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Pedro Parra V.

BA~MO
DE FlJE'GO
Pedro Parra V.

Bautismo
de Fuego
del proletariado pernano

-->0<--

LIMA - PERU
1969
~ Habana,f~br@ro 9,1969
AjO DEL ESfUElllO DJ::CISHO

Estiaado co~~añ~ro:
Por unanimid~ct'J una vez producido su v.redict~,
sat. Jl~do de Eneayo h~ r96ue~to quebrantar la regla que prescri-
b. reapQt~r el ~noniaato de un concursante en caso de que eu tr~- ;
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AllIlirica!!!su id&11r,tfic~ci6n.y.afll. translnitirh la silllpada con .qll"
h~~oe leído su aDra y ~nt~r~rlo d. que,ai bien la h.~oe conBid.~
do no cncundr~d~ de~tro de la ostrictoz con que ~e debí2 juzgar
los envioa,noa'cr6~~os en la obligaci6n de testimoni~le nuestr~
adairaci6n por la ailitAQcia personal que sa evidencia Gn el tr~
cajo y por la forma· en qu~ usted ha subido pro8orvar eu juventud
de espíritu y ae puntos de vista.
Ejerciendo nuestra tar.a,en esta oport~idad,
dentro da una Revoluci6n cub~ dirigida por j6venes,prcced6m03
sin emDar¿o de paísee donde las vieja8 generaciones de la izqui~r-
da y las vangu.l!rdias polfticas parecen haberse anquilosado en lo.s
tentaciouas de la inacci6n o d~l pacto tlcito con la burgucs1a. L&
posibilldad.qu~ Cuba permite.de coaparar ambas aituacion~a.noB ha
hecho apreciar doblemente una actitud vital co~o la Buya,donde ~~
noble y prolongada tar~a d. superación y militancia se co~fundcn
casi con la historia sind~cal dol Pe~. Tal identificaci6n mU~v.
por si 601& al respeto. Si ee le agrega,ademis,Su voluntad de r~
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aLgún modo el Jurado d~b1a p~cer18 presente un r8conoc~ionto por
.Sil. ltcci6n.
La excepcionalidad de esta c~rta -cuando ningun~
dispoa~c16n no~ obl1ga.e~ caso de no considersr UD trabnjo,a c~
munieamos con el autor- le probari cabalmente la ~anera en qu~
hemos examiu&do BU 8Jnmplo. K~iter~ndole nueftra !r~tern~ s~pa-
tia,le hacemos llegar -en intención que no ti~e que ver con 1&3
ideolog!as par~onnlas de lo~ juraaos- la vieja palabra para ua-
ted tan f~ili~r y que expresa nuestros M~Jor.s aUVlrioe.

rlU.liJ,.N llAllli IRO


Af'rO DEL ESFUERZO DECISIVO

La Habana, febrero 9, 1969

Estimado compañero:

Por unanimidad, y una vez producido su veredicto, este


Jurado de Ensayo ha resuelto quebrantar la regla que pres-
cribe respetar el anonimato de un concursante en caso de
que su trabajo no sea tenido en cuenta. Ha pedido entonces
a la Casa de las Américas su identificación, para transmitirle
la simpatía con que hemos leído su obra y enterarlo de que,
si bien la hemos considerado no encuadrada dentro de la es-
trictez con que se debía juzgar los envíos, nos creemos en la
obligación de testimoniarle nuestra admiración por la mili-
tancia personal que se evidencia en el trabajo y por la for-
ma en que usted ha sabido preservar su juventud de espíritu
y de puntos de vista.

Ejerciendo nuestra tarea, en esta oportunidad, dentro


de una Revolución cubana dirigida por jóvenes, procedemos
sin embargo de países donde las viejas generaciones de la iz·
quierda y las vanguardias políticas parecen haberse anquilo-
sado en las tentaciones de la inacción o del pacto tácito con
la burguesía. La posibilidad, que Cuba permite, de comparar
ambas situaciones, nos ha hecho apreciar doblemente una ac-
titud vital como la suya, donde una noble y prolongada tarea
de superación y militancia se confunden casi con la historia
sindical del Perú. Tal identificación mueve por sí sola al res-
pecto. Si se-le agrega, además, su voluntad de resumir al fin
de la jornada recuerdos y experiencias, creemos que de al-
gún modo el Jurado debía hacerle presente un reconocimien-
to por esa lección.
La excepcionalidad de esta carta -cuando ninguna dis.
posición nos obliga, en caso de no considerar un trabajo, a
comunicarnos con el autor- le probará cabalmente la mane.
ra en que hemos examinado su ejemplo. Reiterándole nues-
tra fraternal simpatía, le hacemos llegar -en intención que
no tiene que ver eon las ideologías personales de los jura-
dos- la vieja palabra para usted tan familiar y que expresa
nuestros mejores augurios.
Salud

(Firmado) - Rubén Bareiro; Sergio Benvenuto; Hans-Mag-


nus Enzensberger; Carlos María Gutiérrez; Osear Pino Santos.
NOTA DEL AUTOR

Hace algún tiempo, unos 80 hombres se reunieron en el


local de Sociedades Unidas, con el objeto de rendir homenaje
a la memoria de Delfín Lévano, en un aniversario de su
fallecimiento. Se trataba de hombres canosos o calvos, el
menor de los cuales ya se ac~rcaba a los 60 años.
La reunión adquirió, de hecho, una especie de reen_
cuentro y de añoranza, por inquietudes compartidas, de es-
fuerzos y hasta de sacrificios comunes, que se realizaron
durante la juventud de todos ellos, sembrando, digámoslo
aSÍ, ideas nuevas en el Perú, de rebeldía contra la injus-
ticia, de reclamaciones obreras y populares.
Es claro que el homenaje a Lévano pudo haber sido
rendido por una más nutrida concurrencia, pero su prin-
cipal organizador, Carlos Barba, sólo invitó a los que te-
nían condiciones de pioneros. De manera que el acto se
realizó sólo con los que, en una u otra forma, habían ac-
tuado al lado de Delfín, en la lucha por la conquista de la
jornada de 8 horas y, sobre todo, durante la época de la
militancia anarquista, de la que Lévano era indiscutible jefe,
no obstante que nunca se le dio ese título, pues los anar-
quistas no eran dados a reconocer jefaturas.
La mayoría conservaba su condición de trabajadores,
obreros, choferes y otros oficios, pero también habían los
que tenían destacada actuación en la política, el comerCiO
o la magistratura. Precisamente uno de estos últimos, el
Dr. Erasmo Roca, a quien nos referiremos más adelante, fue
uno de los oradores. También estuvo el autor de esta obra
y Francisco, nombre supuesto éste, creado por el autor y
cuyas vicisitudes y acciones se exponen en todos los capí-
tulos que siguen.
Pero conviene anotar que esas vicisitudes de Francisco
eran comunes a todos los anarquistas y mucho peores, a
veces, como ocurrió con Reynaldo Aguirre, a quien mataron
-9-
unos hampones, para robarle, y sólo le encontraron 0.20 ceno
tavos.
La lucha era dura. No sólo había que enfrentar a los
patrones y a los policías, sino también al hambre.
En momento oportuno se me acercó Barba y me pre·
guntó, bromeando:
-¿ Cuántos siglos podrían contarse aquí, sumando la
edad de todos los presentes?
-Muchos -respondí-, seguramente un número mayor
que el de la historia escrita de la humanidad. Pero eso no
es 10 más importante. Me parece interesante destacar la obra
generosa de estos hombres, de manera escrita, para que
perdure, como ejemplo.
-¿Y por qué no lo haces -me respondió Barba-. Des·
de entonces esa idea ha anidado en la mente del autor como
una tarea por hacer, y hoy día, al verla por fin realizada,
la entrego a la generosidad de los trabajadores, con la
esperanza de que pueda servirles de algo.
Hoy día el movimiento sindical es enorme, pues abarca
q los gremios de todas las actividades y hasta los señores
profesionales, que antes se burlaban del movimiento obre~
ro -("son cosas de la plebe") decían-, y los mismos pe-
riodistas, que tanto lo combatían, tienen ahora sus propIas
organizaciones de defensa.
Pero débese reconocer que todo esto ha sido posible
gracias a la acción abnegada iniciada hace más de 60 años
por unos hombres con sentido de lucha y organización, mu-
chos de los cuales ya han pagado su tributo a la vida, y
otros, los sobrevivientes, se reunieron un día para rendir
homenaje a la memoria de Delfín y a todos los compañeros
que ya no 10 son en la acción o en la vida.

Pedro PalTa V.

-10-
PRESENT ACION y GLOSAS

.. Pedro Parra, veterano dirigente sindical y escritor auto-


didacta, ha recogido en este opúsculo, escrito cuando se ha·
llaba ya a punto de vencer los 70 años de su edad, las expe-
riencias personales que obtuviera en el transcurso de las pn-
meras batallas libradas por la clase obrera peruana en el ac-
cidentado, áspero y tanteante camino hacia su emancIpacIón,
y que, en razón de coincidencias históricas y de identidad de
intereses, se halla inseparablemente vinculado al pFoceso
de la liberación de todo nuestro pueblo. Y lo ha hecho de
manera dinámica, documentadamente y con amenidad, al
modo autobiográfico, aportando así un novedoso procedi-
miento a la magra y desperdigada literatura proletana escn.
ta por proletarios, de que es posible disponer en el Perú.
Parra evoca los episodios más prominentes de lo que
podríamos llamar el bautismo de fuego del movimiento S 111-
dical peruano, aquellos en los que el enjuto proletariado
nacional se hizo presente en la arena de la contienda social,
doctrinariamente inmaduro, es cierto, pero demostrando cla-
ramente su coraje y espíritu de lucha.
Correspondió, pues, al joven Francisco -en el que
no se hace difícil descubrir al propio Parra-, incorporarse
al entonces naciente movimiento de entraña sindical, en
momentos en que la transformación del capitalismo extran_
jero en su fase monopolista, vale decir imperialista moder-
na, y la exasperación de sus formas de avasallamiento, obli·
gan a la clase obrera a remozar sus antiguos e inoperantes
métodos de lucha y al olvido definitivo de su estirpe colo'
nial y obrajera, aferrada aun entonces a las asmáticas so-
ciedades de auxilios mutuos.
A incitación mía y violentando su modestia, Parra se
resolvió a enviar, aunque a deshora, este trabajo suyo al ya
por tantas razones afamado concurso literario promovido
por la Casa de las Américas, de Cuba, en el género de ensa-
-11-
yo. Y, si bien el jurado no pudo tomarlo en consideración
para esa finalidad, por hallar que no encajaba "dentro de
la estrictez con que se debía juzgar los envíos", sus cinco
miembros acordaron unánimemente infringir, por esta vez,
"la regla que prescribe respetar el anonimato de un concur-
sante en caso de que su trabajo no sea tenido en cuenta",
para testimoniar al oscuro autor septuagenario, su admira_
ción por la forma en que "ha sabido preservar su juventud
de espíritu y de puntos de vista".
Es más. En uno de los párrafos de la nota dirigida a
Parra, y que suscriben solidariamente los cinco miembros
del jurado -un alemán, un paraguayo, dos uruguayos y un
cubano-, explican y justifican las motivaciones de su de·
cisión singular, al tiempo que desechan cualquier sospecha
de interferencia en sus determinaciones de especiosos pre_
juicios generacionales: .

Ejerciendo nuestra tarea -escriben-, en esta opor-


tunidad, dentro de una Revolución cubana dirigida por
jóvenes, precedemos sin embargo de países donde las
viejas generaciones de la izquierda y las vanguardIas
políticas parecen haberse anquilosado en las tentacio-
nes de la inacción o del pacto tácito con la burguesía.
La posibilidad, que Cuba permite, de comparar ambas
situaciones, nos ha hecho apreciar doblemente una ac.
titud vital como la suya, donde una noble y prolonga-
da tarea' de superación y militancia se confunde caSI
con la historia sindical del Perú. Tal identificación
mueve por sí sola al respeto. Si se le agrega, además
su voluntad de resumir al fin de la jornada recuerdos
y experiencias, creemos que de algún modo el Jurado
debía hacerle presente un reconocimiento por esa
lección.
Será, pues, de esa manera cómo, si Pedro Parra no obtu'
va el primer premio para su composición -bien ganado,
-12-
ciertamente, por otro peruano movilizado, el escntor y gue
rrillero Héctor Béjar Rivera, doctorado en la ergástula de
San Quintín-, le cabe sí el honor y la satisfacción de os·
tentar, en los años postreros de su vapuleada existencia, una
presea que vale tanto como el mejor galardón, imposible
de obtener en el pasado por alguien que, como él, carece
de títulos universitarios, oficiales y académicos, para avalar
c.u quehacer de escribir, lujo reservado en países de cerra·
dos privilegios como los nuestros, a las gentes doctas, sesu-
das, pulidas e iniciadas en los recónditos "misterios" que
se agazapan en los procedimientos literarios.

Pedro Parra procede, como la abrumadora mayoría de


los obreros peruanos de su generación, del campo, del agro,
de la tierra. En su condición de trabajador agrícola, dejó
desde niño sus primeras energías en las tareas que realIza
con sus propias manos, o a 10 más con la prolongación de
éstas: la azada, la hoz o el machete. En contacto con la
tierra aprendió las duras lecciones de todo explotado, ad·
quirió sus costumbres, moldeó su género de vida y forjó
su conciencia matinal.
A los años, impelido por el mismo impulso que mueve
a todo campesino para marchar a la urbe, a la ciudad, en
busca del salario obrero, se traslada a Lima. En el taller
de fundición al que ingresa en el puerto del Callao, como
ayudante de mecánico, enfrentado a las máquinas, tendrá
que hacerse diestro en su manejo si es que quiere progre.
sar. El solo esfuerzo de sus músculos no será ya suficiente.
Comprendiéndolo así es que, en sus escasas horas libres, con.
curre con otros adultos de parecida extracción, "a una es-
cuela nocturna que funcionaba en los altos del Mercado, en
la que tomaba clases de castellano, aritmética y dibujo
lineal"
Es harto diciente que en este aspecto de la instrucción,
el Estado oligárquico.feuda1 se mostrara comprensivo y di·
-13-
ligente. Si su preocupación por el desarrollo de la educación
en cualesquiera de sus formas era nula en el inmenso hinter'
land andino y serrano, donde los siervos de los latifundios
no necesitan saber leer y escribir para hacerlos producir
mediante procedimientos primitivos, algunos de ellos here-
dados al incario; en los centros de concentración obrera, en
las poblaciones aledañas a las haciendas y factorías, demos-
traba un desusado interés por ciertas formas de capacita-
ción de los asalariados, las estrictamente necesarias para que
se pusieran al servicio de las máquinas, sus nuevos patrones.
Los medios mecánicos de producción son costosos, exigentes,
delicados. No pueden ser confiados a campesinos analfabe·
tos, embrutecidos por el consumo de la coca y el alcohol.
Hacerla, a más de contraproducente, resultaría antieco-
nómico.
Cobra interés recordar que en el trance de preparación
de la primera guerra mundial, la cada vez creciente de-
manda, por las grandes potencias que intervendrían en el
conflicto, de productos agrícolas estratégicos y para la ali-
mentación -algodón, azúcar-, se tradujo en un apresurado
relevo de propietarios de los ingentes latifundios de la Cos-
ta, en su mayoría condes y marqueses descendientes de los
encomenderos, ausentistas como éstos y sin preocupación
alguna por superar los viejos y rudimentarios métodos de
explotación de sus heredades. Su única intranquilidad con-
sistía en asegurarse una renta fija que les permitiera sos-
tener su existencia muelle y parasitaria en las grandes ca-
pitales europeas. De ese modo, los antiguos y campanudos
apellidos de origen español fueron en gran parte sustitUIdos
por otros de complicada fonética -Gildemeister, Albrecht,
Grace-, pero detrás de los cuales se movían capitanes de
empresa, emprendedores y prácticos, afanados en intensifi-
car la producción de las haciendas mediante sistemas inten·
sivos, modernos, mecánicos y técnicos. Consecuentemente,
el siervo indígena, el comunitario, el yanacón, tenían que
-14-
ser reemplazados por el obrero, en la medida en que la ca-
rreta lo era por el decauville. Tal transformación súbita en
los métodos de cultivo y de las instalaciones e implemen-
tos, alumbra el "patriótico empeño" del gobierno civilista
de José Pardo -propietario él mismo de la hacienda Tu.
mán-, para extender la instrucción pública en dimensión
hasta entonces desconocida. Fue por eso que "la educacIón
empezó a orientarse hacia una tendencia práctica. Pardo
inauguró la Escuela de Artes y Oficios ... , se instalaron es-
cuelas nocturnas para obreros ... , escuelas industriales ... ,
escuelas de comercio ... , y se contratan profesores belgas y
alemanes" .
En cuanto a ideas y doctrinas, la cosa era diferente.
Se consideraban suficientes los cursos elementales de reli-
gión, para domesticar los espíritus, y de educación cívica,
para disciplinarIos bajo la sagrada fórmula de "Orden, Paz
y Trabajo". Como para entonces no se habí·a producido
aÚn la revolución rusa, y no se podía hablar del "oro
de Moscú", desde la escuela, el púlpito, el periódico, el cuar-
tel, el libro, se inculcaba el odio a Chile. Y el sanbenito de
todo inconforme era en el Perú el de "vendido al oro chile-
no" de la misma manera que en Chile el de "vendido al oro
peruano". Resulta curiosa la paradoja de que fuera un anar-
quista como González Prada, quien se encargara de mante-
ner vivo e hirviente el sentimiento revanchista hacia Chile
y el odio vesánico contra los chilenos.
Será en esa atmósfera enrarecida que Pedro Parra, obre-
ro mecánico, joven e insumiso, comience a revisar el suma-
rio bagaje de sus conocimientos, experiencias, ideas y pre·
juicios, en afortunado contacto con el grupo anarquista de
La Protesta y en relación con sus más prestantes líderes,
señaladamente el obrero panadero Delfín Lévano y los car-
pinteros Nicolás Gutarra y José Montano. Lo que le falta-
ra para su formación lo obtendría a través de la participa.
ción beligerante en las luchas sociales, en la escuela msus-
tituible de la acción y bajo el signo de la corriente anarco-
sindicalista.
-15-
Sería sencillamente infantil suponer que en un país reza-
gado como el nuestro, el proletariado incipiente, ayer no
más campesino, hubiera podido afrontar su destino provis.
to ya de una ideología propia, celoso de su independencia
como clase social específica, sagaz en la elección de sus
aliados y plenamente consciente de su smo histórico.
Nada de extraordinario tiene, pues, que en el Perú 10
hiciera bajo la inspiración de las tendencias anarqi.1istas en-
tonces en boga en los países más atrasados de Europa -Ru·
s:a, ESlJaña, Italia-, y en los más adelantados de América
Latina-Argentina, Uruguay, México, Chile-o El año 1912
llegaron al Perú el italiano SpagnoIli y el argentino Gustine-
lli, robusteciendo esa corriente.
Independientemente de la conciencia de sus creadores y
sostenedores, las doctrinas anarquistas o libertarias se ori-
ginan en circunstancias en las que los métodos capitalistas·
de producción y de explotación de la mano de obra, al ad-
quirir un ritmo cada vez más creciente, impelen a un amplio
sector de pequeños productos individuales libres a abano
donar SLlStradicionales condiciones de existencia, obligán-
dolos a pasar bruscamente del taller artesanal o de la par.
cela comunitaria a los modernos centros de trabajo, en los
que las máquinas asientan su imperio.
El artesano que se siente forzado a renunciár al taller
desde el que llenaba sus necesidades primarias y las de los
suyos, en condiciones poco menos que patriarcales, sin estar
sometido a salario ni patrones, para incorporarse a la fá-
brica o a la hacienda mecanizada, añora su pasado inde-
pendiente, se desespera y protesta por su sojuzgamiento,
precipitándose de un salto -propio de las mentalidades pe·
queño.burguesas-, de la pasividad en la que venía vege'
tanda al afán por alcanzar una libertad irrestricta en una
sociedad ideal, concebible sólo en los dominios de la utopía.
Por su fiero individualismo, el anarquista no es en realidad
sino un liberal desorbitado. Ironizando, Jorge Plejanov pre-
-16-
decía que al triunfo de una revolución anarquista, sus úni-
cas normas serían "las siguientes: Primera, todo el mundo
puede hacer lo que mejor le parezca; segunda, nadie está
obligado a cumplir con el precepto anterior.
El anarquismo como tal, despreciaba las reivindicaciones
inmediatas y mínimas de ia clase obrera. Aceptó incorpo·
rarlas a regañadientes, a través de su versión anarcosindi·
calista, pero declarándose enemigo encarnizado de toda ac-
ción política. Es en proporción a ese ardimiento que sus
más exaltados gerifaltes han terminado encharcac1,os en la
peor de las politiquerías. Primo de Rivera, en España, y
Mussolini, en Italia, reclutaron entre ellos a sus más conspi-
cuos seguidores. En el Perú, el caso más clamoroso lo constI-
tUYeel protagonizado por el jerarca sindical aprista Arturo
Sabroso Montoya, desaforado e intransigente anarcosindica.
lista de los años veinte. Su "neutralismo" político ha llega-
do a convertido en el más rabioso enemigo de la clase
obrera. Luego de un alto impúdico en las tiendas sánchez-
cerristas, calentó curules como diputado Y senador apnsta,
detentó elevados cargos Y representaciones, viajó repetidas
veces el extranjero en misiones oficiales y, desde su POSI-
ción actual de Concejal del Ayuntamiento de Lima, ha par
ticipado activamente en la política entreguista de su partIdo
a la International Petroleum Company. y no se crea que el
"caso Sabroso" es único. En los primeros días de nOVIem.
bre de 1968, el cronista necrómano Luis Alberto Sánchez
pronunció un discurso ante la tumba recién abierta de uno
de aquellos especímenes:
Los fundadores del Apra -dijo-, fueron casi to-
dos antiguos anarcosindicalistas; de ahí nuestro en·
tranque con González Prada, nuestra primigenia sinto-
nÍa con Trotski, nuestra devoción por la libertad C011
minúscula y con mayúscula. Por eso, aunque el apns-
mo disciplinó a sus miembros, jamás quiso ser U1J
-17-
rebaño piramidal; organizó profundamente organismos
verticales, de acuerdo con la función común, a fin de
concertarlos, respetando la libertad de cada sector, en
una aspiración y propósito coincidente.

