mismo debate
y una forma de intentar conocernos mejor a nosotros mismos.
Pero a efectos prácticos, ¿podemos aproximarnos realmente al in-
dividuo sin los documentos escritos que tanto nos acercan a las per-
sonas, sin esos textos que nos hablan de pensamientos, sentimientos
e intenciones? ¿Es obligado que nos refiramos siempre a agregados
tan abstractos como cultura, sistema o sociedad para poder llegar a
la gente que habitó el pasado? ¿Qué papel desempeñó el individuo en la
toma de decisiones importantes, por ejemplo, en el impulso de deter-
minadas ideas sobre la vida en la ciudad, o sobre la expansión del im-
perio o, simplemente, si pudo escoger qué comer para la hora de la
cena?

EL INDIVIDUO

En prehistoria el individuo generalmente se contempla como una


figura desdibujada, perdida en las largas avenidas del tiempo inson-
dable. Aun cuando las aldeas de la prehistoria tuvieran pocos habi-
tantes y los campamentos de los cazadores-recolectores todavía me-
nos, existe un prejuicio contra la investigación del poblador individual.
Ello podría parecer a primera vista extraño dada la cantidad de ins-
tancias arqueológicas que existen de acciones individuales que se han
preservado bien, por ejemplo, la talla de piedras. De hecho tengo la
convicción de que el registro prehistórico más temprano posee más
instantáneas en las que ver con mayor facilidad la intervención del
individuo que períodos posteriores que ya presentan textos escritos.
Por ejemplo, hay suficientes documentos medievales que hablan
del cambio de manos de las propiedades de muchas de las calles de las
ciudades inglesas. Cuando un propietario moría se hacía un inventa-
rio de las posesiones muebles que albergaba su casa. Esta documen-
tación permite hacerse una idea sobre la riqueza y estatus del propie-
tario. Sin duda se trata de información sobre el individuo. La excavación
arqueológica de una de estas casas generalmente no procura mucha
más información: acaso el tamaño de la sala de estar de la casa, el sis-
LAS PERSONAS 87

tema de construcción de la misma y el contenido de las letrinas del pa-


tio trasero. La culpa de tan aparentemente magros resultados no la
tiene la arqueología, que sin duda es perfectamente capaz de captar
las huellas dejadas por el paso tiempo sobre las cosas (capítulo 6), sino
el hecho de creer que la cultura material del pasado nos proporcionará
un tipo de información parecida a la que nos proporciona un texto.
El tamaño de una habitación y el contenido de un agujero para los
desechos, como veremos en el capítulo 8, pueden proporcionar tanta
luz sobre la riqueza y estatus de una persona, como un inventario.
Además, en su estudio sobre el Bristol del siglo xvm, Roger Leech
(1999: 30) demuestra cómo la evolución de los cambios en la distri-
bución de los interiores de las casas permite identificar de una forma
distinta a la de los textos de los documentos escritos, la forma de vi-
vir de los individuos. Este autor nos dice que más que buscar indica-
ciones sobre el estatus de los individuos a través del número y tamaño
de las habitaciones, es posible mediante el trabajo arqueológico, ras-
trear los distintos estilos de vida gracias a la variedad de genealogías
peculiarmente urbanas de las formas arquitectónicas.

EL INDIVIDUO Y EL SISTEMA

La cuestión pendiente es saber a qué llamamos individuo. Para


los historiadores culturales la noción sirve para identificar al perso-
naje histórico. ¿Quién está enterrado en Sutton Hoo? ¿Se trata de
Raedwald, que murió en el año 625? Si así es, ¿qué sabemos de este
personaje a partir de los pocos textos que se conservan? La respuesta
es que muy poco. No sabemos ni si fue él el personaje que fue ente-
rrado en un barco varado en tierra con una cuchara de plata en la boca.
Esta especulación sobre la personalidad del protagonista de un
hallazgo fue criticada por Renfrew, el cual observó que lo que inte-
resa no es el nombre del perro vencedor sino de qué tipo de perro se
trata (1973b: 12). Sin embargo, en vez de entrenar al perro con tácti-
cas nuevas, muchos procesualistas no hacen sino dejarlo que corra con
los demás. Las palabras de Kent Flannery al respecto son muy carac-
terísticas:

No hay duda de que los individuos son capaces de tomar decisio-


nes por sí mismos, pero las pruebas de ello no pueden ser desenterra-
das por los arqueólogos. Por lo tanto, lo más útil para los arqueólogos
es estudiar el sistema e intentar comprenderlo, ya que su comporta-
miento sí que puede ser detectado una y otra vez (Flannery, 1967, en
Leone, 1972: 106).
88 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

Lo que ocurre, pues, está determinado por el sistema, no por el


individuo. Los sistemas tienen su propia trayectoria que no puede ser
torcida por la acción individual. Raedwald, por muchas cualidades que
tuviera en vida, no pudo nada en relación al proceso de cambio que iba
a barrer el paganismo de su reino para reemplazarlo por el cristia-
nismo. Como vimos en el capítulo 2, pensamos que los sistemas fun-
cionan de acuerdo con leyes básicas y principios como la termodiná-
mica o la selección natural. Para la arqueología científica de Flannery
y otros, el objetivo es iluminar los períodos históricos y prehistóricos
más destacados.
Desde esta perspectiva los individuos se ven como los humildes
sirvientes del sistema. Un ejemplo como el que sigue, reitera esta rea-
lidad que debe servir de advertencia a los arqueólogos neodarwinistas
(capítulo 2) para que sean muy precavidos con lo que rechazan. El bió-
logo Richard Dawkins mantiene que los individuos son puramente el
vehículo mediante el cual los genes y sus trasuntos culturales los me-
mes, se replican a sí mismos (1976). Esta interpretación exagerada de
los sistemas ha sido parodiada por el filósofo Daniel Dennett, que dice
que desde el punto de vista de la biblioteca un estudioso es la promesa
de otra biblioteca ( 1991: 202). Tomados en su conclusión lógica los sis-
temas se reproducen a sí mismos por medio de las acciones maqui-
nales de los individuos. Si seguimos esta línea de razonamiento en-
tonces sí que podemos abandonar al individuo entre los anaqueles
polvorientos del tiempo indiferenciado.

GENTE QUE PIENSA, SISTEMAS MUDOS

Felizmente la discusión se va orientando hacia otra dirección. El


individuo, en mi opinión acertadamente, se tiende a contemplar ac-
tualmente como la unidad de selección, el locus del cambio (capítulo 7).
La idea de que no es posible observar en el registro arqueológico las
acciones de los individuos o sus decisiones ha sido puesta en entredi-
cho por Steven Mithen. Este autor utiliza un enfoque evolutivo para
acercarse al proceso de toma de decisiones de los cazadores de la pre-
historia. Otorga a los individuos que estudia conocimientos sobre el
mundo que les rodea y capacidad para planificar y tomar decisiones.
Además, los ve capaces de responder creativa e inteligentemente a los
desafíos del ambiente social y físico en el que viven (Mithen, 1993: 396).
Sin tales atributos no es posible que haya, en su opinión, explicacio-
nes satisfactorias. El énfasis en los sistemas básicos, como sostenía
Flannery, conduce necesariamente a explicar el cambio en términos
bastante inasibles como cuando se habla de selección de grupo o presión
LAS PERSONAS 89

demográfica. El estudio del individuo queda de esta forma comple-


tamente desatendido.
La aportación de Mithen armoniza con el enfoque interpretativo
aunque sus partidarios probablemente le enmendarían el hecho de do-
tar al individuo de esencia (capítulo 1) con el fin de prepararlo para la
toma de decisiones.
Los posprocesualistas están muy felices con el retorno del indi-
viduo en los estudios arqueológicos (Shanks y Tilley, 1987b ). Pero no
se trata de barrer al sistema para instaurar la primacía del individuo.
El giro interpretativo consiste en insistir en la influencia del indivi-
duo en la creación de una estructura social y en la importancia de esta
estructura en la creación del individuo.
Según este enfoque el dar unos apellidos a Raedwald y elevar su
elaborado féretro al estatus de acontecimiento histórico es irrelevante.
«Raedwald» y su valioso atavío constituyen objetos (capítulo 5) que in-
fluencian la estructura de su sociedad, y, que a su vez, son influencia-
dos por ella. Raedwald, la «persona-cosa» en vez de la «persona-real»,
es acción material y a la vez es símbolo para la acción por parte de
otros.

EL INDIVIDUO EN ARQUEOLOGÍA

¿Significa todo eso que los individuos sólo pueden encontrarse


arqueológicamente cuando ha habido una buena conservación de los
restos y perduran señales del tiempo suficientemente claras? Yo res-
pondería que no. No deberíamos confundir precisión en nuestros mé-
todos con conocimientos acerca de las personas. Tampoco deberíamos
confiar en que nuestro conocimiento de los individuos se viera facili-
tado de la misma manera a través de los objetos que de los textos.
Accedemos a los individuos gracias a la interacción y la implicación.
Nos relacionamos con los demás individuos a través de las actividades
que realizamos en el transcurso de nuestra existencia cotidiana. Esta
implicación abarca la cultura material y las propias personas. Utilizamos
todos nuestros sentidos para vivir esta experiencia.
También utilizamos los mismos sentidos y nos valemos de las mis-
mas reglas sociales cuando investigamos el pasado conjuntamente con
otros investigadores. Pero estos otros que cavan codo con codo en la
misma cala, que se sientan enfrente de uno mismo en la biblioteca, o
que también visitan el museo, no son los individuos del pasado. No po-
demos entablar una relación con los minoicos de la misma forma que
lo hacemos con los turistas en el Palacio de Cnossos. Pero lo que sí po-
demos hacer es concederles que son capaces de actuar, de que sus ac-
90 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

ciones pueden ser reconocidas, como sugiere Mithen y antes que él


Grahame Clark, quien declaró que precisamente debido a que los
prehistoriadores no pueden identificar a los individuos uno por uno,
no por ello han de ignorar su existencia (1957: 248). El elemento crí-
tico que es preciso enfatizar tiene que ver con el cambio. Al identifi-
car correctamente al individuo como elemento con un comportamiento
altamente variable, convertimos al cambio en un proceso humano de
carácter interno. La alternativa es fiarse de una máquina externa que
se mueva al margen de nuestro surco histórico.

CóMO PROCEDER CON LAS SOCIEDADES DE PRIMATES

Sociedad es una palabra difícil de manejar. Es imprecisa y, sin


embargo, es fácilmente comprensible. La señora Thatcher cuando go-
bernaba declaró en una ocasión: «No existe eso que llaman sociedad.
Sólo hay individuos hombres e individuos mujeres, y familias.» Y to-
davía no se ha dado cuenta de que fue expulsada del poder por lo que
decía que no existía. Sin embargo, con la típica malicia política que le
caracteriza, apunta al tipo de tensión que ha ocupado de tantos teóri-
cos sociales durante varios siglos: ¿qué relación existe entre los indi-
viduos y las estructuras sociales? La opinión al respecto oscila entre
los partidarios de la primacía del individuo y los partidarios de la pri-
macía del estado, la microescala y la macroescala. Según cómo nos
posicionemos nuestras posibilidades de acceder como arqueólogos a
los individuos variarán.
Abordemos la cuestión examinando cómo afrontamos las socie-
dades de primates. La razón de este tipo de comparación estriba en
que los especialistas en primates han tenido que descubrir por sí mis-
mos la estructura de la sociedad que pretendían estudiar, igual como
sucede con los arqueólogos. No pueden conversar con sus sujetos, los
cuales tampoco poseen documentos escritos que hablen de sí mismos.
Los investigadores de primates adoptan para investigar la formación
de sociedades de primates tanto un enfoque de arriba abajo como de
abajo arriba (véase capítulo 7, neoevolucionismo) (figura 4.1). Pienso
que certeramente, el enfoque de abajo arriba es actualmente el que
más adeptos tiene.
Este modelo contempla al individuo babuino, chimpancé o ver-
vet en negociación con los demás en un proceso de construcción ac-
tivo de una forma social. La sociedad de los primates se edifica a base
de entablar alianzas cuando los individuos se dan cuenta al declararse
una refriega de quiénes son sus amigos y quiénes sus enemigos. Se
trata de sociedades formalizadas mediante el contacto físico. Los lazos
LAS PERSONAS 91

Sociedades a gran escala

Sociedad

Instituciones

Grupos
Dicta Impone Negocia Crea

Familias

Individuos

Sociedad a escala pequeña

FIG. 4.1. Enfoques de arriba abajo y de abajo arriba para el estudio de la sociedad.

que unen se crean con el aseo social. Muchos primates dedican hasta
un 25 por ciento del tiempo en que permanecen despiertos aseándose
unos a otros, y mediante este mecanismo establecen vínculos emo-
cionales estrechos.
Lo importante aquí es ver que cada uno de estos individuos ac-
túa como un verdadero agente activo en la construcción de su entorno
social. La intensidad del aseo social puede hasta cierto punto prede-
cirse de las relaciones genéticas de cada uno, pero no está en abso-
luto determinada exclusivamente por esta marca de nacimiento. La
vida social no está determinada biológicamente tal como los socio-
biólogos habían afirmado, ni es heredada en su forma definitiva.
Además, la lectura de cualquier estudio importante sobre los primates
(Waal, 1982; Goodall, 1986) impresiona por la personalidad, biogra-
fía y aguda individualidad de los «animales» sometidos a observación.
No se trata de puro antropomorfismo. Se trata de un gran cambio
que se ha producido en la forma de concebir a la sociedad de los pri-
mates que va de una visión basada en reglas y papeles programados,
a una visión que contempla a la sociedad como una creación abierta a
la participación activa de sus componentes. Evidentemente que hay lí-
mites a la interpretación de cada componente, pero lo importante es
ver que no existe una estructura innata. Y que todo se produce sin me-
diar palabras y generalmente sin presencia de cultura material.
92 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

La alternativa es un punto de vista que va de arriba abajo. En este


caso las instituciones preceden a los actores. Uno nace en una socie-
dad ya establecida, de la que hereda una cultura. En este caso uno
construye su existencia de acuerdo con unas reglas determinadas co-
lectivamente que de alguna manera existen al margen de la acción hu-
mana. La institución del estado, la ley, los negocios y la educación si-
guen, al contrario que tú y yo, que sólo somos sus temporales
mantenedores. El sistema, en consecuencia, parece que es más im-
portante que el individuo, tal como Flannery explicaba más arriba.

LAS INSTITUCIONES Y LA ARQUEOLOGÍA SOCIAL

En la práctica hay que tener en consideración a ambos tipos de


enfoques. Por un lado, es posible negociar hasta cierto punto qué tipo
de sociedad queremos, pero, por otro, no tenemos una libertad com-
pleta para hacerlo. Es algo que Marx señaló oportunamente. La señora
Thatcher quizás seguiría al frente del gobierno si hubiese leído y com-
prendido las advertencias del fundador del socialismo. Los indivi-
duos no funcionan solos sino que se integran en grupos más o menos
grandes, y las instituciones que conforman sobreviven generalmente a
los individuos que las integran. Esta relación recíproca, este toma y
daca de la vida en sociedad a escala del individuo y del conjunto de la
sociedad, es lo que ha de tenerse sobre todo en cuenta (figura 4.1).
El modelo dominante en arqueología social ha hecho hincapié en
el enfoque institucional, es decir, el que mira de arriba abajo; por ejem-
plo, Renfrew ( 1977) cuando habla de las formas estatales primitivas.
Muy cerca quedan las jefaturas de los neoevolucionistas. Estos se va-
len de unas determinadas listas de atributos para distinguir las jefa-
turas de los estados y las tribus (Kirch, 1984 ). También se nos ofrece
la «institución» de la caza y la recolección, que recibe un tratamiento
diferente en esencia del que merece la agricultura y el pastoreo (Service,
1966). Finalmente tenemos la condición específica de ser humano mo-
derno que se opone a la de Neandertal y a la de cualquier otro homí-
nido anterior (Stringer y Gamble, 1993).
Estos modelos han resultado útiles para forzar a la arqueolo-
gía a plantearse grandes preguntas (capítulo 7). Este tipo de arqueo-
logía social lo que hace mejor, de hecho, es explotar las dimensiones
del tiempo y el espacio con el fin de descubrir las regularidades que
se repiten y que exigen una explicación.
Los enfoques de arriba abajo y de abajo arriba han de trabajar
juntos (como se muestra en la figura 4.1), y sólo en el énfasis cabe
privilegiar a uno sobre el otro. El contraste entre el individuo y las ins-
LAS PERSONAS 93

tituciones es tan importante para la arqueología como para la antro-


pología. La distinción entre ambos ámbitos apunta a la cuestión clave
siguiente: ¿cómo pensamos que funciona una sociedad? Sin este mo-
delo, pensar que vamos a ser capaces de llegar hasta las personas,
que constituyen el verdadero núcleo de la investigación arqueológica,
sería engañarnos.

LA TEORÍA DE LA INTERVENCIÓN, UN PENSAMIENTO ALTERNATIVO

El contraste entre individuos e instituciones es importante para


los arqueólogos ya que nos devuelve a las unidades de análisis y a los
contextos para explicarnos el cambio. Pero dejadme que os haga una
sugerencia. El individuo puede convertirse en un arenque. En realidad
si no somos muy prudentes, el individuo puede convertirse en una es-
pecie de pequeña institución bien proveída de esencias como el libre
albedrío, así como de atributos como el derecho a portar armas, que
creemos que tienen o que deberían tener un carácter universal. Si ese
es el caso, lo que debe evitarse es presentar al individuo como otro tipo
ideal, y en vez de hacer una lista de atributos, hacer caso de lo que di-
cen los investigadores sociales que atribuyen a los individuos capaci-
dad de intervención, es decir, capacidad de actuar por sí mismos, de
desarrollar estrategias activas para la vida (Dobres, 2000; Dobres y
Robb, 2000). Conjuntamente con esta capacidad se desarrollan las
demás capacidades necesarias para implicarse en el mundo. Si esta ca-
pacidad es inexistente no hay nada de que hablar. En consecuencia,
la capacidad de intervención puede tener un carácter universal sin que
por ello resulte ser una de aquellas esencias que en nada ayudan al
investigador. Una disciplina histórica como la arqueología está en con-
diciones de utilizar una propiedad de carácter universal como ésa.

LAS REDES

El análisis de redes proporciona otra herramienta que nos ayuda


a hacer frente al problema conceptual que representa la noción de so-
ciedad. Como arguye Charles Orser (1999: 280), en su análisis de las
características de la arqueología actual (recuadro 3), las relaciones
por redes que cubren a grupos e individuos definen a la humanidad
de un modo más satisfactorio que nuestra a menudo vaga noción de
cultura.
Además es más directamente aplicable al registro arqueológico.
Los individuos, sean humanos o primates, tejen sus propias redes so-
94 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

dales. Las redes no son fijas sino que cambian a lo largo de la vida de
una persona; por ejemplo, al pasar de la infancia a la edad adulta.
Cuando alcanzamos la vejez podemos haber creado enormes redes de
interacción basadas en muy variados vínculos que impliquen activi-
dades muy distintas, como la política o la economía, además de ha-
ber utilizado distintos códigos simbólicos. Nuestra habilidad para crear
y mantener redes ha podido pasar por distintas etapas y haberse mo-
dificado en distintas ocasiones. El tamaño de las redes y el tipo de re-
laciones que contienen difiere extraordinariamente de una persona
a otra.
Una forma de entender esta variación pasa por estudiar los tres
recursos disponibles de que disponemos para construir las redes so-
ciales de cada uno: emocionales, materiales y simbólicos. El análisis
de redes demuestra que la mayoría de nosotros utiliza los recursos
emocionales para crear redes pequeñas, intensas y duraderas, forma-
das por un número de participantes que va de tres a siete personas.
Los recursos materiales amplían este número hasta los veinte inte-
grantes, mientras que el uso de recursos simbólicos -enviar a alguien
una felicitación para saludarle o como muestra de amistad- puede
suponer ampliar el número de participantes de una red personal hasta
los 500. Contad, por favor, el número de nombres apuntados en vues-
tra agenda y luego comprobad a cuántos de ellos designáis como bue-
nos amigos, y compararlo con el número de integrantes de la lista de
personas a las que enviáis una felicitación por Navidad. Realizado el
ejercicio os daréis cuenta de que todo ello concuerda con un modelo
de redes íntima, efectiva y ampliada que cada uno de nosotros cons-
truye, negocia y mantiene. He aquí la sociedad de abajo arriba de
cada uno.
La explicación de por qué podemos identificar fácilmente tres re-
des principales que se superponen, nos la podría dar cualquier babuino.
Se trata básicamente de un problema de tiempo. Los babuinos están
limitados con respecto al tiempo que pueden dedicar cada día al aseo
social: si le dedican demasiado tiempo quizás lleguen a morir felices,
pero lo harán hambrientos; algo parecido pasa con los seres humanos.
Por lo tanto el número de individuos que pueden integrar en su red ín-
tima es limitado, dado el esfuerzo requerido para que tales relaciones
puedan dar como resultado la creación de vínculos fuertes. Los re-
cursos emocionales son caros, agotadores y requieren de mucha con-
centración. Por lo tanto los seres humanos hemos encontrado otras
formas de relación social complementarias con el fin de ampliar el nú-
me.ro de individuos con los que interactuar y construir así institucio-
nes sociales. Los recursos materiales, la comida, el matrimonio y las
materias primas, por ejemplo, permiten establecer otro tipo de víncu-
LAS PERSONAS 95

los sociales. Los recursos simbólicos por su parte, procuran un meca-


nismo más plástico y de mayor alcance (Gamble, 1998) para desarro-
llar esos usos sociales.
La teoría de redes tiene una gran aplicación en arqueología ya
que las relaciones que mantienen las personas puede variar enorme-
mente en tamaño y escala. Potencialmente las redes pueden fluir en
todas direcciones y no conocen solución de continuidad. La clave
está en descubrir la forma de subdividirlas para poder estudiarlas con-
venientemente. La respuesta según la antropóloga Marilyn Strathern
( 1996) se encuentra en las transacciones, que naturalmente pueden ser
de tipo material o simbólico.
La existencia de límites no implica que las redes una vez nego-
ciadas queden necesariamente fijadas para siempre. Es posible cam-
biar los miembros de nuestras redes a base de promocionar a unos y
separar de las mismas a otros. Muy poco de ello tiene como funda-
mento la genética, más bien es fruto de la acción cotidiana y del com-
promiso de cada miembro. El resultado se parece a la ilustración que
refleja la superposición de culturas (figura 6.1). Todos nosotros cons-
truimos nuestros campos de acción social que se superponen unos a
otros, campos que se reconocen no por unas instituciones determina-
das, sino por el entramado de redes que hemos podido tejer y en el
cual quedamos enredados.

RETORNO A LA ESENCIA

Se podría argüir que todo esto de las redes tiene que ver con una
función propiamente humana aunque bastante vaga, que se sustenta
sobre una gran dosis de esencialismo. Después de todo, ¿qué es una
relación sino la esencia de algo que expresamos como amistad, amor,
altruismo, odio o indiferencia? En parte es así. La redes son útiles úni-
camente para poner de manifiesto los flujos de la acción en una so-
ciedad dada. Lo que desde mi punto de vista soluciona el problema
de la esencia y el universalismo es la extraordinaria variedad de expe-
riencias que esta estructura formal nos permite abarcar, algo mucho
más rico que lo que expresa el término «sociedad».
Sin variación, tal como dijo Darwin, no puede haber cambio. Si
los individuos y las poblaciones fueran idénticos unos a otros, no ha-
bría manera de poner en marcha la selección natural. De hecho no
habría gente en el sentido hondo de la palabra. Las redes nos expli-
can lo que sabemos pero que encontramos difícil de expresar: que nues-
tras capacidades sociales son limitadas por lo que nos esforzamos en
extenderlas.
96 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

¿QUÉ PODEMOS LLEGAR A SABER?

Mi segunda pregunta tiene que ver con el origen de las ideas. Se


trata de las ideas que ponen en marcha a nuestra imaginación ar-
queológica. Para responder a la pregunta debemos examinar el pro-
blema de la analogía, lo que nos obliga a hacer un breve repaso de los
errores más comunes que comporta su empleo. Algunos de esos erro-
res son tan profundos que producen en mucha gente distorsiones a
su capacidad de inferencia, es decir, que se ven incapacitados para pro-
fundizar en el conocimiento arqueológico.

LA ANALOGÍA

Se recurre a la analogía cuando se utiliza el presente para in-


terpretar el pasado. El primer paso es reconocer algún parecido en-
tre dos unidades. Puede tratarse del estilo de unos objetos, del tra-
zado de dos asentamientos o de los sistemas de colonización de un
territorio. El parecido se mide entonces en términos de espacio y
de tiempo. A ello lo llamaría identificación de patrones y saldría
del estudio de los datos y de una clara percepción del problema (ca-
pítulo 6).
El paso siguiente sería inferir la relación. A veces puede resul-
tar muy fácil. Me doy cuenta de que la aparición de las primeras
plantas y los primeros animales domesticados tanto en Mesoamérica
como en Mesopotamia, coincide con la expansión de las aldeas en
ambas regiones. Infiero un proceso común de aumento de la presión
de la población sobre los recursos para explicar la intensificación de
la subsistencia en primer lugar, y un crecimiento gradual del tamaño
de los asentamientos una vez que se obtienen pavos y ovejas, maíz
y trigo.
Esta analogía parece razonable al basarse en la suposición, que
creemos que tiene un carácter universal, de que la presión de la po-
blación sobre los recursos es inevitable y que dará necesariamente
como resultado un crecimiento si la capacidad de carga del medio
puede ser aumentada. Lo que da soporte a esta inferencia es nuestra
forma habitual de ver funcionar al mundo.
El problema aparece cuando a uno se le pide una justificación
de sus inferencias. ¿En qué basamos nuestra suposición de que el pa-
sado ha de comportarse como el presente? ¿Debe el pasado interpre-
tarse a la luz del presente sólo a partir de aquilatar algún tipo de pa-
recido? (Hodder, 1991: 148).
LAS PERSONAS 97

LA ANALOGÍA ETNOGRÁFICA

Estas preguntas nos traen a colación uno de los errores más co-
munes, fruto de un uso escasamente juicioso de la analogía etnográ-
fica. El mal empleo del paralelo etnográfico es algo que los padres fun-
dadores de la arqueología nunca hubieran perdonado. Wilson (1862)
y Lubbock (1865) ilustraron sus trabajos sobre la prehistoria estable-
ciendo paralelos con las costumbres y apreciaciones morales de los
pueblos modernos. De esta forma descubrieron una arqueología vi-
viente en la que podían encontrarse ejemplos de Neolítico europeo en
la región del Pacífico o entre los pueblos nativos de los Estados Unidos,
en pleno siglo XIX.
El ejemplo más célebre fue publicado en 1911 por un profesor
de geología de Oxford, W. J. Solas. Su libro Ancient Hunters and Their
Modern Representatives ilustraba las tres etapas del Paleolítico de la
forma siguiente: los pobladores de Tasmania representaban el Paleolítico
inferior, los aborígenes de Australia el Paleolítico medio, y los
Bosquimanos juntamente con los Esquimales el Paleolítico superior.
Para Sollas el parecido aproximado de los útiles de piedra fue sufi-
ciente para establecer una analogía. Su inferencia se basó sin duda
en la idea de progreso por la cual cuanto más simple es la tecnología
que aparece más abajo hay que situar a la correspondiente cultura en
la escala del progreso.
La reacción a esos esquemas progresivos tan exagerados podría
pensarse que fue manifiesta. Sin embargo subsisten, aunque presen-
tados de forma más benigna, en los modelos neoevolucionistas (por
ejemplo, Johnson y Earle, 1987). Según este enfoque los cazadores sim-
ples y complejos se clasifican en orden ascendente conforme progre-
san hacia la «meta» de convertirse en sociedades agrícolas. Los po-
bladores de Tasmania sirven de ejemplo de los primeros y los Inuit de
los segundos (Keeley, 1988; Woodburn, 1991).

Etnografía de pico y pala

La analogía etnográfica no puede proporcionar conocimientos vá-


lidos, a no ser que las relaciones a que se refieren las similitudes de-
tectadas se comprendan en profundidad. Robert Ascher intentó estre-
char su campo, limitando las analogías a las culturas que manipulan
de forma parecida ambientes similares (1961: 319). Para los nuevos
arqueólogos ello todavía dejaba un campo demasiado grande a la in-
tervención de la analogía. Para Binford y otros, que se preocuparon en
serio y de forma acertada por el sutil poder de la analogía de recrear
el pasado en forma de presente, entonces no habría lugar para la ar-
98 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

queología. El pasado sería lo que dijéramos que es y lo justificaría-


mos apelando a lo que sucede en el presente.
Cuando se utilizan categorías tan amplias como hábitat y econo-
mía, la causa de que produzcan respuestas culturales parecidas debe-
ría comprenderse perfectamente en vez de presumirse. El hecho de
que la temperatura fuese la misma tanto en una situación arqueoló-
gica como en una situación localizada en el momento presente, por sí
misma no justifica el uso de una analogía. La mejor advertencia con
respecto a este tipo de errores procede de Martin Wobst (1978). Este
autor acuñó la frase «etnografía de pico y pala» para advertirnos de
los peligros de abusar de las analogías y nos recomendó estar muy al
tanto. Fue muy claro acerca de lo que estábamos echando a perder si
seguíamos esgrimiendo el pico y la pala de esta forma. En definitiva,
se trataba de dar opción al examen de los datos sobre comportamiento
humano en toda la variedad de dimensiones en que se presentan, que
van del individuo en privado a los colectivos más grandes, de la más
pequeña área de forrajeo hasta los espacios continentales, y de los acon-
tecimientos particulares a los procesos milenarios.

CLAVES ETNOGRÁFICAS

Pero una vez advertidos de los peligros, conviene situar en su lu-


gar el papel de la analogía etnográfica para nuestra imaginación ar-
queológica. Gordon Childe señaló la manera de hacerlo:

Los paralelos etnográficos de hecho sólo proporcionan claves so-


bre la dirección hacia la que mirar para encontrar la explicación en el
propio registro arqueológico (Childe, 1956a: 49).

Así es como yo interpreto las propuestas de Ascher, siendo tam-


bién el principio orientador que precipitó a Binford a una experiencia
singular con los Nunamiut de Alaska. De ahí trajo los mimbres con los
que construyó su teoría de alcance medio (1978a) (véase capítulo 3 y
recuadros 6 y 13 ).
Seríamos unos imprudentes si ignorásemos completamente a la
etnografía, con la variabilidad y la acción que aporta, sólo por el he-
cho de que en ocasiones se ha utilizado de forma inapropiada (Wylie,
1985 examina a fondo esta cuestión). Lo que hace falta recordar es que
la variación etnográfica que hoy podemos contemplar es sólo una pe-
queña fracción de todo lo que ya no existe, incluyendo objetos, e in-
cluyendo la estructura de las relaciones sociales. En este punto, los
nuevos arqueólogos fueron muy claros también. El producto final de
LAS PERSONAS 99

la arqueología no debían ser las interpretaciones o incluso las síntesis


de las interpretaciones, sino las generalizaciones. Lo que tenía que ver
con la forma de operar de los sistemas culturales y con su evolución.
Como observó Binford (1972: 49) el arqueólogo nunca podrá encon-
trar este tipo de cosas observando el presente. La etnografía sugiere
formas de pensar, no respuestas a aquellas cuestiones.

ANALOGÍA HISTÓRICA DIRECTA

Siempre ha habido una diferenciación en el uso de la analogía en-


tre los períodos de la prehistoria y los de la historia. Ascher ( 1961: 319)
y otros, señalaron la lógica comodidad comparativa que representa es-
tablecer analogías cuando la fractura temporal es corta y el espacio en
la forma de una geografía común, es constante. Al ampliarse la frac-
tura, como sucede con la prehistoria, el trabajo del arqueólogo cam-
bia. La palabra clave para aplicar analogías históricas directas es
continuidad. Cuando la prehistoria viene matizada por el registro his-
tórico o la etnografía como sucede con los pueblos del sudoeste de los
Estados Unidos o con los aborígenes australianos, o con el período que
va de la Edad del Hierro británica a la ocupación romana, entonces,
según Ascher la interpretación avanza por analogía con los grupos
sobrevivientes o con los históricamente estudiados.
Christopher Hawkes ( 1954) había ido tiempo antes mucho más
lejos. Identificó dos modos de pensar que creía que condicionaban
fuertemente la interpretación arqueológica cuando existían textos.
Intervenía aquí el grado de definición y la proximidad de la historia do-
cumentada con respecto al mundo prehistórico (1954: 159). Hawkes
era un experto en la Edad del Hierro británica, lo que explica su inte-
rés por determinar cómo podrían ayudar las escasas líneas que Julio
César dedica a los británicos en su Guerra de las Galias, a la interpre-
tación de fortalezas, enterramientos y fronteras tribales. En este ejem-
plo, el grado de definición está probado por los contactos habidos en-
tre Julio César y los británicos cuando por unas pocas semanas en
agosto del 55 a.C, y por un par de meses en el año 54 a.C, aquél ocupó
su territorio. El factor proximidad en este caso queda cubierto para
una analogía histórica directa, por la propia invasión y por la redac-
ción de unas notas dedicadas a los que permanecían en Roma.
No hay que subestimar nunca el poder del texto, especialmente
para los historiadores culturales. Un ejemplo: el comentario directo de
Estrabón de que la Britania anterior a la conquista producía cereales
y perros de caza para la exportación. Sin contar que no sabemos a qué
parte de la isla se refería, ni qué cantidades implicaba tal comercio,
100 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

esta referencia del historiador antiguo ha sido utilizada como com-


pendio de toda la producción agrícola británica antes de la llegada de
los romanos. En cambio los varios millones de huesos de animales y los
miles de granos carbonizados hallados en distintas excavaciones ar-
queológicas parece que no cuentan para nada. Es la confirmación de
la primacía otorgada por muchos arqueólogos a la autoridad de la
palabra escrita, que supone que el pasado sólo ofrece interés cuando
se presenta escrito sobre una hoja de papel.

LA CEBOLLA DE HAWKES

Un artículo de Hawkes muy citado (1954) se esgrime a menudo


para indicar lo difícil que es para los arqueólogos hacer determinadas
inferencias. Su escala de inferencias, como así se conoce su reflexión,
se comprende mejor gracias a la analogía de las capas de la cebolla (fi-
gura 4.2). Se hace cada vez más difícil hacer inferencias conforme va-
mos sacando capas. El núcleo del problema a que hace referencia tiene
que ver con la dificultad creciente de inferir actividad en ausencia de
textos. Cada capa nos provoca más lágrimas al damos cuenta de lo que
se ha perdido por no existir textos escritos. Lo más duro es profundi-
zar en las creencias religiosas a no ser que haya textos que puedan ofre-
cer las claves para adentrarse en las mentes y creencias de la gente que
edificó los templos y enterró en ellos a sus muertos.

FIG. 4.2. La cebolla de Hawkes. Las capas de la inferencia arqueológica.


LAS PERSONAS 101

Y justamente cuando uno piensa que lo peor ya ha pasado y que


ya se puede uno desembarazar del pañuelo, llega al corazón de la ce-
bolla de las inferencias. El paso del mundo de la técnica al mundo de
las creencias y del espíritu representa para Hawkes el paso del ser ani-
mal al ser humano. En consecuencia, nuestra verdadera meta como
investigadores -la gente- es lo más difícil de alcanzar. En las propias
palabras de Hawkes, «cuanto más humano, menos inteligible resulta»
(1954: 192).
Este punto de vista sobre la inferencia ha influenciado a fondo
el pensamiento arqueológico. La cebolla de Hawkes ha sido pelada en
multitud de ocasiones y su escala probada en relación a diferentes mu-
ros teoréticos. Los límites de los que habló Hawkes confirmaron la pri-
macía de la arqueología basada en los textos. Esto sigue convenciendo
a muchos historiadores culturales de que los enfoques procesual e in-
terpretativo no son más que pura especulación.

ÜBJETOS, ESENCIA E INFERENCIA

El problema con la cebolla de Hawkes estriba en que sólo acepta


una única fuente de autoridad para la interpretación de todas las ca-
pas de actividad contenidas en los vestigios arqueológicos, los textos.
De forma más limitada el medio ambiente y la etnografía podían pro-
porcionar analogías para sus primeras dos capas, pero ello únicamente
servía para reafirmar a un estudioso de la antigüedad en la idea de que
el estudio de los cazadores recolectores había que dejarlo a otros. En
ausencia de analogías históricas directas (una imposibilidad para el
Paleolítico) ¿cómo podían ponerse los cazadores-recolectores en
el mismo saco que el resto de los humanos? En consecuencia, la es-
cala de inferencias de Hawkes se hizo equivalente a la típica escala del
progreso. Los textos te acercaban a la esencia humana puesto que sólo
ellos te permitían llegar al corazón del problema y tratar con lo más
genuinamente humano del ser humano.
Para responder a todo estO" es preciso retomar a nuestra anterior
discusión sobre las esencias (capítulo 1). Para muchos historiadores
culturales, especialmente para aquellos que investigan tiempos histó-
ricos próximos a la aparición de los primeros textos, la palabra escrita
tiene el poder de conferir vida. Por definición los textos sólo puedan in-
suflar vida a lo que es humano; es decir, su esencia humana viene de-
finida por los mismos atributos y propiedades ya contenidos en los tex-
tos. Tienen la autoridad de la varita mágica que transforma lo que toca.
Algo parecido podría decirse del sistema organizativo que consti-
tuye el marco del pensamiento procesualista. Las esencias en este caso
102 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

son la autorregulación y los patrones cíclicos. Su error no fue abando-


nar la autoridad de los textos para poder pelar la cebolla, sino confiar
ciegamente en las cualidades universales de la ciencia. La generaliza-
ción permitió a los procesualistas abandonar nociones como grado de
definición y proximidad, y argüir en favor de las funciones básicas re-
petitivas de un sistema. Los procesualistas sostenían que los patrones
eran tan marcados que debían necesariamente referirse a soluciones re-
petitivas gobernadas por procesos comprensibles de adaptación y cam-
bio. Algunas tendencias neodarwinistas han seguido investigando en esta
línea apoyándose en la estructura biológica del cambio y la mutación.

LA CEBOLLA EN CONSERVA

Pienso que la respuesta a los problemas que presenta la analogía


es reconocer que en este caso estamos ante una cebolla que se ha es-
tropeado al caducar su tiempo de consumo y que no la podemos uti-
lizar. Lo que falla aquí es la idea misma de que existen capas o nive-
les de actividad humana, o dicho de otra forma, subsistemas
pertenecientes a una estructura sistémica superior. En cambio lo que
sucede es que lo social está interpenetrado de lo tecnológico, de la
misma forma que lo religioso forma parte de la lucha por la subsis-
tencia. Compartimentar la actividad humana puede responder a la ne-
cesidad de facilitar el análisis, pero lo que no se puede hacer es sim-
plemente pasar por encima de grandes porciones de pasado. Por lo
tanto, no pelar la cebolla; os la coméis entera o la ponéis en conserva
con una etiqueta sobre el frasco que diga: historia de la arqueología.
Seguro que de esta forma las limitaciones a la inferencia que la ana-
logía de la cebolla sugiere, ya no representarán un problema tan grande.

LA ANALOGÍA DE LA CADENA Y LOS CABLES APLICADA A LA EXPLICACIÓN


EN ARQUEOLOGÍA

Las analogías de la cebolla y la escalera se han utilizado en oca-


siones para ayudarnos a comprender la forma de inferir la acción de
los seres humanos a partir de los restos arqueológicos. Este proceso
también se ha explicado con la ayuda de la analogía de la cadena, se-
gún la cual vamos añadiendo eslabones a una cadena que representa
un desarrollo lógico (figura 4.3). La fortaleza de cada eslabón se basa
en un método científico que elabora hipótesis que habrán de ser su-
cesivamente contrastadas y que prefiere a menudo el planteamiento
deductivo (véase recuadro 15).
LAS PERSONAS 103

Hipótesis

Datos Explicación

Datos

Explicación

FIG. 4.3. Eslabones y cables: dos enfoques para construir explicaciones.

