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Venezuela sin fondo… y sin

alternativas
La crisis venezolana sigue avanzando. Pero, contra lo que podría
creerse, la oposición no puede sacar ventaja de ella y Nicolás Maduro
se prepara para las presidenciales de 2018 aprovechando sus triunfos
recientes.

Por Manuel Sutherland

Diciembre 2017

El domingo 10 de diciembre fue un día muy interesante


en Venezuela. En el medio de la crisis económica más
fuerte en la historia moderna del país, el gobierno pudo
asestar otro duro golpe a la moral de la oposición. De
manera categórica el chavismo ganó el 91% de los
municipios y arañó el 70% de los votos. Cabe
preguntarse cómo se gestó una nueva victoria (la
segunda en menos de tres meses) en medio de
semejante degradación económica y social y cuáles son
las perspectivas para un futuro que se torna aciago para
la clase trabajadora venezolana.

La peor crisis económica de la historia

Por cuarto año consecutivo Venezuela presentará la


inflación más alta del mundo (estimada en cerca de
1.200% para 2017), un déficit fiscal de dos dígitos (por
sexto año consecutivo, aunque es difícil calcularlo con
exactitud por falta de datos), el riesgo país más alto del
globo, la cantidad de reservas internacionales más baja
de los últimos 20 años (menos de 9.800 millones de
dólares) y una tremebunda escasez de toda clase de
bienes y servicios esenciales (alimentos y medicinas). El
dólar paralelo (que sirve para fijar casi todos los precios
de la economía) se ha incrementado en más de 2.500%
en lo que va de año, lo cual ha desintegrado por
completo el poder adquisitivo de la población.

Las estimaciones más moderadas afirman que desde


2013 hasta 2017 puede haber una caída acumulada del
PIB de 32,5%. Las estimaciones más conservadoras nos
llevan a pensar que el PIB per cápita para 2017 será tan
bajo como el de 1961. Los números son tan
abrumadoramente negativos que el gobierno se ha
negado a publicar el grueso de ellos desde hace varios
años. La economía de Venezuela jamás había
descendido por más de dos años consecutivos; a la
fecha, con toda seguridad tendremos cuatro años de
decrecimiento consecutivo.

Según la firma Econométrica, Venezuela entró en


hiperinflación el pasado mes de octubre cuando registró
un incremento en los precios de 50,6% con respecto al
mes anterior. De manera extraña para un gobierno que
se precia de ser de izquierda, la dirección del proceso
bolivariano cree que debe pagar la deuda externa así no
haya un solo dólar para importar vacunas o harina de
trigo. De tal forma, el gobierno ha desoído propuestas de
muchos grupos (incluyendo a algunos de la propia
derecha) que esgrimen la necesidad de una moratoria y
atender las necesidades más elementales de una clase
trabajadora ferozmente depauperada. Luego de caer en
default parcial, el gobierno decidió reestructurar su
deuda y llamar a una extraña reunión a sus acreedores.
Como era de esperarse, los bonistas estadounidenses
(cerca del 70% del total de los tenedores de la deuda) no
llegaron a la reunión y la comisión nombrada por Nicolás
Maduro para tal negociación ni siquiera ofreció un plan
alternativo de pagos; solamente ofrecieron un discurso
ideológicamente centrado en las sanciones de Donald
Trump y sus maledicentes secuaces. En tal sentido, solo
se avanzó en reestructurar la deuda con Rusia (un 2% de
la deuda total). Pero por más horripilante que parezca el
escenario económico, la máxima preocupación parece
ser el desborde del hampa. La cuasi desaparición del
aparato productivo ha impulsado un proceso de
«lumpenización» estructural que empuja a miles de
personas a actividades cuasi delincuenciales o
directamente delictivas. La policía está completamente
desbordada y el ejército ha demostrado ser
completamente inútil para combatir ese flagelo.

En el sector salud es donde parece ser más patente la


implosión del proceso nacional de acumulación de
capital. El último boletín epidemiológico mostró que
11.446 niños menores de un año murieron en 2016: un
aumento de 30% en solo doce meses. Un informe
reciente de la Organización de las Naciones Unidas
(ONU) y la Organización Panamericana de la Salud
encontró que 1,3 millones de personas que antes podían
alimentarse en Venezuela no han podido encontrar la
comida necesaria desde que se desató la crisis hace tres
años. Un asunto dramático que se refleja en centenares
de personas que hurgan en la basura para poder comer
cualquier desecho.

