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Juan Sebastián Ocampo Murillo.

Relatoría: Judith Butler, “Actos performativos y constitución del género: un ensayo sobre
fenomenología y teoría feminista.”

La autora empieza remarcando su posición dentro del estudio de la filosofía tradicional en el


ámbito del lenguaje. Al igual que muchos de sus predecesores, se anticipa señalando que la
manera en la que el ser humano se expresa mediante palabras: signos, gestos orales, es más
que una irrisoria combinación formal de grafemas, para formar lexemas y morfemas, es decir,
hablar, habitar dentro de los márgenes del lenguaje, implica más que un ejercicio nominal,
que una mera nomenclatura donde están apostadas las palabras con su esencia perfecta.
Butler revive una aseveración de John Searle que reza: “estas garantías y promesas verbales,
que no parecen renviar solo a un intercambio de palabras, sino constituir un vínculo moral
entre los hablantes” (p.296). Esta aserción va a acompañar el desarrollo del texto, pues la
autora se encamina a minar una noción “realista” sobre el género.

Evidentemente, el análisis de Butler no se puede entender disgregado de la tradición


fenomenológica que ha hecho ya bastante mella dentro de la historia occidental de la
filosofía. Según esta tradición, no hay nociones puras como un “yo” que se enfrenta de
manera impoluta frente al mundo externo para moldear a los objetos. En contra de las
concepciones “psicologistas” como la kantiana que sugiere que la realidad se ordena en
categorías a priori dentro de la mente, o la de John Stuart Mill para quien las abstracciones
pasan por un proceso mental individual que se exterioriza. Según la fenomenología más
clásica erigida por Edmund Husserl y sus discípulos, la constitución del sentido, el yo puro,
es el que va constituyendo la realidad empezando por las cuestiones más cercanas como la
constitución del yo psicofísico, la constitución del objeto y la constitución del lenguaje.
Según esto, los actos de la conciencia son actos de la conciencia dirigidos a objetos. Ahora,
toda constitución se da en actos intencionales, cuando se proyecta la intencionalidad sobre el
objeto, se constituye el objeto.

Es pues, que, de acuerdo con lo planteado anteriormente, la propuesta de Butler no se desliga


radicalmente de este asunto del yo psicofísico. Una consideración, por ejemplo, basado en
las tesis kantianas, necesariamente implicaría la existencia de un yo estable y fijo que
estructura a la realidad mediante categorías ya prefiguradas y atemporales que,
posteriormente, permitirían el ejercicio del juicio. En cambio, para los fenomenólogos, a la
par del tiempo fenomenológico corre el tiempo cultural e histórico que edifica las nociones
de sentido y el lenguaje sobre el cual se mueve el sujeto, es entonces, que los datos
observacionales no se organizan en un closet con varios cajones, sino que se van
constituyendo en la medida en que se va constituyendo una noción de sí inserta en un marco
referencial que es histórico. Butler advierte, entonces: “el género no es, de ninguna manera,
una identidad estable, tampoco es el locus operativo de donde procederían los diferentes
actos; más bien, es una identidad débilmente constituida en el tiempo; una identidad instituida
por una repetición estilizada de actos” (pp.296-297).

La autora entra a poner un fuerte signo de interrogación sobre diversos asuntos que habían
brindado una ilusión de estabilidad alrededor del género en la modernidad: las ciencias
biológicas habían determinado patrones fisiológicos que dictaminaban lo que significaba ser-
habitar mujer y hombre en el mundo, la ciencia médica, por su parte, se encargó de enseñar
las debilidades del sexo femenino y el cristianismo católico y protestante, que ya tenían bien
marcada la división de las tareas de hombre y mujer en el plan de salvación, hundieron la
teología en el espíritu modernizante para enseñar el rol de la mujer en la sociedad moderna.
Aparentemente esos datos tan objetivos y tan universales que arrojaban las instituciones más
sacro-santas de Occidente, eran las que ya dibujaban en la escena el rol social de hombres y
de mujeres. Si un conjunto de científicos había determinado que la estructura corporal fémina
solo debía cumplir la función social de la reproducción, estas conclusiones no se veían como
el trabajo soterrado de la ideología, sino como un acto consciente y racional que propiciaba
un correcto ejercicio epistemológico. Si los médicos increpaban que la histeria era producto
de la hinchazón del útero, seguramente era así, un estudio limpio, sin prejuicios, sin
formaciones y vínculos morales (en términos de Searle) ya pretéritos. Siguiendo esta línea
de ideas, Butler se pone en la misión de exorcizar a estos nuevos dioses seculares (y otros no
tanto) que, aparentemente, ya dictaminan la vida de los sujetos.

Butler prosigue su exposición: “significativamente, el género es instituido por actos


internamente discontinuos, la apariencia de sustancia es entonces precisamente eso, una
identidad construida, un resultado performativo llevado a cabo que la audiencia social
mundana, incluyendo los propios actores han de creer y actuar como creencia” (p.297). La
autora recurrentemente aboca a estas manifestaciones del teatro para desplegar su análisis
sobre los actos performativos. Cada uno de los actores pareciera que habita su sustancia, su
constitución ontológica. Resulta bastante parecido a la concepción clásica del Kalo-
Kagathia, que sugería que el ser humano, al igual que los otros seres naturales, empieza a
manifestar toda una serie de propiedades intrínsecas hasta alcanzar su plenum. Esto podría
servir para justificar la esclavitud, como lo hizo Aristóteles en La Política, la falta de alma
de algunos pueblos, como dijeron los intérpretes ingleses del mito de Noé, o el papel del
hombre y de la mujer en la sociedad como coligió la biología darwiniana, Galton, y algunos
médicos fisiólogos como Maudsley en el siglo XIX (también se podría meter en ese rancho
al conjunto de los criminólogos como Cesare Lombroso, Enrico Ferri, o Douchet). Butler,
entonces, no tiene dilación al enfrentarse con conceptos que han sido tan fetichizados y
reificados como el de género, que más bien entran en el plano de la discontinuidad, de lo que
va cambiando en el devenir histórico.

Indudablemente, la autora sitúa su reflexión en torno a construcciones epistemológicas que


han nutrido la teoría de género. Simone de Beauvoir afirmó que ser mujer no es un en-sí ya
dado, más bien, es una construcción sociohistórica. Los procesos de identificación son la
activa encarnación de posibilidades históricas, mediante las cuales se da un proceso complejo
de apropiación de las características adecuadas del género. Por su parte, de acuerdo con esto,
Merleau-Ponty indicó que, por ejemplo, el cuerpo cobra significado en la historia, más allá
de su mera aparición física en el mundo, la percepción propia se da en desarrollo de la
construcción de la subjetividad. Al respecto, Butler infiere: “El cuerpo no es pues una
identidad en sí o una materialidad meramente fáctica, el cuerpo es una materialidad que, al
menos, lleva significado, y la lleva de modo fundamentalmente dramático” (p.298).

En concordancia con lo anterior, la autora aduce que el éxito de esta dramatización alrededor
del género acaece en la capacidad de ser repetible, en la ilusión de un yo colectivo generizado.
Esta construcción del perfomance obliga a sus actores a creer en la naturalidad del mismo.
Se vuelve tan natural que están dispuestos, por voluntad propia y no por elementos
heterónomos a señalar y castigar a quien se salga de ese canon.