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El hombre flaco, desgarbado, “jipato”, larguirucho, ronco, más fanfarrón que valiente,

evidentemente arrepentido, pidió con el vozarrón que lo caracterizaba que no le vendaran los
ojos ¡carajo!, que lo dejaran así, para verle la cara de vieja fea y flaca a la muerte.

Guillermo Rubirosa Fermín, con el aire militar que heredó de su padre, capitán del ejército, sin
conmoverse y mal encarado, se lo concedió a “boca de jarro”, con una voz seca y cortante de
cuchillo amolado, sin reparar en viejas adhesiones y afectos preferidos, no sólo para que de
manera postrera el condenado percibiera de frente y de sopetón el grave costo de la traición
infame, sino para verle, con cierta satisfacción de guerrillero, la fachada aquella fementida,
descompuesta y desencajada, en el momento ese indescriptible, cuando los condenados están
esperando, trémulos y sobrecogidos con un frío inmenso de cadáver, la descarga asesina
predeterminada.

Por eso, “cortando el bacalao sobre la mesa”, le concedió la gracia sin pensarlo, porque el
asunto no era, después de todo “joder por joder al lagarto”, aplastarlo de un solo pisotón,
“sacarle la mierda” de una vez por todas; la cuestión era dar el ejemplo, para evitar así futuras
y pérfidas disensiones en medio de la lucha planteada. Pero también había mucho de aquello
de que había que “romperle el culo a ese maldito traidor de mierda”.

De todas maneras, el inculpado conocía muy bien lo que le esperaba sin remedio por esta
felonía, sabiendo que la defección en este campo se pagaba siempre con la ejecución
impostergable. De todas maneras, habiendo sido capturado, Caonabo, alias Juanito el Lagarto,
nombre que le habían puesto por feo y por escuálido, no sólo había oído la sentencia sin
inmutarse, junto a las imprecaciones que le lanzaron los del proceso sumarísimo, sino también
que lo había confesado todo con detalles, incluso cosas que no le habían preguntado y que en
efecto nadie le preguntó, haciendo el relato con una pasividad real de “lagarto viejo”, que se
arrastraba despacio sobre los pormenores de sus iniquidades.

Sin embargo, atrapado sin salida, le “rejodía” y lo consolaba a la vez, que fueran sus camaradas
de “Voz Proletaria”, desprendimiento del MPD que lo acribillaran después que sus nuevos
hábitos “pequeños burgueses” dejaran al descubierto frente a gente muy integra y fogueada,
los indicios inequívocos de su apostasía. Porque la vaina que representa, que de repente
usted, siendo un “desbaratado”, comience a ofrecer y regalar cosas a los compañeros, portar
un reloj caro en la muñeca y darse ciertos gustos que antes no se daba, es asunto que delata
en un movimiento clandestino. ñEso no falla nunca, diría alguien después, evaluando el
asunto.
De todas maneras, en la confianza y la sobrestimación de los demás es que está la perdición de
los desleales, y Juanito subestimó su revolución, sin juzgar seriamente en lo que se había
metido y en lo que se estaba metiendo. No en vano, siendo hijo de un pobre sastre de San
Francisco Macorís, habiendo llegado a cabo de la marina, se había metido en el MPD, siendo
para 1963 cuando el golpe al Profesor Bosch, dirigente de esta organización en su pueblo
natal. Estuvo involucrado en la guerra de abril en sus finales, para llegar a secretario general
del “Movimiento Popular Dominicano” por méritos propios por un tiempo corto en la post
guerra. En 1967, siendo de la dirigencia del movimiento fue enviado a Cuba a buscar ayuda y
supervisar los campos de entrenamiento.

Para cuando lo hizo, como él mismo confesaría después, había sido reclutado supuestamente
por la CIA en el “Tarro Bar” de Villa Tapia, por un funcionario importante de un banco
extranjero que viajó allí desde la capital para el efecto. Desde ese mismo momento, Juanito el
Lagarto, con la fachada cómplice de las cervezas y de las “muchachonas”, delató, denunció, dio
nombres y seudónimos de sus compañeros, los que después serian cazados como palomas,
mientras él, en buen recaudo, cumplía con nuevos encargos y requerimientos de inteligencia
en la vecina isla, vista entonces en medio de la Guerra Fría por los EEUU como retaguardia
estratégica de la URSS.