En el medio de semejante cataclismo la oposición


agrupada en la Mesa de Unidad democrática (MUD)
debería haber podido frotarse las manos y preparar una
campaña para una victoria cómoda. Sin embargo, ya
sabemos que los resultados fueron otros…

Derrota anticipada
Como vaticinamos en un artículo anterior, el gobierno
aprovecharía su estela «triunfadora» para adelantar los
comicios y seguir asestando mazazos a sus opositores.
Luego de una estrepitosa derrota en las elecciones a
gobernadores (el chavismo ganó 18 de 23
gobernaciones) y de tímidos cánticos de fraude, la
reacción de los tres partidos más importantes de la MUD
–Acción Democrática (AD), Primero Justicia (PJ) y
Voluntad Popular (VP)– fue declinar su participación
electoral y llamar a la abstención. Algunos de sus
voceros fueron ridiculizados por periodistas que decían:
¿por qué abstenerse ahora y no en las presidenciales?,
¿cómo aseguran ustedes que las condiciones para las
presidenciales cambiarán? Sus respuestas fueron
sorprendentes: estamos guardando fuerzas para las
presidenciales, no tenemos recursos y vamos a luchar
por mejores condiciones... para muchos de sus
seguidores, la MUD ya no lucha en la calle y ahora
tampoco en las elecciones. Entonces se preguntaban
¿para qué sirve la MUD?

El gobierno aprovechó el momentum político de la


debacle de la MUD (que incluso luego de las elecciones a
gobernadores se disolvió). En tales circunstancias, la
campaña electoral de tres semanas encontró a la
oposición (de derecha y de izquierda) más atomizada
que nunca. Artistas, periodistas, deportistas y cientos de
opositores independientes se lanzaron al ruedo y
fragmentaron los votos en candidaturas protagonizadas
por personajes que desconocen la actividad política, por
viejos políticos «oxidados» o por personas con escasos
recursos y capacidades gerenciales. Por ende, en varios
municipios donde históricamente triunfa la oposición, su
división le jugó en contra y el chavismo monolíticamente
unido recuperó esos territorios.
Cómo se sabe, en elecciones municipales se potencia el
ventajismo y el uso obsceno (diríase, sicalíptico) de los
recursos del Estado por parte del partido del gobierno: el
Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), en el
marco de la sólida unión entre partido-gobierno-Estado-
ejército construida por el chavismo. Cuando hay
campañas, el oficialismo trabaja como engranajes de
una máquina, no es solo que usa los recursos estatales
como caja chica, sino que dispone de sus empleados, es
decir, los convierte en propagandistas y agitadores
proselitistas. Se cierran oficina y se cambian horarios
para facilitar la asistencia a tareas de «apoyo electoral».
Se trata de un gobierno que, de manera asombrosa, está
en campaña los 365 días del año y las 24 horas del día.
El descuido administrativo es atroz (por la ineficiencia
que conlleva), pero nada de eso importa: la prioridad es
triunfar en las elecciones a cualquier precio. Y en esa
campaña resultan claves los Comités Locales de
Abastecimiento y Producción (CLAPS), para el acceso
popular a alimentos a bajo precio. Y además se asiste al
reparto de electrodomésticos, bonos, tickets de premio y
un sin fin de productos a miles de familias que
demostraban intención de voto bolivariana. Pero, a
diferencia de otros procesos, esta vez los candidatos a
alcaldes hacían los obsequios de manera directa y
prometían que con más apoyo llegarían más dádivas.

Lejos de parecer «populismo clientelar» para sus bases,


las prebendas lucen como un esfuerzo sublime de un
gobierno que entrega alimentos y mercaderías
(generalmente importada) que la «guerra económica»
impide obtener. De tal forma, se solidifican los lazos
ideológicos entre la honesta base chavista que cree que
el gobierno hace «milagros» para ayudarle y la dirección
que hace lo «posible» por hacer llegar la gratificación
estatal. Quedó para la historia el post en Facebook de la
flamante alcaldesa chavista del municipio Libertador de
Caracas: «Maduro habló de un regalo a través del carnet
de la patria a los que voten. Sáquenle punta a eso».

No obstante, los servicios públicos –prácticamente


gratuitos– empeoran día a día y debido a que las
empresas no tienen como cubrir costos de
mantenimiento, tienden a ser escasos, de muy mala
calidad y eventualmente a colapsar. Aun cuando ha
habido una inflación sideral, los precios de esos servicios
siguen congelados. A modo de ejemplo, una docena de
huevos es más costosa que 2 gandolas de 30 mil litros
de gasolina de 91 octanos. Un ticket de metro para la
ruta más larga equivale a 0,000032 dólares a precio de
mercado paralelo.

Los precios verdaderamente ornamentales de servicios


vitales, complementan un salario indirecto de manera no
despreciable y permite que los salarios en metálico sean
extremadamente bajos. Muchos políticos y economistas
liberales hablan de ajustar drásticamente estos precios
sin tan siquiera diseñar planes de compensación social.
Dichas promesas asustan y alejan a personas que
sumidas en la pobreza no podrían pagar prácticamente
nada, con un salario que salario que, sumado al bono de
alimentación, equivale a menos de 4 dólares mensuales
en el mercado paralelo.

