You are on page 1of 16

De torpezas, durezas y otras yerbas

Santos Lugares, octubre de 2015

La Palabra de los últimos domingos parece insistir con demasiada terquedad en un aspecto
esencial para nuestras vidas. Dios comprende pacientemente nuestra sordera y nuestra piel de rinoceronte,
que nos hace “entender” un tema, “aprenderlo”, “cerrarlo”, para “pasar” tranquilamente “a otro”. Nuestra
necedad nos hace fantasear con el paso espontáneo, natural y necesario, del entender al vivir.
¿Qué haré contigo? –nos dice Dios-. Porque el amor de ustedes es como nube matinal, como el
rocío que pronto se disipa. Por eso los hice pedazos por medio de los profetas, los hice morir con las
palabras de mi boca, y mi juicio surgirá como la luz. Porque yo quiero amor y no sacrificios,
conocimiento de Dios más que holocaustos (Os 6,4-6). Su Palabra nos hace pedazos, para que nosotros, al
fin, podamos decir: Vengan, volvamos al Señor: él nos ha desgarrado, pero nos sanará; ha golpeado,
pero vendará nuestras heridas. Después de dos días nos hará revivir, al tercer día nos levantará, y
viviremos en su presencia. Esforcémonos por conocer al Señor: su aparición es cierta como la aurora.
Vendrá a nosotros como la lluvia, como la lluvia de primavera que riega la tierra (Os 6,4-6). ¡Qué
hermoso canto de esperanza del pueblo que ha sido atravesado, desnudado, hecho pedazos con la Palabra
de Dios! A pesar de nuestras resistencias y corazas, Dios se las ingenia para herirnos y hacernos volver a
Él.
La terquedad de Dios es llamativa. Parece que no quiere “pasar” tan rápido a otro tema. Se ha
quedado dándole vueltas a la misma cuestión, empecinado, terco, insistente. ¿Será acaso por nuestra
“torpeza” y terquedad? Él desea usar la espada del Espíritu, que es su Palabra (Ef 6,17). Todo parece
indicar que Dios ha quedado como empantanado en un mismo tema, rumiándolo, mostrando todas sus
aristas, con la confiada esperanza de horadar, al menos un poquito, nuestro corazón de piedra (Ez 36,26).
Insiste, insiste, que algo quedará. Ése parece ser el plan de Dios en estos últimos domingos. Al menos, en
lo que respecta a mi humilde existencia...
¿En qué viene insistiendo Dios con su espada de doble filo, que busca traspasar esta epidermis,
cada vez más gruesa, para llegar y penetrar hasta la raíz del alma y del espíritu, de las articulaciones y
de la médula, para discernir nuestros pensamientos e intenciones del corazón (Hb 4,12-13)? El centro de
la cuestión parece ser el discipulado.
Podemos remontarnos al final del capítulo 6 de Juan (Dgo 21º durante el año, ciclo B: Jn 6,60-69),
donde se explicitan las reacciones diversas ante la dureza del lenguaje de Jesús. Por un lado, la triste
deserción de muchos discípulos (desde ese momento, muchos de sus discípulos se alejaron de él y
dejaron de acompañarlo), y el “fracaso” de Jesús. Por otro lado, la fidelidad de los Doce (Jesús preguntó
entonces a los Doce: «¿También ustedes quieren irse?» Simón Pedro le respondió: «Señor, ¿a quién
iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de
Dios.»). Para no caer en la presunción, ante este permanecer con Jesús, aún en medio de la dureza de su
lenguaje y el abandono de muchos, Jesús nos recuerda que nadie puede ir hacia Él, si el Padre no se lo
concede. La fidelidad de los discípulos, por tanto, es una gracia a acoger y a agradecer, no un mérito a
reclamar o a premiar.
El domingo siguiente (22º), en el capítulo 7 de San Marcos, Jesús nos invitará al humilde
conocimiento de nosotros mismos. Ya no hemos de mirar hacia fuera, sino hacia adentro, atentos a las
capas misteriosas de nuestro corazón, a sus recovecos y entramados. Este mirar hacia adentro (intus-
legere) nos hará reconocer y aceptar nuestra condición pecadora, sin marearnos en detalles ni en
casuísticas mundanas, para centrar nuestra atención en la raíz y verdad de nuestra débil condición
humana: porque es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones
(Mc 7,21). Esta miseria no es causa de desesperación, ni de soberbia tristeza. Se trata, más bien, de una
oportunidad para ser salvados y sanados por el poder misericordioso de Jesús. Miseria que hemos de
presentar, en humilde y osada confianza, para que sea sanada. A esa esperanza nos invita el texto del
domingo siguiente (23º: Mc 7,31-37), donde la orden firme de Jesús: Efatá (ábrete), penetra nuestra
sordera, aislamiento y autosuficiencia. Él desea sacarnos afuera de nosotros mismos, abriéndonos al
encuentro con Dios y los demás. Esta debilidad estructural, herencia de nuestra condición humana, no es
descartada por Jesús, ya que todo sirve para el Reino. Ni él ni sus padres han pecado, respondió Jesús;
nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios (Jn 9,3). Sea que estas miserias broten de
nuestra condición humana herida, o sean, más bien, consecuencias de nuestras acciones libres, brotadas
del interior de nuestro corazón, Dios quiere meter mano para sanarnos, quiere manifestar en nosotros,
las obras de Dios. Para ello, necesitamos de la obra de Dios, que consiste en que nosotros creamos (Jn
6,29). Dios sólo necesita de nuestra fe, aunque sea muy pequeña, como la de un grano de mostaza (Mt
17,20), aunque más no sea un reconocimiento sincero de nuestra poca fe: creo, pero ayúdame porque
tengo poca fe (Mc 9,24). No hemos de poner resistencia. Tarea nada fácil, ya que no nos gusta ocupar el
segundo puesto de copiloto. Queremos llevarnos los laureles de vencedores de nuestro pecado a fuerza de
puños. Nos encaprichamos en lograr méritos, haciendo las cosas con nuestras propias fuerzas, por nuestra
propia cuenta, sin pedirle nada a nadie, ni deberle nada a nadie.
Hacen falta muchos porrazos para bajar las defensas y dejarnos intervenir por el Señor. Cuando
percibimos algún pequeño avance, solemos soltarnos de Su mano para aventurarnos a continuar solos. Y
así terminamos por hundirnos nuevamente en nuestro propio fango, hasta que supliquemos nuevamente
su misericordia: Señor, sálvame (Mt 14,30), para ser rescatados.

