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TLACATILIZTONALLI “ENERGÍA DE NACIMIENTO”

Referentes para su esclarecimiento


T lacatzin Stivalet Co rral
martes 16 de Septiembre de 2003
Nuestros abuelos de la antigua Anáhuac desarrollaron, a lo largo de cerca de 35,000 años, una civilización muy
vigorosa, caracterizada primordialmente por una conciencia cósmica plena. Este alto nivel de civilización pervive dentro
de cada una de nuestras lenguas autóctonas; lo cual se puede constatar haciendo los respectivos estudios semánticos y
filológicos. Cabe señalar que la pervivencia de nuestra civilización propia se conserva entre los hablantes monolíngües: pero no
entre los bilíngües.

Antes de entrar en materia, conviene señalar que en el presente documento la palabra «civilización» se entiende como ‘toma
activa de conciencia colectiva que llevan a cabo los adultos de un pueblo de su propio espacio y de su propio tiempo que
inspira en cada integrante la realización de acciones placenteras que contribuyen tanto al bienestar personal de cada
uno cuanto a la pervivenvia del género humano’. Este concepto implica que cada generación se renueve, que descubra su
sabiduría.

Es muy importante aquí tener claridad respecto a la diferencia entre conocimiento y sabiduría, el «conocimiento» es
‘información sobre la realidad que llega a cada uno procedente de otros’ y la «sabiduría» es la ‘habilidad de adquirir y
poseer información dinámica sobre la realidad por medio de una consciente interacción personal con el propio entorno’.
Cuando en un pueblo existe «civilización», cada generación desarrolla «sabiduría», la cual es «conocimiento» para las
generaciones siguientes.

Esto es lo que va convirtiéndose en «cultura», entendida esta palabra como ‘saber y hacer propio de una persona y de
un grupo humano que da identidad colectiva en lo social, en lo político, en lo económico, en lo familiar y en lo
educativo’. Así resulta claro que nuestra «cultura» autóctona nos da identidad colectiva a quienes abrevamos en nuestro
«conocimiento» propio, cuando una generación cumple con la tarea de crear «sabiduría», la «civilización» de un pueblo
es vigorosa, es permanente.

Se puede decir que muchas generaciones de nuestro pasado autóctono sí cumplieron con su tarea. Así, nuestra civilización
propia acuñó muchos conceptos que sirvieron de base para un vivir cotidiano en creciente armonía con lo que nos rodea, no
únicamente con lo que los europeos llaman naturaleza sino con todo lo que rodea a nuestro planeta: el Universo entero. Como
algunos otros pueblos antiguos, los anahuacas evolucionaron hacia un vivir cada vez más pleno para cada uno de sus
miembros.

Este proceso de civilización fue configurando naciones autónomas, cada una centrada en la lengua hablada por su gente, aunque
todas evolucionando hacia una mayor plenitud individual. Esta evolución natural fue abruptamente interrumpida por la
invasión española encabezada por Hernán Cortés. Los españoles no estaban capacitados para comprender una
«civilización» tan avanzada como la que encontraron en la antigua Anáhuac y han tratado desesperadamente de acabar
con ella.

Esta actitud propia de un pueblo bárbaro tiene explicación. Al estudiar la historia de los españoles, se encuentra que los
habitantes iniciales del territorio actualmente llamado España fueron los celtas en el norte y los íberos en el sur. De ambos
grupos no queda más recuerdo que algunas cuantas palabras atribuibles a las lenguas que hablaron. Esta pérdida de la identidad
original se explica por las sucesivas invasiones que, a lo largo de 2,500 años, sufrieron los habitantes de la península ibérica.
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Fueron sometidos sucesivamente por los fenicios, por los griegos, por los cartagineses, por los romanos, por los visigodos y por
los árabes: 2,500 años en total. El 1 de enero de 1492 de la cuenta europea llamada juliana, al ganar la batalla de Granada, los
ya españoles terminaron 2,500 años de servidumbre, de influencias ajenas. En ese momento comenzaron ellos el mismo proceso
civilizatorio de identidad que en nuestro territorio había sido iniciado 34,500 años antes.

Lo que existía en España en el momento de su liberación era «barbarie» entendida aquí como una ‘modalidad errónea
de percibir el propio espacio y el propio tiempo que incita a un individuo o a un grupo humano a realizar acciones que
siempre causan sufrimiento propio y ajeno, intransigencia, violencia, despojo, destrucción y muerte’. Esta errónea
modalidad de percibir la realidad se generó primeramente en Sumeria, en la Mesopotamia que actualmente tiene el nombre
oficial de Irak.

Los sumerios consideraron como referente sólo la mitad de la realidad. En efecto, ellos tomaron en cuenta tan sólo el «espacio»,
es decir, el ‘lugar libre de materia y energía pero susceptible de ser ocupado por ambos’. No tomaron en cuenta al «tiempo», que
es el ‘fenómeno inherente a la materia y la energía perceptible únicamente por la secuencia de cambios que deja’. Al espacio
infinito le dieron diferentes nombres: Kosmos, Caos, Parabrahmah, Isis, et cetera.

El «tiempo» no fue considerado por ellos en sus reflexiones filosóficas esenciales. Aunque los sumerios desaparecieron como
pueblo hace muchos milenios; pero, a través de sus lenguas, legaron a los pueblos indoiranioeuropeos esta errónea percepción
de la realidad. Es por esto que los sucesivos pueblos que invadieron la península ibérica legaron a los pueblos allí asentados
dicha «barbarie». Por eso, al liberarse del dominio militar de los invasores y conquistadores, los españoles no poseían
«civilización».

Además, cuando llegaron a la antigua Anáhuac, los españoles eran apenas un pueblo en gestación: sin identidad propia. Por
esto, al imponerse el gobierno colonial, con la llamada Nueva España, implantaron esa no identidad a los pueblos
anahuacas. Aunque el gobierno español directo duró únicamente de 1521 a 1821, es indudable que nuestro presente vivir en lo
que se llama Estados Unidos Mexicanos es prácticamente el mismo vivir de los novohispanos de hace unos doscientos o
trescientos años.