El cálculo del salario en términos del dólar paralelo es


tremendamente inexacto. Distorsiona al extremo el
cálculo del poder adquisitivo ya que no toma en cuenta
los servicios semigratuitos. De todos modos, el salario
más el bono alimentación (que no reciben los
trabajadores informales, ni los pensionados) no alcanza,
por ejemplo, para comprar –en un mes–: 3 pollos o 4
kilos del queso más barato o 2 kilos de jamón de espalda
o 5 kilos de azúcar. Los trabajadores se ríen pensando
que no pueden comprar ni 2 kilos de chuleta de cerdo en
un mes y que una gallina al poner un huevo gana más
que un obrero que trabaja 8 horas en un día. El gobierno
ha sido exitoso en vender esa situación como una
«guerra económica», las lesivas sanciones de Trump y la
Unión Europea (UE) les dan alas para reforzar una tesis
disparatada. Cuando muchos venezolanos ven subir los
precios se preguntan: «¿Hasta cuándo estos ‘ladrones’
van a seguir subiendo los precios?» El gobierno ha
sembrado la idea de que los precios deberían
permanecer estáticos y que todo aumento es artificial:
inducido, por razones de una conspiración política
orquestada desde el imperio.

Elecciones presidenciales y futuro político incierto

La oposición desprecia el enorme poder político que


pueden desplegar los mecanismos del gobierno. De
manera dramática, esta ha recogido los frutos de las
desastrosas aventuras golpistas llamadas «guarimbas +
trancazos», suerte de cortes de ruta con paramilitares y
agresiones de todo tipo a personas que son (o parecen
fenotípicamente) chavistas. Los saqueos y el vandalismo
fueron vistos con horror incluso por opositores que los
sufrieron y decidieron abstenerse de participar de esas
protestas.

En tales circunstancias, Maduro ha decidido lanzarse a


las elecciones presidenciales como candidato del PSUV.
De competir con una oposición de derecha y
ultraderecha divida, escenario que pueden estimular
comprando a varios candidatos con el rollizo peculio que
manejan, podrían fácilmente ganar con un 30% de los
votos, en un contexto de fuerte abstención y con
candidatos desprestigiados. Obviamente, el gobierno
dispone de un caudal ilimitado de bolívares que podría
imprimir sin problemas y repartir a sus más fieles
seguidores y, en un sedoso efecto de goteo, podría
caerle algo a millones de personas que anhelan al
menos un auxilio.

Con varios de sus candidatos inhabilitados o en prisión,


parece que para la oposición de derecha la única vía es
un outsider, un empresario «exitoso», fuertemente
mediatizado y con perfil apolítico. Este «mesías» se
vendería como el gran gerente ajeno a la «politiquería»
y con una sólida aversión a los politicastros. Un Macri
venezolano parece la garantía de un proyecto derechista
que busca competir con otra derecha de discurso
antagónico y acción análogamente nociva a los
estómagos venezolanos. La clase obrera y la izquierda
socialista aún siguen siendo los convidados de piedra…
OPINIÓN

América Latina frente a


Venezuela
Venezuela se enfrenta hoy a la crisis más dolorosa y de mayor alcance
de América. Algo está claro: hay muchos intereses en juego.

Por Juan Gabriel Tokatlian

Agosto 2017

La Revolución Bolivariana que comandó Hugo Chávez no


prometió una democracia liberal. Su propósito era
establecer una democracia mayoritaria que
desembocara en una democracia participativa. Se
retomaba, aunque en clave popular y antielite, lo que en
1919 publicó el periodista y político venezolano
Laureano Vallenilla Lanz, en su libro Cesarismo
democrático. Ante lo que concebía como la existencia de
un pueblo incapacitado, Vallenilla reivindicaba para el
país el ideal del caudillo carismático y gendarme que
concentrase poder y garantizase orden. O, puesto en
otra clave y en términos de Antonio Gramsci, ante la
muy aguda inestabilidad derivada del «Caracazo» de
1989, Chávez aparecía para muchos como la expresión
de un «cesarismo progresista».

A partir de la gestión de Nicolás Maduro, la incierta


aspiración a una democracia mayoritaria encabezada
por un «buen César» se transformó en un «cesarismo
regresivo» y en una oclocracia liderada por un «mal
César». Según Polibio (siglo II a. C.), la oclocracia
desvirtuaba la democracia con su recurso a la
demagogia y la ilegalidad. En una interpretación más
moderna, en una oclocracia, antes que fortalecer a un
pueblo organizado y el poder popular, se instrumentaliza
a las masas por diferentes medios y se afirma una
estrecha base de apoyo para lograr la supervivencia de
un grupo en la cima del gobierno. Ahí se produce un
retroceso: componentes básicos de toda democracia,
como la protección de los derechos humanos, se
degradan y surgen dispositivos autoritarios. En
Venezuela esto se da en medio de una monumental
crisis económica, que arrasa con los avances que
beneficiaron a los sectores populares, agudiza la
confrontación social y refuerza una economía sustentada
en el petróleo.