Al parecer, Juanito, casado con Fabiola, era un agente viejo de los servicios locales y había
logrado infiltrarse en las izquierdas como un lagarto por debajo de la puerta. Siempre mal
vestido, con la dentadura muy dañada por descuido, sin ser hombre de doctrina, ni de
inteligencia brillante, tuvo la habilidad de navegar en aguas procelosas, exhibiendo una
militancia de cierta notoriedad.

Aficionado a la bebida, a los cigarrillos baratos y a las mujeres fáciles, supo camuflajear sus
malos hábitos con éxito y sin percances. Acogido por la solidaridad de la revolución cubana,
participó de forma escandalosa en contra de los cubanos y a favor de China, en el famoso
diferendun aquel del cargamento del arroz en mal estado, que supuestamente Mao le había
enviado a Fidel, y que produjo más de cinco años de malas relaciones entre esos dos países
socialistas.

Con apenas un mes de permanencia en Cuba, el lagarto compró con su actitud un pasaje
conveniente para la tierra del gigante amarillo, para continuar lo que estaba haciendo para los
servicios extranjeros. Establecido en dicho país, para con el que había exhibido una lealtad a
ultranza y una solidaridad envenenada, estuvo cumpliendo misiones importantes hasta que
recibió la orden de regresar al país con el propósito de ayudar a desarticular la famosa tesis del
“golpe de estado revolucionario”, después de un cambio de estrategia inusitado luego del
“Congreso Hilda Gautreaux”.
A partir de su regreso en el 1969, con un aval de lucha apreciable y una fachada
aparentemente incuestionable, el Lagarto se dio a la tarea de entregar las armas que se habían
escondido en la post-guerra y que sustentarían la nueva lucha armada propuesta, denunciando
a las fuerzas del gobierno santuarios, escondites y personas que las guardaban.

En su momento esta labor de zapa, hecha con maestría inigualable y temeraria, fue bastante
dañina para el movimiento revolucionario, creando también suspicacias y sospechas que
trascendiendo a las facciones serían la semilla de futuros enfrentamientos que a la postre
contribuirían al descalabro de todo el movimiento. De esta forma, y dentro de un plan
bastante articulado, Juanito el Lagarto se integró en otro movimiento, logrando llevarse del
MPD y otros grupos cuadros apreciables, muchos de los cuales creyeron en su buena fe y su
vieja y combativa postura de lucha.

Voz Proletaria se llamó entonces la facción que dirigía y que en apariencia seguía los
lineamientos acordados por todo el movimiento, mientras figuras importantes seguían
cayendo en una guerra clandestina, acondicionada por traiciones como esta, y una represión
despiadada y selectiva. Se puede afirmar que Juanito se entregó a sus tareas
contrarrevolucionarias, con la misma pasión que se había entregado desde muy joven al
proceso revolucionario.-Papeleta mató a menú, dirían algunos. -Vainas de la pequeña
burguesía pobre, muy pobre, dirían otros para justificar lo que no se puede justificar.

Fue la dirigencia del MPD la que desentrañó la traición de Juanito el Lagarto. Sin embargo, no
fue de ahí que salió el drástico castigo. Otto y el Moreno se lo comunicaron con las debidas
evidencias y de forma cauta a Rubirosa Fermín, segundo al mando de Voz Proletaria, y éste
comenzó a darle seguimiento con cuidado para que el hombre no se le espantara y se escapara
de la “nasa de Yayo”. Tiempo después, cuando la guardia ocupó la UASD, encontró en algún
rincón olvidado todo el proceso debidamente documentado y fotografiado de la “pasión y
muerte” de ese pérfido, largo como un “juso”, llamado Juanito el Lagarto.