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MANDATO

SUB CAPÍTULO I DISPOSICIONES GENERALES

1. EL MANDATO ARTÍCULO 1790

Por el mandato el mandatario se obliga a realizar uno o más actos jurídicos, por
cuenta y en interés del mandante.

Antes de enunciar una definición del contrato "típico" de mandato, pienso que deben
recordarse sus principales características, es decir los "índices de tipo" que han sido
recogidos expresamente por nuestro legislador, en sintonía permanente e
incondicionada, por lIamarle de alguna manera, con el Código Civil italiano de 1942.

A manera prolegoménica abordemos algunas cuestiones de carácter general en torno


a la teoría del tipo negocial. En el Derecho Privado, y en las actuales orientaciones
dogmáticas, el tipo legal cumple una función principalmente clasificatoria ordenativa;
ordena las conductas consideradas como negocios en determinados esquemas
predispuestos. Junto al tipo legal, por otro lado, se habla del tipo social,
inadmisible en la dogmática penal, cuando se está ante esquemas creados por el uso de
la praxis sin una específica disciplina. En tal sentido, se ha puesto de relieve que el
presupuesto general informante de todas las actuales regulaciones contractuales,
parece ser el fenómeno de la tipificación o actuación a través de tipos. Esto supone
una especial manera de reordenación de las conductas humanas, a las que se eleva
a categorías jurídicas; unespecial modo de organizar las conductas contractuales a
través de tipos(1). Es de particular atención que en el desarrollo de la "teoría del
tipo" se haya efectuado la distinción entre "tipo" y "concepto", distinción que ha sido
recibida en las ciencias jurídicas por las corrientes de carácter valorativo ante la
insuficiencia del sistema lógico formal fundado estrictamente sobre conceptos
abstractos. Y es que el tipo no puede ser "conceptuado", solamente descrito

por ello, se le coloca como un elástico punto de referencia al cual viene


reconducida la fattispecie concreta, prescindiendo de la comparecencia de
todos los elementos contenidos en una abstracta fórmula definitoria. De allí que

con criterio especial se haya dicho que el tipo se coloca como una categoría

dinámica que quiere sustraerse a la necesaria abstracción de la subsunción,


sirviéndose más bien del pensamiento analógico, en el sentido de incluir un evento
determinado en un cuadro significante sobre la base de un mayor o menor grado de
similitud. Solo atendiendo a lo expuesto se puede comprender cómo la categoría
general del tipo ofrece una sugestiva alternativa al conceptualismo jurídico y haya
encontrado una buena acogida por parte de varios sectores doctrinales. El llamado
concepto abstracto había sido ya bastante criticado, sobre todo en la cultura jurídica
italiana, de la que da muestra la afirmación referida al valor relativo de los
conceptos jurídicos y a su consideración como el punto de partida bastante seguro
para cualquier investigación, máxime cuando se precisa que los conceptos jurídicos
no tienen carácter rígido y estático, sino elástico en su adecuación a situaciones
comprendidas en un ámbito más restrictivo y que son sujetas a un continuo proceso de
adaptación a la realidad histórica. En suma, los conceptos jurídicos -claro dentro de la
elaboración de la teoría del tipo- no son tomados en consideración bajo el perfil de su
absolutidad o relatividad, sino de su configuración cerrada específicamente en lo
que concierne a sus elementos constitutivos, mientras que el tipo es caracterizado
por su configuración abierta en virtud de la estructura elástica de los índices de tipo o
caracteres que lo conforman .

Es oportuno destacar, en términos generales, la imperiosa necesidad de no olvidar