Pero más allá de tal o cual definición politológica que


precise la naturaleza del régimen actual, la comunidad
internacional debe lidiar con la Venezuela realmente
existente y no con la que impugnan sus críticos de
distintas orillas políticas, la que desean los que abogan
por una democracia liberal o la que defienden los amigos
del «socialismo del siglo XXI».

Tal realismo demanda, de entrada, la respuesta a una


pregunta: lo que hace el gobierno de Maduro ¿es el
resultado de una gran cohesión del «chavismo» y su
plan de perpetuación en el poder, que se produce en
medio del avance de fuerzas opositoras unificadas y
legitimadas y ante el surgimiento de inquietantes fisuras
en la fuerza armada? Si la respuesta es sí, entonces no
es mucho lo que pueden hacer América Latina y la
comunidad internacional para frenar un choque de
trenes ruinoso. Si, por el contrario, lo que subyace es la
existencia de pugnas intensas en la cúpula dirigente, la
creencia de ciertos sectores oficiales de que no es viable
la perennidad del gobierno, la presencia de conscientes
voces opositoras que comprenden que es imperativo
acumular respaldos de manera pacífica y el temor de los
militares de las consecuencias de una profunda división
del país, entonces sí habría una pequeña –muy
pequeña– ventana de oportunidad para que la región
aportara una solución política que siempre será posible
por lo que hagan los propios venezolanos.

Pero si fuera esto factible, América Latina debe superar


cuatro dificultades evidentes. Primero, los mandatarios
deben evitar que sus preferencias ideológicas
obstaculicen el posicionamiento de cada país: se
necesitan mentes lúcidas y prudentes. Segundo, el caso
Venezuela no puede ser solo funcional a la dinámica
interna –electoral y/o política– de cada nación: se
requiere un balance entre motivaciones internas y
responsabilidades externas. Tercero, es disfuncional para
la región en su conjunto, y más allá de esta coyuntura,
puede erosionar, por acción u omisión, los foros como la
Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), la
Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños
(Celac), entre otros. Y cuarto, es estratégicamente
contraproducente aislar y aislarse de Venezuela y
contribuir así inadvertidamente a que Estados Unidos
asuma un papel protagónico que será, con más
sanciones y amenazas, el preámbulo de mayor
inestabilidad en el área: toda América Latina está en una
situación demasiado delicada como para jugar con
fuego.

Si se lograsen superar los obstáculos mencionados, dos


cuestiones son fundamentales. Por un lado, aunque es
esencial un cambio, Latinoamérica no debería
precipitarlo. La idea de una transición inmediata puede
ser incluso peligrosa. En octubre próximo habrá elección
para gobernadores y la presidencial de 2018 será en
diciembre. Se debería procurar que esa fecha fuese
efectivamente anticipada. Por otro lado, si se avanzara
en una salida a la crisis, hay que reconocer que la
situación económica no se resolverá rápida ni fácilmente
y, por lo tanto, habrá que comprometerse en serio con el
futuro venezolano. La eventual transición venezolana
debiera acompañarse para que no resulte en una
frustración que, a su turno, reagudice las
contradicciones imperantes; contradicciones que en el
fondo expresan el agotamiento de un modelo social,
económico y político anclado en el rentismo petrolero.

América Latina ya ha conocido en los años 60, y por


décadas, lo que sucedió después de la Revolución
Cubana. La mezcla de plegamiento a Washington en su
política de cercamiento, aislamiento y punición de La
Habana y la ausencia de una mínima concertación
regional pragmática para evitar cortar puentes con Fidel
Castro tuvo consecuencias lamentables para la región.
Se «continentalizó» definitivamente la Guerra Fría y se
contribuyó a exacerbar clivajes internos en cada país
como reflejo de ello; esa combinación fue nefasta para el
bienestar, la estabilidad y la autonomía de las naciones
latinoamericanas. Sin duda, aquella experiencia debe
haber dejado algunas lecciones.

En forma concomitante, en Venezuela hay intereses


regionales en juego. Venezuela se enfrenta hoy a la crisis
más dolorosa y de mayor alcance de América. La
degradación de la situación actual sería catastrófica para
todos los venezolanos y podría tener efectos nefastos
para América Latina. En estos momentos, la comunidad
internacional sabe cuánto se ha deteriorado la
economía, cuán profunda e intensa es la polarización
política y cuán ineficaces han sido las contribuciones
puntuales de buenos oficios desde el exterior.
Básicamente, el país se encuentra atrapado en una
situación inestable y de signo negativo. En ese contexto,
la parálisis diplomática y la retórica agresiva solo
garantizan una menor defensa de los propios intereses
nacionales de los países vecinos y de los más distantes
también. Preservar América Latina como zona de paz es
una autoexigencia ineludible para la región.

