EL NUEVO PROBLEMA URBANO

JACQUES DONZELOT Separata de la revista ESPRIT, n° 258 de noviembre de 1999

ADVERTENCIAS DEL TRADUCTOR: 1 – El presente trabajo, en su versión original en francés, está redactado en un idioma técnico propio de la disciplina sociológica y en un estilo denso, con largos párrafos, separados apenas por comas o punto comas. Ello dificulta la lectura y con más razón la traducción. 2 – Este es un borrador de traducción, escrito en forma casi simultánea con la lectura. Por lo tanto pueden haberse deslizado errores conceptuales, además de errores de estilo. 3 – Muchos términos han sido traducidos con grandes dudas. Por ejemplo: incivil .........................................marginal question urbaine........................problema urbano banlieu.......................................arrabal, alrededores, periferia, etc urbanisme des affinitaires......... urbanismo de los similares 4 – Por lo tanto, para que el presente trabajo fuera correctamente terminado sería necesario: a – Lectura crítica y corrección por parte del especialista en la materia b – Reelaboración del texto castellano por parte del traductor. 5 – En caso de que este trabajo tuviera como destino el ser publicado de alguna forma, sería necesario requerir previamente las debidas autorizaciones legales.  Traductor: M.U.Z. / mayo 1999

EL NUEVO PROBLEMA URBANO 1 Jacques Donzelot2 El problema urbano tiende en este fin de siglo a ocupar el lugar que tenía el problema social a comienzos del mismo. Las referencias se multiplican acerca de problemas tanto en las áreas periféricas de las ciudades como en los ghetos dorados, residencia con sistemas de seguridad especial para las clases pudientes. Si las primeras han despertado interés desde hace ya decenios, las segundas lo hacen desde hace poco, a raíz de la expansión rápida de las comunidades cerradas (gated communities) en América y de su aparición en Francia. La idea de fractura urbana parece así tomar el relevo de la de fractura social. ¿Constituye realmente este problema urbano un problema nuevo o es la manifestación del problema social en las democracias occidentales? Numerosos argumentos avalan la segunda hipótesis. ¿No es acaso pura tautología decir que un problema es urbano porque vivimos en sociedades cada vez más urbanizadas? El hecho de que los problemas sociales se concentren en ciertas partes del área urbana probaría que hay un problema en la ciudad y no de la ciudad. Por el sólo hecho de mantenerse, los conflictos y las fracturas llamados urbanos no tendrían nada de muy original. ¿No existían ya al comienzo del siglo XIX, cuando la alta sociedad se inquietaba con los bárbaros acampando a las puertas de la ciudad? Que la ciudad sea por lo tanto el escenario de la oposición entre pobres y ricos desde el advenimiento del capitalismo ha hecho correr ya tanta tinta que sería ingenuo asombrarse por la representación de una pieza cuyo guión ha sido escrito hace ya mucho. Yo quisiera pasar por alto las prevenciones implícitas en la expresión del problema urbano y referirme al hecho de que asistimos actualmente al surgimiento de un nuevo problema urbano, sensiblemente distinto al que ha sido enfocado durante los años 1960 – 1970, con el debate ya clásico entre Henri Lefebvre, Manuel Castells y algunos otros. Estos autores se empeñaban en teorizar acerca de lo que las luchas urbanas de la época denunciaban en la práctica: los desarreglos que el urbanismo funcional produjo en el marco de la sociedad industrial, la pérdida de la calidad de vida resultante de la sumisión -relativa- del urbanismo a las exigencias de la industria. Lo que se estaba juzgando era, por lo tanto, la calidad de la ciudad, su capacidad para dar cabida a los „usos‟ de los habitantes y no únicamente a la preocupación por el intercambio comercial e industrial.
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Separata de la revista Sprit, no 258 de noviembre de 1999, traducido por Marcelo Urretz Zavalía, para la cátedra de Antropología Urbana (UNsa) a cargo de la docente Sonia Alvarez Leguizamón, sin autorización ni revisión del autor. 2 Sociólogo. Ha coordinado recientemente el número de Esprit titulado ¿Para qué sirve el trabajo social‟.

Hoy, el problema se centra en la capacidad política de la ciudad para crear una sociedad que incluya la plebe ocupante de los espacios residuales de la ciudad industrial y que se constituye en obstáculo para una urbanización de afines que expulsa sus desechos más allá de las zonas del urbanismo funcional y los autoriza a construir cada vez más una sociedad para ellos mismos. Utilizamos el término „plebe‟ deliberadamente, ya que esta población no interviene para nada en la producción de la riqueza social. Ella vive de las migajas que se le conceden; no tiene representantes, tribunos capaces de hacer oír su voz, de pesar para que se la tenga en cuenta. No es más la base de la sociedad sino su margen. Ella se segrega a su modo como lo hacía la plebe romana en su tiempo cuando se consideraba negada por la República de los patricios. Segregación irrisoria por el peso específico de esta plebe en la sociedad, pero que pone de manifiesto a otra más discreta, la de las clases acomodadas. Apenas se comienza a analizar la pobreza como el resultado de múltiples y variadas desventajas, la exclusión de los más pobres se convierte en una manera de huir de los inconvenientes que ellos representan. De este modo la ciudad estalla como se balcanizan las naciones, por el efecto de una lógica que conduce a cada uno a no superar el prejuicio de lo económico, de la seguridad y de la educación, acarreado por la proximidad de los que no tienen sus mismas ventajas 3. Ese es actualmente el problema de la ciudad. Es el replanteo de la cuestión de los términos del intercambio social para lograr un reparto del espacio. No se limita pues a la sola satisfacción de un „público‟ particular más o menos ubicado en el espacio. ¿En qué consiste el problema urbano en la ciudad industrial? En la relación que se establece entre los dos procesos: la urbanización y la industrialización. La ciudad llamada histórica se desarrolló a partir de las funciones administrativas y comerciales. Ella simboliza, en Europa al menos, el sitio del poder, su centro, siendo al mismo tiempo el sitio de intercambios y encuentros, en razón de sus ventajas para el flujo de mercaderías y mano de obra. La industrialización va a representar para la ciudad un principio de expansión. Aún si no toda la industria se instala en la periferia de las ciudades, no existe ciudad histórica que ella no haya afectado: en lo cualitativo por el considerable aumento de la población urbana, en lo cualitativo por la pérdida de sus calidades específicas. Ello se explica por el hecho de que el volumen de población que ella atrae aumenta su densidad, al punto de ofrecer a la vista una acumulación desordenada de individuos mal contenidos por fronteras cada vez más inciertas. En cuanto a la industria, ella aprovecha ciertamente de esta facilidad de proveerse de mano de obra, con sus luces atrayendo a la población empobrecida de la campaña. Pero la industria también padece esta situación, ya que la ciudad ofrece oportunidades tanto para cambiar de empleo como para desertar del trabajo y dedicarse a las diversiones. La ciudad industrial se convirtió en problema gracias a esta relación entre urbanización e industrialización. ¿Cómo conciliar, uno se pregunta, la
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Ver el debate entre Pascal Boniface, director de Iris, con Alain Frachon en Le Monde el 31 de agosto de 1999 titulado „El movimiento de balcanización del planeta sigue acelerándose‟.

preocupación de la ciudad por los efectos de una densificación peligrosa de su población y la satisfacción simultánea de las expectativas de la industria que hace a su desarrollo? Esa será la preocupación mayor de los urbanistas y de los reformadores sociales de la primera mitad del siglo XX: inventaron este urbanismo funcional de la ciudad-luz, hasta que éste pareció racionalizar tan bien el espacio de la ciudad, que destruyó la urbanidad. Las luchas urbanas de los años 60 y 70 nacieron contra esta racionalidad y sus desaciertos provocando un debate acerca de la calidad de vida en la ciudad y sobre el peligro de que ésta pierda su misma esencia. Es el debate que sustenta lo que podríamos llamar el problema urbano “clásico”. La preocupación por la adaptación de la ciudad a las exigencias de la industrialización, así como la preocupación simétrica de preservar la industria manufacturera de los peligros de la ciudad, ha perseguido a todo el siglo XX. La revolución de 1848 justificó los temores que suscitaba la acumulación creciente de una población atraída hacia las metrópolis por los empleos creados por las industrias manufactureras instaladas en sus vecindades. Si el trabajo llegaba a faltar ello impulsaba tantos soldados al amotinamiento como obreros a la huelga. Se comienzan igualmente a percibir los efectos nocivos de una tal densificación de su territorio para la higiene de la ciudad. La transformación de París afrontada por Haussmann asocia pues una preocupación sociopolítica, al sacar una parte del pueblo fuera de París, con otra de carácter higienista, tendiente a descongestionar la ciudad por la creación de grandes arterias (sin contar el objetivo estético, consistente en plantear todas las avenidas en la perspectiva de un monumento). La preocupación por lo urbano va a la par de otra de la que parece indisociable: preservar la clase obrera de los peligros de la ciudad. La edificación de ciudades obreras o mineras tiende al mismo tiempo a aislar la población laboral de la atracción de la ciudad y a fijarla en la dependencia directa de la patronal 4. La ciudad de Creusot se ha mantenido por mucho tiempo como el ejemplo de esta preocupación, hasta el punto de convertirse en un museo del siglo pasado cuando los últimos empleos mineros desaparecieron5. Luego de la aparición de las grandes manufacturas Ford en la primera mitad del siglo XX ya no bastó con la preservación mutua de la industria y la ciudad. Con el carácter masivo adquirido por la clase obrera, las ciudades obreras se convirtieron en lo que debían evitar: en ciudades cada vez más dominadas por la industria. Los barrios populares en el interior de las ciudades, así como los arrabales, adquieren una densidad espantosa. Les es imposible contener las masas requeridas por la nueva organización de la producción. Cuando lo logran es en detrimento de la ciudad, por extensión de esta „lepra urbana‟, las villas miseria, aunque también en perjuicio de las manufactureras, por la inestabilidad de las conductas inducida por dicha densidad. Los urbanistas y los reformadores sociales van a desplegar sus talentos sobre el
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La distinción entre ciudad industrializada y ciudad obrera está bien explicada en Le petit travailleur infatigable por Lian Murard y P. Zylbermann, Cerfi, 1976. 5 Para la relación entre industrialización y urbanización en el siglo XIX ver En las márgenes de la ciudad, sus arrabales y sus alrededores en Francia 1815-1870 de John Merriman, Paris, Le Seuil, 1994.

