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DENNIS C. SMOLARSKI, S.J.

COMO NO DECIR
LA MISA

Traducción de Alberto Román, C.M.

DOSSIERS CPL
41

Centre de Pastoral Litúrgica de Barcelona


Rivadeneyra, 6,7 - 08002 Barcelona
Título original: How not to say Mass.

Publicado por Paulist Press (997 Macarthur Boulevard, Mahwah, New Jersey 07430, USA),
en 1986

Tercera edición: diciembre de 1992

Edita: Centre de Pastoral Litúrgica


Rivadeneyra 6,7. 08002 BARCELONA
ISBN: 84-7467-161-2
D.L.: B. 42.292-92
Imp.: Multitext, s.a.

SUMARIO
Prólogo del traductor 5
Nota preliminar del autor 9
La función del símbolo y la liturgia 11
Dejar que los símbolos hablen por sí mismos 18
El presidente 23
Algunos principios litúrgicos generales 30
El rito de entrada 37
La liturgia de la palabra 43
La liturgia de la eucaristía 52
El rito de la conclusión 65
La concelebración 67
Sugerencias finales 71

SIGLAS UTILIZADAS
IGM R "Institutio Genera lis"del Misal Romano
OLM Orno Lectionum Missae (edición de 1981)
OM .Ordinario de la Misa
SC Sacrosanctum Concilium, del Vaticano II
CE Ceremoniale Episcoporum
PROLOGO DEL TRADUCTOR
Trae Ortega y Gasset, en la Rebelión de las masas, una historieta que le da pie para disertar
sobre lo que llama "la quiebra de las normas europeas" en el mundo: "El gitano se fue a confesar;
pero el cura, precavido, comenzó por preguntarle si sabía los mandamientos de la ley de Dios. A lo
que el gitano respondió: "Misté, padre, yo loh iba a aprendé; pero he oído un runrún de que loh iban
a quitó." De lo cual saca el filósofo una inmediata conclusión: "Corre un runrún de que ya no rigen
los mandamientos europeos y, en vista de ello, las gentes - hombres y pueblos - aprovechan la
ocasión para vivir sin imperativos."
¿No pasa algo parecido en el campo de la liturgia? A raíz del Concilio Vaticano II, y ante sus
disposiciones generales para la reforma de los ritos litúrgicos, se extendió por la Iglesia el runrún de
que se iban a quitar las rúbricas del Concilio de Trento. Y, en efecto, en años posteriores, quedaron
sin vigor las estrictas rúbricas tridentinas del Misal y de los Rituales; con ellas cayeron también los
mil y un decretos de la antigua Sagrada Congregación de Ritos, así como los minuciosos
comentarios de Solans-Vendrell y Antoñana.
El pueblo de Dios, sin embargo, no quedó privado de los oportunos imperativos litúrgicos.
Con la progresiva reforma de los diversos ritos, se dieron otros imperativos nuevos. No son tan
inflexibles como los anteriores. Son menos mecánicos y más naturales y humanos. Más sobrios,
también. Pero son igualmente simbólicos y no necesariamente útiles. ¿Qué utilidad hay en besar el
altar o no besarlo, o en hacer la señal de la cruz o no hacerla? ¿Qué necesidad hay de elevar los
brazos, o de hacer una genuflexión o de revestirse la casulla? Hay, sin embargo, quienes piensan
que tales imperativos no existen; o que, si existen, no obligan a nada; o que, si obligan, a ellos les da
lo mismo. Glosando a Ortega y Gasset en el lugar citado, puede decirse que hay quienes "dando por
caducado el antiguo sistema de normas (rúbricas), no han aceptado el nuevo, y para llenar el vacío
se entregan a la cabriola" (en liturgia).
Son muchas, en efecto, las cabriolas que se han hecho y se siguen haciendo en el campo de
la liturgia, sobre todo en la Eucaristía. Unas se hacen por ignorancia, por no haberse enterado de lo
que la Iglesia, con su rica y sabia tradición litúrgica y cultural ha ordenado para los nuevos tiempos,
teniendo en cuenta la dignidad del culto a Dios, la santidad de los misterios y la condición humana
del pueblo de Dios. Otras cabriolas se hacen a impulsos de un individualismo "creativo" que
menosprecia las normas litúrgicas vigentes. Y ¡claro que no pasa nada! Sólo que el sufrido y callado
pueblo de Dios se ve manipulado y sometido a las arbitrariedades de cualquier celebrante
"inspirado" o de cualquier equipo litúrgico "creativo" que lo traen y lo llevan a su antojo haciendo
de sus gustos personales una ley más férrea e inflexible que las rúbricas del antiguo Misal.
Está claro que la mayor parte de las cabriolas litúrgicas no tienen otra transcendencia que la
de sustituir la unidad -no ya la uniformidad- por la arbitrariedad rayana a veces con el infantilismo o
la vulgaridad. De algunas pocas no se puede decir lo mismo. Por ejemplo las que afectan a la
plegaria eucarística. Guardo como pieza digna de una antología del disparate litúrgico una "plegaria
eucarística" redactada en un convento para la renovación de los votos. Además de ser un diálogo
entre el presidente y la asamblea, se llega en ella a modificar nada menos que la fórmula de la
consagración, es de suponer que por inadvertencia. Toda la plegaria se dirige no al Padre sino al
Hijo; y la consagración del vino se formula textualmente así: "Al final de la cena tomaste la copa de
vino, y se la pasaste diciéndoles: Tomad y bebed todos de ella, ésta es la copa de mi sangre, sangre
de la antigua y nueva alianza que será derramada...". Naturalmente el capellán se negó a recitar
semejante "plegaria" pues, entre otras cosas, le parecía que la sangre de toros y machos cabríos, la
de la antigua alianza, no se hace presente en la copa de la salvación. A las monjas en cuestión les
pareció poco flexible la actitud del capellán no queriendo secundar la cabriola litúrgica que les
había inspirado su creatividad y que habían fotocopiado esmeradamente para uso de toda la
asamblea.
Algo hay que hacer para evitar dislates como ése y otros menores. En este sentido, este
librito puede ser una ayuda eficaz. No se trata de volver a la mentalidad ni a las prácticas del
sistema anterior a la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II. Seria anacrónico y absurdo. Lo que
sí hay que hacer es imbuirse del espíritu de la liturgia que anima las normas y rúbricas vigentes,
conocerlas mejor y ejecutarlas con tanta fidelidad como naturalidad, valorando el reino de los
símbolos en que se mueven. Cuando esto se observa, se comprueba fácilmente que la sobriedad
misma del rito romano reformado, ordenando el proceder del pueblo de Dios -ministros y fieles
reunido en asamblea eucarística, da a la celebración un dinamismo y una vida que hacen de ella una
profunda experiencia cristiana.
Esta experiencia no se reduce a un estéril sentimentalismo piadoso. La misericordia del
Padre, celebrada en la fe con la acción de gracias por Jesucristo y en el Espíritu Santo, impulsa a los
participantes a "promover el progreso de los pueblos y a realizar en la caridad las exigencias de la
justicia" (Oración postcomunión de la Misa por el progreso de los pueblos), de modo que "el amor
con que nos alimenta (Dios) fortalezca nuestros corazones y nos mueva a servirle en los hermanos"
(Oración colecta del domingo 22).
No en vano afirma el Concilio Vaticano II que "la liturgia es la cumbre a la cual tiende la
actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza... puesto que la
alianza de Dios con los hombres en la Eucaristía enciende y arrastra a los fieles a la apremiante
caridad de Cristo". Dos condiciones pone el Concilio para asegurar esta "eficacia de la Eucaristía",
y son: que no sólo se observen las leyes relativas a la celebración válida y lícita, sino también que
los fieles participen en ella consciente, activa y lícitamente (SC 10-11).
La convicción de que este librito puede contribuir a mejorar nuestras celebraciones litúrgicas
en el espíritu del Concilio Vaticano II es lo que me ha movido a ofrecérselo a los amantes de la
liturgia traduciéndolo al castellano.
Alberto Román, C.M.

Este dossier es traducción del libro How not to say mass, publicado en los Estados Unidos
de América. Por ello, el lector observará de vez en cuando referencias a aspectos de la práctica
litúrgica y también de la vida norteamericana que no coinciden con los españoles. Y encontrará
también a menudo citas de autores norteamericanos de los que hemos preferido no dar referencia
bibliográfica, dado que se trata habitualmente de libros de divulgación que no se encuentran
publicados en castellano.
NOTA PRELIMINAR DEL AUTOR
Este libro no está destinado exclusivamente a los sacerdotes. Se dirige a todos los que de un
modo u otro desempeñan en la liturgia algún papel activo, es decir, obispos, sacerdotes, diáconos,
lectores, acólitos, músicos, equipos de liturgia y cristianos militantes. Por dirigirme a alguien en
concreto, decidí ofrecer mis observaciones directamente a los celebrantes que presiden la Eucaristía.
Pero en muchos casos, estas observaciones pueden tomarlas con provecho como dirigidas a ellos,
muchas otras personas, por ejemplo los miembros de los equipos litúrgicos. No pocas veces, un
equipo de liturgia prepara una celebración eucarística y el celebrante que la preside se limita
simplemente (y a veces erróneamente) a seguir a ciegas el guión preparado, diciéndose a sí mismo
que "los miembros del equipo litúrgico saben lo que se hacen."
Mi intención principal es despertar en las personas, particularmente en quienes presiden la
Eucaristía, el interés por la celebración auténtica según el Rito romano reformado. No trato, como
han hecho otros, de sugerir modos de "adaptar" el Rito romano a otras formas de celebración
"mejores". Por este motivo, las observaciones que siguen pueden parecer inútiles y hasta aburridas a
los lectores relacionados con algunos pequeños grupos o comunidades "progresistas", que tal vez se
extrañen de que haya puesto tanto esfuerzo en un proyecto de tan escasa utilidad.
Mi experiencia litúrgica es bastante distinta. La mayor parte de los cristianos, incluídos
muchos de los que presiden, parecen ignorar lamentablemente los principios básicos de la liturgia, a
juzgar por lo que se ve en las celebraciones de la Eucaristía "conforme al Misal romano". Las
observaciones que siguen tratan de ayudar primeramente a esos cristianos.
Pero mi experiencia me dice que también las Eucaristías "adaptadas" de pequeños grupos
pueden ser tan anti-litúrgicas como las celebraciones hechas conforme al Misal romano. Esto
sucede cuando los que presiden y sus ministros no tienen un verdadero sentido de la naturaleza
simbólica de la liturgia renovada ni un adecuado sentido del drama tal como esto se aplica al
ministerio y movimiento litúrgicos. Modificar oraciones, reordenar las partes de la liturgia,
redistribuir funciones litúrgicas, todas esas cosas por sí mismas no dan como resultado una liturgia
"mejor", si se ignoran los fundamentos de la liturgia y si los dirigentes de la celebración desconocen
los símbolos básicos y los gestos fundamentales integrados en la bimilenaria tradición del culto
cristiano.
Mi deseo es que este libro despierte en el lector o lectora un verdadero interés por esas cosas
fundamentales, sea cual sea el ambiente en que se mueva.
LA FUNCION DEL SIMBOLO
Y LA LITURGIA

En los "buenos tiempos pasados" (aunque muchos dudan de que fueran realmente buenos),
todos sabíamos bien, o pensábamos que sabíamos bien, de qué iba la Misa: era el misterio de la
transubstanciación; era el sacramento de la Comunión. Causaba sus efectos ex opere operato y,
como además se decía en latín, nadie tenía que preocuparse mayormente ni de la inteligibilidad ni
del "estilo".
El símbolo era sospechoso. Los protestantes hablaban de la presencia "simbólica" de Cristo
en los elementos eucarísticos. Pero los católicos nos interesábamos por su presencia "real".
Aunque el catecismo nos decía que "un sacramento es un signo sensible, instituído por
Cristo, para dar la gracia", realmente no muchos católicos tomaban bastante en serio lo del "signo
sensible". Los sacramentos eran signos por cuanto podían ser percibidos por los sentidos. Pero lo
importante en ellos (conforme a la metáfisica de Aristóteles, bautizada por Santo Tomás de Aquino
y canonizada en el siglo XV por el Concilio de Florencia) eran la "materia" y la "forma", es decir
los elementos aptos (el pan, el vino, el óleo santo, el agua bendita) y las palabras correctas. Con tal
de que las palabras correctas se dijeran sobre los elementos aptos o los sujetos capaces, el
sacramento "causaba su efecto", "agarraba", era "válido", y no había que repetirlo. La gracia estaba
garantizada, puesto que en eso precisamente consistía lo del ex opere operato.

Signos, símbolos y estilo de celebración


Sin embargo, los estudios litúrgicos patrocinados por el Movimiento litúrgico de los últimos
decenios han cambiado todo eso, al menos en un aspecto. Hasta en los documentos oficiales vemos
cómo se ponen de relieve el signo, el símbolo y el estilo. Autores contemporáneos describen los
sacramentos de una forma que escandalizaría a nuestros antecesores, pero con palabras que
probablemente están más cerca de lo que sucedía por lo menos en las primeras generaciones
cristianas. Por ejemplo, el teólogo norteamericano Tad Guzie escribe: "Un sacramento es una acción
festiva que reúne a los cristianos para celebrar su experiencia viva y recordar su historia común. Tal
acción es un símbolo de la solicitud de Dios por nosotros. La actualización del símbolo nos
aproxima los unos a los otros en la Iglesia, y al Señor que está ahí para nosotros".
Véase también la definición de liturgia propuesta por el P. David Power: "La liturgia es una
acción por la que el testimonio de Dios es oído y asimilado, la experiencia de la comunidad es
transformada y la presencia divina se revela".
Hasta en los documentos oficiales se observa un cambio radical de expresión, (a veces
ilógicamente yuxtapuesta a fórmulas antiguas), en las introducciones a los ritos litúrgicos. Tómese,
por ejemplo, lo que sobre el signo y símbolo dice la IGMR al hablar del pan que debe usarse en la
Misa: "La naturaleza misma del signo exige que la materia de las celebración eucarística aparezca
verdaderamente como alimento" (IGMR 283). Esto no es un ejemplo único y aislado de la nueva
mentalidad tan interesada en la autenticidad de los signos usados en las celebraciones litúrgicas.
Véanse a este propósito algunas citas más:
OLM 35: `Los libros que contienen las lecturas de la palabra de Dios, así como los
ministros, las actitudes y demás cosas, suscitan en los oyentes el recuerdo de la presencia de Dios
que habla a su pueblo. Hay que procurar, pues, que también los libros, que son en la acción litúrgica
signos y símbolos de las cosas celestiales, sean realmente dignos, decorosos y bellos".
IGMR 56h: "Es muy de desear que los fieles participen del Cuerpo del Señor con pan
consagrado en esa misma Misa (a la que asisten) y, en los casos previstos, participen del cáliz, de
modo que aparezca mejor, por los signos exteriores, que la comunión es una participación en el
sacrificio que entonces se celebra".
IGMR 240: "La comunión tiene una expresión más plena por razón del signo, cuando se
hace bajo las dos especies. Ya que en esa forma es donde más perfectamente se manifiesta el signo
del banquete eucarístico".
Ritual de la Pastoral de los enfermos, n. 107 (de la edición inglesa): "Si la unción ha de ser
un símbolo sacramental efectivo, debe usarse cantidad suficiente de óleo, de modo que sea visto y
sentido por la persona enferma como un signo de la curación del Espíritu y de su confortante
presencia. Por la misma razón, no es aconsejable secar el óleo después de la unción (1)

El uso bueno y malo de los símbolos


Esta nueva sensibilidad ante la función del símbolo en la liturgia necesita ser aceptada de
todo corazón si queremos dar vida a la liturgia en nuestro mundo de hoy. Veinte años después de la
promulgación de la Constitución sobre Liturgia del Concilio Vaticano II, no hemos acabado de
comprender las implicaciones y dinamismo de la liturgia renovada. Como escribió un comentarista,
no es que la nueva liturgia haya sido probada y encontrada inadecuada; lo que pasa es que nunca ha
sido probada de verdad.
Un problema notable de la liturgia de lejanos tiempos pasados era que teníamos demasiados
símbolos que, en su inmensa mayoría, nada tenían que ver con lo verdaderamente importante. El
problema del pasado más reciente y del tiempo actual es que hemos reaccionado demasiado
radicalmente contra la herencia del pasado, hemos echado por la borda todos los símbolos y de tal
modo hemos recurrido a la palabra que nuestras liturgias se han convertido en un torrente de
palabras que ocultan hasta los símbolos principales. Este torrente de palabras, examinadas
detenidamente, resulta ser un refrito de lo peor de la antigua teología litúrgica.
El mal uso de los símbolos y signos tiene también que ver con el espíritu de eficacia,
utilitarismo y minimalismo que impregna la vida moderna. Los restaurantes de McDonald y los
ordenadores personales se están convirtiendo en paradigmas de la buena liturgia y de las prácticas
litúrgicas. Las personas, sin embargo, no son máquinas y lo que puede ser tolerable, por útil, para
un mundo ajetreado, puede resultar muy perjudicial en el mundo de la vida y del amor de Dios.
Esta misma idea la expresa tal vez mejor la siguiente cita de un artículo publicado en el
Boletín Nacional de Liturgia en Canadá: "La Iglesia utiliza símbolos en la celebración de la liturgia.
Lo simbólico no es sólo el elemento material, sino también el uso que de él hacemos: usamos agua
para el baño bautismal, pan y vino para el banquete eucarístico, óleo para la unción del cuerpo en
varios ritos. Si usamos el símbolo en abundancia, estamos expresando la abundancia de los dones
de Dios en Cristo. Si somos mezquinos, utilizando un mínimo de gestos y acciones, hacemos difícil
que otros perciban la plenitud del amor de Dios. Una Iglesia que se contenta con el minimalismo se
verá atrofiada en su fe, en su liturgia y en el crecimiento del amor".
Puesto que nuestro culto comunitario está centrado en los símbolos, nunca se ponderará
suficientemente la importancia de usar bien los símbolos importantes, sin permitir que sean
relegados a segundo plano por otros relativamente menores. Esto contribuirá a que la celebración
sea mejor en su conjunto. Quedan aún demasiados resabios de la antigua actitud de "con tal de decir
correctamente las palabras de la forma, lo demás no es realmente necesario".
Somos no pocos los que aprendimos el significado del ex opere operato antes del Vaticano II
y, veinte años después, aún no hemos conseguido relegarlo a un segundo plano.