Finalmente, en el caso de Venezuela es primordial evitar


lo que llamo el «efecto Bubulina». En la película Zorba el
griego había un personaje, Madame Hortense (que
interpretó Lila Kedrova, que recibió por este papel el
Oscar a mejor actriz secundaria en 1964), quien
habitaba el autodenominado Hotel Ritz, que pudo haber
tenido cierto esplendor pero que se fue deteriorando
paulatinamente. A ella se la conocía en el pueblo como
la «Bubulina». Buena parte de los aldeanos –en este
caso, de Creta– estaba a la espera de la muerte de la
Bubulina para saquear el hotel. Y en efecto, eso ocurre
cuando alguien grita que ella falleció. Uso
metafóricamente esa imagen para sugerir que lo peor
que puede suceder en esta hora es que buena parte de
los gobiernos del continente –e incluso, extrarregionales–
procuren usufructuar la grave crisis venezolana; unos
para propósitos internos de diversa índole, otros para
acercarse más a Washington suponiendo que obtendrán
ventajas de algún tipo; otros en función de cálculos
estratégicos respecto a la riqueza petrolera del país, etc.

Este es el momento de que la región repiense qué quiere


y puede hacer para que Venezuela no se deslice hacia
un abismo de imprevisibles costos internos y regionales.

(Nota: esta es una versión aumentada de la columna


aparecida en el diario Clarín con el título «¿Quo vadis,
Venezuela?»)
OPINIÓN

Venezuela, más allá de todo


Los bloques regionales y los centros de poder opinan sobre Venezuela.
Desde Trump a la ONU, desde la Unasur a la Unión Europea. ¿Qué es
lo que viene en el país más conflictivo de América Latina?

Por Ayelén Oliva

Agosto 2017

No es guerra ni revolución. Es conflicto. Y en el centro


del conflicto siempre está la violencia como último
recurso. Sea violencia en acto – esa que aparece cuando
una bala le parte la cabeza a un manifestante–, o su
contracara silenciosa – la violencia de situación que se
traduce en opresión–. Venezuela vive una confrontación
de dos voluntades en la que una intenta dominar a la
otra con la esperanza de imponerse. Una desde el
control del Estado. La otra, con el respaldo de una
multiplicidad de actores externos.

Se ha instalado la idea de que la mecha que encendió


las protestas opositoras, sostenidas hace ya varios
meses en las calles y que han dejado más de un
centenar de muertos y varios detenidos, fue la decisión
del Tribunal Supremo de Justicia de asumir las
competencias de la Asamblea. Sin embargo, pocos
rescatan las causas que llevaron a esa decisión. Unos
días antes, la Asamblea Nacional había instando por
medio de un proyecto firmado por todo el arco opositor,
a la aplicación de la Carta Democrática de la OEA como
«mecanismo de resolución pacífica de conflictos» en pos
de «restituir el orden constitucional» en Venezuela. En
una apuesta arriesgada, fue la oposición desde sus
bancas en el Congreso, la que llegó a pedir la suspensión
de su país del bloque y la intervención de este
organismo en la política venezolana. La supeditación de
la estrategia opositora a un actor internacional fue leía
como actitud desafiante por el oficialismo que optó por
hacer jugar a la Justicia a su favor de manera bastante
torpe. El secretario general de la OEA jugó, a mediados
de marzo, un rol fundamental en tensionar aún más la
situación.

Luis Almagro había presentado, unas semanas antes a


esta decisión de la Asamblea, la actualización del
informe del organismo donde invocaba la aplicación de
la Carta Democrática que no había podido aplicar el año
anterior por falta de apoyo. En una jugada estratégica,
Almagro logró reinstalar el tema en la agenda de la
política internacional bajo la amenaza de expulsión en el
caso en que el gobierno no llamara a elecciones
generales en los siguientes 30 días. De ahí, todo lo
anterior.

Es evidente que los actores externos no permanecen


ajenos a este conflicto donde también se juega su
proyección internacional. «No queremos ser Venezuela»
escuchamos hasta el cansancio en los debates de
diversos países. Legisladores argentinos, diputados
brasileños y políticos españoles han hecho de esa frase
un mantra permanente. El fantasma de la crisis
económica aparece como intimación engañosa si
tenemos en cuenta que el ingreso en divisas en países
como Argentina o Brasil no depende de un solo producto
como sí es el caso de Venezuela, trampa
malintencionada, a su vez, la de reducir a la mala
gestión de gobierno como única causa del caótico
panorama que atraviesa ese país. Sin ninguna duda, la
administración de una economía con una caída del 60
por ciento de los ingresos en divisas respecto al año
anterior, es inviable para cualquiera administración, sea
del color político que sea y con el presidente que sea.

La Venezuela de Chávez fue la punta de lanza, marcó el


pulso de los gobiernos izquierda y progresistas de la
región que llegarían un par de años más tarde y, a su
vez, es ella quien aún persiste por la fuerza, en medio
del viraje político de corte liberal que se abre paso en
América Latina. Sin embargo, la apuesta desesperada a
la convocatoria a una Asamblea Constituyente, con el fin
de cambiar el pulso de la agenda política junto a la
necesidad de crear un nuevo marco legal capaz de
respaldar las siguientes decisiones y de patear para
adelante la convocatoria a una elección general, restó
aliados en el plano internacional y terminó por romper la
frágil posición que mantenía el Mercosur de no
interferencia.