La mayoría de los “mexicanos” ostenta a diario una absoluta “no identidad”: busca parecerse a los pueblos «bárbaros»
actuales: estadounidenses, españoles, franceses, japoneses, en fin, busca siempre una identidad ajena. Muchos millones
mexicanos han emigrado a Estados Unidos en busca de trabajo, no pocos ya tienen la doble nacionalidad. Afortunadamente, un
número creciente de mexicanos siente necesidad de identificarse con lo propio: en particular los jóvenes y niños.

No obstante, después de cerca de 500 años de iniciada la invasión española, resulta muy dificil encontrar nuestra
verdadera identidad ancestral; ya que ha sido sistemáticamente destruida por los invasores, especialmente por los
religiosos católicos apostólicos romanos. Lo más dañino fue que a nuestros abuelos anahuacas se les impuso un nombre
europeo, perteneciente originalmente a un famoso católico apostólico romano, de los que llaman santos.

Desde el momento mismo de iniciada la invasión, los nombres anahuacas fueron paulatinamente hechos a un lado, con
esto se nos fue haciendo perder nuestra identidad nacional, para hacernos vivir una identidad extraña, ajena, artificial,

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incomprensible. Hasta el presente, el vivir de los mexicanos sigue girando alrededor del calendario del “papa” Gregorio XIII,
en donde cada día se festejan innumerables “santos” y “santas” de la religión católica apostólica romana: que mantienen la “no
identidad” de los mexicanos.

El calendario de los antiguos anahuacas es desconocido por la casi totalidad de los actuales mexicanos, el tiempo de México es
el tiempo de los españoles, es decir, vivimos como si nuestro territorio nacional estuviese ubicado en la península ibérica.
Vivimos una situación ambigua, no comprendemos la identidad española, pero tampoco conocemos nuestra identidad
propia. Existe un conflicto profundo entre nuestro espacio, Anáhuac, y “nuestro” tiempo oficial: el calendario europeo llamado
gregoriano.

De acuerdo al concepto anotado al principio, en las condiciones actuales de nuestra patria no es posible que exista
«civilización», el tiempo oficial mexicano no pertenece a nuestra propia civilización: es ajeno, es extranjero, es extraño a
nuestra ideosincracia, es un injerto implantado por la fuerza de los arcabuces. Para que vuelva a existir «civilización» en
nuestro territorio nacional es imprescindible vivir de acuerdo a nuestro tiempo autóctono: el que está registrado en la Huei
Cuauhxiccalli ‘gran jícara del águila’, conocida como “Piedra de los Soles” o “Calendario Azteca”.

Es imprescindible que cada uno de los actuales mexicanos conozca, comprenda y viva cada día el tiempo anahuaca: el
tolteca, el maya, el totonaca, el zapoteca, et cetera. Unicamente existiendo nuevamente la armonía entre nuestro espacio propio,
Anáhuac, y nuestro tiempo propio, nuestras cuentas autóctonas del tiempo, es que podremos aspirar a esa necesaria “toma activa
de conciencia del propio espacio y del propio tiempo” que nos hará vivir de manera civilizada.

La “toma activa de conciencia” no es para siempre, sino para cada nuevo día. Cada nuevo día es eso, nuevo. Nuestras cuentas
autóctonas del tiempo así lo consideran. Nos explicitan el juego retornante de las energías presentes durante cada ciclo noche
día, un ilhuitl ‘retorno’. Cada uno tiene que armonizar estas energías del entorno con nuestra propia energía natal. De la
misma forma en que quien pilotea un velero tiene que posicionar las velas de acuerdo al viento y a la dirección en que
quiere navegar.

En la antigua Anáhuac esta habilidad se adquiría en los telpochcalli ‘casa de mancebo’ y en los calmecac ‘lugar de iniciado’.
Cada niño ingresaba conociendo su energía de nacimiento, habiendo recibido al nacer un nombre acorde con su energía
natal. Los maestros guiaban a los niños y jóvenes de acuerdo a la energía natal de cada uno, a su manera de ser, a su
propia «verdad esencial». La educación consistía en que cada niño aprendiera a manejar su propia «energía natal» en la
realidad presente cada nuevo día.

Esto fue lo que interrumpieron los invasores españoles. Al imponer como única enseñanza el conocimiento de la religión
católica apostólica romana, se mutiló a cada niño, se le impidió vivir de acuerdo a su propia manera de ser: la de su
«energía natal». Hasta el presente seguimos en las mismas. Por esto mismo los mexicanos del presente seguimos sin saber
quiénes somos, qué queremos, cómo unirnos, cómo construir un futuro honroso para nuestros nietos.

En el momento de la independencia, al surgir el llamado México independiente, la situación educativa no cambió. En el


momento en que se separó a los sacerdotes católicos apostólicos romanos de la enseñanza oficial el cambio fue de apariencia,

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mas no de esencia. No se recuperó la educación autóctona. Se siguió con la misma técnica surgida en la llamada Edad
Media europea: la repetición servil de la palabra del maestro. Esta forma de enseñanza es mutilante, castrante,
manipulante, sometiente, et cetera.

El cambio, en consecuencia, no puede provenir del sistema educativo nacional. Si hemos de civilizarnos tendrá que ser,
ineludiblemente, por el esfuerzo que cada uno lleve a cabo, tiene que ser consecuencia de la perseverancia de quienes deseamos
una patria vigorosa, unida, abundosa, feliz y armoniosa. El trabajo tiene que ser diario: cada uno debe vivir cada nuevo día
de acuerdo a nuestra cuenta autóctona del tiempo. De este esfuerzo individual surgirá la civilización que tanta falta nos
hace.

No obstante la muy discutible realidad nacional del presente, en la actualidad, algunos mexicanos ya hemos logrado tener un
nombre anahuaca y unos cuantos ya, incluso, lo registramos en nuestra acta de nacimiento. Aunque existe aún mucho trabajo
por realizar, algunos investigadores de nuestro pasado propio han encontrado ya, en códices y en la tradición oral,
información suficiente como para que cada uno de nosotros pueda recuperar su nombre autóctono.