que ninguna teoría (concepto) puede prescindir de la constatación casuística, como
bien ha demostrado Claus¬Wilhem Canaris, discípulo del recordado profesor alemán
Karl Larenz, nada menos. La frase según la cual una doctrina "pueda ser correcta en
teoría pero no sirva para la práctica" no es compatible con la orientación aplicativa de
las teorías jurídicas y, por tanto, bien mirado, es una situación que de ningún modo
puede darse; antes bien, frente a una contradicción de este carácter, se deberá
abandonar o corregir la teoría o modificar la práctica. Dentro de la tipología
contractual (negocial) no todos los tipos presentan características similares, por lo que
la doctrina ha intentado plantear criterios de distinción encaminados a descubrir
"categorías" que permitan un mejor análisis y estudio de ellos mediante una
reconducción de carácter sistematizador. Se ha intentado, no sin un marcado éxito,
individualizar en la causa el criterio de distinción entre los diversos tipos negociales en
virtud a una calificación de su esencia real (operación que asigna un intento práctico a
un determinado grupo tipológico). Se dice que la calificación, y por ende su distinción,
de un negocio o contrato procede sobre la base de la causa del mismo, entendida, o
como la finalidad práctica inmediata perseguida por las partes o como la función
práctica económica y social. Esta finalidad o función tendría dentro de sí el
criterio de distinción entre los grupos tipológicos. Piénsese en el intercambio entre
bien y precio como causa de la compraventa y la atribución gratuita de un bien como
causa de la donación. En estos casos la causa individualiza perfectamente la
diversidad tipológica. Sentadas estas premisas pasemos a explicar los dos principales
caracteres del mandato para después delinear la función que cumple en nuestro
ordenamiento. El primero se extrae de una simple observación de la actividad
prestacional que realiza el mandatario: se debe tratar de una actividad dirigida al
cumplimiento de negocios jurídicos ¬actos de autorregulación o autodeterminación
de intereses dignos de tutela que se amparan en el denominado reconocimiento de la
autonomía privada¬ excluyéndose las actividades meramente materiales (por
ejemplo la construcción de una obra determinada) (CARNEVALI). Sin embargo,
nos parece que tal impostación debe de ser matizada con la incorporación de los
llamados actos jurídicos en sentido estricto, los mismos que se pueden caracterizar
porque el ordenamiento jurídico para la atribución de los efectos jurídicos
correspondientes toma en cuenta, antes que el intento práctico de los sujetos
involucrados, tan solo la correcta exteriorización de una declaración de voluntad,
hipótesis, y esto es obvio, que no contendría una autorregulación ¬
autodeterminación en los términos acotados¬, pues ello la haría pasible de una
calificación de orden negocial. En otras palabras, nos parece que el mandatario, en
ejecución de su actividad prestacional, puede encontrar como contenido de la
situación de debito que voluntariamente ha asumido ciertamente el deber de realizar
actos jurídicos en sentido estricto tales como, por ejemplo, una oferta contractual o
una interpelación por el incumplimiento temporal de una obligación derivada de un
contrato preparatorio (compromiso de contratar, ex ARTÍCULOS 1414 al 1418 del
Código Civil)
2. PRESUNCIÓN DE ONEROSIDAD DEL MANDATO ARTÍCULO 1791

El mandato se presume oneroso. Si el monto de la retribución no ha sido pactado, se


fija sobre la base de las tarifas del oficio o profesión del mandatario; a falta de estas,
por los usos; y, a falta de unas y otros, por el juez.