Sin embargo, métodos y explicaciones no precisan necesariamente


de un marco científico explícito, en especial si aceptamos que el re-
gistro arqueológico es mucho más complicado de lo que pensábamos
(capítulo 3). Parte de esta complicación proviene de la cuestión refe-
rente a qué es lo que sobrevive al paso del tiempo, pero todavía es más
importante la cuestión de cómo el registro arqueológico preserva la
acción humana. Si estas dos cuestiones no se resuelven por parte de
la arqueología (Patrik, 1985), habrá que poner en duda la adecuación
de los métodos científicos a la investigación arqueológica.
¿Hay alternativa? Creo que sí. Creo que podemos sacar partido
de la combinación de aportaciones distintas procedentes de la tradi-
ción del pensamiento arqueológico, que expresábamos gráficamente
mediante el paraguas de la arqueología (figura 2.1), así como de su
entrelazamiento con el fin de conseguir una mayor consistencia me-
todológica e interpretativa. Al integrar estos distintos enfoques y con
ello realzar nuestra imaginación arqueológica, nos damos cuenta de
que se produce un avance muy positivo, que Alison Wylie (1993: 24)
describe con la imagen de la fabricación de un cable grueso. La forma
de construir la teoría en arqueología no puede reflejarse correctamente
mediante la imagen de los eslabones de una cadena, donde cada es-
labón se une con el siguiente de una manera lógica por la fuerza de
las hipótesis que contrastamos (figura 4.3). Lo correcto en su lugar,
es concebir la elaboración de la teoría como si del trenzado de varios
cables se tratara con el fin de producir un cable más fuerte. De esta
forma vemos que no hay que ir forjando eslabones sino producir es-
tructuras explicativas más flexibles que dependan para su fortaleza
de distintos marcos de referencia y no de uno solo.
104 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

Otra forma de describir el proceso es recurriendo a una analogía


de carácter náutico. Se trata de un velero que aprovecha la fuerza del
viento para avanzar. Progresa a base de regatear entre problemas y
teorías, datos e interpretaciones (véase también figura 7.2). El resul-
tado es prácticamente el mismo: una explicación que se alimenta de
«cables» distintos. La imagen del velero que sigue un rumbo y avanza
regateando da cuenta de las escalas temporal y espacial tan básicas
en los estudios de carácter histórico y que manejamos necesariamente
cuando inferimos acción a partir de los datos inertes que recogemos.
Progresamos partiendo de las acciones más inmediatas, a pequeña
escala, que tienen como protagonistas a los individuos, como el comer
o el fabricar útiles de piedra, acciones que pueden haber durado unos
minutos solamente, hasta llegar a las capas que las contienen, que pue-
den representar miles de años y decenas de miles de personas. Al mismo
tiempo a menudo regateamos entre el individuo y el grupo y entre el
yacimiento local y el conjunto del territorio. Si entendemos que hay
que ser flexibles y que de esta manera compensamos la variación con
calidad y cantidad de información, estamos en disposición de encon-
trar el rumbo adecuado que nos ha de permitir sortear los escollos
del registro arqueológico.

¿Cómo lo vamos a conocer?

Mi tercera pregunta nos devuelve a lo esencial. Es posible que con


algunos de los enfoques que hemos examinado quizás hayamos em-
pezado a resbalar de una arqueología que busca a las personas a una
arqueología preocupada solamente por los objetos. De alguna forma
hemos de retornar a aquellos mundos apenas imaginados de diversi-
dad etnográfica que querían los procesualistas. La arqueología con-
textual nos los puede devolver. La fusión entre unos y otros se pone
de relieve a través de las siguientes palabras de lan Hodder:

Sin las teorías generales habría pocas cuestiones que plantear al


pasado y también pocas respuestas. Sin un enfoque contextual, el pre-
sente y el pasado se reducen de manera tal que parecen la misma cosa
(Hodder, 1991: 149).

Dos DETECTIVES

Lo que expresa Hodder es tan fundamental para el desarrollo fu-


turo de la arqueología, que lo voy a ilustrar con mi propia analogía:
LAS PERSONAS 105

Recuadro 15:
Tres enfoques para construir una teoria

Inducción: Enfoque generalista para la comprensión del mundo basado


en un número específico de observaciones. «La metalurgia del bronce siem-
pre precede a la del hierro... Esta afirmación puede ser contradicha en al-
gún momento por nuevos descubrimientos.
Deducción: Enfoque que pretende salvar la verdad y que empieza con
una premisa que si es correcta ha de significar que la conclusión también lo
sea. cela metalurgia del bronce es un proceso menos complicado, por esta
razón siempre precede a la del hierro.» La palabra complicado hace que la
premisa sea difícil. Bien podría redefinirse como la noción de progreso. Podrfa
falsificarse por replicación lo que mostraría que de hecho la metalurgia del
bronce era un proceso más complicado. En ambos casos la deducción per-
dería su aura de verdadera obligando a proponer una nueva dedución.
Abducción: Es la construcción de teoría. La elipsis de los datos a la
teoría que los explica. celos objetos de la Edad del Bronce encarnan el prin-
cipio del individualismo sobre la acción social colectiva ... Este tipo de elip-
sis sólo soportan una vida muy corta pero hacen avanzar al sujeto de forma
más rápida que la inducción o la deducción.

los arqueólogos se comparan a menudo con Sherlock Holmes, el maes-


tro de la inducción y la deducción (recuadro 15). No hay pista por pe-
queña o insignificante que sea que no lleve al observador entrenado a
alguna u otra conclusión. Para Holmes el barro de la bota de cual-
quiera de sus visitantes al número 221B de Baker Street es una guía
de sus movimientos por Londres. La inspección rutinaria de un reloj
perteneciente a Watson le da la oportunidad de diagnosticar que su
hermano que ya murió, era alcohólico. Holmes tenía una extraordi-
naria imaginación arqueológica y una rara habilidad para sonsacar
algo de alguien a partir de la descripción fría de unos sucintos hechos,
como si observara la realidad desde la platea de un teatro.
Contrastemos la habilidad de Holmes con la de otro detective que
vive en otro continente y en otra ciudad, Philip Marlowe. Él no busca
un sitio en la platea sino que se coloca entre bastidores para ver, o para
decirlo de otra forma, se mueve por entre los callejones más oscuros.
Empantanado en su oficina desierta con muchos problemas dándole
vueltas a la cabeza, recibe a Orfamy Quest (pienso siempre que es el
nombre perfecto para un proyecto arqueológico) que pretende obte-
ner sus servicios. Marlowe no puede distanciarse del mundo, al con-
trario se siente totalmente involucrado en las cosas que suceden. Este
106 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

compromiso le da un sentido de lo que es justo y lo que no lo es, que


le sirve de guía cuando ha de navegar por aguas procelosas. Marlowe
utiliza un planteamiento abductivo para solucionar los problemas que
se le presentan, aunque seguramente no es consciente de ello. Cuando
da un paso hacia delante no lo basa en cálculos de probabilidades ni
piensa en que a la noche le sigue siempre el día. Sus movimientos se
basan en su entendimiento de la forma de manejarse la gente: esa cu-
riosa coordinación que ocurre siempre al producirse una acción hu-
mana colectiva, la cual funciona porque existe algún tipo de contrato
implícito entre las personas. Ello nos permite conjeturar qué es lo
que hará la gente y acertarlo la mayoría de las veces. La alternativa, el
ir descubriendo paso a paso las claves del comportamiento para cada
situación con la que nos encontramos, no conduce apenas a ningún si-
tio a no ser que tengamos el poder mental de Holmes.
Además, para avanzar en la comprensión de cómo funciona el
mundo, Holmes empieza con un método inductivo. Holmes conoce in-
tuitivamente los mecanismos del sistema porque él mismo, por educa-
ción y pertenencia a la clase dominante, es el producto de una sociedad
que mira de arriba abajo. Marlowe, en cambio, se mueve por los bajos
fondos y no se fía de nada. Sólo puede mirar de abajo arriba. Ambos
logran sus objetivos por más que sus métodos sean tan diferentes.
Holmes representa el sistema. Es significativo que sus progresos
nos sean explicados a través de los ojos de otro personaje, Watson. El
observador que observa al gran detective. Marlowe representa a aque-
lla riqueza contextual de la que hablábamos. En este caso la riqueza
y variedad de experiencias que le ofrece el mundo nos llegan por su
propia voz.
Cada uno de nosotros como arqueólogos decidimos qué tipo de
detectives queremos ser, aunque, como advierte Hodder, aprendemos
de ambos.

DEL PRESENTE AL PASADO

Si Marlowe y Holmes hubieran sido arqueólogos, las diferencias de


enfoque entre ambos probablemente se hubieran puesto claramente
de manifiesto por la forma de emplear el presente para el estudio del
pasado. Holmes hubiera avanzado de lo conocido a lo desconocido
paso a paso, de acuerdo con su método deductivo. Pero como que los
vestigios del pasado son estáticos, para poder reconstruir el compor-
tamiento humano que los produjo se impone hacer una serie de infe-
rencias. Se trata de pasos de la imaginación arqueológica que es pre-
ciso explicar bien antes de proseguir.
LAS PERSONAS 107

LA PRESUNCIÓN UNIFORMIZADORA

El método de las inferencias obliga a seguir dos procedimientos


principales. El primero se relaciona con la presunción uniformizadora,
que los geólogos utilizan desde hace tiempo, según la cual la clave de
acceso al pasado se encuentra en los procesos que observamos en el
presente. Se supone que los procesos tectónicos, de sedimentación o
de meteorización, son los mismos hoy que en el pasado, son exacta-
mente iguales antes que ahora. Las leyes de la física, la química y la
geología no han experimentado variaciones con el paso del tiempo. La
acción repetida de los mismos procesos nos da la explicación de los fe-
nómenos que observamos.
La presunción uniformizadora se ha aplicado también a las cien-
cias históricas, incluida la arqueología. Ha dado mejores resultados
cuando se manejaban factores limitativos de carácter absoluto como
la necesidad de alimentarse o de reproducirse. La aplicación de mo-
delos desarrollados por la ecología evolutiva que aceptan el impera-
tivo selectivo del éxito reproductor, nos proporciona un ejemplo de este
principio uniformizador en acción (Bettinger, 1991; Kelly, 1995). En
cambio, las presunciones uniformizadoras sobre los detalles de la vida
social o las prácticas rituales fallan pronto, igual que una mala analogía.

ARQUEOLOGÍA VIVA

Los estudios de actualística nos ofrecen la posibilidad de pro-


fundizar en la complejidad de los sistemas de vida. Entre los mismos
destacan los estudios de etnoarqueología que abordan aspectos rela-
tivos a los límites territoriales, al empleo de la tecnología y a los pa-
trones de movilidad y de asentamiento. Esta opción de investigación
arqueológica que Richard Gould (1980) denominó arqueología viva,
ha cambiado a fondo nuestra forma de ver a los cazadores-recolecto-
res, precisamente el tipo de sociedad más alejado de nuestra forma de
vida urbana occidental. En su clásico estudio del pueblo Nunamiut
del norte de Alaska, Binford (1978a) puso de manifiesto la compleji-
dad de los procesos de toma de decisiones que tenían lugar en el
seno de los pequeños grupos de cazadores a la hora de seguir un ras-
tro, capturar las piezas, trocearlas, transportarlas y consumirlas.
Este trabajo más que ningún otro aparcó la idea de que el sentido co-
mún bastaba para explicar sin muchos rodeos la vida de los cazado-
res y los recolectores.
Los arqueólogos han estudiado también cómo explotan el medio
e interactúan otras especies (recuadro 12), habiendo sido útil una vez
108 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

más aquí, el trabajo de Binford (Binford, 198 la). La atención se ha


centrado en las especies que generan su propio registro arqueológico
en forma de acumulación de huesos en cuevas y abrigos, por ejemplo,
las hienas, los leopardos, los lobos, los puercoespines y las lechuzas.
De nuevo el interés mayor se ha centrado en la prehistoria más anti-
gua donde este tipo de estudios han puesto de manifiesto las circuns-
tancias tan variadas que contribuyen a dar lugar a depósitos de hue-
sos (Brain, 1981; Stiner, 1994 ). Se ha descubierto muy a menudo que
el componente humano de estos yacimientos del Pleistoceno es com-
parativamente pequeño. En gran parte de Europa, por ejemplo, los cli-
mas glaciares produjeron buenos pastos para los herbívoros pero al
mismo tiempo mucha dureza para los que erraban en busca de caza.
Hemos descubierto que en muchas regiones del continente la especie
dominante eran las hienas y no los humanos (Gamble, 1986). Este
hallazgo no debe contemplarse como un esfuerzo vano. Binford vio
que aprendiendo del comportamiento de los carnívoros actuales po-
díamos afinar nuestras observaciones sobre la gente que pretendíamos
realmente estudiar. Las relaciones competitivas entre carnívoros y
humanos es una de las vías que tenemos para describir con más exac-
titud las capacidades de humanos primitivos como los Neandertales.

LECTURA CORRECTA DEL REGISTRO

¿Qué tipo de datos buscamos? El problema que tenemos, hablando


en términos generales, es que la etnoarqueología y la arqueología viva
pretenden profundizar en el sistema. Tratan de investigar los siste-
mas no los individuos. Para ciertos arqueólogos este enfoque da sufi-
ciente entidad a la forma de interpretar el registro arqueológico y la
gente que hay detrás. En su crítica a los procesos de formación del re-
gistro de Schiffer, Binford (198 lb) utilizó este comentario de Robert
Ascher:

En cierto sentido una parte de cada comunidad se está transfor-


mando en dato arqueológico, aunque todavía no lo es del todo. La co-
munidad deviene dato arqueológico cuando para de haber sustitución.
Lo que el arqueólogo perturba no son los restos de una comunidad que
funcionaba hasta un cierto momento, sino que interrumpe el mismo pro-
ceso de descomposición (Ascher, 1961: 324 ).

Los arqueólogos que pensaban que estaban obteniendo una ins-


tantánea del pasado, algo así como la visión de un tiburón que cara-
colea por un momento frente al visitante que está detrás del cristal de
LAS PERSONAS 109

una pecera de acuario, eran culpables de lo que Ascher llamó la «pre-


misa pompeyana». La historia humana no queda aprisionada y
preservada en el registro arqueológico como un frasco de anchoas en
conserva. No hace falta remover la huella tafonómica de las mues-
tras, es decir, limpiarlas de huesos roídos por las hienas y de restos de
roedores amontonados por las lechuzas. Diane Gifford ( 1981) advir-
tió que si hacíamos eso estábamos perdiendo información. Para apren-
der sobre las fuerzas selectivas que afectan a los seres humanos hay
que mirar a la constelación completa de agentes con los que los seres
humanos interactúan. La huella tafonómica es importante. El registro
no queda desdibujado por esos otros agentes, al contrario, contribu-
yen a contextualizarlo.
Para comprender bien lo que tenemos en el registro arqueológico
precisamos de otra analogía. Como decía Ascher, el registro arqueoló-
gico permanece en un continuo proceso de transformación. La analo-
gía de Dennett sobre los diversos borradores de un libro (capítulo 1)
sirve. Como sé de sobras hay siempre una fecha tope para tenerlo
acabado. Hay también una historia sobre su desarrollo. Pero sólo acaba
de escribirse, cuando finalmente dejamos de hacer cambios y lo en-
tregamos al editor. Así sucede con el registro arqueológico. Cada nueva
campaña incrementa nuestros conocimientos y cambia nuestra forma
de verlo. El registro arqueológico es de las cosas menos estables que
conozco.

Resumen

Para llegar a la gente que se esconde detrás de los restos ar-


queológicos hace falta algo más que excavar. En este capítulo he
analizado algunos de los términos que se manejan y contrastado
diversas nociones como grupo e individuo, red y sistema, analo-
gía e inferencia. Dos detectives célebres, Holmes y Marlowe, nos
recuerdan que hay siempre formas alternativas de abordar un
caso. He insistido en la idea de que hay que adoptar un enfoque
antropológico para poder llegar a la gente. Ello no quiere decir
que la solución sea más etnoarqueología. Más bien se trata de en-
contrar las oportunas preguntas y valorar qué tipo de enfoque
adoptamos para captar el cambio. El capítulo 7 retomará estas
cuestiones. También hace falta que devolvamos la identidad que
les corresponde a esa gente, sean individuos, grupos o naciones
enteras. De ello se hablará en el capítulo 8.
La arqueología antropológica está entre nosotros desde hace
unos 40 años. Ha demostrado ser una alternativa de investiga-
110 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

ción del pasado enormemente productiva, habiendo estimulado


el desarrollo de varios enfoques alternativos. Sin duda ha trans-
formado y ampliado decisivamente nuestra imaginación arqueo-
lógica. No es un proceso terminado, al contrario, aún no se ha di-
cho la última palabra al respecto. Sin embargo, como seguidamente
veremos al retomar los objetos y la cultura material, los enfoques
que los arqueólogos adoptan pueden ser tan diferentes como lo
es un sombrero de copa de la cornamenta de un ciervo.
CAPÍTULO 5
LOS OBJETOS

Hemos visto hasta aquí que no hay nada sobre el pasado que sea
evidente por sí mismo. La empresa de la arqueología no se limita a
las cosas abandonadas en el tiempo sino que tiene que ver sobre todo
con las preguntas que hacemos al pasado, los enfoques que tomamos
y las interpretaciones a las que llegamos. Los debates de la arqueolo-
gía no se limitan a la cronología de tales o cuales vestigios. Su objeto
son los enfoques a adoptar para obtener nuevos conocimientos sobre
las acciones humanas habidas en el pasado. El producto del trabajo
arqueológico crea expectación sobre lo que se sabe o puede saberse
acerca de las actividades humanas pasadas. Pero como que tales acti-
vidades son imposibles de ver, los objetos se tornan en piezas crucia-
les de todos estos debates. Es, en consecuencia, muy importante la
forma de investigar e interpretar los objetos, que es lo que vamos a
abordar a continuación.

Los objetos y la imaginación arqueológica

En el capítulo 1 introduje la idea, obra de Julian Thomas, de la


imaginación arqueológica. Él mismo nos pone el ejemplo de que es
algo así como buscar migajas en la caja de las galletas (1996: 63). Con
ello inferimos no sólo que antiguamente allí hubo galletas, e incluso
de qué tipo de galletas se trataba, sino también que ha habido alguien
que ha pasado antes por allí. Otro tipo de imaginación no cabe, a no
ser que fuera claramente no arqueológica.

La cultura material

La caja de galletas de Julian Thomas es un ejemplo de cultura ma-


terial. Ésta puede definirse como el conjunto de objetos, ambientes y
112 ARQUEOLOGíA BÁSICA

si se quiere mundos, con los que interactuamos y que nos rodean o


abarcan. El mundo que nos rodea es en buena parte un mundo hecho
de materia, que nos modela y hace de nosotros lo que somos. También
por nuestra parte contribuimos a su configuración, añadiendo cosas,
reorganizando otras y extrayendo del mismo otras más. Aquí está la
clave: somos al mismo tiempo creadores de cultura material y pro-
ducto de la cultura material. Randall McGuire lo vio así:

La cultura material además de existir en un contexto, contribuye


a crear este contexto. Además de telón de fondo es, sobre todo, el esce-
nario y el estímulo para la acción humana (McGuire, 1992: 104).

No hay ninguna razón para suponer que esta relación no haya


funcionado siempre. Por ello los objetos, esta cultura material que tanto
da que hablar, tienen su propia historia. La caja de galletas permanece
en el tiempo. Apareció como parte de un proceso de producción. Con
los años su función pudo cambiar y convertirse en un recipiente para
guardar fotografías. Su contexto de uso pudo también variar ya que de
la cocina pudo pasar al salón. Pudo ser intercambiada por otra en un
acto de consumo típico. Pudo acaso convertirse en reliquia y transfor-
marse de esta manera en una antigüedad, fijándose su valor gracias a
otros atributos además de por la función. Sigue siendo una caja pero
ahora acarrea un montón de posibles relaciones sociales y activida-
des nuevas. Las migajas que contenía y la actividad que inferimos
que se produjo --comerlas- son menos importantes que su historia
y su personalidad.
El significado de las palabras clave que acabamos de citar: pro-
ducción, función, contexto, intercambio, consumo y transformación,
se examinará más tarde en este mismo capítulo (la biografía de los
objetos). Por el momento basta con darse cuenta de que cuando es-
tos conceptos se toman de forma separada resumen nuestra actitud
de sentido común con respecto a la cultura material -algo así como,
esto ha de significar alguna cosa, sino, ¿a qué viene? Uno a uno estos
conceptos representan nuestra forma habitual de abordar el estudio
de los objetos, dividiéndolos conceptualmente en partes para anali-
zarlas una a una y luego pasar a la tarea mental de recomponer las
partes y extraer unas conclusiones. En este sentido este proceso se pa-
rece al que adopta el análisis de sistemas (figura 2.2), en que socie-
dades enteras se dividen para el análisis en los subsistemas que las
componen.
Los arqueólogos no están solos rompiendo los huevos y espar-
ciendo yema y clara. Hay otras disciplinas que también se basan en el
estudio de los objetos y no sólo en el estudio de los textos. También
LOS OBJETOS 113

emplean las mismas definiciones tradicionales para abordar el estu-


dio de sus objetos, como nos explica un distinguido historiador del
arte:

Cultura material es justo eso y nada más -a saber, manifesta-


ciones de la cultura por medio de producciones materiales- (Prown,
1993: 1).

El objetivo del estudioso, sigue Prown, es poner de manifiesto los


pensamientos y creencias de la gente. ¿Por qué en América hacían las
teteras con el caño corto y no largo? ¿Por qué de plata y no de porce-
lana?
Ésta de Prown es una de las posibles aproximaciones a la cul-
tura material, por cierto bastante tradicional, la cual pretende expli-
car la cultura por la misma cultura. Las cosas que producimos (la
cultura material) son como aparentan puesto que nuestra mente fun-
ciona en base a unas creencias (normas culturales) compartidas, pro-
ducto de un mismo entorno cultural.

Imágenes de la mente

La idea de participación en una misma cultura representa el punto


de vista normativo. Las normas culturales son las imágenes de la mente
que Binford criticó con tanto éxito con la nueva arqueología (capí-
tulo 2) en los años 1960. Treinta años después quizás emplearía una
metáfora cibernética para combatir la idea de las imágenes mentales.
El arqueólogo francés Bordes con quien Binford debatió el significado
de los cambios que aparecían en los conjuntos de útiles de piedra rea-
lizados por los Neandertales, estaría sin duda a favor de las imágenes
mentales. Para Bordes el peso del elemento cultural no era negocia-
ble (1950: 419; 1973). Es la típica posición del historiador cultural.
Para Binford, en cambio, cultura tenía que ver con adaptación para
la supervivencia (Binford y Binford, 1966; Binford, 1973). Se trataba
de un proceso selectivo que evolucionaba en función de las condicio-
nes ambientales y no de las mentes. Las culturas se distinguían unas
de otras, no porque distintos grupos de gente compartiesen valores cul-
turales distintos y los expresasen en términos de cultura material, sino
porque la gente participaba de lo cultural de forma diferente en fun-
ción del entorno. En tanto que medio principal de adaptación, la cul-
tura no se difundía de forma uniforme por el espacio geográfico. Las
variables circunstancias ecológicas eran el origen de la diversidad lo-
cal puesto que se producían respuestas adaptativas diferentes.
114 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

La interpretación de los objetos

En el capítulo 3 examiné las unidades básicas que emplean los


arqueólogos para identificar patrones que se repitan en los datos que
encuentran. Ahora ya estamos en disposición de interpretar tales re-
gularidades en relación al tiempo, al espacio y a la forma. Pero antes
hay que recordar que estos patrones conllevan una carga teórica de la
que no podemos prescindir.

CLASES DE OBJETOS

Los arqueólogos procesuales han identificado tres ámbitos en los


que los seres humanos emplean objetos (o útiles):
- Material: empleo de objetos para sobrevivir y hacer frente a
las intemperancias del ambiente.
- Social: objetos necesarios para la organización social.
- De las ideas: objetos relacionados con las ideas, los valores y
las creencias.
Binford inventó otra denominación para estos ámbitos, empe-
ñándose en enfatizar su función primordial en contextos diferentes
(Binford, 1962: 23-25). En realidad todos los objetos comparten las
tres clases, aunque parezca, según el caso, que juegan un papel más
significativo en una que en las demás. Tomemos como ejemplo la co-
rona de un monarca. Es posible interpretar este objeto como pertene-
ciente a las tres clases. Materialmente protege la cabeza. Socialmente
es un objeto pensado para ser contemplado, que comunica informa-
ción sobre rango y estatus. Además al colocarse sobre la cabeza señala
a quien está «al frente» del estado, por encima del «cuerpo» político.
En el terreno de las ideas la corona es un símbolo del concepto abs-
tracto de monarquía y de los ritos y deberes de pleitesía y obediencia
que se le deben. James Sackett redujo a dos las clases, ya que se pro-
ducía cierta confusión en algunos casos (1982: 70). De esta manera es-
tableció el ámbito de lo utilitario que incluía a armas y herramientas
y el ámbito de lo no utilitario que incluía objetos rituales, artísticos,
etc., es decir, objetos que expresan relaciones sociales y creencias.

ÜBJETOS Y SIGNIFICADO

La frase «símbolos en acción», que también era el título del es-


tudio etnoarqueológico sobre la cultura de Hodder ( 1982), resume da-
LOS OBJETOS 115

ramente el énfasis que el enfoque interpretativo posprocesual otorga


a los objetos. La queja de Hodder va en contra de la imposición de fun-
ciones universales a los datos por el hecho de parecerse tanto unos a
otros. De ahí que una tetera o una corona puedan tener funciones muy
distintas en diferentes lugares.
Sin embargo, Hodder admite seguidamente que algunos signifi-
cados funcionales son del todo ineludibles. Los martillos sirven para
golpear y las puertas para cerrar. Pero estos significados no han de
considerarse importantes.
Los objetos escapan de lo mundano para transformarse en sím-
bolos en acción en contextos históricos específicos. La densidad de sig-
nificados contenidos en una calle de una ciudad medieval o en un
vertedero es suficiente grande como para poner en entredicho toda po-
sible comparación y descripción de carácter universal. Además los sig-
nificados de carácter universal se hunden rápidamente en el cul-de-sac
de la hermenéutica (recuadro 8).
La solución original que Hodder encontró para la cultura mate-
rial en el registro arqueológico fue tratarla sobre todo como un «texto»
a la espera de ser leído (1991: 125). La idea del «texto» y la doble her-
menéutica apoyada en la noción de Giddens de que los seres humanos
mantenemos una posición dual en el mundo (1984), casan muy bien
(recuadro 8). Además, la lectura a que da lugar el registro arqueoló-
gico depende de los datos no de la teoría. Para este enfoque contextual
cuantos más datos haya, mejor.
Pero existe una contradicción en este punto. Por un lado Hodder
es muy crítico con las funciones universales atribuidas a los objetos y
levanta la voz contra los instrumentos universales de medición como
los que propuso la teoría de alcance medio con su puente que permi-
tía avanzar de lo estático a lo dinámico (capítulo 3). Pero, por otro
lado, tampoco se muestra del todo satisfecho con los principios uni-
versales que rigen el significado contenido en nociones como habitus
y poder (véase capítulo 8), mientras que insiste al mismo tiempo en la
importancia del análisis de los contextos específicos ( 1991 ).

ÜBJETOS CON PERSONALIDAD

Sin embargo, nada impide seguir avanzando a partir de estos plan-


teamientos normativos, procesuales y posprocesuales ya que dispone-
mos de la guía que nos proporcionan los enfoques marxista y femi-
nista. Una vez más retomo la idea de Thomas sobre la imaginación
arqueológica. Puesto que en el presente podemos interactuar con el
mu,ndo material es por lo que tenemos una idea de cómo objetos y per-
116 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

sonas interactuaron en el pasado. Nos faltan las personas que de-


saparecieron en un momento cualquiera del pasado, sin embargo nos
quedan los objetos, los lugares, los monumentos y los paisajes. Parte
de todo ello está desapareciendo y de lo que resta sólo es recuperable
una parte, pero los restos son sin duda inteligibles. No lo son parán-
donos en medio de una calle de Pompeya y tratando de imaginar qué
sensaciones embargarían a un ciudadano romano el día antes de la
erupción del volcán, pero sí lo son por medio de la comprensión que
emana de la utilización, producción, interpretación y manejo de los
objetos que quedan. Como dijo el antropólogo Daniel Miller:

Los objetos son un medio gracias al cual obtenemos una idea


de nosotros mismos, de los demás y de abstracciones como na-
ción o moderno (Miller, 1994: 397).

Karl Marx lo explicó mucho antes cuando habló del proceso por
el que los objetos se convierten en componentes de las relaciones so-
ciales (McGuire, 1992: 103). Esta idea es crucial para una disciplina
como la arqueología que tanto tiene que ver con los restos materiales.
Además es una idea que continuamente se está redescubriendo. Como
dijo Roberta Gilchrist (1993: 15), la gran contribución de la arqueolo-
gía posprocesual fue el retorno a esta posición, al reafirmar que la cul-
tura material tiene un papel activo en las relaciones sociales, siendo
mucho más que un reflejo de la sociedad. Y añade esta autora, «la cul-
tura material puede entenderse como constructora, mantenedora, con-
troladora y transformadora de las identidades y relaciones sociales
(1993: 15). Se trata de algo muy distinto a la clasificación entre obje-
tos utilitarios y no utilitarios que proponía Sackett, y también a los
tres grandes ámbitos de utilización de objetos por parte de los huma-
nos que Binford rebautizó. Sin duda estamos ante un elemento cru-
cial del gran debate arqueológico de los tiempos modernos.
Pero antes de que vayamos demasiado lejos, debemos advertir que
Hodder (1991: 69) señaló que la cultura material, siendo un tipo de
realidad social, no es el único que hay. Somos capaces de «enamorar-
nos» de un Lamborghini y de hablar a un gato como si fuera un miem-
bro más de la familia, pero lo que no podemos hacer es darnos cuenta
de este tipo de relaciones sólo con echar una mirada al coche o al
gato. Hay que interactuar con estos objetos y en este punto reside el
problema que atenaza al arqueólogo (véase el capítulo 3, el registro ar-
queológico). Tanto el que escribe como el que lee este libro podemos
interactuar con los objetos cuando visitamos una cueva con arte ru-
pestre, así como durante una excavación cuando recuperamos un frasco
de vidrio romano del subsuelo. Pero esta es nuestra experiencia que re-
LOS OBJETOS 117

presenta la última página de la biografía del objeto. Lo que permanece


oculto es su vida anterior, que es el verdadero objeto de la arqueología.
Todo esto pone de manifiesto dos problemas en el estudio de los ob-
jetos del pasado: los enfoques dualistas y el concepto arqueológico de estilo.

Dualismos

Uno de los problemas que persigue a la cultura material es el dua-


lismo que opone las esencias constituyentes de los objetos. El más co-
mún es el dualismo entre objetos naturales y culturales, aunque segu-
ramente habréis oído hablar de otros como el que opone sujeto y objeto,
e interno y externo.

NATURALEZA VERSUS CULTURA

En la práctica este dualismo parece muy elemental. Una máquina


de tren es un objeto cultural, en cambio el arrecife australiano de la
Gran Barrera es algo natural. En la práctica este tipo de contraposi-
ciones sólo funcionan en los casos extremos, por lo que apenas tienen
importancia. Muchas otras distinciones en cambio son claramente bo-
rrosas. Una oveja es sin género de dudas un objeto cultural por más
que posea credenciales para considerarla un ser de la naturaleza. Una
oveja salvaje parece un ser más natural, pero si forma parte del terri-
torio de un cazador entonces es también un objeto cultural porque está
allí para ser cazada. Consideremos ahora la cosa más perdurable que
ofrece la naturaleza: la piedra. Cuando se talla apropiadamente para
ser utilizada en la construcción, deviene un objeto cultural. Pero, ¿qué
ocurre con las piedras no modificadas que han sido amontonadas para
construir una tumba neolítica, o para formar el lastre de un barco?, o
incluso, ¿qué pasa con las piedras que puntean el paisaje y que reci-
ben nombres o señalan lugares? Nada que toquemos sigue siendo algo
natural. Naturaleza es puramente lo que llamamos con este nombre.
Es un concepto imposible de definir.

SUJETO VERSUS OBJETO CON EL AÑADIDO DEL TEATRO CARTESIANO

La división entre sujeto y objeto es uno de los pilares del pensa-


miento analítico occidental, cuyo origen situamos en la persona del fi-
lósofo y matemático René Descartes (1596-1650). Esta noción divide al
mundo entre cosas inanimadas y seres sin conciencia, y los seres hu-
118 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

manos que aparte de vida tienen conciencia. También distingue en la per-


sona entre mente y cuerpo, con lo que separa el pensamiento de la
acción. Nos convertimos en máquinas pensantes que aplican la razón
subjetiva a los objetos del mundo. Ello evoca el improbable cuadro, co-
nocido como teatro cartesiano, en que la mente se coloca con el público
en platea y analiza el cuerpo que está actuando en el escenario.
En términos de cultura material lo que el dualismo sujeto/objeto
promueve es la separación entre objetos y gente. Este dualismo niega
la total inclusión de los objetos en nuestros mundos individual y co-
lectivo. Sólo cabe alcanzar una única hermenéutica (recuadro 8), o sea,
una única vía para el entendimiento.

INTERNO VERSUS EXTERNO Y LA ESENCIA DE LAS COSAS

El último dualismo que mencioné fue el que oponía lo interno a


lo externo. Cuando se aplica a objetos se refiere a la existencia de sig-
nificados ocultos y a los diferentes niveles de comprensión (Tilley,
1993: 5). Tradicionalmente ha puesto límites a la posibilidad de hacer
inferencias razonables sobre el pasado (capítulo 4). Por ejemplo, se su-
pone que un objeto como una tetera tiene una apariencia externa y
una esencia interna oculta. Por fuera podemos ver la forma y el estilo
con que está hecha (véase más abajo), como objeto funcional que es.
Una tetera sirve para verter té, decimos. La esencia interna hace refe-
rencia a un símbolo de consumo, y tiene que ver con las ambiciones
imperiales expresadas por medio de la producción y comercializa-
ción de unos cultivos exóticos, y también a una forma de vida. Las te-
teras pueden también disparar emociones fuertes como Bill Bryson
apunta en sus viajes (1995), al descubrir que los ingleses se animan
en ocasiones ante la perspectiva de ver recompensado un día duro con
una bebida reconfortante. La posibilidad de un consumo regular de
este producto tropical fue consecuencia del colonialismo, que se rela-
ciona con la transformación del mundo bajo el sistema capitalista. Los
trabajadores británicos consumen actualmente esta bebida estimulante
suave y caliente, para tener la energía necesaria para continuar des-
piertos en sus puestos de trabajo (Mintz, 1985). Y esto es todo lo que
podemos inferir de ese pequeño objeto de cerámica.

El estilo

Uno no puede ir muy lejos en su interpretación de los objetos ar-


queológicos sin ir a parar al concepto de estilo (recuadro 2). Muy pronto
LOS OBJETOS 119

uno se pregunta por qué algo tan básico ha de ser tan complicado. Las
opiniones vertidas a menudo son contrapuestas, existiendo una clara
falta de acuerdo sobre qué es eso del estilo y para qué sirve. Voy a po-
ner unos ejemplos (recuadro 16) utilizando las propias palabras de los
proponentes de los mismos, que son los mismos arqueólogos que vi-
mos en el capítulo 2.
Aparecen unos conceptos comunes que indican que debe de ha-
ber más coincidencias de las que aparecen a primera vista. Estos con-
ceptos son «parecido» y «diferencia» referidos a formas y tipos que
ya fueron explotados muy hábilmente por Thomsen y Montelius. Pero
como muestran las citas, hay mucho más desacuerdo en las defini-
ciones sobre función, información y sobre los aspectos individuales y
sociales del estilo. Robin Boast resume esta confusión y apunta a su
origen:

No he resuelto el problema que plantea el estilo puesto que no


tiene solución. Se trata de una categorización social sobre el mundo,
una más entre otras muchas, que emergió de un conjunto de presun-
ciones sobre la forma de funcionar del mundo. El problema existe
como parte de nuestra tradición intelectual y social, una tradición que
se remonta al siglo XVIII que se ha transformado en doctrina (Boast,
1997: 191).

La doctrina que sostiene el concepto arqueológico de estilo es


la separación cartesiana del mundo. Sin dualismos no cabe hablar
de estilo. Como también señala Boast, lo que se deriva de estas di-
visiones es la idea de que los objetos poseen una condición social
inherente. En otras palabras, que existe un propósito básico para
con las cosas antes de que se transformen en objetos sociales (Boast,
1997: 174). Volvemos pues a encontrarnos con el esencialismo que
en el capítulo 1 señalé que era uno de los conceptos básicos en ar-
queología.
El problema con el que topamos es que esta forma de ver las
cosas está tan interiorizada que la tomamos como algo razonable y
natural. De acuerdo. Pero si no la desafiamos, nuestra imaginación
arqueológica no escapará de sus cadenas porque no se pueden con-
templar. La razón por la cual el tema del estilo sea tan complejo,
no es porque sigamos francamente ciegos ante sus causas, sino
porque los puntos de vista principales sobre el tema, como muestra
el recuadro 16, atraviesan cuatro tipos de arqueología, lo que difi-
culta hacer un nuevo hueco. El estilo es ecléctico, igual que su ex-
plicación o interpretación. Veamos ahora qué tipo de cadenas nos
atan.
120 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

Recuadro 16:
Las caras del estilo

Historia cultural
ceUn estilo es una norma» (Hawkes, 1954: 158).
cela forma específica y característica de hacer algo que por su natura-
leza es propio de un tiempo y un lugar concretos» (Sackett, 1982: 63).
ce¿A qué me refiero? La configuración de un objeto la da la forma. Cuando
hay grupos de objetos que comparten características formales estos pare-
cidos, estas resonancias constituyen el estilo ... Cuando el estilo se comparte
por parte de grupos de objetos en un tiempo y un lugar concretos, es afín a
una fantasía cultural que expresa creencias personales,, (Prown, 1993: 4-5).
Arqueología procesual
cela definición usual[ ... ] hace equivalente el estilo a la parte de la varia-
bilidad formal de la cultura material que puede relacionarse con la participa-
ción de objetos en procesos de intercambio de información» (Wobst, 197: 321 ).
ceEs la variación formal en la cultura material que transmite información
sobre identidades personales y sociales» (Wiessner, 1983: 256).
"Es estilo, desde una perspectiva unificada es una forma de comunica-
ción no verbal para negociar la identidad» (Wiessner, 1990: 108).
Arqueología interpretativa
ccEI estilo tiene necesariamente que ver con la estructura y con la fun-
ción» (Hodder, 1982: 205).
«Definimos aquí estilo como la referencia de un hecho individual a una
forma general de hacer las cosas» (Hodder, 1990: 45).
cePara entender el concepto de estilo -más en general el significado
de los patrones que evidencia la cultura material- hay que entender las con-
diciones sociales de su producción» (Shanks y Tilley, 1987b: 14).
ce El estilo es una forma de lo social y no una práctica individual» (Shanks
yTilley, 1987b: 155).
«El estilo no es una característica de la cultura material sino el resultado
de nuestra manera contemporánea de conceptualizar la cultura material»
(Boast, 1997: 174).
Arqueología neodarwinista
ce El estilo denota las formas que no tienen valores selectivos detecta-
bles. La función es manifiesta como lo son las formas que directamente afec-
tan al estado físico o salud darwinista de las poblaciones en que se produ-
cen» (Dunnell, 1978: 199).
LOS OBJETOS 121

ESTILO ISOCRÉSTICO E !CÓNICO

Polly Wiessner (1990: 105) intenta desenredar la madeja seña-


lando que uno no puede preguntar «¿qué es estilo?» sin preguntar al
mismo tiempo, «¿qué es comportamiento estilístico?». Este plantea-
miento traslada el problema lejos del terreno de las definiciones donde
la mayoría coincide en que no puede haber un acuerdo general, para
dejarlo en el terreno fundamental del acto de «hacer alguna cosa con
algo» o acción. La cuestión clave entonces es, «¿qué nos da a enten-
der esta acción?». ¿Se trata de comportamiento funcional de origen ét-
nico o de una noción que tiene que ver con la capacidad de obrar li-
bremente? (capítulo 4). Los partidarios de los diferentes enfoques
han discutido sus puntos de vista suficientemente con el fin de res-
ponder a la siguiente pregunta:

- ¿Cómo se relaciona esta acción, descrita de forma diversa, con


los objetos y en general con la cultura material?

Las respuestas son variadas pero domina la conclusión de que


en el fondo el estilo se relaciona con la identidad y en particular con
la identidad étnica (capítulo 8). Se trata claramente de lo que Childe
(capítulo 3) abusó en su famosa definición (1929: v-vi) de cultura ar-
queológica, puesta de manifiesto por la repetición y la similitud de
caracteres, y de la traslación de todo ello a un pueblo determinado.
James Sackett deja muy claro el razonamiento que se esconde detrás
de esta ecuación cuando justifica el parecido por la intensidad de la
interacción social. El aspecto más importante causante del parecido
es la propincuidad en tiempo y espacio (1982: 74).
Sackett desarrolla más a fondo este concepto de estilo pregun-
tándose si el estilo reside en la variación de la forma de los objetos.
¿Qué elementos de la forma puede decirse que son el resultado de un
comportamiento estilístico? Para responder a esta pregunta explora
las opciones que tiene cualquier persona en el momento de producir
y utilizar un objeto. En muchos casos hay varias maneras de obtener
el mismo resultado final, e incluso en algunos casos puede haber mu-
chas. Sólo hay que pensar en la diversidad de posibilidades que ofre-
cen los cepillos de dientes, los coches, los libros o las casas. No toda
esta diversidad viene dictada únicamente por los requerimientos fun-
cionales. Por lo tanto, según Sackett, el artesano puede escoger entre
diferentes posibilidades para llegar al producto acabado, cada una de
las cuales, podrá utilizarse perfectamente como cepillo de dientes o
podrá servir de cobijo a la familia. Para Sackett esta forma de abor-
dar la cuestión del estilo se llama isocréstica, una palabra inventada
122 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

por este autor que significa de uso equivalente. Este enfoque nos ofrece
una respuesta a la pregunta que el propio autor formula relativa a
qué nos referimos por estilo cuando hablamos de cerámica o de cepi-
llos de dientes. Cuando hay alternativas isocrésticas, que es lo normal,
son determinados factores relacionados con la etnia los que dictan en-
tonces las opciones que hay que escoger (1990: 33). Esas opciones sue-
len basarse en la costumbre -se trabaja sin pensar mucho en ello si-
guiendo lo que generalmente llamamos tradición-. En otros contextos
se contemplarían como aspectos de la conciencia práctica o habitus
(capítulo 8).
Al lado del estilo isocréstico, Sackett sitúa el estilo icónico que
se produce cuando la opción escogida tiene un propósito determinado,
siendo entonces el estilo algo perseguido conscientemente que se añade
al diseño básico del objeto para reforzar una identidad. La ropa, como
la cerámica o la escultura incorporan entonces elementos de estilo con
el fin de indicar una pertenencia («somos lo que decimos que somos»
o «somos lo que se puede ver»). En otros contextos interpretativos, el
llamado estilo icónico se contemplaría como una operación discursiva.