fondo de este marco inquietante. En el afán de resolver ambos problemas en una sola movida, los promotores de la „ciudad radiante‟ o los de la „ciudadjardín‟ pretenden ordenar el espacio urbano según una doble regla: la separación de las dos funciones en el espacio y la moralización de la clase obrera por medio de la vivienda. Las nuevas normas urbanas – un espacio para cada función – van a complementarse con las nuevas normas en materia laboral – el rendimiento por regularidad. Sin duda Christian Topalov ha contribuido con la mejor ilustración de esta conjunción mostrando cómo, a través del invento del barrio obrero, la moralización de la vida familiar por medio de la vivienda social se vincula con la normalización del trabajo, es decir con la condición salarial6. Los reformadores en materia social y urbana tienen como meta el barrio popular „espontáneo‟, autoconstruído en base a la preocupación por la (excesiva) proximidad entre el trabajo y el hábitat. El bar se convierte en el lugar de vivir, de contratar y de despedir del trabajo, según las necesidades de empleadores y de empleados. Este modo de gestión facilita la intermitencia y somete la vida familiar a los avatares de ingresos irregulares. También va a provocar cambios del trabajo y del hábitat. En materia de alojamientos el reformismo emprende una lucha contra el alcoholismo, el „bar-adormecedor‟, para llevar la familia obrera a un barrio puramente dedicado a la función residencial por efecto de una zonificación que separa netamente el lugar de la vivienda y el del trabajo. En materia de trabajo el objetivo consiste en hacer discernibles los períodos de huelga sufridos de aquellos de huelga voluntaria, o sea distinguir los verdaderos huelguistas de los falsos, de manera de establecer un seguro de huelga que responda a los riesgos reales y no a las maniobras individuales apoyadas por lo sindicatos. En ambos casos se trata de imponer normas cuyo incumplimiento acarrea pérdida del alojamiento o/y del seguro contra huelgas. Beveridge y Séller están pues, según Topalov, en la misma lucha. Uno promueve la relación alojamiento-huelga pero también, para la clase obrera, el chantaje de la exclusión de aquellos que no aceptan la racionalización del trabajo. El otro inventa la ciudad-jardín, la unidad vecinal como marco residencial pero al mismo tiempo la asignación de residencia en los barrios obreros. Estas dos operaciones conexas facilitan la substitución de la ciudad ideal por la ciudad-refugio, con la promesa del bienestar de todos los días7. El paisaje de la ciudad industrial se ordenó según los criterios de este urbanismo funcional: una zonificación del espacio en sectores industriales, residenciales y comerciales que cubre toda la extensión de la ciudad y la divide en partes que cobran sentido en relación con las otras. La ciudad industrial no es ya un espacio exclusivo, dedicado como la ciudad histórica a funciones importantes: la administración del poder y la organización del comercio. Ella se convierte en un espacio de producción, con un rol orgánico entre los
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Christian Topalov, „Sociabilidad obrera, el trabajo y la huelga en la gran ciudad‟ en “El nacimiento del -huelguista 1880-1910”. Paris, Albin Michel, 1994. Ver también Suzanne Magri y C. Topalov “Ciudades...” 7 C. Topalov „Sociabilidad obrera, trabajo y huelga‟ art. cit.; S. Magri y C.Topalov: Ciudades obreras, 1900-1950, op.cit; M.Verret „El espacio obrero‟ op.cit.

componentes. Cabe preguntarse si esta funcionalización industrial de la ciudad no conduce a la pérdida de su calidad propia, la urbanidad, es decir las ventajas de centralidad y de espacio público, conducentes a la emergencia de una vida colectiva libre, como la que tenían las barriadas en contraste con la campaña, atada a su tierra por la servidumbre. Aunque el centro no desaparezca, pero ¿de qué le sirve a los que no tienen acceso –o lo tienen muy dificultosamente- como la clase obrera empujada fuera, a los barrios de viviendas, e incluso a buena parte de la clase media requerida por la industria, alojada en los mismos barrios o en barrios de casas individuales cercanos a ella pero también alejados del centro histórico y de la función de encuentro que le es propia? ¿Dónde queda la vida colectiva si todo se organiza alrededor de la vida privada? El marco de vida Las luchas urbanas de los años 1960 y 1970 se dieron como reacción al déficit de urbanidad resultante del urbanismo funcional que presidió la organización de la ciudad industrial8. El término luchas urbanas designa a los movimientos de protesta que se desarrollaron entonces contra la gestión tecnocrática y operadora de la transformación urbana, las renovaciones que apartan brutalmente a la población de un barrio céntrico para instalar oficinas, la ausencia de equipamientos colectivos en los nuevos asentamientos, el precio excesivo del transporte, la insuficiencia de espacios públicos y muchos otros problemas atinentes a lo que comienza a llamarse el marco de vida. Si se acentúa el marco de vida es porque su medio, el nivel de vida, plantea muchos menos problemas. La promesa de bienestar se ha mantenido en parte. Las clases populares han tenido acceso a viviendas modernas, el confort está. Pero el resto, todo lo que hace al interés de la ciudad, su “espíritu”, no lo ha acompañado. Es como si se hubiera perdido en el camino, tanto por el efecto de una racionalización funcional como por la intención político-moral de reducir el rol de la vida colectiva en beneficio de la vida privada. Las luchas urbanas hacen entonces surgir en el paisaje político un objeto nuevo que fascina a los observadores porque parece jugar el papel de agente vinculante de la sociedad acerca del tema de la ciudad: la noción de marco de vida introduce una noción cualitativa en el campo de los conflictos sociales que hasta entonces no se ordenaban sino alrededor de criterios estrictos de cantidad y categorías. No se tiene nada más que lo que se gana –el nivel de vida- que es propio de cada categoría y que la separa de las otras. Existe también lo que se comparte, la calidad del marco de vida. Las luchas urbanas son también transclasistas al reunir elementos de la clase obrera y de la clase media. También introducen una forma de organización –la asociación- que se diferencia de las usadas hasta entonces, las partidarias o sindicales, en el afán de democratizar el poder local por su ejercicio directo. La filosofía común a estas asociaciones es la autogestión de la ciudad por sus
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Acerca de las luchas urbanas de esos años ver especialmente el número 6 de la revista “Autremente”, titulado „¿Qué luchas?, ¿qué actores?, ¿cuáles resultados?‟, 1976. También ver las actas del coloquio “Reforma urbana y luchas sociales”, abril 4 de 1978.