Con esta posibilidad se abre otra: la recuperación de nuestra identidad espaciotemporal. Para que se dé la asunción de nuestra
identidad es necesario acudir primero a nuestra herencia ancestral. De acuerdo al «conocimiento» que nos legaron nuestros
abuelos anahuacas, cada uno de nosotros posee una «energía natal» que se manifiesta en todo momento de acuerdo al
devenir universal, es decir, de acuerdo a la acción reciprocante de todo lo que se manifiesta en la dualidad «cosmos-
tiempo».

En el presente momento del devenir nacional, en donde nos sentimos cada vez más aplastados por un vivir cada día más
indigno, lo que constatamos en nuestro diario vivir es la ausencia de una razón de ser. La mayoría del tiempo nos sentimos
vacíos, desubicados, manipulados, apáticos, desanimados, humillados, impotentes, en fin, no encontramos el rumbo: es como si
careciéramos de una brújula que nos indique el camino a seguir. En estas condiciones, cada día dejamos de aprovechar una
nueva vuelta de nuestro mecate luminoso. Estamos desperdiciando nuestra vida.

Para cambiar esta desalentadora forma de vivir, lo primero que hace falta es ubicarnos en la cosmopercepción anahuaca. Aquí
resulta imprescindible que nos compenetremos con nuestro pensamiento propio, descubrir cada quien la civilización anahuaca.
Aquí hay trabajo para muchos. No podemos esperar. Las interpretaciones de los religiosos invasores sobre nuestro pensar
propio, y las de todos los investigadores que se apoyan teóricamente en ellos, resultan cada día más grotescas y erróneas,
especialmente para quienes nos hemos acercado a la lengua nahua original.

Infortunadamente, en el presente existen muy pocos investigadores del nahuatlahtolli ‘hablar armonioso’ empleado por los
tlamatinimeh ‘tlamatinis’ de los calmecac de la antigua Anáhuac. Por esto, cuando escuchamos nombres nahuas acuden a
nuestra mente las interpretaciones de los “frailes”. Así, al oir Tezcatlipoca entendemos “dios invisible”, al escuchar
Huitzilopochtli entendemos “dios de la guerra”, al escuchar Quetzalcoatl entendemos “dios del viento”, al oir Tlaloc de
inmediato pensamos “dios de la lluvia”, en fin, cuando oimos Xipeh Totec entendemos “nuestro señor desollado”.

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Los “frailes” pervirtieron el sentido original de los nombres originales. Los libros que hablan de la antigua Anahuac están
llenos de sus mentiras. Estas falsedades fueron inventadas por los religiosos invasores pero, en el presente, son
mantenidas y difundidas por los investigadores que hablan lenguas europeas: por quienes siguen pensando en nuestra
patria ancestral como algo que les pertenece a ellos. Son quienes llaman Mesoamérica a la antigua Anáhuac los que
mantienen en el presente las mentiras de los invasores españoles.

Para empezar por un camino correcto, lo primero que se requiere es descubrir la manera de pensar nahua. Una vez ubicados en
este referente, resulta fácil ubicar adecuadamente cada nombre nahua. Como hay muchos investigadores en todo el mundo que
viven las mentiras frailescas, resulta una tarea titánica rescatar la verdad de nuestro pensar ancestral. Afortunadamente,
contamos con el habla nahua, que es la lengua en la que mejor se registró el pensar original de nuestros ancestros. Los “frailes”
escribieron en esta lengua todo lo que investigaron sobre los anahuacas: con la firme convicción de que así “acabarían mejor”
con nuestra civilización.

Al familiarizarnos con la lógica del hablar nahua, poco a poco iremos desentrañando nuestro verdadero pasado. Para iniciar esta
dificil tarea nacional, puede decirse que existe dentro del pensar nahua un impulso vigoroso hacia el conocimiento de los ciclos
del universo, el cual puede ser explicado con el principio «ic yuh quimatih in tlacah in xoxouhqui xicaltzintli icuepcayo yä yuh
huelitizqueh miyäquilizqueh inxiuhpohualiz» ‘así como conozcan los seres humanos los retornos de la jícara azul, ya así podrán
aumentar su cuenta de los años’.

Este afán se manifiesta en quienes hablan nahua, con tanta fuerza que pareciera ser el centro esencial del nahuatlahtolli. Esta
manera de ser de los nahuahablantes responde a la cosmopercepción nahua. Cada uno de nosotros es Ometeotzintli ‘dos
pupilas’, de ome ‘dos’ y teotl ‘pupila’, por tenerlas físicamente y por ser todos la jícara azul que tiene una “pupila radiante”
durante el día y una “pupila luminosa” durante la noche. Quienes hablan nahua se sienten identificados con todo lo que
existe, de aquí que la identidad de un nahuahablante sea universal en el sentido estricto de la palabra.

Al ser todos los humanos idénticos, todos compartimos la responsabilidad de mantener la armonía manifiesta en los exactos
ciclos de la xoxouhqui xicaltzintli ‘jícara azul’, in ilhuicatl ‘el cielo’. Esta identidad entre los humanos está en dos entornos:
el humano y el universal. En el ámbito humano somos iguales, considerando que todos tenemos dos pupilas, en el ámbito
universal todos somos lo mismo, considerando que todos somos el universo.
Esta manera de comprender la realidad infinita hace evidente que ninguno de nosotros está solo. Todos somos compañeros de
todos, todos somos compañeros de todo lo que existe y todo lo que existe en el cosmos, el Omeyocan, es compañero
nuestro, möchi tilhuicapohtzin ‘todo es nuestro compañero celeste’. No únicamente somos compañeros todos los seres
humanos, sino que somos compañeros todos los seres vivos, todo lo que, como nosotros mismos, está constituido de átomos y
de energía.

Para empezar a conocer integralmente a nuestros compañeros cósmicos, para comprender su esencia, es preciso tener presente
que Ometeotl es todo lo que existe y Omeyocan es todo lo que no existe. La existencia está caracterizada por ambas
entidades: que integran la realidad esencial, la realidad última. Una no puede comprenderse sin la otra. Para que esté la una
debe, necesariamente, estar la otra. Son absolutamente indivisibles, inseparables. De esta dualidad básica se deriva todo: que
también es dual.