Sobra decirlo, pero esa "organización de organismos


verticales", con el auxilio de "antiguos anarcosindicalistas",
fue tarea cumplida también magistralmente por Mussolini
e Hitler.
Pero sería faltar a la verdad y perpetrar una f1agt~nte
injusticia, si no se dejara establecido que entre los anarco-
sindicalistas de la generación de Sabroso, que se dejaron
seducir por las fascinaciones del aprismo, se produjeron reac-
ciones de tardía dignidad. Alberto Fonkén, el gallardo com-
pañero de Lévano, Gutarra y Barba, en las grandes jornadas
de los años 18 y 19, purgó su error despedazándose el crá-
neo de un pistóletazo. Marcial Rossi Corsi cayó acompaña.
do de un pequeño hijo suyo, bajo las balas asesinas del
partido "vertical", por tener la osadía de usar "la libertad
con minúscula y con mayúscula", discrepando de las arbi-
trariedades del Jefe Máximo, convertido ahora en el direc-
tor supremo de las relaciones públicas de- la InternationaI
Petroleum, del Pentágono y el CIA.
Que no fuera Delfín Lévano, la generación precursora
a la que pertenece Pedro Parra, integrada por obreros au-
ténticos que aspiraban a difundir sus ideas turbulentas, ade-
más de hacerla en la arena candente de la acción y de la
organización, escribiendo, careció de maestros, de guías, de
espíritus señeros que la estimularan, alentaran y aleCCIOna-
ran. Años más o años menos, José Carlos Mariátegui perte-
neció a'-esa generación. Pero a más de proceder de otro
linaje, su obra rectora y suscitadora no comienza a reali-
zarse sino a partir de su retorno de Europa, en el mes de
marzo de 1923. Uno que otro estudiante, como Erasmo Roca
y Juan Manuel Carreño, los primeros universitarios en acer-

-18-
carse al movimiento obrero revolucionario, al anarcosmdi-
calismo y a la redacción del periódico La Protesta, conclu-
yeron acampando exitosamente en los predios de la Patria
Nueva de Leguía, versión abreviada del populismo demagó.
gico de Billinghurst al emprender sus primeros pasos, para
culminar a breve plazo en el más representativo y dilatado
de los despotismo s ilustrados que ha soportado el Perú.
Hablando en términos generales, la inquietud, la intranqUI"
lidad, la insumisión del estudiante, terminan con la obten·
ción de la patente de corso que otorga la universidad.
Lévano era diferente. Hijo de un obrero que abrazara
ya para siempre los ideales anarquistas, luego de asquearse
de la política criolla en el transcurso de su breve y esperan-
zado tránsito por las filas pierolistas; creador del primer
organismo de corte sindical que se estableciera en el Perú
-la Federación de Panaderos-, y no extraño a las letras,
Delfín Lévano, panadero como el padre, se acunó en el cálido
ambiente de las nuevas tendencias, abrió los ojos y al1men:
tó sus potencias en un raro hogar en el que desde muy
temprano habían sido entronizadas la insatisfacción y la
rebeldía para no ser desalojadas jamás. Hombre sensible
y alerta, sacrificado, combativo y honesto, supo mantener
hasta la hora de su muerte, en edad ya provecta, que es el
trance en que recién puede considerarse realmente cerrada
una biografía, sus calidades de maestro incorruptible de
dignidad, pureza, abnegación, desprendimiento y energía.
Lo que él escribiera en los numerosos periódicos que fundó,
animó y dirigió; en las innúmeras hojáS volantes, manifies-
tos y follet!os, que salían de su pluma infatigable, sin sus·
traerse ni emboscarse, 10 hacía con su propia sustancia y
refrendándolo invariablemente con su ejemplo prodigado a
pleno sol. Y aún le quedaban tiempo y ánimo para compo-
ner canciones, modular versos, preparar pequeñas obras de
teatro y hacer música, no para divertirse y divertir y como
una "finalidad sin fin", sino como medios auxiliares de ve-
-19-
hiculizar su ardiente credo, como 1ubricantes de sus ideas,
para que éstas pudieran penetrar insensiblemente, sin pro-
vocar resistencias, en los cerebros encallecidos de prejui-
cios. Claro está que él, un combatiente de avanzada, un
agitador de multitudes, no se empantanaba en preocupaciO-
nes estetistas y frívolas ni en hacer encajar su tímido estro
poético en las complicadas, hedonistas y difíciles hormas
de los ronde1es, trio1ets, ba1attas, rispettos, villanelas, cuar-
tetas persas, y otros envases importados, que él no era un
juglar de minorías selectas, un solitario ni un miniaturista,
sino un soldado de tropas de choque, el abanderado de una
nueva clase social -su 'c1ase-, empeñada en "conquistar el
cielo", como diría Marx, y en "armar su sufrimient;", co-
mo 10 enseña Vallejo.
Si bien Lévano no pudo sacudirse del todo de la menta-
lidad liberal y pequeñoburguesa, y del sentimentalismo con-
comitante, que 10 llevó a rotular a uno de sus periódicos
con el membrete de Armonía social, o a nominar con el títu-
lo de Luz y Amor al grupo ácrata del Callao, el movimiento
peruano de la primera época, la inicial, si se quiere la más
enrazada y batalladora, le debe mucho de lo que tuvo de
altivo, pujante y limpio. Sería arbitrario e injusto enrostrar-
le a él -un obrero que si siquiera pertenecía a los régistros
de una industria fundamental sino a los de una, en aquellos
'!:iempos, apenas diferenciada de la artesana1-, sus debilida-
des ideológicas, su nebuloso pensamiento político, su sim-
plismo doctrinario, sus lagunas, cuando coetáneamente un
intelectual de mentalidad y de formación europeas, que aspí-
raba al caudillaje de multitudes, como Manuel González
Prada, ignoraba o desdeñaba a Marx. De prestar crédIto a
Cossío del Pomar, primo, biógrafo y dictáfono, de Haya de
la Torre, todos los anarquistas eran "antimarxistas como lo
ha sido González Prada". De creer a Luis A. Sánchez, bio_
grafioso y cronista alimentado con el afrecho de la Patria
Nueva, el autor de Minúsculas había leído "Das Kapital".

-20-
En todo caso pasó por sus páginas olímpicamente, sin otor-
gar a Marx la calidad de uno de esos "pensadores o solitarios"
de los cuales venía, al decir de González Prada, como una nue-
va lengua de Pentecostés, "el soplo de rebeldía que remueve
hoya las multitudes". Para él el filósofo, pensador y econo-
mista, fundador del socialismo científico, no pasaba de ser
un "agitador". La única vez que 10 alude -en un artículo
volandero titulado AntipoIíticos, publicado en 1907-, dice de
él, sin nombrarlo, que era "uno de los grandes agitadores
del siglo XIX". Y 10 olvidará para siempre. Esto, cuando
ya siete años antes, un ciudadano que no era pensador, eru-
dito, poeta, lingtiista, ni aspiraba a encabezar multitudes,
como Santiago Giraldo, había proclamado al socialismo ea.
mo "la cuestión capital del siglo", como la "fórmula del
progreso del siglo XX'. Y entre estudiar las nada nuevas
doctrinas sociales que inquietaban al mundo, desvelarse por
realizar el acucioso examen de la impenetrada realidad na-
cional y de los grandes problemas sociales que abrumaban
al país, desde una posición moderna, como 10 haría de su
lado, verbigracia, Francisco García Calderón con su Perú
contemporáneo, en 1907, González Prada prefirió poner el
mar de por medio durante casi dos lustras, en evidente fu·
ga de la mezquina realidad inmediata de su patria, sumer-
giéndose en el estudio de las lenguas orientales, bajo la
égida del exquisito Renán, en el Colegio de Francia. El au-
tor de Exóticas dedicó al pretenso fundador de una nueva
religión, un extenso estudio. Y a Europa se marchó González
Prada, llevando en su equipaje la presidencia del partido
político que fundara -la Unión Nacional-, inaugurando así
la curiosa moda -seguida después por su discípulo Haya
de la Torre-, de dirigir sus mesnadas desde las lejanas ca-
pitales del Viejo Mundo. ¡Pensar que por esos mismos
años, otro prosista incomparable, otro poeta esencial, otro
creador de belleza -José Martí-, sacrificaba la estética a la
conducta, cayendo acribillado en la empresa de libertar a

-21-
su pueblo de opresores! La inactualidad política y doctrina-
ria de González Prada determinaría, tiempo más tarde, su
perplejidad, su desconcierto y su silencio, al producIrse la
revolución rusa de octubre, estremeciendo aun a los espí-
ritus más templados y tibios. Director entonces de la Bi·
blioteca Nacional, no se pronunció sobre la primera revo.
lución socialista triunfante, ni siquiera anónimamente o con
pseudónimo, que era su manera de afrontar los hechos es-
cabrosos. Sería tal vez porque ya para entonces había reco-
nocido "su remota y ya difunta ambición de haber sido un
conductor de masas" -la evocación es de Sánchez-, para.
lizado en la posición negativa de terrible demoledor y crítico
que fue.
Inútil resulta decir que González Prada ni siquiera sos-
pechó la existencia del fenómeno del imperialismo, que ope-
raba ante sus ojos, en momentos en que un escritor -Julio
Baudouin-, y un músico -Daniel Alomía Robles-, perua-
nos ambos, llevaban ya al teatro, en el año 1913,un ensayo
dramático, El cóndor pasa, protagonizado en la zona mme-
ra del centro de la República, por los empresarios extranje-
ros y los obreros indígenas. Antes bien, González Prada'
exalta la obra civilizadora de las sectas protestantes -que
con los Cuerpos de Paz abren el camino a las Boinas ver.
des-, porque, según escribe en Horas de lucha, aquellas no
entran en contradicción "directa y abierta con las verdades
científicas" y han "logrado elevar al individuo y a engrande-
cer naciones". Con idéntico sentido, González Prada se afi·
lia a la masonería, organización allacrónica del siglo VIII,
que sirvió a la burguesía para su exaltación al poder políti-
co en Europa, pero relegada ya por ésta a la condición de
trasto inservible, en el mejor de los casos a una labor de
zapa. Y mientras Lévano profesaba ceñidamente las doctn.
nas sociales de Bakunin, Kropotkin, Rec1ús, Malatesta, el
precandidato a la presidencia y a la vicepresidencia de la
República adobaba un híbrido ideario, en el que alternan
-22-
mdiscriminadamente el positivista Comte y ei meiancóllco
Guyau;el apacible príncipe Kropotkin y el pietista Lutero;
el disoluto Mirabeau y el trascendentalista Emerson, y otros
y otros y otros, en conjunción imposible y contradictoria.
y en tanto obreros oscuros pero viriles, afrontaban bizarra-
mente la responsabilidad de escribir contra la corriente y de
dirigir periódicos insumiso s, el intelectual apolíneo lo hacía
mayormente recurriendo al anónimo o al seudónimo. Su lL
bro de versos Presbiterianas, por ejemplo, de fácil tendencia
antic1erical -antic1ericales eran también el colonial Palma
y el atildado Javier Prado-, apareció sin su firma. Las
Páginas libres fueron editadas aprovechando su dilatada per-
manencia en Europa. "Pocas veces se ha visto el caso de un
escritor tan parco en el número y en el grosor de sus libros
en vida y tan fecundo en ediciones póstumas", dice de él
Basadre. Y agrega: "podría creerse que hubo en Gonzá1ez
Prada dos escritores: el que firmó sus ensayos y poemas
y el que colaboró anónimamente o bajo seudónimo en hojas
proletarias". No fueron escasas las ocasiones en que Delfín
Lévano, director de La Protesta, y el moreno Pedro Pablo
Astete, de Los Parias, hubieron de afrontar persecusiones
policiales por sus desahogos. Según Basadre, Astete "entre-
gó a Manuel González Prada la responsabilidad de escribír
los artículos o de seleccionar el resto del material. Después
de cinco años, se produjo el distanciamiento entre ambos,
al temer Astete ser apresado por un artículo muy duro con-
tra el Ministro Rafael Villanueva". Uno de los rendidos bió-
grafos de Prada, el aprista Eugenio Chang, luego de dedIcar
varias páginas a reverdecer el árbol genealógico de Manuel
González de Prada, afirma: "Sus artículos firmados con seu-
dónimo en El Nacional eran' de subido tono radical, que
católicos ultramontanos y conservadores atávicos censuraban
acremente sin sospechar que era uno de los González Prada
el verdadero autor. Su misma madre se escandalizaba y
profería insultos contra tan atrevido escritor. Manuel no le

-23-
revelaba el secreto porque no quería herir a la querida
madre, que era sumamente católica y conservadora". Mas,
muerta la querida madre, las cosas siguieron iguales.
No es este, precisamente, el lugar, pero está cercano el
día de las grandes revisiones, en las que Gonzá1ez Prada
-no el poeta ni el prosista, sino el combatiente-, y Delfín
Lévano, entre otros, ocupen, sin mistificaciones, el lugar que
les corresponde en la historia de nuestras luchas sociales.
Ya esa labor de iluminación y esclarecimiento la inició
José Carlos Mariátegui, aunque tímida, asordinadamente aún,
seguramente para no sembrar desalientos y alentar derro-
tismos en· aquellos días todavía aurora1es de la lucha so-
cial. En el año 1924, José Carlos pensaba del sentimiento
de la unidad, de la manera que traducen estas palabras su-
yas: "Antes de que llegue la hora, inevitable acaso, de una
división, nos corresponde realizar mucha obra en común,
mucha labor solidaria. Tenemos que emprender juntos mu.
chas largas jornadas". Si esta era su opinión en r~lación
con el movimiento obrero, en la participación que cabía a
los intelectuales y en el juicio sobre sus obras, era aún más
tolerante y flexible. No obstante, sobre el autor de Páginas
Libres, Minúsculas y Exóticas, adelantó que "Gonzá1ez Fra-
da no interpretó este pueblo, no esclareció sus problemas,
no legó un programa a la generación que debía venir des-
pués .. , El estudio de González Prada pertenece a la crómca
y a la crítica de nuestra literatura antes que a la de nues.
tra política ... ni en Páginas libres ni en Horas de lucha
encontramos una doctrina ni un programa propiamente di·
chos. En los discursos, en los ensayos que componen estos
libros, González Pracla no trata de definir la realidad perua-
na en un lenguaje de estadista o de sociólogo. No quiere
sino sugerirla en un lenguaje de literato. No concreta su
pensamiento en proposiciones ni en conceptos. Lo esboza en
frases de gran vigor panfletario y retórico, pero de poco
valor práctico y científico ... El proceso biológico del Perú '-
-24~
no necesitaba literatos sino políticos. La literatura es lujo,
no es pan ... , no pudo trazar a su falange un plan de acción.
Su espíritu individualista, anárquico, solitario, no era ade-
cuado para una vasta obra colectiva ... Leyendo sus discur-
sos y sus artículos, se nota que González Prada carecía de
estudios específicos de Economía y Política ... De su tIem-
po fue el materialismo histórico. Sin embargo, el pensa-
miento de González Prada, que no impuso nunca límites a
su audacia ni a su libertad, dejó a otros la empresa de
crear el socialismo peruano, Fracasado el partido radical,
dio su adhesión al lejano y abstracto utopismo de Kropot-
kin ... Su temperamento reaccionaba en éste como en todos
sus conflictos con la realidad, conforme a su sensibilidad
literaria y aristocrática. La filiación literaria del espíntu y
la cultura de González Prada, es responsable de que el mo-
vimiento radical no nos haya legado un conjunto elemental
siquiera de estudios de la realidad peruana y un cuerpo de
ideas concretas sobre sus problemas ... la ideología de Pá.
ginas libres y de Horas de lucha es hoy, en gran parte, una
ideología caduca ... ".
y si José Carlos Mariátegui no escribió ni dijo más
sobre González Prada, fue porque en sus días se hallaban
vivos y actuantes aún muchos de los espíritus recalcitrantes
y forjados de diorita, para quienes toda heterodoxia, toda
audacia en el campo de las ideas era una herejía, y toma-
ban al ilustre descendiente de don Andrés Vásquez de Praáa
-Orden de Santiago, capitán de Carlos V-, como al "niño
terrible" de la blasonada familia de los González de Prada,
en torno al cual debería tenderse una suerte de cordón
sanitario. Mariátegui precisa que "González Prada no mtel'-
pretó este pueblo, no esclareció sus problemas, no legó un
programa a la generación que debía venir después". Y lo
que vino después fue Haya de la Torre, y con él el aprismo,
cumpliéndose así la sentencia bíblica de que "por sus frutos
lo conocerás". Porque Haya de la Torre, otro aristócrata

-25-
resentido, inadaptado, se constituyó en el guardador testa-
mentario de González Prada, no sólo intelectual sino tam-
bién materialmente, ya que a él pasó, por acto de herencia,
una de las propiedades que formaban el ingente caudal del
maestro. Que en eso de la sucesión, existe absoluta unani-
midad en los biografiantes de Haya, todos apristas. Según
Cossío del Pomar -uno de los seudónimos usados por Víctor
Raúl-, desde el instante de la muerte de González Prada, Ha.
ya "tiene la convicción de que ha dejado un mandato por
cumplir. Y está decidido a recoger la herencia ... , es el
predestinado para cumplir la obra reformadora planteada
por González Prada". Y ya sabemos cómo. Para Chang
Rodríguez -otras cinco páginas del árbol genealógico de
Victor Raúl-, existe la evidencia de que "su pensamiento y
su obra superan el pensamiento y la obra de González Pra.
da". Y para el casurro Luis A. Sánchez, Haya "cargó sobre
sus hombros la responsabilidad de todas las ululantes crítI'
cas y negaciones del autor de Horas de lucha e hizo ondear
su nombre, anatematizado por los conservadores y sus se-
cuaces, como presea de las Universidades González Prada",
esas universidades en las que su fundador y rector, Haya
de la Torre, imitando a la reina María Antonieta, de Francia,
que recomendaba comer bizcochos a los hambrientos que
carecían de pan, "aconseja tomar un desayuno fuerte, por.
que se trabaja mejor: elporridge de avena -llamado en el
Perú quáquer-, es introducido por él. Los obreros y obre'
ras se ríen: "Eso es una mazamorra insulsa, parece ... "
De todas maneras Víctor Raúl impone el quáquer para los
profesores, Para demostrar su excelencia lo toma en pú-
blico y habla de él en las clases hasta que los niños, y lue-
go los mayores, comienzan a saborearlo". Esta inaudita
lección de pedagogía revolucionaria para la clase obrera,
está inscrita en la página 177 del libro titulado Víctor Raúl,
de Felipe Cossio del Pomar, editorial Cultura, México.
No será, pues, una mera coincidencia el que Carlos del
Barzo, uno de los componentes de la aristocracia artesanal
-26-
-era joyero-, que acompañó a González Prada hasta su
muerte, siguiera la trayectoria que siguió. De él quedan la
ditirámbica versión escrita del homenaje que tributó la
masonería limeña al maestro, en 1908, en la logia Stella
d'Italia; un libro -Auras rojas-, que se balancea entre la
prosa de González Prada y la de Vargas Vila, y unos núme-
ros del periódico Motín, prolongación y apéndice de La Lu-
cha, el órgano que fundaron y dirigieron los González Pra-
da~ padre e hijo, el pensador y él diplomático, y que sólo
alcanzó al primer número porque el gobierno de entonces
lo hizo clausurar.
Ese Carlos del Barzo organizó, en compañía de algu-
nos estudiantes y periodistas y de Luis Ulloa, sobreviviente
de la Unión Nacional -"secuaz de González Prada" lo llama
Sánchez-, el primer partido socialista peruano, en el año
1919,ganosos de capitalizar la resonante victoria de la huel-
ga por la conquista de las 8 horas. Por su oportunismo, su
sinuosa línea y sus veleidades en el transcurso de la jor-
nada por la rebaja del precio de las subistencias, de ese
año, fue denunciado y desenmascarado. La renuncia hecha
pública por el dirigente obrero Carlos Barba -bizarro com-
batiente, vivo aún-, repudiando las maniobras del tal par-
tido y de su fundador Del Barzo, determinó el que la aven·
tura abortara al sólo nacer.
En uno de esos actos tan frecuentes en él, de hipertrofia
purulenta del Yo, y con el afán, en este caso, de empinarse
inclusive sobre la memoria de su maestro, Haya de la Torre
hace -en el libro de Cossío-, que el anarcosindicalista, y
luego aprista, Adalberto Fonkén, lo conjure a que él "debe
ser como Sarmiento y no quedar como González Prada,
cuya única sombra es que siendo anarquista aceptó un pues-
to del Estado". Y la acusación comenzó a rodar con idén.
tica insistencia de aquella otra que en vida de González
Prada se alzó contra éste, la de llamarlo "Sibarita".
Con igual talante, Haya de la Torre se i.ngenió siempre
-27-
para que sus hagiógrafos se encargaran de echar sombras
sobre otras figuras prominentes de la corriente nacionalista
latinoamericana, anti-imperialista liberal, demoburguesa y
romántica -José Ingenieros, Manuel Ugarte, Alfredo Pala-
cios-, para quedar él, único y solo, con el monopolio de un
sedicente liderismo continental. Pero malgrado sus errores
y debilidades, González Prada, Ingenieros, Ugarte, Palacios,
seguirán siendo personajes respetables, dignos compañeros
de ruta. Raya de la Torre, en cambio, ha ingresado ya de
lleno, irrevocablemente y para lo definitivo, en los dominios
de la historia de la infamia.