1. Nuestras torpezas en el discipulado


Hasta aquí, podríamos decir que todos estamos más o menos de acuerdo con estas afirmaciones.
Pero Dios quiere ir a lo profundo de nosotros, no se contenta con poco (mirándolo con amor, le dijo:
“sólo te falta una cosa”: Mc 10,21). Él arremete sin anestesia, pero con profundo amor, hiriendo nuestro
ego, para quitarle su omnipresencia omnipotente, para sanarnos y liberarnos de la cárcel del yo y del
pecado.
Luego de haber hecho nuestra opción por Jesús (Dgo 21º), de reconocer nuestra condición
pecadora (Dgo 22º), de contar con la acción sanadora de Jesús (Dgo 23º), puestos ya en la huella del
discipulado, aparecen algunas debilidades propias del camino. Nuestro seguimiento no es lineal,
ascendente y progresivo. La experiencia de los Apóstoles (y la de todo cristiano), como veremos, está
salpicada de tropiezos y retrocesos, de atajos y desvíos, de estancadas y escondidas, de retornos y rodeos.
¡Qué bueno que el Evangelio no haya querido ocultar estas debilidades y torpezas de los que serán
las columnas de la Iglesia: los Apóstoles! Desde el Domingo 24º (durante el año) hasta el Domingo 29º,
nos encontraremos con una seguidilla de torpezas. Continuamente seremos testigos de dos lenguajes
diametralmente opuestos, en otra sintonía: el de Jesús y el de los discípulos. La dureza del mensaje de
Jesús empieza a ser extrañeza, escándalo, indiferencia, e incluso oposición, en el corazón de los
apóstoles. Jesús comenzará, paulatinamente, a abrir lo más profundo de su corazón, dando a conocer el
sentido de su misión: la Pascua. Ya no usará parábolas, ni rodeos, les hablaba de esto con toda claridad
(Mc 8,32).
No hay peor sordo que el que no quiere oír, no hay peor ciego que el que no quiere escuchar… Lo
experimentamos cada día en carne propia, y lo veremos reflejado en los discípulos, a lo largo de este
itinerario. No puedo negar que, cada vez que me topo con estos textos, se despierta en mí una sonrisa, una
mirada comprensiva hacia los Apóstoles, una cierta simpatía con su necedad y con su terco modo de
esquivar esta papa caliente de la Cruz. Por un lado y por el otro, intentarán huir, evadir este tema,
negarlo, tratarlo como si no existiera, con una burda indiferencia. Sus actitudes me despiertan una ternura
especial. Parecen como chicos: pelean, discuten, niegan, se hacen los sordos… Pero allí estoy yo también,
no puedo dejar de verme, como uno más de este grupo. En la vuelta de cada pasaje, me reconozco
desnudo, encontrado, revelado.
A pesar de todo, Jesús los quiere seguir teniendo con Él y nos sigue eligiendo. Ante cada torpeza,
nos encontraremos con un nuevo llamado de Jesús, que confirma el llamado inicial. Hay un texto de
Nouwen que ilustra muy bien lo que venimos diciendo: En el circo, los payasos no son el centro de los
acontecimientos. Aparecen entre los grandes actos, tambalean y se caen, y nos hacen sonreír otra vez,
después de las tensiones que los héroes, que hemos llegado a admirar, han creado (acróbatas, trapecistas,
domadores, contorsionistas). Los payasos no las tienen todas consigo, no tienen éxito en lo que intentan,
son torpes, no tienen un buen equilibrio, pero están de nuestro lado. No respondemos a ellos con
admiración, sino con simpatía; no con asombro, sino con comprensión; no con tensión, sino con una
sonrisa. Decimos de los virtuosos: “¿Cómo pueden hacerlo?” Decimos de los payasos: “Son como
nosotros”. Los payasos nos recuerdan, con una lágrima y una sonrisa, que compartimos las mismas
debilidades humanas (H Nouwen, Payasadas en Roma, p.10). Pasemos ahora a nombrar algunas de estas
torpezas.
1. La gloria sin cruz (Dgo 24º: Marcos 8,27-35):
A todos nos gusta tener colgada en el pecho alguna cruz, o mirar con amor un Crucifijo en casa, en
la pieza, en una Capilla. Pero cuando la cruz es puesta sobre nuestras espaldas, un sabor amargo recorre
nuestra garganta y perdemos ese encanto anterior. Mirarla de lejos es lindo, le da un tono especial al lugar.
La cruz en el pecho nos hace sentir con una identidad, nos da una pertenencia. Pero cuando su áspera
madera roza nuestro lomo, ahí perdemos toda idealización y ensoñación y probamos su pesada e
incómoda carga. Aquí tocamos el límite de lo divino con lo humano, de lo inmanente y lo trascendente, de
lo mundano y lo religioso. Nuestra actitud ante la cruz define, de algún modo, nuestra fe o la profundidad
de nuestra fe. Hasta que nuestra fe no sea probada, puede ser tan sólo un entusiasmo pasajero, una ilusión.
Cuando el camino se empina y la Cruz nos visita, nos enfrentamos a la cruda verdad de nuestro
compromiso cristiano.
La Cruz irrumpe en nuestra vida desnudando nuestra más profunda verdad. La Cruz se asemeja al
movimiento de tierra, que sacude todo y descubre con evidencia los cimientos de las cosas. Si no hay
buenas bases, es en vano seguir construyendo. Necesitamos, pues, tirar todo abajo, para empezar a
construir en serio. La Cruz muchas veces nos ayuda a esta desconstrucción de lo que no es sólido. Si hay
que tirar toda una casa, es preferible que una topadora, con rapidez, arranque todo. Es más lento y
trabajoso el derrumbe manual y “artesanal”. La topadora es más radical. La masa puede terminar por
consensuar con algún futuro escombro, perdonándole la vida. Decisión que no haría más que prolongar
una agonía, al mantener algo que, tarde o temprano, necesitará ser derrumbado. La sabiduría de Dios
decide, para nuestro bien, no continuar innecesariamente estas agonías. Por ello, sin mucha cautela o
falsa prudencia, arranca de cuajo lo que sea necesario. En medio de los escombros revueltos, nada
entenderemos. A lo sumo, lanzaremos, atrevidos, nuestros últimos manotazos de ahogado: permíteme,
antes, despedirme de…(Lc 9,59.61). Sin embargo, Jesús, prefiere obrar nuestro bien, como un cirujano
que extirpa todo el tumor de un corte. Éste será el único camino necesario para la preservación y el
crecimiento de las células sanas, de la Vida Nueva que brotará de esta poda. Cirugías dolorosas, pero
necesarias. Cuanto antes se realicen, mejor. Lo construido en años, sobre arena, sobre falsos y débiles
cimientos, sobre vanas seguridades, tan humanas y raquíticas, incapaces de sostener una vida: todo ello
está destinado a morir.
Jesús, paciente médico, vio preparados a sus pacientes “impacientes”, para empezar a mostrarles
el filo de su bisturí. Él mismo iba a ser la primera (y, a fin de cuentas, única) víctima de esta incisión. Él
mismo fue preparando la ofrenda de su vida, para el sacrificio del Padre. Como Isaac con Abraham, con la
drástica diferencia de que, ahora, nadie detendría esta mano, consumando el sacrificio voluntario y libre
(Jn 10,18) hasta el extremo (Jn 13,1).
La intensidad de la luz del sol, reflejada en la punta del bisturí, encandila a los Apóstoles, hiriendo
su opacidad, sus penumbras, sus pensamientos tan humanos. La luz de la cruz fue introducida de golpe,
sin anestesia, con toda claridad. Era tiempo ya de decirles la verdad sin vueltas. Ellos habían confesado
su identidad mesiánica. Sin esta revelación de la Cruz, algo quedaría trunco, incompleto, y las
expectativas de gloria y triunfo humanos iban a seguir ascendiendo fantasiosamente, acarreando, tarde o
temprano una gran desilusión y dolor en los suyos, ante la cruda realidad. Era tiempo ya de bajarlos de
un hondazo. La revelación del misterio pascual los enfrentaría necesariamente con la decisión libre y
personal de seguir este camino o abandonarlo, poniendo al desnudo sus motivaciones más hondas. Ellos
ya habían empezado a optar, superando los primeros conflictos. Ante las ansias de un lenguaje más suave,
más razonable, más aceptable y popular, y no tan duro, misterioso, luminoso, escandaloso, habían
vencido sus primeras batallas. ¿A quién vamos a ir, sino sólo a ti?: confesaron, en boca de Pedro, en dicha
oportunidad.
En esta ocasión, en Cesarea de Filipo, Pedro vuelve a tomar la iniciativa, rompiendo aquel
incómodo silencio. Prefiere hacerlo, en esta ocasión, en la soledad, separando a Jesús de la comunidad,
donde uno es más vulnerable y convencible. Probó la estrategia del mal espíritu: separar, acusar,
reprender con argumentos puramente humanos, razonables y lógicos: “pará Jesús, venimos bien, ¿qué te
pasa? Todos te siguen, tenemos una gran popularidad, no podés venir ahora con esto, se van a ir todos,
nos vamos a quedar solos (ese es su gran miedo y el nuestro). No seas tan fanático, ¿es necesario
exagerar tanto? Podemos estar bien con Dios y con el mundo, ¿por qué tomar una decisión tan drástica?
No te hagas odiar por el mundo. Así nadie te va a querer seguir…”
Terrible tentación y encrucijada, gozne vital y corte incisivo, que tendrá su réplica minutos antes
de su muerte: Sálvate a ti mismo, si eres el Mesías, baja de la cruz (Mc 15,31-32). Jesús no duda un
instante. En estos momentos no nos está permitido dudar, ni titubear. La voluntad de Dios es muy clara, la
tentación también. Hay que ser rotundos. Pedro comenzó a reprenderlo… Se ve que su discurso era largo
y preparado. Algo habría intuido en el camino y ya tenía varias razones razonables para evitar este
precipicio al que quería llegar Jesús, arrastrándolos a ellos también. Sin embargo, Jesús lo deja con toda
esta perorata en los labios. El rechazo es instantáneo, su decisión es irrevocable. No dialoga con Pedro,
no responde sus cuestionamientos, no le da razones razonables y lógicas, no pretende ganarle en la
discusión, ni hacerlo entrar en razón. Su respuesta es rápida e implacable, seguramente más rápida que la
descripción de este denso episodio detallado en el relato evangélico. Cada palabra está puesta con
profundo sentido, dándonos la clave cristiana para la victoria segura:
-dándose vuelta: el “seductor” nos atrae con una propuesta razonable, es necesario no confundirse y
perderse en sus ojos, hay que darle la espalda: soldado que huye, sirve para otra batalla. Aún estamos
muy viciados de esa idea de que el fuerte es el que enfrenta y pone el pecho, es el que confía en sus
fuerzas y arremete, el que golpea, aguanta y hace frente. Todo esto es parte de la fortaleza, pero no
siempre. También es propio del fuerte el pegar la vuelta y volver, el mirar de nuevo los mojones plantados
en el camino, esas referencias seguras para los momentos de confusión, para dar la vuelta con firme
humildad.
-mirando a sus discípulos: gesto que expresa una resolución clara de pasar del aislamiento a la
comunidad. Es un reflejo espiritual rápido, para salir pronto de la trampa de la tentación. Es la comunidad
la que sostiene en la prueba, en los atajos mentirosos. Poner los ojos en los discípulos es confirmar y
elegir de nuevo el por quién y para qué de la Cruz. Ellos son su razón de ser, el sentido más profundo de
su entrega.
-retírate: Jesús lo quita del camino. Pedro está siendo una piedra sobre la cual edificar, no la Iglesia de
Jesús, sino la de los hombres: más razonable, más atrayente, más seductora. Pedro está siendo un
obstáculo, una piedra en el camino que el Padre ha trazado para Jesús. Por ello, el Maestro lo corre del
camino, decidido, firme, sin dejar lugar a réplica.
-ve detrás de mí: Pedro cometió la torpeza de ponerse delante, de pretender conducir las cosas de Dios.
Debe ocupar su verdadero lugar, siendo número dos. Debe seguir a Otro, ver las espaldas de Jesús, mirar
sus huellas seguras y pisarlas con confianza. Se le subió muy pronto a la cabeza su misión de pastor,
quitando su mirada del único Pastor.
-Satanás: Jesús no duda en poner nombre a la tentación. Esto posibilita delimitar y definir la prueba, para
quitarle su fantasiosa fuerza y poder. Nombrar, definir es delimitar, es reconocer los límites de una
realidad. Necesitamos saber muchas veces contra qué o quién estamos luchando. Lo difuso, los límites
confusos, nos pueden envolver y engañar. Jesús no duda en llamar a Pedro con el nombre de Satán, es
decir, Adversario. Minutos antes, Simón era el depositario de la revelación del Padre, ahora era
instrumento de Satán. Somos capaces de lo mejor y lo peor. Esto no nos ha de asustar.
A pesar de esta firme y clara reprensión de Jesús, sigue confiando en Pedro. Su pecado no
destruye su llamado. Jesús no se escandaliza de su torpeza, ni se asusta de las nuestras. El Evangelio no
calla la torpeza de Pedro. La cuenta, la narra, porque en ella está también la nuestra. Dios no elige a
hombres perfectos. Simplemente porque no existen. Nuestra fe cristiana se apoya en los sólidos
fundamentos de la fe de otros. Fe probada, luchada, traicionada, sanada, resucitada.
El obstáculo, por tanto, que Jesús encuentra en el camino, es sorteado fielmente. Jesús no amolda
su mensaje, no lo amortigua, ni adapta. No cambia sobre la marcha la voluntad del Padre. No está
encadenado a las coyunturas históricas o contingentes. Sabe a dónde va y cuál es su misión. El rechazo, la
oposición, la incomprensión, la traición no lo hacen volver atrás. Es más, redobla la apuesta. Vuelve a
llamar a sus discípulos y les dice que Él es la punta de flecha de todos nosotros que, si queremos serle
fiel, hemos de pasar por la angostura del misterio pascual: «El que quiera venir detrás de mí, que
renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y
el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará» (Mc 8,34-35).