INFORMACIÓN Y ESTILO

Sackett apenas deja claro que la suya no es una teoría sobre el es-
tilo, sino sólo un intento de mostrar dónde reside. Wiessner y Wobst
son más explícitos en sus intenciones cuando discuten sobre el papel
que ejerce el estilo en el intercambio visual de información y que fun-
damentalmente tiene que ver con la identidad. El modelo de Wobst
( 1977) se basa en la idea de que puesto que la información es un fac-
tor de supervivencia, el estilo que vehicula esta información ha de po-
der seleccionarse. Por tanto, las opciones vienen determinadas por la
necesidad de transmitir de forma eficiente los mensajes, es decir, sin
ambigüedades, de manera que los contactos sociales sean fructíferos.
Este punto de vista contrasta con el de Dunnell, citado en el recuadro
16, quien presenta el estilo como algo superfluo a la evolución darwi-
niana. Según este autor el estilo sería «ruido» en vez de «información»,
puesto que no tiene que ver realmente con los procesos de selección.
Wiessner, que utiliza su estudio etnográfico sobre las puntas de
los proyectiles usadas en el Kalahari, basa su explicación en los bene-
ficios psicológicos que reporta la pertenencia a grupos sociales. Propone
dos estilos: asertivo, cuando los individuos expresan su individualidad
y habilidades, y emblemático, cuando se expresa la identidad del grupo.
Ambos están sometidos a una selección de origen social. Sackett piensa
que puntos de vista como los que defienden Wobst y Wiessner tratan
LOS OBJETOS 123

de enfatizar el aspecto activo del estilo ( 1990: 36-3 7). Todo estilo tiene
una función, sirve para algo. Significa añadir alguna cosa como vimos
que pasaba con el llamado estilo icónico. Pero Sackett defiende el as-
pecto pasivo del estilo. El estilo como simple señal tiene su papel que
se hace patente mediante un conjunto de opciones isocrésticas en
que la etnicidad actúa como la fuerza selectiva que no se ve.

PROYECCIÓN DEL ESTILO

La relación entre estilo y etnicidad satisface como explicación a


algunos especialistas. Para los arqueólogos interpretativos, sin em-
bargo, etnicidad es un concepto demasiado estrecho como para justi-
ficar un estilo. El estilo es fundamental en tanto que conecta en dife-
rentes circunstancias sociales e históricas el conjunto de las relaciones
sociales, políticas e ideológicas (Shanks y Tilley, 1987b: 144). Sian Jones
(1997: 119) ha explorado recientemente este aspecto de la cuestión, in-
sistiendo en contraste con Wobst y Wiessner, en el hecho de que toda
cultura material es activa en el proceso de crear las relaciones socia-
les que calificamos como de tipo étnico (véase capítulo 8), lo que pone
en el candelero otra pregunta pertinente:
- ¿Hasta qué punto dan lugar únicamente a formas las acciones
creadoras de estilo? ¿Hasta qué punto es importante la noción de estilo?
Sackett una vez más nos saca del apuro (1990: 35). Para él el con-
cepto de estilo no se limita al objeto terminado. El término ha de in-
corporar la selección de la materia prima, las técnicas de producción,
la tradición de aprendizaje por la que se transmiten esas técnicas, y lo
que él llama los «temas», es decir, los aspectos de estandarización, es-
pecialización y eficiencia que guían todos estos procesos. Esto último
quizás se parezca a las clásicas normas compartidas, pero lo que cuenta
aquí es la forma de entender el estilo que incluye los pensamientos y
las acciones además de los mismos objetos. En vez de hacer la distin-
ción entre estilo y función como dicotomía básica, como hacen los
arqueólogos evolucionistas como Dunnell, Sackett lo contempla como
una sola cosa, punto de vista con el que coinciden los arqueólogos in-
terpretativos.

CADENA OPERATIVA Y ESTILO

Parece que esta unificación pudo haber tenido lugar mucho an-
tes. El arqueólogo francés Leroi-Gourhan nos brindó una teoría so-
124 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

bre los procesos técnicos que, al aparecer su libro en 1966 Le geste et


la parole, procedía a certificar esta unificación (Leroi-Gourhan, 1993).
Sus ideas procedían de una tradición de pensamiento sobre tecnolo-
gía y estilo muy distinta de la de los autores anglosajones de su época.
Su influencia en los países anglosajones, fuera de sus estudios sobre
el arte rupestre, no se haría notar hasta que se tradujo su libro en 1993.
La idea básica del libro es que los actos de tipo técnico son al
mismo tiempo actos sociales. Haciéndose eco de la tradición antro-
pológica francesa más estrechamente asociada al trabajo de Marcel
Mauss, insistía en la importancia del cuerpo humano como fuente de
significado, de poder, de símbolo y, por supuesto, de acción. Utilizó el
término cadena operativa para examinar cómo las acciones podían li-
teralmente hablar más claro que las propias palabras.

APRENDER DEL CUERPO

Una buena forma de ilustrar el concepto de Leroi-Gourhan es fi-


jarnos en cómo aprendemos a hacer las cosas. Él nos diría que es a
través de fijar la atención en los gestos efectuados, por ejemplo, al ta-
llar piedra, al arar un campo, al hilar, o al trillar el grano, etc., y luego
tratar de hacerlo nosotros mismos. Aprendemos a caminar, a comer y
a mostrar nuestro estado de humor a base de ver un cuerpo en acción
y tratar de imitar y copiar los gestos rítmicos que contemplamos. Gran
parte de estas acciones las hacemos de forma inconsciente habitual-
mente, como señaló Leroi-Gourhan mucho antes que Bourdieu o
Giddens (recuadro 8). Como dice Thomas (1996: 19), no «vivimos den-
tro de» nuestros cuerpos como parece que sugieren los dualismos. El
cuerpo es más bien un aspecto de uno mismo «con el que vivimos».
Las rutinas diarias de la vida no nos obligan a tener plena con-
ciencia de nuestros pensamientos. El truco para aprender es dejar de
lado el libro de las instrucciones y entrar plenamente en lo que se
está haciendo. El caminar es un buen ejemplo. Si uno pretende pen-
sar en lo que está haciendo mientras camina probablemente tropiece
y se caiga, que es lo que ocurre cuando uno ha de caminar por en-
cima de un borde estrecho que le provoca una inseguridad con la que
no cuenta.

APRENDER EN UN CONTEXTO SOCIAL

El contexto en el que se da el aprendizaje normalmente es de ca-


rácter social. Aprender a utilizar el cuerpo y disciplinarlo para poder
LOS OBJETOS 125

actuar en situaciones normales, conforma un estilo indicativo en to-


dos sus aspectos de lo que cada uno es, igual que una camisa de colo-
res o una punta de lanza. Los objetos son, pues, extensiones del cuerpo.
Son el resultado de secuencias de gestos aplicados a un material, por lo
que adquieren la condición de sociales al tiempo que técnicos. Por eso
estamos ante la oportunidad de poder evitar el enfoque dualista para
poder entender lo que hacemos y el porqué.
Consideremos ahora un punto de vista alternativo que no es muy
familiar sobre el aprendizaje que nos devuelve al teatro cartesiano.
Recordemos que en este teatro mente y cuerpo estaban separados. En
este caso el pensamiento se aplica a materiales que también están se-
parados del cuerpo. De ahí que la imagen mental vuelva por sus fue-
ros. El alfarero empieza su trabajo figurándose una imagen de la ja-
rra que va a fabricar y a continuación se pone manos a la obra para
alcanzar su objetivo. El aprendiz de alfarero recibe instrucción sobre
esta idea de jarra y trata de copiarla. La jarra producida será un ob-
jeto externo a la persona que lo ha fabricado, tal como el dualismo
exige. Pero en este escenario se olvida que ha habido una secuencia de
gestos, los ritmos de la cadena operativa, que relacionan acto con ob-
jeto en un único proceso sin solución de continuidad. Sin poder se-
parar la acción del conocimiento y la técnica (los ámbitos que antes
llamamos material, social e ideológico), todo se vuelve social. Así, la
cadena operativa es mucho más que una serie de recuerdos sobre
movimientos musculares relacionados con el cómo hacer las cosas sin
pensar en ellas. Lo que importa son los actos en sí mismos y las rela-
ciones que guardan con el tiempo y el espacio.
Randall McGuire nos ofrece la perspectiva marxista, sintetiza-
da así:

La cultura material implica a las relaciones sociales que con-


dicionan su existencia. Es al mismo tiempo el producto de esas rela-
ciones como una parte de la estructura de estas relaciones (McGuire,
1992: 102).

La biografía de los objetos

Terminaré este capítulo sobre los objetos arqueológicos exami-


nando sus biografías por medio de seis palabras clave: producción,
función, contexto, intercambio, consumo y transformación, tal como
prometí. Hablo de biografía con la intención de animar esos objetos
con la interrogación y la interpretación. Recuérdese que no se trata de
hacer una autobiografía de los objetos en que cerámicas, templos, nau-
126 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

fragios y minas nos hablen con elocuencia de sus historias pasadas.


Como señaló Thomas, se trata, en cambio, de un enfoque que ponga
en su sitio la importancia de los objetos en la creación de nosotros mis-
mos como seres humanos. Dice Thomas:

Las formas de involucrarnos con el mundo no se almacenan «en


la cabeza»: están presentes de forma inmanente en las relaciones entre
personas y cosas (Thomas, 1996: 19).

Los objetos tienen su historia, igual que las personas. Poseen ci-
clos de vida y tuvieron su participación en las vidas de otros. Su aná-
lisis nos ofrece un ejemplo de avance regateando, como el velero de la
analogía, entre datos e ideas (capítulo 4). Para ejemplificarlo nos val-
dremos de un objeto muy común en las excavaciones arqueológicas:
la cerámica.

LA VIDA DE UNOS OBJETOS DE CERÁMICA

He escogido un caso concreto, el de una excavación de urgencia


de un yacimiento del centro de Inglaterra (Hearne y Heaton, 1994).
El yacimiento de la cantera de Shorncote es del Bronce Final, situán-
dose cronológicamente entre los siglos IX y VIII antes de nuestra era.
Este lugar estuvo habitado quedando vestigios de casas de madera de
planta redonda, así como grandes pozos que contienen restos de ce-
rámica y pesos de arcilla para los telares, más algunos fragmentos de
moldes de arcilla para fabricar los útiles de bronce. También se han
obtenido huesos de animal y restos de semillas. Elaine Morris estudió
la cerámica (en Hearne y Heaton, 1994: 34-44).

PRODUCCIÓN Y MANUFACTURA

No hay apenas pruebas en el yacimiento de producción de obje-


tos. No se ha encontrado ningún taller de alfarero ni espacio para el
mismo. Los útiles empleados en el acabado de la cerámica -espátu-
las de hueso, por ejemplo, o sellos ornamentales, no han podido ser
descubiertos-. Tampoco hay pruebas de la existencia de hornos, ni de
una simple hoguera.
La falta de pruebas, sin embargo, no quiere decir que no existie-
ran. La cerámica está hecha a mano con una técnica bien caracterís-
tica. El análisis microscópico de los fragmentos de cerámica -el tipo
de arcilla y las inclusiones minerales que contiene- apuntan a una
LOS OBJETOS 127

producción local. Las arcillas utilizadas se encuentran en un radio de


7 km de distancia del yacimiento. Esta distancia concuerda con las es-
tablecidas en un estudio etnográfico general sobre la producción lo-
cal de cerámica, obra de Dean Arnold (1985).
En Shorncote no se encontró ningún vaso completo. Los vestigios
de cerámica excavados no presentaban apenas variedad en la forma y
concepción. Por ello se recurrió a las comparaciones con ejemplos com-
pletos obtenidos en otros lugares de la zona, para poder reconstruir
perfiles enteros a partir de los fragmentos. Ahora sabemos que pre-
dominaban las jarras. Faltan casi del todo cuencos y platos. La falta
de cuencos entre los casi mil fragmentos excavados podría ser debido
al tamaño de la muestra, puesto que las colecciones más grandes en-
contradas en yacimientos vecinos sí que presentan esta variedad.
Alternativamente la falta de cuencos podría deberse al tipo de activi-
dades que tenían lugar en el yacimiento. Las cerámicas o no presen-
tan decoración alguna o presentan en la superficie marcas de dedos o
de aplicaciones de cordones. De los 31 objetos de cerámica, 24 no es-
taban decorados.
Las formas, el tipo de manufactura y el tipo de decoración apun-
tan a un tipo de objetos de cerámica que va más allá de lo estricta-
mente funcional o de lo fabricado de acuerdo con unas imágenes cul-
turales que sólo se encuentran en el Bronce Final. La etnografía en
un caso así nos puede ayudar a pensar en la posibilidad de la varia-
ción. Con su estudio de la cerámica tradicional del Norte del Camerún,
Judy Sterner (1989) descubrió que, contrariamente a lo esperado, los
vasos más decorados y las jarras más grandes eran los tipos más ra-
ros de encontrar, manteniéndose en el interior de las casas. También
se dio cuenta de que la forma era más importante que la decoración
para situar o valorar a golpe de vista un vaso de cerámica. Como pasa
con gran parte de la cultura material, parece que el conjunto del ob-
jeto es más importante que el detalle por lo que se refiere a la signifi-
cación.

FUNCIÓN

La cerámica fina es la excepción en la colección, sin embargo


parece que fue utilizada en algunos casos para guardar líquidos áci-
dos. La mayoría de los vasos pueden clasificarse dentro de la catego-
ría de la cerámica ordinaria por más que en algunos casos presentan
algún tipo de decoración. Las jarras servían para almacenar diversos
productos. Se han encontrado residuos de alimentos en forma de de-
pósitos dentro de algunas jarras que ponen de manifiesto el consumo
128 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

de leche, miel, pescado y grasa de cerdo. Morris descubrió que la fre-


cuencia de este tipo de evidencia se relaciona con sólo tr~s de los diez
tipos de recipientes analizados, que representan el 50 por ciento del
conjunto de restos de cerámica. Probablemente se trataba de recipientes
para cocción. Sabemos, por otros yacimientos contemporáneos de la
zona, que los recipientes para cocer alimentos tenían un tamaño me-
diano o pequeño, mientras que las jarras para guardar alimentos eran
siempre de tamaño medio o grande.

CONTEXTO

Los fragmentos de cerámica se encontraron agrupados en áreas


significativas del asentamiento. El cómputo general da una baja den-
sidad, pero Morris descubrió que había concentraciones mayores en
los niveles superiores de los grandes pozos y en una hondonada
circular. Las dos casas de planta circular no dieron restos. Morris
piensa que esta distribución se debe a tres factores. Las casas de-
bían de haberse construido para realizar funciones diferentes en mo-
mentos distintos. Los grandes pozos estaban muy cerca de una de
las casas, lo que facilitaba que los vasos rotos se echaran al pozo en
vez de dejarlos en el canalón de desagüe. No estamos seguros de ello,
pero buscar una explicación simple sobre el destino de las sobras,
término que conlleva una gran carga de teoría -lo que no vale
para uno puede ser un tesoro para otro- probablemente sea un
error. Los restos de vajilla en Shorncote podrían haberse depositado
intencionadamente en determinadas partes del asentamiento, como
ocurre en otros yacimientos de la prehistoria final, como parte de
un acto social muy significativo, tanto o más que el ritual más fa-
miliar para nosotros de recoger del suelo con una escoba los restos
de un plato roto.

INTERCAMBIO

Cuando Morris analizó los materiales de la cerámica descubrió


que algunos de los fragmentos correspondientes a las formas menos
comunes, tenían en su composición materias primas diferetites de los
demás, lo que indicaba un centro de producción distinto. Por lo tanto
no todo se fabricó allí mismo. Este dato era de esperar toda vez que
se conoce que la cerámica prehistórica en esta región se solía inter-
cambiar a lo largo de distancias que podían llegar a los 100 km (Peacock,
1968). No se trataba de mercancías en el sentido nuestro de comprar
LOS OBJETOS 129

un juego de café chino en el supermercado de la esquina. Este tipo de


intercambios se fundamentaba en la necesidad de incrementar las re-
laciones sociales (capítulo 8). Intercambiar una jarra equivalía a in-
tercambiar una parte de uno mismo.

CONSUMO

Los vasos pueden contener algo más que agua. Por ejemplo, el
Bronce Medio es conocido por sus elaboradas urnas de cremación.
Se sabe que nacen como utensilios domésticos para convertirse más
tarde en objetos que forman parte del ritual de un enterramiento.
Sterner ( 1989: 454) descubrió con su estudio etnoarqueológico que los
individuos tenían su recipiente personal para las almas, vacío de co-
sas pero lleno de significado. Estos recipientes personificaban las creen-
cias subyacentes sobre los vivos y sobre los antepasados, y las rela-
ciones existentes entre ambas categorías. Chris Tilley va más lejos (1996:
323), al argüir, en su estudio del Neolítico del sur de Escandinavia, que
la cerámica estaba metafóricamente relacionada con los aspectos
corporales de la existencia humana. El material blando y maleable for-
mado por la mezcla de arcilla y agua ha de ser moldeado para dar lu-
gar a una forma. El paralelo con la carne del cuerpo humano que se
adapta al esqueleto y sobre éste adquiere su forma característica, es
sorprendente. La piel que puede decorarse con tatuajes, pinturas, ci-
catrices y con ornamentos que cuelgan de agujeros practicados en ella,
tiene su reflejo en la frecuente decoración de las superficies de los va-
sos cerámicos. Luego el fuego endurece la cerámica. El fuego también
reduce el cuerpo humano cuando es incinerado hasta afectar a sus
componentes finales más duros.
Tilley nos recuerda (1996: 323) que estos contextos muestran
que el proceso de producción es una relación entre personas y obje-
tos. Por medio de la producción, el intercambio y el consumo, las
personas establecen relaciones y negocian la forma y los significados
del mundo que los rodea, de su mundo (Miller, 1995). Como ponen de
manifiesto Mary Douglas y Baron Isherwood (1978: 72) con su estu-
dio del consumo «los bienes que auxilian las necesidades físicas --co-
mida y bebida- no son menos portadores de significado que el ballet
o la poesía». No porque la cerámica sea muy común y aguante bien el
paso del tiempo, el consumo de cerámica se convierte en una activi-
dad mundana y funcional. En Shorncote los alfareros y los usuarios
de objetos de cerámica resolvían un apremio cuando ponían a cocer
un recipiente con cebada dentro, pero había algo más en estos actos.
Los alfareros eran los protagonistas destacados de la cadena operativa
130 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

(véase más arriba), por la que las propiedades de la arcilla y del agua
se mezclaban con analogías extraídas de procesos que tenían como
centro el cuerpo humano; por ejemplo, el crecimiento y la decadencia,
y también los mismos procesos tecnológicos mediante los cuales se
daba forma a unas jarras y a otros enseres moldeando un material con
las manos.

TRANSFORMACIÓN

La cerámica de Shomcote incorpora en su textura un pasado más


o menos lejano por más que el mundo de la Edad del Bronce siguiera
su evolución. Morris descubrió que parte de la mezcla o temple que
se añadía a la arcilla para mejorar sus propiedades mecánicas durante
la cocción, no era polvo de conchas marinas o carbonato cálcico de
origen terrestre, sino restos molidos de cerámica del Bronce proce-
dente de vasos viejos. Hay dos explicaciones para ello. La primera se
centra en lo práctico. Los alfareros necesitaban obtener un material
que sirviera como temple y lo obtenían moliendo de tanto en tanto
vasos de cerámica en desuso. Pero Sterner ( 1989) piensa que se tra-
taba de un acto deliberado que tenía un propósito diferente. El vaso
que se muele para obtener temple es un antepasado. Los nuevos va-
sos requieren de los antiguos para salir bien del horno. Se fabrican
vasos nuevos que incluyen a los vasos viejos en el ciclo constante de
la reproducción social. Durante el Bronce Medio, antes de que exis-
tiera Shorncote, se acostumbraba a convertir determinadas vasijas
grandes para la comida en urnas de cremación. Estas vasijas recibían
a las personas, o a los restos de las personas, igual que hoy día en el
Camerún los vasos de almas contienen las almas de los difuntos. Cuando
se construyó este asentamiento de Shorncote el rito funerario había
cambiado y en vez de cremación se practicaba la excarnación o expo-
sición de los cuerpos de los difuntos a los elementos. Pero durante la
transformación de un ritual tan importante la vieja tradición de la re-
generación pervivió. Los vasos que Morris analizó contenían otros va-
sos. Pero en vez de contemplarlo como simples vasos que contenían
partes de otros vasos, Morris lo interpretó como una forma de intro-
ducir a una persona en un vaso, estableciendo un paralelismo con el
hecho de que en tiempos antiguos las urnas grandes servían para
contener las cenizas de los muertos.
Durante el acto de fabricación de un objeto de cerámica algunos
de los recipientes de Shomcote tomaban los atributos de personas fa-
llecidas. Abuelos y tíos fallecidos se incorporaban así a las activida-
des cotidianas de los vivos como el cocinar o el preparar alimentos
LOS OBJETOS 131

para conserva, lo que hacía que la vida tuviese una continuidad que
nada podía interrumpir. De esta manera un vaso podía convertirse en
una especie de árbol de familia que era rehecho por cada nueva gene-
ración.
La incorporación de la tradición de la regeneración por medio de
la manufactura de recipientes de cerámica, de su reparación y del pro-
ceso de cocinar y consumir sirve, tal como nos recuerda Morris, para
entender que las simples explicaciones funcionales sólo tienen en cuenta
un aspecto de la vida de las cosas, en este caso de la del más humilde
de los vasos de una de las excavaciones más pequeñas y olvidadas.

Resumen

En el capítulo 1 definí la arqueología como una ciencia que


tenía que ver básicamente con tres cosas: objetos, paisajes y lo
que somos capaces de hacer con ellos. Es muy simple aparente-
mente, se trata del estudio del pasado por medio de sus restos
materiales. En este capítulo he mostrado de qué manera los ar-
queólogos han utilizado sus análisis sobre el estilo para sacar algo
en claro del material que estudian. El estilo sirve para ordenar e
interpretar las diferencias que observamos en la arquitectura, en
los útiles de piedra, en los enterramientos y en la distribución
espacial de ciudades y campos. Pero también he dicho que aun-
que el estilo es uno de los métodos más idóneos para identificar
patrones en los vestigios arqueológicos, es también uno de los
conceptos que crea más problemas a la hora de utilizarlo. Los ar-
queólogos acostumbramos a utilizar este concepto porque pro-
duce resultados entendedores cuando ponemos en marcha el gran
plan de contemplar al mundo y pretender interpretarlo valién-
donos de una serie de oposiciones como naturaleza y cultura, e
interno y externo. Sin embargo, estos grandes planes tiene su pro-
pia historia y sus partidarios, e igual que una curva sinusoide,
van y vienen. Lo que en cada momento se presenta como la ver-
dad teorética es sólo fruto de cambios en la forma de concebir y
analizar el mundo. La certidumbre del estilo es una de las vícti-
mas de esos cambios. Por ello nunca podemos mirar a los obje-
tos, incluyendo los paisajes que hasta el momento sólo se han
tocado de forma muy breve, de la misma forma. El próximo paso
será ampliar el campo de la investigación para integrar en el
mismo al espacio y al tiempo, elementos contextuales que nos
proporcionan la principal ruta de entrada a la interpretación del
pasado.
CAPÍTULO 6
TIEMPO Y ESPACIO

Para los arqueólogos el tiempo es lo más importante. O al menos


uno piensa que lo debería ser. Hasta hace poco el tiempo, como con-
cepto y no como técnica de datación, no ha ocupado el primer lugar
de la lista de nuestras prioridades. El espacio, nuestra otra dimensión,
ha recibido mucha más atención, tanto conceptualmente como marco
para la evaluación y comparación de los datos arqueológicos. En este
capítulo examinaré estas dos dimensiones básicas. Veremos cómo dis-
tintas concepciones del tiempo adquieren una extraordinaria impor-
tancia para la comprensión del pasado, una importancia tan grande
como por ejemplo conocer la edad exacta de las pirámides de Egipto
gracias al desarrollo de una nueva técnica científica pensada para
medir correctamente la antigüedad de los vestigios históricos (véase
capítulo 3).
De hecho espacio y tiempo son realidades inseparables. Siguiendo
la línea de anteriores capítulos voy a empezar con una disyuntiva bá-
sica. Tiempo y espacio pueden contemplarse como las riostras de un
marco externo, algo con lo que la gente se topa y que se encoge y se
estira según la circunstancia O, alternativamente, se puede ver como
algo creado por la actividad humana. Espacio y tiempo son ejemplos
de los ritmos cotidianos de los que habla Leroi-Gourhan (1993).
Aparecen con nuestra implicación con las cosas del mundo y no como
condicionantes a priori para el desarrollo de nuestras acciones.

Contextos y unidades

Para hacernos una idea de las posibilidades que se ofrecen nece-


sitamos traer a colación algunas unidades de análisis más que añadir
a la lista ya establecida de atributo, objeto y conjunto que vimos en el
capítulo 3. En primer lugar tenemos los contextos. Este término puede
significar cosas muy distintas a diferentes arqueólogos. Lo defino más
134 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

abajo. Luego están las unidades de clasificación que atraviesan los con-
textos, que se construyen una a una a partir de los propios contextos.
La más importante de estas unidades es la conocida cultura arqueo-
lógica, y le siguen unas recién llegadas como el grupo cultural, el tec-
nocomplejo y el sistema mundial.

CONTEXTO Y PRESERVACIÓN

En la excavación un contexto tiene un significado temporal y es-


pacial. De hecho estamos hablando de pura y simple estratigrafía (ca-
pítulo 3). El contexto en el que encontramos unos hallazgos puede
ser un pozo, una tumba, un templo o un granero. Es muy posible que
esté alterado por la presencia de objetos depositados en épocas dis-
tintas por razones muy variadas, lo que perjudica el ideal que mu-
chos arqueólogos persiguen de encontrar un yacimiento intacto con
los vestigios perfectamente preservados. Esta situación es ideal en el
sentido de que produciría un grupo humano cerrado bien preservado
que serviría de referencia. De este tipo de contextos saldrían asocia-
ciones muy precisas de objetos que podrían servir para establecer
cronologías y para la reconstrucción de acontecimientos y actividades.
Estos contextos en algunos casos testifican sobre actividades
que duraron muy poco tiempo, quizás sólo 15 minutos, que es lo que
se tardó en fabricar un bifaz de sílex hace medio millón de años en
Boxgrove, en el sur de Inglaterra.
Los contextos, como el tiempo, pueden ser verticales u horizonta-
les. La estratigrafía de un tell o de un asentamiento urbano se forma gra-
cias al cambiante panorama de los distintos contextos que la excavación
pone de manifiesto. Una vez reconstruidos estos contextos pueden re-
ferirse, por ejemplo, a un cambio de las funciones urbanas que da lu-
gar a alteraciones en el tamaño de las viviendas y de su demografía cul-
tural. Así, varios cientos o incluso miles de años de ocupación continua
de un espacio da lugar a un registro de contextos que se entrecruzan.
Todo ello se representa en un gráfico arqueológico como el de figura 3.4.

Burbujas de tiempo

La posibilidad de obtener información precisa in situ no es rara


en arqueología. A veces aparecen burbujas de tiempo que es lo que viene
a ser el barco de guerra de época Tudor llamado Mary Rose, que se hun-
dió con su tripulación frente al puerto de Portsmouth en 1545 ante la
vista del rey Enrique VIII y la flota francesa. Otro barco de guerra, el
Vasa, lleno hasta los topes con motivo de su primer viaje, desapareció
TIEMPO Y ESPACIO 135

en el mismo puerto de Estocolmo el 10 de agosto de 1628. En ocasio-


nes como esas el arqueólogo tiene la suerte de contemplar verdaderas
burbujas de tiempo perfectamente selladas que encierran un tesoro
de cultura material y de costumbres sólo comparable a la tumba de
Tutankhamon, los enterramientos de Copan o la ciudad de Pompeya.
Pero no todas las burbujas de tiempo conservadas in situ ofre-
cen respuestas sencillas. El contenido del barco varado en tierra de
Sotton Hoo que sirvió de sarcófago, ha sido objeto de diversas inter-
pretaciones (Carver, 1998). Se trata de una colección ecléctica de ob-
jetos de origen diverso: local, del continente, del Mediterráneo orien-
tal, de objetos paganos y de objetos cristianos. Algunos de los objetos
ya eran antigüedades cuando fueron abandonados en el barco, por lo
que la idea de contemporaneidad se toma borrosa. Además, el objeto
quizás más significativo, el cuerpo, o nunca llegó a ocupar su sitio o
desapareció pronto. En este caso un contexto in situ ha sido motivo de
gran controversia sobre diversos aspectos: la fecha, sobre si se tra-
taba realmente de un enterramiento o de un cenotafio, sobre la iden-
tidad de la persona enterrada o recordada ... Ello es en parte debido a
la poca documentación escrita existente que pueda relacionarse con el
vestigio. Sospecho que si la suerte del Vasa y del Mary Rose no hubiese
sido documentada por escrito en su momento, ahora tendríamos so-
bre estos dos casos, debates parecidos y tan a menudo improducti-
vos, como los que rodean el caso del Sutton Hoo.

Señales arqueológicas del tiempo

La integridad contextual, el ideal in situ, es algo muy diferente a


la noción de señal arqueológica. Una buena señal del tiempo es una
excelente referencia para contrastar lo que ocurrió en un determinado
lugar con lo que queda de ello. Es el equivalente arqueológico a una
foto polaroid. Pongamos una situación muy factible: un grupo de ca-
zadores desplazándose para perseguir presas, recolectar frutos y fa-
bricar instrumentos de sílex por el camino. Si todas estas actividades
las hicieran en un determinado lugar dejando los correspondientes res-
tos sobrantes, éstos podrían convertirse en una de estas buenas seña-
les, aun cuando más tarde fueran alteradas por los procesos geológi-
cos u otras transformaciones (véase capítulo 3).
Pero lo más común son las señales bastas. Es el caso en que se
produce una separación tanto temporal como espacial entre activi-
dad y deposición. El trabajo que estas señales implican se parece al
montaje de una película: cortes, paradas, recomposiciones. El trigo
que fue a parar a un granero creció a menudo varios kilómetros más
lejos. Permaneció almacenado en jarras largo tiempo y fue distribuido
136 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

un día quizás entre gente que no lo cultivó ni lo procesó. Al fin se


convirtió en pan y sólo después fue a parar al registro arqueológico.
En cambio, los granos de trigo que fueron a parar al fuego y se car-
bonizaron, puede que sigan estando en el mismo lugar donde caye-
ron hace 6.000 años. La integridad de su preservación no constituiría
en este caso un problema. Las señales del tiempo registran los ritmos
temporales de un comportamiento que tuvo como consecuencia el que
algunas cosas quedaran abandonadas para siempre.

Significado = mensaje + contexto

La palabra contexto se emplea también para significar otra cosa.


Además de referirse al registro de objetos teniendo en cuenta las di-
mensiones espacial y temporal, se habla de análisis contextual en el
sentido de la interpretación de los significados de los objetos. ¿A qué
nos referimos por significado? Yo defino significado simplemente como
el mensaje + el contexto. Hablamos de mensajes en el capítulo 4 al dis-
cutir el problema que plantea lo que llamamos estilo en cultura ma-
terial. Nunca es fácil interpretar un vestigio, pero empezamos a hacer
camino al respecto cuando disolvimos las dicotomías entre estilo y fun-
ción, entre objeto social y objeto técnico. ¿Podemos hacer algo pare-
cido con el contexto?

Análisis contextual

Hodder ( 1991: 143) definió contexto como la totalidad del entorno


significativo en el cual aparecen unidades como atributo, objeto y con-
junto. Esta noción de «entorno significativo» se refiere a las relacio-
nes que contribuyen a destapar el significado de un objeto. También
contribuirán a conferir entidad al contexto las preguntas que el ar-
queólogo se haga.
Pera llegar a los significados los contextos han de tener una di-
mensión mayor que las unidades que se analizan. Cuando nos propo-
nemos interpretar un objeto el contexto viene determinado por las di-
mensiones tiempo y espacio que marcan el origen de este objeto y de
otros objetos. Si el objetivo es el significado, entonces el objeto, la
cultura y cualquier otra unidad no pueden ser abstraídas de este marco
que Hodder llama «entorno significativo» y estudiados aisladamente.
Si falta este marco el mensaje es irrecuperable.
El análisis contextual persigue destapar estos campos de refe-
rencias simbólicos que dan entidad al contexto y otorgan significado
al objeto dentro de su mundo. De ahí que, volviendo a la metáfora del
«texto», el análisis contextual ha de contar con las distintas lecturas
TIEMPO Y ESPACIO 137

que se puedan hacer. Avanza según la densidad de datos disponibles,


por lo que cuanto más datos haya, mejor.

Enfoque conjuntivo

Muchas de las cosas que venimos diciendo sobre el análisis con-


textual fueron avanzadas hace más de 40 años por Walter Taylor en
su enfoque conjuntivo. Del mismo partió Hodder para esbozar su pers-
pectiva contextual (Hodder, 1991: 189). El enfoque conjuntivo enfatizó
la necesidad de analizar las culturas desde dentro, identificando afi-
nidades mediante las asociaciones y las relaciones, los parecidos y las
diferencias, objeto a objeto, atributo a atributo (Taylor, 1948: 95-96 ).
Este enfoque contrastaba con el enfoque comparativo que entonces
era el dominante en arqueología y que perseguía descubrir las corres-
pondencias fuera de la unidad estudiada que solía ser la cultura. Taylor,
igual que Hodder, advertía sobre el peligro del señuelo que represen-
taba en el enfoque comparativo el interés por los significados univer-
sales como el de función (capítulo 4).
Los análisis contextual y conjuntivo comparten también la creen-
cia básica de que la cultura explica la cultura y que el significado de
los objetos está contenido dentro de los mismos objetos y se pone
de manifiesto por medio de su contexto. También coincidirían en co-
sas como que:

Gran parte del trabajo del arqueólogo consiste en establecer un jui-


cio sobre las similitudes o diferencias que hay entre restos materiales
distintos, sean a nivel de objetos, de conjuntos o de complejos (Doran
y Hodson, 1975: 135).

CULTURA ARQUEOLÓGICA Y GRUPOS CULTURALES

La definición clásica de Childe de cultura arqueológica se vio en


el capítulo 3. Esta definición combina recurrencia en el tiempo con
distribución en el espacio. David Clarke la retocó ligeramente po-
niéndola al día y añadiendo una agrupación superior el grupo cultu-
ral. Cultura era un «conjunto politético concreto de grandes catego-
rías tipo de objetos que de forma consistente aparecían juntas formando
assemblages (conjuntos) dentro de una determinada área geográfica»,
mientras que grupo cultural era una «familia de culturas en transfor-
mación; eso es, de culturas colaterales caracterizadas por conjuntos
que comparten una gama politética pero en estados diferentes, de los
mismos tipos de objetos concretos» (1968: 188).
138 ARQUEOLOGíA BÁSICA

Clarke nos está diciendo en el lenguaje de su época que los gru-


pos culturales constituyen culturas débiles. Podemos comprobar efec-
tivamente que se dan ciertos patrones pero que no son muy robustos.
Hay contradicciones con el modelo cultural puesto que se espera una
mayor correspondencia en la generalización y presencia de ciertos ti-
pos de objetos dentro de los conjuntos y entre conjuntos excavados
en yacimientos distintos.
Lo destacable de la estructura politética de los objetos según Clarke
es que los grupos culturales tienen una menor afinidad global. Clarke su-
girió un 30 por ciento de afinidad para los tipos de objetos específicos,
por ejemplo ciertas formas de tazas altas o de alfileres para la ropa, y
un 60 por ciento de afinidad para conjuntos de objetos más grandes,
para los tumbas en concreto, y para la cerámica en general. En cam-
bio, una cultura produciría unos porcentajes mucho mayores de ambos
tipos y conjuntos de tipos.

Taxonomía enmarañada

La naturaleza enmarañada de estas unidades con límites que no


quedan nada claros, como podía preverse del conjunto politético de
Clarke (figura 3.3), puede comprobarse ahora gráfica o espacialmente
(figura 6.1 ). La lección a extraer es que la actividad humana no es sus-
ceptible de ser dividida en partes. Si es confusa en el presente, tam-
bién lo es en estas representaciones del pasado. Somos los arqueólo-
gos los que imponemos las inflexiones y cortamos la trama sin solución
de continuidad con el fin de simplificar la complejidad para poder ma-
nejarla y analizarla.
Esta realidad tan enmarañada constituye el hueso más duro de
roer para los arqueólogos en tanto que taxonomistas. ¿Por dónde em-
pezar a cortar cuando apenas se pueden distinguir las costuras? Siempre
nos queda el interrogante de si más trabajo o más datos servirían
para convertir los grupos culturales en culturas a base de dar un em-
puje a los niveles de afinidad. La intuición de Clarke consistió en ha-
cer ver espacialmente los soportes estructurales de una cultura. Incluso
sugirió algunas estimaciones a nivel de tamaño (recuadro 17) pero
pienso que son una equivocación.

TECNOCOMPLEJO

Clarke propuso otro término, el «tecnocomplejo», para referirse


a unidades más vagas aún que el grupo cultural. Este término ha te-
nido mucha aceptación, en especial para el estudio de los útiles de pie-
TIEMPO Y ESPACIO 139

FIG. 6.1. Superposición de las unidades arqueológicas. Puede tratarse de distribuciones


espaciales o temporales. Pueden referirse a un único tipo de objetos como se muestra aquí
o a los diferentes tipos de objetos que forman una cultura arqueológica. También po-
drían ser tramas de relaciones y prácticas en el paisaje de la costumbre o en el paisaje so-
cial (a partir de Clarke, 1969: figura 58).

Recuadro 17:
El tamaño de las unidades arqueológicas
(Clarke, 1968: 331)

Abanico de radios estimado (km)


Cultura 30-300
Grupo cultural 300-1.200
Tecnocomplejo 1.200-7.500+
140 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

dra. En América es equivalente más o menos al término «tradición»;


por ejemplo, se habla de las tradiciones/tecnocomplejos Paleo-Indio,
Old Cordilleran, Arcaica, etc.
Los tecnocomplejos se caracterizan por presentar grandes fami-
lias de tipos de objetos. Si ordenáramos en un cuadro los conjuntos de
un tecnocomplejo veríamos que quizás sólo comparten el 5 por ciento
de los tipos de objetos, sin embargo podrían llegar a compartir hasta
el 60 por ciento de las familias de determinados tipos de objetos tales
como los útiles de caza, la tecnología para el transporte o los sistemas
de almacenamiento.
El tecnocomplejo es muy adecuado para manejar los conjuntos
de útiles de piedras poco estandarizados pero que son bastante pare-
cidos y cuya distribución abarca partes de Europa y África y que es-
tán pensados para hacer frente a los problemas ambientales a escala
regional e interregional. El uso de términos como familia por parte
de Clarke indica su dependencia del modelo biológico para establecer
una taxonomía arqueológica. En este caso se trata de un término fun-
cional, altamente sistémico y muy adaptable.