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En efecto, ambos elementos de la existencia son, a su vez, duales. En el caso de Ometeotl, la dualidad correspondiente es
Omezihuatl ‘dualidad paridora’ y Ometecuihtli ‘dualidad protectora’. En el caso de Omeyocan la dualidad está integrada por
cacticacayotl ‘espacio libre’ y por el cahuitl ‘tiempo’, es decir, por el “espacio” y el “tiempo” en su concepción esencial. Esto
hace evidente que la realidad se manifiesta en esencia como una doble dualidad: existencia-inexistencia.

Para comprender, aunque de manera parcial, que Omeyocan implica lo que no existe, hay que acercarse al pensamiento chino,
cuando afirma que lo que nos permite tomar té en una taza es, en realidad, lo que no es la taza: precisamente el hueco rodeado
por lo que sí es la taza. El gran hueco que aparece sobre nosotros es lo que nuestros abuelos llamaron xoxouhqui xicaltzintli
‘jícara azul’, también conocida como ilhuicatl ‘cielo’. Por otro lado, no existe ni en el pensamiento europeo ni en el
pensamiento asiático un equivalente al concepto nahua de inexistencia del tiempo.

En efecto, la palabra cahuitl significa literalmente ‘dejamiento’, del verbo cahua ‘dejar’, por lo cual tiene implícito un
significado dual: ‘abandonamiento’ y ‘heredamiento’. Al reflexionar un poco sobre el tiempo, es claro este nombre dual. El
tiempo siempre nos abandona y siempre nos hereda. Este hecho nos refiere a la no existencia del tiempo. Al tiempo lo
conocemos por lo que hereda, por los cambios que percibimos en lo que existe. De esta manera la existencia permite
comprender la no existencia.

Antes de continuar, es necesario hacer algunas precisiones semánticas nahuas. En primer lugar es necesario precisar la palabra
ilhuicatl ‘cielo’. Los “frailes” le cambiaron el significado original para darle el significado que le dan los católicos apostólicos
romanos, es decir, usaron la palabra nahua con el significado español. Esta estrategia de los “frailes” fue usada continuamente
para someter a los antiguos anahuacas.

Esto explica porqué en la actualidad los nahuahablantes de muchas comunidades expresan en lengua nahua, a la que ellos
llaman “mexicano”, todos los conceptos de la religión católica apostólica romana. Resulta muy triste constatar que en esas
comunidades se perdió el sentido cósmico del nahuatlahtolli ‘hablar armonioso’ para darle el sentido católico apostólico
romano del “mexicano”. Quienes hablan este dialecto nahua son anahuacas sometidos por los invasores; son, en
realidad, “indios de Nueva España”.

Para contribuir a nuestra liberación, es preciso deslindar metódicamente los significados. Es bien cierto que se requiere
comprender el significado de las palabras españolas desde la perspectiva del pensar europeo; pero, para comprender
plenamente el significado de las palabras nahuas, es preciso ubicarse en el referente de la cosmopercepción anahuca.
Cambiar el marco de referencia no nos lleva a ninguna parte, es enredarnos de manera inútil.

Considerando que todos los mexicanos tienen muy clara idea de la carga semántica de la palabra “cielo”, no resulta necesario
esclarecerlo. En cuanto a la palabra nahua ilhuicatl, se debe decir se deriva del verbo ilhuia; que se emplea normalmente como
‘decirle algo a alguien’ pero también en el sentido de ‘volverse’: molhuia ehecatl ‘viento que se vuelve’ es traducido por Rémi
Siméon como “viento recio, impetuoso, que es extremadamente fuerte”, esto hace pensar en un tornado o en un ciclón, que son
vientos que “dan vueltas”.

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En este segundo sentido, la palabra ilhuia parece ser un derivado más de iloa ‘regresar’ y de sus derivados: iloti ‘volver’,
‘regresar’; ilochtia ‘hacer volver’. El significado de estos vocablos hace más lógico pensar que de aquí surge la palabra ilhuia,
que tendría una acepción de ‘retornar a un lugar’, ‘regresar a un lugar’, ‘volver a un lugar’. Aquí conviene recordar el caso de
los substantivos verbales de acción realizada, que indican el resultado de la acción expresada por el verbo: miqui, miccatl
‘muerte’ nomicca ‘mi muerte; celia ‘estar fresco’, celihcatl ‘frescura’, mocelihca ‘tu frescura’, cuepa ‘regresar’, cuepcatl
‘regreso’, tocuepca ‘nuestro regreso’, et cetera.

En el caso de ilhuia, el substantivo verbal correspondiente sería justamente ilhuicatl con un significado de ‘retorno a un lugar’,
‘regreso a un lugar’, ‘vuelta a un lugar’. Esta acepción es avalada por la actitud nahua de interpretar la esencia de las cosas para
nombrarlas, a diferencia de los europeos, quienes definen las cosas por su apariencia. La palabra cahuitl ‘tiempo’ mencionada
arriba es un claro ejemplo del genio de la lengua nahua.

Para comprender el significado nahua de ilhuicatl, es necesario tener presente la adivinanza nahua que recogió Bernardino de
Sahagún y que aparece en la parte final del libro sexto del Códice Florentino: ¿Zazan tle in o xoxouqui xicaltzintli, momochitl
ontemi? ‘qué es eso que es una jícara azul llena de collares de palomitas de maíz’, Aca quittaz tozazaniltzin, tlaca nen cah
ilhuicatl ‘cualquiera puede ver que nuestra adivinanza no en vano es el cielo’. Aquí se ve que ilhuicatl es percibido en el pensar
nahua como una gran jícara azul, es decir, como un objeto redondo y hueco.

Al observar el cielo diurno, es fácil pensar que es la mitad de una jícara y que el cielo nocturno es la otra mitad. Aquí se puede
pensar que nuestros abuelos anahuacas tenían una idea clara de la redondez de la atmósfera, con lo cual se puede
pensar que tenían clara idea de la redondez de la Tierra. Al considerar el cambio de cielo diurno a cielo nocturno, y vuelta a
cielo diurno, se puede pensar que ilhuicatl tiene el significado de ‘retornador’ o, si se toma en cuenta la adivinanza mencionada,
‘la jícara azul que regresa’.