En el Derecho Romano, el contrato del mandato tenía como característica


indispensable la gratuidad para su validez, de lo contrario el contrato era
considerado como nulo: nus gratutum nullum est. En tal contexto, se ha señalado
que el mandato era el contrato por el cual una persona da encargo a otra persona que
acepta realizar gratuitamente un acto determinado o un conjunto de operaciones
(PETIT). Sin embargo, también estaba permitida la remuneración de "honor" por los
servicios prestados por profesionales como filósofos, profesores y abogados,
contraprestación que siempre era determinada por el juez, no por las partes. En la
evolución histórica, entonces, el mandato al principio fue esencialmente gratuito, luego
se optaba entre su carácter gratuito u oneroso, distinguiéndose entre mandato civil o
comercial y ahora, generalmente en las legislaciones modernas, es oneroso por
presunción de la ley. Así, siguiendo la tradición denotada, el Código Civil de 1936
estableció como principio el de la gratuidad del mandato, por naturaleza, salvo en el
caso de la segunda parte de su ARTÍCULO 1635, en el que presuponía su
onerosidad. Conforme a dicho precepto el mandato se presumía gratuito a falta de
estipulación en contrario. Empero, si el mandatario tenía por ocupación el desempeño
del servicio de la clase a que se refería el mandato, se suponía la obligación de
retribuirlo (CARDENAS QUIROS). En el Código Civil vigente, el mandato goza de la
presunción de onerosidad, pero no como característica esencial. Así también,
observamos que el ARTÍCULO permite la gratuidad del mandato siempre y
cuando ella sea pactada expresamente por las partes; ello porque la presunción no es
iuris et de iure (absoluta) sino solamente de carácter iuris tantum (relativa), en tanto en
este caso la ley presume la existencia de algún hecho o situación (la onerosidad),
salvo que exista un pacto expreso que sirva de asidero probatorio en contrario. Nótese
como característica común de todos los tipos de presunción ¬incluidas las judiciales¬la
utilización de la probabilidad, que en el caso de las presunciones legales, como la
que examinamos, está ligada a la elaboración técnica de la propia norma jurídica.
No siempre es sencillo establecer si nos encontramos frente a una presunción
relativa o absoluta. Al respecto, se requiere de una interpretación de la ley: se
verifica la segunda hipótesis cuando está prevista ¬elaramente¬ una presunción
precisándose que no es admitida prueba en contrario. Las presunciones para las cuales
no puede llegarse a la conclusión que se tratan de presunciones absolutas, deben
considerarse presunciones relativas. En algunos casos, además, la prueba en contrario
de la presunción es disciplinada por la ley, que admite solamente algunos tipos de
prueba, se habla entonces de presunciones mixtas o semiabsolutas (PAnl). Sobra decir
que al presumirse el mandato como oneroso, se ha "optado" por una postura idéntica
a la tomada por el Código Civil italiano de 1942 en su ARTÍCULO 1709,
superando, se ha dicho, una larga tradición en sentido contrario (LUMINOSO). Como
se puede advertir del comentario al ARTÍCULO anterior, la identificación de todo acto
de autonomía privada debe ser efectuada sobre la base de la función que este es
llamado a desarrollar, la que vendría individualizada a través de los efectos
jurídicos esencíales del negocio. Dicha función identificatoria se expresa, en el
programa negocial, en el cumplimiento por obra del sujeto investido del encargo, de
uno o más actos jurídicos por cuenta del sujeto que ha conferido dicho encargo. Para
poder identificar un mandato es necesario, pero también suficiente, que el
cumplimiento de la actividad gestoria resulte objeto de una previsión pactada, es
decir, que figure como resultado programado, no influyendo en cambio que después,
en fase ejecutiva, se realicen, en lugar de cuanto se ha originariamente previsto, otro
tipo de evento y en particular de una llamada entrada del mandatario en el contrato
(LUMINOSO). En general, para decidir si determinada actividad de determinación
subjetiva afecta al tipo negocial planteado por la norma, y con ello demostrar la
neutralidad del mandato frente a su concreta onerosidad o gratuidad, es necesario
utilizar el criterio acostumbrado que consiste en establecer, a la luz del principio de
elasticidad del tipo, hasta qué punto las modificaciones efectuadas por las partes a
la disciplina del tipo sean compatibles con el esquema preconstituido por la ley y
cuando, en cambio, tales modificaciones comporten una alteración del perfil
funcional de tales proporciones que determinen una deformación de la concreta
fattispecie del tipo mismo. En tal sentido, se puede ser categóricos en afirmar que
ninguna alteración funcional del mandato se produce en relación a la presencia o no
de una previsión convencional de compensación para el mandatario; se coloca al tipo
contractual del mandato entre aquellas figuras negociales así denominadas incoloras
o indiferentes respecto a la gratuidad y a la onerosidad (por ejemplo, mutuo y
depósito), pues su caracterización tipológica no está ligada a tales perfiles del
programa negocial (OPPO, LUMINOSO). Si la retribución o remuneración no es
establecida por las partes, entonces se determina en base a las tarifas profesionales o a
los usos; y en ausencia de ellas es determinada por el juez, señala en esencia el
ARTÍCULO ahora analizado. Se tiene, entonces, que las fuentes determinativas de
la compensación que corresponde al mandatario son múltiples. Por un lado, serán las
partes las que regularán la compensación. Está dentro de la autonomía de los sujetos,
cabe señalarlo, la elección de peculiares formas de compensación, como la llamada
retribución por el sobreprecio ¬frente a lo requerido por el mandatario¬ o el pacto de
una compensación subordinada a buen resultado de la gestión (LUMINOSO).
Incidamos sobre el hecho de que las partes pueden determinar libremente la retribución,
la que puede ser fija, es decir, basando en una suma total la remuneración y los costos
reembolsables; o puede consistir, como acabamos de anotar, en un porcentaje del
precio del negocio, o la utilidad del negocio; para ello se podrá incluir, en la
celebración del contrato, una cláusula indicando que el mandatario retendrá como
compensación el sobreprecio del mandato, es decir, la diferencia entre el precio mínimo
indicado por el mandante y el precio efectivo. Por ejemplo, de la venta de un inmueble
que concluya el mandatario por encargo del mandante, la retribución podrá
pactarse como la diferencia del precio establecido por el mandante y el precio efectivo
de la venta realizada por el mandatario a un tercero. De otro lado, se debe tener en
cuenta que, a efectos de fijar la retribución, el mandatario se compromete a cumplir
una prestación consistente en la conclusión de cierto negocio jurídico por cuenta del
mandante; no se obliga a lograr un determinado resultado, por ello, el buen resultado
del negocio no puede influir sobre el derecho a la retribución del mandatario. No
obstante, las partes pueden pactar que el mandatario para tener derecho a la
retribución obtenga en la gestión un buen resultado con respecto al interés del
mandante. Como podemos observar, la reciprocidad está bastante acentuada en el
mandato oneroso, pues el sinalagma funcional transcurre entre la prestación de hacer
del mandatario y la compensación debida por el mandante.

3. EXTENSIÓN DEL MANDATO ARTÍCULO 1792

El mandato comprende no solo los actos para los cuales ha sido conferido, sino
también aquellos que son necesarios para su cumplimiento.
El mandato general no comprende los actos que excedan de la administración
ordinaria, si no están indicados expresamente.