habitantes, organizados tanto contra la tecnocracia central como contra el clientelismo de los elegidos localmente. El tema de un poder propio de la sociedad civil, diferente del poder del Estado y del de las estructuras partidarias más la actualización de este tema a través de la segunda izquierda prestigian fuertemente a estos combates. Las luchas urbanas han hecho correr mucha tinta durante esos años, en cantidades ciertamente desproporcionadas con respecto a las fuerzas involucradas. Pero es verdad que gracias a ellas se comenzó a hablar del problema urbano dentro de la sociedad industrial. La emulación intelectual acerca de lo urbano se explica también porque este tema conforma un paquete dentro del cual se puede cómodamente tratar todo lo que no formaba parte estrictamente de la organización de la producción pero que sin embargo creaba problemas o pretexto para las luchas. La definición de la sociedad por lo económico, el combate de la clase obrera, las reivindicaciones salariales, ocupaban el escenario con una fuerza tal que todo debía incluirse o dejarse de lado. Frente a este imperativo cuantitativo, a esta concepción de las luchas sociales solamente acerca de la capacidad de compra, las luchas urbanas otorgan un denominador común a todos los combates que se abren en los distintos frentes de la vida cotidiana, a todas las movilizaciones que agrupan a la gente en tanto que ciudadanos, residentes de un barrio, de una ciudad, y no solamente como asalariados de una empresa. Esta irrupción de lo cualitativo a través del tema de la ciudad planteaba pues el status de las luchas urbanas con respecto a las luchas sindicales (¿son ellas secundarias, ilusorias, asociadas...?; pero visto más ampliamente con respecto al fenómeno urbano con referencia a la teoría de la explotación y de la lucha de clases, acerca de las que los inventores de la idea poco habían dicho, con excepción de un pequeño opúsculo de Engels sobre el problema del alojamiento. El problema urbano es pues forzosamente tema para los marxistas quienes van a utilizarlo para ganar terreno con respecto al dogma económico (es el caso de Henri Lefebvre) o bien para hacerlo integrar la teoría económica marxista (en última instancia una sospechosa interpretación de la naturaleza de esas luchas, que es el caso de Manuel Castells, y en otro sentido, de Jean Lojkine). El primero en abrir fuego es Henri Lefebvre, quien propone una lectura de la ciudad a partir de una teoría dialéctica de la relación entre la industrialización y la urbanización. La primera invade la ciudad histórica, ataca sus privilegios, su calidad, y al mismo tiempo extiende su régimen al conjunto de la sociedad. El gran acontecimiento de la época contemporánea es pues la aparición de una sociedad urbana cuyo vector ha sido la industrialización pero que bien podría llegar a ser su víctima. Pues esta sociedad urbana, producto de la industria, está llamada a levantarse contra aquella. Para su desarrollo la sociedad urbana busca la esencia de la ciudad histórica, se nutre de sus elementos fuertes: el rol de la centralización, de la calle, del espacio público. Ella encuentra allí la manera de sobrepasar las separaciones establecidas por la concepción tecnocrática del urbanismo funcional y extrae de ella la energía que le permite derribar el carácter intrínsecamente represivo de éste último. El derecho a la ciudad es tan caro a H.Lefebvre que él llega a sostener la superioridad del

valor del uso de la ciudad por sobre el mercantil, el que conduce a definir el espacio urbano en función únicamente de las exigencias de la producción y el consumo y que conduciría al aniquilamiento de la sociabilidad por la reducción de todo contacto social al intercambio comercial 9. Manuel Castells fue antes, en 1972, el autor de “la Question urbaine”, best- seller internacional del “marxismo estructural”, en el cual denuncia la política de H.Lefebvre, acusándolo de haber sucumbido a la “ideología urbana”, esa tendencia a tomar las apariencias por la realidad10. El valor de uso de la ciudad no es sino en apariencia antagónico con el valor de intercambio de la industria capitalista. Su realidad consiste más bien en la función de reproducción de ésta11. Es por lo tanto necesario regresar a lo esencial, el antagonismo de clases y medir las luchas urbanas con esta vara. Para apreciarlas no conviene situarlas frente a una política urbana tecnocrática y aún menos creer que allí está el enemigo, puesto que como tal, el político tiene carácter secundario; no tiene importancia sino en la medida en que está investido del poder para reglamentar las condiciones de reproducción de la fuerza laboral. Hay que considerar, primero, las luchas en función de la naturaleza del tipo de combate que se libra, es decir de la composición social de los combatientes y de la naturaleza del objetivo. Hay un espacio muy legítimo para estas luchas urbanas pero éste se aprecia en el marco del combate contra el régimen de producción de la riqueza y de reproducción de la fuerza laboral. Estas luchas pueden combinarse con las que se dan en el frente de la producción, pero a condición de mantenerse en su lugar, es decir a retaguardia. El debate sobre el problema urbano en los años 1960-1970 cae así sobre los aspectos respectivos del urbanismo y de la industrialización, de la ciudad y de lo económico en la formación de la sociedad, en la determinación de las referencias sociales12. No se trata de cuestionar el papel motor de la industria; el problema está en la importancia que conviene asignar a la urbanización funcional como instrumento de adaptación de la ciudad a las exigencias de la economía capitalista. Concepto válido si se acepta atribuir una importancia primordial al urbanismo funcional, a la organización racional del espacio que él hace prevalecer sobre la vocación de la ciudad, consistente en liberar las

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H. Lefebvre, “El derecho a la ciudad”, Paris, Anthripos, 1968 Manuel Castells “El problema urbano”, Paris, Ed. Maspero, 1972. M.Castells es actualmente autor de una recopilación asombrosa acerca del impacto de la informática en la sociedad contemporánea. 11 Es interesante observar que los dos adversarios se apoyan para sus demostraciones, uno, Lefebvre, sobre la ciudad histórica, Paris, célebre como ciudad festiva luego de la Comuna de 1872 ( como en 1968), y el otro sobre una ciudad obrera devenida en ciudad, Dunkerque, analizada en Monopolville con F. Godard, Ed. Mouton, 1974 12 Sería conveniente, para hacer un juicio equilibrado, agregar a la presentación de estos dos autores la de un tercero, Jean Lojkine, cuya obra titulada “El marxismo, el Estado y el problema urbano” 1977, tuvo un éxito no desdeñable aunque tardío para el período que nos interesa ya que el problema urbano entraba en declinación. Digamos rápidamente que su trabajo apunta a rehabilitar el papel del político sobre el problema urbano, y no solamente sobre la naturaleza social de las luchas, pero se trata de un político visiblemente restringido al comunismo municipal.
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fuerzas, en permitir “conjunciones creativas” (según la expresión de H.Lefebvre). Se valorizan entonces las luchas urbanas al punto de que parecen poner en ejecución el derecho a la ciudad contra la represión de la sociedad urbana por la planificación tecnocrática. Asimismo se advertirá que lo cualitativo se impone sobre lo cuantitativo, que la oposición al poder de coerción debe sobreponerse al espíritu de reivindicación cuantitativa, el que somete al hombre a la lógica del intercambio mercantil en vez de emanciparlo de él. Aceptando que se piense que el urbanismo funcional no es más que un instrumento secundario en el mantenimiento del orden productivo del capitalismo, las luchas contra lo que éste tiene de represivo no revistirían más valor que en el marco general de la lucha de clases; la calidad de una lucha no se medirá por la naturaleza del objetivo al que ella apunta sino, según el vocabulario de la época, a la naturaleza de clase de esta lucha, a la identidad social de los que la conducen. El problema mayor no es ya el poder de coerción sino el mecanismo de explotación. La importancia del problema urbano varía según los autores. Pero siempre hay consenso sobre su naturaleza –la calidad de ciudad como cuadro de la vida social y sus manifestaciones, las luchas de la sociedad contra el urbanismo funcional. Sociedad marginal13 y urbanismo de los similares14 Entendido como la exigencia de calidad de vida en la ciudad, el problema urbano „clásico‟ alimenta de este modo al debate y a las investigaciones acerca de ella hasta fines de los años 70, época en que pierde la posición central que ocupaba en el debate intelectual15 Desde comienzos de los años 80, el problema social y las investigaciones acerca de los peligros que amenazan al estado benefactor, van a tomar más importancia que los referentes a la ciudad. El primer motivo de este desplazamiento de lo urbano con respecto a lo social surge por otra parte del interior mismo de la ciudad, con la aparición de los amotinamientos urbanos en las barriadas periféricas o „inner cities‟. Estos motines plantean el problema de la ubicación, o más bien de la no ubicación de sus pobladores en la sociedad antes que el de los ciudadanos en la ciudad. Las luchas urbanas no retienen más la atención ni movilizan mayor energía en comparación con esos amotinamientos16. Otra razón para la declinación de aquellas luchas es precisamente la pérdida de la seguridad que acompañaba a la puesta en vigencia del urbanismo funcional. Concebido para dar satisfacción a las demandas de la industria de masas, éste no parece ahora capaz de imponerse, debido en
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Nota del traductor: “incivil” se traduce en adelante como „marginal‟ o „marginado‟ “afinidad” o “afines” se traducirá como “similitud” o “ similares” 15 Ver Sylvie Biarez “Retrospección y sociología urbana de los años 70”, investigación conducida por el SPPU, marzo 1995. 16 Por otra parte, numerosas asociaciones creadas para estudiar el tema del nivel de vida, se han reducido a analizar el status social de los habitantes de sus respectivas ciudades