SISTEMA MUNDIAL

El problema de los arqueólogos es que se ven obligados a pensar


en grande. No en términos de ambición, que no falta en la profesión
ni ha faltado puesto que ahí están las excavaciones del Zigurat de Ur
o la limpieza de la selva que tapaba Angkor Wat, sino de reflexión so-
bre la escala de la interacción humana. La tentación ha sido siempre
pensar en términos locales, acaso con un tufillo de difusionismo para
dar cuenta de lo inexplicable.
El estudio de los antiguos imperios nos ha deparado grandes sor-
presas como la amplitud del sistema de comunicaciones de los incas
o el descubrimiento de monedas acuñadas en Roma en excavaciones
realizadas en Laos. El problema ha sido valorar el impacto de estas in-
dicaciones de contactos e intercambios. Uno de los logros de la ar-
queología de los últimos 40 años ha sido la ampliación de la escala a
la que se creía que la gente interactuaba en el pasado.
La arqueología ha contribuido a demostrar que las sociedades
participaban de un sistema de dimensiones internacionales mucho an-
tes de que Colón y los grandes imperios europeos aparecieran en la es-
cena. El historiador marxista Immanuel Wallerstein concibió un mo-
delo para interpretar este cambio de escala que llamó sistema mundo
(1974, 1980). Wallerstein analiza la acumulación cíclica de riqueza y
poder que se produce entre centros dominantes con sus periferias tri-
TIEMPO Y ESPACIO 141

butarias. La noción espacial de centro/periferia tuvo un gran impacto


en la arqueología que pudo entonces ampliar sus estudios sobre las
primitivas formas estatales, para incluir, como participantes del pro-
ceso civilizador, a las sociedades prehistóricas que rodeaban a aque-
llos primeros estados (Frank, 1993; Kristiansen y Rowlands, 1998: 222).
Este tipo de estudios pronto superó las expectativas creadas por la teo-
ría del sistema mundo. En algunos casos estas tentativas supusieron
la aplicación de la teoría del caos en su forma más banal, en que todo
se relaciona causalmente con todo (capítulo 7).

Un solo mundo

Pero el verdadero valor de la teoría del sistema mundo es haber


confirmado que el objetivo de la arqueología es el estudio de un mundo
interconectado. Nadie queda fuera, ni los cazadores-recolectores, que
la arqueología del siglo XIX arrinconó por marginales y primitivos.
Incluso los cazadores que habitaban con respecto a Europa y América
del Norte las tierras más remotas y extremas, fueron influenciados y
a su vez influenciaron de alguna forma las sociedades que ocupaban
una posición más central. Un ejemplo de ello es la transformación de
la sociedad Inuit de Siberia y Alaska gracias a contactos indirectos
con las civilizaciones del Amur situadas a más de 2.000 km de distan-
cia. La excavación de los enterramientos de aquellos cazadores y gue-
rreros prehistóricos nos ha revelado que guerreaban protegidos con
armaduras realizadas con huesos de ballena que imitaban las arma-
duras chinas que se usaban mucho más al sur. Mucho más tarde sus
descendientes proporcionarían los mismos huesos de ballena para fa-
bricar los corsés que se vendían en las corseterías de Londres y París.
Es un buen ejemplo del poder de la cultura material en los procesos
de cambio y transformación social.
La lección a extraer de la teoría del sistema mundo es que hay
que pensar en grande. Es decir, que no siempre hay que esperar res-
puestas locales a cuestiones locales, especialmente con relación a todo
aquello que tiene que ver con los cambios (capítulo 7). No se puede su-
bestimar la escala a la que funcionaba el mundo «primitivo».

El tiempo

La discusión que hemos planteado sobre los contextos y las uni-


dades era inevitable ya que el tiempo, igual que la acción habida en el
pasado, también es invisible. Sin duda lo podemos percibir pero no lo
podemos tocar. Utilizamos metáforas para describir la percepción del
142 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

tiempo: «el tiempo es una línea que se pierde en el horizonte» o


«el tiempo es cíclico»; así como para describir la velocidad con la que
parece que transcurre: «cómo pasa el tiempo cuando uno se distrae»,
o «tengo todo el tiempo del mundo». La percepción del tiempo en el
pasado no se agota con el uso de cronologías, sino que también se vale
de unidades como objeto, tecnocomplejo y cultura arqueológica. Son,
si queréis, lapsos de tiempo congelados. La diferencia es que podemos
tocar estas unidades arqueológicas porque las hemos creado nosotros
mismos y podemos cambiar su forma si modificamos nuestras ideas
sobre ellas.

TEMPORALIDAD

Todo esto plantea el problema de la temporalidad. La temporali-


dad podría definirse como el conjunto de actividades y procesos que
ocurren en el tiempo. Puesto que el flujo de experiencias es algo que no
cesa, lo que perseguimos como arqueólogos son las estructuras tem-
porales que nos vemos obligados a emplear para que un proceso nos
sea inteligible. Al mismo tiempo, al dividir el tiempo en partes reco-
nocemos que diferentes actividades han de tener estructuras temporales
también diferentes. Algunas de ellas podrán casar bien con la metá-
fora del tiempo a modo de línea que se pierde en el horizonte, con su
indicación sobre el progreso (en el sentido de avance) y la dirección
del mismo; otras, con la rueda que da una vuelta completa cada año,
como el ritual de Navidad. Otras actividades quizás casen mejor con
los procesos de envejecimiento, como los monumentos en ruinas que
simbolizan el paso del tiempo y la decadencia que conlleva sobre las
cosas erigidas por el ser humano.
Pero esas metáforas son predecibles y apenas sirven para redu-
cir el flujo del tiempo a porciones del mismo aptas para ser analiza-
das, como serían los objetos. Es posible comparar una línea de pro-
greso (capítulo 7) con otra, por ejemplo, el advenimiento de la
civilización en el Próximo Oriente y en Mesoamérica, o el desarrollo
de la metalurgia en China y en África. Es también posible contrastar
ciclos diferentes, como los ciclos anuales de subsistencia de los caza-
dores-recolectores (algo que puede hacerse realmente a escala plane-
taria) o los rituales solares y lunares puestos de manifiesto por los mo-
numentos neolíticos de Knowth y Newgrange en el Valle de Boyne,
Irlanda. Sin negar el valor a este tipo de comparaciones, yo abonaría
el enfoque conjuntivo (véase más arriba) cuando sostiene que hay
que ir más allá de la superficie de las cosas para comprobar si es po-
sible plantear el problema de la temporalidad, es decir, no contentarse
TIEMPO Y ESPACIO 143

sólo con la medida y clasificación de las unidades de tiempo (véase re-


cuadro 11).

CONCEPCIONES AYB DEL TIEMPO

El antropólogo Alfred Gell ( 1992) refutó claramente la idea de que


las distintas culturas del mundo experimentan el tiempo de forma dis-
tinta. Es esta una cuestión importante ya que si así fuera, podríamos
suponer un estado de las cosas parecido con respecto a los pueblos del
pasado (capítulo 4, La presunción uniformizadora). Gell concluyó que
todos poseemos básicamente dos maneras de concebir al tiempo. La
diferencia estriba en lo siguiente:
Tiempo A = pasado/presente/futuro
Tiempo B =antes/después
Para un tiempo de tipo A el presente es meramente un momento
que pasa sin apenas darnos cuenta; una gota en la corriente de la
conciencia que no puede asirse ni describirse adecuadamente. Los que
conciben el tiempo de esta forma se ven obligados a dedicar mucho
tiempo a hablar del pasado y del futuro para establecer lo que está ocu-
rriendo en el presente. Los que conciben el tiempo del modo B, pue-
den concretar el tiempo inscribiéndolo en el espacio. El tiempo ocu-
rre entre dos acontecimientos que quedan señalados.
Esto es todo. Gell añade que, en la práctica, las dos concepcio-
nes funcionan juntas. El tiempo de tipo A nos proporciona represen-
taciones internas de lo que para el tiempo de tipo B son representa-
ciones externas. Estas representaciones externas del tiempo de tipo B,
a su vez informan nuestra manera de pensar el tiempo en el instante
del presente. ¿Qué saca de todo ello el arqueólogo? La respuesta pasa
por los objetos. Los objetos permanecen, duran (tiempo tipo B), pero
al mismo tiempo cambian fruto de la relación que mantienen con nos-
otros, con las personas (tiempo tipo A).

ESCALAS DEL TIEMPO

A estas alturas debe ya entenderse bien por qué las concepciones


del tiempo, en contraposición a la media del tiempo, cuentan tan poco
tanto para la historia cultural, como para la arqueología neodarwinista
o la arqueología procesual (capítulo 2). Tal como mostró Geoff Bailey,
dedicamos muchos recursos a medir el tiempo y en cambio muy po-
cos a las concepciones del tiempo (1983). Quizás, irónicamente, el
144 ARQUEOLOGíA BÁSICA

tiempo no se ve como el recurso necesario para dar forma al pasado.


Se contempla meramente, gracias a la apariencia de decadencia, como
aquello que nos impide obtener un cuadro completo del pasado en el
presente.
Con relación a este estéril torbellino del tiempo, se han plantea-
do algunas ideas sobre lo que la perspectiva arqueológica puede ofre-
cer a la comprensión del tiempo humano. El perspectivismo de Geoff
Bailey ( 1983) aborda el problema de las grandes escalas temporales
y su relación con la investigación de la evolución humana. Los geó-
logos y los arqueólogos han llamado la atención sobre las perspecti-
vas a largo término para abordar los problemas que plantea la adap-
tación, la supervivencia o las relaciones entre las fases de equilibrio
y las de cambio.
El largo término, medido en miles de años, no cabe duda de que
es asumido por el pensamiento arqueológico. La gente se pregunta, sin
embargo, cómo pueden los arqueólogos manejar lapsos de tiempo
tan grandes.

CONTEMPORANEIDAD

La respuesta es que no pueden. De la misma forma que las dis-


tancias interestelares nos abruman, el hecho de que la cueva de Chauvet,
en el sur de Francia, pintada con unos fabulosos rinocerontes, caba-
llos y leones, y datada hace 33.000 años, esté a una distancia tempo-
ral parecida de Lascaux, realizada hace 17.000 años, que ésta de la
Capilla Sixtina de Miguel Ángel, nos deja perplejos. Las tres fueron
pintadas por gentes con capacidades modernas, pero las dos prime-
ras lo fueron mediatizadas por una tradición milenaria de actividad
humana en el paisaje gobernada por los ritmos de la caza y la reco-
lección.
Es un ejemplo de lapsos temporales que desbordan las capacida-
des de cualquiera. No podemos pensar en términos de decenas de mi-
llares de años. Incluso nos es muy difícil pensar en términos de esca-
las más manejables de 500 años. Se trata en cualquier caso de escalas
que están normalmente fuera de nuestro alcance. Por ello intentamos
materializar el tiempo en unidades separadas. Promediamos el tiempo,
pues, para poder manejarlo.
Pero ello representa tan sólo una parte del proceso necesario para
llegar a captar el tiempo. También nos es preciso humanizar el tiempo,
acercarlo a las personas. Ello se logra procurando que las unidades
de tiempo respeten al registro arqueológico y la forma normal que te-
nemos de experimentar el paso del tiempo.
TIEMPO Y ESPACIO 145

MANEJAR UNIDADES DE TIEMPO

La concreción del tiempo en unidades separadas es el proce-


dimiento de que nos valemos para abordar la contemporaneidad.
Los documentos históricos contienen lo necesario para que esa
forma de manejar el tiempo resulte apropiada. Con un poco de
esfuerzo removiendo documentos en los archivos, probablemente
podamos llegar a saber qué estaban haciendo los demás monarcas
europeos el 10 de agosto de 1628 cuando se hundió el Vasa. Pro-
bablemente reían. Seguramente sea todavía más sencillo compa-
rar lo que sucedía en Suecia, Inglaterra, Massachusetts y la China
en aquel mismo año o en aquella misma década. Por ello decimos
que es relativamente sencillo obtener un cierto control de la contem-
poraneidad cuando nos circunscribimos al lapso de tiempo de una
vida humana.
¡33.000 años!, una fecha que nos abruma de tan precisa. Sería
posible comparar lo que ocurría en Tasmania, Sudáfrica y Europa por
aquel entonces; sin embargo, nadie sería capaz de hablar en este caso
de contemporaneidad a nivel de una sola generación, es decir de 20
años. Pero entonces, ¿a qué vienen comparaciones como esa? Las pre-
guntas idóneas para hace 33.000 años no tendrán nada que ver con la
política exterior y las ambiciones militares del rey Gustavo Adolfo,
cuyo buque insignia naufragó en aquel triste día. El hecho de que las
pinturas de la cueva de Chauvet pudieron haberse pintado en una se-
mana, un mes o tras muchas visitas a la cueva a lo largo de 20 o de
100 años, es algo que no sabemos, por lo que la cuestión de la con-
temporaneidad no tiene ninguna importancia. Lo que tenemos son
algunos acontecimientos precisos y grandes lapsos de tiempo repre-
sentados por un palimpsesto de momentos, lugares paisajes y obje-
tos. En el Paleolítico Inferior estos promedios de tiempo significan
que la contemporaneidad a menudo viene representada por un lapso
de tiempo de 70.000 años de duración. En el Neolítico estas unida-
des temporales se reducen a períodos de entre 700 y 1.000 años. En
la Edad Media las unidades de tiempo contemporáneas tiene entre 50
y 100 años.
Por lo tanto, no cabe esperar que el pasado se comporte como el
presente, especialmente cuando hablamos de contemporaneidad. En
cambio, hay que felicitamos de esta parte de nuestra cultivada imagi-
nación arqueológica que nos permite reflexionar superando las res-
tricciones normales que encontramos y reconocer que nuestra con-
cepción actual del tiempo (ayer, hoy, las noticias que se conocen
instantáneamente en todo el mundo) no es la única forma de experi-
mentar la contemporaneidad de la acción humana.
146 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

MICROESCALAS Y MACROESCALAS TEMPORALES

La discusión sobre la contemporaneidad ha puesto de relieve un


problema que nos persigue: las microescalas y las macroescalas. La ar-
queología ha de manejar muchos datos de alcance temporal, por lo
que se impone estudiar este problema. En todas las excavaciones los
arqueólogos se enfrentan a testimonios de episodios brevísimos. ¿Cuándo
se tarda en echar un resto de comida a un vertedero? Se podría infe-
rir que los mismos restos de plantas y animales así como el cuenco de
cerámica con el que van asociados representan períodos de tiempo mu-
cho más largos. El hueso de cerdo procede de un ejemplar de tres años
de edad; los granos de trigo, de la cosecha de la temporada; el cuenco
pudo durar una generación. El vertedero en el que fueron echados
puede datarse de principios de la Edad Media, 150 años arriba, 150
años abajo.
Cuando se preservan in situ actividades a una escala temporal
breve, nuestra imaginación arqueológica se pone impaciente. El prin-
cipal horizonte arqueológico del yacimiento de Boxgrove, en Inglaterra,
con una antigüedad de 500.000 años, duró probablemente no más de
una generación. Durante este período de unos 20 años, hubo indivi-
duos que visitaron con regularidad el lugar, fabricaron sus útiles de sí-
lex, cazaron y descuartizaron sus presas, y dejaron abandonados los
restos de estas actividades. Los quince minutos necesarios para hacer
un bifaz, y las pocas horas requeridas para descuartizar a un caballo,
están contenidos en el interior de un manto estratigráfico de 20 años,
hace medio millón. En este ejemplo, las dos escalas de tiempo están
perfectamente incrustadas una con la otra.

LUGAR Y PAISAJE

Nos preocupamos por las concepciones del tiempo ya que éste


está relacionado con la otra dimensión arqueológica: el espacio. Las
unidades y escalas de las que hemos hablado en el capítulo 3 y las
que serán objeto de atención seguidamente (por ejemplo, yacimiento
y territorio) requieren de la dimensión tiempo como medida de su
duración. En términos espaciales, están hechas de objetos comunes y
de otros vestigios que perduran sobre el terreno a modo de señales.
El mensaje es claro: por allí pasó determinada gente que hizo esto y
aquello durante un cierto tiempo; luego se marcharon y otros ocupa-
ron el mismo lugar.
Otra forma de verlo podría ser entender de manera distinta tér-
minos tan habituales como lugar y paisaje. Pero el truco consiste en
TIEMPO Y ESPACIO 147

darse cuenta de que no constituyen verdaderas alternativas a los tér-


minos arqueológicos de «yacimiento» y «entorno». Lugares y paisajes
son el producto de unas vidas humanas. Son términos que tienen que
ver con el tiempo y la temporalidad.
La palabra clave aquí es implicación humana, con todo lo que
ello significa en relación a una corriente de actividad que no cesa.
Tal como Chris Gosden propone, partimos de la idea de que los tiem-
pos que estas corrientes de actividad generaron constituyen el paisaje
(1994: 193). En este contexto podemos definir lugar de la forma si-
guiente:

[ ... ] el conjunto de experiencias que proporciona a los que ocupan su


tiempo en un espacio determinado -las vistas, sonidos y olores que
constituyen un ambiente particular y que dependen del tipo de activi-
dades a que se dedican sus pobladores (Ingold, 1993: 155).

Los lugares constituyen porciones diferenciadas de esta implica-


ción humana continua sobre el paisaje. Las actividades que tienen lu-
gar estructuran la temporalidad del paisaje y la llenan de significado.
El paisaje adquiere su historia distintiva a través de la superimposi-
ción de trazas de actividad humana que van de la erosión de los sue-
los a la construcción de un templo o del abandono de un hueso roído
a la sepultura de un ser querido.
A la luz de esta manera de entender el lugar estamos en disposi-
ción de escribir la ecuación
significado = mensaje + contexto
de otra forma, a saber:
significado = objeto/estilo + lugar/paisaje

PAISAJE DE LA COSTUMBRE, ENTORNOS DE INTERVENCIÓN


Y PAISAJE SOCIAL

Hay otros tres términos que nos servirán para explicar lo que pre-
tendemos. El primero es el de paisaje de la costumbre (Gosden, 1994:
182), término que resume las acciones habituales, obligadas muchas
veces, que realizamos en nuestra vida cotidiana y que nos permiten ir
tirando. El paisaje de la costumbre se construye por medio de las ac-
ciones que sirven para producir cosas necesarias que no nos causan
trastornos mayores a no ser que algo falle de repente, como por ejem-
plo que se parta un cuchillo, que el invierno se prolongue demasiado
o que la cosecha falle.
148 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

El segundo es entorno de intervención y viene sugerido por Tim


lngold (1993). A este respecto podríamos afirmar que las acciones va-
len más que las palabras. Nuestra imaginación arqueológica nos dice
que la actividad humana se puede oír del mismo modo que se puede
ver o puede inferirse. El estar atentos a lo que los demás hacen es una
actividad social crucial. Nuestros oídos confirman que estamos ro-
deados de acción creativa a la que somos capaces de responder: es el
entorno de intervención.
Los hábitos de vida se desarrollan en el marco de nuestro tercer
término, que es otro tipo de paisaje, el paisaje social. En este marco las
opciones son más deliberadas, más creativas en términos de negocia-
ción con las demás personas y con las cosas. El paisaje de la costum-
bre y el paisaje social se influencian uno al otro, ya que están firme-
mente incrustados uno con otro. El paralelo con la conciencia práctica
y la conciencia discursiva que todos poseemos, es evidente, ya que
siendo ambas indivisibles permiten no obstante al ser humano llevar
a cabo diferentes tipos de actos. El estudio sobre la pintura rupestre
en la Europa Atlántica de Richard Bradley ( 1997) nos ofrece un exce-
lente ejemplo de ello. La composición y ubicación de las muestras de
arte rupestre están condicionadas por las actividades habituales de la
gente, como cuidar de los animales domésticos, pero al mismo tiempo
están condicionadas por la vida de relación social.
Durante el curso de la evolución humana nuestro paisaje social
ha experimentado cambios significativos (capítulo 7). Los objetos
que incorporan al tiempo, y nuestras relaciones con los mismos, han
ocupado un lugar central en estas transformaciones. Producto de la
acción humana, lugar y paisaje simbolizan el tiempo y el espacio a tra-
vés de estos objetos.

EL ESPACIO

El espacio resulta más fácil de trabajar que el tiempo. La distan-


cia entre dos puntos, el tamaño de un asentamiento, o la cantidad de
objetos encontrados lejos de su lugar de manufactura son incógnitas
fáciles de resolver. Los arqueólogos suelen elaborar mapas de distri-
bución de los vestigios y a escala pequeña los planos de excavación
representan una herramienta de trabajo a todas luces básica. La cuan-
tificación de los datos espaciales y el muestreo sistemático sobre áreas
predeterminadas representaron en su momento dos grandes avances
por la senda de la arqueología procesual. Vamos a examinar ahora es-
tos progresos a través de otro de los logros de la arqueología proce-
sual, el proyecto de investigación.
TIEMPO Y ESPACIO 149

La nueva geografía de los años 1960 (Haggett, 1965; Chorley y


Haggett, 1967) que manejaba como la nueva arqueología, leyes, hipó-
tesis, modelos, muestras, y análisis estadísticos, proporcionó el im-
pulso que necesitaba la arqueología espacial (Clarke, 1972a; Hodder
y Orton, 1976). Fue seguida con más fervor en Europa que en otras
latitudes en parte debido a que la cuantificación parecía que llenaba
el vacío dejado por las carencias de la etnografía. La «arqueología como
antropología» de América del Norte se convirtió en Gran Bretaña en
«arqueología como geografía», hasta que la falta de contenido humano
de este enfoque se puso plenamente de relieve (Gamble, 1987).
Se investigaron a fondo las distintas escalas del análisis espacial
(Clarke, 1977), avanzando de la escala pequeña a la mayor. La combi-
nación de proyecto de investigación, método y análisis cuantitativo
produjo el modelo de análisis espacial que tanto ha influido como
marco para la investigación y la interpretación arqueológicas. El tra-
bajo de Flannery en Mesoamérica (véase más abajo) y el estudio de un
sistema de asentamientos de la Edad del Hierro de Clarke (1972b),
constituyen dos ejemplos clásicos de este tipo de enfoque (figura 6.2).
Pero el estudio del espacio lleva a considerar otras cosas. En pri-
mer lugar implica identificar unos patrones que como mínimo se
producen en los siguientes niveles:

en el interior de un yacimiento,
a nivel de yacimiento entero,
a nivel de región o territorio.

En segundo lugar, hay por lo menos cuatro enfoques analíticos


en relación al espacio que requieren cierta consideración por su con-
tribución a la arqueología en su conjunto, que son:

los lugares centrales y los sistemas de gobierno,


el desgaste producido por la distancia,
los sistemas de información geográfica,
el uso social del espacio,
- identificación de patrones.

Identificación de patrones

Tal como decían Doran y Hodson (véase más arriba) los arqueó-
logos dedican una gran parte de su tiempo a la identificación de pa-
trones a escalas diferentes. Hay tres escalas fundamentales corres-
pondientes a los tres niveles citados unos párrafos más arriba.
150 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

lnterregional
comercio/guerra/
sistema mundial

Ciudad, pueblos,
aldeas y caseríos

Pueblo

I
, '----, \
I A .:Q:..........
1
.Q. '
\ Área de captación
1 A .;l:lllCE, 1
'
'-----, ... ,., I 1
Aldea

Local

Casa

FIG. 6.2. De la escala pequeña a la grande. La adaptación de las escalas espaciales a los
conceptos permite analizar la acción humana a diversas escalas sin perder de vista el cua-
dro general. El ejemplo procede de la Edad del Hierro del sur de Inglaterra (a partir de
Clarke, 1972).

ESCALAS ESPACIALES

Analíticamente estas tres escalas espaciales, igual que las típicas


muñecas rusas, forman los caparazones superpuestos de una estruc-
tura jerárquica.

EL INTERIOR DEL YACIMIENTO

El primer nivel de la jerarquía de las escalas espaciales se en-


cuentra a nivel del espacio interior de un yacimiento. Este nivel com-
TIEMPO Y ESPACIO 151

bina muchos de los aspectos de carácter contextual que ya hemos exa-


minado, pero con una importante diferencia. El análisis a este nivel
persigue descubrir patrones espaciales entre grupos de contextos re-
lacionados entre sí y elementos que han sido identificados durante la
excavación. Se basa en la distribución de los vestigios y su frecuencia
cuantitativa según aparecen en la retícula y no en su relación con un
contexto definible. El análisis de patrones en el interior de un yaci-
miento está muy relacionado con el planteamiento de cuestiones es-
pecíficas sobre actividades y sobre las características del entorno cons-
truido.

EL YACIMIENTO EN SÍ

Hasta hace poco los yacimientos han constituido casi todo lo que
un arqueólogo podía necesitar para realizar su trabajo y labrarse una
carrera profesional. Sin embargo, cada vez más, la información que
requiere el arqueólogo ya no procede de la excavación sino de otras
formas de intervención no invasivas (capítulo 3). Hoy disponemos de
la prospección geofísica y de fotos aéreas, y practicamos la prospec-
ción sistemática en busca de objetos a nivel de la superficie del terreno.
La excavación ya no nos lo resuelve todo.
Los yacimientos pueden ser descritos de muchas formas.
Funcionalmente podemos tener, por ejemplo, villas, fortificaciones,
ciudades, monasterios, campamentos, etc ... Estos yacimientos se des-
criben a nivel cuantitativo estudiando factores tales como tamaño, con-
tenido, edad, duración y complejidad.
Pero los yacimientos, igual que los grupos culturales, pueden tam-
bién resultar muy difíciles de definir. A veces los límites no pueden dis-
cernirse con claridad. Cuando aparecen zanjas, muros y taludes todo
es más sencillo, pudiéndose establecer comparaciones utilizando la va-
riable tamaño. Pero muy a menudo es muy difícil de saber dónde ter-
mina un yacimiento y dónde empieza otro, especialmente cuando te-
nemos un tipo de yacimiento, el asentamiento abierto, representado
por un conjunto de materiales diseminados por el paisaje. En este caso
en algunas ocasiones pueden encontrarse indicadores cronológicos,
como ciertos tipos característicos de sílex o de restos cerámicos.

TERRITORIO O REGIÓN

El último nivel de la jerarquía de escalas espaciales es la región.


También suele presentar dificultades a la hora de delimitarla. Puede
152 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

tratarse de un territorio específico para determinados períodos, caso


del territorio de caza. O puede ser delimitado por el parecido de cate-
gorías de objetos muy determinadas. Los objetos que más se usan a
este respecto son el sílex, las monedas o la cerámica. Pero este método
no da a menudo los resultados apetecidos, o resulta muy complicado
de llevar a cabo, como muestra la figura 3.3. En casos donde hay in-
formación lingüística y antropológica abundante, como en el sudoeste
de los Estados Unidos o en Australia, este tipo de información es su-
ficiente para establecer los límites territoriales. Lo que se acostumbra
a hacer es comparar la arqueología de dos regiones etnográficas para
investigar cuestiones de tipo cronológico. Pero este enfoque conlleva
el riesgo de recrear un pasado en forma de presente (véase capítulo 4).
Tal como estableció la arqueología procesual, la investigación y
el análisis a escala regional constituye un concepto arqueológico muy
importante. Cuando se estudia el comportamiento, la unidad de aná-
lisis debe ser mayor, de manera que pueda recuperarse a efectos de es-
tudio, una selección representativa del comportamiento (capítulo 3,
Estrategias de muestreo). Esto siempre complicó los viejos enfoques
que acostumbraban a considerar a un determinado yacimiento como
representativo de comportamientos culturales generales, cuando de
hecho podían ser atípicos. Además el tamaño de las regiones varía en
función de la movilidad y escala de los contactos intergrupales. Por
esta razón se demarcaban regiones sobre la retícula de forma a me-
nudo arbitraria, pudiendo sus tamaños variar dependiendo de la mo-
vilidad y gama de los contactos que se pensaba que el sistema estu-
diado tenía; a continuación se obtenían de forma sistemática muestras
de los contenidos de cada celda de la retícula. La alternativa consiste
en delimitar regiones naturales. Cuando el estudio apunta a los pro-
blemas ecológicos, por ejemplo, el muestreo del círculo de subsisten-
cia de los cazadores-recolectores, este método tiene sus ventajas. Tiene
en cambio menor sentido cuando el interés se centra en instancias de
carácter más abstracto como las relaciones de poder, el intercambio o
la identidad.

LA VISIÓN TERRITORIAL

La investigación de la arqueología del valle de Oaxaca, en México


por Kent Flannery (1976) constituye un buen ejemplo de este enfoque.
Este estudio tan influyente, al tiempo que entretenido, del advenimiento
de una civilización, funciona como una parábola de las tendencias mo-
dernas de la arqueología. El estudio se presenta como un diálogo en-
tre tres arqueólogos de ficción y va mucho más lejos de lo puramente
TIEMPO Y ESPACIO 153

descriptivo conteniendo un intenso trabajo de campo sistemático y es-


tadístico asociado al empleo de modelos dinámicos contrastados. Los
puntos de vista del Gran Sintetizador (el personaje de Flannery que
trabaja con los datos de los demás), del Arqueólogo Mesoamericano
Auténtico (el personaje que representa al historiador cultural intere-
sado en el período de formación de la civilización) y del Arqueólogo
Recién Licenciado (el personaje que representa al arqueólogo joven
ferviente procesualista) no disfrazan el hecho de que los tres son parte
de una única personalidad. La parábola no se refiere a quién de los
tres gana la partida, sino al hecho de que tras años de silencio o de
puntos de vista únicos, lo que importa es que haya debate.
La originalidad de Flannery con respecto al análisis regional es-
triba en que se construye de abajo arriba. Empieza con el hogar, luego
contempla la aldea, a continuación aborda el territorio y finalmente
llega a la escala interregional. Este modelo ha tenido una gran reper-
cusión. En vez de empezar con una gran teoría o ley, empieza con la
recuperación de información relativa a las formas de vida cotidianas.
Esta jerarquización de las técnicas analíticas, que modifica las cues-
tiones a plantear y las inferencias a hacer sobre los comportamientos,
muestra cómo se puede hacer auténtica arqueología procesual y no
cómo hay que tomarla. La misma estructura metodológica puede en-
contrarse en el estudio de Clarke sobre la Edad del Hierro en la Gran
Bretaña (1972b, 1979) y en el estudio de Colin Renfrew y Malcom
Wagstaff sobre la ciudad de Phylakopi en la isla griega de Melos, y su
papel en la Edad del Bronce del área del Egeo.

Enfoques analíticos con relación al espacio

El espacio confiere a los datos unos patrones muy marcados, y


al mismo tiempo un marco para la investigación arqueológica. ¿Cómo
abordarlo, pues, y qué principios hay que tener en cuenta? He selec-
cionado seis modelos y técnicas que ilustran la importancia del espa-
cio en arqueología. Dependen en particular del espacio, el estudio de
las relaciones sociales y la construcción del género.

LUGARES CENTRALES

La relación entre espacio, asentamiento y organización social ha


constituido tradicionalmente un hito cuando se ha tratado de sinteti-
zar la información arqueológica tanto a nivel de yacimiento como de
territorio. Los lugares centrales realizan funciones particulares, como
154 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

por ejemplo la función de mercado, y a menudo su ubicación tiene que


ver con la geografía; por ejemplo, la proximidad a los mejores suelos
de la zona, o buenas comunicaciones fluviales. Pero las ventajas na-
turales no son siempre evidentes por sí mismas. ¿Hay alguien que me
pueda explicar por qué Stonehenge está en plena llanura a merced de
fuertes vientos?
Los lugares centrales tienen que ver con la gente, con el flujo de
bienes y con la información. El concepto ha sido aplicado a todos los
períodos de la arqueología. Glynn Isaac (1978) propuso un modelo de
forrajeo en lugar central para los cazadores-recolectores, basado en su
trabajo de campo en África Oriental, y en el trabajo etnográfico de
Richard Lee con los forrajeros transhumantes ¡kung san del Kalahari.
El modelo de Isaac para los homínidos de hace 2 millones de años los
hace irradiar a diario de sus campamentos base en busca de comida.
Este autor amplió su modelo lo necesario para poder considerar pro-
blemas como la extensión espacial de la actividad forrajera, la división
del trabajo entre sexos y el transporte de comida. A partir de ahí de-
sarrolló su hipótesis sobre reparto de comida para explicar los oríge-
nes culturales de la especie humana.
Las mismas propiedades de la centralidad fueron usadas por
Claudio Vita-Finzi y Eric Higgs (1970) en su modelo de análisis de áreas
de captación que amalgamaba los principios de la geografía econó-
mica urbana y la forma de forrajeo de los ¡kung san. Estos autores apli-
caron el análisis territorial tanto a los yacimientos de los cazadores
como de los agricultores. Para los primeros el territorio tenía un radio
de 1O km y para los segundos de 5 km. Más allá de estas distancias la
posibilidad de retorno caía de manera predecible, ya que hacían falta
más calorías para desplazarse que las que se podían obtener. De ahí
que se estableciera un umbral territorial o campo de operaciones. Estos
umbrales podían establecerse caminando campo a través desde los ya-
cimientos hasta alcanzar la longitud del radio, experimentando sobre
el terreno suelos, pendientes y paisaje. El área de captación de un ya-
cimiento se asoció a su contenido económico, lo que incluía huesos de
animales y granos de cereal carbonizados. El análisis de áreas de cap-
tación proporcionó, dibujando un círculo sobre el terreno, la explica-
ción de la localización de los yacimientos. Nuestros ancestros monta-
ban campamentos o construían aldeas para explotar los recursos de
los alrededores.
La noción de centralidad se ha aplicado también a monumen-
tos y asentamientos de cronología posterior. A este respecto han te-
nido una gran repercusión los estudios de Colín Renfrew sobre las
economías palaciegas de la Grecia micénica y minoica ( 1972).
Palacios como el de Cnossos y ciudadelas como las de Micenas fue-
TIEMPO Y ESPACIO 155

ron estudiados para determinar tamaño y funciones. En particular,


la presencia de varios graneros en Cnossos llevó a interpretarlos
como centros de redistribución. Además los lugares centrales te-
nían a personajes centrales cuyo estatus y poder derivaba de su
habilidad para organizar la distribución de los excedentes agríco-
las y artesanos.

SISTEMAS DE GOBIERNO

Los tamaños relativos de estos lugares centrales han constituido


una poderosa herramienta para caracterizar la demografía y las es-
tructuras de poder que comportan los sistemas de gobierno de las
primitivas formas estatales. En Mesopotamia hay generalmente una
marcada diferencia entre el tamaño de los mayores yacimientos y los
de sus alrededores, por ejemplo, la antigua Uruk (Redman, 1978: 255).
Este fenómeno es conocido como distribución primada, en que un cen-
tro domina el panorama general de asentamientos de una región. En
posteriores fases del proceso de formación de los estados, esta dispa-
ridad en el tamaño de los yacimientos se reduce y el gráfico muestra
entonces una distribución más equilibrada de ciudades y aldeas. Al
mismo tiempo hay cambios en la forma de concentración del poder en
pocas manos en cada centro.
El interés por la formación de estructuras de poder ha dado lu-
gar a estudios que privilegian la dimensión espacial y estudios que pri-
vilegian la cultura material (Renfrew, 1977). Lo que atrae de este tipo
de enfoques es el fundamento que ofrece el estudio del espacio para
hacer comparaciones. La comparación del tamaño de los yacimientos
y de su densidad, y el examen de las diferencias de una jerarquía de
asentamientos a menudo cuesta menos que la evaluación de la com-
plejidad comparativa de las formas estatales primitivas en términos
del número de máscaras de oro que produjo, del tamaño de sus pirá-
mides o de la intensidad de la producción agricola. El espacio contiene
relaciones porque la distancia tiene un coste, pero también porque
ofrece oportunidades.
Las islas y los archipiélagos proporcionan buenos ejemplos de
cómo se ha utilizado el espacio para estudiar los sistemas de gobierno.
A menudo estos territorios combinan un enfoque regional con unas
fronteras claras, con el imperativo del intercambio. Se han hecho es-
tudios de ese tipo en las Hawaii (Kirch, 1984) y en muchas islas del
Mediterráneo. El marco para el estudio procede del enfoque sistema
mundo, pero en este caso viene delimitado por las fronteras naturales
y se relaciona con los objetos.
156 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

EL DESGASTE PRODUCIDO POR LA DISTANCIA

Al cuantificar las distribuciones espaciales los arqueólogos han


revolucionado el estudio del comercio y el intercambio. Paralelamente
se ha avanzado en la localización de las fuentes de materia prima uti-
lizadas para la producción de los objetos de uso cotidiano como la ce-
rámica doméstica, los útiles de piedra y las herramientas de bronce y
hierro. La consecuencia de todo ello es que ya se pueden examinar
los sistemas de producción, distribución y consumo (capítulo 5). Por
ejemplo, los paleolitistas han demostrado que los útiles de piedra en-
contrados en los cazaderos están hechos invariablemente de materia-
les que proceden de distancias inferiores a 5 km (Geneste, 1988). Además,
si se da el caso de que se emplean materiales procedentes de fuentes
alejadas, caso de distancias que oscilan entre los 30 y los 80 km, los
restos encontrados siempre son de útiles retocados y no de lascas. Es
decir, es posible hacer un seguimiento del movimiento de los objetos
acabados, que presumiblemente eran llevados de un lado a otro por
los individuos.
La cerámica también proporciona una medida cuantitativa de la
diferencia que hay entre lo local y lo lejano. En su estudio etnoar-
queológico de Centroamérica Dean Arnold (1985) explica que los al-
fareros obtenían sus arcillas de distancias que llegaban a los 7 km, aun-
que habitualmente acostumbraban a proceder de lugares situados a
menos de 1 km. Pero una cosa es la materia prima y otra la manufac-
tura acabada. Los vasos pueden ir a parar mucho más lejos. En la
Europa romana las ánforas vinarias y la cerámica fina de mesa era ob-
jeto de intenso comercio y viajaba por todo el imperio.
La cuantificación de la información disponible sirve para sacar
partido de la observación geográfica de que la distancia produce un
desgaste. Como regla general se observa una disminución creciente del
número de objetos diseminados al alejarnos de su lugar de producción.
La distancia representa un coste, especialmente cuando se trata de
transportar objetos pesados y voluminosos. Sobre esta presunción se
construyó el modelo de análisis de áreas de captación en que las al-
deas se tenían que localizar en los alrededores de los mejores suelos
con el fin de minimizar las distancias a recorrer diariamente hasta
los campos de cultivo y con la intención de reducir el coste del trans-
porte de las cosechas.
Desde la perspectiva arqueológica el interés se focaliza en la ob-
servación de contradicciones en ese modelo. Determinados bienes ra-
ros como los espejos de obsidiana en Mesoamérica no experimentan
esta tendencia. Al contrario, aumenta su presencia en lugares en los
que viven socios comerciales de similar rango y estatus. La circulación
TIEMPO Y ESPACIO 157

y distribución de este tipo de bienes de prestigio que se intercambian


las elites, ha merecido una gran atención (Renfrew y Shennan, 1982;
Kristiansen y Rowlands, 1998). Su distribución proporciona informa-
cié>n acerca de la organización y nivel de los sistemas de gobierno y
del desigual flujo de bienes entre la gente.
La importancia del comercio y del intercambio ha sido subrayada
en relación a la investigación del cambio, en particular en relación al
interrogante que plantea el advenimiento de las sociedades estatales
(capítulo 7).

Sistemas de información geográfica

La afición de los arqueólogos por los mapas de distribución ha


recibido recientemente un impulso añadido gracias al advenimiento
de los sistemas de información geográfica (SIG). Se trata del futuro de
la arqueología espacial. Estos sistemas han reemplazado la laboriosa
tarea de representar uno a uno todos los vestigios sobre los planos y
los mapas. Pero los sistemas de información geográfica no sólo sirven
para ahorrar tiempo. El núcleo de los SIG es la base de datos y, gra-
cias a los avances de la informática, se pueden incorporar cada vez
más datos. Todo ello facilita la gestión y el análisis de conjuntos de da-
tos mucho más complejos. Un ejemplo de ello nos lo ofrece el estudio
llevado a cabo por Richard Bradley ( 1997) sobre el arte rupestre
Atlántico, desde Portugal a Escocia. El uso de SIG le permitió calcu-
lar para diferentes áreas el grado de visibilidad de los yacimientos
con arte rupestre. El objeto de este ejercicio era determinar una posi-
ble jerarquía de yacimientos en el territorio y comprobar si los más vi-
sibles eran también los más ricos en cuanto a número de motivos, así
como la densidad de yacimientos. El análisis llevado a cabo con la
ayuda de los SIG de la información disponible, reveló una estructura
y unos patrones del arte rupestre insospechados hasta entonces.
Los SIG ofrecen también un gran potencial en relación a la ela-
boración de modelos de predicción. Pretendemos aumentar nuestro
conocimiento sobre la distribución de los yacimientos y los vestigios
con el fin de orientar futuras investigaciones y contribuir a la mejora
de la gestión de los recursos arqueológicos. Por medio de la predicción
se pueden contrastar hipótesis sobre distribución de vestigios. Por ejem-
plo, Robert Hosfield (1999) ha estudiado la distribución de útiles del
Paleolítico Inferior en el sur de Inglaterra. Su método consiste en mo-
delar las actividades de los coleccionistas durante el siglo XIX, así como
los patrones de extracción de minerales. Ello le permite predecir la po-
sibilidad de encontrar yacimientos enterrados a gran profundidad que
158 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

han sido incorporados a las graveras de los ríos de la región durante


los últimos 500.000 años de ocupación humana. Pero para contrastar
este tipo de predicciones sería sin embargo necesario incorporar a la
investigación unos sistemas de información arqueológicos que no te-
nemos suficientemente desarrollados.