-*-
No, la generación de Pedro Parra no tuvo maestros,
conductores, orientadores, guías. Careció de esa brillante
pléyade de pensadores, escritores, poetas, pintores, músico:;.
que en edad semejante abundó,. por ejemplo, en la Francla
de los años liminares de la lucha obrera, entre los años
1830 y 1850, en la que destaca con perfiles propios e incon-
fundibles nuestra Flora Tristán, la de la Unión Obrera, au-
téntica anunciadora de la Internacional; irrumpe la novela
social con Masson, Rugo, Sué, y de la entraña misma c.el
pueblo trabajador surgen poetas obreros como el ebanista
Agricol Perdiguier y otros muchos, cuya obra recoge y di·
funde entusiasmada George Sand.
y mientras ya en América, en la Argentina, el romántico
Esteban Echeverría suscitaba hondas y renovadoras inquk
tudes políticas y sociales, organizaba la Asociación de Mayo
y escribía su Dogma socialista, inspirado en Saint-Simon -al
que Marx no regateó su e1ogio-, en el Perú la generación
del segundo romanticismo, del romanticismo del guano y
del salitre, preparaba sus maletas para fugar física y espiri-
tualmente del país, de sus problemas, aflicciones y miserias,
para aprender de memoria recalentadas lecciones extranje-
ras y derramar lágrimas prestadas y cursis, hasta culminar

-28-
con Ricado Palma "el Carlistón", en las frívolas Tradiciones
calcadas, fondo y forma, a la crónica de escándalo de Santa
Fe de Bogotá, escrita en el siglo XVII por el criollo Juan
Rodríguez Freyle. Pero el septuagenario Rodríguez Freyle
era, en su momento, un revolucionario, un americano con la
mirada puesta en el porvenir. Palma, en cambio, alimenta
un sentimiento nostalgíoso de la Corona, la Colonia, los vi-
rreyes y la Perricholi.
Delfín Lévano tuvo que aprender, pues, del padre -un
autodidacta él mismo, él mismo un obrero-, a-pensar y es-
cribir, pero sobre todo a mantener, sobreponiéndose a todas
las contingencias y asechanzas, una línea de conducta inque_
brantable, a la que no podemos regatear nuestra admira-
ción aunque discrepemos de las ideas que Lévano sostuvo y
defendió. '
Alguna vez, todavía en el año 1928, en la presentación
del folleto de Ricardo Martínez de la Torre sobre El movi-
miento obrero en 1919, Mariátegui escribió estas conside-
raciones:
El movimiento proletario del Perú no ha sido re-
señado ni estudiado todavía. Los conquistadores, los
virreyes, los caudillos, los generales, los literatos, las
revoluciones, de este país encuentran fácilmente abun-
dantes aunque no siempre estimables, biógrafos. La
crónica de la lucha obrera está por escribir. La fae.
na no es, en verdad, fácil. Los documentos de las rei-
vindicaciones proletarias andan dispersos en hojas suel-
tas o eventuales o en papeles inéditos, que nadie se
ha cuidado de seleccionar. En la prensa diaria, cerra-
da ordinariamente al clamor de los obreros revolucio-
narios, es raro hallar otra cosa que una sistemática
justificación de las peores represiones. Por consiguien-
te, para reconstruir la crónica de una huelga, de una
jornada sindical, hay que interrogar a testigos general-
mente imprecisos en sus versiones, expurgar la infor-
-29-
maClon confusa y hostil -simple comunicado policial
en la mayoría de los casos-, y de los diarios, buscar
entre los militantes quienes conserven ejemplares de
los volantes y periódicos proletarios.
Desde entonces las cosas no han cambiado para mejorar
sino para empeorar. Los actores y testigos presenciales de
los hechos vinculados al movimiento obrero de hace medio
siglo, que es cuando el magro proletariado nacional hace
su presentación aparatosa y ostensible en la escena peruana,
son cada vez menos. Por los estragos de la edad, los re-
cuerdos de los pocos sobrevivientes se hallan enturbiado s y
confusos. Otros, los claudicantes, acomodan los aconteci-
mientos de manera que les sirvan de justificación y des-
cargo. La historia oficial se ha encargado de adulterar los
hechos, de interpretarlos a su modo, de restar responsabili-
dades, de adelgazar sucesos sustantivos, de minimizar la
participación en ellos de los auténticos líderes obreros. Pero
todo eso sería superable si no fuera por la bárbara, mons-
truosa conducta de los encargados de alimentar el mesia-
nismo que se atribuye al fundador y jefe vitalicio del apris-
mo, abrumado incurablemente por el "complejo de Adán",
que alguien ha dicho. Todo lo bueno comenzó con él en un
Perú que no era sino I!el muladar de más de un siglo", todo
10 recto y acertado se debe a su intervención providencial,
todo lo malo a sus enemigos, empeñados además en empa-
ñar su misión taumatúrgica y su arcangélica pureza de p¡:e-
destinado. Para condimentar la historia de manera que en-
cuadre con su narcisismo, con su megalomanía lindante con
la esquizofrenia, y tratar de demostrar que sus claudicacio-
nes no lo son, se ha entrado a saco en bibliotecas públicas
y privadas, se ha procedido a destruir ejemplares únicos de
folletos y periódicos, desglosado colecciones de diarios y re-
vistas, eliminando documentos irremplazables, trastocado he-
chos y fechas, confundido nombres, fraguado actitudes, su-
blimado intervenciones, suprimido detalles que no lo son,
-30-
puesto en labios de muertos que no podrán rectificarlas,
las más especiosas versiones.
Verbigracia, "la única vez que Haya de la Torre se ha re-
ferido a sí mismo", según los editores apristas del libro
¿A dónde va Indoamérlca?, lo fue para proclamar a pulmón
lleno: "Nunca fui 1eguiísta". Con algunas verdades y muchas
falsedades, sazona la historia de cuando regresó Leguía a
postular su candidatura a la presidencia de la República,
que ya había ocupado una vez. Trabajaba entonces -dice-
'"en el gabinete de un abogado, D. Eliodoro Romero, primo
hermano de Leguía. ~., modelo oficial de virtudes cívicas y
hombre de enorme fortuna ... Ahí vi muchas cosas y muy
cerca de ahí, en la puerta vecina, donde un hermano de mi
jefe, D. Eu10gio Romero, habilísimo político, conspiraba en
favor de Leguía, vi también muchas otras de interés y tras-
cendenciá. Muy cerca de mí pasaron todos los políticos pro-
fesionales de entonces ... Añado a la circunstancia de tra·
bajar con un pariente influyente de Leguía, la muy especial
de ser un hermano de mi madre su candidato a la vicepre-
sidencia de la República, y de estar casi toda mi familia en
el leguiísmo, hasta un hermano mío, que fue un sincero mi·
1itante y obtuvo puesto público". No obstante todas estas
circunstancias que comportaban fascinantes tentaciones, ya
que la "época era de aprovechar", el arcangélico aprendiz de
abogado, el puro, el incontaminado, el incorruptible, "quede
solo -es lo que cuenta-, con mis cinco libras mensuales
en el gabinete del abogado primo del sei10r Leguía", nom-
brado por éste embajador en el Vaticano y representante
en la Liga de las Naciones. Pero ya para entonces -y esto
lo silencia Haya-, había actuado como secretario del Pre.
fecto del Cuzco, el coronel César Gonzá1ez, distinguido por
una masacre de obreros y campesinos en el valle de Chica·
ma y en el Callao; y era miembro prominente de la Federa·
ción Nacional de Estudiantes que proclamó al candidato pre-
sidencial Leguía, Maestro de la Juventud. Haya no sólo

-31-
pregona que no votó por él para esa designación, sino que
hincha el pecho en toda su dimensión para vocear a los
cuatro vientos: "Nunca fui leguiísta",
Pero he aquí que la ya temprana vocación leguií5ta, vale
decir oligárquica, del secretario de la Prefectura del Cuzco,
y su militancia leguiísta, negadas bajo juramento, saltan
terca, insoslayable, definitiva e irrevocablemente, de un do-
cumento que no ha podido ser, como tantos otros, incinera-
do, sustraído ni enmendado. Se halla aprisionado en retm_
tos caracteres en las páginas del diario El Tiempo de Lima.
Su fecha, el 25 de enero de 1919,apenas unas semanas antes
de que se iniciara el paro general por la, rebaj a del costo
de las subsistencias, movimiento que, amañadamente utili-
zado por los leguiístas que conspiraban desde el estudio de
los hermanos Eleodoro y Eulogio Romero Romaña, del que
Haya de la Torre formaba parte, desembocó, malgrado la
voluntad de los dirigentes obreros que trataron eJe que
no fuera utilizado por los políticos criollos, en el cuartelazo
del 4 de julio de ese afí.o, que encaramó a Leguía en el
poder. Este es el documento perennizado como una bofeta-
da en las columnas del diario El Tiempo:
FEDERACION DE ESTUDIANTES DEL PERU

A nombre de la Federación de Estudiantes del Pe-


rú, cuya representación tenemos, protestamos de la in-
noble campaña de difamación iniciada contra Don Au-
gusto B. Leguía, Maestro de la Juventud, campaña
que desprestigia únicamente a quienes la realizan y es
un ultraje a la cuItura del país. Lima, 25 de enero de
1919. Luis G. García Arrese, Alberto Rey y Lama, Raúl
Porras Barrenechea, César Elejalde Chopilea, Humber_
to Hurtado, Germán Aramburu Lecaros, Víctor M.
Arévalo, Víctor R. Haya de la Torre.

·-32-
Haya de la Torre no solamente firmó esta declaración
en defensa de Leguía, "Maestro de la Juventud", sino que
fue quien la redactó. Porque es sobradamente sabido que el
último de los firmantes de un documento colectivo es su
gestor. El cede, invariablemente, la prioridad de suscribirlo
a sus invitados para acompañarlo.
Será, pues, del portalón de la Patria Nueva de Leguía,
que arranque el escabroso camino de Haya de la Torre, el
mismo que lo llevará más tarde a reposar bajo las tibias alas
de Benavides, Prado, Odría y Belaúnde, con toda la carga de
sus elucubraciones doctrinarias y con el tributo del movi-
miento obrero encadenado a las cuatro letrasfatídicas de
su partido.
Con el mismo desenfado con que el jerarca se empeñaba
en sacudirse de su paso vergonzante por el leguiísmo, y fie-
les a su ejemplo, sus espoliques gastan tiempo e imagina-
ción para presentarlo como el dirlgente máximo de las
jornadas por las 8 horas. La verdad es que en este movi.
miento, Haya de la Torre, en connivencia con el ministro
de Fomento, Manuel Vinelli, presentó a los obreros en huel-
ga, la fórmula patronal de 9 horas de trabajo en vez de 8,
aunque esta hora de exceso sería pagada con un minúsculo
aumento. Relata el diario La Ley, del día 14 de enero de
1919, que "fue rechazada la anterior proposición, a pesar del
esfuerzo de los estudiantes allí presentes para hacerla
aceptar" .
De esta marca y de ese jaez son todos los infundios
contenidos en los gruesos volúmenes dedicados a encumbrar
al Jefe Máximo y a exaltar sus glorias. A esa especie per-
tenece, entre tantas y tantas ~ótras, la patraña dictada por
Haya a Cossío del Pomar, de que "Lévano, Gutarra, se Ha-
man sus discípulos quienes a su vez comunican sus ideas
sobre filosofía anarquista". Y la verdad histórica es que en
el año 1905, Delfín Lévano formaba ya parte de la Junta
directiva de la Federación de obreros panaderos "Estrella
-33-
del Perú"; era un militante y un dirigente del movimiento
proletario. Por ese tiempo, Haya de la Torre era un moco-
suelo que, de seguir la biografía escrita por Cossío del Po-
mar, dedicaba "horas enteras" a observar "la vida de las
hormigas, que le han hecho concebir un pueblo, con su rey,
su gobierno, sus trabajadores", vale decir que soñaba con
una sociedad aristocrática" monárquic~, absolutista. En
cuanto a Gutarra, que según la versión aprista, era uno de
los discípulos de Haya que transmitían "sus ideas sobre fi-
losofía anarquista", ya en su intervención en el mitin de
masas del 4 de mayo de 1919,realizado por el Comité Pro
Abaratamiento de las Subsistencias", demostraba que "el mar·
xismo es la táctica concreta del proletariado doquiera que
él exista. Que la fuerza de los comunistas en Rusia ha sido
precisamente esa: la de encarar las demandas obreras, y
saber conducir a las masas de la ciudad y el campo a la
conquista del poder cimentando definitivamente su dictadu-
ra de clase". Poco tiempo después de este discurso, Gutarra
salía deportado del Perú. Pero esto quiere decir que cuando
Haya de la Torre se hallaba íntegramente volcado a conspirar
en favor de Leguía, desde el estudio de los hermanos Eleo·
doro y Eulogio Romero, "abogados de la Cerro de Paseo, del
Nuncio Papal, de las Compañías de Seguros", ya Gutarra
había abandonado sus veleidades anarquistas y evoluciona-.
ba vigorosamente hacia el campo socialista, marxista y le-
ninista, mostrándose un admirador fervoroso de la revolu-
ción bolchevique. Es decir, el "discípulo" muy por encima
del ':maestro", ideológica y moralmente.

-*-
Ha hecho muy bien Pedro Parra en recoger en este fo'
lleto, las experiencias que adquiriera durante el transcurso
de las primeras batallas del proletariado peruano bajo las
banderas sindicalistas, porque estas páginas vienen a sumar-
-34-
se a las no muy numerosas de que se puede disponer en el
Perú, procedentes de fuentes autorizadas e insospechables.
De ellas se desprenden inapreciables enseñanzas y lecciones
que habrán de ser utilizadas para enmendar derroteros y
conducir el movimiento obrero en trance de emanciparse
del oprobioso tutelaje del piramidal partido vertical, que lo
ha mantenido durante más de un cuarto de siglo a merced
de los designios de sus explotadores y opresores, condición
indispensable esa para emprender nuevas batallas y alcan·
zar cada vez más resonantes victorias, codo a codo con las
multitudes indígenas y campesinas y con los rangos más
afrentados de nuestro pueblo y de los que integran la Amé·
rica Latina.
Ya la conferencia de OLAS, realizada en La Habana en
el año 1967, llegó a la conclusión de que "América tiene una
historia y que esta historia debe ser descubierta", no com0
un,. lujo sino como derrotero y estímulo para la acción fecun-
da. El folleto de Parra constituye un minúsculo fragmento
de esa historia. Por haberlo recogido en tan dificultosas
condiciones, es que le extendemos nuestro fraternal reco-
nacimiento.

Esteban Pavletich.

Lima, 1969.

..:-35-
Capítulo l.
LATIGO, TRABAJO Y LATIGO
A los once años de edad, un día del invierno de 1908,
Francisco formó entre la masa, tan voluminosa como 19nara
y misérrima, de los asalariados agrícolas de la hacienda Pa·
ramonga; lo hizo con entusiasmo, feliz de ganar su comida y
de contribuir con alguna ayuda a su madre, abnegada mujer
que, con cinco hijos y abandonada del marido, hacía frente a
su situación trabajando como costurera y lavandera, sin co-
mer, a veces, para no disminuir la escasa ración de sus mu-
chachos, y sin dormir, pues era para ella casi una rutina
estarse hasta altas horas de la noche "acabando" alguna
costura, o en las madrugadas, af lado de su batea, "sacan-
do" alguna ropa que le daban a lavar familias mejor tra-
tadas por la suerte.
Se comprende, pues, que Francisco se sintiera feliz por
haber encontrado trabajo, ya que eso significaba para él una
liberación de su estado de dependencia, con el agregado de
que, en el menos bueno de los casos, era eliminación de su
peso en la pobre economía familiar.
Es claro que él no comprendía bien esas cosas, o no
habría podido explicarlas, pero las ÍntuÍa y se sentía feliz.
El trabajo era duro. Comenzaba a las cuatro de la ma.
ñana, con la "formación", para que los jefes conocieran la
cantidad de peones disponibles (el paludismo, principalmen-
te, era activo agente de ausentismo) y para que los traba-
jadores supieran el lugar donde iban a realizar las faenas
del día. Luego, en el campo, a partir de las 6, sesenta o más
muchachos, con las espaldas encorvadas, "pisaban" (sem-
braban) caña en inmensos surcos, procurando no quedar
rezagados, porque, en caso de que eso ocurriera, el látigo
del caporal les caía sin misericordia. Y así hasta las cinco
de la tarde, con el intervalo de una hora, al mediodía, pa·
ra tomar alimentos, arroz y frijoles, que la hacienda pro'
porcionaba. El salario era de 30 centavos.
-36-
Eran serranos casi todos los muchachos, o sea, ninos,
-sobre los que pesaba toda una tradición de sometimientos
y de humillaciones, ante los encomenderos españoles, pri-
mero, y ante los mandamases republicanos, después. De
manera que, cuando el caporal los azotaba, se apuraban en
el trabajo, lo mismo que los bueyes cuando sufrían en sus
ancas el aguijón del gañán, y no era raro que después, al
término del trabajo, comentaran, entre risas, el percance.
Pero Francisco no era serrano, sino costeño y criollo.
Su madre, aparte de enseñarle a leer y escribir, le había in-
culcado, acaso sin darse cuenta, cierto aire de superioridad,
manifestado en menosprecio por los serranos, a la par que
un deseo de defenderlos, de protegerlos, olvidando que, en
cuanto al trabajo y frente al caporal, no era distinto a cual-
quiera de ellos.
Es posible también que su idea de superioridad respecto
a los serranos fuera en él heredad de sus antecesores pater-
nos, pues su piel blanca y su apellido castellano, lo presen-
taban como de la misma raza de aquellos que, desesperados
en su país, abrumados por necesidades y, en algunos casos,
precisados de huir, por causas inconfesable s, se lanzaron a
la aventura de la conquista y esclavizaron a los moradores
de América, ansiosos de enriquecerse lo más pronto posible,
para volver a su lugar de origen hinchados de vanidad y
repletas de oro sus arcas. "Hacer la América" llamaban a
eso.
Era, pues, natural, por heredada, esa su manera de juz-
garse, es decir, de medir su situación entre los compañeros
de trabajo y no suponía siquiera que el látigo del caporal
también podía caerle. Esa convicción suya adquirió mayor
consistencia un día que se retrasó en el plantío, en el surco
donde trabajaba. El riego había sido defectuoso, por lo que
la tierra estaba algo dura y no se introducía en ella la se_
milla, al ser pisada. Era necesario meterla con las ma-
nos, a fuerza de brazos. Se hallaba sudoroso y, sobre todo,
fastidiado, herido en su amor propio por el retraso. Sintio,
-37-
de pronto acelerados pasos de caballo y supuso que se le
aproximaba el caporal. Era él, en efecto. Francisco se irguió
y logró verlo en el momento que ya tenía levantado el látigo.
Ambos se miraron fijamente, pero' el instrumento de tortura
no cayó sobre él. ¡Apúrate! -le dijo el caporal-, y se fue.
-Ustedes son muy sonsos; ¿por qué dejan que el capo-
ral los golpee? ¿No han visto que a mí no me hizo nada
cuando me demoré en el camellón? Si me hubiera dado su
latigazo, lo agarraba a pedradas, porque no soy su hijo ...
Ustedes deben hacer 10 mismo.
Así les hablaba Francisco a sus compañeros, rato des-
pués, cuando almorzaban bajo las ramas de un sauce, al plé
de una acequia.
-Tú iris costteño, a costiños no pegan respondió alguno
y siguió comiendo directamente del mate, como los perros,
pues carecía de marucha, qu easi llamaban a una concha de
'choro, la que, por su forma, les servía de cuchara; pero ha-
bían también los que usaban sus dedos a manera de tene-
dor. En este caso se hallaba Francisco.
-Tú vendrás con nosotros? -le preguntó alguien.
-Sí, respondió. Iré adelante. Tiraré la primera piedra
o le daré el primer garrotazo. La cuestión es que ustedes no
se queden mirándome, todos debemos imos sobre él en
cuanto descargue un latigazo a cualquiera, ahora, cuando vol-
vamos al trabajo.
El grupo rió yeso fue tomado por Francisco como una
aprobación de su propuesta.
Desde ese momento se mantuvo en actitud expectante.
Tenía indescriptibles ideas en su mente. Se sentía como
un arcángel que, armado de palos y piedras; en lugar de la
flamígera espada, iba a imponer justicia en los campos de
la hacienda. Pero ni él ni ningun otro repararon en que uno
del grupo se alejaba con dirección al camino, donde ya se
veía el caporal, dejando tras el una nube de polvo, por el
rápido galopor de su caballo, para ordenar la reiniciación
-38-
del trabajo. Por otra parte, éste parecía no preocuparse por.
disimular su actitud. Apenas el caporal ingresó al potrero,
el delator habló con él. Probaltlemente le contó todo lo que
había escuchado, pues éste cayó sobre el grupo con arrestos
de policía cuando ataca huelguistas indefensos _y, sin bajarse
del caballo, el látigo en alto, se encaró a Francisco.
-¿Qué estás haciendo? -le gritó- ¿Quires levantarme
a los muchachos? El látigo chasqueó en el aire, cerca de su
cuerpo, pero el muchacho no se intimidó. Sendas piedras
armaban sus manos.
-Usted no tiene dereho a pegar -dijo- y miró a sus
compañeros; tenía la seguridad de que todos se habrían apre-
surado a armarse, como él, pues la ocasión era. buena .para
poner en práctica el acuerdo de momentos antes. Pero su.
frió una gran desilusión. Cerca de él sólo habían unos cuan-
tos peones y tan cabizbajos, que daban la impresión de que-
rer evaporarse.
Los demás ya estaban en los surcos y algunos trabajan-
do, sin esperar la orden.
Rió el caporal, burlándose.
Anda a trabajar -le dijo-o No quiero que pierdas tu
día, pero a la tarde hablaré con tu mamá-o Y se alejó.
Esa fue la tarde más triste de la vida de Francisco. Ni
los días sin comer y el frío del invierno, sufrido sin otra ves-
timente que el pantalón de drill y la camisa de tocuyo, sin
zapatos ni ropa interior; ni todas juntas las vicisitudes
que había pasado, le hicieron sufrir tanto como la actitud
cobarde de sus compañeros y la burla del caporal. De manera
que, cuando la sirena de la fábrica, a las cinco de la tarde,
indicó el fin de la jornada, fue para él como si le quitarán
un peso de encima y se encaminó despació a la ranchería,
como abrumado por tremendo cansancio. Ni siquiera tuvo
aliento para subirse a los guayabos o pacaes del camino pa'
.ra comer algunos frutos y llevar otros a sus hermanos. Pen-
saba que su mamá lo reprendería severamente y tentado
-39-
estuvo de no volver al hogar. Pero, a su llegada a éste, su
madre se limitó a decirle: Ya sé 10 que has hecho. Junto a
ella se hallába su abuela y dos de sus tías. -De tal palo tal
astilla- dijo la abuela -A su papá 10 castigaron, una vez,
en el colegio, haciendo que se arrodillase con los brazos
abier~os y una piedra en cada mano, pero él tiró las piedras
al maestro y escapó a la carrera. Y ahora tenemos a éste que
va por el mismo camino. En fin, que se haga la voluntad de
Diós! Terminó.
No hubieron, pues, recriminaciones. Por el contrario, una
tácita aprobación de su conducta y eIlo produjo a Francisco
grande alegría, que compensaba los sinsabores sufridos en
la tarde por la cobardía de sus compañeros y la burla del
. caporal.
Pero un terrible interrogante comenzó a atormentar su
mente inmediatamente después, pues se había quedado sin
trabajo. ¿Dónde encontraría otro sitio que le permitiera
ganarse la comida y ayudar a su madre?
No sabía en aquel momento, no pudo haber previsto,
que esa su situación no era sino la primera de muchas otras
similares que habría de superar en el curso de su accidenta-
da y larga vida. '

-40-
Capítulo 1 l.
DESTERRADOS A LIMA

Francisco era de contextura débil y, además, su pobreza


lo exhibía como un ser sub-alimentado, lo que acentuaba su
delgadez. Su carácter era normalmente tranquilo, pero se
exaltaba facilmente ante hechos que le parecían injustos.
Por ejemplo, cuando veía que un muchacho grande le pega-
ba a otra más chico, él se trompeaba con el abusivo, por lo
que resultaba aporreado, a veces, pero sin que ello le sir-
viera de escarmiento.
'Pero frente a la vida, a la necesidad de ganársela me-
diante el trabajo, tenía un anhelo vehemente. Quería entrar
a trabajar' en la fábrica, estar junto a esos monstruos de
acero en contante rotación, todos ellos brillantes, limpios.
Ansiaba descubrir sus secretos, aprender la forma de ma-
nejarlos y la manera de repararlos, como lo hacían los me-
cánicos, a quienes admiraba, especialmente a los que llega-
ban de Lima, contratados. Estos bebían cerveza y no ron
de la misma hacienda, ni chicha, como los peones y los ca-
porales. Bailaban además valses y poleas, lo que no sabían
hacer los hombres del lugar, o lo hacían muy mal. Se tra_
taba, pues, de seres superiores, según su infantil imaginación.
En realidad, el deseo de trabajar en la fábrica anidó en
Francisco desde antes de hacerse peón campesino, pero fue
al campo obligado por la necesidad, porque allá le .resultó
fácil ser admitido. Preferían a los muchachos para cortar
semillas, transportarlas en mulas, pisarlas en los surcos, o
para abonarlas cuando la caña estaba creciendo. De manera
que ahora no habiendo logrado ser recibido en ninguna de
las cuadrillas, al quedarse sin trabajo, su pensamiento vol-
vió a la fábrica, pero ahí tampoco fue admitido.
-Todavía estás muy chico para este trabajo- le dijo
uno de los jefes.
-41-
En Paramonga sólo era posible trabajar en el campo o
en la fábrica, pero como Francisco fuera expulsado del cam-
po y "era muy chico" para que 10 admitieran en la fábrica,
adoptó una de~'sión: viajaría a Lima.
Puso el proyecto en conocimiento de su madre, pero
ésta, con gran asombro del muchacho, le interrogó tranqui-
lamente:
-y cómo te irás.
-Es fácil llegar a Supe, mamá, -le respondió-o Desde
ahí, escondiéndome en alguna parte de cualquier barco, lle-
garé al Callao, como lo han hecho otros. Pero no te intran
quilices, te escribiré y apenas gane unos soles, veré la ma·
nera de mandártelos.
Si -dijo la señora- Es lo mejor, te irás a Lima, pero
no en la forma que dices. Nos iremos todos, pues ya he tra
tado el asunto con tu hermano mayor. Luego, con un senti-
miento verdaderamente ineflable, balcuceó apenas: "mis pa-
jaritos quieren volar" ... El llanto le impidió cualquier otra
actitud, aunque era una enérgica mujer.
El proyecto de viaje se convirtió pronto en una verda-
dera preocupación para la familia.
-Aquí te ayudaremos, como ahora, hasta que los mu-
chachos crezcan, pero, ¿cómo podríamso hacerlo, si te vas
tan lejos -le decían las hermanas a su madre, tratando de
disuadiría de un proyecto que, en concepto de ellas, sólo
dificultades podía traer. ¡Ay!-exclamó la abuela- En Lima,
el alquiler de la casa está atrás de la puerta. Es una cosa
horrible.
Francisco conocía el origen de esos temores. Su abuelo
materno se había alistado como voluntario en la guerra con
Chile. Tomó parte en la campaña del Sur y, posteriormente,
formó en el ejército que defendió la capital, en Miraflores.
Cumplió con su deber, defendió a su patria. Pero, entre tan-
to, sus hijos carecieron hasta de pan, y un día -los pobres
enseres de su hogar fueron tirados a la c_alle:por orden
-42-
judicial, pues la abuela se había atrasado en el pago del
alquiler. Y así, el héroe, a su regreso de la guerra, herido
levemente, pero muy enfermo del alma, pues achacaba a
traición la pérdida de la batalla de Miraflores, halló a sus
hijos arrinconados en el corral de la casa de una generosa
vecina, cuyo marido no había ido a la guerra.
Nada pudo torcer, sin embargo, la firme decisión de la
madre de Francisco. Sus hijos se desperdigarían si no los
ayudaba en su deseo de buscar nuevos horizontes, y ese pe.
ligro, para ella,· estaba por encima de cualquier otra consi-
deración.