primer lugar a la organización de la producción que ya no concentra grandes masas en un mismo lugar sino que procede a su relativa dispersión, acompañando así a una población seducida por la vida a distancia de las grandes metrópolis desde que dispone de medios de transporte y de comunicación infinitamente más rápidos. (Estos le permiten elegir la localización de su hábitat y por lo tanto de su vecindario en lugar de aceptarlo por imposición de un esquema tecnocrático de urbanización). ¿Muere entonces el problema urbano por falta de combatientes? Si se sigue estudiando el camino abierto por los motines urbanos (en lugar de las luchas urbanas) al mismo tiempo que el de un urbanismo de afines (que borra progresivamente los códigos del urbanismo funcional), se advierte que el problema urbano está en camino de reconstruirse sobre otras bases y desplaza su centro – la búsqueda de la calidad de vida- por otro, el de la capacidad política de la ciudad de socializar. Hay una oposición total entre las luchas sociales de los años 60 – 70 y los motines de las dos décadas siguientes, tanto por su naturaleza clasista (como dirían los autores de la década pasada) como por su estructura organizativa, sus métodos de acción y sus objetivos. De esta oposición se desprende otra, más importante aún, sobre la calificación del vínculo social. Así como los movimientos de los años 60 y 70 condujeron al renacimiento del concepto de sociedad civil, así los motines urbanos van a provocar el surgimiento de la sociedad marginal. Las luchas urbanas se hacían fuertes en su transclasismo (aunque suscitaban la ira de los marxistas estructurales acerca de este título). Ellas reunían en su combate a la clase obrera y a las clases medias. Los amotinamientos urbanos aparecen en oposición a este ecumenismo social y movilizan a una población que podríamos llamar infraclasista, pues agrupan elementos que no sueñan con formar parte de una misma clase, de la misma sociedad. A excepción, se dirá en Francia, para destacar que no renuncian a la protección social ordinaria estructurada alrededor del salario, al que tienen pocas chances de acceder en forma durable. “Underclass” es el término de los americanos para designar a esta clase que no es tal, puesto que está debajo, o quizás al costado, de las otras clases, sin participar del „sueño americano‟, que consiste precisamente en pasar de una clase a otra gracias al esfuerzo individual. Las luchas urbanas habían hecho de su fórmula asociativa una manera de agrupar más democrática que los partidos y los sindicatos, más preocupados por la adhesión ideológica que por la opinión de cada individuo. El amotinamiento urbano obedece más bien a una forma infrapartidaria de asociación: no hay organización que impulse el movimiento ni ideología para asociarlo. El rumor substituye a la ideología: difunde una información – verdadera o falsa- que juega con la sensibilidad de los jóvenes de estas ciudades, gracias a su disposición a creer toda información que venga a confirmar el sentimiento de desconsideración de que se creen objeto. Obedece también, en materia de organización, a la cohabitación en un mismo espacio al que las gentes acomodadas no vienen jamás y del que los profesionales escapan apenas concluida su tarea diaria. Como máximo,

algunas bandas efímeras sirven de vehículo de difusión para rumores que se propagan fácilmente en este universo en que todos conocen a todos. Por ese motivo los motines rara vez pasan del estado de fusión al de la acción organizada. El motín libera de la soledad. Nadie se siente aislado en su propio universo. Una construcción colectiva trasforma al individuo en participante de una aventura común. La brecha se abre y todo el pasivo de odios locales sale a la superficie en un instante, contra el vecino racista, el pequeño comerciante ladrón y la burocracia desdeñosa. El momento de la gran revancha ha llegado17. Pero no dura más que hasta que las fuerzas del orden se reagrupen y el grupo estalle dividido entre los que quieren continuar a cualquier precio y los que se dan por satisfechos. Hasta la próxima vez. Puesto que los amotinamientos de las barriadas periféricas son al mismo tiempo probables e imprevisibles. Muy seguramente probables: la situación de esas barriadas es inestable por razones estructurales –las huelgas, el cúmulo de problemas sociales, la disminución de los servicios públicos, la omnipresencia de la violencia cotidiana...Y totalmente imprevisibles: todo puede desmoronarse en cualquier momento. Basta que el punto de equilibrio se desplace, el menor hecho local puede encender el fuego en el barrio y nadie puede detener la maquinaria que se pone en marcha. En cuanto a los objetivos de los motines, ellos parecen estar en el polo opuesto de la exigencia de calidad de las luchas urbanas, del orden más bien que lo infracuantitativo. Lo que se logra con el motín tiene un valor muy provisorio, la duración de una tapa que se levanta y vuelve a caer. Todas las inhibiciones saltan al mismo tiempo. Se aprovecha ese momento mágico para tomar por asalto los templos del consumo. No existe un proyecto sino la frágil excitación de una fraternidad en la transgresión, el momento de un enfrentamiento. El amotinamiento es el carnaval de las barriadas tristes18. Los motines urbanos se diferencian de las luchas urbanas en el hecho de que ellos ponen de manifiesto un malestar en la ciudad, pero no una voluntad de controlarla, de mejorar su calidad. Más bien trata de descalificarla, de llevar a todas partes el fuego de la desesperación de las barriadas. Contra la afirmación de la sociedad civil, los motines van a dar el triunfo del temor a los incivilizados. La aparición de las marginalidades La noción de marginalidad19 aparece en Francia en los años 80 como una tentativa de traducción del término americano disorders, en uso allá cada

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C. Bachmann y N.Le Guennec “Autopsia de un motín” Paris. Albin Michel, 1996 Bacmann ha firmado este trabajo, quizás el más bello que haya escrito. 18 C, Bachmann y N. Le Guennec Autopsia de un motín op. Cit Op. Cit 19 La promoción del concepto de incivilidad ha sido asegurada por Hugues Lagrange “La civilidad puesta a prueba”, París, PUF, 1995 y Sébastien Roché “El sentimiento de

vez más frecuentemente para designar un fenómeno creciente: las transgresiones a las normas sociales no susceptibles de ser penalizadas. Disorder: la expresión se entiende claramente en los Estados Unidos como el primer blanco de la policía como fuerza encargada de mantener el orden. Conviene precisar que allá el mantenimiento del orden constituye una preocupación más cercana a la de nuestros antiguos guardabosques que a la que nosotros acostumbramos denominar a esta preocupación, es decir el restablecimiento del orden público agitado por manifestaciones sociales como las huelgas o manifiestamente políticas. ¿Qué equivalente podemos encontrar en el idioma francés para aquello que amenaza la tranquilidad de un territorio? ¿falta de cortesía? El término es demasiado débil, aunque en cierta medida se refiera al problema. La cortesía está ausente en la ausencia de respeto al otro implícita en los ruidos agresivos, en la irreverencia por los transeúntes, en la falta de respeto hacia aquellos a quienes corresponde ejercer alguna autoridad. Pero bajo el término disorder existe, más que la idea de una carencia, la de una amenaza contra las relaciones sociales, hasta el punto en que éstas puedas ser motivo de capturas y de provocar el reflujo en la esfera privada de cada uno. ¿Asocializados, entonces? La palabra dice más del resultado de los disorders que de su principio de acción. Designa más bien el resultante temor de comunicarse más que la voluntad de perturbar la comunicación, que es lo que los caracteriza. Existe la voluntad de tratar al otro como inconveniente para uno, un rechazo agresivo a reconocerlo, lo que exige un término adecuado El de marginalidad, como lo destaca Didier Peyrat, tiene la ventaja de tener en consideración el desorden contra el orden civil y no contra el orden público, el que, entre nosotros, designa estrictamente aquello que la ley penal tiene por misión defender20. El orden civil constituye la base del orden público. No se confunde con éste aunque existe una interacción entre ambas esferas. La multiplicación de las incivilidades facilita la ilegalidad. ¡Ni qué hablar de la recíproca! La fuerza negativa de estas marginalidades es la de destruir la calidad de vida en la ciudad, esa que las luchas urbanas se empeñaban hasta entonces de promover. Por su extensión, las marginalidades disminuyen lo que el estar en la ciudad tiene de agradable, la posibilidad de desplazarse en los espacios públicos y colectivos sin temor de que éstos sea el escenario de conductas hostiles. Sin embargo éste es el caso en los ex -barrios obreros, en las escuelas, en los transportes colectivos, los estadios y otras concentraciones festivas. En estos lugares la intranquilidad reduce la capacidad efectiva de desplazarse. Viene a ejercer una presión inversa a la promesa de emancipación para la gente que ya no estaría limitada a su territorio. Ella expulsa la convivencia del espacio pública para confinarla a nichos reservados:

inseguridad”, Paris, PUF, 1993 y “La sociedad civil”, Paría, Le Seuil, 1996. Ver también el análisis histórico de Robert Muchambled “La société policée”, París.Le Seuil, 1998. 20 Didier Peyrat “Legalidad, civilidad, seguridad” en La Gazette du Palais, octubre 1999

la familia, la banda, la parroquia, fuera de los cuales todo se percibe como amenaza, conflictualidad, violencia latente21. Las barriadas son por excelencia el terreno en que se desarrolla la marginalidad, porque las autoridades civiles encuentran allí las mayores dificultades para afirmarse y hacer prevalecer sus reglas. La autoridad tiene que afirmarse sobre una tradición y es justamente en estas barriadas donde esta tradición fue destruida, asociadas como están históricamente al 22 movimiento obrero . Pero parece existir en todas partes una cierta tendencia a la desinstitucionalización, al punto que las zonas urbanas desfavorecidas constituyen, ciertamente, la figura emblemática de una sociedad cada vez más amenazada por la marginalidad y cuyas manifestaciones están muy lejos de controlar. Ellas simbolizan este temor pero ni siquiera lo conservan dentro de sus fronteras inciertas. Los placeres del urbanismo de similares Mientras que los motines urbanos revelan la desesperación que se ha apoderado de los habitantes de los antiguos barrios obreros y dibujan los trazos de una sociedad marginal, existe otro movimiento que transforma silenciosamente la ciudad, substituyendo los rigores del urbanismo funcional y de su diseño tecnocrático (contra el que habían batallado las luchas urbanas) por los placeres de urbanismo de similares. Proponemos esta expresión para designar las tres transformaciones que convergen para producir una preponderancia creciente de las relaciones electivas, selectivas y, de ser necesario, excluyentes con respecto a las dificultades para la extensión de los límites de la ciudad, impidiendo la elección del espacio que se desea compartir. Desde el comienzo de los años 80, la mayoría de los observadores comprueban una extensión de la ciudad más allá de los límites de la zonificación funcional, por lo tanto más allá de las barriadas obreras que envolvían a la ciudad industrial23. No se trata tanto de la ciudad que crece en círculos concéntricos sino de la periferia urbana que se desarrolla, creando así una multiplicidad de centros adyacentes a la ciudad madre y que poseen su autonomía. Este crecimiento de la periferia se explica por la localización de empresas que encuentran allí un lugar atrayente, más económico y de acceso fácil para una mano de obra que quiere evitar el paso por (¿la case HLM? antes de acceder al pabellón soñado. La periferia ocupa hoy una posición estratégica, puesto que permite el acceso a los empleos en la metrópolis tanto como a los de una ciudad más chica. Ella seduce también a los matrimonios con dos empleos, así como una cierta proximidad con los padres que quedaron en el