2. Seducidos por lo accesorio, indiferentes a lo esencial (Dgo 25º: Marcos 9,30-37):


Jesús sigue caminando, atravesando los poblados. No se ha vuelto a hablar de su pasión. Es obvio
que nadie quiere tomar el toro por las astas. Seguramente habrá despertado comentarios y
murmuraciones entre los suyos. Pero todo en las penumbras, nada en la claridad. El tiempo fue
desdibujando la dureza de su primer anuncio. Alguno, más iluso, habría pensado que aquel primer
anuncio eran palabras sin sentido, fruto de algún pensamiento fanático o de alguna ocurrencia del
Maestro. Aquel que las tomó más en serio, dándoles lugar en su corazón, empezaba a comprender algunos
gestos confusos de Jesús. La Pasión comenzaba a ser como el hilo conductor de todo el mensaje de Jesús,
como ese dato fundamental, o la clave, para descifrar lo que resultaba enigmático. Todo empezaba a
tomar una indeseable claridad. Costaba mantener en la mente estos pensamientos tan dolorosos y
penosos, tan inciertos para su futuro. Mejor era dedicarse a lo urgente, a las necesidades y vicisitudes
cotidianas. Tal vez no eran más que especulaciones de un trasnochado…
Por eso, la Palabra necesitaba dar-se, comunicarse, volver a iluminar: La luz brilla en las
tinieblas, y las tinieblas no la percibieron. La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo,
ilumina a todo hombre. Ella estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de ella, y el mundo no
la conoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron (Jn 1,1-18). Nuestros ojos no están
acostumbrados a tanta luz, por eso la rechazamos, la filtramos, nos defendemos, nos ponemos anteojos
para atenuar su resplandor, para opacarla, para reducirla, para adaptarla a nuestra corta vista.
Jesús revela el misterio más hondo de su vida, el secreto de su corazón, algo tan punzante y
doloroso. Ellos no comprenden y temen preguntar, no quieren comprender, se escapan, huyen y se
refugian en seguridades humanas. La angustia del desamparo de la cruz, de la persecución, los hace
ampararse en refugios humanos, en placebos, en salvavidas de plomo. Comprender esto, es ir aceptando
ser el siguiente en la lista, seguir su misma suerte. La angustia se hace ambición, mirada corta,
pensamiento rastrero, pasiones desenfrenadas. La angustia se hace discusión, pelea, pusilanimidad, es
decir, pequeñez de alma, mezquindad, cortedad de miras.
El camino llega a su fin. Están en la casa. Llega el momento de la intimidad, de recoger lo
andado, de caminar hacia adentro. Jesús y sus preguntas... Él sí que va a lo esencial, no se detiene en
tonteras, aunque es cuidadoso en los detalles. ¿De qué conversaban en el camino? Jesús nos invita a
detener nuestra mirada en lo que ocupa nuestro corazón. Cada encuentro íntimo con el Señor es ocasión
para presentarle lo que ocupa mayormente nuestro corazón. Este vaciamiento es necesario, para dejar
espacio a lo importante, para dejar de inquietarnos y agitarnos por muchas cosas, para atender a la única
necesaria, la parte mejor (Lc 10,41-42). Este desembuchar nuestro corazón, nos capacita para buscar su
Reino, confiando en que todo lo demás se nos dará por añadidura (Lc 12,31).
Los discípulos callan. No se animan a este vaciamiento. Sienten vergüenza de sus intereses
mezquinos, de sus ambiciones. Jesús los había sentido discutir. Ellos estaban organizando su vida sin Él.
Jesús los había sorprendido en este repartir la herencia del padre, cuando aún estaba vivo. Ellos andaban
repartiendo cargos, cuidando y asegurando su futuro, buscando seguridades, certezas de dónde agarrarse
cuando arreciara la tormenta, salvando sus posesiones y especulando por aumentarlas. Ellos caen en la
cuenta de su orillear la vida, su miedo al mar adentro.
La paciencia de Jesús con nuestras torpezas no tiene límite. Se sienta, los vuelve a llamar. Su
estilo de corregir, su tono de voz, su hablarles de igual a igual, a la misma altura, su pedagogía, todo es
sacramento del cariño del Padre. Mirando a un niño, lo pone en el centro: nadie puede servir a dos
señores (Lc 16,13). Es decir, nadie puede tener dos centros. Jesús corrige no con un reto, sino con una
propuesta. Ellos estaban ensimismados, puestos en el centro. Él los corre de ese lugar y pone a un niño.
Lo abraza y se identifica con su debilidad y sencillez, con su simplicidad y humildad. La imagen quedará
para siempre, más que las palabras: el niño abrazado y en medio de todos, signo contundente del Reino.
Ellos estaban dispersos, centrados en sí mismos, seducidos por tantas cosas que los alejaban de su
centro más profundo. Jesús los con-centra, los reorienta a lo esencial, les corrige el rumbo y la mirada,
por eso los vuelve a llamar, vuelve a confiar en ellos. El amor es el único que puede concentrar nuestra
vida ante tanta dispersión. El amor nos unifica, nos anima a encauzar nuestra energía en lo esencial y no
desperdiciar este caudal en pequeños cauces sin fuerza, que desgastan y derrochan la vida, que la cansan y
la llenan de tedio y sin sentido. Nuestra torpeza de estar distraídos nos quita el brillo de los ojos, nos
encorva la mirada, nos quita alas, nos encadena al propio yo. Jesús nos invita a morir a este yo, para
resucitar en una nueva vida más plena y feliz, capaz de hacer felices a otros.

3. Enojados con lo que se nos va de control, uniformando lo diverso (Dgo 26º: Marcos 9,38-48):
La torpeza de los discípulos se vuelve a evidenciar. Ahora es el turno de Juan. Su ansia de control
y protagonismo lo enceguece para celebrar la liberación de un endemoniado. ¡Qué miopía la nuestra! En
vez de alegrarnos por el bien que se hace en el mundo, nos entristecemos por no ser nosotros los
protagonistas. ¡Qué mezquindad la de nuestro corazón, que nos impide la fiesta de la vida, que nos enreda
en nuestras ansias vanidosas de protagonismo!
Hay muchas cosas por hacer. Ciertamente, el campo de acción es inmenso, los desafíos son
apasionantes. Sin embargo, muchas veces tendremos que parar un poco las manos y los pies, para abrir
más los ojos y, sobre todo, el corazón, para celebrar la presencia de Dios en los demás. Cuántas veces
quedamos a medio camino, en la crítica, la sospecha, el cinismo, porque las cosas no han salido de
nosotros, de nuestras “genialidades”, de nuestras ideas. Cuántas veces, por no hacer las cosas a nuestro
modo, boicoteamos las acciones del prójimo.
Ser discípulo es ser contemplativo, descubriendo el Reino, imperceptible, pero real. Presente en la
pequeñez de un grano de mostaza, presente en el gesto heroico de un samaritano hacia su vecino de
religión diferente, presente en tantas mujeres y varones de buena voluntad que luchan y sueñan con un
mundo mejor. Los distintos acentos y matices no son una amenaza, sino una riqueza que embellecen con
diferentes colores, la trama de la vida. Dice Juan XXIII en Mater et Magistra, nº 238: no hay que
derrochar energías en discusiones interminables y que bajo el pretexto de lo mejor se deje de realizar el
bien posible y, por tanto, obligatorio. Esta torpeza es la que nos impide muchas veces la alegría, la
espontaneidad, la humildad.

4. Confrontando más que uniendo, envejecidos y endurecidos de golpe (Dgo 27º: Marcos 10,2-16):
La diferencia que hablábamos recién, más que en un peligro, es un aliciente a la comunión. Los
fariseos no lo han entendido así. Buscan confrontar continuamente con Jesús, separarse de Él, tenderle
trampas, estudiar y analizar sus enseñanzas. No se encuentran con personas, simplemente presentan casos,
ideas y silogismos, buscando el paso en falso de Jesús. La dureza de su corazón les impide ver el dolor de
su pueblo, su sed de Dios, sus necesidades más profundas. Ellos miden todo con la misma regla: lo que
está bien y lo que está mal, lo permitido y lo prohibido, mundanizando nuestra fe, quitándole todo sentido
personalista, humanista y liberador. La fe pierde su brillo y se vuelve un código de leyes, de cargas
pesadas que encorvan y esclavizan, porque se les ha quitado su sentido profundo. El misterio los
atemoriza, los desconcierta, porque escapa de su control. Esto les da inseguridad y miedo, prefieren tener
poder sobre sus creencias, por eso reducen a Dios a una idea, a una ley.
Jesús nos impela a la comunión. El pecado divide, separa, aísla, confronta, compite, enemista y
resiente. El proyecto original de Dios es un proyecto de comunión, amor, unidad: que el hombre no
separe, lo que Dios ha unido.
La torpeza de los fariseos no nos llama tanto la atención. Sí la de los discípulos que, nuevamente,
queda en evidencia y suscita la corrección y el enojo del Maestro. El corazón se les fue endureciendo,
vaya a saber por qué: ¿las cruces?, ¿las dificultades?, ¿los miedos?, ¿sus responsabilidades?, ¿su
cansancio?, ¿el dolor de las renuncias? Dureza que hizo poner a Jesús en un pedestal, aislándolo de los
niños y alejándolo de su gente, con trabas, burocracias, obstáculos caprichosos y arbitrarios, tan humanos
y tan poco evangélicos. Es la tentación de dejar de ser discípulos y comenzar a ser funcionarios de la fe.
Tentación de dejar de ser puentes y mediadores, para ser barreras, aduanas y puerta principal de acceso a
la fe.
Confieso que esta torpeza me atemoriza mucho y me duele. Empezamos el ministerio con muchas
ilusiones, proyectos, buenas intenciones. El paso de los años, en vez de agrandar más nuestro corazón,
hacerlo más comprensivo, misericordioso, más generoso, muchas veces ha hecho lo contrario. Nos
encontramos con más mañas, con intransigencias, enojándonos por tonteras, obsesionados por detalles
tontos, con el seño fruncido, el paso apurado, detrás de todo y haciendo pie en nada, con todos y con
nadie, reclamando, cada vez más, nuestros espacios privados, buscando recuperar lo que habíamos
entregado. ¿Qué nos sucedió? Simplemente, fuimos dejándonos llevar por el tobogán de la inercia,
resignados a nuestras actitudes y sin volantear a tiempo nuestra vida.
Hemos perdido la ternura. Sin ella vivimos apurados, insatisfechos por no poder llegar a todo lo
que nos hemos propuesto, ansiosos, tristes, dispersos, esquivos, ensimismados, obsesionados. La ternura,
en cambio, nos hace detenernos ante las personas, contemplarlas, amarlas, tener detalles de cariño, pensar
en ellas, rezar por ellas. Ternura que, en medio de una intensa actividad, no se pierde en activismos, y no
pierde de vista a la persona. Ternura que nos hace disfrutar la intimidad de una charla, de una amistad, de
una oración silenciosa y reposada.
¿Cuándo fue la última vez que disfrutamos de alguna acción pastoral? ¿Cuándo fue la última vez
que estuvimos gratuitamente en alguna casa o con alguna persona, sin la presión del rendimiento o de lo
“eficaz”? ¿Qué clima generamos alrededor nuestro? ¿Qué siente la gente cuando llego a un lugar?
¿Disfruta de mi presencia?, ¿se distiende?, ¿pueden ser como son, sin miedo a ser juzgadas? ¿Qué genera
mi presencia en los otros? ¿Qué sentimientos despierta? ¿Cómo es la expresión de mi rostro cuando me
encuentro solo en mi pieza? ¿Manifiesta tristeza, ansiedad o decepción? ¿Es la expresión de entusiasmo,
brillo, paz, amor, serenidad? ¿Acaso no denota disconformidad, enojo, distancia, escepticismo, exigencia?