1
En el Ritual de la Unción y Pastoral de Enfermos, los obispos españoles vienen a decir lo mismo, en el n. 71: La
unción debe hacerse "con cantidad suficiente de óleo para que aparezca visiblemente como una verdadera unción" (N.
del T.)
Recientes estudios de laboratorio han demostrado que sólo un 20% de la comunicación
humana es verbal, y un 80% es no verbal. Usar bien el símbolo es importante porque es el medio
con que mayormente se realiza la comunicación en nuestras celebraciones litúrgicas.
Desafortunadamente tratamos de liturgia, como tratamos otros asuntos en nuestro mundo cerebral y
tecnológico, con un racionalismo que amortigua el amor y seca el corazón. Tal actitud milita contra
la buena calidad de la liturgia en nuestro mundo de hoy. Como escribe el P. David Power: "Hay que
tener en cuenta la crisis contemporánea del símbolo, para entender mejor qué valores están en juego
en la renovación de la liturgia como un sistema de símbolos, y también para entender tal vez por
qué un tratamiento demasiado cerebral y organizativo del cambio litúrgico no ha producido los
frutos que aparentemente se pretendían".
El documento sobre Ambiente y Arte en el Culto Católico, publicado con la aprobación de
los obispos norteamericanos en 1978, dedica dos párrafos a la idea de la "apertura de los símbolos",
y vale la pena recordar lo que dice, especialmente porque estudia el problema del minimalismo
litúrgico, y porque es un documento litúrgico oficial de un grupo de jerarcas de la Iglesia:
14. "Cada palabra, cada gesto, movimiento, objeto y función debe ser auténtico en el sentido
de ser realmente nuestro. Debe proceder del más profundo conocimiento de nosotros mismos; no
debe ser descuidado, hipócrita, simulado, falso, pretencioso, exagerado, etc... La liturgia ha sufrido
históricamente de un cierto minimalismo y de una exagerada preocupación por la eficacia, debido
en parte a la acentuación de la causalidad y eficacia sacramental a expensas de la significación
sacramental. Conforme nuestros símbolos se iban reduciendo y petrificando en la práctica, se hacían
más manejables y eficaces. Todavía eran válidos; pero habían dejado de significar en su sentido
pleno y más rico.
15. La renovación exige la apertura de nuestros símbolos, especialmente los fundamentales
del pan y vino, agua, óleo, imposición de manos, hasta que podamos experimentarlos a todos ellos
como auténticos y apreciar su valor simbólico".
También el Boletín canadiense nos recuerda la importancia de lo simbólico en nuestras vidas
por encima de lo meramente legal: "La calidad de la celebración ejerce gran influencia en todos los
que participan en ella. Celebraciones flojas, descuidadas, apresuradas, verbosas, no preparadas o
anodinas debilitan la fe de todos los presentes. Celebraciones vigorosas, gozosas, cuidadosamente
preparadas y bien ejecutadas contribuyen a robustecer la fe y el amor de los participantes. Las
buenas celebraciones son signos de nuestra fe y pueden fortalecer la de todos los que participan en
el acontecimiento".
Las mismas ideas expresa con ligeras diferencias otro documento aprobado por los obispos
norteamericanos titulado La música en el culto católico: 4. "Los enamorados utilizan signos no sólo
para expresar su amor sino también para aumentarlo. El amor no expresado muere. El amor de los
cristianos a Cristo y a los hermanos, así como la fe en Cristo y los hermanos, deben ser expresados
con los signos y símbolos de la celebración o, de lo contrario, morirán".
Los criterios para juzgar si una celebración fue "buena" no pueden reducirse ya a comprobar
si se observaron correctamente las rúbricas. Prueba de ello es que las rúbricas vigentes no
prescriben taxativamente las acciones y opciones como lo hacían en el Misal tridentino.
No pocas rúbricas ofrecen varias alternativas. Véase, por ejemplo, la rúbrica 136 del rito
para la Unción de los enfermos: "Letanía: Puede recitarse ahora o después de la Unción, o también
en ambos momentos. El sacerdote puede abreviar o adaptar el formulario según aconsejen las
circunstancias". Difícilmente se podrá encontrar en ningún otro lugar una rúbrica más flexible.
Otras rúbricas enuncian principios generales subyacentes, dejando la ejecución concreta a la
sensibilidad del que preside. En el rito de la Penitencia, por ejemplo, leemos: "41. Cuando el
penitente se acerca a confesar sus pecados, el sacerdote lo acoge cordialmente y lo saluda con
amabilidad."
En nuestro mundo contemporáneo, nuestras liturgias contemporáneas deben ser juzgadas por
criterios contemporáneos basados en una visión contemporánea de la liturgia, del símbolo sagrado y
del ansia del hombre por el amor divino.

La "via negativa" y la intención positiva


Este libro es un intento encaminado a abrir los ojos a ciertas perspectivas y criterios
contemporáneos.
El intento se hace por vía negativa, por el método de ejemplos contrarios. Es éste un método
usado durante siglos tanto en teología como en otras ciencias, especialmente en física y
matemáticas. Se aprende un concepto examinando lo que NO es. No
podemos, por ejemplo, decir muchas cosas positivas de Dios; pero podemos expresar lo que
Dios NO es.
Es de esperar que las reglas negativas, los ejemplos y los principios enunciados a lo largo de
este libro produzcan efectos positivos y una estima positiva de lo que debe ser la liturgia renovada,
y un aprecio positivo de lo que debe estar y no estar en toda buena liturgia y una constatación
positiva de cómo las prácticas tridentinas que aún se filtran en nuestras celebraciones litúrgicas lo
hacen en detrimento de la experiencia sacramental de los cristianos postconciliares del Vaticano II.
¿No originará este método negativo una visión deprimente de la liturgia? No
necesariamente. Los Diez Mandamientos están casi todos ellos redactados negativamente y sin
embargo son la base de una alianza muy positiva con Dios. De las bienaventuranzas en la versión de
San Lucas (6,20-26), cuatro bendiciones positivas van acompañadas de cuatro anatemas negativos.
Conjuntamente expresan un equilibrado estilo de vida para todo seguidor del Señor. Por otra parte,
las amonestaciones que Cristo dirige contra los fariseos son enteramente negativas en el evangelio
de San Mateo (23,13-16). Y sin embargo se traducen en enseñanza positiva para los discípulos de
Cristo.
Alguien podría acusarme de "puntillismo", de hacer montañas litúrgicas de los granitos de
arena de las rúbricas. Es cierto que no todas las rúbricas tienen el mismo rango. En el Decreto sobre
ecumenismo del Concilio Vaticano II se dice que "existe un orden o jerarquía entre las diversas
verdades de la doctrina católica" (2,11). Este principio es válido también en liturgia donde unas
cosas son más importantes que otras.
De ciertas celebraciones, sin embargo, se saca la impresión de que todo es igualmente de
escaso valor. Los detalles son importantes. La atención que se presta a los detalles es lo que da
excelencia a cualquier actuación, trátese ya de una representación dramática, ya de la interpretación
de una sinfonía, ya de la preparación de una comida.
El P. Robert Hovda cita a este propósito unas palabras de William Drake: "Quien quiera
hacer el bien a otros debe hacerlo con pequeños detalles concretos; buscar el bien "en general" es la
excusa del bribón, del hipócrita y del adulador. Ni el arte ni la ciencia pueden existir más que a base
de pequeños detalles organizados, no a base de vaguedades generales de la facultad racional".
Hay al presente muchas celebraciones litúrgicas a las que se califica de "buenas en general"
pero que, tras un examen cuidadoso de los pequeños detalles, se ve que dejan mucho que desear. En
toda buena receta culinaria, los pequeños detalles de las especias contribuyen a potenciar el sabor
del manjar principal; las especias no deben ahogar el manjar principal sino ayudamos a apreciarlo.
Y lo mismo se puede decir de la liturgia.
Puede parecer también que este libro está excesivamente preocupado con las leyes litúrgicas
y con las muchas rúbricas que existen, y no lo suficientemente interesado en el espíritu que las
anima.
En cierto sentido se puede decir que sí. A las rúbricas se les da bastante importancia en las
secciones que siguen, pero sólo porque creo que la ley trata de encarnar principios subyacentes muy
importantes y opciones culturales menos importantes, con el fin de preservar la herencia dentro de
una determinada tradición y conforme a un estilo cultural con el que la mayoría de la gente se siente
a gusto.
La ley, sin embargo, es sólo un aspecto de la liturgia. La liturgia es también cultura, teología
e historia, por citar sólo algunas disciplinas auxiliares. Se puede quebrantar una ley y al mismo
tiempo actuar correctamente desde un punto de vista teológico, psicológico, simbólico, histórico o
cultural. Mi experiencia, sin embargo, me dice que esto raramente ocurre así. Lo más común es que
cuando se quebrantan las rúbricas sufran también algún perjuicio otros aspectos de la experiencia
litúrgica, de la experiencia global de que se ocupa este libro: la experiencia que debe inducir al
pueblo a un amor más profundo en la alabanza de su Dios.
En algunos casos una ley puede ser buena porque elimina prácticas malas en la liturgia. Así,
por ejemplo, la ley que prescribe que no suene la música instrumental durante la Plegaria eucarística
(IGMR 12). No es necesario que la parte más importante de la Misa compita con la música. Esa
misma ley, sin embargo, puede observarse antilitúrgicamente cuando es necesario que un
instrumento apoye al celebrante si canta la Plegaria o a la asamblea en el canto de las aclamaciones.
En casos como éstos, es correcto "quebranta?" una interpretación no litúrgica de la ley sin perjuicio
ni del espíritu ni de la intención esencial de la ley.
Mi propósito es ayudar al lector a descubrir el verdadero espíritu de lo que pueden parecer
obscuras (y a veces antilitúrgicas) rúbricas y leyes. Hay que recordar que no porque algo sea legal
ya es moralmente bueno. Analogías notables tenemos en la legalización de los burdeles o del
aborto.
Por el contrario, no porque algo sea ilegal ya es moralmente malo o ilícito. Es legal en el
Rito bizantino usar pan con levadura en la Eucaristía, pero no lo es en el Rito romano. Las leyes son
más complejas de lo que a veces pensamos y menos absolutas de lo que nos inclinamos a creer.
Aunque las sugerencias que siguen a continuación se enuncian como absolutas, pocas cosas
son categóricas en este mundo. Las expresiones son ocasionalmente tajantes sólo para indicar la
importancia que los liturgistas dan a una norma concreta; pero algunas prácticas son susceptibles de
variaciones en circunstancias especiales. Sin embargo, cuando la excepción se convierte en norma,
entonces la fuerza de la buena liturgia se esfuma en perjuicio de la experiencia litúrgica de la
asamblea.
DEJAR QUE LOS SIMBOLOS HABLEN
POR SI MISMOS

Valora los símbolos en todas las esferas de la vida


Hay símbolos en todas las esferas de la vida, pero adquieren gran relieve en nuestra vida
espiritual por su presencia en la celebración eucarística.
Es un gesto altamente simbólico que un esposo obsequie a su mujer con una rosa. Pero si esa
rosa se la regala cada año en el aniversario de su boda, el gesto adquiere un significado mayor que
el de una simple flor.
Algo así pasa con la Eucaristía, que adquiere mayor sentido cuando la consideramos en el
contexto de otros símbolos religiosos, y los símbolos religiosos en el contexto de otros símbolos no
religiosos de nuestra vida.
Como escribe el P. David Power: "La liturgia no es la única realidad simbólica pero está en
la misma línea de las Escrituras y otras manifestaciones como los iconos. Se diferencia de esas
cosas, no por su simbolismo, sino por ser la reunión y celebración de la comunidad, el lugar donde
la Iglesia asume forma plena, reuniendo todos los demás símbolos de este misterio en una gozosa
expresión comunitaria de la fe".
Aunque sea repetir, hay que decir que a veces nos inclinamos a desdeñar algunos símbolos
significativos en nuestra vida con gran detrimento de las relaciones personales. Gentes de otras
culturas interpretan los gestos mucho más simbólicamente y pueden ofenderse a causa de nuestra
actitud pragmática hacia ciertas acciones y cosas. Permítaseme citar dos ejemplos.
En noviembre de 1979, el papa Juan Pablo II viajó a Turquía para encontrarse en Estambul
con el patriarca ortodoxo Dimitrios I. Hubo un intercambio de regalos; pero para mucha gente pasó
desapercibido el gran simbolismo de los regalos intercambiados. El Papa regaló al Patriarca una
réplica de uno de los más famosos iconos de la Iglesia Romana: una copia del icono de Nuestra
Señora de Czestochowa; ello significaba la devoción de la Iglesia Romana a la Madre de Dios, y su
reverencia por la iconografía, que en la Iglesia Ortodoxa tiene el carácter de un sacramental. El
Patriarca regaló al Papa un omoforion, equivalente bizantino del palio, y que usan todos los obispos
bizantinos como símbolo de su autoridad. Esto simbolizaba que la Ortodoxia reconoce el
episcopado y la autoridad del Papa, aunque no admita su jurisdicción universal. Más que simples
baratijas, estos regalos eran signos de una voluntad de reconocer la verdad de las respectivas
posturas de cada Iglesia en cuestiones importantes.
Después del atentado que sufrió en 1981, el Papa dejó su lecho de convaleciente para hablar
brevemente en un encuentro de ortodoxos y católicos celebrado en la Basílica de San Pedro el día
de Pentecostés. En su discurso, el Papa citó a "San Gregorio Palamas", un teólogo que murió
después del cisma entre Oriente y Occidente en 1504. Gregorio goza de gran estima entre los
ortodoxos que celebran su fiesta el segundo domingo de Cuaresma. Nunca, sin embargo, ha sido
celebrada en Occidente ni en las Iglesias Orientales unidas a Roma. Tampoco ha sido canonizado
por la Iglesia Romana a causa de su dudosa teología. Que el Papa se refiriera a él llamándole "San"
Gregorio es otro ejemplo grandemente simbólico que probablemente hizo más por remediar la
división entre Oriente y Occidente que toda una serie de discusiones teológicas.
Los símbolos son importantes en la vida, aunque con harta frecuencia los pasemos por alto o
no les prestemos suficiente atención porque no son tan explícitos y prácticos como desearíamos que
fueran. Necesitamos ser menos prácticos y más reverentes cuando tratamos los símbolos de la
liturgia.

Recuerda que el símbolo básico de la Eucaristía


es un pan y un cáliz
Si no prestamos atención a los elementos centrales de la Eucaristía, estamos perdiendo el
tiempo. Si esos elementos quedan oscurecidos, algo está mal. Si se priva a la asamblea de la
plenitud de los símbolos básicos (por ejemplo, no comulgando del cáliz), el resultado es una
experiencia litúrgica empobrecida.
La unicidad es importante, y la más reciente legislación insiste en que durante la plegaria
eucarística y hasta la fracción del pan se usen sólo una patena y un cáliz. Esto, simbólicamente,
pone de relieve uno de los "frutos" de la Misa, la unión de la comunidad.
El pan debe parecer pan, y hasta el Misal exige la autenticidad del signo (cfr. IGMR 283);
pero el pan casero no es de un valor absoluto superior al signo fundamental de un pan y una copa.
Es curioso ver pequeñas "hostias caseras", o un pan casero previamente dividido en trozos pequeños
antes de empezar la liturgia. Admitido que sea necesario tener lo suficiente para no consagrar
demasiado, no se debiera valorar esa necesidad a costa de un símbolo más importante de la liturgia.

No perjudiques los símbolos litúrgicos importantes con una


innecesaria falta de orden
Un principio litúrgico básico es reconocer los símbolos mayores y hacerlos resaltar. Esto
supone con frecuencia facilitar que los símbolos destaquen por sí mismos en lugar de verse
difuminados por el desorden o el desequilibrio. Arquitectónicamente, los centros focales de la
liturgia en una iglesia son el altar (un símbolo de Cristo en el Apocalipsis), la fuente bautismal, el
ambón y la sede. Hacer que cualquiera de ellos compita con los otros, o aglomerar junto a un objeto
otros que impidan distinguirlo (por ejemplo, convertir el altar en un belén en Navidad) está muy
lejos de ser buena práctica litúrgica.
Idealmente, al principio de la Misa, no debiera haber nada sobre el altar, ni siquiera los cirios
que están más acertadamente colocados alrededor del mismo. Después de la procesión de entrada, el
evangeliario, si se usa, debe ser el único objeto presente sobre el altar. Más tarde, tras la procesión
de las ofrendas, lo ideal sería tener en el altar un solo cáliz y un pan (cfr. 1 Co 10); nada más debiera
estar a la vista. Está tolerado tener el Misal, aunque en los Ritos bizantinos ni siquiera está
permitido poner el Misal sobre el altar. Poner sobre el altar las vinajeras y el lavabo, cuando se
pueden colocar discretamente cerca en una credencia movible, es un crimen contra la buena liturgia.
Tener el cáliz en el altar desde el principio de la Misa está bastante lejos de lo ideal.
El celebrante no debiera hacer del altar una mesa escritorio de párroco, semejante al
escritorio que usa el presidente para los discursos sobre el estado de la nación. Para un presidente de
la nación puede ser apropiado tener a la vista sobre su escritorio y junto a los micrófonos unas
fotografías de su esposa e hijos, un juego de pluma y lápiz, las gafas de lectura, apuntes para su
discurso, etc...; pero el altar no es un escritorio y debe ser reservado para los símbolos de Cristo
únicamente: un pan, un cáliz, el libro de los evangelios y, en nuestra sociedad contemporánea, para
ayuda de la memoria del que preside, el Misal, aunque esto no era necesario en la Iglesia primitiva.
El celebrante debe procurar que se retiren de la mesa del Señor misalitos, hojas sueltas, gafas,
apuntes de homilía, feos micrófonos, etc.
No distraigas de la alabanza del Señor con símbolos "chocantes" ( 2) El salmo 150 sugiere
que alabemos al Señor con "címbalos vibrantes", pero con demasiada frecuencia "símbolos
chocantes" apartan de la alabanza de Dios en vez de fomentarla.
Hace varios años, me sorprendió una conversación que sostuve con un profesor de
comunicaciones de gran reputación en su especialidad. Me contó el profesor lo irritante que le

2
El autor hace aquí un juego de palabras con los términos "symbol" y "cymbal" que en inglés son homófonos. (N.del
T.)
resultó ver una de las Misas televisadas de Juan Pablo II. La causa de su irritación fue el reloj de
pulsera bastante moderno que usaba el Papa, y que era notablemente visible siempre que aparecía su
imagen en primer plano. Mi amigo, que a lo largo de muchos años se ha hecho muy sensible a las
formas subliminales de comunicación, al lenguaje corporal y a la fuerza de los símbolos, me dijo
que lo que le chocó grandemente fue ver al Papa, símbolo del cristianismo permanente, celebrar la
Eucaristía, símbolo del infinito amor de un Dios eterno a la raza humana, con aquel estridente
símbolo de la cultura moderna tan centrada en el tiempo. En vez de sentirse transportado más allá
de los límites de este mundo, mi amigo se sintió arrastrado a los peores aspectos de la vertiginosa
cultura de nuestra época.
He ahí un ejemplo de las estridencias de símbolos que pueden darse y se dan en la liturgia.
Pocas de ellas, si es que alguna lo hace, fomentan la vida de oración de la comunidad. Por eso
hemos de estar constantemente alerta contra esas posibles estridencias para eliminarlas si está a
nuestro alcance.