EL USO SOCIAL DEL ESPACIO

El antropólogo Nurit Bird-David (1994, 1999; véase también


Strathern, 1988) afirma que hay dos formas diferentes de estudiar a
las personas. Si se toma un punto de vista relacional se enfatiza la forma
cómo las personas se relacionan unas con las otras, lo que es funda-
mental para cualquier estudio sobre las formas de vida en sociedad.
La llave del asunto es cómo contribuimos entre todos a construir una
sociedad. El punto de vista alternativo o modernista, se centra en las
instituciones formales con las que los individuos se ven obligados a
tratar. Este enfoque guarda muchos paralelismos con los enfoques de
arriba abajo y de abajo arriba que hemos examinado en el capítulo 4.
Por el momento el enfoque modernista tiene un peso mayor en
los estudios de todo tipo que abordan el funcionamiento de las socie-
dades de cualquier tiempo y lugar. Pero no siempre ha sido así. El es-
tudio de Bird-David de los nayaka del sur de la India que tradicional-
mente serían vistos como un pueblo de cazadores y recolectores, pone
de manifiesto las posibilidades del enfoque alternativo relacional. En
la Europa de la Edad Media se tenía una visión relacional de la vida.
Las personas no eran consideradas entidades independientes que es
tal como nos vemos hoy; eran consideradas más bien como partes in-
divisibles del entorno (1999: 88). Los nayaka y los normandos tienen
más en común que lo que un neoevolucionista interesado en las dife-
rencias entre las bandas de cazadores y los estados militares, podría
nunca suponer.
Una expresión arqueológica de esta diferencia se encuentra en el
estudio de Mathew Johnson (1993: 349) sobre los hall abiertos de las
casas de campo inglesas (figura 6.3). La distribución de las habitacio-
nes, arguye el autor, hay que relacionarla con una concepción dispersa
de la persona; un ejemplo de la idea de que la gente no se veía a sí
misma como individuos independientes sino dependientes unos de
otros. El hall es un espacio simbólico en el que los distintos roles
-señor, siervo, dueño de la casa- están a la vista, y donde se produce
una interacción cara a cara. Los grandes cambios que dieron lugar a
la aparición del capitalismo conllevaron que esta comunidad se com-
partimentara. El espacio conceptual del hall fue dividido físicamente
TIEMPO Y ESPACIO 159

FIG. 6.3. Cambios en el uso del espacio. Distribución interna de una casa tipo sala
abierta propia de la Edad Media (superior) y de una casa posmedieval con vestíbulo
(inferior). El acceso y la privacidad se conciben de forma distinta (a partir de Johnson,
1993: figura 7.3).

tal como muestran las reformas llevadas a cabo en tantos edificios de


Inglaterra en el período moderno. La vida cotidiana cambió en el sen-
tido de aceptar lo que había sido hasta entonces indivisible; así el in-
dividuo se integró en una red de relaciones sociales basada en la idea
de clase. Cuando en la época moderna un campesino iba a visitar a su
señor a su casa, veía y experimentaba un sistema espacial y simbólico
que no era el de siempre. En el pasado era aceptado en un mismo es-
pacio que el señor aunque había demarcaciones sutiles basadas en el
160 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

estatus de cada uno. La forma de participar de cada uno en la socie-


dad pasó de la telaraña relacional a la red propia de la modernidad.

ESPACIO SOCIAL Y GÉNERO

El espacio está muy relacionado con el poder. En este sentido pro-


porciona un marco para la discusión del género, para la construcción
social de la diferencia entre hombre y mujer. El estudio de Roberta
Gilchrist (199 3) sobre las casas de religiosas inglesas muestra que es-
tas diferencias pueden examinarse a la luz de los desplazamientos fí-
sicos de hombres y mujeres a través de los espacios que ambos cons-
truyen, en los que viven y que van modificando con el tiempo. Esta
autora descubrió que la distribución de los espacios interiores de los
conventos de religiosos y religiosas era muy diferente. En los conven-
tos de religiosas las áreas más recoletas y de difícil acceso eran los dor-
mitorios, mientras que en los monasterios lo eran la sala capitular y
la sacristía, que en cambio eran fácilmente accesibles en las casas de
religiosas. Además los conventos de monjas se situaban justo en las
afueras, allí donde terminaba el espacio urbano y empezaba el espa-
cio rural, lo que contrastaba con lo que sucedía con respecto a los mo-
nasterios que acostumbraban a estar más apartados. Los conventos de
monjas raramente modificaban el entorno paisajístico; en cambio,
los monasterios vivían de lo que producían sus propios campos, per-
siguiendo la autosuficiencia. El resultado de todo ello es que las casas
de religiosas se parecían a las casas de la aristocracia terrateniente que
era el grupo social que mantenía a estos conventos. Las casas de reli-
giosas se fundaron con el fin de mantener una relación estrecha con
la comunidad local por lo que sus redes de apoyo estaban en la co-
munidad, cosa que las distanciaba de la autosuficiencia. En la con-
clusión del estudio, Gilchrist afirma:

Si los conventos de religiosas eran tan distintos de los monaste-


rios, situándose sobre paisajes tan diferentes, no pretendiéndose que
fueran autosuficientes por lo que no se les daban los medios, era por-
que sus patronos medievales tenían en mente un cometido diferente para
las mujeres religiosas (Gilchrist, 1993: 190).

La arquitectura monástica tuvo un papel crucial en la construc-


ción social de diferencias de género entre religiosos y religiosas, lo que
constituye un buen ejemplo de cómo la cultura material desarrolla un
papel activo en las relaciones sociales no limitándose a ser un simple
reflejo de la sociedad.
TIEMPO Y ESPACIO 161

Resumen

Tiempo y espacio constituyen el marco necesario para el aná-


lisis y la interpretación arqueológicos. En este capítulo he exa-
minado el problema de la temporalidad para ver de qué forma
nos puede ayudar a comprender la construcción y el uso de pai-
sajes y lugares. He vuelto a hablar del problema que representa
la obtención de muestras representativas. Hemos visto cómo el
espacio resuelve el viejo problema de no saber lo que uno va a en-
contrar cuando empieza una excavación. Tenemos una estrategia
de investigación que prospecta el espacio en busca de grupos de
objetos, yacimientos y paisajes, que luego son integrados en re-
giones y al final en sistemas mundo. Cada escala tiene sus di-
mensiones espaciales y temporales, no sólo en términos de la du-
ración cronológica de un asentamiento o de las distancias
recorridas por determinadas materias primas, sino más bien en
términos de ritmos y de repetición de acciones humanas con-
forme las necesidades de cada uno a la hora de construir la pro-
pia vida.
La comprensión de las íntimas relaciones entre el espacio-
tiempo y la construcción de la vida en sociedad, abre ante nos-
otros una gama de posibilidades de investigación enorme. El aná-
lisis de cómo el espacio se parcela y se relaciona con el cuerpo
humano como guía y como fuente de interpretación, nos propor-
ciona un medio muy potente para ampliar la imaginación ar-
queológica hacia nuevas direcciones. Ello habrá de ejercer sin duda
un impacto sobre nuestro próximo tema: el estudio del cambio.
CAPÍTULO 7
CAMBIO Y ESTABILIDAD

El problema del cambio reside en el núcleo mismo de la investi-


gación arqueológica. Su «por qué» es la gran pregunta que intentamos
responder cuando afrontamos el paso a la agricultura, o los factores
que hay detrás de la difusión de gentes procedentes de Asia por el Nuevo
Mundo hace 15.000 años. Pero las preguntas tipo «por qué» pasa esto
o aquello, pueden tener un alcance mucho menor. Pueden referirse a
cambios que se observan en el tipo de animales que se cazan en un de-
terminado lugar, o a la transformación de una arquitectura del adobe
en una arquitectura de la piedra, o a las costumbres funerarias, o a la
aparición de nuevos estilos artísticos, etc.
Pero el cambio es sólo un aspecto del problema. En su reverso
hay la estabilidad que es el fenómeno más habitual. Durante largos pe-
ríodos de tiempo tanto a lo largo de la prehistoria como de la histo-
ria, parece que apenas cambia nada. Los estilos cerámicos permane-
cen invariables. Los muertos son enterrados siempre de la misma
manera. Los cultivos son cosechados y los útiles de piedra fabricados,
siempre de la misma manera a lo largo de milenios. Tan interesante es
la pregunta de por qué no hubo agricultura en Australia como la de
por qué aparece en China el cultivo del arroz.
Nada hay más marcado que el contraste entre esto y nuestra ex-
periencia de cambio tecnológico y social continuo. Hay que explicar,
por tanto, tanto el cambio como la estabilidad. La noción que nos in-
vade de que el cambio parece ser la única constante que hay en nues-
tras vidas, ha de poder ser examinada a fondo. Pero aunque el cam-
bio no es en absoluto una esencia del pasado, no cabe duda de que
también por aquel entonces no dejó de producirse.

Cuestiones básicas acerca del cambio

En anteriores capítulos he explorado los problemas relacionados


con la variabilidad del comportamiento humano en relación al regis-
164 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

tro arqueológico, teniendo en cuenta las dimensiones tiempo y espa-


cio. Este marco sigue siendo importante en el momento de plantear
cuestiones relativas al cambio. El estudio del cambio plantea un nuevo
problema de escala: el cambio a distintos niveles. Para poderlo afron-
tar en primer lugar comentaremos las seis grandes cuestiones que tie-
nen que ver con los orígenes. A continuación abordaremos cuestiones
algo menos generales como las que se interesan por la razón por la que
determinados aspectos de las sociedades experimentan una varia-
ción. Examinaremos qué queremos decir cuando hablamos de cambio
y nos preguntaremos si es lo mismo cambio que variación. Ello obli-
gará a tomar en consideración la complejidad como problema básico
que recorre todos los niveles de análisis.

LAS SEIS GRANDES CUESTIONES SOBRE LOS ORÍGENES

Nos referimos a las cuestiones básicas que más han centrado la


atención del pensamiento arqueológico hasta el presente. Muy a menudo
presentan un ciclo de 20 años, es decir cada 20 años se plantean de nuevo,
un tiempo equivalente al tiempo de gestación de los grandes proyectos
arqueológicos. El ciclo de los orígenes funciona del modo siguiente: se
convoca un congreso internacional para abordar una cuestión de inte-
rés general, como los orígenes de la agricultura (Ucko y Dimbleby, 1969),
del urbanismo (Ucko, Tringham y Dimbleby, 1972) o de los seres hu-
manos modernos (Mellars y Stringer, 1989). Los participantes acuden
con su información más reciente y sus trabajos de síntesis cuidadosa-
mente elaborados. Se presentan nuevas teorías y modelos. Se asimila la
nueva información. Aparece un gran volumen con las contribuciones al
congreso a lo que sigue una serie de nuevos libros que derivan de los tra-
bajos que abordan las cuestiones que han quedado pendientes, así como
los nuevos experimentos realizados y los nuevos análisis más ajusta-
dos, etc. Luego, tras unos años de agitación, el panorama tiende a en-
friarse. Siguen produciéndose aportaciones pero no con la intensidad
de antes; ahora ya no llenan los titulares. Pasados una serie de años más,
el ciclo golpea de nuevo. Otro congreso internacional es convocado, lo
que reanima el ambiente y desata una nueva fiebre. Hay cinco grandes
cuestiones que siguen este tipo de ciclo, que son:

Los orígenes de los homínidos.


Los orígenes de los humanos modernos.
Los orígenes de la agricultura y de la domesticación.
Los orígenes del urbanismo y la civilización.
Los orígenes de la modernidad.
CAMBIO Y ESTABILIDAD 165

Las primeras cuatro cuestiones siguen ahí desde los inicios de la


arqueología. La quinta pone de manifiesto el nuevo papel otorgado a
la arqueología dentro de las ciencias históricas. Todos estos temas se.
investigan actualmente en equipo y con aportaciones interdisciplina-
rias. Todos subsumen muchos otros temas con implicaciones que tie-
nen un carácter global. A menudo para referirnos a ellos hablamos de
revolución, caso de las revoluciones neolítica y urbana que Childe con-
sagró (1951) como las dos grandes fases de la evolución cultural hu-
mana antes de la revolución industrial del siglo xvm. A este quinteto
me permito añadir una gran cuestión más, la sexta, a saber:
- La colonización del mundo por la especie humana.
Esta cuestión tiene que ver con los orígenes tanto si nos referi-
mos a los primeros colonizadores de hábitats, continentes e islas, como
si nos referimos a su redescubrimiento como parte de la expansión del
capitalismo mercantil que, entre otras cosas, nos dio el comercio es-
clavista. En otras palabras, esta cuestión cubre las demás. Como ve-
remos más adelante, la explicación del proceso de colonización a ni-
vel planetario ha sido una de las grandes aportaciones de la arqueología,
sin embargo es algo que no ha sido reconocido como se merece.
Por supuesto que hay otras grandes cuestiones en el candelero,
como los orígenes del feudalismo o la progresión de las grandes re-
ligiones. El lenguaje y la escritura han sido abordados también desde
esta misma perspectiva, como lo han sido las artes de la imagen y as-
pectos clave de la evolución tecnológica, como la navegación, la rueda
y la metalurgia. De hecho podemos investigar los orígenes de casi
todo. Pero las grandes seis cuestiones destacan por el hecho de que
son consideradas por la arqueología como sus desafíos principales.
Ilustran muy bien el tipo de explicación que más gusta a los ar-
queólogos. Más adelante volveremos a sacar el tema de si se está sa-
cando suficiente partido a la utilidad que representan esas grandes
cuestiones.

El origen de los homínidos

Se trata de una cuestión que tiene que ver con el cuerpo y el ce-
rebro. La genética nos dice que los homínidos, entre los que nos in-
cluimos, juntamente con los restos fósiles de nuestros ancestros, se se-
pararon de nuestros parientes más cercanos los chimpancés hace casi
seis millones de años. Las razones de esta separación no han sido su-
ficientemente explicadas ni tampoco la senda que siguió la evolución
homínida. Ésta pasa por la adopción de la posición vertical, el bipe-
dismo y el aumento de la capacidad craneal.
166 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

Los vestigios fósiles procedentes del sur y el este de África, mues-


tran que hace unos dos millones y medio de años algunos homínidos
ya habían desarrollado el bipedismo, mientras que otros seguían con-
servando rasgos, como unos dedos de las manos y de los pies largos y
curvados, que son prueba de que seguían adaptados a una vida semi-
arborícola. Además el tamaño del cerebro de los homínidos era por
entonces casi el doble del de los chimpancés. Tal proceso de encefali-
zación sólo tiene lugar entre los homínidos, creciendo el cerebro mu-
cho más de lo que sería previsible en un primate de nuestra talla.
Este proceso costó lo suyo ya que el cerebro posee unos tejidos muy
exigentes (Aiello y Wheeler, 1995). Nuestros grandes cerebros sólo re-
presentan el 2 por ciento de nuestro peso pero consumen el 20 por
ciento de la energía que nos hace falta para vivir. Ello demanda el con-
sumo de una alimentación de alta calidad.
En la evolución homínida cada progreso tiene un precio. Hay que
lograr un equilibrio entre el tamaño relativo de cerebro, corazón, ri-
ñones, hígado y estómago. La compensación evolutiva fue en la línea
de aumentar el tamaño del cerebro a expensas del estómago, lo que
se tradujo en una menor capacidad de procesamiento de los alimen-
tos, lo que implicaba mejorar la calidad de la dieta alimenticia (fi-
gura 7.1).
Los primeros útiles de piedra aparecen también hace unos dos
millones y medio de años. Estos primitivos útiles aptos para golpear
y cortar servían para obtener carne y tuétano de animales cazados o
para el carroñeo. Hace entre dos millones y un millón y medio de años
que aparecen los primeros homínidos fuera de la región subsahariana:
concretamente en el Próximo Oriente y en Java.
Por lo tanto, lo que hay que explicar son las presiones ejercidas
por la selección darwiniana (capítulo 2) que llevan al crecimiento de
los tejidos del cerebro y a la adopción del bipedismo. Las ventajas de ta-
les progresos para el ser humano todavía no parecen lo suficientemente
claras. Kurt Vonnegut, por ejemplo, en su novela Galápagos, se hace
eco de esta sospecha:

Cuando estaba vivo a menudo recibía consejo de mi gran cere-


bro, el cual, en relación a mi propia supervivencia, o a la supervivencia
de la raza humana, en relación a este asunto, podría calificarse siendo
bastante caritativos como mínimo de cuestionable. Por ejemplo, me hizo
alistar en los Marines de los Estados Unidos e ir a luchar a Vietnam.
Muchas gracias cerebro privilegiado (Vonnegut, 1987: 32).

Cuanto mayor es el cerebro mayor selección requiere, no sólo por-


que hay una mayor exigencia nutritiva sino también porque la des-
CAMBIO Y ESTABILIDAD 167

~ ""'
,,,.,,,. ---- ---
Comportamientos
..... ....
.... ,
/ forrajeados más ' ,
, / complejos '

,, ''
Disponibilidad

··~
de más energía

Cerebros

Disponibilidad
A menor volumen de más energía
más rápida
asimilación

FIG. 7.1. Bucle que muestra la respuesta causa-efecto con relación a distintas varia-
bles, válido para explicar por qué aumentó el tamaño del cerebro humano (a partir de
Aiello y Wheeler, 1995).

cendencia complica las cosas ya que los vástagos nacen más desvali-
dos y requieren mayores cuidados por parte de sus progenitores. En
consecuencia, es improbable que existiera una única causa responsa-
ble de esta evolución, como un cambio ambiental o la entrada en com-
petencia de otras especies de homínido. Las explicaciones han de ser
múltiples y complejas, y estar relacionadas con la evolución de los
homínidos y del conjunto de la comunidad de especies que poblaban
la sabana, así como con los cambios medioambientales que se produ-
jeron. El cambio fue lento y gradual y se mide por millones de años.
Muchas explicaciones apuntan a factores externos como los respon-
sables de las presiones selectivas que dieron lugar a un aumento del
volumen del cerebro de los homínidos y a una transformación de su
cuerpo. La selección fue a favor de un aumento de la tolerancia a la
variabilidad de la biología y del comportamiento de los homínidos.
168 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

El origen de los humanos modernos

Ésta es una cuestión que trata de esencias y de unos logros rela-


tivos. Pero antes que nada hay que definir qué entendemos por hu-
manos modernos. Una vez hecho esto los archivos arqueológicos nos
ayudarán a descubrir sus orígenes.
La definición de ser humano moderno consta de tres partes. Los
seres humanos modernos pueden definirse genéticamente, anatómi-
camente y en relación al comportamiento. La primera parte de la de-
finición apunta a un origen africano puesto que hoy día la gente que
vive en este continente posee una mayor diversidad genética. Este he-
cho sirve de argumento para situar en África los orígenes genéticos del
ser humano moderno ya que la diversidad genética sólo se consigue
con tiempo. La aparición de esta especie se piensa que tuvo lugar hace
entre 250.000 y 300.000 años. Los datos anatómicos también señalan
a África. Hasta hoy los cráneos fósiles más antiguos encontrados de
humano moderno proceden del África Oriental y tienen unos 150.000
años. Las pruebas relativas al comportamiento no son tan claras.
Conforman una lista de características que se encuentran en distintas
partes de África desde hace unos 300.000 años. Entre las mismas
cabe citar, cambios en la tecnología utilizada, cambios en el empleo
de pigmentos, uso de piedras exóticas, establecimiento de campamentos
y empleo de recursos marinos. Una dispersión de elementos caracte-
rísticos parecida se observa en otras partes del Viejo Mundo y espe-
cialmente en el continente más estudiado, Europa.
Pero hace unos 60.000 años, ese conjunto de elementos dispares
se combina en algunos lugares formando un agregado característico
que se conoce como revolución humana (Mellars y Stringer, 1989). El
ritmo del cambio estilístico se acelera y aparecen signos de fragmen-
tación que separan a unas regiones de otras. Hace como máximo 40.000
años aparece un arte figurativo así como nuevas formas de arquitec-
tura, mientras que hacia el 30.000 surgen elaboradas formas de ente-
rramiento. El poblamiento humano se hace presente en Australia hace
unos 60.000 años y en el continente americano hace algo más de 15.000
años.
Da la impresión de que estos progresos tienen lugar de forma muy
lenta por lo que la palabra revolución suena a exagerada para califi-
car unos fenómenos que requieren miles de años. Pero se trata de unos
procesos que han de ser situados en el contexto de una evolución, la
homínida, que dura unos seis millones de años. Confrontados con esta
escala temporal los cambios devienen rápidos si no dramáticos.
El origen de los humanos modernos se asocia al destino de otras
especies de homínido, concretamente de los Neandertales. Este pue-
CAMBIO Y ESTABILIDAD 169

blo de apariencia bien característica, muy adaptado a los climas nór-


dicos, vivió en Europa y el Próximo Oriente. Su suerte ha interesado
a los arqueólogos desde hace mucho tiempo. ¿Fueron reemplazados
por los humanos modernos o en cambio, evolucionaron hasta con-
vertirse también en humanos modernos? Las pruebas genéticas yana-
tómicas no admiten dudas: fueron reemplazados por el Horno sapiens
sapiens. Con todo, las evidencias sobre comportamiento apuntan a que
en partes de Europa llegaron a coexistir por espacio de unos 10.000
años. Los últimos Neandertales vivieron en el sur de España hace unos
27.000 años. La desaparición de los Neandertales constituye un pro-
blema realmente complejo.
Cuando hablamos del origen del ser humano moderno, el cam-
bio acostumbra a investigarse haciendo uso de modelos evolutivos. Sin
embargo, cada vez más la contingencia histórica se contempla como
un ingrediente necesario para llegar a la comprensión del proceso, ya
que el triunvirato genética, anatomía y comportamiento presenta
desajustes cronológicos. Hace 100.000 años había en el mundo gente
igual que nosotros. Sus genes tenían una configuración moderna; eran
como los nuestros, pero la forma de actuar de esta gente era distinta;
estaba mucho más en consonancia con una pauta más antigua. La clave
de todo ello la tiene sobre todo la arqueología, no la genética o la ana-
tomía.

Los orígenes de la agricultura y de la domesticación

Ésta es una cuestión que trata de manipulación, control y pro-


greso. Caracterizados por Childe (1935) como Revolución Neolítica, el
conjunto de cambios producidos a nivel de subsistencia, de tipos de
asentamiento y de demografía, han venido a constituir un verdadero
punto de inflexión en la prehistoria humana. Tradicionalmente los mar-
cadores del cambio se encontraron tanto en el empleo de la cerámica,
la piedra pulimentada y la construcción de monumentos funerarios y
de elaborados asentamientos, como en la aparición de animales do-
mésticos y de cultivos. Se hace referencia al contraste entre los anti-
guos cazadores-recolectores nómadas y los modernos agricultores. Por
ejemplo, las primeras aldeas neolíticas del Próximo Oriente y del su-
deste de Europa a menudo forman impresionantes tells, caso de
Karanovo en Bulgaria, que contiene testimonios de un uso intensivo
y repetido del lugar a lo largo de varios milenios.
Ante estos datos arqueológicos apenas hay dudas de que se pro-
dujo un claro progreso. Los pueblos neolíticos del Viejo Mundo ma-
nipularon los mismos tipos de animales para domesticarlos y cultiva-
ron trigo y cebada, lo que formó la base de nuestra civilización. Vivieron
170 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

en aldeas que convirtieron en ciudades y construyeron monumentos


religiosos. Ellos representan una ruptura con el pasado que en el si-
glo XIX fue interpretada como la prueba de un verdadero progreso
social.
La clave de la Revolución Neolítica es el control de los medios
de producción para la subsistencia, y la posibilidad de obtener un ex-
cedente. Se pasó de la depredación a la producción. El legado de Childe
fue hacer que muchos arqueólogos ya no tuviesen que mirar tan atrás
en el tiempo para descubrir nuestros orígenes. Con 10.000 años fue su-
ficiente para poder encontrar las primeras pruebas de la existencia en
el Próximo Oriente de cereales y de animales domesticados.
De ahí que se trabajara diligentemente sobre unos pocos miles de
años para encontrar la explicación (véase Redman, 1978) del cambio.
Entre las explicaciones que se han dado destacan las que hablan del
cambio climático que afectó al unísono a los antepasados salvajes de
los animales, a ciertas plantas y a los seres humanos. También se ha
hablado de diferencias entre las distintas regiones geográficas. La gente
que poblaba las regiones marginales debió de intensificar la produc-
ción para adaptarse a un mundo posglaciar. La importancia de iden-
tificar correctamente el núcleo originario de la domesticación, si el cre-
ciente fértil o el pequeño corredor levantino (Bar-Yosef, 1998) ha sido
decisivo para poder evaluar estos modelos.
El resultado ha sido dar la vuelta a la noción de progreso. Los
agricultores de hecho fueron los cazadores-recolectores que fracasa-
ron. Estos últimos pueden también exhibir la parafernalia que exhi-
ben los agricultores, es decir, cementerios, aldeas y rutas comercia-
les. Además, hay que romper con la visión unidireccional enfocada
al Oriente Próximo y recordar que la Revolución Neolítica se pro-
dujo de forma independiente en China (arroz y búfalo acuático), en
el África Subsahariana (sorgo y bovino) y en Mesoamérica (maíz y
pavo). En efecto, el proceso de domesticación tuvo lugar en diversos
lugares en épocas diferentes. En ocasiones ocurrió en regiones que
desarrollaron la agricultura y en otras que no la desarrollaron. Por
ejemplo, el perro fue domesticado en la Europa del Paleolítico, el gato
en Egipto, la llama en Perú, el dingo en Australia y el elefante en la
India. La manipulación por parte de los cazadores gracias a la crianza
selectiva, produjo con el tiempo 57 variedades de perro a partir del
perro salvaje. Pero los efectos inesperados de una selección compa-
rable sobre la productividad de cultivos herbáceos clave como el trigo,
el arroz y el maíz fue aún más sorprendente. Unas delgadas hierbas
que contenían unas pequeñas semillas evolucionaron hasta conver-
tirse en unas plantas robustas cuyos granos rebosaban de energía y
poder.
CAMBIO Y ESTABILIDAD 171

El cambio en este dominio se ha asociado a menudo a una causa


primera, es decir, a un factor singular que actuaría de catalizador del
cambio. A este respecto se ha hablado de presiones demográficas, de cam-
bio climático, y de proximidad entre plantas y humanos. Pero la con-
vergencia hacia la agricultura ha constituido un fenómeno global, por lo
que hay dudas sobre el papel que pudo ejercer ese factor singular. Rindos
(1989) ha explorado un punto de vista coevolutivo al respecto que trata
de resolver directamente ese proceso de convergencia. Rindos advierte
que la evolución trabaja por medio de variaciones de tipo indirecto y que
la innovación humana más que originar la evolución la facilita. Unas ma-
yores espigas acaso proporcionan los medios al ser humano para inci-
dir en el cambio, pero no la explicación propiamente del cambio.
Pero también se ha atribuido el paso a nuevas formas de pro-
ducción a un cambio en las necesidades sociales de producción (Bender,
1978). Los cazadores-recolectores han podido siempre responder a es-
tas necesidades con la intensificación, que implica fundamentalmente
una manipulación selectiva de los recursos. En efecto, la arqueología
ha demostrado que en continentes como Australia (Lourandos, 1997)
donde la agricultura fue introducida por los europeos, se produce in-
tensificación por parte de los cazadores-recolectores. El habernos dado
cuenta de que el Neolítico no es tan diáfano como Childe lo pintó sig-
nifica que para entender el proceso hay que volver a estudiar las cir-
cunstancias históricas de las sociedades que escogieron este camino.
Para obtener una explicación satisfactoria también haría falta además
que examináramos regiones como la misma Australia, que, en el mo-
mento del primer contacto con los europeos, no poseía pirámides emer-
giendo de la selva de Queensland.

Orígenes del urbanismo y del estado

Ésta es una cuestión que trata acerca de nuestros civilizados orí-


genes -de nuestra agudeza tecnológica-, pero sobre todo de cómo
algunos centros de poder llegaron a ser dominantes. Las arqueologías
colonialistas (recuadro 1) siempre han buscado argumentos de auto-
ridad en el pasado para enfrentarse con el presente (Andrén, 1998). En
el momento en que existía la posibilidad de obtener un excedente, ¿qué
se podía hacer con este excedente? Una vez más el punto de vista de
Childe tuvo una gran repercusión: inviértelo en gente y luego organí-
zala formando cuadros de especialistas (sacerdotes, príncipes, solda-
dos, burócratas).
Los archivos arqueológicos podían ser examinados otra vez con
una lista de diez puntos (recuadro 18) en la mano para averiguar en
qué momento la sociedad pasó de una fase neolítica, un barbarismo
172 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

Recuadro 18:
Lista de caracteristicas de la revolución urbana
de Chllde

1. Incremento del tamaño de los asentamientos hasta adquirir proporcio-


nes urbanas.
2. Obtención de excedente. Acumulación centralizada de capital resultado
de la imposición de tributos.
3. Obras públicas monumentales.
4. Invención de la escritura.
5. Desarrollo de ciencias exactas y predictivas.
6. Aparición de un comercio de objetos de lujo a larga distancia.
7. Aparición de una sociedad estratificada en clases en función de una des-
igual distribución del excedente.
8. Composición y función de un centro urbano. Liberación de una parte de
la población de las tareas relativas a la subsistencia que permite su es-
pecialización en oficios artesanos.
9. Organización del estado basada en la residencia más que en el paren-
tesco, lo que implica una definición del territorio.
1O. Aparición de un arte naturalista.

para los arqueólogos del siglo XIX, a una fase de plena civilización. Childe
lo resumió de forma muy sucinta centrándose en la tecnología:

La metalurgia, la rueda, el carro de bueyes, el asno de carga y la


vela para navegar proporcionaron los fundamentos de una nueva orga-
nización económica (Childe, 1942: 97).

Recientemente esta nueva revolución ha sido interpretada por


Andrew Sherratt ( 1997) como la revolución de los productos secun-
darios. Una vez más se refiere a la domesticación del Próximo Oriente.
Los productos secundarios son la leche, la tracción animal y una ten-
dencia a usar la lana para el vestido. Su aparición apunta a una nueva
intensificación del proceso agrícola. Los metales tuvieron una gran im-
portancia en el Viejo Mundo pero aparte del cobre y del oro apenas tu-
vieron importancia en el Nuevo, donde no se conocía la metalurgia del
hierro y del bronce.
CAMBIO Y ESTABILIDAD 173

Entre el 3500 y el 1500 a.C. una combinación de urbanismo, es-


critura y especialización produjo sociedades de tipo estatal en el Próximo
Oriente, en Egipto, en el Valle del Indo y en China, entre los ríos Amarillo
y Yang Tzé. En Mesoamérica una combinación similar se produjo hace
2.000 años bajo la égida de los Mayas hasta que su civilización colapsó
entre el 771yel830 d.C. John Baines y Norman Yoffee hablan del nexo
común existente entre estos desarrollos geográficamente tan sepa-
rados:

Lo que se encuentra en el núcleo de todas las civilizaciones es la


formación y mantenimiento de elites, y luego de elites dentro de las eli-
tes: la desigualdad es algo fundamental (Baines y Yoffee, 1998: 234).

Estas primeras formaciones estatales fueron seguidas por otras


civilizaciones, por ejemplo la Inca en Sudamérica, la de Gran
Zimbabwe en África Austral, o la minoica y la micénica en Grecia.
La última parece involucrada en un sistema mundo de relaciones (ca-
pítulo 6) con las civilizaciones del Próximo Oriente, que es muy pa-
recido al sistema de relaciones que implicaba a las complejas socie-
dades del sudeste de Norteamérica y del valle del Mississippi con
Mesoamérica.
Hablar de orígenes del estado en vez de hacerlo de orígenes de la
civilización tampoco supone encontrar una solución fácil. No hay
acuerdo sobre la forma de definir al estado (Feinman y Marcus, 1998).
Lo reconocemos fácilmente cuando contemplamos la ciudad de
Teotihuacán que alojó a más de 200.000 personas. Pero, ¿qué pasa
cuando nos encontramos ante casos menos claros como las jefaturas
hawaianas o los pueblos del Cañón del Chaco en Nuevo México? Las
opiniones al respecto divergen. Una de las alternativas otorga una im-
portancia relativa a los factores ambientales en el origen del estado.
En cambio cuando se examina el colapso de un estado el factor am-
biental tiende a reforzarse.
El cambio en relación a estas cuestiones sobre los orígenes sigue
implicando un debate entre el enfoque generalizador, el estudio com-
parativo del estado, y la especificidad histórica. Por ejemplo, ¿qué con-
dujo a la toma del poder por parte de las elites? ¿Hasta qué punto, el
ejercicio del poder dependió de circunstancias locales como la dispo-
nibilidad de minas de cobre o la existencia de rutas comerciales? El
papel del comercio, en particular la circulación de bienes de lujo, se
ha presentado como algo crucial para poner en marcha los ciclos de
producción y de reproducción social típicos de estos sistemas estata-
les (Friedman, 1994 ). El control de la producción gracias al regadío
tuvo una enorme importancia en los estados de Mesopotamia, pero en
174 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

cambio la elaborada gestión del agua documentada en Papua y Nueva


Guinea dio lugar a tribus sin jefes.
La clave estriba, tal como Baines y Yoffee arguyen, en que las
elites de los estados arcaicos, más que crear riqueza lo que hacían era
transformar el significado de la riqueza. Tal era la función de los sacer-
dotes reyes y de otros potentados, que controlaban los recursos sim-
bólicos. Ellos eran quienes daban valor y significado a estos espejos de
obsidiana, sarcófagos de oro y banquetas de marfil. Las elites sólo se
interesaban por la redistribución en tanto que ello les permitía con-
servar el poder. No les ataban las exigencias culturales de un estado de
bienestar. La alta cultura, definida como «la producción y consumo
de objetos estéticos bajo el control y en favor de la elite de una civili-
zación determinada, incluidos el rey y los dioses» (Baines y Yoffee,
1998: 235), constituía la clave de la explotación de la riqueza por el or-
den social con el propósito de su legitimación.

Orígenes de la modernidad

Se trata de una cuestión que tiene que ver con las actitudes. La in-
vestigación de la modernidad, la transformación del mundo por la
industrialización, el nacionalismo y el capitalismo, han estado en manos
de historiadores y científicos sociales, y del poder de expresión de auto-
res y artistas (recuadro 19). En el núcleo de todo ello hay una idea de se-
paración. La modernidad implica, como escribe Johnathan Friedman
(1994: 143), la separación del símbolo de lo que simboliza. El origen de
este divorcio hay que irlo a buscar en la persona del filósofo Descartes
(véase capítulo 5) y en su clásico dualismo «Cartesiano» que separa mente
de cuerpo, naturaleza de cultura, sujeto de objeto e individuo de sociedad.
Esta separación produjo enormes ventajas a la ciencia analítica
y teorética, a la ingeniería y a la medicina. Esta perspectiva llegó a
dominar todos los aspectos del conocimiento humano, incluido el es-
tudio del pasado más remoto. No es sorprendente que la literatura
sobre los orígenes de la modernidad sea tan vasta.

Recuadro 19:
¿A qué llamamos modernidad?
(a partir de Frledman, 1994: 214)

Modernidad es un término que hace referencia a la identidad. Se utiliza para


caracterizar algo esencial de nuestra sociedad y por lo tanto se refiere a un
período histórico particular. Generalmente se contrasta con el término tradición.
CAMBIO Y ESTABILIDAD 175

Recuadro 20:
Cinco proposiciones sobre el mundo que haría un
punto de vista moderno sobre el conocimiento
(a partir de Friedman, 1994: 137. Lo he adaptado para
referirme al estudio del pasado)

1. Sólo hay una única versión «verdadera» del pasado.


2. El pasado consiste en la delimitación de un segmento escogido arbitra-
riamente de un contínuum temporal que finaliza en el momento presente.
3. La estructura atribuida al pasado es el producto de un tipo específico de
investigación llevada a cabo por las personas que son competentes en
este campo, por ejemplo, los arqueólogos.
4. La estructura del pasado es, en consecuencia, objetiva, correspondién-
dose a la proposición 1. Eso es, que sólo hay un pasado, no diversos.
5. Todas las demás estructuras o interpretaciones atribuidas al pasado son,
por implicación, ideológicas en el sentido de que son tergiversadoras.
Esto permite a los antropólogos rechazar el punto de vista de los «na-
tivos» como un mero modelo popular, una explicación de sentido común.
No tiene valor científico en el sentido de como viene definido este con-
cepto por los métodos de los expertos mencionados en la proposición 3.

Para nuestro propósito es aceptable zanjar el asunto citando cinco


proposiciones que han sido aplicadas a los otros, las culturas no occi-
dentales, y que resumen también la forma de contemplar nuestro
propio pasado (recuadro 20). Estas proposiciones que son seguidas es-
pecialmente por la arqueología y la historia cultural, así como por la
escuela procesual (capítulo 2) ilustran nuestra tradicional relación con
los puntos de vista de la modernidad.
Dicho esto hay que aclarar que la modernidad quizás no sea un
fenómeno específico de la Revolución Industrial Europea que em-
pezó en el siglo xvm. La Grecia de los siglos IV y v a.c. experimentó
planteamientos de separación analítica comparables. Sin embargo, en-
tonces no fueron abonadas por la industrialización, y por la alienación
y reducción a meras mercancías que conllevó con relación a las per-
sonas involucradas en los procesos de trabajo (Friedman, 1994: 229).
Charles Orser (1999) caracteriza el estudio del período indus-
trial como arqueología del mundo moderno. Anteriormente ya he
subrayado los cuatro aspectos que singularizan nuestra especialidad
(recuadro 2); pero, ¿por qué los arqueólogos han de ponerse a estudiar
176 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

los últimos 300 años? ¿No sería más razonable que dejasen este pe-
ríodo de la historia en manos de los historiadores?
Sara Tarlow (1999: 265) sostiene que la transición de los tiempos
medievales a los modernos provocó la conversión en mercancía tanto
de las cosas como de las mismas personas. Puesto que en arqueología
los objetos son lo esencial, los arqueólogos debemos de estar bien si-
tuados para decir alguna cosa sobre esos cambios. Sin embargo, pri-
mero hay que convencer a los historiadores, que superan ampliamente
en número a los arqueólogos que trabajan este período, que favorecer
al texto por encima del objeto en la explicación de los orígenes de la
modernidad es algo que quizás no tenga justificación.
Mathew Johnson apunta, por ejemplo, que:

La mayor parte de la gente reconoce que la modernidad tiene


algo que ver con lo material: de qué forma se produce y se consume,
así como con los valores sociales y económicos que la gente le otorga;
y que las relaciones cambiantes entre cosas, valores y personas tienen
mucho que ver con los orígenes de la forma moderna de vivir (Johnson,
1993: 328-329).

La ignorancia de los objetos y de su transformación en mercan-


cía va en contra nuestra. Además, al llegar en este momento a este te-
rreno de juego, es posible que la arqueología del mundo moderno pueda
obviar algunos de los errores sobre los orígenes en que los arqueólo-
gos en el pasado han caído. Hay, en efecto, un debate abierto sobre a
qué llamar moderno, y sobre cómo definir cronológicamente el pe-
ríodo. Y todavía más importante, a los arqueólogos del mundo mo-
derno se les presenta la oportunidad de estudiar el cambio de una ma-
nera más reflexiva que los colegas que estudian el advenimiento de la
civilización Hitita. El pasado más familiar de los últimos 300 años está
aquí mismo, sin embargo, gracias a tener los objetos ahí mismo,
-estas vajillas rotas, botellas de cristal y planos de calles- existe la
oportunidad de dar comienzo a un proceso de revisión de lo que pen-
samos que es nuestro pasado más conocido (West, 1991: 1). Como deja
bien claro Susie West, se trata de emplear de forma muy diferente la
cultura material. Cuando trabajamos la prehistoria la idea es emplear
la cultura material para aproximarnos a lo que nos es totalmente des-
conocido. Con la arqueología del mundo moderno se trata de que los
objetos que nos son tan familiares sirvan para poner en entredicho la
ortodoxia. Hemos de poner a trabajar conjuntamente objetos y docu-
mentos para facilitar esta rica interrelación entre «el mundo tal como
se vive» y «el mundo tal como se piensa», de forma que se consiga
amalgamar texto y objeto.
CAMBIO Y ESTABILIDAD 177

Otra ventaja para los arqueólogos dedicados al estudio de los


origenes del mundo moderno consiste en su prevención contra las esen-
cias. James Deetz (1977) y Henry Glassie (1975) fueron los primeros
en dar un empuje con sus libros y artículos a la arqueología del mundo
moderno. Vieron que los cambios podían rastrearse por medio de co-
sas como la forma de preparar la comida -porciones individuales en
vez de un mismo cazo para todos- o de distribuir los interiores de
las casas en las que el individualismo se expresaba por medio de una
mayor privacidad puesta de manifiesto por la forma de compartimentar
las antiguas salas. Este proceso de «georgianización» de la sociedad
producido entre 1600 y 1800, permitía distinguir claramente; así, si
algo es ya manifiestamente «Georgiano» es que está caminando hacia
la modernidad, o que ya está instalado en la modernidad. Los elementos
«georgianos» definen unas tendencias y estimulan en la gente una
forma distinta de ver las cosas. Sin embargo, no podemos «ver» la
«georgianización» igual que tampoco podemos «ver» la neolitización
o la transición a los humanos modernos. Como advierte Johnson (1993:
345), si nos concentramos exclusivamente en la aparición de una ins-
titución determinada o en las cualidades de la vida social podemos lle-
gar a perder el norte. Un énfasis demasiado marcado en los orígenes
nos aparta de las matrices cambiantes de las relaciones sociales que
crearon tal institución y tales cualidades. La modernidad y el capita-
lismo son más un irse convirtiendo en tales, que una cuestión ligada
a unos orígenes con una transición discernible cuya fecha de arranque
está perfectamente clara.

