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SOBRE LAS CANDIDATURAS


ELECTORALES INDEPENDIENTES DE
LOS PARTIDOS POLÍTICOS 1

por RAÚL GUSTAVO FERREYRA 2

S U M A R I O : I. PLANTEO. 1. Observación preliminar. 2. Periferia y núcleo de la


contribución. II. LOS PARTIDOS POLÍTICOS. III. SOBRE LOS CANDIDATOS
INDEPENDIENTES. Concepto. Plataforma legal, jurisprudencial y Derecho comparado en
torno a las candidaturas independientes. Situación actual: ¿enigma interpretativo que
atraviesa el artículo 38 de la C.N.? IV. OBSERVACIONES EN TORNO A LAS
CANDIDATURAS INDEPENDIENTES. 1. Generalidades. 2. Argumentos a favor. 3.
Argumentos en contra. V. CUADRO DE SITUACIÓN. Balance. A modo de propuesta.

I. PLANTEO

1. Observación preliminar

La ausencia de credibilidad necesaria y suficiente para un correcto y


eficaz desempeño de las actividades gubernativas republicanas es uno de los
cuestionamientos más oídos. Es que se está formando una sociedad abierta de
cuestionadores, donde también una buena porción de los ciudadanos hace oír
su queja, a veces bastante audible. Esta crisis de representación se extiende
por igual en los ámbitos federal y provincial; corroe a todo el
presidencialismo vernáculo, afectando a diputados, senadores, presidentes,
gobernadores, concejales, intendentes. Es cierto, la crisis es tan compleja que
cualquier generalización, sobre todo apresurada, corre riesgos de no acertar
adecuadamente ni la etiología ni el diagnóstico.

Hans Kelsen, en clave kantiana, consideraba que la libertad natural de


seres iguales era sólo factible si era reemplazada por la libertad política. Esta
primera metamorfosis de la libertad implica que políticamente libre es aquel

1
El texto, ampliado y corregido recoge la exposición llevada ca cabo en las Jornadas sobre reforma política y
constitucional, organizadas por la Comisión de Asuntos Constitucionales, Legislatura de la Ciudad de Buenos
Aires, 5 de agosto de 2002, ante los Señores y Señoras Legisladores de la Ciudad de Buenos Aires.
2
Profesor de Derecho constitucional, Facultad de derecho, Universidad de Buenos Aires. Consultor Externo
sobre Derecho Constitucional y Parlamentario de la Defensoria del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires.
2

individuo que se encuentra sujeto a un ordenamiento jurídico en cuya


creación participa, aunque sólo podemos ser libres si aceptamos la tutela del
Estado.3 No obstante, un individuo es libre si aquello que según el orden
social debe hacer, coincide con lo que quiere hacer; es decir obedeciendo a su
propia voluntad y no a una ajena. El ideal de la autodeterminación requiere
que el orden social y jurídico sea creado por decisión unánime de los súbditos
y que dicho orden conserve su fuerza obligatoria mientras disfruta de la
aprobación de ellos.

Al no ser realizable la democracia directa, es necesario recurrir al


escenario del sistema representativo, cuya función primordial es contribuir a
la formación de la voluntad estatal por intermedio de órganos elegidos por el
pueblo, sobre la base del sufragio universal, secreto, libre e igual, y que
decide de acuerdo con la mayoría. O sea, el principio de autodeterminación
política comunitaria, al igual que la libertad propia del estado de naturaleza,
sufre una limitación: un orden jurídico genuino, dice Kelsen, es incompatible
con el más alto grado de autodeterminación ciudadana.

La indispensable diferenciación de las actividades comunitarias, entre


las que cabe señalar las vinculadas con la producción y aplicación del
Derecho, hacen que tales funciones sean transferidas por los ciudadanos a
órganos especialmente previstos; un gobierno es representativo cuando y en la
medida en que sus funciones reflejan, mientras se encuentra en el poder, la
voluntad del cuerpo de electores y son responsables ante dicho cuerpo de las
decisiones que adopten. Si democracia significa que la voluntad representada
en el orden jurídico estatal guarda semejanza con las voluntades de los
ciudadanos, hoy en la Argentina no esta asegurada en lo más mínimo tal
armonía.

2. Periferia y núcleo de la contribución

La ficción de la representación política encierra una idea que se


encuentra severamente puesta en tela de juicio en la comunidad argentina. Se
ha observado que el repudio a la representación es uno de los centros de
demanda más importantes de la ciudadanía; planteo mi conformidad parcial
con dicha observación. No parece que el ciudadano argentino –como más
abajo se verá– cuestione con igual severidad el fenómeno de la representación
jurídico constitucional con lo que efectivamente y en forma sustantiva
aparece: el representante.4

Es más, doy por sentado que el cuestionamiento, duro, solvente y


riguroso, se enfila hacia la/s tarea/s cumplida/s por las personas –funcionarios,
3
KELSEN, Hans: Teoría General del Derecho y del Estado, Imprenta Universitaria, México, 1958, 2ª edición,
traducción de Eduardo García Maynez, pp. 335-360.
4
Ver BOTANA, Natalio: “La República vacilante”, conversaciones con Analía Roffo, Taurus, Buenos Aires,
2002, p. 68.
3

a la sazón “servidores públicos”– y no, por lo menos con la misma intensidad


y solvencia, a la idea misma encerrada en la ficción que implanta la
democracia representativa, es decir la representación político constitucional.
Más allá de la semántica, la crisis de proporciones descomunales que vive la
Argentina, abarca todos los aspectos, incluyendo también, desde luego, a la
noción de representación política, la que cae en el derrumbe ante la ineficacia
de los representantes.

La Argentina reestablece su sistema de gobierno presidencialista y su


forma democrático representativa en diciembre de 1983. Desde entonces,
dada la perfectibilidad mas no la perfección del sistema democrático, se hacen
sentir crujidos, bien intencionados, mal intencionados, en este último caso,
mediando dolo o culpa.

El fundamento de la democracia consiste en atribuir un papel decisivo


al principio de la mayoría. A su lado, con igual jerarquía y por propia
definición, el principio que presupone, más bien totalmente garantiza a la
minoría su derecho a participar en la configuración del orden jurídico y a que
todos sus derechos fundamentales serán respetados, tanto antes como durante
y después que se produzca la propia configuración o mantenimiento del orden
estatal.

La democracia no es pensable sin los partidos políticos, cuya función


elemental consiste en ser vehículo esencial para mediar entre una diversidad
no ordenada de opciones y puntos de vista ciudadanos y el proceso de
formación de la voluntad política estatal.

La Constitución de la Argentina adopta la forma representativa y


democrática de gobierno –cfr. arts. 1 y 36– y aunque asimila algunos
institutos de democracia participativa como la consulta y la iniciativa popular,
el principio que rige fuertemente es el de la representación, ubicándose fuera
de contexto constitucional las deliberaciones que pretendan ser implicadas
como decididas por individuos que no sean los representantes creados por el
orden constitucional (cfr. arg. art. 22).

A partir de la reforma de 1994 los partidos políticos son institutos que


poseen configuración constitucional, cuya competencia para la nominación de
candidatos para ocupar cargos públicos electivos, si bien pareciera que no
estipula en forma expresa por la letra constitucional con la calidad de
“monopolio”, así se lo ha venido ejerciendo desde 1983, primero, con arreglo
legal, y luego con jurisprudencia validatoria (caso “Ríos”, resuelto el
22/4/1987 por la Corte Suprema de Justicia de la Nación).