No subestimes la fuerza subconsciente de los símbolos


Robert Burns, en su poema "A un ratón", nos dejó unas palabras aplicables a muchas
situaciones humanas:
"Los planes mejor pensados de ratones y de humanos resultan, a veces, desatinados".
A pesar del cuidado que ponemos en hacer planes, a veces nuestros esquemas fallan, se
tuercen.
Uno de los más grandes fracasos de planificación en la reciente historia de los Estados
Unidos se produjo con la emisión de la moneda de un`dólar llamado el "Susan B. Anthony". Las
razones alegadas para su emisión eran, en general, bien pensadas y prometedoras. El proyecto, sin
embargo, fue un fracaso rotundo. Muchos atribuyeron dicho fracaso a un tácito problema simbólico:
"¿Cómo puede ser un dólar esto que parece una moneda de 25 centavos? No es americano tener un
dólar tan pequeño; un dólar debe ser o un billete o una moneda suficientemente grande como para
ser introducida en una máquina tragaperras de Nevada."
Desde el punto de vista racional y lógico, el dólar de "Susan B. Anthony" era una solución
económica a un gran problema: el del rápido deterioro de los billetes de un dólar. Pero ninguno de
los planificadores previó los problemas simbólicos que iba a suscitar ni el posible fracaso del plan a
causa del valor de los intereses simbólicos, no racionales, no prácticos, pero muy reales.
Tengo la impresión de que con frecuencia hacemos cosas parecidas en la liturgia. Nuestros
planes cerebrales parecen eficaces, pero desde el punto de vista de los símbolos resultan desastrosos
porque ni perduran, ni incrementan la fe y el compromiso de los miembros de la comunidad. Con
demasiada facilidad nos inclinamos a descartar los más importantes símbolos de nuestra liturgia,
como por ejemplo, el bautismo por inmersión y la comunión bajo las dos especies, porque son poco
prácticos. Pero el dólar "Anthony" se planeó como algo muy práctico y sin embargo no fue bien
acogido.
Lo práctico puede ser enemigo de la buena liturgia si ahoga algún símbolo fundamental, o lo
disimula, o lo reduce a una mínima expresión. Es necesario identificar los símbolos primarios de
nuestra liturgia, realzarlos sin preocuparse de la eficacia o practicidad, y experimentarlos en toda su
plenitud y, sólo después, planificar los aspectos secundarios de los ritos. Si dejamos que nuestros
símbolos fundamentales hablen por sí mismos con toda su fuerza, descubriremos que otras partes de
la liturgia se planifican más fácilmente, y así evitaremos fracasos litúrgicos análogos al del dólar de
"Susan B. Anthony".
EL PRESIDENTE

El presidente debe presidir


Presidir es una forma cultivada de arte análoga a la de dirigir una orquesta. El presidente
debe saber cuándo y cómo delegar, porque presidir no es acaparar y ser un "factótum". Pero también
debe ser cuándo y cómo ejercer su liderazgo permitiendo al mismo tiempo que ese liderazgo irradie
reverencia ante el misterio de comunicar con lo divino.
Buen número de presidentes tiene una voz apagada que irradia timidez más que energía.
Otros parecen querer ocultarse en el trasfondo, en nombre de la "igualdad bautismal" y de la
"democracia". No hay que negar la verdad teológica de que todos somos en cierto modo iguales por
nuestro común bautismo, ni que la democracia tiene un lugar también en la estructura de una Iglesia
jerárquica. Sin embargo, la liturgia necesita liderazgo, de la misma manera que una orquesta
necesita un director. Por consiguiente, una tarea constante de los sacerdotes es la de aprender a
presidir mejor con el fin de servir mejor al Pueblo de Dios reunido en asamblea.
Todos los años, desde hace ya varios, se agotan las entradas para el concierto navideño del
Mesías de Handel en el Auditorio Sinfónico Davies en la ciudad de San Francisco, en California. Se
trata de un concierto en el que el público canta, juntamente con el coro y la orquesta, algunos
pasajes del famoso oratorio. He ahí una buena analogía, en el plano secular, de lo que debe ser una
buena liturgia y una buena forma de presidir: el director (=sacerdote presidente) es indispensable;
los músicos y coro (= ministros de la palabra, de la música y de la eucaristía) son igualmente
indispensables; el público (= la asamblea) es también indispensable para que todo ello resulte en la
experiencia inolvidable que todos los asistentes esperan que sea. El director (=sacerdote-presidente)
no hace todo por sí mismo, pero su servicio es necesario.
Evidentemente, el paralelismo no es perfecto, pues, de ordinario, el director de orquesta no
canta ni interpreta el solo principal como debe hacer el celebrante principal de la eucaristía con la
Plegaria eucarística. Pero la comparación muestra cómo una buena liturgia es una coordinación de
esfuerzos.

No subestimes el papel del presidente


El P. Robert Hovda indica que el presidente tiene cinco tareas principales que realizar en la
celebración de la liturgia:
Dirigir la celebración entera, dejando a otros ministros sus tareas propias. El presidente debe
coordinar los diversos ministerios sin dejar de estar "al frente" de toda la acción litúrgica.
Marcar el principio y el fin de toda la celebración.
Dirigir la oración, en particular la Plegaria eucarística. En la tradición romana, el presidente
formula en voz alta cinco oraciones: la oración colecta, la oración conclusiva de las preces de los
fieles, la oración sobre las ofrendas, la Plegaria eucarística y la oración después de la comunión.
La Plegaria eucarística es, por supuesto, la cumbre de la oración del presidente, pero no lo
único que hace. Nótese que esto exige que otras oraciones, como la fórmula conclusiva de la
oración de los fieles, no sean delegadas en otros.
Distribuir la comunión por su propia mano. Observa el P. Godfrey Diekman, O.S.B. en un
estudio crítico de textos históricos, que una de las funciones clave del presidente es distribuir la
comunión de los elementos que ha consagrado, lo cual es una acción estrechamente vinculada a su
proclamación de la Plegaria eucarística. Hay que poner en tela de juicio, por tanto, la práctica de
confiar sin necesidad a otros la distribución de la comunión con el pretexto de que "todo lo que el
sacerdote tiene que hacer es decir las palabras de la consagración". También carece de fundamento
la práctica de encomendar la distribución de la comunión a los sacerdotes cuando preside un obispo
que mientras tanto descansa en la sede.
Proclamar la Palabra. Esta es una función ordinaria del presidente, aunque pueda delegarla
en otro, por ejemplo, un concelebrante o un diácono. Lo cual, como se verá más tarde, no quiere
decir que el presidente deba leer por sí mismo la Escritura durante la liturgia.

No exageres el papel del presidente


Una norma repetida en diversos documentos es que "todos los que intervienen en la liturgia,
ministros y fieles, cumpliendo cada uno su oficio, hagan todo y sólo aquello que les corresponde"
(IGMR 58; SC 28).
El presidente no debe absorber las funciones de otros ministros ni tampoco delegar en ellos
funciones presidenciales. Debe recabar el consejo de sus colaboradores al preparar la celebración,
pero, puesto que en último término es él quien únicamente preside, no debe dejar a otros el
desempeño de funciones propias de su oficio.
El presidente no debe dar la impresión de ser un hechicero reacio a quien sacan a su debido
tiempo para pronunciar unas fórmulas mágicas mientras otros dirigen realmente la acción. La
liturgia, como la actuación de una orquesta, es una coordinación de esfuerzos, oraciones, talentos y
competencias, hecha de tal modo que el resultado final sea la alabanza de Dios, y no que los
ministros se den palmaditas de enhorabuena en las espaldas.

No te olvides de la asamblea
La liturgia no es algo que el presidente hace para el pueblo; es algo que hace toda la
asamblea de cristianos cuyos talentos coordina el presidente.
El documento Ambiente y Arte de la Conferencia Episcopal subraya esta idea con las
siguientes palabras: "Entre los símbolos de que se sirve la liturgia ninguno es tan importante como
la asamblea de los creyentes... La experiencia más rica de lo sagrado se da en la celebración y en las
personas que celebran, es decir, en la acción de la asamblea: palabras vivas, gestos vivos, comida
viva. Esto constituía el corazón de las liturgias primitivas".

Nunca te limites simplemente a "decir Misa"


Pasaron los tiempos en que todo lo que el sacerdote tenía que hacer era "decir Misa".
Persiste, sin embargo, la antigua mentalidad que influye negativamente en más de una reunión
eucarística. El presidente ha de ejercer una función amorosa y servicial dirigiendo la asamblea de
los bautizados, pero nunca debe suplantarla ni arrogarse ministerios que propiamente corresponden
a otros. No es correcto, por tanto, que el presidente proclame personalmente todas las lecturas
cuando hay lectores competentes en la asamblea. El presidente no debe proceder como si la
asamblea fuera meramente la nata de un pastel y no el alimento principal.

No te arrogues la parte de otro


Más de un presidente tiene, por ejemplo, la costumbre de decir "amén" al concluir de
santiguarse al principio de la Misa. Haciendo así se arroga una respuesta propia de la asamblea y le
impide intervenir activamente en la celebración en ese momento. Esto puede tener efectos
perjudiciales en otros momentos de la celebración. Si muchos presidentes proceden así con
frecuencia, se produce un síndrome contrario al del perro de Paulov: la asamblea se acostumbra a
no responder.

No olvides que el presidente es una figura pública en un marco cuasi-dramático


Puesto que el presidente es una figura pública, acciones tolerables en privado resultan rudas
y ofensivas hechas públicamente en el contexto litúrgico. Siendo así que la liturgia es de hecho una
acción "cuasi-dramática" que utiliza movimientos, "coreografía" y un "guión", muchas de las
directrices útiles para los actores de teatro son aplicables a los ministros de la liturgia.
Es elemental, por ejemplo, que todos los ministros vistan pulcra y esmeradamente. Cíngulos,
por ejemplo, colgando de cualquier manera nunca deben permitirse.
Cuando hablan a la asamblea, los ministros deben establecer con ella un adecuado contacto
visual. Pocas cosas hay más contra-simbólicas que ver al presidente mirar al libro mientras dice "el
Señor esté con vosotros".
Cuando hablan al pueblo, los ministros deben cerciorarse de que se les oye, prescindiendo
incluso del sistema de sonido. Con harta frecuencia los ministros dan por supuesto que por tener
delante un micrófono no tienen por qué proyectar la voz y la reducen a un mero susurro. En muchas
ocasiones esto puede ser desastroso. La mayor parte de los sistemas de sonido están construídos de
tal manera que sólo una voz de tono normal es amplificada adecuadamente, y a menudo, los
sistemas de sonido de las iglesias dejan mucho que desear. Como consecuencia, en algunas iglesias,
el presidente tiene que luchar contra las "ayudas" electrónicas para poder ser oído por la asamblea.

No perjudiques ni la forma ni la continuidad de la liturgia


Hay celebrantes que presiden como si la liturgia fuera una yuxtaposición discontinua de ritos
no relacionados entre sí. Los peritos están de acuerdo en que las diversas partes de la liturgia
guardan entre sí una estrecha relación. Pero hay que esmerarse para transmitir dicha relación a la
asamblea. Algunos presiden como si no tuvieran conciencia de la unidad de la celebración y, lo que
es peor, dan la impresión de que van poniendo barreras que interrumpen la continuidad en diversos
momentos. Tales personas necesitan dedicar algún tiempo a familiarizarse con la liturgia, con su
unidad, con sus partes y sus conexiones.

No hagas los gestos como un autómata


Los gestos de la liturgia son gestos humanos, aunque estilizados y dramáticos. La
mentalidad litúrgica de antes del Vaticano II inducía a los presidentes a realizar los gestos más
importantes a modo de autómatas ejecutando ritos mágicos, y es de lamentar que más de un
sacerdote, cuya formación tuvo lugar antes del año 1965, se aferre todavía a ese estilo, bien que
inconscientemente.
Son cuatro los gestos más notables que merecen un comentario para aclarar cómo y cuándo
deben hacerse:
Manos juntas. Se ponen así cuando el presidente habla a la asamblea, por ejemplo, al decir
"oremos" antes de la oración colecta o cuando hace la introducción a la oración de los fieles.
Manos extendidas (a modo de saludo). Se hace este gesto al saludar a la asamblea, por
ejemplo, al decir "el Señor esté con vosotros". Es un gesto humano semejante al gesto que haría uno
antes de abrazar a un amigo.
Manos extendidas (orantes). Se adopta esa actitud para las oraciones presidenciales. No debe
hacerse este gesto para las oraciones privadas (como la oración antes de la comunión), ni en la
invitación que se hace a la asamblea antes de algunas oraciones ("oremos"). Este gesto debe ser
percibido también como un gesto humano dirigido al cielo, con las palmas casi derechas hacia
arriba. Las manos más o menos a la altura de la cabeza y los brazos a medio camino entre el frente y
los lados.

Manos extendidas (imposición). Es el gesto que se hace para las bendiciones y


consagraciones. Es una forma estilizada del gesto humano del contacto suave. Se usa especialmente
en la Ordenación, en la Reconciliación de los pecadores, en la Unción de los enfermos y en la
Confirmación. En la Eucaristía este gesto se hace sobre los dones al recitar la epíclesis de la
Plegaria eucarística, y también sobre la asamblea para la bendición solemne y la oración sobre él
pueblo.

Cuidado con omitir algunos gestos


Entre las pertenencias de toda monja que enseñaba en la escuela elemental se contaba la
chasca, aquel instrumento a manera de castañuela que se usaba principalmente para producir un
sonido inconfundible. Era el sonido que en la iglesia indicaba cuándo había que ponerse de pie,
arrodillarse o hacer genuflexión.
Muchos hemos reaccionado contra aquella estricta reglamentación y no pocos,
especialmente en las misas de grupos pequeños, han decidido que los católicos "ilustrados" han
superado los gestos y posturas corporales.
A pesar de ello seguimos siendo seres corpóreos. Nos comunicamos corporalmente y no por
gestos extrasensoriales. En el mundo secular observamos ciertos convencionalismos como ponemos
de pie para una ovación clamorosa o cuando algún dignatario entra en una sala de reunión. La
Iglesia ha usado convencionalismos humanos durante siglos por idénticas razones: permitimos
expresar con el cuerpo nuestra percepción de la importancia de algunas cosas o personas (ponerse
de pie o hacer genuflexión), o de la unidad (sentarse o levantarse), y para expresar sentimientos
(golpearse el pecho o arrodillarse).
Esos gestos son importantes tanto para la asamblea como para el presidente. El documento
Ambiente y Arte antes citado dice a este respecto: "La liturgia de la Iglesia tiene una rica tradición
de movimientos y gestos rituales. Estas acciones, sutil pero eficazmente, contribuyen a crear un
ambiente que puede favorecer la oración o apartamos de ella. Cuando se hacen a una fomentan la
unidad de la asamblea cultual. Cuando los hace el presidente pueden mover a toda la asamblea
comunicándole mayor unidad si se hacen bien, o disgregándola si se hacen mal".
No hay que prescindir a la ligera de los cambios de postura, por ejemplo. Puede parecer
engorroso en la liturgia de un grupo pequeño ponerse de pie para el evangelio o para la Plegaria
eucarística; pero por eso mismo la postura servirá para acentuar la importancia de dichas partes.
Puede parecer una minucia santiguarse al principio del evangelio o besar el evangeliario después de
proclamarlo; pero dichos gestos incorporan a la acción a cada cristiano presente, y confirman la
verdad de que adoramos a Dios no sólo con nuestra mente, sino también "con todo el corazón, con
toda nuestra alma y con todas nuestras fuerzas" (Deut 6,5).

No cantes si no puedes
Nadie tiene por qué abandonar la esperanza de cantar, aunque no sea un Plácido Domingo o
un Pavarotti; pero una de las mayores cruces en la Iglesia antes del Vaticano II era la de tener que
soportar los desentonados gorgoritos de un viejo párroco incapaz de cantar bien dos notas seguidas.
Puesto que en el Misal actual no hay nada en absoluto que deba ser cantado por el
presidente, éste no tiene que preocuparse de su inhabilidad para el canto. Ningún celebrante está
obligado a torturar a la asamblea con su falta de talento musical. Por otra parte el canto puede
realzar notablemente la liturgia cuando se hace aunque sea con un mínimo de competencia.
Si el presidente canta con voz pasable el prefacio y la doxología de la Plegaria eucarística,
puede contribuir a que muchos miembros de la asamblea, con voces igualmente pasables, canten la
alabanza de Dios: todo lo cual hará que la experiencia litúrgica sea más provechosa para todos los
presentes.

No descuides la preparación de los objetos materiales


Prepara en particular el Misal. No registres el Misal, pasando hojas a derecha e izquierda,
mientras la asamblea contesta. Esto es una ruda descortesía y puede considerarse como una falta
notable contra la buena liturgia.

Nunga hagas dos acciones (visibles) al mismo tiempo


Esto puede ser resultado de no preparar bien las cosas. Algunos celebrantes tienen que
buscar la oración colecta mientras la asamblea reza el Gloria a Dios en el cielo. Otros se ponen a
contar hostias sobre la patena mientras la asamblea proclama el Credo. Si los actores de teatro
hicieran algo análogo en el escenario durante la representación de una obra, la representación no
pasaría de la primera noche.
ALGUNOS PRINCIPIOS LITURGICOS
GENERALES

No tomes las leyes litúrgicas ni demasiado en serio ni tampoco a la


ligera
Las rúbricas y demás leyes litúrgicas que describen y regulan la liturgia son leyes humanas.
La mayoría de ellas pueden ser modificadas en el futuro. Son, sin embargo, un esfuerzo por esbozar
pautas de comportamiento humano en una determinada situación normal, por ejemplo, la liturgia
eucarística, basadas en la tradición, la teología, la cultura, la naturaleza de los símbolos, las
exigencias del evangelio y las necesidades de la comunidad.
Una determinada ley litúrgica puede corregir una mala práctica litúrgica; pero en otras
situaciones puede ser invocada de manera que entorpezca el desarrollo de una buena liturgia. La ley
debe ser respetada porque nos ofrece sabiduría de siglos y encama principios litúrgicos en acciones
humanas. Pero la ley no es un fin en sí misma; sólo el pueblo de Dios, congregado por el Espíritu
Santo para alabar al Padre de Jesús, es el fin verdadero.

No te contentes con un culto "chapucero"


La historia bíblica de Caín y Abel puede ser entendida como una historia de culto auténtico
frente a un culto "chapucero". Abel ofrecía a Dios lo mejor y su sacrificio fue aceptado. Caín se
contentaba con ofrecer lo peor de su cosecha, y su sacrificio fue rechazado. ¿Cuántas veces en
nuestras asambleas eucarísticas nos contentamos nosotros con lo menos malo, si no con lo peor?