-43-
Capítulo I I 1

FRANCISCO INGRESA AL MOVIMIENTO ·SINDICAL


COMIENZA LA LUCHA POR LA JORNADA DE 8 HORAS

En el Callao, un domingo del mes de Diciembre de 1912,


Francisco recibió una hoja volante en la que se citaba, pre·
cisamente para la mañana de ese mismo día, a una asamblea
obrera, cuya finalidad era "dar conocer los derechos de los
trabajadores y la manera de conquistarlos".
En uno de los párrafos del volante se leía: "No es po-
sible que, por indolencia, se siga dejando libres a los bur-
gueses para su explotación y enriquecimiento, mientras lan-
guidecen, acosados por la necesidad, los trabajadores que,
con el sudor de su frente, crean sus riquezas".
Ya para entonces la vida de Francisco había mejorado
considerablemente. Trabajaba como oficial mecánico en "El
Vulcano", usaba cuello y corbata los domingos y asistía a
una escuela nocturna que funcionaba en los altos del Merca-
do, en la que tomaba clases de castellano, de aritmétIca y de
dibujo lineal.
Era su propósito adquirir alguna cultura,· siquiera la
que le hacia falta para prosperar en su oficio, pero no era
feliz. Chocábale especialmente el carácter despótico de su
patrón, quien trabata a los trabajadores como seres de una
especie inferior, a los que admitía en sus tralleres sólo como
a algo fatal, inevitable, pero sin desperdiciar ocasión para
manifestarles el asco que por ellos sentía.
Dados los sentimientos de Francisco, era lógico que las
manera de dicho señor provocaran en él verdadera aversión.
"¿ASÍ serán todos los patrones? se preguntaba. Primero en
Paramonga, con los caporales, látigo en mano, y ahora en
el Vulcano, contra una categoría superior de trabajadores.
El muchacho vivía entre un temor y una esperanza. El te-
mor de que un día el patrón descargara su mal humor so.

-44-
bre él, porque no lo hubiera tolerado y se quedaría sin tra-
bajo, y la esperanza de completar su aprendizaje, para aban-
donar ese taller, que ya le resultaba odioso. De manera
que, cuando leyó el volante, en el que se hablaba de los de-
rechos de los trabajadores y la necesidad de conquistarlos
y defenderlos, decidió ir a la asamblea.
Esa clase de literatura no era nueva, sin embargo, para
Francisco. El a_ño anterior, con motivo de la masacre de
Chicama, donde cientos de trabajadores fueron vilmente
asesinados, "para saciar la sed de sangre de los gamonales",
también leyó otro volante de lenguaje similar al que acaba-
ban de entregarle y firmado por el mismo "Grupo La Pro'
testa". Por otra parte, sabía que la unión del pueblo, con-
venientemente orientada, constituía una fuerza formidable,
como lo demostrara hacía poco el paro ugenera en apoyo de
reclamaciones de los textiles de Vitarte, que transformó en
triunfo una huelga que amenazaba prolongarse indifinida-
mente.
Fran€isco fue uno de los primeros en llegar al lugar
de ]a cita, un cine popular llamado "Carpa de Moda", ubi'
cado en la calle Lima, cuyo propietario un señor Baldwin,
lo había cedido desinteresadamente. Cerca de una hora des-
pués se dio comienzo a la asamblea. La pr,esidían unos se·
ñores de barbas y bigotes, el menor de los cuales no bajaría
de los 40 años de edad,
Eran los presidentes de otras tantas asociaciones gre-
miales que, por aquel tiempo, tenían carácter mutual.
Dos de los oradores atrajeron especialmente la atención
de Francisco. Los dos eran de raza indígena, de baja estatu-
ra y amplio tórax. Se llamaban Nicolás Gutarra y Delfín
Lévano. Gutarra Se exhibió como un orador formidable y su
discurso fue constantemente interrumpido por aplausos, De-
nunció a la burguesía como a fieras a las que se debía com-
batir hasta su aniquilamiento, lo mismo que a sus aliados
y sostanedores, curas y militares. Pero, en cambio, no ex-
puso, la forma de realizar esa lucha, ni como se organizaría
-45-
la sociedad una vez eliminados todos aquellos a quienes él
calificaba corno elementos nefandos. Su elocuencia residía
casi exclusivamente en una voz sonora y en la fe de fanático
que se advertía en la expresión de sus conceptos. Lévano,
por el contrario, era un hombre-idea, parecía hablar para
que lo entendieran todos, sin importarle si lo aplaudían o
no. Francisco le oyó decir, entre otros conceptos, lo siguien.
te: "Es cierto que el mundo descansa sobre los hombros de
nosotros, los trabajadores, y el hecho se nos presenta o se
nos explica corno algo natural, que durará eternamente. Y
es cierto también que esa manera de apreciar el fenómeno
social corresponde precisamente a todos los que se benefi-
cian con este estado de cosas. Pero nosotros que sornas sus
víctimas, tenemos necesidad de demostrar que no estamos
dispuestos a seguir soportando su esclavitud. Sin embargo,
el grupo La Protesta no pretende plantear ahora mismo una
lucha por nuestra emancipación total, porque ella sería muy
dura y son escasas las posibilidades de triunfo, sino algo
más sencillo, susceptible de lograrse, si los trabajadores Se
unen solidariamente. "Propongo, pues, que todos los gre-
mios representados en esta asamblea presente a sus explo-
tadores pliegos de reclamos, cuyo primer punto debe ser el
establecimiento de la jornada de 8 horas".
Lévano, siguió hablando por espacio de unos veinte mI.
nutos y, cuando terminó, una salva de aplausos indicó de
modo indudable que su proposición había sido aceptada. En
efecto, varios de los dirigentes que rodeaban el estrado ex-
presaron su conformidad con ella. Pero Fernando Vera,
Presidente del Gremio de Jornaleros, fue el más entusIástI-
co, pues ofreció llevar el asunto a la próxima "junta Gene-
ral" de su gremio, que tendría lugar el jueves de esa mIsma
semana.
Dos nuevas asambleas se realizaron en el mismo local.
Después de ellas, se consideró madura la preparación psico_
lógica de las masas.

-46-
Capítulo 1 V

LA HUELGA DE REYES DE 1913

El día 6 de Enero amaneció como otro cualquiera del


verano, brumoso en la zona marítima, así como el otro lado,
hacia Lima. Las gentes discurrían por las calles, más rápido
o más despacio, según sus necesidades. Nada hacía presu-
mir que ese día iba a iniciarse una de las acciones sociai~s
más importantes habidas hasta entonces: La conquista de la
jornada de 8 horas.
En realidad, la lucha había comenzado antes, con las
asambelas populares de la "carpa de moda" y, sobre todo,
con dos sesiones de junta general de la "Sociedad Gremio
de Jornaleros", cuyo local se hallaba en calle Guatemala. En
la segunda de ellas fue elaborado el pliego de reclamos. Pero
la tarea no fue fácil. Algunos capataces eran miembros de la
sociedad y se opusieron tenazmen te a la reclamación, lle-
gando hasta a la amenaza de ejercer represalias, si no se
dejaban las cosas como estaban.
Los partidarios del reclamo amenazaron también. Pero
Fernando Vera fue más contundente en su intervención:
-"Estamos empeñados -dijo- en llevar adelante una
obra que nos beneficiará a todos, pero tratan de hacerla
fracasar los sirvientes de la compañía del muelle y de 1a'3
empresas navieras. No podrán detenernos y, aunque no que_
ramos violencias, es seguro que, si el triunfo requiere de al-
gunos muertos, ellos saldrán de entre los capataces explo-
tadores".
Como ya se ha dicho, Francisco no era jornalero. Se ha-
llaba en la sesión sólo_ por curiosidad, impulsado por la
impresión favorable que -le habían causado las reuniones en
la "Carpa de Moda". Y en esos momentos, ante el giro que
tomaba la discusión, vino a su memoria la escena con sus
compañeros de trabajo, allá en la hacienda, cuando él pro-
puso dar una golpiza al caporal. Pero aquí la cosa era dis-
-47-
tinta. Se trataba de hombres decididos, animados de un pro-
pósito más constructivo y de una mística cuyos alcances no
podía medir, pero que observaba en las palabras y en los
gestos de cada uno. En tales condiciones, pensaba él, si se
planteaba la lucha, no había ninguna posibilidad para la
derrota
Los capataces y sus seguidores fueron totalmente ven·
cidos. Hasta se les quitó el deseo de hablar, especialmente
después de haberse denunciado que se hacían pagar 50 cen.
tavos, (en aquel tiempo era bastante) por cada trabajador
qUe quería su inclusión en sus cuadrillas.
En consecuencia, el pli.ego de reclamos fue aprobado, re-
solviéndose entre garla a la empresa del muelle en las pn·
meras horas del día siguiente. El pliego contenía 15 puntos.
Pero los principales, fueron los siguientes:
l?-Implantaciónde la jornada de 8 horas.
2'?-Aumento de 20 por ciento en los salarios.
3?-La empresa debía abstenerse de ejercer represalias
al término del conflicto.
4'?-Se denunciaba la explotación de que eran víctimas
los trabajadores por parte de los capataces y se
pedía que la misma terminara, para lo que la em-
presa debía tomar las medidas adecuadas.
El pliego terminaba dando un plazo de 48 horas para su
aprobación y amenazaba con la huelga, si tal no ocurría.
Justamente ese día, 6 de Enero, se cumplía ese plazo.
Lo que importaba, en consecuencia, era saber si los traba.
badores cumplirían su amenaza, puesto que el gerente del
muelle no sólo no acepto las reclamaciones, sino que se negó
a recibir a la comisión de dirigentes que, para entregar el
pliego, se acercó a su oficina.
Presa de cierta ansiedad, Francisco faltó a su trabajo y
se dirigió al muelle. Puesto que en la ciudad todo seguía su
curso normal, como lo demostraba el ajetreo cotidiano de
las gentes y el tránsito rutinario de tranvías y carretas, era
-48-
justiHcada la ansiedad y hasta su temor al fracaso de lJ
huelga. Pero súbita alegría le invadió al llegar a la plaza
Grau. Grupos de jornaleros, con cara de pocos amigos, ubi-
cados en distintos sitios, se mantenían en actitud expectan-
te, como vigilando algo. Los capataces les ofrecían las fi-
chas de trabajo sin cobrar comisión y hasta prometiendo
primas, pero nadie aceptaba. Por el contrario, aquellos tu-
vieron que irse en volandas, ante el peligro de ver deteriora
da su integridad física. La Huelga era un hecho.
Conviene dejar constancia de que no sólo Francisco se
hallaba en el lugar, observando el suceso. Habían mucho::,
otros atraídos por la misma razón que él. Eran tantos, que
no constituía exageración el cálculo de que más de la mitad
de los trabajadores chalacos demostraban el mismo interés.
La realidad era que, de hecho, en el Canao se había plan-
teado una huelga general, aunque no declarada ni organizada.
No cabía duda de que los dirigente::; e::;peraban ser lla·
mados por el gerente del muelle, pues la huelga se demos
traba por sí misma. Pero tal cosa no ocurrió. En estas
circunstancias, se improvisó un mi tin en la misma Plaz,'
Grau, que cOliltÓcon numerosa concurrencia, Dirigentes del
gremio exhortaron a sus compañeros, pero tmnbién hicie-
ron uso de la palabra Nicolás Gutarra y un herrero de la
.
J ,", factoría
..".,,-" "El Aguila",
- apellidado Viteri, siendo muy aplaudi·
dos, especialmente Gutarra, por sus condiciones superiores
de orador. Finalmente, los jornaleros se dirigieron a StJ
"campamento", un corralón de la calle Loreto, pues el local
de la calle Guatemala era estrecho para dar cabida a la mul-
titud.

-49-
Capítulo V

l/EL HOMBRE ESTA QUE ARDE"

Después de almuerzo, Francisco fue a su trabajo. Pen-


saba que el jefe de mecánicos le llamaría la atención por su
falta de la mañana, pero éste nada le dijo. Era que muchos
otros también habían faltado. Su ausentismo había sido un
hecho casi común. Por su parte, el despótico señor Dasso
no salió de sus oficinas, lo que indicaba tremenda baja en
su moral, pues no hacía uso de la rigidez y de la férrea dIS-
ciplina que tenía implantada en sus talleres. El hombre
que, cuando tenía que hablár a un trabajador, lo hacía frun-
ciendo la naríz, como si le diera asco ver su cuerpo sudoroso
y se tratara de alguien a quien apenas podía considerársele
humano; ese hombre, verdadero prototipo del capitalIsta pre·
potente, estaba ahora envuelto en su rabia por la huelga de
los jornaleros y temeroso de que ella fuera un estímulo para
el personal a su servicio.
Sin haberlo acordado previamente, los trabajadores del
- taller "El Vu1cano" habían roto esa férrea disciplina. Se
formaban grupos con cualquier pretexto, para hacer comen-
tarios, sin que se atreviera a adoptar alguna actitud el maes-
tro Gamero, jefe de mecánicos. Igual cosa ocurria con los
jefes de las otras secciones.
-El "hombre" (así solía nominar el maestro Gamero
al dueño de la factoría) está que arde. No se puede hablar
con él -dijo a un operario de avanzada edad.
-Ya verá usted que todo queda en nada- le respondió
el viejo.
Poco después, Francisco se hallaba ajustando un eje, en
el cepillo, para cortar una canal y se le aproximó el viejo
(asi le llamaremos) haciéndose el que buscaba algo. Mecá-
nicos de última hora- dijo, sin dirigirse a nadie. En mi
tiempo se cortaban los canales a buril, pero ahora no son
nada, si no tienen cepillito.
-50-
El viejo estaba molesto por la indisciplina que reinaba,
generada por el entusiasmo de todos por la huelga de 10:;;
jornaleros, que el único perjuicio que podía causarle, era
alterar su habitual tranquilidad.
Francisco se consideró aludido, pero se obstuvo de re-
plicar. Consideró sin objeto amargar más al pobre viejo.

-51-
Capitulo VI.·

ANTE EL PRESIDENTE DE LA· REPUBLICA

Este es un relato de acontecimientos extraordinarios


ocurrido hace más de 50 años, los mismos que, aunados,
pero teniendo siempre a los jornaleros a la vanguardia, mar-
caron el principio de toda la lucha obrera posterior, hasta
nuestros días. Es cierto que antes se había efectuado un
paro general en apoyo de los huelguistas de Vitarte y se ha-
bía perpetrado la más sangrienta masacre de huelguistas,
en el Valle de Chicama, en Casa Grande, donde fueron viL
mente asesinados y posteriormente cremados los cadáveres
de centenas de trabajadores agrícolas. Pero dichas accio'
nes no tuvieron la misma envergadura de ésta del Callao,
particularmente por la forma como se reflejo en el futuro
inmediato de la lucha social.
En consecuencia, es oportuno destacar que en 1913, para
los trabajadores al menos, imperaba en el país la más am-
plio libertad. Don Guillermo Billingurst a la sazón Presidente
d~ la República, estaba en deuda con el pueblo que lo había
llevado al poder y, al mismo tiempo, enfrentado a una grave
situación en el Congreso. Este le era adverso y probablemen-
te no quiso complicar las cosas reprimiendo al movimiento
obrero. Pero cualquiera que fuera el motivo de la actItud de
Billinghurst hacia los trabajadores, lo cierto es que duran-
te todo el proceso de la huelga, las autoridades se abstuvie-
ron de intervenir en contra de los trabajadores. Ni un po-
licía o soldado estorbó la acción. Por su parte, tampoco los
huelguistas cometieron desmán alguno. No hubieron siquie·
ra incidentes, salvo la expulsión de un "soplón" (as1 llama.
ba el pueblo a los que al1ora, con mejor organización, se
amalgaman bajo la sigla PIP), quien tuvo que abandonar
el local ante el peligro de ser agredido, pero después de es·
cuchar los más ofensivos epítetos ..

--52 -
Es preciso recordar que Billinghurst no llegó a la Pres!-
dencia de la República como resultado de un triunfo electo-
ral o de una acción armada de sus partidarios. Fue elegido
por un congreso partidario del candidato oponente, debido
a circunstancias que se relatan en seguida, aunque de ma.
nera suscinta.
Augusto B. Leguía, presidente de la RepÚblica, cuyo
rnandato terminaba en septiembre de 1912, favorecía la eIec
ción de Antero Aspíllaga. Ese propósito fue justamente ea·
lificado por el pueblo como una imposición, contra la que
utilizó una especie de resistencia pasiva, absteniéndose, la
gran mayoría, de inscribirse en el Registro Electoral.
Todo hacía suponer que Aspíllaga sería el próximo Pre·
sidente de la República, pero unos 15 ó 20 días antes de la
fecha señalada para las elecciones surguió la candidatura
de Guillermo Billinghurst, provocando un entusiasmo popu-
lar superior a cualquier otro motivado por una pugna elec-
toral. Se dudaba, sin embargo, de su triunfo, pues sus par-
tidarios no estaban inscriptos y no habrían podido votar.
En tal situación, los Billinguristas, para demostrar sus
fuerzas populares, organizaron manifestaciones en Lima y
otras importantes ciudades, y lanzaron esta consigna: Re-
apertura del Registro Electoral y postel~gación de las elec-
ciones. Pero el gobierno no accedió a la demanda. Sin em-
bargo, Billinghurst logró reunir en. Lima unos 30 mil ciuda-
danos a 10 largo del jirón de La Unión, mientras que los
adherentes de Aspíllaga no llegaron a 2 mil, en manifesta-
ción que tuvieron en otro lugar de la ciudad. Igual propor.
ción tuvieron las demostraciones en provincias.
A pesar de todo, el proceso electoral seguía su curso.
Ignorando la opinión ciudadana, el Gobierno seguía en
el propósito de imponer a su candidato. Pero cometió un
grave error, al demostrar su debilidad con la práctica de
algunos actos represivos, entre otros, la prisión de un señor
Gonzáles, presidente de la Confederación de Artesanos, lo

-53-
que provocó un paro general (el primer paro político de que
tengamos noticias) y el señor Gonzáles fue puesto en li-
bertad.
Así, bajo enorme presión popular, el gobierno tuvo que
ceder. El nuevo presidente de la República fue elegido por
las cámaras de Diputados y de Senadores (el Congreso),
cuya gran mayoría era leguiísta. Y aspillagista, en conse-
cuencia.
Esa era la deuda que el nuevo mandatario tenía con el
.pueblo y quiso ser consecuente, no sólo dejando en completa
libertad a los jornaleros huelguistas en' su lucha con sus
principales, sino ayudándolos mediante la oficiosa participa-
ción del Prefecto del Callao, que propició reuniones de pa-
tronos y trabajadores en su propio despacho, pero sin llegar
a ninguna conclusión.
La huelga se extendió a otros gremios. El 9 de Enero
de 1913 ya estaban en paro los trabajadores de.,la Aduana,
los del Molino de Milne y también los de la Cervecería.
Varios otros tenían presentados sus pliegos de reclamos.
En la mañana de ese mismo día se realizó una asamblea
de la más alta importancia, siempre en la "Carpa de Moda",
pues el señor Bal~win seguía prestándola generosamente.
En esa asamblea fue decidido el destino de la huelga, pues
los jornaleros se hallaban indecisos ante la prolongación
del conflicto y el gerente del Muelle y Dársena seguía ne-
gándose a acceder a sus peticiones. Había temor al desban-
de, especialmente por el fracaso de un intento de huelga en
Lima. Era, pues, necesario obtener el :riunfo, ya no sólo
por el reclamo, sino para evitar los desastrosos efectos que
habría tenido una derrota. El propósito de la asamblea era,
en consecuencia, hallar los medios de doblegar a los pa-
trones.
En la asamblea se hallaba la que podríamos llamar la
plana mayor del anarquismo limeflo, agrupada en "La pro-
testa". También habían anarquistas en el Callao, tales como

-54-
Roberto Chiabra y Emilio Costilla, pero no tenian Ía misma
capacidad expresiva, es decir, no eran oradores como Léva-
no, Gutarra, Aguirre, Montano y otros.
Para Francisco, aquellos elementos dirigentes eran algo
así como semidioses. Todos ellos arengaban a la multitud
aconsejando la resistencia hasta la heroicidad, si fuera nece-
sario. Y cada una de sus palabras, y frases dec1amatorias,
sobre todo las de Gutarra, hacían impacto en su espíritu
casi infantil, en sus instintivos sentimientos rebeldes, como
fiel interpretación de lo que él mismo hubiera querido de-
cir. Pero muchos obreros no se dejaron impresionar por
la retórica anarquista. La resistencia y el sabotaje, en caso
de que continuara la terquedad patronal, no pareCÍan ade.
cuados para solucionar el conflicto y evitar el desbande. Al-
guien, un jornalero cuyo nombre debiera recordarse, muy
sin instrucción, dada su manera de hablar, se expresó apro-
ximadamente de esta manera:
-"Los jornaleros estamos muy agradecidos a los seño-
res que nos han hecho ver nuestros derechos y ahora hacen
todo lo que pueden por ayudarnos. Pero no me parece bue-
no lo que nos están aconsejando. Nosotros y todos los tra-
bajadores del Perú hemos llevado al señor Billingur a donde
está, y es justo que él nos ayude ahora que estamos jodidos.
Vamos donde él, tengo la seguridad de qUe no nos abando-
nará. ¡Vamos a Palacio, compañeros!".
La proposición fue arduamente combatida por los an~r-
quistas. Expresaban éstos el concepto de que el Gobierno
formaba parte del grupo capitalista y era el instrumento del
que se valían para explotar a los trabajadores. No podía,
pues, ponerse en contra de sí mismo. Propusieron, en cam.
bio, la acción directa, el trato con los patrones, sin inter-
mediarios, hasta vencerlos, aunque para ello fuera necesa-
rio recurrir al sabotaje.
Pero, a pesar de los esfuerzos de los anarquistas, la pro-
posición de aquel jornalero, a quien podríamos llamar "el