El tema de fondo abordado en este trabajo gira en torno a la instancia


legitimada para la nominación de la candidatura. En pocas palabras, la
referencia tiene como punto de conexión inevitable decidir si efectivamente
4

hay un régimen que garantiza el monopolio partidista para formalizar la


nominación, o el régimen en sí está abierto a los candidatos propuestos por
listas independientes de los partidos políticos. No hay dudas de que la
interpretación de este punto suscita agudas disputas; tanto en la Convención
Constituyente de 1994 como en las elaboraciones que la dogmática
constitucional construyó antes y después de la reforma, las opiniones están
divididas: hay quienes ven en la letra constitucional federal el ámbito propicio
para vehiculizar la configuración legal de las candidaturas independientes;
hay quienes opinan en sentido contrario. Volveremos sobre el asunto (ver ut
infra, III).

II. LA ASOCIACIÓN POLÍTICA CON FINES ÚTILES

Los partidos políticos se han convertido merced al artículo 38 de la


C.N. en parte integrante de la arquitectura constitucional federal de la
Argentina, insertándose por derecho propio en el desenvolvimiento de la vida
interna estatal. A partir de este reconocimiento, los partidos son órganos
constitucionales desde que configuran la ruta que vincula un punto de
despegue –la propia soberanía del cuerpo electoral– con un punto de llegada
–la propia configuración de la política estatal–. Naturalmente, la perspectiva
asumida comporta la presuposición –apodíctíca– de que Estado y sociedad
son dos estructuras claramente diferenciadas.

El poder del Estado, que reside en el pueblo, actualmente revela la


monumental intervención mediadora que incumbe en las democracias de
masas a los partidos políticos, mediación que se maximiza al estar prescrita la
democracia como representativa por el propio orden constitucional argentino.
El papel de los partidos políticos en el proceso de intermediación entre
ciudadano y poder del Estado ha sido bien descripto: “En igualdad de
condiciones, los partidos políticos, cuyo desarrollo está íntimamente ligado al
del cuerpo electoral, son a la democracia de tipo occidental lo que la raíz es al
árbol”.5 Dentro de este contexto dogmático, el rol institucional de los partidos
políticos es visiblemente tan necesario como insustituible, postura dogmática
que, llevada a sus últimas consecuencias, se ha animado a afirmar que el
Estado del siglo XX fue un Estado de partidos, y que el puesto de la soberanía
popular fue ocupado básicamente por la soberanía de los partidos políticos.6

Esta interacción, sin que por ahora quepa abrir juicio si es virtuosa o
no, permite descubrir un hecho: que el Estado aparezca como estado de
partidos se produce gracias o pese a la interactuación de los partidos políticos.
Pruebas al canto: viene prescribiendo el artículo 61 de la Constitución de la

5
HAURIOU, André: Derecho Constitucional e Instituciones Políticas, Ariel, Barcelona, p. 295.
6
Ver LOWENSTEIN, Karl: Teoría de la Constitución, Ariel, Barcelona, 1976, p. 451.
5

Ciudad de Buenos Aires, que el campo de actuación de los partidos políticos


tiene como horizonte de proyección, tanto “la formulación de políticas” como
la “integración de gobierno”, que es el aspecto que normativamente interesa
aquí destacar.

El sistema democrático instituido por la Constitución federal de la


Argentina –cfr. arg. art. 36– observa como axioma que todos los poderes del
Estado, cuya formalización realiza y realza el propio texto constitucional,
nacen y por ende emanan del vientre de la soberanía popular –cfr. arg. art. 33
y 37 de la C.N.–. Dentro de este cuadro de situación, el pueblo se limita
–según el juego de los artículos 22, 37, 45, 54 y 94– a la elección de
representantes, quedando la configuración de las decisiones gubernativas a
cargo de las autoridades propiamente creadas por el orden constitucional. Tal
suposición conlleva esta otra: las encomiendas gubernativas que la
Constitución manda, son decididas por representantes escogidos, directamente
o indirectamente, por intermedio de elección popular.

El artículo 38 de la Constitución Nacional determina que los partidos


políticos son “instituciones fundamentales del sistema democrático”. Tal
principio no está incorporado en la CCABA, aunque dicha ausencia no parece
comportar, ni mucho menos, una decisión constituyente diferenciada del texto
porteño respecto del federal.

La fundamentalidad no es una propiedad capaz de ser demostrada


lógicamente ni resultado de una contrastación empírica; de tal suerte que se
trata, claramente, de una decisión estrictamente valorativa adoptada como
punto de apoyo por el legislador constituyente que reformó la Constitución
federal en 1994. Como todo juicio de valor, se hace insusceptible de dirimir
de modo incontrovertible la veracidad o falsedad de su enunciado. En tal
intelección, la interpretación propiamente correctiva del texto federal no
debería perder de vista que ser “fundamental” merecería ser intelegido como
que sirve de apoyo principal, en este caso: los partidos políticos al sistema
democrático. Consiguientemente, habiéndose planteado el problema de la
mediación para la acción estatal –Estado, cuerpo electoral–, la Constitución
ha decidido resolverlo mediante el reconocimiento del derecho de asociación
en partidos políticos, ubicando a debido resguardo la necesidad que plantea el
principio de soberanía popular, desde que éste por definición no contiene un
solo criterio que en forma unificada constituya la voluntad general de todos
los individuos, sino por el contrario, contiene una variada gama plurindividual
de opciones e intereses, muchas veces contrapuestas y hasta irreconciliables
entre sí, o que se repelen.

La función primordial de los partidos políticos es servir como


instrumentos que canalicen y transmitan la voluntad popular, la que por otra
parte también en diferentes medidas y posibilidades deberían contribuir a
6

formar. Como dijo Maurice Duverger, los partidos políticos encuadran


[deberían, digo de mi parte] a los electores de dos modos: por una parte,
estimulando las concepciones política de los ciudadanos, permitiendo la
explicación más clara de las opciones políticas; por otro, seleccionando los
candidatos entre quienes se desenvuelve o desenvolverá la lucha electoral.7

La Constitución federal de la Argentina no se aleja de los planteos


inevitables de nuestro tiempo contemporáneo: la ciudadanía es representada
en las democracias modernas mediante y por los partidos.8 Llamativamente,
sin embargo, una cosa es plantear que el partido político opere como filtro que
vehiculice la voluntad popular en los procesos desenvueltos en la democracia
representativa, y otra bien distinta es significar que el partido o los partidos
sean los exclusivos dominadores que señorean la competencia para definir la
nominación o postulación de candidaturas de personas que, a la postre,
puedan ser posiblemente electas como representantes. Se trata, en todo caso,
de un problema teórico espinoso, cuyas complejidades más sobresalientes son
descritas más abajo (ver ut infra, III.). Por lo pronto, el proceso representativo
muestra dos momentos: en una fase, la relación entre los electores y el
partido, en la otra, la relación entre el partido y sus representantes.

Además, todo lo expuesto sirve también para captar una vez más que la
función de los partidos políticos en las denominadas modernas “sociedades de
masas” –digamos: policlasistas, poseedoras de un ordenamiento jurídico que
supera el de una organización tribal– no revela sino la menesterosidad que
tiene el principio de soberanía popular, jugando en el marco de una
democracia representativa.

Observados los partidos frente al Estado, en su libertad externa,


partiéndose de la función constitucional más arriba analizada, se exige
asimismo examinar en una doble lectura los niveles de juego de sus
competencias: para competir entre partidos, por un lado, y para nominar
candidatos, por otro.

La Constitución Nacional asegura que la “creación” y el “ejercicio de


las actividades” de los partidos políticos son “libres”. A mi juicio, el
significado más evidente es que el Estado no debe afectar la competencia
entre partidos, competencia cuya finalidad específica es obtener o alcanzar la
dirección (o co-dirección) del poder estatal. Por tal razón, en clave
constitucional, ni es sostenible la disfuncionalidad de la democracia interna de
los partidos, ni tampoco es aceptable que el Estado condicione o intente
dominar el proceso electoral en abierta o solapada proscripción, parcial o
total, de la libre competencia interpartidaria. Tales conductas serían

7
DUVERGER, Maurice: Instituciones Políticas y Derecho Constitucional, Ariel, Barcelona, p. 136.
8
Cfr. SARTORI, Giovanni: Elementos de Teoría Política, Alianza, 1992, p. 240.
7

evidentemente distorsionadoras del proceso representativo, colisionando con


los preceptos de la Ley Fundamental.