Con la amenaza siempre latente de su suspensión, los


gobiernos de Argentina, Paraguay y el de Michel Temer
en Brasil intentaron, por medio de su herramienta
regional, instar a un cambio de rumbo en la política
venezolana. Uruguay, con un protagonismo emergente
casi desconocido, resultó el contrapeso político a los
gigantes sudamericanos, posición que no logró sostener
una vez convocada las elecciones para la Constituyente
haciendo que el bloque como un todo compacto,
terminara por darle la espalda al gobierno de Maduro. Al
no existir la expulsión, la aplicación de la suspensión
permanente de Venezuela del bloque por la «ruptura del
orden democrático» , resulta la máxima sanción prevista
por el organismo. Esta decisión termina de dejar
completamente aislada a Venezuela en su propio
terreno, donde sólo mantiene el apoyo de Bolivia ya que
Ecuador, bajo la administración del nuevo presidente de
Alianza País, Lenin Moreno, acaba de expresar
públicamente su preocupación por la situación política
de Venezuela.

El gran ausente es Unasur. Ernesto Samper, ex


presidente de Colombia, quien dejó el cargo de
secretario general del bloque a finales de enero, sostuvo
que «la intervención de Unasur en el proceso de
Venezuela está absolutamente congelada». El problema
es que este organismo atraviesa su propia crisis interna,
un proceso de vaciamiento de su poder real como lo
tuvo el Mercosur cuando la Unasur comenzó a disputarle
el protagonismo regional, por lo que no cuenta con la
entereza suficiente para dar respuesta. Si el Mercosur
tuvo su raíz comercial en plena década liberal, la Unasur
fue su contracara, un organismo fundamentalmente
político que emergió como instancia supranacional con
un sello de época.

El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump,


sorprendió en los últimos días con la amenaza de una
violencia en acto. Aseguró que su gobierno no descarta
la posibilidad de una intervención militar en Venezuela.
Imprudente, como siempre, Trump sostuvo que es su
condición de país vecino hacía más fácil la idea de una
intervención, «tenemos tropas por todo el mundo, por
qué no ir aquí al lado».

Pero el rechazo a estas declaraciones fueron absolutas.


«Ni dictadura ni intervención», expresó como voluntad el
secretario general de la ONU. António Guterres sostuvo
que «América Latina ha logrado librarse tanto de la
intervención extranjera como del autoritarismo. Esa es
una lección que es muy importante salvaguardar,
concretamente en Venezuela».

Por su parte, la Unión Europea fue uno de los primeros


bloques regionales en hacer público su rechazo a la
convocatoria Constituyente. Federica Mogherini,
representante de la Unión para la Política Exterior,
sostuvo que «no pueden reconocer la Asamblea
Constituyente por su preocupación en cuanto a su
efectiva representatividad y legitimidad». La crítica se
centra en la falta de representación de un Legislativo
que no contó con la participación de la oposición. Pero
no fue la primera declaración fuerte contra el oficialismo,
si tenemos en cuenta la presión política que se ha dado
desde ese organismo en el reclamo por la liberación de
los políticos presos. Bruselas insiste en la importancia de
respetar el calendario electoral, abrir un canal
humanitario, liberar a los opositores y respetar la
Asamblea Nacional.
El único aliado al gobierno de Venezuela parece ser
Rusia. El Kremlin respaldó la Constituyente y criticó a los
países que no la reconocieron. En un comunicado del
Ministerio Relaciones Exteriores ruso, denunciaron una
«presión económica sobre Caracas» por parte de los
países centrales para profundizar la polarización y el
enfrentamiento. Si bien el apoyo político es clave, el
respaldo económico desde Rusia resulta limitado.

China optó por ser más prudente. Lo que busca el


gigante asiático, en este momento, es que Venezuela
salde una deuda de unos 65.000 millones de dólares. Si
bien este préstamo da cuenta de los lazos que existen
entre ambos países también expone sus limitaciones.

La buena noticia, entre tanto desconcierto, es que algo


parece haber persistido: el rechazo en América Latina a
cualquier iniciativa de injerencia militar en conflictos de
política interna. La negativa regional a la propuesta
militar de Trump fue rotunda y unánime.

Raúl Castro, en enero del 2014, declaró a América Latina


y el Caribe como zona de Paz. Fue durante la cumbre de
jefes y jefas de Estado de la Comunidad de Estados
Latinoamericanos y Caribeños (Celac) cuando sostuvo
que, una vez resuelto el proceso de paz en Colombia, la
región podía garantizar el camino pacífico y negociado
para la resolución de sus problemas, sin violencia.