No exageres ni rebajes la importancia de la Misa


La Constitución sobre la Liturgia del Concilio Vaticano II dice: "La liturgia es la cumbre a la
cual tiende la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza"
(SC 10). Pero añade: "La sagrada liturgia no agota toda la actividad de la Iglesia. Pues antes que los
individuos puedan llegar a la liturgia es necesario que sean llamados a la conversión" (SC 9).
"Liturgia" no es sinónimo de "Eucaristía".
La liturgia eucarística es la cumbre de toda la vida litúrgica, y la liturgia en general es la
cumbre de la actividad de la Iglesia. Sin embargo, la actividad de la Iglesia no debe ser identificada
con solo la Eucaristía. No obstante, hay en la tradición católica romana una equivocada tendencia a
"super-eucaristizar" en detrimento de otras formas de oración. Con el menor pretexto y por razones
fútiles se celebran Misas familiares en casas particulares. La Eucaristía como cumbre de la liturgia,
sólo tiene sentido si hay otras formas de liturgia. Y la liturgia como cumbre de la actividad de la
Iglesia sólo tiene sentido si hay otras formas de actividad.
No introduzcas o acentúes partes o acciones secundarias en
detrimento de las principales
El P. Robert Hovda nos propone un buen ejemplo de lo que supone esta práctica: "Si, por
ejemplo, al planificar una celebración eucarística, un grupo decide introducir un conjunto musical
para acompañar el canto, y un juego de diapositivas para crear ambiente, y un cuadro de
especialistas en mímica y danza para interpretar la lectura del evangelio, y no hace nada acerca del
pan y del vino, no sería irracional enviarles a todos a la cama sin cenar... Porque estamos
acostumbrados al minimalismo simbólico respecto a los sacramentos, nos inclinamos a pensar que
tenemos que recurrir a toda clase de elementos nuevos para salvar al pobre rito... Si prestáramos
mayor atención al pan y al vino, descubriríamos que el rito es rico en verdad".
Hasta los así llamados "subsidia litúrgica" pueden ser relativamente anti-litúrgicos o poco
litúrgicos. Hovda escribe a este propósito: "Hace años vino, a mis manos un folleto sobre la
celebración del bautismo. Estaba repleto de sugerencias acerca de los elementos periféricos de la
celebración; pero no decía ni una palabra acerca del baño bautismal, del lavarse con agua".
En el documento La música en el culto católico, de la Conferencia Episcopal americana,
encontramos una buena descripción de las partes principales y secundarias del rito litúrgico de la
Eucaristía. Cuando ritos secundarios eclipsan a los principales, estamos ante una liturgia mala. La
segunda parte de la Misa, por ejemplo, está estructurada por cuatro verbos repetidamente usados en
el Nuevo Testamento en los relatos de la Ultima Cena, la multiplicación de los panes y peces, y en
el episodio de Emaús: tomar, bendecir, partir y distribuir. Si el que preside realiza estas acciones de
modo que, por ejemplo, la fracción del pan quede eclipsada por el beso de paz o por la inmixtión
del pan y del vino; o si la acción de tomar el pan y el vino es eclipsada por el rito de lavarse las
manos, o la fracción del pan se anticipa a la bendiciónconsagración, el resultado es una experiencia
litúrgica bastante pobre para todos los asistentes.

No menosprecies las cualidades positivas


de la tradición litúrgica romana
Edmund Bishop escribe: "El estilo del rito romano primitivo se caracteriza por la sencillez y
el sentido práctico... en dos o tres palabras... por la sobriedad y el sentido común". El "sentido
práctico", sin embargo, no es necesariamente igual a la "eficacia" tal como se entiende en la cultura
secular americana de los años 80. Ni el interés del rito romano por la "sencillez" implica
menosprecio de los principios que se fundan en sólidos valores simbólicos. Con demasiada
frecuencia ciertas decisiones litúrgicas en nuestros días se toman por razones no litúrgicas so capa
de una mal entendida "sencillez y facilidad", que dan como resultado el empobrecimiento de la
liturgia.
Un pequeño ejemplo de la facilidad mal entendida lo tenemos en la posición del celebrante
en diversos momentos de la celebración. El Misal indica tres lugares concretos para diversas
ocasiones: la sede para los ritos de entrada y despedida (IGMR 86 y 138), y también para la liturgia
de la Palabra, puesto que el que preside debe ir al ambón sólo en caso de que no haya un diácono u
otro sacerdote asistente para leer el evangelio (IGMR 97 y 99); y el altar para la liturgia de la
Eucaristía. No es raro, sin embargo, ver al celebrante en el altar o en el ambón para el rito de
entrada simplemente por la dificultad de poner un micrófono adicional en la sede. He ahí una
situación en la que, en nombre de la sencillez y facilidad o sentido de lo práctico, la liturgia se
acomoda a una solución no litúrgica.
Otro ejemplo nos lo ofrece la forma y contextura del pan eucarístico. Ciertamente la forma y
contextura de las hostias usadas ordinariamente en las parroquias las hacen sencillas y prácticas;
pero esa sencillez y manejabilidad práctica están dictadas por un sentido de la eficacia ajeno al
símbolo fundamental de la Eucaristía, símbolo de un pan que partimos (Le 24, Hch 2, 1Co 10). Una
vez más se trata de prácticas litúrgicas basadas en motivos no litúrgicos y en detrimento de nuestra
experiencia cultual.

No busques un tema donde no lo hay


Ciertamente necesitamos concentrar nuestras energías y no dejar que nuestras liturgias
naveguen sin rumbo por un mar de ensueño. Pero el afán de centrar la atención degenera con
frecuencia en la pregunta "¿cuál es el tema de esta liturgia?" La liturgia, toda liturgia, tiene un solo
"tema": dar gracias a Dios por su acción en el mundo manifestada específicamente por la muerte y
resurrección de Cristo. Todo lo demás es accidental como la nata sobre un pastel. Cuando
bautizamos, incorporamos a alguien al cuerpo de Cristo, y por tanto a su muerte y resurrección.
Cuando perdonamos, lo hacemos en virtud de la reconciliación lograda para nosotros por la muerte
y resurrección de Cristo. Y lo mismo pasa en los demás ritos litúrgicos.
No es raro, sin embargo, que los equipos que programan una liturgia se esfuercen tanto por
encontrar un "tema" para la Misa y hacer que todo concuerde con él que se perjudica toda la
experiencia litúrgica.
Como escribe el P. Hovda: "Entendido correctamente, el tema es un modesto esfuerzo por
resumir en pocas frases el mensaje de las lecturas en el contexto tanto del año como de la situación
humana concreta. Sin embargo, el tema se propasa más allá de lo que sería de desear... Bendecir a
Dios dándole gracias y alabándole es el tema fundamental y más que suficiente de cualquier
celebración litúrgica".
El benedictino P. Patrick Regan hace a su vez el siguiente comentario: "La preocupación por
un tema es tan ajena a la liturgia como a cualquier otra celebración. La celebración surge de
acontecimientos, no de conceptos abstractos. Por supuesto que las celebraciones temáticas se sirven
de los acontecimientos evangélicos, pero sólo en cuanto esos acontecimientos dicen relación con el
tema elegido. Supeditando los acontecimientos evangélicos al tema previamente elegido, los
participantes no se entregan al acontecimiento en sí mismo, sino que toman de él sólo aquello que
conviene a su propósito, cerrándose así a la posibilidad de aceptar el acontecimiento tal como se
revela y presenta por sí mismo, recibiendo en cambio una confirmación mayor de su propia
elucubración temática. Esto no es ni celebración ni liturgia. Es simplemente auto-complacencia".
A veces el "tema" lo proporciona o la fiesta o el tiempo fuerte que celebra la liturgia. Por
ejemplo, la Navidad celebra el nacimiento del Señor, "tema" de por sí suficiente, que hace
innecesario analizar todas las lecturas de cada una de las cuatro Misas en busca de otro "tema". De
modo parecido, la Cuaresma nos ofrece un tiempo de preparación para volver a celebrar los
acontecimientos pascuales de la muerte y resurrección del Señor, y preparar a los catecúmenos para
el bautismo. En este contexto general, los diversos domingos de Cuaresma nos ofrecen modos
concretos de renovar nuestra mente conforme nos esforzamos por re-crear nuestras vidas en Cristo
recordando los sagrados momentos de su muerte y resurrección.
De este modo, el "tema" crea el ambiente, la atmósfera (como la de un buen restaurante)
para degustar la (sagrada) comida. Pero no domina la celebración de modo que ponga a la asamblea,
al celebrante y al mismo Espíritu Santo una camisa de fuerza de la que no pueden zafarse para
moverse con mayor libertad unos frente a los otros y todos frente a Dios Padre.
Creo que muchas liturgias mejorarían si pensáramos menos en términos de "temas", que son
pasivos y abstractos, y más en términos de "líneas de acción", "acontecimientos" y "retos", que son
conceptos más activos y concretos.

Nunca hagas ordinario lo excepcional


Las prácticas litúrgicas deben basarse en lo ideal, no en el criterio de "lo menos posible".
Ciertamente es lícito administrar el bautismo vertiendo en la frente del niño sólo unas gotas de
agua; pero la práctica litúrgica debiera basarse en algo simbólicamente más auténtico. Lo ideal, en
el bautismo, es la inmersión, aunque no sea posible hacerlo en todos los casos.
De modo parecido, es tolerable dar la comunión bajo una sola especie en reuniones muy
numerosas; pero propugnar la comunión bajo una sola especie en grupos pequeños simplemente
para ganar unos minutos no parece estar muy en conformidad con el espíritu de la nueva liturgia.

Cuando hagas adaptaciones en la liturgia,


no omitas sistemáticamente ciertas opciones
Este sabio consejo lo formula esencialmente el Directorio para Misas con niños (n. 40). Allí
se sugiere, por ejemplo, que el rito de entrada se adapte en las Misas con niños, pero de modo que
se usen rotativamente las diversas alternativas y ninguna de ellas se omita por sistema.
Este consejo vale para todas las liturgias, adaptadas o no. Hay, por ejemplo, parroquias y
celebrantes que nunca usan la bendición del agua para la aspersión en lugar del rito penitencial.
Algunos celebrantes usan siempre la fórmula primera o la tercera para el rito penitencial; u omiten
siempre el lavabo de las manos. Esto no son medidas acertadas ni para la unidad con la Iglesia
universal ni para la variedad en la liturgia.

Evita en la liturgia el estilo "bombero"


Antes del Concilio Vaticano II era una práctica bastante común que todo el clero parroquial
estuviera de servicio "al estilo bombero" toda la mañana del domingo. Un sacerdote decía la Misa,
y, en el momento oportuno, otro se presentaba en el presbiterio para predicar el sermón; terminado
éste, el predicador salía para tomar una taza de café (si no tenía que decir Misa más tarde) y
aparecía otra vez, junto con el resto de la "tropa parroquial", para distribuir la comunión y
desaparecer de nuevo mágicamente. Como los bomberos de un incendio, salían de no se sabe dónde
y desaparecían cuando pasaba la emergencia.
El Misal actual se inspira en un renovado espíritu de autenticidad. Los sacerdotes nunca
deben vestir como diáconos (IGMR 299). El pan debe parecer alimento (IGMR 283). La comunión
debe ser distribuída bajo las dos especies cuando sea posible (IGMR 240).
Siendo esto así, resulta contrario a la autenticidad de los símbolos, y por tanto empobrecedor
para la liturgia en general, que alguien que no participa plenamente en la experiencia litúrgica, por
no estar presente todo el tiempo de la celebración, ejerza un ministerio litúrgico importante como
predicar la homilía o distribuir la comunión. Hay, por supuesto, ocasiones incluso normales, en que
el "estilo bombero" puede ser tolerado.

No prescindas de la sede presidencial


La sede presidencial es uno de los polos de la acción litúrgica. La sede (y también el ambón)
se usan aún en aquellos ritos que no incluyen la celebración de la Eucaristía, como la Liturgia de las
Horas.
Simbólicamente, la sede responde a la necesidad que tienen las sociedades humanas de que
alguien modere su asamblea, o a la costumbre que tienen muchas familias de designar una silla o
sillón especial como "la silla de papá". Litúrgicamente la sede presidencial desempeña en una
iglesia el mismo papel que la "cátedra" o sede del obispo desempeña en la catedral diocesana: es un
símbolo del liderazgo en la comunidad. No es una mera concesión a la debilidad humana. En las
iglesias bizantinas, se reserva para el obispo una silla especial, aunque la use sólo una vez en varios
años. La sede no es "descartable". Es un lugar que debe ayudar al celebrante a presidir la asamblea
con vigor y solicitud, que por eso mismo no debe ser un trono. Cuando hay concelebrantes, estos
deben comprender que presidir es función de una persona, no de una comisión, y que, por lo tanto,
debe haber sólo una silla presidencial; el presbiterio no debe disponerse como cuando una junta de
gobierno en un colegio preside conjuntamente una solemne sesión académica o como cuando el
consejo de administración de una compañía preside una junta de accionistas. Los concelebrantes
deben sentarse discretamente a un lado, pues son más bien parte de la asamblea, que no epígonos
del celebrante principal.
El P. Eugene Walsh, S.S., nos ofrece estos pensamientos: "El principio que mejor que otro
alguno determina el lugar más adecuado para el celebrante principal en una concelebración es el
que más favorece su presencia inmediata ante la comunidad que celebra... Nada debe obstaculizar la
inmediatez de su contacto con la humanidad... El celebrante que preside no necesita un trono... pero
sí debe tener una sede digna... Para acentuar su liderazgo, el celebrante principal debiera sentarse
solo".

Nunca pongas una cruz pequeña sobre el altar


El Misal tridentino prescribía que el celebrante mirara al crucifijo del altar en ciertos
momentos, por ejemplo, durante las oraciones del ofertorio. Esto no lo exige el Misal moderno, que
por otra parte manda que la cruz quede bien visible ante la asamblea congregada (IGMR 270). Los
signos importantes no deben estar duplicados en la nueva liturgia (IGMR 278). De ahí que no deba
haber sobre el altar un segundo crucifijo por razón del celebrante.

Nunca omitas el silencio


Casi todos los celebrantes observan la pausa de silencio después de la comunión, antes de la
última oración, pero no es raro que dicho silencio sea "roto" por la purificación de los vasos
sagrados.
El silencio es de verdad un silencio para toda la asamblea sólo cuando todos y cada uno oran
en silencio y nadie, ni siquiera el que preside, hace ninguna otra cosa.
Por otra parte, son pocos los celebrantes que guardan debidamente otros momentos de
silencio, por ejemplo, después de la invitación "oremos" en la oración colecta, después de cada
lectura y después de la homilía. Estos debieran ser también momentos de verdadero silencio y no
meras insinuaciones de silencio.
EL RITO DE ENTRADA

No hagas inclinación a la cruz en vez de hacerla al altar


El Misa¡ tridentino mandaba que el celebrante hiciera una inclinación al altar antes de abrir
el Misal y empezar las oraciones al pie del altar, pero la rúbrica estaba redactada de un modo
curioso: inclinación "al altar, es decir, a la imagen del crucifijo colocado en él". ("... altar¡ seu
imagini Crucifixi desuper posita, profunde se inclinat"). Esto indica que la inclinación iba dirigida
principalmente a la cruz, no al altar.
El Misal actual (IGMR 84) manda simplemente que se haga una inclinación al altar, sin
mencionar para nada la cruz del altar. Puesto que la "cruz del altar" puede ser de hecho la cruz
procesional, sería demasiado complicado para el celebrante volverse hacia el acólito que sostiene la
cruz, para hacer la inclinación.
Si el Santísimo Sacramento está reservado en algún lugar del presbiterio, debe hacerse hacia
él una genuflexión, sin omitir por ello la inclinación al altar. No hay que exagerar la veneración del
Santísimo Sacramento reservado, en un rito cuya culminación es el mismo Sacramento que está en
el sagrario. (De hecho, el Ceremonial de los Obispos prescribe en su múmero 49 que si el obispo
celebra en un altar donde de ordinario está reservado al Santísimo, se retire el Sacramento del
sagrario durante la celebración de la liturgia).
El celebrante no debe tampoco orientarse mal en otros momentos de oración, por ejemplo,
inclinándose hacia el sagrario en lugar de hacerlo hacia el altar durante la oración que dice antes del
evangelio.

Evita recitar el "introito"


El prólogo a la edición norteamericana del Misal hace la siguiente observación: "Puesto que
las antífonas del rito de entrada suenan como algo parecido a un exabrupto cuando se recitan en
común, es preferible, si no hay canto, que el celebrante, o el diácono, u otro ministro, o el
comentarista, adapten la antífona a la presentación de la Misa del día. La adaptación del texto de la
antífona de entrada a este propósito es una sugerencia de la Congregación para el Culto divino".
Algunas consecuencias que se derivan de este texto son obvias: el celebrante no debe pedir a
la asamblea "que se unan a él en la recitación del introito que tienen en la página tal de su misalito".
Tampoco es una solución buena que lo recite el celebrante solo. Es bastante mejor tomar la frase
escriturística, o el texto patrístico, o el antiguo estribillo litúrgico que trae el Misal en el rito de
entrada, como pie para hacer una introducción a la fiesta o a la celebración, pasando de ahí al rito
penitencial.

No omitas la señal de la cruz


La señal de la cruz es una mezcla de palabra y acción con las características de un
sacramento menor o sacramental. Es culto corporal y mental. Recuerda otros gestos significativos
que se hacen en distintos ritos sacramentales: bautismo, absolución, confirmación, unción y
bendiciones.
Omitir la señal de la cruz, a no ser que las rúbricas la sustituyan con otra acción, por
ejemplo, la recepción del cadáver en la Misal exequial, es privar a la asamblea del culto corporal y
de una ocasión de recordar con San Pablo que "nosotros hemos de gloriamos en la cruz de nuestro
Señor Jesucristo" (Gal 6,14).
Al hacer la señal de la cruz no digas "Amén"
Muchos hemos asistido a alguna Misa en la que el celebrante empieza la liturgia con un
gesto extraño, como si espantara moscas de su cara y tratara de cazar una en su pecho, acompañado
esos gestos con una fórmula rara recitada de un tirón, algo así como
"NelnombredelPadredelHijoydelEspírituSantoamén. ElSeñoresté con vosotros". Evita esto a toda
costa.
El "Amén" de la señal de la cruz es respuesta del pueblo, y no del celebrante. En la tradición
litúrgica judeo-cristiana esa palabra es una expresión singular que permite a las personas ratificar
afirmaciones hechas por otras. De ahí la importancia del' "Amén" en el culto de los Baptistas
americanos negros, especialmente durante los sermones.
Haciendo suya esta respuesta, o haciendo la señal de la cruz de modo que la asamblea no
pueda contestar, el celebrante empieza malamente el diálogo cultual que ha de mantener con el
pueblo. Lo que, sin palabras, viene a decir a la asamblea es que no participe, que él puede hacerlo
todo por sí mismo.
Puede que esto esté muy lejos de la intención del celebrante cuando distraidamente dice
"amén" al santiguarse; pero establece una situación poco a propósito para el buen culto.

No modifiques el saludo inicial de modo que pierda su origen


bíblico
Las tres fórmulas del saludo del Misal tienen origen bíblico. En su lugar pueden usarse otros
saludos, como se hace en otros ritos litúrgicos y como indica el examen de los textos litúrgicos
papales, donde junto a los textos de las oraciones se formulan saludos especiales. En estos casos, sin
embargo, se cuida de que los nuevos saludos se inspiren en modelos escriturísticos.