Por último, cuando el artículo 38 de la Constitución Nacional enuncia


que ella garantiza a los partidos políticos “la competencia para la postulación
de candidatos a cargos públicos electivos”, lo que está haciendo en puridad de
verdad la disposición normativa es abrir un espacio interpretativo de singular
interés jurídico y político. El enunciado estimula la controversia. ¿Es que no
se permite a persona individual alguna suscitar en los ciudadanos un interés u
opción valorativa, enderezado a la dirección o participación en el manejo de la
cosa pública, que no reconozca la mediación que conducen los partidos
políticos?

III. SOBRE LOS CANDIDATOS INDEPENDIENTES

1. Concepto

La candidatura electoral es la oferta político constitucional respecto de


la cual emite su veredicto el cuerpo electoral, o mejor dicho, cada uno de los
electores (personas individuales) que lo componen.

La candidatura independiente es la nominación para ocupar un cargo


público electivo, cuyo rasgo peculiar y sobresaliente consiste en que tal oferta
política es realizada sin el concurso ni principal ni complementario de un
partido político. Este derecho a presentar candidaturas independientes,
claramente diferenciado de la competencia partidaria, tiene en el denominado
déficit de la representación de los partidos políticos su principal anclaje. Sin
que sea del todo cierto ni exacto, el principio de igualdad en el curso y
decurso del proceso electoral estatal, donde se trata de poner en pie de
igualdad de oportunidades a los individuos que concurren personalmente y los
individuos que concurren nominados por un partido político, es esgrimido en
forma frecuente como el basamento más sólido de este tipo de candidaturas.
El régimen jurídico de regulación de este tipo de candidaturas va saliendo de
su etapa embrionaria, aunque puede observarse que, en principio, las
legislaciones que le confieren carta de ciudadanía exigen: (a) un cierto
número de electores inscriptos en el respectivo padrón electoral que las
respalde, que por lo general no deberían estar afiliados –al menos en un
período inmediatamente anterior al comicio– a su vez a ningún partido
político; (b) cumplir, bien cierto que en forma por demás flexible, con los
requisitos exigidos a los partidos políticos.

No deben confundirse las “candidaturas extrapartidarias” con las


“candidaturas independientes”. Las primeras corresponden a nominaciones
presentadas por los partidos políticos de ciudadanos no afiliados al partido
8

pero, al fin y al cabo, nominados por éste, siempre y cuando tal posibilidad se
encuentre admitida por las respectivas cartas orgánicas. Las segundas
corresponden también a personas no afiliadas a un partido, pero cuya
nominación no es formalizada por éste.9 Además, un candidato extrapartidario
puede verse obligado a participar de una elección primaria interna abierta
partidaria10, donde se seleccione el candidato a presidente, vice, diputado o
senador, y por implicar una insalvable contradicción en los términos, tal
posibilidad no es posible ser representada para un candidato presentado, con
independencia de la lista de un partido.

2. Situación actual: ¿enigma interpretativo que atraviesa el artículo 38 de


la C.N.?

La fundamentalidad de los partidos políticos y su integración en y para


la democracia ya ha sido objeto de mención (ver ut supra, II).11 Del análisis
de la regla constitucional alojada en el artículo 38 de la C.N. surge que: (a) el
estado debe asegurar a los partidos, creados dentro de los pautas fijadas
propiamente por el orden constitucional, la libre competencia, en igualdad de
condiciones y posibilidades con el resto de los partidos que integran la
constelación de asociaciones que componen el sistema; (b) igual garantía
también respalda una libre competencia intrapartidaria entre afiliados que
aspiren a investir el rol de candidatos, tanto para la conducción del partido
político como para la nominación para ocupar cargos de elección popular; y
(c) la Constitución también garantiza que no deben ni pueden quedar
prohibidas las nominaciones partidarias de candidatos a cargos públicos
electivos, quedando por resolver si la competencia para postular candidaturas
es o no es una propiedad intrínsecamente monopólica del régimen que para
los partidos alumbra la C.N.

El campo del artículo 38 de la C.N. sobre el que se realiza el análisis en


torno del monopolio partidario o no de las candidaturas, requiere una
advertencia previa. En efecto, el artículo 54 de la C.N., al disponer la forma
de la elección y la composición del Senado, asume la exclusividad de los
partidos para el cumplimiento de la postulación de candidatos. La regla
dispone claramente: “El Senado se compondrá de tres senadores por cada
provincia y tres por la Ciudad de Buenos Aires, elegidos en forma directa y
conjunta, correspondiendo dos bancas al [partido político] que obtenga el
9
Cfr. ROSATTI, Horacio: op. cit.
10
La ley 25.611 ha incorporado como artículo 29 bis de la ley 23.298, régimen orgánico de los partidos
políticos, el siguiente texto: “En los partidos políticos o alianzas electorales nacionales la elección de
candidatos a presidente y vicepresidente, así como las de los candidatos a senadores y diputados nacionales se
realizarán a través de internas abiertas [...] Los ciudadanos podrán votar en la elección interna abierta de sólo
un partido o alianza. El voto será secreto y no obligatorio [...]”.
11
Cfr. también BIDART CAMPOS, Germán J.: Tratado elemental de Derecho Constitucional, Ediar, Buenos Aires,
t. VI, p. 272.
9

mayor número de votos, y la restante al [partido político] que le siga en


número de votos [...]”.12 La interpretación armónica de los artículos 38 y 54
de la C.N. no deja intersticios para las dudas. Por lo pronto, sólo se hace
debatir sobre si es posible una candidatura independiente para ocupar un
cargo como diputado nacional o para ser presidente o vicepresidente de la
nación; para ser senador hay que ser nominado por un partido político, mas no
importando si gozando de afiliación o no. En este punto, sin zigzagueos, el
poder constituyente derivado que dispuso la reforma de la Constitución en
1994 ha implantado un nuevo recaudo de elegibilidad para una de las especies
de las autoridades creadas por ella, favoreciendo sin hesitación a los partidos
políticos.13

Desbrozado dicho aspecto de la cuestión, las candidaturas


independientes, en caso de estar habilitadas constitucionalmente, sólo
deberían ser admitidas para los cargos a diputado, presidente o vicepresidente
de la Nación. En el ámbito de la Ciudad de Buenos Aires, donde la anatomía
de su sistema de gobierno sigue el presidencialismo instaurado por el régimen
federal –aunque un poco más controlado, en clave normativa14–, no se
observa la presencia de una regla que, con iguales propiedades que el artículo
54 de la C.N., identifique con claridad el monopolio partidario.

