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¿Farándula o política?

Por: Rodrigo Mosqueira Aguilar

¿Nos encontramos en la farándula o en el Palacio de Gobierno? Esta es una pregunta que


muchos de los peruanos con al menos una pizca de cultura política, se plantean al observar los
tuits diarios de personajes políticos, que poco más y llegan al nivel de Millet y Susy.

El uso del twitter en la política, utilizado para intercambiar insultos al estilo de Miley Cyrus con
Katy Perry, entre miembros de distintos partidos, demuestra la “farandulización” de la política
peruana. Parecen celebridades buscando fama y popularidad y jugando sucio a la misma vez.

Sin duda, esto demuestra el bajo nivel en el que se encuentra la política peruana; uno tan bajo,
que cualquier forma de comunicación a la que tenga acceso lo usará incorrectamente y
terminará desprestigiándose aún más. A puertas de un proceso electoral, parece que se están
poniendo las bases para una campaña violenta. Hace poco, el congresista Héctor Becerril y el
ministro Daniel Urresti se enfrentaron en Twitter, cuando el legislador de Fuerza Popular llamó
“payaso distractor” al Ministro del Interior. Luego de algunas respuestas igualmente ofensivas,
Daniel Urresti finalizó la conversación llamando “hiena” al congresista.

Es lamentable que personajes que ostentan cargos públicos dediquen su tiempo a este tipo de
acciones. Lo irónico es que la popularidad de Urresti ha subido como pocas veces se ha visto
en políticos, tanto que se ha abierto una página en internet para averiguar sobre cómo
respondería el pueblo ante su posible candidatura a la presidencia en el 2016. ¿En qué están
pensando los peruanos? Se quejan del pobre desempeño de sus representantes en el
gobierno, pero al mismo tiempo premian aquellos comportamientos tan indignantes. Parece
que lo que buscan encontrar en ellos no es la guía para un Perú con un estado más
consolidado, ni entrar de nuevo a la ruta del desarrollo, sino una fuente de entretenimiento.

Este tipo de acciones no sólo es vista por la mayoría de peruanos, sino también por gente de
todo el mundo. Hoy la información es globalizada y todo inversor obtiene un perfil del país que
incluye datos sobre la situación política. ¿Qué pensarán acerca de la seriedad de nuestro
gobierno? Se “arriesgarán” a invertir, a firmar tratados y acuerdos, exponiéndose a que en
cualquier momento algún dignatario peruano utilice el Twiter como arma de agravio o
desconocimiento de acuerdos. Esta no es una imagen grata para transmitir a los demás
países. Si queremos, por más loca que sea la idea, intentar entrar en un grupo de países tan
prestigioso como la OCDE, debemos eliminar de una vez por todas el pobre estilo de
comportamiento en nuestros políticos.

Lamentablemente, muy pocas veces la democracia falla al elegir al candidato que mejor retrata
al pueblo que lo eligió. En otras palabras, y me da mucha pena decirlo, los peruanos somos
así, irrespetuosos, siempre jugando a la defensiva y buscando lo malo del tipo del costado.
Muchos dicen que la solución a este problema es la educación que, a largo plazo, lograremos
acercarnos al nivel de lo que ahora se vive en aquellos países que han alcanzado un estado
de bienestar. Dicen que solo hay que esperar a que las políticas que los gobiernos han
implementado durante tantos años funcionen. Yo no creo eso…del todo. A largo plazo todos
estamos muertos, dijo Keynes alguna vez.

Sin duda alguna, la educación es una de las mejores inversiones, junto con la infraestructura,
para crear los cimientos necesarios para impulsar al Perú de manera estable y sin mucha
dependencia en otros países. Sin embargo, el más grave de los problemas no está en el nivel
de educación de los peruanos, ni del de infraestructura, ni del de salud. El verdadero problema
es la política peruana misma. Nuestros políticos, en su inmensa mayoría, no son confiables, ni
ordenados, ni transparentes, ni respetuosos. Tampoco tenemos partidos políticos
institucionalizados. Y, lo grave, es que todos dependemos de esta ausencia de un sistema
político con un mínimo de coherencia.

En algunos otros países, la cantidad de policías es menor, pero los crímenes también. En estos
casos es donde la política ha hecho su trabajo de manera efectiva: obligar, con instituciones
fuertes y transparentes, a sus ciudadanos y políticos a cumplir normas y leyes que contribuirán
al bienestar social. Sin aquellas instituciones, cualquier trabajo que podrá haber valido la pena
será obstruido por algún radical que, por ejemplo, interrumpa el desarrollo del proyecto Conga.
Estoy seguro de que un gobierno más consolidado y fuerte no se hubiese dado el lujo de haber
permitido algo así, en la misma medida que una clase política racional habría contribuido a
evitar el triunfo del opositor radical. Por eso, la reforma urgente que requiere el Perú es la de
reorganizar y replantear el sistema político peruano, creando instituciones con suficiente
autoridad para obstruir cualquier intento de corrupción, ilegitimidad e indisciplina. Tal vez así
entendamos que la política no es farándula.