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Ibid. Ver F, Dubet y D. Lapeyronnie “Los barrios de exilio”, Paris, Le Seuil, 1992 23 Ver entre otros Nicole May, Pierre Veltz , José Landrieu y Thérese Spector “La ciudad estallada”, Latour d‟Aigü, Ësitions de l‟Aube, 1998

campo o que han regresado allí al jubilarse. En síntesis, no se puede ser ciudadano del centro y ser feliz al mismo tiempo 24. En los Estados Unidos esta urbanización periférica se ha convertido en un modelo dominante, al punto que la población que vive en las afueras (unas afueras que han roto amarras con la ciudad central) supera a la que vive en la ciudad y en el campo. Habiendo comenzado más tarde, la urbanización periférica parece apurar la marcha para seguir el mismo camino , recuperando el tiempo perdido. ¿Significa entonces esta urbanización periférica la muerte de la ciudad o al menos la detención de su crecimiento? Parecería más bien que tiende a la trasposición a una escala inédita, como lo han demostrado notablemente los autores de “La ville émergente”25. En efecto, ellos explican que al sólo fenómeno cuantitativo del crecimiento urbano se agrega otro de carácter cualitativo: el traspaso de .las limitaciones en las relaciones inherentes a la ciudad orgánica, es decir, un segundo nivel de afirmación del urbanismo de afines: Ciudad de elección, la ciudad emergente saca del territorio los referentes sociales, aleja a los habitantes de los marcos socioculturales en que han crecido, libera al individuo de la presión del o de los grupos, les da la posibilidad de elegir por sí mismos un universo de relaciones, aumenta las posibilidades de elección y las perspectivas26. La ciudad industrial nos asignaba un lugar en la ciudad, en un barrio cuya composición estaba determinada por nuestros ingresos y por la distancia de los centros de producción y que mantenía nuestra vida social al entorno que nos proveía. La ciudad no impone más sus condiciones, puesto que una tal oferta de toma y daca en forma integral (...), pues la movilidad es al fin de cuenta el medio de convertirse en el artesano de su o de sus proximidades27. Esto significa que la preeminencia de las relaciones de vecindad disminuye en beneficio de la ciudad “a la carta”, la de las relaciones electivas que podemos establecer más en razón de la movilidad que de una facultad: un modo de ser. La noción misma de barrio, tan fundamental en la ciudad industrial, tiende a desaparecer. Únicamente los locales o gente muy arraigada, gentes de la Municipalidad o asimilados a esta categoría, defienden el epicentro de su pueblo (....) Los demás, los residentes, cada vez más numerosos, se desplazan. Los locales siguen identificándose de manera segura a una sociedad rural moribunda, a su municipio y a su barrio y a un recuerdo de bienestar también declinante,

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P. Estebe, Ph. Jacquin, M.C. Jaillet yC. Sino: “Las periferias urbanass son felices”L‟Urbanisme 9 25 G. Dubois-Taine y Y. Chalas, “La ciudad emergente”, Latour d‟aigües, Ediciones de l‟Aube, 1997 26 Ibid 27 Ibid

mientras que los residentes se identifican con sus destinos, múltiples, diferentes, contradictorios28. La ciudad que emerge de las formas rígidas del urbanismo funcional parece estar atada al territorio en vez de distinguirse de él, móvil en vez de fijarse, hecha para la elección en lugar de vincular a los individuos y sus comportamientos según normas fijas. El trazado del urbanismo funcional no ha desaparecido pero va siendo sustituido por una urbanidad superior que ofrece, gracias a la movilidad, una libertad que la ciudad histórica proporcionaba sólo al precio de la concentración, de la excesiva densificación y a la que el urbanismo funcional aportó los correctivos conocidos así como los males derivados del “derecho a la ciudad”. El tercer nivel del urbanismo de similares tampoco aporta los placeres de la movilidad selectiva, como no lo hizo la residencia selectiva, excluyente. Pero se trata del mismo proceso, menos digno de consideración (por otra parte „olvidado‟ por los autores de La ciudad emergente. La movilidad creciente nos permite reducir el peso de las relaciones de vecindario, evitando que quedemos presos del marco sociocultural en que crecimos. Pero, ¿por qué deberíamos mantener el menor contacto con éste? ¿Por qué no concebir nuestro vecindario en función únicamente de nuestro interés? Cada uno de nosotros sueña con elegir sus vecinos como se eligen los amigos, con hacer una ciudad con lo que nos place y excluyendo lo que nos desagrada. La fuerza de la ciudad, al menos hasta ahora, era la de oponer a este ideal la realidad de la sociedad, imponiéndonos la prueba del otro, en el conflicto como en la solidaridad. Las comunidades cerradas (gated communities) según la frase hecha célebre, revelan una ciudad que no opone resistencia al rechazo del otro, al miedo que éste inspira.. Podemos relacionarnos sólo con aquellas categorías de individuos que nos convienen. Blakely y Zinder, autores del libro de referencia sobre este tema, han demostrado cómo las comunidades cerradas se distribuían en tantas categorías como sujetos pasibles de ser excluidos. Existen así aquellas que se agrupan alrededor de la idea del culto a la naturaleza, de los deportes o de la vida social (lifestyle commnunities); también hay las que marcan el nivel de distinción social de sus miembros (prestige communities) y por fin, por lejos las más numerosas, que buscan la seguridad por la construcción de muros de cerco, con un portal custodiado y un equipo de guardianes (security zone communitirs)29. Las comunidades cerradas son un fenómeno reciente, en plena expansión. Ellas cuentan hoy en los Estados Unidos con ocho millones de miembros y comienzan un desarrollo veloz en América Latina. En Europa se está recién ofreciendo al público. Pero la saturación que parece tener lugar revela la existencia potencial de una fuerte demanda 30.

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C. Dubois-Taine y Y.Chalas “La ciudad emergente” op.cit J. Blakely y M. Snyder “La fortaleza Americana: Comunidades amuralladas y custodiadas en los Estados Unidos London Institute Productio, 1995 30 Ver Le Monde, del 30 de junio de 1999

¿Qué diferencia existe, podrá preguntarse, entre estas comunidades formadas por miembros generalmente ricos y conservadores y los barrios burgueses clásicos? ¿No se trata acaso de un nuevo aspecto para las formas de agrupamiento de las clases afortunadas? Puede observarse sin duda, tanto acá como allá, la misma propensión estratégica de los barrios burgueses y de las gated communities para elegir la altura de las colinas, a mirar desde lejos y desde arriba al resto de la sociedad. Sin embargo entraña una verdadera ruptura con el modo de relacionarse socialmente de la vivienda burguesa. Esta encarnaba la perpetuidad, la notoriedad. Ella se mostraba como un reparo en la ciudad, un recordatorio de la posición de autoridad de los que tenían las llaves. Por su parte, la comunidad cerrada toma distancia de la ciudad burguesa. Rompe el contacto con la sociedad en vez de ubicarla como su fundadora. Cabe preguntarse con Blakely y Snyder, “¿puede haber un contrato social sin contrato social?”31. A la concentración ostentosa del barrio de los burgueses que fundaron y que dominaron la ciudad suceden las “relaciones” entre los ricos –y los menos ricos- que huyeron de ella y que no quieren tener vínculos más que entre ellos. La comunidad así formada constituye al mismo tiempo la etapa suprema y la negación de la ciudad. Pero habrá que tener en cuenta este quiebre inscripto en su corazón y que puede llegar a desmoronar la mayor urbanidad hasta la peor forma de socializar, al menos si se quiere sobrepasar la más ingenua e incondicional apología. No es posible reconocer lo que hay de radicalmente nuevo en la ciudad emergente sin desconocer los riesgos potenciales que ella entraña. Entre la cultura de la violencia y la cultura de la autonomía Entre los dos lineamientos que acabamos de seguir, la de los motines urbanos y la de la amenaza de incivilidad que ellos encarnan para la sociedad, por una parte, y la de la ciudad emergente, cada vez más según un urbanismo de afines, por la otra, ¿qué relación existe? ¿por qué compararlos y analizar los términos de un nuevo problema urbano? A primera vista se desarrollan de modo independiente. Cuanto más las luchas urbanas se levantaban en guerra contra el urbanismo funcional en nombre del derecho a la ciudad, los motines urbanos más ignoraban el urbanismo de afines y por supuesto no lo pretendían. Son dos fenómenos que se desarrollan según su propia lógica: para el primero, según la desindustrialización y los problemas de huelgas que de ella resultan y que golpean especialmente los barrios de viviendas sociales o de las inner cities ; para el segundo, según la mutación de los servicios de transporte y comunicación. La relación se da en función del nivel en que se decida plantear la lectura de los motines urbanos. Según uno se ubique en el nivel social (I), en el urbano (II) o en el político (III) , la relación entre la sociedad marginal de las ciudades de viviendas sociales y el urbanismo de similares parece más importante y el cuestionamiento de la ciudad contemporánea más o menos fuerte. Pero el análisis de cada uno de estos niveles obliga a pasar de lo más restringido a lo más general – de lo social a lo urbano y de lo urbano a lo político, a causa de las limitaciones de la comprensión permitida por las dos primeras.
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J. Blakely y M. Zinder “La fortaleza...” op. Cit.