La norma, hay que expresarlo, tiene un antecedente directo, por no decir que es una
duplicación sustancial, que es el ARTÍCULO 1708 del Código Civil italiano de
1942, denotándose, como se ha puesto de relieve, la aplicación de esta regla extensiva al
negocio jurídico de apoderamiento en cuanto la procura habilita a realizar todos los
actos necesarios para el cumplimiento de aquellos para los cuales ha sido conferida;
y que la procura general no se extiende, salvo expresa indicación, a los actos que
excedan la administración ordinaria (DE NOVA). En primera instancia, el mandato
abarca, tiene como contenido, no solo las gestiones para las que se confiere, sino
también aquellas que son necesarias para su debido cumplimiento en satisfacción del
interés del mandante (GALLO), engarzándose la norma comentada con la auto y
heterocomposición del contenido del contrato de mandato: las partes pueden así
determinar el tipo de encargo o de encargos, como, también, dejar indeterminada la
naturaleza de los mismos; en otras palabras, el objeto del mandato puede comprender el
cumplimiento de un singular, de un solo encargo, o de más encargos determinados
sea por su naturaleza o por su número ( ... ); atendiendo a las diversas combinaciones
de las determinaciones convencionales atinentes al número y respectivamente al
tipo de los encargos asignados al cuidado del mandatario se han construido las
tradicionales distinciones entre mandato general y especial, entre mandato
conferido para uno o más encargos determinados, mandato a tiempo determinado y
mandato a tiempo indeterminado (LUMINOSO). Volveremos sobre la particular
distinción entre mandato general y especial a propósito de la operatividad de la
regla de extensión del mandato. Antes hagamos unas precisiones conceptuales
extraídas de la problemática a nivel normativo. En tal sentido, se puede afirmar que
este articulo guardaría formal y sustancialmente -aquí se encuentra la exigencia de
alcance sistemático ya anotadauna estrecha relación con la procura, a lo que se puede
agregar que el término uconferidones técnicamente propio del negocio jurídico
unilateral de apoderamiento a través del cual se efectúa el otorgamiento al representante
de la situación jurídica subjetiva denominada "poder¬facultad", reconducida por
algunos al fenómeno de la legitimación (BIGLlAZZI-GERI, BRECCIA,
BUSNELLI y NATOLl); en cambio, al tratar la temática del mandato como
contrato de gestión sobre un interés ajeno, el término adecuado habría sido el de
"celebrado", "concluido" o "realizado" para ser coherentes con la impronta contractual
de la normativa submateria. Otro aspecto relevante para anotar, en este punto, es
que los contratos no podrían ser concluidos para ser ejecutados de manera general o
especial, fenomenología que, más bien, encuadraría perfectamente, por decir, en la
panorámica de la representación con referencia a la situación jurídico¬subjetiva
atribuida al representante, lo que, en la perspectiva del mandato debería trasladarse
al contenido contractual establecido. Sin embargo, se señala que el mandato, al igual
que el poder, puede ser general o especial, según se refiera genéricamente al patrimonio
del mandante o a "actos" específicos de gestión (actos de disposición). Siguiendo el
texto del ARTÍCULO, entonces, se deberá diferenciar entre el mandato general y
especial; dicha clasificación se extrae a partir del ARTÍCULO 155 del Código Civil
que sintomáticamente también está referido al poder general y poder especial. Así, se
afirma habitualmente que el encargo efectuado en un mandato general consistiría en
la realización de todos los asuntos que interesen al mandante o de todos los asuntos
concernientes a una determinada esfera de intereses o relaciones del mismo (por
ejemplo, cuando un empresario –mandante determina con su mandatario que este
último celebrará los contratos que conciernan solo a la distribución de mercadería,
mas no a la adquisición de insumos); mientras que en un mandato especial se refiere a
uno o más actos singularmente determinados (MIRABELLI). Frente a esta postura, con
mayor precisión, se ha puesto de relieve que el mandato especial se caracteriza por la
determinación del tipo (y no necesariamente también por el número) de las
operaciones gestorias programadas, y el mandato general por la falta de especificidad
en cuanto al tipo y en cuanto al número de negocios, en forma tal de permanecer
caracterizado por la potencial idoneidad para retomar (incluir) cualquier tipo de
operación en una serie indeterminada de actos gestorios (LUMINOSO). En uno u otro
caso, creemos oportuno destacar que el mandatario debe siempre observar el deber
de diligencia requerida para ejecutar o realizar la actividad negocial encomendada, de
lo contrario, el mandatario sería civilmente responsable frente al mandante: el mandato
sea general o especial debe ser ejecutado teniendo siempre en la mira a los intereses del
mandante.
4. OBLIGACIONES DEL MANDATARIO OBLIGACIONES DEL
MANDATARIO ARTÍCULO 1793

El mandatario está obligado:

1. A practicar personalmente, salvo disposición distinta, los actos


comprendidos en el mandato y sujetarse a las instrucciones del mandante.
2. A comunicar sin retardo al mandan te la ejecución del mandato.
3. A rendir cuentas de su actuación en la oportunidad fijada o cuando lo exija el
mandante. Una vez que se celebra el contrato de mandato, el mandatario se
encontrará especialmente obligado a ejecutar personalmente el mandato, a
comunicar la ejecución del mandato y a rendir cuentas del mismo.