Consiguientemente, todo cuanto se analiza respecto de la viabilidad de


las candidaturas independientes es aplicable al proceso electoral donde se
discierne la elección de los diputados y jefe y vicejefe de Gobierno de la
Ciudad de Buenos Aires. No sin antes formalizar dos precisiones. La primera:
el artículo 61 de la CCABA no dice –como sí dispone el artículo 38 de la
C.N.– que los partidos políticos “son instituciones fundamentales” del sistema
democrático. Es cierto: tal propiedad seguramente es atribuible a los partidos
políticos por su ubicación en texto –el Libro segundo, título segundo de la
CCABA -"Derechos Políticos y participación ciudadana- comienza haciendo
pie en ellos: – pero, en rigor y en forma estricta, las palabras empleadas no lo
dicen. La segunda: en el esquema constitucional federal es la “Constitución”
la que “garantiza” a los partidos políticos “la” competencia para postular
candidatos; el texto constitucional porteño no dice que sea la “Constitución”
la que “garantiza “su” competencia; más bien pareciera que es la “Ciudad” la
que vendría en respaldo. Aunque en principio tal diferencia es de matiz, no
parece que deba dejar de observarse que al ser la Constitución la que prevé y
provee el orden fundamental estatal, correctamente cabría estipular que, en el
12
N. del A.: el énfasis agregado entre corchetes es del autor.
13
Respecto del monopolio configurado por el artículo 58 de la C.N., elección de senadores, puede verse:
BIDART CAMPOS, Germán J.: op. cit., p. 278; GELLI, María Angélica: Constitución de la Nación Argentina,
comentada y concordada, La Ley, 2001, p. 306; ALICE, Beatriz: La nominación de candidatos para cargos
públicos electivos: art. 38 de la Constitución Nacional, La Ley, 1997-B-1177; VÍTOLO, Alfredo: “Los partidos
políticos en la Reforma de 1994. Hacia la corporativización de la representación política”, en la obra colectiva
La Reforma Constitucional de 1994 y su influencia en el sistema republicano y democrático, Miguel A.
Ekmekdjian y Raúl Gustavo Ferreyra, coordinadores, Depalma, 2000, Buenos Aires, p. 114 y ss.
14
Ver FERREYRA, Raúl Gustavo: La Constitución de la Ciudad de Buenos Aires, Depalma, 1997, p. 120 y ss.
10

plano federal, los partidos políticos son institutos constitucionales, mientras


que en la Ciudad de Buenos Aires son institutos paraestatales, con jerarquía
constitucional.

El 22/7/1994 el plenario de la Convención Nacional Constituyente


debatió la regulación constitucional de los partidos políticos. Fueron tan
distintas las opiniones de los constituyentes sobre el significado que
comportaba un mismo e idéntico texto constitucional que estaba legislándose,
que vale la pena hacer un resumen.

Para el convencional Ortiz Pellegrini la competencia de los partidos


políticos para nominar candidatos es una aptitud exclusiva de estas
asociaciones.15 En cambio, el convencional Conesa Mones Ruiz entendía que
en lo atinente a la competencia, quedaba claro que no era exclusiva16, criterio
este último compartido por el convencional Natale.17 El convencional
Maqueda agregó que la voluntad de la Comisión de Redacción fue que la
competencia no fuera exclusiva sino que los partidos tuvieran competencia.18
El convencional Giordano no opinó igual, dado que para él la presencia del
sintagma en el texto indicaba que se trataba de una competencia exclusiva19, y
frente a la existencia de que “competencia” podía dar lugar a confusión,
porque generalmente “competencia” es exclusiva, el convencional Iturraspe
propuso, sin suerte, no adoptar el fragmento que se estaba discutiendo,
reemplazándolo por otro como “capacidad” o “facultad”.20 El convencional
Cafiero dijo que “competencia” no significa exclusividad, pero que este no
había sido un criterio compartido y por ello que se hubiera seguido con
unanimidad por los integrantes de la Comisión de Participación Democrática,
donde se originó el despacho, luego dictaminado por la Comisión de
Redacción y de ahí sometido al pleno.

Hay una notable ausencia de propiedades específicas para la


interpretación constitucional cuando se piensa que, básicamente, debe
recurrirse al pensamiento original o fuente histórica con exclusividad. Sin
deseos de abrumar al lector, pero para insistir en los defectos de la
interpretación constitucional subjetiva, originalista o auténtica, merece
señalarse también que el convencional Revidatti se inclinó por interpretar que,
como decía el proyecto de texto constitucional entonces en despacho, cabía
predicarse o de allí debía derivarse que había un monopolio exclusivo de los
partidos políticos21; finalmente, el convencional Antonio María Hernández
sostuvo que el hecho de utilizar la expresión “competencia” para la

15
Ver Diario de sesiones de la Convención Nacional Constituyente, Imprenta del Congreso, p. 1860.
16
Ib. ant., p. 1866.
17
Ib. ant., p. 1867.
18
Ib. ant.. P. 1867.
19
Ib. ant., p. 1868.
20
Ib. ant., p. 1871.
21
Ib. ant., p. 1876.
11

postulación de candidatos no impedía que, por vía reglamentaria, pudiera


existir al posibilidad eventual de presentar candidaturas independientes.22

La ley 23.298, vigente al momento de realizarse la Convención


Nacional Constituyente, sí establece el monopolio partidario, motivo por el
cual, si de la interpretación que se propugna más abajo surgiese la posibilidad
de habilitar las candidaturas independientes, o habría que derogar por vía
legislativa el impedimento descrito por el artículo 2, último párrafo de dicha
ley, o plantear judicialmente la declaración de inconstitucionalidad, con
arreglo a que el artículo 38 de la C.N. ha derogado tal regla legal.

Todo el análisis jurídico constitucional de esta cuestión reside en la


comprensión o atribución de significado al término “competencia”. Existe una
importante similitud entre el texto federal y el texto porteño, aunque pareciera
que el de la Ciudad de Buenos Aires enfatizara la incumbencia a los partidos
políticos. Recuérdese que la C.N. garantiza (la) competencia y la Ciudad
respalda (su) competencia (cfr. arg. arts. 38 y 61 de la CCABA).

Por otra parte, los debates de los convencionales no dan luz sobre el
particular; por lo pronto, algo quedaba prístino y transparente: no estaban de
acuerdo en la atribución de significado de un término –competencia– que
estaban incorporando al texto constitucional. Sin intenciones de hacer aquí
crítica del originalismo o interpretación subjetiva, siempre que se suscitan
este tipo de cuestiones reviste interés traer a la memoria un paradigmático
ejemplo narrado, a su vez, por su autor: el maestro Luis Jiménez de Asúa. El
asunto fue más o menos así. Sesionando la Convención Constituyente
española que elaboró la magnífica Constitución republicana de 1931, Jiménez
de Asúa propuso una modificación al texto normativo en ese momento en
debate; el pleno aceptó de buena gana la incorporación de la sugerencia y,
pocos minutos después, su autor se retiró momentáneamente del recinto de las
deliberaciones. Al regresar, un convencional vuelve sobre el tema,
preguntando a Jiménez de Asúa cuáles habían sido sus originales intenciones
para formular la introducción de la disposición y cuál era su interpretación a
dicho respecto. Jiménez de Asúa contestó que la norma ya estaba ahí, motivo
por el cual debía prescindirse de su autor, a quien ya no le pertenecía,
debiéndose acudir por lo tanto a la interpretación objetivada del texto legal, a
lo que sí estaba dispuesto a hacer.

A título de mero indicio para la configuración del juicio interpretativo


–provisional hasta nuevo aviso–, téngase en cuenta que la palabra
“competencia” tiene ocho entradas en el Diccionario de la Real Academia
Española, sobresaliendo tres de ellos sobre el resto. Así, “competencia” define
tanto una (i) “disputa o contienda entre dos o más personas” como (ii) pericia,
aptitud, idoneidad para hacer algo o intervenir en un asunto determinado y
22
Ib. ant., p. 1936.
12

(iii) atribución legítima a un juez u otra autoridad para el conocimiento o


resolución de un asunto. El sentido de la definición lexicográfica indicada en
(i) para “competencia” no es el empleado en este específico caso en cuanto se
refiere a la postulación de candidatos, y el sentido de la definición esbozada
en (iii) sólo sugiere parcialmente la existencia de una atribución, más para
nada jurisdiccional.

El verdadero sentido con que cabe direccionar el significado de la


competencia aludida por el artículo 38 de la Constitución es el que se
relaciona con el de la incumbencia, es decir una especial aptitud o pericia para
interactuar en determinado asunto que, en nuestro caso, se llama nominación
de candidaturas para ocupar cargos públicos electivos. No se está hablando en
este caso de “competir” entre partidos sino de que “compete” a ellos y,
propiamente, les toca o incumbe.

