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Les remembrances du vieillard idiot

Arthur Rimbaud (1854-1891)

Pardon, mon père!


Jeune, aux foires de campagne,
Je cherchais, non le tir banal où tout coup gagne,
Mais l'endroit plein de cris où les ânes, le flanc
Fatigué, déployaient ce long tube sanglant
Que je ne comprends pas encore!…
Et puis ma mère,
Dont la chemise avait une senteur amère
Quoique fripée au bas et jaune comme un fruit,
Ma mère qui montait au lit avec un bruit
- Fils du travail pourtant, - ma mère, avec sa cuisse
De femme mûre, avec ses reins très gros où plisse
Le linge, me donna ces chaleurs que l'on tait!…
Une honte plus crue et plus calme, c'était
Quand ma petite soeur, au retour de la classe,
Ayant usé longtemps ses sabots sur la glace,
Pissait, et regardait s'échapper de sa lèvre
D'en bas, serrée et rose, un fil d'urine mièvre!…
Ô pardon!
Je songeais à mon père parfois:
Le soir, le jeu de cartes et les mots plus grivois,
Le voisin, et moi qu'on écartait, choses vues…
- Car un père est troublant! - et les choses conçues!…
Son genou, câlineur parfois; son pantalon
Dont mon doigt désirait ouvrir la fente,… - oh! non! -
Pour avoir le bout, gros, noir et dur, de mon père,
Dont la pileuse main me berçait!…
Je veux taire
Le pot, l'assiette à manche, entrevue au grenier,
Les almanachs couverts en rouge, et le panier
De charpie, et la Bible, et les lieux, et la bonne,
La Sainte-Vierge et le crucifix…
Oh! Personne
Ne fut si fréquemment troublé, comme étonné!
Et maintenant, que le pardon me soit donné:
Puisque les sens infects m'ont mis de leurs victimes,
Je me confesse de l'aveu des jeunes crimes!
...
Puis! - qu'il me soit permis de parler au Seigneur!

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Pourquoi la puberté tardive et le malheur
Du gland tenace et trop consulté? Pourquoi l'ombre
Si lente au bas du ventre? et ces terreurs sans nombre
Comblant toujours la joie ainsi qu'un gravier noir ?
- Moi j'ai toujours été stupéfait! Quoi savoir ?

Pardonné?

Reprenez la chancelière bleue,
Mon père.Ô cette enfance!
...
...- et tirons-nous la queue!

Mamá cumple 75 años

Cinco cuyes han caído


Degollados, sacrificados, a tus pies de reina vieja.
Sangre celebra siempre tu cumpleaños, recíbela
en una escudilla
donde pueda cuajar un signo brillante
además del cuchillo.
La bombilla de luz coincide con tu cabeza dormida
y te aureola: comenzamos a quererte
con cierta piedad,
pero tus ojos
tus ojos se abren rápidos como avisados, y revive en ellos
un animal de ternura demasiado severa.
Tus ojos de ajadísimo alrededor
son el resto indemne
del personaje central que fuiste entre nosotros,
cuando alta y enhiesta
alargabas el candil hacia la oscuridad
y llamabas susurrando
a nadie. Las sombras en el muro y los gatos
detrás de la frontera terrible
eran inocentes. Tú, señora, eras el miedo.

Cinco cuyes pronto estarán servidos en la mesa.


Otros eran los del rito curador, los de entrañas abiertas y
sensitivas
que revelaban nuestras enfermedades.

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Éstos son de diente, de presa. No dirán
Que tú eres nuestra más antigua dolencia.

si existen los cielos mi madre(para ella sola)tendrá


uno. No será un cielo de pensamientos ni
un frágil cielo de muguetes sino
un cielo de rosas negrirrojas

mi padre(hondo como una rosa


alto como una rosa)

estará junto a mi

(meciéndose sobre ella


en silencio)
con ojos que sean verdaderos pétalos y no vean

nada con la verdadera cara de un poeta que


sea una flor y no una cara con
manos
que susurren
Ésta es mi amada mi

(de pronto a la luz del sol


se inclinará él,
y se inclinará el jardín entero)