-55-
huelguista desconocido", fue aprobada casi por unanimidad.
Una Comisión partió para Lima. Al regresar la· misma\ al
Callao, casi dos horas después, Fernando Vera, en su carác_
ter de presidente, hizo el correspondiente informe, más o
menos de la siguiente manera:

"Con1pañeros" :
"Don Guillermo nos recibió apenas llegamos a Palacio.
Expresó su simpatía por todos nosotros, pero lamentó no
poder dar un decreto accediendo a nuestras peticiones, pues
el horario de trabajo se halla regido por un artículo del con-
trato con la etnpresa del muelle que, estando aprobado por
el Congreso, constituía ley del Estado. En consecuencia, só-
lo el mismo Congreso podía reformarlo. Pero, nos dijo don
Guillermo, el Parlamento está en receso y como no reforma-
ría esa parte del contrato si se le convocara a sesiones ex-
traordinarias, porque el Gobierno no cuenta con la mayoría
suficiente, nos va a ayudar usando su poder a nuestro favor,
para lo que llamó a uno de sus secretarios ... ".
El informe cayó como agua helada sobre los miles de
trabajadores de todos los gremios, cuyo número sobrepasa-
ba la capacidad de la enorme "Carpa de Moda". La ansiedad
general, el temor a la derrota se reflejaba en todos los ros-
tros de manera patética. También Francisco fue presa de
! honda confusión. Sólo los anarquistas conservaban la sere-
nidad y hasta sonreían.
Ya lo habíamos previsto- dijo uno de ellos. El Gobier-
no tenía que dar algún pretexto para desorientar a lostra-
bajadores y llevarlos a la derrota. Ha pasado con el PreSI-
dente lo mismo que con el Prefecto. _
Estas frases habían sido dichas en una interrupción al
informante cuya falta de experiencia no le permitió prever
las desastrosas consecuencias que iba a tener el hecho de
comenzar su exposición por su lado negativo. Pero Vera
continuó en el uso de la palabra:
-A pesar de todo, don Guillermo dijo que nos iba a
ayudar. Llamó a uno de sus secretarios, como he dicho, y
le ordenó que preparara una r~solución en la' que se señala-
ra la jornada de 8 horas 'para las labores en la dársena y en
la bahía.
Ese documento va a publicarse en los diarios de la ,capi-
tal, el día de mañana. Asímismo, le ordenó que citara a su
despacho al gerente del Muelle, quien debía concurrir en el
término de la distancia, y nos explicó qne iba a pec1irle que
accediera a nuestras peticiones, pero entendiéndose directa-
mente con la comisión.
Una salva de aplausos provocó el final del' informe. El
temor lindante con el pánico de momentos antes, se había
trocado en indescriptibles manifestacion'es de;;a1egrÍa. Los
hombres se abrazaban y algunos hasta lloraron.
LOS anarquistas estaban contrariados. Los hombres que
habían agitado a los trabajadores, demostrándoles laposi-
bilidad de conquistar la jornada de 8 horas y ocupando los
primeros puestos en la acción, dirigiendo los piqueteS de
huelga, animando siempre a los huelguistas, se veían supe-
rados por la masa y exhibiéndose como defendiendo sus
ideas por encima de las reivindicaciones que ellos mismos
habían propuesto.
Tampoco estaba muy tranquilo Francisco. Le alegraba
el triunfo del que ya no podía dudarse, pero hubiera quen
do que su abtención se debiera a circunstancia que él mismo
no podía explicarse. Como en esos días "La Protesta" había
circulado con profusión, al influjo de su lectura y de la pri-
mera parte del informe de Vera, se figuró que la accióil
huelguística iba a adquirir carácteres de viohmcia y se hiz')
la idea de ocupar los lugares de mayor peligro. Se hubiera
comparado con Gavroche, pero Francisco no había leído "Los
Miserables;' ...

-57-
V 1

SE CONQUISTA LA .JORNADA DE 8 HORAS

La resolución prometida apareció, efectivamente, en los


diarios del día siguiente. He aquí su texto que, como puellc
verse, era más de lo que podía esperarse teniendo en cueilt<l
lo expresado por Billinghrst a la comisión:

RESOLUCION SUPREMA

"Vista la petición formulada por los jornaleros del Mw>


lle y Dársenas del Callao y encontrando justificadas las ra
zones que expone: Se resuelve:
Desde la fecha, la descarga en el muelle y dársena y ..::¡]
la bahía del Callao, tendrá lugar durante todos los dias
útiles del año desde las 7 a. m. hasta las 11 y de la 1 p. m.
hasta las 5 de la tarde, derogándose en e~ta parte el art.
41 del reglamento aprobado por resolución suprema de 31
de marzo de 1875.
Regístrese, comuníquese y archívese.
Rúbrica de S. E .
Maldonado.
Fecha: 10 de Enero de 1913.

En la tarde del mismo día 10,el Gerente del Muelle acep-


tó algunos puntos del pliego de reclamos y se comprometió
a discutir los otros en comisión bipartita, bajo los auspicios
del Prefecto. La jornada de 8 horas había sido conquistada
por primera vez en el Perú. Terminó, pues, la huelga para
los jornaleros. Dos días después también obtuvieron la jor-
nada de 8 horas los trabajadores del Molino de Milne y
todo hacía suponer que los demás gremios en huelga obten.
drían la misma reivindicación. Pero eso no ocurrió.
-58-
Al influjo de los triunfos indicados, los mecán.icos y de-
más metalúrgicos de "Guadalupe", "El Vulcano", "El Agui-
la", y "White" se habían declarado en huelgo, también por
la jornada de 8 horas y aumento de salarios, pero no pudie-
ron lograr sus objetivos. Los de "Guadalupe" volvieron al
trabajo después de dos o tres días de paro, casi en las mis_
mas condiciones de antes. Los de las tres factorías res-
tantes 10 hicieron a los 59 días, cuando todos se hallaban
acosados por el hambre.
Antes de levantarse la huelga de los mecánicos, tuvo lu·
gar un acto de sabotaje en los talleres de "El Vulcano".
Lo realizaron obreros de ese centro de trabajo con el con·
curso de algunos otros del "Aguila". A consecuencia de él,
resultaron averiados algunos tornos y cepillos, pero la ac-
ción no tuvo mayor trascendencia. Hubo de suspenderse la
huelga y en condiciones duras, puesto que, si bien se obtu-
vo la jornada de 8 horas y media, los respectivos dueños se
reservaron el derecho de señalar a los que podían remgre-
sar al trabajo y a los que serían despedidos. Francisco es-
tuvo entre los últimos, ya que había formado en los pIque-
tes de huelga y tomado parte activa en la acción de sabo.
taje. Así, a los 16 años de edad, Franicsco fue despedido
del trabajo por segunda vez y por la misma causa que la
primera, cuando trabajaba como peón campesino.
La vida de Francisco se hizo muy difícil, su nombre fi-
guraba en una lista negra, como "mal elemento", al que no
debía recibirse en ningún taller. Efectivamente, en ninguna
parte fue admitido. Le quedaba, sin embargo, el recurso de
volver al campo, a alguna de las haciendas cercanas a Lima.
Yeso fue lo que hizo. Su necesidad era tanta, y asimismo
la de su madre y hermanos, que llegó a Puente Piedra dis-
puesto a trabajar en lo que fuera. Pero la buena suerte lo
acompañó esta vez, pues le dieron ocupación como maqui.
nista de locomotora.

-59-
Capítulo VIII.
EL GRUPO "LA PROTESTA"

Unos de los objetivos de este trabajo es dar a la


nueva generación de activistas sindicales, una versión
cabal de hechos notables iniciados hacen más de 50
años. Fueron realizados por muchos hombres, entre
los cuales destacaron algunos, cuyos nombres, si viven
aún, estamos seguros que serán objeto de deferencia,
y honrada su memoria si hubieran fallecido. Talvez
sobrestimando lo que tiene de personal el relato, Fran·
cisco supone que a algunos, vivos todavía, estas líneas
les traigan gratos recuerdos de su acción precursora.
Por eso también hemos emprendido la tarea y vamos
a continuarl a .

-*
Varios meses después de encontrarse trabajando en
Puente Piedra, Francisco logró conocer el domicilio de
Delfín Lévano, un cuarto de callejón de la calle Mapiri, en
donde hasta ahora viven familiares suyos. Fue llevado ahí
por Emilio Costilla, ya fallecido. La vivienda era sólo una
pieza, que se utilizaba como dormitorio, sala de estar, coci-
na y biblioteca. Una rúústica mesa hacía las veces de es-
critotio. Iba a realizarse una reunión del grupo de "La
Protesta" y se dio a Francisco el honor de participar en
ella como simpatizante.
Alrededor de 25 hombres se apretujaban en el reducido
espacio, pero ninguno se sentía incómodo. Sus ocupaciones
eran diferentes. Unos eran trabajadores"de fábricas, artesa.
nos otros y pequeños comerciantes los demás. Lévano era
panadero.

-60-
Eran, pues, trabajadores, pero hablaban como doctores.
Fundamentando las opiniones que vertían, citaban a Kropot·
kine, a Bakunine, a Anselmo Lorenzo, a Enrique Malatesta.
Es decir, hacían gala de su erudición.
El objeto de la reunión tenía una importancia extraor-
dinaria. El seiior Billinghurst había sido depuesto de la Pre-
sidencia de la RepÚblica por el entonces coronel Benavides
y los hermanos Jorge y Manuel Pardo, entre los elemento,;
civiles, y ya se insinuaba una severa represión del movimien-
to obrero, mediante la aplicación de un decreto, dictado por
Billinghurst, que reglamentaba las huelgas, en condiciones
desastrosas para los trabajadores. Tratábase, pues, de ha·
lIar la forma de superar ese peligro, ° de aminorarlo-, al
menos.
Francisco salió como mareacto de 1;..• reunión. Casi no·
había entendido lb que dijeron los oradores. Sin embargo,
dos cosas le causaron complacencia: la enorme personali-
dad de Lévano, que se imponía a los demás por la f~erza de
su razonamientos y lo concretas de sus proposiciones, y el
haber trabado conocimiento con Marcial Rosicorsi,'mucha-
cho amo él, que después tuviera destacada actuación en un
partido político, miembros del cual lo asesinaron, años des-
pués, al mismo tiempo que a'su hijo.
Marcial tuvo la audacia de discrepar con la actitud to-
talitaria del jefe de su partido y la consecuente organiza-
ción interna del mismo, y trató de democratizarlo. Pero pa-
rece que el momento no fue bien elegido, pues dicho s~ñor
era considerado por sus partidarios como sabio y casi divi-
no, por lo que la actitud de Marcial fue tomada como ver· .
dadera herejía. Funcionó el tribunal secreto, se le juzgó sin
apelación. El grupo ejecutor se puso en movimiento y eli-
minó a Marcial y a su hijo, en el propio domicilio familiar.
Esa fue una versión muy generalizada en los días pos-
teriores al infausto acontecimiento.

-61....:...
De regreso a su trabajo, Francisco hubo de meditar de-
tenidamente. Los hombres con quienes había trabado cono-
cimiento se erguían contra la injusticia y buscaban, a su
modo, la forma de suprimirla. Es cierto que su lenguaje le
pareció brumoso, con citas de autores y de nombres de sus
personajes centrales, corno Gargantúa y Pantagruel, de Re-
belais, con quienes eran comparados capitalistas y gobernan-
tes, pero atribuía tal reacción a su ignorancia, por cuya cau.
sa no sabía que Rebelais había existido y creado tan inte-
resante sátira. Quién sabe si, precisamente por eso, supo-
nía que esas mismas ideas debían exponerse en forma más
sencilla, de manera que todos pudieran comprenderlas, sim-
patizar con ellas y sumarse a la acción para hacerlas reali.
dad. En su concepto, esos hombres poseían una cultura su·
perior, pero ésta los alejaba del pueblo de que formaban
parte, en lugar de afianzados en él y de actuar como el
centro de su gravitación ..
Eran, además, fanáticos, con una seguridad absoluta de
ser dueños de la verdad, lo que tampoco era bien entendi-
do por Francisco. Sin embargo, ingresó a "La Protesta",
pocos días después, corno miembro del grupo, por lo que
recibió felicitaciones de Lévano.
y así, empujado más que nada por su anhelo de jus-
ticia, completamente de acuerdo con sus compañeros de
grupo, Francisco se hizo anarquista y también fanático, co-
rno los demás.
Eran tan cerrado el fanatismo de Francisco, que hasta
el baile, las fiestas sociales, tan comunes entre trabajado-
res, eran consideradas por él corno cosas supérfluas, inven-
tadas por la burguesía para que no se pensara en reivindi-
caciones, para que su explotación pudiera realizarse al má.
ximo, sin peligro, sin que nada los molestara en sus sacro-
santas orgías. Y no aprendió a bailar, ni quiso tornar lico-
res. En cambio, se propuso culturizarse.
En esto era ayudado por Lévano, Cisneros, Costilla y
otros compañeros, que le prestaban libros.
-62-
Más o menos dos meses después de haber ingresado al
grupo, sintió el deseo de opinar por escrito y, con gran es-
fuerzo, compuso un trabajo de dos carillas, que entregó a
Lévano, y, luego, publicó liLa Protesta", órgano del grupo,
con correcciones principalmente de ortografía. Se le tituló
liLa voz de un campesino" y la firma de Francisco fus sus~
tituída con un pseudónimo, con el fin de evitarle posibles di.
ficultades en su centro de trabajo, según se le explicó.
De esa manera, el año 1914,sin haber cumplido todavía
18 años, Francisco se incorporó al número de escritores
obreros, de los que habían muy pocos.
El ejercicio intelectual le demandaba enorme fuerza de
voluntad. Su cuerpo, cansado del trabajo del día; y la faI.
ta del hábito de la lectura o la escritura, era como enorme
valla que debía superar, si quería realizar su propósito de
culturizarse y hallarse en condiciones de expresar sus ideas
por escrito, pero muchas veces no pudo evitar el quedarse
dormido ante el libro que quería leer o el papel en que tra-
taba de escribir.
De todas maneras, el caso es que progresaba. Cada vez
quedaba mas lejano su período de casi analfabeto. Su ma·
dre le había enseñado a leer y a escribir, pero era muy poco
lo que sabía la pobre señora, pues su cultura escolar se re-
ducía a dos años de asistencia a la Escuela de las Madres
de Santa Teresa, en la época de la ocupación chilena.

-63-
1 X
VIRAJE HACIA EL SINDICALISMO

"ADELANTE"

En el verano de 1916, Francisco residió en Huacho, don-


de trabajaba como peón en la cuadrilla de carrilanos y fue
atacado por el paludismo. Sus compañeros de trabajo, caSI
todos serranos, trataban de ocultarlo, cubriéndolo hasta el
cuello con la candente arena de la pampa, cuando lo veían
temblar por el frío que antecede a la fiebre que produce esa
enfermedad. Volvía a la faena en cuanto pasaba el frío pre.
cursar de la fiebre.
-Porqué no me ha dicho que está con tercian a ... le
dijo un día el capataz y Francisco creyó que iba a despedir-
lo del trabajo. En el campamento hay quinina. A la tarde se
dad agregó el capataz.
Por aquel tiempo se reunía en Huacho un grupo de jóve-
nes interesados en las ideas y prpoósitos del anarquismo.
Entre estos, Francisco distribuía "La Protesta"; y Lévano,
Montano y un estudiante de jurisprudencia, Juan Manuel
Carreii.o, les habían dado explicaciones sobre el contenido de
ciertos libros, ensefiándoles al mislno tiempo varias maneras
de actuar dentro del pueblo, en las acciones de masas."
Carreño, había ingresado hacía poco al grupo "La Pro-
testa", junto con Erasmo Roca, también estudiante, a la
sazón, y quien, con el correr de los años, llegó al decanato
de la Facultad de Economía de la Universidad de San Marcos
y, eventualmente, al Rectorado de esa casa de estudios" Fue
precisamente Roca, éJ.uien por primera vez en el Perú, escn-
bió artículos de divulgación sindical, que se publicaban en el
períodico órgano del grupo. En esos artículos se hacía hin.
capié acerca de las superioridaGt de la organización sindical
sobre cualquier otro tipo de asociación obrera y se indica-
ban los medios de lucha propios del Sindicato, tales como
la huelga, el boyeot y el sabotaje.
-64 --
El viraj€ del anarquismo hacia la organización sindical
fue precedido por apasionadas y hasta violentas discusiones.
"Para qué queremos sindicatos que, a lo más, se limitarán
a pedir aumentos de salarios, y algunas otras mejoras. Des-
pués de cada lucha de los trabajadores, la organización so-
cial quedará como antes, con burgueses, curas militares y
demás explotadores del pueblo, en igual posición, como si
nada hubiera ocurrido. Lo que necesitamos es preparar a
los trabajadores para la revolución, en la que no tendrán
cabida esa cálifa de parásitos, en la que todos contribuirán
al proceso de la producción".
Así razonaban algunos miembros prominantes del gru-
po. Pero la mayoría, con Lévano a la cabeza, votaron por
el sindicalismo y Roca fue encargado de su divulgación. Ese
fue el origen de sus artículos en "La Protesta".
Con la nueva orientación, el anarquismo dejó de ser
simplemente una lógia revolucionaria. Se acercó más al pue-
blo, contribuyendo eficientemente en la organización de los
sindicatos, siendo el de zapateros el primero en fundarse,
el año 1915,en un local que hasta ahora existe en la esquina
del Malecón RÍmac y la calle Minas. Poco tiempo después,
se organizó la primera Confederación de Trabajadores del
Perú.
La orientación anarco-sindicalista fue llevada a Huacho,
pero los trabajadores, mayormente campesinos, estaban
incómodos, con salarios bajos, excesivas tareas y mala co-
mida. Querían algo que mejorara su situación pero inmedia-
tamente. En consecuencia, se les ayudó a formular un plie-
go de reclamos, tomándose simultáneamente urgentes me-
didas de organización .. ~
Estos ocurría en el mes de Juno de 1917.
El pliego de reclamos fue rechazado por los hacendados
y los campesinos se declararon en Huelga.
El hecho produjo conmoción en la ciudad de Huacho y
aún en Lima Era la primera vez que "los cholos' 'se alza-

-65-
ban así, organizadamente, con reclamos en los que sólo se
veía una audacia desacostumbrada. Aquello merecía un caso
tigo ejemplar en concepto de los terratenientes. Con tal fin,
se trasladó a Huacho el coronel Edgardo Arenas, prefecto
del departamento, acompañado por gruesa cantidad de gen-
darmes y de tropas de Regimiento Escoltada. Los huelguis-
tas supusieron que la presencia de esa alta autoridad iba a
facilitar la solución favorable del conflicto, pero poco tiem-
po después, comprobaron su equivocación.
Con el objeto de presentar sus reclamos "al señor pre-
fecto" y pedir su intervención ante los principales, se orga-
nizó una manifestación, a cuyo frente se ubicaron unas 100
mujeres, mayormente jóvenes, mientras que pasaban de mil
los hombres que las seguían. Caminaban confiados, vivaban
a la huelga, pero también hubieron vítores al prefecto. Iban
a ingresar ya a la calle Malambo cuando la gendarmería y
los soldados le cerraron el paso a la altura de Cocharcas.
Las mujeres con valentía digna de su causa, quisieron seguir
avanzando, sin hacer caso de la orden perenteria de los ofi-
ciales; por su parte, los hombres, cuya gran mayoría ignoraba
lo que ocurría adelante, continuaron andando y se rompió el
orden de la manifestación. Los de atrás empujaban a los
de adelante, pero ahí estabnalas mujeres y, frente a ellas, los
soldados de la escolta presidencial y los gendarmes. Por su
parte el "valiente" señor Prefecto, se había ubicado a unas
tres cuadras de distancia, al abrigo de cualquier peligro, co-
mo lo hacían antes lo generales en campaña, quienes, al mis-
mo tiempo que veían el teatro de operaciones, estaban al
abrigo del fuego enemigo. Acompañaban al Prefecto varios
oficiales.
Fieles a su disciplina, con el cumplimiento de la cual
obtenían su pan, los gendarmenes permanecieron en sus-
puestos, lo mismo que los soldados atentos a las órdenes
de su jefes. Ellos ofrecían una como barrera humana, pero
armada, a la masa, nÚInericamente mayor, pero inerme. De
-66-
Pronto recibieron una orden de parte de uno de los oficiales
que aompañaban al prefeto y una ráfaga de fusilería atronó
el espacio. Los manifestantes no se desperdigaron como, sin
sin duda, lo había esperado el Prefecto. "Adelante" gritaron
muchos, pero ahora la tropa disparó al cuerpo. Usaron luego
las bayonetas o las culatas de sus fusiles y la caballería
lanzó una carga repartiendo sablazo$..
La manifestación se disolvió. Sobre la polvorienta y en
partes empedrada calle de Malambo yacían 15 mujeres muer-
tas. Uno de ellas, con el vientre abultado por varios meses
de embarazo, mostraba al sol sus instestinos, abiertos por
una bayoneta o sable. En general la calle ofrecía un aspecto
macabro, con mujeres yacente s en las más absurdas pOSICIO-
nes. Hubieron numerosos heridos, hQmbres y mujeres, y fue
grande el número de apresados.
En la noche, mientras el Prefecto celebraba su victoria
en el principal ha tal de la ciudad, recibiendo expresiones de
adhesión y felicitaciones por la energía demostrada, los cam·
pesinos se reunieron en la campiña, en Santa María, para
discutir la situación.
Nadie había dado muestra de temor entre los miembros
del Comité de Huelga. Durante la masacre conservaron su
vinculación, no obstante haber sido heridos algunos de sus
integrantes, y ahí mismo, en la reunión, eran varios los que
tenían un brazo en cabres tiIlo o vendada la cabeza. José
Montano, de "La Protesta", que junto con Francisco habían
estado esesorando al Comité de huelga, tenía hinchado un
brazo a consecuencia de un sablazo dirigido a una mujer, a
la que salvó del golpe. Tampoco resultó ilseso Francisco.
Una bala habíale rozado una pierna, pero ambos, Montana
y Francisco estaban en la reunión.
El sentimiento general era de rabia por el crimen de que
habían sido víctimas y por la manifiesta impotencia para el
desquite. Pero si ese era el estado de ánimo de los dirigen-
tes, no ocurría lo mismo con buena parte de los huelguistas