En el nivel I, el problema planteado por los motines corresponde a una contradicción entre la incorporación urbana de la población de estas áreas y la desintegración social que las afecta.. Estos barrios, concebidos para la residencia de poblaciones atraídas a la ciudad por los empleos industriales, se integraban a ella por el trabajo. La vivienda social se recompensaba con la estabilidad en el empleo y una docilidad en el trabajo que las instituciones públicas (escuela, centros sociales, policía, etc.) contribuían a mantener. Actualmente, la vivienda social no compensa ya, por un trabajo que tiende a hacerse inestable, a requerir disponibilidad y movilidad, - que es necesario ir a buscar en lugar de estar disponible como en la época de la producción de la Ford. Hoy, en cambio, en habitar en estos barrios significa, no la estabilidad en el empleo estable sino la dependencia, la renuncia más o menos provisoria a bastarse a sí mismo y la descomposición de la vida familiar en vez de su fortalecimiento. Los habitantes de estas zonas, sean descendientes directos de la clase obrera o ingresantes más recientes, están marcados por el azar. Viven de la ayuda social y de tráficos más o menos ilegales. Las instituciones públicas son vistas como agentes de un orden externo que ignora su realidad de vida y que sólo pretende dar la imagen de orden en la ciudad. Todo el concepto del barrio obrero está subvertido por efecto de la desindustrialización. Había sido concebido para hacer prevalecer el interior sobre el exterior, la vida familiar y el trabajo por sobre la calle y el bar.. La huelga y la consecuente desintegración de la vida familiar han fortificado lo exterior, la sociedad descontrolada, lo incivil. La integración de la sociedad a través del barrio ha sido reemplazada por la integración al barrio, por la desintegración de la sociedad. Resulta así que es el barrio mismo el que crea problemas, porque parece instalarse en una ruptura con la sociedad. En el nivel II se toma precisamente en cuenta esta ruptura del barrio con la sociedad, el contraste entre los registros de evolución del barrio y del resto de la ciudad. El encierro del barrio sobre sí mismo se hace más notable puesto que la ciudad evoluciona en sentido opuesto: el de una desincorporación urbana de una población hiperintegrada, que siente cada vez menos la presión lazos sociales inmediatos. La fuerza de este contraste es tal que desemboca en una verdadera heteronomia. Así pues, la relación con el poder resulta de una naturaleza totalmente opuesta según uno se sitúe de un lado o del otro. Los motines urbanos muestran a una juventud que provoca a que el poder despliegue su fuerza: ella no tiene más sensación de poder que cuando provoca ese despliegue policial. El poder existe sólo si se lo muestra. Esta visión „objetiva‟ del poder va de la mano con una cultura cotidiana de la violencia provocativa, „subjetiva‟, predicada por la cultura de la autonomía, según la cual la fuerza de un individuo consiste en su capacidad para internalizar los desafíos. La autonomía es el poder sobre sí mismo para formarse, para buscar trabajo, para manejar al menor costo sus propios conflictos. No tiene ya nada que ver con la docilidad exigida antes al obrero manufacturero ni con su opuesto, la rebelión contra la

autoridad. Obligas a ser uno mismo....por sí mismo, sin el auxilio de un poder ante el cual uno se doblega o se rebela32. Entre una acepción “objetiva” del poder, con la cultura de la violencia que esta conlleva, y la concepción “subjetiva” del mismo, o sea la cultura de la autonomía que gobierna cada vez más las conductas contemporáneas, hay incompatibilidad. El plano de contacto entre los dos regímenes de poder en el interior o en las proximidades de las ciudades de viviendas sociales es especialmente neurálgico. No es posible pretender desarrollar la capacidad de autonomía confrontando al mismo tiempo una cultura de violencia33. Por supuesto, la línea de separación entre las dos lógicas no es absoluta. Pero es precisamente su contigüidad la que crea problemas y la que explica la necesidad de huir para unos y para los otros la de hacer irrupción allí donde no son deseados. En el nivel III, por lo tanto, ya no se estudia el contraste entre las zonas deterioradas y el resto de la ciudad sino los efectos que ellas producen, la naturaleza de las relaciones que resultan entre ambas partes. Esta vez, los lazos entre la población marginal de las zonas deterioradas y el urbanismo de similares se hace más evidente, o más bien el empeño en romper todo lazo con aquella por medio de éste, buscando espacios más alejados y tranquilos, de modo que la población dé seguridad y gratifique. O mejor aún, buscando una separación física con la ciudad contaminada, como hacen las comunidades cerradas.. Estas aparecen pues como el horizonte lógico de las tensiones inscriptas en el corazón de la ciudad y no como una curiosidad marginal. Ninguna “sociedad de individuos” está ciertamente destinada para ubicar a sus miembros detrás de las empalizadas de una residencia protegida. Hay muy pocas posibilidades de que una mayoría lo hiciera, si se considera la pérdida de autonomía que resultaría para aquellos que ejercieran y soportaran el control de visitantes necesario para mantener el nivel de calidad social del lugar. Sin embargo estas comunidades, con el horizonte límite del urbanismo de similitudes ‟enervado‟ por la inseguridad urbana proveniente de las zonas marginales. ¿Por qué ayudar a gentes que los han obligado a huir de la ciudad o a encerrarse en un sector restringido? ¿Por qué tener deberes con respecto a una parte de la sociedad que uno no ve y que por otra parte no quiere ver más? La pérdida de solidaridad hacia la población marginal es la consecuencia lógica del distanciamiento; no puede sino aumentar la dificultad de estas gentes para hallar solución a sus problemas. ¡Y por lo tanto sólo puede aumentar las razones para alejarse!

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Es además muy cansador, si se cree a Alain Ehrenberg en “La fatiga de ser uno mismo”, Paris, Calmann-Lévy 1999 33 Existe también una marginalidad,propia de la cultura de la autonomía que consiste en considerar al otro no como un inconveniente sino como alguien que nos es indiferente. El uso imprudente del teléfono celular en los espacios públicos es una demostración flagrante. Hay que señalar en qué medida el espacio público de la ciudad se halla ahogado entre la cultura de la violencia propia de la sociedad marginal y la de la violencia a todo lo que no entra en el sistema de afinidades de cada uno, su red, su mundo virtual.

De este modo, la relación entre sociedad marginal y sociedad de afines se muestra como un mecanismo circular que refuerza a ambos polos en vez de trabajar para la reabsorción de la tensión entre ellos. Los pobres se hacen por lógica más pobres y más violentos. Los ricos, más alejados, se hacen menos solidarios. De acuerdo a este esquema el problema social deviene en problema urbano porque toda la neuralgia social se manifiesta en las tensiones que afectan al espacio urbano. Por cierto, esto no es más que un esquema. Pero llevando de este modo al límite la relación entre estos dos fenómenos y analizándolo en condiciones „de laboratorio‟ es como se logra comprender la lógica, para luego detectar las manifestaciones en las situaciones reales. Un fenómeno mundial. Sin duda, los EEUU es el país en donde este esquema se da en la forma más convincente, dada la forma simultánea de degradación de las inner cities y el abandono de la ciudad, desbandada por urban sprow34. La interdependencia de ambos fenómenos se hace evidente. Los motines urbanos de los años 80 y 90 confirman este proceso que ha colocado a los pobres fuera de la vista y del espíritu de la clase media. Estos motines no tienen nada que ver con aquellos de los años 60, que estallaron sobre un fondo de reconocimiento del rol de la nación en la génesis de la pobreza y cuya cólera contenía una esperanza35. Son los motines de la desesperación, de la humillación, en un contexto que no es ya la guerra contra la pobreza sino contra los pobres36. Protegerse no sino proteger, aunque tome la apariencia de una secesión37. En los países del sur (América latina y África), la aparición simultánea de los motines urbanos y de las comunidades cerrados muestra bien a las claras que el nuevo problema urbano no es específico de los países más desarrollados. La tensión entre las zonas urbanas pobres y los barrios ricos que se protegen y se desentienden del resto de la sociedad es allí relativamente nueva. En América latina son los motines del hambre al comienzo de los años 80 (en Buenos Aires, pero también en la mayoría de las ciudades brasileñas), que han dado ya señales la construcción de residencias cerradas. Llamados countries en la Argentina por el cercado de los parques y residencias protegidas, condominos fechados en Brasil, fraccionamientos cerrados en Méjico, estas estructuras no difieren en principio para nada..Se extienden a un ritmo sólo comparable con el empobrecimiento de las clases populares e incluso de una parte de la clase media 38. En Sudáfrica el apartheid
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Ver el artículo de Cyntya.Ghorra-Gobin en este número pag 115 “Angry hope”, según la expresión de Michael Harrington “The american poverty”, New York, Rinehart and Winston, 1984 36 Mike Davis, City of Quartz “Los Ángeles, capital del futuro”, Paris, La Découverte, 1997 37 M. Reich parte de la secesión de los exitosos (“Secesión of the successfull en una entrevista del New York Times de 1991 38 Ver el artículo de Marie France Prévôt Schapira en este número p.128