No sustituyas el "saludo sagrado" con un "saludo secular"


El liturgista americano Ralph Keifer hace el siguiente comentario a propósito del saludo
inicial: "La deformación del saludo formal (por ejemplo, diciendo "Buenos días. El Señor está con
vosotros") es totalmente improcedente; es una ruptura del vínculo ritual establecido ya por el canto
y la procesión. Decir algo así como "Buenos días" es proclamar alto y claro que el ritual es una
barrera para la comunicación; viene a ser una ruptura del esquema y da la impresión de ser como
una mirada del celebrante hacia el pueblo, por encima de la pared del ritual... Decir "buenos días" y
sustituir la fórmula del saludo por una simple declaración ("El Señor está con vosotros") es tratar a
los fieles reunidos o como si estuvieran aburridos o fueran ignorantes".
El benedictino P. Aidan Kavanagh abunda en la misma idea con estas palabras: "La razón
por la cual algunos celebrantes optan por saludar a la asamblea con un "Buenos días a todos" en
lugar de decir "El Señor esté con vosotros" es difícil de comprender. No puede ser que la primera
expresión sea más apta que la segunda para el propósito de la reunión. Ni tampoco que la primera
fórmula sea teológicamente más perfecta que la segunda. Dado que uno prefiere no admitir la
posibilidad de que el saludo secular sea una muestra de condescendencia clerical hacia el laicado
sencillo e ignorante, la única alternativa que queda es atribuir el uso del saludo secular a una
indelicadeza presidencial de lo más bajo".
Estas dos citas son duras, demasiado duras, tal vez, para aplicarlas a todos y cada uno de los
casos, pero sirven para hacer ver que algunas modificaciones aparentemente insignificantes no lo
son tanto si se tiene en cuenta un contexto más amplio.
Monseñor Champlin, otro renombrado liturgista americano, adopta una postura más suave.
Sugiere que el celebrante pueda dirigir a la asamblea un sencillo "buenos días" además del saludo
bíblico formal. Admite, sin embargo, que esto es duplicar en cierto modo el saludo ritual, y otros
liturgistas hacen la observación de que el rito de entrada ya tiene así cuatro o cinco comienzos. Por
tanto,un saludo adicional no parece contribuir a mejorar la liturgia.
Cuando uses la fórmula tercera del rito penitencial: (1) no te dirijas
ni al Padre ni al Espíritu; (2) no pongas de relieve los fallos
humanos, antes bien proclama la misericordia y la gracia salvadora
de Cristo.
Muchos comentarios antiguos al Misal de Trento afirmaban que el triple Kyrie eleyson iba
dirigido a cada una de las personas de la Santísima Trinidad y, de hecho, los tropos medievales que
glosaban el canto de los Kyries incluían invocaciones al Padre y al Espíritu.
Sin embargo, la investigación moderna ha demostrado que el texto, tomado de las liturgias
orientales, se dirigía siempre a Cristo y sólo a él. En casi todos los textos primitivos, el Kyrie-Señor
alude al himno del capítulo segundo de la Carta a los Filipenses que proclama que Jesucristo es
Señor para gloria de Dios Padre. Las tres invocaciones, por tanto, de la tercera fórmula del rito
penitencial se dirigen a Cristo sin aludir ni al Padre ni al Espíritu.
A esto hay que añadir que si la tercera fórmula se toma como modelo para otras
formulaciones, la atención debe concentrarse en la misericordia divina más que en los fallos
humanos. En la práctica esto significa que las invocaciones es mejor que no incluyan el "nosotros"
como sujeto, aunque ocasionalmente sea tolerable incluir "de nosotros" o "nuestros". Por ejemplo,
es menos oportuno decir: "Señor, por las veces que nosotros nos olvidamos de nuestros hermanos
por pensar sólo en nuestras necesidades: Señor, ten piedad".
Invocaciones de este tenor acentúan los fallos humanos de modo impropio para este
momento de la liturgia. Tal acentuación está bien en una letanía de perdón, en una celebración
comunitaria de la Penitencia, pero no en una proclamación de alabanza de la misericordia de Dios.
Tú eres la Palabra de Dios hecha carne:
Señor, ten piedad
Tú eres la imagen del Dios invisible:
Cristo, ten piedad.
Tú eres el Santo de Dios:
Señor, ten piedad.

No hagas la señal de la cruz al final del rito penitencial


En el Misal tridentino, el Confiteor terminaba con dos invocaciones: "Dios Todopoderoso
tenga misericordia..." seguido de "Que el Señor Todopoderoso y Misericordioso nos conceda el
perdón, la absolución y la remisión de nuestros pecados". Esta quasi-absolución iba acompañada del
signo de la cruz.
El Misal actual omite esa segunda invocación sin que el signo de la cruz haya pasado a la
primera. Reintroducir el signo de la cruz en el rito penitencial es incorrecto y, además, tal práctica
resalta indebidamente el rito penitencial dándole un carácter más quasi-sacramental aún, cuando
todos los liturgistas desearían quitarle importancia e incluso suprimirlo siempre que sea posible. La
más genuina tradición litúrgica es que los pecados menores se perdonan escuchando de corazón la
Palabra de Dios y participando en el banquete eucarístico. Poner de relieve el rito penitencial es
como darle más importancia al aperitivo que al alimento principal (la reconciliación) que viene
después.
Nunca modifiques la terminación de las oraciones de tal modo que la
asamblea no sea capaz de responder con su "Amén"
Parece una modificación pequeña cambiar el "por los siglos de los siglos", por un "por
siempre jamás", o "por Jesucristo nuestro Señor" en un "por Cristo nuestro Señor y nuestro
Hermano". Y, ciertamente, tales cambios son relativamente pequeños.
Sin embargo, en el contexto de la acción ritual de estímulo y respuesta, de expectativa y de
repeticiones, esos cambios menores desorientan a la asamblea y la dejan colgada en el aire. Si la
asamblea no percibe claro cuándo tiene que decir su respuesta porque el celebrante cambia la
"entradilla", el celebrante, de hecho, priva al pueblo de la participación que le corresponde en la
acción litúrgica.
En comparación con el número de palabras que dice el celebrante en el curso de la acción
litúrgica, lo que dice la asamblea es poquísimo. Por eso mismo es mucho más importante que el
pueblo pueda decir, y se sienta alentado a decir lo que en derecho le corresponde. Los pocos
"amenes" de la liturgia pueden parecer insignificantes; pero permiten a la asamblea local,
encarnación microscópica de la Iglesia universal, afirmar con su amén lo que el celebrante acaba de
decir en su oración, haciéndola suya de ese modo.

La oración "colecta" concluye la procesión de entrada y los ritos


introductorios; no es, de suyo, una introducción a las lecturas
En la tradición litúrgica romana, los domingos y fiestas la oración colecta de la Misa se dice
también en la Liturgia de las Horas como oración del oficio de lecturas, laudes y vísperas. Según
esa tradición, la plegaria expresa unos sentimientos genéricos de oración adecuados a todo acto de
culto comunitario. Puede referirse, y de hecho se refiere, a la fiesta del día y, en este sentido,
muchas veces prepara adecuadamente a la asamblea para escuchar la Palabra de Dios.
Sin embargo, dicha oración no tiene por qué referirse a las lecturas que siguen; más bien
debe servir para recoger los sentimientos de la asamblea, reunida en oración, atenta a la presencia
de Dios y consciente de sus necesidades y deficiencias.
Los misales más recientes de Holanda e Italia han incluído nuevas oraciones colectas para
los domingos que armonizan más con las lecturas de esos días. La Comisión internacional de
liturgia en inglés (ICEL) está actualmente trabajando en la redacción de oraciones parecidas para
los países de lengua inglesa. Aún así, esas oraciones seguirán siendo oraciones genéricas para la
formación de la asamblea, cuyo lenguaje se inspira en las lecturas que siguen, y no oraciones que de
suyo introduzcan las lecturas.

Cuidado con las oraciones no oficiales


La cita que sigue a continuación es de un obispo famoso que, escribiendo sobre algunas
oraciones usadas por sus sacerdotes, decía:
"Las oraciones de muchos están siendo corregidas cada día, una vez que han sido estudiadas
por los peritos, que han encontrado en ellas muchas cosas contrarias a la fe católica. Muchos
recurren ciegamente a oraciones compuestas no sólo por charlatanes sino también hasta por herejes,
y las usan porque en su crasa ignorancia, no son capaces de evaluarlas y piensan que son buenas".
El obispo en cuestión era San Agustín (354-430), que se refería en ese escrito a las oraciones
usadas para la bendición del agua bautismal (De Baptismo contra Donatistas, 6,47. PL 43). Pero sus
observaciones a ese respecto pueden aplicarse a no pocas oraciones que se oyen hoy día
especialmente en algunas Misas "adaptadas".
Las oraciones del Misal no son perfectas, sin duda, pero al menos no desviarán a nadie de la
fe católica. No se puede decir lo mismo de ciertas oraciones de otros libros, ni de las redactadas por
algún que otro equipo de liturgia, ni de las improvisadas por algunos celebrantes.
LA LITURGIA DE LA PALABRA

Usa un solo ambón, púlpito o atril para proclamar toda la Palabra


de Dios y sólo la Palabra de Dios
Todos los autores litúrgicos modernos subrayan la importancia de destinar un solo ambón,
púlpito o atril para proclamar desde él toda la Palabra de Dios y sólo la Palabra de Dios. Si se
dispone de otro ambón para el director del canto, o para el comentarista o, incluso, para el
presidente, tal ambón debe ser notablemente diferente. Esto no es un capricho de los liturgistas. Es
una norma que se repite en casi todos los documentos más importantes sobre la materia y en los
autores litúrgicos modernos.
El documento de la Conferencia Episcopal americana titulado Ambiente y Arte dice, por
ejemplo: "Un ambón sencillo que no eclipse ni rivalice con el ambón principal... puede ser usado
por el cantor, por el director del canto o por el que da los avisos".
El apéndice de la Ordenación General del Misal Romano, dice: "Reservar un lugar único
para la proclamación de todas las lecturas bíblicas es más importante que el que el lector sea clérigo
o laico, hombre o mujer".
En el Misal mismo (IGMR 272) se lee también la siguiente observación: "Es más
conveniente que el comentarista o el director del canto no usen el mismo ambón (de la Palabra)".
La Introducción general al Leccionario de 1981 dice a este propósito: "32. En la nave de la
Iglesia debe haber un lugar elevado, fijo, dotado de la adecuada disposición y nobleza, de modo que
corresponda a la dignidad de la Palabra de Dios. 33. Conviene que el ambón esté sobriamente
adornado, de acuerdo con su estructura, de modo estable u ocasional, por lo menos en los días más
solemnes. 34. Para que el ambón sirva adecuadamente para las celebraciones, debe tener la
suficiente amplitud, ya que a veces debe situarse en él más de un ministro".
El Dr. Ralph Keifer escribe lo siguiente sobre el mismo asunto: "El Misal muestra
claramente la preferencia por el ambón único. En ocasiones especiales, por ejemplo para la lectura
de la Pasión, puede hacerse un arreglo distinto. Proclamar la Palabra de Dios desde un solo ambón
contribuye a darle prominencia en la disposición del espacio del culto, un espacio que a su vez
indica prioridad entre los diversos actos cultuales. La Palabra pierde prominencia si el ambón es del
mismo tamaño que el atril de la música, o si el presbiterio, por la distribución de espacios, dice que
la Palabra no es importante y puede ser proclamada desde un lugar cualquiera, o si el ambón parece
un apéndice del altar. Tan apropiado es y tan deseable colocar velas y flores junto al ambón como
junto al altar... Y así como el Leccionario no debe ser usado como si fuera una carpeta de notas y
hojitas sueltas, ni el cáliz o la patena deben usarse para sostener las vinajeras a modo de bandeja,
tampoco el ambón debe usarse para dar avisos o dirigir la música. El ambón debe ser reverenciado
usándolo únicamente para su fin sagrado que es la proclamación de la Palabra de Dios, lo mismo
que el altar es reverenciado no usándolo como toallero del lavabo o como soporte de una pila
bautismal portátil".
Algunas iglesias disponen de sendos ambones a los lados del altar; el celebrante usa uno
para la parte que le corresponde en la Misa, mientras el lector usa el otro. Por otra parte, el Misal
indica que sólo la liturgia de la Palabra se haga en el ambón (IGMR 272) y sólo la liturgia de la
Eucaristía en el altar; el celebrante debe estar en la sede durante los ritos de entrada y, si quiere, los
de conclusión. Si se sigue una "coreografía" distinta, es generalmente por criterios ajenos a la buena
liturgia, por ejemplo, a causa de la colocación de los micrófonos. Al usar ambones distintos para el
sacerdote y para los laicos también estamos diciendo simbólicamente que es más importante
mantener la diferencia entre clérigos y laicos que manifestar la unidad de la Palabra de Dios.
Nunca proclames la Palabra de Dios desde misales manuales
ni de hojas sueltas
En la Introducción al Leccionario (n. 37) leemos lo siguiente: "Los leccionarios que se
utilizan en la celebración, por la dignidad que exige la Palabra de Dios, no deben ser substituídos
por otros subsidios de orden pastoral, por ejemplo, las hojas que se hacen para que los fieles
preparen las lecturas o para su meditación personal".
No pocas veces, sacerdotes y fieles se encuentran con una situación harto indeseable: los
lectores son tan poco idóneos que nadie en la asamblea puede captar bien la proclamación de la
Palabra de Dios: de ahí que la iglesia se llene de misalitos manuales o de hojas sueltas. Esto no es
una excusa válida para que los ministros de la Palabra utilicen esos misalitos u hojas para
proclamarla. Leer "la espada de dos filos de Dios" desde esas hojas volanderas es como poner la
Sangre de Cristo en un vaso de papel. La mayor parte de los católicos se indignarían de lo segundo,
pero no se inmutan ante lo primero. Y sin embargo, en el campo de los símbolos, las dos acciones
son análogas.
La Palabra de Dios está presente en el Pan y en el Vino de la Eucaristía, y los vasos que
usamos para el Pan y el Vino sagrados reflejan nuestra fe en la presencia de Cristo. Pero la Palabra
de Dios también está presente en la Escritura proclamada y atestiguamos esa presencia usando
libros que físicamente reflejan la convicción de la importancia que en nuestras vidas tiene la Palabra
de Dios escrita.
Cabe conjeturar por qué no somos más sensibles a leer la Palabra de Dios en un libro digno.
Una vez más puede que se deba a que la idea del ex opere operato sigue todavía en pleno vigor.
Puesto que las palabras dicen lo mismo estén impresas en un evangeliario hermosamente impreso y
bien encuadernado o en un folleto de papel de periódico, el "cómo" se pasa por alto. Por otra parte
la mentalidad católica de ver la presencia real de Cristo solamente en las especies eucarísticas
induce a nuestra sensibilidad a exigir cálices y patenas artísticamente diseñados y adornados con
joyas, mientras que al mismo tiempo hace caso omiso de la presencia igualmente real de Cristo en
la Escritura. (Por supuesto, la presencia real escriturística es teológicamente distinta de la presencia
real eucarística, pero aún así, ambas son reales).

No trates el leccionario como si fuera una novela


Ocurre con frecuencia, sobre todo en las celebraciones litúrgicas de grupos pequeños, la
tentación de "quitar de en medio el Leccionario" poniéndolo en cualquier sitio, a veces en el suelo o
debajo de la silla. Conforme a la analogía antes usada, esa acción es análoga a la de poner bajo la
silla o en el suelo un copón lleno de hostias consagradas. Nos escandalizaría esto último, pero no
vemos mayor inconveniente en lo primero.
En la tradición bizantina, el Evangeliario descansa en el altar todo el tiempo hasta que se
toma para la proclamación de la Palabra. Muchos ambones están construidos a modo de trono para
el Leccionario, de modo que inmediatamente después de utilizarlo pueda ser colocado allí y
reverenciado por lo que contiene: la Palabra santa de Dios.
Sin embargo, ¿con cuánta frecuencia no se ve a un celebrante poner las notas de su homilía
encima de la Palabra de Dios o tomar la Palabra de Dios y ponerla en un lugar cualquiera para
poner en lugar de ella sus propias palabras humanas? Esto podría ser considerado por muchos como
algo parecido a la arrogancia, si se ve desde el punto de vista de los símbolos.
Esta acción aparentemente de poca importancia no debiera pasarse por alto, puesto que
afecta a un símbolo básico de la liturgia: la presencia de Dios en la Escritura y la manera de tratar
físicamente las Escrituras.
La liturgia trata esencialmente de ayudarnos a encontrar a Dios a través de los símbolos que
nos rodean, lo cual es a veces un proceso largo y tedioso. Por eso mismo no debemos quitarle
importancia a uno de los signos más obvios de la presencia de Dios.

No ocultes el libro de la Palabra escrita de Dios


El leccionario es el "cáliz" de la Palabra escrita de Dios y como tal debe ser tratado. Así
como el cáliz y la patena son elevados al final de la Plegaria Eucarística, el Leccionario y el
Evangeliario también debieran ser elevados de modo que la asamblea los vea y los perciba como
símbolo de lo que contienen: el alimento de Dios para su pueblo santo.
En particular, es preferible sostener en las manos el Leccionario o el Evangeliario cuando se
lee desde el ambón, de modo que los pueda ver la asamblea, en lugar de tenerlos medio escondidos
en el ambón. Pueden dejarse sobre el ambón cuando no se usan, pero cuando se usan para la
proclamación, debieran sostenerse a la vista de todos como sacramento de la presencia de Dios. Y
como apta conclusión de las lecturas, debieran ser elevados con reverencia mientras el lector, tras
breve pausa, dice: "¡Palabra de Dios!"

Los presbíteros no deben leer las lecturas bíblicas,


excepto el evangelio, si hay lectores laicos disponibles
Tanto el Misal (IGMR 66) como el Leccionario (OLM 51) recogen una tradición litúrgica
con relación al ministerio de los lectores. Dicho ministerio tiene su función propia distinta del
liderazgo que pertenece al diácono y al presbítero. Por tanto, aunque haya diáconos y presbíteros
presentes, la lectura de la Escritura, fuera del Evangelio, deben hacerla lectores laicos.

La respuesta a la primera lectura debe ser un salmo


o su equivalente litúrgico
Con frecuencia nos encontramos en un incómodo dilema: la respuesta a la primera lectura
debiera ser cantada, pero no es fácil encontrar una melodía cantable. La tendencia es recurrir
entonces a sustituirlo con un canto "apropiado". A veces estos cantos apropiados están basados en la
Escritura, pero no son del salterio. Esta práctica, además de ilícita, está lejos del ideal y debiera ser
suprimida.
Está permitido usar otro salmo distinto del que trae el Leccionario para un día determinado,
pero debe ser del salterio, o su equivalente litúrgico, por ejemplo, el Magnificat, el Benedictus o
algún otro cántico del Antiguo Testamento como el cántico de Ana. En el contexto de la Liturgia de
la Palabra, nosotros, es decir, la asamblea, nos servimos de la Palabra de Dios para responder a la
Palabra de Dios. Por esta razón los textos deben ser de la Sagrada Escritura.
Y nuestra respuesta debe ser una verdadera respuesta. Los salmos se compusieron para ser
cantados por la asamblea en alabanza del Dios de Israel. El texto es tal que se dirige a Dios
directamente (como el salmo 50, Misericordia, Dios mío), o es una exhortación a uno mismo (salmo
103, Bendice alma mía, al Señor), o una invitación a los demás (salmo 94, Venid, aclamemos al
Señor). Usar otros pasajes de la Escritura puede parecer acorde con algún "tema" escogido; pero
como medio de facilitar a la asamblea dirigirse al Señor es problemático, puesto que, a veces,
algunos de esos cánticos citan a Dios hablando a su pueblo. Lo cual crea la situación rara de que la
asamblea oye la exhortación que Dios le dirige y ella devuelve a Dios la misma exhortación.

¡Nunca recites el aleluya!