Explorando esta imagen, se puede ver que la jícara es siempre azul, lo que regresa son las “pupilas”: la diurna y las nocturnas.
Lo que retorna cada mañana es el Sol, lo que retorna cada noche son las estrellas y los planetas. La Luna tiene retornos
nocturnos que se traslapan con el día. Algo similar ocurre con Tlahuizcalpantecuihtli ‘protector de la alborada’, conocido en
México como ‘lucero de la mañana’, que en cierta época se manifiesta como Xolotl ‘acompañante’, llamado en español ‘lucero
de la tarde’. El uno es el pohtli ‘compañero’, ‘igual’, ‘camarada’, ‘semejante’ del otro.

Lo mismo ocurre entre los seres humanos y la jícara celeste: tipohtzintli ‘somos semejantes’, ‘somos compañeros’,
‘somos camaradas’, ‘somos iguales’. Eso mismo podemos decir de los cuerpos que continuamente retornan en la jícara azul.
Todos son nuestros semejantes, por esto mismo podemos llamarlos tilhuicapohtzitzinhuan ‘nuestros semejantes de retorno’ o, si
se quiere, ‘nuestros compañeros celestes’, pero entendiendo este “celeste” con su carga semántica nahua.

Nuestros compañeros celestes, tilhuicapohtzitzinhuan, son entidades que tienen existencia espacial. En cuanto a entidades que
tienen existencia temporánea, es preciso hablar de cauhpohtzitzintin ‘compañeros temporáneos’. Entre las entidades que tienen
existencia espacial se encuentran: Tlaloc, Tezcatlipoca, Quetzalcohuatl, Xipeh totec, et cetera, entre las que tienen existencia
temporánea se cuentan los diferentes retornos observables en la xoxouhqui xicaltzintli: in xihuitl ‘el año’, in metztli ‘el mes’, in

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ilhuitl ‘el día’, in pohualli ‘el númeral’, in tonalpohualli ‘la trecena’. En nuestro momento de nacer existen tanto
acompañantes celestes cuanto temporáneos.

Según las enseñanzas de nuestros abuelos anahuacas, en la vida se nos presentan varios caminos a seguir, varias opciones para
cumplir nuestra misión cósmica. Ser parte de la jícara azul nos hace responsables de la buena marcha de todo lo que
existe, debemos trabajar para mantener y acrecentar el nivel de armonía. No se trata de un destino implacable e inmutable,
podemos aceptar o no nuestra responsabilidad cósmica, podemos también cumplirla de diferentes maneras, siguiendo diferentes
caminos.

Una vez que ya elegimos nuestro camino, es preciso tener presente aquello de que «si vas a meterte a hacer algo, hazlo bien, si
no, mejor no te metas». El camino que elijamos debe ser recorrido de manera excelente. Es necesario que el mecate de luz que
vayamos dejando a nuestro paso sea lo más luminoso posible. Cabe aquí decir que cada uno de nosotros tiene posibilidades
de iluminar continuamente su camino para que quienes vengan detrás de nosotros puedan avanzar con mayor facilidad.

Para este fin, vale recordar un texto que sus informantes anahuacas proporcionaron a Bernardino de Sahagún, dicho texto se
inicia así In tlamatini: tlahuilli, ocotl, tomahuac ocotl ahpocyoh ‘el tlamatini: es luz, es ocote, es grueso ocote no humeante’. En
la antigua Anáhuac, los tlamatinimes eran los depositarios del saber acumulado a lo largo de cerca de 35,000 años de
investigación sobre nuestra realidad. Eran ellos quienes enseñaban en los calmecac, antes de ser asesinados y perseguidos por
los invasores españoles.

Al esclarecer este texto, resulta obvio que la misión de un tlamatini era iluminar a los jóvenes, para que cada uno
descubriera su propio camino, para que cada quien asumiera su propia identidad, para que cada quien
monohmahhuiaya ‘ejerciera su propio libre albedrío’, ‘obrara espontáneamente guiado únicamente por su propia
voluntad’. De esta manera, el tlamatini iba tejiendo su tlahuilmecatl con sus alumnos, generando un tejido muy resistente de
“mecates de luz”.

La luz con que el tlamatini iluminaba a sus alumnos era proveniente de su propio ocote. Al reflexionar un poco sobre esto, es
evidente que el ocote tiene una resina combustible, lo cual es sinónimo de energía, tonalli en lengua nahua. Aunque el texto no
lo dice, al ser un grueso ocote que no humea, el ocote del tlamatini debe estar encendido para generar luz. De hecho, al iluminar
a sus alumnos, el maestro los ayudaba a encender su propio ocote, para que a su vez se convirtieran en tlamatinis, para que
estuviesen en posibilidad de llevar a cabo su responsabilidad, para cumplir su misión cósmica.

Nuestra misión cósmica es, en esencia, una responsabilidad personal que cumplir, para la cual tiene dentro de sí mismo
la energía necesaria para asumirla holgadamente, a esta energía se le llama tlacatiliztonalli ‘energía natal’. Esta
responsabilidad cósmica es inherente a nuestro vivir y se manifiesta desde el momento mismo de nuestro nacimiento, justo al
recibir ic centetl tihiyo ‘nuestro primer aliento’. Las características cósmicas del momento de nuestro nacimiento contienen
información tanto de nuestra responsabilidad cuanto de la estrategia adecuada para cumplirla puntualmente: utilizando nuestra
tonalli.

La tonalli que recibimos al momento de nacer es múltiple, proviene de otras entidades con quienes compartimos nuestra
realidad ometeoica. Estos compañeros temporáneos que aparecen en el momento de nacer, son quienes nos fortalecen a lo
largo de nuestra vida, cíclicamente están con nosotros y nos dan su fuerza particular. Son precisamente nuestros

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compañeros temporáneos quienes nos dan la fortaleza necesaria para llevar a feliz término la misión cósmica que se nos asigna
al momento de nacer.