fue suprimido en 1991. Pero esto no ha hecho sino agregar, en la ciudad, la fractura social a la fractura racial. Los townships, donde se hallan confinados los Negros, no han desaparecido, incluso se han extendido por la llegada de los squatters, que construyen sus barrios sobre el mismo modelo. Lo que cambia es que la población de los townships sale durante el día, ocupa el centro de la ciudad para sus actividades para regresar al sitio al que el apartheid los tiene confinados. También está el hecho de que los Negros, rápidamente empleados en la función pública, invaden los antiguos barrios residenciales de los Blancos. Pero estos avances traen como consecuencia que los Blancos creen complejos residenciales cerrados fuera de las ciudades y los convierten en sus centros de negocios lejos de los centros urbanos39. En Europa, la moda de las comunidades cerradas es muy reciente y su desarrollo todavía embrionario. Aunque, a juzgar por Francia, su expansión podría ser muy rápida. De todos modos, la tensión urbana ha encontrado otros modos de resolverse, distinta de este modo ostentoso, más discreta y no menos eficaz. Si nuestro tejido municipal impide que urbanicemos -para nosotros solos- invadiendo tal o cual comuna por su escasez de pobres, y si la estructura de impuestos local limita fuertemente el peligro de la dessolidarización, obtenemos sin embargo una fórmula “ventajosa” para la separación de los pobres: la ciudad de hábitat social. Por el hecho de cerrarse sobre sí misma, ésta permite confinar a la población pobre en una parte de la ciudad suficientemente diferenciada de ésta como para no tener que soportar sus „molestias‟. La ciudad de hábitat social autoriza también una gestión administrativa „interna‟ especial, encargada de conocer sus necesidades específicas y de contener los desbordes. Esta fórmula de la “concesión” compensa muy bien la fórmula americana del alejamiento y des inner cities. No excluye, por otra parte, que estas aparezcan, como lo señala Marie-Christine Jaillet, como “actitudes de secesión”40. De la secesión según Tito Livio Una nueva lógica se desarrolla en el corazón de las ciudades y tiende a la separación de sus componentes, según el prejuicio económico, escolar y de seguridad contra el que es más pobre que uno. No se trata ya de „distinguirse‟, de enarbolar símbolos de su importancia para ser reconocido, lo que implicaba la afirmación del todo sobre las partes. Se trata más de una toma de distancia más que de un confinamiento, de un evitar e ignorar, más que de una afirmación social de sí mismo. Esta lógica de similitud y exclusión se impone con una fuerza variable según los contextos políticos o la resistencia que se les
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Ver Ph. Gervais-Lambony, S. Jaglin y A. Mabin (dir.) “El problema urbano en Africa austral”, Paris Ifas-Karthala ,1999 , y A. Mabin en “Actas del coloquio de La Rochelle”
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La relación entre pérdida de solidaridad y temor personal tiene sólo un valor secundario. Impresiona comprobar que las ciudades que votan el Frente Nacional son aquellas que más dependen de la ayuda pública (Orange, Toulon) y temen a una ayuda dirigida a las zonas urbanas decaídas que terminarían por forzar decisiones presupuestarias desfavorables para ellas

opone. Ello en razón de la importancia relativa de las tradiciones comunales y de las estructuras de protección social. ¿Estamos por lo tanto condenados a contemplar el despliegue de esta lógica de la separación? Si esta tendencia destruye la capacidad política de la ciudad para „hacer sociedad‟, hay apenas un hilo que la separe de sus comienzos. La expresión más fuerte usada para designar la fractura urbana es la de secesión. Estamos acostumbrados a usar este término como la ruptura total de una parte con respecto al todo del que proviene, de guerra con los otros que la componen (según el modelo de la Guerra de Secesión americana) . Pero si uno se remonta al sentido primero del término „hacer secesión‟ se puede encontrar material para reflexionar acerca de un modo político y una razón para tomar distancia de vanas lamentaciones sociológicas. En su definición original, la expresión original hacer secesión no quiere decir romper toda relación con la entidad del comienzo, ni que se entre en guerra con las otras partes que la componen, sino que uno se retira a una distancia suficiente para hacer sentir, por el peso de su ausencia, el rechazo de una situación dada.. Uno se retira sobre el Monte Aventino y no a una distancia que haga imposible toda otra discusión. La primera utilización del término „hacer secesión‟ se remonta, muy precisamente, a ese momento esencial de la fundación de la República de Roma que fue el retiro de la plebe al monte Sacro (año 494 a.C.). La plebe, compuesta por inmigrantes sin status y soldados a quienes no se les había pagado la compra de sus armas, entendía presionar de este modo al gobierno. La plebe rompía así la unidad de Roma y declaraba que no regresaría hasta que no se les reconociera una verdadera existencia política. Esto se dio con el poder de los tribunos41, que, sin darles derecho al gobierno de la ciudad les permitía el oponer su veto a las ctualment de los patricios. Hechos estos relatados por el historiador Tito Livio42. Esta definición „romana‟ de la secesión es ante todo interesante porque nos recuerda la función de los tribunos y su importancia decisiva en la sociedad como un „todo‟. ¿No es acaso la desaparición de esta función de la plebe en el gobierno de la ciudad, lo que provoca actualmente la secesión ostensible de las barriadas pobres y lo que abre las puertas al círculo vicioso de la marginalidad y del urbanismo de similares? En América latina los partidos clientelistas ejercían una función legislativa muy parecida a la de los representantes de la plebe romana. Ellos aseguraban la incorporación de la población pobre venida del campo a la ciudad, mediante una representación política. De este modo la ciudad era un todo sin que fuera amenazado el poder de las clases acomodadas. Es precisamente la pérdida de eficacia de esta función legislativa lo que castigan tanto las huelgas de hambre como la multiplicación de residencias y barrios cerrados en la Argentina y Brasil43.
Entre nosotros, los „legisladores‟ : diputados en nación y Provincias, Consejales en los municipios (Nota del trad.) 42 Deboa André Bruston el recuerdo de esta todavía ional primera de „hacer secesión‟. 43 la prueba inversa la suministra Méjico donde no ha estallado todavía desorden urbano, allí donde el partido clientelista por excelencia, el Partido Revolucionario todavía ional (PRI) todavía mantiene su fuerza.
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En los Estados Unidos los Negros no están más representados por tribunos como Martín Luther King cuyo sueño (I have a dream) era que formaran un todo con la sociedad blanca. Nación Islámica, el grupo que organizó la Marcha del Millón de Hombres de 1995 con Louis Farrakhan reivindica la autonomía de los territorios urbanos habitados por los Negros, de modo de no ser “separados y desiguales” sino “separados pero iguales” 44. En Francia podría hacerse la misma observación, a partir de la declinación del Partido Comunista. Es sabido cuánto dependía su fuerza de la función desempeñada por sus „tribunos‟, los que le permitían mantenerse vigente, siempre y cuando no se convirtiera en un partido del gobierno sino un representante fuerte de ese pueblo, esa plebe de las barriadas llamadas „rojas‟; que esgrimiera la amenaza que, a la distancia, estas hacían flamear sobre la sociedad; que mantuviera presente la necesidad de tenerlas en cuenta dándoles, a través de sus representantes, las señales políticas de que se las consideraba. La paz de las ciudades tenía ese precio45. Por otra parte, el cambio de la composición demográfica de las ciudades „de hábitat social‟ y la declinación ideológica del PCF han desprestigiado su función legislativa, al punto que los habitantes de esas barriadas, al menos los más jóvenes, no sintiéndose representados, se segregan replegándose en su „territorio‟ en vez de dar crédito a los pocos legisladores comunistas enredados en más problemas de los que pueden gestionar. La „violencia urbana‟ es también para ellos una manera de segregarse, Con la violencia arrojan su desprecio sobre los habitantes de la ciudad, que se saben aludidos. Así, la violencia les permite recuperar su autoestima a costa de la de los otros, retirándose de la ciudad y acampando en sus (¿villas miseria?) y desde allí hacer sentir el peso de su marginación mediante la inseguridad resultante. El célebre grupo de música rap NTM explota esta veta. Dan a entender una no pertenencia a la sociedad francesa. Sin otra pretensión alternativa, esta escisión se enlaza, „musicalmente‟ con la posición de distancia amenazante que caracteriza la „secesión‟ según el mito romano46. El repliegue en el espacio de las clases acomodadas, acompaña, como un eco, esta secesión de las clases pobres. También interviene el deseo de elegir sus vecinos., el sentimiento de no tener nada que ver con los habitantes de las barrios de viviendas sociales, de no deberles nada porque no producen nada o muy poco, porque para nada contribuyen a la creación de riqueza, porque no respetan las reglas y los valores que son su fuerza. Tampoco quieren expresar una solidaridad que, a sus ojos, sólo es expresión de temor a los pobres, a un chantaje estéril. Cuando la común pertenencia a una sociedad deja de estar fundada en una interdependencia económica palpable, ésta se halla expuesta a actitudes secesionistas, que se convierten entonces en el método predilecto para influir sobre su curso.
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Ver C.Ghorra-Gobin, “La ciudad americana” , Paris, Fayard, 1972 Georges Lavau: ¿Para qué sirve el Partido comunista frabcés? Paris, Fayard, 1972