Jurídicamente hablando, la competencia es la medida de la


jurisdicción, es decir la atribución para declarar y aplicar el Derecho, aunque
ya hemos descartado que este sea el sentido del término. Cabe añadir que la
Constitución Nacional no es pródiga en el empleo de la palabra
(competencia); a ella se alude en el artículo 75, inciso 2º, tercero y quinto
párrafos, y no parece realmente que las referencias que quepa asociar a dichas
competencias no sean sino exclusivas. En el ámbito de la Ciudad de Buenos
Aires, el tema se complica un poco más, en razón de que indefectiblemente el
significado del término empleado por el artículo 113 de la CCABA, al reglar
la potestad jurisdiccional del Tribunal Superior de Justicia, sí cabe
interpretarlo como exclusiva e indelegable.

Sin embargo, pese a todo lo dicho, lo sustantivo en el artículo 38 de la


C.N. la competencia no viene expresamente asociada con la cualidad de la
exclusividad. O sea, ni la Constitución Nacional ni la Constitución de la
Ciudad de Buenos Aires dicen en forma expresa que la competencia sea
exclusiva. No existe tal propiedad añadida en el propio texto del artículo 38
de la C.N. ni tampoco en el artículo 61 de CCABA u otro. El escenario
montado para la interpretación de la “exclusividad o no” de la competencia
que se garantiza a los partidos políticos, puede ser iluminado por dos fuentes
lumínicas que configuran puestas interpretativas naturalmente distintas.

La cuestión tiene un margen alto de opinabilidad. Puede entenderse


que la competencia es “exclusiva”; así puede argüirse que el artículo 38 no ha
venido más que a reiterar el criterio sustentado desde 1985 por la ley orgánica
de los partidos políticos que, desde nueve años antes a la enmienda
constitucional, venía reconociendo que a los partidos políticos incumbe, en
forma exclusiva, la nominación de candidatos para cargos públicos
electivos.23 Cabe añadir además que el monopolio de las candidaturas por los
23
Ver DROMÍ, Roberto y Eduardo MENEM: La Constitución Reformada, Ciudad Argentina, 1994.
13

partidos políticos cuenta con doctrina judicial respaldatoria de la Corte,


pronunciada en 1987, y actualmente inmodificada.24 Como esta postura
interpretativa no puede hacer pie específicamente en el artículo 2 de la ley
23.298 – repito, que sí establece la exclusividad– sino sólo en el artículo 38 de
la C.N. tendrá que afrontar una enorme escollo difícil de sortear. En efecto, el
cuerpo electoral de la República está constituido por millones de ciudadanos
que reúnen, al menos en potencia, los requisitos para ser diputado o
presidente, gozando con idéntico derecho electoral pasivo a ser elegido,
motivo por el cual cualquiera de ellos se encontraría en condiciones de
postularse. O sea, según esta opción interpretativa, la reforma constitucional
incorporó un nuevo requisito de elegibilidad. Ya no bastan la edad, la
idoneidad, la residencia o ser natural de la provincia que lo elija, ahora la
candidatura debe ser nominada por un partido. Francamente, más allá de la
opinabilidad o no de reconocer la exclusividad o monopolio partidario, para
justificar esta postura debe reducirse al Derecho Constitucional a solamente lo
que muestra como posible la realidad política, significado que pone de
manifiesto su renuncia a su fuerza normativa. ¿Por qué? Porque el intérprete,
al comprender el significado de una proposición normativa, debe tener en
consideración que el resultado de su tarea debe gozar, para que ella misma sea
susceptible de ser reputada como una estructura argumental correcta, de
aceptabilidad explicativa para el pasado y cierta aceptabilidad predictiva para
el futuro. El intérprete constitucional puede hacer muchas cosas, pero para
confiar la aceptabilidad de su estructura argumental, so pena de desacierto, lo
que no debe hacer es agregar o distinguir propiedades donde la propia
configuración constitucional ni adiciona ni distingue, y aquí, con este
ejemplo, se está distinguiendo una propiedad –la exclusividad– donde el
propio texto ni lo dice ni implanta en forma expresa.

El quid de esta clase de candidaturas transita este camino. La regla


incorporada por la enmienda constitucional en 1994 y por el poder
constituyente porteño en 1996, en sus artículos 38 y 61 de sus textos
constitucionales respectivos, “no ha prohibido ni autorizado” la existencia de
candidaturas independientes. Decidiendo la interpretación en el ámbito
constitucional, el pueblo (el representado) puede elegir a sus representantes
por medio de partidos políticos o candidaturas independientes; aunque, desde
luego, mientras siga existiendo la configuración infraconstitucional –cfr. art.
2º de la ley 23.298–, estas últimas categorías de nominaciones entran
solamente en el marco de la mera hipótesis. Digo además que la impronta
constitucional no traduce una prohibición para que la nominación electiva
pueda ser ofertada por candidatos independientes, sin sujeción a partido
político alguno, porque ningún comportamiento puede ser considerado
limitado en el Estado constitucional cuando no exista una restricción o
prohibición que así haya decidido de antemano disponerlo. Este es el sentido

24
Fallos CSJN: 310: 819.
14

de la libertad constitucional y no otro: el ciudadano debe obedecer dentro de


un orden jurídico, a cuya configuración participó en forma nimia pero
participación al fin, quedando obligado a cumplir con las prohibiciones
impuestas. No hay prohibiciones en las reglas constitucionales examinadas
pero tampoco, y aplicando el mismo criterio, hay autorizaciones respecto de
cuya existencia quepa predicar. Es obvio que el grado de importancia que
tienen los partidos políticos no es igual para el constituyente comparado con
el de las candidaturas independientes. Por eso hay reconocimiento de la
competencia para unos –los partidos políticos– y silencio para otros
–candidatos independientes–. Pareciera que en materia de exclusividad de las
candidaturas, el poder constituyente que enmendó la Constitución en 1994 fue
bien lejos en cuanto a la elección de senadores, implantándola con todas las
letras y señales, evitando tanto recorrido respecto de la nominación para otros
cargos electivos.25

Naturalmente, nada impide que una ley del Congreso derogue la actual
exclusividad implantada por el art. 2º de la ley 23.928, autorizando mediante
una nueva configuración legal infraconstitucional la procedencia y pertinencia
de esta forma de participación política que comportan las candidaturas
independientes. Sin un nuevo cuadro legal, no hay autorización factible de ser
admitida.

No hay dudas de que el orden constitucional dispuesto prefiere que los


partidos políticos sean los que nominen candidatos, pero la puerta está abierta,
siendo el Congreso el órgano responsable de reglamentar el punto.26

En el orden jurídico de la Ciudad de Buenos Aires, pese a que la


Constitución porteña emplee el posesivo “su” competencia, quizá
enfatizándola, entiendo que cabe asociar la misma interpretación; por
supuesto, la Legislatura puede prever un nuevo marco legal, sancionando un
régimen local de partidos políticos, tal como prevé el artículo 82, inciso 2º, de
la CCABA. Del universo de proyectos presentados para llevar una nueva
ingeniería electoral y de partidos políticos en la Ciudad, solamente cuatro
iniciativas contemplan la posibilidad de habilitar las candidaturas
independientes, aunque uno de ellos no es de reforma legal sino
constitucional. En el renglón del Derecho federal hay una iniciativa legal
bastante avanzada.27

25
Cfr. JIMÉNEZ, Eduardo Pablo: Derecho Constitucional Argentino, Ediar, Buenos Aires, 2001, tomo II, p. 339.
26
Cfr. BIDART CAMPOS, Germán J.: op. cit., p. 278; ALICE, Beatriz, op. cit., p. 1179; ROSATTI, Horacio Daniel, p.
58, en la obra colectiva La Reforma de la Constitución, Rubinzal Culzoni, Santa Fe, 1994, y su contribución
“Derechos Electorales”.
27
Ver (i) Expediente número, impulsado por el Jefe de Gobierno, artículo 5º: ... 3º) “se reconoce el derecho de
postulación de candidaturas a los candidatos independientes con arreglo a lo dispuesto en la presente [en rigor
de verdad, proyecto] ley, quienes sólo podrán presentar su candidatura solamente en una determinada sección
electoral” de las 16 en que se propone dividir el distrito porteño. Además, el artículo 9º agrega que para ser
candidato independiente se requiere poseer dos años de residencia en la Sección Electoral en la cual se postulen
y presentar la adhesión de un número de electores empadronados que, como mínimo, será equivalente al cuatro
15

En la sección siguiente persigo construir justificaciones para la


admisión o no de las candidaturas independientes.