Colonización global de la especie humana

Mi gran cuestión final ha recibido mucha menos atención. Hay


que preguntarse cómo y por qué nos convertimos en una especie glo-
bal, la única entre los mamíferos, y al mismo tiempo por qué fuimos
los únicos homínidos en prosperar (Gamble, 1993).
Cuando Colón, Magallanes y Cook redescubrieron el mundo se
dieron cuenta de que ya estaba poblado. La modernidad fue parte del
proceso de redescubrimiento global. El gran descubrimiento de la ar-
queología de la prehistoria ha sido mostrar que esta colonización glo-
bal es un hecho reciente de nuestra historia como homínidos y que
fuera del Viejo Mundo ha sido una hazaña únicamente lograda por
nosotros los sapiens sapiens. Sabemos que durante la mayor parte de
nuestros cinco millones de años de existencia ha habido en todo mo-
mento y a menudo en la misma región, por lo menos dos especies de
homínidos, y algunas más en períodos que han sido estudiados más a
fondo. Todo ello finalizó hace 25.000 años cuando los Neandertales en
178 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

Europa y los Horno erectus en el sudeste de Asia se extinguieron. Sólo


durante los últimos 60.000 años pudo colonizarse Australia, el océa-
no pacífico, Siberia y el continente americano. El Horno sapiens sa-
piens invirtió un 1 por ciento del tiempo en que duró la evolución ho-
mínida para colonizar el 75 por ciento de la Tierra.
Este ritmo de avance sugiere que las explicaciones fundadas en
causas primeras como presión de la población, cambio climático o des-
cubrimiento tecnológico afortunado, no pueden explicar de forma sa-
tisfactoria el proceso. Sirven efectivamente para avanzar en la com-
prensión de cómo pudo producirse la colonización pero no explican
del todo por qué ocurrió. Como Rindos señaló con respecto a la agri-
cultura, las innovaciones humanas facilitaron la evolución pero no fue-
ron su causa.
El estudio del proceso de colonización global no pretende averi-
guar quién fue el primer australiano ni quién el habitante más viejo de
Europa. Lo que pretende es usar aquel ritmo y las diferentes historias
implicadas en el proceso, para entender al ser humano en conjunto
como especie colonizadora. En consecuencia, una de las cosas básicas
es saber el nivel que alcanzó el proceso de intensificación social y
económica entre las sociedades colonizadoras. Sin domesticación, por
ejemplo, nunca se hubiera producido una colonización global. Sin em-
bargo, tampoco hubiera arrancado el proceso si las poblaciones nó-
madas no hubieran intensificado su propia producción por estímulo
de nuevas demandas sociales. La cuestión clave es comprender por qué
cambió la sociedad y cómo se afrontaron las demandas de producción,
distribución y consumo. Hay cierto parecido entre los procesos que
llevaron a ciertas personas a colonizar la isla de Pascua y a ciertas otras
a construir una pirámide en Gizeh.
En términos materiales la colonización global, este gran logro
de la prehistoria, fue una consecuencia no intencionada de procesos
que también condujeron, como así ocurrió, a la agricultura y al urba-
nismo. Pudo haber en ello cierto propósito de parte de algunas perso-
nas, pero nunca hubo un objetivo explícito. En contraste, las migra-
ciones históricas que sí tuvieron estos objetivos explícitos, tuvieron
lugar en el contexto de un mundo ya pleno en el que primaba el po-
der de los estados.

EL PROBLEMA QUE CONLLEVA LA INVESTIGACIÓN DE LOS ORÍGENES

La investigación de los orígenes puede ser algo muy interesante.


No hay nada como excavar a la primera cabra domesticada. Un ejem-
plo, el enigma de la primera banana llegada a Londres, c. 1560 d.C.,
CAMBIO Y ESTABILIDAD 179

se resolvió en 1999 y produjo revuelo ya que permitió obtener ciertas


ideas nuevas sobre el Nuevo Mundo. La cosa de los orígenes goza de
muy buena prensa. Sólo hace falta darse cuenta de que nadie que haya
encontrado uno de esos cráneos fósiles más antiguos ha visto perju-
dicada su carrera, al contrario. Pero, ¿vale realmente la pena desde el
punto de vista de la arqueología?
La respuesta es que no. Ya he hablado de la naturaleza esencia-
lista de este tipo de investigación en que definiciones y listas de ras-
gos (por ejemplo, recuadro 18) dominan el proceso. La investigación
sobre los orígenes es como emplear mal una vieja trompa para la sor-
dera. Es como colocar el extremo puntiagudo sobre lo que se quiere
escuchar -por ejemplo, una lengua, una escritura, un vestigio de
arte rupestre, una práctica agrícola- y esperar la explicación por el
lado en que la trompa se abre, precisamente donde el ruido causante
de distorsiones es mayor. Como resume Alexandra Alexandri (1995: 59)
todo lo que se consigue de esta forma es rastrear los orígenes de con-
ceptos familiares, es decir, de unos ecos del presente en el pasado. Lo
que es claramente insatisfactorio.
De esta forma confundimos cronología con explicación o des-
cripción con conocimiento. Hay que ir a captar otras voces aparte de
la correspondiente a la investigación de los orígenes, porque, a lo peor, la
búsqueda de lo más antiguo llegue a protagonizar el debate. Como se
verá más abajo, hay que ampliar el ámbito de las respuestas con el fin
de no pasar por alto el hecho de que las formas de vida tienen como
característica un «convertirse en», es decir, que están en constante si-
tuación de originar algo, por lo que no poseen un origen fijo en tér-
minos de tiempo y espacio. Este convertirse en alguna cosa distinta
es un proceso continuo de creatividad y no algo fijado en el tiempo,
clavado como una mariposa en una caja de coleccionista, o abando-
nado en el suelo como la piel de un plátano.

ESCALA DE LOS CAMBIOS QUE AFECTAN AL CONJUNTO DE UN SISTEMA

No está de más, pues, advertir que demasiados «primeros» o «más


antiguos» conduce a un diálogo de sordos. He esbozado brevemente
la problemática latente a la búsqueda de los orígenes porque si nos
asomamos a lo que está sucediendo en este campo veremos que los in-
vestigadores están planteando cuestiones relativas al cambio a dife-
rentes niveles, que implican a las unidades y las escalas temporales y
espaciales que hemos examinado en los capítulos 3 y 6. Precisamente
ésta era una de las cuestiones sobre las que insistía el enfoque sisté-
mico al rastrear el cambio en los subsistemas que intervenían en un
180 ARQUEOLOGíA BÁSICA

complejo proceso de adaptación sociocultural (figura 2.2). De ahí que


se pueda representar la trayectoria del cambio en sus diferentes sub-
sistemas, a saber, subsistencia, intercambio, asentamientos, demo-
grafía, especialización artesana, y religión y mundo simbólico, a nivel
del interior de un yacimiento, a nivel de yacimientos y a nivel del con-
junto de un territorio. Y que se pueda evaluar hasta qué punto estos
niveles o escalas están engranados. El conocimiento de la génesis del
cambio a nivel de estos subsistemas ha provocado la aparición de di-
versas arqueologías, por ejemplo, una arqueología de los asentamien-
tos, una arqueología económica, una arqueología cognitiva, o una ar-
queología ambiental.
De forma parecida, es posible examinar cómo van cambiando en
el tiempo y a través del territorio las tipologías de los objetos y sus atri-
butos. A menudo la explicación se busca en términos de nuevas fun-
ciones o de cambios en la ideología. El trabajo de Hodder (1982: 73)
con los calabashes del África Oriental concluye que los objetos de uso
cotidiano forman parte integrante del sistema de relaciones sociales
que vincula a los hombres y mujeres jóvenes con los más viejos. Cuando
la fortuna económica y social de los primeros fluctúa los diseños lo ex-
presan mediante variaciones. Los símbolos materiales se emplean para
perturbar el orden social dominante.

ACTÚA EN TÉRMINOS LOCALES PERO PIENSA EN TÉRMINOS GLOBALES

Las representaciones del tiempo tienen una gran importancia en


el proceso de explicación. La arqueología adquiere una visión vertical
gracias a la estratigrafía, pero también una noción lineal del tiempo.
Las secciones que excavamos exigen explicaciones aun cuando no pa-
rezca que haya indicios de cambio. La dimensión vertical enfatiza
claramente la estructura narrativa en cuanto a la forma de describir y
explicar el pasado. Los segmentos temporales, por su parte, tienen una
longitud variable de manera que la obtención de una secuencia conti-
nua es como elaborar una cronología empleando el método de la den-
drocronología a partir de muchos árboles diferentes. Si el cambio se
evidencia en nuestra sección de excavación deberemos elaborar la ex-
plicación del mismo en relación a los cambios que se evidencian en
otras secciones vecinas y no tan vecinas.
Ello depende de cómo empleemos profesionalmente nuestra ima-
ginación arqueológica. Es básico saber que explicar la estructura de los
archivos arqueológicos en las dimensiones tiempo y espacio es pare-
cido a entablar una lucha entre lo local y lo global. Por ejemplo, en la
excavación del suelo de una casa del siglo xvu de Southampton, lo que
CAMBIO Y ESTABILIDAD 181

interesa es obtener datos que documenten la aparición de un capita-


lismo mercantil. Pero el vínculo puede parecer demasiado tenue al va-
ciar el contenido de un vertedero. Por ello para resolver el caso uno se
ve impelido a no trascender de lo local -lo local explica lo local y
punto-. Pero hay que resistirse a ello y probar de contrastar los datos
(Wobst, 1978). La explicación del cambio en los componentes de un sis-
tema o en una parte de una prospección o excavación puede parecer
tentadora en términos de condiciones inmediatas. La explicación po-
dría ser del estilo siguiente: «escogieron estos útiles de piedra porque
necesitaban descuartizar al rinoceronte allí mismo» o «el cambio evi-
denciado en la parte final de la secuencia del tell, en que aparece un
grano limpio de polvo y paja al contrario de lo que ocurría en fases an-
teriores, apunta a un cambio local en las pautas de consumo, almace-
namiento y gestión, que puede relacionarse con la aparición de unas es-
tructuras más grandes; o en otras palabras, con la presencia de unas
elites cuyo rastro también aparece en otros puntos del yacimiento».
Sin lugar a dudas, en muchos casos este tipo de explicaciones
serán básicamente correctas. Pero la arqueología por el hecho de que
tiene que ver con los objetos, indaga simultáneamente a diferentes es-
calas espaciales y temporales. Una y otra vez vemos que la variación
es fruto de factores que actúan tanto a nivel regional como local.

CUANDO EL CAMBIO ES SIMPLE VARIACIÓN

¿Es verdad que lo importante es poder hablar realmente de cam-


bio y no de simple variación? Esta pregunta hace referencia una vez
más a las cinco grandes cuestiones. Lo que cuenta en ese terreno son
las diferencias tanto cualitativas como cuantitativas que se observan
en relación a organización, estilo de vida, impacto ambiental, biología
humana, expansión geográfica y grado de interconexión.
Pero también se producen pequeños cambios -un cambio en el
diseño de una pieza de cerámica, el paso de un tipo de asentamiento
disperso a otro de concentrado, el cambio de posición de las chime-
neas en las casas de campo- que hay que explicar. La mayoría de es-
tos cambios se podrían clasificar como variantes o variaciones.
Para certificar que ha habido verdadero cambio hay que identi-
ficar antes dos factores. En primer lugar ha de mediar lógicamente el
paso del tiempo. En segundo lugar, hay que tener una idea de hasta
dónde puede llegar la variación, ya que todos los individuos y todas las
culturas exhiben algún tipo de variación (véase figura 3.3). El cambio
sucede cuando estos límites se superan, como muestro más abajo con
respecto a los paisajes en evolución. Pero el cambio no es ni una pro-
182 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

piedad ni una esencia de las unidades que estudiamos. En cambio la


variación y la estabilidad sí que en muchos casos lo son.
Defino al cambio como aquella organización que se basa en unas
premisas sociales nuevas. En cambio, la variación sería la acomoda-
ción a unas nuevas condiciones sin que se modifiquen las premisas so-
ciales existentes. Si la Revolución Neolítica es considerada como uno
de los grandes puntos de inflexión de la historia humana lo es porque
la sociedad transita hacia nuevas formas de apropiación y no porque
los humanos cambiaron el gusto favoreciendo la carne de carnero. La
variación siempre existe, el cambio requiere de una nueva estructura.
La diferencia no es baladí aunque lo parezca; sin embargo, tanto
el cambio como la variación tienen su importancia en función de la ex-
plicación que se dé. La variación tiene un papel destacado para los en-
foques evolutivos: historia cultural, investigaciones contextuales y estu-
dios procesuales. Estas chimeneas que cambian de sitio en los escenarios
rurales ingleses se interpretarían respectivamente como consecuencia
de la transmisión cultural, del peso de las normas culturales, de princi-
pios de identidad y género estructurantes, o como necesidades funcio-
nales debidas a un cambio de las temperaturas o de la dirección de los
vientos dominantes. La explicación de la variación se basa, como vi-
mos en el capítulo 2, en puntos de vista divergentes sobre la cultura, en
la naturaleza de la variación en sí misma, en el libre albedrío humano,
o en el papel del método científico en un proceso causal. Como resul-
tado siempre habrá en arqueología sólo unos pocos cambios que expli-
car y, en cambio, una gran cantidad de variaciones que justificar.

LA JUSTIFICACIÓN NEOEVOLUCIONISTA DE LA VARIEDAD Y EL CAMBIO

A veces es más fácil decidir qué es lo que no queremos para po-


der encontrar lo que necesitamos. Los esquemas neoevolucionistas
constituyen un ejemplo de ello, aunque no hay que confundirlos con
los enfoques neodarwinistas.
El neoevolucionismo era <<nuevo» puesto que revisó los esquemas
decimonónicos de progreso social desde una perspectiva antropoló-
gica. Los grados de salvaje, bárbaro y civilizado que Morgan propuso
en 1877 y que Childe aún empleaba en 1951, fueron reemplazados por
el esquema de banda, jefatura y estado (Service, 1962; Sahlins, 1963;
Fried, 1967). Este marco que ha gozado de tanta influencia, y que se
muestra en el recuadro 21, ha proporcionado a los arqueólogos unas
claras descripciones etnográficas hacia las que tender en sus estudios
sobre función y cambio. Este marco fue muy útil como aproximación
sistémica al cambio social.
CAMBIO Y ESTABILIDAD 183

Recuadro 21:
Tipología de las sociedades según los
neoevolucionistas (a partir de Earle, 1994)

Childe Service Sahlins Fried


Civilización Estado Estado Estado
Complejo Sociedad
estratificada
Civilización Jefatura
Simple
Sociedad
jerarquizada
Agricultores Tribu Gran hombre
(barbarie)
Cazadores/
recolectores Banda Hombre sabio lgualitarismo
(salvajismo)

Pero las categorías que instituyó son criticables. Las jefaturas, por
ejemplo, se consideran sociedades redistributivas por más que la re-
distribución se encuentre también en otras sociedades de tipo banda
o de tipo estatal. Desde el punto de vista etnográfico las jefaturas cu-
bren una gama extensa de sociedades, hasta el punto que la diferen-
cia entre jerarquía y estratificación de roles y posiciones sociales no
siempre aparece clara. Tampoco los neoevolucionistas han sido muy
claros sobre la división entre jefaturas «simples» y sociedades tribales
dirigidas por carismáticos «grandes hombres», un estatus que se ob-
serva muy a menudo en Papúa-Nueva Guinea donde es muy raro en-
contrar propiamente la figura del dirigente político. La confusión tam-
bién es un rasgo manifiesto a nivel de banda puesto que existen muchas
sociedades de cazadores-recolectores que no puede decirse que sean
igualitarias. De ahí que se optara por dividirlas entre sociedades de ca-
zadores simples y sociedades de cazadores complejas.
El neoevolucionismo brinda un ejemplo excelente de enfoque de
arriba abajo (capítulo 4) para el estudio y clasificación de las sociedades.
Las sociedades de banda son una institución creada por los antropólo-
gos como herramienta de análisis (Gamble, 1999). El individuo ahí se
pierde, del mismo modo que se pierde en las estadísticas gubernamentales.
184 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

COMPLEJIDAD

Los arqueólogos ya no hablan de progreso para explicar los cam-


bios que observan; ahora el cambio se concibe como un proceso ha-
cia una mayor complejidad.
Una cosa deviene compleja cuando en su composición intervie-
nen más elementos. Literalmente es como si se doblara en más plie-
gues conformando un conjunto más denso e intrincado. Complejidad
es otro de esos términos que requieren de una lista de rasgos para po-
der hacer comparaciones. Pero lo que necesitamos no es una lista de
ítems con la que ante un caso concreto cotejar si faltan o sobran ras-
gos, sino una medida de la complejidad. Además, más que poder des-
menuzar la complejidad lo que precisamos es darnos cuenta, como se-
ñalan James McGlade y Sander van der Leeuw (1997: 14), de que la
característica fundamental de cualquier sistema complejo es que siem-
pre es algo más que la suma de sus partes. La complejidad es irredu-
cible.
Para el enfoque sistémico resultaba muy apropiado el estudio
de la complejidad, puesto que según este punto de vista las diferen-
cias en estructura dependen de la organización y flujo de informa-
ción necesarios para la integración de las distintas unidades o sub-
sistemas. De ahí que Flannery (1972) medía la complejidad en términos
de segregación o diferenciación y de centralización (grado de conec-
tividad del sistema). Randall McGuire (1983) examinó los compo-
nentes de la complejidad como si fueran distintas variables de la evo-
lución cultural. Señaló que el concepto de complejidad puede incluir
tantas cosas que se convierte en un cajón de sastre que no sirve
para nada. Su propuesta va a favor de simplificar el concepto, cosa
que hace insistiendo en los ejes vertical y horizontal de toda estruc-
tura social. De esta manera se puede medir la complejidad a efectos
de comparación. Este método implica medir la desigualdad en tér-
minos de acceso a los recursos, así como la heterogeneidad, que se re-
fiere al número de personas sociales en un sistema. Pero no espere-
mos que estas dos variables se correlacionen positivamente; al
contrario, hay que considerarlas de forma independiente en el pro-
ceso de cambio social.
Sólo a muy largo plazo somos capaces de comprobar que el cam-
bio tiende hacia sistemas de organización más complejos. Y esta es
precisamente la perspectiva característica de la arqueología con res-
pecto al tiempo. Pero una vez más nos damos cuenta de que el cam-
bio y la complejidad no representan el viejo giro hacia el progreso
que venía representado antaño por las fases salvajismo, barbarie y ci-
vilización. Shirley Strum y Bruno Latour (1987) reservan el término
CAMBIO Y ESTABILIDAD 185

complejo para describir a las sociedades de primates, y el término com-


plicado para caracterizar las acciones sencillas y repetitivas que es-
tructuran gran parte de la vida de los seres humanos en sociedad. Estas
acciones habituales organizan la vida para hacerla rutinaria y, por lo
tanto, más predecible y más variable. De ello deducimos que para que
haya evolución social en primer lugar es preciso simplificar las cosas
en vez de hacerlas más complejas.

Mecanismos y modelos

Antes de seguir es preciso que discuta los mecanismos y mode-


los que explican las abrumadoras pruebas de que disponemos que apun-
tan a la estabilidad, y también los raros momentos de cambio y de-
sarrollo a largo plazo de la complejidad; uno y otro, en relación a los
distintos niveles de nuestras unidades arqueológicas.
No nos atrevemos a hablar de progreso porque es un legado que los
arqueólogos tratan de dejar de lado. En cambio, la biología sí que dis-
pone de una serie de metáforas apropiadas para clarificar nuestros
principios básicos. Ello es debido a que la biología trata del crecimiento
de la complejidad en los organismos. La biología también se ocupa del
cambio a largo plazo en forma de diversificación de especies. La bio-
logía no explica la cultura, aunque sí que proporciona, caso de la trans-
misión cultural (capítulo 2), una forma de conocimiento coevolucio-
nista con respecto a ese problema.

LENGUAJE Y DESARROLLO

Terry Deacon (1997) sostiene que el lenguaje, un rasgo que mu-


chos asegurarían que tiene que ver con la complejidad, se puede ex-
plicar mejor empleando una perspectiva coevolucionista. Los orígenes
del lenguaje no tuvieron que ver con el desarrollo del cerebro. No se
localizaron en ninguna parte interna ni externa del cerebro, sino en el
delicado punto de encuentro entre biología y cultura.
Según el punto de vista de Deacon para poder explicar cómo nos
convertimos en una especie simbólica a base de emplear el lenguaje
sin incluso pensar en ello, hay que recurrir a la idea de proceso de
desarrollo. Los cambios que implicaron crecimiento afectaron a los
componentes de la biología de los homínidos, particularmente el ce-
rebro. Estos cambios ocurrieron como respuesta a una selección re-
lacionada con la vida que llevaban los homínidos y con el tipo de gente
que eran.
186 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

Por ello hay que recurrir a un modelo no linear de cambio por


lo que respecta a esa capacidad fundamental del ser humano. No existe
una línea directa que una el gruñido con el canto a coro en un esta-
dio de fútbol del himno del equipo de casa. No hubo una única causa
ni una presión selectiva que favoreciera el cambio. ¿Por qué el len-
guaje hablado habría de conferir ventajas a la hora de marcar de ca-
beza un gol o de encontrar pareja? Sin duda la posibilidad de con-
versar se ha visto enriquecida en cinco millones de años gracias al
lenguaje, pero del mismo modo también nuestra habilidad para mar-
car goles con la cabeza, ya que al mismo tiempo hemos adquirido una
marcada frente.

¿LA REVOLUCIÓN NEOLÍTICA REPRESENTA EL FIN DE LA BIOLOGÍA?

Opino que gran parte de los cambios constituyen la conse-


cuencia no esperada de una compleja interacción entre biología y
cultura que nos afecta a todos. Ello hace apto al individuo para aco-
modarse mejor al entorno (Gould y Vrba, 1982; Gould, 1991), que
no es lo mismo que decir adaptado al entorno. La domesticación
animal no fue una adaptación, es decir, el producto de la selección
con el fin de obtener un nuevo nicho económico. Los animales ha-
bían formado parte de las economías de los humanos durante cen-
tenares de miles de años. Siempre estuvieron allí disponibles para
ser utilizados, como recursos de caza o amarrados a la casa. Más
que adaptados para dar respuesta a la necesidad de disponer de ma-
yores reservas de comida, fueron «extraídos» del entorno según
las necesidades.
Demasiado a menudo la Revolución Neolítica es presentada como
un aflojamiento de la presión de la biología sobre los procesos de cam-
bio cultural. Con la aparición de los primeros campos de trigo el im-
pacto de la biología ya no volvería a ser el mismo, ni volvería a repre-
sentar lo que había representado para nuestro potencial de crecimiento
cultural y de diversificación.
Creer en esta idea sería como volver a la evolución progresiva de
nuestros arqueólogos decimonónicos. En vez de ello tenemos la inter-
conexión coevolucionista de Deacon. La variación se adapta a nuevos
patrones o procede de los nuevos patrones. Los individuos y los gru-
pos están mucho más limitados con respecto a la biología hereditaria
(piénsese en la resistencia que ofrecen las enfermedades). Los cambios
no cesan, pero no fuera o dentro de nuestra biología, ni fuera o den-
tro de nuestra cultura, sino siempre como parte de la compleja inter-
acción de ambas cosas.
CAMBIO Y ESTABILIDAD 187

EL PAISAJE EN EVOLUCIÓN

Muchos de los problemas relacionados con la complejidad, la es-


tabilidad y el cambio fueron ilustrados por el biólogo C. H. Waddington
en su brillante obra Tools far Thought ( 1977). Nos propuso una metá-
fora del paisaje en evolución para explicar tanto el crecimiento bioló-
gico como las limitaciones asociadas a la estabilidad.
Su paisaje es un territorio con valles y colinas. Existe en el es-
pacio multidimensional ya que es una superficie sometida a la gra-
vedad condicionada por la selección natural. En consecuencia se
curva y se flexiona de manera que su topografía no es constante
sino que responde a presiones y estiramientos selectivos. Donde an-
tes había un único valle ahora hay una bifurcación que da a dos va-
lles distintos. Donde antes había unas colinas, ahora hay un terreno
llano.
La entidad objeto de escrutinio es parte integral de este paisaje
en evolución. Waddington la concibió como un rodillo que se desliza
por los valles y que en ciertos momentos, debido al impulso, es capaz
de remontar colinas. A veces el impulso adquirido la hace pasar de un
valle a otro. Además, según el valle que tomó el rodillo al llegar a una
determinada bifurcación, también contribuyó al cambio. Es impor-
tante insistir en lo interrelacionados que están paisaje y rodillo. Uno
no existe sin el otro de modo que la habitual distinción entre fuerzas
externas e internas no se puede hacer.

REGULAR EL SISTEMA Y ORGANIZAR EL FLUJO

Una de las ideas centrales de Waddington era la de canalización.


En biología evolucionista canalización es la posibilidad de predecir si
la selección natural tenderá a reemplazar las respuestas adaptativas a
las limitaciones ambientales, con una determinada predisposición ge-
nética. De esta manera el comportamiento se puede fijar. La canaliza-
ción es lo que hace al sistema estable y predecible. Tal como dijo
Waddington:

En distintos sistemas que observamos, la estabilidad representa


una propiedad de gran importancia. Un sistema natural vivo acostum-
bra a adquirir algún grado de estabilidad por la selección natural (se de-
gradaría y moriría si no fuese capaz de mantener una cierta estabilidad);
en los sistemas artificiales el ser humano es quien normalmente orga-
niza varios sistemas de control y de contra-control para asegurar la es-
tabilidad (Waddington, 1977: 104).
188 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

Waddington especificó dos de estos controles: la homeostasis, que


mantiene un valor a un determinado estado, y la homeorhesis, que man-
tiene el flujo.
Los arqueólogos dedicaban mucho tiempo a hablar del primero
cuando el modelo de sistemas estaba tan de moda. Entonces un ele-
mento característico de la homeostasis podía ser una catástrofe am-
biental que redujera periódicamente la población a niveles sostenibles,
o una reserva de grano administrada por una elite encargada de re-
distribuir el excedente con el fin de evitar daños mayores. La respuesta
en términos de flujo de información era considerada como algo vital
para que se produjera regulación y estabilidad. Por su parte, la inte-
rrupción de los mecanismos de respuesta explicaba el cambio.
La homeorhesis no ha sido discutida en la medida que lo ha sido
la homeostasis, sin embargo sí ha pesado en la aplicación de la teoría
de catástrofes al análisis de cómo pequeñas variaciones pueden con-
ducir a cambios dramáticos inesperados (Renfrew y Cooke, 1979). En
potencia la homeorhesis es más interesante ya que nos devuelve a la
complejidad de aquel territorio sometido a la gravedad condicionado
por la selección natural.
Éste es el tipo de paisaje en que la modelación no linear de sis-
temas dinámicos, es decir de sistemas cambiantes, salta a la primera
plana. Como dijeron McGlade y Van der Leeuw ( 1997: 14 ), un plantea-
miento no linear no acepta una explicación tipo serie de acontecimien-
tos que de forma linear y progresiva se van sucediendo. Para ellos un
enfoque no linear requiere de una visión diferente de la historia y de
las causas del cambio. Estos autores contemplan el proceso como si
estuviera regido por una serie de consecuencias inesperadas o contin-
gencias. Estas consecuencias surgen de la interrelación de procesos,
que pueden ser determinísticos y estocásticos, generados de forma alea-
toria. Su objetivo es estimular el descubrimiento de más y más di-
mensiones de la variabilidad en nuestros datos y no reducirlas a series
asequibles para poder producir narrativas verosímiles.

La buena explicación en arqueología

Lograr una buena explicación en arqueología no es nunca fácil y


siempre depende del paradigma que uno sigue (capítulo 2). Por ejem-
plo, Randall McGuire (1992) discute las ventajas a obtener de alinearse
con la teoría marxista, y en particular del poder de la dialéctica hege-
liana que ello conlleva. Los neodarwinistas, en cambio, prefieren las
posibilidades que confiere la selección natural, mientras que los enfo-
ques procesualista e interpretativo favorecen respectivamente la cien-
CAMBIO Y ESTABILIDAD 189

cia y la teoría social. Para muchos, en particular para los historiado-


res culturales, la opción preferida es organizar las unidades arqueoló-
gicas según la cronología y limitarse a describir qué pasó -dejar que
la explicación emerja por el mero hecho de poner cada cosa en su si-
tio--. Si es que existe una explicación debe ser que el cambio es algo
inherente al sistema.
Es necesario que la explicación sea tomada de forma seria por-
que la simple descripción es un insulto a la riqueza del registro ar-
queológico. Sólo si probamos de encontrar la explicación empezare-
mos a comprender de qué manera los objetos del pasado nos pueden
ayudar en esta aventura que supone el conocimiento de nosotros mis-
mos. La descripción es parte del trabajo, pero si no llegamos más le-
jos es como si dejáramos el trabajo a medias.
Mis consejos para lograr una buena explicación en arqueología
son estos:

- ¿Elimina los dualismos que hemos examinado en anteriores


capítulos?
- ¿Evita el círculo cerrado como sucede cuando la cultura sirve
para explicar la cultura?
- ¿Sugiere vías para obtener nuevos datos con los que intentar
escribir otro ensayo sobre la misma explicación?
- ¿Emplea más datos que anteriores explicaciones?
- ¿Evita convertir al pasado en algo con lo que nos sentimos có-
modos en el presente por su proximidad?
- ¿Sorprende por su verosimilitud, y si es así, es ello suficiente
para responder a la cuestión que plantea el problema?
- ¿Sirve para producir un cable más fuerte como se pedía en el
capítulo 4?

LA ESTRATEGIA DE LA DERROTA COMO EJERCICIO EXPLICATIVO

El último punto sirve para estructurar el tema. En el capítulo 4


comparé el ejercicio de fabricar un cable explicativo (figura 4.3) con
la derrota que sigue un barco de vela en función del viento. Ésta es la
forma de construir una explicación en arqueología, es decir, regateando
entre diferentes escalas o niveles de análisis en relación al tiempo, al
espacio y a las distintas unidades arqueológicas, así como a su grado
de resolución. De esta forma construimos el discurso: tal como Alison
Wylie (1993) lo describió, es decir, añadiendo nuevos hilos al cable.
La derrota nos ayuda a reconciliarnos con la arqueología haciendo
de la flexibilidad virtud (figura 7.2). Se trata de ir regateando entre
190 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

Objeto

Objeto

Región

Yacimiento

Cambio

Estabilidad

Cambio
Cambio
endógeno
exógeno

Innovación
local
Difusión
exógena

FIG. 7.2. Estrategia arqueológica de derrota entre diferentes niveles de datos, de escalas
espaciales y temporales y de conceptos.

conceptos opuestos. La alternativa es mantener estas oposiciones o


dualismos separados como babor de estribor. Luego la explicación es
cuestión de venirse a un lado o al otro y exclamar «¡sigue así!, «¡de-
fiende la posición!», «¡prepárate para repeler el abordaje!», incluso sa-
biendo que ya has llegado a los escollos explicativos.

CAMBIO ENDÓGENO Y EXÓGENO

Muchas explicaciones arqueológicas giran alrededor de la im-


portancia de factores internos (endógenos) o externos (exógenos) con
relación al cambio. Los factores externos más típicos son los cambios
ambientales; por ejemplo, los ciclos climáticos, o acontecimientos de
corta duración como la erupción del volcán de Santorini, antaño iden-
tificado como el causante de la destrucción de la Creta minoica. La ola
de frío de un milenio de duración conocida como Dryas Reciente,
que marca la transición de las puntas Clovis a las Folsom en América
del Norte, pudo haber contribuido a la extinción de la megafauna de
este continente (Haynes, 1993).
CAMBIO Y ESTABILIDAD 191

Sin embargo, es importante evitar caer en el error del determi-


nismo ambiental. La literatura arqueológica está llena de explicacio-
nes erróneas de este tipo. Por ejemplo, la teoría del oasis de la do-
mesticación de Childe que implicaba un deterioro ambiental, o el
modelo de circunscripción geográfica de Carneiro que servía para ex-
plicar los orígenes del estado. No cabe duda de que el ambiente limita.
La agricultura cerealista no puede sobrevivir en Alaska. El agua es un
factor limitativo tanto en Egipto como en el interior de Australia,
abstracción hecha del tipo de sociedad implantada.
Pero mientras que el medio determina y en consecuencia pro-
porciona un cierto grado de canalización, el sistema social es el que
domina el proceso. La mayoría de los hábitats no son polares ni de-
sérticos. La mayoría ofrece una gama de posibilidades. No hay nada
en los hábitats de los bosques mixtos de robles y las praderas de
Inglaterra que diga que han de explotarse de acuerdo con el estilo
de vida nómada de los forrajeros, ni según los principios de una eco-
nomía agrícola sedentaria. El cambio económico y social ha progre-
sado según las exigencias que las relaciones sociales que dominan la
producción y el consumo han puesto al medio.
El cambio endógeno también puede abordarse con miras estre-
chas. Por ejemplo, el papel otorgado a las elites en el cambio social
ha sido objeto de debate, en particular en relación a modelos como la
jefatura y los primeros estados. Las elites manipulan las redes de in-
tercambio y traen beneficios al sistema organizando la redistribución
del excedente agrícola. El sistema, y qué decir del pueblo, las necesita.
Aparentemente el único peaje que reclaman es poder disponer de un
gran palacio sobre la colina. Las explicaciones contextuales general-
mente prefieren siempre los factores internos. El estilo de los monu-
mentos y los objetos cambian para reflejar nuevas relaciones de po-
der estructuradas por edad y género. Los tests de verosimilitud y del
pez que se muerde la cola requieren ser aplicados a ambos casos.
La solución es reafirmar las relaciones mutuas entre lo interno y
lo externo, es decir, disolver la diferencia, tal como se discute en el ca-
pítulo 5. La separación entre organismo y ambiente no es útil ya que
distrae de considerar el conjunto en la explicación. Por lo tanto, para
reconocer una buena explicación hay que comprobar si se produce esta
asunción de las relaciones mutuas entre lo interno y lo externo.

DIFUSIÓN Y MIGRACIÓN: INNOVACIÓN Y AUTONOMÍA

Estos mecanismos han proporcionado desde los principios de la


arqueología los argumentos para explicar el cambio y la variación. La
192 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

difusión de ideas y la migración de pueblos han justificado la apari-


ción de nuevos tipos de cerámica, de nuevos objetos de metal y de nue-
vos tipos de enterramientos, incluso han justificado grandes cambios
como la expansión de la agricultura por Europa. Estos conceptos nos
devuelven a las raíces de la disciplina cuando predominaban las hi-
pótesis de un pueblo, una cultura (capítulo 3) y las ideas sobre las nor-
mas culturales que expresaban etnicidad e identidad (capítulo 8).
No se puede negar el hecho de que difusión y migración fueron
fenómenos que realmente ocurrieron. Algunos sajones emigraron a
Inglaterra. Los romanos invadieron y conquistaron territorios y as-
pectos del ser romano se difundieron tras su llegada. Lo que hay que
discutir es la opción fácil de que cualquier cambio encuentre su ex-
plicación por el hecho de que hubo movimiento de ideas y de gentes.
En primer lugar porque ello reduce el mundo a productores y consu-
midores. Existe un centro activo, caso de los modelos tipo ex oriente
lux que favorecen al Próximo Oriente (capítulo 1), que siempre posee
las mejores ideas que exporta a una periferia agradecida. Hace algu-
nos años Colín Renfrew (1973a) descontento con estas visiones de-
mostró gracias a la datación por radiocarbono calibrado que la Edad
del Bronce de Wessex se desarrolló de forma independiente de la Grecia
minoica. Tan válida es como punto de partida la invención indepen-
diente y el desarrollo autónomo como la difusión y la sustitución.
En segundo lugar, el problema de la etnicidad presenta muchos
claroscuros, como veremos en el próximo capítulo. ¿Quién pensaban
que eran los sajones?
¿Qué implicó la romanización? Nuevos datos complican las res-
puestas. Por ejemplo, la expansión de la agricultura en Europa se ha
presentado como una ola de progreso que avanzaba del Próximo Oriente
hacia el sudeste de Europa y luego hacia el norte hasta alcanzar los
fértiles valles de la Europa central. Este proceso, datado por radio-
carbono, duró 4.000 años, lo que equivale a un avance de 1 km por
año. Sólo recientemente, gracias a los estudios de genética, han apa-
recido dudas fundamentadas respecto a la noción de que los carros
cargados de los primeros agricultores, avanzaban hacia el interior de
una Europa de cazadores y recolectores barriéndolos a su paso, como
hicieron los colonos británicos con los aborígenes australianos. La
información genética sobre los europeos actuales muestra que, al con-
trario de lo que se podía pensar, éstos tienen comparativamente po-
cos genes procedentes del Próximo Oriente. Proporcionalmente, lama-
yor parte de genes europeos se puede datar del período de la
recolonización de partes del continente por grupos de cazadores, tras
la retirada de los casquetes de hielo hace 14.000 años; es decir, unos
6.000 años antes de que llegara el Neolítico.
CAMBIO Y ESTABILIDAD 193

ESTABILIDAD Y VELOCIDAD DEL CAMBIO

Algunos de estos ejemplos nos ponen ante el problema de la ve-


locidad del cambio, lo que significa una vuelta al problema de las es-
calas mencionado al principio de este capítulo.
En el Paleolítico Inferior predomina la estabilidad. La tecnolo-
gía achelense de los bifaces aparece en el África Oriental hace un mi-
llón y medio de años. Perdura sin apenas cambios durante más de un
millón de años. Durante este tiempo se encuentra en la India, el occi-
dente de Asia y Europa. Pero no sólo la tecnología de la piedra no ex-
perimenta cambios durante este lapso tan grande de tiempo. Hay otras
pruebas que hablan del mantenimiento de un mismo patrón de exis-
tencia. La geografía aquí apenas marca diferencias. Los niveles supe-
riores de la garganta de Olduvai en Tanzania son de edad similar
-600.000-400.000 años- a los yacimientos achelenses del sur de
Inglaterra: Boxgrove, Swanscombe y Hoxne. Pero estos yacimientos,
que se encuentran a una distancia de unos 7.000 km de los primeros,
presentan la misma baja densidad de huesos y piedras diseminados y
los mismos tipos de útil. Ante un gradiente ecológico parecido, hoy día
cabría esperar de la etnografía de distintos pueblos cazadores y reco-
lectores nómadas, que evidenciara unos campamentos y una tecnolo-
gía muy diferentes, sin mencionar las diferencias que observaríamos
en arte y ritual. Durante el Paleolítico Superior, hace unos 15.000 años,
una comparación similar norte/sur revela un cuadro muy parecido
(Gamble y Soffer, 1990; Soffer y Gamble, 1990).
El Achelense es una forma particularmente extrema de estabili-
dad. A lo largo de esta etapa los homínidos evolucionaron notable-
mente y se produjo una marcada encefalización. En períodos poste-
riores la velocidad del cambio empieza a ser mayor. Con todo, es habitual
encontrar culturas en formas fácilmente identificables que duran mil
años.
En el período 20.000-5.000, Robert Foley descubrió, utilizando
una muestra de culturas arqueológicas a nivel planetario, que su du-
ración oscilaba entre 2.000 y 5.000 años. A una escala de análisis más
detallada, muchas de las fases pertenecientes a las principales tradi-
ciones de la prehistoria norteamericana se ha visto que duraban en-
tre 200 y 400 años (Fagan, 1991a), o lo que es lo mismo, entre diez y
veinte generaciones.
Estos lapsos de tiempo se pueden comparar con las fases del pe-
ríodo Maya (figura 7.3). Las cuatro grandes fases que se acostumbran
a utilizar para discutir el auge y los distintos colapsos del estado Maya,
oscilan entre 300 y el 600 años de duración. Joyce Marcus (1998) calcu-
ló los cambios cíclicos con relación al tamaño geográfico que adqui-
194 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

Copan, Tikal y Palenque


t alcanzan la cima
Alianzas
U) .l!!
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~ Q)
en Mayapan
Q) U) E
"'O Q) ::::1
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·-o Jefaturas
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~ Primeros
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L ~ Estados mayas


Clásico Clásico
temprano tardío Posclásico

300 400 500 600 700 800 900 1000 1100 1200 1300 1400 1500

FIG. 7.3. El cambio político a través del tiempo. Los ciclos de crecimiento y colapso del
Estado Maya (a partir de Marcus, 1998).

rían las formas estatales. Como se puede comprobar, se produjeron


grandes cambios de escala de una fase a otra. El incremento del ta-
maño del estado durante la fase Clásica Inicial puede compararse con
la estabilidad de la fase Posclásica hasta que se produce el último auge
en el siglo xv. Este gráfico enseña que la terminología arqueológica
empleada habitualmente, especialmente referida a los grandes perío-
dos, puede hacer pensar que casi nunca sucede nada. Pero cuando uno
empieza a examinar los datos encuentra aquellos paisajes en evolución
de Waddington que se curvan y pliegan. Estabilidad y cambio son dos
términos relativos que precisan siempre de un acompañamiento de da-
tos sobre magnitudes para que adquieran significado.

