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Curso: Acompañante Terapéutico

Modulo: “Contextualización del campo profesional del AT”


Prof. Victoria Curutchet

EL VINCULO TRANSFERENCIAL Y LA COMUNICACIÓN COMO ESTRATEGIA DE TRASNFORMACION

Táctica, estrategia y política

Las herramientas que cada terapeuta utilizara en cada caso, se van a inscribir de manera
particular de acuerdo a la técnica, estrategia y política del tratamiento.
Una revisión del artículo de J. Lacan “La dirección de la cura y los principios de su poder”, permite
plantear la distinción entre táctica, estrategia y política en la dirección d la cura analítica, con el fin
de hacer un recorte de dicho texto para trazar precisiones respecto a nuestro tema.
-Primero: Lacan dirá que las cuestiones de la táctica son aquellas en las que somos más libres. Es
decir que hablamos de las intervenciones.
-Segundo: respecto a la estrategia, Lacan escribe que el analista es menos libre que en su táctica.
La estrategia en un análisis, tendrá que ver con la transferencia, con las maniobras que el analista
hace respecto del lugar en que es ubicado por el paciente, será aquello referente al montaje
trasnferencial que sostiene en cada análisis.
-Y tercero: “el analista es aun menos libre en aquello que domina su estrategia y táctica: a saber,
en su política”. En lo que hace a su política, el analista haría mejor “en ubicarse por su carencia de
ser que por su ser”. Una ubicación por su falta en ser. Esto nos lleva al plano de la ética, sostenida
en el deseo del analista. Una ética que permite así el trabajo sobre el deseo del analizante,
recordemos, “el único sujeto” en juego en un análisis. Esa política entonces, podemos decir, es
solidaria entonces de la emergencia del sujeto, de la producción de subjetividad.
Entonces llegamos a una pregunta ¿Qué hacemos con nuestra subjetividad? Con la subjetividad en
la tarea analítica. El analista, y esto hace a su política, “paga con su persona”, queda fuera del
juego, en cuanto a sus sentimientos, y debe dejar de lado prejuicios, ideales, etc. Cuestiones que
remiten a su propio análisis.
¿Cómo articular estas ideas con la práctica del AT?
Se presentaran en relación a estas preguntas: que decir, que no decir, cuanto hablar o callar, como
intervenir en situaciones puntuales del acompañamiento terapéutico, en el día a día. Es
característico del AT llegar a compartir muchas horas con un paciente, generándose diálogos que
a veces tocan aspectos de la vida privada del acompañante, a partir de preguntas del paciente
sobre sus actividades, sus gustos, sus vínculos personales, cuestiones que habitualmente deben
quedar por fuera de la relación paciente-profesional de la salud mental. No se trata para el AT de
no poder decir nada acerca de su vida personal, o de no dar cierta opinión ante preguntas que le
realiza el sujeto al cual acompaña o alguien de su familia (¿Qué hacemos con nuestra
subjetividad?). En muchos casos evitar el dialogo al respecto sería prácticamente imposible. Pero
el AT tiene que saber mensurar de alguna manera aquello que manifieste, aquello que no debe
hacer, lo que resulta conveniente no decir y tomar con cautela determinados elementos que
puedan llevar a intervenciones inoportunas, en ese dialogo que parece a primera vista inocente,
eso hace a la política del AT. El AT no tiene que comprometer su subjetividad pero entenderá,
desde una posición ética, que es diferente cuando se le pregunta al AT si tiene pareja, que el AT
responda sí o no, y brevemente algo más a que se ponga a llorar contando sus padecimientos por
las discusiones que tuvo con su pareja la semana anterior.
Si seguimos dentro de una perspectiva ética, desde nuestra orientación el AT en su tarea deberá
pagar con la renuncia a sus sentimientos. Nada sencillo, todo lo contrario, complicándose además
por el nivel de exposición en que se encuentra el acompañante.
¿Hacia a donde orientarse, como conducirse? ¿Se trata entonces de que el AT se aferre
estrictamente a las consignas que le dan? ¿Pero no hay margen de libertad para su intervención?
La modalidad en que se encuentre, su disposición y el uso de su palabra en cada situación de AT
será producto de una decisión del acompañante, la cual será orientada por las coordenadas del
marco en que se inserta su tarea, y la lectura transferencial que se realice.
Que pensemos esa libertad relativa en su táctica no deja de lado en ciertas situaciones que tenga
que intervenir de manera “directiva”, sin dar margen para ambigüedades ante alguna consigna: en
el acompañamiento de un paciente, donde existe la indicación respecto a que no puede estar solo
y pide quedarse un rato más en lo de un amigo, para después volver a su casa sin el AT, ya que le
queda “apenas a tres cuadras”. El AT dirá que no, simplemente apelando de manera atinada a que
ese era “el tiempo y la modalidad pautada”.

La posición del AT no es la misma posición que la del analista. Debe ubicarse en un lugar distinto al
del analista. Desde su presencia, con su palabra y también con su escucha, está en ese borde con
un silencio que se haga tolerable. No pretende anular la insistencia de una demanda, como se
podría intentar mediante el encierro total o con una excesiva apelación al recurso farmacológico.
Tendrá otra permeabilidad ante las demandas del paciente, no a todas ni en cualquier momento.
Aunque tampoco es función del AT tender a taponar respondiendo a toda demanda, ya que
impedirá la emergencia subjetiva del paciente. No responder a determinadas demandas implica
un acto que tiene consecuencias como ordenador, como regulador, que es terapéutico.
También ante demandas que provienen de la familia, que el AT se ubique en el lugar que modera,
al establecer límites y pautas (con el aval de la estrategia del equipo terapéutico), ha sido muchas
veces pacificador con efectos reguladores a nivel de la dinámica familiar.
Con frecuencia la terea del AT va a consistir en “poner el oído”, cuando la inclusión del AT este
sostenida en la necesidad de un interlocutor, de un semejante que “da la palabra a ciertas
argumentaciones, a reflexiones en voz alta que el paciente no tiene con cualquiera, ni en soledad.
Permite así una tramitación por la palabra, la cual muchas veces favorece a que ceda la angustia.
Pero el AT no tiene la función de interpretar, como si lo haría un analista. Se ofrece a un dialogo
donde el “palabrerío cotidiano” también hace su oferta. Y se tiene en cuanta para esto el trabajo
articulado del AT con el equipo, en donde se tratara de ubicar, en cada caso, que margen de
respuesta en el dialogo tiene el AT ante ciertas cuestiones, en cuales temas deberá tener especial
cuidado, sobre cuales es conveniente no ahondar.
Es necesario ir trabajando dichas cuestiones atinentes a la demanda, al uso de escucha y la
palabra, al dialogo, en función del desarrollo que tenga el caso y el vínculo con el acompañante.

Bibliografía: Gustavo Rossi. Cap. 5: El AT y sus articulaciones con el dispositivo psicoanalítico.