 Ejecutar personalmente el mandato Por regla general, el mandato se celebra


por la confianza existente entre el mandante y el mandatario; y siendo así,
resulta ilógico exigir que sea precisamente el propio mandatario ¬y no un
tercero¬ quien ejecute el mandato. Obviamente, esta obligación implica el
cumplimiento total del encargo. De este modo, este precepto legal imprime el
carácter "intuitu persona e" al mandato, salvo que exista un pacto distinto.
Ejecutar el mandato no solo comprende una actividad directa del mandatario, se
requiere además que se realicen los actos jurídicos comprendidos en el
mandato, sujetándose a los Iineamientos del mandante. Esto puede traducirse,
en términos simples, de la siguiente manera: ¿qué tiene que hacer el
mandatario? y ¿cómo debe de hacerlo? Cuando el inciso 1) del ARTÍCULO
1793, en comentario, señala que el mandatario está obligado Ira practicar
personal, salvo disposición distinta, los actos comprendidos en el mandato"
apreciamos la primera y más importante limitación a la actuación del
mandatario. A través de ella, el mandatario solo podrá ejecutar aquellos actos
jurídicos que fueron claramente establecidos en el mandato, su exceso o
extralimitación significará una violación al acuerdo y, por ende, la ausencia de
responsabilidad del mandante frente al propio mandatario y a terceros. Dentro
de ese contexto, si estamos frente a un mandato especial (procuratio unicus
rei) resultará sencillo determinar si el mandatario actuó o no de acuerdo a lo
establecido en el mandato; distinto será el caso del mandato general (procuratio
omnium bonorum), en donde la amplitud o ambigüedad del encargo dejará un
campo abierto a la actividad del mandatario, pero siempre dentro de la
administración ordinaria, acorde con lo previsto en el segundo párrafo del
ARTÍCULO 1792 del Código Civil. Compartimos la opinión de los Mazeaud,
cuando afirman que en uno u otro supuesto, el mandato no necesariamente
obliga al mandatario a celebrar un acto jurídico, o a cerrar un negocio. Por
ejemplo, si se celebra un mandato con la finalidad que el mandatario compre
la casa de Juan, este contrato no lo obliga a celebrar el contrato de
compraventa sí o sí; pues debe de entenderse que la ejecución de su encargo se
realizará obteniendo las mejores condiciones para su mandante, pues
recuérdese que el mandato se celebra en interés de este último; entonces, el
mandatario no comprará la casa a Juan si no se le ofrece condiciones favorables;
en ese caso, podemos afirmar que el mandatario solo tendrá la obligación de
negociar ¬en los mejores términos¬ el contrato de compraventa, lo que no
implica que siempre se celebre el acto jurídico encargado. Obviamente,
distinto será el caso si el encargo solo consiste en firmar el contrato de
compraventa previamente negociado por el mandante, en donde solo quedará
pendiente suscribir el documento sin discutir sus condíciones, en tal supuesto el
mandato sí significará la ejecución de un acto concreto, que finalmente obliga
al mandatario a cerrar el contrato de compraventa. De otro lado, cuando esta
norma precisa que el mandatario está obligado a practicar personalmente los
actos comprendidos en el mandato y "sujetarse a las instrucciones del
mandante", impone la segunda limitación al accionar del mandatario. Así, este
últímo solo podrá ejecutar el acto jurídico encargado en la forma y en las
condiciones establecidas por el mandan te. Recordando el ejemplo propuesto
líneas arriba, si en el mandato se establece que la compraventa a celebrarse
con Juan se celebrará siempre que previamente se levanten todas las
afectaciones o gravámenes sobre el bien inmueble, el mandatario ¬acorde
con esta instrucción¬ quedará impedido de celebrar la compraventa hasta que
Juan sanee el estado jurídico del mencionado bien. En ese contexto, nos
parece importante compartir el pensamiento de Enneccerus ¬citado por
Cárdenas Quirós¬ quien señala que "al mandatario solo le es lícito apartarse
de las instrucciones recibidas cuando, conforme a las circunstancias, le sea
dable suponer que el mandante lo aprobaría si conociera la verdadera situación".
Por tanto, el mandatario estará obligado a respetar los lineamientos del
mandante; empero, tales instrucciones podrán ser dejadas de lado si el actuar del
mandatario le reportará mayores beneficios al mandante, o menores perjuicios.
Aquí destaquemos que procede esta excepción porque precisamente la
conducta del mandatario se ejerce buscando satisfacer de mejor manera el
interés del mandante, su comportamiento debe ser diligente de acuerdo al
encargo asumido, ni más ni menos; pero ¬como comenta Borda¬ esto no
excluye su deber de cumplir todos aquellos actos que, aunque no previstos
expresamente en el mandato, sean esenciales para el cumplimiento de los actos
previstos. Como se aprecia del inciso 1), el mandatario se encuentra obligado a
ejecutar el mandato en forma personal, salvo disposición distinta; esto es, las
partes intervinientes pueden válidamente pactar que el mandato pueda ser
ejecutado por el mandatario o por un tercero que designe, en forma indistinta.
De existir pacto, el mandato puede ser ejecutado por terceros. Aquí pueden
darse dos supuestos: a) que sea ejecutado por sus encargados o auxiliares; y b)
que sea ejecutado por un mandatario sustituto; en cualquiera de estos casos,
el mandante ha tenido que autorizarlo expresamente. Estas figuras, como lo
señala Cárdenas Quirós, resultan especialmente necesarias cuando el
mandatario no está en aptitud de desempeñar por sí solo las obligaciones que se
ha comprometido a ejecutar.
 Comunicar la ejecución del mandato Entendiendo que el contrato de mandato
se celebra en interés del mandante resulta adecuado que este se entere de la
ejecución del encargo; como correlato, corresponderá al mandatario informar
sobre el cumplimiento del mandato, sea total o parcial. Particularmente,
creemos que esta norma no solo impone la obligación de comunicar la
ejecución del mandato, sino también informar cómo se ejecutó. De igual
modo, el mandatario también estará obligado a informar de cualquier hecho o
circunstancia que le impida cumplir con el encargo. Precisamente a partir de la
comunicación del mandatario sobre la ejecución o inejecución del encargo, y
luego de constatar las circunstancias de cada caso, el mandante quedará
habilitado para pretender una indemnización por los daños que haya sufrido
producto del incumplimiento del contrato, sea por inejecución total o
ejecución parcial, tardía o defectuosa; asimismo, a partir de este momento el
mandatario está obligado a liquidar los gastos en que ha incurrido, ya
ejecutar otras obligaciones que más adelante analizaremos. Si bien es cierto
esta obligación resulta trascendente para cualquier tipo de mandato, pues se
celebra en interés del mandante, coincidimos con Cárdenas Quirós porque
resulta tener una "particular importancia tratándose del denominado mandato
sin representación, puesto que el mandatario queda automáticamente
obligado en virtud del mandato a transferir al mandante los bienes adquiridos
en ejecución del contrato"; es decir, a partir de este instante al mandatario se le
podrá exigir que cumpla con otra de sus obligaciones principales: ejecutar
los actos necesarios para "retransmitir" los efectos generados por el mandato
y realizados en interés del mandante. Desde el otro lado de la moneda, el
cumplimiento de esta obligación significará para el propio mandatario la
posibilidad de exigir las contraprestaciones a su favor. Por ejemplo, si el
mandatario informa al mandante que ejecutó totalmente el encargo, este
quedará ¬por contrapartida¬ obligado a pagarle la retribución pactada en el
contrato, a reembolsarle aquellos gastos en los que incurrió, o, en su caso, a
pedir aquella indemnización a que hubiere lugar si la ejecución del mandato le
generó daños.