Resumen

Hemos examinado en este capítulo algunas de las grandes


cuestiones que suelen abordar los arqueólogos. Es a través de
las mismas que los arqueólogos hacemos nuestras mayores con-
tribuciones al conocimiento. El mundo tiene una enorme curio-
sidad acerca del pasado y de nuestros orígenes. La prensa y los
medios frecuentemente se hacen eco de nuevos descubrimientos
de restos fósiles humanos. Detrás de los titulares hay unos ar-
queólogos que intentan averiguar y explicar las causas del cam-
bio y también las de la estabilidad. Los datos sobre duración de
CAMBIO Y ESTABILIDAD 195

las unidades arqueológicas que acabamos de examinar sirven para


mostrar que a distintas escalas temporales la estabilidad es el fe-
nómeno dominante. La canalización, tal como la describe
Waddington, tanto de la organización (homeostasis) como del
flujo (homeorhesis), nos ayuda a conceptualizar cómo ocurre todo
ello. La selección para el cambio y la selección para la estabili-
dad son mecanismos igualmente poderosos. Sin embargo, los da-
tos sobre duración diluyen el papel cotidiano de los individuos
en la creación de la sociedad dentro de los parámetros estableci-
dos por la canalización y la selección. La estabilidad no debería
interpretarse en sentido negativo como estancamiento o pasivi-
dad cultural. Tanto dentro de períodos de 200 años como de 2 mi-
llones de años, hay unas sociedades vibrantes que se basan en la
creatividad humana. Nuestra tarea es explorar esta canalización
en que la identidad emerge como la última de las cuestiones bá-
sicas a abordar.
CAPÍTULO 8
IDENTIDAD Y PODER

¿Qué identidad posee la persona que fue enterrada en Sutton Hoo


hace 1.400 años? Conocemos un nombre, Raedwald, sin embargo, como
vimos en el capítulo 4, eso es igual que llamar a nuestro perro Frodo.
Dar un nombre a un perro no significa necesariamente establecer su
identidad. El ajuar da mucho más de sí, especialmente si uno piensa
que el poder de esa identidad reside en la trampa del estatus, en este
caso la realeza. La medida del poder relativo se expresa también me-
diante cosas como la delicadeza y pericia con que están hechos los ob-
jetos, la distancia de la que proceden, su contenido en oro y plata, su
cantidad y el hecho de que tal tesoro fue depositado ritualmente, es
decir, sacado de circulación y abandonado en la tumba. El cuerpo del
enterrado no pudo preservarse. Pero el hecho que estuviera vestido con
la ostentación típica -espada, casco y cinturón- ha llevado a la pre-
sunción automática de que se trataba de un hombre.
Es un caso claro de visión esencialista de las categorías sociales
de realeza e identidad de género. Suponemos que los reyes han de ser
enterrados en tumbas ricamente trabajadas. Caso contrario descarta-
mos que pueda tratarse de reyes. Esperamos encontrar espadas ela-
boradas y hebillas de oro como elementos representativos de perso-
nalidades masculinas poderosas. Esperamos que sus identidades posean
las propiedades del poder y se acompañen de objetos que también
posean estas mismas características. Atraen junto a sí tales objetos pre-
ciosos puesto que son reyes y hombres.
La alternativa que vamos a explorar es que el poder es algo mu-
cho más sutil. Adquiere formas más variadas y reside no tanto en ca-
tegorías como en relaciones que se superponen. El poder es un entra-
mado, más que un conjunto de instituciones. Todos tejemos nuestras
propias redes a diario, a lo largo de nuestras vidas. Para ello utiliza-
mos objetos, tal como vimos en el capítulo 4, objetos que sirven para
construir nuestra identidad. Por tanto, objetos y personas, tanto unos
como otros, gozan de poder en el seno de la estructura social, por vir-
198 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

tud de formar parte de tales redes y no debido a alguna propiedad in-


herente a sí mismos. El poder que confiere cada entramado varía, sin
embargo, es a través de este proceso de construcción que emergen las
identidades de cada uno.

Dos identidades

Poder e identidad tienen dos aspectos arqueológicos distintos. Se


puede investigar a ambos a partir de los datos arqueológicos, como en
Sutton Hoo. Las principales categorías que encontramos son etnici-
dad, clase, género, sexualidad, edad y el cuerpo. Debemos considerar
también las identidades que se derivan de estos estudios, que a me-
nudo conducen a reivindicaciones de carácter nacionalista contem-
poráneo o de etnicidad, basadas en la autoridad que confiere el pa-
sado. Martin Carver lo expresa muy bien cuando resume el debate
generado alrededor de Sutton Hoo. El cementerio de Sutton Hoo duró
menos de cien años hasta que el cristianismo continental llegó a esta
parte del este de Inglaterra, desapareciendo su identidad pagana:

Este episodio se contempla como el primer acto de la disputa ideo-


lógica entre los beneficios de un destino independiente y de un destino
ligado a una unión europea, disputa que desde entonces ha marcado a
los británicos (Carver, 1996: 706).

El elemento básico condicionante relativo a las nociones de iden-


tidad, poder, etnicidad y nacionalismo, es que los datos arqueológicos
que empleamos para explorar estos conceptos son de los más lastra-
dos en cuanto a carga teórica de toda la arqueología. La razón es muy
simple. El pasado no es un tema que sea neutral. Es algo que no po-
demos ignorar ya que, como enseña la historia de Europa de los últi-
mos 70 años, puede aparecer y expulsarte de tu casa y de tu país.

¿Qué queremos decir cuando hablamos de poder?

He empleado el término poder en este libro en diferentes ocasio-


nes y ya es hora de que examinemos el concepto con mayor detalle.
El poder se contempla a menudo como una entidad, algo que alguien
posee y que otros no poseen. Poder y posición social se contemplan
siempre unidos como si fueran de la mano. Este punto de vista acos-
tumbra a acentuar los aspectos negativos del poder: el poder como
fuerza bruta, como coerción o imposición. Por ello el poder se con-
IDENTIDAD Y PODER 199

vierte en una propiedad y en una explicación implícita del cambio,


como cuando se habla de un «cambio en el poder». Una de sus pro-
piedades es la asimetría, por ejemplo, en el sistema mundo (capítulo
6) los centros y las periferias se producen unos a otros unos efectos
muy distintos.
El poder en estas circunstancias es a menudo presentado como
una relación unidireccional. Quizás la expresión más conocida de este
punto de vista se deba al historiador clásico Tucídides. Ésta toma la
forma de un largo debate entre el poder de Atenas y la pequeña isla
cicládica de Melas, que, en el 416 a.C., se negó a integrarse en el im-
perio ateniense. Los atenienses se mostraron muy francos y el debate
fue como sigue:
ATENIENSES: «Sabéis, como nosotros sabemos, que cuando habla-
mos de relaciones entre seres humanos la norma en justicia se basa en
la posesión del mismo poder de imposición y en que el fuerte hace lo que
su poder le permite, mientras que el débil acepta lo que ha de aceptar.»
Melienses: «No deberíais destruir el principio del bien común, que
dice que todo el que siente la amenaza de un peligro, debe ser tratado
con bondad y justicia[ ... ] Y este es un principio que también os afecta
a vosotros ya que en ocasión de vuestra propia caída sufriríais la más
terrible venganza y os convertiríais en un ejemplo para el resto de la hu-
manidad» (Sparkes, 1982: 319).

El diálogo no sirvió para cambiar las posiciones de nadie. Tras un


largo asedio los melienses se rindieron y fueron masacrados.
La alternativa a tal representación negativa del poder no es negar
que haya habido masacres sino contemplar el poder como un pro-
ceso que fluye y, por tanto, que cambia. No es inherente a los objetos
o a las acciones, pero emerge de las relaciones que giran alrededor de
los universos humano y material. Se trata más que de algo básico o
natural para el sistema, de un epifenómeno, del resultado de la inter-
acción.
De nuevo la escala del fenómeno tiene su importancia. Gran parte
de la teoría social tiene que ver con el estudio de las relaciones entre
los niveles micro y macro de interacción del poder. ¿Hasta qué punto los
individuos gozan de poder? ¿Cómo lo generan y lo usan, y hasta qué
punto están limitados por las estructuras sociales?

GÉNERO Y PODER EN ARQUEOLOGÍA

Los estudios sobre el poder y sobre el género están muy relacio-


nados. Como vimos en el capítulo 2 el advenimiento de la arqueolo-
200 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

gía del género hizo necesario el asalto a las estructuras de poder de la


profesión por parte de los propios arqueólogos. Además, la demostra-
ción de que el género en el pasado podía estudiarse tuvo su inicio en
la microescala. Implica el análisis de determinados objetos, de las ca-
sas y de secuencias de manufacturas y no de las grandes cuestiones
de las que hemos hablado en el anterior capítulo. La estrategia ha sido
descubrir al género en los detalles (Nelson, 1997: 95).
Estos estudios han arrojado luz sobre la forma de construir nues-
tras propias identidades en el presente. Daniel Miller y Chris Tilley
( 1984) hablan de dos formas de poder: poder para y de poder sobre.
Con el primero una persona o red tienen poder para actuar y ejercer
influencia. Ello es consecuencia de las relaciones sociales y de las ac-
ciones. Todos podemos actuar. También investimos de poder a las
instituciones -el estado, la familia, la ley, la ciudad- con una capa-
cidad similar de transformación. Cuando el poder para implica ade-
más poder sobre aparece una relación de dominación.
En consecuencia una arqueología feminista que pretenda hacer
una arqueología de género tiene en potencia el poder de transformar
la disciplina. Lo que se puede producir por medio de la superposición
de acciones distintas, intereses, compromisos y obras de los que sus-
criben tal ideología. Se han hecho ya algunas tentativas de estudio de
este poder sobre que sin duda existe en las distintas arqueologías que
describimos en el capítulo 2. Entre ellas la arqueología del género es
posible que perciba que actualmente tiene más posibilidades de reci-
bir una atención comprensiva de la comunidad de arqueólogos inter-
pretativos que de ninguna otra. Por el momento la escala no varía de
tamaño, aunque en la mente de algunos arqueólogos (por ejemplo,
Nelson, 1997) está la idea que en el futuro habrá que ejercer algún
poder sobre la arqueología androcéntrica.

CUANDO LA ESENCIA ESTÁ BIEN

Atención, seamos claros. Si el poder reside en una relación en-


tonces podría contemplarse como una argumentación esencialista más,
como los que he estado criticado en este libro. Pero no lo es por una
simple razón. Si tenemos una buena razón causal, como cuando se
dice «el aceite de máquinas reduce la fricción en los motores», no hay
problema, pudiéndose entonces afirmar que una propiedad esencial
del aceite de máquinas es su capacidad para minimizar la fricción. El
problema es que esta argumentación no nos explica mucho más fuera
de lo que ya es obvio. En los estudios sobre evolución este tipo de ar-
gumento se conocería como falacia adaptativa, como la que dice «los
IDENTIDAD Y PODER 201

pies humanos están adaptados a caminar de pie»; puesto que si no


fuera así no serían pies humanos. La diferencia en decir que el poder
reside en las relaciones pero evitando la respuesta ¿y entonces qué?,
es que se trata justo del punto de partida para la comprensión, no el
punto final de la explicación.

CUERPOS Y SEXUALIDAD

Si el género es una categoría construida socialmente, un vehículo


de la identidad, algo parecido debe suceder con respecto a nuestros
cuerpos y a nuestra sexualidad. Por ejemplo, la homosexualidad fue
inventada como categoría social a finales del siglo x1x, al enfatizarse
que la construcción de la sexualidad era un proyecto moderno. Lynn
Meskell ( 1999: 97) puntualiza que en el Antiguo Egipto no existía una
palabra comparable a nuestra noción de sexualidad. Por lo tanto de-
beríamos tener mucho cuidado en no imponer nuestros particulares
intereses a los estilos de vida de otros. Hace 3.500 años existían en
efecto contextos creados por la cultura para la expresión de la vida
sexual. No se trataba de categorías perfectamente claras, sino, según
Meskell, de la asunción de roles y permutaciones en contextos dife-
rentes. Es algo que nos revela la pintura de las tumbas y la arquitec-
tura doméstica.
De forma parecida, es preciso que repensemos el cuerpo humano.
¿Ha de contemplarse como un objeto más?; o ¿hay que contemplar los
objetos de la forma que contemplamos al cuerpo? El énfasis en el tra-
tamiento y movimiento de cuerpos y objetos en las tumbas del Neolítico
británico indica que por ahí va la cosa. En la economía de las sustan-
cias de Julian Thomas (1996: 164) vemos que se produce una recom-
binación y abandono de cosas como esqueletos, vasos y útiles de pie-
dra, que permite pensar en un replanteamiento de significados en la
sociedad neolítica. El cuerpo era un objeto más en los paisajes ritua-
les neolíticos del sur de Inglaterra, juntamente con las cámaras fune-
rarias y monumentos como Stonehenge y Avebury con sus avenidas
procesionales, empalizadas y telones de fondo. En estos sitios el cuerpo
humano adquiría una vivencia del paisaje, de un paisaje que debemos
investigar e interpretar (Barrett, 1999: 258-260).
El cuerpo también puede ser una herramienta para la exhibición,
como sucede con la escultura, los frescos y otros medios de expre-
sión. La casa se concibe como una metáfora del cuerpo y como un con-
tenedor de cuerpos sucesivos (West, 1999: 105). Las casas son repre-
sentaciones de las personas que las poseen, de su yo. Como contenedores
que son, son como minipaisajes; la sociedad en microcosmo.
202 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

Al acercarse al cuerpo visto como objeto, Meskell ( 1999: 42-44)


arguye que hemos insistido excesivamente sobre su poder de repre-
sentación, y en cambio hemos ignorado otra dimensión de poder, la
propia experiencia de nuestros cuerpos; el hecho de vivir con ellos.
Aplicado a la arqueología este enfoque del «cuerpo como experiencia
de vida» requiere de la aportación de la iconografía y de los textos,
así como de un tesoro de objetos como el que nos brinda la antigua ci-
vilización egipcia. Hay que guardarnos de separar nuestros cuerpos
como experiencia de vida de la construcción de nuestras identidades
individuales. Pero para lograrlo también debemos llevarnos el cuerpo
mudo de la prehistoria con nosotros en vez de pasarlo por encima en
la ruta hacia la civilización y el brillo de los textos.

PODER, PRÁCTICA Y DISCURSO

El enfoque temporal del poder puede formalizarse en términos


de escala. Chris Gosden (1994: 137) vincula el poder a las actuaciones
que tienen lugar en el tiempo público. Aquí el individuo se encuentra
cara a cara con lo que parece más natural de su mundo; lo que incluye
a monumentos y rituales que existen porque forman parte del ciclo
de tiempo largo. En consecuencia poder y conocimiento están muy es-
trechamente relacionados. Si tomamos los puntos de vista del filó-
sofo Michel Foucault, el poder reside en el discurso. Foucault utiliza
este término para referirse a todas las condiciones necesarias para la
producción de conocimiento. El discurso se refiere tanto a los datos
como a los conceptos, tanto a su historia como a las condiciones so-
ciales que producen y utilizan el conocimiento. Este libro es parte de
un discurso sobre el pasado y sobre lo que los arqueólogos hacen.
También lo es una exposición, una excavación arqueológica o una vi-
sita a unas ruinas. La manera de entender el poder que un enfoque
como este nos brinda es de arriba abajo. El poder está antes que todo
ello. De ahí que uno de los libros más celebrados de Foucault se llame
La arqueología del conocimiento. El poder es una estructura porque los
distintos discursos que ensayamos a fuerza de ser sociales, también
son estructuras. Forzando un poco más la metáfora para ser más cla-
ros, podemos decir que estamos «aprisionados» por estas estructuras.
No es sorprendente, pues, que Foucault escribiera mucho sobre disci-
plina, cárceles, asilos mentales y sexualidad a modo de ejemplo de dis-
tintos discursos.
Hay alternativas a todo ello como subrayé en el capítulo 4 cuando
hablaba de sociedad. Gosden contrasta el enfoque de arriba abajo
con respecto al poder con el enfoque contrario. En vez de pensar que
IDENTIDAD Y PODER 203

Práctica
De arriba abajo

Discurso
PODER/CONOCIMIENTO
i
De abajo arriba
INTERACCIÓN
(Individual)

FIG. 8.1. Entramados utilizados por los arqueólogos con referencia al conocimiento de
la sociedad y el individuo.

el poder y el conocimiento residen en el discurso, piensa que ambos


son creados por medio de la práctica, como en el concepto de habitus
de Pierre Bourdieu (véase más bajo) y en el paisaje de la costumbre
del propio Gosden (capítulo 6). Yo prefiero definir una práctica como
una acción rutinaria. El poder proviene de la acción; creo que en eso
podemos estar todos de acuerdo. Por lo tanto las estructuras e insti-
tuciones de la sociedad son productos de la práctica diaria, rituales
de renovación y creación (véanse las contribuciones que reúnen Dobres
y Robb, 2000). La práctica, en consecuencia, concede más peso a las
acciones de los individuos en la microescala y menos peso a las gran-
des estructuras. La práctica también rompe con la dicotomía entre
individuo y sociedad al tratarlos como una sola cosa (figura 8.1). Así
podemos librarnos del teatro cartesiano y de sus queridas oposicio-
nes (capítulo 5).

La identidad en el meollo

Por un lado, todos nos preocupamos por construir nuestra pro-


pia identidad personal, es decir, ser nosotros mismos. Por otro, todos
pertenecemos a una comunidad que influencia esta identidad perso-
nal y que la pone a prueba. La comprensión del alcance de la noción
de poder y la utilización de conceptos como habitus y paisaje de la cos-
tumbre, nos ayudan a clarificar el proceso de socialización.
204 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

Sían Jones comenta al respecto:

El habitus está hecho de disposiciones personales duraderas que


facilitan ciertas percepciones y prácticas (como las que tienen que ver
con la división sexual del trabajo, la moral, el gusto, etc.), que se con-
vierten en parte del sentido de la identidad de cada uno a una edad tem-
prana y que puede trasladarse de un contexto a otro (Jones, 1997: 88).

Añadiría que para mí estas disposiciones duraderas de las que ha-


bla Jones emanan de aquella rutina, de aquellas acciones repetitivas
de las que hablábamos. Como dijo Gilchrist el habitus es «un conoci-
miento de sentido común construido socialmente, relativo al mundo
material» (1993: 16). El habitus en un «inconsciente colectivo» cons-
truido a partir de la experiencia, no elaborado por la conciencia. Uno
es lo que uno hace de sí mismo. Obviamente hay limitaciones. Acción
e interacción están limitadas por los sentidos, la estructura física del
cuerpo y por las diferencias físicas derivadas de la edad, el sexo y la
actividad. Las redes que resultan de las interacciones progresan gra-
cias a los recursos -emocionales, materiales y simbólicos- que las
definen, pero al mismo tiempo están limitadas por esos mismos re-
cursos.
Se trata del doble aspecto del poder, que al mismo tiempo que
ofrece oportunidades impone restricciones, y que nos permite enten-
der cómo funciona la canalización. En los paisajes evolutivos de
Waddington (capítulo 7) o en los paisajes de la costumbre de Gosden
(capítulo 6), rutinariamente cavamos canales por los que fluye la co-
rriente de la vida social. Cada uno cava su propio surco que lo identi-
fica, de manera que vista colectivamente la red crece. El paisaje cam-
bia sin duda gracias a las fuerzas combinadas de todos.

DE VUELTA AL ESTILO

¿De qué forma todo eso ayuda al arqueólogo? Básicamente nos re-
trotrae a la interpretación del parecido entre objetos y nos hace pen-
sar sobre su significado como atributo de los objetos, como aquel atri-
buto que habitualmente llamamos estilo. Examiné el parecido y el
principio de frecuencia de aparición en el capítulo 3 y mostré cómo
los arqueólogos han asumido que cuanto mayor es el parecido que guar-
dan los objetos y las culturas más interacción debió de producirse en-
tre individuos y grupos. Wobst afinó el concepto de estilo con una de-
finición más exigente que implicaba intercambio de información.
Wiessner también ensayó su propia definición de estilo (capítulo 5), a
IDENTIDAD Y PODER 205

saber: «una forma de comunicación no verbal destinada a negociar la


identidad» (1990: 108). Subyace a esta definición la idea de que psico-
lógicamente la gente deriva su identidad de establecer comparaciones.
Esta autora sitúa su propuesta en un contexto evolutivo y señala que
los que crean de esta manera una imagen positiva de sí mismos, ad-
quieren una ventaja selectiva. Ello sucede porque el estilo adoptado
estimula a los demás a involucrarse en actividades sociales deseables.
La clave de la propuesta de Wiessner reside, como vimos antes,
en la distinción entre estilo asertivo y estilo emblemático (1983: 257-
258; 1990). Wiessner contrastó la variación estilística de la cultura ma-
terial que se fundamenta en la persona (asertiva) con la que se basa en
el grupo (emblemática). En consecuencia, se crean dos tipos de iden-
tidad. El estilo maneja estas identidades sin usar la palabra.
A nivel de grupo el estilo funciona llamando la atención sobre una
afiliación consciente, que en algunos contextos llamaríamos etnicidad.
A nivel personal, las referencias estilísticas apuntan más que nada a
las costumbres. Como señala Stephen Shennan (1989a: 22), puesto que
el estilo asertivo ni es un rasgo característico exclusivo de las perso-
nas ni está prescrito universalmente, tendrá que dar lugar a una no-
table variación entre individuos pertenecientes a una misma cultura.
Esta variación es precisamente lo que proporciona el semillero para
los usos emblemáticos del estilo, siendo la etnicidad un ejemplo par-
ticular de ello.
Pero antes de que vayamos demasiado lejos, recordemos que en el
capítulo 5 hablé de la idea de que el componente social de nuestros da-
tos como arqueólogos residía en el estilo, que depende de la forma par-
ticular que se tenga de contemplar al mundo. En particular, ahí incide
la división entre objeto y sujeto, cultura material y persona, estilo y
función (Boast, 1997). El habitus y el paisaje de la costumbre hacen in-
necesarias estas divisiones, con lo que se ponen de manifiesto las posi-
bilidades analíticas del estilo. La identidad es menos un rasgo codificado
en el diseño de los vasos o la forma de las casas que un proceso en mar-
cha firmemente arraigado en las prácticas de la vida cotidiana. En otras
palabras, es menos un producto del pensamiento «daré color naranja a
mi pelo porque pienso que la gente con el pelo naranja están más en la
onda», que el resultado de una acción: «mi pelo es naranja porque así
soy yo. Su pelo es castaño porque así es ella, ¿qué pasa?».

ENCONTRAR EL HAB/TUS

El estilo quizás no sea el gran aliado que pensamos que podía lle-
gar a ser para descubrir a partir de los datos arqueológicos la vida so-
206 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

cial o la identidad de un grupo. Pero ¿cómo conceptualizar el habitus


y esos paisajes de la costumbre? El habitus es una gran idea, pero mues-
tra unos bordes demasiado borrosos para ser empleado por una dis-
ciplina como la arqueología. Los arqueólogos saben que hay una rea-
lidad ahí fuera escondida que llamamos pasado. Cuando salimos al
campo en pos de datos es como si emprendiéramos un viaje. Podemos
coger un vaso y mostrarlo diciendo que es patrimonio cultural. O di-
bujar unos mapas de distribución basados en el parecido formal, los
atributos y en eso tan escurridizo que llamamos estilo. El habitus,
por comparación, está ahí fuera en alguna parte, como la verdad que
se encuentra guardada en el archivo X.
Estas ideas piden que recuperemos nuestra imaginación ar-
queológica y las distintas arqueologías de las que hablamos en el ca-
pítulo 2. Los distintos enfoques comparten un denominador común:
las vías por las que transita el estudio del pasado. A partir de aquí si-
guen opciones diferenciadas. Los historiadores culturales generalmente
prefieren la descripción. Los procesualistas estiman el rigor del mé-
todo científico. Los neodarwinistas apelan al gran maestro, Darwin,
y al poder de la selección natural. Finalmente los arqueólogos inter-
pretativos apuestan por una arqueología autocrítica que aborde una
gama extensa de aspectos. El desarrollo de una imaginación arqueo-
lógica profesional que haga sitio a estos distintos enfoques ha repre-
sentado un cierto alejamiento con respecto al sentido común. Sin em-
bargo, no todos los enfoques están preparados para criticar lo que
contiene la agenda del estudio del pasado que incorpora las preocu-
paciones contemporáneas sobre las gentes, los países y las cosas. Los
enfoques marxista y feminista se dan perfecta cuenta de cómo el in-
terés por el pasado viene enmarcado a menudo por nuestras preocu-
paciones del presente.
La ignorancia de estas cuestiones lleva a un empobrecimiento
de la imaginación arqueológica. Muchos arqueólogos siguen creyendo
hoy, a pesar de que los procesualistas hayan demostrado hace tiempo
lo contrario, que el sujeto al final presenta siempre limitaciones, de-
bido a la naturaleza de los datos que sobreviven, o a la capacidad de
la ciencia de realizar nuevos análisis en profundidad. Se trata del bo-
cado final del corazón de la cebolla de Hawkes que examinamos en el
capítulo 4. Los paisajes de la costumbre no casan con el tipo de ex-
plicación relativa a la distribución de tipos de casa o de tipos de deco-
ración de la cerámica. ¿Acaso podría cuando el resultado visual de uno
no se basa en las premisas del otro? Del mismo modo que la demos-
tración de una arqueología del género ha de basarse en los detalles y
no en lo general, el estudio de la identidad requiere reformular y re-
conceptualizar el problema.
IDENTIDAD Y PODER 207

Recuadro 22:
Lo que los patrones de los datos parece que nos
dicen pero que no acabamos de entender del todo
(basado en Hegmon, 1998: 277, con añadidos)

1. Las tecnologías complejas parece que están cargadas de simbolismos.


2. Las decoraciones que se repiten en diversos medios (cerámica, textiles,
metales) es probable que tengan significados simbólicos.
3. Una decoración muy simple puede que no sea muy significativa a un
nivel consciente. Pero nos puede decir mucho acerca de las interaccio-
nes cotidianas entre individuos y del contexto en el que están h~chos
los objetos.
4. Los objetos utilizados en la vida cotidiana juegan un papel muy impor~
tante en la definición de los roles sociales y tienen mucho que ver con
el concepto de habitus.
5. Aspectos de la producción que se enseñan de una manera relativamente
formal pueden ser indicadores muy útiles de los contextos de aprendi-
zaje.
6. La elaboración de objetos no visibles (por ejemplo tatuajes) es muy
probable que sirva fundamentalmente para comunicarse con uno mismo
y con los componentes de las redes íntima y eficaz, incluyendo los an-
tepasados.
7. La elaboración de objetos muy aparentes es probable que tenga que ver
con la necesidad de comunicarse con los componentes de la red am-
pliada, aunque no siempre implique distinciones de grupo, sino más bien
la habilidad de uno de negociar este tipo de redes que llegan lejos en
el tiempo y el espacio.

La existencia en arqueología de prácticas y del habitus, es, sin em-


bargo, aparente en la enorme diversidad de la cultura material. Michelle
Hegmon ( 1998) al rechazar el estilo como forma de entender esta di-
versidad, dirige no obstante la atención a siete regularidades que en
su opinión merecen un esfuerzo investigador añadido (recuadro 22).
Algunas de ellas son muy conocidas. La número siete, por ejemplo, re-
coge el criterio de Wobst sobre la población a la que se dirige un men-
saje estilístico. Las número 3 y 4 son una versión del estilo asertivo de
Wiessner.
208 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

PATRONES Y REDES QUE SE SUPERPONEN

Me permito añadir a los patrones de Hegmon (recuadro 22) la no-


ción de que estas regularidades pueden entenderse en relación a las
redes que todos construimos (capítulo 4). Además, los elementos per-
tenecientes a estas redes, la gente y los objetos, son tratados de forma
similar porque ambos existen como resultado de la relación. Sin esta
relación no habría un ámbito social humano. Nuestro mundo mate-
rial de enanitos de jardín, platos, ordenadores, casas y aviones está,
por lo tanto, repleto de tipos de relaciones sociales que se entrecruzan,
vinculadas a un conjunto coherente por la gente en movimiento. La
imagen que tengo del paisaje de la costumbre con todas las prácticas
escenificadas a diferentes niveles que se producen es la de un conjunto
de redes que se superponen (véase la figura 6.1). Ésta es mi forma de
enfocar el cuadro borroso.
Julian Thomas (1996: 178) nos brinda un ejemplo muy bien tra-
bado. Con respecto al neolítico del sur de la Gran Bretaña, dice que
había prácticas espacialmente segregadas distribuidas por todo el pai-
saje. Es lo que identificamos como tumbas, bancales, campos, minas
de sílex, vertederos con huesos de animales y diversos tipos de cerá-
mica. Toda identidad o grupo social venía definido por una serie de
criterios que se entrecruzaban y que funcionaban del modo siguiente:

Algunas actividades pudieron estar restringidas en base a la edad


o al género[ ... ] otras por pertenecer a grupos de parientes, otras más
debido a relaciones de pareja y algunas más por razones de solidaridad,
caso de ciertas partidas de caza, y reuniones de hechicería, etc ... Con
toda probabilidad muchos de estos grupos desbordaban los límites de
cualquier unidad social formal como la tribu, el clan o el linaje (Thomas,
1996: 178-179).

En otra parte Thomas dice que el neolítico británico comprendía


«múltiples comunidades que se superponían» (Thomas, 1996: 180). No
se trataba ni de una única sociedad ni de un mosaico de grupos triba-
les. Este modelo concuerda con la realidad empírica de las distribu-
ciones de estilos y de tipos de decoración de los objetos neolíticos.
También nos pone ante una visión de abajo arriba sobre cómo se cons-
truyen estas intrincadas tramas de redes y relaciones. El vocabulario
de redes que exploro en el capítulo 4 nos puede ayudar a coger la idea
empleando términos conocidos con los que ampliar la imaginación ar-
queológica y abarcar los conceptos menos conocidos de habitus y pai-
saje de la costumbre. La identidad emerge, pues, de la construcción del
habitus y del paisaje de la costumbre, no de las propiedades del estilo.
IDENTIDAD Y PODER 209

LAS FRONTERAS NATURALES

Este cambio que nos introduce en el habitus nos ayuda a consi-


derar el concepto clave de las fronteras. Los arqueólogos preferimos
trabajar en ámbitos bien delimitados, por ello decimos que islas como
las Órcadas, Malta, Islandia o Papúa son laboratorios muy aprecia-
dos para el estudio de los sistemas sociales y políticos y de sus pro-
piedades de estabilidad y cambio. El estudio de las islas nos permite
seguir los cambios culturales de grupos tan diversos históricamente
como los vikingos y los anglosajones del noroeste de Europa y de las
Islas Británicas, los minoicos y los micénicos del Egeo y la expansión
de las religiones musulmana y budista por las islas de Indonesia.
La islas también pueden constituirse en centros de innovación.
Por ello se han utilizado como modelo a pequeña escala de procesos
de cambio que son más difíciles de entender en los continentes, donde
la diferenciación de territorios no siempre es fácil. Por ejemplo, los ar-
chipiélagos del Pacífico han resultado ser muy importantes para el
estudio de la evolución social. El advenimiento separado de jefaturas
en Hawaii, Fiji y Nueva Zelanda ha sido celebrado porque de esta
manera se pueden tomar como unidades por ellas mismas para el es-
tudio de desarrollos autónomos.
Las islas constituyen un caso extremo a este respecto y en mu-
chos casos su aislamiento ha sido exagerado. El vasto océano Pacífico
y el frío Mar del Norte hicieron en ocasiones de autopista no de ba-
rrera al contacto. La significación de las islas estriba en el hecho de
que nos facilitan el trabajo de definir las regiones o territorios (capí-
tulo 6). Pero en muchos casos son demasiado pequeñas y en conse-
cuencia resultan atípicas. Las fronteras territoriales de los continen-
tes son tan permeables como las de las islas pero el trabajo de dibujar
las regiones sobre el mapa resulta mucho más difícil. Cyril Fox con-
trastó las regiones altas y bajas de la Gran Bretaña y evocativamente
tituló su ensayo The Personality of Britain (1932). Su determinismo am-
biental sugirió que la identidad es cosa tanto del clima y el paisaje
como de la historia y la cultura. Los estilos de construcción regiona-
les en madera o piedra reflejan la cultura de lo posible, lo que sólo sirve
para confirmar el punto de vista consabido de que hasta el adveni-
miento del Imperio la vida se desarrollaba en el marco de lo local y
que la innovación procedía de fuera.
La lección que la arqueología científica ha reforzado una y otra
vez es que el punto de vista local tergiversa la escala de la acción hu-
mana en el pasado. La datación por radiocarbono liberó a Europa de
la difusión ex oriente lux en que la respuesta a la pregunta ¿qué hay
de nuevo? siempre venía, antes de la llegada de la técnica americana,
210 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

del Próximo Oriente (capítulo 1). En su lugar, se abrió la posibilidad de


un desarrollo económico y social autónomo, como sugería el título
de Colin Renfrew, Wessex Without Mycenae (1968), que habría de abrir
paso a un nuevo orden mundial prehistórico. Estudios sobre cerámica,
metal, y determinadas piedras como la obsidiana revelan que incluso
objetos tan mundanos como los cazos para cocer en ocasiones fueron
transportados a muchos kilómetros de distancia. Actualmente los es-
tudios sobre genética están dando la vuelta a los patrones de difusión
unidireccional relacionados con una supuesta superioridad de los
primeros agricultores (capítulo 7). Las fronteras naturales nunca ha-
bían sido contempladas de forma tan poco natural.

LAS FRONTERAS CULTURALES

Hay que tener en cuenta también las fronteras en relación a los


distintos niveles de la interacción humana. A gran escala son muy co-
nocidos y estudiados marcadores como los Limes que los romanos le-
vantaron para mantener alejados a los germanos. La muralla de Adriano
en Inglaterra que servía para algo parecido en relación a los Pictos, es
probablemente el monumento arqueológico más estudiado del país,
habiendo sido declarado Patrimonio de la Humanidad. Este tipo de
fronteras puede tener un carácter cronológico como la fecha de la in-
vasión normanda o el fin de la América precolombina.
Cuando se trata de fronteras que separan a grupos sociales, se
suscitan debates como el que comentamos en el capítulo 1 sobre el po-
sible uso combinado de textos y de objetos (Andrén, 1998). A menudo
el objetivo parece ser producir una etnografía tribal que relacione áreas
estilísticas con grupos geográficos conocidos. Ello sucede con la Australia
prehistórica, con las sociedades de la Edad del Hierro de África y Europa
y con los estados del antiguo Próximo Oriente y Mesoamérica. La cues-
tión clave es darse cuenta de que una frontera pone en evidencia una
interrupción del parecido. Lo que podría ser debido a la desaparición
de la interacción o a un cambio en el tipo de interacción; es decir, el
pasar, por ejemplo, del intercambio a la guerra.
Las fronteras pueden darse a nivel de género. Existen en tanto
que han sido construidas culturalmente. Martin Hall (1997: 227) ha
mostrado cómo en la construcción de la colonia de Ciudad de El Cabo,
en Sudáfrica, el género estructuró no sólo la ciudad colonial sino tam-
bién los alrededores rurales. Las calles de planta reticular y las casas
de campo simétricas llevan el sello de un orden social basado en el
género. Documentos contemporáneos revelan la libertad de que goza-
ban los hombres para moverse libremente y en su comportamiento
IDENTIDAD Y PODER 211

en público, mientras que las mujeres no podían salir solas a la calle.


Hall admite que queda mucho por hacer para ser capaces de profun-
dizar más en esta cuestión y descubrir, por medio del estudio del con-
tenido de las casas, cómo se articulaban en el día a día las relaciones
de género. Hay un testamento de 1827 perteneciente a un varón, uno de
los primeros colonos, que enumera sus posesiones e incluye a sirvientes
africanos. Contrastando con esta relación, los objetos excavados en el
vertedero de su patio trasero proporcionan el retrato personal del pro-
pietario -aquejado de gota, corto de vista y amigo de militares- y
además pruebas de la existencia de mujeres en la casa -zapatos, mu-
ñecas, joyas y dedales-.
Las fronteras varón-mujer pueden parecer muy claras en este
ejemplo. Sin embargo, nuestro interés debe centrarse menos en la di-
cotomía y más en el proceso de dominación y en la resistencia al mismo,
que han de materializarse de alguna manera en forma de objetos.
Gracias a los detalles, las microescalas en que tienen lugar las rela-
ciones de género nos determinarán el marco correspondiente a las re-
laciones de poder.
En la escala pequeña, hay fronteras alrededor de asentamientos,
casas, tumbas y personas. Zanjas, muros, vertederos y ropas constitu-
yen ejemplos de divisiones culturales que separan lo indivisible. De ahí
emergen categorías, que aunque puedan ser fácilmente identificables
arqueológicamente son difíciles de interpretar. Por ejemplo, la preci-
sión con que está trazada una ciudad nueva como Canberra, la capi-
tal de Australia, implica para una percepción occidental la existencia
de diversas fronteras interiores y un sentido del espacio muy caracte-
rístico, en el que el orden manda. Sin embargo, para un aborigen como
Frank Gurrmanamana, la geometría de Canberra da la impresión de caos
y no de orden (Jones, 1985). Las calles rectas, las divisiones de parce-
las, los parterres bien recortados y las zonas de servicios que uno
contempla cuando pasea por el área del lago de Burley-Griffin, cons-
tituyen para Gurrmanamana un paisaje «natural» sin nombre que no
llega a entender ya que la gente que lo habita ha olvidado los derechos
que la tierra demanda. Pero la sabana del norte de Australia donde vive
este señor, que para nosotros es la pura «jungla», también ha sido trans-
formada tanto en sentido físico como metafórico como resultado de
la acción humana.
No todo es gris en estos períodos de la arqueología que no pre-
sentan relatos escritos de testimonios. Dentro de las casas también
existen fronteras. Matthew Johnson (1993: 341) muestra de qué forma
el espacio interior fue creando demarcaciones (figura 6.3) entre el fin
de la Edad Media y el principio de la Edad Moderna. Se sirvió a los in-
tereses de clase a base de segregar a la gente que antes ocupaba un
212 ARQUEOLOGíA BÁSICA

mismo espacio en habitaciones separadas que desde entonces prote-


gieron el estatus y las vidas privadas tal como pedía una estructura ca-
pitalista de las relaciones privadas. Igual que los antiguos egipcios no
disponían de ninguna palabra para designar la sexualidad (véase más
arriba), los textos de la baja Edad Media también permanecen mudos
ante la cuestión de las identidades que la arquitectura de la época ex-
presa. Como expresa Johnson:

Las identidades se negociaban por medio del movimiento, del es-


pacio, de la ubicación de determinadas acciones, y de imágenes visua-
les e icónicas como la heráldica; no a base de manifestarlo por escrito
(Johnson, 1999b: 77).

El poder de la cultura material para acceder a áreas del pasado


humano que antes se pensaba que eran la sola prerrogativa de los tex-
tos, queda resumido muy elocuentemente en estas líneas. Siempre ha-
brá desacuerdos sobre identificación de fronteras y sobre atribución
de significado a las mismas. En consecuencia es mejor investigar el
proceso de mantenimiento de fronteras, lo que nos conduce directa-
mente a hablar del tamaño de las redes.

Consumir identidad y recortar la red

La identidad no se concede. Incluso si el estatus de uno queda fi-


jado por nacimiento, caso de las monarquías hereditarias, uno sigue
creando su propia identidad mientras representa su papel. La identi-
dad, igual que el poder, facilita y constriñe al mismo tiempo.
Como hemos visto la identidad se conceptualiza mejor si la ve-
mos como un conjunto de ámbitos que se superponen: prácticas dife-
rentes que dan como resultado el habitus, o como yo prefiero, el pai-
saje arqueológico de la costumbre. Este punto de vista enfatiza al
individuo y a la trama de redes que entre todos creamos. Las escalas
temporales y espaciales de estas redes varían y los recursos que em-
pleamos para negociarlas también pueden variar (capítulo 4). La crea-
ción de la identidad, por lo tanto, depende de una gama extensa de
presiones selectivas. Nos vemos canalizados de forma habitual hasta
el punto que se trata de un acto inconsciente, no deliberado. Lo im-
portante es ver, como subraya el antropólogo Johnathan Friedman,
que lo que la gente hace no es únicamente representativo de lo que son
o de quienes son, sino que es algo básicamente constitutivo (1994: 107).
Friedman utiliza el ejemplo de la moda occidental en el Zaire urbano.
Las etiquetas comerciales no sólo declaran la pertenencia de uno a
IDENTIDAD Y PODER 213

un grupo; su consumo es además el medio por el que una persona llega


a adquirir alguna identidad con relación a los demás. En su estudio
sobre el consumo en la sociedad actual Daniel Miller llega a una con-
clusión parecida:

La sociedad de consumo existe cuando, caso de las sociedades in-


dustriales actuales, la mayoría de la gente tiene una relación mínima
con la producción y la distribución, de manera que el consumo pro-
porciona el único espacio a través del cual uno puede potencialmente
forjar una relación con el mundo (Miller, 1995: 17).