En la declaración, firmada hace más de tres años por


una treintena de presidentes de la región, decía:
«Nuestro compromiso permanente es con la solución
pacífica de controversias a fin de desterrar para siempre
el uso y la amenaza del uso de la fuerza de nuestra
región». En estos tiempos peligrosos, no viene mal
recordarnos las décadas y la sangre que le llevó a
América Latina terminar con largos años de violencia.

De Venezuela a ColombiaLa
emigración no se detiene
La crisis política en Venezuela ha provocado la emigración de muchos
ciudadanos a países vecinos. Colombia es uno de los principales
destinos.

Por Txomin Las Heras Leizaola

Agosto 2017

Durante el siglo XX, Venezuela fue un país receptor de


emigrantes, especialmente a raíz de la Segunda Guerra
Mundial, cuando acogió a cientos de miles de europeos,
principalmente italianos, españoles y portugueses.
Posteriormente, a partir del boompetrolero de la década
de 1970, recibió a otros cientos de miles de ciudadanos
procedentes de Colombia, Ecuador, Perú y República
Dominicana, quienes encontraron en el pujante país
sudamericano, entonces denominado la «Venezuela
saudita», oportunidades de trabajo y desarrollo
profesional. También fue refugio para importantes
grupos de chilenos, argentinos y uruguayos que huyeron
de las dictaduras que asolaron en esa época el Cono Sur.

Esta situación cambió diametralmente a partir de los


primeros años del siglo XXI cuando, por primera vez en
su historia, Venezuela se vio expuesta al fenómeno de la
emigración masiva de sus ciudadanos, como
consecuencia de la crisis económica que vive el país y
que se expresa en cifras de inflación de tres dígitos,
hiperdevaluación de su moneda, graves problemas de
abastecimiento de alimentos y medicinas, deterioro de
los servicios públicos y del aparato productivo nacional,
así como falta de oportunidades, especialmente para los
más jóvenes.

Según el último estudio del Proyecto de Opinión Pública


de América Latina (LAPOP, por sus siglas en inglés), en
el cual participaron investigadores de la Universidad
Católica Andrés Bello (UCAB) de Venezuela y que está
próximo a publicarse, patrocinado por la Universidad de
Vanderbilt en Tennessee, Estados Unidos, la intención de
emigrar en Venezuela alcanzó en el periodo 2016-2017 a
36,5% de sus habitantes, porcentaje que se eleva a 59%
en jóvenes de 18 a 29 años. Colombia, país con el que
Venezuela comparte 2.200 kilómetros de fronteras
terrestres, es uno de los destinos principales de esta
inédita emigración, junto con Estados Unidos, España y
otros países sudamericanos.

De acuerdo con las autoridades de inmigración


colombianas, en el país residen hoy en día, con visas de
extranjería debidamente expedidas, alrededor de 50.000
venezolanos, y otros 70.000 tienen visas válidas apenas
por tres meses, pues ingresaron como turistas. Más de
160.000 que en algún momento tuvieron esa visa
temporal se encuentran viviendo en territorio
colombiano ilegalmente y se calcula que al menos
140.000 han entrado al país de manera informal, por
trochas de la larga frontera común. Eso da un total de
aproximadamente 420.000 venezolanos que residen en
Colombia. No obstante, la cifra puede ser
sustancialmente mayor si sumamos a los hijos y nietos
de colombianos que en su día emigraron a Venezuela y
que están aprovechando que tienen doble nacionalidad
para instalarse en Colombia con papeles de este país,
por lo que no entran en las estadísticas como
inmigrantes extranjeros.

La emigración venezolana a Colombia se ha dado en


diferentes etapas. La primera se conoce como la de los
petroleros, y correspondió a aquellos empleados de la
estatal Petróleos de Venezuela (PDVSA) que fueron
despedidos por Hugo Chávez en 2003 a raíz de la huelga
que realizaron para presionar por su salida del poder, así
como de empresas de servicios del sector de los
hidrocarburos, que encontraron en Colombia grandes
oportunidades laborales y de inversión en medio de los
altos precios del petróleo. Posteriormente, se produjo
una oleada migratoria de empresarios e inversionistas
cuando en 2007 el gobierno bolivariano comenzó a
mostrar intenciones de radicalizarse. En 2013,
empezaron a emigrar profesionales universitarios con
altas credenciales, así como pequeños inversionistas y
emprendedores, quienes encontraron en las principales
ciudades colombianas mejores sueldos y mayor
seguridad personal y jurídica. A lo largo de este siglo
también ha sido importante la presencia de estudiantes
venezolanos en universidades privadas. Todos los grupos
antes mencionados conformaron una emigración
relativamente pequeña, bien formada y con recursos
económicos.