Junto con nuestra tonalli recibimos también nuestra nahualli, que es una energía oscura como la noche y sutil como el viento, es
decir yohualli ehecatl. Nuestra tonalli es visible, nuestra nahualli invisible, la primera es externa, la segunda interna, la primera
es apariencia, la segunda es esencia. Al parecer, la primera es la que aportan tocauhpohtzitzinhuan ‘nuestros compañeros
temporáneos’ y la segunda es la que aportan sus correspondientes ilhuicapohtzitzintin ‘compañeros cósmicos’.

Tocauhpohtzitzinhuan ‘nuestros compañeros temporáneos’ presentes en el momento de nuestro nacimiento permanecen con
nosotros a lo largo de nuestro paso sobre la tierra: en nuestros corazones. Lo mismo ocurre con sus ilhuicapohtzitzintin
‘compañeros cósmicos’. Para pedirles ayuda lo único que se requiere es que titoyolnonozah ‘dialoguemos con nuestro corazón’
‘pidamos consejo a nuestro corazón’. Para que este diálogo pueda tener lugar, es imprescindible que conozcamos a nuestros
compañeros celestes lo mejor posible. Entre mejor los conozcamos mejor y más fortalecedor resultará nuestro diálogo cordial.

Los aliados temporáneos más fuertes que tenemos son los del día de nuestro nacimiento: el numeral y el retorno que integran
una dualidad: totonaltzin ‘nuestra sagrada energía natal’. En orden sucesivo se encuentran los de nuestra trecena, los del mes,
los del año, los del tlalpilli y los del xiuhmolpilli en que nacimos. La influencia más fuerte la recibimos precisamente de quienes
están presentes únicamente en el momento en que recibimos tihiyo ‘nuestro aliento’, lo que nos da la condición de humanos.
Los que están presentes más tiempo influyen a muchos más, por lo que su influencia no es tan perceptible: no genera tanta
identidad.

Todos somos aliados, nadie se encuentra apartado del resto del universo. Todo lo que vemos, lo que llamamos tloqueh
nahuaqueh ‘materia’, y todo lo que no vemos, lo que llamamos tonalli ‘energía’, tiene su propio ilhuicapohtzintli ‘compañero
cósmico’. Esta concepción de nuestra existencia es absoluta, nada queda fuera. Este es el referente en el cual se vive el
nahuatlahtolli ‘hablar armonioso’. Cada uno de nosotros es todo lo que existe, cada uno de nosotros es reponsable de lo
mismo de lo cual es responsable cada uno de los demás seres humanos que integramos in xoxouhqui xicaltzintli ‘la jícara
azul’.

Ninguno de nosotros tiene mayor responsabilidad que otro, ninguno tiene menos. Esto hace que, al hablar
nahuatlahtolli, todos asumamos una identidad común, todos somos lo mismo, todos somos idénticos. La identidad de un
nahuahablante es cósmica, absoluta. Esta identidad absoluta nos hace, a todos, merecedores de todos los derechos, pero también
responsables de ofrecer esos derechos. Al ser todos tloqueh nahuaqueh ‘materia’ y tonalli ‘energía’, está en cada uno de
nosotros toda la materia y toda la energía que existe, es decir, cada uno de nosotros dispone para cumplir su misión de todo lo
que existe.

En la antigua Anáhuac correspondía a los tonalpouhqueh ‘lectores de la energía natal’ la responsabilidad de informar a
los padres de las condiciones cósmicas al momento de nacer un niño. El tonalpouhqui informaba a los padres del niño sobre
las ventajas que tenía el niño, a fin de que se le fomentaran, y de las dificultades inherentes al momento de nacer, para ayudar al
niño a enfrentarlas exitosamente. El estudio de la tonalli, y de la correspondiente nahualli, de cada uno de nosotros es
importante para asumir plenamente nuestra personal responsabilidad en el universo y así llevarla a cabo de manera armoniosa.

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Una vez conocida la tonalli de un niño o niña se le daba su nombre, quitocamacaya, para lo cual se le bañaba, caltiaya. En ese
momento se le ponía en contacto con todo aquello que nos rodea: árboles, piedras, viento, agua, fuego. Con esto se buscaba que
las fuerzas de la naturaleza reconocieran al niño como parte suya. Con un carrizo, el tonalpouhqui le mojaba con agua el pecho,
las manos, la frente y el labio, mientras le decía: «recibe el agua vital que se llama Chalchiuhtlicue, Chalchiuhtonac, padre y
madre, déjala que penetre hasta tu corazón».

El nombre dado al niño estaba en relación con las energías presentes en el momento de nacer, es decir, de sus compañeros
temporáneos y de sus compañeros cósmicos: era como una síntesis se su misión cósmica. Fue en el nombre que le dieron a
nuestro abuelo Cuauhtemoc ‘águila que bajó’ como se le confió al nacer la dificil tarea de hacerse responsable del correcto
ocultamiento del Quinto Sol de Anáhuac. Al heredarnos su esperanzador Ultimo Mensaje, también llamado Consigna de
Anáhuac, sabemos que cumplió grandiosamente su misión cósmica.

Si a alguien le ha tocado una responsabilidad dificil en extremo fue a nuestro joven abuelo. Cualquiera que investigue la vida de
Cuauhtémoc descubrirá cuanto se apegó al cumplimiento de su responsabilidad. Su famosa frase «acaso estoy en un lecho de
rosas» mientras le quemaban los pies por orden de Hernán Cortés habla elocuentemente de su entrega ilimitada a la misión
cósmica que se le asignó al nacer. Desde la perspectiva europea, podría decirse que su tonalli no era buena. Desde la
perspectiva anahuaca, es preciso decir que las dificultades que enfrentó eran parte del reto cósmico de buscar la armonía en su
entorno.

Al darse cuenta de que era imposible el triunfo de los tenochcas ante la invasión española, nuestro tecenyacanani ‘guía de
personas’ no se sintió derrotado. En una sesión de tlahtocan planteó la realidad: era necesario rendirse ante Hernán Cortés. Esto
lo plasmó al inicio de su mensaje: «Totonaltzin yä omotlatihtzinoh, totonaltzin yä omixpoliuhtzinoh, ihuan centlayohuayan
otechcahuilih» ‘nuestra sagrada energía natal ya se escondió, nuestro venerado sol ya tuvo a bien destruir su rostro, y en un
lugar completamente obscuro nos ha dejado’. Ante esta muestra de lucidez no queda otra cosa que el asombro.