-67-
que, según los informes escuchados, estaban desmoralizados.
Era una cuestión de fuerza, de armas, que los trabajadores
no las tenían, ni habían sido preparados para usarlas, en
caso de tenerlas. Además, era fácil comprender que detrás
de la gendarmería y del pelotón de soldados, el conjunto de
elementos que, mediante la leva, forman el ejército nacional
cuya misión proclamada es la de rechazar cualquier invasión
extranjera, es utilizado también para matar trabajdores, con
el pretexto de "restablecer el orden", pero en realidad para
que los burgueses conserven íntegros sus previlegios.
Estas consideraciones .,pasaronsobre el Comité de Huel-
ga y lo llevaron al acuerdo de suspender la acción. Pero
antes de que éste se adoptara, Montano y Francisco, habla-
ron a los circunstantes, exhortándolos, y sus palabras, prin-
cipalmente las de Montano, fueron como la siembra de una
semilla de esperanza, de fe en la acción constructora del
esfuerzo popular. Francisco habló así:
-Esta huelga de ustedes, que se ha ahogado con sangre,
segando la vida de numerosas mujeres, ha constituído un
acto viril de hombres y mujeres que no quieren dejarse ani-
quilar, como los encomenderos españoles y sus herederos
criollos lo hicieron con los indígenas serranos. Rindo, pues,
mi tributo de respetuosa admiración a los caídos y a este
pueblo de valientes.
Pero debe confesarles que no es mi mayor rencor a los
gendarmes asesinos. Esos hombres DO comerían, no podrían
mantener a sus hijos, si no atropeilaran al pueblo, si no ma-
taran cuando así se lo ordenen. Es una manera muy triste
de ganarse la vida, pero ellos no crearon la gendarmería,
así como ustedes no han creado el peonaje. Son los burgue-
ses, los hacendados, los responsables de los sangrientos suce-
sos de hoy. Son los burgueses que a ustedes les da una
lampa, un machete o arado, para que cultiven sus tierras,
con la cabeza gacha hasta terminar la tarea y a los gendar-
mes les da un rifle o sable y una organización, con la espe-
-68-
ranza de ascensos, para que golpeen o asesinen cuando al-
guien, como ahora, levanta la cabeza. En un mundo así vi-
vivimos
Pero sería muy lamentable si ustedes se amilanaran por
lo intenso de sus sufrimiento. Si tal hicieran, aumentarán la
explotación que ahora sufren, serán peores los malos tratos.
Piensen que las balas de hoy no han solucionada ningún
problema. Seguimos frente a frente. A un lado los hacenda-
dos y todo su aparato de represión, al otro pueblo, cuyo
propósito es esta huelga no fue el de arrabatarles sus pro-
piedades, sino el de conseguir algunas mejoras, para no vivir
desesperadamente, acosados por necesidades cada vez más
imposibles de satisfacer.
Solo hay dos caminos, señaló Francisco. O dejarse redu-
cir a una situación lindante con la esclavitud o continuar la
lucha, pero agrandándola, procurando que en ella tomen
parte todos los trabajadores de la provincia.
Confió en que ustedes tomarán el segundo camino, no
sólo porque a ellos empuja su calidad de hombres que no
quieren ser vencidos, como los bueyes, sino porque los re-
clamos no han sido atendidos.
Mi compañero Montano y yo seguiremos acompañándo_
los, para que la derrota de hoy se compense con una gran
victoria. Este crimen, junto con otros muchos cometidos en
otras partes, por la misma causa, agranda la cuenta que un
día, pronto tal vez, cobraremos a la burguesía. Y será enton-
ces cuando la veremos llorar, como lloran ahora los huérfa_
nos, cuyas madres han sido asesinadas.
Repetimos, la huelga fue levantada, pero sus resultados
no fueron completamente negativos, no obstante la aplastan-
te derrota. Es probable que las autoridades tuvieron cono-
cimiento del deseo de hacer una huelga mucho más grande
y. ante ese temor, los dueños de varias haciendas elevaron
los salarios. Hasta en Paramonga, distante 60 kilómetros de
Huacho, dejo de usarse el látigo de los caporales, se elevó de

-69-
80 ctvos. a un sol el salario de los serranos, mientras que
el de los huachanos, mayormente lamperos, fue fijado en
-1.80, lo que representaba un aumento de 30 centavos. Tam.
bién obtuvieron aumento los cortadores de caña, que traba.
jaban a destajo.
Las mejoras fueron importantes, pero muy caro el pre-
cio pagado por ellas; 15 mujeres muertas, más de 50 heri-
dos entre mujeres y hombres y alrededor de 100 presos, al-
gunos de los cuales fueron torturados para obligarlos a de-
nunciar a los mentores del movimiento.
Por otra parte, la repercusión, en Lima, de tan cruel
trato a un puebo que no se había levantado en armas, que
ni siquiera podía acusarsele de haber alterado el orden, fue
de condenación por parte de casi todos los órganos de pu-
blicidad y por todos los trabajadores, "La Crónica" desta-
có entre los diarios, por sus informaciones verídicas y con
un dibujo de Alcántara La Torre, en su edición del domingo
24 de Junio, en colores y en primera página, en la que se pre-
sentaba al presidente de la República, Dr. José Pardo, in.
clinado sobr un balcón del Palacio, como hablando con una
supuesta vendedora de fruta, pero cuya mercancía son ca-
bezas de mujeres, de las que le ofrece una en cada mano.
y dice la vendedora: "Cómpremelas todas, patrón, están
pintonas, tus apañadoras las cosecharon allá en mi pueblo".
Por su parte el grupo "La Protesta" lanzó la iniciativa
de organizar una manifestación de masas, para solicitar san.
ción contra el Prefecto Arenas y contra todas las autoridades
que resultaran culpables, lo que fue favorablemente acogido
por la clase obrera.
En efecto, en un local de la calle Trapitos, delegados
de todos los gremios obreros y algunas sociedades de auxi-
liares mutuos, se hallaban a la espera de la delegación de
Vitarte para comenzar a sesionar. A Vitarte se le consideraba
indispensable no sólo por la valentía y tenacidad demostrada
en los reclamos, sino también por su influencia entre los
trabajadores de las numesos haciendas del Valle de Ate.
-70-
Llegó, por fin, la delegación, presidida por Julio Portoca·
. rrero un muchacho de unos 20 años, a la sazón, pero no
pudo ingresar al local. Desde antes de la llegada de los pri-
meros delegados, numerosas tropas de gendarmería y poli-
cíasurbanos se hallaban en las aceras y en las boca-calles
e iniciaron su acción de culatazos y prisiones, justamente
en los momentos en que llegaban los vitartinos.
No pudo, pues, organizarse la manifestación y hubo de
cance1arse una actuación programada para el teatro Mazi,
en la que iban a presentarse los hijos de las víctimas de
la masacre ..
y así terminó un episodio más de la lucha de los traba-
jadores peruanos por su mejoramiento. Como ya se ha di-
cho, era presidente de la República el Doctor José Pardo y
Barreda, cuyo gobierno es calificado como uno de los mas
"democráticos" habidos hasta entonces. ¡Que buena es la
democracia burguesa para los trabajadores!

-71-
x
HUELGA EN EL VALLE DE CHICAMA

A fines del mismo año de 1917,Francisco se hallaba en


la hacienda Casa Grande, en el Valle de Chicama, donde
trabajaba como mecánico. El jefe de Taller, un señor Babas-
tre, lo trataba con especial deferencia, pues Francisco había
sido ayudante de él en su época de aprendiz. De mam;ra
que, con el fin de procurale mayor salario, le concedia sobre
tiempo todos los días, incluso los domingos y, como ahí re_
gía la jornada de 11 horas y eran tres las horas de sobre-
tiempo, ingresaba al taller a las seis de la mañana y salía de
él a las 10 de la noche. Trabajaba, pues 14 horas dianas, ya
que del horario indicado hay que descontar dos horas que
se otorgaban a todos los trabajadores para el almuerzo y la
comida. No tenía tiempo para nada, ni para leer, trabajaba,
comía y domía, Y asi pasaban los días y las semanas. Era
esta una magnffica vía hacia la bestialización.
Pero unos tres meses después de hallarse en Casa Gran_
de, por los talleres comenzó a circular insistemente un ru-
mor "dicen que va ha haber huelga".
Después cambio el giro el rumor:: "ya se declararon en
huelga en Sausal, en Cartavio, en Chiclín, y un día el señor
Babastre ordenó a todos los operarios que cesaran el trabajo
inmediatamente y que se desocuparan los talleres en el me-
nor tiempo posible.
-Qué ocurre? -preguntó Francisco a alguien.
-Se vienen los indios del campo y, si encuentran que
la fábrica sigue funcionando, serían capaces de destruírla-
le respondía el interrogado.
Francisco se encontró en huelga otra vez, sin saber có-
mo. Tan golpeado había sido en la huelga del año 13 y en
otras que se omiten por amor a la brevedad que, malogrado
sus ideas anarquistas, se propuso ser simplemente en huel-
-72-
guista como los demás, sin niguna actividad que pudiera
servir después para seña1arle. Pero no sabía él en que for-
ma había1e cogido el movimiento obrero. No pudo cumplir
su propósito.
Compactos grupos de peones se había dirigido al edificio
de la Administración, con lampas y machetes todavía en sus
manos, pues acababan de llegar del campo, con el fin de ex-
poner sus quejas al administrador, pero les cerró el paso un
pelotón de caballería al mando de un capitán. A un costado
de la tropa habían civiles armados de rifles. Eran guardia-
nes, a caballo, a quienes comandaba un tal Castro, qÚe se
distinguió en la masacre en la que se ahogó la huelga ante-
flor, por su sadismo en el asesinato de trabajadores. Dire.
mas, de paso, que dicho sayón murió en la cárcel de Truji-
llo, pocos años después, donde cumplía condena por viola.
ción e incesto.
El número de trabajadores aumentaba constantemente
y cada vez era más insistente su propósito de hablar con el
administrador; ya eran más de 2 mil. También había aumen-
tado la tropa, transportada apresuradamente por ferrocarril.
El pelotón de caballería lo integraban unos 100 soldados y
varios oficiales; Había también infantería y buen número de
gendarmes. Estos últimos fueron colocados en grupos de 5
o 6 en lugares apropiados, en previsión de un ataque a las
instalaciones de la hacienda, y en mayor cantidad, en un
barrio amurallado, cuyas residencias estaban rodeadas de jar-
diñes, con veredas de concreto y mosquiteros de acero en
sus ventanas, donde vivían los señores ingenieros, químicos
y altos empleados, todos alemanes, pues lo peruanos de todas
las categorías de trabajo no tenían cabida en ese lugar, nI
siquiera como paseantes.
Ante tan tremendo despliege de fuerza, nada pudieron
los huelguistas, ni siquiera llegar hasta donde el administra-
dar. Fueron recha:?ados por segunda vez.

-73-
XI

LA PRUDENCIA ACONSEJO EL RETIRO GENERAL

Sin organización, sin dirección y sin pliego de reclamos,


el fracaso de la huelga ya se daba como cosa cierta y fue
entonces que Francisco no pudo contenerse y decidió enfren·
tar la situación, para lo que entabló conversación con otros
jóvenes, inquietos como él por el fracaso en perspectiva.
Fruto de esa labor fue el que, en poco menos de dos horas,
se organizó y realizó una asamblea de delegados de todos
los sectores de trabajo, incluso de la fábrica y de los talle-
res, en la que se dio una organización al movimiento, se re-
dactó un pliego de reclamos y se eligió el Comité de Huelga.
Se había trabajado con bastante celeridad.
Cerca de las 5 de la tarde, el Comité se presento ante
el Teniente Coronel que comandaba la tropa y le dio a co-
nocer su propósito de entregar y discutir, con quien corres-
pondiera, el pliego de reclamos. Mientras, los peones habían
permanecido en el mismo sitio. Ahora eran más de 3 mil.
Como es de suponer, no se conocían las órdenes que habría
recibido el mencionado jefe militar, pero merece destacar y
elogiar su tino y serenidad. La actitud de los huelguistas
era verdaderamente hóstil, pero la tropa no tomó la inicia-
tiva para la provocación, el atropello o la masacre. Y al
presentarse la comisión ante el jefe, este, luego de escuchar.
la, descendió de su caballo y fue con ellos ante los dirigentes
de la hacienda, unos hombres mayormente flacos, altos de
tez blanca y pelo rubio, quienes no disimularon su sorpresa
al ver a un jefe militar acompañado de trabajadores. Ellos
permanecían sentados; de pie la comisión. El militar no
quiso tomar asiento.
El pliego de reclamos fue entregado por el presidente del
Comité de Huelga, un mecánico apellidado Arredondo, y él
Y Francisco hicieron la correspondiente fundamentación ver-

-74-
ba!. Varios otros también hicieron uso de la palabra, pero
no se llegó a ninguna conclusión. No quedó la posibilidad
de un acuerdo para más tarde o al día siguiente, ni siquIera
para una nueva entrevista, pues el pliego fue rotundamente
rechazado.
Como la peonada no se había movido del sitio que ocu.
paba desde varias horas antes, inmediatamente se le dIO
cuenta del resultado negativo de la gestión, a la vez que
se le recomendó calma, que ellos acataron, dirigiéndose a
sus respectivas habitaciones, unos cuartos de adobe sin ta-
rrajear, techo de paja y piso de tierra apisonada por el
propio trajín y pequeños, de unos 12 metros cuadrados, don-
de se embutían abigarradamente de a 8 en cada cuarto, o
cuatro parejas, si se trataba de casados.
No fue necesario enviar emisarios a las demás hacien-
das en huelga para fines de vinculación, ya que ahí mismo,
en Casa Grande, sus representantes tomaron parte en la
asamblea de delegados y convenido en que los pliegos de
reclamos fueron uniformes, salvo casos específicos, propios
de cada lugar.
La huelga había adquirido mayor consistencia y, a su
vez, el ejército y la gepdarmería estaban en mayor número,
pero ahora al mando de un coronel llamado La Cotera, quíen
reveló al jefe anterior. La forma como éste había tratado
a los trabajadores fue tomada, sin duda, como delito.
En la tarde del segundo día de la huelga se realizó
una asamblea de masas a la que concurrieron más de 6 mil
trabajadores, de Casa Grande y de otras haciendas, en una
pampa, dentro de la ranchería, que ostentaba el pomposo
nombre de Plaza de Armas.
La gente colmaba casi el lugar y una mesa sirvió de
tribuna a los oradores del Comité de Huelga, entre los
que estuvo Francisco. Y justamente cuando éste terminaba
su discurso, fue interrumpido por un capitán, que trepó
a la mesa y gritó a la mq1titud:
-75-
"¡Ustedes están siendo engañados por cuatro anarqUls-
tas pagados por Chile, con el propósito de debilitar al
Perúú; no les hagan caso, vuelvan a su trabajo!".
No pudo continuar, fue bajado de la mesa, pero SIn
ser lastimado. Pero ello fue como una señal. Cuando ya el
Capitán se había reincorporado a sus filas, se produjeron
varias ráfagas de fusilería, al aire, felizmente; pero fue
suficiente. La multitud se disgregó rápidamente. Tal actI-
tud debía atribuirse a que aún pesaba en la masa el recuer-
do de las atrocidades sufridas en la huelga anterior, Sólo
unos cuatrocientos hombres permanecieron cerca del' Co-
mité de Huelga, pero entonces tocó el turno a la caballería,
que arremtió bravamente contra el grupo, tirando sablazos
a diestra y siniestra, con numeroso saldo de heridos y con-
tusos. Francisco se vio encañonado por el revólver de un
oficial quien, sin dejar de apuntarle, le gritó: /1 iSiga pron-
to!", El, acató la orden y fue reducido a prisión. Se rea.
li.í!Jarontambién otras detenciones,
La provocación, el amedrentamiento de los trabajado·
res, había sido perfectamente planeado y ejecutado. Una
10CDmotora, soplando vapor por sus válvulas de seguridad
y enganchado a un carro de pasajeros, esperaba en la esta.
ción, y Francisco y tres de sus compañeros fueron condu-
cidos a Trujillo y encerrados en un calabozo de la cárcel.
Los demás apresados quedaron en calabozos de la hacienda.
Pero se equivocaron rotunademente los hacendados sí
creyeron que, con sus atropellos, iban a terminar Gon el
conflicto, pues los trabajadores reorganizaron el Comité
de Huelga y éste continuó durante 6 días más hasta que
Se lograron algunas reivindicaciones,
La jornada de 11 horas fue rebajada a 9, pero sólo pa-
ra los trabajadores de la fábrica; hubieron aumentos de
salario para todos y, especialmente Casa Grande se com-
prometió a construir más casas, para que los peones no
durmieran tan apiñadamente.
-76-
Doce días duró la prisión de Francisco y de sus com-
pañeros en la cárcel de Trujillo, pero no fueron puestos
en libertad, sino conducidos a Salaverry, con sendos guar-
dias a sus lados y deportados al Callao.
-"Dice el sei10r Prefecto que, como vuelvan a Truji-
llo, se 'les mete adentro aunque no hagan nada" - dijo el
oficial que mandaba a los guardias-, e hizo entrega del
boleto colectivo para el barco que iba a conducidos.
Ya en el Callao, Francisco leyó periódicos d~ Lima,
cuyas informaciones acerca de la huelga eran, con peque,
i1as diferencias de forma, una cínica tergiversación de lo
realmente ocurrido. En uno de esos escritos se auguraba
la próxima vuelta a la normalidad en todo el Valle de ·Chi·
cama, pues habían sido apresados "cuatro anarquistas pa
gados por Chile", responsables directos de todo lo ocu-
rrido.
La huelga, según esos diarios, era fruto de la labor de
agitación de esos elementos. No era, de ninguna manera,
acción desesperada de trabajadores peruanos, contra la du'
ra explotación a que se hallaban sometidos,protesta maSI_
va contra b semi-esclavitud que sufrían,
Fue ésta la primera vez que Francisco se vio acusado
de mercenario al servicio de un país extranjero, precisa-
mente del país por el que él sentía rencor a pesar de su
anarquismo, pues el relató de muchas atrocidades cometI-
das por soldados chilenos en el tiempo de la ocupación de
Lima, oído de boca de su madre y de su abuelo, con el
salvajismo del repaso, no se había borrado de su mente.
Dolido por tan injusta acusación, fue a la redacción
de los diarios con el objeto de pedir una rectificación,
pero no lo atendieron sino en "El Tiempo", que publicó
unas líneas, sin rectificar nada en realidad.
Mucho tiempo después, ya anciano, Francisco se sintió
hartamente compensado. Augusto Ureta, que tuvo acti-
va participación en la Huelga, en plan de recuerdos, como
-,-77 -
ocurre generalmente en los viejos, le refiiró que la juven-
tud de Casa Grande había compuesto un vals, que se hizo
muy popular en el valle, en él que elogiaban a los elementos
dirigentes por su labor durante el conflicto, entre los que ci-
taban su nombre. Francisco se sintió conmovido por la noti-
cia y algunas lágrimas surcaron su arrugada faz. ¿De alegría?
¿De pena por su idea juventud militante?i¡Quién pudiera de-
cirio!

-78-
Capítulo XII

Hasta el momento, es decir, hasta el año 1917, todas


las reclamaciones obreras, con triunfos y derrotas, se ha-
bían realizado sin intervención de intelectualis o de políti-
cos, interesados en imponer sus ideas, de actuar corno su-
premos dirigentes, o de capitalizar para su bando la inquie.
tud de las masas. Es claro que había un centro de direc-
ción, "La Protesta", pero sus integrantes eran trabajado.
res y nunca oficiaron de mandones. Del mismo Lévano, a
quien tanto respetaban todos, puede afirmarse que ni se
le ocurrió siquiera transformarse en caudillo. ¿Falta de ca-
ráCter? No. Era, simplemente, un concepto superior de so-
lidaridad humana.
Los periódicos de la época hablaban, corno ahora en
1968, "de agitadores de oficio", en cada caso, pero no los
había en la realidad. Los anarquistas de "La Protesta" no
tenían corno profesión la agitación de las masas, porque,
si así hubiera sido, ¿de qué iban a vivir? Todos eran tra-
bajadores de distintos oficios y con su labor diaria, con
su salario sostenían sus respectivos hogares . Ya se ha dicho
que Lévano era panadero, Fonkén y Portocarrero eran tex-
tiles; carpinteros eran Gutarra y Montano, Carlos Barba
trabajaba de zapatero.
Ese criterio, tales asertos de dichos periodistas delata-
ban incomprensión de la mística anarquista o, a pesar de
comprenderla, escribían así por mandato, para ganar su
salario, ya que, corno es sabido, quienes trabajan corno re-
dactores en los grandes diarios están vedados de exponer
sus opiniones; deben limitarse a seguir la orientación y a
defender los intereses de los propietarios, que son repre-
sentados por el director o el jefe de redacción. Aun las in-
formaciones son acondicionadas. En ellas se relatan hechos
"objetivamente", pero la objetividad no está en los hehos
en sí, sino en lo que conviene al periódico que se diga
respecto a ellos.
-79-
En cuanto a los intelectuales, debe reconocerse que al-
gunos de ellos favorecían al movimiento anarquista, como
Manuel González Prada, el doctor Cristián Dan y Glkerio
Tasera, entre otros, pero su ayuda se limitaba a pagar dos
o cinco soles por cada número de "La Protesta", cuando les
era entregado por Lévano, y a torpar sendos palcos en las
actuaciones que se realizaban en el Teatro Mazi. Nos es-
tamos refiriendo a su ayuda práctica y no a su obra de
ideólogos, que tuvieron la virtud de ser verdaderas semi-
llas, cuyo fruto fue el anarquismo y sus campañas. Tam-
bién daban artículos para el periódico, a veces, mas nifi-
Buno de ellos intentó adueñarse del movimiento, ponerlo a
su servicio. Eso llegó después, lo realizaron otros y fueron
precisamente los estudiantes Carreño y Roca los que les
abrieron el camino, les dieron la oportunidad. Fueron ade-
más ayudados por acontecimientos que se señalan en otro
capítulo, pues no nos parece constructivo el adelantamiento
de referencias a estos hechos.