A partir de 2016 y con más intensidad en 2017, la


emigración venezolana ha tenido una transformación
relevante, no solo porque ha crecido de manera
importante, sino porque se ha dado de forma transversal
y toca a todos los sectores sociales. Hasta hace poco,
era normal encontrar presencia venezolana en los
barrios acomodados del norte de Bogotá o de otras
urbes de Colombia. Hoy, también se encuentran en
zonas de clase media e incluso en barrios populares, a
los que están llegando ciudadanos venezolanos
empobrecidos, muchos de ellos dispuestos a trabajar en
el sector informal o por salarios menores a los
establecidos legalmente, con el objeto de poder
sobrevivir en tierras colombianas o para mandar
remesas a sus familias. Ese era el caso de dos
venezolanos que murieron el pasado abril al
derrumbarse un edifico en construcción en la ciudad de
Cartagena de Indias. Es habitual observar a mujeres y
hombres venezolanos ejercer la mendicidad o la venta
ambulante de baratijas en el transporte público o en las
calles.

La frontera entre Colombia y Venezuela es una de las


más vivas de América del Sur e históricamente ha sido
escenario de un gran intercambio comercial. Por sus
puestos de control fronterizos pasa diariamente un
promedio de 25.000 personas, muchas de ellas
venezolanos que van a comprar alimentos, medicinas y
otros bienes que son difíciles de conseguir en su país, en
un viaje de ida y vuelta en el mismo día. Se trata, sin
embargo, de una frontera conflictiva como consecuencia
de la tensión política que se viven entre ambas
naciones. De hecho, está cerrada al tránsito vehicular
desde agosto de 2015 y el peatonal únicamente tiene
lugar en horas diurnas. Otra cuestión fundamental es el
abundante contrabando bidireccional que tiene lugar en
esa frontera, una de cuyas expresiones más llamativas
es la muy barata gasolina venezolana que pasa de
manera ilegal al territorio colombiano.

El eje Cúcuta (Colombia) - San Antonio del Táchira


(Venezuela), en la zona andina que comparten ambos
Estados, es el punto fronterizo más dinámico. Por allí
pasa a Colombia la mayor parte de los 590.000
venezolanos que han obtenido de las autoridades
colombianas la Tarjeta de Movilidad Fronteriza (TMF), un
documento que les permite estar en Colombia por corto
tiempo y en un radio territorial limitado. Ha sido la
manera que han encontrado las autoridades de Bogotá
de ejercer cierto control ante la creciente presión por la
llegada de venezolanos.

Cúcuta es una de las ciudades más pobres de Colombia,


con los mayores índices de informalidad y desempleo.
Sin embargo, se ha convertido en el primer lugar donde
recala la inmigración venezolana, con graves perjuicios
para sus finanzas y los servicios públicos que ofrece a
sus habitantes. Una de las áreas más críticas es la de la
salud, pues la población del vecino país que acude a sus
dispensarios y hospitales ha sobrepasado la capacidad
de atención sanitaria. La capital del departamento del
Norte de Santander es también un punto de paso para
los venezolanos que siguen por tierra no solo a otras
ciudades colombianas sino a Ecuador, Perú, Chile y
Argentina. Solamente de enero a julio de 2017, 82.000
venezolanos salieron de Colombia a Ecuador por vía
terrestre, según las autoridades colombianas.

Hasta mediados de 2017 no se habían observado


mayores cambios en las rígidas políticas migratorias
colombianas. No obstante, ante las dimensiones que
está tomando el problema y la gravedad de la crisis
político-económica que padece Venezuela –la cual no
parece que vaya a remitir en el corto plazo–, el gobierno
colombiano optó por tomar una medida extraordinaria y
sin precedentes para regularizar la situación migratoria
de alrededor de 200.000 venezolanos que hoy están, o
pronto estarán, ilegales. Para ello, la Cancillería les
concederá un Permiso Especial de Permanencia (PEP),
que permitirá a aquellos que ya emigraron trabajar en el
país y acceder a servicios educativos y de salud. La
medida ha sido calificada como insuficiente por
organizaciones de derechos humanos, pues no se aplica
a inmigrantes que lleguen al país a partir del mes de
agosto.

De esta manera, Colombia adopta una política respecto


a los emigrantes venezolanos similar, aunque aún no tan
benévola, a la de Perú y los países que aceptan la visa
de Mercosur, como Brasil, Argentina, Uruguay, Chile y
Bolivia. Diversas autoridades nacionales y regionales
colombianas y los principales medios de comunicación
han expresado la necesidad de adelantar una política
solidaria con la emigración venezolana, como respuesta
a la que tuvo Venezuela en el pasado con sus similares
latinoamericanos. Así, se pretenden frenar expresiones
xenófobas –que tampoco han faltado– e incorporar a los
venezolanos a la red productiva del país. De todos
modos, Colombia quiere estar preparada para peores
escenarios y por eso envió recientemente una
delegación a Turquía con el fin de estudiar el manejo que
ese país ha dado al tema de los refugiados sirios.

Mientras continúa el flujo de venezolanos hacia el


exterior, todo parece indicar que las tradicionales
areperas venezolanas –locales donde venden el típico
pan de maíz relleno– seguirán haciendo cada vez más
parte del panorama de las ciudades de América Latina.