IV. OBSERVACIONES EN TORNO A LAS CANDIDATURAS


INDEPENDIENTES

1. Generalidades

La finalidad aquí no puede desprenderse de consideraciones generales


sobre el significado de la representación política y su inserción en la Ley
Fundamental.

En octubre de 2001 hubo en la Argentina, a escala federal, elecciones


de renovación legislativa. Estando vigente la prohibición del artículo 2º de la
ley 23.298, no hubo candidaturas independientes habilitadas para participar
del proceso electoral; sus resultados muestran que de cada diez electores en
condiciones de ejercer su derecho electoral, poco más de cinco optaron por
direccionar su opción positivamente en favor de cada una de las ofertas
respectivas presentadas por cada uno de los partidos políticos. El resto del
cuerpo electoral, es decir cerca del 45%, o no fue a votar por razones de edad,
distancia o enfermedad, o yendo a sufragar los individuos lo hicieron votando
en blanco o ejerciendo de tal modo su derecho que, de antemano, sabían que
su voto sería anulado.

(4) por mil del total de los inscriptos en el Registro Electoral correspondiente a su Sección Electoral, no
pudiendo dicho número ser inferior a 800 electores empadronados. Dichos electores no deberán encontrarse
afiliados a otros partidos distritales o vecinales con personería jurídico política reconocida o ser avalistas de
otras candidaturas uninominales oficializadas.
(ii) El proyecto de la Diputada Colombo propone: Artículo 4º: Para los cargos mencionados en el artículo 2°
–zonas electorales, 36 cargos, para el resto, la Ciudad, será considerada como un distrito único, elegirá 24
diputados, empleándose para ello el sistema de representación proporcional definido en el artículo 161 del
Código Electoral Nacional– serán admitidas, además de las candidaturas presentadas por los partidos políticos
reconocidos, las presentadas por ciudadanos independientes. Artículo 5º: Para que las candidaturas
independientes sean admitidas, los únicos requisitos son presentar del Programa de Acción Legislativa
mencionado en el artículo 10° y contar con el aval de un número de electores de la Zona Electoral en la que el
candidato se presenta, equivalente al dos por mil del padrón de la misma. Artículo 10º: Las agrupaciones
políticas participantes y los candidatos independientes deberán presentar un Programa de Acción Legislativa
donde figuren sus propuestas legislativas. Los candidatos presentados por partidos políticos deberán asumir
como propio el Programa de Acción Legislativa de su partido o alianza electoral.
(iii) También hay una propuesta de la diputada Yelicic.
(iv) El diputado Jorge Argüello, en su propuesta de reforma constitucional, plantea modificar el actual art. 62
de la CCABA: “Cualquier ciudadano avalado por un mínimo de 500 vecinos de nuestra Ciudad, podrá
postularse para ejercer los puestos electivos establecidos en la presente sin otros requisitos ni impedimentos que
aquellos establecidos en razón del cargo al que se postule”. Ver artículo 2º de su propuesta de enmienda
constitucional, expediente 1701/2002.
(v) En la órbita del Congreso Nacional, contaría con un importante grado de avance en el tratamiento
parlamentario un proyecto del diputado Juan M. Urtubey, modificando el artículo 2º de la ley 23.298, el que se
lo sustiuiría por el siguiente texto: “Autorízase la participación de candidaturas independientes, para todos los
cargos nacionales. Los candidatos independientes deberán cumplir, en lo que sea pertinente, las disposiciones
aplicables a dichas candidaturas”, según están establecidas en la misma ley, derogándose además el inciso c)
del artículo 50 del mismo cuerpo legal.
16

El análisis de los porcentajes puede ser visto en dos sentidos. Una


primera lectura sugiere que concurra más de la mitad del cuerpo electoral a
sufragar emitiendo un voto que sea considerado como válidamente afirmativo
no debería asombrar a nadie. Comparados los datos con los existentes en las
democracias constitucionales estables del planeta, se evidencia que no hay
significativas diferencias en las magnitudes. En cambio, la segunda
perspectiva sí es fuente de preocupación. En la Argentina, el voto es
obligatorio, radical diferencia con los sistemas políticos mencionados en el
párrafo anterior, donde es habitual que el voto sea una opción facultativa del
ciudadano. Por lo pronto, entonces, es en este contexto donde debe ser
considerado el déficit de representación de los partidos políticos.

Desde el derrumbe del gobierno constitucional encabezado por


Fernando de la Rúa, en vastos sectores de la sociedad hay un grito de batalla:
“Que se vayan todos”. Supongamos, racionalmente, que el trasfondo del
pedido no es la utopía anárquica ni la expresión [política] de la antipolítica.
¿Cuál es el telón de fondo? ¿Se esta significando, tan siquiera en sentido
débil, que el altar de la autodeterminación política –vía representación
institucional, desde luego– consiste en la habilitación de las candidaturas
independientes para ocupar cargos electivos?

Acudiendo a la fuente lexicográfica, el representante es quien presenta


de nuevo y por añadidura hace presente algo, o es alguien que hace algo
respecto de quien, a la vez, no está presente. Desde esta óptica, el significado
del término “representante”, que es quien cumple o debería cumplir con la
representación, puede orientarse en tres sentidos: (a) con la idea de
mandatario; (b) con la idea de semejanza o similitud del representante con el
representado; o (c) con la idea de responsabilidad.28 Aún a riesgo de parecer
no del todo exacto, sostengo que la “representación” formalizada tanto en la
Constitución federal como en la porteña, traduce en diferentes magnitudes la
relación recíproca entre mandato, semejanza, responsabilidad, aspectos que
respectivamente van mostrando otros tantos rostros de la representación
institucional, de la representación sociológica y de la representación política.

Dentro de la trilogía señalada, la representación institucional siempre


existe en la misma medida: el pueblo no delibera ni gobierna sino por medio
de sus representantes y autoridades creados por la Constitución, establece con
firmeza el artículo 22 de la C.N. y renglones antes, el artículo 5 viene
ordenándole a cada una de las provincias dictar para sí una Constitución bajo
el sistema representativo republicano, una de las condiciones exigidas para
sumarse a la garantía federal de las instituciones locales. Todo esto, prologado
por el “Preámbulo” –“Nos los representantes [...]”– y encabezado por el
artículo 1, que abre el compendio de las reglas de juego constitucionales: “La

28
Cfr. SARTORI, Giovanni: op. cit., p. 225.
17

Nación argentina adopta para su gobierno la forma representativa republicana


[...]”.

Cabe añadirse que la arquitectura constitucional porteña contiene un


regla constitucional que constituye un salto cualitativo para el desarrollo de la
representación/institución. El artículo 67 de la CCABA prevé la posibilidad
de la revocatoria de mandatos de funcionarios públicos electivos, fundándose
en causas atinentes a su desempeño. Si bien el lenguaje constitucional de
ninguna forma permite a la petición [revocatoria de mandatos] darle la
naturaleza del mandato imperativo –donde el representante es meramente un
portavoz del representado, con lo cual su mandato sería limitado y revocable
ad nutum–, no deja de impresionar que aunque el representante no actúe en
nombre de los representantes sino que está “instituido” por comicio popular
con tal, esta regla limita de alguna forma su capacidad discrecional para
interpretar los intereses del cuerpo electoral. Los poderes del representante, en
el ámbito de aplicación del Derecho de la Ciudad de Buenos Aires, tienen una
connotación distinta que, sin llegar naturalmente y bajo ningún punto de vista
a comprender que el representante pudiere ser un mensajero de los
representados, su fiducia o confianza por parte de los electores tiene una
coloratura que acentúa muy razonablemente el derecho de participación
ciudadana.29

Al filo de la duda, me animo a decir que muy distintos son los ámbitos
de comprensión en que se desarrollan la representación sociológica y la
representación política; traduciendo este distingo, la representación
sociológica hace a la existencia de semejanzas entre representantes y
representados, dando la nota peculiar de representatividad; la representación
política hace a la existencia de responsabilidad en el manejo de los quehaceres
públicos puesto en cabeza del representante, donde la nota de eficacia en la
prestación es la nota sobresaliente de la significación del término.
Obviamente, el par puede y debe ser relacionado.

