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Inmunología bases.

El avance sorprendente de la ciencia y la tecnología ha adquirido tal velocidad


que, por una parte, su último fruto, la biología molecular ha conducido a identificar
las moléculas responsables de la herencia como sus productos de traducción, las
proteínas, y se están visualizando los caminos complejos por los cuales discurren
todas las funciones vitales.

Los seres vivientes desde las bacterias hasta los elefantes, incluido el hombre, se
caracterizan por una individualidad podría decirse total o sea que no existen dos
seres exactamente iguales. De esto se infiere que otra característica mayor de las
especies vivientes es la heterogeneidad.

Esta resulta de la recombinación, tanto de los factores hereditarios, los genes,


como de los factores ambientales que comparten los miembros de una misma
especie. En el segundo capítulo de este libro, que detalla el desarrollo histórico de
nuestra disciplina, verán que el avance del conocimiento ha sido el resultado de la
práctica de la crianza de plantas y de la observación de las propiedades y
enfermedades en todos los seres vivos, algunos de los cuales morían y otros se
recuperaban y sobrevivían.

Se dedujo que la producción y la resistencia a las enfermedades, dependían de la


individualidad de cada miembro del grupo biológico, lo que llevó a la selección
artificial de las especies domésticas. Independientemente de ésta, la selección
natural, al azar, trabaja sobre todos los seres vivientes.

La inmunología en su estado presente, podría decirse que empezó en 1900 y ha


crecido paralelamente con el redescubrimiento y progreso de la genética. Los
hechos fundamentales fueron el descubrimiento en el suero de las
inmunoglobulinas, que reaccionaban específicamente con ciertas células,
bacterias, hongos o parásitos y sus productos de secreción.

El centro de este progreso fue el desarrollo de la teoría química de los receptores


y de sus agentes específicos que debemos a Ehrlich en lo químico, y a Carl
Landsteiner, primero, por su descubrimiento de los grupos sanguíneos humanos
(1900) y segundo, por su demostración de la inmunogenicidad de substancias
químicas artificiales que, ligadas a proteínas naturales, reaccionaban
específicamente a las inmunoglobulinas de los animales inyectados. Deseo
señalar en un paréntesis, que Landsteiner era, y fue hasta su muerte, un
anatomopatólogo que hizo autopsias todos los días desde las 6 a las 8 de la
mañana.

De ahí, subía a su modesto laboratorio para leer, hacer experimentos, pensar y


describir sus resultados. Ambos, Ehrlich y Landsteiner, fueron Premios Nobel y
son el origen de la inmunología humoral clásica y sus extensos descubrimientos
acerca del origen y causas de casi todas las enfermedades infecciosas, y de las
aplicaciones a la transfusión sanguínea. Landsteiner mismo fue el descubridor de
la mayor parte de los antígenos mayores de los glóbulos rojos humanos (ABO y
Rh).

El continuo y rápido progreso de la inmunología demostró que unas células


insignificantes, pero muy abundantes en el organismo (aproximadamente un
décimo del peso total), los linfocitos, eran responsables de la producción de las
inmunoglobulinas: los linfocitos B. Esta era una clara indicación de una extensa
heterogeneidad celular, inaparente a la inspección microscópica.

Existía, también, una inmunidad celular. La simple observación permitió ver que al
comienzo de las infecciones y en los primeros cinco días, los organismos se
defendían de los agentes infecciosos y parasitarios.

Existía una inmunidad natural. Los elementos celulares centrales en esta


inmunidad eran los macrófagos y a nivel humoral, una serie de diferentes
substancias que eran activadas o existían naturalmente en el suero (alexinas,
substancia A, complemento, etc.). Debemos a Metchnikoff, un biólogo general, el
descubrimiento de esta fracción celular fundamental de la inmunidad tanto natural
como inducida.
Establecida en los primeros 50 años del siglo pasado las bases de la inmunidad
humoral y su estructuración genética, se expandió una cantidad enorme de
investigaciones acerca de la heterogeneidad de los linfocitos. Primero se
descubrió que la respuesta humoral era el resultado de la multiplicación clonal de
un escaso número de linfocitos (Jerne, 1952) portadores de receptores específicos
para una porción menor, aproximadamente 10 a 12 aminoácidos, de la
macromolécula inmunogénica, el epítopo.

La unión de ambos transmitía una señal que llegaba al núcleo. Éste, a su vez,
traducía la señal y sus productos estimulaban a unos pocos clones de linfocitos a
multiplicarse y a diferenciarse.

La respuesta total puede ser la secreción de inmunoglobulinas específicas, la


conversión del linfocito neutro en un linfocito citotóxico para los agentes
infectantes o uno de colaboración y estimulación del complejo inmunitario.