60. LAS MUSAS INQUIETANTES[127]

Madre, madre, ¿qué tía tan mal nacida


O qué prima tan desfigurada y repulsiva
Te llevó a cometer la necedad
De no invitarla a mi bautizo, al que ella
Mandó en su lugar a esas señoras[128]
Con cráneos como huevos de zurci que cabeceaban
Y cabeceaban sin parar arriba y abajo,
A un lado y al otro de mi cuna?
Madre, tú que inventabas a nuestra medida
Los cuentos de Mixie Blackshort[129], el heroico oso;
Tú, cuyas brujas siempre, siempre terminaban
En el horno transformadas en pan de jengibre,
Me pregunto si también las veías, si decías
Aquellas palabras para librarme de aquellas tres señoras
Que cabeceaban por la noche alrededor de mi lecho,
Sin boca, sin ojos, con el cráneo calvo y recosido.
Durante el huracán[130], mientras las doce ventanas
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Del estudio de padre se hinchaban hacia dentro
Como burbujas a punto de estallar, tú nos dabas de comer
A mi hermano y a mí leche con cacao y galletas,
Y nos ayudabas a los dos a corear:
«Thor está enojado: ¡Bum, bum, bum!
Thor está enojado: ¡A la porra con él!».
Pero aquellas señoras rompieron los cristales.
Cuando las compañeras del colegio bailaban
De puntillas, centelleando como cocuyos
Y cantando la canción de la luciérnaga, yo no podía
Levantar ni un pie con aquel vestido resplandeciente,
Y me quedaba a un lado, con mis pies de plomo,
En la sombra proyectada por aquellas madrinas
De tétricas cabezas, mientras tú gritabas y gritabas:
La sombra se alargaba, las luces se extinguían.
Madre, me obligaste a dar clases de piano[131],
Y alababas mis arabescos[132] y mis trinos,
Aunque todos los profesores hallaban mi manera de tocar
Extraña, rígida, antinatural, a pesar de las muchas escalas
Y de las muchas horas que practicaba, pues no tenía
El menor oído musical, no, y era incapaz de aprender.
Pero aprendí, querida madre, aprendí en otro lugar
Y de otras maestras: de esas musas que tú no contrataste.
Un día desperté para verte, madre,
Flotando encima de mí, por el aire más azul,
En un globo verde brillante, con un millón
De flores y de petirrojos azules que jamás,
Jamás ha visto nadie en ninguna parte.
Pero el pequeño planeta desapareció de repente
Como una pompa de jabón cuando tú gritaste: «¡Ven aquí!».
Y yo volví a hacer frente a mis compañeras de viaje.
Día y noche, a los pies y a la cabecera, a ambos lados de la cama,
Las tres me vigilan vestidas con sus túnicas de piedra,
Sus rostros en blanco, como el día en que nací.
Sus sombras se alargan en el sol del ocaso
Que nunca se vuelve más brillante ni termina de ponerse.
Sí, éste es el reino al que me engendraste,
Madre, Madre. Pero no voy a fruncir el ceño
Para no desvelar la relación que mantengo[133].

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Quema de bruja

Ya están amontonando la leña en la plaza del mercado.


Un matorral de sombras no es un buen refugio. Yo habito
Mi propia imagen de cera, el cuerpo de una muñeca.
El malestar empieza aquí: soy el blanco de las brujas.
Tan sólo el demonio[329] puede comerse al demonio.
En el mes de las hojas cárdenas, me encaramo a un lecho de fuego.
Es fácil echarle la culpa a la oscuridad: la boca de una puerta,
El vientre del sótano. Esta gente ha apagado mi bengala.
Una dama con élitros negros[330] me mantiene aquí encerrada, en la jaula de un loro.
¡Qué ojos tan grandes tienen los muertos!
Soy la amiga íntima[331] de un espíritu peludo.
Este frasco vacío echa anillos de humo.
Si me empequeñezco, no podré hacer daño.
Si no me muevo, no volcaré nada. Eso dije,
Sentada bajo la tapa de una olla, diminuta e inerte como un grano de arroz.
Ya están encendiendo los hornillos, llama tras llama.
Ah, mis pequeñas compañeras blancas: estamos llenas de almidón.
Crecemos. Al principio duele. Las lenguas rojas enseñarán la verdad.
Madre de los escarabajos, afloja un poco tu puño:
Atravesaré volando la boca de la vela como una polilla
incombustible.
Devuélveme mi forma. Estoy dispuesta a declarar[332] los días
Que copulé con el polvo a la sombra de una piedra.
Mis tobillos coruscan. La claridad asciende por mis muslos.
Estoy perdida, estoy perdida, envuelta en el manto de toda esta luz.

