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Hijo mío jamás olvidaré las noches y los días,

que pasaba susurrándote,

diciéndote lo importante que ya eras,

y lo amado que serías.

Dibujando tu rostro, soñaba con tus ojos,

tu hermosa sonrisa imaginaba.

Te sentía solo mío, porque te llevaba dentro

no solo de mi cuerpo sino de mi corazón.

Madre, madre, tú me besas,


pero yo te beso más.
Como el agua en los cristales,
caen mis besos en tu faz…
Te he besado tanto, tanto
que de mí cubierta estás
y el enjambre de mis besos
no te deja ni mirar…

El día que naciste,


el mundo se detuvo y solo existíamos tú y yo,
tu mirada abrió la puerta hacia mi interior,
esa puerta que un día cerré y me permitió protegerme del dolor,
que ya tantos habían causado una pena en mi corazón.

Llegaste tú, como una luz que todo iluminó,


impregnaste mi ser, de amor, esperanza y devoción.

Y empecé a creer…
y empecé a soñar que el mundo podría ser mejor.
Madre
Por cada año que me has dado amor,
por cada mes que en tu vientre me diste calor,
por cada día que conmigo estás,
por cada hora de felicidad.
Por regalarme tus hombros para llorar,
por secar mis lágrimas y a mi lado estar,
por quererme tanto y mis heridas sanar,
por todo lo que haces por mí.
Hoy te quiero decir,
más que con palabras, con el corazón,
que eres la razón
por la que estoy aquí.

(Dirigiéndose al público)
Dice un gran poeta,
que los hijos no son nuestros hijos
sino hijos de la vida misma,
y yo me pongo a pensar en esa frase,
y me doy cuenta de la premisa:
aunque hayas nacido de mis entrañas,
eres libre como la brisa,
pero mientras de mi dependas,
te daré mil enseñanzas y te brindaré mil risas.

Como diría el mismo Bécker


Podrá nublarse el sol eternamente;
Podrá secarse en un instante el mar;
Podrá romperse el eje de la tierra
Como un débil cristal.
¡todo sucederá! Podrá la muerte
Cubrirme con su fúnebre crespón;
Pero jamás en mí podrá apagarse
La llama de tu amor.
(Canción Canto a mi madre)

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