3. Rendir cuentas

Como es lógico, la rendición de las cuentas se dará al término o conclusión del


mandato. Sin embargo, las partes pueden válidamente establecer una
oportunidad diferente para exigir y cumplir esta obligación. De manera
enunciativa, consideramos que rendir cuentas implica entregar liquidaciones,
recibos u otros documentos sustentatorios; ya su vez, significa devolver
documentos o cantidades de dinero, incluyendo, aquellos intereses generados
a favor del mandante luego de haber incurrido en mora. Como se aprecia, este
precepto es amplio, y debe entenderse que la rendición de cuentas ¬como
lo sostienen Díez¬Picazo y Gullón¬ "no es solo presentar un estado
numérico de diversas partidas con indicación del correspondiente saldo deudor o
acreedor, sino también de dar cuenta de todo lo actuado". Como lo sostiene
Cárdenas Quirós, por tratarse de un tema contable, el Código Civil no ha
regulado la forma cómo se presentan las cuentas; sin embargo, en resumen, la
liquidación final de cuentas debe ser detallada, clara, completa y sustentada
documentariamente; inclusive, establecer el saldo a favor o en contra del
mandante. Sobre el particular, Josserand considera que "es esta una obligación
general y esencial: incumbe a todo mandatario, y no se comprendería que
fuese dispensado de ella, porque la cláusula que tendiera a ese resultado
colocaría al mandante a merced de él". Particularmente, discrepamos de esta
opinión, pues finalmente resulta ser un derecho renunciable o disponible y,
por ende, se puede eximir al mandatario de esta obligación; más aún si no
existe prohibición en ese sentido.