5. Un alivio en el camino, palabras de aliento (Dgo 28º: Marcos 10,17-30):


Una mirada de amor que todo lo llena: Jesús sigue en camino, sigue su camino, decidido, a paso
firme. Un hombre justo le sale al encuentro. Parece arrebatado: corre, se arrodilla, le pregunta. Desea
algo más para su vida, algo adentro clama por más. Jesús se lo propone, no sin antes ofrecerle su mirada
de amor. Mirada que basta para dar el paso. Sostenido en ella, somos capaces hasta de lo imposible. Jesús
conoce bien nuestras torpezas, también nuestros aciertos y buenos deseos. Conoce nuestro rechazo y
nuestras lentitudes, indecisiones y rodeos. Pero esta mirada no depende de nosotros, es gratuita, se nos
regala desinteresada. Es previa a nuestra acción y sigue estando presente aún en nuestra negación o
indiferencia.
Un paso a la vida que no se da: cuentan de Francisco de Asís que lloraba por los bosques
gimiendo: el Amor no es amado, el Amor no es correspondido. Me sabe quedar siempre un sabor amargo
al leer este Evangelio, una sensación de oportunidad desperdiciada: tan cerca de la Vida, pero tan lejos…
¿Cómo decirle no a esta mirada? ¿Cómo podemos ser capaces de rechazar una y otra vez tanto amor?
¿Cómo es posible que nos escondamos de Dios, ante su grito de amor desesperado: dónde estás?
Estamos ante el misterio de la libertad humana. Es el misterio del mal que anida en nuestros
corazones. Lo que tan bien afirmó San Pablo: ni siquiera entiendo lo que hago, porque no hago lo que
quiero, sino lo que aborrezco… Y así, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. Pero cuando
hago lo que no quiero, no soy yo quien lo hace, sino el pecado que reside en mí (Rm 7,15.19).
Una promesa que da esperanza: Jesús sabe que la afirmación de Pedro no es del todo sincera.
Mejor dicho, parece sincera, pero no es del todo verdadera. Parece algo presumida, torpe y arriesgada: tú
sabes que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido… Sin embargo, Jesús se toma en serio esta
declaración de fidelidad que expresa Pedro. No indaga mucho, a pesar de tener todo el derecho de
hacerlo. No retruca a Pedro, ni lo expone al ridículo. No quiere desanimar sus intentos tímidos, algo
torpes, pero sinceros. Jesús no quiere poner en peligro la mecha que arde débilmente (Mt 12,14). Él no
reclama nuestra perfección o nuestra vida intachable, sino nuestra humildad y confianza. Luego de la
experiencia de la Pascua, con la transparencia propia de quien ha probado su límite, lejos ya de toda
presunción, Pedro corregirá su afirmación anterior, con otra más verdadera: Señor, Tú lo sabes todo,
sabes que te quiero (Jn 21,17).

6. Dominando más que sirviendo, oprimiendo más que liberando (Dgo 29º: Marcos 10,35-45):
Luego de este leve descanso de torpezas (aunque alguna asomó tímidamente), la imagen de los
discípulos vuelve a empañarse. Santiago y Juan madrugan al resto, solicitando a Jesús un puestito en el
Reino, nada más ni nada menos que los dos lugares de honor. Como era de suponer, instantáneamente, los
otros diez compañeros se indignan. Habituado a estas escenas comunitarias, Jesús no pierde la paz, no se
escandaliza. Al contrario, con admirable paciencia, vuelve a llamarlos y les habla desde el corazón.
Jesús nos presenta el modo opuesto, la antítesis, de lo que debe ser la manera de ejercer el poder
en su comunidad. Los malos ejemplos abundaban. El rostro concreto de dirigentes religiosos o políticos,
se les dibujaba en la cabeza, como modelo de lo que no se debía hacer. ¿En qué consistía este modo de
gobernar? Dominar como si fueran dueños y hacer sentir el poder y la autoridad sobre el pueblo. Esto
era el pan cotidiano para nuestros galileos, que veían pasearse a soldados y poderosos de todo tipo y
color, como si fueran dueños de sus tierras, bienes y de sus vidas. Muchas veces, injustificadamente, eran
presa de demostraciones de poder y dominio, simplemente para sostener el miedo, el arma más poderosa
que cuenta el opresor. Requisas, visitas imprevistas, golpes, excesos de todo tipo, eran modos de
atemorizar al pueblo y mantener el poder, por medio del terror y la subyugación.
Jesús nos propone el camino opuesto: centrarnos en el otro, para servirlo de corazón. El hermano
ya no es un beneficio útil, un objeto de nuestro interés. El otro es un sujeto, un interlocutor, un alguien,
otro Cristo. Ante la eficiencia desmedida y el afán de rendimiento que nos propone el mundo, Jesús nos
invita a re-vincularnos desde la gratuidad, el servicio, lo inútil, la ausencia de ulteriores fines o
intenciones. La coherencia de su vida es la mejor lección. Basta con una rápida recorrida por sus vínculos,
sus seguidores, por los que lo rodeaban siempre, por su entorno social y familiar, para confirmar lo que
decía San Pablo: Tengan en cuenta quiénes son los que han sido llamados: no hay entre ustedes muchos
sabios, hablando humanamente, ni son muchos los poderosos ni los nobles. Al contrario, Dios eligió lo
que el mundo tiene por necio, para confundir a los sabios; lo que el mundo tiene por débil, para
confundir a los fuertes; lo que es vil y despreciable y lo que no vale nada, para aniquilar a lo que vale.
Así, nadie podrá gloriarse delante de Dios (1Cor 1,26-29).
Jesús no escoge a sus discípulos por su eficiencia. Tampoco lo hace con nosotros. Él no deshecha
lo que parece inútil y despreciable a los ojos del mundo. Todo sirve para el Reino. Él saca a la luz la
belleza de cada persona. Lo que no vemos a simple vista, es lo primero que Dios mira en nosotros, lo que
Él valora, por lo que Él apuesta y confía. Él llama a los que quiere (Mc 3,13), no a los mejores. Y los
llama para estar con Él (Mc 3,14), antes que nada. Esa es la primera intención de su llamado: estar con
Él, compartir la vida, “perder el tiempo” con Él.
Jesús interpela nuestra torpeza de dominio, de relaciones y vínculos utilitarios, interesados,
intencionados. Nuestra torpeza de rodearnos de los más “eficaces” y olvidar a los más “inútiles”. Nuestra
torpeza de compartir más tiempo con los más “simpáticos” y “atrayentes”, y nuestros instantes
apresurados y “ausentes” con los más hoscos y tímidos. Nuestra torpeza de valorar al otro de acuerdo a su
rendimiento y eficiencia. Esa, creo yo, es la mejor parte que eligió María: estar a los pies del Señor,
centrada en su persona, sin utilidad alguna, en comunión profunda. María nos enseña a centrarnos en lo
importante: el otro, sin dejarnos absorber por tantas inquietudes y preocupaciones, dedicando toda la
atención a quien tenemos en frente.