A Cuauthtemoctzintli le correspondió tener que aceptar el ocultamiento de nuestro Quinto Sol, que había brillado durante trece
xiuhmolpilli, 676 años en total. Al mismo tiempo que enfrentaba esta dura realidad, nuestro abuelo les dejó a nuestros abuelos
anahuacas una nueva esperanza: «Mach ticmatih occepa mohualhuiliz, ma occeppa moquizaltiz ihuan yancuican
techtlahuililiquiuh» ‘ciertamente sabemos que otra vez volverá, que otra vez saldrá y que nuevamente vendrá a alumbrarnos’.

Han transcurrido ya los nueve xiuhmolpilli, 468 años, que tenía que estar oculto nuestro Sol, con nuestra sagrada energía vital.
Es por esto que cada día es posible observar más y más signos de la cercanía del amanecer de nuestro Sexto Sol. Ante el
pasmoso ejemplo de fe en sí mismo que nos dio Cuauhtémoc, se puede comprender mejor el significado de totonaltzin ‘nuestra
sagrada energía natal’. Quienes reciben al nacer signos llamados “no buenos” por el tonalpouhqui, o “malos” por Bernardino de
Sahagún, están recibiendo una responsabilidad mayor que quienes reciben al nacer una tonalli “buena”: su reto cósmico es
mayor.

Hay que tener presente que en el pensar anahuaca en general, y en el pensar nahua en particular, no existe el
maniquismo europeo que todo lo divide entre “bueno” y “malo”. Después de casi 500 años de invasión española, los
mexicanos del presente estamos muy contaminados de maniqueismo. Es importante tener presente ésto al recibir información

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sobre nuestra energía natal. No se puede afirmar que el invierno sea “malo” o que la primavera sea “buena”, son simples ciclos
de la naturaleza que debemos aprovechar de manera diferente. En realidad, hallándole el modo, todos los ciclos son buenos.

Como quedó dicho, la tonalli de cada uno de nosotros queda determinada en el momento de nuestro nacimiento, y es una
conjugación de las diferentes cuentas cíclicas, de tocauhpohtzitzinhuan ‘nuestros compañeros temporáneos’ de: xihuitl ‘año’,
metztli ‘mes’, pohualiztli ‘numeral’, ilhuitl ‘retorno’, tonalli ‘energía natal’, tonalpohualli ‘trecena’. La conjugación de las
diferentes cuentas en el momento de nuestro nacimiento hace a cada uno poseedor de una identidad única y exclusiva, que
nuestro corazón sea el depositario de tal identidad. Pueden encontrarse similitudes con otros seres humanos, pero nuestra
identidad de nacimiento nos hace irrepetibles.

Al recibir tihiyo ‘nuestro aliento’ recibimos nuestra identidad cósmica, pero también nuestra responsabidad como parte que
somos de la jícara celeste. Para cumplirla recibimos totonaltzin ‘nuestra sagrada energía luminosa’ y tonahualtzin ‘nuestra
sagrada energía obscura’, ambas son importantes para asumir tanto nuestra identidad cuanto nuestra responsabilidad. Como
consecuencia natural, nos convertimos en generadores de armonía a nuestro derredor: iluminando a los demás.

Contribuir momento a momento a generar armonía sólo se puede lograr conociendo muy bien a nuestros compañeros
cósmicos de nacimiento y teniendo muy alto nivel de compromiso con nuestra misión cósmica. Este nivel de compromiso
está en relación directa con nuestro nivel de conciencia. Cuando logramos alcanzar el nivel cósmico de conciencia, nuestro
compromiso está al mismo nivel. Sólo comprometidos cósmicamente podemos enfrentar exitosamente los retos que cada nuevo
día nos trae.

Un diálogo continuo con nuestro corazón, día a día, noche a noche, nos permite evaluar los avances realizados y detectar la
mejor manera de superar los obstáculos que surgen en nuestra búsqueda de armonía para todos. En los momentos de duda, en
los momentos de dificultad, es cuando se vuelve imprescindible acudir a nuestros compañeros cósmicos, para que nos den la
fuerza que necesitamos para vencer el obstáculo que se nos opone. Es dialogando frecuentemente con nuestro corazón como
podemos comprobar que nuestro tlahuilmecatl sigue entretejiendose armoniosamente con los demás.

Este armonioso entretejer nuestro tlahuilmecatl con los de los demás es un acto de nuestra voluntad propia, es el ejercicio pleno
de nuestro libre albedrío, lo que en lengua nahua se dice titonohmahhuiah ‘obramos espontáneamente por nuestra propia
voluntad’. Al ser siempre nosotros mismos, cada día vamos siendo más fuertes. Esta fortaleza no es otra cosa que la
consecuencia natural de una creciente conciencia de nuestra identidad cósmica, de nuestra identidad anahuaca, que nos
da la fuerza de quienes a lo largo de 35,000 años de tradición propia lograron forjar una identidad total con todo lo que
existe.

Según dejaron dicho los abuelos, para lograr buen éxito en nuestra vida, es preciso honrar nuestra tonalli ‘energía natal’. Se
requiere, en consecuencia, que cada uno respete la dignidad de su energía natal hasta hacerla sagrada. Por esto es que, hablando
propiamente, debemos hablar de totonaltzin ‘nuestra sagrada energía natal’. Esto requiere de un conocimiento pleno de
totonaltzin, el conocimiento nos lleva al respeto total, lo cual nos conduce a un sentimiento de honra para nosotros mismos. La
dignificación de nuestros compañeros temporáneos se convierte así en una dignificación de nuestra persona.

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Nuestra presente tarea parece simple. Es preciso que cada uno de nosotros inicie su propio camino hacia la dignificación de su
propia persona. Es preciso que cada uno de nosotros reconozca en sí mismo todas las virtudes y los valores morales que
poseemos, para que nos sintamos merecedores de respeto. Si respetamos nuestra propia dignidad, los demás empezarán a
hacerlo. Esto es la consecuencia natural de “honrar nuestro signo natal”, de honrar nuestra identidad propia.