En el Misal (IGMR 39) leemos lo siguiente: "Si el aleluya y el verso antes del evangelio no
se cantan, pueden omitirse".
La práctica demuestra que no omitir el aleluya da lugar a unas anodinas "aclamaciones
jubilosas" que ni son aclamaciones ni son jubilosas. Fruto de la reflexión sobre el aleluya
meramente recitado es la norma que en la Introducción al Leccionario omite la opción de recitarlo y
dice simplemente (n. 23): "El aleluya o el verso antes del evangelio deben ser cantados, y mientras
tanto todos están de pie. No debe ser cantado sólo por el cantor o por el coro sino por toda la
asamblea"3.
El celebrante que preside nunca debe proclamar el Evangelio si está
presente otro sacerdote o un diácono
El Misal enuncia este principio (IGMR 34): "Puesto que por tradición la lectura de las
Escrituras es una función ministerial y no presidencial, lo propio es que un diácono o, en su
ausencia, un sacerdote distinto del que preside lea el Evangelio".
Lo mismo se dice en OLM 49.
Cuando actúa un diácono, éste pide y recibe la bendición del celebrante que preside, cosa
que no hace otra sacerdote a no ser que quien preside sea un obispo (OLM 17; CE 14).
Algunos celebrantes toman por supuesto que si deben hacer la homilía, deben proclamar
también el Evangelio por la estrecha relación que guardan entre sí. Cierto que la homilía debe estar
relacionada con la Escritura que la precede. Pero por esa misma razón quien hace la homilía tendría
que proclamar también todas las lecturas a que aluda su homilía y no sólo el Evangelio.
Proclamar el mensaje de la Escritura por medio de la homilía es una función presidencial,
pero proclamar el texto de la Escritura leyendo los pasajes del Leccionario es una función
ministerial. Las dos acciones no deben confundirse, y una forma de mantener la distinción es que el
celebrante que preside no proclame el Evangelio si están presentes otro sacerdote o un diácono.

Nunca hagas inclinación al sagrario al recitar la oración antes de


proclamar el Evangelio
Cuando no asiste un diácono u otro sacerdote, el celebrante mismo proclama el Evangelio, y
la rúbrica pide que se prepare para ello recitando "en secreto", una oración inspirada en Isaías 6,7.
El Misal (IGMR 93) prescribe que el celebrante se incline "hacia el altar" mientras recita esa
oración. Sin embargo, no es raro ver celebrantes que se inclinan hacia el sagrario en vez de hacerlo
hacia el altar, como si fuera más reverencial inclinarse ante el Santísimo Sacramento reservado.
Además de ser contrario a las rúbricas, esa práctica da al Sacramento reservado una prominencia
mayor que lo que exige la buena liturgia. La reserva del Sacramento debe considerarse como el
fruto de la celebración de la Eucaristía; es ilógico, por tanto, "interrumpir" la liturgia para hacer una
reverencia al Sacramento reservado.
Como se ha dicho antes, el Ceremonial de los Obispos indica que cuando un obispo celebra
en un altar donde hay sagrario, el Santísimo Sacramento debe ser retirado durante la liturgia.
Durante la celebración, el altar es el símbolo primario de Cristo y debe ser venerado como tal.

3
En la Introducción al Leccionario español de 1969 se lee a este propósito: "En el aleluya anterior al evangelio
predomina el sentido de la aclamación, de grito entusiasta a la palabra del Señor, que va a ser escuchada como
culminación de las lecturas. Recitado pierde sentido." (N. del T.)
No omitas los gestos del Evangelio
Puesto que el Evangelio es el punto culminante de la Liturgia de la Palabra, gestos y
posturas especiales se han utilizado desde antiguo para darle especial realce a esa Palabra especial.
La asamblea está en pie. El ministro y la asamblea se signan en la
frente, en los labios y en el corazón. El ministro venera el texto con un beso final. Entre los
rusos y griegos de Rito bizantino, y también en la liturgia papal, después .de la proclamación del
evangelio en griego, la asamblea es bendecida con el Evangeliario por el celebrante que preside.
Todos estos gestos ayudan a la asamblea a prestar atención a las particularidades del
Evangelio y, como se dijo antes, implican a la asamblea en el culto corporal y al mismo tiempo
espiritual. Por eso la omisión de esos gestos no debe considerarse cosa ligera.

La homilía, preferentemente, debe predicarse desde la sede


La Introducción al Leccionario recoge en su n. 26 una antigua tradición. "El sacerdote
celebrante hace la homilía, pudiendo hacerla en la sede, de pie o sentado, o también en el ambón".
Se sigue en esto una antigua tradición observada por los obispos pero descuidada por otros: que la
predicación de la homilía es parte de la función presidencial y consiguientemente debe hacerse
desde el lugar donde el celebrante preside, es decir, la sede. Hacerla sentado es igualmente parte de
la antigua tradición episcopal.

No empieces la homilía con la señal de la cruz


Hace algunos años se preguntó a la Sagrada Congregación para el Culto Divino si era
procedente empezar la homilía haciendo la señal de la cruz y con un saludo a la asamblea. La
respuesta fue ésta: "Generalmente hablando no es aconsejable continuar con esas prácticas que
tienen su origen en la predicación que se hace fuera de la Misa. La homilía es parte de la liturgia;
los fieles se han santiguado ya y recibido el saludo al principio de la Misa. Es, por tanto, mejor no
repetir lo mismo antes o después de la homilía" (Cfr. Notitiae, vol. 9, pág. 178).

No prediques un sermón, antes bien "parte el pan de la Palabra"


con la homilía
Un sermón es un discurso doctrinal o una oración sagrada que por su naturaleza no necesita
estar relacionado con la Escritura. Una homilía, en cambio, debe inspirarse en el contexto de la
celebración, particularmente en la fiesta del día o, si no se celebra una fiesta, en la experiencia de la
Escritura recién proclamada. Debe ser una reflexión sobre la Escritura, un "partir el pan de la
Palabra" para que los fieles puedan nutrirse de ella. Debe ofrecer aplicaciones prácticas para la
experiencia contemporánea, y debe ser un reto al estilo de vida de la cultura de nuestro tiempo. Pero
la homilía no es una disertación académica sobre la verdad absoluta tal como la percibe el que la
pronuncia; es un humilde compartir las gracias e inspiraciones de Dios para la edificación del
Pueblo sacerdotal de Dios.
La mayor parte de los autores sugieren que la homilía tenga una duración de siete a diez
minutos en un domingo ordinario, y de cuatro a seis minutos los días de semana. En alguna ocasión
especial la homilía podría extenderse hasta los doce o catorce minutos. Homilías de más de quince
minutos son por lo general tediosas para los miembros de la asamblea. A lo cual hay que añadir que
el celebrante que pasa de los quince minutos no dice realmente nada que no haya dicho en los
primeros cinco minutos. Algunos celebrantes, en la homilía, tienen la mala costumbre de multiplicar
las palabras de modo que ni ellos ni la asamblea noten que no hay substancia en lo que dicen.
No modifiques la estructura de las preces de los fieles
Hay quienes no han llegado a comprender cuál es la estructura de la Oración de los fieles
propuesta por el Misal. Hay que notar que se compone de cuatro partes: introducción del celebrante;
formulación de las intenciones por el diácono o el cantor; respuesta de la asamblea; y oración
conclusiva del celebrante.
Consecuencias de esta estructura son: 1) el celebrante que preside siempre introduce y
concluye esta parte de la liturgia; nunca debe delegar esta tarea en otro sacerdote, ni menos aún en
un diácono o en un lector; 2) el celebrante que preside nunca debe proclamar las peticiones, a no ser
que no haya ninguna otra persona competente para hacerlo; 3) las llamadas "peticiones" van
dirigidas a la asamblea, a la cual se invita a unirse en la oración por necesidades concretas. Tales
"peticiones" no son oraciones dirigidas al Padre o a Jesús. Lo mismo cabe decir de la introducción
del celebrante: no es una oración dirigida a Dios. Es más bien una invitación dirigida a la asamblea
para que se una en oración por las intenciones que se le van a proponer. La oración la dice la
asamblea a una, y ordinariamente es "Te rogamos, óyenos," o "Escúchanos, Señor". Lo que pasa
con frecuencia cuando las "peticiones" se convierten en oraciones dirigidas a Cristo es que nos
quedamos con una serie de oraciones gramaticales incorrectas, la mitad de cada una dirigida al
Señor y la otra mitad, ("roguemos al Señor") dirigida a la asamblea. Y la asamblea se ve
bombardeada por una descabellada serie de fórmulas esquizofrénicas. Nadie se extrañe de que
muchas veces no sepa cómo reaccionar.

No cambies la intercesión en acción de gracias


En algunos sitios se oyen peticiones más o menos como ésta: "Por María y por Pepe, en
acción de gracias por todo lo que ellos significan para nosotros: roguemos al Señor". Aunque la
expresión conserva la forma general de la intercesión, en realidad es una formulación de acción de
gracias, la cual tiene su lugar propio en la plegaria eucarística o antes de ella.

No particularices exageradamente las peticiones


En grupos pequeños sobre todo, las peticiones pueden hacerse tan particulares al orar por las
necesidades internas de la comunidad, que fácilmente se olvida que la comunidad local es parte de
una Iglesia mucho más amplia. Las preces de los fieles ofrecen a la Iglesia local la oportunidad de
ampliar su horizonte para unirse en oración (y es de esperar que también en la acción) a la Iglesia
universal.

Recuerda que la Oración de los fieles


es fundamentalmente una letanía
La Oración de los fieles o intercesiones Generales tienen la forma de una letanía, y las
letanías son para ser cantadas a la manera de "mantra" y así crear un ambiente de oración. Poner
mayor esmero en el "cómo" se expresan las intenciones (por ejemplo, cantándolas) que en el "qué"
(contenido) de las mismas puede producir un inesperado y sorprendente efecto.
LA LITURGIA DE LA EUCARISTIA

No hagas caso omiso de la cuádruple estructura bíblica de la misa


En los relatos de la Ultima Cena de los sinópticos y de san Pablo (iCo 11), así como en las
narraciones de los milagros de la multiplicación de los panes y los peces y en las apariciones del
Señor resucitado (Emaús), una y otra vez nos encontramos las comidas descritas con cuatro verbos:
tomar, bendecir, partir y dar/compartir. Estas cuatro acciones estructuran la Liturgia de la Eucaristía
en todas las familias litúrgicas. Sin embargo, en la Liturgia de la Eucaristía no se escenifica
teatralmente la Ultima Cena, sino que recordamos litúrgicamente lo que sucede e integramos en la
estructura de nuestro culto los cuatro verbos de los relatos bíblicos.
Esto es más importante de lo que parece. Puesto que esos cuatro verbos destacan tanto en la
Escritura, no podemos hacer caso omiso de ellos y pretender que estamos en conformidad con la
tradición viva. Estos verbos, sin embargo, estructuran nuestro culto, pero de ningún modo
convierten la Liturgia de la Eucaristía en un cuadro escénico al estilo de las obras teatrales
"Godspell" y "Jesucristo, Superstar".
Lo que ha sucedido en la tradición litúrgica es que el verbo tomar ha dado origen a la
procesión de las ofrendas y a su presentación y colocación en el altar; el bendecir ha dado origen a
la Plegaria eucarística; el partir se conserva en la fracción del pan; y el dar/compartir se convierte en
la distribución y recepción de la comunión.
Fundir dos de estas acciones en un solo momento (por ejemplo: partir el pan dentro de la
Plegaria eucarística) es violentar la estructura de la liturgia.
Igualmente, no resaltar adecuadamente cualquiera de esas cuatro acciones (por ejemplo, no
darle importancia a la fraccción del pan o hacerla de modo que no se note) también es violentar la
estructura de la liturgia. Cambiar la naturaleza del rito es también violentar la estructura de la
liturgia: tomar, partir, dar, son acciones, no palabras; por tanto la presentación y preparación de las
ofrendas no debe convertirse en una serie de oraciones de ofrecimiento; eso convierte la acción
(tomar) en palabras (oración)

Nunca decidas de antemano distribuir la comunión con hostias del


sagrario durante la Misa; consagra siempre pan y vino suficientes
para la comunión de los asistentes
El estudio de diversos documentos publicados en los últimos veinte años nos revela un
hecho interesante. En ninguno de ellos se dice explícitamente que esté permitido dar la comunión en
la Misa con hostias reservadas en el sagrario.
Todos los documentos indican que hay que hacer una reverencia al Sacramento reservado,
que es lícito y laudable orar ante el sagrario; que está permitido dar la comunión fuera de la Misa a
los que no participan en ella (diciendo implícitamente que no está permitido darla antes o después
de la Misa); y que es necesario reservar el Sacramento para los enfermos y moribundos. Pero al
hablar del Sacramento reservado, nunca se dice que con él se pueda distribuir la comunión en la
Misa. De hecho se dice lo contrario.
A partir nada menos que de 1742, se dice que los fieles deberían recibirla con las especies
consagradas en la Misa. Esta exhortación fue citada por Pío XII en su encíclica Mediator Dei (n.
121) en 1947, repetida por el Concilio Vaticano II en la Constitución sobre Liturgia (n. 55) en 1963,
citada de nuevo en la instrucción de la Santa Sede Eucharisticum Mysterium (n. 31) en 1967,
recogida en 1969 en la Ordenación General del Misal Romano (n. 56), y recordada desde entonces
en decretos posteriores. Sin olvidar que ya en 1570 el Misal urgía la observancia de esa práctica.
No quiere decir esto que nunca se pueda distribuir la comunión en la Misa con hostias
previamente consagradas. Indica ciertamente que al preparar una celebración contemos y
preparemos adecuadamente, y que la reserva del sagrario debe ser única, o al menos principalmente,
centro de oración y recurso para los enfermos. Por eso, como regla general, nunca debiera haber
más de un copón en el sagrario, y nunca más de cincuenta hostias en el copón.
Puesto que en casi todas las iglesias se celebra la Misa diariamente, la reserva para los
enfermos puede ser renovada cada 24 horas. Esto parece obvio; pero la antigua mentalidad era que
la Misa se celebraba principalmente para llenar el sagrario y el copón estuviera siempre lleno de
hostias consagradas. Lamentablemente para la buena liturgia, esa mentalidad todavía guarda vigor
en algunas iglesias.

No ofrezcas los dones durante su preparación;


en particular, no los eleves en alto
El vigente Orden de la Misa ha modificado notablemente lo que antes se hacía entre las
lecturas y la plegaria eucarística. Ahora los dones son recibidos, preparados y colocados en el altar
mientras el celebrante da gracias a Dios por sus dones. Antiguamente "ofrecíamos" a Dios pan y
vino, pero ahora vemos que algo que no sea Cristo es teológicamente inadecuado y que el verdadero
"ofertorio" tiene lugar durante la plegaria eucarística, después del relato de la institución y de la
aclamación memorial.
Hay también una modificación notable de los gestos prescritos por las rúbricas que muchos
celebrantes no han notado aún (IGMR 102). El Misal tridentino mandaba que el celebrante elevara
la patena y el cáliz a la altura de los ojos en actitud de `ofrecimiento' mientras miraba al Crucifijo
del altar. El Misal actual omite la mirada al Crucifijo por dos razones: primera, que la cruz del altar
no es necesario que tenga un Crucificado; y segunda, que, puesto que la cruz debe ser visible para la
asamblea aunque no siempre lo sea para el celebrante, la cruz puede estar en la pared detrás del
celebrante.
Además, el Misal dice que el celebrante tiene los dones "ligeramente" elevados sobre el
altar. La palabra latina usada aliquantulum, la misma palabra usada en el antiguo Misal para indicar
lo que el celebrante debía elevar el cáliz durante la "pequeña elevación", es decir durante la
doxología final de la plegaria eucarística. En los tratados de rúbricas esto se interpretaba por unos
quince centímetros o un palmo...
El breve examen de las rúbrica nuevas que hemos hechos en el párrafo anterior arroja un
poco más de luz sobre la estructura y objeto de esta parte de la liturgia actual. Esencialmente
consiste en recibir del pueblo el pan y el vino, dar brevemente gracias a Dios por esos dones, y
colocarlos luego sobre el altar.
Se trata de recobrar la antigua sencillez de esta parte de la liturgia. Originalmente los dones
eran aceptados del pueblo y, en cierto modo, recibían una "santificación" inicial por el simple
contacto con el altar, el símbolo fundamentall de Cristo (cfr. Mi 23,19-20, donde Cristo afirma que
el altar santifica los dones sobre él colocados). Nosotros, pues, no ofrecemos; eso se hará después
en la plegaria eucarística. Por eso los dones no debieran estar de antemano en el altar; resulta un
contra-símbolo puesto que debieran tocar el altar sólo después de que se han dicho las oraciones.
En la práctica, la "coreografía" ideal sería algo así: el celebrante recibe del pueblo los dones
de pan y vino, y da el vino al acólito. (El agua debiera estar en la credencia y no ser traída con las
ofrendas, puesto que, aunque antigua, es una adición no bíblica a la materia de la Eucaristía). El
celebrante toma la patena y el pan y, manteniéndola ligeramente elevada sobre el altar, dice la
oración propia; sólo después de la oración deja que la patena con el pan toque el altar.
Mientras tanto, en la credencia, el diácono o un concelebrante echa el vino y el agua en el
cáliz y lo sostiene hasta que el celebrante lo necesite. Una vez más, sólo después de dicha la oración
propia, el cáliz toca el altar. Si no hay diácono o concelebrante, es permisible, aunque algo
impropio, que el celebrante prepare el cáliz en la credencia, o tener el cáliz a un lado fuera del altar
mientras echa el vino y el agua. Lo que habría que evitar es la práctica generalizada de poner en el
centro del altar primero, levantarlos después a la altura de los ojos mientras se dicen las oraciones y
ponerlos de nuevo en el altar; como si las oraciones fueran la parte más importante de este momento
de la liturgia.

Insistimos: es preferible preparar el cáliz en la credencia;


y esto debe hacerlo el diácono o un celebrante, no el que preside.
El agua no se bendice
El Misal (IGMR 133) indica que el diácono puede preparar el cáliz en la credencia "diciendo
la oración prescrita". En general, dado el sentido histórico de la colocación de los dones, esa parece
la práctica mejor. Nótese que el diácono o el celebrante echan en el cáliz tanto el vino como el agua.
El signo de la cruz, bendición del agua, prescrito por el Misal tridentino, está suprimido en el Misal
actual.

No presentes los dones mientras se hace la colecta


Esto es simplemente otro aviso contra la práctica de hacer dos cosas al mismo tiempo. La
colecta es parte de la recepción de los dones para la celebración. Unos dones son el pan y el vino
que serán "eucaristizados" por la oración del celebrante. Otros dones pueden ser alimentos
presentados para los pobres, por ejemplo el día de Navidad. Otros dones son, de ordinario, ofrendas
de dinero destinado a las necesidades de la comunidad: facturas, salarios, etc... Todos estos
elementos son dones de la comunidad presentados a su presidente en beneficio de la comunidad. Es
impropio recibir unos dones y presentarlos en el altar mientras todavía se están recogiendo los otros
dones.

Habitualmente, no digas en voz alta las oraciones del "ofertorio"


La lectura atenta de las rúbricas de esta parte de la liturgia muestra que la primera opción
que propone el Misal es que el celebrante diga en secreto todas las oraciones prescritas, incluídas
las dos del Bendito seas, Señor Dios del universo... A continuación, el Misal propone otra opción: si
no se canta al ofertorio, el celebrante puede, no se le manda, decir en voz alta Bendito seas, Señor...
etc. Y en este caso, puede responder el pueblo con el Bendito seas por siempre, Señor.
Esta parte de la liturgia corresponde a la acción bíblica de tomar. En efecto, este no es un
momento principalmente de palabras. De hecho, las palabras pueden ser contraproducentes por
cuanto dan pie para quitar importancia a las palabras verdaderamente importantes que siguen, a
saber, las de la plegaria eucarística.
Recitar en voz alta todas las oraciones, además de las dos fórmulas del Bendito seas..., es
darle a todas la misma importancia, con lo cual el pueblo no puede distinguir por el oído entre lo
principal y lo secundario.