2. La reacción de Jesús frente a nuestras torpezas


Como veníamos reflexionando, nuestras torpezas despiertan en Jesús misericordia. No hay asomo
de reproche, enojo, bronca, desprecio para con sus discípulos. Dice maravillosamente Leclerc, en labios
de San Francisco de Asís: No tenemos derecho a permanecer indiferentes ante el mal y el pecado, pero
tampoco debemos irritarnos y turbarnos. Nuestra turbación y nuestra irritación no pueden más que
herir la caridad en nosotros mismos y en los otros. Nos es preciso aprender a ver el mal y el pecado
como Dios lo ve. Eso es precisamente lo difícil, porque donde nosotros vemos naturalmente una falta a
condenar y a castigar, Dios ve primeramente una miseria a socorrer (Sabiduría de un pobre, p.162).
Esta actitud de misericordia toma distintas formas, en el accionar de Jesús frente a nuestra miseria.
Una de ellas es la de sanar nuestro discipulado. El Papa Francisco lo expresa de manera hermosa: La
imagen más honda y misteriosa de cómo trata el Señor nuestro cansancio pastoral es aquella del que
«habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1): la escena del lavatorio de los pies.
Me gusta contemplarla como el lavatorio del seguimiento. El Señor purifica el seguimiento mismo, él se
«involucra» con nosotros, se encarga en persona de limpiar toda mancha, ese mundano smog untuoso
que se nos pegó en el camino que hemos hecho en su nombre. Sabemos que en los pies se puede ver cómo
anda todo nuestro cuerpo. En el modo de seguir al Señor se expresa cómo anda nuestro corazón. Las
llagas de los pies, las torceduras y el cansancio son signo de cómo lo hemos seguido, por qué caminos
nos metimos buscando a sus ovejas perdidas, tratando de llevar el rebaño a las verdes praderas y a las
fuentes tranquilas. El Señor nos lava y purifica de todo lo que se ha acumulado en nuestros pies por
seguirlo. Y esto es sagrado. No permite que quede manchado. Así como las heridas de guerra él las besa,
la suciedad del trabajo él la lava. El seguimiento de Jesús es lavado por el mismo Señor para que nos
sintamos con derecho a estar «alegres», «plenos», «sin temores ni culpas» y nos animemos así a salir e ir
«hasta los confines del mundo, a todas las periferias», a llevar esta buena noticia a los más
abandonados, sabiendo que él está con nosotros, todos los días, hasta el fin del mundo» (cf. Mt 28,21).
(Papa Francisco, homilía de la Misa Crismal, 2/4/2015). Jesús asume, por tanto, nuestra suciedad, nuestra
fragilidad, para hacerse cargo y lavarla pacientemente.
Otra actitud, que brota de su honda misericordia hacia nosotros, es la fidelidad. Jesús permanece,
no nos abandona, sigue confiando en nosotros, aunque nosotros hayamos perdido la confianza en nosotros
mismos. Bernanos pone en labios del cura rural, al final de su diario, unas palabras increíbles: Todo ha
terminado ya. La especie de desconfianza que tenía de mí, de mi persona, acaba de disiparse, creo que
para siempre. La lucha ha terminado. No la comprendo ya. Me he reconciliado conmigo mismo, con este
despojo que soy. Odiarse es más fácil de lo que se cree. La gracia es olvidarse. Pero si todo el orgullo
muriera en nosotros, la gracia de las gracias sería apenas amarse humildemente a sí mismo, como a
cualquiera de los miembros dolientes de Jesucristo (Diario de un cura rural, p.285). A Jesús nunca le han
faltado motivos para apartarse de nosotros. Muchas veces, lo ha explicitado: ¡Generación incrédula y
perversa! ¿Hasta cuándo estaré con ustedes? ¿Hasta cuándo tendré que soportarlos? (Mt 17,17). Y
Jesús se asombraba de su falta de fe (Mc 6,6). Sin embargo, nunca perdió la esperanza de nuestro
cambio, ni tampoco disminuyó su amor fiel, inconmovible ante nuestras infidelidades: Si somos infieles,
él es fiel, porque no puede renegar de sí mismo (2Tm 2,13).
Otro rasgo de su misericordia es la paciencia. Paciencia que es puesta a prueba continuamente con
nuestras torpezas. Es muy consolador experimentar la paciencia infinita de Jesús ante las continuas y
tozudas actitudes de los discípulos. Bien caben aquí las palabras tan hondas de Nelson Mandela. No son
palabras al aire o dichas al azar. Son palabras maduradas en los silencios largos y penosos de sus
veintisiete años de prisión, sufridos a favor de su lucha altruista, generosa y comprometida. Palabras que
revelan amor, perdón, sabiduría admirable. Por todo esto, son muy dignas de atención: Jamás perdí la
esperanza de que se produjera esta gran transformación. Siempre he sabido que en el fondo del corazón
de todos los seres humanos hay misericordia y generosidad. Nadie nace odiando a otra persona por el
color de su piel, su procedencia o su religión. El odio se aprende, y si es posible aprender a odiar, es
posible aprender a amar, ya que el amor surge con mayor naturalidad en el corazón del hombre que el
odio. Incluso en los momentos más duros de mi encarcelamiento, cuando mis camaradas y yo nos
encontrábamos en situaciones límite, alcanzaba a distinguir un ápice de humanidad en alguno de los
guardianes, quizá tan sólo durante un segundo, pero lo suficiente para reconfortarme y animarme a
seguir adelante. La bondad del hombre es una llama que puede quedar oculta, pero que nunca se
extingue (Nelson Mandela, El largo camino hacia la libertad. Autobiografía, p. 645). Bien podrían haber
brotado estas palabras del mismo Jesús. Él, como nadie, mira, conoce y rescata esa bondad innata de
nuestro corazón. Podríamos afirmar, junto a un sabio: en la vida no hay personas culpables, hay, más
bien, personas que sufren.
Esta confianza paciente de Jesús para con nosotros se manifiesta en su volver a llamarnos. Ante
cada tropiezo, retroceso o estancamiento en nuestro discipulado, Jesús nos quiere hacer volver al primer
amor, a nuestro llamado, a nuestra vocación más honda. No solamente no nos rechaza, sino que redobla
su apuesta, vuelve a insistir. Es como si nos dijera: cuando todo indicara que mi respuesta ante tu
debilidad sería la de rechazarte, quiero volver a llamarte, redoblar mi apuesta por ti, confirmar mi amor
por ti. De este modo, deseo convencerte de que no son tus obras buenas las que atraen mi mirada y mi
elección. Es mi amor gratuito el que te vuelve a atraer a mi corazón. Podríamos dar vuelta las palabras
torpes y presumidas de Pedro y ponerlas en boca de Jesús, dirigidas hacia nosotros: Aunque todos se
escandalicen por tu causa, yo no me escandalizaré jamás. Aunque tenga que morir contigo, jamás te
negaré (Mt 26,33.35). Por tanto, la constatación de nuestras torpezas es una hermosa ocasión para volver
a sentir nuestra vocación, nuestro llamado, nuestro primer amor. Quedarnos en el lamento estéril, la queja,
la vergüenza no tiene sentido. Salir a buscar culpables o justificativos, silenciar nuestra debilidad o
relativizarla, son todas reacciones más torpes aún…
Ante tantas resistencias de los suyos, Jesús no se deja desviar de su camino. Tampoco relativiza
los errores de los suyos, no los toma a la ligera, pero no les da más importancia de la que tienen. No se
escandaliza, pero tampoco silencia su corrección. No se hace cómplice de sus mediocridades. Debe poner
una palabra, ser claro, corregir. Pero con cariño, sin durezas, ni rigideces. Ante todo los deja hablar
primero a ellos, desarrollar sus ideas. Los escucha con atención. No los humilla delante de otros, no se ríe
de ellos, no los desprecia, se pone a su misma altura, les habla con profundo cariño.
Dios los trata como a hijos, y ¿hay algún hijo que no sea corregido por su padre? Si Dios no los
corrigiera, como lo hace con todos, ustedes serían bastardos y no hijos… Es verdad que toda corrección,
en el momento de recibirla, es motivo de tristeza y no de alegría; pero más tarde, produce frutos de paz y
de justicia en los que han sido adiestrados por ella (Hb 12,7-8.11). La corrección, por tanto, es signo de
amor, de intimidad, de hacerse cargo de nuestra debilidad. Todo esto no hace tambalear su amistad con
ellos. Es más, estos conflictos parecen más bien profundizar el vínculo. Ellos se saben amados y
aceptados, aún cuando Jesús sea un incomprendido ante sus ojos. Estas crisis van marcando el corazón de
los suyos y lo van moldeando y esculpiendo. Más tarde, les tocará a ellos conducir, acompañar, corregir
las debilidades de los primeros cristianos.

3. Jesús redime nuestras torpezas


Jesús nos redime por medio de su misericordia y de su modo de vivir la Cruz. Él atraviesa lo
mismo que nosotros, pasa por nuestros sentimientos y su paso es sanador. Él va enseñándonos a vivir de
un modo distinto las cruces, las dificultades, las opciones. El texto de Marcos, en su tercer anuncio de la
Pasión, es muy claro: Mientras iban de camino para subir a Jerusalén, Jesús se adelantaba a sus
discípulos; ellos estaban asombrados y los que lo seguían tenían miedo (Mc 10,32a). Este adelantarse de
Jesús nos revela asombrosamente su decisión firme, su deseo de vivir con fidelidad el proyecto del Padre.
Nadie me quita la vida, yo la doy por mí mismo (Jn 10,18). Jesús no espera pasivamente que le llegue la
muerte. Por el contrario, es como si él mismo la saliera a buscar, a ponerle el pecho. Está ansioso por
cumplir el plan del Padre, por beber su cáliz, por dar esta prueba de amor a la humanidad. Esto causa
asombro y miedo en los suyos. Todo parece indicar que ya no hay vuelta atrás. Se lo ve decidido, firme,
convencido, arrojado. Jesús no arrastra la cruz, sino que la abraza con decisión.
El Evangelio de Lucas, también nos da su aporte: Cuando estaba por cumplirse el tiempo de su
elevación al cielo, Jesús se encaminó decididamente hacia Jerusalén (Lc 9,51). El texto original dice:
endureció su rostro. El verbo usado por Lucas se puede traducir como: afirmar, constituir, enderezar
firmemente, confirmar, apoyar, sostener, establecer, fijar sólidamente, fortificar, estar firme, quedarse,
establecerse. Gran riqueza semántica que nos habla de un poner el rostro, no esquivarle el bulto, no
hacerse a un lao’ aunque vengan degollando, como dirá el Martín Fierro.
Jesús, de este modo, nos va abriendo camino, va marcando huellas seguras en el seguimiento. Esto
nos causa asombro, admiración, deseos de seguirlo. Pero, a su vez, se nos apodera el miedo. ¿Será posible
llegar hasta el final sin claudicar? Algo así, ¿es posible realizar? ¿No será acaso una presunción seguir sus
huellas?
Hay una frase de Jesús, en uno de los textos que meditamos, que nos genera una cierta duda y
miedo, al menos a mí. Hasta el momento venía hablando de los ricos, de su dificultad para entrar en el
Reino. Sin embargo, se le escapa de sus labios lo siguiente: Hijos míos, ¡qué difícil es entrar en el Reino
de Dios! (Mc 10,24). Entrar en el Reino, lo entiendo como entrar en la dinámica de Dios, en su modo de
pensar, de ser, de sentir. Entrar en sus criterios, en su mundo al revés que nos propone. Entrar en los
valores del Reino, en sus nuevas relaciones, en su vino nuevo que reclama y necesita odres nuevos (Mt
9,17). No sólo para los ricos, sino para todos, se nos presenta esta dificultad. Hay algo que va contra
nuestra naturaleza, hay algo de ir contracorriente. Lo que para nosotros resulta imposible o muy difícil, no
lo es para Dios. La fuerza de Dios y su poder, por tanto, son las que sostienen, en definitiva, nuestra
esperanza.
Y aquí, nuevamente, siguiendo este itinerario, la Palabra nos rescata y nos da un camino de salida.
Se nos propone la figura del ciego de Jericó (Dgo 30º: Mc 10,46-52). En nuestro discipulado, nuestras
torpezas nos han hecho quedarnos sentados, postrados, al costado del camino. Sin embargo, algo de
fuerza aún nos queda para clamar, gritar, suplicar, mendigar. Este grito existencial conmueve el corazón
de Dios. Este es el vacío que Dios desea encontrar en nosotros, para darnos su nueva vida. Este grito
sincero, brota de un corazón que experimenta la impotencia, su nada, la pobreza de no poder salir de su
estado de postración, la necesidad de una mano amiga y la fuerza de un aliento que nos hace volver al
camino. No hay peor ciego que el que no quiere ver. Si ustedes fueran ciegos, no tendrían pecado, pero
como dicen: "Vemos", su pecado permanece (Jn 9,41). Comenzó a gritar: hace falta ser constantes en la
súplica, no basta un solo grito, hay que ser persistentes y tercos, para ser escuchados. Grito que ha de
aumentar más, cuánto más se lo quiera acallar: Muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba
más fuerte: «¡Hijo de David, ten piedad de mí!» Por eso, el grito es escuchado, porque brota de lo hondo,
de sabernos ciegos, de dolernos de nuestra ceguera. La respuesta de Jesús es la misma que aparece frente
a las distintas torpezas: llámenlo. Y el ciego escucha la voz que abre una salida luminosa: Ánimo,
levántate, Él te llama. Hermosas palabras que resuenan en nosotros al repasar este camino de torpezas. A
pesar de todo, Dios nos anima, nos hace ponernos de pie para llamarnos de nuevo.
He aquí, pues, la conclusión necesaria de todo este camino: reconocer nuestra ceguera, sentir
nuestra pobreza, escuchar y percibir los pasos decididos de Jesús que pasa a Jerusalén, a entregar su vida,
gritar la sanación, escuchar su llamado, ponernos de pie, y volver al camino renovados. Hermoso
itinerario de fe, de humildad, de descenso a nuestros infiernos, de resurrección y vida nueva.
Podríamos decir, entonces, que el lugar adecuado en el que nos ubica este itinerario de sanación,
es el lugar del ciego. El grito, la súplica, la perseverancia parecen ser nuestro aporte a esta redención,
nuestra parte en este mundo. Se trata de comprender la profundidad de la afirmación de Jesús: esta clase
de demonios sólo se expulsan con la oración (Mc 9,29). La experiencia de un gran místico de nuestros
tiempos refuerza esta conclusión: Hacia los 40 años entré en un período de gran turbulencia (pruebas
morales y espirituales), que se prolongó una docena de años. Fue ahí cuando descubrí la oración de
súplica bajo la presión “atmosférica” de la tribulación y la gracia… Unas palabras pusieron fin a este
período de turbulencia: Te curaré por la oración y únicamente por la oración… A menudo se piensa que
basta ser llamado a la oración, tener la voluntad y el deseo de orar, para ser hombre de oración. En esto
nos equivocamos rotundamente: son las pruebas sobre todo las que nos enseñan a orar. Nunca tocamos
suficientemente a fondo la miseria para clamar a Dios, pues el grito que llega de lo profundo es siempre
escuchado… ¿Quién te ha enseñado la oración continua? Máximo les responde: “sencillamente los
demonios”… En este sentido, la oración continua es más fácil en la vida activa, en la que uno se siente
hostigado por todas partes, que en una vida contemplativa (Jean Lafrance, Día y Noche, pp.9-10 y 14).