 La necesidad de establecer otras obligaciones

Las obligaciones descritas en los numerales anteriores, y que se refieren a las


establecidas en el ARTÍCULO 1793 del Código Civil, son las esenciales; es
decir, aquellas que son connaturales a la esencia y naturaleza del mandato. Sin
embargo, cabe preguntarse ¿estas son todas las obligaciones necesarias?; de
modo muy particular, creemos que estas obligaciones deben ser ampliadas o
complementadas, y para ello debe existir pacto expreso. Por ejemplo,
recordando que el mandato se celebra en interés del mandante, resultaría
insuficiente que se imponga al mandatario solo la comunicación de la ejecución
del encargo, ¿por qué no establecer la obligación de una información continua
y/o periódica?, si precisamente es el mandante quien tiene interés en el acto
jurídico a realizarse. Esto podrá justamente otorgar la posibilidad al
mandante de conocer oportunamente cómo se está ejecutando el encargo y,
eventualmente, pretender su resolución o promover su revocación.

4. RESPONSABILIDAD DEL MANDATARIO POR EMPLEO


INADECUADO DE LOS BIENES ARTÍCULO 1794

Si el mandatario utiliza en su beneficio o destina a otro fin el dinero o los bienes que ha
de emplear para el cumplimiento del mandato o que deba entregar al mandante, está
obligado a su restitución y al pago de la indemnización de daños y perjuicios.

Este ARTÍCULO regula una responsabilidad civil contractual especial. Se establece


que estará obligado al pago de una indemnización aquel mandatario que utiliza el
dinero o los bienes del mandante en un modo distinto al convenido; entonces nos
encontramos ante dos supuestos fácticos: el uso indebido del dinero o de los bienes
entregados para el cumplimiento del mandato y el uso de dinero o bienes por entregar
al mandante.
5. ESPONSABILIDAD SOLIDARIA EN EL MANDATO CONJUNTO
ARTÍCULO 1795

Si son varios los mandatarios y están obligados a actuar conjuntamente, su


responsabilidad es solidaria.

El mandante, por su libre voluntad, puede válidamente derivar el "encargo" en más de


una persona; así, puede encargar a varios mandatarios que cumplan con el mismo acto
o una serie de actos, pudiendo estos actuar en forma conjunta, separada o sucesiva.
Cuando el ARTÍCULO 1795 del Código Civil establece la responsabilidad solidaria
de los mandatarios se refiere al mandato conjunto, es decir, a aquel celebrado para que
la pluralidad de mandatarios ejecuten el encargo en forma simultánea, y siempre por
cuenta e interés del mandante; en los demás casos, por ejemplo, cuando se trate de un
mandato sucesivo, cada mandatario responderá separadamente en función de la
propia actividad encomendada o efectuada, y no de modo solidario, como lo sostiene
Cárdenas Quirós. El ARTÍCULO 1183 del Código Civil establece que la solidaridad
de las obligaciones no se presume; esta condición debe provenir de la ley o
establecerse de modo expreso por las partes. Atendiendo al precepto legal
comentado, cuando dos o más mandatarios se obligan realizar un mandato en forma
conjunta este ARTÍCULO ha establecido una responsabilidad solidaria y, en tal caso,
todos y cada uno ellos responderá frente al mandante por los daños que genere la
inejecución total o la ejecución parcial, tardía o defectuosa del mandato, siendo
potestad del mandante dirigir la acción de responsabilidad contra todos, algunos o uno
de los mandatarios. La solidaridad para los comanditarios, como señala Spota, lleva
consigo dos supuestos: a) cada mandatario responderá por todos los daños generados
por la inejecución del mandato; y b) también cada mandatario responderá por los daños
generados por las faltas cometidas por sus comandatarios. Así, sobre los
mandatarios conjuntos y solidarios recae la responsabilidad in totum de las
consecuencias del incumplimiento del mandato y por las consecuencias derivadas de
las faltas de los comandatarios, es decir, por el hecho no propio. En este punto, y
aprovechando el tema tratado, nos queremos pronunciar además sobre la
responsabilidad en la que incurre el mandatario cuando emplea, con autorización del
mandante, el servicio de terceros -auxiliares o submandatariospara ejecutar el
encargo.
6. OBLIGACIONES DEL MANDANTE OBLIGACIONES DEL
MANDANTE ATÍCULO 1796

El mandante está obligado frente al mandatario:

1.¬ A facilitarle los medios necesarios para la ejecución del mandato y para el
cumplimiento de las obligaciones que a tal fin haya contraído, salvo pacto distinto.

2.¬ A pagarle la retribución que le corresponda ya hacerle provisión de ella


según los usos.

3.¬ A reembolsarle los gastos efectuados para el desempeño del mandato, con los
intereses legales desde el día en que fueron efectuados.

4.¬ A indemnizarle los daños y perjuicios sufridos como consecuencia del


mandato.