Los arqueólogos están preparados para investigar el mismo tipo


de relaciones a través del universo de la cultura material y extrapolarlo
a su modelo general de cultura como patrón repetitivo en el tiempo y
el espacio. La diferencia está en que aparte de consumir, la gente
en el pasado estaba más directamente involucrada en la forja de víncu-
los con el mundo por medio de la producción y la distribución. Esta
diferencia se encuentra en el núcleo de dos teorías bastante diferen-
tes sobre el intercambio.
Cuando los objetos son mercancías, como pasa en nuestra so-
ciedad, las relaciones, como dice Miller, se crean a través de la propie-
dad, el consumo y la distribución entre todos de los objetos. Los ob-
jetos poseen significación simbólica y material, del mismo modo
que los arqueólogos saben que tienen estilos pasivos y activos (ca-
pítulo 5).
La alternativa es pensar si son las relaciones sociales y no las mer-
cancías lo que conforma el significado de los objetos. Según Marilyn
Strathern (1988: 172) las relaciones sociales sólo se pueden transfor-
mar en relaciones sociales. Entonces, cuando se intercambian objetos,
éstos se convierten en relaciones sociales. Lo material y lo simbólico
se funden en una sola cosa. Además los objetos poseen identidad.
Cuando tiene lugar una transacción con plumas, conchas o sal se trans-
fiere una parte de la persona también. Esos vasos y piedras exóticas
que intervienen son parte integral del sistema de afinidad.
Pero redes y afinidades no pueden seguir creciendo sin límites.
Subrayé en el capítulo 4 de qué forma tres redes -la íntima, la eficaz
y la ampliada- adquieren unos tamaños que están en función de los
recursos -emocionales, materiales y simbólicos- utilizados para
crearlas. Estas redes evidencian unas fronteras muy tenues, y los re-
cursos las pueden atravesar. Por ejemplo, recursos simbólicos como la
imagen de la Virgen María bordada en una mantilla pueden formar
parte de la red íntima de una persona. Aunque también es posible
que ello impresione a un forastero.
214 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

Para los arqueólogos es básico saber cuándo una red desapa-


rece. La persona que mantiene estas tres redes ideales procura al mismo
tiempo conservar sus límites. De lo que he dicho en el capítulo 6 con
respecto a la diferencia entre los enfoques relacional y moderno, rela-
tivo a la interpretación de la sociedad, se entiende que las redes ten-
gan unas fronteras bien delimitadas dada la preponderancia del enfo-
que moderno con respecto a la identidad. Desde esta perspectiva, las
redes desaparecen cuando se hace difícil emplear los recursos para se-
guir negociando la relación mediante transacciones. Parece evidente
que el número de participantes de una red no puede ser ilimitado.
Si uno prefiere poner en primer lugar la importancia de las afi-
nidades al estudiar la forma de interactuar de la gente (Bird-David,
1999), entonces es la pérdida de la inmediatez la que dictamina los lí-
mites a lo que sigue la rotura de las transacciones sociales. La lección
a aprender con respecto a la práctica de la arqueología, es que no de-
beríamos pensar en fronteras muy marcadas de quita y pon. La so-
ciedad funciona de manera que las interrupciones en las relaciones
son el resultado de prácticas complejas de muy diferentes tipos. Muchas
de las fronteras que regulan las relaciones sociales son permeables en
términos de recursos e individuos.
Tampoco debería confundirnos el estilo, aun cuando a primera
vista parece que haya de ayudarnos en nuestros análisis de la forma y
distribución de los objetos. Podría enseñar muchos mapas que mues-
tran cambios muy vigorosos en tiempo y espacio de objetos que esti-
lísticamente son como la noche y el día. Ello fortalece nuestro con-
vencimiento de que nuestro objeto de estudio es algo real que muestra
unos patrones muy característicos. Sin embargo, espero haber dejado
claro por qué la comprensión de estos patrones no pasa por equipa-
rar simplemente distribución con identidad, como muchos arqueólo-
gos siguen haciendo. Siempre es difícil y delicado precisar fronteras
como quedará bien ilustrado a continuación cuando abordemos el tema
de la etnicidad.

Identidad ¿a partir de qué?

La etnicidad conforma un concepto frontera entre la investiga-


ción de la identidad en el pasado y los usos del pasado para crear una
determinada identidad a partir del mismo. He dejado intenciona-
damente este concepto clave en arqueología hasta este momento, por-
qu~ mucho de lo que sabemos del pasado procede de su aplicación y
no de lo que se presume que es la naturaleza inherente de los datos
culturales.
IDENTIDAD Y PODER 215

¿Quién eres?

Voy a ilustrar hasta qué punto los hechos arqueológicos vienen


lastrados por conceptos teóricos como el de etnicidad. Si pregunto,
¿quién piensas que eres?, ¿cómo te clasificarías?, ¿cómo te ves dado
tu fenotipo corporal -color de la piel, tipo de cabello, estatura, sexo-,
o dado tu fenotipo interno -la historia de tus genes-? ¿O insistirías,
en cambio, en la importancia del entorno cultural en el que te mueves
con su forma de relacionarse con los amigos, de comportarse en la
mesa, su forma de vestirse, etc.? ¿Son suficientes las diferentes iden-
tidades atribuibles a tu cuerpo, clase social, sexualidad, edad y género,
para trazar una frontera alrededor de tu estatus étnico?
La respuesta a estas preguntas en una sociedad multicultural pro-
duciría un complejo despliegue de rasgos. Lo que merece un momento
de reflexión. Pregúntate por qué utilizas algunas categorías y no otras
para clasificarte y clasificar a los demás. ¿Difieren estas categorías, junto
con el significado que les otorgamos, entre nuestras redes eficaz y am-
pliada, y la masa de extranjeros con la que nos topamos a diario? Creo
que descubrirás rápidamente que la mayoría de las categorías son poli-
téticas (capítulo 3). ¿Vemos grupos distintos por doquier porque, al igual
que esos arqueólogos detectives (capítulo 4) tendemos a establecer siem-
pre clasificaciones? Las categorías funcionan bien sólo cuando emplea-
mos un mínimo de rasgos. Si aumentamos los rasgos con la intención
de reflejar la complejidad de una situación, las fronteras se disuelven.
Sí, podrías replicar, pero vivir en Barcelona, Denver o Buenos
Aires es muy diferente que vivir en una comunidad rural de África, la
India o la China, donde las posibilidades de disfrutar de una diversi-
dad cultural y biológica son mucho menores. Aquí las fronteras son
menos permeables porque la gama de posibilidades (variación) es mu-
cho menor. Esta argumentación no se aguantará por mucho tiempo.
El hecho de esperar que las comunidades rurales sean más conserva-
doras no implica que la gente deje de actuar creativamente en fun-
ción de la situación. Richard Lee descubrió que los bosquimanos ¡kung
san, relegados a su rincón del desierto del Kalahari, se prestaban rá-
pidamente a cambiar de afiliación al transformarse el clima econó-
mico de la región. Unos cazadores-recolectores tradicionales podían
transformarse en jornaleros asalariados de la industria ganadera de
la región modificando con rapidez un rasgo clave de su etnicidad -el
forrajeo- por otro de muy distinto, el trabajo en el rancho.
Ian Hodder (1982: 18-21) descubrió que en África Oriental los in-
dividuos se movían por entre distintos grupos étnicos sin dificultad. Su
estudio sobre la cultura material detectó fronteras marcadas porque los
individuos cambiaban su indumentaria en «la frontera». Las fronteras
216 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

pueden indicar una forma de etnicidad pero dicen bien poca cosa sobre
el patrón de movilidad, lo que contradice el punto de vista que sostiene
que la etnicidad está históricamente fijada en cada lugar. La etnicidad
es, pues, maleable y contingente. No hay razón para suponer que no ocu-
rría lo mismo en el pasado. Estos ejemplos hacen difícil llegar a un com-
promiso con algunas de las ideas que los arqueólogos sostienen.

ETNICIDAD

Para empezar una definición:

Hay que distinguir la etnicidad de la mera variación espacial y re-


ferirla a una identificación consciente con un determinado grupo social,
basada, al menos en parte, en el lugar de origen o procedencia (Shennan,
1989a: 14).

La cuestión clave aquí es esta identificación consciente. Por ejem-


plo, hay aborígenes australianos blancos que confunden comple-
tamente los estereotipos racial y étnico, y que se identifican de forma
totalmente consciente por razones de descendencia, historia, resi-
dencia y opresión, con la categoría étnica general de aborigen aus-
traliano.
¿Cómo se puede hacer frente desde la arqueología a esta identi-
ficación consciente? El enterramiento de un niño descubierto hace
poco en Laghar Velho, en Portugal, plantea claramente el problema
(Darte et al., 1999). Datado hace 24.500 años parece a sus descubri-
dores, tras cuidadoso estudio, que se trata de un hfürido entre Neandertal
y humano moderno. Puesto que estas categorías corresponden a es-
pecies diferentes, podríamos afirmar razonablemente que también dan
lugar a una diferenciación de tipo étnico. La mezcla de rasgos anató-
micos no ayuda a determinar qué debió pensar este chico acerca de su
identidad. Sin embargo, una concha agujereada encontrada con el
cuerpo podría indicar una afiliación consciente con los humanos mo-
dernos, quienes acostumbraban a tratar con este tipo de objetos, y no
con los Neandertales que raramente asociamos a este tipo de objetos.
Pero alternativamente, esta persona podría haberse apropiado de un
collar tan sencillo en cualquier momento que hubiera «traspasado la
frontera».
Pero, ¿qué presunciones, qué hechos lastrados con teoría, esta-
mos ventilando con este ejemplo extremo? Los juicios sobre afilia-
ción nos podrían llevar a mezclarnos con una historia de la arqueolo-
gía y de la antropología de dudosa reputación que se dedica a juzgar
IDENTIDAD Y PODER 217

a la gente por su apariencia. En el caso peor esta forma de hacer con-


duce a plantear un programa eugenésico con el que se propone una
intervención deliberada para cambiar la huella humana. La limpieza
étnica y el holocausto atestiguan de la aplicación práctica de unas
creencias tan repugnantes.
A primera vista este tipo de argumentos pueden parecer ino-
cuos. Por ejemplo, Samuel Laing en su conocido libro Human Origins,
publicado en 1895, transmite el racismo de su época, basado en un có-
modo sentimiento de superioridad europea, de este modo:

La forma de la barbilla parece que se relaciona de manera ex-


traordinaria con el carácter y la energía de las razas. No se sabe muy
bien por qué pero, ciñéndonos a los hechos, una barbilla débil general-
mente denota una raza o personalidad débil y una de fuerte, una raza
o personalidad fuerte (Laing, 1895: 395).

Pararse en estos detalles es algo muy serio y peligroso especial-


mente cuando la ciencia sustenta la política social (Gould, 1984).
Peligrosidad que no disminuye cuando se aplica a los cráneos fósiles,
precisamente porque la arqueología ha sido utilizada para autorizar
una traslación acrítica a las personas vivas de estos dudosos enfoques.
El «estilo» de caras y cuerpos fue, y sigue siendo para algunos obser-
vadores, un rasgo indicativo de la inteligencia, la laboriosidad y la ca-
pacidad de progresar.
Cien años parece que apenas hayan servido para modificar la apli-
cación de ciertos prejuicios basados en la lectura de las anatomías.
Cuando en los años 1950 Nelson Mandela hacía de abogado en
Johannesburgo vivió un hecho que pone de manifiesto cómo pareci-
dos principios se aplicaban a la clasificación de la gente bajo la legis-
lación del apartheid:

En una ocasión me vi involucrado en el caso de un hombre de tez


morena que fue clasificado como africano inadvertidamente[ ... ] El ma-
gistrado parecía poco interesado durante la sesión en mis pruebas y en
las objeciones que oponía el fiscal. Fijaba su atención en mi cliente y
de pronto le espetó que se girase de manera que pudiese ver su es-
palda. Tras examinar detenidamente los hombros marcadamente caídos
del hombre asintió con la cabeza y mantuvo la apelación. Para las au-
toridades blancas de aquellos tiempos unos hombros caídos constituían
un estereotipo del físico de un hombre de color. De manera que la suerte
de ese hombre se decidió únicamente en base a la opinión del magis-
trado sobre la estructura de sus hombros (Mandela, 1995: 175).

A veces las definiciones no ayudan.


218 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

Los IMPERATIVOS ÉTNICOS

Los fundamentos de. la etnicidad y el papel tan significativo que


la arqueología ha jugado en su forma actual, han sido diseccionados
por Sian Jones ( 1997). Jones rastrea la idea de un pueblo representado
por su cultura material en el siglo XIX. Utilizamos para el caso sólo dos
ideas principales. La primera es la que Jones denomina imperativo pri-
mordial, por la que la noción de etnicidad se puede resumir diciendo
que está «en la sangre». Según este imperativo, la etnicidad es una
forma de sociobiología. La heredamos como parte de la constitución
biológica que condiciona nuestra vida social. Soy inglés no porque lleve
un paraguas el día más soleado del verano sino porque he nacido en
Inglaterra. Se trata de una doctrina adecuada para los que utilizan la
etnicidad como eslogan político, puesto que no podemos hacer nada
por evitarlo. Renunciar a la etnicidad sería como si nos cortáramos un
brazo.
La segunda idea abunda en el imperativo esencialista. Según
esta idea la cultura, venga definida por arqueólogos o por antropó-
logos, se hace directamente equivalente a etnicidad. Friedman ( 1994)
arguye que la cultura, y por implicación la etnicidad, son productos
típicos del pensamiento moderno, propio de los países occidentales,
que transforma las diferencias culturales en tipos ideales. Se trata de
una ecuación muy simple muy seguida por los arqueólogos. Las dis-
tintas prácticas culturales se convierten en la esencia de las identi-
dades étnicas. Fin del análisis. Deja que la sociedad que te rodea
piense por ti.

LA TRINIDAD ÉTNICA

La esencia de la etnicidad, que un sombrero de hongo distinga


los ingleses de los franceses, se funde con la herencia primordial que
fluye por nuestras venas. Los dos imperativos se fundamentan en tres
expectativas que salen de la idea de cultura que he examinado y criti-
cado en innumerables ocasiones a lo largo de este libro. Son la deli-
mitación, el parecido y la continuidad (Jones, 1997: 136). Estas pro-
piedades que fundamentan tanta metodología arqueológica, constituyen
las razones que hacen que reconozcamos patrones en nuestros datos.
Los arqueólogos dan significado a sus patrones por referencia a los
dos imperativos, interpretando su significación como marcadores ét-
nicos.
IDENTIDAD Y PODER 219

IDENTIDADES NACIONALES

Pero, ¿tiene eso mucha importancia? La arqueología, se po-


dría decir, sólo trata con cosas muertas y no influye sobre el pre-
sente. Nada hay más alejado de la verdad. Recordemos que el pa-
sado no es neutral. Es una fuente de autoridad para la acción en
el presente. Modela ideologías políticas. Voy a poner dos ejemplos
de políticos que han luchado por la independencia y la libertad de
sus países.
En 1961, justo antes de su larga condena por dirigir la lucha
contra el apartheid, Mandela visitó Egipto:

Pasé toda la mañana de mi primer día en El Cairo en el museo


viendo arte, examinando objetos, tomando notas, aprendiendo acerca
de la clase de hombres que fundaron la antigua civilización del Nilo.
No se trataba de una curiosidad de aficionado a la arqueología. Para
los nacionalistas africanos es fundamental armarse de las pruebas
que han de servir para refutar la reivindicación ficticia de los blan-
cos de que los africanos no tienen un pasado de civilización que
pueda compararse con el de Occidente. En una sola mañana des-
cubrí que los egipcios crearon grandes obras de arte y arquitectura
en un tiempo en que los blancos aún vivían en cavernas (Mandela,
1995: 353).

El que sería primer ministro de la India Pandit Nehru escribió


The Discovery of India desde la celda de la prisión en 1944. También
él dirigió la mirada hacia los monumentos y las reliquias del pasado
para preparar el camino futuro hacia la independencia:

Estos viajes y estas visitas con el telón de fondo de mis lecturas me


dieron una idea del pasado. Aparte de un conocimiento intelectual algo
esquemático me prepararon para una apreciación emocional, y de forma
gradual empezó a ganar fuerza en mi figuración mental de lo que era
la India, un sentido de la realidad, y la tierra de mis antepasados em-
pezó a poblarse de seres vivos que reían y lloraban, amaban y sufrían.
Entre ellos había hombres que parecía que conocían la vida y la com-
prendían bien, y gracias a su sabiduría habían construido una estruc-
tura que dio a la India una estabilidad cultural que duró miles de años
(Nehru, 1946: 51-52).

Ante el poder del Imperio y la opresión del estado, las lecturas


acerca del pasado de estos dos líderes sirvieron para encontrar alter-
nativas.
220 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

EL NACIONALISMO Y LOS NAZIS

Pero no todas las reivindicaciones del pasado han sido hechas


en favor de causas justas. Si el patriotismo ha sido descrito como el
último refugio del sinvergüenza, del mismo modo el nacionalismo
podría catalogarse como el primer paraíso del arqueólogo. Como dis-
cuten Margarita Díaz-Andreu y Timothy Champion (1996: 3-8) la ola
de nacionalismo que barrió Europa al final del siglo XVIII convirtió la
producción de la historia en un deber patriótico. Había que demostrar
la existencia de las naciones. Hizo falta recurrir al pasado y explicarlo.
El nacionalismo creó la arqueología, la cual a su vez contribuyó a crear
el estado-nación que hoy conocemos.
En 1849 mientras se forjaba el estado independiente de Dinamarca,
el arqueólogo Worsaae llamaba a sus compatriotas a tomar las armas:

Los restos de la antigüedad nos atan con más firmeza a nuestra


tierra nativa; así, colinas y valles, campos y marismas se conectan con
todos nosotros de forma más estrecha e íntima; puesto que los túmulos
prehistóricos que se levantan del suelo y las antigüedades que han pre-
servado a lo largo de los siglos en su seno, nos recuerdan constante-
mente que nuestros antepasados vivieron en este mismo país desde tiem-
pos inmemoriales y fueron un pueblo libre e independiente; ellos nos
llaman a defender nuestros territorios con redoblada energía, de ma-
nera que nunca un extranjero mande sobre el territorio que guarda los
huesos de nuestros antepasados y que están asociados a nuestros más
sagrados y reverenciados recuerdos (Worsaae, 1849: 149-150).

Las antigüedades, como vimos en el capítulo 1 con el trabajo de


C. J. Thomsen, tuvieron entonces una gran importancia en Dinamarca.
Eran productos tangibles que se sacaban a la luz al industrializarse el
país, mientras se consagraba el papel político de las clases medias, y
era algo que no sólo ocurría en este país, sino en todo el mundo occi-
dental. Por todos los países de Europa brotaron instituciones como los
museos nacionales, que expresaban este nuevo orden.
Dinamarca luchaba para recuperar la independencia de que gozó
aparentemente en tiempos de los vikingos y antes, durante la prehis-
toria. Utilizando los mismos conceptos de cultura, la tradición ar-
queológica alemana empezó a apoyar la idea de la necesidad que te-
nía Alemania de expandirse. Entre estos dos países existía una diferencia
esencial: su pasado. Dinamarca reivindicaba desde hacía tiempo ser
un estado-nación. Alemania no, puesto que fue unificada en 1871, un
año después que Italia. Antes de esta fecha no había existido una única
Alemania, y con respecto a Italia sólo durante el período de Roma hubo
una sola Italia. Estas naciones sin historia utilizaban el pasado para
IDENTIDAD Y PODER 221

cimentar sus agendas nacionalistas. Alemania insistió en la prehisto-


ria, Italia giró la vista hacia las glorias del pasado romano imperial.
El arqueólogo alemán ultranacionalista Gustav Kossina amplió
la lista de reclamaciones. En 1911 dio una conferencia titulada «La
prehistoria alemana, una disciplina eminentemente nacional». En 1926,
pocos años antes de que Childe formulara la noción de cultura ar-
queológica, fijó su idea clave: la relación entre pueblos y provincias
arqueológicas (véase cita capítulo 3).
Pero como señala Heinrich Harke (1992: 204-205) en su estudio
sobre este personaje, tales principios aparentemente inocentes se sus-
tentaban en nociones etnocéntricas de supremacía racial. Existía una
creencia subyacente en una raza nórdica aria que sería superior a las
demás, tanto en lo físico como en lo intelectual.
Kossina estaba en contra de aquella ex oriente lux que Childe más
tarde defendería utilizando conceptos similares de cultura pero com-
binados con una filosofía política diferente (capítulo 3). La cuna de la
civilización para Kossina estaba en el norte no en el este. Los movi-
mientos en dirección sur de las razas nórdicas constituían para él el
motor de la historia europea y mundial (Harke, 1992: 205).
Kossina murió en 1931, dos años antes de la fundación del 111
Reich. Sus interpretaciones y métodos influyeron en una ideología nazi
que buscaba motivos para invadir y anexionar países vecinos que
consideraba que formaban parte históricamente de la gran patria aria.
Heinrich Himler, el jefe de las SS fundó la Deutsches Ahnenerbe, una
organización cuya misión era crear una teoría científica sobre la do-
minación alemana. Uno de los pilares de esta empresa fue la arqueo-
logía. La investigación se politizó con el fin de ser útil ideológicamente
al Reich. Combinada con la peor de las antropologías físicas, clasificó
a pueblos y culturas y fabricó una solución última en nombre de la pu-
reza étnica.

¿A QUIÉN PERTENECE EL PASADO?

La cuestión que queda pendiente es si hay alternativas a la equi-


valencia de cultura con pueblo. Jones cree que sí, siempre que cam-
biemos la noción de cómo se construye la identidad étnica (1997: 140).
La idea que hay que rechazar de plano es la que contempla el pasado
como algo fijo, que sólo se modifica cuando aparecen nuevos descu-
brimientos. Este enfoque sostiene que objetos y monumentos, ciuda-
des antiguas y paisajes son realidades estáticas porque pertenecen al
pasado. Cuanto más antiguas más arraigadas al estado en que se han
convertido. Un pequeño avance sin salir de esta concepción del pasado,
222 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

sería arrancar los objetos del pasado y utilizarlos en el presente. Es fá-


cil insistir en las propiedades de delimitación, parecido y continuidad
con respecto a los patrones que establecemos en nuestros planos y ma-
pas de distribución. El pasado y todas las identidades que contiene y
puede cobijar, es como una imagen congelada en la pantalla de vídeo.
La corriente de creatividad se para y el pasado se posee como cual-
quier otra mercancía.
Un buen ejemplo de esta manera de entender el pasado nos lo
proporciona la legislación sobre monumentos. La mayoría de los paí-
ses tiene leyes que protegen y mantienen bajo la supervisión del es-
tado, las antigüedades destacadas de cada lugar. La Convención para
el Patrimonio Mundial de la UNESCO hace algo parecido con su lista
de lugares del Patrimonio Mundial. Cuando un yacimiento o monu-
mento es nominado y entra a formar parte de la lista, el país de ori-
gen adquiere la responsabilidad de conservar. y gestionar el monumento
en nombre de todos los pueblos del mundo.
Este tipo de legislación, aunque sirva para clarificar los dere-
chos y obligaciones de los países con respecto a los restos materiales
del pasado, plantea también cuestiones que van más lejos: ¿a quién
pertenece el pasado? Por ejemplo, las preocupaciones locales pueden
diferir de los intereses nacionales. Los aborígenes australianos y los
nativos norteamericanos tienen puntos de vista muy diferentes sobre
las reliquias de sus países. Además, la conservación de muchos obje-
tos en los museos y no en los lugares en que fueron originalmente de-
positados plantea problemas de propiedad. El caso más conocido es el
de las esculturas del Partenón que el gobierno griego reclama y que
se conservan en el Museo Británico, caso que sirve para ejemplificar
un problema no resuelto que abre las puertas a una reclamación pa-
recida en otro lugar, aunque implique sólo unos pocos útiles de sílex.
Los méritos artísticos y la importancia histórica de un objeto o conjunto
de objetos se combina con los problemas pendientes a nivel mundial,
el control que ejerce el centro y sus relaciones con las identidades de
la periferia.

Conclusión: el futuro de la arqueología

¿Qué más puede sucederle a la arqueología? El pasado siempre


será polémico. Los arqueólogos cada vez más se enfrentan a proble-
mas éticos que ponen sobre la mesa los derechos de la profesión y los
intereses de otros que también tienen algo que decir sobre el pasado.
La identidad de los arqueólogos, este uso profesional de la imagina-
ción arqueológica, también experimentará cambios que serán ínter-
IDENTIDAD Y PODER 223

pretados de forma diferente a como lo fueron hace treinta años. Para


afrontar este desafío hemos de recuperar lo esencial de la profesión y
reflexionar sobre la visión estática del pasado. Hemos de aceptarlo
como un conjunto de contextos e intereses superpuestos con el que se
forjan diferentes identidades, entre las cuales la nuestra como ar-
queólogos. La forma cómo construimos nuestra identidad por medio
de nuestra implicación con el pasado es únicamente una de las dife-
rentes interpretaciones que surgen de verse implicado de una forma
u otra con el pasado.
Pero poco habrá que discutir o construir si el recurso arqueoló-
gico no es gestionado. Durante los últimos 50 años se ha destruido mu-
chísimo. La mecanización de la agricultura y la silvicultura, y el cre-
cimiento de las ciudades y las infraestructuras ha acabado o ha
desplazado a muchos recursos arqueológicos y puesto en un brete lo
que ha podido salvarse in situ. En el Reino Unido el ritmo de des-
trucción de yacimientos y paisajes que gozan de algún tipo de protec-
ción legal es descorazonador, como se señala en una reciente encuesta
(Darvill y Fulton, 1998). El registro arqueológico es un recurso finito
en trance de desaparición como la selva amazónica.
Imaginemos un mundo en que el pasado remoto es excluido y sólo
el presente es celebrado. El pasado anterior al mundo moderno ya no
existe físicamente porque ha sido arrasado por las máquinas. Pregunto,
¿podemos hacer arqueología sin restos materiales del pasado? La res-
puesta es no si nos referimos a la arqueología de la que he hablado en
este libro. El estímulo para nuestra imaginación arqueológica profe-
sional y el goce público del pasado emana de esos objetos y paisajes
que, a lo largo de los últimos 300 años los arqueólogos han intentado
proteger y registrar. Ésta es la materia prima de la arqueología. Parte
de ella sigue a la espera de ser investigada. Para proteger este recurso
y con él el futuro de. nuestra imaginación arqueológica, los arqueólo-
gos han de convertirse en gestores (Cooper et al., 1995), en intérpre-
tes, en promotores y en analistas del pasado. Esta área vital exige que
se escriba otro libro, de título Gestión arqueológica básica, y no esta
breve referencia que añado a modo de posdata. Sólo podremos salvar
al pasado mediante la formación y el profesionalismo. En consecuen-
cia concluyo, casi como empecé: la arqueología tiene que ver básica-
mente con tres cosas: objetos, paisajes y lo que hacemos con todo ello,
ahora y en el futuro. Es algo tan simple como decir que es el estudio
del pasado a través de los restos materiales, lo que obliga a asumir
determinadas responsabilidades.
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ÍNDICE DE RECUADROS

l. El contexto político de la arqueología. . . . . . . . . . . . . . . . . 15


2. Cuatro conceptos arqueológicos básicos . . . . . . . . . . . . . . 16
3. Cuatro características de la arqueología actual . . . . . . . . . 19
4. Lista de materias relacionadas con la arqueología que apa-
recen en la oferta de estudios de las universidades del Reino
Unido (1999) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 28
5. Las tres <<nuevas arqueologías» norteamericanas del siglo xx 37
6. Teoría de alcance medio: argumentos para superar el abismo
que separa el presente del pasado . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 41
7. Plan de siete puntos para un enfoque marxista anglo-ame-
ricano de la arqueología . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 45
8. Cinco claves para una arqueología interpretativa . . . . . . . 46
9. Conceptos clave de la evolución darwinista . . . . . . . . . . . . 50
10. A qué llamamos teoría del conjunto . . . . . . . . . . . . . . . . . . 51
11. Principales técnicas de datación científica, materiales y edades
que abarcan . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 77
12. ¿Qué es la tafonomía? . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 79
13. La teoría de alcance medio en la práctica . . . . . . . . . . . . . 80
14. Las cuatro estrategias de la arqueología del comportamiento 82
15. Tres enfoques para construir una teoría . . . . . . . . . . . . . . . 105
16. Las caras del estilo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 120
17. El tamaño de las unidades arqueológicas . . . . . . . . . . . . . . 139
18. Lista de características de la revolución urbana de Childe 172
19. ¿A qué llamamos modernidad? . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 174
240 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

20. Cinco proposiciones sobre el mundo que haría un punto


de vista moderno sobre el conocimiento . . . . . . . . . . . . . . 175
21. Tipología de las sociedades según los neoevolucionistas . . 183
22. Lo que los patrones de los datos parece que nos dicen pero
que no acabamos de entender del todo . . . . . . . . . . . . . . . . 207
INDICE ANALÍTICO

abducción, 105 canalización, 187, 195, 204


agricultura, orígenes de la, 169, 192 centralización, 184
análisis contextual, 136 cerámica
analogía, 96 clasificación, 66
etnográfica, 97 consumo de, 129
histórica directa, 99 contexto, 128
animales distribución, 128, 156
huesos de, 20, 65, 100, 108 función, 127
domésticos, 169 producción y manufactura, 126
aprendizaje transformación, 130
en un contexto social, 124 vida de la, 126
a través del cuerpo, 124 Childe, Gordon, 34, 43, 67, 69, 98,
arqueología 121, 165, 169, 182, 191, 221
antropológica, 18, 33, 35, 53 ciencia, 23, 77
del comportamiento, 82 Clarke, David, 40, 64, 68, 137, 149,
feminista, 42, 49, 54, 115, 200, 206 150
interpretativa, 45-49, 54, 89, 120 clasificación
neodarwinista, 50-55, 102, 120, monotética y politética, 66
188,206 colonización global, 177
procesual, 37-42, 54, 59, 101-102, complejidad, 184
120,206 segregación, 184
social, 92-93 conjunto, 64, 68, 137
viva, 107 consumo, 112, 129, 156
atributos, 64, 66 contexto, 112, 133, 177
definición de 136
bienes de prestigio, 157 y preservación 134
Binford, Lewis, 37, 40, 41, 48, 53, 59, contexto político de la arqueología, 15
79, 81, 99, 107, 113 continuidad, 218, 222
cuerpo
cadena operativa, 123 aprender del, 124
cambios sexualidad y, 201
endógenos y exógenos, 190 cultura material, 46, 111-112, 117
escala de los, 179 cultura
ritmo de los, 193 antropológica, 70
variación y, 181 arqueológica, 69, 137, 193
y estabilidad, 27, 163, 193, 194 grupo cultural, 134, 138
242 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

historia cultural, 18, 33, 53, 206 estrategia


material, 47, 111, 116 de derrota, 189-190
naturaleza y cultura, 117 de muestreo, 61
proceso cultural, 38 estratigrafía, 14, 16, 34-35, 71, 72-74
etnicidad, 14, 192, 214
datación excavación, 62
absoluta, 74 explicación buena, 188
porradiocarbono, 34, 77, 192, 209
técnicas científicas de datación, 74, Flannery, Kent, 38, 40, 46, 87, 152, 184
77 frecuencia de aparición, 14, 16, 71, 74,
deducción, 105 75,204
desgaste producido por la distancia, 156 fronteras
desigualdad, 184 culturales, 210
detectives, 104 naturales, 209
difusión, 191 función, 112, 127
distribución, 128, 156
dualismo cartesiano, 117, 119, 125, 174 gestión de proyectos, 24, 59
dualismos, 117 Gosden, Christopher, 147, 202, 204
dualismo objeto-sujeto, 117
externos e internos, 118 habitus, 205-206, 207-208, 212
naturales y culturales, 117 Hawkes, Christopher, 99-100, 206
hechos e historias, 20
ecología cultural, 3 7 hermenéutica, 47, 115, 118
enfoque heterogeneidad, 184
conjuntivo, 137 Hodder, Ian, 46-50, 104, 106, 114-115,
sistémico, 179 116, 136-137, 215
enfoques marxistas, 15, 43-44, 45, 49, homeorhesis, 188
54, 115, 188, 206 homeostasis, 188
entorno de intervención, 148 humanos
escalas espaciales, 150 colonización global de los, 177
esencia y esencialismo, 21, 89, 95, 101, implicación de los, 147
119, 200 orígenes de los humanos modernos,
espacio, 148-149 168-169
enfoques analíticos, 149, 153-160
social y género, 160 identidad, 27, 197-198, 205
tiempo y, 27, 133, 161 consumir identidad, 212
uso social del, 158-160 identificación de patrones, 149
estabilidad, 27, 163, 182, 193-195 imágenes mentales, 113
estado Maya, 193 imaginación arqueológica, 13, 111,
estilo, 14, 16, 34, 118-124, 131 115,222
asertivo, 122, 205 imperativos
cadena operativa y, 123-124 esencialista, 218
definiciones de, 118-122, 204-205 étnico, 218
emblemático, 122, 205 primordial, 218
información y, 122-123 individuo, 86
isocréstico e icónico, 121-122 en arqueología, 89
proyección del, 123 y el sistema, 87
ÍNDICE ANALÍTICO 243

inducción, 105 orígenes


inferencia, 101 de la agricultura, 169
información y estilo, 122 de la colonización global, 177
instituciones, 92 de la modernidad, 174
intercambio, 112, 128, 157 del estado, 171-174
de los homínidos, 165-167
jefaturas, 183 de los humanos modernos, 168
del urbanismo, 171-174
Kossina, Gustav, 44, 69-70, 221 del urbanismo y el estado, 171
problemas de investigación
lenguaje de los, 178
desarrollo del, 185 seis grandes cuastiones sobre
local y global, 180 los, 164
lugar y paisaje, 146 Orser, Charles, 19, 20, 46, 93, 175
lugares centrales, 153
paisaje
matriz Harris, 172-173 de la costumbre, 147, 203, 205
McGuire, Randall, 44, 45, 112, 116, en evolución, 187
125, 184, 188 social, 147
mecanismos y modelos, 185 parecido, 119, 204, 218, 222
mensaje, 122, 136 pasado
migración, 191-192 destrucción del, 222-223
Mithen, Steven, 88-89, 90 propiedad del, 221-222
modernidad patrimonio arqueológico, 25, 222
definición, 17 4 patrones
orígenes de la, 176 en los datos, 207
punto de vista moderno sobre quesesuperponen,208
el conocimiento, 175 períodos y regiones, 29
monasterios, 160 poder
Morris, Elaine, 126, 128, 130-131 concepto, 197
muestra representativa, 60-62 género y, 199-200
identidad y, 198
nacionalismo, 14, 15, 220-221 práctica y discurso del, 202
narrativa, 47 posprocesualismo, 48, 89, 115
nazismo, 220-221 preservación, 134
Neandertales, 68, 168, 177, 216 presión selectiva, 50, 166
neoevolucionismo, 182 primates
cerebro de los, 166
objetos, 64, 67 sociedad de los, 90-91
biografía de los, 125 procesos de formación, 80-81
clases de, 114 producción, 112, 126, 156
con personalidad, 115 prospección, 62-63
e imaginación arqueológica, 111 proyecto de investigación, 58-59
esencia e inferencia de los, 101 puntos de vista sobre el género, 42-43
estudio arqueológico de los, 27 espacio social y género, 160
interpretación de los, 114 fronteras varón-mujer, 211
y significado, 114 poder y género, 199
244 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

realeza, 22, 197 teoría social, 4 7


recuperación, 63-64, 65 teorías
redes,93,208,212 construcción de, 105
región, 29, 146, 149, 151, 180 y técnicas, 28
registro arqueológico, 108-109 Thomas, Julian, 13, 14-18, 33, 48, 111-
Renfrew, Colin, 18, 31, 87, 153, 154, 112, 115, 126, 201, 208
210 Thomsen, Christian, 17-18, 220
revolución estratigráfica, 37 Sistema de las Tres Edades 17-18,
Revolución neolítica, 169-171, 177, 44
182, 186 tiempo
A y B, 143
Sackett, James, 114, 121-123 burbujas de, 134
Schiffer, Michael, 80-81 escalas temporales,143-144
selección natural, 50, 51 espacio y, 27, 133, 161
seriación, 14, 16, 34, 74, 75 experiencia del, 141-142
sexualidad, 201-202, 212 promedio, 145
Shennan, Stephen, 51-52 señales del, 135-136
Shorncote Quarry, 126-131 temporalidad, 142-143
significado, 136 transformación, 112, 130-131
simbolismo, 46 Trigger, Bruce, 14, 17, 40, 44
sistema mundial, 134, 140-141
sistemas de gobierno, 155 unidades
sistemas de información geográfica, arqueológicas, 64, 133
63, 157 tamaño, 139
sujeto y objeto, 117-118 uniformismo, 107
Sutton Hoo, 22-27, 57, 58, 87, 135,
197 variación
cambio y, 181-182
tafonomía, 79 en las formas, 119
tamaño del cerebro, 166, 168
tecnocomplejo, 134, 138 Waddington, C. H., 187, 195, 204
temporalidad, 142 Wylie, Alisan, 36, 42, 52, 103, 189
teoria
de alcance medio, 41, 79-80, 81, 98, 115 yacimiento, 146, 149, 150-151, 180
de la intervención, 93 formación de un, 80-81
del conjunto 51, 52
ÍNDICE

Al lector . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 9
Agradecimientos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 11

CAPÍTULO l. ¿Qué es la arqueología? . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 13


La imaginación arqueológica . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 13
Tres contextos políticos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 14
¿Cómo empezó todo? . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 14
¿De qué forma ha cambiado la arqueología? . . . . . . . . . . . . . 18
Dos conceptos básicos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 20
Cambios en la forma de ver a los anglosajones: un caso a
estudiar . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 22
La cafeteria arqueológica: ¿se trata realmente de arqueología? 27

CAPÍTULO 2. ¿Cuántas arqueologías existen? . . . . . . . . . . . . . 33


Historia cultural . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 33
Arqueología antropológica . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 35
Resumen........................................... 53

CAPÍTULO 3. Conceptos básicos......................... 57


Empezamos con un proyecto de investigación . . . . . . . . . . . . 58
La muestra representativa . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 60
La prospección y la excavación . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 62
La recuperación . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 63
Unidades arqueológicas . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 64
Dos principios . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 71
El registro arqueológico . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 78
Resumen........................................... 82

CAPÍTULO 4. Las personas . . . ..... ... ..... ............. 85


¿A quién buscamos? . . . . . . . ..... ... ..... ............. 86
¿Cómo lo vamos a conocer? . ..... ... ..... ............. 104
Resumen . . . . . . . . . . . . . . . . . ..... ... ..... ............. 109
246 ARQUEOLOGÍA BÁSICA

CAPÍTULO 5. Los objetos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 111


Los objetos y la imaginación arqueológica . . . . . . . . . . . . . . . 111
La cultura material . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 111
Imágenes de la mente . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 113
La interpretación de los objetos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 114
Dualismos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 117
El estilo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 118
La biografía de los objetos .................... · . . . . . . . . 125
Resumen . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 131

CAPÍTULO 6. Tiempo y espacio . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 133


Contextos y unidades . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 133
El tiempo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 141
Identificación de patrones . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 149
Enfoques analíticos con relación al espacio . . . . . . . . . . . . . . 153
Sistemas de información geográfica . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 157
Resumen . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 161

CAPÍTULO 7. Cambio y estabilidad . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 163


Cuestiones básicas acerca del cambio . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 163
Mecanismos y modelos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 185
La buena explicación en arqueología . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 188
Resumen . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 194

CAPÍTULO 8. Identidad y poder . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 197


Dos identidades . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 198
¿Qué queremos decir cuando hablamos de poder?· . . . . . . . . 198
La identidad en el meollo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 203
Consumir identidad y recortar la red.................... 212
Identidad ¿a partir de qué? . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 214
¿Quién eres? . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 215
Conclusión: el futuro de la arqueología . . . . . . . . . . . . . . . . . . 222

Referencias bibliográficas . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 225


Índice de recuadros . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 239
Índice analítico . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 241