¿Un gobierno representativo es un gobierno que tiene


representatividad, es decir, donde acentuadamente el representante
personifica características esenciales del grupo social al que pertenece o
debería pertenecer?¿ O un gobierno representativo es más bien el que hace
una ordenación responsable de la cosa pública, donde el titular de la
relación tiene la expectativa de recibir un nivel racional de prestaciones
como resultado de la tarea del representante?

El juego de representación-representatividad traduce con firmeza la


idea de que nos sentimos representados por quien tiene nuestra igual o
parecida matriz de extracción política; el juego de representación-
responsabilidad tiene dos aristas: por un lado, la responsabilidad hacia
29
El instituto fue reglamentado por la ley N° 357, publicada en el BOCBA N° 942 del 15/05/2000.
18

alguien, pudiendo ser visto como la obligación del representado de responder


al titular de la relación; por otro, la responsabilidad funcional o técnica, o sea,
la expectiva de obtener un nivel racionalmente adecuado por parte o como
parte de la tarea representativa gubernativa de quien/es eso son nuestros
representantes.30

La combinación del par representatividad-responsabilidad -dentro del


contexto del término "representación" puede dar lugar, y de hecho así sucede
frecuentemente, a diferentes escenarios. Así, una representación donde
prevalentemente se haya puesto el énfasis en la representatividad, gozará de la
posibilidad de contar con importantes semejanzas respecto del cuerpo
electoral, pero, precisamente, esa misma representatividad, importante para
recibir las demandas sociales, puede transformar a tal sensibilidad a la hora de
gestionar una decisión un muy serio obstáculo a su eficacia. ¿El ejemplo?
Piénsese en una Asamblea Legislativa compuesta por una enorme cantidad de
expresiones políticas partidarias, cuya nota paradigmática sea la imposibilidad
de generar no ya decisiones concertadas, sino –antes más bien– ambientes y
climas propicios para deliberar y tomarlas. En estos casos, las asambleas
legislativas son una fotografía de la composición social, pero no hay
funcionamiento eficiente.

Así y todo, no obstante, lo de “representación-representatividad” tiene


que ser tomado con pinzas, si es que en ella se cree poder asentar cierta
posibilidad de establecer o de que se establezca cierta semejanza sociológica
entre el que representa y lo que se representa.

Computada la totalidad de la población, en EE.UU. hay un diputado


cada 634.000 habitantes y en Alemania, uno cada 122.870. En Francia la
escala es 1: 102.080, en Italia 1: 90.952; y en España hay aproximadamente
un diputado cada 113.143 habitantes. La escala no es diferente en la
Argentina: un diputado nacional cada 142.412 habitantes.31 Y siguiendo la
misma línea en la Ciudad de Buenos Aires, la escala muestra que hay un
diputado cada 50.000 habitantes aproximadamente. Pese a que, en rigor de
verdad, los datos deberían ser compulsados sobre el total del padrón de
electores y no sobre la totalidad de habitantes, de ninguno de los casos citados
puede presumirse que la relación cuerpo electoral/totalidad de población
indique que el primero sea inferior al 50% del segundo. La representación, tal
como aquí es insinuada, es un fenómeno de la modernidad jurídica nacida o
templada en la fragua del constitucionalismo de fines del siglo XVIII –donde la
relación básica supuso una vinculación de “semejantes a una persona”–, ni
aún reduciendo a mitades las cifras citadas, nadie en su sano juicio podría
creerse representado [en el sentido de semejanza] en la geografía que
muestran estas magnitudes. Es tal la distorsión que es razonable preguntarse
30
Cfr. SARTORI, Giovanni: op. cit., pc.
31
Cfr. Clarín, 14/1/2002, fuente Fundación Argentina Siglo XXI.
19

en qué sentido esta representación-representatividad guarda el criterio de


semejanza.

Por su parte, una representación responsable pondrá el acento en el


funcionamiento del gobierno, fortaleciendo las posibilidades que maximicen
la eficacia, aunque pueda quedar en zona penumbrosa la función de reflejar
dado que no es capaz de proveer en este sentido el mosaico de respuestas que
sí es capaz de reflejar la representación cuando enfatiza el campo de la
representatividad.

Una ingeniería constitucional democrática sólo es posible con una


representación [institución] donde la elección popular –en la que a los
representados debe garantizárseles en la más amplia medida su libertad de
opinar y decidir– marca en forma significativa la participación ciudadana en
la configuración del orden al que estará dispuesta a quedar sujeta. No ocurre
lo mismo con la representatividad y la responsabilidad. Los métodos para la
agregación de las preferencias individuales existentes en una sociedad a
menudo conflictivas entre sí, empleados con el fin de llegar a una elección
colectiva que estipule un curso de acción para todos32, es decir, los sistemas
electorales, sitúan y proporcionan distintas respuestas, ora dando preferencia a
uno de los términos, ora al otro, sin perderse de vista que en el mundo la
variedad de métodos electorales es enorme.

Los sistemas electorales suelen estar contenidos en los contratos


políticos originarios; son el instrumento más fácil y/o útil de manipular. Tanto
cuando están incluidos en el la letra de la Ley Fundamental, como cuando no
lo están los sistemas electorales, no sólo configuran el sistema de partidos
sino que además fijan, en rigor, las notas básicas y peculiares de la
representación.33 Sería erróneo inferir de los planteos antecedentes que la
representación responsable pertenece a la familia o es consecuencia del
empleo de métodos de representación mayoritario. No debe ser ese el
significado. Intento plantear, por el contrario, que aunque la literatura se
preocupe en forma sustantiva de la representatividad, parece que el tema de
nuestro tiempo social y político requiere, en forma preferente, respuestas
gubernativas responsables. Y esto sí que es una opción.

2. Argumentos a favor

En clave jurídico constitucional, no tiene sentido distraerse respecto de


la factibilidad de la candidaturas independientes; si hay ley que con razón
reglamente el punto, estarán habilitadas.
32
Cfr. MARTINO, Antonio: Sistemas Electorales, Advocatus, Córdoba, 1999, p. 17.
33
Cfr. SARTORI, Giovanni: Ingeniería Constitucional Comparada, Fondo de Cultura Económica, México, 1996,
p. 10.
20

Desde el punto de vista de la participación ciudadana, cercenarle a una


persona individual su derecho a participar en la gestación y dirección de la
política estatal puede parecer, insalvablemente reñido con la igualdad de
oportunidades, disposición que goza tanto de jerarquía como raíz
constitucional. Carece absolutamente de sentido intentar predecir que una
propuesta política, por provenir de un candidato independiente, no sería
poseedora de la solvencia o rigurosidad necesaria para aplicar a los asuntos
estatales. La erudición y factibilidad de una o todas las propuestas para
direccionar el Estado, en primer lugar tienen que ver con que sean
políticamente constitucionales. Respetada esta garantía universal del derecho
de la Constitución, todas las propuestas merecen ser debatidas.

Una sociedad abierta y democrática no debería confinar a nadie.