4. Un nuevo modo de ser discípulos:


Hemos confrontado nuestras torpezas. Hemos contemplado el delicado trato de Jesús hacia ellas y
su modo de redimirlas poniendo su cuerpo. Nos hemos colocado en el lugar y la actitud necesaria para
suplicar la gracia de la sanación. Finalmente, vamos a esbozar algunas claves para este nuevo modo de
caminar, un nuevo estilo de discipulado. Estas serán nuestras metas, nuestros deseos, hacia dónde tenderá
nuestra súplica confiada:

1) Permanecer en la prueba:
Hoy, más que nunca, nos cuesta mucho estar quietos en un lugar. Todo nos invita a la dispersión, a
la curiosidad, al vagabundeo, a hacer zapping con la vida. Queremos evitar todo dolor, sufrimiento,
sentimiento de orfandad. Nos sentimos separados, solos, angustiados. A veces lo percibimos más, otras
veces ni nos enteramos de todo este dolor. Percibimos síntomas de este sentimiento: la dispersión, la
ansiedad, el sentirnos mal cuando no tenemos nada para hacer, el buscar continuamente actividades,
estímulos, distracciones.
Nadie quiere permanecer en la cruz. Nos cuesta mucho. Sin ir más lejos, hace unos días, me tocó
acompañar a una familia que había perdido a su hijo de 11 años, de una extraña enfermedad. Meses atrás,
la abuela con la que vivía este niño, había sufrido la muerte de un hijo de cuarenta años, electrocutado en
Buenos Aires. En su angustia, a pesar de ser una persona muy comprometida en su comunidad, intentó
quitarse la vida. Este nieto, recientemente fallecido y su otra hija, discapacitada, la encontraron en el árbol
colgada y le salvaron la vida. Cuando la abuela aún no se había repuesto del primer golpe, le tocaba ahora
aceptar otra muerte.
Me costó mucho ir a la casa. Sentía un dolor grande por toda esta familia. Me preguntaba inquieto,
¿por qué no pudo haber salvado Dios a este niño?, ¿por qué se ensañó tanto con esta abuela? Me costó
permanecer en el dolor con ella. Escuchar sus gemidos durante la misa, como también los de su madre.
Sollozos que eran golpes agudos para mi corazón, como martillazos de preguntas, de lamentos, de
clamores incomprensibles. A la mañana siguiente, celebraba en otra comunidad, una misa de cuerpo
presente de una joven de 24 años, que se había quitado la vida en Buenos Aires. Recién a los doce días,
sus padres y hermanos pudieron traer y velar su cuerpo. Ahí estaba también yo, contemplando la angustia
de su padre, con su rostro envuelto en sus rudas manos, gimiendo con congoja la decisión de su hija.
¡Cuánto dolor hay en nuestro mundo! ¡Cuántos gemidos! Me viene ahora un texto muy agudo de
Descalzo: A veces me pregunto si Dios no debería concedemos a todos los humanos un don, un don
terrible. Concedérnoslo una sola vez en la vida y sólo durante cinco minutos: que una noche se hiciera
en todo el mundo un gran silencio y que, como por un milagro, pudiéramos escuchar durante esos cinco
minutos todos los llantos que, a esa misma hora, se lloran en el mundo; que escucháramos todos los ayes
(de ¡ay!) de todos los hospitales; todos los gritos de las viudas y los huérfanos; experimentar el terror de
los agonizantes y su angustiada respiración; conocer -durante sólo cinco minutos- la soledad y el miedo
de todos los desocupados del mundo; experimentar el hambre de los millones de millones de hambrientos
por cinco minutos, sólo por cinco minutos. ¿Quién lo soportaría? ¿Quién podría cargar sobre sus
espaldas todas las lágrimas que se llorarán en el mundo esta sola noche? (José Luis Martín Descalzo,
Compadecernos con las manos, en Razones para el Amor).
Ante el dolor, solemos racionalizarlo, minimizarlo, negarlo o escaparnos. Otras veces, nos
dejamos vencer por el sufrimiento y nos identificamos totalmente con él, cayendo en profundo
abatimiento. No obstante, Jesús nos enseña a permanecer en la prueba, a sentir la angustia, la tensión, la
nada, el sin sentido. Él mismo probó su gusto amargo. En Getsemaní, su ir y venir, nos manifiestan la
angustia de su corazón ante la muerte. Cuando estamos angustiados, estamos inquietos, no podemos
detenernos. Los apóstoles, por el contrario, no pudieron aguantar ver a su maestro en ese estado, su
tristeza se hizo depresión, sueño, sopor, modorra.
En la Cruz, Jesús siente el abandono, colgado entre el cielo y la tierra, entre Dios y su pueblo.
Suspendido en la Cruz, despreciado por el pueblo, y “abandonado” por Dios, colgado en el medio. Pero
ahí permaneció fiel a nosotros, fiel al Padre. Jesús no sólo acepta el dolor, sino que se encamina
decididamente a su encuentro. Antes de que le quiten su vida, Él prefiere entregarla por sí mismo.
Endureciendo el rostro, toma la resolución de no dar un paso atrás. Ya nos lo anunciaba, misteriosamente,
el cántico del siervo sufriente de Isaías: Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban y mis mejillas, a los
que me arrancaban la barba; no retiré mi rostro cuando me ultrajaban y escupían… por eso endurecí mi
rostro como el pedernal (Is 51,6-7). Jesús ofrece pues su rostro, no lo retira, lo endurece, más bien, para
recibir en él todas las maldades de este mundo, para vencerlas con su amor redentor y regalarnos una Vida
nueva, una vida en abundancia (Jn 10,10).
Jesús carga y se hace cargo: él soportaba nuestros sufrimientos y cargaba con nuestras dolencias,
y nosotros lo considerábamos golpeado, herido por Dios y humillado. El fue traspasado por nuestras
rebeldías y triturado por nuestras iniquidades. El castigo que nos da la paz recayó sobre él y por sus
heridas fuimos sanados… el Señor hizo recaer sobre él las iniquidades de todos nosotros… El Señor
quiso aplastarlo con el sufrimiento… Mi Servidor justo justificará a muchos y cargará sobre sí las faltas
de ellos… Expuso su vida a la muerte y fue contado entre los culpables, siendo así que llevaba el pecado
de muchos e intercedía en favor de los culpables (Is 53,4-12).
De este modo, Jesús se nos presenta como modelo ante la Cruz y como compañía fiel en el dolor.
Ante las angustias y los sentimientos oscuros, ante nuestras debilidades y tentaciones, de la mano de
Jesús, hemos de aguantar la tensión, permanecer en el dolor, atravesar su angostura. Sin fugas ni
compensaciones, sin escapes ni dispersiones. Porque es allí donde veremos la luz, es allí donde
descubriremos algo más hondo, más profundo, más real. Allí descubriremos, seguramente, la fuente
verdadera de la compasión, la sed profunda de comunión, la certeza de que sólo Dios puede satisfacer
nuestros deseos más hondos. Como reza una hermosa canción: Sólo Dios alcanza, sí, sólo Dios…
Estamos hechos para Dios, para Dios… Solo Dios llena el vacío interior… Estamos hechos para Dios,
para Dios…Es en la prueba donde tendremos una comprensión nueva del misterio de Dios, como Job: Sí,
yo hablaba sin entender, de maravillas que me sobrepasan y que ignoro. Yo te conocía sólo de oídas, pero
ahora te han visto mis ojos. Por eso me retracto, y me arrepiento en el polvo y la ceniza (Jb 42,3-6).
Mirando, pues, el rostro de Jesús, dejémonos animar por su Palabra: No pierdan entonces la
confianza, a la que está reservada una gran recompensa. Ustedes necesitan constancia para cumplir la
voluntad de Dios y entrar en posesión de la promesa. Porque todavía falta un poco, muy poco tiempo, y
el que debe venir vendrá sin tardar. El justo vivirá por la fe, pero si se vuelve atrás, dejaré de amarlo.
Nosotros no somos de los que se vuelven atrás para su perdición, sino que vivimos en la fe para
preservar nuestra alma… Despojémonos de todo lo que nos estorba, en especial del pecado, que siempre
nos asedia, y corramos resueltamente al combate que se nos presenta. Fijemos la mirada en el iniciador
y consumador de nuestra fe, en Jesús, el cual, en lugar del gozo que se le ofrecía, soportó la cruz sin
tener en cuenta la infamia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. Piensen en aquel que
sufrió semejante hostilidad por parte de los pecadores, y así no se dejarán abatir por el desaliento.
Después de todo, en la lucha contra el pecado, ustedes no han resistido todavía hasta derramar su
sangre (Hb 10,35-39; 12,1-4).