No amontones en el altar copones y cálices innecesarios


Hay altares que a veces parecen la mesa de trofeos de un campeonato de bolos o el
mostrador de un mercadillo de cerámica artesanal. Lo que necesitamos es el símbolo claro y
vigoroso de un pan y un cáliz. Si es conveniente usar más de un recipiente por razón de la cantidad
de pan y vino necesarios para la comunión de la asamblea, entonces úsese una patena mayor capaz
de contener todo el pan necesario; el cáliz puede complementarse con una jarra o dos. Esto dice una
rúbrica nueva de la última edición del Misal italiano y es lo prescrito por el Directorio para la
Comunión bajo las dos Especies, de los Estados Unidos.

No te laves las puntas de los dedos; lávate las manos


En la revisión de las rúbricas en 1965, la frase que antes indicaba todo lo que tenía que hacer
el celebrante "al lavarse las manos" (lavarse los dedos índice y pulgar de cada una) fue omitida. En
el Misal actual, la rúbrica dice igualmente que el celebrante debe lavar sus manos (IGMR 106).
Un principio general de derecho canónico dice que cuando una ley se cambia, de ese modo
la antigua ley queda modificada. La rúbrica antigua estaba inspirada en el "minimalismo" romano;
la autenticidad del símbolo requiere que se laven las manos, no las puntas de los dedos sólo. Esto
exige recipientes suficientemente grandes como para lavarse las manos y toallas que sirvan para
secárselas uno. No sirve simplemente un paño para secarse los dedos.
No es raro ver omitido este signo, ya ocasionalmente, ya habitualmente. Esto no está
permitido por las rúbricas, excepto ocasionalmente en las Misas con niños. El lavabo de las manos
en el rito romano tiene su origen en una necesidad práctica del celebrante después de recibir las
ofrendas del pueblo y haberlas incensado. Es desconocida en otros ritos. Sin embargo, la práctica ha
adquirido un sentido simbólico de la purificación bautismal, muy propia antes de ofrecer el
sacrificio de alabanza.
Por tanto, si se hace con sentido, puede ayudar a la asamblea a percibir la conexión entre el
agua purificadora del bautismo y la celebración de la Eucaristía. Su omisión, pues, no debe hacerse
a la ligera como si no hubiera otra alternativa.
La oración sobre las ofrendas concluye el rito de la preparación dae los dones; no es una
introducción a la Plegaria Eucarística
La oración sobre las ofrendas es simplemente la oración final con que concluye la segunda
procesión mayor: la procesión de las ofrendas. Tiene su correspondencia en la oración colecta que
concluye la procesión de entrada, y en la postcomunic5n que concluye la procesión de la
Comunión.
La oración sobre las ofrendas es introducida por el "Orad, hermanos..." que es una forma
extensa del "Oremos". (En el Misal alemán la fórmula Oremos es una de tres alternativas con que se
puede introducir la oración sobre las ofrendas). Esta oración debe mencionar el término "ofrecidas"
sólo en cuanto que los dones han sido recibidos y presentados en el altar para el ofrecimiento que es
el sacrificio de alabanza expresado en la Plegaria Eucarística y ratificado en la recepción de la
Comunión. Reformular o enmendar el texto de las oraciones sobre las ofrendas convirtiéndolas en
una oración independiente de ofrecimiento o en una "epíclesis" anticipada invocando el Espíritu, es
quitar fuerza a la Plegaria Eucarística, donde esos sentimientos tienen su propio lugar según la
tradición del culto eucarístico cristiano.
Puesto que, como se ha dicho antes, el, Orad, hermanos..." es una glosa de la fórmula
Oremos, el que preside no debe decir amén después de la respuesta de los fieles "El Señor reciba..."
Decir el amén es una lectura equivocada de la rúbrica del Misal, que dice que la asamblea responde
amén después de la oración sobre las ofrendas, o una continuación de la práctica prescrita
antiguamente por el Misal Tridentino.
Observa las rúbricas de cada una de las Plegarias Eucarísticas
La Plegaria Eucarística II, en concreto, no debiera decirse habitualmente los domingos,
puesto que IGMR 322 dice explícitamente que su uso es apto para los días de semana. La Plegaria
IV, como las de la Reconciliación, no debe decirse con un prefacio distinto del suyo propio (IGMR
322d).

No interrumpas la Plegaria Eucarística con ningún aviso


Esto parece obvio; pero un problema subyacente es el de la comprensión de lo que realmente
constituye la Plegaria Eucarística: ésta empieza con el diálogo introductorio del prefacio ("El Señor
esté con vosotros... Levantemos el corazón ) y termina con el gran amén final de la asamblea
después de la doxología (Por Cristo, con él y en él...)
Desafortunadamente hay quienes piensan que la Plegaria Eucarística tiene dos partes, es
decir: el Prefacio que concluye con el "Santo, santo..." y el Canon. Peor aún, no faltan quienes
actúan como si la Plegaria Eucarística tuviera cuatro partes: el Prefacio con el Santo; la
Consagración con la aclamación memorial; el memorial hasta la doxología exclusive; y la
doxología final con su Amén.
Consecuencia de esto es, como se ve no pocas veces, la ruptura de la unidad de esta oración
que es la más importante de la Misa. Hay celebrantes, por ejemplo, que después del "Santo, santo,
santo..." anuncian qué Plegaria Eucarística van a decir, aunque ya, de hecho, han empezado a
decirla. Igualmente, en algunas concelebraciones, después de la aclamación memorial, el celebrante
principal deja, ilícitamente, la sección siguiente de la plegaria (es decir la anamnesis y la epiclesis) a
uno de los concelebrantes. O, también, se hace una pausa notable entre el fin de las intercesiones y
el principio de la Doxología mientras el celebrante toma en sus manos la patena y el cáliz y, peor
aún, invita a la asamblea a unirse a él en la recitación del "Por Cristo, con él, y en él". Cualquiera de
estas prácticas destruye el sentido de que la Plegaria Eucarística es una aunque tenga varias
secciones diferentes.
Si es necesario dar algún aviso, debe hacerse antes del diálogo del Prefacio. Así lo indica,
por ejemplo, el Misal (IGMR 11) y el Directorio de Misas con niños (n.32). Ese momento se
propone como uno de los lugares apropiados para que el celebrante invite al pueblo a pensar en
motivos de acción de gracias.

Nunca partas la hostia al decir las palabras de la institución


Partir la hostia durante la Plegaria Eucarística, al decir "lo partió y lo dió a sus discípulos" es
comprimir en una dos acciones distintas de la Liturgia de la Eucaristía, y tratar de convertir la
memoria litúrgica en representación dramática.
Por otra parte, tal práctica ni siquiera es una adecuada representación dramática, puesto que,
según toda teología, el pan no está realmente "bendecido" (es decir, consagrado) hasta después del
momento en que algunos celebrantes lo parten. Esta práctica, por tanto, en lugar de seguir más
fielmente la Escritura, altera el orden que en ella se describe (es decir, bendecir partir, se cambian
en partir-bendecir.
El P. Aidan Kavanagh se expresa muy enérgicamente contra esta práctica de partir la hostia
antes del tiempo apropiado, en estos términos: "El presidente de la asamblea no es un mimo con la
tarea de representar la Ultima Cena. Es un servidor que sirve a la asamblea en su celebración de la
Eucaristía, proclamando en medio del pueblo los motivos por los cuales debe dar gracias a Dios.
Que Jesús, en la noche antes de su muerte, tomó pan, dijo la bendición, lo partió y lo dió a sus
discípulos es para la asamblea el motivo central de la acción de gracias a Dios; pero, como la misma
Plegaria Eucarística indica, no es el motivo único. La Eucaristía no es un cuadro artístico teatral que
pone en escena un hecho histórico. Es una amplia acción de gracias por la inmensa benevolencia del
Padre hacia el mundo y hacia su pueblo en Cristo y en el Espíritu Santo. No hace sino lo que Jesús
hizo en todas las comidas que tomó con aquellos a quienes amaba. Lo que hizo en esas comidas
sobrepasa claramente los limites de cualquier comida y cualquier lugar. Lo que hizo fue transformar
seres humanos en comensales de Dios, libres y perdonados. Imitar los detalles de lo que hizo Jesús
en una sola de esas comidas es hacer "historiografía" de un misterio que trasciende el tiempo y el
espacio; lo cual, de paso, en lugar de decir mucho, dice demasiado poco. La liturgia cristiana no es
una representación teatral de la historia. Los celebrantes que no estén convencidos de esto no
debieran presidir".
El Dr. Ralph Keifer abunda en las mismas ideas del P. Kavanagh cuando escribe: "Partir la
hostia durante el relato de la Institución es un abuso porque el relato es principalmente una
proclamación de por qué celebramos la Eucaristía (porque ése es el medio que el Señor Jesús nos ha
dado para compartir y celebrar regularmente su presencia y poder de transformarnos); no es una
demostración de lo que hacemos nosotros en la Eucaristía. Si el relato fuera una demostración de lo
que nosotros hacemos, lo propio sería no sólo partir el pan sino también compartirlo en ese mismo
momento y, una vez dichas las palabras sobre el cáliz, darlo también en ese momento. El relato de
la Institución no está concebido como un relato litúrgico dramatizado. Está concebido para
proclamar que celebramos la Eucaristía porque es el memorial del Señor".
Podemos añadir a esto que, según se conjetura, las más antiguas Plegarias Eucarísticas no
incluían el relato de la Institución dentro de su estructura. Sería, pues, imposible partir el pan dentro
de la Plegaria Eucarística. El Boletín canadiense de Liturgia recuerda a los celebrantes que observen
las rúbricas sin pensar que anticipar la fracción del pan contribuye a mejorar la liturgia. No sabemos
por qué, esta práctica parece haberse extendido bastante a pesar de no encontrar justificación alguna
entre los autores litúrgicos.

Ten cuidado con lo que se hace de la doxología


de la Plegaria Eucarística
La doxología final de la Plegaria Eucarística es parte de la oración presidencial, y por eso
debe ser proclamada únicamente por el que preside, (aunque en la concelebración, los
concelebrantes pueden unirse a él, pero no están obligados a 'hacerlo: IGMR 191). Que esta parte de
la Plegaria Eucarística pertenece exclusivamente al presidente fue confirmado en 1980 por la
Instrucción Inaestimabile Donum, que dice en el n. 4: "La doxología misma está reservada al
sacerdote". Esta advertencia va precedida poco antes por la siguiente observación: "Es, pues, un
abuso que el diácono o un ministro o los fieles digan algunas partes de la Plegaria Eucarística".
A pesar de esto, es práctica común en algunas iglesias unirse los fieles al celebrante, a veces
invitados por él, en la recitación de la doxología. Esto, en la práctica, tiende a reducir el gran amén
final a un murmullo, aunque sirva también para dar a unos pocos fieles la impresión de que están
afirmando adecuadamente la Plegaria eucarística.
Por otra parte, hay que tener en cuenta que entre los católicos de rito maronita del Líbano, la
frase final de la doxología de la Plegaria Eucarística es recitada comunitariamente, lo cual indica
que tal práctica no es ajena del todo al espíritu de la liturgia. Además, los mismos maronitas recitan
comunitariamente otra doxología durante la fracción del pan que sigue inmediatamente a la Plegaria
Eucarística y precede al Padre nuestro.
Sea de esto lo que quiera, en el rito romano, el celebrante no debe invitar a la asamblea a
unirse a él en la recitación de la doxología, puesto que eso rompe la unidad de la oración
presidencial y, en lugar de ello, debe esforzarse por darle mayor importancia al amén que sigue.
Si asiste un diácono u otro concelebrante, éste debe elevar el cáliz durante la doxología. El
que preside siempre eleva el pan (IGMR 135).
El comentario final se refiere a la altura a que hay que elevar los dones durante la doxología.
Algunos autores han encontrado textos antiguos que indican que éste es el punto culminante de la
Plegaria Eucarística tanto teórica como física y visualmente. Es el momento del "ofertorio" visible,
el momento de imitar el gesto hebreo de ofrecer los dones al cielo. Muchos celebrantes,
lamentablemente, todavía actúan bajo la impresión de que la altura de unos pocos centímetros
prescrita por el Misal tridentino está aún en vigor. Lo correcto es todo lo contrario. Aunque el Misal
actual nada dice en concreto, todo sugiere que la doxología es el momento de hacer el amplio gesto
de elevar los dones al cielo a la vista de todos.

No quites importancia al gran "Amén"


San Jerónimo y otros autores antiguos hablan de la importancia de concluir la Plegaria
Eucarística con el "Amén", y de cómo resonaba en las antiguas iglesias de Roma como un trueno
que hacía temblar los templos paganos. En nuestros días, por el contrario, en casi todas las iglesias
suena como un susurro más que como un trueno. Y no pocas veces ello se debe al celebrante que no
dice la doxología de modo que provoque la respuesta del pueblo. Sea cual fuere su causa, ese fallo,
habría que remediarlo.

El celebrante no tiene que "distribuir" la paz entre el pueblo


Había un momento en el curso de la Misa del antiguo rito romano en que "la paz" era
recibida del altar por el celebrante cuando lo besaba; del celebrante pasaba al diácono, del diácono
al subdiácono, etc...
El Misal actual ha suprimido este clerical "descenso" jerárquico en favor del intercambio de
la paz entre todos los miembros de la asamblea, cada uno con el más cercano. No tiene sentido que
el celebrante se convierta en el "único" ministro de la paz entre la asamblea.
Y esto es lo que se da a entender cuando el celebrante se pasea por la iglesia tratando de dar
la paz a uno de cada banco. El celebrante ya ha saludado a todos con la fórmula litúrgica "La paz
del Señor sea siempre con vosotros". No es necesario que otra vez salude a cada uno, fuera de los
que tiene más cerca, a no ser en casos especiales como en las bodas y funerales. Actuar de otro
modo tiende a prolongar indebidamente esta parte de la liturgia, y a difuminar el hecho de que al
tomar y bendecir siguen pronto el partir y dar.

No quites importancia a la fracción del pan


El "Cordero de Dios" acompaña a la acción significativa de la fracción del pan. La fracción
del pan no acompaña a la insignificante recitación de la letanía menor que es el "Cordero de Dios".
En otras palabras, lo importante es que la fracción del pan sea vista por la asamblea como un
momento de la liturgia tan importante como la preparación de los dones, la Plegaria Eucarística y la
distribución de la comunión.
En el evangelio de San Lucas y en los Hechos de los Apóstoles hay referencias explícitas a
la fracción del pan con implicaciones eucarísticas. El significado de esa acción es grande. Uno
encuentra, sin embargo, celebrantes que hacen la fracción del pan sin que lo note casi nadie y
mientras los fieles se están dando el saludo de paz. Tal modo de proceder conduce a una experiencia
pobre y una comprensión escasa del hecho de que todos los presentes comparten un mismo pan y un
mismo cáliz. De paso hay que añadir que golpearse el pecho al "Cordero de Dios" ya no está
mandado y debe ser omitido.
El que preside debe distribuir la Comunión personalmente
Una de las funciones clave del celebrante es proclamar la Plegaria Eucarística, lo cual lleva
consigo ejecutar también otra acción estrechamente relacionada con la naturaleza misma de la
Plegaria Eucarística, a saber, la distribución de las especies sagradas.
La instrucción Inaestimabile Donum de 1980 pone en tela de juicio la práctica adoptada en
alguna que otra iglesia de sentarse el celebrante durante la Comunión de los fieles mientras un
ministro laico se encarga de esa "tarea menor que el sacerdote no tiene por qué hacer". De hecho, la
Instrucción dice enfáticamente (n. 10) que "muestran una actitud reprensible aquellos sacerdotes
que, aunque presentes en la celebración, se abstienen de distribuir la Comunión y dejan esa tarea a
los seglares".
Distribuir la Comunión no es tarea sin importancia que presbíteros y diáconos puedan
delegar a la ligera en los laicos. Es una tarea estrechamente vinculada a su función en la liturgia, y
es parte de su papel en la Iglesia como ministros principales de los misterios de Dios.

No modifiques el rito de la distribución de la comunión con el fin


de hacerla más eficaz y menos personal
En algunos lugares, en aras de la eficacia al parecer, se ha adoptado la práctica de la
Comunión por intinción cuando se comulga bajo las dos especies, cada comulgante haciéndolo por
sí mismo. Ningún perito litúrgico de algún renombre ha sugerido jamás que la intinción sea una
buena forma de comulgar bajo las dos especies; beber el cáliz es siempre preferible.
La (auto)-intinción obliga a todos los comulgantes a tomar la hostia por sí mismos, mojarla
en el cáliz. Por otra parte, esa práctica no deja a nadie la opción de recibir la comunión en la lengua,
opción que debemos respetar aunque no estemos conformes con ella. Esta práctica, además, elimina
la necesidad del ministro en la acción de recibir la Comunión, despersonalizando así el rito que por
siglos ha significado "una humilde recepción de los dones de Dios" en un "tomar lo que por derecho
me pertenece".
El P. Roben Taft, S.J., perito en las liturgias de las Iglesias Orientales, escribe a este
propósito: "De las fuentes estudiadas se desprende claramente una cosa por lo menos: la Eucaristía,
idealmente, no es algo que uno toma. Es un don que se recibe, es una comida distribuída. Y pues los
sacramentos, por su misma naturaleza, están llamados a simbolizar lo que significan, síguese de ahí
que la Comunión por autoservicio, estilo cafetería, no corresponde a su condición".
Esta misma deformación del rito se da siempre que las especies consagradas pasan de uno a
otro en la asamblea, como sucede frecuentemente en las Eucaristías de pequeños grupos. Acerca de
ello escribe lo siguiente el P. Roben Hovda: "El intercambio personal, la comunicación entre el
ministro y el comulgante, es parte de la acción simbólica. Por eso se empobrece la liturgia cuando
esa dimensión personal es sustituída por una forma de comulgar que no requiere la acción del
ministro de la patena y del ministro del cáliz. No pocas veces, en algunos lugares, se comulga
pasando la patena entre el grupo, o poniendo en el altar cálices a los cuales se acercan los
comulgantes. La pobreza ritual que resulta de esto no es pequeña. Se pierde el contacto visual entre
las personas, se elimina la palabra personal, desaparece la relación personal".
En un grupo pequeño, puede ser, de vez en cuando, una adaptación válida pasar las especies
sacramentales entre los miembros del grupo. Pero hacerlo en grupos numerosos y heterogéneos,
obligando a todos a "tomar" en lugar de "recibir", da como resultado el empobrecimiento de la
liturgia, según la mayoría de los peritos litúrgicos.

Sé sensible, al designar ministro de la Comunión, a las


"tradicionales" distinciones locales entre clérigos y laicos, hombres
y mujeres, aunque esto no tenga mayor importancia
En algunas parroquias, sólo presbíteros o diáconos distribuyen el Cuerpo de Cristo, mientras
laicos distribuyen el cáliz. En otras partes, varones distribuyen el Pan y mujeres el cáliz. ¿Deben
mantenerse estas distinciones en la distribución de la Comunión?
Tradicionalmente el que preside distribuye el Pan y el diácono administra el cáliz; pero
cuando se encomienda esto a ministros laicos, debiera haber en las distintas estaciones de
Comunión un número equilibrado de hombres y mujeres con la oportunidad de distribuirla con
cualquiera de las dos especies.