-80--
Capítulo XII 1

LUZ Y AMOR, HUELGA DE MARINEROS

Ya en el año arribá señalado, en el Callao funcionaba


un grupo anarquista integrado por 15 trabajadores. Fran-
cisco fue uno de ellos y a él precisamente se le encargó
la redacción de "Plumadas de Rebeldía", órgano del grupo.
Como se explica en otro capítulo, el anarquismo ya
fmbía superado su etapa de nÚcleo enfrentado a la des-
igualdad social y económica y ahora se proponía objetivos
concretos, capaces de conseguir siquiera fuesen pequeñas
reivindicaciones. Y así, con esa nueva orientación, el anar-
quismo chalaco se propuso y llevó a efecto intensa lucha
por el mejoramiento de las condiciones de vida y de tra-
bajo de los tripulantes al servicio de la Compafiía Perua-
na de Vapores y Dique del Callao.
César Alfaro, uno de los miembros del grupo, que tra-
bajaba como contramaestre en uno de esos barcos, se pu-
so al frente del movimiento que llevó a la huelga general
de tripulantes, la primera que se realizaba por los trabaja
dores del mar.
Alfaro, g(an aficionado a la lectura, llegó a adquirir una
cultura vas ta y ecléctica. Estudiaba navegación y alcanzó
el título de Capitán de Travesía. Párecía ser el hombre
menos indicado para encabezar un movimiento de esa na-
turaleza, dado su deseo de ascender en su oficio, pero era
anarquista, es decir, estaba poseído de igual mística que
los demás y con gusto arriesgó su porvenir. Posteriormen-
te, ya con su título de capitán y al mando de uno de los
buques de esa misma compañía, organizó a capitanes y
pilotos, planteó reivindicaciones y presidió la respectiva co-
misión de reclamos.
Bajo la dirección, pues, de Alfaro, marineros, fogone-
ros, engrasadores, camaroteros, saloneros, y demás perso-

- 81--
nal de servicio, se hallaron en huelga, procurando la mejo-
ría de las horribles condiciones de trabajo entonces exis-
tentes. Quienes los sufrían, especialmente los fogoneros y
rnarineros, eran hombres desesperados, para quienes la vi
da era imposible fuera de los barcos. Muchos de ellos es-
taban dispuestos a trabajar a cambio de la comida y de
un lugar para dormir y de eso S~ aprovechaba la compañía
naviera, pues realizaba el supremo ideal del capitalismo in-
dustrial: mano de obra barata.
El salario de marineros y fogoneros era de 18 soles
mensuales, la comida se reducía a una sopa de arroz con
huesos de vacuno, pues la carne se separaba para los pasa_
jeros y los señores oficiales, lo mismo en "el almuerzo que
en la comida. El desayuno consistía en café ralo y pan solo.
Estaban obligados a trabajar las 24 horas del día, en
caso necesario, lo que ocurría muy seguido con los marine-
ros, en los puertos, ya que, en ese tiempo, los marineros
eran también estibadores, bajo la dirección de pilotos y so-
brecargos. Finalmente, en sus respectivos dormitorios, los
"ranchos", las cabinas superpuestas eran individuales, pero
a tabla pelada, sin colchón ni almohada y sin cobertores,
salvo los que se hubieran agenciado los interesados, que
consistían, en tales casos, en sacos de yute y papeles.
Solamente aceptaban el trabajo en esas condiciones
los desesperados, como he dicho, los que necesitaban ur-
gentemente un pan y un refugio. Por lo tanto, el gremio es-
taba formado por la parte más pobre y atrasada del pueblo,
muy - pocos sabían leer y asimismo eran escasos los que
. usaban peine. En cambio, eran hombres de mirada torva;
llevaban casi siempre cuchillo en la faja, en la cintura, co-
mo si fuesen sus enemigos todos aquellQ~ con quienes se
cruzaban, al andar, incluso sus propios compañeros.
y esos- trabajadores, en cuyas mentes nunca posó Ja
idea de que podían mejorar su situación mediante una ac-
ción colectiva y ordenada, realizó sin embargo, la pfJl11era

- 82--
huelga de tripulantes y dieron vida, después de su triunfo,
" la primera organización estable del gremio, que se llamó
Sociedad de Tripulantes de la Compañía Peruana de Va-
pores, con oficina en el Callao, a cargo de un Secretario
Ientado, uno de su propio gremio.
Declarada la huelga, se planteó la necesidad de termi-
narla lo más rápidamente posible, por temor al desbande.
Los huelguistas, dada su pobreza, no podían permanecer
mucho tiempo en tierra, sin medíos de subsistencia. Ade-
más, muy pocos tenían lo que se podría llamar un senti-
miento huelguista, un disciplinado espíritu de cuerpo. No
obstante, la huelga se sostenía, pero más que nada por res·
peto a Alfaro, en cuya seriedad todos confiaban.
yo sé, bose (1) que uté tá trabajando pa'nosotros y al
primero que quiera embarcarse sin que uté lo mande, le
corto la barriga, -oímos decirle a un negro, que mostran_
do su puñal, hacía con él un ademán harto expresivo.
y no era el único con esa predisposición.
Al peligro de desbande había que agregar, pues, el de
que la prolongación del conflicto podía dar lugar a esce-
nas sangrientas entre los propios trabajadores. En conse_
cuencia, la huelga fue levantada después de tres días, con
pequeñas mejoras, que tuvieron, sin embargo, gran valor co-
mo elemento psicológico, pues se elevó la moral colectiva
en forma insospechada.
"Si hubiéramos aguantado un poco más, conseguíamos
todo lo pedido", fue la idea generalizada.
Justamente ese estado de ánimo hizo posible una nue-
va huelga, dos meses después, pero entonces se la organizó
mejor _ En la primera, Alfaro había actuado casi solo en
la dirección, pero en ésta todo el grupo anarquista le pres-
tó su colaboración, estableciendo, por medio de sus simpa-
tizantes, vínculos con los demás gremios y algunos de ellos,
como el de jornaleros, por ejemplo, dieron su aporte eco-

(1) Del inglés b05S o bossman, jefe o caporal..


-83-
nómico desde el principio y I • en sendas notas, ofrecieron
contribuir a la formación de un Comité para que prepara-
ra un paro general del Callao, si la compañía naviera no
aceptaba el pliego de reclamos.
"Luz y Amor" era el nombre del grupo anarquista del
Callao. Tal nombre expresaba con amplitud el romanticis-
mo de que estaban poseídos sus integrantes. pero también
eran trabajadores y, por lo tanto, hombres de acción. To-
dos realizaron tareas en apoyo de la huelga y Francisco
actuó como secretario de Alfaro, que otra vez era presi-
dente del Comité de Huelga.
Su labor consistía en redactar y contestar oficios y
redactar hojas volantes _ Para cumplir esas taeras, tuvo que
faltar al trabajo, pero ¿qué le importaba perder algunos
salarios si podía utilizar la ocasiÓn de poner en práctica
~us ideales?
No cabe duda que la movilización de la clase obrera
del Callao, la posibilidad de que se creara un conflicto
de gravedad incalculada, venció la resistencia patronal, pues
al cuarto día de huelga al pliego de reclamos fue aceptado
Íntegramente, puntos del cual anotamos en seguida:

l.-El salario de marineros y fogoneros fue fijado en


40 soles mensuales, lo que representaba más del doble de
lo que antes se les pagaba. Casi en igual proporción se
elevó el sueldo de otras categorías de trabajadores, dando
como resultado que el primer cocinero, por ejemplo, ganaba
150 mensuales, o sea más que el 4~ piloto, cuyo sueldo era de
120 soles, e iguaLque e13'?, que ganaba 150 soles.
2.-Se estableció la jornada de 8 horas de trabajo, tanto
en los puertos, en la labor de carga o descarga, como du-
rante la navegación y todo trabajo fuera del horario esta-
blecido se abonaba como sobretiempo a razón de 0.50 centa.
vos la hora. A la vuelta de vieja (cerca de un mes) los ma-
rineros llegaron a obtener más de 120 soles de salario.

-84-
3.-La comida consistía, en adelante, en tres platos de
contenido diferente en el almuerzo y la comida y se le agre-
gó lunch, con asado de vacuno, pan y café.
4. -Las cabinas fueron provistas de colchón, almohada,
sábanas, fundas y frazadas, con la obligación de cambiar,
las tres últimas. cada 8 días.
5.-La compañía reconoció la organizaci6n grerpial y a
sus personeros, tanto en cada barco, en los que funcionaba
un comité, como el Secretario residente, de cuyo nombra-
miento se dio cuenta líneas arriba
Fue este un triunfo completo de los trabajadores, logra-
do por todos los aportes que hemos señalado, pero. también
rOl' una mejor comprensión del objetivo de la hllelga por
parte de los propios interesados.

-85-
Capítulo X 1V

CUANDO LA TIERRA RECHAZA

En toda actividad humanu, en el comercio, en la políti-


ca, en la guerra y también en el movimiento obrero, la ga-
nancia es ucreedora, es decir afianza posiciones y crea la po-
sibilidad de nuevas ganancias. Tu] ocurrió con ]a huelga de
tripulantes que, en primer lugar, hizo que se superara enor-
memente el concepto que de sí mismo tenían los trabajado-
rs; ya no eran más semi-hombres, sujetos a vejámenes, ex-
puestos a ser "echados a tierra" en cualquier puerto, vícti-
mas propiciatorias de los caprichos de pilotos y sobrecargas.
ce mayordomos, huachimanes, o contramaestres. Desde en-
tonces la situación fue distinta, pues tenían su organización
para defender los .
Para Francisco, sin embargo, esus resultados positivos
en la huelga no impidieron que una vez más se quedara sin
ocupación. Era maquinista de una balandra motora que
transportaba yeso de Chi1ca al Callao, pero al volver a su
1 rabajo, encontró que otro estaba ocupando su puesto. En
tal circunstancia, Alfaro le sugirió que se embarcara como
tripulante, lo que él aceptó, pero como no conocía ningumt
de las faenas propias de los barcos, le colocó de huinchero,
o sea, en una categoría equivalente a la de grumete en los
buque::; de guerra.
Muchas veces, a Id hora de la comida, fue invitado por
Aliara a su mesa, ante la que también se sentaban el car-
pintero y el segundo contramestre. Hablaban, el anfitrión
y Francisco, de cuestiones sociales, de la burguesía, a la quP.
culpaban de la mala situación del pueblo; también hablaban
de filosofía y de autores, lo que llamaba la atención de los
compañeros de mesa y fue oído con verdadero interés por
un marinero negro y corpulento de unos 40 años de edad.
-¿Qué haces aquí? -le preguntó Altaro.

---86-
-Oigo -respondiÓ el negro.
-¿Te gusta, pues, lo que hablamos?
El negro mostrÓ su blanca dentadura, en franca sonrisa
y dijo:
-Ustedes hablan como señó Tasara (se refería a don
Glicerio). Yola conozco y le oí hablar, pero una vez casi le
damos una pateadura, yo y un amigo.
-No te gustÓ, pues, lo que oíste?
-Sí, pero nos habían pagado para que le pegáramos.
-¡Cuenta!: ¿Cómo fue eso?
-Un blanco de Lima tenía Sll lío con él y nos contrató
para que le diéramos una buena tanda de puñetes y patadas,
hasta dejarlo casi muerto, o muerto del todo y debíamos
robare el reloj y vaciarle los bolsillos, para que la policía
creyera que lo habíamos hecho para robar le. Nos garantizó
que nada iba a pasamos, porque él era hombre de mucha
vera y, para comenzar, nos dio 100 soles a cada uno, dos
tarjetas con las que podíamos consumir libremente en res-
taurantes y cantinas (indicó la ubicación de éstos) y nos
ofreciÓ 200 soles para cuando el trabajo estuviera terminado.
-¿Pero no le hicieron nada?
-No -respondió el negro-o Con una de las tarjetas nos
fuimos a tomar una copa y conversamos: Este hombre -por
don Glicerio- se ha tirau a uno de ellos mismos y no le ha
pasau nada y a nosotros, pobres negros, nos va a matar co-
mo a perros. Eso pensamos y no le hicimos nada, nos con-
formamos con pasar buena vida mientras se puidiera.
Todos reímos y Alfaro regaló al negro un pastel de man-
zana que en la mesa nadie había tocado, al tiempo que le
mandaba a popa, a su rancho .. '
La vida abordo resultaba, pues, placentera para Francis-
co. Trabajaba, leía, tenía momentos de tertulias, podía,
eventualmente, intercambiar frases agradables con alguna
pasajera de tercera, joven y simpática y, a la vuelta de via-
je, llevaba unos soles a su madre. Pero su espíritu inquieto
-87-
se manifes tó ahora en conocer la forma cómo se podía se-
ñalar un camino en el mar, y llegar al lugar deseado, y se
hizo timonel, primero, estudió pilotaje después y se encon-
tró ante un mundo ni siquiera soñado antes, un mundo
maravilloso, con estrellas que, además de embellecer la no.
che, se podían usar como puntos de referencia; además, el
sol, gtl que Francisco sólo conocía como fuente de luz y de
calor, se le presentó ahora como el principal orientador de
los navegantes, ya que, tomando su altura con el sextante,
a una hora exacta y realizando una operación algebraica
simple, con la ayuda de una tabla de logaritmos, se podía
indicar en un mapa con la punta de un alfiler, el lugar del
mundo en que se hallaba el buque, precisamente a la hor;}
seI'ialada.
Es claro que no sólo en eso consiste la ciencia de la
(,rientación, pero es fundamental lo indicado.
La navegación deja de ser un misterio para 'trancisco,
su ansia de saber se había extendido a esta rama de la acti-
vidad humana, pero ello no le proporcionó alegría, pues vol-
vió a acosarlo su ideología revolucionaria. Su vida en el
barco era varias veces superior a la que llevaba cuando se
inició como trabajador por un salario, pero -se dijo-, en
tierra, lo mismo en el PerÚ que en otras partes, seguían los
burgueses explotando al pueblo y, frente a ellos, procurando
que su explotación fuera menos dura, luchando por arran-
carIe concesiones, estaba ese pueblo orientado por Lévano, ,
Gutarra y otros; en el Callao seguían actuando Roberto
Chiabra, Emilio Costilla y los demás compat1eros, mientras
Meza Véliz lo hacía en Trujillo y otros compañeros en' di-
"ersas partes de nuestro territorio. Ninguno había abando-
nado su puesto y Francisco, por el hecho de haber perdido
su vinculación con ellos, se consideró culpable. Su lugar,
creía él, no era el mar, sino el pueblo, su agitación, su cons-
tante lucha. Y renunció a su empleo de timonel, a los bellos
panoramas, a su aprendizaje de piloto, sin ninguna pena, con

-88~
la convicción de que en tierra sus servicios a la dasc obrera
podía ser de utilidad.
Sin embargo, no pudo cumplir su propósito. En más
de una semana de constante búsqueda, no pudo hallar ocu-
pación y tuvo que volver al mar, otra vez de timonel .. pero
, ahora hacia Europa, con la intención de quedarse por alI6.;
en Francia, primero, y en Inglaterra después.

-89-
Capítulo X V

CRISIS EN EL ANARQUISMO.

La guerra europea (1914 - 1918) había dividido al movi-


miento anarquista de tal manera, que desde entonces dejó
de tener una línea, una posición iJeológica firme en el campo
internacional, es decir, un concepto claro de las relaciones
(ntre pueblos. Para Pedro Kropetkine, Francia, por su tra-
dición revólucionaria, era como una luz que permitía el
8vance de todos hacia el progreso, hacia el bienestar, supre-
mo ideal de los hombres de bien durante toda la historia
J propósito final del anarquismo, mientras que alemanes y
austríacos representaban el oscurantismo, la opresión, la
vuelta a una época ya superada por la Humanidad. En con-
secuencia, lanzó un llamado a todos los anarquistas del
mundo para que contribuyeran al aplastamiento del milita-
rismo prusiano, alemanes y austríacos. Pero, no obstante
su gran autoridad dentro del anarquismo, Kropotkine no
halló el eco que, sin duda, esperaba.
Anselmo Lorenzo, a la cabeza de los anarquistas españo-
les, mostró su completo desacuerdo con esa manera de
apreciar el conflicto. ¿Cómo es posible -escribió-, que los
pacifistas en tiempo de paz se hayan vuelto guerristas en
tiempo de guerra? En síntesis, Lorenzo sostenía que esta
guerra en nada se diferenciaba de otras habidas anterior-
mente; sólo tenía como finalidad la conservación de sus po-
siciones en América, Asia y Africa, en el caso de Inglaterra
y de Francia, además del reforz<lmiento de su situación de
explotadores de su propio pueblo, mientras que alemanes
y austríacos pugnaban por revelarlos, simplemente. "No te-
nemos colonias ni por el valor de 20 centavos", había dicho
el Kaiser. Por lo tanto, la' guerra era simplemente una ma-
nifestación violenta, criminal, de aguda rivalidad de concu-
rrancia. Nada tenía que ganar el pueblo con ella, con su
-90-
militancia en uno u otro bando. La bota militar prusiana
era igual a la de sus antagonistas.
Pero tanto Kropotkine como Lorenzo tuvieron partida-
rios y así quedó planteada la división señalada en el párrafo
,:n1terior y cuyas consecuencias fueron graves para el anar-
quismo y para el pueblo.
Embargados en discusiones que llamaremos académicas
los anarquistas peruanos no se daban cuenta que se les es'
capaba la dirección del movimiento obrero, para caer bajo
la férula de un partido político (lo que ocurrió pocos años
después) y, finalmente, sometido a la voluntad de su jefe.
No obstante, aún pudieron encabezar varias acciones que
~,ignificaron firmes pasos en nuestro progreso social. Una
de ellas, la conquista de la jornada de 8 horas para todos
los trabajadores del Perú, tiene caracteres de apoteosis.
tanto porque esa fue la obra cumbre del anarquismo, como
porque después ya no le fue posible otra que la emuhH:a.
Es cierto que el peso de la acción fue llevado por los
trabajadores de Lima y Callao, pero correspondió a los anar_
quistas el estímulo de las condiciones subjetivas, la pre.
paración psicológica de las masas para la lucha y la direc-
ción de la huelga en todo su proceso, hasta el triunfo.
Ningún político, intelectual, o estudiante dirigió, desde
atrás, a los comités de gremio, ni al Comité Central. Ni
Juan Manuel Carreño, ni Erasmo Roca participaron en la
huelga, en alguna forma, pues con ellos ocurrió lo que con
cúsi todos' los pequeño-burgueses' metidos a revolucionarios,
que se muestran muy abnegados, se confunden con los tra-
bajadores como buenos camaradas, pero sólo mientras les
conviene y acaban traicionando a la revolución. Carreño y
Roca habían abandonado el anarquismo casi un año antes
de la huelga, para integrar un grupo de estudiantes leguiís-
tas y, con el triunfo de su candidato, ocuparon jugosos em-
pleos en el Ministerio de Fomento.' Carreño era jefe de
una oficina en la Dirección de Ferrocarriles, mientras que a
-91-
Roca se le encomendó la organización de una "oficina obre-
ra" que, en la prática, resultó la primera Dirección de
Trabajo.
En cuanto se refiere a Víctor Raúl Haya de la Torre,
es preciso recordar que recién iniciaba su carrera de de-
magogo y no tenía, todavía, ninguna influencia en la masa
obrera y popular. Por el contrario, estuvo .cerca de hacer
fracasar la huelga proponiendo, en pleno despacho minis-
terial, que se siguiera trabajando 9 horas, dorando la píldora
con la ilusión de que la novena hora se pagaría como sobre-
tiempo, cosa que fue rechazada por los delegados presentes
:l, posteriormente, por la Asamblea General. No obstante
él se reclama supremo conquistador de las 8 horas, lo que
constituye una afirmación temeraria, sin ningÚn documento
probatorio y delata simplemente ansias desmedidas de ad-
judicarse méritos que avalen su triste posición política que,
en el transcurso de 40 años de actividad, ha cambiado tantas
veces de línea y de objetivos, C011"lO las culebras cambian
de piel. Pero acabamos con este asunto. No siendo polémica
la índole de este trabajo sino relato fiel de hechos ciertos,
a los interesados se les puede recomendar la lectura de
"Por una interpretación marxista del Movimiento Social Pe_
ruano", de Ricardo Martínez de La Torre, donde hallarán
élbundante documentación.

-92...,...
Capítulo X V 1

TENGO HIJOS QUE EDUCAR

Francisco lamentó siempre no haber participado en esta


lucha, pues se hallaba en Inglaterra a la razón, y tuvo que
conformarse con las notIcias de los diarios (le Lima y (le
Madrid que leía en el Consulado peruano de Liverpool y
completó sus informaciones a su regreso, en conversaciones
con los principales actores de la huelga, todos anarquistas,
que continuaban divididos, como al principio de la guerra,
pero ahora también por causas locales, como se verá· mÚs
adelante.
Los integrantes de "La Protesta" y los del grupo del
Callao se habían unido pora encarar la lucha por la jornada
de 8 horas, pero, realizada ést, afloraron de nuevo sus dis_
crepancias y resentimientos, lo que dio lugar a un desbande
general. Carreño y Roca se habían ido al leguiísmo, como se
ha dicho, pero no se fueron solos, pues se llevaron un buen.
rcúmero de valiosos elementos. Ello dio por resultado que,
con muy largos intervalos, Lévano y unos pocos compal"íe-
ros lograban editar un número de "La Protesta", pero ni
eso siquiera se logró hacer con "Plumaclas de Rebeldía", en
el Callao.
El anarquismo agonizaba.
En consecuencia, el movimiento obrero quedó a merced
de políticos y aventureros, que se apresuraron a coparlo.
Pero, sigamos.
Francisco se dio a la tarea de reagrupar compañeros.
Creía él que discrepancias y resentimientos podían superar·
se, a la vista de favorables condiciones objetivas para la
acción, dada la gran simpatía del pueblo por la revolUCIón
rusa y la conmoción por ella producida entre la burguesía
internacional, pero fueron muy magros los resultados que
obtuvo.

-93-
"Tengo hijos a quienes educar, m:entr:Js que antes sólo
les daba comida y ropa", le dijeron algunos. "¿Por qué he
de trabajar para que .otros se beneficien con empleos en
el Estado o en otra parte, pero explotando siempre su in-
fluencia en las masas ?", alegaron otros. Pero éstos no se
fijaban en que Lévano, por ejemplo. no era empleado del
gobierno y que, como ellos, debía velar por su hogar, para
lo que amasaba pan todos los días; reparaban sólo en sí
mismos, dejando entrever una especie de envidia por no te-
ner ellos los empleos o los beneficios, es decir que, pard
ellos al menos, había desaparecido la mística que hizo po-
sible la orientación del descontento popular, llcvándolo a la
conquista de importantes reivindicaciones.
Francisco terminó por aburrirse y aceptó un empleo de
mecánico jefe nocturno en el Ingenio Central Azucarero de
Huaura, donde permaneció tres años, que él utilizó para
ampliar su pequeña cultura y hasta llegó a adquirir Clertos
conocimientos técnicos, pues siguió cursos de Ingeniería
Mecánica, mediante clases .en una escuela especializada de
la enseñanza por correspondencb.