2. Con el corazón fijo en la meta:


Para poder sobrellevar la Cruz, debe haber algo que la sostenga, algún sentido, alguna esperanza,
alguna promesa. La Carta a los Hebreos nos presenta la fuerza que tiene la fe para hacer caminar a
algunas personas, y sobrellevar, así, tantas contrariedades. Esa verdadera nube de testigos (Hb 12,1) entre
los que se encuentra Abraham, Sara, y tantos otros que murieron en la fe, sin alcanzar el cumplimiento de
las promesas: las vieron y las saludaron de lejos, reconociendo que eran extranjeros y peregrinos en la
tierra (Hb 11,13). Sigue diciendo la Carta a los Hebreos que esta gente grande, patriarcas (padres con
mayúscula) han buscado una patria, y si hubieran pensado en aquella de la que habían salido, habrían
tenido oportunidad de regresar. Pero aspiraban a una patria mejor, nada menos que la celestial (Hb
11,14-16). Eso es lo que sostiene nuestro caminar, y da sentido al peso de nuestra Cruz. Esa es la promesa
definitiva: la patria celestial. He aquí el valor eterno que da peso a cada uno de nuestros esfuerzos que,
por insignificantes que parezcan, valen porque están hechos con amor y en esperanza. Como dice el
Apóstol: Yo considero que los sufrimientos del tiempo presente no pueden compararse con la gloria
futura que se revelará en nosotros (Rm 8,18).
Esta desproporción entre sufrimiento presente y gloria futura, hace exclamar a Pablo: Todo me
parece una desventaja comparado con el inapreciable conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él, he
sacrificado todas las cosas, a las que considero como desperdicio, con tal de ganar a Cristo y estar unido
a él... Así podré conocerlo a él, conocer el poder de su resurrección y participar de sus sufrimientos,
hasta hacerme semejante a él en la muerte, a fin de llegar, si es posible, a la resurrección de entre los
muertos… Esto no quiere decir que haya alcanzado la meta ni logrado la perfección, pero sigo mi
carrera con la esperanza de alcanzarla, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús. Hermanos,
yo no pretendo haberlo alcanzado. Digo solamente esto: olvidándome del camino recorrido, me lanzo
hacia adelante y corro en dirección a la meta, para alcanzar el premio del llamado celestial que Dios
me ha hecho en Cristo Jesús (Flp 3,8-14).
Jesús tenía clara su meta: ser fiel al Padre, ser fiel a los hombres. Por ello, toda su vida la entendió
así. Su tiempo, no era suyo, era del Padre. Su vida, no era suya, era del Padre. De este modo, vivió en
despojo continuo, humilde, confiado en las manos del Padre. Les aseguro que el Hijo no puede hacer
nada por sí mismo sino solamente lo que ve hacer al Padre; lo que hace el Padre, lo hace igualmente el
Hijo. Porque el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que hace (Jn 5,19-20). Nada puedo hacer por mí
mismo. … porque lo que yo busco no es hacer mi voluntad, sino la de aquel que me envió (Jn 5,30). Mi
comida es hacer la voluntad de aquel que me envió y llevar a cabo su obra (Jn 4,34). Por tanto, todo en la
vida de Jesús era relación de amor al Padre, entrega confiada. La voluntad del Padre era su sustento, su
luz, su fundamento. Era esa perla preciosa, ese tesoro escondido (Mt 13,44-46), por el que valía la pena
dejarlo todo, aceptar las renuncias y dolores necesarios, para amar hasta el extremo (Jn 13,1), para beber
el cáliz hasta el fin (Mc 10,38), para poder decir, como buen servidor del Padre, todo está cumplido (Jn
19,30).

3) Aceptando las renuncias necesarias:


Jesús es bien clarito de entrada. No le gusta andar con vueltas, ni decirnos medias verdades. Ya lo
escuchábamos al comienzo: para seguirlo, hay que renunciar a uno mismo, no queda otra. Al hombre rico
le pide lo mismo. No dudó tampoco en presentarnos la radicalidad en el seguimiento, a tal punto que nos
invitaba a cortar la mano, el pie, el ojo, en el caso de que fueran un obstáculo para el Reino (Mc 9,43-48).
Elegir el Reino, fijar una meta, son sinónimos de dejar muchas cosas, de renunciar a otras, de
despedirnos de apegos, de soltar amarras, de quemar naves, puesto que nadie puede servir a dos señores
(Lc 16,13). El que quiera, nos dirá Jesús, como un impulso a decidirnos, a no andar con vueltas, a tomar
las riendas y el timón de nuestra vida, a no aplazar la decisión. Renuncie a sí mismo, nos desafía su
invitación. Nuestro yo egocéntrico, autorreferencial, hedonista, omnipotente, vanidoso, es nuestro
principal escollo en este camino. Muchas veces será nuestra cruz más pesada, nuestra lucha más
encarnizada, nuestra batalla más peleada. Pero hay que decidirse, ponerse en camino, ponerse detrás de
Jesús y no detenerse nunca. Bajaremos las defensas y dejaremos a Jesús hacer su obra. Por momentos,
tendremos que violentarnos internamente para dejarlo actuar. Habremos de endurecer el rostro,
adelantarnos en el camino, decidirnos firmemente, apretar el paso y confiar en la obra de Dios. Estos
cortes, de los que hablaba Jesús, serán dolorosos. Los sentiremos como amputaciones. Al tiempo y si
permanecemos fieles en el dolor que nos atraviesa, firmes en la brecha como Moisés (Sal 105,23),
empezaremos a descubrir la vida que brota de estas podas necesarias, para que demos más fruto todavía
(Jn 15,2). La poda que despoja, el corte que hiere, serán nuestro pan cotidiano.
Aquí nuestro seguimiento toma matices de lucha, combate, batalla. Palabras muy usadas en la
espiritualidad de años atrás que, ya purificadas de algún exceso voluntarista o pelagiano, sería bueno
recuperarlas y retomarlas en la actualidad. San Pablo nos dice al respecto: Fortalézcanse en el Señor con
la fuerza de su poder. Revístanse con la armadura de Dios, para que puedan resistir las insidias del
demonio. Porque nuestra lucha no es contra enemigos de carne y sangre, sino contra los Principados y
Potestades, contra los Soberanos de este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal que habitan en
el espacio. Por lo tanto, tomen la armadura de Dios, para que puedan resistir en el día malo y
mantenerse firmes después de haber superado todos los obstáculos. Permanezcan de pie, ceñidos con el
cinturón de la verdad y vistiendo la justicia como coraza. Calcen sus pies con el celo para propagar la
Buena Noticia de la paz. Tengan siempre en la mano el escudo de la fe, con el que podrán apagar todas
las flechas encendidas del Maligno. Tomen el casco de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la
Palabra de Dios. Eleven constantemente toda clase de oraciones y súplicas, animadas por el Espíritu (Ef
6,10-18).
Santa Teresa de Jesús nos decía con mucha claridad y firmeza: Digo que importa mucho, y el
todo, una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar al final, venga lo que
viniere, suceda lo que sucediere, trabajase lo que se trabajare, murmure quien murmurare (Camino
21,2). Se trata, pues, de emprender este seguimiento con decisión, con la mirada fija en la meta,
asumiendo las renuncias necesarias con determinada determinación.