No purifiques los vasos sagrados en el centro del altar. Hazlo en un


lado del mismo, o, mejor aún, en la credencia. Lo ideal es hacerlo
después de la Misa
El Directorio americano para la Comunión bajo las dos especies distingue entre consumir las
especies sobrantes y purificar los vasos sagrados. Todo lo que sobre de la preciosa Sangre debe ser
sumido inmediatamente después de la Comunión (n4 36). Las hostias sobrantes debe ser reservadas
en el sagrario.
Sin embargo, el Misal indica una preferencia por la purificación después de la Misa,
"especialmente si son varios los vasos a purificar" (IGMR 120), y en la credencia: "si es posible en
una mesa lateral" (IGMR 238). Si es absolutamente necesario purificar en el altar inmediatamente
después de la Comunión, el celebrante nunca debe hacerlo en el centro del mismo sino más bien en
un lado (Cfr. Clarificación de la Congregación para el Culto, al n4 120 de la IGMR, Notitiae 148,
año 1978).

No debe recitarse una letanía de acción de gracias después de la


Comunión
Durante cierto tiempo después de la instauración del actual Orden de la Misa, se hizo
popular la costumbre de llenar el silencio que sigue a la Comunión con una "letanía de acción de
gracias". La reflexión de los liturgistas sobre esta práctica les llevó a la conclusión de que eso está
fuera de lugar. El momento propio para la acción de gracias es la Plegaria Eucarística, y si hay
motivos particulares para dar gracias, el momento oportuno para anunciarlos es inmediatamente
antes del diálogo del prefacio de la Plegaria Eucarística, no después de la Comunión (ni tampoco
durante las Oraciones de los fieles). El tiempo después de la Comunión es apropiado para un canto
de alabanza; una "letanía de acción de gracias" centra indebidamente la atención lejos del momento
principal para la acción de gracias durante la liturgia.

No des avisos antes de la oración postcomunión convirtiéndola así


en una bendición preliminar
Hay que admitir que es más conveniente dar los avisos parroquiales cuando todos están
sentados y en silencio. Tales avisos, sin embargo, obstaculizan la fluidez de la liturgia si se dan
antes de decir la oración postcomunión. El silencio tras la Comunión es tiempo de meditación
después del encuentro con el Señor Resucitado en la comida y bebida de su Cuerpo y de su Sangre.
La Postcomunión cierra esa meditación y concluye la procesión de la Comunión, poniendo fin al
mismo tiempo a toda la liturgia de la Eucaristía.
Los avisos, que según las normas deben ser breves, se dan para comunicar a la asamblea
algunas cosas de cierta importancia y no una serie de minucias que pueden leerse en el boletín
parroquial; esas minucias no tienen nada que ver con la Comunión. Los avisos se dirigen desde la
liturgia a otras actividades; por eso deben darse habitualmente antes de la despedida que es el objeto
propio del rito de la conclusión.
EL RITO DE LA CONCLUSION

No modifiques el papel del presidente diciendo "la bendición...


descienda sobre nosotros", en lugar de "..sobre vosotros"
Esta observación puede dar lugar a una polémica, pero hay que discutirla porque al menos
un notable liturgista ve unas connotaciones muy significativas en la práctica de cambiar la fórmula
de la bendición final de modo que el celebrante diga "La bendición... descienda sobre nosotros" en
lugar de decir "descienda sobre vosotros".
¿Qué importancia puede tener el cambio de un pronombre de segunda persona por otro de
primera persona? ¿No es el celebrante que preside parte de la asamblea? ¿No debe invocarse
también sobre él la bendición de Dios? Sí, el celebrante es parte de la comunidad cristiana reunida;
la bendición de Dios debe ser invocada sobre él. Sin embargo, esto no implica necesariamente que
en su papel de presidente no implore la bendición de Dios sobre los otros excluyéndose a sí mismo,
del mismo modo que los padres de familia bendicen tradicionalmente a sus hijos, o como los
patriarcas de las Escrituras bendecían a otros.
En 1975, en la revista Culto Vivo, el P. Robert Hovda relaciona la.,reformulación de la
bendición final con todo el tema del estilo presidencial o de la falta de él. Escribe lo siguiente: "Sin
deseo alguno de imitarlos, uno puede comprender a esos sacerdotes que parecen rehuir la función de
presidir en las celebraciones litúrgicas. Se les ve desaparecer de vista en cuanto les es posible. Se les
nota claramente incómodos ocupando la sede a la vista de todos nosotros, o llevar las vestiduras con
deliberada negligencia (como diciendo: "estas cosas no tienen importancia"). Se les ve rehuir su
papel cuando cambian el "vosotros" en "nosotros", en la bendición final, eludiendo así la
confrontación personal tan esencial para una buena experiencia litúrgica. Se les ve renunciar a todo
signo de dignidad reverencial en aras de una nerviosa camaradería sonriente y falsa. Se les ve
presidir como si no presidieran; o dicho de otro modo, se les ve rehusar su tarea de servicio".
Aunque el P. Hovda parece poner toda la fuerza del buen estilo presidencial en un
pronombre de la bendición, implícitamente se ve que las consecuencias de tal cambio en la liturgia
en su conjunto son más amplias de lo que piensan algunos.

No omitas "El Señor esté con vosotros" cuando uses la bendición


solemne o la oración sobre el pueblo
Aunque el texto del saludo "El Señor esté con vosotros" no aparece en el Misal, la rúbrica
indica que el celebrante dice el saludo antes de que el diácono diga "Inclinad vuestras cabezas..." y
luego pronuncia la bendición solemne.
LA CONCELEBRACION

La concelebración es un rito litúrgico, no una práctica de devoción


La concelebración es una opción litúrgica. En este sentido se asemeja a otras opciones
litúrgicas, como la elección de la Plegaria Eucarística. Adoptar dicha opción o no adoptarla debiera
estar motivado por razones pastorales (Cfr. Código de Derecho canónico, canon 902).
En algunas familias litúrgicas, por ejemplo en el Rito bizantino, todos los concelebrantes
deben estar junto al altar para la Plegaria Eucarística, lo cual, a veces, hace necesario limitar el
número de concelebrantes. El Rito etíope, por otra parte y al menos en teoría, exige la presencia de
cinco concelebrantes, preferentemente siete e idealmente trece. Las rúbricas de la liturgia pontifical
en el Rito bizantino mandan que el obispo tenga siempre por lo menos un sacerdote que concelebre
con él, lo cual, simbólicamente, vincula al obispo a actuar con su presbiterio hasta en la celebración
de la Eucaristía.
Actualmente, en la Iglesia occidental, la concelebración obliga solamente en la Ordenación,
y está prohibida sólo en las liturgias para niños. En otras ocasiones, la concelebración se deja al
juicio de la autoridad competente y a la devoción individual del sacerdote.
En la situación típica de la Iglesia occidental, allí donde no hay diácono, un sacerdote
concelebrante puede contribuir a mejorar la experiencia litúrgica de todos proclamando el
evangelio, asistiendo al altar y distribuyendo la Comunión.
Por tanto, personalmente pienso que la concelebración es preferible a las "Misas privadas" o
a que un sacerdote asista a la Misa a la manera de los laicos. Esto, sin embargo, no quiere decir que
todos los sacerdotes presentes en una celebración deban concelebrar; a veces motivos especiales,
como por ejemplo, evitar una abigarrada aglomeración de concelebrantes o preservar un equilibrio
entre "ministros" y "pueblo', pueden aconsejar como más propio limitar el número de
concelebrantes.
La concelebración, sin embargo, y especialmente en los Institutos religiosos, es para muchos
sacerdotes una buena medida de "cumplir con la Misa" evitando al mismo tiempo las Misas
privadas. Es cierto que los documentos oficiales fomentan la concelebración (Cfr. Eucharisticum
Mysterium, n. 47); pero las razones que se alegan parecen basarse en el valor que la concelebración
tiene como signo de la unidad de la Iglesia y no en la devoción personal del sacerdote.
Esta distinción es importante, pues, si se toma en serio, puede influir en la manera de
organizar las concelebraciones. Es la Iglesia reunida en asamblea la primera beneficiaria del rito
litúrgico, y no, principalmente, la devoción del individuo concelebrante.

Los concelebrantes no son una presidencia colegial


Toda colocación de los concelebrantes que sugiera al pueblo la junta directiva de una
corporación sentada frente a los socios debe ser evitada. Sólo un presbítero puede presidir. Los otros
presbíteros pueden concelebrar, y si lo hacen, actuar litúrgicamente según las necesidades de la
asamblea. Ellos no co-presiden, sólo concelebran conforme a su condición de presbíteros, así como
los fieles concelebran conforme a su condición de bautizados.
Con-celebrar conforme a su condición de presbíteros significa que se unen en la imposición
de manos sobre los dones y en la recitación, en voz baja, de la sección central de la Plegaria
Eucarística. No significa que los concelebrantes sean iguales al celebrante principal por lo que a las
funciones litúrgicas se refiere.
El celebrante principal dirige como jefe a todos los presentes, incluídos los concelebrantes.
Bajo muchos aspectos, los concelebrantes son más bien parte de la asamblea que dirigentes del
culto. Sólo el celebrante principal recita las oraciones presidenciales; sólo él debe hacer la homilía,
aunque en ocasiones especiales pueda ser oportuna que la haga uno de los concelebrantes.

Los concelebrantes deben ser vistos pero no oidos


Las rúbricas insisten en que el volumen de voz de los concelebrantes, sobre todo en la
Plegaria Eucarística, sea "bajo" (IGMR 170). Los concelebrantes no actúan como un gran coro
griego. Deben ser vistos ciertamente. Durante la Plegaria Eucarística deben estar cerca del altar pero
no necesariamente junto a él (IGMR 167).
El gesto de la imposición de las manos durante la invocación del Espíritu Santo es el único
gesto prescrito para los concelebrantes y debe ser hecho de ordinario con las dos manos (IGMR
174). El gesto a las palabras de la Institución es opcional (IGMR 174).

El celebrante principal debe ser oido


Ciertos celebrantes principales tienen la mala costumbre de bajar la voz durante la recitación
de la sección común de la Plegaria Eucarística. Esto entorpece más aún la celebración pues los
concelebrantes no pueden oir fácilmente al principal si reduce su voz a un murmullo.
El requisito de que todos los concelebrantes reciten la sección central de la Plegaria
Eucarística está en el Rito actual sólo por satisfacer postulados de la teología contemporánea (no
faltan quienes piensan que tal práctica no es buena liturgia).
Una proclamación comunitaria de la Plegaria Eucarística nunca debe parecerse a la
recitación de un coro de la tragedia griega. El celebrante principal debe presidir también durante la
concelebración y dirigir la oración de los presbíteros concelebrantes. ¡Para hacerlo bien, debe ser
oído! En general, el celebrante principal debe elevar el volumen de su voz durante la recitación en
común, de modo que le oigan tanto los concelebrantes como la asamblea durante esta que es la más
importante de las oraciones (IGMR 170).

El celebrante principal no debe tener dos capellanes asistentes si no


es obispo, en cuyo caso los capellanes asistentes debieran ser
diáconos
En no pocas celebraciones, uno ve con frecuencia tres concelebrantes "principales". Tal
práctica es problablemente una imitación inconsciente de la antigua "Misa solemne de tres
sacerdotes", con su pizca de "capellanes del obispo". En ningún sitio se sugiere tan siquiera que un
simple presbítero necesite asistentes o capellanes durante la concelebración.
Los concelebrantes deben sentarse juntos, aparte del celebrante principal. Si éste necesita
asistencia por falta de ministros cualificados (diácono o acólitos), uno o dos concelebrantes pueden
ayudarle en el momento oportuno, pero no deben sentarse junto con el celebrante principal.
Sólo cuando el celebrante principal es obispo debe tener "a cada lado sendos capellanes que
preferentemente deben ser diáconos, no presbíteros concelebrantes" (cf. CE 26).

No delegues en un solo concelebrante la recitación de la anámnesis


(memorial)
El Misal y la introducción a la Plegaria Eucarística de la Reconciliación prescriben que
todos los concelebrantes reciten juntos (¡y en voz baja!) la Plegaria Eucarística desde la epíclesis
consecratoria, pasando por la consagración y anámnesis o memorial, hasta la epíclesis de comunión
(IGMR 174) inclusive. Esta sección constituye una esquemática mini-plegaria eucarística con todos
los elementos comunes a todas las plegarias eucarísticas y considerados esenciales por muchos
autores.
Conforme al espíritu del Rito romano, cada concelebrante debe recitar toda esa sección (es
decir, la mini-plegaria eucarística) para concelebrar lícitamente. Recitar sólo la primera mitad hasta
las palabras de Cristo inclusive, o recitar sólo las palabras de la Consagración no satisface las
exigencias de las rúbricas.
Hay que añadir que algunos teólogos notables, entre ellos Karl Rahner, S.J., ponen en tela de
juicio la necesidad de expresar oralmente parte alguna de la Plegaria Eucarística al concelebrar. Sin
embargo, mientras no haya ningún cambio oficial en las rúbricas, todos los concelebrantes deben
recitar el memorial o anámnesis y la invocación de comunión o epíclesis después de la consagración
al igual que la invocación que la precede.
Por otra parte, no es necesario que el celebrante principal delegue en los concelebrantes
parte alguna de la Plegaria Eucarística. El celebrante principal puede preferir recitar él mismo toda
la Plegaria, y algunos autores opinan que eso es lo más litúrgico.

El símbolo esencial de la eucaristía es un pan y un cáliz: por tanto,


en la doxología, sólo una patena y un cáliz deben ser elevados
Existe la mala costumbre de que dos concelebrantes eleven sendos cálices mientras el
celebrante principal eleva la patena. Parece que esto se hace por razón de la simetría, y lo mismo se
puede decir de lo de tener dos "capellanes". Tal costumbre se funda en una razón extralitúrgica (la
simetría o equilibrio). Lo correcto es que el presidente eleve la patena y el diácono el cáliz (a falta
de diácono, un concelebrante), puesto que de todos modos en el altar debe haber sólo un cáliz
(IGMR 135). La forma correcta, una vez más, da relieve al símbolo fundamental de un pan y un
cáliz.
SUGERENCIAS FINALES

En un poema de Robert Burns se leen estos versos frecuentemente citados:


Ojalá nos diera algún Poder / vemos a nosotros mismos / como los otros nos ven.
A este pensamiento de R. Bums podemos añadir por nuestra parte una adaptación al caso de
las palabras de nuestro Señor en el evangelio de san Mateo (13,9):
El que tenga ojos para ver que vea.
Si consiguiéramos despojamos de la venda que cubre nuestros ojos y pudiéramos ver
nuestros defectos como los ven los otros, podríamos mejorar nuestras vidas y nuestras celebraciones
litúrgicas.
Después de leer u hojear este libro cabe preguntarse: ¿qué debe hacer un celebrante para
perfeccionar su estilo litúrgico? ¿Qué debe hacer un equipo litúrgico en una parroquia o comunidad
para mejorar las liturgias parroquiales? Ojalá hubiera una respuesta sencilla para estas preguntas; el
que la encuentre podría ser canonizado por su gran aportación a la vida espiritual; ¡y de paso se
podría hacer millonario en esta vida!
Pero no hay respuesta sencilla. En algunos casos, ayudar a otros a mejorar sus liturgias
puede resultar tan difícil como enseñar a ser grandes actores a unos adolescentes: ellos tienen buena
voluntad pero su técnica necesita mucho desarrollo. Algunas sugerencias, sin embargo, pueden ser
de utilidad.
En primer lugar, los sacerdotes ordenados hace cierto número de años podrían arriesgarse a
que alguien grabara en vídeo cualquiera de sus misas ordinarias o una "misa seca" celebrada por él.
La grabación en vídeo es hoy una técnica común en muchos seminarios en la clase de liturgia para
los futuros sacerdotes. Rara será la parroquia donde no haya alguien con un tomavistas y vídeo.
En las clases del seminario, después de grabar una "misa seca", profesores y condiscípulos
critican al celebrante y hacen sugerencias con el fin de señalar las rúbricas cuya letra o cuyo espíritu
no se han observado, y también para ayudarle a ser más natural, más humano en sus gestos, lo
mismo que un actor es ayudado por su entrenador o director a ser más natural en un papel
dramático. La misma crítica puede hacerse sin vídeo, pero la grabación tiene la ventaja para el
celebrante de "verse como los otros le ven" si "tienen ojos para ver" como dicen los versos y el
versículo antes citados.
Otras sugerencias para sacerdotes veteranos es visitar otras iglesias y "oír" misa entre el
pueblo para aprender de otros celebrantes lo que es o no es útil al presidir la oración de la
comunidad. Es raro ver a un sacerdote asistir a la Misa presidida por otro. Pero esa experiencia
puede abrirle los ojos (¿por qué hace eso? ¿estaré yo equivocado?). Para más de uno la experiencia
puede ser un tormento (¿es que no va a terminar nunca esa horrorosa homilía? ¿predico yo tan mal
como él?)
Con el fin de perfeccionar gestos y actitudes y otros aspectos del estilo, una de las
sugerencias de un profesor de seminario en una clase práctica de liturgia es que el futuro sacerdote
"diga la misa" delante de un espejo de cuerpo entero sin palabras, tratando de que sus gestos y
lenguaje corporal "hablen". Una crítica a base de esa técnica puede ser esclarecedora. ¿Transmite un
gesto determinado el sentido del texto no pronunciado? ¿Por qué? ¿Cómo puede mejorarse? Lo
mismo se puede conseguir con el vídeo suprimiendo el sonido.
Finalmente, puede ser útil para todo celebrante leer, una vez al año, la Institutio generalis del
Misal romano y las rúbricas detalladas del Ordinario de la Misa para recordar lo que se debe y no se
debe hacer. Cuando uno cae en una rutina es difícil corregirla aunque sea incorrecta. Sin embargo,
el culto del Señor y el servicio del pueblo de Dios se merecen que hagamos ese esfuerzo. Las
rúbricas del misal son como una receta para hacer una buena tarta. Seguir o no seguir las rúbricas
(como las instrucciones de la receta) no garantiza automáticamente el éxito o el fracaso. Pero hacer
caso omiso de los principales elementos puede llevar al desastre. Uno no substituye la sal por el
azúcar porque se parezcan un poco.
Este libro es un intento de ayudar a los celebrantes y a todos los ,que trabajan en la liturgia a
ser más sensibles a las tradiciones litúrgicas auténticas tal como están reflejadas en el Rito romano.
Seguir las sugerencias presentadas aquí no garantiza automáticamente una Misa perfecta, ni
tampoco eliminará todos los problemas. Pero hacerse sensible a los principios que subyacen bajo
estas sugerencias puede ayudarnos a comprender que el culto de nuestro Dios es algo más que
acciones mínimamente correctas y torrentes de palabras.
Es una inter-acción humana, un asunto del corazón, un esfuerzo combinado de todos los
creyentes reunidos en asamblea, cada uno llevando al otro a un amor más profundo de Dios y a un
compromiso recíproco entre los hermanos que comparten el Pan de Vida y la Copa de Salvación
eterna.