Ver una nota de investigación de M.H. Bocqué, Sylvie Fol, Yves Sintomer: “Procesos de desafiliaciones en los problemas de viviendas sociales: e ejemplo de la ciudad Allende en Saint Denis”, Centro de investigaciones sobre el hábitat.

La actitud de las clases llamadas „medias‟ no responde más que a temores para sí, por lo que para ellas significa una proximidad perjudicial para sus actividades laborales, escolares o de seguridad.. Interviene también un sentimiento más político:: la duda, quizás la incredulidad en cuanto a la eficacia de una redistribución de la riqueza social mediante una ayuda que no hace sino aumentar la dependencia y la humillación en lugar de proveer los medios dignos. Este razonamiento es evidente en los Estados Unidos. Ha comenzado a prender en Francia, al punto que se ha podido oír al Primer Ministro hablar recientemente ¡de la necesidad de salir de una sociedad de asistencia! Las llamadas clases medias conocen tan bien como las otras las ventajas de formar un todo en vez de separarse. Su propia „secesión‟ puede interpretarse como un modo de proclamar su descontento con la forma en que se les pide que „hagan sociedad‟. La secesión aparece por lo tanto como un acto fundacional que viene a proclamar la necesidad de formar un todo, el que no puede ser cualquier cosa. La historia de Tito Livio es claramente un mito. Pero ella autoriza a hacer de la secesión un mito útil para repensar la ciudad contemporánea, para invitar invitar a nuevas negociaciones acerca de la relación entre las partes que se hallan de cada lado de la fractura urbana. ¿Cómo detener la dislocación nacida en la ciudad a partir de la decadencia de la función legislativa que pierde eficacia a medida que las clases populares se ubican al margen y no en la base de la sociedad? ¿ Cómo detener el repliegue de las clases medias, su negativa a relacionarse con una población pobre con respecto a la cual la solidaridad les parece tan humanamente necesaria como socialmente imposible? Ir más allá de la denuncia moral. La mayoría de las consideraciones se han efectuado hasta ahora en el terreno de lo moral. Habría que acercar a las clases que se alejan, instalar pobres en los barrios de clase media, atraer a éstas, al menos temporariamente, a las ciudades de habitat social por medio de ventajas que compensen los prejuicios derivados de esta proximidad. Habría que luchar también contra la moda creciente de las residencias protegidas y denunciar el egoísmo social que se perfila a través de ellas. Pero es forzoso anticipar la ineficacia tanto de los atractivos para la mezcla como las imprecaciones contra los aislacionistas. Una nueva propuesta ha aparecido recientemente. Ella consiste en conjurar la falta de solidaridad entre los componentes de la ciudad reuniéndolos en un todo, es decir mediante la instauración de una instancia política que abarque la extensión actual de la ciudad47. Reunir las comunas ricas y pobres en una misma aglomeración permitiría repartir mejor los recursos

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Ver Francois Ascher “Metápolis o el porvenir de las ciudades”, Paris, Odile Jacob, 1995, asó como La República contra la ciudad, Latour-dAigues, ediciones de L‟Aube, 1998; Jacques Lévy “El espacio legítimo. Acerca de la dimensión geográfica de la dimensión política, Paris, Fundación nacional e Ciencias Políticas, 1994; Y especialmente el informe de J.P.Sueur “Mañana, la ciudad” ,Paris, La documentación francesa, 1998, y su obra “Cambiar la ciudad.. Por una nueva urbanidad” 1999.

Esta idea tiene sobre todo la inmensa ventaja de confrontar las comunas periféricas con el problema de la solidaridad hacia la comuna madre, teniendo en consideración tanto a los pobres que allí residen como las funciones de centralidad cuyo financiamiento es generalmente muy injusto. Así planteado, la idea empieza a despertar interés en los Estados Unidos así como reticencias en Francia, a juzgar por los escasos ecos favorables despertados por el informe Sueur. Sin embargo no habría que descontar que, mediante un simple recorte electoral, se resuelva una cuestión sociopolítica de la complejidad del „nuevo problema urbano‟. Puede ayudar a la formulación del problema como a la puesta en práctica de soluciones, pero no es una solución en sí mismo., aún si al respecto es mejor que la sola preconización de la mezcla social del hábitat. El „nuevo problema urbano‟ es tal en el sentido de que obliga a replantear los términos del intercambio social si se quiere detener el mecanismo que lleva a la desintegración del espacio urbano, a la ruina de la idea del espacio común como base de la sociedad. No resulta creíble una solución que no enfrente directamente ese mecanismo que ata la sociedad marginal al „urbanismo de similares‟, que arruina la división del espacio por el rechazo de unos a asumir las reglas que convienen a los otros, y éstos a pagar de alguna manera la amenaza que sufren mediante la concesión de subsidios, aunque les parezcan un modo de ceder a presiones vengativas que de ofrecer un acceso real a la autonomía. ¿Cómo revertir entonces este mecanismo hasta invertir su sentido y convertirlo en un círculo virtuoso? No existe una solución perfecta que pudiera erigirse como modelo. Existen solamente algunas más coherentes, más creíbles que otras. A este respecto, los pasos dados por los EEUU tienen una ventaja cierta. Plantean claramente el problema de las condiciones bajo las cuales es posible hacer sociedad nuevamente en la ciudad y la respuesta está planteada en la medida del estallido a que ésta ha llegado. Esta respuesta se sitúa en el campo sociopolítico de la división del espacio tomando en cuenta lo que afecta a ambas partes, tanto en lo referente a la inseguridad como en las modalidades del reparto de la riqueza. Si se considera la evolución de las políticas americanas con respecto a la seguridad (con el community policing), del habitat ( con la fórmula de las Communities Development Corporation –CDC) y con la ayuda social (con la Welfare Reform) durante los últimos veinte años, se observa que estas políticas se vinculan entre sí mediante un razonamiento muy simple y „virtuoso‟, al menos en el hecho de que rechaza el mecanismo circular de disgregación de la ciudad a partir de la inseguridad generada por la sociedad marginal de la inner cities. A partir de estas nuevas ideas la inseguridad no debe ser soportada por las clases medias sino controlada por la población misma de las inner cities mediante la creación de una actitud colectiva de vigilancia que constituye el primer escalón para la edificación de una comunidad, entendida como la formación de un poder propio, un „empowerment‟, un capital social. Las inversiones públicas y privadas aparecen con la „estabilización del barrio, con la confianza que inspira esa riqueza básica: una comunidad políticamente formada.(aquí interviene la increíble capacidad de la vida

colectiva en los EEUU para acatar los procedimientos). Esta fuerza de lo colectivo más las inversiones que permite sirven de apoyo para la salida individual de la dependencia. Los americanos aman los razonamientos simples, aún hasta el simplismo: el precio a pagar por esta fórmula puede parecer exorbitante en materia de política penal y de los riesgos que corren los trabajadores pobres en caso de recesión económica. Pero estos pasos dados por los EEUU nos obligan a realizar un esfuerzo de interpretación y de análisis coherente de las políticas de Europa y especialmente de Francia, si queremos al menos demostrar que aportamos nuestra propia respuesta al nuevo problema urbano48.

Jacques Donzelot

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A este respecto me permito citar el razonamiento esbozado por Philippe Estèbe y yo mismo, luego del Coloquio de la Asociación Francesa de Ciencias Políticas, en Lyon, el 25-26 de diciembre de 1997, al que habíamos llamado “Reevaluar la política de la ciudad”. Este aporte acaba de ser publicado en Richard Balme, Alain Faure, Albert Mabileau (dir) “Las nuevas políticas locales, dinámica de la acción pública”, Paris, Presses de Sciences Po. 1999

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