4) Centrados en el pobre:
Como veíamos más arriba, Jesús corrige la ambición de sus discípulos, proponiendo la inocencia y
la fragilidad de un niño. La comunidad de Jesús debe tener siempre el sello de estar centrados en las
personas. Cuántas veces lo escuchamos y lo decimos: no somos una ONG. Sin embargo, cuántas veces
actuamos como si lo fuéramos. Nos relacionamos y medimos a las personas de acuerdo a su eficacia, a su
aporte concreto en la misión. Cuántas veces nuestros más cercanos, son los más olvidados. Les dedicamos
el tiempo necesario para organizar la pastoral, no nos detenemos a veces a escuchar sus vidas, a mirar sus
rostros, a compartir espacios de gratuidad con ellos. Cuántas veces son olvidados cuando ya no ejercen
más su rol en la comunidad. Cuántas veces los reemplazamos fácilmente por otro agente de pastoral y los
corremos de nuestro horizonte cotidiano. Qué agudo es el dolor de los que han pasado por nuestras
comunidades y quedan olvidados en nuestra memoria y descartados de nuestras agendas. Un sentimiento
de haber sido usados, se instala en sus corazones, como un eslabón más de nuestro afán de rendimiento.
Salirnos del centro, dejar de lado las relaciones utilitarias e interesadas, establecer vínculos nuevos
y gratuitos: nos implicará un gran cambio de paradigma, una conversión profunda. Nada fue más
desorganizado que el estilo pastoral de Jesús. Su acento no estuvo puesto en dejar sólidos fundamentos
organizativos en su comunidad. Su centro fueron las personas, los vínculos, el rostro real de cada uno con
el que se fue encontrando. Y fue esta experiencia de encuentro con el Señor la que motorizó la Iglesia, la
que entusiasmó sus vidas, la que contagió la fuerza del Reino.
En nuestro caso, parece ser todo al revés. Uno de mis objetivos, aquí en Santos Lugares, consiste,
justamente, en dejar las cosas organizadas y estructuradas, para que la vida parroquial siga, más allá del
que venga después. Cuántos desvelos por organizar todo y fortalecer a los agentes de pastoral, para que
cuando mi “sucesor” encare las cosas de modo distinto, o se disponga a demoler lo anterior, se le haga
difícil al encontrarse con una comunidad fuerte, decidida y madura. Recién caigo en la cuenta de lo vano
y mundano de este objetivo, que me hace obrar, relacionarme, decidir, en pos de esta meta premeditada y
elegida. Esta decisión hace desplazar todo lo gratuito, lo espontáneo, lo nuevo, lo propio del Espíritu. ¿No
será acaso el vínculo profundo con el otro, lo que genere algo con raíz? ¿No será acaso la experiencia que
cada persona tenga de sentirse amada incondicionalmente por Jesús, la que los marque a fuego en su fe?
¿No será este vínculo profundo el que hará reaccionar a la gente y reconocerse digna de amor y valiosa,
con capacidad de dar ellos también?
La opción de Jesús por los pobres nos puede liberar de todo afán de rendimiento. El niño, el frágil,
el indefenso, el impotente es incapaz de devolvernos nuestra solicitud. Aunque, a veces, lo corresponden
con maravillosa heroicidad. La clave, por tanto, estará en elegir a aquellos que no tienen cómo retribuir
nuestro amor (Lc 14,13-14). La clave estará en renunciar a lo organizativo y exitoso, a lo cuantificable y
eficiente, para abrazar al hermano, para estar con él, para vincularnos gratuitamente con él.
5) Celebrando lo real y posible, descubriendo la evidencia rotunda del Reino:
De la mano de lo que decíamos recién, estamos invitados a reconocer el paso de Dios en los
detalles más pequeños de la vida. Sea quien sea el autor de esa acción, si es buena, si hace el bien, si
libera, es de los nuestros. Amar lo real y posible, dejar caer y triturar las expectativas, los delirios de
grandeza, los eventos espectaculares. Amar lo cotidiano y escondido, sin esperar nada ajeno a lo real, pero
sin perder las utopías y los sueños. Hermosa tensión de soñar en grande y abrazar con pasión nuestro
humilde presente. Esto nos permitirá vivir en la ternura, limando toda arista de exigencia y sobrepeso.
Volvamos la mirada a la paciencia de Jesús, a su modo de corregir, a su amor incondicional que no
rechaza a los suyos por ser débiles y torpes. Ternura con nosotros mismos y nuestros límites, retrocesos y
lentitudes. Ternura con nuestros hermanos, con sus modos, tiempos y misterios. Ternura que no ahoga,
asfixia, oprime o condiciona. Ternura que sabe reconocer lo mejor de cada uno y se lo hace notar. Ternura
que celebra cada paso, humilde y pequeño, pero presencia evidente del Reino. Ternura que saca del
anonimato las acciones escondidas, como la ofrenda de la viuda, que desde su pobreza dio todo lo que
tenía para vivir (Lc 21,1-4). Tal vez, una horita de catequesis a la semana, o doblar unas pilchas en
Caritas, o abrir un domingo la Capilla, o ir a visitar a un enfermo, ante nuestros ojos sean poco. Sin
embargo, se nos puede pasar de largo que estén dando todo lo que tienen para vivir. Y, a veces, las
acciones más estridentes de otros, su cantidad de horas al servicio de su comunidad, pueden ser algo
vacío, algo que les sobra, algo que se sacan de encima, y no una ofrenda de amor.
Hermosa mirada la de Jesús, que nos corrige enseñándonos cómo y por dónde mirar. Como ese
valioso reconocimiento en Betania, a la mujer que lo unge. Ella hizo lo que podía (Mc 14,3-9), nos dirá
Jesús. Es verdad, hay mucho por hacer. Sin embargo, cada uno debe hacer lo que puede y como puede. Y
esto ya no nos corresponde saber ni juzgar. Sólo Dios conoce el misterio de cada acción, lo oculto de cada
intención, el amor de cada corazón. De ahí que, junto al cura rural de Bernanos, podamos rezarle
humildemente a Dios: Dios mío, te lo entrego todo del mejor grado. Claro que no sé dar, doy las cosas
como si me las quitaran. Lo mejor es estarme quieto. Pues, si yo no sé dar, tú sabes tomar… Y, sin
embargo, me hubiera gustado ser por una vez, tan sólo por una vez, liberal y magnífico hacia ti (p.269).

5. Nuestro destino final, en el Camino vamos llegando a Casa:


De este modo, arribamos al final de este hermoso itinerario (¿o más bien a su inicio?). Hemos
comenzado a caminar gracias a la atracción del Padre, que nos ha hecho optar por Jesús. Hemos
reconocido nuestras resistencias a la Cruz. Hemos tocado de cerca nuestras ambiciones, envidias,
indiferencias, luchas de poder, rigideces, descubriéndolas y asumiéndolas como brotando del interior de
nosotros. Hemos descubierto que, si bien todas nuestras torpezas están y son muy reales, no son lo más
profundo de nosotros, no son nuestra última palabra. Hemos hallado, en el fondo del corazón, una
mirada de amor que permanece más allá de nuestra torpeza. Los discípulos nos han ayudado a confrontar
delante de Jesús nuestra vida. Luego de este intenso recorrido, hemos llegado a la conclusión de que no
somos trapecistas, sino, más bien, simples payasos. De ahí que, rostro en tierra, hemos reconocido
nuestro verdadero lugar: suplicando de rodillas, con osadía, en determinada determinación, mendigando
a Jesús que nos conceda ponernos nuevamente en camino, siguiendo sus pasos con renovada fidelidad.
En este recorrido dominical, nos hemos dejado iluminar por la pedagogía de Dios en su Palabra.
No creo casualidad que el término de este camino esté fijado en el siguiente domingo, que coincide con la
festividad de todos los santos. Allí nos topamos con esta muchedumbre de testigos (Hb 12,1), con
nuestros hermanos mayores, que nos impelan con su ejemplo y oración, a seguir dando pasos. Hacia allí
debe tender nuestra mirada, nuestra esperanza. Allí hemos puesto nuestra ancla, para poder seguir
avanzando seguros: los que acudimos a Dios, nos sentimos poderosamente estimulados a aferrarnos a la
esperanza que se nos ofrece. Esta esperanza que nosotros tenemos, es como un ancla del alma, sólida y
firme, que penetra más allá del velo, allí mismo donde Jesús entró por nosotros, como precursor,
convertido en Sumo Sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec (Hb 6,18-20).
La celebración de todos los santos nos regala el hermoso texto de las bienaventuranzas (Mt 5,1-
12). Asomarnos a estas palabras nos obligaría a comenzar un nuevo escrito. Lo dejamos para otra ocasión.
Simplemente, quisiera rescatar la profunda comunión entre las dos realidades: la Iglesia peregrina y la
Iglesia del cielo. El texto evangélico nos sugiere esta profunda unidad. Los santos ya son felices porque
están con Dios, porque descubrieron la felicidad de vivir estas bienaventuranzas en el hoy de sus vidas. A
ellos ya les pertenece el Reino, ya gozan de la herencia de hijos, ya están siendo consolados, ya son
saciados, ya están obteniendo misericordia, ya están viendo a Dios, ya son plenamente hijos de Dios, ya
gozan de esta gran recompensa. Ellos ya están en Casa.
Nosotros, que aún seguimos en Camino, vamos gustando desde ahora esta extraña felicidad, esta
paradojal vida nueva, distinta y más plena. Entre luces y sombras, vamos ya disfrutando migajas de este
Reino, chispazos de luz, anticipos de Vida eterna. Y esto nos estimula a seguir esperando, confiando,
luchando. Esto nos va haciendo sentirnos ya en casa, estando aún en camino. Casa provisoria, que se
levanta y se desarma, para volver a ponernos en camino, detrás de la casa definitiva, la de sólidos
cimientos, habitada y preparada para recibirnos, por nuestros hermanos mayores. Por la fe, Abraham,
obedeciendo al llamado de Dios, partió hacia el lugar que iba a recibir en herencia, sin saber a dónde
iba. Por la fe, vivió como extranjero en la Tierra prometida, habitando en carpas, lo mismo que Isaac y
Jacob, herederos con él de la misma promesa. Porque Abraham esperaba aquella ciudad de sólidos
cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios (Hb 11,8-10).
La conciencia humilde de nuestras torpezas nos hace confiar más en Aquel que nos llamó de las
tinieblas a su admirable luz (1Pe 2,9), cediendo al poder transformador del que hace nuevas todas las
cosas (Ap 21,5). Sostenernos en Él, más que en nosotros, es la consigna. Si aún seguimos anclados a
nuestro pasado y a nuestras torpezas, el profeta Isaías nos abre los ojos para descubrir los signos presentes
de esta vida nueva: no se acuerden de las cosas pasadas, no piensen en las cosas antiguas; yo estoy por
hacer algo nuevo: ya está germinando, ¿no se dan cuenta? (Is 43,18-19). Aquí hemos de poner nuestra
ancla segura, ya no en el pasado, sino en lo que está germinando, en esta realidad nueva que Dios va
haciendo, con nosotros y a pesar de nosotros.
Esta esperanza, que hace arder nuestros corazones (Lc 24,32), va a apurando nuestros pasos,
porque el amor de Cristo nos apremia (2 Cor 5,14). Evitamos, entonces, los presuntuosos atajos,
asumiendo serenos los todavía no. Celebramos los ya alcanzados, sorteando firmes los desesperanzados
rodeos. Esta intimidad itinerante (Francisco, EG 23) le va dando una forma nueva a nuestro discipulado,
le va dando una luminosidad especial a esa oscuridad del grano de trigo enterrado, que muere para ser
fecundo: el que vive en Cristo es una nueva criatura: lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha
hecho presente. (2 Cor 5,17). Esta novedad se va gestando cada día, naciendo cotidianamente y muriendo
también cada día. Nacimiento que se da con dolores de parto (1Ts 5,3), no de agonía. La mujer, cuando
va a dar a luz, siente angustia porque le llegó la hora; pero cuando nace el niño, se olvida de su dolor,
por la alegría que siente al ver que ha venido un hombre al mundo. También ustedes ahora están tristes,
pero yo los volveré a ver, y tendrán una alegría que nadie les podrá quitar (Jn 16,21-22). Alegría que
convive con la tristeza, en el Camino, mientras anhelamos la alegría plena de la Casa, junto a toda la
humanidad y a toda la creación, participando todos de este parto, de este ser dados a luz cada día, que es
un avanzar hacia la Luz: Sabemos que la creación entera, hasta el presente, gime y sufre dolores de
parto. Y no sólo ella: también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente
anhelando que se realice la redención de nuestro cuerpo. Porque solamente en esperanza estamos
salvados (Rm 8,22-24).