El mandante, quien es el sujeto en cuyo favor se realiza el mandato o encargo, asume


una situación jurídica compleja en la relación jurídica obligatoria que es creada
mediante el contrato de mandato. Esta situación jurídica compleja contiene diversas
situaciones jurídicas subjetivas, tanto de ventaja como de desventaja. De este modo
el sujeto mandante asume situaciones de ventaja (como acreedor) tales como:
derechos subjetivos y derechos potestativos, mientras que como deudor tiene las
situaciones de desventaja: deberes jurídicos y cargas. El Código Civil peruano, como
en otras figuras contractuales, pone especial atención en las situaciones jurídicas de
desventaja y coloca a la situación de deber jurídico el nombre de "obligación" que
desde nuestro punto de vista es errado. Así indica que el mandante tiene las
obligaciones que a continuación se desarrollan.

7. MORA DEL MANDANTE ARTÍCULO 1797

El mandatario puede abstenerse de ejecutar el mandato en tanto el mandante estuviera


en mora frente a él en el cumplimiento de sus obligaciones.

Tal como lo hemos indicado en el comentario anterior, el mandante asume respecto


del mandatario una serie de situaciones jurídicas subjetivas de desventaja
denominadas "deberes" y "cargas". Las primeras implican el desarrollo de conductas
necesarias para el logro de la satisfacción del acreedor, como es el pago de la
retribución respectiva, los gastos y la indemnización por daños derivados del mandato;
las segundas se refieren a aquellas situaciones que permiten (ayudan) a que este (el
mandatario) pueda cumplir adecuadamente sus prestaciones. Por tanto, el
incumplimiento de dichas situaciones (deberes y cargas) determinará que el
mandatario no pueda desarrollar de modo adecuado el encargo encomendado. Ante
ello, el mandatario podrá (derecho potestativo) suspender el cumplimiento de su
prestación a fin de procurarse del mandante la retribución, gastos e indemnización
prevista o los bienes (medios necesarios) que sean indispensables para el logro del
mandato y así permitir la satisfacción plena del interés del mandante.

8. PREFERENCIA DEL MANDATARIO PARA SATISFACER SUS


CRÉDITOS ARTÍCULO 1798

El mandatario tiene derecho a satisfacer los créditos que le corresponden según el


ARTÍCULO 1796 con los bienes que han sido materia de los negocios que ha
concluido, con preferencia sobre su mandan te y sobre los acreedores de este.

El ARTÍCULO en estudio se refiere a un derecho de preferencia que tiene el sujeto


mandatario respecto de otros acreedores con derecho a los bienes objeto del
mandato. De este modo y en tanto el sujeto mandante no haya cumplido con sus
prestaciones, conforme al ARTÍCULO 1796 del Código Civil, tendrá derecho (de
modo privilegiado) a realizar su crédito (derecho subjetivo) con el valor de los bienes
obtenidos mediante el mandato. Así, por ejemplo, si el sujeto mandante celebró el
contrato de mandato para que el mandatario adquiera a su nombre una colección
de monedas por un valor de US$. 5,000.00 (cinco mil dólares americanos),
habiéndose pactado una retribución de US$. 500.00 (quinientos dólares americanos) y
generado gastos por US$. 200.00 (doscientos dólares americanos), entonces el
mandatario podrá cobrar su retribución con alguna de las monedas adquiridas. El
mandante, quien también tiene derecho a los bienes adquiridos, no podrá requerir
al mandatario que privilegie su crédito antes que el de aquel (el del mandatario),
puesto que a manera de garantía, la ley le permite una situación privilegiada. Lo mismo
ocurrirá con los acreedores del mandante quienes tienen derecho al pago del precio
o contraprestación, pudiendo en todo caso requerir la devolución de los bienes
vendidos. En este caso estos también deberán respetar el privilegio previsto en la
norma para la satisfacción del interés del mandatario. 2. El Derecho de preferencia
¿Qué es el derecho de preferencia? El derecho de preferencia implica una posición de
ventaja que el ordenamiento jurídico establece a favor del sujeto acreedor para que este
logre la realización de su crédito. En virtud de este se reconoce una prelación (orden
temporal de preferencia sustantiva) privilegiada la que debe coordinarse con el orden
previsto en el sistema jurídico nacional respecto del orden de pago de las deudas; así,
luego de la realización de las deudas laborales (remunerativas y beneficios sociales) y
alimentarias (las que son deudas de primer rango), deudas sociales (seguridad social)
y tributarias, deudas garantizadas (por hipoteca y otras garantías), existen los créditos
no garantizados en cuyo contexto encontramos (salvo que se haya constituido una
garantía a favor del mandatario, lo que no es frecuente en la práctica) a los derechos de
crédito del mandatario. Es en este orden de preferencia que la norma jurídica
objeto de estudio, reconoce el derecho del mandatario. No podríamos afirmar (a
partir de una lectura literal de la última parte del ARTÍCULO que señala "( ... )
sobre su mandante y los acreedores de este", que el mandatario tiene mejor
derecho que un acreedor alimentario, laboral o hipotecario, quienes son "acreedores del
mandante".