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El amor como proceso revolucionario

¿Ocurre con el amor lo que dice D. H. Lawrence?:

“Hemos empujado un proceso hacia una meta. El fin de todo proceso no es la perpetuación de ese
proceso, sino que la compleción. El amor es un proceso de la incomprensible alma humana: siendo
el amor también incomprensible, pero aun así sólo un proceso. El proceso debería tender a su
compleción, no hacia algún horror de intensificación y extremismo en que el alma y el cuerpo
finalmente perecen” (La vara de Aarón, p. 345).

¿En qué sentido el amor sería un proceso? Al parecer esto tiene que ver con que no hay ninguna
especificidad respecto a qué es el amor (el amor no es una entidad identificable y fija). El amor es
un universo de seres deseantes, que en su conexión producen algo nuevo, o reproducen lo mismo.
El amor, en tanto que proceso y producción, es la realidad que unifica hombre y naturaleza,
anulando la distinción entre ambos.

Y aquí no se trata de personas. Precisamente porque al hablar de personas hablamos de una cierta
esencia o entidad identificable. No se trata tampoco (y por lo mismo) de los padres. A pesar de
que se pueda amar a los padres y los padres pueden amarte. Pero un niño ya desea antes de saber
incluso que hay algo así como “padres”. Hay en él todo un conjunto de relaciones no familiares
con objetos, objetos con los cuáles el niño establece una conexión deseante: los juguetes, el
“tuto”…(considerando también que cualquier cosa que esté su alcance puede servir de juguete y
que aquello que se constituye como “tuto” tiene las más de las veces motivaciones arbitrarias o
misteriosas). Pero también con los clásicos objetos psicoanalíticos: el pecho materno, la caca, el
pipí, el propio pene o clítoris…El asunto es que eso no tiene por qué tener que ver con el padre o
la madre. Sin embargo, es interesante que aun así llamemos amor u odio a la relación (aun así
deseante) que se tiene con una persona. Es como si el niño llevara esas relaciones objetuales pre-
familiares a la relación con los padres, y luego a la relación con otras personas (y esto nos sitúa en
un terreno que no deja de ser psicoanalítico). Lo que pasa es que hay que distinguir entre el
proceso de producción y el registro que se hace de ese proceso. Las personas, y los nombres
“amor”, “odio”, sólo aparecen cuando se registra el proceso inmediato, una vez que este ya
ocurrió.

Pero lo que en realidad ocurre es que “todo se deshace como una imagen en la arena” (Deleuze &
Guattari, Anti-Edipo, p. 82). Conforme uno se acerca al rostro de la persona amada, este se
deshace en sus distintas partes, que ya no pueden ser unificadas como pertenecientes al rostro de
una persona identificable. Y al mismo tiempo, el rostro de uno, nuestro propio cuerpo, abandona
el terreno de lo visible y se entrega a las sensaciones que vamos experimentando, sensaciones que
lo anulan en su unidad, en su identificación como mi cuerpo, mi rostro:

“Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano,
como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y
recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la
cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi
mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca
que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos
miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y
los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente,
mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos
donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan
hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si
tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos
mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del
aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo
te siento temblar contra mí como una luna en el agua.” (Cortázar, Rayuela)

Y quizás todo el amor cuenta esa misma historia, pero invertida. De esa nebulosa que son los
múltiples amores de todos los seres humanos, lo que se desprende es la constante extracción de
una o dos personas, una o dos identidades (o tres, cuatro, poco importa el número…) a partir de
un proceso sin identidades, sin personas, sólo objetos parciales, sólo intensidades y afectos.
Siempre la complicada relación amor-deseo.

Ahora, con todo esto no queremos decir que el deseo sea algo distinto a la sexualidad, o algo
distinto al amor. Sino que la sexualidad, el amor, en sí mismos no tienen que ver con las personas,
sino que ocurren como entre medio, y sobre todo no tienen que ver con el papá-mamá, ocurren
lejos de la pieza de papá-mamá. El amor y la sexualidad tienen potencialidad revolucionaria
precisamente cuando se los hace coincidir con un acto de hacer pasar flujos de deseo, hacerlos
atravesar o pasar entre las personas, entregarse a flujos que no se dejan atrapar en un orden
establecido, ya sea este orden el de la familia, el Estado, el colegio, la tribu, los amigos, la sociedad
en su conjunto. Al amor, en el límite, no le interesa nada de eso, y debe tener la capacidad de
romper con cualquier orden que lo reprima. Por eso es que “Los amores cobardes no llegan a
amores ni a historias, se quedan ahí…” (Silvio Rodríguez, Óleo de mujer con sombrero).Y esto no
necesariamente se aplica a personas jóvenes, a pesar de que el conflicto amoroso de los jóvenes,
precisamente en relación al orden parental, sirve de paradigma para cualquier amor que se quiera
revolucionario. Los problemas amorosos y familiares de los adolescentes, los problemas de
adaptación social de los adultos, y los problemas del ideal de vida de los viejos, todos remiten al
problema del deseo y su enfrentamiento a las limitaciones que la sociedad le impone, y en esa
vinculación con el deseo en tanto eterno problema del humano, se anulan las edades, y toda
distinción entre lo sexual, lo social, y lo colectivo universal.

“El deseo ignora el intercambio, sólo conoce el robo y el don” (Deleuze & Guattari, Anti-Edipo, p.
219). El deseo ingresa al orden establecido, con sus determinaciones y significaciones, y le arranca
un sentido que le es propio.
Amor cristiano-amor cínico-¿amor posthumano?

¿Dios nos ama?

¿Qué es esa paradoja del Cristo ofreciendo su vida por amor a sus deudores? ¿Acaso es porque
Cristo volverá a cobrar su deuda en el Apocalipsis? Pero de ser así ¿nos ama realmente? ¿No sería
un comportamiento mezquino el de entregar amor bajo la condición de quitarlo después? ¿No
sería una hipocresía “amar” para obtener algo a cambio? ¿Si alguien nos ama le debemos algo?
¿Le debemos algo a nuestros padres, a nuestros ex, a nuestras parejas actuales?

Ese son el tipo de problemáticas que emergen cuando se piensa que el amor es condición para
alcanzar la felicidad en un mundo supraterrenal. Pero también cuando el amor se entiende como
condición para alcanzar una felicidad futura, una felicidad por venir.

Es ese amor contra el que lucha el cínico. “No, si el amor es un producto químico”, “no, si el amor
no es nada más que una conexión de neuronas”, “no, si lo que tú llamas amor es lo que te hace
creer la publicidad que es el amor”. Amor por plata, amor por conveniencia, amor para mantener
el status quo. Amor porque te dicen, amor porque se espera, porque ya está muy viejo, porque se
le va a ir el tren…Amor porque no quiero estar tan solo…

Pero finalmente ambas formas de amor, lo que tienen a la base, independiente de las personas
(naturales o sobrenaturales), independiente de si es biología o química, sociología, política o
economía, son conexiones, disyunciones, conjunciones de flujos. El amor es eso que pasa cuando
algo se conecta con otra cosa distinta. ¿Eso significa que puede haber un amor por el capital?
¿amor por la burocracia? ¿amor por la represión? ¿Riesgos que hay que correr por abandonar la
subjetivación de la idea de persona, la sujeción a un modelo familiarista? ¿El riesgo de un amor no
humano?

[Aquí me gustaría introducir algo en relación a la máquina y la relación con la máquina, pero eso
implicaría definir cómo entienden Guattari y Deleuze la noción, para recién ahí conectarla con el
deseo y el amor, y siento que es un desvío muy largo]