En la antigua Anáhuac, se decía que quien puede lograr esto es aquel que es activo, el que es cuidadoso de lo que hace, el que se
levanta temprano, el que es entregado a lo que hace, el que se hace merecedor danzando, el que ayuna, el que hace penitencia, el
que barre, el que sacude, el que recoge basura, el que se corrige, el que no se dispersa, el que no es descuidado, el que se
apresura, el que trabaja para su sustento, el que reflexiona, el que considera las cosas, el que observa cómo mejorar las cosas,
cómo lograr pronto las cosas, qué les dará a sus hijos, cómo remediar la enfermedad o la pobreza cuando llegan.

Quienes así se esfuerzan, paulatinamente van convirtiéndose en personas que cada día honran la vida, que cada día honran lo
ajeno, que cada día honran la verdad y que cada día honran lo débil. Esto, con el apoyo que nos da nuestra nahualli, es decir,
que nos dan nuestros compañeros cósmicos principales: Tezcatlipoca nos hace darnos cuenta cuando no cumplimos con
nuestra responsabilidad ética, Quetzalcohuatl nos da la sabiduría cósmica para corregir correcta y oportunamente
nuestra falla, Huitzilopochtli nos da la voluntad logradora para hacerlo y Xipeh Totec nos da la energía vital necesaria
para reasumir plenamente nuestra responsabilidad.

Este trabajo cotidiano, día con día, es necesario para completar nuestra misión cósmica. Recibir el honor de una fiesta el día de
nuestra muerte es la confirmación final de haber tenido éxito del reto que recibimos al nacer: cuando se nos asignó la
responsabilidad de armonizar nuestro entorno. Para que exista tan hermosa culminación de nuestra vida, el éxito y el triunfo
habrán tenido que ser continuos. Día con día tuvimos que haber actuado cabal y oportunamente para lograr armonía en nuestro
derredor.

Cuando hemos aprovechado nuestra tonalli y hemos realizado nuestra misión cósmica propia, nos merecemos unas exequias de
cuatro días cuando muramos y cada vez que se cumpla cada uno de los primeros cuatro aniversarios de nuestra muerte, en el
mes de tititl. Serán exequias en donde se festejará nuestro recuerdo con comida abundante y mucha compañía, con cantos y
danza, con flores, con copal. Estas exequias son siempre merecidas, son el resultado natural de haber honrado nuestro signo
natal todos los días de nuestra vida.

De aquí que el conocimiento de nuestra identidad cósmica sea muy importante para quienes creemos en la fortaleza de
nuestras raíces ancestrales. El estudio sistemático de todos nuestros compañeros temporáneos y cósmicos es imprescindible
para tomar plena conciencia de nuestra misión personal, de nuestra responsabilidad de armonizar nuestro derredor. Sólo así
podremos mantenernos llenos de esperanza, aprovechando todo aquello que es abiertamente favorable y descubriendo lo
favorable de aquello que aparentemente sea contrario a nuestra tarea cósmica.

Quienes vayamos alcanzando un mayor grado de conciencia cósmica, generalmente quienes contamos con mayor edad, somos
responsables directos de ayudar a los más jóvenes a esclarecer su propia misión y de apoyarlos en los momentos en que surgen
aparentes obstáculos a su misión. Las personas mayores tenemos la gran responsabilidad de ayudar a los más jóvenes a

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mantenerse esperanzados, siempre cumpliendo con su responsabilidad cotidiana, a fin de que en el mediano y largo plazo
puedan cosechar los frutos de su trabajo esforzado, es decir, para que merezcan su plenitud.

Esta tarea es continua, es un esfuerzo colectivo creciente. Quienes logren mayor conciencia irán recibiendo los beneficios de la
ayuda que brindan, en forma de nuevos aliados, de nuevos compañeros cósmicos que facilitan cada vez más nuestro propio
trabajo. Esta acción de ayuda a los más jóvenes genera cadenas de armonía que garantizan una mayor plenitud para las
generaciones venideras, una mayor armonía para los futuros anahuacas. Todo logrado con ayuda de la herencia de nuestros
abuelos, el precioso tesoro del conocimiento cósmico de nuestro momento de nacer.

Al tener presente las características cósmicas inherentes a nuestro nacimiento, estaremos en posibilidad de tomar conciencia de
nuestra responsabilidad personal en el amanecer del Sexto Sol que nos dejó anunciado nuestro abuelo Cuauhtémoc. En el
corazón de cada uno de nosotros, quienes nos asumimos como anahuacas posthispánicos, se encuentra toda la información que
necesitamos para dirigir nuestros esfuerzos personales hacia un vivir nacional cada vez más armonioso y vigoroso para todos.

Los anahuacas post hispánicos nos reconocemos como legítimos herederos de los anahuacas pre hispánicos, herederos únicos
del Ultimo Mensaje de nuestro abuelo Cuauhtémoc. Nuestra identidad es definitivamente anahuaca. Al mismo tiempo
reconocemos que nuestra tarea es trabajar para que Totlazohtlalnantzin Anahuac quitzontiliz hueyica inehtotiliz ‘nuestra sagrada
madre tierra Anáhuac cumpla grandiosamente su promesa’, es decir, cada uno de nosotros asume para sí la promesa de Anáhuac
que nos dejó dicha nuestro tecenyacanani ‘guía total de personas’ Cuauhtémoc.

Como consecuencia natural de titonohmahhuiah ‘actuar por nuestro propio libre albedrío’, poco a poco, cada uno de nosotros
irá considerándose el sostén de la patria y siéndolo efectivamente, es decir, cada uno podrá decir ninonanmati ‘soy defensor de
los demás’ y ninotahmati ‘me siento el sostén de la patria y lo soy efectivamente’. Cuando todos los adultos del territorio
nacional podamos afirmar lo anterior, nuestra patria será fuerte, habremos convertido a nuestro país en lo que todos soñamos:
Anahuac.

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