Cuanto más generoso y recepticio sea el régimen jurídico para permitir la
postulación de candidatos, más amplio será el derecho de libertad político del
que se goce en esa comunidad. Puede pensarse que uno de los rasgos
fundamentales de una sociedad bien ordenada es aquel donde cada persona
tenga un derecho igual al sistema más amplio de libertades básicas,
compatible con un sistema similar para todos.34 Dentro de este esquema, la
limitación del derecho de participación política de los candidatos
independientes no aparece como necesariamente justificado.

Por último, la presencia de candidatos independientes puede servir para


aumentar, bien que en forma menguada, la representatividad de la
representación, siempre que de manera orgánica y racional se implemente un
sistema de elección que, asegurando el principio democrático, dé rienda suelta
a estas candidaturas por la vía de la configuración legal.

3. Argumentos en contra

La democracia representativa constitucional es compatible con la


presencia de dirigentes cuya capacidad asegure eficacia y responsabilidad
tanto en la influencia como en la conducción de la actividad ciudadana.35 La
aceptación de las candidaturas independientes, en un sentido débil pero
sentido al fin de cuentas, pareciera reconocer que en una misma sociedad
política hay dos niveles de organización: uno democrático, que viene
asegurado por el régimen jurídico que reglamenta la vida, desarrollo y
extinción de los partidos políticos; el otro, el de las candidaturas
independientes, pareciera ubicado en una zona de excepción. Y precisamente
en este punto cabe discernir si la vida democrática admite o no la presencia de

34
Cfr. RAWLS, John: Teoría de la Justicia, Fondo de Cultura Econonomia, 1993, p. 286.
35
Cfr. VALADÉS, Diego: Problemas Constitucionales del Estado de Derecho, Universidad Nacional Autónoma
de México, México, D.F., 2002,
21

este tipo de zonas. Todo pareciera indicar que, en principio, la ausencia de


equilibrio, vale decir, la presencia de zonas de organización social controladas
por procedimientos democráticos y zonas que carecen por vía de principio
–como puede ser el caso de las candidaturas independientes– de estos
procedimientos –aunque es altamente posible que los cuenten pero no
seguro–, no evidencia la consolidación del funcionamiento democrático, pese
a que no lo niegue. En pocas palabras: por la vía de las candidaturas
independientes puede aumentarse, en progresión aritmética pero con sesgo
geométrico, la decisiva actuación de centros de poder económicos y/o
financieros, cuya actuación e interacción democrática no es, precisamente, un
rasgo de su anatomía.

Debilitando la argumentación a favor de estas nonimaciones


independientes, también puede agregarse que el fundamento de la vida
democrática no es el gobierno de hombres providenciales. Si bien nadie nace
integrando un partido político, la asociación política se presenta como la única
forma de encauzar y direccionar racionalmente la discusión pública. Que los
partidos políticos en la Argentina afronten una muy aguda crisis de
credibilidad pública no debe dejar de suponer que, en la exclusividad de su
intermediación, es decir la atribución para postular candidatos para ocupar
cargos electivos, se encuentra la única expectativa de obtener respuestas
gubernativas responsables.

Cabe añadir que un presidencialismo desquiciado y con un alto filón


autocrático como es el sistema de gobierno que impera en la Argentina, si
eventualmente autorizare las candidaturas independientes, permitiría la
llegada al máximo peldaño del liderazgo constitucional a un individuo que,
por vía de especulación teórica, al no tener compromisos partidarios que lo
ataren, podría creerse capaz con tanta dosis de demagogia como de
irracionalidad de la salvación de nuestros males, que no son pocos.

Si bien es cierto que las candidaturas de independientes pueden llegar a


ampliar el abanico de la representación-representatividad, es precisamente
este carácter el que puede llegar a atomizar el ejercicio del poder.

V. CUADRO DE SITUACIÓN

El balance de las posiciones muestra que el derecho de libertad de


expresión, que se corporiza en estos casos con la posibilidad de habilitar
candidaturas independientes, es necesario hacerlo fluir sin restricciones. Pero
debe hacerse notar que tal actividad no parece razonable ni justificable que se
realice a expensas del orden democrático constitucional que manda,
precisamente, que él pueda desenvolverse con absoluta libertad. La cuestión,
en términos de justificación, acaba siendo si la incidencia que se formaliza
22

por intermedio de la presencia de los partidos políticos hace aumentar o


disminuir la calidad democrática del sistema político. Dar paso a una u otra
justificación, abrirá paso a esta otra: los partidos políticos son instituciones
fundamentales no sólo porque coadyuvan a la formación de la voluntad
popular, sino porque dominan el escenario donde se desarrolla la formación
de la voluntad estatal.

Quiérase o no, el punto pasa por justificar o no si en la democracia


representativa actual, los partidos políticos solamente tienen posibilidad de
agrupar a los electores en grupos capaces de acción política. Según mi punto
de vista, los partidos políticos deben ser instituciones fundamentales para la
vida democrática; en la Argentina, está visto que en el momento actual no lo
son.36 Prohibir solamente con fundamentos políticos no jurídicos las
candidaturas independientes, trae más peligrosos dolores de cabeza que los
que pudiera creerse. Reducir el Derecho Constitucional a reglas difícilmente
ejecutables en la realidad comunitaria, significa abdicar a su necesaria
efectividad. La interpretación constitucional hoy viene indicando que cierto
fragmento ciudadano ve con buenos ojos estas clases de nominaciones,
estando dispuesto a darles su apoyo.

Sin embargo, los candidatos independientes son independientes porque


no tienen ligamen con la lista de partidos; los candidatos independientes no
son independientes de ninguna ideología. Por eso conviene aclarar el punto,
tratando de actualizar el vocabulario empleado. Los partidos políticos
nominan candidatos políticos, los candidatos independientes hacen lo mismo,
porque, sencillamente, su conducta quiere dirigir el gobierno de la polis.

Los candidatos independientes pueden ser vehículo idóneo para


mejorar la representatividad; hoy, el inventario de los problemas argentinos
exige responsabilidad, funcional y técnica. En tales condiciones, y aunque los
partidos políticos nunca han gozado de óptima salud, y sin estar al borde de la
tumba, las observaciones de campo vienen sugiriendo la necesidad de
reexaminar en qué sentido es constitucionalmente justificable, a tono con el
texto federal, llevar adelante una reforma del sistema de nominación de las
candidaturas políticas que, con la finalidad de mejorar la calidad de la
representación, abra nuevos espacios a candidatos presentados por listas
independientes de los partidos políticos; es decir, lo que en el “argot político”
se denomina “candidato independiente”, término que en un sentido tiene una
explicación racional, mientras que en otro es contradictorio. Finalmente; de
hacerse lugar a la posibilidad de que, al reglamentarse legalmente el derecho
electoral pasivo y en consecuencia se reconozca el derecho a presentar
candidaturas independientes para ocupar cargos públicos electivos, no parece
justificable exigir a un ciudadano la recolección de determinado porcentaje de

36
Ver decisión del Tribunal Constitucional Alemán, BverfGE 1, 208 (223 ss. ).
23

avales. Habrá que reconocer el derecho y punto. Desde luego, todo candidato
independiente debería tener con los partidos políticos casi una única
diferencia: la referida a los avales. En el resto, en una sociedad abierta no
puede existir ninguna diferencia: todo candidato independiente debería
presentar (i) sus bases de acción programática, (ii) su plataforma de principios
(iii) y estar dispuesto a mostrar el origen de sus fondos y patrimonio, bienes y
recursos que no prohibiendo la ley esté dispuesto a utilizar para cubrir sus
gastos de financiamiento, todo ello sometido a control judicial, en pie de
igualdad con las obligaciones impuestas a los partidos políticos. Si la
reglamentación legal no exigiere estos últimos requisitos, estaría confiriendo a
un candidato independiente un privilegio inconsistente con la sociedad abierta
que fue, precisamente, la que le permite la libre adopción de sus decisiones de
participación política. Y este no parece un precio que razonablemente deba
pagarse.