-94-
Capítulo X V 1
STOP THE WORD EN RUSIA

Inefable bagaje de ilusiones había traído Francisco a


su regreso de Inglaterra. Triunfante la Revolución Rusa,
hacia tenaz frente a invasores extranjeros, en todas sus
fronteras. Todos tenían el propósito de aplastar la Revo-
lución, pero también el de sacar provecho para sus respec-
tivos países, desmembrando a Rusia, para disponer de nuc
vas posiciones, agrandando su imperio colonial. En esa obra
eran fuertemente ayudados por ciertos generales rusos que
se levantaron en armas contra su propio pueblo, delatando
así que su patriotismo se cotizaba en rubIos, dólares o li-
bras esterlinas, es decir, en monedas y en tierras para ex
plotar campesinos, aunque fuera bajo el dominio de armas
extranjeras. Pero el pueblo ruso se defendía bien. Sufría mil
penurias, pero no mostraba síntomas de querer rendirse.
Peleaba, por el contrario, en todos los frentes y así logra-
ba, no sólo contener a los invasores, sino a veces, hasta
vencelos.
Tal espíritu de sacrificio llevado hasta la heroicidad,
produjo una ola de admiración entre los trabajadores de
Francia y de Inglaterra y ella aumentó considerablemente,
entre los ingleses, al saberse, por los diarios, que las tropa,s
francesas habían fraternizado con los rusos, en Odesa, en
lugar de disparar su calloncs. Ya no se trataba de expresar
sentimientos de simpatía, sino de una acción efectiva, que
desautorizaba a uno de los gobiernos empeñados en aplastar
la revolución. La escuadra francesa tuvo que volver a su
país.
Por otra parte, la paz habíase firmado en Junio de 1919,
pero la guerra continuab::l, para el pueblo inglés, en el frente
ruso, contra un pueblo cuya combatividad había provocado
admiración y a pesar de los 4 años de esfuerzos que le había

-95-
demandado el derrotar a los alemanes. Ello dio lugar a un
JTlovimiento por el cese de las hostilidades, por el regreso a
casa (at home) de todos los combatientes ingleses. "Stop
the war Rusia" (parar la guerra en Rusia), fue como una
consigna que se puso de manifiesto en todas las reuniones
mul ti tudinarias, en los meetings y hasta' en las conversacIO_
nes de pocas personas. Se trataba, sin duda, cle un deseo
general, pero fueron los trabajadores quienes lo expresaron
con mayor vehemenCIa, exigiendo que, cuanto antes, el cleseo
Se hiciera realidad.
Grandes huelgas se produjeron. Duran te la guerra, los
trabajadores fueron sometidos a diversas privaciones, a ver·
daderos renunciamientos de sus derechos, que se aceptaron
como contribución al esfuerzo nacional, pero termmacla ésta,
consumada la derrota alemana, los capitalistas quisieron se·
guir usufructuando con esas condiciones de trabajo, como
si la guerra continuara, lo que no fue consentido por las
masas que hicieron presente la nueva situación a industna-
les y capitalistas, planteando sus reclamos y, al no ser aten·
didos, recurrieron a la huelga, siendo las más importantes
]a de ferroviarios, que motivó la paralización de los trabo.·
.los portuarios, la d.e los mineros de Cales y la de tejedores
de Manchester.
Todos los gremios plantearon sus reclamos, pero algunos
de ellos contenía un punto de la rnás extraordinaria impor-
tancia, ya que, exponiendo un anhelo general, como hemos
dicho, ponía de manifiesto sensible progreso. Al ponerle en
su pliego de reclamos, "Stop the war in Rusia" dejó de ser
un anhelo, un grito, para transformarse en acción.
:t·Jo importaba a Francisco el triunfo o el fracaso de los
'trabajadores huelguistas, aunque él mismo fue uno de ellos,
ya que, en la época de esos acontecimientos, él trabajaba
corno mecánico en los talleres Babe Cook, en Glasgow. Lo
imponderable para Francisco, lo que motivó su esperanza
de una próxima revolución, como la rusa, fue el hecho de

-96-
que los trabajadores intervinieron decididamente en la polí-
tica internacional de sus respectivos gobiernos, en franco
desacuerdo con ellos, procurando enmendarla, negándose a
ombatir, los franceses, en una actitud casi subversiva, ú
solicitando que urgentemente fueran repatriadas las tropas
inglesas. El creía que de eso a tomar el poder faltaba muy
poco.
y así, con ese estado de ánimo, con esas ilusiones, sa-
lió de Inglaterra, rumbo al Callao, como timonel en el Hua-
llaga, pues tuvo la suerte de hallar vacante una plaza, pre-
cisamente en el momento en que gran cantidad de extranje-
ros volvían a sus respectivos países, como en un verdadero
éxodo, puesto que, terminada la guerra, la industria inglesa
ya no necesitaba de sus servicios.

-97-
Capítulo X VII

LOS EXPLOTADORES DE LA ESPERANZA

Sobre el Atlántico, varios días después de haber salido


de San Miguel, en las Azores y a un día de Sto Thomas, en
las islas Vírgenes, el calor era sofocante; no soplaba ni .la
más leve aura, sentíase una sensación de sequedad en la
garganta, como de falta de aire para la respiración. Fran.
cisco había terminado su guardia y, después de asearse,
buscó un lugar adecuado para leer, creyó hallarlo en la tal.
dilla de popa, pero lIegado a ese lugar, miró hacia el hori-
zonte, hacia la parte en que una gigantesca bola de fuego
parecía querer precipitarse dentro del mar, produciendo,
con sus reflejos, el espectáculo más bello que hasta enton-
ces viera. Eran más de las 5 de la tarde, el sol iba a ponerse
irremediablemente, pero antes regalaba a la vista con tal
variedad de colores y un conjunto tan armonioso, sobre el
fondo azul del cielo, que Francisco supuso una profanación
el querer describirlo con palabras.
También el mar era tan azul, que parecía especialmente
teñido y tan quieto se hallaba, sin la más pequeña ola, que
las burbujas producidas por la hélice del barco, al rotar,
formaban una estela, una cinta blanca que se perdía en el
infini to ...
Por primera vez apreció Francisco que era bdla la
Naturaleza, es decir, el cielo y el mar. También podría ser-
Io la tierra, pero aquí el panorama es completamente dis-
tinfo. Arboles frondosos, con frutos jugosos, agradables, y
campos sembrados, ofrecen maravillosos tonos de verde, pe-
ro los huertos están tapiados, tienen "dueño", no son lIbres,
como el cielo y el mar; y en el agro, el esmeraldino tinte
de sus plantas, o los blancos copos del agodonero, no pueden
hacer olvidar a los campesinos, la dura explotación a que
son sometidos, su tremenda miseria, a costa de la cual, en
-98-
las grandes ciudades, viven en constante derroche, satisfa-
ciendo todos sus caprichos, unos pocos hombres y mujere::,
que, por el solo hecho de poder explotar, se consideran
seres superiores.
y así, la tierra ya no es bella. Rompen la pureza del
paisaje las tapias de los huertos, los cercos de los campo~
sembrados. Y los campesinos, sudorosos, jadeantes sobre
los surcos, en beneficio de otros, son como imperativos de
redención inmediata.
No podía, pues, pensar Francisco que la tierra pudiera
ser contemplada simplemente para solaz de la vida, con sólo
un sentido emocional. Sobre la tierra vivimos los hombres
y, para apropiarse de ella, se nos ofrece el cielo para después
de morir, o sea, que se utiliza la belleza celestial en benefi-
cio propio y se predica una esperanza, pero sin creer en
ella, como la demuestra la serie de comodidades de que se
rodean los predicadores. Surge entonces para todos los
hombres libres, para todos los que ansían la implantación
de una nueva justicia, la desautorización de esas monsergas
y entablar la lucha por la conquista de la tierra, aunque
ésta adquiera caracteres cruentos.
Así pensaba Francisco, pero no logró su propósito de
reagrupar compañeros, tarea a la que se dedicó en cuanto
llegó a Lima, como ya se 11adicho. Había supuesto que to-
dos los pueblos estaban próximos a realizar su revolución,
como los rusos, pero en Lima y Callao se habían desbanda-
do los que podían encabezarla. Se produjo en él, en con-
secuencia, algo parecido a lo que Víctor Hugo llama "una
tempestad bajo un cráneo" y se fue a la hacienda con sus
ilusiones rotas, lleno de amargura.

-99-
Capítulo X VII 1
QUE NO SE REPITA ...
Lo que ocurrió, en la práctica, fue que Francisco había
procedido como aquellos a quienes él criticaba. Indepen_
dientemente de sus motivos, lo cierto era que había aban-
donado su centro de aétividades ideológicas, se rehó a los
pocos que todavía porfiaban por continuar en la acción.
La comprobación de este hecho le produjo verdadero d9-
lar y ya no le agradó su empleo, no obstante que su sueldo
le permitía satisfacer las necesidades de su madre y una
hermana menor, en la misma hacienda, a la par que ayuda-
ba a otro de sus hermanos, que estudiaba medicina en Lima.
Sus obligaciones familiares lo mantenían en su empleo,
pero sus ideas revolucionarias se lo hacían incómodo,
desesperante. Un día domingo, en que por casualidad no
trabajó la fábrica, muchachos de los talleres estaban pa-
tcando una pelota de fútbol y uno de ellos la envió hacia
Francisco, como invitándolo a participar en el juego, lo que
él aceptó, permaneciendo casi una hora con ellos, corriendo
y pateando la pelota. Ya se retiraba, uando fue intercepta-
do por el guardián de la hacienda, quien le dijo:
-Señor, señor Francisco: lo llama el ingeniero.
Acatando el llamado, Francisco se persentó ante su jefe
así como estaba, sudoroso, lleno de polvo. Este le habló
fríamente: "¿Cómo 10 van a respetar los muchachos, ayu-
dantes y peones, si Ud. se pone a jugar con ellos? Espero
que esto no se repita".
Y, efectivamente comprendió su situación. El relativo
buen sueldo, las buenas raciones, "especiales para empledos"
~; las eventuales invitaciones para comer con el ingeniero y
el administrador tenían su precio. Además de su pericia de
mecánico y su sentido de responsabilidad en su guardia,
cuando la fábrica estaba a su cargo, se le exigía que forma-
ra en el campo de los explotadores. No pudo soportar esa
exigencia y presentó su renuncia. Se habría despreciado a
sí mismo si no lo hubiera hecho.
-100-
1

. 1

·'
1

1
Capítulo XIX

CELULAS y CANCER

Libre por ese acto de independencia, de nuevo en la


capital, Francisco compró un carro y se hizo chofer. Con-
sideró que de ahí no lo despedirían, como podría serlo de
algún taller, pues quería reiniciar sus actividades revolu-
cionarias.
Con ese propósito, ya en su nuevo oficio, hizo varias
visitas, una de ellas a Lévano, a quien encontró muy depri-
mido, pues los pocos compañeros que todavía actuaban, se
entusiasmaban demasiado con el funcionamiento de la "Uni.
versidad Popular",
r organizada por estudiantes de San Mar.'
.

cos que podía servir para fines de cultura, pero por los cua-
les no debía de abandonarse el movimiento revolucionario,
d estímulo, en las masas, de sus anhelos reinvindicativos.
Justamente esa noche, iba a realizarse una actuación de
la Universidad Popular en el local de la Federación de Cho-
feres, sito en la calle Cotabambas, o sea, a· pocos pasos del
domicilio de Lévano. Se trataba de un recital a cargo de un
poeta arequipeño, quien iba a dar a conocer algunas de sus
mejores composiciones y Lévano aconsejó a Francisco que
asistiera para que se formara un juicio propio acerca de
ese movimiento cultural.
El local estaba totalmente ocupado por trabajadores de
distintos gremios, muchos de los cuales eran conocidos de
Francisco. En el estrado al centro de un grupo de estudian-
tes, el poeta y a la derecha de él, Luciano Castillo, quien
hizo la presentación.
Según Castillo, el poeta cuyos versos íbamos a escuchar,
integraba la "pléyade" de nuevos valores nacionales, con una
nueva concepción de la vida, a lo"sque no importaba perder .
la estimación de la burguesía reaccionaria, expresando en
sus ritmos las ansias del pueblo. Comenzó en seguida la re-
citación:
-102-
"Es el gallo español
"Su arrongacia de cepa castellana
"Su canto .
Se trataba, sin duda, de un magnífico elogio del gallo,
de su bravura, pero -pensó Francisco- ¿ qué importaba
eso a los trabajadores? y porqué el gallo tenía que ser es-
pañol? Además, la tónica del canto era clara añoranza del
coloniaje, en el que los caballeros de España, tizona al cinto,
fanfarroneaban superioridad sobre los mestizos, pero que no
la pudieron confirmar en los campos de Junín y de Ayacucho.
Si la Universidad Popular sólo servía para actuaciones de
esta clase, se dijo, no cabía duda de que era la mejor ayuda
que podía recibir la burguesía, apartando de sus actividades
lógicas a elementos que habían demostrado ser valiosos al
frente de sus respectivos gremios, en sus luchas reivindica-
tivas.
Francisco expresó esos conceptos ante Pedro Cisneros,
un carpintero de raza negra, verdadero perito en cuestiones
biblicas y asuntos religiosos en general, miembro de "La
Protesta" y colaborador del periodico desde su fundación.
-Esto es lo que les gusta, ahora a los compañeros-
comentó Cisneros .
Francisco se vio abrumado por su incapacidad para reu-
nir elemento en condiciones de levantar el movimiento obre-
ro a su nivel anterior, o de regularizar siquiera los medios
de publicidad y ello resultó más difícil, casi imposible, ébn
1'1,fundación del Apra, en Pads, bajo la dirección de Victor
Raúl Haya de la Torre y de Eudocio Ravines, cuyo manifies-
to, llegado a San Mármos, primero, se esparció por
las filas obreras, especialmente entre los anarquista y los
elementos influenciados por ellos, que acogieron el Apra
como una nueva esperanza, o para decirlo en otros términos,
vieron en el Apra un camino que podía acercalos a la reali-
zación de sus esperanzas, por la que se dedicaron, con el
ahínco propio de ellos, a la formación de la células· apristas,

-103-
con orientación y objetivos aprista,s dictados por estudiantes
de San Marcos que, a su vez, recibiían instrucciones de París.
Pero el aprismo era un fantastico mosaico de fraseología
revolucionaria, sin ninguna concretacióri. Sus famosos 5
puntos (todos abandbnados en la actualidad) no eran sufi-
cientemente comprendidos, pero como estaban presentados
con el lenguaje común de los anarquistas y grato a los oídos
de la parte del pueblo a quienes éstos influían, y como por
otra parte, el anarquismo parecía haber dado de sí todo lo
que podía, se explicaba, que con un moviento aprista, Ha·
ya de la Torre logrará cabalgar sobre el movimiento obrero,
cosa que ya había intentado, sin éxito, en el año 1919.
La mayoría de los anarquistas, repetimos, formó en el
apra, junto con otros igualmente ansiosos de justicia a corto
plazo, otros, posteriormente, rodearon a José Carlos Mariáte-
gui que, en discordia en el apra en franca duda de su revolu-
cionarismo mayormente declamatorio, fundaron el partido
comunista.
La consecuencia inmediata de esos acontecimientos fue
una profunda división del movimiento obrero, el que, no
Gbstante haber aumentado el número de sus Sindicatos y
Federaciones, era incapaz de jornadas grandiosas, como la
de 1913, en el Callao, y la de 1919, que logró implantar la
jornada de 8 horas en todo el Perú. Además, la fundacIón de
esos partidos y su asentamiento en grandes núcleos de la
clases obrera, arrebató la iniciativa, liquidó la dirección pro-

I j estudiantes e intelctuales reinvidicativos.


pia de sus movimientos los que realizaron esa labor fueron
En adelante, .
. Apristas y comunistas se reunían en sus respectivas "cé·
lulas" en fechas predeterminadas, generalmente antes de sus
asambleas sindicales practicamente para recibir instrucCio-
nes de sus jefes que, como hemos dicho, no eran traba-
jadores, e iban a su sindicato con la lección bien aprendida.
Luego, la asamblea sindical se caracterizaba por una enco-
nada contraversia entre ambas fracciones. Apristas y Corou-

-104-
nistas decían hablar en nombre de la clase obrera, preten-
dían ser sus paladines, pero sólo lo eran de su· partido; $U
mayor empeño consistía en que se impusieran sus consig.
r.as. En cuanto a las reivindicaciones, se soslayaban o se
defendían en la medida que puideran causar dificultades al
gobierno.
Es preciso anotar que no interesó esa pugna a las gran.
des mayorías obreras, y los empleados, que también tenían
sus asociaciones, no tomaban parte, de manera colectiva, en
tales inquietudes. Obviamente, en consecuencia, los sindica-
tos eran débiles, o así parecían ser, juzgandólos por sus
asambleas.
Ese fue, sin duda, el concepto del Gobierno de entonces,.
que quiso imponerse al gremio de choferes, por ejemplo,
suprimiendo, por decreto, al transporte colectivo de pasaje-
ros en autos, pero se estrelló contra el instinto de conserva-
ción de los trabajadores y con las necesidades de transporte
de la población y se vio obligado a retirar su decreto prohi-
bitorio y dictar otro en su lugar, reconociendo la libertad
de trabajo.

-105-
XIX

OLLA COMUN y COLECTIVOS

Había caído el gobierno del Señor Leguía. El Teniente


Coronel Sánchez Cerro que encabezó el golpe de Estado que
lo depusiera, había caído también y, en su lugar una junta
presidida pbr el señor Samanez Ocampo gobernaba el país.
Estos sucesivos cambios gobernativos, que se realizaban so-
bre la arena de la tremenda crisis que azotaba a EE. UU.
trajeron como consecuencia la casi total paralización del
juego de capitales, cesando las construcciones, limitando a
un nivel muy bajo la producción industrial, con graves re-
percusiones en la agricultura. Lógicamente, hubo una des-
ocupación masiva de trabajadores, obreros, empleados y téc-
nicos. Por su parte, las tiendas de comercio del centro se
quedaron sin compradores y, como una crisis similar azota-
ba a los pueblos de Europa, el comercio de exportación só-
lo realizaba manguadas operaciones.
Se comprende fácilmente que, en esas condiciones eran
escasísimas las personas que ocuparan autos de plaza, para
carreras. Los choferes conducían sus vehículos con verda.
dera ansiedad en las mirada y tremenda angustia en su alma,
rayaban, (1) pero sólo las calles, con las llantas de sus carros
vacíos y buscaron y hallaron la solución de su problema dis-
putándole los pasajeros a los ómnibuses, cobrando los mIS-
mos precios que ellos y practicando el mismo recorrido. Se
había implantado definitivamente el transporte colectivo
de pasajeros ,en autos.
Pero la empresa que tenía el monopolio de la industria
de ómnibus se defendió en la forma que suelen hacerla to-
dos los monopolios, sin importanle las necesidades colecti-
vas, del público, y de los trabajadores y consiguió un decre,
to del Ministerio de Gobiero, Dr., Tamayo, a su favor, es
decir, prohibiendo, como hemos dicho, el servicio Golectivo.
y se planteó la lucha.
-106-
Es casi obvio que unas de las cartas más firme del go-
bierno era la división en que Se.hallaban los sindicatos y
que, en el caso de que los choferes se unificaran, carecerían
de apoyo en el resto de la clases obrera, cada una de cuyas
organizaciones trataba de resolver sus propios problemas,
consecuencia de la desocupación, o sea, que-el gobierno es-
peculó con la miseria. Felizmente se equivocó.
En la Asamblea del gremio de Clioferes, en su local de
la Avenida Grau, se acordó la huelga, que fue inmediatamen-
te practicada por los choferes de servicio público; dos o
trtres días después pararon los camioneros y la mayor parte
de los trabajadores en ómnibus. Lima se convirtió en una
ciudad silenciosa.
El gobierno se propuso destrozar la huelga por medio
del terror. Suspendió las garantías individuales, practicó nu'
merosas prisiones y muchos trabajadores fueron apaleados,
al no acatar la arde nde disolver los pequeños grupos que
se formaba en las cercanías del local de la Avenida Grau.
Pero 10 que consiguió con eso fue que afIorara la solidari-
dad de clase de los trabajadores de Lima, qu~ acordaron y
llevaron a efecto un paro general.
El paro fue absoluto. La ciudad ofreCÍa un aspecto im.
presionante, sin autos, tranvías, ni omnibuses; no fun,ciona·
ban los bancos, estaban cerradas las tiendas del centro, eran
escasos los peatones y ha'sta los grifos de expendio de gasa·
lina dejaron de funcionar, por acuerdo expreso de sus pro'
pietarios.
Podría haberse afirmado que Lima era una urbe desocu.
pada, si el ominoso silencio de sus calles no se hubiera alte.
rada seguidamente por rondas de gendarmería sable en ma-
no, y el paso marcial de piquetes de infantería y de caballe-
ría, armados de rifles, los primeros, y calada la bayoneta,
los otros.
Querían atemorizar, el gobierno, con tremendo desplie.
gue de fuerza, pero nadie se impresionó. Los choferes sos-
-107-
tuviera su huelga, a pesar de todo, y el apoyo de la clase
obrera con su paro general, el de los hoabajadores de los
mercados, que contribuyeron generosamente con víveres pa.
ra la olla común y el de todos los órganos de publicidad que,
en diversas formas, expresaron sus simpatías por los huel.
guistas; todos estos hechos reunidos, obligaron al gobierno
a retirar su decreto que prohibía el colectivo y a dictar otro
que lo legalizó, en vigencia hasta hoy.

-108-
x VII

AHORA ESTAMOS VIVIENDO NUESTRA PROPIA


HISTORIA

Esta huelga fue para Francisco un verdadero reencuen·


tro con el movimiento sindical obrero, pues le permitió es-
tablecer relaciones con los nuevos cuadros dirigentes y, lo
que es más importante, en medio de la masa inquieta y
combatiente, sintió sus palpitaciones, apreció sus anhelos,
coincidentes con los de él.
Lo que habíale impedido una acción Tnás contínua era
su oficio de mecánico, expuesto siempre a ser despedido
del trabajo. Pero ahora, con su brevete de chofer y dedIca-
do al servicio público en un carro de su propiedad, superó
el inconveniente y pudo dedicar todas sus posibilidades, to-
dos sus esfuerzos, al desempeli.o de los cargos que le confIó
su organización sindical, tanto en las luchas por reinvidica-
ciones, como en tareas d eorganización.
Pero ya hemos llegado a la etapa actual del movimiento
obrero. A partir de la huelga de los colectivos y su triunfo.
nada nuevo hay como elemento ideológico en el movimien-
LO obrero. Sucesivos gobiernos han legalizado la aceCÍón
sindical, dando como resultado la proliferación de sindicatos
entre los traajadores y hasta en los profesionales, pero tam-
bién han logrado, las autoridades. poner bajo SLl férula la
inquietud colectiva. Hoy día más que la acción masiva, los
sindicatos ocupan abogados, para la defensa de sus rem-
vidicaciones. De ahí que, mientras por un lado, los dirigen
tes se han trasformado en simples funcionarios, los sindica.
tos son elementos de colaboración con las autoridades. Cuan.
do hay alguna inquietud en algún centro de trabajo, el Sindi-
cato presenta sus reclamos, luego alguna dependencia del
Ministerio de trabajo resuelve si el re~lamo es procedente
o no y cuidado en no acatar su resolución; la huelga si la

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hay, 5~rá declarada ilegal, sus dirigentes perseguidos o pre-
sos y hasta la misma organización puede ser destruida.
Ejemplo: la Federación de Empleados Bancarios, que fue
colocada en manos de quienes no podían inquietar a los
señores banqueros, utilizándose para ello la prisión de diri-
gentes y los despidos masivos de empleados con la aproba-
ción de los nuevos dirigentes y del Ministerio de Trabajo.
Esta situación restaría importancia a cualquier relato
de acontecimientos, nos parece. Por eso, consideramos más
oportuna una crítica, un examen de lo actuado, para destacar
sus lados positivos y señalar la orientación que sigue el mo-
vimiento sindical. Esa obra podría darse por el autor de este
trabajo, si hubieran condiciones favorables, pero no nos con-
sideramos los únicos que podemos hacerla. AJ respecto tIenen
la palabra los dirigentes en general y todos los trabajadores,
pues no esta demostrado que el obtener cargos directivos en
los sindicatos se obtiene, a la vez inteligencia y voluntad de
servir
Entre tanto se da un nuevo giro al movimiento obrero
peruano, restamos decir, que no han terminado las activi-
dades de Francisco. Ahora 10 mismo que en su niñez y en su
juventud, lo mismo que siempre, sigue ansiando que desapa-
rezca la explotación del hombre por el hombre y se reem-·
place por un nuevo tipo de relaciones humanas, que elimine
la escasez de las grandes mayorías y la abundancia, hasta
el derroche de algunos pocos previlegiados. Según el CrI-
terio de Francisco" eso sólo puede conseguirse mediante el
control político del Estado por parte de los trabajadores.
Empero, no podrá avanzarse hacia esa meta con el estaCIO_
nario movimiento sindical que tenemos. Es necesario darle
una perspectiva, una visión de futuro.

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ESTE LIBRO SE TERMINO DE IMPRIMIR.
EN LA SEGUNDA QUINCENA DEL
MES DE OCTUBRE DE 1969
LIMA - PERU

--~.-.-

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LIMA