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05-05-2009 OK

El tío Enrique

Al llegar de clases ese día, cerca de las trece


horas, noté a Mamá bastante triste, mis hermanitos
por orden de Mámi, estaban ordenadamente almor-
zando, no había chacota como todos los días.
Me lavé las manos rápidamente, y al terminar el
almuerzo, Mamá me informó que el tío Enrique había
fallecido de madrugada.
- Tu Papá quiere que vayas lo antes posible y
ayudes en lo que puedas, tía Liza tiene tres niñitas y
tú serás el hombre mientras llegan los demás tíos.
Sentí la responsabilidad, grande de representar a
mis padres, llegué oportunamente para transformar
el living en sala mortuoria, con el visto bueno de la
tía.
Cuando llegó el personal de la funeraria también
ayude en vestirlo, parecía estar dormido.
Fueron pasando las horas lentamente, las
niñas encerradas en sus dormitorios, las Nanas llorosas
deambulaban por las diversas piezas de la casa,
como para que el patrón, en su despedida, se diera
cuenta que todo estaba ordenado. Todos sabíamos
que en vida era desordenado, de buen carácter,
mejor dicho jovial, tanto así que cuando se celebraban
cumpleaños, de una de las niñas, esperaba que se
retiraran los adultos para repartirnos más torta, solos
en silencio y rápidamente, devorábamos esta segunda
etapa del cumpleaños.
Cerca de las seis de la tarde llegaron las
tías, hermanas de tío Enrique. La tía Liza recibió a
sus cuñadas, y las niñas hicieron lo mismo. Tuve que
hacerme cargo de recibir las coronas, bien provisto
de monedas, para dar de propina a los muchachos
que las portaban.
Tocaron el timbre de la calle, y me apresté
a recibir una corona más, pero me encontré con tres
jovenzuelos de aproximadamente de seis, cuatro y tres
años, me paralogicé, el mas grandecito se adelantó y
me preguntó:
- ¿Aquí vive … don Enrique?
- Si , pero …
Con decisión, el expresó.
- Si, sabemos que murió y yo y mis
hermanos, hemos venido a verlo.
Reparé que los tres tenían las mismas
facciones, de pelo rubio, ojos celestes y caras de
niños muy buenos.
Entramos a la sala mortuoria, tomé al más
chico en brazos y pudo ver al difunto, y después al otro
mas grandecito, el mayor disculpándose no quiso que
lo tomara en brazos.
- Soy ya grande puedo ver a … don
Enrique, sin que me tome en brazos.
Miré a las tías distraídamente, pero en
sus rostros, vi paralojización y signos de lo que yo
había hecho; no les parecía nada de bien, una de
ellas me llamó para que saliera al pasillo.
- Nanito no está bien que niños tan
chicos vengan a un velorio, sal y busca a la persona
que los trajo y se los lleve enseguida, y después le
dices a tu tía lo que ha pasado.
-Tía cuando llegaron salí a la calle y no
vi a nadie por lo demás, me dijeron que vinieron
solos.
- Es tu problema … mira … si son iguales
a …. Enrique cuando era chico ¿ves tú el problema
que se presentará cuando salgan de sus dormitorios
la niñitas? … ellas siempre han tenido a su padre
como un ejemplo … mientras hablaba las lágrimas
afloraron por sus ojos copiosamente..
Las dos trabajadoras de la casa,
observaban desde lejos, sus miradas no me dejaron
muy contento.
- Anda a ver a tu tía y cuéntale lo que ha
pasado.
Salí, en busca de la tía Liza, estaba recos-
tada en su cama, con un fuerte dolor de cabeza, su
tez muy blanca generalmente, ahora era casi transpa-
rente, permanecí en silencio tratando de encontrar
como informarle la presencia de los niños, me iba a
retirar, caminaba lentamente hacia la puerta.
- Nanito ¿pasa algo?
- Si Tía, llegaron unos niñitos a ver al tío
- ¿Cómo son y que edad tienen?
- Son chicos de 6 ,4 y 3 años tal vez, son
ruciecitos y ojitos claros, muy bien arregladitos y muy
caballeritos, las Tías me dijeron que los fuera a
dejar donde ellos vivan.
Hubo un silencio largo, la tía Liza se sentó
en su cama, a mi parecer ella sabía de sus
existencias, me preguntó ¿como llaman a Enrique?
- Sólo don Enrique, no han llorado …
- Bien si ellos están compuestos no
debemos ser menos, por favor Nanito, protégelos.
Que les sirvan onces con emparedados, queques y
tortas, lo que ellos quieran, dile a la Carmen y la
Carmela que los atiendan y t{u no te separes de
ellos, cuídalos por favor.
Hice, lo que la tía había dicho, claro que
las trabajadoras de la casa, manifestaron su oposi-
ción y fueron donde la dueña de casa, a poco
salieron muy disgustadas.
Carmela, la más antigua de ellas le ordenó
a Carmen.
- Tú te encargas del comedor, yo me voy
a mi cocina, se fue refunfuñando (habráse visto cosa
igual, tener que atender a esos chiquillitos, no, no,no
hay derecho, cuando han hecho sufrir tanto a la
señora).
Cuando, los niños mostraron inquietud les
llevé al comedor, teníamos cuatro puesto en la
mesa, cada uno con un trozo de torta, le pregunté a
Carmen que más nos iba a dar.
- Un tesito pues ¿qué más quieren esos
chiquillos?
- Oye ¿que te han hecho esos niñitos tan
chiquititos?
- A mí nada pero a la señora … hum si
son copias del finado.
- No, ellos son inocentes de todo ¿que
diría el Tío?, que te llamaba “la negrita leal y buena
leche ”
- Pero es que … Ud. No sabe cuánto ha
sufrido la patrona … y no me diga nada que tengo
pena, por él que se fue, por mi patrona,por las niñitas
y estos chicos, que se le parecen tanto.