153. LA LUNA Y EL TEJO[447]

Ésta es la luz de la mente, fría y planetaria.


Los árboles de la mente son negros. Su luz, azul.
Las hierbas descargan sus pesares en mis pies, como si yo fuera Dios,
Picándome en los tobillos y murmurando cosas acerca de su humildad.
Brumas desvaídas, espirituosas[448], pueblan este lugar
Separado de mi casa por una hilera de lápidas.
La verdad, no veo adónde ir.
La luna no es una puerta. Es una cara de por sí,
Blanca como un nudillo y terriblemente afligida,

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Que arrastra el mar tras ella como un crimen oscuro. Ahora está callada,
Con la boca abierta en una O de absoluta desesperación. Yo vivo aquí.
Los domingos, las campanas alarman al cielo dos veces:
Ocho lenguas enormes confirmando la Resurrección.
Y, al final, secamente, tañen sus nombres.
El tejo, con su silueta gótica, apunta al cielo.
Alzo la vista siguiéndolo y me topo con la luna.
Ella es mi madre. Pero no una madre dulce, como la Virgen[449].
Sus vestiduras azules desprenden pequeños murciélagos y búhos.
Cuánto daría por poder creer en la ternura:
El rostro de la efigie, suavizado por las velas,
Volviendo hacia mí, en particular, su mirada apacible.
Sí, he caído desde muy alto[450]. Las nubes florecen,
Azules y místicas, sobre el rostro de los astros.
En la iglesia, los santos deben de estar todos azules,
Levitando con sus pies delicados sobre los fríos bancos,
Con las manos y los rostros hieráticos de tanta santidad.
La luna no se percata de nada de esto. Ella es calva y salvaje[451].
Y el mensaje del tejo es la negrura, la negrura y el silencio.

3. PERSECUCIÓN[17]

Dans le fond des forêts votre image me suit[18].


RACINE
Una pantera macho me ronda, me persigue:
Un día de éstos al fin me matará.
Su avidez ha encendido[19] los bosques,
Su incesante merodeo es más altivo que el sol.
Más suave, más delicado se desliza su paso,
Avanzando, avanzando siempre a mis espaldas.
Desde la esquelética cicuta, los grajos graznan estrago:
La caza ha comenzado; la trampa, funcionado.
Arañada por las espinas, ojerosa y exhausta[20],
Atravieso penosamente las rocas, el blanco y ardiente
Mediodía. En la roja red de sus venas,
¿Qué clase de fuego fluye, qué clase de sed despierta?
La pantera, insaciable, escudriña la tierra
Condenada por nuestro ancestral delito,
Gimiendo: sangre, dejad que corra la sangre.
La carne ha de saciar la herida abierta de su boca.
Afilados, los desgarradores dientes; suave

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La quemante furia de su pelaje; sus besos agostan,
Dan sed; cada una de sus zarpas es una zarza;
El hado funesto consuma ese apetito.
En la estela de este felino feroz,
Ardiendo como antorchas para su dicha,
Carbonizadas y destrozadas, yacen las mujeres,
Convertidas en la carnaza de su cuerpo voraz.
Ahora las colinas incuban, engendran una sombra
De amenaza. La medianoche ensombrece el tórrido soto;
El negro depredador, impulsado por el amor
A las gráciles piernas, prosigue a mi ritmo.
Tras los enmarañados matorrales de mis ojos
Acecha el ágil; en la emboscada de los sueños,
Brillan esas garras que rasgan la carne,
Y, hambrientos, hambrientos, esos muslos recios.
Su ardor me engatusa, prende los árboles,
Y yo huyo corriendo con la piel en llamas.
¿Qué bonanza, qué frescor puede envolverme
Cuando el hierro candente de su mirada me marca?
Yo le arrojo mi corazón para detener su avance,
Para apagar su sed malgasto mi sangre, porque
Él lo devora todo y, en su ansia, continúa buscando comida,
Exigiendo un sacrificio absoluto. Su voz
Me acecha, me embruja, me induce al trance,
El bosque destripado se derrumba hecho cenizas;
Aterrada por un anhelo secreto, esquivo
Corriendo el asalto de su radiación[21].
Tras entrar en la torre de mis temores,
Cierro las puertas a esa oscura culpa,
Las atranco, una tras otra las atranco.
Mi pulso se acelera, la sangre retumba en mis oídos:
Las pisadas de la pantera lamen los peldaños,
Subiendo, subiendo las escaleras.

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