Las primas eran tres, Sonia la mayor muy


retraída y calmada, de casi veinte años, Lina
dinamita, de fuerte personalidad y excelente alumna,
superdotada, es blanca y pelo negro, igual que la
mayor y la tía, Lety la menor como de catorce años, de
carácter muy parecida a su padre de pelo rubio y ojos
celestes.
Cuando Carmen trajo las tasas con choco-
late, Carmela apareció en la puerta, ya no tenían cara
de animosidad y en sus miradas había ternura, tanto
así, que ayuda a los mas pequeños a servirse la
torta.
En la sala de estar vecina al dormitorio ma-
trimonial, escuché voces airadas, la voz de la tía se
impuso, casi en el acto apareció Lety que con un
“hola” se a cercó a los niños, sentándose a la mesa,
presentándose dijo soy Lety y Uds … ¿como se
llaman? máma, Carmela ¿y a mi no me vas a dar
onces? Y entabló conversación con los niños.
Sonia, miraba a través de la puerta ventana,
a los niños, sus ojos demostraban emoción y ternura,
en tanto Lina era contenida por la máma Carmela,
pues quería echar a los niños, por fortuna llegó Martín
su marido, que la escuchó, se zafó de la máma Car-
mela pero fue tomada por su marido que después
de haberla zamarreado, la llevó al dormitorio.
Quedé atento por si ella aparecía, era
muy apasionada de hecho ello aconteció, ya se le
veía calmada, llorosa, avanzó lentamente hasta sentarse
entre los menores, sin decir nada sólo lloraba, el
menor de los niños, le hizo cariño en la cara y
preguntó
- ¿Por qué lloras?
- ¡Porque se murió mi Papá!
- No tengas pena, él se fue al cielo, tu
Papá, también era mi Papá.
Lina lo miró con sus grandes ojos negros
y abrazó al pequeño por mucho rato.
Salí del comedor pues la repuesta del niño
a la prima me llegó al alma. En el corredor ví que
tía Liza que miraba por la ventana al comedor, casi
inmutable, tal vez pensaba “que mala suerte no haber
podido darle a su marido un niño, que él tanto ansiaba”
Al llegar las 9 de la noche de esa prima-
vera, propuse ir a dejar a los niños, hubo acuerdo,
pero Papá decidió ir él a dejar a los pequeños.
Al funeral en el cementerio asistieron todos
los parientes, más de algunas damas inspeccionaron
los alrededores, en busca de alguien no conocido
que estuviera allí. Al retirarnos después, de
acompañar a los tíos que se quedaron a recibir el
pésame de los asistente, con Papá salimos en
búsqueda de movilización, nos detuvieron algunos
asistentes al funeral que no les habíamos
saludado, la conversación era para largo, cuando un
trabajador del tío saludó.
- Perdonen jefes creo que llegué atrasa-
do, le traje estas flores de mi casa … y me hubiera
gustado dejárselas a don Enrique en su tumba, pero
no sé donde es, aparte que como no sé leer, me va
costar encontrarla, si alguien me pudiera endilgar, lo
agradecería.
Papá, agradeció las condolencias ofrecidas
por el trabajador y me pidió que lo acompañara.
Casi al llegar a la calle donde está la
sepultura, el maestro me dijo:
- Debe, ser allí donde está la otra señora
con los niños ¡si gusta déjeme aquí nomás!
Así lo hice, y luego tomé otra calle pasé
cerca del grupo al que el maestro se había incorpo-
rado, los niños vestían trajes de pantalón y chaque-
ta, como hombres grandes y en sus brazos izquierdo
una huincha negra, en señal de luto como se usaba
en esa época. La dama era más bien alta, pelo
castaño claro, que casi no se ví sus facciones, pues
llevaba un velo, que cubría casi completamente su
cara. Me alejé para no ser indiscreto, en el momento
que los pequeños depositaban un clavel cada uno en
la tumba.
Nunca, más vi a los niños, pero sabía que
Papá puntualmente iba a dejarles una mesada, acción
que Mamá respaldaba.
Los viejitos, conversaban hasta tarde en
su pieza, que por costumbre de la casa nunca se
cerraban las puerta de las pieza, así pude escuchar
a Papá decir como queja y con tristeza “que error mas
grande de Enrique, no haber reconocido a los niños”,

05-07-2009